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domingo, 5 de febrero de 2012

Charles Dickens El guardavías



Charles Dickens
El guardavías



-¡Hola, el de ahí abajo!
Cuando escuchó una voz que le llamaba de esa manera estaba de pie en la puerta de la caseta, con una
bandera en la mano enrollada alrededor de un palo corto. Teniendo en cuenta la naturaleza del terreno,
cualquiera hubiera pensado que no podía dudar con respecto al lugar del que procedía la voz; pero en lugar
de mirar hacia arriba, donde estaba yo, de pie sobre un empinado desmonte situado justo encima de su
cabeza, se dio la vuelta y miró hacia la vía. Había algo especial en la forma en que lo hizo, aunque yo no
pudiera captar de que se trataba exactamente. Lo que sí se es que fue lo bastante notable como para llamar
mi atención, a pesar de que su figura, situada abajo, en la profunda zanja, se encontraba un tanto lejana y
ensombrecida, y yo me hallaba muy por encima de él, tan de cara al resplandor de un furioso ocaso que
tuve que protegerme los ojos con la mano antes de poder verlo.
-¡Hola, ahí abajo!
Él seguía mirando la vía, pero volvió a darse la vuelta y, al levantar la vista, me vio allí arriba.
-¿Hay algún camino por el que pueda bajar para hablar con usted?
Miró hacia arriba sin responder y yo le contemplé sin querer presionarle repitiendo mi tonta pre gunta. En
ese preciso momento se produjo una vaga vibración en la tierra y el aire, que se convirtió rápidamente en
una pulsación violenta y en una embestida que me obligó a retroceder para no caer abajo. Cuando se
deshizo el vapor que se había elevado hasta mi altura desde el tren que pasó velozmente, y empezó a
desvanecerse en el paisaje, volví a mirar hacia abajo y pude verle enrollar en el Palo la bandera que había
extendido durante el paso del tren.
Repetí la pregunta. Tras una pausa durante la cual pareció contemplarme con gran atención, señaló con la
bandera enrollada hacia un punto situado a mi nivel, a unos doscientos o trescientos metros de distancia.
-¡Entendido! -le grité dirigiéndome hacia ese lugar.
Allí, a fuerza de examinar cuidadosamente la zona, encontré un tosco camino que descendía en zigzag,
en el que habían excavado una especie de escalones, y bajé por él.
La zanja era extremadamente profunda e inu sualmente inclinada. Había sido excavada en una piedra
viscosa que se iba volviendo más rezumante y húmeda conforme bajaba. Por ese motivo el camino se me
hizo lo bastante largo para recordar la sensación singular de desgana y obligación con la que me había
indicado donde estaba.
Cuando bajé por el camino en zigzag lo suficien te, vi que estaba de pie entre los raíles por los que
acababa de pasar el tren, en actitud de estar aguardando mi aparición. Con la mano izquierda se tocaba la
barbilla y descansaba el codo de ese brazo sobre su mano derecha, cruzada junto al pecho. Su actitud me
pareció tan expectante y vigilante que me detuve un momento, extrañado.
Reanudé mi avance, llegué a la altura de la vía y al acercarme más a él vi que era un hombre de tez pálida
y pelo oscuro, de barba negra y cejas bastante pobladas. Su puesto se encontraba en el lugar más solitario y
triste que yo hubiera contemplado nunca. A ambos lados, un muro hecho de piedra mellada que goteaba
humedad, impedía toda vista salvo la de una franja de cielo; por un lado, la perspectiva sólo era una
prolongación curva de aquel calabozo enorme; la perspectiva por la otra dirección, mas corta, terminaba en
una sombría luz rojiza y en la entrada, todavía más sombría, de un túnel negro, cuya arquitectura maciza
creaba una atmósfera bárbara, deprimente y repulsiva. Era tan escasa la luz del sol que llegaba hasta allí
que producía un olor terroso y letal, y tanto el frío viento que corría por la zanja que llegué a estremecerme,
como si hubiera abandonado el mundo natural.
Me acerqué hasta él lo suficiente para tocarle antes de que se moviera. Ni siquiera entonces apartó su
vista de la mía, pero dio un paso atrás y levantó una mano.
Le dije que ocupaba un puesto bastante solitario, y que había llamado mi atención cuando le vi desde allá
arriba. Añadí que suponía que le resultaría raro tener visitantes, pero esperaba no obstante ser bienvenido.
Que en mí debía ver simplemente a un hombre que habiendo estado toda su vida encerrado en unos límites
estrechos, y sintiéndose libre por fin, se le había despertado recientemente el interés por las grandes obras.
Le hablé en ese sentido, aunque estoy lejos de encontrarme seguro de que fueran ésos los términos
utilizados; pues aparte de que no se me da muy bien iniciar una conversación, había en aquel hombre algo
que me intimidaba.
Dirigió una curiosísima mirada hacia la luz roja situada cerca de la boca del túnel, permaneció con la
vista fija en ella durante un rato, como si le faltara algo, y después volvió a mirarme.
Le pregunté que si la luz formaba parte de sus obligaciones.
-¿Acaso no lo sabe? -me respondió en voz baja.
Contemplando su mirada fija y aquel rostro me lancólico pasó por mi mente el pensamiento monstruoso
de que se trataba de un espíritu, y no de un hombre. Desde entonces he pensado muchas veces si no habría
algún problema en su mente.
En ese momento fui yo el que retrocedió, pero al hacerlo detecté en su mirada un miedo latente hacia mí
y con él desapareció mi pensamiento monstruoso.
-Me está mirando como si me tuviera miedo -le dije, obligándome a sonreír.
-Estaba pensando si lo había visto antes -replicó él.
-¿Dónde?
Señaló hacia la luz roja que había estado mirando.
-¿Allí? -volví a preguntar yo.
Respondió afirmativamente (aunque sin emitir sonido alguno) mientras me miraba con intensidad.
-Mi buen amigo, ¿qué podía hacer yo allí? No obstante, puedo jurarle en cualquier caso que nunca he
estado en ese lugar.
-Así lo creo -replicó él. - Sí, estoy seguro.
Su actitud se volvió entonces más tranquila, lo mismo que la mía. Contestó a mis observaciones con
prontitud y con palabras bien elegidas. ¿Tenía mucho trabajo allí? Sí; bueno, era una forma de decirlo, tenía
desde luego una gran responsabilidad; pero lo que se requería de él era exactitud y vigilancia, mientras que
trabajo de verdad, es decir, trabajo manual, apenas existía. Lo único que tenía que hacer era cambiar la
señal, arreglar las luces y girar la manivela de hierro de vez en cuando. Con respecto a las largas y solitarias
horas que tan pesadas me parecían a mí sólo podía decirme que se había adaptado a la rutina de esa vida y
se había acostumbrado a ella. Allí abajo había aprendido una lengua, aunque sólo a leerla, haciéndose
alguna idea aproximada de su pronunciación, si es que a eso podía llamarse aprender lenguas. Había
trabajado también en fracciones y decimales y probado un poco con el álgebra, pero era, igual que había
sido de niño, bastante torpe para las cifras. Cuando estaba de servicio era necesario que permaneciera
siempre en aquel canal de aire húmedo y no podía subir nunca hasta donde lucía el sol, por encima de
aquellos elevados muros de piedra? Bueno, eso dependía de los momentos y las circunstancias. En ciertas
ocasiones había menos movimiento en la vía que en otras, y lo mismo podía decirse de ciertas horas del día
y de la noche. Cuando el tiempo era bueno, elegía esos momentos para elevarse un poco por encima de las
sombras inferiores, pero como en cualquier momento podían llamarle con la campana eléctrica, y en esas
ocasiones prestaba atención para escucharla con renovada ansiedad, el alivio que obtenía era menor del que
yo podía suponer.
Me condujo hasta su caseta, donde había una chimenea, una mesa para un libro oficial en el que tenía que
anotar determinadas entradas, un instrumento telegráfico con su dial, cristal y ag ujas, y la pequeña campana
de la que había hablado. Al confiarle yo, rogándole que me excusara el comentario, que me había parecido
muy bien educado, y quizás (y esperaba decirlo sin ofenderle), educado por encima de su posición, observó
que no era raro encontrar ejemplos de ligeras incongruencias en ese aspecto dentro de los grandes grupos
humanos; que había oído que así sucedía en los talleres, en las fuerzas de policía, a incluso en el último
recurso de los desesperados, el ejército; y que sabía que también sucedía así, en mayor o menor medida, en
cualquier importante estación de ferrocarril. De joven había sido estudiante de filosofía natural y había
asistido a conferencias (si podía yo creerle al verlo sentado en aquella cabaña, pues él apenas podía); pero
se había desencadenado, había utilizado mal sus oportunidades, y había caído para no volverse a levantar
de nuevo. No tenía queja alguna al respecto. Él mismo había hecho la cama sobre la que se había acostado,
y era ya demasiado tarde para hacer otra.
Todo lo que acabo de condensar lo explicó de una manera tranquila, repartiendo por igual entre el fuego
y mi persona unas miradas oscuras y graves. De vez en cuando dejaba caer la palabra «señor», y
especialmente cuando se refería a su juventud, como si me pidiera que entendiera que él no reivindicaba ser
otra cosa que el hombre al que encontré en aquella cabaña. En varias ocasiones le interrumpió la
campanilla y tuvo que leer mensajes y enviar respuestas. En una ocasión tuvo que salir para mostrar una
bandera a un tren que pasaba y comunicar algo verbalmente al maquinista. Observé que en el cumplimiento
de sus deberes era especialmente exacto y vigilante, interrumpiendo su discurso en una sílaba si era preciso
y manteniendo silencio hasta que hubiera cumplido su deber.
En resumen, habría considerado que era el hombre que con mayor seguridad podía ejercitar ese cargo de
no ser por la circunstancia de que en dos ocasiones, mientras me estaba hablando, perdió el color, volvió el
rostro hacia la camp anilla cuando ésta NO había sonado, abrió la puerta de la cabaña (que estaba cerrada
para que no penetrara la insalubre humedad) y miró hacia la luz roja cercana a la boca del túnel. En ambas
ocasiones regresó con la actitud inexplicable que ya había observado yo, sin ser capaz de definirla, cuando
nos vimos por prime ra vez desde lejos.
-Casi me hace pensar que he encontrado a un hombre feliz -le dije cuando me levantaba para despedirme.
(Me temo que he de reconocer que se lo dije para impulsarle a que siguiera hablando).
-Creo que solía serlo -replicó con la voz baja con la que me habló por primera vez.. -Pero me siento
atribulado, señor, me siento atribulado.
Habría borrado esas Palabras de haber podido hacerlo. Pero ya estaban dichas y me referí a ellas inmediatamente.
-¿Por qué? ¿Cuál es su problema?
-Es muy difícil de explicar, señor. Es verdaderamente difícil hablar de ello. Pero si vuelve a visitarme,
intentaré contárselo.
-Me comprometo expresamente a visitarle de nuevo. ¿Cuándo podré hacerlo?
-Salgo de servicio por la mañana y volveré a en trar mañana por la noche a las diez, señor.
-Vendré entonces a las once.
Me dio las gracias y salió de la cabaña conmigo.
-Le iluminaré con mi linterna, señor, hasta que haya encontrado el camino de ascenso -me dijo con su
peculiar voz baja. -Pero cuando lo haya encontrado, ¡no grite para decírmelo! Y cuando esté ya arriba, ¡no
me llame!
Aquella actitud me pareció bastante fría, pero me limité a responderle un «de acuerdo».
-Y cuando venga mañana por la noche, ¡no me llame! Permítame una pregunta antes de partir: ¿por que
esta noche gritó «¡hola, ahí abajo!»?
-Quién sabe -respondí yo. -Debí gritar algo parecido...
-No algo parecido, señor. Exactamente esas mis mas palabras. Las conozco muy bien.
-Admito que fueran esas mismas palabras. Sin duda las dije porque le vi a usted aquí abajo.
-¿Por ningún otro motivo?
-¿Qué otra razón podría haber tenido?
-¿No tuvo la sensación de que le eran transmitidas de una manera sobrenatural?
-En absoluto.
Me deseó buenas noches y mantuvo en alto su linterna. Caminé junto a la vía del ferrocarril (con la
sensación muy desagradable de que venía un tren a mis espaldas) hasta que encontré el camino. La subida
fue más fácil que la bajada, y llegué a mi posada sin mayores aventuras.
Puntual a mi cita, cuando unos relojes distantes daban las once a la noche siguiente puse el pie en el
primer escalón de la bajada en zigzag. Él me aguardaba abajo con la linterna blanca encendida.
-No he llamado -le dije en cuanto estuvimos juntos. -¿Puedo hablar ahora?
-Por supuesto que sí, señor. Buenas noches, y aquí está mi mano.
-Buenas noches, señor, y aquí está la mía.
Tras esa introducción caminamos uno junto a otro hasta su caseta, entramos, cerramos la puerta y nos
sentamos junto al fuego.
-Señor, he decidido que no tenga que preguntarme dos veces que es lo que me preocupa –dijo nada más
sentarse, inclinándose hacia delante y hablándome en un tono que apenas era más elevado que un susurro.
-Ayer por la noche le confundí con otro. Eso es lo que me conturba.
-¿Ese error?
-No. Ese Otro.
-¿De quién se trata?
-No lo sé.
-¿Se parece a mí?
-Tampoco sé eso. Nunca le vi el rostro. Se cubre la cara con el brazo izquierdo y mueve el derecho... lo
agita violentamente, así.
Seguí sus movimientos con atención y me pare ció la gesticulación de un brazo con el máximo de pasión
y vehemencia, queriendo expresar este significado: ¡en nombre de Dios, despeje el camino!
-Una noche estaba sentado aquí, bajo la luz de la luna, cuando oí una voz que gritaba: « ¡Hola, ahí
abajo!» Me levanté, miré desde la puerta y vi a ese Otro de pie junto a la luz roja que hay cerca del túnel,
moviendo el brazo de la manera que le acabo de explicar. La voz parecía áspera pero sin estridencias, y
gritaba: «¡Cuidado! ¡Cuidado!» Cogí la lámpara, la puse en luz roja y corrí hacia la figura preguntándole
que qué pasaba, qué había sucedido, dónde. Estaba ligeramente fuera del túnel. Avancé hasta acercarme
tanto que pensé que iba a chocar con la manga de su brazo. Corrí hasta allí y ya había extendido mi mano
Para apartarle el brazo cuando desapareció.
-¿Se metió en el túnel? -pregunté.
-No. Fui yo el que entró corriendo en el túnel, hasta casi quinientos metros. Me detuve, levanté la
lámpara por encima de la cabeza pero sólo vi las cifras que indican la distancia y las manchas de humedad
que se deslizaban por las paredes y goteaban desde el arco. Salí corriendo a mayor velocidad de la que
había entrado (pues me sentía sobrecogido por un horror mortal) y miré por todas partes junto a la luz roja
con mi propia lámpara, subí por la escalera de hierro hasta la galería que hay encima, volví a bajar y
regrese aquí corriendo. Telegrafié en ambas direcciones: «He recibido una alarma. ¿Hay algún problema?»
Desde ambas llegó la misma respuesta: «Todo está bien».
Venciendo la sensación de que un dedo helado estaba recorriendo lentamente mi columna vertebral, le
dije que aquella figura debió de ser un engaño de su vista; y que es bien sabido que esas figuras, cuyo
origen está en la enfermedad de los delicados nervios que rigen el funcionamiento de los ojos, a menudo
han inquietado a los pacientes, algunos de los cuales han tomado conciencia de la naturaleza de su aflicción
a incluso se lo han demostrado a sí mismos por medio de experimentos.
-En cuanto a lo del grito imaginario -seguí diciéndole, -escuche por un momento el viento en este valle
artificial mientras hablamos en voz tan baja, y el sonido que provocan los cables del telé grafo.
Me contestó que todo aquello estaba muy bien, después de que hubiéramos estado sentados un tiempo en
silencio y escuchando, pero que él debía saber algo sobre el viento y los cables, pues con fre cuencia había
pasado allí largas noches de invierno a solas y vigilante. Añadió que me rogaba que tuviera en cuenta que
no había terminado su historia.
Le pedí excusas y lentamente, tocándome el bra zo, añadió estas palabras:
-Seis horas después de la Aparición sucedió el conocido accidente de esta vía, y diez horas más tarde
sacaban los muertos y los heridos a través del túnel por el lugar en donde había estado la figura.
Me recorrió un desagradable estremecimiento, pero hice los mayores esfuerzos para sobreponerme.
Repliqué que no podía negar que se trataba de una coincidencia notable, bien calculada para impresionarme.
Pero era incuestionable que continuamente se producen notables coincidencias y que deben tenerse
en cuenta al tratar temas semejantes. Aunque debía admitir a buen seguro, añadí (pues creí ver que iba a
oponerme esa objeción), que los hombres con sentido común no tienen en cuenta esas coincidencias al
analizar de manera ordinaria la vida.
De nuevo me hizo cortésmente la observación de que no había terminado.
Por segunda vez le supliqué que me perdonara por la interrupción.
-Esto sucedió hace exactamente un año -dijo poniendo de nuevo la mano en mi brazo, y mirando por
encima de su hombro con ojos huecos. -Pasaron seis o siete meses, y ya me había recuperado de la sorpresa
y el shock cuando una mañana, al despuntar el día, me encontraba de pie en la puerta mirando hacia la luz
roja y vi de nuevo al espectro.
Se detuvo ahí y permaneció mirándome fijamente.
-¿Gritó algo?
-No. Guardaba silencio.
-¿Movía el brazo?
-No. Estaba apoyado sobre el haz de luz, con las dos manos ante el rostro, puestas así.
Seguí sus movimientos con la mirada y vi una acción de dolor. Ya había visto esa actitud en las esculturas
que hay sobre las tumbas.
-¿Subió hasta allí?
-Entré y me senté, en parte para pensar en ello, pero también en parte porque me sentía débil. Cuando
volví a salir, la luz del día lo iluminaba todo y el fantasma había desaparecido.
-¿Y no pasó nada? ¿La aparición no tuvo consecuencias?
Me tocó el brazo con el dedo índice dos o tres veces asintiendo fúnebremente cada vez:
-Aquel mismo día, cuando un tren salía del túnel me di cuenta al mirar hacia una ventanilla que en el
interior había una confusión de manos y cabezas, y que algo se movía. Lo vi durante el tiempo necesario
para pedir al maquinista que se detuviera. Puso el freno, pero el tren se deslizó hasta unos ciento cincuenta
metros de aquí, o más. Corrí hasta allí y al llegar escuché terribles gritos y lamentos. Una mujer joven y
hermosa había muerto instantáneamente en uno de los compartimentos y la trajeron hasta aquí, colocándola
en este suelo que hay ahora entre nosotros.
Involuntariamente, eché hacia atrás mi silla y miré las tablas que él me señalaba.
-Así fue, señor. Ciertamente. Sucedió exactamente tal como se lo cuento.
No se me ocurría nada que decir, en ningún sentido, y tenía la boca muy seca. El viento y los cables
siguieron la historia con un gemido prolongado.
-Y ahora, señor, -siguió diciéndome -medite en ello y juzgue hasta qué punto está conturbada mi mente.
El espectro regresó hace una semana. Desde entonces ha aparecido allí, una y otra vez, sin seguir pauta
alguna.
-¿Junto a la luz?
-Junto a la luz de peligro.
-¿Y qué es lo que parece hacer?
Repitió, si ello es posible con mayor pasión y vehemencia, la misma gesticulación cuyo significado había
interpretado como: «¡por Dios, des pejen el camino!» Y luego siguió hablando.
-Por eso no tengo ni paz ni descanso. Durante muchos minutos seguidos, y de una manera dolorosa, me
grita: «¡cuidado ahí abajo!» Y sigue haciéndome señas. Hace que suene la campanilla...
Esa última frase me hizo pensar algo.
-¿Sonó la campanilla ayer por la noche cuando yo estaba aquí y usted salió hasta la puerta?
-Por dos veces.
-Bien, ya veo que su imaginación le está desorientando. Yo tenía la vista fija en la campanilla, y los oídos
bien abiertos a su sonido, y tan seguro como de que estoy vivo que NO sonó en esas ocasiones. No, ni en
ningún otro momento, salvo dentro del curso natural de las cosas físicas, cuando la estación comunicaba
con usted.
-Todavía no he cometido nunca un error, señor, -añadió agitando la cabeza -jamás he confundido la
llamada del espectro con la del hombre. La lla mada del fantasma es una extraña vibración en la campana
que no viene de parte alguna, y no he afirmado que la campana se mueva delante de los ojos. No me
extraña que usted no la oyera. Pero yo sí la escuché.
-¿Y estaba el espectro allí cuando miró?
-Allí estaba.
-¿Las dos veces?
-Las dos -repitió con firmeza.
-¿Querría venir conmigo hasta la puerta y mirar ahora?
Se mordió el labio inferior, como si lo que yo le había propuesto le desagradara, pero se levantó. Abrí la
puerta y salí hasta el primer escalón, mientras él permanecía en el umbral. Estaba allí la luz de peligro.
También la boca tenebrosa del túnel. Los altos muros de piedra húmeda de la zanja. Y por encima, las
estrellas.
-¿Lo ve? -le pregunte fijándome especialmente en su rostro. Sus ojos estaban tensos, pero no mu cho más,
quizá, de lo que habrían estado los míos de haberlos dirigido tan ansiosamente hacia ese lugar.
-No –respondió -No está allí.
-Estamos de acuerdo -repliqué yo.
Volvimos a entrar, cerré la puerta y ocupamos nuestros asientos. Me concentré en encontrar el mejor
modo de aprovechar aquella ventaja, si así podía llamársele, cuando él reanudó la conversación de una
manera casual, como suponiendo que no podía existir entre nosotros ninguna cuestión seria, hasta el punto
de que me sentí en la posición más débil.
-Ahora ya habrá entendido plenamente, señor, que lo que me turba de un modo tan terrible es la cuestión
de cuál es el significado del espectro.
Le contesté que no estaba seguro de entenderle plenamente.
-¿Contra qué advierte? -dijo él pensativamente, con la mirada puesta en el fuego, y mirándome sólo de
vez en cuando. -¿Cuál es el peligro? ¿Dónde está? Sé que hay peligro en algún lugar de la vía. Que va a
suceder alguna calamidad terrible. No puedo dudar de ello en esta tercera ocasión, después de lo que ha
sucedido con anterioridad. Pero seguramente se tra ta de algún cruel aviso dirigido a mí. ¿Qué puedo hacer?
Sacó su pañuelo de bolsillo y se limpió las gotas de sudor que cubrían su frente.
-Si telegrafío diciendo que hay peligro en alguna de las direcciones, o en ambas, no puedo explicar el
motivo -siguió diciendo al tiempo que se secaba las palmas de las manos. -Tendría problemas y no serviría
de nada. Las cosas sucederían así: Mensaje: «¡Peligro! ¡Tengan cuidado!» Respuesta: «¿Qué peligro?
¿Dónde?» Mensaje: « No lo sé, pero por el amor de Dios, ¡tengan cuidado!» Me despedirían. ¿Qué otra
cosa podrían hacer?
Sentí una enorme piedad ante su dolor. Era la tortura mental de un hombre consciente oprimido más allá
de lo que era capaz de soportar por una responsabilidad ininteligible que significaba riesgo para alguna
vida.
-Cuando apareció por primera vez bajo la luz de peligro -siguió diciendo al tiempo que se echaba hacia
atrás los cabellos oscuros y se frotaba las sienes con las manos, con la agitación del dolor enfebrecido
-:¿por qué no me dijo dónde iba a producirse ese accidente... si iba a producirse? ¿Por qué no me dijo cómo
podía evitarse... si es que podía evitarse? Cuando en la segunda ocasión ocultó el rostro, ¿por qué en lugar
de hacer eso no me dijo que ella iba a morir y que les dejáramos llevarla a casa? Si en aquellas dos
ocasiones sólo vino para mostrarme que sus advertencias eran ciertas, y prepararme así para la tercera, ¿por
qué no me advierte ahora claramente? ¡Que el Señor me ayude! ¡Sólo soy un pobre guardavías en este
puesto solitario! ¿Por qué no advierte a alguien que pueda ser creído y tenga capacidad de actuar?
Cuando le vi en aquel estado entendí que por su propio bien, y por la seguridad pública, estaba obligado
por el momento a tranquilizarle. Por ello, dejando a un lado toda cuestión de realidad o irrealidad que
hubiera entre nosotros, le manifesté que cualquiera que cumpliera plenamente con su deber tenía que
hacerlo bien por fuerza, y que al menos tenía el consuelo de que entendía cuál era su deber, aunque no
pudiera entender aquellas confusas apariciones. En este sentido tuve más éxito que en el in tento de razonar
con él para que abandonara sus convicciones. Se tranquilizó; las ocupaciones de su cargo empezaron a
exigir más su atención conforme avanzaba la noche, y lo abandoné a las dos de la mañana. Me había
ofrecido a permanecer con él la noche entera, pero no quiso ni oír hablar de ello.
No veo razón alguna para ocultar que en más de una ocasión me volví para mirar la luz roja mientras
subía las escaleras, que no me gustaba esa luz roja, y que habría dormido muy mal de haber tenido mi cama
debajo de ella. Tampoco me gustaban las dos secuencias del accidente y de la joven muerta. No veo razón
tampoco para ocultar ese hecho.
Pero lo que más ocupaba mi pensamiento era la consideración de cómo debería actuar una vez que había
recibido tales revelaciones. Tenía pruebas de que aquel hombre era inteligente, vigilante, laborioso y
exacto, pero ¿cuánto tiempo seguiría siéndolo en aquel estado mental? Aunque su posición fuera
subordinada, seguía confiándosele una importantísima responsabilidad, ¿y me gustaría a mí, por ejemplo,
que mi vida estuviera sometida a la posibilidad de que siguiera cumpliendo su deber con precisión?
Incapaz de superar la sensación de que habría algo de traición si comunicaba a sus superiores de la
compañía ferroviaria lo que el guardavías me había dicho, sin habérselo aclarado a él primero, proponiéndole
otra salida, finalmente decidí ofrecerme a acompañarle (guardando el secreto por el momento) al
médico que supiéramos de mejor reputación que ejercía en aquella zona para conocer su opinión. A la
noche siguiente iba a terminar su guardia, tal como me había dicho, y estaría libre una o dos horas después
del amanecer, teniendo que reanudarla poco después del ocaso. Decidí por ello regresar en ese momento.
A la noche siguiente el tiempo era muy bueno y salí a pasear temprano para disfrutarlo. El sol no estaba
todavía demasiado bajo cuando crucé el campo cercano a la parte superior de la profunda zanja. De cidí
ampliar el paseo durante una hora, media hora en una dirección y otra media de regreso, para llegar a
tiempo a la caseta del guardavías.
Antes de proseguir el paseo, me apoyé en el borde y miré mecánicamente hacia abajo situado en el
mismo lugar desde el que lo había visto por primera vez. No puedo describir la conmoción que sentí
cuando vi que cerca de la boca del túnel aparecía un hombre que se tapaba los ojos con la manga izquierda
y agitaba vehementemente el brazo derecho.
El horror inexpresable que me oprimió pasó en un momento, pues enseguida vi que se trataba realmente
de un hombre y que a su alrededor había un pequeño grupo de personas, a escasa distancia, a las que el
primero estaba haciendo aquel gesto. Todavía no se había encendido la luz de peligro. Junto al palo que la
sujetaba había como una cabaña pequeña y baja, que no había visto antes, hecha con soportes de madera y
lienzo encerado. No era más grande que una cama.
Con una sensación irresistible de que algo iba mal, acusándome y reprochándome por un mo mento que
había cometido una acción fatal al dejar solo allí a aquel hombre, sin enviar a nadie que vigilara o
corrigiera lo que él hacía, bajé por la escalera a toda la velocidad de la que fui capaz.
-¿Qué sucede? -pregunté a los hombres.
-El guardavías murió esta mañana, señor.
-¿No será el hombre que vivía en esa caseta?
-Así es, señor.
-¿Pero no el hombre al que yo conozco?
-Podrá reconocerlo si lo ha visto antes, señor, -dijo el hombre que hablaba en nombre de los demás,
quitándose con solemnidad el sombrero y levantando un extremo del lienzo - pues su rostro está entero.
-¡Ay! ¿Y como sucedió esto? -pregunté cambiando mi mirada de uno a otro mientras volvían a cubrirlo.
-Fue atropellado por una máquina, señor. Ningún hombre en Inglaterra conocía mejor su trabajo. Pero,
aunque no sabemos por qué, no se apartó del raíl exterior. Era a plena luz del día. Había apagado la lámpara
y la llevaba en la mano. Cuando la máquina salió del túnel, le estaba dando la espalda, y la máquina le
atropelló. Aquel hombre la conducía y podrá decirle cómo sucedió. Cuéntaselo al caballero, Tom.
El hombre, vestido con un arrugado traje oscuro, se acercó al lugar que ocupaba anteriormente junto a la
boca del túnel.
-A1 coger la curva del túnel, señor, le vi al final, como a través de unas gafas para ver de lejos. No tenía
tiempo para cambiar la velocidad, pero sabía que él era muy cuidadoso. Como no parecía prestar atención
al silbato, dejé de pitar cuando nos abalanzábamos sobre él y grité tan fuerte como pude.
-¿Y qué le dijo?
-Le dije: «¡El de ahí abajo! ¡Cuidado! ¡Por Dios, despeje el camino!»
Me sobresalté.
-¡Ay! Fue un momento terrible, señor. No dejé de gritarle. Me llevé el brazo ante los ojos para no verlo y
agite el otro hasta el final, pero no sirvió de nada.
Sin prolongar la narración en ninguna de sus curiosas circunstancias más que en otra, antes de terminar
debo sin embargo señalar la coincidencia de que la advertencia del conductor de la máquina no sólo incluía
las palabras que el desafortunado guardavías me había repetido que le acosaban, sino también las palabras
que yo mismo, no sólo él, había asociado, y eso en mi propia mente, a los gestos que el guardavías había
imitado.


[De All the Year Round]

OLIVER TWIST Charles Dickens



Charles Dickens
OLIVER TWIST  


CAPÍTULO UNO
LOS PRIMEROS AÑOS
DE OLIVER TWIST
Una fría noche de invierno, en una pequeña ciudad de Inglaterra, unos transeúntes
hallaron a una joven y bella mujer tirada en la calle. Estaba muy enferma y pronto
daría a luz un bebé. Como no tenía dinero, la llevaron al hospicio, una institución
regentada por la junta parroquial de la ciudad que daba cobijo a los necesitados. AE
día siguiente nació su hijo y, poco después, murió ella sin que nadie supiera quién
era ni de dónde venía. Al niño lo llamaron Oliver Twist.
En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida. Transcurrido este
tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de la ciudad donde
vivían veinte o treinta huérfanos más. Los pobrecillos estaban sometidos a la
crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la llevaba a apropiarse del
dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manutención. De modo, que
aquellas indefensas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría enfermaba de
privación y frío.
El día de su noveno cumpleaños, Oliver se encontraba encerrado en la carbonera
con otros dos compañeros. Los tres habían sido castigados por haber cometido el
imperdonable pecado de decir que tenían hambre. El señor Blumble, celador de la
parroquia, se presentó de forma imprevista, hecho que sobresaltó a la señora Mann.
El hombre tenía por costumbre anunciar su visita con antelación, tiempo que la
señora Mann aprovechaba para limpiar la casa y asear a los niños, ocultando así las
malas condiciones en las que vivían los pobres muchachos.
-¡Dios mio! ¿Es usted, señor Bumble? -exclamó horrorizada la señora Mann.
Y, dirigién se en voz baja a la criada, ordenó:
-Susan, sube a esos tres mocosos de la carbonera y lávalos inmediatamente.
-Vengo a llevarme a Oliver Twist -dijo el celador-. Hoy cumple nueve años y ya es
mayor para permanecer aquí.
-Ahora mismo lo traigo -dijo la señora Mann saliendo de la habitación.
Oliver llegó ante el señor Bumble limpio y peinado; nadie hubiera dicho que era el
mismo muchacho que poco antes estaba cubierto de suciedad. Al poco rato, el
celador y el niño abandonaban juntos el miserable lugar
Oliver miró por última vez hacia atrás; a pesar de que allí nunca había recibido un
gesto cariñoso ni una palabra bondadosa, una fuerte congoja se apoderó de él.
“¿Cuándo volveré a ver a los únicos amigos que he tenido nunca?”, se preguntó. Y,
por primera vez en su vida, sintió el niño la sensación de su soledad.
Nada más llegar al nuevo hospicio, Oliver fue llevado ante la junta parroquial y allí,
el señor Limbkins, que era el director, se dirigió a él.
-¿Cómo te llamas, muchacho?
Oliver, asustado, no contestó; de repente, sintió un fuerte pescozón que le hizo
echarse a llorar, había sido el celador que se encontraba detrás de él.
-Este chico es tonto -dijo un señor de chaleco blanco.
-¡Chist! -ordenó el primero. Y, dirigiéndose a Oliver, dijo-: Hasta ahora, la
parroquia te ha criado y mantenido, ¿verdad? Bien, pues ya es hora de que hagas
algo útil. Estás aquí para aprender un oficio. ¿Entendido?
-Sí. Sí, señor-contestó Oliver entre sollozos.
En el hospicio, el hambre seguía atormentando a Oliver y a sus compañeros: sólo
les daban un cacillo de gachas al día, excepto los días de fiesta en que recibían,
además de las gachas, un trocito de pan. Al cabo de tres meses, los chicos
decidieron cometer la osadía de pedir más comida y, tras echarlo a suertes, le tocó a
Oliver hacerlo. Aquella noche, después de cenar, Oliver se levantó de la mesa, se
acercó al director y dijo:
-Por favor, señor, quiero un poco más.
-¿Qué? -preguntó el señor Limbkins muy enfadado.
-Por favor, señor, quiero un poco más -repitió el muchacho.
El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío y oscuro; allí pasó los
días y las noches llorando amargamente. Sólo se le permitía salir para ser azotado
en el comedor delante de todos sus compañeros. El caso del “insolente muchacho”
fue llevado a la junta parroquial; ésta decidió poner un cartel en la puerta del
hospicio ofreciend c¡nco libras a quien aceptara hacerse cargo de Oliver.
El señor Gamfield era un hombre de rasgos groseros y gestos rudos, deshollinador
de profesión. Una mañana iba paseando por la calle, pensaba cómo podría pagar sus
deudas; al pasar frente al hospicio, sus ojos se clavaron en el cartel recién colocado.
-¡Sooo! -ordenó el señor Gamfield azotando a su burro.
El hombre del chaleco blanco estaba en la puerta, y al momento entendió que
Gamfield era el tipo de amo que le hacía falta a Oliver; de modo que fue a llamar al
señor Limb kins. Éste salió inmediatamente y, al ver el interés que manifestaba el
deshollinador por el muchacho, se frotó las manos y dijo con aire apesadumbrado:
-Usted quiere al chico para realizar un oficio peligroso; así que cinco libras nos
parece mucho dinero.
-Entonces, ¿cuánto me darán si me lo quedo? -preguntó Gamfield.
-Tres libras y diez chelines -contestó el director.
-No seas tonto -dijo el señor del chaleco blanco-, llévatelo. Es exactamente el
muchacho que necesitas. Unos cuant os palos le vendrán bien y no te preocupes por
su manutención: no está acostumbrado a llenar su estómago, ¡ja, ja, ja!
El trato quedó inmediatamente cerrado. A continuación, se ordenó al señor Bumble
que llevara aquella misma tarde a OI¡ver ante el juez para que aprobara y firmara el
contrato. El magistrado se encontraba en una estancia enorme sentado detrás de un
escitorio. Bumble colocó a Oliver frente a él y dijo:
-Éste es el muchacho, señoría.
El anciano se puso las gafas y sus ojos toparon con el rostro pálido y aterrorizado
de Oliver.
-¡Muchachito! -dijo el anciano-. ¿Por qué estás asustado?
Oliver, desconcertado por el tono suave y benévolo del juez, cayó de rodillas y,
juntando las manos, suplicó:
-¡Por favor, señor! Mándeme al cuarto oscuro... máteme de hambre si quiere...;
pero no me obligue a it con este hombre.
Tras unos instantes de silencio, el juez dijo en tono solemne:
-Me niego a firmar este contrato. Llévese al muchacho de nuevo al hospicio, y
trátelo bien. Creo que lo necesita.
A la mañana siguiente, el cartel en el que se ofrecían cinco libras a quien quisiera
llevarse a Oliver, estaba otra vez colocado en la puerta del hospicio. El primero en
interesarse por el negocio fue el señor Sowerberry, encargado de la funeraria
parroquial. Era un hombre escuálido que siempre vestía un traje negro y raído.
Después de revisar minuciosamente al muchacho, decidió quedárselo.
La junta parroquial decidió que Oliver se fuera con él aquella misma noche. Pero de
camino a casa de su nuevo amo, el chico no pudo reprimir las lágrimas.
-Eres el muchacho más desagradecido que he visto en mi vida -le dijo el señor
Bumble.
-No, no señor No soy desagradecido; pero es que me sien to tan solo -contestó
Oliver entre sollozos-. Por favor, señor, no se enfade conmigo.
Cuando llegaron a la funeraria del señor Sowerberry, Bumble ordenó a Oliver que
se secara las lágrimas.
-Aquí estoy con el muchacho.
-¡Dios mío! -exclamó la señora Sowerberry-. s muy pequeño.
-Sí, es bastante pequeño, pero no se preocupe, señora -dijo el señor Bumble-, ya
crecerá.
-¡Claro que crecerá! -contestó la mujer malhumorada-. ¿Y quién lo va a pagar?
Mantener a los niños de la parroquia cuesta más de lo que se obtiene de ellos.
¡Menudo ahorro!
Y dirigiéndose a Oliver añadió:
-¡Venga, talego de huesos.
La mujer del dueño de la funeraria abrió una pequeña puerta y empujó a Oliver por
una empinada escalera. Al final de ella, se encontraba la cocina, que era un sótano
de piedra húmeda y oscura. Allí sentada estaba una muchacha sucia y desastrada.
-Charlotte -ordenó la señora Sowerberry-, dale a este muchacho algunas de las
sobras que hemos apartado para Trip.
Los ojos de Oliver se iluminaron al ver llegar el cuenco de comida y se lanzó sobre
unos restos que hasta el perro habná desdeñado, Cuando hubo acabado de comer, la
señora Sowerberry llevó a Oliver hasta la tienda bajo cuyo mostrador había puesto
un viejo colchón.
-Dormirás aquí. Supongo que no te molestará estar entre ataúdes. Y si te molesta,
te aguantas. No hay otro sitio.
Solo ya en la funeraria, Oliver sintió un escalofrío, el hueco donde estaba el colchón
también parecía un sepulcro. Oliver lo miró y, por un momento, deseó que aquélla
fuera de verdad su tumba; así podría dormir eternamente y descansar en el camposanto,
con la hierba acariciando su cabeza.
CAPÍTULO DOS
EN LA FUNERARIA
Por la mañana, unas violentas patadas en la puerta de la tienda despertaron a
Oliver
-¡Abre de una vez! -gritó una voz detrás de la puerta.
-Ya voy, señor -contestó Oliver vistiéndose a toda prisa.
-Supongo que eres el mocoso del hospicio -siguió la voz-. ¿Cuántos años tienes?
-Tengo diez, señor
Oliver abrió la puerta con manos temblorosas, pero sólo vio a un muchacho de la
inclusa que estaba sentado en un mojón comiendo una rebanada de pan con
mantequilla.
-Perdone -dijo sliver-, ¿es usted el que ha llamado?
-Soy el que ha dado patadas -rectificó el muchacho-. Veo que no sabes con quién
estás hablando. Soy el señor Noah Claypole, y tú eres mi subordinado.
Diciendo esto, propinó a Oliver una patada, y entró en la tienda pavoneándose. Y
es que, Noah era un acogido de la inclusa, pero tenía padre y madre conocidos.
Llevaba años aguantando sin replicar los insultos de los muchachos del barrio, y
ahora que la fortuna había puesto en su camino a un huérfano sin nombre , pensaba
tomarse la revancha.
Llevaba Oliver casi un mes en la funeraria, cuando al señor Sowerberry se le
ocurrió una idea:
-Querida -le dijo a su mujer-, he pensado que Oliver sería perfecto para acompañar
los entierros de los niños. Con la edad aproximada del muerto, causará una gran
sensación.
A la mañana siguiente, el señor Bumble entró en la tienda.
Vengo a encargar un ataúd y un funeral para una pobre mujer de la parroquia.
Aquí tiene la dirección.
-Ahora mismo voy -contestó el de la funeraria-. Oliver, ponte la gorra y ven
conmigo.
Caminaron por calles sucias y miserables. Cuando llegaron a la casa indicada,
subieron hasta el primer piso y el señor Sowerberry llamó con los nudillos. Una
muchacha de unos trece años abrió la puerta y ambos entraron. Dentro de la casa, el
espectáculo era estremecedor: agachado frente a una chimenea sin lumbre, había un
hombre flaco y pálido; a su lado, una vieja sentada en un taburete; más allá, unos
niños harapientos mirando hacia el cadáver que yacía en el suelo cubierto con una
manta. Cuando el señor Sowerberry hizo intención de acercarse al cuerpo sin vida
para realizar su trabajo, el hombre flaco se levantó como una centella gritando:
-¡Que nadie se acerque a mi esposa!
No obstante, el encargado de la funeraria sacó de su bolsillo una cinta métrica y se
arrodilló junto al cuerpo sin vida.
-¡Ah! -gimió el hombre hincándose de rodillas junto a la difunta-. ¡La han matado
de hambre! Fui a mendigar para ella y me metieron en la cárcel.
Al día siguiente, se celebró el entierro. Cuando el señor Sowerberry y Oliver,
volvían a la funeraria, el hombre preguntó:
-Bueno, muchacho, ¿te gusta este oficio?
-La verdad es que no mucho, señor-contestó.
-Ya verás, todo es cuestión de acostumbrarse.
Transcurrido el mes de prueba, Oliver pasó a ser aprendiz oficialmente. A Noah le
corroía la envidia de ver ascendido al pequeño Oliver y desde entonces, se propuso
hacerle la vida imposible. Cierto día en que ambos se encontraban en la cocina, el
jovenzuelo empezó a tirarle del pelo y, al no conseguir sacarle una sola lágrima,
recurrió al insulto.
-Hospiciano -dijo Noah-, ¿y tu madre?
-Murió -contestó Oliver un poco crispado-. Preferiná que no hablaras de ella
delante. de mí.
-¿De qué murió?
-De pena -respondió Oliver con los ojos cargados de lágrimas-. No me hables más
de ella, será mejor para ti.
-¿Mejor para m? Seguro que tu madre era una cualquiera.
Rojo de furia, Oliver agarró a Noah por el cuello, lo zarandeó violentamente y le
asestó un puñetazo con tanta fuerza que lo derribó al suelo.
-¡Charlotte! ¡Ama! -se puso a gritar Noah-. ¡El nuevo me está matando! ¡Socorro!
Las dos mujeres acudieron inmediatamente a la cocina. Entre los tres propinaron a
Oliver una buena paliza: Noah lo inmmovilizó, la criada lo golpeó y el ama le arañó la
cara. Luego lo encerraron en el sotanillo de la basura.
-Noah -ordenó la señora Sowerberry-, corre a buscar al señor Bumble y dile que
venga de inmediato.
Obedeciendo las órdenes de su ama, Noah echó a correr y no paró hasta llegar a la
puerta del hospicio.
-¡Señor Bumble! ¡De prisa, venga a la tienda! Oliver Twist se ha vuelto loco.
Intentó matarme, y luego intentó matar a Charlotte y también a la señora
Sowerberry.
-Me ocuparé de ello -dijo el señor Bumble.
Cuando él y Noah llegaron a la funeraria, Oliv er seguía dando patadas a la puerta
del sotanillo.
-¡Oliver! -llamó el celador en voz baja.
-¡Sáquenme de aquiil -gritó Oliver.
-Soy el señor Bumble. ¿Es que no tiemblas al oír mi voz?
-No -respondió Oliver valientemente.
-Debe haberse vuelto loco -intervino la señora Sowerberry-. Ningún muchacho en
su sano juicio se atrevená a contestarle de ese modo.
-No es locura, señora-dijo el celador-, es comida.
-¿Cómo? -exclamó la señora Sowerberry.
-Comida, señora, comida. Usted le ha dado demasiado de comer, y ahora tiene
fuerza y energía.
-Esto me pasa por ser tan generosa -dijo hipócritamente.
Cuando llegó el señor Sowerberry, le contaron lo ocurrido con tantas
exageraciones, que el hombre, indignado, abrió la puerta del sotanillo y sacó a
rastras a su rebelde aprendiz aga rrándole por el cuello de la camisa. Oliver tenía las
ropas desgarradas, el pelo revuelto y la cara amoratada y arañada. Pero, a pesar de
todo, seguía mostrando indignación en su rostro, y miró valientemente a Noah.
-Dijo cosas de mi madre -explicó Oliver a su amo.
-¿Y qué, si lo que dijo es cierto? -repuso la señora Sowerberry.
-No lo es -contestó Oliver rabioso.
-Sí, sí lo es.
El niño pasó todo el día arrinconado, sin más comida que una rebanada de pan. Al
llegar la noche, lo mandaron subir a su cama; entonces Oliver rompió a llorar
Cuando se calmó, envolvió lo poco que poseía en un pañuelo y se sentó a espe rar el
amanecer
Con los primeros rayos de sol, escapó calle arriba. Pasó por delante del hospicio y
vio a uno de sus antiguos compañero s trabajando en el jardín.
-¡Hola, Dick! -susurró Oliver-. ¿Hay alguien levantado?
-Sólo yo -contestó el niño.
-No digas que me has visto. Me he escapado porque me odian y me maltratan. ¡Y
tú qué pálido estás, amigo!
-He oído decir al médico que me voy a morir, Oliver -dijo el niño con una leve
sonrisa-. Estoy muy contento de verte, pero no te entretengas. ¡Vete ya!
-Quería decirte adiós, Dick. ¡Deseo que seas feliz!
-Cuando muera, lo seré. Dame un beso -pidió el niño trepando sobre la puerta y
echando a Oliver los brazos alrededor del cuello-. ¡Que Dios te bendiga!
CAPÍTULO TRES
FAGIN Y COMPAÑÍA
Oliver decidió ir Londres, aunque la gran ciudad se encontraba a más de setenta
millas. Anduvo una semana sin comer apenas, al cabo de la cual, llegó al pequeño
pueblo de Barnet, cubierto de polvo y con los pies ensangrentados. Agotado, se
sentó a descansar en un portal, y allí permaneció inmó vil y silencioso. De pronto se
fijó en muchacho de su misma edad, sucio y desaseado, que no paraba de mirarle
desde el otro lado de la calle. El desconocido, con las manos metidas en los bolsillos
de su pantalón, cruzó y, plantándose delante de Oliver, le dijo:
-¿Qué haces aquí, coleguilla? ¿Tienes problemas?
-Tengo hambre y estoy muy cansado -contestó Oliver sin poder contener el llanto-.
Llevo siete días andando.
-¡Siete días o pata! -exclamó el jovencito-. ¡Madre mía! Tú lo que necesitas es una
buena jola. Yo también ando pelao pero algo conseguiré.
El muchacho compró jamón y pan en una tienducha y Oliver hizo una larga y
abundante comida.
-Me llamo Jack Dawkins, pero todos me llaman et P¡llastre. Seguro que vas a
Londres, ¿a que sí?
-Eso pretendo -contestó Oliver-, pero no tengo dinero, ni sé dónde me podré
alojar.
-No te comas el coco con eso, sé dónde te darán alojamiento gratis. Si te parece,
haremos el resto del camino juntos.
-¡Sería estupendo! -exclamó Oliver sorprendido-. Llevo sin dormir bajo techo desde
que salí de la casa de mi amo.
Jack y Oliver llegaron a Londres avanzada la noche. Camina ron por calles sucias y
miserables hasta una casa donde el P¡llastre entró con decisión..
-¿Quién es? -gritó una voz desde el interior.
Jack dijo algo parecido a una contraseña. En ese momento, la cabeza de un
hombre asomó por la barandilla.
-Vengo con un nuevo compinche -anunció.
-¡Sube, anda! Dime, ¿de dónde lo has sacado?
-De la inopia -contestó Jack mientras subían la escalera.
Los dos entraron en una habitación de paredes negras y sucias donde un viejo
judío de aspecto repugnante estaba friendo salchichas. Alrededor de la mesa estaban
sentados varios muchachos que tendrían más o menos la edad del P¡llastre. Todos
fumaban en pipa y bebían cerveza,
-Este es Fagin -dijo Jack Dawkins señalando al anciano-; y éste, mi amigo Oliver
Twist.
-Espero que seamos amigos -dijo el hombre estrechándole la mano-. Siéntate a
cenar con nosotros.
Oliver no salió de aquella habitación durante varios días. Observaba lo que sucedía
a su alrededor con gran extrañeza y, por más que lo intentaba, no lograba
comprender cómo se ganaban la vida aquellos chicos; por qué salían por la mañana
y regresaban por la noche con carteras, pañuelos de seda o joyas que entregaban a
su protector. Tampoco entendía por qué Fagin los mandaba a la cama sin cenar
cuando volvían a casa con las manos vacías. Ni se podía explicar el motivo por el
cual vivía en aquel antro sucio y desolado un hombre tan rico.
Un día, el señor Fagin reunió al P¡llastre, a uno de los chicos llamado Charley Bates
y a Oliver, y les dijo:
-Este jovencito saldrá hoy a trabajar con vosotros. Es hora de que vaya
aprendiendo el oficio.
Iban los tres caminando por la calle cuando, de pronto, el P¡llastre se paró en seco
y dijo en voz baja:
-¿Veis al viejo que está en el puesto de libros? ¡A por él!
Oliver observó horrorizado cómo sus compañeros se colocaban detrás del
respetable anciano; luego, el P¡llastre le metía la mano en el bolsillo y le robaba un
pañuelo, para desaparecer finalmente, en un abrir y cerrar de ojos. Fue entonces
cuando Oliver entendió que había estado viviendo con una pandilla de ladrones. El
terror y la confusión se apoderaron de él y no supo hacer otra cosa que echar a
correr. La mala suerte quiso que, en aquel momento, el anciano se diera cuenta del
hurto y, al ver a Oliver corriendo, lo tomó por el ratero. Así es que salió en su
persecución gritando: “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!” Pronto, decenas de personas
empezaron a perseguirlo y, aunque OI¡ver corrió y corrió, finalmente lograron
alcanzarlo.
-¿Es éste el muchacho? -preguntaron al caballero.
-Sí, me temo que sí -contestó el anciano.
En aquel momento, llegó un agente y agarró a Oliver por e¡ cuello de la camisa.
-¡No he sido yo! ¡Se lo prometo! -dijo Oliver juntando las manos en tono
suplicante.
-¡Levántate de una vez, demonio! -ordenó el agente.
Oliver se incorporó a duras penas a inmediatamente se vio arrastrado por el
policía.
-Aquí traigo a un joven cazapañuelos -dijo el agente al entrar a la comisaría.
-Señores -dijo el caballero víctima del robo-, no estoy seguro de que este
muchacho haya sido el ladrón. Yo prefiriría dejar este asunto...
Sin hacer caso de sus argumentos, el anciano fue conducido a una sala donde se
encontraba el juez Fang. Tenía aspecto de hombre autoritario y estaba sentado
detrás de una mesa situada sobre un estrado. Al lado de la puerta, había una jaula
de madera y, en ella, estaba encerrado Oliver.
-¿Quién es usted? -preguntó el señor Fang.
-Mi nombre es Brownlow, señor -contestó el anciano-. Y antes de prestarjuramento
roganá a su señoná que me permitiera decir algo...
-¡Cállese! -ordenó bruscamente el juez.
-¿Cómo? -preguntó el señor Brownlow rojo de ira. Pero comprendió que se tenía
que dominar para no perjudicar al pobre Oliver Cuando llegó su turno, expuso su
caso y concluyó diciendo:
-Ruego a su señoría que traten a este muchacho con indulgencia. Me temo que se
encuentra muy mal.
-¿Cómo te llamas, pequeño ratero? -preguntó el juez Fang.
Oliver se sentía incapaz de responder porque todo le daba vueltas y más vueltas.
Entonces, Fang se dirigió a un anciano que estaba de pie junto al estrado y
preguntó:
-Oficial, ¿cómo se llama este pilluelo?
Éste, al ver que iba a ser imposible sacarle una palabra al muchacho, improvisó un
nombre:
-Se llama Tom White.
En aquel punto del interrogatorio, Oliver, con un hilo de voz, suplicó que le dieran
un poco de agua.
-¡Cuidado, se va a caer! -gritó el señor Brownlow al ver a Olivertambalearse. Al
instante, Oliver cayó al suelo.
-Ya se levantará cuando se canse -dijo el juez-. Queda condenado a tres meses de
trabajos forzados. ¡Despejen la sala!
De repente, un anciano, de digna aunque pobre apariencia, irrumpió en la sala y
avanzó hasta el estrado.
-¡No se lleven al muchacho! -gritó-. Yo soy el dueño del puesto de libros donde
sucedió el robo. Lo vi todo y juro que él no es el ladrón.
El juez miró con cara de desconfianza a todos los que se encontraban en la sala y
dijo con indiferencia:
-El muchacho queda absuelto.
El señor Brownlow, ayudado por el librero, montó a OI¡ver en su coche y lo llevó a
su casa; allí, por primera vez, el muchaco fue cuidado con cariño y bondad.
CAPÍTULO CUATRO
EN LA CASA DEL SEÑOR BROWNLOW
Mientras Oliver era llevado a casa del señor Brownlow, el Pillastre y Charley Bates
regresaban a casa de Fagin.
-¿Dónde está Oliver? -preguntó el hombre.
Como no recibió respuesta, cogió al P¡llastre por el cuello de la camisa y,
zarandeándolo, gritó:
-¡Habla o te ahorco!
-La pasmo lo ha trincao -contestó el P¡llastre asustado.
En aquel momento, entró gruñendo un hombre corpulento, mal vestido y de sucia
apariencia, llamado Bill Sikes.
-¿Qué mosca te ha picado? -gritó dirigiéndose a Fagin-. ¿Qué es eso de maltratar a
los muchachos, bellaco avaricioso?
Los chicos le contaron el relato de la captura de Oliver Entonces, Sikes dijo con aire
preocupado:
-Alguien debería averiguar lo que ha pasado en esa comi saría.
Entre todos decidieron encargarle la misión a Nancy, una de las muchachas que
vivía también bajo la “protección” de Fagin.
Nancy salió de la casa y, al rato, regresó diciendo:
-Se lo ha llevado un viejales a su queli de Petonville.
-Hay que encontrarlo como sea -dijo Fagin preocupado.
Mientras tanto, en otra zona de la ciudad, Oliver se reponía al cuidado de una
viejecita maternal y muy dulce, la señora Bedwin, que era el ama de llaves del señor
Brownlow. A los tres días, Oliver, aunque seguía muy débil, pudo levantarse de la
cama y pasar un rato en un sillón junto al fuego. Fue entonces cuando los ojos del
chico se clavaron en un retrato que estaba colgado en la pared.
-¡Qué cara más bonita y más dulce tiene esa señora! -exclamó el muchacho!-.
¿Quién es?
-No lo sé, querido -contestó la viejecita-. Nadie que tú y yo conozcamos.
-¡Es tan hermosa! Parece que me está mirando. Al mirarla, siento cómo mi corazón
palpita más rápido.
-¡Dios mío! No hables así, querido. Deja que le dé la vuelta al sillón para que no la
veas. No te conviene nada alterarte en tu estado.
En aquel momento, entró el señor Brownlow.
-¡Pobre muchachito! -dijo mirando a Oliver con ternura-. ¿Cómo te encuentras
hoy?
-Muy feliz, señor -contestó Oliver-. Nunca nadie me había tratado tan bien. Le
estoy de veras muy agradecido, señor
-¡Buen chico, Tom!
-No me llamo Tom, señor, me llamo Oliver, Oliver Twist.
-¿Por qué dijiste entonces que te llamabas Tom White?
-Yo nunca dije tal cosa, señor-contestó Oliver perplejo.
-Bueno, habrá sido algún error... ¡Dios mío! ¡Mire eso, señora Bedwin! -exclamó
muy agitado el señor Brownlow señalando el retrato y luego, la cara del muchacho.
Y es que, el parecido entre la señora del retrato y Oliver era impresionante. Pero
Oliver no llegó a saber la causa de aquella súbita exclamación porque, segundos
antes, se había desmayado.
A la mañana siguiente, el muchacho se despertó, restablecido de su
desvanecimiento. Después de desayunar, se sentó de nuevo en el sillón y vio,
decepcionado, que se habían llevado el cuadro.
-¿Dónde está el retrato? -preguntó a la señora Bedwin.
-El señor Brownlow se lo llevó para que no te alteraras, Pero te prometo que en
cuanto te pongas bien lo volveremos a colgar
Los días de su recuperación fueron para Oliver los más felices de su vida. Se
encontraba rodeado de atenciones, dulzura y buenas palabras. Aquella casa le
parecía el paraíso. Una tarde, el señor Brownlow lo llamó a su despacho.
-Acércate a la mesa y siéntate -pidió el caballero-. Quiero que prestes mucha
atención a lo que te voy a decir
-¡Por favor, señor Brownlow! -exclamó horrorizado Oliver-. No me diga que me va
a echar de su casa. Le suplico que no me envíe de nuevo a vagabundear por las
calles. Déjeme ser su criado.
-¡Querido chiquillo! -dijo el señor Brownlow enternec ido por el pánico que advertía
en el muchacho-. No te vamos a abandonar; sólo quiero que me cuentes la
verdadera historia de tu vida; te aseguro que no te faltará mi amistad.
Cuando el chico estaba a punto de empezar su relato, llegó el señor Grimwig, un
viejo amigo del señor Brownlow. Era un anciano de gestos duros pero de corazón
muy noble.
-¿Quién es este jovencito? -preguntó mirando a Oliver
-Es Oliver Twist, el muchacho del que estuvimos hablando -contestó el señor
Brownlow-. Es muy guapo, ¿no te parece?
-¿Qué sabes tú de él? ¿De dónde ha salido? ¿Quién es?
El señor Grimwig estaba dispuesto a admitir que la aparien cia y las maneras de
Oliver eran enormemente atractivas, pero a él le gustaba llevar la contraria, y había
decidido desde un principio no dar la razón a su amigo.
La fortuna quiso que la señora Bedwin apareciera en aquel momento. Traía un
paquetito de libros encargados por el señor Brownlow al librero que había salvado a
Oliver de tres meses de trabajos forzados.
-¡Llame al chico que ha traído los libros! -ordenó el señor Brownlow-. Hay que
pagarle éstos y devolverle los que nos dejó la semana pasada.
-¡Oh! Ya se ha marchado --contestó la señora Bedwin.
-Si usted quiere -intervino Oliver-, se los puedo llevar yo mismo. Iré corriendo,
señor Me gustaría mucho ser útil.
-Está bien, amiguito. Tienes que devolverle estos libros -contestó el señor
Brownlow tendiéndole un paquete- y pagarle las cuatro libras y diez chelines que le
debo. Aquí tienes cinco libras.
-Confíe en mí. No tardaré ni diez minutos, se lo prometo.
Mientras tanto, en un tugurio llamado Los Tres Patacones, que estaba en la zona
más sucia de la ciudad, Fagin entregaba a Bill Sikes un puñado de monedas
envuettas en un viejo pañuelo.
-Esto es más de lo que te debo -le dijo-, pero sé que me devolverás el favor en
otra ocasión...
-Corto el rollo -replicó el ladrón- y llama al camarero.
Fagin obedeció la orden de Sikes, a inmediatamente apareció el tabernero, un judío
llamado Barney, más joven que Fagin pero con un aspecto igual de repugnante y
ruin. Sikes se limitó a señalar su jarra vacía, y el joven la llenó de inmediato. Al poco
rato, Nancy llegó a la taberna, se sentó con los dos hombres y los tres bebieron unos
tragos. Después, Nancy salió a la calle acompañada de Sikes.
Muy cerca de allí, Oliver caminaba sin imaginar que se encontraba a dos pasos de
toda aquella gente. De pronto, a pocos metros, escuchó unos gritos que lo
sobresaltaron:
-¡Ay, hermanito mío! ¡Por fin te encuentro!
Inmediatamente dos brazos lo agarraron por el cuello.
-¿Qué ocurre? -preguntó Oliver-. ¿Por qué me detienen?
-¡Bendito sea Dios! -siguió diciendo la joven entre lágrimas-. ¿Dónde te habías
metido, granuja?
-No sé quién es usted. Yo no tengo hermanas, ni padre, ni madre -gritaba Oliver
debatiéndose torpemente.
Entonces, reconoció a Nancy, y vio cómo Sikes intervenía en su secuestro.
-¡Socorro! ¡Ayúdenme! -gritaba Oliver haciendo grandes esfuerzos por soltarse de
las poderosas garras de aquel hombre.
-¡Yo sí que te voy a ayudar! -dijo Sikes-. ¿Qué son estos libros? ¡Dámelos!
-ordenó, arrancándoselos y pegándole un fuerte golpe en la cabeza.
Débil por la reciente enfermedad y atontado por los golpes, Oliver comprendió que
era inútil resistirse, y un momento después se vio arrastrado por un laberinto de
callejuelas estrechas y oscuras.
CAPÍTULO CINCO
DE NUEVO ENTRE LADRONES
edia hora después, Oliver y los dos delincuentes entra- - ron en una casa en
ruinas. El P¡llastre los recibió con una vela de sebo en la mano y los condujo hasta
un cuarto bajo que olía a tierra, donde se encontraban Charley Bates y Fagin.
-¡Buenas noches, amiguito -dijo éste a Oliver, haciendo una serie de reverencias a
modo de burla.
-¡Caramba! -exclamó el P¡llastre sacando del bolsillo de OI¡ver el billete de cinco
libras-. ¡Si hasta trae pasta a casa!
-Eso es mío -dijo Fagin cogiendo el dinero.
-¡Que te lo has creído! -contestó Bill Sikes arrancándole el billete de las manos.
-Ese dinero es del anciano que me cuidó -se atrevió a decir Oliver retorciéndose las
manos con nerviosismo -. Déjenme aquí encerrado toda la vida si quieren, pero, por
favor, devuélvanle el dinero y los libros. No me gustaría que pensara que yo se los
he robado.
-Eso es exactamente lo que va a pensar todo el mundo -dijo el anciano judío.
Al oír aquellas palabras, Oliver se puso de pie de un salto, miró como enloquecido a
derecha a izquierda, y salió disparado de la habitación lanzando gritos de socorro. Al
instante, el perro de Sikes, llamado Certero, echó a correr detrás de Oliver
-¡Sujeta a ese perro, B¡ll! -gritó Nancy, cerrando el paso a Sikes y al chucho-. ¡Va
a despedazar al muchacho!
-Le estaría bien empleado -contestó él-. ¡Quítate de en medio, maldita, si no
quieres que te rompa el cráneo!
-Pues tendrás que matarme si quieres que tu perro acabe con el muchacho.
El ladrón mandó de un empujón a Nancy al otro lado de la habitación, justo cuando
el judío y los dos muchachos volvían arrastrando a Oliver
-De modo que quenías escaparte, ¿eh? -dijo el judío agarrando un garrote de la
chimenea-. Si no me equivoco, hasta llamabas a la policía, ¿no es cierto?
Y en ese momento, le asestó un garrotazo en la espalda que hizo desplomarse a
Oliver Nancy arrancó al judío el garrote de la mano cuando estaba a punto de lanzar
el segundo golpe.
-Ya tenéis al chico. ¿Qué más queré is? -gritó la joven-. ¡Ojalá que me hubiera
caído muerta esta noche antes de traerlo de nuevo aquil A partir de ahora, el pobre
está condenado a ser un ladrón y un mentiroso. ¿No te basta, Fagin? Yo he robado
para ti cuando no era la mitad de pequeña que Oliver y llevo doce años a tus
órdenes. Tú me arrojaste a las calles frías y miserables, y tú me vas a mantener en
ellas día y noche hasta que me muera. Esto mismo es lo que le espera al chico. ¿No
tienes bastante?
La muchacha, en un arrebato de cólera, se lanzó contra el judío. Sikes la agarró las
muñecas y ella, agotada por la tensión, se desmayó.
-Es lo malo de tener que tratar con mujeres -dijo Fagin-. En fin, Charley, enséñale
a Oliver su cama.
Charley Bates condujo a Oliver a una cocina contigua, le quitó la ropa nueva y se la
cambió por unos viejos harapos. Al rato, Oliver se quedó dormido, terriblemente
triste, no tanto por verse otra vez atrapado entre indeseables, como por la idea que
el señor Brownlow se estaría forjando de él.
Oliver no podía imaginar siquiera lo que estaba sucediendo en casa de su
protector. El señor Bumble había tenido que venir a la capital para arreglar unos
asuntos de la parroquia y el destino había querido que, al abrir un periódico, sus ojos
toparan con el siguiente anuncio:
“CINCO GUINEAS DE RECOMPENSA.”
“Se ofrecen cinco guineas a quien ofrezca noticias
acerca de Oliver Twist, en paradero desconocido desde
el pasado jueves, así como a quienquiera que facilite
datos sobre su pasado, por el que el anunciante siente
gran interés.”
El señor Bumble, movido por posibilidad de ganarse las cinco guineas, se presentó
en casa del señor Brownlow.
-¿Qué sabe usted de él? -le preguntó sin más introducción el anciano caballero.
-No sé qué interés tiene usted en ese muchacho, pero sí le quiero advertir que
tenga cuidado con él. Ese chico nació en el hospicio de la parroquia del que yo soy
celador; es hijo de unos padres ruines y despreciables, como se puede usted figurar
Durante los años que pasó con nosotros, no tuvo ni un gesto de agradecimiento, y
sólo demostró maldad y falsedad. Más tarde se le dio la oportunidad de aprender un
oficio en una casa de pompas fúnebres, pero no se le ocurrió nada mejor que atacar
violentamente a toda la familia que amablemente le había acogido. Tras lo cual,
desapareció sin más ni más, y no hemos vuelto a tener noticias suyas.
-Me temo que lo que dice es verdad -dijo apesadumbrado el señor Brownlow.
Cuando el señor Bumble se hubo marchado con su recompensa en el bolsillo, el
señor Brownlow llamó a la señora Bedwin y le contó todo lo que le había dicho el
celador
-No puede ser -dijo la viejecita-, nunca lo creeré. Yo sé mucho de niños, y le puedo
asegurar que Oliver Twist es un muchacho agradecido y cariñoso.
-No vuelva a pronunciar nunca más su nombre delante de mí, ¿me oye? No quiero
volver a saber de él.
Hubo muchos corazones tristes aquella noche, y entre ellos el de Oliver que, en la
otra punta de la ciudad, dormía en su miserable cuartucho. Allí permaneció
encerrado durante una semana, al cabo de la cual Fagin le permitió salir y hablar con
los demás muchachos.
A ti te han criado mal, colega -le dijo un día el Pillastre-. Deja que lo eduque Fagin.
Lo quieras o no, terminarás siendo ladrón.
-¡Muy cierto! -lijo el judío, que entraba en aquel preciso momento. Iba
acompañado de Nancy y de un muchacho de unos dieciocho años llamado Tom
Chitling, recién salido de la cárcel y al que Oliver no había visto nunca.
Los siguientes días, los ocuparon todos los miembros de la banda en aleccionar a
Oliver, dándole instrucciones sobre su futuro trabajo a intentando que se
familiarizara con su nueva condición. Una noche estaban reunidos Nancy, Fagin y Bill
Sikes en casa de éste, discutiendo de negocios.
-¿Qué pasa con esa queli de Chertsey? -dijo el anciano judio-. ¿Cuándo será el
robo? Una vajilla como la que hay en esa casa no se encuentra todos los días.
-Toby Crackit lleva quince días intentando camelar al mayordomo y a la criada
-respondió Sikes-, pero no hay nada que hacer, no se quieren pringar O sea, que
desde dentro es imposible. Pero podríamos hacerlo desde fuera...
-¡Trato hecho! -concluyó él judío.
-Pero necesitamos un muchacho que sea pequeño.
-¿Qué te parece Oliver Twist? -propuso Fagin.
-¿Ése? -preguntó Sikes sorprendido.
-Acéptalo, Bill -intervino Nancy-. Para abrir una puerta no necesitas a un experto, y
ese muchacho es de fiar.
-Está bien. Pero como haga algo chungo durante el robo, no volverás a verlo vivo.
¿Entendido?
-No te preocupes, Bill: en cuanto consigamos convencerlo de que es un ladrón,
será nuestro. ¡Nuestro para siempre!
En aquella reunión, decidieron que el robo se haría dos días más tarde.
CAPÍTULO SEIS
EL ROBO
Cuando Oliver se despertó a la mañana siguiente, vio, sorprendido, que sus viejos
zapatos habían desaparecido y que, en su lugar, se encontraban otros nuevos y
lustrosos. No tardó mucho en entender tal cambio.
-Esta noche irás a casa de Sikes -le dijo Fagin.
No le dio ninguna explicación más y Olivertampoco se atrevió a hacer preguntas.
Pero antes de marcharse dejando de nuevo a Oliver solo en la casa, el ladrón le dijo:
-Ahí tienes un libro para que lo leas mientras vienen a buscarte.
Oliver cogió el libro; en él se contaban las vidas de grandes malhechores; eran
relatos de espantosos crímenes que helaban la sangre, de asesinatos secretos y
cadáveres escondidos. En un ataque de pavor, arrojó el libro lejos de él, se hincó de
rodillas y empezó a rezar
-¡Oh, Dios mío! ¡Líbrame de ser autor o víctima de crímenes tan espantosos!
Estaba todavía en aquella postura, con la cabeza hundida entre las manos, cuando
se sobresaltó al oír un leve ruido.
-Tranquilo, Oli, soy yo, Nancy -dijo la muchacha con un susurro.
-¿Qué te pasa, Nancy? Estás muy pálida.
-¡Esta habitación es tan húmeda! -disimuló la muchacha, abrigándose con su
manto-. Vamos. Te tengo que llevar a casa de B¡ll.
Sin decir una palabra, Oliver se cogió de su mano y, tras un breve pero profundo
silencio, Nancy respiró hondo y dijo:
-Mina, Oliver, he intentado hacer algo por ti, pero ha sido en vano. Ahora no es el
momento de escapar Te libré una vez de ser maltratado, y lo volveré a hacer pero
esta vez debes portarte bien. Si no, sólo conseguirás perjudicarte a ti mismo, y
también a mí.
Luego, enseñándole unos cardenales que tenía en el cuello y en los brazos, añadió
en voz muy baja:
-¡Mira, Oliver! Todo esto lo he pasado por ti. Si pudiera ayudarte, lo haría, pero no
tengo los medios.
Nancy apretó con fuerza la mano de Oliver y salieron jun tos. Se subieron a un
coche de alquiler y pronto llegaron a casa de Sikes.
-¡Buenas noches! -saludó Sikes, que había salido a recibirles con una vela en la
mano.
Una vez dentro de la casa, el hombre se acercó a Oliver y, apoyándose en el
hombro del muchacho como si estuviera muy cansado, tomó una silla y se sentó. A
continuación, atrajo al muchacho hacia sí y, mostrándole una pistola, le preguntó:
-iSabes qué es esto?
-Sí, señor-contestó Oliver.
-Bien -dijo el ladrón, apoyando el cañón de la pistola en la sien del muchacho-.
Pues si dices una sola palabra, una bala entrará en tu cabeza sin previo aviso.
¿Entendido?
-Sí, señor-contestó Olivertemblando como una hoja.
A las cinco y media de la mañana, Sikes despertó a Oliver
-¡Arriba! -le gritó el ladrón-. Es tarde y no hay tiempo que perder O espabilas o te
quedas sin desayunar ¡Elige!
Oliver se arregló y desayunó en un momento. Luego, se aga rró de la mano del
ladrón y juntos salieron a la calle.
Las calles estaban desiertas y las ventanas de las casas perma necían cerradas.
Pero conforme se acercaban al centro de la ciudad, el bullicio se iba haciendo cada
vez mayor. Era día de mercado: campesinos, carniceros, verduleros, charlatanes,
miro nes, ladrones y maleantes se mezclaban en aquel lugar Sikes fue abriéndose
paso a codazos entre la gente, hasta que dejaron atrás aquel tumulto. Poco después,
habían salido de la ciudad.
Caminaron durante casi todo el día. A veces, un carretero amable les subía en su
carro y les ahorraba un buen trecho. Cayó la noche y, cuando dieron las siete, Oliver
divisó las luces de un pueblo cercano; pero no llegaron a entra r en él y se detuvieron
frente a una casa en ruinas que estaba aparentemente deshabitada. Oliver y Sikes
avanzaron sigilosamente haste el portal; el hombre levantó el picaporte y la puerta
cedió.
En el interior, los recibió Barney, el camarero judío de Los Tres Patacones, que los
condujo a una habitación baja, oscura y destartalada. Sobre un sofá estaba tumbado
un hombre alto y pelirrojo llamado Crackit que llevaba un montón de vulgares
sortijas en sus mugrientos dedos.
-¿Quién es éste? -preguntó sorprendido al ver a Oliver.
-Es uno de los muchachos de Fagin.
-¡Pues menuda facha tiene!- exclamó Crackit.
Descansaron un poco y, a la una y media de la madrugada, los hombres
empezaron a prepararse: se cubrieron con grandes bufandas oscuras y enormes
abrigos.
-¿Lo lleváis todo? -preguntó Sikes-. ¿Las pipas, los verdugos, las llaves, los
taladros, los garrotes?
-Está todo -contestó Barney.
Salieron de la casa y, en poco tiempo, atravesaron el pueblo que habían visto
antes. A esas horas y con la niebla espesa que lo invadía todo, la aldea estaba
completamente desierta. Tan sólo algún ladrido rompía de cuando en cuando el
silencio de la noche. Subieron por un camino y se detuvieron frente a una casa
aislada rodeada por una gran tapia. Toby Crackit trepó a ella en un abrir y cerrar de
ojos.
-Ahora, que suba el muchacho -dijo desde lo alto.
Sikes aupó a Oliver, y pronto se encontraron los tres al otro lado del muro. Se
deslizaron cautelosamente hacia la entrada de la casa y fue entonces cuando Oliver
comprendió, con angustia y pavor, que iba a participar en un robo y, quizá, en un
crimen. Un sudor frío empezó a caer por sus sienes y un grito se escapó de su boca.
Cayó al suelo de rodìllas a imploró:
-¡Por el amor de Dios, tengan piedad de mil Déjenme marchar. ¡Les juro que no
diré nada!
-¡Arriba! -gritó S¡Ikes sacando la pistola de su bolsillo y apuntando al muchacho-.
Levántate si no quieres que tus sesos queden ahora mismo desparramados por el
suelo.
En aquel momento, Toby Crackit le arrancó a su compañero la pistola de las manos
y, tapándole a Oliver la boca, lo arrastró hasta la entrada de la casa.
-¡Venga, B¡ll! -dijo-. Fuerza el postigo.
Sikes obedeció y pronto se abrió un ventanuco con celosía que se encontraba a
unos cinco pies del suelo. El hueco era muy pequeño, pero Oliver podía entrar de
sobra por allí.
-Ahora escucha, granuja -le ordenó Sikes enfocándole la cara con una linterna- vas
a entrar por este hueco y nos vas a abrir la puerta de entrada de la casa.
En el poco tiempo que tuvo para reaccionar, Oliver había decidido que, aunque le
costara la vida, daná la voz de alarma. Pero cuando ya se había metido por el hueco
y estaba dispuesto a llevar a cabo su plan, oyó a Sikes gritar:
-¡Vuelve! ¡Vuelve!
Sorprendido y asustado por los gritos, Oliver dejó caer la linterna al suelo y se
quedó paralizado. Una luz se dirigía hacia él; vio las siluetas de dos hombres medio
desnudos en lo alto de la escalera; sonó un disparo; se produjo una nube de humo y
el muchacho retrocedió tambaleándose. Sikes lo agarró por el cuello, disparó y tiró
para arriba de él.
-¡Rápido, dame una bufanda! -gritó Sikes : ¡Le han dado, le han dado! ¡Dios mío,
cómo sangra!
Oliver oyó luego el repiqueteo de una campanilla, disparos y gritos. Sintió que se lo
llevaban a paso rá.pido. Poco a poco, los ruidos fueron haciéndose cada vez más
lejanos, y una sensación de frío mortal se apoderó de él. Luego, ya no vio ni oyó
nada.
CAPÍTULO SIETE
UN EXTRAÑO PERSONAJE
Al día siguiente, en casa de Fagin, estaban el P¡llastre y sus colegas rateros,
absortos en una larga y controvertida partida de naipes. El judío permanecía inmóvil,
sentado frente al fuego, cabizbajo y visiblemente preocupado. Había leído en los
periódicos que el robo había fallado, pero no tenía noticias de Sikes, ni de Toby, ni,
sobre todo, de su estimado pupilo.
-¡Han llamado a la puerta! -gritó de pronto el P¡llastre.
Cogió la luz y fue a ver quién era.
-Es Toby Crackit -susurró al oído de su amo.
-¿Qué? -gritó el judío-. ¿Está solo?
-Si -contestó el P¡llastre.
-D¡le que entre -ordenó Fagin-. Los demás, ya os podéis largar de aquí
discretamente.
La orden fue obedecida por todos, de modo que cuando el P¡llastre volvió con
Crackit, Fagin se encontraba solo en la habitación.
-¿Qué tall -saludó Toby Crackit con aire desenvuelto.
Fagin no decía nada. Miraba ansioso al ladrón, a la espera de alguna noticia.
-No me mires así, hombre -lijo Toby-. ¿Crees que puedo hablarte del curro con el
estómago vacío?
Toby se puso entonces a comer y a beber, aparentemente sin prisa por iniciar la
conversación; sólo cuando se sintió satisfecho, preguntó:
-¿Cómo está Bill?
-¿Qué? -gritó Fagin sin dar crédito a lo que estaba oyendo-. ¿Qué cómo está Bill?
-No me digas que no sabes nada de... -respondió el otro con aire misterioso.
-No sé nada de nada -gritó Fagin pateando furioso el suelo-. Así es que ya puedes
empezar a contármelo todo.
-Nos falló el golpe -dijo Toby con voz tenue y cabizbajo.
-Eso ya lo he leído en los periódicos. Quiero saber más.
-Dispararon y un tiro alcanzó al chico -siguió Toby-. Todo el vecindario salió
armado detrás de nosotros, con perros y todo. Escapamos campo a través como
pudimos.
-¿Y Oliver?
-Bill lo llevaba a cuestas. Nos pisaban los talones y el chico estaba frío como un
témpano. Así es que nos separamos y dejamos al muchacho en una zanja. No sé si
estaba vivo o muerto.
El judío no quiso escuchar más y, lanzando un grito que hizo temblar las paredes,
salió de su casa como una exhalación. Anduvo largo rato por estrechas a inmundas
callejuelas hasta llegar a Los Tres Patacones.
-¿Está él aquí? -susurró of oído del dueño del local.
-¿A quién se refiere? ¿A Monks? -preguntó el tabernero.
-Sí -contestó Fagin-, pero hable más bajo.
-Todavía no -contestó el hombre-, pero ya tenía que haber llegado. Si se espera
diez minutos..
-No, no -contestó Fagin aliviado-. Dígale que venga a mi casa mañana. He de
hablar con él.
El judío salió de aquel antro y, sin más, cogió un coche de alquiler y se dirigió a
casa de Bill Sikes y Nancy. Fagin súbió las escaleras de la casa y, sin demasiados
miramientos, irrumpió en la habitación de la joven, que se encontraba visiblemente
borracha con la cabeza apoyada sobre la mesa. El ruido que hizo Fagin al entrar la
sobresaltó por un instante, circunstancia que aprovechó el judío para explicarle lo
sucedido con el pequeño Oliver y Sikes. Cuando hubo terminado, Nancy retomó su
postura inicial, sin decir una sola palabra.
-¿Dónde crees que podná estar Bill? -preguntó Fagin.
-¡Y qué sé yo! -dijo ella llorando.
-¡Pobre chiquillo! -suspiró Fagin mirando a Nancy, al acecho de cualquier cambio
en su rostro que la pudiera delatar
Fagin había comprendido que la muchacha sentía simpatía y compasión por el
pequeño Oliver; por eso pensó que quizá sabría algo de él. Pero ella tan sólo
exclamó:
-¿Pobre chiquillo? Está mucho mejor ahora que cuando estaba entre nosotros.
¡Ojalá se haya muerto!
-¿Pero qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca?
-En el fondo me alegro de lo que le ha ocurrido. Lo peor ya ha pasado para él.
Además, no podía soportarlo cerca de mí.
Me hacía sentir asco de mí misma y de todos nosotros; de todo lo que somos...
-¡Bah! -dijo el judío-. ¡Estás borracha! Ahora, déjate de tonterías y escucha bien: si
tu Bill vuelve y ha dejado atrás al muchacho, si él ha salido vivo de esto y no me
devuelve a Oliver, mátalo tú misma si quieres evitarle la horca.
-¿A qué viene esto? -gritó ella.
-Mira, pellejo -continuó Fagin furioso-, Oliver es mi mejor negocio, y no lo voy a
perder por culpa de los caprichos de una pandilla de borrachos. Además, ese hijo de
Satán al que estoy atado tiene suficiente poder para... para...
En aquel instante, el judío comprendió que había hablado demasiado a hizo un
esfuerzo por contener su ira. Sin decir ni una palabra más, se dejó caer, exhausto,
en una silla, temblando ante el temor de haber revelado parte de su secreto. No
tardó en comprobar que Nancy se encontraba tan borracha que seguramente no se
había enterado de nada. Entonces salió de aquella casa, dejando a la muchacha tal y
como la había encontrado en el momento de su llegada.
Al llegar a la esquina de su calle, se detuvo unos instantes para buscar la llave de
la puerta. De pronto, una sombra salió de la profunda oscuridad de un porche
cercano y se acercó sigilosamente hasta él.
-¡Fagin! -le susurró una voz cerca de la oreja.
-¡Ah! -gritó el judío, sobresaltado-. ¿Eres Monks?
-Sí -le contestó la sombra-. Llevo dos horas esperándote. ¿Dónde te habías
metido?
-Entremos en mi casa. Hablaremos más tranquilos.
Cuando aquel extraño personaje se quitó el embozo que le cubría parte de la cara,
dejó ver un rostro lleno de maldad; una mirada profunda y negra de crueldad que
revelaba un egoísmo sin límites.
-El chico -dijo él- tenía que haberse quedado aquí, con los demás. ¿Por qué no
haber hecho de él un simple ratero? Dentro de unos meses lo habrían cogido y lo
habrían expulsado de! país para toda la vida. Para eso lo contraté.
-Escucha, Monks -dijo Fagin-, a ese muchacho era imposible convertirlo en un
ladrón. En todo el tiempo que ha estado aquí, no he conseguido ennegrecer su alma
ni un poquito siquiera.
-¡Maldito antro! -gritó Monks-, ¿qué es eso?
-¿Qué es qué?
-¡Allí! -gritó el hombre, señalando la pared opuesta-. ¡Una sombra! ¡He visto la
sombra de una mujer!
Los dos hombres salieron de la habitación a toda prisa y recorrieron la casa de
arriba abajo. Pero no vieron ni oyeron nada; reinaba un profundo silencio.
-Es sólo tu imaginación -lijo Fagin despectivamente.
-Te juro que la vi -insistió Monks.
-Pues ya ves que no hay nadie en la casa, excepto los muchachos, y ellos están
bien seguros. Mira -dijo sacando una llave de su bolsillo-, los encerré para que no
hubiera intromi siones inesperadas en nuestra entrevista.
Aquel testimonio consiguió hacer vacilar a Monks. Pero, a pesar de todo, se negó a
seguir hablando aquella noche y se marchó.
CAPÍTULO OCHO
EN CASA DE LA SEÑORA MAYLIE
Toby Crackit no mentía: él y Bill Sikes habían abandonado a Oliver, herido, en una
zanja. Al amanecer, el niño seguía allí, inconsciente. Se despertó sobresaltado al oír
un quejido que salió de sus propios labios y reunió las pocas fuerzas que le quedaban
para incorporarse. Temblando de frío y de dolor, se puso en pie y comenzó a caminar
lentamente, con la cabeza caída sobre el pecho.
Llegó a un camino. Al fondo había una casa y hacia ella dirigió sus pasos. Sólo
cuando la tuvo delante, se dio cuenta de dónde se encontraba. “¡Dios mío!”, pensó,
“¡Es la casa de anoche!” El miedo se apoderó de él y decidió huir Pero no sabía a
dónde dirigirse y se encontraba muy débil. Entonces, atravesó el jardín de la casa sin
a penas tenerse en pie, subió los escalones y, en un último esfuerzo, llamó a la
puerta. En aquel momento, se derrumbó contra una de las columnas del porche.
Dentro de la casa reinaba una gran tensión. La noche había sido larga y agitada. El
mayordomo, el señor G¡les, se sentía ya un gran héroe, y así lo hacía saber a todo el
personal de aquella mansión. ¿Quién, sino él, había tenido el coraje de enfrentarse a
los ladrones?
Así estaban los ánimos cuando oyeron llamar a la puerta Nadie se atrevió a
moverse. Se miraban los unos a los otros preguntándose quién iná a abrir
Finalmente, Brittles, el mozo de la casa, se dirigió a la puerta. Todos, mayordomo,
cocinera y doncella, lo acompañaron. Cuál sená su sorpresa cuando, al abrir la
puerta, tan sólo vieron a un pobre niño enfermo que pedía ayuda.
-¡Tengan piedad de mil -suplicó con voz entrecortada.
Sin mucha delicadeza, G¡les agarró a Oliver por una pierna y un brazo, lo arrastró
hasta el salón y allí lo dejó tendido en el suelo. Después, se puso a gritar:
-¡Señora! ¡Señorita! ¡Hemos cogido a uno de los ladrones! ¡Yo le disparé! ¡Yo le
disparé!
En medio de aquel bullicio, se oyó una voz femenina tan suave, que al instante
hizo reinar la paz.
-¡G¡les!
-Aquí estoy, señorita Rose. No se preocupe, no estoy herido, el ladrón no opuso
gran resistencia.
Aquella dama de voz delicada tenía un rostro angelical. Contaba tan sólo dieciséis
años pero, a pesar de su juventud, la inteligencia brillaba en sus ojos azules. Todo
en ella era dulzura y buen humor.
-¡Pobrecillo! -exclamó-. ¿Está herido?
-Herido de gravedad -contestó el mayordomo.
-Llévenlo con mucho cuidado a la habitación de arriba, y que Brittles vaya a buscar
a un médico.
Más tarde, en el comedor, G¡les servía el desayuno a la señorita y a su tía, la
señora Maylie. Era ésta una persona ya mayor; sin embargo, mantenía su erguida
figura, y los años no habían apagado el brillo de sus ojos. De repente, se oyó frente
a la entrada de la casa un cabriolé que se detenía. De él, se bajó el señor Losberne,
cirujano de la vecindad y amigo de la señora Maylie. Era un solterón gordo y famoso
por su buen humor. El doctor irrumpió en el comedor exclamando:
-¡Dios mío! Querida señora Maylie, ¿cómo ha podido suceder? En fin, ¿se
encuentran ustedes bien?
-Bien, muchas gracias, señor Losberne -contestó Rose-. Pero hay un herido arriba
que requiere sus cuidados.
-¡Oh, claro! -contestó el doctor-. Obra suya, G¡les, según me han contado. Vamos,
indíqueme el camino.
El doctor pasó largo rato en la habitación con Oliver y, cuando volvió a bajar, se
presentó ante las damas con aire circunspecto.
-¿Qué ocurre? -preguntó Rose ansiosa.
El doctor adoptó una actitud de misterio y, antes de contestar, cerró
cuidadosamente la puerta.
-¿Han visto ustedes al ladrón? -preguntó.
-No -contestó la señora Maylie-. Aún no.
En efecto, el mayordomo no se había atrevido a confesar que su víctima era tan
sólo un muchacho indefenso.
-Creo que deben ustedes verlo. Les aseguro que su aspecto les va a sorprender
-dijo el doctor, subiendo las escaleras hacia el dormitorio donde se encontraba
Oliver.
Cuando entraron en la habitación, vieron, asombradas, que en la cama yacía un
muchachito agotado por el dolor, en vez de un peligrosísimo delincuente como ellas
esperaban.
-¿Qué es esto? -preguntó la señora Maylie-. Este chiquillo no puede ser el ladrón.
-Los seres más jóvenes y más bellos -repuso el doctor- son a veces las víctimas
preferidas del crimen y del vicio.
-Suponiendo que tenga usted razón -dijo la señorita Rose-, es también posible que
este muchachito no haya conoc ido nunca el amor de una madre ni el calor de un
hogar y que el hambre le haya forzado a asociarse con lo peor de la sociedad. Y tú,
querida tía, considera todo esto antes de permitir que se lleven a este pobre niño a
la cárcel. Gracias a ti, jamás he echado de menos el amor de unos padres, pero
podná haberme ocurrido, y hoy estaría tan desamparada como este niño. ¡Oh, tía!
¡Ten piedad de él!
-Cariño -contestó la anciana abrazando a Rose-, yo ya soy mayor y mis días tocan
a su fin. Espero que, a la hora de mi muerte, Dios se apiade de mí como yo me he
apiadado del prójimo. ¿Qué puedo hacer para salvar a este niño, doctor?
-Si permite usted asustar un poco a G¡les y a Brittles, creo que podré arreglarlo
-contestó el señor Losberne-. Pero con una condición: cuando el muchacho
despierte, yo mismo lo interrogaré. Y si de lo que él diga, deducimos que es un
malvádo irreductible, lo entregaremos a la justicia.
Era ya de noche cuando Oliver por fin despertó. Se encontraba débil, pero estaba
tan ansioso por revelar su secreto, que el médico le dio la oportunidad de satisfacer
su deseo. Así fue cómo Oliver pudo contar su triste historia.
Entonces, llamaron a la puerta.
-¿Quién será a estas horas? -preguntó el doctor.
-Son agentes del cuerpo especial de policía -dijo Brittles.
-¿Qué? -gritó el doctor aterrado.
-Sí -contestó Brittles-, yo mismo los llamé para que vinieran.
Gracias al señor Losberne y al testimonio de G¡les quien, aleccionado por el doctor,
negó que Oliver fuera el muchacho contra el que había disparado, los policías
hicieron su trabajo de investigación rutinaria, pero se marcharon al cabo de unas
horas sin sospechar del muchacho.
Durante los días que siguieron, Oliver fue recuperándose gracias a los cuidados de
la señora Maylie, de Rose y del doctor Losberne. Estaba aún muy débil, pero no
dejaba de manifestar su agradecimiento a las dos damas, con las que se sentía pro -
fundamente unido. Un día, Rose le dijo:
-Oliver, vamos a it a pasar una temporada al campo y mi tía quiere que vengas con
nosotros. El aire puro te pondrá bien.
-¡Oh, muchas gracias, señorita Rose! Allí podré trabajar para ustedes. ¡Tengo
tantas ganas de corresponder a su bondad!
En el campo, todo fue calma y paz para Oliver Acudía todas las mañanas a casa de
un entrañable anciano que le ayudaba a progresar en la lectura y la escritura. El
resto del día lo pasaba al aire libre, disfrutando de la naturaleza. Para él, que había
vivido siempre en casas inmundas, aquellos tres meses pasados en e! campo,
rodeado de cariño y comprensión, supusieron el descubrimiento de la auténtica
dicha. Había entrado en el paraíso.
CAPÍTULO NUEVE
LA ENFERMEDAD DE ROSE
Una tarde de verano, tras un largo paseo, Rose manifestó sentirse mal.
-¿Qué te ocurre, Rose? -le preguntó preocupada la señora Maylie.
-Creo que estoy enferma, tía -contestó ella llorando.
Rose se alejó, pálida como el mármol, hacia su dormitorio. La anciana señora,
cuando se encontró a solas con Oliver, no pudo reprimir su angustia
-¡Oh, Oliver! -exclamó sollozando-. Me temo lo peor ¡Mi querida Rose! ¿Qué haría
yo sin ella?
-Estoy convencido de que Dios no la dejará morir-dijo Olives entre sollozos.
A la mañana siguiente, Rose tenía una fiebre muy alta.
-Olives -dijo la señora Maylie-, hay que mandar urgentemente esta carta al doctor
Losberne. Llévala a la posada de la aldea y échala al correo.
Oliver corrió hasta llegar a la posada. Una vez enviada la carta, salió del
establecimiento y tropezó con un hombre de ojos grandes y negros que iba envuelto
en una capa.
-Perdone, señor-se disculpó el muchacho.
-Pero, ¿qué es esto? -gritó el hombre-. ¡Serás capaz de salir de tu tumba para
ponerte en mi camino!
Oliver, asustado por la loca mirada de aquel individuo, salió corriendo. Cuando
llegó a casa, Rose estaba delirando.
-Sería milagroso que se recuperara -le confesó en voz baja el médico del lugar a la
señora Maylie.
Aquella noche, nadie durmió y, a la mañana siguiente, llegó el doctor Losberne,
quien confirmó la gravedad de la muchacha.
-Es muy duro y muy cruel -dijo-. Tan joven y tan querida por todos... pero hay
muy pocas esperanzas.
Rose se sumió después en un profundo sueño del que saldría, bien para vivir, bien
para decirles adiós. Oliver y la señora Maylie permanecieron inmóviles durante varias
horas a la espera de que el doctor Losberne les diera la tan temida noticia. Éste salió
por fin de la habitación y se acercó a ellos.
-¿Cómo está Rose? ¡Dígamelo enseguida! -gritó la señora Maylie-. ¡Déjeme verla,
por Dios! ¿Ha muerto?
-¡No! -exclamó el doctor-. ¡Cálmese, por favor! Rose vivirá para hacernos felices
muchos años.
La anciana cayó de rodillas llorando de emoción. También Oliver quedó como
atontado al recibir la feliz noticia. No podía ni hablar, ni llorar, ni expresar lo que
sentía en aquellos momentos. Aturdido, salió a pasear
Cuando volvía a la casa cargado de flores para la enferma, un coche pasó como un
rayo junto a él y se detuvo de golpe. Por la ventanilla asomó la cabeza del señor
Giles y Oliver corrió hasta el coche. Abrió la portezuela para saludar al mayordomo y
vio, sentado junto a él, a un caballero de unos veinticinco años que preguntó
ansioso:
-¿Cómo está la señorita Rose?
-¡Mejor, mucho mejor! -se apresuró a responder Oliver-. El doctor Losberne dice
que ya está fuera de peligro.
El caballero se bajó entonces del coche y ordenó:
-G¡les, sigue tú hasta casa de mi madre. Yo prefiero caminar
Al llegar a la casa, la señora Mayl¡e y el joven caballero, madre a hijo, se fundieron
en un fuerte abrazo.
-¡Madre! -dijo el joven-. ¡Gracias a Dios! Si Rose hubiera muerto, yo no habría
vuelto a ser feliz.
-No empieces otra vez con eso, Harry -contestó su madre-. Ella necesita un amor
profundo y duradero y tú...
-¿Todavía crees que soy un niño caprichoso?
-Creo que eres joven, y que los jóvenes suelen tener impul sos ciertamente
generosos pero poco duraderos. Creo, además, que tienes delante de ti un porvenir
brillante que los oscuros orígenes de Rose podrían echar por tierra. En un futuro se
lo podrías reprochar.
-Pero entonces yo sería un egoísta -replicó Harry-. ¡Por el amor de Dios, madre! Te
estoy confesando una pasión muy profunda. ¿Por qué no dejas que sea Rose la que
decida?
-Como quieras -aceptó la madre-. Ahora debo volver junto a ella. ¡Qué Dios lo
bendiga, hijo!
A medida que pasaban los días, Rose se recuperaba con asombrosa rapidez. Pero
un extraño acontecimiento vino a romper la tranquilidad que se vivía en la casa.
Oliver se encontraba haciendo los deberes en un cuartito de la planta baja que
daba al jardín. Llevaba allí mucho rato, se encontraba cansado y se quedó medio
dormido. Durante su duermevela, el aire se volvió de repente denso, y Oliver, horrorizado,
creyó encontrarse de nuevo en casa de Fagin.
-¡Mira! -oyó decir al judío-. ¡Es él!
-¡Ya te lo había dicho! - respondió otro hombre.
Fue entonces cuando Oliver despertó, sobresaltado y presa del pánico. Miró por la
ventana y allí, muy cerca de él, estaba el judío mirándole fijamente. La sangre se le
heló, se vio momentáneamente paralizado de espanto. Junto a él se encontraba,
además, aquel hombre violento que le había abordado a la salida de la posada. La
visión duró tan sólo unos instantes, y los dos hombres desaparecieron en un abrir y
cerrar de ojos. Aterrorizado, Oliver saltó al jardín por la ventana y se puso a gritar
pidiendo soconro.
Los habitantes de la casa corrieron al jardín, donde encontraron al muchacho muy
agitado, que señalaba hacia los prados y gritaba: “¡Era el judío! ” Harry, a quien su
madre había contado la historia de Oliver, saltó por encima del seto y salió en su
persecución a gran velocidad. Pero la búsqueda resultó inútil.
Tiene que haber sido un sueño -dijo Harry a Oliver cuando estuvieron de vuelta.
-¡Oh, no, señor! -insistió Oliver-. De veras que yo los vi.
De nada sirvieron los rastreos que se hicieron en la zona hasta el anochecer. A los
dos hombres se los había tragado la tierra. El susto le duró a Oliver unos días más y,
poco a poco, se fue olvidando de aquel espantoso episodio.
Mientras tanto, Rose se había recuperado del todo y ya salía de su habitación. Una
mañana, Harry Maylie entró en el come dor donde Rose se encontraba sola.
-¿Puedo hablar contigo unos minutos? -le preguntó.
Rose palideció pero no dijo nada. Así que Harry continuó:
-Llegué aquí hace unos días angustiado ante la idea de perderte sin que supieras
que te amo. Te he visto pasar de la muerte a la vida y, ahora, quiero ganar tu
corazón. Rose, dime que mis esfuerzos por merecerte no son vanos.
-Harry -contestó ella llorando-, debes tratar de olvidarme. Seré tu más fiel amiga,
pero no debo ser el objeto de tu amor.
-¿Por qué?
-No tengo amigos, Harry, no tengo dote, pero sí tengo una mancha sobre mi
nombre. Os debo demasiado a tu madre y a ti como para obstaculizar con mis
orígenes tu brillante carrera.
-Deja el deber a un lado y contéstame: ¿me amas?
Te habría amado si no... pero, ¡basta ya! ¡Adiós, Harry! Nunca más nos volveremos
a ver como nos hemos visto hoy.
-Sólo una palabra más, Rose. Contéstame: si yo fuera pobre, enfermo y desvalido,
¿me querrías?
-Sí, Harry -contestó Rose con un hilo de voz.
El joven tomó entonces la mano de su amada, se la llevó al pecho y, tras darle un
beso en la frente, salió del comedor
Al día siguiente, por la mañana temprano, Harry se marchó a Londres, no sin antes
encargarle a Oliver que le escribiera con frecuencia contándole cosas de su madre y
de Rose.
CAPÍTULO DIEZ
EL MATRIMONIO BUMBLE
El señor Bumble estaba sentado en un salón del hospicio donde nació Oliver Twist.
Se encontraba pensando con melancolía lo mucho que había cambiado su vida desde
hacía dos meses: había ascendido a superintendente y se había casado con la
gobernanta del hospicio; aunque esto no había sido precisamente por amor Dada su
pasión por el dinero, se había dejado deslumbrar por algunas de las pertenencias de
la que entonces todavía se llamaba señora Corney y por la posibilidad de tener
vivienda y calefacción gratis.
Recordaba perfectamente la tarde en que había decidido pedirle que se casara con
él. Estaban los dos coqueteando en la habitación de ella, cuando una anciana vino a
anunciar que la vie ja Sally se estaba muriendo. La pobre moribunda aseguraba que
no se iná tranquila de este mundo sin revelar un secreto a la gobernanta. Ésta salió
entonces maldiciendo a los pobres del hospicio, que no la dejaban nunca en paz. El
señor Bumble aprovechó entonces su ausencia para registrar cajones, arma rios y
alacenas ya que deseaba asegurarse de que la señora Corney era un buen partido.
Sumido en sus recuerdos, el séñor Bumble, creyendo que estaba solo, dijo en voz
alta:
-Mañana hará dos meses que estamos casados, y me parece un siglo. Reconozco
que me vendí, aunque demasiado barato.
-¿Barato? -gritó una voz al oído del superintendente.
El señor Bumble se dio la vuelta y se encontró con el poco agraciado rostro de su
esposa, que seguía gritando:
-¿Piensas quedarte ahí roncando todo el día?
-Pienso hacer lo que me dé la gana, señora Bumble -contestó el hombre
envalentonado.
El señor Bumble se colocó entonces su sombrero y su abrigo con la intención de
salir, pero la señora Bumble le quitó el sombrero de un manotazo, lo agarró por el
cuello, lo golpeó, lo arañó y lo sentó en una silla de un empujón.
-No me vuelvas a contestar de ese modo -gritó-. Ahora levántate y lárgate de aquí.
El señor Bumble recogió su sombrero del suelo y salió a la calle como una flecha.
Iba tan enfadado, que tardó un rato en darse cuenta de que estaba lloviendo con
fuerza; entonces decidió refugiarse en una taberna. Allí había sólo un cliente; era un
forastero alto y moreno que llevaba una amplia capa negra sobre los hombros.
Ambos se miraron varias veces de reojo. Pero el forastero, de repente, rompió el
silencio.
-No sé si se acordará de mí, pero usted y yo nos conocemos. He venido hasta aquí
buscándole y, por una de esas casualidades de la vida, he dado con usted a la
primera. ¿Continúa usted con su acostumbrado amor por el dinero?
El señor Bumble hizo intención de hablar, pero el forastero, haciendo un gesto con
la mano, prosiguió.
-No, no diga nada, ya ve que te conozco bien. Además, comprendo que el sueldo
de los funcionarios parroquiales no es muy alto; seguro que le vendrá bien una
propinilla.
-¿En qué puedo ayudarle? -preguntó el superintendente.
-Voy a ser muy claro: necesito información. Por supuesto, no pretendo que me la
dé a cambio de nada; para demostrar mi buena fe, aquí tiene un adelanto -dijo,
poniendo un par de soberanos delante de su interlocutor-. Veamos, haga memoria:
un invierno de hace doce años nació en el hospicio un muchacho paliducho que más
tarde fue aprendiz de un fabricante de ataúdes y que luego se fugó a Londres...
-¡Oliver Twist! No he conocido un muchacho más terco.
-No es él quien me interesa. Me gustaná saber algo sobre la vieja que atendió a su
madre la noche en que murió.
-Sí, la vieja Sally... Murió el invierno pasado.
El forastero enmudeció como hundido por aquella inesperada noticia, pero pronto
salió de su ensimismamiento. Luego hizo ademán de levantarse, pero el señor
Bumble lo retuvo.
-Sé que antes de morir, la vieja Sally se encerró en una habi tación con una mujer
para revelarle un secreto.
Con la intención de sacar provecho de la información de que disponía, el señor
Bumble continuó:
-Tengo motivos para pensar que ella le puede ayudar en sus pesquisas -concluyó el
señor Bumble.
-¿Cómo? ¿Cuándo podná verla?
-¿Le parece bien mañana?
-Bien, a las nueve de la noche , vayan a esta dirección -dijo, entregándole un
pedazo de papel-. Pregunten por el señor Monks.
Al día siguiente, el matrimonio Bumble se encaminó al lugar que Monks había
indicado. Era un pequeño barrio a orillas del río, famoso por ser refugio de ladrones y
criminales. Estaba formado por unas cuantas casas en ruinas, entre las cuales se
elevaba un edificio grande, cuyos pilares estaban muy deteriora dos por las ratas, la
carcoma y la humedad. Frente a él se detuvieron los Bumble.
-¡Hola! -gritó una voz procedente del segundo piso-. Esperen, ahora mismo les
abro.
Instantes después, Monks les abrió la puerta. Subieron hasta una estancia del piso
superior y cerraron tras de sí. A continuación, los tres se sentaron alrededor de una
mesa.
-Dígame, señora -dijo Monks-, ¿estaba usted con la tal Sally cuando murió? ¿Le
dijo algo acerca de la madre de Oliver?
-Sí. Pero yo no he venido aquí para dar información gratis. Déme veinticinco libras
en oro y le diré todo lo que sé.
-Aquí las tiene -repuso Monks, poniendo las monedas una a una encima de la
mesa-. Ahora, dígame lo que sabe.
-Cuando la vieja Sally murió, estábamos ella y yo solas en la habitación. Me habló
de una joven que había dado a luz un niño hacía doce años y que, al día siguiente,
había muerto en la misma cama en la que ella estaba agonizando.
-¡Dios mío! -exclamó Monks.
-Parece ser que la joven, antes de morir, le entregó a Sally algo con el encargo de
dárselo al niño cuando llegara a la edad adulta; pero ella se lo quedó. La vieja no
dijo nada más, cayó para atrás y murió.
-¿Eso es todo? Creo que me está ocultando algo.
-No dijo más -contestó la gobernanta impasible-. Solamente me agarró del vestido
con una mano. Cuando cayó muerta, retiré su mano con fuerza y vi que en ella
guardaba un viejo trozo de papel. Era una papeleta de empeño.
-¿Y cuál era el objeto empeñado? -interrogó Monks.
-Era una alhaja. Así que fui y la desempeñé.
-¿Y dónde se encuentra ahora esa joya? -preguntó el hombre inmediatamente.
-¡Aquil -contestó la mujer, arrojando sobre la mesa una bolsita.
La bolsa contenía un pequeño guardapelo de oro. En su interior, había dos
mechoncitos y una alianza. La sortija tenía grabado el nombre de “Agnes” y una
fecha correspondiente al año anterior del nacimiento de Oliver
-¿Qué se propone hacer con eso? ¿Va a utilizarlo contra m? -preguntó la señora
Bumble.
-Ni contra usted ni contra nadie -contestó Monks, arrastrando la mesa a un lado y
abriendo una trampilla que se encontraba junto a los pies del señor Bumble-. Miren
ahí abajo.
Las turbias aguas del río corrían velozmente bajo ellos. Monks sacó la bolsita, la
ató a un pequeño peso de plomo que estaba en el suelo y la tiró al agua.
-¡Hecho! -exclamó Monks aliviado-. ¡Prueba destruida! Ahora, lárguense de aquí
cuanto antes.
CAPÍTULO ONCE
EL CORAJE DE NANCY
Al día siguiente, Nancy fue a casa de Fagin para recoger un dinero que el judío le
debía a Bill Sikes. Allí, coincidió con Monks.
-He de decirte algo a solas -le dijo Monks a Fagin.
Los dos hombres subieron a una habitación de la planta superior y se encerraron
para hablar en privado. Nancy, con la intención de espiar la conversación, se quitó
los zapatos, subió de puntillas las escaleras y se plantó en la puerta del cuarto donde
Monks y Fagin se habían reunido. Al rato, la muchacha volvió a bajar con aspecto de
encontrarse fuertemente impresionada. Segundos más tarde, Monks se marchó. A
continuación, Fagin le entregó a Nancy el dinero que había venido a buscar y ambos
se despidieron.
Ya en la calle, Nancy se sentó en un portal, incapaz de seguir caminando, y rompió
a llorar. Finalmente, cuando se encontró más tranquila, volvió a su casa. Había
tomado una decisión: iba a dar un gran paso aquella misma noche, en cuanto Sikes,
que estaba enfermo, se hubiese dormido.
A la hora en la que el ladrón debía tomar su medicina, Nancy la preparó como
siempre y añadió un potente somnífero. En breves instantes, el enfermo cayó en un
profundo sueño, momento que la muchacha aprovechó para marcharse.
Después de andar más de una hora, llegó al barrio más rico de la ciudad y se
dirigió a un pequeño hotel. Cuando llegó a la puerta, vaciló un momento y entró.
-Quiero ver a la señorita Maylie -dijo Nancy al recepcionista,
-iQué puedes querer tú de una dama? -preguntó en tono despectivo el empleado al
ver su aspecto-. ¡Vamos, lárgate!
-¡Tendrán que sacarme a la fuerza! -gritó la muchacha-. Necesito dar un mensaje
con urgencia a la señorita Maylie.
El recepcionista subió a regañadientes; le preocupaba tener un problema si el
mensaje era en realidad algo importante. Al poco rato, volvió a hizo una seña con la
cabeza a Nancy para que lo siguiera. El hombre la acompañó hasta una pequeña
antecámara donde se encontraba Rose. La joven había adelan tado unos días su
regreso del campo y esperaba la llegada de su tía y de Oliver de un momento a otro.
Rose miró a la muchacha que se encontraba frente a ella y le dijo dulcemente:
-Soy Rose Maylie. ¿Deseaba usted verme?
Nancy, ante tanta dulzura, rompió a llorar
-¡Ay, señorita! -exclamó-. ¡Cuánto le agradezco que haya querido recibirme! Mi
nombre es Nancy.
-¿En qué puedo ayudarla? -prosiguió la joven dama.
-Supongo que Oliver les habrá contado su historia.
-Por supuesto. ¿Y bien?
-Les habrá dicho también que fue raptado mientras hacía un recado para el señor
Brownlow, con quien vivía en Petonville. Bueno, pues yo soy la persona que lo raptó.
-¿Usted? -exclamó Rose.
-Sí y lo llevé a casa de un miserable, llamado Fagin, que obliga a muchachos
indefensos a robar para él -gimió Nancy-. Y si ellos se enteraran de que he venido,
me matarán.
-No se preocupe, querida, no sucederá nada -dijo Rose, mientras estrechaba
dulcemente la mano de la afligida muchacha.
-¿Conoce usted a un tal Monks? -continuó Nancy.
-No, no lo conozco -contestó Rose.
-Pues él a usted sí la conoce -repuso Nancy-. Y sabe que está hospedada aquí. Yo
he podido localizarla porque he escuchado una conversación entre ese hombre y
Fagin en la que se nombraba este lugar y se mencionaba su nombre.
-¿Y de qué hablaron? -preguntó interesada Rose.
-Las primeras palabras que le oí decir a Monks fueron: “Las únicas pruebas de la
identidad del muchacho están en el fondo del río, y la vieja que las recibió de la
madre está criando malvas”. Parece ser que Monks vio a Oliver por casualidad el día
que lo capturó la policía. Enseguida se dio cuenta de que era el muchacho que él
mismo andaba buscando. Le propuso entonces a Fagin que recuperara al chico a
hiciera de él un ladrón; a cambio, recibiná una sustanciosa recompensa.
Rose, sorprendida por la historia, preguntó a Nancy:
-¿Y qué interés puede tener un hombre como Monks en un desvalido muchacho?
-Eso es lo más sorprendente: Monks dijo que si Olivertrataba de aprovecharse de
su nacimiento, lo mataría. Y, al final, muy satisfecho, le preguntó a Fagin: “¿Qué te
parece la trampa que le he preparado a mi hermanito Oliver?”
-¡Su hermano! -exclamó Rose-. ¿Y qué puedo hacer yo?
-No lo sé. No puedo ayudarla más; ahora tengo que marcharme. Si necesita algo
de mí, podrá encontrarme cada domingo por la noche, entre las once y las doce, en
el puente de Londres.
La muchacha se marchó llorando, mientras Rose, abrumada por aquellas
revelaciones, buscaba el modo de ayudar a Oliver
A la mañana siguiente, Rose decidió consultar a Harry. Se disponía a escribirle
cuando Oliver, que llegaba en ese mome nto de la mansión del campo, entró en la
habitación.
-¡He visto al señor Brownlow! ¡Bendito sea Dios!
-¿Dónde lo has visto? -preguntó Rose.
-Bajaba de un coche -contestó Oliver llorando de alegría-. Él no me vio a mí, y yo
no me atreví a acercarme. Pero G¡les ha averiguado su dirección. Mire, aquí está.
-¡Vamos para allá inmediatamente! -le dijo Rose.
Cuando llegaron a la casa del señor Brownlow, Rose pidió a Oliver que esperara en
el coche mientras ella preparaba al anciano para que lo recibiera. La joven entró y
contó en pocas palabras todo lo que le había ocurrido a Oliver.
Cuando el señor Brownlow se enteró de que Oliver se encontraba fuera, salió y,
lleno de alegría, se precipitó hacia el interior del coche para abrazar al muchacho.
Cuando entraron en la casa, el señor Brownlow llamó a la señora Bedwin. Y cuando
ésta entró en el salón, Oliver se echó a sus brazos entre lágrimas:
-¡Bendito sea Dios! -dijo la anciana-. ¡Si es Oliver Tw¡st!
El señor Brownlow condujo entonces a Rose a otra sala y allí escuchó el relato de la
entrevista con Nancy.
-En este asunto hay que ser extremadamente prudente -dijo pensativo el anciano
caballero.
-Yo quisiera que el doctor Losberne, el médico de mi tía, supiera todo esto. Seguro
que nos podná ayudar
-Déjeme que yo esté presente cuando hable usted con él. Esta noche, a las nueve,
podemos vernos en el hotel. Su tía tiene que estar al tanto de todo lo ocurrido.
Tal y como habían convenido, el señor Brownlow y Rose revelaron la historia de
Nancy al doctor.
-¿Qué diablos hay que hacer entonces? -gritó el doctor Losberne lleno de ira.
-Debemos proceder con mucho cuidado -contestó el señor Brownlow-. Lo
importante es descubrir quién es realmente Oliver y devolverle la herencia de la que
ha sido despojado. Pero antes, debemos averiguar de Nancy los nombres de los
lugares donde suele it ese tal Monks.
Aquella noche, convinieron poner al tanto de lo ocurrido al señor Grimwig y a Harry
Maylie y, sobre todo, dejar a Oliver al margen. También decidieron no hacer nada
hasta el domingo siguiente, cuando se reunirían con Nancy.
CAPÍTULO DOCE
UN ESPÍA A LAS ÓRDENES DE FAGIN
La misma noche en que Nancy se había entrevistado con Rose, Noah Claypole y su
amiga Charlotte llegaron a Londres. Ambos jóvenes eran perseguidos por la justicia
ya que habían robado de la caja del señor Sowerberry una importante cantidad de
dinero.
Los dos fugitivos caminaron por calles recónditas, hasta lle gar frente a Los Tres
Patacones.
-Aquí pasaremos la noche -anunció satisfecho Noah.
Cuando entraron, vieron a Barney que estaba con los codos apoyados en el
mostrador leyendo un mugriento periódico.
-Queremos dormir aquí esta noche -dijo Noah.
-Esperen un momento -contestó Barney-, voy a preguntar si hay sitio.
-Mientras tanto, dinos dónde está el comedor y tráenos cerveza y fiambre.
Barney los condujo hasta un cuartucho que estaba en la parte de atrás. Al cabo de
un rato, les sirvió lo que habían pedido y les informó de que podían alojarse allí.
Poco más tarde, llegó Fagin a la taberna preguntando por alguno de sus discípulos.
-No ha venido ninguno de tus amigos -dijo Barney-, pero hay dos forasteros que yo
creo que te van a gustar
El judío escuchó a través del tabique la conversación que mantenían Noah y
Charlotte:
-Vamos a vivir como señores -decía Noah.
-¿Y cómo? -preguntó ella-. ¿Vaciando cajas fuertes?
-¿Cajas? -exclamó Noah-. Se pueden vaciar cosas más interesantes, como por
ejemplo: bolsillos, bolsos, bancos, diligencias... Se trata de encontrar al compañero
adecuado. Con las veinte libras que robamos, todo será más fácil.
-No será tan fácil que alguien como nosotros se pueda deshacer de un billete tan
grande -dijo Charlotte preocupada.
Aquel descubrimiento provocó un vivo interés en Fagin, que entró en la sala
saludando a la pareja y los invitó a beber
-¡Esta cerveza es de buena calidad! -exclamó Noah.
-¡Sí, pero es cara, muy cara! -contestó Fagin-. Hay que andar todo el día vaciando
bolsillos, bolsos, bancos y diligencias para poder comprarla.
Noah palideció al oír sus propios comentarios en boca de aquel hombre.
-No te preocupes -dijo Fagin riendo a carcajadas-. Has tenido suerte de que sea yo
quien te haya oído. También soy del oficio, has ido a dar en el clavo, amigo.
Noah se relajó y el judío siguió:
-Tengo un amigo que te puede ayudar ¡Anda, vamos a hablar ahí fuera!
-No creo que sea preciso movernos de aquí para hablar en privado -repuso Noah-.
Ella -dijo señalando a Charlotte-, subirá el equipaje mientras nosotros hablamos de
negocios.
Charlotte salió inmediatamente de la habitación cargada de bultos y cuando se
encontraba suficientemente alejada, Noah preguntó:
-¿Cuánto hay que aflojar?
-Veinte libras.
-Pero eso es mucho dinero -saltó el joven.
-No cuando se trata de un billete del que no te puedes deshacer.
-¿Y qué obtendré yo?
-Conseguirás vivir como un señor Tendrás comida, cama, tabaco y alcohol gratis,
además de la mitad de las ganancias.
-Me parece bien.
-Mañana, a las diez, vendré con mi amigo. Pero aún falta un último detalle: no me
has dicho cómo te llamas...
-Bolter, Morris Bolter -respondió inmediatamente Noah, ocultando su verdadero
nombre.
Después de brindar por su recién creada sociedad, Fagin se despidió.
Al día siguiente, el judío se presentó solo en la posada y acompañó a Noah y a
Charlotte a su propia casa.
-¿De modo que no existe el tal amigo? -le dijo Noah a Fagin.
-No, en efecto, no existe. Pero os he traído aquí para que veáis cómo vivimos. En
esta casa somos como una gran familia. Ahora estamos muy preocupados por uno
de los nuestros, el P¡llastre, que fue capturado ayer
-¿Por algo serio? -preguntó asustado Noah.
-Lo pillaron tratando de limpiar un bolsillo y le encontraron además una caja de
rapé de plata. Aunque le puede caer una buena condena, no ha dicho nada. ¡Bueno
es él para cantad
-Bueno, ya lo conoceré.
-No estoy tan seguro. Si encuentran pruebas, es un caso de “deportación de por
vidá.
En ese momento, entró Charley Bates con cara compungida y dijo:
-Se acabó todo, Fagin. Han encontrado al dueño de la caja y a dos o tres testigos.
Lo mandarán al extranjero. ¡Y todo por una cajucha de rapé que no vale más de tres
peniques!
-Piensa en el honor, la distinción, de ser deportado a tan corta edad - contestó
Fagin para consolarlo.
El domingo, Nancy estaba en su casa. Cuando dieron las once de la noche, se puso
su gorrito y su abrigo para salir
-¿A dónde vas? -le preguntó Sikes.
-A dar una vuelta -contestó ella-. No me encuentro demasiado bien y necesito
tomar el aire.
-Pues te vas a conformar con sacar la cabeza por la ventana -le contestó el
ladrón-. Tú no vas a ninguna parte.
El hombre se levantó, le quitó el gorro de un manotazo y la arrojó sobre la cama.
-¡Déjame salir, Bill, te lo suplico! -imploró Nancy.
Fagin, que estaba en casa de Bill en aquel momento, no movió un dedo por la
muchacha. Bill Sikes la agarró con fuerza, la sentó en una silla y allí la mantuvo
inmóvil durante un buen rato.
Cuando dieron las dote, la muchacha se dio por vencida y, con los ojos hinchados y
rojos, empezó a mecerse hasta quedar completamente dormida. Fagin cogió
entonces su sombre ro y se despidió.
De camino hacia su casa, Fagin empezó a pensar qué le podía pasar a Nancy.
Quizá se hubiera cansado de Bill Sikes, que la trataba peor que a un perro, y se
hubiera enamorado de otro hombre. Pensó que si era así, el nuevo amor de Nancy
podría ser una buena adquisición, y aun más con una consejera lista y
experimentada como ella.
-Habrá que echarle el guante -se dijo Fagin a sí mismo-. Sería una buena manera
de quitarme de en medio a ese odioso Sikes. Y además, mi influencia sobre la
muchacha sería ilimitada si me convierto en cómplice de su infidelidad.
Fue entonces cuando el judío se dirigió a la posada para proponerle a Noah
Claypole que fuera su espía.
Te necesito -le dijo-, para un trabajo que requiere discre ción y cautela. Sólo se
trata de seguir a una mujer y de saber dónde va, a quién ve y lo que dice. Te daré
una libra.
-tA quién hay que seguir? -preguntó Noah.
-Es una de las nuestras -contestó el judío-. Se ha echado nuevos amigos y he de
saber quiénes son. Ella no te conoce, por eso eres mi hombre.
-¡Trato hecho! -concluyó Noah.
CAPÍTULO TRECE
TERRIBLES CONSECUENCIAS
Había pasado una semana, llegó el domingo y Nancy consiguió por fin acudir al
puente de Londres. A las doce en punto, llegaron Rose Maylie y el señor Brownlow.
-Aléjemonos de aquí -dijo Nancy en voz baja -. Hablaremos más tranquilos abajo, al
pie de la escalera.
Lo que ella no sabía es que cualquier precaución era inútil porque Noah Claypole
seguía sus pasos y oía sus palabras.
-Siento no haber podido venir la otra noche, pero Bill Sikes me retuvo en casa por
la fuerza...
-Conozco el contenido de la entrevista que mantuvo el otro día con esta
señorita-dijo el señor Brownlow señalando a Rose-, y creemos que debemos
arrancarle a ese Monks su secreto como sea. De no ser así, habná que entregar a
Fagin a la policía, ya que él es el único que conoce la verdad.
-¡Nunca! -exclamó Nancy-. Yo jamás me volveré contra mis compañeros, porque
ninguno de ellos se ha vuelto contra mí.
-Entonces díganos al menos dónde podemos encontrar a Monks -repuso el señor
Brownlow.
-Darán con él en una taberna llamada Los Tres Patacones.
-¿Cómo reconoceremos a ese criminal?
-Es moreno, alto y fuerte; parece mayor, aunque no tiene más de veintiocho años
y tiene los ojos negros y muy hundidos. Sufre frecuentes ataques de nervios que le
hacen tirarse al suelo y morderse las manos y los labios hasta hacerse sangre. Ah, y
otra cosa: tiene en la garganta...
-¿Una mancha roja como una quemadura? -interrumpió el señor Brownlow.
-Sí -contestó Nancy sorprendida-. ¿Lo conoce?
-Creo que sí. Pero ya veremos, puede que no sea el mismo. En cualquier caso, nos
ha dado una información valiosísima. ¿Cómo podríamos agradecérselo?
-Ya nada pueden hacer por mí, he perdido toda esperanza. Soy esclava de mi
propia vida, y es muy tarde para dar marcha atrás. Ahora, por favor, márchense, es
lo mejor que pueden hacer.
-Déjenos ayudarla: aún está a tiempo de cambiar su vida...
-No insistan, se lo ruego. Buenas noches, señor Buenas noches, señorita Maylie.
Rose y el señor Brownlow se alejaron y Nancy marchó a su casa. Cuando los tres
estaban ya lejos, Noah echó a correr para contar a Fagin lo que había descubierto.
Antes de que amaneciera, Fagin ya estaba al tanto de todo lo ocurrido. Se
encontraba en su casa, preso del pánico, acurrucado ante la chimenea, con el
corazón lleno de odio. Llegó entonces Bill Sikes a entregarle un paquete.
-¿Qué te pasa? -le preguntó éste al verle la cara completamente desencajada.
Fagin le contó lo que había descubierto Noah. Sikes, entonces, fuera de sí, salió a
la calle; caminó a paso rápido hasta su casa, sin pararse ni un momento a pensar en
lo que iba a hacer. Subió de prisa las escaleras, entró en la habitación, cerró la
puerta con llave y fue hacia la cama donde Nancy estaba durmiendo.
-¡Arriba! -la despertó Sikes a gritos.
-¿Qué te pasa? -le preguntó ella, todavía medio dormida.
Sin decir una palabra, el ladrón la agarró por el cuello y la arrastró hasta el centro
de la habitación.
-¡Bill! ¡Bill! -gritó la muchacha-. ¿Qué he hecho?
-Anoche lo espiaron. Ahora lo sé todo.
-Entonces, perdóname la vida como yo he perdonado que tú me hayas arrastrado a
mí a esta existencia infame -dijo la muchacha aferrándose a él-. Piensa un poco, Bill.
Ahórrate este crimen. ¡Juro que te he sido fiel, Bill!
El ladrón, sordo ante las súplicas de Nancy, agarró una pistola y golpeó con ella a
la muchacha una y otra vez hasta que ésta cayó al suelo cegada por la sangre, que
fluía de una profunda brecha en su cabeza. La muchacha consiguió no obstante
ponerse de rodillas y, juntando las manos, se puso a rezar El ladrón cogió entonces
un garrote y la remató de un solo golpe en la cabeza.
Cuando los primeros rayos de sol iluminaron la habitación donde yacía el cadáver
de Nancy, Sikes quemó las ropas que llevaba, ya que estaban manchadas de sangre.
Luego, escapó de allí con su perro; una sola idea ocupaba su mente: huir Anduvo tan
rápido que, al cabo de una hora, estaba fuera de Londres.
Caminó durante todo el día por campos, prados y bosques sin hallar un lugar
seguro donde esconderse, porque en todas partes se hablaba del horrible crimen. Al
anochecer, tomó la decisión de volver a la ciudad.
-No hay mejor lugar para esconderse. Mis amigos me ayudarán -pensó.
Mientras tanto, en una chabola de un mísero barrio a orillas del Támesis estaban
escondidos Toby Crackit, Chitling y un expresidiario llamado Kags.
-¿Es cierto que han cogido a Fagin? -preguntó Toby Crackit.
-Sí, esta tarde -contestó Chitling-. Charley Bates y yo conseguimos escapar por la
chimenea; a Bolter lo trincaron a la vez que a Fagin. Imagino que Charley estará a
punto de llegar Ya no hay lugar donde esconderse; de todos los que acudíamos a Los
Tres Patacones, no ha quedado nadie a salvo. ¡Menuda redada!
Al caer la noche, los tres hombres seguían sentados, silen ciosos, a la espera de
alguna noticia. Un fuerte golpe en la puerta rompió de pronto aquel denso silencio;
después, los pasos de alguien que subía las escaleras y, por fin, los tres hombres
vieron entrar a Bill Sikes. Se quedaron boquiabiertos; no les dio tiemp o a reaccionar
y, al instante, entró también Charley Bates quien, al reconocer a Sikes, dio un paso
atrás.
-¡Vamos, Charley! Soy yo -dijo Sikes yendo hacia él.
-No te acerques -contestó el otro-. Me das... asco.
Y, dirigiéndose a los demás, se puso a gritar:
-¡Mirad a este monstruo! ¡Miradlo bien! Merecería ser que mado a fuego lento por el
crimen que ha cometido. Voy a entregarlo a la policía y vosotros me vais a ayudar
Llevado por su rabia, Charley Bates se abalanzó contra Sikes, lo derribó, y ambos
rodaron por el suelo. Pero Sikes era más fuerte que el muchacho, y consiguió
inmovilizarlo sin demasia do esfuerzo. Estaba a punto de darle el golpe final, cuando
se oyó un tumulto de gente que se acercaba a la chabola; el rumor de que el asesino
estaba allí, se había extendido por el barrio y una multitud se acercaba para
lincharlo. Toby Crackit sugirió a Sikes que escapara por una de las ventanas.
El asesino soltó a su víctima y miró a su alrededor desconcertado. Charley Bates se
incorporó, corrió hacia la ot ra ventana, la abrió y se puso a gritar:
-¡Socorro! ¡El asesino está aquiil ¡Suban, suban rápido!
Bill Sikes agarró al muchacho, lo arrastró hasta la habitación contigua y allí lo dejó
encerrado con llave. Luego, cogió una larga cuerda, subió al desván y, tras levantar
un tragaluz, salió al tejado. Desde arriba, vio a la multitud encolerizada que gritaba
exigiendo su muerte, y oyó cómo la gente intentaba entrar en la casa. Ató un
extremo de la cuerda a una chimenea y en el otro hizo un nudo corredizo para
intentar descender hasta la calle. Pero en el mismo instante en que se pasaba el lazo
por la cabeza para deslizarlo luego hasta las axilas, algo extraño le ocurrió: levantó
la vista al cielo y creyó ver el rostro ensangrentado de su víctima. El pánico se
apoderó de él, lanzó un grito de terror y perdió el equilibrio cayendo al vacío, donde
quedó colgando sin vida.
CAPÍTULO CATORCE
LA CONFESIÓN DE EDWARD LEEFORD
Aquella misma tarde, Monks fue llevado a la fuerza a casa A del señor Brownlow.
-¿Cómo es posible que el mejor amigo de mi padre me trate de esta manera?
-gritó el canalla, enfadado.
-Sí, Edward -lijo en tono triste el señor Brownlow-, tu padre era mi mejor amigo y
era, además, el hermano de la mujer con la que me iba a casar si la muerte no se la
hubiera llevado inesperadamente la misma mañana de nuestra boda. Pero no es de
mí de quien quiero hablar, sino de tu hermano.
-¡Yo no tengo ningún hermano!
-¡Sabes que sib Es cierto que tú eres el único hijo del infeliz matrimonio que
formaron tu padre y tu madre. Cuando tus padres se separaron, tu padre conoció a
un oficial de marina, retirado y viudo, que vivía en el campo con sus dos hijas. Una
de ellas se enamoró de tu padre, y él de ella; al cabo de año y medio, estaban
prometidos. Fue entonces cuando tu padre recibió la herencia de un pariente que
vivía en Roma y tuvo que marcharse para allá; pero la fatalidad quiso que él cayera
gravemente enfermo. Tu madre y tú acudisteis inmediatamente a su lado y, al día
siguiente de vuestra llegada, él murió sin dejar testamento, de modo que todos sus
bienes fueron a parar a vuestras manos.
Monks, que había estado reteniendo el aliento durante todo este tiempo, suspiró
entonces profundamente, manifestando un gran alivio.
-Antes de marchar al extranjero -siguió el señor Brownlow-, tu padre vino a verme
y me entregó un retrato de su hermana, la que iba a ser mi esposa. También me
habló atropelladamente de la deshonra que él mismo había provocado a su joven
prometida. Cuando él murió, fui a visitar a esa muchacha que iba a ser madre, con el
fin de acogerla en mi propio hogar, pero llegué demasiado tarde porque la familia
había abandonado la región.
Monks miró entonces alrededor con una sonrisa de triunfo.
-Cuando tu hermano se cruzó en mi camino y lo rescaté de una vida de crimen y
miseria, su gran parecido con el retrato del que te he hablado me dejó impresionado.
Desgraciadamente, lo secuestraron antes de que pudiera contarme su his toria.
Sospechando que tú podías estar detrás de todo esto, lo busqué por todas partes,
pero no lo encontré hasta hace dos horas... Tienes un hermano, Edward, tú lo sabes
y lo conoces. Había pruebas de ello, pero tú mismo las destruiste. Así que, si no
quieres que te haga detener por cómplice del asesinato de Nancy, tendrás que
contarlo todo ante testigos y devolverle a tu hermano lo que le corresponde.
-Haré lo que usted me pida -aceptó Monks, viéndose sin escapatoria.
Dos días más tarde, Oliver viajaba, junto con la señora Maylie, Rose y el doctor
Losberne, hacia su ciudad natal. Detrás, seguía el señor Brownlow, acompañado de
Monks.
Se instalaron en un hotel de la ciudad donde les estaba esperando el señor
Grimwig. Pasadas las primeras horas de ajetreo, el señor Brownlow los reunió a
todos, incluyendo a Oliver, quien no pudo reprimir un grito de terror al ver entrar a
Monks.
-Este niño -dijo el señor Brownlow a Monks atrayendo a Oliver hacia sí- es tu
hermanastro, fruto de la unión entre tu padre, mi amigo Edwin Leeford, y Agnes
Fleming, que murió en el hospicio de esta ciudad al dar a luz. Ahora, Edward, quiero
que cuentes, delante de todo el mundo, lo que tan cuidadosamente has ocultado
durante estos años.
-Está bien -contestó Monks-. Cuando mi padre murió en Roma, mi madre encontró,
entre sus papeles, dos documentos: el primero era una carta de amor dirigida a
Agnes Fleming; el otro era un testamento.
-¿Y qué decía? -preguntó el señor Brownlow.
Como Monks no contestaba, fue el propio señor Bronwlow quien lo hizo:
-Os dejaba a ti y a tu madre una renta de ochocientas libras. El grueso de su
fortuna lo dividía en dos partes: una para Agnes Fleming y otra para el hijo de
ambos, es decir, para Oliver
-Mi madre hizo entonces lo que tenía que hacer -gritó Monks-: quemó el
testamento y guardó la carta como prueba de la falta de mi padre. Cuando Agnes
Fleming le contó la verdad a su padre, éste, avergonzado, huyó con sus hijas. Poco
después, la muchacha abandonó el hogar, y aunque el padre la buscó por todas
partes, no pudo dar con ella. Convencido de que su hija se había suicidado para
ocultar su vergüenza, el hombre volvió a su casa y, a la mañana siguiente, apareció
muerto en su cama.
-¿Y qué pasó con el guardapelo y la alianza? -preguntó el señor Brownlow.
-Los compré -contestó Monks- a un matrimonio. Ellos los habían recibido de la
vieja que atendió a Agnes Fleming en el hospicio. Luego, tiré los dos objetos al río.
Fue entonces cuando el señor Grimwig salió de la habitación para volver instantes
después empujando a la señora Bumble, que tiraba de su cobarde cónyuge.
-¿Conocen ustedes a este hombre? -les preguntó el señor Brownlow.
-No lo hemos visto en nuestra vida -contestó impasible la señora Bumble.
-Él mantiene que les compró a ustedes unas alhajas...
-Está bien -dijo la señora Bumble-: si ese cobarde ha confesado, yo no tengo nada
más que decir. Sí, le vendimos el guardapelo y la alianza de Agnes Fleming. ¿Y qué?
-Y nada -repuso el señor Brownlow-, sólo que me voy a ocupar personalmente de
que no vuelvan a tener un puesto de trabajo relacionado con niños.
Después, cuando los Bumble se hubieron marchado, el señor Brownlow cogió la
mano de Rose y dijo:
-Edward Leeford, ¿conoces a esta señorita?
-Sí -contestó Monks-. Agnes Fleming tenía una hermana pequeña que fue recogida
por unos humildes labradores. La niña llevó una vida miserable hasta que una viuda
que vivía en Chester se apiadó de ella y se la llevó a su casa. Hoy está aquí, en esta
habitación. Es la señorita Rose.
-¡Pero no por eso va a dejar de ser mi sobrina! -exclamó la señora Maylie
abrazando a la desfallecida muchacha.
-¡Ahora todo será mucho más fácil! -intervino el señor Brownlow dirigiéndose a
Rose.
Aquella noche, Rose y Oliver hallaron un padre, una hermana y una madre y, así,
cada uno se encontró con su destino. Inclusive Fagin, quien aquella noche pasaba las
últimas horas de su vida en una celda, a la espera de que lo ejecutaran al alba.
Rose y Harry se casaron tres meses después en una pequeña iglesia. La señora
Maylie se fue a vivir con ellos y vivió dicho sa los últimos años de su vida.
El señor Brownlow adoptó a Oliver y ambos se fueron a vivir, con la señora Bedwin,
a un lugar cercano a aquél donde vivían los Maylie.
Monks, tras derrochar su parte de la herencia en América, volvió a las andadas y
pasó largas temporadas en la cárcel, donde finalmente murió, víctima de uno de sus
habituales ataques.
El señor y la señora Bumble, privados de sus cargos, fueron sumiéndose poco a
poco en la miseria y murieron en el mismo hospicio donde una vez habían reinado
despiadadamente sobre otros.
FIN

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