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jueves, 4 de febrero de 2010

SELECCIÓN DE POEMAS DE CLARK ASHTON SMITH EN CASTELLANO

SELECCIÓN DE POEMAS DE CLARK ASHTON SMITH EN CASTELLANO

El Canto Del Los Seres Libres


Gato montés, hermano del alma,
indómito seas, sin cadenas;
no sigas senda alguna de los hombres,
y hazte fuerte en vistillas y malezas.

Halcón del cielo, compañero alado,
salvo para cazar, nunca desciendas;
y como en una atalaya, anídate en riscos
que circunden anchas torrenteras.

Gran cárabo, noctámbulo conmigo,
en claustro cavernoso de cipreses,
vela los secretos escondidos
a quien no ve la luz en las tinieblas.

¿Dónde Duermes, Eldorado?


Vida mía, en tu alteza
Nunca olvides nuestro amor;

En tu dulce gentileza
No rechaces mi dolor.

Por siempre desterrado
De las playas del placer

Y de la magia del ayer.
¿Dónde duermes, Eldorado?

Nunca olvides este amor
En las tardes más triunfales...

Y recuerda el gran calor
Y los altos robledales;

Y recuerda nuestro mar
Soñoliento en la lejana

Dicha de una edad pagana...
No rechaces mi pesar.

Lo Ignoto

Las bóvedas del tiempo y del abismo
no conocen otro ejemplar de tu beldad;
y ningún escultor es capaz de cincelar
la esencia de tu forma y de tu faz.

Atraídos por un engañoso magnetismo,
buscamos y no hallamos tu fugaz
palacio... y el farol del ocultismo
no te ha revelado en tu magnitud.

¿Te escondes en la noche estrellada?
¿o moras en el átomo profundo?
¿Descubierta, serás pira humeante?,
¿o llama nueva de un mundo inaudito?...

¿o luz del cielo en faros terrenales?...
¿o fuego fatuo de los tremedales?

La Isla Del Náufrago


Huérfano de naufragio
estoy en una tierra sin jardín,
sin campos cultivados,
una isla que el volcán ha desolado
en parte, y los salvajes han invadido,
dominando ahora su mitad mayor,
las frutas y el pescado son su botín.
Ellos me sitian y me retienen
lejos de los bananos y del mar:
En este lugar
no tengo más que la desnuda roca,
en donde crecerán
un día los líquenes, cuyas hojas

mañana tras mañana no pueden
marchitar...

Ninguna vela
blanquea los verdinegros mares...
¿En tal islote,
puedo sobrevivir con los otros insulares?

Memoria Roja

Este recuerdo vuelve todavía
de un jardín de amaranto más retinto:
los lagos del ocaso, coloreando
mi desvarío como un vino tinto;
y los rubíes, hundidos talismanes,
en tus profundos ojos de jacinto.

Un esplendor de bermellón bañaba
las hiedras y las flores fúnebres;
y de tus labios yo bebí la sangre
que de un dios manaba fuera del ciprés (1);
y de mi corazón llovía la vida,
la esencia de sanguinos árboles...

Pero la noche vino a apagar
los mágicos rubíes y el fuego rojo
con el licor del dios... En vano busco
aquella claridad en cielo y ojos...
hallando ya en símbolos y palabras
la orilla del río Leteo (2) y flojo.

Los Poetas


Somos los dueños
De todos los sueños
De la noche o del día.
Y siempre entonamos
Esta melodía:

El mundo es el suyo,
El sol es el tuyo,
La luna es la mía.

Dos Mitos Y Una Fábula

¿Dónde vais, guerreros orgullosos,
con cotas fulgentes como la luna?
- Salimos a matar al Basilisco (3),
en simas que sólo sus ojos alumbran.

¿A dónde vais, valientes marineros,
en un bajel tintado con los colores del otoño?
- Navegamos en busca de la verdina ribera,
postrer asilo de los Unicornios (4).

¿A dónde vais, innominados brujos,
con mantos más bermejos que el ocaso?
- Vamos a hallar de Salomón las Clavículas (5),
y a liberar a los genios encerrados.

NOTAS:

(1) La imagen del dios en el árbol es una clara referencia a Dionisios o Baco, personificación del desenfreno y el vino (el rojo licor del poema). Aunque la vid y los racimos son los símbolos más recurrentes a la hora de representar a esta divinidad, los griegos hacían sacrificios al "Dionisios del Árbol", pues éste, era también dios de los árboles. Se le representaba con frecuencia como un tocón de árbol envuelto en un manto, con una careta barbuda por cabeza y ramas que salían del cuerpo. En otras imágenes aparece con la cara roja y el cuerpo dorado, sosteniendo una varita con una piña en su extremo.

(2) El "Río del Olvido".

(3) El Basilisco: "El Besalís o Regulus es el rey de los reptiles; con una sola mirada mata al hombre. Mata con su aliento a las aves del cielo, y está tan lleno de veneno, que reluce. Si el hombre lo ve primero, no puede hacerle daño, y el Basilisco queda como único rey en la arena vacía".

De Bestiis.

"El fuego, soy yo; y por todas partes lo aspiro: de las nubes, de los guijarros, de los árboles muertos, del pelo de los animales, de la superficie de los pantanos. Mis temperatura mantiene a los volcanes".

Las Tentaciones de San Antonio. Gustave Flaubert.

(4) El Unicornio: "El Monoceros es un monstruo de horrible bramido, con el cuerpo semejante al de un caballo, pies como los de un elefante y cola como la de un ciervo. Del centro de su frente brota un cuerno de asombroso esplendor, hasta de cuatro pies de largo, tan afilado que perfora fácilmente todo aquello contra lo que carga. Ni uno sólo ha ido a parar vivo a las manos del hombre, y aunque es posible matarlos, no se les puede capturar".

Bestiario de Cambridge.

" Yo tengo pezuñas de marfil, dientes de acero, la cabeza de color púrpura, el cuerpo color de nieve y el cuerno de mi frente lleva el abigarramiento del arco iris".

Las Tentaciones de San Antonio. Gustave Flaubert.

(5) Eliphas Levi, en su Histoire de la Magie, dice a propósito de La Clavícula de Salomón: "Las tradiciones populares decían que el poseedor de Las Clavículas de Salomón puede conversar con los espíritus de todos los órdenes. Pues estas Clavículas, varias veces perdidas y otras tantas recobradas, no son otra cosa que los talismanes de los setenta y dos nombres y los misterios de las treinta y dos vías que el tarot reproduce jeroglíficamente. Con el auxilio de estos signos y por medio de sus combinaciones infinitas, se puede efectivamente llegar a la revelación natural y matemática de todos los secretos de la naturaleza y, en consecuencia, entrar en comunicación con la jerarquía completa de las inteligencias y de los genios". Lovecraft también citó a Eliphas Levi, en su novela El Caso de Charles Dexter Ward.

Estirpe de la cripta

Estirpe de la cripta

Clark Ashton Smith

Muchos y multiformes son los oscuros horrores que infestan la Tierra

desde sus orígenes. Duermen bajo la roca inamovible; crecen con el árbol

desde sus raíces; se agitan bajo la mar y en las regiones subterráneas; habitan

los reductos más sagrados. Cuando les llega su hora, brotan del sepulcro de

orgulloso bronce o de la humilde fosa de tierra. Algunos hay de antiguo conocidos

por el hombre; otros, permanecen ignorados basta el día terrible de su revelación.

Tal vez los más espantosos y atroces no se han manifestado aún. Pero entre aquellos

que surgieron hace tiempo, entre los que han evidenciado su insoslayable presencia,

hay uno que por su suprema inmundicia no puede nombrarse: la descendencia

que los moradores secretos de las criptas han engendrado en la humanidad.

Del Necronomicon, de Abdul Alhazred

En cierto modo, es una suerte que la historia que debo relatar ahora, se refiera en gran parte a sombras indecisas, a dudosas insinuaciones y a deducciones discutibles. De otra manera, jamás habría sido escrita por mano humana ni leída por los ojos de los hombres. Mi participación en el espantoso drama fue breve, ya que se limitó a su último acto. Los primeros apenas constituían para mí una leyenda remota y horrible. Aun así, el dislocado reflejo del horror que todo el asunto me produjo ha convertido los principales sucesos de la vida normal en tenues cendales tejidos al oscuro borde de algún abismo batido por el viento, al borde de algún sepulcro donde se oculta y supura la máxima corrupción de la Tierra.

La leyenda a que aludo me era conocida desde la infancia, ya que fue tema habitual de chismorreos familiares y de mudos asentimientos de cabeza, pues sir John Tremoth había sido compañero de clase de mi padre. Yo no había visto nunca a sir John. Tampoco había visitado Tremoth Hall hasta el día en que comenzó el acto final de la tragedia. Mi padre emigró de Inglaterra; me llevó consigo a Canadá cuando todavía era niño. En Manitoba prosperó como apicultor y, después de su muerte, las colmenas me tuvieron muy ocupado durante varios años, sin poder realizar mi sueño dorado que era visitar mi tierra natal y viajar por sus comarcas rurales.

Cuando por fin logré realizar el viaje, recordaba muy confusamente las viejas habladurías sobre sir John. Un día, ya en mi país natal, decidí dar una vuelta en motocicleta por las típicas comarcas inglesas. Tremoth Hall no formaba parte de mi itinerario, desde luego. Al fin y al cabo, el espantoso suceso relacionado con dicha mansión no suscitaba en mí ninguna curiosidad morbosa, como acaso la hubiera suscitado en otras personas. Fui a parar allí por pura casualidad. Había olvidado por dónde caía Tremoth Hall; ni siquiera se me ocurrió que pudiera estar por los alrededores. De haberlo sabido creo que me hubiera desviado -a pesar de la urgente necesidad de buscar albergue aquella noche-, antes que tomar parte en la tremenda desdicha que afligía a su dueño.

Cuando llegué a Tremoth Hall estábamos a principios del otoño. Acababa de hacerme una jornada entera de viaje a través de una campiña ondulada por serpeantes carreteras y pacíficos caminos vecinales. El día había sido despejado. Brillaba un cielo pálido sobre los nobles parques teñidos de rojo y ámbar en la languidez otoñal. Pero, avanzada la tarde, comenzó a extenderse la niebla por las bajas colinas y acabó por envolverme en su seno espectral, de suerte que me extravié y no pude encontrar indicación alguna que me orientara hacia la ciudad donde pensaba pasar la noche.

Seguí adelante al azar, con la idea de que no tardaría en dar con otra bifurcación. La carretera era poco más que un rústico camino vecinal, totalmente solitario. La niebla se había hecho más espesa y oscura, borrando el horizonte en toda su extensión. A juzgar por lo que veía, el paisaje de la región estaba formado de matorrales y peñascos, sin vestigio de cultivo alguno. Subí un repecho y descendí después por una cuesta larga y monótona, mientras la niebla se hacía más densa con el crepúsculo. Me parecía que rodaba en dirección oeste, pero ante mí, en la pálida oscuridad, no descubría el más mínimo resplandor que indicara el lugar donde se estaba poniendo el sol. Me llegaba un húmedo olor salitroso, como de marismas.

La carretera describió una curva muy cerrada, y me dio la sensación de que rodaba entre hoyas y pantanos. La noche se precipitó con rapidez casi anormal, como si tuviera prisa por atraparme, y comencé a sentir una especie de confusa inquietud, como si me hubiera extraviado por unos parajes extraños y no en un apacible rincón de la vieja Inglaterra. La niebla y el atardecer parecían disimular un paisaje silencioso y lívido, lleno de misterio, inquietante, estremecedor.

Luego, a mi izquierda y un poco por delante de mí, vi un resplandor que me hizo pensar en un ojo fúnebre y empañado. Brillaba entre masas indistintas y borrosas, como entre árboles de un bosque fantasmal. Una de las sombras más cercanas, al ir aproximándome, se resolvió en un pequeño edificio que parecía guardar la entrada de alguna finca. Estaba oscuro y silencioso. Me detuve a escudriñar, y vi una verja de hierro y un seto de tejo sin recortar.

Toda la finca tenía aspecto de abandono. Volví a sentir en la médula el frío estremecimiento del miedo que me acechaba desde que me internara en aquella región de brumas y marismas. Pero la luz era testimonio de proximidad humana en tan solitarios parajes. Podría encontrar albergue por una noche o, cuando menos, pediría que me indicaran la dirección del pueblo o posada más próximos.

Para sorpresa mía, la verja no estaba cerrada. Empujé y se abrió con un ruido chirriante y herrumbroso. Daba la sensación de que hacía mucho que no la habían abierto. Empujé la moto adentro y continué por la alameda invadida de yerba, hacia la luz. No tardó en recortarse la vaga silueta de un edificio solariego entre árboles y arbustos cuyas formas artificiales, como el desgarrado seto de tejo, obedecían más a una selvática extravagancia que a la pericia de un jardinero.

La niebla se había convertido en fría llovizna. Casi a tientas en la negrura, hallé una puerta a cierta distancia de la ventana que dejaba escapar la solitaria luz. Llamé por tres veces, y, como respuesta, oí finalmente un apagado ruido de pasos arrastrados y lentos. Se abrió la puerta poco a poco, y apareció ante mí un anciano con una vela encendida en la mano. Le temblaban los dedos por parálisis o por vejez. Tras él, en las tinieblas del recibimiento, fluctuaban las sombras deformadas y acariciaban sus rasgos arrugados como un aleteo de murciélagos.

-¿Qué desea, señor? -preguntó.

La voz, aunque temblona y vacilante, distaba mucho de ser ruda. Tampoco dio muestras de recelo y frialdad, como empezaba yo a temer. No obstante, percibí una especie de vacilación, y cuando le conté las circunstancias que me habían llevado a llamar a su puerta, me escudriñó con una impertinencia que no me pareció acorde con su extrema vejez.

-Sabía que sería usted extranjero en estos contornos -comentó cuando hube terminado-. Sin embargo, ¿podría saber su nombre, señor?

-Me llamo Henry Chaldane.

-¿No será usted hijo del señor Arthur Chaldane?

Algo desconcertado, dije que sí.

-Se parece usted a su padre, señor. El señor Chaldane y sir John Tremoth fueron buenos amigos antes de que su padre se marchara al Canadá. ¿Quiere pasar, por favor? Esto es Tremoth Hall. Sir John no tiene costumbre de recibir invitados desde hace mucho tiempo, pero le diré que está usted aquí y puede que quiera saludarle.

Asustado, y no muy agradablemente sorprendido por el descubrimiento del lugar donde me encontraba, seguí al anciano hasta un despacho atestado de libros, cuyo mobiliario evidenciaba lujo y abandono. Encendió una antigua lámpara de aceite, de pantalla pintada y polvorienta, y me dejó solo entre aquellos muebles y libros más polvorientos aún.

Sentía una turbación extraña, una sensación de entrometimiento, mientras aguardaba bajo la desfallecida amarillez de la lámpara. Me volvían a la memoria los detalles espantosos, casi olvidados, del relato que había oído a mi padre en mi infancia.

Lady Agatha Tremoth, la esposa de sir John, había sido víctima de ataques catalépticos. El tercer ataque pareció causar su muerte, ya que no revivió después del intervalo acostumbrado. El cuerpo de lady Agatha fue llevado al panteón de la familia, que se hallaba situado en la parte posterior de la mansión y era casi fabuloso por sus dimensiones y antigüedad. Al día siguiente del entierro, sir John, angustiado por una duda extraña y persistente sobre el dictamen final del médico, había visitado nuevamente el panteón; al entrar, oyó un alarido espeluznante y encontró a lady Agatha incorporada en su ataúd. La tapa, que había sido afirmada con clavos, estaba en el suelo. Parecía imposible que hubiera sido arrancada por los esfuerzos de una frágil mujer. Sin embargo, no cabía otra explicación, y la misma lady Agatha contribuyó bien poco al esclarecimiento de las circunstancias de su extraña resurrección.

Medio trastornada y casi delirante, en un estado de inenarrable horror fácil de comprender, refirió en forma incoherente lo que había sucedido. No recordaba haber hecho esfuerzo alguno por liberarse de su ataúd, pero se sentía enormemente trastornada por el recuerdo de una cara pálida, espantosa, inhumana, que había visto en la oscuridad al despertar de su prolongado letargo mortal. Fue la visión de ese rostro, inclinado sobre ella en el ataúd ya abierto, lo que le hizo dar un grito enloquecedor. Aquel ser había desaparecido antes de que se acercara sir John, huyendo velozmente hacia el interior del panteón. Apenas pudo hacerse una vaga idea de su aspecto general. Creía, sin embargo, que tenía un rostro blanco, ancho, y que echó a correr como un animal, a cuatro patas, aunque sus miembros parecían humanos.

Como es natural, su relato fue considerado como sueño o producto del delirio provocado por el trauma de su espantosa vivencia, que había borrado toda huella del verdadero motivo de su terror. Pero el recuerdo de la horrible cara y del aspecto general del repulsivo visitante, llegó a convertirse en perpetua causa de obsesión, y sus frecuentes delirios ponían de manifiesto el terror morboso que la dominaba. Nunca se recobró de su ansiedad; siguió viviendo en un deplorable estado físico y mental, y falleció nueve meses más tarde, después de dar a luz a su único hijo.

La muerte fue misericordiosa con ella, porque el niño, al parecer, era uno de esos monstruos espantosos que a veces aparecen en la estirpe humana. No se conocía la naturaleza exacta de su anormalidad, aunque corrían rumores temerosos y contradictorios, probablemente suscitados por el médico, las enfermeras y la servidumbre que lo habían visto. Algunos criados, después de haber visto al pequeño monstruo, abandonaron Tremoth Hall y se negaron a volver.

Después de la muerte de lady Agatha, sir John se retiró de la vida social, y poco a poco dejó de hablarse de él y de la desgracia que significaba tener un hijo como el suyo. No obstante, la gente decía que lo tenía encerrado bajo llave, en un cuarto de ventanas enrejadas en el que nadie podía entrar más que el propio sir John. Esta tragedia había destrozado su vida, convirtiéndole en un recluso: vivía solo, con uno o dos criados fieles, y no hacía nada por evitar la decadencia y el abandono de su propiedad.

Sin duda, pensaba yo, el anciano que me había recibido era uno de los criados que se quedaron junto a él. Aún estaba reflexionando sobre la terrible leyenda, esforzándome por recordar algunos detalles casi olvidados, cuando oí un ruido de pasos. A juzgar por su lentitud, me imaginé que era el criado que regresaba.

Pero me había equivocado: la persona que entró era nada menos que el propio sir John Tremoth. Su alta figura, ligeramente encorvada, el rostro arrugado como por efecto de algún corrosivo, todo en él revelaba una dignidad que parecía triunfar sobre la doble catástrofe de la enfermedad y la amargura de la muerte. No sé por qué -aunque podía haber calculado su verdadera edad- había esperado encontrarme con un anciano. Pero no, en realidad sir John era un hombre en plena madurez. No obstante, su palidez cadavérica y su paso vacilante eran los de una persona afectada por alguna enfermedad fatal.

Al dirigirse a mí, se mostró impecablemente cortés, incluso afable. Pero su voz era la de alguien para quien las relaciones y las actividades de la vida habían perdido todo su significado y trascendencia desde hacía muchísimo tiempo.

-Harper me ha dicho que usted es hijo de mi viejo camarada Arthur Chaldane -dijo-. Sea usted bienvenido a este pobre refugio, que es lo único que puedo ofrecer. Hace muchos años que no he recibido invitados y me temo que va a encontrar la mesa un tanto lúgubre. Por otra parte, tal vez me tome usted por un mal anfitrión. De todos modos, debe quedarse usted al menos por esta noche. Harper ha ido a prepararnos la cena.

-Es usted muy amable -contesté-. Sin embargo, no quisiera haber venido a molestarle. Si...

-De ningún modo -exclamó con firmeza-. Debe usted quedarse aquí. La posada más próxima está a varias millas y la niebla se está convirtiendo en una lluvia pertinaz. Verdaderamente me alegro de tenerle conmigo. Quiero que me cuente algo sobre su padre y sobre usted mientras cenamos. Entre tanto, trataré de buscarle una habitación, si me hace el favor de venir conmigo.

Me condujo al piso alto de aquella mansión, a través de un corredor con vigas y entrepaños de roble antiguo. Cruzamos por delante de varias puertas cerradas. Una de ellas estaba reforzada con barrotes de hierro pesados y siniestros como los de una mazmorra. Inevitablemente, imaginé que era ésta la cámara donde había sido confinada la monstruosa criatura. Me preguntaba también si, después de un lapso que debía oscilar alrededor de los treinta años, seguiría viva. ¡Cuán insondables, cuán repugnantes debieron ser sus desviaciones con respecto al tipo humano medio, para que fuera necesario retirarlo inmediatamente de la vista de los demás! y, ¿en virtud de qué características de su desarrollo ulterior había hecho falta poner barrotes en una puerta de roble que, por sí misma, era bastante recia para resistir las embestidas de un hombre o de un animal cualquiera?

Sin dirigir una sola mirada a la puerta, mi anfitrión siguió adelante, portando una bujía que apenas temblaba entre sus débiles dedos. Las curiosas reflexiones en que me había sumido mientras caminaba tras él se vieron interrumpidas, con un repentino sobresalto, por un grito que pareció salir de la habitación clausurada. Fue un aullido largo, ascendente, muy bajo al principio, como la voz de un demonio ahogada por la tumba, que subió de tono hasta convertirse en un alarido inhumano, penetrante y furioso, como si el demonio emergiera voraz a la superficie a través de pasadizos subterráneos. No era voz de persona ni de bestia, sino algo enteramente preternatural, demoníaco, macabro. Me estremecí, electrizado por un miedo insoportable, que me duraba aún cuando el aullido, después de llegar a su grado más elevado, hubo bajado de nuevo hasta perderse en un silencio sepulcral.

Sir John aparentó no hacer caso del espantoso alarido y continuó caminando con su paso vacilante. Llegó al final del corredor y se detuvo ante la segunda habitación a partir de la puerta reforzada.

-Usted ocupará esta habitación -dijo- Es la siguiente a la mía.

No se volvió a mirarme mientras hablaba. Su voz era forzada, impersonal, reprimida. Me di cuenta, sobresaltado, de que la habitación que me indicaba como suya era contigua a la cámara de la que parecía haber brotado el tremendo aullido.

Se notaba que mi habitación no había sido usada desde hacía años. Reinaba un aire denso, frío, malsano, con olor a husmo penetrante. Los muebles estaban cubiertos de polvo y telarañas. Sir John comenzó a disculparse:

-No sabía el estado en que se hallaba la habitación -dijo-. Le diré a Harper que suba después de cenar a quitar el polvo y poner ropa limpia en la cama.

Le aseguré que no tenía por qué disculparse. La tremenda soledad, la vejez de la antigua mansión, sus años de abandono y la inconsolable aflicción de su propietario me tenían hondamente impresionado. No me atrevía a especular demasiado sobre el horrible secreto de la cámara enrejada, ni sobre el alarido que todavía vibraba en mis nervios trastornados. Me lamentaba ya de la extraña casualidad que me había conducido a aquel lugar. Sentía un deseo imperioso de salir, de continuar mi viaje aun de cara a la fría lluvia otoñal y al viento de la noche. Pero no se me ocurría ninguna excusa sólida y verosímil. Evidentemente, no tenía más remedio que quedarme.

La cena, en un salón lúgubre pero señorial, fue servida por el anciano Harper. La comida era sencilla, aunque sustanciosa y bien preparada. El servicio, impecable. Comencé a sospechar que Harper sería el único criado, una mezcla de ayuda de cámara, mayordomo, lacayo y cocinero.

A pesar del hambre que tenía y de las molestias que mi anfitrión se tomaba para que yo me sintiera a gusto, la comida resultó una ceremonia solemne y casi fúnebre. No se me iba de la cabeza la historia que había contado mi padre, y menos aún podía apartar de mi imaginación la puerta enrejada y el impresionante aullido. Fuera como fuese, el monstruo vivía aún, y yo sentía una complicada mezcla de admiración, piedad y horror al mirar el flaco rostro de sir John Tremoth y pensar en el infierno de vida a que se había condenado, pese a la aparente fortaleza con que soportaba sus duras pruebas.

Tras los postres fue servida una botella de excelente Jerez que alargó una hora o más la sobremesa. Sir John habló durante un rato sobre mi padre -no se había enterado de su muerte-, y se interesó por mis asuntos con el tacto y la cortesía de un hombre de mundo. Habló muy poco de sí mismo, y no hizo la más remota alusión a su trágica historia.

Como a mí la bebida casi no me gusta y no vaciaba el vaso con demasiada frecuencia, la mayor parte de la botella la consumió mi anfitrión. Hacia el final de la velada, manifestó cierta extraña disposición a las confidencias. Primero me habló de su falta de salud, bien visible por su aspecto. Me dijo que sufría una gravísima enfermedad del corazón, angina de pecho, y que recientemente había sufrido un ataque excepcionalmente grave.

-El próximo acabará conmigo -dijo-. Y puede que me dé en cualquier momento… ¿Quién sabe? Tal vez esta noche.

Me lo dijo con toda sencillez, como si estuviera hablando de algo corriente o aventurado una predicción del tiempo. Luego, después de una breve pausa, con más énfasis y más peso en sus palabras, comentó:

-Quizá piense usted que soy persona rara, pero tengo aversión a los entierros en criptas y panteones. Quiero que mis restos sean incinerados, y he consignado por escrito todas las disposiciones necesarias para ello. Harper se encargará de que se cumplan debidamente. El fuego es el más limpio y el más puro de los elementos, y acaba con todos esos procesos infames que se producen entre la muerte y la plena desintegración final. No puedo soportar la idea de una tumba mohosa, infestada de gusanos.

Continuó hablando sobre el mismo tema durante un buen rato. Daba tales pormenores, que sin duda se trataba de un tema sobre el que meditaba con frecuencia, si es que no se había convertido realmente en una obsesión para él. Parecía ejercer sobre él una morbosa fascinación, y al hablar, mostraba un brillo doloroso en sus ojos hundidos y ocultos, y un matiz de histeria, rígidamente dominada, en su voz. Recordó el entierro de lady Agatha, su trágica resurrección, y el confuso, el delirante horror del panteón, que había constituido la parte inexplicable e inquietante de su historia. No era difícil comprender la aversión de sir John hacia los entierros. Pero estaba yo muy lejos de sospechar el tremendo espanto que se ocultaba bajo esta repugnancia.

Harper había desaparecido después de traernos la botella de Jerez; supuse que había recibido la orden de arreglar mi habitación. Vaciamos nuestros vasos y terminó él su peroración. El acaloramiento, que parecía haberle reanimado ligeramente, decayó y mi anfitrión adquirió un aspecto más enfermizo y macilento que nunca. Alegando que me sentía muy cansado, le manifesté mi deseo de retirarme; y él, con su cortesía inalterable, insistió en acompañarme hasta mi habitación para asegurarse de que todo estaba en orden antes de irse a acostar.

En el pasillo de arriba nos encontramos con Harper, que en ese preciso momento bajaba por un tramo de escaleras que debía conducir a un tercer piso. Llevaba una pesada cacerola de hierro con restos de comida. Noté un olor acre bastante fuerte, casi de putrefacción, cuando pasó por mi lado. Me pregunté si habría estado dando de comer al monstruo desconocido y si no le daría la comida desde el techo, a través de una trampa. La suposición era bastante verosímil; pero el olor de las sobras, por una lejana y un tanto rebuscada asociación de ideas, había comenzado a suscitar en mí otras conjeturas que iban más allá de lo verdaderamente razonable. Ciertas sospechas vagas e incoherentes parecían integrarse espontáneamente en una única y horrenda suposición. Mal que peor, intenté convencerme de que la hipótesis era científicamente inadmisible, una mera fantasía de brujería supersticiosa. No, no podía ser que... que aquí, en Inglaterra precisamente, aquel demonio devorador de cadáveres que cuentan los cuentos y las leyendas orientales... el gul

En contra de todos mis temores, no se repitió aquel diabólico aullido, al pasar frente a la habitación secreta. En cambio, me pareció oír un lento ronchar, como el de un animal enorme que devorase su alimento.

Mi habitación, aunque bastante oscura, estaba ahora limpia de polvo y telarañas. Después de una inspección personal, sir John me deseó buenas noches y se retiró a su aposento. Me sorprendieron su palidez mortal y su flojedad al despedirse, y pensé con cierta culpabilidad que la extorsión que suponía el haber atendido y obsequiado a un huésped pudo haber empeorado la grave enfermedad que padecía. Me pareció descubrir un dolor, un sufrimiento, bajo la armadura de urbanidad, y me pregunté si aquella urbanidad no era mantenida a un precio excesivo.

El cansancio del viaje, junto con la pesadez del vino que había bebido, debían haberme vencido; pero a pesar de permanecer con los ojos firmemente apretados en la oscuridad, no conseguía apartar aquellas sombras malignas de sospecha que se hacinaban sobre mí. Me sentía rodeado de unos seres detestables provistos de garras inmundas, que me rozaban en sus nauseabundas contorsiones, al removerme durante horas y horas o mientras contemplaba el rectángulo gris de la ventana. El constante gotear de la lluvia, el gemido del viento, se resolvieron en un espantoso murmullo de voces casi articuladas que conspiraban contra mi tranquilidad y susurraban abominables secretos en un lenguaje demoníaco.

Finalmente, al cabo de un tiempo que me pareció un siglo, la tempestad amainó y dejaron de oírse aquellas voces equívocas. La claridad que entraba por la ventana se proyectaba débilmente en la negrura de la pared. Los terrores de mi larga noche de insomnio se disiparon un tanto, pero no conseguí coger el sueño. Me di cuenta del completo silencio que reinaba en la casa. Luego, en aquel silencio, oí un ruido extraño, débil, inquietante. De momento, no sabía de dónde procedía.

A veces, era un ruido apagado. Luego parecía aproximarse, como si viniera de la habitación contigua. No sé por qué, me recordaba el ruido que harían las garras de un animal al arañar un recio maderaje. Me incorporé y, al escuchar con más atención, me di cuenta con un sobresalto de terror de que provenía del lado donde estaba el cuarto enrejado. Se produjo una extraña resonancia; después, el ruido se hizo casi inaudible. De pronto, y durante un rato, cesó por entero. En ese intervalo oí un simple gemido, como el de una persona agonizante o presa de un insuperable terror. No cabía la menor duda de que el gemido venía de la habitación de sir John Tremoth; y tampoco podía equivocarme ya sobre el origen del prolongado arañar.

El gemido no se volvió a repetir, pero comenzó nuevamente aquel rascar en la madera y ya continuó hasta el amanecer. Después, como si la bestia que arañaba fuese de costumbres nocturnas, el ruido cesó y no se oyó más. Hasta ese momento había permanecido en una insoportable tensión de nervios, lleno de aprensión angustiosa, atento a los ruidos y, a la vez, embotado por el cansancio y el deseo de dormir. Al cesar todo sonido, allá en la descolorida palidez del amanecer, caí en un sueño profundo del que no pudieron sacarme todos los espectros de la vieja mansión.

Me despertaron unos golpes sonoros en la puerta, unos golpes que, aun en la torpeza del sueño, sentí imperiosos y urgentes. Debían ser cerca de las doce del mediodía, y con cierto sentimiento de culpa por haberme recreado demasiado en la cama, corrí a la puerta y abrí inmediatamente. Harper, el viejo criado, estaba allí plantado, y su temblorosa excitación revelaba que algo terrible había sucedido.

-Siento decirle, señor Chaldane -tartamudeó-, que sir John ha fallecido. No contestaba a mi llamada como de costumbre, y me he visto obligado a entrar en su habitación. Debe de haber muerto a primera hora de la madrugada.

Mudo de estupor ante la noticia, recordé el gemido que oí cuando comenzaba a clarear. Tal vez había muerto en aquel preciso instante. Recordé también aquel pesadillesco arañar en la madera. Inevitablemente me pregunté si el gemido que oí no fue tanto de dolor físico como de temor. ¿No pudo ser, acaso, la tensión de estar oyendo aquel ruido espantoso lo que provocó el último ataque de la enfermedad de sir John? No las tenía todas conmigo; mi cerebro se atormentaba con pavorosas y horribles conjeturas.

Con la cortesía convencional que suele emplearse en tales ocasiones, traté de dar el pésame al anciano sirviente y me ofrecí a ayudarle en las diligencias necesarias para destruir los restos mortales de su señor, según su última voluntad. Puesto que no había teléfono en la casa, me brindé a buscar un médico que examinara el cuerpo y extendiera el certificado de defunción. El viejo pareció experimentar una gratitud y un alivio extraordinarios.

-Muchas gracias, señor -dijo fervientemente, y añadió como explicación-. Le prometí vigilar su cuerpo de cerca.

Siguió hablando del deseo de sir John de ser incinerado. El barón había dejado disposiciones concretas de que se construyera una pira de leña en el montículo situado detrás de la mansión, con objeto de quemar allí sus restos, y de que se esparcieran sus ceniza por los campos de su heredad. Había ordenado, facultando para ello a su sirviente, que estas disposiciones se llevaran a cabo lo antes posible después de su fallecimiento. Nadie debía presenciar dicha ceremonia, aparte Harper y los hombres necesarios para llevarla a cabo. En cuanto a los familiares más allegados -ninguno de los cuales vivía en las cercanías- no deberían ser informados hasta que todo hubiese concluido.

Rehusé el ofrecimiento de Harper, que quería prepararme el desayuno. Le dije que comería cualquier cosa en el pueblo vecino. En su actitud había una extraña ansiedad, y comprendí, por una especie de intuición difícil de definir, que deseaba comenzar su prometida vigilancia junto al cadáver de sir John.

Sería aburrido e innecesario detallar el velatorio que siguió. La espesa niebla marina había vuelto. Mientras me dirigía al pueblo vecino tuve la sensación de ir a tientas por un mundo húmedo e irreal. Conseguí localizar a un médico y contratar varios hombres para montar. la pira y transportar el cadáver. En todas partes fui recibido con pocas muestras de entusiasmo. Nadie manifestaba deseos de comentar la muerte de sir John ni de hablar acerca de la negra leyenda de Tremoth Hall.

Harper, para mi sorpresa, había propuesto que la cremación se llevara a cabo inmediatamente. Sin embargo, no tardamos en comprobar que era imposible. Cuando concluyeron todas las formalidades y disposiciones, la niebla se había convertido en una llovizna continua, insistente, que impedía prender fuego a la pira. Nos vimos obligados a aplazar la ceremonia. Le había prometido a Harper que me quedaría hasta que todo hubiera concluido, así que tuve que pasar otra noche bajo aquel techo, albergue de secretos malditos y abominables.

No tardó en oscurecer. Después de una última visita al pueblo, en la que conseguí unos bocadillos para cenar Harper y yo, regresé a la solitaria mansión. Encontré a Harper en la escalera cuando subía a la cámara mortuoria. Había una gran inquietud en su semblante, como si hubiese sucedido algo que le llenara de terror.

-¿No accedería usted a hacerme compañía esta noche, señor Chaldane? -preguntó-. Ya sé que el velatorio que le pido que comparta conmigo va a ser espantoso, y quizá hasta peligroso. Pero sir John se lo agradecería, estoy seguro. Si tiene usted un arma sería conveniente que la llevara encima.

Era imposible negarse a su petición, de modo que asentí inmediatamente. No tenía arma de ninguna clase, por lo que Harper insistió en que aceptara un revólver antiguo; él andaba con otro que era hermano del que me ofrecía.

-Pero bueno, Harper -dije bruscamente, mientras nos encaminábamos por el pasillo a la habitación de sir John-, ¿de qué tiene miedo?

Se quedó visiblemente turbado ante la pregunta. Parecía no tener demasiadas ganas de contestar. Luego, un momento después, se dio cuenta de que era necesario hablar con franqueza.

-Es la criatura de la habitación enrejada -explicó-. Tiene que haberla oído, señor. La hemos custodiado sir John y yo durante estos veintiocho años, siempre con el temor de que pudiera escaparse. Nunca nos ha causado problemas… ya que siempre la hemos tenido bien alimentada. Pero estas tres últimas noches ha estado arañando la gruesa pared de roble que la separa de la habitación de sir John, y eso jamás lo bahía hecho antes. Sir John decía que era porque sabía que él iba a morir y quería apoderarse de su cuerpo… porque anhelaba un alimento distinto del que nosotros le proporcionábamos. Esta es la razón por la que debemos vigilarle estrechamente esta noche, señor Chaldane. Pido a Dios que la pared aguante; pero esa bestia sigue arañando y arañando como un demonio, y no me gusta la resonancia del ruido... Parece como si hubiera gastado el tabique y estuviera a punto de romperlo.

Asustado por esta afirmación de la espantosa conjetura que se me había ocurrido la noche anterior, me quedé sin contestar. Cualquier comentario habría resultado banal. Tras esta abierta declaración de Harper, la anormalidad de aquella criatura tomaba un carácter más sombrío y desquiciado, más poderoso y amenazador. De buena gana habría renunciado al velatorio… pero me era imposible, naturalmente.

Al cruzar por delante de la puerta enrejada pude oír que su ocupante rascaba con furia, de una manera diabólica, ruidosa, frenética. Inmediatamente comprendí el tremendo miedo que había impulsado al anciano a solicitar mi compañía. El ruido era indeciblemente alarmante y turbador… era de una insistencia inquebrantable; delataba un deseo irreprimible, una brutal voracidad. Al entrar en la habitación del difunto, el ruido se hizo más claro, y adquirió una resonancia espantosa y desesperada.

Durante el transcurso del día me había abstenido de visitar esta habitación. No tengo esa morbosa curiosidad que sienten muchos por contemplar los efectos de la muerte. De modo que ésta era la segunda y última vez que veía a mi anfitrión. Completamente vestido y preparado para la pira, yacía en la fría blancura del lecho, cuyas cortinas de raso habían sido retiradas a los lados. La pieza estaba iluminada por altos cirios, alineados en los brazos de un antiguo candelabro que descansaba sobre una mesita. Los cirios derramaban una luz vacilante por la estancia plagada de sombras mortuorias.

Un poco en contra de mi voluntad miré los rasgos del muerto, y aparté los ojos rápidamente. Esperaba ver una blancura y una rigidez marmórea, pero no esa expresión de terror infinito, de ese mismo terror que sin duda debió ir minando su corazón a lo largo de los años y que, con un autodominio casi sobrehumano, consiguió ocultar en vida de las miradas indiscretas. Daba la sensación de que no estaba muerto, de que aún escuchaba, atento y angustiado, los ruidos pavorosos que muy bien pudieron haber sido causa del desenlace fatal de su enfermedad.

Había varias sillas que, como el lecho, parecían del siglo XVII. Harper y yo nos sentamos junto a la mesita, entre el lecho mortuorio y la pared revestida de oscura madera, y comenzamos así nuestro velatorio.

Estando sentados allí, me dio por representarme el aspecto de aquella monstruosidad sin nombre. Por los rincones de mi cerebro se sucedieron, fugaces y caóticas, imágenes amorfas, pesadillescas, de los horrores del sepulcro. Sentía una tremenda curiosidad, cosa extraña en mi natural forma de ser, que me impulsaba a hacer preguntas a Harper. Pero por otra parte, me lo impedía una más poderosa inhibición. A su vez, el anciano tampoco tenía deseos de hacer ninguna clase de comentario, limitándose a vigilar la pared con ojos alarmados y fijos.

Sería imposible referir la tensión violenta, la expectación sombría y macabra de las horas que siguieron. El maderaje debía ser de gran dureza y espesor, y sin duda podía desafiar todas las acometidas de aquella criatura armada tan sólo de garras y dientes. No obstante, a pesar de argumentos tan reconfortantes, me pareció que de un momento a otro vería derrumbarse el zócalo encima de mí. El ruido de las uñas poderosas proseguía eternamente. Mi enfebrecida imaginación lo percibía más fuerte y más cercano cada vez. A intervalos, me parecía oír un quejido apagado, anhelante, como el de un animal hambriento acercándose a la boca de su madriguera.

Ninguno de los dos hablamos de lo que debíamos de hacer, caso de que el monstruo consiguiera su propósito. Había, empero, un tácito acuerdo entre nosotros. Y yo, que nunca había sido supersticioso, empecé a preguntarme si el monstruo poseería una constitución lo bastante orgánica para ser vulnerable por las balas de un revólver. ¿Hasta qué punto se habrían desarrollado los caracteres de su desconocido y fabuloso progenitor? Traté de convencerme de que tales cuestiones y conjeturas eran sencillamente absurdas, pero me las planteaba una y otra vez, como fascinado por el vértigo de un abismo prohibido.

La noche fue transcurriendo como las negras y perezosas aguas de un río. Los altos cirios funerarios se habían consumido hasta pocos centímetros de los brazos verdosos del candelabro. Esta fue la única circunstancia que me dio idea del paso del tiempo, porque me encontraba como sumergido en una eternidad de tinieblas, como paralizado por un horror ciego. Llegué a acostumbrarme de tal manera a aquel perenne escarbar de zarpas en la madera, que su aumento y violencia se me antojaban figuraciones mías. Y así fue como sobrevino el final, casi sin damos cuenta.

De súbito, oí un golpe, un ruido provocado al astillarse la madera, y al mirar espantado hacia la pared vi saltar un listón que quedó colgando de un entrepaño. Luego, antes que pudiera recobrarme ni comprender lo que revelaba el testimonio de mis sentidos, saltó en mil pedazos un gran trozo semicircular de pared, bajo la arremetida de un cuerpo pesado.

Gracias a Dios seguramente, no he podido recordar jamás qué clase de ser infernal salió de aquel boquete. El choque provocado por el exceso mismo de terror me ha borrado el recuerdo de los detalles. No obstante, me quedó la vaga impresión de un cuerpo enorme, blancuzco, lampiño, que caminaba a cuatro patas; recuerdo también grandes colmillos en un rostro semihumano y enormes uñas de hiena. Un olor pútrido precedió a su aparición, como la vaharada del cubil de una devorador de carroñas. Y luego, de un salto prodigioso, la criatura aquella cayó sobre nosotros.

Oí los repetidos disparos del revólver de Harper, cortantes, vengativos, en la habitación cerrada; el mío sólo produjo un chasquido metálico y herrumbroso. Tal vez era demasiado viejo el cartucho. Sea como fuere, el arma falló. Antes de que pudiera apretar el gatillo otra vez, me sentí arrojado al suelo con terrible violencia, golpeándome la cabeza contra el pesado pie de la mesita. Sobre mi conciencia pareció caer un velo de tiniebla espolvoreado de incontables lucecitas, que me ocultó la escena totalmente. Después, desaparecieron todas las lucecitas, y quedé en completa oscuridad.

Poco a poco, comencé a tener conciencia de una llama y una sombra, pero la llama era brillante y oscilaba y parecía aumentar y hacerse más luminosa cada vez. Entonces, mis sentidos inciertos y embotados se reavivaron ante un acre olor a ropa quemada. Volvieron a recobrar su forma los contornos de las cosas y me di cuenta de que me encontraba en el suelo, junto a la mesa derribada, de cara al lecho de muerte. Las velas habían ido a parar al suelo. Una de ellas había prendido fuego a la alfombra que tenía cerca; otra, algo más allá, había incendiado las colgaduras de la cama, y las llamas se habían corrido rápidamente hacia el enorme dosel. Aun no me había movido yo del suelo, cuando cayeron sobre la cama algunos jirones de paño incendiado, y el cuerpo de sir John quedó rodeado por un círculo de fuego incipiente.

Con mucho trabajo conseguí ponerme en pie, aturdido aún por el golpe recibido en la caída. La habitación estaba desierta, aparte el viejo criado que yacía en el umbral y se quejaba débilmente. La puerta estaba abierta, como si alguien... o algo se hubiera marchado mientras estaba yo sin conocimiento.

Me volví otra vez hacia la cama con la instintiva intención de apagar el fuego. Las llamas se extendían rápidamente, se elevaban cada vez más, pero no tan de prisa que me ocultaran las manos y las facciones -si es que se podían llamar así- de lo que había sido sir John Tremoth. No haré ninguna referencia explícita a este último horror. Me gustaría igualmente no acordarme de aquello. El monstruo había huido asustado por el fuego, pero demasiado tarde...

Poco más me queda que añadir. Tambaleándome, con Harper en brazos, eché una mirada hacia atrás. La cama y el dosel formaban una masa de llamas envolventes. El desdichado barón había encontrado su pira funeraria, tan deseada por él, en su propia cámara mortuoria.

Estaba a punto de amanecer cuando salíamos de la infausta mansión. La lluvia había cesado; el cielo aparecía surcado de nubes plomizas. El aire fresco reanimó al criado, que permaneció junto a mí, sin pronunciar una palabra, mientras contemplábamos cómo se elevaban las llamas que brotaban del tejado de Tremoth Hall y un cárdeno resplandor comenzaba a extenderse por los cuatro costados del edificio.

A la luz combinada del pálido amanecer y el fantástico incendio, descubrimos a nuestros pies unas huellas semihumanas, de grandes uñas caninas, hondamente impresas en el barro. Salían del edificio en dirección a la colina que había detrás.

Sin decir palabra seguimos las huellas. Casi en línea recta nos llevaron a la entrada del antiguo panteón familiar, hasta la pesada puerta de hierro cerrada por orden de sir John Tremoth durante toda una generación, Pero la encontramos abierta: la cadena oxidada y la cerradura habían sido destrozadas por una fuerza brutal. Después, al examinar el interior, vimos las huellas de barro que descendían hacia las tinieblas eternas de la muerte.

Ibamos desarmados los dos. Habíamos dejado nuestros revólveres en la cámara mortuoria, pero no nos paramos a deliberar. Harper llevaba una buena provisión de cerillas, y buscando por allí encontré una rama que podía servirme de garrote. En silencio, con tácita determinación, realizamos una minuciosa inspección de las criptas más inmediatas, gastando una cerilla tras otra a medida que avanzábamos por entre sombras y moho.

Las huellas de aquellos pies horribles se hacían más borrosas conforme iban adentrándose en la negrura de las bóvedas. En ninguna parte encontramos nada, sino humedad apestosa, telarañas seculares, y un sinnúmero de ataúdes. La criatura que buscábamos se había desvanecido como tragada por los muros subterráneos.

Por último regresamos a la entrada. Allí, a plena luz del día, habló Harper por vez primera y dijo en voz baja y temblorosa :

-Hace muchos años, poco después de morir lady Agatha, sir John y yo inspeccionamos el panteón de un extremo a otro, pero no encontramos rastro alguno del ser que nos imaginábamos. Ahora es inútil buscar, igual que lo fue entonces. Existen misterios que, gracias a Dios, jamás llegaremos a desentrañar. Lo único que sabemos es que el engendro de las tumbas ha regresado a las tumbas. Que permanezca ahí, es menester.

En silencio, y en lo más profundo de mi corazón, repetí sus últimas palabras y su ferviente deseo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

EL IDOLO OSCURO

EL ÍDOLO OSCURO

Clark Ashton Smith

El sol no brillaba ya con su blancura fantástica sobre Zothique, el último continente, sino que estaba totalmente empañado y opaco, como si lo cubriese un vapor de sangre. Nuevas estrellas, en número incontable, se habían presentado en los cielos y las sombras del infinito se aproximaron. De las sombras, habían vuelto junto al hombre los dioses antiguos; los dioses olvidados desde los tiempos de Hyperbórea, Mu y Poseidonis, con otros nombres pero con los mismos atributos. Y también los antiguos demonios habían regresado, agitándose sobre los humos que se elevaban de malvados sacrificios y favoreciendo de nuevo las antiguas hechicerías.

Muchos en Zothique eran nigromantes y magos, y la fama de sus hechos infames y maravillosos eran objeto de leyendas por todas partes en los últimos tiempos. Pero entre todos ellos, ninguno fue mayor que Namirrha, que impuso su negro yugo sobre las ciudades de Xylac, y más tarde, en su orgulloso delirio, se consideró el mismísimo igual de Thasaidón, el señor del Mal.

Namirrha había construido su morada en Ummaos, la principal ciudad de Xylac, donde llegó procedente del desértico país de Tasuun con el sombrío renombre de sus taumaturgias detrás suyo como una nube de arena. Y nadie sabía que, al volver a Ummaos, regresaba a la ciudad que le había visto nacer, porque todos le consideraban nativo de Tasuun. Indudablemente, nadie habría soñado que el gran hechicero fuese la misma persona que el mendigo Narthos, un muchacho huérfano de dudoso linaje que pidió diariamente el pan por las calles y bazares de Ummaos. Había vivido desastradamente, solo y despreciado, y el odio hacia la cruel y opulenta ciudad creció en su corazón como una llama oculta que arde en exceso, esperando el momento en que se convertirá en un incendio devorador de todas las cosas.

El rencor y odio de Narthos contra los hombres se fue haciendo más amargo durante su infancia y primera juventud. Un día, el príncipe Zotulla, un muchacho poco mayor que él mismo, se cruzó con él en la plaza ante el palacio imperial, cabalgando sobre un inquieto palafrén, y Narthos le imploró una limosna. Pero Zotulla, burlándose de su petición, siguió altivamente adelante espoleando su palafrén y Narthos fue derribado y pisoteado por los cascos. Después, próximo a la muerte a causa del atropello, yació sin sentido durante muchas horas, mientras la gente pasaba a su lado sin prestarle atención. Recobrando finalmente el sentido, pudo arrastrarse hasta su chamizo, pero a partir de entonces cojeó ligeramente durante el resto de su vida y la marca de un casco permaneció sobre su cuerpo a manera de señal, sin desvanecerse nunca. Más tarde abandonó Ummaos y fue rápidamente olvidado por la gente de la ciudad. Yendo hacia el sur, hacia Tasuun, se perdió en el gran desierto y estuvo a punto de perecer. Pero, finalmente, llegó a un pequeño oasis donde habitaba el mago Ouphaloc, un solitario que prefería la compañía de honrados chacales y hienas a la de los hombres. Y Ouphaloc, viendo la gran maldad e inteligencia del desamparado muchacho, le socorrió y le acogió allí. Durante años vivió con Ouphaloc, convirtiéndose en su discípulo y heredero de la sabiduría que le había enseñado el demonio. Extrañas cosas aprendió en aquella choza y era alimentado con frutos y cereales que no habían nacido del húmedo suelo y con vino que no era el jugo de la uva terrestre. Igual que Ouphaloc, se convirtió en un maestro de demonología y estableció su pacto con el archienemigo Thasaidón. Cuando Ouphaloc murió, tomó el nombre de Namirrha y se presentó a los pueblos nómadas como un poderoso hechicero, y a las escondidas momias de Tasuun. Pero nunca pudo olvidar las miserias de su juventud en Ummaos y el mal que le había causado Zotulla, y año tras año hiló en sus pensamientos la negra red de la venganza. Su fama se hizo más amplia y sombría cada vez, y los hombres de países remotos más allá de Tasuun le temían. En las ciudades de Yoros y en Zul-Bha-Sair, la morada de la deidad vampírica Mordiggian, se hablaba de sus hazañas en bajos susurros. Mucho antes de la llegada de Namirrha en persona, la gente de Ummaos le conocía como una calamidad fabulosa, que era más horrible que el simún o la peste.

En los años que siguieron a la marcha del muchacho Narthos de Ummaos, Pithaim, el padre del príncipe Zotulla, fue asesinado por el veneno de una pequeña víbora que se había deslizado en su lecho en busca de calor, en una noche de otoño. Algunos dijeron que la víbora había sido colocada por Zotulla, pero esto era algo que nadie podía afirmar con certeza. Después de la muerte de Pithaim, Zotulla, que era su único hijo, fue el emperador de Xylac y gobernó en la maldad, desde su trono de Ummaos. Era tiránico e indolente y estaba lleno de extraños vicios y crueldades, pero la gente, que también era malvada, le alababa en sus torpezas. Así fue próspero y los señores del Cielo y el Infierno no le golpearon. Y los rojos soles y las lunas cenicientas continuaron pasando sobre Xylac, dirigiéndose al oeste, poniéndose en aquel mar donde pocos viajaban y que, si los cuentos de los marinos eran ciertos, se extendía como un río crecido más allá de la infame isla de Naat y se derrumbaba, formando una catarata tan ancha como el mundo, sobre el espacio exterior desde el lejano borde de la Tierra cortado a pico.

Se embruteció cada vez más y sus pecados eran como frutos hinchados que madurasen sobre un profundo abismo. Pero los vientos del tiempo soplaron suavemente y los frutos no cayeron. Y Zotulla se reía rodeado de sus bufones, sus eunucos, y sus amantes y la historia de sus pecados viajó muy lejos y era relatada entre gentes de lejanos países como una maravilla gemela con las rumoreadas nigromancias de Namirrha.

Así sucedió que en el año de la Hiena y en el mes de la estrella Canicular, Zotulla dio un gran festín a los habitantes de Ummaos. Por todas partes se veían carnes que habían sido cocinadas con especias exóticas procedentes de Sotar, la isla oriental, y los ardientes vinos de Yoros y Xylac, llenos de subterráneos fuegos, eran servidos incansablemente a todos de urnas gigantescas. Estos provocaron una furiosa alegría y una locura digna de reyes, y después una somnolencia no menos profunda que la de la tumba.

Y uno a uno, según iban bebiendo, los alborotadores iban cayendo por las calles, casas y jardines, como si una plaga les hubiese alcanzado, y Zotulla dormía en el salón de banquetes de oro y ébano, con sus odaliscas y chambelanes a su alrededor. Así pues, ni un hombre ni una mujer estaban despiertos en todo Ummaos en el momento en que Sirius comenzaba a caer hacia el este.

Así fue como nadie vio u oyó la llegada de Namirrha. Pero cuando, muy avanzada la mañana siguiente, el emperador se despertó pesadamente, oyó un confuso alboroto y el molesto clamor de las voces de aquellos de sus eunucos y mujeres que se habían despertado antes que él. Al preguntar el motivo, le dijeron que durante la noche había ocurrido un extraño prodigio; mas todavía atontado por el vino y el sopor, comprendió bastante poco sobre su naturaleza hasta que su concubina favorita, Obexah, le condujo al pórtico oriental del palacio, desde el que podía contemplar la maravilla con sus propios ojos.

Ahora bien, el palacio se erguía en solitario en el centro de Ummaos, y al norte, oeste y sur, en amplias distancias, se extendían los jardines imperiales, llenos de palmeras majestuosamente arqueadas y de fuentes que formaban soberbias espirales. Pero hacia el oeste había una amplia zona despejada, utilizada como una especie de patio entre el palacio y las mansiones de los nobles de más rango. En este espacio, que al atardecer había estado completamente vacío, se elevaba un edificio colosal y señorial bajo el fuerte sol, con cúpulas que semejaban monstruosos hongos de piedra que hubiesen surgido durante la noche. Y las cúpulas, que igualaban en altura a las de Zotulla, estaban construidas de mármol blanco como la muerte, mientras que la gigantesca fachada, con pórticos de muchas columnas y profundas galerías, estaba formada por zonas alternas de ónice negro como la noche y un pórfido que tenía el tono de la sangre de los dragones. Y Zotulla juró horriblemente, llamando numerosas blasfemias a los dioses y demonios de Xylac, y su confusión fue grande, considerando que aquello era la obra de un mago. Las mujeres se apiñaron a su alrededor, llorando con estridentes gritos de miedo y terror, y según se iban despertando, más y más de su cortesanos vinieron a engrosar el tumulto y los gordos castrados se estremecieron en sus túnicas doradas, como inmensas mermeladas negras en recipientes de oro. Pero Zotulla, recordando su poder como emperador de todo Xylac, intentó ocultar su propia agitación diciendo:

- ¿Quién es éste que se ha atrevido a entrar en Ummaos como un chacal en la oscuridad y ha construido su impía guarida en la proximidad y a la vista de mi palacio? Id y preguntad el nombre del bribón; pero antes de ir, instruid al verdugo para que afile su espada, la que maneja con ambas manos.

Entonces, temerosos de la rabia del emperador si se demoraban, varios de los mayordomos se adelantaron de mala gana y se acercaron a la puerta del extraño edificio. Hasta que se acercaron bastante, éstas parecieron estar desiertas; después apareció en el umbral un esqueleto titánico, más alto que ningún ser humano, que se adelantó a encontrarlos con largas zancadas.

El esqueleto vestía un taparrabos de seda escarlata con un broche de azabache y llevaba un turbante negro adornado de diamantes, cuya parte superior casi tocaba el alto dintel. En las profundas cuencas brillaban unos ojos que parecían señales de fuego, y una lengua ennegrecida, como la de alguien que lleva largo tiempo muerto, sobresalía entre sus dientes, pero, por lo demás, no tenía ni una brizna de carne y los huesos resplandecían blancos al sol mientras se acercaba.

Los mayordomos, en silencio, permanecieron ante él y no se oía otro sonido que los tintineos de sus cinturones dorados y el áspero crujido de la seda de sus vestiduras al estremecerse y temblar. Los huesos de los pies del esqueleto resonaron profundamente sobre el pavimento de ónice negro y pronunció, con voz untuosa y nauseabunda, estas palabras:

- Regresad y decid al emperador Zotulla que Namirrha, vidente y mago, ha venido a vivir a su lado.

Al oír hablar al esqueleto como si hubiese sido un hombre vivo y escuchar el odiado nombre de Namirrha como el que escucha el toque a rebato que señala el fin de una ciudad, los mayordomos no pudieron soportarlo más y huyeron con desmañada rapidez para llevarle el mensaje a Zotulla.

Ahora bien, al saber quién era el que había venido a establecerse como su vecino en Ummaos, la ira del emperador se extinguió como una llama débil y fluctuante sobre la que hubiese soplado el viento de la oscuridad; y el vinoso color púrpura de sus mejillas se salpicó de una extraña palidez y no dijo nada, sino que sus labios se movieron oscuramente, como si estuviese rezando o maldiciendo. La noticia de la llegada de Namirrha pasó por el palacio y la ciudad como el vuelo de malvados pájaros nocturnos, dejando un horrible temor que residió en Ummaos de allí en adelante. Pues Namirrha, debido a la negra fama de sus actos milagrosos y a las espantosas entidades que le servían, se había convertido en un poder que ningún soberano secular se atrevía a desafiar, temiéndole los hombres en todas partes, de la misma forma que temían a los gigantescos y sombríos señores del Infierno y del espacio exterior. En Ummaos, la gente decía que había venido de Tasuun en el viento del desierto junto con sus servidores, tan rápido como la peste, y que, con la ayuda de los demonios, en una hora había erigido su casa al lado del palacio de Zotulla. Se decía que los cimientos de la casa descansaban sobre el adamantino núcleo del Infierno y que en sus pavimentos había agujeros por cuyo fondo ardían los fuegos interiores o por adonde podían verse pasar las estrellas por la noche del otro lado de la Tierra. Y los servidores de Namirrha y el abismo, y seres híbridos, locos y malvados que el impío hechicero había creado en uniones prohibidas. Los hombres evitaron la vecindad de su señorial casa y pocos, en el palacio de Zotulla, se atrevían a acercarse a las ventanas y galerías que daban a ella; el propio emperador no hablaba de Namirrha, pretendiendo ignorar al intruso, y las mujeres del harén murmuraban constantemente en un siniestro cotilleo que se refería a Namirrha y sus concubinas. Pero el hechicero no fue visto nunca por la gente de la ciudad, aunque algunos creían que salía cuando quería, arropado en la invisibilidad. Tampoco sus servidores fueron vistos, pero, algunas veces, un ulular como el de los condenados salía de las puertas, y a veces se oía una risotada seca, como si alguna imagen de adamanto se hubiese reído en alto; también a veces se oía un chasquido como el sonido de hielo roto en un infierno helado. Unas sombras vagas se movían por los pórticos cuando no había ni luz ni lámpara que las arrojase y luces rojas y terribles aparecían y desaparecían en las ventanas al atardecer, como el parpadeo de unos ojos demoníacos. Lentamente, los soles del color de la brasa pasaban sobre Xylac y se apagaban en los lejanos mares y las lunas cenicientas se ennegrecían cada noche al caer en el escondido golfo. Entonces, viendo que el mago no había traído ningún mal evidente y que nadie sufrió daños palpables por su presencia, la gente cobró ánimos y Zotulla bebió tanto y comió tan despreocupadamente como en su lujuria anterior; y el oscuro Thasaidón, príncipe de todos los vicios, fue el verdadero, aunque nunca reconocido, señor de Xylac. Y con el tiempo, el pueblo de Xylac alardeó un poco de Namirrha y sus terribles milagros, de la misma forma que habían presumido de los regios pecados de Zotulla.

Pero Namirrha, al que todavía ninguna mujer ni hombre alguno pudieron ver sentado en las salas interiores de aquella casa que sus demonios le habían construido, daba vueltas y vueltas en sus pensamientos a la negra red de la venganza. Y en todo Ummaos no había nadie, ni siquiera entre sus compañeros de mendicidad, que se acordase del muchacho Narthos. Y la injusticia que Zotulla había cometido con Narthos, hacía tiempo, era la más pequeña de las crueldades que el emperador había olvidado.

Entonces, cuando los temores de Zotulla estaban algo apaciguados y sus mujeres murmuraban menos a menudo sobre la vecindad del mago, ocurrió una nueva maravilla y un renovado terror. Porque un atardecer que se sentaba a la mesa del festín, rodeado por sus cortesanos, el emperador oyó un ruido como el de diez mil caballos con cascos de hierro que viniesen al galope por los jardines de palacio. A pesar de su creciente ebriedad, los cortesanos oyeron también el ruido y se sobresaltaron; el emperador se enfadó y envió a algunos de sus guardias para que inquiriesen la causa del escándalo. Pero al escudriñar los céspedes y parterres iluminados por la luna, los guardias no vieron ninguna forma visible, aunque el fuerte sonido del galope continuase todavía de un lado para otro. Parecía que un rebaño de sementales salvajes corriese ante la fachada del palacio, galopando y cabriolando tumultuosamente. Al ver y escuchar esto, los guardias fueron presa del terror y no se atrevieron a salir fuera, sino que volvieron junto a Zotulla. El propio emperador se despejó al oír esta historia y salió con gran agitación a presenciar el prodigio. Los invisibles cascos resonaron fuertemente sobre el pavimento de ónice durante toda la noche dejando marcadas sus profundas huellas sobre la hierba y las flores. Las hojas de las palmeras se agitaban en el calmado aire como apartadas por caballos a la carrera y era visible que los lirios de altos tallos y las exóticas flores de anchos pétalos estaban siendo pisoteadas. La ira y el terror anidaban juntos en el corazón de Zotulla, mientras permanecía en una galería sobre el jardín, escuchando aquel tumulto espectral y contemplando el daño hecho a sus preciosas plantaciones de flores. Las mujeres, los cortesanos y los eunucos se apretujaban a sus espaldas y ningún habitante del palacio pudo dormir, pero hacia el amanecer el clamor de los cascos se alejó en dirección a la casa de Namirrha.

Cuando la aurora estaba en su apogeo sobre Ummaos, el emperador salió al exterior, rodeado de sus guardias, y vio que las hierbas aplastadas y los rotos tallos estaban negros, como a causa del fuego, en el lugar donde habían caído los cascos. Sobre todo el césped y los parterres, las señales se marcaban con toda claridad, como las huellas de una gran manada de caballos, pero cesaban en el límite de los jardines. Y aunque todo el mundo pensaba que la visita había llegado de la casa de Namirrha, sobre los terrenos que formaban el frente de la morada del hechicero no había ninguna prueba de ello, porque aquí el césped estaba intacto.

- ¡La peste caiga sobre Namirrha si es él quien ha hecho esto! - gritó Zotulla -. Porque, ¿qué daño le he hecho yo? En verdad que pondré mi pie sobre el cuello de ese perro y la rueda de la tortura le hará tanto bien como esos caballos del Infierno han hecho a mis lirios de Sotar del color de la sangre, a mis veteados iris de Naat y a mis orquídeas de Uccastrog, purpúreas como las señales del amor. Sí, aunque sea el virrey de Thasaidón sobre la Tierra y señor de los diez mil demonios, mi rueda le destrozará y el fuego pondrá la rueda al rojo vivo hasta que se quede tan negro como las flores calcinadas.

Así fanfarroneaba Zotulla, pero no daba órdenes para la ejecución de la amenaza y nadie en el palacio se movió hacia la casa de Namirrha. De la casa del mago no salió nadie, o, si algo lo hizo, no hubo ningún signo ni sonido visibles.

Así pasó el día y llegó la noche, trayendo una luna ligeramente más oscura por los bordes. La noche fue tranquila, y Zotulla, sentado durante largo rato a la mesa del banquete, vació su copa de vino muchas veces. Lleno de ira, murmuraba nuevas amenazas contra Namirrha. La noche siguió adelante y no parecía que la visita fuera a repetirse. Pero a medianoche, cuando se encontraba en su aposento junto a Obexah, profundamente hundido en el sopor producido por el vino, Zotulla fue despertado por el monstruoso estruendo de unos cascos que corrían y cabriolaban en los pórticos del palacio y en las largas galerías. Toda la noche tronaron los cascos de un lado para otro resonando terriblemente bajo la bóveda de piedra, mientras Zotulla y Obexah, que los escuchaban, se acurrucaban juntos entre los cojines y las colchas; todos los ocupantes del palacio, despiertos y temerosos, oyeron el ruido, pero no se movieron de sus aposentos. Los cascos partieron repentinamente poco antes de la aurora, y después, durante el día, se encontraron sus huellas sobre las losas de mármol de los pórticos y las galerías; las señales eran incontables, profundamente impresas y negras, como si estuvieran marcadas por medio del fuego.

Las mejillas del emperador se pusieron como el mármol veteado cuando vio los suelos estampados de cascos, y de allí en adelante el terror habitó con él, siguiéndole a las profundidades de sus borracheras, puesto que no sabía cuándo cesaría aquella persecución. Sus mujeres murmuraban y algunas deseaban escapar de Ummaos, y parecía que las fiestas del día y de la noche fuesen ensombrecidas por alas de mal agüero que proyectasen su sombra sobre el amarillo viento y velaran las lámparas de oro. Y hacia la medianoche, de nuevo fue el sueño de Zotulla interrumpido por los cascos que galopaban y corrían sobre el tejado del palacio y por todos los salones y corredores. Desde aquel momento hasta el amanecer, los cascos llenaron sordamente sobre las cúpulas más elevadas, como si el séquito de los dioses cabalgase por allí, trasladándose de un cielo a otro en tumultuosa cabalgata.

Zotulla y Obexah, que yacían juntos mientras los terribles cascos iban de un lado para otro, en el salón que estaba delante de su aposento, no tuvieron ni ánimos ni deseos de pecar ni pudieron encontrar ningún consuelo en su proximidad. En la grisácea hora que precede a la madrugada, oyeron un ruido atronador sobre la atrancada puerta de bronce de su cámara, como si algún poderoso semental, encabritándose, hubiese tamborileado allí con sus patas delanteras. Poco rato después, los cascos se alejaron, dejando un silencio que parecía un interludio mientras se preparaba la tormenta final. Más tarde se encontraron por todas partes las señales de los cascos en los salones, estropeando los brillantes mosaicos. En las alfombras de hilo de oro, plata y escarlata había negros agujeros producidos por las quemaduras, y las altas y blancas cúpulas estaban marcadas como con la viruela; en la puerta de bronce de la cámara de Zotulla estaban profundamente marcadas las huellas de los cascos anteriores de un caballo.

Ahora bien, en Ummaos y en todo el país de Xylac ya era conocida la historia de estos prodigios y se consideraban como algo amenazador, aunque había diversas interpretaciones. Algunos sostenían que Namirrha los enviaba como una señal de su supremacía sobre todos los reyes y emperadores y algunos pensaban que el causante era un nuevo hechicero que había aparecido allá al este, en Tinarath, y deseaba suplantar a Namirrha. Y los sacerdotes de los dioses de Xylac sostenían que sus diversas deidades habían enviado las apariciones como una señal de que en los templos debían realizarse más sacrificios.

Entonces Zotulla reunió a numerosos sacerdotes, magos y adivinos en el salón de audiencias, cuyo pavimento de jaspe y alqueca había sido penosamente estropeado por los invisibles cascos, y les pidió que averiguasen la causa de la aparición y encontrasen un modo de exorcizarla. Pero viendo que no llegaban a ningún acuerdo entre ellos, proveyó a las diversas sectas sacerdotales con sacrificios para sus varios dioses y los mandó marchar; los magos y adivinos, bajo amenaza de decapitación si se negaban, fueron enviados a visitar a Namirrha en su mágica morada para preguntarle, de su parte, si por casualidad era él quien estaba enviando aquello, o si era obra de algún otro.

Abatidos quedaron los magos y adivinos que temían a Namirrha y no se atrevían a penetrar en los aterradores misterios de su oscura mansión. Pero los soldados del emperador les empujaron hacia delante, levantando sus grandes espadas curvas contra ellos cuando vacilaban, así que, uno a uno, en inseguro orden, la delegación fue hacia la puerta de Namirrha y se desvaneció en la casa construida por el demonio.

Antes del atardecer regresaron junto al emperador, pálidos, balbucientes e inquietos, como hombres que han visto el infierno y contemplado su propio destino. Dijeron que Namirrha les recibió cortésmente y les había enviado de vuelta con este mensaje:

- Que sepa Zotulla que la aparición es en recuerdo de algo que él ha olvidado y la razón de esto le será revelada en la hora preparada y dispuesta por el destino. Y esa hora se acerca, porque Namirrha invita al emperador y a toda su corte a un gran banquete mañana por la tarde.

Habiendo entregado este mensaje, ante la consternación y asombro de Zotulla, la delegación pidió licencia para retirarse. Aunque el emperador les interrogó minuciosamente, parecían poco dispuestos a relatar las circunstancias de su visita a Namirrha, y tampoco quisieron describir la famosa casa del hechicero, excepto en una forma vaga, contradiciéndose unos a otros en lo que decían haber visto. Por tanto, y después de un rato, Zotulla les mandó marchar; cuando se hubieron ido, estuvo cavilando durante largo tiempo sobre la invitación de Namirrha, que era algo que no se atrevía a rechazar, pero temía aceptar. Aquella noche bebió todavía más abundantemente que de costumbre y durmió como un muerto sin que ningún ruido de cascos galopando sobre el palacio le despertara. Durante la noche, los magos y profetas salieron silenciosamente de Ummaos como sombras furtivas y nadie les vio partir; por la mañana todos habían salido de Xylac hacia otros países para no regresar nunca...

Aquella misma noche, Namirrha estaba sentado a solas en el gran salón de su casa. habiendo despedido a los sirvientes que le atendían de ordinario. Ante él, y en un altar de azabache, estaba la oscura y gigantesca estatua de Thasaidón, que un escultor engendrado por los demonios había esculpido en tiempos antiguos para un malvado rey de Tasuun llamado Pharnoc. El archidemonio estaba representado por la forma de un guerrero cubierto totalmente por la armadura. que elevaba una maza de pinchos como en una batalla heroica. Durante largo tiempo, la estatua había estado en el palacio de Pharnoc enterrado en el desierto y cuyo mismo emplazamiento era disputado por los nómadas; Namirrha, gracias a su arte adivinatorio, lo encontró, y había llevado la infernal imagen a vivir con él por siempre desde entonces. A menudo, Thasaidón pronunciaba oráculos para Namirrha y le contestaba sus preguntas por boca de la estatua.

Ante la imagen de armadura negra colgaban siete lámparas de plata forjadas con la forma de los cráneos de los caballos y las llamas salían incesantemente, azules, purpúreas y escarlatas, de sus cuencas. Su luz era salvaje y lúgubre y el rostro del demonio, mirando bajo el casco, mostraba sombras equívocas y malignas que cambiaban y saltaban eternamente. Sentado en su silla de forma de serpiente, Namirrha contemplaba siniestramente la estatua con un profundo surco entre los ojos, porque le había pedido una cosa a Thasaidón, y el enemigo, contestando a través de la estatua, se la negó. La rebelión crecía en el corazón de Namirrha, que, enloquecido por el orgullo, se consideraba a sí mismo señor de todos los hechiceros y gobernante por derecho propio entre los príncipes diabólicos. Así pues, y tras largo cavilar, repitió su petición con voz fuerte y altanera, como quien se dirige a su igual, más que como alguien que lo hace al todopoderoso soberano al que ha jurado fidelidad hasta la muerte.

- Yo te he ayudado en todo hasta este momento - dijo la imagen, con acentos secos y sonoros que resonaban metálicamente en las siete lámparas plateadas -. Sí, los gusanos eternos del fuego y la oscuridad han acudido como un ejército a tu llamada y las alas de los genios interiores se han elevado hasta ocultar el sol cuando tú les llamaste. Pero, en verdad, no te ayudaré en esta venganza que has planeado, porque el emperador Zotulla no me ha ofendido nunca y me ha servido bien, aunque inconscientemente, y los habitantes de Xylac, debido a sus vicios, no son los menos importantes de sus adoradores en la Tierra. Por tanto, Namirrha, sería mejor que tú vivieses en paz con Zutulla y olvidases esta antigua ofensa infligida al mendigo Narthos cuando era un muchacho. Porque los caminos del destino son extraños y la forma en que actúan sus leyes está algunas veces oculta; y en verdad, si los cascos del palafrén de Zotulla no te hubieran derribado y pisoteado, tu vida habría sido distinta y la fama y renombre de Namirrha hubiesen yacido en el olvido como un sueño no imaginado. Sí, tú serías todavía un mendigo de Ummaos, te contentarías con las limosnas del mendigo y nunca habrías emprendido aquel viaje; te habrías convertido en discípulo del sabio y erudito Ouphaloc, y yo, Thasaidón, hubiese perdido el más poderoso de todos los nigromantes que han aceptado servirme y han hecho un pacto conmigo. Piénsalo bien, Namirrha, y considera estas cosas, porque, aparentemente, nosotros dos estamos en deuda con Zotulla y le debemos gratitud por haberte pisoteado con su caballo.

- Sí, estoy en deuda con él - gruñó Namirrha implacable -, y en verdad que mañana pagaré la deuda, en la forma en que había planeado... Existen aquellos que me ayudarán; aquellos que acudirán a mi llamada, aun a pesar tuyo.

- No es bueno enfrentarte conmigo - dijo la imagen, tras un intervalo -, y tampoco es bueno llamar a aquellos que has insinuado. Sin embargo, veo claramente que eso es lo que deseas. Eres orgulloso, testarudo y vengativo. Haz, pues, lo que quieras, pero no me culpes por el resultado.

Después de esto, en el salón donde Namirrha se sentaba ante el ídolo se hizo el silencio y las llamas se consumieron oscuramente cambiando de colores sobre las lámparas de forma de cráneo mientras las sombras huían y regresaban sin detenerse sobre los rostros de la estatua y de Namirrha. Después, hacia la medianoche, el hechicero se levantó y ascendió por numerosos escalones en espiral hasta llegar a una alta cúpula en la casa donde había una única y pequeña ventana redonda, que permitía contemplar las constelaciones. La ventana estaba dispuesta en lo más alto de la cúpula, pero Namirrha había conseguido, por medio de su magia, que una entrada junto a la última vuelta de la escalera pareciese descender repentinamente en lugar de subir para, alcanzando el peldaño final, mirar hacia abajo por la ventana, mientras las estrellas pasaban bajo él en una corriente vertiginosa. Arrodillándose allí, Namirrha tocó un resorte secreto en el mármol, y el panel circular retrocedió sin ningún sonido. Después, yaciendo de espaldas sobre el curvado interior de la cúpula, con el rostro sobre el abismo y su larga barba colgando rígida en el espacio, susurró versos más antiguos que la raza humana y habló con ciertos seres que no pertenecían ni al infierno ni a los elementos mundanos y cuya invocación era más terrible que los genios infernales o los demonios de la tierra, aire, agua y fuego. Desafiando la voluntad de Thasaidón, hizo un pacto con ellos, mientras el aire a su alrededor se helaba con sus voces y la escarcha se amontonaba pálida sobre su oscura barba a causa del frío que producía su aliento al inclinarse sobre la tierra.

Lento y renuente fue el despertar de Zotulla del sopor del vino; antes de abrir los ojos, la luz del día se vio envenenada para él por el pensamiento de aquella invitación que temía aceptar o rechazar. Pero habló con Obexah, diciendo:

- Después de todo, ¿quién es este perro hechicero para que yo tenga que obedecer sus invitaciones como un mendigo al que algún gran señor manda llamar de la calle?

Obexah, una muchacha de piel dorada y ojos oblicuos, procedente de Uccastrof, la isla de los Torturadores, observó sutilmente al emperador, y dijo:

- Oh, Zotulla, eres tú quien debe aceptar o rehusar, según lo que estimes apropiado. Y, en realidad, para el señor de Ummaos y de todo Xylac, el ir o el quedarse es un asunto sin importancia, puesto que nada puede poner en entredicho tu soberanía. Por tanto, ¿por qué no ir?

Obexah, aunque temerosa del mago, sentía curiosidad con respecto a aquella casa construida por el demonio, de la que tan poco se sabía, y además, según es característico de las mujeres, deseaba contemplar al famoso Namirrha, cuyo talante y aspecto era sólo una leyenda en Ummaos, traída de muy lejos.

- En lo que dices hay algo de razón - admitió Zotulla -. Pero un emperador debe, en su conducta, tener siempre en cuenta el bien público, y hay asuntos de estado que no se puede esperar que entienda una mujer.

Así pues, más tarde, por la mañana, después de un desayuno amplio y bien remojado, llamó a sus mayordomos y cortesanos y les pidió consejo. Algunos le aconsejaron que ignorase la invitación de Namirrha y otros sostenían que debía ser aceptada, a menos que un mal más grave que el pisoteo de unos cascos fantasmales fuese enviado sobre la ciudad y el palacio.

Entonces llamó ante sí a la reunión de todos los sacerdotes e intentó volver a llamar a aquellos magos y adivinos que habían escapado sigilosamente durante la noche. Entre todos éstos no hubo ni uno que respondiese al grito de su nombre por las calles de Ummaos, y esto causó una cierta maravilla.

Pero los sacerdotes llegaron en número mayor que antes y abarrotaron el salón de audiencias, de forma que las barrigas de los que estaban delante chocaban contra el estrado imperial y las nalgas de los de atrás se aplastaban contra la pared y los pilares del fondo. Zotulla debatió con ellos el asunto de su aceptación o rechazo. Los sacerdotes argumentaron, como la vez anterior, que Namirrha no tenía nada que ver con las apariciones, y su invitación, dijeron, no suponía daño ni amenaza alguna contra el emperador; estaba claro, según los términos del mensaje, que el mago pronunciaría un oráculo ante Zotulla, y si Namirrha era un verdadero archimago, este oráculo confirmaría su propia sabiduría sagrada, establecería la fuente divina de la aparición y de nuevo los dioses de Xylac serían glorificados.

Tras escuchar el consejo de los sacerdotes, el emperador dio instrucciones nuevamente a sus tesoreros para que les llenasen de nuevas ofrendas, y los sacerdotes partieron, impartiendo untuosamente las delegadas bendiciones de sus varios dioses sobre Zotulla y su corte. El día continuó y el sol pasó nuevamente por el meridiano, cayendo lentamente más allá de Ummaos sobre los espacios de la tarde que estaban formados por desiertos que limitaban con el mar. Zotulla continuaba irresoluto y llamó a sus coperos, pidiéndoles que le sirviesen de la cosecha más fuerte y magistral, pero no halló en el vino ni la certeza ni la decisión.

Entonces, una comitiva de altas momias cubiertas con vendas regias color púrpura y escarlata, y llevando coronas de oro sobre sus resecos cráneos, penetró en el salón, caminando una detrás de otra. Tras la comitiva, y a manera de servidores, venían unos esqueletos gigantes vestidos con taparrabos de brillante color naranja y con la parte superior del cráneo cubierta por serpientes vivas a bandas azafrán y ébano que se habían enrollado allí a manera de turbante. Las momias se inclinaron ante Zotulla, diciéndole con voz fina y seca:

- Nosotros, que en tiempos antiguos hemos sido reyes del gran país de Tasuun, hemos sido enviados como guardia de honor del emperador Zotulla para atenderle como es propio cuando se dirija al banquete preparado por Namirrha.

Después hablaron los esqueletos, entre secos chasquidos de dientes y produciendo silbidos semejantes al aire, atravesando desgastadas mamparas de marfil.

- Nosotros, que hemos sido guerreros gigantes de una raza olvidada, somos enviados también por Namirrha para que la corte del emperador Zotulla esté protegida de todo peligro al seguirle a la fiesta y vaya acompañada del séquito que le corresponde y es apropiado.

Presenciando estos prodigios, los coperos y otros servidores se protegieron en el estrado imperial o se ocultaron tras las columnas, mientras Zotulla, cuyas pupilas brillaban sombríamente inyectadas en sangre, con la cara abotargada y espectralmente pálida, permanecía inmóvil sobre el trono, sin poder pronunciar ni una palabra de réplica a los ministros de Namirrha.

Entonces las momias se adelantaron y dijeron con polvorientos acentos:

- Todo está listo y el banquete aguarda la llegada de Zotulla.

Las vendas de las momias se agitaron y se abrieron por delante; pequeños monstruos roedores del color del betún, con ojos semejantes a rubíes malditos, aparecieron en los roídos corazones de las momias como las ratas en sus agujeros y chillaron estridentemente repitiendo las palabras en lenguaje humano. A su vez, los esqueletos repitieron la solemne frase y las serpientes azafranes y negras silbaron desde sus cráneos, y repitieron, por último, las palabras con siniestro alboroto, ciertas criaturas cubiertas de piel y de forma dudosa que Zotulla no había visto hasta entonces y que estaban sentadas detrás de las costillas de los esqueletos como si estuvieran en jaulas de mimbre blanco.

Como un durmiente que obedece la fatalidad de los sueños, el emperador se levantó del trono y se adelantó; las momias le rodearon como una escolta. Cada uno de los esqueletos sacó de los pliegues amarillo-rojizos de su taparrabos unas arcaicas flautas de plata curiosamente agujereadas y comenzaron a tocar una melodía dulce, siniestra y mortal, mientras el emperador salía de palacio. En la música había un hechizo fatal, porque los mayordomos, las mujeres, los eunucos y todos los miembros de la corte de Zotulla, hasta los cocineros y los escuderos, fueron arrancados como una procesión de noctámbulos de las habitaciones y alcobas donde se habían vanamente ocultado. Dirigidos por los flautistas, siguieron a Zotulla. A la oblicua luz solar, era extraño ver aquella numerosa compañía dirigiéndose a la casa de Namirrha con un cortejo de reyes muertos a su alrededor y el aliento de los esqueletos temblando horriblemente en las flautas de plata. Y Zotulla no se sintió muy consolado cuando vio a su lado a la muchacha Obexah moviéndose, como él mismo, en un éxtasis de involuntario horror, con el resto de las mujeres siguiéndola de cerca.

Al acercarse a las abiertas puertas de la casa de Namirrha, el emperador vio que estaban guardadas por grandes cosas de barbillas carmesí, mitad humanas mitad dragones, que se inclinaron ante él, rozando sus barbillas como escobas ensangrentadas contra las losas de oscuro ónice. El emperador pasó con Obexah entre los rústicos monstruos, con las momias, los esqueletos y su propia gente a sus espaldas formando una extraña comitiva, y entró en un amplio salón de muchas columnas, donde la luz del día, penetrando tímidamente, era dominada por la siniestra y arrogante claridad procedente de un millar de lámparas.

Aun a pesar de su horror, Zotulla se sintió maravillado de la amplitud de la cámara, que difícilmente podía reconciliar con las medidas exteriores de la mansión, aunque éstas, indudablemente, fueran de una amplitud palaciega. Le parecía contemplar grandes salas sostenidas por columnas a las que no se veía el final y vistas panorámicas de mesas cargadas de amontonadas viandas y urnas de vino dispuestas en hilera que se extendían a lo lejos en la distancia, en una penumbra luminosa como la de una noche estrellada.

En los amplios intervalos entre las mesas, los sirvientes de Namirrha iban de un lado para otro incesantemente, como si una fantasmagoría de pesadillas hubiera cobrado cuerpo delante del emperador. Regios cadáveres con túnicas de brocado podridas por el tiempo, con las cuencas vacías e hirvientes de gusanos, servían un vino color de sangre en copas fabricadas con el opalescente cuerno de los unicornios. Lamias de cola de quimera y quimeras de cuatro pechos entraban con humeantes fuentes sostenidas en alto por sus garras broncíneas. Demonios de cabeza de perro con la lengua en llamas corrían a ofrecerse como acomodadores de la compañía. Ante Zotulla y Obexah apareció un curioso ser con las opulentas caderas y extremidades inferiores de una enorme mujer negra y los mondos huesos de algún mitótico mono de cintura para arriba. Este monstruo dio a entender, por medio de ciertos indescriptibles chasquidos de los huesos de sus dedos, que el emperador y su odalisca le siguieran.

Verdaderamente, a Zotulla le dio la impresión de haber recorrido una larga distancia por alguna maligna caverna del Infierno cuando llegaron al final de aquella inmensidad de mesas y columnas por la que les había conducido el monstruo. Aquí, en el extremo de la habitación, y separado de los demás, se sentaba Namirrha solo en una mesa, con las llamas de las siete lámparas en forma de cráneo de caballo ardiendo incesantemente a sus espaldas y la negra imagen de Thasaidón en su armadura dominándolo todo desde el altar de azabache a su derecha. Algo separado del altar había un espejo de diamante, sostenido por las garras de unos basiliscos de hierro.

Namirrha se puso en pie para saludarles, observando una solemne y fúnebre cortesía. Sus ojos brillaban, lúgubres y fríos como estrellas lejanas en las ojeras formadas en extrañas y aterradoras vigilias. Sus labios eran como un sello rojo pálido sobre un pergamino del destino cerrado. Su barba flotaba rígida sobre la parte delantera de su túnica bermellón, dividida en bucles negros y aceitosos como una masa de serpientes negras y tiesas. Zotulla sintió que la sangre se le detenía y espesaba en su corazón, como congelándose hasta formar hielo. Obexah, mirando bajo entornados párpados, se sintió repelida y asustada por el visible horror que emanaba de este hombre, y le rodeaba de la misma forma que la realeza a un rey. Pero a pesar de su miedo tuvo tiempo para preguntarse qué clase de hombre sería en su relación con las mujeres.

- Te doy la bienvenida, oh Zotulla, a tal hospitalidad como puedo ofrecerte - dijo Namirrha con el férreo sonido de alguna oculta campana fúnebre en su profunda voz -. Por favor, sentaos a mi mesa.

Zotulla vio que enfrente de Namirrha había sido dispuesta una silla de ébano para él, y que otra silla, menos majestuosa e imperial, había sido colocada a la izquierda para Obexah. Los dos se sentaron y Zotulla vio que su gente se sentaba a su vez a otras mesas a través del enorme salón, con los espantosos servidores de Namirrha sirviéndoles atareadamente, como los demonios atienden a los condenados.

Entonces Zotulla percibió que una mano oscura y parecida a la de un cadáver le servía vino en una copa de cristal y que la mano llevaba el anillo con el sello de los emperadores de Xylac: un monstruoso ópalo de fuego en la boca de un murciélago de oro, un anillo idéntico al que el propio Zotulla llevaba perpetuamente sobre el dedo índice. Volviéndose, vio a la derecha una figura que mostraba gran semejanza con su padre, Pithaim, después de que el veneno de la víbora, esparciéndose por todo su cuerpo, hubiese dejado detrás la purpúrea hinchazón de la muerte.

Zotulla, que había ordenado que la serpiente fuese colocada en la cama de Pithaim, se acurrucó en su asiento y tembló con un terror culpable. Y la cosa que se parecía a Pithaim, fuese cadáver, fantasma, o una imagen producida por los encantamientos de Namirrha, iba y venía a espaldas de Zotulla, sirviéndole con dedos negros e hinchados que nunca vacilaban. Con horror advirtió sus ojos saltones, que miraban sin ver su lívida boca purpúrea cerrada con el rigor de un silencio mortal, y la víbora moteada que, a intervalos, aparecía con helados ojos por su manga cuando se inclinaba sobre él para rellenar su copa o servirle de carne. Y confusamente, entre la helada niebla de su terror, el emperador vio la forma de sombría armadura, como una réplica animada de Thasaidón, que Namirrha, en su blasfemia, había conjurado para que le sirviese. Vagamente, y sin comprender, vio el terrible servidor que revoloteaba al lado de Obexah un cadáver sin ojos y sin piel en la imagen de su primer amante, un muchacho de Cyntrom que había sido lanzado a la costa de la isla de los Torturadores por un naufragio... Allí lo había encontrado Obexah yaciendo bajo la marea, y reviviendo al muchacho, lo había escondido durante cierto tiempo en una caverna secreta para su propio placer, llevándole comida y bebida. Más tarde, cansado, le había traicionado a los Torturadores y obtenido un nuevo deleite con los diversos suplicios y torturas que le infligiera antes de morir aquella gente cruel y perniciosa.

- Bebed - dijo Namirrha, sorbiendo un extraño vino que era rojo y oscuro como los desastrosos atardeceres de los años perdidos.

Y Zotulla y Obexah bebieron de aquel vino sin sentir después ningún calor en sus venas, sino un frío como cuando la cicuta se acerca lentamente al corazón.

- En verdad, es un vino muy bueno - dijo Namirrha -, y muy apropiado para brindar por nuestro conocimiento, porque fue enterrado hace largo tiempo en ánforas de sombrío jaspe de forma de urnas funerarias, junto a los muertos de la familia real, y mis vampiros lo encontraron cuando fueron a excavar en Tasuun.

Entonces la lengua de Zotulla se heló en su boca, como se hiela una mandrágora aprisionada por la escarcha en el suelo del invierno, y no encontró respuesta a la cortesía de Namirrha.

- Os ruego que probéis esta carne - continuó Namirrha -, pues es muy escogida, proviene de los jabalíes salvajes que los torturadores de Uccastrog alimentan con los destrozados restos de sus ruedas y parrillas, y además, mis cocineros los han condimentado con los poderosos bálsamos de la tumba, rellenándolos con corazones de víboras y lenguas de cobras negras.

El emperador no pudo decir nada, y hasta Obexah permaneció en silencio, fuertemente turbada en su lujuria por la presencia de aquella cosa despellejada y penosa que se parecía a su amante de Cyntrom. Y su temor al nigromante aumentó prodigiosamente, porque su conocimiento de este crimen antiguo y olvidado y la aparición del fantasma le parecían una magia más siniestra que todo lo demás.

- Bien, me temo que encontréis la comida sin sabor y el vino sin fuego. Así pues, para animar nuestro banquete llamaré a mis cantantes y músicos.

Pronunció una palabra desconocida para Zotulla y Obexah, que sonó por el enorme salón como si mil voces a la vez la hubiesen pronunciado y prolongado. Pronto aparecieron los cantantes, que eran vampiros con largos colmillos amarillos llenos de hilachas de carroña curvándose por encima de sus quijadas y haciendo con la boca gestos de hiena a la compañía. Detrás entraron los músicos, algunos de los cuales eran demonios machos caminando erectos sobre los cuartos traseros de negros sementales y pulsando con dedos blancos de gorila liras fabricadas con huesos y tendones de los caníbales de Naat; otros eran apastelados sátiros que arrimaban sus rejillas cabrunas a oboes fabricados con los fémures de brujas jóvenes y a gaitas hechas con la piel del pecho de reinas negras y el cuerno del rinoceronte.

Se inclinaron ante Namirrha con grotesca ceremonia. Después, sin dilación, las hembras vampiro comenzaron un ulular de lo más doloroso y execrable, como el de los chacales que han olfateado la carroña, y los sátiros y los demonios tocaron un lamento que era como el gemido de los vientos del desierto en los harenes de perdidos palacios. Zotulla se estremeció, pues el canto le helaba hasta el tuétano y la música introducía en su corazón una desolación semejante a la de imperios derrumbados y pisoteados por los férreos cascos del tiempo. Al mismo tiempo, y entre aquella siniestra música, le pareció oír el chirrido de la arena en los jardines marchitos y el rumor del viento entre la seda podrida en lechos de desaparecida lujuria y el silbido de las serpientes enroscadas entre los bajos fustes de destrozadas columnas. Y la gloria que había sido Ummaos parecía alejarse como las columnas voladoras del simún.

- Una espléndida melodía - dijo Namirrha cuando la música cesó y las vampiras dejaron de ulular -. Pero, en verdad, temo que encontréis algo aburrido mi espectáculo. Por tanto, mis bailarines danzarán para vosotros.

Se volvió hacia el gran salón y describió en el aire un signo enigmático con los dedos de la mano derecha. En respuesta, una incolora niebla descendió desde el alto techo y, durante un breve intervalo, ocultó la sala como una cortina. Detrás se oyó una babel de sonidos, confusos y sofocados, y el grito de unas voces débiles como si estuvieran lejanas.

Después el vapor desapareció y Zotulla vio que las sobrecargadas mesas habían desaparecido. En los amplios espacios entre las columnas, los habitantes de su palacio, mayordomos, eunucos, cortesanos, odaliscas y todos los demás, yacían sobre el suelo atados con correas, como innumerables aves de precioso plumaje. Sobre ellos hacía piruetas una cuadrilla de esqueletos con ligeros chasquidos de los huesos de los pies y una banda de momias saltaba rígidamente mientras otras criaturas de Namirrha se agitaban con monstruosas cabriolas, siguiendo todos la música de los flautistas y arpistas del nigromante. Saltaban de un lado a otro sobre los cuerpos de la gente del emperador a los sones de una siniestra zarabanda. Con cada salto se hacían más altos y pesados, hasta que las saltarinas momias fueron como las momias de Anakim, y los esqueletos tuvieron huesos de coloso, al tiempo que la música se elevaba ahogando los débiles gritos de los servidores de Zotulla. Los danzarines, cuyos pies atronaban la habitación, crecieron todavía más, perdiéndose entre las sombras de la bóveda en medio de las vastas columnas; aquellos sobre los que danzaban eran como uvas que se pisan en otoño durante la vendimia y el suelo se cubrió de un espeso mosto sanguíneo. Como un hombre que se ahoga en un horrible pantano rodeado por la oscuridad, el emperador oyó la voz de Namirrha:

- Tengo la impresión de que no os placen mis bailarines. Así pues, ahora os presentaré un espectáculo verdaderamente regio. Levantaos y seguidme, porque el espectáculo es tal que se necesita un imperio como escenario.

Zotulla y Obexah se levantaron de sus sillas al estilo de los sonámbulos. Sin dirigir una mirada hacia los espectrales servidores o al salón donde los bailarines continuaban rebotando, siguieron a Namirrha a una alcoba detrás del altar de Thasaidón. Allí, junto a las escaleras que se enroscaban hacia arriba, se acercaron a una amplia y alta galería que daba al palacio de Zotulla y miraron a lo lejos sobre los tejados de la ciudad, hacia el punto donde se ponía el sol.

Aparentemente habían pasado varias horas en aquel banquete y espectáculo propios del infierno, porque el día se acercaba a su fin, y el sol, que había desaparecido de la vista por detrás del palacio imperial, bañaba los vastos cielos con rayos ensangrentados.

- Mirad - dijo Namirrha, añadiendo un extraño vocablo ante el cual la piedra del edificio resonó como si fuera un gong.

La galería se tambaleó ligeramente y Zotulla, mirando por la balaustrada, vio los tejados de Ummaos empequeñecerse y hundirse bajo él. La galería parecía volar hacia el cielo a una altura prodigiosa y contempló desde arriba las cúpulas de su propio palacio, las casas, detrás los campos cultivados y el desierto, y el gigantesco sol que estaba bajo sobre el límite del desierto. Zotulla se mareó y los fríos vientos del cielo superior soplaron a su alrededor. Pero Namirrha dijo otra palabra y la galería detuvo su ascenso.

- Mira bien - dijo el nigromante -, el imperio que fue tuyo, pero que no lo será ya más.

Entonces, con los brazos abiertos hacia el atardecer y los mares más allá, pronunció en voz alta los doce nombres que eran la máxima perdición, y después la tremenda invocación: Gna padambis devompra thungis furidor avoragomon.

Instantáneamente, fue como si grandes nubes de ébano se amontonasen sobre el sol. Alineadas sobre el horizonte, la nubes tomaron la forma de colosales monstruos cuyas cabezas y miembros recordaban ligeramente las de los caballos. Alzándose terriblemente, hollaron el sol como si fuese una brasa extinguida, y corriendo como si estuviesen en un hipódromo de Titanes, crecieron y se agigantaron acercándose a Ummaos. Les precedían profundos rumores que presagiaban calamidad y la tierra tembló visiblemente, hasta que Zotulla vio que aquello no eran nubes inmateriales, sino formas reales dotadas de vida que venían a pisotear el mundo con amplitud macrocósmica. Proyectando sus sombras a muchas leguas de distancia, los caballos cargaron contra Xylac como si estuviesen montados por demonios y sus cascos se abatieron sobre los lejanos oasis y ciudades del desierto exterior como riscos desprendidos de una montaña.

Llegaron como el remolino en espiral de una tormenta y pareció como si el mundo se hundiese en el mar, volcándose bajo su peso. Inmóvil como un hombre, convertido en mármol, Zotulla contemplaba la ruina que asolaba su imperio. Los gigantescos sementales se acercaron más, corriendo con una velocidad inconcebible; el atronar de su galope se hizo más fuerte, pues ahora comenzaban a asolar los verdes campos y plantaciones de frutales que se extendían a muchas millas al oeste de Ummaos. La sombra de los caballos se elevó como la siniestra oscuridad de un eclipse hasta cubrir Ummaos, y mirando hacia arriba, el emperador vio sus ojos a medio camino entre la tierra y el cenit, como soles trágicos que brillasen desde arremolinados cúmulos.

Entonces, en la espesa oscuridad y por encima de aquel trueno insufrible, oyó la voz de Namirrha, gritando con loco triunfo.

- Sabe, Zotulla, que he llamado a los caballos de Thamogorgos, señor del abismo. Y los caballos pisotearán tu imperio como tu palafrén atropelló y pisoteó hace ya tiempo a un muchacho mendigo llamado Narthos. Y entérate también de que yo, Namirrha, fui aquel muchacho

Y los ojos de Namirrha, que mostraban una vanagloria de locura y tragedia, ardieron como estrellas malignas y desastrosas en la hora de su culminación.

Para Zotulla, totalmente aplastado por el horror y el tumulto, las palabras del nigromante no fueron más que estridentes y chillonas notas de la tempestad del destino; no las comprendió. Los cascos descendieron sobre Ummaos con terrible fragor, resquebrajando tejados sólidamente construidos y hendiendo y derrumbando instantáneamente poderosos muros. Las hermosas cúpulas de los templos fueron aplastadas como las conchas de haliotis; mansiones orgullosas fueron rotas y destrozadas contra el suelo como calabazas, y la ciudad fue arrasada, casa por casa, con un estruendo como de mundos golpeados por el caos. Allá abajo, en las oscuras calles, hombres y camellos huían como hormigas a la carrera, pero no pudieron escapar. Los cascos bajaron y subieron implacablemente hasta que media ciudad estuvo destruida y la noche lo inundó todo. El palacio de Zotulla fue pisoteado; entonces las patas delanteras de los animales se encontraron al borde de la galería de Namirrha y sus cabezas sobresalieron aterradoramente por encima. Parecía que fuesen a alcanzar y pisotear la casa del nigromante, pero en ese momento se dividieron a derecha e izquierda y dejaron ver el doloroso resplandor del ocaso, siguiendo su camino y arrasando aquella parte de Ummaos que estaba al este. Zotulla, Obexah y Namirrha contemplaron los fragmentos de la ciudad como si vieran un estercolero lleno de guijarros, mientras oían el clamor fatal de los cascos alejarse hacia el Xylac oriental.

- Un hermoso espectáculo - comentó Namirrha. Después, volviéndose hacia el emperador, añadió malignamente -: Sin embargo, no creas que he terminado contigo o que el destino se ha consumado ya.

Aparentemente, la galería había descendido a su elevación primitiva, que todavía estaba a majestuosa altura sobre las fragmentadas ruinas. Namirrha agarró al emperador por el brazo y le condujo de la galería a una cámara interior mientras Obexah le seguía en silencio. El corazón del emperador estaba oprimido por el paso de tantas calamidades y la desesperación pesaba como un pestilente íncubo sobres los hombros de un hombre perdido en algún país de noches malditas. Y no advirtió que en el umbral de la cámara había sido separado de Obexah y que varias criaturas de Namirrha, apareciendo como sombras, obligaron a la muchacha a bajar con ellos por unas escaleras, sofocando sus gritos con sus podridas vendas mientras descendían a otra parte de la casa.

La habitación era la que Namirrha utilizaba para sus ritos y ceremonias más nefandas. Los rayos de las lámparas que la iluminaban eran amarillo - rojizos como sanies de demonio derramado y fluían por aludes, crisoles, alambiques y atanores negros cuyos propósito apenas podría ser pronunciado por un hombre mortal. El hechicero calentó en uno de los alambiques un líquido oscuro lleno de luces frías como las estrellas, mientras Zotulla miraba sin comprender. Cuando el líquido burbujeó y desprendió una espiral gaseosa, Namirrha lo destiló en copas de hierro bordeadas de oro y le dio una a Zotulla, quedándose él con la otra. Y le dijo con voz seca e imperativa.

- Te ordeno que bebas este líquido.

Zotulla, temiendo que la bebida estuviese envenenada, vaciló. El nigromante le miró mortalmente, y le gritó:

- ¿Tienes miedo de hacer lo mismo que yo? - y a continuación acercó la copa a sus labios.

Así, el emperador bebió el licor, como impulsado por el mandato de algún ángel de la muerte, y sus sentidos se nublaron. Pero antes de que la oscuridad fuese completa, vio que Namirrha había vaciado su propia copa. Entonces, con agonías indecibles, fue como si el emperador muriese y su alma flotase libremente; volvió a ver la cámara, aunque con ojos inmateriales. Se irguió desencarnado en la luz azafrán y carmesí, su cuerpo yaciendo con la semejanza de un muerto, y cerca de él, sobre el suelo también, el tendido cuerpo de Namirrha y las dos copas caídas.

En este estado contempló algo extraño: al rato su propio cuerpo se agitó y se levantó, mientras que el del nigromante permanecía inmóvil como la muerte. Zotulla contempló sus propios rasgos y su figura con el corto manto de brocado azul sembrado de perlas negras y rubíes morados y su cuerpo vivió ante él, aunque los ojos mostraban un fuego más oscuro y una maldad mayor de los que eran característicos en él. Entonces, sin oídos corpóreos. Zotulla oyó hablar a la figura, y la voz era la fuerte y arrogante de Namirrha, diciendo:

- Sígueme, oh fantasma sin cuerpo, y haz en todo lo que yo te mande. Zotulla siguió al hechicero como una sombra invisible y los dos descendieron por las escaleras hasta llegar al gran salón del banquete. Se acercaron al altar de Thasaidón y a la imagen de negra armadura, mientras las siete lámparas en forma de cráneo de caballo seguían ardiendo como antes. Sobre el altar yacía Obexah, la amada concubina de Zotulla, la única mujer que tenía el poder de estremecer su saciado corazón, atada con correas a los pies de Thasaidón. Pero, por lo demás, el salón estaba desierto y de aquellas Saturnales de desastre no quedaba nada, excepto el fruto del pisoteo, que había formado grandes charcos entre las columnas.

Namirrha, utilizando siempre el cuerpo del emperador como si fuese el suyo, se detuvo ante el oscuro ídolo y dijo al espíritu de Zotulla:

- Quédate aprisionado en esta imagen, sin fuerza para liberarte ni para moverte en forma alguna.

Totalmente obediente a la voluntad del nigromante, el alma de Zotulla se encarnó en la estatua y sintió que la fría y gigantesca armadura le rodeaba como si se encontrase en el interior de un rígido sarcófago; miró al frente, inamovible, desde los siniestros ojos que se escondían bajo el esculpido casco.

Mirando así, pudo contemplar el cambio que sobrevenía en su propio cuerpo bajo la mágica posesión de Namirrha, porque las piernas que salían por debajo del corto manto de color azul se habían convertido, repentinamente, en las patas traseras de un caballo negro, cuyos cascos brillaban como si los hubieran calentado en los fuegos infernales. Mientras Zotulla observaba este prodigio, se pusieron de un blanco incandescente, y del suelo que pisaban salía humo. Entonces, aquella híbrida abominación se acercó a Obexah caminando altivamente sobre el negro altar, y dejando tras sí huellas humeantes.

Deteniéndose al lado de la muchacha, que yacía indefensa en el suelo y lo contemplaba con ojos que eran estanques de helado horror, levantó uno de los relucientes cascos y lo posó sobre su pecho desnudo, entre las diminutas copas de filigrana de oro adornadas de rubíes que sujetaban sus pechos. Bajo aquella atroz pisada, la muchacha chilló como podría hacerlo en el infierno el alma de algún nuevo condenado y el casco resplandeció con intolerable brillantez, como si estuviese recién salido de un horno donde se forjasen las armas de los demonios.

En aquel momento, en la aterrorizada, aplastada y pisoteada alma del emperador Zotulla, encerrada en la imagen de adamanto, se despertó la hombría que había dormitado inconsciente ante la ruina de su imperio y el pisoteo de su séquito. Inmediatamente, surgieron en su ánimo un enorme aborrecimiento y una poderosa ira, y deseó con todas sus fuerzas poderse servir de su brazo derecho y tener una espada en la mano.

Entonces le pareció que una voz fría, siniestra y terrible hablaba dentro de él, como si la propia estatua pronunciase unas palabras hacia dentro. Y la voz le dijo:

- Yo soy Thasaidón, señor de los siete infiernos bajo la tierra y de los infiernos del corazón del hombre sobre la tierra, que son siete veces siete. De momento, oh Zotulla, mi poder será tuyo en beneficio de nuestra mutua venganza. Sé uno en todas formas con la estatua que se me parece a la manera en que el alma es una con la carne. ¡Mira! En mi mano derecha hay una maza de adamanto. Levanta la maza y golpea.

Zotulla fue consciente de una gran fuerza en su interior y de estar rodeado por unos músculos gigantescos que se estremecían de poder y respondían ágilmente a su voluntad. Sintió en su enfundada mano derecha el mango de la gigantesca maza de pinchos, y aunque el levantar la maza estaba más allá de la fuerza de un hombre mortal, a Zotulla le pareció un peso agradable. Entonces, elevando la maza como un guerrero en una batalla, golpeó aterradoramente aquella cosa impía que tenía su propio cuerpo unido a las patas y cascos de un caballo demoníaco. La cosa se derrumbó al instante y yació con el cerebro saliendo en forma de pulpa de su aplastado cráneo y esparciéndose sobre el brillante azabache. Las patas temblaron un poco y después se inmovilizaron; los cascos pasaron de un blanco fiero y cegador al rojo del hierro muy caliente, enfriándose lentamente.

Durante un cierto tiempo no hubo ningún sonido, excepto los estridentes gritos de Obexah, enloquecida por el dolor y el terror de todos los prodigios que había presenciado. Después, la terrible voz de Thasaidón habló de nuevo en el alma de Zotulla, enferma con aquellos gritos.

- Vete, porque no puedes hacer nada más.

Así pues, el espíritu de Zotulla salió de la imagen de Thasaidón y encontró en el aire fresco la libertad de la nada y del olvido.

Pero el fin de Namirrha todavía no había llegado, ya que su alma, loca y arrogante, fue desprendida del cuerpo de Zotulla por el golpe y había vuelto confusamente, no en la forma que el mago había planeado, a su propio cuerpo, que yacía en la habitación de los rituales malditos y las transmigraciones prohibidas. Allí pronto se despertó Namirrha, con una horrible confusión en su mente y una amnesia parcial porque la maldición de Thasaidón había caído sobre él a causa de sus blasfemias. Nada había claro en su mente, excepto un maligno y exorbitante deseo de venganza, pero la razón de ésta y su objeto eran sombras dudosas. Urgido por aquel oscuro ánimo, se levantó, y ciñéndose a la cintura una espada encantada con ópalos y zafiros rúnicos en la empuñadura, descendió por las escaleras y se dirigió otra vez al altar de Thasaidón, donde continuaba la estatua tan impasible como antes, con la maza en su inmóvil mano derecha y el doble sacrificio debajo sobre el altar.

El velo de una extrañísima oscuridad había caído sobre los sentidos de Namirrha y no vio el horror de patas de caballo que yacía muerto con los cascos ennegreciéndose lentamente, ni oyó los gemidos de Obexah que yacía a su lado todavía viva. Sus ojos se vieron atraídos por el espejo de diamante que estaba en las garras de los negros basiliscos de hierro detrás del altar, y acercándose al espejo vio allí un rostro que ya no reconoció como el suyo. A causa de que su vista era borrosa y su cerebro estaba atrapado por las variables redes del engaño, tomó el rostro por el del emperador Zotulla. Insaciable como las mismas llamas del Infierno, su antiguo odio surgió en su interior y sacó la espada encantada, comenzando a atacar el reflejo. A veces, a causa de la maldición que había caído sobre él y de la impía trasmigración que había realizado, se creía ser Zotulla luchando con el nigromante, y otras veces, en el torbellino de su locura, era Namirrha luchando contra el emperador; después, sin tener un nombre, luchó contra un enemigo sin nombre. Pronto la hechizada hoja, aunque estaba templada por conjuros formidables, se rompió cerca de la empuñadura y Namirrha vio que la imagen estaba aún intacta. Entonces, aullando las palabras medio olvidadas de una tremenda maldición, invalidada a causa de sus olvidos, golpeó el espejo con la pesada empuñadura de la espada, hasta que los zafiros y ópalos que lo adornaban se rasgaron y cayeron a sus pies en pequeños fragmentos.

Obexah, moribunda sobre el altar, vio a Namirrha batallando contra su imagen, y el espectáculo le produjo una risa enloquecida como el roto repique de unas campanas de cristal. Pronto, por encima de su risa y de las maldiciones de Namirrha, llegó, como el rugido de una tormenta que surge velozmente, el estruendo producido por los caballos macrocósmicos de Thamogorgos, regresando por Xylac hacia el mar y pasando por Ummaos para arrasar la única casa que habían perdonado la primera vez.

FIN

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