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lunes, 20 de abril de 2009

THOMAS DE QUINCEY -- CONFESIONES DE UN INGLES COMEDOR DE OPIO

THOMAS DE QUINCEY
Confesiones de un inglés
comedor de opio

.
PARTE I
Al lector

Te ofrezco, amable lector, el relato de una época
notable de mi vida; confío en que, vista la aplicación
que le doy, será no sólo un relato interesante sino
también útil e instructivo en grado considerable. Con
esa esperanza lo he redactado y esa será mi disculpa
por romper la reserva delicada y honorable que, por lo
general, nos impide mostrar en público los propios
errores y debilidades. Nada en verdad más repugnante a
los sentimientos ingleses que el espectáculo de un ser
humano que impone a nuestra atención sus úlceras o
llagas morales y arranca el «decoroso manto» con que
las han cubierto el tiempo o la indulgencia ante las
flaquezas humanas; a ello se debe que la mayoría de
nuestras confesiones (me refiero a las confesiones
espontáneas y extrajudiciales) procedan de gentes de
dudosa reputación, picaros o aventureros, y que para
encontrar tales actos de gratuita humillación de sí
mismo en quienes cabría suponer de acuerdo con el
sector decente y respetable de la sociedad tengamos que
acudir a la literatura francesa o a esa parte de la
alemana contaminada por la sensibilidad espúrea y
deficiente de los franceses. Tan firmemente lo creo,
tanto me inquieta la posibilidad de que se me reprochen
esas tendencias, que durante varios meses he dudado si
convenía que ésta o cualquier otra parte de mi
narración llegase a ojos del público antes de mi muerte
(después de la cual, por muchas razones, se publicará
en su integridad), y, si en última instancia he acabado
por tomar una decisión, no fue sin antes sopesar
ansiosamente los argumentos en pro y en contra de ella.
Llevados por un instinto natural, la culpa y el
sufrimiento se retraen de la mirada del público:
solicitan el retiro y la soledad y hasta cuando eligen
una tumba se apartan a veces de la población general de
los cementerios, como si renunciaran a su lugar en la
gran familia del hombre y desearan (en las conmovedoras
palabras del Sr. Wordsworth)
humildemente expresar
soledades de penitencia.
Que así sea está bien, a fin de cuentas, y redunda en
provecho de todos nosotros: en lo que a mí respecta no
quisiera dar la impresión de menospreciar sentimientos
tan saludables ni afectarlos en modo alguno, ya sea de
palabra o de obra. Pero, de una parte, la acusación que
dirijo contra mi persona no equivale a una confesión de
culpa y, de otra, es posible que, aunque así fuese, el
beneficio que obtendrían los demás de una experiencia
comprada a tan alto precio compensaría con creces
cualquier violencia infligida a los sentimientos que
acabo de mencionar y justificaría una excepción a la
norma usual. La debilidad y el dolor no entrañan
necesariamente culpa. Se acercan o se alejan de las
sombras de esa oscura alianza en proporción a los
motivos e intenciones del ofensor y a las
circunstancias atenuantes, conocidas o secretas, de la
ofensa: en proporción a la fuerza que tuvieron las
tentaciones desde un primer momento y a la resistencia
que con actos o esfuerzos se les opuso hasta lo último.
Por lo que me toca, puedo afirmar, sin faltar a la
verdad ni a la modestia, que mi vida ha sido, en
general, la vida de un filósofo: fui desde mi
nacimiento una criatura intelectual, e intelectuales,
en el más alto sentido de la palabra, fueron mis
ocupaciones y placeres, aun desde mis días de colegial.
Si bien comer opio es un placer sensual, y estoy
obligado a confesar que me entregué a él hasta un punto
nunca registrado1 en nadie, no es menos cierto que luché
con religioso celo por librarme de esta sujeción
fascinante y que, después de mucho, he conseguido lo
1 «Nunca registrado» digo: pues hay en nuestro tiempo un hombre
famoso [Coleridge] que, de ser cierto lo que se cuenta de él, me
ha superado grandemente en la cantidad.
que jamás oí decir de nadie: desatar casi hasta los
últimos eslabones la maldita cadena que me oprimía. El
triunfo de la disciplina puede alegarse con justicia
para contrarrestar cualquier desfallecimiento de la
voluntad. Esto para no recalcar que, en mi caso, el
triunfo fue indiscutible y, en cambio, el
desfallecimiento sujeto a dudas de casuística, en la
medida en que se amplíe el término para abarcar actos
destinados exclusivamente a aliviar el dolor o bien se
reduzca su alcance a fines tales como la producción de
un placer positivo.
Por lo tanto, no reconozco mi culpa: y aunque lo
hiciera, es probable que acabara por resolverme a este
acto de confesión, en vista del servicio que con él
puedo prestar a toda clase de comedores de opio.
¿Quiénes son? Lector, siento decirte que forman una
clase en verdad muy numerosa. De esto quedé convencido
hace algunos años al calcular, en una pequeña clase de
la sociedad inglesa (la clase de hombres distinguidos
por su talento o por su situación eminente), el número
de personas de quienes sabía, directa o indirectamente,
que eran comedores de opio, tales por ejemplo el
elocuente y bondadoso [William Wilberforce], el
desaparecido deán de [Carlisle, Dr. Isaac Milner], Lord
[Erskine], el Sr.…., el filósofo; un Subsecretario de
Estado, ya fallecido [el Sr. Addington, hermano de Lord
Sidmouth] (quien me describió la sensación que lo
llevara a usar opio por primera vez con las mismas
palabras que el deán de [Carlisle], o sea que «sentía
como si tuviese dentro ratas que le arañaban y roían
las paredes del estómago»), el Sr. [Coleridge] y muchos
otros, apenas menos conocidos, que sería enojoso
mencionar. Ahora bien, si en una sola clase
relativamente tan limitada los casos se contaban por
veintenas (y esto por lo que sabía una sola persona)
era lógico deducir que toda la población de Inglaterra
arrojaría una cifra proporcional. Sin embargo, puse en
tela de juicio la validez de mi inferencia hasta
enterarme de ciertos hechos que me demostraron que no
era incorrecta. Citaré dos de ellos. 1.° Tres
respetables boticarios londinenses, de barrios muy
apartados de Londres, a quienes compré recientemente
pequeñas cantidades de opio, me aseguraron que el
número de comedores de opio aficionados (como podría
llamarlos) es ahora inmenso, y que la dificultad que
entraña distinguir a estas personas, para quienes el
opio se ha convertido por la fuerza del hábito en una
necesidad, de aquellas que lo compran pensando en
suicidarse, les causa a diario preocupaciones y
disputas. Esto tan sólo por lo que se refiere a
Londres. De otra parte, 2.° (lo que tal vez sorprenda
aún más al lector), hace algunos años, al pasar por
Manchester, varios fabricantes de telas de algodón me
comunicaron que sus obreros contraían rápidamente el
hábito del opio, hasta el punto de que los sábados por
la tarde los mostradores de las boticas estaban
cubiertos de pildoras de uno, dos o tres granos, en
previsión de la demanda esperada para esa noche. La
causa inmediata de tal costumbre eran los bajos
salarios, que entonces no permitían a los obreros
regalarse con cerveza o licores: se pensaba que al
aumentar los salarios cesarían esas prácticas, pero se
me hace difícil creer que nadie que haya gustado los
divinos placeres del opio pueda luego descender a los
goces groseros y mortales del alcohol; doy por sentado
Que ahora comen quienes nunca comieron
Y quienes comieron siempre, ahora comen más.
Aceptan los poderes de fascinación del opio hasta los
tratadistas de medicina, sus más grandes enemigos;
Awsiter por ejemplo, boticario del hospital de
Greenwich, en su Ensayo sobre los efectos del opio
(publicado el año 1763), al tratar de explicar las
razones por las que Mead no fue lo bastante explícito
acerca de las propiedades, antídotos, etc., de la
droga, emplea estos términos misteriosos (φωναντα
συνετοισι): «Quizá pensó que el tema era de naturaleza
demasiado delicada como para divulgarse y, puesto que
muchas personas podían usar el opio
indiscriminadamente, les inspiró el temor y la
prudencia necesarios para evitar que experimentasen los
enormes poderes de esta droga: pues hay en ella muchas
propiedades que, de ser conocidas por todos,
difundirían su empleo harían que entre nosotros la
demanda fuese mayor que entre los propios turcos; tal
conocimiento», agrega, «podría tener por resultado una
verdadera calamidad». No comparto enteramente el
carácter inevitable de la conclusión, pero sobre esto
tendré ocasión de hablar al final de mis confesiones,
cuando presente al lector la enseñanza moral de mi
narración.
Noticia al lector
Los incidentes registrados en las Confesiones
Preliminares ocurrieron durante un período que empezó
hace un poco más, y terminó hace un poco menos, de
diecinueve años; por consiguiente, con arreglo al modo
más usual de calcular, daría lo mismo afirmar que
muchos de los incidentes sucedieron hace dieciocho o
diecinueve años, y como las notas y apuntes para esta
narración se prepararon hacia la pasada Navidad, lo más
natural pareció elegir la primera de estas fechas. En
la prisa de la composición se mantuvo la fecha
invariablemente, aunque pasaran unos meses, y en la
mayoría de los casos puede decirse que ello no induce a
error o al menos no a un error importante. Pero en una
ocasión, cuando el autor habla de su propio cumpleaños,
el hecho de adoptarse una fecha uniforme ha provocado
una inexactitud de todo un año, pues mientras se
hallaba ocupado en la composición el decimonoveno año,
contado a partir del período de que se trata, llegó a
su término. Por lo tanto, se ha creído conveniente
señalar que el período en cuestión va de comienzos de
julio de 1802 a comienzos o mediados de marzo de 1803.
1 de octubre de 1821.
Confesiones preliminares
Se ha juzgado conveniente empezar por estas
confesiones preliminares o relato de introducción a las
aventuras juveniles que sentaron las bases del hábito
de comer opio contraído por el autor años más tarde,
por tres razones distintas:
1. Porque se adelantan y responden de manera
satisfactoria a una pregunta que de otro modo surgiría
penosamente en el curso de las Confesiones del Opio:
«¿Cómo puede una persona razonable someterse a un yugo
tan doloroso, incurrir por propia voluntad en
cautiverio tan servil, sujetarse a sabiendas con siete
vueltas de cadena?», pregunta que de no tener respuesta
plausible suscitaría la indignación ante un acto de
verdadera locura, afectando así al grado de simpatía
que siempre requiere un autor para lograr sus fines.
2. Porque dan la clave de algunas partes del tremendo
escenario que luego pobló los sueños del comedor de
opio.
3. Porque despiertan cierto interés previo de carácter
personal por el sujeto de la confesión, aparte del
asunto mismo de las confesiones, con lo cual éstas, a
su vez, se volverán inevitablemente más interesantes.
Si un hombre «que sólo habla de bueyes» se convierte en
comedor de opio lo más probable (a menos que sea
demasiado obtuso para soñar) es que sueñe con bueyes,
mientras que en el caso que tiene ante sí el lector
encontrará que el comedor de opio presume de ser un
filósofo: en consecuencia la fantasmagoría de sus
sueños (esté dormido o despierto, se trate de sueños
diurnos o nocturnos) corresponde a alguien que, con tal
vocación
Humani nihil a se alienum putat.
Pues entre las condiciones que considera
indispensables para sustentar cualquier pretensión al
título de filósofo se cuentan no sólo la posesión de
una inteligencia sobresaliente en las funciones
analíticas (si bien, en lo que se refiere a esta parte
de la pretensión, Inglaterra sólo ha podido presentar
muy contados aspirantes durante varias generaciones; al
menos el autor no recuerda ningún candidato conocido
para tal honor a quien pueda llamarse categóricamente
un pensador sutil, con excepción de Samuel Taylor
Coleridge y, en un terreno intelectual más limitado,
con la excepción reciente e ilustre2 de David Ricardo),
sino también una constitución tal de las facultades
morales que le otorgue la mirada interior y el poder de
intuición que exigen la visión y los misterios de la
naturaleza humana: en suma, esa constitución de las
facultades que (entre todas las generaciones de hombres
que desde los primeros tiempos se desplegaron a la
vida, por así decirlo, sobre este planeta) poseyeron
nuestros poetas ingleses en más alto grado —los
profesores escoceses3 en grado ínfimo.
A menudo se me ha preguntado cómo llegué a ser comedor
de opio y me he visto muy injustamente disminuido en la
opinión de mis conocidos, al suponerse que era el único
responsable de todos los males que he de contar, ya que
durante mucho tiempo me entregué a mis prácticas con el
único fin de crearme un estado artificial de grata
2 Podría haberse añadido una tercera excepción: mi razón para no
hacerlo es que el escritor al que saludo sólo dedicó sus
esfuerzos juveniles a tratar expresamente de temas filosóficos;
en la madurez todas sus facultades se orientaron (por razones
muy disculpables y comprensibles» en vista de la dirección que
ha tomado la mentalidad del público en Inglaterra) a la crítica
y las bellas artes. Sin embargo, dejando de lado esta razón, me
pregunto si no hay que considerarlo, más que un pensador sutil,
un pensador agudo. Por otra parte, una grave limitación a su
dominio de los temas filosóficos es que, como resulta evidente,
no ha disfrutado de las ventajas de una cabal formación
humanista: no leyó a Platón en sus años mozos (lo cual,
probablemente, se debiera tan sólo a su mala suerte), pero ya
maduro tampoco leyó a Kant (y esto es culpa suya).
3 No hago alusión a profesores existentes de los que, a decir
verdad, sólo conozco a uno.
excitación. Sin embargo, esta manera de presentar mi
caso es inexacta. Cierto es que durante casi diez años
tomé opio de cuando en cuando por el placer exquisito
que me procuraba, pero mientras lo tomé con tal
propósito estuve lo suficientemente protegido contra
cualquier daño material por la necesidad de interponer
largos intervalos de abstinencia entre los distintos
actos de gratificación a fin de renovar las sensaciones
placenteras. Si el opio se convirtió para mí en un
objeto de uso diario no fue con la intención de gozar
de un placer, sino, por el contrario, de mitigar el
dolor en su grado más intenso. Tenía veintiocho años
cuando volvió a atacarme con gran vehemencia una
dolorosísima afección al estómago que se manifestara
por vez primera diez años antes. El origen de la
dolencia eran los extremos de hambre que padecí siendo
niño. Durante la estación colmada de esperanza y
felicidad que vino a continuación (es decir, de los
dieciocho a los veinticinco años) la enfermedad se
adormeció: siguieron tres años en los que revivió de
tiempo en tiempo, y luego, en circunstancias
desfavorables, fruto de una depresión, me atacó con una
violencia que no cedía ante remedio alguno con
excepción del opio. Como los sufrimientos juveniles que
causaron en un comienzo el desarreglo del estómago
fueron interesantes, tanto por sí mismos como por las
circunstancias que los provocaron, los recordaré aquí
brevemente.
Mi padre murió cuando yo tenía unos siete años y me
dejó a cargo de cuatro tutores. Fui enviado a varias
escuelas, grandes y pequeñas, y pronto me distinguí en
los estudios clásicos, sobre todo por mis conocimientos
de griego. A los trece años escribía en griego con
soltura; a los quince mi dominio del idioma era tan
grande que no sólo componía versos griegos en los
metros líricos sino que era capaz de conversar en
griego de corrido y sin la menor dificultad: no he
encontrado después a ningún helenista de mi época que
alcanzase a tanto; en mi caso tal habilidad se debía a
la práctica de traducir diariamente los periódicos a
viva voz en el mejor griego que se me ocurriera
extempore: la necesidad de forzar la memoria e
invención en busca de toda suerte de combinaciones y
perífrasis equivalentes a las ideas, imágenes y
relaciones modernas me dio una gama de dicción que
nunca habría logrado con la aburrida traducción de
ensayos morales, etc. «Este niño», decía uno de mis
maestros al presentarme a un visitante, «este niño
podría arengar a una multitud ateniense mejor que usted
o yo a una inglesa». Quien me hizo el honor de este
elogio era un humanista «maduro y cabal», el único de
todos mis maestros por quien sentía amor y reverencia.
Para mi desgracia (y, según supe después, a pesar de la
indignación de este hombre excelente), me pasaron al
cuidado, primero de un imbécil que vivía aterrado ante
la posibilidad de que yo revelara su ignorancia, y por
último, de un respetable maestro que dirigía un famoso
colegio en una antigua institución. Este señor había
sido nombrado para el cargo por el Colegio [Brasenose]
de Oxford; era un erudito sólido y bien preparado, mas
(al igual que la mayoría de las personas de ese colegio
que he conocido) hombre tosco, vulgar y sin elegancia.
A mis ojos presentaba un contraste lastimoso con el
brillo etoniano de mi maestro preferido: por lo demás,
le era imposible disimular ante mi presencia de todas
las horas la escasez y pobreza de su entendimiento.
Mala cosa es que un niño sea superior a sus maestros en
saber o inteligencia y tenga conciencia de ello. En lo
que toca al saber, esto no ocurría sólo en mi caso,
pues otros dos muchachos, que formaban conmigo el
primer curso, eran mejores helenistas que el director,
aunque no fuesen capaces de redactar con tanta
elegancia ni estuviesen acostumbrados a sacrificar a
las musas. Recuerdo que cuando ingresé leíamos a
Sófocles; para nosotros, los triunviros eruditos del
primer curso, era un triunfo constante ver a nuestro
«Archididascalio» (como le gustaba que lo llamásemos)
aprendiendo de memoria la lección antes de clase y
preparando un larguísimo tren de léxicos y gramáticas
para dinamitar y hacer saltar por los aires (valga la
imagen) las dificultades que encontrase en los coros;
nosotros, en cambio, no nos dignábamos abrir nuestros
libros hasta el momento de empezar y, por lo general,
estábamos ocupados en componer epigramas sobre su
peluca o algún otro tema igualmente importante. Mis dos
condiscípulos eran pobres y sus posibilidades de seguir
una carrera universitaria dependían de la recomendación
del director; yo, en cambio, poseía un pequeño
patrimonio cuya renta bastaría para mantenerme en la
universidad, donde quería ser enviado de inmediato. Así
lo pedí con insistencia a mis tutores pero sin éxito.
Uno de ellos, el más razonable y el que mejor conocía
el mundo, vivía muy lejos; dos de los otros tres
renunciaron a su autoridad, que pasó a manos del
cuarto, y el cuarto, con el cual tenía que negociar,
era, a su manera, una buena persona pero soberbio,
obstinado e intolerante de la menor oposición a su
voluntad. Tras varias cartas y entrevistas personales
decidí que nada cabía esperar de mi tutor, ni siquiera
una transacción, ya que exigía mi sometimiento
incondicional y, en consecuencia, me dispuse a tomar
otras medidas. El verano venía a grandes pasos y mi
decimoséptimo cumpleaños se acercaba rápidamente: juré
que pasada esa fecha ya no me contaría entre los
alumnos de la escuela. Lo primero que necesitaba era
dinero y escribí a una señora de calidad que, aunque
joven, me conocía desde niño y me había dado poco antes
muestras de gran cortesía, pidiéndole me «prestara»
cinco guineas. Durante más de una semana no recibí
respuesta; empezaba a desalentarme cuando un sirviente
me puso en las manos una gruesa carta sellada con una
corona nobiliaria. La carta era bondadosa y amable: mi
hermosa corresponsal se encontraba en la costa, lo cual
había sido la causa de la demora; enviaba el doble de
lo que le había pedido e insinuaba con buen humor que
no quedaría completamente arruinada si no pudiera
pagarle nunca. Ya estaba listo para poner mi plan en
ejecución: diez guineas, sumadas a las dos que me
restaban de mi propio dinero, me parecían suficientes
para un plazo indefinido, y cuando en esa edad dichosa
no se impone un límite definido a nuestros poderes, el
espíritu de esperanza y placer los hace virtualmente
infinitos.
Observa con justicia el Dr. Johnson (y con
sensibilidad, lo que no siempre puede decirse de sus
observaciones) que nunca hacemos conscientemente por
última vez sin entristecernos aquello que hemos tenido
costumbre de hacer durante mucho tiempo. Sentí
hondamente la verdad de esta observación cuando llegó
la hora de abandonar [Manchester], lugar que no amaba y
donde no había sido feliz. La tarde antes de dejar
[Manchester] para siempre me ganó el pesar mientras en
el noble y antiguo salón de la escuela resonaba el
oficio vespertino, al que asistía por última vez; y esa
noche, cuando se pasó lista y mi nombre (como siempre)
fue el primero, me dirigí hacia delante y al pasar
junto al director que allí se encontraba, me incliné
ante él y, mirándolo con emoción a la cara, pensé:
«Está viejo y enfermo, ya no lo veré en este mundo.»
Tenía razón: no lo vi otra vez ni volveré a verlo. Esa
tarde me miró complacido, sonrió de buena gana y me
devolvió el saludo (o más bien, la despedida) y nos
separamos (aunque él no lo supiera) para siempre. No
podía respetarlo intelectualmente pero fue bondadoso
conmigo e hizo por mí muchas excepciones: me apenaba
pensar en la mortificación que debía infligirle.
Llegó la mañana que había de arrojarme al mundo y que
desde entonces ha matizado en muchos aspectos
importantes mi vida entera. Yo estaba alojado en casa
del director y desde el día de mi llegada se me había
concedido el favor de una habitación privada, que me
servía tanto de dormitorio como de estudio. Me levanté
a las tres y media y contemplé con honda emoción las
antiguas torres de [la Iglesia Colegiada], «vestidas de
luz temprana», que se encendían en la luminosidad
radiante de una mañana sin nubes del mes de julio. Mi
propósito era firme e inalterable: no obstante me
inquietaba la anticipación de inciertos peligros y
desgracias y, de haber previsto el huracán, la tremenda
granizada de aflicciones que pronto cayó sobre mí
buenas razones tuviera para sentirme agitado. Esta
agitación contrastaba conmovedoramente con la paz
profunda de la mañana que en cierta medida la
apaciguaba. El silencio era más hondo que el de
medianoche: y para mí el silencio de una mañana de
verano es más emocionante que cualquier otro silencio,
pues, aunque la luz sea tan clara y fuerte como la del
mediodía en las demás estaciones del año, no parece que
el día sea perfecto, sobre todo porque el hombre aún no
está a la vista; la paz de la naturaleza y de las
criaturas inocentes de Dios en tan segura y profunda
sólo mientras no viene a turbar su santidad la
presencia del hombre y su espíritu sin sosiego. Me
vestí, cogí sombrero y guantes y todavía me demoré un
instante en la habitación. Durante el último año y
medio ésta había sido mi «pensativa ciudadela»; aquí
atravesé, leyendo y estudiando, todas las horas de la
noche; y si bien es cierto que en los últimos tiempos,
aunque hecho para el amor y los más dulces afectos,
perdí mi tranquilidad y alegría en la violencia
afiebrada de las luchas con mi tutor, de otra parte,
siendo un niño que amaba tan apasionadamente los
libros, y hallándome dedicado al ejercicio intelectual,
no podía sino disfrutar de muchas horas felices en
medio de mi general abatimiento. Lloré mientras miraba
en torno la silla, la chimenea del escritorio y otros
objetos familiares, pues demasiado bien sabía que los
miraba por última vez. Al escribir estas líneas han
pasado dieciocho años: y sin embargo, en este momento
veo nítidamente, como si fuera ayer, los trazos y la
expresión del cuadro en que fijé mi última mirada: un
retrato de la hermosa …….. que colgaba sobre la
chimenea; los ojos y la boca eran tan bellos, todo el
rostro tan radiante de bondad y serenidad divinas, que
mil veces dejé de lado la pluma o el libro para pedirle
consuelo, como lo pide un devoto a su santo patrón.
Todavía lo estaba contemplando cuando las graves
campanadas del reloj de [Manchester] proclamaron que
eran las cuatro de la mañana. Fui hasta el retrato, lo
besé, y luego salí despacio y cerré la puerta para
siempre
Tan juntas y entrelazadas se hallan en esta vida las
ocasiones de risas y de lágrimas que aún no puedo
recordar sin sonreír un incidente que ocurrió entonces
y casi pone fin a la inmediata ejecución de mis planes.
Tenía conmigo un baúl pesadísimo, que además de mis
ropas contenía casi toda mi biblioteca. La dificultad
consistía en hacer llegar este baúl a un porteador: mi
habitación se hallaba en una elevación aérea de la casa
y (lo que es peor) la escalera que comunicaba con este
ángulo del edificio sólo era accesible a través de una
galería que pasaba ante el dormitorio del director.
Siendo el preferido de todos los sirvientes yo sabía
que cualquiera de ellos me protegería y guardaría el
secreto, por lo que expuse mi problema a uno de los
camareros. El muchacho me juró hacer lo que le pidiese
y, llegado el momento, vino a mi habitación para bajar
el baúl. Yo temía que la empresa resultase superior a
las fuerzas de una sola persona: pero el camarero tenía
Hombros de Atlante que soportarían
El peso de potentes monarquías
y espaldas tan anchas como la llanura de Salisbury.
Por consiguiente, insistió en ocuparse del baúl sin
ayuda de ninguna clase, mientras yo esperaba lleno de
ansiedad al pie de la escalera. Durante unos momentos
lo oí bajar con pasos lentos y seguros: por desgracia,
al acercarse al punto más peligroso, a pocos pasos de
la galería, tanto le temblaron los miembros que
resbaló, y la pesada carga que dejó caer de los hombros
fue ganando tal impulso en cada uno de los escalones
que al llegar abajo dio un bote, o mejor dicho, pegó un
gran salto, haciendo un ruido de veinte demonios, para
ir a estrellarse contra la mismísima puerta del
Archididascalio. Mi primera impresión fue que todo se
había perdido y que la única posibilidad de batirse en
retirada sería sacrificar el equipaje. Mas pensándolo
bien decidí afrontar los acontecimientos. El camarero
estaba muy alarmado, tanto por cuenta propia como por
lo que pudiera ocurrirme, y, sin embargo, lo ridículo
del contratiempo le afectó de modo tan irresistible que
estalló en una larga, sonora y cantarína carcajada que
bastara para despertar a los Siete Durmientes. Al oír
tan rotunda explosión de alegría, que retumbaba ante
los propios oídos de la autoridad insultada, no pude
evitar unirme a ella forzado, más que por la lamentable
étourderie del baúl, por sus efectos sobre el camarero.
Ambos esperábamos, como lo más natural, que el Dr.
[Lawson] se precipitara fuera del cuarto, ya que por lo
general bastaba que se moviese un ratón para verlo
surgir como un mastín de su perrera. Sin embargo, por
extraño que parezca, en esta ocasión cesaron las risas
y en el dormitorio no se oyó ruido alguno, ni tan
siquiera el más leve crujido. El Dr. [Lawson] padecía
de una molesta enfermedad que, si bien a veces lo
mantenía despierto, hacía tal vez que el sueño, cuando
llegaba, fuese tanto más profundo. Cobrando valor con
el silencio, el camarero volvió a echarse la carga
sobre los hombros y terminó el resto del descenso sin
accidente. Esperé hasta ver el baúl en una carretilla,
camino del porteador; luego, «con la Providencia de
guía», me eché a caminar, llevando bajo un brazo un
pequeño bulto con unas cuantas prendas de vestir, en un
bolsillo uno de mis poetas ingleses preferidos y en el
otro un librito en duodécimo con unas nueve piezas de
Eurípides.
En un principio mi intención había sido dirigirme a
West-morland tanto por el cariño que le tengo a esa
región como por razones personales. Sin embargo, el
azar dio una dirección distinta a mis peregrinaciones y
me encaminé a Gales del Norte.
Después de vagar durante algún tiempo en Denbigshire,
Merionetshire y Caernarvonshire, me alojé en una linda
casita de B[angor]. Aquí hubiera podido quedarme con
entera comodidad varias semanas, pues en B[angor] los
alimentos eran muy baratos debido a la falta de otros
mercados para el exceso de producción de un vasto
distrito agrícola. Pero un incidente, en el que quizá
no hubo intención alguna de ofenderme, me devolvió a
mis andanzas. No sé si lo habrá notado el lector, pero
he observado muchas veces que la clase social más
orgullosa de Inglaterra (o, en todo caso, aquella en
que el orgullo es más aparente) es la que conforman las
familias de los obispos. Los nobles y sus hijos llevan
en sus títulos notificación suficiente de su rango. Más
aún, sus propios nombres (y lo mismo puede decirse de
muchas casas sin título) bastan para declarar a oídos
ingleses lo ilustre del nacimiento o la ascendencia.
Apellidos como Sackville, Manners, Fitzroy, Paulet,
Cavendish y muchos otros cuentan su propia historia.
Por ello tales personas encuentran el respeto que
merecen ya asentado en todos, con excepción de aquellos
a quienes la propia oscuridad hace ignorantes de los
usos del mundo: «Quien no los conoce demuestra ser un
desconocido.» Sus modales van adquiriendo el tono y la
coloración que convienen; por una vez en que juzgan
necesario poner de relieve su calidad encuentran mil
ocasiones de templar y moderar esta impresión con actos
de cortés condescendencia. No sucede lo mismo con las
familias de los obispos, que a duras penas logran dar a
conocer sus títulos ya que el número de prelados
nacidos en familias nobles no es, en ningún momento,
muy grande y la sucesión a las dignidades es tan rápida
que el público no suele tener tiempo de acostumbrarse a
sus nombres, a menos que éstos ya hayan ganado fama
literaria. A ello se debe que los hijos de los obispos
tengan un aire austero y desagradable que indica
pretensiones no reconocidas por todos, una actitud de
noli me tangere que se inquieta nerviosamente ante
cualquier asomo de familiaridad, un continuo retraerse,
con exagerada sensibilidad de gotoso, ante el menor
contacto con los οι πολλοι. Sin duda, una poderosa
inteligencia o una bondad excepcional permiten superar
estas debilidades, pero, en general, se reconocerá la
verdad de lo que digo: si el orgullo no tiene en estas
familias raíces más hondas, por lo menos surge con
mayor frecuencia en la superficie de los modales. El
espíritu que anima dichos modales se comunica, como es
natural, a los servidores y a otras gentes que dependen
de las familias. Ahora bien, la dueña de la casa en que
me alojé había sido criada de la señora, o ama de los
niños, en la familia del obispo de B[angor], y sólo
poco tiempo antes había dejado el servicio para casarse
y «establecerse» (como dice esa gente) de por vida. En
una ciudad tan pequeña como B[angor] el mero hecho de
haber vivido con la familia del obispo confiere cierto
prestigio, y a mi buena dueña le había tocado, con
creces, la parte del orgullo a que he hecho referencia.
Su gran tema de conversación era lo que «mi señor»
hacía y lo que «mi señor» decía, cuan útil era en el
parlamento, cuan indispensable en Oxford. Todo lo
sobrellevé pacientemente pues tenía demasiado buen
corazón para reírme de nadie en su cara y era mucho lo
que podía perdonar a la garrulería de una vieja
sirvienta. Pero, como era inevitable, no debí parecerle
lo bastante impresionado con la importancia del obispo
y, quizá para castigar mi indiferencia, o bien por
simple accidente, me repitió un día una conversación en
la que, indirectamente, yo era una de las partes
interesadas. Había ido al palacio a saludar a la
familia y después de cenar la llamaron al comedor. Al
dar cuenta de la economía de su casa se le ocurrió
mencionar que había alquilado sus apartamentos. Parece
que el bueno del obispo aprovechó la oportunidad para
hacerle una advertencia en cuanto a la selección de
inquilinos: «puesto que», le dijo, «debes tener en
cuenta, Betty, que este lugar se halla en el camino
real a Holyhead, de modo que es muy probable que pasen
por aquí multitudes de tramposos irlandeses que van a
Inglaterra huyendo de sus deudas y multitudes de
tramposos ingleses que huyen de sus deudas a la isla de
Man». En verdad el consejo no estaba desprovisto de
razón, aunque fuera mejor que la Sra. Betty lo guardase
para meditarlo en privado y no que viniese a
contármelo. Lo que siguió fue todavía peor. «Oh, mi
señor», respondió mi patrona (de acuerdo a su propia
versión de lo ocurrido), «realmente no creo que este
joven caballero sea un tramposo, pues...» «¿No cree
usted que yo sea un tramposo?», dije interrumpiéndola
en un paroxismo de indignación: «En adelante le evitaré
el trabajo de pensar en el asunto.» Y sin perder un
minuto empecé los preparativos para marcharme. La pobre
mujer parecía dispuesta a hacer algunas concesiones,
pero mucho me temo que desperté su indignación e hice
que toda reconciliación se tornase imposible con una
expresión dura y despectiva que apliqué al ilustre
prelado. En verdad me molestaba que el obispo hubiese
sugerido razones para sospechar, aunque fuera
remotamente, de una persona que nunca había visto y me
vino a la cabeza la idea de hacerle saber, en griego,
lo que pensaba; de esta manera, al tiempo que habría
cierta presunción para suponer que yo no era un
tramposo, incitaría al obispo (al menos tal era mi
esperanza) a responderme en el mismo idioma, en cuyo
caso estaba seguro de probar que, aunque no tan rico
como Su Señoría, yo era mejor helenista. Sin embargo,
tras pensarlo con más calma dejé de lado este proyecto
infantil: me dije que el obispo tenía razón en
aconsejar a una vieja servidora; que no podía haber
sido intención suya que yo me enterase de los consejos;
y que la misma necedad que moviera a la Sra. Betty a
repetirme la conversación la habría seguramente llevado
a adornarla de modo más concorde a su propia manera de
pensar que a las expresiones que en realidad empleara
el obispo.
Antes de una hora había dejado mis apartamentos, en lo
que estuve muy desafortunado, pues desde entonces me vi
obligado a alojarme en posadas, con lo cual muy pronto
se me acabó el dinero. Quince días más tarde me quedaba
tan poco que sólo podía pagarme una comida al día. Con
el vivo apetito que producen el ejercicio constante y
el aire de montaña en un estómago juvenil, este régimen
tan escaso no tardó en hacerme sufrir mucho, ya que el
único alimento que alcanzaba a comprar era café o té.
Al cabo ni siquiera esto pude permitirme y en adelante
me sustenté, mientras permanecí en Gales con las bayas,
moras y fresas que cogía gracias a las invitaciones que
me hacían de cuando en cuando, a manera de retribución
por pequeños servicios que tenía la oportunidad de
prestar. A veces escribía cartas de negocios para
gentes del campo con parientes en Liverpool o en
Londres: más a menudo redactaba cartas de amor para
muchachas de servicio de Shrewsbury o de otras aldeas
de la frontera inglesa. En todas estas ocasiones di
entera satisfacción a mis humildes amigos que, en
general, me trataron con hospitalidad; sobre todo una
vez, cerca de la aldea de Llan-y-styndw (o un nombre
por el estilo), en un apartado rincón de Merionetshire,
una familia de jóvenes me recibió durante más de tres
días con bondad cariñosa y fraternal que me dejó en el
corazón una huella que aún no se borra. En ese entonces
la familia estaba formada por cuatro hermanas y tres
hermanos, todos de admirable elegancia y delicadeza de
modales. No recuerdo haber encontrado, ni antes ni
después, tanta belleza ni tanta cortesía y refinamiento
naturales en gente del campo, salvo en una o dos
ocasiones en Westmorland y Devonshire. Hablaban inglés,
lo que no es frecuente en tantos miembros de una
familia, sobre todo en pueblos alejados del camino
real. Recién llegado a la casa escribí para uno de los
hermanos, que había prestado servicios a bordo de un
barco de guerra inglés, una carta sobre la parte que le
correspondía en una presa y también, aunque más
secretamente, dos cartas de amor para dos de las
hermanas. Ambas era hermosas muchachas y una de ellas
de un encanto, verdaderamente excepcional. En medio de
la confusión y el rubor de las hermanas al dictarme, o
mejor dicho darme instrucciones muy generales, no
necesité de gran sagacidad para descubrir su deseo de
que las cartas fueran todo lo amables que pudiesen ser
sin menoscabo del orgullo que conviene a una doncella.
Traté de disponer mis expresiones en forma tal que
conciliasen ambos sentimientos y quedaron tan
satisfechas ante mi manera de exponer sus pensamientos
como asombradas (en su simplicidad) de que hubiera
adivinado tan pronto sus voluntades. La acogida de las
mujeres de una familia suele determinar la hospitalidad
con que se recibe al visitante. En este caso cumplí mis
funciones confidenciales de secretario a satisfacción
de todos y quizá los distraje un poco con mi charla,
pues insistieron con tal cordialidad en que me quedase
que me sentí poco inclinado a resistir. Dormí con los
hermanos, ya que la única cama desocupada estaba en la
habitación de las muchachas, y en todo lo demás me
trataron con un respeto que es raro manifestar ante
bolsas tan ligeras como la mía, como si mis
conocimientos fuesen prueba suficiente de que yo era de
«buena familia». De este modo viví con ellos tres días,
así como la mayor parte del cuarto y, en vista de la
amabilidad con que en todo momento me trataron, creo
que hasta ahora seguiría con ellos si sus medios
hubieran estado a la altura de sus deseos. La última
mañana, mientras tomábamos el desayuno, advertí en sus
caras la expresión que anuncia una noticia
desagradable; poco después uno de los hermanos me
explicó que, el día anterior a mi llegada, sus padres
habían ido a la reunión anual de metodistas que se
celebraba en Caernavon y volverían ese día: y «si acaso
no eran tan corteses como debían», me rogaba, en nombre
de todos los jóvenes, que no lo tomase a mal. Llegaron
los padres, con caras de pocos amigos y «Dym Sassenach»
(no hablo inglés) por respuesta a todas mis palabras.
Comprendí la situación y, tras despedirme
afectuosamente de mis amables e interesantes
anfitriones, proseguí mi camino. Aunque hablaron de mí
con simpatía a sus padres, y se disculparon varias
veces por los modales de los viejos diciendo que era
solamente «su modo de ser», pude darme cuenta
fácilmente que mi talento para escribir cartas de amor
sería, a ojos de dos graves metodistas galeses
sexagenarios, tan poco recomendable como mis sáficos o
alcaicos griegos: lo que había sido hospitalidad cuando
me la ofrecieron con graciosa cortesía mis jóvenes
amigos se volvería una limosna ante la aspereza de los
viejos. Sin duda el Sr. Shelley tiene razón en sus
ideas sobre la vejez: a menos que se le opongan con
gran fuerza influencias contrarias de toda clase, la
vejez corrompe y agosta miserablemente las dulces
caridades del corazón humano.
Poco después logré llegar a Londres, poniendo en
práctica medios que la falta de espacio me obliga a
callar. Se inició entonces la última y más feroz etapa
de mis muchos sufrimientos, y hasta podría decir de mi
agonía sin que la expresión resultase exagerada. En
efecto, padecí ahora, durante más de dieciséis semanas,
el suplicio físico del hambre en sus diversos grados de
intensidad y tan amargamente como puede haberlos
resistido cualquier ser humano que consiguiera
sobrevivir. No quiero herir sin necesidad los
sentimientos del lector entrando en detalles acerca de
todo lo que hube de soportar, pues casos tan extremos
como éste, aun cuando medien las más graves faltas o
culpas, no pueden comtemplarse, ni siquiera en una
descripción, sin esa sentida piedad que resulta tan
dolorosa a la bondad natural del corazón humano. Baste
decir, al menos por ahora, que mi único sustento fueron
unos pocos pedazos de pan cogidos de la mesa en que
desayunaba una persona (que me suponía enfermo pero que
no sabía de mi extrema necesidad) y esto a intervalos
irregulares. En la primera parte de mis tribulaciones
(o sea, casi todo el tiempo que pasé en Gales y luego,
sin interrupción, durante los dos primeros meses de mi
estancia en Londres) no tuve casa y fue raro que
durmiera bajo techo. Al hallarme constantemente al aire
libre atribuyo el que mis tormentos no acabasen
conmigo. Sin embargo más adelante, cuando el clima se
hizo frío e inclemente y comencé a languidecer por lo
mucho que había padecido, fue sin duda una suerte que
la misma persona a cuya mesa de desayuno tenía acceso
me permitiera dormir en una gran casa desocupada de la
que era inquilino. La llamo desocupada porque no vivía
en ella una familia ni se trataba ningún negocio; ni
siquiera estaba amueblada, con excepción de una mesa y
unas cuantas sillas. Pero, al tomar posesión de mi
nuevo alojamiento, encontré que ya habitaba la casa un
único ocupante, una pobre niña solitaria que tendría
entonces unos diez años, si bien era de aspecto
macilento y el hambre hace que los niños parezcan
mayores de lo que son. Esta niña desamparada me dijo
que había vivido y dormido sola en la casa desde cierto
tiempo antes de mi llegada; la pobre criatura dio
muestras de gran alegría al enterarse de que yo le
haría compañía en las horas de oscuridad. La casa era
grande y, debido a la falta de muebles, el ruido que
hacían las ratas resonaba con ecos prodigiosos en los
salones y en la espaciosa escalera; en medio de los
padecimientos tan inmediatos y materiales del frío y,
mucho me temo, del hambre, la niña desvalida había
encontrado ocio suficiente para sufrir aún más (al
parecer) a causa de los fantasmas que ella misma
inventaba. Le prometí protegerla contra toda clase de
fantasmas, pero ¡ay!, esta era la única ayuda que podía
ofrecerle. Nos acostábamos en el suelo con un montón de
execrables escritos judiciales por almohada y una
especie de amplia capa de caballero a manera de manta;
luego descubrimos en un desván un pequeño trozo de
alfombra y otros retazos que usamos para calentarnos.
La pobre niña se pegaba a mí en busca de calor y para
que la defendiera de sus enemigos fantasmales. A menos
de sentirme más enfermo que de costumbre yo la tomaba
en mis brazos de modo que, por lo general, le
comunicaba un poco de calor, y muchas veces ella dormía
mientras yo velaba: pues durante los dos últimos meses
de mis sufrimientos yo dormía mucho durante el día y a
todas horas caía de pronto en un sueño pasajero. Pero
dormir me pesaba más que velar, no sólo por lo
tumultuoso de mis sueños (que no llegaban a ser tan
atroces como los producidos por el opio, los cuales
tendré ocasión de describir más adelante) sino porque,
como sólo dormía de manera muy superficial, escuchaba
mis gemidos y tenía la impresión de que mi propia voz
me despertaba a cada momento; alrededor de esta época
comenzó a asediarme una sensación horrible tan pronto
como me adormecía, sensación que he vuelto a sentir en
distintas épocas de mi vida y que consiste en una
especie de contracción (creo que en la región del
estómago, pero no estoy seguro) que me obliga a estirar
violentamente las piernas para hacerla desaparecer.
Como esta sensación se presentaba tan pronto como me
adormecía, y el esfuerzo por sentir alivio me
despertaba a cada instante, al cabo dormía sólo por
agotamiento y, en vista de mi debilidad cada vez mayor,
estaba (como antes dije) durmiéndome y despertándome
constantemente. Entretanto el dueño de la casa se
presentaba ante nosotros a veces muy temprano, a veces
sólo a las diez de la mañana y a veces no aparecía. El
hombre vivía en continuo temor de los alguaciles y
había mejorado el plan de Cromwell, puesto que dormía
cada noche en un barrio distinto de Londres; observé
que nunca dejaba de mirar por un ventanillo a quien
llamaba a la puerta antes de permitir que se le
abriese. Desayunaba solo: en realidad difícilmente
hubiera podido arriesgarse a invitar a otra persona
dado lo escaso del servicio de té así como del matériel
comestible, que por lo general no consistía sino en un
panecillo o unas cuantas galletas comprados mientras
venía del lugar donde pasara la noche. Si a pesar de
ello hubiese hecho invitaciones, como una vez se lo
señalé erudita y burlonamente, las distintas partes
asistentes (y no asentadas, por falta de asientos) se
hubieran encontrado entre sí en relación de sucesión,
como dicen los metafísicos, y no de coexistencia; en la
relación de las partes del tiempo y no del espacio.
Durante el desayuno yo hallaba alguna razón para
acercarme a la mesa y, con el aire más indiferente de
que era capaz, recogía sus sobras, aunque a veces no
quedaban sobras de ninguna clase. Con ello no robaba a
nadie, como no fuera a este hombre que una vez (creo)
tuvo que enviar al mediodía por más galletas; en
efecto, la pobre niña no entraba nunca al estudio (si
cabe dar tal nombre al lugar en que se amontonaban los
pergaminos, escritos judiciales, etc.); para ella esa
habitación era en la casa el cuarto de Barba Azul, que
el dueño cerraba con llave cuando salía a cenar a eso
de las seis de la tarde, hora en que casi siempre se
marchaba para no regresar h hasta el día siguiente. No
logré saber si la niña era hija ilegítima del Sr.
[Brunell] o sólo una persona de servicio, pero lo
cierto es que la trataba en todo como a una modestísima
sirvienta. Tan pronto como aparecía el Sr. [Brunell] la
chica se iba escaleras abajo a cepillarle los zapatos,
el abrigo, etc., y, a menos que la llamase para hacerle
un encargo, ya no surgía del triste Tártaro de las
cocinas al aire de la planta principal hasta que, al
anochecer, mis golpes a la puerta traían a la entrada
sus pasitos temblorosos. De su vida durante el día sólo
sé lo poco que me contaba por las noches, pues en
cuanto empezaban las horas de trabajo yo me daba cuenta
de que mi ausencia se estimaba aceptable y, por lo
general, iba a sentarme a un parque o a algún otro
lugar hasta que cayera la noche.
Pero, a todo esto, ¿quién —y qué— era el dueño de la
casa? Lector, era uno de esos profesionales anómalos de
los escalones más bajos del derecho que —¿cómo
decirlo?— por razones de prudencia o necesidad no se
permiten disfrutar del lujo de una conciencia demasiado
delicada (podría abreviarse mucho la perífrasis, pero
eso lo dejo a gusto del lector); en muchos oficios una
conciencia representa una carga más onerosa que una
esposa o un coche; y así como la gente habla de
«deshacerse» de sus coches, supongo que mi amigo el Sr.
[Brunell] se había «deshecho» de su conciencia durante
cierto tiempo, sin duda con la intención de volver a
poseer una en cuanto pudiera permitírselo. La economía
interna que rige la vida diaria de un hombre de esta
clase conformaría un cuadro muy curioso si me fuese
posible entretener al lector a costa suya. Aunque mis
oportunidades para observar lo que sucedía eran
limitadas, fui testigo de muchas escenas de intrigas
londinenses, complejas trapacerías, «ciclos y
epiciclos, órbitas dentro de órbitas» que hasta hoy me
hacen sonreír —que aún entonces me hacían sonreír, a
pesar de mis desgracias. No obstante, en vista de la
situación en que me hallaba, tuve muy pocas ocasiones
dé conocer por experiencia propia las cualidades de
carácter del Sr. [Brunell], como no fuesen las más
honorables, y de su extraña constitución debo olvidarlo
todo salvo que conmigo fue servicial y, en la medida de
sus posibilidades, generoso.
No era que pudiese mucho, en verdad, pero al menos yo
no le pagaba alquiler —tenía esto en común con las
ratas— y así como el Dr. Johnson dejó testimonio de que
sólo una vez en su vida le permitieron comer del árbol
cuanta fruta deseara, quiero ser agradecido y recordar
que sólo en esa oportunidad puede elegir a mi gusto
entre las muchas habitaciones de una casa de Londres.
Con excepción del cuarto de Barba Azul, que la pobre
niña creía embrujado, todos los demás, desde el ático
hasta el sótano, estaban a nuestra disposición; «el
mundo entero se abría ante nosotros» y cada noche
levantábamos nuestra tienda en el lugar que se nos
antojase. La casa, ya lo he dicho, es espaciosa y ocupa
un lugar central en un barrio muy conocido de Londres.
Sin duda, muchos de mis lectores pasarán ante ella a
las pocas horas de leer esta página. En lo que a mí
respecta, no dejo de visitarla siempre que mis asuntos
me traen a Londres; esta misma noche del 15 de agosto
de 1821, día de mi cumpleaños, me aparté a eso de las
diez de la calle de Oxford, por donde había salido a
caminar, con el propósito de ir a verla; ahora la ocupa
una familia respetable; en el salón principal, que
estaba iluminado, vi un grupo familiar, seguramente
tomando té, y al parecer, tranquilo y alegre. ¡Qué
maravilloso contraste, a mis ojos, con la oscuridad —el
frío— el silencio y la desolación de esa misma casa
hace dieciocho años, cuando sus ocupantes nocturnos
eran un estudiante que se moría de hambre y una niña
abandonada! A ella, dicho sea de paso, traté de
encontrarla durante años pero en vano. Aparte de su
situación no era lo que pudiera llamarse una niña
interesante: no era bonita, ni muy despierta, ni de
maneras especialmente agradables. Sin embargo, ni
siquiera en esos años requería yo —¡gracias a Dios!— el
adorno de cualidades novelescas para conciliar mi
afecto; me bastaba la simple humanidad en su más llana
y humilde apariencia, y quería a la niña porque era mi
compañera de desdichas. Si ahora vive probablemente es
madre y tiene sus propios hijos, mas, como he dicho,
nunca logré averiguar su paradero.
Siento que así haya sido, pero en esos tiempos conocí
a otra persona que desde entonces he intentado
encontrar con mucha mayor ansiedad y con dolor mucho
más profundo ante mi fracaso. Esta persona era una
muchacha de las que viven del salario de la
prostitución. No me avergüenzo, ni tengo razón alguna
para avergonzarme, cuando admito que trataba familiar y
amistosamente a muchas mujeres que se hallaban en esa
condición desventurada. El lector no tiene por qué
sonreír ni tampoco por qué fruncir el ceño ante esta
confesión. Aun sin necesidad de recordar a mis cultos
lectores el viejo proverbio latino —Sine Cerere, etc.—
cabe imaginar que, en vista del estado de mi bolsa, mi
relación con tales mujeres no podía ser impura. Lo
cierto es que en ningún momento de mi vida he pensado
que pudiera mancharme el roce o la proximidad de
cualquier criatura que tuviese forma humana; por el
contrario, desde mi más temprana juventud he tenido a
mucha honra conversar llanamente, more Socratico, con
todos los seres humanos, hombres, mujeres o niños, que
la suerte atravesara en mi camino: práctica que se
acuerda con el conocimiento de la naturaleza humana,
los buenos sentimientos y la franqueza en el trato
propios de un hombre que aspira a ser reconocido por
filósofo. Un filósofo no puede mirar las cosas con los
ojos de la pobre criatura limitada que se llama a sí
misma hombre de mundo y que, tanto por nacimiento como
por educación, está llena de prejuicios estrechos y
egoístas; por el contrario, ha de considerarse como un
ser universal que guarda la misma relación con grandes
y pequeños, con gentes instruidas o ignorantes, con
culpables e inocentes. Como en esos tiempos yo era por
fuerza un peripatético, un hombre de la calle, nada más
natural que me encontrase a menudo con las
peripatéticas que se designa con el término técnico de
mujeres de la calle. Varias de estas mujeres me
defendieron de los guardianes que venían a echarme de
los escalones, a la entrada de las casas, donde solía
sentarme. Una de ellas, que es lo que me trae a este
tema... ¡Pero no! No he de confundirte, oh noble Ann,
con esa clase de mujeres; quiero hallar, de ser
posible, un nombre más dulce para designar la condición
de la muchacha cuya compasión y generosidad, que me
asistieron en la necesidad cuando el mundo entero me
había abandonado, debo el estar con vida en este
momento. Durante muchas semanas recorrí por las noches
la calle de Oxford en compañía de esa pobre muchacha
sin amigos o descansé a su lado en las escalinatas o al
abrigo de los portales. Debía ser menor que yo; en
verdad, me dijo que aún no había cumplido los dieciséis
años. Las preguntas que me inspiró el interés que
sentía por ella me permitieron irme enterando
gradualmente de su sencilla historia. Su caso (luego he
tenido ocasiones para suponerlo) es de los que ocurren
frecuentemente; si la beneficencia londinense mejorase
sus disposiciones, en muchos de ellos podría
interponerse el brazo de la ley para proteger o vengar.
Pero en Londres la corriente de la caridad, aunque
profunda y caudalosa, fluye en silencio por canales
subterráneos, a los que no tienen fácil acceso, si
acaso los conocen, los pobres desventurados sin hogar;
y no puede negarse que en su aire y conformación
exteriores la sociedad de Londres es dura, cruel y
repulsiva. . Sin embargo, en este caso advertí que
sería fácil reparar parte de los daños que había
sufrido Ann y muchas veces la insté vivamente a que
presentase su queja ante un magistrado; le aseguré que
sería atendida de inmediato, por más desvalida que
estuviese, y que la justicia inglesa, que no respeta
influencias, no tardaría en vengarla con el máximo
rigor del granuja brutal que la despojara de su pequeña
fortuna. Muchas veces también me prometió hacerlo, pero
se demoraba en poner en marcha las gestiones que yo le
señalaba cada cierto tiempo, pues su timidez y
abatimiento eran tales que denunciaban lo hondamente
que el dolor se había apoderado de su corazón de niña;
tal vez pensara, con razón, que nada podía hacer el más
íntegro de los jueces, ni el más justiciero de los
tribunales, para reparar sus más graves daños. A pesar
de ello, algo, tal vez, se habría hecho y al cabo quedó
acordado entre nosotros, aunque por desgracia sólo la
penúltima vez que nos vimos, que uno o dos días más
tarde nos presentaríamos juntos ante un magistrado y
que yo hablaría en su nombre. Pero estaba escrito que
no podría prestarle nunca este pequeño servicio. En
cambio, ella me prestó a mí uno mayor de lo que nunca
podría pagarle, que fue el siguiente: Una noche,
mientras caminábamos paso a paso por la calle de
Oxford, después de un día en que me había sentido más
débil y enfermo que de costumbre, le pedí que me
acompañara hasta la plaza de Soho: fuimos allá y nos
sentamos en los escalones de una casa, ante la cual no
puedo pasar, hasta el día de hoy, sin sentirme
acongojado y rendir homenaje en mi fuero interno al
espíritu de la pobre muchacha, en memoria de la noble
acción que cumplió en este lugar. De pronto, mientras
estábamos sentados, comencé a sentirme muy mal: había
estado apoyando la cabeza en su seno y súbitamente me
desprendí de sus brazos y caí hacia atrás, sobre las
gradas. Lo que sentí en ese momento me ha dejado la
firme e íntima convicción de que, sin un estímulo
poderoso que me reanimase, hubiera muerto en el acto o
por lo menos caído en tal grado de postración que, en
el desamparo en que me hallaba, pronto habría perdido
toda esperanza de recobrarme. Entonces, en esta crisis
de mi destino, mi pobre compañera huérfana —que sólo
encontrara agravios en el mundo— me tendió una mano
salvadora. Con un grito de terror, mas sin perder un
segundo, corrió hasta la calle de Oxford y, en menos de
lo que toma contarlo, volvió a mí con un vaso de vino y
especias que obraron sobre mi estómago vacío (que en
ese momento habría rechazado todo alimento sólido) con
un poder instantáneo de recuperación: la generosa
muchacha pagó este vaso de vino con el poco dinero que
entonces poseía —¡no lo olvidéis!— que apenas le
bastaba para sus necesidades más urgentes y sin ninguna
razón de suponer que alguna vez podría pagarle. ¡Oh mi
joven benefactora! ¡Cuántas veces, en los años que
siguieron, me encontré en lugares solitarios pensando
en ti con dolor de corazón y amor perfecto, cuántas
veces quise que, así como en la antigüedad se creía que
la maldición de un padre tenía poder sobrenatural y
perseguía a su víctima con fatal necesidad de
ejecución, también las bendiciones de un corazón
abrumado por la gratitud tuviesen prerrogativas
semejantes y recibiesen de lo alto la facultad de
seguirte, asediarte, alcanzarte, darte caza, hasta en
la oscuridad central de un burdel de Londres o (si
fuera posible) hasta en la oscuridad de la tumba para
allí despertarte con un mensaje solemne de paz y
misericordia, de reconciliación final!
No suelo llorar: no es tan sólo que mis pensamientos
sobre los temas relacionados con los principales
intereses del hombre desciendan cada día, cada hora más
bien, a mil brazas de profundidad, «demasiado hondo
para las lágrimas», ni que la austeridad de mis hábitos
intelectuales provoque un antagonismo (frente a los
sentimientos que desatan el llanto, que por fuerza no
existe en las personas a quienes su liviandad protege
de cualquier tendencia al dolor meditativo así como, a
causa de esa misma liviandad, son incapaces de resistir
a tales sentimientos cuando por azar se presentan),
sino creo también que, para defenderse de la más
extrema desesperación, todos los que consideren esas
cuestiones tan profundamente como yo, habrán tenido que
fomentar en sí mismos y venerar desde hace tiempo
alguna creencia consoladora sobre los futuros
equilibrios y los significados jeroglíficos del
sufrimiento humano. Por todas estas razones soy, hasta
ahora, hombre de buen humor y, como ya he dicho, no
suelo llorar. Sin embargo, algunos sentimientos, aunque
no más profundos ni apasionados, son más tiernos que
otros, y a menudo, cuando camino por la calle de Oxford
a la luz extraña de los faroles y el organillo toca las
mismas canciones que años antes escuchábamos con placer
mi querida compañera (como siempre debo llamarla) y yo,
se me caen las lágrimas y medito a solas en el acto
misterioso de la Providencia que tan súbita y
decisivamente nos separó para siempre. El lector sabrá
lo que sucedió al terminar este relato de introducción.
Poco después de ocurrido el último incidente de que he
dado cuenta me encontré en la calle Albermarle con un
caballero de la casa de Su Majestad. Este señor había
disfrutado en varias ocasiones de la hospitalidad de
mis padres y mi aire de familia le movió a dirigirme la
palabra. No traté de disimular: respondí francamente a
sus preguntas y, al asegurarme bajo palabra de honor
que no me entregaría a mis tutores, le di las señas de
mi amigo el abogado. Al día siguiente me hizo llegar un
billete de diezjjbras. El abogado recibió el sobre
junto con otras cartas de negocios y, aunque por su
mirada y actitud comprendí que sospechaba el contenido,
me la entregó honorablemente y sin demora alguna.
Este obsequio, en vista del servicio particular al que
fue destinado, me lleva naturalmente al propósito que
me incitó a venir a Londres y que había estado
demandando (para emplear un término jurídico) desde el
día que llegué a la ciudad hasta el de mi partida
definitiva.
Sorprenderá a mis lectores que en un mundo tan vasto
como Londres no encontrase un medio de evitar los
últimos extremos de la miseria: pensarán que disponía
al menos de dos recursos, ya sea procurarme la
asistencia de amigos de mi familia o bien dedicar mis
facultades y méritos juveniles a una actividad que me
dejase un beneficio pecuniario. En cuanto a mi primera
posibilidad he de señalar que, en general, temía más
que a todos los males el que mis tutores diesen
conmigo, pues no dudaba que emplearían al máximo en
contra mía cualquier autoridad que les otorgase la ley,
hasta el punto de devolverme por la fuerza a la escuela
que había abandonado: restauración que, por constituir
a mis ojos una deshonra aunque me sometiese a ella
voluntariamente, en caso de serme impuesta en oposición
y menosprecio a mis notorios deseos y esfuerzos,
significaría necesariamente una humillación peor que la
muerte y en realidad hubiera acabado por matarme. Así
pues, el temor de dar a mis tutores un indicio que les
permitiese apoderarse de mí hizo que no me atreviese a
pedir ayuda aun cuando estaba seguro de obtenerla.
Añadiré, por lo que toca a Londres, que si bien mi
padre tuvo en vida muchos amigos en esa ciudad, a los
diez años de su muerte yo me acordaba, aunque sólo
fuese de nombre, de muy pocos; como no había estado en
Londres nunca antes, salvo en una oportunidad y apenas
durante unas horas, ni siquiera conocía las señas de
esas personas. Por consiguiente, esta manera de
conseguir ayuda me estaba prohibida, en parte por la
dificultad y sobre todo por el temor vivísimo que he
mencionado. En cuanto a la otra manera de sostenerme,
ahora me pregunto, al igual que el lector, cómo pude
pasarla por alto. No dudo que como corrector de pruebas
en griego (ya que no de otro modo) hubiera logrado
ganar lo sufuciente para mis escasas necesidades. En un
puesto de esta clase hubiera desempeñado mis funciones
con exactitud puntual y ejemplar, con lo que pronto
ganara la confianza de mis empleadores. Tampoco hay que
olvidar que aun para conseguir este cargo tenía
necesidad de que alguien me presentase a un impresor
respetable, lo cual estaba fuera de mi alcance. Sin
embargo, lo cierto es que no se me ocurrió ni por un
momento pensar en las labores literarias como fuente de
ingresos. El único medio lo bastante rápido de
conseguir dinero que se me ocurrió fue tomarlo prestado
con la garantía de mis futuros derechos y expectativas.
Hice todo lo posible por llevar a la práctica esta idea
y me dirigí, entre otras personas, a un judío llamado
D[ell]4.
4 Por cierto, que dieciocho meses más tarde volví a dirigirme al
mismo judío con el mismo propósito y, como para entonces fechaba
mis cartas en un colegio prestigioso, tuve la suerte de que
estudiase con atención mis propuestas. Mis necesidades no se
debían a ninguna extravagancia ni a frivolidades de juventud
(pues mis costumbres y la naturaleza de mis placeres me ponían
muy por encima de ellas), sino tan sólo a la rencorosa malicia
de mi tutor quien, cuando comprendió que ya no podía impedirme
que fuese a la universidad, quiso dejarme un último recuerdo de
su buena voluntad y se negó a firmar una orden que me permitiera
recibir un solo chelín además de la pensión que me pagaba en la
Me presenté a este judío, así como a otros
prestamistas que se anunciaban en los periódicos
(algunos de los cuales, me parece, también eran judíos)
y les informé de mis expectativas; al consultar el
testamento de mi padre en Doctor's Commons comprobaron
lo exacto de la información. La persona allí mencionada
como segundo hijo de…… tenía todos los derechos que
yo afirmaba (y otros más), pero todavía quedaba una
pregunta que la cara de los judíos sugería muy
significativamente: ¿era yo esa persona? Nunca se me
había ocurrido que pudiera surgir esa duda; por el
contrario, cada vez que mis amigos judíos me examinaban
con tanta curiosidad, mi temor era que se sintiesen
demasiado convencidos de que yo era tal persona y
urdiesen un plan para atraparme y venderme a mis
tutores. Fue extraño descubrir que se acusaba, o al
menos sospechaba, a mi persona considerada materialiter
(esta era mi manera de decirlo ya que adoraba la
precisión lógica de las distinciones) de falsificar mi
propia persona, considerada formaliter. Para vencer
escuela, o sea 100 libras al año. En mi tiempo vivir en el
colegio con esa suma era apenas posible, y del todo imposible
para alguien quien, si bien exento de la ridicula ostentación de
despreocuparse ostentosamente del dinero así como de gustos muy
costosos, tenía en cambio el defecto de confiar demasiado en los
sirvientes y no se interesaba por los mezquinos detalles de la
economía doméstica. Pronto me vi en apuros y, por último, tras
una prolongada negación con el judío (alguno de cuyos episodios
divertirían mucho a mis lectores si tuviese tiempo de contarlos)
entré en posesión de la cantidad que había pedido con arreglo a
las condiciones «normales», que consistían en pagar al judío un
diecisiete y medio por ciento a título de intereses sobre toda
la suma del préstamo; por su parte, Israel se embolsaba
graciosamente tan sólo unas noventa guineas de dicha suma,
.mientras el resto correspondía a la cuenta del abogado (por qué
servicios —prestados a quién y cuándo, si en el sitio de
Jerusalén, la segunda construcción del Templo, o en alguna
ocasión anterior— es algo que todavía no he conseguido
averiguar). En verdad, he olvidado cuántas pérdidas medía la
cuenta, pero la conservo en un gabinete de curiosidades de
historia natural y creo que tarde o temprano he de obsequiarla
al Museo Británico.
tales escrúpulos recurrí al único medio que tenía a
mano. Mientras estaba en Gales había recibido varias
cartas de jóvenes amigos míos que pude presentarles al
instante, pues las llevaba siempre en los bolsillos y,
a decir verdad, eran a estas alturas casi las únicas
reliquias de mis posesiones personales (con excepción
de las ropas que traía puestas) de las que no me había
deshecho en una u otra forma. La mayoría de las cartas
eran del conde de [Altamont], entonces el más cercano
(o más bien el único) de mis amigos íntimos. Las cartas
venían de Eton. También tenía algunas del marqués de
[Sligo], su padre, que si bien se hallaba dedicado a
sus empresas agrícolas, había sido también alumno de
Eton y tan buen humanista como conviene que lo sea un
noble; el marqués no había perdido su afecto por los
clásicos y por los jóvenes estudiosos y a ello se debe
que, desde que yo cumpliera los quince años, estuviese
en correspondencia conmigo. A veces me escribía sobre
las grandes obras que había hecho o pensaba hacer en
los condados de M[ayo] y S[ligo] desde que yo los
visitara; otras sobre los méritos de algún poeta
latino; en fin, no faltaban ocasiones en que me sugería
temas que le gustaría verme tratar en verso.
Tras leer las cartas uno de mis amigos judíos aceptó
proporcionarme doscientas o trescientas libras contra
mi garantía personal, a condición de que convenciera al
joven conde —quien, dicho sea de paso, no era mayor que
yo— de que garantizase el pago al llegar nuestra
mayoría de edad: ahora me doy cuenta de que, en última
instancia, el fin que perseguía el judío no era el
beneficio insignificante que lograría en sus ratos
conmigo, sino la posibilidad de trabar relación con mi
noble amigo, cuyas inmensas expectativas conocía muy
bien. De acuerdo con la propuesta que me hiciera el
judío, unos ocho o nueve días después de recibir las
diez libras me dispuse a ir a Eton. Entregué casi tres
libras de esa suma a mi amigo el prestamista, quien me
explicó la necesidad de comprar unos sellos para ir
preparando las escrituras mientras me hallaba ausente
de Londres. Pensé que mentía, pero no quise darle
ningún pretexto que luego le permitiese achacarme sus
propias demoras. Di a mi amigo el abogado (que tenía
relaciones con los prestamistas ya que era abogado
suyo) una suma más pequeña, a la que en verdad tenía
derecho por sus apartamentos sin amueblar. Unos quince
chelines se fueron en reponer, muy modestamente, mis
ropas. Del resto entregué una cuarta parte a Ann,
pensando dividir con ella a mi regreso el dinero que
restase. Hechos estos arreglos, una oscura tarde de
invierno, poco después de la seis, partí en compañía de
Ann hacia Piccadilly, con intención de tomar el correo
de Bath o de Bristol hasta Salt Hill. Nuestro camino
atravesaba una parte de la ciudad que ahora ha
desaparecido por completo, de modo que no logro
recordar el antiguo límite: me parece que se llamaba la
calle Swallow. Sin embargo, como teníamos tiempo,
doblamos a la izquierda hasta llegar a la plaza Golden;
allí nos sentamos, cerca de la esquina de la calle
Sherrard, pues no queríamos despedirnos en medio del
tumulto y las luces de Piccadilly. Poco antes había
explicado mis planes a Ann; ahora volví a asegurarle
que compartiríamos mi buena fortuna, si acaso
sobrevenía, y que no la abandonaría nunca mientras me
quedasen fuerzas para protegerla. Esta era en verdad mi
intención, tanto por sentirme inclinado a ello como por
sentido del deber puesto que, para no hablar de la
gratitud que en todo caso me hiciera deudor suyo de por
vida, la amaba tan entrañablemente como si fuera mi
hermana, y en este momento con una ternura que la
compasión aumentaba siete veces al advertir su hondo
abatimiento. Al parecer tenía yo más razones para
sentirme abatido ya que dejaba a quien me había salvado
la vida y, sin embargo, a pesar de los golpes que
sufriera mi salud, me sentía alegre y lleno de
esperanzas. Ann, por el contrario, que se separaba de
alguien que contaba con muy escasos medios de servirla,
aparte de la bondad y el trato fraternal, estaba
abrumada por la pena, hasta tal punto que cuando la
besé en nuestra última despedida me echó los brazos al
cuello y lloró sin decir palabra. Esperaba volver a
verla, cuando mucho, una semana después y convinimos en
que la quinta noche a partir de aquélla, y todas las
noches siguientes, me esperaría a las seis cerca de
donde acaba la calle Great Tichfield que era, por así
decirlo, el refugio acostumbrado de nuestras citas,
para evitar que nos perdiésemos en el gran Mediterráneo
de la calle Oxford. Tomé estas y otras precauciones:
sólo me olvidé de una. Nunca me dijo, o bien yo olvidé
(como algo de poca importancia), su apellido. En
verdad, lo usual entre las humildes muchachas de su
desgraciada condición no es llamarse a sí mismas la
Srta. Douglas, la Srta. Montague, etc. (como las
mujeres de más pretensiones, lectoras de novelas), sino
sencillamente por sus nombres de pila: Mary, Jane,
Frances, etc. Hubiera debido preguntarle entonces su
apellido, el medio más seguro de encontrarla, pero lo
cierto es que, como no tenía ninguna razón para suponer
que, después de una separación tan breve, reunimos nos
sería más difícil o incierto de lo que había sido
durante muchas semanas, apenas si pensé un instante que
esto fuese necesario y me prometí hacerlo al
despedirnos: luego estuve tan preocupado en consolarla,
dándole esperanzas y en insistir en que comprara
algunas medicinas para la tos y la ronquera tan
violentos que sufría, que olvidé por completo
preguntárselo hasta que fue demasiado tarde para
volverla a llamar.
Eran pasadas las ocho cuando llegué al café de
Gloucester y, como el correo de Bristol estaba a punto
de partir, subí a la parte exterior. El movimiento
suave y constante del coche5 me adormeció muy pronto: es
curioso que el primer sueño tranquilo y reparador de
que disfruté durante meses fuese en la parte exterior
de un coche correo, lecho que hasta el día de hoy sigo
considerando más bien incómodo. En relación con este
5 El correo de Bristol es el mejor equipado del reino debido a la
doble ventaja de una carretera excepcionalmente buena y de una
partida especial para gastos suscrita por los comerciantes de
Bristol.
sueño ocurrió un pequeño incidente que, al igual que
centenares de otros de esa época, sirvió para
convencerme de cuan fácilmente alguien que nunca ha
sufrido pueda pasar por la vida sin saber nada, al
menos por experiencia propia, de la posible bondad del
corazón humano o, debo añadir con un suspiro, de su
posible vileza. Tan espeso es el telón de modales que
oculta el trazo y expresión de las naturalezas de los
hombres que, para un observador común, los dos extremos
y el margen infinito de variedades se confunden; el
compás vasto y multitudinario de sus diversas armonías
se reduce a una exigua indicación de las diferencias
expresadas en la gama o alfabeto de los sonidos
elementales. El caso fue el siguiente: durante las
primeras cuatro o cinco millas a partir de Londres
importuné al pasajero que viajaba junto a mí en el
techo, pues caía sobre él cada vez que el coche daba un
bandazo de su lado; más aún, si la carretera hubiese
sido menos llana y pareja habría acabado por caerme,
tanta era mi debilidad. Mi vecino protestó ante la
molestia que le causaba, como seguramente lo hubiese
hecho cualquiera en las mismas circunstancias, si bien
se quejó con más dureza de lo que podía esperarse y, de
haberme separado de él en ese momento, habría pensado
(si acaso creyera que valía la pena pensar en él) que
se trataba de un personaje malhumorado y casi brutal.
No obstante tenía conciencia de haberle dado motivos
para protestar y en consecuencia le presenté mis
excusas, prometiéndole hacer lo que estuviera en mi
alcance para no quedarme dormido otra vez; al mismo
tiempo le expliqué, en tan pocas palabras como pude,
que me hallaba débil y enfermo a causa de mis muchos
sufrimientos y que, por ahora, no podía darme el lujo
de viajar en el interior del coche. Su actitud cambió
en cuanto oyó mis explicaciones; la próxima vez que
volví a despertarme un instante, con el ruido y las
luces de Hounslow (ya que, a pesar de mi voluntad y mis
esfuerzos, había vuelto a dormirme a los dos minutos de
hablarle) encontré que me había echado el brazo sobre
los hombros para evitar que me cayera, y durante el
resto del viaje se portó conmigo con tan femenina
dulzura que al cabo iba casi acostado entre sus brazos;
tanto mayor era su bondad que no podía saber si acaso
yo no viajaría todo el trayecto hasta Bath o Bristol.
Lo cierto es que, por desgracia, fui más lejos de lo
que tenía pensado, pues dormía tan suelta y
descansadamente que, tras dejar Hounslow, sólo volví a
despertarme con una brusca parada del coche, sin duda
ante una oficina de correo. Al preguntar dónde
estábamos me respondieron que habíamos llegado a
Maidenhead, que si mal no recuerdo está seis o siete
millas más allá de Salt Hill. Bajé del coche y, en el
medio minuto que estuvo detenido, mi afectuoso
compañero (quien, apenas si entrevisto durante un
minuto en Picadilly me había parecido el mayordomo de
algún caballero o al menos persona de tal condición) me
instó vivamente a que me acostase en el acto. Así lo
prometí, sin la menor intención de cumplirlo y, por el
contrario, me eché a caminar hacia delante o, mejor
dicho, hacia atrás. Sería casi la medianoche, pero
avanzaba tan lentamente que no había llegado al camino
entre Slough y Eton cuando sentí dar las cuatro en el
reloj de una granja. El aire y lo que alcancé a dormir
me habían repuesto, pero me sentía fatigado. Recuerdo
una idea (muy simple, pero que un poeta romano expresa
bellamente) que en esa hora consoló en algo mi pobreza.
Poco antes se había perpetrado un asesinato en los
alrededores de Hounslow. Creo no equivocarme si afirmo
que el nombre de la víctima era Steek, el propietario
de un sembrado de espliego de las inmediaciones. Cada
uno de mis pasos me acercaba al lugar del crimen y,
como es natural, pensé que si el perverso asesino había
salido esa noche, tal vez en ese mismo instante nos
acercábamos el uno al otro en la oscuridad, sin
saberlo; en cuyo caso, me dije, suponiendo que en vez
de ser (como en verdad soy) poco más que un paria
Señor de mi saber, aunque sin tierra
fuese, al igual que mi amigo Lord [Altamont],
reconocido por todos como heredero de una renta de
70.000 libras anuales, ¡qué pánico sentiría en este
momento por la suerte de mi garganta! En verdad no era
nada probable que Lord [Altamont] se hallase nunca en
mi situación, pero no afecta el fondo de mi
observación: el mucho poder y las muchas posesiones
inspiran en el hombre un miedo vergonzoso de morir y
estoy convencido de que si la mayoría de los más
intrépidos aventureros —quienes disfrutan del pleno uso
de su valentía natural gracias a la buena fortuna que
los hizo nacer pobres— recibiesen al momento de entrar
en acción la noticia de que acababan de heredar en
Inglaterra un patrimonio de 50.000 libras al año,
sentirían que su aversión por las balas se agudizaba de
manera considerable6 mientras que sus esfuerzos por
guardar una perfecta ecuanimidad y dominio de sí mismos
se volverían, en proporción, tanto más difíciles. Tan
cierto es que —para decirlo con las palabras de un
sabio que conocía por experiencia ambos extremos de la
fortuna— las riquezas sirven más para
Aflojar la virtud y embotar su acero
Que a tentarla con hazañas dignas de elogios
El Paraíso Recobrado
Me demoro en el tema porque para mí el recuerdo de esa
época de mi vida tiene profundo interés. Pero no daré
al lector más causas de queja y me apresuro a terminar.
En el camino entre Slough y Eton me quedé dormido y al
romper el alba me despertó la voz de alguien que estaba
de pie a mi lado, mirándome. No sé quién era; tenía
mala catadura, lo cual no significa por fuerza que sus
6 Se objetará que, en nuestros propios tiempos y en toda nuestra
historia, muchas personas del más alto rango y de gran riqueza
fueron las primeras en buscar el peligro en el campo de batalla.
En efecto; pero éste no es el caso supuesto: una vieja
familiaridad con el poder los ha hecho insensibles a sus efectos
y atracciones.
intenciones fueran malas, o si lo eran supongo que se
dijo que no valía la pena robar a nadie que duerme al
aire libre en pleno invierno. Ahora me permito
señalarle, si se encuentra entre mis lectores, que en
lo que a mí respecta esta última conclusión era
equivocada. Después de unas palabras siguió su camino y
a mí no me pesó el incidente puesto que me permitió
atravesar Eton antes que la gente estuviese en pie. La
noche había sido fría y nublada; al amanecer cayó una
ligera escarcha y el suelo y los árboles se cubrieron
de hielo. Pasé por Eton inadvertido, me lavé y arreglé
mis ropas, en lo posible, en una pequeña taberna de
Windsor y a eso de las ocho de la mañana me encaminé a
Pote's. Antes de llegar me encontré con unos alumnos de
los primeros años a quienes hice unas preguntas: un
etoniano es siempre un caballero y, a pesar de mis
prendas tan raídas, me respondieron cortésmente. Mi
amigo Lord [Altamont] había partido a la Universidad de
[Cambridge]. «Ibi omnis effusus labor!» Tenía otros
amigos en Eton, pero quien se halla en apuros no se
presenta de buena gana a todos los que en la
prosperidad se llaman amigos suyos. Tras pensarlo un
instante pregunté por el conde de D[esart] ante quien
no tenía reparo en presentarme en cualquier
circunstancia, por más que mi relación con él no fuese
tan íntima como con algunos otros amigos. Todavía se
encontraba en Eton si bien creo que a punto de salir
para Cambridge. Fui a verlo, me recibió amablemente y
me invitó a desayunar con él.
Aquí me permito detenerme un momento para evitar que
mi lector llegue a conclusiones falsas: si bien he
tenido ocasión de referirme de paso a varios amigos
aristócratas, no debe suponerse que tengo la menor
pretensión de ser noble o de sangre ilustre. No es así,
a Dios gracias: soy hijo de un comerciante inglés común
y corriente, estimado mientras vivió por su integridad
ejemplar, gran aficionado al ejercicio literario (como
que fue, anónimamente, autor de un libro); de haber
vivido hubiera llegado a ser muy rico, pero al morir
prematuramente dejó sólo unas 30.000 libras a siete
herederos distintos. Me honro al mencionar las dotes
aún mayores de mi madre; no ha aspirado nunca al título
ni a los honores de la literata, pero me atrevo a
llamarla una mujer intelectual (lo que no son muchas
literatas) y creo que si un día se reuniesen y
publicasen sus cartas se encontraría en ellas un buen
sentido fuerte y masculino, expresado en un inglés tan
castizo, tan lleno de la gracia y frescura del uso
idiomático como puede hallarse en cualquiera de
nuestras colecciones de cartas, con la posible
excepción de las de Lady M. W. Montagu. Estos son los
honores de mi ascendencia; no tengo otros y he dado
sinceras gracias a Dios por no tenerlos ya que, a mi
juicio, una posición que eleva demasiado al hombre por
encima del prójimo no es la más favorable para las
cualidades morales o intelectuales.
Lord D[esart] puso ante mí el más espléndido desayuno.
En verdad lo era y a mis ojos su esplendidez se
triplicaba por ser la primera comida normal, la primera
«mesa bien provista» a la que me sentaba después de
meses. Sin embargo, por raro que parezca, apenas probé
bocado. El día que recibí el billete de diez libras
había comprado un par de bollos en una panadería: la
misma tienda, por cierto, que dos meses o seis semanas
antes contemplara con deseo tan intenso que recordarlo
me era casi una humillación. Tenía presente la historia
de Otway y temí que fuera peligroso comer con demasiada
rapidez. Mas no tenía por qué alarmarme, había perdido
el apetito y sentí náuseas antes de comer la mitad de
lo que había comprado. Durante semanas me ocurrió lo
mismo cada vez que tomaba algo que se pareciese a una
comida: aunque no sintiera náuseas devolvía siempre
parte de lo que había comido, a veces con una sensación
de acidez y otras de inmediato y sin acidez alguna. En
la presente ocasión, sentado a la mesa de Lord
D[esart], no me encontré mejor que de costumbre y en
medio de los más sabrosos manjares no sentí el menor
apetito. En cambio, no me dejaba ni un momento, para mi
desgracia, un vivo deseo de beber vino; expliqué mi
situación a Lord D[esart] y le hice un breve relato de
los males por que había pasado, y él, tras escucharme
con compasión, ordenó que trajesen vino. Beber me daba
placer y alivio momentáneos y no dejaba de hacerlo cada
vez que se me presentaba la ocasión; entonces adoraba
el vino como luego he adorado el opio. Estoy convencido
de que esta afición al vino contribuyó a agravar mi
enfermedad ya que, si bien el tono del estómago parecía
muy decaído, es probable que con un régimen mejor me
recobrara antes y quizá con mayor seguridad. Espero que
no fuese el amor al vino lo que me hizo demorarme en
compañía de mis amigos de Eton: yo me convencí entonces
de que lo hacía por no pedirle a Lord D[esart], con
quien no tenía suficiente confianza, el favor tan
especial que me había traído a Eton. De otra parte me
resistía a dar por perdido el viaje y acabé por
decidirme. Lord D[esart] me había acogido con una
bondad sin límites por la compasión que le inspiraba mi
estado y por la íntima amistad que me unía con
parientes suyos, no porque examinase con rigor la razón
que me asistía, pero no estuvo a la altura de mi
petición. Reconoció que no le gustaba tener ningún
trato con prestamistas y expresó el temor de que una
transacción de esta clase llegase a oídos de sus
relaciones. Por lo demás, siendo sus expectativas mucho
más restringidas que las de Lord A[ltamont], dudaba que
a mis no bautizados amigos les bastara su firma.
Tampoco deseaba mortificarme con una negativa absoluta
y, tras pensarlo un poco, me prometió que me daría su
garantía con arreglo a ciertas condiciones. Lord
D[esart] no había cumplido entonces dieciocho años: al
recordar la prudencia y buen sentido que demostró en
esta oportunidad, así como la cortesía de su trato
(cortesía que en él se iluminaba con la gracia de la
sinceridad juvenil) he dudado muchas veces que un
hombre de estado —aun el más viejo y avezado en la
diplomacia— hubiera podido portarse mejor en tales
circunstancias. Más aún, en casi todos los casos no
sería posible presentarse a alguien con una propuesta
semejante sin ganarse una mirada tan adusta y poco
propicia como la de esas cabezas de sarracenos que
cuelgan a la puerta de las posadas.
Animado por esta promesa, que no era lo mejor que
hubiese podido desear aunque sí mucho más de lo peor
que había imaginado, regresé en coche de Windsor a
Londres tres días después de mi partida. Llego ahora al
final de mi historia: los judíos no accedieron a las
condiciones de Lord D[esart]; no sé si sólo querían
ganar tiempo para hacer averiguaciones y hubiesen
terminado por aceptarlas; surgieron muchas demoras,
pasó el timpo, el pequeño fragmento de billete que me
restaba acabó por disolverse enteramente y me vi a
punto de recaer en mi anterior estado de postración sin
haber logrado cerrar ningún trato. De pronto, en medio
de esta crisis, se presentó casi por accidente la
posibilidad de reconciliarme con mis amigos. Salí
apresuradamente de Londres para dirigirme a un remoto
rincón de Inglaterra; pasado cierto tiempo ingresé en
la universidad y sólo después de muchos meses me fue
posible visitar de nuevo los lugares que habían llegado
a ser tan entrañables para mí, y hasta el día de hoy lo
siguen siendo, ya que fueron el principal escenario de
mis desventuras juveniles.
Entretanto ¿qué había ocurrido con la pobre Ann? He
guardado para ella mis últimas palabras: tal como lo
habíamos convenido, mientras estuve en Londres la
busqué todos los días y fui a esperarla cada noche a la
esquina de la calle Titch-field. Pregunté por ella a
todo el que podía conocerla y durante las últimas horas
de mi estancia en Londres puse en juego todos los
medios de encontrarla que me sugería mi conocimiento de
la ciudad y me permitía el alcance limitado de mis
posibilidades. Conocía la calle, aunque no la casa,
donde había vivido Ann, pero al cabo recordé que, según
me contara, el propietario la trataba mal, por lo que
probablemente se había mudado antes de separarnos. Ann
tenía pocas relaciones y, por lo demás, casi todas las
personas a las que acudí pensaban que el fervor de mi
búsqueda se debía a razones que les inspiraban risa o
menosprecio; otros, creyéndome a la caza de una
muchacha que me había robado algo, se negaban, como es
natural y disculpable, a darme cualquier indicio de su
paradero si es que acaso podían dármelo. Por último, a
modo de recurso desesperado, el día que dejé Londres
puse en manos de la única persona que (estoy seguro)
conocía de vista a Ann, ya que nos acompañó una o dos
veces, las señas de…… en ……shire, donde entonces
residía mi familia. Pero hasta hoy no he oído una
palabra de ella. Entre las muchas penas que todos
encontramos en la vida ésta ha sido mi más honda
aflicción. Si vive no hay duda que a veces nos hemos
buscado en el mismo instante a través de los poderosos
laberintos de Londres; tal vez hemos estado a pocos
pasos uno del otro; ¡no es más ancha la barrera en una
calle de Londres y muchas veces equivale a la
separación por toda la eternidad! Durante años tuve
esperanza de que viviera y supongo que, en el sentido
literal y no retórico de la palabra miríada, puedo
decir que en mis distintas visitas a Londres he mirado
muchas miríadas de rostros de mujeres con la esperanza
de encontrarla. La reconocería entre mil con sólo verla
un instante pues, aunque no era hermosa, tenía una
expresión de dulzura y un gracioso porte de cabeza que
le era propio. La busqué, he dicho, con esperanza. Así
fue durante años pero ahora tendría miedo de verla: y
su tos, que me entristeció al separarme de ella, es
ahora mi consuelo. Ya no quiero verla: prefiero pensar
en ella como alguien que descansa desde hace tiempo en
la tumba; en la tumba, espero, de una Magdalena
arrebatada antes de que los agravios y la crueldad
borrasen y transfigurasen su naturaleza inocente o que
las brutalidades de los rufianes completasen la ruina
que habían empezado.
Parte II
Así pues, calle Oxford, ¡madrastra de corazón de
piedra! Tú que escuchaste los suspiros de los huérfanos
y bebiste las lágrimas de los niños, al cabo fui
despedido de tu presencia, llegó por fin el momento en
que no volvería a recorrer lleno de angustia tus aceras
interminables, en que ya no soñaría ni me despertaría
otra vez en el cautiverio de los tormentos del hambre.
Sin duda, Ann y yo tuvimos demasiados sucesores que
desde entonces marcharon sobre nuestras huellas,
herederos de nuestras calamidades: otros huérfanos que
no eran Ann suspiraron, otros niños vertieron lágrimas,
y tú, calle Oxford, resonaste desde entonces con los
gemidos de innumerables corazones. Pero en mi caso se
diría que la tempestad a que sobreviví trajo consigo
una promesa de buen tiempo y que con mis sufrimientos
prematuros pagué por adelantado el rescate de muchos
años por venir y el precio de una larga inmunidad al
dolor, y si volví a caminar por la calle de Oxford,
solitario, contemplativo, fue casi siempre sereno y con
el corazón en calma. Y aunque es cierto que las
desgracias de mi noviciado de Londres se arraigaron tan
hondamente en mi constitución física que más tarde
brotaron y florecieron otra vez, follaje nocivo cuya
sombra oscureció mi vida, estos segundos asaltos del
sufrimiento encontraron una fortaleza más probada, los
recursos de una inteligencia más madura y los
paliativos de un afecto compadecido, hondo y
tiernísimo.
Sin embargo, cualesquiera fuesen los paliativos, los
vínculos sutiles del dolor, derivados de una raíz
común, unieron entre sí años que estaban muy separados.
Aquí propondré un ejemplo de la ceguera de los deseos
humanos y es que la primera vez que viví, tan
tristemente, en Londres, las noches de luna solía ser
mi consuelo (si tal puede llamarse) mirar desde la
calle de Oxford en dirección de todas las avenidas
sucesivas que atraviesan el corazón de Marylebone hasta
llegar a los campos y los bosques; allá, me decía a mí
mismo viajando con los ojos por los amplios panoramas
en parte iluminados y en parte en sombra, «allá está el
camino del norte que lleva a……, y si tuviese las alas
de la paloma hacia allá volaría en busca de consuelo».
Esto es lo que me decía, esto es lo que deseaba en mi
ceguera; y sin embargo en esa misma región del norte,
en ese mismo valle —¡qué digo!—, en la misma casa a que
apuntaban mis deseos extraviados, surgieron por segunda
vez mis sufrimientos y amenazaron sitiar la ciudadela
de la vida y la esperanza. Allí me persiguieron durante
años fantasmas tan atroces, como los que rodeaban el
lecho de Orestes y en algo fui más desgraciado que él,
pues el sueño que a todos trae descanso y refrigerio
derramó un bálsamo bendito7 sobre su corazón herido y su
cerebro alucinado, y para mí, fue el más amargo de los
flagelos. Tan ciego era en mis deseos; pero si en
verdad se interpone un velo entre la ignorancia del
hombre y sus futuros desastres, el mismo velo oculta
también lo que será su consuelo, y el dolor que no se
temió encuentra el alivio que no se esperaba. Yo
compartía, por así decirlo, todas las congojas de
Orestes (con la única excepción de su conciencia
atormentada) y compartí también sus defensas: como las
suyas, mis Euménides se apostaron a los pies de la cama
y clavaron en mí los ojos a través de los cortinajes;
pero junto a la almohada, renunciando al sueño para
acompañarme noche a noche en las duras vigilias, velaba
mi Electra: tú, querida M., querida compañera de esos
años, tú fuiste mi Electra y no permitiste que una
hermana griega fuese más que una esposa inglesa en la
lealtad del corazón ni en la infinita paciencia del
afecto. No tuviste en poco inclinarte a los humildes
oficios de la bondad y a las atenciones serviles8 del
cariño más tierno, y enjugar el rocío malsano de la
frente o refrescar los labios resecos que ardían de
fiebre; y ni siquiera cuando perdiste la tranquilidad
de tus propios sueños —que por la mucha lástima se
contagiaron ante el espectáculo de mi lucha terrible
7 Φιλον υπνη θελyητρον επικουρον νοσον.
8 ηδυ δουλευμα. EURIP. Orest.
con fantasmas y sombras enemigas que tantas veces me
ordenaron «no duermas»—, ni siquiera entonces hubo en
ti una queja o un murmullo, ni cesaron tus sonrisas
angelicales, ni te retrajiste al servicio del amor más
de lo que en otro tiempo se retrajera Electra. Pues
también ella, aunque griega e hija del rey de hombres9,
lloraba a veces y ocultaba el rostro en la túnica10.
Pero estas penas han pasado: el lector tiene ante sí
la relación de una época que para nosotros dos fue tan
dolorosa como la leyenda de un sueño horrible que ya no
volverá. Entre tanto he venido otra vez a Londres: otra
vez recorro por las noches la calle de Oxford; a
menudo, cuando me abruman las ansiedades que sólo puedo
resistir acudiendo a toda mi filosofía y al consuelo de
tu presencia, advierto que me separan de ti trescientas
millas y tres meses de tristeza, miro las avenidas que
van de la calle de Oxford hacia el norte, recuerdo las
angustiadas exclamaciones de mi juventud y, al pensar
que aguardas sola en el mismo valle, señora de la misma
casa a la que hace diecinueve años se volvía mi corazón
en su ceguera, me digo que aunque en verdad ciegos y en
los últimos tiempos lanzados a todos los vientos, los
impulsos de mi corazón se hunden en un pasado más
remoto y cabe buscar en ellos otro sentido; y si me
permitiera retornar a los deseos impotentes de la
infancia, me diría otra vez mientras miro hacia el
norte: «Oh, quién tuviera las alas de la paloma», y con
certera confianza en la bondad de tu naturaleza llena
9 αναξανδρων ’Αyαμεμνων.
10 ομμα θεισ’ ειτω πεπλων. El conocedor de los clásicos sabe que en
todo este pasaje me refiero a las primeras escenas de Orestes,
una de las más bellas exposiciones de los efectos familiares que
ofrecen los dramas de Eurípides. Tal vez sea preciso advertir al
lector inglés que, al comenzar el drama, la situación es la de
la de un hermano a quien sólo asiste su hermana mientras dura la
posesión demoníaca de una conciencia afligida (o, en la
mitología de la pieza, mientras lo asedian las furias) en
circunstancias de inminente peligro a causa de sus enemigos y
del abandono o indiferencia de quienes eran amigos tan sólo de
nombre.
de gracia podría añadir la otra mitad de mi antigua
exclamación: «para volar hacia allá en busca de
consuelo».
Los Placeres del Opio
Hace tanto tiempo que probé por primera vez el opio
que si este hecho fuera en mi vida un incidente sin
importancia habría olvidado la fecha; pero los
acontecimientos decisivos no se olvidan y, por
circunstancias relacionadas con el caso, sé que ello
debió ocurrir durante el otoño de 1804. Me hallaba
entonces en Londres, adonde venía por primera vez desde
que ingresara a la universidad. Mi introducción al opio
sucedió de la manera siguiente. Desde temprana edad
estaba acostumbrado a lavarme la cabeza con agua fría
por lo menos una vez al día; una noche sentí un
violento dolor de muelas que atribuí al haber
interrumpido, por simple accidente, dicha práctica;
salté de la cama, hundí la cabeza en una jofaina de
agua y me eché a dormir con el cabello mojado. Casi no
hace falta decir que la mañana siguiente desperté con
agudísimos dolores reumáticos en la cabeza y en la
cara, que no me dejaron un instante de alivio durante
veinte días. Creo que el vigésimo-primer día, un
domingo, salí a la calle más para huir de mis
tormentos, si acaso era posible, que con ningún
propósito definido. Un conocido de la universidad,
encontrado por azar, me recomendó el opio. ¡Opio!
¡Temible agente de placeres y sufrimientos
inimaginables! Había oído hablar del opio como del maná
o la ambrosía pero nada más. ¡Qué poco sentido tenía
entonces su nombre! ¡Qué solemnes acordes hace resonar
ahora en mi alma! ¡Cómo se estremece el corazón con
recuerdos amargos o felices! Al evocar estos recuerdos
siento que las más leves circunstncias relativas al
lugar, la hora y el hombre (si era un hombre) que me
condujeron por primera vez al Paraíso de los comedores
de opio tienen una importancia mística. Era una tarde
de domingo húmeda y triste; no hay en el mundo
espectáculo más aburrido que un domingo lluvioso de
Londres. El camino a casa pasaba por la calle de Oxford
y cerca del «augusto Panteón» (como ha tenido la
amabilidad de llamarlo el Sr. Wordsworth) vi la tienda
de un boticario. El boticario, ministro inconsciente de
placeres celestiales, estaba en armonía con el domingo
lluvioso, pues parecía todo lo aletargado y estúpido
que cabe esperar de cualquier boticario mortal un
domingo, y cuando le pedí tintura de opio me la dio
como podía haberlo hecho cualquier otra persona; aún
más, al cambiarme una moneda de un chelín me entregó lo
que parecía ser un verdadero medio penique de cobre,
que sacó de un verdadero cajón de madera. Sin embargo,
a pesar de tales indicios de humanidad, perdura desde
entonces en mi memoria como la visión beatífica de un
boticario inmortal enviado a la tierra en misión
especial ante mi persona. Confirma mi modo de pensar el
hecho de que, la siguiente vez que vine a Londres, lo
busqué cerca del augusto Panteón y no logré
encontrarlo; con lo cual a mí, que ignoraba su nombre
(si es que lo tenía), me quedó la impresión de que se
había desvanecido de la calle de Oxford y no retirado
de ella de manera material. El lector, si así lo
prefiere, puede suponer que posiblemente se trataba tan
sólo de un boticario sublunar; bien pudiera ser, pero
mi fe es superior: creo que se esfumó11 o se evaporó,
tan poco dispuesto estoy a poner en relación cualquier
recuerdo mortal con esa hora, ese lugar y esa criatura
que por vez primera me dieron a conocer la droga
celestial.
11 Se esfumó: esta manera de retirarse de la escena de la vida
parece haber sido muy conocida en el siglo xvn, aunque entonces
se consideraba como un j privilegio privativo de la sangre real
y en modo alguno permitido a los boticarios. En efecto,
alrededor del año 1686, un poeta de nombre más bien ominoso
(que, dicho sea de paso, hizo entera justicia a su nombre) i.e.
el Sr. Flat-man, al hablar de la muerte de Carlos II, expresa su
sorpresa ante el hecho de que un príncipe cometa un acto tan
absurdo como morir, y añade:
Desdeñen morir los reyes, sólo desaparezcan.
o sea, que deben fugarse sigilosamente al otro mundo.
Como es de suponer, al llegar a casa no perdí un
momento en tomar la cantidad prescrita. Naturalmente,
nada sabía del arte y misterio del opio y lo que tomé
lo tomé con todas las desventajas posibles. Pero lo
tomé, y, una hora más tarde, ¡oh cielos!, ¡qué cambio
tan repentino!, ¡cómo se elevó, desde las más hondas
simas, el espíritu interior!, ¡qué apocalipsis del
mundo dentro de mí! Que mis dolores se desvanecieran
fue, a mis ojos, una insignificancia: este efecto
negativo se hundía en la inmensidad de los efectos
positivos que se abrían ante mí, en el abismo de divino
deleite súbitamente revelado. Esta era la panacea —el
(texto griego)— de todos los males humanos; aquí
estaba, descubierto de un golpe, el secreto de la
felicidad sobre el que disputaron los filósofos a
través de las edades; la felicidad podía comprarse por
un penique y llevarse en el bolsillo del chaleco, los
éxtasis portátiles encerrarse con un corcho en una
botella de medio litro, la paz del alma transportarse
por galones en coches de correo. Pero si hablo de esta
manera el lector creerá que me estoy riendo, y puedo
asegurarle que n^die ríe mucho tiempo si frecuenta el
opio: sus placeres tienen un carácter grave y solemne;
ni siquiera en su estado más feliz puede presentarse al
comedor de opio como un modelo del Allegro: aun
entonces habla y piensa como conviene a Il Penseroso.
Sin embargo, tengo la costumbre, por cierto muy
censurable, de andar con burlas en medio de mis propias
desgracias y, si no me refrenan otros sentimientos más
intensos, mucho me temo que me haré culpable de
práctica tan indecente aun en estos anales del dolor y
la delicia. Sea el lector indulgente ante lo débil de
mi naturaleza y, con unas pocas concesiones de esta
clase, trataré de ser tan grave, ya que no tan
soporífico, cual corresponde al tema del opio, que es
en verdad antimercurial aunque no adormecedor como
falsamente se le considera.
Para empezar, una palabra en cuanto a sus efectos
corporales, ya que acerca de todo lo hasta ahora
escrito sobre el opio por los viajeros que han
recorrido Turquía (quienes pueden reclamar el
privilegio de mentir como un derecho antiguo e
inmemorial) o los profesores de medicina que hablan ex
cathedra he de pronunciar, con el mayor énfasis
posible, una sola crítica: ¡Mentiras! ¡Mentiras!
¡Mentiras! Recuerdo que en una ocasión, al pasar ante
un puesto de libros, leí estas palabras en las páginas
de un autor satírico: «Para entonces me había
convencido de que los periódicos de Londres dicen la
verdad dos veces por semana, a saber: el martes y el
jueves, y que se puede tener fe en ello —cuando
publican la lista de quiebras.» De manera semejante, no
pretendo negar que se hayan comunicado al mundo algunas
verdades en lo que respecta al opio: por ejemplo, los
doctores han declarado en varias oportunidades que el
opio es de color castaño oscuro y —dejo constancia de
ello— estoy dispuesto a admitirlo; en segundo lugar,
afirman que es más bien caro y también lo concedo, ya
que en mi tiempo el opio de las Indias Orientales
costaba tres guineas por libra y el de Turquía ocho; y,
en tercer lugar, advierten que si lo come usted en
grandes cantidades, muy probablemente se verá obligado
a hacer algo que resulta en extremo desagradable a toda
persona de costumbres morigeradas, o sea morirse12.
Estas ponderosas afirmaciones, todas y cada una de
ellas, son ciertas; no puedo negarlas y la verdad ha
sido y será siempre digna de elogio. Creo, sin embargo,
que con estos tres teoremas hemos agotado todos los
conocimientos que el hombre ha acumulado hasta ahora
acerca del opio. Por lo tanto, ilustres doctores, en
vista de que todavía hay lugar para nuevos
12 Se diría, no obstante, que últimamente la gente más enterada
abriga ciertas dudas al respecto, ya que en una edición pirata
de la Medicina Doméstica, de Buchan, vista una vez en manos de
la mujer de un agricultor que la consultaba por cuestiones de
salud, se hace decir al doctor: «Póngase especial cuidado en no
tomar nunca más de veinticinco onzas de láudano al mismo
tiempo.» Lo más probable es que el texto original dijera
veinticinco gotas, que equivalen a alrededor de un gramo de opio
crudo.
descubrimientos, háganse ustedes a un lado y permítanme
presentarme a disertar sobre el tema.
En primer lugar, todo el que formal o incidentalmente
toca la cuestión ni siquiera se molesta en afirmar,
sino que da por sentado, que el opio es, o puede ser,
causa de embriaguez. Ahora bien, lector, puedes estar
seguro, meo periculo, que ninguna cantidad de opio
embriagó ni puede embriagar nunca a nadie. En cuanto a
la tintura de opio (comúnmente llamada láudano) eso sí
que puede embriagar, ciertamente, si alguien tiene
bastante resistencia como para bebería en cantidades
suficientes; ¿por qué? Por la cantidad de alcohol y no
por el opio que contiene. En cambio afirmo de modo
perentorio que el opio crudo no puede producir en
absoluto ningún estado corporal que se parezca
remotamente al que produce el alcohol: es incapaz de
ello no sólo en cuanto al grado sino también en cuanto
a la clase de los efectos: lo que difiere no es sólo la
cantidad sino sobre todo la calidad. El placer que da
el vino va siempre en aumento y tiende a una crisis,
pasada la cual declina; el del opio, una vez generado,
se mantiene estacionario durante ocho o diez horas; el
primero, según la distinción técnica utilizada en
medicina, es un placer agudo, el segundo es crónico; el
primero es una llama, el otro un resplandor constante y
uniforme. Pero la diferencia principal estriba en esto,
que mientras el vino desordena las facultades mentales,
el opio, por el contrario (si se toma de manera
apropiada), introduce en ellas el orden, legislación y
armonía más exquisitos. El vino roba alj hombre el
dominio de sí mismo; el opio, en gran medida, lo
fortalece. El vino perturba y oscurece el juicio y da
una claridad sobrenatural y una exaltación muy vívida a
los desprecios y admiraciones, amores y odios de
bebedor; el opio, en cambio, imparte serenidad y
armonía a todas las facultades, sean activas o pasivas,
y con respecto al carácter, y los sentimientos morales
en general, comunica tan sólo esa especie de calor
vital que la razón aprueba y que probablemente acompañó
siempre a toda constitución dotada de una salud
primitiva y antediluviana. El opio, al igual que el
vino, acrece en el corazón los afectos más benignos,
pero con esta diferencia notable, que la súbita
expansión de la cordialidad que acompaña a la
embriaguez es siempre más o menos sensiblera, lo cual
la expone al menosprecio de los espectadores. Aquí será
el estrecharse la mano, el jurarse amistad eterna y el
echarse a llorar, aunque nadie sepa por qué: el
predominio de la criatura sensual es evidente. En
cambio, la expansión de los sentimientos benévolos
característica del opio no es un acceso febril, sino
una saludable restauración al estado que la mente
recobra de modo natural al suspenderse cualquier honda
irritación de dolor que altere y contrarreste los
impulsos de un corazón de por sí justo y bueno. Cierto
es que también el vino, en algunas personas y hasta
cierto punto, tiende a exaltar y fortalecer la
inteligencia; yo mismo, que nunca he sido gran bebedor
de vino, encontraba que media docena de vasos afectaban
para bien mis facultades, aclaraban e intensificaban la
sensibilidad y daban a la mente la sensación de ser
«ponderibus librata suis»: y sin duda es absurdo decir,
como en la expresión popular inglesa, que alguien está
disfrazado por el vino cuando, por ell contrario, la
mayoría de los hombres están disfrazados por la
sobriedad y sólo al beber muestran su verdadero
carácter, (texto griego) (como dice el viejo caballero
de Ateneo) lo cual seguramente no es difrazarse. Pero
el vino suele llevar al borde del desvarío y la
extravagancia y, pasado cierto límite, volatiliza y
dispersa las energías intelectuales, mientras que el
opio parece siempre sosegar lo que estaba agitado y
concentrar lo discorde. En suma, para decirlo todo en
una palabra, el hombre que está embriagado o que tiende
a la embriaguez se halla, y siente que se halla, en
unas condición que favorece la supremacía de la parte
meramente humana, y a menudo brutal, de su naturaleza,
en tanto que el comedor de opio (hablo de aquel que no
sufre de ninguna enfermedad ni de otros efectos remotos
del opio) siente que en él predomina la parte más
divina de su naturaleza: los afectos morales se
encuentran en un estado de límpida serenidad y sobre
todas las cosas se dilata la gran luz del intelecto
majestuoso.
Esta es la doctrina de la verdadera iglesia en cuanto
al opio: iglesia de la que confieso ser el único
miembro, el alfa y el omega; pero téngase en cuenta que
mis palabras se sustentan en una experiencia personal
amplia y profunda, en tanto que casi todos los autores
ajenos a la ciencia13 que han tratado del tema, y aun
aquellos que se refieren expresamente a cuestiones de
medicina, muestran con el horror de sus expresiones que
carecen del más mínimo conocimiento experimental en
cuanto a la acción del opio. No obstante, he de
reconocer con entera honradez que me ha ocurrido
encontrarme con alguien cuyo testimonio del poder
embriagador del opio hizo vacilar mi propia
13 Entre el gran rebaño de viajeros, etc., cuya estupidez indica
de modo sufíciente que nunca tuvieron relación alguna con el
opio, debo advertir en particular a mis lectores contra el
brillante autor de Anastasio. El ingenio de este caballero nos
haría presumir que estamos ante un comedor de opio, pero es
imposible considerarlo como tal en vista de lo torcidamente que
describe sus efectos en las págs. 215-17 del vol. I. Pensándolo
bien, aparte de los errores a que hago referencia y que él
adopta (entre otros) de la manera más completa, tendrá que
reconocer que un anciano caballero de «barba blanca como la
nieve» que consume «abundantes dosis de opio» y, sin embargo, es
capaz de ofrecer graves consejos (dados y recibidos como tales)
acerca de las nefastas consecuencias de dicha práctica no
constituye una prueba muy convincente de que el opio provoque la
muerte prematura o abra las puertas del manicomio. Por mi parte,
sé muy bien lo que se trae entre manos el viejo caballero y
adivino sus intenciones: lo cierto es que estaba enamorado del
«pequeño receptáculo dorado de la perniciosa droga» que
Anastasio llevaba consigo, y la manera más fácil y segura de
apoderarse de ella que se le ocurrió fue volver loco de terror a
su propietario (quien, dicho sea de paso, no era, para comenzar,
persona muy sensata). Mi comentario arroja nueva luz sobre el
caso y mejora mucho el cuento, ya que el discurso del caballero
es ridículo en tanto que lección de farmacia, pero como broma a
Anastasio resulta excelente.
incredulidad, puesto que se trataba de un cirujano que
había probado el opio y en grandes cantidades. En una
ocasión le dije que (según había oído) sus enemigos lo
acusaban de desvariar cuando hablaba de política
mientras que sus amigos lo defendían aduciendo que se
hallaba en permanente estado de embriaguez a causa del
opio. Ahora bien, añadí, la acusación no es prima facie
y de necesidad absurda y, en cambio, sí lo es la
defensa. Cual no sería mi sorpresa cuando insistió en
que tanto sus enemigos como sus amigos tenían razón.
«Le aseguro a usted», me dijo, «que es cierto que
desvarío y, en segundo lugar, le aseguro que no
desvarío por principio ni tampoco por afán de lucro,
sino lisa y llanamente, lisa y llanamente, lisa y
llanamente (lo repitió tres veces) porque estoy
embriagado de opio, cosa que me ocurre todos los días».
Le respondí que, en cuanto a la acusación de sus
enemigos, puesto que parecía fundarse en testimonios
respetables y que las tres partes interesadas convenían
en ello, no sería yo quien la pusiese en duda, pero que
sí debía oponerme a la defensa. Mi amigo procedió
entonces a discutir la cuestión y exponer sus razones,
y creí tan descortés continuar un debate en que se daba
por supuesto que una persona se equivocaba en algo
relativo a su propia profesión, que no insistí ni
siquiera cuando me pareció que sus argumentos daban pie
a objeciones; no hace falta agregar que un hombre que
desvaría, aunque «sin fines de lucro», no es el más
agradable de los interlocutores en una discusión, ya
sea como ponente o como opositor. Admito, sin embargo,
que la autoridad del cirujano, que por otra parte era
bien considerado como tal, parecerá de peso ante mi
prejuicio, mas he de alegar mi experiencia, que era
mayor que la suya en 7.000 gotas diarias; y si bien no
cabe pensar que un médico pueda no hallarse
familiarizado con los síntomas de la embriaguez
alcohólica, tengo la impresión de que tal vez cometía
un error de lógica al emplear la palabra embriaguez con
excesiva amplitud, abarcando con ella genéricamente
todas las formas de la excitación nerviosa en vez de
limitarla a un caso específico de excitación
relacionado con ciertos diagnósticos. He oído a algunas
personas afirmar que se habían embriagado con té verde,
y un estudiante de medicina de Londres, cuyos
conocimientos profesionales tengo razones para respetar
mucho, me aseguraba el otro día que un paciente, al
recobrarse de una enfermedad, se había embriagado con
un beef-steak.
Habiéndome demorado tanto en este primer error, el
principal con respecto al opio, señalaré muy brevemente
un segundo y un tercero, o sea que a la exaltación que
produce sigue de necesidad la correspondiente
depresión, y que la consecuencia natural y aun
inmediata del opio es la somnolencia y el embotamiento,
tanto en lo físico como en lo mental. Me contentaré tan
sólo con negar el primero de estos errores asegurando
al lector que, durante los diez años que tomé opio
espaciadamente, disfruté siempre de un bienestar
excepcional al día siguiente de permitirme este placer.
En cuanto al embotamiento que, según se dice, sigue o
más bien (si hemos de creer a las muchas imágenes de
turcos comedores de opio) acompaña a la práctica de
comer opio, también lo niego. El opio está clasificado,
por supuesto, entre los estupefacientes y al cabo puede
tener, en cierta medida, efectos de esta clase, pero
sus efectos primordiales son siempre excitar y
estimular el sistema en el más alto grado; durante mi
noviciado la primera fase de su acción duraba más de
ocho horas, de modo que la culpa será del propio
comedor de opio si no gradúa la dosis (para hablar en
términos médicos) en forma tal que todo el peso de la
influencia estupefaciente recaiga en sus horas de
sueño. Al parecer los turcos que comen opio son tan
absurdos que se quedan sentados, como si fuesen
estatuas ecuestres, en troncos de madera tan estúpidos
como ellos. A fin de que el lector juzgue el grado en
que el opio puede enajenar las facultades de un inglés,
describiré (para tratar la cuestión por vía ilustrativa
y no argumentativa) la manera como yo mismo pasaba una
tarde de opio en Londres entre los años 1804 y 1812.
Como se apreciará, no cabe decir que el opio me
incitase a buscar la soledad ni mucho menos la
inactividad o ese lánguido volverse sobre sí mismo que
se atribuye a los turcos. Con mi relato corro el riesgo
de pasar por un entusiasta o visionario enloquecido,
pero esto me importa muy poco: quiero recordar al
lector que durante el resto del tiempo me hallaba
dedicado a mis estudios, por cierto muy severos, y que
al igual que cualquiera tenía pleno derecho a
divertirme de cuando en cuando, aunque me lo permitía
muy raras veces.
El desaparecido duque de [Norfolk] solía decir: «El
próximo viernes, con la bendición del cielo, tengo
intención de emborracharme»; de modo semejante yo
fijaba por anticipado el número de veces dentro de un
plazo determinado, así como las fechas exactas, en que
me permitiría una orgía de opio. Por lo general esto
sucedía, como máximo, una vez cada tres semanas, ya que
entonces no me hubiera atrevido a pedir diariamente
(como después lo hice): «un vaso de láudano negus,
caliente y sin azúcar». No, como he dicho, era muy raro
en esa época que bebiera láudano más de una vez cada
tres semanas. Elegía siempre, por principio, la noche
del martes o del sábado y mi razón para ello era la
siguiente: esos días cantaba en la Opera la Grassini y
su voz era la más deliciosa de cuantas haya escuchado
nunca. Hace siete u ocho años que no he vuelto al
Teatro de la Opera e ignoro en qué estado se hallará
ahora, pero por ese entonces era, con mucho, el lugar
público de Londres en que podía pasarse más
agradablemente una velada. La entrada de galería
costaba cinco chelines y en ella se estaba expuesto a
menos molestias que en las plateas de los teatros; la
orquesta se distinguía, por su sonido tan dulce y
melodioso, de las demás orquestas inglesas cuya
composición, he de confesarlo, no es grata a mis oídos
por el predominio de los instrumentos estridentes y la
casi absoluta tiranía del violín. Los coros eran
divinos y dudo que al entrar al paraíso de los
comedores de opio ningún turco sintiera jamás la mitad
del placer que yo sentía cuando aparecía la Grassini en
un interludio, como ocurría a menudo, y vertía su alma
apasionada en el papel de Anditómaca ante la tumba de
Héctor, etc. Pero en verdad hago demasiado honor a esos
bárbaros al suponerlos capaces de cualquier placer que
se aproxime a los goces intelectuales de un inglés. En
efecto, la música es un placer intelectual o sensual,
de acuerdo con el temperamento de quien la escucha.
Dicho sea de paso, con excepción de una página de
espléndida fantasía en la Noche de Reyes, la única
observación acertada sobre el tema de la múscia que
recuerdo en toda la literatura es un pasaje de la
Religio Medici14, de sir T. Browne, notable sobre todo
por su carácter sublime aunque no sin valor filosófico,
ya que apunta a la teoría más cierta de los efectos
musicales. El error de la mayoría de las gentes
consiste en creer que se comunican con la música por
los oídos y por tanto que perciben sus efectos en
actitud meramente pasiva. No es así: el placer se
construye por reacción de la mente ante los avisos del
oído (la materia viene de los sentidos, la forma de la
mente) lo cual explica que dos personas de oído
igualmente bueno pueden tener pareceres muy distintos.
Ahora bien, como en general el opio aumenta mucho la
actividad de la mente, por fuerza aumentará también el
modo particular de dicha actividad, que nos permite
construir con la materia prima del sonido orgánico un
refinado placer intelectual. Pero me dice un amigo,
para mí la sucesión de notas musicales es, como una
serie de caracteres arábigos, no me inspira ideas de
ninguna clase. ¿Ideas, mi querido señor? No es el
momento de tenerlas: todas las ideas que surgen en
tales casos disponen del idioma de los sentimientos
representativos. Mas por ahora el tema se aparta de mis
propósitos; baste decir que la complicada armonía de un
14 No tengo a mano el libro para consultarlo en este momento,
pero cred que el pasaje comienza: «Y aún esa música de taberna
que alegra a unos y enarl dece a otros, a mí suele inspirarme un
rapto de profunda devoción», etc.
coro, etc., desplegaba ante mí, como en un tapiz, toda
mi vida pasada, no evocada por un acto de la memoria
sino presente y encarnada en la música: ya sin dolor
para mí, suprimidos o bien confundidos en una brumosa
abstracción los detalles de sus incidentes y las
pasiones exaltadas, espiritualizadas, sublimadas. Todo
esto podía ser mío por cinco chelines. Además de la
música de la escena y la orquesta, en los intermedios
de la función escuchada a mi alrededor la música de la
lengua italiana hablada por mujeres italianas, pues la
galería estaba casi siempre llena de gentes de Italia a
quienes yo escuchaba con la misma delicia que sentía
Weld el viajero al oír en el Canadá las dulces risas de
las indias; cuanto menos entendemos un idioma más
sensibles somos a lo melodioso o lo áspero de sus
sonidos, y en esto me aprovechaba saber tan poco
italiano ya que era incapaz de hablarlo, lo leía a
duras penas y no comprendía ni la décima parte de las
conversaciones.
Estos eran mis placeres de la Opera: tenía además otro
placer que, como sólo estaba a mi alcance los sábados
por la noche, entraba a veces en pugna con mi afición a
la ópera, puesto que por entonces se cantaban óperas
los martes y sábados. Me temo que al describirlo seré
algo oscuro, aunque puedo asegurar al lector que no lo
seré más que Marino en su vida de Proclo o que muchos
otros autores famosos de biografías y autobiografías.
Este placer, como he dicho, sólo era posible el sábado
por la noche. ¿Por qué la noche del sábado significaba
para mí algo más que la de cualquier otro día? Si no
tenía labores de las que descansar, ni salario que
recibir ¿qué podía importarme la noche del sábado, como
no fuera una invitación para escuchar a la Grassini?
Tienes razón, lógico lector: lo que dices es
irrefutable. Y no obstante sucedía, y sucede, que los
sentimientos de las distintas personas van por
distintos caminos, y en tanto que la mayoría demuestra
el interés que le inspiran los pobres expresando, de
una u otra manera, compasión ante sus penas y
desgracias, por esos tiempos yo me inclinaba a expresar
mi interés compartiendo sus placeres. Poco antes había
visto demasiado de cerca los dolores de la pobreza,
hasta tal punto que prefería no acordarme de ellos,
pero siempre es grato contemplar los placeres del
pobre, los consuelos de su espíritu, el descanso de sus
rudas fatigas. La noche del sábado es para los pobres
el momento principal, regular y periódico, del reposo:
en esto se unen las sectas más hostiles para reconocer
un vínculo común de fraternidad: casi toda la
Cristiandad descansa de sus labores. Es un descanso que
sirve de introducción a otro descanso, y un día entero
y dos noches lo separan de la reanudación del trabajo.
Por ello siempre me ha parecido, al llegar la noche del
sábado, que yo también quedo liberado del yugo del
trabajo, cobro un salario y disfruto de las delicias
del reposo. En ese entonces, llevado por la intención
de asistir en lo posible a un espectáculo por el que
sentía tan plena simpatía, era frecuente que los
sábados por la noche, después de tomar opio, me echase
a caminar, sin fijarme en la dirección ni en la
distancia, hacia los mercados y otros lugares de
Londres donde acuden los pobres la noche del sábado
para gastar su dinero. Me he detenido a escuchar a
muchas familias, formadas por un hombre, su mujer y a
veces uno o dos de sus hijos, mientras consultaban su
presupuesto, el peso de su bolsa o el precio de los
artículos domésticos. Poco a poco me fui familiarizando
con sus deseos, sus dificultades y sus opiniones. A
veces oía murmullos de descontento pero más a menudo
veía en los rostros y escuchaba en las palabras
expresiones de paciencia, esperanza y serenidad. En
términos generales soy de opinión de que, al menos en
este aspecto, los pobres son mucho más filósofos que
los ricos, puesto que se resignan antes y con mejor
ánimo a lo que consideran como pérdidas irreparables o
males sin remedio. Cada vez que se me presentaba la
oportunidad o que podía hacerlo sin pasar por
entrometido me unía a la partida para dar mi parecer
sobre el tema en debate y, aunque mi intervención no
fuese siempre atinada, siempre era recibida con
indulgencia. Su los jornales habían aumentado o se
esperaba que aumentasen un poco, si el pan de cuatro
libras había bajado de precio o estaban a punto de
bajar las cebollas y la mantequilla, me sentía
contento; si ocurría lo contrario encontraba en el opio
medios de consolarme. Pues el opio (como la abeja, que
extrae indiscriminadamente sus materiales de las rosas
y del hollín de las chimeneas) puede imponerse a todos
los sentimientos y someterlos a la clave dominante. En
algunas de estas caminatas recorrí grandes distancias,
ya que el comedor de opio es demasiado feliz para notar
el paso del tiempo. A veces, en mis intentos de navegar
de vuelta a casa con arreglo a los principios náuticos,
fijando la mirada en la estrella polar y buscando
ambiciosamente el paso del Noroeste en lugar de
circunnavegar todos los cabos y puntas que doblara en
mi viaje de salida, terminaba por tropezarme con los
más arduos problemas en forma de callejuelas
intrincadas, entradas misteriosísimas y calles sin
salida, que eran como enigmas de la esfinge que
hubiesen burlado la audacia de los mozos de cuerda y
confundido el intelecto de los cocheros. Casi me
persuadía por momentos de ser el primero en descubrir
algunas de esas terrae incognitae y dudaba de que
figurasen en los mapas modernos de Londres. Por todo
esto habría de pagar un precio elevadísimo años
después, cuando el rostro humano tiranizó mis sueños y
las perplejidades de mis pasos por Londres regresaron
para asediarme mientras dormía con la sensación de
perplejidades morales o intelectuales que trajeron
consigo desconcierto a la razón, angustia y
remordimiento a la conciencia.
Como puede apreciarse, el opio no produce
necesariamente inactividad o embotamiento y, por el
contrario, me llevó muchas veces a mercados y teatros.
A pesar de ello estoy dispuesto a admitir lealmente que
los mercados y los teatros no son el lugar más
apropiado para el comedor de opio que se halla en el
grado más divino que alcanza su deleite. En ese estado
las multitudes son intolerables y hasta la música se
vuelve demasiado sensual y grosera: por inclinación
natural busca la soledad y el silencio, condiciones
indispensables de los trances y ensoñaciones
profundísimas que son la corona y consumación de lo que
puede hacer el opio por la naturaleza humana. De mí
cabe decir que mi enfermedad consistió en meditar
demasiado y observar demasiado poco, y cuando ingresé a
la universidad estuve a punto de sumirme en una honda
melancolía por elmucho cavilar en los sufrimientos de
que fuera testigo en Londres, aunque tenía lo bastante
presente la tendencia de mis propios pensamientos como
para esforzarme en lo que estuviese a mi alcance por
contrarrestarla. Era, en verdad, como el personaje de
la antigua leyenda que entra a la caverna de Trofonio;
los remedios que me impuse consistían en obligarme al
trato con los demás y mantener mi inteligencia ocupada
en todo momento con cuestiones científicas. Estoy
seguro de que sin estos remedios me habría hundido en
una melancolía de hipocondríaco. Sólo años después,
cuando mi alegría quedó más plenamente restablecida,
cedí a mi inclinación natural a la vida solitaria. Para
entonces el opio provocaba en mí un estado de
ensoñación y más de una vez, sentado frente a una
ventana abierta sobre el mar que divisaba una milla más
abajo, y sobre la gran ciudad de L[iverpool], a una
distancia semejante, pasé noches enteras de verano,
desde el atardecer hasta el alba, perfectamente inmóvil
y sin ningún deseo de moverme.
Me acusarán de misticismo, Behmenismo, quietismo,
etc., pero eso me tiene sin cuidado. Sir H. Vane, el
joven, fue uno de nuestros hombres más sabios: que mis
lectores comprueben en sus obras filosóficas si es
menos místico que yo. Añadiré que muchas veces me ha
ocurrido pensar que, en sí misma, la escena era en
cierta medida característica de lo que sucedía durante
la ensoñación. La ciudad de L[iverpool] representaba la
tierra con sus dolores y tumbas, dejada atrás aunque no
perdida de vista ni enteramente olvidada. El océano de
movimiento eterno y sosegado, sobre el que se cernía
una quietud de paloma, podía representar con justicia
la mente y la sensación que la embargaba. Por primera
vez sentía como si estuviese lejos del estruendo de la
vida, indiferente a él; como si el tumulto, la fiebre y
la lucha se interrumpiesen, y se me concediera una
tregua a las penas secretas del corazón, un sábado de
calma, un descanso en mis trabajos. Aquí las esperanzas
que florecen en los caminos de la vida se reconciliaban
con la paz de la tumba; el movimiento de la
inteligencia era incesante como el de los cielos y una
calma alciónica aplacaba todas las ansiedades, una
tranquilidad que no parecía fruto de la inercia sino
resultado de vastos antagonismos en equilibrio:
actividades infinitas, infinito reposo.
¡Oh justo, sutil y poderoso opio! que a los corazones
de ricos y pobres, a las heridas que no cierran y a
«los tormentos que tientan al espíritu con la rebelión»
traes un bálsamo que apacigua: opio elocuente que con
tu fuerte retórica deshaces las victorias de la ira;
que durante una noche devuelves al culpable las
esperanzas de la juventud y le lavas la sangre de las
manos; y al hombre orgulloso concedes un breve olvido
de
Males sin remedio y ofensas sin venganza;
que convocas a la cancillería de los sueños, para los
triunfos de la inocencia perseguida, testigos falsos,
confundes al perjuro y revocas la sentencia del juez
prevaricador; que construyes en el seno de la
oscuridad, con la imaginería fantástica del cerebro,
ciudades y templos que no alcanzó el arte de Fidias y
Praxiteles, superiores en esplendor a Babilonia y
Hekatómpylos, y de «la anarquía del profundo sueño»
devuelves a la luz del sol las mejillas de muchachas
hace tiempo sepultadas, los rostros benditos del hogar
limpios de «los deshonores de la tumba». Sólo tú haces
estos regalos al hombre y posees las llaves del
Paraíso, ¡oh justo, sutil y poderoso opio!
Introducción a los dolores del opio
Lector cortés y, espero, indulgente (todos mis
lectores han de ser indulgentes, pues de no ser así
temo que he de escandalizarlos demasiado para contar
con su cortesía) que me has acompañado hasta ahora,
permíteme rogarte que te adelantes unos ocho años, o
sea de 1804 (en que, como tengo dicho, se inició mi
relación con el opio) a 1812. Pasaron los años de vida
universitaria y casi los he olvidado; la gorra de
estudiante ya no me oprime las sienes y, si todavía
existe, ha de cubrirse con ella algún joven humanista a
quien quisiera tan feliz como yo y con el mismo amor
apasionado por el conocimiento. A estas alturas mi
túnica se hallará en la condición de muchos miles de
excelentes volúmenes de la Bodleiana que examinan con
diligencia polillas y gusanos estudiosos, o habrá ido a
parar (nada más sé de su destino) a ese gran depósito
de alguna parte donde se encuentran todas las tazas,
teteras, cajas de té, etc. (para no hablar de
recipientes aún más frágiles como vasos o garrafas,
etc.) cuyo parecido ocasional con la presente
generación de tazas, etc., me recuerda que una vez fui
dueño de tales posesiones, si bien, al igual que la
mayoría de los doctos togados de ambas universidades,
sospecho que sólo podría ofrecer una historia oscura y
conjetural de su desaparición y destino último. La
persecución de la campana que a las seis de la mañana
sonaba en la capilla su importuno llamado a maitines ya
no interrumpe mi sueño: murió el portero que la tocaba,
sobre cuya hermosísima nariz (bronce con incrustaciones
de cobre) escribí en represalia tantos epigramas
griegos mientras me vestía, y ha dejado de molestar a
la gente: y yo, y muchos otros, que tanto sufrimos con
sus inclinaciones tintinabulantes, hemos convenido en
pasar por alto sus errores y perdonarlo. Hasta la
campana me inspira hoy sentimientos caritativos:
supongo que aún repica, como entonces, tres veces al
día, y sin duda molesta cruelmente a muchos dignos
caballeros y perturba su tranquilidad de espíritu,
pero, por mi parte, ya no escucho en este año de gracia
de 1812 su voz traicionera (traicionera la llamo, ya
que por refinada malignidad hablaba en tonos dulces y
argentinos como si nos estuviera invitando a una
fiesta); en verdad su sonido no tiene fuerza para
alcanzarme, ni siquiera con ayuda de los vientos más
favorables a que aspire la perversidad de la propia
campana, pues me encuentro a 250 millas de distancia,
sepultado en lo más hondo de la sierra. ¿Y qué es lo
que hago en la sierra? Tomar opio. Sí, pero ¿qué más?
Lector, en 1812, año al que hemos llegado, así como
durante los años que lo precedieron estoy dedicado a
estudiar la metafísica alemana en las obras de Kant,
Fichte, Schelling, etc. ¿Y cómo, y de qué manera, vivo?
En suma, ¿a qué clase o grupo de hombres pertenezco? En
este período, es decir en 1812, vivo en una pequeña
casa de campo, con una sola sirvienta (honni soit qui
mal y pense) que mis vecinos conocen por mi «ama de
llaves». En mi calidad de estudioso y de persona que ha
recibido una educación ilustrada, y en tal sentido un
caballero, me atrevo a considerarme como miembro
indigno de esa clase indefinida que forman los
caballeros. En parte, quizá, por estas razones, y en
parte porque no tengo oficio ni beneficio conocido, se
piensa con razón que vivo de mis rentas; así lo creen
mis vecinos y, conforme a los usos de urbanidad de la
Inglaterra moderna, recibo en la correspondencia, etc.,
el título de esquire, aunque mucho me temo que, en
rigurosa heráldica, mis pretensiones a honor tan
distinguido sean escasas. Sí, la voz popular declara
que soy X. Y. Z. esquire, pero no juez de paz ni Custos
Rotulorum. ¿Me he casado? Todavía no. ¿Sigo tomando
opio? Los sábados por la noche. ¿Y acaso lo he tomado
sin la menor vergüenza a partir del «domingo lluvioso»,
el «augusto Panteón» y el «beatífico boticario» de
1804? Así es. ¿Y cómo me encuentro de salud después de
tanto comer opio, en una palabra, cómo me siento?
Bastante bien, lector, muchas gracias; como dicen las
señoras que están de parto: «tan bien como puede
esperarse». Más aún, si debo confesar la pura verdad,
lo cierto es que, aunque conforme a las teorías de los
médicos debería haber estado enfermo, en mi vida me
sentí mejor que durante la primavera de 1812 y espero
muy sinceramente, amable lector, que todo el clarete,
el Oporto y el «Madeira especial» que, con toda
probabilidad, has bebido o piensas beber en un plazo de
ocho años de tu vida natural, no afecte más a tu salud
de lo que afectó a la mía tomar opio los ocho años que
median entre 1804 y 1812. Aquí compruebas nuevamente lo
peligroso que es seguir en cuestiones médicas el
consejo del Anastasio; es muy probable que en teología
o en derecho sea un consejo de fiar, pero no en
medicina. No: vale mucho más consultar al Dr. Buchan;
por mi parte así lo hice, no eché en saco roto la
magnífica sugerencia de un hombre tan sabio y puse
«especial cuidado en no tomar más de veinticinco onzas
de láudano». A esta moderación, a un uso tan morigerado
del artículo, cabe atribuir, supongo, que por lo menos
hasta el momento (es decir, hasta 1812) no conozca, y
ni tan siquiera sospeche, los terrores que guarda el
opio para vengarse de quienes abusan de su
condescendencia. Al mismo tiempo no hay que olvidar que
he sido siempre un comedor de opio dilettante: aun el
haber practicado el opio durante ocho años, con la
única precaución de ir dejando cada vez intervalos
suficientes, no ha bastado para convertirlo en elemento
indispensable de mi régimen cotidiano. Ahora viene una
época distinta. Te ruego, lector, que pases al año
1813. Durante el verano del año que acabamos de
abandonar mi salud seresintió mucho como consecuencia
de un estado de angustia que, a su vez, se debió a un
acontecimiento muy lamentable. En vista de que dicho
acontecimiento no tiene otra relación con el tema que
ahora me ocupa, aparte de haber provocado la
enfermedad, no será necesario que me refiera a él con
más detalle. Ignoro si la enfermedad de 1812 influyó en
la de 1813; lo cierto es que este último año empecé a
padecer de una molestísima irritación del estómago,
enteramente semejante a la que tanto me hiciera sufrir
en mi juventud, acompañada por una reanudación de todos
los antiguos sueños. Puede decirse que, en lo que
respecta a mi justificación, todo lo que ha de seguir
depende de este momento de mi relato. Aquí me enfrento
a un intrincado dilema: o bien agotaré la paciencia del
lector narrando mi enfermedad y mis esfuerzos por
curarme con los detalles que sean necesarios para
convencerlo de que me era imposible seguir luchando con
la irritación y el dolor incesantes; o, de otra parte,
si no me detengo en este momento crítico de la
historia, perderé la ventaja que sería dejar en el
lector una impresión más fuerte y me expondré a una
falsa interpretación de los hechos, según la cual fui
avanzando, con los pasos fáciles y graduales de las
personas sin voluntad, de la primera a la última fase
en la costumbre de comer opio (y en vista de lo que ya
he confesado, la mayoría de los lectores estarán
secretamente predispuestos a tal error). Este es el
dilema: el primero de sus cuernos bastaría para coger y
echar por tierra a toda una columna de lectores
pacientes, aunque formaran de dieciséis en fondo y
constantemente acudiesen nuevas huestes al relevo: no
cabe pensar en ello. Lo único que me queda es postular
lo que sea necesario para mi propósito. Te ruego,
amable lector, que tengas fe en lo que digo como si lo
hubiese demostrado a costa de tu paciencia y de la mía.
No seas tan poco generoso como para negarme tu aprecio
a causa de mi propio comedimiento y de mi respeto por
tu tranquilidad. No; cree todo lo que te pido, o sea
que no era posible resistir más; créelo con
liberalidad, en un acto de gracia, o bien por simple
prudencia, ya que de no ser así en la próxima edición,
corregida y aumentada, de mis Confesiones del Opio, te
obligaré a creer y a temblar y, à force d'ennuyer, a
pura fuerza de bostezos, aterraré a mis lectores para
que no vuelvan a atreverse nunca a poner en tela de
juicio una aseveración que yo tenga a bien formular.
Esto, permíteme repetirlo, es lo que afirmo: que
cuando comencé a tomar opio todos los días no podía
hacer otra cosa. El que más tarde me fuera posible
liberarme del hábito, aun cuando me parecía que todos
mis esfuerzos serían inútiles, y el que muchos de los
innumerables esfuerzos que en realidad hice pudieran
llevarse más adelante, o el que mis graduales
reconquistas del terreno perdido debieron ser más
enérgicas —todas estas son cuestiones que no he de
tratar—. Tal vez podría alegar circunstancias
atenuantes, pero —¿hablaré con toda sinceridad?—
confieso que siempre fue mi punto débil ser demasiado
eudemonista: tengo un deseo excesivo de felicidad para
mí y para los demás, no puedo enfrentarme al
sufrimiento —propio o ajeno— con ojo bastante firme, y
soy muy poco capaz de soportar el dolor presente
pensando en futuros beneficios. En otras cosas puedo
estar de acuerdo con los caballeros de la Bolsa de
Algodón de Manchester15 y afectar la filosofía estoica,
pero no en esto. Aquí me tomo las libertades de un
filósofo ecléctico y busco una secta delicada y civil
que transija mejor con la fragilidad del comedor de
opio, «hombres apacibles para dar la absolución» —como
dice Chaucer— que tengan conciencia de las penitencias
que infligen y de los esfuerzos de abstinencia que
reclaman a pobres pecadores como yo. Un moralista
inhumano me es tan insoportable, en mi espiado de
nervios, como el opio sin hervir. En todo caso, quien
me invite a despachar una carga de sacrificios y
mortificaciones en un crucero de perfeccionamiento
moral habrá de probarme claramente que la empresa tiene
esperanzas de éxito. No cabe suponer que a mi edad
(treinta y seis años) me sobra mucha energía; de hecho,
creo que es muy poca la que me queda para las labores
intelectuales que traigo entre manos; nadie se imagine
que con unas cuantas palabras duras me asustará tanto
15 Un elegante gabinete de lectura en el que, a mi paso por
Manchester, me acogieron muy cordialmente varios caballeros de
esa ciudad, se llama, creo, El Pórtico. Siendo extranjero en
Manchester deduje que los suscriptores querían proclamarse
discípulos de Zenón. Sin embargo, desde entonces me han
asegurado que me equivocaba.
como para hacerme embarcar una parte de ella en
desesperadas aventuras de moralidad.
Desesperados o no, mis esfuerzos de 1813 terminaron de
la manera que he mencionado y a partir de entonces el
lector debe considerarme un comedor de opio habitual y
confirmado, a quien preguntarle un día cualquiera si ha
comido opio es como preguntarle si los pulmones han
respirado o el corazón ha cumplido con sus funciones.
Ahora comprendes, lector, lo que soy y puedes darte
cuenta que ningún viejo caballero de «barba blanca como
la nieve» tendrá la más remota posibilidad de
convencerme de que renuncie al «pequeño receptáculo
dorado de la perniciosa droga». No: aviso a todos,
moralistas o médicos, cualesquiera sean sus
pretensiones o habilidades en sus respectivos ramos,
que no deben esperar favor alguno de mi parte si
pretenden comenzar con una salvaje propuesta de una
Cuaresma o Ramadán de abstinencia de opio. Quede esto
bien entendido entre nosotros y en adelante navegaremos
viento en popa. Ahora bien, lector, te ruego que te
pongas de pie en 1813, donde nos hemos sentado a perder
el tiempo, ponte de pie, te lo ruego, y camina unos
tres años más. Levanta el telón y me encontrarás
transformado en un nuevo personaje.
Si cualquier hombre, pobre o rico, nos anunciara que
iba a decirnos cuál fue el día más feliz de su vida, y
el cómo y el porqué, creo que todos reclamaríamos a
voces la más viva atención. Ha de ser muy difícil para
un hombre prudente señalar el día más feliz de su vida,
puesto que todo acontecimiento que ocupe un lugar tan
distinguido en su memoria, o que haya significado una
felicidad tan extraordinaria en un día determinado,
tendrá por fuerza un carácter durable como para seguir
causando (salvo accidente) una felicidad igual o
imperceptiblemente menor durante muchos años. En
cambio, puede admitirse que señalar el lustro o aun el
año más feliz, sin faltar por ello a la prudencia, está
al alcance de cualquiera. En mi caso, lector, este año
fue el que ahora hemos alcanzado aunque, lo confieso, a
manera de un paréntesis entre años más sombríos. Fue un
año de aguas muy puras (como dicen los joyeros)
engastado y aislado en la melancolía brumosa y apagada
del opio. Por extraño que parezca, poco antes de esta
época bajé, súbitamente sin mucho esfuerzo, de 320
granos de opio diarios (o sea ocho mil16 gotas de
láudano) a cuarenta granos, es decir, una octava parte.
Al instante, como por arte de magia, la nube de
profundísima melancolía asentada en mi cerebro, tal
esos negros vapores que he visto retirarse de las cimas
de las montañas, desapareció en un solo día (texto
griego), se alejó con negras banderas, como un barco
encallado que la marea viva pone a flote, con
movimiento tan entero que
Se mueve todo él, si acaso se mueve.
Ahora volvía a ser feliz: tomaba sólo 1.000 gotas de
láudano por día y ¿qué era eso? Una primavera tardía
ponía término a la estación de mi juventud; mi cerebro
cumplía sus fun- ciones con la salud de antes; otra vez
leí a Kant y otra vez lo entendí o creí entenderlo. Mis
sensaciones de placer volvieron a expandirse a todos
los que me rodeaban y, de haber llegado a mi modesta
casa un visitante de Oxford o Cambridge, o de cualquier
otro sitio, le habría dado la más suntuosa acogida que
pudiera brindar una persona tan pobre. Ya podían faltar
otras cosas de las que hacen la felicidad del sabio: a
cambio de ellas le ofrecería todo el láudano que
quisiera y en copa de oro. A propósito, ya que hablo de
16 Calculo que veinticinco gotas de láudano equivalen a un grano
de opio, lo cual, según creo, es la estimación más corriente,
Sin embargo, como ambas cantidades pueden considerarse variables
(la potencia del opio varia mucho y la de la tintura de opio aún
más), supongo que en estas cuentas no es posible llegar a una
exactitud infinitesimal. El tamaño de las cucharillas de té
varía tanto como la potencia del opio. Las pequeñas contienen
unas cien gotas, de modo que 8.000 gotas son unas ochenta
cucharadas. Como puede apreciar el lector, me mantuve, con
mucho, dentro de los amplios límites fijados por el Dr. Buchan.
regalar láudano, recuerdo que hacia esta época se
produjo un pequeño incidente que he j de relatar, pues,
aunque muy trivial, pronto volverá el lector a
encontrarlo en mis sueños, sobre los que tuvo una
influencia más terrible de lo que pueda imaginarse. Un
día golpeó a mi puerta un malayo. No acierto a
conjeturar los asuntos que pudiesen traer a un malayo
hasta las montañas inglesas: posiblemente estaba en
camino a un puerto de mar, situado a unas cuarenta
millas de distancia.
La sirvienta que le abrió la puerta era una muchacha
nacida y criada en la sierra, donde nunca había visto
ropas asiáticas de ninguna clase, por lo que el
turbante del malayo le sorprendió mucho, y como el
visitante tenía exactamente el mismo dominio del inglés
que ella del malayo, al parecer se abrió entre las
partes un golfo infranqueable a toda comunicación de
ideas, suponiendo que alguna de ellas las tuviese. Ante
este dilema, la muchacha, recordando la fama de erudito
de su patrón (y sin duda atribuyéndome el conocimiento
de todos los idiomas de la tierra, además de unos
cuantos de los idiomas lunares) vino en busca mía y me
dio a entender que en la planta baja había una especie
de demonio que sólo mi arte podría exorcizar de la
casa. No bajé de inmediato y, cuando por fin lo hice,
el grupo que se había formado por simple accidente,
aunque no muy elaborado, despertó mi interés y mi
fantasía como nunca lo hicieran las actitudes
esculturales, tan ostentosamente complejas, del Ballet
del Teatro de la Opera. La cocina parecía un rústico
salón de recibo más que otra cosa, con las paredes
cubiertas de paneles de una manera oscura que el tiempo
y los muchos rozamientos hacían semejante al roble;
contra este fondo resaltaban el turbante y los sueltos
pantalones blancuzcos del malayo, quien se había
acercado demasiado como para que la muchacha se
sintiese tranquila, aunque en ella el ánimo intrépido
de serrana luchase con el ingenuo terror que se pintaba
en su rostro al mirar al tigre que tenía ante sí. No
cabe imaginar cuadro más sorprendente que el hermoso
rostro inglés de la muchacha, de exquisita blancura, y
su actitud erguida e independiente, en contraste con la
piel cetrina y biliosa del malayo, que el aire de mar
había charolado o plaqueado hasta darle tonos de caoba,
sus ojos pequeños, crueles e inquietos, sus labios
finísimos, sus gestos y adoraciones serviles. Medio
oculto por el malayo de tan feroz aspecto se hallaba el
niño de unos vecinos que había entrado tras él y que
ahora, levantando la cabeza para mirar el turbante y
debajo de él los ojos ardientes, cogía con una mano el
vestido de la muchacha en busca de protección. Mi
conocimiento de las lenguas orientales no es muy
notable ya que en realidad se limita a dos palabras, la
palabra árabe para decir cebada y la palabra turca para
decir opio (madjoon) que aprendí de Anastasio. Como no
tenía a mano un diccionario malayo, y ni siquiera el
Mithridates de Adelung que hubiera acudido en mi ayuda
con unas cuantas palabras, me dirigí al malayo con unos
versos de la Ilíada pensando que entre lo idiomas que
conozco el griego es aquel cuya longitud geográfica más
se aproxima al Oriente. Me respondió con un gesto muy
devoto de adoración y unas palabras en lo que supongo
era malayo. Así dejé a salvo mi prestigio entre los
vecinos puesto que el malayo no podía traicionarme el
secreto. Se acostó una hora en el suelo y luego siguió
su camino; al momento de partir le regalé un poco de
opio creyendo que en su calidad de orientalista debía
conocerlo y, en efecto, su expresión me persuadió de
que así era. No obstante, me sentí un poco consternado
cuando de pronto lo vi llevarse la mano a la boca y
echárselo todo entre pecho y espalda, dividido en tres
pedazos que no hicieron sino un bocado. La cantidad
bastaba para matar a tres soldados de caballería con
sus respectivos caballos; me quedé algo inquieto por la
pobre criatura, mas ¿qué podía hacer? Le había regalado
el opio compadecido de su vida solitaria y suponiendo
que, si venía a pie desde Londres, hacía tres semanas
que no cambiaba palabra con un ser humano. No podía,
desde luego, violar las leyes de la hospitalidad
ordenando que le echasen mano para obligarlo a tomar un
vomitivo, con lo cual creería espantado que lo íbamos a
sacrificar a algún ídolo inglés. No, evidentemente no
había nada que hacer; el hombre se despidió; me sentí
preocupado unos días, pero, como nunca oí que se
encontrase el cadáver de un malayo, me convencí de Nque
estaba acostumbrado al opio17 y de que, tal como era mi
intención, le había prestado un servicio al ofrecerle
una noche de descanso en medio de los dolores de su
vida errante.
He incurrido en una digresión para mencionar este
incidente porque el malayo (en parte por el cuadro tan
pintoresco que contribuyó a formar, y en parte por la
ansiedad que asocié a su figura durante unos días) se
adueñó más tarde de mis sueños y trajo consigo a otros
malayos peores que él, quienes se lanzaron amok18 contra
mí para arrastrarme a un mundo de congojas. Pero
dejemos este episodio y volvamos a mi año intermedio de
felicidad. Ya he dicho que cuando se trata de un tema
tan importante para todos nosotros como es la
felicidad, escucharemos de buena gana la experiencia o
los experimentos de cualquiera, aunque sea un humilde
mozo de arado, incapaz de abrir un surco muy hondo en
17 Esta conclusión no es, sin embargo, inevitable: la variedad de
los efectos que produce el opio según las distintas
constituciones es infinita. Un magistrado de Londres (Marriott,
Struggels through Life, vol [II, pág. 391, tercera edición) ha
dejado constancia de que la primera vez que usó láudano para
calmar los dolores de la gota tomó cuarente gotas, la noche
siguiente sesenta y la quinta noche ochenta, sin sentir el más
mínimo efecto, y esto a una edad avanzada. Aún más: gracias a un
cirujano de provincias, me he enterado de una anécdota junto a
la cual el caso del Sr. Harriott resulta insignificante; la
contaré en el tratado médico sobre el opio que pienso publicar
si el Colegio de Médicos me paga por iluminar en la materia los
oscurecidos entendimientos de sus miembros: la historia es
demasiado buena para contarla gratis.
18 Véanse en las relaciones de cualquier viajero que haya
recorrido el Oriente los furiosos excesos cometidos por malayos
que han tomado opio o a quienes la mala suerte en el juego
empuja a la desesperación.
un suelo intratable como son los placeres y penas del
hombre o de llevar a cabo sus estudios en función de
principios muy ilustrados. En cambio yo, que he tomado
la felicidad en estado sólido y líquido, tanto hervida
como sin hervir, de las Indias Orientales y de Turquía
—que he efectuado mis experimentos sobre esta
interesante cuestión con una especie de pila galvánica—
y que en beneficio de todo el mundo me he inoculado,
por así decirlo, el veneno de 8.000 gotas diarias de
láudano (por la misma razón que un médico francés se
inoculó recientemente el cáncer, un médico inglés, hace
unos veinte años, la peste, y un tercero, no sé de qué
país, la hidrofobia), yo (y no cabe discutirlo) tengo
que saber lo que es la felicidad si es que alguien lo
sabe. Por lo tanto, emprenderé ahora un análisis de la
felicidad y, para dar el máximo interés a mi
exposición, no lo presentaré de manera didáctica sino
envuelto e implicado en el relato de una noche, de la
forma como pasaba una noche durante el año intercalar
en que el láudano, aunque lo tomaba todos los días, era
para mí tan sólo el elíxir del placer. Hecho esto,
dejaré enteramente el tema de la felicidad y pasaré a
otro muy distinto: los dolores del opio.
Sea una casita en un valle, a 18 millas de la ciudad
más próxima, no un valle espacioso sino de unas dos
millas de largo por tres cuartos de milla, como
promedio, de ancho; esto tiene la ventaja de que todas
las familias que residen dentro de su contorno forman,
por así decirlo, una sola gran familia cuyos miembros
se conocen entre sí y se tienen cierto afecto. Sean las
montañas montañas de verdad, de 3 a 4.000 pies de .
altura, y la casita una verdadera casita y no (como
dice un autor ingenioso) «una casita con dos cocheras»;
sea, pues (quiero ceñirme a la realidad), una casita
blanca cubierta de enredaderas floridas, elegidas para
desplegar una sucesión de flores sobre los muros y en
torno a las ventanas durante todos los meses de
primavera, verano y otoño, desde las rosas de mayo
hasta los jazmines. Sin embargo, que no sea primavera
ni verano, ni otoño, sino el invierno en su forma más
cruda. Este es un punto de máxima importancia en la
ciencia de la felicidad. Me sorprende que haya gente
que no repare en él y piense que existen razones para
alegrarse si el invierno se está acabando o, cuando
empieza, si parece que no será muy frío. Yo, por el
contrario, presento cada año una petición para que
tengamos todas las nieves, granizos, heladas y
tormentas de cualquier clase que puedan ofrecer los
cielos. Ciertamente todos debieran conocer los divinos
placeres que en invierno trae consigo una chimenea:
velas a las cuatro de la tarde, alfombras abrigadoras
al lado del fuego, té, una hermosa muchacha que lo
prepare, persianas corridas, cortinas que caen al suelo
formando amplios pliegues, en tanto que fuera el viento
y la lluvia
Cual si quisieran juntar cielo y tierra,
Rugen, llamando a puertas y ventanas,
Mas no logran entrar, y es más grato
Nuestro descanso en la segura sala.
(El Castillo de la Indolencia)
Todos estos son elementos en la descripción de una
noche de invierno que sin duda conocerá muy bien
cualquiera que haya nacido en una longitud
septentrional. Es evidente que, al igual que los
helados, la mayoría de estos placeres requieren
temperaturas atmosféricas muy bajas; son frutos que, de
una u otra manera, sólo maduran en climas tormentosos e
inclementes. No soy muy quisquilloso, como suele
decirse, y me da igual que se trate de nieve,
granizadas o un viento tan fuerte que en las palabras
del Sr. [Thomas Clarkson] «pueda apoyarse la espalda
contra él, como en un poste». Hasta me conformo con la
lluvia, siempre que llueva a cántaros, pero exijo algo
por el estilo y si no lo tengo me sentiré engañado;
¿por qué habría de costarme el invierno tan caro en
carbón, velas y las muchas privaciones que debe
soportar un caballero si no voy a conseguir un artículo
de buena calidad? No: pago mi dinero por un invierno
canadiense o al menos ruso en el que cada persona sea,
a lo sumo, copropietaria con el viento del norte en el
dominio absoluto de sus propias orejas. Más aún, soy
tan refinado epicúreo en la materia que me declaro
incapaz de apreciar plenamente una noche de invierno si
ha pasado mucho tiempo del día de Santo Tomás y se ha
iniciado la degeneración hacia las lamentables
tendencias primaverales; no, la noche ha de estar
separada del retorno a la luz y el calor por una ancha
muralla de noches oscurísimas. Por consiguiente, entre
las últimas semanas de octubre y la Navidad corre la
estación de la felicidad que, a mi juicio, ingresa a la
habitación con la bandeja de té: pues ej té, aunque
objeto de burlas para quienes por ser de nervios
groseros o beber mucho vino no son susceptibles a la
influencia de un estimulante tan refinado, el té será
siempre la bebida preferida del intelectual y, por mi
parte, me habría unido al Dr. Johnson en una bellum
internecinum contra Jonas Hanway o cualquier otra
persona impía que se atreviese a difamarlo. En fin,
para ahorrarme el trabajo de una excesiva descripción
verbal, llamaré ahora a un pintor y le daré
instrucciones sobre el resto del cuadro. A los pintores
no les gustan las casitas blancas a menos que estén muy
castigadas por el clima, pero, como ya sabe el lector,
se trata de una noche de invierno de modo que sus
servicios sólo serán necesarios para pintar el interior
de la casa.
Píntame entonces una habitación de diecisiete pies por
doce y no más de siete pies y medio de alto. En mi
familia, lector, esto se llama ambiciosamente el salón,
pero como está adaptado para «matar dos pájaros de un
tiro» se llama también, con más propiedad, la
biblioteca, puesto que los libros son los únicos bienes
en que soy más rico que mis vecinos. Tengo unos cinco
mil, que he ido coleccionando gradualmente desde los
dieciocho años. Así pues, pintor, pon en la habitación
todos los que puedas. Hazla populosa de libros; píntame
también un buen fuego y muebles sencillos y modestos,
cual conviene a la sobria vivienda de un hombre de
estudio. Cerca del fuego píntame una mesa de té y (como
es claro que nadie podrá venir a verme en noche tan
tormentosa) sólo dos tazas y platillos en la bandeja; y
si sabes pintarla simbólicamente o en cualquier otra
forma píntame una tetera eterna —eterna a parte ante y
a parte post, ya que suelo beber té de ocho de la noche
a cuatro de la mañana. Y como es muy desagradable
preparar el té o servírselo uno mismo, píntame una
joven encantadora sentada a la mesa. Píntale los brazos
de Aurora y la sonrisa de Hebe. Pero no, querida M., no
me dejes insinuar ni siquiera en broma que tu poder de
iluminar mi casa está fundado en algo tan perecedero
como la simple belleza personal, o que el embrujo de
las sonrisas angélicas se halla bajo el imperio de un
lápiz terrestre. Pasa, mi querido pintor, a algo que
esté más a tu alcance: el próximo artículo que debes
presentar soy, naturalmente, yo mismo: un retrato del
comedor de opio con el «pequeño receptáculo dorado de
la perniciosa droga» a su lado, sobre la mesa. En
cuanto al opio no tengo ninguna i objeción a verlo
retratado, aunque preferiría ver el original; puedes
pintarlo si quieres, pero te diré que ya en 1816,
hallándome tan distante del «augusto Panteón» y de
todos los boticarios (mortales y de otra especie)
ningún «pequeño» receptáculo podría bastarme. No: más
vale que pintes el verdadero recipiente, que no de oro
sino de vidrio, y lo más parecido a una garrafa de
vino. En él puedes poner un litro de láudano rojo como
el rubí; eso y un libro de metafísica alemana darán
testimonio suficiente de que me encuentro en las
inmediaciones. En lo que toca a mi propia figura —esto
ya es otro cantar—. Admito que, como es natural,
debería ocupar el primer plano del cuadro; que siendo
el héroe de la pieza o (si así lol prefieres) el
criminal enjuiciado, tendría que comparecer ante el
tribunal. Esto parece razonable, mas ¿por qué he de
confesarle tales cosas a un pintor? ¿Por qué confesar?
Si el público (ante cuyo oído —y no ante el de ningún
pintor— estoy susurrando en secreto mis confesiones) se
ha formado para sí una imagen agradable del físico del
comedor de opio, si le ha asignado románticamente una
silueta elegante o un rostro bien parecido ¿por qué
habría de deshacer como un bárbaro una ilusión tan
grata, grata para el público tanto como para mí? No:
píntame, si quieres pintarme, conforme a tu propia
fantasía y, como la fantasía de un pintor debe estar
llena de creaciones hermosas, estoy seguro que saldré
ganando. Y ahora, lector, ya hemos recorrido las diez
categorías de lo que era mi condición hacia 1816-17;
considero que hasta mediados de este último año fui un
hombre feliz y he tratado de exponer ante ti los
elementos de tal felicidad en el esbozo de la
biblioteca de un hombre de letras, en una casa de las
montañas, una tormentosa noche de invierno.
Pero ahora adiós —un largo adiós a la felicidad, en
invierno o en verano—, adiós a las sonrisas y a las
risas, adiós a la paz del alma, adiós a la esperanza,
al sueño tranquilo y a sus benditos consuelos —durante
más de tres años y medio no disfrutaré de ellos: he
llegado a una llíada de males, pues ahora tengo que dar
cuenta de
Los dolores del opio
—como hunde el gran pintor
Su pincel en la negrura del terremoto y el eclipse.
Shelley, Rebelión del Islam
Lector que me has acompañado hasta aquí, debo
solicitar tu atención para una breve nota explicativa
en tres puntos:
1. Por varias razones no he podido componer las notas
sobre esta parte de mi narrativa en forma ordenada y
coherente. Ofrezco mis notas en desorden, tal como las
encuentro o como ahora las redacto de memoria. Algunas
indican su propia fecha; he fechado otras y algunas no
están fechadas. Siempre que convino a mis propósitos
transplantarlas de su orden natural o cronológico así
lo hice sin mayores escrúpulos. A veces empleo el
presente, otras el pasado. Sólo unas cuantas notas,
quizá, se escribieron precisamente en la época a que se
refieren, pero esto afecta en muy poco su exactitud,
pues las impresiones fueron tales que no podrán
desvanecerse nunca de mi mente. Es mucho lo que se ha
omitido. No podía, sin gran esfuerzo, obligarme a la
tarea de recordar, o de exponer en una narración
ordenada, toda la carga de horrores que pesa sobre mi
cerebro. Como disculpa invoco en parte este sentimiento
y en parte el hecho de que ahora me encuentro en
Londres, separado de las manos que suelen prestarme
servicios de amanuense, y soy de esas personas tan
desmañadas que ni siquiera pueden arreglar sus propios
papeles sin ayuda.
2. Creerás tal vez que hago demasiadas confidencias y
soy demasiado comunicativo de mi propia historia
privada. Es posible. Pero mi manera de escribir es casi
pensar en voz alta y seguir mis movimientos de humor,
sin reparar en quién me está escuchando; si me detengo
a reflexionar en lo que es propio decir a esta o
aquella persona, pronto dudaré de que exista una parte
de mi relato que con propiedad pueda contarse. Lo
cierto es que me imagino que ya han pasado quince o
veinte años y me hago a la idea de que escribo para
quienes entonces se interesarán por mí; y como quiero
ofrecer la relación de una época y soy el único que
puede conocer toda la historia, doy a mi narrativa la
mayor amplitud posible haciendo los esfuerzos de que
ahora soy capaz, pues no sé si alguna vez volveré a
tener tiempo para hacerlo.
3. Muchas veces querrás preguntarme por qué no me
libré de los horrores del opio suprimiendo o
disminuyendo su uso. A esto responderé en pocas
palabras: podría pensarse que cedí con demasiada
facilidad a las fascinaciones del opio; no cabe suponer
que nadie se sienta atraído por sus terrores. El lector
puede estar seguro de que hice innumerables intentos
por reducir la cantidad. Añadiré que fueron quienes
presenciaban la agonía de dichos intentos, y no yo
mismo, los primeros en rogarme que cediese. Pero ¿acaso
no podía ir disminuyendo una gota diaria o bien agregar
agua y luego dividir una gota en dos o tres partes?
Dividir mil gotas me hubieran llevado casi seis años:
no hay duda de que tal método era insuficiente. Sin
embargo, este error es muy frecuente en quienes no
tienen ningún conocimiento experimental del opio, pero
me dirijo a quienes sí lo tienen para preguntarles si
no ocurre siempre que es posible reducir la cantidad
con facilidad y aun con placer sólo hasta cierto punto,
pasado el cual toda nueva reducción es causa de
intensos sufrimientos. Sí, responden algunos insensatos
que no saben lo que dicen, sufrirá usted de tristeza y
decaimiento durante unos días. No, contesto; lo que
sucede no se parece en nada al decaimiento; por el
contrario, la mera vitalidad animal aumenta
extraordinariamente: el pulso es más firme, la salud
mejor. El malestar no consiste en esto, ni recuerda en
lo menor a lo que se siente cuando se renuncia al vino.
Es un estado de indecible irritación del estómago (lo
cual, por cierto, no se asemeja mucho a sentirse triste
y decaído) acompañado por una transpiración muy fuerte
así como por sensaciones que no intentaré describir en
tan poco espacio.
Empiezo ahora in media res y, anticipándome a la época
en la que puede decirse que los dolores del opio
llegaron a su acmè, trataré de sus efectos paralizantes
sobre las facultades intelectuales.
Hace tiempo que he interrumpido mis estudios. No
siento ningún placer en leer y apenas si puedo hacerlo
más de un momento. En cambio leo a veces en voz alta
por dar gusto a los demás, ya que no me falta talento
para este tipo de lectura; diré más, en el sentido
vulgar de la palabra talento —o sea un mérito
superficial, un adorno— es casi el único que tengo, y
si en otro tiempo pude envanecerme de alguno de mis
méritos o facultades, fue de esta habilidad que, según
he observado, es la menos frecuente de todas. Los
actores leen peor que nadie: [Kemble] es un pésimo
lector y la Sra. [Siddons], tan celebrada, sólo acierta
en las composiciones dramáticas y es incapaz de leer a
Milton de manera soportable. En general, la gente lee
la poesía sin ninguna pasión o bien excede la sobriedad
natural y lee sin inteligencia. Si en los últimos
tiempos algo encontré en los libros que me conmoviera,
fueron las nobles quejas de Sansón Agonistes o las
grandes armonías de los parlamentos de Satán en el
Paraíso Recobrado, leídas a solas y en voz alta. A
veces viene una señorita a tomar té con nosotros; a
petición de ella y de M., les leo de cuando en cuando
los poemas de W[ordsworth]. (W[ordswoth], dicho sea de
paso, es el único poeta que he conocido nunca que sea
capaz de leer sus propios versos; diré más: a menudo
lee admirablemente.)
Creo que durante dos años no leí libros, con una sola
excepción, y quiero recordar cuál es para pagar la gran
deuda de gratitud que tengo con su autor. Todavía solía
leer a los poetas más sublimes y apasionados aunque,
como he dicho, por trozos y ocasionalmente. Bien sabía
yo que mi verdadera vocación era el ejercicio del
entendimiento analítico, pero la mayoría de los
estudios analíticos son continuos y no pueden
practicarse con interrupciones o en esfuerzos
fragmentarios. Las matemáticas, la filosofía
intelectual, por ejemplo, se me habían vuelto
intolerables; les huía poseído de una sensación de
enervamiento impotente y pueril que me angustiaba
todavía más al evocar la época en que disfrutaba
ejercitándome en ellas horas enteras, y también por
esta otra razón, que había orientado los esfuerzos de
toda mi vida, y dedicado mi inteligencia, sus flores y
sus frutos, a la lenta y compleja labor de construir
una sola obra, que tenía la presunción de llamar con el
título de un libro inconcluso de Spinoza, De
emendatione humani intellectus. Este trabajo se hallaba
ahora detenido y como congelado, tal un puente o
acueducto español, comenzado en escala demasiado grande
para los recursos del arquitecto; y en vez de
sobrevivirme, al menos como monumento a mis deseos y
aspiraciones, y a una vida de trabajo dedicada a
exaltar la naturaleza humana en la forma como Dios
creyó apropiado dotarme para tan vasta empresa,
serviría para que mis hijos hicieran memoria de mis
esperanzas derrotadas y mis esfuerzos sin resultado, de
los materiales acumulados en vano y de los cimientos
sobre los que nunca se levantó una superestructura: del
dolor y la ruina del arquitecto. Hallándome en esta
condición de imbecilidad procuraba entretenerme
dirigiendo mi atención a la economía política; supongo
que, mientras me quedase un soplo de vida, mi
entendimiento, antes activo e inquieto como una hiena,
era incapaz de sumirse en un letargo absoluto. Para las
personas que se hallan en el estado en que me
encontraba, la economía política tiene la ventaja de
que, si bien es una ciencia eminentemente orgánica (es
decir, que en ella todas las partes influyen sobre el
todo así como, a su vez, el todo influye sobre cada una
de las partes), es posible separar cada una de las
distintas partes y considerarla en sí misma. A pesar de
la gran postracción en que por entonces se hallaban mis
facultades, no podía olvidar mis conocimientos, y mi
inteligencia había estado íntimamente familiarizada
durante demasiados años con los pensadores más
estrictos, con la lógica y los grandes maestros de la
ciencia, como para no darme cuenta de la extremada
debilidad del grupo principal de los economistas
modernos. En 1811 había tenido ocasión de examinar
muchos libros y folletos sobre las diversas ramas de la
economía, y a veces, cuando se lo pedía, M. me leía
capítulos de las obras más recientes o fragmentos de
los debates parlamentarios. Por lo general me parecía
que estos textos eran la hez de la inteligencia humana
y que cualquier persona de cabeza bien ordenada,
acostumbrado a manejar la lógica con habilidad
escolástica, podía coger entre el índice y el pulgar a
toda la academia de economistas modernos y ahogarlos a
mitad de camino entre el cielo y la tierra o bien
pulverizar sus cabezas con un abanico de señora. Al
cabo, en 1819, un amigo de Edimburgo me envió el libro
del Sr. Ricardo y, recurriendo a mi propia anticipación
profética sobre el advenimiento de un legislador para
esa ciencia, exclamé antes de terminar el primer
capítulo: «¡Tú eres el hombre!». El asombro y la
curiosidad eran para mí emociones muertas desde hacía
mucho tiempo. Ahora, sin embargo, volví a sentirlas: me
pregunté si una vez más tendría estímulos suficientes
para el esfuerzo de leer y el propio libro me inspiró
una viva curiosidad. ¿En verdad se había escrito esta
obra tan profunda en Inglaterra y en el siglo
diecinueve? ¿Era posible? Yo había dado por supuesto
que el pensamiento19 se había extinguido en Inglaterra.
¿Cómo podía ser que un inglés, ajeno a los recintos
19 El lector debe tener presente lo que quiero decir por
pensamiento: de otra manera esta afirmación resultaría
presuntuosa. Últimamente Inglaterra ha tenido, hasta el exceso,
pensadores magníficos en los ramos de la creación y la
combinación, pero la escasez de pensadores masculinos en todas
las vías analíticas es lamentable. Un escocés de nombre eminente
nos decía hace poco que se había visto obligado a abandonar
hasta las matemáticas por falta de apoyo.
académicos, y abrumado por sus obligaciones comerciales
y senatoriales, llegase a la meta cuando todas las
universidades de Europa no habían conseguido avanzar ni
un palmo en cien años de trabajo? Todos los demás
autores habían desaparecido aplastados por la carga
descomunal de datos y documentos; el Sr. Ricardo había
deducido a priori del propio entendimiento leyes que
por primera vez arrojaban un rayo de luz sobre el
intrincado caos de materiales y, con lo que apenas era
una colección de vagas discusiones, había construido
una ciencia de proporciones ordenadas que ahora se
levantaba sobre bases eternas.
Así fue como una sola obra de profunda inteligencia,
además de darme placer, me movió a una actividad que no
había tenido desde hacía varios años: hasta me incitó a
escribir o al menos a dictarle a M. que escribía por
mí. Me pareció que algunas verdades imponentes habían
escapado inclusive al «ojo inevitable» del Sr. Ricardo
y, como eran de tal naturaleza que en la mayoría de los
casos podía expresarlas o ilustrarlas mediante símbolos
algebraicos con más brevedad y elegancia que en el
estilo torpe y difuso de los economistas, toda la
exposición cabía en un cuaderno; aunque me sentía
incapaz de todo esfuerzo fui tan lacónico en esta
ocasión que, con M. como amanuense, conseguí redactar
mis Prolegómenos a todos los futuros sistemas de
economía política. Espero que no se pensará que huelen
a opio, aunque a decir verdad el tema es ya lo bastante
opiáceo para casi todo el mundo.
Pero este esfuerzo no fue sino un destello, como se
apreciará por lo que ocurrió luego, ya que decidí
publicar mi obra y se hicieron los arreglos necesarios
a fin de imprimirla en una prensa de provincia, situada
a unas dieciocho millas de distancia. Con tal objeto se
retuvo especialmente a un cajista durante varios días.
Hasta se anunció en dos ocasiones el libro, por lo que,
en cierta forma, estaba obligado a llevar a la práctica
mis intenciones. No obstante, me quedaba por escribir
un prefacio y una dedicatoria —que yo quería brillante—
al Sr. Ricardo. Me fue del todo imposible hacerlo. Se
revocaron los arreglos, se despidió al cajista y mis
Prolegómenos descansaron en paz al lado de su más
respetable hermano mayor.
He descrito o ilustrado mi embotamiento intelectual en
términos que, en una u otra forma, se aplican a los
cuatro años que estuve bajo el hechizo del Circe del
opio. De no ser por la angustia y el sufrimiento cabría
afirmar sin faltar a la verdad que entonces existía en
un estado de total inactividad y como dormido. Era raro
que pudiese forzarme a ecribir una carta; a lo mucho
lograba responder en pocas palabras las que había
recibido y no sin que, muchas veces, la carta no
aguardase antes durante semanas o aun meses sobre mi
escritorio. Sin la ayuda de M. todos los recibos de las
cuentas pagadas o por pagar habrían desaparecido y mi
economía doméstica, cualquiera que fuese la suerte de
la Economía Política, se habría precipitado por entero
a una confusión inextricable. No volveré a aludir a
este aspecto del caso a pesar de que, en última
instancia, agobia y atormenta al comedor de opio tanto
como cualquier otro, a causa de la sensación de
debilidad e impotencia provocada por los incidentes
vergonzosos que sobrevienen cuando se descuidan y
postergan las obligaciones de cada día, así como de los
remordimientos que a menudo enconan el aguijón de estos
males en un ánimo meditativo y escrupuloso. El comedor
de opio no pierde un ápice de su sensibilidad o sus
aspiraciones morales; desea y anhela, tan vivamente
como siempre, hacer lo que cree posible y lo que a su
juicio le exige el deber, pero su percepción
intelectual de lo que es posible sobrepasa
infinitamente no sólo su capacidad de ejecutar sino
también su capacidad de intentar; yace bajo el peso de
un íncubo, de una pesadilla: tiene ante los ojos todo
lo que de buena gana quisiera hacer, tal como un hombre
postrado en el lecho por la mortal languidez de una
enfermedad enervante a quien se obligara a ser testigo
de los abusos y ultrajes infligidos a la persona que
ama sobre todas las cosas: maldice los ensalmos que lo
encadenan y lo privan de todo movimiento, sacrificaría
su vida si lograra ponerse de pie y andar, pero es
impotente como un recién nacido y ni siquiera puede
intentar levantarse.
Paso ahora al tema principal de estas últimas
confesiones, a la historia y el diario de lo que
sucedió en mis sueños, causa inmediata y próxima de mis
sufrimientos más intensos.
El primer aviso de que estaba ocurriendo un cambio
importante en esta parte de mi economía física fue que
volvió a manifestarse una condición del ojo que, por lo
general, se presenta en la infancia o en estados de
extrema irritabilidad. Ignoro si el lector tiene
noticia de que muchos niños, tal vez la mayoría, son
capaces de pintar, por así decirlo, toda suerte de
fantasmas sobre la oscuridad; en algunos, tal facultad
es tan sólo una afección mecánica del ojo; otros
disponen de un poder voluntario o semivoluntario para
convocar y despedir las imágenes o, como en una ocasión
me dijo un niño al que interrogaba sobre esto: «Puedo
decirles que se vayan y se van, pero a veces vienen sin
que les haya dicho que vengan.» Le respondí que tenía
sobre las apariciones autoridad casi tan ilimitada como
la de un centurión romano sobre los soldados. A
mediados de 1817, si mal no recuerdo, esta facultad se
volvió verdaderamente penosa; por las noches, mientras
me hallaba acostado y sin dormir, desfilaban ante mí
vastas procesiones de lúgubre pompa, frisos de
historias interminables tan tristes y solemnes como si
fuesen de tiempos anteriores a Edipo y a Príamo —
anteriores a Tiro—, anteriores a Menfis. Al mismo
tiempo se produjo un cambio equivalente en mis sueños;
de pronto se abrió e iluminó en mi cerebro un teatro en
el que cada noche se presentaban espectáculos de
esplendor más que terrenal. Debo mencionar también los
cuatro hechos siguientes, que por entonces empecé a
advertir:
1. A medida que aumentaba la disposición creativa del
ojo parecía surgir cierta simpatía entre los estados de
sueño y vigilia del cerebro, en el sentido que, por lo
general, todo lo que yo invocaba y dibujaba en la
oscuridad mediante un acto de voluntad se transfería a
mis sueños; hasta tal punto que temía ejercer esta
facultad, pues, así como los objetos que Midas
tranformaba en oro burlaban sus esperanzas y
defraudaban sus deseos humanos, bastaba que imaginase
en la oscuridad las cosas que pueden representarse
visualmente para que asumieran al instante la forma de
fantasmas del ojo y, por un proceso al parecer no menos
inevitable, una vez trazadas las imágenes en colores
pálidos y visionarios, como escrituras en tinta
simpática, la química feroz de mis sueños las reavivaba
hasta darles un esplendor intolerable que me oprimía el
corazón.
2. Este y todos los demás cambios ocurridos en mis
sueños vinieron acompañados de una honda ansiedad y una
amarga melancolía que es enteramente imposible
comunicar con palabras. Cada noche sentía que bajaba,
no metafóricamente, sino que en realidad bajaba a
grietas y simas tenebrosas, abismos en los abismos, sin
ninguna esperanza de reascender. Y al despertarme no me
parecía que hubiese reascendido. No me detendré a
explicarlo, ya que no hay palabras que basten para dar
una idea del negro desaliento que me embargaba ante
esos grandiosos espectáculos, por lo menos igual a la
absoluta oscuridad de una desesperación suicida.
3. El sejrtids del espacio y, al final, el sentido del
tiempo, quedaron ambos gravemente afectados. Los
edificios, los paisajes, etc., se mostraban en
proporciones más vastas de las que perciben los ojos
mortales. El espacio se hinchaba y expandía hasta
alcanzar el infinito indecible. Sin embargo, esto ne me
inquieta tanto como la gran expansión del tiempo; a
veces tenía la impresión de haber vivido 70 ó 100 años
en una noche; más aún, sentía que durante ese lapso
había transcurrido todo un milenio o, por lo menos, una
duración muy superior a los límites de cualquier
experiencia humana.
4. Volvían a mí los más nimios incidentes de la
infancia o escenas olvidadas de otros años; no puede
decirse que los recordara, ya que si alguien me hubiese
hablado de ellos estando yo despierto no habría podido
darme cuenta de que formaban parte de mi experiencia.
Pero tal como se disponían ante mí, en sueños
semejantes a intuiciones, revestidos de las más
efímeras circunstancias y sentimientos que una vez los
acompañaron, los reconocía al instante. Una de mis
parientes más cercanas me ha contado que, siendo niña,
se cayó al río y estaba a punto de perecer cuando
acudieron en su auxilio: en ese momento crítico vio su
vida entera desplegarse simultáneamente ante sus ojos,
como en un espejo, al tiempo que se desarrollaba en
ella la facultad de comprender el todo y cada una de
sus partes. Bien puedo creerlo cuando recuerdo algunas
de mis experiencias con el opio; luego, en dos
ocasiones, he visto que se afirma la mismo en libros
modernos junto a una observación de cuya verdad estoy
convencido, a saber que el temible Libro del Juicio
Final de que hablan las Escrituras es, en realidad, la
propia mente de cada persona. Al menos me siento seguro
de esto, la mente no es capaz de nada que se parezca al
olvido; mil accidentes interponen un velo entre nuestra
conciencia y las inscripciones secretas de la mente,
pero otros accidentes de la misma clase lo desgarran y,
velada o no, la inscripción perdura para siempre, tal
las estrellas que parecen retirarse ante la luz común
del día aunque en verdad, como todos sabemos, la luz
haya corrido su velo sobre ellas, que volverán a
mostrarse cuando otra vez se descorra la luz
oscurecedora del día.
Habiendo señalado estos cuatro factores, diferencias
memorables entre mis sueños de entonces y aquellos de
la salud, citaré ahora un ejemplo que servirá de
ilustración al primero de ellos y luego contaré los
demás que recuerde, ya sea en orden cronológico o en
cualquier otro que aumente el efecto de los cuadros
sobre el lector.
Fui en mi juventud —y lo sigo siendo de tiempo en
tiempo, cuando quiero entretenerme— gran lector de
Livio, a quien, lo confieso, prefiero sobre los demás
historiadores romanos tanto por el estilo como por la
materia; muchas veces he sentido que los sonidos más
graves y solemnes, más enfáticamente representativos de
la majestad del pueblo romano, son esas dos palabras
que con tanta frecuencia aparecen en su obra: Consul
Romanus, sobre todo cuando están referidas al cónsul en
sus funciones militares. En efecto, expresiones como
sultán, regente, etc., o cualquiera de los títulos
usados por quienes encarnan en sus propias personas las
majestad colectiva de un gran pueblo, tenían menos
poder sobre mis sentimientos reverenciales. De otra
parte, aunque no soy gran lector de historia, había
llegado a familiarizarme minuciosa y críticamente con
un período de la historia de Inglaterra, el de la
Guerra Parlamentaria, en el que me atraían la grandeza
moral de algunos personajes y los muchos e interesantes
libros de memorias que nos quedan de una época tan
agitada. Estas dos partes de mis lecturas más ligeras,
que habían sido a menudo tema de mis reflexiones, me
dieron ahora la materia de mis sueños. Muchas veces,
habiendo pintado en la oscuridad una especie de ensayo
general cuando aún me hallaba despierto, veía una
multitud de damas, tal vez una fiesta y bailes, y oía
decir, o bien yo mismo me decía: «Estas son las damas
inglesas de los desventurados tiempos de Carlos I.
Estas son las mujeres e hijas de aquellos que se
reunían en paz, se sentaban a las mismas mesas y
estaban unidos por lazos de matrimonio o de sangre,
pero que, pasado cierto día de agosto de 1642, no
volvieron a sonreírse ni se encontraron más, como no
fuera en el campo de batalla, y en Marston Moor,
Newbury o Naseby tajaron con el sable cruel los
vínculos del amor y ahogaron en sangre el recuerdo de
la antigua amistad.» Las damas bailaban y eran tan
hermosas como las de la corte de Jorge IV y no obstante
yo sabía, aún en sueños, que llevaban casi dos siglos
bajo tierra. De pronto se desvanecía el suntuoso
desfile, sonaba una palmada, las palabras Consul
Romanus me estremecía el corazón y de inmediato
avanzaban majestuosamente, en túnicas deslumbrantes,
Paulo o Mario, rodeados por una compañía de
centuriones, con la púrpura enarbolada en una lanza, y
seguidos por el alalagmos de las legiones romanas.
Hace muchos años hojeaba yo las Antigüedades de Roma,
de Piranesi, mientras el Sr. Coleridge, que se hallaba
a mi lado, me describía una serie de grabados de ese
artista, llamados los Sueños, en los que registró el
escenario de las visiones que ló asediaron con el
delirio de la fiebre. Algunos de ellos (según recuerdo
de lo que me contó el Sr. Coleridge) representaban
enormes salas góticas, con el suelo cubierto de toda
clase de máquinas y artefactos, ruedas, cables, poleas,
palancas, catapultas, etc., que expresaban lo enorme de
la potencia aplicada y la resistencia vencida. Pegada a
los muros se veía una escalera por la que subía
trabajosamente el propio Piranesi: un poco más allá la
escalera terminaba abrupta, súbitamente, sin
balaustrada de ninguna clase: se había llegado al
extremo y era imposible dar un solo paso más sin
precipitarse al vacío. Cualquiera sea la suerte del
pobre Piranesi, pensamos, por lo menos aquí terminan,
de alguna manera, sus sufrimientos. Pero al levantar la
vista vemos, todavía más alto, una segunda escalera y
en ella distinguimos nuevamente a Piranesi, ahora al
borde mismo del precipicio; volvemos a elevar la mirada
y divisamos una escalera aún más aérea y al pobre
Piranesi ocupado en su fatigosa ascensión: y así una y
otra vez hasta que la escalera interminable y Piranesi
se pierden ambos en la tiniebla superior del recinto.
Con la misma potencia incesante de crecimiento y
reproducción de sí misma procedía la arquitectura de
mis sueños. En las primeras fases de mi enfermedad los
esplendores de los sueños fueron sobre todo
arquitectónicos: contemplé ciudades y palacios de una
pompa que nunca contemplaron ojos despiertos, como no
fuese en las nubes. Citaré los versos en que un gran
poeta moderno describe, como aparición surgida en las
nubes, lo que yo solía ver, con muchos de los mismos
detalles, en mis sueños:
La aparición, de pronto revelada,
De una gran ciudad —diré mejor
Un agitado océano de edificios
Cerrado sobre sí mismo en prodigiosos
Interminables abismos de esplendor.
Vi murallas de oroj diamantes
Cúpulas de alabastro, agujas de plata
Y terrales sobre terrazas relucientes
En alto levantadas; avenidas
De claros pabellones; torres rodeadas
Por almenas en cuya frente inquieta
Brillaba una estrella —¡luz de todas las gemas!
La naturaleza terrestre con el turbio
Material de la tormenta, ahora en calma,
Forjara esta visión, con las bóvedas,
Laderas, cumbres hechas de nubes
Detenidas bajo el cielo azul, etc.
Uno de estos sublimes detalles —almenas con estrellas
en las frentes inquietas— podría estar copiado de mis
sueños arquitecturales, donde se presentó varias veces.
Se afirma que, en nuestros tiempos, Dryden y Fuseli
comían carne cruda a fin de provocarse sueños
espléndidos: más les valiera comer opio para lograr su
propósito, lo que hasta ahora, que yo sepa, no ha hecho
ningún poeta, como no sea el dramaturgo Shadwell; se
cree también, y a mi juicio con razón, que en la
antigüedad Homero conocía las virtudes del opio.
A mi arquitectura siguieron sueños de lagos y
plateadas extensiones de agua, sueños que me
obsesionaron hasta tal punto que llegué a temer (lo
cual parecerá absurdo a un médico) que una condición o
tendencia hidrópica del cerebro se estuviese haciendo
(para emplear una palabra metafísica) objetiva y que el
órgano sensible se proyectase como objeto de sí mismo.
Durante dos meses me dolió mucho la cabeza, una parte
del cuerpo que hasta entonces había tenido tan libre de
toda muestra o asomo de debilidad (hablo de lo físico)
que solía decir, como el último lord Orford de su
estómago, que probablemente sobreviviría al resto de mi
persona. Antes de esta época yo nunca supe lo que era
una jaqueca, ni el más ligero dolor de cabeza, con
excepción de los dolores reumáticos provocados por mis
propias imprudencias. Felizmente conseguí superar el
ataque, aunque estuvo a punto de convertirse en algo
muy peligroso.
Ahora cambió la naturaleza de las aguas; los lagos
translúcidos, brillantes como un espejo, se
convirtieron en mares y océanos. Sobrevino un cambio
tremendo que, al irse desenvolviendo lentamente durante
muchos meses como un rollo de pergamino, me anunció un
perpetuo tormento; así fue, en efecto, y ya no me
libraría de él sino cuando mi caso llegara a su
término. Hasta entonces el rostro humano había
intervenido muchas veces en mis sueños, aunque no
despóticamente ni con un poder especial de atormentar.
Ahora empezó a manifestarse lo que he llamado la
tiranía del rostro humano. Tal vez esto tenga su origen
en una época de mi vida en Londres. Sea como fuere,
ahora el rostro humano empezó a aparecer sobre las
aguas agitadas del océano: el mar estaba pavimentado de
rostros innumerables vueltos hacia el cielo: rostros
implorantes, coléricos, desesperados, que surgían por
millares, por miríadas, por generaciones, por siglos —
mi agitación era infinita —mi alma se hundía —y se
alzaba con el océano.
Mayo 1818
El malayo ha sido un enemigo temible durante varios
meses. Cada noche su poder me arrastró a los escenarios
de Asia. No sé si en esto los demás comparten mis
sentimientos, pero he pensado muchas veces que si me
viese obligado a abandonar Inglaterra y a vivir en
China, entre costumbres, formas de vida y paisajes
chinos, me volvería loco. Las causas de mi horror son
muy profundas y seguramente compartiré algunas de ellas
con mis lectores. En general el Asia meridional es
asiento de imágenes y asociaciones atroces. El hecho de
haber sido la cuna de la humanidad bastaría para
inspirarnos un vago sentimiento de reverencia, aunque
para ello existen además otras razones. Nadie
pretenderá que las supersticiones salvajes, bárbaras y
caprichosas del África, o de las tribus de salvajes que
habitan en otras partes del mundo, lo afectan de la
misma manera que las religiones antiguas, monumentales,
crueles y refinadas del Indostán, etc. La mera
antigüedad de las cosas asiáticas, de las
instituciones, historias, formas religiosas, etc., es
tan impresionante que para mí la edad inmemorial de la
raza y el nombre predomina sobre el sentido de la
juventud en el individuo. Un joven chino me parece un
hombre antediluviano renovado. Ni siquiera los
ingleses, aunque no fueron criados en el conocimiento
de esas instituciones, pueden dejar de estremecerse
ante la mística sublimidad de las castas que fluyen
separadas y se niegan a mezclarse a través de
vastísimas extensiones de tiempo; nadie escucha sin
temor los nombres del Ganges o el Eufrates. Contribuye
en mucho a estos sentimientos el que Asia meridional
sea, y haya sido durante miles de años, la región de la
tierra más pululante de vida humana, la gran officina
gentium. En esas regiones el hombre es una hierba.
También los grandes imperios en que siempre se organizó
la enorme población de Asia dan mayor sublimidad a las
sensaciones que evocan los nombres e imágenes
orientales. En China, además de lo que tiene en común
con el resto del Asia meridional, me aterran las formas
de vida y las costumbres; entre ella y yo se interpone
la barrera de una aversión y una falta de simpatía
totales, asentada en sentimientos tan profundos que no
soy capaz de analizarlos. Anjes viviría con locos o
animales irracionales. Todo esto y mucho más de lo que
puedo decir, de lo que tengo tiempo para decir, ha de
tenerlo presente el lector para comprender el horror
inconcebible que me inspiran esos sueños de imaginería
oriental, esas torturas mitológicas. En una misma
sensación de calor y luz vertical reunía todas las
criaturas, pájaros, fieras y reptiles, todos los
árboles y plantas, usos y apariencias que se encuentran
en todas las regiones tropicales y las congregaba en
China o el Indostán. Llevado por sentimientos afines
pronto impuse la misma ley a Egipto y todos sus dioses.
Monos, papagayos, cacatúas me miraban fijamente
parloteando, gruñendo, chillando. Me refugiaba en
pagodas y quedaba aprisionado durante siglos en la
cúspide o en salas secretas; fui el ídolo, fui el
sacerdote, fui adorado, fui sacrificado. Huía de la
cólera de Brahma a través de todas las selvas de Asia:
Vishnú me odiaba: Siva me tendía una emboscada. De
pronto me encontré con Isis y Osiris: algo había hecho,
me dijeron, que hacía temblar al ibis y al cocodrilo.
Fui sepultado durante mil años en féretros de piedra,
junto a momias y esfinges, en las cámaras estrechas que
cierran en su corazón las negras pirámides. Me besaron
los cocodrilos con besos cancerosos; yací, confundido
con todas las indecibles cosas viscosas, entre los
juncos y el lodo del Nilo.
Doy al lector una ligera idea de mis sueños
orientales, eni los que siempre me sorprendía tanto lo
monstruoso del escenario que durante un momento el
horror parecía absorbido en el puro asombro. Tarde o
temprano un reflujo del sentimiento ahogaba el asombro
y me dejaba menos espantado que poseído por el odio y
la abominación ante lo que veía. Sobre cada forma,
amenaza y castigo, sobre cada prisión sombría y ciega,
se cernía una sensación de eternidad e infinito que
suscitaba en mí una opresión semejante a la locura. Tan
sólo en estos sueños, con una o dos ligeras
excepciones, se manifestaban circunstancias de horror
físico. Hasta entonces todos los terrores habían sido
morales y espirituales. En estos sueños los principales
agentes eran horribles pájaros, serpientes o
cocodrilos, sobre todo los últimos. El maldito
cocodrilo fue para mí objeto de más horror que casi
todos los demás. Por fuerza había de vivir a su lado y
(como sucedía siempre en mis sueños) durante siglos. A
veces lograba escapar y me encontraba en casas chinas
con mesas de bambú, etc. Pronto en todas las patas de
las mesas, los sofás, etc., bullía la vida: la cabeza
abominable del cocodrilo me acechaba con ojos malignos,
multiplicada en mil repeticiones: yo la contemplaba
lleno de odio y fascinado. Tanto obsedió mis sueños el
horroroso reptil que en muchas ocasiones el mismo sueño
se interrumpió de la misma manera: oía las dulces voces
de los míos (oigo todo mientras duermo) y me despertaba
inmediatamente: era el mediodía y mis hijos habían
llegado cogidos de la mano hasta mi lecho para
enseñarme sus zapatos de color o sus trajes nuevos o
para que los viera vestidos antes de salir. Juro que
tan tremenda era la transición del inmundo cocodrilo y
otros monstruos y abortos nefandos de mis sueños a la
visión de la naturaleza inocente y humana de la
infancia que, por una reacción violenta y repentina de
la conciencia, me echaba a llorar sin poder contenerme
mientras besaba las caras de mis hijos.
Junio 1819
He tenido ocasión de observar en distintas épocas de
mi vida que la muerte de los seres queridos y en
general la contemplación de la muerte es (ceteris
paribus) más conmovedora en el verano que en cualquier
otra estación del año. Ello se debe, a mi juicio, a
tres razones: la primera que en el verano los cielos
visibles parecen mucho más altos, más distantes y (si
puede disculparse el solecismo) más infinitos; las
nubes por las que el ojo aprecia las distancias del
pabellón azul extendido sobre nuestras cabezas son
durante el verano más voluminosas y se acumulan en
masas más grandiosas e imponentes; en segundo lugar, la
luz y la figura del sol que declina y se hunde en el
horizonte son mucho más propias para conformar tipos y
caracteres del Infinito; y en tercer lugar (ésta es la
principal de las razones), la prodigalidad exuberante y
desenfrenada de la vida, como es natural, impone con
mayor fuerza a la conciencia la idea antagónica de la
muerte y la esterilidad invernal de la tumba. Cabe
observar de manera general que siempre que dos ideas se
hallan vinculadas entre sí por la ley del antagonismo
existen, por así decirlo, en virtud de su mutua
repulsión y es frecuente que una de ellas evoque la
otra. Por ello, cuando paseo a solas en los días
interminables del verano, me es imposible proscribir la
idea de la muerte; en esa estación la muerte de
alguien, si no me afecta más, por lo menos asedia mi
pensamiento con un cerco más obstinado. Tal vez esta
razón, y un ligero incidente que omito, sean las causas
más próximas del sueño que voy a contar, aunque siempre
debí estar predispuesto a él, pues desde el momento en
que apareció ya no volvió a dejarme nunca, si bien se
dividía en mil variedades fantásticas, que de pronto se
reunían para componer otra vez el sueño original.
Creía que era la mañana de un domingo de mayo, el
Domingo de Pascua y a una hora muy temprana. Me parecía
estar a la puerta de mi propia casa. Ante mí tenía la
misma vista que en realidad se divisaba desde ese
lugar, pero exaltada y solemnizada, como suele ocurrir,
por el poder de los sueños. Eran las mismas montañas y
a sus pies el mismo valle encantador, pero las montañas
levantadas a una altura más que alpina y entre ellas un
espacio mucho mayor de prados y bosques; en los setos
florecían muchas rosas blancas y no se veía criatura
viviente con excepción de unas cuantas vacas
descansando tranquilamente en torno a las verdes tumbas
del cementerio rural, sobre todo junto a la tumba de
una niña a quien ye amé con ternura: la escena era
igual a la que en verdad viera cuando murió la niña una
mañana de ese verano, poco antes de salir el sol. Miré
ese cuadro que conocía tan bien y tuve la impresión de
que hablaba conmigo mismo en voz alta y decía «Falta
mucho para que salga el sol; es Domingo de Pascua, día
en que se celebran los primeros frutos de la
resurrección. Saldré a caminar; hoy olvidaré mis viejos
dolores; el aire es quieto y fresco, altas las montañas
que se elevan hasta el cielo y los claros del bosque
tan silenciosos como el cementario; lavaré con rocío la
fiebre que me abrasa la frente y dejaré de ser
desgraciado.» Me di vuelta para abrir la puerta del
jardín e inmediatamente, sobre mi izquierda, vi una
escena muy distint que el poder de los sueños
armonizaba con la otra. El cuadr era oriental; también
era un Domingo de Pascua a una hor muy temprana de la
mañana. A gran distancia, como una mancha en el
horizonte, distinguía los domos y cúpulas de una gran
ciudad, imagen o leve abstracción vista quizá cuando
era niño en un grabado de Jerusalén. A tiro de ballesta
de donde me hallaba, sentada en una piedra y a la
sombra de palmas de Judea, había una mujer; la miré y
era —¡Ann! Fijó en mí la mirada gravemente y al cabo le
dije: «Por fin te he encontrado.» Esperé, pero no me
respondió una sola palabra. Su rostro era el mismo de
la última vez que la vi y, sin embargo, muy diferente.
Diecisiete años antes, cuando a la luz de la lámpara
que le caía en la cara besé por última vez sus labios
(labios que para mí no eran impuros, Ann) se le
llenaron los ojos de lágrimas: ahora esas lágrimas
habían sido enjugadas; me parecía más hermosa que
antes, pero en todo lo demás era la misma y no había
envejecido. La mirada era tranquila aunque de una
extraordinaria solemnidad de expresión; la contemplé
asombrado, de pronto sus facciones comenzaron a
borrarse y, al volverme hacia las montañas vi la niebla
que se precipitaba entre nosotros; un instante después
todo se había desvanecido; me envolvió la oscuridad y,
en un abrir y cerrar de ojos, me encontré lejos de las
montañas, caminando otra vez junto a Ann bajo las
farolas de la calle de Oxford, tal como caminamos
diecisiete años antes, cuando ambos éramos niños.
Como último ejemplo, citaré un caso distinto, de 1820.
El sueño comenzó con una música que ahora oía a menudo
en mis sueños: una música de preparación y creciente
ansiedad, una música como la primera parte del Himno de
la Coronación que, al igual que éste, daba la impresión
de una gran marcha —de infinitas cabalgatas que se
alejaban —del paso de ejércitos innumerables. Había
llegado la mañana de un gran día, un día decisivo,
última esperanza de la naturaleza humana entonces
misteriosamente eclipsada, agitada en una crisis
terrible. En algún lugar, no sé dónde —de alguna
manera, no sé cómo —unos seres, no sé cuáles, libraban
una batalla, un combate, una agonía que se desarrollaba
como un gran drama o una composición musical; mi
inquietud era tanto más difícil de soportar, puesto que
ignoraba el sitio, la causa, la naturaleza, el posible
resultado de la lucha. Como suele ocurrir en los sueños
en los que por necesidad nos hacemos el centro de todo
movimiento, yo tenía y no tenía poder para decidir el
combate. Lo tenía si lograba hacer un esfuerzo de
voluntad y sin embargo no lo tenía, pues pesaban sobre
mí veinte Atlánticos o la opresión de una culpa
inexpiable. Yacía inmóvil en «abismos que no tocó la
sonda». Luego, como en un coro, la pasión se hizo más
profunda. Algo aún más grave estaba en juego; una causa
más grandiosa de la que nunca defendiera la espada o
proclamara la trompeta. De pronto sonaron alarmas:
confusión, desorden: agitación de una multitud
incontable que huye, no sé si del bando bueno o del
malo: luces y sombras: tempestad y rostros humanos: y
al final, con la sensación de que todo se ha perdido,
formas femeninas, los rasgos que más quiero en el mundo
y, sólo durante un momento, las manos entrelazadas en
el dolor de la despedida y luego —¡los eternos adioses!
y con un suspiro, como suspiraron las cavernas del
infierno cuando la madre incestuosa pronunció el nombre
aborrecido de la muerte, el sonido quedó resonando —
¡los eternos adioses! y otra vez y aún otra vez
resonando —¡los eternos adioses! t Y desperté
forcejeando y grité «¡No dormiré más!»
Pero debo poner punto final a un relato que ha
alcanzado ya una extensión excesiva. Dentro de límites
más espaciosos hubiera sido posible desarrollar mejor
los materiales que he utilizado y añadir con eficacia
muchos que he omitido. Sin embargo, tal vez lo dicho
sea suficiente. Aún me queda por explicar cómo,
finalmente, este conflicto de horrores llegó a su
crisis. El lector ya sabe (por haberlo leído al
comienzo de la introducción a la primera parte) que, de
una u otra manera, el comedor de opio «ha desatado,
casi hasta el último eslabón, la maldita cadena que lo
aprisionaba». ¿De qué modo? Contar esto, como en un
principio fue mi intención, me llevaría a exceder con
mucho el espacio de que ahora dispongo. Es una suerte
que haya tan buenas razones para abreviar pues, bien
mirado, me hubiera sido muy penoso alterar con detalles
poco interesantes la impresión que deja la historia, en
cuanto es un llamado a la sensatez y la conciencia de
todo comedor de opio no confirmado, y aun disminuir el
efecto de composición artística (si bien esta
consideración es muy secundaria). El lector advertido
no se interesará en el tema de los ensalmos fascinantes
sino sobre todo en el poder de fascinación. El
verdadero protagonista de la historia y el centro
legítimo en torno al cual gira el interés no es el
comedor de opio sino el opio. Mi propósito fue
demostrar la eficacia maravillosa del opio para el
placer y para el dolor: si lo he conseguido la acción
de la pieza ha terminado.
No obstante, como a pesar de todas las leyes en
contrario no faltarán personas que sigan preguntando lo
que ocurrió con el comedor de opio y en qué estado se
encuentra ahora, respondo por él lo siguiente: como
sabe el lector, desde hacía tiempo el opio no fundaba
su imperio en los lazos del placer sino que mantenía su
dominio únicamente a causa de las torturas asociadas a
los intentos de abjurar de él. Sin embargo, puesto que
la no revocación del tirano entrañaba otras torturas,
que cabe suponer no menos graves, sólo restaba elegir
entre dos males y más valía aquel que, por más terrible
que fuese en sí mismo, prometía en última instancia la
restauración de la felicidad. El razonamiento parece
irrefutable, pero la buena lógica no daba al autor las
fuerzas para aplicarlo. Sin embargo, en la vida del
autor sobrevino una crisis, una crisis que afectaba a
personas que le son y le serán siempre más queridas que
la propia vida, aun cuando ésta vuelva a ser feliz, y
comprendió que moriría si seguía usando el opio: por
consiguiente, decidí que, en caso de ser necesario,
moriría tratando de librarme de él. No puedo decir la
cantidad que tomaba entonces, pues me serví del opio
que compraba para mí un amigo, que luego se negó a que
le pagara, de modo que ni siquiera pude precisar la
cantidad que usé durante el año. Entiendo que lo tomaba
muy irregularmente y que pasaba de cincuenta o sesenta
granos a ciento cincuenta por día. Para comenzar traté
de bajar a cincuenta, a treinta y, lo antes posible, a
doce granos.
Triunfé: pero no creas, lector, que con ello acabaron
mis sufrimientos, ni me imagines sumido en un estado de
depresión. Cree más bien que ya habían pasado cuatro
meses y aún seguía agitado, adolorido, tembloroso,
palpitante, deshecho, en una condición muy semejante,
quizá, a la de quien ha sido torturado en el potro, si
no recuerdo mal la conmovedora relación de ese suplicio
que nos dejó una víctima del todo inocente20 (de la
época de Jaime I). Entretanto no me aprovechaba ninguna
medicina, con excepción de la que me recetó un médico
eminentísimo de Edimburgo, la tintura amoniatada de
valeriana. Por lo tanto, no es mucho lo que puedo
decir, desde el punto de vista médico, acerca de mi
emancipación, y aun la escasa relación que pudiera
ofrecer al lector, en boca de un hombre tan ignorante
de la medicina como yo, no haría probablemente sino
inducirle a error. En todo caso tales explicaciones no
se hallarían aquí en su lugar. La moraleja de mi
narrativa se dirige al comedor de opio y, por
consiguiente, es de aplicación necesariamente limitada.
Si aprende a temer y a temblar bastante se habrá
conseguido. Desde luego, podría decir que la conclusión
de mi caso demuestra, por lo menos, que después de usar
opio durante diecisiete años, y abusar de sus poderes
durante ocho, todavía es posible renunciar a él, y que
tal vez mi lector pondrá en ello más energía que yo, o
bien, siendo de constitución más robusta que la mía,
obtendrá iguales resultados con menos esfuerzos. Bien
puede ser: no me atrevería a comparar los esfuerzos de
20 Villiam Luthgow: su libro (Viajes, etc.) es mal escritor y
pedante, pero la relación de sus propios sufrimientos en el
potro de Málaga es de una emoción sobrecogedora.
los demás con los míos; le deseo, con toda sinceridad,
mayor energía y le deseo el mismo éxito. Con todo,
quizá yo tuve incentivos exteriores que a él, por
desgracia, pueden faltarle y que me dieron puntos de
apoyo más firmes de los que ofrecen los intereses
meramente personales a una mente debilitada por el
opio.
Jeremy Taylor conjetura que nacer puede ser doloroso
como morir; lo creo probable: mientras duró el período
en que reduje la cantidad de opio sufrí los tormentos
de un hombre que pasa de una forma de existencia a
otra. El resultado no fue la muerte sino una especie de
regeneración física y puedo añadir que, desde entonces,
he sentido restaurarse en mí fuerzas más que juveniles,
aunque estoy sometido a la presión de dificultades que,
en un estado de ánimo menos feliz, llamaría desgracias.
Todavía subsiste un recuerdo de mi condición anterior
y es que mis sueños no son perfectamente tranquilos;
aún no han cesado por entero la temible furia y
agitación de la tormenta; las legiones acampadas en
ellos se están retirando, pero no todas han partido; mi
sueño sigue siendo tumultuoso y, tal las puertas del
Paraíso que nuestros primeros padres se volvían a mirar
desde lejos, todavía se hallan (según el tremendo verso
de Milton):
Llenos de caras terribles y brazos de fuego.
Apéndice
Habiendo decidido los propietarios de esta pequeña
obra imprimirla nuevamente, conviene dar aquí alguna
explicación de por qué no apareció la Tercera Parte
prometida en el número de la London Magazine de
diciembre pasado; sobre todo porque, de no ser así, los
propietarios, bajo cuya garantía se hizo dicha promesa,
podrían compartir la culpa —poco o mucha— que se asigne
al incumplimiento. El autor, llevado por un simple
sentido de justicia, asume enteramente esta
responsabilidad. El peso exacto de la culpa que toma
sobre sí es, a su juicio, cuestión oscurísima y ninguno
de los maestros de casuística consultados al efecto ha
logrado alumbrarla gran cosa. De un lado parece
aceptado que, en general, una promesa es obligatoria en
relación inversa al número de personas a quienes se
hace; por esta razón vemos a muchas personas que violan
sin el menor escrúpulo las promesas hechas a toda una
nación y en cambio cumplen religiosamente las
obligaciones contraídas en la vida privada, ya que
faltar a la palabra empeñada cuando la otra parte es
más fuerte entraña cierto riego; por lo demás, las
únicas partes interesadas en las promesas de un autor
son sus lectores, y la modestia exige que todo autor
crea tener muy pocos, o quizá sólo uno, en cuyo caso
cualquier promesa impone tal santidad a las
obligaciones morales que asusta pensar en ellas. Pero,
dejando de lado la casuística, el autor se somete a la
consideración indulgente de aquellos que pudieran
sentirse ofendidos por su demora, exponiéndoles la
siguiente relación de su estado de salud desde fines
del año pasado, en que asumió el compromiso, hasta casi
este momento. Para disculparle bastaría decir que un
sufrimiento físico intolerable le hacía incapaz de
cualquier ejercicio intelectual, sobre todo de los que
requieren y suponen un estado de ánimo tranquilo y
placentero; no obstante, como es posible que el caso
constituya una modesta aportación a la historia médica
del opio, pues ilustra una fase de su acción más
avanzada que las que por lo general se señalan a la
atención de los especialistas, el autor ha creído que
algunos lectores encontrarían aceptable una exposición
más detenida. Fiat in experimentum corpore vili es una
norma justa cuando existe la presunción razonable de
obtener un gran beneficio; cuál sea este beneficio está
sujeto a dudas, pero no cabe duda alguna en cuanto al
valor del cuerpo, puesto que el autor confiesa con
entera libertad que no puede haber cuerpo más ruin que
el suyo, se enorgullece en considerarlo el ideal mismo
de un sistema de humanidad bajo, disparatado y
despreciable, y se asombra de que estuviese destinado a
mantenerse a flote durante más de un par de días en
medio de las tormentas y el deterioro normal en el mar
de la vida; aún más, si ésta fuese una manera decente
de disponer de los cuerpos, reconoce que casi le daría
vergüenza legar su escuálida estructura a cualquier
perro digno de respeto. Pero volvamos a nuestro tema
que, a fin de evitar el constante recurso a perífrasis
tan enojosas, el autor se tomará la libertad de exponer
en primera persona.
Quienes leyeron las Confesiones las habrán terminado
con la impresión de que yo había renunciado
completamente al uso del opio. Esta es la impresión que
quería dar, y ello por dos razones: la primera, porque
el hecho mismo de registrar voluntariamente tal estado
de sufrimiento entraña la facultad de examinar el
propio casó, como lo haría un espectador desinteresado,
así como la energía para describirlo de manera cabal,
cualidades que sería absurdo suponer en una persona que
está padeciendo en ese momento; la segunda, porque,
habiendo bajado de una cantidad tan grande como 8.000
gotas a una tan pequeña (en comparación) como es una
cantidad que oscilaba entre 300 y 160 gotas, bien podía
suponer que la victoria era mía. Así pues, al permitir
que mis lectores pensaran en mí como en un comedor de
opio reformado, no hacía sino dar una impresión que yo
mismo compartía y, según podrá apreciarse, aun esta
impresión provenía del tono general de la conclusión y
no de las palabras empleadas, que en ningún caso eran
contrarias a la verdad más estricta. No había pasado
mucho tiempo desde que escribiera ese texto cuando
comprendí que el esfuerzo que todavía quedaba por hacer
me costaría mucha más energía de la prevista. La
necesidad de emprenderlo se tornaba más evidente a
medida que pasaban los meses. En particular, comencé a
notar en el estómago una sensación de embotamiento o
falta de sensibilidad cada vez mayor, que atribuí a una
condición cirrótica, ya formada o en vías de formarse,
en dicho órgano. Un médico enminente, a cuya bondad
debí entonces muchos favores, me hizo saber que en mi
caso este final no era imposible aunque, si seguía
usando opio, probablemente se le adelantaría otro
desenlace distinto. Por consiguiente, decidí abjurar
totalmente del opio en cuanto tuviese libertad para
dedicar a tal propósito toda mi atención y energía. Sin
embargo, hasta el 24 de junio pasado no se manifestó
una coincidencia aceptable de circunstancias. Ese día
inicié el experimento, no sin antes jurarme que
«estaría a la altura» cualquiera fuese el «castigo».
Debo señalar que durante varios meses mi ración había
sido de 170 ó 180 gotas: a veces llegaba a 500 y, en
una oportunidad, casi a 700; en otros diversos
preludios a mi experimento decisivo bajé hasta 100
gotas, pero me fue imposible soportarlo después del
cuarto día; añadiré, de paso, que siempre me fue más
difícil superar este día que cualquiera de los tres
anteriores. Me hice a la mar sin tender todas mis
velas: tomé 130 gotas diarias los tres primeros días y
el cuarto reduje de golpe la dosis a 80; los tormentos
que sufrí me «bajaron los humos» en el acto; me mantuve
casi un mes en esta cantidad, con altos y bajos, luego
descendí a 60 y al día siguiente a nada. Persistí en
mis abstinencia durante noventa horas, es decir, más de
media semana. Luego tomé —no me pregunten cuánto: ¿qué
hubieran hecho los hombres más severos?— Luego volví a
abstenerme; tomé unas 25 gotas; me abstuve, y así
sucesivamente.
Entretanto, los síntomas que se presentaron en mi caso
durante las seis semanas del experimento fueron las
siguientes: enorme irritabilidad y excitación de todo
el organismo; plena recuperación de las sensaciones de
vitalidad y sensibilidad del estómago, pero con
frecuencia grandes dolores; incesante desasosiego,
noche y día; en cuanto al sueño, apenas sabía lo que
era: dormía a lo sumo 3 horas de las 24, con sueño tan
inquieto y ligero que oía los ruidos cercanos;
constante hinchazón de la mandíbula inferior; boca
ulcerada, y muchos otros síntomas penosos que sería
cansado repetir, aunque debo mencionar uno de ellos,
pues acompañó siempre a todos los intentos de renunciar
al opio: la violencia de los estornudos, que llegaron a
ser violentísimos: estornudaba por lo menos dos o tres
veces al día y en ocasiones durante dos horas seguidas.
Esto no me sorprendió mucho, ya que recordaba haber
oído o leído en alguna parte que las fosas nasales
están revestidas por una membrana que es una
prolongación de la que reviste el estómago, lo cual
explica, a mi juicio, el aspecto inflamado que tienen
las narices de los bebedores. El hecho de que el
estómago hubiese recobrado tan bruscamente su
sensibilidad original se manifestaba, supongo, en este
forma. También es notable que durante todos los años
que tomé opio no atrapase (como suele decirse) un solo
resfriado y ni siquiera la más leve tos. Ahora, en
cambio, tuve un resfriado muy violento, al que siguió
la tos poco más tarde. En un fragmento inconcluso de
una carta a….. comenzada entonces, leo estas palabras:
«Me pide usted que escriba…….. ………. ¿Conoce usted la
pieza de Thierry y Theodoret que escribieron Beaumont y
Fletcher? En ella verá usted cómo me encuentro en
cuanto al sueño; la descripción tampoco es exagerada en
otros aspectos. Le aseguro que en una hora me vienen a
la cabeza más ideas de las que tenía en todo un año
bajo el reino del opio. Se diría que todas las ideas
congeladas desde hace una década por el opio se
deshielan a un tiempo, como en la vieja fábula, tal es
la multitud que fluye hacia mí de todas partes. Sin
embargo, mi impaciencia y mi detestable irritabilidad
son tan grandes que por una idea que logro precisar y
escribir se me escapan cincuenta. A pesar del
cansancio, los sufrimientos y la falta de sueño, no
puedo estarme quieto, sea de pie o sentado, durante dos
minutos. I nunc, et versus tecum meditare canoros.»
En esta fase del experimento mandé avisar a un médico
vecino mío que viniera a verme. Acudió esa noche y,
tras exponerle el caso en pocas palabras, le hice esta
pregunta: ¿Si no pensaba que el opio había tenido una
acción estimulante sobre los órganos digestivos, y si
los dolores de estómago, causa innegable de que no
consiguiera dormir, podían deberse a una indigestión?
Me respondió que: No, por el contrario, atribuía el
dolor a las propias funciones digestivas que, en
condiciones normales, no llegan a la conciencia, pero
que se habían vuelto perceptibles a causa del estado
antinatural del estómago, enviciado por un uso tan
prolongado del opio. La opinión era plausible y el
carácter ininterrumpido de mis sufrimientos hace que me
incline a creerla exacta, ya que si se hubiese tratado
de una simple afección irregular del estómago, lo
natural hubiese sido que desapareciese de cuando en
cuando y que su intensidad fluctuase continuamente. La
intención de la naturaleza, manifiesta en el estado de
salud, es sin duda que no advertimos todos los
movimientos vitales como son la circulación de la
sangre, la expansión y contracción de los pulmones, la
acción peristáltica del estómago, etc., y parece que el
opio, en esto como en otras cosas, es capaz de oponerse
a sus propósitos. Por consejo del médico probé licores
amargos que durante un breve espacio aliviaron en mucho
los males que me aquejaban, pero a partir del
cuadragésimo segundo día del experimento, los síntomas
ya señalados comenzaron a desaparecer y surgieron
otros, distintos y más dolorosos; de estos últimos he
seguido sufriendo desde entonces, con unos cuantos
intervalos de tranquilidad. Sin embargo, no he de
describirlos, por dos razones: 1a, porque la mente se
resiste a representar en detalle cualquier padecimiento
del cual la separa poco o ningún tiempo: dar al relato
el pormenor suficiente para que tuviese utilidad sería
infandum renovare dolorem y quizá sin justificación
pues, 2.a razón, dudo de que este último estado pueda
atribuirse de manera alguna al opio por vía positiva o
aún negativa, es decir que haya de contarse entre los
últimos males producidos por la acción directa del opio
o entre los males más tempranos que inflige la falta de
opio en un organismo alterado desde hace tiempo por su
uso. Indudablemente, parte de los síntomas se deben a
la época del año (agosto) puesto que, si bien el verano
no fue muy caluroso, la suma del calor acumulado (si
cabe la expresión) durante los meses anteriores,
añadido al calor propio del mes, hace que en el mes de
agosto caigan los quince días más calurosos del año;
por lo demás, la transpiración excesiva que es
inevitable cuando se reduce mucho la ración diaria de
opio (aunque sea por Navidad) y que durante el mes de
julio fue tan violenta que estuve obligado a bañarme
cinco o seis veces al día, había cesado completamente
cuando emperazon los grandes calores, lo cual aumentó
todas las molestias que traía consigo el verano. Otro
de los síntomas, que yo en mi ignorancia llamo
reumatismo interno (y que a veces me afecta los
hombros, si bien casi siempre parece tener su asiento
en el estómago), parece deberse también, menos que al
opio, a la humedad de la casa en que vivo21, que en esta
época del año aumentó al máximo puesto que, como suele
ocurrir en nuestra región, la más lluviosa de
Inglaterra, julio fue un mes de lluvias incesantes.
21 Al decir esto no tengo la intención de faltar al respeto a mi
casa, y el lector lo comprenderá mejor si le digo que, salvo una
o dos mansiones principescas y unas cuantas menos ilustres que
han ido revestidas de cemento, no conozco en este distrito
montañoso ninguna casa que sea por completo impermeable. En
nuestro condado aplicamos principios exactos a la arquitectura
de los libros, me precio de ello, pero la otra arquitectura se
halla en estado de barbarie y, lo que es peor, en situación
retrógrada.
En vista de las razones que me asisten para dudar de
que el opio tenga alguna relación con la etapa más
reciente de mis dolencias (salvo, por cierto, en tanto
que causa ocasional, al dejar mi cuerpo más débil y
descabellado de lo que era, predisponiéndolo así a
cualquier influencia maligna), absuelvo de buena gana
al lector de toda descripción: perezca esa época para
él, y ojalá pudiera decir con la misma facilidad,
perezca en mis propios recuerdos, a fin de que un ideal
demasiado vívido de las congojas humanas no venga a
trastornar en el futuro mis horas de tranquilidad.
Esto por lo que toca a las consecuencias de mi
experimento; en cuanto a la primera etapa, que en
realidad conforma dicho experimento, y su aplicación a
otros casos, debo pedir al lector que no olvide las
razones por las que dejo testimonio de ella, que son
dos: en primer lugar, la idea de que podría hacer un
aporte, aunque insignificante, a la historia del opio
en tanto que agente médico; en esto tengo conciencia de
no haber cumplido mis propias intenciones debido al
letargo mortal, el malestar físico y la extrema
repugnancia ante el tema que me asaltaron mientras
escribía esa parte de mi texto, que ahora ya no cabe
corregir o mejorar, puesto que la envié de inmediato a
la imprenta (distante de mi casa en unos cinco grados
de latitud). Sin embargo, es evidente que esta
relación, a pesar ele su incoherencia, puede ser de
gran provecho a quienes más se interesan en la historia
del opio —es decir, a los comedores de opio en general—
, pues demuestra, para su aliento y consuelo, que es
posible renunciar al opio disminuyendo la cantidad con
bastante rapidez22 sin que los sufrimientos exqedan lo
22 En cuanto a esto, señalaré que yo disminuí la cantidad con
demasiada rapidez, lo cual agravó innecesariamente el
sufrimiento o, más bien, que no lo hice en forma tan constante y
graduada como debía. En fin, para que el lector pueda juzgar por
sí mismo, y sobre todo para que el comedor de opio que se está
preparando a retirarse de los negocios tenga ante sí toda clase
de informaciones, presento aquí mi diario:
Primera Semana Segunda Semana
que es capaz de soportar un hombre de fuerza de
voluntad corriente.
Informar sobre el resultado de mi experimento era el
primero de mis propósitos. En segundo lugar, mi
intención colateral era explicar las razones por las
cuales me resultó imposible componer una Tercera Parte

Gotas de Laud. Gotas de Laud.
Lunes 24 de Jun.. 130 Lunes Julio 1 ... 80
25 ... 140 2 ... 80
26 ... 130 3 ... 90
27 ... 80 4 ... 100
28 ... 80 5 ... 80
29 ... 80 6 ... 80
30 ... 80 7 ... 80
Tercera Semana Cuarta Semana
Lunes Julio 8 ... 300 Lunes Julio 15 ...
76
9 ... 50 16 ...
73.5
10 } 17 ...
73.5
11 } Hiatus en 18 ... 70
12 } MS. 19 ... 240
13 } 20 ... 80
14 ... 76 21 ... 350
Quinta Semana
Lunes Julio 22 ... 60
23 ... nada.
24 ... nada.
25 ... nada.
26 ... 200
27 ... nada.
¿Qué significan, preguntará tal vez el lector, esas bruscas
recaídas a cifras como 300, 350, etc.? El impulso a dichas
recaídas fue la simple flaqueza de ánimo; el motivo, cuando al
impulso se unió un motivo, fue el principio de reculer pour
mieux sauter (pues, con la languidez inducida por una dosis
mayor, el estómago quedaba luego satisfecho con una cantidad más
reducida y, al despertar, se encontraba acostumbrado, en cierta
medida, a la nueva ración), o bien este otro principio: que a
igualdad de sufrimientos, se resisten mejor aquellos a los que
se hace frente con cólera y así, cada vez que aumentaba mucho la
dosis, al día siguiente me sentía furioso y hubiera soportado
cualquier cosa.

a tiempo para que figurase en la presente publicación
puesto que, justamente mientras llevaba a cabo el
experimento, me enviaron de Londres las pruebas de
página de esta reimpresión, y tal fue mi incapacidad
para aumentarlas o mejorarlas que ni siquiera tuve
paciencia para leerlas con bastante atención como para
advertir las erratas o corregir los errores de
impresión. Estas han sido las causas de que molestase
al lector con un relato, largo o corto, de los
experimentos relativos a un sujeto tan verdaderamente
abyecto como es mi propio cuerpo, e insto al lector a
que no las olvide y a que no me juzgue tan mal como
para creer que si me rebajé a un tema tan innoble fue
por el interés que pudiera tener o por cualquier otra
razón que no fuese el beneficio general. Bien sé que
existen valetudinarios que se observan a sí mismos;
conozco al animal; yo mismo me he encontrado con él
alguna vez; sé que es el peor de los
heautontimoroumenos que pueda imaginarse y que, al
llevarlos a la luz de la conciencia, mantiene y agrava
todos los síntomas que quizá de otra manera —dando al
pensamiento una dirección distinta— se desvanecerían.
En lo que a mí respecta, siento un desprecio tan
profundo ante costumbres tan ruines y egoístas que
rebajarme a ellas sería como si perdiese el tiempo en
espiar a la pobre sirvienta a quien en este momento, lo
estoy oyendo, enamora un galán en la parte de atrás de
la casa. ¿Cómo puede un filósofo transcendental sentir
ninguna curiosidad en ocasiones semejantes? ¿Cómo
imaginar que me sobra ocio para tales trivialidades si
mi vida no vale una inscripción de ocho años y medio de
renta? Para zanjar definitivamente la cuestión, voy a
decir algo que tal vez escandalice a algunos lectores
si bien, teniendo en cuenta los motivos que me animan,
estoy convencido de que no debiera ser así. Creo que
nadie pierde el tiempo con los fenómenos de su propio
cuerpo a menos que sienta por él cierta consideración
en tanto que, como advierte el lector, lejos de sentir
gusto o estimación de ninguna clase por el mío, yo lo
detesto y lo hago objeto del escarnio y el desprecio
más amargos, y no me desagradaría saberlo objeto de las
últimas indignidades que inflige la ley a los cadáveres
de los peores malhechores. En prueba de la sinceridad
de lo que digo me permito hacer la siguiente oferta.
Tengo, al igual que todo el mundo, ciertas ideas sobre
el lugar en que me gustaría ser enterrado; como he
vivido casi siempre en la sierra me inclino a pensar
que una tumba en un verde cementerio, entre las
montañas antiguas y solitarias, es un lugar de descanso
más sublime y sereno para el filósofo que cualquiera de
los horribles Gólgotas de Londres. No obstante, si los
caballeros de la Escuela de Medicina creen que podría
ser de algún provecho para su ciencia examinar el
cuerpo de un comedor de opio, no tienen más que
pronunciar una sola palabra y me ocuparé de que el mío
les sea transferido legalmente —esto es, una vez que yo
haya terminado con él—. Que no titubeen en expresar sus
deseos, llevados por escrúpulos de falsa delicadeza y
consideración a mis sentimientos: les aseguro que me
harán demasiado honor si utilizan en sus
«demostraciones» un cuerpo tan disparatado como el mío,
y yo he de sentirme muy contento anticipando esta
venganza y ofensa postumas impuestas a lo que ha sido
en vida causa de tantos padecimientos. Tales legados no
son frecuentes; más aún, en muchos casos es peligroso
anunciar los bienes que han de transferirse como
consecuencia de la muerte del testador: de ello tenemos
un ejemplo notable en las costumbres de un príncipe
romano quien, al ser notificado de que unas personas de
gran fortuna le habían dejado una hermosa propiedad en
sus testamentos, expresaba su entera satisfacción ante
tales arreglos y aceptaba generosamente los reales
legados: pero si los testadores omitían el darle
posesión inmediata de sus bienes, si traidoramente
«persistían en vivir» (si vivere perseverant como dice
Suetonio) montaba en cólera y tomaba las medidas del
caso. No nos sorprende tal conducta en esos tiempos y
en uno de los peores Césares, pero estoy seguro que en
los médicos ingleses de nuestra época no he de advertir
muestras de impaciencia, ni de ningún otro sentimiento
que no provengan de ese amor desinteresado por la
ciencia y sus intereses que me induce a formular este
ofrecimiento.
30 de septiembre de 1822

.

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