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domingo, 12 de julio de 2009

PRIMERAS PAGINAS : CREPUSCULO ,Un Amor Peligroso

CREPUSCULO
Un Amor Peligroso




Para mi hermana mayor Emily,
sin cuyo entusiasmo esta historia
aún seguiría inconclusa.

***
Él revela honduras y secretos,
conoce lo que ocultan las tinieblas,
y la luz mora junto a Él.
Daniel 2:22

***
Nunca me había detenido a pensar en cómo iba a morir, aunque
me habían sobrado los motivos en los últimos meses, pero
no hubiera imaginado algo parecido a esta situación incluso
de haberlo intentado.
Con la respiración contenida, contemplé fijamente los ojos
oscuros del cazador al otro lado de la gran habitación. Éste me
devolvió la mirada complacido.
Seguramente, morir en lugar de otra persona, alguien a quien
se ama, era una buena forma de acabar. Incluso noble. Eso debería
contar algo.
Sabía que no afrontaría la muerte ahora de no haber ido a
Forks, pero, aterrada como estaba, no me arrepentía de esta decisión.
Cuando la vida te ofrece un sueño que supera con creces
cualquiera de tus expectativas, no es razonable lamentarse
de su conclusión.
El cazador sonrió de forma amistosa cuando avanzó con aire
despreocupado para matarme.

Prefacio

Mi madre me llevó al aeropuerto con las ventanillas del coche
bajadas. En Phoenix, la temperatura era de veinticuatro grados
y el cielo de un azul perfecto y despejado. Me había puesto
mi blusa favorita, sin mangas y con cierres a presión blancos;
la llevaba como gesto de despedida. Mi equipaje de mano era
un anorak.
En la península de Olympic, al noroeste del Estado de
Washington, existe un pueblecito llamado Forks cuyo cielo
casi siempre permanece encapotado. En esta insignificante localidad
llueve más que en cualquier otro sitio de los Estados
Unidos. Mi madre se escapó conmigo de aquel lugar y de sus
tenebrosas y sempiternas sombras cuando yo apenas tenía unos
meses. Me había visto obligada a pasar allí un mes cada verano
hasta que por fin me impuse al cumplir los catorce años; así que,
en vez de eso, los tres últimos años, Charlie, mi padre, había pasado
sus dos semanas de vacaciones conmigo en California.
Y ahora me exiliaba a Forks, un acto que me aterraba, ya que
detestaba el lugar.
Adoraba Phoenix. Me encantaba el sol, el calor abrasador, y
la vitalidad de una ciudad que se extendía en todas las direcciones.
—Bella —me dijo mamá por enésima vez antes de subir al
avión—, no tienes por qué hacerlo.

Primer encuentro
Mi madre y yo nos parecemos mucho, salvo por el pelo corto
y las arrugas de la risa. Tuve un ataque de pánico cuando
contemplé sus ojos grandes e ingenuos. ¿Cómo podía permitir
que se las arreglara sola, ella que era tan cariñosa, caprichosa
y atolondrada? Ahora tenía a Phil, por supuesto, por lo
que probablemente se pagarían las facturas, habría comida en
el frigorífico y gasolina en el depósito del coche, y podría apelar
a él cuando se encontrara perdida, pero aun así…
—Es que quiero ir —le mentí. Siempre se me ha dado muy
mal eso de mentir, pero había dicho esa mentira con tanta frecuencia
en los últimos meses que ahora casi sonaba convincente.
—Saluda a Charlie de mi parte —dijo con resignación.
—Sí, lo haré.
—Te veré pronto —insistió—. Puedes regresar a casa cuando
quieras. Volveré tan pronto como me necesites.
Pero en sus ojos vi el sacrificio que le suponía esa promesa.
—No te preocupes por mí —le pedí—. Todo irá estupendamente.
Te quiero, mamá.
Me abrazó con fuerza durante un minuto; luego, subí al avión
y ella se marchó.
Para llegar a Forks tenía por delante un vuelo de cuatro horas
de Phoenix a Seattle, y desde allí a Port Angeles una hora
más en avioneta y otra más en coche. No me desagrada volar,
pero me preocupaba un poco pasar una hora en el coche con
Charlie.
Lo cierto es que Charlie había llevado bastante bien todo
aquello. Parecía realmente complacido de que por primera vez
fuera a vivir con él de forma más o menos permanente. Ya me
había matriculado en el instituto y me iba a ayudar a comprar
un coche.
Pero estaba convencida de que iba a sentirme incómoda en su
compañía. Ninguno de los dos éramos muy habladores que se diga,
y, de todos modos, tampoco tenía nada que contarle. Sabía que
mi decisión lo hacía sentirse un poco confuso, ya que, al igual
que mi madre, yo nunca había ocultado mi aversión hacia Forks.
Estaba lloviendo cuando el avión aterrizó en Port Angeles.
No lo consideré un presagio, simplemente era inevitable. Ya
me había despedido del sol.
Charlie me esperaba en el coche patrulla, lo cual no me extrañó.
Para las buenas gentes de Forks, Charlie es el jefe de policía
Swan. La principal razón de querer comprarme un coche,
a pesar de lo escaso de mis ahorros, era que me negaba en redondo
a que me llevara por todo el pueblo en un coche con luces
rojas y azules en el techo. No hay nada que ralentice más la
velocidad del tráfico que un poli.
Charlie me abrazó torpemente con un solo brazo cuando bajaba
a trompicones la escalerilla del avión.
—Me alegro de verte, Bella —dijo con una sonrisa al mismo
tiempo que me sostenía firmemente—. Apenas has cambiado.
¿Cómo está Renée?
—Mamá está bien. Yo también me alegro de verte, papá
—no le podía llamar Charlie a la cara.
Traía pocas maletas. La mayoría de mi ropa de Arizona era
demasiado ligera para llevarla en Washington. Mi madre y yo
habíamos hecho un fondo común con nuestros recursos para
complementar mi vestuario de invierno, pero, a pesar de todo,
era escaso. Todas cupieron fácilmente en el maletero del coche
patrulla.
—He localizado un coche perfecto para ti, y muy barato —anunció
una vez que nos abrochamos los cinturones de seguridad.
—¿Qué tipo de coche?
Desconfié de la manera en que había dicho «un coche perfecto
para ti» en lugar de simplemente «un coche perfecto».
—Bueno, es un monovolumen, un Chevy para ser exactos.
—¿Dónde lo encontraste?
—¿Te acuerdas de Billy Black, el que vivía en La Push?
La Push es una pequeña reserva india situada en la costa.
—No.
—Solía venir de pesca con nosotros durante el verano —me
explicó.
Por eso no me acordaba de él. Se me da bien olvidar las cosas
dolorosas e innecesarias.
—Ahora está en una silla de ruedas —continuó Charlie cuando
no respondí—, por lo que no puede conducir y me propuso
venderme su camión por una ganga.
—¿De qué año es?
Por la forma en que le cambió la cara, supe que era la pregunta
que no deseaba oír.
—Bueno, Billy ha realizado muchos arreglos en el motor. En
realidad, tampoco tiene tantos años.
Esperaba que no me tuviera en tan poca estima como para
creer que iba a dejar pasar el tema así como así.
—¿Cuándo lo compró?
—En 1984… Creo.
—¿Y era nuevo entonces?
—En realidad, no. Creo que era nuevo a principios de los
sesenta, o a lo mejor a finales de los cincuenta —confesó con
timidez.
—¡Papá, por favor! ¡No sé nada de coches! No podría arreglarlo
si se estropeara y no me puedo permitir pagar un taller.
—Nada de eso, Bella, el trasto funciona a las mil maravillas.
Hoy en día no los fabrican tan buenos.
El trasto, repetí en mi fuero interno. Al menos tenía posibilidades
como apodo.
—¿Y qué entiendes por barato?
Después de todo, ése era el punto en el que yo no iba a ceder.
—Bueno, cariño, ya te lo he comprado como regalo de bienvenida.
Charlie me miró de reojo con rostro expectante.
Vaya. Gratis.
—No tenías que hacerlo, papá. Iba a comprarme un coche.
—No me importa. Quiero que te encuentres a gusto aquí.
Charlie mantenía la vista fija en la carretera mientras hablaba.
Se sentía incómodo al expresar sus emociones en voz alta.
Yo lo había heredado de él, de ahí que también mirara hacia la
carretera cuando le respondí:
—Es estupendo, papá. Gracias. Te lo agradezco de veras.
Resultaba innecesario añadir que era imposible estar a gusto
en Forks, pero él no tenía por qué sufrir conmigo. Y a caballo
regalado no le mires el diente, ni el motor.
—Bueno, de nada. Eres bienvenida —masculló, avergonzado
por mis palabras de agradecimiento.
Intercambiamos unos pocos comentarios más sobre el tiempo,
que era húmedo, y básicamente ésa fue toda la conversación.
Miramos a través de las ventanillas en silencio.
El paisaje era hermoso, por supuesto, no podía negarlo. Todo
era de color verde: los árboles, los troncos cubiertos de musgo,
el dosel de ramas que colgaba de los mismos, el suelo cubierto
de helechos. Incluso el aire que se filtraba entre las hojas
tenía un matiz de verdor.
Era demasiado verde, un planeta alienígena.
Finalmente llegamos al hogar de Charlie. Vivía en una casa pequeña
de dos dormitorios que compró con mi madre durante los
primeros días de su matrimonio. Ésos fueron los únicos días de su
matrimonio, los primeros. Allí, aparcado en la calle delante de una
casa que nunca cambiaba, estaba mi nuevo monovolumen, bueno,
nuevo para mí. El vehículo era de un rojo desvaído, con guardabarros
grandes y redondos y una cabina de aspecto bulboso. Para
mi enorme sorpresa, me encantó. No sabía si funcionaría, pero
podía imaginarme al volante. Además, era uno de esos modelos
de hierro sólido que jamás sufren daños, la clase de coches que ves
en un accidente de tráfico con la pintura intacta y rodeado de
los trozos del coche extranjero que acaba de destrozar.
—¡Caramba, papá! ¡Me encanta! ¡Gracias!
Ahora, el día de mañana parecía bastante menos terrorífico.
No me vería en la tesitura de elegir entre andar tres kilómetros
bajo la lluvia hasta el instituto o dejar que el jefe de policía me
llevara en el coche patrulla.
—Me alegra que te guste —dijo Charlie con voz áspera, nuevamente
avergonzado.
Subir todas mis cosas hasta el primer piso requirió un solo
viaje escaleras arriba. Tenía el dormitorio de la cara oeste, el que
daba al patio delantero. Conocía bien la habitación; había sido
la mía desde que nací. El suelo de madera, las paredes pintadas
de azul claro, el techo a dos aguas, las cortinas de encaje
ya amarillentas flanqueando las ventanas… Todo aquello formaba
parte de mi infancia. Los únicos cambios que había introducido
Charlie se limitaron a sustituir la cuna por una cama
y añadir un escritorio cuando crecí. Encima de éste había
ahora un ordenador de segunda mano con el cable del módem
grapado al suelo hasta la toma de teléfono más próxima. Mi
madre lo había estipulado de ese modo para que estuviéramos
en contacto con facilidad. La mecedora que tenía desde
niña aún seguía en el rincón.
Sólo había un pequeño cuarto de baño en lo alto de las escaleras
que debería compartir con Charlie. Intenté no darle muchas
vueltas al asunto.
Una de las cosas buenas que tiene Charlie es que no se queda
revoloteando a tu alrededor. Me dejó sola para que deshiciera mis
maletas y me instalara, una hazaña que hubiera sido del todo imposible
para mi madre. Resultaba estupendo estar sola, no tener
que sonreír ni poner buena cara; fue un respiro que me permitió
contemplar a través del cristal la cortina de lluvia con desaliento
y derramar algunas lágrimas. No estaba de humor para una gran
llantina. Eso podía esperar hasta que me acostara y me pusiera a
reflexionar sobre lo que me aguardaba al día siguiente.
El aterrador cómputo de estudiantes del instituto de Forks
era de tan sólo trescientos cincuenta y siete, ahora trescientos
cincuenta y ocho. Solamente en mi clase de tercer año en Phoenix
había más de setecientos alumnos. Todos los jóvenes de por
aquí se habían criado juntos y sus abuelos habían aprendido a
andar juntos. Yo sería la chica nueva de la gran ciudad, una curiosidad,
un bicho raro.
Tal vez podría utilizar eso a mi favor si tuviera el aspecto que
se espera de una chica de Phoenix, pero físicamente no encajaba
en modo alguno. Debería ser alta, rubia, de tez bronceada,
una jugadora de voleibol o quizá una animadora, todas esas
cosas propias de quienes viven en el Valle del Sol.
Por el contrario, mi piel era blanca como el marfil a pesar de
las muchas horas de sol de Arizona, sin tener siquiera la excusa
de unos ojos azules o un pelo rojo. Siempre he sido delgada,
pero más bien flojucha y, desde luego, no una atleta. Me faltaba
la coordinación suficiente para practicar deportes sin hacer
el ridículo o dañar a alguien, a mí misma o a cualquiera que
estuviera demasiado cerca.
Después de colocar mi ropa en el viejo tocador de madera de
pino, me llevé el neceser al cuarto de baño para asearme tras
un día de viaje. Contemplé mi rostro en el espejo mientras me
cepillaba el pelo enredado y húmedo. Tal vez se debiera a la luz,
pero ya tenía un aspecto más cetrino y menos saludable. Puede
que tenga una piel bonita, pero es muy clara, casi traslúcida,
por lo que su apariencia depende del color del lugar y en
Forks no había color alguno.
Mientras me enfrentaba a mi pálida imagen en el espejo,
tuve que admitir que me engañaba a mí misma. Jamás encajaría,
y no sólo por mis carencias físicas. Si no me había hecho
un huequecito en una escuela de tres mil alumnos, ¿qué
posibilidades iba a tener aquí?
No sintonizaba bien con la gente de mi edad. Bueno, lo cierto
es que no sintonizaba bien con la gente. Punto. Ni siquiera
mi madre, la persona con quien mantenía mayor proximidad,
estaba en armonía conmigo; no íbamos por el mismo
carril. A veces me preguntaba si veía las cosas igual que el
resto del mundo. Tal vez la cabeza no me funcionara como
es debido.
Pero la causa no importaba, sólo contaba el efecto. Y mañana
no sería más que el comienzo.
Aquella noche no dormí bien, ni siquiera cuando dejé de llorar.
El siseo constante de la lluvia y el viento sobre el techo
no aminoraba jamás, hasta convertirse en un ruido de fondo.
Me tapé la cabeza con la vieja y descolorida colcha y luego
añadí la almohada, pero no conseguí conciliar el sueño antes
de medianoche, cuando al fin la lluvia se convirtió en un fino
sirimiri.
A la mañana siguiente, lo único que veía a través de la ventana
era una densa niebla y sentí que la claustrofobia se apoderaba
de mí. Aquí nunca se podía ver el cielo, parecía una jaula.
El desayuno con Charlie se desarrolló en silencio. Me deseó
suerte en la escuela y le di las gracias, aun sabiendo que sus
esperanzas eran vanas. La buena suerte solía esquivarme. Charlie
se marchó primero, directo a la comisaría, que era su esposa
y su familia. Examiné la cocina después de que se fuera, todavía
sentada en una de las tres sillas, ninguna de ellas a juego,
junto a la vieja mesa cuadrada de roble. La cocina era pequeña,
con paneles oscuros en las paredes, armarios amarillo chillón
y un suelo de linóleo blanco. Nada había cambiado. Hacía
dieciocho años, mi madre había pintado los armarios con
la esperanza de introducir un poco de luz solar en la casa. Había
una hilera de fotos encima del pequeño hogar del cuarto de estar,
que colindaba con la cocina y era del tamaño de una caja
de zapatos. La primera foto era de la boda de Charlie con mi
madre en Las Vegas, y luego la que nos tomó a los tres una amable
enfermera del hospital donde nací, seguida por una sucesión
de mis fotografías escolares hasta el año pasado. Verlas me
resultaba muy embarazoso. Tenía que convencer a Charlie de
que las pusiera en otro sitio, al menos mientras yo viviera aquí.
Era imposible permanecer en aquella casa y no darse cuenta
de que Charlie no se había repuesto de la marcha de mi madre.
Eso me hizo sentir incómoda.
No quería llegar demasiado pronto al instituto, pero no podía
permanecer en la casa más tiempo, por lo que me puse el anorak,
tan grueso que recordaba a uno de esos trajes empleados
en caso de peligro biológico, y me encaminé hacia la llovizna.
Aún chispeaba, pero no lo bastante para que me calara mientras
buscaba la llave de la casa, que siempre estaba escondida
debajo del alero que había junto a la puerta, y cerrara. El ruido
de mis botas de agua nuevas resultaba enervante. Añoraba el
crujido habitual de la grava al andar. No pude detenerme a admirar
de nuevo el vehículo, como deseaba, y me apresuré a
escapar de la húmeda neblina que se arremolinaba sobre mi cabeza
y se agarraba al pelo por debajo de la capucha.
Dentro del monovolumen estaba cómoda y a cubierto. Era
obvio que Charlie o Billy debían de haberlo limpiado, pero la
tapicería marrón de los asientos aún olía tenuemente a tabaco,
gasolina y menta. El coche arrancó a la primera, con gran
alivio por mi parte, aunque en medio de un gran estruendo,
y luego hizo mucho ruido mientras avanzaba al ralentí. Bueno,
un monovolumen tan antiguo debía de tener algún defecto.
La anticuada radio funcionaba, un añadido que no me
esperaba.
Fue fácil localizar el instituto pese a no haber estado antes. El
edificio se hallaba, como casi todo lo demás en el pueblo, junto
a la carretera. No resultaba obvio que fuera una escuela,
sólo me detuve gracias al cartel que indicaba que se trataba del
instituto de Forks. Se parecía a un conjunto de esas casas de intercambio
en época de vacaciones construidas con ladrillos de
color granate. Había tantos árboles y arbustos que a primera
vista no podía verlo en su totalidad. ¿Dónde estaba el ambiente
de un instituto?, me pregunté con nostalgia. ¿Dónde estaban
las alambradas y los detectores de metales?
Aparqué frente al primer edificio, encima de cuya entrada había
un cartelito que rezaba «Oficina principal». No vi otros coches
aparcados allí, por lo que estuve segura de que estaba en
zona prohibida, pero decidí que iba a pedir indicaciones en lugar
de dar vueltas bajo la lluvia como una tonta. De mala gana
salí de la cabina calentita del monovolumen y recorrí un sen-
dero de piedra flanqueado por setos oscuros. Respiré hondo
antes de abrir la puerta.
En el interior había más luz y se estaba más caliente de lo que
esperaba. La oficina era pequeña: una salita de espera con sillas
plegables acolchadas, una basta alfombra con motas anaranjadas,
noticias y premios pegados sin orden ni concierto en
las paredes y un gran reloj que hacía tictac de forma ostensible.
Las plantas crecían por doquier en sus macetas de plástico, por
si no hubiera suficiente vegetación fuera.
Un mostrador alargado dividía la habitación en dos, con
cestas metálicas llenas de papeles sobre la encimera y anuncios
de colores chillones pegados en el frontal. Detrás del mostrador
había tres escritorios. Una pelirroja regordeta con gafas
se sentaba en uno de ellos. Llevaba una camiseta de color
púrpura que, de inmediato, me hizo sentir que yo iba demasiado
elegante.
La mujer pelirroja alzó la vista.
—¿Te puedo ayudar en algo?
—Soy Isabella Swan —le informé, y de inmediato advertí en
su mirada un atisbo de reconocimiento. Me esperaban. Sin
duda, había sido el centro de los cotilleos. La hija de la caprichosa
ex mujer del jefe de policía al fin regresaba a casa.
—Por supuesto —dijo.
Rebuscó entre los documentos precariamente apilados hasta
encontrar los que buscaba.
—Precisamente aquí tengo el horario de tus clases y un plano
de la escuela.
Trajo varias cuartillas al mostrador para mostrármelas. Repasó
todas mis clases y marcó el camino más idóneo para cada
una en el plano; luego, me entregó el comprobante de asistencia
para que lo firmara cada profesor y se lo devolviera al
finalizar las clases. Me dedicó una sonrisa y, al igual que Charlie,
me dijo que esperaba que me gustara Forks. Le devolví la
sonrisa más convincente posible.
Los demás estudiantes comenzaban a llegar cuando regresé al
monovolumen. Los seguí, me uní a la cola de coches y conduje
hasta el otro lado de la escuela. Supuso un alivio comprobar
que casi todos los vehículos tenían aún más años que el mío,
ninguno era ostentoso. En Phoenix, vivía en uno de los pocos
barrios pobres del distrito Paradise Valley. Era habitual ver un
Mercedes nuevo o un Porsche en el aparcamiento de los estudiantes.
El mejor coche de los que allí había era un flamante
Volvo, y destacaba. Aun así, apagué el motor en cuanto aparqué
en una plaza libre para que el estruendo no atrajera la atención
de los demás sobre mí.
Examiné el plano en el monovolumen, intentando memorizarlo
con la esperanza de no tener que andar consultándolo
todo el día. Lo guardé en la mochila, me la eché al hombro y
respiré hondo. Puedo hacerlo, me mentí sin mucha convicción.
Nadie me va a morder. Al final, suspiré y salí del coche.
Mantuve la cara escondida bajo la capucha y anduve hasta la
acera abarrotada de jóvenes. Observé con alivio que mi sencilla
chaqueta negra no llamaba la atención.
Una vez pasada la cafetería, el edificio número tres resultaba
fácil de localizar, ya que había un gran «3» pintado en negro
sobre un fondo blanco con forma de cuadrado en la esquina
del lado este. Noté que mi respiración se acercaba a hiperventilación
al aproximarme a la puerta. Para paliarla, contuve el
aliento y entré detrás de dos personas que llevaban impermeables
de estilo unisex.
El aula era pequeña. Los alumnos que tenía delante se detenían
en la entrada para colgar sus abrigos en unas perchas; ha-
bía varias. Los imité. Se trataba de dos chicas, una rubia de tez
clara como la porcelana y otra, también pálida, de pelo castaño
claro. Al menos, mi piel no sería nada excepcional aquí.
Entregué el comprobante al profesor, un hombre alto y calvo
al que la placa que descansaba sobre su escritorio lo identificaba
como Sr. Mason. Se quedó mirándome embobado al
leer mi nombre, pero no me dedicó ninguna palabra de aliento,
y yo, por supuesto, me puse colorada como un tomate. Pero
al menos me envió a un pupitre vacío al fondo de la clase
sin presentarme al resto de los compañeros. A éstos les resultaba
difícil mirarme al estar sentada en la última fila, pero se las
arreglaron para conseguirlo. Mantuve la vista clavada en la
lista de lecturas que me había entregado el profesor. Era bastante
básica: Brontë, Shakespeare, Chaucer, Faulkner. Los había
leído a todos, lo cual era cómodo… y aburrido. Me pregunté
si mi madre me enviaría la carpeta con los antiguos trabajos de
clase o si creería que la estaba engañando. Recreé nuestra discusión
mientras el profesor continuaba con su perorata.
Cuando sonó el zumbido casi nasal del timbre, un chico
flacucho, con acné y pelo grasiento, se ladeó desde un pupitre
al otro lado del pasillo para hablar conmigo.
—Tú eres Isabella Swan, ¿verdad?
Parecía demasiado amable, el típico miembro de un club de
ajedrez.
—Bella —le corregí. En un radio de tres sillas, todos se volvieron
para mirarme.
—¿Dónde tienes la siguiente clase? —preguntó.
Tuve que comprobarlo con el programa que tenía en la mochila.
—Eh… Historia, con Jefferson, en el edificio seis.
Mirase donde mirase, había ojos curiosos por doquier.
—Voy al edificio cuatro, podría mostrarte el camino —demasiado
amable, sin duda—. Me llamo Eric —añadió.
Sonreí con timidez.
—Gracias.
Recogimos nuestros abrigos y nos adentramos en la lluvia,
que caía con más fuerza. Hubiera jurado que varias personas
nos seguían lo bastante cerca para escuchar a hurtadillas. Esperaba
no estar volviéndome paranoica.
—Bueno, es muy distinto de Phoenix, ¿eh? —preguntó.
—Mucho.
—Allí no llueve a menudo, ¿verdad?
—Tres o cuatro veces al año.
—Vaya, no me lo puedo ni imaginar.
—Hace mucho sol —le expliqué.
—No se te ve muy bronceada.
—Es la sangre albina de mi madre.
Me miró con aprensión. Suspiré. No parecía que las nubes
y el sentido del humor encajaran demasiado bien. Después
de estar varios meses aquí, habría olvidado cómo emplear el
sarcasmo.
Pasamos junto a la cafetería de camino hacia los edificios de
la zona sur, cerca del gimnasio. Eric me acompañó hasta la puerta,
aunque la podía identificar perfectamente.
—En fin, suerte —dijo cuando rocé el picaporte—. Tal vez
coincidamos en alguna otra clase.
Parecía esperanzado. Le dediqué una sonrisa que no comprometía
a nada y entré.
El resto de la mañana transcurrió de forma similar. Mi profesor
de Trigonometría, el señor Varner, a quien habría odiado
de todos modos por la asignatura que enseñaba, fue el único
que me obligó a permanecer delante de toda la clase para pre-
sentarme a mis compañeros. Balbuceé, me sonrojé y tropecé
con mis propias botas al volver a mi pupitre.
Después de dos clases, empecé a reconocer varias caras en cada
asignatura. Siempre había alguien con más coraje que los
demás que se presentaba y me preguntaba si me gustaba Forks.
Procuré actuar con diplomacia, pero por lo general mentí mucho.
Al menos, no necesité el plano.
Una chica se sentó a mi lado tanto en clase de Trigonometría
como de Español, y me acompañó a la cafetería para almorzar.
Era muy pequeña, varios centímetros por debajo de mi uno sesenta,
pero casi alcanzaba mi estatura gracias a su oscura melena
de rizos alborotados. No me acordaba de su nombre, por
lo que me limité a sonreír mientras parloteaba sobre los profesores
y las clases. Tampoco intenté comprenderlo todo.
Nos sentamos al final de una larga mesa con varias de sus amigas,
a quienes me presentó. Se me olvidaron los nombres de todas
en cuanto los pronunció. Parecían orgullosas por tener el
coraje de hablar conmigo. El chico de la clase de Lengua y Literatura,
Eric, me saludó desde el otro lado de la sala.
Y allí estaba, sentada en el comedor, intentando entablar conversación
con siete desconocidas llenas de curiosidad, cuando
los vi por primera vez.
Se sentaban en un rincón de la cafetería, en la otra punta de
donde yo me encontraba. Eran cinco. No conversaban ni comían
pese a que todos tenían delante una bandeja de comida.
No me miraban de forma estúpida como casi todos los demás,
por lo que no había peligro: podía estudiarlos sin temor a encontrarme
con un par de ojos excesivamente interesados. Pero
no fue eso lo que atrajo mi atención.
No se parecían lo más mínimo a ningún otro estudiante. De
los tres chicos, uno era fuerte, tan musculoso que parecía un
verdadero levantador de pesas, y de pelo oscuro y rizado. Otro,
más alto y delgado, era igualmente musculoso y tenía el cabello
del color de la miel. El último era desgarbado, menos corpulento,
y llevaba despeinado el pelo castaño dorado. Tenía un
aspecto más juvenil que los otros dos, que podrían estar en la
universidad o incluso ser profesores aquí en vez de estudiantes.
Las chicas eran dos polos opuestos. La más alta era escultural.
Tenía una figura preciosa, del tipo que se ve en la portada
del número dedicado a trajes de baño de la revista Sports Illustrated,
y con el que todas las chicas pierden buena parte de su
autoestima sólo por estar cerca. Su pelo rubio caía en cascada
hasta la mitad de la espalda. La chica baja tenía aspecto de duendecillo
de facciones finas, un fideo. Su pelo corto era rebelde,
con cada punta señalando en una dirección, y de un negro
intenso.
Aun así, todos se parecían muchísimo. Eran blancos como
la cal, los estudiantes más pálidos de cuantos vivían en aquel
pueblo sin sol. Más pálidos que yo, que soy albina. Todos tenían
ojos muy oscuros, a pesar de la diferente gama de colores
de los cabellos, y ojeras malvas, similares al morado de los
hematomas. Era como si todos padecieran de insomnio o se
estuvieran recuperando de una rotura de nariz, aunque sus
narices, al igual que el resto de sus facciones, eran rectas, perfectas,
simétricas.
Pero nada de eso era el motivo por el que no conseguía apartar
la mirada.
Continué mirándolos porque sus rostros, tan diferentes y tan
similares al mismo tiempo, eran de una belleza inhumana y devastadora.
Eran rostros como nunca esperas ver, excepto tal vez
en las páginas retocadas de una revista de moda. O pintadas
por un artista antiguo, como el semblante de un ángel. Re-
sultaba difícil decidir quién era más bello, tal vez la chica rubia
perfecta o el joven de pelo castaño dorado.
Los cinco desviaban la mirada los unos de los otros, también
del resto de los estudiantes y de cualquier cosa hasta donde
pude colegir. La chica más pequeña se levantó con la bandeja
—el refresco sin abrir, la manzana sin morder— y se alejó con
un trote grácil, veloz, propio de un corcel desbocado. Asombrada
por sus pasos de ágil bailarina, la contemplé vaciar su
bandeja y deslizarse por la puerta trasera a una velocidad superior
a lo que habría considerado posible. Miré rápidamente a
los otros, que permanecían sentados, inmóviles.
—¿Quiénes son ésos? —pregunté a la chica de la clase de Español,
cuyo nombre se me había olvidado.
Y de repente, mientras ella alzaba los ojos para ver a quiénes me
refería, aunque probablemente ya lo supiera por la entonación de
mi voz, el más delgado y de aspecto más juvenil, la miró. Durante
una fracción de segundo se fijó en mi vecina, y después sus ojos
oscuros se posaron sobre los míos.
Él desvió la mirada rápidamente, aún más deprisa que yo, ruborizada
de vergüenza. Su rostro no denotaba interés alguno en
esa mirada furtiva, era como si mi compañera hubiera pronunciado
su nombre y él, pese a haber decidido no reaccionar previamente,
hubiera levantado los ojos en una involuntaria respuesta.
Avergonzada, la chica que estaba a mi lado se rió tontamente
y fijó la vista en la mesa, igual que yo.
—Son Edward y Emmett Cullen, y Rosalie y Jasper Hale. La
que se acaba de marchar se llama Alice Cullen; todos viven con
el doctor Cullen y su esposa —me respondió con un hilo de voz.
Miré de soslayo al chico guapo, que ahora contemplaba su
bandeja mientras desmigajaba una rosquilla con sus largos y
níveos dedos. Movía la boca muy deprisa, sin abrir apenas sus
labios perfectos. Los otros tres continuaron con la mirada perdida,
y, aun así, creí que hablaba en voz baja con ellos.
¡Qué nombres tan raros y anticuados!, pensé. Era la clase de
nombres que tenían nuestros abuelos, pero tal vez estuvieran
de moda aquí, quizá fueran los nombres propios de un pueblo
pequeño. Entonces recordé que mi vecina se llamaba Jessica,
un nombre perfectamente normal. Había dos chicas con ese
nombre en mi clase de Historia en Phoenix.
—Son… guapos.
Me costó encontrar un término mesurado.
—¡Ya te digo! —Jessica asintió mientras soltaba otra risita
tonta—. Pero están juntos. Me refiero a Emmett y Rosalie, y
a Jasper y Alice, y viven juntos.
Su voz resonó con toda la conmoción y reprobación de un
pueblo pequeño, pero, para ser sincera, he de confesar que aquello
daría pie a grandes cotilleos incluso en Phoenix.
—¿Quiénes son los Cullen? —pregunté—. No parecen parientes…
—Claro que no. El doctor Cullen es muy joven, tendrá entre
veinte y muchos y treinta y pocos. Todos son adoptados.
Los Hale, los rubios, son hermanos gemelos, y los Cullen son
su familia de acogida.
—Parecen un poco mayores para estar con una familia de
acogida.
—Ahora sí, Jasper y Rosalie tienen dieciocho años, pero han
vivido con la señora Cullen desde los ocho. Es su tía o algo parecido.
—Es muy generoso por parte de los Cullen cuidar de todos
esos niños siendo tan jóvenes.
—Supongo que sí —admitió Jessica muy a su pesar. Me dio
la impresión de que, por algún motivo, el médico y su mujer
no le caían bien. Por las miradas que lanzaba en dirección a sus
hijos adoptivos, supuse que eran celos; luego, como si con
eso disminuyera la bondad del matrimonio, agregó—: Aunque
tengo entendido que la señora Cullen no puede tener hijos.
Mientras manteníamos esta conversación, dirigía miradas
furtivas una y otra vez hacia donde se sentaba aquella extraña
familia. Continuaban mirando las paredes y no habían probado
bocado.
—¿Siempre han vivido en Forks? —pregunté. De ser así,
seguro que los habría visto en alguna de mis visitas durante las
vacaciones de verano.
—No —dijo con una voz que daba a entender que tenía que
ser obvio, incluso para una recién llegada como yo—. Se mudaron
aquí hace dos años, vinieron desde algún lugar de Alaska.
Experimenté una punzada de compasión y alivio. Compasión
porque, a pesar de su belleza, eran extranjeros y resultaba
evidente que no se les admitía. Alivio por no ser la única recién
llegada y, desde luego, no la más interesante.
Uno de los Cullen, el más joven, levantó la vista mientras yo
los estudiaba y nuestras miradas se encontraron, en esta ocasión
con una manifiesta curiosidad. Cuando desvié los ojos, me
pareció que en los suyos brillaba una expectación insatisfecha.
—¿Quién es el chico de pelo cobrizo? —pregunté.
Lo miré de refilón. Seguía observándome, pero no con la boca
abierta, a diferencia del resto de los estudiantes. Su rostro reflejó
una ligera contrariedad. Volví a desviar la vista.
—Se llama Edward. Es guapísimo, por supuesto, pero no
pierdas el tiempo con él. No sale con nadie. Quizá ninguna de
las chicas del instituto le parece lo bastante guapa —dijo con
desdén, en una muestra clara de despecho. Me pregunté cuándo
la habría rechazado.
Me mordí el labio para ocultar una sonrisa. Entonces lo miré
de nuevo. Había vuelto el rostro, pero me pareció ver estirada la
piel de sus mejillas, como si también estuviera sonriendo.
Los cuatro abandonaron la mesa al mismo tiempo, escasos
minutos después. Todos se movían con mucha elegancia, incluso
el forzudo. Me desconcertó verlos. El que respondía al
nombre de Edward no me miró de nuevo.
Permanecí en la mesa con Jessica y sus amigas más tiempo del
que me hubiera quedado de haber estado sola. No quería llegar
tarde a mis clases el primer día. Una de mis nuevas amigas, que
tuvo la consideración de recordarme que se llamaba Angela, tenía,
como yo, clase de segundo de Biología a la hora siguiente.
Nos dirigimos juntas al aula en silencio. También era tímida.
Nada más entrar en clase, Angela fue a sentarse a una mesa
con dos sillas y un tablero de laboratorio con la parte superior
de color negro, exactamente igual a las de Phoenix. Ya compartía
la mesa con otro estudiante. De hecho, todas las mesas
estaban ocupadas, salvo una. Reconocí a Edward Cullen, que estaba
sentado cerca del pasillo central junto a la única silla
vacante, por lo poco común de su cabello.
Lo miré de forma furtiva mientras avanzaba por el pasillo para
presentarme al profesor y que éste me firmara el comprobante
de asistencia. Entonces, justo cuando yo pasaba, se puso
rígido en la silla. Volvió a mirarme fijamente y nuestras
miradas se encontraron. La expresión de su rostro era de lo más
extraña, hostil, airada. Pasmada, aparté la vista y me sonrojé
otra vez. Tropecé con un libro que había en el suelo y me tuve
que aferrar al borde de una mesa. La chica que se sentaba
allí soltó una risita.
Me había dado cuenta de que tenía los ojos negros, negros
como carbón.
El señor Banner me firmó el comprobante y me entregó un
libro, ahorrándose toda esa tontería de la presentación. Supe
que íbamos a caernos bien. Por supuesto, no le quedaba otro
remedio que mandarme a la única silla vacante en el centro del
aula. Mantuve la mirada fija en el suelo mientras iba a sentarme
junto a él, ya que la hostilidad de su mirada aún me tenía
aturdida.
No alcé la vista cuando deposité el libro sobre la mesa y me
senté, pero lo vi cambiar de postura al mirar de reojo. Se inclinó
en la dirección opuesta, sentándose al borde de la silla.
Apartó el rostro como si algo apestara. Olí mi pelo con disimulo.
Olía a fresas, el aroma de mi champú favorito. Me pareció
un aroma bastante inocente. Dejé caer mi pelo sobre el
hombro derecho para crear una pantalla oscura entre nosotros
e intenté prestar atención al profesor.
Por desgracia, la clase versó sobre la anatomía celular, un tema
que ya había estudiado. De todos modos, tomé apuntes con
cuidado, sin apartar la vista del cuaderno.
No me podía controlar y de vez en cuando echaba un vistazo
a través del pelo al extraño chico que tenía a mi lado. Éste
no relajó aquella postura envarada —sentado al borde de la silla,
lo más lejos posible de mí— durante toda la clase. La mano
izquierda, crispada en un puño, descansaba sobre el muslo.
Se había arremangado la camisa hasta los codos. Debajo de
su piel clara podía verle el antebrazo, sorprendentemente duro
y musculoso. No era de complexión tan liviana como parecía
al lado del más fornido de sus hermanos.
La lección parecía prolongarse mucho más que las otras. ¿Se debía
a que las clases estaban a punto de acabar o porque estaba
esperando a que abriera el puño que cerraba con tanta fuerza? No
lo abrió. Continuó sentado, tan inmóvil que parecía no respirar.
¿Qué le pasaba? ¿Se comportaba de esa forma habitualmente?
Cuestioné mi opinión sobre la acritud de Jessica durante el almuerzo.
Quizá no era tan resentida como había pensado.
No podía tener nada que ver conmigo. No me conocía de
nada.
Me atreví a mirarle a hurtadillas una vez más y lo lamenté.
Me estaba mirando otra vez con esos ojos negros suyos llenos
de repugnancia. Mientras me apartaba de él, cruzó por mi mente
una frase: «Si las miradas matasen…».
El timbre sonó en ese momento. Yo di un salto al oírlo y Edward
Cullen abandonó su asiento. Se levantó con garbo de
espaldas a mí —era mucho más alto de lo que pensaba— y cruzó
la puerta del aula antes de que nadie se hubiera levantado
de su silla.
Me quedé petrificada en la silla, contemplando con la mirada
perdida cómo se iba. Era realmente mezquino. No había derecho.
Empecé a recoger los bártulos muy despacio mientras
intentaba reprimir la ira que me embargaba, con miedo a que
se me llenaran los ojos de lágrimas. Solía llorar cuando me enfadaba,
una costumbre humillante.
—Eres Isabella Swan, ¿no? —me preguntó una voz masculina.
Al alzar la vista me encontré con un chico guapo, de rostro
aniñado y el pelo rubio en punta cuidadosamente arreglado
con gel. Me dirigió una sonrisa amable. Obviamente, no parecía
creer que yo oliera mal.
—Bella —le corregí, con una sonrisa.
—Me llamo Mike.
—Hola, Mike.
—¿Necesitas que te ayude a encontrar la siguiente clase?
—Voy al gimnasio, y creo que lo puedo encontrar.
—Es también mi siguiente clase.
Parecía emocionado, aunque no era una gran coincidencia
en una escuela tan pequeña.
Fuimos juntos. Hablaba por los codos e hizo el gasto de casi
toda la conversación, lo cual fue un alivio. Había vivido en
California hasta los diez años, por eso entendía cómo me sentía
ante la ausencia del sol. Resultó ser la persona más agradable
que había conocido aquel día.
Pero cuando íbamos a entrar al gimnasio me preguntó:
—Oye, ¿le clavaste un lápiz a Edward Cullen, o qué? Jamás
lo había visto comportarse de ese modo.
Tierra, trágame, pensé. Al menos no era la única persona que
lo había notado y, al parecer, aquél no era el comportamiento
habitual de Edward Cullen. Decidí hacerme la tonta.
—¿Te refieres al chico que se sentaba a mi lado en Biología?
—pregunté sin malicia.
—Sí —respondió—. Tenía cara de dolor o algo parecido.
—No lo sé —le respondí—. No he hablado con él.
—Es un tipo raro —Mike se demoró a mi lado en lugar de
dirigirse al vestuario—. Si hubiera tenido la suerte de sentarme
a tu lado, yo sí hubiera hablado contigo.
Le sonreí antes de cruzar la puerta del vestuario de las chicas.
Era amable y estaba claramente interesado, pero eso no bastó
para disminuir mi enfado.
El entrenador Clapp, el profesor de Educación física, me consiguió
un uniforme, pero no me obligó a vestirlo para la clase
de aquel día. En Phoenix, sólo teníamos que asistir dos años
a Educación física. Aquí era una asignatura obligatoria los cuatro
años. Forks era mi infierno personal en la tierra en el más
literal de los sentidos.
Contemplé los cuatro partidillos de voleibol que se jugaban
de forma simultánea. Me dieron náuseas al verlos y recordar
los muchos golpes que había dado, y recibido, cuando jugaba
al voleibol.
Al fin sonó la campana que indicaba el final de las clases. Me
dirigí lentamente a la oficina para entregar el comprobante con
las firmas. Había dejado de llover, pero el viento era más frío y
soplaba con fuerza. Me envolví con mis propios brazos para protegerme.
Estuve a punto de dar media vuelta e irme cuando entré en
la cálida oficina. Edward Cullen se encontraba de pie, enfrente
del escritorio. Lo reconocí de nuevo por el desgreñado pelo
castaño dorado. Al parecer, no me había oído entrar. Me
apoyé contra la pared del fondo, a la espera de que la recepcionista
pudiera atenderme.
Estaba discutiendo con ella con voz profunda y agradable.
Intentaba cambiar la clase de Biología de la sexta hora a otra
hora, a cualquier otra.
No me podía creer que eso fuera por mi culpa. Debía de ser
otra cosa, algo que había sucedido antes de que yo entrara en
el laboratorio de Biología. La causa de su aspecto contrariado
debía de ser otro lío totalmente diferente. Era imposible que
aquel desconocido sintiera una aversión tan intensa y repentina
hacia mí.
La puerta se abrió de nuevo y una súbita corriente de viento helado
hizo susurrar los papeles que había sobre la mesa y me alborotó
los cabellos sobre la cara. La recién llegada se limitó a
andar hasta el escritorio, depositó una nota sobre el cesto de papeles
y salió, pero Edward Cullen se envaró y se giró —su agraciado
rostro parecía ridículo— para traspasarme con sus penetrantes
ojos llenos de odio. Durante un instante sentí un
estremecimiento de verdadero pánico, hasta se me erizó el vello
de los brazos. La mirada no duró más de un segundo, pero me
heló la sangre en las venas más que el gélido viento. Se giró hacia
la recepcionista y rápidamente dijo con voz aterciopelada:
—Bueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas gracias
por su ayuda.
Giró sobre sí mismo sin mirarme y desapareció por la puerta.
Me dirigí con timidez hacia el escritorio —por una vez con
el rostro lívido en lugar de colorado— y le entregué el comprobante
de asistencia con todas las firmas.
—¿Cómo te ha ido el primer día, cielo? —me preguntó de
forma maternal.
—Bien —mentí con voz débil.
No pareció muy convencida.
.........................
(continua)

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