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martes, 5 de mayo de 2009

ANGELES Y DEMONIOS -- 2ªPARTE

ANGELES Y DEMONIOS -- 2ªPARTE -- DAN BROWN
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65

El interior de Santa María del Popolo era una caverna tenebrosa sumida en la penumbra. Recordaba más una estación de metro a medio construir que una catedral. La nave principal era una carrera de obstáculos consistente en suelos destripados, pilas de ladrillos, montañas de tierra, carretillas, incluso una excavadora oxidada. Gigantescas columnas sostenían un techo en forma de cúpula. Langdon se detuvo con Vittoria bajo un enorme fresco de Pinturicchio y examinó el altar mayor.
Nada se movía. Silencio de muerte.
Vittoria sujetaba la pistola con ambas manos delante de ella. Langdon consultó su reloj. Las ocho y cuatro minutos. Estar aquí es una locura, pensó. Es demasiado peligroso. Sabía que, si el asesino se hallaba en la iglesia, podría irse por la puerta que le diera la gana, frustrando cualquier dispositivo de vigilancia exterior. Atraparle dentro era la única forma... si es que aún seguía allí. Langdon se sentía culpable por la equivocación que había arrastrado a todo el mundo al Panteón. No estaba en situación de insistir sobre precauciones en este momento. Era él quien los había acorralado en este rincón.
Vittoria escudriñó la iglesia con expresión angustiada.
—Bien —susurró—. ¿Dónde está la Capilla Chigi?
Langdon paseó la vista por la catedral y estudió las paredes. Contrariamente a lo que pensaba mucha gente, las catedrales renacentistas siempre albergaban múltiples capillas, y catedrales enormes como Notre Dame tenían docenas. Las capillas eran menos estancias que huecos, nichos semicirculares que alojaban tumbas.
Malas noticias, pensó Langdon, cuando vio los cuatro nichos en cada pared lateral. Había ocho capillas en total. Aunque ocho no era un número demasiado elevado, las ocho aberturas estaban cubiertas de enormes hojas de poliuretano transparente, con la intención de evitar que el polvo de las obras se posara sobre las tumbas que contenían los nichos.
—Podría estar en cualquiera de esos nichos —dijo Langdon—. No hay forma de saber cuál es la Chigi sin mirar en cada una. Podría ser un buen motivo para esperar a Oli...
—¿Cuál es el ábside izquierdo secundario? —preguntó Vittoria.
Langdon la estudió, sorprendido por su dominio de la terminología arquitectónica.
—¿El ábside izquierdo secundario?
Vittoria indicó la pared que había detrás de ellos. Había una losa decorativa empotrada en la piedra. Estaba grabada con el mismo símbolo que habían visto fuera, una pirámide bajo una estrella rutilante. La placa, cubierta, de mugre, rezaba:
ESCUDO DE ARMAS DE AGOSTINO CHIGI
CUYA TUMBA SE HALLA EMPLAZADA EN
EL ÁBSIDE SECUNDARIO IZQUIERDO DE ESTA CATEDRAL

Langdon asintió. ¿El escudo de armas de Chigi era una pirámide y una estrella? De repente, se descubrió preguntándose si el rico mecenas Chigi había sido un Illuminatus. Dirigió una mirada de aprobación a Vittoria.
—Buen trabajo, Nancy Drew.
—¿Cómo?
—Da igual. Yo...
Algo metálico se estrelló contra el suelo, a sólo unos metros de distancia. El ruido resonó en toda la iglesia. Langdon arrastró a Vittoria detrás de una columna, al tiempo que la joven apuntaba la pistola en aquella dirección. Silencio. Esperaron. De nuevo un sonido, esta vez un crujido. Langdon contuvo el aliento. ¡No tendría que haberlo permitido! El sonido se acercó, como el de alguien que cojeara. De repente, una presencia inesperada apareció al otro lado de la base de la columna.
—Figlio di puttana! —maldijo por lo bajo Vittoria, y saltó hacia atrás. Langdon la imitó.
Al lado de la columna había una enorme rata, que arrastraba un bocadillo a medio comer envuelto en papel. El animal se detuvo cuando los vio, y contempló durante un largo momento el cañón de la pistola. Luego, al parecer indiferente, continuó arrastrando su captura hacia uno de los nichos de la iglesia.
—Hija de... —exclamó Langdon, con el corazón acelerado.
Vittoria bajó el arma y recuperó al instante la compostura. Langdon se asomó y vio una fiambrera de obrero, tal vez empujada desde un caballete por el ingenioso roedor.
Langdon paseó la mirada por la basílica, pero no detectó el menor movimiento.
—Si este tipo está aquí —susurró—, habrá oído el ruido. ¿Seguro que no quieres esperar a Olivetti?
—Ábside secundario izquierdo —repitió Vittoria—. ¿Dónde está?
Langdon se volvió de mala gana y trató de orientarse. La terminología de las catedrales podía compararse con las directrices para orientarse en un escenario: engañaban a la intuición. Se puso de cara al altar mayor. Centro del escenario. Después, señaló con el pulgar hacia atrás.
Ambos dieron media vuelta y miraron en aquella dirección.
Por lo visto, la Capilla Chigi se hallaba en el tercer o cuarto nicho de la derecha. La buena noticia era que Langdon y Vittoria se encontraban en el lado correcto de la iglesia. La mala era que estaban en el extremo equivocado. Tendrían que atravesar la catedral en toda su longitud, pasando ante tres capillas más, todas cubiertas de sudarios de plástico transparente, como la Capilla Chigi.
—Espera —dijo Langdon—. Yo iré primero.
—Olvídalo.
—Fui yo quien se equivocó en el Panteón.
La joven se volvió.
—Pero yo soy quien lleva la pistola.
Langdon leyó en sus ojos lo que pensaba en realidad: Fui yo quien perdió a mi padre. Fui yo quien ayudó a construir un arma de destrucción masiva. Las rótulas de este tipo son mías...
Langdon intuyó la inutilidad de sus esfuerzos y lo dejó correr. Avanzó junto a ella con cautela por el lado este de la basílica. Cuando pasaron ante el primer nicho cubierto, Langdon se sintió tenso, como si participara en algún concurso surrealista. Elegiré la cortina número tres, pensó.
La iglesia estaba en silencio. Los espesos muros de piedra bloqueaban toda señal del mundo exterior. A medida que iban pasando delante de las capillas, pálidas formas humanoides oscilaban como fantasmas detrás del plástico. Mármol tallado, se dijo Langdon, con la esperanza de no equivocarse. Eran las ocho y seis minutos. ¿Habría sido puntual el asesino, y escapado antes de que Langdon y Vittoria entraran? ¿O seguía aquí? Langdon no estaba seguro de cuál era su posibilidad favorita.
Dejaron atrás el segundo ábside, ominoso en la catedral cada vez más oscura. Daba la impresión de que la noche estaba cayendo por momentos, acentuada por las vidrieras cubiertas de polvo. De pronto, la cortina de plástico que tenían al lado osciló, como agitada por una corriente de aire. Langdon se preguntó si alguien había abierto una puerta.
Vittoria disminuyó el paso cuando distinguieron el tercer nicho. Empuñando la pistola dirigió la mirada en dirección a la estela que había junto al ábside. Había dos palabras talladas en el bloque de granito:
CAPPELLA CHIGI
Langdon asintió. Avanzaron hasta una esquina del nicho sin decir palabra, y se apostaron detrás de una ancha columna. Vittoria apuntó al plástico. Después indicó a Langdon con un ademán que tirara del envoltorio.
Un buen momento para empezar a rezar, pensó Langdon. Extendió la mano a regañadientes por encima del hombro de Víttoria. Empezó a apartar el plástico con el mayor cuidado posible. Se movió un centímetro y crujió ruidosamente. Ambos se quedaron petrificados. Silencio. Al cabo de un momento, como a cámara lenta, Vittoria se inclinó hacia adelante y miró por la estrecha rendija. Langdon echó un vistazo por encima de su hombro.
Por un momento ninguno de los dos respiró.
—Vacía —dijo al fin Vittoria, y bajó el arma—. Hemos llegado demasiado tarde.
Langdon no la oyó. Estaba asombrado, transportado por un instante a otro mundo. Nunca en su vida había imaginado una capilla semejante. Construida por completo en mármol de color castaño, la Capilla Chigi era impresionante. El ojo experto de Langdon la devoró a sorbos. Era la capilla más terrenal que habría podido imaginar, casi como si hubiera sido diseñada por el propio Galileo y los Illuminati.
La cúpula brillaba con un campo de estrellas luminosas y los nueve planetas astronómicos. Debajo, los doce símbolos del Zodíaco, símbolos paganos, terrenales, arraigados en la astronomía. El Zodíaco también estaba relacionado directamente con la Tierra, el Aire, el Fuego, el Agua, los cuadrantes que representaban el poder, el intelecto, el ardor, la emoción, La Tierra representa el poder, recordó Langdon.
En la pared, más abajo, vio tributos a las cuatro estaciones de la Tierra: primavera, estate, autunno, inverno. Pero mucho más increíble que todo esto eran las dos estructuras enormes que dominaban la estancia. Langdon las miró con silenciosa reverencia. No puede ser, pensó. ¡Es imposible! Pero no lo era. A cada lado de la capilla, en perfecta simetría, había dos pirámides de mármol de tres metros de altura.
—No veo a ningún cardenal —susurró Vittoria—. Ni tampoco a un asesino.
Apartó el plástico y entró.
Los ojos de Langdon estaban clavados en las pirámides. ¿Qué hacen estas pirámides en el interior de una capilla cristiana? Por increíble que fuera, aún había más. En el centro de cada pirámide,
incrustados en sus fachadas anteriores, había medallones de oro... Medallones como Langdon había visto pocas veces, elipses perfectas. Los discos bruñidos brillaban bajo el sol poniente que se filtraba por la cúpula. ¿Elipses de Galileo? ¿Pirámides? ¿Una cúpula de estrellas? La cúpula poseía más significación iluminista que cualquier otra estancia que Langdon hubiera podido imaginar.
—Robert —soltó Vittoria con voz quebrada—. ¡Mira!
Langdon giró en redondo, y volvió a la realidad cuando miró hacia donde ella indicaba.
—¡Caramba! —gritó al tiempo que saltaba hacia atrás.
Desde el suelo los miraba con expresión desdeñosa la imagen de un esqueleto, un trabajado mosaico de mármol que plasmaba «la muerte en vuelo». El esqueleto cargaba con una tabla que retrataba la misma pirámide y estrellas que habían visto fuera. Sin embargo, no fue la imagen lo que heló la sangre en las venas de Langdon. Era el hecho de que el mosaico estaba montado sobre una piedra circular, un cupermento, que había sido levantado del suelo como una tapa de una alcantarilla, y ahora se hallaba a un lado de una abertura negra practicada en el suelo.
—¡El agujero del demonio! —exclamó Langdon con voz ahogada.
Había estado tan entusiasmado con el techo, que ni siquiera se había fijado. Avanzó hacia el pozo, vacilante. El hedor que surgía de él era abrumador.
Vittoria se tapó la boca con la mano.
—Che puzza.
—Emanaciones —dijo Langdon—. Vapores procedentes de huesos putrefactos. —Respiró a través de la manga cuando se inclinó sobre el agujero y escudriñó su interior. Negrura—-. No veo nada.
—¿Crees que hay alguien ahí abajo?
—No hay forma de saberlo.
Vittoria indicó el otro lado del agujero, desde donde una escalera de madera podrida descendía a las profundidades.
Langdon negó con la cabeza.
—Como bajar al infierno.
—Tal vez haya una linterna entre las herramientas de los obreros. —Parecía ansiosa por encontrar una excusa que le permitiera huir del hedor—. Iré a mirar.
—¡Con cuidado! —advirtió Langdon—. No sabemos con seguridad si el hassassin...
Pero Vittoria ya se había ido.
Una mujer tozuda, pensó Langdon.
Cuando se volvió hacia el pozo, se sintió mareado por los efluvios. Contuvo el aliento, hundió la cabeza más abajo del borde y escudriñó las tinieblas. Sus ojos se adaptaron poco a poco a la oscuridad, y empezó a ver tenues formas abajo. Daba la impresión de que el pozo desembocaba en una cámara pequeña. El agujero del demonio. Se preguntó cuántas generaciones de Chigi habían sido arrojadas al pozo sin más ceremonias. Langdon cerró los ojos y esperó, obligó a sus pupilas a dilatarse para ver mejor en la oscuridad. Cuando volvió a abrir los ojos, distinguió una figura pálida en la oscuridad. Langdon se estremeció, pero reprimió el instinto de retroceder. ¿Estoy viendo visiones? ¿Es eso un cadáver? La figura se desvaneció. Langdon cerró los ojos de nuevo y esperó, esta vez más rato, para que sus ojos pudieran captar la luz más tenue.
Empezó a sentirse mareado, y se puso a divagar en la negrura. Unos segundos más. Ignoraba si era debido a las emanaciones o a mantener la cabeza inclinada, pero no se encontraba bien. Cuando abrió por fin los ojos, la imagen que vio ante él le resultó inexplicable.
Estaba mirando una cripta bañada en una luz azulina siniestra. Un tenue siseo resonaba en sus oídos. Una luz se reflejaba en las paredes empinadas del pozo. De repente, una larga sombra se materializó sobre él. Langdon, sobresaltado, se puso en pie de un brinco.
—¡Cuidado! —exclamó alguien detrás de él.
Antes de que Langdon pudiera volverse, notó un intenso dolor en la nuca. Giró en redondo, y vio a Vittoria apartando un soplete. El aparato era el causante de la luz azul que iluminaba la capilla.
Langdon se llevó la mano al cuello.
—¿Qué pretendes?
—Sólo darte un poco de luz —dijo la joven—. Te has tirado contra mí.
Langdon miró el soplete.
—Es lo mejor que he podido encontrar —explicó Vittoria—. No he visto ninguna linterna.
Langdon se frotó la nuca.
—No te oí entrar.
Vittoria le tendió el soplete, y se encogió de nuevo cuando percibió el hedor.
—¿Crees que esas emanaciones son combustibles?
—Esperemos que no.
Tomó el soplete y se acercó con lentitud al agujero. Avanzó hasta el borde e introdujo la llama en la abertura, de manera que iluminara la pared lateral. Cuando dirigió la luz, sus ojos siguieron el contorno de la pared hacia abajo. La cripta era circular, de unos seis metros de diámetro. La luz del soplete iluminó el fondo a unos nueve metros de profundidad. La tierra era oscura, moteada de diversos colores. Terrenal. Entonces, Langdon vio el cuerpo.
Su instinto le aconsejó retroceder.
—Está ahí —dijo haciendo un gran esfuerzo para no huir. La figura se destacaba contra el suelo de tierra—. Creo que está desnudo.
Langdon recordó el cuerpo desnudo de Leonardo Vetra.
—¿Es uno de los cardenales?
Langdon no tenía ni idea, pero no podía imaginar quién más podía ser. Contempló la masa pálida. Inmóvil. Sin vida. Y no obstante... Langdon vaciló. La posición de la figura era muy extraña. Como si...
—¿Hola? —llamó Langdon.
—¿Crees que está vivo?
No hubo respuesta desde abajo.
—No se mueve —dijo Langdon—. Pero parece...
No, imposible.
—¿Parece que?
Vittoria también estaba mirando desde el borde.
Langdon escudriñó la negrura.
—Parece que está de pie.
Vittoria contuvo el aliento y bajó la cara para ver mejor. Al cabo de un momento, la levantó.
—Tienes razón. ¡Está de pie! ¡Quizás esté vivo y necesite ayuda! ¿Hola? —gritó a su vez—. Mi può sentiré?
No resonó el eco en el mohoso interior del pozo. Sólo silencio.
Vittoria se encaminó a la escalera.
—Voy a bajar.
Langdon la agarró del brazo.
—No. Es peligroso. Yo iré.
Esta vez Vittoria no protestó.


66

Chinita Macri estaba furiosa. Iba sentada en el asiento del pasajero de la camioneta de la BBC, que acababa de desviarse por Via Tomacelli. Gunther Glick estaba consultando el plano de Roma, al parecer desorientado. Tal como ella temía, el desconocido había vuelto a llamar, esta vez con información.
—Piazza del Popolo —insistió Glick—. Es lo que estamos buscando. Hay una iglesia en la plaza. Y dentro está la prueba.
—La prueba. —Chinita dejó de limpiar las gafas y se volvió hacia él—. ¿La prueba de que el cardenal ha sido asesinado?
—Eso dijo.
—¿Te crees todo lo que te dicen?
Como tantas veces, Chinita deseó estar al mando. Sin embargo, los cámaras de vídeo estaban sujetos a los caprichos de los reporteros dementes para los cuales rodaban. Si Gunther Glick deseaba seguir una débil pista telefónica, Macri era como un perro sujeto a una correa.
Le miró, sentado en el asiento del conductor, la mandíbula apretada. Los padres del hombre, decidió, debían de ser comediantes frustrados, para ponerle de nombre Gunther Glick. No era de extrañar que el pobre tipo necesitara demostrar algo. No obstante, pese a su desgraciado nombre y a la irritante ansiedad por dejar huella, Glick era dulce, como una especie de Hugh Grant atiborrado de litio.
—¿No deberíamos volver a San Pedro? —dijo Macri con la mayor paciencia posible—. Ya vendremos a investigar esta misteriosa iglesia más tarde. Hace una hora que empezó el cónclave. ¿Y si los cardenales llegan a una decisión en nuestra ausencia?
Glick no pareció oírla.
—Creo que estamos haciendo lo correcto. —Inclinó el plano y volvió a estudiarlo—. Eso es, si giro a la derecha... y luego, enseguida a la izquierda...
Se desvió hacia la calle estrecha que tenían delante.
—¡Cuidado! —chilló Macri.
Era una cámara experta, y tenía muy buena vista. Por suerte, Glick también fue rápido. Pisó los frenos y consiguió no entrar en el cruce justo cuando una hilera de cuatro Alfa Romeo aparecían de la nada y pasaban como una exhalación. Enseguida, los coches aminoraron la velocidad y giraron a la izquierda una manzana más adelante, siguiendo la ruta exacta que Glick quería tomar.
—¡Maníacos! —gritó Macri.
Glick parecía impresionado.
—¿Has visto eso?
—¡Sí, lo he visto! ¡Un poco más y nos matan!
—No, me refiero a los coches —dijo Glick con voz nerviosa de repente—. Todos eran iguales.
—Eso quiere decir que eran maníacos carentes de imaginación.
—Los coches iban llenos.
—¿Y qué?
—¿Cuatro coches idénticos, todos con cuatro pasajeros?
—¿Has oído hablar de compartir coche?
—¿En Italia? —Glick inspeccionó el cruce—. Ni siquiera han oído hablar de la gasolina sin plomo.
Pisó el acelerador y salió tras los coches.
Macri se hundió contra el respaldo de su asiento.
—¿Qué estás haciendo?
Glick aceleró y giró a la izquierda, en persecución de los Alfa Romeo.
—Algo me dice que tú y yo no somos los únicos que van a esa iglesia.

67

La bajada fue lenta.
Langdon descendió peldaño a peldaño por la escalerilla que conducía al subterráneo de la Capilla Chigi. Me meto en el agujero del demonio, pensó. Estaba encarado a la pared lateral, de espaldas a la cripta, y se preguntó cuántos espacios angostos más podría encontrar en un solo día. La escalerilla crujía a cada paso que daba, y el intenso olor a carne descompuesta y humedad eran casi asfixiantes. Langdon se preguntó dónde demonios estaba Olivetti.
La silueta de Vittoria aún era visible arriba, empuñando el soplete que iluminaba a Langdon. A medida que descendía, el resplandor se iba atenuando. Lo único que aumentaba era el hedor.
Doce peldaños más abajo, sucedió. El pie de Langdon se posó en un punto resbaladizo a causa de la putrefacción y se tambaleó. Saltó hacia adelante y aferró la escalerilla con los antebrazos para no caer al fondo. Maldijo las contusiones que florecían en sus brazos, impulsó su cuerpo hacia la escalerilla de nuevo y continuó su descenso.
Tres peldaños después, estuvo a punto de caer, pero en esta ocasión no fue un peldaño lo que causó el accidente. Fue un ataque de miedo. Había pasado ante un nicho de la pared, y de pronto se encontró cara a cara con una colección de calaveras. Cuando contuvo la respiración y miró a su alrededor, cayó en la cuenta de que este nivel de la pared era un laberinto de nichos sepulcrales, llenos de esqueletos. A la luz fosforescente, se materializó un conglomerado de cuencas oculares vacías y cajas torácicas putrefactas.

Esqueletos a la luz de las velas, pensó con ironía, al darse cuenta de que había padecido una velada similar el mes pasado. Una noche de huesos y llamas. La cena de beneficencia del Museo de Arqueología de Nueva York, celebrada a la luz de las velas: salmón flameado a la sombra de un esqueleto de brontosauro. Había acudido a la invitación de Rebecca Strauss, en otro tiempo modelo, ahora crítica de arte del Times, un torbellino de terciopelo negro, cigarrillos y pechos remodelados de una manera poco sutil. Desde entonces, le había llamado dos veces. Langdon no le había devuelto las llamadas. Muy poco caballeroso, pensó, mientras se preguntaba cuánto tiempo duraría Rebecca Strauss en un pozo hediondo como éste.
Langdon experimentó un gran alivio cuando sintió que el último peldaño daba paso a la tierra esponjosa del fondo. Notó húmedo el suelo que pisaba. Una vez seguro de que las paredes no iban a cerrarse sobre él, se volvió hacia la cripta. Era circular, de unos seis metros de diámetro. Langdon, que volvía a respirar tapándose la nariz con la manga de la chaqueta, desvió la vista hacia el cadáver. La imagen se veía borrosa en la oscuridad. Un contorno blanco, carnoso. Con la cara mirando en dirección contraria. Inmóvil. Silencioso.
Avanzó y trató de entender lo que estaba contemplando. El hombre le daba la espalda, de forma que Langdon no podía ver su cara, pero parecía estar de pie.
—¿Hola? —dijo Langdon con voz estrangulada. Nada. Cuando se acercó más, reparó en que el hombre era muy bajo. Demasiado.
—¿Qué está pasando? —preguntó Vittoria desde arriba al tiempo que movía el soplete.
Langdon no contestó. Estaba lo bastante cerca para verlo todo. Comprendió, y lo que vio le repugnó. Tuvo la impresión de que la cámara se estrechaba a su alrededor. Del suelo del pozo emergía un anciano. .. o, mejor dicho, la mitad de él. Estaba enterrado hasta la cintura en la tierra. Desnudo. Las manos atadas a la espalda con el fajín rojo de cardenal. Erguido, con la espalda arqueada hacia atrás como un saco de arena. El hombre tenía los ojos alzados hacia el cielo, como si implorara ayuda a Dios.
—¿Está muerto? —preguntó Vittoria.

Langdon avanzó hacia el cuerpo. Por su bien, espero que sí. Cuando estuvo a menos de un metro, miró los ojos levantados hacia las alturas. Se le salían de las órbitas, azules e inyectados en sangre. Langdon se inclinó para comprobar si aún respiraba, pero retrocedió al instante.
—¡Por los clavos de Cristo!
-¿Qué?
Langdon estuvo a punto de vomitar.
—Está muerto. Acabo de descubrir la causa de la muerte. —La visión era espeluznante—. Le han llenado la boca de tierra. Murió asfixiado.
—¿De tierra?
Langdon respiró hondo. Tierra. Casi lo había olvidado, Las marcas. Tierra, Aire, Fuego, Agua. El asesino había amenazado con marcar a cada víctima con uno de los antiguos elementos de la ciencia. El primer elemento era la Tierra. Desde la tumba terrenal de San. Mareado por las emanaciones, Langdon rodeó el cadáver. Al moverse, el estudioso de los símbolos que era repitió en voz alta el desafío artístico de crear el ambigrama mítico. ¿Tierra? ¿Cómo? Y no obstante, un instante después, lo tuvo frente a él. Siglos de leyendas sobre los Illu-minati remolinearon en su mente. La marca impresa en el pecho del cardenal estaba chamuscada y sanguinolenta. La carne se había ennegrecido, La lingua pura...
Langdon contempló la marca, mientras la cripta empezaba a dar vueltas a su alrededor.

—Tierra —susurró, y giró la cabeza para ver el símbolo al revés—. Tierra.
Después, horrorizado, cayó en la cuenta. Hay tres más.


68

Pese a la tenue luz de las velas que reinaba en la Capilla Sixtina, el cardenal Mortati estaba muy nervioso. El cónclave había empezado de manera oficial. Y había empezado de una forma muy poco auspiciosa.
Treinta minutos antes, a la hora señalada, el camarlengo Carlo Ventresca había entrado en la capilla. Caminó hasta el altar y recitó la oración de apertura. Después, desenlazó las manos y les habló en el tono más directo que Mortati había oído jamás.
—Sabéis muy bien que nuestros cuatro preferiti no se hallan presentes en el cónclave en este momento —dijo el camarlengo—. Pido, en nombre de Su difunta Santidad, que cumpláis vuestro deber... con fe y determinación. No tengáis presente más que a Dios.
Después dio media vuelta para marcharse.
—Pero ¿dónde están? —soltó un cardenal.
El camarlengo se detuvo.
—No sabría decirlo.
—¿Cuándo volverán?
—No sabría decirlo.
—¿Se encuentran bien?
—No sabría decirlo.
—¿Cuándo volverán?
Siguió una larga pausa.
—Tened fe —dijo el camarlengo. Después abandonó la sala.

Habían sellado las puertas de la Capilla Sixtina, tal como mandaba la tradición, con dos pesadas cadenas. Cuatro Guardias Suizos vigilaban en el pasillo. Mortati sabía que las puertas sólo se abrirían, antes de elegir al Papa, si alguien de los encerrados caía mortalmente enfermo, o si los preferiti llegaban. Mortati rezó para que fuera lo último, aunque a juzgar por el nudo de su estómago no estaba demasiado seguro.
Cumplamos nuestro deber, decidió Mortati, guiándose por la fuerza que proyectaba la voz del camarlengo. En consecuencia, había convocado una votación. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Habían tardado media hora en terminar los rituales que precedían a la primera votación. Mortati había esperado con paciencia en el altar principal, mientras cada cardenal, por orden descendente de edad, se había acercado y procedido a votar según el ritual.
Ahora, por fin, el último cardenal había llegado al altar, y estaba arrodillado ante él.
—Pongo por testigo a Dios nuestro Señor —declaró el cardenal, tal como habían hecho los demás—, quien será mi juez, que otorgo mi voto al que considero ante Dios que debería ser elegido.
El cardenal se incorporó. Alzó el voto por encima de su cabeza para que todo el mundo lo viera. Después, bajó el voto hasta el altar, donde una bandeja descansaba sobre un amplio cáliz. Depositó el voto sobre la bandeja. A continuación, alzó la bandeja y la utilizó para dejar caer el voto en el cáliz. Se utilizaba la bandeja para impedir que alguien depositara varios votos en secreto.
Después de votar, volvió a colocar la bandeja sobre el cáliz, se inclinó ante la cruz y regresó a su asiento.
Habían depositado el último voto.
Ahora Mortati tenía que empezar a trabajar.
Con la bandeja encima del cáliz, agitó los votos para mezclarlos. Después, apartó la bandeja y extrajo un voto al azar. Lo desdobló. La papeleta medía cinco centímetros de ancho exactos. Leyó en voz alta para que todo el mundo le oyera.
—Eligo in summum pontificem... —anunció, leyendo el texto impreso en la parte superior de cada papeleta. Elijo como Sumo Pontífice. ..
Después, dijo el nombre del elegido. A continuación, alzó una aguja enhebrada y perforó la papeleta por la palabra Eligo, y deslizó con cuidado la papeleta en el hilo. Después, tomó nota del voto en un cuaderno.
A continuación, repitió el mismo procedimiento. Eligió un voto del cáliz, lo leyó en voz alta, lo enhebró en el hilo y anotó el nombre en el libro. Casi de inmediato, Mortati presintió que la primera votación se saldaría con el fracaso. No habría consenso. Al cabo de tan sólo siete votos, ya habían sido nominados siete cardenales. Como de costumbre, la caligrafía de cada voto se disimulaba con mayúsculas o letra ornamentada. El disimulo no dejaba de ser irónico en este caso, porque era evidente que los cardenales estaban votando por sí mismos. Mortati sabía que este aparente engreimiento no tenía nada que ver con las ambiciones personales. Era una maniobra defensiva. Una táctica dilatoria para asegurar que ningún cardenal recibiría suficientes votos para ganar... y se forzaría otra votación.
Los cardenales estaban esperando a sus favoriti...
Una vez tomada nota del último voto, Mortati declaró la votación «fallida».
Tomó el hilo del que colgaban todas las papeletas y ató los extremos para crear un aro. Después, dejó el aro de votos sobre una bandeja de plata. Añadió los productos químicos necesarios y llevó la bandeja a una pequeña chimenea que había detrás de él. Prendió fuego a los votos. Cuando ardieron, los productos químicos crearon un humo negro. El humo ascendió por una tubería hasta un agujero del tejado, que se elevaba por encima de la capilla para que todo el mundo fuera testigo. El cardenal Mortati acababa de enviar su primer comunicado al mundo exterior.
Una votación. No había Papa.

69

Casi asfixiado por las emanaciones, Langdon subió por la escalerilla hacia la luz que se veía en lo alto del pozo. Oía voces arriba, pero todo era absurdo. Imágenes del cardenal marcado daban vueltas en su mente.
Tierra... Tierra...
Mientras ascendía se le nublaba la vista, y temió desmayarse. A dos escalones del final, perdió el equilibrio. Se izó con la intención de encontrar el borde, pero estaba demasiado lejos. Estuvo a punto de precipitarse al vacío. Sintió un fuerte dolor debajo de los brazos, y de repente se encontró flotando sobre el abismo.
Las fuertes manos de dos Guardias Suizos le sujetaban por debajo de las axilas y le levantaban. Un momento después, la cabeza de Langdon emergió del agujero del demonio, medio asfixiado y falto de aire. Los guardias le tendieron sobre el frío suelo de mármol.
Por un momento, Langdon no supo dónde estaba. Arriba veía estrellas, planetas en órbita. Figuras borrosas correteaban. Había gente que gritaba. Intentó incorporarse. Estaba tendido al pie de una pirámide de piedra. Una voz conocida resonó en la capilla con tono encolerizado, y Langdon volvió a la realidad.
Olivetti estaba chillando a Vittoria.
—¿Por qué demonios se equivocaron de lugar?
La joven intentaba explicar la situación.
Olivetti la interrumpió a mitad de una frase y se volvió para ladrar órdenes a sus hombres.

—¡Saquen ese cadáver de ahí! ¡Registren el resto del edificio!
Langdon trató de levantarse. La Capilla Chigi estaba llena de Guardias Suizos. La cortina de plástico que cubría la entrada de la ca-pilla había sido arrancada, y el aire fresco llenó los pulmones de Langdon. Mientras recuperaba poco a poco los sentidos, vio que Vittoria se acercaba a él. Se arrodilló con su cara de ángel.
—¿Te encuentras bien?
La joven le tomó el pulso. Notó la ternura de sus manos sobre la piel.
—Gracias. —Langdon se incorporó por fin—. Olivetti está ca-breado.
Vittoria asintió.
—Tiene todo el derecho. Nos hemos equivocado.
—Quieres decir que yo me equivoqué.
—Pues redímete. Atrápale la próxima vez.
¿La próxima vez? Langdon pensó que era un comentario cruel ¡No hay próxima vez! ¡Hemos perdido nuestra oportunidad!
Vittoria consultó el reloj de Langdon.
—Mickey dice que nos quedan cuarenta minutos. Concéntrate y ayúdame a encontrar el siguiente indicador.
—Ya te he dicho, Vittoria, que las esculturas han desaparecido. El Sendero de la Iluminación está...
Vittoria sonrió.
De pronto, Langdon se puso de pie con un gran esfuerzo, ma-reado, y contempló las obras de arte que le rodeaban. Pirámides, estrellas, planetas, elipses. De repente, se acordó de todo. ¡Éste es el primer altar de la ciencia! ¡El Panteón no! Comprendió lo perfecta que resultaba la capilla para los Illuminati, mucho más sutil y selectiva que el Panteón, famoso en todo el mundo. La Capilla Chigi estaba en un nicho apartado, un tributo a un gran mecenas de la ciencia, decorada con simbología terrenal. Perfecta.
Langdon se apoyó contra la pared y contempló las enormes esculturas en forma de pirámide. Vittoria estaba en lo cierto. Si esta ca-pilla era el primer altar de la ciencia, cabía la posibilidad de que todavía albergara la escultura de los Illuminati que hiciera las veces d e primer indicador. Langdon sintió una reparadora oleada de esperanza cuando comprendió que aún tenían otra oportunidad. Si el indicador se encontraba en la capilla, y podían seguirlo hasta el siguiente altar de la ciencia, quizá podrían detener al asesino.
Vittoria se acercó más.
—He descubierto quién fue el escultor de los Illumínati.
Langdon volvió la cabeza al instante.
—¿Que has que?
—Ahora, sólo necesitamos averiguar cuál de las esculturas que hay aquí es el...
—¡Espera un momento! ¿Sabes quién fue el escultor de los Illu-minati?
Había dedicado años a la búsqueda de esa información.
Vittoria sonrió.
—Fue Bernini. —Hizo una pausa—. Ese Bernini.
Langdon supo de inmediato que se había equivocado. Bernini era imposible. Gianlorenzo Bernini era el segundo escultor más famoso de todos los tiempos, y su fama sólo la eclipsaba el mismísimo Miguel Ángel. En el siglo XVII, Bernini creó más esculturas que cualquier otro artista. Por desgracia, el hombre al que estaban buscando era un desconocido, un don nadie.
Vittoria frunció el ceño.
—No pareces muy contento.
—Bernini es imposible.
—¿Por qué? Bernini fue contemporáneo de Galileo. Era un escultor brillante.
—Era un hombre muy famoso y católico.
—Sí —dijo Vittoria—. Igual que Galileo.
—No —protestó Langdon—. Nada que ver con Galileo. Galileo era una espina clavada en el costado del Vaticano. Bernini era el chico favorito del Vaticano. La Iglesia quería a Bernini. Fue nombrado autoridad artística suprema del Vaticano. ¡Vivió prácticamente en el Vaticano durante toda su vida!
—Una coartada perfecta. Un Illuminatus infiltrado.
Langdon se sentía confundido.
—Vittoria, los Illuminati se referían a su artista secreto como il maestro ignoto. El maestro desconocido.
—Sí, desconocido para ellos. Piensa en el secretismo de los masones. Sólo los miembros del escalón superior conocían toda la verdad. Galileo pudo haber ocultado la verdadera identidad de Bernini a casi todos los miembros... por el bien del artista. De esa forma, el Vaticano nunca lo descubrió.
Langdon no estaba convencido, pero debía admitir que la lógica de Vittoria tenía un sentido extraño. Los Illuminati eran famosos por guardar información secreta compartimentada, de forma que la verdad sólo se revelaba a los miembros del nivel superior. Era la piedra angular de su habilidad para existir en secreto... Muy pocos conocían toda la historia.
—La pertenencia de Bernini a la secta de los Illuminati explica por qué diseñó esas dos pirámides —añadió Vittoria con una sonrisa.
Langdon se volvió hacia las enormes esculturas y meneó la cabeza.
—Bernini era un escultor religioso. Es imposible que esculpiera esas pirámides.
Vittoria se encogió de hombros.
—Díselo a la placa que tienes detrás.
Langdon se dio media vuelta.
ARTE DE LA CAPILLA CHIGI
Si bien el diseño arquitectónico es de Rafael,
todos los ornamentos interiores son obra de Gianlorenzo Bernini.
Langdon leyó la placa dos veces, sin convencerse todavía. Gianlorenzo Bernini era celebrado por sus recargadas esculturas religiosas de la Virgen María, ángeles, profetas y papas. ¿Qué hacía esculpiendo pirámides?
Alzó la vista hacia los imponentes monumentos, desorientado por completo. Dos pirámides, cada una con un brillante medallón elíptico. Era lo más cercano a una escultura no cristiana. Las pirámides, las estrellas en lo alto, los signos del Zodíaco. Todos los ornamentos interiores son obra de Gianlorenzo Bernini. Si eso era cierto, significaba que Vittoria tenía razón. Por eliminación, Bernini era el maestro desconocido de los Illuminati. Nadie más había colaborado en la decoración de la capilla. Las implicaciones se sucedieron en tropel, demasiado deprisa para que Langdon las asimilara.
Bernini era un llluminatus.
Bernini diseñó los ambigramas de los Illuminati.
Bernini trazó el Sendero de la Iluminación.
Langdon apenas podía hablar. ¿Era posible que aquí, en esta diminuta Capilla Chigi, el famoso Bernini hubiera colocado una escultura que señalara el camino hacia el siguiente altar de la ciencia?
—Bernini —dijo—. Nunca me lo habría imaginado.
—¿Quién sino un famoso artista del Vaticano habría gozado de la influencia suficiente para distribuir sus obras de arte por capillas católicas de toda Roma, para crear así el Sendero de la Iluminación? Un desconocido no, desde luego.
Langdon meditó sobre las palabras de Vittoria.
Miró las pirámides, se preguntó si alguna de las dos podía ser el indicador. ¿Quizá las dos?
—Las pirámides están encaradas en direcciones opuestas —dijo sin saber muy bien qué deducir de ello—. También son idénticas, de modo que no sé cuál...
—No creo que las pirámides sean lo que estamos buscando.
—Pero son las únicas esculturas que hay aquí.
Vittoria le interrumpió para señalar a Olivetti y algunos guardias, congregados cerca del agujero del demonio.
Langdon siguió la dirección de la mano de Vittoria hasta la pared del fondo. Al principio, no vio nada. Después alguien se movió y distinguió algo. Mármol blanco. Un brazo. Un torso. Y después, un rostro esculpido. Oculto en parte en su nicho. Dos figuras humanas de tamaño natural entrelazadas. El pulso de Langdon se aceleró. Se había obsesionado hasta tal punto con las pirámides y el agujero del demonio que ni siquiera había visto esa escultura. Atravesó la estancia, abriéndose paso entre los guardias. Cuando se acercó, reconoció que la obra era de Bernini: la intensidad de la composición artística, las caras trabajadas y las ropas sueltas, todo tallado en el mármol blanco más puro que podía comprar el dinero del Vaticano. No fue hasta que estuvo casi delante que Langdon reconoció la escultura. Miró las dos caras y lanzó una exclamación ahogada.

—¿Quiénes son? —preguntó Vittoria, que le había pisado los talones.
Langdon estaba estupefacto.
—Habakkuk y el Ángel —dijo con voz casi inaudible. La pieza era una obra de Bernini muy conocida, incluida en algunos textos de historia del arte. Langdon había olvidado que adornaba la capilla.
—¿Habakkuk?
—Sí. El profeta que predijo la aniquilación de la Tierra.
Vittoria no ocultó su inquietud.
—¿Crees que es el indicador?
Langdon asintió, asombrado. Nunca en su vida había estado tan seguro de algo. Éste era el primer indicador de los Illuminati. Sin la menor duda. Aunque había esperado que la escultura «señalara» al siguiente altar de la ciencia, no esperaba que fuera literal. Tanto el ángel como Habakkuk tenían los brazos extendidos y señalaban hacia la lejanía.
De repente, Langdon se descubrió sonriendo.
—No es demasiado sutil, ¿verdad?
Vittoria parecía entusiasmada, pero confusa.
—Los veo señalar, pero se contradicen mutuamente. El ángel está señalando en una dirección, y el profeta en otra.
Langdon lanzó una risita. Era cierto. Si bien ambas figuras señalaban hacia la lejanía, lo hacían en direcciones contrarias. No obstante, Langdon ya había solucionado el problema. Se encaminó hacia la puerta, pletórico de energía.
—¿Adónde vas? —preguntó Vittoria.
—¡Afuera! —Langdon sintió las piernas ligeras de nuevo cuando corrió hacia la puerta—. ¡He de ver en qué dirección apunta esa escultura!
—¡Espera! ¿Cómo sabes qué dedo has de seguir?
—El poema —gritó Langdon sin volverse—. ¡La última línea!
—¿«Que ángeles guíen tu búsqueda»? —Vittoria miró hacia el dedo extendido del ángel. Sus ojos se nublaron de manera inesperada—. ¡Que me aspen!

70

Gunther Glick y Chinita Macri estaban sentados en la camioneta de la BBC, aparcada en las sombras en una calle que desembocaba en la Piazza del Popolo. Habían llegado poco después de los cuatro Alfa Romeo, justo a tiempo de presenciar una inconcebible cadena de acontecimientos. Chinita aún no tenía ni idea de qué significaba todo aquello, pero no por ello dejó de seguir filmando.
En cuanto llegaron, ella y Glick habían visto un pequeño ejército de hombres jóvenes salir de los Alfa Romeo y rodear la iglesia. Algunos empuñaban armas. Uno de ellos, un hombre de más edad muy envarado, subió por las escaleras de la iglesia al mando de un grupo. Los soldados desenfundaron sus pistolas y volaron los cerrojos de las puertas principales. Macri no oyó nada, y supuso que iban provistas de silenciadores. Después los soldados entraron.
Chinita había recomendado que filmaran desde las sombras, sin moverse del coche. Al fin y al cabo, las pistolas eran pistolas, y gozaban de una excelente visibilidad desde la camioneta. Glick no había discutido. Ahora, al otro lado de la plaza, de la iglesia no paraban de salir y entrar hombres. Se gritaban mutuamente. Chinita ajustó la cámara para seguir a un grupo que registraba la zona circundante. Todos, vestidos de paisano, se movían con precisión militar.
—¿Quiénes crees que son? —preguntó.
—Ni idea. —Glick parecía fascinado—. ¿Lo estás filmando todo?
—Cada fotograma.
—¿Todavía crees que deberíamos volver al cónclave? —preguntó en tono engreído.
Chinita no supo muy bien qué decir. Algo estaba pasando aquí, pero su experiencia profesional le decía que, con frecuencia, existía una explicación muy sosa para acontecimientos interesantes.
—Tal vez no sea nada —dijo—. Puede que esos tipos hayan recibido el mismo soplo que tú y lo estén comprobando. Podría ser una falsa alarma.
Glick le sujetó el brazo.
—¡Allí! Enfoca.
Señaló la iglesia.
Chinita giró la cámara hacia lo alto de la escalera.
—Caramba —dijo mientras seguía a un hombre que salía de la iglesia.
—¿Quién es el finolis?
Chinita rodó un primer plano.
—No le he visto nunca. —Enfocó la cara del hombre y sonrió—. Pero no me importaría volver a verle.
Robert Langdon bajó por las escaleras de la iglesia y se encaminó al centro de la plaza. Ya estaba oscureciendo, pero el sol primaveral se demoraba en la parte sur de Roma. El sol había desaparecido detrás de los edificios circundantes, y las sombras se alargaban sobre la plaza.
—De acuerdo, Bernini —se dijo en voz alta—. ¿Adónde rayos señala tu ángel?
Se volvió y examinó la orientación de la iglesia desde el punto del que había venido. Se imaginó el interior de la Capilla Chigi, y la escultura del ángel. Se volvió sin vacilar hacia el oeste, hacia el resplandor del sol agonizante. El tiempo se estaba agotando.
—Suroeste —dijo, y miró con el ceño fruncido las tiendas y apartamentos que no le dejaban ver—. El siguiente indicador está allí.
Langdon se devanó los sesos, y reprodujo en su mente página tras página de historia del arte italiano. Aunque estaba familiarizado con la obra de Bernini, era consciente de que como el escultor había sido muy prolífico sólo un especialista podía conocer a fondo su producción. De todos modos, teniendo en cuenta la fama relativa del primer indicador, Habakkuk y el Ángel, Langdon confiaba en que el segundo fuera una obra que conociera de memoria.
Tierra, Aire, Fuego, Agua, pensó. Habían encontrado la Tierra, dentro de la Capilla de la Tierra. Habakkuk era el profeta que predijo la aniquilación de la Tierra.
Aire es el siguiente. Langdon se obligó a pensar. ¡Una escultura de Bernini que esté relacionada con el aire! Estaba en blanco, pero se sentía pletórico de energías. ¡He descubierto el Sendero de la Iluminación! ¡Sigue intacto!
Langdon miró al suroeste y se esforzó por ver la aguja o la torre de una catedral que se alzara sobre los obstáculos. No vio nada. Necesitaba un plano. Si conseguían averiguar qué iglesias habían al suroeste de la plaza, tal vez una de ellas despertaría la memoria de Langdon. Aire, insistió. Aire. Bernini. Escultura. Aire. ¡Piensa!
Dio media vuelta y volvió a las escaleras de la catedral. Vittoria y Olivetti le salieron al encuentro bajo los andamios.
—Suroeste —señaló Langdon—. La siguiente iglesia está al suroeste de aquí.
—¿Está seguro esta vez? —preguntó Olivetti con frialdad.
Langdon no mordió el anzuelo.
—Necesitamos un plano. Uno que muestre todas las iglesias de Roma.
El comandante le estudió un momento, con expresión impertur-bable.
Langdon consultó su reloj.
—Sólo nos queda media hora.
Olivetti bajó la escalera en dirección a su coche, aparcado delante de la iglesia. Langdon supuso que iba a buscar un plano.
Vittoria parecía emocionada.
—¿El ángel apunta al suroeste? ¿No sabes qué iglesias hay en esa dirección?
—Esos malditos edificios no me dejan ver. —Langdon se volvió hacia la plaza de nuevo—. No conozco lo bastante bien las iglesias de Roma para...
Enmudeció.
—¿Qué pasa? —preguntó Vittoria, sorprendida.
Langdon volvió a mirar la plaza. Como había subido las escaleras, estaba más alto, y gozaba de mejor vista. Aún no veía nada, pero comprendió que estaba avanzando en la dirección correcta. Sus ojos ascendieron hasta lo alto del andamio. Tenía una altura de seis pisos, y casi llegaba al rosetón de la iglesia, una altura mucho mayor que la de los demás edificios de la plaza. Supo al instante qué iba a hacer.
Al otro lado de la plaza, Chinita Macri y Gunther Glick estaban pegados al parabrisas de la camioneta.
—¿Estás filmando esto? —preguntó Gunther.
Macri tenía la cámara fija en el hombre que estaba trepando al andamio.
—Si quieres saber mi opinión, va demasiado bien vestido para jugar a Spiderman.
—¿Y quién es la señorita Spidey?
Chinita miró a la atractiva mujer parada bajo el andamio.
—Apuesto a que te gustaría averiguarlo.
—¿Crees que debería llamar a redacción?
—Aún no. Sigamos observando. Es mejor tener algo seguro entre manos antes de informar de que hemos abandonado el cónclave.
—¿De veras crees que alguien mató a alguno de los viejos pedorros?
Chinita lanzó una risita.
—Ahora sí que no me cabe la menor duda de que vas a ir al infierno.
—Pero me llevaré el Pulitzer conmigo.

71

Cuanto más ascendía Langdon, más inestable le parecía el andamio. No obstante, la vista panorámica de Roma mejoraba a cada paso. Continuó subiendo.
Repiraba con más dificultad de la esperada cuando llegó al último peldaño. Se izó sobre la plataforma superior, sacudió el yeso de su ropa y se puso en pie. La altura no le afectaba. De hecho, era tonificante.
La vista resultaba impresionante. Como un océano en llamas, los tejados rojos de Roma se extendían ante él, resplandecientes bajo el ocaso escarlata. Desde aquel lugar, por primera vez en su vida, Langdon vio las antiguas raíces de Roma, más allá del tráfico y la polución: la Città di Dio.
Examinó los tejados, en busca de la aguja de una iglesia o un campanario. Pero pese a que podía ver hasta el lejano horizonte, no encontró nada. Hay cientos de iglesias en Roma, pensó. ¡Tiene que haber una al suroeste de aquí! Si la iglesia es todavía visible, se recordó. ¡Si la iglesia sigue en pie!
Repitió su inspección, esta vez con mayor lentitud. Sabía que no todas las iglesias tendrían agujas visibles, en especial los santuarios más pequeños y apartados. Además, Roma había experimentado un cambio radical desde el siglo XVII, cuando las iglesias eran por ley los edificios más altos permitidos. Ahora, sólo veía edificios de apartamentos, rascacielos, torres de televisión.
Por segunda vez, Langdon peinó el horizonte con la mirada sin ver nada. Ni una sola aguja. A lo lejos, en los límites de Roma, la enorme cúpula de Miguel Ángel ocultaba el sol. La basílica de San Pedro. Ciudad del Vaticano. Langdon se preguntó qué estarían haciendo los cardenales, y si el registro de la Guardia Suiza habría permitido localizar la antimateria. Algo le decía que no... y que no lo conseguirían.
El poema estaba resonando de nuevo en su cabeza. Lo repitió, línea a línea. Desde la tumba terrenal de San, / en el agujero del demonio. Habían encontrado la tumba de Santi. Cruzando Roma esos místicos / cuatro elementos se revelan.. Los elementos místicos eran Tierra, Aire, Fuego, Agua, La senda de luz, prueba secreta. El Sendero de la Iluminación formado por las esculturas de Bernini. Que ángeles guíen tu elevada búsqueda.
El ángel señalaba al suroeste...
—¡Escalera central! —exclamó Glick, señalando a través del parabrisas—. ¡Algo está pasando!
Macri desvió la cámara hacia la entrada principal. Algo estaba pasando, sin la menor duda. Al pie de la escalera, el hombre de aspecto militar había acercado un Alfa Romero al pie de los peldaños y abierto el maletero. Estaba examinando la plaza como si buscara curiosos. Por un momento, Macri pensó que el hombre los había localizado, pero sus ojos continuaron su exploración. Al parecer satisfecho, sacó un walkie-talkie y habló por él.
Casi al instante, dio la impresión de que un ejército salía de la iglesia. Como un equipo de futbol norteamericano en desbandada, los soldados formaron una línea recta en lo alto de la escalera. Empezaron a descender como una muralla humana. Detrás de ellos, casi escondidos por la pared, cuatro soldados parecían cargar con algo. Algo pesado. Incómodo de transportar.
Glick se inclinó hacia adelante.
—¿Han robado algo de la iglesia?
Chinita utilizó el teleobjetivo para examinar la muralla de hombres, en busca de una abertura. Una fracción de segundo, rezó. Un solo fotograma. Es lo único que necesito. Pero los soldados se movían como un solo hombre. ¡Venga! Macri insistió, y obtuvo la recompensa. Cuando los soldados intentaron depositar el objeto en el maletero, Macri encontró su abertura. Por una ironía, fue el hombre mayor quien cometió el error. Sólo un instante, pero suficiente. Macri consiguió su fotograma. De hecho, fueron diez.
—Llama a redacción —dijo Chinita—. Tenemos un cadáver.
Muy lejos, en el CERN, Maximilian Kohler entró en el estudio de Leonardo Vetra sentado en su silla de ruedas. Empezó a registrar los archivos de Vetra con eficiencia mecánica. Al no encontrar lo que buscaba, se trasladó al dormitorio del científico. El cajón superior de la mesita de noche estaba cerrado con llave. Kohler lo forzó con un cuchillo de cocina.
Dentro encontró justo lo que estaba buscando.

72

Langdon descendió del andamio. Se sacudió el yeso de la ropa. Vit-toria le estaba esperando.
—¿No ha habido suerte? —preguntó la joven.
Langdon meneó la cabeza.
—Han metido al cardenal en el maletero.
Langdon miró hacia el coche aparcado, donde Olivetti y un grupo de soldados habían desplegado un plano sobre el capó.
—¿Están buscando en el suroeste?
Ella asintió.
—No hay iglesias. Desde aquí, la primera que se ve es San Pedro.
Langdon gruñó. Al menos, estaban de acuerdo. Avanzó hacia Olivetti. Los soldados se apartaron para dejarle pasar.
Olivetti alzó la vista.
—Nada, pero en este plano no salen todas las iglesias. Sólo las grandes. Hay unas cincuenta.
—¿Dónde estamos? —preguntó Langdon.
Olivetti señaló la Piazza del Popolo y trazó con el dedo una línea recta hacia el suroeste. La línea dejaba a un lado, por un margen sustancial, el grupo de cuadrados negros que indicaban las iglesias principales de Roma. Por desgracia, las iglesias principales de Roma eran también las más antiguas, las que ya existían en el siglo XVII.
—He de tomar algunas decisiones —dijo Olivetti—. ¿Está seguro de que ésa es la dirección?

Langdon recreó en su mente el dedo extendido del ángel, y notó que la impaciencia se apoderaba de él.
—Sí, señor. Segurísimo.
Olivetti se encogió de hombros y volvió a seguir la línea con el dedo. El camino se cruzaba con el puente Margherita, la Via Cola di Kiezo, y atravesaba la Piazza del Risorgimento, sin encontrarse con ninguna iglesia hasta morir en el centro de la plaza de San Pedro.
—¿Qué pasa con San Pedro? —preguntó un soldado. Tenía una profunda cicatriz bajo el ojo izquierdo—. Es una iglesia.
Langdon meneó la cabeza.
—Ha de ser un lugar público. No parece muy pública en este momento.
—Pero la línea cruza la plaza de San Pedro —añadió Vittoria, que miraba por encima del hombro de Langdon—. La plaza es pública.
Langdon ya lo había pensado.
—Pero no hay estatuas.
—¿No hay un monolito en el centro?
La joven tenía razón. Había un monolito egipcio en la plaza de San Pedro. Langdon miró el monolito de la plaza en que se encontraban, La pirámide elevada. Una coincidencia extraña, pensó. Desechó la idea.
—El monolito del Vaticano no es de Bernini. Fue traído por Ca-lígula. No tiene nada que ver con Aire. —Había otro problema—. Además, el poema dice que los elementos están esparcidos por Roma. La plaza de San Pedro no está en Roma, sino en el Vaticano.
—Depende de a quién se lo pregunte —intervino otro soldado.
Langdon alzó la vista.
—¿Cómo?
—Siempre ha existido un contencioso. La mayoría de planos muestran la plaza de San Pedro como parte del Vaticano, pero debido a que está fuera de la ciudad amurallada, muchas autoridades romanas han afirmado durante siglos que pertenece a Roma.
—No lo dirá en serio —contestó Langdon. Lo ignoraba por completo.
—Sólo lo digo —continuó el guardia— porque el comandante Olivetti y la señorita Vetra han estado haciendo preguntas sobre una escultura relacionada con el Aire.
Los ojos de Langdon casi estuvieron a punto de salírsele de las órbitas.
—¿Y conoce una en la plaza de San Pedro?
—No exactamente. En realidad, no es una escultura. No creo que tenga importancia.
—Oigámoslo —ordenó Olivetti.
El guardia se encogió de hombros.
—Sólo lo sé porque suelo estar de guardia en la plaza. Conozco todos los rincones de la plaza de San Pedro.
—La escultura —le apremió Langdon—. ¿Cómo es?
Langdon empezaba a preguntarse si los Illuminati habían tenido los redaños de colocar su segundo indicador justo delante de la basílica de San Pedro.
—Paso por delante cada día cuando hago la patrulla —dijo el guardia—. Está en el centro, justo donde señala la línea. Por eso me ha venido a la cabeza. Como ya he dicho, no es una escultura. Es más un... bloque.
Olivetti parecía a punto de sufrir un ataque.
—¿Un bloque?
—Sí, señor. Un bloque de mármol incrustado en la plaza. Justo en la base del monolito. Pero el bloque no es un rectángulo. Es una elipse. Y en el bloque está esculpida la imagen de una ráfaga de viento. —Hizo una pausa—. De aire, supongo, si quiere ponerse científico.
Langdon contemplaba asombrado al joven soldado.
—¡Un relieve! —exclamó de repente.
Todo el mundo le miró.
—¡Un relieve es la otra mitad del arte de esculpir!
La escultura es el arte de moldear figuras en volumen y también en relieve. Había escrito la definición en pizarras durante años. En esencia, los relieves eran esculturas en dos dimensiones, como el perfil de Abraham Lincoln en las monedas de un centavo. Los medallones de Bernini de la Capilla Chigi constituían otro ejemplo perfecto.
—Bassorilievo? —preguntó el guardia, utilizando el término artístico italiano.
—¡Sí! ¡Bajorrelieve! —Langdon golpeó el capó con los nudillos—. ¡No estaba pensando en esos términos! Esa losa de la que está hablando es el West Ponente, representa el Viento de Poniente. También se conoce como Respiro di Dio.
—¿El aliento de Dios?
—¡Sí! ¡Aire!. ¡Y fue tallada y colocada allí por el propio arquitecto!
Vittoria parecía confusa.
—Yo pensaba que Miguel Ángel había diseñado San Pedro.
—¡Sí, la basílica!. —exclamó Langdon en tono triunfal—. ¡Pero la plaza de San Pedro fue diseñada por Bernini!
Cuando la caravana de Alfa Romeo salió de la Piazza del Popólo, era tal la prisa que llevaban que nadie se fijó en la camioneta de la BBC que los seguía.

73

Gunther Glick pisó el acelerador y se abrió paso entre el tráfico, sin perder de vista a los cuatro Alfa Romeo que cruzaban el Tíber por el puente Margherita. En circunstancias normales, Glick habría hecho el esfuerzo de mantener una prudente distancia, pero hoy apenas podía seguirlos. Aquellos tipos volaban.
Macri estaba sentada en su zona de trabajo (el asiento de atrás), a punto de concluir una llamada telefónica a Londres. Colgó y gritó a Glick, para hacerse oír por encima del ruido del tráfico:
—¿Qué prefieres antes, la buena noticia o la mala?
Glick frunció el ceño. Cuando se trataba de la casa madre, nada era sencillo.
—La mala.
—Redacción está muy cabreada con nosotros por haber abandonado el puesto.
—Sorpresa.
—También piensan que tu soplo es un fraude.
—Por supuesto.
—Y el jefe me acaba de advertir de que estás en la cuerda floja.
Glick arrugó el entrecejo.
—Fantástico. ¿Cuál es la buena noticia?
—Han accedido a echar un vistazo a lo que acabamos de filmar.
Glick sonrió. Ahora van a darse cuenta de quién está en la cuerda floja.
—Pues envíalo.
—No puedo transmitir si no paramos.
Glick se desvió por la Via Cola di Rienzo.
—Ahora no puedo parar.
Siguió a los Alfa Romeo cuando doblaron a la izquierda para rodear la Piazza del Risorgimento.
Macri sujetó su ordenador cuando todo se deslizó a un lado en la parte de atrás.
—Rompe mi transmisor —advirtió—, y tendremos que llevar esta cinta a Londres a pie.
—Agárrate, amor mío. Algo me dice que casi hemos llegado.
Macri levantó la vista.
—¿Adónde?
Glick contempló la cúpula que se alzaba ante ellos. Suspiró.
—Justo al sitio donde empezamos.
Los cuatro Alfa Romeo se internaron con destreza entre el tráfico que daba la vuelta a la plaza de San Pedro. Se separaron y distribuyeron a lo largo del perímetro, y los soldados descendieron en puntos seleccionados previamente. Los guardias se hicieron invisibles al instante entre los turistas y las camionetas de las televisiones. Algunos entraron en el bosque de columnas que rodeaba la plaza. También se fundieron con la muchedumbre. Cuando Langdon miró a través del parabrisas, presintió que un nudo se estaba cerrando alrededor de San Pedro.
Además de los hombres que Olivetti acababa de enviar, el comandante había llamado por radio al Vaticano, a fin de destacar guardias de paisano en el centro de la plaza, donde se hallaba el West Ponente, el bajorrelieve de Bernini. Mientras Langdon escrutaba los espacios abiertos de la plaza, una pregunta familiar le atormentó. ¿Cómo piensa el asesino de los Illuminati salirse con la suya? ¿Cómo meterá a un cardenal entre toda esta gente y le asesinará delante de todo el mundo? Consultó su reloj. Eran las nueve menos seis minutos.
Olivetti se volvió hacia Langdon y Vittoria.
—Quiero que se dirijan de inmediato al bloque de Bernini, o lo que sea. La misma treta. Son turistas. Utilicen el móvil si ven algo.

Antes de que Langdon pudiera contestar, Vittoria agarró su mano y le sacó del coche.
El sol primaveral se estaba ocultando detrás de la basílica de San Pedro, y una gigantesca sombra se extendía sobre la plaza. Langdon sintió un escalofrío cuando Vittoria y él se internaron en la penumbra fría. Langdon se abrió paso entre la multitud, examinando cada rostro con el que se cruzaba, mientras se preguntaba si el asesino estaba cerca. Notaba la calidez de la mano de Vittoria.
Mientras atravesaban la plaza de San Pedro, experimentó el mismo efecto que se le había encargado provocar al artista que la creó, la de «dar una lección de humildad» a quienes entraban en ella. Langdon se sentía humilde en aquel momento. Humilde y hambriento, pensó, sorprendido de que un pensamiento tan mundano invadiera su cabeza en un momento como aquél.
—¿Al obelisco? —preguntó Vittoria.
Langdon asintió.
—¿Hora? —preguntó Vittoria sin aminorar el paso.
—Quedan cinco minutos.
La joven no dijo nada, pero Langdon notó que asía su mano con más fuerza. Aún portaba la pistola. Esperó que Vittoria no decidiera necesitarla. No la imaginaba esgrimiendo un arma en la plaza de San Pedro, destrozando las rótulas de un asesino delante de todas las televisiones del mundo. Claro que un incidente semejante no sería nada comparado con el hallazgo de un cardenal marcado a fuego y asesinado.
Aire, pensó Langdon. El segundo elemento de la ciencia. Intentó imaginar la marca. El método del asesinato. Volvió a recorrer con la mirada la inmensa plaza, rodeada de Guardias Suizos. Si el hassassin osaba llevar a cabo su propósito, no podía imaginar cómo escaparía.
En el centro de la plaza se alzaba el obelisco egipcio de trescientas cincuenta toneladas de peso traído por Calígula. Medía veintisiete metros de altura hasta su punta, rematada por una cruz de hierro hueca. Lo bastante alta para captar los últimos rayos del sol poniente, la cruz brillaba como por arte de magia... En teoría, contenía los restos de la cruz en que Cristo fue crucificado.
Dos fuentes flanqueaban el obelisco, en una distribución perfectamente simétrica. Los historiadores de arte sabían que las fuentes indicaban los puntos focales geométricos exactos de la plaza elíptica de Bernini, pero se trataba de una curiosidad arquitectónica en la que Langdon no se había parado a pensar hasta hoy. De pronto, daba la impresión de que Roma estaba llena de elipses, pirámides y elementos geométricos desconcertantes.
Cuando se acercaron al obelisco, Vittoria caminó más despacio. Exhaló un profundo suspiro, como animando a Langdon a relajarse al mismo tiempo que ella. El hizo el esfuerzo, dejó caer los hombros y aflojó su mandíbula tensa.
En algún punto, alrededor del obelisco, situado con audacia ante la iglesia más grande del mundo, se hallaba el segundo altar de la ciencia, el West Ponente de Bernini, un bajorrelieve elíptico en la plaza de San Pedro.
Gunther Glick observaba desde las sombras de las columnas que rodeaban la plaza. Cualquier otro día, el hombre de la chaqueta de tweed y la mujer en pantalones cortos caqui no le habrían interesado en lo más mínimo. Parecían turistas admirando la plaza. Pero hoy no era un día como los demás. Hoy era un día de soplos telefónicos, cadáveres, coches camuflados que atravesaban Roma a toda velocidad, y un hombre con chaqueta de tweed que escalaba andamios en busca de Dios sabía qué. Glick no los perdería de vista.
Miró al otro lado de la plaza y vio a Macri. Se encontraba justo donde le había pedido, al acecho, cerca de la pareja. Macri portaba la cámara de vídeo como si tal cosa, pero pese a su pantomima de aburrido miembro de la prensa, destacaba más de lo que Glick deseaba. No había otros reporteros en esta parte de la plaza, y el acrónimo BBC impreso en su cámara atraía la mirada de algunos turistas.
La cinta que Macri había grabado del cuerpo desnudo arrojado en el maletero se estaba reproduciendo en este momento en el transmisor de vídeo de la camioneta. Glick sabía que las imágenes iban rumbo a Londres. Se preguntó qué diría redacción.
Ojalá Macri y él hubieran encontrado el cadáver antes de que llegara el pequeño ejército de soldados de paisano. Sabía que el mismo ejército estaba desplegado ahora por toda la plaza. Algo gordo estaba a punto de suceder.
Los medios de comunicación son el brazo derecho de la anarquía, había dicho el asesino. Glick se preguntó si había perdido la oportunidad de conseguir una gran exclusiva. Miró las otras camionetas de las cadenas de televisión, y vio que Macri seguía a la misteriosa pareja. Algo le dijo a Glick que no todo estaba perdido...

74

Langdon vio lo que andaba buscando desde una distancia de diez metros. La elipse de mármol blanco de Bernini con la inscripción West Ponente estaba incrustada en el suelo de granito gris de la plaza. Al parecer, Vittoria también la vio. Le apretó la mano.
—Relájate —susurró Langdon—. Recuerda lo que me dijiste de respirar por los ojos.
La joven sujetó la mano de Langdon con menos fuerza.
Al acercarse, todo se les antojó de lo más normal. Los turistas paseaban, las monjas charlaban junto a los mojones de piedra que delimitaban el centro de la plaza, una chica daba de comer a las palomas en la base del obelisco. Langdon reprimió el deseo de consultar la hora. Sabía que el tiempo casi se había cumplido.
Llegaron al punto exacto donde estaba la elipse, y Langdon y Vittoria se detuvieron sin denotar impaciencia, como un par de turistas que se detenían ante un punto de relativo interés.
—West Ponente —dijo Vittoria mientras leía la inscripción en la losa de mármol.
Langdon contempló la elipse y se sintió ingenuo de repente. Ni en sus libros de arte, ni en sus numerosos viajes a Roma, había comprendido el significado del West Ponente.
Hasta ahora.
El bajorrelieve, de casi un metro de largo, esculpido con una cara rudimentaria, plasmaba el Viento de Poniente como un rostro angelical. Bernini había representado un potente aliento que surgía de la boca del ángel, y se alejaba del Vaticano... El aliento de Dios. Era el tributo de Bernini al segundo elemento... Aire... Un poniente etéreo que expulsaban los labios de un ángel. Mientras Langdon miraba, se dio cuenta de que el significado del bajorrelieve era más profundo de lo que pensaba. Bernini había tallado cinco ráfagas diferentes de aire... ¡Cinco! Aún más, había dos estrellas radiantes que flanqueaban el medallón. Langdon pensó en Galileo. Dos estrellas, cinco ráfagas, elipses, simetría... Se sintió agotado. Le dolía la cabeza.
Vittoria interrumpió sus pensamientos.
—Creo que alguien nos está siguiendo —dijo.
Langdon levantó la vista.
—¿Dónde?
Vittoria, con Langdon de la mano, avanzó unos treinta metros antes de hablar. Señaló el Vaticano, como si enseñara a su acompañante un detalle de la cúpula.
—La misma persona nos ha estado siguiendo por toda la plaza. —Vittoria miró hacia atrás—. Aún nos sigue. Continúa andando.
—¿Crees que es el hassassin?
Vittoria negó con la cabeza.
—No, a menos que los Illuminati contraten a mujeres con cámaras de la BBC.
Cuando las campanas de San Pedro empezaron a repicar ensordece-doramente, tanto Langdon como Vittoria pegaron un bote. Era la hora. Se habían alejado del Ponente con la intención de despistar a la reportera, pero ahora regresaban al punto donde estaba el relieve.
Pese a las campanadas, la zona parecía gozar de una calma perfecta. Los turistas paseaban. Un indigente ebrio dormitaba en la base del obelisco. Una niña daba de comer a las palomas. Langdon se preguntó si la reportera habría asustado al asesino. Lo dudo, decidió, cuando recordó la promesa del asesino. Convertiré a vuestros cardenales en luminarias de los medios de comunicación.
Cuando el eco de la novena campanada se desvaneció, un plácido silencio se adueñó de la plaza.
Entonces... la niña se puso a chillar.

75

Langdon fue el primero en acercarse a la niña.
Horrorizada, señalaba hacia la base del obelisco, donde un borracho viejo y decrépito se encontraba recostado sobre las escaleras. El estado del hombre era lamentable. Al parecer era uno de tantos indigentes de Roma. El pelo gris le caía en mechones grasientos sobre la cara, y tenía el cuerpo envuelto en una especie de tela sucia. La niña seguía chillando cuando se perdió entre la muchedumbre.
Langdon sintió una oleada de miedo cuando corrió hacia la piltrafa humana. Una mancha comenzaba a teñir profusamente los harapos del hombre. Sangre oscura y fresca.
Después fue como si todo sucediera a la vez.
El anciano pareció doblarse por la cintura y se inclinó hacia adelante. Langdon corrió, pero era demasiado tarde. El hombre se derrumbó por las escaleras y estrelló el rostro contra el pavimento. Permaneció inmóvil.
Langdon se puso de rodillas. Vittoria llegó a su lado. Una muchedumbre empezaba a congregarse a su alrededor.
Vittoria apoyó los dedos sobre la garganta del hombre.
—Aún tiene pulso —dijo—. Dale la vuelta.
Langdon ya se había puesto en acción. Sujetó al anciano por los hombros y le dio la vuelta. En ese momento, parte de los harapos parecieron desprenderse como carne muerta. El hombre se desplomó de espaldas. En el centro de su pecho desnudo había una amplia zona de carne chamuscada.
Vittoria lanzó una exclamación ahogada y retrocedió. Langdon se sentía paralizado entre la náusea y el estupor. El símbolo poseía una terrorífica sencillez.


—Aire —dijo Vittoria con voz estrangulada—. Es... él.
Guardias Suizos aparecieron como por arte de magia, gritaron órdenes y corrieron en pos de un enemigo invisible.
Cerca, un turista explicaba que, tan sólo minutos antes, un hombre de tez oscura había tenido la amabilidad de ayudar a este pobre indigente a cruzar la plaza, incluso se había sentado un momento en la escalera con él, antes de desaparecer entre la multitud.
Vittoria rasgó los harapos que cubrían el abdomen de la víctima. Tenía dos heridas profundas, como pinchazos, una a cada lado de la marca, justo debajo de su caja torácica. Echó hacia atrás la cabeza del hombre y empezó a aplicarle el boca a boca. Langdon no estaba preparado para lo que sucedió a continuación. Cuando Vittoria sopló, las heridas sisearon y la sangre brotó expulsada, como los chorros de una ballena. El líquido salado alcanzó a Langdon en plena cara.
Vittoria paró en seco, horrorizada, y luego miró las dos perforaciones.
Langdon se secó los ojos. Los agujeros borboteaban. Los pulmones del cardenal estaban destrozados. Había muerto.
Vittoria cubrió el cadáver cuando la Guardia Suiza se acercó.
Langdon se sentía desorientado. Entonces, la vio. La mujer que les había seguido estaba acuclillada cerca. Cargaba al hombro su cámara de vídeo de la BBC, y estaba filmando. Langdon y ella cruzaron una mirada, y comprendió que lo había rodado todo. Entonces, como una gata, la mujer se puso de pie.

76

Chinita Macri puso pies en polvorosa. Tenía el reportaje de su vida.
La cámara le pesaba como un ancla mientras cruzaba la plaza de San Pedro entre la muchedumbre. Daba la impresión de que todo el mundo se movía en dirección contraria a ella, hacia el tumulto. Macri intentaba alejarse lo máximo posible. El hombre de la chaqueta de tweed la había visto, y ahora intuía que otros la perseguían, hombres que no podía ver, que la acorralaban desde todos lados.
Macri aún estaba impresionada por las imágenes que acababa de grabar. Se preguntó si el hombre muerto era quien temía. De repente, el misterioso contacto telefónico de Glick se le antojó un poco menos loco.
Mientras corría en dirección a la camioneta de la BBC, un joven de aire militar emergió de la multitud delante de ella. Sus ojos se encontraron, y ambos se detuvieron. Como un rayo, el hombre levantó un walkie-talkie y habló por él. Luego, avanzó hacia ella. Macri dio media vuelta y se mezcló entre el gentío, con el corazón acelerado.
Mientras corría dando tumbos a través de la masa de brazos y piernas, extrajo la cinta de la cámara. Oro en celuloide, pensó Chinita, escondió la cinta debajo de los pantalones, pegada a los riñones, y dejó caer los faldones de la chaqueta para ocultarla mejor. Por una vez en su vida, se alegraba de pesar algo más de la cuenta. ¡Dónde demonios estás, Glick!
Otro guardia apareció a su izquierda. Macri sabía que tenía poco tiempo. Se internó en la multitud. Sacó un cartucho virgen del maletín y lo introdujo en la cámara. Después rezó.
Estaba a treinta metros de la camioneta de la BBC, cuando dos hombres se materializaron frente a ella, con los brazos cruzados. Su huida había terminado.
—Película —dijo uno con brusquedad—. Ya.
Macri retrocedió y abrazó la cámara en un gesto protector.
—Ni hablar.
Uno de los hombres se abrió la chaqueta y reveló una pistola.
—Dispáreme —dijo Macri, asombrada por la audacia de su voz.
—Película —repitió el primero.
¿Dónde demonios está Glick? Macri dio una patada en el suelo y gritó a pleno pulmón.
—¡Soy cámara oficial de la BBC! ¡En virtud del artículo doce de la Ley de Libertad de Prensa, esta película es propiedad de la British Broadcasting Corporation!
Los hombres no se inmutaron. El de la pistola avanzó un paso hacia ella.
—Soy teniente de la Guardia Suiza, y en virtud de la Doctrina Sagrada que gobierna la propiedad en la que usted se encuentra, será sometida a registro e incautación de su material.
Una multitud había empezado a congregarse a su alrededor.
—No pienso entregarles la película de esta cámara bajo ninguna circunstancia —chilló Macri—, sin antes hablar con mi director en Londres. Les sugiero...
La paciencia de los guardias se agotó. Uno le arrebató la cámara de las manos. El otro la agarró del brazo y la empujó en dirección al Vaticano.
—Grazie —dijo mientras la guiaba entre el gentío.
Macri rezó para que no la registraran y encontraran la cinta. Si podía proteger la película el tiempo suficiente para...
De pronto, sucedió lo impensable. Entre el gentío, alguien empezó a palparla por debajo de la chaqueta. Macri sintió que le arrebatan el vídeo. Giró en redondo, pero se tragó las palabras. Detrás de ella, un Gunther Glick sin aliento le guiñó un ojo y desapareció entre la muchedumbre.

77

Robert Langdon entró tambaleante en el lavabo privado contiguo al despacho del Papa. Se secó la sangre de la cara y los labios. No era su sangre. Era la del cardenal Lamassé, que acababa de morir de una forma horrible en la abarrotada plaza de San Pedro. Vírgenes sacrificadas en los altares de la ciencia. Hasta el momento, el hassassin había cumplido su amenaza.
Langdon se sintió impotente cuando se miró en el espejo. Tenía los ojos hundidos, y una incipiente barba despuntaba en sus mejillas. El lavabo era inmaculado y lujoso: mármol negro con complementos de oro, toallas de algodón y jabón de manos perfumado.
Intentó quitarse de la cabeza, la marca sanguinolenta que acababa de ver. Aire. La imagen persistió. Había visto tres ambigramas desde que había despertado aquella mañana... y sabía que quedaban dos más.
Al otro lado de la puerta, daba la impresión de que Olivetti, el camarlengo y el capitán Rocher estaban discutiendo qué hacer a continuación. Por lo visto, la búsqueda de la antimateria no había fructificado hasta el momento. O los guardias no habían visto el contenedor, o el asesino se había adentrado en el Vaticano más de lo que el comandante Olivetti deseaba reconocer.
Langdon se secó la cara y las manos. Después se volvió y buscó un urinario. No había urinario. Sólo una taza. Levantó la tapa.
Una oleada de cansancio le invadió. Las emociones que atenazaban su pecho eran numerosas e incongruentes. Fatigado, hambriento y falto de sueño, estaba recorriendo el Sendero de la Iluminación, traumatizado por dos brutales asesinatos. El posible resultado del drama aterrorizaba a Langdon.
Piensa, se dijo. Tenía la mente en blanco.
Cuando tiró de la cadena, se dio cuenta de algo. Estoy en el lavabo del Papa, pensó. Acabo de mear en el lavabo del Papa. Se rió. El Trono Sagrado.

78

En Londres, una técnico de la BBC sacó una cinta de vídeo de un dispositivo de recepción vía satélite y atravesó a toda prisa la sala de control. Entró como una tromba en el despacho del jefe de redacción, introdujo la cinta en el aparato de vídeo y pulsó el botón de reproducción.
Mientras visionaban la cinta, le contó la conversación que acababa de sostener con Gunther Glick, corresponsal en la Ciudad del Vaticano. Además, los archivos fotográficos de la BBC habían confirmado la identidad de la víctima encontrada en la plaza de San Pedro.
Cuando el jefe de redacción salió de su despacho, agitó una campanilla. Todo el mundo dejó lo que estaba haciendo.
—¡Directo en cinco minutos! —tronó el hombre—. ¡Que se preparen los corresponsales! ¡Coordinadores de los medios, llamad a vuestros contactos! ¡Vamos a vender un reportaje! ¡Y tenemos las imágenes!
Los coordinadores de ventas agarraron sus rolodexes.
—¿Duración de la filmación? —gritó uno.
—¡Treinta segundos! —contestó el jefe.
—¿Contenido?
—Homicidio en directo.
Los coordinadores se sintieron espoleados.
—¿Tarifa de uso y explotación?
—Un millón de dólares per cápita.
Todas las cabezas se alzaron.
—¿Qué?
—¡Ya me habéis oído! Quiero las mejores. ¡CNN, MSNBC y las tres grandes! Ofreced un pase previo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó alguien—. ¿Han despellejado vivo al primer ministro?
El jefe negó con la cabeza.
—Algo mejor.
En aquel preciso momento, en algún lugar de Roma, el hassassin disfrutaba de un fugaz momento de descanso en una cómoda butaca. Admiró la legendaria estancia en la que se encontraba. Estoy en la Iglesia de la Iluminación, pensó. La guarida de los Illuminati. No podía creer que todavía se conservara después de tantos siglos.
Llamó al reportero de la BBC con el que había hablado antes. Había llegado el momento. El mundo aún no había escuchado la noticia más estremecedora de todas.

79

Vittoria Vetra bebió un vaso de agua y se sirvió con aire ausente una pasta de una bandeja que había traído un Guardia Suizo. Sabía que debía comer, pero no tenía apetito. El despacho del Papa estaba lleno a rebosar, y tensas conversaciones resonaban en las paredes. El capitán Rocher, el comandante Olivetti y media docena de guardias analizaban los acontecimientos y debatían el siguiente paso.
Robert Langdon estaba mirando la plaza de San Pedro. Parecía acabado. Vittoria se acercó.
—¿Ideas?
Langdon sacudió la cabeza.
—¿Una pasta?
Langdon pareció animarse cuando vio comida.
—Pues, sí. Gracias.
Comió con voracidad.
La conversación que tenía lugar a sus espaldas enmudeció de repente cuando dos Guardias Suizos entraron con el camarlengo Ven-tresca. Si el hombre parecía agotado antes, pensó Vittoria, ahora parecía consumido.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el camarlengo a Olivetti. A juzgar por la expresión del sacerdote, ya debía de saber lo peor.
El informe oficial de Olivetti fue como un parte de bajas en combate. Recitó los hechos con eficiencia.
—El cardenal Ebner fue encontrado muerto en la iglesia de Santa Maria del Popolo, justo después de las ocho de la noche. Fue estranguiado y marcado con el ambigrama de «Tierra». El cardenal Lamassé fue asesinado en la plaza de San Pedro hace diez minutos. Murió a consecuencia de perforaciones en el pecho. Le marcaron con la palabra «Aire», también un ambigrama. El asesino escapó en ambos casos.
El camarlengo cruzó la estancia y se sentó pesadamente ante el escritorio del Papa. Agachó la cabeza.
—No obstante, los cardenales Guidera y Baggia siguen con vida.
El camarlengo alzó la cabeza con expresión contrita.
—¿Es este nuestro consuelo? Dos cardenales han sido asesinados, comandante. Y los otros dos no vivirán mucho más, a menos que los encuentre.
—Los encontraremos —aseguró Olivetti—. No desespero.
—¿No desespera? Sólo hemos cosechado fracasos.
—Eso no es verdad. Hemos perdido dos batallas, signore, pero estamos ganando la guerra. Los Illuminati se proponían convertir esta noche en un circo mediático. Hasta el momento, hemos frustrado su plan. Los cadáveres de ambos cardenales han sido recuperados sin incidentes. Además —continuó Olivetti—, el capitán Rocher me dice que está haciendo grandes progresos en la búsqueda de la antimateria.
El capitán Rocher avanzó con su boina roja. Vittoria pensó que parecía más humano que los demás guardias, severo, pero no tan rígido. Rocher habló con voz conmovida y cristalina como un violín.
—Confío en que localizaré el contenedor antes de una hora, signore.
—Capitán —dijo el camarlengo—, perdone si parezco menos esperanzado, pero tenía la impresión de que un registro del Vaticano nos llevaría mucho más tiempo del que nos queda.
—Un registro minucioso, sí. Sin embargo, tras analizar la situación, confío en que el contenedor de antimateria se halle localizado en una de nuestras zonas blancas, esos sectores del Vaticano accesibles a las visitas públicas, como los museos y la basílica de San Pedro, por ejemplo. Ya hemos cortado la electricidad en esas zonas, y estamos llevando a cabo el registro.
—¿Pretende registrar tan sólo un pequeño porcentaje del Vaticano?
—Sí, signore. Es muy improbable que un intruso hubiera accedido a las zonas interiores del Vaticano. El hecho de que la cámara de seguridad desaparecida fuera robada de una zona de acceso público, la escalera de un museo, implica que el intruso tenía acceso limitado. Por lo tanto, sólo pudo colocar la cámara y la antimateria en otra zona de acceso público. Es en esas zonas donde estamos concentrando nuestra búsqueda.
—Pero el intruso secuestró a cuatro cardenales. Eso implica una infiltración mayor de la que pensábamos.
—No necesariamente. Hemos de recordar que los cardenales pasaron gran parte del día de hoy en los Museos Vaticanos y en la basílica de San Pedro, disfrutando de esos espacios sin multitudes. Es probable que los cardenales fueran raptados en esas zonas.
—Pero ¿cómo los sacaron de la ciudad?
—Aún estamos analizando eso.
—Entiendo. —El camarlengo suspiró y se levantó. Caminó hacia Olivetti—. Comandante, me gustaría escuchar sus planes de evacuación.
—Aún estamos en ello, signore. En el ínterin, confío en que el capitán Rocher encontrará el contenedor.
El capitán dio un taconazo, como si agradeciera el voto de confianza.
—Mis hombres ya han registrado dos tercios de las zonas blancas. Nuestra confianza es elevada.
Dio la impresión de que el camarlengo no compartía aquella confianza.
En aquel momento, el guardia de la cicatriz debajo del ojo entró con una tablilla y un plano. Se encaminó hacia Langdon.
—Señor Langdon, traigo la información que solicitó sobre el West Ponente.
Langdon engulló la pasta.
—Estupendo. Vamos a echar un vistazo.
Los demás siguieron hablando, mientras Vittoria se acercaba a Langdon y al guardia, que habían desplegado el plano sobre la mesa del Papa.
El soldado señaló la plaza de San Pedro.
—Nosotros estamos aquí. La línea central del aliento del West Ponente apunta al este, alejándose del Vaticano. —El guardia siguió la línea con el dedo, desde la plaza de San Pedro, cruzando el río Tíber, hasta el corazón de la Roma antigua—. Como verá, la línea atraviesa casi toda Roma. Hay unas veinte iglesias católicas cercanas a la línea.
Langdon se derrumbó.
—¿Veinte?
—Tal vez más.
—¿La línea pasa por alguna?
—Algunas parecen más cercanas que otras —dijo el guardia—, pero trasladar la orientación exacta del Poniente a un plano deja un margen de error.
Langdon miró un momento la plaza de San Pedro. Después frunció el ceño y se acarició la barbilla.
—¿Alguna de esas iglesias conserva obras de Bernini relacionadas con el Fuego?
Silencio.
—¿Hay alguna iglesia que esté cerca de un obelisco? —insistió.
El guardia empezó a examinar el plano.
Vittoria vio un destello de esperanza en los ojos de Langdon, y cayó en la cuenta de lo que estaba pensando. ¡Tiene razón! Los primeros dos indicadores habían estado localizados en plazas que tenían obeliscos, o cerca. ¿Constituían una constante los obeliscos? ¿El Sendero de los Illuminati estaba indicado por pirámides? Cuanto más lo pensaba Vittoria, más perfecto le parecía... Cuatro faros que se alzaban sobre Roma indicaban los altares de la ciencia.
—Es una posibilidad muy remota —dijo Langdon—, pero sé que muchos obeliscos de Roma fueron erigidos o trasladados de lugar durante la época de Bernini. No cabe duda de que estuvo implicado en su emplazamiento.
—Tal vez situó sus indicadores cerca de obeliscos ya existentes —dijo Vittoria.
Langdon asintió.
—Cierto.
—Malas noticias —dijo el guardia—. No hay obeliscos en la línea. —Pasó el dedo sobre el mapa—. Ni cerca. Nada.
Langdon suspiró.
Las esperanzas de Vittoria se derrumbaron. Había pensado que era una idea prometedora. Por lo visto, no iba a ser tan fácil como habían esperado. Intentó ser positiva.
—Piensa, Robert. Tienes que conocer una estatua de Bernini relacionada con el Fuego.
—He estado pensando, créeme. Bernini fue increíblemente pro-lífico. Cientos de obras. Confiaba en que el West Ponente señalaría a una sola iglesia. Algo que me sonara.
—Fuoco —insistió la joven—. Fuego. ¿Ninguna obra de Bernini te viene a la cabeza?
Langdon se encogió de hombros.
—Existen sus famosos bocetos de Fuegos artificiales, pero no hay escultura, y están en Leipzig, Alemania.
Vittoria frunció el ceño.
—¿Estás seguro de que el aliento es lo que indica la dirección?
—Ya has visto el bajorrelieve, Vittoria. El diseño era totalmente simétrico. La única indicación de la orientación era el aliento.
Vittoria sabía que tenía razón.
—Además —añadió Langdon—, puesto que el West Ponente representa el «Aire», seguir el aliento parece muy apropiado desde un punto de vista simbólico.
Vittoria asintió. Así que seguimos el aliento. Pero ¿adónde?
Olivetti se acercó.
—¿Han descubierto algo?
—Demasiadas iglesias —dijo el soldado—. Dos docenas, más o menos. Supongo que podríamos destinar cuatro hombres a cada iglesia...
—Olvídelo —dijo Olivetti—. Este tipo nos ha burlado en dos ocasiones, y eso que sabíamos dónde iba a estar. Una operación de vigilancia masiva significa dejar el Vaticano desprotegido y suspender el registro.
—Necesitamos un catálogo —dijo Vittoria—. Un índice de obras de Bernini. Si podemos echar un vistazo a los títulos, tal vez algo nos ilumine.
—No sé —dijo Langdon—. Si se trata de una obra que Bernini creó especialmente para los Illuminati, puede que sea muy poco conocida. Quizá no esté consignada en un catálogo.
Vittoria no dio su brazo a torcer.
—Las otras dos esculturas eran muy conocidas. Habías oído hablar de ambas.
Langdon se encogió de hombros.
—Sí.
—Si examinamos los títulos, buscando una referencia a la palabra «fuego», tal vez encontremos una estatua que nos guíe.
Langdon pareció convencerse de que valía la pena probar. Se volvió hacia Olivetti.
—Necesito una lista de las obras de Bernini. No tendrán un libro ilustrado de Bernini por aquí, ¿verdad?
—¿Libro ilustrado?
Olivetti no parecía familiarizado con el término.
—Da igual. Cualquier listado. ¿Y en los Museos Vaticanos? Habrá referencias a Bernini.
El guardia de la cicatriz frunció el ceño.
—No hay luz en los Museos, y el archivo es enorme. Sin personal cualificado que nos ayude...
—La obra de Bernini en cuestión —interrumpió Olivetti—, ¿pudo ser creada cuando Bernini estaba trabajando en el Vaticano?
—Casi con toda certeza —contestó Langdon—. Pasó aquí casi toda su carrera. Y el período de tiempo en que tuvo lugar el conflicto con Galileo.
Olivetti asintió.
—Entonces hay otra referencia.
Una chispa de optimismo prendió en Vittoria.
—¿Dónde?
El comandante no contestó. Se llevó al guardia a un lado y habló en voz baja con él. El guardia no parecía muy convencido, pero asintió obediente. Cuando Olivetti terminó de hablar, el guardia se volvió hacia Langdon.
—Sígame, señor Langdon. Son las nueve y cuarto. Tendremos que darnos prisa.
Langdon y el guardia se dirigieron hacia la puerta.
Vittoria los siguió.
—Los ayudaré.
Olivetti la agarró del brazo.
—No, señorita Vetra. He de hablar con usted.
Su tono no admitía réplica.
Langdon y el guardia se fueron. Olivetti se llevó a Vittoria aparte con expresión impenetrable. Sin embargo, no le concedieron la oportunidad de hablar con ella. Su walkie-talkie chasqueó.
—Comandante?
Todos se volvieron.
Quien hablaba lo hizo con voz sombría.
—Será mejor que encienda el televisor.

80

Cuando Langdon había salido de los Archivos Secretos del Vaticano, tan sólo dos horas antes, no había imaginado que volvería a verlos. Ahora, sin aliento por haber corrido durante todo el trayecto con su escolta de la Guardia Suiza, se encontró de nuevo en los Archivos.
Su escolta, el guardia de la cicatriz, le guió a través de las filas de cubículos transparentes. El silencio reinante parecía más amenazador, y Langdon agradeció que el guardia lo rompiera.
—Creo que está por allí —dijo, y le condujo hasta donde había una serie de cámaras pequeñas alineadas contra la pared. El guardia leyó los títulos de las cámaras e indicó una de ellas.
—Sí, es aquí. Justo donde dijo el comandante.
Langdon leyó el título. ATTIVI VATICANI. ¿Bienes del Vaticano? Examinó la lista de contenidos. Bienes raíces... Papel moneda... Banca Vaticana... Antigüedades... La lista continuaba.
—Documentación de todos los bienes del Vaticano —dijo el guardia.
Langdon miró el cubículo. Adivinó que estaba atestado.
—Mi comandante dijo que todas las obras de Bernini realizadas por encargo del Vaticano deberían estar consignadas aquí.
Langdon asintió, y se dio cuenta de que la intuición del comandante Olivetti bien podía ser cierta. En los tiempos de Bernini, todo lo que un artista creaba bajo el mecenazgo del Papa se convertía, por ley, en propiedad del Vaticano. Era más feudalismo que mecenazgo, pero los artistas importantes vivían bien y se quejaban muy pocas veces.

—¿Incluidas obras alojadas en iglesias que se encuentran fuera del Vaticano?
El soldado le dirigió una mirada extraña.
—Por supuesto. Todas las iglesias católicas de Roma son propiedad del Vaticano.
Langdon miró la lista que sostenía en la mano. Contenía los nombres de la veintena de iglesias que estaban alineadas con el aliento del Poniente. El tercer altar de la ciencia era una de ellas, y Langdon esperaba tener tiempo de averiguar cuál. En otras circunstancias, habría explorado en persona cada iglesia de buen grado. Hoy, sin embargo, le quedaban unos veinte minutos para encontrar lo que buscaba: la iglesia que contenía un tributo de Bernini al Fuego.
Langdon se encaminó a la puerta giratoria electrónica de la cámara. El guardia no le siguió. Langdon intuyó su vacilación. Sonrió.
—El aire está enrarecido, pero se puede respirar.
—Mis órdenes son escoltarle hasta aquí y regresar de inmediato al centro de seguridad.
—¿Se marcha?
—Sí. La Guardia Suiza tiene la entrada prohibida a los Archivos. Estoy quebrantando el protocolo al acompañarle tan lejos.
—¿Quebrantando el protocolo? —¿Tiene idea de lo que está pasando esta noche?—. ¿De qué lado está su maldito comandante?
Toda cordialidad desapareció del rostro del guardia. La cicatriz de debajo del ojo se agitó. De pronto, el guardia adquirió una sorprendente semejanza con Olivetti.
—Lo siento —dijo Langdon, que lamentaba el comentario—. Es que... No me iría mal un poco de ayuda.
El guardia no se inmutó.
—Estoy entrenado para obedecer órdenes. No para discutirlas. Cuando encuentre lo que busca, póngase en contacto con el comandante de inmediato.
Langdon se sintió confuso.
—Pero ¿dónde estará?
El guardia dejó su walkie-talkie sobre una mesa cercana.
—Canal uno.
Después desapareció en la oscuridad.

81

El televisor del despacho del Papa era un Hitachi de tamaño descomunal, oculto en una vitrina empotrada en la pared, delante del escritorio. Las puertas de la vitrina estaban abiertas, y todo el mundo se encontraba congregado a su alrededor. Vittoria se acercó. Cuando la pantalla se iluminó, una joven reportera apareció. Era una morena de ojos de gacela.
«Soy Kelly Horan-Jones, en directo desde la Ciudad del Vaticano para la MSNBC», anunció. Detrás de ella se veía una toma nocturna de la basílica de San Pedro, con todas las luces encendidas.
—No estás en directo —rugió Rocher—. ¡Es material de archivo! Las luces de la basílica están apagadas.
Olivetti le silenció con un siseo.
La reportera continuó en tono tenso:
«Acontecimientos escalofriantes en el cónclave de esta noche. Hemos sido informados de que dos miembros del Colegio Cardenalicio han sido brutalmente asesinados en Roma.»
Olivetti juró por lo bajo.
Mientras la periodista continuaba, un guardia apareció en la puerta, sin aliento.
—Comandante, la centralita informa de que todas las líneas están colapsadas. Solicitan saber nuestra postura oficial sobre...
—Desconéctela —dijo Olivetti sin apartar ni un momento los ojos del televisor.
El guardia dudó.
—Pero, comandante...
—¡Váyase!
El guardia desapareció.
Vittoria intuyó que el camarlengo quería decir algo, pero se contuvo. Dirigió una larga y dura mirada a Olivetti, y luego se volvió hacia la televisión.
La MSNBC estaba pasando una grabación. Un grupo de Guardias Suizos bajaban el cadáver del cardenal Ebner por la escalera de Santa Maria del Popolo y se dirigían a un Alfa Romeo. En la siguiente imagen, en un zoom, se veía el cuerpo desnudo del cardenal, justo antes de que le depositaran en el maletero.
—¿Quién fumó estas imágenes? —preguntó Olivetti.
La reportera de la MSNBC seguía hablando.
«Se cree que era el cadáver del cardenal Ebner, de Frankfurt. Al parecer, los hombres que sacaron el cadáver de la iglesia eran Guardias Suizos del Vaticano. —Dio la impresión de que la reportera se esforzaba por parecer conmovida. Tomaron un primer plano de su cara, que adoptó una expresión aún más sombría—. En este momento, la MSNBC desea dirigir a nuestros espectadores una advertencia. Las imágenes que estamos a punto de proyectar son excepcional-mente duras, no aptas para todos los públicos.»
Vittoria rezongó al oír la hipócrita frase, pues no era más que una forma de impedir que los espectadores cambiaran de canal.
La reportera insistió.
«Repito, estas imágenes pueden herir la sensibilidad de algunos espectadores.»
—¿Qué imágenes? —preguntó Olivetti—. Acabas de sacar...
La imagen que llenó la pantalla era de una pareja que paseaba por la plaza de San Pedro. Vittoria reconoció al instante a las dos personas: Robert y ella. En la esquina de la pantalla se superpuso un texto: CORTESÍA DE LA BBC. Recordó algo.
—Oh, no —dijo Vittoria en voz alta—. Oh... no.
El camarlengo parecía confuso. Se volvió hacia Olivetti.
—¿No me dijo que habían confiscado esa cinta?
De repente, una niña chilló en el televisor. La pequeña señalaba con el dedo lo que parecía ser un mendigo cubierto de sangre. Robert Langdon aparecía al instante siguiente en pantalla, intentando consolar a la niña. La cámara se mantuvo fija.
Todos contemplaron horrorizados el drama que se desarrollaba ante ellos. El cuerpo del cardenal caía de bruces sobre el pavimento. Vittoria aparecía y gritaba órdenes. Había sangre. Una marca. Un intento fallido de aplicar la respiración artificial.
«Estas asombrosas imágenes —estaba diciendo la reportera— fueron tomadas hace tan sólo unos minutos ante el Vaticano. Nuestras fuentes nos informan de que era el cadáver del cardenal Lamas-sé, de Francia. Cómo acabó vestido de esta guisa y por qué no se encontraba en el cónclave sigue siendo un misterio. Hasta el momento, el Vaticano se ha negado a emitir el menor comentario.»
La cinta empezó a pasar de nuevo.
—¿Nos hemos negado a emitir comentarios? —dijo Rocher—. ¡Concedednos un maldito minuto!
La reportera continuaba hablando con el ceño fruncido.
«Si bien la MSNBC aún no ha confirmado el motivo del atentado, nuestras fuentes nos informan de que la responsabilidad de los asesinatos ha sido reivindicada por un grupo que se hace llamar los Illuminati.»
Olivetti estalló.
—¿Cómo?
«... averiguar más sobre los Illuminati visiten nuestra página web en...»
—Non é possibile! —exclamó Olivetti. Cambió de canal.
En el nuevo canal apareció un reportero español.
«... una secta satánica conocida como los Illuminati, a la que algunos historiadores creen...»
Olivetti empezó a apretar las teclas del mando a distancia como enloquecido. Todos los canales estaban emitiendo en directo. La mayoría en inglés.
«... Guardias Suizos sacaron un cadáver de una iglesia a primera hora de la noche. Se cree que el cuerpo era el del cardenal...»
«... las luces de la basílica y los Museos están apagadas, lo cual da pie a especular...»
«... hablarán con el experto en conspiraciones Tyler Tingley sobre el sorprendente resurgimiento...»
«... rumores de otros dos asesinatos planeados para esta misma noche...»
«... se preguntan ahora si el posible futuro Papa, el cardenal Baggia, se halla entre los desaparecidos...»
Vittoria apartó la vista. Los acontecimientos se estaban precipitando. Al otro lado de la ventana, en la oscuridad, el magnetismo de la tragedia humana parecía estar atrayendo a la gente hacia el Vaticano. La muchedumbre congregada en la plaza aumentaba a cada instante. Cientos de peatones avanzaban hacia ellos, mientras una nueva oleada de camionetas de televisiones se apoderaban de la plaza de San Pedro.
El comandante Olivetti dejó el mando a distancia y se volvió hacia el camarlengo.
—Signore, no puedo imaginar cómo ocurrió esto. ¡Nos apoderamos de la cinta que había en esa cámara!
El camarlengo parecía demasiado estupefacto para hablar.
Nadie decía una palabra. Los Guardias Suizos estaban en posición de firmes.
—Por lo visto —dijo el camarlengo al fin, demasiado destrozado para estar enfurecido—, no hemos controlado esta crisis tan bien como me indujeron a creer. —Miró por la ventana la muchedumbre congregada—. He de hacer una declaración.
Olivetti negó con la cabeza.
—No, signore. Eso es precisamente lo que los Illuminati quieren que haga: confirmar su existencia, conferirles poder. Hemos de guardar silencio.
—¿Y esas personas? —El camarlengo señaló hacia la ventana—. Pronto habrá reunidas decenas de miles. Después, cientos de miles. Continuar esta charada sólo consigue ponerlas en peligro. He de advertirles. Después, tendremos que evacuar a nuestro Colegio Cardenalicio.
—Aún hay tiempo. Deje que el capitán Rocher encuentre la antimateria.
El camarlengo se volvió.
—¿Intenta darme órdenes?
—No, le doy un consejo. Si le preocupa la gente de fuera, podemos anunciar una fuga de gas para despejar la zona, pero admitir que somos rehenes es peligroso.
—Sólo se lo diré una vez, comandante. No utilizaré este despacho como pulpito para mentir al mundo. Si anuncio algo, será la verdad.
—¿La verdad? ¿Que terroristas satánicos amenazan con destruir el Vaticano? Eso sólo debilitaría nuestra posición.
El camarlengo le miró furioso.
—¿Es que nuestra posición puede ser aún más débil?
Rocher gritó de repente, se apoderó del mando a distancia y subió el volumen de la televisión. Todos se volvieron.
La mujer de la MSNBC parecía desconcertada. A su lado había una foto superpuesta del difunto Papa.
«... información de última hora. Nos acaba de llegar de la BBC... —Miró a un lado de la cámara, como para confirmar que podía continuar. Tras haber recibido permiso, se volvió hacia los espectadores—. Los Illuminati acaban de asumir la responsabilidad de... —Vaciló—. Asumen la responsabilidad de la muerte del Papa, sucedida hace quince días.»
El camarlengo se quedó boquiabierto.
Rocher dejó caer el mando a distancia.
Vittoria apenas fue capaz de asimilar la información.
«Según la ley vaticana —continuó la mujer—, jamás se practica la autopsia a un Papa, de modo que es imposible confirmar la afirmación de los Illuminati. No obstante, éstos sostienen que la causa de la muerte del Papa no fue una apoplejía, tal como dijo el Vaticano, sino envenenamiento.»
Se hizo un silencio absoluto en la habitación.
—¡Qué locura! —estalló Olivetti—. ¡Una mentira descarada!
Rocher empezó a cambiar de canales otra vez. Daba la impresión de que la noticia se propagaba como una plaga de emisora en emisora. Todo el mundo hablaba de lo mismo. Los titulares competían en sensacionalismo.

ASESINATO EN EL VATICANO
PAPA ENVENENADO
SATANÁS SE INTRODUCE EN LA CASA DE DIOS
El camarlengo desvió la vista.
—Que Dios nos asista.
Mientras Rocher zapeaba sintonizó un canal de la BBC.
«... me pasó la información sobre el asesinato de Santa María del Popolo...»
—¿Cómo? —exclamó el camarlengo—. Vuelva ahí.
Rocher obedeció. Un hombre de aspecto acicalado presentaba un informativo de la BBC. Sobre su hombro, se veía superpuesta una instantánea de un hombre extraño de barba roja. Debajo de la foto ponía: GUNTHER GLICK. EN DIRECTO DESDE LA CIUDAD DEL VATICANO. Al parecer, el reportero Glick estaba informando por teléfono, y la conexión era deficiente.
«... mi cámara captó el instante en que sacaban al cardenal de la Capilla Chigi.»
«Permíteme que lo repita para nuestros telespectadores —dijo el presentador de Londres—. El reportero de la BBC Gunther Glick es la persona que ha revelado esta historia. Se ha puesto en contacto telefónico dos veces con el presunto asesino de los Illuminati. Gunther, ¿dices que el asesino telefoneó hace tan sólo unos momentos, para transmitir un mensaje de los Illuminati?»
«En efecto.»
«¿Y el mensaje comunicaba que los Illuminati eran responsables de la muerte del Papa?»
El presentador parecía incrédulo.
«Correcto. La persona que llamaba me dijo que el Papa no murió a causa de una apoplejía, como pensaba el Vaticano, sino que fue envenenado por los Illuminati.»
Todo el mundo en el despacho papal se quedó petrificado.
«¿Envenenado? —preguntó el presentador—. Pero... ¿cómo?»
«No me dieron detalles —contestó Glick—, salvo que le habían asesinado con una droga conocida como... —Se oyó un crujido de papeles en la línea—. Algo así como heparina.»

El camarlengo, Olivetti y Rocher intercambiaron una mirada de confusión.
—¿Heparina? —preguntó Rocher, desorientado—. ¿Pero eso no es...?
El camarlengo palideció.
—El medicamento del Papa.
Vittoria se quedó de una pieza.
—¿El Papa tomaba heparina?
—Padecía tromboflebitis —explicó el camarlengo—. Le ponían una inyección cada día.
Rocher estaba atónito.
—Pero la heparina no es un veneno. ¿Por qué dicen los Illumi-nati...?
—La heparina es mortal en dosis elevadas —intervino Vittoria—. Es un poderoso anticoagulante. Una sobredosis produciría hemorragias internas generales, así como hemorragias cerebrales.
Olivetti la miró con suspicacia.
—¿Cómo lo sabe?
—Los biólogos marinos lo utilizan en mamíferos en cautividad para impedir coagulamientos de sangre debido a la falta de actividad. Hay animales que han muerto por dosificación incorrecta del fármaco. —Hizo una pausa—. Una sobredosis de heparina en un ser humano provocaría síntomas que podrían confundirse fácilmente con una apoplejía, sobre todo si no hay autopsia.
La expresión del camarlengo era de intensa preocupación.
—Signore —dijo Olivetti—, no cabe duda de que se trata de una treta de los Illuminati para conseguir publicidad. Administrar una sobredosis al Papa sería imposible. Nadie tiene acceso. Aunque mordiéramos el anzuelo y tratáramos de refutar su afirmación, ¿cómo íbamos a hacerlo? Las leyes papales prohíben la autopsia. Incluso con autopsia, no descubriríamos nada. Encontraríamos rastros de heparina en su cuerpo debido a las inyecciones diarias.
—Es verdad —dijo el camarlengo con sequedad—. No obstante, hay otra cosa que me preocupa. Nadie del exterior sabía que Su Santidad estaba tomando este medicamento.
Se hizo el silencio.
—Si sufrió una sobredosis de heparina —dijo Vittoria—, quedarían pruebas en su cuerpo.
Olivetti se giró en redondo hacia ella.
—Señorita Vetra, por si no me ha oído, las autopsias papales están prohibidas por la ley vaticana. ¡No vamos a profanar el cuerpo de Su Santidad abriéndole en canal, sólo porque un enemigo hace declaraciones insultantes!
Vittoria se sintió avergonzada.
—No estaba insinuando... —No había querido ser irrespetuosa—. No estaba sugiriendo que exhumaran al Papa... —No obstante, vaciló. Algo que Robert le había dicho en la Capilla Chigi pasó como un fantasma por su mente. Había comentado que los sarcófagos de los papas no se enterraban y nunca se sellaban con cemento, una regresión a los días de los faraones, cuando se pensaba que el alma del fallecido quedaba atrapada dentro del ataúd si lo sellaban y enterraban. La gravedad se había convertido en el mortero elegido, con tapas de ataúd que solían pesar cientos de kilos. Técnicamente, comprendió, sería posible...
—¿Qué clase de pruebas? —preguntó de repente el camarlengo.
Vittoria sintió que se le aceleraba el pulso.
—Las sobredosis de heparina pueden causar hemorragias de la mucosa bucal.
—¿Cómo?
—Las encías de la víctima sangrarían. En el post mortem, la sangre se coagula y tiñe de negro el interior de la boca.
Vittoria había visto en una ocasión una foto tomada en un acuario de Londres, donde un par de orcas habían recibido por equivocación una sobredosis de heparina de su cuidador. Las ballenas flotaban sin vida en el tanque, con la boca abierta y la lengua negra como el hollín.
El camarlengo no contestó. Se volvió y miró por la ventana.
La voz de Rocher ya no revelaba optimismo.
—Signore, si la afirmación sobre el envenenamiento es cierta...
—No es cierta —interrumpió Olivetti—. Es imposible que alguien del exterior haya tenido acceso al Papa.
—Si esa afirmación es cierta—repitió Rocher—, y nuestro Santo Padre fue envenenado, la búsqueda de la antimateria se vería gravemente afectada. La existencia de ese presunto asesino da a entender una infiltración mucho más profunda en el Vaticano de lo que habíamos imaginado. Si nuestra seguridad ha sido burlada hasta tal punto, puede que no encontremos el contenedor a tiempo.
Olivetti acalló a su capitán con una mirada glacial.
—Capitán, yo le diré lo que va a pasar.
—No —dijo el camarlengo, al tiempo que se volvía con brusquedad—. Yo le diré lo que va a pasar. —Miraba directamente a Olivetti—. Esto ya ha ido demasiado lejos. Dentro de veinte minutos, habré tomado una decisión acerca de la suspensión del cónclave y la evacuación del Vaticano. Mi decisión será definitiva. ¿Me he expresado con claridad?
Olivetti no parpadeó. Tampoco contestó.
El camarlengo hablaba con energía, como si contara con reservas de poder ocultas.
—Capitán Rocher, terminará el registro de las zonas blancas y me informará a mí cuando haya concluido.
Rocher asintió, al tiempo que dirigía a Olivetti una mirada de inquietud.
El camarlengo, a continuación, dio órdenes a dos guardias.
—Quiero al reportero de la BBC, el señor Glick, en este despacho de inmediato. Si los Illuminati han estado en contacto con él, quizá pueda ayudarnos. Váyanse.
Los dos soldados desaparecieron.
El camarlengo habló a los guardias restantes.
—Caballeros, esta noche no pienso permitir más pérdidas de vidas. A las diez de la noche habrán localizado a los dos cardenales restantes y capturado al monstruo responsable de estos asesinatos. ¿Lo han entendido?
—Pero, signore —arguyó el comandante Olivetti—, no tenemos ni idea de dónde...
—El señor Langdon está trabajando en eso. Parece un hombre capacitado. Tengo fe.
El camarlengo se encaminó hacia la puerta con paso decidido. Antes de salir, señaló a tres guardias.

—Vengan conmigo.
Los guardias le siguieron.
El camarlengo se detuvo en la puerta. Se volvió hacia Vittoria.
—Usted también, señorita Vetra. Le ruego que me acompañe.
Vittoria vaciló.
—¿Adónde vamos?
El camarlengo salió.
—A ver a un viejo amigo.

82

En el CERN, la secretaria Sylvie Baudeloque tenía hambre y ganas de irse a casa. Muy a su pesar, Kohler había sobrevivido a su viaje al hospital. Había telefoneado y exigido (pedido no, exigido) que Sylvie se quedara hasta bien avanzada la noche. Sin la menor explicación.
Con los años, Sylvie se había programado para hacer caso omiso de los cambios de humor de Kohler: sus silencios, su desconcertante propensión a filmar reuniones en secreto con la minicámara camuflada en su silla de ruedas. Ardía en deseos de que un día se disparara a sí mismo cuando iba a tirar al blanco en las instalaciones recreativas del CERN, pero por lo visto era muy buen tirador.
Sentada sola a su mesa, Sylvie escuchaba los rugidos de su estómago. Kohler aún no había regresado, ni le había dado más trabajo para la noche. Estoy harta de estar sentada aquí, aburrida y muerta de hambre, decidió. Dejó una nota a Kohler y se encaminó al comedor del personal para tomar algo rápido.
Pero no llegó.
Cuando pasó ante las suites de loisir del CERN (un largo pasillo flanqueado de salones con televisores), observó que las salas estaban llenas a rebosar de empleados que, al parecer, habían abandonado la cena para ver las noticias. Algo gordo estaba pasando. Sylvie entró en el primer salón. Estaba atestado de informáticos jóvenes y chiflados. Cuando vio los titulares de la televisión, lanzó una exclamación ahogada.

Sylvie escuchó el informe, sin dar crédito a sus oídos. ¿Una antigua hermandad estaba asesinando cardenales? ¿Qué demostraba eso? ¿Su odio? ¿Su supremacía? ¿Su ignorancia?
Y aunque pareciera mentira, el ambiente que reinaba en la sala era cualquier cosa menos sombrío.
Dos jóvenes técnicos pasaron corriendo, con camisetas con la foto de Bill Gates impresa y el mensaje: «¡Y LOS CEREBRITOS HEREDA-RAN LA TIERRA!»
—¡Los Illuminati! —gritó uno—. ¡Ya te dije que eran reales!
—¡Increíble! Yo pensaba que sólo era un juego.
—¡Han matado al Papa, tío! ¡Al Papa!
—¡Joder! ¿Cuántos puntos consigues con eso?
Se alejaron riendo.
Sylvie estaba estupefacta. Al ser una católica que trabajaba entre científicos, soportaba de vez en cuando exabruptos antirreligiosos, pero daba la impresión de que estos chicos se lo estaban pasando en grande con la desgracia de la Iglesia. ¿Cómo podían ser tan insensibles? ¿Por qué tanto odio?
Para Sylvie, la Iglesia siempre había sido una entidad inofensiva, un lugar de compañerismo e introspección... En ocasiones, un lugar donde cantar a pleno pulmón sin que nadie la mirara. La Iglesia documentaba las fases de su vida (funerales, bodas, bautismos, festividades) y no pedía nada a cambio. Sus hijos salían cada semana de la catequesis elevados, llenos de ideas de ayudar al prójimo y ser más amables. ¿Qué tenía de malo eso?
Nunca dejaba de asombrarle el hecho de que tantas «mentes brillantes» del CERN no llegaran a comprender la importancia de la Iglesia. ¿Creían en serio que quarks y mesones inspiraban al ser humano corriente, o que las ecuaciones podían sustituir la necesidad de las personas de creer en lo divino?
Sylvie, aturdida, siguió caminando por el pasillo. Todas las salas con televisión estaban ocupadas. Empezó a preguntarse por la llamada que Kohler había recibido antes del Vaticano. ¿Coincidencia? Tal vez. El Vaticano llamaba al CERN de vez en cuando como «gesto de cortesía», antes de publicar declaraciones en las que condenaba las investigaciones del CERN; en fecha muy reciente los avances del CERN en nanotecnología, un campo que la Iglesia denunciaba debido a su relación con la ingeniería genética. El CERN nunca se preocupaba. De manera invariable, pocos minutos después de las invectivas del Vaticano, el teléfono de Maximilian Kohler no paraba de sonar. Numerosas empresas que invertían en tecnología querían la licencia del nuevo descubrimiento. «No hay nada mejor que la mala prensa», decía siempre Kohler.
Sylvie se preguntó si debería llamar al busca del director, estuviera donde estuviera, y decirle que sintonizara las noticias. ¿Le interesaban? ¿Se habría enterado? Pues claro que se había enterado. Debía de estar grabando en vídeo todo el reportaje con su minicámara, sonriendo por primera vez en un año.
Cuando siguió andando, encontró por fin un salón en que los ánimos estaban más calmados... Casi podía hablarse de melancolía. Los científicos que estaban viendo el reportaje eran de los más viejos y respetados del CERN. Ni siquiera levantaron la vista cuando Sylvie entró y tomó asiento.
En el helado apartamento de Leonardo Vetra, Maximilian Kohler había terminado de leer el diario encuadernado en piel que había cogido de la mesita de noche del físico. Ahora estaba viendo los reportajes de la televisión. Al cabo de unos minutos, devolvió a su sitio el diario de Vetra, apagó la televisión y salió del apartamento.
Muy lejos, en el Vaticano, el cardenal Mortati depositó otra bandeja de votos en la chimenea de la Capilla Sixtina. Los quemó.
Segunda votación. El humo negro indicó que aún no había Papa.

83

Las linternas no podían competir con la densa negrura de la basílica de San Pedro. El vacío de la inmensa bóveda era profundo como una noche sin estrellas, y Vittoria experimentó la sensación de que un mar desolado la rodeaba. Procuraba no alejarse mucho del camarlengo y los Guardias Suizos. En lo alto, una paloma zureó y se alejó volando. Como si intuyera su inquietud, el camarlengo se rezagó y apoyó una mano sobre su hombro. El tacto le transmitió una energía tangible, como si el hombre le estuviera infundiendo por arte de magia la calma que ella necesitaba para cumplir su cometido.
¿Qué vamos a hacer?, pensó ella. ¡Esto es una locura! No obstante, Vittoria sabía, pese a la impiedad y el horror inevitables, que la tarea era ineludible. Las graves decisiones que afrontaba el camarlengo exigían información... información enterrada en un sarcófago de la Sagrada Gruta Vaticana. Se preguntó qué encontrarían. ¿Habían asesinado los Illuminati al Papa? ¿Llegaba tan lejos su poder? ¿Voy a ser testigo de la primera autopsia a un Papa?
Vittoria consideraba irónico que sintiera más aprensión en esta iglesia a oscuras que nadando de noche entre barracudas. La naturaleza era su refugio. Comprendía la naturaleza, pero las cuestiones del hombre y el espíritu la desconcertaban. Las imágenes de peces asesinos que se juntaban en la oscuridad conjuraron imágenes de la prensa congregada en el exterior. Las tomas de cadáveres marcados le habían recordado el cadáver de su padre... y la risa áspera del asesino. El asesino estaba cerca. Vittoria sintió que la ira ahogaba su miedo.

Cuando dejaron atrás una columna, de mayor circunferencia que cualquier secuoya que pudiera imaginar, Vittoria vio una luz anaranjada delante. La luz parecía surgir de debajo del suelo, en el centro de la basílica. Cuando se acercaron más, comprendió lo que estaba viendo. Era el famoso santuario hundido bajo el altar principal, suntuosa cámara subterránea que albergaba las reliquias más sagradas del Vaticano. Al llegar a la altura de la verja que rodeaba el hueco, Vittoria vio el cofre dorado rodeado de lámparas de aceite encendidas.
—¿Los huesos de San Pedro? —preguntó, aunque sabía muy bien la respuesta.
—No —dijo el camarlengo—. Un error muy común. Esto no es un relicario. El cofre contiene palliums, fajines tejidos que el Papa regala a los cardenales recién elegidos.
—Pero yo pensaba...
—Como todo el mundo. Las guías turísticas afirman que esto es la tumba de San Pedro, pero su verdadera tumba se encuentra dos pisos bajo nuestros pies. El Vaticano la excavó en los años cuarenta. No se permite bajar a nadie.
Vittoria se quedó sorprendida. Cuando se adentraron de nuevo en la oscuridad, pensó en las historias que había oído acerca de pere-grinos que viajaban miles de kilómetros para ver el cofre dorado pensando que estaban en presencia de San Pedro.
—¿No debería decirlo el Vaticano a la gente?
—Todos nos beneficiamos de una sensación de contacto con la divinidad... aunque sea sólo imaginaria.
Vittoria, como científica, no podía contradecir la lógica. Había leído incontables historias sobre el efecto placebo, como aspirinas que curaban el cáncer en personas convencidas de que estaban utili-zando un fármaco milagroso. Al fin y al cabo, ¿qué era la fe?
—Los cambios son algo que no llevamos bien aquí, en el Vatica-no —dijo el camarlengo—. Admitir nuestras culpas pasadas, la mo-dernización, son cosas que esquivamos. Su Santidad estaba intentan- do cambiar eso. —Hizo una pausa—. Abrirse al mundo moderno. Buscar nuevos caminos que llevaran a Dios.
Vittoria asintió en la oscuridad.
—¿Como la ciencia?
—Para ser sincero, la ciencia parece irrelevante.
—¿Irrelevante?
Vittoria podía pensar en montones de palabras que describieran a la ciencia, pero en el mundo moderno «irrelevante» no le parecía la más adecuada.
—La ciencia puede curar o matar. Depende del alma del hombre que utilice la ciencia. Es el alma lo que me interesa.
—¿Cuándo sintió la vocación?
—Antes de nacer.
Vittoria le miró.
—Lo siento. Siempre me parece una pregunta difícil. Quería decir que siempre supe que serviría a Dios. Desde que tuve uso de razón. Sin embargo, fue durante el servicio militar cuando comprendí plenamente mi objetivo.
Vittoria se sorprendió.
—¿Estuvo en el ejército?
—Dos años. Me negué a disparar un arma, de modo que me obligaron a volar. Helicópteros de evacuación médica. De hecho, todavía vuelo de vez en cuando.
Vittoria intentó imaginarse al joven sacerdote pilotando un helicóptero. Aunque pareciera raro, lo vio sin problemas ante los controles. El camarlengo Ventresca poseía un tesón que parecía acentuar su convicción antes que ocultarla.
—¿Transportó alguna vez al Papa?
—Cielos, no. Dejábamos ese precioso cargamento a los profesionales. En algunas ocasiones, Su Santidad me permitía tomar el mando del helicóptero cuando íbamos a la residencia papal de Castel Gandolfo. —Hizo una pausa y la miró—. Señorita Vetra, gracias por ayudarnos. Siento muchísimo lo de su padre. De veras.
—Gracias.
—Yo nunca conocí a mi padre. Murió antes de que naciera. Perdí a mi madre cuando tenía diez años.
Vittoria alzó la vista.
—¿Se quedó huérfano?
Experimentó una súbita solidaridad.
—Sobreviví a un accidente en el que mi madre perdió la vida.
—¿Quién se ocupó de usted?
—Dios —dijo el camarlengo—. Me envió otro padre, literalmente. Un obispo de Palermo apareció junto a la cama del hospital y me tomó bajo su protección. En aquel tiempo, no me sorprendió. Había sentido que la mano vigilante de Dios me guiaba desde que era pequeño. La aparición del obispo no hizo más que confirmar lo que ya sospechaba, que Dios me había elegido para servirle.
—¿Creyó que Dios le había elegido?
—Sí. Y aún lo creo. —No había rastro de engreimiento en la voz del camarlengo, sólo gratitud—. Trabajé bajo la tutela del obispo durante muchos años. Luego le nombraron cardenal. Pero nunca me olvidó. Es el padre que recuerdo.
El destello de una linterna iluminó el rostro del camarlengo, y Vittoria vio soledad reflejada en sus ojos.
El grupo se detuvo bajo una alta columna, y los rayos de luz de las linternas convergieron sobre una abertura del suelo. Vittoria miró la escalera que se perdía en el vacío, y de repente tuvo ganas de dar media vuelta. Los guardias ya estaban ayudando al camarlengo a bajar. Después fue su turno.
—¿Qué fue de él? —preguntó mientras bajaba, con voz que pretendía ser firme—. Me refiero al cardenal que le protegió.
—Dejó el Colegio Cardenalicio para ocupar otro cargo.
Vittoria se sorprendió.
—Y luego, lamento decirlo, falleció.
—Le mie condoglianze —dijo Vittoria—. ¿Hace mucho?
El camarlengo se volvió, y las sombras acentuaron el dolor de su rostro.
—Hace quince días exactos. Ahora vamos a verle.

84

Luces tenues iluminaban el interior de la cámara de los Archivos. Era mucho más pequeña que la anterior en que Langdon había estado. Menos aire. Menos tiempo. Ojalá hubiera pedido a Olivetti que conectara el sistema de regeneración del aire.
Langdon localizó enseguida la sección de bienes que albergaba los libros mayores de Belle Arti. Era imposible pasar por alto la sección. Ocupaba casi ocho estanterías completas. La Iglesia católica era la propietaria de millones de obras en todo el mundo.
Langdon estudió los estantes en busca de Gianlorenzo Bernini. Empezó la búsqueda por el centro de la primera estantería, en el punto donde había pensado que empezaría la B. Al cabo de un momento de pánico, temeroso de que el libro mayor faltara, se dio cuenta con abatimiento de que los libros no estaban ordenados alfabéticamente. ¿Por qué no me sorprende?
No fue hasta que volvió al principio de la colección y subió por una escalerilla hasta el último estante, cuando comprendió la organización de la cámara. Guardando precario equilibrio encontró el libro más grueso de todos, el que pertenecía a los maestros del Renacimiento: Miguel Ángel, Rafael, Da Vinci, Botticelli. Langdon reparó en que, muy apropiadamente para una cámara llamada «Bienes del Vaticano», los libros estaban ordenados por el valor monetario global de la colección de cada artista. Emparedado entre Rafael y Miguel Ángel, encontró el libro de Bernini. Medía más de doce centímetros de grosor.

Casi sin aliento, estorbado por el grueso volumen, Langdon bajó la escalerilla. Después, como un niño con un cómic, se sentó en el suelo y abrió el volumen.
El libro estaba encuadernado en tela y pesaba mucho. Estaba escrito a mano en italiano. Cada página catalogaba una sola obra, incluyendo una breve descripción, fecha, localidad, costo de los materiales, y a veces un tosco esbozo de la pieza. Langdon pasó las páginas, más de ochocientas en total. Bernini había sido un hombre fecundo.
Cuando estudiaba arte, Langdon se había preguntado cómo era posible que determinados artistas hubieran creado tantas obras durante su vida. Más tarde averiguó, para su decepción, que los artistas famosos eran autores de muy pocas obras propias. Tenían estudios donde jóvenes discípulos ejecutaban sus diseños. Escultores como Bernini creaban miniaturas en arcilla y contrataban a otros para que esculpieran las obras en mármol. Langdon sabía que si hubieran exigido a Bernini completar todos sus encargos en persona hoy aún estaría trabajando.
—Índice —dijo en voz alta, mientras intentaba poner orden en sus pensamientos. Volvió al principio del libro, con la intención de buscar en la letra «F» los títulos que contuvieran la palabra fuòco, pero las efes no estaban juntas. Maldijo por lo bajo. ¿Qué tiene esta gente en contra del orden alfabético?
Por lo visto, habían consignado las obras en orden cronológico, a medida que Bernini iba creando nuevas. Todo estaba anotado por la fecha. No le resultó de ninguna ayuda.
Mientras Langdon estudiaba la lista, se le ocurrió otro pensamiento descorazonador. Cabía la posibilidad de que el título de la escultura que buscaba ni siquiera contuviera la palabra fuego. Las dos obras anteriores (Habakkuk y el Ángel y West Ponente) no habían contenido referencias específicas a Tierra o Aire.
Dedicó uno o dos minutos a mirar páginas al azar, con la esperanza de encontrar alguna ilustración reveladora, pero no hubo suerte. Vio docenas de obras misteriosas de las que no había oído hablar, pero también vio muchas que reconoció... Daniel y el león, Apolo y Dafne, así como media docena de fuentes. Cuando vio las fuentes, sus pensamientos dieron un salto hacia adelante. Agua. Se preguntó si el cuarto altar de la ciencia era una fuente. Parecía un tributo perfecto al agua. Langdon confió en poder capturar al asesino antes de que tuviera que pensar en Agua. Bernini había esculpido docenas de fuentes en Roma, la mayoría delante de iglesias.
Langdon reanudó la tarea. Fuego. Mientras miraba el libro, las palabras de Vittoria le alentaron. Conocías las dos primeras esculturas... Es probable que también conozcas ésta. Volvió al índice y buscó títulos que conociera. Algunos le sonaban, pero ninguno le inspiró. Langdon comprendió que no terminaría la búsqueda antes de perder el conocimiento, de modo que decidió sacar el libro de la cámara. No es más que un libro mayor, se dijo. No es como sacar el folio original de Galileo. Langdon recordó el folio guardado en su bolsillo, y que debía devolverlo a su sitio antes de marcharse.
Se dispuso a levantar el volumen, pero algo le obligó a detenerse. Si bien había numerosas anotaciones en todo el índice, la que había llamado su atención parecía extraña.
La nota indicaba que la famosa escultura de Bernini El éxtasis de santa Teresa había sido trasladada de su primer emplazamiento en el Vaticano, poco después de ser descubierta. La nota en sí no fue lo que atrajo la curiosidad de Langdon. Estaba familiarizado con la historia de la escultura. Aunque algunos la consideraban una obra maestra, el papa Urbano VIII había rechazado El éxtasis de santa Teresa porque era demasiado explícita sexualmente para el Vaticano. La había exiliado a alguna oscura capilla del otro lado de la ciudad. Lo que había visto Langdon era que la obra, en teoría, había sido desplazada a una de las cinco iglesias de la lista. Más aún, la nota indicaba que había sido trasladada a dicho lugar per suggerimento del artista.
¿Por sugerencia del artista? Langdon estaba confuso. Era absurdo que Bernini hubiera sugerido que ocultaran su obra maestra en algún oscuro lugar. Todos los artistas deseaban que su obra fuera exhibida en lugares conocidos...
Langdon vaciló. A menos que...
Le daba miedo hasta acariciar la idea. ¿Era posible? ¿Había creado a propósito Bernini una obra tan explícita, para que el Vaticano se viera obligado a esconderla de la vista pública? ¿En un lugar que el propio Bernini habría sugerido? ¿Tal vez una iglesia alejada, en línea recta con el aliento del Poniente?
A medida que aumentaba el nerviosismo de Langdon, su vago conocimiento de la obra le recordó con insistencia que la escultura no tenía nada que ver con el fuego. La escultura, como cualquiera que la hubiera visto podía atestiguar, no tenía nada de científica. Tal vez pornográfica, pero científica no. Un crítico inglés había condenado en una ocasión El éxtasis de santa Teresa como «el ornamento menos indicado para adornar una iglesia católica». Langdon comprendía la controversia. Aunque se trataba de una obra maestra, la estatua plasmaba a Santa Teresa tumbada de espaldas, a punto de gozar de un orgasmo brutal. Muy poco adecuado para el Vaticano.
Langdon buscó a toda prisa la descripción de la obra. Cuando vio el esbozo, experimentó un instantáneo e inesperado hormigueo de esperanza. En el boceto, daba la impresión de que Santa Teresa se lo estaba pasando en grande, pero había otra figura en la estatua que Langdon había olvidado.
Un ángel.
De pronto, recordó la sórdida leyenda...
Santa Teresa fue una monja santificada después de afirmar que un ángel la había visitado en sueños. Más tarde, los críticos decidieron que su encuentro debía de haber sido más sexual que espiritual. Garabateado a pie de página, Langdon vio una cita conocida. Las propias palabras de Santa Teresa dejaban poco a la imaginación:
... su gran lanza dorada... henchida de fuego... me penetró varias veces... hasta mis entrañas... una dulzura tan extrema que nadie habría podido desear que se detuviera.
Langdon sonrió. Si eso no es una metáfora de un buen coito, no sé qué es. También sonrió debido a la descripción de la obra que aparecía en el libro mayor. Aunque el párrafo estaba en italiano, la palabra fuoco aparecía media docena de veces:
... la lanza del ángel acabada en una punta de fuego...
... la cabeza del ángel emanaba rayos de fuego...
... mujer inflamada por el fuego de la pasión...

Langdon no se convenció del todo hasta que volvió a mirar el boceto. La lanza de fuego del ángel estaba levantada como un faro, señalando el camino. Que ángeles guíen tu búsqueda. Hasta el tipo de ángel elegido por Bernini parecía significativo. Es un serafín, observó Langdon. Serafín significa literalmente «el ardiente».
Robert Langdon no era un hombre que hubiera buscado nunca confirmación en las alturas, pero cuando leyó el nombre de la iglesia donde se hallaba ahora la estatua, decidió que tal vez acabaría siendo creyente.
Santa Maria della Vittoria.
Vittoria, pensó, y sonrió. Perfecto.
Se puso en pie, y sintió un leve mareo. Echó un vistazo a la escalerilla, y se preguntó si debía devolver el libro a su sitio. Y un cuerno, pensó. Que lo haga el padre ]aqui. Cerró el libro y lo dejó al fondo del estante.
Cuando se encaminó hacia el botón brillante de la salida electrónica de la cámara, le costaba respirar. Sin embargo, se sentía rejuvenecido por su buena suerte.
Su buena suerte, no obstante, se esfumó antes de que llegara a la salida.
De pronto, la cámara exhaló un suspiro apenado. Las luces se apagaron, así como el botón de la salida. Después, como una gigantesca bestia al expirar, el complejo de los Archivos quedó sumido en una negrura total. Alguien acababa de cortar la luz.

85

La Sagrada Gruta Vaticana se halla en el subsuelo de la basílica de San Pedro. Es el lugar donde son enterrados los papas.
Vittoria llegó al final de la escalera de caracol y entró en la gruta. El sombrío recinto le recordó el Large Hadron Collider del CERN, negro y frío. Iluminado tan sólo por las linternas de los Guardias Suizos, transmitía una sensación siniestra. A ambos lados, los nichos se alineaban contra los muros. En el interior de los nichos, cuando las luces de las linternas alcanzaban a iluminarlos, se silueteaban las sombras voluminosas de sarcófagos.
Un escalofrío recorrió su piel. Es el frío, se dijo, a sabiendas de que sólo era verdad en parte. Tenía la sensación de que los estaban vigilando, pero no alguien de carne y hueso, sino espectros en la oscuridad. Sobre cada tumba yacían reproducciones de tamaño natural del Papa enterrado, con toda la vestimenta ceremonial, los brazos cruzados sobre el pecho. Daba la impresión de que los cuerpos yacentes surgieran de los sarcófagos, ejerciendo presión sobre las tapas de mármol como si intentaran escapar de sus ataduras mortales. La procesión continuó a la luz de las linternas, y en la cripta las siluetas papales se alzaban contra las paredes, se estiraban y desaparecían en una danza macabra.
El grupo caminaba en silencio, pero Vittoria ignoraba si era por respeto o por aprensión. Supuso que por ambas cosas. El camarlengo Ventresca andaba con los ojos cerrados, como si conociera cada paso de memoria. Vittoria sospechaba que había recorrido muchas veces la cripta desde la muerte del Papa, tal vez para rogar ante su tumba que le guiara.
Trabajé bajo la tutela del cardenal muchos años, había dicho el camarlengo. Era como un padre para mí. Vittoria recordó que había pronunciado aquellas palabras en referencia al cardenal que le había «salvado» del ejército. Ahora, sin embargo, ella comprendía el resto de la historia. Aquel mismo cardenal que brindó su protección al futuro camarlengo, había sido elevado más tarde al papado, y entonces llamó a su joven protegido para que le sirviera como camarlengo.
Eso explica muchas cosas, pensó Vittoria. Siempre había sido capaz de percibir las emociones íntimas de los demás, y algo acerca del camarlengo la había estado atormentando durante todo el día. Desde que le había conocido, había intuido una angustia más espiritual e íntima que la provocada por la espantosa crisis a la que se enfrentaba. Bajo su piadosa calma, veía a un hombre atormentado por demonios personales. Ahora sabía que había estado en lo cierto. No sólo se encontraba afrontando la amenaza más devastadora de la historia del Vaticano, sino que lo estaba haciendo sin su mentor y amigo... Volaba en solitario.
Los guardias aminoraron el paso, como si no supieran dónde yacía el cadáver del Papa más reciente. El camarlengo continuó con paso seguro y se detuvo ante un sarcófago de mármol que parecía más reluciente que los demás. Sobre él había una figura yacente de su benefactor. Cuando Vittoria reconoció la cara del difunto Papa por haberle visto en la televisión, sintió una punzada de miedo. ¿Qué vamos a hacer?
—Sé que no tenemos mucho tiempo —dijo el camarlengo—, pero les pido que recemos un momento.
Los Guardias Suizos inclinaron la cabeza. Vittoria los imitó, mientras su corazón atronaba en el silencio. El camarlengo se arrodilló ante el sarcófago y rezó en italiano. Cuando Vittoria escuchó las palabras, un dolor inesperado la asaltó, convertido en lágrimas, lágrimas por su propio mentor, su santo padre particular. Las palabras del camarlengo parecían tan apropiadas para el padre de Vittoria como para el Papa.
—Padre supremo, consejero, amigo. —La voz del camarlengo resonó en el pasillo—. Me dijiste cuando era joven que la voz de mi corazón era la de Dios. Me dijiste que debía seguirla, sin importarme a qué lugares dolorosos me guiara. Oigo esa voz ahora, y me pide tareas imposibles. Dame fuerzas. Concédeme la capacidad de perdonar. Lo que hago... lo hago en nombre de todo aquello en que tú crees. Amén.
—Amén —susurraron los guardias.
Amén, padre. Vittoria se secó los ojos.
El camarlengo Ventresca se levantó poco a poco y se alejó del sarcófago.
—Aparten la tapa.
Los Guardias Suizos vacilaron.
—Signore —dijo uno—, la ley nos pone a sus órdenes. —Hizo una pausa—. Haremos lo que diga...
El camarlengo debió de leer en la mente del joven.
—Algún día, les pediré perdón por ponerles en esta situación. Hoy les pido su obediencia. Las leyes del Vaticano se establecieron para proteger esta Iglesia. Les pido que las quebranten ahora en nombre de ese mismo espíritu.
Se hizo un momento de silencio, y luego el guardia que estaba al mando dio la orden. Los tres hombres dejaron las linternas en el suelo, y sus sombras se proyectaron en las paredes. Iluminados desde abajo, los guardias avanzaron hacia la tumba. Sujetaron la losa de mármol que cubría el sarcófago, plantaron los pies con firmeza en el suelo y se prepararon para empujar. A una señal, todos se pusieron en acción. La pesada losa no se movió, y Vittoria casi deseó que los hombres no lograran apartarla. De pronto, tuvo miedo de lo que podían encontrar dentro.
Los hombres redoblaron sus esfuerzos, pero la losa no se movió.
—Ancora —dijo el camarlengo, al tiempo que se arremangaba para ayudar a los guardias—. Ora!
Todo el mundo empujó.
Vittoria estaba a punto de ofrecer su ayuda, pero en aquel momento, la losa empezó a moverse. Los hombres volvieron a empujar, y con un chirrido casi primigenio de piedra sobre piedra, lograron girar la tapa, con la cabeza tallada del Papa hacia el interior del nicho y los pies proyectados hacia el pasillo.
Todo el mundo retrocedió.
Un guardia, vacilante, se agachó y recuperó la linterna. Después, la dirigió hacia el sarcófago. Dio la impresión de que el rayo de luz temblaba un momento, y después el guardia sujetó con firmeza la linterna. Los demás guardias se fueron acercando de uno en uno. Incluso en la oscuridad, Vittoria intuyó que retrocedían. Todos se persignaron.
El camarlengo se estremeció cuando miró el interior del sarcófago, y sus hombros se hundieron como bajo un peso tremendo. Permaneció inmóvil un largo momento, antes de dar media vuelta.
Vittoria temía que el rigor mortis se hubiera apoderado de la boca del cadáver, y que se viera obligada a sugerir que le rompieran la mandíbula para ver la lengua. Ahora, comprobó que no era necesario. Las mejillas se habían hundido, y el Papa tenía la boca entreabierta.
Su lengua era negra como la muerte.

86

Oscuridad absoluta. Silencio total.
Los Archivos Secretos habían quedado sumidos en una negrura insondable.
El miedo, comprendió Langdon, era un excelente acicate. Falto de aliento, avanzó en la oscuridad hacia la puerta giratoria. Localizó el botón de la pared y lo aplastó con la palma. No pasó nada. Probó de nuevo. La puerta no se movía.
Gritó, pero su voz salió estrangulada. Tomó conciencia del peligro de la situación. Sus pulmones pugnaban por absorber oxígeno, mientras la adrenalina aceleraba su corazón. Tenía la impresión de que le acababan de asestar un puñetazo en el estómago.
Cuando arrojó su peso contra la puerta, pensó por un instante que ésta empezaba a girar. Empujó de nuevo, y vio estrellas. Se dio cuenta de que toda la cámara estaba girando, pero la puerta no. Langdon se tambaleó, tropezó con la base de una escalerilla rodante y cayó al suelo. Se golpeó la rodilla con el canto de una estantería. Maldijo, se levantó y buscó a tientas la escalerilla.
La encontró. Había confiado en que sería de madera pesada o hierro, pero era de aluminio. Agarró la escalerilla y la sujetó como un ariete. Después corrió hacia la pared de cristal. Estaba más cerca de lo que pensaba. La escalerilla rebotó. A juzgar por el tenue sonido de la colisión, Langdon comprendió que iba a necesitar algo mucho más duro que el aluminio para romper el cristal.
Cuando buscó la semiautomática, sus esperanzas resurgieron,
para desvanecerse al instante. Ya no estaba en posesión del arma. Olivetti la había recuperado en el despacho del Papa, aduciendo que no quería armas cargadas en presencia del camarlengo. En aquel momento, le había parecido lógico.
Langdon volvió a gritar, pero esta vez con menos fuerza.
A continuación, recordó el walkie-talkie que el guardia había dejado en la mesa situada ante la cámara. ¿Por qué demonios no lo he traído? Cuando empezó a ver estrellas de color púrpura, se obligó a pensar. Ya has estado atrapado antes, se dijo. Te has salvado de cosas peores. Eras un crío y utilizaste la imaginación. La oscuridad era aplastante. ¡Piensa!
Langdon se tendió de espaldas en el suelo y apoyó las manos en los costados. El primer paso era recuperar el control.
Relájate. Ahorra energías.
Como ya no luchaba contra la gravedad para bombear sangre, el corazón empezó a aminorar su ritmo. Era un truco que los nadadores utilizaban a menudo para reoxigenar su sangre entre eliminatorias muy seguidas.
Aquí hay mucho aire, se dijo. Muchísimo. Piensa. Aguardó, casi con la esperanza de que las luces se encenderían en cualquier momento. No fue así. Tendido en el suelo, respirando mejor, se apoderó de él una siniestra resignación. Se sentía en paz. Luchó contra esa sensación.
¡Muévete, maldita sea! Pero hacia dónde...
En la carátula del reloj de Langdon, Mickey Mouse brillaba, como si la oscuridad le alegrara. Las nueve y treinta y tres minutos de la noche. Quedaba media hora para Fuego. Langdon pensó que parecía mucho más tarde. Su mente, en lugar de elaborar un plan de escape, exigía de repente una explicación. ¿Quién cortó la electricidad? ¿Estaba Rocher ampliando su registro? ¿No ha advertido Olivetti a Ro-cher de que yo estaba aquí? Langdon sabía que, en este momento, todo eso daba igual.
Abrió la boca y echó hacia atrás la cabeza. Inhaló la bocanada de aire más profunda que pudo. Cada aspiración dolía menos que la anterior. Su cabeza se despejó. Obligó a su mente a ponerse las pilas.
Paredes de cristal, se dijo. Pero de un cristal muy grueso.

Se preguntó si guardaban algún libro en archivadores de acero a prueba de incendios. Langdon había observado esa precaución en alguna biblioteca, pero en ésta no. Además, localizar uno a oscuras podía consumir un tiempo excesivo. Tampoco podría levantarlo, teniendo en cuenta su estado actual.
¿Y la mesa de examen? Langdon sabía que esta cámara, como la otra, tenía una mesa de examen en el centro de las estanterías. ¿Y qué? Sabía que no podría levantarla. Y aunque fuera capaz de arrastrarla, no llegaría muy lejos. Las estanterías estaban muy juntas, y los pasillos que las separaban eran demasiado estrechos.
Los pasillos eran demasiado estrechos...
De pronto, Langdon tuvo la solución.
Con renovada confianza, se puso en pie, aunque con excesiva rapidez. Buscó un apoyo en la oscuridad. Su mano encontró una estantería. Esperó un momento y se obligó a ahorrar energías. Necesitaría todas sus fuerzas para poner el plan en práctica.
Se apoyó contra la estantería, plantó los pies en el suelo y empujó. Si pudiera inclinar el estante. Pero apenas se movió. Empujó de nuevo. Sus pies resbalaron hacia atrás en el suelo. La estantería crujió, pero no se movió.
Necesitaba hacer palanca.
Encontró la pared de cristal y posó una mano sobre ella, para guiarse mientras corría hacia el otro extremo de la cámara. La pared de atrás se materializó de repente, se estrelló contra ella con el hombro por delante. Maldijo, dio la vuelta al estante y aferró la estantería a la altura de los ojos. Después, apoyando una pierna en el cristal que tenía detrás y otra en los estantes inferiores, empezó a trepar. Los libros cayeron a su alrededor, aleteando en la oscuridad. No le importó. Hacía tiempo que el instinto de supervivencia había arrinconado al decoro archivero. Notó que la oscuridad absoluta perjudicaba su sentido del equilibro, y cerró los ojos, para obligar al cerebro a pasar por alto los estímulos visuales. Se movió con más celeridad. El aire parecía más enrarecido a medida que trepaba. Después, como un escalador que conquistara una pared rocosa, Langdon aferró el último estante. Estiró las piernas hacia atrás y subió los pies por la pared de cristal, hasta quedar casi horizontal.

Ahora o nunca, Robert, le urgió una voz.
Con un esfuerzo agotador, plantó los pies en la pared de atrás, ejerció fuerza con brazos y pecho sobre la estantería y empujó. No sucedió nada.
Volvió a intentarlo, estirando las piernas. La estantería se movió apenas. Empujó una vez más, y la estantería osciló hacia adelante unos centímetros, y luego hacia atrás. Langdon aprovechó el movimiento, inhaló lo que se le antojó aire carente de oxígeno y empujó otra vez. El estante se meció más.
Como un columpio, se dijo. Mantén el ritmo. Un poco más.
Langdon hizo oscilar el estante, y sus piernas se extendieron más a cada empujón. Los cuadríceps le ardían, pero soportó el dolor. El péndulo se movía. Tres empujones más, se animó.
Sólo necesitó dos.
Hubo un instante de incertidumbre. Después, con un estruendo de libros que resbalaban de los estantes, Langdon y la estantería se inclinaron hacia adelante.
A mitad de camino del suelo, la estantería golpeó la estantería contigua. Langdon aguantó, echó su peso hacia adelante y provocó que la segunda estantería oscilara. Tras un momento de pánico, y con un crujido debido al peso, la segunda estantería empezó a inclinarse. Langdon cayó de nuevo.
Como fichas de dominó enormes, las estanterías empezaron a derrumbarse una tras otra. Metal sobre metal, libros lloviendo por todas partes. Langdon se sujetó cuando su estantería osciló hacia atrás. Se preguntó cuántas estanterías habría en total. ¿Cuánto pesarían? El cristal del fondo era grueso...
La estantería de Langdon casi se encontraba en posición horizontal cuando oyó lo que estaba esperando: un tipo diferente de colisión. Al final de la cámara. El impacto penetrante del metal contra el cristal. La cámara se estremeció, y Langdon comprendió que la última estantería, empujada por las demás, había golpeado el cristal con violencia. El sonido que siguió fue el más ominoso que Langdon había oído en su vida.
Silencio.
No se oyó ningún estallido de cristal, sólo el golpe sordo de la pared que aguantaba el peso de las estanterías apoyadas contra ella. Langdon estaba tumbado, con los ojos abiertos, sobre los montones de libros. Se oyó un crujido. Habría contenido el aliento para escuchar, pero ya no le quedaba aire en los pulmones.
Un segundo. Dos...
Luego, casi a punto de perder la conciencia, oyó que algo cedía... Era el sonido producido por múltiples grietas que se abrían en el cristal. De pronto, como un cañón, el cristal estalló. La estantería sobre la que estaba echado Langdon cayó al suelo.
Como lluvia en el desierto, fragmentos de cristal llovieron en la oscuridad. El aire penetró con un gigantesco siseo.
Medio minuto después, en la Sagrada Gruta Vaticana, Vittoria se hallaba delante de un cadáver cuando el crepitar de un walkie-talkie rompió el silencio. La voz que sonó estaba falta de aliento.
—¡Soy Robert Langdon! ¿Alguien me oye?
Vittoria alzó la vista. ¡Robert! No podía creer cuánto deseaba su presencia.
Los guardias intercambiaron una mirada de perplejidad. Uno se desenganchó la radio del cinturón.
—¿Señor Langdon? Está hablando por el canal tres. El comandante esperaba recibirle por el canal uno.
—¡Sé que tiene el canal uno, maldita sea! No quiero hablar con él. Quiero hablar con el camarlengo Ventresca. ¡Ya! Que alguien vaya a buscarle.
En la oscuridad de los Archivos Secretos, Langdon se erguía entre cristales astillados, casi sin aliento. Notó que un líquido tibio le corría por la mano izquierda, y supo que estaba sangrando. Escuchó la voz del camarlengo al instante, lo cual sorprendió a Langdon.
—Soy el camarlengo Ventresca. ¿Qué sucede?
Langdon oprimió el botón, con el corazón todavía acelerado.
—¡Creo que alguien ha intentado asesinarme!
Se hizo el silencio al otro lado de la línea.

Langdon procuró serenarse.
—También sé dónde se producirá el siguiente asesinato. La voz que contestó no fue la del camarlengo. Fue la del comandante Olivetti.
—No diga ni una palabra más, señor Langdon.

87

El reloj de Langdon, ahora teñido de sangre, marcaba las nueve y cuarenta y un minutos cuando atravesó corriendo el patio del Belvedere y se acercó a la fuente situada frente al centro de seguridad de la Guardia Suiza. Su mano había dejado de sangrar, y ahora le dolía más de lo que su aspecto delataba. Cuando llegó, tuvo la impresión de que todo el mundo se había congregado al mismo tiempo: Olivetti, Ro-cher, el camarlengo, Vittoria y un puñado de guardias.
Vittoria se precipitó hacia él al instante.
—¡Robert, estás herido!
Antes de que Langdon pudiera contestar, el comandante Olivetti se plantó ante él.
—Señor Langdon, me alegro de que se encuentre bien. Siento lo del apagón en los Archivos.
—¿El apagón? —preguntó Langdon—. Usted sabía muy bien...
—Fue culpa mía —intervino Rocher, en tono contrito—. No tenía ni idea de que se encontraba en los Archivos. Secciones de nuestras zonas blancas se cruzan con ese edificio. Estábamos ampliando nuestro registro. Fui yo quien cortó la electricidad. De haber sabido...
—Robert —dijo Vittoria al tiempo que tomaba su mano herida entre las de ella y la examinaba—, el Papa fue envenenado. Los Illu-minati le mataron.
Langdon oyó las palabras, pero apenas las asimiló. Estaba harto. Sólo podía sentir el calor de las manos de Vittoria.

El camarlengo extrajo un pañuelo de seda de su sotana y lo ofreció a Langdon para que pudiera limpiarse. El hombre no dijo nada. Sus ojos verdes parecían iluminados por un fuego nuevo.
—Robert —insistió Vittoria—, ¿dices que descubriste dónde va a ser asesinado el siguiente cardenal?
Langdon no tenía ganas de seguir perdiendo el tiempo.
—Sí, en...
—No —le interrumpió Olivetti—. Señor Langdon, cuando le pedí que no dijera ni una palabra más por el walkie-talkie, tenía mis motivos. —Se volvió hacia un grupo de Guardias Suizos—. Hagan el favor de disculparnos, caballeros.
Los guardias desaparecieron en el centro de seguridad. Sin ofenderse. Obedientes, nada más.
Olivetti se volvió hacía los demás congregados.
—Por más que me duela decirlo, el asesinato del Papa es un acto que sólo pudo llevarse a cabo con la ayuda de un cómplice del interior. Por el bien de todos, no podemos confiar en nadie. Incluidos nuestros guardias.
Daba la impresión de que pronunciar esas palabras le hacía sufrir enormemente.
Rocher estaba angustiado.
—Un cómplice en el interior significa...
—Sí —dijo Olivetti—. La eficacia de su registro se halla en peligro. No obstante, hemos de aceptar el reto. Hay que seguir buscando.
Rocher estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo.
El camarlengo respiró hondo. Aún no había hablado, y Langdon intuyó una severidad inédita en el hombre, como si hubiera dado un paso decisivo.
—Comandante, voy a suspender el cónclave —dijo en tono decidido.
Olivetti se humedeció los labios.
—No me parece apropiado. Aún nos quedan dos horas y veinte minutos.
—Eso y nada es lo mismo.
—¿Qué piensa hacer? —preguntó Olivetti, desafiante—. ¿Evacuar a los cardenales sin ayuda?

—Pienso salvar a la Iglesia con el poder que Dios me ha conferido. El método no es de su incumbencia.
Olivetti se cuadró.
—Lo que pretende llevar a cabo... —Hizo una pausa—. Carezco de autoridad para impedírselo. Sobre todo, a tenor de mi aparente fracaso como jefe de la seguridad. Sólo le pido que espere. Veinte minutos... hasta pasadas las diez. Si la información del señor Langdon es correcta, puede que aún pueda capturar a ese asesino. Todavía nos queda una posibilidad de salvar el protocolo y el decoro.
—¿El decoro? —El camarlengo lanzó una carcajada estrangulada—. Hace rato que hemos abandonado las buenas maneras, comandante. Por si no se ha dado cuenta, estamos en guerra.
Un guardia salió del centro de seguridad y llamó al camarlengo.
—Signore, me acaban de informar de que hemos detenido al reportero de la BBC, el señor Glick.
El camarlengo asintió.
—Que su cámara y él me esperen custodiados ante la puerta de la Capilla Sixtina.
Olivetti no daba crédito a lo que estaba oyendo.
—¿Qué va a hacer?
—Veinte minutos, comandante. Es lo máximo que le concedo.
Sin más, se marchó.
Cuando el Alfa Romeo de Olivetti salió del Vaticano, esta vez no le siguió una fila de coches camuflados. En el asiento de atrás, Vittoria vendaba la mano de Langdon con un botiquín de primeros auxilios que había encontrado en la guantera.
Olivetti miraba fijamente hacia adelante.
—Muy bien, señor Langdon. ¿Adónde vamos?



88

Incluso con la sirena fijada en el techo y sonando a todo volumen, daba la impresión de que el Alfa Romeo de Olivetti cruzaba desapercibido el puente que conducía a la Roma antigua. Todo el tráfico se movía en dirección contraria, hacia el Vaticano, como si la Santa Sede se hubiera convertido en la atracción que no había que perderse en Roma.
Langdon iba sentado en el asiento de atrás, con la mente asediada por interrogantes. Se preguntaba si esta vez capturarían al asesino, si les confesaría lo que necesitaban saber, si ya era demasiado tarde. ¿Cuánto tiempo tardaría el camarlengo en advertir a la muchedumbre congregada en la plaza de San Pedro de que corría peligro? El incidente de la cámara de los Archivos todavía le atormentaba. Una equivocación.
Olivetti no pisó ni un momento el freno mientras conducía el Alfa Romeo en dirección a la iglesia de Santa Maria della Vittoria. Langdon sabía que, en cualquier otro momento, los nudillos se le habrían puesto blancos. En este momento, sin embargo, se sentía anestesiado. Sólo los pinchazos de la mano le recordaban dónde estaba.
La sirena aullaba. No hay nada como avisarle de que ya llegamos, pensó Langdon. No obstante, estaban ganando tiempo a marchas forzadas. No le cabía duda de que Olivetti desconectaría la sirena cuando se acercaran.
Ahora que gozaba de un momento para reflexionar, Langdon experimentó una punzada de asombro cuando su mente asimiló por fin la noticia del asesinato del Papa. La idea era inconcebible, pero parecía lógica. La infiltración siempre había constituido la base del poder de los Illuminati, reordenamientos del poder desde dentro. Tampoco se trataba de que nunca hubieran asesinado a un Papa. Corrían incontables rumores de traición, aunque sin autopsia, no se podían confirmar. Hasta fecha reciente. No hacía mucho que los estudiosos habían recibido permiso para analizar con rayos X la tumba del papa Celestino V, que al parecer había muerto a manos de su ansioso sucesor, Bonifacio VIII. Los investigadores confiaban en que los rayos X sacarían a la luz algún indicio revelador, como un hueso roto. Por increíble que pareciera, los rayos X habían descubierto un clavo de veinticinco centímetros hundido en el cráneo del Papa.
Langdon recordó ahora una serie de recortes de prensa que admiradores de los Illuminati le habían enviado años antes. Al principio, había pensado que eran ficticios, de modo que fue a consultar la colección de microfichas de Harvard para confirmar que los artículos eran auténticos. Y descubrió con estupor que lo eran. Los guardaba en su tablón de anuncios como ejemplo de cómo hasta los grupos periodísticos más respetables se dejaban arrastrar en ocasiones por la paranoia de los Illuminati. De repente, las sospechas de los medios de comunicación se le antojaron menos paranoicas. Langdon repasó mentalmente los artículos...
THE BRITISH BROADCASTING CORPORATION 14 de junio de 1998
El papa Juan Pablo I, que murió en 1978, fue víctima de una conspiración de la logia masónica P2... La sociedad secreta P2 decidió asesinar a Juan Pablo I cuando supo que estaba decidido a destituir al arzobispo norteamericano Paul Marcinkus como presidente de la Banca Vaticana. El banco se había visto implicado en dudosos tratos financieros con la logia masónica...

THE NEW YORK TIMES 24 de agosto de 1998
¿Por qué el fallecido Juan Pablo I llevaba su camisa de día en la cama? ¿Por qué estaba desgarrada? Las preguntas no se paran ahí. No se llevó a cabo un reconocimiento médico. El cardenal Villot prohibió la autopsia basándose en que ningún Papa había sido sometido a tamaña afrenta. Además, las medicinas de Juan Pablo I desaparecieron misteriosamente de su mesita de noche, al igual que sus gafas, zapatillas, últimas voluntades y testamento.
LONDON DAILY MAIL
27 de agosto de 1998
... un complot en el que estaba implicada una logia masónica poderosa, implacable e ilegal, cuyos tentáculos llegaban hasta el Vaticano.
Sonó el móvil de Vittoria, lo cual borró misericordiosamente los recuerdos de Langdon.
Vittoria contestó, sin saber quién podía ser. Incluso desde lejos, Langdon reconoció la voz que sonaba en el teléfono, afilada como un láser.
—¿Vittoria? Soy Maximilian Kohler. ¿Ya has encontrado la antimateria?
—¿Se encuentra bien, Max?
—He visto las noticias. No hablaron del CERN ni de la antimateria. Me alegro. ¿Qué está pasando?
—Todavía no hemos localizado el contenedor. La situación es complicada. Robert Langdon nos está siendo de mucha ayuda. Tenemos una pista para detener al hombre que está asesinando a los cardenales. En este momento, nos dirigimos...
—Señorita Vetra —interrumpió Olivetti—, ya ha hablado bastante.
La joven tapó el auricular, muy irritada.
—Comandante, es el director del CERN. Tiene derecho a...
—Tiene derecho a estar aquí, tomando el control de la situación —replicó Olivetti—. Usted está hablando por una línea abierta. Ya ha hablado bastante.
Vittoria respiró hondo.
—¿Max?
—Tengo cierta información para ti —dijo Max—. Sobre tu padre... Tal vez sepa a quién habló de la antimateria.
El rostro de Vittoria se nubló.
—Mi padre me dijo que a nadie, Max.
—Temo, Vittoria, que tu padre sí se lo dijo a alguien. He de consultar algunos informes de seguridad. Volveré a llamarte pronto.
La línea enmudeció.
Vittoria devolvió el teléfono a su bolsillo, pálida como la cera.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Langdon.
La joven asintió, pero sus dedos temblorosos no pudieron ocultar la mentira.
—La iglesia está en la Piazza Barberini —dijo Olivetti al tiempo que desconectaba la sirena y consultaba su reloj—. Tenemos nueve minutos.
Cuando Langdon había averiguado la localización del tercer indicador, el emplazamiento de la iglesia había despertado ecos en su mente. Piazza Barberini. El nombre le resultaba familiar, pero no podía identificarlo. Ahora, se dio cuenta de qué era. La plaza albergaba una parada de metro controvertida. Veinte años antes, la construcción de la terminal de metro había provocado la inquietud de los historiadores de arte, temerosos de que excavar bajo la Piazza Barberini podría provocar el derrumbe del obelisco que se alzaba en el centro, y que pesaba varias toneladas. Los planificadores municipales habían trasladado el obelisco, al que habían sustituido por una pequeña fuente llamada del Tritón.
¡En tiempos de Bernini, recordó Langdon, la Piazza Barberini había albergado un obelisco!. Las dudas de Langdon sobre el emplazamiento del tercer indicador se habían disipado por completo.

A una manzana de la plaza, Olivetti se desvió por un callejón y frenó al llegar a la mitad. Se quitó la chaqueta del traje, se arremangó y cargó su pistola.
—No podemos correr el riesgo de que nos reconozcan —dijo—. Ustedes dos salieron en la televisión. Quiero que crucen la plaza, con discreción y vigilen la entrada principal. Yo iré por detrás. —Extrajo una pistola conocida y la entregó a Langdon—. Por si acaso.
Langdon frunció el ceño. Era la segunda vez en el mismo día que le daban la pistola. La deslizó en el bolsillo del pecho. Entonces, se dio cuenta de que aún llevaba encima el folio del Diagramma. No podía creer que se hubiera olvidado de dejarlo en la bóveda. Imaginó al conservador del Vaticano presa de espasmos de indignación, sólo de pensar que aquel precioso papel había viajado por Roma como el plano de un turista. Después, Langdon pensó en el caos de cristales rotos y documentos diseminados que había dejado en los Archivos. El conservador tenía otros problemas. Si es que los Archivos sobreviven a esta noche...
Olivetti bajó del coche e indicó el callejón.
—La plaza está por ahí. Mantengan los ojos abiertos y no se dejen ver. —Dio unas palmaditas sobre el teléfono que llevaba al cinto—. Señorita Vetra, comprobemos que tenemos los respectivos números en memoria.
Vittoria sacó el móvil y tecleó el número que Olivetti y ella habían programado en el Panteón. El teléfono del comandante vibró en su cinturón.
Olivetti asintió.
—Bien. Si ven algo, quiero saberlo. —Amartilló el arma—. Les esperaré dentro. Ese monstruo es mío.
En aquel momento, muy cerca, otro móvil sonó. El hassassin contestó. —Hable.
—Soy yo, Jano —dijo la voz.
El hassassin sonrió.
—Hola, maestro.
—Es posible que hayan averiguado dónde está. Alguien se dirige a detenerle.
—Llegan tarde. Ya he tomado mis medidas.
—Bien. Procure escapar con vida. Aún queda trabajo por hacer.
—Los que se interpongan en mi camino morirán.
—Los que se interponen en su camino son inteligentes.
—¿Habla del estudioso norteamericano?
—¿Le conoce?
El hassassin lanzó una risita.
—Frío pero ingenuo. Antes habló conmigo por teléfono. Va con una mujer que parece justo lo contrarío.
El asesino tuvo una erección cuando recordó el ardiente temperamento de la hija de Leonardo Vetra.
Se hizo un breve silencio en la línea, la primera vacilación que el hassassin intuía en el maestro de los Illuminati. Por fin, Jano habló:
—Elimínelos, en caso necesario.
El asesino sonrió.
—Délo por hecho.
Sintió que una cálida impaciencia se extendía por su cuerpo. Aunque tal vez me quede a la mujer como premio.


89

La guerra había estallado en la plaza de San Pedro.
Un frenesí agresivo se había apoderado de la plaza. Las camionetas de las televisiones tomaban posiciones como vehículos de asalto dispuestos a conquistar cabezas de playa. Los reporteros desplegaban equipos electrónicos de alta tecnología como soldados armados para la batalla. En todo el perímetro de la plaza, las cadenas se apresuraban a erigir el arma más reciente en la guerra de los medios de comunicación: visualizadores de pantalla plana.
Los visualizadores de pantalla plana eran enormes pantallas de vídeo que podían montarse sobre camionetas o andamios portátiles. Las pantallas eran como anuncios publicitarios de la cadena, que transmitía la cobertura con el logotipo sobreimpreso como en un cine al aire libre. Si la pantalla estaba bien situada (delante de la acción, por ejemplo), una cadena de la competencia no podía rodar el reportaje sin incluir un anuncio de su competidor.
La plaza se estaba transformando a toda prisa no sólo en un espectáculo multimedia, sino en una vigilia pública frenética. Los curiosos llegaban desde todas direcciones. El espacio libre, en una plaza por lo general amplísima, se estaba convirtiendo por momentos en un privilegio. La gente se apretujaba alrededor de los visualizadores, y escuchaba los reportajes en directo en un estado de nerviosismo estupefacto.

A tan sólo cien metros de distancia, dentro de los gruesos muros de la basílica de San Pedro, reinaba la serenidad. El teniente Chartrand y tres guardias más avanzaban en la oscuridad. Provistos de sus gafas infrarrojas, se desplegaron en abanico por la nave, moviendo los detectores ante ellos. Hasta el momento, el peinado de las zonas de acceso público del Vaticano no había dado frutos.
—Será mejor quitarse las gafas aquí —dijo el guardia de mayor rango.
Chartrand ya lo estaba haciendo. Se estaban acercando al Nicho de los Palios, situado justo encima de la tumba de San Pedro en el centro de la basílica. Noventa y nueve lámparas de aceite iluminaban el nicho, y los infrarrojos amplificados habrían lastimado sus ojos.
A Chartrand le gustó deshacerse de las pesadas gafas, y estiró el cuello cuando descendieron para registrar la zona. La estancia era muy hermosa, dorada y resplandeciente. Nunca antes había estado en ella.
Desde que Chartrand había llegado al Vaticano, tenía la sensación de que cada día se enteraba de un misterio nuevo. Aquellas lámparas de aceite eran uno de ellos. Había noventa y nueve lámparas ardiendo siempre. Los sacristanes se encargaban de rellenar puntualmente las lámparas con óleos sagrados para que ninguna se apagara. Se decía que arderían hasta el fin de los tiempos.
O al menos hasta medianoche, pensó Chartrand, y sintió la boca seca de nuevo.
Chartrand dirigió su detector hacia las lámparas. No ocultaban nada. Tampoco le sorprendió. Según el vídeo, el contenedor estaba escondido en una zona a oscuras.
Cuando cruzó el nicho, llegó a una rejilla que cubría un agujero del suelo. El hueco conducía a una escalera angosta y empinada que descendía. Corrían rumores sobre lo que había en el fondo. Gracias a Dios, no tenían que bajar. Las órdenes de Rocher eran claras. Registren sólo las zonas de acceso público.
—¿Qué es ese olor? —preguntó al tiempo que se volvía. Un aroma dulzón impregnaba el nicho.
—Emanaciones de las lámparas —contestó un soldado.
Chartrand se quedó sorprendido.
—Huele más a colonia que a queroseno.
—No es queroseno. Como las lámparas están cerca del altar papal, el aceite con que arden es una mezcla especial: etanol, azúcar, butano y perfume.
—¿Butano?
Chartrand miró las lámparas con inquietud.
El guardia asintió.
—No derrame ninguna. Huelen de maravilla, pero el aceite quema como el infierno.
Los guardias habían terminado el registro del Nicho de los Palios y ya estaban en la planta principal de la basílica, cuando los walkie-talkies crepitaron.
Era una noticia de última hora. Los guardias escucharon sobrecogidos.
Al parecer, se habían producido novedades inquietantes que no podían comunicarse por sus transmisores, pero el camarlengo había decidido romper la tradición y entrar en el cónclave para dirigir la palabra a los cardenales. Nunca había sucedido algo semejante. Nunca, tampoco, razonó Chartrand, el Vaticano había estado sentado sobre lo que parecía ser una cabeza nuclear de última generación.
Chartrand se sintió más seguro cuando supo que el camarlengo se había hecho cargo de la situación. Ventresca era la persona del Vaticano por la que Chartrand sentía más respeto. Algunos guardias pensaban que el camarlengo era un beato, un fanático religioso cuyo amor por Dios bordeaba la obsesión, pero se mostraban de acuerdo en que, cuando tocara hacer frente a los enemigos de Dios, el camarlengo Ventresca sería la única persona que plantaría cara sin la menor vacilación.
Los Guardias Suizos habían visto con mucha frecuencia al camarlengo durante esta semana previa al cónclave, y todos habían comentado que el hombre parecía un poco fuera de sí, con la mirada un poco más intensa de lo habitual. No era sorprendente. No sólo era el responsable de planificar el cónclave, sino que se veía obligado a hacerlo al poco de perder a su mentor, el Papa.

Chartrand sólo llevaba unos meses en el Vaticano cuando le contaron la historia de la bomba que mató a la madre del camarlengo ante los propios ojos del niño. Una bomba en una iglesia... y ahora vuelve a pasar. Por desgracia, las autoridades no habían detenido a los bastardos que habían colocado la bomba.
Un par de meses antes, en el curso de una plácida tarde, Chartrand se había topado con el camarlengo. Este se dio cuenta de que era novato, y le invitó a dar un paseo con él. No habían hablado de nada en particular, pero el camarlengo consiguió que Chartrand se sintiera enseguida como en casa.
—Padre —dijo Chartrand—, ¿me permite una pregunta rara?
El camarlengo sonrió.
—Sólo sí puedo darle una respuesta rara.
Chartrand rió.
—He preguntado a todos los sacerdotes que conozco, y aún no lo entiendo.
—¿Qué le inquieta?
El camarlengo caminaba a grandes zancadas, y la sotana se agitaba ante él a cada paso. Sus zapatos de suela de caucho parecían muy apropiados, pensó Chartrand, como un símbolo de la esencia del hombre... moderno pero humilde, con señales de estar desgastados.
Chartrand respiró hondo.
—No entiendo lo de benévolo y omnipotente.
El camarlengo sonrió.
—Ha estado leyendo las Escrituras.
—Lo intento.
—Está confuso porque la Biblia describe a Dios como una deidad benévola y omnipotente.
—Exacto.
—Benévolo y omnipotente significa simplemente que Dios es todopoderoso y bienintencionado.
—Entiendo el concepto. Es que... parece que hay una contradicción.
—Sí. La contradicción es el dolor. Guerras, enfermedades, hambre...
—¡Exacto! —Chartrand sabía que el camarlengo le comprendería—. Ocurren cosas terribles en este mundo. La tragedia humana parece la prueba de que Dios no puede ser todopoderoso y bienintencionado al mismo tiempo. Si nos ama y cuenta con el poder de cambiar nuestra situación, podría ahorrarnos el dolor, ¿verdad?
El camarlengo frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Chartrand se sintió inquieto. ¿Había sobrepasado sus límites? ¿Era uno de esos temas religiosos que no se debían sacar a colación?
—Bien... Si Dios nos ama, y puede protegernos, debería hacerlo. 0 es omnipotente e indiferente, o benévolo e incapaz de ayudarnos.
—¿Tiene hijos, teniente?
Chartrand se ruborizó.
—No, signore.
—Imagine que tuviera un hijo de ocho años... ¿Le querría?
—Por supuesto.
—¿Haría todo cuanto estuviera en su poder por evitarle el dolor durante toda su vida?
—Por supuesto.
—¿Le dejaría utilizar un monopatín?
Chartrand reaccionó un poco tarde. El camarlengo siempre parecía estar «al día», algo poco usual en un sacerdote.
—Supongo que sí —dijo Chartrand—. Claro, le dejaría utilizar el monopatín, pero le diría que fuera con cuidado.
—Como padre de ese niño, ¿le daría un buen consejo básico, para luego dejarle marchar y cometer sus propios errores?
—No correría tras él y le mimaría, si se refiere a eso.
—Pero ¿y si se cayera y se pelara la rodilla?
—Aprendería a ser más prudente.
El camarlengo sonrió.
—Por lo tanto, aunque poseyera el poder de intervenir e impedir el dolor de su hijo, preferiría demostrarle su amor dejando que aprendiera por sí mismo, ¿verdad?
—Por supuesto. El dolor es algo inherente a la madurez. Así aprendemos.
El camarlengo asintió.
—Exacto.


90

Langdon y Vittoria observaban la Piazza Barberini desde las sombras de una pequeña callejuela situada en la esquina oeste. La iglesia estaba enfrente, una cúpula neblinosa que destacaba entre un borroso grupo de edificios. La noche había traído consigo un fresco agradable, y a Langdon le sorprendió encontrar la plaza desierta. A través de las ventanas abiertas de los pisos de la vecindad, los televisores a todo volumen recordaban a Langdon el lugar al que había acudido todo el mundo.
«... sin comentarios todavía del Vaticano... Los Illuminati asesinan a dos cardenales... Presencia satanista en Roma... Especulaciones sobre más infiltraciones...»
Las noticias se habían propagado como el incendio de Nerón. Los ojos del mundo estaban fijos en Roma. Mientras observaba la plaza y esperaba, Langdon se dio cuenta de que, pese a la invasión de edificios modernos, la plaza todavía conservaba su trazado elíptico. En lo alto, como una especie de altar moderno erigido en honor de un héroe del pasado, un enorme letrero de neón parpadeaba en el tejado de un hotel de lujo. Vittoria ya se lo había indicado a Langdon. El letrero parecía siniestramente adecuado.
HOTEL BERNINI
—Las diez menos cinco —dijo Vittoria, mientras su mirada gatuna recorría la plaza. Apenas había acabado de pronunciar las pala-bras cuando agarró el brazo de Langdon y le empujó hacia las sombras. Indicó el centro de la plaza.
Él siguió su mirada. Cuando lo vio, se puso tenso.
Frente a ellos, dos figuras oscuras aparecieron bajo una farola de la calle. Las dos iban tocadas con mantillas negras, como las que solían llevar las beatas. Langdon habría jurado que eran mujeres, pero no estaba seguro en la oscuridad. Una parecía mayor y caminaba como dolorida, encorvada. La otra, más grande y fuerte, la ayudaba.
—Dame la pistola —dijo Vittoria.
—No puedes...
Ágil como una gata, la joven le extrajo el arma del bolsillo una vez más. El arma centelleó en su mano. Después, en absoluto silencio, como si sus pies no tocaran los adoquines, describió un círculo hacia la izquierda en las sombras, con el fin de acercarse a la pareja por detrás. Langdon la miró fascinado. Después masculló un juramento y corrió tras ella.
La pareja se movía despacio, y Langdon y Vittoria no tardaron ni medio minuto en situarse detrás. Vittoria ocultó el arma bajo los brazos cruzados sobre su pecho, escondida pero a mano tan pronto como la necesitara. Parecía flotar cada vez más deprisa a medida que acortaban distancias, y Langdon se esforzaba por seguirla. Cuando sus pies golpearon una piedra que salió rebotada sobre los adoquines, Vittoria le miró de soslayo, pero la pareja no pareció oírlos. Las dos figuras siguieron caminando.
A nueve metros de distancia, Langdon empezó a oír las voces. Palabras no, sólo murmullos. A su lado, Vittoria redobló la velocidad. El arma empezó a asomar. Seis metros. Las voces eran más claras, una mucho más fuerte que la otra. Airada. Campanuda. Langdon pensó que era la voz de una anciana. Áspera. Andrógina. Se esforzó por escuchar lo que decían, pero otra voz cortó la noche.
—Mi scusi!
El tono cordial de Vittoria iluminó la plaza como una antorcha.
Langdon se puso tenso cuando la pareja se detuvo y se volvió. Vittoria siguió andando directamente hacia las figuras, con peligro de una colisión inminente. No tendrían tiempo de reaccionar. Langdon se dio cuenta de que sus pies habían dejado de moverse. Vio que los brazos de Vittoria empezaban a separarse, como dispuesta a empuñar el arma. Después, por encima del hombro de la joven, vio una cara, iluminada por la farola. El pánico espoleó sus piernas, y se lanzó hacia adelante.
—¡No, Vittoria!
Sin embargo, dio la impresión de que Vittoria iba una fracción de segundo por delante de él. Con un movimiento tan veloz como espontáneo, la joven volvió a levantar los brazos, y el arma desapareció cuando se rodeó el cuerpo como una mujer que tuviera frío. Langdon llegó a su lado, y casi tropezó con la pareja.
—Buona sera —soltó Vittoria.
Langdon exhaló un suspiro de alivio. Tenían ante ellos a dos mujeres de edad avanzada, que los miraban con el ceño fruncido. Una era tan vieja que apenas podía sostenerse en pie. La otra la ayudaba. Ambas aferraban rosarios. Parecían confusas por la repentina intrusión.
Vittoria sonrió, aunque parecía estremecida.
—Dov'é la chiesa Santa María della Vittoria?
Las dos mujeres señalaron al unísono la voluminosa silueta de un edificio situado en una calle inclinada, en la dirección de la que habían venido.
—É la.
—Grazie —dijo Langdon. Apoyó las manos sobre los hombros de Vittoria y la tiró hacia atrás. No podía creer que habían estado a punto de atacar a dos ancianas.
—Non sipuó entrare —advirtió una—. E chima temprano.
—¿La han cerrado temprano? —preguntó Vittoria, sorprendida—. Perché?
Las dos mujeres se explicaron a la vez. Parecían enfadadas. Langdon sólo entendió algunos fragmentos de su italiano. Por lo visto, las mujeres habían estado quince minutos antes dentro de la iglesia, rezando por el Vaticano en este tiempo de necesidad, cuando un hombre había aparecido y les había dicho que la iglesia iba a cerrar temprano.
—Hanno conosciuto l'uomo? —preguntó Vittoria, nerviosa.
Las mujeres negaron con la cabeza. El hombre era un straniero crudo, explicaron, y había obligado a salir a todo el mundo, incluso al joven sacerdote y al portero, que le amenazaron con llamar a la policía, pero el intruso rió, y les dijo que aconsejaran a la policía traer cámaras.
¿Cámaras?', se preguntó Langdon.
Las mujeres chasquearon la lengua, irritadas, y llamaron al hombre bar-àrabo. Después, continuaron su camino, rezongando.
—¿Bar-àrabo? —preguntó Langdon a Vittoria—. ¿Bárbaro?
Vittoria estaba muy tensa.
—No. Bar-àrabo es una expresión despectiva. Significa àrabo... Árabe.
Langdon sintió un escalofrío y se volvió hacia la iglesia. En ese momento, sus ojos vislumbraron algo en las vidrieras de la iglesia. La imagen le aterró.
Vittoria, sin darse cuenta, sacó el móvil y apretó el botón.
—Voy a avisar a Olivetti.
Langdon, sin habla, le tocó el brazo. Señaló la iglesia con mano temblorosa.
Vittoria lanzó una exclamación ahogada.
En el interior del edificio, brillando como ojos malvados a través de las vidrieras... destellaba el fulgor de las llamas.

91

Langdon y Vittoria corrieron hacia la entrada principal de la iglesia de Santa Maria della Vittoria, y encontraron cerrada con llave la puerta de madera. La joven disparó tres veces con la semiautomática de Olivetti y destrozó la vieja cerradura.
La escena que presenciaron cuando entraron fue tan inesperada, tan extraña, que Langdon tuvo que cerrar los ojos y volverlos a abrir antes de que su mente pudiera asimilarlo todo.
La iglesia era de un barroco recargado, con paredes y altares dorados. En el centro del sagrario, bajo la cúpula principal, habían amontonado bancos de madera, que ahora ardían como una especie de pira funeraria de dimensiones épicas. La hoguera se alzaba hasta la cúpula. Cuando los ojos de Langdon ascendieron, el verdadero horror de la escena descendió como un ave de presa.
En lo alto, desde el lado derecho e izquierdo del techo, colgaban dos cables utilizados para balancear recipientes de incienso sobre la congregación. Sin embargo, los cables no sujetaban incensarios en este momento. Ni se balanceaban. Los habían utilizado para otra cosa...
Un ser humano colgaba de los cables. Un hombre desnudo. Cada muñeca estaba sujeta a un cable, y lo habían alzado casi hasta el punto de descuartizarlo. Tenía los brazos extendidos como clavado a un crucifijo invisible que flotara en la casa de Dios.
Langdon se sintió paralizado cuando miró. Un momento después, presenció la abominación final. El anciano estaba vivo, y levantó la cabeza. Un par de ojos aterrorizados suplicaron ayuda en silencio. Había un emblema grabado en el pecho del hombre. Le habían marcado a fuego. Langdon no lo veía con claridad, pero albergaba pocas dudas sobre lo que ponía. Cuando las llamas lamieron los pies del hombre, la víctima lanzó un grito de dolor y su cuerpo tembló.
Como espoleado por una fuerza invisible, Langdon corrió por el pasillo principal hacia la hoguera. Sus pulmones se llenaron de humo al acercarse. A tres metros del infierno, se estrelló contra una muralla de calor. Se le chamuscó la piel de la cara y retrocedió, protegiéndose los ojos, hasta caer sobre el suelo de mármol. Se puso en pie con movimientos torpes y volvió a intentar avanzar, con las manos levantadas para protegerse.
Se dio cuenta al instante. El fuego desprendía demasiado calor.
Retrocedió y examinó las paredes de la iglesia. Un tapiz pesado, pensó. Sí pudiera apagar el... Pero sabía que no encontraría ningún tapiz. ¡Estás en una capilla barroca, Robert, no en un castillo alemán! ¡Piensa! Se obligó a mirar de nuevo al hombre colgado.
El humo y las llamas remolineaban en lo alto de la cúpula. Los cables que sujetaban las muñecas del hombre pasaban por poleas fijadas en el techo y descendían de nuevo hasta abrazaderas metálicas empotradas a cada lado de la iglesia. Langdon examinó una de las abrazaderas. Estaba bastante alto, pero sabía que si podía alcanzarla y aflojar uno de los cables, la tensión disminuiría y el hombre se alejaría del fuego.
Una repentina llamarada se alzó más que las demás, y Langdon oyó un chillido penetrante. La piel de las plantas de los pies del hombre estaban empezando a cubrirse de ampollas. El cardenal se estaba asando vivo. Langdon clavó la vista en la abrazadera y corrió.

En la parte posterior de la iglesia, Vittoria aferraba el respaldo de un banco y procuraba serenarse. La imagen suspendida del techo era horripilante. Se obligó a desviar la vista. ¡Haz algo! Se preguntó dónde estaría Olivetti. ¿Habría visto al hassassin? ¿Le habría capturado? ¿Dónde estaban ahora? Vittoria avanzó dispuesta a ayudar a Langdon, pero en aquel momento un sonido la detuvo.

El crepitar de las llamas aumentaba de intensidad a cada instante, pero un segundo sonido cortó el aire. Una vibración metálica. Cercana. El latido repetido parecía surgir del final de los bancos, a su izquierda. Recordaba al timbre de un teléfono, pero duro y pétreo. Aferró la pistola con firmeza y avanzó por la fila de bancos. El sonido se oyó más alto. Se apagaba y encendía. Una vibración repetida.
Cuando se acercó al final del pasillo, notó que el sonido procedía del suelo, justo al doblar la esquina del final de los bancos. Al avanzar, con la pistola extendida en la mano derecha, se dio cuenta de que también sujetaba otra cosa en la izquierda, el móvil. Con el pánico, había olvidado que lo había usado fuera para llamar al comandante... de manera que había conectado el vibrador como advertencia. Vittoria se llevó el aparato al oído. Continuaba sonando. El comandante no había contestado. De repente, con creciente temor, creyó saber cuál era el origen del sonido. Avanzó, temblorosa.
Toda la iglesia pareció hundirse bajo sus pies cuando vio el cadáver en el suelo. No había rastros de sangre. Tampoco señales de violencia que tatuaran la piel. Sólo la espantosa simetría de la cabeza del comandante... torcida hacia atrás, en un giro de ciento ochenta grados. Vittoria intentó no pensar en las imágenes del cadáver de su padre.
El teléfono del comandante estaba apoyado contra el suelo, vibrando una y otra vez sobre el mármol. Vittoria canceló su llamada, y el ruido cesó. En el silencio, oyó un nuevo sonido. Una respiración en la oscuridad, justo detrás de ella.
Empezó a darse la vuelta, empuñando la pistola, pero sabía que era demasiado tarde. Una ráfaga de calor la taladró de la cabeza a los pies cuando el codo del asesino golpeó su nuca.
—Ahora eres mía —dijo una voz.
Después una negrura impenetrable descendió sobre ella.
En la zona del sagrario, en el lateral izquierdo de la iglesia, Langdon se mantenía en equilibrio sobre un banco y trataba de alcanzar la abrazadera. El cable se encontraba a unos dos metros sobre su cabeza. Abrazaderas como ésta eran comunes en las iglesias, y se colocaban en alto para impedir que las manipularan. Langdon sabía que los curas utilizaban escalerillas llamadas piuòli para alcanzarlas. Era evidente que el asesino había usado la escalerilla de la iglesia para colgar a su víctima. ¿Dónde ha dejado la escalera? Langdon escudriñó el suelo. Creía haber visto una escalerilla en algún sitio. Pero ¿dónde? Un momento después, su corazón dio un vuelco. Recordó dónde la había visto. Se volvió hacia el fuego. La escalera se elevaba sobre la hoguera, envuelta en llamas.
Desesperado, inspeccionó la iglesia en busca de algo que pudiera ayudarle a alcanzar la abrazadera. Mientras sus ojos rastreaban el templo, se dio cuenta de algo.
¿Dónde demonios está Vittoria? Había desaparecido. ¿Ha ido a buscar ayuda? Langdon gritó su nombre, pero no hubo respuesta. ¿Dónde está Olivetti?
Se oyó un aullido de dolor en lo alto, y Langdon intuyó que ya era demasiado tarde. Cuando sus ojos se alzaron de nuevo y vio a la víctima, que se iba achicharrando lentamente, sólo pensó en una cosa. Agua. En cantidades. Apagar el fuego. Al menos, para acortar la altura de las llamas.
—¡Necesito agua, maldita sea! —chilló.
—Ese es el siguiente —gruñó una voz desde el fondo.
Langdon giró en redondo, y estuvo a punto de caer del banco.
Hacia él avanzaba sin vacilar un monstruo oscuro. Pese al resplandor del fuego, sus ojos ardían como carbones. Langdon reconoció la pistola que esgrimía, la misma que él había guardado en la chaqueta, la que Vittoria llevaba cuando entraron.
La oleada de pánico inicial dio paso a un frenesí de temores diferentes. Primero, por Vittoria. ¿Qué le había hecho este animal? ¿Estaba herida? ¿O algo peor? En el mismo instante, Langdon reparó en que el hombre colgado gritaba con más fuerza. El cardenal iba a morir. Ayudarle era imposible. Después, cuando el asesinó apuntó la pistola al pecho de Langdon, éste reaccionó. Se lanzó de un salto sobre el mar de bancos.
Aterrizó con más violencia de la que había imaginado, y rodó por el suelo. El mármol amortiguó su caída con la delicadeza del acero. Oyó pasos que se acercaban por su derecha. Langdon se volvió hacia la entrada de la iglesia y empezó a gatear bajo los bancos.
♦ ♦ ♦

En lo alto, el cardenal Guidera vivía sus últimos momentos de conciencia. Cuando miró su cuerpo desnudo, vio que la piel de sus piernas empezaba a chamuscarse y desprenderse. Estoy en el infierno, decidió. Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Sabía que debía de ser el infierno, porque estaba mirando la marca de su pecho al revés, y no obstante, como magia del demonio, la palabra se veía con toda claridad.



92

Tercera votación. No había Papa.
En la Capilla Sixtina, el cardenal Mortati había empezado a rezar para pedir un milagro. ¡Envíanos los candidatos! El retraso era ya exagerado. Mortati habría podido comprender la ausencia de un candidato, pero la de los cuatro no. No dejaba opciones. En las condiciones actuales, conseguir una mayoría de dos tercios exigiría la intervención divina.
Cuando los cerrojos de la puerta exterior empezaron a abrirse, Mortati y todo el Colegio Cardenalicio giraron al unísono en dirección a la entrada. Mortati sabía que esto sólo podía significar una cosa. Por ley, la puerta de la capilla sólo podía abrirse por dos motivos: retirar a alguien que se encontrara muy enfermo o permitir el acceso a cardenales retrasados.
¡Los preferiti ya llegan!
El corazón de Mortati se regocijó. El cónclave estaba salvado.
Pero cuando la puerta se abrió, la exclamación ahogada que resonó en la capilla no fue de alegría. Mortati miró con incredulidad al hombre que entraba. Por primera vez en la historia del Vaticano, un camarlengo acababa de cruzar el sagrado umbral del cónclave después de sellar las puertas.
¿Qué se ha creído?
El camarlengo avanzó hacia el altar y se volvió para hablar a la estupefacta audiencia.
—Signori —dijo—, he esperado lo máximo posible. Hay algo que deben saber de inmediato.


93

Langdon no tenía ni idea de adónde iba. Los reflejos le alejaban del peligro. Le quemaban las rodillas y los codos de gatear bajo los bancos. Una voz le decía que se desviara a la izquierda. Si consigues llegar al pasillo principal, podrás correr hacia la salida. Sabía que era imposible. ¡Un muro de llamas bloqueaba el pasillo principal! Su mente buscaba alternativas. Langdon siguió avanzando. Oía los pasos más cercanos, a su derecha.
Cuando sucedió, Langdon no estaba preparado. Había calculado que le quedaban otros tres metros de bancos hasta llegar a la entrada de la iglesia. Sus cálculos eran erróneos. De pronto, los bancos ya no le ofrecían ninguna protección. Se quedó petrificado un instante. En una capilla que había a su izquierda, gigantesca desde su perspectiva, se hallaba lo que le había traído hasta aquí. Se había olvidado por completo: El éxtasis de Santa Teresa. La santa de espaldas, arqueada a causa del placer, la boca abierta en un gemido, y sobre ella, un ángel que apuntaba su lanza de fuego.
Una bala se estrelló en el banco, sobre la cabeza de Langdon. Se irguió como un velocista a punto de salir disparado. Espoleado tan sólo por la adrenalina, apenas consciente de sus actos, se puso a correr acuclillado, con la cabeza gacha, cruzando la iglesia hacia la parte derecha. Mientras las balas estallaban a su alrededor, Langdon resbaló en el suelo de mármol y fue a parar contra la verja de un nicho situado en la pared de la derecha.
Fue entonces cuando la vio. Un guiñapo cerca de la parte posterior de la iglesia. ¡Vittoria! Tenía las piernas desnudas torcidas bajo ella, pero Langdon intuyó que aún respiraba. No tenía tiempo de ayudarla.
En aquel momento, el asesino rodeó los bancos del fondo y cargó sobre él. Langdon comprendió que todo había terminado. El asesino alzó el arma, y él hizo lo único que pudo. Saltó por encima de la verja del nicho. Cuando cayó al suelo, una lluvia de balas se estrelló en las columnas de mármol de la balaustrada.
Langdon se sintió como un animal acorralado cuando se acurrucó en el nicho semicircular. Ante él se alzaba el único contenido del nicho, irónicamente adecuado: un sarcófago. El mío, tal vez, pensó Langdon. Hasta el ataúd parecía de lo más conveniente. Era una scatola, una caja de mármol pequeña y sin adornos. Barata. El ataúd descansaba sobre dos bloques de mármol, y Langdon echó un vistazo al hueco que dejaba, mientras se preguntaba si podría esconderse debajo.
Resonaron pasos detrás de él.
Sin más opciones a la vista, Langdon reptó hacia el ataúd, pegado al suelo, y se deslizó debajo de la tumba. Sonó un disparo.
Junto con el estruendo del disparo, Langdon experimentó una sensación inédita en su vida. Una bala le había rozado la piel. Hubo un siseo de viento, como un latigazo, cuando la bala falló por poco y se estrelló en el mármol, entre una nube de polvo. Langdon salió al otro lado por debajo del ataúd.
Callejón sin salida.
Se encontró cara a cara con la pared posterior del nicho. No albergaba la menor duda de que este diminuto espacio, situado detrás del ataúd, sería su tumba. Y pronto, comprendió, cuando vio aparecer el cañón de la pistola en la abertura que había debajo del sarcófago. El hassassin sostenía la pistola paralela al suelo, y apuntaba al estómago de Langdon.
Un disparo imposible de fallar.
Langdon sintió que restos del instinto de conservación se apoderaban de él. Retorció su cuerpo sobre el estómago, en paralelo al ataúd. Plantó las manos en el suelo, pero se le abrió un corte producido con los cristales del Archivo. Ignorando el dolor, empujó hacia arriba. Langdon arqueó la espalda justo cuando la pistola disparaba.

Notó la onda de choque de las balas que pasaban bajo él y pulverizaban la roca porosa. Langdon cerró los ojos y rezó para que la lluvia parara.
Y lo hizo.
El chasquido de un cargador vacío sustituyó al fragor de los disparos.
Langdon abrió los ojos poco a poco, casi temeroso de que los párpados emitieran algún ruido. Siguió arqueado como un gato, pese al dolor de la postura. Ni siquiera se atrevía a respirar. Ensordecido por los disparos, intentó captar alguna señal de que el asesino se hubiera marchado. Silencio. Pensó en Vittoria, y lamentó no poder ayudarla.
El sonido que siguió fue ensordecedor. El bramido gutural de alguien que estaba llevando a cabo un esfuerzo sobrehumano.
Dio la impresión de que el sarcófago suspendido sobre la cabeza de Langdon se alzaba por un lado. Langdon se derrumbó sobre el suelo cuando centenares de kilos se inclinaron hacia él. La gravedad venció a la fricción, y la tapa fue la primera en resbalar y estrellarse a su lado. A continuación, le llegó el turno al ataúd, que resbaló sobre sus soportes y estaba a punto de volcar sobre Langdon.
En ese momento, comprendió que quedaría sepultado bajo él o aplastado por uno de sus bordes. Encogió la cabeza y las piernas y pegó las manos a sus costados. Después cerró los ojos y esperó el impacto.
Cuando se produjo, todo el suelo se estremeció bajó él. El borde superior aterrizó a escasos milímetros de su cabeza. Su brazo derecho quedó intacto por milagro, a pesar de que esperaba lo peor. Abrió los ojos y vio un rayo de luz. El borde derecho del ataúd aún no había caído al suelo, y seguía apoyado en parte sobre sus soportes. No obstante, Langdon se encontró mirando el rostro de la muerte.
El ocupante de la tumba estaba suspendido sobre él, pues se había pegado, como solía ocurrir con los cadáveres putrefactos, al fondo del ataúd. El esqueleto quedó suspendido un momento, como un amante vacilante, para luego sucumbir a la gravedad. El cadáver se precipitó en un abrazo definitivo, y una lluvia de huesos podridos y polvo inundó los ojos y la boca de Langdon.

Antes de que pudiera reaccionar, un brazo se deslizó a través de la abertura que había bajo el ataúd, como una pitón hambrienta. Tanteó hasta encontrar el cuello de Langdon y cerró su presa. Langdon intentó desprenderse del puño de hierro que aplastaba su laringe, pero su manga izquierda se había enganchado bajo el borde del ataúd. Sólo tenía un brazo libre, y estaba perdiendo la batalla.
Las piernas de Langdon se doblaron en el único espacio que quedaba, mientras sus pies buscaban el suelo del ataúd. Lo encontraron. Apoyó los pies contra él. Después, cuando la mano que rodeaba su cuello aumentó su presión, Langdon cerró los ojos y extendió las piernas como un ariete. El ataúd se removió apenas, pero bastó para sus propósitos.
El sarcófago resbaló de sus soportes con un crujido y aterrizó en el suelo. El borde del ataúd aplastó el brazo del asesino, y se oyó un chillido de dolor ahogado. La mano liberó el cuello de Langdon. Cuando el asesino consiguió extraer su brazo, el ataúd se estrelló en el suelo de mármol con un ruido sordo definitivo.
Oscuridad total. De nuevo.
Y silencio.
No se oyeron golpes frustrados en la superficie del sarcófago volcado. Nadie intentó levantarlo. Nada. Langdon, tendido en la oscuridad entre una pila de huesos, combatió la negrura que le rodeaba y pensó en ella.
Vittoria. ¿Estás viva?
Si Langdon hubiera sabido la verdad, el horror al que Vittoria no tardaría en despertar, habría deseado que estuviera muerta, por su bien.


94

El cardenal Mortati, sentado entre sus sorprendidos colegas en la Capilla Sixtina, intentaba comprender las palabras que estaba escuchando. Ante él, iluminado tan sólo por la luz de las velas, el camarlengo había terminado de contar una historia de tal odio y traición que Mortati estaba temblando. El camarlengo habló de cardenales secuestrados, cardenales marcados, cardenales asesinados. Habló de la antigua hermandad de los Illuminati (un nombre que despertaba temores olvidados), y de su resurgimiento y juramento de vengarse de la Iglesia. Con dolor en su voz, el camarlengo habló del difunto Papa, envenenado por los Illuminati. Por fin, casi en un susurro, habló de una nueva tecnología mortífera, la antimateria, que amenazaba con destruir todo el Vaticano antes de dos horas.
Cuando terminó, fue como si el mismísimo Satanás hubiera absorbido todo el aire de la sala. Nadie se movió. Las palabras del camarlengo pendían en la oscuridad.
El único sonido que oía Mortati era el zumbido anómalo de una cámara de televisión situada al fondo, una presencia electrónica que ningún cónclave de la historia había albergado jamás, pero una presencia exigida por el camarlengo. Ante el estupor de los cardenales, el camarlengo había entrado en la Capilla Sixtina con dos reporteros de la BBC (un hombre y una mujer), y anunciado que transmitirían su solemne declaración en directo al mundo.
El camarlengo avanzó y habló a la cámara.
—Para los Illuminati —dijo con voz profunda—, y para los científicos, déjenme decir esto. —Hizo una pausa—. Han ganado la guerra.
El silencio invadió hasta los rincones más alejados de la capilla. Mortati escuchó los latidos desesperados de su corazón.
—Los engranajes han estado en movimiento durante mucho tiempo —dijo el camarlengo—. Su victoria ha sido inevitable. Nunca había sido tan evidente como en este momento. La ciencia es el nuevo Dios.
¿Qué está diciendo?, pensó Mortati. ¿Se ha vuelto loco? ¡Todo el mundo le está escuchando!
—La medicina, las comunicaciones electrónicas, los viajes espaciales, la manipulación genética... Son los milagros de los que ahora hablamos a nuestros hijos. Son los milagros que anunciamos como prueba de que la ciencia nos proporcionará respuestas. Las viejas historias de inmaculadas concepciones, zarzas ardientes y mares que se separan carecen ya de toda importancia. Dios se ha convertido en algo obsoleto. La ciencia ha ganado la batalla. Nos rendimos.
Se oyeron murmullos de confusión y perplejidad entre los congregados.
—Pero la victoria de la ciencia —añadió el camarlengo, con voz más enérgica— ha tenido un precio para todos nosotros. Un precio muy alto.
Silencio.
—Es posible que la ciencia haya aliviado las desdichas de la enfermedad y el trabajo extenuante, y creado toda una serie de aparatos destinados a divertirnos y aumentar nuestra comodidad, pero nos ha dejado en un mundo sin prodigios. Nuestras puestas de sol se han reducido a longitudes de onda y frecuencias. Las complejidades del universo han sido destripadas en ecuaciones matemáticas. Hasta nuestra valoración como seres humanos ha sido destruida. La ciencia afirma que el planeta Tierra y sus habitantes son puntos sin importancia en el gran esquema de las cosas. Un accidente cósmico. —Hizo una pausa—. Hasta la tecnología que promete unirnos nos divide. Cada uno de nosotros puede estar conectado electrónicamente con el resto del globo, pero nos sentimos totalmente solos. Nos bombardean la violencia, la división, la fractura y la traición. El escepticismo se ha convertido en una virtud. El cinismo y la exigencia de pruebas han devenido pensamiento esclarecido. ¿Acaso sorprende que los humanos se sientan ahora más deprimidos y derrotados que en cualquier momento de la historia de la humanidad? ¿Defiende la ciencia algo sagrado? La ciencia busca respuestas en fetos nonatos. Hasta presume de manipular nuestro ADN. Desmonta el mundo de Dios en piezas cada vez más pequeñas, en busca de un significado... y sólo encuentra más preguntas.
Mortati le miraba, arrebatado. El camarlengo hacía gala de una energía en sus movimientos y en su voz que él no había visto jamás en ningún altar del Vaticano. La voz del hombre estaba teñida de tristeza y convicción.
—La vieja guerra entre ciencia y religión ha terminado —dijo el camarlengo—. Han ganado. Pero no han ganado justamente. No han ganado proporcionando respuestas. Han ganado convenciendo a nuestra sociedad de que verdades antes consideradas como inmutables ahora parecen inaplicables. La religión no puede mantenerse a la altura. El crecimiento de la ciencia es geométrico. Se alimenta de sí mismo como un virus. Cada nuevo descubrimiento abre las puertas de un nuevo descubrimiento. La humanidad necesitó miles de años para progresar desde la rueda al coche. No obstante, sólo transcurrieron décadas desde el coche hasta la nave espacial. Ahora, medimos el progreso científico en semanas. Estamos girando sin control. El abismo entre nosotros se ensancha cada día más, y la religión queda abandonada, la gente está sumida en un vacío espiritual. Pedimos a gritos respuestas. Lo digo en un sentido literal, créanme. Vemos ovnis, nos dedicamos a zapear, nos ponemos en contacto con espíritus, experiencias extrasensoriales, búsquedas mentales... Todas esas ideas excéntricas poseen un barniz científico, pero son desvergonzadamente irracionales. Constituyen el grito desesperado del alma moderna, solitaria y atormentada, tullida por su esclarecimiento y su incapacidad de aceptar significado en nada que no esté relacionado con la tecnología.
Mortati se descubrió inclinado hacia adelante en su asiento. Él y los demás cardenales, procedentes de todas partes del mundo, estaban pendientes de cada palabra del sacerdote. El camarlengo hablaba sin retórica ni vitriolo. Nada de referencias a Jesucristo o a las Sagradas Escrituras. Hablaba con términos modernos, puros y sin adornos. Hablaba el idioma moderno, como si fluyera de Dios... y comunicaba el mensaje de siempre. En aquel momento, Mortati comprendió uno de los motivos que habían llevado al Papa a querer tanto a ese joven. En un mundo de apatía, cinismo y deificación tecnológica, hombres como el camarlengo, seres realistas capaces de hablar con sinceridad, eran la única esperanza de la Iglesia.
El camarlengo redobló su vehemencia.
—La ciencia nos salvará, dicen ustedes. Yo digo que la ciencia nos ha destruido. Desde los tiempos de Galileo, la Iglesia ha intentado aminorar la velocidad de la marcha inexorable de la ciencia, a veces con medios descarriados, pero siempre con buenas intenciones. Aun así, las tentaciones son demasiado grandes para que los hombres opongan resistencia. Miren a su alrededor. No se han cumplido las promesas de la ciencia. Las promesas de eficacia y sencillez no han traído más que contaminación y caos. Somos una especie fracturada y frenética... que avanza por el sendero de la destrucción.
El camarlengo hizo una larga pausa, y después clavó los ojos en la cámara.
—¿Quién es este Dios de la ciencia? ¿Quién es el Dios que ofrece a su pueblo poder, pero no un marco moral para utilizar este poder? ¿Qué clase de Dios da fuego a un niño, pero no le advierte de los peligros que conlleva? El idioma de la ciencia carece de indicadores del bien o el mal. Hay tratados científicos que enseñan a crear una reacción nuclear, pero no contienen ningún capítulo en que se pregunte si es una idea buena o mala.
»Digo esto a la ciencia y a los científicos. La Iglesia está cansada. Estamos hartos de intentar ser sus guías. Nuestros recursos se están agotando, por culpa de la publicidad que dice que ustedes son la voz del equilibrio, mientras continúan su ciega carrera en pos de chips cada vez más pequeños y beneficios cada vez más grandes. No preguntamos por qué no ejercen el más mínimo autocontrol, porque se trata de una tarea imposible. Su mundo se mueve con tal celeridad que, si se detienen siquiera un instante para meditar en las implicaciones de sus actos, alguien más eficiente les borrará de un plumazo. En consecuencia, siguen adelante. Construyen armas de destrucción masiva sin conocimiento, pero es el Papa quien viaja por el mundo para aconsejar prudencia a sus líderes. Clonan seres vivos, pero es la Iglesia quien nos recuerda que pensemos en las implicaciones morales de nuestros actos. Animan a la gente a comunicarse mediante teléfonos, pantallas de vídeo y ordenadores, pero es la Iglesia quien abre sus puertas y nos recuerda que hemos de comunicarnos en persona, como debe ser. Hasta asesinan niños nonatos en nombre de la investigación que salvará vidas. Una vez más, es la Iglesia la que denuncia la falacia de este razonamiento.
»Y mientras tanto, proclaman la ignorancia de la Iglesia. Pero ¿quién es más ignorante, el hombre incapaz de definir el relámpago, o el hombre que no respeta su asombroso poder? La Iglesia intenta tenderles la mano. A todo el mundo. Pero cuanto más nos esforzamos, más nos rechazan. Muéstrennos la prueba de que Dios existe, dicen. ¡Usen sus telescopios para explorar el universo, y explíquenme cómo es posible que Dios no exista, digo yo! —Los ojos del camarlengo se habían inundado de lágrimas—. Preguntan cuál es el aspecto de Dios. ¿De dónde sale esta pregunta, digo yo? La respuesta es la misma. ¿Es que no ven a Dios en su ciencia? ¿Cómo es posible tanta ceguera? Proclaman que hasta el más ínfimo cambio en la fuerza de la gravedad, o el peso de un átomo, bastaría para haber convertido nuestro universo en una sopa carente de vida, en lugar de nuestro magnífico mar de cuerpos celestiales, ¿y aún no ven la mano de Dios en esto? ¿En verdad es mucho más fácil creer que elegimos la carta correcta en una baraja de miles de millones? ¿La bancarrota espiritual es tan absoluta que preferimos creer en una imposibilidad matemática antes que en un poder más grande que nosotros?
»Crean o no en Dios —dijo el camarlengo con voz decidida—, tienen que creer en esto. Cuando, como especie, abandonamos nuestra confianza en un poder mayor que nosotros, abandonamos nuestro sentido de la responsabilidad. La fe, todas las fes..., son advertencias de que existe algo que no podemos comprender, algo de lo que somos responsables... Con fe, somos responsables los unos de los otros, de nosotros mismos, y de una verdad más elevada. La religión tiene sus defectos, pero sólo porque el hombre tiene defectos. Si el mundo exterior pudiera ver esta Iglesia como nosotros, más allá de sus rituales, vería un milagro moderno, una hermandad de almas imperfectas y sencillas que sólo aspira a ser una voz compasiva en un mundo que gira fuera de control.
El camarlengo señaló el Colegio Cardenalicio, y la cámara de la BBC le siguió instintivamente.
—¿Estamos obsoletos? —preguntó el camarlengo—. ¿Son dinosaurios estos hombres? ¿Lo soy yo? ¿De veras necesita el mundo una voz para los pobres, los débiles, los oprimidos, los niños nonatos? ¿De veras necesitamos almas como las de quienes, aunque imperfectos, dedican sus vidas a implorarnos que respetemos los principios morales, para no descarriarnos?
Mortati comprendió por fin que el camarlengo, de manera consciente o no, estaba efectuando un brillante movimiento. Al exhibir a los cardenales, estaba personalizando la Iglesia. El Vaticano ya no era un edificio, sino gente, gente como el camarlengo, que dedicaba la vida al servicio del bien.
—Esta noche, nos encontramos al borde de un precipicio —dijo el camarlengo—. No podemos permitirnos ser apáticos. Da igual que consideren esta maldad en términos de Satanás, corrupción o inmoralidad.. . La fuerza oscura está viva, y crece cada día. No hagan caso omiso. —El camarlengo bajó la voz hasta convertirla en un susurro, y la cámara se acercó—. La fuerza, aunque poderosa, no es invencible. El bien puede triunfar. Escuchen a sus corazones. Escuchen a Dios. Juntos podemos alejarnos del abismo.
Mortati comprendió. Este era el motivo. El cónclave había sido violado, pero ésta era la única forma. Una petición de auxilio dramática y desesperada. El camarlengo estaba hablando al enemigo y a los amigos al mismo tiempo. Estaba desafiando a todo el mundo, amigo o enemigo, a que viera la luz y detuviera esta locura. Alguien que escuchara, caería en la cuenta de la demencia de esta conspiración y actuaría.
El camarlengo se arrodilló ante el altar.
—Rezad conmigo.
El Colegio Cardenalicio se arrodilló para rezar con él. En la plaza de San Pedro y en todo el orbe... millones de personas estupefactas se arrodillaron con ellos.


95

El hassassin depositó su presa inconsciente en la parte trasera de la furgoneta, y dedicó un momento a examinar su cuerpo. No era tan hermosa como las mujeres cuyos servicios compraba, pero poseía un vigor animal que le excitaba. Su cuerpo radiante estaba perlado de sudor. Olía a almizcle.
Mientras el hassassin saboreaba su presa, hizo caso omiso del brazo dolorido. La contusión producida por el sarcófago al caer, aunque dolorosa, era insignificante... Valía la pena por la compensación que le aguardaba. Le consolaba la certeza de que el norteamericano culpable de esto debía de estar muerto.
El hassassin contempló a su prisionera inconsciente e imaginó los placeres que le depararía. Pasó la mano por debajo de la camisa. Palpó unos pechos perfectos bajo el sujetador. Sí, sonrió. Ya lo creo que vales la pena. Reprimió el ansia de poseerla en el acto, cerró la puerta y se perdió en la noche.
No había necesidad de informar a la prensa de este asesinato... Las llamas lo harían por él.
En el CERN, Sylvie se quedó pasmada por la arenga del camarlengo. Nunca se había sentido tan orgullosa de ser católica, y tan avergonzada de trabajar para el CERN. Cuando salió del ala recreativa, el ánimo de todas las personas en los salones era sombrío. Cuando volvió al despacho de Kohler, las siete líneas telefónicas estaban sonando.
Las llamadas de la prensa nunca se pasaban al despacho de Kohler, de modo que estas llamadas sólo podían significar una cosa.
Dinero. El dinero llama.
La tecnología de la antimateria ya tenía algunos aspirantes.
En el Vaticano, Gunther Glick sintió que caminaba sobre las nubes cuando siguió al camarlengo fuera de la Capilla Sixtina. Glick y Ma-cri acababan de realizar la transmisión en directo de la década. Y menuda transmisión. El camarlengo había estado arrebatador.
Ya en el pasillo, el camarlengo se volvió hacia Glick y Macri.
—He pedido a la Guardia Suiza que haga una selección de fotos para ustedes. Fotos de los cardenales marcados, así como de Su Santidad difunta. Debo advertirles de que no son fotos agradables. Quemaduras espantosas. Lenguas ennegrecidas. No obstante, me gustaría que las mostraran al mundo.
Glick decidió que, en el Vaticano, debía reinar una Navidad perpetua. ¿Quiere que retransmita en exclusiva una foto del Papa muerto?
—¿Está seguro? —preguntó Glick, intentando reprimir el entusiasmo de su voz.
El camarlengo asintió.
—La Guardia Suiza también les proporcionará un vídeo en directo del contenedor de antimateria, cuya cuenta atrás continúa.
Glick le miró pasmado. ¡Navidad, Navidad, Navidad!
—Los Illuminati están a punto de descubrir que se han pasado de listos —afirmó el camarlengo.


96

Como un tema recurrente de una sinfonía demoníaca, la oscuridad asfixiante había regresado.
Sin luz. Sin aire. Sin salida.
Langdon yacía atrapado bajo el sarcófago volcado, y notaba que su razón peligraba. Intentó alejar sus pensamientos del espacio angosto que le rodeaba, y obligó a su mente a seguir algún proceso lógico... Matemáticas, música, lo que fuera. Pero no había espacio para pensamientos relajantes. ¡No me puedo mover!. ¡No puedo respirar!
La manga atrapada de su chaqueta se había liberado cuando el ataúd cayó, y Langdon podía mover ahora los dos brazos. Aun así, cuando ejerció presión sobre el techo de su diminuta celda, descubrió que no podía moverlo. Por extraño que pareciera, deseó tener atrapada todavía la manga. Al menos, habría una rendija por la que entrara un poco de aire.
Cuando volvió a empujar, la manga de la chaqueta descendió y vio el tenue destello de un viejo amigo. Mickey. Tuvo la impresión de que la cara del personaje se burlaba de él.
Langdon buscó otra señal de luz en la oscuridad, pero el borde del ataúd estaba a ras del suelo. Malditos perfeccionistas italianos, maldijo, pues se hallaba en peligro por culpa de la misma excelencia artística que había enseñado a sus alumnos a reverenciar... Bordes impecables, líneas paralelas perfectas y, por supuesto, la utilización del mármol de Carrara más resistente.


La precisión puede ser asfixiante.
—Levanta el maldito trasto —dijo en voz alta al tiempo que empujaba con más fuerza entre la maraña de huesos. El ataúd se movió apenas. Langdon apretó la mandíbula y volvió a empujar. La caja pesaba como un peñasco, pero esta vez se alzó un centímetro. Un tenue destello de luz le rodeó, y entonces el ataúd cayó de nuevo. Permaneció tendido en la oscuridad, casi sin aliento. Intentó utilizar las piernas para levantarlo como antes, pero el ataúd no le había dejado ni espacio para enderezar las rodillas.
Mientras el pánico a la claustrofobia se cebaba en él, le asaltaron imágenes del sarcófago encogiéndose. Combatió la fantasía con los jirones de razón que aún le quedaban.
—Sarcófago —dijo en voz alta con la mayor frialdad académica posible, pero hasta la erudición parecía ser su enemiga. Sarcófago viene del sarx griego, que significa «carne», y de phagein, que significa «comer». Estoy atrapado en una caja pensada literalmente para «comer carne».
Imágenes de carne devorada hasta el hueso sólo sirvieron para recordar a Langdon que estaba cubierto de restos humanos. La idea le provocó náuseas y escalofríos. Pero también le inspiró una idea.
Rebuscó alrededor del ataúd, hasta encontrar una astilla de hueso. ¿Una costilla tal vez? Daba igual. Sólo quería una cuña. Si podía levantar la caja, aunque fuera unos centímetros, y deslizar el fragmento de hueso bajo el borde, tal vez entraría aire suficiente para...
Introdujo el hueso rematado en punta entre el suelo y el ataúd, y con la otra mano empujó hacia arriba. La caja no se movió. Ni un milímetro. Probó de nuevo. Por un momento tuvo la impresión de que temblaba un poco, pero eso fue todo.
Con el hedor fétido y la falta de oxígeno que le robaban la energía del cuerpo, Langdon comprendió que sólo tenía tiempo para un último esfuerzo. También sabía que necesitaría ambos brazos.
Apoyó el fragmento de hueso contra la grieta, movió el cuerpo y encajó el hueso contra su hombro para sujetarlo. Con cuidado de que no se soltara, levantó los dos manos. Cuando el angosto espacio empezó a asfixiarle, sintió una oleada de pánico. Era la segunda vez en el día que se quedaba atrapado sin aire. Gritó con todas sus fuerzas y empujó hacia arriba. El ataúd se elevó del suelo un instante, pero lo suficiente. El fragmento de hueso que tenía apoyado contra el hombro se deslizó en la rendija. Cuando el ataúd volvió a caer, el hueso se partió, pero esta vez Langdon vio que la caja estaba apuntalada. Una diminuta rendija de luz apareció bajo el borde.
Agotado, se derrumbó. Confiado en que la extraña sensación de asfixia se desvanecería, esperó, pero la situación sólo empeoró a medida que transcurrían los segundos. El aire que se filtraba por la rendija era poco menos que imperceptible. Langdon se preguntó si sería suficiente para mantenerle con vida. Y en tal caso, ¿durante cuánto tiempo? Si se desmayaba, ¿cómo podrían averiguar su paradero?
Langdon miró el reloj de nuevo, los brazos le pesaban como plomo: las diez y doce minutos. Tentó el reloj con dedos temblorosos y jugó su última carta. Giró uno de los diminutos cuadrantes y oprimió un botón.
A medida que perdía la conciencia y la sensación de encerramiento aumentaba, Langdon sintió que los viejos temores se apoderaban de él. Intentó imaginar, como tantas otras veces, que se encontraba en un campo. Sin embargo, la imagen que conjuró no le sirvió de ninguna ayuda. Revivió la pesadilla que le atormentaba desde niño con todo lujo de detalles...
Estas flores son como pinturas, pensó el niño, y rió mientras atravesaba corriendo el prado. Ojalá sus padres le hubieran acompañado. Pero sus padres estaban muy ocupados, montando el campamento.
«No te alejes demasiado», le había advertido su madre.
Había fingido no oírla, mientras se internaba en el bosque.
El niño llegó ante una pila de piedras. Imaginó que debían de ser los cimientos de una antigua granja. No debía acercarse a ella. Además, otra cosa había atraído su atención, la flor más hermosa y rara de todo New Hampshire. Sólo la había visto en libros.
Contento, el niño avanzó hacia la flor. Se arrodilló. El suelo que pisaba era herboso y hueco. Reparó en que su flor había encontrado un lugar muy fértil. Estaba creciendo en un montón de madera podrida.
Emocionado por la idea de llevar a casa su presa, extendió la mano...
Nunca llegó a tocarla.
El suelo cedió bajo sus pies con un crujido aterrador.
Durante los tres segundos de horror que duró su caída, el niño supo que iba a morir. Esperó el impacto que rompería sus huesos. Cuando se produjo, no sintió dolor. Sólo algo blando bajo su cuerpo.
Y frío.
Primero entró en contacto con la superficie líquida, y luego se hundió en una negrura angosta. Dio unas cuantas vueltas de campana, desorientado, tanteó las paredes que le rodeaban por todas partes. Como por instinto, emergió a la superficie.
Luz.
Tenue. Sobre él. A kilómetros de distancia, pensó.
Sus brazos acuchillaron el agua, buscaron algo a qué aferrarse. Sólo piedra resbaladiza. Había caído en un pozo abandonado. Pidió ayuda, pero sus gritos resonaron en las paredes del pozo. Repitió la llamada, una y otra vez. En lo alto, el hueco se iba oscureciendo.
La noche cayó.
Dio la impresión de que el tiempo se retorcía en la oscuridad. Se sentía cada vez más aturdido, mientras chapoteaba en el agua y pedía auxilio. Estaba atormentado por visiones de las paredes, que se derrumbaban y le sepultaban. Le dolían los brazos a causa del cansancio. En algunos momentos, creyó oír voces. Gritó, pero su voz sonaba apagada... como en un sueño.
A medida que avanzaba la noche, el pozo se hacía más profundo. Las paredes se iban estrechando centímetro a centímetro. El niño opuso resistencia. Después, agotado, tuvo ganas de rendirse. No obstante, sintió que el agua le daba ánimos, enfriaba sus temores hasta dejarle entumecido.
Cuando llegó el equipo de rescate, encontraron al niño apenas consciente. Hacía cinco horas que flotaba en el agua. Dos días después, el Boston Globe publicó un artículo en primera plana titulado «El pequeño nadador que venció».


97

El hassassin sonrió cuando detuvo la furgoneta delante del enorme edificio que dominaba el río Tíber. Cargó con su presa escaleras arriba, agradecido de que estuviera inconsciente.
Llegó a la puerta.
La Iglesia de la Iluminación, se regocijó. El antiguo lugar de encuentro de los Illuminati. ¿ Quién habría imaginado poder estar aquí?
Depositó a Vittoria sobre un mullido diván. Después, le sujetó las manos a la espalda y ató sus pies. Sabía que su deseo tendría que esperar a que hubiera finalizado su tarea. Agua.
De todos modos, pensó, podía permitirse un momento de placer. Se arrodilló a su lado y recorrió su muslo con la mano. Era suave. Más arriba. Sus dedos oscuros se deslizaron bajo los shorts de la joven. Más arriba.
Se detuvo. Paciencia, se dijo, muy excitado. Nos queda trabajo por hacer.
Salió un momento al balcón de piedra de la cámara. La brisa de la noche calmó sus ardores. Abajo, el Tíber descendía bravío. Alzó los ojos hasta la cúpula de San Pedro, a un kilómetro y medio de distancia, desnuda bajo el resplandor de centenares de focos de las televisiones.
—Vuestra hora final —dijo en voz alta, mientras imaginaba los miles de musulmanes asesinados durante las Cruzadas—. A medianoche os reuniréis con vuestro Dios.
La mujer se agitó a su espalda. El hassassin se volvió. Por un momento, sopesó la posibilidad de permitir que se despertara. Ver terror en los ojos de una mujer era el afrodisíaco supremo.
Optó por la prudencia. Sería mejor que continuara inconsciente durante su ausencia. Aunque estaba atada y no podía escapar, el has-sassin no quería regresar y encontrarla agotada debido a sus esfuerzos por escapar. Quiero que reserves tus fuerzas... para mí.
Le alzó un poco la cabeza, colocó la palma de la mano bajo su cuello y localizó la oquedad que había en la base de su cráneo. Había utilizado aquel punto en incontables ocasiones. Hundió el pulgar con mucha fuerza en el blando cartílago y sintió que se hundía. La mujer se derrumbó al instante. Veinte minutos, pensó. Sería la excitante conclusión de un día perfecto. Después de que le hubiera servido y muerto en el cumplimiento de su deber, saldría al balcón y contemplaría los fuegos artificiales que estallarían en el Vaticano a medianoche.
Dejó a su presa inconsciente en el sofá y bajó a una mazmorra iluminada por antorchas. La tarea final. Se acercó a la mesa y rindió homenaje a los sagrados moldes metálicos que habían dejado a su disposición.
Agua. Era el último paso.
Con una de las antorchas de la pared, como había hecho ya en tres ocasiones, calentó la cara de uno de los moldes que mostraba unos signos en relieve. Cuando la cara del molde estuvo al rojo vivo, se dirigió la celda.
Dentro, un hombre se erguía en silencio. Viejo y solo.
—Cardenal Baggia —siseó el asesino—. ¿Ya ha rezado?
Los ojos del italiano no demostraron miedo.
—Sólo por tu alma.
98

Los seis bomberos que acudieron a sofocar al incendio de la iglesia de Santa Maria della Vittoria extinguieron la hoguera con gas halón. El agua era más barata, pero el vapor que creaba habría estropeado los frescos de la capilla, y el Vaticano pagaba un premio elevado a los pompieri de Roma para que trataran con prudencia y rapidez los edificios pertenecientes a la Iglesia.
Los pompieri, por la naturaleza de su trabajo, presenciaban tragedias casi a diario, pero ninguno olvidaría lo sucedido en esta iglesia. La escena, una mezcla de crucifixión, ahorcamiento y ejecución en la hoguera, parecía inspirada en una pesadilla de novela gótica.
Por desgracia, la prensa, como de costumbre, había llegado antes que los bomberos. Habían rodado muchos metros de cinta antes de que los pompieri controlaran la situación en el interior de la iglesia. Cuando bajaron por fin a la víctima y la depositaron en el suelo, no había duda de quién era el hombre.
—Cardinale Guidera —susurró uno—. Di Barcellona.
La víctima estaba desnuda. La parte inferior de su cuerpo estaba carbonizada, y manaba sangre de unas heridas abiertas en sus muslos. Las tibias estaban al descubierto. Un bombero vomitó. Otro salió a respirar aire puro.
No obstante, el verdadero horror era el símbolo marcado a fuego en el pecho del cardenal. El jefe del grupo caminó alrededor del cuerpo, aterrorizado. Lavoro del diavolo, se dijo. El responsable es el mismísimo Satanás. Se persignó por primera vez desde la infancia.
—Un' altro corpo! —gritó alguien. Un bombero había descubierto otro cadáver.
La segunda víctima era un hombre al que el jefe de bomberos re-conoció de inmediato. El austero comandante de la Guardia Suiza era un hombre por el que pocos agentes de la ley sentían afecto. El jefe llamó al Vaticano, pero todas las líneas estaban ocupadas. Sabía que daba igual. La Guardia Suiza se enteraría por la televisión en cuestión de minutos.
Mientras el jefe inspeccionaba los daños e intentaba imaginar lo sucedido en la iglesia, vio un nicho acribillado a balazos. Un ataúd había resbalado de sus apoyos y volcado, como si alguien lo hubiera empujado. Que se ocupen la policía y la Santa Sede, pensó el jefe, y dio media vuelta.
Entonces, se detuvo. Oyó un sonido procedente del ataúd. Era un ruido que a ningún bombero le hacía gracia oír.
—Bomba! —gritó—. Tutti fuori!
Cuando llegaron los artificieros y apartaron el ataúd, descubrieron la fuente del pitido electrónico. Contemplaron la escena, confusos.
—Médico! —gritó alguien por fin—. Medico!

99

—¿Saben algo de Olivetti? —preguntó el camarlengo, agotado, mientras Rocher le acompañaba de vuelta de la Capilla Sixtina al despacho del Papa.
—No, signore. Temo lo peor.
Cuando llegaron al despacho del Papa, el camarlengo habló con voz grave.
—Capitán, esta noche no puedo hacer nada más. Temo que ya me he excedido. Voy al despacho a rezar. No deseo ser molestado. Lo demás está en manos de Dios.
—Sí, signore.
—Se está haciendo tarde, capitán. Que encuentren pronto el contenedor.
—Nuestro registro continúa. —Rocher vaciló—. Eso demuestra que el arma está muy bien escondida.
El camarlengo se encogió, como incapaz de pensar en ello.
—Sí. A las once y cuarto en punto, si no lo han encontrado, quiero que evacuen a los cardenales. Deposito su seguridad en sus manos. Sólo pido una cosa. Que salgan de aquí con dignidad. Que permanezcan con la multitud en la plaza de San Pedro. No quiero que la última imagen de esta Iglesia sea un grupo de viejos aterrorizados huyendo por una puerta trasera.
—Muy bien, signore. ¿Y usted? ¿Vengo a buscarle a las once y cuarto también?
—No será necesario.
—¿Signore?
—Me iré cuando lo crea conveniente.
Rocher se preguntó si el camarlengo pretendía hundirse con el barco.
El sacerdote abrió la puerta del despacho del Papa y entró.
—En realidad... —Se volvió—. Una cosa más.
—¿Signore?
—Parece que hace frío en el despacho esta noche. Estoy temblando.
—La calefacción eléctrica está desconectada. Deje que encienda la chimenea.
El camarlengo sonrió, cansado.
—Gracias. Muchísimas gracias.
Rocher salió del despacho del Papa, donde había dejado al camarlengo rezando a la luz del fuego de la chimenea, delante de una pequeña estatua de la Virgen María. La escena era escalofriante. Una sombra negra arrodillada en el resplandor oscilante. Cuando avanzó por el pasillo, apareció un guardia, que corría hacia él. Incluso a la luz de las velas, Rocher reconoció al teniente Chartrand. Joven, bisoño y entusiasta.
—Capitán —dijo Chartrand, y le acercó un móvil—, creo que el discurso del camarlengo ha obrado efecto. La persona que llama dice que posee información capaz de ayudarnos. Telefoneó desde una de las extensiones privadas del Vaticano. No tengo ni idea de cómo consiguió el número.
Rocher se detuvo.
—¿Qué?
—Sólo hablará con el oficial de mayor graduación.
—¿Sabemos algo de Olivetti?
—No, señor.
Rocher tomó el aparato.
—Soy el capitán Rocher, el oficial de mayor graduación en este momento.
—Rocher —dijo la voz—, le explicaré quién soy. Después le diré qué va a hacer a continuación.

Cuando el desconocido dejó de hablar y colgó, Rocher se quedó estupefacto. Ahora sabía de quién recibía órdenes.
En el CERN, Sylvie Baudeloque intentaba tomar nota de todas las solicitudes de patente que recibía el buzón de voz de Kohler. Cuando la línea privada del escritorio del director empezó a sonar, Sylvie pegó un bote. Nadie tenía aquel número. Contestó.
—¿Sí?
—Señorita Baudeloque, soy el director Kohler. Póngase en contacto con mi piloto. Mi avión ha de estar preparado dentro de cinco minutos.

100

Robert Langdon no tenía ni idea de dónde estaba, ni cuánto tiempo llevaba inconsciente, cuando abrió los ojos y se encontró mirando los frescos de una cúpula. El lugar estaba lleno de humo. Algo cubría su boca. Una mascarilla de oxígeno. Se la quitó. Un terrible olor invadía la habitación, como a carne quemada.
Langdon se encogió al sentir el dolor de cabeza. Intentó incorporarse. Un hombre vestido de blanco estaba arrodillado a su lado.
—Riposati! —dijo el hombre, al tiempo que ayudaba a Langdon a recostarse—. Sono il paramedico.
Langdon obedeció, mientras su cabeza daba vueltas como el humo. ¿Qué demonios ha pasado? El pánico se apoderó de su mente.
—Topo salvatore —dijo el paramedico—. Ratón... salvador...
Langdon se sintió todavía más confuso. ¿Ratón salvador?
El hombre señaló el reloj de Mickey Mouse que Langdon llevaba en la muñeca. Langdon empezó a pensar con mayor claridad. Recordó que había puesto la alarma. Mientras contemplaba con aire ausente la esfera, también se fijó en la hora: las diez y veintiocho minutos.
Se incorporó al instante.
Después lo recordó todo.
Langdon se encontraba cerca del altar principal, junto con el jefe de bomberos y algunos de sus hombres. Le habían asediado a preguntas.

Él no escuchaba; también se hacía un gran número de preguntas. Le dolía todo el cuerpo, pero sabía que necesitaba actuar sin más dilación.
Un bombero se acercó a Langdon.
—He vuelto a comprobarlo, señor. Los únicos cuerpos que hemos encontrado son los del cardenal Guidera y el comandante de la Guardia Suiza. No hay rastro de ninguna mujer.
—Grazie —contestó Langdon, sin saber si debía sentirse aliviado o aterrorizado. Sabía que había visto a Vittoria inconsciente en el suelo. La joven había desaparecido. La única explicación que se le ocurría no le tranquilizaba. El asesino no había sido nada sutil por teléfono. Una mujer de carácter. Estoy excitado. Tal vez antes de que termine la noche, te encontraré. Y cuando lo haga...
Langdon paseó la vista a su alrededor.
—¿Dónde está la Guardia Suiza?
—Aún no se ha restablecido el contacto. Las líneas del Vaticano están saturadas.
Langdon se sintió abrumado y solo. Olivetti había muerto. El cardenal también. Vittoria había desaparecido. Media hora de su vida se había desvanecido en un abrir y cerrar de ojos.
Oyó que la prensa estaba rodeando la iglesia. Sospechaba que las televisiones no tardarían en retransmitir escenas de la horrible muerte del cardenal, si es que no había sucedido ya. Langdon confió en que el camarlengo hubiera aceptado la derrota y tomado las riendas de la situación. ¡Evacuad el maldito Vaticano! ¡Basta de jueguecitos! ¡Hemos perdido!
Langdon tomó conciencia de repente de que todos los estímulos que le habían impulsado (ayudar a salvar el Vaticano, rescatar a los cuatro cardenales, plantar cara a la hermandad que había estudiado durante años) habían desaparecido de su mente. La guerra estaba perdida. Un nuevo impulso le espoleaba. Era sencillo. Primigenio.
Encontrar a Vittoria.
En su fuero interno experimentaba un vacío inesperado. Langdon había oído con frecuencia que situaciones difíciles podían unir a dos personas de una forma que no conseguirían décadas de vida en común. Ahora lo creía. En ausencia de Vittoria, sentía algo que no había experimentado en años. Soledad. El dolor le dio fuerzas.

Langdon apartó todo lo demás de su mente y empezó a concentrarse. Rezó para que el asesino se ocupara de la tarea que le habían encomendado antes que del placer. De lo contrario, sabía que era demasiado tarde. No, se dijo, tienes tiempo. Al secuestrador de Vittoria aún le quedaba trabajo por hacer. Tenía que emerger a la superficie por última vez antes de desaparecer para siempre.
El último altar de la ciencia, pensó Langdon. Al asesino le quedaba una última tarea. Tierra. Aire. Fuego. Agua.
Consultó su reloj. Media hora. Langdon se acercó a El éxtasis de Santa Teresa. Esta vez, mientras contemplaba el indicador de Bernini, Langdon no albergó la menor duda sobre lo que estaba mirando.
Que ángeles guíen tu búsqueda...
Sobre la santa recostada, con un fondo de llamas doradas, se cernía el ángel de Bernini. La mano del ángel aferraba una lanza puntiaguda de fuego. Langdon siguió con los ojos la dirección de la lanza, que se arqueaba hacia el lado derecho de la iglesia. Sus ojos se posaron en la pared. Examinó el lugar al que apuntaba la lanza. Sabía, desde luego, que apuntaba al otro lado de los muros, a algún lugar de Roma.
—¿Qué hay en esa dirección? —preguntó al jefe de bomberos con renovada determinación.
—¿En esa dirección? —El jefe miró hacia donde Langdon señalaba. Parecía confuso—. No lo sé... El oeste, supongo.
—¿Qué iglesias hay en esa dirección?
Dio la impresión de que la perplejidad del hombre aumentaba.
—Docenas. ¿Por qué?
Langdon frunció el ceño. Pues claro que había docenas.
—Necesito un plano de la ciudad. Ahora mismo.
El jefe envió a alguien en busca del plano que llevaban en el camión. Langdon se volvió hacia la estatua. Tierra... Aire... Fuego... VITTORIA.
El indicador final es Agua, se dijo. El Agua de Bernini. Estaba en alguna iglesia. Una aguja en un pajar. Repasó todas las obras de Bernini que pudo recordar. ¡Necesito un tributo al agua!
Langdon recreó en su mente la estatua de Tritón, el dios griego del mar. Entonces, se dio cuenta de que estaba situada en la plaza que se extendía ante esta misma iglesia, en dirección contraria. Se obligó a pensar. ¿Qué figura habría tallado Bernini para glorificar el agua? ¿Neptuno y Apolo? Por desgracia, la estatua se hallaba en el Victoria y Albert Museum de Londres.
—¿Signore?
Un bombero entró corriendo con el plano.
Langdon le dio las gracias y lo desplegó sobre el altar. Comprendió al instante que había elegido a la gente adecuada. El plano del cuerpo de bomberos de Roma era el más detallado que había visto en su vida.
—¿Dónde estamos ahora?
El hombre señaló.
—Al lado de la Piazza Barberini.
Langdon miró de nuevo la lanza del ángel para orientarse. El jefe había calculado bien. Según el plano, la lanza señalaba al oeste. Langdon trazó una línea desde el lugar donde se encontraba en dirección oeste. Casi al instante, sus esperanzas empezaron a desvanecerse. Daba la impresión de que, a cada centímetro que recorrían sus dedos, pasaba ante otro edificio marcado con una diminuta cruz negra. Iglesias. La ciudad estaba plagada de ellas. Por fin, el dedo de Langdon ya no encontró más iglesias y se internó en los suburbios de Roma. Exhaló un suspiro y retrocedió. Maldición.
Los ojos de Langdon se posaron en los tres lugares donde habían sido asesinados los tres primeros cardenales. La Capilla Chigi... San Pedro... Aquí...
Al verlos en el mapa, reparó en que su emplazamiento formaba una configuración extraña. Había imaginado que las iglesias estarían distribuidas al azar por Roma. Pero no era así. Por improbable que fuera, parecía que las iglesias estaban erigidas de una manera sistemática, formando un triángulo cuyos vértices eran San Pedro, Santa Maria del Popolo y Santa Maria della Vittoria... Langdon volvió a mirar. No estaba imaginando cosas.
—Penna —dijo de repente, sin alzar la vista.
Alguien le ofreció un bolígrafo.
Langdon rodeó con un círculo las tres iglesias. Su pulso se aceleró. Volvió a mirar los indicadores. ¡Un triángulo simétrico!

Lo primero que acudió a la mente de Langdon fue el sello del billete de un dólar, el triángulo que contenía el ojo que todo lo veía. Pero era absurdo. Sólo había marcado tres puntos. En teoría, tenía que haber cuatro.
¿Dónde está el Agua? Langdon sabía que el triángulo quedaría destruido, situara donde situara el cuarto punto. La única manera de conservar la simetría era situar el cuarto indicador dentro del triángulo, en el centro. Miró el punto en el plano. Nada. De todos modos, la idea le fastidiaba. Los cuatro elementos de la ciencia se consideraban iguales. El agua no era especial. El agua no estaría en el centro de los demás.
Aun así, su instinto le decía que la disposición sistemática no podía ser accidental. Aún no capto el conjunto. Sólo quedaba una alternativa. Los cuatro puntos no formaban un triángulo. Adoptaban otra forma.
Langdon miró el plano. ¿Un cuadrado tal vez? Si bien un cuadrado carecía de sentido simbólico, al menos era una figura simétrica. Langdon apoyó el dedo sobre uno de los puntos que convertirían el triángulo en cuadrado. Observó de inmediato que un cuadrado perfecto era imposible. Los ángulos del triángulo original eran oblicuos, y creaban un cuadrilátero deforme.
Mientras estudiaba los otros puntos posibles alrededor del triángulo, sucedió algo inesperado. Reparó en que la línea que había trazado antes para indicar la dirección de la lanza del ángel atravesaba uno de los destinos posibles. Langdon, estupefacto, trazó un círculo alrededor de aquel punto. Ahora estaba mirando cuatro marcas de tinta en el plano, dispuestas de manera que formaban una especie de diamante, como una cometa.
Frunció el ceño. Los diamantes no eran un símbolo de los Illu-minati. Pensó. Y entonces...
Por un instante, Langdon recreó en su mente el famoso Diamante de los Illuminati. La idea era ridícula, por supuesto. La desechó. Además, este diamante era oblongo, como una cometa, y no podía ser un ejemplo de la simetría perfecta reverenciada por los Illuminati.
Cuando se inclinó para examinar el punto donde había colocado la marca final, Langdon se llevó una sorpresa al descubrir que el cuarto punto se hallaba en pleno centro de Roma, en la famosa Piazza Na-vona. Sabía que la plaza albergaba una iglesia importante, pero ya había atravesado con el dedo la plaza y tenido en consideración la iglesia. Por lo que él sabía, no albergaba obras de Bernini. Era la iglesia de Santa Agnes de la Agonía, llamada así en honor de Santa Agnes, una bellísima adolescente virgen condenada a una vida de esclavitud sexual por negarse a renunciar a su fe.
¡Tiene que haber algo en esa iglesia! Langdon se devanó los sesos, y recreó en su mente el interior de la iglesia. No recordó que guardara ninguna obra de Bernini, y mucho menos relacionada con el agua. La disposición del plano también le perturbaba. Un diamante. Demasiado preciso para ser una coincidencia, pero no lo bastante para tener sentido. ¿Una cometa? Langdon se preguntó si había elegido un punto equivocado. ¿Hay algo que no acabo de ver?
La respuesta tardó en llegar otro medio minuto, pero cuando lo hizo, Langdon experimentó un júbilo como jamás había conocido en su carrera académica.
Por lo visto, el genio de los Illuminati era inagotable.
La forma que estaba mirando no pretendía ser la de un diamante. Los cuatro puntos sólo formaban un diamante porque Langdon había unido puntos adyacentes. ¡Los Illuminati creen en los opuestos! Los dedos de Langdon temblaron cuando unieron vértices opuestos con el bolígrafo. Una cruz gigante apareció ante él. ¡Una cruz! Los cuatro elementos de la ciencia se desplegaron ante sus ojos... esparcidos por Roma hasta crear una enorme cruz.
Mientras contemplaba la forma, asombrado, un par de versos resonaron en su mente... como antiguos amigos con un nuevo rostro.
Cruzando Roma esos místicos
cuatro elementos se revelan.
La niebla empezó a disiparse. ¡Langdon comprendió que había tenido la respuesta delante de sus narices toda la noche! El poema de los Illuminati le había revelado cómo estaban dispuestos los altares. ¡Una cruz!
¡Cruzando Roma esos místicos / cuatro elementos se revelan!
Un juego de palabras astuto. ¡Pero era mucho más que eso! Otra pista oculta.

La cruz del plano, comprendió Langdon, significaba la dualidad definitiva de los Illuminati. Era un símbolo religioso formado por elementos de la ciencia. ¡El Sendero de la Iluminación de Galileo era un tributo tanto a la ciencia como a Dios!
Las demás piezas del rompecabezas encajaron casi de inmediato.
Piazza Navona.
En el centro de la Piazza Navona, frente a la iglesia de Santa Ag-nes de la Agonía, Bernini había esculpido una de sus más celebradas esculturas. Todo el mundo que visitaba Roma iba a verla.
¡La Fuente de los Cuatro Ríos!
Un tributo perfecto al agua, la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini glorificaba los cuatro ríos principales del Antiguo Mundo: el Nilo, el Ganges, el Danubio y el Río de la Plata.
Agua, pensó Langdon. El indicador final. Era perfecto.
Y aún más perfecto, pensó Langdon, la guinda del pastel, era que, sobre la fuente de Bernini, se alzaba un altísimo obelisco.
Langdon corrió hacia el cuerpo sin vida de Olivetti, dejando a los bomberos confusos.
Las diez y treinta y un minutos, pensó. Queda aún mucho tiempo. Era el primer instante en todo el día que Langdon pensaba llevar ventaja.
Se arrodilló al lado de Olivetti, cuyo cadáver ocultaban los bancos, y se incautó con toda discreción de la semiautomática y el walkie-talkie del comandante. Langdon sabía que podría pedir ayuda, pero no se hallaba en el lugar más indicado para hacerlo. Era preciso que el último altar de la ciencia continuara siendo un secreto. Las televisiones y el cuerpo de bomberos con las sirenas a todo volumen, lanzados en dirección a la Piazza Navona, no le serían de ninguna ayuda.
Sin decir palabra, salió por la puerta y esquivó a la prensa, que estaba entrando en oleadas. Cruzó la Piazza Barberini. Conectó el walkie-talkie. Intentó llamar al Vaticano, pero sólo obtuvo estática. O estaba fuera de alcance, o el transmisor necesitaba algún tipo de código de autorización. Langdon manipuló los cuadrantes y botones, sin resultado. Comprendió que su plan de recabar ayuda no iba a funcionar. Giró en redondo y buscó una cabina. Ninguna. En cualquier caso, los líneas del Vaticano estaban saturadas.
Estaba solo.
Sintió que su oleada de esperanza inicial se disipaba, y examinó su penoso estado: cubierto de polvo de huesos, herido, agotado y hambriento.
Se volvió hacia la iglesia. Una espiral de humo se elevaba sobre la cúpula, iluminada por los focos de las televisiones y los camiones de los bomberos. Se preguntó si debía volver y pedir ayuda. No obstante, el instinto le advirtió de que más ayuda, sobre todo ayuda inexperta, no significaría otra cosa que un engorro. Si el hassassin nos ve venir... Pensó en Vittoria y comprendió que era su última posibilidad de hacer frente al secuestrador.
Piazza Navona, pensó, sabiendo que podía llegar con bastante anticipación y apostarse al acecho. Miró si había un taxi en las cercanías, pero las calles estaban casi desiertas. Parecía que hasta los taxistas lo habían dejado todo para ir a ver la televisión. La Piazza Navona se encontraba a sólo un kilómetro y medio de distancia, pero Langdon no albergaba la menor intención de desperdiciar energías desplazándose a pie. Volvió a mirar hacia la iglesia, y se preguntó si podría pedir prestado un vehículo a alguien.
¿Un camión de bomberos? ¿Una furgoneta de la televisión? Seamos serios.
Langdon, consciente de que las opciones y los minutos se iban desgranando, tomó una decisión. Sacó la pistola del bolsillo y perpetró un acto tan impropio de él que pensó que su alma estaba poseída. Corrió hasta un Citroën parado en un semáforo y apuntó al conductor a través de la ventanilla bajada.
—Fuori! —gritó.
El hombre bajó temblando como una hoja.
Langdon saltó detrás del volante y pisó el acelerador.


101

Gunther Glick estaba sentado en un banco, de las dependencias de la Guardia Suiza. Rezaba a todos los dioses que le venían a la cabeza. Que esto NO sea un sueño, por favor. Había sido la exclusiva de su vida. La exclusiva que cualquiera desearía. Todos los reporteros del mundo deseaban estar en el pellejo de Glick en estos momentos. Estás despierto, se dijo. Y eres una estrella. Dan Rather, el presentador más famoso de la televisión norteamericana, está llorando ahora.
Macri estaba a su lado, con expresión algo estupefacta. Glick no la culpaba. Además de transmitir en exclusiva la alocución del camarlengo, Glick y ella habían proporcionado al mundo fotos morbosas de los cardenales y del Papa fallecido (¡aquella lengua!), así como imágenes en directo del contenedor de antimateria y la cuenta atrás que se desgranaba en la pantalla. ¡Increíble!
Todo había sido a requerimiento del camarlengo, por supuesto, de modo que no existían motivos para que Glick y Macri estuvieran encerrados en una habitación de la caserna de la Guardia Suiza. Pero a los guardias no les había gustado el osado comentario añadido a su reportaje. Glick sabía que no habría debido oír la conversación sobre la que acababa de informar, pero era su momento estelar. ¡Otra primicia de Glick!
—¿El Buen Samaritano de la Undécima Hora? —gruñó Macri a su lado, muy poco impresionada.
Glick sonrió.
—Brillante, ¿verdad?
—Brillantemente estúpido.
Sólo tiene celos, pensó Glick. Poco después del discurso del camarlengo, Glick había vuelto a encontrarse en el lugar adecuado en el momento oportuno. Había oído a Rocher dar órdenes a sus hombres. Por lo visto, el capitán había recibido una llamada telefónica de un misterioso individuo, del cual Rocher afirmaba que poseía información fundamental sobre la crisis. Rocher estaba hablando como si ese individuo pudiera ayudarlos, y aconsejaba a sus hombres que se prepararan para la llegada del invitado.
Si bien estaba claro que la información era confidencial, Glick había actuado como cualquier reportero entregado a su profesión: sin honor. Había encontrado un rincón discreto y ordenado a Macri que conectara su cámara para informar de la noticia.
—Novedades estremecedoras en la ciudad de Dios —había anunciado, mientras entornaba los ojos para añadir un toque de intriga. A continuación, había anunciado que un misterioso invitado iba a presentarse en el Vaticano para salvar la situación. El Buen Sa-maritano de la Undécima Hora, le había bautizado Glick, un nombre perfecto para el hombre anónimo que aparecía en el último momento para obrar el bien. Las demás cadenas habían aprovechado la parte sonora de la transmisión, y Glick había pasado a la posteridad otra vez.
Soy brillante, meditó. El gran Peter Jennings acaba de tirarse de un puente.
Glick no se había parado ahí, por supuesto. Al tiempo que retenía la atención del mundo, había añadido una pizca de su teoría cons-piratoria, por si acaso.
Brillante. Brillantísimo.
—Nos has jodido —dijo Macri—. La has cagado por completo.
—¿Qué quieres decir? ¡Me lucí!
Macri le miró con incredulidad.
—¿El ex presidente Bush, un Illuminatus?
Glick sonrió. ¿Acaso no podía ser más obvio? George Bush era un masón de grado 33. Eso estaba bien documentado, y era el jefe de la CIA cuando la agencia cerró su investigación sobre los Illuminati por falta de pruebas. Y todos aquellos discursos acerca de «mil puntos de luz» y un «Nuevo Orden Mundial»... No cabía duda de que Bush era un Illuminatus.
—¿Y el rollo del CERN? —se burló Macri—. Mañana encontrarás delante de tu puerta una buena cola de abogados.
—¿El CERN? ¡Venga ya! ¡Es evidente! ¡Piénsalo! Los Illumi-nati desaparecen de la faz de la tierra en la década de 1950, más o menos al mismo tiempo que se funda el CERN. El CERN es el paraíso de las personas más esclarecidas de la tierra. Toneladas de fondos privados. Construyen un arma capaz de destruir la Iglesia... ¡y zas! ¡La pierden!
—¿Y por eso le cuentas al mundo que el CERN es el nuevo cuartel de los Illuminati?
—¡Claro! Las hermandades no desaparecen. Los Illuminati tuvieron que ir a algún sitio. El CERN es el escondite perfecto. No estoy diciendo que todos los miembros del CERN sean Illuminati. Debe de ser como una inmensa logia masónica, en que la mayoría de la gente es inocente, pero los escalones superiores...
—¿Has oído hablar alguna vez de difamación, Glick? ¿De responsabilidades legales?
—¿Has oído hablar alguna vez de periodismo auténtico?
—¿Periodismo? ¡Estabas sacando mierda del aire! ¡Tendría que haber desconectado esa cámara! ¿Y qué era esa tontería sobre el logotipo del CERN? ¿Simbología satánica? ¿Has perdido el juicio?
Glick sonrió. A Macri se le estaba viendo el plumero de los celos. El logotipo del CERN había sido el golpe más brillante de todos. Desde la alocución del camarlengo, todas las cadenas estaban hablando del CERN y la antimateria. Algunos canales mostraban el logotipo del CERN como fondo. El logotipo parecía de lo más normal: dos círculos que se cruzaban, representando dos aceleradores de partículas, y cinco líneas tangenciales que representaban tubos de inyección de partículas. Todo el mundo estaba viendo ese logo, pero había sido Glick, también un poco semiólogo, el primero en percibir la simbología de los Illuminati que ocultaba.
—Tú no eres semiólogo —se burló Macri—, sino un simple reportero con una estrella en el culo. Tendrías que haber dejado la simbología al tío de Harvard.
—El tío de Harvard no se dio cuenta —dijo Glick.
¡El significado de este logotipo es tan evidente!
Estaba radiante por dentro. Aunque el CERN tenía montones de aceleradores, este logotipo sólo mostraba dos. Dos es el número de los Illuminati que representa la dualidad. Si bien la mayoría de aceleradores sólo tenían un tubo de inyección, el logotipo mostraba cinco. Cinco es el número de los Illuminati que representa el pentagrama. Después, había dado el golpe, el más brillante de todos. Glick señaló que el logotipo contenía un «6» bien visible (formado por una de las líneas y círculos), y cuando se daba la vuelta al logotipo, aparecía otro seis... y luego otro. ¡El logotipo contenía tres seises! ¡666! ¡La marca del demonio! ¡El número de la bestia!
Glick era un genio.
Macri parecía a punto de abofetearle.
Glick sabía que los celos se le pasarían, y su mente se concentró en otro pensamiento. Si el CERN era el cuartel general de los Illuminati, ¿era en el CERN donde los Illuminati guardaban su infame diamante? Glick había leído al respecto en Internet: «Un diamante sin mácula, nacido de los antiguos elementos con tal perfección que todos cuantos lo veían se quedaban maravillados».
Glick se preguntó si el misterioso paradero del Diamante de los Illuminati iba a ser otro enigma desvelado por él en esta noche.


102

Piazza Navona. La Fuente de los Cuatro Ríos.
Las noches de Roma, como las del desierto, pueden ser sorprendentemente frías, incluso después de un día caluroso. Langdon estaba acurrucado en los aledaños de la Piazza Navona, con la chaqueta bien ceñida. Al igual que el lejano ruido del tráfico, una cacofonía de boletines informativos resonaba en la ciudad. Consultó su reloj. Quince minutos. Agradecía aquellos breves momentos de descanso.
La plaza estaba desierta. La maravillosa fuente de Bernini chisporroteaba ante él con temible brujería. Del estanque espumeante emanaba una neblina mágica, iluminada por focos situados bajo el agua. Langdon sintió una corriente eléctrica en el aire.
La característica más cautivadora de la fuente era su altura. Sólo el cuerpo central medía más de seis metros de alto, una montaña escarpada de mármol travertino entreverado de cuevas y grutas por las que fluía el agua. Todo el conjunto estaba sembrado de figuras paganas. Sobre la montaña se erguía un obelisco que se elevaba otros doce metros. Langdon lo recorrió con la mirada. En la punta del obelisco, una tenue sombra se recortaba como una mancha contra el cielo, una solitaria paloma posada en silencio.
Una cruz, pensó Langdon, todavía asombrado por la disposición de los indicadores a lo largo y ancho de Roma. La Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini era el último altar de la ciencia. Tan sólo unas horas antes, Langdon se encontraba en el Panteón, convencido de que el Sendero de la Iluminación se había truncado y nunca llegaría hasta el final. Craso error. De hecho, el sendero estaba intacto. Tierra, Aire, Fuego, Agua. Y Langdon lo había seguido... del principio al fin.
Aún no has llegado al final, se recordó. El sendero tenía cinco etapas, no cuatro. Este cuarto indicador señalaba al último destino (la sagrada madriguera de los Illuminati), la Iglesia de la Iluminación. Langdon se preguntó si la guarida aún existía. Se preguntó si era allí adonde el hassassin había conducido a Vittoria.
Examinó las figuras de la fuente, en busca de alguna pista que revelara la dirección de la madriguera. Que ángeles guíen tu búsqueda. Casi de inmediato, una inquietante certeza se apoderó de él. Esta fuente no contenía ningún ángel. Al menos, no veía ninguno desde donde estaba... Todas las tallas eran profanas, seres humanos, animales, incluso un peculiar armadillo. Sin lugar a dudas, un ángel hubiera destacado.
¿Me he equivocado de sitio? Pensó en la disposición cruciforme de los cuatro obeliscos. Apretó los puños. Esta fuente es perfecta.
Eran las diez y cuarenta y seis minutos de la noche, cuando una furgoneta negra surgió de una callejuela contigua a la plaza. Langdon no le habría prestado atención de no ser porque su ocupante conducía sin luces. Como un tiburón que patrullara por una bahía iluminada por la luna, el vehículo recorrió el perímetro de la plaza.
Langdon se agachó aún más, oculto en las sombras junto a la enorme escalera que subía a la iglesia de Santa Agnes de la Agonía. Miraba fijamente la plaza, con el pulso acelerado.
Después de dar dos vueltas completas, la furgoneta se dirigió hacia la fuente de Bernini y se detuvo junto a la pila, con la puerta deslizante a escasos centímetros del agua.
La neblina aumentó.
Langdon sintió una inquietante premonición. ¿Había llegado temprano el hassassin? ¿Había venido en una furgoneta? El había imaginado que el asesino escoltaría a pie a su última víctima hasta la fuente, como en San Pedro, lo cual le habría permitido ejercitar su puntería. Pero si el asesino había llegado en la furgoneta, las reglas habían cambiado.

De pronto, la puerta lateral de la furgoneta se abrió.
Un hombre desnudo, que se retorcía en su agonía, yacía en el suelo de la furgoneta. El hombre estaba envuelto en metros de pesadas cadenas. Arremetía contra los eslabones de hierro, pero las cadenas eran demasiado pesadas. Uno de los eslabones dividía en dos la boca del hombre, como el bocado de un caballo, lo cual ahogaba sus gritos de auxilio. Fue entonces cuando Langdon vio la segunda figura, que se movía alrededor del prisionero en la oscuridad, haciendo los últimos preparativos.
Langdon sabía que sólo tenía unos segundos para actuar.
Cogió la pistola, se quitó la chaqueta y la tiró al suelo pues no quería que entorpeciera sus movimientos, ni albergaba la menor intención de acercar al agua el Diagramma de Galileo. El documento se quedaría aquí, seco y a buen recaudo.
Langdon avanzó sigilosamente hacia su derecha. Rodeó el perímetro de la fuente y se apostó directamente frente a la furgoneta. La enorme pieza central de la fuente entorpecía su visión. Corrió hacia la pila. Confió en que el ruido ensordecedor del agua apagara sus pasos. Cuando llegó a la fuente, trepó sobre el borde y se dejó caer en el estanque.
El agua le llegaba hasta la cintura, fría como el hielo. Langdon apretó los dientes y avanzó con dificultad. El fondo era resbaladizo, doblemente traicionero por la capa de monedas arrojadas para tener buena suerte. Langdon presintió que necesitaría algo más que buena suerte. Mientras la neblina se elevaba a su alrededor, se preguntó si la mano que empuñaba la pistola temblaba debido al frío o al miedo.
Llegó a la mole central de la fuente y giró a su izquierda. Se sujetó a las estatuas de mármol. Escondido tras la enorme figura tallada de un caballo, asomó la cabeza. La furgoneta se encontraba sólo a unos cinco metros de distancia. El hassassin estaba acuclillado en el suelo de la furgoneta, y sujetaba con ambas manos el cuerpo envuelto en cadenas del cardenal, preparado para arrojarle por la puerta abierta a la fuente.
Robert Langdon levantó la pistola y salió de la neblina, sintiéndose como una especie de vaquero acuático.
—No se mueva.
Su voz era más firme que la mano que empuñaba el arma.
El hassassin alzó la vista. Por un momento, pareció confuso, como si hubiera visto un fantasma. Después, sus labios se curvaron en una sonrisa malvada. Levantó los brazos en señal de sumisión.
—Así sea.
—Salga de la furgoneta.
—Se ha mojado.
—Se ha adelantado.
—Estoy ansioso por volver con mi presa.
Langdon apuntó el arma.
—No vacilaré en disparar.
—Ya ha vacilado.
Langdon sintió que su dedo se tensaba sobre el gatillo. El cardenal estaba inmóvil. Parecía exhausto, moribundo.
—Libérele.
—Olvídese de él. Ha venido en busca de una mujer. No finja lo contrario.
Langdon reprimió el ansia de acabar en aquel mismo momento.
—¿Dónde está?
—A salvo, en algún lugar. Esperando mi regreso.
Está viva. Langdon vislumbró un rayo de esperanza.
—¿En la Iglesia de la Iluminación?
El asesino sonrió.
—Nunca la localizará.
Langdon no le creyó. La guarida sigue intacta.
—¿Dónde?
—El lugar ha permanecido secreto durante siglos. Sólo me han revelado su emplazamiento en fecha reciente. Moriría antes que traicionar esa confianza.
—Puedo encontrarla sin usted.
—Una idea arrogante.
Langdon señaló la fuente.
—He llegado hasta aquí.
—Igual que muchos. El paso final es el más arduo.
Langdon avanzó con cautela. El hassassin parecía notablemente tranquilo, acuclillado en la parte trasera de la furgoneta con los brazos levantados sobre la cabeza. Langdon le apuntaba al pecho, mientras se preguntaba si debía disparar y acabar de una vez por todas.
No. Él sabe dónde está Vittoria. Sabe dónde está la antimateria. ¡Necesito esa información!
Dentro de la furgoneta a oscuras, el hassassin miraba a su contrincante, sin poder evitar una sensación de compasión divertida. El norteamericano era valiente, lo había demostrado. Pero también inexperto. También lo había demostrado. El valor sin experiencia equivalía a suicidio. Existían reglas de supervivencia. Reglas antiguas. Y el norteamericano las estaba quebrantando todas.
Tenías ventaja: el factor sorpresa. La has desperdiciado.
El norteamericano estaba indeciso... Lo más probable era que esperara apoyo... o tal vez un desliz verbal que revelara información decisiva.
Nunca interrogues antes de inutilizar a tu presa. Un enemigo acorralado es un enemigo mortal.
El norteamericano estaba hablando de nuevo. Sondeando. Maniobrando.
El asesino reprimió una carcajada. Esto no es una película de Hollywood... No habrá largas discusiones a punta de pistola antes del duelo final. Esto es el final. Ya.
Sin quitarle la vista de encima, el asesino tanteo con las manos centímetro a centímetro el techo de la furgoneta, hasta encontrar lo que buscaba. Lo sujetó, con la mirada clavada en Langdon.
Entonces, efectuó su jugada.
El movimiento fue inesperado por completo. Por un instante, Langdon pensó que las leyes de la física habían dejado de existir. Dio la impresión de que el asesino colgaba en el aire, al tiempo que extendía las piernas, sus botas golpeaban el costado del cardenal y expulsaban por la puerta el cuerpo encadenado. El cardenal cayó al agua y levantó una nube de espuma.
Langdon comprendió demasiado tarde lo que había pasado. El asesino había aferrado una barra antivuelco de la furgoneta, utilizándola para proyectarse hacia fuera. Ahora, volaba hacia él con los pies por delante.
Langdon apretó el gatillo. La bala atravesó el pie izquierdo del hassassin. Al instante sintió que las botas del asesino entraban en contacto con su pecho, y salió disparado hacia atrás.
Ambos hombres se sumergieron en el estanque ensangrentado.
Cuando el agua fría recubrió todo el cuerpo de Langdon, lo primero que sintió fue dolor. A continuación, el instinto de supervivencia cobró vida. Se dio cuenta de que ya no sostenía el arma. La había soltado en el momento del impacto. Tanteó en el fondo resbaladizo. Su mano tocó metal. Un puñado de monedas. Las dejó caer. Abrió los ojos y escudriñó el fondo luminoso. El agua se agitaba a su alrededor como en un gélido jacuzzi.
Pese al instinto de respirar, el miedo le tenía clavado al fondo. Siempre en movimiento. No sabía de dónde llegaría el siguiente ataque. ¡Tenía que encontrar la pistola! Tanteó con desesperación delante de él.
Tienes ventaja, se dijo. Estás en tu elemento. Aún con el jersey empapado, Langdon era un ágil nadador. El agua es tu elemento.
Cuando los dedos de Langdon tocaron metal por segunda vez, estuvo seguro de que su suerte había cambiado. El objeto que tenía en la mano no era un puñado de monedas. Lo agarró e intentó atraerlo hacia él, pero al hacerlo, notó que su cuerpo se deslizaba en el agua. El objeto no se movía.
Langdon comprendió, aún antes de pasar por encima del cuerpo retorcido del cardenal, que había agarrado parte de la cadena metálica que inmovilizaba al hombre y que servía de lastre. Se quedó paralizado por la visión de la cara aterrorizada que le miraba desde el fondo de la fuente.
Espoleado por la vida que alumbraba en los ojos del hombre, Langdon asió las cadenas e intentó izarle hacia la superficie. El cuerpo ascendió poco a poco... como un ancla. Langdon tiró con más fuerza. Cuando la cabeza del cardenal rompió la superficie, el anciano aspiró varias bocanadas de aire con desesperación. Después, su cuerpo rodó con violencia, lo cual provocó que Langdon soltara las cadenas resbaladizas. Baggia se hundió de nuevo como una piedra y desapareció bajo el agua espumeante.
Langdon se volvió a zambullir con los ojos abiertos. Localizó al cardenal. Esta vez, cuando lo sujetó, las cadenas que cubrían el cuerpo de Baggia se movieron... y revelaron una nueva maldad, una palabra estampada a fuego en el pecho...

Un instante después, dos botas aparecieron ante su vista. De una de ellas manaba abundante sangre.

103

Como jugador de waterpolo, Robert Langdon se había visto envuelto en cantidad de batallas submarinas. El salvajismo competitivo que tenía lugar bajo la superficie de una piscina de waterpolo, lejos de los ojos de los árbitros, podía rivalizar con los más feroces combates de lucha libre. Langdon había sido pateado, arañado, inmovilizado e incluso mordido en una ocasión por un defensor rival, al que había superado sin cesar.
Luchando en el agua helada de la fuente de Bernini, Langdon sabía que esto no tenía nada que ver con la piscina de Harvard. No estaba compitiendo por ganar un partido, sino por su vida. Ésta era la segunda vez que se enfrentaban. Aquí no había árbitros. Ni partidos de vuelta. Los brazos que le empujaban la cabeza hacia el fondo de la fuente lo hacían con una fuerza que no dejaba la menor duda acerca de sus intenciones.
Langdon giró instintivamente como un torpedo. ¡Suéltate! Pero la fuerza de su atacante le vencía, pues éste disfrutaba de una ventaja que ningún defensor de waterpolo había tenido nunca: los pies bien asentados sobre el fondo. Langdon se retorció, intentó erguirse. Daba la impresión de que el hassassin ejercía más fuerza con un brazo que con el otro, pero no cedía ni un ápice.
Fue entonces cuando Langdon comprendió que no podría alzarse. Hizo lo único que podía. Dejó de forcejear. Si no puedes ir al norte, ve al este. Lanzó el cuerpo hacia adelante.
El súbito cambio de dirección pareció pillar desprevenido al hassassin. El movimiento lateral de Langdon arrastró a su captor y lo desequilibró. La presión del hombre disminuyó, y Langdon movió los pies de nuevo. Fue como si un cable se hubiera partido. De pronto, se sintió libre. Expulsó el aire estancado de sus pulmones y ascendió a la superficie como un poseso. Sólo pudo aspirar una bocanada de aire. El hassassin le empujó hacia abajo de nuevo, con las manos sobre sus hombros. Langdon pugnó por encontrar apoyo para los pies, pero su enemigo se lo impidió.
Se hundió otra vez bajo el agua.
Le dolían los músculos de tanto luchar. Esta vez, sus maniobras fueron en vano. Exploró el fondo en busca de la pistola. Todo era borroso. Las burbujas eran más densas. Una luz cegadora le deslumbró cuando el asesino le hundió más aún, hacia un foco sumergido sujeto al suelo de la fuente. Langdon agarró el foco. Estaba caliente. Intentó liberarse de un tirón, pero el artilugio estaba montado sobre unos goznes, y giró en su mano. Perdió al instante su punto de apoyo.
El hassassin le hundió más.
En ese momento Langdon lo vio. Asomaba entre las monedas, justo delante de su cara. Un cilindro negro y estrecho. ¡El silenciador de la pistola de Olivetti! Extendió la mano, pero cuando sus dedos se cerraron en torno al cilindro, no palpó metal, sino plástico. Al tirar, la manguera flexible flotó hacia él como una serpiente. Mediría unos sesenta centímetros de largo, y un chorro de burbujas surgía de un extremo. Langdon no había encontrado la pistola. Era uno de los numerosos e inofensivos spumanti de la fuente, pequeños aparatos que producían burbujas.
A escasa distancia, el cardenal Baggia sentía que su alma estaba abandonando el cuerpo. Si bien se había preparado para este momento durante toda su vida, nunca había imaginado que el final sería así. Su envoltorio físico agonizaba... Quemado, golpeado, retenido bajo el agua por un peso inamovible. Se recordó que sus sufrimientos no eran nada comparados con lo que había soportado Jesús.
Murió por mis pecados...
Baggia oía el ruido de la batalla que tenía lugar muy cerca. La idea se le antojaba insoportable. Su secuestrador estaba a punto de acabar con otra vida... El hombre de ojos bondadosos, el hombre que había intentado ayudarle.
Mientras el dolor aumentaba, Baggia clavó la vista en el cielo negro, a través del agua. Por un momento, creyó ver estrellas.
Había llegado el momento.
Baggia se liberó de todo miedo y dudas, abrió la boca y exhaló el que sabía iba a ser su último suspiro. Vio que su espíritu se elevaba hacia el cielo en un estallido de burbujas transparentes. Después lanzó una exclamación ahogada. El agua penetró como cuchillos de hielo clavados en sus costados. El dolor sólo duró unos pocos segundos.
Después... paz.
El hassassin ignoró el dolor que torturaba su pie y se concentró en el norteamericano, al que estaba asfixiando bajo el agua. Acaba con él de una vez. Empujó con más fuerza, convencido de que esta vez Robert Langdon no sobreviviría. Tal como había anticipado, los movimientos de su víctima se fueron haciendo cada vez más débiles.
De pronto, el cuerpo de Langdon se inmovilizó. Fue presa de violentos temblores.
Sí, pensó el hassassin. Los estertores. Cuando el agua empieza a entrar en los pulmones. Sabía que los estertores duraban unos cinco segundos.
Duraron seis.
Después, tal como el hassassin había esperado, su víctima se quedó flácida, como un globo deshinchado. Todo había terminado. El hassassin le retuvo bajo el agua otro medio minuto, con el fin de que el líquido invadiera sus tejidos pulmonares. Poco a poco, notó que el cuerpo de Langdon se hundía hasta el fondo, sin necesidad de ayudarle. Por fin, el hassassin le soltó. Las televisiones descubrirían una sorpresa doble en la Fuente de los Cuatro Ríos.
—Tabban! —juró el hassassin, al salir de la fuente y examinar su pie ensangrentado. La punta de la bota estaba hecha trizas, y el extremo del dedo gordo del pie había desaparecido. Enfurecido por su descuido, desgarró el dobladillo de la pernera y se vendó el dedo. Un dolor agudo recorrió su pierna.
—Ibn al-kalb!
Apretó los puños y anudó con más fuerza el vendaje improvisado. Poco a poco, la hemorragia fue disminuyendo.
El hassassin subió a la furgoneta, mientras sus pensamientos transitaban del dolor al placer. Su trabajo en Roma había terminado. Sabía muy bien qué calmaría su desazón. Vittoria Vetra estaba inmovilizada, esperando. El hassassin, pese a estar helado y mojado, experimentó una potente erección.
Me he ganado mi recompensa.
En otra zona de la ciudad, Vittoria despertó, dolorida. Estaba tendida de espaldas. Sentía todos los músculos entumecidos. Le dolían los brazos. Cuando intentó moverse, sintió espasmos en los hombros. Tardó un momento en darse cuenta de que tenía las manos atadas a la espalda. Su primera reacción fue de confusión. ¿Estoy soñando? Pero cuando intentó levantar la cabeza, el dolor que estalló en su nuca le confirmó que estaba muy despierta.
La confusión se transformó en miedo. Paseó la vista en derredor. Se hallaba en una habitación de piedra, grande y bien amueblada, iluminada por antorchas. Una especie de sala de reuniones antigua. Cerca, vio un círculo de bancos anticuados.
Vittoria sintió que una brisa fresca acariciaba su piel. A pocos metros, una puerta doble abierta daba acceso a un balcón. A través de las rendijas de la balaustrada, Vittoria habría podido jurar que veía el Vaticano.

104

Robert Langdon yacía sobre un lecho de monedas en el fondo de la Fuente de los Cuatro Ríos. Aún tenía en la boca la manguera de plástico. Le quemaba la garganta, pero no se quejaba. Estaba vivo.
Ignoraba si había imitado bien la agonía de un hombre que se ahogaba, pero como estaba acostumbrado al agua desde niño, Langdon había oído ciertos relatos. Se había esforzado al máximo. Cerca del final, había expulsado todo el aire de sus pulmones y dejado de respirar, para que su masa muscular le hundiera hasta el fondo.
Por suerte, el hassassin se había tragado el anzuelo.
Langdon ya había esperado lo máximo posible. Estaba a punto de empezar a ahogarse. Se preguntó si el hassassin seguiría vigilando. Respiró por el tubo y sin salir a la superficie nadó hasta que encontró el cuerpo central de la fuente. Emergió al amparo de las sombras que arrojaban las enormes figuras de mármol.
La furgoneta había desaparecido.
Eso era todo cuanto Langdon necesitaba ver. Aspiró una larga bocanada de aire fresco y volvió hacia el punto en que se había hundido el cardenal Baggia. Langdon sabía que el hombre estaría inconsciente, y que existían pocas posibilidades de reanimarle, pero tenía que intentarlo. Cuando localizó el cuerpo, plantó los pies a cada lado y asió las cadenas que rodeaban al cardenal. Entonces, tiró de él. Cuando el cardenal emergió, Langdon vio que tenía los ojos saltones. No era una buena señal. No percibió respiración ni pulso.
Consciente de que le era imposible sacar el cuerpo del estanque,
tiró del cardenal Baggia hasta la oquedad esculpida en la base del montículo central de mármol, donde había un saliente inclinado. Langdon apoyó el cuerpo desnudo sobre el saliente.
Después puso manos a la obra. Ejerció presión sobre el pecho del cardenal para expulsar el agua de los pulmones. A continuación, le aplicó el boca a boca. Lenta y deliberadamente. Resistiendo la tentación de soplar con demasiada fuerza y rapidez. Durante tres minutos, intentó revivir al anciano. Al cabo de cinco minutos, desistió.
ll preferito. Uno de los cuatro hombres que más posibilidades tenían de ser Papa yacía muerto delante de él.
Incluso ahora, tendido a la sombra del saliente semisumergido, el cardenal Baggia conservaba un aire de serena dignidad. El agua ondulaba sobre su pecho, casi con remordimiento, como si pidiera perdón por haber contribuido al asesinato del hombre, como si intentara purificar la herida que llevaba su nombre...
Langdon pasó una mano sobre el rostro del cardenal y le cerró los ojos. En ese momento sintió que las lágrimas se agolpaban en sus ojos. Eso le sorprendió. Después, por primera vez desde hacía años, Langdon lloró.

105

Las emociones que le embargaban, como una neblina, se disiparon poco a poco mientras se alejaba del cardenal. Agotado, casi esperaba derrumbarse, pero sintió que un nuevo impulso se apoderaba de él. Innegable. Frenético. Notó que una energía inesperada fortalecía sus músculos. Su mente, como indiferente al dolor de su corazón, expulsó el pasado y se concentró en la tarea desesperada que exigía su atención.
Encontrar la guarida de los Illuminati. Ayudar a Vittoria.
Se volvió hacia el cuerpo central de la fuente de Bernini y se puso a buscar el último indicador de los Illuminati. Sabía que en algún lugar de esta masa escultórica había una pista que señalaba a la guarida. No obstante, mientras examinaba las diversas figuras de la fuente, sus esperanzas se desvanecieron. Tuvo la impresión de que las palabras del segno se burlaban de él. Que ángeles guíen tu búsqueda. Langdon contempló las formas talladas, ¡Las figuras de la fuente son profanas!. ¡No tiene ángeles!
Una vez terminado su inútil examen de la masa escultórica, su mirada ascendió por la columna de piedra. Cuatro indicadores, pensó, diseminados por Roma hasta formar una cruz gigantesca.
Cuando escudriñó los jeroglíficos del obelisco, se preguntó si habría una pista escondida en la simbología egipcia. Desechó al instante la idea. Los jeroglíficos eran muy anteriores a Bernini, y no se habían descifrado hasta el descubrimiento de la Piedra de Rosetta. De todos modos, aventuró Langdon, cabía la posibilidad de que Bernini hubiera tallado un símbolo adicional, que hubiera pasado inadvertido entre todos los jeroglíficos.
Langdon entrevió un destello de esperanza, dio la vuelta a la fuente una vez más y estudió los cuatro lados del obelisco. Tardó dos minutos, y cuando llegó al final de la última cara, perdió toda esperanza. No había advertido nada peculiar en los jeroglíficos. Ningún ángel.
Langdon consultó su reloj. Eran las once en punto. No sabía si el tiempo volaba o se arrastraba. Imágenes de Vittoria y el hassassin empezaron a remolinear en su mente, mientras rodeaba la fuente, cada vez más frustrado. Cansado hasta lo indecible, Langdon nuevamente pensó que iba a derrumbarse. Echó la cabeza hacia atrás y se dispuso a lanzar un grito.
El sonido murió en su garganta.
Langdon estaba mirando el extremo del obelisco. Antes había visto, y descartado, el objeto posado sobre él. Ahora, no obstante, le dejó paralizado. No era un ángel. Ni mucho menos. En realidad, no lo había asimilado como parte de la fuente de Bernini. Pensaba que era un ser vivo, un carroñero más de la ciudad, posado sobre una torre alta.
Un pichón.
Langdon contempló el objeto, con la visión borrosa debido a la niebla. Era un pichón, ¿verdad? Veía con claridad la cabeza y el pico silueteados contra un trozo de cielo estrellado. Sin embargo, el ave no se había movido desde la llegada de Langdon, pese al ruido de la lucha. Su postura era exactamente la misma de antes. Posada en la punta del obelisco, estaba encarada hacia el oeste.
Langdon hundió la mano en el agua y sacó un puñado de monedas. Las lanzó hacia donde estaba el pichón. Rebotaron cerca de la punta del obelisco de granito. El ave no se movió. Langdon probó de nuevo. Esta vez, una de las monedas alcanzó la señal. Un débil sonido metálico resonó en la plaza.
El maldito pichón era de bronce.
Estás buscando un ángel, no un pichón, le recordó una voz. Pero era demasiado tarde. Langdon había establecido la relación. Comprendió que el ave no era un pichón.
Era una paloma.
Apenas consciente de sus actos, se dirigió chapoteando hacia el centro de la fuente y empezó a escalar el monumento. A mitad de la base del obelisco, emergió de la niebla y vio con claridad la cabeza del ave.
No cabía duda. Era una paloma. El color engañosamente oscuro del ave era el resultado de la contaminación de Roma, que había ensuciado el bronce original. Entonces, captó el significado. Antes había visto un par de palomas en el Panteón. Un par de palomas carecían de significado. Sin embargo, esta paloma estaba sola.
La paloma solitaria es el símbolo pagano del Ángel de la Paz.
La verdad casi impulsó a Langdon hasta la punta del obelisco. Bernini había elegido el símbolo pagano del ángel para poder disimularlo en una fuente pagana. Que ángeles guíen tu búsqueda. ¡La paloma es un ángel! A Langdon no se le ocurrió una base más elevada para el indicador final de los Illuminati que la punta de este obelisco.
El ave estaba mirando al oeste. Langdon intentó seguir su mirada, pero no podía ver por encima de los edificios. Subió un poco más. De repente, una cita de San Gregorio Nicianceno, doctor de la Iglesia y patriarca de Constantinopla, le vino a la mente. Cuando el alma se esclarece... adopta la hermosa forma de una paloma.
Langdon continuó trepando. Hacia la paloma. Llegó a la plataforma sobre la cual se alzaba el obelisco, y ya no pudo subir más. En cuanto miró a su alrededor, se dio cuenta de que no era necesario. Toda Roma se extendía ante él. La panorámica era sorprendente.
A su izquierda, los focos caóticos de las televisiones rodeaban la plaza de San Pedro. A su derecha, la cúpula humeante de Santa Ma-ria della Vittoria. Delante de él, a lo lejos, la Piazza del Popolo. A su espaldas, el cuarto y último punto. Una cruz de obeliscos gigantesca.
Langdon, tembloroso, miró hacia la paloma. Se volvió de cara a la dirección adecuada, y después dirigió la vista hacia el horizonte.
Lo vio al instante.
Tan evidente. Tan claro. Tan engañosamente sencillo.
Langdon no podía creer que la guarida de los Illuminati hubiera permanecido oculta durante tantos años. Tuvo la impresión de que toda la ciudad se desvanecía cuando miró el monstruoso edificio de piedra que se alzaba al otro lado del río. Era uno de los más famosos de Roma. Se erguía a orillas del Tíber, contiguo en diagonal al Vaticano. La geometría del edificio era austera, un castillo circular en el interior de una fortaleza cuadrada, y al otro lado de los muros, rodeando toda la estructura, un parque pentagonal.
Las antiguas murallas estaban iluminadas por suaves focos. En lo alto del castillo se veía un gigantesco ángel de bronce. El ángel señalaba con su espada el centro exacto del castillo. Como si no fuera suficiente, en dirección a la entrada principal del castillo, destacaba el famoso puente Sant'Angelo.... una vía de acceso adornada con doce ángeles altísimos tallados por el mismísimo Bernini.
Langdon se dio cuenta de que la cruz de obeliscos de Bernini indicaba la fortaleza con el estilo típico de los Illuminati: el brazo central de la cruz pasaba por el centro del puente del castillo, al cual dividía en dos mitades iguales.
Langdon recuperó su chaqueta, manteniéndola alejada de su cuerpo mojado. Después, subió al coche robado, pisó el acelerador y se alejó en la noche.

106

El coche de Langdon atravesaba Roma a toda velocidad. Eran las once y siete minutos de la noche. Al acelerar en Lungotevere di Tor Di Nona, paralelo al río, Langdon vio que su destino se alzaba como una montaña a su derecha.
Castel Sant'Angelo. El Castillo del Ángel.
Sin previo aviso, apareció la desviación hacia el estrecho puente de Sant'Angelo. Langdon pisó el freno y dio un volantazo. Lo hizo a tiempo, pero el puente estaba cerrado al tráfico. Patinó tres metros y chocó contra una serie de pilares de cemento que bloqueaban el camino. Había olvidado que, con el fin de conservarlo, el puente era ahora zona peatonal.
Langdon, tembloroso, salió del coche abollado, arrepentido de no haber elegido otra ruta. Estaba helado, debido a su inmersión en la fuente. Se puso la chaqueta sobre la camisa empapada, agradecido por el forro doble. El folio del Diagramma se conservaría seco. Cansado y dolorido, se dirigió corriendo a la fortaleza.
A ambos lados del puente, como una escolta, le custodiaban ángeles de Bernini, los cuales le guiaban hacia su destino final. Que ángeles guíen tu búsqueda. Daba la impresión de que el castillo aumentaba de altura a medida que avanzaba, un pico inexpugnable, más aterrador que el de San Pedro. Mientras se acercaba a la fortaleza se desplegaba ante su vista la cumbre circular del castillo, donde se elevaba un ángel gigantesco que blandía una espada.
El castillo parecía desierto.

Langdon sabía que, a lo largo de los siglos, el Vaticano había utilizado el edificio como tumba, fortaleza, escondrijo papal, prisión para los enemigos de la Iglesia y museo. Por lo visto, el castillo albergaba también a otros inquilinos: los Illuminati. Lo cual tenía un siniestro sentido. Aunque el castillo era propiedad del Vaticano, sólo se utilizaba de vez en cuando, y Bernini se había encargado de dirigir numerosas obras de restauración. Se rumoreaba que el edificio estaba plagado de entradas disimuladas, pasadizos y cámaras secretas. Langdon no dudaba de que el ángel y el parque pentagonal también eran obra de Bernini.
Cuando llegó ante las gigantescas puertas dobles del castillo, las empujó con fuerza. No cedieron, como cabía esperar. Dos aldabas de hierro colgaban a la altura de los ojos. Langdon retrocedió, y su mirada ascendió por la muralla exterior. Estos baluartes habían resistido los asedios de bereberes, paganos y moros. Presintió que sus probabilidades de penetrar en la fortaleza eran escasas.
Vittoria, pensó Langdon. ¿Estás ahí?
Langdon corrió alrededor del muro exterior. ¡Tiene que haber otra entrada!
Después de rodear el segundo baluarte en dirección oeste, llegó sin aliento a un pequeño aparcamiento situado frente a Lungotevere di Angelo. Encontró en este muro una segunda entrada, una especie de puente levadizo subido y cerrado. Langdon miró hacia arriba.
Las únicas luces del castillo eran los focos que iluminaban la fachada. Todas las ventanas diminutas estaban a oscuras. La mirada de Langdon ascendió un poco más. En el punto más alto de la torre central, a treinta metros de altura, justo debajo de la espada del ángel, sobresalía un balcón. Daba la impresión de que el parapeto brillaba un poco, como si la habitación estuviera iluminada con antorchas. Langdon tembló de repente. ¿Una sombra? Esperó. Después, volvió a verla. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. ¡Hay alguien ahí arriba!
—¡Vittoria! —gritó, incapaz de contenerse, pero el fragor del Tíber ahogó su voz. Caminó en círculo, mientras se preguntaba dónde estaba la Guardia Suiza. ¿Acaso no habían oído su mensaje?
Un camión de una televisión estaba estacionado al otro lado del aparcamiento. Langdon corrió hacia él. Un hombre barrigudo con auriculares estaba sentado en la cabina, manipulando palancas. Langdon llamó con los nudillos en el costado de la camioneta. El hombre pegó un bote, vio las ropas mojadas de Langdon y se quitó los auriculares.
—¿Qué pasa, tío? —preguntó con acento australiano.
—Necesito que me prestes tu teléfono.
Langdon estaba fuera de sí.
El hombre se encogió de hombros.
—No hay tono de marcar. He estado probando toda la noche. Las líneas están saturadas.
Langdon maldijo en voz alta.
—¿Has visto entrar a alguien?
Señaló hacia el puente levadizo.
—Ya lo creo. Una furgoneta negra ha estado entrando y saliendo toda la noche.
A Langdon se le hizo un nudo en la boca del estómago.
—Bastardo afortunado —dijo el australiano, echando un vistazo a lo alto de la torre. Después frunció el ceño en dirección al Vaticano, parcialmente tapado desde donde estaban—. Apuesto a que la vista desde allí arriba es perfecta. No pude abrirme paso entre el tráfico que iba a San Pedro, de modo que estoy rodando desde aquí.
Langdon no estaba escuchando, sino barajando alternativas.
—¿Crees que este Buen Samaritano de la Undécima Hora es real? —preguntó el australiano.
Langdon se volvió.
—¿Cómo?
—¿No te has enterado? El capitán de la Guardia Suiza recibió una llamada de alguien que afirma poseer información de primera mano. El tipo está a punto de llegar en avión. Sólo sé que si salva la situación... ¡los índices de audiencia subirán como la espuma!
El hombre rió.
Langdon se sintió confuso de repente. ¿Un buen samaritano que venía a prestar su ayuda? ¿Sabía esa persona dónde estaba la antimateria? En tal caso, ¿por qué no se lo decía a la Guardia Suiza? ¿Por qué venía en persona? Se le antojó extraño, pero no tenía tiempo para pensar en ello.

—Eh —dijo el australiano, al tiempo que examinaba a Langdon con más detenimiento—, ¿no eres tú el tío que vi en la tele? ¿El que intentó salvar al cardenal en la plaza de San Pedro?
Langdon no contestó. Sus ojos se habían clavado de repente en un aparato que destacaba sobre el techo del camión: una antena para emisión y recepción vía satélite fijada al extremo de un brazo telescópico. Langdon miró el castillo de nuevo. La muralla exterior medía unos quince metros de altura. La fortaleza interior era todavía más alta. Una disposición defensiva en capas. Desde aquí, la cúspide era imposiblemente alta, pero si podía salvar la primera muralla...
Langdon se volvió hacia el periodista y señaló el brazo telescópico de la antena.
—¿Cuánta altura alcanza eso?
—¿Eh? —El hombre parecía confuso—. Unos quince metros. ¿Por qué?
—Mueve el camión. Apárcalo al lado de la muralla. Necesito ayuda.
—¿De qué estás hablando?
Langdon se lo explicó.
El australiano no se lo podía creer.
—¿Estás loco? Ese brazo telescópico cuesta doscientos mil dólares. ¡No es una escalerilla!
—¿Quieres índices de audiencia? Tengo una información que te alegrará el día.
Langdon estaba desesperado.
—¿Una información valorada en doscientos de los grandes?
Langdon le dijo lo que le revelaría a cambio del favor.
Un minuto y medio después, Robert Langdon colgaba del extremo del brazo telescópico, agitado por la brisa a quince metros del suelo. Se abrazó al primer baluarte, se izó sobre la muralla y saltó sobre el bastión inferior del castillo.
—¡Cumple tu trato! —gritó el australiano—. ¿Dónde está ese tipo?
Langdon se sintió culpable por revelar aquella información, pero un trato era un trato. Además, era muy probable que el hassas-sin llamara a la prensa.
—Piazza Navona —gritó Langdon—. En la fuente.
El australiano bajó la antena y salió a toda mecha tras la exclusiva de su vida.
En una cámara de piedra que dominaba la ciudad, el hassassin se quitó las botas empapadas y se vendó el dedo herido. Sentía dolor, pero no tanto como para no poder gozar.
Se volvió hacia su presa.
Estaba en un rincón de la estancia, tendida sobre un rudimentario diván, con las manos atadas a la espalda y amordazada. El hassassin avanzó hacia ella. Ya se había despertado. Esto le complació. Ante su sorpresa, en lugar de miedo, vio fuego en sus ojos.
Ya vendrá el miedo.

107

Robert Langdon rodeó el baluarte exterior del castillo, agradecido por la luz de los focos. Mientras corría junto a la muralla, vio el patio, que se le antojó un museo de antiguas guerras: catapultas, pilas de balas de cañón de mármol y un arsenal de temibles artilugios. Algunas secciones del castillo estaban abiertas a los turistas durante el día, y el patio había sido restaurado hasta recuperar parte de su aspecto original.
La mirada de Langdon atravesó el patio y se detuvo en el núcleo central de la fortaleza, que se elevaba treinta y dos metros hasta el ángel de bronce. El balcón de lo alto estaba iluminado desde dentro. Langdon quiso gritar, pero se contuvo. Tendría que encontrar una manera de entrar.
Consultó su reloj.
Las once y doce minutos.
Bajó al patio por la rampa de piedra pegada a la pared. Corrió entre las sombras, dando la vuelta a la fortaleza en el sentido de las agujas del reloj. Pasó junto a tres pórticos, pero todos estaban cerrados. ¿Cómo había entrado el hassassin? Langdon continuó. Dejó atrás dos entradas modernas, pero ambas estaban cerradas desde fuera. Aquí no es. Siguió corriendo.
Langdon había dado la vuelta a casi todo el edificio, cuando vio un sendero de grava que cruzaba el patio delante de él. En un extremo, en el muro exterior del castillo, vio la parte posterior del puente levadizo subido que conducía fuera. En el otro extremo, el sendero desaparecía en el interior de la fortaleza. Daba la impresión de que entraba en una especie de túnel que conducía al núcleo central. Il tra-foro! Langdon había leído acerca de este traforo del castillo, una gigantesca rampa de caracol que ascendía hasta lo alto de la torre, utilizada por los jefes militares para bajar a caballo con rapidez. ¡El hassassin había subido en coche! La puerta que permitía el acceso al túnel estaba abierta, lo cual le permitió entrar. Se sintió casi jubiloso cuando corrió hacia el túnel, pero al llegar a la abertura, su alegría se desvaneció.
El túnel descendía.
Por lo visto, esta sección del traforo bajaba a las mazmorras.
Langdon vaciló, y miró de nuevo el balcón. Habría podido jurar que había percibido movimiento. ¡Decídete! Sin más opciones, se internó en el túnel.
En lo alto, el hassassin estaba junto a su presa. Pasó una mano sobre su brazo. Su piel era como crema. La impaciencia por explorar sus tesoros corporales era embriagadora. ¿De cuántas formas podría violarla?
El hassassin sabía que se merecía esta mujer. Había servido bien a Jano. Era botín de guerra, y cuando hubiera terminado con ella, la bajaría del diván y la obligaría a ponerse de rodillas. Le serviría de nuevo. La sumisión definitiva. Después, en el momento del orgasmo, le rebanaría el pescuezo.
Ghayat assa'adah, lo llamaban. El placer supremo.
A continuación, vanagloriándose, saldría al balcón y saborearía la culminación del triunfo de los Illuminati... Una venganza deseada durante muchísimo tiempo.
El túnel se iba oscureciendo. Langdon descendió.
Después de una vuelta completa, la luz casi había desaparecido. El túnel se niveló, y Langdon aminoró el paso, pues juzgó por el eco de sus pisadas que había entrado en una cámara más grande. Ante él, vio destellos de luz, reflejos confusos en el resplandor ambiental.
Avanzó con la mano extendida. Encontró superficies lisas. Cromo y vidrio. Era un vehículo. Palpó la superficie, encontró una puerta y la abrió.
La luz del interior se encendió. Retrocedió y reconoció la furgoneta negra al instante. Experimentó una oleada de odio, miró un momento, entró y buscó en el suelo, con la esperanza de localizar un arma que sustituyera a la que había perdido en la fuente. No vio ninguna. Sí que encontró, en cambio, el móvil de Vittoria. Estaba roto e inutilizado. Su visión le embargó de temor. Rezó para que no fuera demasiado tarde.
Encendió los faros de la furgoneta. Sombras ásperas se materializaron a su alrededor. Langdon supuso que la estancia había sido utilizada en otro tiempo como caballerizas y depósito de munición. También era un callejón sin salida.
¡Me he equivocado de camino!
Desesperado, bajó de la furgoneta y examinó las paredes que le rodeaban. No había puertas. Ni cancelas. Pensó en el ángel apostado sobre la entrada del túnel, y se preguntó si era una coincidencia. ¡No! Pensó en las palabras del asesino en la fuente. Ella está en la Iglesia de la Iluminación... aguardando mi retorno. Langdon había llegado demasiado lejos para flaquear ahora. Su corazón latía con fuerza. La frustración y el odio empezaban a hacer mella en sus sentidos.
Cuando vio la sangre en el suelo, su primer pensamiento fue para Vittoria, pero al examinar las manchas, se dio cuenta de que eran pisadas mezcladas con sangre. Las zancadas eran largas. La sangre sólo aparecía en el pie izquierdo. ¡El hassassin!
Langdon siguió las huellas hasta una esquina de la estancia, mientras su sombra alargada se iba haciendo más tenue. A cada paso que daba sé sentía más desconcertado. Daba la impresión de que las huellas de sangre se internaban en la esquina de la sala, para luego desaparecer.
Cuando Langdon llegó a la esquina, no dio crédito a sus ojos. El bloque de granito del suelo no era un cuadrado como los demás. Estaba mirando otro indicador. El bloque estaba tallado en forma de pentágono perfecto, con una punta señalando la esquina. Oculta ingeniosamente por paredes superpuestas, una estrecha rendija practicada en la piedra servía de salida. Langdon pasó. Se encontró en un pasadizo. Delante de él vio los restos de una barrera de madera, que en otros tiempos había bloqueado este túnel.
Más allá, había luz.
Langdon echó a correr. Saltó sobre la madera y se dirigió hacia la luz. El pasadizo se abría a una cámara más amplia. La luz de una solitaria antorcha adosada a la pared parpadeaba. Langdon se hallaba en una parte del castillo que carecía de electricidad, una parte que no veían los turistas. La estancia debía de ser aterradora a plena luz del día, pero la antorcha conseguía acentuar aún más su aspecto siniestro.
La prigione.
Había una docena de diminutas celdas. La humedad había dado buena cuenta de la mayoría de barrotes de hierro. Sin embargo, una de las celdas más grandes seguía intacta, y Langdon vio en el suelo algo que estuvo a punto de paralizar su corazón. Sotanas negras y fajines rojos. ¡Aquí era donde había retenido a los cardenales!
Cerca de la celda había una puerta de hierro en la pared. La puerta estaba entreabierta, y Langdon vio al otro lado una especie de pasadizo. Corrió hacia él, pero se detuvo antes de llegar. El rastro de sangre no se internaba en el pasadizo. Cuando Langdon vio las palabras talladas sobre la arcada, comprendió por qué.
Il Passetto.
Se quedó de una pieza. Había oído hablar de este túnel muchas veces, pero nunca había sabido dónde estaba la entrada. Il Passetto (el Pequeño Pasadizo) era un estrecho túnel de un kilómetro y medio de largo construido entre el castillo de Sant' Angelo y el Vaticano. Había sido utilizado por más de un Papa para escapar durante los asedios sufridos por el Vaticano, así como por varios otros papas menos devotos para visitar en secreto a sus amantes o presenciar la tortura de sus enemigos. En la actualidad, se suponía que ambas entradas estaban selladas con cerraduras inexpugnables, cuyas llaves se guardaban en alguna cripta del Vaticano. De pronto, Langdon temió saber cómo habían entrado y salido del Vaticano los Illuminati. Se preguntó quién de dentro había traicionado a la Iglesia y facilitado las llaves a los Illuminati. ¿Olivetti? ¿Un miembro de la Guardia Suiza?
De todas formas, ya no importaba.
Las manchas de sangre del suelo conducían al extremo opuesto de la prisión. Langdon siguió el rastro. Una puerta oxidada estaba cubierta de cadenas. Habían quitado el cerrojo, y la puerta se hallaba entreabierta. Al otro lado había una escalera de caracol que ascendía. En el suelo había también un bloque en forma de pentágono. Langdon contempló el bloque, y se preguntó si el propio Bernini había sujetado el cincel que le había dado forma. La arcada estaba adornada con un diminuto querubín tallado. Aquí era.
El rastro de sangre subía por la escalera.
Antes de empezar el ascenso, Langdon pensó que necesitaba un arma, lo que fuera. Encontró un fragmento de barrote de hierro que mediría un metro en una de las celdas. El extremo estaba afilado y astillado. Aunque absurdamente pesado, era lo único que tenía a mano. Confió en que el elemento sorpresa, combinado con la herida del hassassin, bastaría para concederle ventaja. Sobre todo, confiaba en no llegar demasiado tarde.
La escalera era muy empinada. Langdon subió, atento a cualquier sonido. No oyó nada. A medida que ascendía, la oscuridad aumentaba. Por fin, se encontró en una negrura total, con una mano apoyada en la pared. Imaginó el fantasma de Galileo subiendo esta misma escalera, ansioso por compartir sus visiones celestiales con otros hombres de ciencia y fe.
Langdon aún estaba sorprendido por el emplazamiento de la guarida. La sala de reuniones de los Illuminati se hallaba en un edificio perteneciente al Vaticano. No cabía duda de que, mientras los guardias del Vaticano registraban sótanos y casas de científicos conocidos, los Illuminati se reunían aquí... ante las mismísimas narices del Vaticano. De repente, se le antojó perfecto. Bernini, como arquitecto encargado de las reformas de este lugar, gozaría de acceso ilimitado al edificio, lo remodelaría siguiendo su propio dictado, sin que nadie hiciera preguntas. ¿Cuántas entradas secretas habría añadido? ¿Cuántos sutiles adornos señalarían el camino?
La Iglesia de la Iluminación. Langdon sabía que estaba cerca.
Cuando la escalera empezó a estrecharse, sintió que el pasaje se cerraba a su alrededor. Las sombras de la historia susurraban en la oscuridad, pero siguió adelante. Cuando vio el rayo de luz horizontal ante él, reparó en que estaba a pocos peldaños de un rellano, donde la luz de una antorcha se filtraba por debajo de una puerta. Subió en silencio.
No tenía ni idea de en qué parte del castillo se encontraba, pero sabía que había subido lo bastante para estar cerca de la cumbre. Recreó en su mente el gigantesco ángel que coronaba el castillo, con la sospecha de que se erguía sobre su cabeza.
Cuida de mí, ángel, pensó, y aferró el barrote con más fuerza. Después, con sigilo, tanteó en busca de la puerta.
A Vittoria le dolían los brazos. Cuando había despertado por primera vez, y los descubrió atados a la espalda, pensó que podría relajarse y soltarse, pero el tiempo se había agotado. La bestia había regresado. Estaba de pie a su lado, el pecho desnudo y poderoso, cubierto de cicatrices que hablaban de otras tantas batallas. Sus ojos parecían dos rendijas negras cuando examinaron su cuerpo. Vittoria presintió que estaba imaginando lo que iba a hacer. Poco a poco, como para burlarse de ella, el hassassin se quitó el cinturón mojado y lo dejó caer al suelo.
Vittoria experimentó una oleada de horror y de odio. Cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, el hassassin empuñaba una navaja de muelle. La abrió con un chasquido delante de su cara.
La joven vio su reflejo en la hoja de acero.
El hassassin dio vuelta a la navaja y la pasó sobre el estómago de la joven. El metal helado le produjo escalofríos. Con una mirada desdeñosa, el hassassin deslizó la hoja bajo la cintura de los shorts. Vittoria respiró hondo. La hoja iba bajando, lenta, peligrosamente... Después, el hombre se inclinó hacia adelante, y su aliento cálido susurró en el oído de Vittoria.
—Esta hoja arrancó el ojo de tu padre.
Vittoria supo en aquel momento que era capaz de matar.
El hassassin dio vuelta a la navaja de nuevo y empezó a cortar la tela de los shorts hacia arriba. De pronto, paró y levantó la vista. Había alguien en la habitación.

—Aléjese de ella —gruñó una voz profunda desde la puerta. Vittoria no podía ver quién había hablado, pero reconoció la voz. ¡Robert! ¡Está vivo!
El hassassin le miró como si hubiera visto un fantasma.
—Señor Langdon, debe de tener un ángel de la guarda.


108

Langdon tardó una fracción de segundo en darse cuenta de que estaba pisando terreno sagrado. Los adornos de la habitación oblonga, aunque viejos y descoloridos, contenían toda clase de simbolo-gía. Baldosas en forma de pentágono. Frescos de planetas. Palomas. Pirámides.
La Iglesia de la Iluminación. Sencilla y pura. Había llegado.
Delante de él, de espaldas al balcón, se erguía el hassassin. Tenía el pecho desnudo y se cernía como un buitre sobre Vittoria, que pese a estar atada, se encontraba con vida. Langdon sintió que una oleada de alivio le invadía. Por un instante, sus ojos se encontraron, y un torrente de emociones fluyó: gratitud, desesperación y pesar.
—Así que volvemos a encontrarnos —dijo el hassassin. Miró el barrote de hierro que sostenía Langdon y lanzó una carcajada—. ¿Y ahora viene a buscarme con eso?
—Desátela.
El hassassin acercó la navaja a la garganta de Vittoria.
—La mataré.
Langdon no albergaba la menor duda de que era capaz de hacerlo. Se obligó a hablar con calma.
—Imagino que ella lo aceptaría con gusto... teniendo en cuenta la alternativa.
El hassassin respondió al insulto con una sonrisa.
—Tiene usted razón. Ella tiene mucho que ofrecer. Sería un desperdicio.

Langdon avanzó y apuntó el extremo astillado del barrote hacia el hassassin. El corte de la mano le dolía bastante.
—Suéltela.
Por un momento, dio la impresión de que el hassassin consideraba la posibilidad. Exhaló un suspiro y dejó caer los hombros. Era un claro movimiento de rendición, pero en el mismo instante su brazo hizo un movimiento rápido e inesperado, y un cuchillo cruzó el aire en dirección al pecho de Langdon.
Ya fuera por instinto o agotamiento, las rodillas de Langdon se doblaron en aquel momento, de forma que el cuchillo pasó rozándole la oreja izquierda y cayó al suelo con un ruido metálico. Esto no pareció preocupar al hassassin. Sonrió a Langdon, que estaba de rodillas, sujetando el barrote metálico. El asesino se alejó de Vittoria y avanzó hacia Langdon como un león al acecho.
Cuando éste se puso en pie y alzó el barrote, sintió que el jersey y los pantalones mojados se convertían de repente en un engorro. El hassassin, semidesnudo, parecía moverse con mucha más rapidez, y por lo visto la herida del pie no le molestaba. Langdon presintió que este hombre estaba acostumbrado al dolor. Por primera vez en su vida, conoció el deseo de empuñar una pistola muy grande.
El hassassin se movía despacio, como si disfrutara, en dirección al cuchillo caído en el suelo. Langdon le cortó el paso. Entonces, el asesino intentó regresar adonde estaba Vittoria. De nuevo Langdon se interpuso en su camino.
—Aún hay tiempo —improvisó Langdon—. Dígame dónde está el contenedor. El Vaticano pagará más de lo que los Illuminati podrían reunir jamás.
—Qué ingenuo es usted.
Langdon atacó con el barrote. El hassassin lo esquivó. Langdon rodeó un banco, con el arma sujeta ante él, empeñado en acorralar al hassassin en una habitación oval. ¡Esta maldita habitación no tiene esquinas! Cosa rara, el hassassin no parecía interesado en atacar o huir. Estaba siguiéndole la corriente a Langdon. Esperando.
¿Esperando qué? El hombre seguía desplazándose, un maestro en adoptar la posición más conveniente. Era como una partida de ajedrez interminable. El arma empezaba a pesarle a Langdon, y de repente supo qué estaba esperando el hassassin. Me está cansando. La táctica funcionaba. Una oleada de cansancio se apoderó de él. La adrenalina sola no bastaba para mantenerle vigilante. Sabía que debía moverse.
Como si leyera la mente de Langdon, el hassassin cambió de posición una vez más. Dio la impresión de que estaba conduciéndole hacia una mesa situada en el centro de la habitación. Langdon sabía que había algo sobre la mesa. Algo brillaba a la luz de la antorcha. ¿Un arma? Mantuvo los ojos clavados en el hassassin, y se acercó a la mesa. Cuando el asesino dirigió una larga y cándida mirada a la mesa, Langdon intentó no morder el evidente anzuelo, pero el instinto se impuso. Lanzó una mirada. El daño ya estaba hecho.
No era un arma. Lo que vio le fascinó.
Sobre la mesa descansaba un cofre de cobre rudimentario, incrustado de una antigua pátina. El cofre era pentagonal. La tapa estaba abierta. Había cinco hierros de marcar dentro de cinco compartimientos acolchados, cinco largas herramientas repujadas con robustos mangos de madera. A Langdon no le cupo ninguna duda de lo que decían.
ILLUMINATI, EARTH, AIR, FIRE, WATER.
Langdon echó la cabeza hacia atrás, temeroso de que el hassassin se precipitara sobre él. No lo hizo. El hombre estaba esperando, deleitado con el juego. Langdon luchó por recuperar su concentración, clavó los ojos en su enemigo y le amenazó con la barra. Pero la imagen del cofre seguía clavada en su mente. Aunque las marcas en sí ya eran fascinantes (objetos en cuya existencia creían pocos estudiosos de los Illuminati), Langdon reparó de repente en que había algo más en el cofre que le intrigaba. Cuando el hassassin se movió de nuevo, Langdon lanzó otra mirada hacia la mesa.
¡Dios mío!
En el cofre, los cinco hierros estaban guardados en compartimientos que seguían el contorno del borde exterior, pero en el centro había otro compartimiento. Estaba vacío, pero no cabía duda de que su función era albergar otro hierro, un hierro mucho más grande que los demás, perfectamente cuadrado.
El ataque fue rapidísimo.

El hassassin se lanzó hacia él como un ave de presa. Langdon, cuya concentración había sido hábilmente desviada, intentó defenderse, pero el barrote pesaba como un tronco de árbol en sus manos. Golpeó con excesiva lentitud. El asesino esquivó el envite. Cuando Langdon intentó echar hacia atrás el barrote, el hassassin se apoderó de él. Los dos hombres lucharon. Langdon sintió que le arrebataban el barrote, y un dolor lacerante quemó su palma. Un instante después, estaba mirando el extremo astillado del barrote. El cazador cazado.
Tenía la sensación de haber sido arrollado por un ciclón. El hassassin, sonriente, estaba acorralando a Langdon contra la pared.
—¿Cómo dice el dicho? —se burló—. ¿Algo acerca de la curiosidad y el gato?
Langdon apenas podía concentrarse. Maldijo su descuido cuando el hassassin avanzó. Nada tenía lógica. ¿Una sexta marca de los Illuminati?
—¡Nunca he leído nada sobre una sexta marca de los Illuminati! —soltó, frustrado.
—Yo creo que sí.
El asesino lanzó una risita, sin dejar de acosar a Langdon.
Éste estaba desorientado. No había leído nada. Había cinco marcas de los Illuminati. Retrocedió, mientras examinaba la habitación en busca de un arma.
—Una unión perfecta de los elementos antiguos —dijo el hassassin—. La marca final es la más brillante de todas. Temo que nunca la verá, sin embargo.
Langdon presintió que, dentro de un momento, ya no vería nada. Siguió reculando.
—¿Y usted sí ha visto esa marca final? —preguntó Langdon con el fin de ganar tiempo.
—Tal vez algún día me concedan el honor. Cuando demuestre que lo merezco.
Atacó de nuevo, como si disfrutara del juego.
Langdon se echó hacia atrás. Tenía la sensación de que el hassassin le estaba dirigiendo hacia un destino invisible. ¿Dónde? Langdon no podía permitirse el lujo de mirar hacia atrás.

—La marca —dijo—. ¿Dónde está?
—Aquí no. Por lo visto Jano es quien la custodia.
—¿Jano?
Langdon no reconoció el nombre.
—El líder de los Illuminati. Llegará dentro de poco.
—¿El líder de los Illuminati va a venir aquí?
—Para realizar la última marca con un hierro candente.
Langdon dirigió una mirada aterrada a Vittoria. Aparentaba una serenidad extraña, con los ojos cerrados al mundo que la rodeaba. Respiraba con lentitud, profundamente. ¿Era ella la víctima final? ¿Era él?
—Cuánta presunción —dijo con desdén el hassassin, mirando a los ojos de Langdon—. Ustedes dos no son nada. Morirán, por supuesto, no le quepa duda. Pero la víctima final de la que hablo es un enemigo muy peligroso.
Langdon intentó descifrar las palabras del hassassin. ¿Un enemigo peligroso? Los cuatro cardenales más importantes habían muerto. El Papa había muerto. Los Illuminati habían acabado con todos. Langdon encontró la respuesta en el vacío de los ojos del hassassin.
El camarlengo.
El camarlengo Ventresca era la única persona que se había convertido en un faro de esperanza para el mundo en esta difícil situación. El había hecho más por condenar a los Illuminati esta noche que décadas de teóricos de las conspiraciones. Al parecer, pagaría el precio. Era el último objetivo de los Illuminati.
—Nunca conseguirá matarle —le retó Langdon.
—No seré yo —contestó el hassassin, al tiempo que obligaba a Langdon a retroceder más—. Jano se ha reservado el honor.
—¿El líder de los Illuminati pretende marcar al camarlengo?
—El poder tiene sus privilegios.
—¡Nadie podría entrar ahora en el Vaticano!
El hassassin le miró con expresión jactanciosa.
—No, a menos que tuviera una cita.
Langdon se quedó perplejo. La única visita a la que se esperaba en el Vaticano ahora era la persona a quien la prensa llamaba el Buen Samaritano de la Undécima Hora, la persona que, según Rocher, poseía información capaz de salvar...
Langdon dejó de pensar. ¡Santo Dios!
El hassassin sonrió, complacido por el descubrimiento que acababa de realizar Langdon.
—Yo también me preguntaba cómo conseguiría entrar Jano. Después, en la furgoneta, escuché la radio, un informe sobre el Buen Samaritano de la Undécima Hora. —Sonrió—. El Vaticano recibirá a Jano con los brazos abiertos.
Langdon casi tropezó. ¡Jano es el Samaritano! Era un engaño impensable. Una escolta real acompañaría al líder de los Illuminati a los aposentos del camarlengo. Pero ¿cómo engañaría ]ano a Rocher? ¿O Rocher también estaba implicado? Langdon sintió un escalofrío. Desde que había estado a punto de perecer por asfixia en los Archivos Secretos, Langdon no había confiado por completo en Rocher.
El hassassin atacó de repente, y rozó el costado de Langdon.
Éste saltó hacia atrás, furioso.
—¡Jano nunca saldrá vivo!
El hassassin se encogió de hombros.
—Vale la pena morir por algunas causas.
Langdon intuyó que el asesino hablaba en serio. ¿Jano acudía al Vaticano en una misión suicida? ¿Una cuestión de honor? Por un instante, la mente de Langdon abarcó todo el aterrador ciclo. El complot de los Illuminati había trazado un círculo. El sacerdote a quien los Illuminati habían aupado sin querer al poder cuando asesinaron al Papa se había revelado un formidable adversario. En un acto final de desafío, el líder de los Illuminati le destruiría.
De repente, Langdon sintió que la pared que tenía detrás desaparecía. Notó una ráfaga de aire frío, y se tambaleó hacia atrás. ¡El balcón! Comprendió ahora las intenciones del hassassin.
Intuyó al instante el precipicio que había detrás, una caída de treinta metros hasta el patio. Lo había visto al entrar. El hassassin no perdió el tiempo. Se lanzó hacia él. La lanza improvisada apuntaba al abdomen de Langdon. Éste saltó hacia atrás, y la punta del barrote sólo le rasgó la camisa. De nuevo la vio volar hacia él. Retrocedió un poco más, y notó la balaustrada justo detrás. Convencido de que la siguiente embestida le mataría, intentó algo absurdo. Extendió la mano y agarró el barrote. Sintió una llamarada de dolor en la palma, pero no se arredró.
Lucharon un momento cara a cara, y Langdon notó el aliento fétido del hassassin. El barrote empezó a resbalar. El hombre era demasiado fuerte. En un acto final de desesperación, Langdon estiró una pierna, con la intención de pisotear el pie herido de su enemigo, pero éste era un profesional y se movió para evitarlo.
Langdon había jugado su última carta. Y sabía que había perdido la mano.
El hassassin lanzó los brazos hacia adelante con violencia, y Langdon salió proyectado contra la barandilla. Luego sujetó el barrote en horizontal y lo apretó contra el pecho del historiador. La espalda de éste se arqueó sobre el abismo.
—Ma'assalamah —se burló el asesino—. Adiós.
Con una mirada de crueldad, el hassassin dio un empujón final. El centro de gravedad de Langdon se desplazó, y sus pies perdieron el contacto con el suelo. Con una única esperanza de sobrevivir, se agarró a la barandilla al volar por encima. Su mano izquierda resbaló, pero la derecha se cerró sobre el metal. Terminó colgando cabeza abajo por las piernas y una mano...
El hassassin alzó el barrote sobre su cabeza, dispuesto a descargarlo. Cuando estaba a punto de propinarle el golpe, Langdon vio una visión. Tal vez era la inminencia de la muerte, o simple terror ciego, pero en aquel momento creyó distinguir un aura luminosa alrededor del hassassin, un resplandor que parecía surgido de la nada detrás de él... como una bola de fuego que se acercara a toda velocidad.
El hassassin dejó caer el barrote y lanzó un grito de dolor.
El barrote cayó al abismo. El hassassin dio media vuelta, y Langdon vio una enorme quemadura en la espalda de su contrincante. Langdon se izó y vio a Vittoria, que plantaba cara al hassassin con ojos fieros.
La joven movía una antorcha delante de ella, la venganza pintada en su cara iluminada por las llamas. Langdon ignoraba cómo se había desatado, pero tampoco le importaba. Empezó a trepar por encima de la barandilla.

La batalla se anunciaba breve. El hassassin era un rival mortífero. Se precipitó hacia Vittoria con un grito de rabia. La joven intentó esquivarle, pero el hombre se apoderó de la antorcha y forcejeó para arrebatársela. Langdon no esperó. Saltó de la balaustrada y propinó un fuerte puñetazo en la quemadura de la espalda.
Dio la impresión de que el chillido resonó en todo el Vaticano.
El hassassin se quedó petrificado un momento, con la espalda arqueada de dolor. Soltó la antorcha, y Vittoria la clavó en su cara. Se oyó un siseo de carne quemada cuando su ojo izquierdo chisporroteó. El hombre volvió a chillar y se llevó las manos a la cara.
—Ojo por ojo —siseó Vittoria.
Esta vez, hizo girar la antorcha como un bate, y cuando golpeó, el hombre fue a parar contra la barandilla. Langdon y Vittoria se abalanzaron sobre él al mismo tiempo y lo empujaron. El hassassin se precipitó a la noche. No chilló. Sólo se oyó el impacto del cuerpo cuando aterrizó sobre una pila de balas de cañón.
Langdon se volvió y miró a Vittoria, perplejo. De su abdomen y hombros colgaban cuerdas. Sus ojos ardían como el infierno.
—Houdini sabía yoga.

109

En el ínterin, en la plaza de San Pedro, la muralla de Guardias Suizos gritaba órdenes y se desplegaba, con la intención de contener a la multitud a una distancia prudente. Era inútil. La muchedumbre era demasiado densa, y parecía mucho más interesada en el inminente fin del Vaticano que en su propia seguridad. Las gigantescas pantallas de las televisiones estaban transmitiendo la cuenta atrás en directo del contenedor de antimateria, desde el monitor de seguridad de la Guardia Suiza, cortesía del camarlengo. Por desgracia, dicha imagen no ayudaba a dispersar a las masas. Por lo visto, la gente congregada en la plaza contemplaba la diminuta gota de líquido suspendida en el contenedor, convencida de que no era tan amenazadora como vaticinaban. Además, veían la cuenta atrás. Ahora faltaban algo menos de cuarenta y cinco minutos para la explosión. Había mucho tiempo para seguir mirando.
No obstante, los Guardias Suizos se mostraban de acuerdo en que la valiente decisión del camarlengo de contar al mundo la verdad, para luego proporcionar a la prensa pruebas gráficas de la traición de los Illuminati, había sido una sabia maniobra. Los Illuminati debían de haber supuesto que el Vaticano actuaría con su habitual reticencia a admitir la adversidad. Esta noche no. El camarlengo Carlo Ventres-ca había demostrado ser un enemigo a tener en cuenta.
♦ ♦ ♦

En la Capilla Sixtina, el cardenal Mortati se estaba impacientando. Pasaban de las once y cuarto. Muchos cardenales continuaban rezando, pero otros se habían apretujado alrededor de la salida, claramente inquietos por la hora. Algunos empezaron a golpear la puerta con los puños.
En el pasillo, el teniente Chartrand oyó los golpes, sin saber qué hacer. Consultó su reloj. Era la hora. El capitán Rocher le había dado órdenes estrictas de no dejar salir a los cardenales hasta que él lo dijera. Los golpes aumentaron de intensidad, y Chartrand experimentó una oleada de inquietud. Se preguntó si el capitán habría olvidado las circunstancias de los cardenales. El comportamiento del capitán había sido muy errático desde la misteriosa llamada telefónica.
Chartrand sacó el walkie-talkie.
—¿Capitán? Soy Chartrand. Pasa de la hora. ¿Abro las puertas de la Capilla Sixtina?
—Las puertas han de seguir cerradas. Creo que ya le di esa orden.
—Sí, señor, pero es que...
—Nuestro invitado no tardará en llegar. Llévese unos cuantos hombres y vigile la puerta del despacho del Papa. El camarlengo no ha de salir.
—¿Perdón, señor?
—¿Qué es lo que no ha comprendido, teniente?
—Nada, señor. Ya voy.
En el despacho del Papa, el camarlengo contemplaba el fuego mientras meditaba. Dame fuerzas, Señor. Haz un milagro. Removió las brasas, y se preguntó si sobreviviría a esta noche.


110

Las once y veintitrés minutos.
Vittoria contemplaba temblorosa Roma desde el balcón del castillo de Sant'Angelo, con los ojos anegados en lágrimas. Ardía en deseos de abrazar a Robert Langdon, pero no podía. Tenía el cuerpo como anestesiado. Se estaba readaptando. El hombre que había matado a su padre yacía muerto en el patio, y ella también había estado a punto de morir.
Cuando la mano de Langdon tocó su hombro, su calor pareció romper el hielo como por arte de magia. Su cuerpo volvió a la vida con un estremecimiento. La niebla se levantó, y la joven se volvió. Robert tenía un aspecto deplorable, estaba mojado y sucio, y era evidente que había padecido un purgatorio por salvarla.
—Gracias... —susurró.
Langdon le dedicó una mirada agotada y le recordó que era ella quien merecía las gracias. Su habilidad para casi dislocarse los hombros les había salvado a los dos. Vittoria se secó los ojos. Podría haberse quedado con él hasta el fin de los tiempos, pero el descanso fue breve.
—Hemos de salir de aquí —dijo Langdon.
La mente de Vittoria estaba en otra parte. Miraba el Vaticano. El país más pequeño del mundo parecía inquietantemente cerca, iluminado por los focos de las televisiones. Ante su sorpresa, comprobó que la plaza de San Pedro estaba atestada de gente. Por lo visto, la Guardia Suiza sólo había conseguido despejar la zona situada justo delante de la basílica, menos de un tercio de la plaza. ¡Están demasiado cerca!, pensó Vittoria. ¡Demasiado!
—Voy a volver —dijo Langdon.
Vittoria giró en redondo, incrédula.
—¿Al Vaticano?
Langdon le habló del Samaritano y de su complot. El líder de los Illuminati, un hombre llamado Jano, se disponía a marcar al camarlengo. Un acto final de dominación.
—Nadie en el Vaticano lo sabe —dijo Langdon—. No tengo forma de ponerme en contacto con ellos, y este tipo va a llegar de un momento a otro. He de advertir a los guardias de que por ningún motivo le dejen entrar.
—¡Pero nunca lograrás abrirte paso entre esa muchedumbre!
—Hay una manera —dijo Langdon, seguro de sí mismo—. Confía en mí.
Vittoria intuyó una vez más que el historiador sabía algo que ella desconocía.
—Voy contigo.
—No. ¿Por qué arriesgar... ?
—¡He de encontrar una manera de desalojar a esa gente! Corren un peligro inc...
En aquel momento, la barandilla del balcón empezó a vibrar. Un ruido ensordecedor se oía en el exterior. A continuación, una luz blanca procedente de San Pedro les cegó. Vittoria sólo pudo pensar en una cosa. ¡Oh, Dios mío! ¡La antimateria explotó antes de lo previsto!
Pero en lugar de una explosión, la multitud prorrumpió en vítores. Vittoria miró, con los ojos entornados. Era una batería de focos de las televisiones, ¡y apuntados hacía ellos! El estruendo aumentó de intensidad. Daba la impresión de que remaba un ambiente festivo en la plaza.
—¿Qué demonios...? —dijo Langdon, estupefacto.
El cielo atronó.
Sin previo aviso, el helicóptero papal salió de detrás de la torre. Estaba a unos quince metros por encima de ellos, y se dirigía al Vaticano. El ruido de los rotores resonó en la habitación donde estaban cuando el aparato sobrevoló el inmenso edificio. Los focos siguieron el recorrido del helicóptero, y luego Vittoria y Langdon se quedaron a oscuras de nuevo.
Ella sospechó que llegaban demasiado tarde cuando el gigantesco aparato aminoró la velocidad para posarse sobre la plaza de San Pedro, en la parte despejada que separaba la multitud de la basílica.
—Menuda entrada triunfal —dijo Vittoria. Recortada contra el mármol blanco, vio que una figura diminuta se acercaba al helicóptero. Nunca habría reconocido a la figura de no ser por la boina roja con que se tocaba—. Recibimiento de primera clase. Ése es Rocher.
Langdon dio un puñetazo sobre la barandilla.
—¡Alguien ha de avisarles!
Dio media vuelta para irse.
Vittoria le agarró del brazo.
—¡Espera!
Acababa de ver a alguien más, pero no daba crédito a sus ojos. Con los dedos temblorosos, señaló el helicóptero. Pese a la distancia, era imposible equivocarse. Otra figura era ayudada a descender del helicóptero, una figura cuyos movimientos sólo podían pertenecer a un hombre. Si bien iba sentado, aceleró sin el menor esfuerzo.
Un rey en un trono móvil plagado de artilugios electrónicos.
Era Maximilian Kohler.


111

Kohler sintió asco al pensar en la opulencia del Vestíbulo del Belvedere. El pan de oro del techo habría bastado para financiar investigaciones sobre el cáncer durante un año. Rocher guió a Kohler hasta una rampa para discapacitados instalada en el Palacio Apostólico.
—¿No hay ascensor? —preguntó Kohler.
—Hemos cortado la energía eléctrica. —Rocher indicó las velas que ardían en el edificio sumido en la penumbra—. Debido a la táctica empleada en nuestro registro.
—Táctica que sin duda ha fracasado.
Rocher asintió.
Kohler sufrió un acceso de tos, consciente de que tal vez podía ser el último. No fue un pensamiento del todo desagradable.
Cuando llegaron al último piso y se dirigieron hacia el despacho papal, cuatro Guardias Suizos corrieron hacia ellos, con aspecto preocupado.
—Capitán, ¿qué está haciendo aquí? —preguntó uno de los guardias—. Pensaba que este hombre era portador de información que...
—Sólo hablará con el camarlengo.
Los guardias retrocedieron, con expresión suspicaz.
—Avisen al camarlengo de que el director del CERN, Maximi-lian Kohler, ha venido a verle —ordenó Rocher—. De inmediato.
—¡Sí, señor!
Uno de los guardias se dirigió corriendo a avisar al camarlengo. Los demás permanecieron inmóviles. Estudiaron a Rocher, inquietos.
—Un momento, capitán. Anunciaremos a su invitado.
Sin embargo, Kohler no se detuvo. Maniobró su silla y dejó atrás a los centinelas.
Los guardias giraron en redondo y corrieron tras él.
—Fermati! ¡Señor! ¡Alto!
Su comportamiento asqueó a Kohler. Ni siquiera la fuerza de seguridad de élite más importante del mundo era inmune a la compasión que todo el mundo sentía por los minusválidos. De haber sido Kohler un hombre sano, los guardias le habrían detenido. Los minusválidos son inofensivos, pensó Kohler. Al menos, eso cree el mundo.
Kohler sabía que tenía muy poco tiempo para cumplir su misión. También sabía que moriría esta noche. Le sorprendió lo poco que le importaba. La muerte era un precio que estaba dispuesto a pagar. Había sufrido demasiado en esta vida para que alguien como el camarlengo Ventresca destruyera su obra.
—Signore! —gritaron los guardias, al tiempo que le adelantaban y formaban una barrera en el pasillo—. ¡Ha de detenerse!
Uno de ellos empuñó una pistola y apuntó a Kohler.
Éste se detuvo.
Rocher intervino con expresión contrita.
—Por favor, señor Kohler. Sólo será un momento. Nadie entra en el despacho papal sin ser anunciado.
Kohler leyó en los ojos de Rocher que no le quedaba otra alternativa que esperar. Bien, pensó Kohler. Esperaremos.
Los guardias, quizá con crueldad, habían detenido a Kohler ante un espejo de cuerpo entero. Contemplar su figura tullida le asqueó. La antigua rabia afloró de nuevo a la superficie. Le dio fuerzas. Ahora se había infiltrado en las filas enemigas. Éstas eran las personas que le habían robado la dignidad. Por culpa de esta gente no había gozado jamás de la caricia de una mujer, nunca se había puesto en pie para recibir un premio... ¿Qué verdad posee esta gente? ¿Un libro de fábulas antiguas? ¿Promesas de milagros venideros? ¡La ciencia crea milagros cada día!
Kohler clavó la vista un momento en el reflejo de sus ojos fríos. Esta noche moriré a manos de la religión, pensó. Pero no será la primera vez.
Por un momento, tuvo once años otra vez, acostado en su cama, en la mansión de sus padres en Frankfurt. Las sábanas eran del mejor lino de Europa, pero estaban empapadas de sudor. El joven Max se sentía al rojo vivo, un dolor inimaginable se cebaba en su cuerpo. Arrodillados junto a su cama, de la que no se habían separado desde hacía dos días, estaban su madre y su padre. Continuaban rezando.
Refugiados en las sombras, aguardaban tres de los mejores médicos de Frankfurt.
—¡Les conmino a reconsiderar su postura! —dijo uno de los médicos—. ¡Fíjense en el niño! La fiebre está aumentando. Sufre terribles dolores. ¡Su vida corre peligro!
Pero Max supo la respuesta de su madre antes de que hablara.
—Gott wird ihn beschützen.
Sí, pensó Max. Dios me protegerá. La convicción que percibió en la voz de su madre le dio fuerzas. Dios me protegerá.
Una hora después, Max experimentó la sensación de que un coche aplastaba todo su cuerpo. Ni siquiera podía respirar o llorar.
—Su hijo padece terribles sufrimientos —dijo otro médico—. Déjenme al menos aliviar sus dolores. Tengo en mi maletín una simple inyección de...
—Ruhe, bitte!
El padre de Max acalló al médico sin abrir los ojos. Siguió rezando.
«¡Por favor, padre! —quiso gritar Max—. ¡Deja que aplaquen el dolor!» Pero sus palabras se perdieron en un espasmo de tos.
Una hora más tarde el dolor había empeorado.
—Su hijo podría quedarse paralítico —advirtió un médico—. ¡Incluso morir! ¡Tenemos medicinas que le ayudarán!
Frau y Herr Kohler no lo permitieron. No creían en la medicina. ¿Quiénes eran ellos para entrometerse en el plan maestro de Dios? Rezaron con más devoción. Al fin y al cabo, Dios les había bendecido con este niño. ¿Por qué iba a llevárselo? Su madre susurró a Max que fuera fuerte. Explicó que Dios le estaba poniendo a prueba, como en la historia bíblica de Abraham, ponía a prueba su fe.
Max intentó tener fe, pero el dolor era insufrible.
—¡No puedo ver esto! —dijo un médico por fin, y salió corriendo de la habitación.
Al amanecer, Max apenas estaba consciente. Todos los músculos de su cuerpo sufrían espasmos de dolor. ¿Dónde está Jesús?, se preguntó. ¿Es que no me ama? Max sintió que la vida escapaba de su cuerpo.
Su madre se había dormido junto a la cama, con las manos todavía enlazadas sobre él. El padre de Max estaba de pie ante la ventana, contemplando la aurora. Daba la impresión de estar en trance. Max oyó el murmullo incesante de sus plegarias.
Fue entonces cuando tomó conciencia de la figura que se cernía sobre él. ¿Un ángel? Apenas podía verla. Tenía los ojos cerrados, de tan hinchados que estaban. La figura susurró en su oído, pero no era la voz de un ángel. Max recordó que era la de un médico, el que llevaba sentado dos días en un rincón, sin abandonarle en ningún momento, suplicando a los padres de Max que permitieran administrarle un nuevo medicamento procedente de Inglaterra.
—Nunca me perdonaría si no hiciera esto —susurró el médico. Después, levantó el frágil brazo de Max—. Ojalá lo hubiera hecho antes.
El niño sintió un pinchazo en el brazo, apenas discernible debido al dolor.
Después el doctor guardó sus cosas en silencio. Antes de marcharse, apoyó una mano sobre la frente de Max.
—Esto te salvará la vida. Tengo una gran fe en el poder de la medicina.
Al cabo de unos minutos, Max experimentó la sensación de que un espíritu mágico transitaba por sus venas. El calor se expandió por todo su cuerpo y calmó el dolor. Al fin, por primera vez desde hacía días, Max se durmió.
Cuando la fiebre se calmó, sus padres proclamaron que era un milagro de Dios. Pero cuando resultó evidente que su hijo había quedado tullido, fueron presa de un gran desaliento. Llevaron a su hijo a la iglesia y pidieron consejo al sacerdote.
—Este chico ha sobrevivido merced a la gracia de Dios —les dijo el sacerdote.

Max escuchó sin decir nada.
—¡Pero nuestro hijo no puede andar!
Frau Kohler se echó a llorar.
El cura asintió con tristeza.
—Sí. Parece que Dios le ha castigado por no tener bastante fe.
—¿Señor Kohler? —Era el Guardia Suizo que se había adelantado—. El camarlengo dice que le concederá audiencia.
Kohler gruñó, y aceleró pasillo adelante.
—Está sorprendido por su visita —dijo el guardia.
—Estoy seguro —replicó Kohler sin parar—. Me gustaría verle a solas.
—Imposible —dijo el guardia—. Nadie...
—Teniente —ladró Rocher—, la visita tendrá lugar tal como desea el señor Kohler.
El guardia le miró con incredulidad.
Ante la puerta del despacho papal, Rocher permitió a sus hombres tomar las medidas de precaución habituales antes de hacer pasar a Kohler.
Los detectores de metal quedaron inutilizados por el sinnúmero de artilugios electrónicos que formaban parte de la silla de Kohler. Los guardias le cachearon, pero era obvio que estaban demasiado cohibidos ante su minusvalía para hacerlo debidamente. Fueron incapaces de encontrar la pistola que llevaba fijada debajo del asiento de la silla. Tampoco le confiscaron el objeto... con el que Kohler cerraría con broche de oro la cadena de acontecimientos de esta noche. Cuando Kohler penetró en el despacho papal, el camarlengo Ven-tresca estaba solo y se encontraba arrodillado en oración junto a un fuego moribundo. No abrió los ojos.
—Señor Kohler —dijo el camarlengo—. ¿Ha venido a convertirme en mártir?

112

El angosto túnel llamado Il Passetto se extendía ante Langdon y Vittoria como un pasadizo sin fin. La antorcha que sujetaba Langdon sólo permitía ver unos metros más adelante. Las paredes se cerraban sobre ellos, y el techo era bajo. El aire olía a humedad. Langdon corría en la oscuridad, seguido por Vittoria.
El túnel se inclinó en una pendiente pronunciada al dejar atrás el castillo Sant'Angelo, y luego ascendió por la parte inferior de un bastión de piedra que parecía un acueducto romano. En ese punto, el túnel se niveló e inició su ruta secreta hacia el Vaticano.
Mientras Langdon corría, sus pensamientos no cesaban de dar vueltas en imágenes caleidoscópicas: Kohler, Jano, el hassassin, Ro-cher... ¿Una sexta marca? Estoy seguro de que ha oído hablar de la sexta marca, había dicho el asesino. La más brillante de todas. Langdon estaba muy seguro de que no. Ni siquiera repasando las teorías conspiratorias encontraba una alusión a una sexta marca. Real o imaginaria. Corrían rumores sobre lingotes de oro y el Diamante sin mácula de los Illuminati, pero nadie había hablado de una sexta marca.
—¡Maximilian Kohler no puede ser Jano! —exclamó Vittoria—. ¡Es imposible!
Imposible era una palabra que Langdon había dejado de utilizar esta noche.
—No lo sé —gritó—. Kohler es un resentido, y además es una persona con muchos medios a su disposición.
—¡Esta crisis ha conseguido presentar al CERN como un cubil de monstruos! ¡Max nunca haría nada que pusiera en peligro la reputación del CERN!
Por una parte, Langdon sabía que el CERN había recibido un severo correctivo esta noche, y todo por culpa de los Illuminati, que habían insistido en convertir la crisis en un espectáculo público. No obstante, se preguntó hasta qué punto había salido perjudicado el CERN. De hecho, cuanto más lo pensaba Langdon, más se preguntaba si esta crisis beneficiaría al CERN. Si la publicidad era el objetivo, la antimateria era el ganador del bote de esta noche. Todo el planeta estaba hablando de ella.
—Ya sabes lo que dijo el promotor P. T. Barnum —gritó Langdon sin volverse—. «No me importa lo que digas de mí, pero deletrea bien mi nombre.» Apuesto a que hay cola con el fin de conseguir permiso para utilizar la tecnología derivada de la antimateria. Y después de que comprueben su verdadero poder a medianoche...
—Es absurdo —dijo Vittoria—. ¡Hacer publicidad de los avances tecnológicos está reñido con la exhibición de poder destructivo! ¡Esto es terrible para la antimateria, créeme!
La antorcha de Langdon se estaba apagando.
—En tal caso, puede que todo sea más sencillo de lo que pensamos. Tal vez Kohler creyó que el Vaticano no revelaría la existencia de la antimateria, se negaría a conferir poder a los Illuminati confirmando la existencia del arma. Kohler esperaba que el Vaticano silenciara la amenaza, pero el camarlengo rompió las normas.
Vittoria guardó silencio.
De pronto, todo empezaba a ser más claro para Langdon.
—¡Sí! Kohler no contaba con la reacción del camarlengo. Ven-tresca rompió la tradición de secretismo del Vaticano y aireó la crisis. Fue totalmente sincero. Exhibió la antimateria en la televisión, por el amor de Dios. Fue una reacción brillante que Kohler no esperaba. La ironía de todo esto es que a los Illuminati les ha salido el tiro por la culata. Han creado un nuevo líder de la Iglesia, en la persona del camarlengo. ¡Y ahora Kohler ha venido a matarle!
—Max es un bastardo —dijo Vittoria—, pero no es un asesino. Nunca habría intervenido en el asesinato de mi padre.
En la mente de Langdon, fue la voz de Kohler la que contestó.
Leonardo era considerado un hombre peligroso por muchos puristas del CERN. Fusionar ciencia y religión es la máxima blasfemia científica.
—Tal vez Kohler descubrió el proyecto de la antimateria hace unas semanas, y no le gustaron las implicaciones religiosas.
—¿Y mató a mi padre por eso? ¡Ridículo! Además, es imposible que Max Kohler se enterara de la existencia del proyecto.
—Durante tu ausencia, quizá tu padre se fue de la lengua y consultó a Kohler, en busca de consejo. Tú misma dijiste que tu padre estaba preocupado por las implicaciones morales de crear una sustancia tan mortífera.
—¿Pedir guía moral a Maximilian Kohler? —resopló Vittoria—. ¡No lo creo!
El túnel se desvió un poco hacia el oeste. Cuanto más corrían, más se iba consumiendo la antorcha. Langdon empezó a temer la negrura en que quedarían sumidos si la luz se apagaba del todo.
—Además —arguyó Vittoria—, ¿para qué se habría molestado Kohler en llamarte esta mañana y pedir tu ayuda si está detrás de la conspiración?
Langdon ya lo había pensado.
—Al llamarme, se protegía. De esta forma, nadie le acusaría de no haber tomado medidas ante la crisis. No debía de creer que llegaríamos tan lejos.
La idea de que Kohler le había manipulado enfurecía a Langdon. El hecho de que hubiera colaborado con él había proporcionado a los Illuminati cierto nivel de credibilidad. Las televisiones habían citado toda la noche sus credenciales y publicaciones, y por ridículo que pareciera, la presencia de un profesor de Harvard en el Vaticano había convertido la situación en algo más que una fantasía paranoica, y convencido a los escépticos de todo el mundo de que la hermandad de los Illuminati no era tan sólo un dato histórico, sino una fuerza a tener en cuenta.
—El reportero de la BBC cree que el CERN es la nueva madriguera de los Illuminati —dijo Langdon.
—¿Cómo? —Vittoria tropezó con él. Se enderezó y siguió corriendo—. ¿Eso ha dicho?—En directo. Comparó el CERN con las logias masónicas, una organización inocente que, sin saberlo, acoge a la hermandad de los Illuminati.
—Dios mío, esto va a destruir el CERN.
Langdon no estaba tan seguro. Fuera como fuera, la teoría se le antojó de repente menos peregrina. El CERN era el paraíso científico. Albergaba a investigadores de más de una docena de países. Al parecer, gozaban de financiación privada sin restricciones. Y Maxi-milian Kohler era el director.
Kohler es Jano.
—Si Kohler no está implicado —dijo Langdon—, ¿qué está haciendo aquí?
—Tratar de detener esta locura, supongo. Dar apoyo. ¡A lo mejor sí que está haciendo el papel de samaritano! Tal vez descubrió quién conocía el proyecto de la antimateria y ha venido para revelar la información.
—El asesino dijo que venía para marcar al camarlengo.
—¡Piensa en lo que acabas de decir! Eso sería una misión suicida. Max no saldría vivo.
Langdon meditó. Tal vez ésa era la cuestión.
El contorno de una puerta de acero se dibujó ante ellos, cortándoles el paso. El corazón de Langdon estuvo a punto de paralizarse. Cuando se acercaron, sin embargo, descubrieron que los cerrojos estaban rotos. La puerta se abrió sin problemas.
Langdon exhaló un suspiro de alivio, cuando comprendió que, tal como había sospechado, el túnel seguía utilizándose. En fecha tan reciente como hoy. Ya no albergaba dudas de que los cuatro aterrorizados cardenales habían pasado por allí horas antes.
Siguieron corriendo. Langdon oyó el ruido del tumulto a su izquierda. Era la plaza de San Pedro. Se estaban acercando.
Encontraron otra puerta, más pesada. Tampoco estaba cerrada con llave. Los sonidos de la plaza de San Pedro quedaron atrás, y Langdon supuso que habían atravesado la muralla exterior del Vaticano. Se preguntó dónde terminaría este pasadizo. ¿En los jardines? ¿En la basílica? ¿En la residencia papal?

Entonces, sin previo aviso, llegaron al final del túnel.
La puerta que les impedía el paso era un grueso muro de hierro forjado. Pese a que la antorcha estaba agonizando, Langdon vio que era perfectamente lisa. Nada de pomos, tiradores, cerraduras o goznes. No se podía pasar.
Sintió una oleada de pánico. En la jerga de los arquitectos, este tipo de puerta se llamaba senza chiave, un tipo de puerta utilizado por motivos de seguridad y que sólo se podía abrir por un lado: el opuesto. Las esperanzas de Langdon se desvanecieron... al mismo tiempo que la luz de la antorcha.
Consultó su reloj. Mickey destellaba.
Las once y veintinueve minutos.
Langdon lanzó un grito de frustración, arrojó la antorcha y empezó a golpear la puerta.

113

Algo no iba bien.
El teniente Chartrand se detuvo ante el despacho papal, y la actitud nerviosa del soldado parado a su lado le indujo a pensar que compartían la misma angustia. La reunión privada que se estaba celebrando, había dicho Rocher, podía salvar al Vaticano de la destrucción. Chartrand se preguntó por qué su instinto protector se había disparado. Además, ¿por qué se comportaba Rocher de una manera tan rara?
Algo extraño estaba ocurriendo.
El capitán Rocher se hallaba a la derecha de Chartrand, con la vista clavada en el frente y expresión distante. El teniente apenas reconocía a su capitán. Rocher no había sido el mismo durante la última hora. Sus decisiones eran absurdas.
¡Alguien debería estar presente en esta reunión!, pensó Chartrand. Había oído que Maximilian Kohler echaba el cerrojo a la puerta después de entrar. ¿Por qué lo había permitido Rocher?
Pero otras cosas perturbaban también a Chartrand. Los cardenales. Seguían bajo llave en la Capilla Sixtina. Era una locura absoluta. ¡El camarlengo había ordenado que los evacuaran quince minutos antes! Rocher había desestimado la decisión sin informar al camarlengo. Chartrand había expresado su preocupación, y el capitán casi le había cortado la cabeza. La cadena de mando nunca se cuestionaba en la Guardia Suiza, y Rocher era ahora la autoridad suprema. Media hora, pensó Rocher, y consultó con discreción su cronómetro suizo a la tenue luz de los candelabros que iluminaban el vestíbulo. Dense prisa, por favor.
Chartrand se moría de ganas por oír lo que estaba pasando al otro lado de las puertas. De todos modos, sabía que nadie más que el camarlengo podía tomar las riendas de esta crisis. El hombre había sido puesto a prueba esta noche, y no se había achicado. Había afrontado los problemas sin vacilar, con sinceridad, con ejemplaridad. Chartrand se sentía orgulloso de ser católico. Los Illuminati habían cometido un error cuando desafiaron al camarlengo Ventresca.
Sin embargo, en aquel momento, un sonido inesperado interrumpió los pensamientos de Chartrand. Unos golpes. Procedían del fondo del pasillo. Los golpes sonaban lejanos y apagados, pero continuados. Rocher alzó la vista. El capitán se volvió hacia Chartrand y señaló en aquella dirección. Chartrand comprendió. Encendió la linterna y se fue a investigar.
Los golpes eran más desesperados ahora. Chartrand corrió treinta metros hasta llegar a un cruce del pasillo. Daba la impresión de que el ruido procedía de la esquina, al otro lado de la Sala Clementina. Se sintió perplejo. Allí sólo había una habitación: la biblioteca privada del Papa. La biblioteca privada de Su Santidad estaba cerrada con llave desde la muerte del Papa. ¡ Nadie podía estar dentro!
Corrió por el segundo pasillo, dobló otra esquina y se precipitó hacia la puerta de la biblioteca. El pórtico de madera era diminuto, pero se cernía en la oscuridad como un hosco centinela. Los golpes sonaban en el interior. Vaciló. Nunca había entrado en la biblioteca privada. Pocos lo habían hecho. Nadie tenía permiso, salvo que entrara acompañado del Papa.
Chartrand giró el pomo. Tal como había imaginado, la puerta estaba cerrada con llave. Aplicó el oído a la hoja de madera. Los golpes resonaron con más fuerza. Entonces oyó otra cosa. ¡Voces! ¡Alguien gritaba!
No pudo distinguir las palabras, pero percibió pánico en los gritos. ¿Había alguien atrapado en la biblioteca? ¿La Guardia Suiza no había evacuado el edificio como era debido? Chartrand titubeó, y se preguntó si debía volver y consultar a Rocher. Al infierno. Había sido entrenado para tomar decisiones, y ahora lo haría. Sacó su pistola y disparó un solo tiro al pestillo de la puerta. La madera estalló, y la puerta se abrió.
Cuando cruzó el umbral, Chartrand sólo vio negrura. Movió su linterna. La habitación era rectangular: alfombras orientales, estanterías de roble llenas de libros, un sofá de cuero, una chimenea de mármol. Chartrand había oído historias sobre este lugar. Tres mil volúmenes antiguos, junto con revistas y periódicos actuales, todo cuanto solicitara Su Santidad. La mesita auxiliar rebosaba de revistas científicas y políticas.
Los golpes se oían con más claridad ahora. Chartrand apuntó la linterna hacia el sonido. En la pared del fondo, al otro lado de la zona de estar, había una enorme puerta de hierro. Parecía tan impenetrable como una cámara acorazada. Tenía cuatro cerraduras gigantescas. Las diminutas letras grabadas en el centro de la puerta dejaron sin respiración a Chartrand.
IL PASSETTO
Chartrand contempló la inscripción. ¡La ruta de escape secreta del Papa! Había oído hablar de Il Passetto, incluso conocía los rumores de que había existido una entrada en esta biblioteca, pero hacía siglos que no se utilizaba el túnel. ¿Quién podía estar dando golpes al otro lado?
Chartrand golpeó la puerta con la linterna. Se oyeron gritos exaltados. Los golpes pararon, y las voces chillaron con más fuerza. Apenas podía distinguir las palabras.
—Kohler... mentira... camarlengo...
—¿Quién es? —preguntó Chartrand.
—... ert Langdon... Vittoria Ve...
Chartrand entendió lo bastante para quedarse confuso. ¡Pensaba que estaban muertos!
—... la puerta —chillaron las voces—. ¡Abran...!
El teniente miró la barrera de hierro y supo que necesitaría dinamita para abrirse paso.
—¡Imposible! —gritó—. ¡Demasiado gruesa!
—... reunión... detener... arlengo... peligro...
Pese a que había sido entrenado para dominar el pánico, Chartrand experimentó una repentina oleada de miedo al oír las últimas palabras. ¿Lo había entendido bien? Dio media vuelta para salir corriendo. No obstante, vaciló. Su mirada se había posado en algo de la puerta, algo aún más sorprendente que el mensaje recibido. De cada cerradura colgaban llaves. Chartrand no podía creerlo. ¿Las llaves estaban ahí? Parpadeó, sin dar crédito a sus ojos. Se suponía que las llaves debían estar en alguna cámara secreta. Hacía siglos que no se utilizaba este pasaje.
Chartrand dejó la linterna en el suelo. Asió la primera llave y giró. El mecanismo estaba oxidado y se resistió a sus esfuerzos, pero todavía funcionaba. Alguien lo había abierto hacía poco. Se dedicó a la siguiente cerradura. Y luego a la otra. Cuando el último pestillo se deslizó a un lado, Chartrand tiró. La hoja de hierro se abrió con un chirrido. Agarró la linterna e iluminó el pasadizo.
Robert Langdon y Vittoria Vetra entraron tambaleantes en la biblioteca, como un par de apariciones. Ambos estaban harapientos y cansados, pero muy vivos.
—¿Qué significa esto? ¿Qué pasa aquí? —preguntó Chartrand—. ¿De dónde salen?
—¿Dónde está Kohler? —preguntó a su vez Langdon.
Chartrand señaló.
—En una reunión privada con el camar...
Langdon y Vittoria se pusieron a correr por el pasillo a oscuras. Chartrand se volvió y, guiado por su instinto, apuntó la pistola a sus espaldas. La bajó enseguida y se lanzó en pos de la pareja. Por lo visto, Rocher los oyó acercarse, porque los estaba apuntando con su arma delante de la puerta del despacho.
—Alt!
—¡El camarlengo está en peligro! —gritó Langdon, al tiempo que alzaba los brazos en señal de rendición—. ¡Abra la puerta! ¡Kohler va a matar al camarlengo!
Rocher parecía furioso.
—¡Abra la puerta! —gritó Vittoria—. ¡Deprisa!
Pero ya era demasiado tarde.
Un chillido estremecedor se oyó en el despacho papal. Era el camarlengo.

114

El enfrentamiento duró pocos segundos.
El camarlengo aún seguía chillando cuando Chartrand pasó junto a Rocher y voló la cerradura del despacho. Los guardias se precipitaron al interior. Langdon y Vittoria los siguieron.
La escena que presenciaron era escalofriante.
La habitación sólo estaba iluminada por velas y el fuego agonizante de la chimenea. Kohler estaba cerca de la chimenea, en precario equilibrio delante de su silla. Esgrimía una pistola, apuntada al camarlengo, que yacía en el suelo a sus pies, retorciéndose de dolor. La sotana del sacerdote estaba rasgada, y su pecho desnudo ennegrecido. Langdon no pudo distinguir el símbolo desde donde estaba, pero había un hierro de marcar grande y cuadrado en el suelo, cerca de Kohler. El metal todavía estaba al rojo vivo.
Dos guardias actuaron sin la menor vacilación. Abrieron fuego. Las balas se estrellaron en el pecho de Kohler, y le empujaron hacia atrás. El director del CERN se derrumbó en su silla de ruedas. Manaba sangre de su pecho. Su pistola cayó al suelo.
Langdon estaba paralizado en la puerta.
—Max... —susurró Vittoria.
El camarlengo, que todavía se retorcía en el suelo, rodó hacia Rocher, y con el ademán aterrorizado de las primitivas cazas de brujas, señaló al capitán con el dedo índice y gritó una sola palabra.
—¡ILLUMINATUS!
—Bastardo —dijo Rocher al tiempo que corría hacia él—. Inmundo bast...
Esta vez fue Chartrand quien reaccionó por puro instinto, y alojó tres balas en la espalda de Rocher. El capitán se desplomó de bruces en el suelo de baldosas y resbaló sin vida sobre su propia sangre. Chartrand y los guardias se precipitaron al instante hacia el camarlengo, que continuaba retorciéndose de dolor.
Ambos guardias lanzaron exclamaciones de horror cuando vieron el símbolo grabado a fuego en el pecho del camarlengo. El segundo guardia vio la marca al revés y retrocedió al instante con mie-do en los ojos. Chartrand, que parecía igualmente impresionado por el símbolo, cubrió la marca con la sotana rota del camarlengo.
Langdon cruzó la habitación como presa de un delirio. Intentó comprender lo que estaba viendo. Un científico tullido, en un acto final de dominación simbólica, había volado al Vaticano y marcado a fuego a la autoridad que debía velar por el proceso de elección del nuevo Papa. Vale la pena morir por algunas cosas, había dicho el has-sassín. Langdon se preguntó cómo era posible que un hombre discapacitado se hubiera impuesto al camarlengo. Claro que Kohler tenía una pistola. ¡Da igual cómo lo hizo! ¡Kohler cumplió su misión!
Langdon avanzó hacia la horripilante escena. Estaban atendiendo al camarlengo, y él se sintió atraído hacia el hierro de marcar humeante caído cerca de la silla de ruedas de Kohler. ¿La sexta marca? Cuanto más se acercaba, más confuso se sentía. Daba la impresión de que la marca era un cuadrado perfecto, y era evidente que procedía del compartimiento central del cofre que había visto en la guarida de los Illuminati. Una sexta y última marca, había dicho el hassassín. La más brillante de todas.
Langdon se arrodilló al lado de Kohler y extendió la mano hacia el objeto. El metal todavía desprendía calor. Asió el mango de madera y lo alzó. No estaba seguro de lo que esperaba ver, pero no era esto, desde luego.



Langdon miró durante un momento, confuso. Nada tenía sentido. ¿Por qué los guardias habían gritado horrorizados cuando vieron la marca? Era un cuadrado compuesto por garabatos sin sentido. ¿La más brillante de todas? Era simétrica, comprobó cuando la giró, pero también un galimatías.
Sintió una mano sobre su hombro y levantó la vista, esperando ver a Vittoria. Sin embargo, la mano estaba cubierta de sangre. Pertenecía a Maximilian Kohler.
Langdon dejó caer el hierro y se puso en pie, tambaleante. ¡Kohler seguía con vida!
Derrumbado en su silla de ruedas, el director agonizante todavía respiraba, aunque con dificultad. Los ojos de Kohler se encontraron con los de Langdon, y fue la misma mirada inflexible que le había recibido en el CERN por la mañana. Los ojos parecían más inflexibles todavía a las puertas de la muerte. El odio y la enemistad eran patentes en la mirada.
El cuerpo del científico se estremeció, y Langdon intuyó que intentaba moverse. Todos los demás estaban concentrados en el camarlengo. Langdon quiso gritar, pero era incapaz de reaccionar. Estaba hechizado por la intensidad que proyectaba Kohler en los últimos segundos que le quedaban de vida. El director, con un esfuerzo tembloroso, levantó el brazo y extrajo un pequeño aparato del brazo de la silla. Era del tamaño de una caja de cerillas. Lo extendió. Por un instante, Langdon temió que fuera un arma. Pero era otra cosa.
—Déselo... —Las últimas palabras de Kohler fueron un susurro borboteante—. Dé... esto... a las tele... visiones.
Kohler se derrumbó inmóvil, y el objeto cayó sobre su regazo.
Langdon, estremecido, contempló el objeto. Era electrónico. Las palabras SONY RUVI estaban impresas delante. Se dio cuenta de que era una videocámara de última generación, que cabía en la palma de la mano. ¡Qué valor el de este tío!, pensó. Por lo visto, Kohler había grabado una especie de mensaje final suicida y quería que las televisiones lo transmitieran... Sin duda algún sermón sobre la importancia de la ciencia y los males de la religión. Langdon decidió que ya había hecho bastante por la causa de este hombre. Antes de que Chartrand viera la videocámara, la guardó en el bolsillo más profundo de la chaqueta. ¡El último mensaje de Kohler puede irse al infierno!
Fue la voz del camarlengo la que rompió el silencio. Estaba intentando incorporarse.
—Los cardenales —dijo con voz estrangulada a Chartrand.
—¡Aún siguen en la Capilla Sixtina! —exclamó el teniente—. El capitán Rocher ordenó...
—Evacúen a todo el mundo... Ya.
Chartrand envió un guardia a comunicar la orden.
El camarlengo hizo una mueca de dolor.
—Helicóptero... En la puerta... Llévenme a un hospital.

115

En la plaza de San Pedro, el piloto de la Guardia Suiza estaba sentado en la cabina del helicóptero aparcado y se masajeaba las sienes. El fragor del caos que le rodeaba era tan tremendo que ahogaba el sonido de los rotores. Esto no era la solemne vigilia iluminada por velas. Le asombraba que aún no se hubieran producido disturbios.
Ahora que faltaban menos de veinte minutos para la medianoche, la multitud seguía apretujándose. Algunos rezaban, otros lloraban, muchos chillaban obscenidades y proclamaban que esto era lo que se merecía la Iglesia, y no faltaban los que recitaban versículos del Apocalipsis.
Al piloto le dolió la cabeza cuando los focos de las televisiones se reflejaron en el parabrisas del helicóptero. Escudriñó la muchedumbre vociferante. Ondeaban banderas sobre el gentío.
¡LA ANTIMATERIA ES EL ANTICRISTO!
CIENTÍFICO = SATANISTA
¿DÓNDE ESTÁ VUESTRO DIOS AHORA?
El piloto gruñó. Su dolor de cabeza estaba aumentando por momentos. Casi consideró la posibilidad de colocar sobre el parabrisas la cubierta protectora de vinilo, con tal de no tener que mirar, pero sabía que despegaría en cuestión de minutos. El teniente Chartrand le había informado por radio de noticias terribles. El camarlengo había sido atacado por Maximilian Kohler, y se hallaba gravemente he-rido. Chartrand, el norteamericano y la mujer estaban sacando al camarlengo para conducirlo a un hospital.
El piloto se sentía responsable del ataque. Se reprendió por no haber obedecido a su intuición. Antes, cuando había recogido a Koh-ler en el aeropuerto, había presentido algo en los ojos muertos del científico. No pudo identificarlo, pero no le gustó. Tampoco importaba. Rocher dirigía el espectáculo, y Rocher había insistido en que aquél era el tipo. Por lo visto, Rocher se había equivocado.
Un nuevo clamor se elevó de la multitud, y el piloto vio una fila de cardenales que abandonaban con solemnidad el Vaticano. El alivio de los cardenales por abandonar la zona cero dejó paso de inmediato a miradas de perplejidad por la escena que los esperaba en la plaza.
El estruendo de la muchedumbre se intensificó de nuevo. El piloto necesitaba una aspirina. Tal vez tres. No le gustaba volar bajo el efecto de medicamentos, pero unas cuantas aspirinas serían mucho menos debilitantes que el feroz dolor de cabeza. Decidió buscar el botiquín de primeros auxilios, guardado con diversos planos y manuales en una caja sujeta entre los dos asientos delanteros. Cuando intentó abrir la caja, no obstante, la encontró cerrada con llave. Buscó la llave, pero al final desistió. Estaba claro que no era su noche de suerte. Volvió a masajearse las sienes.
En el interior de la basílica en tinieblas, Langdon, Vittoria y los dos guardias corrían hacia la salida principal. Incapaces de encontrar algo más adecuado, los cuatro transportaban al camarlengo herido sobre una mesa estrecha, a modo de camilla. Oyeron el lejano fragor del caos humano que aguardaba en el exterior. El camarlengo estaba al borde de la inconsciencia.
El tiempo se estaba agotando.

116

Eran las once y treinta y nueve minutos cuando Langdon salió con los demás de la basílica de San Pedro. El resplandor que hirió sus ojos era cegador. Los focos de las televisiones se reflejaban en el mármol blanco como los rayos del sol en una tundra nevada. Langdon entornó los ojos, mientras intentaba refugiarse detrás de las enormes columnas de la fachada, pero la luz llegaba desde todas direcciones. Delante de él, una muralla de enormes pantallas de vídeo se alzaba sobre la muchedumbre.
Parado en lo alto de la magnífica escalinata que descendía hasta la plaza, se sintió como un jugador reticente en el mayor estadio del mundo. Al otro lado de los focos, oyó el rítmico sonido de un helicóptero y el rugido de cien mil voces. A su izquierda, una hilera de cardenales estaba saliendo a la plaza. Todos se pararon, al parecer disgustados, cuando vieron la escena que tenía lugar en la escalinata.
—Procedan con cuidado —urgió Chartrand, mientras el grupo bajaba por la escalera en dirección al helicóptero.
Langdon experimentó la sensación de que se estaban moviendo bajo el agua. Le dolían los brazos debido al peso del camarlengo y la mesa. Se preguntó si la escena podía alcanzar mayores abismos de indignidad. Entonces, vio la respuesta. Por lo visto, los dos reporteros de la BBC habían cruzado la plaza en dirección a la zona de prensa. Pero ahora, debido al clamor de la multitud, se volvieron. Glick y Macri estaban corriendo hacia ellos. Macri estaba rodando con su cámara. Aquí vienen los buitres, pensó Langdon.

—Alt! —chilló Chartrand—. ¡Retrocedan!
Pero los reporteros no le hicieron caso. Langdon supuso que las demás cadenas tardarían unos seis segundos en reproducir estas imágenes en vivo de la BBC. Estaba equivocado. Tardaron dos. Como conectados por una especie de conciencia universal, todas las pantallas de las televisiones interrumpieron sus emisiones, y sus corresponsales en el Vaticano empezaron a transmitir la misma imagen, una toma de la escalinata... Dondequiera que mirara Langdon, veía el cuerpo derrumbado del camarlengo en technicolor y primer plano.
¡Esto está mal!, pensó. Tuvo ganas de bajar corriendo por la escalera y cortarles el paso, pero no pudo. Tampoco habría servido de ayuda. Tal vez debido al rugido de la multitud, o al aire fresco de la noche, en aquel momento ocurrió lo inconcebible.
Como un hombre que despertara de una pesadilla, los ojos del camarlengo se abrieron de repente, y el hombre se incorporó. Sorprendidos, Langdon y los demás intentaron mantener el equilibrio. La parte delantera de la mesa se inclinó. El camarlengo empezó a resbalar. Intentaron depositar la mesa en el suelo, pero era demasiado tarde. El camarlengo siguió resbalando, pero por increíble que pareciera, no cayó. Sus pies se apoyaron sobre el mármol, y se quedó de pie. Miró a su alrededor, como desorientado, y entonces, antes de que nadie pudiera impedirlo, se precipitó hacia adelante, tambaleándose, en dirección a Macri.
—¡No! —chilló Langdon.
Chartrand intentó detener al camarlengo, pero éste se revolvió contra él, con ojos enloquecidos.
—¡Déjenme!
Chartrand saltó hacia atrás.
La escena fue de mal en peor. La sotana desgarrada del camarlengo empezó a resbalar hacia abajo. Por un momento, Langdon pensó que la prenda continuaría pegada al cuerpo, pero ese momento pasó. La sotana resbaló sobre sus hombros y quedó colgando alrededor de su cintura.
La exclamación que se elevó de la multitud pareció dar la vuelta al mundo y regresar en un solo instante. Las cámaras filmaron, los flashes destellaron. En las pantallas de las televisiones, la imagen del pecho marcado del camarlengo apareció proyectada con todo detalle. Algunas pantallas congelaron la imagen y le imprimieron un giro de ciento ochenta grados.
La victoria definitiva de los llluminati.
Langdon contempló la marca en las pantallas. Si bien ya la había visto antes, ahora el símbolo adquirió sentido para él. Un sentido perfecto. El maligno poder de la marca arrolló a Langdon como un tren.
Orientación. Langdon había olvidado la primera regla de la sim-bología. ¿Cuándo un cuadrado no es un cuadrado? También había olvidado que los hierros de marcar, al igual que los sellos de goma, nunca tenían el mismo aspecto que sus improntas. Estaban al revés. ¡Langdon había estado mirando el negativo de la marca!
A medida que aumentaba el caos, una antigua cita de los llluminati resonó en su mente, con un significado nuevo: «Un diamante sin mácula, nacido de los antiguos elementos con tal perfección que todos cuantos lo veían sólo podían mirar embelesados».
Langdon sabía ahora que el mito era cierto.
Tierra, Aire, Fuego, Agua.
El Diamante de los llluminati.




117

Robert Langdon albergaba pocas dudas acerca de que el caos y la histeria que se habían apoderado de la plaza de San Pedro en aquel instante excedían cualquier cosa que la colina del Vaticano hubiera presenciado en toda su historia. Ni batallas, ni crucifixiones, ni peregrinajes, ni visiones místicas... Nada podía compararse con la magnitud y dramatismo de este momento.
Mientras la tragedia se desarrollaba, Langdon se sentía extrañamente distante, como si flotara sobre la escalera al lado de Vittoria. Experimentó la sensación de que la acción se expandía, como en un repliegue temporal, y de que la locura se enlentecía...
El camarlengo marcado, ansioso de que el mundo lo viera...
El Diamante de los llluminati, desvelado en todo su diabólico genio...
ha cuenta atrás que documentaba los últimos veinte minutos de la historia del Vaticano...
Sin embargo, el drama no había hecho más que empezar.
El camarlengo, como en trance, parecía poseído por demonios. Empezó a balbucear, susurrando a espíritus invisibles, miró al cielo y levantó los brazos hacia Dios.
—¡Habla! —gritó el camarlengo al firmamento. ¡Sí, te escucho!
En aquel momento, Langdon comprendió. Su corazón dio un vuelco.
Al parecer, Vittoria también lo había comprendido.

—Se encuentra en estado de shock —dijo—. Está alucinando. ¡Cree que está hablando con Dios!
Alguien ha de detener esto, pensó Langdon. Era un final lamentable y vergonzoso. ¡Lleven a este hombre al hospital!
En la escalera, unos peldaños más abajo, Chinita Macri estaba filmando, como si hubiera localizado el lugar ideal para ello. Las imágenes que rodaba aparecían al instante en las pantallas gigantescas de la plaza, como en un cine al aire libre, donde todas las pantallas reprodujeran la misma espantosa tragedia.
La escena poseía un aliento épico. El camarlengo, con la sotana desgarrada, la marca impresa a fuego en su pecho, parecía una especie de campeón apaleado que hubiera dejado atrás los círculos del infierno para acceder a este momento de revelación. Clamó a los cielos.
—Ti sento, Dio!
Chartrand retrocedió, estupefacto.
Se hizo un silencio absoluto e instantáneo en la plaza. Por un momento, fue como si todo el planeta hubiera enmudecido... Todos sentados ante los televisores, conteniendo el aliento.
El camarlengo se irguió ante el mundo y extendió los brazos. Casi recordaba a Cristo, desnudo y herido ante la humanidad. Alzó los brazos al cielo y exclamó:
—Grazie! Grazie, Dio!
El silencio de la muchedumbre no se interrumpió.
—Grazie, Dio! —volvió a gritar el camarlengo. Al igual que el sol abriéndose paso en un cielo de tormenta, una expresión de gozo apareció en su rostro—. Grazie, Dio!
¿Gracias, Dios?, se preguntó Langdon, asombrado.
El camarlengo estaba radiante, una vez finalizada su extraña transformación. Miró al cielo, sin dejar de cabecear furiosamente. Clamó a los cielos.
—¡Sobre esta roca construiré mi Iglesia!
Langdon conocía las palabras, pero no tenía ni idea de por qué el camarlengo las gritaba en este momento.
Ventresca se volvió hacia la muchedumbre en la plaza y vociferó de nuevo.

—¡Sobre esta roca construiré mi Iglesia! —Después elevó las manos al cielo y soltó una carcajada—. Grazie, Dio! Graxie!
El hombre se había vuelto loco.
El mundo miraba, fascinado.
Pero nadie se esperaba la culminación.
Con un arrebato final de júbilo, el camarlengo dio media vuelta y entró corriendo en la basílica de San Pedro.

118

Las once y cuarenta y dos minutos.
Langdon jamás hubiera imaginado formar parte de la frenética comitiva, y mucho menos guiarla, que se precipitó hacia la basílica para detener al camarlengo. Pero era el más cercano a la puerta y había actuado instintivamente.
Morirá aquí, pensó Langdon, mientras se internaba en la negrura.
—¡Alto, carmarlengo!
La muralla de negrura con que se topó Langdon era total. Tenía las pupilas contraídas por el resplandor del exterior, y ahora apenas veía a unos pocos metros de su cara. Se detuvo. Oyó crujir la sotana del camarlengo.
Vittoria y los guardias llegaron de inmediato. Las luces de las linternas no eran suficientes para penetrar en las profundidades de la basílica. Sólo revelaban columnas y suelos desnudos. El camarlengo había desaparecido.
—¡Camarlengo! —chilló Chartrand con miedo en la voz—. ¡Espere, signore!
Un tumulto en la puerta de entrada provocó que todo el mundo se volviera. El cuerpo robusto de Chinita Macri se recortó en el umbral. Llevaba la cámara al hombro, y la luz roja revelaba que seguía transmitiendo. Glick corría detrás de ella, micrófono en mano, y pedía a gritos que no corriera tanto.
Langdon no dio crédito a sus ojos. ¡Vaya par! ¡Éste no es el momento!

—¡Fuera! —gritó Chartrand—. ¡Aquí no pueden entrar!
Pero Macri y Glick no le hicieron caso.
—¡Chinita! —La voz de Glick traslucía miedo—. ¡Esto es un suicidio! ¡Yo no voy!
Macri, impertérrita, manipuló un mando. El foco de la cámara cobró vida y cegó a todo el mundo.
Langdon se protegió la cara y dio media vuelta. ¡Maldita sea! Cuando levantó la vista, la iglesia estaba iluminada en treinta metros a la redonda.
En aquel momento, la voz del camarlengo resonó a lo lejos.
—¡Sobre esta roca construiré mi Iglesia!
Macri giró la cámara hacia el lugar de donde procedía la voz. En la distancia, al final del alcance del foco, ondulaba una tela negra, la cual reveló que una forma familiar corría por el pasillo principal de la basílica.
Todo el mundo vaciló un momento al ver la extraña imagen. Después el dique se desbordó. Chartrand corrió en pos del camarlengo. Langdon le siguió. Y tras ellos fueron los guardias y Vittoria.
Macri, desde la retaguardia, iluminaba el camino y transmitía la persecución al mundo entero. Un Glick reticente maldecía en voz alta, mientras tartamudeaba un comentario aterrorizado.
El teniente Chartrand había calculado en una ocasión que el pasillo principal de la basílica de San Pedro era más largo que un campo de fútbol. Esta noche, sin embargo, se le antojó el doble. Mientras corría tras el camarlengo, se preguntó adónde se dirigía el hombre. El camarlengo se hallaba en estado de shock, y deliraba sin duda, debido al trauma físico y a su participación involuntaria en la terrible masacre acontecida en el despacho del Papa.
Más adelante, donde no llegaba la luz del foco de la cámara, el camarlengo gritaba jubiloso.
—¡Sobre esta roca construiré mi Iglesia!
Chartrand sabía que el hombre estaba vociferando un fragmento de las Escrituras. Mateo, 16.18, si no recordaba mal. Sobre esta roca construiré mi Iglesia. Era una frase casi cruelmente inapropiada: la Iglesia estaba a punto de ser destruida. No cabía duda de que el camarlengo había enloquecido.
¿O no?
Por un brevísimo instante, el alma de Chartrand palpitó. Siempre había pensado que las visiones sagradas y los mensajes divinos eran fantasías, el producto de mentes fanáticas que oían lo que querían oír. ¡Dios no actuaba directamente!
Un momento después, no obstante, como si el Espíritu Santo hubiera descendido para convencer a Chartrand de Su poder, tuvo una visión.
A cincuenta metros de donde estaba, en el centro de la iglesia, apareció un fantasma, una silueta diáfana, resplandeciente. La pálida forma era el camarlengo semidesnudo. El espectro parecía transparente, como si irradiara luz. Chartrand se detuvo y notó un nudo en el estómago. ¡El camarlengo está brillando! Daba la impresión de que su cuerpo refulgía más ahora. Después, empezó a encogerse, cada vez más, hasta que desapareció como por arte de magia en la negrura del suelo.
Langdon también había visto el fantasma. Por un momento, creyó que había sido testigo de una visión mágica, pero cuando pasó ante el estupefacto Chartrand y corrió hacia el punto donde había desaparecido el camarlengo, comprendió lo que acababa de ocurrir. Ventres-ca había llegado al Nicho de los Palios, la cámara subterránea iluminada por noventa y nueve lámparas de aceite. Las lámparas del nicho alumbraban desde abajo, y le iluminaban como un fantasma. Después, cuando el camarlengo bajó por la escalera, dio la impresión de que desaparecía bajo el suelo.
Langdon llegó sin aliento al borde de la cámara subterránea. Al final de la escalera, iluminado por el resplandor dorado de las lámparas de aceite, el camarlengo corría hacia las puertas de cristal que daban acceso a la cripta que contenía el famoso cofre dorado.
¿Qué está haciendo?, se preguntó Langdon. No pensará que el cofre dorado...
El camarlengo abrió las puertas y entró. Hizo caso omiso del cofre dorado, y unos dos metros más allá cayó de rodillas y pugnó por levantar una rejilla de hierro empotrada en el suelo.
Langdon miraba horrorizado, y comprendió ahora adónde se dirigía el camarlengo. ¡Santo Dios, no! Bajó corriendo por las escaleras.
—¡No, padre!
Cuando Langdon abrió las puertas de cristal y corrió hacia el camarlengo, vio que el hombre tiraba de la rejilla, la cual se desprendió con un ruido ensordecedor, revelando un pozo estrecho y una escalera empinada que desaparecía en la nada. Cuando el camarlengo avanzó hacia el hueco, Langdon aferró sus hombros desnudos y tiró de él. La piel del hombre estaba resbaladiza de sudor, pero Langdon no lo soltó.
El camarlengo giró en redondo, sobresaltado.
—¿Qué está haciendo?
Langdon se sorprendió cuando sus ojos se encontraron. La mirada del camarlengo ya no era la de un hombre en trance. Sus ojos eran penetrantes, y brillaban con una lúcida determinación. La marca de su pecho tenía un aspecto atroz.
—Padre —dijo Langdon con la mayor calma posible—, no puede bajar ahí. Hemos de evacuar el Vaticano.
—Hijo mío —contestó el camarlengo con voz siniestramente cuerda—, acabo de recibir un mensaje. Sé...
—¡Camarlengo!
Eran Chartrand y los demás. Bajaron corriendo por la escalera, iluminados por el foco de Macri.
Cuando Chartrand vio el boquete bostezante del suelo, sus ojos se llenaron de temor. Se persignó y dirigió una mirada de agradecimiento a Langdon por haber detenido al camarlengo. Langdon comprendió. Había leído lo suficiente sobre arquitectura del Vaticano para saber lo que había debajo de aquella rejilla. Era el lugar más sagrado de toda la cristiandad. Terra Santa. Algunos lo llamaban la Necrópolis. Otros las Catacumbas. Según los relatos de los pocos sacerdotes que habían bajado, la Necrópolis era un oscuro laberinto de criptas subterráneas, capaces de tragarse a un visitante si se extraviaba. No era el lugar más adecuado para perseguir al camarlengo.
—Signore —suplicó Chartrand—, se encuentra en estado de shock. Hemos de abandonar este lugar. No puede bajar ahí. Sería un suicidio.
De pronto, el camarlengo adoptó una expresión estoica. Apoyó una mano serena sobre el hombro de Chartrand.
—Gracias por su preocupación y lealtad. No sabe cuánto se lo agradezco. Pero he tenido una revelación. Sé dónde está la antimateria.
Todo el mundo le miró.
El camarlengo se volvió hacia el grupo.
—Sobre esta roca construiré mi Iglesia. Ése era el mensaje. El significado es claro.
Langdon aún no conseguía comprender por qué el camarlengo estaba tan convencido de que Dios le había hablado, y mucho menos de que había descifrado el mensaje. ¿Sobre esta roca construiré mi Iglesia? Eran las palabras pronunciadas por Jesús cuando eligió a Pedro como primer apóstol. ¿Qué relación tenían con la situación?
Macri se acercó para tomar un primer plano. Glick estaba mudo, como paralizado.
El camarlengo habló más deprisa.
—Los Illuminati han colocado su arma de destrucción en la mismísima piedra angular de esta Iglesia. En sus cimientos. —Señaló la escalera—. En la mismísima roca sobre la que fue construida esta Iglesia. Y yo sé dónde está esa roca.
Langdon estaba seguro de que había llegado el momento de reducir al camarlengo y llevárselo a rastras. Por más lucidez que aparentara, el sacerdote estaba profiriendo necedades. ¿Una roca? ¿ha piedra angular en los cimientos? La escalera que tenían ante ellos no conducía a los cimientos, sino a la necrópolis.
—¡La cita es una metáfora, padre! ¡No existe esa roca!
Una extraña tristeza invadió al camarlengo.
—Sí que existe la roca, hijo mío. —Señaló el agujero—. Pietro è la pietra.
Langdon se quedó de una pieza. Al instante, lo comprendió todo.
La austera sencillez de la situación le produjo escalofríos. Mientras miraba la larga escalera, cayó en la cuenta de que sí había una roca sepultada en la oscuridad.

Pietro è la pietra.
La fe de Pedro en Dios era tan férrea que Jesús llamaba a Pedro «la Roca», el discípulo inconmovible sobre cuyos hombros Jesús construiría su Iglesia. En este mismo lugar, comprendió Langdon (la colina del Vaticano), Pedro había sido crucificado y sepultado. Los primitivos cristianos edificaron un pequeño altar sobre su tumba. Cuando la cristiandad se expandió, el altar aumentó de tamaño, capa tras capa, hasta culminar en esta colosal basílica. Toda la fe católica había sido construida, literalmente, sobre la tumba de san Pedro. La roca.
—La antimateria está en la tumba de san Pedro —dijo el camarlengo con voz cristalina.
Pese al aparente origen sobrenatural de la información, Langdon intuyó una lógica impecable en la situación. Colocar la antimateria sobre la tumba de San Pedro parecía dolorosamente obvio. Los Illuminati, en un acto de desafío simbólico, habían plantado la antimateria en el corazón de la cristiandad, en un sentido literal y simbólico al mismo tiempo. La infiltración suprema.
—Y si hacen falta pruebas profanas —dijo el camarlengo en tono impaciente—, acabo de encontrar la rejilla abierta. —Señaló el boquete del suelo—. Nunca ha estado abierta. Alguien ha estado ahí abajo... hace poco.
Todo el mundo miró la abertura.
Un instante después, con engañosa agilidad, el camarlengo agarró una lámpara de aceite y se encaminó hacia el hueco.

119


Los escalones de piedra descendían a las entrañas de la tierra.
Voy a morir aquí, pensó Vittoria, al tiempo que aferraba el pasamanos y seguía a los demás por el estrecho pasadizo. Aunque Lang-don había pretendido detener al camarlengo, Chartrand había sujetado a Langdon para impedírselo. Por lo visto, el joven guardia estaba convencido de que el sacerdote sabía lo que hacía.
Tras una breve refriega, Langdon se soltó y persiguió al camarlengo, con Chartrand pisándole los talones. Vittoria había corrido tras ellos.
La pendiente era tan empinada que cualquier paso en falso podía significar una caída mortal. Muy abajo distinguió el resplandor dorado de la lámpara de aceite del camarlengo. Detrás de ella, Vittoria oyó los apresurados movimientos de los reporteros de la BBC. El foco de la cámara proyectaba sombras monstruosas en el pasadizo, además de iluminar a Langdon y Chartrand. Vittoria apenas podía creer que el mundo estuviera siendo testigo de esta locura. ¡Deja de filmar! De todos modos, sabía que gracias al foco veían los escalones que pisaban.
Mientras la persecución continuaba, los pensamientos de Vittoria se agitaban como una tempestad. ¿Qué estaba haciendo el camarlengo ahí abajo, aunque pudiera encontrar la antimateria? ¡No quedaba tiempo!
Vittoria se sorprendió al caer en la cuenta de que su intuición le estaba diciendo que el camarlengo tal vez estaba en lo cierto. Ocultar la antimateria tres pisos bajo tierra casi parecía una elección noble y piadosa. A una buena profundidad, como en el almacén de materias peligrosas del CERN, la explosión de la antimateria quedaría restringida en parte. No habría onda de calor, ni metralla voladora que hiriera a la gente congregada en la plaza de San Pedro, tan sólo un cráter bíblico en la tierra y una enorme basílica que se hundiría en él.
¿Había sido éste el único acto decente de Kohler? ¿Salvar vidas? Vittoria aún no podía creer que el director hubiera estado implicado. Podía aceptar su odio a la religión, pero esta espantosa conspiración parecía superarle. ¿Era tan profundo el odio de Kohler? ¿Lo bastante para destruir el Vaticano, contratar a un asesino, asesinar a su padre, al Papa y a cuatro cardenales? Se le antojaba impensable. ¿Cómo había podido urdir Kohler esta traición dentro de los propios muros del Vaticano? Rocher era el infiltrado de Kohler, pensó Vittoria. Ro-cher era un Illuminatus. No cabía duda de que el capitán Rocher tenía llaves de todo: los aposentos del Papa, Il Passetto, la Necrópolis, la tumba de San Pedro... Podría haber ocultado la antimateria en la tumba del santo, un lugar de acceso muy restringido, y luego ordenado a sus guardias que no perdieran tiempo registrando las zonas prohibidas del Vaticano. Rocher sabía que nadie encontraría jamás el contenedor.
Pero el capitán no podía imaginarse que el camarlengo recibiría un mensaje del cielo.
El mensaje. Éste era el acto de fe que Vittoria aún luchaba por aceptar. ¿Se había comunicado Dios con el camarlengo? Su instinto le decía que no, pero ella misma, por su profesión, había estudiado in-terrelaciones muy peculiares: huevos de la misma puesta de tortugas marinas, llevados a laboratorios separados por miles de kilómetros, que se abrían en el mismo instante, extensiones tan grandes como hectáreas de medusas que palpitaban con un ritmo perfecto, como si formaran una sola mente... Existen líneas de comunicación invisibles en todas partes, pensó.
Pero ¿entre Dios y el hombre?
Ojalá su padre le hubiera transmitido su fe. En una ocasión, le había explicado la comunicación divina en términos científicos, y la había convencido. Aún recordaba el día en que le había visto rezando y le preguntó:
—Padre, ¿por qué te molestas en rezar? Dios no puede contestarte.
Leonardo Vetra había alzado la vista con una sonrisa paternal.
—Mi hija la escéptica. ¿Así que no crees que Dios habla al hombre? Déjame traducirlo a tu lenguaje. —Bajó un modelo de un cerebro humano de un estante y lo dejó delante de ella—. Como imagino que sabrás, Vittoria, los seres humanos utilizan un porcentaje muy pequeño de su capacidad cerebral. Sin embargo, si los colocas en situaciones cargadas de emotividad, como traumas físicos, extrema alegría o miedo, profunda meditación, de repente sus neuronas empiezan a dispararse como locas, lo cual da como resultado una clarividencia mental mucho mayor.
—¿Y qué? —repuso Vittoria—. El que tú pienses con lucidez no significa que hables con Dios.
—¡Ajá! —exclamó Vetra—. Y no obstante, soluciones notables a problemas en apariencia insolubles suelen aparecer en estos momentos de clarividencia. Es lo que los gurús llaman conciencia superior; los biólogos, estados alterados, y los psicólogos hipersensibilidad. —Hizo una pausa—. Y los cristianos lo llaman respuesta a una oración. —Sonrió—. A veces, la revelación divina sólo significa adaptar tu cerebro para escuchar lo que tu corazón ya sabe.
Mientras corría en la oscuridad, Vittoria pensó que tal vez su padre tenía razón. ¿Costaba tanto creer que el traumatismo del camarlengo había inducido en su mente un estado en el que había «descubierto» el emplazamiento de la antimateria?
Cada uno de nosotros es Dios, había dicho Buda. Cada uno de nosotros lo sabe todo. Sólo necesitamos abrir nuestras mentes para escuchar nuestra propia sabiduría.
Fue en ese momento de clarividencia, mientras Vittoria continuaba descendiendo, cuando sintió que su mente se abría, que su sabiduría ascendía a la superficie... Supo sin el menor asomo de duda cuáles eran las intenciones del camarlengo. Sintió más miedo que nunca.
—¡No, camarlengo! —gritó—. ¡Usted no lo entiende! —Vittoria imaginó la multitud congregada en la plaza de San Pedro y la sangre se le heló en las venas—. Si desplaza la antimateria a la superficie... ¡todo el mundo morirá!
Langdon avanzaba a grandes zancadas. El pasadizo era angosto, pero ya no sentía claustrofobia. Aquel miedo debilitador de otros tiempos había dado paso a un temor mucho más profundo.
—¡Camarlengo! —Langdon se dio cuenta de que estaba acercándose al resplandor de la lámpara—. ¡Deje la antimateria donde está! ¡No podemos hacer otra cosa!
Nada más pronunciar las palabras, no dio crédito a sus oídos. No sólo había aceptado la divina revelación del emplazamiento de la antimateria, sino que estaba abogando por la destrucción de la basílica de San Pedro, una de las grandes obras arquitectónicas de la tierra, así como de las obras de arte que contenía.
Pero la gente que hay afuera... Es la única solución.
Parecía una cruel ironía que la única manera de salvar a la gente consistiera en destruir San Pedro. Langdon imaginó que el simbolismo divertiría a los Illuminati.
El aire procedente del fondo del túnel era frío y húmedo. En algún lugar de aquellas profundidades se hallaba la sagrada necrópolis, la sepultura de san Pedro y de incontables cristianos de los primeros tiempos. Langdon sintió un escalofrío, y confió en que no estuvieran empeñados en una misión suicida.
De repente, la lámpara del camarlengo pareció detenerse. Langdon no tardó en darle alcance.
El final de la escalera se materializó en la oscuridad. Una puerta de hierro forjado con tres calaveras talladas bloqueaba el paso. El camarlengo estaba abriendo la puerta. Langdon dio un salto y la cerró. Los demás bajaron en tropel por la escalera, pálidos como fantasmas a la luz del foco, sobre todo Glick, cuya lividez se acentuaba a cada paso que daba.
Chartrand agarró a Langdon.
—¡Deje pasar al camarlengo!
—¡No! —gritó Vittoria desde arriba, sin aliento—. ¡Hemos de salir ahora mismo! ¡No podemos sacar la antimateria de aquí! ¡Si la trasladamos arriba, toda la gente congregada en la plaza morirá!
El camarlengo habló con voz muy serena.
—Hemos de tener fe. Nos queda poco tiempo.
—Usted no lo entiende —dijo Vittoria—. ¡Una explosión en la superficie será mucho peor que aquí abajo!
El camarlengo la miró, con un brillo de cordura en los ojos.
—¿Quién ha hablado de una explosión en la superficie?
Vittoria le miró fijamente.
—¿La va a dejar aquí?
La seguridad del camarlengo era hipnótica.
—Esta noche no habrá más muertes.
—Pero, padre...
—Por favor... Un poco de fe. —La voz del camarlengo se convirtió en un susurro—. No les pido que se queden conmigo. Son libres de marcharse. Sólo pido que no se entrometan en Sus designios. Déjenme hacer lo que se me ha ordenado. Voy a salvar a esta Iglesia. Estoy en condiciones de hacerlo. Lo juro por mi vida.
El silencio que siguió fue atronador.

120

Las once y cincuenta y un minutos.
Necrópolis significa literalmente ciudad de los muertos.
Lo que había leído Robert Langdon acerca de este lugar no le había preparado para el momento de verlo. El colosal subterráneo estaba lleno de mausoleos semiderruidos, como casitas construidas sobre el suelo de la caverna. El aire olía a muerte. Un laberinto de angostos pasillos serpenteaba entre los monumentos funerarios, en su mayoría construidos de ladrillo con revestimientos de mármol. Al igual que columnas de polvo, incontables pilares de tierra se alzaban, los cuales sostenían un techo de tierra, que colgaba a baja altura sobre el siniestro villorrio.
La ciudad de los muertos, pensó Langdon, que se sentía atrapado entre el pasmo del erudito y el miedo. Los demás y él se internaron más en los pasadizos. ¿He tomado la decisión equivocada?
Chartrand había sido el primero en rendirse al hechizo del camarlengo. Glick y Macri, a instancias del sacerdote, habían accedido a facilitar luz para la búsqueda, si bien teniendo en cuenta los aplausos que recibirían si salían de allí con vida, sus motivos eran dudosos. Vittoria había sido la menos entusiasta de todos, y Langdon había visto en sus ojos una cautela que cualquiera habría calificado de intuición femenina.
Ahora es demasiado tarde, pensó, mientras Vittoria y él seguían a los demás. No podemos volver atrás.
La joven guardaba silencio, pero Langdon sabía que estaban pensando lo mismo. Nueve minutos no bastan para alejarse del Vaticano si el camarlengo se ha equivocado.
Mientras corrían entre los mausoleos, Langdon notó las piernas cansadas, y reparó con sorpresa en que el grupo estaba ascendiendo una pendiente empinada. Cuando comprendió por qué, la explicación le provocó escalofríos. La topografía que pisaba era la misma de los tiempos de Cristo. ¡Estaba corriendo sobre la colina del Vaticano original! Langdon había oído afirmar a estudiosos del Vaticano que la tumba de San Pedro estaba cerca de la cumbre de dicha colina, y siempre se había preguntado cómo lo sabían. Ahora, lo entendió. ¡La maldita colina sigue en su sitio!
Langdon experimentó la sensación de que estaba atravesando páginas de la historia. Delante, no lejos de él, se hallaba la tumba de san Pedro, la reliquia cristiana. Costaba imaginar que un modesto altar había señalado el emplazamiento de la tumba original. Ya no era así. A medida que aumentaba la preeminencia de San Pedro, se construyeron nuevos altares sobre el antiguo, y ahora, el homenaje se alzaba a más de ciento treinta metros sobre el suelo, hasta la cúspide de la cúpula de Miguel Ángel, que se hallaba en línea recta sobre la tumba original.
Siguieron ascendiendo por los pasadizos sinuosos. Langdon consultó su reloj. Ocho minutos. Empezó a preguntarse si Vittoria y él se reunirían con los cadáveres enterrados en este lugar hasta el fin de los tiempos.
—¡Cuidado! —gritó Glick desde atrás—. ¡Nidos de serpientes!
Langdon los vio a tiempo. Una serie de pequeños huecos aparecían en el sendero. Saltó sobre ellos.
Vittoria le imitó, con semblante inquieto.
—¿Nidos de serpientes?
—En realidad, servían para alimentar a los muertos, pero dejémoslo aquí.
Acababa de darse cuenta de que los huecos eran tubos de libaciones. Los cristianos primitivos creían en la resurrección de la carne, y utilizaban los agujeros para «dar de comer a los muertos» literalmente, vertiendo leche y miel en las criptas subterráneas.
El camarlengo se sentía débil.
Extraía fuerzas de la responsabilidad que sentía para con Dios y los hombres. Casi hemos llegado. Sufría dolores increíbles. La mente puede causar mucho más dolor que el cuerpo. Aún se sentía cansado. Sabía que le quedaba muy poco tiempo, pero era precioso.
—Yo salvaré tu Iglesia, Padre. Te lo juro.
Pese al foco de la cámara, por el cual se sentía agradecido, el camarlengo sostenía en alto la lámpara de aceite. Soy un faro en la oscuridad. Yo soy la luz. El líquido inflamable de la lámpara se agitaba mientras corría, y temió que se derramara y le quemara. Ya había sufrido bastantes quemaduras por una noche.
Cuando se acercó a la cumbre de la colina, estaba bañado en sudor y apenas podía respirar, pero al coronar la cima se sintió renacer. Se tambaleó sobre la extensión lisa de tierra que tantas veces había pisado. El sendero terminaba aquí. La necrópolis moría con brusquedad en un muro de tierra. Un diminuto letrero rezaba Mausoleum S.
La tomba di San Pietro.
Ante él, a la altura de la cintura, había una abertura en la pared. No la anunciaban ni fanfarrias ni placas doradas. Era un simple agujero en el muro, tras el cual había una pequeña gruta y un humilde sarcófago en estado deplorable. El camarlengo escudriñó el hueco y sonrió, agotado. Oyó que los demás se acercaban. Dejó en el suelo la lámpara de aceite y se arrodilló para rezar.
Gracias, Dios mío. Casi hemos terminado.
En la plaza, rodeado de príncipes de la Iglesia pasmados, el cardenal Mortati contemplaba las pantallas de las televisiones y seguía el drama que tenía lugar en el subsuelo. Ya no sabía qué creer. ¿Todo el mundo había presenciado lo que él había visto? ¿Era cierto que Dios había hablado al camarlengo? ¿Iba la antimateria a aparecer en la tumba de San Pedro?
—¡Mirad!
Una exclamación ahogada se elevó de la multitud.
—¡Allí! —Todo el mundo señaló la cripta—. ¡Es un milagro!
Mortati levantó la vista. La cámara se hallaba en un ángulo inestable, pero la imagen era clara. E inolvidable.
Filmado desde atrás, el camarlengo se había arrodillado para rezar sobre el suelo de tierra. Delante de él había un agujero en la pared. Dentro del hueco, entre los cascotes de piedras antiguas, había un ataúd de terracota. Aunque Mortati sólo había visto una vez en su vida el ataúd, sabía sin la menor duda lo que contenía.
San Pietro.
Mortati no era tan ingenuo como para suponer que los gritos de alegría y asombro que surgían de las masas expresaban su júbilo por haber podido ver la reliquia más sagrada de la cristiandad. La tumba de San Pedro no era lo que había impulsado a la gente a postrarse de hinojos y rezar. Era el objeto que descansaba sobre la tumba.
El contenedor de antimateria. Estaba allí, donde había estado todo el día, oculto en la oscuridad de la Necrópolis. Bruñido. Inexorable. Mortífero. La revelación del camarlengo era correcta.
Mortati contempló maravillado el cilindro transparente. La gota de líquido todavía flotaba en su centro. La gruta se teñía de rojo mientras la pantalla del contenedor desgranaba sus últimos cinco minutos de vida.
En la tumba, a pocos centímetros del contenedor, también se hallaba la cámara de seguridad inalámbrica de la Guardia Suiza, que apuntaba al contenedor y no dejaba de transmitir.
Mortati se persignó, convencido de que era la imagen más aterradora que había visto en su vida. Un momento después, no obstante, comprendió que la situación iba a empeorar.
El camarlengo se irguió de repente. Agarró la antimateria y se volvió hacia los demás. Su expresión mostraba una concentración absoluta. Pasó entre sus acompañantes y empezó a bajar la colina.
La cámara captó a Vittoria Vetra, paralizada de horror.
—¿Adónde va? ¡Camarlengo! ¿No había dicho que...?
—¡Tengan fe! —exclamó el sacerdote mientras se alejaba corriendo.
Vittoria se volvió hacia Langdon.
—¿Qué hacemos?

Langdon intentó detener al camarlengo, pero Chartrand se lo impidió una vez más, como si confiara en la convicción del sacerdote.
La imagen que transmitía la BBC era como un paseo en una montaña rusa. Tomas fugaces que revelaban terror y confusión, mientras el caótico cortejo corría entre las sombras hacia la entrada de la Necrópolis.
En la plaza, Mortati lanzó una exclamación ahogada; estaba aterrorizado.
—¿Va a subirla aquí?
Las televisiones de todo el mundo mostraron cómo el sacerdote salió corriendo de la Necrópolis con la antimateria en las manos.
—¡Esta noche no habrá más muertes!
Pero el camarlengo se equivocaba.

121

El camarlengo salió como una exhalación por las puertas de la basílica de San Pedro a las once y cincuenta y seis minutos. Se tambaleó a la luz de los focos, con la antimateria extendida ante él como una especie de ofrenda numinosa. Con sus ojos ardientes vio su propia figura, semidesnuda y herida, alta como un gigante, en las pantallas que rodeaban la plaza. Jamás había oído nada comparable al rugido que se elevó de la muchedumbre, una mezcla de llanto, chillido, cántico, oración, veneración y terror.
Líbranos del mal, susurró.
Se sentía agotado después de su carrera. Casi había culminado en un desastre. Robert Langdon y Vittoria Vetra habían querido interceptarle, devolver el contenedor a su escondite subterráneo, huir en busca de protección. ¡Ciegos idiotas!
El camarlengo comprendió con aterradora claridad que, en cualquier otra ocasión, no habría ganado la carrera. Esta noche, sin embargo, Dios había estado de su parte una vez más. Chartrand había sujetado a Robert Langdon cuando estaba a punto de alcanzar al camarlengo. Los reporteros estaban fascinados e iban demasiado cargados con su equipo para intervenir.
Los caminos del Señor son inescrutables.
El camarlengo oía a los demás que se acercaban por detrás, los veía en la pantalla. Con un postrer esfuerzo, alzó la antimateria sobre su cabeza. Después, echó hacia atrás los hombros desnudos, en un acto de desafío a la marca de los Illuminati grabada en su pecho, y bajó a toda prisa la escalera.
Aún quedaba un último acto.
Buena suerte, pensó. Buena suerte.
Cuatro minutos...
Langdon se quedó casi ciego cuando salió de la basílica. Una vez más, los focos de las televisiones quemaron sus retinas. Sólo pudo distinguir el contorno borroso del camarlengo, que bajaba a toda prisa por la escalera. Por un instante, rodeado por el halo de los focos, adquirió un aspecto celestial, como una especie de deidad moderna. Su sotana le colgaba de la cintura como una mortaja. Su cuerpo, marcado a fuego y herido por sus enemigos, aún aguantaba. El camarlengo corría, erguido en toda su estatura, gritando al mundo que tuviera fe, en dirección a la muchedumbre, cargado con un arma de destrucción masiva.
Langdon salió en su persecución. ¿Qué está haciendo? ¡Los matará a todos!
—¡La obra de Satanás no tiene cabida en la Casa de Dios! —gritó el camarlengo. Se precipitó hacia la multitud aterrorizada.
—¡Padre! —gritó Langdon—. ¡No hay escapatoria!
—¡Miren al cielo! ¡Nos hemos olvidado de mirar al cielo!
En aquel momento, Robert Langdon vio adónde se dirigía el camarlengo, y comprendió la verdad en toda su gloria. Aunque no podía verlo por culpa de los focos, sabía que la salvación aguardaba más adelante.
Un cielo italiano tachonado de estrellas. La ruta de escape.
El helicóptero que el camarlengo había pedido para conducirle al hospital esperaba, con el piloto sentado en la cabina, los rotores zumbando. Cuando el camarlengo corrió hacia él, Langdon experimentó una oleada de júbilo.
Sus pensamientos se desbocaron...
Lo que primero le vino a la mente fue el Mediterráneo en toda su extensión. ¿A qué distancia se hallaba? ¿Diez kilómetros? ¿Quince? Sabía que la playa de Fiumicino estaba a sólo siete minutos en tren.
Pero en helicóptero, a trescientos kilómetros por hora, sin paradas... Si podían llegar hasta el mar y arrojar el contenedor... Cayó en la cuenta de que había otras opciones, y se sintió casi ingrávido mientras corría. ¡La Cava Romana! Las canteras de mármol situadas al norte de la ciudad se hallaban a menos de cinco kilómetros de distancia. ¿Cuánto terreno abarcaban? ¿Tres kilómetros cuadrados? ¡Tenían que estar desiertas a estas horas! Arrojar el contenedor allí...
—¡Todo el mundo atrás! —gritó el camarlengo mientras corría—. ¡Aléjense inmediatamente!
Los Guardias Suizos que rodeaban el helicóptero miraron boquiabiertos al sacerdote cuando le vieron llegar.
—¡Atrás! —chilló.
Los guardias retrocedieron.
Mientras el mundo entero miraba asombrado, el camarlengo corrió hacia la puerta del piloto y la abrió de un tirón.
—¡Fuera, hijo! ¡Ya!
El guardia saltó.
El camarlengo miró el asiento elevado de la cabina y comprendió que, en su estado de agotamiento actual, necesitaría ambas manos para izarse. Se volvió hacia el piloto, que temblaba a su lado, y le confió el contenedor.
—Sujeta esto. Devuélvemelo cuando esté sentado.
Cuando el camarlengo subió, oyó los gritos de Robert Langdon, que corría hacia el aparato. Ahora comprendes, pensó el sacerdote. ¡Ahora tienes fe!
Ventresca se acomodó en la cabina, movió unos cuantos mandos y se volvió hacia la ventanilla para recuperar el contenedor.
Pero el guardia al que había entregado el contenedor tenía las manos vacías.
—¡Él lo ha cogido! —gritó el guardia.
El corazón del camarlengo dio un vuelco.
—¿Quién?
El guardia señaló.
—¡Él!
♦ ♦ ♦
Robert Langdon se quedó sorprendido por el peso del contenedor. Corrió hacia el otro lado del helicóptero y saltó al compartimiento trasero, donde Vittoria y él habían ido sentados tan sólo unas horas antes. Dejó la puerta abierta y se ciñó el cinturón de seguridad. Después, gritó al sacerdote:
—¡Despegue, padre!
El camarlengo torció el cuello en dirección a Langdon, muerto de miedo.
—¿Qué está haciendo?
—¡Usted pilote! ¡Yo la tiraré! —gritó Langdon—. ¡No queda tiempo! ¡Eleve este maldito aparato!
Por un momento, el camarlengo pareció paralizado, mientras los focos de las televisiones se reflejaban contra el parabrisas de la cabina y oscurecían las arrugas de su rostro.
—Puedo hacerlo solo —susurró—. Tengo que hacerlo solo.
Langdon no estaba escuchando. ¡Arriba!, se oyó gritar. ¡Ya! ¡He venido a ayudarle! Langdon miró el contenedor y se quedó sin respiración cuando vio las cifras que parpadeaban en la pantalla del contenedor.
—¡Tres minutos, padre! ¡Tres!
La cifra devolvió la cordura al camarlengo. Sin vacilar, se volvió hacia los controles. El helicóptero se elevó con un rugido.
Langdon, a través de una nube de polvo, vio que Vittoria corría hacia el helicóptero. Sus ojos se encontraron, y después ella se derrumbó como un saco.

122

En el interior del helicóptero, el gemido de los rotores y el estruendo del viento que se colaba por la puerta abierta asaltaron los sentidos de Langdon como un caos ensordecedor. Resistió el tirón de la gravedad cuando el aparato ascendió aceleradamente. El resplandor de la plaza de San Pedro disminuyó bajo ellos, hasta convertirse en una elipse luminosa amorfa que brillaba en un mar de luces.
El contenedor de antimateria pesaba como un muerto en las manos de Langdon. Lo sujetaba con firmeza, con las palmas resbaladizas a causa del sudor y la sangre. La gota de antimateria flotaba con calma dentro del contenedor, mientras el contador lanzaba destellos rojos.
—¡Dos minutos! —gritó Langdon, y se preguntó dónde pensaba tirar el camarlengo la antimateria.
Las luces de la ciudad se extendían en todas direcciones. Hacia el oeste, a lo lejos, Langdon distinguió el contorno parpadeante de la costa mediterránea, una frontera mellada de luminiscencia que lindaba con una nada infinita. El mar parecía estar más lejano de lo que Langdon había imaginado. Además, la concentración de luces en la costa era un crudo recordatorio de que, incluso mar adentro, una explosión tendría efectos devastadores. Langdon ni siquiera se había parado a pensar en las consecuencias de una marejada de diez kiloto-nes que alcanzara la costa.
Cuando se volvió y clavó la vista en el frente, sus esperanzas aumentaron. Frente a ellos, las sombras onduladas de las colinas de Roma se cernían en la noche. Las colinas estaban sembradas de luces (las villas de los muy ricos), pero a un kilómetro al norte, la oscuridad reinaba en ellas. No había luces, sino una inmensa bolsa de negrura. Nada.
¡Las canteras!, pensó Langdon. ¡La Cava Romana!
Examinó con sumo detenimiento la extensión de tierra desnuda y calculó que era lo bastante grande. Parecía cercana, además. Mucho más cercana que el mar. Una oleada de júbilo le invadió. ¡Aquí era donde el camarlengo pensaba arrojar la antimateria! ¡El helicóptero seguía esa dirección! ¡Las canteras! No obstante, pese a que el ruido de los motores había aumentado y el helicóptero volaba a gran velocidad, no parecía que estuvieran más cerca de las canteras. Perplejo, miró por la puerta lateral para orientarse. Lo que vio transformó su alegría en una oleada de pánico. Bajo ellos, a cientos de metros, brillaban los focos de las televisiones apostadas en la plaza de San Pedro.
¡Aún estamos sobre el Vaticano!
—¡Camarlengo! —exclamó Langdon—. ¡Siga adelante! ¡Hemos alcanzado la altitud suficiente, pero ha de avanzar! ¡No podemos arrojar el contenedor sobre el Vaticano!
El sacerdote no contestó. Al parecer, estaba concentrado en pilotar el aparato.
—¡Nos quedan menos de dos minutos! —gritó Langdon, con el contenedor en alto—. ¡La Cava Romana ya se ve! ¡Está a unos dos kilómetros al norte! No hemos de...
—No —contestó el camarlengo—. Es demasiado peligroso. Lo siento. —Mientras el helicóptero seguía elevándose, el camarlengo se volvió hacia Langdon y le dedicó una sonrisa contrita—. Ojalá no hubiera venido, amigo mío. No hay otro sacrificio mayor.
Langdon miró a los ojos agotados del camarlengo y comprendió. Se le heló la sangre en las venas.
—Pero... ¡tiene que haber algún sitio al que podamos ir!
—Arriba —replicó el camarlengo con voz resignada—. Es la única garantía.
Langdon apenas pudo pensar. Había malinterpretado el plan del camarlengo. ¡Miren al cielo!

Y al cielo se dirigían, literalmente. El sacerdote no había albergado en ningún momento la intención de arrojar la antimateria. Estaba alejándose del Vaticano lo máximo posible, nada más.
Era un viaje sin retorno.

123

En la plaza de San Pedro, Vittoria Vetra escudriñaba el cielo. El helicóptero no era más que un punto luminoso, que los focos de las televisiones ya no alcanzaban. Incluso el rugido de los motores se había convertido en un zumbido lejano. Tuvo la sensación, en aquel instante, de que todo el mundo estaba concentrado en el cielo, sumido en un silencio impaciente, todos los pueblos, todas las confesiones religiosas, todos los corazones latiendo al unísono...
Las emociones de Vittoria eran como un ciclón de agonías diversas. Cuando el helicóptero desapareció de su vista, imaginó la cara de Robert. ¿En qué había estado pensando? ¿Es que no lo comprendía?
Las cámaras de televisión taladraban la oscuridad, a la espera. Un mar de rostros escrutaba el cielo, unidos en una silenciosa cuenta atrás. Todas las pantallas transmitían la misma escena serena, un cielo romano tachonado de estrellas brillantes. Vittoria sintió que las lágrimas empezaban a agolparse en sus ojos.
Detrás de ella, ciento sesenta y un cardenales miraban hacia arriba, imbuidos de un temor reverencial. Algunos tenían las manos enlazadas y rezaban. La mayoría estaban inmóviles, como transfigurados. Algunos lloraban. Los segundos iban transcurriendo.
En casas, bares, tiendas, aeropuertos, hospitales del mundo entero, las almas se unían en una vigilia universal. Hombres y mujeres se tomaban de las manos. Otros abrazaban a sus hijos. Daba la impresión de que el tiempo se había detenido.

Después, cruelmente, las campanas de San Pedro empezaron a doblar.
Vittoria dejó escapar las lágrimas.
Después, mientras todo el mundo miraba, el tiempo se agotó...
El silencio de muerte fue lo más aterrador de todo.
Un punto de luz apareció en el cielo, sobre el Vaticano. Por un instante, nació un nuevo cuerpo celeste, un punto de luz tan pura y blanca como nadie había visto jamás.
Entonces ocurrió.
Un destello. El punto aumentó de tamaño, como si se alimentara de sí mismo, se expandió por el cielo en un radio dilatado de blancura cegadora. Estalló en todas direcciones, aceleró con velocidad incomprensible, devoró la oscuridad. Cuando la esfera de luz creció, aumentó su intensidad, como un monstruo dispuesto a consumir todo el firmamento. Se precipitó hacia el suelo, a una velocidad cada vez mayor.
La multitud de rostros humanos cegados lanzó una exclamación al unísono, se protegió los ojos y gritó aterrorizada.
Cuando la luz se esparció en todas direcciones, ocurrió lo inimaginable. Como impulsada por la voluntad de Dios, la onda de choque pareció colisionar contra un muro. Fue como sí la explosión tuviera lugar en el interior de una gigantesca esfera de cristal. La luz rebotó hacia dentro, se hizo más intensa, onduló sobre sí misma. Dio la impresión de que la onda alcanzaba un diámetro predeterminado y se inmovilizaba. Por un instante, una perfecta esfera de luz silenciosa brilló sobre Roma. La noche dio paso al día.
Entonces estalló.
La detonación fue profunda y hueca, una onda de choque atronadora. Descendió sobre la multitud congregada como la ira del infierno, sacudió los cimientos de granito del Vaticano, dejó a muchos sin respiración, mientras otros retrocedían dando tumbos. La reverberación dio la vuelta a la columnata y fue seguida por un súbito torrente de aire caliente. El viento azotó la plaza, emitió un gemido sepulcral cuando silbó entre las columnas y azotó las paredes. Luego remolineó mientras la gente se encogía... Se habían convertido en los testigos del Apocalipsis.
Después, tan veloz como había aparecido, la esfera implosionó, hasta transformarse en el diminuto punto de luz del que había surgido.


124

Nunca tantos habían guardado semejante silencio.
Todos los rostros presentes en la plaza de San Pedro apartaron los ojos del cielo oscurecido y agacharon la cabeza, asombrados. Los focos de las televisiones los imitaron, como en honor de la negrura que se estaba posando sobre ellos. Por un momento, dio la impresión de que el mundo entero había inclinado la cabeza al mismo tiempo.
El cardenal Mortati se arrodilló para rezar, y los demás cardenales se unieron a él. Los miembros de la Guardia Suiza rindieron sus largas alabardas y permanecieron aturdidos. Nadie habló. Nadie se movió. En todas partes, los corazones se estremecieron de emoción. Duelo. Miedo. Asombro. Fe. Y respeto mezclado con temor por el nuevo y terrorífico poder que acababan de presenciar.
Vittoria Vetra estaba temblando al pie de la escalinata de la basílica de San Pedro. Cerró los ojos. Entre la tempestad de emociones que hervía en su sangre, una sola palabra doblaba como una campana lejana. Prístina. Cruel. La expulsó. Pero la palabra siguió resonando en su cerebro. Volvió a rechazarla. El dolor era demasiado grande. Intentó perderse en las imágenes que brillaban en las mentes de los demás... El camarlengo... Proezas de valentía... Milagros... Generosidad... Pero la palabra seguía resonando... en el caos con punzante soledad.
Robert.
Había ido a rescatarla al castillo de Sant' Angelo.
La había salvado.
Y ahora su creación le había destruido.
Mientras el cardenal Mortati rezaba, se preguntó si él también oiría la voz de Dios, como el camarlengo. ¿Es preciso creer en milagros para experimentarlos? Mortati era un hombre moderno que vivía en el seno de una fe antigua. Los milagros nunca habían formado parte de sus creencias. Cierto, su fe hablaba de milagros, palmas sangrantes, resurrecciones, rostros impresos en sudarios... y no obstante, la mente racional de Mortati siempre había justificado estas narraciones como parte del mito. No eran más que el resultado de la mayor flaqueza del hombre, su necesidad de pruebas. Los milagros no eran más que cuentos, a los que todos nos aferrábamos porque deseábamos que fueran realidad.
Y no obstante...
¿Soy tan moderno que no puedo aceptar lo que mis ojos acaban de presenciar? Era un milagro, ¿verdad? ¡Sí! Dios, susurrando unas palabras en el oído del camarlengo, había intervenido para salvar a esta Iglesia. ¿Por qué costaba tanto creerlo? ¿Qué podríamos decir de Dios si no hubiera hecho nada? ¿Que el Todopoderoso no se preocupaba de los hombres? ¿Que era incapaz de impedir la tragedia? ¡La única respuesta posible era un milagro!
Rezó por el alma del camarlengo. Dio gracias al joven sacerdote, quien, pese a su juventud, había abierto los ojos de este anciano a los milagros de la fe ciega.
Por increíble que pareciera, Mortati no sospechaba hasta qué punto iba a ser puesta a prueba su fe...
Al principio, unas pocas voces rompieron el silencio de la plaza. Después se elevó un murmullo. Y luego, de repente, un rugido. Sin previo aviso, la multitud gritó al unísono.
—¡Mirad! ¡Mirad!
Mortati abrió los ojos y se volvió hacia la muchedumbre. Todo el mundo estaba señalando detrás de él, hacia la fachada de la basílica. Los rostros estaban pálidos. Algunas personas se arrodillaron. Otras se desmayaron. Muchas estallaron en sollozos incontenibles.
—¡Mirad! ¡Mirad!
Mortati se volvió, perplejo, hacia donde apuntaban las manos extendidas. Señalaban el nivel superior de la basílica, el tejado, donde enormes estatuas de Cristo y sus apóstoles vigilaban a la muchedumbre.
Allí, a la derecha de Jesús, con los brazos extendidos al mundo, se erguía el camarlengo Carlo Ventresca.


125

Robert Langdon ya no estaba cayendo.
El terror se había desvanecido. Tampoco sentía dolor. No oía el sonido del viento huracanado, sólo el rumor del agua, como si estuviera adormecido en una playa.
Langdon intuyó que eso era la muerte. Se sintió contento. No se opuso a que el aturdimiento se apoderara de él por completo. Dejó que le condujera adonde debiera ir. Su miedo y dolor estaban anestesiados, y no deseaba sentirlos de nuevo bajo ningún concepto. Su último recuerdo era uno de esos que sólo habría podido conjurar en el infierno.
Llévame. Por favor...
Pero el rumor que le estaba arrullando con una lejana sensación de paz también tiraba de él. Intentaba despertarle del sueño. ¡No! ¡Déjame en paz! No quería despertar. Presentía que su arrobo estaba expuesto al ataque de demonios agazapados, ansiosos por arrancarle de su embeleso. Imágenes borrosas remolineaban. Gritaban voces. Aullaba el viento. ¡No, por favor! Cuanto más se resistía, más se filtraba la furia.
De pronto, volvió a revivir todo...
El helicóptero ascendía a una velocidad mareante. Langdon estaba atrapado dentro. Las luces de Roma se alejaban más cada segundo que pasaba. Su instinto de supervivencia le aconsejaba arrojar el contenedor en ese mismo instante. Langdon sabía que tardaría menos de veinte segundos en descender un kilómetro. Pero caería sobre una ciudad populosa.
¡Más arriba! ¡Más arriba!
Langdon se preguntó a qué altitud estarían. Sabía que los aviones pequeños alcanzaban altitudes de unos seis mil metros. El helicóptero ya había subido bastante. ¿Tres mil metros? ¿Cuatro mil quinientos? Aún existía una oportunidad. Si calculaban bien, el contenedor estallaría a una distancia prudencial, tanto del suelo como del helicóptero. Langdon contempló la ciudad que se extendía bajo ellos.
—¿Y si calcula mal? —preguntó el camarlengo.
Langdon se volvió, sobresaltado. El sacerdote ni siquiera le estaba mirando, pero al parecer había leído sus pensamientos en el fantasmal reflejo del parabrisas. Carlo Ventresca ya no estaba concentrado en los controles del helicóptero. Era como si el aparato volara con el piloto automático, siempre ascendiendo. El camarlengo alzó la mano, buscó detrás de una caja protectora de cables y extrajo una llave escondida.
Langdon vio perplejo que abría con la llave la caja metálica fija entre los asientos. Sacó un paquete grande y negro de nailon provisto de correas y un cinturón. Lo dejó en el asiento del copiloto. Langdon se devanó los sesos. Los movimientos del camarlengo parecían serenos, como si hubiera encontrado una solución.
—Déme el contenedor —dijo con calma.
Langdon ya no sabía qué pensar. Entregó el contenedor al camarlengo.
—¡Noventa segundos!
Lo que el camarlengo hizo con la antimateria sorprendió sobremanera a Langdon. La sostuvo con cuidado en las manos y la depositó dentro de la caja. Después, bajó la pesada tapa y la cerró con llave.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Langdon.
—Alejarnos de la tentación.
El camarlengo tiró la llave por la ventanilla abierta.
Mientras la llave caía en la noche, Langdon sintió que su alma se desplomaba con ella.

A continuación, el camarlengo tomó el paquete de nailon y pasó los brazos por las correas como si fuera una mochila. Se abrochó un cinturón alrededor del estómago y luego se volvió hacia un estupefacto Langdon.
—Lo siento —dijo el camarlengo—. No debía suceder así.
Abrió la puerta de la carlinga y se arrojó a la noche.
La imagen estaba grabada a fuego en la mente inconsciente de Langdon, y con ella llegó el dolor. Dolor de verdad. Dolor físico. Suplicó que terminara de una vez, pero mientras el agua chapaleaba en sus oídos con más intensidad, nuevas imágenes empezaron a destellar. Su infierno no había hecho más que empezar. El pánico se manifestaba como instantáneas fragmentadas. Se encontraba a medio camino entre la muerte y la pesadilla, y suplicaba que le liberaran, pero las imágenes que desfilaban por su mente eran cada vez más aterradoras.
El contenedor de antimateria estaba dentro de la caja cerrada con llave. La cuenta atrás seguía su curso mientras el helicóptero continuaba ascendiendo. Cincuenta segundos. Más arriba. Más arriba. Langdon se volvió de un lado a otro en la cabina, intentando comprender lo que acababa de ver. Cuarenta y cinco segundos. Buscó debajo de los asientos otro paracaídas. Cuarenta segundos. ¡No había ninguno! ¡Tenía que encontrar una alternativa. Treinta y cinco segundos. Se asomó por la puerta abierta del helicóptero y contempló las luces de Roma. Treinta y dos segundos.
Y entonces, tomó la decisión.
La increíble decisión...
Sin paracaídas, Robert Langdon había saltado por la puerta. Mientras la noche engullía su cuerpo, tuvo la impresión de que el helicóptero se alejaba de él, y la aceleración de su caída libre ahogó el sonido de los rotores.
Mientras descendía como un cohete, Robert Langdon sintió algo que no había experimentado desde sus años de buceador, el inexorable tirón de la gravedad en caída libre. Cuanto más rápido caía, más brutal parecía el tirón de la tierra. Esta vez, sin embargo, no se estaba arrojando a una piscina desde quince metros de altura. La caída era de miles de metros sobre una ciudad con calles pavimentadas y edificios.
Las palabras que Kohler había pronunciado esa mañana en el CERN ante el tubo de caída libre resonaron en la mente de Langdon. Un metro cuadrado de resistencia aerodinámica disminuirá la velocidad de caída de un cuerpo en casi un veinte por ciento. Langdon era consciente de que un veinte por ciento era insuficiente para sobrevivir a una caída como ésta. No obstante, sin albergar grandes esperanzas, sujetó con ambas manos el único objeto que había cogido del helicóptero en el último momento. Era un objeto peculiar, pero le había inducido a pensar que no todo estaba perdido durante un fugaz instante.
La cubierta protectora de vinilo del parabrisas cuando el helicóptero estaba fuera de servicio estaba tirada en la parte posterior de la carlinga. Era un rectángulo cóncavo, de cuatro metros por dos aproximadamente, como una enorme sábana de cuatro picos, lo más parecido a un paracaídas que pudo encontrar. Sólo tenía anillas de plástico en cada extremo para facilitar la sujeción al parabrisas curvo. Langdon sujetó las anillas y saltó al vacío.
No albergaba la menor ilusión de sobrevivir.
Caía como una roca. Con los pies por delante. Los brazos levantados. Sus manos aferraban las anillas. La cubierta se hinchó como un gigantesco hongo sobre su cabeza. El viento le azotaba con violencia.
Mientras se precipitaba hacia tierra, se produjo una fuerte explosión en lo alto. Se le antojó más lejana de lo que sospechaba. Casi al instante, la onda de choque le alcanzó. Sintió que se quedaba sin aire. La temperatura del aire que le rodeaba aumentó de repente. Luchó por no soltar la tela. Una muralla de calor se desplomó desde el cielo. La superficie de la cubierta empezó a chamuscarse, pero aguantó.
Langdon siguió cayendo, en el borde de una mortaja de luz, como un surfista que intentara escapar de un maremoto. De repente el calor aminoró.
Se precipitó de nuevo en la fría oscuridad.
Por un instante, un rayo de esperanza alumbró en su interior. Sin embargo, un momento después, sus esperanzas se desvanecieron. Si bien la tirantez de sus brazos estirados le aseguraba que la cubierta estaba disminuyendo la velocidad de su caída, el viento azotaba su cuerpo con velocidad ensordecedora. No le cabía duda de que tal velocidad era excesiva para sobrevivir a la caída. Moriría aplastado contra el suelo.
Cálculos matemáticos desfilaron por su cerebro, pero estaba demasiado aturdido para extraer un sentido preciso de ellos... un metro cuadrado de resistencia aerodinámica... reducción de la velocidad en un veinte por ciento... Sólo podía calcular que la cubierta era lo bastante grande para que ese tanto por ciento fuera superior al veinte. Por desgracia, a juzgar por la fuerza del viento, el efecto de la cubierta no sería suficiente. Aún estaba descendiendo con demasiada rapidez... No sobreviviría al impacto contra el mar de cemento.
Las luces de Roma se extendían en todas direcciones. La ciudad semejaba un enorme cielo estrellado, hacia el que Langdon se precipitaba. Sólo alteraba el perfecto océano de estrellas una franja oscura que dividía la ciudad en dos, una cinta ancha sin iluminar que serpenteaba entre los puntos de luz. Langdon contempló la mancha sinuosa negra.
De pronto, como la cresta de una ola inesperada, la esperanza le embargó de nuevo.
Con una energía casi maníaca, Langdon tiró con la mano derecha de la cubierta. La tela batió con más fragor, y escoró para encontrar el sendero que ofreciera menos resistencia. Langdon notó que derivaba lateralmente. Tiró de nuevo con más fuerza, sin hacer caso del dolor de la palma de la mano. La cubierta se ensanchó. Al menos, se estaba desplazando un poco. Miró de nuevo la sinuosa serpiente negra. Estaba a la derecha, pero Langdon aún se encontraba a considerable altura. ¿Habría esperado demasiado? Tiró con todas sus fuerzas y aceptó que estaba a merced de Dios. Se concentró en la parte más amplia de la serpiente y, por primera vez en su vida, rezó para que ocurriera un milagro.
El resto fue rapidísimo.
La oscuridad que le envolvía... Sus instintos de buceador recuperados... El acto reflejo de inmovilizar la columna y apuntar los pies... Llenarse los pulmones de aire para proteger los órganos vitales... Flexionar las piernas hasta convertirlas en un ariete... Y por fin, la suerte de que el río Tíber bajara embravecido, de manera que el agua estuviera llena de una proporción mayor de aire y espuma, tres veces más blanda que el agua calma.
Después se produjo el impacto... y llegó la negrura.
Fue el sonido atronador del paracaídas improvisado lo que apartó los ojos del grupo de personas de la bola de fuego que llenaba el cielo. Muchas cosas se habían visto en el cielo de Roma esta noche: un helicóptero, una explosión enorme, y ahora, un objeto extraño que se había hundido en las aguas rabiosas del Tíber, junto a la orilla de la diminuta isla del río, Isola Tiberina.
Desde que la isla había sido utilizada para poner en cuarentena a los afectados por la peste de 1656, se pensaba que poseía propiedades curativas. Por este motivo, había albergado más tarde el hospital Tiberina de Roma.
El cuerpo estaba maltrecho cuando lo sacaron a la orilla. El hombre aún tenía pulso, aunque débil, lo cual era asombroso, en opinión de todo el mundo. Se preguntaron si se debía a la mítica reputación curativa de la Isola Tiberina que el corazón del hombre aún bombeara. Minutos después, cuando el desconocido empezó a toser y recuperó poco a poco la conciencia, el grupo decidió que la isla era mágica, sin la menor duda.


126

El cardenal Mortati sabía que ningún idioma tenía palabras para explicar el misterio de este momento. El silencio de la visión aparecida sobre la plaza de San Pedro cantaba con más potencia que cualquier coro de ángeles.
Mientras miraba al camarlengo Ventresca, Mortati se sentía paralizado de mente y corazón. La visión parecía real, tangible. Y no obstante... ¿Cómo era posible? Todo el mundo había visto al camarlengo subir al helicóptero. Todo el mundo había visto la bola de fuego en el cielo. Y ahora, sin embargo, el sacerdote se erguía en la terraza del tejado. ¿Transportado por ángeles? ¿Reencarnado por la mano de Dios?
Esto es imposible...
El corazón de Mortati no deseaba nada más que creer, pero su mente apelaba a la razón. Sin embargo, a su alrededor, los cardenales miraban hacia lo alto, viendo aquella aparición, paralizados de asombro.
Era el camarlengo. No cabía duda. Pero parecía diferente. Divino. Como si estuviera purificado. ¿Un espíritu? ¿Un hombre? Su piel blanca brillaba a la luz de los focos con una ingravidez incorpórea.
En la plaza se oían gritos, vítores, aplausos espontáneos. Un grupo de monjas se postró de rodillas y entonó cánticos. De pronto, toda la plaza se puso a corear el nombre del camarlengo. Los cardenales, algunos con lágrimas en las mejillas, se sumaron. Mortati miró a su alrededor y trató de comprender. ¿Es esto cierto?

♦ ♦ ♦
El camarlengo Ventresca, de pie en la terraza del techo de la basílica, contemplaba a la multitud congregada en la plaza. ¿Estaba despierto o soñando? Se sentía transformado, desapegado del mundo. Se preguntó si era su cuerpo o sólo su espíritu lo que había descendido flotando del cielo a los jardines del Vaticano, posándose como un ángel silente en el césped desierto, su paracaídas negro protegido de la locura por la alta sombra de la basílica de San Pedro. Se preguntó si era su cuerpo o su espíritu lo que había poseído la energía de subir por la antigua Escalera de los Medallones hasta el tejado donde se encontraba ahora.
Se sentía ligero como un fantasma.
Aunque la gente de la plaza coreaba su nombre, sabía que no era a él a quien vitoreaban. Estaban gritando de pura alegría, la misma alegría que sentía cada día cuando pensaba en el Todopoderoso. Estaban experimentando lo que cada uno de ellos había anhelado siempre, tener la seguridad de que el más allá existía, una justificación del poder del Creador.
El camarlengo Ventresca había rezado toda su vida para que llegara este momento, y aun así, era incapaz de imaginar que Dios había encontrado una forma de hacerlo realidad. Quería llorar por ellos. ¡Tu Dios es un Dios vivo! ¡Contempla los milagros que te rodean!
Siguió inmóvil un rato, aturdido, pero sintiéndose mejor que nunca. Cuando su espíritu le animó a moverse por fin, agachó la cabeza y se alejó del borde.
Solo, se arrodilló en el tejado y rezó.


127

Las imágenes eran borrosas. Los ojos de Langdon empezaron a enfocarse poco a poco. Le dolían las piernas, y tenía la impresión de que le había atropellado un camión. Estaba tendido de costado en el suelo. Percibió un olor hediondo, como a bilis. Aún oía el sonido incesante del agua que chapaleaba. Ya no le parecía plácido. También distinguió otros sonidos, gente que hablaba cerca. Vio formas blancas borrosas. ¿Iban todas vestidas de blanco? Langdon decidió que debía de estar en un manicomio, o bien en el cielo. A juzgar por el dolor de garganta, llegó a la conclusión de que no podía ser el cielo.
—Ya ha terminado de vomitar —dijo un hombre en italiano—. Déle la vuelta.
La voz era firme y profesional.
Langdon sintió que unas manos le daban la vuelta con delicadeza. Intentó sentarse, pero las manos le obligaron a seguir tumbado. Su cuerpo se sometió. Entonces sintió que alguien registraba sus bolsillos y los vaciaba.
Después perdió el conocimiento.
El doctor Jacobus no era un hombre religioso. Hacía mucho tiempo que la ciencia de la medicina le había disuadido de eso. No obstante, los acontecimientos de esta noche habían puesto a prueba su sentido de la lógica. ¿Cuerpos cayendo del cielo?
Tomó el pulso del hombre al que acababan de sacar del Tíber. El doctor decidió que Dios había salvado en persona a este individuo. El impacto contra el agua lo había dejado inconsciente. De no ser porque Jacobus y su equipo estaban en la orilla contemplando el espectáculo celestial, esta alma habría pasado desapercibida y perecido.
—È americano —dijo una enfermera, que estaba registrando el billetero del hombre.
¿Norteamericano? Los romanos solían decir en broma que los norteamericanos abundaban tanto en Roma que las hamburguesas iban a convertirse en el plato oficial de Italia. ¿Norteamericanos cayendo del cielo? Jacobus apuntó una linterna a los ojos de su paciente para comprobar la dilatación de las pupilas.
—¿Puede oírme, señor? ¿Sabe dónde estamos?
El hombre había perdido otra vez el conocimiento. A Jacobus no le sorprendió. El desconocido había vomitado cantidad de agua, después de que él le hubiera aplicado el boca a boca.
—Si chiama Robert Langdon —dijo la enfermera, que estaba inspeccionando el permiso de conducir de la víctima.
El grupo congregado en el muelle se quedó de una pieza.
—Impossibile! —exclamó Jacobus.
Robert Langdon era el hombre de la televisión, el profesor norteamericano que había estado colaborando con el Vaticano. Jacobus había visto al señor Langdon minutos antes, cuando subió al helicóptero en la plaza de San Pedro y se elevó en el aire. Él y los demás habían corrido al muelle para presenciar la explosión de antimateria, una tremenda esfera de luz como ninguno de ellos había visto jamás. ¿Cómo puede ser el mismo hombre?
—¡Es él! —exclamó la enfermera, al tiempo que apartaba de su frente el pelo empapado—. ¡Reconozco su chaqueta de tweed!
De repente, alguien gritó desde la entrada del hospital. Era una paciente. Chillaba como una loca, con el transistor pegado al oído y dando gracias a Dios. Por lo visto, el camarlengo Ventresca había aparecido milagrosamente en el tejado del Vaticano.
El doctor Jacobus decidió que, cuando terminara su turno a las ocho de la mañana, iría directo a la iglesia.
♦ ♦ ♦

Las luces que brillaban ahora sobre la cabeza de Robert Langdon eran más brillantes, estériles. Estaba tendido sobre una especie de mesa de examen. Olía a astringentes y productos químicos raros. Alguien acababa de ponerle una inyección, y le habían quitado la ropa.
No son gitanos, decidió en su delirio, semiinconsciente. ¿Alienígenas tal vez? Sí, había oído cosas semejantes. Por suerte, estos seres no le harían daño. Sólo querían su...
—¡Ni hablar!
Langdon se sentó muy tieso, con los ojos abiertos como platos.
—Attento! —gritó uno de los seres, al tiempo que le sujetaba. Su placa rezaba: «Dr. Jacobus». Parecía muy humano.
—Pensaba... —tartamudeó Langdon.
—Tranquilo, señor Langdon. Está en un hospital.
La niebla empezó a despejarse. Langdon experimentó una oleada de alivio. Odiaba los hospitales, pero no albergaban alienígenas que examinaran sus testículos.
—Soy el doctor Jacobus —dijo el hombre. Explicó lo que acababa de pasar—. Tiene mucha suerte de estar vivo.
Langdon no se sentía tan afortunado. Apenas podía recordar lo sucedido... El helicóptero... El camarlengo. Le dolía hasta el último rincón del cuerpo. Le dieron un poco de agua y se enjuagó la boca. Le aplicaron una nueva gasa en la palma de la mano.
—¿Dónde está mi ropa? —preguntó. Llevaba una bata de papel.
Una enfermera señaló un amasijo empapado sobre la mesa.
—Estaba muy mojada. Tuvimos que cortarla para sacársela.
Langdon miró su querida chaqueta de tweed y frunció el ceño.
—Tenía unos pañuelos de papel en el bolsillo —informó la enfermera.
Fue entonces cuando Langdon vio los restos del pergamino pegados al forro de la chaqueta. El folio del Diagramma de Galileo. La última copia existente se había destruido. Estaba demasiado atontado para reaccionar. Se limitó a contemplarla.
—Hemos rescatado sus objetos personales. —La mujer le tendió una caja de plástico—. Billetero, videocámara y pluma. Sequé la vi-deocámara lo mejor que pude.

—Yo no tengo videocámara.
La enfermera frunció el ceño y extendió la caja. Langdon examinó el contenido. Junto con el billetero y la pluma había una minicá-mara Sony RUVI. Ahora la recordó. Kohler se la había dado con la petición de que la entregara a las televisiones.
—La encontramos en su bolsillo. Creo que va a necesitar una nueva. —La enfermera abrió la pantalla de cinco centímetros por la parte de atrás—. El visor está roto. —Sonrió—. Pero el sonido todavía funciona. Un poco. —Se llevó el aparato al oído—. No para de reproducir lo mismo. —Escuchó un momento, frunció el ceño y luego se la entregó a Robert Langdon—. Creo que son dos hombres discutiendo.
El, perplejo, sujetó la cámara y la acercó al oído. Las voces eran agudas y metálicas, pero se oían. Una cerca. La otra lejana. Langdon reconoció las dos.
Sentado con su bata de papel, el historiador escuchó asombrado la conversación. Aunque no podía presenciar lo que estaba pasando, cuando oyó el sobrecogedor final, se alegró de no haber visto las imágenes.
¡Dios mío!
Cuando reprodujo la conversación de nuevo desde el principio, Langdon alejó la videocámara de su oído y se quedó estupefacto. La antimateria... El helicóptero... La mente de Langdon se puso en funcionamiento.
Pero eso significa...
Tuvo ganas de volver a vomitar. Langdon saltó de la mesa y se ir-guió sobre sus piernas temblorosas, furioso y desorientado.
—¡Señor Langdon! —exclamó el médico al tiempo que intentaba detenerle.
—Necesito algo de ropa —pidió Langdon, que sentía frío en la espalda desnuda.
—Ha de descansar.
—He de comprobar unas cosas. Necesito algo de ropa.
—Pero, señor, usted...
—¡Ya!
Todos intercambiaron miradas de perplejidad.
—No tenemos ropa —dijo el médico—. A lo mejor mañana un amigo podrá traerle algo.
Langdon respiró hondo y miró fijamente al médico.
—Doctor Jacobus, voy a salir de aquí ahora mismo. Necesito ropa. Me marcho al Vaticano. No se puede entrar en el Vaticano con el culo al aire. ¿Me he expresado con claridad?
El doctor Jacobus tragó saliva.
—Traigan ropa a este hombre.
Cuando Langdon salió cojeando del hospital Tiberina, se sintió como un boy scout crecido. Iba cubierto con un mono de paramédico azul, cerrado con cremallera por la parte delantera y adornado con distintivos de tela que, al parecer, pregonaban sus numerosas cualificacio-nes.
La mujer que le acompañaba era corpulenta y llevaba una vestimenta similar. El médico había asegurado a Langdon que le conduciría al Vaticano en un tiempo récord.
—Molto traffico —dijo Langdon, para recordar a la mujer que la zona limítrofe con el Vaticano estaba atestada de coches y gente.
La mujer aparentaba la indiferencia más absoluta. Señaló con orgullo uno de sus distintivos.
—Sonó conducente di ambulanza.
—Ambulanza?
Eso lo explicaba todo. Langdon pensó que no le iría nada mal un paseo en ambulancia.
La mujer le guió hasta el otro lado del edificio. Su vehículo los estaba esperando sobre un muelle de cemento. Cuando Langdon vio el vehículo, paró en seco. Era un antiguo helicóptero de urgencias médicas. En el fuselaje se leía Aero-Ambulanza.
Inclinó la cabeza.
La mujer sonrió.
—Volaremos al Vaticano. Llegaremos enseguida.

128

Los miembros del Colegio Cardenalicio volvieron a la Capilla Sixtina entusiasmados. Pero Mortati, por su parte, era presa de una confusión cada vez mayor. Creía en los antiguos milagros de las Escrituras, pero no comprendía del todo lo que acababa de presenciar. Después de toda una vida de devoción, setenta y nueve años, sabía que estos acontecimientos deberían inspirar en él una devota euforia, una fe viva y ferviente... No obstante, sólo experimentaba una inquietud creciente. Había algo que no encajaba.
—¡Signore Mortati! —gritó un Guardia Suizo, que corría por el pasillo hacia él—. Hemos subido al tejado, tal como nos pidió. Es el camarlengo... ¡En carne y hueso! ¡Es un hombre de verdad! ¡No es un espíritu! ¡Está tal como le conocíamos! —¿Habló con usted?
—¡Está rezando de rodillas! ¡Tuvimos miedo de tocarle! Mortati estaba perplejo.
—Dígale que... los cardenales están esperando. —Signore, como es un hombre...
El guardia vaciló.
—¿Qué?
—Tiene una marca en el pecho. ¿Hemos de vendar sus heridas? Deben dolerle mucho.
Mortati meditó. Nada le había preparado en toda su vida de servicio para esta situación.
—Es un hombre, de modo que trátenle como a un hombre. Báñenle. Venden sus heridas. Vístanle con ropas limpias. Esperamos su llegada a la Capilla Sixtina.
El guardia se fue corriendo.
Mortati se encaminó a la capilla. Los demás cardenales ya habían entrado. Mientras atravesaba el pasillo que conducía a la capilla vio a Vittoria Vetra derrumbada en un banco. Intuyó su dolor y soledad por la pérdida de su padre y de Langdon, y quiso acercarse a consolarla, pero sabía que tendría que esperar. Le aguardaba trabajo, aunque no tenía ni idea de qué clase.
Mortati entró en la capilla. Reinaba un gran júbilo. Cerró la puerta. Que Dios me ayude.
La Aero-Ambulanza del hospital Tiberina describió un círculo detrás del Vaticano, y Langdon apretó los dientes. Juró por Dios que éste era su último viaje en helicóptero.
Después de convencer a la piloto de que las normas que regían el espacio aéreo del Vaticano eran en este momento la última preocupación de la Santa Sede, la guió sin que los vieran hacia la muralla posterior, y aterrizaron en el helipuerto.
—Grazie —dijo mientras bajaba con un penoso esfuerzo. Ella le envió un beso con los dedos, despegó a toda prisa y desapareció en la noche.
Langdon exhaló un suspiro, intentó aclarar sus ideas, confiado en que iba a hacer lo que debía. Con la minicámara en la mano, subió al mismo carrito de golf en el que se había desplazado horas antes. No habían recargado la batería y el indicador de la misma indicaba que estaba casi descargada. Langdon condujo sin luces para ahorrar energía.
También prefería que nadie le viera llegar.
El cardenal Mortati contempló con asombro el tumulto que tenía lugar en el interior de la Capilla Sixtina.
—¡Fue un milagro! —gritó un cardenal—. ¡Obra de Dios!
—¡Sí! —exclamaron otros al unísono—. ¡Dios ha manifestado Su voluntad!
—¡El camarlengo será nuestro Papa! —gritó otro—. ¡No es cardenal, pero Dios nos ha enviado una señal milagrosa!
—¡Sí! —coreó un tercero—. Las leyes del cónclave son leyes humanas. ¡Dios ha manifestado su voluntad! ¡Solicito que se celebre una votación de inmediato!
—¿Una votación? —preguntó Mortati, y avanzó hacia ellos—. Creo que ése es mi trabajo.
Todo el mundo se volvió.
Los cardenales estudiaron a Mortati. Parecían confusos, ofendidos por su serenidad. El anhelaba que su corazón se regocijara con la milagrosa exaltación que veía en las caras que le rodeaban. Pero no era así. Sentía un dolor inexplicable en el alma, una tristeza que no podía argumentar. Había jurado guiar este procedimiento con pureza de corazón, pero no podía negar esta vacilación.
—Amigos míos —dijo Mortati, mientras caminaba en dirección al altar. No reconoció su voz—. Sospecho que me esforzaré el resto de mis días por comprender el significado de lo que he presenciado esta noche. No obstante, lo que estáis sugiriendo en relación con el camarlengo... no puede ser la voluntad de Dios.
Se hizo el silencio en la sala.
—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó por fin un cardenal—. El camarlengo salvó a la Iglesia. ¡Dios le habló sin intermediarios! ¡Ese hombre ha sobrevivido a la muerte! ¿Qué más señales necesitamos?
—El camarlengo vendrá dentro de unos minutos —dijo Mortati—. Esperemos. Oigámosle antes de votar. Tiene que haber una explicación.
—¿Una explicación?
—Como Gran Elector, he jurado defender las leyes del cónclave. Sabéis sin duda que por la Sagrada Ley el camarlengo no puede ser elegido para el papado. No es cardenal. Es un sacerdote. Además, no tiene la edad reglamentaria. —Mortati vio que las miradas se endurecían—. Si permitiera la votación, os pediría que dierais vuestro apoyo a un hombre que la ley vaticana proclama no elegible. Os pediría a todos que rompierais un juramento sagrado.
—¡Pero lo sucedido esta noche trasciende nuestras leyes! —tartamudeó alguien.
—¿Ah, sí? —tronó Mortati, sin saber siquiera de dónde salían sus palabras—. ¿Es la voluntad de Dios que prescindamos de las leyes de la Iglesia? ¿Es la voluntad de Dios que abandonemos la razón y nos entreguemos a la histeria?
—Pero ¿no has visto lo que vimos nosotros? —le retó otro, enfurecido—. ¿Cómo osas poner en duda esa clase de poder?
La voz de Mortati bramó con una potencia desconocida para él.
—¡No estoy poniendo en duda el poder de Dios! ¡Fue Dios quien nos dio razón y circunspección! ¡Servimos a Dios ejerciendo la prudencia!


129

En el pasillo que conducía a la Capilla Sixtina, Vittoria seguía sentada en el banco. Cuando vio la figura que se perfilaba al final del pasillo, se preguntó si estaba viendo un espíritu. Cojeaba y vestía una especie de uniforme de hospital.
Se puso en pie, incapaz de dar crédito a sus ojos.
—¿Ro... bert?
Él no contestó. Se precipitó hacia ella y la estrechó entre sus brazos. Cuando apretó los labios contra los de Vittoria, fue un beso largo e impulsivo, lleno de gratitud.
Vittoria sintió que las lágrimas resbalaban sobre sus mejillas.
—Oh, Dios... Gracias, Dios mío...
El la besó de nuevo, esta vez con más pasión, y Vittoria se apretó contra su pecho. Sus cuerpos se entrelazaron, como si hiciera años que se conocieran. Ella olvidó el dolor y el miedo. Cerró los ojos, ingrávida, por un momento.
—¡Es la voluntad de Dios! —estaba chillando alguien, y su voz resonó en las paredes de la Capilla Sixtina—. ¿Quién sino el elegido habría sobrevivido a esa explosión diabólica?
—¡Yo!
Una voz retumbó en la capilla.
Mortati y los demás se volvieron estupefactos hacia la figura desaliñada que avanzaba por el pasillo principal.
—¿Señor... Langdon?
Sin decir palabra, Langdon caminó hasta la parte delantera de la capilla. Vittoria Vetra también entró. Después, lo hicieron dos guardias, que empujaban un carrito sobre el que descansaba un televisor de gran tamaño. Langdon esperó a que lo enchufaran, de cara a los cardenales. Después indicó con un gesto a los guardias que salieran. Cerraron la puerta a su espalda.
Sólo quedaron Langdon, Vittoria y los cardenales. Langdon enchufó la videocámara a la televisión. Después apretó el botón de reproducción.
La pantalla del televisor cobró vida.
La escena que se materializó ante los cardenales reveló el despacho del Papa. El vídeo había sido filmado con torpeza, como si la cámara estuviera oculta. El camarlengo se erguía en el centro de la pantalla, frente al fuego. Si bien daba la impresión de hablar a la cámara, pronto fue evidente que estaba hablando a alguien, la persona que estaba rodando el vídeo. Langdon les dijo que la cinta la había grabado Maximilian Kohler, director del CERN. Tan sólo una hora antes, Kohler había grabado en secreto esta reunión con el camarlengo gracias a esta minicámara montada bajo el brazo de su silla de ruedas.
Mortati y los cardenales miraban perplejos. Aunque la conversación ya había empezado, Robert Langdon no se molestó en rebobi-nar. Por lo visto, lo que deseaba que vieran los cardenales venía a continuación...
«¿Leonardo Vetra llevaba un diario? —estaba diciendo el camarlengo—. Supongo que es una buena noticia para el CERN. Si el diario contiene el proceso de creación de la antimateria...»
«No —dijo Kohler—. Le tranquilizará saber que ese procedimiento murió con Leonardo. Sin embargo, ese diario hablaba de otra cosa. De usted.»
El camarlengo dio muestras de perplejidad.
«No le entiendo.»
«Describía una reunión que Leonardo celebró el mes pasado. Con usted.»

El camarlengo vaciló, y luego miró hacia la puerta.
«Rocher no tendría que haberle dejado pasar sin consultar antes conmigo. ¿Cómo ha entrado aquí?»
«Rocher sabe la verdad. Le llamé antes y le conté lo que usted había hecho.»
«¿Qué he hecho? No sé qué historias le contó, pero Rocher es un Guardia Suizo y fiel a esta Iglesia para creer a un científico amargado antes que a su camarlengo.»
«De hecho, es demasiado fiel para no creer. Es tan fiel que, pese a las pruebas de que uno de sus leales guardias traicionó a la Iglesia, se negó a aceptarlo. Durante todo el día ha estado buscando otra explicación.»
«Y usted le proporcionó una.»
«La verdad. Por estremecedora que fuera.»
«Si Rocher le hubiera creído me habría detenido.»
«No. Yo no se lo permití. Le ofrecí mi silencio a cambio de este encuentro.»
El camarlengo soltó una extraña carcajada.
«¿Piensa chantajear a la Iglesia con una historia que nadie creerá?»
«No tengo necesidad de chantajearla. Sólo quiero oír la verdad de sus labios. Leonardo Vetra era amigo mío.»
El camarlengo no dijo nada. Se limitó a mirar a Kohler.
«A ver qué le parece esto —dijo el director del CERN con brusquedad—. Hará cosa de un mes, Leonardo Vetra se puso en contacto con usted para solicitar una audiencia urgente con el Papa, audiencia que usted le concedió, porque el Papa era un admirador del trabajo de Leonardo y porque Leonardo dijo que se trataba de un asunto urgentísimo.»
El camarlengo se volvió hacia el fuego. No dijo nada.
«Leonardo vino al Vaticano con gran secreto. Estaba traicionando la confianza de su hija al hacerlo, un hecho que le preocupaba profundamente, pero pensaba que no tenía otra alternativa. Sus investigaciones le habían provocado un gran conflicto interior y necesitaba la guía espiritual de la Iglesia. En una reunión privada, les dijo a usted y al Papa que había hecho un descubrimiento científico de profundas implicaciones religiosas. Había demostrado que el Génesis era posible desde un punto de vista físico, y que intensas fuentes de energía, lo que Vetra llamaba Dios, podían repetir el momento de la Creación.»
Silencio.
«El Papa se quedó estupefacto —continuó Kohler—. Quería que Leonardo hiciera pública la noticia. Su Santidad opinaba que ese descubrimiento quizá podría salvar el abismo que separaba la ciencia de la religión, uno de los sueños del Papa. Después, Leonardo les explicó la parte negativa del descubrimiento, el motivo que le impulsaba a pedir la guía de la Iglesia. Al parecer, su experimento de la Creación, tal como predice la Biblia, lo producía todo a pares. Opuestos. Luz y oscuridad. Vetra descubrió que, aparte de crear materia, creaba también antimateria. ¿Sigo?»
El camarlengo guardó silencio. Se inclinó y removió las brasas.
«Después de la visita de Leonardo —dijo Kohler—, usted fue al CERN a ver su trabajo. El diario de Leonardo revela que usted visitó en persona su laboratorio.»
El camarlengo alzó la vista.
Kohler prosiguió.
«El Papa no podía desplazarse sin llamar la atención de los medios de comunicación, de modo que le envió a usted. Leonardo le ofreció una visita secreta a su laboratorio. Le mostró la destrucción de antimateria, el Big Bang, el poder de la Creación. También le enseñó una muestra grande que guardaba bajo llave, como prueba de que este nuevo proceso podía producir antimateria a gran escala. Usted se quedó sorprendido. Volvió al Vaticano e informó al Papa de lo que había presenciado.»
El camarlengo suspiró.
«¿Y qué es lo que le parece mal? ¿Acaso cree que debería haber respetado la confianza de Leonardo y haber fingido ante el mundo entero esta noche que no sabía nada de la antimateria?»
«¡No! ¡Lo que me me parece mal es que Leonardo Vetra demostró en la práctica la existencia de su Dios, y usted ordenó asesinarle!»
El camarlengo se volvió, con semblante inexpresivo.

El único sonido que se oyó fue el crepitar del fuego.
De repente, la cámara se agitó, y el brazo de Kohler apareció en pantalla. Se inclinó hacia adelante, como si se debatiera con algo sujeto bajo la silla de ruedas. Cuando volvió a reclinarse, sostenía una pistola. El ángulo de la cámara era escalofriante, enfocaba desde atrás... siguiendo la pistola que apuntaba... al camarlengo.
«Confiese sus pecados, padre —dijo Kohler—. Ahora.»
El sacerdote parecía sorprendido.
«Nunca saldrá vivo de aquí.»
«La muerte será un alivio bienvenido de la desdicha en que su fe me ha sumido desde la infancia. —Kohler sostenía la pistola con ambas manos—. Le dejaré elegir. Confiese sus pecados... o dispóngase a morir ahora mismo.»
El camarlengo miró hacia la puerta.
«Rocher está fuera —le desafió Kohler—. Él también está dispuesto a matarle.»
«Rocher ha jurado proteger a la...»
«Rocher me ha dejado entrar. Armado. Sus mentiras le dan asco. Tiene una sola opción. Confiese. He de oírlo de sus propios labios.»
El camarlengo titubeó.
Kohler amartilló la pistola.
«¿De veras duda de que voy a matarle?»
«Diga lo que diga —contestó el camarlengo—, un hombre como usted nunca lo entenderá.»
«Pruebe.»
El sacerdote permaneció inmóvil un momento, una silueta dominante a la tenue luz del fuego. Cuando habló, sus palabras resonaron con una dignidad más adecuada a una declaración de altruismo que a una confesión.
«Desde el principio de los tiempos —dijo—, esta Iglesia ha combatido contra los enemigos de Dios. A veces con palabras. Otras con espadas. Y siempre hemos sobrevivido.»
El camarlengo irradiaba convicción.
«Pero los demonios del pasado —continuó— eran demonios de fuego y abominación... Eran enemigos a los que podíamos hacer frente, enemigos que inspiraban miedo. Pero Satanás es taimado. A medida que transcurría el tiempo, cambió su faz diabólica por un nuevo rostro, el rostro de la razón pura. Transparente e insidioso, pero carente de alma al mismo tiempo. —La voz del camarlengo se tiñó de ira, una transición casi demoníaca—. Dígame, señor Kohler, ¿cómo puede la Iglesia condenar lo que nuestras mentes consideran lógico? ¿Cómo podemos censurar lo que constituye los mismísimos cimientos de nuestra sociedad? Cada vez que la Iglesia alza su voz para advertir a la humanidad, ustedes nos llaman ignorantes. Paranoicos. ¡Controladores! Así se esparce su maldad. Cubierta por un velo de intelectualismo justiciero. ¡Se multiplica como un cáncer! Santificado por los milagros de su tecnología. ¡Deificándose! Hasta que ya sólo se puede sospechar de ustedes que son la bondad personificada. La ciencia ha venido a salvarnos de nuestras enfermedades, del hambre y el dolor. Contemplad la Ciencia: el nuevo Dios de incesantes milagros, omnipotente y benevolente. Haced caso omiso de las armas y el caos. Olvidad la soledad fracturada, el peligro incesante. ¡La ciencia está aquí! —El camarlengo avanzó hacia la pistola—. Pero yo he visto el rostro de Satanás al acecho... Yo he visto el peligro...»
«¿De qué está hablando? ¡La ciencia de Vetra demostró en la práctica la existencia de su Dios! ¡Era su aliado!»
«¿Aliado? ¡La ciencia y la religión no están juntas en esto! ¡Usted y yo no buscamos al mismo Dios! ¿Quién es su Dios? ¿Uno formado por protones, masas y cargas de partículas? ¿Cómo inspira su Dios? ¿Cómo se infiltra en el corazón del hombre y le recuerda que responde ante un poder más grande, que es responsable ante sus semejantes? Vetra se había desviado del camino. ¡Su trabajo no era religioso, era sacrílego! El hombre no puede poner la Creación en un tubo de ensayo y mostrarlo al mundo entero. ¡Esto no glorifica a Dios, lo degrada!»
El camarlengo había extendido las manos como garras, y en su voz se revelaba un punto de locura.
«¡Por eso ordenó que asesinaran a Leonardo Vetra!»
«¡ Por la Iglesia! ¡ Por toda la humanidad! ¡ Por la locura de todo ello! El hombre no está preparado para disponer del poder de la Creación. ¿Dios en un tubo de ensayo? ¿Una gota de líquido capaz de desintegrar una ciudad entera? ¡Era preciso detenerle!»
El camarlengo enmudeció de repente. Desvió la vista hacia el fuego. Daba la impresión de estar repasando sus alternativas.
Las manos de Kohler sujetaron con firmeza la pistola.
«Ha confesado. No tiene escapatoria.»
El camarlengo lanzó una carcajada triste.
«No lo entiende, señor Kohler. Confesar los pecados es la escapatoria. —Miró hacia la puerta—. Cuando Dios te apoya, cuentas con opciones que ningún otro hombre podría comprender.»
Apenas había terminado de hablar, el camarlengo asió el cuello de la sotana y lo desgarró con violencia, dejando al descubierto el pecho desnudo.
«¿Qué está haciendo? —preguntó Kohler, sorprendido.»
El camarlengo no contestó. Retrocedió hacia la chimenea y extrajo un objeto de las brasas.
«¡Alto! —ordenó Kohler, apuntando el arma—. ¿Qué está haciendo?»
Cuando el camarlengo se volvió, sostenía un hierro al rojo vivo. El Diamante de los Illuminati. Los ojos del hombre enloquecieron de repente.
«Tenía la intención de hacerlo sin ayuda. —Su voz transmitía una feroz intensidad—. Pero ahora... Veo que Dios quería que usted me acompañara. Usted es mi salvación.»
Antes de que Kohler pudiera reaccionar, el camarlengo cerró los ojos, arqueó la espalda y hundió el hierro al rojo vivo en el centro de su pecho. Su carne siseó.
«¡Santa María! Madre de Dios... ¡Mira a tu hijo!»
Lanzó un grito de dolor.
Kohler apareció en pantalla... Se puso de pie con movimientos torpes, agitando la pistola ante él.
El camarlengo chilló con más fuerza. Arrojó el hierro a los pies del director del CERN. Después, el sacerdote cayó al suelo, retorciéndose de dolor.
Los acontecimientos se precipitaron.
La Guardia Suiza irrumpió en la habitación. Se oyeron disparos sucesivos. Kohler se aferró el pecho, saltó hacia atrás cubierto de sangre y se desplomó en la silla de ruedas.
«¡No!» —gritó Rocher, al tiempo que intentaba impedir que sus guardias dispararan contra Kohler.
El camarlengo, que seguía retorciéndose en el suelo, rodó y le señaló frenéticamente.
«¡Illuminatus!»
«Bastardo —gritó Rocher al tiempo que se precipitaba hacia él—. Inmundo bast...»
Chartrand le abatió de tres balazos. El capitán cayó muerto al suelo.
Después los guardias corrieron hacia el camarlengo herido. Cuando se agacharon, la cámara captó a un aturdido Robert Lang-don, arrodillado junto a la silla de ruedas, examinando el hierro. Luego, la imagen se movió violentamente. Kohler había recuperado el sentido y estaba soltando la minicámara del brazo de la silla. Intentaba entregársela a Langdon.
«Déselo... —jadeó Kohler—. Dé esto a las tele... visiones.»
Después la pantalla quedó en blanco.


130

El camarlengo empezó a sentir que el asombro y la adrenalina que le embargaban se disipaban. Cuando los Guardias Suizos le ayudaron a bajar por la Escalera Real para dirigirse a la Capilla Sixtina, Carlo Ventresca oyó cánticos en la plaza de San Pedro y supo que las montañas se habían movido.
Grazie, Dio.
Había rezado para tener fuerzas, y Dios se las había concedido. En algunos momentos de duda, Dios le había hablado. La tuya es una misión santa, había dicho Dios. Yo te infundiré energía. Incluso con la energía de Dios, el camarlengo había sentido miedo, y se había cuestionado la rectitud de su misión.
Si no eres tú, le había retado Dios, ¿quién si no?
Si ahora no, ¿cuándo?
Si así no, ¿cómo?
Jesús, le recordó, había salvado a todos los hombres, los había salvado de su propia apatía. Con dos actos, Jesús les había abierto los ojos. Horror y Esperanza. La crucifixión y la resurrección. Había cambiado el mundo.
Pero eso sucedió milenios antes. El tiempo había erosionado el milagro. La gente había olvidado. Se habían entregado a ídolos falsos, tecnodeidades y milagros de la mente. ¿Y los milagros del corazón?
El camarlengo había rezado con frecuencia a Dios que le enseñara a devolver la fe a la gente. Pero Dios había guardado silencio.

No fue hasta el momento de mayor oscuridad del camarlengo que Dios se le apareció. ¡Oh, el horror de aquella noche!
El camarlengo aún recordaba que yacía en el suelo, con el camisón desgarrado, arañándose la carne, intentando purgar su alma del dolor provocado por una vil verdad que acababa de saber. ¡No puede ser!, había chillado. Pero sabía que era cierto. El engaño le atormentaba como el fuego del infierno. El obispo que le había adoptado, el hombre que había sido como un padre para él, el sacerdote junto al cual se había erguido el camarlengo cuando fue proclamado Papa... era un falsario. Un vulgar pecador. Había mentido al mundo acerca de un hecho tan traicionero en su esencia que el camarlengo dudaba de que Dios pudiera perdonarle.
«¡El juramento! —había chillado el camarlengo al Papa—. ¡Ha quebrantado el juramento que hizo a Dios! ¡Usted, de entre todos los hombres!»
El Papa había intentado explicarse, pero el camarlengo no le escuchó. Había salido huyendo por los pasillos, vomitando, arañándose, hasta que se descubrió solo y cubierto de sangre, tendido ante la tumba de San Pedro, sobre el suelo de tierra. Virgen María, ¿qué debo hacer? Fue en aquel momento de dolor y traición, cuando el camarlengo yacía destrozado en la Necrópolis, rezando a Dios para que le sacara de este mundo descreído, cuando Dios acudió a él.
La voz resonó en su cabeza como el fragor de un trueno.
«¿Juraste servir a tu Dios?»
«¡Sí!» —gritó el camarlengo.
«¿Morirías por tu Dios?»
«¡Sí! ¡Acéptame ahora!»
«¿Morirías por tu Iglesia?»
«¡Sí! ¡Ponme a prueba!»
«Pero ¿morirías por... la humanidad?»
En el silencio que siguió, el camarlengo Ventresca tuvo la sensación de precipitarse a un abismo. Pero sabía la respuesta. Siempre la había sabido.
«¡Sí! —gritó como un poseso—. ¡Moriría por la humanidad! ¡Al igual que Tu hijo, moriría por ella!»
Horas más tarde, el camarlengo seguía tendido en el suelo, tembloroso. Vio el rostro de su madre. Dios tiene planes para ti, estaba diciendo. El camarlengo se hundió todavía más en la locura. Fue entonces cuando Dios volvió a hablarle. Esta vez en silencio. Pero él comprendió. Devuélveles la fe.
Si yo no, ¿quién?
Si ahora no, ¿cuándo?
Cuando los guardias abrieron las puertas de la Capilla Sixtina, el camarlengo sintió que el poder hervía en sus venas, igual que cuando era niño. Dios le había elegido. Hacía mucho tiempo.
Se hará Su voluntad.
El camarlengo experimentaba la sensación de haber renacido. Los Guardias Suizos le habían vendado el pecho, le habían bañado y vestido con una sotana de hilo blanco. También le habían dado una inyección de morfina para la quemadura. El camarlengo se arrepintió de que le hubieran administrado sedantes. ¡Jesús soportó su dolor durante tres días en la cruz! Sentía ya que la droga embotaba sus sentidos, una resaca mareante.
Cuando entró en la capilla, no le sorprendió ver que los cardenales le miraban con estupefacción. Sienten el temor de Dios, se recordó. No de mí, pero de cómo Dios se manifiesta a través de mí. Cuando se dirigió hacia el pasillo central, vio perplejidad en todas las caras. No obstante, a medida que iba pasando delante de cada cara, percibió algo más en sus ojos. ¿Qué era? El camarlengo había intentado imaginar cómo le recibirían esta noche. ¿Con regocijo? ¿Con reverencia? Intentó leer en sus ojos y no vio ninguna de ambas emociones.
Fue entonces cuando el camarlengo desvió la vista hacia el altar y vio a Robert Langdon.


131

El camarlengo Carlo Ventresca se detuvo en el pasillo de la Capilla Sixtina. Los cardenales se hallaban cerca de la parte delantera de la iglesia, mirándole. Robert Langdon estaba en el altar, al lado de un televisor que reproducía una escena familiar para el camarlengo, pero que no podía imaginar cómo se había grabado. Vittoria Vetra le miraba también, con el rostro desencajado.
El camarlengo cerró los ojos un momento, con la esperanza de que la morfina le estuviera produciendo alucinaciones y de que, cuando abriera los ojos, la escena sería diferente. Pero no fue así.
Lo sabían.
No sintió miedo. Enséñame el camino, Padre. Dame las palabras necesarias para comunicarles Tu visión.
Pero el camarlengo no oyó ninguna respuesta.
Padre, hemos llegado demasiado lejos para flaquear ahora.
Silencio.
No entienden lo que hemos hecho.
El camarlengo ignoraba qué voz había oído en su mente, pero el mensaje era claro.
La verdad os hará libres...
Y así, el camarlengo Ventresca caminó con la cabeza bien alta hasta la parte delantera de la Capilla Sixtina. Cuando avanzó hacia los cardenales, ni siquiera la luz difusa de las velas pudo suavizar las miradas que le taladraban. Explícate, decían los rostros. Explica esta locura. ¡Dinos que nuestros temores son injustificados!
La verdad, se dijo el camarlengo. Sólo la verdad. Había demasiados secretos entre estas paredes... y uno tan oscuro que le había empujado a la locura. Pero de la locura había surgido la luz.
—Si pudierais entregar vuestra alma para salvar millones —dijo el camarlengo mientras caminaba por el pasillo—, ¿lo haríais?
Las caras le siguieron mirando. Nadie se movió. Nadie habló. Al otro lado de las paredes, se oían cánticos jubilosos en la plaza.
El camarlengo se dirigió hacia ellos.
—¿Cuál es el mayor pecado, matar al enemigo o permanecer ocioso mientras estrangulan a tu verdadero amor?
¡Están cantando en la plaza de San Pedro! El camarlengo se detuvo un momento y miró el techo de la capilla. El Dios de Miguel Ángel le estaba mirando desde la bóveda... y parecía complacido.
—Ya no podía soportarlo —dijo el camarlengo. No obstante, cuando se acercó más, no vio comprensión en los ojos de nadie. ¿No veían acaso la radiante simplicidad de sus acciones? ¿No se daban cuenta de la absoluta necesidad?
Había sido tan puro.
Los Illuminati. Ciencia y Satanás a la vez.
Resucitar el antiguo miedo. Para luego aplastarlo.
Horror y Esperanza. Haz que vuelvan a creer.
Esta noche, el poder de los Illuminati se había desatado de nuevo... y con gloriosas consecuencias. La apatía se había evaporado. El miedo había recorrido el mundo como un rayo, uniendo a la gente. Y después, la majestad de Dios había conquistado la oscuridad.
¡Ya no podía seguir siendo un espectador pasivo!
La inspiración había provenido de Dios, aparecido como un faro en la noche de agonía del camarlengo. ¡Oh, este mundo descreído! Alguien ha de liberarlos. Tú. Si no tú, ¿quién? Has sido salvado por un motivo. Enséñales los viejos demonios. Recuérdales su miedo. La apatía es la muerte. Sin oscuridad no hay luz. Sin mal no hay bien. Oblígales a elegir. Oscuridad o luz. ¿Dónde está el miedo? ¿Dónde están los héroes? Si ahora no, ¿cuándo?
El camarlengo iba al encuentro de los cardenales. Se sintió como Moisés cuando el mar de fajines y bonetes rojos se dividió para dejarle pasar. Robert Langdon apagó el televisor, tomó la mano de Vittoria y abandonó el altar. El camarlengo sabía que el hecho de que Robert Langdon hubiera sobrevivido sólo podía ser voluntad de Dios. Dios había salvado a Robert Langdon. El sacerdote se preguntó por qué.
La voz que rompió el silencio fue la voz de la única mujer que había en la Capilla Sixtina.
—¿Usted asesinó a mi padre? —preguntó al tiempo que daba un paso adelante.
Cuando el camarlengo se volvió hacia Vittoria Vetra, no pudo comprender la mirada de su rostro. Dolor, sí, pero ¿ira? Tenía que entenderlo. El genio de su padre era mortífero. Había sido preciso detenerle. Por el bien de la humanidad.
—Estaba haciendo el trabajo de Dios —dijo Vittoria.
—El trabajo de Dios no se hace en un laboratorio. Se hace en el corazón.
—¡El corazón de mi padre era puro! Y su investigación demostraba...
—¡Su investigación demostraba una vez más que la mente del hombre progresa con más rapidez que su alma! —La voz del camarlengo era más aguda de lo que había esperado. Bajó la voz—. Si un hombre tan espiritual como su padre fue capaz de crear un arma como la que hemos visto esta noche, imagine lo que un hombre corriente hará con esta tecnología.
—¿Un hombre como usted?
El camarlengo respiró hondo. ¿Es que no se daba cuenta? La moral del hombre no avanzaba tan rápido como su ciencia. La humanidad no estaba tan avanzada espiritualmente para los poderes que poseía. ¡Nunca hemos creado un arma que no hayamos utilizado! Y sin embargo, la antimateria no era nada, un arma más en el ya repleto arsenal del hombre. El hombre ya podía destruir. Hacía mucho tiempo que había aprendido a matar. Y la sangre de su madre se derramó. El genio de Leonardo Vetra era peligroso por otro motivo.
—Durante siglos —explicó el camarlengo—, la Iglesia ha resistido, mientras la ciencia desmenuzaba la religión poco a poco. Milagros desprestigiadores. Entrenar a la mente para imponerse al corazón. Condenar la religión como opio del pueblo. Denuncian que Dios es una alucinación, una muleta ilusoria para los que son demasiado débiles para aceptar que la vida carece de sentido. No podía quedarme cruzado de brazos mientras la ciencia presumía de dominar el poder del propio Dios. ¿Pruebas, dice? ¡Sí, pruebas de la ignorancia de la ciencia! ¿Qué tiene de malo admitir que existe algo más allá de nuestra comprensión? ¡El día que la ciencia sustancie a Dios en un laboratorio, la gente dejará de necesitar la fe!
—Quiere decir que dejará de necesitar a la Iglesia —corrigió Vit-toria, y avanzó hacia él—. En la duda residen sus últimos jirones de control. La duda es lo que les proporciona almas. Nuestra necesidad de saber que la vida posee un sentido. La inseguridad del hombre y la necesidad de un alma esclarecida, capaz de asegurarle que todo forma parte de un plan maestro. ¡Pero la Iglesia no es la única alma esclarecida del planeta! Todos buscamos a Dios de diferentes maneras. ¿De qué tiene miedo? ¿De que Dios se revelará en otra parte que no sea entre estas paredes? ¿De que la gente lo encuentre en su vida y abandone sus anticuados rituales? ¡Las religiones evolucionan! La mente encuentra respuestas, verdades nuevas florecen en el corazón. ¡Mi padre buscaba lo mismo que ustedes!. ¡Un sendero paralelo! ¿Por qué no lo entienden? Dios no es una autoridad omnipotente que observa desde arriba, amenazando con arrojarnos a un pozo de fuego si desobedecemos. ¡Dios es la energía que fluye por las sinapsis de nuestro sistema nervioso y las cavidades de nuestros corazones! ¡Dios está en todas las cosas!
—Excepto en la ciencia —replicó el camarlengo con una mirada compasiva—. La ciencia, por definición, carece de alma. Está divorciada del corazón. Los milagros intelectuales como la antimateria llegan a este mundo sin instrucciones éticas. ¡Eso es peligroso en sí mismo! Pero ¿qué sucede cuando la ciencia proclama que sus investigaciones ateas constituyen el sendero del esclarecimiento? ¿Cuando promete respuestas a preguntas cuya belleza radica en que no hay respuestas? —Meneó la cabeza—. No.
Se hizo un momento de silencio. De repente, el camarlengo se sintió cansado, y sostuvo la mirada desafiante de Vittoria. Éste no era el desenlace que esperaba. ¿Era la prueba final de Dios?
Fue Mortati quien rompió el silencio.
—Los preferiti —dijo en un susurro—. Baggia y los demás. Dígame que no...
El camarlengo se volvió hacia él, sorprendido por el dolor de su voz. Mortati debía comprender. Los titulares anunciaban milagros científicos cada día. ¿Cuánto tiempo había pasado sin ellos la religión? ¿Siglos? ¡La religión necesitaba un milagro! Algo que despertara a un mundo adormilado. Que lo devolviera a la senda del bien. Que restaurara la fe. Los preferiti no eran líderes, sino transformadores, liberales dispuestos a aceptar el nuevo mundo y abandonar las viejas costumbres. Este era el único camino. Un nuevo líder. Joven. Poderoso. Vibrante. Milagroso. Los preferiti servían a la Iglesia con mucha más eficacia muertos que vivos. Horror y Esperanza. Ofrecer cuatro almas para salvar millones. El mundo los recordaría siempre como mártires. La Iglesia rendiría un tributo glorioso a sus nombres. ¿Cuántos miles han muerto por la gloria de Dios? Ellos sólo son cuatro.
—Los preferiti —repitió Mortati.
—Compartí su dolor —se defendió el camarlengo, indicando su pecho—. Yo también moriría por Dios, pero mi trabajo no ha hecho más que empezar. ¡Están cantando en la plaza de San Pedro!
El camarlengo vio horror en los ojos de Mortati, y una vez más se sintió confuso. ¿Era la morfina? Mortati le estaba mirando como si él hubiera asesinado a esos hombres con las manos desnudas. Hasta eso haría por Dios, pensó el camarlengo, pero no lo había hecho. El agente causante había sido el hassassin, un alma pagana inducida mediante engaños a pensar que estaba sirviendo a los Illuminati. Yo soy Jano, le dijo el camarlengo. Demostraré mi poder. Y lo había hecho. El odio del hassassin le convirtió en un peón de Dios.
—Escuche los cánticos —sonrió el camarlengo, con regocijo en el corazón—. Nada une tanto a los corazones como la presencia del mal. Quemen una iglesia y la comunidad se indigna, enlaza las manos, canta himnos de desafío mientras la reconstruye. Mire cómo acuden en bandadas esta noche. El miedo los ha devuelto a casa. Hay que forjar demonios modernos para el hombre moderno. La apatía es la muerte. Enséñeles el rostro del mal, satanistas agazapados entre nosotros, dirigiendo nuestros gobiernos, nuestros bancos, nuestras escuelas, amenazando con destruir la Casa de Dios con su ciencia descarriada. La depravación es profunda. El hombre ha de permanecer vigilante. Buscar el bien. ¡Convertirse en el bien!
Cuando se hizo el silencio, el camarlengo confió en que ahora comprenderían. Los Illuminati no habían resucitado. Hacía mucho tiempo que los Illuminati habían muerto. Sólo su mito vivía. El camarlengo había resucitado los Illuminati a modo de recordatorio. Los que conocían la historia de los Illuminati revivían su maldad. Los que no, habían descubierto su existencia y se asombraban de lo ciegos que habían sido. Los antiguos demonios habían resucitado para despertar a un mundo indiferente.
—Pero... ¿y las marcas?
La voz de Mortati temblaba de indignación.
El camarlengo no contestó. Mortati no podía saberlo, pero los hierros de marcar habían sido confiscados por el Vaticano más de un siglo antes. Los habían encerrado a cal y canto, olvidados y cubiertos de polvo, en la Cámara Papal, el relicario privado del Papa, en los Aposentos Borgia. La Cámara Papal contenía aquellos objetos que la Iglesia consideraba demasiado peligrosos para que alguien los viera, excepto el Papa.
¿Por qué escondieron lo que inspiraba miedo? ¡El miedo devuelve a las personas a Dios!
La llave de la Cámara pasaba de Papa a Papa. El camarlengo Carlo Ventresca se había apoderado de la llave y entrado. El mito de los contenidos de la Cámara era fascinante: el manuscrito original de los catorce libros inéditos de la Biblia, conocidos como los Apocrypha, la tercera profecía de Fátima. Las dos primeras se habían realizado y la tercera era tan aterradora que la Iglesia nunca la revelaría. Además, el camarlengo había encontrado la Colección de los Illuminati, todos los secretos que la Iglesia había descubierto después de expulsar al grupo de Roma: su despreciable Sendero de la Iluminación, el astuto engaño del principal artista del Vaticano, Bernini... Los mejores científicos de Europa se burlaban de la religión cuando se reunían en secreto en el castillo de Sant' Angelo del Vaticano. La colección incluía una caja pentagonal que contenía hierros de marcar,
uno de ellos el mítico Diamante de los Illuminati. Constituían una parte de la historia del Vaticano que los antiguos prefirieron sepultar en el olvido. El camarlengo no había estado de acuerdo.
—Pero la antimateria... —preguntó Vittoria—. ¡Se arriesgó a destruir el Vaticano!
—No existe el peligro cuando Dios está de tu parte —replicó el camarlengo—. Era Su causa.
—¡Usted está loco! —exclamó con odio la joven.
—Se salvaron millones.
—¡Han asesinado a gente!
—Se salvaron almas.
—¡Dígaselo a mi padre y a Max Kohler!
—Había que revelar la arrogancia del CERN. ¿Una gota de líquido capaz de desintegrar un kilómetro cuadrado? ¿Y usted me llama loco? —El camarlengo sintió que la ira se apoderaba de él. ¿Creían que su carga era sencilla?—. ¡Dios pone a prueba a los creyentes! Dios pidió a Abraham que sacrificara a su hijo. ¡Dios pidió a Jesús que padeciera la crucifixión! Por eso colgamos el símbolo del crucifijo delante de nuestros ojos, ensangrentado, doloroso, agonizante, para recordar el poder del mal. ¡Para mantener vigilantes nuestros corazones! ¡Las cicatrices del cuerpo de Cristo son un recordatorio viviente de los poderes de la oscuridad! ¡Mis cicatrices son un recordatorio viviente! ¡El mal vive, pero el poder de Dios vencerá!
Sus gritos resonaron en la pared posterior de la Capilla Sixtina, y después se hizo un profundo silencio. Dio la impresión de que el tiempo se detenía. El Juicio final de Miguel Ángel se alzaba, de manera ominosa detrás de él... Jesús arrojando a los pecadores al infierno. Brillaron lágrimas en los ojos de Mortati.
—¿Qué has hecho, Carlo? —preguntó en un susurro. Cerró los ojos, y una lágrima resbaló sobre su mejilla—. ¿Su Santidad?
Se elevó un suspiro de dolor colectivo, como si todos los presentes lo hubieran olvidado hasta este momento. El Papa. Envenenado.
—Un vil mentiroso —dijo el camarlengo.
Mortati parecía destrozado.
—¿Qué quieres decir? ¡Era sincero! Te... quería.
—Y yo a él.

¡Oh, cuánto le quería!. ¡Pero el engaño! ¡Los juramentos a Dios quebrantados!
El camarlengo sabía que no comprendían aún, pero lo harían. ¡Cuando se lo dijera, comprenderían! Su Santidad era el más nefasto farsante que la Iglesia había conocido. El camarlengo aún recordaba aquella noche terrible. Había regresado de su viaje al CERN con la noticia del Génesis de Vetra y el horripilante poder de la antimateria. El camarlengo estaba seguro de que el Papa se daría cuenta de los peligros, pero el Santo Padre sólo confiaba en el éxito de Vetra. Hasta sugirió que el Vaticano financiara el trabajo del físico, como un gesto de buena voluntad hacia la investigación científica con base espiritual.
¡Qué locura! ¡Que la Iglesia invirtiera en una investigación que amenazaba con destruirla! Una investigación que resultaría en armas de destrucción masiva. La bomba que había matado a su madre...
—Pero... ¡no puede hacer eso! —había exclamado el camarlengo Ventresca.
—Estoy en deuda con la ciencia —había contestado el pontífice—. Es algo que he ocultado durante toda mi vida. La ciencia me hizo un regalo cuando era joven. Un regalo que nunca he olvidado.
—No lo entiendo. ¿Qué puede ofrecer la ciencia a un hombre de Dios?
—Es complicado —había dicho el Papa—. Necesitaré tiempo para conseguir que lo comprendas. Pero antes, has de conocer un dato sobre mí. Lo he ocultado todos estos años. Creo que ya es hora de que te lo cuente.
Entonces el Papa le reveló la sorprendente verdad.


132

El camarlengo yacía en posición fetal sobre el suelo de tierra de la tumba de San Pedro. Hacía frío en la Necrópolis, pero contribuía a coagular la sangre de las heridas que se había hecho al desgarrar su propia carne. Su Santidad no le encontraría aquí. Nadie le encontraría aquí...
«Es complicado —resonó en su mente la voz del Papa—. Necesitaré tiempo para conseguir que lo comprendas...» Pero el camarlengo sabía que el tiempo no le ayudaría a comprender.
¡Mentiroso! ¡Yo creía en ti! ¡DIOS creía en ti!
Con una sola frase, el Papa había destrozado el mundo del camarlengo. Todo lo que siempre había creído sobre su mentor había saltado en pedazos ante sus ojos. La verdad asaeteó el corazón del sacerdote con tal fuerza que salió tambaleante del despacho del Papa y vomitó en el pasillo.
—¡Espera! —había gritado el Papa, corriendo tras él—. ¡Déjame que te explique!
Pero el camarlengo huyó. ¿Cómo podía esperar Su Santidad que aguantara más? ¡Oh, qué retorcida depravación! ¿Y si alguien más lo descubría? ¡Qué profanación para la Iglesia! ¿Los votos sagrados del Papa no significaban nada?
La locura se apoderó de él al instante, chilló en sus oídos, hasta que despertó ante la tumba de San Pedro. Fue entonces cuando Dios acudió a él con ferocidad aterradora.
¡TU DIOS ES VENGATIVO!

Hicieron planes juntos. Juntos protegerían a la Iglesia. Juntos devolverían la fe a este mundo incrédulo. El mal estaba en todas partes. ¡No obstante, el mundo se había inmunizado! Juntos ahuyentarían la oscuridad para que el mundo viera la terrible verdad... ¡y Dios vencería! Horror y Esperanza. ¡Entonces el mundo creería!
La primera prueba de Dios había sido menos horrible de lo que el camarlengo imaginaba. Introducirse en los aposentos papales, llenar la jeringa, tapar la boca del farsante cuando los espasmos le condujeron a la muerte... A la luz de la luna, el camarlengo vio en los ojos desorbitados del Papa que quería decir algo.
Pero era demasiado tarde.
El Papa ya había hablado bastante.


133

—El Papa tenía un hijo.
El camarlengo habló sin pestañear. Cinco solitarias y asombrosas palabras. Dio la impresión de que los reunidos se encogían al unísono. Las expresiones acusadoras dieron paso a miradas de estupor, como si todas las almas presentes en la estancia se encontraran rogando a Dios que el camarlengo estuviera equivocado.
El Papa tenía un hijo.
Langdon sintió que la onda de choque también le alcanzaba a él. La mano de Vittoria, que apretaba la suya, se agitó, mientras su mente, ya aturdida por las numerosas preguntas sin respuesta, se esforzaba por encontrar un centro de gravedad.
Era como si la afirmación del camarlengo fuera a flotar eternamente en el aire. Langdon distinguió en los ojos alucinados del sacerdote la convicción más absoluta. Langdon quiso zafarse, decirse que estaba perdido en una grotesca pesadilla, despertar cuanto antes en un mundo lógico.
—¡Eso es mentira! —gritó un cardenal.
—¡No lo creo! —protestó otro—. ¡Su Santidad era el hombre más devoto del mundo!
Fue Mortati quien habló a continuación con voz devastada.
—Amigos míos, lo que dice el camarlengo es cierto. —Todos los cardenales giraron en redondo hacia Mortati, como si acabara de gritar una obscenidad—. El Papa tenía un hijo.
Los cardenales palidecieron de horror.
El camarlengo parecía estupefacto.
—¿Usted lo sabía? Pero... ¿cómo?
Mortati suspiró.
—Cuando Su Santidad fue elegido, yo fui el Abogado del Diablo.
Se oyó una exclamación ahogada colectiva.
Langdon comprendió. Esto significaba que la información debía ser cierta. El infame «Abogado del Diablo» era la autoridad en lo referente a información escandalosa en el Vaticano. Los secretos de familia de un Papa eran peligrosos, y antes de las elecciones se llevaban a cabo investigaciones minuciosas sobre el pasado del candidato, y el responsable era un solo cardenal, que hacía las veces de «Abogado del Diablo», el individuo responsable de desenterrar razones suficientes para impedir que un cardenal llegara a Papa. El Papa gobernante elegía al Abogado del Diablo antes de su muerte. El Abogado del Diablo nunca revelaba su identidad. Nunca.
—Yo era el Abogado del Diablo —repitió Mortati—. Así fue cómo lo descubrí.
Los cardenales se quedaron boquiabiertos. Por lo visto, ésta era la noche en que todas las reglas quedaban hechas añicos.
El camarlengo Carlo Ventresca sintió que su corazón se henchía de rabia.
—Y usted... ¿no se lo dijo a nadie?
—Interrogué a Su Santidad —dijo Mortati—. Y confesó. Explicó toda la historia y sólo pidió que me dejara guiar por mi conciencia cuando decidiera si debía revelar o no su secreto.
—¿Su corazón le aconsejó callar la información?
—Era el candidato favorito. La gente le quería. El escándalo habría perjudicado muchísimo a la Iglesia.
—¡Pero tenía un hijo! ¡Quebrantó el sagrado voto de celibato! —El camarlengo estaba chillando. Oía la voz de su madre. Una promesa a Dios es la promesa más importante de todas. Nunca quebrantes una promesa hecha a Dios—. ¡El Papa rompió su juramento!
Mortati parecía delirante de angustia.
—Carlo, su amor... fue casto. No había quebrantado sus votos. ¿No te lo explicó?
—¿Explicar qué?
El camarlengo recordó que había salido corriendo del despacho del Papa, mientras éste le llamaba. ¡Déjame que te explique!
Poco a poco, con tristeza, Mortati contó la historia. Muchos años antes, el Papa, cuando era un simple sacerdote, se había enamorado de una joven monja. Los dos habían tomado el voto de castidad, y ni siquiera habían considerado la posibilidad de romper su compromiso con Dios. Aun así, cuando su amor aumentó, si bien eran capaces de resistir las tentaciones de la carne, se descubrieron deseando algo que no esperaban, participar en el supremo milagro de la Creación de Dios: un hijo. El hijo de ambos. El anhelo, sobre todo por parte de ella, era abrumador. Pese a todo, Dios estaba antes que nada. Un año después, cuando la frustración había alcanzado proporciones casi insufribles, ella fue a verle, muy entusiasmada. Había leído un artículo acerca de un nuevo milagro de la ciencia, un proceso mediante el cual dos personas, sin mantener relaciones sexuales, podían tener un hijo. Presentía que era una señal de Dios. El sacerdote vio la felicidad en sus ojos y asintió. Un año después, ella tuvo un hijo mediante el milagro de la inseminación artificial.
—Esto no puede... ser verdad —dijo el camarlengo, presa del pánico, con la esperanza de que la morfina estuviera nublando sus sentidos. Estaba oyendo cosas, de eso no cabía duda.
Había lágrimas en los ojos de Mortati.
—Carlo, ésa es la explicación de que Su Santidad siempre tuviera afecto por la ciencia. Pensaba que estaba en deuda con la ciencia. La ciencia le permitía disfrutar de las alegrías de la paternidad sin romper el voto de castidad. Su Santidad me dijo que no lamentaba nada, excepto una cosa: que su elevado rango en la Iglesia le prohibiera estar con la mujer a la que amaba y ver crecer a su hijo.
El camarlengo Carlo Ventresca sintió que la locura se adueñaba de él una vez más. Tuvo ganas de desgarrarse la carne. ¿Cómo iba a saberlo?
—El Papa no cometió ningún pecado, Carlo. Era casto.
—Pero... —El camarlengo buscó algo de racionalidad en su mente angustiada—. Piense en el peligro... de sus actos. —Su voz era débil—. ¿Y si su puta revelara el secreto? ¿O su hijo, Dios no lo permita? Imagine la vergüenza que recaería sobre la Iglesia.
—El hijo ya ha revelado la información —dijo Mortati con voz temblorosa.
Todo el mundo contuvo la respiración.
—¿Carlo...? —Mortati se derrumbó—. El hijo de Su Santidad.. . eres tú.
En aquel momento, el camarlengo sintió que el fuego de la fe se apagaba en su corazón. Se mantuvo inmóvil y tembloroso en el altar, enmarcado por el juicio final de Miguel Ángel. Supo que había vislumbrado el infierno. Abrió la boca para hablar, pero sus labios se agitaron sin emitir sonidos.
—¿No lo entiendes? —preguntó Mortati con voz estrangulada—. Por eso Su Santidad fue a verte al hospital de Palermo cuando eras pequeño. Por eso te adoptó y educó. La monja a la que amaba era María, tu madre. Abandonó el convento para educarte, pero nunca renunció a su estricta devoción a Dios. Cuando el Papa se enteró de que había muerto en una explosión, y de que tú, su hijo, habías sobrevivido milagrosamente, juró a Dios que nunca volvería a dejarte solo. Tus dos padres eran vírgenes, Carlo. Fueron fieles a sus votos. Aun así, encontraron una forma de traerte al mundo. Tú fuiste su hijo milagroso.
El camarlengo se tapó los oídos para no tener que escuchar las palabras. Estaba paralizado en el altar. Después, desposeído de su mundo, cayó de rodillas y emitió un aullido de angustia.
Segundos. Minutos. Horas.
Daba la impresión de que el tiempo había perdido todo significado en el interior de la capilla. Vittoria Vetra sintió entonces que se iba liberando poco a poco de la parálisis que parecía inmovilizarlos a todos. Soltó la mano de Langdon y empezó a moverse entre los cardenales. Pensó que la puerta de la capilla se hallaba a kilómetros de distancia, y tuvo la sensación de que se estaba moviendo bajo el agua, a cámara lenta.
Su movimiento sacó a otros del trance. Algunos cardenales se pusieron a rezar. Otros lloraron. Algunos se volvieron hacia ella. Cuando casi había llegado a la puerta, una mano aferró su brazo, sin apretar pero con decisión. Se volvió y vio a un cardenal enjuto. Su rostro estaba nublado de terror.
—No —susurró el hombre—. No puedes.
Vittoria le miró con incredulidad.
Otro cardenal se materializó a su lado.
—Hemos de pensar antes de actuar.
Y otro.
—El dolor que esto podría causar...
Vittoria estaba rodeada. Los miró a todos, estupefacta.
—Pero los acontecimientos de esta noche... El mundo debería saber la verdad.
—Mi corazón está de acuerdo —dijo el cardenal enjuto, sin soltar su brazo—, pero éste es un camino sin retorno. Hemos de pensar en las esperanzas destrozadas. En el cinismo. ¿Cómo podría la gente volver a confiar en la Iglesia?
De repente, más cardenales le cortaron el paso. Había una muralla de sotanas negras ante ella.
—Escuche a la gente de la plaza —dijo uno—. ¿Cómo afectará esto a sus corazones? Hemos de proceder con prudencia.
—Necesitamos tiempo para pensar y rezar —dijo otro—. Hemos de actuar pensando en el futuro. Las repercusiones de esto...
—¡Asesinó a mi padre! —gritó Vittoria—. ¡Asesinó a su propio padre!
—No le quepa duda de que pagará por sus pecados —dijo con tristeza el cardenal que sujetaba su brazo.
Vittoria también estaba segura, y tenía la intención de encargarse de ello. Intentó abrirse paso hacia la puerta, pero los cardenales se lo impidieron con expresión aterrada.
—¿Qué van a hacer? —preguntó—. ¿Matarme?
Los ancianos palidecieron, y Vittoria se arrepintió al instante de sus palabras. Saltaba a la vista que aquellos hombres eran almas bondadosas. Ya habían visto suficiente violencia por esta noche. No significaban la menor amenaza. Sólo estaban acorralados. Asustados. Intentaban orientarse.
—Quiero... —dijo el cardenal enjuto— hacer lo que sea justo.
—Pues déjenla marchar —dijo una voz profunda detrás de ella.

Las palabras eran serenas, pero contundentes. Robert Langdon llegó a su lado, y ella sintió que le cogía la mano—. La señorita Vetra y yo vamos a salir de esta capilla. Ahora mismo.
Los cardenales, vacilantes, empezaron a apartarse.
—¡Esperen!
Era Mortati. Avanzó hacia ellos por el pasillo central, dejando al camarlengo solo y derrotado en el altar. De repente Mortati parecía tener más años de los que aparentaba. Llegó, apoyó una mano en el hombro de Langdon y otra en el de Vittoria. La joven sintió sinceridad en su tacto. Los ojos del hombre estaban llenos de lágrimas.
—Pues claro que pueden marcharse —dijo Mortati—. Por supuesto. —El hombre hizo una pausa. Su dolor era casi tangible—. Sólo pido... —Contempló sus pies un largo momento, y luego miró a Langdon y Vittoria—. Dejen que lo haga yo. Saldré a la plaza ahora mismo y encontraré una solución. Yo se lo diré. No sé cómo, pero encontraré una manera. La confesión de la Iglesia debería llegar desde dentro. Deberíamos ser nosotros quienes aireáramos nuestros fracasos.
Mortati se volvió con tristeza hacia el altar.
—Carlo, has conducido a la Iglesia a esta desastrosa encrucijada.
Miró a su alrededor. El altar estaba desierto.
Se oyó un crujido de tela en el pasillo lateral, y la puerta se cerró.
El camarlengo se había ido.

134

La sotana blanca del camarlengo Ventresca onduló mientras se alejaba de la Capilla Sixtina por el pasillo. Los Guardias Suizos le habían mirado con perplejidad cuando salió solo de la capilla y les dijo que necesitaba un momento de soledad. Pero habían obedecido y le habían permitido continuar.
Ahora, cuando dobló la esquina y los perdió de vista, el camarlengo experimentó una oleada de emociones como no creía posible en la experiencia humana. Había envenenado al hombre al que llamaban «Santo Padre», el hombre que le llamaba «hijo mío». El camarlengo siempre había creído que las palabras «padre» e «hijo» eran una tradición religiosa, pero ahora sabía la diabólica verdad: las palabras eran literales.
Como aquella infausta noche de hacía semanas, el camarlengo sintió que la locura le invadía en la oscuridad.
Llovía la mañana que llamaron a la puerta del camarlengo y le despertaron de un sueño inquieto. Dijeron que el Papa no contestaba a la puerta ni al teléfono. El clero estaba asustado. El era la única persona que podía entrar en los aposentos del Papa sin ser anunciado.
El camarlengo entró solo y encontró al Papa tal como le había dejado, retorcido y muerto en su lecho. El rostro de Su Santidad parecía el de Satanás. Su lengua era negra como la muerte. El propio Diablo había dormido en la cama del Papa.

El camarlengo no sentía remordimientos. Dios había hablado.
Nadie se enteraría de la traición, todavía no... Eso vendría más tarde.
Anunció la terrible nueva: Su Santidad había muerto a causa de un ataque. Después preparó el cónclave.
La voz de la Virgen María estaba susurrando en su oído.
—Nunca rompas una promesa hecha a Dios.
—Te oigo, Madre —contestó—. Es un mundo sin fe. Es necesario devolverles al camino del bien. Horror y Esperanza. Es la única manera.
—Sí —dijo ella—. Si tú no, ¿quién? ¿Quién sacará a la Iglesia de la oscuridad?
Ninguno de los preferiti, desde luego. Eran viejos, cadáveres vivientes, liberales que seguirían los pasos del Papa, respaldando a la ciencia en memoria del fallecido, buscando seguidores modernos a base de abandonar la tradición. Ancianos desesperadamente anticuados, que fingían ser lo que no eran. Fracasarían, por supuesto. La fuerza de la Iglesia residía en su tradición, no en su transitoriedad. El mundo entero era transitorio. La Iglesia no necesitaba cambiar, sólo necesitaba recordar al mundo que era importante. ¡El mal vive! ¡Dios vencerá!
La Iglesia necesitaba un líder. ¡Los viejos no inspiran! ¡Jesús inspiraba! Joven, vibrante, poderoso... MILAGROSO.
—Disfruten de su té —dijo el camarlengo a los cuatro preferiti, dejándoles en la biblioteca privada del Papa antes del cónclave—. Su guía no tardará en llegar.
Los preferiti le dieron las gracias, contentos de que les hubieran concedido la oportunidad de visitar el famoso Passetto. ¡Qué cosa más rara! El camarlengo, antes de dejarlos, había abierto la puerta del Passetto, y a la hora en punto apareció por ella un sacerdote de aspecto extranjero provisto de una antorcha que había guiado a los emocionados favoriti.

No habían vuelto a salir.
Ellos serán el Horror. Yo seré la Esperanza.
No... Yo soy el horror.
El camarlengo Carlo Ventresca atravesó la basílica de San Pedro en la oscuridad. De alguna forma, pese a la locura y la culpa, pese a las imágenes de su padre, pese al dolor y la revelación, pese incluso al efecto de la morfina, había encontrado una claridad brillante. La sensación de tener un destino. Conozco mi propósito, pensó, asombrado de su lucidez.
Desde el principio, nada en esta noche había salido como lo había planeado. Se habían presentado obstáculos imprevistos, pero él se había adaptado y efectuado audaces ajustes. De todos modos, nunca pudo imaginar que esta noche acabaría así, pero ahora conocía la majestad predeterminada del desenlace.
No podía terminar de otra forma.
¡Oh, qué terror había experimentado en la Capilla Sixtina, cuando se preguntó si Dios le había abandonado! ¡Oh, qué obras había ordenado Dios! Había caído de rodillas, asaltado por las dudas, mientras se esforzaba por oír la voz de Dios, pero sólo oyó silencio. Había suplicado una señal. Guía. Directrices. ¿Era ésta la voluntad de Dios? ¿La Iglesia destruida por el escándalo y la abominación? ¡No! ¡Era Dios quien había espoleado al camarlengo a actuar! ¿Verdad?
Entonces la había visto. Posada sobre el altar. Una señal. Comunicación divina. Algo corriente visto a una luz extraordinaria. El crucifijo. Humilde, de madera. Jesús en la cruz. En aquel momento, lo había visto todo claro... El camarlengo no estaba solo. Nunca estaría solo.
Esta era Su voluntad... Su Significado.
Dios siempre había pedido grandes sacrificios a los que más amaba. ¿Por qué había sido tan lento en comprender? ¿Era demasiado timorato? ¿Demasiado humilde? Daba igual. Dios había encontrado una forma. El camarlengo comprendía ahora por qué Robert Langdon se había salvado. Era para traer la verdad. Para forzar este final imprevisto.
¡Era la única forma de salvar a la Iglesia!
El camarlengo experimentó la sensación de que flotaba cuando descendió al Nicho de los Palios. La oleada de morfina parecía implacable, pero sabía que Dios le guiaba.
A lo lejos, oyó que los cardenales salían en tropel de la capilla y gritaban órdenes a la Guardia Suiza.
Pero nunca le encontrarían. A tiempo no.
Se sentía atraído... Más deprisa... Bajando a la zona subterránea donde brillaban las noventa y nueve lámparas de aceite. Dios le estaba devolviendo al suelo sagrado. El camarlengo avanzó hacia la rejilla que cubría la abertura de acceso a la Necrópolis. En la Necrópolis concluiría la noche. En la sagrada oscuridad del subsuelo. Levantó una lámpara de aceite y se preparó a bajar.
Pero se detuvo un momento. Había algo que no acababa de encajar. ¿Cómo servía esto a Dios? ¿Un final solitario y silencioso? Jesús había sufrido ante los ojos de todo el mundo. ¡Esto no podía ser la voluntad de Dios! El camarlengo escuchó, por sí podía oír la voz de Dios, pero sólo captó el zumbido confuso producto de la morfina.
—Carlo. —Era su madre—. Dios tiene planes para ti.
El camarlengo, perplejo, siguió caminando.
Entonces, sin previo aviso, Dios llegó.
El sacerdote paró en seco y miró. La luz de las noventa y nueve lámparas de aceite había proyectado la sombra del camarlengo sobre la pared de mármol que tenía al lado. Gigantesca y temible. Una forma neblinosa rodeada de luz dorada. Con llamas que oscilaban a su alrededor, el camarlengo parecía un ángel que ascendiera a los cielos. Permaneció inmóvil un momento, se llevó las manos a los costados y contempló su propia imagen. Después se volvió y miró hacia lo alto de la escalera.
El mensaje de Dios era diáfano.
Transcurrieron tres minutos en los caóticos pasillos que conducían a la Capilla Sixtina, pero nadie podía localizar al camarlengo. Era como si la noche se hubiera tragado al hombre. Mortati estaba a punto de ordenar un registro a gran escala del Vaticano, cuando un rugido de júbilo estalló en la plaza de San Pedro. La celebración espontánea de la multitud fue tumultuosa. Todos los cardenales intercambiaron miradas de sorpresa.
Mortati cerró los ojos.
—Que Dios nos asista.
Por segunda vez aquella noche, el Colegio Cardenalicio salió a la plaza de San Pedro. Langdon y Vittoria fueron arrastrados por la multitud de cardenales, y también salieron a la noche. Todos los focos y cámaras de las televisiones estaban dirigidos hacia la basílica. El camarlengo Carlo Ventresca había salido al balcón papal, situado en el centro exacto de la fachada, y tenía los brazos levantados al aire. Incluso desde lejos, parecía la encarnación de la pureza. Una estatuilla. Vestida de blanco. Bañada en luz.
Daba la impresión de que la energía concentrada en la plaza crecía como una ola gigante, y al instante la barrera de Guardias Suizos cedió. La muchedumbre se precipitó hacia la basílica en un eufórico torrente de humanidad. La gente lloraba, cantaba, las cámaras destellaban. Un pandemónium. El caos fue en aumento, y parecía que nada podía detenerlo.
Y entonces, algo lo hizo.
En el balcón, el camarlengo hizo un ademán mínimo. Enlazó las manos ante él. Después inclinó la cabeza en una oración silenciosa. Una a una, docenas a docenas, cientos a cientos, la gente agachó la cabeza con él.
La plaza quedó en silencio... como si le hubieran arrojado un hechizo.
En su mente, remolineante y distante, las oraciones del camarlengo eran un torrente de esperanzas y pesares... Perdóname, Padre... Madre. .. llena de gracia... tú eres la Iglesia... ojalá puedas comprender el sacrificio de tu único hijo.
Oh, Jesús mío... sálvanos de los fuegos del infierno... guía nuestras almas al cielo, sobre todo las de los más necesitados de misericordia...


El camarlengo no abrió los ojos para ver la muchedumbre amontonada, las cámaras de televisión, el mundo que miraba. Lo sentía en su alma. Pese a la angustia que le embargaba, la unidad del momento era embriagadora. Era como si una red conectora hubiera partido en todas las direcciones del globo. Delante de los televisores, en casa, en los coches, el mundo rezaba como un solo hombre. Como sinapsis de un corazón gigantesco que trabajaran al unísono, la gente buscó a Dios en docenas de idiomas, en cientos de países. Las palabras que susurraban eran nuevas, pero tan familiares para ellos como sus propias voces, verdades antiguas... impresas en el alma.
La armonía parecía eterna.
Los cánticos empezaron de nuevo.
Sabía que el momento había llegado.
Santísima Trinidad, Te ofrezco el más precioso Cuerpo, Sangre, Alma... en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias...
El camarlengo ya sentía la punzada del dolor físico. Se estaba esparciendo sobre su piel como una plaga, y le daban ganas de arañar su cuerpo como semanas antes, cuando Dios había acudido a él por primera vez. No olvides el dolor que Jesús soportó. Podía notar en su garganta el sabor de las emanaciones. Ni siquiera la morfina podía evitarlo.
Mi trabajo aquí ha terminado.
En el Nicho de los Palios, el camarlengo había obedecido la voluntad de Dios y untado su cuerpo. Su pelo. Su cara. Su sotana de hilo. Su carne. Estaba empapado en los aceites sagrados y viscosos de las lámparas. Su olor era dulce, como el de su madre, pero quemaba. La suya sería una ascensión misericordiosa. Misericordiosa y veloz. Y se iría sin dejar atrás ningún escándalo; al contrario, dejaría tras de sí una fuerza y un prodigio nuevos.
Hundió la mano en el bolsillo de la sotana y acarició el pequeño encendedor de oro que había traído con él del incendiario del Palio.
Susurró un verso del libro de los Jueces. Y cuando la llama ascendió hacia el Cielo, el Ángel del Señor ascendió con la llama.
Apoyó el pulgar.
Estaban cantando en la plaza de San Pedro...

♦ ♦ ♦
Nadie podría olvidar la visión que el mundo presenció.
En el balcón, como un alma que se liberara de su envoltura corporal, una pira de fuego luminosa brotó de la cintura del camarlengo. El fuego salió disparado hacia arriba y envolvió todo su cuerpo al instante. No chilló. Alzó los brazos sobre la cabeza y miró al cielo. La conflagración rugió a su alrededor, envolvió su cuerpo en una columna de luz. Quemó durante lo que pareció una eternidad al mundo. La luz era cada vez más brillante. Después, poco a poco, las llamas se desvanecieron. El camarlengo había desaparecido. Fue imposible deducir si se había derrumbado tras la balaustrada o evaporado en el aire. Sólo quedó una nube de humo que se elevó hacia el cielo.


135


La aurora llegó tarde a Roma.
Una tormenta matutina había expulsado a la muchedumbre de la plaza de San Pedro. Los reporteros de las televisiones resistieron, acurrucados bajo paraguas y en sus camionetas, comentando los acontecimientos de la noche. En todo el mundo, los templos estaban atestadas de gente. Era un momento de reflexión y discusión... en todas las religiones. Las preguntas se multiplicaban, pero las preguntas sólo parecían generar preguntas más profundas. Hasta el momento, el Vaticano había guardado silencio, sin hacer la menor declaración.
En la Sagrada Gruta Vaticana, el cardenal Mortati estaba arrodillado solo ante el sarcófago abierto. Cerró la boca ennegrecida del hombre. Su Santidad parecía en paz ahora. En tranquilo reposo durante toda la eternidad.
A los pies de Mortati había una urna dorada, llena de cenizas. Mortati había recogido en persona las cenizas, para luego traerlas aquí.
—Una oportunidad para perdonar —dijo a Su Santidad, al tiempo que depositaba la urna al lado del Papa—. Ningún amor es más grande que el de un padre por su hijo.
Mortati ocultó la urna bajo la indumentaria papal. Sabía que la sagrada gruta estaba reservada exclusivamente a las reliquias de los papas, pero creía que esto era lo apropiado.
—¿Signore? —dijo alguien que entraba en las grutas. Era el teniente Chartrand. Iba acompañado de tres Guardias Suizos—. Le están esperando en el cónclave.
Mortati asintió.
—Enseguida voy. —Miró por última vez el contenido del sarcófago, y después se levantó. Se volvió hacia los guardias—. Ya es hora de que Su Santidad disfrute de la paz que se ha ganado.
Los guardias se adelantaron y con un enorme esfuerzo bajaron la tapa del sarcófago papal. Se cerró con un fragor definitivo.
Mortati iba solo cuando cruzó el patio Borgia en dirección a la Capilla Sixtina. Una brisa húmeda agitó su sotana. Un cardenal salió del Palacio Apostólico y se dirigió hacia él.
—¿Me concede el honor de acompañarle al cónclave, signore?
—El honor es mío.
—Signore —dijo el cardenal, con aspecto turbado—, el Colegio le debe una disculpa por lo de anoche. Estábamos cegados por...
—Por favor —contestó Mortati—. A veces, nuestras mentes ven cosas que nuestros corazones desean.
El cardenal guardó silencio durante largo rato. Por fin, habló.
—¿Le han dicho que ya no es el Gran Elector?
Mortati sonrió.
—Sí. Doy gracias a Dios por estas pequeñas bendiciones.
—El Colegio insistió en que usted era elegible.
—Parece que la caridad no ha muerto en la Iglesia.
—Es usted un hombre sabio. Nos guiaría bien.
—Soy un anciano. Los guiaría poco tiempo.
Ambos rieron.
Cuando llegaron al final del patio Borgia, el cardenal vaciló. Se volvió hacia Mortati con perplejidad, como si el precario prodigio de la noche se hubiera sepultado en su corazón.
—¿Ha visto que no encontramos restos en el balcón? —susurró.
Mortati sonrió.
—Tal vez se los llevó la lluvia.
El hombre alzó la vista hacia el cielo tormentoso.
—Sí, tal vez..


136

A media mañana, el cielo aún continuaba nublado, cuando la chimenea de la Capilla Sixtina empezó a expulsar las primeras bocanadas de humo blanco. Se elevaron hacia el firmamento y desaparecieron.
En la plaza de San Pedro, el reportero Gunther Glick miraba en silencio. El capítulo final...
Chinita Macri se le acercó por detrás y se colgó la cámara al hombro.
—Ya es hora —dijo.
Glick asintió. Se volvió hacia ella, se alisó el pelo y respiró hondo. Mi última transmisión, pensó. Una pequeña multitud se había congregado a su alrededor para mirar.
—En directo dentro de sesenta segundos —anunció Macri.
Glick miró hacia el tejado de la Capilla Sixtina.
—¿Puedes filmar el humo?
Macri asintió con paciencia.
—Conozco mi trabajo, Gunther.
Glick se sintió estúpido. Por supuesto. Era muy probable que Macri ganara un Pulitzer por su trabajo de esta noche. Su propia actuación, por otra parte... No quería pensar en ello. Estaba seguro de que la BBC le despediría. No cabía duda de que tendría problemas legales con numerosas y poderosas entidades; el CERN y George Bush, entre otros.
—Tienes buen aspecto —le halagó Chinita, asomándose por detrás de la cámara con aire preocupado—. Me pregunto si podría ofrecerte...
Se contuvo.
—¿Algún consejo?
Macri suspiró.
—Sólo iba a decir que no hace falta concluir con un final espectacular.
—Lo sé. Quieres una conclusión honesta.
—La más honesta de la historia. Confío en ti.
Glick sonrió. ¿Una conclusión honesta? ¿Está loca? Una historia como la de anoche merecía mucho más. Un giro. Un bombazo final. Una revelación imprevista estremecedora.
Por suerte, Glick tenía algo en reserva...
—¿Preparado? Cinco... cuatro... tres...
Cuando Chinita Macri miró por su cámara, creyó percibir un brillo astuto en los ojos de Glick. Ha sido una locura dejarle hacer esto, pensó. ¿En que estaría pensando?
Pero el momento de arrepentirse había pasado. Estaban emitiendo.
—En directo desde la Ciudad del Vaticano —anunció Glick—, Gunther Glick. —Dedicó a la cámara una mirada solemne, mientras el humo blanco de la Capilla Sixtina se elevaba detrás de él—. Damas y caballeros, ya es oficial. El cardenal Saverio Mortati, un progresista de setenta y nueve años, acaba de ser elegido Papa. Pese a ser un candidato improbable, Mortati fue elegido por unanimidad, algo que no tiene precedentes.
Mientras Macri miraba, empezó a respirar con más facilidad. Glick parecía sorprendentemente profesional. Incluso austero. Por primera vez en su vida, actuaba como un reportero.
—Tal como informamos antes —añadió Glick—, el Vaticano aún no ha hecho ninguna declaración sobre los acontecimientos milagrosos de esta noche.
Bien. El nerviosismo de Chinita se atenuó un poco más. Hasta el momento, todo va bien.

Glick compuso una expresión apenada.
—Y si bien ha sido una noche de prodigios, también lo ha sido de tragedia. Cuatro cardenales perecieron ayer, junto con el comandante Olivetti y el capitán Rocher, ambos de la Guardia Suiza. Otras víctimas incluyen a Leonardo Vetra, el famoso físico del CERN y pionero de la tecnología de la antimateria, así como Maximilian Kohler, el director del CERN, que por lo visto acudió al Vaticano en un esfuerzo por colaborar, pero falleció en el proceso. Aún no existe ningún informe oficial sobre la muerte del señor Kohler, pero parece que se debió a complicaciones de una larga enfermedad que padecía.
Macri asintió. El reportaje funcionaba a la perfección. Tal como habían pactado.
—Tras la explosión ocurrida en el cielo del Vaticano anoche, la tecnología de la antimateria del CERN se ha convertido en el tema del día entre los científicos, tema que suscita entusiasmo y controversia. Una declaración leída por la ayudante del señor Kohler en Ginebra, Sylvie Baudeloque, anunció esta mañana que la junta directiva del CERN, si bien entusiasmada por las posibilidades de la antimateria, ha suspendido todas las investigaciones y las concesiones de licencias hasta que no se haya demostrado que se trata de una energía segura.
Excelente, pensó Macri. La recta final.
—El rostro de Robert Langdon —informó Glick—, el profesor de Harvard que vino al Vaticano ayer para ofrecer su experiencia durante esta crisis, ha estado ausente de nuestras pantallas esta noche. Aunque al principio se pensó que había perecido en la explosión del contenedor de antimateria, nos han llegado informes de que Langdon fue visto en la plaza de San Pedro después de la explosión. Sólo existen especulaciones sobre cómo pudo llegar hasta aquí, aunque un portavoz del hospital Tiberina afirma que el señor Langdon cayó desde el cielo al río Tíber poco después de medianoche, recibió tratamiento y se fue. —Glick enarcó las cejas—. Y si eso es cierto... podemos afirmar que fue una noche de milagros.
¡Un final perfecto! Macri se permitió una amplia sonrisa. ¡Una conclusión impecable! ¡Termina de una vez!

Pero Glick no lo hizo. Avanzó hacia la cámara tras un momento de silencio. Exhibía una sonrisa misteriosa.
—Pero antes de terminar...
¿No!
—... me gustaría que un invitado se reuniera con nosotros.
Las manos de Chinita se paralizaron sobre la cámara. ¿ Un invitado? ¿Qué diablos está haciendo? ¿Qué invitado? Pero sabía que era demasiado tarde. Glick se había comprometido.
—El hombre que voy a presentarles es un norteamericano —dijo Glick—, un famoso erudito.
Chinita vaciló. Contuvo el aliento cuando Glick se volvió hacia la pequeña multitud congregada a su alrededor e indicó con un ademán a su invitado que se adelantara. Macri rezó en silencio. Por favor, dime que has localizado a Robert Langdon, y no a un chiflado adepto de las teorías conspiratorias.
Cuando el invitado avanzó, el corazón de Macri dio un vuelco. No era Robert Langdon. Era un hombre calvo, vestido con tejanos y camisa de franela. Llevaba un bastón y gafas gruesas. Macri sintió terror. ¿Un chiflado?
—Les presento al famoso estudioso del Vaticano —anunció Glick—, procedente de la Universidad De Paul de Chicago, el doctor Joseph Vanek.
Macri vaciló cuando el hombre acompañó a Glick ante la cámara. No era un chiflado. Había oído hablar de este individuo.
—Doctor Vanek —dijo Glick—, usted posee una información bastante sorprendente en relación con el cónclave de esta noche.
—En efecto —contestó Vanek—. Después de una noche con tantas sorpresas, es difícil imaginar que todavía queden más por descubrir. .. Y no obstante...
Hizo una pausa.
Glick sonrió.
—Y sin embargo, se ha producido un nuevo giro en los acontecimientos.
Vanek asintió.
—Sí. Por sorprendente que pueda parecer, creo que el Colegio Cardenalicio ha elegido sin saberlo a dos papas este fin de semana.

Macri casi dejó caer la cámara.
Glick sonrió taimadamente.
—¿Ha dicho dos papas?
El estudioso asintió.
—Sí. Antes debería explicar que he dedicado mi vida a estudiar las leyes de la elección papal. La judicatura del cónclave es extremadamente compleja, y gran parte está olvidada u obsoleta. Es probable que ni el Gran Elector sepa lo que voy a revelar. No obstante, según las antiguas leyes olvidadas aplicadas en el Romano Pontifici Eligen-do, Numero sesenta y tres, la votación no es el único método mediante el cual puede elegirse un Papa. Existe otro método, más divino. Se llama «Elección por Adoración». —Hizo una pausa—. Y anoche ocurrió.
Glick clavó la vista en su invitado.
—Continúe, por favor.
—Como tal vez recuerde —continuó el estudioso—, anoche, cuando el camarlengo Carlo Ventresca apareció en el tejado de la basílica, todos los cardenales empezaron a gritar su nombre al unísono.
—Sí, me acuerdo.
—Con aquella imagen en mente, permítame que lea las antiguas leyes electorales. —El hombre sacó unos papeles del bolsillo, carraspeó y empezó a leer—. «La Elección por Adoración tiene lugar cuando... todos los cardenales, como por inspiración del Espíritu Santo, libre y espontáneamente, con unanimidad y en voz alta, proclaman el nombre de un individuo.»
Glick sonrió.
—¿Está diciendo que anoche, cuando los cardenales corearon al unísono el nombre de Carlo Ventresca, le eligieron Papa?
—En efecto. Más aún, la ley dicta que la Elección por Adoración anula los requerimientos para que un cardenal sea elegido y permite que cualquier clérigo, sacerdote, obispo o cardenal, sea elegido. Como ven, el camarlengo estaba perfectamente cualificado para la elección papal mediante este procedimiento. —El doctor Va-nek miró a la cámara—. Los hechos son éstos... Carlo Ventresca fue elegido Papa anoche. Reinó algo menos de diecisiete minutos. Y de no haber ascendido milagrosamente en una columna de fuego, ahora estaría enterrado en la Sagrada Gruta Vaticana junto con los demás papas.
—Gracias, doctor. —Glick se volvió hacia Macri con un guiño travieso—. Muy esclarecedor...


137

Desde lo alto de las escaleras del Coliseo, Vittoria rió y le llamó.
—¡Sube, Robert! ¡Sabía que tendría que haberme casado con un hombre más joven!
Su sonrisa era mágica.
Langdon se esforzó por alcanzarla, pero le pesaban las piernas como si fueran de piedra.
—Espera —suplicó—. Por favor...
Notó unos golpes en su cabeza.
Robert Langdon despertó sobresaltado.
Oscuridad.
Permaneció inmóvil un largo momento en la suavidad de la cama, incapaz de imaginar dónde estaba. Las almohadas eran mullidas, gigantescas y maravillosas. El aire olía a perfume. Al otro lado de la habitación, dos puertas de cristal abiertas daban a un balcón, donde una leve brisa soplaba bajo una luna reluciente. Langdon intentó recordar cómo había llegado aquí... y dónde estaba.
Recuerdos dispersos cobraron vida de nuevo.
Una pira de fuego místico... Un ángel materializándose en medio de la muchedumbre... ha mano suave de ella que tomaba la suya y le guiaba al corazón de la noche... Guiaba su cuerpo agotado y apalizado por las calles... hasta aquí... hasta su suite... Le metía medio dormido bajo una ducha caliente... le conducía hasta esta cama... y le cuidaba hasta que se dormía como un niño.
En la oscuridad, Langdon distinguió una segunda cama. Las sábanas estaban revueltas, pero no había nadie en ella. Oyó el chorro de una ducha en una de las habitaciones contiguas.
Cuando miró hacia la cama de Vittoria, vio un sello bordado en la funda de la almohada. Rezaba: HOTEL BERNINI. Langdon se vio forzado a sonreír. Vittoria había elegido bien. El lujo de la Vieja Europa con vistas a la Fuente del Tritón de Bernini... No había hotel más adecuado en toda Roma.
Oyó unos golpes, y comprendió que era eso lo que le había despertado. Alguien estaba llamando a la puerta. Con fuerza.
Confuso, Langdon se levantó. Nadie sabe que estamos aquí, pensó, algo inquieto. Se puso una bata obsequio del hotel y salió al vestíbulo de la habitación. Se detuvo ante la pesada puerta de roble, y luego la abrió.
Un hombre corpulento vestido con uniforme de gala púrpura y amarillo le miró.
—Soy el teniente Chartrand —se presentó—. Guardia Suizo del Vaticano.
Langdon sabía muy bien quién era.
—¿Cómo..., cómo nos ha encontrado?
—Los vi marchar de la plaza anoche. Los seguí. Menos mal que aún no se han ido.
Langdon experimentó una repentina angustia, y se preguntó si los cardenales habían ordenado a Chartrand que los condujera de vuelta al Vaticano. Al fin y al cabo, ellos dos eran las únicas personas, además del Colegio Cardenalicio, que sabían la verdad. Eran un estorbo.
—Su Santidad me pidió que les diera esto —dijo Chartrand, y le entregó un sobre cerrado con el sello de lacre del Vaticano. Langdon abrió el sobre y leyó la nota escrita a mano:
Señor Langdon y señorita Vetra:
Aunque mi profundo deseo es solicitar su discreción sobre los asuntos ocurridos durante las últimas veinticuatro horas, no puedo pedirles más de lo que ya han dado. Por lo tanto, me retracto con humildad, con la esperanza de que el corazón los guíe en este asunto. Hoy el mundo parece un lugar mejor... Tal vez las preguntas son más poderosas que las respuestas.
Mi puerta siempre estará abierta.
Su Santidad, Saverio Mortati
Langdon leyó el mensaje dos veces. El Colegio Cardenalicio había elegido a un líder noble y munifícente.
Antes de que Langdon pudiera decir nada, Chartrand sacó un paquete de pequeño tamaño.
—Una muestra de gratitud de Su Santidad.
Langdon cogió el paquete. Era pesado, estaba envuelto en papel marrón.
—En virtud de su decisión —dijo Chartrand—, este objeto salido de la Cámara Papal queda en sus manos como préstamo indefinido. Su Santidad sólo pide que en su testamento asegure que vuelva a casa.
Langdon abrió el paquete y se quedó sin habla. Era la marca. El Diamante de los Illuminati.
Chartrand sonrió.
—La paz sea con usted.
Se volvió para marchar.
—Gracias —consiguió decir Langdon, con las manos temblando alrededor del preciado obsequio.
El guardia vaciló en el pasillo.
—Señor Langdon, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto.
—Mis compañeros de la guardia y yo sentimos curiosidad. Aquellos últimos minutos... ¿qué sucedió en el helicóptero?
Langdon experimentó una oleada de angustia. Sabía que este momento se avecinaba: el momento de la verdad. Vittoria y él habían hablado de ello cuando se fueron de la plaza de San Pedro. Y habían tomado una decisión. Antes incluso de la nota del Papa.
El padre de Vittoria había anhelado que el descubrimiento de la antimateria trajera consigo un despertar espiritual. Sin duda, jamás habría deseado que se produjeran los acontecimientos de anoche, pero la realidad era innegable: en este momento, en todo el mundo,
la gente estaba pensando en Dios de formas inéditas hasta ahora. Langdon y Vittoria ignoraban cuánto tiempo duraría la magia, pero sabían que no podían romper el hechizo con el escándalo y la duda. Los caminos del Señor son inescrutables, se dijo Langdon, y se preguntó con ironía si tal vez, sólo tal vez, lo sucedido ayer había sido la voluntad de Dios, al fin y al cabo.
—¿Señor Langdon? —repitió Chartrand—. Le preguntaba sobre el helicóptero.
Langdon le dedicó una sonrisa triste.
—Sí, lo sé... —Sintió que las palabras no salían de su mente, sino de su corazón—. Tal vez fue el shock de la caída, pero mi memoria. ... Parece que... todo está borroso.
Chartrand mostró su consternación.
—¿No se acuerda de nada?
Langdon suspiró.
—Creo que siempre será un misterio para mí.
Cuando Robert Langdon volvió al dormitorio, la visión que le esperaba paralizó sus pies. Vittoria estaba en el balcón, con la espalda apoyada en la barandilla, mirándole con sus ojos penetrantes. Parecía una aparición celestial, una silueta radiante con la luna detrás. Podría haber sido una diosa romana, envuelta en su albornoz blanco, con el cinturón ceñido de forma que acentuaba sus esbeltas curvas. Detrás de ella, una niebla pálida colgaba como un halo sobre la fuente del Tritón de Bernini.
Langdon se sintió ferozmente atraído hacia ella... más que por ninguna otra mujer de su vida. En silencio, dejó el Diamante de los Illuminati y la carta del Papa sobre la mesita de noche. Ya habría tiempo para explicar todo eso más tarde. Se acercó a ella.
Vittoria pareció feliz de verle.
—Estás despierto —dijo en un susurro—. Por fin.
Langdon sonrió.
—El día ha sido largo.
Ella se pasó una mano por su pelo frondoso, y el cuello de la bata se abrió un poco.
—Y ahora... Supongo que quieres tu recompensa.
El comentario tomó desprevenido a Langdon.
—¿Perdón?
—Somos adultos, Robert. Puedes admitirlo. Sientes un deseo. Lo veo en tus ojos. Un ansia carnal profunda. —Sonrió—. Yo también la siento. Y ese anhelo está a punto de ser satisfecho.
—¿De veras?
Se sintió envalentonado y avanzó un paso hacia ella.
—Por completo. —La joven alzó la carta del servicio de habitaciones—. He pedido todo lo que tienen.
El festín fue suntuoso. Cenaron juntos a la luz de la luna, sentados en su balcón... saboreando frisée, trufas y risotto. Bebieron vino Dolcet-to y hablaron hasta muy avanzada la noche.
No era preciso ser un experto en símbolos como Langdon para leer las señales que Vittoria le estaba enviando. Durante el postre de crema de moras con savoiardi y romcaffé humeante, Vittoria apretó sus piernas desnudas contra las de él por debajo de la mesa, mientras le asaeteaba con miradas lujuriosas. Daba la impresión de desear que dejara el cuchillo y el tenedor y la levantara en brazos.
Pero Langdon no hizo nada. Siguió comportándose como un perfecto caballero. Dos pueden jugar a este juego, pensó, y disimuló una sonrisa traviesa.
Cuando acabaron con todo, Langdon se retiró al borde de su cama, donde se sentó solo, dando vueltas al Diamante de los Illumi-nati en sus manos, y haciendo repetidos comentarios sobre el milagro de su simetría. Vittoria le miraba, cada vez más confusa y frustrada.
—Encuentras ese ambigrama terriblemente interesante, ¿verdad? —preguntó.
Langdon asintió.
—Fascinante.
—¿Dirías que es la cosa más interesante de esta habitación?
Langdon se rascó la cabeza, mientras fingía reflexionar.
—Bien, hay una cosa que me interesa más.
Ella sonrió y avanzó un paso hacia él.
—¿Cuál es?
—Cómo te cargaste una teoría de Einstein utilizando atunes.
Vittoria levantó las manos.
—Dio mio! ¡Basta ya de atunes! No juegues conmigo, te lo advierto.
Langdon sonrió.
—Tal vez en tu siguiente experimento podrías estudiar los lenguados y demostrar que la Tierra es plana.
Vittoria echaba chispas, pero las primeras insinuaciones de una sonrisa exasperada aparecieron en sus labios.
—Para tu información, profesor, mi siguiente experimento hará historia en la ciencia. Pienso demostrar que los neutrinos tienen masa.
—¿Los neutrinos tienen masa? —Langdon la miró estupefacto—. ¡Ni siquiera sabía que eran católicos!
Ella se lanzó sobre él con un ágil movimiento, y le inmovilizó sobre la cama.
—Espero que creas en la vida después de la muerte, Robert Langdon.
Vittoria le miró con ojos que despedían un fuego travieso.
—De hecho —dijo él, riendo a carcajadas—, siempre me ha costado imaginar que haya algo después de este mundo.
—¿De veras? ¿Nunca has gozado de una experiencia religiosa? ¿Un momento perfecto de éxtasis glorioso?
Langdon negó con la cabeza.
—No, y dudo muy en serio ser la clase de hombre capaz de tener una experiencia religiosa.
Vittoria se quitó la bata.
—Nunca te has acostado con una maestra de yoga, ¿verdad?

FIN

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