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domingo, 14 de febrero de 2010

La Guerra de las Galaxias - 2ºparte

La Guerra de las Galaxias

George Lucas

2ªparte

VI

—Mira hacia allí, Luke — ordenó Kenobi señalando hacia el sudoeste. El vehículo terrestre de alta velocidad siguió avanzando sobre el terreno arenoso del desierto —. Yo diría que es humo.

Luke echó un vistazo en la dirección indicada.

—No veo nada.

—De todos modos, avancemos hacia allí. Tal vez alguien esté en apuros.

Luke hizo girar el vehículo. Poco después, las espirales ascendentes de humo, que Kenobi había detectado antes, se mostraron a sus ojos.

Después de alcanzar una ligera elevación, el vehículo descendió por una suave pendiente hasta un cañón ancho y poco profundo, lleno de formas retorcidas y quemadas, algunas de ellas orgánicas. En el centro de la matanza y con aspecto de ballena metálica blanqueada, yacía la mole destrozada de un arenero reptante de los jawas.

Luke detuvo el vehículo. Kenobi se apeó después de él y juntos se pusieron a examinar los restos de la destrucción.

Varias depresiones ligeras en la arena llamaron la atención de Luke. Caminó más rápido, se detuvo junto a ellas y las estudió un instante antes de llamar a Kenobi.

—Es cierto, parece hecho por los habitantes) de la arena. Aquí hay pisadas de banthas... —Luke reparó en el destello de un metal semienterrado en la arena —. Y allí hay un trozo de una de esas enormes hachas dobles que utilizan. —Meneó confundido la cabeza —. Nunca oí hablar de que los incursores cometieran fechorías de este calibre. — Se echó hacia atrás y observó la calcinada y deforme mole del aerenero reptante.

Kenobi se había colocado a su lado. Estudiaba las anchas y enormes pisadas que aparecían en la arena.

—No fueron ellos — declaró distraídamente —, pero alguien intentó que nosotros, y cualquiera que se topara con esto, lo creyera.

Luke se detuvo a su lado.

—No lo comprendo.

—Mira con atención estas pisadas — le dijo el anciano, señalando la más cercana y después las demás—. ¿Notas algo raro?

Luke movió negativamente la cabeza.

—El que las dejó, cabalgaba en banthas situados uno al lado del otro. Los habitantes de la arena siempre conducen los banthas uno detrás de otro, en fila india, para ocultar su poderío de los observadores alejados.

Kenobi dejó que Luke observara boquiabierto el conjunto paralelo de huellas y consagró su atención al arenero reptante. Señaló el sitio donde los disparos de armas de un tiro habían destruido portalones, bandas de rodamiento y traviesas.

—Observa la precisión con que se utilizó esta potencia de fuego. Los habitantes de la arena no son tan precisos. A decir verdad, nadie en Tatooine dispara y destruye con tanta eficacia. — Giró y estudió el horizonte. Uno de los riscos cercanos ocultaba un secreto... y una amenaza —. Sólo las tropas imperiales efectuarían un ataque a un arenero reptante con tan tría precisión.

Luke se acercó a uno de los pequeños y arrugados cuerpos y le dio vuelta con el pie. Su rostro se contrajo de repugnancia al ver lo que quedaba de la conmovedora criatura.

—Son los mismos jawas que nos vendieron Artoo y Threepio, a tío Owen y a mí. Reconozco el dibujo del manto de éste. ¿Por qué los soldados imperiales exterminarían a los jawas y a los habitantes de la arena? Debieron asesinar a algunos incursores para apoderarse de los banthas. — Su mente trabajó frenéticamente y notó que se ponía demasiado tenso al mirar el vehículo terrestre, situado más allá de los cadáveres de los jawas que se descomponían rápidamente —.

Pero... si rastrearon a los androides hasta los jawas, primero tuvieron que enterarse de a quién se los vendieron. Esto los conduciría a... —Luke, presa del delirio, se dirigía a saltos hacia el vehículo terrestre.

—¡Luke, espera... espera, Luke! —gritó Kenobi—.

¡Es demasiado peligroso! ¡Nunca podrás...!

Luke no oyó nada salvo el rugido en sus oídos, no sintió nada salvo la quemazón en su corazón. Se metió de un salto en el vehículo y casi simultáneamente apretó a fondo el acelerador. En un estallido de arena y grava, dejó a Kenobi y a los dos robots en medio de los cuerpos quemados, enmarcados por los restos todavía humeantes del arenero reptante.

El humo que Luke vio al acercarse a la granja era distinto del que había surgido de la máquina jawa. Ni siquiera se acordó de apagar el motor del vehículo al abrir el toldo de la carlinga y salir. Una oscura humareda se elevaba de los agujeros abiertos en el terreno.

Aquellos agujeros habían sido su hogar, el único que conociera. Ahora también podrían haber sido las gargantas de pequeños volcanes. Intentó una y otra vez penetrar en las entradas de superficie que comunicaban con el complejo subterráneo. Una y otra vez el calor, todavía intenso, le obligó a retroceder, tosiendo y ahogándose.

Se dio cuenta, confusamente, que daba traspiés, y que tenía los ojos llorosos, no sólo a causa del humo.

Cegado, avanzó tropezando hasta la entrada exterior del garaje. También ardía. Pero tal vez ellos habían logrado huir en el otro vehículo terrestre.

—¡Tía Beru... tío Owen!

Resultaba difícil distinguir algo en medio de la bruma que escocía los ojos. Dos formas humeantes se perfilaron en el túnel, apenas visibles en medio de la bruma y las lágrimas. Casi se parecían a... Entrecerró y se secó enfurecido los ojos que de tan poco le servían ahora.

No, no era posible.

Poco después daba vueltas, caía boca abajo y ocultaba el rostro en la arena para no tener que seguir mirando.

La sólida pantalla tridimensional cubría, desde el suelo hasta el cielorraso, una pared de la amplia cámara. Mostraba un millón de sistemas estelares, minúscula porción de la galaxia, pero que no dejaba de ser una exhibición impresionante cuando se efectuaba de semejante manera.

Abajo, mucho más abajo, la enorme figura de Darth

Vader estaba flanqueada por el gobernador Tarkin, el almirante Motti y el general Tagge, olvidados sus antagonismos personales ante el temor reverencial del momento.

—La última verificación está completa — les informó Motti —. Todos los sistemas son operativos. — Se dirigió a los otros—. ¿Cuál será el primer curso que fijaremos?

Vader pareció no oírlo pues murmuró suavemente, a medias para sus adentros:

—Leia Organa tiene un dominio sorprendente. Su resistencia al interrogador es notable. —Miró a Tarkin—. Pasará algún tiempo antes de que logremos sonsacarle alguna información útil.

—Vader, los métodos que usted recomienda siempre me han parecido bastante extraños.

—Son eficaces — sostuvo suavemente el Oscuro Señor —. Sin embargo, con miras a acelerar el procedimiento, estoy dispuesto a considerar sus sugerencias.

Tarkin se mostró pensativo.

—A menudo es posible ablandar tanta testarudez mediante amenazas a alguien que no es la persona implicada.

—¿Qué quiere decir?

—Sencillamente, que creo llegado el momento de demostrar el pleno poder de esta estación. Podemos hacerlo de un modo doblemente útil. — Instruyó al atento Motti —: Informe a sus programadores de que fijen el curso para el sistema de Alderaan.

El orgullo no impidió que Kenobi se cubriera la boca y la nariz con una vieja bufanda para evitar el olor pútrido de la hoguera, que el viento arrastraba.

Aunque poseían aparato sensorio olfativo, Artoo Detoo y Threepio no necesitaban esa protección. Threepio, que incluso estaba equipado para discernir en cuanto a gradaciones aromáticas, podía ser artificialmente selectivo cuando lo deseaba.

Los dos androides ayudaron a Kenobi a arrojar el último cadáver a la pira llameante. Después retrocedieron y observaron cómo seguían ardiendo los cuerpos. No se trataba de que los recolectores del desierto fuesen incapaces de recoger al reptante arenero quemado mondo y lirondo, sino que Kenobi sustentaba valores que la mayoría de los hombres modernos habrían considerado arcaicos. No entregaría a nadie a los roedores de huesos y a los gusanos de las tumbas, ni siquiera a un inmundo jawa.

Al oír un repiqueteo creciente, Kenobi se apartó de los restos del maloliente montón y vio que el vehículo terrestre se acercaba a una velocidad prudente, muy distinta de la que había utilizado al marcharse. El vehículo frenó y se detuvo cerca, pero no mostró señales de vida.

Ben indicó a los dos robots que le siguieran y se dirigió hacia el aparato. La carlinga se abrió y Luke apareció inmóvil en el asiento del piloto. No respondió a la interrogadora mirada de Kenobi. Esto bastó para que el anciano supiera qué había ocurrido.

—Comparto tu dolor, Luke — dijo por último, suavemente —. Nada podías hacer. Si hubieses estado allí, ahora tú también estarías muerto, y los androides en manos de los imperiales. Ni siquiera la fuerza...

—¡Maldita sea su fuerza! — gruñó Luke con súbita violencia. Levantó la cabeza y miró a Kenobi. Su mandíbula apretada pertenecía a un rostro mucho más viejo—. Ben, le llevaré hasta el puerto espacial de Mos

Eisley. Quiero ir con usted... hasta Alderaan. Aquí ya no hay nada para mí. — Su mirada se dirigió hacia el desierto y se centró en algo, más allá de la arena, las piedras y los muros del camión —. Quiero aprender a ser un jedi, como mi padre. Quiero... —Se detuvo y las palabras se atragantaron como un hueso en su garganta.

Kenobi entró en la carlinga, apoyó suavemente la mano en el hombro del joven y después se echó adelante para hacer un lugar a los dos robots.

—Luke, haré todo lo que pueda para que consigas lo que quieres. Por el momento vayamos a Mos Eisley.

Luke asintió y cerró la carlinga. El vehículo terrestre de alta velocidad se dirigió hacia el sudeste; atrás quedaba el arenero reptante todavía humeante, la pira funeraria de los jawa y la única vida que Luke había conocido.

Luke y Ben aparcaron el vehículo cerca del borde del risco de piedra arenisca y se acercaron a contemplar las diminutas y regulares protuberancias que sobresalían de la llanura calcinada por el sol. La informe maraña de estructuras de cemento de baja calidad, piedra y plastoides, se extendía hacia afuera, a la manera de los rayos de una rueda, desde una planta central de distribución de agua y energía.

En realidad, la ciudad era considerablemente mayor de lo que parecía, dado que una buena parte se encontraba bajo tierra. Las uniformes y circulares depresiones de las estaciones de lanzamiento, que a esa distancia semejaban cráteres producidos por las bombas, caracterizaban el paisaje urbano.

Una brisa ligera recorría el agostado terreno y agitó la arena contra los pies y las piernas de Luke mientras éste se ponía las gafas protectoras.

—Allí está —murmuró Kenobi, e indicó un conjunto poco impresionante de edificios—. El puerto espacial de Mos Eisley... el sitio ideal para perdernos mientras buscamos un pasaje fuera del planeta. En ningún otro lugar de Tatooine existe una tan desdichada colección de vilezas y de tipos de mala fama.

Luke, debemos ser muy cautos, pues el Imperio ha dado el alerta sobre nosotros. La población de Mos

Eisley nos encubrirá perfectamente.

Luke le miró con decisión.

—Obi-wan, estoy preparado para cualquier cosa.

«Luke, me pregunto si comprendes lo que esto pue de significar», pensó Kenobi. Pero se limitó a asentir mientras iniciaba el regreso al vehículo terrestre.

A diferencia de Anchorhead, en Mos Eisley moraba el suficiente número de personas para que hubiera movimiento en medio del calor diurno. Construida desde un principio para fines comerciales, hasta los edificios más viejos de la ciudad estaban diseñados de tal modo que protegían de los soles gemelos. Desde afuera parecían primitivos y muchos leeran. Pero con frecuencia, las paredes y los arcos de piedra vieja ocultaban las dobles paredes de acero duro, entre las cuales circulaba libremente el aire refrigerante.

Luke conducía el vehículo terrestre por las afueras de la ciudad cuando de la nada surgieron varias formas, altas y relucientes, y comenzaron a trazar an círculo a su alrededor. Presa del pánico, pensó un instante en acelerar al máximo el motor y deslizarse en medio de los transeúntes y de otros vehículos. Un apretón sorprendentemente firme en el brazo le contuvo y relajó. Desvió la mirada y vio que Kenobi sonreía, como aconsejándole.

De modo que continuaron a una velocidad normal para cruzar la ciudad. Luke abrigaba la esperanza de que los soldados imperiales estuvieran interesados en otro asunto. No tuvo suerte. Uno de los soldados levantó una mano blindada. Luke no tuvo más remedio que responder. A medida que se acercaba, reparó en las miradas curiosas de los transeúntes. Peor aún, parecía que la atención de los soldados no iba dedicada a Kenobi ni a él, sino a los dos robots inmóviles, sentados detrás de ellos.

—¿Cuánto tiempo hace que tiene estos androides?

—preguntó en tono brusco el soldado que había levantado la mano. Parecía ajeno a las formalidades amables.

Durante un segundo Luke no supo que responder y finalmente dijo;

—Creo que tres o cuatro temporadas.

—Están en venta, si le interesan... y el precio vale la pena — intervino Kenobi, dando la maravillosa impresión de un embaucador del desierto que por medio de halagos obtiene unos pocos y rápidos beneficios de los imperiales ignorantes.

El soldado no se dignó contestar. Estaba concentrado en una minuciosa revisión de la superficie inferior del vehículo terrestre.

—¿Vienen del sur? —inquirió.

—No... no —replicó Luke a toda prisa—, vivimos en el oeste, cerca del municipio de Bestine.

—¿Bestine? — murmuró el soldado avanzando para estudiar la parte delantera del vehículo.

Luke se obligó a mirar hacia adelante. Finalmente, la figura acorazada concluyó su revisión. Se detuvo siniestramente cerca de Luke y agregó:

—Muéstreme su carnet de identidad.

Seguramente el hombre había percibido su terror y su nerviosismo, pensó Luke desesperado. Su resolución de poco tiempo antes, en el sentido de estar preparado para aceptar cualquier cosa, se había evaporado bajo la impertérrita mirada de aquel soldado profesional. Sabía lo que ocurriría si echaban un vistazo a su carnet de identidad, en donde figuraban la ubicación de su casa y los nombres de sus parientes más cercanos. Algo parecía zumbar en el interior de su cabeza; se sintió mareado.

Kenobi se había asomado y conversaba afablemente con el soldado.

—Usted no necesita ver su carnet de identidad

—informó el anciano al imperial con una voz sumamente peculiar.

El soldado le miró estúpidamente y replicó, como si fuera evidente:

—No necesito ver su carnet de identidad.

Su reacción se oponía a la de Kenobi: su voz era normal y su expresión, peculiar.

—Éstos no son los androides que andan buscando

— le informó Kenobi afablemente.

—No, no son éstos los androides que andamos buscando.

—Él puede continuar con sus asuntos.

—Usted puede continuar con sus asuntos —informó a Luke el soldado.

La expresión de alivio que cubrió el rostro de Luke debió de ser tan delatadora como su nerviosismo anterior, pero el imperial la pasó por alto.

—Siga su camino — susurró Kenobi.

—Siga su camino — ordenó el soldado a Luke.

Incapaz de decidir si tenía que saludar, asentir o dar las gracias al soldado, Luke decidió apretar el acelerador. El vehículo terrestre se alejó del círculo de soldados. Luke se arriesgó a mirar hacia atrás cuando las tropas se dispusieron a doblar una esquina. El oficial que los había inspeccionado parecía discutir con varios compañeros, aunque Luke no estaba seguro a causa de la distancia.

Miró a su compañero y comenzó a decir algo. Kenobi se limitó a menear lentamente la cabeza y sonrió. Luke contuvo su curiosidad y se concentró en guiar el vehículo a través de las calles cada vez más estrechas.

Kenobi parecía tener cierta idea acerca de a dónde se dirigían. Luke estudió las destartaladas estructuras y los individuos de aspecto igualmente indeseable junto a los que pasaban. Habían entrado en la zona más antigua de Mos Eisley y, en consecuencia, en donde los viejos vicios florecían con más vigor.

Kenobi señaló algo y Luke detuvo el vehículo terrestre delante de lo que parecía una de las primeras fortificaciones del puerto espacial original. La habían convertido en una cantina cuya clientela quedaba reflejada en la varia naturaleza de los transportes aparcados afuera. Luke reconoció algunos y de otros sólo había oído rumores. Supo, por el diseño del edificio, que la cantina era parcialmente subterránea.

Mientras la nave polvorienta, pero todavía pulida, se detenía en un lugar abierto, un jawa surgió de la nada y comenzó a acariciar con manos codiciosas los costados de metal. Luke se asomó y le gritó algo al subhumano, por lo que éste se escabulló.

—No puedo soportar a los jawas —murmuró

Threepio con excelso desdén —. Son unos seres repugnantes.

Luke estaba demasiado confundido después de haberse salvado por un pelo, para hacer un comentario sobre los sentimientos de Threepio.

—Todavía no puedo comprender cómo eludimos a los soldados. Pensé que estábamos perdidos.

—Luke, la fuerza está en la mente y a veces puede emplearse para influir en otros. Se trata de un aliado poderoso. A medida que conozcas la fuerza, descubrirás que también puede ser un peligro.

Luke asintió, sin apenas comprenderle, y señaló la cantina destartalada aunque evidentemente popular.

—¿Realmente cree que encontraremos aquí un piloto capaz de llevarnos hasta Alderaan?

Kenobi se estaba apeando del vehículo.

—La mayoría de los buenos pilotos de carguero independientes frecuentan este sitio, aunque muchos podrían ir a sitios mejores. Aquí pueden hablar con libertad. Luke, ya tendrías que haber aprendido a no considerar equivalentes la habilidad y la apariencia

— Luke consideró de nuevo el andrajoso atuendo del anciano y se sintió avergonzado —. Pero ten cuidado: este lugar puede ser difícil.

Luke entrecerró los ojos cuando entraron en la cantina. El interior estaba más oscuro de lo que le hubiese gustado. Quizá los parroquianos habituales del lugar no estaban acostumbrados ala luz del día o no querían que los vieran claramente. A Luke no se le ocurrió pensar que la penumbra interior, combinada con la entrada brillantemente iluminada, permitía que los de adentro vieran a los recién llegados antes que éstos a ellos.

Al entrar, Luke se asombró por la diversidad de seres que había ante la barra. Había seres de uno y de mil ojos, seres con escamas o con pelaje, y otros con piel que parecía ondular y cambiar de textura según sus sentimientos del momento.

Encumbrado cerca de la barra descollaba un insectoide que Luke sólo vio como una sombra amenazadora. Contrastaba con dos de las mujeres más altas que Luke había visto en su vida. Eran las de aspecto más normal en medio de esa desaforada colección de humanos que se mezclaba libremente con sus extraños equivalentes. Tentáculos, pinzas y manos sujetaban utensilios de beber de diversas formas y tamaños. La conversación era un murmullo constante de lenguas humanas y extrañas.

Kenobi se acercó y señaló el extremo más lejano de la barra. Allí había un grupito de humanos de aspecto tenebroso que bebían, reían y contaban historias de dudoso origen.

—Corelianos... probablemente piratas.

—Creí que estábamos buscando un capitán de carguero con nave propia — susurró Luke.

—Así es, joven Luke, así es — coincidió Kenobi —.

Y en ese grupo, sin duda alguna, hay uno o dos que se ajustan a nuestras necesidades. Sucede que en la terminología coreliana, de tanto en tanto, suele confundirse la distinción entre quién posee qué cargamento.

Espera aquí.

Luke asintió y observó a Kenobi mientras éste se abría paso. La desconfianza de los corelianos al ver que Kenobi se acercaba desapareció en cuanto se puso a conversar.

Algo asió el hombro de Luke y le hizo girar.

—¡Eh!

Al mirar a su alrededor mientras luchaba para recuperar la compostura, Luke se encontró ante un enorme humano de sucio aspecto. Las ropas del hombre le indicaron que debía ser el tabernero, tal vez el propietario de la cantina.

—Aquí no servimos a los de su tipo — dijo con voz ronca la forma furibunda.

—¿Qué? —preguntó Luke estúpidamente, pues todavía no se había recuperado de la inmersión súbita en las culturas de varias docenas de razas. Era muy distinto de la sala de apuestas situada detrás de la estación de energía de Anchorhead.

—Sus androides —explicó el cantinero con impaciencia señalando con un grueso pulgar. Luke miró en la dirección apuntada y vio que Threepio y Artoo permanecían quietos a poca distancia —. Tendrán que esperar afuera. Aquí dentro no les servimos. Sólo tengo bebida para los orgánicos. —Puso expresión de disgusto y concluyó—: No para los mecánicos.

A Luke no le agradaba la idea de echar a Threepio y a Artoo, pero no sabía de qué otro modo podía resolver el problema. El tabernero no parecía un tipo dispuesto a razonar fácilmente y cuando buscó con la mirada al viejo Ben, Luke lo vio inmerso en una conversación con uno de los corelianos.

Mientras tanto, la discusión había llamado la atención de varios tipos especialmente horripilantes que habían aguzado los oídos. Todos observaban a Luke y a los dos androides de un modo decididamente poco amistoso.

—Sí, por supuesto — dijo Luke comprendiendo que no era el momento ni el lugar para plantear la cuestión de los derechos de los androides—. Lo siento.

— Miró a Threepio —. Será mejor que os quedéis afuera con el vehículo. No queremos problemas aquí dentro.

—Estoy sinceramente de acuerdo con usted, señor

—replicó Threepio posando su mirada más allá de

Luke y del tabernero hasta los rostros poco amistosos de la barra —. De todos modos, en este momento no tengo necesidad de lubricación.

El robot se dirigió apresuradamente hacia la salida con Artoo anadeando detrás.

Esto resolvió la cuestión en lo que se refería al cantinero, pero ahora Luke se encontró convertido en centro de una atención que no deseaba. Bruscamente tuvo conciencia de su aislamiento y sintió que todos los ojos se posaban en él, que las cosas humanas o de otro tipo sonreían afectadamente y hacían comentarios sobre su persona.

Intentó mantener un aire de serena confianza, volvió su mirada hacia el viejo Ben y se sorprendió al ver con quién conversaba ahora el anciano. El coreliano había desaparecido. En su lugar, Kenobi charlaba con un imponente antropoide que cada vez que sonreía mostraba una boca llena de dientes.

Luke había oído hablar de los wookies, pero nunca esperó ver uno, y menos aún conocerlo. A pesar de su rostro casi cómico, el wookie lo era todo menos delicado. Sólo los grandes ojos amarillos y brillantes suavizaban su horripilante aspecto de mono. El macizo torso estaba totalmente cubierto por una piel suave, espesa y rojiza. La cobertura menos atrayente consistía en un par de bandoleras cromadas que albergaban proyectiles letales de un tipo desconocido para Luke.

Los wookies apenas llevaban otras cosas.

Luke sabía que nadie se reía de la forma de vestir de ese ser. Vio que otros ocupantes del bar se arremolinaban y giraban en torno a la inmensa forma sin acercarse demasiado. Todos, salvo el viejo Ben... Ben, que conversaba con el wookie en su idioma, que discutía y gritaba suavemente como un nativo.

Durante la conversación, el anciano tuvo ocasión de hacer un gesto en dirección a Luke. En un momento, el enorme antropoide miró directamente a Luke y emitió una risa aullante y aterradora.

Disgustado por el papel que evidentemente desempeñaba en la discusión, Luke giró y simuló ignorar la conversación. Tal vez fuera injusto con aquel ser. Pero dudaba de que esa risa que hacía temblar la columna vertebral tuviera algo que ver con la camaradería.

No podía entender qué quería Ben del monstruo ni por qué perdía el tiempo conversando guturalmente con él en lugar de hacerlo con los corelianos, ya desaparecidos. De modo que se sentó y bebió en un espléndido silencio, mientras miraba en tomo suyo, con la esperanza de encontrar una respuesta que no fuera beligerante.

De repente, algo le empujó bruscamente desde atrás, con tanta fuerza que estuvo a punto de caer.

Giró furibundo, pero su furia se convirtió en desconcierto. Se encontró frente a una enorme monstruosidad cuadrada de múltiples ojos y origen indeterminado.

¿Nególa dewaghi wooldugger? —barbotó desafiante la aparición.

Luke nunca había visto un ser semejante; no conocía su especie ni su idioma. Los balbuceos podían ser una invitación a pelear, la proposición de compartir un trago o una propuesta de matrimonio. A pesar de su ignorancia, Luke supo, por el modo en que la criatura se meneaba y serpenteaba insegura sobre sus soportes en forma de cápsula, que había bebido demasiado de lo que consideraba una bebida alcohólica agradable.

Como no sabía qué hacer, Luke intentó volver a ocuparse de su copa y a la vez ignorar la presencia del ser. Mientras lo hacía, una cosa —un cruce de carpincho y mandril pequeño — rebotó hasta aposentarse junto al tembloroso multiojos. También se acercó un humano bajo y mugriento, que rodeó con un abrazo sociable a la masa gangueante.

—No le caes bien — informó a Luke el mugriento humano, con una voz sorprendentemente grave.

—Lo lamento — reconoció Luke y deseó de todo corazón estar en otro sitio.

—A mí tampoco me caes bien — prosiguió el hombrecito sonriente con fraternal repulsión.

—Ya he dicho que lo lamento.

Fuera por la conversación que sostenía con el ser semejante a un roedor o por el exceso de alcohol, la casa de apartamentos para globos oculares variables se alteraba evidentemente. Se inclinó hacia adelante, chocando casi contra Luke, y le lanzó un torrente de galimatías ininteligibles. Luke sintió la mirada de todos sobre él a medida que se ponía más nervioso.

—«Lo lamento» —le imitó burlonamente el humano, que sin duda alguna llevaba bastantes copas encima—. ¿Nos estás insultando? Será mejor que tengas cuidado. Nos buscan a todos — dijo señalando a sus compañeros borrachos —. Me han condenado a muerte en doce sistemas distintos.

—Entonces tendré cuidado —murmuró Luke.

El hombrecillo esbozó una amplia sonrisa.

—Morirás.

En ese punto, el roedor emitió un ruidoso gruñido.

Era una señal o un aviso, ya que todos los humanos o de otro tipo que estaban apoyados en la barra retrocedieron inmediatamente y despejaron un espacio alrededor de Luke y sus adversarios.

Para intentar salvar la situación, Luke esbozó una débil sonrisa que desapareció rápidamente cuando vio que los tres preparaban sus armas de mano. No sólo le hubiese sido imposible responder al ataque de los tres, sino que no tenía la menor idea de lo que podía surgir de aquellos artilugios de aspecto mortífero.

—El pequeño no vale la pena — dijo una voz serena. Luke levantó sorprendido la mirada. No había oído que Kenobi se acercara—. Vamos, les invito a todos a tomar algo.

A modo de respuesta, el monstruo voluminoso barbotó horriblemente y agitó un imponente miembro.

Golpeó al desprevenido Luke en la sien y lo hizo girar por la sala, chocando contra las mesas y rompiendo un gran jarro lleno de un líquido hediondo.

Los reunidos retrocedieron aún más y algunos emitieron gruñidos y rugidos de advertencia mientras el monstruo borracho sacaba una pistola de siniestro aspecto de su bolsa de servicio. Comenzó a esgrimirla en dirección a Kenobi.

Esto movió a actuar al cantinero, que hasta ese momento había permanecido neutral. Salió torpemente por un extremo de la barra y agitó frenéticamente las manos, aunque tuvo el cuidado de permanecer fuera del alcance del arma.

—¡Nada de desintegradores! ¡Nada de desintegradores! ¡En mi casa, no!

La cosa roedora barbotó amenazadoramente mientras el multiojos que esgrimía el arma le lanzaba un gruñido de advertencia.

En la fracción de segundo en que el arma y la atención de su propietario se apartaron de él, el anciano posó su mano en el disco que colgaba de su cinto. El pequeño ser comenzó a gritar cuando una fogosa luz blanquiazul iluminó la penumbra de la cantina.

No pudo terminar de chillar. Se convirtió en un destello. Cuando éste se apagó, el hombre se encontró tendido contra la barra, gimiendo y sollozando, mientras observaba uno de sus brazos convertido en muñón.

Entre el comienzo del grito y la conclusión del destello, la cosa roedora fue limpiamente partida por la mitad y sus dos partes cayeron en direcciones opuestas. El gigante ser multiocular todavía miraba aturdido al anciano que permanecía inmóvil delante suyo, con un sable de luz brillando sobre su cabeza de un modo peculiar. La pistola de cromo del ser se disparó una vez y abrió un boquete en la puerta. Después, su torso se abrió tan limpiamente como el cuerpo del roedor y sus dos secciones cauterizadas cayeron en direciones opuestas hasta quedar inmóviles sobre la fría piedra.

Sólo entonces brotaron de Kenobi los indicios de un suspiro; sólo entonces su cuerpo pareció relajarse.

Bajó el sable de luz y lo levantó otra vez pausadamente, en un movimiento reflejo de saludo que concluyó con el arma desactivada apoyada inofensivamente en su cadera.

Este último movimiento interrumpió el silencio total que había envuelto a la sala. Se reanudaron las conversaciones, así como los movimientos de los cuerpos en las sillas, y el chasquido de los jarros y picheles y otros cacharros en las mesas. El cantinero y varios ayudantes se apresuraron a retirar de la sala los repugnantes cadáveres, mientras el humano mutilado se mezclaba en silencio con los reunidos, acariciando el muñón de su brazo y considerándose afortunado.

Aparentemente, la cantina había recuperado su estado anterior con una ligera excepción: Ben Kenobi gozó de un respetable espacio en la barra.

Luke apenas se enteró de lo que se decía a su alrededor. Todavía se hallaba atónito ante la rapidez de la lucha y la habilidad ni siquiera imaginada del anciano. Mientras su mente se despejaba y se reunía con

Kenobi, oyó fragmentos de las conversaciones. Gran parte de ellas se centraban en admirar la pulcritud con que se había resuelto la pelea.

—Luke, estás herido —observó Kenobi solícitamente.

Luke se tocó la zona donde el enorme ser le había herido.

—Yo... —comenzó a decir; pero el viejo Ben le interrumpió.

Como si nada hubiese sucedido, Kenobi señaló la gran masa peluda que se abría paso entre los reunidos.

—Éste es Chewbacca — explicó cuando el antropoide se reunió con ellos en la barra—. El primer piloto de una nave que podría adaptarse a nuestras necesidades. Ahora nos conducirá a ver a su capitánpropietario.

—Por aquí —gruñó el wookie... o, al menos, así sonó para Luke.

De todos modos, el gesto conciliador del enorme ser era inequívoco. Se internaron en el bar, y el wookie separó a los reunidos del mismo modo que un torrente de grava abre su surco.

Ante la cantina, Threepio se paseaba nerviosamente junto al vehículo terrestre de alta velocidad. Aparentemente despreocupado, Artoo Detoo sostenía una animada conversación electrónica con una unidad R-2 de color rojo claro que pertenecía a un parroquiano de la cantina.

—¿Por qué tardarán tanto? Fueron a contratar una nave... no una flota.

Threepio se detuvo bruscamente y, en silencio, hizo señas a Artoo para que permaneciera quieto. Habían aparecido en escena dos soldados imperiales. Se toparon con un desaseado humano que había salido casi simultáneamente de las profundidades de la cantina.

—No me gusta el cariz que toma esto —murmuró el androide alto.

Cuando se dirigían al fondo de la cantina, Luke había cogido, de la bandeja de un camarero, la bebida pedida por otro. Se la echó al coleto con el aire verti-ginoso de aquel que se siente bajo protección divina.

No estaba tan a salvo pero, en compañía de Kenobi y del gigantesco wookie, comenzó a confiar en que ninguno de los que estaban en el bar le atacaría con algo peor que una mirada atravesada.

En un reservado del fondo encontraron a un joven de marcados rasgos que quizá tenía cinco años más que Luke o una docena: era difícil saberlo. Mostró la franqueza de quien se siente plenamente confiado... o insensatamente temerario. Cuando se acercaron, el hombre despidió a la mozuela humanoide que había jugueteado en su regazo y le susurró algo que provocó en el rostro de ella una sonrisa amplia aunque inhumana.

El wookie Chewbacca murmuró algo dirigiéndose al hombre y éste le respondió con una señal de asentimiento, mientras observaba con agrado a los recién llegados.

—Viejo, es usted muy diestro con el sable. Ya no es frecuente ver en esta parte del Imperio este tipo de esgrima. —Bebió una parte prodigiosa de lo que llenaba su pichel—. Soy Han Solo, capitán del Millennium Falcon. — Súbitamente, abordó el negocio —.

Chewie me ha dicho que están buscando un modo de pasar al sistema de Alderaan.

—Es verdad, hijo. Siempre que sea en una nave veloz — le respondió Kenobi.

Solo no se molestó por lo de «hijo».

—¿Una nave veloz? ¿Entonces nunca oyó hablar del Millennium Falcon?

Kenobi parecía divertido.

—¿Tendría que haber oído hablar de él?

—¡Es la nave que cubrió la distancia hasta Kessel en menos de doce partes de tiempo estándar! — le informó Solo, indignado —. ¡ He sido más veloz que las naves de guerra imperiales y que los cruceros corelianos! Viejo, creo que para usted es bastante. — Su furia se apagó rápidamente—. ¿Cuál es su cargamento?

—Sólo pasajeros. El muchacho, yo y dos androides... sin hacer preguntas.

—Sin preguntas — Solo observó su pichel y finalmente levantó la mirada—. ¿Se trata de problemas locales?

—Digamos que queremos evitar cualquier tropiezo con los imperiales — replicó Kenobi afablemente.

—En la actualidad, ése puede ser un verdadero ardid. Le costará un poco más. —Hizo mentalmente unos cálculos—. En total, alrededor de diez mil. Por adelantado. —Con una sonrisa, agregó—: Y sin hacer preguntas.

Luke miró boquiabierto al piloto.

—¡Diez mil! Con esa suma, prácticamente podríamos comprar nuestra propia nave.

Solo se encogió de hombros.

—Tal vez sí y tal vez no. De todos modos, ¿podrías pilotarla?

—Puedes apostar que sí — replicó Luke y se levantó—. No soy tan mal piloto. Yo no...

Una vez más, la mano firme se apoyó en su brazo.

—No llevamos tanto encima — explicó Kenobi —.

Pero podríamos pagarte dos mil ahora, más otros quince mil cuando lleguemos a Alderaan.

Solo se inclinó inseguro hacia adelante.

—Quince mil... ¿Realmente puede tener esa cantidad de dinero?

—Lo prometo... del gobierno de AIderaan propiamente dicho. En el peor de las casos, habrás ganado unos honorarios justos: dos mil.

Solo pareció no oír las últimas palabras.

—Diecisiete mil... De acuerdo, correré el riesgo. Ya tienen una nave. En cuanto a evitar cualquier tropiezo con los imperiales, será mejor que desaparezcan de aquí o el Millennium Falcon no les servirá de nada.

—Señaló hacia la entrada de la cantina y agregó rápidamente—. Bahía de atraque noventa y cuatro, a primera hora de la mañana.

En la cantina habían entrado cuatro soldados imperiales cuyos ojos iban rápidamente de la mesa al reservado y a la barra. Los reunidos murmuraban, pero cada vez que los ojos de alguno de los soldados fuertemente armados se posaba en alguno de los murmuradores, las palabras se apagaban con taciturna velocidad.

El oficial se acercó a la barra e hizo un par de breves preguntas al cantinero. El hombre vaciló un momento y después señaló un sitio próximo al fondo de la sala. Al hacerlo, sus ojos se dilataron ligeramente.

Los del oficial eran inescrutables.

El reservado que señalaba estaba vacío.


VII

Luke y Ben sujetaban a Artoo Detoo en la parte trasera del vehículo mientras Threepio vigilaba la llegada de tropas adicionales.

—Si la nave de Solo es tan veloz como afirman sus fanfarronadas, no tendremos dificultades —observó el viejo, satisfecho.

—Pero dos mil... ¡y quince mil más cuando lleguemos a Alderaan!

—No son los quince mil los que me preocupan, sino los primeros dos mil — explicó Kenobi —. Sospecho que tendrás que vender tu vehículo.

La mirada de Luke recorrió el vehículo terrestre de alta velocidad, pero la emoción que otrora le produjera había desaparecido... desaparecido con otras cosas en las que ,era mejor no pensar.

—No hay ningún problema — le aseguró a Kenobi con indiferencia —. No creo que vuelva a necesitarlo.

Desde su ventajoso punto en otro reservado, Solo y

Chewbacca observaron a los imperiales que recorrían la barra. Dos de ellos dedicaron al coreliano una mi rada persistente. Chewbacca refunfuñó y ambos soldados se alejaron con prontitud.

Solo sonrió irónicamente y se dirigió a su compañero.

—Chewie, este viajecito podría salvarnos el pellejo. ¡Diecisiete mil! —Meneó la cabeza desconcertado—. Esos dos deben estar realmente desesperados.

Me gustaría saber por qué los buscan. Pero estuve de acuerdo en no hacer preguntas. Pagan lo suficiente.

Pongámonos en marcha... el Falcan no saldrá por sí mismo.

—¿En marcha hacia dónde. Solo?

El coreliano no pudo identificar la voz, pues provenía de un traductor electrónico. Pero no tuvo dificultades en reconocer al orador ni al arma con que apuntaba a un costado de Solo.

El ser tenía aproximadamente el tamaño de un hombre y era bípedo, aunque su cabeza quedaba fuera de lugar a causa de su elevado estómago. Tenía enormes ojos de facetas opacas, bulbosos, y rostro de color verde guisante. Una cadena de espinas cortas coronaba el alto cráneo, en tanto los agujeros de la nariz y la boca estaban contenidos en un hocico semejante al del tapir.

—A decir verdad — replicó Solo lentamente —, me dirigía a visitar a tu jefe. Puedes decirle a Jabba que conseguí el dinero que le debía.

—Eso dijiste ayer... y la semana pasada... y la anterior. Es demasiado tarde, Solo. No regresaré a ver a Jabba con otro de tus cuentos.

—¡ Pero esta vez tengo realmente el dinero 1 — protestó Solo.

—Muy bien. Me lo llevaré ahora.

Solo se sentó lentamente. Más de uno culpaba a los matones de Jabba de ser demasiado nerviosos con el gatillo. El extraño ser tomó asiento frente a él y el ca ñon de la pequeña y desagradable pistola no se apartó un instante del pecho de Solo.

—No lo tengo encima. Dile a Jabba...

—Creo que es demasiado tarde. Jabba preferiría tener tu nave.

—Tendrá que pasar por encima de mi cadáver

— dijo Solo con tono poco amistoso.

El extraño no se dejó impresionar.

—Si insistes... ¿Saldrás conmigo o he de terminar aquí?

—No creo que quieran otra muerte aquí dentro

—aseguró Solo.

El traductor del ser emitió algo que podría haber sido una risa.

—Apenas lo notarán. Levántate, Solo. Hace mucho tiempo que esperaba esta oportunidad. La última vez me pusiste en un aprieto delante de Jabba con tus excusas piadosas.

—Creo que tienes razón.

La luz y el ruido llenaron el pequeño rincón de la cantina y, cuando desaparecieron, lo único que quedaba de aquel ser extraño y untuoso era un punto humeante y viscoso en el suelo de piedra.

Solo apartó la mano y el arma humeante de debajo de la mesa, mientras recibía las miradas divertidas de varios parroquianos de la cantina y risueños guiños de los más entendidos. Se habían dado cuenta de que el ser había cometido un error fatal al dar a

Solo la posibilidad de poner las manos a cubierto.

—Se necesitan muchos más como tú para liquidarme. Jabba el Hucha siempre economiza cuando se trata de contratar a sus secuaces.

Solo salió del reservado y entregó al cantinero un puñado de monedas mientras él y Chewbacca se alejaban.

—Lo siento por el alboroto. Siempre fui un pésimo parroquiano.

Los soldados fuertemente armados bajaron corriendo por el estrecho callejón, mirando de vez en cuando con el ceño fruncido a los seres oscuramente vestidos que pregonaban mercancías exóticas desde los oscuros y pequeños puestos. Aquí, en las regiones interiores de Mos Eisley, las paredes eran altas y estrechas, por lo que el pasadizo se convertía en un túnel.

Nadie les devolvió una mirada enfurecida; nadie les lanzó imprecaciones ni obscenidades. Esas figuras acorazadas se movían con el poderío del Imperio, con las armas de mano atrevidamente exhibidas y prontas.

A su alrededor, los hombres, los no hombres y los mecánicos, se acurrucaban en los umbrales cubiertos de desperdicios. En medio de la basura y las inmundicias acumuladas, intercambiaban información y llevaban a cabo transacciones de dudosa legalidad.

Un viento caliente gemía por el callejón y los soldados cerraron la formación. Su precisión y las órdenes escondían su temor ante sitios tan cerrados que producían claustrofobia.

Uno se detuvo para revisar una puerta y descubrió que estaba fuertemente atrancada y con el cerrojo echado. Un humano, cubierto de arena, que se arrastraba cerca, lanzó una arenga enloquecida al soldado.

Éste se encogió de hombros y lanzó al loco una mirada poco afable antes de continuar por el callejón y reunirse con sus compañeros.

En cuanto pasaron, se abrió una rendija de la puerta y un rostro metálico espió hacia afuera. Debajo de la pierna de Threepio, una forma de barril achaparrado se esforzó por ver.

—Habría preferido acompañar al amo Luke en lugar de estar contigo aquí. Pero órdenes son órdenes.

No sé exactamente cuál es el problema, pero estoy convencido de que la culpa es tuya.

Artoo respondió con un sonido casi imposible: un bip risueño.

—Modera tu lenguaje —advirtió la máquina más alta.

Era posible contar con los dedos de una mano la cantidad de vehículos terrestres de alta velocidad viejos y otros transportes con motor, situados en el solar polvoriento, que todavía estaban en condiciones de funcionar. Pero ése no era asunto de Luke ni de Ben mientras regateaban el precio con el propietario, tipo alto y ligeramente insectoide. No estaban allí para comprar sino para vender.

Ningún transeúnte dedicó a los regateadores una mirada de curiosidad. Transacciones semejantes que sólo importaban a los interesados tenían lugar medio millar de veces al día en Mos Eisley.

Por último, no quedaron ruegos ni amenazas que intercambiar. Como si repartiera frascos con su propia sangre, el propietario concluyó la venta mediante la entrega de algunas pequeñas formas metálicas a

Luke. Éste y el insectoide se despidieron formalmente y después se separaron, convencidos los dos de que habían ganado con el acuerdo.

—Dice que es todo lo que puede hacer. Desde que salió el XP-38, ya no hay demanda — Luke suspiró.

—No te desalientes — le reprendió Kenobi —. Lo que has obtenido será suficiente. Tengo para cubrir lo que falta.

Abandonaron la calle principal y se internaron en una callejuela; pasaron junto a un robot pequeño que transportaba un grupo de seres parecidos a osos hormigueros. Al llegar a la esquina, Luke echó una desalentada mirada al viejo vehículo terrestre: el último vínculo con su vida anterior. Ya no había más tiempo para recordar.

Algo pequeño y oscuro, que podría haber sido humano bajo todas sus envolturas, emergió de las sombras cuando se alejaron de la esquina. Siguió mirándolos mientras desaparecían en una curva de la acera.

La entrada a la bahía de atraque de la pequeña astronave en forma de platillo estaba totalmente ocupada por media docena de hombres y seres extraños, de los cuales los primeros eran sólo medianamente grotescos. Un inmenso barril móvil de músculos y sebo, coronado por un velludo cráneo lleno de cicatrices, observaba con satisfacción el semicírculo de asesinos armados. Avanzó desde el centro del cuarto de luna y gritó en dirección a la nave:

—¡ Sal, Solo, te hemos rodeado!

—Si es así, miras en dirección equivocada —afirmó una voz serena.

Jabba el Hutt pegó un salto... acción que en sí misma era un espectáculo excepcional. Sus secuaces también viraron y vieron a Han Solo y a Chewbacca detrás de ellos.

—Bien, Jabba, te estaba esperando.

—Lo suponía — reconoció el Hutt, satisfecho y alarmado a la vez por el hecho de que ni Solo ni el voluminoso wookie parecieran armados.

—No pertenezco a la categoría de los que huyen.

—¿Huir? ¿Huir de qué? —replicó Jabba. La ausencia de armas visibles perturbaba a Jabba más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Ocurría algo raro y sería mejor no precipitarse hasta descubrir qué era —. Han, amigo mío, hay ocasiones en que me decepcionas. Simplemente quiero saber por qué no me has pagado... como debiste hacerlo hace bastante tiempo. ¿Por qué tuviste que freír al pobre Greedo de ese modo? Después de todas las que tú y yo hemos pasado juntos.

Solo sonrió afectadamente.

—Déjate de tonterías, Jabba. En tu cuerpo no hay sentimiento suficiente para dar calor a una bacteria huérfana. En cuanto a Greedo, le enviaste para que me liquidara.

—Vamos, Han —protestó Jabba, sorprendido—,

¿por qué haría eso? Eres el mejor contrabandista del ramo. Eres demasiado valioso para que te frían. Greedo sólo quería transmitirte mi natural preocupación ante tus demoras. No fue a liquidarte.

—Opino que él no pensaba así. La próxima vez no envíes a uno de esos imbéciles contratados. Si tienes algo que decir, ven a verme tú mismo.

Jabba meneó la cabeza y sus carrillos se estremecieron... ecos perezosos y carnosos de su burlona pesadumbre.

—¡Han, Han... si no hubieses tenido que deshacerte de ese cargamento de especias! Comprenderás... que no puedo hacer una excepción. ¿Dónde estaría si todos los pilotos que contrabandean para mí se deshicieran del cargamento ante el primer indicio de una nave de guerra imperial y después mostraran los bolsillos vacíos cuando exijo la recompensa? No es un buen negocio. Puedo ser generoso y misericordioso... pero no al extremo de llegar a la bancarrota.

—Jabba, tienes que saber que incluso a veces me abordan. ¿Crees que me deshice de las especias porque me harté del aroma? Quería transportarlas tanto como tú recibirlas. No tenía elección. — Una vez más, la sonrisa irónica—. Como has dicho, soy demasiado valioso para que me frían. Pero ahora tengo un viaje contratado y puedo devolverte lo que te debo y algo más. Unicamente necesito un poco de tiempo. Puedo darte mil a cuenta y el resto dentro de tres semanas.

La gruesa forma pareció pensar y sus palabras no iban dirigidas a Solo sino a sus mercenarios.

—Apartad los desintegradores. —Su mirada y su sonrisa de ave de rapiña se dirigieron al cauto coreliano—. Han, amigo mío, únicamente hago esto porque eres el mejor y alguna vez volveré a necesitarte.

De modo que, por la grandeza de mi alma y por mi corazón misericordioso... y digamos que por un extra del veinte por ciento... te daré un poco más de tiempo. — La voz estuvo a punto de perder moderación —.

Pero es la última vez. Si me decepcionas, si hieres mi generosidad con tu risa burlona, pondré a tu cabeza un precio tan alto que durante el resto de tu vida no podrás acercarte a ningún sistema civilizado, pues en todos tu nombre y tu rostro serán conocidos por los hombres, que te arrancarían de buena gana las entrañas para conseguir la décima parte de lo que ofreceré.

—Me alegro de que ambos pensemos en mis intereses — replicó Solo afablemente mientras él y Chewbacca pasaban ante los ojos fijos de los pistoleros contratados por el Hutt—. No te preocupes, Jabba, te pagaré. Pero no porque me amenazas. Te pagaré porque... es un placer para mí.

—Han comenzado a revisar la central del puerto espacial —declaró el comandante, que tenía que correr un par de pasos y caminar después para seguir las largas zancadas de Darth Vader.

El Oscuro Señor estaba ensimismado mientras bajaba por uno de los pasillos principales de la estación de combate, seguido de varios ayudantes.

—Los informes han comenzado a llegar — agregó el comandante—. Que tengamos a esos androides es tan sólo una cuestión de tiempo.

—Envíe más hombres si es necesario. No se preocupe por las protestas del gobernador planetario... debo conseguir esos androides. La fuerza de su resistencia a los sondeos mentales reside en su esperanza de que esos datos sean utilizados contra nosotros.

—Comprendo, Lord Vader. Hasta entonces, tenemos que perder el tiempo con el estúpido plan del gobernador Tarkin para quebrarla.

—Aquí está la bahía de atraque noventa y cuatro

—dijo Luke a Kenobi y a los robots que se habían unido a ellos —, y allí está Chewbacca. Parece enfurecido por algo.

El voluminoso wookie se agitaba por encima de las cabezas de la multitud y farfullaba ruidosamente en dirección a ellos. Al acelerar el paso, ninguno de los cuatro reparó en la cosita vestida de oscuro que los había seguido desde el cementerio de vehículos.

El ser se metió en un portal y extrajo un minúsculo transmisor de una bolsa que ocultaba entre sus múltiples túnicas. El transmisor parecía demasiado nuevo y moderno para estar en poder de un ejemplar tan decrépito, y que utilizaba su manipulador con imperturbable seguridad.

Luke notó que el aspecto de la bahía de atraque noventa y cuatro no difería de una multitud de otras bahías de atraque de pomposo nombre, diseminadas a lo largo de todo Mos Eisley. Se componía principalmente de una rampa de entrada y de un enorme foso excavado en el terreno rocoso, que actuaba como radio de despeje de los efectos del sencillo impulso de antigravedad que liberaba a todas las astronaves del campo de gravedad del planeta.

Las matemáticas de la conducción espacial eran bastante sencillas, incluso para Luke. La antigravedad' sólo podía operar cuando existía una gravedad suficiente para contrarrestarla —por ejemplo, la de un planeta—, en tanto el viaje supraluz sólo podía ocurrir cuando una nave estaba libre de esa misma gravedad. De ahí la necesidad del sistema de conducción doble para cualquier nave extrasistema.

El foso que constituía la bahía de atraque noventa y cuatro estaba tan pobremente cortado y destartalado como la mayoría de las de Mos Eisley. Sus lados en pendiente, en lugar de estar uniformemente alisados como ocurría en mundos más poblados, se desmoronaba en algunas partes. Luke pensó que constituía el emplazamiento perfecto para la astronave hacia la que Chewbacca los conducía.

El destartalado elipsoide, que apenas podía considerarse una nave, parecía construido con viejos fragmentos del casco y componentes de otras naves que habían sido desechados por inservibles. Lo asombroso, meditó Luke. consistía en que el cacharro tenía realmente forma. De no ser tan seria la situación, si hubiese intentado imaginar que este vehículo estaba en condiciones de recorrer el espacio, habría desfallecido de risa. Pero al pensar en el viaje a Alderaan en esta patética...

—¡Qué montón de chatarra! — murmuró finalmente, incapaz de ocultar sus sentimientos. Subían por la rampa hacia la abierta portilla—. No es posible que penetre en el hiperespacio.

Kenobi no hizo ningún comentario; se limitó a señalar hacia la portadilla, donde una figura salía a su encuentro.

Solo tenía un oído excepcionalmente agudo o estaba acostumbrado a la reacción que la visión del

Millennium Falcon provocaba en los posibles pasajeros.

—Quizá no tenga un aspecto atractivo —confesó mientras se acercaba a ellos —, pero es puro empuje.

Yo mismo le he introducido unas modificaciones singulares. Además de pilotar, me gusta hacer reparaciones. La nave es capaz de alcanzar punto cinco factores más allá de la velocidad de la luz.

Luke se rascó la cabeza mientras volvía a evaluar la nave ante las afirmaciones del propietario. El coreliano era el mayor embustero a este lado del centro galáctico o aquella nave tenía algo más de lo que aparentaba a simple vista. Luke volvió a pensar en el consejo del viejo Ben de que nunca confiara en las impresiones superficiales y decidió guardarse su juicio acerca de la nave y su piloto hasta después de haberlos visto en acción.

Chewbacca se había retrasado en la entrada de la bahía de atraque. Ahora corrió por la rampa, convertido en un peludo torbellino, y parloteó agitadamente con Solo. El piloto le observó con frialdad, asintiendo de vez en cuando, y luego dio una breve respuesta. El wookie se metió en la nave y se detuvo únicamente para apremiar a todos a que entraran.

—Parece que tenemos un poco de prisa — explicó

Solo misteriosamente—, de modo que si se apresuran, despegaremos.

Luke se disponía a hacer algunas preguntas, pero

Kenobi le empujó rampa arriba. Los androides iban detrás.

En el interior, Luke se sorprendió un tanto al ver que el voluminoso Chewbacca se retorcía y luchaba por acomodarse en el asiento del piloto que, a pesar de las modificaciones, quedaba aplastado por su forma imponente. El wookie accionó varias palancas pequeñas con dígitos que, aparentemente, eran demasiado grandes para cumplir esa tarea. Esas enormes garras accionaban con sorprendente gracia los mandos.

Cuando los motores se pusieron en movimiento, un profundo zumbido comenzó a sonar en el interior de la nave. Luke y Ben se acomodaron en los asientos vacíos del pasillo principal.

Al otro lado de la entrada de la bahía de atraque, un morro alargado y correoso surgió de unos oscuros pliegues de tela y desde las profundidades de ambos lados de esa trompa imponente, unos ojos miraron atentamente. Giraron con el resto de la cabeza cuando una escuadra de ocho soldados imperiales apareció corriendo. Quizá sin sorpresa, los ojos se dirigieron en línea recta hacia la enigmática figura, que susurró algo al soldado que llevaba la delantera y señaló la bahía de atraque.

Un destello de luz en el metal en movimiento atrajo la mirada de Solo mientras aparecían los contornos nada gratos de los primeros soldados. Solo pensó que no era probable que se detuvieran para conversar. Su sospecha se confirmó antes de que pudiera abrir la boca para protestar por esa intromisión, mientras varios soldados se ponían de rodillas y abrían fuego contra él. Solo se lanzó al interior y se giró para gritar:

—¡Chewie... rápido, los escudos desviadores! ¡Sácanos de aquí!

Recibió por toda respuesta un ronco rugido comprensivo.

Solo preparó su pistola y logró hacer un par de disparos desde la relativa seguridad de la escotilla.

Al ver que la presa no era impotente ni estaba tocada de muerte, los soldados al descubierto se dispersaron en busca de protección.

El lento palpitar se convirtió en un gemido, y seguidamente en un aullido ensordecedor, cuando la mano de Solo apretó el botón de lanzamiento rápido.

Al punto, la tapa de la escotilla se cerró herméticamente.

Mientras las tropas en retirada corrían por la entrada de la bahía de atraque, el terreno temblaba uniformemente. Se toparon con una segunda escuadra que acababa de llegar en respuesta a la llamada de emergencias que se había difundido rápidamente. Uno de los soldados gesticuló incesantemente e intentó explicar lo ocurrido en la bahía a un oficial que acababa de llegar.

En cuanto el jadeante soldado concluyó, el oficial cogió un pequeño comunicador y gritó:

—¡Cubierta de vuelo... intentan escapar! ¡Lancen todo lo que tengan tras esa nave!

Las alarmas comenzaron a sonar por todo Mos

Eisley y se extendieron desde la bahía de atraque noventa y cuatro en círculos concéntricos de alerta.

Varios soldados que recorrían una callejuela vieron cómo el pequeño carguero se elevaba grácilmente en el límpido cielo azul de Mos Eisley y se convertía en un pequeño punto antes de que tuvieran tiempo de apuntarle con sus armas.

Luke y Ben habían comenzado a quitarse las tiras de aceleración cuando Solo pasó junto a ellos, al dirigirse hacia la carlinga con el paso tranquilo y desgarbado del navegante espacial experimentado. Al llegar, se dejó caer en lugar de sentarse en el asiento del piloto e inmediatamente comenzó a verificar pantallas de lectura e indicadores. A su lado, Chewbacca farfullaba y gruñía como el motor de un vehículo terrestre deficientemente puesto a punto. Dejó de estudiar sus instrumentos el tiempo justo para apuntar con un dedo imponente la pantalla de rastreo.

Solo le echó un ligero vistazo y volvió a ocuparse malhumorado de su panel.

—Lo sé, lo sé... parecen dos, quizá tres destructores. Sin duda alguna, alguien odia a nuestros pasajeros. Seguro que esta vez nos metimos en una buena.

Intenta rechazarlos hasta que termine de programar el salto a la supraluz. Pon en ángulo los desviadores para que tengamos la máxima protección.

Después de dar estas instrucciones, dejó de dirigirse al inmenso wookie mientras sus manos recorrían las terminales de entrada de la computadora. Solo ni siquiera se giró cuando en el umbral, detrás de él, apareció una pequeña forma cilindrica. Artoo Detoo lanzó algunos bips y se marchó.

Las antenas traseras indicaban que el funesto ojo de color limón de Tatooine empequeñecía rápidamente detrás de ellos. Pero no lo bastante rápido como para eliminar los tres puntos de luz que señalaban la presencia de las naves de guerra imperiales que les perseguían.

Aunque Solo no había prestado atención a Artoo, se giró al darse cuenta de que habían entrado sus pasajeros humanos.

—Se acercan otros dos desde ángulos distintos

— les dijo mientras estudiaba los despiadados instrumentos —. Intentarán acorralarnos antes de poder saltar. Cinco naves... ¿Qué hicieron para atraer este tipo de compañía?

—¿No puedes superarlos en velocidad? — le espetó Luke irónicamente, ignorando la pregunta del piloto —. Creo que dijiste que este aparato era veloz.

—Cuidado con lo que hablas, chiquillo, o te encontrarás flotando hacia casa. En primer lugar, son demasiados. Pero estaremos a salvo en cuanto hayamos saltado al hiperespacio. — Sonrió maliciosamente —. Nadie puede rastrear con exactitud otra nave en las velocidades de supraluz. Además, conozco algunos trucos que nos ayudarán a quitamos de encima a cualquier pelmazo insistente. Me hubiera gustado saber con anticipación que erais tan populares.

—¿Por qué? —inquirió Luke, desafiante—. ¿Te habrías negado a llevarnos?

—No necesariamente — respondió el coreliano negándose a morder el anzuelo—. Pero te aseguro que habría elevado la tarifa.

Luke tenía la respuesta en la punta de la lengua.

Pero la abandonó cuando levantó los brazos para apartar un fogonazo rojo brillante que otorgó al espacio negro exterior a la portilla visora el aspecto fugaz de la superficie de un sol. Kenobi, Solo e incluso Chewbacca hicieron lo mismo, ya que la cercanía de la explosión estuvo a punto de anular la protección fototrópica.

—La situación empieza a ponerse interesante — murmuró Solo.

—¿Cuánto falta para el salto? —preguntó Kenobi con afabilidad, aparentemente sin preocuparse por la posibilidad de que en cualquier momento todos podían dejar de existir.

—Todavía nos encontramos dentro de la influencia de la gravedad de Tatooine — fue la seca respuesta —.

Transcurrirán algunos minutos hasta que la computadora de navegación pueda compensarla y llevar a cabo un salto exacto. Yo podría anular su decisión, pero entonces es probable que el hiperimpulso se perdiera.

Eso me dejaría con una bonita cámara llena de fragmentos de metal, además de vosotros cuatro.

—Algunos minutos — repitió Luke con la vista fija en las pantallas—. Al promedio que están ganando...

—Muchacho, atravesar el hiperespacio no es lo mismo que fumigar cosechas. ¿Alguna vez intentaste calcular un salto al hiperespacio? — Luke no tuvo más remedio que negar con la cabeza —. No es nada fácil.

Qué bonito si nos apresuráramos y atravesáramos una estrella o algún otro fenómeno espacial, amistoso como un agujero negro. Así terminaríamos rápidamente el viaje.

A pesar de los esfuerzos de Chewbacca por evadirse, las explosiones seguían produciéndose a poca distancia. En el tablero de Solo comenzó a parpadear una luz roja de alarma que llamaba la atención.

—¿Qué es eso? —preguntó Luke nervioso.

—Hemos perdido un escudo desviador —le informó Solo con el aspecto de un hombre al que están por extraerle una muela—. Será mejor que vuelvan a sujetarse. Estamos casi listos para realizar el salto. Las cosas podrían ponerse difíciles si recibimos un estallido cercano en el momento menos adecuado.

En la zona principal de la nave, Threepio ya estaba fuertemente sujeto al asiento por los brazos de metal más poderosos que cualquier tira de aceleración.

Artoo se mecía de un lado a otro a causa de la conmoción producida por las explosiones energéticas cada vez más potentes contra los desviadores de la nave.

—¿Era realmente necesario este viaje? —murmuró desesperado el robot—. Había olvidado cuánto odio el viaje espacial.

Se calló en cuanto Luke y Ben aparecieron y comenzaron a sujetarse a sus asientos.

Extrañamente, Luke pensaba en un perro que había tenido en el instante en que algo enormemente poderoso agitó con violencia el casco de la nave con la fuerza de un ángel caído.

El almirante Motti entró en la silenciosa sala de conferencias y las luces lineales que bordeaban las paredes se dibujaron en su rostro. Dirigió la mirada hasta el sitio en que el gobernador Tarkin estaba de pie, delante de la curvada pantalla panorámica, y se inclinó ligeramente. A pesar de la evidencia de que un mundo semejante a una pequeña gema verde había penetrado en la pantalla, anunció formalmente:

—Hemos entrado en el sistema de Alderaan. Aguardamos sus órdenes.

La puerta emitió una señal y Tarkin dedicó un gesto falsamente amable al almirante.

—Espere un momento, Motti.

La puerta se abrió y entró Leia Organa, flanqueada por dos guardias armados y seguida de Darth

Vader.

—Yo soy... — comenzó a decir Tarkin.

—Sé quién es usted —dijo Leia con asco—, gobernador Tarkin. Tendría que haber imaginado que era usted quien sujetaba la correa de Vader. Creí reconocer su peculiar hedor cuando me trajeron a bordo.

—Encantadora hasta el final — declaró Tarkin de un modo que daba a entender que no estaba encantado ni mucho menos —. No se imagina cuan difícil resultó firmar la orden de su liquidación. —Su expresión se convirtió en una mueca burlona de pesadumbre—. Naturalmente, si hubiese cooperado en nuestra investigación, todo podría ser de otro modo.

Lord Vader me ha informado que su resistencia a sus métodos tradicionales de investigación...

—Querrá decir de tortura —interrumpió ella con voz algo trémula.

—No juguemos con la semántica. — Tarkin sonrió.

—Me sorprende que tuviera valor para asumir la responsabilidad de dar esa orden.

Tarkin suspiró de mala gana.

—Soy un hombre agobiado y contados son los placeres que me reservo. Uno de ellos consiste en que, antes de su ejecución, me gustaría que fuera mi invitada durante una pequeña ceremonia. Ésta certificará el estado operácional de la estación de combate al mismo tiempo que marcará el comienzo de una nueva era en la supremacía técnica imperial. Esta estación es el eslabón final de la recién forjada cadena imperial que unirá de una vez para siempre los millones de sistemas del imperio galáctico. Su minúscula alianza ya no constituirá una preocupación para nosotros. Después de la demostración de hoy, nadie se atreverá a oponerse a los decretos imperiales, ni siquiera el Senado.

Organa le miró con desdén.

—La fuerza no mantendrá unido al Imperio. La fuerza nunca mantuvo unido nada durante mucho tiempo. Cuanto más cierre su puño, más sistemas se le escaparán de entre los dedos. Gobernador, usted es un hombre estúpido. Y los hombres estúpidos suelen ahogarse en sus propios delirios.

Tarkin sonrió como la parca y su rostro semejaba el de una calavera de pergamino.

—Será interesante saber qué tipo de eliminación le ha preparado Lord Vader. Estoy seguro de que será digno de usted... y de él. Pero antes de que nos abandone, debemos demostrar de una vez para siempre el poder de esta estación de una manera concluyente.

En cierto sentido, usted ha determinado la elección del sujeto de esta demostración. Dado que se ha mostrado renuente a comunicarnos el emplazamiento de la fuerza rebelde, he considerado adecuado elegir en su lugar su planeta natal, Alderaan.

—¡ No! ¡ No puede usted hacerlo! AIderaan es un mundo pacífico sin ejércitos permanentes. Usted no puede...

Los ojos de Tarkin resplandecieron.

—¿Prefiere otro blanco? ¿Tal vez un blanco militar? Estamos de acuerdo... diga en qué sistema. —Se encogió trabajosamente de hombros—. Estos juegos me hartan. Por última vez, ¿dónde está situada la base rebelde principal?

Desde un altavoz oculto, una voz anunció que se encontraban al alcance de la antigravedad de AIderaan, aproximadamente a seis diámetros planetarios. Esto bastó para lograr lo que los infernales artilugios de

Vader no habían conseguido.

—En Dantooine — susurró la senadora, con la vista fija en el suelo y sin la más mínima pretensión de desafío—. Está en Dantooine.

Tarkin exhaló un lento suspiro de satisfacción y giró hacia la figura negra que se encontraba cerca.

—¿Ha visto, Lord Vader? Organa aún puede ser razonable. Basta con formular correctamente la pregunta para obtener la respuesta deseada. —Dirigió su atención a los oficiales restantes—. Después de concluir nuestra pruebecita aquí, avanzaremos rápida mente sobre Dantooine. Caballeros, pueden continuar con la operación.

Las palabras de Tarkin, murmuradas con tanta indiferencia, tardaron varios segundos en hacer efecto en Leia.

¿Qué? — barbotó Organa por último.

—Dantooine —explicó Tarkin mientras se miraba los dedos — se encuentra demasiado lejos de los centros de la población imperial para servir como objeto de una demostración eficaz. Comprenderá que para que los ecos de nuestro poder se difundan rápidamente por él Imperio, necesitamos un mundo turbulento situado más cerca del centro. Pero no se asuste. Nos ocuparemos de sus amigos rebeldes de Dantooine en cuanto sea posible.

—Pero usted dijo... —comenzó a protestar Organa.

—Las únicas palabras que tienen significado son las últimas que se dicen — declaró Tarkin mordazmente—. Procederemos a la destrucción de Alderaan tal como se ha planificado. Después disfrutará viendo con nosotros la anulación del centro de esta rebelión estúpida e inútil situada en Dantooine. — Hizo señas a los dos soldados que la flanqueaban—. Escóltenla hasta el nivel principal de observación y... —sonrió — asegúrense de que ningún obstáculo le impide ver.


VIII

Solo verificaba atentamente las pantallas de lectura de los indicadores y los diales. De vez en cuando pasaba una caja pequeña a través de diversos sensores, estudiaba el resultado y silbaba complacido.

—Pueden dejar de preocuparse por sus amigos imperiales —dijo a Luke y a Ben—. Ya no podrán rastrearnos. Dije que los perderíamos de vista.

Tal vez Kenobi habría asentido a modo de respuesta, pero estaba concentrado en explicarle algo a Luke.

—Por favor, no me lo agradezcan todos a la vez

—gruñó Solo algo ofendido—. De todos modos, la computadora de navegación calcula nuestra llegada a la órbita de Alderaan a cero doscientos. Sospecho que después de esta aventurita tendré que falsificar la matrícula.

Volvió a dedicarse a sus verificaciones y pasó delante de una pequeña mesa circular. La parte superior estaba cubierta por cuadraditos iluminados desde abajo y los monitores de la computadora se situaban a los lados. Diversos cuadrados proyectaban pequeñas figuras tridimensionales por encima de la mesa.

Chewbacca estaba sentado ante ésta, y su mentón descansaba en las impresionantes manos. Daba indicios de estar satisfecho consigo mismo, brillantes los grandes ojos y con los pelos faciales enhiestos.

Al menos estuvo así hasta que Artoo Detoo le acercó un miembro achaparrado con garra y pulsó el monitor de la computadora. Una de las figuras caminó torpemente por la mesa hasta un nuevo cuadrado y allí se detuvo.

Una expresión de desconcierto y después de furia brilló en el rostro del wookie mientras estudiaba la nueva configuración. Miró por encima de la mesa y lanzó un torrente de galimatías insultantes a la inofensiva máquina. Artoo sólo podía responder con bips, pero Threepio intervino rápidamente en nombre de su compañero menos elocuente y comenzó a discutir con el grueso antropoide.

—Llevó a cabo un buen movimiento. Gritar no te servirá de nada.

Atraído por la conmoción, Solo miró por encima de su hombro y frunció ligeramente el ceño.

—Déjalo. No conviene alterar a un wookie.

—Comprendo esa opinión, señor — replicó Threepio—, pero aquí hay un principio en juego. Existen algunas normas a las que cualquier ser sensible debe atenerse. Si por algún motivo alguien las contraviene, incluso por intimidación, uno hace valer su derecho a que le llamen inteligente.

—Espero que ambos recordéis esto — le aconsejó

Solo — cuando Chewbacca arranque tus brazos y los de tu amiguito.

—Además — continuó Threepio sin perder un instante—, ser voraz o aprovecharse de alguien que se encuentre en. una posición inferior constituye una clara señal de poco espíritu deportivo.

Esto provocó un bip de furia de Artoo y los dos robots iniciaron una violenta discusión electrónica mientras Chewbacca farfullaba contra los dos y de vez en cuando les hacía señas a través de las piezas transparentes que aguardaban pacientemente sobre la mesa.

Ignorante del altercado, Luke permanecía inmóvil en medio de la nave. Mantenía en posición sobre la cabeza un sable de luz activado. El antiguo instrumento producía un suave zumbido mientras Luke arremetía y paraba los golpes bajo la escrutadora mirada de Ben

Kenobi. De tanto en tanto, Solo miraba los torpes movimientos de Luke y sus rasgos delgados se cubrían de presunción.

—No, Luke, tus golpes deberían fluir en lugar de ser tan agitados — le enseñó Kenobi delicadamente —.

Recuerda que la fuerza es omnipresente. Te envuelve a la vez que irradia desde ti. Un guerrero jedi puede sentir realmente la fuerza como una cosa física.

—¿Entonces es un campo de energía? —preguntó

Luke.

—Es un campo de energía y algo más —prosiguió

Kenobi casi como un místico —. Un aura que controla y obedece a la vez. Es una nada que puede hacer milagros. — Durante un instante se mostró pensativo —.

Nadie, ni siquiera los científicos jedi, pudieron definir realmente la fuerza. Probablemente nadie puede hacerlo. A veces hay tanta magia como ciencia en las explicaciones de la fuerza. ¿Pero qué es un mago sino un teórico que practica? Ahora volvamos a intentarlo.

El anciano levantó un globo plateado aproximadamente del tamaño del puño de un hombre. Estaba cubierto de delgadas antenas, algunas tan delicadas como las de una mariposa nocturna. Lo lanzó hacia

Luke y observó cómo se detenía a un par de metros del rostro del muchacho.

Luke se preparó mientras la bola le rodeaba lentamente y giró para afrontarla cuando ésta adoptó una nueva posición. Bruscamente, realizó una arremetida rápida como el relámpago, pero sólo se detuvo a un metro de distancia. Luke no se dejó engañar por la finta y la bola retrocedió rápidamente.

Luke se desvió ligeramente hacia un costado para intentar rodear los sensores delanteros de la bola, retiró el sable y se preparó para golpear. Al hacerlo, la bola saltó detrás de él. Un delgado rayo de luz roja emergió de una de las antenas hasta la parte trasera del muslo de Luke y le arrojó al suelo mientras él esgrimía el sable... demasiado tarde. Mientras se restregaba la pierna dormida y dolorida, Luke intentó ignorar el estallido de risas acusadoras de Solo.

—Ni las religiones malabares ni las armas arcaicas pueden sustituir un buen desintegrador en tu cinto

— se burló el piloto.

—¿No crees en la fuerza? —preguntó Luke mientras se ponía de pie. El efecto embolador del rayo se disipó rápidamente.

—Anduve de un extremo a otro de esta galaxia

—se jactó el piloto— y he visto muchas cosas raras.

Demasiadas para creer que no puede existir algo como esta «fuerza». Demasiadas para pensar que puede haber semejante control de las propias acciones. Yo determino mi destino... y no un campo de energías medio místico. — Señaló a Kenobi —. En tu lugar, yo no le seguiría tan ciegamente. Es un viejo inteligente, lleno de malicia y de trampas sencillas. Tal vez te utilice para sus propios fines.

Kenobi sonrió dulcemente y volvió a ocuparse de

Luke.

—Luke, te aconsejo que vuelvas a intentarlo — dijo con suavidad —. Tienes que tratar de disociar tus acciones del control consciente. Intenta no centrarte en algo visual y mentalmente concreto. Deja que tu mente vaya a la deriva, a la deriva; sólo entonces podrás utilizar la fuerza. Tienes que entrar en un estado en que actúes según lo que sientes y no según lo que piensas de antemano. Debes dejar de meditar, relajarte, dejar de pensar... ir a la deriva... liberarte... liberarte...

La voz del anciano se había convertido en un zumbido hipnotizador. Cuando concluyó, el globo cromado se lanzó sobre Luke. Confundido por el tono hipnótico de Kenobi, aquél no lo vio arremeter. Es dudoso que viera algo con claridad. Pero a medida que la bola se acercaba, Luke giró con sorprendente velocidad y arqueó hacia arriba y afuera el sable de un modo peculiar. El rayo rojo que el globo emitía se desvió diestramente hacia un costado. El zumbido se acalló y la bola rebotó contra el suelo, inanimada.

Luke pestañeó como si acabara de despertar de la siesta y miró totalmente desconcertado la inerte bola de control remoto.

—Como ves, puedes hacerlo —le aseguró Kenobi —. Uno sólo puede enseñar esto. Ahora debes aprender a reconocer la fuerza cuando la deseas, para poder controlarla conscientemente.

Kenobi avanzó hasta un costado, cogió un gran casco de un armario y se acerca a Luke. Cubrió su cabeza con el casco y eliminó eficazmente la visión del muchacho.

—No puedo ver — murmuró Luke, dando vueltas y obligando a Kenobi a colocarse fuera del alcance del peligroso sable que esgrimía—. ¿Cómo puedo luchar?

—Con la fuerza — explicó el viejo Ben —. La última vez, no «viste» realmente la rastreadora cuando se dirigió a tus piernas, pero detuviste el rayo. Intenta que esa sensación vuelva a fluir dentro de ti.

—No puedo hacerlo — se quejó Luke —. Volverá a golpearme.

—No si confías en ti mismo — insistió Kenobi, aunque a Luke le pareció sin demasiado convencimiento—. Es la única forma de estar seguro de que confías plenamente en la fuerza.

Al notar que el escéptico coreliano se había acercado para observar, Kenobi vaciló un instante. A Luke no le ayudaría que el engreído piloto se riera cada vez que cometía un error. Pero mimar al muchacho tampoco serviría de nada y, además, no había tiempo.

«Arrójalo y manten la esperanza de que flote», se aconsejó Ben con firmeza.

Se inclinó sobre el globo de cromo y tocó un mando lateral. Después lo levantó. La bola trazó un arco hacia Luke. Se detuvo en la mitad del camino y cayó a plomo en dirección al suelo. Luke agitó el sable contra ella. Aunque era un intento loable, carecía de velocidad. La pequeña antena volvió a brillar. Esta vez, la aguja carmesí alcanzó a Luke en los fondillos de los pantalones. Aunque no era un golpe paralizante, lo parecía, y Luke lanzó un quejido de dolor al girar, a la vez que intentaba alcanzar a su invisible torturador.

—¡Relájate! —le apremió el viejo Ben—. Siéntete libre. Intenta utilizar los ojos y los oídos. Deja de predecir y utiliza el resto de tu mente.

De repente, el joven se detuvo y tambaleó ligeramente. La rastreadora seguía a sus espaldas. Volvió a cambiar de dirección, arremetió y disparó.

El sable de luz se sacudió simultáneamente, con un movimiento tan exacto como torpe, para desviar el rayo. Esta vez la bola no cayó inmóvil en el suelo sino que retrocedió tres metros y permaneció allí suspendida.

Consciente de que el zumbido de la rastreadora de control remoto ya no sonaba en sus oídos, Luke espió cautelosamente desde debajo del casco. La transpiración y el agotamiento competían en busca de lugar en su rostro.

—¿Lo conseguí...?

—Te dije que podrías —le informó Kenobi satisfecho —. En cuanto comiences a confiar en tu yo interior, nada podrá detenerte. Ya te dije que eras muy parecido a tu padre.

—Yo lo llamaría suerte — se mofó Solo mientras concluía el análisis de las pantallas de lectura.

—Joven amigo, en mi experiencia no existe la suerte... sino las adaptaciones altamente favorables de factores múltiples que inclinan los hechos a favor de uno.

—Da igual cómo se le llame — agregó el coreliano con indiferencia—, pero la ventaja contra un artilugio mecánico de control remoto es una cosa y la ventaja contra una amenaza viviente, otra muy distinta.

Mientras hablaba, una pequeña luz indicadora situada en el costado más lejano de la cubierta comenzó a parpadear. Chewbacca reparó en ella y le llamó.

Solo miró el tablero e informó a sus pasajeros:

—Nos acercamos a Alderaan. Dentro de poco reduciremos el ritmo y retornaremos a una velocidad inferior a la de la luz. Vamos, Chewie.

El wookie se apartó de la mesa de juegos y siguió a su compañero hacia la carlinga.

Luke contempló cómo se marchaban, pero no pensaba en la llegada inminente a Alderaan. En su mente ardía otra cosa, algo que parecía crecer y madurar en el fondo de su cerebro a medida que lo meditaba.

—¡Qué extraño! —murmuró—. Sentí algo. Casi podía «ver» el contorno del artilugio de control remoto. — Señaló el objeto suspendido detrás de él,

Kenobi replicó con voz solemne:

——Luke, has dado el primer paso hacia un universo más amplio.

Docenas de instrumentos que zumbaban y siseaban otorgaban a la carlinga del carguero el aspecto de una atareada colmena. Solo y Chewbacca estaban totalmente concentrados en los instrumentos más vitales.

—Uniforme... mantente alerta, Chewie. —Solo acomodó varios condensadores manuales—. Preparados para entrar en la subluz... preparados... frénanos,

Chewie.

El wookie se acercó a algo que tenía delante de él, en el panel. Al mismo tiempo. Solo accionó una palanca relativamente grande. Bruscamente, las largas rayas de luz estelar distorsionada por el efecto Doppler se redujeron a formas de guión y por último a los conocidos rayos de fuego. Un indicador del panel marcaba cero.

De la nada surgieron trozos gigantescos de piedra brillante que los desviadores de la nave apenas lograban apartar. La tensión hizo que el Millennium Falcon se estremeciera violentamente.

—¿Qué demo...? —murmuró Solo totalmente confundido.

A su lado, Chewbacca no hizo ningún comentario mientras desconectaba varios mandos y activaba otros.

Únicamente el hecho de que el cauteloso Solo siempre salía del viaje de supraluz con los desviadores preparados — por si alguno de los muchos tipos poco amistosos estuviera esperándole— había impedido que el carguero sufriera una destrucción instantánea.

Luke se esforzó por mantener el equilibrio mientras se abría paso hasta la carlinga.

—¿Que sucede?

—Hemos vuelto al espacio normal —le informó

Solo —, pero en medio de la peor tormenta de asteroides que haya visto. No figura en ninguno de nuestros mapas. —Observó con atención diversos indicadores —. Según el atlas galáctico, nuestra posición es correcta. Pero falta algo: Alderaan.

—¿Falta? ¡Pero eso... es de locos!

—No lo discutiré —respondió el coreliano seriamente —, pero echa tú mismo una mirada. — Señaló fuera de la portilla —. He verificado tres veces las coordenadas y la computadora de navegación funciona perfectamente. Tendríamos que estar a un diámetro planetario de la superficie. El brillo del planeta debería inundar la carlinga pero... allí afuera no hay nada.

Únicamente escombros. —Hizo una pausa—. A juzgar por el nivel de energía salvaje del exterior y por la cantidad de desperdicios sólidos, supongo que Alderaan ha sido... desintegrado. Por completo.

—Destruido — susurró Luke sobrecogido por el espectro que ese desastre inimaginable creaba—. Pero...

¿cómo?

—El Imperio —declaró una voz con firmeza. Ben

Kenobi se había detenido detrás de Luke y el vacío de adelante así como el significado que aquello implicaba ocupaban su atención.

—No —Solo meneó lentamente la cabeza. A su manera, incluso él se sentía perturbado por la enormidad de lo que el viejo sugería. Que un organismo humano fuera responsable de la aniquilación de toda una población, o de un planeta... —. No... ni siquiera toda la flota imperial pudo hacer esto. Se necesitarían mil naves que acumularan mucha más potencia de fuego de la que ha existido.

—Me pregunto si saldremos de aquí —murmuró

Luke mientras trataba de ver alrededor de los bordes de la portilla—. Si por casualidad fue el Imperio...

—No sé qué ha ocurrido — dijo de mala manera

Solo, enfurecido—, pero te diré algo. El Imperio no es...

Las alarmas ensordecedoras comenzaron a zumbar al mismo tiempo que una luz sincrónica parpadeaba en el tablero de mandos. Solo se acercó a los instrumentos correspondientes.

—Otra nave —anunció—. Todavía no puedo evaluar de qué tipo.

—Tal vez un superviviente, alguien que puede saber qué ocurrió — sugirió Luke esperanzado.

Las palabras de Ben Kenobi destruyeron algo más que esa esperanza:

—Es un caza imperial.

Súbitamente, Chewbacca lanzó un ladrido furioso.

Una enorme flor de destrucción se abrió en la parte exterior de la portilla y sacudió violentamente al carguero. Una minúscula bola de alas dobles pasó a toda velocidad junto a la portilla de la carlinga.

—¡Nos siguió! —gritó Luke.

—¿Desde Tatooine? No es posible —objetó Solo incrédulamente —. No es posible en el hiperespacio.

Kenobi estudiaba la configuración que aparecía en la pantalla de rastreo.

—Tienes razón, Han. Se trata de un caza Tie de autonomía limitada.

—¿Pero de dónde vino? —inquirió el coreliano—.

Aquí cerca no hay bases imperiales. No puede ser una faena con cazas Tie.

—Lo viste pasar.

—Ya lo sé. Parecía un caza Tie... ¿pero y la base?

—Se marcha a toda prisa — afirmó Luke mientras observaba el rastreador—. Vaya donde vaya, si nos identifica nos habremos metido en un gran lío.

—No si yo puedo evitarlo — declaró Solo —. Chewie, traba la transmisión. Prepara un camino de persecución.

—Sería mejor dejarlo marchar — dijo Kenobi pensativamente—. Ya está demasiado lejos.

—No por mucho tiempo.

Transcurrieron varios minutos durante los cuales la carlinga estuvo dominada por un tenso silencio. Los ojos de todos estaban posados en la pantalla de rastreo y en la portilla panorámica,

Al principio, el caza imperial intentó tomar un complejo camino evasivo, pero sin éxito. El carguero, sorprendentemente maniobrable, se le pegó y siguió acortando las distancias entre ambos. Cuando vio que no podía quitarse de encima a los perseguidores, indudablemente el piloto del caza aceleró al máximo su pequeño motor.

Adelante, en medio de la multitud de estrellas, una se tornaba cada vez más brillante. Luke frunció el ceño. Se movían con rapidez, pero no tanto como para que un objeto celeste se volviera cada vez más brillante a tanta velocidad. Había algo que no tenía sentido.

—Es imposible que un caza tan pequeño se haya internado tanto en el espacio por cuenta propia — comentó Solo.

—Probablemente se perdió, formaba parte de un convoy o algo así — opinó Luke.

El comentario de Solo fue alegre:

—Bueno, no andará por aquí lo bastante para hablar con alguien sobre nostros. En uno o dos minutos estaremos encima de él.

La estrella seguía brillando adelante y, evidentemente, el resplandor provenía de su interior. Adoptó un contorno circular.

—Se dirige hacia esa pequeña luna —murmuró

Luke.

—El Imperio debe contar con un puesto de avanzada allí — reconoció Solo —. Aunque según el atlas, Alderaan no tenía lunas. —Se encogió de hombros—.

La topografía galáctica nunca fue uno de mis fuertes.

Sólo me interesan los mundos y las lunas con clientes.

Pero creo que podré echarle mano antes de que llegue; se encuentra casi a mi alcance.

A medida que se acercaban, los cráteres y las montañas se tornaron gradualmente visibles. Pero mostraban algo sumamente raro: el perfil de los cráteres era demasiado regular, las montañas demasiado verticales, los cañones y los valles inenarrablemente rectos y regularizados. Era imposible que algo tan caprichoso como la acción volcánica hubiera formado esas características.

—Eso no es una luna — afirmó Kenobi suavemente—. Se trata de una estación espacial.

—Pero es demasiado grande para ser una estación espacial —opinó Solo—. ¡Qué tamaño ! ¡No puede ser artificial... no puede!

—Esto me produce una sensación muy rara — comentó Luke.

De repente, Kenobi, que generalmente estaba sereno, gritó:

—¡Girad la nave! ¡ Salgamos de aquí!

—Sí. Viejo, creo que tienes razón. ¡Contramarcha,

Chewie!

El wookie comenzó a adaptar los mandos y el carguero pareció frenar a medida que trazaba una amplia curva. El pequeño caza saltó instantáneamente hacia la monstruosa estación hasta que fue engullido por su abrumadora masa.

Chewbacca parloteó algo con Solo cuando la nave se estremeció y se debatió ante fuerzas ocultas.

—¡ Conecta la energía auxiliar! — Ordenó Solo.

Los indicadores comenzaron a gemir a modo de protesta y, poco a poco, todos los instrumentos del panel de mando enloquecieron. Por más que lo intentó, Solo no logró evitar que la superficie de la colosal estación se hiciera cada vez más grande... hasta que lo cubrió todo.

Luke miró desesperado las instalaciones secundarias del tamaño de montañas y los radares en forma de disco, mayores que todos los de Mos Eisley.

—¿Por qué seguimos avanzando hacia ella?

—Demasiado tarde — susurró Kenobi suavemente.

Una mirada a Solo confirmó su preocupación.

—Estamos atrapados por un rayo tractor... el más potente que he visto. Nos arrastra — murmuró el piloto.

—¿O sea que no puedes hacer nada? —preguntó

Luke con un inenarrable sentimiento de desamparo.

Solo estudió las sobrecargadas pantallas de lectura de los sensores y movió negativamente la cabeza.

—Contra este tipo de energía, no. Chico, yo mismo estoy a plena potencia y esto no nos desvía del camino una fracción de un grado. Es inútil. Tendré que desconectar o los motores se derretirán. ¡Pero no me absorberán como a una polvareda sin luchar!

Comenzó a abandonar el asiento del piloto pero una mano poderosa le retuvo por el hombro. Una expresión de preocupación cubría el rostro del anciano... y también la sugerencia de algo menos fúnebre.

—Es una lucha que no puedes ganar... pero bueno, muchacho, siempre existen posibilidades...

El verdadero tamaño de la estación de combate quedó de manifiesto a medida que el carguero se acercaba. Alrededor del ecuador de la estación aparecía una cadena artificial de montañas metálicas y de puertos de atraque que extendían sus atractivos ruidos aproximadamente dos kilómetros por encima de la superficie.

Convertido en un minúsculo punto contra la masa gris de la estación, el Millennium Falcon fue atraído por uno de esos seudópodos de acero y finalmente engullido.

Un lago de metal clausuró la entrada y el carguero desapareció como si nunca hubiese existido.

Vader estudió la abigarrada disposición de las estrellas que aparecían en el mapa de la sala de conferencias, mientras Tarkin y el almirante Motti conversaban cerca de él. Era interesante que la primera utilización de la máquina destructiva más poderosa que jamás se había construido no hubiera aparentemente influido para nada en el mapa que, en sí, sólo representaba una pequeña fracción de aquella sección de una galaxia de tamaño medio.

Se necesitaría una microdescomposición de una parte del mapa para que en su masa espacial apareciera la ligera reducción provocada por la desaparición de Alderaan. Alderaan, con todas sus ciudades, granjas, fábricas, municipios... y sus traidores —recordó

Vader.

A pesar de los adelantos y de los complejos métodos tecnológicos de aniquilación, las acciones de la humanidad continuaban sin ser percibidas, en un universo descuidado e inconmensurablemente vasto. Si los planes más grandiosos de Vader se hacían realidad, todo eso cambiaría.

Tenía plena conciencia de que, a pesar de la inteligencia y el impulso de los dos hombres que seguían conversando como monos detrás de él, éstos no comprendían la inmensidad del prodigio. Tarkin y Motti eran inteligentes y ambiciosos, pero sólo veían las cosas desde la perspectiva de la pequeñez humana. Una pena, pensó Vader, que no posean la envergadura equivalente a sus habilidades.

Ninguno de los dos hombres era un Oscuro Señor.

Por tal razón, poco más podía esperarse de ellos. Ahora eran útiles y peligrosos pero algún día estos dos, al igual que Alderaan, tendrían que ser desechados. Por el momento, no podía darse el lujo de prescindir de ellos. Aunque habría preferido la compañía de iguales, no tuvo más remedio que reconocer que, a esta altura, no tenía iguales.

Sin embargo, se acercó a ellos e intervino en la conversación.

—A pesar de las protestas de la senadora en sentido contrario, los sistemas de defensa de Alderaan eran tan poderosos como los del Imperio. He de llegar a la conclusión de que nuestra demostración fue tan impresionante como minuciosa.

Tarkin se volvió hacia él y asintió.

—En este mismo instante, el Senado recibe información sobre nuestra acción. En poco tiempo podremos anunciar el exterminio de la alianza, en cuanto nos hayamos ocupado de su base militar principal.

Ahora que hemos eliminado su fuente principal de aprovisionamiento, Alderaan, el resto de los sistemas con tendencias secesionistas depondrá su actitud rápidamente. Ya verá.

Tarkin se giró cuando un oficial imperial entró en la sala.

—¿Qué ocurre, Cass?

El aturdido oficial tenía la expresión de ratón que ha sido elegido para ponerle un cascabel al gato.

—Gobernador, los exploradores de avanzada han llegado a Dantooine y han navegado a su alrededor.

Encontraron los restos de una base rebelde... que en su opinión estaba abandonada desde hace tiempo. Probablemente, años. Han iniciado una minuciosa investigación de los restos del sistema.

Tarkin pareció apoplético y gracias a la furia su rostro adquirió un bonito color granate.

—¡Organa mintió! ¡Organa nos mintió!

Aunque nadie podía verle, pareció que Vader sonreía tras la máscara.

—Entonces estamos empatados en el primer intercambio de «verdades». Le dije que ella jamás traicionaría la rebelión... a menos que pensara que, de algún modo, su confesión podría destruirnos en el proceso.

—¡ Hay que liquidarla inmediatamente! — El gobernador apenas logró articular las palabras.

—Serénese, Tarkin — le aconsejó Vader —. ¿Acaso desecharía tan negligentemente nuestro último vínculo con la verdadera base rebelde? Todavía puede resultamos valiosa.

¡Bah! Usted mismo lo ha dicho, Vader: no obtendremos nada más de ella. Encontraré esa fortaleza oculta aunque tenga que destruir todos los sistemas estelares de este sector. Me encar...

Un bip suave pero exigente le interrumpió.

—¿De qué se trata? —preguntó malhumorado.

Una voz informó desde un altavoz oculto:

—Señores, hemos capturado un pequeño carguero que ingresó en los restos de Alderaan. Una comprobación de rutina indica que aparentemente sus marcas coinciden con las de la nave que eludió la cuarentena en Mos Eisley, sistema de Tatooine, y entró en el hiper antes de que la nave imperial de bloqueo pudiera aproximarse.

Tarkin parecía desconcertado.

—¿Mos Eisley? ¿Tatooine? ¿De qué se trata? Vader, ¿qué significa todo esto?

—Tarkin, significa que estamos a punto de eliminar la última de nuestras dificultades sin resolver. Evidentemente, alguien recibió las cintas de los datos que faltaban, averiguó cómo transcribirlas e intentaba devolvérselas a ella. Tal vez podamos facilitarles el encuentro con la senadora.

Tarkin comenzó a decir algo, titubeó y asintió comprensivamente con la cabeza.

—Muy conveniente. Dejo este asunto en sus manos,

Vader.

El Oscuro Señor se inclinó ligeramente, gesto que

Tarkin reconoció con un saludo a la ligera. Después giró y salió de la sala, por lo que Motti paseó la mirada confundido de uno a otro.

El carguero estaba posado serenamente en el hangar de atraque de la enorme bahía. Treinta soldados imperiales armados permanecían ante la rampa principal que conducía a la nave. Adoptaron la posición de firmes cuando Vader y un comandante se acercaron.

Vader se detuvo al comienzo de la rampa y estudió la nave mientras se adelantaban un oficial y varios soldados.

—Señor, como no obtuvimos respuesta a nuestras repetidas señales, activamos la rampa desde el exterior. No hemos hecho contacto con nadie a bordo por el comunicador ni en persona — informó el oficial.

—Envíe a sus hombres — ordenó Vader.

El oficial se giró y transmitió la orden a un suboficial que también dio órdenes. Un grupo de soldados fuertemente acorazados subió por la rampa y entró en la cámara exterior. Avanzaron con evidente precaución.

Dentro, dos hombres cubrían a un tercero a medida que éste avanzaba. Se dispersaron rápidamente por la nave mediante movimientos en grupos de a tres. Las pasillos resonaban huecamente bajo los pies calzados de metal y las puertas se abrían sin dificultad en cuanto las activaban.

—Está vacío — declaró sorprendido el sargento a cargo—. Comprueben la carlinga.

Varios soldados se abrieron paso y accionaron la puerta, para descubrir que los asientos del piloto estaban tan vacíos como el resto del carguero. Los mandos estaban desactivados y todos los sistemas desconectados. Sólo una luz del panel parpadeaba a intervalos. El sargento se acercó, reconoció el origen de la luz y accionó los mandos adecuados. En la pantalla cercana apareció un grabado. Lo estudió atentamente y luego se dirigió a transmitir la información a su superior, que aguardaba junto a la escotilla principal.

El personaje escuchó con atención; después giró y se acercó al comandante y a Vader.

—Señores, no hay nadie a bordo y la nave está totalmente desierta. Según el diario de navegación, la tripulación abandonó la nave inmediatamente después del despegue y colocó los mandos automáticos en dirección a Alderaan.

—Es posible que sea una trampa — se atrevió a decir en voz alta el comandante—. ¡Entonces siguen en

Tatooine!

—Tal vez —admitió Vader con renuencia.

—Han arrojado varias cápsulas de huida —prosiguió el oficial.

—¿Encontró algún androide a bordo? —preguntó

Vader.

—No, señor... nada. Si había alguno, debió de abandonar la nave junto con la tripulación orgánica.

Vader vaciló antes de responder. Al hacerlo, su voz delataba incertidumbre:

—Hay algo raro en esto. Envíe a bordo un grupo de exploración totalmente equipado. Quiero que revisen hasta el último centímetro de esta nave. Ocúpese de que se haga lo más pronto posible. — Seguidamente dio media vuelta y salió del hangar, obsesionado por la sensación enloquecedora de que pasaba por alto algo de vital importancia.

El oficial despidió al resto de los soldados reunidos. A bordo del carguero, una última figura solitaria terminó de examinar los espacios entre los paneles de la carlinga y se reunió con sus compañeros. Deseaba abandonar esa nave fantasma y regresar al ambiente consolador del cuartel. Sus fuertes pisadas retumbaron a través del carguero nuevamente vacío.

Debajo se apagaron las voces del oficial que daba las últimas órdenes y el interior volvió a quedar en un silencio total. El temblor de una parte del suelo era el único movimiento a bordo.

Repentinamente, el temblor se convirtió en una brusca sacudida. Dos paneles de metal saltaron hacia arriba, seguidos por un par de cabezas despeinadas.

Han Solo y Luke echaron un rápido vistazo a su alrededor y se relajaron un poco al ver que la nave estaba tan vacía como sonaba.

—Es una suerte que construyeras estos compartimentos — comentó Luke.

Solo no se sentía tan alegremente confiado.

—¿Dónde crees que ponía las mercancías de contrabando? ¿En la cámara principal? Reconozco que nunca pensé que tuviera que esconderme en uno de ellos. — Se agitó violentamente al oír un sonido súbito, pero sólo se trataba de otro de los paneles que se levantaba —. Esto es ridículo. No servirá de nada. Aunque pudiera salir y pasar por la escotilla cerrada

—apuntó con el pulgar hacia arriba—, nunca lograríamos evitar ese rayo tractor.

Se abrió otro panel y apareció el rostro de un diablillo anciano:

—Deja eso en mis manos.

—Supuse que diría algo por el estilo —murmuró

Solo—. Viejo, es usted un endiablado tonto.

Kenobi le sonrió.

—¿Qué significa eso en boca de un hombre que permite que un tonto le contrate?

Solo barbotó algo entre dientes mientras abandonaban los compartimentos. Chewbacca lo logró mediante una buena dosis de gruñidos y giros.

Dos técnicos habían llegado a la base de la rampa.

Se presentaron ante los dos aburridos soldados que montaban la guardia.

—La nave les pertenece totalmente —les dijo uno de los soldados —. Si encuentran algo, infirmen inmediatamente.

Los hombres asintieron y después se esforzaron para subir el pesado equipaje por la rampa. En cuanto desaparecieron en el interior, se oyó un fuerte estrépito. Ambos guardias se giraron y se oyó una voz decía:

—Eh, allá abajo, ¿pueden echarnos una mano con esto?

Un soldado miró a su compañero, que se encogió de hombros. Ambos ascendieron por la rampa y criticaron la ineficacia de los técnicos. Resonó un segundo estrépito, pero ya no había nadie para oírlo.

Sin embargo, inmediatamente después se reparó en la ausencia de los dos soldados. Un oficial del puente de señales, que pasaba junto a la ventana de una pequeña oficina de mando cercana a la entrada del carguero, echó un vistazo y frunció el ceño cuando no vio señales de los guardias. Preocupado pero no alarmado, se acercó a un enlace de comunicaciones y habló mientras seguía con la vista fija en la nave.

—THX-1138, ¿por qué no está en su puesto? THX-

1138, ¿ha tomado nota?

El aparato sólo registró estática.

—THX-1138, ¿por qué no responde?

El oficial empezaba a preocuparse cuando una figura acorazada bajó por la rampa y le hizo señales. Mostró la parte del casco que cubría su oreja derecha y la golpeó para indicar que el enlace interior de comunicaciones no funcionaba.

El oficial del puente de señales meneó disgustado la cabeza y miró molesto a su ocupado ayudante mientras se dirigía a la puerta.

—Venga aquí. Tenemos otro transmisor con fallos.

Veré qué puedo hacer. — Activó la puerta, dio un paso mientras ésta se abría... y retrocedió conmocionado.

Una forma imponente y peluda cubría la puerta por completo. Chewbacca se agachó hacia adentro, dio un aullido, capaz por sí solo de destrozar los huesos, y aplastó al embotado oficial con un movimiento de su puño, del tamaño c'e una sartén.

El ayudante ya estaba de pie y buscaba su arma de cinto cuando un estrecho rayo de energía le atravesó el corazón. Solo levantó la placa del rostro de su casco de soldado y volvió a bajarla mientras seguía al wookie dentro de la estancia. Kenobi y los androides se colocaron detrás de él y Luke, vestido también con la armadura de un soldado imperial desafortunado, cerraba la retaguardia.

Luke miraba nerviosamente a su alrededor mientras cerraba la puerta.

—Entre su aullido y tú, que desintegras todo lo que aparece ante tus ojos, es asombroso que toda la estación no sepa que estamos aquí.

—Tráelos — propuso Solo, irracionalmente entusiasmado por el éxito que habían obtenido hasta ese momento —. Prefiero una lucha cara a cara a todos estos movimientos furtivos.

—Tal vez tengas prisa por morir, pero yo no — replicó Luke—. Todos estos movimientos furtivos nos han mantenido con vida.

El coreliano observó a Luke con mirada desabrida pero no dijo nada.

Observaron mientras Kenobi operaba en el tablero de mando de una computadora increíblemnte compleja con la tranquilidad y la confianza de alguien muy acostumbrado a manejar máquinas complicadas. Poco después se iluminó una pantalla con un mapa de secciones de la estación de combate. El anciano se acercó para estudiar lo expuesto con toda atención.

Entretanto, Threepio y Artoo se habían ocupado de un panel de mandos cercano, igualmente complicado. De repente, Artoo quedó inmóvil y comenzó a silbar frenéticamente ante algo que había descubierto.

Solo y Luke olvidaron el desacuerdo momentáneo en torno a la táctica y corrieron hacia donde se encontraban los robots. Chewbacca se encargó de colgar de los pies al oficial del puente de señales.

—Enchúfalo — propuso Kenobi mirando desde su lugar, delante de la pantalla de lectura más grande —.

Podrá extraer información de toda la red de la estación. Veamos si logra descubrir dónde se encuentra la unidad de energía del rayo tractor.

—¿Por qué no desconectamos el rayo desde aquí?

—preguntó Luke.

Fue Solo quien respondió burlonamente:

—Claro, y que vuelvan a lanzarlo sobre nosotros antes de poder recorrer la longitud de la nave por el lado de afuera de la bahía de atraque.

Luke parecía alicaído.

—Oh, no había pensado en eso.

—Luke, tenemos que interrumpir el tractor en su fuente de energía con el fin de llevar a cabo una huida perfecta — explicó serenamente Ben mientras Artoo hundía ,el brazo con garra en el encaje que había des-cubierto en la computadora. Inmediatamente apareció en el panel, delante de él, una galaxia de luces y en el cuarto sonó el zumbido de la maquinaria que funcionaba a alta velocidad.

Transcurrieron varios minutos mientras el androide pequeño absorbía información como una esponja metálica. Luego el zumbido se detuvo y él giró para comunicarles algo mediante bips.

—¡Lo ha encontrado, señor! —anunció Threepio, agitado —. El rayo tractor está acoplado a los reactores principales en siete puntos. La mayoría de los datos correspondientes están restringidos, pero intentará obtener la información crítica por intermedio del monitor.

Kenobi apartó su atención de la pantalla más grande para dedicarla a la pequeña pantalla de lectura próxima a Artoo. Los datos comenzaban a cubrirla con tanta rapidez que Luke no logró verlos, pero aparentemente Kenobi comprendió algo del borrón de esquemas.

—Muchachos, creo que no hay modo de que podáis ayudar con esto — les dijo —. Debo ir yo solo.

—Estoy de acuerdo —respondió el coreliano instantáneamente —. Ya he hecho más de lo que preveía en este viaje. Viejo, sospecho que inutilizar ese rayo tractor exigirá algo más que tu magia.

Luke no se dejó convencer tan fácilmente:

—Quiero acompañarte.

—Joven Luke, no seas impaciente. Esto exige habilidades que tú todavía no dominas. Quédate, vigila a los androides y espera mis señales. Deben ser transmitidas a las fuerzas rebeldes o muchos mundos más sufrirán el mismo destino que Alderaan. Luke, confía en la fuerza... y aguarda.

Kenobi echó una última mirada al torrente de información del monitor y acomodó el sable de luz que colgaba de su cintura. Se acercó a la puerta, la abrió, miró a derecha e izquierda y desapareció por un pasillo largo y brillante.

En cuanto salió, Chewbacca gruñó y Solo mostró su acuerdo con un movimiento de la cabeza.

—¡ Tú lo has dicho, Chewie! — Se dirigió a Luke —,

¿Dónde conseguiste a ese viejo fósil?

—Ben Kenobi... el general Kenobi, es un hombre grandioso — protestó Luke con orgullo.

—Grandioso para meternos en líos — se mofó

Solo—. ¡«General» mis quemadores traseros! Él no nos sacará de aquí.

—¿Tienes alguna idea mejor? —inquirió Luke desafiante.

—Cualquier cosa es mejor que esperar aquí a que vengan a buscarnos. Si nosotros... —"

Unos silbidos y unos gritos histéricos surgieron del panel de la computadora. Luke se acercó apresuradamente a Artoo Detoo. El androide saltaba sobre sus patas achaparradas.

—¿Qué sucede ahora? — preguntó Luke a Threepio.

El robot más alto parecía desconcertado.

—Señor, sospecho que no entiendo nada. Está diciendo «La encontré» y repite, una y otra vez, «¡Ella está aquí, ella está aquí!».

Artoo acercó un rostro chato y fruncido a Luke y silbó frenéticamente.

—La princesa Leia — anunció Threepio después de escuchar con atención—. La senadora Organa... aparentemente, son la misma persona. Tal vez sea la mujer del mensaje que portaba.

En la mente de Luke volvió a formarse aquel retrato tridimensional de indescriptible belleza.

—¿La princesa? ¿Está aquí?

Solo se acercó, atraído por la conmoción.

—¿La princesa? ¿De qué se trata?

—¿Dónde? ¿Dónde está? —preguntó Luke, jadeante, y sin prestar la menor atención a Solo.

Artoo silbó y Threepio tradujo.

—Quinto nivel, bloque de detención AA-23. Según la información, han proyectado un lento exterminio.

—¡No! Tenemos que hacer algo.

—¿Qué estáis diciendo vosotros tres? —preguntó

Solo exasperado.

—Ella programó el mensaje en Artoo Detoo — explicó Luke apresuradamente—, el que intentábamos llevar a Alderaan. Tenemos que ayudarla.

—Un momento, un momento — le advirtió Solo —.

Esto va a demasiada velocidad para mí. No concibas ideas raras. Cuando dije que no tenía una idea mejor, hablaba en serio. El viejo pidió que aguardáramos aquí. Aunque no me gusta, no pienso meterme en ese laberinto delirante.

—Pero Ben ignoraba que ella está aquí — dijo Luke a medias suplicante y a medias discutiendo—. Estoy convencido de que si lo hubiese sabido habría cambiado de plan. — La agitación se convirtió en reflexión —.

Ahora bien, si lográsemos encontrar la forma de meternos en ese bloque de detención...

Solo meneó la cabeza negativamente y retrocedió.

—No, no... no pienso entrar en ningún bloque imperial de detención.

—La ejecutarán si no hacemos algo. Hace un minuto dijiste que no querías permanecer aquí sentado y esperar a que te capturaran. Ahora lo único que te interesa es quedarte. Han, ¿qué prefieres?

El coreliano se mostró perturbado... y confundido.

—No había pensado en meterme en una zona de detención. Aunque de todos modos es probable que terminemos allí... ¿para qué apresurarnos?

—¡Pero la van a ejecutar!

—Mejor que sea a ella y no a mí.

—Han, ¿dónde está tu espíritu caballeresco?

Solo meditó.

—Por lo que recuerdo, lo cambié hace alrededor de cinco años en Commenor por una crisoprasa de diez quilates y tres botellas de buen brandy.

—Yo la he visto —insistió Luke desesperado—.

Es bellísima.

—La vida también.

—Es una senadora rica y poderosa — insistió Luke, con la esperanza de que una llamada a los instintos más elementales de Solo tal vez resultara más eficaz—. Si la salváramos, quizá la recompensa fuera considerable.

—¿Cómo...? ¿Rica? —Pero, seguidamente, Solo se mostró desdeñoso—. Espera un momento... ¿Una recompensa de quién? ¿Del gobierno de Alderaan?

— Hizo un gesto que abarcaba el hangar y el espacio donde Alderaan había trazado su órbita.

Luke no cejó:

—El hecho de que la mantengan presa aquí y hayan planeado su ejecución significa que de algún modo es peligrosa para el que destruyó Alderaan, para el que hizo construir esta estación. Puedes estar seguro de que tuvo que ver con el hecho de que el Imperio instituyera un reinado de terror absoluto. Te diré quién pagará su rescate y la información que posee: el Senado, la alianza rebelde y toda empresa que haya tenido relaciones con Alderaan. ¡Tal vez sea la única heredera de las riquezas extraterrestres de todo el sistema! Tal vez la recompensa sea más importante de lo que supones.

—No sé... apenas puedo imaginarlo. —Miró a

Chewbacca, que respondió con un tenso gruñido. Solo se encogió de hombros ante el voluminoso wookie —.

Está bien, lo intentaremos. Pero mejor que no te equivoques en lo que se refiere a esa recompensa. ¿Cuál es tu plan?

Luke quedó momentáneamente desconcertado. Hasta el momento había concentrado todas sus energías en convencer a Solo y a Chewbacca de que participaran en un intento de rescate. Una vez logrado, comprendió que no tenía la menor idea de cómo proceder.

Se había acostumbrado a que el viejo Ben y Solo dieran instrucciones. Ahora le correspondía la decisión del siguiente movimiento.

Varios anillos de metal que colgaban del cinturón de la armadura de Solo le llamaron la atención.

—Dame esos sujetadores y dile a Chewbacca que se acerque.

Solo entregó a Luke las anillas delgadas pero prácticamente irrompibles y transmitió la orden a Chewbacca. El wookie se acercó con pasos torpes y se detuvo a esperar junto a Luke.

—Ahora te pondré estos sujetadores — comenzó a explicar Luke y se situó detrás del wookie con los anillos — y...

Chewbacca emitió un sonido ronco y, a su pesar,

Luke saltó.

—Está bien — comenzó de nuevo —. Han te pondrá estos sujetadores y... —entregó humildemente las piezas a Solo, incómodamente consciente de que los enormes ojos brillantes del antropoide estaban posados sobre él.

Solo parecía divertido cuando se acercó.

—No te preocupes, Chewie. Creo que sé lo que está pensando.

Las anillas apenas encajaban en las gruesas muñecas. A pesar de la aparente confianza de su compañero en el plan, el wookie se mostró preocupado y agitado cuando activaron los sujetadores.

—Luke, señor — Luke miró a Threepio —. Perdone mi pregunta, pero... eh... ¿qué haremos Artoo y yo si alguien nos descubre durante su ausencia?

—Abrigar la esperanza de que no tengan desintegradores — replicó Solo.

El tono de Threepio daba a entender que la respuesta no le parecía graciosa.

—Eso no es muy tranquilizador.

Solo y Luke estaban demasiado absorbidos por su próxima expedición para prestar mucha atención al preocupado robot. Se ajustaron los cascos. Después, mientras Chewbacca mostraba una expresión abatida, relativamente auténtica, penetraron por el mismo pasillo por el que Ben Kenobi había desaparecido.


IX

A medida que se internaban más lejos y más profundamente en las entrañas de la gigantesca estación, les resultó cada vez más difícil mostrar un aire indiferente. Por fortuna, aquellos que podrían haber percibido cierto nerviosismo por parte de los dos soldados acorazados, lo consideraron natural dado el enorme y peligroso wookie que habían capturado. Chewbacca mismo impedía que los dos jóvenes resultaran tan poco llamativos como hubieran deseado.

Cuanto más se internaban, más denso se hacía el tráfico. Otros soldados, burócratas, técnicos y mecánicos revoloteaban en torno a ellos. Concentrados en sus misiones, ignoraron totalmente aquel trío y sólo unos pocos humanos echaron al wookie una mirada de curiosidad. La expresión hosca de Chewbacca y la aparente confianza de sus aprehensores tranquilizó a los curiosos.

Finalmente llegaron a un amplio banco de ascensores. Luke suspiró aliviado. El transporte controlado por la computadora los llevaría a cualquier sitio de la estación como respuesta a la orden verbal.

Hubo un instante de nerviosismo cuando un oficial subalterno corrió para coger el ascensor. Solo hizo un gesto seco y el otro, sin protestar, se puso en la fila del ascensor contiguo.

Luke estudió el tablero de operaciones y cuando habló por la red del fonocaptor trató de mostrarse como alguien entendido e importante. Su voz sonó nerviosa y asustada, pero el ascensor era un mecanismo de respuesta pura que no estaba programado para diferenciar la propiedad de las emociones transmitidas oralmente. De modo que la puerta se cerró y ya estaban en camino. Después de lo que parecieron horas pero en realidad sólo eran minutos, la puerta se abrió y entraron en la zona de seguridad.

Luke había abrigado la esperanza de que descubrirían algo parecido a las anticuadas celdas atrancadas, semejantes a las que se utilizaban en Tatooine, en ciudades como Mos Eisley. Pero sólo vieron estrechas rampas que bordeaban un foso de ventilación sin fondo. Estos andenes, de varios niveles, corrían paralelos a las paredes uniformes y curvadas que limitaban las monótonas celdas de detención. Guardias de aspecto alerta y puertas de energía aparecían en cualquier dirección que mirasen.

Plenamente consciente de que cuanto más tiempo permanecieran inmóviles en un sitio, más probabilidades existían de que alguien se acercara e hiciera preguntas imposibles de responder, Luke caviló frenéticamente en un modo de acción.

—Esto no funcionará — le susurró Solo al oído.

—¿Por qué no lo dijiste antes? —replicó, asustado y desengañado Luke.

—Creo que lo hice. Yo...

—¡Shhh!

Solo se calló en el mismo instante en que los más terribles temores de Luke se volvían reales. Se acercó un oficial alto y de aspecto serio. Frunció el ceño mientras examinaba al silencioso Chewbacca.

—¿Dónde van ustedes dos con esta... cosa?

Chewbacca enfureció al oír la pregunta pero Solo le tranquilizó con un apresurado golpe en las costillas.

Luke, presa del pánico, replicó casi instintivamente:

—Traslado del prisionero desde el bloque TS-138.

El oficial parecía desconcertado.

—No me lo notificaron. Tendré que aclararlo.

El hombre giró, se acercó a un reducido pupitre y comenzó a transmitir sus preguntas. Luke y Han analizaron rápidamente la situación y sus miradas pasaron desde las alarmas, las puertas de energía y los fotosensores de control hasta los otros tres guardias apostados en la zona.

Solo hizo una señal de asentimiento a Luke mientras abría los anillos de Chewbacca. Luego susurró unas palabras al oído de wookie. Un aullido ensordecedor recorrió el pasillo cuando Chewbacca levantó ambas manos y se apoderó del rifle de Solo.

—¡Cuidado! — gritó Solo, aparentemente aterrorizado —. Se ha soltado. ¡ Nos destrozará 1

Tanto él como Luke se habían apartado del desaforado wookie; desenfundaron sus pistolas y le dispararon. Su reacción fue excelente, su entusiasmo innegable y su puntería execrable. Ni un solo disparo pasó cerca del wookie, que escurría el bulto. Sin embargo, destrozaron cámaras automáticas, mandos de energía y a los tres estupefactos guardias.

A esa altura, el oficial pensó que la espantosa puntería de los dos soldados era demasiado eficaz selectivamente. Se disponía a dar la alarma general cuando una ráfaga de la pistola de Luke le dio en mitad del cuerpo; cayó al suelo gris sin decir palabra.

Solo corrió hasta el altavoz abierto del enlace de comunicaciones, que hacía preguntas chirriantes y preocupadas acerca de lo que ocurría. Evidentemente, existían enlaces auditivos además de visuales entre esta estación de detención y otros sitios.

El coreliano ignoró el chorro simultáneo de amenazas y preguntas y verificó la pantalla de lectura de un panel cercano.

—Tenemos que averiguar en qué celda está tu princesa. Deben de existir una docena de niveles y... Aquí está. Celda 2.187. Adelante... Chewie y yo los contendremos aquí.

Luke asintió y salió corriendo por el estrecho andén.

Después de indicar al wookie que escogiera una posición desde la cual cubrir los ascensores, Solo respiró profundamente y respondió a las llamadas incesantes del enlace de comunicaciones.

—Todo está bajo control — dijo a través del fonocaptor con voz razonablemente oficial —. La situación es normal.

—No lo parecía — replicó una voz con tono severo—. ¿Qué sucedió?

—Eh, bueno, uno de los guardias sufrió un desperfecto en el arma — tartamudeó Solo y su tono oficial se convirtió en nerviosismo—. Ya no hay problemas...

Estamos todos bien, gracias. ¿Y ustedes?

—Enviaremos un destacamento —anunció súbitamente la voz.

Han casi pudo oler la desconfianza del otro. ¿Qué podía decir? Era más elocuente con la boca de una pistola.

—Negativo... negativo. Tenemos un escape de energía. Necesitamos algunos minutos para eliminarlo. Un escape considerable... muy peligroso.

—Un desperfecto en el arma, un escape de energía... ¿Quién es usted? ¿Cuál es su nivel de operación?

Solo apuntó a los paneles y convirtió los instrumentos en pedacitos silenciosos.

—De todos modos, era una conversación aburrida

— murmuró. Giró y gritó pasillo abajo —: ¡ Date prisa, Luke! ¡Pronto tendremos compañía!

Luke le oyó, pero estaba concentrado en correr de celda en celda y en estudiar los números que brillaban encima de cada dintel. La celda 2.187 parecía inexistente. Pero allí estaba, y la encontró en el mismo instante en que decidía abandonar ese nivel y probar en el inmediatamente inferior.

Durante un largo instante estudió la monótona pared metálica convexa. Puso al máximo su pistola y, con la esperanza de que no se le derritiera en la mano antes de lograrlo, abrió fuego contra la puerta. Cuando el arma se calentó demasiado, la pasó de una mano a la otra, con el fin de que el humo tuviera tiempo de disiparse; sorprendido, comprobó que había arrancado la puerta.

La joven cuyo retrato había proyectado Artoo Detoo en un garaje de Tatooine hacía aparentemente varios siglos, miraba a través del humo, sin comprender.

Era incluso más hermosa que su imagen, pensó

Luke mientras la observaba aturdido,

—Usted es... más hermosa aún... de lo que yo...

Su mirada de desconcierto e incertidumbre se demudó primero en confusión y luego en impaciencia.

—¿No es usted demasiado bajo para formar parte de las tropas de asalto? —preguntó ella por último.

—¿Cómo? Ah... el uniforme —se quitó el casco y, a la vez, recuperó cierta compostura—. He venido a rescatarla. Soy Luke Skywalker.

—¿Cómo ha dicho?—inquirió Leia amablemente.

—He dicho que he venido a rescatarla. Ben Kenobi me acompaña. Tenemos los dos androides que usted...

Instantáneamente, la incertidumbre se convirtió en esperanza gracias a la mención del nombre del anciano.

—¡Ben Kenobi! — miró a su alrededor y prescindió de Luke mientras buscaba al jedi—. ¿Dónde está?

¡ Obi-wan!

El gobernador Tarkin observó a Darth Vader, que caminaba rápidamente de un lado a otro de la sala de conferencias donde se encontraban a solas. Por último, el Oscuro Señor se detuvo y miró a su alrededor como si una gran campana que sólo él podía oír, hubiera repicado cerca de allí.

—Él está aquí — aseguró Vader sin emoción.

Tarkin se mostró sorprendido.

—¿Obi-wan Kenobi? Es imposible. ¿Qué le lleva a pensarlo?

—Una sensación de la fuerza de un estilo que sólo he sentido en presencia de mi antiguo maestro. Es inconfundible.

—Sin duda alguna... sin duda alguna, Kenobi ya está muerto.

Vader vaciló y su seguridad desapareció súbitamente.

—Tal vez... Ya ha desaparecido. Sólo fue una sensación fugaz.

—Los jedis están extinguidos— declaró Tarkin contundentemente —. Hace décadas que su fuego se apagó. Amigo mío, usted es lo único que queda de ellos.

Un enlace de comunicaciones zumbó suavemente para llamar la atención.

—¿Qué ocurre? —preguntó Tarkin.

—Tenemos una alerta de emergencia en el bloque de detención AA-23.

—¡La princesa! —gritó Tarkin y se puso en pie de un salto.

Vader giró e intentó ver a través de las paredes.

—Lo sabía... Obi-wan está aquí. Supe que no podía equivocarme con una sensación tan poderosa de fuerza.

—Alerta a todas las secciones —ordenó Tarkin a través del enlace de comunicaciones. Después miró fi jamente a Vader —: Si usted está en lo cierto, no debemos permitir que se fugue.

—Tal vez Obi-wan Kenobi no tenga intención de huir — replicó Vader y se esforzó por dominar sus emociones—. Es el último jedi... y el más grande. No debemos subestimar el peligro que representa para nosotros... pero yo soy el único que puede hacerle frente. —Giró la cabeza para mirar atentamente a

Tarkin—. A solas.

Luke y Leia habían comenzado a subir por el pasillo cuando una serie de explosiones cegadoras destrozaron el andén que se extendía delante de ellos. Varios soldados habían intentado llegar en ascensor, pero Chewbacca los liquidó uno a uno. Dejaron de lado los ascensores y abrieron un boquete en una pared. El hueco era tan grande que Solo y el wookie no lo cubrían por completo. Los imperiales se abrían paso hasta el bloque de detención en grupitos de dos y de tres.

Al retroceder por el andén. Han y Chewbacca se encontraron con Luke y la princesa.

—¡No podemos regresar por allí! —les dijo Solo, con el rostro encendido por la agitación y la preocupación.

—No, parece que os las habéis ingeniado para bloquear nuestra única ruta de huida — reconoció Leia rápidamente —. Como sabéis, ésta es una zona de detención. Aquí no construyen demasiadas salidas.

Jadeante, Solo giró para mirarla de arriba abajo.

—Alteza, suplico su perdón — dijo sarcásticamente —, aunque tal vez preferiría estar en su celda.

Ella apartó la mirada con expresión impasible.

—Tiene que haber otra salida —murmuró Luke; cogió una pequeña unidad transmisora del cinturón y sintonizó cuidadosamente la frecuencia—: ¡See Threepió... See Threepio!

Una voz conocida respondió con rapidez consoladora:

—Sí, señor.

—Estamos bloqueados aquí. ¿Existe alguna otra salida de la zona de detención... algo?

La estática dominó la minúscula red mientras Solo y Chewbacca conteman a los soldados imperiales en el otro extremo del andén.

—¿De qué se trata...? No conseguí captarlo...

Artoo Detoo lanzó unos bips y unos silbidos frenéticos en la oficina del puente de señales mientras

Threepio ajustaba los mandos e intentaba aclarar la transmisión confusa.

—Señor, dije que todos los sistemas han recibido la alerta de su presencia. Parece que la entrada principal es la única entrada y salida del bloque de celdas.

—Accionó los instrumentos y la visión de las pantallas de lectura cercanas cambió constantemente—.

El resto de la información sobre su sección está restringida.

Alguien comenzó a llamar a la puerta cerrada de la oficina... Al principio con serenidad y luego, cuando no obtuvo respuesta desde el interior, con más insistencia.

—¡Oh, no! —gimió Threepio.

El humo en el pasillo de las celdas era tan intenso que Solo y Chewbacca tenían dificultades para apuntar a sus blancos. Esto les convenía, ya que ahora les superaban notoriamente en número y el humo confundía a los imperiales con la misma pertinacia.

De vez en cuando, uno de los soldados intentaba acercarse, pero lo único que conseguía era quedar expuesto al penetrar en la humareda. Bajo los disparos precisos de los dos contrabandistas, se reunía rápida mente con la masa creciente de figuras inmóviles en el suelo de la rampa.

Los rayos de energía rebotaron frenéticamente por todo el bloque mientras Luke se acercaba a Solo.

—No existe otra salida —gritó en medio del rugido ensordecedor del fuego sostenido.

—Bien, nos están cercando. ¿Qué hacemos ahora?

—¡Vaya rescate! — se quejó detrás de ellos una voz irritada. Ambos hombres giraron y vieron a la princesa que, profundamente disgustada, los observaba con regia desaprobación—. ¿No teníais un plan de salida al entrar?

Solo señaló a Luke con la cabeza.

—Éste es el cerebro, querida.

Luke logró sonreír incómodo y se encogió de hombros, en gesto de impotencia. Giró para ayudar a devolver los disparos, pero antes de que pudiera hacerlo, la princesa le arrebató la pistola de la mano.

—¡Eh!

Luke la miró con fijeza mientras ella avanzaba a lo largo de la pared hasta localizar un pequeño emparrillado cercano. Apuntó con la pistola y disparó.

Solo la observó con incredulidad.

—¿Qué está haciendo?

—Parece que está en mis manos salvar nuestros pellejos. ¡Aviador, métete en ese vertedero de basura!

Mientras los demás miraban boquiabiertos, Leia se lanzó de pie por la abertura y desapareció. Chewbacca rugió amenazadoramente y Solo meneó lentamente la cabeza.

—No, Chewie, no quiero que la destroces. Todavía no estoy seguro. O ha empezado a caerme bien, o yo mismo la mataré. — El wookie intentó decir algo pero

Solo le gritó —: ¡ Adelante, zoquete! No me importa lo que huelas. ¡ No hay tiempo para que te muestres melindroso!

Solo empujó al renuente wookie hacia el minúsculo boquete y contribuyó a acomodar la voluminosa forma. El coreliano le siguió en cuanto desapareció. Luke disparó una última ráfaga, más con la esperanza de levantar humo como cobertura que de acertar en algún blanco, se deslizó por el vertedero y desapareció.

Como no deseaban sufrir más pérdidas en un espacio tan limitado, los soldados perseguidores se detuvieron momentáneamente para aguardar la llegada de refuerzos y de armas más pesadas. Además, habían acorralado a la presa y, a pesar de su empeño, ninguno deseaba morir inútilmente.

La cámara donde Luke cayó estaba débilmente iluminada. Pero no necesitaba luz para distinguir su contenido. Olió la putrefacción antes de caer en ella. Sin ningún adorno, salvo las luces ocultas, el depósito de basura estaba, como mínimo, lleno en su cuarta parte de unas inmundicias babosas, la mayoría de las cuales ya habían alcanzado un estado de descomposición que obligó a Luke a fruncir la nariz.

Solo tropezaba en un costado del lugar, resbalaba y se hundía hasta las rodillas en el suelo inseguro en su intento por localizar una salida. Todo lo que encontró fue una escotilla pequeña y gruesa de la que tiró y a la que empujó para tratar de abrir. La tapa de la escotilla se negó a moverse.

—El vertedero de basura fue una idea maravillosa

— dijo irónicamente a la princesa y se secó el sudor de la frente—. ¡Qué aroma increíble acaba de descubrir! Por desgracia, no podemos salir de aquí cabalgando en un olor arrastrado por el aire, ni parece existir otra salida. A menos que logre abrir esta escotilla.

Retrocedió, esgrimió la pistola y disparó contra la tapa. La cerradura saltó volando a través del cuarto mientras todos intentaban protegerse en la basura.

Una última mirada y la cerradura estalló prácticamente encima de ellos.

Leia, que a cada instante que pasaba se mostraba menos majestuosa, fue la primera en abandonar el acre escondite.

—Aparte esa arma — dijo severamente a Solo — o nos matará a todos.

—Como su Alteza mande — murmuró Solo sarcásticamente servil. No hizo ademán de guardar el arma mientras echaba una mirada hacia el vertedero abierto en lo alto —. No tardarán mucho en averiguar qué nos ocurrió. Teníamos las cosas bastante bien controladas... hasta que usted nos condujo a este lugar.

—Seguro —replicó Leia mientras se quitaba basura del cabello y los hombros —. Oh, bueno, podría ser peor...

A modo de respuesta, un gemido penetrante y horrible recorrió el cuarto. Parecía provenir de algún punto existente debajo de ellos. Chewbacca lanzó un alarido aterrorizado e intentó aplastarse contra la pared.

Luke preparó la pistola y observó atentamente varios montículos de basura, pero no vio nada.

—¿Qué ocurre? —preguntó Solo.

—No estoy seguro. —Luke saltó súbitamente y miró debajo y detrás —. Creo que algo acaba de pasar a mi lado. Cuidado...

Luke desapareció con súbita rapidez en la basura.

—¡Ha cogido a Luke¡ —gritó la princesa—. ¡Lo sumergió!

Solo miró frenéticamente a su alrededor en busca de algo contra lo cual disparar.

Luke resurgió con la misma rapidez con que se había desvanecido... al igual que una parte de otra cosa.

Un grueso tentáculo blancuzco se enroscaba apretadamente en su garganta.

—¡Dispárale! ¡Mátalo! —gritó Luke.

—¡Que le dispare! Ni siquiera lo distingo... —protestó Solo.

Luke fue absorbido una vez más por aquello a lo que estaba unido ese horroroso apéndice. Solo observó desalentado la superficie multicolor.

Se oyó un lejano retumbar de maquinaria pesada y dos paredes paralelas de la cámara avanzaron varios centímetros hacia adentro. El estruendo cesó y volvió a reinar el silencio. Luke apareció inesperadamente cerca de Solo, escarbó para salir del sofocante enredo y se frotó el verdugón del cuello.

—¿Qué ocurrió con eso? —preguntó Leia mientras miraba cautelosamente la basura inmóvil.

Luke parecía auténticamente desconcertado.

—No lo sé. Me tenía... y después quedé libre. Me soltó y desapareció. Tal vez mi olor no le parecía lo bastante penetrante.

—Todo esto me parece muy sospechoso — murmuró Solo.

El estruendo lejano volvió a llenar el lugar; las paredes iniciaron nuevamente su marcha hacia adentro.

Pero esta vez ni el sonido ni el movimiento mostraban indicios de detenerse.

—¡No sigáis mirándoos con la boca abierta! — les apremió la princesa—. Preparaos para resistir con algo.

Ni siquiera con los postes gruesos y las vigas metálicas que Chewbacca logró llevar pudieron reducir el avance de las paredes. Parecía que cuanto más resistente era el objeto que colocaban contra las paredes, mayor era la facilidad con que quedaba anulado.

Luke extrajo el enlace de comunicaciones y simultáneamente intentó hablar y sugestionar a las paredes para que retrocedieran.

—¡Threepio... ven, Threepio! —Hizo una pausa coherente en la que no obtuvo respuesta, por lo cual miró preocupado a sus compañeros —. No sé por qué no responde —volvió a intentarlo—: See Threepio, ven. ¿Estás captando?

—See Threepio — siguió llamando la voz apagada—, ven, See Threepio.

Era la voz de Luke y surgía suavemente en medio de zumbidos del pequeño enlace de comunicaciones de mano apoyado en el desierto pupitre de la computadora. Excepto aquel intermitente ruego, la oficina del puente de señales estaba silenciosa.

Una tremebunda explosión ahogó las apagadas súplicas. Voló de cuajo la puerta de la oficina y despidió fragmentos de metal en todas direcciones. Varios de éstos golpearon el enlace de comunicaciones, lo arrojaron al suelo e interrumpieron la voz de Luke en mitad de la transmisión.

Con posterioridad al cataclismo menor, cuatro soldados armados y pertrechados atravesaron la puerta volada. Una primera ojeada les demostró que la oficina estaba desierta... hasta que oyeron una voz suave y asustada que provenía de uno de los altos armarios cercanos al fondo del cuarto.

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Déjennos salir!

Varios soldados se agacharon para revisar los cuerpos inmóviles del oficial del puente de señales y de su ayudante mientras otros abrían el armario parlante.

Dos robots, uno alto y humanoide y el otro puramente mecánico y de tres patas, salieron del interior. El más alto parecía desequilibrado a causa del temor.

—¡ Son locos, lo juro, locos! — señaló apremiante la puerta —. Creo que hablaron de dirigirse al nivel de la cárcel. Acaban de salir. Si se apresuran, tal vez los alcancen. ¡Por allí, por allí!

Dos de los soldados que estaban dentro se unieron a los que esperaban en el pasillo y desaparecieron corriendo. De este modo, únicamente quedaron dos guardias para vigilar la oficina. Ignoraron totalmente a los robots mientras discutían qué había ocurrido.

—Esta agitación ha sobrecargado el circuito de mi compañero —explicó Threepio con sumo cuidado—.

Si no les molesta, me gustaría llevarlo a Mantenimiento.

—Humm. — Uno de los guardias levantó la mirada con indiferencia y respondió afirmativamente al robot.

Threepio y Artoo atravesaron a toda velocidad la puerta, sin mirar hacia atrás. Mientras salían, el guardia pensó que el más alto de los dos androides era de una clase que nunca había visto. Se encogió de hombros: no era sorprendente en una estación de tanta envergadura.

—Estuvimos demasiado cerca —murmuró Threepio mientras se escabullían por un pasillo vacío—.

Tendremos que encontrar otro panel con control de información y enchufarlo, o todo está perdido.

La cámara de basura se redujo sin piedad y las paredes metálicas que encajaban perfectamente se acercaron con impasible precisión. Los trozos de basura más grandes interpretaron un concierto de chasquidos y estallidos que aumentó hasta un último crescendo estremecedor.

Chewbacca gemía lastimosamente mientras luchaba con todas sus increíbles fuerzas y su peso para contener una de las paredes, semejante a un Tántalo hirsuto que se acerca a su última cumbre.

—Hay algo indudable — opinó Solo con tristeza —.

Todos seremos mucho más delgados. Éste podría ser un método popular de adelgazamiento. El único problema es la permanencia.

Luke se detuvo para respirar y sacudió furioso el impotente enlace de comunicaciones.

—¿Qué habrá ocurrido con Threepio?

—Volvamos a intentar abrir la escotilla — propuso

Leia—. Es nuestra única esperanza.

Solo se protegió los ojos y le hizo caso. El ineficaz rayo retumbó burlonamente en la cámara cada vez más estrecha.

La bahía de servicio estaba desocupada y, evidentemente, todos se habían sentido atraídos por la conmoción ocurrida en otra parte. Después de un cauto estudio de la estancia, Threepio indicó a Artoo que le siguiera. Juntos revisaron a toda prisa los múltiples paneles de servicio. Artoo lanzó un bip y Threepio volvió a su lado. Aguardó impaciente mientras la unidad más pequeña introducía cuidadosamente el brazo receptivo en el encaje.

Una ráfaga electrónica superrápida surgió indisciplinadamente del androide pequeño. Threepio se movió con cautela.

—¡Espera un momento! ¡No corras tanto! —Los sonidos se convirtieron en una conversación —. Así es mejor. ¿Dónde están? ¡Oh, no! ¡Saldrán de allí convertidos en líquido!

A los ocupantes atrapados en el vertedero de basura les quedaba menos de un metro de vida. Leia y

Solo se habían visto obligados a girar de perfil y estaban frente a frente. La altanería desapareció por primera vez del rostro de la princesa. Se estiró, cogió la mano de Solo y la estrechó convulsivamente mientras sentía el primer contacto con las paredes que se cerraban.

Luke había caído, se encontraba de costado y luchaba por mantener la cabeza encima del cieno creciente. Estuvo a punto de ahogarse con un bocado de aguas de albañal comprimidas cuando el enlace de comunicaciones comenzó a zumbar llamando su atención.

—¡ Threepio ¡

—Señor, ¿está usted allí? —replicó el androide—.

Tuvimos algunos problemitas... no me creerá si...

—¡Cállate, Threepio! —gritó Luke a la unidad—.

Y cierra todas las unidades de desperdicios del nivel de detención o del inmediatamente inferior. ¿Lo captas? Cierra las unidades de desperdicios...

Unos instantes después, Threepio se agarró la cabeza, en señal de dolor, cuando a través del enlace de comunicaciones escuchó unos chillidos y unos gritos terribles.

—¡No, ciérralo todo!imploró a Artoo—. ¡Date prisa! ¡Oh, escúchalos... Artoo, se están muriendo!

Maldigo mi cuerpo de metal. No fui lo suficientemente rápido. La culpa es mía. Mi pobre dueño... todos ellos... ¡No, no, rao!

Pero los gritos y los chillidos continuaron mucho después de lo que parecía un intervalo razonable. A decir verdad, eran exclamaciones de alivio. Las paredes de la cámara habían cambiado automáticamente en dirección con el cierre de Artoo y volvían a separarse.

—¡ Artoo, Threepio! —chilló Luke a través del enlace de comunicaciones —. ¡Todo marcha bien! ¡ Estamos todos bien! ¿Me lees? Estamos perfectamente... lo hicisteis a las mil maravillas.

Mientras se quitaba con repugnancia los restos de basura, se acercó tan rápido como pudo a la tapa de la escotilla. Se agachó, separó los detritos acumulados y se fijó en el número apuntado.

—Abre la escotilla de mantenimiento de la presión déla unidad 366-117.891.

—Sí, señor — le llegó la respuesta de Threepio.

Tal vez fueron éstas las palabras más estimulantes que Luke oyó en su vida.


X

La trinchera de servicio parecía tener cientos de kilómetros de profundidad y estaba bordeada por cables de fluido y conductos de circuitos que surgían de las profundidades y se confundían con los cielos. El estrecho andén, que recorría un costado, parecía un hilo almidonado y pegado a un océano centelleante.

Apenas tenía el ancho suficiente para que lo atravesara un hombre.

Un hombre se abrió paso a lo largo de ese traicionero pasadizo con la mirada fija en algo que tenía delante, en lugar de atender al horroroso abismo metálico que se abría a sus pies. Los sonidos chasqueantes de los enormes aparatos de cambio resonaban como leviatanes cautivos en el enorme espacio abierto, incansable y perennemente insomnes.

Dos gruesos cables se unían tras un armario superpuesto. Estaba cerrado con llave, pero tras una cuidadosa inspección de los costados, la parte superior y la inferior, Ben Kenobi comprimió de un modo particular la tapa del pupitre y la hizo saltar. Detrás apareció la terminal parpadeante de una computadora.

Realizó varios ajustes en la terminal con el mismo cuidado. Vio recompensadas sus acciones cuando las luces de varios indicadores del tablero viraron del rojo al azul.

Sin. advertencia previa, una puerta secundaria se abrió a sus espaldas. El anciano cerró apresuradamente la tapa del armario y se internó en las sombras. En el portal apareció un destacamento de soldados y un oficial avanzó hasta situarse a un par de metros de la figura inmóvil y escondida.

—Vigilen esta zona hasta que termine el estado de alerta.

Cuando comenzaron a dispersarse, Kenobi se fundió en la oscuridad.

Chewbacca gruñó, bufó y apenas logró hacer pasar su grueso torso por la abertura de la escotilla, a pesar de la ayuda de Luke y de Solo. Una vez logrado, Luke giró para examinar el lugar donde se encontraba. El suelo del corredor al que habían salido-estaba cubierto de polvo. Daba la impresión de no haber sido utilizado desde la construcción de la estación. Probablemente, se trataba de un pasillo de acceso para reparaciones. No tenía idea de dónde se encontraban.

Algo golpeó la pared tras ellos con un sonido imponente y Luke gritó a todos que tuvieran cuidado, mientras un miembro largo y gelatinoso se abría paso por la escotilla y manoteaba esperanzado en el corredor abierto. Solo le apuntó mientras Leia intentaba deslizarse junto al semiparalizado Chewbacca.

—Apartad de mi camino a esta enorme y peluda alfombra caminante. —Repentinamente Leia comprendió qué pensaba hacer Solo—. ¡No, espera! ¡Lo oirán!

Solo no le hizo caso y disparó contra la escotilla.

El rayo de energía se vio recompensado por un rugido distante cuando un alud de pared y de vigas debilitadas enterró a la criatura en la cámara, más allá.

Ampliados por el estrecho corredor, los sonidos seguían retumbando y rebotando varios minutos más tarde. Luke meneó la cabeza disgustado y comprendió que alguien como Solo, que hablaba por boca de un arma, tal vez no siempre actuara con sensatez. Hasta ese momento había sentido admiración por el coreliano. Pero el gesto insensato de disparar contra la escotilla le situaba, opinaba Luke por primera vez, a su mismo nivel.

Sin embargo, las acciones de la princesa fueron más sorprendentes que las de Solo.

—Escucha — comenzó a decir mientras le miraba atentamente —. No sé de dónde vienes, pero te estoy agradecida. — Casi como si tuviera que pensarlo mejor, miró a Luke y agregó—: A los dos. —Volvió a ocuparse de Solo—: Pero de ahora en adelante haz lo que yo te diga.

Solo la miró boquiabierto. Esta vez no apareció la sonrisa presuntuosa.

—Su Santidad, escucha — logró tartamudear finalmente—. Aclaremos algo. Únicamente recibo órdenes de una persona: de mí mismo.

—Es asombroso que todavía estés vivo — replicó

Leia afablemente. Echó un rápido vistazo al corredor y avanzó decididamente en dirección contraria.

Solo miró a Luke, empezó a decir algo, titubeó y por último meneó lentamente la cabeza.

—Ninguna recompensa justifica esto. No creo que en el universo existan créditos suficientes que paguen el tener que aguantarla... ¡Eh, deténgase!

Leia había seguido una curva del corredor y ellos corrieron a toda velocidad para alcanzarla.

La media docena de soldados que se apiñaban en la entrada de la trinchera de energía estaban más interesados en discutir los extraños disturbios del bloque de detención que en prestar atención al aburrido deber que habían de cumplir. Estaban tan concentrados en especular sobre las causas del revuelo que no repararon en el fantasma que se movía detrás de ellos.

Éste avanzaba de sombra en sombra como un hurón que acecha por la noche, permanecía inmóvil cuando uno de los soldados parecía girar ligeramente en su dirección y continuaba avanzando como si caminara por el aire.

Varios minutos después, uno de los soldados se agitó dentro de la coraza y giró hacia donde creyó percibir un movimiento, cerca de la abertura del pasillo principal. Kenobi, andando espectralmente, sólo había dejado a sus espaldas algo indefinible. Muy incómodo pero comprensiblemente renuente a confesar sus alucinaciones, el soldado volvió a participar en la conversación más prosaica de sus compañeros.

Finalmente, alguien descubrió a los dos guardias inconscientes, maniatados en los armarios de servicio, a bordo del carguero capturado. Ambos continuaban en estado de coma a pesar de todos los intentos por revivirlos.

Bajo la dirección de varios oficiales que discutían, los soldados bajaron a sus dos compañeros sin armadura por la rampa y se dirigieron hacia la bahía más próxima al hospital. Al hacerlo pasaron junto a dos formas ocultas en un pequeño hueco de servicio abierto. Threepio y Artoo pasaron inadvertidos, a pesar de que estaban muy próximos al hangar.

En cuanto las tropas se marcharon, Artoo terminó de quitar la tapa de un encaje y metió a toda prisa su brazo sensor en la abertura. Las luces iniciaron un parpadeo salvaje en su rostro y el humo empezó a surgir de varias junturas del androide antes de que el frenético Threepio lograra liberar el brazo.

El humo desapareció inmediatamente y el parpadeo arbitrario recuperó la normalidad. Artoo emitió algunos bips lánguidos y logró transmitir la impresión de un humano que espera un vaso de vino suave, e inconscientemente bebe varios tragos de una bebida de noventa grados.

—Bueno, la próxima vez fíjate dónde metes tus sensores — reprendió Threepio a su compañero —.

Podrías haber destrozado tu interior. —Observó el encaje—. Estúpido, ésa no es una terminal de información sino una salida de energía.

Artoo silbó una pesarosa disculpa. Buscaron juntos el encaje adecuado.

Luke, Solo, Chewbacca y la princesa llegaron al final del pasillo vacío. Éste acababa ante una gran ventana que daba al hangar, por lo que tuvieron una visión total y atormentadora del carguero posado exactamente debajo.

Luke cogió el enlace de comunicaciones, miró a su alrededor con creciente nerviosismo y habló por el fonocaptor :

—See Threepio... ¿puedes leer?

Hubo una pausa anhelante y después oyó:

—Lo leo, señor. Tuvimos que abandonar la región cercana a la oficina.

—¿Estáis bien?

—Por el momento, sí, aunque no soy optimista respecto a mi vejez. Estamos en el hangar principal, frente a la nave.

Sorprendido, Luke miró hacia la ventana de la bahía.

—No puedo veros al otro lado de la bahía... Creo que estamos exactamente encima de vosotros. Manteneos alerta. Iremos a vuestro encuentro en cuanto podamos. —Desconectó el aparato y de pronto sonrió, al recordar la referencia de Threepio a su «vejez».

A veces, aquel androide era más humano que las personas.

—Me pregunto si el viejo logró anular el rayo tractor — murmuró Solo mientras observaba la escena de abajo. Alrededor de una docena de soldados entraban y salían del carguero —. Retornar a la nave será como volar a través de los cinco Anillos de Fuego de Fornax.

Leia Organa giró para clavar la vista, sorprendida, en la nave y en Solo.

—¿Viniste aquí en esa ruina? Eres más valiente de lo que suponía.

Halagado e insultado a la vez, Solo no supo cómo reaccionar. Decidió mirarla con mala cara mientras de nuevo avanzaban por el pasillo, con Chewbacca en la retaguardia.

Al llegar a un recodo, los tres humanos se detuvieron de repente. Lo mismo hicieron los veinte soldados imperiales que marchaban hacia ellos. Como reacción natural — es decir, sin pensar —, Solo esgrimió su pistola y atacó al pelotón, al tiempo que chillaba y aullaba a pleno pulmón en varios idiomas.

Sorprendidos por el ataque totalmente inesperado y convencidos erróneamente de que su atacante sabía lo que hacía, los soldados comenzaron a retroceder.

Varios disparos sin ton ni son de la pistola del coreliano desencadenaron el pánico total. Desbaratadas las filas y la compostura, los soldados se dispersaron y huyeron por el pasillo.

Embriagado por su proeza, Solo continuó la persecución y se volvió para gritar a Luke:

—Vuelve a la nave. ¡Yo me ocuparé de esto !

—¿Te has vuelto loco? —le preguntó Luke a los gritos—. ¿A dónde vas?

Pero Solo ya había doblado un lejano recodo del pasillo y no lo oyó, aunque eso no hubiera supuesto diferencia alguna.

Alterado por la desaparición de su compañero,

Chewbacca lanzó un atronador aullido de inquietud y salió en pos de él. Así, Luke y Leia quedaron solos en el corredor vacío.

—Tal vez fui demasiado severa con tu amigo — confesó ella de mala gana —. No cabe duda de que es valiente.

—¡No cabe duda de que es un idiota! —replicó

Luke, alterado y furioso —. No sé de qué nos servirá que lo asesinen. — Unas apagadas alarmas sonaron súbitamente en la bahía situada debajo y detrás de ellos —. Ya está — gruñó Luke malhumorado —. En marcha.

Iniciaron juntos la búsqueda de un camino hacia el nivel del piso-hangar inferior.

Solo siguió ocupado en la desordenada fuga de sus oponentes y corrió a toda velocidad por el largo pasilla, chillando y esgrimiendo la pistola. De vez en cuando lanzaba un disparo cuyo efecto era más valioso psicológica que tácticamente.

La mitad de los soldados ya se había desbandado por diversos pasillos abyacentes y corredores. Los diez soldados a los que siguió hostigando todavía corrían para alejarse de él y devolvían indiferentemente los disparos. Luego llegaron a un punto muerto que los obligó a girar y enfrentarse a sus adversarios.

Al ver que los diez se detenían, Solo también frenó. Gradualmente, se detuvo. Coreliano e imperiales se estudiaron en silencio. Varios soldados miraban fijamente, no a Han, sino más allá de él.

Repentinamente, Solo pensó que se encontraba muy desamparado y la misma idea comenzaba a introducirse en la mente de los guardias que mantenía a raya. El desconcierto se convirtió rápidamente en furia. Esgrimieron los rifles y las pistolas. Solo retrocedio un paso, hizo un disparo, giró y salió corriendo.

Chewbacca oyó el silbido y el recrudecimiento de los disparos de las armas de energía mientras avanzaba pesadamente por el corredor. Pero había algo extraño : sonaban como si se acercaran en lugar de alejarse.

Pensaba qué hacer cuando Solo apareció en una curva y estuvo a punto de derribarle. Al ver a los diez soldados perseguidores, el wookie decidió guardarse las preguntas para un momento menos inoportuno.

Giró y siguió a Solo pasillo arriba.

Luke asió a la princesa y la empujó hacia un hueco. Ella, enfurecida, estaba a punto de echarle en cara su falta de delicadeza, cuando el sonido de pies que marchaban le obligó a encogerse en la oscuridad junto a él.

Un pelotón de soldados pasó a toda prisa en respuesta a las señales de alarma que seguían sonando constantemente. Luke atisbo las espaldas que se alejaban e intentó recobrar el aliento.

—La única posibilidad de llegar a la nave está al otro lado del hangar. Ya están sobre aviso de que hay alguien aquí.

Avanzó por el pasillo e hizo señas a Leia de que le siguiera.

En el extremo del pasillo aparecieron dos guardias, se detuvieron y los señalaron. Luke y Leia giraron y comenzaron a desandar el camino que habían recorrido. Un pelotón considerable de soldados rodeó el recodo lejano y se acercó corriendo a ellos.

Bloqueados por delante y por detrás, buscaron frenéticamente otra salida. Leia divisó el estrecho pasillo adyacente y lo señaló.

Luke disparó contra el perseguidor más próximo y se unió a ella en la carrera por el angosto pasillo. Parecia un corredor secundario de servicio. A sus espaldas, los pasos de los perseguidores resonaban ensordecedoramente en el cerrado espacio. Pero, al menos, reducía al mínimo la cantidad de disparos que los soldados podían efectuarles.

En frente apareció una gruesa escotilla. La iluminación trasera se atenuó, lo que dio nuevas esperanzas a Luke. Si lograban cerrar la escotilla durante unos momentos y desaparecer tras ella, tal vez tuvieran la posibilidad de librarse de sus perseguidores que casi ya les daban alcance.

Pero la escotilla permaneció abierta, sin dar muestras de cerrarse automáticamente. Luke estaba a punto de lanzar un grito de triunfo cuando súbitamente el suelo desapareció ante él. Con los dedos de los pies apoyados en la nada, no logró recuperar el equilibrio, aunque pudo hacerlo un instante antes de pasar el límite del pasadizo replegado mientras la princesa le sujetaba desde dentro.

El pasadizo se había convertido en una prolongación que daba al vacío. Una brisa fresca acarició el rostro de Luke mientras estudiaba las paredes que se alzaban hasta alturas ocultas y se hundían hasta profundidades inescrutables. El pozo de servicio se utilizaba para hacer circular y regenerar la atmósfera de la estación.

En ese instante, Luke estaba demasiado asustado y precupado para enojarse con la princesa, que había estado a punto de hacerles trascender a ambos el límite. Además, otros peligros llamaban su atención. Una ráfaga de energía estalló sobre sus cabezas y despidió astillas de metal.

—Creo que giramos incorrectamente —murmuró mientras disparaba a los soldados que avanzaban e iluminaban con sus armas destructoras el estrecho corredor situado a sus espaldas.

Al otro lado del abismo, había una escotilla abierta, es decir que podía estar a un año luz de distancia.

Leia tanteó alrededor del dintel, localizó una palanca y la accionó rápidamente. La puerta de la escotilla situada detrás de ellos se cerró con un estruendo ensordecedor. Esto al menos anulaba los disparos de los soldados que se aproximaban rápidamente. Además, dejaba precariamente equilibrados a los dos fugitivos en un pequeño saliente de pasadizo de poco más de un metro cuadrado. Si la sección restante se metía inesperadamente en la pared, verían el interior de la estación de combate más de lo que deseaban.

Luke indicó a la princesa que se alejara tanto como le fuera posible, se protegió los ojos y apuntó a los mandos de la escotilla. Una breve ráfaga de energía los fundió con la pared, asegurando con ello que nadie podría abrirla fácilmente desde el otro lado. Después

Luke se concentró en la enorme cavidad que les bloqueaba el camino hasta la puerta opuesta. Ésta los llamaba, tentadora: un reducido rectángulo amarillo de libertad.

Sólo se oyó el suave roce del aire hasta que Luke comentó:

—Aunque es una puerta considerada como escudo, no los repelerá durante mucho tiempo.

—Tenemos que cruzar — coincidió Leia y volvió a examinar el metal que rodeaba la puerta cerrada—.

Busquemos los mandos para extender el puente.

La búsqueda desesperada no dio ningún resultado en tanto unos golpes y unos siseos de mal agüero sonaban al otro lado de la inmóvil puerta. En el centro del metal apareció un pequeño punto blanco que comenzó a extenderse y a expedir humo.

—¡Están pasando ! — gimió Luke.

La princesa giró cuidadosamente para observar la brecha.

—Debe de ser un puente de una sola unidad, con los mandos al otro lado.

Luke se estiró hasta el extremo del panel que contenía los inalcanzables mandos y su mano se enganchó en algo que tenía a la altura de la cintura. Una frustrada mirada hacia abajo reveló la causa... y provocó en él una ligera y realista locura.

El cable apretadamente enroscado era delgado y de aspecto frágil, pero se trataba de un artículo de uso militar generalizado y habría soportado sin dificultad el peso de Chewbacca. Indudablemente, resistiría su peso y el de Leia. Desarrolló el cable de lo que lo mantenía enganchado, calculó la longitud y la comparó con el ancho del abismo. Con él podrían cubrir más que de sobra la distancia.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó con curiosidad la princesa.

Luke no respondió. Sacó del cinturón utilitario de su armadura una unidad energética pequeña pero pesada y la ató a una punta del cable. Se cercioró de que el nudo era seguro y se asomó tanto como se atrevía al borde del inseguro sitio en que se encontraba.

Trazó círculos crecientes con el extremo pesado del cable y lo lanzó a través del abismo; el cable chocó contra un saliente de conductos cilindricos situados al otro lado y cayó. Luke lo recuperó con forzada paciencia y volvió a arrollarlo para intentarlo de nuevo.

El extremo pesado trazó círculos cada vez mayores y Luke volvió a lanzar el cable a través del abismo. Mientras lo soltaba, sintió a sus espaldas el calor creciente, el calor del umbral de metal que se derretía,

Esta vez, el extremo pesado traspasó de nuevo un saliente de tuberías, se deslizó con la pila hacia abajo y se enganchó en una grieta. Luke retrocedió, tiró y retorció el cable y lo apretó a la vez que intentaba apoyar todo su peso en él. El cable no dio muestras de romperse.

Pasó varias veces el cable alrededor de su cintura y de su brazo derecho, se estiró y acercó a la princesa con el izquierdo. Ahora, la puerta de la escotilla situada detrás de ellos era una derretida masa blanca y el metal líquido manaba incesantemente de sus bordes.

Algo cálido y placentero acarició los labios de Luke y alertó todos los nervios de su cuerpo. Miró sorprendido a la princesa, con la boca todavía cosquilleante a causa del beso.

—Para que tengamos suerte —murmuró ella con una leve sonrisa y casi incómoda mientras le abrazaba —. La suerte tendrá que ayudarnos.

Luke asió el delgado cable con toda la fuerza de su mano izquierda, pasó la derecha por encima, respiró profundamente y saltó al vacío. Si había calculado erróneamente el grado del arco de balanceo, no llegaría a la escotilla abierta y chocarían contra la pared metálica de cualquiera de ambos lados o contra el suelo. Si eso ocurría suponía que el cable lograría sujetarlos.

El salto que paralizaba el corazón se realizó en menos tiempo del que suponía. Un instante después, Luke estaba del otro lado, arrastrándose de rodillas para cerciorarse de que no caían en el pozo. Leia le soltó con admirable precisión. Se lanzó hacia adelante, atravesó la escotilla abierta y se puso ágilmente de pie mientras Luke intentaba deshacerse del cable.

Un gemido lejano se convirtió en un ruidoso siseo y más tarde en un gruñido, cuando la puerta de la escotilla contigua cedió, cayó hacia adentro y se hundió en las profundidades. Luke no oyó si chocó contra el fondo.

Algunos rayos golpearon la pared cercana. Luke dirigió su arma hacia los fracasados soldados y devolvió los disparos mientras Leia le empujaba hacia el pasillo.

En cuanto abandonaron la puerta, Luke accionó la palanca activadora. Ésta se cerró herméticamente tras ellos. Contarían al menos con varios minutos sin tener que preocuparse de que les dispararan por la espalda.

Por otro lado, Luke no tenía la menor idea de dónde estaban y comenzó a preguntarse qué habría ocurrido con Han y Chewbacca.

Solo y su compañero wookie habían logrado librarse de una parte de los perseguidores. Pero parecía que cada vez que se quitaban de encima algunos soldados, aparecían otros que ocupaban su lugar. Ya no cabía duda: habían dado la alarma sobre ellos.

Adelante habían comenzado a cerrarse una serie de puertas protectoras.

—¡ Date prisa, Chewie! — le apremió Solo.

Chewbacca gruñó, a la vez que respiraba como un motor demasiado usado. A pesar de su fuerza inagotable, el wookie no estaba preparado para saltos de larga distancia. Pero gracias a su enorme zancada, había logrado seguir el paso del ágil coreliano. Chewbacca dejó un par de pelos en una de las puertas, pero ambos pasaron antes de que las cinco capas se cerraran herméticamente.

—Esto los contendrá durante un rato —se jactó

Solo encantado.

El wookie le dijo algo por medio de gruñidos, pero su compañero resplandecía de confianza.

—Claro que puedo encontrar la nave desde aquí... los corelianos nunca se pierden. — Se oyó otro gruñido, esta vez ligeramente acusador. Solo se encogió de hombros—. Tocneppil no cuenta, no era corealiano.

Además, yo estaba borracho.

Ben Kenobi se hundió entre las sombras de un estrecho pasillo y pareció formar parte del metal mientras un numeroso grupo de soldados pasaba velozmente a su lado. Se detuvo para cerciorarse de que todos habían desaparecido y revisó el pasillo antes de decidirse a avanzar por él. Pero no logró distinguir la oscura silueta que eclipsaba la luz, mucho más atrás.

Kenobi había evitado patrulla tras patrulla y había caminado lentamente de regreso hacia la bahía de atraque donde estaba el carguero. Otras dos vueltas y llegaría al hangar. Lo que haría después estaría determinado por lo poco llamativo de su cometido.

La gran actividad que había observado mientras regresaba desde la trinchera de energía le llevó a sospechar que el joven Luke, el corealiano aventurero y su compañero, y los dos robots, se habían ocupado de algo más que de una tranquila siesta. ¡Sin duda alguna, todas esas tropas no habían salido a perseguirle únicamente a él!

Había algo más que los perturbaba, a juzgar por las referencias que había oído casualmente respecto a una prisionera importante que acababa de fugarse.

Este descubrimiento le desconcertó hasta que pensó en la naturaleza inquieta, tanto de Luke como de Han

Solo. No tuvo ninguna duda de que de algún modo estaban implicados.

Ben percibió algo en línea recta, hacia adelante, y aminoró la marcha cautelosamente. Eso tenía una textura sumamente conocida, un olor mental a medias recordado, que no lograba identificar.

Después la figura se situó delante de él y le cerró la entrada al hangar, que se encontraba a menos de cinco metros. El contomo y el tamaño de la figura completaron momentáneamente el acertijo. La madudez de la mente que había percibido fue lo que le confundió ligeramente. Su mano se acercó naturalmente a la empuñadura del sable desactivado.

—Esperé mucho timepo, Obi-wan Kenobi —entonó solemnemente Darth Vader—. Al fin volvemos a encontrarnos. Se ha cerrado el círculo.

Kenobi percibió cierta satisfacción tras la horripilante máscara.

—La presencia que antes percibí sólo podía ser la suya — agregó Darth Vader.

Kenobi estudió la amplia forma que impedía su retirada y asintió lentamente. Parecía más intrigado que impresionado.

—Todavía tienes mucho que aprender.

—Antaño fue usted mi maestro —reconoció Vader— y aprendí muchas cosas de usted. Pero el tiempo del aprendizaje ha pasado hace mucho y ahora yo soy el amo.

La lógica, que había sido el eslabón que faltaba en su brillante discípulo, seguía ausente. Kenobi comprendió que no era momento de razonar. Activó el sable y adoptó la posición del guerrero preparado, en un movimiento logrado con la facilidad y la elegancia de un bailarín.

Vader le imitó bastante toscamente. Transcurrieron varios minutos de inmovilidad mientras los dos hombres se observaban, como aguardando una señal aún no pronunciada.

Kenobi parpadeó una vez, meneó la cabeza e intentó aclarar su visión, ya que los ojos se le habían llenado de lágrimas. El sudor formó gotas en su frente y volvió a parpadear.

—Sus poderes son débiles — declaró Vader sin emoción—. Viejo, jamás debía haber regresado. Así, su final será menos pacífico de lo que pudo desear.

—Darth, tú sólo percibes una parte de la fuerza

— murmuró Kenobi con la seguridad de alguien para quien la muerte sólo es otra sensación, como dormir, hacer el amor o tocar la llama de una vela —. Como de costumbre, sólo percibes su realidad del mismo modo que los cubiertos perciben el sabor de la comida.

Kenobi realizó un movimiento de increíble agilidad para alguien tan anciano y arremetió contra la imponente forma. Vader paró el sablazo con la misma velocidad y replicó con un contragolpe que Kenobi apenas esquivó. Una nueva arremetida y Kenobi replicó, aprovechando la oportunidad para rodear al imponente

Oscuro Señor.

Siguieron intercambiándose golpes y el anciano retrocedía hacia el hangar. En un momento dado, su sable y el de Vader se entrelazaron y la interacción de los dos campos de energía produjo chispas y relámpagos violentos. De las esforzadas unidades de poder surgió un sonido suave y zumbante mientras cada uno de los sables intentaba anular al otro.

Threepio observó la entrada de la bahía de atraque y contó preocupado el número de soldados que se arremolinaban en torno al desierto carguero.

—¿Dónde estarán? ¡Ah, ah!

Se agachó en el mismo instante en que uno de los guardias miraba en dirección a él. De una segunda comprobación, más cautelosa, obtuvo mejores resultados. Mostró a Han Solo y a Chewbacca pegados a la pared de otro túnel, en el lado más alejado de la bahía.

Solo también quedó anonadado ante el gran número de guardias. Murmuró:

—¿Acaso no acabamos de despedirnos de este grupo?

Chewbacca gruñó y ambos giraron. Se relajaron y bajaron las armas al ver a Luke y a la princesa.

—¿Qué os retuvo? —preguntó Solo sin humor.

—Nos encontramos... —explicó Leia jadeante— con unos viejos amigos.

Luke tenia la mirada fija en el carguero.

—¿Está bien la nave?

—Parece perfecta — respondió Solo —. No tiene aspecto de que le hayan quitado algo ni de que se hayan metido con los motores. El problema será llegar hasta ella.

Súbitamente, Leia señaló uno de los túneles opuestos.

—¡Mirad!

Iluminados por el resplandor de los campos de energía en contacto, Ben Kenobi y Darth Vader retrocedían hacia la bahía. La pelea no sólo llamó la atención de la senadora sino también la de otras personas.

Todos los guardias se acercaron para presenciar con más nitidez el conflicto olímpico.

—Ésta es nuestra oportunidad — observó Solo, y comenzó a avanzar.

Los siete soldados que vigilaban la nave se desbandaron y corrieron hacia los combatientes con el fin de ayudar al Oscuro Señor. Threepio apenas logró agacharse cuando pasaron a su lado. Volvió a meterse en el hueco y gritó a su compañero:

—Desenchúfate, Artoo. Nos marchamos.

En cuanto la unidad Artoo quitó su brazo sensor del encaje, los dos androides comenzaron a bordear lentamente la bahía abierta.

Kenobi oyó la conmoción próxima y dedicó una mirada al hangar. El pelotón de soldados que se lanzaba hacia él le bastó para comprender que estaba atrapado.

Vader aprovechó inmediatamente aquella momentánea distracción para girar el sable y bajarlo. Kenobi logró desviar el golpe arollador al mismo tiempo que trazaba un círculo completo.

—Todavía tiene habilidad, pero su poder disminuye. Prepárese para recibir la fuerza, Obi-wan.

Kenobi evaluó la distancia cada vez menor entre las tropas y su persona y después dirigió una mirada compasiva a Vader.

—Ésta es una lucha que no puedes ganar, Darth.

Tu poder ha madurado desde que te enseñé, pero yo también he madurado mucho desde nuestra separación. Si mi hoja encuentra su marca, dejarás de existir. Pero si tú me atraviesas, sólo me convertiré en más poderoso. Presta atención a mis palabras.

—Viejo, su doctrina ya no me confunde — aseguró

Vader desdeñosamente —. Ahora yo soy el amo.

Volvió a arremeter, hizo una finta y después trazó un arco descendente y mortal con el sable. Dio en el blanco, y cortó limpiamente en dos al anciano. Se produjo un breve relámpago mientras el manto de Kenobi revoloteaba hasta el suelo en dos trozos simétricos.

Pero Ben Kenobi no estaba dentro. Vader, que sospechaba algún truco, atizó con el sable los fragmentos vacíos del manto. Ni señales del anciano: había desaparecido como si jamás hubiese existido.

Los guardias aminoraron la marcha y se reunieron con Vader para examinar el sitio donde Kenobi había estado segundos antes. Varios murmuraron y ni siquiera la imponente presencia del Lord del Sith evitó que algunos de ellos se sintieran atemorizados.

En cuanto los guardias giraron y se lanzaron hacia el lejano túnel. Solo y los demás se dirigieron hacia la astronave... hasta que Luke vio a Kenobi partido en dos. Cambió instantáneamente de dirección y avanzó hacia los guardias.

—¡ Ben ! — gritó y disparó salvajemente contra las tropas.

Solo lanzó una maldición, pero también disparó para apoyar a Luke.

Uno de los rayos de energía alcanzó el mecanismo de seguridad de la puerta de presión del túnel. La alarma se liberó y la pesada puerta estalló hacia abajo.

Tanto los guardias como Vader se alejaron de un salto, los guardias hacia la bahía y Vader en dirección contraria a la puerta.

Solo había girado y avanzado hacia la entrada de la nave, pero se detuvo al ver que Luke se acercaba corriendo a los guardias.

—¡Es demasiado tarde! —le gritó Leia—. ¡Ya no hay nada que hacer!

—¡No! —Luke gritó y sollozó confusamente.

Una voz conocida pero distinta resonó en sus oídos: la voz de Ben. «¡Luke... escucha!», fue todo lo que oyó.

Azorado, Luke giró en busca de la fuente de esa advertencia. Únicamente vio que Leia le llamaba mientras seguía a Artoo y a Threepio rampa arriba.

—¡Vamos! ¡No hay tiempo que perder!

Vacilante, concentrado todavía en esa voz imaginada (¿era imaginada?), Luke, confuso, apuntó y derribó a varios soldados antes de desaparecer dentro del carguero.


XI

Embotado, Luke dio un traspiés contra la parte delantera de la nave. Apenas reparó en el sonido de los rayos de energía que estallaban en el exterior, demasiado débiles para atravesar los desviadores de la nave. Por el momento, su seguridad personal le tenía prácticamente sin cuidado. Contempló con ojos húmedos a Chewbacca y a Solo, que ajustaban los mandos.

—Espero que el viejo haya logrado anular el rayo tractor —afirmó el coreliano—. De otro modo será muy corto el paseo que daremos.

Luke no hizo caso, se dirigió a la zona central y se dejó caer en un asiento, con la cabeza entre las manos. Leia Organa le observó mudamente unos instantes y después se quitó la capa. Se acercó a él y la acomodó suavemente sobre sus hombros.

—Nada podías hacer — susurró con voz reconfortadora —. Todo acabó en un instante.

—No puedo creer que se haya ido — respondió

Luke, en un murmullo fantasmal —. No puedo.

Solo accionó una palanca y miró hacia adelante, nervioso. Pero la impresionante puerta de la bahía estaba diseñada para responder al acercamiento de cualquier nave. El mecanismo de seguridad contribuyó ahora a la huida mientras el carguero atravesaba rápidamente la puerta y salía al espacio libre.

—Nada — Solo suspiró y estudió profundamente satisfecho varias pantallas de lectura —. Ni siquiera un ergio de provocación. Indudablemente, él lo logró.

Chewbacca rugió algo y el piloto concentró su atención en una serie de indicadores.

—Tienes razón, Chewie. Había olvidado que existen otros modos de convencernos de que regresemos.

— Sus dientes relampaguearon en una mueca decidida—. Pero el único modo en que lograrán que volvamos a esa tumba viajera es en pedacitos. Toma el mando. — Giró y salió corriendo de la carlinga —. Ven conmigo — gritó a Luke al entrar en la sala central —.

Todavía no hemos salido de ésta.

Luke no respondió ni se movió y Leia miró enfurecida a Solo.

—Déjalo en paz. ¿No comprendes lo que el anciano significaba para él?

Una explosión sacudió la nave e hizo tambalear a

Solo.

—¿Y qué? El viejo se entregó para darnos la oportunidad de salir. Luke, ¿quieres desperdiciarla? ¿Quieres que la inmolación de Kenobi no sirva de nada?

Luke levantó la cabeza y observó con mirada vacía al coreliano. No, no tan vacía... En el fondo había algo demasiado viejo y desagradable que brillaba ciegamente. Se desprendió en silencio del manto y se reunió con Solo.

Solo le miró de manera tranquilizadora y señaló una entrada angosta. Luke miró en la dirección indicada, sonrió agriamente y se lanzó hacia ella mientras

Solo comenzaba a bajar por el pasillo opuesto.

Luke se encontró en una gran burbuja rotativa que sobresalía de un costado de la nave. De la cumbre del hemisferio transparente surgía un tubo alargado y de aspecto siniestro cuyo propósito resultó en seguida evidente. Luke se acomodó en el asiento e inició un estudio veloz de los mandos. Aquí el activador, más allá el dispositivo de fuego... Había disparado mil veces esas armas... en sus sueños.

En la parte delantera, Chewbacca y Leia observaban el moteado abismo exterior en busca de los cazas atacantes representados por aguijones en varias pantallas. Súbitamente, Chewbacca gruñó roncamente y accionó varios controles mientras Leia emitía un chillido.

—Se acercan.

El campo estelar giró alrededor de Luke cuando un caza Tie imperial se abalanzó sobre él y después viró en lo alto hasta desaparecer en la distancia. El piloto frunció el ceño dentro de la minúscula carlinga mientras el carguero supuestamente destartalado se situaba fuera de su alcance. Acomodó sus manos, se elevó y trazó un largo arco destinado a situarlo en un nuevo curso interceptador de la nave que huía.

Solo disparó contra otro caza y el piloto estuvo a punto de encasquillar el motor al intentar evitar los poderosos rayos de energía. Al hacerlo, su maniobra apresurada le obligó a bajar y dar un rodeo hasta el otro lado del carguero. Luke abrió fuego contra el velocísimo caza al tiempo que se cubría los ojos con la pantalla antirresplandor.

Chewbacca alternaba su atención entre los instrumentos y las pantallas de rastreo, mientras Leia intentaba distinguir las estrellas lejanas de los cazas.

Dos de ellos se lanzaron simultáneamente en picado sobre el carguero, que trazaba eses y espirales, e intentaron alinear sus armas con la nave inesperadamente flexible. Solo disparó contra los globos descendentes y Luke respondió con su arma un segundo después. Ambos cazas abrieron fuego sobre la astronave y desaparecieron.

—¡Se acercan a demasiada velocidad! —gritó Luke

Otro rayo enemigo golpeó al carguero y los desviadores apenas lograron apartarlo. La carlinga se sacudió violentamente y los indicadores gimieron, debido a la cantidad de energía que tenían que controlar y compensar.

Chewbacca le murmuró algo a Leia y ésta, casi como si comprendiera, replicó suavemente.

Otro caza lanzó una barrera de fuego contra el carguero, pero esta vez el rayo atravesó una pantalla sobrecargada y alcanzó realmente el costado de la nave.

Aunque parcialmente desviado, tuvo poder suficiente para volar un gran pupitre de control del pasillo principal y despidió una lluvia de chispas y humo en diferentes direcciones. Artoo Detoo avanzó impasible hacia el infierno en miniatura mientras la nave se sacudía locamente y arrojaba al menos estable Threepio contra un armario.

Una luz de alerta comenzó a parpadear llamando la atención en la carlinga. Chewbacca lanzó un murmullo a Leia, que le miró preocupada y deseó tener el pico de oro del wookie.

A continuación, un caza sobrevoló al dañado carguero, directamente delante de la mira de Luke. Luke le disparó mientras movía en silencio la boca. La nave, increíblemente pequeña y ágil, se colocó fuera de su alcance, pero al pasar por debajo, Solo la visualizó instantáneamente e inició un juego constante de persecución. Sin anuncio previo, el caza estalló en un rayo increíble de luz multicolor y arrojó a todo el cosmos un billón de trocitos de metal recalentado.

Solo giró e hizo a Luke un gesto victorioso, que éste devolvió alegremente. Luego ambos volvieron a ocuparse de sus armas mientras otro caza se lanzaba sobre el casco del carguero y disparaba contra su platillo transmisor.

En medio del pasillo principal, las enfurecidas llamas acosaban a una forma cilíndrica y achaparrada.

Un rocío blanco en forma de polvo salía de la cabeza de Artoo Detoo. Allí donde tocaba, el fuego retrocedía bruscamente.

Luke intentó relajarse y fundirse con el arma. Casi sin tener conciencia de ello, disparó contra el imperial en retirada. Cuando pestañeó, vio los fragmentos llameantes de la nave enemiga que formaban una bola de luz perfecta en la parte exterior de la torreta. Le había llegado el tumo de girar y transmitir al coreliano una sonrisa de triunfo.

En la carlinga. Leia prestaba atención a las distintas pantallas de lectura, al mismo tiempo que estudiaba el cielo en busca de nuevas naves. Habló por un micrófono abierto:

—Todavía hay dos afuera. Parece que hemos perdido los monitores laterales y el escudo desviador de estribor.

—No se procupe — contestó Solo, tan esperanzado como confiado —, la nave aguantará. — Miró suplicante las paredes —. ¿Me has oído, nave? ¡Aguanta! Chewie, intenta mantenerlos a babor. Si nosotros...

Se vio obligado a interrumpirse cuando un caza

Tie pareció surgir de la nada lanzando rayos de energía. Su nave compañera ascendió por el otro lado del carguero y Luke le disparó de manera constante, sin tener en cuenta la energía terriblemente poderosa que arrojaba contra él. En el último instante, antes de que quedara fuera de su alcance, modificó la dirección de la boca del arma y su dedo apretó de manera convulsiva el dispositivo de fuego. El caza imperial se convirtió en una nube de polvo fosforescente que se expandía con rapidez. Aparentemnte, el otro caza analizó los fragmentos retorcidos, dio media vuelta y se retiró a la máxima velocidad.

—¡Lo hemos logrado! —gritó Leia girando para dar al sorprendido wookie un inesperado abrazo.

Él le gruñó... con toda suavidad.

Darth Vader entró en la sala de mandos, donde el gobernador Tarkin se encontraba con la vista fija en la enorme pantalla, brillantemente iluminada, que mostraba un mar de estrellas. Pero en ese momento, no era la espectacular vista lo que dominaba los pensamientos del gobernador.

—¿Han escapado? —preguntó el Oscuro Señor.

—Acaban de llevar a cabo el salto al hiperespacio.

Sin duda alguna, en este mismo instante se felicitan por su osadía y por su éxito. — Tarkin giró para mirar a Vader y agregó con tono amonestador—: Vader, a causa de su insistencia corro un riesgo terrible. Mejor que esto dé resultado. ¿Está seguro de que el faro mensajero se encuentra perfectamente colocado a bordo de la nave?

Vader sentía plena confianza tras la pensativa máscara oscura.

—No hay nada que temer. Este día será recordado durante mucho tiempo. Ya ha sido testigo de la extinción definitiva de los jedis. Dentro de poco presenciará el final de la alianza y de la rebelión.

Solo cambió de lugar con Chewbacca y el wookie agradeció la posibilidad de librarse de los mandos.

Mientras el coreliano se dirigía a popa para comprobar la extensión y cuantía de los daños, Leia, con aspecto decidido, se cruzó con él en el pasillo.

—¿Qué opina, querida? —preguntó Solo satisfecho de sí mismo —. No ha sido un mal rescate. ¿Sabe una cosa? A veces me asombro de mi mismo.

—Eso no es tan difícil — reconoció ella afablemente —. Lo que importa no es mi seguridad sino el hecho de que la Información contenida en el androide R-2 permanece intacta.

—A propósito, ¿qué lleva el androide que es tan importante?

Leia observó el llameante campo estelar que se desplegaba ante sus ojos.

—Esquemas técnicos completos de la estación de combate. Sólo espero que cuando analicen los datos logren encontrar un punto débil. Hasta entonces, hasta que la estación sea destruida, debemos continuar.

Esta guerra todavía no ha terminado.

—Para mí, sí —objetó el piloto—. Yo no participo en esta misión de su revolución. No es la política lo que me interesa sino la economía. Hay muchos negocios a que dedicarse, sea cual fuere el gobierno. Y no lo hago por usted, princesa. Espero que me paguen generosamente por arriesgar mi nave y mi pellejo.

—No es menester que se preocupe por su recompensa — le aseguró con pesar, y giró para alejarse —.

Si lo que ama es el dinero... eso es lo que recibirá.

—Al salir de la carlinga vio que Luke entraba, y le habló con suavidad—: Indudablemente, su amigo es un mercenario. Me pregunto si realmente se preocupa por algo... o por alguien.

Luke la miró hasta que ella desapareció en la zona central y murmuró:

Yo sí... yo me preocupo. —Avanzó y se sentó en el asiento que Chewbacca acababa de dejar—. Han,

¿qué opinas de ella?

Solo no vaciló.

—Intento no opinar.

Probablemente, Luke no se había propuesto que su respuesta fuera audible pero, sin embargo. Solo le oyó murmurar «Es magnífica».

—De todos modos —agregó Solo pensativamente —, sus réplicas tiene una gran fuerza. No estoy muy seguro pero, ¿crees que es posible que una princesa y un muchacho como yo...?

—No — le interrumpió Luke bruscamente. Giró y apartó la mirada.

Solo sonrió ante los celos del joven, sin saber con certeza si había agregado este comentario para incordiar a su ingenuo amigo... o porque era la verdad.

Yavin no era un mundo habitable. El enorme gigante de gas estaba decorado con formaciones nubosas de gran altitud, coloreados de suaves matices. En diversos sitios, la atmósfera ligeramente centelleante estaba formada por tormentas ciclónicas compuestas de vientos de seiscientos kilómetros por hora que recogían los gases de la troposfera de Yavin. Era un mundo de permanente belleza y de muerte rápida para cualquiera que intentara penetrar el núcleo relativamente pequeño de líquidos congelados.

Sin embargo, algunas de las numerosas lunas de

Yavin eran del tamaño de un planeta y, de ésas, tres podían albergar vida. Era especialmente atractivo el satélite que los descubridores del sistema habían designado con el número cuatro. Brillaba como una esmeralda en el collar de lunas de Yavin, pictórico de vida animal y vegetal. Pero no figuraba entre los mundos que admitían la colonización humana. Yavin se encontraba demasiado lejos de las regiones pobladas de la galaxia.

Tal vez esa última razón, ambas o una combinación de causas todavía desconocidas, había sido la responsable de que la raza que otrora surgiera en las selvas del satélite cuatro desapareciera silenciosamente mucho antes de que el primer explorador humano pisara el diminuto mundo. Era poco lo que se sabía de ellos, salvo que dejaron diversos monumentos impresionantes y de que formaban una de las muchas razas que habían aspirado a las estrellas para, al fin, descubrir que su desesperada capacidad se malograba.

Ahora únicamente quedaban los montículos y los salientes, cubiertos de follaje, de los edificios invadidos por la selva. Aunque habían regresado al polvo, sus artefactos y su mundo seguían cumpliendo un objetivo importante.

De todos los árboles y matorrales surgían extraños gritos y gemidos apenas perceptibles; los seres, satisfechos de permanecer ocultos en la densa maleza, emitían chillidos, gruñidos y raros murmullos. Cada vez que amanecía en la cuarta luna, anuncio de uno de sus prolongados días; un coro especialmente salvaje de chillidos y gritos extrañamente modulados resonaba en medio de la densa bruma.

Continuamente surgían sonidos aún más raros de un lugar determinado. Allí se alzaba el edificio más impresionante que una raza desaparecida había erigido hacia los cielos. Era un templo, una estructura aproximadamente piramidal, tan majestuosa que parecía imposible que la hubiesen construido sin la ayuda de las modernas técnicas de construcción gravitónica. Pero todo mostraba la sola existencia de máquinas sencillas, tecnología manual... y, quizá, extraños aparatos desaparecidos hacía mucho tiempo.

A pesar de que la ciencia los había conducido a un punto muerto en lo que se refería al viaje extraterrestre, los habitantes de esta luna habían llevado a cabo varios descubrimientos que, en cierto sentido, superaban los logros imperiales; uno de ellos implicaba un método, todavía inexplicable, para cortar y transportar bloques colosales de piedra de la corteza de la luna.

Habían erigido el imponente templo con esos bloques monstruosos de roca viva. La selva había ascendido hasta su cumbre más alta y lo había vestido con ricos matices verdes y pardos. Sólo cerca de la base, en la entrada del templo, la selva se apartaba totalmente para dar paso a una larga y oscura entrada cortada por los constructores y ampliada por sus actuales ocupantes con el fin de que se adecuara a sus necesidades.

En el bosque aparecía una máquina minúscula, de lados metálicos uniformes y color plateado, que resultaba incongruente en medio del verde omnipresente.

Zumbaba como un escarabajo gordo e hinchado, míen" tras trasladaba a un grupo de pasajeros hacia la base del templo. Atravesó un amplio claro y fue rápidamente tragada por las fauces oscuras de la fachada de la imponente estructura, de modo que la selva quedó una vez más bajo las garras y las pinzas de los invisibles eres que gritaban y chillaban.

Quienes lo construyeron jamás habrían reconocido su interior. El metal unido por juntas había reemplazado a la piedra y los paneles metálicos ocupaban el lugar de la madera en la división de las cámaras. Tampoco hubiesen podido ver las plantas enterradas y excavadas en la roca, plantas que contenían hangar sobre hangar, comunicados por potentes ascensores.

Un vehículo terrestre de alta velocidad se detuvo gradualmente dentro del templo, cuyo primer nivel era el más alto de los hangares repletos de naves. El motor del vehículo se apagó obedientemente cuando éste se posó en el suelo. Un ruidoso grupo de humanos que aguardaban cerca interrumpieron su conversación y corrieron hacia el aparato.

Afortunadamente, Leia Organa salió a toda velocidad el vehículo, pues, de lo contrario, el hombre que llegó primero la habría sacado personalmente del interior, impulsado por la enorme alegría que sintió al verla. Se contentó con darle un abrazo sofocante mientras su compañero la saludaba.

—¡ Está sana y salva! Temíamos que la hubiesen asesinado. — Se compuso bruscamente, retrocedió e hizo una inclinación formal —. Cuando nos enteramos de lo que ocurrió en Alderaan, sospechamos que usted estaba... perdida como el resto de la población.

—Comandante Willard, todo eso es historia pasada

— dijo ella —. Tenemos un futuro por el que vivir. Alderaan y su pueblo han desaparecido. — Su voz se tornó amargamente fría, aterradora en una persona de aspecto tan delicado—. Debemos ocuparnos de que no vuelva a ocurrir. No tenemos tiempo para nuestros dolores, comandante — prosiguió rápidamente —. Sin duda alguna, la estación de combate nos ha seguido hasta aquí.

Solo comenzó a protestar, pero ella le acalló con su lógica y una mirada severa:

—Es la única explicación de la facilidad de nuestra huida. Únicamente nos persiguieron cuatro cazas Tie.

Podrían haber enviado, sin dificultades, un centenar.

Solo no encontró respuesta pero siguió rabiando en silencio. Seguidamente, Leia señaló a Artoo Detoo.

—Debéis utilizar la información guardada en este androide R-2 para desarrollar un plan de ataque. Es nuestra única esperanza. La estación propiamente dicha es más poderosa de lo que cualquiera haya imaginado. — Bajó la voz —. Si los datos no nos ofrecen un punto débil, no habrá forma de detenerla.

Después, Luke presenció un espectáculo único en su recuerdo, único para la mayoría de los hombres.

Varios técnicos rebeldes se acercaron a Artoo Detoo, se colocaron a su alrededor y lo levantaron suavemente en sus brazos. Fue la primera, y probablemente la última vez, en que vio a unos hombres trasladar respetuosamente a un robot.

En teoría, ninguna arma podía penetrar las piedras excepcionalmente densas del templo antiguo, pero

Luke había visto los restos de Alderaan y sabía que para los que estaban en la increíble estación de combate, la luna sería, en su totalidad, un sencillo problema abstracto de la conversión masa-energía.

El pequeño Artoo Detoo descansaba cómodamente en un lugar de honor y su cuerpo emitía los acoplamientos de las computadoras y los bancos de datos.

En diversas pantallas de lectura aparecía la información técnica almacenada en la cinta submicroscópica de grabación escondida en el cerebro del robot. Horas enteras de diagramas, gráficos, estadísticas.

En primer lugar, el flujo de información se redujo y las mentes de las computadoras más complicadas lo digirieron. Luego entregaron la información más crítica a analistas humanos con el fin de que realizaran una detallada evaluación.

See Threepio se mantuvo todo el tiempo junto a

Artoo y se maravilló de que la mente de un androide tan sencillo pudiera almacenar datos tan complejos.

La sala central de reuniones se encontraba en lo profundo de las entrañas del templo. El auditorio, alargado y de cielorraso bajo, estaba dominado por un estrado elevado y una enorme pantalla electrónica de exhibición, situada en el extremo más lejano. Pilotos, navegantes y un grupo de unidades Artoo ocupaban los asientos. Impacientes y sintiéndose fuera de lugar. Han Solo y Chewbacca permanecían tan lejos como podían del estrado repleto de oficiales y senadores. Solo recorrió a los reunidos con la mirada, en busca de Luke. A pesar de sus llamadas al sentido común, el alocado joven se había unido a los pilotos regulares. No vio a Luke, pero reconoció a la princesa, que conversaba con un condecorado anciano.

Cuando un alto y digno caballero, con el paso de demasiadas muertes en su recuerdo, avanzó hasta un extremo de la pantalla, Solo, al igual que el resto de los asistentes, le dedicó su atención. En cuanto un silencio expectante se apoderó de la muchedumbre, el general Jan Dodonna se acomodó el minúsculo micrófono en el pecho y señaló al pequeño grupo sentado cerca de él:

—Todos conocéis a estas personas —dijo pausada y serenamente—. Son los senadores y los generales de los mundos que nos han apoyado, ya fuera abierta o clandestinamente. Han venido para estar con nosotros en lo que tal vez sea el momento decisivo. — Dejó que su mirada se posara en muchos miembros de la multitud y ninguno de los favorecidos permaneció impasible —. La estación imperial de combate, de la que todos habéis oído hablar, se aproxima desde el extremo alejado de Yavin y su sol. Esto nos da un poco de tiempo extra pero debemos detenerla, de una vez para siempre, antes de que pueda llegar a esta luna, antes de que pueda lanzar sus armas contra nosotros, como hizo con Alderaan.

Un murmullo recorrió la multitud ante la mención de ese mundo tan cruelmente eliminado.

—La estación está fuertemente protegida y posee más potencia de fuego que la mitad de la flota imperial — continuó Dodonna —. Pero sus defensas fueron diseñadas para evitar ataques con naves primordiales y de gran escala. Un caza pequeño, de uno o dos hombres, podrá atravesar sus pantallas defensivas.

Se levantó un hombre delgado y ágil que parecía una versión más madura de Han Solo. Dodonna reconoció su presencia.

—¿De qué se trata. Jefe Rojo?

El hombre señaló la pantalla de exhibición, en la cual aparecía una fotografía de computadora de la estación de combate.

—Perdone mi pregunta, señor, ¿pero de qué servirán nuestros cazas chatos contra eso?

Dodonna meditó.

—Bien, el Imperio no cree que un caza de un hombre sea una amenaza salvo para otra nave pequeña, como un caza Tie, o de lo contrario habrían preparado pantallas protectoras más cerradas. Evidentemente, están convencidos de que sus armas defensivas pueden protegerlos de cualquier ataque ligero. Pero el análisis de los planes suministrados por la princesa

Leia ha mostrado algo que consideramos un punto débil del diseño de la estación. Una nave grande no podría acercarse, pero un caza con ala en X o en Y podría hacerlo. Se trata de una pequeña portilla de escapes térmicos. El tamaño oculta su importancia, pues parece un pozo sin protección que va directamente al sistema principal de reactores que impulsan la estación.

Puesto que sirve como salida de emergencia para el calor excedente en el caso de la superproducción de un tractor, es posible eliminar su utilidad mediante el lanzamiento de partículas. Un golpe directo iniciaría una reacción en cadena que destruiría la estación.

Murmullos de incredulidad recorrieron la sala.

Cuanto más experimentado era el piloto, mayor la falta de fe expresada.

—No dije que vuestra aproximación sería fácil

—especificó Dodonna. Señaló la pantalla—. Debéis maniobrar directamente por este pozo, nivelaros en la trinchera y rasar la superficie hasta... este punto. El blanco sólo tiene dos metros de ancho. Será menester un golpe preciso exactamente a noventa grados para lograr la sistematización del reactor. Sólo un golpe directo iniciará la totalidad de la reacción. He dicho que la portilla no contaba con un blindaje contra partículas. No obstante, está totalmente protegida de los rayos. Esto significa que nada de rayos de energía. Tendréis que utilizar torpedos de protones.

Unos pocos pilotos rieron sin humor. Uno de ellos, un adolescente que pilotaba un caza, estaba sentado junto a Luke y tenía el inverosímil nombre de Cuña

Antillana. Artoo Detoo también estaba allí, sentado junto a otra unidad R-2 que emitió un largo silbido de desesperanza.

—Un blanco de dos metros a la velocidad máxima... y por si esto fuera poco, con un torpedo —rezongó Antillana —. Eso es imposible, incluso para la computadora.

—No es imposible —protestó Luke—. En mi tierra, solía dar en el blanco a ratas ñagelantes con mi

T-16. Esas ratas no tienen mucho más de dos metros.

—¿De veras? —preguntó con sorna el joven elegantemente uniformado—. Dime, cuando perseguías esos bichos, ¿había otro millar de... eh... «ratas flagelantes» provistas de potentes rifles que disparaban contra ti? — Meneó tristemente la cabeza —. Créeme, con toda la potencia de fuego de la estación dirigida contra nosotros, necesitaremos algo más que puntería de corral.

Como si confirmara el pesimismo de Antillana, Dodonna señaló una hilera de luces en el esquema que cambiaba permanentemente:

—Reparad especialmente en estos emplazamientos.

Existe una intensa concentración de la potencia de fuego en los ejes latitudinales, así como varios grupos circumpolares densos. Además, es probable que sus generadores de campaña creen una gran distorsión, sobre todo en la trinchera y alrededor de ella. Calculo que la maniobrabilidad en ese sector será inferior a punto tres.

Esas palabras provocaron nuevos murmullos y algunos gruñidos entre los presentes.

—Recordad que debéis dar un golpe directo — prosiguió el general —. El escuadrón Amarillo cubrirá al

Rojo durante el primer recorrido. El Verde cubrirá al Azul durante el segundo. ¿Alguna pregunta?

Un apagado murmullo recorrió la sala. Se levantó un hombre delgado y atractivo... demasiado, parecía, para estar dispuesto a derrochar su vida en algo tan abstracto como la libertad.

—Si los dos recorridos fracasan, ¿qué ocurrirá después?

Dodonna sonrió nerviosamente.

—No habrá «después».

El hombre asintió lenta y comprensivamente y se sentó.

—¿Alguna otra pregunta?

Un silencio cargado de expectación lo dominó todo.

—Entonces tripulad vuestras naves y que la fuerza os acompañe.

Como aceite que se derrama de un recipiente poco profundo, las filas de hombres, mujeres y máquinas sentados se pusieron en pie y se dirigeren hacia las salidas.

Los ascensores zumbaban afanosamente y trasladaban cada vez más formas mortales desde las profundidades enterradas hasta la zona del estrado en el hangar principial del templo mientras Luke, Threepio y

Artoo Detoo se dirigían a la entrada.

Ni las ajetreadas tripulaciones de vuelo, ni los pilotos que llevaban a cabo las últimas verificaciones, ni las imponentes chispas que se producían al desconectar los acoplamientos de energía, llamaron en ese momento la atención de Luke. Estaba atento a la actividad de dos figuras mucho más conocidas.

Solo y Chewbacca cargaban una pila de cajitas de caudales en un vehículo terrestre, blindado y de alta velocidad. Estaban totalmente concentrados en su tarea y ni siquiera se daban cuenta de los preparativos que tenían lugar a su alrededor.

Solo levantó levemente la mirada cuando Luke y los robots se acercaron y volvió a ocuparse de la carga. Luke se limitó a mirar con pesar, mientras era presa de encontradas emociones. Solo era engreído, temerario, intolerante y presuntuoso. También era valiente en exceso, aleccionador e infatigablemente alegre. La combinación daba un amigo confuso... pero amigo al fin.

—Ya tienes tu recompensa —observó Luke señalando las cajas.

Solo asintió con la cabeza.

—Entonces, ¿te marchas?

—Así es, chico. Tengo que pagar viejas deudas y, aunque no las tuviera, creo que no sería tan estúpido como para quedarme por aquí. —Miró a Luke con afecto—. Estás en un buen apuro, chico. ¿Por qué no vienes con nosotros? Yo podría ayudarte.

El brillo mercenario de los ojos de Solo enfureció a Luke.

—Para variar, ¿por qué no miras a tu alrededor y ves algo más que no sea tú mismo? Sabes qué ocurrirá aquí, contra qué luchan.

Solo no pareció molestarse por la andanada de

Luke.

—¿De qué sirve una recompensa si no vives para gastarla? Atacar esa estación de combate no corresponde a mi idea de la valentía... sino más bien a la del suicidio.

—Sí... Cuídate, Han —agregó Luke serenamente y comenzó a alejarse —. Sospecho que eso es lo que mejor haces, ¿no?

Luke se dirigió al interior del hangar, flanqueado por los dos androides.

Solo le miró fijamente, vaciló y gritó:

—Eh, Luke... que la fuerza te acompañe.

Luke miró hacia atrás y vio que Solo le guiñaba un ojo. Hizo una especie de saludo con la mano. Después su atención quedó absorbida por los mecánicos y la maquinaria en movimiento.

Solo reanudó su tarea, levantó una caja... y se detuvo al ver que Chewbacca le observaba atentamente.

—¿Qué miras, feo? Sé lo que hago. ¡Vuelve al trabajo!

Lentamente, con la vista fija en su compañero, el wookie reanudó la tarea de cargar las pesadas cajas.

Las negras ideas respecto a Solo desaparecieron en cuanto Luke vio la pequeña y grácil figura que se encontraba junto a la nave que le habían asignado.

—¿Estás seguro de que es esto lo que quieres? —le preguntó la princesa Leia—. Podría ser una recompensa mortal.

En los ojos de Luke se reflejaba plenamente la esbelta y mortal forma metálica.

—Es lo que más quiero.

—Entonces, ¿qué es lo que anda mal?

Luke la miró y se encogió de hombros.

—Cada hombre debe seguir su propio camino

— dijo Leia con voz de senadora —. Nadie puede elegirlo por él. Los ideales de Han Solo difieren de los nuestros. Me gustaría que fuera de otro modo, pero, en el fondo de mi alma, no puedo condenarle. — Se puso de puntillas, le dio un beso rápido y casi incómodo y se alejó —. Que la fuerza te acompañe.

—Mi único deseo es que Ben estuviera aquí — murmuró Luke mientras se acercaba a la nave.

Estaba tan concentrado en Kenobi, la princesa y

Han, que no reparó en la voluminosa figura que le cogió fuertemente del brazo. Giró y su ira inicial se convirtió instantáneamente en desconcierto al reconocer a la figura.

—¡Luke! —exclamó el hombre apenas mayor—.

¡No puedo creerlo! ¿Cómo llegaste aquí? ¿Saldrás con nosotros?

—¡Biggs! —Luke abrazó cariñosamente a su. amigo —. Claro que saldré con vosotros. — Su sonrisa se alteró ligeramente—. No me queda otra alternativa.

— Volvió a alegrarse —. Escucha, tengo algunas cosas que contarte...

Las exclamaciones y las constantes risas de los dos contrastaban notoriamente con la solemnidad con que los demás hombres y mujeres del hangar se ocupaban de sus tareas. La conmoción llamó la atención de un hombre mayor y hastiado de la guerra que los pilotos más jóvenes sólo conocían como Jefe Azul.

Su cara se arrugó de curiosidad al acercarse a los dos jóvenes. Tenía el rostro devorado por el mismo fuego que parpadeaba en sus ojos, una mirada encendida no por el fervor revolucionario, sino por años de soportar demasiadas injusticias y de ser testigo de ellas. Un violento demonio intentaba escapar detrás de ese semblante paternal. Pronto, muy pronto, podría dejarlo en libertad.

Ahora estaba interesado en los dos jóvenes, que en unas pocas horas probablemente serían partículas de carne congelada y flotarían alrededor de Yavin. Reconoció a uno de ellos.

—¿Tú no eres Luke Skywaiker? ¿Te han asignado al Incom T-65?

—Señor — intervino Biggs antes de que su amigo pudiera responder —, Luke es el mejor piloto de monte de los territorios del borde exterior.

El hombre mayor dio una palmada tranquilizadora a Luke mientras observaban la nave.

—Es algo de lo que se puede estar orgulloso. Yo también llevo voladas más de mil horas en un saltador celestial Incom. — Se detuvo un instante y continuó —: Luke, vi una vez a tu padre cuando yo era un chiquillo. Fue un gran piloto. Lo harás todo bien aquí.

Si has heredado la mitad de la capacidad de tu padre, lo harás todo mucho mejor que bien.

—Gracias, señor, lo intentaré.

—En cuanto a los mandos, no hay muchas diferencias entre un T-65 de ala en X y un saltador celestial

—prosiguió Jefe Azul. Su sonrisa se volvió feroz—.

Aunque la carga útil es de una naturaleza ligeramente distinta.

Se separó de ellos y corrió hacia su nave. Luke deseaba hacerle un centenar de preguntas, pero no había tiempo ni para una.

—Tengo que subir a mi nave, Luke. Escucha, me contarás tus cosas cuando regresemos, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Biggs, te dije que algún día llegaría aquí.

—Y lo hiciste. — Su amigo avanzaba hacia un grupo de cazas que esperaban, a la vez que se acomodaba el traje de vuelo —. Será como en los viejos tiempos,

Luke. ¡ Somos un par de estrellas fugaces imposibles de detener!

Luke se echó a reír. Solían tranquilizarse con ese grito cuando pilotaban astronaves construidas con montículos de arena y troncos secos detrás de los edificos desconchados y llenos de hoyos de Anchorhead... hacía muchos, muchos años.

Luke volvió a dirigirse hacia su nave y admiró sus mortíferas líneas. Pese a las afirmaciones de Jefe Azul, tuvo que reconocer que no era tan parecida a un saltador celestial Incom. Estaban acomodando a Artoo

Detoo en el encaje para el R-2, detrás de la carlinga del caza. Debajo se encontraba una desesperada figura metálica que observaba la operación y se agitaba nerviosamente.

—Agárrate — aconsejaba See Threepio al robot más pequeño—. Tienes que regresar. Si no lo haces,

¿a quién podré gritarle? — Esas palabras de Threepio equivalían a un abrumador estallido emocional.

Artoo lanzó un confiado bip a su amigo mientras

Luke subía hasta la entrada de la carlinga. Hangar abajo vio que Jefe Azul ya estaba acomodado en la silla de aceleración y hacía señales a su personal de tierra. A medida que cada nave activaba sus motores, se sumaba un nuevo rugido al monstruoso alboroto que dominaba la zona del hangar. Aquel constante atronar era abrumador en ese rectángulo cerrado del templo.

Luke se deslizó en el asiento de la carlinga y estudió los diversos mandos mientras los ayudantes de tierra le ataban a la nave con cuerdas y cordones. Su confianza aumentó paulatinamente. Los instrumentos, por fuerza, estaban simplificados y, tal como había afirmado Jefe Azul, eran muy semejantes a los de su viejo saltador celestial.

Algo le golpeó el casco y al mirar hacia la izquierda vio que se acercaba el jefe de tierra del personal. Tuvo que gritar para hacerse oír en medio del ensordecedor aullido de los numerosos motores.

—Esa unidad R-2 que lleva está bastante vapuleada. ¿Desea una nueva?

Luke echó una ligera mirada al androide sujeto antes de responder. Artoo Detoo parecía una pieza permanente del caza.

—Por nada del mundo. Ese androide y yo hemos pasado juntos muchas cosas. ¿Todo comprobado,

Artoo?

El androide replicó con un bip tranquilizador.

Mientras el jefe del personal de tierra se alejaba,

Luke inició la última verificación de todos los instrumentos. Lentamente comprendió lo que él y los demás intentarían. No es que sus sentimientos personales pudieran anular la decisión de unirse a ellos. Ya no era un individuo que funcionaba únicamente para satisfacer sus deseos personales. Ahora había algo que le unía a todos los hombres y las mujeres del hangar.

A su alrededor se desarrollaban escenas de despedida, algunas serias, otras risueñas y todas con la auténtica emoción del momento enmascarada por la eficacia. Luke apartó la mirada del sitio donde un piloto se despidió de una mecánica, quién sabe si su hermana, esposa o amiga, con un beso tierno y apasionado.

Se preguntó cuántos de ellos tenían cuentas que arreglar con el Imperio. Algo crujió en su casco.

A modo de respuesta, tocó una pequeña palanca. La nave comenzó a volar lentamente pero con creciente velocidad hacia la boca abierta del templo.


XII

Leia Organa estaba sentada ante la enorme pantalla de exhibición en que aprecian Yavin y sus lunas.

Un gran punto rojo avanzaba constantemente hacia el cuarto satélite. Dodonna y otros comandantes de campaña de la alianza se encontraban detrás de ella, con la vista £ja en la pantalla. Unas minúsculas motas verdes comenzaron a aparecer alrededor de la cuarta luna y se fundieron en pequeñas nubes parecidas a revoloteantes mosquitos de color esmeralda.

Dodonna apoyó una mano en el hombro de Leia. El gesto la reconfortó.

—El rojo representa el avance de la estación imperial de combate a medida que se interna en el sistema de Yavin.

—Todas nuestras naves han partido — declaró un comandante situado detrás de él.

Un solo hombre se encontraba en el dispositivo cilíndrico sujeto a la parte superior de una torre delgada como un estoque. Observaba a través de los electroprismáticos sujetos a una montura y era el único representante visible de la tecnología avanzada, oculta en el purgatorio verde de abajo.

Gritos apagados, gemidos y gorjeos primitivos ascendieron hasta él desde las copas de los árboles más altos. Algunos eran aterradores, otros un poco menos, pero ninguno tan indicativo del poder contenido como las cuatro astronaves plateadas que aparecieron por encima del observador. Mantuvieron una formación cerrada y atravesaron el aire húmedo hasta desaparecer en cuestión de segundos en medio de la capa matinal de nubes situada mucho más arriba. Unos instantes después, las ondas sonoras estremecieron los árboles en un intento desesperado por alcanzar a los motores que las habían provocado.

Adoptaron lentamente formaciones de ataque que combinaban las naves de ala en forma de X y de Y, y los diversos cazas comenzaron a alejarse de la luna, atravesaron la atmósfera oceánica del gigantesco Yavin, al encuentro del verdugo tecnológico.

El hombre que había observado el aparte entre

Biggs y Luke bajó ahora su visor antirresplandor y acomodó la mira semiautomática y semimanual al mismo tiempo que verificaba las naves que tenía a ambos lados.

—Muchachos azules — habló por el fonocaptor que intercomunicaba las naves —, soy Jefe Azul. Sintonizad vuestros selectores y comprobadlo. El blanco se acerca a uno punto tres...

Adelante, la esfera resplandeciente, que parecía una de las lunas de Yavin, comenzó a destacarse con creciente brillantez. Despedía un extraño destello metálico totalmente distinto del de cualquier satélite natural. Mientras observaba la gigantesca estación de combate que rodeaba el borde de Yavin, la mente de

Jefe Azul se remontó a través de los años, de las incontables injusticias, de los inocentes llevados para ser interrogados y de los que nunca más se volvía a saber nada, de la multitud de males que un gobierno imperial cada vez más corrompido e indiferente había cometido. Todos esos terrores y agonías estaban concentrados, ampliados y representados por ese único y aparatoso logro de la ingeniería al que ahora se acercaban.

—Es ésa, muchachos —dijo por el micrófono—.

Dos Azul, estás demasiado lejos. Cuña, acércate.

El joven piloto con quien Luke había conversado en la sala de reuniones del templo miró a estribor y volvió a ocuparse de sus instrumentos. Realizó una ligera adaptación y frunció el ceño.

—Lo siento, jefe. Parece que mi batidor está desequilibrado algunos puntos. Tendré que recurrir al mando manual.

—Comprobado, Dos Azul. Ten cuidado. Todas las naves, permaneced alerta para realizar el modo de ataque de hojas en S.

Las respuestas llegaron una tras otra, de Luke a

Biggs, de Cuña a los demás miembros del escuadrón de ataque Azul:

—Alerta...

—Ejecutad — ordenó Jefe Azul cuando John D. y

Piggy comunicaron que estaban preparados.

Las dobles alas de los cazas con ala en forma de X se desplegaron como delgadas semillas. Ahora cada caza mostraba cuatro alas, el armamento montado en ellas y los motores cuádruples desplegados a fin de lograr una máxima potencia de fuego y maniobrabilidad.

La estación imperial siguió creciendo adelante. Los rasgos del relieve se fueron haciendo visibles a medida que cada piloto reconocía bahías de atraque, antenas de transmisión y montañas y cañones artificiales.

A medida que se acercaba por segunda vez a la amenazadora esfera negra, Luke se agitó. La maquinaria automática de mantenimiento de la vida detectó el cambio en el ritmo respiratorio y lo compensó adecuadamente.

Algo comenzó a golpear su nave, como si se encontrara nuevamente en su saltador celestial y luchara con los imprevisibles vientos de Tatooine. Experimentó un desagradable momento de inseguridad hasta que la voz confortadora de Jefe Azul sonó en sus oídos:

—Estamos atravesando sus escudos exteriores. Sujetaos. Trabad los mandos de congelación de flotación y accionad vuestros .desviadores en doble frente.

Las sacudidas y los golpes continuaron, empeoraron. Puesto que ignoraba cómo compensarlos, Luke hizo exactamente lo que debía: permaneció en los mandos y siguió las órdenes. Después acabó la turbulencia y retornó la paz mortalmente fría del espacio.

—Así es, hemos pasado — les informó serenamente Jefe Azul —. Mantened en silencio todos los canales hasta que estemos encima de ellos. Parece que no esperan mucha resistencia.

Aunque la mitad de la gran estación permanecía en sombras, se hallaban tan cerca que Luke podía distinguir individualmente las luces de la superficie. Una nave que podía mostrar fases semejantes a las de una luna... se maravilló una vez más de la inventiva y de los ingenios destructivos empleados en su construcción. Las miles de luces diseminadas a lo largo y ancho de su curvada extensión le otorgaban el aspecto de una ciudad flotante.

Dado que era la primera vez que veían la estación, algunos de los camaradas de Luke estaban aún más impresionados.

—¡Mirad el tamaño de esa cosa! —rezongó Cuña

Antillana a través del fonocaptor abierto.

—Interrumpe la chachara. Dos Azul — ordenó Jefe

Azul—. Acelerad a velocidad de ataque.

Una torva determinación apareció en la expresión de Luke mientras accionaba varias palancas situadas encima de su cabeza y comenzaba a sincronizar la pantalla de lectura de blancos de su computadora. Artoo

Detoo volvió a examinar la estación que se aproximaba y tuvo ideas electrónicas intraducibies.

Jefe Azul comparó la estación con la situación del área de blancos propuesta.

—Jefe Rojo — llamó por el fonocaptor —, aquí Jefe

Azul. Estamos en posición; puedes entrar. El pozo de escapes se encuentra "algo más al norte. Los mantendremos ocupados aquí.

Jefe Rojo era, físicamente, la antítesis del comandante del escuadrón de Luke. Encajaba con la idea popular de un contable de banco: pequeño, enjuto y de rostro tímido. Pero su capacidad y su dedicación igualaban sin dificultad las de su par y viejo amigo.

—Nos dirigimos hacia el pozo de blancos, Dutch.

Mantente alerta para tomar el mando si ocurre algo.

—Comprendido, Jefe Rojo — fue la respuesta del otro —. Cruzaremos el eje cuatorial e intentaremos atraer su fuego principal. Que la fuerza os acompañe.

Dos pelotones de cazas se separaron del grupo que se aproximaba. Las naves con alas en forma de X se lanzaron en picado hacia la masa de la estación, situada mucho más abajo, en tanto los aparatos Y trazaban una curva descendente y se dirigían hacia el norte, por encima de la superficie.

Las sirenas de alarma iniciaron un lamento triste y estruendoso dentro de la estación mientras el personal, de reaciones lentas, comprendía que la fortaleza inexpugnable sufría realmente un ataque organizado.

El almirante Motti y sus tácticos habían calculado que la resistencia rebelde se centraría en una defensa total de la luna. No estaban preparados en ningún sentido para una respuesta ofensiva integrada por docenas de pequeñas naves chatas.

La eficacia imperial estribaba en el proceso de compensar aquel descuido estratégico. Los soldados corrieron a ocupar los enormes emplazamientos de armas defensivas. Los servoconductores chirriaron a medida que los potentes motores alineaban los enormes aparatos de disparo. Poco después, una red de aniquilación comenzó a cubrir la estación a medida que las armas de energía, los rayos eléctricos y los explosivos sólidos arremetían contra la nave rebelde que se acercaba.

—Soy Cinco Azul — anunció Luke por el micrófono mientras lanzaba en picado la nave en un intento definitivo de confundir a cualquier pronosticador electrónico situado debajo. La superficie gris de la estación de combate atravesó sus portillas —. Voy a entrar.

—Estoy exactamente detrás de ti, Cinco Azul.

— Una voz reconocible como la de Biggs sonó en sus oídos.

El blanco emplazado en las miras de Luke era tan estable como evasivos los defensores imperiales. Los rayos surgieron de las armas del reducido aparato.

Uno de ellos desencadenó un gran incendio en la borrosa superficie de abajo, incendio que continuaría hasta que el personal de la estación lograra interrumpir la corriente de aire de la sección dañada.

La alegría de Luke se convirtió en terror cuando comprendió que no lograría desviar a tiempo su aparato para no tener que atravesar la bola de fuego de composición desconocida.

—¡Apártate, Luke! ¡Apártate! —le gritaba Biggs.

A pesar de las órdenes para que cambiara de rumbo, los compresores automáticos no produjeron la fuerza centrífuga necesaria. Su caza se zambulló en la bola expansiva de gases recalentados.

Seguidamente, apareció del otro lado. Una verificación rápida de los mandos le permito relajarse. El paso a través del intenso calor no había sido suficiente para dañar algo vital, aunque las cuatro alas mostraban rayas azules, testimonio carbonizado del peligro que había entrañado la travesía.

Las flores del infierno florecieron fuera de la nave mientras ésta viraba y trazaba una curva cerrada.

—¿Te encuentras bien, Luke? —preguntó Biggs preocupado.

—Me he tostado un poco, pero estoy perfectamente.

Se oyó otra voz, severa:

—Cinco Azul — aconsejó el jefe del escuadrón —,

, será mejor que tomes más tiempo de ventaja o te destruirás a ti mismo junto con la construcción imperial.

—Sí, señor. Ahora lo he comprendido. Como usted dijo, no es igual a pilotar un saltador celestial.

Los rayos de energía y otros brillantes como el sol crearon un laberinto cromático en el espacio situado encima de la estación, mientras los cazas rebeldes se entrelazaban sobre su superficie y disparaban contra todo lo que parecía un blanco posible. Dos de las naves se concentraron en una terminal energética. Voló y arrojó rayos eléctricos del tamaño de los relámpagos desde las entrañas de la estación.

En el interior de aquélla, soldados, mecánicos y equipo volaron en todas direcciones a causa de las explosiones secundarias mientras los efectos del estallido recorrían diversos conductos y cables. Allí donde la explosión había abierto la estación, la atmósfera descompensada que se fugaba absorbía soldados y androides impotentes y los llevaba hacia una insondable tumba negra.

Darth Vader era una figura de una reconcentrada calma, que se movía de posición en posición en medio del caos. Un hostigado comandante corrió hasta él y le informó sin resuello:

—Lord Vader, hemos contado un mínimo de treinta naves, de dos tipos. Son tan pequeñas y veloces que los cañones fijos no pueden seguirlas con precisión.

Evaden constantemente los pronosticadores.

—Envíe a las tripulaciones de todos los Tie a sus aparatos. Tendremos que perseguirlos y destruirlos nave tras nave.

Las luces rojas comenzaron a parpadear y una alarma insistente a sonar en el interior de muchos hangares. El personal de tierra preparó frenéticamente las naves mientras los pilotos imperiales, vestidos con trajes de vuelo, cogían los cascos y las mochilas.

—Luke — solicitó Jefe Azul mientras atravesaba rasante una lluvia de fuego—, infórmame en cuanto hayas salido del bloque.

—Ahora estoy en camino.

—Ten cuidado — insistió la voz a través del altavoz de la carlinga—, están disparando copiosamente desde el lado de estribor de esa torre de desviación.

—Estoy en ello, no se preocupe —replicó Luke, confiado.

Preparó su caza para un retorcido picado y atravesó una vez más los horizontes metálicos. Las antenas y los pequeños emplazamientos sobresalientes se convirtieron en una llama fugaz, cuando los rayos de las puntas de sus alas los alcanzaron con mortal precisión.

Sonrió al ascender y alejarse de la superficie al tiempo que las intensas líneas de energía recorrían el espacio que acababa de abandonar. Maldición si no era como cazar ratas flagelantes en los erosionados cañones de los yermos de Tatooine.

Biggs siguió a Luke en un recorrido semejante, al mismo tiempo que los pilotos imperiales se disponían a despegar de la estación. El personal técnico corrió a toda prisa por las múltiples bahías de atraque para desconectar los cables de energía y concluir desesperadamente los verificaciones.

Tuvieron más cuidado al preparar una nave determinada, la más próxima a las portillas de la bahía, nave en que Darth Vader apenas logró acomodar su enorme planta. Una vez sentado, se cubrió el rostro con un segundo par de protectores oculares.

Una nerviosa expectativa dominaba la atmósfera de la sala de situación del templo. De vez en cuando, los parpadeos y los zumbidos de la pantalla principal de combate sonaban más fuertes que los suaves susurros de las esperanzadas personas que intentaban tranquilizarse entre sí. En un rincón de la masa de luces parpadeantes, un técnico se acercó un poco más a sus pantallas de lectura antes de hablar por el altavoz colgado cerca de su boca.

—¡ Jefes de pelotón... atención! ¡Jefes de pelotón... atención! Hemos captado un nuevo grupo de señales que provienen del otro lado de la estación. Los cazas enemigos se acercan a vosotros.

Luke recibió el informe al mismo tiempo que los demás. Comenzó a recorrer el cielo en busca de las anunciadas naves imperiales y bajó la mirada hasta los instrumentos.

—Mi campo es negativo. No veo nada.

—Manten el dispositivo visual —ordenó Jefe

Azul —. Con toda esta energía en el aire, estarán encima de ti antes de que tu campo pueda captarlos. Recuerda que, excepto tus ojos, pueden interceptar todos los instrumentos de tu nave.

Luke volvió a girar y esta vez distinguió a un imperial que perseguía a un caza X... un caza X con un número que reconoció inmediatamente.

—¡Biggs! —gritó—. Se te ha pegado uno. Está en tu cola... ¡cuidado!

—No puedo verle — fue la respuesta llena de pánico de su amigo—. ¿Dónde está? No puedo verle.

Luke observó impotente que la nave de Biggs se alejaba de la superficie de la estación y salía al espacio libre, seguido de cerca por el imperial. El aparato enemigo le disparó constantemente y cada rayo parecía pasar más cerca del casco de Biggs.

—Está muy cerca. — La voz sonó en la carlinga de

Luke—. No puedo quitármelo de encima.

Biggs giró, dio saltos y brincó nuevamente hacia la estación de combate pero el piloto que le seguía insistió y no se mostró dispuesto a abandonar la persecución.

—Aguanta, Biggs — le pidió Luke y viró tanto su nave que los giroscopios en tensión se quejaron —. Me acerco.

El piloto imperial estaba tan concentrado en la persecución de Biggs, que no vio a Luke. Éste hizo rotar su nave, salió del escondite gris de abajo y se lanzó tras él.

Las miras electrónicas se alinearon de acuerdo con las instrucciones y la pantalla de lectura de la computadora y Luke disparó repetidas veces. Se produjo una ligera explosión en el espacio, ínfima si se la comparaba con las terribles energías arrojadas desde los emplazamientos de la superficie de la estación de batalla.

Pero el estallido fue especialmente significativo para tres personas: Luke, Biggs y, sobre todo, el piloto del caza Tie, que se evaporó junto con su nave.

—¡Lo atrapé! —exclamó Luke.

—¡Tengo uno! ¡Tengo uno! —fue el grito de triunfo menos contenido que se oyó por el intercomunicador abierto.

Luke identificó la voz de un joven piloto conocido como John D. Sí, era Seis Azul, que perseguía a otro caza imperial a través del paisaje metálico. Los rayos saltaban desde el aparato X en sucesión constante hasta que el caza Tie voló dividido en dos y despidió resplandecientes fragmentos de metal en forma de hoja en todas direcciones.

—Buen disparo. Seis Azul — comentó el jefe del escuadrón. Agregó a toda prisa—: Atención, tienes uno en la cola.

La sonrisa de alegría del joven desapareció instantáneamente dentro de la carlinga del caza cuando miró a su alrededor y no logró visualizar a su perseguidor.

Algo resplandeció muy cerca, tanto que la portilla de estribor estalló. Algo le alcanzó aún más cerca y el interior de la carlinga ahora abierta se convirtió en una masa de llamas.

—¡ Me han alcanzado! ¡Me han alcanzado 1

Fue todo lo que pudo decir antes de que el olvido se hiciera cargo de él.

Jefe Azul, situado más arriba y hacia un costado, vio que la nave de John D. se expandía en una bola ardiente. Tal vez sus labios empalidecieron ligeramente.

En otro sentido, a juzgar por su reacción, parecía que no había visto el estallido del caza en forma de X: tenía que ocuparse de cosas más importantes.

En la cuarta luna de Yavin, una amplia pantalla eligió ese instante para parpadear y apagarse, del mismo modo que John D. había muerto. Los técnicos comenzaron a acercarse por todas partes. Uno dirigió su preocupado rostro hacia Leia, los comandantes expectantes y un robot alto y broncíneo.

—El receptor de alta banda ha fallado. Tardaremos algún tiempo en repararlo...

—Haced todo lo que podáis —intervino Leia—.

Conectad sólo el audio.

Alguien oyó estas palabras y pocos segundos después, la sala estaba dominada por los sonidos de la batalla lejana, que se mezclaban con las voces de los combatientes.

—Cíñete, Dos Azul, cíñete —decía Jefe Azul—.

Cuidado con esas torres.

—Fuego intenso, jefe —informó la voz de Cufia

Antillana —, a veintitrés grados.

—Lo veo. Deteneos, deteneos. Captamos algunas interferencias.

—No puedo creerlo —tartamudeaba Biggs—. ¡Jamás vi tanta potencia de fuego!

—Detente, Cinco Azul, detente. —Una pausa y agregó—: Luke, ¿me lees? ¿Luke?

—Estoy bien, jefe —fue la respuesta de Luke—.

Tengo un blanco. Voy a comprobarlo.

—Luke, hay demasiada actividad allí abajo —le informó Biggs—. Sal. Luke, ¿me lees? Aléjate.

—Apártate, Luke —ordenó la voz más grave de

Jefe Azul—. Hemos obtenido demasiada interferencia allí. ¡Luke, repito que te apartes! No puedo verlo. Dos

Azul, ¿puedes ver a Cinco Azul?

—Negativo —replicó Cuña rápidamente—. Aquí hay una zona de fuego increíble. Mi campo está atascado. Cinco Azul, ¿dónde estás? Luke, ¿te encuentras bien?

—Ha desaparecido —comenzó a informar solemnemente Biggs. Después elevó la voz—: ¡No, esperad... aquí está! Creo que hay unos daños leves en la aleta, pero el chico está bien.

Un murmullo de alivio recorrió la sala de situación y fue especialmente perceptible en el rostro de la hermosa senadora que se encontraba presente.

En la estación de batalla, los soldados agonizantes o ensordecidos por la conmoción de los grandes cañones eran remplazados. Ninguno de ellos tuvo tiempo de preguntar cómo se desarrollaba la batalla y, por el momento, a ninguno le importaba demasiado, característica compartida por todos los soldados rasos desde los albores de la historia.

Luke pasó atrevidamente cerca de la superficie de la estación, concentrado en un lejano saliente metálico.

—Mantente cerca. Cinco Azul — ordenó el comandante del escuadrón—. ¿A dónde vas?

—He visto algo que parece un estabilizador lateral — replicó Luke —. Intentaré darle.

—Ten cuidado. Cinco Azul. El fuego es intenso en tu zona.

Luke ignoró la advertencia mientras dirigía el caza en línea recta hacia la protuberancia de extraña forma. Vio recompensada su decisión cuando, después de saturarla de disparos, presenció su estallido convertida en una espectacular bola de gas supercaliente.

—¡Le di! —exclamó—. Prosigo hacia el sur en busca de otra.

Dentro de la fortaleza-templo rebelde, Leia escuchaba con atención. Pareció simultáneamente asustada y enojada. Finalmente, se volvió hacia Threepio y murmuró:

—¿Por qué Luke corre tantos riesgos?

El androide no respondió.

—¡Cuidado, a tus espaldas, Luke! —La voz de

Biggs sonó a través de los altavoces —. ¡ Cuídate las espaldas! Los cazas se acercan por encima.

Leia se esforzó por ver lo que sólo podía escuchar.

No estaba sola.

—Ayúdalo, Artoo — susurraba Threepio —, y sigue resistiendo.

Luke continuó el picado mientras miraba hacia atrás y divisaba el objeto de la preocupación de Biggs muy próximo a su cola. De mala gana, ascendió y se alejó de la superficie de la estación, abandonando el blanco. Pero su perseguidor era bueno y siguió acercándose.

—No puedo quitármelo de encima — informó.

Algo atravesó el cielo hacia ambas naves.

—Estoy sobre él, Luke —gritó Cuña Antillana—.

Resiste.

Luke no tuvo que resistir mucho tiempo. La puntería de Cuña era excelente y el caza Tie se evaporó, destellante, poco después.

—Gracias, Cuña —murmuró Luke y respiró ligeramente aliviado.

—Buen disparo, Cufia. —Nuevamente la voz de

Biggs —. Cuatro Azul, voy a entrar. Cúbreme. Porkins.

—Estoy contigo. Tres Azul —fue la respuesta del otro piloto.

Biggs se colocó a su nivel y abrió pleno fuego. Nadie supo exactamente qué fue lo que alcanzó, pero la pequeña torre que estalló a causa de sus rayos de energía era, indudablemente, más importante de lo que parecía.

Una serie de explosiones sucesivas recorrió un sector considerable de la superficie de la estación de combate, saltando de una terminal a la otra. Biggs ya había superado la zona de perturbación pero su compañero, ligeramente retrasado, recibió una dosis completa de energía.

—Tengo un problema — anunció Porkins —. Mi conversor está loco. — Su explicación era insuficiente: todos los instrumentos de sus paneles de mando habían enloquecido repentinamente.

—Expulsa... expulsa. Cuatro Azul —aconsejó

Biggs—. Cuatro Azul, ¿lees?

—Estoy bien — repuso Porkins —. Puedo dominar la nave. Biggs, hazme un poco de lugar para correr.

—Estás demasiado bajo — gritó su compañero —.

¡Elévate, elévate!

Dado que sus instrumentos no ofrecían la información adecuada y teniendo en cuenta la altitud a la que se dirigía, no supuso problema alguno seguir a la nave de Porkins desde uno de los emplazamientos de cañones grandes y difíciles de manejar. Lo hizo como sus diseñadores se habían propuesto que lo hiciera. La muerte de Porkins fue tan gloriosa como repentina.

Cerca del polo de la estación de batalla había cierta quietud. El asalto de los escuadrones Azul y Verde al ecuador había sido tan intenso y terrible que la resistencia imperial se concentró allí. Jefe Rojo estudió la falsa paz con pesarosa satisfacción y supo que no duraría mucho.

—Jefe Azul, soy Jefe Rojo — anunció por el micrófono —. Iniciaremos nuestro recorrido de ataque. La portilla de escapes ha sido localizada y señalada. Aquí no hay fuego antiaéreo ni cazas enemigos... todavía.

Parece que al menos haremos un recorrido uniforme.

—Captado, Jefe Rojo — respondió la voz de su igual—. Intentaremos mantenerlos ocupados aquí abajo.

Tres cazas con ala en forma de Y surgieron de las estrellas y se lanzaron en picado hacia la superficie de la estación de combate. En el último momento, giraron para hundirse en un profundo cañón artificial, uno de los muchos que recorría el polo norte de la Estrella de la Muerte. Los terraplenes metálicos pasaron a toda velocidad por tres lados de los cazas.

Jefe Rojo realizó una búsqueda y reparó en la transitoria ausencia de los cazas imperiales. Acomodó un mando y se dirigió a su escuadrón:

—Ya estamos, muchachos. Recordad que cuando penséis que estáis cerca, tendréis que acercaros más antes de soltarles la píldora. Conectad toda la energía para enfrentar las pantallas desviadoras... no os preocupéis por lo que os arrojen desde los costados. Ahora no podemos ocuparnos de eso.

Las tripulaciones imperiales que bordeaban la trinchera comprendieron bruscamente el hecho de que su sección de la estación, hasta ahora ignorada, sufría un ataque. Reaccionaron velozmente y poco después los rayos de energía ascendían hacia las naves atacantes con un volumen cada vez mayor. De vez en cuando, uno estallaba cerca de alguna de las naves Y atacantes y la sacudía sin producir daños serios.

—Parecen un poco agresivos — informó Dos Rojo por el micrófono.

Jefe Rojo reaccionó serenamente:

—Cinco Rojo, ¿cuántos cañones calculas?

Cinco Rojo, al que la mayoría de los pilotos rebeldes conocían con el apodo de Pops, logró calcular las defensas de la trinchera al tiempo que pilotaba su caza en medio de la creciente lluvia de fuego. Su casco estaba prácticamente inutilizado, a consecuencia de haber participado en más batallas de las que tenía derecho a sobrevivir.

—Diría que alrededor de veinte emplazamientos

— declaró finalmente —, algunos en la superficie y los demás en las torres.

Jefe Rojo recibió la información con un gruñido mientras se cubría el rostro con el visor de blancos de la computadora. Las explosiones seguían agitando el caza.

—Conectad las computadoras de blancos —ordenó.

—Dos Rojo — fue una de las respuestas —, computadora conectada y recibo una señal.

La agitación creciente del piloto joven caracterizó su respuesta.

Pero el piloto más viejo de los rebeldes. Cinco Rojo, estaba esperanzadamente sereno y confiado... aunque no lo parecía, a juzgar por lo que murmuró, casi para sus adentros;

—Sin duda alguna, esto se pondrá peliagudo.

El fuego defensivo de los emplazamientos cercanos cesó inesperadamente. Un extraño silencio dominó la trinchera mientras la superficie seguía pasando continuamente junto a las naves Y en vuelo rasante.

—¿Qué es esto? — barbotó Dos Rojo mirando preocupado a su alrededor—. Se han detenido. ¿Por qué?

—No me gusta nada — gruñó Jefe Rojo.

Ahora no había nada que perturbara el acercamiento, no tenían que evitar rayos de energía.

Pops fue el primero en evaluar correctamente esta aparente anomalía por parte del enemigo.

—Estabilizad ahora vuestros desviadores traseros.

Cuidado con los cazas enemigos.

—Tú lo has dicho, Pops —reconoció Jefe Rojo mientras estudiaba una pantalla de lectura —. Se acercan. Tres marcas en punto diez.

Una voz mecánica siguió recitando la distancia cada vez menor respecto al blanco, que no se reducía con suficiente rapidez.

—Estamos perdiendo el tiempo aquí —observó, nervioso.

—Tendremos que salir —les comunicó el viejo a todos —. No podemos defendernos y avanzar hacia el blanco simultáneamente.

Luchó contra los viejos reflejos mientras en su pantalla aparecían tres cazas Tie en formación de precisión, que se lanzaban hacia ellos en línea casi vertical.

—Tres ocho uno cero cuatro — anunció Darth Vader mientras ajustaba serenamente los mandos. Las estrellas rutilaron tras él—. Yo mismo me ocuparé de ellos. Cúbranme.

Dos Rojo fue el primero en morir; el joven piloto nunca supo qué le alcanzó, nunca vio a su verdugo.

A pesar de su experiencia. Jefe Rojo estuvo al borde del pánico al contemplar cómo su hombre-ala se disolvía en llamas.

—Estamos atrapados aquí abajo. No hay posibilidad de maniobrar... los muros de la trinchera están demasiado cerca. Tenemos que moderarnos un poco.

Hemos de...

—Permaneced en el blanco — advirtió una voz más vieja—. Permaneced en el blanco.

Jefe Rojo recibió las palabras de Pops como un tónico, pero fue lo único que pudo hacer para ignorar a los cazas Tie que se aproximaban mientras las dos restantes naves Y seguían avanzando hacia el blanco.

Encima de ellos, Vader se dio el lujo de un instante de placer incontrolado mientras reacomodaba la computadora de blancos. Las naves rebeldes persistieron en un rumbo recto y no evasivo. Vader movió nuevamente el dedo para accionar el mando.

Algo chirrió en el casco de Jefe Rojo y el fuego comenzó a consumir sus instrumentos.

—No sirve —gritó por el fonocaptor—, me han alcanzado. ¡Me han alcanzado...!

Un segundo caza de ala en Y se convirtió en una bola de metal evaporado y diseminó algunos trozos sólidos de desperdicios por la trinchera. Esta segunda pérdida resultó excesiva para Cinco Rojo. Accionó los mandos y su nave comenzó a salir de la trinchera trazando una lenta curva. Detrás, el caza imperial que llevaba la delantera avanzó para seguirle.

—Cinco Rojo a Jefe Azul — informó —. Recorrido abortado bajo un fuego intenso. Los cazas Tie se lanzaron sobre nosotros desde la nada. No puedo... esperar...

A popa, un enemigo mudo e implacable volvía a pulsar un botón mortífero. Los primeros rayos le alcanzaron cuando Pops ya se había elevado lo suficiente para iniciar una acción evasiva. Pero había salido unos segundos tarde.

Un rayo de energía destrozó su motor de babor y encendió el gas que contenía. El motor estalló y arrancó los mandos y los elementos estabilizadores. Incapaz de compensarlo, el descontrolado caza con ala en forma de Y inició una prolongada y grácil zambullida hacia la superficie de la estación.

—Cinco Rojo, ¿te encuentras bien? —preguntó una voz preocupada a través del sistema de intercomunicación de las naves.

—Tiree perdido... Dutch perdido —explicó Pops lenta, cansinamente —. Caen detrás de ti y no puedes maniobrar en la trinchera. Lo siento. Ahora le toca el turno a nuestro bebé. Hasta pronto, Dave...

Fue el último mensaje de un veterano.

Jefe Azul dio a su voz un tono resuelto que no sentía mientras intentaba no ocuparse de la muerte de su viejo amigo.

—Muchachos azules, soy Jefe Azul. Cita en la marca seis punto uno. Que todas las alas se presenten.

—Jefe Azul, soy Diez Azul. Captado.

—Dos azul aquí —informó Cuña—. Estoy en camino, Jefe Azul.

Luke también aguardaba su turno para informar cuando algo sonó en su tablero de mandos. Una mirada hacia atrás confirmó el aviso electrónico pues divisó un caza imperial que se deslizaba detrás de él.

—Soy Cinco Azul —declaró y balanceó la nave mientras intentaba librarse del caza Tie —. Tengo un problema aquí, en seguida estaré con vosotros.

Dirigió la nave en un profundo picado hacia la superficie de metal y lo interrumpió bruscamente para evitar una ráfaga de disparos defensivos de los emplazamientos de abajo. Ninguna maniobra le libró del perseguidor.

—Te veo, Luke — le indicó Biggs de manera tranquilizadora —. Continúa.

Luke miró hacia arriba, hacia abajo y a los costados, pero no encontró indicios de su amigo. Mientras tanto, los rayos de energía del perseguidor pasaban incómodamente cerca.

—Maldita sea, Biggs, ¿dónde estás?

Apareció algo, no a los costados o detrás, sino casi directamente delante de él. Era brillante y se movía con increíble rapidez y después disparó exactamente por encima de él. Cogido totalmente por sorpresa, el caza imperial se hizo pedazos al mismo tiempo que el piloto comprendía lo ocurrido.

Luke se dirigió hacia la marca de cita mientras

Biggs pasaba velozmente por encima.

—Buena jugada, Biggs. Me engañaste a mí también.

—Sólo he comenzado —anunció su amigo mientras desviaba violentamente la nave para evitar el fue go de abajo. Apareció sobre el hombro de Luke y ejecutó un rodeo victorioso —. Señálame el blanco.

En la masa indiferente de Yavin, Dodonna concluyó una acalorada discusión con algunos de sus principales consejeros y después se dirigió al transmisor de largo alcance.

—Jefe Azul, soy Base Uno. Comprueba dos veces tu ataque antes de iniciarlo. Dispon que tus hombres-ala se retrasen y te cubran. Manten la mitad del grupo fuera del alcance para que realicen el recorrido siguiente.

—Captado, Base Uno —fue la respuesta—. Diez

Azul, Doce Azul, reunios conmigo.

Dos naves se nivelaron para flanquear al comandante del escuadrón. Jefe Azul verificó la maniobra.

Satisfecho de que se encontraran correctamente situados para el recorrido de ataque, organizó el grupo que le seguiría si fracasaba.

—Cinco Azul, soy Jefe Azul. Luke, llévate a Dos y a

Tres Azul. Manteneos fuera del fuego de ellos y aguardad mi señal para iniciar el recorrido.

—Captado, Jefe Azul — replicó Luke e intentó apaciguar ligeramente su corazón—. Que la fuerza os acompañe. Biggs, Cuña, preparémonos.

Los tres cazas adoptaron una formación cerrada muy por encima de la lucha que todavía arreciaba entre las naves rebeldes de los escuadrones Verde y Amarillo y los artilleros imperiales apostados debajo.

El horizonte osciló delante de Jefe Azul mientras comenzaba a aproximarse a la superficie de la estación.

—Diez Azul, Doce Azul, manteneos detrás hasta que divisemos a los cazas y después cubridme.

Los tres cazas Y alcanzaron la superficie, se nivelaron y después trazaron un arco en la trinchera. Los hombres-ala se retrasaron cada vez más hasta que Jefe

Azul quedó aparentemente solo en el inmenso abismo gris.

No recibió disparos defensivos al dirigirse hacia el blanco lejano. Miró nerviosamente a su alrededor y verificó una y otra vez los instrumentos.

—Esto se presenta mal —murmuró casi a su pesar.

Diez Azul parecía igualmente preocupado.

—Ahora tendrías que poder divisar el blanco.

—Lo sé. La desorganización aquí abajo es increíble. Creo que mis instrumentos han fallado. ¿Es ésta la trinchera correcta?

Súbitamente, unos intensos rayos de luz comenzaron a pasar cerca, pues las defensas de las trincheras abrieron fuego. Los casi aciertos sacudieron a los atacantes. En el extremo de la trinchera, una torre inmensa dominaba la cordillera de metal y vomitaba enormes cantidades de energía en dirección a las naves que se aproximaban.

—No será fácil ocuparse de esa torre —declaró

Jefe Azul gravemente —. Permaneced alerta para acercaros un poco cuando os lo ordene.

Los rayos de energía cesaron bruscamente y en la trinchera volvieron a reinar el silencio y la oscuridad.

—Ya está — anunció Jefe Azul e intentó localizar el ataque que tenía que llegar desde arriba —. Prestad atención a esos cazas.

—Todos los campos de corto y largo alcance están en blanco — informó nerviosamente Diez Azul —. Hay demasiada interferencia aquí. Cinco Azul, ¿consigues verlos desde donde estás?

Luke estaba atento a la superficie de la estación.

—Ni la más mínima señal de... ¡ Esperad! —tres puntos de luz que se movían rápidamente llamaron su atención—. Aquí están. Se acercan en punto tres cinco.

Diez Azul giró y miró en la dirección señalada. El sol rebotaba en las aletas estabilizadoras de los cazas

Tie que descendían en espiral.

—Los veo.

—Es la trinchera que corresponde, sin duda alguna — exclamó Jefe Azul mientras su campo de rastreo iniciaba súbitamente una serie constante de bips. Acomodó los instrumentos de blanco y se cubrió los ojos con el visor—. Estoy casi al alcance. Blancos preparados... subimos. Mantenedlos alejados de mí durante unos segundos... entretenedlos.

Pero Darth Vader ya preparaba su mando de disparo a la vez que caía como una piedra en dirección a la trinchera.

—Cierren la formación. Yo me ocuparé de ellos.

Doce Azul fue el primero en desaparecer, cuando los motores estallaron. Una ligera desviación en el rumbo de vuelo y su nave se estrelló contra la trinchera. Diez Azul frenó y aceleró y se balanceó como un borracho, pero era poco lo que podía hacer dentro de los confines de las paredes metálicas.

—No puedo resistir mucho tiempo más. Será mejor que dispare mientras pueda. Jefe Azul... nos acercamos a usted.

El comandante del escuadrón estaba totalmente concentrado en acomodar dos círculos dentro de su visor de blancos.

—Estamos casi en el blanco. Serenos, serenos...

Diez Azul miró frenéticamente a su alrededor.

—¡Están precisamente detrás de mí!

Jefe Azul se asombró de la serenidad que sentía.

El aparato de blancos era parcialmente responsable, pues le permitía concentrarse en imágenes abstractas y diminutas con exclusión de todo lo demás, le ayudaba a apartar el resto del universo enemigo.

—Casi... casi... —susurró. En ese instante los dos círculos se unieron, se volvieron de color rojo y en su casco resonó un zumbido uniforme —. Fuera con los torpedos, fuera con los torpedos.

Inmediatamente después, Diez Azul dejó caer sus misiles. Ambos cazas ascendieron bruscamente y se alejaron del extremo de la trinchera al tiempo que varias explosiones se arremolinaban tras ellos.

—¡Lo hemos alcanzado! ¡Lo logramos! —gritó histéricamente Diez Azul.

La respuesta de Jefe Azul estaba cargada de decepción:

—No, no lo hemos conseguido. Los torpedos no entraron, estallaron en la superficie, fuera del pozo.

La decepción también fue responsable de sus muertes, pues no se ocuparon de mirar a sus espaldas. Tres cazas imperiales continuaron su camino desde la luz cada vez más tenue de las explosiones de los torpedos.

Diez Azul cayó bajo el fuego preciso de Vader y después el Oscuro Señor modificó ligeramente su rumbo para situarse detrás del comandante del escuadrón.

—Yo me ocuparé del último —anunció fríamente—. Ustedes dos, regresen.

Luke intentaba distinguir el grupo de asalto en medio de los gases resplandecientes de abajo, cuando se oyó por el comunicador la voz de Jefe Azul:

—Cinco Azul, soy Jefe Azul. Colócate su posición,

Luke. Inicia tu recorrido de ataque. Mantente bajo y aguarda hasta que estés encima. No te será fácil.

—¿Se encuentra bien?

——Los tengo encima... pero me libraré de ellos.

—Cinco Azul a grupo Azul — ordenó Luke —. ¡ En marcha!

Las tres naves se elevaron y se lanzaron hacia el sector de la trinchera.

En el intervalo, Vader había logrado herir a su presa con un rayo lateral que provocó pequeñas pero intensas explosiones en un motor. La unidad R-2 de esta nave se arrastró hacia el ala averiviada y se esforzó en reparar la planta de energía dañada.

—R-2, cierra la alimentación principal del motor de estribor número uno —ordenó serenamente Jefe

Azul y miró resignado los instrumentos que señalaban imposibles —. Agárrate, pues esto puede ponerse difícil.

Luke vio que Jefe Azul tenía dificultades.

—Estamos encima. Jefe Azul — le informó —. Gire hasta punto cero y le cubriremos.

—He perdido el motor de estribor superior — fue la respuesta.

—Bajaremos a buscarle.

—Negativo, negativo Continúa allí y prepárate para el recorrido de ataque.

—¿Seguro que está bien?

—Eso creo... Permanece alerta durante un minuto.

En realidad, en menos de un minuto el ala giratoria en forma de X de Jefe Azul se estrelló contra la superficie de la estación.

Luke vio la intensa explosión que se disipaba, supo sin duda los motivos y por primera vez sintió plenamente la impotencia de la situación.

—Acabamos de perder a Jefe Azul — murmuró distraído y no se preocupó demasiado de que el micrófono captara el sombrío anuncio.

En Yavin Cuatro, Leia Organa se levantó de la silla y comenzó a caminar nerviosa por la sala. Sus uñas normalmente perfectas estaban desparejas y con los bordes irregulares, pues no había dejado de roérselas a causa de los nervios. Ése era el único indicio físico de su agitación. La angustia visible en su expresión revelaba mucho más sus sentimientos; la angustia y la preocupación dominaron la sala tras el anuncio de la muerte de Jefe Azul.

—¿Pueden continuar? —preguntó finalmente la joven a Dodorma.

El general respondió, delicadamente pero decidido:

—Deben hacerlo.

—¡Pero hemos perdido tantos pilotos! ¿Cómo se reagruparán sin Jefe Azul o sin Jefe Rojo?

Dodonna se preparaba para responder pero calló, pues unas palabras más críticas sonaron por los altavoces.

—Acércate, Cuña — decía Luke a miles de kilómetros de distancia—. Biggs, ¿dónde estás?

—Exactamente detrás de ti.

Cuña respondió poco después:

—Muy bien, jefe, estamos en posición.

Dodonna miró a Leia. Parecía preocupado.

Los tres cazas de ala en X se reunieron muy por encima de la superficie de la estación de combate.

Luke estudió los instrumentos y luchó irritado con un mando que parecía funcionar incorrectamente.

Una voz sonó en sus oídos. Era una voz joven-vieja, una voz conocida: serena, satisfecha, confiada y tranquilizadora... una voz que había oído atentamente, en otro tiempo, en el desierto de Tatooine y en las entrañas de la estación que aparecía debajo.

«Confía en tus percepciones, Luke», fue todo lo que dijo la voz semejante a la de Kenobi.

Luke se golpeó el casco, dudando si había oído realmente algo o no. No era un momento oportuno para la introspección. El acerado horizonte de la estación se inclinó a sus espaldas.

—Cuña, Biggs, entraremos — informó a sus hombres-ala—. Entraremos a toda velocidad. No os preocupéis por encontrar la trinchera y acelerad después.

Tal vez de este modo mantengamos los cazas a bastante distancia.

—Nos retrasaremos lo suficiente para cubrirte

— declaró Biggs —. ¿Podrás salir a tiempo si vas a esa velocidad?

—¿Bromeas? —Luke rió juguetonamente mientras iniciaban el picado hacia la superficie—. Será como en Beggars Canyon, en nuestra tierra.

—Estoy contigo, jefe — afirmó Cuña y por primera vez enf atizó el título—. En marcha...

Los tres esbeltos cazas cargaron a toda velocidad contra la superficie resplandeciente y salieron después del último momento. Luke pasó tan cerca de la mole de la estación que la punta de un ala rozó una antena que sobresalía y despidió astillas de metal. Quedaron instantáneamente envueltos en una malla de rayos de energía y de proyectiles explosivos, que se intensificó a medida que descendían hacia la trinchera.

—Parece que los hemos alterado — Biggs rió satisfecho y consideró la mortífera exhibición de energía como un espectáculo que mostraban para entretenerlos.

—Está bien — comentó Luke, sorprendido por la claridad con que veía —. Ahora lo distingo todo.

Cuña no se sintió tan confiado mientras estudiaba sus pantallas de lectura.

En mi campo aparece la torre, pero no logro divisar la portilla de escapes. Sin duda alguna, es terriblemente pequeña. ¿Estás seguro de que la computadora puede situar el blanco?

—Mejor que lo haga — farfulló Biggs.

Luke no hizo una evaluación pues estaba demasiado ocupado en mantener el rumbo en medio de la turbulencia producida por los rayos explosivos. Después, como si hubiese recibido una orden, el fuego defensivo cesó. Miró a su alrededor y hacia arriba en busca de los cazas Tie esperados, pero no vio nada.

Acercó la mano al visor de blancos para acomodarlo y, durante un instante, vaciló. Luego lo acomodó delante de sus ojos.

—Tened cuidado — ordenó a sus compañeros.

—¿Y la torre? —preguntó Cuña lleno de preocupación.

—Tú ocúpate de los cazas —replicó Luke—. Yo me encargaré de la torre.

Avanzaron y, segundo a segundo, se acercaron al blanco. Cuña miró hacia arriba y súbitamente su mirada quedó inmóvil.

—Aquí vienen... Cero punto tres.

Vader estaba acomodando los mandos cuando uno de sus hombres-ala interrumpió el silencio de ataque.

—Se acercan demasiado rápido... no lograrán salir a tiempo.

—Permanezca con ellos —ordenó Vader.

—Van demasiado rápido para lograr una posición

— anunció el otro piloto con plena seguridad.

Vader estudió varias pantallas y sus sensores confirmaron los cálculos de sus hombres.

—Tendrán que reducir la velocidad antes de llegar a esa torre.

Luke observó el panorama de su visor de blancos.

—Ya casi estamos. — Transcurrieron unos segundos hasta que los anillos gemelos se unieron. Apretó convulsivamente el mando de fuego —. ¡Fuera con los torpedos! Arriba, arriba.

Dos potentes explosiones sacudieron la trinchera, pero ligeramente desviadas a un costado de la minúscula abertura. Tres cazas Tie salieron de la bola de fuego que se disipaba rápidamente y acortaron la distancia que los separaba de los rebeldes en retirada.

—Alcáncenlos —ordenó Vader suavemente.

Luke detectó a los perseguidores al mismo tiempo que sus compañeros.

—Cuña, Biggs, separémonos... es la única forma de librarnos de ellos.

Las tres naves se lanzaron hacia la estación y bruscamente se elevaron en tres direcciones distintas. Los tres cazas Tie giraron y siguieron a Luke.

Vader disparó contra la nave que escurría el bulto alocadamente, erró y frunció el ceño.

—La fuerza es poderosa en éste. Qué raro. Yo mismo le abatiré.

Luke saltó entre las torres defensivas y trazó un intrincado sendero alrededor de las bahías de atraque que sobresalían, pero sin éxito. El único caza Tie que quedaba continuó pegado a su cola. Un rayo de energía hizo impacto en un ala, cerca de un motor. Éste comenzó a lanzar chispas en forma irregular y amenazante. Luke se esforzó en compensarlo y mantener el dominio pleno de la nave.

Volvió a caer en la trinchera en un nuevo intento por librarse del persistente seguidor.

—Me han alcanzado — anunció —, pero no es grave. Artoo, averigua qué puedes hacer.

El pequeño androide abandonó su asiento y se ocupó del motor averiado mientras los rayos de energía relampagueaban peligrosamente cerca.

—¡ Agárrate! — aconsejó Luke a Artoo mientras trazaba un rumbo en torno a las torres sobresalientes.

El caza giraba y se retorcía afanosamente en la topografía de la estación. El fuego continuó con intensidad mientras Luke cambiaba azarosamente de rumbo y de velocidad. Una serie de indicadores del panel de mandos mudó lentamente de color; tres indicadores vitales se desbloquearon y ocuparon el sitio que les correspondía—. Creo que lo has logrado, Artoo

—prosiguió Luke, agradecido—. Creo que... bueno, ya está. Intenta sujetarlo para que no pueda volver a soltarse.

Artoo lanzó un bip de respuesta mientras Luke estudiaba el panorama arremolinado detrás y encima de ellos.

—Creo que también nos hemos librado de esos cazas. Grupo Azul, soy Cinco Azul. ¿Estáis libres?

Manipuló varios mandos y la nave con ala en forma de X salió disparada de la trinchera, seguida por el fuego de los emplazamientos.

—Te espero aquí arriba, jefe — anunció Cuña desde su puesto en lo alto de la estación —. No puedo verte.

—Estoy en camino. Tres Azul, ¿estás libre? ¿Biggs?

—Tuve algunas dificultades — explicó su amigo —, pero creo que me libré de él.

Lamentablemente, algo volvió a aparecer en la pantalla de Biggs. Una mirada hacia atrás mostró que el caza Tie que le había perseguido durante los últimos minutos volvía a situarse detrás de él. Giró otra vez en dirección a la estación.

—No, todavía no — informó Biggs a los demás —.

Aguanta, Luke. Pronto estaré allí.

Por los altavoces se oyó una delgada voz mecánica.

—¡Resiste, Artoo, resiste! — En el cuartel general del templo, Threepio se alejó de los sorprendidos rostros humanos que se habían vuelto para mirarle.

Mientras Luke se encumbraba en lo alto de la estación, otra nave en X se le pegó a la cola. Reconoció el aparato de Cuña, pero no vio a su amigo.

—Estamos por entrar, Biggs... reúnete con nosotros. Biggs, ¿te encuentras bien? ¡Biggs! —No había señales del otro caza—. Cuña, ¿lo ves por algún lado?

La cabeza cubierta con el casco se meneó lentamente bajo la cubierta transparente del caza que se balanceaba a poca distancia.

—Nada — informó Cuña por el comunicador —.

Espera un poco más. Ya aparecerá.

Luke miró preocupado a su alrededor, estudió algunos instrumentos y después tomó una decisión.

—No podemos esperar; tenemos que hacerlo ahora. Creo que no logró escapar.

—Eh, muchachos — dijo una voz alegre —, ¿qué estáis esperando?

Luke giró bruscamente hacia la derecha y vio otra nave que pasaba a toda velocidad y frenaba ligeramente delante de él.

—No renunciéis jamás al viejo Biggs — se oyó por el intercomunicador mientras la figura sentada en la nave con ala en forma de X les sonreía.

En la sala central de mandos de la estación de combate, un nervioso oficial corrió hasta una figura que observaba la enorme pantalla y le entregó un puñado de impresos.

—Señor, hemos concluido el análisis del plan de ataque. Existe un riesgo. ¿Interrumpimos el combate o realizamos planes para evacuar? Su nave está preparada.

El gobernador Tarkin miró incrédulamente al oficial y éste retrocedió.

—¡Evacuar! —rugió—. ¿En nuestra hora de triunfo? ¡ Estamos a punto de liquidar los últimos restos de la alianza y usted propone la evacuación! Sobrestima usted excesivamente las posibilidades que pueden tener... ¡Ahora, márchese!

Abrumado por la furia del gobernador, el humillado oficial giró y se retiró de la sala.

—Vamos a entrar — declaró Luke mientras iniciaba el picado hacia la superficie.

Cuña y Biggs le siguieron inmediatamente después.

«En marcha, Luke», dijo en su mente una voz que ya había oído. Volvió a golpearse el casco y miró a su alrededor. Parecía que el orador se encontraba a sus espaldas. Pero no había nada, salvo metal silencioso e instrumentos mudos. Desconcertado, Luke volvió a concentrarse en los mandos.

Una vez más, los rayos de energía llegaron hasta ellos y pasaron inocuamente por ambos lados a medida que la superficie de la estación de combate se acercaba. Pero el fuego defensivo no era la causa del renovado temblor que Luke experimentó repentinamente. Varios indicadores críticos se emplazaron una vez más en la zona de peligro.

Se acercó el fonocaptor:

—Artoo, los elementos estabilizadores han vuelto a soltarse. Trata de acomodarlos... necesito el control pleno de la nave.

El robot ignoró el agitado viaje, los rayos de energía y las explosiones que iluminaban el espacio a su alrededor y se acercó a reparar la avería.

Algunas incansables explosiones adicionales siguieron sacudiendo los tres cazas a medida que caían en la trinchera. Biggs y Cuña se retrasaron para cubrir a

Luke mientras éste se acomodaba el visor de blanco.

Por segunda vez, una extraña vacilación le recorrió. La mano se movió con lentitud cuando finalmente se acomodó el visor delante de los ojos, casi como si sus nervios le fallaran. Como era de esperar, lo» rayos de energía se detuvieron como si hubiesen recibido una señal y disparó sobre la trinchera sin que nadie intentara desviarlo.

—Están nuevamente aquí — declaró Cuña al divisar tres cazas imperiales que se lanzaban sobre ellos.

Biggs y Cuña comenzaron a cruzarse detrás de

Luke, en un intento por librarse del fuego próximo y para confundir a sus seguidores. Un caza Tie ignoró las maniobras y se acercó inexorablemente a las naves rebeldes.

Luke observaba atentamente el aparato de blancos... y después se acercó con lentitud para apartarlo.

Durante un largo minuto estudió el instrumento desactivado y lo miró como hipnotizado. Después se lo acomodó bruscamente sobre el rostro y observó la minúscula pantalla donde aparecía la cambiante relación de la nave en X con la portilla de escapes cada vez más cercana.

—Date prisa, Luke — gritó Biggs mientras desviaba la nave con el tiempo justo para evitar un potente rayo —. Esta vez se acercan más rápidamente. No podremos distraerlos mucho más.

Dart Vader pulsó el mando de fuego de su caza con inhumana precisión. Un grito estremecedor y desgarrante resonó por los altavoces y se fundió con el último chillido agónico de la carne y el metal mientras el caza de Biggs estallaba en un billón de astillas resplandecientes que cayeron hasta el fondo de la trinchera.

Cuña oyó la explosión por los altavoces y buscó frenéticamente a sus espaldas las naves enemigas de persecución.

—¡Hemos perdido a Biggs! — gritó a través de su fonocaptor.

Luke no respondió de inmediato. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se los secó, enfurecido. Le impedían la visión de la pantalla de lectura de blancos.

—Somos un par de estrellas fugaces, Biggs — susurró roncamente —, imposibles de detener.

Su nave osciló levemente a causa de un disparo próximo y dirigió la palabra al hombre-ala que quedaba, marcando con fuerza el final de cada frase:

—Acércate, Cuña. Ya no puedes hacer nada allí.

Artoo, intenta dar mayor energía a nuestros reflectores traseros.

La unidad Artoo obedeció rápidamente, en tanto

Cuña se situaba junto a la nave de Luke. Los cazas

Tie perseguidores también aumentaron la velocidad.

—Estoy sobre el jefe — informó Vader a sus pilotos —. Ocúpense del otro.

Luke voló delante de Cuña, ligeramente a babor.

Los rayos de energía de los perseguidores imperiales empezaron a pasar cerca de ellos. Ambos pilotos cruzaron repetidas veces sus caminos y se esforzaron por presentar el blanco más confuso posible.

Cuña forcejeaba con los mandos cuando varios relámpagos y chispas prendieron en su tablero de mandos. Un pequeño panel estalló y se convirtió en escorias derretidas. Logró mantener el dominio de la nave.

—Tengo un desperfecto serio, Luke. No puedo quedarme contigo.

—Está bien, Cuña, despeja.

Cuña se disculpó sinceramente y salió de la trinchera.

Vader, concentrado en la nave que quedaba delante de él, disparó.

Luke no vio la explosión casi mortal que tuvo lugar a sus espaldas. Tampoco tuvo tiempo de examinar la humeante armazón de metal retorcido que ahora se encontraba junto a un motor. Los brazos del pequeño androide se relajaron.

Los tres cazas Tie continuaron en la trinchera la persecución de las restantes naves con ala en forma de X. Poco después una de ellas infligió al caza bamboleante un golpe demoledor. Sólo quedaban dos imperiales perseguidores. El tercero se había convertido en un cilindro expansivo de fragmentos en descomposición y algunos trozos se encajaron en las murallas del cañón.

El otro hombre-ala de Vader miró frenéticamente a su alrededor en busca de la fuente del ataque. Los mismos campos de distorsión que habían confundido los instrumentos rebeldes perturbaban ahora a los dos cazas Tie.

La nueva amenaza se tornó visible cuando el carguero cubrió totalmente el sol. Se trataba de un transporte coreliano, algo mayor que cualquier caza, y que se lanzaba en picado hacia la trinchera. Pero, por algún motivo, no se movía exactamente como un carguero.

El hombre-ala llegó a la conclusión de que el piloto de ese vehículo estaba inconsciente o loco. Acomodó frenéticamente los mandos para tratar de evitar la temida colusión. El carguero viró hacia lo alto pero, al esquivar al hombre-ala, se desvió excesivamente hacia un costado.

Se produjo una pequeña explosión cuando las dos enormes aletas de los cazas Tie paralelos se cruzaron.

El hombre-ala gritó inútilmente por el fonocaptor y voló hacia el muro cercano de la trinchera. No llegó a tocarla, pues su nave estalló en llamas antes de posarse.

Al otro lado, el caza de Darth Vader comenzó a girar, desahuciado. Los diversos mandos e instrumentos, que no se dejaron impresionar por la mirada desesperada del Oscuro Señor, ofrecieron lecturas brutalmente sinceras. La pequeña nave, totalmente descontrolada, siguió girando en dirección contraria a la del hombre-ala destruido... hacia la interminable extensión del profundo espacio.

El piloto que se encontraba ante los mandos del esbelto carguero no estaba inconsciente ni loco... bueno, tal vez algo desequilibrado, pero, sin embargo, mantenía el mando total de la nave. Ascendió sobre la trinchera y giró para cubrir protectoramente a Luke.

—Chico, ahora estás totalmente libre — informó a éste una voz conocida—. Acúpate de volar esa cosa para poder volver a casa.

Un gruñido de apoyo, que sólo podía haber producido un wookie especialmente voluminoso, acompañó las reconfortantes palabras.

Luke miró a través del toldo y sonrió. Pero su sonrisa desapareció al volver a concentrarse en el visor de blancos. Sentía un cosquilleo en el interior de la cabeza.

«Luke... confía en mí», solicitó el cosquilleo. Por tercera vez oyó las palabras. Luke fijó la mirada en el detector de blancos. La portilla de emergencia de escapes se deslizaba una vez más hacia el círculo de fuego, como antes... cuando erró. Esta vez, sólo vaciló levemente y apartó la pantalla de blancos. Cerró los ojos y pareció murmurar para sus adentros, como si conversara interiormente con alguien oculto. Con la confianza de un ciego en terreno conocido, Luke movió con el pulgar varios mandos y después apretó uno.

Poco después, una voz preocupara habló por los altavoces abiertos de la carlinga:

—Base Uno a Cinco Azul, tu aparato de blancos está desconectado. ¿Qué es lo que falla?

—Nada —murmuró Luke con voz apenas audible—. Nada.

Parpadeó y despejó su mirada. ¿Se había dormido?

Al mirar a su alrededor, descubrió que había salido de la trinchera y se encontraba en el espacio abierto.

Un vistazo hacia el exterior y distinguió la forma conocida de la nave de Han Solo, que le hacía sombra.

Otra mirada al tablero de mandos le mostró que había soltado los torpedos que le quedaban, aunque no recordaba haber pulsado el botón de contacto de fuego.

Pero indudablemente lo había hecho.

Los altavoces de la carlinga rebosaban agitación.

—¡Lo conseguiste! ¡Lo conseguiste! —gritó Cuña repetidas veces —. Creo que entraron directamente.

—¡Buen disparo, chico! —le felicitó Solo a grito pelado, para hacerse oír en medio de los desenfrenados aullidos de Chewbacca.

Unos lejanos y apagados estruendos que presagiaban el éxito, sacudieron la nave de Luke. Tenía que haber disparado los torpedos, ¿o no? Recuperó gradualmente la compostura.

—Me alegro... de que estuvieras aquí para verlo.

Ampliemos las distancias entre esa cosa y nosotros antes de que estalle. Espero que Cuña no se equivoque.

Varias naves en X y en Y, y un carguero de aspecto destartalado se alejaron de la estación de combate y aceleraron hacia la curva lejana de Yavin.

Detrás, unos pequeños destellos cada vez más suaves señalaron la estación en retroceso. Sin advertencia previa, en el cielo apareció algo en lugar de aquello que era más brillante que el resplandeciente gigante de gas, más destellante que su sol lejano. Durante unos instantes fugaces, la noche eterna se convirtió en día. Nadie se atrevió a mirar directamente. Los múltiples escudos protectores situados en lo alto no lograron atenuar el terrible resplandor.

Por un momento, el espacio se llenó de trillones de fragmentos microscópicos de metal, lanzados más allá de las naves en retirada por la energía que un pequeño sol artificial había liberado. Los residuos caídos de la estación de combate seguirían consumiéndose durante varios días y, durante ese breve período, formarían la lápida sepulcral más impresionante de aquel rincón del cosmos.


XIII

Una alegre y chillona multitud de técnicos, mecánicos y moradores del cuartel general de la alianza se apiñaba alrededor de cada caza en cuanto éste se posaba y deslizaba hasta el hangar del templo. Algunos de los pilotos sobrevivientes ya habían abandonado sus naves y esperaban a Luke para felicitarle.

Al otro lado del caza, el grupo era mucho más reducido y más contenido. Se componía de un par de técnicos y un androide alto y humanoide que observaba preocupado a los humanos que subieron al abrasado caza y extrajeron de la parte de atrás un armazón de metal terriblemente chamuscado.

—¡Oh, cielos! ¿Artoo? —preguntó Threepio y se agachó sobre el carbonizado robot—. ¿Puedes oírme?

Di algo. — Sin pestañear, dirigió la mirada a uno de los técnicos—. Podrán repararlo, ¿no?

—Haremos todo lo posible. — El hombre estudió el metal evaporado y los componentes que colgaban—. Ha sufrido una paliza terrible.

—¡ Tiene que repararlo! Señor, si alguno de mis circuitos o de mis módulos sirve, los donaré con todo gusto...

Se alejaron lentamente, ignorando el ruido y el alboroto. Existía una relación muy especial entre los robots y los humanos encargados de repararlos. Cada uno compartía algo del otro, y en ocasiones la línea divisoria entre hombre y máquina era más confusa de lo que muchos estaban dispuestos a reconocer.

El centro de la atmósfera carnavalesca se componía de tres figuras que luchaban por ver cuál de las tres felicitaba más entusiastamente a los otros. Cuando llegaron a las palmas de congratulación, Chewbacca ganó por falta de adversarios. Rieron mientras el wookie se mostraba perturbado, pues había estado a punto de aplastar a Luke en su impaciencia por aclamarlo.

—Supe que regresarías — gritaba Luke —. ¡ Lo sabía ! ¡Han, si no hubieses aparecido de ese modo, ahora yo sería polvo!

Solo no había perdido su presuntuosa autosuficiencia.

—Bueno, no podía permitir que un campesino volador se enfrentara él sólito con esa estación. Además, comencé a comprender lo que podía ocurrir y me pareció terrible, Luke... permitir que tú pudieras recibir todos los honores y recompensas.

Mientras reían, una figura delgada y con el manto al viento corrió hasta Luke en un estilo muy poco senatorial.

—¡Lo lograste, Luke, lo lograste! —gritaba Leia.

Cayó en sus brazos y le abrazó. Después se acercó a Solo y repitió el abrazo. A pesar de lo que cabía esperar, el coreliano no se mostró tan perturbado.

Luke se alejó, súbitamente sobrecogido por la adulación de la multitud. Echó un vistazo de aprobación al agotado caza y después elevó la mirada hacia el alto cielorraso. Durante un segundo creyó oír algo muy parecido a un suspiro de agradecimiento, un relajamiento de los músculos que otrora un viejo loco había hecho en momentos de placer. Por supuesto, sólo se trataba del viento caliente que entraba desde un mundo selvático y húmedo, pero de cualquier manera, Luke sonrió a lo que creyó ver allí arriba.

En la enorme extensión del templo existían muchas salas que los técnicos de la alianza habían adoptado para los servicios modernos. Sin embargo, en su desesperada necesidad, había algo demasiado limpio y clásicamente hermoso en las ruinas de la antigua sala del trono que los arquitectos no se habían atrevido a modificar. La dejaron como estaba y se limitaron a quitar las malezas y los escombros de la avasalladora selva.

Esa cámara espaciosa estaba llena por primera vez en miles de años. Cientos de soldados y de técnicos rebeldes estaban reunidos en el viejo suelo de piedra, juntos por última vez antes de dispersarse hacia los nuevos puestos y los lejanos hogares. Las hileras masivas de uniformes apretados y de semiarmaduras lustradas hacían por primera vez una muestra adecuada del poderío de la alianza.

Las banderas de los numerosos mundos que habían apoyado la rebelión ondeaban al impulso de la suave brisa que se formaba en el interior. En el extremo de un pasillo largo y abierto se encontraba una visión ataviada de blanco protocolario y cubierta por ondas de calcedonia: los sellos del cargo de Leia Organa.

Aparecieron otras figuras en el extremo del pasillo. Una, imponente e hirsuta, dio señales de correr a protegerse, pero un compañero le obligó a situarse en la hilera. Luke, Han, Chewie y Threepio tardaron varios minutos en recorrer la distancia hasta el otro extremo.

Se detuvieron delante de Leia. Luke reconoció al general Dodonna entre otros dignatarios que estaban sentados a poca distancia. Se produjo una pausa; una resplandeciente y conocida unidad Artoo se unió al grupo y caminó hasta detenerse junto a Threepio, totalmente pasmado.

Chewbacca se agitó nervioso y dio a entender que deseaba estar en otro sitio. Solo le hizo callar mientras Leia se ponía de pie y se adelantaba. En ese mismo momento, las banderas ondearon simultáneamente y los presentes en la gran sala dirigieron la mirada hacia el estrado.

La senadora colocó algo pesado y dorado alrededor del cuello de Solo, luego en el de Chewbacca

— tuvo que alzarse de puntillas — y, por último, alrededor del de Luke. Después hizo una señal a la muchedumbre y la rígida disciplina se relajó cuando se permitió a todas las mujeres, hombres y mecánicos presentes expresar sus sentimientos.

Desconcertado en medio de los aplausos y los gritos, Luke descubrió que no pensaba en su posible futuro con la alianza, ni en la posibilidad de viajar a la ventura con Han Solo y Chewbacca. A pesar de lo que

Solo había sostenido en sentido contrario, descubrió que toda su atención estaba concentrada en la radiante Leia Organa.

Ella reparó en su intencionada mirada, pero esta vez se limitó a sonreír.

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