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miércoles, 12 de junio de 2013

BILL EN EL PLANETA DE LOS VAMPIROS ZOMBIS

BILL EN EL
PLANETA DE
LOS VAMPIROS
ZOMBIS
Bill, héroe galáctico/4
Harry Harrison




Para Lori
una auténtica adicta a los alienígenas y extranjeros,
especialmente a los que son delgados.
En el espacio nadie puede oírte gritar.
1
Bill pateó el cubo, luego le propino un puntapié a una silla y la redujo a astillas. No es
que estuviese enfadado, aunque tenía buenas razones para sentirse malhumorado y
susceptible, atascado allí, en aquella insignificante estación de suministros en medio de
ninguna parte. El, todo un héroe galáctico, reducido a desempeñar la más baja de las más
bajas labores. Lloriqueó de autocompasión ante el brumoso recuerdo de pasadas glorias,
obligado ahora a conducir un toro para cargar cajas gigantescas de papel multiuso en las
naves interespaciales que viajaban por el espacio exterior. Era papel de lija por un lado y
papel higiénico por el otro, y pobre de aquel que no leyera las instrucciones de la caja.
Pero no, a pesar de lo desagradable de aquel trabajo, la preocupación real de Bill era un
problema físico de la naturaleza más personal. Su pie derecho se estaba convirtiendo en
piedra, y estaba perdiendo el control sobre él. Volvió a lloriquear, pisó con repentina y
amarga ira, y luego arrancó el pie del agujero que había hecho en el suelo.
Había comenzado como un pie realmente bonito. Bill había llegado incluso a
acostumbrarse a los dedos de más, pero aquello de que se le convirtiera en piedra se le
estaba escapando de las manos; o más bien del pie. Ya pesaba dieciséis kilos, y
aumentaba de peso rápidamente. Bill se sentía como si fuera arrastrando por ahí un
bloque de lava, y una vez que conseguía ponerlo en movimiento, era difícil de detener, a
menos que se lo estrellara contra algo. La tripulación de a bordo de la estación de
suministros le dejaba mucho espacio y los robots de reparaciones le seguían por todas
partes como perritos falderos.
Bill se daba cuenta de que había adquirido el hábito de perder trozos de cuerpo. Aquel
pensamiento le deprimió, y se secó una lágrima de uno de sus húmedos ojos. Había
perdido el que fuera su brazo izquierdo, aunque no por su culpa, mientras se convertía
en un héroe galáctico. Así es la guerra. Aquél le había sido reemplazado por un brazo
derecho, un bonito brazo negro perteneciente a un amigo suyo que le permitía a Bill
recordarle, y era algo a lo que Bill se había acostumbrado muy bien, incluso le había
cobrado cariño. Estaba ligado a su nuevo brazo y siempre inventaba nuevas cosas para
hacer con él.
El pie, sin embargo, era otra historia. Bill se había volado el original por voluntad propia,
en un momento de ataque de auto conservación con el fin de evitar que sus otras partes
anatómicas fueran aniquiladas de la forma más desastrosa en una batalla sin esperanzas
contra los pavorosos chingers.
La idea que defendía el ejército es que los enloquecidos chingers eran la causa de casi
todas las cosas horribles que habían ocurrido en el universo en todas las épocas. De
naturaleza reptil y malos hasta la médula, se decía que medían dos metros de altura y
comían bebés humanos para desayunar; con tabasco.
Bill estaba mejor informado.
Veinte centímetros se aproximaban más a su tamaño físico real, y antes de que la
armada espacial comenzara a hacerlos saltar por los aires con sus bombas, los chingers ni
siquiera tenían una palabra para definir la violencia. Pero a pesar de que eran seres
amantes de la paz y cordiales, no eran estúpidos. También aprendían rápido. Y odiaban el
tabasco. Así pues, el Emperador tenía en marcha una guerra intergaláctica con la que
mantener ocupadas a sus tropas, y Bill, dos brazos derechos, un pie de lava, y un contrato
de alistamiento con una cláusula de renovación automática.
Aquel no era el primer trasplante de pie que Bill había sufrido, aunque todos habían
resultado desastrosos; con la posible excepción del primero, un inmenso pie de pollo. Él se
había acostumbrado al pie y viceversa, por supuesto. Pero a pesar de que era muy útil
para escarbar la tierra en busca de bichos, la bota le apretaba horriblemente y siempre
le dolía. El hecho de que su nuevo pie se estuviera convirtiendo en sólida roca no era,
probablemente, culpa de nadie. A veces, las cosas malas simplemente ocurren porque sí.
Bill abrió de un puntapié la puerta del doctor Tajoabierto y siguió a su pie de roca que
corría hacia el interior de la oficina.
—Podría haber llamado a la puerta, soldado —chilló el médico desde debajo del
escritorio—. Pensé que nos estaban atacando.
—Ningún chinger en su sano juicio miraría dos veces esta mierda de puestecillo —
repuso Bill, haciendo patinar su pie por el suelo para detener el impulso que llevaba—.
Tengo problemas más serios.
—¿Quizá su nariz, esta vez? —preguntó esperanzado el médico, mientras salía de
debajo del escritorio y sacudía de la silla pedazos de la puerta—. Los problemas de nariz
son mi especialidad.
Quizá se debiera a que el médico tenía un narigón como el de un oso hormiguero, una
enorme nariz prominente y roja con cavernosas fosas nasales, cañones sombríos llenos de
aire. El médico apuntó a Bill con aquel impresionante espolón y sorbió por él.
—¿Quiere que le examine la nariz?
—Sólo en el caso de que tenga que llegar hasta mi pie por ese camino. ¡Mire esto,
doctor! Se pone cada vez más pesado.
—Los pies son muy aburridos —dijo el doctor Tajoabierto, dándose un golpecito con
un dedo en la nariz, que aleteó de la forma más interesante—. Todos esos deditos
rosados que se menean constantemente. Déme una nariz cuando quiera. ¡Tabiques
desviados! ¡Senos frontales! ¡El goteo posnasal! Nadie conoce mejor la nariz que aquellos
que conocen las necesidades de las narices conocidas.
—Los dedos de mi pie ya no son rosados, y sin duda ya no se menean. Se parecen
más al granito. Tenemos que hacer algo.
—¿Qué le parece si esperamos? —dijo el doctor, estallando en un acceso de
estornudos a causa de todo el aserrín de la puerta que flotaba en el aire de la habitación.
Bill se vio impulsado un metro hacia atrás por la fuerza de aquellos estallidos nasales.
—¿Esperar? —gritó Bill—. ¿Voy por ahí arrastrando un canto rodado enorme y usted
quiere esperar?
—Piense en ello como un experimento científico... y sea valiente —observó Tajoabierto
mientras cogía un puñado de pañuelos de papel de una de las cinco cajas que tenía
encima del escritorio, y se sonaba la nariz. Bill se agachó temeroso ante la blanca salva
de Kleenex hecho jirones—. Quizá si esperamos eso se extienda. Entonces se le podría
convertir en piedra la rodilla. Luego toda la pierna. Quizá incluso su ya-sabe-qué... ¡Hay
una interesante posibilidad, allí! Tal vez afecte también a esos dos brazos derechos de los
que está tan orgulloso. Podría incluso extenderse hasta su nariz. Sería muy negligente
como científico si dejara escapar esta oportunidad de estudiar un fenómeno tan poco
habitual.
Bill observó cómo el médico se doblaba en dos a causa del interminable ataque de
estornudos; y cuando el científico engulló un puñado de antihistamínicos, Bill decidió que
ya había tenido suficiente. Adoptaría la línea dura.
—Como soldado, con un pie de piedra, estoy incapacitado para la batalla —dijo Bill, al
que se le atragantó la palabra «batalla»—. Como médico de la base, su deber solemne y
jurado es mantener a todos los soldados del comando de esta estación fuertes y
preparados para, glub, la guerra. ¿Cómo voy a poder entrar en acción si llevo a rastras un
canto rodado gigante?
—Me gustan sus colmillos —dijo el doctor Tajoabierto—. ¿Sabe?, algunos elefantes
tienen colmillos; y no hay nada que los supere cuando se trata de narices.
El cambio de estrategia de la curiosidad científica al halago no dio resultado alguno, a
pesar de que Bill les tenía bastante cariño a sus colmillos de siete centímetros y medio,
heredados del sádico Esperanzamuerta de Camino. Sentía que le conferían un aspecto
temible cuando hacía una sonrisa torcida.
—Quiero un pie nuevo —dijo Bill, haciendo una sonrisa torcida—. Quiero estar
preparado para entrar en combate —mintió.
Impresionado por los rechinantes colmillos, el médico asintió a su pesar.
—Como usted mismo ha señalado, esta no es una zona de fragorosa batalla. —El
doctor Tajoabierto sacó una caja de pañuelos de papel económicos del tamaño de un
ataúd—. En consecuencia, tenemos una lamentable falta de trasplantes de repuesto. En
el sitio de mi destino anterior, teníamos brazos y piernas por todas partes, cajas de pitos y
fardos de orejas. Pero aquí, no. ¡Y narices! Tendría que haber visto mi colección; de todos
los tipos, formas y tamaños. Incluso tenía una que...
—¡Espere! —Bill adoptó rápidamente una mueca especialmente feroz—. ¿Quiere eso
decir que estoy condenado a esta roca?
—¡No haga eso! —gritó el médico—. Está poniéndome horriblemente nervioso, y
podría dejar el consultorio hecho un asco. Es un procedimiento muy delicado. Me llevó
años de entrenamiento.
—¿Así que conseguiré un pie nuevo?
—En un sentido, sí. La dirección de suministros médicos cometió un error y me envió
ochenta y tres cajas de pimpollos de pie regenerativos. Tengo miles de esos pequeños
mamones, así que supongo que puedo dedicar uno a su caso. Sin embargo, realmente
me gustaría comprobar si su nariz se convierte en piedra.
—Manos a la obra —gruñó Bill, arrastrando aquella enormidad de pie de piedra—. ¿Por
dónde se va a la sala de operaciones? ¿Tendrá que prepararme? ¿Qué tipo de anestesia
va a utilizar? ¿Me dolerá?
El médico puso en el suelo una caja y apretó un botón etiquetado: CALENTAMIENTO.
—Cuando se encienda la luz verde, meta el pie en el agujero de la parte superior. Le
echaré una mano.
—¡Lo que yo quiero es un pie! —chilló Bill mientras se encendía la luz verde y
Tajoabierto asía su pie y se lo metía en el agujero.
—¡Es una pequeña broma profesional! —cacareó el médico—. Los médicos siempre
tenemos sentido del humor bajo nuestra apariencia fría, confiada y diestra.
Con una ilógica exasperante, Bill ya estaba comenzando a echar de menos su antiguo
pie. Los dedos de más habían sido algo bonito; y cuando se había convertido en piedra
resultaba útil para reventar puertas y apartar cosas de su camino a base de puntapiés.
—¿Cuándo comenzará la operación? —preguntó Bill, apretando los dientes mientras
se anticipaba al procedimiento largo, complicado y que sin-duda-sería-atrozmentedoloroso.
—Ya se ha acabado —dijo Tajoabierto, con orgullo—. Échele un vistazo.
Bill sacó el pie del agujero. Lo primero que notó es que no tenía pie alguno.
—¡Usted, médico imbécil! —chilló Bill, sacudiendo el muñón en el aire—, ¡No tengo pie!
—Eso es lo que quería, ¿no?
—Sí, pero que además me lo reemplazara por otro. Lo que tengo ahora es la nada
absoluta —sollozó.
—Lo que tiene, soldado, es un pimpollo de pie regenerativo militar clase Mark-1.
Mírelo de cerca.
Efectivamente, al final del muñón de Bill había un pimpollo rosado más o menos del
aspecto y forma de una judía en conserva.
—He hecho un buen trabajo, ¿verdad? ¿Por qué no lo admite? —El médico se puso de
pie, henchido de orgullo, con su nariz roja oscilando en el aire como un gigantesco
tomate—. ¿Puedo quedarme con el pie viejo? Sería un bonito pisapapeles.
Bill observaba fijamente el pimpollo de pie, que continuaba teniendo el aspecto de
una judía en conserva.
—Por supuesto, tendrá que evitar apoyarse en el pimpollo hasta que crezca
apropiadamente —dijo Tajoabierto, mientras le ofrecía un par de muletas—. Lo siento, pero
no puedo dejarle listo para la batalla en un santiamén. Tendrá que esperar hasta que
crezca.
—¿Cuánto tiempo necesita? —preguntó Bill, sonriendo satisfecho y loco de contento,
mientras cogía las muletas que estaban bastante maltratadas y eran unas doce tallas
más pequeñas de lo que él necesitaba.
—Me temo que bastante. A la madre naturaleza no se le puede meter prisa.
—Eso es realmente horrible —se quejó Bill, con absoluta carencia de sinceridad,
contemplando ante sí semanas de baja, meses de andar repantigado por ahí, años de
recuperación—. Me duele no poder volver inmediatamente a la lucha. Creo que tendré
que coger una baja permanente por enfermedad.
—Todo depende del comandante Cook —dijo el médico—. Llévele esta nota y no se
olvide de mencionarle que necesito una puerta nueva.
Bill se marchó del consultorio de Tajoabierto sintiéndose unos dieciséis kilos más ligero, y
ya estaba a medio camino de las dependencias del comandante Cook, cuando la espalda
empezó a matarle de dolor por culpa de caminar encorvado sobre unas muletas
demasiado cortas.
El comandante estaba mirando por la ventana y tenía las manos a la espalda, cuando
Bill entró e intentó saludar; todo lo que consiguió fue enredarse con las muletas e irse
rodando al suelo donde quedó tirado de espaldas como un escarabajo.
Al comandante se le salieron los ojos de las órbitas ante aquel repulsivo espectáculo, y
decidió hacer caso omiso del incidente.
—Descanse, soldado —ordenó. Como siempre, llevaba puesto su uniforme completo,
incluso el sable, la pistola, fajín, cintas, fusta y medallas que en realidad eran envoltorios
de preservativos, todo esto coronado por un tricornio adornado con un galón de oro. De
mala gana se apartó del camino del soldado que luchaba en el suelo, y suspiró.
—Se está solo cuando se está al mando —insinuó—. Mire por la ventana, soldado. ¿Qué
es lo que ve?
—Estrellas, señor —dijo Bill—. Eso es, poco más o menos, lo único que cualquiera
podría ver desde aquel maldito lugar.
—¿Estrellas, hijo? Bueno, imagino que un hijo de puta corto de miras y sin imaginación
como usted, sólo puede ver estrellas, pero yo veo gloria. ¡Sí, gloria y... conflicto! La guerra
que opone a los hombres y a los chingers. Grandes batallas llenas de actos heroicos y
muerte, sacrificios desinteresados. El enfrentarse diariamente con la muerte, el hacer lo
que tiene que hacer un hombre, son las cosas que ponen a prueba su temple, ¿no está
de acuerdo?
—Si usted lo dice, señor —respondió Bill, que fervientemente se negaba a pensar nada
parecido.
—Es lo que convierte en hombres a los muchachos, en mujeres a las chicas, en héroes
a los cobardes, en perros a los gatos. No hay nada como la muerte para hacer que una
persona se sienta viva. Por supuesto, algunos de nosotros, obligados por las
circunstancias, nos vemos empujados a quedarnos en la sombra para servir a los demás.
Sin los suministros que nosotros les proporcionamos, las tropas de primera línea de
batalla no tendrían ninguna oportunidad en la lucha contra el enemigo. Piense en el
papel higiénico. ¿Ha considerado alguna vez las ramificaciones estratégicas del papel
higiénico, soldado?
—No puedo decir que lo haya hecho, señor —dijo Bill, que ya comenzaba a
preguntarse, y no por primera vez, si el comandante tendría todos los tornillos en su
sitio.
—Si cargaran demasiado papel higiénico, tendrían que tirar por la borda las municiones
y parte del combustible para hacer sitio. Si llevaran demasiado poco, se pasarían el tiempo
buscando sucedáneos y dejarían de luchar. Perderíamos la guerra por culpa del papel
higiénico. Se hundiría toda la operación por el mero hecho de tener que hacer sitio... ¡hacer
sitio! Piense en ello, hijo.
Bill lo hizo, e inmediatamente decidió que la azotea del comandante tenía tantas
goteras que parecía un colador.
—Tomar decisiones de mando respecto al papel higiénico es una terrible carga.
Mediante una hoja de pedido falsa, los chingers podrían destruir la totalidad de nuestras
fuerzas.
Bill asintió, convencido ya de que el comandante estaba como una cabra siamesa.
—Tome en consideración los poderosos decimales. Un error en los decimales...
Dígame, ¿que le ha pasado a su pie? ¿No es usted el tío de mierda que ha estado
destrozando mis instalaciones?
—El doctor Tajoabierto necesita una puerta nueva —dijo Bill apresuradamente—. Y me
ha dicho que le entregara esto a usted.
El comandante Cook agarró la nota y meneó la cabeza mientras la leía, moviendo los
labios al detectar las palabras más difíciles.
—Creo que tendré que coger la baja por enfermedad —dijo Bill, con presteza—. Lo
mejor sería que me pasara algún tiempo tumbado, sólo hasta que vuelva a crecerme el pie
lo cual, desgraciadamente, llevará bastante tiempo.
El comandante frunció el entrecejo.
—En esta estación no me sirve para nada un soldado parcial. Usted podría sentirse
demasiado preocupado por su pimpollo de pie, y cargar más papel higiénico del
necesario para las tropas nuestras que luchan valientemente en el frente y hacernos
perder este baile contra los despreciables chingers.
—Una baja me parece justa —le aduló Bill, esperanzado—. Representará un sacrificio
para mí no ser parte del esfuerzo bélico, pero me quedaré clavado en el sitio, apretare los
dientes y lo soportaré.
—No estoy seguro de que me guste esa mierda de quedarse clavado en el sitio. Suena
subversiva, así que sugiérame una alternativa —dijo el comandante—. Algo que esté a la
altura de un cretino ambicioso como usted.
—Podría quedarme sentado y contar las cajas mientras los hombres las cargan —dijo
Bill, pensando a toda velocidad—. Soy realmente bueno contando.
—No, creo que le nombraré P.M.
—¿Peeme? —preguntó Bill.
—Policía Militar, tarado mental —dijo el comandante—. La Merced sale mañana hacia una
operación de salvamento con una tripulación de criminales habituales. Necesitan que un PM
vaya con ellos. Puesto que es usted un héroe galáctico oficial, se ajusta perfectamente al tipo
de hombre que necesitamos para mantenerles a raya.
—Con su perdón señor, no creo que mí presencia resulte necesaria. Dado que utilizan
motores bloaster, llegarán a destino instantáneamente. No habrá nada que hacer para mí.
—Muy por el contrario. La Merced no es una de nuestras naves más modernas. De hecho
es una chatarra, una Marie Celeste que navega por el espacio... no mucho más que una
tienda de reparaciones antigua con un motor de serpentín pegado. El destino de la nave es la
región de Beta Draconis, donde nuestras gloriosas y heroicas fuerzas combatientes han librado
recientemente una feroz batalla. La zona está llena de chatarra y naves medio destruidas
que flotan por ahí, y necesitan ser remendadas para volver al infierno.
—¿Y por qué envían criminales? ¿Por qué me envían a mí?
—Eso es lo bonito del plan, pues se trata de solucionar varios problemas a la vez. Al
enviar a todos los prisioneros, vacío los calabozos y me libro de un montón de peso
muerto que soporta actualmente la estación. Los viajes con motor de serpentín son
lentos, y para cuando lleguen a Beta Draconis habrán cumplido su condena de prisión,
por lo que podrán volver al trabajo. Además, su pie ya habrá vuelto a crecer y estará
preparado para el servicio activo.
El comandante se volvió hacia la ventana.
—Le envidio este destino —susurró con absoluta falta de sinceridad—. Puede que
usted llegue a ver algo de acción. Por supuesto, una nave de reparaciones no lleva
muchas armas, así que si llegan allí y se enfrentan con el enemigo, será por una causa
perdida. ¡Qué noble forma de morir! Cuánto le envidio.
Bill consideró la sugerencia de cambiar de lugar, pero renunció a hacerla.
—Apenas puedo esperar —dijo de mal humor, totalmente consciente de que no le
quedaba escapatoria alguna.
—Preséntese en la Merced por la mañana. El capitán Plaga le estará esperando.
Bill tenía presentimientos realmente malos acerca de todo aquello.
2
La Merced no era nada por lo que mereciera la pena enviar una carta a casa, y por lo
que Bill había oído decir, el capitán Plaga lo era menos aún. Sin embargo, Bill estaba
decidido a producir una buena impresión, y le dedicó al capitán el mejor de sus saludos,
en el que empleaba ambas manos derechas. En circunstancias normales, era un gesto
extraordinario que nunca dejaba de deslumbrar, pero su efecto quedó de alguna manera
deslucido por el hecho de que Bill tuviera que dejar caer las muletas para ejecutar aquella
complicada maniobra, y en consecuencia cayera al suelo y rodara como un indigno
fardo.
—Me han enviado un PM tullido. Fantástico —se burló el capitán Plaga sin poder
contenerse, mirando ceñudamente a Bill que luchaba para ponerse de pie.
Era un hombre corpulento, con tendencia a la obesidad; fornido, esféricamente
contundente, y gordo; superabundantemente enorme hasta un punto que Bill hubiera
creído físicamente imposible. Al parecer, al hombre le gustaba comer, y mucho; y a
menudo; repitiendo cada plato. Miró a Bill de arriba abajo con creciente disgusto.
—Un pie, dos brazos derechos. Altamente irregular. ¿Y qué son, le ruego que me diga,
esos objetos que sobresalen de su boca?
—Colmillos, señor, su señoría —jadeó Bill, mientras se ponía trabajosamente en pie
(un pie).
—Aparentemente, implantes —dijo una voz desde la puerta—. No son un atributo del
homo sapiens. Por supuesto, pueden ser producto de la ingeniería genética, o quizá un
paso atrás en la evolución de la especie. Uno nunca debe lanzarse a hacer un
diagnóstico con pruebas visuales como única prueba.
—Ya es suficiente, Caine —dijo el capitán, rotando trabajosamente su pesado
corpachón en dirección a Bill—. Oh, las cosas que llego a aguantar —gimoteó con
autocompasión, mientras esnifaba cocaína—. Tengo una tripulación de criminales, un
solo ex soldado, posiblemente alcohólico y sin duda decadente para mantenerlos a
raya... por no mencionar un androide barriga fría como oficial científico, que no podría
decir una sola frase no profesional aunque sus baterías dependieran de ello. Sin duda
se está solo cuando se está al mando y se es la única persona sana de los alrededores.
Por no decir que es aburrido.
Bill giró la cabeza. El androide tenía un aspecto considerablemente más humano que
el capitán, y sin duda más sano. Cosa que no era muy difícil de conseguir.
—Presentándose para el servicio, señor —gritó Bill—. Si me conduce al calabozo,
pasaré revista a los prisioneros.
—¿Qué calabozo? —dijo el capitán con voz ronca—. Y haga el favor de mantener bajos
los jodidos decibelios. Las naves de reparación no tienen calabozos. Esos criminales van
a tripular esta nave; y usted va a mantenerlos a raya y alejados de los problemas, de lo
contrario yo mismo construiré un calabozo para mi llamado PM. ¿Me expreso con
claridad?
—Con perfecta claridad —dijo Bill, cogiendo sus muletas.
—Lleve a este soldado a sus dependencias, Caine —dijo el capitán—. Le espero para
almorzar en mi mesa después de que abandonemos este execrable pretexto de estación
de suministros.
Bill se reprimió e hizo un saludo normal de reglamento con una sola mano, tras lo cual
salió cojeando por la puerta, siguiendo al androide, al pasillo de la nave.
—La ciencia es realmente maravillosa —dijo Bill, adulador (pues nunca perdía una
oportunidad de besarle el culo a un superior), mientras hacía esfuerzos para mantener
el paso junto a Caine—. Una auténtica bendición de la Humanidad. Y también puede
resultar de utilidad. Es la primera nave, de todas en las que he servido, que cuenta con
un verdadero oficial científico a bordo, aunque sea un androide. No pretendo ofenderle,
señor. Algunos de mis mejores amigos puede que sean androides. No estoy siquiera
seguro de no haber conocido uno antes. Ni siquiera sé cómo puedo identificarlos, a no
ser que huelan muy mal y brillen en la oscuridad. Es difícil saberlo, ¿me entiende?
—Por favor, evite dirigirse a mí como señor —entonó Caine, con helada indiferencia
andróidica—. A pesar de todos los títulos que el capitán Plaga haya decidido adjudicarme,
soy un civil hasta el último de mis transistores. Para usted soy el ciudadano Caine, si no le
importa, racista intolerante, estúpido cerebro de mierda.
—¿Importarme? Por supuesto que no. Sin embargo, siento curiosidad acerca de una
cosa, quiero decir, si no es una pregunta demasiado personal. Usted no será un... quiero
decir uno de esos...
—No —Caine meneó la cabeza y suspiró profundamente—. No soy uno de esos
ciberpunks. Los CP les han procurado mala fama al resto de los androides. Para empezar,
ellos son violentos y yo aborrezco la violencia. Es decir, a menos que las circunstancias
no me dejen otra salida. Ellos se pasan la vida conectándose a redes de 220 voltios y
volándose los circuitos lógicos. Chatarras viciosas... no es extraño que sus ojos brillen como
espejos y sus chips centelleen a la luz de los rayos UV. Podrá observar que mis orejas no
están perforadas, mi cabello está estabilizado en un largo elegante y teñido de forma
uniforme, y las uñas de mis manos están limpias. El Gibson Mark IV con motor da Vinci fue
el último modelo CP que salió de la cadena de montaje, pero podría pasar una eternidad
antes de que el resto de nosotros, los androides decentes, seamos tratados con justicia.
Gire a la izquierda.
—Pero, usted no es como ellos —dijo apresuradamente Bill, pivotando diestramente
sobre las muletas al llegar al recodo del pasillo—. Usted es un científico, un observador
objetivo de todos los misterios naturales. Un chatarra vicioso no podría disponer de la
atención necesaria para mantener la celosa disciplina que requiere toda investigación
científica.
—Gracias por lo que muy de veras creo que es un elogio, a pesar de que tengo mis
dudas debido a su reducida capacidad cerebral —dijo Caine—. Sin embargo, usted ha
exagerado ligeramente, quizá, mi experiencia. Yo soy un simple botánico. Gire a la
derecha.
—¿Un qué? —preguntó Bill, dando traspiés para seguir a Caine—. ¿Un puta qué? —El
cráneo le iba a un kilómetro por minuto, inundado de los habituales recuerdos del
soldado, de circunstancias perdidas e impotencias alcohólicas, mezclado todo con la
oportunidad ocasional que hubiera sido mejor perder que encontrar.
—Un simple horticultor. Un criador de plantas. Criaturas verdes. Kabisb paisan. Gire
a la izquierda.
—¿Plantas? —Bill se tragó su amarga decepción—. Las plantas no están nada mal. Se
parecen mucho a la gente, con la única diferencia de que se mueven más despacio. Yo
mismo estuve una vez metido en el negocio de las plantas, por decirlo de alguna, manera.
Mi especialidad iba a ser la de fertilizador.
—Fascinante. —Caine bostezó con un seco monótono, levantando lánguidamente una
ceja.
—Eran otras épocas —musitó nostálgicamente Bill, sin advertir ninguna de las andróidicas
asperezas y sumido en una inadecuada nostalgia de su planeta natal, Phigerinadon II;
recordaba el arar y sembrar como una especie de noble aventura de vuelta-a-la-tierra, y
olvidaba convenientemente los terribles dolores de espalda y las largas y aburridas horas
pasadas con la vista fija en los cuartos traseros de la robomula. De todas formas, nunca
había acabado el curso por correspondencia de operador técnico fertilizador, y su
experiencia en los albañales de Helior era mejor apartarla de la mente.
—Ya hemos llegado —dijo Caine.
—¿Son estas mis dependencias? ¡Fantástico! —La sala ante la que se hallaban era
amplia. Lo que normalmente era un lugar de reparaciones lo suficientemente grande
como para contener una nave pequeña, tenía ahora todo su equipo dispuesto contra las
paredes, lo que dejaba una gran extensión de suelo libre. Libre, es decir, sin contar los
cientos de tiestos de vegetales verdes.
—¿Qué hace todo eso en mis dependencias? —gimió Bill—. Me resultará difícil
moverme por aquí. Hay que limpiarlo...
—Cállese —sugirió Caine—. Este es el invernadero del capitán. —Condujo a Bill al
interior—. Este es mi pasatiempo y mi obsesión. ¡No toque eso!
Bill se sacó la hoja de la boca y volvió a hundirla en la tierra.
—Sabe a rayos —dijo—. ¿Qué es?
—Abelmoschus humungous —contestó Caine, frunciendo el entrecejo y apisonando un
poco más de tierra en torno a la hoja mordida—. Puede que la conozca por su nombre
popular de quingombó. Quingombó es como la llaman las personas incultas. Esta
variedad en particular es bastante pulposa cuando madura, pero crece en suelos
arenosos. Sin embargo, no prospera mucho cuando la muerden antes de que haya
crecido del todo.
—¿Qué es esto de aquí? —preguntó Bill, caminando hasta el siguiente tiesto, impulsado
por pasajeros recuerdos de su juventud de agricultor.
—Abelmoschus gigantis: quingombó crujiente —respondió Caine—. Un nombre
bastante erróneo, si quiere saber mi opinión. No cruje ni a tiros y se convierte en una
pasta asquerosa, lo prepare como lo prepare.
—¿Y esa de allí?
—Abelmoschus abominamus: quingombó flor de miel. Sabe a trementina. Es una de
las favoritas del capitán.
—Debe de serlo. ¿Y ésa?
—Abelmoschus fantomas: quingombó oreja de plátano. Es conocida por sus propiedades
insecticidas, si no por su sabor absolutamente inolvidable.
—¿Y todas las demás? —Bill barrió el aire con su brazo derecho, el negro, para abarcar
toda la habitación.
—Quingombó, quingombó y más quingombó. Cuatrocientos treinta y dos macizos de
quingombó. Para ser un aficionado, el capitán se dedica a su pasatiempo con un vigor
impresionante. Por supuesto, me tiene a mí para realizar los trabajos rutinarios, así que
eso le ayuda —gimió con un gemido agudo de andróidica autocompasión—. No tiene ni
idea de cuánto tiempo lleva fertilizar cuatrocientos treinta y dos macizos, no, no la tiene,
por no hablar de desherbarlas, entresacarlas y mantener el ciclo normal de riego...
De repente, varios cientos de luces que se activaban químicamente se encendieron con
un chasquido. La temperatura aumentó al instante quince grados y el sudor comenzó a
manar a chorros por todos los poros del cuerpo de Bill.
—¿Qué está pasando? —jadeó.
—Medio día exacto —dijo Caine con una sonrisa absolutamente falta de sentido del
humor—. Justo a tiempo. El capitán dirige esta nave de forma muy precisa y, lo que diré
ahora es importante para usted aunque no para mí, eso significa que despegaremos dentro
de treinta segundos. ¡Oh, como vuela el tiempo cuando estoy con mis plantas! Échese
inmediatamente encima de los sacos de tierra de macetas, o quedará tan aplastado que
no servirá para nada más que para abono.
Bill apenas tuvo el tiempo suficiente para aterrizar de barriga sobre uno de los sacos
de pringosa tierra antes de que todas las fuerzas-G comenzaran a apilarse encima de él,
y amenazaran en convertirle en abono de carne. Bill jadeó y gargareó pero estuvo
bastante bien hasta que el saco se rompió y él se hundió en la apestosa masa que
contenía.
—¡No puedo soportarlo! —chilló Bill—. El olor.
—Ya se acostumbrará a él —dijo con una sonrisa Caine, que continuaba de pie
aguantado por su esqueleto de acero y tungsteno al que no afectaba la aceleración—. El
olor se marcha al cabo de unos días. Es a causa de todos los maravillosos nutrientes que
contiene, ¿sabe? Las plantas lo adoran.
—¡Yo los odio! —chilló Bill, aunque si hay que decir la verdad, en aquel momento
odiaba el motor de serpentín aún más. Aquel obsoleto método de viaje espacial había
pasado de moda hacía mucho tiempo. No había necesidad alguna de ser aplastado en
abono cuando los motores modernos le trasladaban a uno a cualquier parte en
prácticamente un abrir y cerrar de ojos, con una relativa comodidad.
Justo en el momento en que Bill ya no podía soportar más, las aplastantes fuerzas de
aceleración cesaron y le dejaron débil y con malestar de estómago. El hecho de estar
incrustado en un saco roto de tierra pegajosa no hacía nada para mejorar ni el estado
de su mente ni el de su estómago.
—Mis habitaciones —gimió Bill, mientras se sacudía del uniforme unos terrones mal
tamizados de tierra asquerosa que se le habían pegado a él—. Tengo que ducharme y
desintegrar mi ropa, por no hablar de que quizá necesite un minuto para vomitar.
—No hay tiempo —canturreó graciosamente Caine, mientras se inclinaba sobre un
macizo de quingombó y entresacaba las plantas con mano experta y profesional—.
Tenemos un compromiso para almorzar con el capitán.
—Pero...
—El capitán es muy estricto en la cuestión de horarios de la nave —dijo Caine,
sonriendo afectadamente—. Todo se hace según el libro, y el libro funciona según el reloj.
Y en este preciso momento el reloj dice almuerzo.
Tras una caminata apresurada, Bill se sentó a la mesa del capitán y miró su plato con
creciente desconfianza. El montoncito de quingombó hervido tenía un aspecto muy
parecido a la masa de las hojas cocinadas al vapor que estaban a su lado. Probó el
quingombó frito y casi se rompió un colmillo en el proceso. Todo lo que tenía delante era
o demasiado líquido para comerlo con cualquier otra cosa que no fuera una cuchara, o
demasiado duro para comerlo, y punto. Suspiró y cogió su copa para vino, y bebió otro
sorbo de jugo de quingombó fresco prensado.
El capitán, mientras olía el aire con recelo, observaba a Bill, prácticamente con la
misma expresión que Bill le dedicaba al plato de la supuesta comida. Los otros dos
integrantes del dudoso banquete eran Caine y el primer oficial, un tal señor Christianson
que había llegado en el último momento de un crucero personal que ostentaba el sello
del Emperador. De los cuatro que estaban sentados a la mesa, el capitán era el único
que tenía de todo excepto quingombó en su plato.
—Una pregunta: ¿el aire es siempre así? —preguntó Christianson, mientras sacaba un
pañuelo perfumado del interior de una de sus fruncidas mangas con puntillas, y lo
agitaba ante su nariz—. Aquí huele de forma notablemente parecida a los
transbordadores de basura. —Miró ferozmente a Bill, y tomó una cucharada de
quingombó que comió con fruición.
—¿Por qué no me han puesto fruición a mí? —preguntó Bill—. Un poco de condimento
podría hacer que esta cosa bajara con más facilidad. ¿Le importaría pasarme los
rábanos picantes?
—Yo gobierno esta nave de forma muy estricta —respondió el capitán Plaga, mientras
cortaba un bocado grande y jugoso de su filete—. De la misma forma que existen
diferentes niveles de mando y responsabilidad, existen distintos niveles de regalo,
administrados por mí, por supuesto. Ello resulta absolutamente necesario para mantener
la disciplina a bordo de la nave. Habrá advertido usted que el señor Christianson, debido
a que es el primer oficial, tiene pleno acceso a la bandeja de los condimentos, así como
derecho a beber vino en sus comidas. Caine tiene derecho al vino, pero no a los
condimentos, a pesar de que su metabolismo no le permite beber su parte de licores.
Creo que es por algo relacionado con los efectos del alcohol sobre sus circuitos impresos.
Es una verdadera lástima, porque este es un vino excelente.
—¿Y yo qué? —preguntó Bill, mirando el vino con ojos saltones y bebiendo sorbitos de
su zumo de quingombó.
—Dado que es usted el más próximo a la tripulación, le corresponde básicamente la
misma ración que a ellos —aclaró Plaga, partiendo un panecillo y hundiéndolo en el puré
de patatas con salsa de carne—. Según mi experiencia, eso le ayudará a tratarlos. Le
mantendrá delgado, en forma y en pie, por decirlo de alguna manera. Sin embargo,
dado que usted es el único soldado de a bordo que no está cumpliendo sentencia por
actividades criminales, he decidido que tiene derecho a un pequeño beneficio. Eso le
ayudará a tener presente su posición de favor.
—¡Beneficio... dígame cuál es! —exclamó Bill con la boca inundada de saliva, mientras
soñaba con algún filete ocasional, o quizá incluso un suculento y grasiento jamón de
puercoespín.
—Mientras sus actividades le hagan merecedor de mi favor, tendrá derecho a postre
—dijo Plaga, con una amplia sonrisa.
—¿Postre?
—Buñuelos de gelatina —señaló Caine—. Creo que hallará que son un inestimable
detergente para el paladar después de la comida de quingombó. A pesar de que yo no
necesito demasiado en lo que a comida se refiere, me gustan mucho, en especial los de
frambuesa.
—Sólo uno —dijo Plaga, blandiendo un tenedor en dirección a Bill—. Al señor
Christianson y a Caine les corresponden dos a cada uno. A mí me corresponden seis,
porque se está muy solo cuando se está al mando. Tiene que limpiarse el paladar antes
de tomar cualquier postre, soldado. Yo me apresuraría a engullir todo eso, si fuera usted,
cosa que, afortunadamente, no ocurre.
Bill miró el asqueroso plato que tenía delante. El exceso de grasa del quingombó frito
se estaba solidificando en forma de charco semisólido de materia gris. Bebió otro sorbo
de zumo de quingombó y se volvió hacia el primer oficial.
—Discúlpeme, señor Christianson —dijo Bill, cambiando hábilmente de tema para
desviar la atención de sí mismo—. ¿Cuál fue su último destino?
El primer oficial era un hombre con aspecto de lechuguino, que llevaba la pechera de
su uniforme bordado cubierta de medallas y cintas. Su peluca empolvada estaba
ligeramente descolocada, cosa que no hacía más que aumentar su imagen afectada, al
igual que su estrabismo. Bizquear era un atributo de las familias reales.
—¿Destino?
—Trabajo, nave, empleo, estación, base —tradujo Bill, por si la palabra resultaba
demasiado complicada para la mente estúpida de aquel oficial—. ¿En qué otras naves ha
servido usted, por ejemplo? —Se puso a masticar una ramita de quingombó frito,
incrustada de grasa—. Es posible que yo conozca a algunos de los integrantes de la
tripulación, lo que nos convertiría, posiblemente, en algo así como ex compañeros de
tripulación —dijo con una voz que murió en un murmullo. Advirtió que nadie le estaba
mirando, deslizó el indigesto plato debajo de la servilleta y levantó una cucharada de
estropajosa planta hervida—. Me las estoy arreglando —agregó con orgullo.
—Esta es mi primera nave —contestó el señor Christianson, mientras se cernía
contento sobre la bandeja de los condimentos y amontonaba sobre su plato de
quingombó salsa karbuklian y queso enriquecido de leche de puercoespín—. Mi tío
simplemente exigió que realizara un viaje antes de obtener mi nombramiento de capitán. Yo,
personalmente, creo que es una idea pasada de moda, pero pienso que si tío Julius se lo
toma tan en serio, debo intentarlo al menos.
—¿Quién es tío Julius? —Bill deslizó una bola de quingombó al vapor en el interior de una
de sus botas mientras nadie miraba.
—Es el primo número cuatrocientos dos en tercer grado, del Emperador —alardeó
Christianson, bebiéndose el vino—. Él consiguió hacerme llegar hasta aquí sin tener que pasar
por la aburrida instrucción básica ni por todos esos complicados tests de candidatos a la
escuela de oficiales. El rango tiene sus privilegios, pero en cambio tengo que salir con una
nave espacial antes de capitanear una. ¡Hombre tonto! ¡Después de todo el dinero que mi
familia ha donado libremente so pena de muerte para los esfuerzos guerreros del
Emperador contra los chingers! Pero, si tengo que hacerlo, tengo que hacerlo. Por cierto, ¿le
ha dicho alguien alguna vez que tiene usted el olor corporal más ofensivo que existe?
Bill se sacudió unos cuantos terrones más de tierra abonada y miró a través de la ventana
del puente en dirección a la estación de suministros que se alejaba lentamente. Demasiado
lentamente. Aquel iba a ser un viaje muy largo.
Aquel fue un almuerzo aún más largo. Se las arregló para vaciar su plato mediante el
procedimiento de meter todo tipo de quingombó preparado de forma indigesta en diversos
bolsillos y recónditos recovecos; incluso llegó a deslizar algunas buenas porciones en el plato
de Caine cuando éste estaba distraído. Finalmente, se deshizo de la totalidad de aquello, y
saltó sobre su buñuelo de gelatina de fresa como si se tratara de la última comida que fuera
a hacer.
Después, lamiéndose la gelatina de los labios, siguió las instrucciones de Caine que le
llevarían a sus dependencias. El capitán Plaga había mencionado de forma casual que Bill
tenía una acuciante necesidad de tomar una ducha, y que en caso de que no lo hubiera
hecho la próxima vez que se cruzaran sus caminos, él personalmente lo metería en una
cámara de descompresión y lo haría respirar en el vacío hasta que aprendiera una o dos
lecciones de higiene personal. O algo parecido.
Bill abrió la puerta de lo que creía que era su habitación, y contuvo el aliento ante la
bestia que medía, cuando estaba de pie, alrededor de dos metros, pesaba ciento
cuarenta kilos, y estaba sentada en una de las dos camas doblando una lámpara de
acero forjado como si fuera de goma.
—Perdón, me he equivocado de habitación —se apresuró a decir, retrocediendo como
un loco.
—Usted es el PM, ¿verdad? —gruñó aquel oso humano.
—Creo que sí —dijo Bill, sonriendo de forma insincera mientras retrocedía a saltos.
—Entonces está en la habitación correcta —respondió el monstruo, tras lo cual mordió un
extremo de la lámpara y escupió los trozos al suelo—. Somos compañeros de camarote.
—Yo soy Bill —dijo Bill, entrando a saltos, vacilante—. Encantado de conocerte.
—Me llamo Magullador Quebrantahuesos —gruñó el enorme mono—. Bonitos colmillos.
¡Eh! Y tienes dos brazos derechos.
—Tienes buen ojo, amigo —contestó Bill.
—Uno de esos brazos derechos es negro —le espetó Magullador.
—No todos podemos ser perfectos —intentó halagarle Bill, mientras se acercaba de
espaldas al lado desocupado de la habitación—. Si perteneces a la tripulación, ¿por qué
motivo estás cumpliendo condena? —Un cambio de tema podría resultar positivo. No fue
así.
—Asesinato con hacha —insinuó Magullador, cuya amplia sonrisa dejaba al descubierto
unos caninos implantados de seis centímetros de largo y acabados en agudas puntas.
—Puede pasarle a cualquiera —dijo Bill.
—Le corté los pies a un PM y lo dejé desangrarse en la nieve.
—Ya sé cómo pasan esas cosas —dijo Bill—. Simplemente ocurren.
—Por supuesto, él tenía dos pies. Tú tienes sólo uno, por lo que llevaría la mitad de
tiempo.
—Tienes que darte cuenta de que no hay nieve en esta nave —jadeó Bill—. Y no han
anunciado ninguna nevada para el futuro previsible.
—Ese brazo negro que tienes me recuerda a alguien —dijo Quebrantahuesos—. Hace
mucho tiempo.
—Bueno, este brazo negro y yo también hace tiempo que estamos juntos.
—Me recuerda a un soldado muy grande que se llamaba Tembo —gruñó Magullador—.
Él y yo nunca nos llevamos bien.
—Tú y yo nos llevaremos mejor, estoy seguro —insinuó Bill, esperanzado. Él recordaba
a Tembo, que había saltado en pedazos en medio de la horrible batalla, y cómo había
despertado él con el brazo de Tembo unido quirúrgicamente a su propio cuerpo. Esa
era una información que estaba decidido a guardarse para sí.
—Me volvía majara con todos sus sermones. Vudú día y noche. Me gustaría matarle.
Todavía tengo pesadillas. Pero se marchó con una nave mientras yo estaba en chirona
por hacer algo que he olvidado. Desde entonces le he estado buscando. Si alguna vez me
pone la mano encima, le destrozaré en cuestión de un segundo.
Bill miró cómo su mano derecha, la negra, se cerraba en un apretado puño, y supo sin
lugar a dudas que aquel sería un largo, largo viaje.
3
Magullador Quebrantahuesos era el humano de aspecto más malvado que Bill hubiese
visto jamás, pero sólo hasta el momento en que Rambette entró en la habitación
alrededor de cinco horribles minutos más tarde.
Rambette era de estatura media, peso medio y tenía cabello castaño medio. Pero
exactamente a esa altura dejaba de ser mediano. Sus ojos eran de un brillante azul, y
llevaba todo tipo de cuchillos y armas amenazadoras enfundadas en bandoleras que
envolvían su atractivo y curvilíneo cuerpo, aunque apenas visible detrás de aquel
armamento.
—¿Dónde está ese PM, Magullador? —preguntó con voz ronca—. Tenemos problemas
en el dique de reparaciones número cuatro.
—Yo soy el PM designado para esta nave, señorita —dijo Bill, mirando con temor
reverencial la gigantesca y curva cimitarra que pendía del cinturón de la muchacha—. Me
llamo Bill.
—Yo soy Rambette —dijo ella, mirando la zona que estaba por debajo del cinturón de
él, y echándose a reír—. Parece que te faltan uno o dos pedazos.
Con horrorizado sobresalto, Bill dirigió sus ojos a la zona baja; ¡tenía la cremallera
cerrada! Se tranquilizó y el sudor frío se enfrió en su frente.
—Ah, te refieres a mi pie. El médico dice que volverá a crecer.
—Bonitos colmillos —reflexionó Rambette, acercándose a Bill y tañéndole uno de forma
sugerente—. Bueno, volvamos al trabajo. Magullador, será mejor que traigas tu hacha.
Larry está de un humor salvaje, y podría ser necesario adoptar medidas extremas.
—¡Eso es fantástico! —sonrió ferozmente Magullador. Sacó de debajo de su litera una
enorme hacha para romper puertas, y la blandió describiendo círculos en el aire—. Hace
mucho que no uso a mi vieja Rebanadora.
Bill miró con espanto el hacha afilada como una navaja de afeitar. Le había visto algo
que podía ser una mancha de óxido o, con un poco de imaginación, bien podían ser
unas gotas de sangre seca.
—Vamos Bill, será mejor que saltemos —dijo Rambette con una picara sonrisa.
—¡Ju, ju! —gruñó Magullador—. ¡Que saltemos! Ya entiendo. ¡Ju, ju!
Bill no consiguió hallar nada gracioso en el comentario, pero avanzó saltando junto al
mortal dúo dinámico, mientras pensaba que sólo en el ejército podía ocurrir que los
prisioneros estuviesen armados hasta los dientes mientras el guarda iba equipado con
sólo dos muletas torcidas y acabadas en un taco de goma. Lo primero de la lista era
conseguir lo antes posible un arma o armas.
Los diques de reparaciones estaban varios niveles más abajo, y Bill luchaba
encarnizadamente para mantener el paso de Rambette y Magullador. Estaba comenzando
a desear tener nuevamente su pie de piedra. A pesar de todos los problemas que le
había ocasionado, ese pedazo de pie petrificado era un arma considerable. Aquel tipo,
Larry, tenía que ser cojonudamente malvado si Rambette pensaba que Magullador iba a
necesitar algo más que un entrecejo fruncido para ponerle en su sitio.
—¿Quién es Larry? —preguntó Bill.
—Simplemente otro tipo criminal que está cumpliendo condena en esta chalana, como
el resto de nosotros —respondió Rambette, girando a la derecha.
—¿Qué hizo?
—Puede que no haya hecho nada —respondió Rambette—. Es un clon, ¿entiendes?
—No, no entiendo nada —dijo Bill.
—Hay tres de ellos. Larry, Moe y Curly. Todos ellos clones. Tres guisantes de la misma
rama. Tres nueces del mismo árbol. Uno de ellos irrumpió en la computadora de la
base, y le dio a todo el mundo un pase de fin de semana. Los tres tienen las mismas
huellas digitales y modelos retínales idénticos, por lo que el alto mando no pudo dilucidar
cuál de ellos había cometido aquel delito. Les sometieron a los tres a un consejo de
guerra. Algo así como un plan de familia.
—Eso a mí no me parece justo.
—¿Hace mucho que eres soldado, Bill?
—Hace demasiado.
—Entonces deberías saber que la justicia no tiene nada que ver con esto.
Bill sólo pudo suspirar para manifestar su acuerdo. Magullador estaba murmurándole
incoherente y amorosamente a su amada hacha, Rebanadora, en el momento en que
entraban en el dique de reparaciones número cuatro. Era tan grande como la sala de
quingombó, pero estaba llena de enormes equipos en lugar de sacos de abono cosa que,
para Bill, era una mejora definitiva.
—Saltad por aquí —dijo Rambette, mientras les conducía por una escalera metálica que
acababa justo donde había un grupo de gente que discutía entre sí.
—Lo creas o no, Larry es el que está blandiendo la palanqueta.
A Bill le resultaba fácil creerlo. Su suerte iba de mal en peor.
—Se fue por allí —chillaba Larry—, y yo no voy a seguirle la pista a esa bestia por
nada, de ninguna manera. Soy más sensato que todo eso.
Larry era un hombre delgado de cabello castaño claro, y un rostro anguloso y cruzado
por tantas arrugas y pliegues que denunciaban preocupación, que Bill supo que aquel
tipo era sin lugar a dudas un condenado a cadena perpetua. Moe tenía exactamente el
mismo aspecto que Larry, y Curly tenía exactamente el mismo aspecto que Moe, el que
era igual a Larry, y así infinitamente.
—Todo es culpa tuya —dijo Moe, o quizá Curly—. Eres un descuidado. Le dejaste
escapar.
—¿A quién llamas descuidado? —gritó Larry. O Curly—. Juro que papá tendría que haber
tirado tu tubo de ensayo a la basura cuando no eras más que un montón de células sin
diferenciar. Apenas puedo creer que esté emparentado contigo.
—Deja a papá fuera de esto —dijo Curly, o quizá fuera Moe—. Esa cosa está en algún lugar,
ahí fuera. Tenemos que hacer algo.
—Separémonos todos —dijo Rambette—. Encontremos a la criatura.
—¡Ep! Yo no —dijo un hombre negro de constitución musculosa, negando con la
cabeza—. No contéis conmigo.
—¡Todos! —dijo Rambette, blandiendo un cuchillo de aspecto particularmente mortífero—.
Y eso te incluye a ti, Uhuru. Es una orden directa de Bill, nuestro nuevo PM, ¿verdad?
—Eeeeh, sí, claro —asintió Bill, que todavía estaba intentando distinguir a Larry, Moe y
Curly. Se había perdido cuando Larry había dejado la palanqueta. Creía que quien la tenía
ahora era Curly, pero también podía ser Moe.
—Una semana a pan y agua para los cobardicas. ¿De acuerdo, Bill?
—Por lo menos. No queremos cobardicas, aquí —farfulló Bill, que comenzaba a sospechar
que había sido el mismo Larry el que había vuelto a coger la palanqueta, para confundirle.
El acto de confundir a los PM tenía una larga y honorable tradición detrás de sí.
—¡Adelante! —gritó Rambette—. Mirad por todas partes.
Bill saltó a la acción, dejó caer una muleta y se apoderó de una llave inglesa que había en
una caja de herramientas. Todos se habían dispersado y él se hallaba solo, armado con una
llave inglesa y una muleta, y mirando hacia el fondo de un pasillo largo y desierto. Comenzó
a avanzar lenta y silenciosamente.
El techo del dique de reparaciones quedaba muy por encima de él, casi perdido en una red
de pasadizos colgantes, pistas elevadas y todo tipo de equipos pesados. Enormes rizos de
cadenas colgaban como gigantescas telarañas que al balancearse producían suaves
tintineos.
Bill estaba preguntándose si la llave inglesa sería suficiente para enfrentarse con la... el...
¡Uf! No tenía ni la más remota idea de qué tipo de monstruo debía perseguir, ni siquiera
sabía cuán grande era. ¿Colmillos? ¿Zarpas? ¿Era más grande que una caja de pan? ¿Más
pequeño que un tanque? Podía estar escondido en cualquier parte. El sudor le manaba
por todos los poros, lo cual empeoraba las cosas. ¡Ahora aquella cosa podría seguirle la pista
mediante el olfato!
Quizá era alguna horrible criatura alienígena cubierta de escamas, que acechaba a la
vuelta del recodo siguiente, preparada para aferrarle con sus garras y destrozarle miembro
a miembro. Tal vez era una mortífera mantis religiosa que había crecido hasta proporciones
imposibles y en aquel preciso momento estaba mirándolo fríamente desde las alturas,
preparada para atacar. Las hormigas gigantes y las abejas asesinas del tamaño de un
hombre eran también posibilidades consideradas por Bill, que maldecía a su imaginación
hiperactiva y temblaba de miedo, con los ojos mirando corno locos hacia todas partes y las
ventanas de la nariz dilatadas. Continuó adelante, ya que calculaba que las posibilidades a
su favor serían mayores si se mantenía en movimiento.
Giró en una esquina del pasillo y miró hacia arriba. Una gota de agua se estrelló contra
su rostro, luego otra. El suelo estaba mojado y resbaladizo. El agua tenía un ligero sabor a
quingombó.
Bill se hallaba ante una larga hilera de taquillas, todas cerradas excepto una cuya puerta
estaba entornada. Se acercó a esta última muy cautelosamente.
¿Dónde estaban todos los demás? Bill nunca se había sentido tan solo, tan vulnerable. El
dique de reparaciones se parecía bastante a una tumba, excepto por el suave tintineo de las
cadenas, el rítmico goteo del agua, y el sonido de una respiración trabajosa.
¿Respiración trabajosa? ¡Su corazón comenzó a latir como un martillo pilón, con tal fuerza
que él sabía que la criatura que había allí cerca podía oírle!
Se detuvo con la muleta dispuesta a escasos centímetros de distancia para abrir del todo
la puerta de la taquilla, y la llave inglesa preparada en su otra mano derecha. Contuvo el
aliento, y la respiración trabajosa y amortiguada cesó. Volvió a respirar y aquella recomenzó.
¿Un eco? Contuvo el aliento una vez más.
Esta vez la respiración se hizo más fuerte, se convirtió en un gruñido.
La puerta de la taquilla se abrió de repente y algo mojado y viscoso cubrió el rostro
de Bill, dejándole momentáneamente ciego. Un enorme peso aplastante le derribó de
espaldas. Un hedor horriblemente malo le envolvió.
—¡Socorro! —chilló, sofocado por aquella especie de limo—. ¡Me estoy muriendo!
—¡Bill ha encontrado al perro! —gritó Larry, o Moe, o Curly—. ¡Muchacho, cómo
apesta!
—¿Perro? —dijo Bill, mientras se quitaba más babas del perro de los ojos—. ¿Perro?
—Intentamos conseguir un gato de barco —dijo Rambette—, pero todos los gatos
estaban reservados y este es el trasto que nos colgaron. Barfer es un perro asqueroso.
Bill se sentó y miró a los ojos tristes de un perro pastor mestizo de tamaño gigante. Su
pelaje multicolor, del tipo del de las hienas, crecía en sarnosas islas. La criatura tenía una
expresión estúpida y sonriente y su lengua colgaba bamboleante por un lado de la boca,
y goteaba enormes cantidades de babas caninas. Le atravesó la cara a Bill con otro
lengüetazo y se puso a mover la cola loco de contento.
—A Barfer le gustas —dijo el enorme hombre negro, mientras le ofrecía a Bill su mano
y le ayudaba a ponerse en pie—. Eso te incluye en la mayoría de uno, dado que ninguno
de nosotros soporta estar cerca de él. Me llamo Uhuru, y me alegro de conocerte.
Parece que ya has conseguido un perro.
—¿Que yo qué? —dijo Bill.
—Que se quede en tu lado de la habitación —gruñó Magullador, apoyándose en
Rebanadora—. Si alguna vez llego a encontrármelo en mi litera, le cortaré las apestosas
patas. Después empezaré con las tuyas.
—Me parece que apesta —admitió Bill—. Gracias por la oferta, pero no creo que
necesite un perro.
—Él te necesita a ti, y esa es una ley de la naturaleza que no puede cambiarse —
entonó ominosamente una mujer baja y hombruna—. También está en la naturaleza de
Barfer el andar revolcándose en el abono de la sala de quingombó del capitán. No
podemos hacer nada para mantenerle alejado de allí. Quizá tú tengas más suerte.
—Gracias —dijo Bill—. ¿Cómo te llamas?
—Tootsie, muchacho. ¿Y tú? —Ella se pasó los dedos delicadamente por su cabello
rubio y corto, y luego respiró profundamente de una manera que impresionó a Bill. No
tenía el aspecto de una criminal peligrosa, en lo más mínimo.
—Bill, con dos eles, al igual que lo escriben los oficiales. —Entonces recordó la llamada
del deber—. ¿Por qué motivo estás aquí? —preguntó, poniendo su cara seria de PM.
—Dicen que deserté. Me fui sin permiso. Me largué. Me di el piro que se dio Ramiro.
—¿Y lo hiciste?
—Por supuesto que no. Mi tarjeta temporal se desmagnetizó a causa de una máquina
de bebidas en malas condiciones, así que no registró mi entrada. Estuve en mi escritorio
durante todo el tiempo.
El deber todavía le llamaba, tanto si le gustaba como si no. Se esforzó por apartar su
atención de Tootsie.
—¿Y tú, Uhuru? ¿Qué hiciste tú para acabar aquí?
—Me acusaron de volar un orfanato —dijo con una amplia sonrisa—. Soy un gran
aficionado a la pólvora.
—¿La pólvora? —preguntó Bill, mirando fijamente los brazos de voluminosos músculos
de aquel hombre enorme—. ¿Un orfanato? ¿Con niños pequeños y todo eso?
—Me culparon injustamente —dijo Uhuru—. Lo único que en realidad hice fue tirar un
petardo casero en la letrina de oficiales. Produjo una gran explosión, pero no había
orfanato alguno a la vista; sólo un montón de porquerías desparramadas por la
explosión y un teniente muy nervioso.
—¿Rambette?
—Dicen que tengo una personalidad violenta, lo creas o no; y todo a causa de un
pequeño malentendido.
—¿Un malentendido?
—Un cabo me llevó a cenar. Qué romántico, pensé yo; era tan joven e inocente... Me
abrazó, depositó una lluvia de besos sobre mis frescos labios, deslizó sus dedos hacia abajo
por mi... bueno, ese tipo de cosas. Yo, llena de miedo y turbación, le amenacé con cortarle
uno de esos dedos y él se molestó un poco; pero no desistió. Rechacé sus avances en
defensa propia. Al cabo de dos meses acababa su servicio. Yo no hice nada más que
defenderme. No era algo como para armar tanto alboroto.
—Eso parece razonable —decidió Bill—. ¿Larry?
—Pregúntaselo a Moe.
—¿Moe?
—Pregúntaselo a Curly.
—¿Curly?
—Yo no sé nada de nada; pero si supiera algo, le echaría la culpa a Larry. O quizá a
Moe. Todo lo que sé es que somos todos inocentes, sólo víctimas de las circunstancias.
Por supuesto, sólo puedo hablar respecto a mí mismo. Ya no recuerdo cuándo fue la
última vez en que los tres estuvimos de acuerdo en algo. Larry es un estúpido, y Moe es
un estigma en el árbol familiar.
—Todo eso suena a infracciones menores —dijo Bill—, o quizá a ausencia total de
infracciones. No creo que vayamos a tener ningún problema en este viaje. Lo único que
tenemos que hacer es mantener nuestras manos limpias hasta que lleguemos a Beta
Draconis, y eso parece bastante fácil.
Barfer el perro se apoyó pesadamente contra la pierna buena de Bill, y se tiró un pedo.
Bill, sin pensarlo, le rascó a la criatura su apestosa cabeza, aunque luego retiró la mano
y se secó los dedos en una pernera del pantalón.
—¿Y yo? —dijo Magullador—. Te olvidas de mí.
—A eso iba, buen muchacho —dijo Bill, halagador—. ¿Qué hiciste tú, realmente?
—Cortarle las piernas a un PM —dijo ferozmente Magullador—. Yo y Rebanadora
hicimos un trabajo bueno y fino.
Bill tragó con dificultad y le dedicó una sonrisa amable.
—Pero tenía buenas razones —continuó Magullador con una sonrisa impúdica,
mientras se echaba a Rebanadora al hombro.
—Estoy seguro de ello —dijo Bill, con alivio.
—Ese coñazo de tío me puso frenético —sonrió Magullador—, y tenía un perro apestoso
y feo.
4
Bill removió el Quingombó al vapor que le quedaba en el plato. Estaba frío, y tenía la
misma consistencia del apio de un mes que hubiera sido cocinado en un reactor nuclear
y luego puesto a descomponer bajo el sol del desierto.
¡Ya llevaba cinco meses de quingombó y no había cambio alguno a la vista! Bill se
estremeció. Incluso hubiera agradecido un poco del nauseabundo rancho de soldadesca a
modo de cambio. El único consuelo que tenía era que su pimpollo de pie comenzaba por
fin a crecer. Esas eran las buenas noticias; las malas, que estaba creciendo de un modo
algo raro. Para empezar, hasta el momento era de color gris, en lugar del saludable
rosáceo correspondiente, y aún no se veía ni rastro de dedos; no era más que un bulto
gris un poco más pequeño que el puño de su dueño. Pero al menos era lo
suficientemente largo como para que Bill pudiera cojear con él y abandonar las muletas, lo
que esperaba que fuera para siempre. Le daría tiempo. Si una cosa tenían los militares,
era montones de tiempo.
—¿Y bien, soldado, cómo está la tripulación? —preguntó el capitán Plaga, engullendo
con deleite un filete de puercoespín.
—Todo en orden, señor —mintió Bill.
Había aprendido otra lección: no vuelques el bote en el que navegas. Tan sólo la
semana anterior, Bill, tembloroso, le había presentado al capitán una demanda de la
tripulación respecto a que un cambio de dieta podía resultar posiblemente adecuado. El
resultado de aquello había sido la suspensión del buñuelo de gelatina de Bill durante tres
comidas, y la imposición de un día de ayuno para la tripulación. La totalidad del episodio
no había servido para mejorar la moral de nadie.
La verdad era que la tripulación estaba comenzando a enfadarse, enfurecerse, ponerse
de mal humor, airarse, cabrearse; eso en los días de diario. Los festivos se mostraban
obstinados, quisquillosos y susceptibles. En sus mejores momentos simplemente
actuaban como chiflados. Bill se encontró en medio de todo aquello, y le echaba la culpa a
las malas vibraciones, al quingombó... y a los antecedentes criminales de la tripulación.
Bill deslizó la última cucharada de aquella cosa babosa en uno de sus bolsillos. Quizá la
única cosa buena que tenía su nuevo perro era que le gustaba el quingombó, lo
adoraba, babeaba y salivaba sobre él de una manera repugnante. Barfer era, junto con
Christianson y Caine, la única criatura de a bordo que podía aguantar aquella cosa. Por
supuesto, Christianson se comía cualquier cosa, y en cuanto a la fiabilidad de las papilas
gustativas de androide que poseía Caine, la cosa estaba en discusión.
Un perro era la última cosa que Bill quería o necesitaba, pero tendría que cargar con
Barfer, al menos mientras durara el viaje. Nadie más quería tener nada que ver con él. La
única cualidad notable que poseía aquella bestia era el suficiente sentido residual de
supervivencia como para permanecer en el lado de la habitación que correspondía a
Bill. Magullador solía sentarse y, mientras acariciaba su hacha, miraba ferozmente al
sórdido sabueso. La dieta exclusivamente vegetal no había conseguido mejorar su
estado mental.
—Áfidos —dijo Caine, mientras servían los buñuelos de gelatina—, y también
pequeñas orugas. Lo siento, capitán.
—¿Qué dice? —chilló Plaga—. ¡Otra vez, no!
—Es una progresión natural en un entorno cerrado como el que tenemos en la nave
—dijo Caine—. No tenemos predadores que los maten.
—Tengo toda una nave llena de predadores —dijo el capitán Plaga, cogiendo un
segundo buñuelo—. Bill, reúna otro grupo de cazadores de alimañas.
—Pimienta —sugirió Bill—. En la granja solíamos utilizar una mezcla de jabón y pimienta
para controlar las pestes. Resulta más fácil que coger a esos bichos uno por uno. Esa es
la forma en que lo hacíamos cuando yo era joven...
—Ya tengo bastante de sus enfermantes recuerdos bucólicos —se burló Plaga—. ¡Más
fácil! ¿Quién ha dicho nada acerca de querer que sea más fácil? Se supone que a los
prisioneros no hay que ponerles las cosas fáciles. Existe crimen, y por tanto debe existir
castigo.
—Es muy ortodoxo desde el punto de vista ecológico, y de lo más orgánico —dijo Bill, con
la remota esperanza de agradar al capitán. Existía una posibilidad muy real de que la
tripulación le ahorcara si intentaba ponerles a recoger pulgones otra vez.
—No me gustaría que mis plantas fueran rociadas con pimienta —dijo el capitán—. Ello
destruiría su tierno y delicado sabor.
Bill se reprimió para no hablar de lo obvio, a saber: que Plaga nunca comía quingombó y
no tenía ni la más remota idea de a qué sabía. La adición de copiosas cantidades de
pimienta sólo podría mejorar el gusto de aquellos vegetales. Incluso el jabón conseguiría ese
fin.
Resultó que Bill estaba en lo cierto. La tripulación espumajeó de ira cuando les dijo que
debían comenzar las tareas de recolección de pulgones. Lo único que le salvó en aquella
ocasión fue la amenaza de aislamiento durante el resto del viaje con zumo de quingombó
rebajado con agua como único sustento para aquellos que se fingieran enfermos, además de
la duplicación de la condena para todos los que protestaran, amenazas emitidas por el
capitán.
—¿No podrían, por lo menos, bajar las luces mientras estamos aquí? —preguntó Uhuru,
que llevaba el torso desnudo y sudaba a chorros.
—Ya he hablado de ello con Caine —dijo Bill—. Él quería hacerlo, pero el capitán dijo que
si se cambiaba el ciclo de luz se arruinaría el experimento.
—Me duele la espalda —gimió Tootsie, mientras se inclinaba sobre un macizo de
quingombó para recoger los pulgones que había en el centro—. Y si quieres que te diga la
verdad, soy partidaria de los pulgones. Pueden comer tanto como quieran de esta
porquería verde, grasienta y pegajosa.
—Agradece que no tengamos una plaga de larvas —sugirió Bill— o de mosca blanca. Son
tan diminutas que tendríamos que recogerlas con pinzas.
—Los pulgones no son precisamente de tamaño gigante —dijo Larry, o Moe, o Curly—. Es
difícil cogerlos bien sin doblar las hojas.
—¡No estropeéis las plantas! —chilló Bill, mientras recordaba que un tallo roto había
significado cincuenta vueltas al nivel B con todo el equipo completo.
—Dejad de protestar —dijo un sonriente Magullador—. A mí me gusta aplastar pulgones. Es
casi tan divertido como reventar cabezas. Tan sólo desearía que las orugas fueran un poco
más grandes; cuesta arrancarles las patas a estos cabroncetes.
—Se supone que tenemos que aplastarlos, no torturarlos —dijo Rambette.
—Cada uno a lo suyo —sugirió sádicamente Magullador, mientras sostenía ante sus ojos
una oruga y observaba cómo se retorcía—. Me pregunto a qué sabrán.
—¡Puaj! —dijo Tootsie—. ¿Comer bichos de estos?
—Todo son proteínas —observó Curly; o quizá se trataba de Larry—. Probablemente sepan
mejor que el quingombó. Pero, por otra parte, podría haber sido Moe quien hablaba.
Magullador comenzó a hacer un montón con los insectos aplastados y sin patas,
mientras reía entre dientes. Bill se estremeció.
—Esta no es forma de ganar una guerra —dijo Rambette, mientras echaba pulgones en un
pote—. Me gustaría saber qué tiene que ver la caza de pulgones con librar al universo de esos
malvados lagartos chingers.
—Estoy contigo —dijo Uhuru, que recogía orugas—. A veces desearía no haber provocado
aquella pequeña explosión. ¡Yo, un soldado cualificado, reducido a coger insectos de las
plantas! Deberíamos estar luchando, no jugando en el jardín.
—No lo sé —dijo Bill—. Quizá esos chinger no sean tan malos como los pintan.
—¿Estás de broma? —protestó Tootsie—. Son monstruos. Los chinger son máquinas
asesinas sedientas de sangre. Comen bebés para desayunar. Y crudos. ¿Nos estás
tomando el pelo?
—Simplemente pensaba que tal vez deberíamos intentar comprenderlos —asintió Bill—. Ya
sabes, abrir un diálogo sensato, o algo así.
—Lo único que haré será abrirles su apestosa barriga de lagarto —gruñó Magullador—. El
único chinger bueno es el chinger muerto.
—¿Te has encontrado alguna vez con uno, cara a cara? —preguntó Bill, titubeante—. Es
posible que no sean tan malvados como pensamos.
—No necesito hablar con ellos para saber que no son más que problemas —dijo Uhuru—
. Matarlos desde lejos es lo mejor. Golpéales antes de que te golpeen, es lo que digo
siempre.
—Aprendí todo lo que necesito saber de ellos en las películas de instrucción —añadió
Tootsie—. Las alimañas como ellos deben ser exterminadas.
Bill suspiró. Estaba claro que la maquinaria de propaganda había hecho un buen trabajo
de lavado de cerebro en la tripulación. Sin embargo, apenas podía culpar a sus compañeros
porque él había pensado del mismo modo hasta que conoció a un chinger. Y quizá aún
pensaba así.
Continuaron trabajando bajo las ardientes luces hasta que, uno tras otro, todos cayeron
exhaustos tras un solo gemido.
—Es la hora del descanso —dijo Bill—. Diez minutos.
Él también lo necesitaba. En la esquina más alejada había una pila de sacos de fertilizante
que conformaban un área sombreada y enormemente acogedora. Anduvo a trompicones y
se dejó caer con un suspiro en aquel frescor relativo. Sus ojos se cerraron, el sueño
descendió sobre él... y algo caliente y pesado se le echó encima y le aferró.
—¡Glub! —murmuró Bill, cuando una cosa mojada y ardiente le selló la boca.
Luchó hasta liberarse y retrocedió arrastrándose; al mirar hacia arriba vio a una Rambette
enfadada que se erguía ante él.
—No te gusta que te besen, ¿eh? Tal vez no te gustan las chicas.
—Ya lo creo que me gustan las chicas; pero ha ocurrido tan rápido...
—¡No hace falta que mientas! —gimoteó ella. Luego se sentó junto a Bill en medio de un
entrechocar de cuchillos—. Tú piensas que no soy femenina, eso es lo que ocurre. Tan
sólo otra chica guerrera, buena sólo para la batalla. Pero lo cierto es que no siempre he sido
así; no siempre he sido como me ves ahora. Oh, todo hubiera sido diferente de no ser
por los murciélagos.
—¿Murciélagos? —tartamudeó Bill, batiendo sus párpados a causa de la confusión.
—Sí. Si me dejas cogerte la mano, te lo contaré...
LA HISTORIA DE LA AMAZONA DE MURCIÉLAGOS
Ram-Bette se puso la gargantilla de platino dorado y púrpura, y sus dorados brazaletes.
Oh, aquel sería un maravilloso día, cuando ella y las demás chicas de Dormitorio de
Vírgenes Zash del pueblo de Suavidaz, en las orillas del gran mar de Orgón —
incidentalmente emplazado en el planeta Salidas—, celebrarían por fin su fiesta de salida.
Después de aquel día ya no sería una simple niña tonta, sino una orgullosa salidasniana
hecha y derecha. Oh, qué maravilloso despertar.
—No os detengáis, tontuelas —ordenó Drekk, sospechosamente recatada para alguien
de su edad y porte—. La ceremonia espera en el gran salón.
Todas salieron resueltamente, tratando de no soltar risitas, y lo consiguieron hasta que
Ram-Bam tropezó con las débiles piernas de un macho que luchaba para apartarse del
camino. Aquello resultó muy gracioso, y las risitas se convirtieron en carcajadas hasta
que Drekk sorbió por la nariz con ofendida dignidad y todas guardaron silencio.
Oh, el gran salón estaba como nunca antes lo habían visto. En los brillantes
candelabros de pared ondeaban vacilantes llamas que se reflejaban en los ojos de
diamante de la estatua de Murciélago-Ding, que ocupaba todo el fondo del majestuoso
salón.
—Silencio, oh, hijas de Suavidaz —ordenó imperiosamente Drekk, y guardaron silencio
mientras las madres mayores avanzaban en fila y se detenían ante ellas—. Vírgenes del
Dormitorio Zash, hoy se cumplirán vuestros destinos. Hoy saldréis de la virginidad para
adquirir la dignidad de pleno orgullo. En nuestro bello idioma, como todas muy bien
sabéis, Ram significa madre, por lo que todos vuestros nombres comienzan por Ram,
seguido del nombre de vuestra querida madre, como es natural y separado,
naturalmente, por un guión; y en este día tan importante y sagrado, quitaremos vuestros
guiones. ¡Seréis desguionizadas! Vuestros nuevos nombres serán significativos de vuestra
nueva dignidad. Algunas de vosotras os convertiréis en madres nobles al uniros de mala
gana pero osadamente con los débiles machos de nuestra raza. Otras, con dedos
verdes y tierra bajo las uñas, se convertirán en hortelanas que se encargarán de las
vitales cosechas que nos sustentan. Otras...
Ram-Bette, que pronto se convertiría en Rambette cuando fuese desguionizada,
quería, oír cada argéntea palabra, pero se distrajo. Oyó un sonido extraño y agudo que
atrajo su atención, la hizo girarse y levantar los ojos hacia la oscuridad del gran salón.
Drekk advirtió el movimiento, y sus ojos se abrieron de alegría mientras jadeaba con
placer.
—Ram-Bette, la que pronto será Rambette, avanza noblemente y encárate a tus
hermanas vírgenes. ¡Tú has sido la elegida! Ven aquí, la amada, no temas pues el tuyo
es el más noble designio de todos los de Suavidaz. Porque tu voz no ha cambiado
como la de las otras y todavía es fina y chillona. Porque tienes una especie de cabeza
de alfiler con orejas y tímpanos pequeños. Por todo eso, tú y sólo tú has oído al
murciélago que fue admitido en el gran salón para esta prueba. Sólo tú de entre todas las
que moran en Dormitorio Zash te convertirás en nuestra salvadora... en una amazona
de murciélagos.
La ceremonia fue trágica, henchida de significados, iluminadora y plena. Cuando acabó
y todas las otras se marcharon, Rambette se quedó sola en presencia de Drekk, bajo la
meditativa estatua de Murciélago-Ding. Pronunció los juramentos de fidelidad y bebió el
vino de Ding que hizo que su cabeza girara en vertiginosos círculos; después, y sólo
después, le fue revelado el secreto de secretos.
—He sellado el portal de entrada y puesto el cartel de No MOLESTAR —entonó Drekk—.
Ahora puede ser revelado el secreto de secretos. El pueblo de Suavidaz no fue fundado a
las orillas del gran mar de Orgón por azar. Debes entender que Salidas es un planeta de
agua cubierto por un gran océano. Y he aquí que hace muchos, muchos parsecs,
nuestros ancestros se asentaron en estas tierras al llegar a través del mar del Espacio, no
sabemos cómo. Reinó la paz, o al menos así está escrito, durante muchos dorados años.
Pero luego llegaron los años malos.
»Las extrañas radiaciones del sol pusieron en actividad filtraciones químicas muy raras
provenientes del centro del planeta. Aquello provocó cambios genéticos, o así dicen los
Sabios que ocurrió, pues yo personalmente no conozco tales misterios. El cromosoma
X de los hombres se atrofió y quedó canijo, y esa es la razón por la que hoy son todos
atrofiados y canijos, mueren jóvenes y son inútiles para cualquier cosa que no sea su
única función de la que te hablaré dentro de poco. El cromosoma Y de las mujeres se
hizo radiante a causa de la radiación, y esa es la razón de que seamos tan grandes y
radiantes. Pero, ¡ay!, tuvo lugar una odiosa mutación y el musculoso y feroz cromosoma Z
desapareció tanto en los hombres como en las mujeres. Aquellos que lo poseen son
musculosos y feroces y mujeres... pero con una diferencia. El sagrado diagrama del
triángulo mendeliano lo demuestra. Cuando un cromosoma X y uno Z se cruzan, uno
resulta dominante y el otro recesivo; y dado que las mujeres somos dominantes, nacen
más mujeres y, por supuesto, unos pocos hombres débiles que es cuanto necesitamos.
Pero el cromosoma Z es dominante y cuando se cruzan entre sí sólo nacen mujeres con
cromosomas Z. ¿Te das cuenta de lo que ello significa?
Rambette, que había estado escuchando con reverente estupor, no tenía ni la más
remota idea de qué le estaba hablando Drekk. Gorgoteó elegantemente, negó con la
cabeza y luego asintió.
—Ya sé que es difícil —entonó Drekk—, pero en su momento llegarás a aprenderlo todo.
Baste por ahora el decir que de las mujeres con cromosomas Z nacen mujeres con
cromosomas Z, y que en ese hecho subyace la infeliz historia de nuestro bello mundo.
Los escritos dicen que hubo una batalla de sexos entre los miembros del Y y los del Z.
Fue feroz y letal y al fin, las Intrusas, que es el nombre que se les aplicaba a aquellas que
poseían el cromosoma Z, fueron expulsadas de estas tierras, iracundas y sin hombres,
condenadas a extinguirse, ya que no nacería ninguna más que las reemplazara.
»Pero, oh, las musculosas y feroces Intrusas tenían una inteligencia atroz. Desterradas
como estaban en los grandes pantanos, perseveraron. Con gran ingenio, derribaron
árboles y los ataron con lianas hasta construir una balsa que navegaba por el mar.
Construyeron un dique de tierra bordeándola para evitar que las olas la barrieran e
inundaran, y la echaron al mar, escapando así de una muerte segura a manos nuestras.
¡Mas la historia no acaba aquí! Las corrientes del océano son tales que a pesar de que
ese mundo bordeado por un dique navega lejos de tierra, es devuelto a la orilla cada
veinte años. Se traban entonces fieras batallas, nosotras luchamos para conservar
nuestros débiles hombres, y esas guerreras luchan para arrebatárnoslos. Durante
interminables años hemos perdido esas batallas. Nos han robado muchos de nuestros
hombres. Las Intrusas prosperaban mientras nuestros miembros disminuían. Luego
encontramos a los primeros murciélagos gigantes en las cavernas que están junto al mar.
Las chicas como tú, con voces agudas y oído fino, fueron entrenadas para cabalgarlos y
conducirlos a la batalla. ¡Así nacieron las amazonas de Murciélagos!
Rambette interrumpió la historia cuando sintió que Bill retiraba su mano de la de ella.
—Es hora de trabajar —dijo él— Se acabó el descanso. Puedes contarme el resto del
cuento más tarde.
—¡Cuento! —espumajeó ella—. ¡Aquí estoy yo, revelándote mi verdadera naturaleza,
mis secretos... y tú lo llamas cuento! —Los afilados cuchillos aparecieron repentinamente
en sus manos y la instantánea muerte en sus ojos.
—¡No quise decir eso! —chilló Bill—. Quise decir que deberíamos estar trabajando, pero
lo que me has contado es tan interesante que quiero oír más.
—Eso está mejor. —Los cuchillos desaparecieron—. Te lo contaré todo, con minuciosos
detalles, cuando volvamos a estar solos. Te hablaré de los años de entrenamiento de
murciélago, el aprendizaje de cómo hablar con aquellas criaturas peludas y llenas de
garrapatas. Cómo aprendí a curar sus heridas y consolar a sus crías; a pender cabeza
abajo cuando los montaba. Luego, oh, cómo luchábamos, lanzándonos, aleteando y
chillando, a la batalla. Los rojos eran vampiros, y estaban entrenados para precipitarse
sobre las Intrusas y chuparles la sangre. Los murciélagos negros eran carnívoros y
volaban furiosamente hacia la batalla, durante la cual cogían al vuelo los brazos
cercenados que su amazona murciélago cortaba con la espada. Pero los más temibles de
todos eran los murciélagos verdes, aterradores bombarderos que yo montaba con
orgullo. Antes del ataque se los alimentaba con bayas laxantes, una fruta enorme llena
de semillas gigantes. Luego yo entraba en batalla mientras sostenía, delante de mi
murciélago, una baya sujeta al extremo de una larga asta. Cuando ya estábamos sobre el
enemigo, dejaba que el murciélago se comiera la baya. El sistema digestivo de los
murciélagos está construido de tal forma que cuando un murciélago come fruta, su esfínter
se abre para dejar espacio. Las semillas de las frutas comidas anteriormente salen
disparadas con una fuerza asesina. Mi bombardero nos ayudó en la guerra; pero el
enemigo siempre conseguía robar algunos de nuestros hombres. Nacían cada vez más
miembros que continuaban aquella raza. Hasta que llegó la nave espacial.
—¿Nave espacial?
—Sí, una nave exploradora imperial, que traía tanto buenas noticias para mi raza como
malas noticias para mí. Habían detectado nuestro asentamiento y lo que parecía ser una
isla, mar adentro. Se habían posado sobre ésta última y el mundo bordeado por el dique
se había hundido y ya no existía. La nave exploradora había levantado el vuelo y
aterrizado en la playa. Yo era la que estaba más cerca cuando se abrió la compuerta. Y
allí apareció un hombre... ¡Me refiero a un Hombre! Después de haber visto siempre a los
canijos y gastados hombres de mi mundo, aquel soldado de hombros anchos hizo que
me desmayara de emoción. Él se me acercó y me sonrió. Yo esbocé una sonrisa tonta. Él
se metió la mano en los pantalones y sacó algo.
»—¿Sabes qué es esto? —me preguntó, con una voz profunda.
»—Cre... creo que sí —dije yo, trémula.
»—¿Quieres tenerla en la mano?
»—¡Oh, sí! —dije yo, estúpidamente, y cogí la estilográfica pensando que era un
regalo. ¡Oh, qué joven y tonta era! Bajo su guía, escribí SWAK, que es un juramento
inquebrantable en nuestro idioma, y tracé una gran X sobre el papel. Hasta que él les
explicó a los otros soldados que salieron de la nave que yo me había alistado no me di
cuenta de cómo me había traicionado. En un arranque de furia, le maté allí mismo; los
soldados se sintieron más que felices de ayudarme a enterrar al sargento de
reclutamiento. Pero, ¡ay!, el papel que yo había firmado fue hallado por un oficial que me
encontró a mí, y ese es el motivo de que me hayas encontrado aquí. Y tú me hallas
atractiva, ¿verdad, Bill?...
—Bill, ¿dónde está? —gritó Christianson—. Ya le veo. Los quiero aquí, a todos ustedes.
Descansen, soldados. —Christianson había venido con el androide Caine. Todos le
ignoraron. Lo único que Christianson tenía en su favor era poder contar con el interés del
capitán, lo cual a ellos no les servía para nada.
—Me temo que tengo malas noticias, Bill —zumbó sádicamente Caine.
—¡Lo único que nos dan son malas noticias! Nos estamos friendo con estas luces
mientras nos rompemos la espalda recogiendo pulgones. —Para sus adentros, Bill pensaba
que aquel androide tenía una válvula chamuscada en alguna parte, pero no se atrevía a
decirlo en voz alta—. Las cosas ya no pueden ponerse peor.
—Ah, me temo que sí —dijo Caine, con gran entusiasmo.
—Descargue el golpe —gruñó Magullador, con voz ronca.
—En la estación de suministro cometieron un error.
—Toda esa estación de suministro es un error —murmuró Bill, mientras deseaba no haber
puesto nunca el pie en aquel lugar.
—Un error serio —dijo Caine, con el aspecto más apenado que podía adoptar un
androide—. ¿Ya saben todo lo referente a los tanques auxiliares de agua, verdad?
—¿Los que sirven para regar estos macizos? —preguntó Bill. Trató de no tener aspecto de
superioridad mientras actuaba como si fuera superior—. Sin duda. Hay diez tanques auxiliares
para las plantas, a bordo de esta nave. Son tanques de la clase SSS, con doble pared y
aislamiento triple, y cada uno contiene nueve mil cuatrocientos sesenta y dos litros y
medio.
Bill se sentía orgulloso de haber leído el manual de la nave de cabo a rabo. Por
supuesto, era lo único que había para leer en toda la nave, además de los libros de
jardinería, sin contar los tebeos pornográficos sadomasoquistas que Magullador escondía
debajo de su litera.
—Está usted en lo cierto acerca de que existen diez tanques —dijo Caine—, pero hay una
variante respecto al resto. Hace una hora, cuando vi que se había vaciado el tanque uno,
accioné la apertura del tanque dos. Fue entonces cuando descubrí que el tanque en
cuestión había sido llenado equivocadamente con aceite de oliva en lugar de agua, en la
estación de suministro.
—¿Aceite de oliva? —repitió Bill.
—Y me temo que no de un grado muy aceptable —dijo Caine—. Como mínimo de un
tercer o cuarto prensada. Por otra parte, parece que se ha puesto rancio.
—Eso tiene todo el aspecto de las cosas que suele hacer el comandante Cook —dijo
Tootsie, mientras se ponía de pie y erguía la espalda—. Siempre que tiene un excedente, lo
embarca a la primera oportunidad que se le presenta.
—O sea, que nos deshacemos de él o comeremos quingombó frito durante mucho tiempo
—dijo Bill—. Vaya un problema.
—Problema es, desafortunadamente, la palabra correcta —dijo Caine—. Todos los demás
tanques también contienen aceite de oliva de la misma repulsiva calidad. No hay ni una gota
de agua auxiliar para las plantas.
—¡Guauuu! —gritó Larry, o Moe, o Curly—. ¡Las plantas van a marchitarse y morirse y
pudrirse! Vamos a comer algo diferente.
—El capitán no lo ve de esa forma —dijo Christianson—. Piensa utilizar el tanque principal
de agua para regar su experimento.
—¿Es eso algún tipo de broma, Caine? —chilló Bill—. Ese agua es para uso de la tripulación.
—Ese agua era para uso de la tripulación —dijo Christianson, que se interpuso entre Bill y
Caine, blandiendo su pañuelo perfumado delante del rostro de Bill—. Haga saber que, a partir
de este mismo momento, la tripulación tendrá raciones de agua restringidas. Han sido
desconectadas todas las tuberías de agua, excepto las que van hasta las plantas y a las
dependencias de la oficialidad superior. Se ha colgado una taza vacía al final del brazo de un
robot que está en el techo del dique de reparaciones cinco. Cualquier miembro de la
tripulación que desee agua, deberá trepar hasta el final del brazo, recuperar la taza, llevarla
hasta el comedor de oficiales para que se la llenen, y devolverla a la punta del brazo del
robot antes de que pueda ser vuelta a llenar. No habrá ninguna excepción. Puede estar
seguro de que se trata de una taza muy pequeña.
—Esa es la cosa más estúpida que jamás he oído —dijo Bill.
—Es posible, pero también es una orden —respondió Christianson, con burla y
desprecio—. Viene directamente del capitán Plaga.
—Lo siento, Bill —dijo Caine—. Lo he intentado.
—Eres demasiado blando, Caine —afirmó Christianson, mientras se volvía para marcharse—.
Vámonos. Ah, Bill, haga que ese tipo repelente vuelva a ponerse la camisa. La moral debe
mantenerse alta en todo momento.
Se marcharon, y la tripulación permaneció clavada en el sitio, aturdida por el reciente
giro de los acontecimientos.
—¿Tengo que volver a ponerme la camisa, realmente? —preguntó Uhuru.
Bill negó sombríamente con la cabeza.
—¿Quién sabe... y a quién le importa? Yo ya tengo sed.
—¿Qué vamos a hacer con respecto al agua? —preguntó Tootsie—. No podremos
arreglárnoslas sin agua.
—¡Amotinémonos! —gritó Rambette, y sacó una daga—. ¡Yo propongo que nos
amotinemos!
—Eso es una medida un poco extrema —dijo Bill—. Veamos qué podemos hacer antes.
—¡Eh! ¡Esto es magnífico! —gritó Magullador, mientras se echaba a la boca un puñado de
pulgones—. Probadlos.
Bill observó cómo su tripulación avanzaba tambaleándose hasta los macizos de quingombó,
y se metía pulgones en la boca como si nunca hubieran comido hasta aquel momento.
Las cosas estaban poniéndose definitivamente feas pero, ¿amotinarse? ¿En la Merced?
5
Hacia semanas que Bill soñaba con el agua mientras dormía, nadaba extáticamente en
frescos lagos, se hallaba agradablemente acariciado por suaves lluvias que le recorrían el
cuerpo, y bebía, satisfecho, toda clase de bebidas refrescantes. Mientras estaba despierto, las
cosas eran muy diferentes. Estaba seco, agotado por la falta de agua, y continua y
crónicamente sediento. El capitán Plaga les había destinado una taza muy pequeña, y el
brazo del robot parecía estar más arriba y hacerse más largo a cada uno de aquellos secos y
áridos días.
También estaba preocupado por su pie. No estaba creciendo bien en absoluto. De hecho,
estaba creciendo muy mal. Había dejado de crecer, y se había estabilizado en forma de un
tocón enorme y gris con grandes uñas chatas. Tenía el aspecto y tacto exactos de un pie de
elefante, y era igual de pesado.
Recordó la fascinación que el doctor Tajoabierto sentía hacía los paquidermos, y se
estremeció. No podía ser que hubiese llegado tan lejos. Caine, que era un androide de
recursos y la cosa más parecida a un médico que había a bordo, con todos sus
conocimientos de biología, no había servido de ayuda alguna porque el pie de Bill no estaba
hecho de materia vegetal y le resultaba, por tanto, de escaso interés.
Sin embargo, en el momento en que Bill abría la puerta del despacho del capitán Plaga, el
píe era la última de sus preocupaciones. Estaba preocupado. ¿Por qué el capitán había dado
aquel paso tan poco habitual, y le había convocado en sus aposentos? La atención de los
oficiales siempre conlleva malas noticias para los soldados. Plaga solía transmitir sus órdenes a
través de Christianson. No podía ser otra vez por los pulgones; la tripulación estaba tan
hambrienta que los pobres bichos no tenían ni una sola oportunidad de vida.
—Descanse, soldado —dijo el capitán desde un asiento que resultaba casi invisible,
escondido detrás de los michelines del ocupante. Como era de esperar, Christianson estaba
de pie a su lado, sorbiendo agua helada de un vaso.
—Tenemos un problema serio —dijo Plaga, con aspecto feroz—. Ha ocurrido una
catástrofe de graves proporciones.
La mente de Bill funcionaba a toda velocidad. ¿Se habría acabado el agua? ¿Habría
estallado una peste entre los macizos de quingombó? ¿Una epidemia endémica de
gonorrea espacial? ¿Se habrían quedado sin combustible? ¿Se habrían perdido en el
espacio? ¿Extraviado para siempre?
—Un giro crítico de los acontecimientos —asintió Christianson, sombríamente—.
Tremendamente grave.
—¿Vamos a morir? —gimió Bill. Quizá estaban siendo absorbidos por un agujero
negro.
—Los buñuelos —dijo Plaga, con los músculos de las mandíbulas tensos, las manos
aferradas a los brazos de su asiento, y toda su grasa temblando de ira apenas contenida—.
¡Mis buñuelos!
—¡Buñuelos! —gorgoteó Bill.
—Desaparecidos —observó Christianson, mientras hacía tintinear perversamente los
cubitos de hielo de su vaso—. Hasta el último.
—¿Es esa su catástrofe? —gritó Bill, aliviado de que no tuvieran ningún agujero negro
en el futuro próximo.
—Le aseguro que es de lo más serio —murmuró Plaga, sombrío—. Alguien rompió el
código que cerraba la cámara acorazada en la que estaban almacenados.
Bill tragó con dificultad. Debía de haber sido Larry. O Moe. O Curly.
—Luego, el criminal dejó bien limpia la banda magnética protectora —dijo Christianson—
. Quienquiera que lo haya hecho, sabía lo que se traía entre manos.
Tootsie. Tenía que haber sido Tootsie.
—Luego, el ladrón cortó el cable de la alarma principal —explicó Plaga—. Es un cable
muy grueso forrado de acero. Tienen que haber sido necesarios un hacha y un montón
de músculos para atravesarlo.
¡Magullador! ¡Oh, no, Magullador, no!
—Seguidamente, el vil perpetrador del acto criminal voló la puerta de la cámara
acorazada —gritó Plaga, sacudiendo violentamente su puño en el aire—. Una bomba tosca
pero eficaz. Probablemente casera.
¡Uhuru!
—Todas las bolsas selladas fueron abiertas de un tajo —dijo Christianson—.
Quienquiera que lo hiciese, tiene que haber tenido una navaja de afeitar o un cuchillo
muy afilado.
¡Rambette!
—Desaparecidos —bramó Plaga—. ¡Todos desaparecidos hasta la última brizna de
azúcar en polvo! La cámara acorazada parece haber sido limpiada con la lengua.
¡Barfer! ¿También el perro estaba metido en aquello?
—¿Qué piensa, soldado? —preguntó Plaga—, ¿Se ha formado alguna sospecha en su
mente?
—No —mintió Bill, instantáneamente—. Pero sí quiere mi opinión, tiene el aspecto de
haber sido llevado a cabo por un fanático de talentos múltiples, psicópata y loco, en un
momento de arranque.
—Ese es el tipo de opinión sin cual puedo vivir perfectamente. Un psicópata, puede ser...
pero psicópata o no, quiero que se me entregue al culpable en el plazo de dos horas —
gruñó Plaga—. ¡No pienso tolerar en esta nave el robo de mis pertenencias! ¿Me expreso
con claridad, agente de la Policía Militar?
—Sí, señor.
—¡Voy a meter al perpetrador de este crimen atroz en la cabina de descompresión sin
concederle el beneficio de un juicio ni de un traje espacial! —rugió Plaga, dando un
puñetazo encima de su escritorio—. Y si no tengo al culpable de pie aquí dentro de dos
horas, voy a comenzar a arrojar gente al vacío hasta que uno confiese. Y empezaré por
el PM. Si usted hubiese estado cumpliendo con su deber, esto jamás hubiese ocurrido.
¿Me ha comprendido bien? Muévase.
Bill se movió. Encontró a la tripulación reunida en la habitación que compartía con
Magullador y el perro. Había migajas por todo el suelo.
—No puedo imaginarme quién pudo hacer una cosa así —dijo Rambette, mientras
limpiaba la gelatina de fresas de su cuchillo con un trapo.
—Probablemente haya sido el señor Christianson —dijo Uhuru, que olía a nitroglicerina y
tenía un bonito reguero de azúcar en polvo en la parte delantera de la camisa—. Nunca
me he fiado de él.
—Caine —dijo Magullador, lamiéndose gelatina de mora de los dedos—.
Probablemente sea un desecho de fábrica. Fallado.
—Lo más probable es que Plaga los haya cogido él mismo —dijo Larry, o Moe, o
Curly—. De esa forma podía comérselos todos. —Los tres clones tenían idénticos copos
de pasta escarchada en sus mentones idénticos.
—Sí, Plaga —dijo Tootsie, mientras se sacudía unas migajas del regazo—. No es uno
de esos que compartan las cosas.
El perro Barfer salió de debajo de la litera de Bill, con el aspecto culpable que sólo
puede tener un perro apestoso, flatulento y con una enorme mancha de frambuesa en
el hocico.
—A mí me ha dejado perplejo —mintió Bill, con heroica sinceridad. Justo entonces,
Caine entró en la habitación.
—Creo que tenemos un problema —dijo el androide, mientras se sentaba en el borde
del escritorio de Bill, e ignoraba educadamente las pruebas del reciente banquete de
dulces.
—Yo diría que sí —comentó Bill—. Dispongo de una hora y media para aparecer con
un voluntario para dar un paseo por el espacio.
—¡El perro! —dijo Magullador, entusiasmado—. Échale toda la culpa a ese estúpido
perro.
—Barfer no podría encender una mecha —dijo Uhuru—. No colaría.
—Me temo que ya no disponéis de más tiempo —dijo Caine—. El capitán Plaga se ha
vuelto bastante irracional. Ha decidido arrojar al espacio a toda la tripulación y decirles a
las autoridades que fue un accidente. Creo que su metabolismo ha sufrido una
alteración debido a la carencia de azúcar.
—Creo que está lisa y llanamente como una cabra —afirmó Rambette—. Está chalado.
Ha llegado el momento de poner en práctica el plan nueve.
—Oh, chico —dijo Magullador, poniéndose al hombro a Rebanadora—. El plan nueve
me mola cantidad. ¡Espacio exterior!
—¿El plan nueve? —preguntó Bill—. ¿Qué es el plan nueve?
—Exactamente igual que el plan ocho, pero más rápido —dijo Tootsie—. ¡Motín!
—Quizá deberíamos, primero, sólo intentar hablar con él —dijo Bill, soslayando el
problema de forma ambigua—. Estoy bastante seguro de que entrará en razón. No nos
precipitemos. El motín es una cuestión muy seria, y tiene mal aspecto en los expedientes
militares.
—¡A la mierda con los expedientes militares! Esa es la respuesta —dijo Larry, o Moe,
o Curly.
—Lo tengo todo anotado en mi libreta —señaló Tootsie, blandiendo un cuaderno de
espiral manchado de gelatina—. He apuntado todas y cada una de las veces que ese
hombre ha cometido un abuso con un miembro de la tripulación. ¿Recordáis cuando
Larry estaba demasiado enfermo como para trepar por el robot y Magullador le trajo una
taza de agua y Plaga le cogió y le encerró durante una semana? Lo tengo anotado. ¿Y la
vez en que le hizo fregar a Rambette los contenedores de abono con un cepillo de
dientes? También eso lo tengo anotado. Lo tengo todo anotado. Si salimos de ésta, no
habrá ningún tribunal en el universo que nos declare culpables.
—Eso no lo sé —dijo Bill, nada convencido—. Los tribunales militares siempre se ponen
de parte de los oficiales de más alto rango, y se aseguran que los miembros de la tropa
no tengan oportunidad alguna. En ese sentido son muy previsibles.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que te bebiste un vaso de agua fresca? —preguntó
Rambette.
—Bueno... —dijo Bill.
—¿Estás con nosotros o contra nosotros? —preguntó Magullador, poniéndose de pie e
irguiéndose ante Bill, mientras cambiaba a Rebanadora de una mano a la otra como si
se tratase de un cuchillo pequeño.
—Dado que me lo ponéis de esa forma tan absolutamente lógica y coherente —dijo
Bill—, estoy con vosotros al ciento por ciento.
—También yo estoy convencido —dijo Caine—. Es una respuesta bastante lógica para
una situación totalmente ilógica. Y tú, Magullador, tienes la razón en un punto.
—Más bien en un filo, ju, ju —sonrió Magullador.
—Pues esto es la unanimidad! —gritó Rambette—. Muy bien, Caine: ¡motín! ¡Vamos allá!
El capitán Plaga y el señor Christianson estaban intentando manipular el piloto
automático con el fin de encontrar una buena porción de espacio vacío en el que arrojar a la
tripulación, cuando Bill entró, solo, tras haber sacado la pajita más corta, o más bien el tubo
de plástico más corto.
—Llega demasiado tarde —gruñó Plaga— Me desharé de todo el mundo, incluyéndole a
usted y ese estúpido pie suyo.
—¿Está seguro de que no quiere cambiar de opinión? —preguntó Bill—. Aún hay
tiempo.
—No hay tiempo —canturreó el señor Christianson—. Esta nave está infestada de
alimañas ladronas, y nosotros estamos a punto de exterminarlas a todas, ratas y
cucarachas.
—Creo que no me dejan alternativa alguna —dijo Bill con severa determinación—. En
este instante le informo que ha habido un motín y usted ha sido relevado de su cargo de
comandante.
—¿Un motín? —rió Plaga—. No diga tonterías.
Magullador entró y se detuvo junto a Bill, mientras daba golpecitos con la ancha cabeza
del hacha Rebanadora en el suelo.
—¿Motín? —preguntó Christianson, atragantado.
Rambette entró, erizada de cuchillería.
—Motín —dijo con firmeza—. Motín.
—Arrojadlos a la cámara de descompresión! —gritó Tootsie, que entró al frente del resto
de la tripulación al interior de la ahora superpoblada habitación— ¡Hacedles chupar por el
vacío! O en los tanques hidropónicos... obligadles a caminar por el plancton.
—¡Un momento! —dijo Bill.
—Sí, un momento —dijo Plaga, desesperado—. Un momento, por favor.
—¿Qué te parece una de las naves salvavidas, Bill? —preguntó Larry, o Moe, o Curly—.
Dejémosles a la deriva. Será una muerte más humana, larga y lenta.
—No hay naves salvavidas en está chalana —dijo Bill—. Es una muestra más de la
mejor economía militar.
—No alcanzo a comprender qué tienes en contra de matarles —dijo Rambette—, pero
si te lo tomas tan a la tremenda, dejémosles en algún planeta desierto y larguémonos de
aquí.
—¿Pero cómo vamos a pilotar la nave? —preguntó Bill, mirando fijamente la
desconcertante enormidad de esferas, indicadores y botones—. Es demasiado
complicado.
—Muy sencillo —dijo Larry, o quizá Moe.
—No es más que otra computadora gigante —dijo Curly, o quizá Larry.
—Si hay algo que conocemos... —dijo Curly, o Moe.
—...como las palmas de nuestras manos... —dijo Larry, o Curly.
—...son las computadoras —acabó Moe, o Larry. Bill comenzaba a sentirse confundido
al respecto.
—Es lo único en lo que estamos de acuerdo —dijeron los tres al unísono.
—De acuerdo —asintió Bill, con repentina determinación—. Rambette, tú y Magullador
encerradles en la sala del quingombó. Larry, Moe y Curly, ocuparos los tres del piloto
automático.
—¿En la sala del quingombó? —gimoteó el señor Christianson.
—De esa forma, no se morirán ustedes de hambre —respondió Bill con una sonrisa
malvada.
—¡Pero, serán miserables!
—Soy alérgico al quingombó —lloriqueó Plaga, temblando de miedo y asco.
—En ese caso podrá comerse los pulgones —le susurró Magullador, empujándoles a
ambos fuera de la habitación.
—¿Qué tal ese planeta de ahí? —preguntó Tootsie, señalando la pantalla de visión
exterior.
—¿El planeta rojo furioso? —preguntó Larry, o Moe—. Buena elección. No tiene
atmósfera de tipo alguno. La palmarán en un segundo.
—No —dijo Bill con firmeza—. Se los devolveremos a las autoridades.
—De ninguna manera —dijo Tootsie.
—Aquí hay uno —dijo Moe, o Curly—, y tampoco está demasiado lejos. Tan sólo a
unos pocos días. Es ideal; un planeta no habitado y árido con una estación de
comunicaciones. Podemos dejarles allí.
—Eso tiene buena pinta —asintió Bill—. Dirígete hacia él.
—Una delicia —dijo Curly, o Larry—. Incluso tienen un faro intermitente que transmite
un mensaje.
—¿Un faro que transmite un mensaje? —preguntó Bill—. ¿Y qué dice?
—No estoy muy seguro —contestó Moe, o Curly—. No puedo descifrarlo del todo. Puede
ser: BIENVENIDOS O MANTÉNGANSE APARTADOS.
6
—Qué lugar tan desolado, Larry —dijo Bill mientras orbitaban el árido planeta.
—Sin duda lo es, pero yo soy Curly —inquirió Curly, tecleando alegremente números en
el tablero de control del piloto automático—. Larry está allí, programando la nave para el
aterrizaje.
—Entonces, Moe...
—Exacto —dijo Curly—. Es el cobarde que está atado al asiento y lleva encima todos esos
arreos de emergencia, el que tiene puesto el casco antichoque. Está escogiendo el sitio
de aterrizaje.
El planeta giraba debajo de ellos, un planeta abandonado barrido por el viento que
estaba a media galaxia de distancia de cualquier sitio del que se rumoreara siquiera que
era civilizado. En torno al ecuador hervía una continua tormenta de arena, y los
agitados vientos sólo eran detenidos por agudos picos montañosos que se encumbraban
por encima del caos. Aquello era un cuadro árido: un mundo muerto, muerto y
tenebroso.
—¿Hay alguien por ahí abajo? —preguntó Bill.
—No podría asegurarlo —contestó Curly—. La única señal que recibimos es el faro de
mensajes, y no ha cambiado. Puede que hayan abandonado la estación.
—O que simplemente no se sientan de humor conversador —añadió Tootsie—
¿Podréis aterrizar allí con esta nave tan grande?
—Este es un trasto viejo pero duro de pelar —dijo Curly—. Ya no los construyen así.
Es capaz de ir a cualquier parte.
—Pse... ¿pero puedes llevarlo hasta allí abajo?
—Y aun en el caso de que se mantenga de una pieza —refunfuñó contrariado Moe—
, esa tormenta no me gusta nada.
—A ti no hay nada que te guste —dijo Larry—. Eh, Tootsie. ¿Qué tal si me pasáis otro
bocadillo de jamón cocido de puercoespín? En pan de truco, si no es mucha molestia.
Mucha salsa volcán y quizá un poco de esa conserva de bayas laxantes. La programación
es una actividad que consume mucha energía.
Uhuru había asaltado la cocina de oficiales a punta de lanza, y dejado en libertad un
congelador lleno de comestibles exóticos y una despensa atestada de productos comunes
y lujosos. Desde entonces aquello había sido el paraíso de los carnívoros en el que la
tripulación se alimentaba con carne en cada comida y no se veía ni por asomo una hoja
de quingombó; y con pleno acceso a la bandeja de los condimentos durante todo el viaje
hasta el planeta sin nombre. El capitán Plaga y Chrístianson se habían tenido que
conformar con una monótona dieta de quingombó y áfidos, aunque no sin lamentos de
protesta, protesta que era instantáneamente acallada por Magullador y su compañera
inseparable, Rebanadora.
—¿Qué te parece, Caine? —preguntó Bill, mientras observaba la tormenta con la
misma fascinación de un ratoncillo que mira la garganta emplazada en el fondo de la
boca abierta de una serpiente.
—Podría ser mejor —dijo Caine, meneando la cabeza—. Yo hubiese preferido un
planeta con un clima algo más benigno, por no hablar de la diversidad botánica. Tendré
suerte si encuentro algún liquen en el que poner los ojos, lo cual, según van las plantas, y
no es que vayan muy lejos, es bastante aburrido. No me importa decir que podríamos
estar cometiendo un gran error al secuestrar y abandonar al capitán y al señor
Christianson. Los motines han sido tradicionalmente castigados de forma entusiástica por
las autoridades militares. Por otra parte, una vez que se toma una decisión hay que
actuar en consecuencia.
—En pocas palabras, no puedes decidirte —dijo Bill.
—Sí y no —respondió Caine.
—Aterrizaje en cinco minutos —asintió Curly—. Puede que la cosa se ponga movidilla,
así que ajustaos los cinturones y sujetaos con fuerza.
¿Un poco movidilla? Curly demostró ser un verdadero maestro de la infravaloración, un
auténtico gurú de predicciones erróneas, y, además, un piloto de mano pesada e
igualmente bastante torpe.
La Merced chocó contra la atmósfera con un rechinamiento ensordecedor y un
gemido ominoso. Todas las junturas y pernos de aquella vieja bañera parecían estar a
punto de romperse. Bill se sujetó para salvar su querida vida.
—¡Más potencia! —chilló Larry—. ¡Moe! ¡Necesitamos más potencia!
—¡No, lo que necesitamos es derrapar! —gritó Moe—. ¡Derrapar!
—¡Soy yo quien está pulsando los botones! —rugió Curly—. ¡No me mareéis! ¡Ya tengo
bastantes problemas con el análisis de vector!
—¡No le mareéis! —le hizo eco Bill, cuyas palabras le salieron del alma.
La nave estaba cayendo en picado casi total, girando primero hacia un lado y luego
hacia el otro, sacudiéndose como una hoja en un tornado.
—¡Tirabuzones! —chilló Larry—. ¡Lo que necesitamos son tirabuzones!
—¿Cómo puedes pensar en comerte un plato de pasta en un momento así? —gritó
Tootsie—. Paso de traértelos, tío. ¡Quédate con tu rollo!
—Olvídate de la maniobra tirabuzón —aulló Moe—. ¡Danos un empujón con el motor
principal!
—Estamos en medio de fuertes turbulencias —gritó Caine—. Yo recomendaría un
encendido de punto dos y un segundo del impulsor de estribor, para estabilizar la nave.
—¿Estribor está a derecha o a izquierda? —aulló Curly.
—¡A la izquierda! —berreó Larry.
—¡A la derecha! —gritó Moe.
—¿Qué ha sido eso? —chilló Tootsie.
—¡Creo que acabamos de perder uno de los escudos! —gritó Larry—. ¡El de la
derecha!
—¡A la izquierda! —gritó Moe—. Quizá estribor esté a la izquierda. Aunque también
podría estar a la derecha. ¿En qué dirección queda arriba?
—¡Estamos bajando! —dijo Bill, con voz temblorosa—, ¡Que alguien encienda las luces
exteriores!
A pesar de tener encendidas las luces exteriores, a través de la pantalla de visión exterior
no se veía más que remolinos de arena. Fuera de la nave, la tormenta tronaba y rugía,
haciendo sonar retumbos intestinales y vibraciones que traspasaban el casco.
—Esto se está poniendo un poco feo —dijo Rambette, a través del intercomunicador
de la sala de quingombó—. ¿Qué tal si apretáis el interruptor suave?
—¡Mirad! —exclamó Tootsie—. ¡Allí está! Ya veo la pista de aterrizaje.
—Maravilloso —dijo Curly, mientras pulsaba botones como un loco haciendo que la
Merced se deslizara hacia un lado describiendo un bucle que encogía el estómago—. Lo
calculamos casi al pelo.
—¡Vamos a estrellarnos! —aulló Larry.
—Trescientos metros —exclamó Moe—. Doscientos. ¡Preparaos! ¡Sujetaos!
—¿Quién ha bajado el tren de aterrizaje? —ladró Curly.
—¡Ese era tu trabajo! —gimió Larry.
—¡No, se suponía que tú debías hacerlo! —aulló Moe—. ¿Es que yo tengo que hacerlo
todo?
—Ya lo tengo —dijo Bill, mientras apretaba un botón claramente etiquetado: ACTIVAR TREN
DE ATERRIZAJE.
Aterrizaron con un crujido y un estallido y el sonido de un choque aplastante.
Inmediatamente comenzaron a oírse los sonidos de campanilleos y chillidos de alarmas.
Unas luces rojas intermitentes que destrozaban los ojos, llenaron la sala de control. Todas
las luces de ALARMA y FALLO de los tableros de control brillaban con malevolencia.
—¡Lo sabía! —chilló Tootsie—. ¡Estamos jodidos! Nos hemos ganado la esclavitud, el
tedio, la interminable amargura, y la monotonía hasta nuestra muerte segura y
destrucción total.
—Malas ganancias —admitió Caine, desabrochándose el cinturón de seguridad.
De pronto, las alarmas dejaron de sonar todas a un tiempo. Bill se puso
temblorosamente en pie y miró a Curly con ojos de vaca, una admiración que acababa
de nacer y la sensación de que estaba ante algo maravilloso.
—¿Cómo has arreglado todas esas cosas que no funcionaban? —preguntó.
—No lo he hecho —respondió Curly—. Simplemente apagué las alarmas. Odio todo
ese ruido que hacen.
—¡Mirad ahí fuera! —gritó Tootsie, señalando la pantalla de visión exterior—. ¡Una
serpiente gigante está atacando la nave!
Un enorme objeto tubular se dirigía hacia la Merced, ondulando y retorciéndose sobre
el vientre como un reptil. Cuando llegó hasta la nave, levantó su extremo anterior y golpeó
el casco con un resonante ruido metálico.
—¡Nos ha golpeado! —dijo Bill, mientras le castañeteaban los dientes.
—¡Nos ha atracado! —exclamó Larry.
—Dime que existe alguna solución para eso de atracado —gimoteó Tootsie—. No podré
aguantar mucho más esta situación.
—No hay de qué preocuparse —pontificó Caine—. Eso no es más que un pasadizo
automático de atraque que conecta nuestra nave con la estación de comunicaciones. Ahora
podremos ir y venir sin necesidad de recurrir a esos molestos sistemas de soporte vital
que tienen esas ridículas lucecitas en la cabeza, ningún tubo de evacuación, y esas
placas viseras que siempre se empañan.
—¿Informe de daños? —preguntó Bill.
—Creo que tenemos algo así como un puñado de cosas rotas —respondió Curly.
—Eso no resulta demasiado impresionante —gruñó Bill—. ¿Podrías ser un poco más
específico?
—Ya lo creo. Algunas cosas están rotas. Algunas otras cosas están dobladas, y esto y
aquello no funciona como debería.
—¿Podemos volver a despegar?
—No antes de un montón de trabajo —dijo Larry—. Sabía que era un error dejar que
Curly realizara el aterrizaje. Este torpe cabrón nunca aprendió a manejar su primer tren
de juguete, y mucho menos aprendió a caminar y a hablar al mismo tiempo. No puedo
imaginarme a alguien menos cualificado para hacer aterrizar una nave, excepto Moe, por
supuesto, que es un absoluto inútil con cualquier cosa más complicada que un interruptor
de apagado y encendido.
—Mira quién habla —gritó Moe—. Tú deberías...
—¡Eh! ¿Qué está pasando aquí? —preguntó Magullador, que entró en la sala de control
con Plaga y Christianson atados con sendas sogas por el cuello—. ¿Es que aquí no
puede un hombre echar una siestecilla?
Rambette les seguía con un cuchillo en cada mano.
—¿Dormir? —preguntó Tootsie.
—Este imbécil cabeza de cemento durmió durante toda la maniobra —dijo Rambette—,
tan cómodo como se pueda estar, enroscado encima de un macizo de quingombó. Plaga y
Christianson estaban atados juntos, y realizaron el viaje encima de una pila de abono
junto con Barfer. Como podrás advertir, despiden un cierto aroma. ¡Eh! ¿Qué es eso?
—Un tubo de atraque —dijo Bill—. Una especie de paso peatonal. Creo que deberíamos
echarle un vistazo a la estación de comunicaciones.
—¿Quién va delante? —preguntó Tootsie—. ¡Yo me presento voluntaria para ir al final!
—En ese caso, hay una solución lógica para ello —entonó Caine—. Si ahí fuera hay
personal militar alguno, lo mejor para los amotinados será ocultar el hecho de que lo son,
¿verdad? — Todos asintieron como locos menos los dos oficiales atados, que gruñeron de
asco... y olían asquerosamente.— Dado que todos vosotros sois prisioneros, dato que
puede estar en los archivos galácticos de fácil acceso con una simple computadora de
mano, no puede ir ninguno de los prisioneros. Por mi calidad de androide oficial de esta
nave, vosotros probablemente tenéis poca confianza en mí... eso es, asentid nuevamente
con vuestras estúpidas cabezas. Así que eso sólo deja a nuestro PM, debidamente
nombrado para el cargo y teóricamente el siguiente en la cadena de mando.
Bill retrocedió un paso ante la ardiente presión de los ojos que se volvieron hacia él.
Magullador habló en nombre de lodos.
—Sal ahí fuera, cabrón, y ve a ver qué pasa.
El tubo de atraque era un túnel estrecho y lleno de curvas, por el que Bill avanzó de
mala gana y pisando fuerte con su pie de elefante. Los demás le seguían a prudente
distancia (pues no se fiaban de dejar a Bill a solas), excepto Uhuru, que se había
quedado con Curly para custodiar a los prisioneros e inspeccionar los daños sufridos por
la nave; ambos hombres habían sido seleccionados por el sistema de sacar pajitas, o
más bien trozos de tubo de plástico.
—Soy claustrofóbico —dijo uno de los clones, apretado entre Tootsie y Larry, o Moe.
Bill había vuelto a perder el hilo de quién era quién en el departamento de los clones, y
tampoco le importaba realmente. El viento azotaba despiadadamente el tubo de atraque,
aullando y chillando como una enloquecida banshee. Bill tenía muy malos
presentimientos respecto a aquel planeta y deseó, no por primera vez en su vida militar,
estar de vuelta en Phigerinadon II, arando los campos. Pero aquella época de juvenil
inocencia se había marchado, perdido para siempre. Los cambios y giros del destino le
habían hecho una mala pasada, pero no podía hacer otra cosa que jugar las cartas que
tenía. O algún razonamiento por el estilo.
Sin embargo, él sólo deseaba tener un pie normal, aunque sólo fuese para variar, para
aligerar sus pesadas cargas al menos un poco.
—Aquí está todo oscuro —protestó Tootsie—. No veo por dónde voy.
—Como choques conmigo te corto un brazo —le advirtió Rambette.
—Se suponía que tú debías traer las linternas eléctricas —dijo Larry, o Moe.
—Esa era tu misión —replicó el otro clon—, Yo tenía que traer el almuerzo.
—Bueno, pues eso significa que tenemos dos almuerzos y ni una sola linterna.
Tampoco es culpa mía, cabeza de chorlito.
—Ten cuidado con a quién llamas cabeza de chorlito, cabeza de chorlito. Estoy
empezando a pensar en...
—¡Esperad! —gritó Bill—. ¡Deteneos! Hay algo justo ahí delante.
—Lo sabía —gimió Tootsie—. ¡Monstruos! ¡Los horripilantes desconocidos!
—Tú tienes ganas de morir, Tootsie —dijo Rambette—. Suéltalo ya, Bill. ¿Podemos
matarlo?
—Lo dudo —respondió Bill—. Tiene aspecto de ser una puerta. Una muy sólida.
—Quizá deberías abrirla —dijo Caine.
Bill buscó el picaporte y se reclinó contra la superficie metálica. Se abrió lentamente y
de mala gana, rechinando los goznes. Metió cautelosamente la cabeza en el interior, y
miró a su alrededor.
—¿Qué ves? —preguntó Tootsie.
—Nada —respondió él—. Está tan oscuro como la boca del lobo.
—¿Qué tal si lanzo un cohete de señales? —preguntó Magullador—. Me encanta todo
el ruido que mete y el fuego.
—Probablemente eso no sea necesario en este momento —dijo Bill, mientras entraba—.
Tiene que haber una forma mejor.
—¡Coño! —gruñó Magullador—. Nunca me dejan divertirme.
—Yo sugeriría que encendiéramos las luces —dijo Caine—. La iluminación nos reportaría
una gran ventaja.
—¿Y dónde sugieres que encontraremos las luces? —le espetó sarcásticamente Bill, que
ya se estaba cansando de la actitud de sabelotodo de Caine—. No puedo ver nada.
—Los interruptores de la luz están habitualmente emplazados al lado de la puerta —
dijo Caine— Es la posición lógica para ellos.
Bill encontró inmediatamente el interruptor de la luz, y cuando lo accionó pudieron ver
que estaban en lo que aparentemente era una antesala de la parte central de la estación.
De un perchero colgaban una docena de trajes espaciales, y en las paredes había fijada
una gran variedad de instrumentos. Algunas puertas cerradas conducían a diferentes
sitios.
—¿Hay alguien en casa? —llamó Tootsie. Su voz retumbó en las paredes y murió.
—Esto es una estación fantasma —dijo Larry, o Moe—. Está desierta. ¿Por qué
dejarían aquí los trajes espaciales?
—Este sitio no me gusta ni pizca —dijo Moe, o Larry—. Volvamos a la nave.
El perro salió cautelosamente del tubo de atraque, con el pelo erizado. Se acercó a Bill;
olía a abono y gruñía.
—Por aquí —exclamó Caine—. Mirad por esta puerta. He hallado a la tripulación.
—Gracias a Dios —dijo Bill mientras el alivio le inundaba—. ¿Qué dicen?
—No mucho —replicó Caine—. Están todos muertos.
7
—¡Ya he descifrado el mensaje del Faro! —gritó Curly por el radio, desde la nave—.
Indudablemente dice: MANTÉNGASE APARTADOS.
—Un montón de gracias —contestó Bill, mientras seguía a Caine al interior de lo que
debía de haber sido un centro de control de algún tipo—. Te sugiero que vengas aquí lo
antes posible... y traigas a los prisioneros contigo. Puede que ellos consigan discernir lo
que está ocurriendo aquí —. Acabó pasándole el fardo de la responsabilidad a otros,
según la más pura tradición militar.
Todo estaba cubierto por una fina capa de polvo, incluso los tres hombres encogidos y
momificados que estaban sentados en las sillas giratorias delante de los inactivos paneles
de control.
—¿Qué te parece a ti? —preguntó Bill.
—Me parece que ya no son unidades biológicas funcionales —observó Caine—. Lo que
tenemos aquí son tres personas que han estirado la pata, a menos, por supuesto, que
tengamos alguna cosa más.
—¿Como qué, por ejemplo?
—Como algo increíble que está mucho más allá de los más lejanos límites del
conocimiento humano —dijo Caine—. Podríamos estar dirigiéndonos a regiones a las que
no ha ido nunca nadie.
—¡Ignorancia absoluta! —gritó Tootsie—. ¡Lo que tenemos aquí es la ignorancia más
absoluta! Voy a desmayarme... —Y lo hizo, pero nadie le prestó la más mínima atención.
—Estos tipos están resecos —dijo Magullador—. ¡Mirad!
Tocó uno de aquellos cuerpos momificados con el mango del hacha, y se desmoronó
inmediatamente en una pila de polvo y huesos mondos.
—Ya has metido la pata —dijo Rambette—. Eso era lo único que nos faltaba: que nos
persiguiera por todas partes la maldición de una momia.
—Técnicamente hablando —discurseó Caine—, una maldición de ese tipo no puede
tener efecto sobre una persona, a menos que la persona crea que lo tiene. Yo,
personalmente, no soy creyente.
—Yo ya no sé qué creer —gimió Tootsie, que se había recuperado rápidamente al no
hacerle caso nadie—. Esto es algo horripilante.
Los prisioneros, aún atados con cuerdas, fueron introducidos en la sala. Al capitán
Plaga se le salieron los ojos de las órbitas a causa de la incredulidad, cuando advirtió la
presencia del uniforme y el montón de polvo.
—¿Qué es lo que ha podido hacer una cosa semejante? Ese hombre era un oficial. Se
supone que son los soldados los que deben ser expuestos al peligro, no los oficiales. Es
la regla.
—Yo sugeriría muy seriamente que hay alguien, o algo, que no está jugando según las
reglas —sugirió Caine—. Si yo tuviera que aventurar una conjetura, diría que parece que
les han chupado las fuerzas junto con la mayoría de sus fluidos vitales.
—Ahórrame los detalles —gimió Tootsie con aspecto de estar mareada.
—Así que, ¿qué es lo que tenemos aquí? —preguntó Magullador con la frente arrugada
a causa de la falta de hábito de pensar—. ¿Chupados quizá por mosquitos gigantes?
—Esto es trabajo de un alienígena —dijo Bill con serena confianza, meneando la
cabeza—, O más bien de alienígenas, más de uno. O más de dos. Nos hemos metido
con algo grande.
—Cuanto más grandes son... con más fuerza caen —siseó Magullador, blandiendo el
hacha y pulverizando accidentalmente otra de las momias—. Traédmelos.
—Yo sugiero que nos marchemos de inmediato —dijo Bill—. Estamos sentados sobre
un volcán.
—Secundo la moción —dijo Tootsie.
—Terceo la moción —dijo Larry, o Moe.
—Yo la cuarteo —dijo el otro clon—. Vámonos.
—Uhuru —dijo Bill, por radio—. Adelante, Uhuru. Responde, Uhuru.
No hubo respuesta; sólo silencio en la radio; un silencio muerto, quieto como una
tumba.
—Tienen a Uhuru —gritó Magullador—. ¡El pobre buen Uhuru comido por los
alienígenas!
—Lo sabía —gritó Tootsie—. Este sitio es una trampa mortal. ¡Vamos a morir!
—Eso es también un deseo de muerte —dijo Rambette—. No sabemos seguro que...
—Aquí Uhuru, Bill —sonó la radio—. Estaba sacando unas chuletas de puercoespín del
congelador para que se descongelaran. ¿Qué quieres?
—¿Cuándo podremos despegar? —preguntó Bill—. Tenemos un pequeño problema.
—No, tenéis un problema grande —replicó Uhuru—. Aquí hay gran cantidad de cosas
quemadas, y lo que no está quemado está doblado. Hemos perdido los dos escudos
protectores y casi todas las tuberías de la nave tienen escapes, por no hablar de que los
lavabos están inundados y se ve que el asa del horno microondas se ha caído.
—¿Cuánto tiempo? —dijo Bill, tragando—. ¿Cuánto tiempo para repararla?
—Calculo que tendré el horno funcionando en un par de horas, tres como máximo.
—Olvídate del horno, idiota! ¿Cuánto tiempo pasará antes de que podamos despegar?
—Tal vez una semana, sí podemos aprovechar piezas de la estación —dijo Uhuru—. Tal
vez nunca, si no podemos aprovechar nada.
—¿Crees que aguantaremos una semana? —le preguntó Bill a Caine.
—De ninguna manera —respondió rotundamente este último.
—Tengo hambre —dijo Magullador, con la boca llena de saliva—. No hay nada como
los problemas para despertarme el hambre.
—Tenemos almuerzos de más —dijo Larry, o Moe—. Los hemos traído muy especiales.
Coge.
—¡Comida de verdad! —gritó Plaga—. ¡Carne!
—Deme uno de esos bocadillos —dijo taimadamente Christianson.
Rambette le echó una mirada feroz.
—Por favor —suplicó Christianson—. Olvidé decir por favor. Lo siento. ¿Podría, por
favor, tomar uno de esos maravillosos bocadillos?
—Podrá comer todo el quingombó que quiera cuando volvamos a la nave. Ahora...
mírenos comer.
Así lo hizo, gimiendo de vez en cuando si alguien eructaba con satisfacción y se lamía
las migajas de los labios. El capitán se volvió de espaldas y miró con el ceño fruncido los
restos de los cadáveres.
Mientras comían, Bill también miró por encima del hombro a la momia que quedaba
entera. Había doce trajes espaciales en el perchero. ¿Qué había ocurrido con las otras
nueve personas?
—Dale un bocado al perro, Bill —dijo Rambette—. Barfer tiene aspecto de necesitar comer
algo.
—Ya lo he intentado. No quiere comer lo que le doy. Por propia voluntad se ha puesto
a dieta exclusiva de quingombó. No ha vuelto a comer nada más desde la vez en que se
empachó con buñuelos.
—¡He oído eso! —gritó Plaga.
—Usted no ha oído nada —gruñó Magullador.
—Pues yo no he oído nada en absoluto —dijo Christianson, para demostrar su buena
voluntad —. Y especialmente no he oído nada acerca de buñuelos. ¿Puedo tomar un
bocadillo? ¿Por favor?
—Puede comerse las cortezas del de Larry —le espetó Moe—. El señor macho siempre
las arranca.
—He estado pensando —dijo Caine.
—Mejor para ti —contestó Bill—. ¿En qué?
—Bueno, para empezar, en este sitio hay algo extraño.
—Me alegro de que lo hayas advertido —comentó Bill—. Yo diría que una sala con dos
momias pulverizadas y una a punto de desmoronarse, sería calificada de extraña y
fantasmagórica en cualquier libro.
—No sólo eso —dijo Caine—. Pero, ¿por qué estamos comiendo?
—Porque tenemos hambre —señaló Rambette.
—Yo también tengo hambre —dijo Caine—. Eso es en sí mismo extraño. Como
androide, no estoy programado para sentir hambre a menos que necesite un cambio de
baterías o esté bajo de aceite.
—Quizá necesites algunos voltios —expuso Magullador.
—No a esta hora —repuso Caine—. Creo que hay algo aquí que está afectando nuestro
comportamiento. ¿Cómo, si no, puede explicarse el hecho de que estemos sentados aquí,
comiendo, cuando nuestras vidas corren un peligro mortal y estamos rodeados de
momias, intactas o en otros estados? Simplemente, no es lógico.
—¿Qué sugieres? —preguntó Bill.
—Primero, creo que tomaré otro bocadillo —dijo Caine, cogiendo uno del montón que
estaba en el centro de la mesa.
—Puede que haya algo allí —inquirió Rambette, mirando entre las lonchas de
puercoespín—. Yo no sólo tengo hambre, sino que siento un arrollador deseo de irme a
dar una vuelta sola y hacer cosas increíbles incluso a costa de cualquier peligro.
—Yo también —dijo Magullador, sirviéndose más comida—. Pero en mi caso, siempre
hago las cosas de esa manera.
—Yo nunca hago las cosas de esa manera —respondió Tootsie—, pero ahora quiero
hacerlas de esa manera. Ya sabéis: andar sola por ahí, en la oscuridad, con cosas
atemorizadoras acechando detrás de cada esquina. Para una cobarde de solemnidad, ese
es un comportamiento bastante extraño. No sé qué ha causado estas alteraciones en
nosotros.
—Quizá sea algo que está en el polvo —dijo Caine, pasando los dedos por la superficie
de la mesa y examinándolos luego—. Podría ocurrir que esto no fuera polvo en absoluto,
sino esporas alteradoras de la mente.
—¿Esporas? —preguntó Larry, o Moe, que habían cambiado tantas veces sus lugares
en torno a la mesa que Bill había vuelto a perderse—. ¿Qué quieres decir con esporas?
—Lo sabía —gimió Tootsie, sacudiendo las posibles esporas de su bocadillo—.
¡Estamos siendo atacados por champiñones asesinos y moriremos todos!
—Ese es el deseo de muerte número tres de los últimos veinte minutos, Tootsie —
advirtió Rambette, entre mordisco y mordisco—. Realmente tienes una actitud de lo más
negativa.
—Tendré que analizar estas posibles esporas en mi laboratorio —comentó Caine—.
Pero creo que antes tomaré un último bocado y luego me daré un paseo en solitario por
un sitio extraño.
—Curly, ¿por qué no miráis, Larry y tú, a ver si podéis activar el tablero de mandos? —
dijo Bill—. Quizá haya un diario de a bordo en el banco de memoria, que pueda
explicarnos qué ocurrió. O a lo mejor alguien llevaba un registro escrito.
—Buena idea —concedió Rambette—. Sugiero que todos nos separemos y
busquemos por cada uno de los horripilantes rincones de este lugar, hasta que demos
con algo así.
—¡Esperad! —dijo Tootsie.
—¿Esperar a qué? —preguntó Caine—. No me digas que tienes miedo de salir sola por
ahí y fisgonear por oscuros y peligrosos lugares.
—No es exactamente eso —contestó Tootsie.
—Bueno, ¿qué es, entonces? —preguntó Rambette.
—Todavía tengo hambre —respondió—. ¿Podéis darme un poco más de comida, por
favor?
Bill se levantó de la mesa, atiborrado. Barfer se había marchado, probablemente en
busca de quingombó. Bill escogió una puerta al azar, la abrió y entró en un largo y
oscuro vestíbulo. Tras haber aprendido de Caine una valiosa lección de supervivencia,
lo primero que hizo fue encender las luces. Pero no sirvió demasiado; continuaba estando
oscuro y era atemorizador.
«Veamos —pensó Bill—. Si yo fuese un diario o algo parecido, ¿dónde estaría?
Probablemente en algún nauseabundo rincón, haciendo guarrerías con un champiñón
asesino.»
El nuevo pie de Bill comenzaba a causarle problemas. A pesar de que se había
estabilizado en lo que al tamaño se refiere, continuaba haciéndose cada vez más pesado
y tenía que arrastrarlo durante la mayor parte del tiempo. La piel era arrugada, fea y gris.
Pertenecía a un elefante, no a un soldado imperial que ansiaba entrar en acción.
Ninguna bota militar en todo el universo sería capaz de calzar aquella extremidad
monstruosa. Aunque, por lo menos, la gruesa planta de ésta hacía innecesario el calzado.
En el suelo se veían unas huellas babosas, y Bill se preguntaba si sería una pista o
simplemente una prueba de que Barfer se había marchado al trote por aquel mismo
vestíbulo, babeando y salivando como tenía por costumbre. Abrió al azar una puerta, y
echó un vistazo al interior. Había otra momia sentada a un escritorio, completamente
chupada hasta la última gota.
Con gran precaución, entró en la sala en busca de pistas. Aquella era la habitación media
de un soldado raso: una cómoda de cartón, un lavabo con la puerta rota, un dispensador
de anticonceptivos en la pared, una cama con colchón de cemento y una momia. Sobre
el escritorio había un grueso libro con las palabras DIARIO DE LA ESTACIÓN impresas
en la cubierta. En el lavabo se oía el sonido de algo que arañaba y el raspar de una
respiración trabajosa. Aquel lugar estaba preñado de pistas.
¿Respiración trabajosa?
—Barfer, sal de ahí —llamó Bill, mientras caminaba hacia la estancia—. Perrito bueno.
No hubo respuesta. Más sonido de arañazos.
—No hagas juegos estúpidos y no me des problemas, Barfer —dijo, cogiendo el borde
de la puerta del lavabo—. Te traeré un poco de quingombó.
En el instante en que Bill abría la puerta del lavabo, Barfer entró precipitadamente en
la habitación, gruñendo y ladrando. Algo pequeño y veloz se escabulló fuera del lavabo y
pasó por delante de Bill. Barfer saltó en el aire con un ladrido de felicidad. Bill saltó en el
aire con veloces maldiciones en los labios, y cuando aterrizó, su pie de elefante
atravesó el suelo.
—Me has dado un susto de muerte —le gritó a Barfer que estaba de pie encima de la
litera con las orejas echadas hacia atrás y todo el pelo erizado, gruñendo con toda su
alma.
A Bill le llevó un minuto extraer su enorme pie del agujero. Luego miró al interior del
cráter que había hecho, con la esperanza de que se tratara del sótano. Incorrecto.
—¡Eh! —chilló—. ¡Aquí! ¡Venid todos!
—¿Has encontrado el diario? —exclamó Caine, mientras el ruido de pies que corrían
llenaba el vestíbulo.
—Eso no es todo lo que he encontrado —gritó Bill—. Hay algo debajo de la estación.
¡Es enorme! Una caverna o algún tipo de sitio vacío y grande.
—¿Vacío? —preguntó Rambette, que irrumpió en la habitación con un cuchillo en
cada mano.
—Bueno, creo que no está exactamente vacío —dijo Bill, mientras miraba por el oscuro
agujero—. Algo verdaderamente repugnante e increíble se está moviendo por ahí
abajo.
8
—Muchacho, eso de ahí abajo tiene un aspecto muy malo —dijo Rambette cuando
todos se reunieron con Bill en torno al agujero—. Apenas puedo esperar para bajar en
solitario a la desconocida oscuridad y averiguar de qué se trata. ¿Quién tiene una cuerda?
—Yo he encontrado una cuerda —dijo Tootsie—. Y también unas linternas eléctricas.
Pero no nos precipitemos. Quizá deberíamos hablarlo y trazar un plan de acción.
—Inteligente forma de pensar —concedió Magullador—. Ahí abajo puede haber un
montón de cabrones alienígenas peligrosos. Yo voy primero porque soy el mejor. Yo y
Rebanadora nos encargamos de cualquier cosa.
—Como oficial científico, yo soy la elección obvia para la investigación inicial de ese
sitio repulsivo —dijo Caine—. Nadie más aquí tiene las calificaciones necesarias.
—Rebanadora es la única calificación que necesito —gruñó Magullador.
—Tú eres botánico, Caine —dijo Larry, o Moe—. No creo que ahí abajo vayamos a
encontrarnos con un manojo de tomates asesinos.
—Quizá deberíamos decidirlo por el sistema de sacar pajitas —apuntó Bill.
—Eso es estúpido —dijo Tootsie—. ¿Por qué no bajamos todos de una vez?
—Eso es —asintió Rambette, quitando la momia del camino y atando la cuerda al
escritorio—. ¡Allá voy!
—Acabo de recordar que algo salió corriendo del lavabo —dijo Bill, cogiendo una linterna
de manos de Tootsie, mientras esperaba su turno de cuerda—. Realmente me dio un
sobresalto. A Barfer tampoco le gustó.
—Tal vez era un roedor espacial —dijo Caine—. Un ratón mutante de nave o una rata de
colmillos gigantes.
—No —dijo Bill—. Se arrastraba. Los ratones no se arrastran, no de esa manera. Las
ratas tampoco, creo. Fuera lo que fuese, se movía rápido, demasiado rápido como para
verlo bien. Pero estoy absolutamente seguro de que se arrastraba.
—¡Eh! Esto de aquí abajo es fantástico —exclamó Rambette—. Y realmente amenazador,
a la manera alienígena.
—¿Y nosotros, qué? —gimoteó el capitán Plaga— No pueden dejarnos a Christianson
y a mí atados juntos como un par de perros.
—A mí me suena muy bien eso de dos perros del mismo pelaje atados juntos —objetó
Tootsie. Luego, cambió de opinión—. Os quitaremos los collares... pero sólo si bajáis con
nosotros al agujero.
—¡Eso está hecho! —gritaron los dos oficiales como un solo hombre, y gorjearon de
felicidad cuando les quitaron las ataduras.
—¡Apenas puedo contenerme! —aulló Magullador—. Yo el próximo. Tengo que ir el
próximo. ¡Quizá pelear, matar... eso es lo bueno!
—¿Hay alguien ahí? —preguntó Uhuru por radio—. Aquí la Merced a quien ande con
la radio.
—Aquí Bill. ¿Cómo va eso?
—Bastante bien —dijo Uhuru—. Tengo arreglado el microondas y ahora mismo estoy
cocinando una tanda de puercoespín.
—Oh... eso es realmente fantástico. ¿No te gustaría decirnos qué tal va el resto de la
nave?
—Me alegro de que me lo preguntes. Bastante mal —dijo Uhuru—. He gastado toda la
cinta para conductor al intentar arreglar el lavabo. Si encontráis más en la estación,
traedla.
—Lo haremos —dijo Bill—. Pero podríamos tardar un poco. En este momento estamos
un poco ocupados.
—¿Qué ocurre?
—Bueno, para empezar, yo fui atacado.
—¿Atacado? —se burló Uhuru—. ¿En un planeta desierto y carente de vida? ¿Qué
era? ¿Una invasión de cangrejos monstruosos? ¿Gente champiñón? ¿Mujeres de
cincuenta pies?
—Déjate de bromas... esto es serio. Estamos rodeados por momias secas y hay una
caverna debajo de la estación, que quizá esté llena de los horrores alienígenas, sean los
que sean, que mataron a esta gente. Vamos a bajar para echar un vistazo. Caine piensa
que fui atacado por un ratón, pero yo sé que no.
—Eso es una locura —dijo Uhuru.
—No, estoy seguro de que no era un ratón.
—Ahora ya sé que os habéis vuelto todos majaras —gimió Uhuru, con desesperación—.
Dices que estáis rodeados de muertos, momias, desparramados por todas partes. Hablas
de ratones de combate locos. Luego me dices que vais a meteros en peligros
desconocidos sin una buena razón, probablemente desarmados. Eso, a mí, me suena a
locura. Yo no bajaría allí con nada inferior a una armadura completa.
—No estamos exactamente desarmados —dijo Bill—. Magullador tiene el hacha.
Rambette dijo que nos prestaría uno o dos de sus cuchillos.
—Estáis acabados —dijo Uhuru—. Voy a cerrar la nave. Sea cual sea la enfermedad
mental que habéis contraído, se ha cargado toda la sensatez que hayáis podido tener
alguna vez, lo que en algunos casos es muy poco. Yo no quiero contraerla. Ya tengo
bastantes problemas con la sensatez que tengo.
—Me siento bien —dijo Bill, mientras se disponía a bajar por la cuerda hacia la ominosa
oscuridad.
—Ese es exactamente el problema —dijo Uhuru—. ¿Vas tras algún tipo de monstruo
fabricamomias con nada más que cuchillos, y te sientes bien? A mí me parece que estás
como una cabra.
—Tú quédate de guardia, Barfer —dijo Bill, mientras le acariciaba la cabeza al perro;
después se secó la mano en una pernera del pantalón y comenzó su huida hacia el posible
olvido. La protestona voz de la radio se hizo más débil y luego se desvaneció
completamente al desaparecer Bill por el agujero del suelo mientras Uhuru murmuraba
algo acerca de una enfermedad deformadora de la mente que pudiera propagarse por
la nave.
La caverna era inmensa, impresionante, como una gruta de proporciones gigantescas.
Tenía fácilmente unos cien metros de altura; las paredes se arqueaban formando un
elegante y enorme semicírculo, en el que se alineaban rebordes a espacios regulares. Era
como estar en el interior de la caja pectoral de algún animal gigante, o como andar por
dentro del costillar de Leviatán. Parecía no tener fin, ni principio; se extendía en la
distancia más allá de lo que era posible distinguir.
Pero, de todas formas, Bill se perdió la mayor parte de lo arriba descrito. Tenía tanto
miedo que mantuvo los ojos cerrados durante la mayor parte del descenso. Rambette le
ayudó a soltarse de la cuerda.
—Este es un lugar horrendo —dijo ella, loca de contenta— Nunca he vivido una
situación tan terrorífica. Supongo que debería estar asustada, pero lo que realmente tengo
ganas de hacer es largarme a dar vueltas por ahí y explorar por mi cuenta. Os veré más
tarde.
—Qué gran idea —dijo Caine, y también se marchó.
—¡Eh!, mirad esas «estalagmatas» de ahí arriba! —exclamó Larry, o Moe.
—Eso son «estatetas» —dijo el otro clon—, ya que parecen tetas.
—Se llaman «estalagmatas» porque si te caen en la cabeza, te matan. Todo el
mundo sabe eso, cabeza de chorlito.
—¿A quién le llamas cabeza de chorlito...?
—Eh, aquí —llamó Magullador—. Mirad lo que he encontrado.
Todos lo que aún no se habían marchado por su cuenta hacia algún desastre seguro,
se acercaron a la roca que parecía una costilla sobre la que estaba de pie Magullador.
Éste estaba mirando hacia un charco somero de traslúcida gelatina verde y viscosa.
Debajo de aquella sustancia inflada había cosas, muchas cosas.
—¡Puaj! —exclamó Tootsie, haciendo una mueca—. Esos son los bichos más repulsivos
que he visto nunca. ¿Qué son?
—Parecen salchichones podridos apoyados sobre un extremo —dijo un clon—. Todos
correosos y arrugados, pegajosamente espeluznantes.
—¿Quién iba a plantar un campo de salchichones podridos, cabeza de chorlito? —dijo
el otro clon—. No se puede criar salchichones de esa manera.
—Vainas —dijo Bill—. Son vainas de alguna clase. Ojalá Caine estuviera aquí. Quizá
sean realmente vegetales.
—¿Crees que serán comestibles? —preguntó esperanzado Magullador.
—Podrían ser huevos —dijo Tootsie—. Se parecen un poco a los huevos de avispa,
sólo que de tamaño mucho más grande y apariencia más monstruosa.
—Los huevos se pueden comer —murmuró Magullador—. Pero estas cosas no tienen
una pinta demasiado buena.
—Tiene que ser una gallina bastante fea para que ponga huevos así —dijo Tootsie.
—Tienen que ser miles de ellas —observó el capitán Plaga.
—Millones —calculó Christianson—. ¡Miren allí... y allí... y por todas partes!
Efectivamente, la totalidad del suelo de la caverna parecía estar cubierta de charcos de
gelatina con vainas, entre los caminos en forma de costillas.
—Debe ser una gallina muy ocupada —apuntó Tootsie.
—No creo que nos enfrentemos a la labor de unas gallinas —observó Bill, de forma
especulativa, mientras se inclinaba sobre uno de los charcos para ver con más claridad la
vaina—. Al menos no una gallina normal.
—Eh, en el interior de éste hay algo que se mueve —dijo Christianson, que estaba
inclinado hacia delante con la nariz a escasos centímetros de una vaina—. Es realmente
asqueroso.
—Éste también se está moviendo —corroboró Magullador, echándole una mirada de
cerca—. ¿Qué os parece?
—Si apartáis la gelatina podréis verlos mejor —dijo Larry, o Moe, que estaba de rodillas
e inclinado sobre el borde—. Por supuesto, os ensuciaréis las manos con esta cosa
viscosa.
—¡Ajjj! —chilló Tootsie—. ¡Es horrible!
—¿Te has acercado demasiado a una vaina? —preguntó Bill—. ¿Te ha saltado algo
encima?
—No, pero me he ensuciado con esa porquería pegajosa —dijo Tootsie—. Es repulsiva.
—Creo que deberíamos tener cuidado —comentó Bill, mientras se inclinaba un poco
más—. Todo esto tiene algo de alienígena.
—No sabemos nada acerca de estas vainas —afirmó Christianson, metiendo un dedo—
Creo que podrían ser peligrosos.
—Podrías tener razón —dijo Magullador, mientras se inclinaba para oler una vaina—.
Pero creo que me gustan.
—Normalmente no estoy de acuerdo con los criminales —asintió el capitán Plaga—. Estas
vainas tienen algo de prohibido y malévolo, pero al mismo tiempo me siento fascinado por
ellas. Si me metiera en el charco podría verlas mejor.
—Esa no parece una idea muy buena —dijo Bill—. Podría ocurrir algo peligroso.
—¡Argh! —chilló Magullador.
—¡Guau! —dijo Christianson, rebosante de alegría.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Bill.
—Algo horrible, diabólico, ha saltado fuera de las vainas que estaban mirando —gimió
Tootsie—. Las criaturas se han enrollado en torno a sus cabezas y no hay forma de
soltarlas. Ven a ver.
Bill corrió hasta ella, poniendo buen cuidado en no caer en el interior de un charco de
vainas.
—Mátalo —gritó Bill.
—No puedo —dijo Tootsie—. Simplemente, no puedo.
—¿Es que se trata de alguna criatura alienígena con una concha impenetrable? —
preguntó Bill—. ¿Es indestructible?
—No, es demasiado mona como para matarla.
Bill pudo ver que Tootsie tenía razón. Las criaturas alienígenas que envolvían las cabezas
de Magullador y Christianson parecían un cruce de osito de peluche con patito bebé.
—¿Están bien? —preguntó el capitán Plaga—. El señor Christianson pertenece a una familia
muy rica y poderosa. Podría tener serias y graves consecuencias el hecho de que fuera
devorado por un alienígena mientras cumple una misión bajo mi mando.
—Todavía respiran —dijo Bill—, y, posdata: usted ya no está al mando.
—Oh, lo había olvidado —musitó Plaga—. Resulta difícil abandonar el cetro de la
responsabilidad, ya sabe.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Caine, que llegó con Rambette—. Estaba por ahí, dando
vueltas solo y ocupándome de mis propios asuntos, cuando oí un grito que helaba la
sangre. ¿Algo va mal?
—Podríamos decirlo así —respondió Bill—. Unas criaturas alienígenas surgieron de las vainas y
se pegaron a Magullador y Christianson.
—Fue algo más que un salto lo que dieron —dijo Tootsie—. Yo no llamaría a eso surgir,
precisamente.
—¿Se arrastraban? —preguntó Bill—. Yo me lo perdí.
—No, salieron disparados —dijo Larry, o Moe—. ¡Igual que unos muelles bajo presión!
—Decididamente, fue como si brotaran de forma repentina —concluyó el otro clon—. No
salieron disparados en absoluto.
—Oh, qué monos son —apuntó Rambette—. Blandos y tiernos. Ojalá yo tuviera uno.
—Lo lamentarías si así fuera —dijo Caine—. Yo creo que, a pesar de su apariencia, son
mortíferos.
—¿Mortíferos? —preguntó Larry, o Moe—. Mira esas patitas palmeadas y esos ojillos tan
monos, iguales a adorables botoncitos negros. No puedo creer que tengan un solo
huesecillo mortífero en sus monos cuerpecillos.
—Son criaturas alienígenas —dijo Caine—. Jóvenes. Como androide, puedo reconocer qué
es lo que vosotros, los humanos, llamáis «mono» en estricto sentido abstracto. Pero sé,
sin embargo, que todas las criaturas grandes y pequeñas tienen bebés «monos». Es un
mecanismo protector de la preservación de las especies. De esa forma, los padres no se los
comen ni los abandonan en témpanos de hielo flotantes.
—Supongo que podrían ser peligrosos —dijo Bill, dubitativo—. Para ser tan monos, parecen
haber dominado a Magullador y Christianson bastante bien. Los pobres cabrones están ahí,
respirando con dificultad y mirando a la nada.
—Será mejor que les llevemos de vuelta a la nave —dijo Caine—. Tendré que hacerles
algunas pruebas. No me gusta el aspecto que tiene esto, pero creo que sé lo que ha
ocurrido aquí.
La tripulación contuvo el aliento con los ojos fuera de las órbitas a causa de la
expectación, y se volvió a mirar al androide.
—Los alienígenas les están convirtiendo en zombis.
9
Bill ni siquiera creía en la existencia de los zombis, pero allí estaba, arrastrando uno. Por
supuesto, hasta hacía muy poco tampoco había creído en la existencia de las momias. Sin
duda, la vida estaba llena de sorpresas. Ahora sudaba, sufría, y se sentía triste mientras
la experiencia dejaba sin validez toda una vida de falta de fe. Magullador era pesado y, al
ser obviamente zombi en parte, no cooperaba en absoluto. Bill le llevaba por las piernas, y
Caine y el capitán Plaga le sujetaban cada uno por un brazo. La criatura alienígena se
encargaba más o menos de la cabeza. Nadie quería acercarse a esa zona.
—¿Está listo el cabestrillo? —gritó Bill.
—Bajando —respondió Rambette desde el agujero del techo de la caverna—. Ten
cuidado de que no vuelque. A Christianson casi le dejamos caer y le despachurramos; y,
la verdad, no es que se hubiera perdido nada del otro mundo —acabó, toda corazón.
Ataron a Magullador al cabestrillo y observaron cómo el resto de la tripulación lo izaba.
Bill estaba deseando largarse de aquel lugar.
—Esto parece ser la sala de crías —observó Caine—. Me pregunto cuántos adultos
estarán por aquí, acechando.
—¡No hables así! —sugirió Bill, tras tragarse el corazón que parecía habérsele alojado
en la garganta—. Ni siquiera bromees con eso.
—Será una experiencia instructiva y probablemente horrible —continuó Caine—. Quizá
incluso fatal.
—Cierre la boca excepto para meter comida —ordenó cáusticamente Plaga—. Los
encuentros fatales con alienígenas antropófagos son experiencias que es mejor reservar
para los reclutas, no para los oficiales.
Bill observó cómo Magullador desaparecía en el agujero de arriba. La cuerda volvió a
caer y él la cogió.
—Ya sabéis que Uhuru ha sellado la puerta de la nave, ¿no? —dijo Bill, que había
encontrado otra cosa por la que preocuparse mientras se ataba la cuerda en torno a la
cintura y se agarraba fuertemente a ella con una de sus manos derechas—. Tiene miedo
de contraer algo.
—Esa es una acción lógica por su parte —dijo Caine—. Si yo fuera él, hubiese hecho lo
mismo.
—Pero dado que nosotros somos nosotros —contradijo Bill—, ¿qué vamos a hacer a
continuación?
—Meternos en el interior de la nave —respondió Caine—, lo que también es algo lógico
de hacer.
Barfer se puso loco de contento al volver a ver a Bill. En cuanto Bill salió por el agujero,
el perro le derribó y le cubrió de detestables, babosos y pegajosos besos de perro, al
tiempo que se le subía encima del pecho y le dejaba sin respiración.
—Tenemos que traer rápidamente a Caine aquí arriba —dijo Rambette, mientras
apartaba al repelente sabueso de una patada, desataba a Bill y volvía a tirar la cuerda por
el agujero—. Esto es importante.
—¿Qué ha pasado, ahora? —preguntó Bill, expectante.
—Hemos estado leyendo el diario de la estación —respondió Tootsie—. Malas, muy
malas noticias.
—Ya os he oído —dijo Caine, que salió gateando del agujero—. ¿Cuál es la última
anotación?
—¿Realmente tenemos que sacar de ahí al capitán Plaga? —preguntó Larry, o Curly—.
Voto porque le dejemos aquí para siempre.
—¡Ya lo he oído! —gritó Plaga desde el suelo de la caverna—. Y exijo que...
—Sería mejor que le sacáramos —dijo Bill—. Al menos de esa manera podremos
vigilarle.
—La última anotación data de un mes atrás —dijo Rambette—. Dice lo siguiente: «¡Esto
es horrible!».
—¿Y la anterior a esa? —preguntó Bill, azorado.
—«¡Esto es desastroso!» —leyó Rambette, mientras pasaba las páginas rápidamente—. Y
la anterior a esa dice: «Esto no puede continuar por mucho tiempo... ¡El fin! ¡El fin!».
—Creo que estamos sobre la pista de algo —sugirió Caine—. Presiento que algo ha ido
mal. Continúa leyendo. Quizá haya alguna pista en ese diario.
—La anotación del día anterior dice: «¡Esto es espantoso! ¡Horrendo! ¡Aterrador!» —leyó
Rambette—. Y la anterior a esa dice: «Otro día aburrido. Aquí nunca ocurre nada. Creo
que vi un ratón arrastrándose por el suelo de la habitación, esta tarde».
—¿Arrastrándose? —gritó Bill, repentinamente alertado—. ¿Dice realmente
arrastrándose?
—Léelo tú mismo, y llora si no te gusta cómo lo hago yo —se burló Rambette,
entregándole el diario.
Bill leyó lentamente, moviendo los labios, mientras con un grueso dedo reseguía la
línea. Ella estaba en lo cierto. No había nada ominoso escrito en el diario hasta el
momento en que se mencionaba al rastrero ratón.
—¿Qué vamos a hacer con estos dos? —preguntó Tootsie mientras señalaba a Magullador
y Christianson, a los que habían recostado contra la puerta del lavabo—. Me están
poniendo frenética de miedo.
—Tenemos que llevarles de vuelta a la nave —dijo Caine—. Es la única manera de
poder salvarles.
—¿Cómo vamos a conseguirlo? —preguntó Rambette—. Uhuru ha cerrado la puerta.
—Se la haremos abrir —dijo Bill.
—¿Cómo? —preguntó Caine, burlón.
—Es muy simple —respondió Bill—. Primero, nos separamos... Luego...
—Detente exactamente allí —gimió Tootsie—. Ya he tenido bastantes separaciones.
Sólo para comenzar, encuentro que eso de dar vueltas por sitios terriblemente peligrosos
ha perdido su encanto desde que Magullador y ese pretencioso de mierda se
convirtieron en zombis.
—Tenemos que encontrar cinta impermeable para tuberías —gritó Bill—. Mucha cinta.
Por aquí tiene que haberla en algún lugar.
Y la había. Larry y Curly encontraron un armario atestado de rollos adhesivos. Las
apilaron en un enorme montón junto a la puerta del tubo de atraque, y llamaron a Uhuru que
demostró estar de un humor particularmente poco servicial.
—¿Todavía estáis vivos? —preguntó—. Me imaginaba que ya estaríais todos convertidos en
momias, a estas alturas.
—¿Les creerías a unos zombis? —susurró Rambette—. ¿O quizá a una escamosa criatura
viscosa de alguna laguna negra?
—Cállate —sugirió Tootsie—. Te oirá.
—No, Uhuru. Estamos todos bien —mintió Bill, con convicción—. ¿Estás preparado para
dejarnos entrar?
—Olvídalo, Bill, viejo compañero —gruñó Uhuru—. Todavía tengo lo poco que me queda
de sensatez, y la intención de conservarla. La puerta permanecerá cerrada hasta que Moe y
yo consigamos reparar la nave y largarnos de aquí, o nos muramos de viejos, lo que ocurra
primero.
—¿Cómo van los lavabos? —preguntó Bill.
—No habrá privilegios urinarios; no intentéis entrar con ese truco. De todas formas, ¡puaj!
—dijo Uhuru—. No lo preguntes.
—¿Tan mal?
—¡Indescriptible! —respondió Uhuru—. Así que no voy a intentar hacerlo.
—¿Crees que la cinta adhesiva impermeable serviría para mejorar un poquitín las
cosas? —sugirió Bill, con indiferencia casual.
—Sería la salvación, pero se me ha acabado —dijo Uhuru, con desesperación—. Y las
tuberías aún tienen escapes.
—Nosotros tenemos cinta —dijo Bill—. Montones y montones de cinta.
—No te creo —sugirió Uhuru, pero le temblaba la voz—. ¿Cinta adhesiva impermeable, eh?
—Cientos de rollos —respondió Bill—. Suficiente como para envolver dos veces todas las
tuberías de la nave. Eso ayudaría a reducir considerablemente el aroma.
—En ese caso, podría dejaros entrar —dijo Uhuru—. Pero tendréis que pasar por el proceso
ordinario de descontaminación durante al menos cinco horas, y quedaros en la sala de
cuarentena durante varios días. Por supuesto, yo podría pasar la cinta por el esterilizador, y
utilizarla de inmediato. Pero vosotros, compañeros, tendréis que esperar.
—No disponemos de días —susurró Caine—. Ni siquiera disponemos de horas. Se trata
de un asunto de minutos.
—Lo siento, Uhuru, pero eso no podrá ser —dijo Bill con firmeza, echándoles una mirada
a Magullador y Christianson, que estaban apoyados en la pared y tenían para todo el mundo
la apariencia de zombis de cerebro lavado, excepto para las monas criaturas alienígenas
que estaban enrolladas en torno a sus cabezas.
—El proceso de descontaminación me produce sarpullidos —volvió a mentir Bill—. El
trato es el siguiente: o entramos directamente con la cinta, o no habrá cinta.
—No sé qué hacer —gimió Uhuru—. ¿Estáis absolutamente seguros de haber
recuperado la sensatez y de que os funciona como es debido? Al menos, que vosotros
sepáis. No quiero que ninguna enfermedad cerebral invada la nave.
—Estamos bien —mintió de nuevo Bill—. Al pelo.
—No —dijo Uhuru—. No puedo hacerlo. Por mucho que necesite la cinta, es demasiado
arriesgado.
—Como quieras —dijo Bill—. Eres tú quien tendrá que respirar lo que flota elegantemente
en el aire, ahí dentro.
—¡Elegante! —exclamó Uhuru—. ¡Eso es! ¡Un traje! Me pondré un traje espacial. De esa
forma, si habéis contraído lo que creo que habéis contraído, no llegará hasta mí.
—Preclaro pensamiento —exclamó Bill, enérgicamente—. Ahora estamos acercándonos por
el tubo de atraque.
Las linternas que había encontrado Tootsie hicieron que el camino de vuelta fuera
considerablemente más fácil, pero eso estaba más que contrarrestado por la necesidad de
arrastrar a un par de posibles zombis tiesos, mientras acarreaban varios cientos de rollos de
cinta adhesiva. Además, no ayudaba mucho el hecho de que el pie de elefante de Bill se
estuviera convirtiendo en una auténtica carga.
Uhuru, que llevaba un abultado traje espacial que ostentaba en la cabeza una lucecita
como la de un árbol de Navidad y una placa visora empañada, abrió la puerta y la
tripulación entró a toda velocidad en la Merced, antes que el compañero pudiese cambiar
de opinión. Estaba cogiendo rollos de cinta cuando finalmente advirtió que ocurría algo
seriamente malo con dos de los que acababan de regresar.
—¡Magullador tiene algún tipo de alienígena enrollado! —gritó—. ¡Nos están invadiendo!
—En realidad, es más bien al revés —dijo Bill—. Los alienígenas parecen tener el
control de este planeta.
—¡Y también Christianson! —gimió Uhuru—. ¿Cómo pudisteis traer a estos alienígenas
revientacabezas a bordo de la nave? ¡Me prometisteis que habíais recuperado la
sensatez!
—La perdimos durante bastante tiempo cuando nos ocurrió algo extraño. Eso creemos
—explicó Rambette.
—Obviamente —gruñó Uhuru—. Y os ocurriría algo incluso más extraño si tuviese un
arma a mano.
—Piensa en esto como en una oportunidad sin precedentes para la investigación
científica —entonó Caine—. No cada día se tiene la ocasión de analizar formas de vida
alienígenas asquerosamente atractivas.
—Tienes razón, tienes razón —dijo el otro, tocando tiernamente con un dedo uno de los
alienígenas y estremeciéndose—. Son monos, de una manera horrible, pero voy a
quedarme dentro del traje espacial, probablemente para siempre.
—¿Qué ocurre? —preguntó Moe desde la sala de control a través del
intercomunicador—. ¿Alguien puede oírme?
—Magullador olió una vaina —dijo Uhuru—. Lleva un alienígena por sombrero.
—¿Qué? —preguntó Moe—. ¿Tú también has perdido el seso? Tendría que haberme
puesto un traje espacial. Estoy perdido.
—El tiempo es de vital importancia —dijo Caine—. Subamos al laboratorio. Uhuru, tú
podrías trabajar en tu reparación de tuberías mientras nosotros llevamos a cabo nuestros
asuntos científicos. El aire es un poco pesado, aquí dentro.
El laboratorio de Caine estaba justo al lado derecho de la sala de quingombó, y tuvieron
que quitar varias plantas de los bancos de trabajo para dejar el espacio necesario para
tender a Magullador.
—¿No deberíamos comenzar con Christianson? —preguntó Tootsie—. Quiero decir,
que si cometemos un error preferiría que fuese con él. Magullador no es ninguna
maravilla, pero...
—No hay lugar para el sentimentalismo en el objetivo mundo de la ciencia —dijo
Caine—. No consigue más que enturbiar el pensamiento y llevar a conclusiones erróneas.
Comenzaremos con Magullador. Pásame la paleta.
—¿La paleta? —preguntó Bill.
—Allí, en el panel magnético, entre el rastrillo y la azada —dijo Caine—. Como antiguo
granjero, estoy seguro de que te queda el suficiente ingenio residual como para reconocer
una paleta.
—Pero este es un momento para la acción médica de pensamiento rápido —protestó
Bill, entregándole, sin embargo, la paleta a Caine.
—Eso es exactamente lo que tengo entre ceja y ceja —dijo Caine—. Quiero ver si
puedo arrancarle a Magullador este alienígena que tiene pegado.
—Hazlo con delicadeza —comentó Tootsie.
—Puedo asegurarte que no dañaré a Magullador —respondió Caine, mientras trataba
de soltar un mono piececillo palmeado.
—Yo pensaba más bien en el alienígena —dijo Tootsie—. Incluso a pesar de que es
probable que sea verdaderamente peligroso y pueda matarnos a todos, es adorable.
—Más sentimentalismo —refunfuñó Caine, mientras dejaba la paleta a un lado, con
gesto de frustración—. No quiere soltarse. Dame las tijeras de podar, Bill.
—¿Vas a cortarlo en pedazos? —gritó un horrorizado Larry, o Curly.
—No; lo que quiero es una muestra de sangre.
—Yo no haría eso —dijo apresuradamente Rambette—. No sabemos nada acerca de su
sangre. Podría ser cáustica, y la más pequeña gota agujerear el suelo y todos los otros
niveles inferiores hasta perforar el casco; moriríamos todos.
—Cállate —insinuó el androide—. Es la sangre de Magullador la que necesito analizar.
—Oh, eso es otra cosa —dijo Rambette—. Sácale toda la que quieras.
—Gracias —dijo Caine, secamente, tras lo cual le cortó un minúsculo trocho al lóbulo
de la oreja izquierda de Magullador, y recogió unas cuantas gotas en una pequeña
maceta de arcilla—. Meteré esto en el analizador.
—Estoy impresionada —dijo Tootsie—. Nunca había visto a la auténtica ciencia en
acción.
Bill miró las tijeras de podar y se preguntó si podría cogerlas prestadas cuando Caine
hubiese terminado. Había roto dos de los cuchillos de Rambette en un infructuoso
intento de cortar las uñas de su pie de elefante, y ella se negaba a prestarle otro.
—Asombroso —dijo Caine, mientras apretaba los botones de su analizador.
—¿Qué has encontrado? —preguntó Bill, mientras los demás se reunían en torno a
Caine.
—Una total falta de clorofila —asintió—. Nunca había visto algo parecido.
—Es que aquí estamos tratando con seres humanos —dijo Bill—. A pesar de que
Magullador tiene sus innegables defectos, lo más probable es que se parezca un poco
más a los animales que a los vegetales.
—Esta es la primera vez que meto aquí otra cosa que no sea hojas machacadas o
tallos de plantas —explicó Caine, meneando la cabeza—. Siempre encuentro clorofila.
—¿Dónde estoy? —preguntó Magullador, mientras se sentaba—. ¿Qué hay para el
almuerzo? Estoy muerto de hambre.
—Yo también —dijo Christianson—. Nunca he tenido tanta hambre como ahora.
—¡Estáis los dos vivos! —gritó Bill.
—¿Qué más? ¿Estás chalado? —gruñó Magullador, que sostenía un ahora inerte
alienígena en sus manos—. ¿Qué es esta cosa? Lo último que recuerdo es que yo estaba
oliendo una vaina.
—¡Cuidado con eso! —chilló Caine, corriendo hasta él y arrebatándole la criatura de las
manos—. Esta es una valiosa criatura alienígena.
—Yo también tengo una —dijo Christianson, sosteniéndola con el brazo estirado por
una de las patas palmeadas—. Pero creo que la mía está muerta.
—Las dos están muertas —advirtió Caine—. ¿Cómo te sientes, Magullador?
—Realmente hambriento —respondió—. Por lo demás, bien excepto quizá por un cierto
dolor en el lóbulo de la oreja. Vamos a comer.
—Han pasado por muchas cosas —explicó Rambette—; yo también me muero de
hambre.
—Yo me quedaré aquí para examinar a los alienígenas —advirtió Caine—. Un auténtico
científico hace caso omiso de cosas tan banales como la comida, cuando está sobre la
pista de descubrimientos electrizantes y sin precedentes.
—Hora de mascar. Vámonos —ordenó Magullador, con la boca llena de saliva.
—¿Qué es ese olor asqueroso? —preguntó Christianson, olfateando mientras
caminaban en dirección a la cocina.
—No lo mencione —contestó Bill, que se sentía aliviado por haberse librado de los
alienígenas, y volvía a las preocupaciones normales del sistema de tuberías y la buena
comida.
—¡Mirad! —gritó Tootsie—. Oh, se ha marchado.
—¿Qué es lo que se ha marchado?
—Creí ver un ratón. Giró la esquina, arrastrándose, antes de que pudiera verlo con
claridad.
—Será mejor que queden chuletas de puercoespín, o podría haber problemas —dijo
Magullador.
«¿Se arrastraba? —pensó Bill—. ¿Ha dicho realmente que se arrastraba?»
10
Ciertamente, quedaban chuletas de puercoespín, o al menos las había hasta diez segundos
después de que Magullador se sentara a la mesa. No le hubiera llevado ni siquiera ese
tiempo, de no haber sido porque tuvo que clavarle el tenedor en el dorso de la mano a
Christianson, para asegurarse de que podría comérselas todas.
Magullador y Christianson hacían desaparecer la comida a la misma velocidad que
aparecía en la mesa. Ambos eran conocidos por disfrutar de un apetito bastante por
encima de lo normal, pero aquello era ridículo.
—Esto es ridículo —dijo Rambette, con un trozo de babosa marina rebozada en la
mano—. Decidme, ¿se supone que esto está frito?
—Lo que tienes ahí es lo único que hay —dijo Uhuru, que estaba sentado a la gran
mesa y aún llevaba puesto el traje espacial—. Fresco, directamente del microondas.
—No se puede meter babosa marina en el microondas —dijo Tootsie—. Se supone que
debe estar crujiente. Tienes que utilizar una freidora.
—La freidora se rompió cuando aterrizamos —explicó Uhuru—. Era una freidora
valiente, pero ahora no es más que chatarra. Chico, esos crepés de caviar de serpiente de
cascabel tienen buen aspecto.
—Son deliciosas —exclamó Christianson, mientras cogía un puñado de ellas y les
echaba medio frasco de salsa picante por encima—. Será mejor que cojas alguna ahora,
si es que quieres probarlas. Yo no puedo controlarme.
—No voy a salir de este traje —gimió Uhuru—. La verdad es que no me seduce la idea
de que me conviertan en un zombi.
—Ese rollo de los zombis no es más que una idea estúpida de Caine —dijo Magullador,
mientras le arrancaba los cuatro muslos a un pavo Procyon-3 asado—. Mírame a mí.
Normal como siempre. Pasadme un poco de ese fou-fou.
—Se está haciendo —advirtió el capitán Plaga, a quien se le había asignado el turno de
cocina y estaba realmente encadenado a ella—. Estoy tostando el fou-fou en este preciso
momento. No pueden esperar que lo haga todo al mismo tiempo.
—¡Yo ya estoy acabando con esto, así que también me comeré una hamburguesa de
soja! —dijo Christianson, tragándose el último bocado y lamiéndose luego los dedos con
entusiasmo—. Creo que las hamburguesas de araña picada deshidratada y reconstituida
son las mejores de la galaxia, pero las de soja son las segundas. ¿Estás seguro de que
tú no quieres comer, Uhuru?
Bill pudo oír cómo el estómago de Uhuru gruñía frenéticamente mientras su dueño
miraba con ansiedad la sartén en la que se freían las hamburguesas que producían un
delicioso humo verde. Bajó una mano y acarició la cabeza de Barfer que estaba a su lado.
El perro, loco de contento, masticaba un poco de quingombó que había sacado del jardín.
—¿Cuál de vosotros es Moe? —preguntó Bill. Los tres clones estaban sentados al otro
lado de la mesa, masticando entusiásticamente unas alas de arqueóptero asado.
—Él, el cabeza de chorlito que tiene en la mano el frasco de la salsa.
—¿Qué necesitas para poner la nave en funcionamiento, Moe? —preguntó Bill,
mordiendo un trozo de crepé.
—¿Además de la cinta adhesiva? Unos cuantos rollos de alambre servirían para
remendar algunas cosas. Veamos, también, algunas placas de acero para las mamparas,
pantallas para los escudos y fusibles; tenemos una auténtica escasez de fusibles. Hay un
equipo completo de soldadura y piezas diversas en los diques de reparación, pero
llevará su tiempo.
—Tiempo es precisamente lo que no tenemos —dijo Bill—. Pero yo entiendo de fusibles.
Tengo un título de oficial mechero de cuarta clase, así que me encargaré de eso.
—Yo puedo ocuparme de las mamparas —dijo Magullador entre trago y trago—. Pero
necesitaré ayuda para sacar las placas de acero de la estación.
—No cuentes conmigo —dijo Tootsie—. Yo no volveré a ese sitio terrible. Pasadme el
fou-fou.
—¡No puedo aguantar más! —gritó Uhuru, mientras se quitaba el casco y se apoderaba
de un ala de arqueóptero asado de dos metros de largo—. Sé que lo lamentaré, pero me
estoy muriendo de hambre.
—Deberías intentar masticar la comida, Magullador —dijo Rambette—. De esa forma,
baja mejor.
—Masticar me haría ir más lento —farfulló éste con la boca llena—. Y se pierde tiempo
para comer.
—Aquí tienen las hamburguesas —anunció el capitán Plaga—. Es raro. Los trocitos
negros son quitina de araña.
—¡Puaj! —gimió Tootsie—. Nunca más volveré a comer arañas después de ver cómo
las cocina usted.
—¡Eh! —aulló Magullador.
La conversación se detuvo en seco. Todo el mundo se quedó congelado. Incluso Barfer
dejó de masticar su quingombó y miró fijamente al hombretón.
—¡Eh! —gritó, dándose golpes en un lado de la cabeza—. ¡Creo que voy a perder el seso!
—Lo sabía —chilló Uhuru—. Nunca debí salir de mi traje espacial. Allá va mi sensatez,
y aquí llega el «zombismo».
—¿Dónde está Rebanadora? —rugió Magullador—. ¿Quién cojones me ha robado el
hacha?
—Tranquilo —dijo Bill, taimadamente—. Nadie...
—No me digas lo que tengo que hacer, PM cabeza de mierda —gruñó Magullador—. Todo
esto es culpa tuya.
—¿Culpa mía?
—Todavía está ahí abajo, en la caverna de las vainas. Larry dijo que la traería.
—¿Yo? Venga ya, Curly. Eras tú quien tenía que traerla.
—Alguien tiene que ir a buscarla —gruñó Magullador—. Yo creo que es una tarea
propia de un PM.
—¿Yo? —preguntó Bill.
—¿Es que tienes algún problema de oídos, quizá? —ladró Magullador—. Si ese enorme
pie que tienes no hubiese abierto un agujero en el suelo, nada de esto hubiera ocurrido.
Ahora, baja tu cuerpecito por el agujero y trae a mi Rebanadora... o la iré a buscar yo
mismo, volveré y emplearé el hacha contigo. No tendrás que volver a preocuparte por tu
pie nunca más. ¿Has comprendido?
—Creo que me he formado una idea —respondió un amedrentado Bill.
—Bien —gruñó Magullador, con una sádica sonrisa satisfecha—. Ahora que todo está
claro, acabemos de comer. ¿Quién tiene el resto de los crepés?
—Aquí hay más, señor —dijo el disgustado capitán Plaga—. Están exactamente como
le gustan.
Mientras Magullador y Christianson acababan con una gigantesca pila de crepés de
caviar de serpiente de cascabel semicrudo, Caine entró en la cocina. Llevaba en la mano
uno de los alienígenas muertos, y parecía preocupado.
—Tenemos un problema —dijo.
—Ya lo sé —contestó Uhuru, tragando—. Magullador ha perdido su hacha y... ¡eh!, ¡saca
esa cosa de aquí!
—No es más que un integumento vacío —agregó Caine—. No resulta en absoluto peligroso.
—¿Un qué? —preguntó Rambette—. No parece tan mono ahora que es un lo que sea que lo
hayas llamado muerto.
—Integumento es el nombre científico de la piel —dijo Caine—. Mudan la piel como las
serpientes. Ya estaba a mitad de la autopsia cuando descubrí que estaba vacía. Magullador
tenía razón; no es más que pelos y plumas.
—Esto no es una conversación muy apropiada para la hora del almuerzo —protestó
Christianson, a pesar de lo cual no paró de comer.
—Precisamente usted, de entre todos los presentes, debería poner atención a lo que
estoy diciendo, señor Christianson —perseveró Caine—. Tampoco a Magullador le haría mal
alguno escucharme.
—Ya le escucho —farfulló el hombretón mientras rompía con los dientes un hueso de
arqueóptero, y chupaba la médula ruidosamente.
—Esto no va a resultar agradable —discurseó Caine—, pero la ciencia, por el hecho de
ser dura, fría y objetiva, a menudo no lo es. Lo agradable podría ser considerado un lujo
que los investigadores científicos no pueden permitirse.
—¡Jesús! Estoy impresionada —dijo Rambette con la más absoluta indiferencia—.
Pasad ese pastel de latka hacia aquí.
—Es bueno, ¿eh? —preguntó Magullador—. Sin embargo, me siento apenado por todas
esas serpientes de cascabel.
—No te preocupes —agregó Tootsie—. Murieron por una buena causa: indigestión.
—¿Seríais tan amables de escucharme? —les espetó Caine con aspereza—. He
deducido que estamos ante la forma larvaria de una criatura extremadamente compleja.
—Sacudió la piel del alienígena para demostrar su teoría, y un pie palmeado cayó en
medio de la ensalada. Magullador lo cogió y lo arrojó al suelo. Barfer lo olió, gruñó con
descontento y volvió a su quingombó.
«Observamos de cerca la incubadora de huevos —continuó—. Es un buen sitio para
comenzar el análisis del ciclo vital de estas bestias. Después del adecuado período de
incubación, aparentemente salen del cascarón y esperan hasta poder pegarse a
cualquier forma de vida que tengan a mano.
—Todo esto está quitándome el apetito —gimió Tootsie.
—A mí, no —opinó Magullador, feliz—. ¿Quién tiene las rodajas de cebolla?
—Entonces, acumulan substancias nutritivas, entran en estado letárgico y mudan.
— Espere un momento —dijo Christianson, mientras miraba cómo el capitán echaba en
el aceite hirviendo los trocitos de babosa marina picada—. Creo que no me gusta esa
parte de «acumulan substancias nutritivas». ¿Está intentando decirme que me ha chupado
la sangre?
—Algo parecido —respondió Caine—. Pero yo no me preocuparía por ese pequeño
detalle. En ese punto de su ciclo vital son bastante pequeños, por lo que probablemente
no requieran mucho en lo que a su nutrición se refiere. Sólo un poco de sangre, de la que
podéis prescindir fácilmente. La única complicación es que después podríais sentir un
poco más de hambre de lo habitual.
—Yo no he advertido nada parecido —contestó Christianson, comiéndose media
hamburguesa de araña de un solo bocado.
—Tampoco yo —dijo Magullador, mojando la décima pata de pavo en salsa picante.
—¿Alienígenas chupadores de sangre? —reflexionó Rambette—. ¿Podrían ser vampiros
galácticos?
—Primero teníamos momias —gimoteó Tootsie—. Luego tuvimos zombis, y ahora
tenemos vampiros. Ya hemos congregado todos los malditos monstruos de la literatura.
—Creo que nos faltan los trolls —sugirió Bill, que deseaba ser útil—. Y los dragones.
—No olvides los hombres lobo —dijo Rambette.
—Quizá eso sea lo siguiente —añadió Tootsie, con voz temblorosa.
—Es difícil predecirlo —asintió Caine—. Pero si de una cosa podemos estar seguros, es
de que se transformen en lo que se transformen, ya no será algo pequeño y mono. Ya
serán adultos.
—Esas son noticias alegres —apuntó Bill, hundiendo los dedos en su estómago para ver
si le quedaba sitio para más comida.
—Así que, ¿dónde están ahora? —preguntó Uhuru—. Si han mudado, ¿adonde se han
metido? Será mejor que no anden sueltos por la nave.
—Esa posibilidad es muy real —dijo el oficial científico androide—. Y podría ocurrir que
ya no fueran dos, sino cuatro.
—¿Cuatro? —preguntó Larry, o Curly, o Moe, mientras le robaba un trozo de latka del
plato a otro de los clones—. ¿Cómo pueden ser cuatro?
—Podrían haberse dividido. Muchas criaturas lo hacen. Las amebas, por ejemplo.
Pero no es esa la mala noticia.
—Un momento —dijo Bill—. Es posible que tengamos cuatro vampiros sueltos por la
nave, ¿y esa no es una mala noticia? ¿Qué podría ser peor?
—Es bastante posible que no anden correteando por la nave.
—Eso es un alivio —advirtió Uhuru.
—No, no lo es —dijo lentamente Caine—. Esa es la mala noticia. Podrían estar
desarrollándose hasta su siguiente estado en el interior de los cuerpos de Magullador y el
señor Christianson.
Todos, excepto los posibles anfitriones anteriormente mencionados, dejaron de comer
y miraron fijamente y con horror a los potenciales peligros que había entre ellos.
—Eso no tiene gracia —dijo Magullador, mientras miraba hoscamente a los horrorizados
espectadores—. Nunca he oído nada parecido.
—Es realmente algo bastante común en la naturaleza —le tranquilizó Caine—.
Nosotros, los científicos totalmente competentes, conocemos muchos ejemplos. Las
avispas que ponen sus huevos sobre las orugas, son las que mejor domino yo. Pero, por
supuesto, existe la solitaria y otros parásitos de todo tipo.
—He oído decir que la gente con solitaria tiene un apetito enorme —dijo Bill, mirando a
Magullador con los ojos fuera de las órbitas por la sospecha.
Magullador y Christianson eran los únicos que aún estaban comiendo. Los demás
habían perdido el apetito a causa de la conversación sobre la solitaria, y la creciente
certeza de que estaba a punto de ocurrir algo muy malo.
—Si eso es cierto —dijo Uhuru, que no le quitaba los ojos de encima a Magullador—,
¿qué ocurrirá a continuación?
—Cuando el alienígena alcance el siguiente estado de su desarrollo, él... o ellos...
saldrán al exterior.
—¿Cómo? —preguntó Bill, lleno de creciente temor.
—De la forma que se les antoje —respondió Caine.
—¡Ugh! —jadeó Magullador, cogiéndose el estómago—. ¡Argh! ¡Uch! ¡Aurgh!
—¿Qué está ocurriendo? —gritó Uhuru, empujando su asiento hacia atrás y alejándose de
la mesa de un salto.
—Realmente vamos a morir —gimoteó Tootsie—. ¡Lo sabía!
—¡Corf! ¡Corf! —tosió Magullador—. ¡Argh!
—¡Tiene un ataque! —gritó uno de los clones—. ¡Que alguien haga algo! ¡Metedle una
cuchara en la boca!
—Creo que se está ahogando —apuntó Bill—. En ese caso, meterle una cuchara en la boca
no sería una buena idea.
—¡Los alienígenas están intentando salir de su cuerpo de una manera horrible y
sangrienta! —gimió Tootsie—. ¡Vamos a morir!
—Qué curioso —dijo Caine—. En realidad, debería estar tomando notas. Esto podría
ser de vital interés para la comunidad científica.
—¡Garp! —«garpeó» Magullador, arqueado hacia atrás en la silla—. ¡lak! ¡Glurp!
—Tenemos que hacer algo —dijo Rambette—. ¡Bill, no puedes quedarte ahí sentado y
dejarle morir!
—Estoy pensando en ello —contestó Bill—. Él quiere cortarme las piernas, ya sabes.
—Nadie es perfecto —dijo Rambette, mientras le daba golpecitos en la espalda a
Magullador—. Échame una mano.
—Creo que hay que cogerle por la cintura y darle un fuerte apretón —exclamó Bill,
mientras se ponía de pie.
—¡Pues hazlo! —chilló Rambette—. ¡No tenemos mucho tiempo!
—Yo no puedo rodearle con los brazos —dijo Bill—. Es demasiado gordo.
Rambette y Bill unieron sus manos, y tras discutir acerca del posible emplazamiento del
diafragma de Magullador, le aplicaron un fuerte apretón. Magullador soltó un potente
gruñido y sobre la mesa cayó algo que produjo un fuerte sonido chapoteante.
—¡Auuuuh! —gritó Tootsie—. ¡Ya estamos muertos!
—Eso es una porquería espantosa —gritó Uhuru, deslizándose en dirección a la
puerta—. Sabía que no tenía que dejaros entrar en la nave. ¿Alguien ve a los
alienígenas?
—Aquí no hay nada más que comida a medio digerir —dijo Caine, revolviendo aquello
con andróidica curiosidad científica—. Simplemente estaba atragantado. Es de lo más
decepcionante. Yo esperaba un alienígena.
—Le dije que masticara mejor la comida —añadió Rambette—. ¿Pero me escuchó? No.
—¿Alguien quiere repetir? —preguntó el capitán Plaga, que traía rodando un carrito
sobrecargado de comida. Se puso a gritar cuando todos comenzaron a golpearle—. ¿Qué
están haciendo? ¿Qué ocurre? Y si tienen ustedes alguna queja, yo también. Estaba
friendo otra tanda de crepés y... ¡eh!, que alguien coja a ese ratón que se está arrastrando
por el suelo. No puede haber ningún roedor en el área del comedor.
Bill pisó con fuerza con su pie de elefante. Lo que se aplastó debajo no tenía
precisamente el tacto de un ratón. Levantó lentamente el pie, y miró con horror lo que
tenía pegado a la planta.
—¿Lo ha cogido? —preguntó Plaga.
—Seguro —dijo Bill—. Pero no creo que fuera un ratón. Venid a mirar.
—Fascinante —asintió Caine, cuando todos se reunieron en torno a Bill para examinar
el pie.
—¿Es ese uno de los alienígenas? —gimoteó Tootsie.
—Ese era uno de ellos —puntualizó Caine—. Bill, desafortunadamente, lo ha aplastado
dejándolo del todo irreconocible. Me hubiera gustado analizarlo.
—¿De dónde ha salido? —preguntó Tootsie—. ¿Del interior de Magullador?
—No —dijo Plaga—. Ha venido de la cocina. Yo vi cómo salía arrastrándose de detrás
de un saco de harina.
—¿Eso son dientes? —preguntó Rambette—. ¿Esas cosas blancas que están en medio
de toda esa sangre?
—A mí me parecen dientes —contestó Christianson—. Y bastante afilados, por cierto.
—Sin duda tiene muchos —dijo Rambette— Todo un montón.
11
—Creo que podría decirse, sin temor a equivocarse, que no estamos tratando con
herbívoros precisamente —añadió Caine, mientras examinaba los restos del alienígena
con su microscopio, lupa y nebulizador de bolsillo—. Estos son los dientes más afilados
que he visto jamás.
—Me has salvado la vida —exclamó Magullador, dándole a Bill un abrazo de oso
quebrantahuesos—. Te debo una.
—Jad —jadeó Bill—. Jad.
—Eres un buen tipo, sí que iré contigo al interior de ese sitio oscuro, a buscar mi
Rebanadora.
—Gracias —gruñó Bill.
—Yo no aconsejaría a nadie volver a la estación —aconsejó Caine—. Y mucho menos
que hiciera una visita al sótano. Podría ser muy arriesgado.
—Pero necesitamos piezas que hay ahí abajo, o no podremos salir de esta mierda de
planeta —gritó Uhuru—. Alguien tiene que volver.
—Ese alguien no voy a ser yo —gimoteó Tootsie.
—Déjate ya de gimotear, Tootsie —ordenó Rambette, con expresión de desprecio—. Me
estás atacando a los nervios.
—¿Prefieres que lloriquee? —lloriqueó la otra.
—No, vuelve a gimotear —dijo Rambette, estremeciéndose—. Los lloriqueos me hacen
subirme por las paredes. Los gimoteos sólo me atacan a los nervios.
—Calmaos un poco —añadió Uhuru—. Todos estamos bajo una gran tensión. Nos
sentiremos mucho mejor si nos tomamos un breve descanso para poner bajo control
nuestros ritmos alfa. Limitémonos a detenernos y a aspirar las rosas.
—A hacer puñetas con tus ritmos alfa —le espetó Rambette—. Yo no creo en esa
antigua porquería de la era moderna.
—Yo no sé vosotros —musitó Bill—, pero a mí me vendría bien dormir un poco.
—¿Dormir? —chilló Uhuru—. ¿Cómo puedes pensar en dormir en un momento como
este?
—Es muy sencillo —bostezó Bill—. ¿Te has dado cuenta de que ninguno de nosotros ha
dormido desde que aterrizamos en este planeta? ¿Cuánto hace que estamos aquí?
¿Semanas?
—Más bien días —bostezó Tootsie—. El tiempo suficiente. Demasiado tiempo.
—Eso mismo —dijo Bill—. Y las letrinas. No he visto a nadie que trotara en esa
dirección.
—¿Es que no te funciona la nariz? —preguntó Rambette, oliendo el aire—. Yo no iría
allí por nada del mundo. La pila de abono huele mejor que ese sitio.
—Yo he ido dos veces —dijo Magullador—. No tengo problema.
—Sería mejor que vosotros, humanos, descansarais un poco —sugirió Caine—. Yo me
quedaré despierto examinando los restos de la criatura aplastada.
—¿Y qué pasará si los vampiros alienígenas vienen y mientras dormimos nos chupan la
sangre hasta dejarnos secos? —añadió Tootsie, estremeciéndose—. Yo no quiero que me
conviertan en una momia, o un zombi, y menos aún en un troll.
—Yo me mantendré alerta —aseguró Caine—. Los androides no necesitamos dormir
como los humanos. Nos adormilamos un poco mientras se recargan nuestras baterías,
pero eso es todo.
—¿Cómo están tus baterías? —preguntó Uhuru, ansiosamente.
—Mis baterías están bien, gracias —dijo Caine, quisquilloso—. Sugiero que todos vosotros
os retiréis a vuestros camarotes y hagáis eso que llamáis planchar la oreja. Yo me
mantendré alerta con respecto a los vampiros alienígenas.
—¿Cerró alguien la puerta del tubo de atraque? —preguntó Uhuru—. No nos hacen
falta más criaturas alienígenas de esas en la nave.
—Larry lo hizo —dijo Curly, o Moe—. Yo mismo lo vi.
—En ese caso, creo que todo está en orden —añadió Uhuru—. Pero dejaré encendida la
luz de noche y dormiré con el traje espacial puesto.
—Vaya un cobarde —dijo Magullador—. Vamos, Bill. Coge a ese pegajoso perro, y
vámonos.
Barfer se puso a gruñir y gruñir ante la puerta del camarote de Bill, pero una búsqueda
no evidenció nada más siniestro que las revistas pornográficas de Magullador. Bill decidió
dejar encendida la luz nocturna, y Magullador murmuró sádicas historias de sus
aventuras con Rebanadora, hasta que se quedó dormido.
Pero cuando llegó el sueño, fue un sueño problemático e inquieto, lleno de horribles
pesadillas de la variedad arrastrante y reptante. En un momento dado, Bill creyó sentir
que algo se deslizaba por encima de su cuerpo y le chupaba la sangre a través del cuello.
Luego soñó que estaba vagabundeando por los corredores de la nave, chocando contra
las cosas, con una expresión vacía en los ojos y los brazos extendidos como un zombi.
—Despierta, Bill —dijo Caine, sacudiéndole por los hombros—. Has estado
caminando sonámbulo.
—¿Dónde estoy? —preguntó Bill, confuso.
—Estás en la sala del quingombó, y las plantas están en uno de sus ciclos nocturnos.
Te encontré vagabundeando en la oscuridad y chocando con las cosas como un zombi.
—¡Un zombi! Tuve una pesadilla.
—Has tenido algo más que eso —dijo Caine—. Mírate el cuello.
—No puedo —dijo Bill.
—Vamos, hazlo; no es tan terrible.
—No. No puedo verme el cuello sin un espejo. Es como mirarme el interior de la oreja.
Simplemente no puedo hacerlo. ¿Qué le pasa a mi cuello?
—No puedo estar seguro aquí, en la oscuridad —murmuró Caine—. Pero parece que
tienes dos orificios hinchados e incrustados de sangre en el cuello. Volvamos a mi
laboratorio. La luz es mejor allí.
—Quizá —dijo Bill, apresuradamente—. Pero nada de muestras de sangre.
—Si insistes...
En el laboratorio se encontraron con Rambette, Tootsie y Uhuru, que les dijeron que
no habían podido dormir. Uhuru seguía llevando el traje espacial puesto, y se había
colgado del cuello un collar de dientes de ajo.
—Bill está pálido —jadeó Rambette—. ¿Qué ocurre?
—A este culto observador le parece que un alienígena se ha estado alimentando de él
—dijo Caine, acercándose a Bill y mirándole bien el cuello—. Esto resulta muy interesante
desde un punto de vista clínico. ¿Cómo te sientes?
—Me siento como si hubiese estado vagabundeando en la oscuridad y chocando contra
las cosas —respondió Bill—. Aparte de unas cuantas magulladuras, estoy bien. Quizá un
poco debilitado.
—¡Lo sabía! —gimoteó Tootsie—. Van a matarnos uno a uno. Pensaba que tú te
mantendrías alerta, Caine.
—Sólo me adormecí una vez —añadió el androide—. La investigación científica es una
de las actividades más extenuantes.
—Mirad lo que encontré junto a la litera de Bill —dijo Magullador, que entró en ese
momento con un objeto cubierto de pelusa en la mano—. Tenemos que ir a buscar mi
Rebanadora ahora mismo.
—¿Qué es eso? —preguntó Tootsie.
—Otra piel de muda —dijo Caine; la tomó de la mano de Magullador y la extendió
encima del banco de trabajo—. Es evidente que la criatura volvió a mudar después de
beber unos tragos de Bill. Pueden ver que es mucho más grande que la de aquella que
desafortunadamente aplastó.
—Y también más fea —dijo Rambette, empujándola con uno de sus cuchillos—. Y aún
más horrenda, si eso es posible.
La piel de muda era aproximadamente del tamaño de un perro grande. Por los restos,
se evidenciaba que el alienígena, en aquella etapa, era en su mayor parte dientes,
colmillos y garras. Tenía una cabeza ahusada y una cola dentada tan larga como uno de
los brazos derechos de Bill. Estaba todo cubierto por un grueso manto de pelo de color
naranja, y verrugas púrpura.
—Tiene un aspecto realmente peligroso, por no decir asqueroso —asintió Uhuru,
ajustándose el collar de ajos—. Un monstruo de ese tamaño podría hacerle bastante daño
a una persona.
—No olvidéis que su tamaño ha aumentado mucho más de lo que podemos ver aquí
—dijo Caine—. El alienígena mudó la piel porque se le quedó pequeña, y por tanto es
más que probable que ahora sea casi gigantesco. Hiervo de curiosidad científica. Me
pregunto cuál será su tamaño final. Es posible que no exista límite para su crecimiento
mientras no se le agoten las reservas de comida.
—No creo que me guste que me llamen reserva de comida —protestó Bill.
—Todos los aquí presentes son una reserva de comida potencial —dijo Caine—.
Excepto, por supuesto, yo. Dudo seriamente que estas criaturas encuentren una fuente
de nutrición adecuada en un androide.
—Bueno, pues yo no voy a ser el almuerzo de ningún monstruo —añadió Magullador.
—Y yo digo lo mismo —corroboró Uhuru.
—Vosotros, humanos egocéntricos, no conseguís comprender las increíbles
implicaciones de nuestro extraordinario descubrimiento —observó Caine sorbiendo por la
nariz mientras inspeccionaba la piel vacía—. Aquí tenemos un organismo increíblemente
adaptado, que puede adoptar muchas formas y tamaños diferentes.
—Realmente hay horrores como éste en todos los tamaños —dijo Rambette—. Hasta
donde puedo ver, tienden a hacerse cada vez más y más grandes. Todos ellos me
producen escalofríos, excepto cuando son pequeñitos y monos.
—Los alienígenas deben ser contemplados como una oportunidad para incrementar el
conjunto de conocimientos de la Humanidad —dijo Caine—. Cada estado de su
desarrollo es fascinante por derecho propio y debe ser estudiado hasta la última molécula.
—Pensarías de forma diferente si estuvieses sentado en el plato de un alienígena —dijo
Tootsie.
—Eso lo dudo —advirtió Caine, secamente, mientras medía la piel con una cinta
métrica y tomaba notas en una libreta—. En todos mis trabajos soy siempre un
observador objetivo.
—Yo lo que observo es que la cinta métrica se te está llenando de grasa alienígena —dijo
Rambette—, y que algo te está goteando sobre el zapato.
—Me haré famoso —dijo Caine—. Esto se convertirá en un magnífico diario de
investigación. Publicaré artículos en todos los periódicos y revistas científicas. Como botánico
tenía un largo y aburrido futuro, pero el futuro ya no es lo que solía ser. Todo ha cambiado.
Como investigador especializado en asquerosos alienígenas, seré conocido en todo el
universo. Seré el experto número uno. Yo seré... ¡eh!, ¿quién me ha robado la piel? Estaba
aquí hace un momento.
—Quizá se haya ido caminando —dijo Tootsie.
—No es momento para ligerezas —le espetó Caine—. Esto es un asunto serio. Tenemos
que comparar la conformación química de cada uno de los estados de los que tenemos
muestras. ¿Dónde están los restos que saqué del pie de Bill? ¿Es que ha desaparecido
todo?
—Quizá te estés convirtiendo en un sabio despistado —sugirió Rambette.
—Ayudadme todos, buscad por ahí —ordenó Caine—. Tengo que encontrar las muestras.
De mala gana, la tripulación comenzó a abrir cajones y a mirar detrás de las macetas y los
sacos de fertilizante. Sólo Uhuru se negó a unirse a la búsqueda, alegando que él no
tendría nada que ver con los horripilantes alienígenas, con o sin ciencia por el medio.
—¿Han perdido algo? —preguntó el capitán Plaga al entrar en la sala con Christianson.
—Mis muestras —dijo Caine—. Tengo que encontrarlas.
—Oh, ¿esos restos viejos? Los he tirado a la pila del abono.
—¿Que ha hecho qué?
—Mis plantas también tienen que vivir —dijo Plaga con arrogancia—. No podemos dejar
morir el quingombó por el mero hecho de que usted esté ocupado en luchar contra los
alienígenas.
—Esos eran valiosos especimenes para la ciencia —le espetó Caine.
—Ahora son abono —observó Christianson—. Acabamos de remover la pila hace un
momento.
—Mi carrera está arruinada —gimoteó Caine—. Tenemos que obtener más muestras. Que
todo el mundo vuelva a dormir. Yo me mantendré alerta e intentaré coger un alienígena cuando
venga a comer.
—¿Es que tengo aspecto de cebo? —preguntó Rambette, iracunda.
—Yo no volveré a dormir nunca más —gimió Tootsie.
—Bill y yo vamos a ir a buscar a Rebanadora —añadió Magullador—. Cuando duerma será
bueno tener el hacha a mi lado.
—Ir a buscar a Rebanadora es una buena idea —dijo Caine, apresuradamente—, Y
mientras estéis allí abajo, en la caverna, ¿por qué no oléis una o dos vainas? Todavía no
había acabado con los de piel y plumas.
—¡Yo no pienso oler ninguna vaina ni nada por el estilo! —rugió Magullador—. Bill, si
quiere, quizá pueda hacerlo.
—Si quieres vainas, ve a buscarlas tú mismo —le espetó Bill—. Me retiro oficialmente de todo
asunto concerniente a las vainas a partir de este mismo momento.
—Yo voto por sacar la nave de este lugar lo antes posible, si no antes —dijo Uhuru—.
Tengo una lista del material que necesitamos de la estación. Mientras estéis ahí abajo, dando
el esquinazo a los alienígenas y enfrentándoos con una muerte segura, podríais aprovechar
para recoger algunas cosas que necesito.
—¿Es que detecto alguna reticencia por tu parte a abandonar la nave, Uhuru? —preguntó
Rambette—. ¿No será que te estás volviendo cobarde?
—Yo no —contestó Uhuru—. Simplemente he pensado que haríamos un uso más eficiente
de nuestros recursos si yo me quedara aquí supervisando las reparaciones mientras vosotros
reunís el material. Alguien tiene que quedarse al mando, ya sabes. De otra forma, no
conseguiríamos hacer nada.
—Tenga cuidado con esa carga de cuestiones de responsabilidad —dijo Plaga—. Una vez
que se la echa uno encima, es difícil dejarla.
—Correré el riesgo —suspiró Uhuru.
—De todas formas, ¿quién te eligió como jefe de reparaciones? —preguntó Tootsie—.
Yo no recuerdo haber llenado la papeleta. Tanto Bill como Curly conocen esta nave mejor
que tú.
—Podemos sacar pajitas —dijo Uhuru, lleno de esperanza— Da la casualidad de que
tengo algunos tramos de tubería de plástico que servirían.
—Olvídate de las pajitas —observó Rambette—. Lo primero que debemos hacer es...
—¡Curly! —gritó uno de los clones mientras entraban precipitadamente en la sala—.
¡Un alienígena se ha llevado a Curly!
12
—Calmaos, si podéis —aconsejó Caine a los clones tremendamente agitados—. ¿Qué
aspecto tiene?
—¿Curly? Es exactamente igual que Moe y yo, sólo que muchísimo más feo. Ya sabes
qué aspecto tiene Curly.
—No, me refiero al alienígena. ¿Qué aspecto tiene el alienígena?
—El habitual. Todo peludo, lleno de bultos, feo. Muchos dientes. Una cola rara.
—¿Cómo era de grande?
—Más grande que Curly; y también más feo.
—Continúa creciendo —dijo Caine—. Me gustaría que me dierais una descripción más
detallada. No puedo escribir «una cola rara» en un diario científico.
—Oye, cabrón, tenemos que traer a Curly de vuelta —le espetó Bill—. Primero Curly, y
luego la investigación.
—Eso es —dijo Tootsie—. No podemos dejar que los alienígenas se coman a Curly, o
le chupen toda la esencia vital y le conviertan en una momia.
—Eso es realmente compasivo por tu parte, Bill —dijo Rambette—. No creí que
tuvieras ese tipo de sentimientos.
—No los tengo —admitió Bill—. De hecho estaba más preocupado por el hecho de que
él es el único que sabe reparar el piloto automático.
—Preclaro pensamiento —dijo Plaga—. Cuando lo explicaron en la escuela de oficiales,
me tiré la hora durmiendo.
—Ya no enseñan reparación de piloto automático —dijo Christianson—. Es demasiado
complicado para nosotros, los oficiales. Aprender cuestiones como esas significaba perder
tiempo para las cosas realmente importantes, como la forma correcta de dar una fiesta de
despilfarro, aumentar nuestra cuenta de esperma, brutalizar a la tropa. Y, si puedo
atreverme a hacer una sugerencia, el PM debería traer a ese perro apestoso. Podría ser
de utilidad; quizá Barfer podría olfatear el rastro.
—Probablemente tenga el morro metido en la sala del quingombó —dijo Bill—.
¿Dónde más podría estar?
Efectivamente, Barfer estaba masticando unas cuantas Abel-moschus humungous,
trotando feliz de un extremo al otro del macizo para escoger sólo los brotes más tiernos y
sabrosos. Plaga estaba a punto de matar al pastante perro, pero se convenció de que era
mejor no hacerlo cuando Caine le informó que una cosecha selectiva estimularía el
crecimiento de las plantas que quedaran y que ese era, ciertamente, un procedimiento
recomendable.
Encontraron la pista en el exterior de la puerta de la habitación de Curly. No era una
pista terriblemente difícil de seguir, pues había una línea de un metro de ancho de pelo de
muda, color naranja, que se extendía hacia el fondo del corredor; les condujo a lo que
había sido la puerta que daba al tubo de atraque.
La puerta era ahora un guiñapo retorcido e inservible, esparcida a pedacitos sobre el
suelo. Todos los bordes estaban fundidos, como si los hubiera derretido un soplete
gigantesco y un chorro de ácido cáustico.
—Esto es horroroso —dijo Uhuru, mientras garabateaba sobre un trozo de papel—.
Tengo que revisar mi lista de la compra. Traedme una puerta, si la encontráis.
—Qué poder —dijo Caine con admiración, recogiendo un trozo de la puerta—. Son
criaturas realmente asombrosas.
—Son horripilantes, si quieres mi opinión —añadió Rambette, estremeciéndose—.
Encontremos a Curly y preparemos la maldita nave para despegar. Si quieres estudiarlos,
hazlo en tu tiempo libre.
La estación tenía exactamente el mismo aspecto que cuando la abandonaron, a
excepción de unos cuantos miles de pistas entrecruzadas, y de todos los tamaños, de
pelo anaranjado. Toda la tripulación se reunió con urgencia en el centro de mando.
—Tenemos que dividirnos en grupos —dijo Bill, rompiendo la lista de Uhuru en varias
tiras, tras lo cual repartió los trozos—. Este lugar es demasiado grande como para explorarlo
en una sola unidad. Coged una parte de la lista cada uno, y buscad los materiales que
figuran en ella. Pero tened cuidado con eso de dar vueltas por ahí en solitario... pues podría
tener repercusiones negativas sobre vuestra vida.
—Mirad todas estas pistas de pelo —gimió Tootsie—. Debe haber cientos de esas
criaturas dando vueltas por ahí. Creo que ni siquiera es una buena idea estar aquí.
Quiero decir que, ¿qué haremos si las criaturas ya se han comido a Curly como almuerzo?
Tendríamos que limitarnos a reparar la nave y largarnos de este miserable planeta.
—Nuestro primer objetivo es encontrar a nuestro compañero de tripulación, Curly —
dijo Bill, asumiendo su mejor postura de soldado—. No sólo es nuestro buen camarada...
sino que no podemos hacer despegar la nave sin él, así que la reparación de la nave no
serviría de mucho. Nuestro segundo objetivo es hallar el material que Uhuru necesita
para las reparaciones.
—Nuestro tercer objetivo es reunir especimenes —dijo Caine—. Recordad que nunca
debe ponerse trabas a la observación científica, ni siquiera en este momento en que
estamos luchando para salvar nuestras propias vidas.
—¿Tú quieres especimenes? —preguntó Magullador—. ¿Entonces vas a bajar conmigo y
con Bill a ese sótano? Puedes apostar que habrá mucha actividad allí.
—Yo me pegaré a Rambette —dijo el capitán Plaga—. Ella va armada hasta los dientes.
—Yo he construido un lanzallamas con un soplete —añadió Larry, o Moe,
alegremente—. Si veo algo que se mueva que no sea uno de nosotros, pienso freírlo en
el sitio.
—Me gustaría tener una motosierra —dijo Magullador—. Los masacraría al estilo de
Texas, como en la película de vídeo.
—¿Qué es un Texas? —preguntó Rambette.
—¿Qué es una motosierra? —preguntó Christianson.
—Creo que Texas es una estrella —dijo Plaga.
—¿Una estrella doble? —preguntó Bill.
—No, una estrella solitaria —contestó Plaga.
—¡Cerrad la boca! —gritó Rambette—. Cada minuto que pasamos aquí parloteando
acerca de la situación, es un minuto más que tienen ellos para clavarle el diente a Curly.
Creo que hemos vuelto a respirar esporas.
La cuerda continuaba atada al pesado escritorio, y Bill descendió después de
Magullador hacia lo amenazadoramente desconocido, con gran azoramiento; por no
hablar del miedo; y los temblores. Caine siguió a Bill, feliz de ir en busca de especimenes,
mientras se sentía seguro ya que sabía que los androides no resultaban nada atractivos
para las papilas gustativas de los alienígenas. Barfer, una vez más, se encargó de la
guardia en la parte superior de la cuerda.
—Ojalá tuviera un lanzallamas en lugar de esta linterna —protestó Bill, mientras miraban
a su alrededor—. Es una linterna fantástica y todo eso, pero si me atacaran... Los
lanzallamas son mejores.
—Lo único que necesitamos es mí hacha —afirmó Magullador, con una mueca
amenazadora—. Voy a irme solo por la oscuridad y encontrarla.
—Mirad esto —dijo Caine—. Es de lo más interesante.
—¿Qué has encontrado? —preguntó Bill, dirigiéndose hacia la luz de la linterna de Caine
mientras Magullador se alejaba solo.
—Mira estas vainas —insistió Caine—. La mayoría de las de este charco ya están
vacías. Debe de haber toda una horda de esos pequeños monstruos por aquí, en alguna
parte. Tal vez pueda recolectar unos pocos especimenes vivos. Ya sé que me sentiría mal
si uno se te enrollara en torno a la cabeza y quizá te matara, pero considera durante un
momento el increíble valor que eso tendría para el avance del conocimiento científico.
—Estoy considerándolo —dijo Bill—. Considerando que me gustaría sacarte el cerebro
por la nariz y examinarlo para averiguar de dónde vienen ideas como ésa.
—Bueno, sí, comprendo tu punto de vista. Pero, mira... algunas de estas vainas están
en medio del proceso de apertura. Mira ésta de cerca.
—Paso de eso, si no te importa.
—Está brillando con una luz espectral —dijo Caine, garabateando frenéticamente en su
cuaderno de notas con la linterna sujeta debajo de la axila—. Se está moviendo. Ilumina
hacia aquí con tu linterna, para que pueda verla mejor.
—Esa quizá no sea la idea más maravillosa de la galaxia —dijo Bill.
—No seas ridículo. Debo continuar con mis observaciones. Yo soy inmune a...
—¡Cuidado! —gritó Bill, mientras la vaina se abrió y de ella asomó una criatura.
—¡Youh! —chilló Caine, mientras esgrimía la linterna para defenderse del alienígena—.
¡Eso hace daño!
—Bajad la voz —gritó Magullador—. Estáis haciendo el suficiente ruido como para
despertar a los muertos.
Bill y Caine se pusieron a golpear al mono bebé alienígena, hasta que dejó de
moverse.
—Es una suerte que esto esté tan oscuro —agregó Bill—. Si hubiera podido ver bien,
no habría sido capaz de matar una cosilla tan mona. A estas alturas serías un androide
muerto.
—No puedo comprenderlo —dijo Caine, tembloroso—. Estaba seguro de que no me
atacarían. Debo de haber subestimado su capacidad de adaptación.
—¿Quieres llevarte estos despojos? —preguntó Bill, mientras iluminaba con su linterna
el maltrecho montón de pelos y plumas, y se sentía culpable por haber despachado al
bichillo mono—. ¿Quizá estudiarlo un poco?
—No, gracias —contestó Caine—. Intentó matarme. Algo tan letal como esto debe ser
erradicado del universo, no llevado a zoológicos y laboratorios de donde podrían escapar y
tramar destrucciones de toda índole.
—¡Youh! —se oyó gritar a Magullador—. ¡Youh! ¡Youh!
—¿Estás bien? —gritó Bill—. ¿Es que ha saltado un alienígena y te ha cogido?
—No —exclamó Magullador—. He encontrado a Rebanadora.
—Eso es fantástico —dijo Caine, mientras se dirigía hacia la cuerda con auténtica
prisa—. Es hora de hacer una retirada. Si Curly está aquí abajo, creo que ya no hay
esperanzas para él.
—¡Un momento! —gritó Magullador—. Hay todo un rebaño de esas letales bestezuelas
monas que me está volando alrededor. Es estupendo que no se vea ni tres montadas en
un burro, porque así puedo cortarlas en trocitos con mi Rebanadora sin sentirme mal.
Caine ya estaba a medio camino cuerda arriba, pateando y golpeando el enjambre de
pelos y plumas voladoras que le rodeaba. Espoleado por una repentina descarga de
adrenalina, Bill le alcanzo en un instante. Juntos, subieron a toda velocidad hasta el
agujero, donde Barfer mantenía a las criaturas a distancia gruñendo ladrando y
mordiendo como si alguien estuviese intentando robarle su quingombó.
—Cojamos el colchón —dijo Bill cuando él y Caine salieron por el agujero—. En cuanto
llegue Magullador, cubriremos esa entrada al infierno.
—Han estado casi a punto —advirtió Magullador, mientras salía por el agujero y
ayudaba a poner el escritorio encima del colchón—. Casi me cogen.
—Buen perro —exclamó Bill, acariciando la cabeza de Barfer.
—¿Habéis encontrado a Curly? —preguntó Rambette, que en ese momento entraba
en la habitación con el capitán Plaga y Christianson.
—No, pero ese sitio es un hervidero de pelos y plumas —dijo Magullador—. Están por
todas partes.
—Aquí arriba hemos tenido nuestros propios problemas —explicó Plaga—. Será mejor
que miren dónde ponen los pies.
—Fueron del tipo de las que se arrastran las que nos atacaron a nosotros —añadió
Christianson—. Como la que aplastó Bill. Aquí arriba debe haber cientos de ellas.
—Vistas de cerca parecen pequeños cangrejos —comentó Rambette—. También
tienen algo de ratón. Pueden hacer mucho daño. Mirad el tobillo de Plaga.
Una de las perneras del pantalón del capitán estaba rasgada, y él tenía un vendaje
ensangrentado que le envolvía el tobillo. Las botas de Christianson estaban arañadas
por unos cuantos mordiscos que habían estado a punto de alcanzar su destino.
—Aquí no tendrás ningún problema para conseguir especimenes —le dijo Rambette a
Caine—. Lo único que tienes que hacer es quedarte quieto durante un par de minutos.
—Ya he tenido bastante recolección de muestras por el momento, gracias —contestó el
androide sorbiendo por la nariz—. Tal vez no haya sido diseñado para llegar hasta los
últimos estudios en una investigación científica. Aún queda mucho que decir acerca del
trabajo con las plantas. Además, permanecen donde uno las pone, y la mayoría no salta
para atacarte.
—Tenemos todo lo que había en nuestra parte de la lista —dijo Plaga—. Pero ni rastro
de Curly. Ojalá no hubiese dormido durante las clases de reparación de pilotos
automáticos, pero ya es demasiado tarde para volver y rectificar ese pequeño error. No
tiene sentido que me sienta mal por algo que no puedo cambiar.
—Este es un lugar enorme —dijo Christianson—. Curly podría estar en cualquier parte.
Podría llevar semanas o meses explorar todos los rincones peligrosamente oscuros,
especialmente si hay que estar dando el esquinazo a repugnantes alienígenas durante
todo el tiempo. Probablemente muramos antes de encontrarlo.
—Cuantos más matamos, más continúan apareciendo —dijo Plaga—. Estamos
luchando en una batalla perdida con probabilidades imposibles. Y pensar que todo esto es
el resultado de mi golosinería. Ojalá no hubiera acaparado todos los buñuelos.
Probablemente no fue una cosa muy correcta, pero lo hecho, hecho está.
—Mientras está ocupado en arrepentirse —añadió Rambette—, no se olvide de lamentar
el no dejarnos beber agua.
—Eso también —gimió Plaga.
Una criatura alienígena cangrejo-ratón pasó arrastrándose por el suelo. Bill la aplastó con
el pie de elefante antes de tener siquiera tiempo de darse cuenta de lo que estaba
haciendo.
—Bien hecho —dijo Christianson—. Puede que ese pie sea enorme y feo, pero sin
duda aplasta alienígenas.
—Es verdaderamente extraño —dijo Bill, mientras se raspaba de la planta del pie los
sangrientos despojos—. Mi pie parece tener voluntad propia. Aplasta antes de que le
ordene hacerlo.
—Si no corriéramos un peligro tan mortal, sería interesante analizar ese fenómeno —
dijo Caine—. Tal vez sea algún tipo de memoria genética. Creo recordar que los elefantes
eran muy aficionados a pisotear a los ratones. Por supuesto, dado que nuestras
insignificantes vidas están por medio, tendremos que posponer la investigación hasta una
fecha futura, y simplemente agradecer tus rápidas reacciones.
Bill aplastó otro alienígena.
—Por aquí —gritó Tootsie desde la puerta—. Seguidme todos. Hemos encontrado lo
que queda de Curly.
13
—Mirad donde ponéis los pies —advirtió Tootsie, que abría la marcha—. Hay
alienígenas por todas partes.
—¿De qué tipo? —preguntó Caine.
—Del tipo repugnante, peligroso y mortal —le espetó ésta—. ¿Es que hay otro tipo?
—Por «qué tipo», intentaba referirme a la etapa de su ciclo vital —pontificó el androide.
—¿Por qué? ¿Quieres más muestras?
—No —objetó Caine—. Simplemente quería saber si tendría que apartármelos de la
cara o saltar fuera de su camino.
—Los que tenemos son en su mayoría de la naturaleza arrastrante —dijo Tootsie,
girando a la derecha por un pasillo oscuro y sinuoso en el que había aparcada una grúatoro
con sombras siniestras—. Pero algunos de los más grandes también andan por ahí,
cargados de espaldas. Larry frió a uno de los del tamaño de Curly con su útil lanzallamas.
Lo ha dejado todo hecho un asco.
—¿Y qué hay de Curly? —pregunto Magullador, mientras aporreaba a uno de los
arrastrantes con el mango de Rebanadora—. No me caía muy bien, pero al saber que tal
vez él fuera nuestra única posibilidad de salir de aquí, bueno, le echo de menos, o algo
así.
—Simplemente es demasiado horrible de explicar —dijo Tootsie, estremeciéndose
delicadamente—. Esperad y lo veréis. Está justo por aquí, en lo que solía ser el reactor
nuclear.
—¿Solía ser? —preguntó Bill, pero antes de que Tootsie pudiera responderle estuvieron
dentro, y sus ojos y nariz le dijeron todo lo que deseaba saber.
La enorme habitación estaba llena de cientos de pequeños alienígenas que se
arrastraban por la caverna como cientos de feas abejas en una colmena alienígena. Pero
la cosa más terrible, con mucho, era que ahora Bill sabía qué le había ocurrido al resto
de la tripulación de la estación de comunicaciones.
Colgaban de las paredes como reses, parcialmente envueltos en capullos de un cierto
tejido. Ya eran momias cuya, esencia vital había sido chupada hacía mucho tiempo.
—Se está moviendo —dijo Bill.
—Han estado comiéndoselo —añadió Moe—. Mírale las orejas.
Por primera vez, Bill pudo diferenciar a los clones; Larry era el que lanzaba llamas, Moe
no hacía tal cosa, y Curly era el casi momia.
—Pero aún le queda la mayor parte de su fuerza vital —advirtió Magullador, mientras
trituraba de un solo golpe de Rebanadora a dos arrastrantes—. Creo que está
intentando hablar.
—Es difícil entenderle con todo ese tejido que le cubre la boca —dijo Caine—. Creo que
está diciendo: SALVADME o MATADME, POR VUESTROS COJONES, HACED ALGO. Al menos es lo
que a mí me parece.
—A mí, no —corrigió Bill—. A mí me suena a algo así como: ¡SOCORRO!. Saquémosle de
allí.
—Tal vez no —dijo Magullador—. SÍ quiere que le matemos, quizá deberíamos hacerlo.
¡Yo soy un experto en la materia!
—¿Has estado esnifando esporas, Magullador? —preguntó Rambette—. No podemos
matar al único de nosotros que sabe reparar el piloto automático.
—Ah, lo había olvidado —contestó, humildemente—. Es sólo que quiero usar a
Rebanadora.
—Bien, entonces, usa a Rebanadora para cortar todo este tejido y liberarle —añadió
Rambette, al tiempo que acuchillaba y cortaba el capullo.
Mientras los dos se ponían hasta los codos de trozos de capullo, el pie de elefante de
Bill se embarcó en una reflexiva jarana de pisoteo, arrastrando a su dueño por toda la
habitación.
—Si no fuesen tan mortíferos, esto me resultaría de lo más fascinante —dijo Caine,
mientras aplastaba uno con la linterna— Este parece ser su sitio de reproducción y
alimentación primaria.
—Parece ser un lugar del que me gustaría largarme —afirmó Bill, mientras se alejaba a
saltos—. ¿Cómo va eso, Rambette?
—Ya tenemos a Curly —exclamó ella—. ¡Id hacía la puerta!
—Yo voy a donde me lleva mi pie —gritó Bill, mientras aplastaba otro «arrastrante» y se
alejaba después hacia un grupo de alienígenas que pululaban sobre un panel de
controles—. Quizá me quede aquí durante años.
Había alienígenas que se arrastraban sádicamente y mordisqueaban de forma
nauseabunda por todas partes. Las despreciables criaturas esquivaban a Barfer.
—Tenemos que largarnos de aquí —gritó Magullador, mientras seguía a Bill por toda la
sala, utilizando alegremente a Rebanadora—. ¡Deja de huir!
—¡No soy yo quien huye, sino mi pie! —chilló Bill, mientras le seguía frenéticamente
hasta otro grupo de «arrastrantes» criaturas, pero perdió el equilibrio y cayó en los
crujientes restos del capullo.
—¡Socorro! —imploró Tootsie—. ¡El brazo derecho se me ha enredado en el capullo!
—Yo tengo los dos brazos derechos enredados —gritó Bill.
Magullador sacó a Tootsie y Bill a tirones de su crujiente cautividad, y colocó a este
último sobre sus hombros. El pie de Bill continuaba intentando aplastar alienígenas, pero
al no poder alcanzar el suelo, lo único que conseguía era golpear a Magullador en la
espalda.
—¡Cerrad la puerta! —gritó Rambette, cuando todos salieron de la sala infestada, dando
traspiés—. ¡Echadle la llave!
—¿Y de qué va a servir eso? —preguntó Caine—. Estamos tratando con criaturas
increíblemente fuertes.
—Cierra tu bocaza de androide derrotista —sugirió Tootsie, mientras se arrancaba
pegajosos fragmentos del brazo derecho—. Estas criaturas son peores que los chingers.
¡Vamos a morir todos!
—Hay una grúa-toro aparcada en el corredor, un poco más abajo —dijo Caine—.
¿Sabe alguien cómo manejarla?
—Yo —contestó Bill—. Es exactamente igual a la que conducía en la estación de
suministros.
—Entonces cógela, y apila todo lo pesado y abultado que veas, delante de la puerta —
sugirió Rambette—. Quizá eso los mantenga en el interior de la sala.
Bill comenzó a transportar cosas y al cabo de unos pocos minutos había conseguido
construir un notable montón de chatarra pesada delante de la puerta. Durante dicha
operación, el grupo sólo vio dos alienígenas que fueron rápidamente despachados por
Rebanadora antes de que el pie de Bill tuviera tiempo de lanzarse a la acción y arrastrar
a su dueño fuera de la grúa-toro.
—Eso tendría que servir —dijo Rambette—. Volvamos a la nave. No olvidéis traer todo
el material de reparaciones. Yo no pienso volver aquí por nada del mundo.
Durante la ausencia de sus compañeros, Uhuru había pergeñado una puerta nueva
para la entrada al tubo de atraque, mediante el procedimiento de soldar trozos de
chatarra metálica. Se mostró reticente a abrirla, hasta que le convencieron de que no
estaban a punto de importar alienígena alguno.
—Os cubriré con mi lanzallamas cuando entréis —dijo, tras entreabrir apenas la
puerta—. Cualquier cosa que se arrastre, acabará frita.
—Bonito lanzallamas —advirtió Larry, al entrar todos en la nave—. Es más ligero que
el mío.
—Lo construí con un tostador —contestó él—. En los tiempos que corren, tenemos
que improvisar. ¿Cómo está Curly?
—Un poco masticado, principalmente en la sección de las orejas, pero básicamente bien
—dijo Moe—. Al menos tan bien como siempre ha estado, lo cual, posdata, no es decir
demasiado.
—Alguien tiene que vigilar constantemente esta puerta —ordenó Uhuru, que aún llevaba
puesto el traje espacial—. Tenemos que mantener a raya a los monstruos.
—Yo me encargaré de la primera guardia —dijo Larry—, mientras remendáis a Curly.
Tras un examen llevado a cabo en la sala de control, los daños físicos sufridos por
Curly resultaron ser relativamente menores; principalmente consistían en masticadas
auriculares y un montón de mordiscos en los tobillos. Sin embargo, su estado
psicológico dejaba mucho que desear.
—¿Sabéis qué ocurre cuando pasa algo realmente malo y uno no lo recuerda? —
preguntó, mientras Caine envolvía la cabeza de la víctima con una venda.
—Sin duda —dijo Rambette—. Siempre ocurre así. En la guerra uno debe esperar
cualquier cosa. Si bien la guerra puede ser el infierno, tenemos que pasar por el infierno
para derrotar a los malvados chingers...
—¡Corta el rollo! —insinuó Bill—. Estás hablando como un sargento de reclutamiento.
—¡Y eso es lo que fui! Qué inteligente por tu parte el haberlo advertido.
—Yo nunca recuerdo lo que ocurre después de la segunda cerveza —fanfarroneó
Magullador—, pero habitualmente me despierto en un calabozo.
—Es el mecanismo defensivo que ayuda a que la gente pueda soportar los
acontecimientos traumáticos —explicó Caine, mientras ataba la venda con un primoroso
lazo—. La mente bloquea astutamente los recuerdos amenazadores como forma de
protección.
—Bueno, pues mi mente no ha bloqueado ni un solo detalle esta vez —dijo Curly
lentamente—. Recuerdo cada horrible detalle de esa espantosa experiencia. ¡Una pesadilla
alienígena! ¡Todos esos rechinantes dientes! ¡Esas garras! Esa oscuridad aterrorizadora
llena de presencias repulsivas.
—Aún eres capaz de arreglar el piloto automático, ¿verdad? —preguntó Tootsie
ansiosamente.
—Tal vez —musitó él—. Siempre que no tenga visiones de los alienígenas. Me entran
escalofríos de horror cuando recuerdo lo que ocurrió.
—Tranquilízate —sugirió Bill—. Ahora estás a salvo. Al menos eso creo.
—Es un gran alivio —dijo Tootsie, mientras se curaba los mordiscos de los tobillos—.
Todos debemos proyectar actitudes positivas.
—Mira quién está hablando de actitudes —añadió Rambette, mientras se quitaba una
bota y examinaba su pie herido—. Tú tendrías que devolver las tuyas a la fábrica.
Siempre estás lamentándote y gimiendo acerca de cómo ramos a morir todos.
—Probablemente, sea esa la única verdad —gimió Tootsie.
—Estamos un poco maltrechos, pero seguimos vivos —argumentó Magullador—. Yo
mismo me he llevado un montón de mordiscos, pero también les he zurrado, ¡podéis
apostarlo!
—Todos estamos heridos, excepto Barfer —dijo Bill cuando el perro entró, procedente
de la sala de quingombó, masticando unos cuantos brotes.
—Quizá no les gusten los perros —advirtió Plaga.
—Si les gustan los androides, les gustan los perros —señaló Caine—. Tiene que haber
algo más.
Todos miraron fijamente a Barfer, pero tenía el mismo aspecto feo y asqueroso de
siempre.
—Tendríamos que tener más armas —dijo Magullador—. Artillería pesada, cosas de
esas.
—Haré un lanzallamas con el microondas —aseguró Moe—. ¡Achicharraremos a esos
bastardos!
—Deja en paz mi microondas —le espetó Uhuru—. Está reservado para la comida.
—¿Prefieres que lo haga con los orinales de la oficialidad? —preguntó Moe
ansiosamente—. Puedo montar un lanzallamas con casi cualquier cosa.
—¿Y qué tal bombas? —preguntó Magullador—. Los lanzallamas están bien, pero las
bombas son fantásticas. ¡Buuum! ¡Entrañas volantes, mechones de pelo, trozos de
alienígena!
—Yo estaba pensando en algo que fuese de mayor precisión —dijo Rambette—.
¿Uhuru, podrías hacernos algo parecido a granadas de mano?
—Para eso necesito explosivos —respondió el interpelado—. Montones de explosivos.
—Entonces, hazlas —ordenó Rambette—. Creo recordar que ya lo hiciste antes.
—Pólvora —dijo Uhuru—. Un primitivo explosivo del principio de los tiempos. Una vez
oí hablar de él en un programa. Se hace con azufre y carbón vegetal.
—Qué interesante... tenemos todo eso en la sala de plantas —señaló Caine—. Pero
deja algo. Necesito el azufre para regular el pH de la tierra del quingombó. No ayudaría
mucho que tuvieran un pH inapropiado. Podrían volverse más amargas de lo que ya son.
—Pero también necesitaré nitrato de potasio —dijo Uhuru—. ¿Podemos conseguirlo?
—En la cocina —sugirió Bill—. Lo sé porque iba a ser un técnico operario fertilizador...
—Está justo al lado del azúcar, supongo —le interrumpió Uhuru sarcásticamente.
—Es lo mismo que el salitre —dijo Bill—. Todos los soldados saben que la comida se
adereza con salitre. Se supone que inhibe nuestros impulsos sexuales, a pesar de que no
funciona demasiado bien.
—¿Es verdad eso? —le preguntó Moe al capitán Plaga.
—Bueno, sólo es un pequeño aditivo para la tropa —le explicó el capitán—. No
queremos que estén demasiado salidos durante los viajes largos.
—Si quieres un poco de magnesio para aderezar el conjunto, rompe algunos cohetes de
señales —dijo Caine—. Obtendrás una mezcla francamente explosiva.
—Eso suena infalible. Me pondré a ello —respondió Uhuru—, pero tendremos que
repartirnos el trabajo. Hay muchas cosas que hacer. ¿Quién ha traído fusibles de
repuesto?
—Yo —dijo Rambette.
—De acuerdo, que Bill comience con los fusibles. La batería principal los tiene todos
quemados, y el circuito que llega hasta la cocina nos da problemas cada vez que
enciendo el horno.
—Bill también puede conducir la grúa-toro —dijo Tootsie—. Tendrías que haberlo visto
cuando trasladaba toda aquella chatarra pesada.
—Bien —contestó Uhuru—. Podemos contar contigo para eso, Bill. Tenemos que sacar
algunas chapas de acero de los diques de reparaciones. Es una suerte que estemos en
una nave de reparaciones. Hay una gran cantidad de piezas esenciales a bordo.
—Yo preferiría estar en una destructora de grado mortífero —dijo Bill—. De esa forma,
tendríamos todo lo necesario en lo que a armas se refiere.
—Habrá que arreglárselas con lo que tengamos a mano —dijo Uhuru—. No tiene
sentido lamentarse por lo que no tenemos. Bueno, y ahora, ¿quién ha traído las
pantallas de plata?
—Larry —dijo Moe.
—No, no lo hizo —dijo Tootsie—. Él ha traído un tablero de computadora. Yo estuve
con él durante todo el tiempo. Eso no estaba en su lista.
—Bueno, estaba en la lista de alguien —dijo Uhuru—. ¿Quién ha sido el cochino cabrón
que las ha olvidado? Las necesitamos para reparar los escudos. No podremos despegar
a menos que los escudos funcionen.
Bill miró su lista. Allí estaban: DOS PANTALLAS DE PLATA ANODIZADAS.
—Estuve demasiado ocupado —explicó Bill—. Supongo que me olvidé.
—Todos estábamos demasiado ocupados —gruñó Rambette—, y el resto de nosotros se
las arregló para hacer la compra mientras esquivábamos alienígenas.
—Tendrás que volver, Bill —dijo Uhuru severamente—. Necesitamos esas pantallas.
14
Bill trabajó diligentemente con los fusibles para no tener ni que pensar en el problema
de las pantallas. Aquel era un reconfortante trabajo especializado en el que había tenido
que entrenarse duramente para llegar a dominarlo. Poner el fusible, quitar el fusible. La
parte que requería más destreza era la de leer los diminutos números impresos en el
extremo de cada fusible. Casi siempre estaban impresos débilmente y resultaba casi
imposible de leer. Pero Bill estaba orgulloso de sus destrezas técnicas. De hecho, casi le
gustaban los fusibles. O bien funcionaban, o bien no lo hacían. No tenían mucho de
eso que se da en llamar «término medio», no tonteaban en absoluto. Además, aquellos
eran fusibles pequeñitos, no como los enormes que tenía que manejar en las naves de
guerra. Otra ventaja adicional era que casi siempre estaban emplazados lejos de los
lugares que solía frecuentar la gente, lo que le permitía disponer de un poco de tiempo
para sí mismo.
Estaba disfrutando del tranquilo y estúpido trabajo y probando todo un panel de
fusibles, cuando Rambette entró en la sala de fusibles y se puso a hablar con él.
—Tenemos un plano del tendido de cables —dijo, blandiendo uno de sus más afilados
cuchillos y cortando el aislamiento de un cable normal color naranja—. Esta nave está
bastante maltrecha.
—Dímelo a mí. Es una suerte para todos vosotros que yo sea un diestro fusiblero —
señaló con humildad—. Creo que tengo suficientes fusibles quemados como para llenar el
sótano de la estación.
Rambette se estremeció delicadamente.
—No menciones siquiera ese sitio; todavía tengo pesadillas.
—Estos días, parece haber un horror reptante detrás de cada puerta —reflexionó Bill,
mientras encajaba un fusible que produjo una chisporroteante descarga de voltios—.
Magullador mató dos en la galería. Plaga los ha convertido en abono. Dice que son un
fertilizante fantástico. ¿Qué noticias tienes de Curly?
—Aparte de las orejas, parece estar bien. Está ocupado en revolverle las entrañas al
piloto automático. Él está aparentemente bien, pero yo creo que me torcí la andrómeda
cuando estábamos ahí fuera.
—Nunca oí hablar de eso —dijo Bill.
—¡Mucho sabes tú! Yo sí que reconozco una lesión de andrómeda cuando me la hago —
le espetó Rambette—. Son una pura agonía. Toma, coge este cable naranja.
—Claro —dijo Bill, mientras lo cogía con una de sus manos derechas.
—Ahora coge este amarillo —volvió a repetir Rambette, tendiéndole otro cable que él
cogió con su otra mano derecha.
—¡Youh! —chilló Bill, al recibir una descarga que le rizó el pelo y le hizo humear los
colmillos.
—Bien —asintió ella—. Ambos están vivos. Eso es lo que necesitaba saber. Sostenlos
mientras los uno.
—¡Youh! —gritó Bill—. ¡Youh!
—Esto es fantástico —dijo Rambette, mientras enrollaba cinta en torno a los cables—.
Ya he terminado. Te veré más tarde.
—¡Youh! —gritó Bill una vez más.
Pasaron cinco minutos antes de que sus manos dejaran de temblar lo suficiente como
para permitirle quitar el siguiente fusible. Resultó estar quemado, y él se hallaba
intentando leer un número cuando entró Caine.
—Ah, estás ahí, Bill. He estado buscándote.
—Ya me has encontrado —refunfuñó—. Ahora, piérdete. Estoy trabajando.
—Tengo una teoría que quería comentarte, Bill —comentó el androide—. Izarla por el
asta de la bandera, como quien dice, y ver quién la saluda. Oye. Dado que estamos de
vuelta en la nave y relativamente seguros por el momento, mi curiosidad científica ha
renacido con incrementado vigor.
—No estarás planeando alguna estupidez como la de traer un letal alienígena de
contrabando en el interior de un frasco, ¿verdad? —preguntó Bill, con receloso horror.
—No soy tan curioso. Pero sin duda obtendré un delicioso diario de esta horrible
experiencia. Me haré famoso, y si me ayudas te citaré como fuente de referencia. Eso,
por supuesto, en el caso de que salgamos con vida de esta difícil situación.
—¿Te importaría guardarte amablemente para ti esa clase de cabronada y largarte de
aquí?
—No, escucha, lo digo en serio. Tengo el ciclo vital de esas criaturas casi completo.
Cuando nosotros llegamos, sintieron de alguna manera que habían aumentado sus
reservas de comida, pues son indudablemente sensibles a la esencia de la vida, el élan vital
que fluye por el cuerpo de todas las criaturas vivientes, y una nueva generación salió del
cascarón. Los más grandes que estaban por aquí cuando aterrizamos debían estar
alimentándose de lo que quedaba de la tripulación momificada. ¿No es un escenario
maravilloso?
—Delicioso —dijo Bill, burlón, a quien no le interesaba ser considerado un tentempié
por los alienígenas.
—Sabía que verías la belleza de una forma de vida tan monstruosamente malévola y
compleja —dijo Caine, loco de contento—. Los otros se han negado a escucharme.
—¡Y con toda la razón del mundo, androide sádico! —gritó Bill—. ¡Ahora, lárgate!
Caine, arrastrado por sus teorías, hizo caso omiso de la sugerencia. Continuó hablando,
con los ojos brillantes de inspiración y un dedo catedráticamente levantado en el aire.
—Yo postulo que cada etapa del ciclo vital es más grande y peligrosa que las etapas
anteriores. Hasta ahora, los más grandes que hemos visto son los de la variedad del tamaño
de Curly, pero seguramente ese no es el límite superior. Si tienes suerte, podrás ver uno aún
más grande cuando vuelvas a buscar las pantallas.
—¿Me harías el favor de cerrar tu bocaza? —dijo Bill, quejumbroso.
—Pero incluso en el caso de que lo veas, no creo que tengas posibilidades de recoger
muestras para mí —insinuó Caine, adulador, y luego esquivó el golpe que Bill intentó
propinarle—. Por supuesto, comprendo que es realmente pedir demasiado. Pero tendría
suficiente con una descripción detallada; las medidas también resultarían de utilidad.
Tómate tu tiempo, y anótalo todo. No puedo dar un informe confuso en mi diario
científico.
—Voy a matarte si no te marchas ahora mismo —dijo Bill, mientras buscaba un fusible
realmente pesado para aplastarle la cabeza a aquel cabrón.
—No puedes querer decir eso realmente, Bill. Míralo como un servicio prestado a la
ciencia; y si eres realmente, realmente afortunado, podrías encontrarte con la reina
madre.
—¿Realeza, aquí? —preguntó Bill.
—Es un término técnico y científico que habitualmente se emplea para designar a un
insecto progenitor. Algo tiene que estar poniendo todos esos huevos. Probablemente
sea enorme, mucho más grande que los del tamaño de Curly; y también más peligrosa.
No hay en la naturaleza nada tan violento como una madre que protege a sus crías.
Daría muchas cosas por tener la oportunidad de contemplarlo.
—¡Eso está hecho! Ve tú en mi lugar —gritó Bill, entusiasmado.
—Gracias por hacerme una oferta tan amable... pero yo necesito sobrevivir para
escribir mí diario de investigación, y quienquiera que se encuentre con la madre, no es
probable que vuelva con vida. Si quieres que te diga la verdad, creo que tendré que
omitir esa parte de mi informe. Tendré que conformarme con hacer conjeturas acerca de
esa etapa del ciclo vital. Lo haré de forma lógica y consistente. Estoy seguro de que una
pequeña omisión no impedirá que publiquen mi trabajo.
—Eso está muy bien —mintió Bill, mientras levantaba un fusible... no lo suficientemente
pesado como para saltarle los sesos al androide—. Lo que realmente necesita ahora el
universo es un diario científico acerca de monstruos alienígenas.
—¿Lo ves? Sabía que tú lo comprenderías. Bueno, tengo que volver a mis reparaciones.
La sala del quingombó está hecha un asco. Me ha ayudado mucho hablar contigo.
Hasta luego.
El fusible chocó contra la puerta un instante después de que se cerrara. Una vez más,
Bill cayó en el agradable y depresivo silencio. Sólo así podía un soldado organizar sus
pensamientos. Considerar las cosas, un buen lugar para preocuparse, un buen lugar para
llevarse sustos de muerte ante el más mínimo ruido.
Repentinamente, pareció no estar tan tranquilo como hasta un segundo antes. Se
oían muchos gemiditos y crujiditos que Bill esperó sinceramente fuesen producidos por el
metal que crujía debido a los cambios de temperatura. Se oían débiles sonidos
susurrantes y arrastrantes que Bill rogó ardientemente fuesen producidos por simples
roedores.
¿Arrastrantes? Bill miró a su alrededor, lleno de pánico, pero no había nada más que lo
habitual a la vista. Su pie se estremeció ominosamente. ¿No había dicho Rambette que
habían matado a dos alienígenas en el interior de la nave? ¿Si dos, por qué no tres?
¿Cuatro? ¿Cien? Bill se estremeció e hizo encajar apresuradamente un fusible en su
lugar. Ahora estaba sudando y le temblaban las manos. Su momento de paz había
concluido. Tenía que acabar rápidamente y volver con los demás. Quedarse a solas con
criaturas ocultas, reptantes y mortales que podían estar acechantes al amparo de cada
sombra era una forma de suicidio. El sonido arrastrante y arañante se hizo más fuerte. Bill
dejó caer un fusible. ¡Algo se había movido!
—¡Youh! —gritó Bill al tiempo que saltaba hacia atrás y levantaba el pie de elefante en
el aire—. ¡Youh!
—No me pises, Bill —gritó un chinger de veinte centímetros de estatura, sacudiendo sus
cuatro brazos en el aire—. Sólo conseguirías lastimarte el pie. ¿No te acuerdas de mí?
—¿Eager Beager? ¿Eres tú? —preguntó Bill, al tiempo que detenía su pie a medio
camino, no sin grandes dificultades.
—Ningún otro —dijo la pequeña criatura verde.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó Bill.
—Fácil. A través de la puerta de ese tubo de atraque. Estaba abierta, y el cretino que
había de guardia con ese lanzallamas de fabricación casera dormía. Si yo fuera tú, la
mantendría cerrada; y colgaría al guardia por los pulgares. Este es un sitio peligroso.
—¿Pero cómo has llegado hasta aquí? —preguntó Bill con admiración—. Quiero decir,
a este planeta y justo en este momento.
—La nave chinger en la que yo viajaba oyó vuestra señal automática de emergencia
cuando os estrellasteis al aterrizar, y vino hacia aquí para investigar. A pesar de que sois
nuestros enemigos, por vuestra propia elección, por supuesto, nosotros seguimos siendo
criaturas normales y ayudamos a cualquier superviviente. Pero no esta vez. Cuando nos
dimos cuenta del planeta que se trataba, decidimos mantener la distancia.
—Tootsie tenía razón —gimió Bill—. Vamos a morir asesinados por alienígenas, de una
u otra forma. Si los alienígenas de los capullos no se nos cargan, lo haréis vosotros,
pequeñajos verdes.
—Deja ya tu paranoia, Bill. ¿Es que alguna vez he intentado hacerte daño? Se ve
claramente tu adoctrinamiento militar; e, incidentalmente, yo no me considero a mí
mismo un alienígena —dijo Eager Beager—. Para mí, eres tú el alienígena. Pero, dejando a
un lado las cuestiones filosóficas, no tenéis realmente demasiado de qué preocuparos
porque los chingers bajemos aquí.
—Eso es un alivio —dijo Bill—. Podría haberos llevado años aprender a luchar, pero lo
habéis cogido rápido.
—Sólo en defensa propia, para conservar lo que tenemos y queremos. Y no vamos a
quedarnos por aquí durante mucho tiempo. Resulta demasiado peligroso. Conocemos
este planeta desde hace años, y realizamos grandes esfuerzos para evitarlo. Me divirtió
enormemente cuando decidisteis construir aquí la estación de comunicaciones. Fue un
golpe maestro de estupidez consumada.
—Esa es la forma de pensar del ejército, ya lo sabes —concedió Bill—. Si se trata de
estupidez o criminalidad, no busques una salida inteligente... limítate a enviar a los
soldados.
—Pero la parte verdaderamente increíble es cómo os las arreglasteis para construir la
estación justo encima del nido de alienígenas. Es como instalarse sobre el único
hormiguero del desierto. Incluso el cabrón más imbécil se hubiera desplazado un par de
pasos a un lado. Eso demuestra, una vez más, que la «inteligencia militar» está formada
por dos palabras absolutamente incompatibles.
—Pero no fue por culpa mía que la nave vino a parar aquí. No teníamos muchas
alternativas y, además, la decisión la tomó otra persona.
—Bueno, ese es un razonamiento lógico tan peligroso y lóbrego como cualquier otra
escapatoria —dijo Eager Beager—. Creo que cae dentro del terreno de «yo sólo estaba
cumpliendo órdenes». Se han cometido muchas maldades en el universo por la gente
que abandona de esa manera la inteligencia y la capacidad de pensar. Negar tus
responsabilidades por el sistema de culpar a otros puede ser temporalmente bueno para
tu salud mental, pero en algún punto de esa cadena alguien tendrá que responder de
todo.
—Sin duda —concedió Bill, que había perdido el hilo de la complicada argumentación
porque sus células cerebrales estaban bloqueadas por años de disciplina militar. Cambió
de tema antes de que pudiera verse obligado a pensar—. Por cierto, ¿no sabrás, por
casualidad, cómo va la guerra? He perdido el contacto en esta nave.
—Va bastante bien, o mal; depende de la perspectiva.
—¿Quién va ganando? —preguntó Bill.
—¡Nadie va ganando, cabeza de humo! —gritó el chinger—. O, más bien, ambos lados
declaran estar ganando, lo cual es exactamente la misma cosa. Se están librando batallas
en prácticamente todos los rincones de la galaxia. La cuenta de los cadáveres, incluso
inflada, es sorprendente.
—El Emperador se ha aficionado bastante a esta guerra —suspiró Bill—. La mantendrá
durante todo el tiempo que le sea posible. Es buena para la economía y da empleo a
mucha gente, la mayoría como soldados.
—Pero tanto tú como yo sabemos que es una locura y que ninguno de los dos bandos
puede ganar. No es lógico continuar con ella.
—La lógica nunca ha sido el lado fuerte de las mentes militares —dijo Bill—. ¿Pero,
dime, cómo llegaste a imaginar que yo estaba aquí?
—Escuchábamos vuestras conversaciones de radio cuando descubrí que estabas en esta
nave —explicó el chinger, repantigándose apoyado sobre la cola—. Pensé en dejarme
caer por aquí y ver cómo progresan tus esfuerzos pacificadores.
—Bueno —dijo Bill, evasivo—. Últimamente he tenido las manos ocupadas.
—Nada puede ser más importante que acabar con esta descabellada guerra —
argumentó Eager Beager—. Nada es más importante que eso.
—He tenido la mente ocupada en sobrevivir cada día —comentó Bill— El pisoteo de
alienígenas y el intento de ir un paso por delante del horroroso destripador me han
tenido bastante ocupado.
—Según recuerdo, estuviste de acuerdo en sembrar la discordia y desparramar
propaganda en favor nuestro —dijo el chinger—. Ese fue el trato a cambio de tu pie
nuevo; y, hablando de tu pie, ¿qué le ha pasado? Esa cosa que tienes al final de la pierna
es la más fea excusa de pie que haya visto jamás. Tiene el aspecto de pertenecer a un
enorme mamífero gris.
—Es una larga historia —explicó Bill—. Cambié el que tú me diste, y esto es lo que
obtuve.
—Probablemente podría arreglar las cosas para conseguirte un pie nuevo a cambio de
información de vital importancia y secretos de guerra. No tienen significado alguno, pero
estamos comenzando a desarrollar una clase militar que es exactamente tan estúpida
como la vuestra. Ese es el auténtico horror de esta guerra.
—De hecho, este pie ha resultado ser ciertamente útil —dijo Bill, mientras daba
golpecitos con él—. En nuestra actual situación desesperada, es útil llevar
constantemente un dispositivo aplastador.
—Como gustes, pero realmente me gustaría verte hacer esfuerzos más constructivos y
pacificadores. Corro un riesgo considerable al hacer tratos contigo, y me parece que lo
mínimo que podrías hacer sería torcer unas cuantas mentes en la dirección correcta.
—Tomé parte en un motín.
—Ese es un buen paso —dijo el chinger—. La erosión de la autoridad puede llevar al
pensamiento independiente. En cuanto las masas comiencen a cuestionarse las acciones
de aquellos que buscan el poder, quizá podamos romper las cadenas de la estupidez
que nos mantienen atados a este conflicto idiota.
—Oh —dijo Bill—. Creo que puedo suministrarte información acerca del destino y
cargamento de esta nave. Probablemente es un secreto, o algo así.
—Probablemente un secreto sin valor alguno —respondió el chinger— porque, según
todas las probabilidades, no viviréis el tiempo suficiente como para abandonar el planeta;
pero dámela, de todas formas.
—Nos dirigimos a Beta Draconis —le explicó Bill—, y llevamos un cargamento de
quingombó.
—Sabía que se trataba de una información sin valor —asintió Eager Beager—. En Beta
Draconis no hay nada más que un montón de naves inutilizadas. Realmente barrimos en
esa batalla. SÍ no odiara con tanta fuerza la guerra, me sentiría orgulloso de nuestro
bando. ¿Y qué pasa con el quingombó? ¿Lo utilizan como castigo gustativo para los
soldados?
—Es más bien un pasatiempo del capitán —respondió Bill—. Lo cultiva, pero no se lo
come.
—Nunca os entenderé, a los humanos —dijo el chinger, levantando tres de sus brazos y
rascándose la barriga con el cuarto—. Siempre estáis ocupados en actividades sin sentido.
—No es exactamente una actividad sin sentido. A mi perro le gusta el quingombó.
—A eso, precisamente, me refiero —dijo Eager Beager—. ¿Sabías que los humanos son
las únicas criaturas del universo que tienen a otras criaturas como mascotas? Da que
pensar, ¿verdad?
—Nunca he pensado mucho en ello —admitió Bill.
—Detecto a alguien que se acerca por el vestíbulo —advirtió el chinger—. Tendré que
marcharme. No sé sí volveré o no, dado que nuestra tripulación está ansiosa por
abandonar este planeta amenazador. Quiero que sepas que incluso si murieras y ya no
me sirvieras para nada, has sido un humano bastante majo, según son los humanos.
—Gracias —dijo Bill—. Creo que el sentimiento es mutuo, pequeño compañero.
—Si sobrevives a esto, no olvides continuar sembrando el descontento —le advirtió Eager
Beager, mientras abría un agujero en la pared metálica y se escabullía por él—. Si no
sobrevives, olvídalo.
—¿Qué fue eso? —preguntó Uhuru, cuando entró en la habitación—. ¿Has visto algo
que huyera arrastrándose, justo en este momento? ¿Estabas hablando con alguien?
—No ha sido nada —mintió Bill—. Estaba leyendo los números de los fusibles en voz
alta.
—Es difícil ver algo a través de esta placa visora empañada —dijo Uhuru, pasándole
por encima una mano enguantada—. Y estas malditas lucecillas producen un montón de
destellos. Ojalá pudiera arrancármelas. De todas formas, no las necesito más que en la
oscuridad.
—Ya casi he terminado con los fusibles —dijo Bill.
—Olvídate de los fusibles —objetó Uhuru—. Necesitamos esas pantallas ahora mismo. Es
hora de que vuelvas a la caverna donde te espera una muerte segura.
15
—Llévate este lanzallamas —dijo Moe, mientras estaban equipando a Bill en la sala de
control—. Lo he construido yo mismo con una bomba de achique.
—Y aquí tienes algunas granadas —explicó Uhuru—. Son más bien delicadas. Trata de
no chocar contra nada. Puedes colgártelas del cinturón.
—Llévate uno de mis cuchillos —ofreció Rambette—. No, ese no; ese es el mejor, mi
favorito. No te hablaré de los cuellos... Llévate uno de los otros. Es sólo porque, como
probablemente no volverás vivo, no quiero perder también mi mejor cuchillo. Lo
comprendes, ¿verdad?
—Sí, sí —musitó Bill, con una insensible falta de comprensión. Era incapaz de
comprender nada, pues el miedo había tomado posesión de prácticamente todo su
cerebro.
—No olvides las observaciones que te encargué —le recordó Caine—. Quiero que
hagas un informe claro y conciso cuando te encuentres con los alienígenas.
—¿Pero adónde demonios tengo que ir? —protestó Bill mientras, al mismo tiempo,
hacía un gesto obsceno en dirección al estúpido androide—. ¿Sabe alguien dónde se
supone que puedo encontrar esas pantallas?
—Probablemente estén almacenadas en el dique de suministros —dijo el capitán
Plaga—. No puede perderse. Está justo al lado de la sala del reactor que está llena de
esos repulsivos alienígenas.
—Maravilloso —murmuró Bill—. ¿Y qué aspecto tienen esas pantallas?
—Son de aluminio anodizado —dijo Uhuru—, de unos seis metros de alto por unos
quince y medio de ancho. Probablemente estarán enrolladas.
—¡Un momento! —les espetó Bill—. ¿Cómo voy a poder transportar algo así?
—Debajo del brazo —sugirió Uhuru—. Son extremadamente finas y no muy pesadas.
—Puede que no sean pesadas, pero son largas —dijo Bill—. Y aunque estén enrolladas
a lo largo, siguen teniendo seis metros. Tendré que arrastrarlas, y las abollaré mientras
evito y mato alienígenas. ¿Queréis pantallas arañadas y abolladas?
—¡Ni pensarlo! —gritó Uhuru—. Las pantallas están hechas con una precisión
milimétrica y son muy frágiles. Supongo que tendré que enviar a alguien más para que te
ayude. ¿Algún voluntario?
—No cuentes conmigo —gimió Tootsie, que fue la única en responder de alguna
manera al pedido de voluntarios, además del rápido arrastrar de pies producido por el
retroceso de los demás.
—No habléis todos a la vez, por favor —dijo Uhuru—. Quizá deberíamos sacar pajitas.
—Soy demasiado sensata para ti y tus pajitas —contestó Rambette—. Guárdatelas.
—De acuerdo —asintió Uhuru—. Podemos usar este otro juego que tengo aquí. —Sacó
los trozos de tubería cortada y los puso sobre la mesa, indicando a los demás que una era
más corta que las otras, tras lo cual las cogió en una mano y las mezcló para que la corta
no se pudiera ver.
—A mí me parece justo —dijo Tootsie con reticencia, sacando una pajita.
—La vida era indudablemente mucho más fácil cuando lo único que yo tenía que hacer
era ordenarles a unos pobres cabrones que hicieran el trabajo —protestó el capitán Plaga,
mientras cerraba los ojos y sacaba una pajita—. Esto de hacer las cosas de forma
democrática no es un sistema que me guste demasiado.
—Yo tengo la más corta —gritó Magullador, loco de contento—. ¡Seremos tú y yo, Bill! Y
las probabilidades no son buenas. Espero que estés dispuesto a morir como un hombre.
—Realmente, no —admitió Bill.
—Oh, es el destino del soldado —entonó Uhuru—. Uno se muere de aburrimiento o
de miedo. De verdad, ojalá pudiera ir con vosotros, pero tengo que preparar los escudos
para ajustar las pantallas, por si por una de esas casualidades conseguís volver vivos.
—Muchas gracias —apuntó Bill con ironía, al reconocer instantáneamente la egoísta
cobardía.
—Necesito un lanzallamas, Moe —masculló Magullador—. No voy a ir ahí abajo sin
uno.
—He fabricado éste con el serpentín del refrigerador —respondió Moe orgulloso—. Ten
cuidado, que está cargado con supercarburante del reactor.
—Dame tu mejor cuchillo, Rambette —dijo Magullador—. Podría resultarme útil.
—De ninguna manera —le espetó Rambette.
—Si ellos no vuelven, no va a servirte para nada, ¿no? —inquirió Tootsie con una lógica
impecable—. Dáselo de una vez, Rambette.
—Tú no sabes lo que me estás pidiendo —gritó Rambette—. Me lo regaló mi madre
durante la ceremonia de la mayoría de edad, cuando tuve mi primer murciélago. Es todo
cuanto me queda de ella, el único recuerdo de ese hermoso mundo tan distante. Sería
como si tú regalaras a Rebanadora.
—Nunca haré eso —aseguró Magullador—. Pero necesitamos ese cuchillo. Dámelo... o
lo cogeré.
—¿Por qué nos estamos peleando entre nosotros? —gimió Tootsie—. ¿Es que no nos
basta con tener un enemigo ahí fuera sin necesidad de volvernos los unos contra los
otros?
—Son los nervios —expuso Caine—. Una reacción humana típica del miedo abrumador
es la de golpear lo que sea o a quien sea que este cerca.
—¿Es que estás llamándome cobarde, chatarra de latón? —gritó Rambette—. Los
hombres sois todos iguales, incluso los androides. ¿Creéis que una mujer no puede
resistir esto? ¡Ahora os lo demostraré! Dame tu lanzallamas, Uhuru, que voy a salir ahí
fuera. Si vamos a depender de estos dos gilipollas chapuceros para que nos traigan las
pantallas, será mejor que arrojemos la toalla.
—¡Enséñales a estos maricones lo que pueden hacer las mujeres de verdad! —exclamó
Tootsie—. ¡Youhú!
—Yo no dejo mi lanzallamas a nadie —dijo Uhuru, abrazándolo contra sí.
—Coge éste —exclamó Moe—. Lo fabriqué con unos repuestos de radio y una bolsa de
enemas.
—¿Por qué estáis vosotros dos, gilipollas, ahí como dos palos con la boca abierta? —les
espetó Rambette mientras se apoderaba del lanzallamas improvisado—. ¡Venga,
andando!
—¡Allá vamos! —aulló Magullador, mientras blandía a Rebanadora que cortaba el aire—.
¡Es hora de matar, destruir... buena cosa!
Bill siguió con reticencia a Magullador y Rambette en dirección al tubo de atraque, en la
puerta del cual sus gritos y bramidos, y unos cuantos puntapiés bien dirigidos, despertaron
al durmiente Larry. Bill se alegró de ver que Eager Beager había cerrado la puerta al salir.
—Yo saldré primero —espetó Rambette; abrió la puerta de una patada y fumigó el tubo
con una ola de llamas—. Vosotros dos, seguidme. Tranquilos, y no os separéis hasta que
hayamos salido del túnel. No quiero que me fría uno de vosotros, gilipollas de gatillo
alegre.
Bill se sintió más que feliz de seguir aquellas instrucciones, y se agachó para entrar en
el tubo seguido por Magullador. La posición central parecía ser la más segura. Bill razonó,
mientras se deslizaban por el tubo, que él no era un cobarde. Aquella simplemente era una
estrategia aplicada que tenía en cuenta factores vivenciales y les concedía una
importancia primordial, además de cubrirle el culo.
—Preparaos —dijo Rambette cuando se acercaban a la entrada de la estación—. Salid
todos disparando, cuando cuente tres. ¡Uno! ¡Dos! ¡Vamos allá!
Bill se retrasó ligeramente porque estaba esperando el tres, ya que era un soldado de
mente literal y seguidor de las órdenes. Pero cuando Magullador le atropelló y le empujó
hasta la antesala, apretó el gatillo y le disparó a todo lo que tenía ante los ojos.
—¡Los he jodido! —gritó—. ¡Mirad cómo se queman!
—Has dejado fritos los trajes espaciales —despotricó Rambette con severidad—. Aquí no
hay alienígenas.
—Quizá estuviesen escondidos en los trajes espaciales —propuso Bill, a modo de
excusa—. Eso es. Probablemente estuvieran esperando que les pasásemos por al lado
para salir de un salto y apoderarse de nosotros. No hubiéramos tenido la más mínima
oportunidad de defensa.
—Muy bien —dijo Rambette—. Creeré eso el día que tú pases una prueba de
coeficiente intelectual.
—Los soldados no pasan pruebas de coeficiente intelectual; sólo los oficiales —explicó
Bill.
—En este traje espacial hay un alienígena asado —exclamó Magullador, que estaba
examinando los restos ardientes—. Y aquí otro.
Rambette miró a Bill con una admiración sin precedentes.
—Tú sabes cómo tratarlos —reconoció la muchacha, llena de admiración—. Perdona
por lo del coeficiente intelectual. Quizá quieras tomar el mando y conducirnos.
—Lo estás haciendo bien —contestó Bill a toda velocidad—. Encárgate de la parte
buena.
—¡Entonces, vayamos allá! Pasemos la puerta, bajemos por el corredor. Limpiemos el
camino, primero.
Magullador abrió la puerta de una patada, y Rambette tiró una de las granadas de
Uhuru al interior y dio un salto atrás. Una explosión tremenda sacudió el pasillo, y el humo
entró como vapor hirviendo en la antesala.
—Ese ruido me encanta —dijo Magullador, entusiasmado—. ¿Puedo tirar una yo?
—Guárdalas —dijo Rambette mientras el humo desaparecía—. Las necesitaremos más
tarde. ¡Seguidme!
Bill se pegó a Rambette todo lo posible, mientras sujetaba su lanzallamas tan
estrechamente como podía con ambos brazos derechos. Magullador andaba a grandes
zancadas mientras corrían cautelosamente por el pasillo flanqueado de puertas.
—¡Quítate de ahí! —gritó Magullador, empujando a Bill por la espalda. Un instante más
tarde la primera habitación del corredor estallaba con un rugido.
—Creo haber visto algo que se movía —dijo Magullador—. Uhuru hace buenas granadas.
—Basta de juegos —le espetó Rambette—. Tenemos que conseguir las pantallas.
Dos segundos más tarde, las habitaciones segunda y tercera del corredor estallaron
también. Magullador sonreía con expresión de culpabilidad, y Rambette ordenó un alto.
—¿Es que hay algo que se mueve en todas las habitaciones? —preguntó
sarcásticamente—. Si sigues haciéndolo volar todo, no nos va a quedar ninguna granada
para cuando las necesitemos realmente.
—Es difícil parar —alegó Magullador con una mueca—. Es tan divertido. ¡Buum, buum!
—¡Déjate de chorradas! —le ordenó Bill, recordando que él era el PM al mando—. Guarda
las granadas para cuando las necesitemos.
—Lo intentaré —murmuró Magullador—. Es difícil. Magullador es el súper-soldado, una
máquina de matar hasta los huesos. No le gusta estar con los brazos cruzados. Se pone
nervioso y quiere cortarle las piernas a alguien. Matar, mutilar... eso es lo mío.
—Lo único que estamos pidiéndote es que vayas un poco más tranquilo —dijo
Rambette, mientras abría la marcha en dirección al reactor—. Al menos espera hasta que les
veamos las pupilas.
—Tal vez no deberíamos esperar tanto —sugirió Bill—. Me pronuncio en favor de
hacerles saltar por los aires en cuanto les veamos.
—¡Él tiene razón! —corroboró Magullador entusiásticamente—. Ahora estás hablando
como un auténtico soldado.
—¡Guau! —dijo Rambette—. ¡Mirad eso!
La puerta de la sala del reactor estaba en su sitio, aunque apenas se mantenía en pie.
Tenía varios agujeros abiertos desde el interior, y el metal derretido goteaba de los más
recientes como lava metálica.
—Tienen que tener un ácido bastante fuerte —exclamó Bill—. Me alegro de que Caine
no esté con nosotros. Probablemente querría recoger muestras.
—El dique de suministros está por aquí —les llamó Rambette—. Detrás de esta
puerta.
—Oh, chico —dijo Magullador—. ¿Puedo arrojar yo la granada esta vez? ¿Por favor?
—Nada de granadas, cabeza de mierda —profirió Rambette despreciativamente—. ¿Es
que quieres llenar esas pantallas de agujeros? Uhuru nos ha dicho que tengamos
cuidado con ellas.
—¿Tal vez un poquito de quema-quema del lanzallamas? —preguntó Magullador,
esperanzado.
—Olvídalo —ordenó Rambette.
—Quizá deberíamos simplemente abrir la puerta y echar un vistazo —sugirió Bill—. Es
más que probable que ya hayamos perdido cualquier posibilidad de entrar por sorpresa
con todo ese estallido de granadas.
—Magullador no hace las cosas a medias. —El fornido imbécil levantó a Rebanadora por
encima de su cabeza—. ¡Ni hablar!
Antes de que pudieran detenerle, hizo saltar la puerta de sus goznes con un solo golpe
de hacha, y aquélla cayó al suelo produciendo un sonoro golpe.
—Eso ha sido realmente sutil —dijo Bill, retirándose de la puerta—. Jamás podrían
imaginarse que estamos aquí fuera.
—No veo ningún alienígena ahí dentro —advirtió Rambette, de pie en el vano de la
puerta con el lanzallamas preparado.
—Es un lugar muy grande —añadió Bill, que se puso a su lado—. Podrías esconder
cien alienígenas ahí dentro.
El dique de suministros era inmenso; lo suficientemente grande como para alojar una
nave del tamaño de la Merced, y dejar espacio suficiente para un escuadrón completo de
guerreros. Desparramados sobre el suelo de parrilla metálica, había cajones de suministro
y equipos de carga. Las pilas de vigas de acero, que fácilmente medían algunos cientos
de metros, se veían reducidas al tamaño de cerillas por las proporciones descomunales
de la gigantesca estructura; la grúa-toro que tenían más cerca parecía un juguete.
—Yo no veo las pantallas —indicó Bill.
—Podrían estar en cualquier parte —dijo Rambette, mientras avanzaba cuidadosa y
lentamente hacia el interior del muelle—. Tendremos que entrar y buscarlas. Vamos.
Mantened los ojos abiertos para detectar cualquier movimiento.
La última advertencia, por lo que a Bill se refería, era completamente innecesaria. Su
dedo temblaba y se retorcía sobre el gatillo del lanzallamas mientras seguía a Rambette.
Sus nervios, tensados como cuerdas por culpa del peligro abrumador, sobrepasaron los
límites exteriores del pánico enmudecedor. Si veía aunque sólo fuese una cucaracha, la
asaría.
—¡Allí! —gritó Rambette, cayendo de rodillas con el lanzallamas en alto—. ¡Por allí!
¡Muévete, Magullador! ¡No puedo apuntar bien!
Un alienígena más grande que Curly apareció por detrás de una pila de cajas, junto a
Magullador. Siseaba y rugía, y de su boca goteaba icor mientras hacía chasquear los
dientes. Una mano llena de garras le arrebató el hacha Rebanadora a Magullador y la
lanzó a cien metros de distancia con la misma facilidad con que un soldado se echa una
cerveza al coleto. Luego, con una iracunda sacudida de su cola, saltó de su escondite y
se apoderó del hombretón.
—¡Esta cosa me está ahogando! —dijo Magullador, ahogado—. ¡Mi oreja! ¡Mi garganta!
¡Agggg!
Rambette desenvainó el cuchillo de su madre y saltó con decisión hacia el alienígena.
Durante un instante se quedó inmóvil, en posición de ataque delante de la enorme
bestia, con las piernas flexionadas y dispuesta a saltar. El alienígena sujetó con facilidad
a Magullador, que luchaba por soltarse, y miró desde lo alto a la mujer como si se tratara
de un insecto insignificante.
—¡Toma esto, cabrón alienígena lleno de acné! —gritó ella, mientras saltaba y atacaba a
la criatura—. ¡Viva por siempre el Emperador! ¡Muerte a todas las alimañas! ¡Muere!
Sorprendido por aquel feroz ataque, el alienígena dejó caer al suelo a Magullador, y
cogió a Rambette para retorcerla en el aire como si se tratara de una muñeca. Luego la
arrojó encima de Magullador, y se inclinó sobre ambos mientras babeaba icor y goteaba
sangre.
Bill aprovechó aquel momento, avanzó corriendo y clavó el cañón del lanzallamas en las
palpitantes costillas de la monstruosa criatura. Antes de que ésta pudiera reaccionar, Bill
tiró del gatillo y manó el fuego. Los resultados fueron impresionantes. La criatura se
envolvió en llamas y explotó en una gigantesca nube de humo.
—Deben de secarse cuando crecen —dijo Bill—. Será mejor que lo recordemos.
—Buen estilo, Bill —dijo Rambette, mientras limpiaba el icor de su cuchillo—. Yo no
hubiera podido hacerlo mejor.
Magullador se puso trabajosamente en pie y miró a su alrededor con el ceño fruncido.
—¿Dónde está mi Rebanadora?
—Por ahí, en alguna parte —dijo Bill.
—Tengo que encontrarla. Volveré en seguida.
—Busca también las pantallas, por esa zona —le gritó Rambette, mientras comprobaba
el funcionamiento de su lanzallamas—. Ya he tenido bastante de este sitio. Ojalá estuviese
en cualquier parte menos aquí, como por ejemplo en algún bar bebiendo Gargarismo
Galáctico con un buen amigo. Borrachos con la primera copa... completamente
inconscientes con la siguiente.
—Eso suena fantástico —mintió Bill, mientras ambos «peinaban» las pilas de
suministros.
Encontraron alrededor de un millar de cajas etiquetadas como «papel higiénico
deshidratado», pero ni una sola pantalla.
—¡Guau! —gritó Magullador—. ¡Mirad eso!
—¿Has encontrado las pantallas? —preguntó Bill, mientras él y Rambette corrían hasta
el sitio en el que Magullador estaba de rodillas y miraba algo que había sobre el suelo.
—Aquí no. He encontrado a Rebanadora —dijo Magullador—, y esto.
En el suelo metálico había un enorme agujero cuyos bordes estaban fundidos por lo
que sólo podía ser el ácido de los alienígenas. Un túnel de grandes dimensiones, lleno de
pelo anaranjado, conducía desde el agujero a la oscuridad de más abajo.
—No creo que las pantallas estén ahí abajo —apuntó Rambette—. Me parece que
podría comunicar con la caverna de las vainas.
—Yo no voy a ser el que lo compruebe —dijo Magullador—. ¡Eh! ¿Qué es eso?
—Hay algo que se mueve ahí abajo —gritó Rambette—. Algo imposiblemente grande y
cubierto de pelo anaranjado e icor.
—Me parece que vamos a conocer a la mamá —gimió Bill—. Y no creo que se sienta
feliz de que hayamos estado matando a sus crías.
16
El monstruoso monstruo madre, malignamente amenazador, salió lentamente por el
agujero. De forma terriblemente indudable, una mano gigantesca y llena de garras, de dos
veces el tamaño de Magullador, se agarró el borde del suelo. Luego apareció una segunda
mano, y una tercera, seguidas por la inmensa cabeza ahusada con sus múltiples hileras de
afilados dientes entrechocando y chasqueando al tiempo que babeaba nocivo icor y
respiraba con un sonido rasposo terriblemente reverberante que, como un ataúd que
fuese frotado contra otro, hizo que un escalofrío corriese por la espalda de Bill.
Éste comenzó a retroceder mientras la criatura continuaba saliendo por el agujero al
interior del dique de suministros. La madre se elevó muy por encima de los tres soldados,
gruñendo y siseando mientras sacaba primero una enorme pierna y luego la otra. Y la
otra. Y dos más. Su gigantesca cola se sacudió y falló por muy poco el golpe que hubiese
convertido a Magullador en una pulpa irreconocible.
—¡Corred! —sugirió Bill.
—¡Arrojad las granadas! —gritó Magullador.
—¡Larguémonos! —chilló Rambette.
—¡Por aquí! —aulló Bill, que ya había optado por huir en lugar de pelear y se dirigía a
toda velocidad hacia la parte del dique de suministros que estaba más atestada de cajas y
cajones—. Si nos escondemos, quizá no pueda encontrarnos.
—Preclaro pensamiento —exclamó Rambette—. Vamos, Magullador. Sigamos a Bill.
—No puedo... ¡Yough!... ésa estuvo cerca. ¡Creo que podrías tener razón!
El trío se agachó detrás de una pila de cajones de embalaje, todos los cuales
ostentaban la siguiente inscripción: PAPEL HIGIÉNICO DESHIDRATADO, 10.000
ROLLOS. AGREGAR AGUA Y ALEJARSE. Bill deseó fervientemente que no hubiesen
sido enviados por error en lugar de las pantallas. Ese tipo de cosas ocurrían con excesiva
frecuencia.
La malevolente bestia daba golpes y chocaba por el dique de suministros, rugiendo y
babeando icor. La cola dentada se agitaba describiendo un arco mortal que pulverizaba
todo aquello contra lo que chocaba. La criatura parecía moverse al azar mientras apartaba
cajones como si nada. Luego se detuvo, volvió lentamente su enorme cabeza y miró
directamente hacia el escondite de los humanos.
—¡Me la voy a cargar! —gritó Magullador al arrojar dos granadas—. ¡Voy a convertirte
en una hamburguesa verde!
Bill se echó al suelo para cubrirse de los fragmentos que cayeran. Las granadas
explotaron produciendo un terrible rugido.
—¿Nos la hemos cargado? —preguntó con la cara pegada al suelo—. ¿La han hecho
pedazos?
—En absoluto —dijo Magullador—. Sólo un par de muescas; eso es todo. Quizá gotea un
poco más. Si tuviéramos un par de miles de granadas, podríamos... ¡Guau!... ¡ahí viene
esa cosa!
—¡La haré retroceder con el lanzallamas! —chilló Rambette. ¡Magullador, cúbreme! ¡Bill,
coge la grúa-toro de allí!
—¿Quieres que luche contra ese alienígena con una grúa-toro? —preguntó Bill—. ¿Es
que te has vuelto majara? ¿Has vuelto a las andadas con las esporas?
—¿Ves algún tanque de guerra por aquí? —advirtió Rambette en tono despreciativo—.
Tendremos que arreglárnoslas con lo que tenemos. ¡Muévete, cabeza de mierda!
Bill miró por encima del hombro mientras corría en dirección a la grúa-toro y su pie de
elefante hacía muescas en el suelo. La madre alienígena estaba envuelta en llamas
porque tanto Magullador como Rambette tenían sus armas a máxima potencia. La
criatura era un encumbrado infierno, pero aparte de estar friéndose como una croqueta,
parecía conservarse de maravilla. No era combustible como los otros alienígenas
gigantes, y parecía estar realmente furiosa y rugía con una potencia ensordecedora
mientras daba vueltas violentamente.
Bill saltó a la grúa-toro, arrancó el motor y la puso en marcha. La cosa que aún
remotamente se parecía más a un arma eran unas vigas de acero; cogió unas cuantas y
las dirigió como si se tratara de lanzas.
—Cárgatela, Bill —gritó Magullador—. ¡Date prisa! Nos está ganando terreno.
Bill supuso que existía una posibilidad ligeramente débil y muy remota de que
consiguiera obligar a la criatura a volver al agujero; pero si lo lograba, quizá podrían
sellarlo con las granadas. Aquello no la retendría demasiado, pero quizá ganaban el
tiempo suficiente para encontrar las pantallas y salir de aquella trampa mortal. Se dirigió al
alienígena tras poner la marcha directa. Todo aquello parecía muy dudoso, pero no
tenían ninguna otra alternativa.
—Eso es, soldado —gritó Magullador mientras Bill chocaba contra el monstruo madre
con un choque magullador de Bill—. Yo la frío y tú la empujas.
—Aquí —gritó Rambette—. He encontrado las pantallas.
—Eso es, Bill —dijo Magullador mientras retrocedía—. Tú la empujas... y yo ayudo a
Rambette a coger las pantallas.
Bill tenía serias reservas con respecto a la reciente modificación de su cuidadoso plan.
No se sentía feliz de estar a la distancia de una viga de aquella criatura asesina, sin un
buen fuego que le respaldara.
La criatura, que aún ardía sin llamas y gritaba de dolor, o mal humor, o ambas cosas,
saltaba y se balanceaba como un boxeador atolondrado por un golpe. Se deslizó hacia un
lado de las vigas y casi tenía a Bill agarrado por la garganta cuando éste hizo girar la
grúa-toro y asestó un duro golpe en un flanco de la bestia que la hizo caer sobre sus
múltiples rodillas. Puso bruscamente la marcha atrás y retrocedió, preparándose para otro
fútil ataque.
—Las tenemos, Bill —gritó Rambette—. ¡Vámonos!
No hizo falta que se lo dijeran dos veces. Bill dejó caer las vigas, pisó el acelerador
con todo el peso de que era capaz su pie de elefante y salió rechinando en dirección a la
puerta mientras la velocidad destrozaba la caja de cambios y el vehículo dejaba una pista
de caucho quemado tras de sí. Al llegar a la puerta, pisó el freno, bloqueó las ruedas y se
deslizó de lado por el espacio que quedaba.
—¿Es que te dieron el carné de conducir en una tómbola? —dijo Rambette, mientras
reía y colocaba granadas en la abertura.
Bill y Magullador cargaron frenéticamente las pantallas en el frente de la grúa-toro.
—¡Aquí viene! —gritó Rambette, mientras subía de un salto a la parte trasera del
vehículo con Magullador—. ¡Date prisa!
Bill metió la primera marcha que encontró y pisó el acelerador. La monstruosa madre
alienígena estaba prácticamente sobre ellos. Rambette roció la pila de granadas con el
lanzallamas, y la explosión resultante sacudió el corredor y casi levantó a la grúa-toro en
el aire.
—¡Guau! —exclamó Magullador cuando el polvo y la grúa volvieron a asentarse—. Ésa
estuvo cerca.
—¿Ha quedado bloqueada la puerta? —preguntó Bill, demasiado ocupado en conducir
pasillo abajo como para volverse a mirar la puerta atascada de escombros.
—Así lo espero —contestó Rambette—. ¿No puedes ir más rápido?
—Estoy haciendo todo lo que puedo. ¡Youh! —Bill giró violentamente el volante y con
dos sacudidas gemelas arrolló a dos alienígenas. Eran del tipo arrastrante, y su pie de
elefante comenzó a sacudirse entusiásticamente.
—¡Mirad allí! —gritó Rambette—. Han abierto la sala del reactor.
En aquella área pululaban repelentes alienígenas de pelo anaranjado y de todos los
tamaños, desde los monos bebés con pelos y plumas hasta los caminantes y feos del
tamaño de Curly. Lo que había sido hasta entonces la puerta de la sala del reactor, era
ahora una pila de chatarra fundida. El icor y el pelo estaban por todas partes, y Bill realizó
un derrape sobre las cuatro ruedas, que encogía el estómago.
—¡No dañes las pantallas! —gritó Rambette, mientras Bill luchaba denodadamente
para controlar el patinante vehículo.
—¡Yiupiii! —chilló Magullador, mientras arrojaba granadas al grupo de alienígenas que
pululaba por allí—. ¡A la izquierda, Rambette! ¡Quémalos!
Unas cuantas criaturas se consumieron en llamas cuando Rambette las barrió con su
fuego líquido. Resultaba bastante repugnante. Incluso en el mismo momento en que unos
se estaban fundiendo, otros se adelantaban para ocupar sus lugares.
Magullador arrojó otra granada y gritó:
—¡Mirad! ¡Aquí vienen los refuerzos!
—¿Los nuestros o los suyos? —preguntó Bill, esperanzado, mientras luchaba con el
volante.
—Acertaste a la segunda —jadeó Rambette, lúgubremente.
El corredor estaba lleno de alienígenas que rechinaban los dientes y se pisoteaban
unos a otros mientras luchaban para llegar hasta el vehículo que huía y apoderarse de
sus comestibles pasajeros en los que podían alojar nuevos. Magullador les apuntó con su
lanzallamas y los barrió hasta quedarse sin combustible de cohetes. Lo utilizó como
cachiporra para aporrear a algunas de las criaturas que estaban más cerca, y finalmente
se lo arrojó a la cara a una de las del tamaño de Curly.
—Cojo el tuyo —gritó, apoderándose del arma de Bill y disparándoles a unos doce
alienígenas que estaban intentando subir a bordo—. ¡Allí está el tubo de atraque! ¡Date
prisa!
Bill derrapó al girar la esquina, y pisó con fuerza los frenos para detenerse con un
chirrido ante la entrada del tubo de atraque. Mientras estaba desabrochándose el cinturón
de seguridad, Rambette y Magullador saltaron al suelo.
—Hay adheridos todo tipo de horrores reptantes a las pantallas de plata —gritó
Rambette—. ¡Sin duda están hechos con la materia de las pesadillas!
Por las pantallas se arrastraban alrededor de una docena de alienígenas de naturaleza
arrastrante. Bill luchaba y danzaba en círculos mientras intentaba evitar que su pie de
elefante los aplastara e inutilizara en el lance las vitalmente importantes pantallas.
—¡Yo me encargo de ellos! —gritó Magullador, alegremente.
—¡Nada de granadas! —aulló Rambette—. ¡Y, sobre todo nada de lanzallamas!
—Sólo utilizaré a Rebanadora —babeó Magullador, entusiasmado, mientras sonreía y
los arrancaba de la superficie de las pantallas uno por uno con la precisión de un
cirujano.
—Yo, cogeré este extremo —dijo Bill, que ya tenía las pantallas en la mano—. Tú coge
el otro, Magullador. Rambette, cúbrenos la retirada.
—De acuerdo, soldado —dijo Rambette, mientras barría la antesala con su
lanzallamas.
Bill levantó su extremo y abrió la marcha por el tubo. Rambette lanzó algunas granadas
de la buena suerte para asegurarse que no les seguían, mientras Magullador se asomaba
para barrer el tubo con su lanzallamas y asegurarse que tenían el camino libre. Larry
abrió la puerta cuando llegaron, y la cerró rápidamente después. La totalidad de la
tripulación estaba reunida con esperanzada anticipación.
—La cosa está fea ahí fuera —dijo Magullador, sudoroso y con el rostro tiznado—. Pero
nosotros hacemos lo que tiene que hacer un soldado.
—Gramaticalmente incorrecto pero encomiable —dijo Christianson—. Sin embargo,
también nosotros hemos estado sufriendo, ya saben. Las letrinas vuelven a estar
bloqueadas.
—¡Las pantallas! —exclamó Uhuru—. En aproximadamente veinte minutos de trabajo,
podremos irnos de aquí. Vamos, Larry. Échame una mano.
—Ya he puesto el piloto automático —dijo Curly, mientras Larry y Uhuru se llevaban las
pantallas—. Al menos, creo que funciona. Probablemente funcione. Quizá funcione,
quizá no.
—Efectos secundarios del icor —susurró el capitán Plaga—. A veces se confunde.
—Todo irá bien —dijo Curly—. Llevaré la nave directamente hasta Beta Draconis, o
quizá la deje caer en una estrella oscura de alguna parte. Pero, Jesús, lo único que
puede hacer una persona es intentarlo.
—Estoy muy interesado en la situación de los alienígenas —dijo Caine—. ¿Qué has
descubierto?
—Que estabas en lo cierto respecto a la madre —jadeó Bill, mientras se dejaba caer
exhausto en el suelo—. Nos encontramos con ella.
—¡Maravilloso! —exclamó Caine—. Y has vivido para contármelo. Es una noticia
fantástica. Mi informe será aclamado en todos los planetas habitados. He vuelto a mí
futuro como renombrado científico. ¿Qué aspecto tenía?
—Realmente grande —dijo Magullador.
—¿Podríais definir eso con mayor detalle? —preguntó Caine—. «Realmente grande» es
un término muy poco científico. ¿Cuan grande es grande? ¿Alguno de vosotros le tomó
las medidas?
—Y también fea —añadió Rambette—. La alienígena más fea que jamás he visto.
—¿Podrías definir eso con un poco más de objetividad? —gimió Caine—. No creo que
pueda utilizar la palabra fea en mi diario científico.
—Peligrosa —dijo Bill—. Tiene una coraza dura; es un horror con muchas patas que va
dejando icor y pelo anaranjado por todas partes.
—¿La matasteis? —preguntó ansiosamente Curly—. ¿O tendré que preocuparme por
eso y quizá estropear el piloto automático?
—No tenía muy buen aspecto la última vez que la vi —apuntó Bill, estirando la verdad
elásticamente.
—Realmente necesitaría datos más concretos para mi diario —expresó Caine—. ¿Ha
tomado alguien medidas de algún tipo?
—¿Quieres dejar de tocarnos las narices? —sugirió Bill—. Luego hablaremos contigo, si
tenemos ganas. Primero, saquemos la nave de aquí.
—Hay un pequeño problema —comunicó Tootsie apresuradamente—. Es tu perro,
Barfer.
—¡Eh! —dijo Bill—. ¿Dónde está?. Barfer. No sé por qué, pero por alguna extraña
razón echo de menos a ese apestoso bruto.
—Bueno, él también te echaba de menos —dijo Tootsie—. Realmente se puso a gemir y
armar escándalo cuando te fuiste a buscar las pantallas.
—Ahí tienes un perro fiel —comentó Bill—. Él sabe cuánto me gusta.
—Ha desaparecido —gimió Tootsie—. Desaparecido.
—Está en la estación de comunicaciones, Bill —explicó Curly— Pasó junto a Larry justo
después de marcharte tú, y se fue por el tubo de atraque. Está ahí fuera, solo con todos
esos horribles zombis «icorosos». ¡Yacks!.
—El pobre perro está indefenso —gimió Tootsie—. No puedes estar pensando
seriamente en abandonarle aquí.
—Estoy pensando —exclamó Bill— No me atosiguéis. Estoy pensando.
—Él depende de usted —dijo el capitán Plaga—. Sólo las más bajas formas de vida le
volverían la espalda a un amigo.
—Ese perro te quiere —insistió Rambette—. ¿Qué vas a hacer?
—Quince minutos para el despegue —informó Uhuru a través del intercomunicador—.
Si alguien tiene algo más que hacer, será mejor que lo haga rápido.
Bill suspiró con compasión, y cogió el lanzallamas de Moe.
17
—Necesitaré más granadas —gruñó Bill, meneando la cabeza ante la cabal estupidez de
lo que estaba a punto de hacer.
—Llévate el cuchillo de mi mamá —ofreció Rambette, que de repente se había vuelto
toda corazón—. Siempre me ha traído mucha suerte.
—Esto también podría servirte —dijo Curly, tendiéndole una caja cubierta de lucecillas
intermitentes.
—¿Qué es? —preguntó Bill.
—Es un artilugio de búsqueda —comentó Caine—. Eso espero. Lo he diseñado yo
mismo, y Curly lo construyó con algunos utensilios de cocina y un par de transistores
viejos.
—¿Cómo funciona?
—Aprietas el botón de esta manera —explicó Curly, inclinándose y apretando el botón
verde que había en un lado de la caja—. Está ajustada para responder a todas las formas
de vida, pero le he agregado un subprograma que la dirige especialmente hacia las
formas de vida que huelen a quingombó. Ahora mismo está a su máxima potencia. Todos
estos pequeños puntos de aquí somos nosotros. Ese punto verde de ahí, es Barfer.
—¿Y qué son esos otros puntos? —preguntó Bill.
—Alienígenas —admitió Caine.
—Sin duda hay un montón —dijo Bill con temblorosa turbación—. Y la mayoría de ellos
están entre yo y Barfer.
—También puede emitir un pitido, si quieres —dijo orgullosamente Curly, que continuó
apresuradamente—. Pero con todos esos alienígenas ahí fuera, estaría pitando
constantemente. No estoy seguro de que eso te sirva de mucho.
—Ha sido fantástico conocerte, Bill —observó Tootsie, mientras abrazaba a Bill—, Sólo
quiero decirte que pienso que lo que estás haciendo es realmente noble y generoso, tengo
ganas de llorar, aunque sea increíblemente estúpido y probablemente lo último que
hagas en tu vida. Hay pocas cosas tan bonitas como el cariño que existe entre un chico
y su perro.
—No querrías llevarte a Rebanadora, ¿verdad? —preguntó Magullador—. Quizá ella te
retrasara y los alienígenas te comerían. Pero creo que tengo que ofrecértela, aunque no
me guste demasiado hacerlo.
—Es igual, Magullador —dijo Bill—. Supongo que tendré que viajar ligero y rápido.
—Tienes razón en lo de rápido —añadió Christianson—. Estamos un poco ansiosos
por largarnos de aquí.
—Llévate la radio portátil —indicó Caine mientras la sujetaba al cinturón de Bill—. De
esa forma podrás darnos buenas descripciones fiables de primera mano acerca de tus
encuentros, para mi informe. Y si quieres decir tus últimas palabras, podremos escribirlas
a medida que salgan de tu boca agonizante.
—Eso es realmente considerado por tu parte —gruñó Bill, mientras comprobaba el
nivel de combustible del lanzallamas y sentía deseos de probarlo con Caine.
—Le daré su nombre a mi próxima variedad de quingombó híbrido —declaró el capitán
Plaga—. Abelmoschus heroicus billus. Tiene un sonido bonito, ¿no cree?
—Tengo que ponerme en camino —advirtió Bill, mientras regresaba al tubo de atraque y
disparaba un par de lenguas de fuego hacia la oscuridad que tenía ante sí, para que le
trajeran buena suerte.
La antesala, que recientemente ya había recibido un par de lengüetazos, era un
montón de goma ardiente. Los trozos de alienígenas muertos y trajes inutilizados estaban
desparramados entre restos chamuscados como barriles destrozados después de una
fiesta. Lo más importante era que nada se movía. Bill ajustó la potencia del buscador de
manera que él estaba en un extremo de la pantalla, y el punto verde que indicaba la
presencia de Barfer estaba en el otro. Por desgracia, había demasiados puntos alienígenas
entre ambos.
Bill se deslizó hasta la entrada del corredor principal, y echó un rápido y atento vistazo
al vestíbulo. En aquel pasaje de condenación pululaban demasiados alienígenas como
para contarlos, demasiados como para aventurarse con algo menor que un tanque
cargado con armas nucleares tácticas. Tenía que existir algún otro camino que lo
rodeara.
¡Los conductos de ventilación! Bill bendijo la poca previsión de los previsores y
anónimos ingenieros que habían diseñado unos túneles tan útiles que conectaban todas
las dependencias de la estación. Hizo una pila con los trajes espaciales inutilizados, y
trepó hasta la reja más cercana; mientras rezaba para no ser descubierto se izaba con
dificultad.
Inmediatamente, Bill descubrió un par de problemas. Los conductos del aire eran tan
malditamente pequeños que apenas podía deslizarse por ellos. Dar la vuelta sería
imposible, una vez que hubiese comenzado el viaje. Ahora maldecía a los cabrones
ingenieros por no haberlos diseñado un poco más espaciosos como para que un hombre
pudiera arrastrarse cómodamente por ellos. Tampoco había señalización alguna que le
indicara dónde estaba, por lo que tendría que depender del buscador de Curly y de su
propio e innato sentido de la orientación para conseguir su objetivo. Ninguno de los
dos, advirtió Bill, eran tan fiables.
Aquello era un lío retorcido, y todos los ramales laterales tenían el mismo aspecto. Bill
se deslizó al interior de lo que esperaba que fuera una dirección vagamente paralela a la
del vestíbulo principal. Por lo que veía en el dispositivo de búsqueda, tenía la deprimente
sensación de que Barfer podía estar en la sala del reactor infestada de alienígenas. No
podía hacer otra cosa que continuar avanzando y ajustar su posición de acuerdo con los
puntos que aparecían en la caja.
En dos ocasiones se metió por conductos ciegos, y tuvo que retroceder
trabajosamente hasta el ramal anterior. Se dijo a sí mismo que si alguna vez tenía la
oportunidad de diseñar conductos de ventilación, no sólo los haría lo suficientemente
grandes como para poder caminar cómodamente por su interior, sino que además se
aseguraría de que estuviesen bien iluminados, claramente señalizados con mapas callejeros,
y tuvieran alguna fuente de agua a intervalos. La oscuridad de los conductos se veía
interrumpida sólo por la luz que se filtraba a través por los respiraderos ocasionales, uno
de los cuales estaba justo delante de sus narices.
Se deslizó silenciosa y lentamente hasta el respiradero, y espió lo que había al otro
lado. La buena noticia es que estaba directamente encima del vestíbulo, y la mala era
que había, si ello era posible, más alienígenas chillones y asquerosos amontonados allí que
antes; una parte demasiado numerosa de ellos eran de la variedad más grande que Curly, los
cuales podían llegar hasta los respiraderos del techo sin dificultad alguna si así lo
deseaban. Bill se estremeció ante su estrecha proximidad con las horribles criaturas, y
trató de convencerse de que ellos no podían verle y que si no respiraba ni dejaba que su
corazón latiera demasiado fuerte, probablemente estaría a salvo.
—¿Cómo va eso, Bill? —chilló la radio a pleno pulmón—. Aquí Uhuru.
—¡Argh! —susurró Bill, retirándose del respiradero y bajándole el volumen a la radio.
—¿Estás todavía vivo? Si es así, Caine está a mi lado con el cuaderno de notas,
preparado para apuntar tus observaciones. ¿Tienes algo que decirle?
—¡Dile que puede meterse el cuaderno de notas en el culo! —susurró Bill con voz
ronca—. Este sitio hierve de alienígenas.
—Quiere saber si has hecho un recuento exacto —dijo Uhuru—. Dice que «hierve» no
es lo suficientemente exacto.
—Oye, Uhuru —susurró Bill, mientras se arrastraba frenéticamente en lo que esperaba
que fuese la dirección de la sala del reactor—. Estoy luchando por mi vida. Realmente no
tengo tiempo para conversaciones superficiales.
—Bueno, parece que estamos susceptibles, hoy —dijo Uhuru sorbiendo por la nariz—.
Además, para tu información, si te interesa saberlo, la nave está casi lista para despegar.
Podemos esperarte, pero no durante mucho más tiempo. Una vez que comience la cuenta
atrás, no se podrá detener. Si te matan, háznoslo saber y así no nos molestaremos en
perder el tiempo.
—Así lo haré —gruñó Bill, apagando la radio con enojo.
Esperaba que ningún alienígena hubiese oído el ruido. No había forma de volverse
para comprobarlo. El buscador se limitaba a señalar un enorme grupo de puntos
alrededor de él, que sin duda alguna eran los alienígenas que estaban en el vestíbulo. Al
menos él esperaba que fuesen eso. Intentó no pensar en el hecho de que dos de los
puntos parecían estar siguiendo exactamente su misma dirección.
Pasado un lapso de tiempo agotadora y terriblemente inconmensurable, después de
más giros y retorcimientos, Bill estuvo seguro de que le seguían. Tenían que estar en el
conducto de ventilación, justo detrás de él, ¡y ganándole terreno! Bill comenzó a arrastrarse
más deprisa, y al hacerlo golpeó contra la pared y se las arregló para encender el pitido
del aparato de búsqueda. El corazón se le hundía más y más a cada pitido, hasta que
se le alojó en alguna parte entre la ingle y la rótula, pero Bill no se atrevía a detenerse el
tiempo suficiente como para apagar la función sonora del aparato.
Los pitidos se hicieron más y más rápidos, aumentando de volumen y frecuencia con
cada segundo que pasaba. Desenvainó el cuchillo, a pesar de que sabía demasiado bien
que no había sitio suficiente como para utilizarlo. Los pitidos se unieron en uno solo y
continuo y los puntos se fundieron. Algo le tocó un pie.
—¡Youh! —aulló Bill—. ¡Youh!
—Baja la voz —le susurró Rambette—. ¿Es que quieres que los alienígenas sepan
dónde estamos?
—¡Rambette! —susurró Bill—. ¿Eres tú realmente? Me alegro de verte incluso si no
puedo verte. No puedo volverme aquí dentro.
—Tú no eres el único, compañero —jadeó Rambette—. Magullador está justo detrás de
mí. Me siento como una loncha de jamón dentro de un bocadillo; y por si fuera poco,
Magullador no deja de darme golpes con Rebanadora.
—No es culpa mía —susurró Magullador—. Estoy atascado como un corcho.
—¿Por qué demonios habéis venido? —preguntó Bill, sorprendido—. Esta es una misión
suicida, si alguna vez ha habido una.
—Bueno, digamos que sólo estoy cuidando el cuchillo de mi mamá —susurró Rambette—.
Se me rompería el corazón si lo perdiese.
—Yo quiero tirar más de esas granadas de Uhuru —gruñó Magullador—. Realmente es
magnífico, matar alienígenas.
—Creo que Barfer está en la sala del reactor —susurró Bill.
—Nosotros también lo creemos —murmuró Rambette—. Gira a la derecha en el próximo
cruce. Estudié el mapa de este sitio antes de partir. No está muy lejos.
Bill volvió a reptar. Después de girar a la derecha, pudo ver el respiradero a poca
distancia delante de sí. Cuando llegó allí, miró qué había al otro lado. Barfer estaba
acorralado en el centro de la habitación, rodeado por alienígenas de los del tamaño de
Curly. A pesar de que se mantenían a una respetuosa distancia de las chasqueantes
mandíbulas del perro, se contoneaban y le echaban las zarpas. Era sólo cuestión de
tiempo que uno consiguiera apoderarse del can. El resto de la sala incrustada de icor
estaba atestada, por todas partes, de criaturas deslizantes y arrastrantes.
—El plan es el siguiente —susurró Rambette—. Tú te apartas del respiradero. Yo
desencajo la reja y la atasco en la esquina, tras lo cual le ato esta cuerda. Magullador y
yo bajamos primero y haremos una maniobra de distracción. Tú nos sigues y coges al
perro. Luego huimos. ¿Lo has comprendido?
—¿Qué es una maniobra de distracción? Si significa pelear, me encanta la distracción
—dijo Magullador, riendo entre dientes—. ¡Vamos allá!
Rambette afianzó la cuerda y ella y Magullador se deslizaron al interior de la sala,
lanzando llamas y granadas. Según iban las diversiones, aquella estaba en la cumbre, al
nivel de las estrellas doradas. Los alienígenas crepitaban, estallaban, chillaban y saltaban
en pedazos. Al descender por la cuerda, Bill apreció la carnicería y el hecho de que
Magullador y Rambette habían conseguido dejar intacto al perro.
—¡Guauf! —ladró Barfer, mientras se abría paso entre el círculo de alienígenas en
dirección a Bill—. ¡Guauf, guauf!
—¡Me han cogido! —gritó Magullador, cuando los repulsivos brazos de un alienígena
viscoso le rodearon y empujaron contra un tablero de control—. ¡Socorro!
Barfer se lanzó a la acción, saltando sobre el alienígena y cortándole la garganta.
—Tu perro me ha salvado la vida —gritó Magullador mientras se dejaba caer contra el
tablero de control y Barfer le quitaba al alienígena de encima.
En aquel momento, una ensordecedora alarma comenzó a sonar. Comenzaron a
brillar luces verdes que bañaron el baño de sangre con un obsceno y ominoso parpadeo
mortecino. De las paredes comenzó a manar vapor.
—¿Qué habéis hecho? —gritó Rambette, mientras le cercenaba un brazo a un
alienígena con su cuchillo—. ¿Qué ha pasado?
—Creo que caí encima de ese botón —admitió Magullador.
—¿Qué clase de botón? —chilló Bill, recogiendo al perro—. ¿Qué dice?
—Espera —gritó Magullador—. Primero le quito todo ese icor. Sí, ahora leo. Dice: BOTÓN
DE AUTODESTRUCCIÓN DE LA ESTACIÓN. NO APRETAR.
—Creo que estamos entrando en problemalandia —admitió Rambette—. Ese botón hace
estallar el reactor. ¡Vámonos!
—Esta estación se autodestruirá dentro de cinco minutos —dijo una voz de mujer aburrida a
través de los altavoces—. Se advierte a todo el personal que tome las precauciones
necesarias. Esto es una grabación. Que tenga un buen día, quienquiera que sea y
dondequiera que se encuentre.
—Dame ese perro —dijo Magullador, mientras cogía a Barfer y se lo metía debajo del
brazo, tras lo cual cogió la cuerda y trepó como un mono—. ¡Yo abro la marcha!
Bill siguió a Rambette, cuerda arriba, y de camino lanzó cinco granadas a la sala y una
última rociada de fuego.
Al comenzar a reptar por los conductos de ventilación, Bill volvió a encender la radio y
llamó a Uhuru.
—Ha habido una pequeña dificultad —dijo.
—Tenemos orejas —gritó Uhuru con una voz cargada de pánico—. Hay sirenas y
zumbidos sonando por todas partes. En este momento estamos en la cuenta atrás final.
Te aseguro que espero que podáis volver a tiempo, porque no podemos quedarnos por
aquí a esperaros.
—¡Izquierda! —gritó Rambette—. Coge la próxima a la izquierda, Magullador.
—¿Por qué tendrían un botón de autodestrucción en una estación que ha costado
más que el producto anual bruto de la mayoría de los planetas? —preguntó Bill, mientras
seguía a Rambette como una segunda piel—. No tiene sentido.
—Es el ejército —dijo Rambette—. Se supone que no tiene por qué tener sentido. Gira a
la derecha, Magullador, ¡a la derecha!
—Esta estación se autodestruirá dentro de cuatro minutos —bostezó la voz grabada
por encima de la escandalosa alarma y el siseo del vapor que llenaban el aire.
—¿De dónde vendrá todo ese vapor? —gritó Bill—. No quiero morir escaldado
después de todo lo que hemos pasado.
—No lo sé —dijo Magullador—. Pero estoy seguro de que hace que las cosas parezcan
realmente urgentes.
—¡Gira a la izquierda! —gritó Rambette—. ¡No, espera! ¡Derecha! —¡Todos los
conductos me parecen iguales!
—¡No tiene salida! —aulló Magullador—. ¡Nos hemos perdido!
—Si les importa saberlo, esta estación se autodestruirá dentro de tres minutos. Les
recordamos que se advierte al personal que sus posibilidades de vida están entre ninguna
y cero. O menos. La única obligación que les queda es doblarse con la cabeza entre las
rodillas, y darle un beso de despedida a su culo.
18
—¡Deja suelto al perro! —gritó Bill—. ¡Magullador!. ¡Deja suelto al perro!
—¿Acabo de coger al perro y quieres que lo tire? —chilló Magullador—. Habla en serio.
—Y estoy hablando en serio —dijo Bill—. Es un hecho bien conocido y demostrado que
la mayoría de los perros saben encontrar el camino de vuelta a casa desde cualquier
punto.
—¿En menos de tres minutos? —aulló Rambette—. ¿Barfer? No quiero ofender a nadie,
pero él no es el perro más inteligente que yo haya visto.
—Quizá tenga hambre —dijo Bill—. Apostaría a que se dirigirá directamente hacia el
quingombó. Suéltale y le seguiremos.
—Estás apostando demasiado a algo muy poco probable —dijo Rambette.
—¿Preferís estar aquí sentados discutiendo y esperar hasta que estalle el reactor? ¿O
es que tenéis mejores ideas?
—¡Comidita! —gritó Magullador, mientras lanzaba al perro por el conducto.
—Allá va —gritó Bill, mientras Barfer se alejaba trotando—. ¡Seguidle!
El trío se contoneó, retorció y arrastró tras el perro a través del oscuro conducto hasta
que, ¡voila!, Barfer les condujo hasta el respiradero de la antesala. Salieron por la
abertura y corrieron por encima de la pila de escombros en dirección al tubo de
atraque.
—Buen... perro... —jadeó Bill.
—Esta estación se autodestruirá dentro de dos minutos. Se advierte al personal que
aún permanece en la estación, que ya es demasiado tarde para buscar refugio; así pues,
que tengan ustedes un buen día.
—¿Uhuru? —gritó Bill por la radio mientras avanzaban por el tubo de atraque—.
¿Uhuru?
—Lo siento, pero llegáis demasiado tarde —dijo el interpelado—. Nos elevamos dentro
de cincuenta segundos. Eh, ha sido fantástico conoceros.
—Estamos en la puerta —chilló Rambette, arrebatándole la radio a Bill—. ¡Y vamos a
entrar! Si no nos abrís, la volaremos y seréis absorbidos por el vacío si lleváis esta
chalana al espacio abierto.
—Bueno, si os ponéis así... —murmuró Uhuru, mientras accionaba la apertura de la
puerta desde la sala de control.
En una fracción de segundo los tres soldados y el perro se deslizaron a través de la
puerta antes de cerrarla con un poderoso chasquido.
—Treinta segundos— dijo Uhuru, y Bill echó a correr hacia la sala de control.
—Me voy a la sala del quingombó —gritó Magullador, mientras seguía al perro pasillo
abajo—. Los macizos esos son más blandos que las sillas.
—¡Yo también! —chilló Rambette, que pasó como un relámpago junto a ellos.
—¡Diez segundos! —dijo Uhuru, y Bill se zambulló sobre el asiento más cercano y se
ajustó el cinturón—. ¡Cinco!
—Creo que quizá he cometido un error en mis cálculos —aulló Curly—. Yo no...
—¡Despegamos! —gritó entusiasmado Uhuru—. ¡Adelante, Curly!
—¡Tenemos potencia! —chilló Curly—. ¡Encendido motor principal!
—¡Tenemos los motores en llamas! —gimió Tootsie—. ¡Vamos a morir todos!
—¡Es lo normal! —gritó Uhuru.
—¿Morirse? —gimió Tootsie—. ¿Qué es lo que tiene eso de normal?
—¡Me refiero al encendido de los motores, imbécil!
—¡Auch! — «aucheó» Curly—. Esa fuerza G me está matando por estrujamiento.
—Mejor estrujado que arrepentido —dijo Uhuru—. ¡Cogeos bien todos!
—¡Derrapes! —gritó Larry—. ¡Lo que necesitamos son unos cuantos derrapes!
—No, lo que necesitamos es potencia —intervino Moe—. ¡Mucha más potencia!
—Os vais a conformar con lo que os dé —chilló Curly, tecleando números en la
computadora—. Estoy harto de recibir órdenes vuestras, cabezas de chorlito. ¡Allá
vamos!
—Cuidado con los escudos —gritó Uhuru, mientras la nave se quejaba poderosamente
y las fuerzas G se apilaban una sobre otra—. ¡No sobrecarguéis los escudos!
—Tootsie tiene razón —chilló Larry—. ¡Vamos a morir todos!
—Confiad en mí —exclamó Curly—. Si no nos alejamos lo suficiente de la estación
vamos a... ¡Sujetaos!... ¡está estallando!
La Merced se sacudió y balanceó al ser atrapada por la onda expansiva subnuclear, al
saltar en pedazos la estación y todos sus repulsivos habitantes alienígenas hasta su última
fea y sórdida molécula en medio del rugiente infierno de la autodestrucción del reactor
nuclear. Fue una buena forma de alejarse; y continuaron alejándose hasta que el último
mechón de pelo anaranjado y la última gota de saliva y/o icor estalló volviendo a su
estado atómico más primitivo.
Pero las cosas estaban bastante peludas a bordo de la nave. La tripulación se vio
sacudida de izquierda a derecha... y luego a la izquierda nuevamente... y a la derecha
otra vez... zarandeada de un lado a otro como los actores de una película de poco
presupuesto rodada con una cámara vacilante, con la única diferencia de que aquello era
una acción de la vida real capaz de pararle a uno el corazón, y ellos se dedicaron a gritar y
chillar hasta que la nave se enderezó y les sacó del terrorífico planeta y les alejó de sus
aterrorizadores habitantes.
—No volvamos a hacer eso —dijo Bill con voz ronca, cuando alcanzaron la velocidad
orbital y la nave se detuvo corcoveando y vibrando—. ¿Estamos a salvo?
—¡Ya lo creo! —graznó Curly—. ¡Y esto se merece una copa!
—¡Eso es... que corra el vino! —gritó Tootsie—. Después de todo, no vamos a morir.
—Tomaos con calma lo del vino —rogó el capitán Plaga, mientras extraía un
sacacorchos atómico del bolsillo—. Tiene que durar hasta Beta Draconis.
—¿Cuánto tardaremos en llegar? —preguntó Bill, mientras cogía el sacacorchos y lo
hendía en la boca de una botella de vino. Se activó automáticamente; el corcho se
vaporizo en una nubecilla de humo y el vino burbujeó con belleza.
—Probablemente algo así como dos o tres meses —estimó Curly, que le tendía a Bill
un vaso para que se lo llenara—. Ese es el cálculo más aproximado que puedo hacer. Por
supuesto, puedo haber cometido una equivocación, incluso un grave error, y podríamos
quedarnos dando vueltas sin rumbo entre las estrellas para siempre. Lamento haber dicho
eso... pero los efectos secundarios del icor pueden ser la causa.
—Magullador confía en ti —dijo el gallardo guerrero que conducía a Barfer al interior de
la sala de control—. Lo has hecho bien.
—Jesús, gracias —contestó Curly, que se ruborizó y bajó la cara mientras tendía el
vaso para que volvieran a llenárselo—. Todos tuvimos que hacer lo que tiene que hacer
un hombre.
—Esa es una frase de cerdo singularmente estúpida, por no decir machista. Pobre de
mí —exclamó Rambette que entraba en aquel momento en la sala de control—. Todos
tenéis un vaso de vino excepto Caine, que es el androide asignado y no cuenta. Yo
también quiero uno.
—¿Y para este buen perrito? —preguntó Magullador, mientras tendía el cuenco del
agua de Barfer—. Llénalo hasta arriba.
Bill comenzó a relajarse por primera vez en muchísimo tiempo. Mientras llenaba de
vino el cuenco del perro, dejó que la tensión abandonara su cuerpo. Después de todo lo
que habían pasado, era una buena sensación la de estar finalmente a salvo. Cansado
como estaba, probablemente dormiría durante todo el viaje hasta Beta Draconis.
—Estoy ansioso por oír tu informe acerca de la madre alienígena —dijo Caine—. Todo
eso falta en mi diario. Realmente tenemos que escribirlo mientras lo tienes fresco en la
memoria.
Bill se hundió en un asiento y sacudió la cabeza con cansancio.
—De ninguna manera. Creo que los androides estáis chalados, pirados, como cabras
—gruñó—. O quizá es a los científicos a quienes no entiendo. ¡Mientras la gente normal
como nosotros, o prácticamente normal, se limita a intentar conservar la vida en medio de
la experiencia más increíblemente repulsiva, tú te quedas sentado y haces preguntas!
¡Vete a... plantar un quingombó!
—Puedo comprender tus sentimientos, buen compañero Bill, pero alguien tiene que
llevar un registro —dijo solemnemente Caine—. De lo contrario, no aprenderíamos de
nuestras experiencias y la Humanidad no marcharía triunfalmente hacia las estrellas.
—¿Qué clase de arrastrado chupasangres y amante de los oficiales eres tú? —farfulló
Bill despectivamente—. Más tarde, quizá... ahora no. Estoy demasiado agotado como
para pensar siquiera en ello. Además, creo que apesto, al igual que todos los demás, así
que me meteré en la ducha recicladora en cuanto se acabe esta botella de vino.
—Eso suena muy bien —concedió Uhuru—. Pero antes acabemos con un poco más de
vino. Voy por otra botella. —Se había quitado, loco de contento, el traje espacial y los
collares de ajo—. ¿Blanco o tinto? Eh, creo que traeré una de cada. Quizá desentierre
unas bayas de aperitivo para acompañarlo.
—Eso es —dijo entusiásticamente Bill—. No nos vendría mal un bocado.
—Barfer ha escapado sin un solo rasguño —dijo Magullador con admiración— Este
perro es realmente un trasto.
—Yo no lo hice con tanta facilidad —dijo Rambette mientras se envolvía un brazo con
una venda—. Tenemos suerte todos de haber salido simplemente con vida. Prefiero
enfrentarme con un ejército chinger, que volver a vérmelas con uno de esos alienígenas.
—Desgraciadamente ahora se han extinguido —protestó Caine, meneando la cabeza—
. Qué gran pérdida para la ciencia.
—Me da la impresión de que tus sentimientos eran ligeramente diferentes cuando se te
estaban subiendo por la espalda —dijo Tootsie, sorbiendo por la nariz.
—Incluso los androides pasan por inexplicables períodos de autoconservación —
observó Caine—. Nadie es perfecto, aunque yo estoy muy cerca de ello. Sin embargo, me
doy cuenta de que a largo plazo hubiera sido preferible que yo mantuviese una actitud de
objetividad científica. Según están las cosas, ha perecido toda la repulsiva raza y,
lamentablemente, yo no he conseguido ni siquiera un solo espécimen para dar crédito a
mi diario. El capitán Plaga ha convertido todas mis muestras en abono.
—Sólo por esta vez, estoy de acuerdo con el capitán. Eso es prácticamente para lo
único que sirven —objetó Tootsie, levantando su vaso de vino—. Brindo por una
navegación sin problemas y silenciosa.
—Yo también brindo por eso —asintió Rambette.
—Yo me pronuncio por un viaje completamente aburrido y carente de aventuras —
añadió Bill—. Nada más que buena comida, mucha bebida y un lugar decente para
dormir.
—Eso suena tan bien como la vida de un gato casero... pero estoy de acuerdo; y
reniego de los monstruos de por vida —dijo Curly, que se repantigó en su asiento y se
arregló la venda de la oreja.
—No son más que problemas.
—Algo ha estado destrozando la cocina —gritó Uhuru, que entró corriendo en la sala
de control con el traje espacial puesto nuevamente, y tres collares de ajo fabricados
precipitadamente—. ¡Incluso ha destrozado el microondas!
—¿Qué? —preguntó Christianson—. ¿Qué ha pasado?
—Es horrible —volvió a gritar Uhuru—. La cocina está inutilizada. ¡Por todas partes hay
icor y esos pelos anaranjados!
—¿Icor y pelos? —aulló Plaga—. ¿Quiere eso decir...?
—Quiere decir que vamos a morir todos —gimió Tootsie—. Ya sabía yo que en cuanto
nos sintiésemos seguros, algo así ocurriría. ¿Es que toda esta locura no va a tener un fin?
—Voy a acabarla ahora mismo —gruñó Magullador, mientras se colgaba granadas del
cinturón y cogía a Rebanadora—. ¡Adelante-adelante, soldados! ¡Todos para uno y uno
para todos!
Nadie se movió.
Magullador blandió su hacha debajo de las narices de los demás.
—Según lo veo, no tenemos más que una posibilidad. Salimos ahí y lo matamos, o no
hacemos nada y nos dejamos almorzar por él. ¡Vamos allá, troyanos!
De muy mala gana, la tripulación salió arrastrando los pies detrás de Magullador y
Uhuru. Se dirigieron a la cocina, manteniéndose realmente pegados unos a otros y
mirando por encima del hombro. Nunca antes la Merced les había parecido tan grande,
tan llena de lugares de escondite para horrores alienígenas.
—Qué desastre —dijo Tootsie cuando entraron en la cocina—. Esto es terrible. Hay
frascos y cacerolas y platos y cuencos y utensilios desparramados por todas partes.
—Eso no es más que mi rutina de mantenimiento —dijo Uhuru—. Los daños están ahí
detrás.
Por detrás de la cocina parecía como si hubiera estallado una bomba. La cocina y sus
quemadores estaban medio carcomidos por el ácido alienígena, y la puerta del
congelador había sido arrancada de cuajo. Todas las superficies estaban cubiertas de icor
y mechones de pelo.
—Se ha comido todos mis filetes —gritó Plaga, asomado al interior del congelador—.
Eran de primera.
—¡Por aquí! —gritó Rambette—. Creo que aquí tenemos una pista.
—Sin duda lo parece —asintió Bill, mientras miraba con los ojos fuera de las órbitas el
repelente reguero que salía de la cocina—. Uhuru, dame unas cuantas granadas más.
—No entiendo cómo se metió en la nave —dijo éste mientras repartía sus bellezas
caseras—. Yo sé que la nave estaba limpia de bichos de esos. Yo mismo la barrí con el
buscador, y Larry vigiló la puerta durante cada minuto después de eso. ¿No es así?
—Bueno, algo parecido —contestó el otro.
—¿Qué quieres decir con algo parecido? —gruñó Magullador—. Nosotros arriesgamos
nuestras vidas y tú actúas como portero de los alienígenas.
—Puede que me haya adormilado alguna vez —admitió.
—¿Alguna vez? —chilló Uhuru—. ¿Adormilado?
—Bueno, puede que quizá hayan sido dos o tres veces —confesó Larry—. No más de
cinco, estoy casi seguro. Realmente era muy aburrido estar ahí sentado.
—¡Yo voy a darte aburrimiento! —gritó Curly, cogiendo un lanzallamas—. ¡Te voy a
freír como a un huevo!
—¡No, por favor, no lo hagas! No soy responsable, siempre he sido así. Desde que era
niño. ¡En un momento estoy completamente despierto... y luego me quedo como una
roca! Todo lo que tengo que hacer es cerrar los ojos. Soy capaz de dormir en cualquier
parte y en cualquier momento. Es un talento que tengo. Incluso puedo hacerlo mientras
estoy de pie.
—¡Te haré dormir de forma permanente! —gritó Curly—. Has dejado que mí propia
pesadilla personal vuelva a entrar en la nave.
—No puedo creer que tengas parentesco alguno conmigo —le espetó Moe—. Si tú
eres hermano mío, debes de haber venido de otro planeta, un planeta en el que la norma
es la estupidez.
—Técnicamente, al ser clones, vosotros no sois hermanos —dijo Caine—. Sois
genéticamente idénticos. Podría darse el caso de que fueseis la misma persona.
—Eso no me lo trago —chilló Curly—. Ese cabeza de mierda...
—Ya está bien de rivalidades familiares —sugirió Rambette—. Según parece, el
alienígena se ha dirigido al dique de reparaciones número cinco.
—Espero que se trate de uno de los arrastrantes —dijo Plaga mientras todos se
dirigían cautelosamente hacia allí—. De esa forma, Bill podrá aplastarlo y habremos
acabado.
—Dudo sinceramente que se trate de uno de los arrastrantes —argumentó Caine—.
Los destrozos de la cocina son demasiado grandes para un arrastrante. Yo diría que
tenemos uno de los del tamaño de Curly entre manos.
—O quizá más grande incluso —se estremeció Tootsie, mientras levantaba los ojos
hacia la puerta derretida del dique de reparaciones.
—¿Podéis callaros todas esas locas fantasías? —ordenó Rambette—. No hacen más
que dañar la moral, que ya está bastante baja. Ya veremos lo que tenemos cuando
lleguemos allí.
La tripulación pasó por la puerta fundida y miró atentamente el extenso interior del
dique de reparaciones. Construido de un tamaño que permitiera alojar una nave
bombardero de clase estelar para repararla en dique seco, era capaz de empequeñecer
cualquier cosa menos el inmenso alienígena que estaba de pie en medio del canal, que
goteaba icor y dejaba caer puñados de pelo, mientras los miraba iracundo.
—¿Qué es eso? —gritó Caine.
—Es la madre —respondió Bill con una voz cargada de sepulcral pesimismo—; y acaba
de aplastar nuestra grúa-toro hasta dejarla en su mínima expresión, por lo que no
podremos volver a emplear ese truco.
19
—Bueno, allá va nuestro gran plan —suspiró Rambette—. Tengo la sensación de que
necesitamos un cambio de estrategia.
—No podremos matar algo tan grande con nuestros lanzallamas —dijo Uhuru—. Las
llamas no harían más que quemarle el pelo a esa cosa.
—Lo cual pondría a la criatura aún más furiosa... si eso es posible —gimió Bill—. Y ya
lo hemos probado.
—¿Granadas? No, no son mucho mejores —añadió Magullador—. ¿Qué vamos a
hacer?
—Yo no puedo acercarme más —balbuceó Tootsie, cuyos dientes castañeteaban
mientras se mordía un puño y retrocedía—. ¡Ni siquiera puedo soportar mirar esas garras!
—Y mientras no estás mirando, no mires también esos dientes y fauces —le aconsejó
Rambette—. Justo cuando ya nos sentíamos a salvo.
—Esto es totalmente fascinante —dijo Caine—. Desgraciadamente para la comunidad
científica, me siento resbalar hacia mi modo de miedos supervivenciales y corro el peligro
de perder mi objetividad.
—¿Qué vamos a hacer? —aulló Curly—. Esto es aun peor que mis pesadillas.
—Podríamos abrir la puerta de carga y lanzarla al espacio —apuntó Larry—. Eso
resultaría.
—Así es, resultaría —exclamó Bill—, pero nos succionaría también a nosotros, por no
hablar de que vaciaría la nave de todo su aire respirable.
—Las puertas de carga, no... pero podríamos conseguir sacarla por la puerta de la
cámara auxiliar de descompresión —dijo Rambette—. El espacio es demasiado justo,
pero podría funcionar.
—¡Será mejor que funcione! —objetó Tootsie—. Realmente me gusta la idea de lanzar
al alienígena al espacio.
—Seguro —dijo Christianson—. Quizá se apretuje ahí dentro si se lo pedimos
educadamente, y se quede quieta mientras cerramos la puerta interior.
—¿Se me permite sugerir que alguien podría actuar de cebo? —sugirió Caine—.
Alguien un poco más apetitoso que un androide podría meterse en la cámara y poner cara
de comida.
—Podemos sacar pajitas para decidir quién será el cebo —apuntó Uhuru, totalmente
esperanzado—. Esa es una forma justa de decidirlo, y da la casualidad de que llevo
algunas encima.
—De ninguna manera —dijo Rambette—. Estamos en esto juntos, y continuaremos así
hasta el amargo final. Yo propongo que la ataquemos, y con coraje guerrero y fuerza
sobrehumana la hagamos retroceder hasta la cámara.
—Discúlpeme la expresión... pero eso es increíblemente poco realista, y
probablemente provocará víctimas —añadió Plaga—. Quizá incluso víctimas de tipo
oficial. —Se estremeció ante tal pensamiento.
—Un soldado tiene que hacer lo que tiene que hacer un soldado —reiteró Magullador
con compasiva estupidez.
—Tal vez deberíamos meditar el asunto —murmuró Christianson—. Estoy de acuerdo
con el capitán. Sería más inteligente si pudiéramos trazar un plan que no implicara
posibles víctimas de la oficialidad.
—¡Demasiada cháchara! —aulló Magullador—. Acción. ¡Rebanadora y yo nos
encargaremos de la retaguardia... nada de luchadores cobardes, aquí!
De mala gana, la manada de soldados comenzó a descender lentamente los escalones
metálicos que conducían al dique. Cuando llegaron a la mitad del descenso, el alienígena
cargó contra ellos. Larry lanzó todas sus granadas a un tiempo mientras Rambette y Bill
abrían fuego con sus lanzallamas. El alienígena retrocedió el tiempo justo para que la
tripulación acabase de descender la escalera.
—Dividámonos en dos grupos —chilló Magullador—. Obliguemos a esa cosa a meterse
en la cámara.
—Yo no quiero estar en el grupo de Larry —gritó Moe.
—¿Qué os parece si nos dividimos en tres grupos? —insinuó Curly, sugerente—. Yo
voto por tres equipos y me ofrezco voluntario para volver y vigilar la puerta.
—No tenemos tiempo para contar votos —gritó Rambette—. ¡Tú! Tú, tú y tú, venid
conmigo. ¡Por aquí! ¡Bien! El resto de vosotros, id con Magullador.
—¡Venid por aquí! —chilló Magullador.
—Está comenzando a hablar y a comportarse peor que un oficial —protestó Larry
mientras se echaba el lanzallamas al hombro y se situaba junto a Rambette—. Y también
es igual de feo que uno de ellos.
—Respaldadla como se debe. Los que tengáis lanzallamas, usadlo. ¡Vamos! ¡Vamos!
Los lanzallamas rugieron al entrar en actividad y bañar al gigantesco monstruo con un
muro de llamas. Uhuru lanzaba granadas a los pies de la cosa, lo cual la hacía saltar
constantemente de un lado a otro pero sin hacerle ningún otro daño visible. Bill se sentía
como si tuviera el dedo soldado al botón de FUEGO MÁXIMO de su lanzallamas
prefabricado.
—¡Separaos! —gritó Rambette—. ¡Si os quedáis tan juntos, ella os cogerá a todos
con... ¡eh!... ¡cuidado con la cola!
El grupo de Rambette se dispersó mientras la madre alienígena agitaba su enorme cola
en un amplio arco, le atinaba al capitán Plaga en su enorme barriga y le enviaba volando
y rebotando al otro lado del dique.
—¡Mi pierna! —gritó—. ¡Está rota!
—Entonces dispare sentado —chilló Christianson, mientras esquivaba otro latigazo de
la cola y arrojaba dos granadas—. No sea tan cobarde, Plaga. No es más que una pierna.
—¡Dejad de hacer fuego! —gritó Rambette—. ¡Retroceded! ¡Tiene a Caine!
La ardiente bestia tenía a Caine agarrado entre sus enormes pezuñas, mientras sus
mandíbulas goteaban icor y sus descomunales dientes chasqueaban horriblemente a
pocos centímetros de la cara del androide. El olor del pelo naranja quemado era
singularmente repulsivo.
—¡Yo le liberaré! —gritó Larry, que dejó caer su lanzallamas, pasó corriendo junto a la
aturdida Rambette, le cogió dos de sus cuchillos y se arrojó contra el monstruo.
Aterrizó encima de una rodilla de la criatura, y se puso a trepar por la peluda pierna.
Estaba pataleando y resbalando cuando ella se agachó, le arrancó con una mano y le
sostuvo a la distancia del brazo extendido. El alienígena indescriptiblemente repulsivo
miró con hambre a Larry primero y luego a Caine.
—¡Vamos, Curly! —gritó Moe mientras corría en dirección al monstruo—. ¡Tenemos
que ayudar a Larry!
—¡Estoy justo detrás de ti! —exclamó Curly—. Tú encárgate de la pierna derecha. ¡La
izquierda es para mí!
En un instante los clones pululaban por encima de la madre alienígena. Su primera
reacción fue arrancarle de un mordisco la mano izquierda a Caine, tras lo cual hizo una
mueca y la escupió, arrojó al androide lejos de sí y dirigió su atención al trío de clones
humanos presumiblemente más sabrosos.
Bill corrió hasta Caine y le arrastró fuera de la zona de acción.
—Todo saldrá bien —mintió Bill mientras rasgaba su camisa y hacía un torniquete en el
brazo sin mano del androide—. Trata de estar tranquilo.
—Estoy perdiendo una considerable cantidad de fluido hidráulico —gimió Caine cuyos
ojos parpadeaban—. Por favor, aprieta más el torniquete. Ahora debo dormirme; tengo las
baterías demasiado débiles... Si pudieras encontrar mi apéndice perdido, existe una
ligerísima posibilidad de que pueda volver a ponerlo en su sitio.
—Lo encontraré —dijo Bill.
—Me estoy... desvaneciendo... —susurró Caine—. Gracias por ayudarme. Buena
suerte; y, adiós...
El androide cerró los ojos. Se quedó muy quieto y dejó de respirar. Bill se preguntó si
estaría muerto. O si había estado vivo alguna vez, al menos en el estricto sentido de la
palabra, para empezar. Trató de recordar lo que sabía acerca de la fisiología de los
androides, y se encontró con un blanco muy gordo. Aplicó la oreja al pecho de Caine y
oyó cómo giraban los engranajes y los relés se encendían y apagaban con un chasquido.
Al menos, el androide aún funcionaba.
—Aquí está su mano —dijo Tootsie, mientras depositaba tiernamente la mano
arrancada sobre el pecho del inmóvil Caine—. Ya has hecho todo lo que podías, por el
momento. Será mejor que volvamos. Magullador necesita ayuda.
Magullador y Rambette habían partido en misión de rescate de clones. Magullador
pataleaba con Rebanadora en una pierna, mientras Rambette le calentaba un pie con el
lanzallamas en la otra. Uhuru cabalgaba sobre la corcoveante cola, mientras le clavaba
una de las mejores lanzas para jabalíes de Rambette.
—Va a comerse a Larry —gritó Curly, que estaba precariamente agarrado a uno de los
resbaladizos hombros.
—¡Ya la tengo! —chilló Moe, que trepaba por el costillar del alienígena como si se
tratara de una escalerilla—. ¡Toma esto, madre alienígena hija de puta! —gritó mientras
lanzaba una granada al interior de las fauces rechinantes de la criatura.
Era una de las mejores granadas de Uhuru, y estalló con un tremendo rugido. El
alienígena dejó caer a Larry y retrocedió tambaleándose mientras echaba humo por las
orejas. Curly cayó, pero Moe consiguió sujetarse de alguna manera.
—¿Qué has hecho? —gritó Bill, que estaba ayudando a Rambette en su intento de freír
aquel pie—. ¿La has matado?
—Creo que posiblemente le haya desportillado un diente —gimió Moe, mirando al
interior de la horrible boca—. ¡Yo abandono el barco! —gritó, mientras saltaba al suelo.
Barfer corría en círculos alrededor del alienígena, gruñendo y chasqueando los dientes,
imitando de forma muy convincente a un perro feroz mientras mordía cualquier trozo que
se le ponía a tiro.
—Estoy todo roto —gritó Larry—. ¡No puedo caminar!
—¡Eso es! —gruñó Magullador, que le imprimió toda su fuerza a un golpe de hacha que
atravesó finalmente la gruesa piel del alienígena. Lo que pasaba por ser la sangre
alienígena comenzó a manar mientras la criatura caía sobre una rodilla.
—¡Acabemos con esta basura! —rugió Tootsie, mientras atacaba el brazo que tenía
más cerca con el lanzallamas de Larry.
—¡Cuidado! —gritó Uhuru—. ¡Se cae!
Todos se dispersaron mientras la inmensa madre caía al suelo, aún chasqueando sus
aterrorizadoras mandíbulas mientras intentaba agarrar a todos los que estaban a su
alcance y goteaba icor y sangre, se arrastraba y gruñía.
—¡Todos aquí! —gritó Magullador—. Tenemos que obligarla a entrar en la cámara.
Conseguir obligarla resultó un trabajo ciertamente duro. Incluso con toda la restante
tripulación unida en un sólido frente, los lanzallamas y las granadas estaban casi
contrarrestados por las garras y los colmillos. Conseguían dos arrastradas de avance y
una de retroceso. El lanzallamas de Bill se quedó sin combustible, y él lo utilizó como
cachiporra hasta que el alienígena se lo arrancó de las manos de un golpe. Entonces se
dedicó a arrojar granadas. Al menos ya tenían a la criatura de espaldas contra la puerta
exterior de la cámara.
—¿Y ahora, qué? —gritó Tootsie—. ¡No va a entrar!
—Yo y Rebanadora vamos a convencerla —gruñó Magullador.
El hombretón se enfrentó cara a cara con el tumbado monstruo, blandiendo su hacha
contra cualquier cosa que estuviera al alcance de un hacha. Los dedos de los pies y las
manos del alienígena salieron volando. Barfer estaba inamoviblemente cogido a la punta
de la cola. Magullador daba hachazos y cortaba trozos. La criatura retrocedió hasta el
interior de la cámara, pero no antes de asestarle a Magullador un golpe con uno de sus
sangrantes brazos, y enviarle patinando por el suelo hasta hacerle chocar con los restos
aplastados de la grúa-toro.
—¡Eh! ¡Esa cosa me ha roto un brazo! —rugió el atacado—. ¡Cerrad esa puerta y
deshaceos de ella!
—¡No podemos cerrarla! —gimió Curly, que estaba apretando el botón verde—. ¡El
interruptor está roto!
—Déjamelo a mí —chilló Tootsie—. ¡Yo soy la reina de los interruptores!
Arrancó la placa protectora de la pared y revolvió las entrañas del interruptor con un
cuchillo. Una de las manos del alienígena salió y la cogió fuertemente por la cintura.
Tootsie luchó desesperadamente y Rambette asestó puñaladas a la mano de la
gigantesca criatura. Del interruptor saltaron chispas y la puerta comenzó a cerrarse.
—¡Apartaos! —gritó Uhuru—. ¡Salid de ahí!
—¡Socorro! —chilló Tootsie, que estaba utilizando todas sus fuerzas para evitar que
una garra la ensartara. La puerta se detuvo, atascada por el brazo del alienígena. Era lo
único que impedía que se cerrase la cámara.
Bill cargó hacia la puerta.
—¡Apenas puedo respirar! —jadeó Tootsie—. ¡Voy a morir!
—Todavía no —dijo Bill, que saltó en el aire y aterrizó sobre el brazo con su pie de
elefante, el peso del cual empujó al brazo hacia abajo y adentro. La puerta se cerró con
un chasquido metálico seco.
Rambette apretó el botón rojo y estalló un potente silbido que hizo vibrar las paredes
mientras la puerta exterior se abría y la presión del aire expulsaba al alienígena al espacio
profundo.
La tripulación se sentó, aturdida. Finalmente, todo había terminado.
Plaga gemía. Magullador se adelantó trabajosamente y recogió a Rebanadora con el
brazo sano.
Estaban vapuleados, rotos y magullados; pero habían ganado.
—Lo has hecho bien... para ser un PM, Bill —dijo Magullador.
—Todos lo hemos hecho bien —asintió Rambette mientras recogía sus cuchillos—.
Fue un esfuerzo colectivo. Incluso Christianson llevó su propia carga.
—Realmente me divertí con la parte de arrojar granadas —añadió él—. Tendrían que
enseñar eso en la escuela de oficiales.
—¿Dónde está Caine? —preguntó Rambette—. Le he perdido la pista.
—Está allí —contestó Bill—. Justo al lado de... ¡No! ¡No! ¡No puede ser!
—¡Ahora estoy segura de que vamos a morir! —gritó Tootsie, mientras un alienígena
aún más grande que la madre monstruo salía gruñendo y goteando baba de la umbrosa
esquina posterior del dique de reparaciones.
—¡Allí! —gritó Curly—. ¡Allí hay otro! ¡Hay dos de ellos!
—¡Allí! —chilló Christianson cuando otro alienígena salió a la vista dando tumbos—. Y
cada uno es más grande que el anterior.
—Creo que estoy de acuerdo con Tootsie —dijo Bill—. Esta vez vamos a morir.
20
—Tengo que hacer una observación bastante importante. —Dijo Caine mientras se
sentaba y se miraba sombríamente la mano cercenada que tenía en la mano.
—No necesitamos ninguna observación —suspiró Rambette—. Lo que necesitamos es
un milagro instantáneo.
—Fue muy ingenuo por nuestra parte el dar por sentado que aquella colonia tenía una
sola madre —dijo Caine, que hablaba con cierta dificultad—. Las familias con progenitores
únicos son norma sólo entre las especies más primitivas.
—Así que tenemos tanto a las madres como a los padres respirándonos encima del
cogote —dijo Rambette—. Pues vaya una cabronada. Nuestros lanzallamas están vacíos.
Nos hemos quedado casi sin granadas. Estamos masticados y vapuleados, tenemos
brazos y piernas rotas, ¿y tú quieres discutir asuntos familiares?
—No. —jadeó Caine, mientras una luz de FLUIDO HIDRÁULICO BAJO parpadeaba en
su frente—. Lo que yo quería discutir era una observación altamente relevante.
—Observa, observa —dijo Bill—. Estamos muertos, independientemente de cómo lo
pongas. Calculo que tenemos alrededor de treinta segundos antes de que estos malditos
alienígenas se decidan a cargar.
—¿Quién de entre nosotros no ha sido atacado por los alienígenas? —preguntó Caine.
—Todos hemos sido atacados y mordidos —dijo Tootsie—. Ninguno de nosotros es
inmune, ni siquiera tú.
—¡No, esperad! —dijo Bill—. A Barfer le han dejado tranquilo. Parece como si evitaran
al perro.
—Quizá se deba a su aliento —gimió Tootsie—. Dadme algunas galletas de perro.
—Eso ha estado cerca —dijo Caine, mientras la luz de BATERÍAS BAJAS brillaba con más
potencia—. ¿En qué consiste la dieta del perro?
—Quingombó —gritó Bill—. No quiere comer nada más.
—¿Y cuál es el único sitio de la nave en el que no hemos visto ningún alienígena? —
preguntó Caine.
—¿La sala de control? —preguntó Curly.
—No, yo los vi allí una vez —dijo Uhuru—. Piensa otra vez, y piensa rápido. Creo que
se están preparando para comernos.
—¡La sala del quingombó! —gritó Bill—. Nunca ha entrado ninguno en ella.
—Preclaro pensamiento —sugirió Caine, mientras su luz de FUERZA VITAL ACABANDO
parpadeaba débilmente—. Sugiero seriamente que nos retiremos a la sala del quingombó
y atasquemos la puerta. De todas formas, alguien tendrá que llevarme. Ya no me queda
líquido hidráulico suficiente como para permitir que mis piernas funcionen.
—¿Quieres decir que podríamos tener una oportunidad? —dijo Rambette.
—Sólo si nos damos prisa —objetó Uhuru mientras levantaba a Caine—. Ya vienen
hacía aquí.
—Tengo algunos cohetes de señales —añadió Curly—. ¿Os parece bien que los
lance?
—¿Por qué no? —dijo Bill, que se apoderó de uno y lo arrojó—. ¡Cerrad todos los ojos!
La estancia se llenó de poderosa luz brillante, y los alienígenas se pusieron a dar
vueltas a trompicones, confusos y momentáneamente cegados.
—Dejadme un lanzallamas —gritó el capitán Plaga que avanzó arrastrándose—. Yo les
mantendré ocupados mientras vosotros huís.
—¿Lo dice en serio? —preguntó Bill.
—Realmente no —respondió Plaga—, pero pensé que debía hacer la oferta antes de
pedir que alguien me llevara. Tengo la pierna rota, ya sabe.
—Por aquí —dijo Magullador—. Luego, por esa escalera arriba.
Se desplazaron tan rápido como les fue posible, lo cual no era demasiado rápido
debido a toda la gente que necesitaba que la llevaran, y a las varias heridas y
hematomas. Llegaron a la escalera increíblemente cansados, a tan sólo unos pasos por
delante de los rugientes alienígenas.
—Allá van los últimos cohetes —exclamó Curly, arrojándolos delante de los «icorosos»
monstruos.
Fue una medida provisional que les permitió llegar al final de la escalera y pasar por la
puerta fundida antes de que los alienígenas se recobraran. Sentaron una nueva marca en
la categoría de los soldados-heridos-corriendo-por-un-pasillo-para-escapar-dealienígenas-
«icorosos», modalidad de obstáculos. Finalmente llegaron a la sala del
quingombó y se precipitaron al interior, tras lo cual cerraron la puerta con llave y apilaron
sacos de tierra para macetas delante de ella. Sólo entonces dedicaron su atención a
remendar sus variadas heridas.
—¿Cuánto aceite necesita? —preguntó Magullador, que tenía el brazo entablillado con
estacas para plantas.
—Se ha quedado sin tres cuartas partes —respondió Bill, mientras comprobaba el nivel
de aceite de Caine en la varilla—. Creo que se recuperará cuando sus baterías hayan
tenido tiempo de recargarse.
—Fuisteis muy valientes, muchachos, al ir a rescatarme —les dijo Larry a Moe y
Curly—. Por supuesto, yo hubiera hecho lo mismo si la situación hubiese sido inversa.
—Sin duda, cabeza de chorlito —dijo Moe—. Supongo que quizá lo hubieras hecho.
—Ojalá no hubiéramos arrojado a la madre alienígena por la cámara de descompresión
—reflexionó Plaga, apoyándose en un rastrillo que utilizaba como muleta—. Hubiera sido
un abono maravilloso.
—¿Quiere intentarlo con uno de los otros? —preguntó Tootsie—. Hay tres montañas de
abono potencial dando vueltas por ahí, babeando icor y desparramando pelo mientras
esperan que usted les atice en la cabeza con su rastrillo.
—Diez —corrigió Uhuru, meneando la cabeza—. Tengo el buscador. Detecta diez
alienígenas enormes y alrededor de un centenar de puntos más pequeños que
probablemente sean vainas, o quizá arrastrantes. La mayoría de los alienígenas están
justo al otro lado de la puerta.
—Yo, por una vez en la vida, no tengo planeada ninguna excursión para el futuro
próximo —dijo Christianson—. Este parece un buen sitio para pasar en él el resto del
viaje.
—Puede que no tengamos esa posibilidad —afirmó Bill, que se había puesto en píe y
tenía las manos contra el metal de la puerta—. Esto comienza a calentarse. Creo que le
están aplicando ácido por el otro lado.
—Pero el quingombó... —apuntó Tootsie.
—Tienen tanta hambre, que apostaría a que son capaces de comerse cualquier cosa
—contestó Bill.
—Es verdad —dijo Caine, mientras se sentaba y parpadeaba—. Y si están poniendo
huevos, necesitarán aún más comida. Podría asegurar que... ¡Eh!... ¿qué ha pasado con
mi mano?
—Un buen trabajo, ¿eh? Bill y yo te la volvimos a poner —dijo Curly, lleno de orgullo.
—Está puesta al revés —gritó Caine—. ¡Lo habéis hecho mal!
—Era la única manera de que encajara bien —explicó Bill—. Algunos de los cables
estaban terriblemente masticados y no llegaban si la poníamos de otra forma.
—Esto es horrible —gimió Tootsie—. ¿Qué vamos a hacer?
—Podríamos intentar empalmar otros trozos de cable —dijo Caine mientras examinaba
su mano y la flexionaba—. Quizá de esa forma consigamos ponerla como debe estar.
—Calculo que disponemos de una media hora antes de que atraviesen la puerta —gritó
Rambette—. Si alguien tiene un plan, será mejor que sea uno rápido.
—Podríamos apretar el botón de autodestrucción de la nave —dijo Curly—. Hay uno en
la sala de control.
—Maravilloso. Tú eres un imbécil —dijo Bill, asqueado—. Eso nos haría estallar
también a nosotros, cerebro de mierda. Yo estoy a favor de no llevar ningún alienígena a
la vuelta de este viaje, pero tengo mis límites y tú acabas de darte de narices contra uno
de ellos.
—¿Y qué os parece si hacemos saltar las válvulas de aire en el resto de la nave, pero
sellamos esta sala? —preguntó Uhuru—. Vaciarla completamente de aire. ¿Puede
hacerlo?
—Es posible —murmuró Plaga, pensativo—. Cuando diseñé esta sala, la hice todo lo
independiente que fuera posible. Tiene sus propios sistemas de aire y agua. La puerta y
los dos respiraderos que conectan con el resto de la nave tendrán que ser sellados, pero
eso es todo.
—¡Yo puedo soldar la puerta! —gritó Bill—. ¿Pero cómo vamos a vaciar el aire del
resto de la nave?
—Unas pocas bombas bien distribuidas tendrían que servir —dijo Uhuru, sonriendo
ferozmente—. Le haré tantos agujeros a la Merced que parecerá un queso suizo.
—Yo puedo instalar provisionalmente el piloto automático en la computadora del jardín
—dijo Curly—. Podemos dirigir la nave desde aquí.
—¿Una computadora de jardín? —preguntó Tootsie—. ¿Esa cosa pequeña que hay
ahí, entre las flores?
—Si puede controlar un sistema de irrigación, puedo hacer que controle el sistema de
navegación, los controles de alarma, las antenas de cuadro paramétricas de
retroalimentación de navegación, y los motores atómicos —dijo Curly—. Los principios
son los mismos, a grandes rasgos.
—Yo recomendaría que os apresurarais —indicó Caine apresuradamente—. El tiempo
es de vital importancia.
Las cosas comenzaron a precipitarse. Plaga y Caine se pusieron a preparar la pólvora
mientras Christianson ayudaba a Uhuru a construir las bombas. Bill se puso manos a la
tarea de sellar el paso del aire de la puerta con un soldador eléctrico de alta tensión.
Tootsie inventó unas ingeniosas abrazaderas magnéticas para sujetar los explosivos. Moe
construyó unos aparatos temporizadores con un montón de equipo de jardinería oxidado,
y se aseguró de que todas las bombas explotasen simultáneamente. Rambette se ofreció
voluntaria para ir con Uhuru por los conductos de aire y ayudarle a poner las bombas en
los sitios en los que causarían más daños.
—Recordad que no queremos hacer estallar la nave en pedazos —dijo Plaga, mientras
ayudaba a Uhuru a entrar en el conducto de aire—. Sólo queremos abrirle unos cuantos
agujeros. No os dejéis llevar por el entusiasmo.
—Vamos allá —dijo Uhuru mientras izaba el saco de las bombas.
—A pesar de todo, y pese al motín, yo siento que soy el responsable de esta nave —
explicó Plaga—. Si resulta destruida, me la descontarán del sueldo. Puedo hacer frente a
unos cuantos agujeros, pero la destrucción total está fuera de mi presupuesto.
—Si resulta destruida, usted no estará para contarlo —añadió Rambette, mientras se
disponía a seguir a Uhuru.
—He ahí un pensamiento alentador —dijo Plaga, volviéndose hacia Bill—. ¿Cómo va
esa soldadura?
—No va mal —contestó Bill, inclinado sobre el soplete—. Si me hace el favor de
desplazar ese alargue, podré llegar a la esquina aquella.
Al otro lado de la puerta había cosas que se arrastraban y arañaban. A Bill le resultaba
excesivamente fácil imaginarse la muchedumbre de alienígenas reunidos allí, a escasos
centímetros de donde él estaba. Los apartó de su mente y acabó con la puerta, tras lo
cual se dedicó al respiradero que Uhuru y Rambette no utilizarían.
Caine se había acercado con chapas de acero destinadas a cubrir el respiradero, y
entre él y Plaga sujetaron una en su sitio mientras Bill la fijaba por las esquinas para luego
comenzar a soldarla.
—¡Algo se acerca! —gritó Tootsie.
—¿Y qué esperaba? —dijo Christianson—. Hay toda una muchedumbre de alienígenas
al otro lado de la puerta.
—No. —gimió ella—. Algo se acerca por el conducto de aire por el que se marcharon
Uhuru y Rambette.
—Es demasiado pronto para que ellos regresen —dijo Curly—. Excesivamente pronto.
—¡Se está acercando! —gimió Tootsie—. ¡Puedo oír la respiración rasposa!
—¡Guau! —gritó Curly—. ¡Aquí le tenemos!
Bill se volvió hacia el otro respiradero y apretó el soldador a máxima potencia. Sólo el
hecho de que el alargue era demasiado corto, impidió que friera a Barfer que saltó fuera
del conducto de aire, seguido de cerca por Magullador.
—Me habéis dado un susto de muerte —gimió Tootsie—. ¿Dónde habéis estado?
—Tenía que regresar a mi camarote. Había algunas cosas allí —dijo tímidamente
Magullador.
—¿Qué cosas? —gritó Curly—. ¿Qué puede ser tan importante como para que salgas
ahí fuera y arriesgues tu vida con todos esos alienígenas sueltos?
—Me había dejado esta foto allí —dijo él—. Es lo único que tengo de ella.
—Tienes que querer a tu madre realmente hasta la muerte —dijo Bill, lacrimosamente
mientras apagaba el soldador.
—¿Madre? —gritó Magullador—. Yo no he tenido madre. A mí me crió el gobierno.
Esta es la foto de mi novia.
Bill cogió la fotografía que le tendió Magullador. La mujer parecía un Magullador
hembra, una montaña de músculos de lucha.
—Es... terriblemente atractiva —dijo Bill, mientras se la devolvía a Magullador—. Y se
puede decir que tiene muchas cosas dignas de ser amadas.
—Gracias —dijo Magullador—. Encontré esto debajo de tu litera. —Le entregó a Bill
una caja y un papel plegado.
Bill cogió la caja, desdobló el papel y lo leyó:
Querido Bill:
Si vives el tiempo suficiente como para encontrar esto, puede que te resulte de alguna
utilidad. Espero que no lo tomes como una ofensa, pero ese pie que tienes es casi la cosa
más fea que he visto jamás, y sin duda no puede resultar muy cómodo para andar por ahí.
Me he tomado la libertad de proporcionarte los medios para reemplazarlo. Simplemente
tienes que apretar el botón rojo para ponerlo en marcha, y cuando se encienda la luz
verde mete tu repulsivo apéndice en el agujero. El brote resultante tardará unos dos
meses en crecer del todo.
Tu amigo chinger
Eager Beager
P.D. No te olvides de nuestro pequeño trato. Haz un buen trabajo diseminando el
inconformismo entre las filas.
—¿Qué es eso? —preguntó Magullador.
—¿No lo has leído? —preguntó Bill, mientras arrugaba la nota hasta convertirla en una
bolita que se metió en el bolsillo.
—No sé leer muy bien —dijo Magullador—. Me gustan los libros con muchos dibujos.
—Es un paquete que me enviaron de casa —mintió Bill.
—Galletitas —gruñó Magullador, y le quitó el soplete de las manos a Bill—. Odio las
galletitas. Dame, yo acabaré eso.
—Estoy seguro de que os encantará saber a todos que acabo de terminar el primer
borrador de mi tour de force científico —dijo Caine, que sostenía en la mano un tomo de
unas cincuenta páginas cogidas con un enorme clip—. Me llevara algún tiempo terminarlo,
porque tengo que compartir la computadora con el piloto automático, y resulta bastante
difícil teclear con una mano que está al revés.
—¡Ya estamos de vuelta! —chilló Uhuru, mientras él y Rambette saltaron adentro
desde el respiradero.
Inmediatamente, Plaga y Christianson pusieron la placa de acero sobre la abertura, y
Magullador comenzó a soldarla.
—¡Ha sido terrible! —gritó Uhuru—. ¡Horrible!
—¿Os han perseguido los alienígenas? —preguntó Curly—. ¿Han estado a punto de
cogeros?
—No —dijo Uhuru—. Pero moverse por dentro de esos conductos es horroroso. Son
demasiado pequeños... y oscuros. No hay oscuridad parecida a la oscuridad de un
conducto de ventilación. Uno no puede dar la vuelta y es fácil perderse. Si queréis mi
opinión, es una forma estúpida de viajar. Además, me he rasgado el traje espacial. Tengo
claustrofobia galopante y un ataque de alergia... ¡Achúuuu!... a causa de la cantidad de
polvo que hay ahí dentro.
—Cuarenta y cinco segundos —dijo Moe—. Las cargas están a punto de estallar. ¿Has
acabado con el último sello, Magullador?
—Sí —dijo el interpelado—. ¡Eh!. ¡Se ha apagado la llama! ¡La sala está a oscuras!
—Se encendió una débil luz de emergencia.
—¡Hemos volado un fusible! —gritó Tootsie—. No hay forma de parar las bombas.
¡Vamos a perder todo el aire y morir!
—¡Dame tu informe, Caine! —gritó Bill.
—Este no es momento para investigaciones —dijo Caine, mientras Bill se lo arrebataba
de las manos, le quitaba el clip y tiraba los papeles—. ¡Eh! ¡Mi clip! —gritó Caine—. ¡Es el
último que queda en la nave!
Bill atravesó corriendo la sala y abrió de un tirón la caja de fusibles, tras lo cual encajó
el clip a través de las terminales principales.
—¿Estamos...? —preguntó Larry.
—¿Hemos conseguido...? —preguntó Moe.
—¿Podemos...? —preguntó Curly.
—Está todo bien —suspiró Rambette—. He oído un montón de arañazos y golpes y
algunos ruidos que sonaban exactamente a alienígenas absorbidos por el vacío hacia el
espacio exterior.
—¡Comamos! —gritó Curly—. ¿Dónde está la comida, Larry?
—¿Qué comida? —preguntó el otro—. Eras tú quien tenía que coger la comida.
—A mí no me mires —dijo Moe—. Yo estaba ocupado en hacer los temporizadores
para las bombas.
—¿Qué vamos a hacer? —gimió Tootsie—. Finalmente nos hemos librado de los
alienígenas, pero ahora vamos a morirnos de hambre.
—No exactamente —suspiró Bill—. Creo que Barfer tiene una buena idea.
El perro estaba de pie en medio de un macizo de quingombó, moviendo la cola. Tenía
unos cuantos brotes escogidos en su boca feliz.
Tres semanas más tarde Bill apretó el botón rojo y se libró de su pie de elefante.
Calculó que tras todo aquel tiempo, podía sentirse seguro aunque abandonara su
aplastador. El pimpollo resultante era pequeño y rosado, pero no había forma de saber
con qué forma crecería.
Todos estaban asqueados del quingombó, a pesar de que el capitán Plaga había
demostrado una notable imaginación al inventar nuevas formas de prepararlo. Podía
hacer cualquier cosa con aquella planta, excepto ocultar el hecho de que era quingombó.
El mejor cálculo de Curly decía que pasarían aún entre seis y ocho semanas más antes
de tener la esperanza de cambiar de dieta.
Al día siguiente de haber metido su pie en el agujero de la caja, Bill creyó ver algo que
se arrastraba entre dos macizos de quingombó. Deseó que se tratase de un ratón, pero
tenía la extraña sensación de que no era así.
FIN

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