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viernes, 28 de junio de 2013

ANOCHECER - Isaac Asimov


ANOCHECER
Isaac Asimov



Aton 77, director de la Universidad de Saro, alargó el labio inferior con actitud
desafiante y contempló furioso al joven periodista.
Theremon 762 no lo tomó en cuenta. En los primeros días, cuando su columna era
sólo una loca idea que pululaba en la cabeza de un cachorro de reportero, había
acabado por especializarse en entrevistas «imposibles». Le había costado
magulladuras, ojos morados y huesos rotos; pero, en cambio, le había
proporcionado buenas reservas de frialdad y discreción.
De modo que hizo caso omiso de cuanta gesticulación prodigara el otro y esperó
pacientemente que cosas peores llegaran. Los astrónomos eran bichos raros y si
lo que Aton había llevado a cabo en los últimos dos meses significaba algo,
entonces se trataba del bicho más raro del montón.
Aton 77 encontró una voz apropiada y la hizo fluir con la rebuscada, cuidadosa y
pedante fraseología (puntal de su fama, entre otras cosas) que nunca
abandonaba.
- Señor - dijo -, manifiesta usted una flema insufrible viniéndome con tan impúdica
proposición.
El fornido telefotógrafo del Observatorio, Beenay 25, se pasó la punta de la lengua
por sus labios resecos e intervino.
- Ahora, señor, después de todo...
El director se volvió hacia él y arqueó una blanca ceja.
- No interfiera, Beenay. Ya he hecho bastante trayendo este hombre aquí; creo en
sus buenas intenciones pero no toleraré la menor insubordinación.
Theremon decidió que había llegado la hora de abrir la boca.
- Director Aton, si me permitiera comenzar lo que quiero decirle, creo que...
- Pues yo no creo, joven - replicó Aton -, que nada de cuanto pueda decir servirá
para mitigar lo que ha ido apareciendo en los dos últimos meses en su columna
impresa. Ha llevado usted a cabo una tenaz campaña periodística contra los
esfuerzos que yo y mis colegas hemos desplegado para preparar al mundo contra
la amenaza que, desgraciadamente, se ha vuelto imposible impedir. Se ha
cubierto usted de gloria dirigiendo ataques personales contra la investigación y el
personal de este Observatorio con el solo objeto de cubrirnos de ridículo.
Cogió de una mesa un ejemplar del Chronicle de Saro y lo desplegó furiosamente
ante Theremon.
- Hasta una persona de su muy conocida impudicia habría dudado antes de
venirme con una propuesta que esa misma persona ha estado utilizando como
material de gaceta en una columna de periódico.
Aton arrojó el periódico al suelo, se dirigió a la ventana y se quedó allí con las
manos unidas en la espalda.
- Puede retirarse - dijo por encima de su hombro. Elevó la mirada y contempló la
ubicación de Gamma, el más brillante de los seis soles del planeta. Amarillento,
declinaba ya su curso sobre la línea del horizonte, y Aton sabía que nunca más
volvería a verlo con ojos tranquilos.
Entonces se volvió.
- No, aguarde, venga aquí. - gesticuló perentoriamente -. Le proporcionaré lo que
desea.
El periodista no había hecho, empero, el menor gesto que indicara su retirada, y
ahora se aproximó lentamente al anciano. Aton señaló al exterior.
- De los seis soles, sólo Beta quedará en el cielo. ¿Puede verlo?
La pregunta era más bien innecesaria. Beta estaba casi en su cenit, con su rojiza
luz derivando hacia el naranja, como los brillantes rayos del poniente Gamma.
Beta estaba en el afelio. Era pequeño; menor incluso que otras veces en que lo
viera Theremon; y por el momento era el indiscutido rey del firmamento de
Lagash.
Alfa, el sol de Lagash propiamente dicho, alrededor del cual trazaba su órbita,
estaba en los antípodas respecto de sus dos distantes congéneres. El rojo y
enano Beta - compañero inmediato de Alfa - estaba solo, cruelmente solo...
La alzada cara de Aton brillaba con rojizo resplandor bajo los rayos solares.
- Dentro de cuatro horas - dijo -, la civilización, tal cual la conocemos, llegará a su
fin. Y será así porque, como usted ve, Beta es el único sol en el cielo. - Sonrió con
dureza -. ¡Escriba eso! No habrá nadie que pueda leerlo.
- ¿Y si transcurren cuatro horas, y luego otras cuatro, y nada ocurre? - preguntó
Theremon en voz baja.
- No se preocupe por esas menudencias. Lo que ha de ser, será.
- ¡Garantícelo! Y, repito: ¿si nada ocurriera?
En una ráfaga de segundo llegó la voz de Beenay 25.
- Señor, creo que debe usted escucharle.
- Sométalo a votación, director Aton - dijo Theremon.
Hubo una ligera agitación entre los cinco miembros restantes de la plantilla del
Observatorio, que hasta el momento habían mantenido una actitud neutral.
- Eso - dijo Aton engreído - no será necesario. - Sacó su reloj de bolsillo -. Desde
que su gentil amigo Beenay comenzó a insistir urgentemente en que yo debía
escucharle a usted, han transcurrido cinco minutos. Prosiga.
- ¡Perfecto! ¿Qué diferencia habría para su reputación si usted se dignara
permitirme que yo fuera testigo presencial de lo que haya de suceder? Pues si su
predicción es cierta, mi presencia no constituiría molestia alguna, ya que, en ese
caso, mi columna jamás sería escrita. Y, por otro lado, si nada ocurre, como usted
no esperará sino el ridículo o algo peor, tomaría una sabia medida si dejara
previamente el ridículo a cargo de los amigos.
- Cuando dice amigos, ¿se refiere a personas como usted? - preguntó Aton.
- Por supuesto - replicó Theremon, tomando asiento y cruzando las piernas -. Mi
columna acaso haya llegado a ser un tanto grosera, pero al menos posee la virtud
de introducir una sana duda en la gente. Después de todo, no estamos en el siglo
de los apocalipsis. Como usted sabe, la gente ya no cree en el Libro de las
Revelaciones y le fastidia mucho que los científicos vuelvan una y otra vez a
machacarnos con que, a fin de cuentas, los Cultistas son los que tienen razón.
- Se equivoca usted, joven - se lanzó Aton -. Aunque los grandes planes que
todavía subsisten han tenido su origen en el Culto, nuestros resultados están
completamente expurgados de cualquier misticismo que derive de él. Los hechos
son los hechos y la llamémosle mitología del Culto está respaldada por unos
cuantos. Así lo hemos explicado al pueblo para desvelar de una vez el misterio. Le
aseguro que el Culto tiene mayores motivos que ustedes para odiarnos.
- No siento ningún odio hacia usted. Simplemente, intento decirle que el público
está hasta las narices. Irritado, ¿entiende?
- Pues que siga irritado - dijo Aton, ladeando la boca con burla.
- Como quiera, pero, ¿qué ocurrirá mañana?
- ¡No habrá ningún mañana!
- En caso de que lo haya. Digamos que ese mañana se reduce a lo justo para ver
lo que haya de ocurrir. Esa irritación puede convertirse en algo serio. Las cosas se
han precipitado en los dos últimos meses. Los inversores afirman no creer que se
aproxime el fin del mundo, pero por si las moscas se encierran en sus casas con
su dinero. La opinión pública no cree en usted, fíjese, y sin embargo lleva
trastornada su vida desde hace meses y aún lo estará otros tantos... hasta estar
segura.
»De manera que usted puede darse cuenta de dónde está el meollo. Tan pronto
acabe todo, lo interesante será saber qué ocurrirá con usted. Pues afirman que de
ningún modo van a permitir que un cantamañanas, con perdón, cito textualmente,
les altere la prosperidad nacional con profecías, máxime cuando la profecía
incluye al planeta entero. El panorama es bastante negro, señor.
- Muy bien - dijo Aton mirando al columnista -, ¿y qué propone usted para
remediar esas consecuencias?
- Algo muy sencillo - contestó el otro -: hacerme cargo de la publicidad del asunto.
Manejar las cosas de manera que sólo aflore el lado ridículo. Lo que va a ser un
tanto difícil porque he contribuido personalmente, debo admitirlo, a indisponerlo
ante esa turba de idiotas ofuscados, pero si consigo que la gente tan sólo se ría de
usted, le aseguro que olvidará al cabo su ira. A cambio usted me concederá la
historia en exclusiva.
- Señor, nosotros pensamos que el periodista está en lo cierto - intervino Beenay -.
Estos dos últimos meses hemos estado considerando las posibilidades de error en
nuestra teoría y nuestros cálculos y, en efecto, existe al menos una posibilidad en
alguna parte. Pues no debemos descartar esa posibilidad, así sea entre un millón,
señor.
Hubo un murmullo de aprobación entre los hombres agrupados alrededor de la
mesa, y la expresión de la cara de Aton se aproximó a la del que mastica algo
amargo y no puede escupirlo.
- Permanezca aquí si ése es su deseo. Se cuidará, sin embargo, de no
estorbarnos mientras cumplimos con nuestras obligaciones. Usted recordará en
todo momento que yo estoy al cargo de todas las actividades aquí y, olvidándonos
de las opiniones otrora expresadas por usted en su columna, esperaré mayor
cooperación y sobre todo mayor respeto...
Sus manos se anudaron de nuevo en su espalda y una mueca de determinación
se dibujó en sus facciones mientras hablaba. Hubiera continuado por más tiempo
de no ser porque resonó entonces una nueva voz.
- ¡Hola, hola, hola! - Era una voz de alto tono que surgía de entre las rollizas
mejillas del sonriente recién llegado -. ¿Qué es esta atmósfera tan tétrica? Espero
que los ánimos no hayan decaído del todo.
- ¿Qué diantres está haciendo aquí, Sheerin? - preguntó displicente el sorprendido
Aton -. Debería estar en el Refugio.
Sheerin sonrió y dejó caer su voluminoso cuerpo sobre una silla.
- ¡Que reviente el Refugio! El lugar me aburre. Prefiero estar aquí, donde se
mascan las grandes cosas. ¿Acaso supone usted que no tengo mi pizca de
curiosidad? Quiero ver esas Estrellas de las que siempre han hablado los
Cultistas. - Se frotó las manos y añadió en tono más sereno -: Hace frío fuera. El
viento le congela la nariz a uno. A la distancia que está Beta no parece
proporcionar el menor calor.
- ¿Por qué ha cometido esta negligencia, Sheerin? - exclamó Aton con
exasperación -. Aquí no tiene nada útil que hacer.
- Y allá tampoco tengo nada útil que hacer - replicó Sheerin mostrando las palmas
de las manos con cómica resignación -. Un psicólogo gasta más que gana en el
Refugio. Allí se necesitan hombres fuertes y de acción, y mujeres saludables que
puedan criar niños. Pero, ¿yo? Tendrían que quitarme cien libras para ser un
hombre de acción y no tendría mucho éxito si probara a criar un niño. ¿Por qué,
pues, voy a molestarles con una boca más que alimentar? Me siento mejor aquí.
- ¿Qué es eso del Refugio, señor? - preguntó Theremon.
Sheerin pareció ver al columnista por vez primera. Hinchó sus amplios carrillos al
tiempo que los distendía.
- Y usted, pelirrojo, ¿quién es en este valle de lágrimas?
Aton apretó los labios y luego murmuró hoscamente:
- Es Theremon 762, el periodista. Supongo que habrá oído hablar de él.
Se estrecharon la mano.
- Y, naturalmente - dijo Theremon -, usted es Sheerin 501 de la Universidad de
Saro. He oído hablar de usted.
Entonces repitió:
- ¿Qué es eso del Refugio, señor?
- Verá - explicó Sheerin -, nos las arreglamos para convencer a unas cuantas
personas de que teníamos razón en nuestra... nuestra profecía, de manera que
tomaron las medidas oportunas. Se trata mayoritariamente de familiares del
personal del Observatorio de la Universidad de Saro, y unos cuantos ajenos. En
conjunto, suman unos trescientos, aunque las tres cuartas partes son mujeres y
niños.
- Entiendo. Intentan esconderse donde las Tinieblas, y las... las Estrellas no
puedan alcanzarlos y donde resistir cuando el mundo se convierta en un caos.
- Es una hipótesis. No será nada fácil. Con toda la humanidad enferma, las
grandes ciudades ardiendo, y lo que no podemos ni imaginar, las condiciones de
supervivencia se reducirán al mínimo. Con ese objeto hay alimentos, agua,
protección y armas en el Refugio...
- Y algo más - intervino Aton -. También nuestros Informes, excepto los que
recogen estos últimos momentos. Esas fichas lo serán todo para el siguiente ciclo
y eso es lo que debe sobrevivir. El resto puede irse al diablo.
Theremon suspiró largamente y se mantuvo un rato inmóvil en la silla. Los
hombres en torno a la mesa habían sacado un tablero de multiajedrez y
contemplaban una partida a seis. Los movimientos eran realizados con rapidez y
en silencio. Todas las miradas parecían concentrarse profundamente en el tablero.
Theremon los miró con curiosidad capciosa y luego se levantó para acercarse a
Aton, que se mantenía aparte en sigilosa conversación con Sheerin.
- Escuchen - dijo -, vayamos a algún sitio donde no molestemos a los demás.
Quiero hacer algunas preguntas.
El anciano astrónomo lo miró cejijunto, pero Sheerin gorjeó alegremente:
- Cómo no. Me hará mucho bien poder hablar. Siempre me consuela. Aton estaba
exponiéndome sus ideas sobre la reacción del mundo en caso de que fallara
nuestra predicción, y coincido con usted. Leo su columna con bastante
regularidad, por cierto, y debo decirle que me agrada su punto de vista.
- Por favor, Sheerin - gruñó Aton.
- ¿Eh? Vaya, está bien. Iremos a la sala de al lado. En cualquier caso hay sillas
más cómodas.
Las sillas eran más blandas en la habitación de al lado. Había rojas cortinas en las
ventanas y una alfombra marrón cubría el suelo. Con el mortecino y rojizo reflejo
de Beta, la impresión general le helaba la sangre a uno.
- Vaya - se quejó Theremon -, no sé lo que daría por una decente ración de luz
blanca, aunque fuera sólo durante un segundo. Me gustaría que Gamma o Delta
estuvieran en el cielo.
- ¿Qué es lo que quería preguntar? - inquirió Aton -. Recuerde, por favor, que
nuestro tiempo es limitado. En poco más de hora y cuarto comenzarán a ocurrir
anomalías; después... ya no habrá tiempo para hablar.
- Bien, empecemos. - Theremon se acomodó en un sillón y cruzó sus manos sobre
el pecho -. Su gente se lo toma tan en serio que estoy comenzando a creerle a
usted. ¿Podría usted explicarme con claridad en qué consiste el fenómeno?
Aton estalló.
- ¿Pretende decir que ha estado todo este tiempo cubriéndonos de ridículo sin
saber lo que hemos estado diciendo?
- No se ponga furioso - dijo Theremon -. No es tan malo como usted dice. Sí he
captado una idea general sobre lo que ustedes han intentado explicar al
ciudadano medio: que el mundo se verá cubierto de Tinieblas dentro de escasas
horas y que la humanidad se volverá loca. Lo que yo quiero saber es la parte
científica del asunto.
- No lo haga, no lo haga - estalló Sheerin -. Si se lo pregunta a Aton, empezará a
remitirle a libros y más libros, le traerá enciclopedias y monografías, tratados,
diagramas y toda la pesca. Se lo explicará de cabo a rabo. Por el contrario, si me
lo pregunta a mí se lo expondré en el más profano de los lenguajes.
- De acuerdo; se lo pregunto a usted.
- Entonces, tomaré antes un trago. - Sheerin se quedó mirando a Aton.
- ¿Agua? - gruñó Aton.
- ¡No sea bobo!
- No sea bobo usted. Nada de alcohol ahora. Sería demasiado cómodo
emborrachar a mis hombres en estos momentos. No puedo permitirles caer en la
tentación.
El psicólogo gruñó para sus adentros. Se volvió hacia Theremon, lo atravesó con
la mirada y comenzó.
- Usted sabrá, supongo, que la historia de la civilización de Lagash presenta un
carácter cíclico, ¿comprende?, cíclico.
- Lo sé - comentó Theremon con, cautela -; sé, al menos, que ésa es la teoría
arqueológica. Pero, ¿ha sido demostrada?
- Más o menos. En este último siglo se ha visto confirmada. El carácter cíclico es
(mejor dicho: era) uno de los grandes misterios. Ha habido otras civilizaciones
antes de la nuestra, nueve en conjunto, y hay rastros de otras tantas. Alcanzaron
un nivel comparable al nuestro y todas, sin excepción, fueron destruidas por el
fuego al alcanzar la cúspide de su cultura.
»Y nadie podría decir por qué. Todos los imperios fueron arrasados por el fuego
sin dejar tras sí la menor indicación de las causas.
- ¿Tuvieron también una Edad de Piedra?
- Probablemente, aunque nada conocemos de ese período, excepto que el
hombre de esa edad era un poco más inteligente que los monos. De modo que
podemos olvidarlo.
- Entiendo. Prosiga.
- Hubo muchas explicaciones sobre las catástrofes reiteradas, a cada cual más
fantástica. Algunos dijeron que se debía a periódicas lluvias de fuego; otros, que
Lagash atravesaba un sol cada equis tiempo; y también los hubo que propusieron
hipótesis más descabelladas. Pero hay una completamente diferente que ha sido
transmitida y conservada a través de los siglos.
- Lo sé. Se refiere usted a ese mito de las «Estrellas» que se encuentra en el Libro
de las Revelaciones de los Cultistas.
- ¡Exactamente! - exclamó Sheerin con satisfacción -. Los Cultistas dijeron que
cada dos mil cincuenta años Lagash penetra en una inmensa zona en la que todos
los soles desaparecen, sobreviniendo una total oscuridad en todo el mundo.
Entonces, las cosas llamadas Estrellas aparecen, despojan a los hombres de su
razón y los convierten en semejantes a brutos, de tal manera que los hombres
destruyen la civilización que ellos mismos construyeron. Naturalmente, los
Cultistas mezclaron todo esto con un montón de nociones místico-religiosas, pero
la idea central puede extraerse.
Hubo una corta pausa en la que Sheerin lanzó, un profundo suspiro.
- Ahora, pasaremos a la Teoría de la Gravitación Universal. - Lo dijo de tal manera
que incluso las mayúsculas tuvieron su sonido particular. Y, en aquel momento,
Aton se apartó de la ventana, bufó con ostentación y salió airadamente de la sala.
Los otros dos se quedaron mirando su partida.
- ¿Qué pasa? - preguntó Theremon.
- Nada de Particular - repuso Sheerin -. Dos hombres tenían que haberse
presentado hace varias horas y aún no han aparecido. Es un caso que raya la
restricción de personal porque todos, excepto los realmente esenciales, están en
el Refugio.
- ¿Cree usted que han desertado?
- ¿Quiénes? ¿Faro y Yimot? Claro que no. Aunque no les convendría no aparecer
cuando todo esto empiece. - Se puso en pie de repente y parpadeó -. Por cierto,
mientras Aton se encuentra fuera...
Trotó hacia la ventana más cercana, se agachó y de la caja inferior del enmarcado
sacó una botella de líquido rojo que brilló sugestivamente cuando la agitó.
- Espero que Aton no sabrá nada de esto - puntualizó mientras volvía a su silla -.
No hay más que un vaso. Como invitado de la casa, tiene usted preferencia. Yo
tomaré de la botella. - Y escanció un leve y escaso chorrito con sumo cuidado.
Theremon se irguió para protestar, pero Sheerin adoptó una actitud digna.
- Respete a sus mayores, joven.
El periodista se sentó con expresión de angustia en el rostro.
- Sigamos, pues, viejo pícaro.
La nuez de Adán del psicólogo se movió repetidas veces mientras mantenía la
botella levantada; luego, con un eructo de satisfacción, comenzó de nuevo.
- Bien, ¿qué sabe usted sobre la ley de la gravitación?
- Nada, excepto que su desarrollo es muy reciente, todavía no lo bastante como
para decirse que esté totalmente fundamentada, y que su fórmula es tan difícil que
sólo una docena de hombres en Lagash pueden presumir de entenderla.
- ¡Venga, hombre! ¡Absurdo, ridículo! ¡Mentira infame! Puedo resumirle la fórmula
en una frase. La Ley de Gravitación Universal estipula que existe una fuerza de
atracción entre todos los cuerpos del universo, fuerza que, entre dos cuerpos
dados, es proporcional al producto de sus masas partido por el cuadrado de sus
distancias.
- ¿Eso es todo?
- ¡Es suficiente! Llevó cuatrocientos años desarrollarla.
- ¿Cómo tanto? Tal y como usted lo ha dicho parece bastante simple.
- Porque las grandes leyes no surgen por inspiración divina, sino que hay que
pensar e investigar duramente para encontrarlas. Ordinariamente se obtienen tras
el trabajo colectivo de muchos siglos de actividad científica. Después que Genovi
41 descubrió que Lagash tenía un movimiento de traslación alrededor del sol Alfa
y no al contrario (y esto ocurrió hace cuatrocientos años), los astrónomos se
pusieron a trabajar sobre esta base. Los complejos movimientos de los seis soles
fueron registrados, analizados y confrontados. Hipótesis tras hipótesis, las
conclusiones primarias eran confrontadas con las secundarias, rectificadas,
comprobadas las rectificaciones y nuevamente arriesgadas las hipótesis. Fue un
trabajo infernal.
Theremon agitó la cabeza y extendió su vaso para que fuera llenado de nuevo.
Sheerin se mantuvo incólume, pero luego sirvió unas cuantas gotas a
regañadientes.
- Hace veinte años - continuó - se descubrió que la Ley de Gravitación Universal
daba cuenta exacta de los movimientos orbitales de los seis soles. Y fue un gran
triunfo.
Sheerin se puso en pie y se dirigió a la ventana, siempre con la botella en la mano.
- Y aquí llegamos al quid de la cuestión. En la última década la eclíptica de Lagash
respecto de Alfa fue medida de acuerdo con la ley de gravitación y no coincidió
con la órbita que se observaba; ni siquiera cuando se me incluyeron todas las
perturbaciones debidas a los otros soles. O la ley no servía o allí había algún otro
factor desconocido.
Theremon se levantó y se reunió con Sheerin en la ventana, contemplando, más
allá de las vertientes cubiertas de bosque, las cúpulas de Saro City que
reverberaban sanguinolentamente recortadas contra el horizonte. El periodista
sintió que la tensión de lo incierto corroía sus entrañas mientras lanzaba una
rápida ojeada a Beta. Brillaba rojizo en su cenit, pero su tono era apagado y
malévolo.
- Continúe, señor - dijo suavemente.
- Con los años, los astrónomos especularon con hipótesis cada vez más
absurdas... hasta que Aton tuvo la inspiración de buscar alguna fuente en el Culto.
El jefe del Culto, Sor 5, le dio acceso a ciertos datos que simplificaron
considerablemente el problema. Aton se puso a trabajar en esta nueva dirección.
»¿Podía haber otro cuerpo planetario opaco como el de Lagash? Si así fuera
brillaría tan sólo reflejando la luz solar, y si estuviera formado por rocas azulencas,
como gran parte de Lagash, entonces, en medio del abismo rojo del cielo, la
constante luminosidad de los otros soles lo haría invisible... borrado por completo.
- ¡Pero eso es una idea desquiciada! - exclamó Theremon.
- ¿Lo cree así? Escuche esto: suponga que ese cuerpo orbita en torno a Lagash y
que cuenta con tal masa, órbita y distancia que su atracción coincida con la
desviación de la órbita de Lagash según la teoría. ¿Sabe lo que ocurriría?
El periodista negó con la cabeza.
- Pues que alguna que otra vez ese cuerpo se interpondría en el camino de algún
sol - dijo Sheerin y apuró lo que quedaba en la botella.
- Sí, supongo que sí - convino Theremon.
- ¡Naturalmente que sí! Pero sólo un sol se encuentra en su plano de revolución. -
Señaló con el pulgar al diminuto sol que brillaba en lo alto -. ¡Beta! Y se sabe que
el eclipse ocurre sólo cuando la disposición de los soles es tal que Beta debe
encontrarse solo en su hemisferio y a la máxima distancia. El eclipse, contando la
luna siete veces el diámetro aparente de Beta, cubrirá todo Lagash durante algo
más de medio día, de manera que ninguna parte del planeta escapará a los
efectos. Ese eclipse tiene lugar una vez cada dos mil cincuenta y nueve años.
La cara de Theremon se había convertido en una máscara inexpresivo.
- Ésa es la historia?
- Ni más ni menos - respondió el psicólogo -. El principio del eclipse comenzará
dentro de tres cuartos de hora. Primero el eclipse, luego la Tiniebla universal y,
quizás, esas misteriosas Estrellas... después la locura y el final del ciclo.
»Hemos tenido - añadió tras un rato de meditación - dos meses para convencer a
Lagash del peligro, pero al parecer no ha sido tiempo suficiente. Ni dos siglos
hubieran bastado. Nuestros informes y archivos han sido escondidos en el Refugio
y dentro de poco fotografiaremos el eclipse. El próximo ciclo conocerá así la
verdad y la humanidad estará preparada para el eclipse siguiente. Conseguir eso
es también parte de la historia que usted deseaba.
Theremon abrió la ventana y un ligero soplo de brisa agitó las cortinas. Se asomó
al exterior y el viento desordenó sus cabellos mientras permanecía absorto
contemplando el resplandor carmesí del sol. Entonces, como en un arrebato, se
volvió.
- ¿Está seguro de que las Tinieblas nos volverán locos? ¿A mí también?
Sheerin se sonrió en tanto acariciaba la vacía botella con movimiento
inconsciente.
- ¿Acaso sabe usted lo que ocurrirá cuando sobrevengan las Tinieblas, jovencito?
El periodista se quedó apoyado en la pared y reflexionó.
- No. Realmente no puedo ni imaginármelo. Pero ya tengo noticia previa de su
existencia. Algo como... como... - gesticuló con las manos - como sin luz. Como
una caverna.
- ¿Ha estado usted alguna vez en una caverna?
- ¿En una caverna? ¡Claro que no!
- Lo suponía. Yo lo intenté la semana pasada, solamente para ver qué tal se
estaba en la oscuridad. Pero tuve que salir de estampida. Tuve que detenerme
cuando ya perdía de vista la entrada y la iluminación se reducía a poder ver
apenas la silueta de las paredes. Pero lo que veía en el interior, más al fondo, era
la oscuridad completa, la nada. Nunca creí que una persona de mi peso pudiera
correr tanto. Ni jamás pensé que se apoderara de mi ser el vacío que aquel lugar
me produjo.
- Bueno, si sólo se tratara de eso, imagino que no habría para tanto. Yo no hubiera
corrido de haber estado allí.
El psicólogo se le quedó mirando con los ojos contraídos.
- Corre usted mucho, joven. Le desafío a que haga la prueba corriendo las
cortinas.
- ¿Para qué? - exclamó Theremon con sorpresa -. Si tuviéramos cuatro o cinco
soles brillando en este momento, no dudo que deseáramos amortiguar un poco la
luz. Está bien así.
- He ahí la cuestión. Corra la cortina, sólo eso; luego venga aquí y siéntese.
- Como quiera. - Theremon cerró la ventana y tiró de la roja cortina, que se deslizó
hasta acaparar toda entrada de luz, dejando la sala en una penumbra teñida de
rojo crepuscular.
Los pasos de Theremon resonaron huecamente en el silencio mientras caminaba
hacia la mesa. De pronto, se detuvo.
- No puedo verlo, señor - murmuró.
- Siga andando - ordenó Sheerin con voz extraña.
- Pero es que no puedo verlo, señor - El periodista comenzó a respirar
agitadamente -. No puedo ver nada.
- ¿Y qué otra cosa esperaba? - dijo la voz sin visible procedencia - ¡Siga y
siéntese!
Los pasos volvieron a sonar, vacilantes, aproximándose lentamente. Luego, se
escuchó el ruido de un cuerpo que caía sobre un sillón. La voz de Theremon se
deslizó débilmente:
- Ya estoy aquí. Me siento... muy... perfectamente.
- ¿Le gusta?
- No... nada. Es más bien horrible. Las paredes parecen... - Se detuvo -. Parece
como si se estuvieran acercando. Espero de un momento a otro que se ciernan
sobre mí y yo tenga que verme obligado a empujarlas. Pero... ¡no me he vuelto
loco! De hecho, creo que no es tanto como esperaba.
- Perfecto. Vuelva a correr las cortinas.
Hubo un ruido de pasos precipitados, la silueta del cuerpo de Theremon
destacándose contra la cortina. Luego, el alivio de las cortinas deslizándose,
provocando un leve pero feliz chirrido de anillas resbalando sobre rieles. La roja
luz inundó la sala y Theremon miró fijamente al sol mientras lanzaba un gemido de
alegría.
Sheerin se inclinó hacia adelante, esgrimió su índice y dijo:
- Fíjese que ha sido sólo una habitación a oscuras.
- Pero pudimos aguantar - dijo Theremon satisfecho.
- Sí, con una habitación a oscuras sí podríamos. Dígame, ¿estuvo por casualidad
en la Exposición Centenaria de Jonglor?
- No, estaba demasiado lejos de donde me encontraba por entonces. Seis mil
millas son demasiadas incluso para una exposición.
- Pues yo sí estuve. ¿Recuerda haber oído algo sobre el Túnel del Misterio, que,
según decían, superaba todas las marcas en el terreno de la diversión y el
entretenimiento?
- Sí, durante los dos primeros meses. ¿Acaso no era tan divertido como dijeron?
- No demasiado. El Túnel del Misterio era, efectivamente, un túnel de una milla de
longitud... sin luz. Uno se metía en un pequeño vehículo abierto y se recorría el
túnel entero, ¿me entiende?, la oscuridad plena en unos quince minutos. Fue muy
celebrado mientras duró.
- ¿Celebrado?
- No le quepa duda. El miedo suele fascinar. De ahí que se considere tan gracioso
que uno coja a otro por sorpresa gritando ¡Uh!, y sandeces por el estilo. De ahí
también que el Túnel del Misterio fuera tan popular. La gente salía asustada,
medio muerta de miedo, jadeando, pero alegre porque había pagado por ello.
- Espere un momento, creo que ahora recuerdo... Hubo muertos de verdad,
literalmente muertos por miedo. Y corrieron rumores de que iban a cerrar el Túnel
a causa de ello.
- ¡Quite, quite! - exclamó el Psicólogo -. Sí, hubo dos o tres muertos. Pero eso no
fue nada. Se indemnizó a los familiares y el Consejo de Jonglor City se las arregló
para que se olvidara el asunto. Después de todo, argumentaron, si los débiles
cardíacos quieren meterse en el túnel, es asunto suyo... por otra parte, no volvió a
suceder. Se tornaron medidas oportunas y en la entrada fueron instalados
servicios médicos a fin de someter a revisión física a todos los parroquianos. Lo
que son las cosas, eso hizo que el precio aumentara.
- ¿Qué pasó luego?
- Nada de particular pero también algo muy particular. La gente salía del túnel sin
ningún cambio aparente, con la única excepción de que se negaba a entrar en los
otros edificios; ni palacios, casas, bloques de apartamentos, pensiones, cabañas,
chozas, o lo que fuere, ni en ningún otro edificio de la Exposición...
- ¿Quiere usted decir - preguntó Theremon, asombrado - que se negaban a
abandonar el espacio abierto?
¿Dónde dormían, entonces?
- En los espacios abiertos.
- Debieron haberles forzado a entrar.
- Debieron, debieron, usted lo ve muy fácil. Lo que no sabe es que a la menor
alusión prorrumpían en ataques de histeria que, en el mejor de los casos, acababa
llevándoles a romperse la cabeza contra una pared. Si uno era introducido en
cualquier lugar cerrado no podía ser abandonado a menos que le fuera
suministrada alguna dosis de tranquilizantes o una eficiente camisa de fuerza.
- Sin duda debieron enloquecer.
- Fue exactamente lo que ocurrió. Uno de cada diez que entraron en el túnel se
volvió majareta. Los psicólogos fueron llamados y nosotros hicimos lo único que
podíamos hacer: cerrar el túnel.
- ¿Qué pudo sentir esa gente? - preguntó Theremon.
- Ni más ni menos que lo que usted sintió cuando creyó que las paredes lo
estaban ahogando en la oscuridad. Hay un término psicológico que describe el
miedo a la ausencia de luz. Nosotros lo llamamos claustrofobia por que la carencia
de luz siempre tiene lugar en espacios cerrados. ¿Comprende la similitud?
- Y aquella gente del túnel?
- Se trataba de personas cuya estructura mental no podía soportar el miedo a la
sensación de ahogo que produce la oscuridad. Quince minutos sin luz es tiempo
suficiente. Usted mismo acaba de experimentar algo que se parece al miedo en
los escasos dos minutos que ha mantenido la habitación a oscuras.
»Los que enloquecieron en el túnel poseían lo que llamamos «fijación
claustrofóbica». Su miedo latente a la oscuridad y a los lugares cerrados se
encontraba, digamos, en período de gestación, incubado, y la experiencia que
pasaron lo sacó a relucir. Este miedo entró en actividad y casi podemos asegurar
que de una manera permanente. He ahí lo que quince minutos de oscuridad
pueden conseguir.
Hubo una larga pausa y la frente de Theremon se fue contrayendo lentamente
hasta formar un frunce.
- No creo que sea así, no lo creo.
- Querrá decir que no quiere usted creerlo - replicó Sheerin -. Usted tiene miedo de
creer. ¡Mire la ventana!
Theremon obedeció y el psicólogo continuó sin interrumpirse.
- Imagínese ahora las Tinieblas... por todas partes. Ninguna luz, nada de luz, ni el
menor punto luminoso. Las casas, los árboles, los campos, la tierra, el cielo... todo
se ha convertido en una mancha negra, vacía. Excepto las Estrellas que estarán
en lo alto, que ni siquiera sabemos cómo son. ¿Puede concebirlo?
- Sí, creo que sí - murmuró Theremon sombríamente.
- ¡Miente usted! - golpeó la mesa con él puño violentamente. - ¡No puede
concebirlo, no es capaz de hacerlo! su cerebro no puede forjar semejante
panorama, como tampoco puede forjar lo infinito ni lo eterno. Por eso se limita a
intentarlo según las especulaciones. Una fracción del pensamiento vive esa
realidad mentalmente, sufre sus consecuencias. Pero cuando lo objetivo tiene
lugar, el cerebro humano no puede abarcar lo que escapa a su comprensión.
¡Enloquecerá completa y permanentemente! ¡Y no hay la menor opción!
»Y un par de milenios - añadió tristemente - llenos esfuerzo se convertirán en
ceniza. Mañana no quedará a sola ciudad indemne en todo Lagash.
- No tiene por qué ser así - replicó Theremon, recuperando parte de su equilibrio
mental -. Todavía no entiendo cómo voy a volverme loco por el simple hecho de
no ver un sol en el cielo... pero si ocurriera, si todos nos volviéramos locos
perdidos, ¿por qué vamos a destruir las ciudades? ¿Cómo podríamos hacerlo?
- Si usted estuviera rodeado de oscuridad - dijo Sheerin con irritación -, ¿qué
desearía por, encima de todas las cosas? ¿Qué es lo que cada hombre desearía
instintivamente? La luz, maldita sea, ¡la luz!
- ¿Y...?
- ¿De dónde obtendría entonces la luz?
- Lo ignoro - dijo Theremon con ambigüedad.
- ¿Qué es lo único que proporciona luz, aparte del sol?
- ¿Cómo quiere que lo sepa?
Se mantenían frente a frente con las caras a pocos centímetros de distancia.
- Condenado papanatas, me deslumbra usted con su brillante inteligencia. ¿Nunca
ha visto un incendio forestal? ¿Nunca ha ido al campo y ha encendido fuego para
cocinar? Ese fuego sirve para algo más que quemar el combustible culinario o los
árboles del bosque. También proporciona luz, y eso lo sabe todo quisque. Y
cuando venga la oscuridad todos pedirán luz a gritos, y harán todo lo posible por
conseguirla.
- ¿Quemarán bosques, entonces?
- Quemarán todo lo que encuentren delante. Sólo desearán luz y sentirán la
necesidad de quemar cualquier cosa. Los bosques no están al lado de uno, de
modo que echarán mano de lo más cercano. Obtendrán luz... ¡porque todos los
núcleos habitados estallarán en ingentes llamas!
Se habían sostenido mutuamente la mirada como si lo que estuvieran discutiendo
fuera un asunto personal en el que mostrar fuerza y argumentos. Entonces
Theremon se quedó sin habla. Su respiración estaba todavía agitada cuando
advirtió el repentino griterío que venía de la sala contigua.
Cuando Sheerin habló, dio la sensación de que se esforzaba por trascender lo que
sus palabras decían.
- Creo que estoy oyendo la voz de Yimot. Sin duda él y Faro han regresado.
Vayamos a ver lo que ocurre con ellos.
- ¡Debemos saberlo! - Murmuró Theremon con esfuerzo. Se levantó lanzando un
hondo suspiro de alivio. La tensión se había roto.
La sala estaba alborotada por los miembros de la plantilla del Observatorio, que
rodeaban a dos jóvenes con las ropas desordenadas. Aton, abriéndose paso a
través del gentío, se encaró agriamente con los recién llegados.
- ¿Os dais cuenta que falta menos de media hora para el comienzo del fin?
¿Dónde habéis estado?
Faro 24 se sentó y se restregó las manos. Sus mejillas aparecían enrojecidas por
el cambio de temperatura.
- Yimot y yo acabamos de terminar un experimento ideado por nosotros mismos,
consistente en provocar una oscuridad artificial y una fingida aparición de las
Estrellas, a fin de proporcionar un anticipo sobre el cual la gente pudiera juzgar lo
que vendrá.
Hubo un confuso murmullo entre el auditorio y una repentina expresión de
curiosidad apareció en la mirada de Aton.
- No se nos había ocurrido esto antes - dijo -. ¿Cómo caísteis en ello?
- Bien - repuso Faro -, la idea se nos ocurrió hace tiempo a Faro y a mí, y hemos
estado trabajándola en los ratos libres. Yimot sabía de una casa en la ciudad que
una vez fue un museo o algo parecido. El caso es que la compramos y...
- ¿De dónde sacasteis el dinero? - interrumpió Aton con precipitación.
- De la cuenta bancaria - saltó Yimot 70 - Nos costó sólo dos mil créditos. - Y
añadió defensivamente -: Bueno, ¿qué pasa? Mañana, dos mil créditos serán sólo
dos mil pedazos de papel. Nada más.
- Claro - asintió Faro -. La compramos y empezamos a pintarla de negro desde el
techo hasta el sótano, de manera que se pareciera a la oscuridad todo lo posible.
Luego hicimos en el techo diminutos agujeros, que luego teníamos que cubrir con
delgadas láminas metálicas por la parte del tejado de la casa. Las láminas debían
desplazarse simultáneamente por mediación de un interruptor. Esta parte del
trabajo no pudimos llevarla a cabo por nosotros mismos, así que tuvimos que
llamar a un carpintero, un electricista y algunos más... el dinero no tenía
importancia. La cuestión era que pudiéramos obtener un poco de luz a través de
aquellos agujeros en el techo, de modo que dieran el aspecto de un firmamento
estrellado.
Durante la pausa que siguió ninguna respiración se atrevió a interrumpir el
silencio. Finalmente, dijo Aton:
- No teníais derecho a hacerlo en privado.
- Lo sé, señor - dijo Faro, contrito -, pero, francamente, Yimot y yo pensamos que
el experimento podía resultar peligroso. De tener éxito, esperábamos más o
menos volvernos medio locos... desde que Sheerin se ha dedicado a insistir sobre
esa cuestión. Así que deseábamos correr el riesgo nosotros solos. Naturalmente,
si al acabar seguíamos conservando la cordura lo hubiéramos desarrollado en
gran escala a fin de propiciar la inmunidad colectiva a sus efectos. Pero las cosas
no ocurrieron como esperábamos.
- ¿Por qué? ¿Qué pasó?
- Al principio nos entrenamos permaneciendo con los ojos cerrados. La Oscuridad
es algo asfixiante que le hace sentir a uno que las paredes y el techo se le vienen
encima para aplastarlo. El caso es que nos metimos en la habitación y activamos
el conmutador. Las láminas metálicas se desplazaron y los agujeros mostraron
sus leves manchitas de luz...
- ¿Y?
- Pues eso... nada. Eso es lo triste del asunto. Que nada ocurrió. Se trataba
solamente de un techo agujereado que no parecía sino un techo agujereado. Lo
intentamos una y otra vez (de ahí que hayamos regresado tan tarde), pero sin
obtener el menor resultado.
Siguió un profundo silencio de consternación, y todos los ojos se posaron en
Sheerin, que, sentado en la mayor inmovilidad, iba a abrir la boca.
Pero Theremon fue el primero en hablar.
- Por supuesto, Sheerin, usted sabía lo que resultaría de esa teoría de los
agujeros ideada por usted, ¿no es cierto? - Al hablar resaltaba las palabras.
Sheerin alzó una mano.
- Un momento, un momento. Déjenme pensar un poco. - Cruzó los dedos y luego,
cuando la expresión de su mirada reveló que ya nada había que le produjera
sorpresa o desconcierto, levantó la cabeza -. Evidentemente...
Pero no pudo acabar. De algún lugar situado por encima de ellos vino un
considerable estrépito. Beenay, poniéndose en pie, se lanzó escaleras arriba.
- ¡Qué diantre! - exclamó mientras corría.
El resto vino después.
Las cosas ocurrieron con precipitación. Una vez en la cúpula, Beenay se quedó
mirando horrorizado las destrozadas placas fotográficas y al hombre que había
junto a ellas; entonces, se lanzó furiosamente contra el intruso, echándole las
manos al cuello. Hubo un violento forcejeo; entretanto, el resto de los hombres del
Observatorio fueron llegando. Antes de darse cuenta, el extraño tenía sobre sí el
peso de media docena de hombres terriblemente airados.
Entonces apareció Aton, jadeando pesadamente.
- ¡Ponedlo en pie!
Hubo un leve movimiento de resistencia, pero, finalmente, el extraño, con las
ropas desordenadas y la cabeza cubierta de magulladuras, fue levantado. Llevaba
una corta barba amarilla, según el afectado estilo de los Cultistas.
Beenay no cedió la presa con que sujetaba al intruso.
- ¿Por qué lo has hecho? - le gritó salvajemente -. Esas placas...
- No era lo que me interesaba - respondió el Cultista fríamente. Fue una
casualidad.
- Entiendo - dijo Beenay, que no dejaba de mirarlo con fiereza -. Ibas tras las
cámaras. El tropiezo con las placas ha sido entonces una coincidencia afortunada
para ti, pues. Si has hecho algo a mi cámara o a cualquier otra... te juro que
morirás lentamente. Como hay Dios que así ha de ocurrir...
Aton lo sujetó de una manga.
- ¡Basta ya! ¡Déjelo!
El joven técnico vaciló y su brazo se resistió todavía unos segundos. Aton lo
apartó con un gesto y se encaró con el Cultista.
- Usted es Latimer, ¿no?
El Cultista se inclinó y señaló el símbolo que había sobre su cadera.
- Soy Latimer 25, adjunto de tercera clase a Su Serenidad Sor 5.
- Y usted - añadió Aton enarcando las blancas cejas - vino con Su Serenidad
cuando él me visitó la semana pasada, ¿me equivoco?
Latimer se inclinó por segunda vez.
- Y bien, ¿qué es lo que quiere?
- Nada que usted vaya a darme voluntariamente - dijo Latimer.
- Lo envía Sor 5, supongo... ¿o es algo suyo en particular?
- No responderé a esa pregunta.
- ¿Han venido con usted otros visitantes?
- Tampoco responderé a ésta.
Aton se le quedó mirando largamente.
- Muy bien, señor. Dígame ahora qué es lo que su maestro desea de mí. Basta ya
de coqueteos. Hace tiempo que pagué el favor.
Latimer sonrió levemente, pero nada dijo.
- Le solicité - continuó Aton agriamente - unos datos que sólo el Culto podía
suministrarme, y me fueron proporcionados. Gracias nuevamente, señor. A
cambio, prometí probar la verdad esencial del credo del Culto.
- No hay necesidad de probarla - replicó orgullosamente el otro -. Está
suficientemente probada en el Libro de las Revelaciones.
- Sí para cierta canalla. Pero no pretenda confundir mis conocimientos. Me ofrecí a
formular bases científicas de sus creencias. ¡Y lo hice!
Los ojos del Cultista se encogieron con amargura.
- Sí, usted lo hizo. Pero con la sutileza del zorro, pues al mismo tiempo que
obtenía una explicación de nuestras creencias, trastornó todo lo que se le puso
por delante. Usted convirtió la Oscuridad y las Estrellas en un fenómeno natural y
alteró su verdadero significado. Eso fue una blasfemia.
- Si es así, la culpa no es mía. El hecho existe. ¿Qué puedo hacer sino
constatarlo?
- Su «hecho» no es más que un fraude y un engaño.
- ¿Cómo lo sabe usted? - exclamó Aton irritado.
- ¡Lo sé! - dijo el otro con entonación pletórica de fe y seguridad.
El director cambió el color de su faz, Beenay susurró una amenaza. Aton le hizo
una señal para que callara.
- ¿Qué quiere Sor 5 de nosotros? Imagino que aún debe opinar que es peligroso
para las almas el que intentemos advertir al mundo de la amenaza que se avecina.
No obtendremos ningún éxito si se empeña en considerarlo de esa manera.
- El atentado ha causado bastantes desperfectos. Hay que detener esa viciosa
forma de obtener información mediante diabólicos instrumentos. Obedecemos la
voluntad de las Estrellas y sólo lamento que mi torpeza les haya prevenido cuando
intentaba desarticular sus infernales ingenios.
- No le habría reportado ningún bien - replicó Aton -. Todos nuestros datos,
excepto aquellos que recogeremos por experiencia directa, se encuentran ya a
salvo y situados más allá del alcance de cualquier destrucción. - Sonrió con los
labios apretados -. Lo que no evita que usted sea considerado por nosotros como
un criminal.
Se volvió entonces a los hombres situados tras él.
- Que alguien llame a la policía de Saro City - dijo.
- Condenación, Aton - exclamó Sheerin con disgusto -, ¿qué le ocurre? No hay
tiempo para eso. Déjeme que yo me ocupe de él.
- No hay tiempo para hacer el ganso, Sheerin - dijo Aton con fastidio -. Haga el
favor, pues, de dejar que yo haga las cosas a mi manera. Usted es aquí un
completo extraño, y no debe olvidarlo.
- Explíqueme entonces - dijo Sheerin - por qué tenemos que molestarnos llamando
a la policía. El eclipse de Beta comenzará dentro de escasos minutos y tenemos
aquí un hombre que está deseando dar su palabra de honor de que no nos
causará más problemas.
- No voy a hacer tal cosa - saltó prontamente el Cultista -. Ustedes son libres de
hacer cuanto les venga en gana, pero les advierto que si me dejan ir a mi aire me
las apañaré para terminar lo que he venido a hacer. Si ésta es la palabra de honor
que esperarán de mí, creo que será mejor para todos ustedes llamar a la policía.
- Eres un tunante decidido, ¿eh? - dijo Sheerin con una Sonrisa -. Pero voy a
explicarte unas cuantas cosas. ¿Ves al muchacho que está junto a la ventana? Es
un tipo fuerte, violento, muy hábil con los puños... Y no pertenece al Observatorio,
además. Una vez comience el eclipse, no tendrá nada que hacer aquí excepto, en
todo caso, hincharse un ojo. Luego estoy yo, demasiado pesado para soltar unos
cuantos puñetazos, pero empeñado en la idea, vaya.
- ¿Y qué quiere decirme con eso? - preguntó el Cultista inquieto.
- Escucha y te lo diré - fue la respuesta -. Tan pronto comience el eclipse, el señor
Theremon y yo te conduciremos a una habitación cerrada que no cuenta más que
con una puerta, una fuerte cerradura y ninguna ventana. Permanecerás allí
mientras dure.
- Y después - exclamó agitadamente Latimer - no habrá nadie para dejarme salir.
Sé tan bien como usted lo que significa la llegada de las Estrellas... lo sé incluso
mejor que usted. Ustedes se volverán locos y no querrán liberarme. Asfixia o
muerte por inanición, ¿no es eso lo que piensa? Más o menos lo que debía haber
esperado de un grupo de científicos. Pero no daré mi palabra, no conseguirán que
me esté quieto. Es una cuestión de principios y no discutiremos más el asunto.
Aton parecía turbado. Sus desorbitados ojos mostraban una buena dosis de
agitación.
- Pero, Sheerin, encerrándolo...
- ¡Por favor, señor! - exclamó Sheerin con impaciencia -. No he pensado ni por un
momento ir tan lejos. Latimer ha intentado una jugarreta pero yo no soy psicólogo
sólo porque me gusta el sonido de la palabra. - Hizo un guiño al Cultista -. Vamos,
hombre, no - habrás pensado que iba a exponerte a morir de hambre, ¿verdad?
Sólo intentaba algo de menor monta, mi querido Latimer. Fíjate. Si te ponemos
bajo llave no verás la Oscuridad ni tampoco las Estrellas. No hace falta estar muy
enterado del credo fundamental del Culto para llegar a la conclusión de que
permanecer oculto cuando las Estrellas aparezcan significa la pérdida del alma
inmortal. Ahora bien, yo creo que tú eres un hombre de bien. Por ello, aceptaré tu
palabra de honor de que no nos causarás molestias en cuanto te decidas a
ofrecérmela..
Una agitación pareció recorrer el cuerpo de Latimer.
- ¡Está bien, tienen ustedes mi palabra de honor! - dijo, y añadió seguidamente
con saña -: Pero me consuela saber que todos quedarán condenados por este
acto. Giró sobre sus talones y se dirigió precipitadamente hacia el alto taburete
que había junto a la puerta.
- Tome asiento junto a él - dijo Sheerin indicando con la cabeza al columnista -.
Sólo como simple formulismo. ¡Eh, Theremon!
Pero el periodista no se movió. Se había quedado pálido hasta la raíz del cabello.
- ¡Miren! su dedo apuntaba al cielo y su voz era áspera y gutural.
Como obedeciendo una orden, todas las miradas siguieron la dirección del dedo y
contemplaron el espectáculo sin respirar.
¡Beta estaba menguando por un lado!
El escaso trozo de oscuridad que ofrecía quizá no fuera mayor que una uña, pero
para los aterrorizados observadores aquello que veían significaba el inicio de la
maldición.
La observación de los hombres duró un corto segundo, casi tan corto como la
confusión que siguió a continuación, que desapareció en cuanto cada uno se
entregó a su labor prescrita. No había tiempo para emociones en aquellos
momentos. Los hombres se habían transformado exclusivamente en científicos
con trabajo que hacer. Hasta el mismo Aton se había evaporado.
- El primer instante de la superposición debe haber ocurrido hace quince minutos -
dijo Sheerin -. Un poco pronto, pero no está mal si tenemos en cuenta las
dificultades que han acompañado los cálculos. - Miró a su alrededor y se acercó a
Theremon, que se había quedado mirando por la ventana.
- Aton está furioso - murmuró -. Se perdió el momento inicial de la superposición
con todo el jaleo de Latimer y si ahora se le pone uno delante corre el peligro de
ser arrojado por la ventana.
Theremon asintió con la cabeza y se sentó. Sheerin lo miró con sorpresa.
- Por el diablo, oiga - exclamó -. Está usted temblando.
- ¿Qué? - Theremon se humedeció los secos labios e intentó sonreír -. No me
siento muy bien, ¿qué quiere que haga?
- No irá a perder el control, ¿verdad?
- ¡No! - gritó Theremon, indignado -. ¿Acaso tengo otra alternativa? Jamás creí en
todo este galimatías... hasta este momento. Déme una opción, dígame qué puedo
hacer. Usted ha estado preparándose durante dos meses para este
acontecimiento.
- Tiene razón, claro - comentó Sheerin pensativo -. ¡Escuche! ¿Tiene usted
familia... padres, esposa, hijos?
Theremon negó con la cabeza.
- Va usted a hablar del Refugio, ¿eh? No tiene que preocuparse por eso. Tengo
una hermana, pero está a dos mil millas de aquí. Ni siquiera sé su dirección.
- Bueno, entonces, ¿qué me dice de usted mismo? Puede ir allí, aún hay tiempo;
desde que lo dejé queda una plaza libre. Después de todo aquí no es necesario.
- Vaya - dijo Theremon mirando al otro con cansancio -. Usted cree que estoy
asustado. Piense lo que quiera, señor. Soy periodista y me ha sido encomendado
conseguir un reportaje. Es lo que intento hacer.
Una amplia sonrisa cruzó la cara del psicólogo.
- Entiendo, honor profesional y todo eso.
- Puede llamarlo así. Pero, amigo mío, daría mi brazo derecho por una botella de
ese reparador de ánimos que tenía usted antes, aunque fuera la mitad de
pequeña. Si algún camarada suyo necesita un trago, ése soy yo.
Entonces saltó. Sheerin estaba dándole codazos.
- ¿No oye eso? Escuche.
Theremon siguió el movimiento de la mandíbula del otro y miró al Cultista, que,
olvidado de todo cuanto acontecía a su alrededor, contemplaba la ventana con
una expresión de poseso, al tiempo que entonaba una casi inaudible salmodia.
- ¿Qué dice? - susurró el columnista.
- Está citando el Libro de las Revelaciones, capítulo quinto - replicó Sheerin.
Luego, con urgencia -: Aguarde un momento y escuche.
La voz del Cultista habíase alzado en una repentina plegaria de fervor.
- «Y ocurrió que, por aquellos días, el Sol, Beta, habitó en solitaria vigilia en la
mansión celeste por el más largo de los períodos conocidos, mientras cumplía su
revolución; tanto duró su recorrido que, en mitad de su revolución, solitario,
encogido y frío, cesó de brillar sobre Lagash.
»Y los hombres se reunían en las plazas públicas y en los caminos para comentar
y maravillarse de la señal, pues una extraña depresión había ocupado sus almas.
Su mente se turbó y su lengua tornóse confusa, pues las almas de los hombres
aguardaban la venida de las Estrellas.
»Y en la ciudad de Trigon, Vendret 2 vino y dijo a los hombres de Trigon: «¡Helo
ahí, oh pecadores! Hablabais con desdén de los caminos de la virtud, pero ya ha
llegado el tiempo de rendir cuentas. Por fin, la Gruta se aproxima para devorar
Lagash; y con Lagash, todos sus moradores.»
»Y mientras esto decía, el labio de la Gruta de la Oscuridad sobrepasó el borde de
Beta, de modo que todo Lagash quedó sin su luz. Grandes fueron los gritos de los
hombres mientras contemplaban la desaparición, y grande también el
estremecimiento que desconsoló sus almas.
»Y ocurrió que la Oscuridad de la Gruta cayó sobre Lagash y ya no hubo más luz
en toda la superficie de Lagash. Los hombres quedaron como ciegos y nadie
podía ver a su vecino aunque sentía su aliento contra su rostro.
»Y en el interior de esta negrura aparecieron las Estrellas en cantidades
inmensas, y era tal la belleza y de tal modo encantaba todo lo creado, que hasta
las hojas de los árboles entonaron cánticos llenos de admiración.
»Y en aquel momento las almas de los hombres se separaron de sus cuerpos,
reduciéndose éstos al estado de las bestias; en verdad, fue como si el mundo se
hubiera convertido en una selva; así, por las entizonadas calles de Lagash los
hombres prorrumpieron en salvajes gritos.
»Entonces, se extendió desde las Estrellas el Fuego Celestial y, allí donde tocaba,
las ciudades de Lagash convertíanse en caos de llamas y destrucción; tanto que,
de los hombres y las obras de los hombres, nada quedó.
»Desde entonces...»
Hubo una sutil alteración en el tono de Latimer. Sus ojos permanecían ausentes,
pero de alguna manera llamó la atención de los otros dos. Fácilmente, sin la
menor pausa para tomar aliento, el timbre de su voz cambió y las sílabas se
volvieron más líquidas.
Theremon, cogido por sorpresa, lo miró fijamente. Las palabras siguieron luego el
tono anterior. Había habido un elusivo cambio en el acento, un débil cambio en la
caída de las vocales; pero nada más... quizá ni el mismo Latimer comprendiera lo
que había ocurrido.
- Seguramente cambió a alguna lengua de otro ciclo, con toda probabilidad del
tradicional ciclo segundo. Era la lengua en la que fue escrito primariamente el
Libro dé las Revelaciones.
- No importa. Ya he oído bastante. - Theremon se echó atrás en la silla y se mesó
el cabello -. Me siento mucho mejor ahora.
- ¿De veras? - Sheerin pareció sorprenderse.
- Se lo explicaré. Me he puesto verdaderamente nervioso hace un rato. Entre su
explicación de la gravitación y el comienzo del eclipse he estado al borde de un
ataque de nervios. Pero eso - y señaló con el pulgar al gualdibarbado Cultista -,
eso es exactamente lo que mi niñera solía contarme. Me he reído de esas cosas
durante toda mi vida. No voy a permitir que me asusten ahora.
Suspiró profundamente y continuó con cierta alegría:
- Si voy a seguir contándole lo angelito que soy, mejor será que aparte mi silla de
la ventana.
- Sí, pero debería usted hablar mas bajo - comentó Sheerin - Aton acaba de
asomar la cabeza por la puerta y le ha lanzado a usted una mirada capaz de
asesinarle.
- Había olvidado al viejo - dijo con una mueca. Luego, poniendo en ello el máximo
cuidado, apartó la silla de la ventana mientras lanzaba miradas de disgusto por
encima del hombro -. Se me acaba de ocurrir que deben haber fabricado alguna
clase de inmunidad contra la locura de las Estrellas.
El psicólogo no respondió en seguida. Beta había ya rebasado su cenit y el haz de
sanguínea luz que penetraba por la ventana se deslizaba por el suelo hasta el
punto de alcanzar casi las piernas de Sheerin. Contempló pensativamente aquel
color arcilloso y luego, inclinándose, echó una fugaz mirada al sol.
El mordisco del eclipse habíase agrandado hasta alcanzar ahora un tercio de
Beta. Se estremeció súbitamente y, cuando pudo serenarse, sus mejillas no
conservaban ya el generoso color que otrora prodigaban. Con una sonrisa que era
casi una excusa, apartó también su silla.
- En estos momentos, poco más de dos millones personas en Saro City habrán
convertido el Culto en religión mayoritaria. - Luego, con ironía -: Por una hora al
menos, el Culto gozará de una prosperidad nunca vista. Pero, ¿qué me estaba
diciendo?
- Iba a preguntarle cómo se las apañan los Cultistas para transmitir de ciclo en
ciclo el manejo del Libro de las Revelaciones, y cómo es que se escribió por
primera vez en Lagash. Debe haber alguna especie de inmunidad, pues, si todos
se volvían locos, ¿quién pudo haber escrito el libro?
Sheerin se quedó mirando con tristeza al periodista.
- Pues mire, joven, no hay respuesta documentada sobre eso, pero tenemos unos
cuantos indicios para suponer qué ocurrió. Hay tres clases de personas que
resultan relativamente ilesas. Primero, las que por alguna razón ignota no ven las
Estrellas: los que se meten en la cama en aquel momento o los que se
emborrachan al comienzo del eclipse. Pero vamos a descartarlos porque no son
realmente testigos.
»Luego están los niños menores de seis años, para quienes el mundo es todavía
demasiado nuevo y extraño para reparar en las Estrellas o asustarse de la
Oscuridad. El fenómeno sería considerado como uno de tantos artículos del
catálogo de sorpresas que depara el mundo. ¿No lo cree usted así?
- Imagino que sí - replicó el otro con cierto gesto de duda.
- Por último, están aquellos que poseen una mente demasiado grosera para
comprender el hecho, algo así como ancianos y retrasados mentales, que,
verdaderamente, quedarían escasamente afectados. Bien, entre la incoherente
memoria de los niños y los relatos de los que quedaron a medio enloquecer se
formaron posiblemente las bases del Libro de las Revelaciones.
»Claro que, por otra parte, el libro se baso, primeramente, en el testimonio de
aquellos que por lo menos tenían alguna cosa que contar, es decir, los niños y los
retrasados. Luego, seguramente fue editado y reeditado en el curso de los ciclos.
- ¿Supone usted - interrumpió Theremon - que el libro fue transmitido a través de
los ciclos de la misma manera que nosotros nos hemos transmitido las bases para
teoría de la gravitación universal?
Sheerin hizo una mueca.
- Tal vez, pero el método exacto poco importa ahora, el caso es que lo hicieron. El
punto al que quiero llegar es que el libro sólo puede contribuir a confundir más las
cosas, por muy basado que esté en hechos auténticos. Por ejemplo, ¿recuerda el
experimento con los agujeros en el techo llevado a cabo por Faro y Yimot, el que
no funcionó?
- Sí.
- ¿Y sabe usted por qué no func...? - Se detuvo y se puso en pie alarmado. Aton
se acercaba con el rostro completamente consternado -. ¿Qué ha ocurrido?
Aton se detuvo a su lado y Sheerin pudo sentir la presión de sus dedos sobre su
codo.
- ¡No tan alto! - La voz de Aton manaba henchida de contenida tortura -. Acabo de
hablar con el Refugio por la línea privada.
- ¿Están en apuros? - preguntó Sheerin con angustia.
- Ellos, no. - Aton remarcó significativamente el pronombre -. Hace un rato que
precintaron la puerta y permanecerán enterrados hasta pasado mañana. Están a
salvo. Pero la ciudad, Sheerin... es la ruina. No puede hacerse ni idea... -
Comenzó a sufrir dificultades en la vocalización.
- ¿Y? - soltó Sheerin con impaciencia -. ¿Qué ocurre con la ciudad? - Luego, con
una sospecha -: ¿Cómo se encuentra?
Los ojos de Aton relampaguearon irritados ante la insinuación, pero pronto
volvieron al anterior brillo de ansiedad.
- No lo entiendo. Los Cultistas se han puesto en acción. Están convenciendo a la
masa para que tome por asalto el Observatorio, prometiendo a cambio la
absolución de sus pecados, la salvación, cualquier cosa. ¿Qué haremos, Sheerin?
La cabeza de Sheerin se inclinó y sus ojos se perdieron en una completa y
prolongada abstracción. Luego, alzó la mirada y dijo con crispación:
- ¿Hacer? ¿Acaso hay algo por hacer? Nada hay que pueda hacerse. ¿Saben
esto los hombres?
- ¡Claro que no!
- ¡Perfecto! Siga sin decirles nada. ¿Cuánto falta?
- Apenas una hora.
- Lo único que podemos hacer es arriesgarnos. Llevará algún tiempo organizar
una fuerza considerable y aún más traerlos hasta aquí. Estamos a más de cinco
millas de la ciudad...
Se quedó mirando la ventana, por la que se divisaban las cúpulas de los edificios
de las afueras; más allá, la borrosa sombra de la ciudad misma, como envuelta
por una niebla que inundara el horizonte.
- Llevará tiempo - repitió -. Sigan trabajando y recen por que el eclipse acabe
antes.
Beta estaba seccionado por la mitad, mostrando una leve curva que se adentraba
en la parte todavía brillante del sol. Era como un gigantesco párpado que fuera
adormeciendo el ojo del mundo.
El débil murmullo de la sala se fue convirtiendo en pasto del olvido y su atención
vagó por los campos que se divisaban desde la ventana. Los insectos parecían
sufrir el terror calladamente. Los objetos iban desvaneciéndose.
Una voz zumbó en su oído y se sobresaltó.
- ¿Algo va mal? - preguntó Theremon.
- ¿Eh?... No, no. Vuelva a su silla. Aquí estorbamos. - Se retiraron a su esquina
aunque el psicólogo permaneció mudo por un tiempo. Con un dedo se palpaba el
cuello. Luego, alzó la mirada repentinamente.
- ¿Tiene usted dificultades en la respiración?
El periodista abrió los ojos y aspiró repetidas veces.
- No, ¿por qué?
- He estado en la ventana demasiado tiempo. La disminución de la luz ha debido
afectarme. Las dificultades respiratorias son el primer síntoma de un ataque de
claustrofobia.
Theremon volvió a aspirar nuevamente.
- Bueno, parece que a mí no me ha afectado. Mire, otro compañero.
Beenay había interpuesto su cuerpo entre la luz y la pareja sita en la esquina y
Sheerin se dirigió a él con premura.
- Eh, Beenay.
El astrónomo cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro y sonrió débilmente.
- ¿Qué pensarías si me sentara un rato y habláramos? Mis cámaras están
preparadas y no hay nada que hacer hasta el eclipse total. - Hizo una pausa y miró
al Cultista, que quince minutos antes había abierto un pequeño libro
enfrascándose en su lectura -. ¿Ha dado problemas esa rata?
Sheerin sacudió la cabeza. Sus hombros se contrajeron mientras parecía
concentrarse en sus conductos respiratorios.
- ¿Tienes dificultades al respirar, Beenay?
Beenay olfateó el aire.
- Creo que no soy yo el que huele mal, Sheerin.
- Creo que es claustrofobia - se excusó Sheerin.
- ¡Ah, vamos! A mí me afecta de manera distinta. Me da la sensación de que mis
ojos me persiguen. Las cosas comienzan a zumbar... bueno, todo se vuelve
confuso. Y frío también.
- Oh, frío, claro que sí. Pero eso no es ninguna ilusión - observó Theremon -. Yo
tengo los juanetes como dentro de una nevera.
- Lo que necesitamos es mantener nuestras mentes ocupadas en algo distinto -
apuntó Sheerin -. Estaba diciéndole hace un momento, Theremon, por qué el
experimento de Faro se convirtió en humo.
- Aún no había comenzado - replicó Theremon. Alzó una rodilla y la sujetó en el
aire con las manos cruzadas en torno a ella.
- Bueno, pues comenzaba a decirle que fallaron por tomar el Libro de las
Revelaciones al pie de la letra. No hay probablemente ninguna razón para tomar
las Estrellas en sentido físico. Debe tratarse, indudablemente, de la necesidad de
luz que la mente experimenta al encontrarse en la Oscuridad total. Creo que las
Estrellas consisten justamente en esta desesperada ilusión de luz.
- En otras palabras - intervino Theremon -, usted supone que las Estrellas son
fruto de la locura y que no tienen ninguna otra causa. Entonces, ¿qué van a
fotografiar los hombres de Beenay? ¿Por qué están preparados para fotografiar
algo?
- Tal vez para probar que es una ilusión; o para probar lo contrario. Luego...
Pero Beenay había aproximado su silla y vieron en su rostro la expresión de un
repentino y exaltado entusiasmo.
- Oiga, me alegra infinito que se ocupen de ese asunto. - guiñó los ojos y alzó un
dedo - He estado cavilando sobre esas Estrellas y he llegado a una idea
ingeniosa. Claro que no son sino migajas del pensamiento y no me he ocupado
del todo en ello, pero pienso que es interesante. ¿No quieren oírlo?
Fingió no estar del todo decidido, pero Sheerin se acomodó en la silla y dijo:
- Adelante, yo te escucho.
- Allá va. Supongamos que hay otros soles en el universo. - Hizo un leve
aspaviento -. Quiero decir soles que se encuentran muy alejados y son demasiado
pequeños para verlos. Suena como si hubiera estado leyéndolo en algún relato
fantástico, ¿eh?
- No necesariamente. Aunque, ¿no queda eliminada esa posibilidad por el hecho
de que, según la ley de Gravitación, debieran hacerse evidentes por su fuerza de
atracción?
- No, si están muy lejos - replicó Beenay -, verdaderamente lejos, algo así como
cuatro años-luz o más. Nunca podríamos detectar sus perturbaciones porque son
demasiado pequeñas. Pongamos entonces que hay un montón de soles muy
lejanos, una docena o dos.
- Buena idea para un artículo en el suplemento dominical. ¡Dos docenas de soles
a ocho años-luz de distancia en el universo! ¡Nada menos! Eso reduciría la
relevancia de nuestro mundo - dijo Theremon.
- Es sólo una idea - dijo Beenay con un guiño -, pero usted la ha captado a fondo.
Durante un eclipse, esas docenas de soles se volverían visibles porque ya no
habría ningún sol real que las ocultara con su más poderosa luz. A la distancia a
que se encontrarían aparecerían como muy pequeños, como pequeñas cuentas
de marfil. Claro que los Cultistas hablan de millones de Estrellas, pero sin duda es
una exageración. No hay lugar en el universo capaz de contener un millón de
soles sin tocarse los unos con los otros.
Sheerin había estado escuchando con creciente interés.
- Creo que has acertado en algo, Beenay. Una exageración es exactamente lo que
ocurrió en otros tiempos. Como sabes, nuestra mente no puede concebir un
número mayor que el cinco; más allá sólo contamos con el concepto «mucho».
Una docena podría convertirse perfectamente en un millón. ¡Ha sido una gran
idea!
- Aún tengo otra idea también ingeniosa - añadió Beenay -. ¿Has pensado alguna
vez lo que sería una gravitación de problema simple si tuvieras un sistema
suficientemente simple? Supón que tienes un universo en el que hay sólo un
planeta y un único sol. El planeta rotaría en un perfecto eclipse y la naturaleza
exacta de la fuerza gravitacional sería tan evidente que sería aceptada como un
axioma. Los astrónomos de un mundo tal darían con la gravedad probablemente
antes de que inventaran el telescopio. La observación a simple vista sería
suficiente.
- Pero, ¿sería un sistema dinámicamente estable? - preguntó Sheerin dudoso.
- ¡Claro! Se trataría del caso modelo. Comprobado matemáticamente, aunque son
las aplicaciones filosóficas lo que me interesa.
- Es agradable pensar sobre eso - admitió Sheerin - como una abstracción... algo
así como el gas perfecto, o el cero absoluto.
- Claro - continuó Beenay -, está el problema de que la vida sería imposible en un
planeta así. No habría comida ni luz suficiente, y en su rotación sobre su eje
habría media parte de Luz y media de Oscuridad. No puedes esperar que haya
vida (que depende fundamentalmente de la luz) ni que se desarrolle en tales
condiciones. Aparte...
La silla de Sheerin fue despedida hacia atrás y él se puso repentinamente en pie.
- Aton va a encender luces.
Beenay soltó una exclamación, se volvió para mirar y se quedó con la boca
abierta.
Aton permanecía con los brazos llenos de estacas de un pie de longitud y una
pulgada de anchura. Miró al trío y se dirigió a Sheerin y Beenay.
- Venga, a trabajar. Usted, Sheerin, venga aquí y ayúdeme.
Sheerin correteó hasta el anciano y una por una fueron colocando las estacas en
candeleros metálicos adosados a las paredes.
Adoptando los movimientos del que ejecuta el más sagrado ritual, Sheerin
encendió una ancha y tosca cerilla y se la pasó a Aton, que aplicó la llama a la
punta de las estacas.
Las llamas vacilaron un rato como si temieran consumir la madera, pero luego,
casi repentinamente, se hincharon iluminando la cara de Aton con resplandor
amarillo. Retiró la cerilla y un espontáneo y flamígero jolgorio oscureció la ventana.
¡Las estacas estaban coronadas por una ondeante llama de seis pulgadas! La sala
se había llenado de resplandor amarillo.
La luz no era poderosa, incluso podía decirse que era más débil que la ya
atenuada luz solar. Las cabezas de las estacas ardían con llama temblorosa,
provocando sombras bailoteantes. Humeaban como un desafortunado día en la
cocina. Pero emitían luz amarilla.
No era de despreciar esta luz después de cuatro horas de un progresivamente
mortecino Beta. El mismo Latimer había apartado los ojos de su libro y la
contempló admirado.
Sheerin, extendiendo los brazos a la antorcha que tenía más cerca, exclamó para
sí mismo extasiado:
- ¡Hermoso! ¡Hermoso! Nunca antes me había percatado de cuán maravilloso es
el amarillo.
Pero Theremon miró las antorchas con desconfianza. Olisqueó el tufo que
producían y comentó:
- ¿Qué bichos son ésos?
- Simplemente madera - dijo Sheerin.
- No, no es posible. Si no se está quemando. La llama se limita a arder en la
punta, pero no quema la parte restante.
- He ahí lo más bello de todo. Es un mecanismo eficiente de luz artificial. Hemos
fabricado unos cuantos centenares, pero la mayor parte fue llevada al Refugio,
obviamente. Tome el núcleo de una caña, séquelo y úntelo con grasa animal.
Luego, acérquele fuego y la grasa arderá poco a poco. Esas antorchas arderán
casi media hora sin parar. Ingenioso, ¿no cree? Fue un trabajo desarrollado por
uno de nuestros muchachos en la Universidad de Saro.
Tras la momentánea sensación, la quietud había regresado a la cúpula del
Observatorio. Latimer había acercado su silla a una antorcha y continuaba leyendo
bajo su luz, moviendo los labios en la monótona invocación de las Estrellas.
Beenay había vuelto nuevamente a sus cámaras y Theremon vio la oportunidad
de añadir ciertos comentarios a las notas que había escrito para el Chronicle de
Saro City.
Pero, al advertir la divertida luz de los ojos de Sheerin, otra cosa vino a desplazar
de su mente el propósito de escribir aquellos comentarios. Otra cosa que no era
sino que el cielo se había convertido en un horrible vacío púrpura y violeta, como
si fuera una gigantesca berenjena.
El aire se había vuelto más denso. El crepúsculo, como un cuerpo palpable,
inundaba la sala y el agitado círculo amarillo que coronaba las antorchas
dificultaba la contemplación de los colores situados más allá. Luego, pudo
apreciarse el crecimiento del humo y del intenso olor que las materias
combustionadas producían entre secos chisporroteos; más tarde, los objetos iban
adentrándose en las sombras inescrutables, como el blando almohadón de la silla
de uno de los hombres que trabajaban en torno a la mesa central o el gesto
espontáneo de algún otro que intentaba mantener la compostura en la creciente
noche que inundaba la sala.
Fue Theremon el primero en escuchar el extraño ruido. Era más bien una vaga e
incoherente impresión de sonido que hubiera resultado imperceptible de no
extenderse sobre la cúpula un silencio de muerte.
El periodista se enderezó al tiempo que apartaba su libro de notas. Contuvo la
respiración y permaneció alerta; luego, no sin resistencia, caminó entre el
solaroscopio y una de las cámaras de Beenay, deteniéndose ante la ventana.
El silencio saltó hecho pedazos nada más articular una palabra:
- ¡Sheerin!
Todas las ocupaciones cesaron en ese instante. El psicólogo estuvo prontamente
a su lado. Aton se les unió. Incluso Yimot 70, sentado en lo alto frente al ocular del
gigantesco solaroscopio, detuvo su trabajo y miró hacia abajo.
Fuera, Beta era apenas un rescoldo que lanzaba una última y desesperada mirada
sobre Lagash. El horizonte que se delineaba más allá de Saro se había perdido en
la Oscuridad, y la carretera que unía la ciudad con el Observatorio era una línea
de roja tiniebla bordeada por apenas dibujados árboles que, en la parte boscosa,
se habían convertido en incongruente masa negra.
Pero era la carretera lo que había llamado su atención, pues a lo largo de ella
tomaba cuerpo otra sombría masa, mucho más amenazante si cabe.
- ¡Son los lunáticos organizados por los Cultistas!
- ¿Cuánto falta para el eclipse total? - preguntó Sheerin a Aton.
- Quince minutos, pero... estarán aquí en menos de cinco.
- Calma, usted cuide que sus hombres sigan trabajando. Nosotros haremos lo
demás. Este lugar está construido como una fortaleza. Aton, échele una ojeada a
nuestro joven Cultista. Theremon, venga conmigo.
Sheerin se lanzó hacia la puerta y Theremon se le pegó a los talones. Bajaron las
escaleras que giraban en torno a un eje central, descendiendo a una zona poblada
de luz incierta.
El primer impulso les había llevado quince pies más abajo, de manera que los
débiles resplandores de la habitación inundada de amarillo apenas arrojaron
débiles reflejos hasta su total desaparición. Ahora, tanto por arriba como por
abajo, estaban rodeados de la misma sombra crepuscular que antes contemplara
desde la ventana.
Sheerin se detuvo con una mano comprimiéndose el pecho.
- No puedo... respirar. - Su voz sonaba como una seca tos -. Baje... usted solo...
cierre todas las puertas.
Theremon bajó unos cuantos peldaños, luego se giro.
- ¡Espere! ¿Puede aguantar un minuto? - Estaba jadeando. El aire entraba y salía
de sus pulmones como si fuera melaza y había allí como un pequeño germen del
pánico abriéndose camino por entre las Tinieblas y dentro de su propio cerebro.
¡Al fin Theremon tenía miedo de la oscuridad!
- Aguarde, volveré en un segundo. - Acto seguido, se lanzó escaleras arriba,
subiendo de dos en dos escalones; penetró en la sala de la cúpula, cogió una
antorcha y de nuevo se internó en la escalera. Corría con tal ímpetu que el humo
inundó sus ojos dejándolo casi ciego, y llevaba la llama tan pegada al rostro que
parecía querer besarla.
Sheerin abrió los ojos cuando comprobó que Theremon estaba a su lado. Este le
dio un leve codazo.
- Vamos, ánimo, acabo de conseguir lo que más falta le hacía. Ya tenemos luz.
Sujetó la antorcha en lo alto de su brazo erguido y comenzó a bajar de puntillas,
cuidando que el psicólogo se mantuviera en el interior del área iluminada.
Las oficinas de la planta baja, ausentes de toda iluminación, estremecieron de
horror a los dos hombres.
- Aquí - dijo bruscamente Theremon y cedió la antorcha a Sheerin -. Puedo oírlos
fuera.
Del exterior llegaban ruidos de movimiento y gruñidos sin palabras.
Pero Sheerin tenía razón; el Observatorio estaba construido como una fortaleza.
Levantado en el último siglo, cuando el estilo neogavotano había llegado a su
punto culminante en arquitectura, había sido diseñado con mayor estabilidad que
belleza y más consistencia que elegancia.
Las ventanas estaban protegidas por rejas a base de barras de hierro de una
pulgada de grosor, hundidas en el antepecho. Los muros manifestaban sólida
albañilería que ni un terremoto podría inmutar. Y la puerta mayor no era sino una
mole de roble reforzada con hierro. Theremon corrió los pestillos y los metales
resonaron con prolongado chirrido.
Al otro extremo del pasillo, Sheerin maldecía en voz baja. Señaló la cerradura de
la puerta trasera que había sido limpiamente forzada con palanqueta y dejada
completamente inútil.
- Por aquí debió entrar Latimer - dijo.
- Bueno, no nos quedemos aquí - dijo Theremon con impaciencia -. Arreglemos
como sea esa cerradura... y mantenga la antorcha apartada de mis ojos, el humo
me está matando. Había arrimado una pesada tabla contra la puerta mientras
hablaba y en pocos minutos levantó una poderosa barricada que tenía poco de
simetría y belleza.
De algún lugar, amortiguadamente, alcanzaron a oír un ruido de puños contra la
puerta; los berridos y chillidos, que ahora podían oírse procedentes del exterior,
conferían a la escena un viso de irrealidad.
La gente había salido de Saro City con sólo dos cosas en la cabeza: el logro de la
salvación Cultista mediante la destrucción del Observatorio, y un miedo
enloquecedor que les obligaba a todo menos a paralizarse. No había tiempo para
pensar en vehículos, amas o dirigentes, ni siquiera en organizarse. Tan sólo
pensaban en llegar al Observatorio y asaltarlo con las manos desnudas.
Y ahora, cuando por fin estaban allí, el último destello de Beta, el postrer gemido
de una agonizante llama, relampagueó triste y pobremente sobre una humanidad
a la que abandonaba dejándola sin otra compañía que el miedo al universo.
- ¡Volvamos a la cúpula! - exclamó Theremon.
En la cúpula, sólo Yimot, en el solaroscopio, permanecía en su puesto. El resto
estaba ahora ocupado con las cámaras y Beenay estaba dando instrucciones con
extraña voz.
- No me falléis ninguno. Quiero tomar a Beta justo antes del eclipse total y luego
cambiar la placa rápidamente. Tomaréis una cámara cada uno... Ya sabéis cuánto
tiempo... de exposición se necesita...
Hubo un susurro de asentimiento.
Beenay se pasó una mano por los ojos.
- ¿Arden todas las antorchas? Ya veo que sí. - con cierta dificultad en su postura,
parecía apoyarse en el respaldo de la silla -. Ahora, recordad... no intentéis
obtener buenas fotografías. No quiero brillanteces como sacar dos estrellas de un
solo disparo. Con una hay de sobra. Y... si os sentís mal, apartaos de la cámara.
En la puerta, Sheerin susurró a Theremon:
- Señáleme a Aton. No puedo verlo.
El periodista no pudo responder inmediatamente. Las vagas siluetas de los
astrónomos parecían difuminadas en la oscuridad general, pues las antorchas
habíanse convertido en meros borrones amarillos.
- Está oscuro - murmuró.
Sheerin soltó su mano.
- Aton. - Dio unos pasos -. ¡Aton!
Theremon se movió tras él y lo cogió por el brazo.
- Espere, yo lo conduciré.
Caminó como pudo a través de la sala. Hundió sus ojos en las Tinieblas y su
mente en el caos que había en ellas.
Nadie parecía oírlos ni prestarles atención. Sheerin tropezó contra la pared.
- ¡Aton! - llamó.
El psicólogo advirtió que unas manos lo rozaban, se detuvo y escuchó una voz:
- ¿Es usted, Sheerin?
- ¡Aton! - Pareció recuperar el aliento -. No se preocupe por los exaltados.
Aguantaremos.
Latimer, el Cultista, se puso en pie y en su rostro pudo verse la desesperación.
Pero su palabra había sido dada y romper el juramento hubiera significado poner
en peligro mortal su alma. Sin embargo, esa palabra había surgido a la fuerza y no
por su libre voluntad. ¡Pronto vendrían las estrellas! No podía permanecer allí
inmóvil... y no obstante había dado su palabra.
La cara de Beenay se iluminó lejanamente cuando alzó la vista para contemplar el
último rayo de Beta, y Latimer, viéndolo inclinado sobre su cámara, tomó una
decisión. Sus uñas se hundieron en la palma de sus manos mientras se ponía
cada vez más tenso.
Trastabilló al ponerse en movimiento. Ante él sólo había sombras; el suelo que
debía estar bajo sus pies carecía de sustancia. Entonces, alguien surgió
bruscamente a su lado y se lanzó sobre él, dirigiendo sus dedos curvados contra
su garganta.
Dobló la rodilla y la incrustó en el cuerpo de su asaltante.
- Déjeme levantarme, le mataré.
Theremon apretó los dientes y murmuró mientras hacía presión sobre Latimer:
- ¡Rata traidora!
El periodista pareció advertir entonces muchas cosas a un tiempo. Oyó graznar a
Beenay ordenando tomar precipitadamente las cámaras; luego, tuvo la extraña
sensación de que el último reflejo de luz solar había desaparecido por completo.
Simultáneamente, escuchó una última exclamación de Beenay y un entrecortado
grito de Sheerin, histérico chillido que se quebró en un áspero y repentino silencio;
extraño, mortecino silencio exterior.
Y Latimer había quedado medio cojo en su frustrado ataque. Theremon miró a los
ojos al Cultista y vio el resplandor del blanco que reflejaba el débil amarillo de las
antorchas. Vio la burbuja babeante de los labios de Latimer y escuchó que de su
garganta surgía un gemido animal.
Dominado por la sedante fascinación del miedo, apartó un brazo y volvió los ojos
hacia la oscuridad de la ventana.
¡Más allá brillaban las estrellas!
No las tres mil seiscientas Estrellas inválidas que pueden verse a simple vista en
la Tierra; Lagash estaba en el centro de una gigantesca constelación. Treinta mil
espléndidos soles derramaban chorros de luz con tal serenidad e indiferencia que
parecían más fríos que un helado de viento que atravesara el mundo.
Theremon se puso en pie; su garganta se negaba a dejar pasar el aliento y todos
los músculos de su cuerpo permanecían en intenso estado de terror. Se estaba
volviendo loco y lo advertía, y alguna parte de sí mismo que aún conservaba un
mínimo de cordura luchaba por escapar del abrazo de aquel negro pánico. Era
verdaderamente horrible volverse loco y darse cuenta de ello... saber que en
apenas un minuto, a pesar de conservar la presencia física, la mente se ha
internado en las vastas regiones de la demencia. Pues no otra cosa era la
Oscuridad... la Oscuridad y el Frío y la Maldición. Los brillantes muros del universo
parecían haber estallado y esparcido sus bloques macizos de luz, dejando
escasos huecos negros entre los que se filtraba el vacío.
Tropezó contra alguien que caminaba a gatas y cayó sobre él. Se llevó las manos
a la garganta, gateó hacia la llama de las antorchas que ocupaban su loca visión.
- ¡Luz! - aulló.
Aton, en algún lugar, estaba gritando, lloriqueando terriblemente como un niño
asustado.
- Las Estrellas... todas las Estrellas... nada sabíamos... nunca supimos nada.
Pensábamos en seis estrellas para todo el universo pero las Estrellas no podían
verse y la Oscuridad eterna eterna eterna y las paredes cayendo sobre nosotros
que nada sabíamos nada podíamos saber nada nunca nada...
Sobre el horizonte que podía contemplarse desde la ventana, en la dirección de
Saro City, un resplandor aural comenzó a vislumbrarse, tomar consistencia y
crecer, estallando en fuertes brillos que, sin embargo, no pertenecían a la salida
de ningún sol.
Nuevamente, la noche estaba allí.
FIN

martes, 25 de junio de 2013

EL JUEGO DE ENDER

EL JUEGO DE ENDER




-Sea cual fuere vuestra gravedad cuando lleguéis a la puerta, recordad: la puerta del enemigo está abajo. Si cruzáis vuestra puerta como si fuerais de paseo, sois un blanco apetecible y merecéis que os acierten. Con más de un paralizador.
Ender Wiggins hizo una. pausa y echó un vistazo al grupo. La mayoría lo miraba nerviosamente. Algunos entendían. Otros se mostraban huraños y hostiles.
Era su primer día con este ejército de novatos, y Ender había olvidado lo pequeños que podían ser los nuevos. Él llevaba tres años en aquello, los novatos sólo seis meses. Ninguno tenía más de nueve años de edad. Pero eran suyos. A los once, le faltaba medio año para ser comandante. Había tenido su propio pelotón y conocía algunos trucos, pero había cuarenta en su nuevo ejército. Novatos. Tiradores de primera, o no estarían allí, pero eso no significaba que no pudieran liquidarlos en su primer combate.
-Recordad -continuó-, no pueden veros hasta que crucéis esa puerta. Pero en cuanto salgáis, os atacarán. Así que atravesad la puerta como querréis estar cuando os disparen. Las piernas abajo, bajando en línea recta. -Señaló a un chico huraño que parecía tener sólo siete años, el más pequeño de todos-. ¿Dónde está abajo, novato?
-Hacia la puerta enemiga. -La respuesta fue rápida. También fue hostil, como si dijera: «Vale, vale, ahora vayamos al grano».
-¿Tu nombre, hijo?
-Bean.
-¿Te lo pusieron por el tamaño de tu cerebro?
Bean no respondió. Los demás rieron un poco. Ender había escogido bien. Ese chico era menor que los demás, debía de estar avanzado porque era sagaz y listo. Los demás no le tenían gran simpatía y se alegraban de que lo humillaran un poco. Tal como su primer comandante había humillado a Ender.
-Bien, Bean, eres avispado. Ahora escuchad me: nadie cruzará esa puerta sin gran riesgo de recibir un disparo. A muchos os transformarán en cemento en alguna parte. Procurad que sean las piernas. ¿Entendido? Si sólo os dan en las piernas, sólo os anulan las piernas, y en gravedad cero eso no constituye un problema, -Ender se volvió hacia uno de los más azorados-. ¿Para qué sirven las piernas, eh?
Desconcierto. Confusión. Tartamudeo.
-Olvídalo. Supongo que tendré que preguntárselo a Bean.
-Las piernas sirven para impulsarse desde las paredes. -Aún aburrido.
-Gracias, Bean. ¿Habéis entendido eso? -Todos lo entendieron, y no les gustó que fuera Bean quien lo explicara-. En efecto. No podéis ver con las piernas, no podéis disparar con las piernas, y en general son un estorbo. Si os las paralizan cuando están estiradas os transformáis en blanco fácil. Imposible ocultarse. Entonces, ¿cómo van las piernas?
Unos pocos respondieron esta vez, para demostrar que Bean no era el único que sabía algo.
-Debajo del cuerpo. Plegadas. -Correcto. Un escudo. Vais arrodillados en un escudo, y el escudo son vuestras piernas. y los trajes tienen algún secretillo. Aunque os congelen las piernas, podéis patear para impulsaros. Aún no he visto a nadie que !o consiga, salvo yo... pero todos aprenderéis.
Ender Wiggins conectó el paralizador, que despidió un fulgor verdoso. Se elevó en la gravedad cero de la sala de ejercicios, plegó las piernas debajo del cuerpo como si se arrodillara, y se las congeló. El traje se puso rígido en las rodillas y los tobillos, de modo que no podía moverse.
-Bien, estoy congelado, ¿veis? Flotaba un metro por encima de ellos. Todos !o miraron intrigados. Se inclinó hacia atrás, cogió una agarradera y se aplastó contra la pared.
-Estoy atascado en una pared. Si tuviera piernas, las usaría para saltar como una habichuela, ¿correcto?
Rieron.
-Pero no tengo piernas, y eso es mejor. ¿Entendéis? Por esto. -Ender arqueó la cintura y se estiró violentamente. Atravesó la sala en un santiamén. Desde el otro lado dijo-: ¿Comprendido? No usé las manos, de modo que aún podía disparar mi paralizador, y no tenía piernas que me hicieran más vulnerable. Ahora observad de nuevo.
Repitió la maniobra y cogió una agarradera en la pared más cercana a ellos.
-Ahora bien, no quiero que hagáis eso sólo cuando os congelan las piernas. Quiero que lo hagáis cuando aún tenéis piernas, porque es mejor, y porque nadie se lo espera. De acuerdo. Ahora todos al aire y arrodillados.
La mayoría se elevó en cuestión de segundos. En der congeló a los rezagados, que colgaron en el aire mientras los demás reían.
-Cuando doy una orden, moveos deprisa. ¿Vale? Cuando estemos en la puerta y la desbloqueen, daré órdenes en dos segundos, en cuanto vea la configuración. y cuando dé la orden será mejor que estéis fuera, porque quien salga primero ganará a menos que sea tonto. Yo no lo soy. y espero que vosotros tampoco, o regresaréis a los escuadrones de enseñanza. -Vio que algunos tragaban saliva, y los congelados lo miraron atemorizados-. A ver, los que estáis allí colgados. Atentos.
Os descongelaréis dentro de quince minutos, y veamos si podéis alcanzar a los demás.
Durante media hora Ender los tuvo botando de una pared a otra. Les concedió un descanso cuando vio que habían comprendido la idea. Quizá fueran un buen grupo. Mejorarían.
-Ahora que os habéis calentado el cuerpo, empezaremos a trabajar.
Ender era el último en salir después de las prácticas, pues se quedaba para ayudar a los más lentos a mejorar su técnica. Habían tenido buenos profesores, pero como todos los ejércitos, eran dispares, y algunos podían convertirse en una verdadera molestia en una batalla. La primera batalla podía ser dentro de semanas, o podía ser al día siguiente. Nunca se publicaba un programa. El comandante se despertaba y junto a la linterna encontraba una nota donde figuraba el momento de la batalla y el nombre del oponente. Así que al principio haría trabajar a sus muchachos hasta que estuvieran en óptima forma. Todos dispuestos a cualquier cosa en cualquier momento. La estrategia era importante, pero no valía un bledo si los soldados no soportaban la tensión.
Al doblar la esquina para dirigirse al ala residencial se encontró cara a cara con Bean, el chico de siete años con quien se había ensañado ese día durante la práctica. Problemas. Ender no quería problemas.
-Hola, Bean.
-Hola, Ender. Una pausa.
-Para ti soy «señor» -murmuró Ender. -No estamos de servicio.
-En mi ejército, Bean, siempre estamos de servicio.
Ender siguió de largo. Lo siguió la voz chillona de Bean.
-Sé lo que estás haciendo, Ender, señor, y te prevengo.
Ender se volvió lentamente para mirarlo.
-¿Me previenes?
-Soy lo mejor que tienes. Pero te conviene tratarme como tal.
-¿O qué? -Ender sonrió amenazadoramente. -o seré lo peor que tienes. Una cosa o la otra. -¿y qué quieres? ¿Amor y besos? -Ender se estaba enfadando.
Bean no se inmutó.
-Quiero un pelotón.
Ender caminó hacia él y lo miró a los ojos.
-Daré un pelotón a quienes demuestren su valía. Deben ser buenos soldados, deben saber acatar las órdenes, deben ser capaces de tener iniciativa en un momento conflictivo y deben ser respetuosos. Así fue como llegué a comandante. Así es como llegarás a jefe de pelotón. ¿Entiendes?
Bean sonrió.
-Es justo. Si de verdad trabajas así, seré jefe de pelotón en poco menos de un mes.
Ender le cogió la pechera del uniforme y lo aplastó con fuerza contra la pared.
-Cuando digo que trabajo de tal modo, Bean, es porque trabajo tal como digo.
Bean se limitó a sonreír. Ender lo soltó y se alejó sin mirar atrás. Estaba seguro de que Bean lo seguía con la mirada, sonriendo con desdén. Tal vez fuera buen jefe de pelotón. Ender lo vigilaría.
El capitán Graff, un metro sesenta y un poco rechoncho, se acarició la barriga retrepándose en la silla. Del otro lado del escritorio estaba sentado el teniente Anderson, quien señalaba puntuaciones elevadas en un gráfico.
-Aquí tiene, capitán. Ender ya les está enseñando una táctica que desconcertará a quien los enfrente. Duplica su velocidad.
Graff asintió.
-y usted conoce la puntuación de sus exámenes. También sabe pensar.
Graff sonrió.
-Es verdad, Anderson, es un buen estudiante. Muy prometedor.
Aguardaron.
Graff suspiró.
-¿Pues qué quiere que haga?
-Ender es el indicado. Tiene que serlo.
-No estará preparado a tiempo, teniente. Tiene once años, por amor del cielo. ¿Qué quiere usted, un milagro?
-Quiero que participe en batallas, todos los días
a partir de mañana. Quiero que tenga todas las batallas de un año en un solo mes.
Graff sacudió la cabeza.
-Su ejército iría a parar al hospital.
-No, señor. Los está poniendo en forma. y necesitamos a Ender.
-Corrección, teniente: necesitamos a alguien. Usted cree que es Ender.
-De acuerdo, yo creo que es Ender. ¿Cuál de los comandantes, si no él?
-No lo sé, teniente. -Graff se acarició el vello de la calva-. Son niños, Anderson. ¿No lo comprende? El ejército de Ender tiene nueve años. ¿Los vamos a enfrentar con los mayores? ¿Vamos a someterlos a un infierno durante un mes?
El teniente Anderson se inclinó sobre el escritorio de Graff.
-¡Las puntuaciones de los tests de Ender, capitán! -¡He visto sus malditas puntuaciones! Le he observado en batalla, he escuchado grabaciones de sus sesiones de entrenamiento, he observado sus patrones oníricos, he oído citas de sus conversaciones en los corredores y los lavabos. ¡Puede decirse que estoy hasta la coronilla de Ender Wiggins! y contra todos los argumentos, contra sus innegables cualidades, sopeso una sola cosa. Imagino a Ender dentro de un año, si usted se sale con la suya. Lo veo totalmente inutilizado, agotado, fracasado, porque le habrán exigido más de lo que nadie podía rendir. Pero eso no cuenta, ¿verdad, teniente? Porque hay una guerra, y hemos perdido a nuestro hombre más brillante, y las mayores batallas nos están esperando. Así que déle a Ender una batalla por día esta semana. y luego presénteme un informe.
Anderson se levantó y se cuadró.
-Gracias, señor.
Casi había llegado a la puerta cuando Graff lo llamó por el nombre. Dio media vuelta.
-Anderson -dijo el capitán Graff-, ¿ha salido últimamente?
-No desde mi último permiso, hace seis meses.
-Ya me lo parecía. No porque cambie mucho las cosas. ¿Pero ha estado en Beaman Park, aquí en la ciudad? Un hermoso parque. Árboles. Hierba. Sin gravedad cero, sin batallas, sin preocupaciones. ¿Sabe qué más hay en Beaman Park?
-¿Qué, señor? -Niños.
-Niños, claro -dijo Anderson.
-Quiero decir niños de verdad. Chicos que se levantan por la mañana cuando los llaman sus mamás, y van a la escuela, y por la tarde van a jugar a Beaman Park. Son felices, sonríen bastante, se ríen, se divierten.
-No lo dudo, señor.
-¿Es todo lo que puede decir, Anderson?
Anderson carraspeó.
-Es bueno que los niños se diviertan, señor. Sé que me divertía cuando era niño. Pero ahora el mundo necesita soldados. Y éste es el modo de conseguirlos.
Graff asintió y cerró los ojos.
-Oh, claro, usted tiene razón según las pruebas estadísticas y todas las teorías importantes, y desde luego son atinadas y el sistema es correcto, pero aun así Ender es más viejo que yo. No es un niño. Apenas es una persona.
-Si eso es verdad, señor, al menos sabemos que Ender está posibilitando que otros de su edad jueguen en el parque
-Y Jesús murió para salvar a todos los hombres. -Graff se levantó y miró a Anderson con tristeza-. Pero nosotros, Anderson, nosotros somos los que clavamos los clavos.
Ender Wiggins se tendió en la cama mirando el techo. Nunca dormía más de cinco horas por noche, pero las luces se apagaban a las 22.00 y no se encendían hasta las 06.00. Así que miraba el techo y pensaba.
Hacía tres semanas y media que tenía su ejército. El Ejército Dragón. El nombre era impuesto, y no era afortunado. Oh, los gráficos decían que nueve años atrás un Ejército Dragón se las había arreglado bastante bien. Pero en los seis años siguientes había sido el nombre de ejércitos inferiores, y al fin, como el nombre provocaba un temor supersticioso, el Ejército Dragón se había retirado. Hasta ahora. y ahora, pensó Ender con una sonrisa, el Ejército Dragón los cogerá por sorpresa.
La puerta se abrió en silencio. Ender no volvió la cabeza. Alguien entró con sigilo en la habitación y se marchó cerrando la puerta. Cuando los suaves pasos se alejaron, Ender rodó en la litera y vio un papel blanco en el suelo. Lo recogió. -Ejército Dragón contra Ejército Conejo, Ender Wiggins y Cam Carby, 07.00.
La primera batalla. Ender se levantó y se vistió de prisa. Fue a la habitación de sus jefes de pelotón y les ordenó que despertaran a sus muchachos. Cinco minutos después estaban reunidos en el pasillo, soñolientos y remolones. Ender habló con voz suave.
-Primera batalla a las 07.00, contra el Ejército Conejo. Combatí contra ellos en dos ocasiones, pero tienen un nuevo comandante. No he oído hablar de él. Son un grupo mayor y conozco algunos de sus trucos. Ahora a despertarse. A la carrera, calentamiento en sala tres.
Durante una hora y media se ejercitaron, con tres batallas simuladas y calistenia en el pasillo, sin gravedad cero. Luego permanecieron quince minutos en el aire, relajándose en la falta de peso. A las 06.50 Ender los despertó y entraron deprisa en el corredor. Ender los condujo pasillo abajo, de nuevo a la carrera, dando algún
que otro salto para tocar un panel de luz del techo. Todos los chicos tocaban el mismo panel. Ya las 06.58 llegaron a la puerta de la sala de batalla.
Los integrantes de los pelotones C y D cogieron las primeras ocho agarraderas del techo del corredor. Los pelotones A, B y E se agazaparon en el suelo. Ender enganchó los pies en dos agarraderas del medio del techo, para estar fuera del paso de todos.
-¿Dónde está la puerta del enemigo ? -susurró.
-¡Abajo! -respondieron riendo.
-Conectad los paralizadores. -Las cajas que empuñaban se pusieron verdes. Aguardaron unos segundos, y luego la pared gris que tenían enfrente desapareció y la sala de batalla se hizo visible.
Ender la evaluó de inmediato. La familiar cuadrícula abierta de la mayoría de los primeros juegos -como las barras donde los niños se colgaban en el parque-, con siete u ocho casillas desperdigadas en la cuadrícula. Llamaban estrellas a las casillas. Había bastantes, y en bastantes posiciones de vanguardia, como para que valiera la pena ocuparlas. Ender decidió esto en un segundo.
-Ocupad las estrellas cercanas -ordenó-. Pelotón E, aguardad.
Los cuatro grupos de los rincones se zambulleron por el campo de fuerza de la puerta y cayeron en la sala de batalla. Antes de que el enemigo apareciera por la puerta de enfrente, el ejército de Ender se había desplegado desde la puerta hasta las estrellas más cercanas. Los soldados enemigos cruzaron la puerta. Por su postura, Ender comprendió que habían estado en otra gravedad, y no sabían lo suficiente para reorientarse. Pasaron erguidos, sus cuerpos enteros extendidos e indefensos.
- ¡Matadlos, E! –ordenó Ender, y salió por la puerta con las rodillas por delante, disparando con el paralizador entre las piernas. Mientras el grupo de Ender volaba por la sala, el resto del Ejercito Dragón disparó para protegerlo, de modo que el grupo E llegó a una posición de vanguardia con un solo chico totalmente congelado, aunque todos habían perdido el uso de las piernas, lo cual no les entorpecía en absoluto. Hubo una pausa mientras Ender y su oponente, Carn Carby, evaluaban sus posiciones. Aparte de las perdidas del Ejército Conejo en la puerta, se habían producido pocas bajas, y ambos ejércitos gozaban de la casi totalidad de sus fuerzas. Pero Carn no tenía originalidad. Recurría a un despliegue en cuatro esquinas que se le habría ocurrido a cualquier pequeñín de cinco años. Y Ender sabía como derrotarlo.
Ordenó en voz alta:
-E cubre a A, C abajo, B yD a la pared este.
Protegidos por el pelotón E, B y D se alejaron de sus estrellas. Mientras aún estaban expuestos, A y C abandonaron sus estrellas y flotaron hacia la pared
cercana. Llegaron juntos, y juntos rebotaron en la pared. Aparecieron detrás de las estrellas enemigas al doble de la velocidad normal, y abrieron fuego. La batalla terminó en cuestión de pocos segundos, con el enemigo casi totalmente congelado, el comandante incluido, y el resto desperdigado en las esquinas. En los cinco minutos siguientes, en escuadrones de cuatro, el Ejército Dragón limpió los rincones oscuros de la sala de batalla y empujó al enemigo al centro, donde sus cuerpos, congelados en posturas absurdas, quedaron amontonados. Ender llevó a tres de sus chicos a la puerta enemiga y cumplió la formalidad de revertir el campo unidireccional tocando simultáneamente todas las esquinas con cascos del Ejército Dragón. Luego reunió a su ejército en hileras verticales cerca del amontonamiento de soldados paralizados del Ejército Conejo.
Sólo tres soldados del Ejército Dragón estaban inmovilizados. Su margen de victoria -38 a 0- era ridículamente alto, y Ender se echó a reír. El Ejército Dragón compartió las carcajadas. Aún reían cuando el teniente Anderson y el teniente Morris entraron por la puerta de profesores del extremo sur de la sala de batalla.
El teniente Anderson adoptó un semblante adusto, pero Ender le vio guiñar el ojo cuando extendió la mano para manifestarle las rígidas y formales felicitaciones que se ofrecían al vencedor del juego.
Morris encontró a Cam Carby y lo descongeló, y el chico de trece años se presentó ante Ender, quien rió sin malicia y le tendió la mano. Carn la estrechó grácilmente e inclinó la cabeza. De lo contrario lo congelarían de nuevo.
El teniente Anderson despidió al Ejército Dragón, que se marchó en silencio por la puerta enemiga, otra parte del ritual. Una luz parpadeaba en el lado norte de la puerta cuadrada, indicando dónde estaba la gravedad en ese corredor. Ender, a la cabeza de sus soldados, cambió de orientación, atravesó el campo de fuerza y cayó de pie en la gravedad. Su ejército lo siguió a la carrera hasta la sala de ejercicios. Cuando llegaron allí se formaron en escuadrones, y Ender colgó en el aire, observándolos.
-Una buena primera batalla -dijo, lo cual fue excusa suficiente para una ovación. Ender los acalló-. El Ejército Dragón supo enfrentarse a los Conejos. Pero el enemigo no siempre será tan torpe. y si hubiera sido un buen ejército, nos habrían triturado. Habríamos vencido, pero nos habrían triturado. Veamos, los pelotones B y D. Dejasteis las estrellas con demasiada lentitud. Si el Ejército Conejo hubiese sabido apuntar con un paralizador, os habrían congelado antes de que A y C llegaran a la pared.
Hicieron ejercicios el resto del día. Esa noche Ender fue por primera vez al comedor de comandantes. Nadie podía ir allí hasta haber ganado la primera batalla, y Ender era el comandante más joven que lo había logrado. No se produjo un gran revuelo cuando entró. Sin embargo, algunos niños le clavaron los ojos cuando vieron el Dragón que lucía en el bolsillo del pecho, y cuando cogió su bandeja y se sentó a una mesa vacía, todo el comedor guardaba silencio. Los demás comandantes lo observaban. Intimidado, Ender se preguntó cómo lo sabían, y por qué demostraban tanta hostilidad.
Entonces miró encima de la puerta por donde había entrado. Había una gran pizarra en la pared. Mostraba los antecedentes del comandante de cada ejército: las batallas de ese día estaban iluminadas en rojo. Sólo cuatro. Los otros tres vencedores habían ganado a duras penas. Los mejores sólo tenían dos hombres enteros y once efectivos móviles al final del juego. La puntuación de treinta y ocho efectivos móviles del Ejércjto Dragón era embarazosamente superior.
Otros nuevos comandantes habían sido acogidos en el comedor de comandantes con hurras y felicitaciones. Otros nuevos comandantes no habían ganado treinta y ocho a cero.
Ender buscó el Ejército Conejo en la pizarra. Se sorprendió al ver que la puntuación de Carn Carby hasta la fecha totalizaba ocho victorias y tres derrotas. ¿Tan bueno era? ¿O sólo había peleado contra ejércitos inferiores? De un modo u otro, aún había un cero en las columnas de móviles y enteros de Carn, y Ender no pudo contener una sonrisa. Nadie respondió a esa sonrisa, y Ender supo que le temían, lo cual significaba que le odiarían, lo cual significaba que quien entrara en batalla contra el Ejército Dragón estaría asustado y furioso y sería menos competente. Ender buscó a Carn Carby en el gentío y lo encontró a poca distancia. Miró fijamente a Carby hasta que otro de los chicos codeó al comandante Conejo y señaló a Ender. Ender sonrió de nuevo y agitó la mano. Carby se ruborizó y Ender, satisfecho, se puso a comer su cena.
Al final de esa semana el Ejército Dragón había librado siete batallas en siete días. La puntuación era de 7 victorias y O derrotas. Ender nunca tuvo más de cinco congelados en cualquiera de los juegos. Los demás comandantes ya no podían ignorar a Ender. Algunos se sentaban con él y departían sobre estrategias de juego que habían usado los oponentes de Ender. Grupos más numerosos hablaban con los comandantes derrotados, tratando de averiguar qué había hecho Ender para vencerlos. En medio de la comida se abrió la puerta de profesores y los grupos callaron mientras el teniente Andersqn entraba y echaba un vistazo. Cuando localizó a Ender, atravesó el comedor y le susurró algo al oído. Ender asintió, terminó su vaso de agua y se marchó con el teniente. Al salir, Anderson entregó un papel a uno de los muchachos. La algarabía de la conversación llenó el comedor cuando Anderson y Ender se marcharon.
Ender atravesó corredores que jamás había visto. No emitían el fulgor azul de los pasillos de soldados. La mayoría tenían paneles de madera y suelos enmoquetados. Las puertas eran de madera, con placas de identificación, y se detuvieron ante una que decía «Capitán Graff, supervisor». Anderson llamó suavemente.
-Entre -murmuró una voz.
Entraron. El capitán Graff estaba sentado detrás de un escritorio, las manos entrelazadas sobre la barriga. Asintió, y Anderson se sentó. Ender también se sentó. Graff carraspeó y luego habló.
-Siete días desde tu primera batalla, Ender. Ender no respondió.
-Has ganado siete batallas, una cada día. Ender asintió.
-y con puntuaciones inusitadamente altas. Ender parpadeó.
-¿Por qué? -preguntó Graff.
Ender miró a Anderson y le habló al capitán.
-Dos tácticas nuevas, señor. Las piernas plegadas como un escudo, de modo que el rayo no inmoviliza. Arquearse para rebotar en las paredes. Estrategia superior, como nos enseñó el teniente Anderson. Pensar en lugares, no en espacios. Cinco pelotones de ocho en vez de cuatro de diez. Contrincantes incompetentes. Excelentes jefes de pelotón, buenos soldados.
Graff miró a Ender inexpresivo. ¿Esperando qué? , se preguntó Ender. El teniente Anderson intervino.
-Ender, ¿en qué estado se halla tu ejército?
¿Esperaban que pidiera un relevo? Ni soñarlo.
-Un poco cansado, en óptimas condiciones, moral elevada, aprendizaje rápido. Aguardan con impaciencia la próxima batalla.
Anderson miró a Graff. Graff se encogió de hombros y se volvió hacia Ender.
-¿Hay algo que desees saber?
Ender se apoyó las manos en las piernas.
-¿Cuándo nos enfrentamos a un buen ejército? .
Graff soltó una sonora carcajada y le entregó un papel.
-Ahora -dijo.
Ender leyó el papel: «Ejército Dragón contra Ejército Leopardo, Ender Wiggins y Pol Slattery, 20.00.». Miró al capitán Graff.
-Eso es dentro de diez minutos, señor. Graff sonrió.
-Pues será mejor que te des prisa, hijo. Al marcharse, Ender comprendió que Pol Slattery era el chico a quien le habían entregado una orden cuando él salió del comedor.
Reunió a su ejército cinco minutos después. Tres jefes de pelotón ya se habían acostado. Los envió a toda prisa a reunir a sus pelotones, y él mismo recogió los trajes. Cuando todos los chicos estuvieron reunidos en el pasillo, la mayoría aún vistiéndose, Ender les habló.
-Ésta es difícil y no hay tiempo. Llegaremos tarde a la puerta, y el enemigo estará desplegado fuera de nuestra puerta. Es una emboscada, y jamás había oído que
esto sucediera. Así que nos tomaremos nuestro tiempo en la puerta. Pelotones A y B, cinturones flojos, y entregad los paralizadores a los jefes y segundos de los demás pelotones.
Desconcertados, sus soldados obedecieron. Ya estaban todos vestidos, y Ender los condujo al trote hasta la puerta. Cuando llegaron, el campo de fuerza ya estaba en unidireccional, y algunos de sus soldados jadeaban, Ese día habían tenido una batalla y ejercicios intensos. Estaban fatigados.
Ender se detuvo en la entrada y miró la posición de los soldados enemigos. Algunos estaban agrupados a menos de diez metros de la puerta. No había cuadrícula ni estrellas. Un gran espacio vacío. ¿Dónde estaban la mayoría de los enemigos? Tendría que haber una treintena o más.
-Están aplastados contra esta pared -dijo Ender-, donde no podemos verlos.
Ordenó a los pelotones A y B que se arrodillaran con las manos contra las caderas. Luego los congeló.
-Sois escudos -dijo Ender, y ordenó a los pelotones C y D que se arrodillaran y engancharan ambos brazos bajo el cinturón de los chicos congelados.. Cada cual empuñaba dos paralizadores. Ender y los miembros del pelotón E cogieron a los dúos, de tres en tres, y los arrojaron por la puerta.
El enemigo abrió fuego de inmediato. Pero acertaron ante todo a los que ya estaban congelados, y en pocos instantes la sala de batalla fue un caos. Todos los soldados del Ejército Leopardo eran blancos fáciles, pues estaban aplastados contra la pared o flotaban sin protección en medio de la sala; y los soldados de Ender, armados con dos paralizadores cada uno, les acertaban sin dificultad. Pol Slattery reaccionó rápidamente y ordenó a su gente que se alejara de la pared, pero ya era tarde: sólo algunos lograron moverse, y fueron congelados antes de cobrar una distancia prudencial.
Cuando terminó la batalla, el Ejército Dragón tenía sólo doce chicos enteros, la puntuación más baja que habían logrado. Pero Ender estaba satisfecho y durante el ritual de la rendición PoI Slattery faltó a las formalidades estrechándole la mano y preguntando:
-¿Por qué esperaste tanto tiempo para salir de la puerta?
Ender miró de soslayo a Anderson, quien flotaba en las cercanías.
-Me informaron tarde -dijo-. Me tendieron una emboscada.
Slattery sonrió y le estrechó la mano una vez más.
-Buen juego.
Ender no sonrió a Anderson esta vez. Sabía que ahora organizarían los juegos contra él, aumentando las dificultades. No le complacía.
.Eran las 21.50, casi hora de apagar las luces, cuando Ender llamó a la puerta de la habitación que compartían Bean y otros tres soldados. Uno de los otros entreabrió la puerta, retrocedió, la abrió de par en par. Ender titubeó, preguntó si podía entrar. Respondieron que sí, por supuesto, y se dirigió a la litera superior, donde Bean había dejado su libro y se apoyaba en un codo para mirar a Ender.
-Bean, ¿puedes concederme veinte minutos?
-Ya apagan las luces --objetó Bean.
-En mi habitación. Yo te cubriré.
Bean se incorporó y bajó de la litera. Él y Ender atravesaron sigilosamente el corredor. Ender entró primero, y luego cerró la puerta de su habitación.
-Siéntate -dijo, y ambos se sentaron en el borde de la cama, mirándose-. ¿Recuerdas lo que dijiste hace cuatro semanas, Bean? ¿Que querías ser jefe de pelotón ?
-Sí.
-He nombrado a cinco jefes desde entonces, ¿verdad? Pero tú no figurabas entre ellos.
Bean lo miró con calma.
-¿Estuve acertado? -preguntó Ender.
-Sí, señor -respondió Bean. Ender asintió.
-¿Cómo te ha ido en estas batallas? Bean ladeó la cabeza.
-Nunca me han inmovilizado, señor, y he inmovilizado a cuarenta y tres enemigos. He obedecido las órdenes rápidamente, y estuve al mando de un escuadrón de limpieza y jamás tuve una baja.
-Entonces lo comprenderás. -Ender hizo una pausa, decidió recapitular y decir otra cosa antes-. Sabes que eres precoz, Bean. Vas medio año adelantado. A mí también me sucedió, y me nombraron comandante con seis meses de antelación. Ahora me ponen en batalla al cabo de sólo tres semanas de entrenarme con mi ejército. Me han dado ocho batallas en siete días. Ya he tenido más batallas que algunos chicos a quienes nombraron comandantes hace cuatro meses. He ganado más batallas que muchos de los que son comandantes hace un año. Y ahora lo de esta noche. Tú sabes qué ha sucedido esta noche.
Bean asintió.
-Te avisaron tarde.
-No sé qué están haciendo los profesores. Pero mi ejército se está cansando, y yo también, y ahora cambian las reglas del juego. Verás, Bean, he consultado los viejos gráficos. Nadie destruyó jamás tantos enemigos ni conservó tantos soldados enteros en toda la historia del juego. Soy único... y estoy recibiendo un tratamiento único.
Bean sonrió.
-Eres el mejor, Ender.
Ender sacudió la cabeza.
-Quizá. Pero no tengo los efectivos que tengo por casualidad. Mi peor soldado podría ser jefe de pelotón en otro ejército. Tengo lo mejorcito. Han jugado a mi favor... y ahora juegan en mi contra. Ignoro por qué. Pero sé que tengo que estar preparado. Necesito tu ayuda.
-¿Por qué la mía?
-Porque aunque hay algunos soldados mejores que tú en el Ejército Dragón (no muchos, pero algunos), no hay nadie que piense mejor y con mayor rapidez.
Bean calló. Ambos sabían que era verdad.
-Necesito estar preparado -continuó Ender-, pero no puedo entrenar de nuevo a todo el ejército. Así que quitaré un hombre a cada pelotón, contigo incluido. Con otros cuatro, formaréis un escuadrón especial a mi mando. y aprenderás algunas cosas nuevas. En general estarás en los pelotones comunes, como ahora. Pero cuando te necesite... ¿Entiendes? ! Bean sonrió y asintió.
-De acuerdo, me parece bien. ¿Puedo escogerlos personalmente?
-Uno de cada pelotón excepto del tuyo, y puedes seleccionar jefes de pelotón.
-¿ Qué quieres que hagamos ? -No sé, Bean, pues no sé con qué nos sorprenderán. ¿Qué harías si nuestros paralizadores no funcionaran, y los enemigos sí? ¿ Qué harías si tuviéramos que vérnoslas con dos ejércitos al mismo tiempo? Hasta puede haber un juego donde ni siquiera importe la puntuación. Sólo buscar la puerta del enemigo. Es el momento en que la batalla se gana técnicamente... cuatro cascos en las esquinas de la puerta. Quiero que estés preparado para ello en cuanto te lo pida. ¿Comprendes? Ejercítalos dos horas al día durante la gimna sia normal. Luego, tú y yo y tus soldados trabajaremos de noche, después de la cena.
-Nos cansaremos.
-Presiento que no sabemos lo que es cansarse. -Ender estrechó la mano de Bean con fuerza-. Aunque nos tiendan una trampa, Bean, ganaremos.
Bean se marchó en silencio y atravesó el pasillo con sigilo.
El Ejército Dragón no era el único que hacía ejercicios después de hora. Los demás comandantes habían comprendido que tenían que ponerse al día. Desde la madrugada hasta la noche los soldados del Centro de Entrenamiento y Mando, ninguno de ellos con más de catorce años, aprendían a arquearse para rebotar en las paredes y usar a los demás como escudos vivientes.
Pero mientras otros comandantes dominaban las técnicas que Ender había usado para derrotarlos, Ender y Bean buscaban soluciones a problemas que aún no se habían presentado.
Todavía había batallas todos los días, pero por un tiempo fueron normales, con cuadrículas, estrellas y súbitas zambullidas por la puerta. y después de las batallas, Ender, Bean y cuatro soldados más se separaban del grupo principal para practicar extrañas maniobras. Ataques sin paralizadores, usando los pies para desarmar o desorientar al enemigo. Uso de cuatro soldados congelados para revertir el campo de la puerta enemiga en menos de dos segundos. y un día Bean asistió a los ejercicios con una cuerda de trescientos metros.
-¿Para qué es eso?
-Aún no lo sé. -Bean enrolló distraídamente un extremo de la cuerda. Tenía apenas tres milímetros de grosor, pero podría haber izado a diez adultos sin romperse.
-¿Dónde la has conseguido?
-En la cooperativa militar. Me preguntaron para qué la quería. Dije que para practicar nudos.
Bean hizo un nudo en un extremo de la cuerda y se la deslizó sobre los hombros.
-Vosotros dos, aferraos a esta pared. No soltéis la cuerda. Dejad flojos cincuenta metros.
Obedecieron, y Bean se alejó tres metros por la pared. En cuanto ellos estuvieron dispuestos, rebotó en la pared y voló cincuenta metros en línea recta. La cuerda se tensó. Era tan delgada que resultaba casi invisible, pero era tan fuerte, que obligó a Bean a virar casi en ángulo recto. Fue tan repentino que trazó un arco perfecto y chocó contra la pared antes de que los demás entendieran qué había sucedido. Bean rebotó perfectamente y regresó al lugar donde aguardaban Ender y los demás.
Muchos soldados de los cinco escuadrones convencionales no habían reparado en la cuerda, y preguntaron cómo se hacía. Era imposible cambiar tan repentinamente de rumbo en gravedad cero. Bean se echó a reír.
-¡Esperad al próximo juego sin cuadrícula! Ni siquiera sabrán qué les pasó.
En efecto, no lo supieron. El siguiente juego fue sólo dos horas después, pero Bean y otros dos habían adquirido destreza para apuntar y disparar mientras volaban raudamente en el extremo de la cuerda. Les entregaron el papel, y el Ejército
Dragón trotó hacia la puerta para batallar con el Ejército Grifo. Bean enrolló toda la cuerda.
Cuando abrieron la puerta, sólo había una gran estrella opaca a cinco metros de distancia, que les im- pedía ver la puerta enemiga.
Ender no titubeó.
-Bean, usa quince metros de cuerda y rodea la estrella.
Bean y sus cuatro soldados atravesaron la puerta y al instante Bean se lanzó hacia el flanco de la estrella. La cuerda se tensó y Bean voló hacia adelante. A medida que cada borde de la estrella detenía la cuerda, el arco se estrechaba y la velocidad aumentaba, hasta que chocó contra la pared a poca distancia de la puerta, y apenas pudo dominar el rebote para terminar detrás de la estrella. Pero al instante movió brazos y piernas para anunciar a quienes aguardaban junto a la puerta que el enemigo no lo había paralizado.
Ender cruzó la puerta y Bean le informó rápidamente cómo estaba desplegado el Ejército Grifo.
-Tienen dos cuadrados de estrellas alrededor de la puerta. Todos sus soldados están cubiertos, y no hay modo de acertarle a ninguno hasta que lleguemos a la pared del fondo. Incluso con escudos tendríamos tantas bajas que no podríamos vencer.
-¿Se mueven? -preguntó Ender. -¿Tienen que hacerlo?
-Yo lo haría. -Ender caviló un instante-. Esto es difícil. Buscaremos la puerta, Bean.
El Ejército Grifo empezó a llamarles. -Eh, ¿hay alguien allí?
-¡Despertad, estamos en guerra!
-¡Queremos participar en la juerga!
Aún estaban gritando cuando el ejército de Ender salió por detrás de la estrella con un escudo de catorce soldados congelados. William Bee, comandante del Ejército Grifo, aguardó con paciencia mientras se acercaba la pantalla protectora. Sus hombres esperaban en los bordes de las estrellas el momento en que se hiciera visible lo que había detrás de las pantallas. A diez metros la pantalla estalló de golpe cuando los soldados que iban detrás la impulsaron hacia el norte. El ímpetu los llevó al sur al doble de velocidad. y en ese instante e] resto del Ejército Dragón salió de detrás de su estrella al otro extremo de la sala. disparando rápidamente
Los chicos de William Bee entraron prontamente en la batalla, pero William Bee estaba más interesado en lo que había quedado atrás al desaparecer el escudo. Una formación de cuatro soldados congelados del Ejército Dragón se movía deprisa hacia la puerta del Ejército Grifo, unida por otro soldado congelado que llevaba
los pies y las manos enganchados en los cinturones. Un sexto soldado iba colgado de su cintura y flameaba detrás como la cola de una cometa El Ejército Grifo ganaba la batalla rápidamente, y William Bee se concentró en la formación que se aproximaba a la puerta De pronto, el soldado que flameaba detrás se movió. ¡No estaba congelado! y aunque William Bee lo paralizó de inmediato, el daño estaba hecho. La formación enfiló hacia la puerta del Ejército Grifo, y sus cascos tocaron las cuatro esquinas simultáneamente Sonó una alarma, la carga se invirtió y el soldado congelado situado en el centro atravesó la puerta llevado por su impulso Todos los paralizadores dejaron de funcionar y el juego terminó
La puerta de profesores se abrió y entró el teniente Anderson Al llegar al centro de la sala de batalla se detuvo con un ademán
-Ender -llamó, rompiendo el protocolo Uno de los soldados Dragones congelados cerca de la pared trató de llamar, pero tenía las mandíbulas inmovilizadas por el traje. Anderson fue flotando hasta él y lo descongeló.
Ender sonreía.
-Le derroté de nuevo, señor. Anderson no sonreía.
-Pamplinas, Ender. Tu batalla era con William Bee, del Ejército Grifo.
Ender enarcó las cejas.
-Después de esta maniobra -dijo Anderson-, se cambiarán las reglas. Es imprescindible que todos los soldados enemigos estén inmovilizados antes de revertir la puerta.
-De acuerdo -dijo Ender-. De todos modos sólo podía funcionar una vez. -Anderson asintió, y ya iba a marcharse cuando Ender continuó-: ¿No habrá una nueva regla para que los ejércitos puedan pelear con igualdad de oportunidades?
Anderson dio media vuelta.
-Si tú estás en uno de los ejércitos, Ender, no puede haber igualdad, estés donde estés.
William Bee contó atentamente y se preguntó cómo demonios había perdido cuando ninguno de sus soldados estaba paralizado y Ender sólo tenía cuatro efectivos móviles.
Esa noche, cuando Ender entró en el comedor de comandantes, lo saludaron con aplausos y ovaciones, y su mesa estaba rodeada de comandantes respetuosos, muchos de ellos dos o tres años mayores que él. Ender se mostró afable, pero mientras comía se preguntó qué tramarían los profesores para la siguiente batalla. No tenía por qué preocuparse. Sus dos próximas batallas fueron victorias fáciles, y después de eso no volvió a visitar la sala de batalla.
Eran las 21.00 y Ender se irritó un poco cuando llamaron a su puerta. Su ejército estaba exhausto, y había ordenado a todos que se acostaran después de las 20.30. Los últimos dos días habían sido batallas normales, y Ender esperaba lo peor por la mañana.
Era Bean. Entró tímidamente y se cuadró.
Ender devolvió el saludo militar y rezongó:
-Bean, he ordenado que todos se acostaran.
Bean asintió pero no se fue. Ender pensó en ordenarle que se marchara, pero por primera vez en semanas cayó en la cuenta de que Bean era sólo un chiquillo. Había cumplido ocho años la semana anterior, aún era menudo y... No, pensó Ender. No era un chiquillo. Nadie lo era. Bean había estado en batalla, y había actuado y vencido cuando un ejército entero dependía de él. y aunque era menudo, Ender ya nunca lo consideraría un chiquillo.
Ender se encogió de hombros y Bean entró y se sentó en el borde de la cama. Se miró las manos un rato, hasta que Ender se impacientó.
-Bien, ¿qué ocurre?
-Me transfieren. He recibido las órdenes hace unos minutos.
Ender cerró los ojos un instante.
-Sabía que se valdrían de una nueva treta. Ahora me sacan... ¿Adónde irás?
-Al Ejército Conejo.
-¿Cómo pueden ponerte con un idiota como Carn Carby?
~Carn se ha licenciado. Escuadrones de soporte.
Ender se sorprendió.
-¿y quién comanda entonces el Ejército Conejo?
Bean extendió las manos con resignación.
-Yo.
Ender asintió y sonrió.
-Claro. A fin de cuentas, tienes sólo cuatro años menos de lo normal.
-No le veo la gracia. No sé qué está pasando. Primero todos los cambios en el juego. y ahora esto. y no soy el único a quien han transferido, Ender. Ren, Peder, Brian, Wins, Younger. Todos son comandantes.
Ender se levantó con furia y caminó hacia la pared.
-¡Todos mis jefes de pelotón! -vociferó, y se volvió hacia Bean-. Si van a disolver mi ejército, Bean, ¿por qué se molestan en nombrarme comandante?
Bean meneó la cabeza.
-No sé. Eres el mejor, Ender. Nadie logró nunca lo que tú has logrado. Diecinueve batallas en quince días, y las ganaste todas, sin importar lo que te hicieran.
-Y ahora tú y los demás sois comandantes. Conocéis todos mis trucos, yo os entrené, ¿y con quién os sustituiré? ¿me dejaran con seis novatos? -Esto apesta, Ender; pero tú sabes que si te dieran cinco enanos inválidos y te armaran con un rollo de papel higiénico, vencerías.
Ambos rieron, y entonces notaron que la puerta estaba abierta.
Entró el teniente Anderson, seguido por el capitán Graff.
-Ender Wiggins -dijo Graff, entrelazándose las manos sobre el vientre.
-Sí, señor -respondió Ender.
-Órdenes.
Anderson le dio un papel. Ender lo leyó deprisa, lo arrugó y se quedó mirando el aire. Al cabo de unos momentos preguntó:
-¿Puedo informar a mi ejército?
-Ya se enterarán -respondió Graff-. Es mejor no hablarles después de las órdenes. Facilita las cosas.
-¿Para ustedes o para mí? -preguntó Ender. No aguardó una respuesta. Se volvió hacia Bean, le estrechó la mano, enfiló hacia la puerta.
-Espera -dijo Bean-. ¿Adónde vas? ¿Escuela Táctica o de Soporte?
--Escuela de Mando -respondió Ender. Se fue y Anderson cerró la puerta.
Escuela de Mando, pensó Bean. Nadie iba a la Escuela de Mando sin haber pasado tres años en Táctica. Pero nadie iba a Táctica sin haber pasado cinco años en la Escuela de Batalla. Ender sólo había estado tres.
El sistema se estaba dislocando. Sin duda, pensó Bean. O algún jerarca estaba perdiendo el juicio, o algo andaba mal en la guerra, la guerra verdadera para la cual los entrenaban. ¿Por qué otra razón alterarían el sistema de entrenamiento permitiendo que alguien (aun tan destacado como Ender) ingresara en la Escuela de Mando? ¿Por qué otra razón un novato de ocho años como Bean comandaría un ejército?
Bean pasó un buen rato haciéndose todas esas preguntas, y al fin se acostó en la cama de Ender y comprendió que nunca lo vería de nuevo.
Sintió ganas de llorar. Pero no lloró. El entrenamiento preescolar le había enseñado a tragarse las emociones. Recordó que su primer maestro, cuando tenía tres años, se habría enfadado al verle los labios trémulos y los ojos llenos de lágrimas.
Bean se sometió a su rutina de relajamiento hasta que se esfumaron las ganas de llorar. Luego se durmió. Tenía la mano cerca de la boca. La apoyaba con vacilación en la almohada, como si Bean no supiera si comerse las uñas o chuparse los dedos. Tenía la
frente arrugada. Respiraba deprisa y ligeramente. Era un soldado. Si alguien le hubiera preguntado qué quieres ser de mayor, no habría entendido la pregunta.
Hay una guerra, decían, y eso justificaba toda la prisa del mundo. Lo decían como consigna y exhibían una tarjeta en cada despacho de venta de billetes, cada control aduanero, y cada puesto de guardia. Así sorteaban todas las filas.
Ender Wiggins viajo de un lugar a otro con tanta prisa que no tuvo tiempo de examinar nada. Pero vio árboles por primera vez. Vio hombres que no vestían uniforme. Vio mujeres. Vio extraños animales que no hablaban, pero que seguían dócilmente a mujeres y niños. Vio maletas y cintas transportadoras y letreros con palabras que jamás había oído. Habría querido preguntar qué significaban, pero la determinación y la autoridad lo rodeaban, encarnados en la persona de cuatro altos oficiales que nunca se hablaban ni le hablaban.
Ender Wiggins era un extraño en el mundo que le entrenaba para defenderse. No recordaba haber salido nunca de la Escuela de Batalla. Sus primeros recuerdos eran pueriles juegos de guerra al mando de un profesor, comidas con otros niños vestidos con el uniforme gris y verde de las fuerzas armadas de su mundo. No sabía que el gris representaba el cielo y el verde representaba los grandes bosques de su planeta. Todo lo que sabía del mundo era por vagas referencias al "afuera".
Y antes de que pudiera entender ni papa del mundo que veía por primera vez, lo encerraron nuevamente en el ámbito castrense, donde nadie tenía que decir «Hay una guerra», porque en el ámbito castrense nadie lo olvidaba ni un solo instante de un solo día. Lo pusieron en una nave espacial y lo enviaron a un gran satélite artificial que giraba en torno del mundo.
La estación espacial se llamaba Escuela de Mando. Allí estaba el ansible.
En su primer día, Ender Wiggins recibió instrucciones sobre el ansible y lo que significaba para la guerra. Significaba que, aunque las naves estelares de las batallas del presente se habían lanzado cien años atrás, los comandantes eran hombres del presente, que usaban el ansible pára enviar mensajes a los ordenadores y los pocos hombres de cada nave. El ansible enviaba las palabras en cuanto se pronunciaban, las órdenes en cuanto se impartían, los planes mientras se libraban las batallas. La luz era lenta como un peatón.
Durante dos meses Ender Wiggins no llegó a conocer a nadie. Trababa conversación con gente anónima que le enseñaba lo que sabía y luego era sustituida por otros profesores. No tuvo tiempo para echar de menos a sus amigos de la Escuela de Batalla. Sólo tenía tiempo para aprender a operar el simulador, que reproducía situaciones de combate como si él tripulara una nave estelar en el centro de la batalla; a comandar naves simuladas en batallas simuladas, manipulando las teclas del simulador e impartiendo órdenes por el ansible; a reconocer al instante cada nave enemiga y las armas que llevaba por los gráficos que mostraba el simulador; a transferir todo lo que había aprendido en las batallas de gravedad cero de la Escuela de Batalla a las batallas entre naves estelares de la Escuela de Mando.
Si antes se tomaban el juego en serio, aquí lo acu ciaban a cada paso, se enfadaban y enfurruñaban cada vez que se olvidaba de algo o cometía un error. Pero trabajó como de costumbre, y aprendió como de costumbre. Al cabo de un tiempo dejó de cometer errores. Usaba el simulador como si fuera parte de sí mismo. Entonces dejaron de preocuparse y le pusieron un maestro.
Maezr Rackham estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas cuando Ender despertó. No dijo nada mientras Ender se levantaba, se duchaba y se vestía, y Ender no se molestó en hacer preguntas. Había aprendido que cuando ocurría algo inusitado, se enteraba antes si esperaba en vez de preguntar.
Maezr aún no había hablado cuando Ender estuvo preparado y se dispuso a salir de la habitación. La puerta no se abrió. Ender se volvió hacia el hombre sentado en el suelo. Maezr era un cuarentón, es decir, el hombre más viejo que Ender hubiera visto de cerca. Sus patillas blancas y negras formaban una sombra más oscura que el pelo cortado a cepillo. Tenía la cara floja y surcos y arrugas en tomo a los ojos. Miró a Ender con indiferencia. Ender volvió hacia la puerta e intentó abrirla de nuevo.
-De acuerdo -dijo, dándose por vencido-. ¿Por qué me han encerrado con llave ?
Maezr siguió mirándolo en silencio. Ender se impacientó.
-Llegaré tarde. Si no debo presentarme hasta más tarde, dígalo y seguiré durmiendo. -Ninguna respuesta-. ¿Es un juego de adivinanzas? -Ninguna respuesta. Ender llegó a la conclusión de que el hombre quería provocarlo, así que realizó un ejercicio de relajación mientras se apoyaba en la puerta, y pronto recobró la calma.
Maezr no apartaba los ojos de Ender. El silencio persistió durante las dos horas siguientes, Maezr observando sin cesar a Ender, Ender tratando de fingir que el hombre no existía. El chico se puso cada vez más nervioso y empezó a caminar de un lado a otro de la habitación.
Una vez, cuando pasó junto a Maezr, el hombre estiró la mano y le empujó la pierna izquierda contra la derecha en medio de un paso. Ender cayó al suelo cuan largo era.
Se levantó con furia. Maezr estaba sentado con calma, las piernas cruzadas, como si no se hubiera movido. Ender se dispuso a luchar. Pero la inmovilidad del otro le impedía atacar, y se preguntó si sólo se había imaginado que el hombre le hubiera hecho caer.
Siguió caminando una hora más, tanteando la puerta de cuando en cuando. Al fin desistió, se quitó el uniforme y se dirigió a la cama.
Cuando se inclinó para retirar la colcha, una mano se le hundió bruscamente entre los muslos y otra mano le aferró el cabello. En un instante estaba cabeza abajo. La rodilla del hombre le aplastaba la cara y los hombros contra el piso, mientras su espalda se arqueaba dolorosamente y los brazos de Maezr le sujetaban las piernas. Ender no podía usar los brazos ni encorvarse para usar las piernas. En menos de dos segundos el viejo había derrotado a Ender Wig- gins.
-De acuerdo -jadeó Ender-. Usted gana. La rodilla de Maezr lo apretó dolorosamente. -¿Desde cuándo debes decirle al enemigo que ha vencido? -murmuró Maezr con voz áspera.
Ender guardó silencio. -Te sorprendí una vez, Ender Wiggins. ¿Por qué no me destruiste de inmediato? ¿Sólo porque te resul té apacible? Me diste la espalda. Estúpido. No has aprendido nada. Nunca has tenido un maestro.
Ender se enfureció.
-He tenido demasiados maestros. ¿Cómo iba a saber que usted resultaría ser un...? -Ender buscó una palabra. Maezr se la sugirió.
-Un enemigo, Ender Wiggins. Soy tu enemigo, el primero que has tenido que ha sido más listo que tú. No hay más maestros que el enemigo, Ender Wiggins. Nadie salvo el enemigo te dirá lo que hará el enemigo. Nadie salvo el enemigo te enseñará a destruir y conquistar. Soy tu enemigo a partir de ahora. A partir de ahora soy tu maestro.
Maezr soltó las piernas de Ender. Como el viejo aún apretaba la cabeza de Ender contra el piso, el chico no pudo usar los brazos para compensar, y las piernas chocaron contra la superficie de plástico con un crujido y un dolor lacerante. Maezr se levantó y dejó que Ender se incorporase.
El chico recogió las piernas con un gruñido de dolor y se quedó a gatas un instante, recobrándose. De golpe tendió el brazo derecho. Maezr se apartó grácilmente y la mano de Ender se cerró en el aire mientras el maestro le lanzaba un puntapié a la barbilla.
La barbilla de Ender ya no estaba allí. Ender estaba tendido de espaldas, girando en el suelo, y durante el momento en que Maezr perdió el equilibrio por el puntapié, el pie de Ender se incrustó en la otra pierna de Maezr. El viejo cayó al suelo hecho un guiñapo.
Lo que parecía un guiñapo era una trampa. Ender no encontraba un brazo ni una pierna que se dejaran aferrar, y mientras tanto le descargaban golpes en la espalda y los brazos. Ender era más menudo, no podía franquear las defensas del viejo. Brincó hacia atrás y se plantó cerca de la puerta. El viejo dejó de patalear y se sentó, cruzó las piernas riendo.
-Esta vez anduvo mejor, muchacho. Pero lento. Tendrás que ser mejor con una flota de lo que eres con el cuerpo, o nadie estará a salvo bajo tu mando. ¿Lección aprendida?
Ender asintió despacio. Maezr sonrió.
-Bien. Entonces nunca libraremos semejante batalla otra vez. El resto con el simulador. Yo programaré tus batallas, yo diseñaré la estrategia de tu enemigo y tú aprenderás a ser rápido y descubrir qué trucos te depara el enemigo. Recuerda, muchacho. A partir de ahora el enemigo es más listo que tú. A partir de ahora el enemigo es más fuerte que tú. A partir de ahora siempre estarás a punto de perder.
Maezr recobró la seriedad.
-Estarás a punto de perder, Ender, pero ganarás. Aprenderás a derrotar al enemigo. Él te enseñará cómo hacerlo.
Maezr se levantó y caminó hacia la puerta. Ender le cedió el paso. Cuando el viejo tocó el picaporte, Ender brincó en el aire y le golpeó la espalda con ambos pies. El impacto fue tan fuerte que Ender rebotó y aterrizó de pie, y Maezr se desplomó con un grito.
Maezr se levantó despacio, aferrando el picaporte, el rostro demudado de dolor. Parecía vencido, pero Ender no se fiaba. Aguardó cautamente. Pero a pesar de su recelo, la celeridad de Maezr lo sorprendió. En un santiamén se encontró en el suelo, cerca de la pared de enfrente, sangrando por la nariz y la boca,, pues había chocado contra la cama. Logró volverse parar ver que Maezr abria la puerta y se marchaba. El viejo cojeaba y caminaba despacio.
Ender sonrió a pesar del dolor,. se tendió de espaldas y rió hasta que la boca se le inundó de sangre y comenzó a ahogarse. Se levantó y fue penosamente hasta la cama. Se acostó y al cabo de unos minutos entró un enfermero que se encargó de sus heridas.
Mientras la droga surtía efecto y Ender se dormía, recordó que Maezr había salido cojeando y rió de nuevo. Aún reía cuando su mente quedó en blanco y el enfermero lo cubrió con la manta y apagó la luz. Durmió hasta que el dolor lo despertó por la mañana. Soñó con derrotar a Maezr.
Al día siguiente Ender fue a la sala del simulador con la nariz vendada y el labio tumefacto. Maezr no
estaba. En cambio, un capitán que ya había trabajado con él le mostró un añadido que había hecho. El capitán señaló un tubo con un rizo en un extremo.
-Radio. Primitivo, sí, pero se curva sobre la oreja y metemos el otro extremo en la boca. Así.
I-Cuidado -advirtió Ender cuando el capitán le pasó un extremo del tubo por el labio hinchado.
-Perdón. Ahora sólo hablas.
-Bien. ¿Con quién?
El capitán sonrió.
-Pregunta y verás.
Ender se encogió de hombros y se volvió hacia el simulador. Una voz le retumbó en el cráneo. Era demasiado resonante para entender, y se arrancó la radio de la oreja.
-¿Trata de dejarme sordo?
El capitán sacudió la cabeza y movió una perilla en una caja que había en una mesa cercana. Ender se colocó la radio.
-Comandante -dijo una voz conocida.
-Sí -respondió Ender.
-¿Instrucciones, señor?
La voz era decididamente conocida.
-¿Bean? -preguntó Ender.
-Sí, señor.
-Bean, habla Ender.
Silencio, y luego una carcajada. Luego seis o siete voces más, riendo, y Ender aguardó a que regresara el silencio.
-¿Quiénes más? -preguntó. Varias voces hablaron al unísono, pero Bean las acalló.
-Aquí Bean, y también Peder, Wins, Younger, Lee y Vlad.
Ender reflexionó un instante. Luego preguntó qué diablos sucedía. Rieron de nuevo.
-No pueden dividir el grupo -dijo Bean-. Fuimos comandantes durante dos semanas, y aquí estamos en la Escuela de Mando, entrenándonos con el simulador,
y de pronto nos dicen que formaríamos una flota con un nuevo comandante. Y ése eres tú.
Ender sonrió.
-¿Sois buenos?
-En caso contrario, ya nos lo dirás.
Ender rió entre dientes.
-Quizá funcione. Una flota.
Durante los próximos diez días Ender entrenó a sus jefes de pelotón hasta que pudieron maniobrar con sus naves con precisión de bailarines. Era como estar de nuevo en la sala de batalla, sólo que ahora Ender siempre lo veía todo, y podía hablar con sus jefes de pelotón y alterar las órdenes en cualquier momento.
Un día, cuando Ender estaba sentado ante el tablero de mando y conectado al simulador, unas crudas luces verdes parpadearon en el espacio: el enemigo.
La hora de la verdad --dijo Ender-. X, Y, bala, C, D, pantalla de reserva, E, rizo sur, Bean, ángulo norte.
El enemigo estaba agrupado en una esfera y les superaba en número por dos a uno. La mitad de la fuerza de Ender estaba agrupada en una formación estrecha, con forma de bala, y el resto en una pantalla circular chata, excepto por una diminuta fuerza al mando de Bean, que se desplazaba fuera del simulador, buscando la retaguardia enemiga. Ender pronto aprendió la estrategia del enemigo: cuando la formación en bala se aproximaba, el enemigo cedía el paso con el propósito de atraerlo hacia el interior de la esfera y rodearlo. Ender les dio el placer de caer en la trampa, llevando su bala al centro de la esfera.
El enemigo comenzó a contraerse, sin querer acercarse hasta poder atacar con todas sus armas al mismo tiempo. Entonces Ender comenzó a trabajar en serio. Su pantalla de reserva se aproximó al exterior de la esfera, y el enemigo concentró sus fuerzas allí. Luego la fuerza de Bean apareció en el lado opuesto, y el enemigo desplegó sus naves en ese flanco.
Esto debilitó las defensas de casi toda la esfera. La bala de Ender atacó, y como en el punto de ataque superaba abrumadoramente en número al enemigo, abrió un agujero en la formación. El enemigo intentó tapar el boquete, pero en la confusión la fuerza de reserva y la pequeña fuerza de Bean atacaron simultáneamente mientras la bala se desplazaba hacia otra parte de la esfera. Al cabo de unos minutos la formación quedó desbaratada, con la mayoría de las naves enemigas destruidas y los pocos sobrevivientes escapando a toda velocidad.
Ender desconectó el simulador. Todas las luces se apagaron.. Maezr estaba al Iado de Ender, las manos en los tobIllos, el cuerpo tenso. Ender lo miró.
-Creí que el enemigo sería listo -dijo Ender. Maezr no se inmutó.
-¿Qué has aprendido?
~-Que una esfera sólo funciona si el enemigo es tonto. Tenía las fuerzas tan desperdigadas que le superé en número en cada punto donde me trabé en combate.
-.y?
-y no conviene atenerse a un esquema rígido. Se vuelve demasiado previsible.
-¿Es todo? -preguntó Maezr.
Ender se quitó la radio.
-El enemigo pudo haberme derrotado rompiendo antes la formación en esfera.
Maezr asintió.
-Tenías una ventaja injusta.
Ender lo miró fríamente.
-Me superaban en número por dos a uno. Maezr sacudió la cabeza
-Tú tienes el ansible. El enemigo no. Incluimos eso en las batallas simuladas. Los mensajes de ellos viajan a la velocIdad de la luz.
Ender miró el simulador.
-¿Hay espacio suficiente para que eso cambie las cosas?
-¿No lo sabías? Ninguna de las naves estuvo nunca a menos de treinta mil kilómetros de las demás.
Ender trató de estimar el tamaño de la esfera enemiga. La astronomía le superaba. Ahora sintió curiosIdad.
-¿Qué clase de armas hay en esas naves? ¿Cómo pueden ser tan veloces ?
Maezr sacudió la cabeza.
-No entenderías los principios científicos. Tendrías que estudiar muchos años más de los que has vivido para dominar siquiera los rudimentos. Sólo necesitas saber que las armas funcionan.
-¿Por qué tenemos que acercamos tanto para estar al alcance?
-Las naves están protegidas por campos de fuerza. A cierta distancia las armas son más débiles y no hacen mella. De cerca las armas son más poderosas que los
campos. Pero los ordenadores se encargan de eso. Disparan continuamente en cualquier dirección que no afecte a una de nuestras naves. Los ordenadores escogen los blancos, apuntan; se encargan de todos los detalles. Tú sólo les dices cuándo y los pones en posición de ganar. ¿Vale?
-No. -Ender torció el tubo de la radio entre los dedos-. Tengo que saber cómo funcionan las armas.
-Te dije que tardarías...
-No puedo comandar una flota, ni siquiera en el simulador, a menos que lo sepa. -Ender aguardó un instante y añadió-: Sólo a grandes rasgos.
Maezr se incorporó y se alejó unos pasos. -De acuerdo, Ender. No servirá de nada, pero lo intentaré. Tratando de simplificar. -Se hundió las manos en los bolsillos-. Es así, Ender. Todo está constituido por átomos, partículas tan pequeñas que no puedes verlas a simple vista. Existen pocas clases de átomos, y todas están constituidas por partículas aún más pequeñas que son muy parecidas. Estos átomos se pueden desintegrar para que dejen de ser átomos. De este modo el metal se deshace, y el suelo de plástico, y tu cuerpo. Incluso el aire. Cuando desintegras los átomos es como si desaparecieran. Sólo quedan fragmentos. y éstos echan a volar y desintegran más átomos. Las armas de las naves configuran una zona donde resulta imposible mantener una aglomeración de átomos. Todos se desintegran. y las cosas que hay en esa zona desaparecen.
Ender asintió. -Tenía razón, no lo entiendo. ¿Es posible bloquearla?
-No. Pero se ensancha y debilita cuanto más se aleja de la nave, de modo que al cabo de un trecho un campo de fuerza la bloquea. ¿Entiendes? y para que sea lo bastante intensa, tiene que estar focalizada, de modo que una nave sólo puede efectuar disparos efectivos en tres o cuatro direcciones al mismo tiempo.
Ender asintió de nuevo, pero no lo entendía del todo.
-Si los fragmentos de los átomos desintegrados desintegran más átomos, ¿por qué no desaparece todo?
-El espacio. Esos miles de kilómetros que hay entre las naves están vacíos. Casi no hay átomos. Los fragmentos no chocan contra nada, y cuando al fin lo hacen, están tan desperdigados que no pueden causar ningún daño. -Maezr ladeó la cabeza con curiosidad-. ¿Necesitas saber algo más?
-¿Las armas de las naves... operan contra otras cosas además de naves?
Maezr se acercó a Ender y dijo con firmeza:
-Sólo las usamos contra naves. Nunca contra otra cosa. Si las usáramos contra otra cosa, el enemigo las usaría contra nosotros. ¿Entiendes?
Maezr se alejó, y estaba a un paso de la puerta cuando Ender lo llamó.
-Aún no sé su nombre -dijo Ender dócilmente.
-Maezr Rackham.
-Maezr Rackham -dijo Ender-. Le he derrotado.
Maezr rió.
-Ender, hoy no peleabas contra mí. Peleabas contra el ordenador más estúpido de la Escuela de Mando, usando un programa de diez años de antigüedad. No creerás que yo usaría una esfera, ¿verdad? -Sacudió la cabeza-. Ender, querido amigo, cuando luches contra mí lo sabrás. Porque perderás.
Maezr salió de la sala.
Ender aún practicaba diez horas al día con sus jefes de pelotón. Nunca los veía, sólo oía las voces por radio. Libraban batallas cada dos o tres días. El enemigo le reservaba una sorpresa en cada ocasión, cada vez más difícil, pero Ender sabía afrontarla. y siempre vencía. y después de cada batalla Maezr le señalaba los errores para que aprendiera a manejar el final del juego.
Hasta que al fin Maezr se le acercó solemnemente y le estrechó la mano.
-Muchacho, ésa ha sido una buena batalla. Como ese elogio había tardado tanto en llegar, Ender quedó más complacido que nunca. y como el tono era condescendiente, se irritó.
-A partir de ahora -dijo Maezr-, podemos darte problemas difíciles.
A partir de entonces la vida de Ender fue un lento ataque de nervios.
Comenzó a librar dos batallas al día, con problemas cada vez más arduos. Toda la vida lo habían entrenado únicamente para el juego, pero el juego empezaba a consumirlo. Despertaba por la mañana con nueva estrategias para el simulador y se dormía de noche obsesionado por los errores de ese día. A veces despertaba llorando por una razón que no recordaba. A veces despertaba con los nudillos ensangrentados pues se los había mordido. Pero todos los día iba impasiblemente al simulador y entrenaba a sus jefes de pelotón hasta las batallas, y los entrenaba despues de las batallas, y soportaba y estudiaba las duras críticas de Maezr Rackham. Advirtió que perversamente lo criticaba más después de las batallas más duras. Advirtió que cada vez que empleaban una nueva estrategia el enemigo pasaba a usarla a los pocos días. y advirtió que mientras su flota siempre conservaba el mismo tamaño, el enemigo aumentaba en número día a día.
Consultó a su maestro.
-Te estamos demostrando cómo será cuando estés al mando de verdad. La proporción entre el enemigo y nosotros.
-¿Por qué siempre nos superan en número?
Maezr inclinó la cabeza cana un instante, vacilando en responder. Al fin tendió la mano y tocó el hombro de Ender.
-Te lo diré, aunque la información es secreta. Verás, el enemigo nos atacó primero. Tenía buenas para atacarnos, pero eso es asunto de los políticos y, al margen de quién fuera la culpa, no podíamos dejarle ganar. Cuando el enemigo vino a nuestros mundos, resistimos ferozmente y perdimos a nuestros mejores jóvenes en las flotas. Pero vencimos, y el se replegó.
Maezr sonrió con amargura.
-Pero el enemigo no había terminado, muchacho. El enemigo no terminaría nunca. Regresó en número creciente, y cada vez era más difícil derrotarlo. y perdimos otra generación de jóvenes. pocos sobrevivieron. Así que elaboramos un plan. Nuestros jefes prepararon el plan. Sabíamos que debíamos destruir al enemigo de una vez por todas, eliminar totalmente su capacidad para combatir contra nosotros. Para ello teníamos que llegar a sus mundos natales..., su mundo natal, para ser precisos, pues el imperio enemigo está centrado en el mundo capital.
-¿ Y? -preguntó Ender.
-y así preparamos una flota. Teníamos más naves que ellos. Fabricamos cien naves por cada nave que habían enviado contra nosotros. y las lanzamos contra sus veintiocho mundos. Comenzaron a zarpar hace cien años. y llevaban consigo el ansible, y muy pocos hombres. Para que algún día un comandante pudiera sentarse en un planeta alejado de la batalla y comandar la flota. Para que el enemigo no destruyera nuestra mejores mentes.
La pregunta de Ender aún no tenía respuesta.
-¿Por qué nos superan en número?
Maezr rió.
-Porque nuestras naves tardaron cien años en llegar allá. Han tenido cien años para preparar su contraofensiva. Serían idiotas si aguardaran en viejos remolcadores para defender sus puertos. Tienen nuevas naves, grandes naves, cientos de naves. Nosotros sólo tenemos el ansible, más la ventaja de que deben poner a un comandante en cada flota, y cuando pierden, como de hecho ocurre, pierden a sus mejores mentes en cada oportunidad.
Ender quiso hacer otra pregunta.
-Basta, Ender Wiggins. Ya te he dicho más de lo que debía.
Ender se levantó coléricamente, dispuesto a marcharse.
-Tengo derecho a saber. ¿ Cree que esto puede seguir para siempre, trasladarme de una estrella a otra sin decirme qué propósito tiene mi vida? Nos usan como
herramientas Un día mandaremos las naves; un día quizá sa!vemos las vidas de todo, pero no soy un ordenador, y tengo que saber,
-Pues hazme una pregunta, muchacho y si puedo la responderé
-Si usan nuestras mejores mentes para comandar las flotas, y nunca pierden ninguna, ¿para qué me necesitan? ¿A quién sustituiré, si todos están allí?
Maezr sacudió la cabeza
-No puedo darte la respuesta Ender. Confórmate con saber que te necesitaremos pronto. Es tarde. Acuéstate. Tendrás una batalla por la mañana.
Ender salió de la sala del simulador. Pero cuando Maezr salió por la misma puerta instantes más tarde, el chico lo esperaba en el pasillo
-Bien, muchacho -dijo Maezr con impaciencia-, ¿qué ocurre? No tengo toda la noche y tú necesitas dormir.
Ender no estaba seguro de cuál era la pregunta pero Maezr aguardó. Al fin Ender preguntó en voz baja
-¿Viven?
-¿Quiénes?
-Los demás comandantes. Los de ahora y los que me precedieron
Maezr replicó
-Viven. Claro que viven ¡Qué pregunta!
Riendo entre dientes el viejo se salió por el pasillo. Ender se quedó un rato donde estaba, pero al fin sintió cansancio y se fue a dormir Viven, pensó. Viven, pero no puede decirme qué les pasa
Esa noche Ender no despertó llorando Pero se despertó con sangre en las manos.
Transcurrieron meses con batallas todos los días, hasta que al fin Ender adoptó la rutina de la autodestrucción. Dormía cada noche menos, soñaba más, y comenzó a sentir dolores terribles en el estómago. Le pusieron una dieta suave, pero pronto ni siquiera tuvo apetito para eso.
-Come -decía Maezr, y Ender se llevaba la comida a la boca mecánicamente. Pero no comía si nadie le insistía.
Un día, mientras entrenaba a sus jefes de pelotón, la sala se puso negra y él despertó en el suelo con la cara ensangrentada. Se había golpeado contra los controles.
Lo llevaron a la cama y pasó tres días muy enfermo. Recordó haber visto caras en sus sueños, pero no eran caras reales, y la supo incluso mientras creía verlas. A veces creía ver a Bean, ya veces al teniente Anderson y al capitán Graff. Pero cuando despertó era sólo su enemigo, Maezr Rackham.
-Estoy despierto -le dijo a Maezr.
-Ya veo -respondió Maezr-. Has tardado bastante. Hoy tienes una batalla.
Ender se levantó, libró la batalla y venció. Pero ese día no hubo segunda batalla, y le permitieron acostarse más temprano. Le temblaban las manos cuando se desnudaba.
Durante la noche creyó sentir manos que la acariciaban, y soñó con voces que decían:
-¿Cuánto tiempo podrá aguantar así?
-Lo suficiente.
-¿Tan pronto?
-Dentro de pocos días habrá terminado.
-¿Cómo le irá?
-Bien. Hoy ha estado mejor que nunca.
Ender reconoció que la última voz era la de Maezr Rackham. Le fastidió que Rackham invadiera hasta sus sueños.
Se despertó y libró otra batalla y ganó. Se fue a acostar. Se despertó y ganó de nuevo; y el día siguiente era el último en la Escuela de Mando, aunque él no lo sabía. Se levantó y fue al simulador para la batalla. ,
Maezr estaba aguardando. Ender entró despacio en la sala del simulador. Arrastraba los pies. Parecía cansado y demacrado. Maezr frunció el ceño.
-¿Estás despierto, muchacho?
Si Ender hubiera estado despejado, le habría inquietado la voz preocupada del maestro. En cambio se limitó a dirigirse a los controles y se sentó. Maezr le habló.
-El juego de hoy necesita algunas explicaciones, Ender Wiggins. Por favor, mírame y presta atención.
Ender se dio la vuelta y por primera vez advirtió que había gente en el fondo de la sala. Reconoció a Graff y Anderson de la Escuela de Batalla, y recordó vagamente a algunos hombres de la Escuela de Mando, profesores que había tenido varias horas. Pero no conocía a la mayoría de los presentes. :
-¿ Quiénes son ?
Maezr sacudió la cabeza.
-Observadores. En ocasiones permitimos que haya observadores que presencien la batalla. Si te molestan, pediré que se marchen.
Ender se encogió de hombros. Maezr inició su explicación.
-El juego de hoy, muchacho, contiene un nuevo elemento. Estamos montando una batalla en torno a un planeta. Esto complicará las cosas de dos maneras. El planeta no es grande, en la escala que usamos, pero el ansible no puede detectar nada al otro lado, así que hay un punto ciego. Además, va contra las reglas usar nuestras armas contra el planeta mismo. ¿Comprendes?
-¿Por qué? ¿Las armas no funcionan contra los planetas?
-Hay reglas de la guerra -respondió fríamente Maezr- que se aplican incluso en los juegos de entrenamiento.
Ender sacudió la cabeza.
-¿El planeta puede atacar?
Maezr quedó desconcertado un instante, luego sonrió.
-Tendrás que averiguarlo por tu cuenta, muchacho. y una cosa más. Hoy, Ender, tu oponente no es el ordenador. Yo soy el enemigo hoy, y no te dejaré escapar tan fácilmente. Hoy es una batalla a muerte. y me valdré de todos los medios para derrotarte.
Maezr se fue y el aturdido Ender condujo a sus jefes de pelotón en las maniobras. Todo iba bien, pero varios observadores menearon la cabeza y Graff no podía dejar las manos ni las piernas quietas. Hoy Ender sería lento, y hoy Ender no podía darse ese lujo.
Sonó una alarma y Ender despejó el tablero del simulador, aguardando a que apareciera el juego del día. Se sentía aturdido, y se preguntó por qué había observadores. ¿Era un examen? ¿Decidirían si servía para otra cosa? ¿Para otros dos años de extenuante entrenamiento, otros dos años de luchar para superarse? Ender tenía doce años. Se sentía muy viejo. y mientras esperaba a que apareciera el juego, deseó perder, perder la batalla de forma tan humillante que lo retiraran del programa, lo castigaran como quisieran. No le importaba, así podría dormir.
Entonces apareció la formación enemiga, y la fatiga de Ender se transformó en desesperación.
El enemigo le superaba en número por mil a uno, había parpadeos verdes en todo el simulador, y Ender supo que no podría vencer.
Además, el enemigo no era estúpido. No era una formación que Ender pudiera estudiar y atacar. Los vastos enjambres de naves se movían continuamente, pasando de una formación a otra, de modo que un espacio vacío se llenaba al instante con una formidable fuerza enemiga. y aunque la flota de Ender era la más numerosa que había tenido, no podía desplegarla en ninguna parte donde pudiera superar al enemigo en número el tiempo suficiente para lograr nada.
Por otra parte, detrás del enemigo estaba el planeta. El planeta sobre el cual Maezr le había advertido. ¿Qué diferencia establecía un planeta, si Ender ni siquiera podía acercarse? Ender aguardó el arrebato de intuición que le indicaría qué hacer, cómo destruir al enemigo. y mientras esperaba, oyó que los observadores se agitaban en los asientos, preguntándose qué hacía Ender, qué plan seguiría. y al fin todos comprendieron que Ender no sabía qué hacer, que no había nada que hacer, y algunos hombres emitieron sonidos guturales.
Entonces Ender oyó la voz de Bean. Bean rió entre dientes.
-Recuerda, la puerta del enemigo está abajo.
Todos los jefes de pelotón rieron y Ender evocó los simples juegos que había jugado y ganado en la Escuela de Batalla. Allí también lo habían enfrentado con situaciones imposibles, y había vencido. Qué diablos, no dejaría que Maezr Rackham le venciera con el truco barato de superarle en número por mil a uno.
En la Escuela de Batalla había ganado un juego recurriendo a una treta que el enemigo no esperaba, algo que iba contra las reglas. Había ganado atacando la puerta del enemigo.
Y la puerta del enemigo estaba abajo. Ender sonrió, y comprendió que si rompía esa regla quizá lo expulsaran de la escuela, y así ganaría con toda seguridad. Nunca más tendría que jugar otro juego.
Susurró instrucciones. Cada uno de sus seis comandantes tomó una parte de la flota y se lanzó contra el enemigo. Siguieron cursos erráticos, cambiando a cada instante de rumbo. El enemigo interrumpió sus maniobras y comenzó a agruparse alrededor de las seis flotas de Ender.
Ender se quitó el micrófono, se reclinó en el asiento, miró. Los observadores murmuraban. Ender no hacía nada. Había renunciado al juego.
Pero un diseño comenzó a aflorar a partir de las rápidas confrontaciones con el enemigo. Los seis grupos de Ender perdían naves constantemente en sus escaramuzas, pero nunca se detenían para una pelea sostenida, aunque por un instante podrían haber obtenido una pequeña victoria táctica. En cambio continuaban en un curso errático que poco a poco conducía hacia abajo. Hacia el planeta enemigo.
Y a causa de su curso aparentemente aleatorio, el enemigo no lo comprendió hasta el mismo momento en que lo comprendieron los observadores. Para entonces ya era demasiado tarde, tal como había sido demasiado tarde cuando William Bee
quiso impedir que los soldados de Ender activaran la puerta. Cada vez más naves de Ender quedaban destruidas por los impactos, de modo que sólo dos de la seis flotas pudieron llegar al planeta, y éstas fueron diezmadas.
Pero esos pequeños grupos lograron penetrar, y abrieron fuego sobre el planeta.
Ender se inclinó hacia delante, ansioso de ver si su corazonada daba resultado. Temía que en cualquier momento sonara una alarma y se interrumpiera el juego, pues había violado la regla. Pero apostaba a la precisión del simulador. Si podía simular un planeta, podía simular lo que sucedía cuando un planeta era atacado.
y así fue. Las armas que destruían pequeñas naves no destruyeron el planeta entero al principio. Sin embargo causaron terribles explosiones. Además, en el planeta no había espacio para disipar la reacción en cadena. En el planeta la reacción en cadena encontró cada vez más combustible para alimentarse.
La superficie del planeta se onduló, y de pronto se dispersó en una inmensa explosión que lanzó relámpagos de luz por doquier. Devoró la flota de Ender. y luego alcanzó las naves enemigas.
Las primeras se vaporizaron. A medida que la explosión se propagaba y perdía brillo, fue evidente lo que sucedía con cada nave. A medida que la luz las alcanzaba, relampagueaban un instante y desaparecían. Todas eran combustibles para el fuego del planeta.
La explosión tardó más de tres minutos en llegar a los límites del simulador, pero para entonces era mucho más débil. Todas las naves habían desaparecido, y si alguna logró escapar antes de la explosión, quedaban tan pocas que no eran de cuidado. No había nada donde había estado el planeta. El simulador estaba vacío.
Ender había destruido al enemigo sacrificando su flota entera y rompiendo la regla de no destruir el planeta enemigo. No sabía si sentirse eufórico ante su vic toria o irritado ante el reproche que pronto sufriría. Asi que no sintió nada Estaba cansado Quería acostarse y donnir
Apagó el simulador y al fin oyó la algarabía que había detrás
Ya no había dos filas de discretos observadores militares, sino un caos. Algunos se palmeaban la espalda, algunos hundían la cabeza entre las manos, otros lloraban El capitán Graff se separó del grupo y se acercó a Ender. Le corrían lágrimas por la cara, pero sonreía. Extendió los brazos y, para sorpresa de Ender, lo abrazó con fuerza y susurró
-Gracías, gracias, gracias, Ender
Pronto todos los observadores se reunieron alrededor del desconcertado niño, agradeciendo, anímándole, palmeándole el hombro y dándole la mano. Ender trató de entender lo que decían ¿Había aprobado el examen? ¿Por qué les importaba tanto?
La multitud cedió el paso a Maezr Rackham, quien se acercó a Ender Wiggins y tendió la mano.
-Optaste por lo más dificil, muchacho Pero el cielo sabe que no podías vencer de otra manera Muchas feiicidades Los has derrotado; ahora todo ha terminado
-Le derroté a usted, Maezr Rackham
Maezr lanzó una risotada que retumbó en la sala
-Ender Wiggins, nunca jugaste conmigo. Nunca jugaste un juego desde que soy tu maestro Ender no entendió la broma Había jugado muchísimos juegos, y había pagado un alto precio. Empezaba a enfadarse.
Maezr le tocó el hombro. Ender se zafó. Maezr se puso serio.
-Ender Wiggins, en los últimos meses has sido comandante de nuestras flotas. No hubo juegos. La batallas eran reales. Tu único enemigo era el enemigo. Ganaste cada batalla. y hoy combatiste en su mundo natal, y destruiste su mundo, su flota, los destruiste por completo, y nunca más volverán a atacarnos. Tú lo hiciste. Tú.
Real. No era un juego. Ender estaba demasiado cansado para afrontarlo. Se alejó de Maezr, atravesó en silencio la multitud que aún le susurraba gracias felicidades, salió de la sala del simulador, llegó a su dormitorio y cerró la puerta.
Estaba dormido cuando Graff y Maezr lo encontraron. Entraron en silencio y lo despertaron. Tardó en despertar, y cuando los reconoció quiso seguir durmiendo.
-Ender -dijo Graff-, tenemos que hablarte.
Ender se volvió hacia ambos. No dijo nada. Graff sonrió.
-Ayer fue un golpe para ti, lo sé. Pero debes estar orgulloso de saber que has ganado la guerra.
Ender asintió.
-Maezr Rackham nunca jugó contra ti. Sólo analizaba tus batallas para hallar tus puntos débiles para ayudarte a mejorar. Dio resultado, ¿verdad?
Ender cerró los ojos con fuerza. Ellos esperaron.
-¿Por qué no me lo dijeron?
Maezr sonrió.
-Hace cien años, Ender, descubrimos ciertas cosas. Que un comandante se atemoriza cuando su vida corre peligro, y el temor le entorpece el pensamiento Cuando un comandante sabe que está matando gente, se vuelve cauto o pierde el juicio, y nada de eso ayuda. y cuando es maduro, cuando tiene responsa bilidades y
cierta comprensión del mundo, se vuelve excesivamente prudente y no cumple su tarea. Por eso entrenamos a niños, que no conocian nada excepto el juego y nunca sabían cuándo se volvería real. Ésa era la teoría, y tú demostraste que es correcta.
Graff tocó el hombro de Ender.
-Lanzamos las naves para que llegaran a destino durante estos meses. Sabíamos que quizá sólo tuviéramos un buen comandante, si teníamos suerte. En la historia ha sido muy raro que hubiera más de un genio en una guerra. Así que decidirnos tener un genio. Era una apuesta. y tú nos permitiste ganarla.
Ender abrió los ojos y los dos comprendieron que estaba furioso.
-En efecto, ustedes ganaron.
Graff y Maezr Rackharn se miraron.
-No lo comprende -susurró Graff.
-Sí lo comprendo -dijo Ender-. Ustedes necesitaban un arma, y la consiguieron: era yo.
-En efecto -respondió Maezr.
-Pues bien -continuó Ender-, ¿cuánta gente vivía en ese planeta que destruí?
No le respondieron. Aguardaron en silencio, y al fin Graff dijo:
-Las armas no tienen por qué entender hacia dónde apuntan, Ender. Nosotros apuntamos, y nosotros somos los responsables. Tú sólo realizaste tu tarea.
Maezr sonrió.
-Por supuesto, Ender, cuidaremos de ti. El Gobierno nunca te olvidará. Nos has servido muy bien.
Ender rodó hacia la pared, y aunque trataron de hablarle no les respondió. Al final se marcharon. Pasó largo tiempo tendido en la cama hasta que alguien lo molestó. La puerta se abrió nuevamente Ender no se volvió. Una mano lo tocó.
-Ender, soy yo, Bean.
Ender se volvió hacia el niño que estaba de pie junto a la cama.
-Siéntate -le dijo.
Bean se sentó.
-Esa última batalla, Ender. No sabía cómo nos sacarías de allí.
Ed-Pues no lo hice. Hice trampa. Pensé que me expulsarían.
-¡Increíble! Ganamos la guerra. La guerra ha terminado; creíamos que tendríamos que esperar hasta ser mayores para combatir, y éramos nosotros quienes peleábamos. Vaya, Ender, somos sólo niños. Yo soy un niño, al menos.
Bean rió y Ender sonrió. Guardaron silencio un rato, Bean sentado en el borde de la cama, Ender mirándolo con ojos entornados.
Al fin Bean preguntó:
-¿Qué haremos ahora que la guerra ha terminado?
Ender cerró los ojos.
-Necesito dormir, Bean.
Bean se levantó y se fue. Ender durmió.
Graff y Anderson entraron en el parque. Soplaba la brisa, pero el sol les hacía arder los hombros.
-¿Abba Technics? ¿En la capital? -preguntó Graff
-No, en el condado Biggock. División de entrenamiento -respondió Anderson-.Creen que mi trabajo con niños es buena preparación. ¿y usted?
Graff sonrió y meneó la cabeza.
-No tengo planes. Me quedaré aquí unos meses más. Informes, reorganización. He recibido ofertas. Desarrollo de personal para la DCIA, vicepresidente ejecutivo para U&P, pero me negué. Una editorial quiere que escriba mis memorias de la guerra. No sé.
Se sentaron en un banco y miraron las hojas que tiritaban en la brisa. Los niños reían y gritaban colgados de las barras, pero el viento y la distancia se llevaban sus palabras.
-Mire -dijo Graff, señalando. Un chiquillo saltó de las barras y se acercó corriendo al banco. Otro niño lo siguió, imitó una pistola con las manos e hizo un sonido explosivo con la boca. El niño a quien le disparaba no se detuvo. Disparó de nuevo.
-jTe he dado! iVuelve aquíl
El otro niño siguió corriendo hasta perderse de vista.
-¿No entiendes que estás muerto? -protestó el perseguidor, hundiendo las manos en los bolsillos y pateando una piedra.
Anderson sonrió.
-Niños -dijo.
Ambos se levantaron y salieron del parque.

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