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martes, 21 de junio de 2011

Las puertas del Valhalla









  1. Andrés Díaz Sánchez
    Las puertas del Valhalla




    El mar había sido poseído por la tormenta. Las olas se levantaban salvajemente sobre la superficie como hambrientas garras dispuestas a atrapar cualquier presa que osara surcar su oscura y verdosa piel. La lluvia azotaba sin compasión mientras, en lo alto, por entre las tenebrosas nubes, los relámpagos brillaban como las blancas arterias de un antebrazo divino. El crujido del trueno reventó sobre el Universo. El viento silbaba una canción hiriente y ominosa.
    Aquél fue el escenario donde se desarrolló el choque entre las dos naves: el Perro Negro de los escandinavos y el Espada de los daneses.
    Éste último se había aventurado en aguas peligrosas, cargado de especias y telas, con destino al Sur de Inglaterra. Sus dueños confiaron en el fuste de la nave para superar las galernas y el coraje y el adiestramiento de los guerreros que portaba para contrarrestar a los terribles piratas vikingos.
    Mas ahora, sobre la cubierta danesa, la sangre se mezclaba con el agua y los aullidos de los combatientes con el espantoso rugido de la tormenta.
    Daneses y escandinavos se defendían, mataban y morían sobre la resbaladiza cubierta, bajo las velas desgarradas por el viento. Los había que tajaban con furia demoníaca y los había que contenían sus entrañas con las manos, en un vano intento de que no se las robara el mar.
    Una gigantesca ola se levantó por estribor, un muro negro y esmeraldino que eclipsó la noche en torno al barco.
    Koll, El Matador, un vigoroso saqueador escandinavo, alzó su vista azulada hacia aquel espumeante y horrendo techo que durante un eterno latido permaneció inmóvil, envolviendo a ambos barcos. Cinco pies por encima de su cabeza flotaba un enorme cadáver, un hombre con el que, el día anterior, charlara acerca de mujeres y armas al amor de la cerveza caliente. El danés contra el que Koll
    había estado batallando se embarullaba en el suelo, presa del horror, la mirada presa del muro acuático.
    Koll deseó gritar el nombre de su dios Odín, quizá para implorarle ayuda o para maldecirlo, pero en el siguiente latido un fragor colosal llenó sus tímpanos y arrasó su cerebro. El agua, como la mano de un gigante enfurecido, lo aplastó contra el suelo y lo arrastró sobre los maderos. Aquel hombrecillo trató desesperadamente de aferrarse a cualquier solidez, pero se encontró a sí mismo
    presa de fuerzas que le superaban, tal que un pelele, un muñeco sin voluntad.
    Su cuerpo chocó contra el de otro hombre. Después, topó brutalmente en su errático camino con una masa densa y tubular y sus dedos se aferraron a ella. Experimentó un sufrimiento afilado y sospechó que se había roto varias costillas en el encontronazo.
    El agua desapareció por el momento, deslizándose rápida hacia abajo o -tal vez- arriba. Koll seguía agarrado al palo mayor. Abrió los ojos y por entre la cortina de lluvia distinguió los cascos de los barcos unidos por los garfios, de estribor de uno a babor del otro.
    Las naves habían sido hundidas por la ola hasta media cubierta y milagrosamente sus cuerpos emergían, como bestias marinas en celo. Descubrió cuerpos que flotaban y acto seguido desaparecían tragados por las aguas. Un danés de ojos claros y barba y cabellos rojizos, con el rostro macilento y los ojos muy abiertos y enloquecidos, se aferraba a la baranda de estribor con su brazo izquierdo. En el derecho tenía una espada.
    La cubierta osciló y el extremo de babor subió violentamente, levantando densas alfombras de agua. Se escuchó un estremecedor crujido procedente de la bodega. Koll supuso que las cuadernas por fin comenzaban a desgajarse, como la cáscara de nuez bajo el mazo. En pocos instantes, el interior del Espada se llenaría de agua y la nave iría a pique, tal vez arrastrando al barco rival; entonces, la Ley de la Guerra se extendería no sólo al músculo y el acero, sino también a la brea, las maromas, la tela y la madera.
    Koll así lo comprendió: de no ser desenganchados, los garfios del barco danés se llevarían con él al Perro Negro.
    De pronto, su mirada ahíta de maravilla y horror quedó aún más alucinada al contemplar, entre la lluvia y las sombras, partirse literalmente la cubierta del Perro Negro, en una larga grieta desde la proa a la sección media de la nave. Una ola brutal embistió de frente a la nave, arrancando la cabeza de dragón y levantando entre blanquísima y vociferante espuma una nube de maderos y tablas desgajadas. Uno de los largos remos de estribor saltó de sus guías metálicas, robadas estas a su vez de la madera, subió por el costado de la nave, al capricho del agua, y se desplazó por cubierta. El enorme madero topó
    con Thormur, El Viejo, y Koll contempló la cadera de su compañero salirse de su lugar, deformando fantásticamente el cuerpo del veterano marino. Thormur abrió la boca, mas su voz desapareció, engullida por la tormenta. Rodó por cubierta, se deslizó sobre la maltrecha baranda y quedó horriblemente atrapado por los dos costados de los barcos cuando estos se unieron en un choque de carnero. Thormur El Viejo finalizó su vida contra la madera que él mismo había calafateado.
    Una parte lejana y serena de Koll le dijo que todos, daneses y escandinavos, iban a morir tragados por aquel vendaval asesino. Como si la Naturaleza hubiera escuchado sus pensamientos, la lluvia arreció y el bamboleo se tornó más violento. Koll hubo de esforzarse para no desasirse del palo mayor.
    Tenía el cuerpo helado, lo sentía como un armazón torpe y ajeno. Parpadeaba constantemente para sacarse la lluvia y la sal. Había vomitado el contenido de sus tripas empapadas en agua de mar y sólo le quedaban ácidos que toser agónicamente.
    A pesar de todo, se fijó en que el danés con la espada aún seguía aferrado a la baranda de estribor, una tozuda sombra tras la cortina de agua.
    Cuando los hombres bailan con la Parca se tornan borrachos o niños, así que Koll fue atacado de pronto por el firme deseo, la convicción, de conseguir aquel acero, perecer empuñándolo y presentarse ante el remoto Valhalla con un arma en la mano. Porque, lo comprendía ya sin ambages, iba a morir. Muchas veces había cortejado a la Señora Muerte, pero nunca hasta entonces había sufrido esta
    absoluta certeza.
    Y, como si tan pavorosa y tremenda serenidad hacia el negro futuro hubiera despertado en él nuevas formas de percibir la realidad, ésta le resultó de pronto más nítida, como si los colores ganaran brillo y las formas se definieran tan perfectamente como jamás hubiera imaginado antes. Podía percibir
    con la mirada la tremenda densidad de los sólidos y la helada persistencia de los líquidos a su alrededor. Una extraña energía subió por su médula espinal, encrespó el vello de su nuca y explosionó en el cráneo, como una lluvia de fuego helado que recorriera todos y cada uno de sus nervios.
    Escuchó un canto que había surgido de pronto y sin embargo le parecía eterno e inamovible, como si siempre hubiese vibrado sobre el mundo y él no lo hubiera notado hasta el momento. Comulgaba sin agresividad con los truenos, la lluvia, el mar y el viento. Eran voces agudas, más parecidas a las notas de una flauta que a creaciones de garganta humana.
    Descubrió entonces algo azulado entre las olas. Brillaba y era translúcido, confuso como un color que hubiera cobrado viva propia, venciendo las Leyes del Cosmos. Lo siguió con la vista mientras se convertía en esplendor de ola y después en espuma, se definía y transformaba en un ser de bordes imprecisos.
    Cabalgaba sobre un caballo neblinoso y alado. El jinete cobraba formas femeninas; portaba una extraña armadura compuesta de una fantástica y brillante cota de mallas plateada y un yelmo gris repleto de suaves filigranas, que dejaba libre un rostro a veces cremoso y a veces dorado.
    La valkiria desapareció bajo el mar y la mirada de Koll persistió varios latidos allá donde las olas se la habían tragado.
    Koll se volvió hacia arriba y se perdió en un cielo negro y profundo. A pesar del agua que se le encharcaba sobre las pupilas no parpadeó, pues descubrió en él puntos luminosos que aullaban cantos estremecedores. Eran más seres espectrales, las Valkirias, las Hijas de Odín, montando sus caballos de luz. Empuñaban lanza y llevaban embrazado un escudo. Sus armaduras estaban hechas de diferentes metales preciosos, que esplendían de manera inédita en el mundo terrenal. Evolucionaban tan velozmente que sus largas melenas, sueltas o recogidas en trenzas, nunca tocaban sus espaldas.
    Koll distinguió a una de ellas agarrando por el brazo derecho un cuerpo luminoso, como un jirón de claridad, con el vago aspecto de un guerrero; la dama estaba llevándose el alma de un compañero vikingo.
    Un zarandeo especialmente enérgico del barco revolvió sus quebradas costillas dentro del amplio pecho y el dolor le dejó sin aliento. Cuando abrió los ojos ya no había valkirias en los cielos y el mundo en torno a sí le resultaba torpe y pesado. Se sentía como si durante varios instantes hubiera
    volado y de pronto volviera a estar sujeto al firme con cadenas de hierro. Sin embargo, aunque no las viera, estaba seguro de que ellas aún continuaban allí, llevándose los espíritus más valerosos hacia el Valhalla.
    El palo mayor crujió, ominoso. Koll vio la punta caer desde lo alto.
    Cerró los ojos, esperando el golpe fatal, pero el maderamen fue desplazado por el viento hacía estribor y lo hizo desaparecer entre las olas.
    El danés continuaba aún aferrado a la baranda de estribor, casi de rodillas, y todavía conservaba su espada. Quizá ellos dos fueran los últimos supervivientes de la debacle. Koll apretó las mandíbulas mientras clavaba sus ojos en él: debía conseguir aquel maldito acero.
    Difícilmente, logró alzarse hasta quedar medio agachado, con el pecho apoyado en el palo mayor y los brazos rodeándolo. Le ardía la carne en la cual se le hincaban las costillas rotas, pero él tenía que levantarse y atravesar el corto espacio que le separaba del danés y arrancarle la espada de
    las manos.
    Intentó no resbalar sobre el suelo encharcado al erguirse en pie, aún sujeto a la madera. Una ráfaga de viento brutal le golpeó por la espalda.
    Aquélla era su oportunidad.
    Koll aulló el nombre de Odín y se soltó del palo. Impulsado por la onda de aire, medio corrió medio voló hacia estribor. Un trueno crujió en el cielo y Koll cayó estrepitosamente al suelo. El pecho se le deshizo en puro dolor. El barco oscilaba ahora hacia estribor y el vikingo, cegado por el
    sufrimiento, se deslizó sobre la madera, atravesando la alfombra de agua, espuma y sal.
    La figura oscura del danés se le acercaba. Descubrió la diminuta claridad de sus ojos enloquecidos. Gritaba algo ininteligible bajo el aullido del viento y alzó su espada, sin soltarse de la baranda. Un relámpago iluminó sus facciones enloquecidas y airadas. Adelantó el arma hacia Koll y el acero
    desgarró el antebrazo derecho del vikingo desde el codo a la muñeca. La sangre bañó su mano helada, como un líquido más, y el filo cortó la palma, emergiendo por entre los dedos pulgar e índice. El nórdico, borracho de furia y rabia, se aferró al cuerpo rival y se levantó del suelo encharcado, propinando con el mismo movimiento un cabezazo en el rostro danés. Rió como un poseído, pues las valkirias cabalgaban de nuevo en torno a él, disputándose unas a otras el derecho de llevarse al guerrero más corajudo.
    El danés cayó hacia atrás, semiaturdido, con los labios rotos y chorreando algo rojo que la lluvia borraba. Koll se aferró a él, como antes lo había hecho al palo mayor. Atrapó la mano diestra del enemigo e intentó arrebatarle la espada del puño. La mano herida le ardía en fuego y no podía utilizar los dedos dañados.
    El danés se recobró y empujó a Koll, quien se afirmó sobre la baranda para no caer. Las valkirias gritaban su canción de guerra y gloria, ensordeciéndole, y una ola gigantesca se alzó sobre el barco.
    De nuevo la vorágine, y al pronto se hallaban los dos guerreros bajo el mar, lejos del barco. Era aquél un mundo verdoso y fantasmal, animado por caprichosas tonalidades y profundos sonidos.
    Descendieron, envueltos en una nube de burbujas, aferrando ambos la espada, intentando arrebatársela al otro por todos los medios. Koll, sintiendo los pulmones a punto de estallar, mordió en el cuello a su rival. Sus dientes encontraron una importante arteria y, al reventarla, la sangre ascendió en forma de oscuros y rítmicos hongos. El danés, entonces, abrió mucho sus ojos helados y se llevó las manos a la garganta por la que se le escapaba la vida. Así, finalmente, soltó la espada.
    El arma cayó hacia el fondo, dibujando una trayectoria recta y un giro sobre sí misma en espiral.
    Koll clavó en ella su nublada vista. Sentía que perdía las fuerzas, pero abandonó al enemigo y se impulsó con los pies hacia abajo, dando vigorosas y agónicas patadas. Cuando sus dedos rozaban el mango sintió que sus pulmones reventaban y el aire se le escapaba, sanguinolento, por la nariz y la boca. El mundo se oscureció y abrió la boca en un amargo sollozo, por fracasar tras el roce de la victoria.
    Experimentó un súbito y violento tirón. Vio su propio cuerpo alejarse hacia el fondo del océano, lacio y pesado, persiguiendo, ya sin vida, la espada, aún con la mano rozando el puño que se le escapaba.
    Se sentía increíblemente ligero y pletórico de energías. Miró hacia arriba y vio una forma brillante, una mata de cabello dorado, una armadura plateada y azul que destellaba con reflejos antes imposibles, ahora ineludibles.
    Era una valkiria. Los dedos del ser le tenían aferrado por la nuca, sin causarle daño alguno. El caballo alado que los llevaba a ambos parecía hecho de oro y ámbar.
    Koll se observó: estaba desnudo y su piel brillaba suavemente, como la gelatina bajo la luz de una vela. Tenía el cuerpo limpio de mugre y heridas.
    De hecho, jamás había experimentado aquella plenitud. Abrió y cerró las manos, sonriendo mientras los pececillos las atravesaban con indiferencia. Era un espectro, un ánima separada del físico muerto, y aquella convicción le llevó a reír como un niño.
    La superficie se les acercó velozmente. De pronto se hallaron en el exterior del mar. Cuando Koll miró hacia abajo, contempló hundirse definitivamente los dos barcos en el océano embravecido.
    Escuchó con increíble nitidez el crujir del trueno, el siseo de la lluvia y el ulular del viento. La luz de un relámpago le encegueció.
    Al abrir los ojos, habían dejado atrás las nubes tormentosas. El cielo se les presentaba infinito, estrellado, límpido y glorioso. Brisas heladas traspasaron a Koll y a la valkiria, quien entonaba una canción triste y hermosa.
    El aire se espesó, la realidad cobró densidad y se retorció como una maraña de serpientes. Aparecieron extraños colores de apariencia líquida que se arrastraban y difundían unos sobre otros, creando nuevas y fantásticas tonalidades.
    Koll abrió la boca para hablar y se sorprendió cuando su propia voz pareció surgir de todas partes y de ninguna, llenando el Universo con su tono grave y sereno:
    Dónde nos hallamos, bella dama? ¿A dónde me llevas?” La valkiria le miró con ojos color rubí.
    Estamos traspasando los portales entre los mundos, guerrero. Aún hemos de cruzar Tres Regiones más. Entonces, llegaremos al País del Valhalla.
    Koll de nuevo iba a preguntar, pero los colores desaparecieron súbitamente, como animalillos asustados por una terrible bestia. Volaban sobre un Universo en el que sólo existían el blanco y negro. Diferentes tonalidades de ellos dos servían para dar forma a los habitantes de aquel lugar, hombres y mujeres achaparrados que caminaban sobre la superficie de un inacabable y fangoso mar.
    Koll se miró una mano y vio que ésta era de color gris brillante.
    Tan sólo la valkiria y su caballo alado rompían la brutal monotonía con sus tonos dorado, azul y plata.
    Ascendieron hasta encontrar una infinita bóveda cristalina, que atravesaron raudamente, sin dañar en absoluto su frágil vidrio. Koll comprendió que entraban en la segunda de las tres Regiones a las que antes se refiriera la valkiria.
    Era un Cosmos helado, un desierto de nieve y escarcha sin fin.
    Fantasmales y curvilíneos icebergs se alzaban sobre un mar blancuzco, de sólida consistencia. Koll divisó unas figuras toscas y nervudas que les miraban y alzaban sus mazas y hachas hostilmente.
    La valkiria se volvió hacia Koll y, aunque no abrió sus labios, o lo hizo tan suavemente que parecieron cerrados, su voz reinó sobre el helado silencio:
    Éste es el mundo de los Trolls, los Enanos y las Bestias del Hielo, todos bajo la sombra de su padre Ymir. Pelearon contra Nuestro Señor Odín y sus huestes asgardianas cuando los habitantes de este País intentaron invadir una Región que no les correspondía.
    Los Enanos ascendían como montañas cristalinas y les aullaban huracanes. De sus barbas colgaban los glaciares y de sus grotescos labios se desprendían avalanchas. Poseían ojos intensamente azules, sin pupilas. Sus narices eran picachos, sus cejas cordilleras, sus poderosos músculos montes y valles sobre los que se trotaban aterrorizadas manadas de lobos, osos y ciervos.
    Pero los Enanos, a pesar de sus estruendos y sus amenazas que alzaban tormentas de nieve, no pudieron alcanzarlos.
    Les dejaron atrás y se enfrentaron a una espesa barrera de nieblas.
    Atravesaron el banco algodonoso y entonces observó el vikingo otro mundo, una Región en la que había bosques de extraños árboles y desiertos que no eran de hielo o arena. Por todas partes descubría hombres, mujeres, niños y ancianos que emitían un débil fulgor. Andaban cansinamente, con la cabeza baja. Se dirigían en grandes filas hacia distintas direcciones, de manera al parecer caótica.
    Koll preguntó.
    ¿Quiénes son?” “Almas perdidas. Están atrapadas entre la Vida y la Muerte. Dejaron tareas sin cumplir o se marcharon a destiempo. Nadie sabe lo que ocurre con ellos. Andan y andan, mendigando un destino en esta Tierra de Nadie.
    Koll sintió profunda tristeza al contemplarlos, pues todo en ellos rezumaba desesperación.
    La valkiria advirtió.
    Y ahora, cuidado. Pronto llegarás al Umbral del siguiente País y habrás de soportar la mirada de Hela, Señora de Todos los Finales. Si le complace lo que ve te dejará pasar a la siguiente existencia. Si no, quedarás atrapado con ellos en este mundo” Señaló a los espectros del suelo. “Extrae todo tu valor, guerrero, incluso el que no poseas” Koll miró hacia el frente y su vista topó con un espeso muro de opacidad que se les acercaba.
    Lo traspasaron. Entonces, el Miedo agarró al vikingo con puño de hierro.
    Era aquél un mundo oscuro y tenebroso. No había más que calaveras y osamentas, figuras de ceniza, cementerios y túmulos. Columnas de negro humo se alzaban desde braseros herrumbrosos, dibujando monstruos de crueldad infinita.
    Mas, si espantosa eran aquellas criaturas y sus circunstancias, más insoportable resultaba descubrir que todas ellas eran partes de un gran y único conjunto, pinceladas del mismo lienzo: cada pedazo de negrura y cada criatura de pesadilla se conjugaba con las más cercanas y juntas, infinitas, creaban la eterna faz de Hela, Señora de lo Muerto.
    Koll procuró escapar de aquella enloquecedora visión, pero en sus manos, en las calaveras, en las aceitosas volutas e incluso en las escamas de la cota de mallas de la valkiria se dibujaba el diminuto rostro de la muerte, como los reflejos de una efigie majestuosa y vesánica que dominara cada pedazo de aquella realidad. Koll trató de aguantar esta presión titánica, pero sollozó, desesperado. El temor se transformó en pánico sucio y pegajoso que le impedía pensar. Deseaba aullar, correr, volar, escapar de aquel espanto ávido y chillón.
    Pero no podía. Y no debía. Agónicamente, buscó en su interior la fuerza necesaria. A pesar de no creer poseerla, la halló.
    Entonces, el Rostro de la Muerte se difuminó. Su presencia ya no era manifiesta en cada sombra y cada luz.
    Koll y la valkiria habían penetrado en un mundo brillante, cuya blancura se desparramaba sin frontera. Hela había quedado lejos, Koll había superado la prueba de la Señora Oscura y cruzado el Umbral de lo Muerto.
    Ahora, estaba en el Más Allá.
    Miró a la valkiria, quien guardaba silencio. La luz iluminaba sus facciones, confiriéndole hermosura y nobleza. También Koll se sentía de algún modo más fuerte y sereno.
    Continuaron galopando en el Mar de Luz. Divisaron, lejana, una nube oscura y zumbante. El vikingo se interesó.
    ¿Qué es aquéllo?” “Los enemigos del Valhalla, criaturas malignas y amantes de la tiniebla. Quieren conquistar este mundo y hacerlo suyo. Llegaron desde el Averno de Surtur, ejército tras ejército, horda tras horda, y emprendieron una guerra interminable. El deber de los guerreros del Valhalla es contenerlos y vencerlos en incontables batallas.
    Koll clavó sus inmateriales ojos en el enjambre que se les aproximaba. El color de los seres oscilaba entre el ocre y el rojo y sus cuerpos parecían cubiertos de una carne húmeda y arcillosa. Aunque albergaban cierta consistencia, no guardaban estabilidad, ya que los brazos, las piernas, los
    tentáculos y los ojos aparecían y desaparecían vertiginosamente sobre cada musculoso cuerpo. Todos ellos formaban una sola unidad que se desgajaba arrítmica y caprichosamente. En la tormenta de formas, los rostros sonreían de manera avariciosa, mirándolo todo con ojos saltones, y entre los labios abultados aparecían hileras de finos y afilados colmillos y lenguas que lascivas culebreaban.
    La valkiria espoleó a su caballo alado. El corcel galopaba y volaba raudo hacia la nube de espectros, que a su vez también parecían desear la lucha.
    Rugían excitados y se relamían las grotescas bocas.
    La valkiria colocó el escudo circular en su brazo izquierdo y con la diestra desenvainó su espada, forjada en metal que suavemente brillaba en tonos helados. La mujer guerrera cantó una canción que haría pedazos los corazones de los valientes y cargó sobre la muchedumbre.
    Su espada zumbó en todas direcciones, rajando y aplastando los cuerpos de pesadilla. Aquellos cadáveres se deshacían entre nubes de pegajoso y oscuro humo que tardaban en desaparecer, como una suerte de ríos de melaza negruzca impulsados en caprichosas direcciones. Los demonios intentaban atrapar y acuchillar a la valkiria con sus afiladas garras, pero ella se defendía de los lances con el escudo y contraatacaba utilizando su letal acero.
    Koll, a su lado, sobre la grupa de la montura, quiso también luchar, sintiendo de nuevo la furia del combate.
    Un demonio se le echó encima y el vikingo sintió que aquella cosa lo empujaba hacia abajo y lo engullía. Le pareció estar bajo aguas, atrapado por los tentáculos de una bestia que deseara arrastrarle hasta su remota guarida. El ser gruñía y mugía espeluznantemente, y aquellos sonidos se escuchaban, como todos los del Más Allá, no en los tímpanos, sino dentro de la mente. Sin saber cómo, por puro instinto, Koll peleó y se debatió contra la bestia, vomitando rabia y coraje.
    De repente, estaba en el centro de una nubecilla fungosa que se deshacía en hilachas de un sucio escarlata. Sentía exultación, pues había vencido. Vio deshacerse poco a poco los restos de los cadáveres enemigos. La valkiria daba cuenta de los supervivientes. Incluso el caballo alado peleaba, aplastando a los espectros bajo los cascos. Los pocos monstruos que aún conservaban la vida huyeron en desbandada y la valkiria cesó su escalofriante canto de batalla.
    Se acercó a Koll, llevando al trote a su inquieto caballo mientras envainaba la espada.
    Hemos ganado. Pero volverán. Si entras en el Valhalla, tu cometido será detenerlos una vez y otra, incansablemente” Koll montó de nuevo sobre la grupa del corcel y asintió en silencio.
    Su rostro etéreo había tomado una expresión grave. Comenzaba a sentirse parte de aquel extraño universo.
    Siguieron cabalgando en la blancura inacabable durante fugaces eternidades. En un instante determinado, descubrieron una lejana y grandiosa batalla.
    Un ejército estaba formado por aquel tipo de obscenas criaturas contra las que habían peleado y en el otro militaban fornidos hombres, enfundados en recias armaduras, que portaban hachas y espadas fantásticas. Había miles por cada bando.
    La valkiria les señaló.
    Ahí los tienes: los Defensores del Valhalla. Ése es su sino: luchar sin descanso hasta caer o aplastar al enemigo” “¿Quién ganará esta guerra?” “Nadie. Es una lucha eterna. Lo que se busca es no perder”
    La valkiria miró hacia el frente, entrecerrando los ojos, reflexiva, como rememorando sucesos lejanos.
    Hubo una época en que los Dioses Oscuros, aconsejados por El Señor de las Mentiras, El Ardiente, El Huido, Loki El Perverso, intentaron apoderarse de las Regiones Elevadas e incluso conquistar Asgard, el Reino de Luz. Fue entonces cuando Ymir y sus hijos se aliaron con los demonios de Surtur e innumerables y enloquecedoras criaturas se enfrentaron a los guerreros del Valhalla y los Países Superiores. Incluso Nuestro Señor Odín intervino en la lucha, comandando a su pléyade de Inmortales, a la vanguardia de los cuales marchaba Thor, El Tronante, de barba y melena rojas y ojos devastadores, empuñando su martillo Mjolnir. Fue una guerra corta pero devastadora. Las huestes del Submundo resultaron vencidas y retornaron, masacradas, a sus mundos de origen. Pero siguen atacando, aún cuando saben que perderán en el momento final. Es el Destino, que gobierna a hombres y dioses, el que ha impuesto esta lucha interminable.
    ¿A dónde van las almas de quienes mueren en la lucha a favor o en contra del Valhalla?” “Eso nosotros no lo sabemos. Quizá pasen a otras Regiones, superiores o inferiores. El camino de un espíritu no tiene fin, ni siquiera los dioses pueden librarse del infinito viaje de sus ánimas en busca de algo por lo que peleamos y sufrimos pero sólo llegamos a intuir.
    Tras las enigmáticas sentencias, Koll guardó de nuevo un reflexivo silencio.
    Observó la lejana muchedumbre. El brillo de los guerreros contrastaba con la oscura y terrosa piel de los demonios. Morían a decenas, tanto en un bando como en otro, y sus cuerpos se convertían en niebla fungosa.
    La valkiria se apresuró.
    Vámonos. Dejémosles a ellos con sus asuntos, que nosotros hemos de concentrarnos en los nuestros.
    Cabalgaron y cabalgaron hasta descubrir una lejana esfera. A medida que se aproximaban, su superficie dejó de ovalarse y se transformó por fin en un plano e infinito muro que refulgía con el oro y el bronce en que había sido construido. La pared se hallaba enteramente cubierta por relieves que mostraban escenas de gestas y aventuras, entierros solemnes, coronaciones, bodas y banquetes.
    Koll escuchó la voz de su guía.
    Tras este muro se encuentra el Valhalla. Mi cometido acaba aquí.
    Ahora, Los Que Contemplan y Deciden deberán juzgar si eres digno o no de penetrar en esta morada” Koll frunció el ceño, preocupado.
    Pero no morí empuñando arma alguna. Quizá no me permitan entrar”
    De cualquier modo, has de permanecer aquí hasta que el Guardián de las Puertas del Valhalla te diga cómo debes proceder. ¡Adiós, guerrero, y que el Triunfo te acompañe adonde quiera que vayas! Nunca dejes huír al valor, porque ése ha sido y será el corcel que más rápido y lejos te conducirá” Koll se despidió de la bella dama. La valkiria espoleó a su montura y cabalgó hasta convertirse en un punto lejano y por último desaparecer, quizá en busca de otros guerreros valientes a punto de abandonar la vida terrenal.
    El vikingo quedóse mirando el muro infinito, hipnotizado por los detallados y hermosos relieves que lo adornaban.
    De pronto, aquellos dibujos se movieron, culebreando como con vida propia. El metal se deshizo y fluyó tal que un líquido, dibujando frente a Koll un portal gigantesco cuyos lados medirían, tal vez, más de trescientos pies. Dos puertas de un extraño metal plateado cerraban la entrada.
    Una de las hojas se abrió, sin producir sonido alguno, y Koll atisbó por la estrecha abertura el interior del Valhalla...
    ...Vio mares verdosos e indómitos en los que navegaban majestuosos y rápidos barcos. Vio montañas blancas y fiordos de belleza turbadora, primaverales bosques donde abundaban las bestias salvajes y praderas de fresco y verde césped en las que hombres y mujeres desnudos cantaban, reían, hacían el amor y conversaban mientras la brisa acariciaba sus cabellos. Vio compañeros de batalla apurando los cuernos de cerveza e hidromiel, narrando y escuchando sus aventuras y hazañas...
    Aquellas imágenes llenaban su mente. En ellas, todo ser del Valhalla, vivo o inerte, poseía una consistencia y una firmeza ajenas a las cosas del mundo terrenal. Al mismo tiempo, una serena fuerza persistía en el aire, llenando al espectador de gozo y asombro.
    Koll entendió entonces por qué los demonios de las Profundidades deseaban conquistar aquellas tierras. El Valhalla rompía y robaba el corazón de quien lo contemplara, despertando en el observador el deseo de volver una y otra vez, por muy lejos que se hallara.
    Las puertas se cerraron y frente a Koll había un gigante. Al vikingo le dio la impresión de que había permanecido ahí durante mucho tiempo, confundido con el fondo de las imágenes y los relieves broncíneos. El coloso le aventajaba en tres cabezas de altura. Tenía un cuerpo robusto y poderoso y su porte rezumaba decisión y orgullo. Vestía una majestuosa armadura de colores plata y oro. Apoyaba sus dos manos enguantadas en una espada de hoja recta, ancha y larga. Bajo el yelmo adornado con afiladísimos cuernos sus rasgos eran firmes y rectos. Lucía barba dorada y sus fríos ojos azules no tenían edad.
    Su voz tronó en la vastedad.
    ¿Quién eres y qué quieres, hombre?” A pesar de la ansiedad, Koll respondió con aplomo.
    Me llamo Koll, hijo de Edric, hijo de Munsen. Fui un guerrero vikingo en la Otra Vida. Quiero unirme a los Defensores del Valhalla, pelear con ellos en sus batallas y triunfar o morir por este sagrado lugar” El gigante le miró fijamente con sus helados y severos ojos azules.
    Koll hubo de hacer esfuerzos para no apartar la vista. Se sentía desvalido ante aquella figura terrible, pero recordó lo que le dijera la valkiria: “No dejes huír al valor, pues éste ha sido y será el corcel que más rápido y lejos te lleve”.
    Decidió hincar espuelas a tan brioso caballo y alzó su blancuzca barbilla, altivo.
    ¿Y bien, noble guardián? Estoy esperando tu respuesta” Por los ojos del gigante cruzó un relámpago de furia y Koll experimentó terror. Le pareció hallarse ante una sólida montaña que en cualquier momento podía desplomarse entera sobre su cabeza. El Guardián contestó.
    Cuida tus palabras, hombre Eres osado y en el Valhalla admiramos esa cualidad. También moriste en lid, lo cual te honra. Pero, cuando llegó tu hora no empuñabas el glorioso acero y eso dificulta tu bienvenida al Valhalla.
    Deberás superar una prueba para entrar en esta morada.
    Dime qué he de hacer, Guardián, y empeñaré en tal tarea hasta la última onza de coraje y decisión” “Koll, hijo de Edric, habrás de encontrar la Grieta que conduce a los dominios de Surtur el Maligno. Una vez dentro de ella, deberás tomar un objeto de gran valor y traerlo aquí. Sí lo consigues pertenecerás al Valhalla y el Valhalla te pertenecerá. Si no, pasarás el resto de esta Existencia sirviendo al Averno y la Oscuridad.
    ¿Y qué objeto es ése que debo traer? ¿Cómo podré llegar a esa Grieta?” “No te contestaré a eso. Habrás de averiguar tú solo las respuestas, pues ellas también forman parte de la prueba. Sólo esto te revelaré: la solución tienes que buscarla en tu interior. Y cesa de preguntar. La calidad de tu deseo y tu valor decidirán el resultado de la prueba.
    Koll asintió gravemente.
    Guardián del Valhalla, cumpliré mi cometido o sucumbiré en el intento. Nos veremos antes de lo que esperas... ¡Me despido de ti!” El gigante asintió en silencio. Su figura se tornó borrosa, desapareciendo finalmente. Tras de él, las Puertas se deshicieron en un torrente de acero y bronce, volviendo a convertirse en parte del infinito muro.
    La mirada de Koll encontró como por casualidad un relieve en el que se veía a sí mismo hablando con el Guardián. Comprendió que los inacabables dibujos mostraban todos los sucesos, trascendentes o banales, acontecidos en torno al mítico Reino. En aquel muro estaba escrita la Historia del Valhalla Aunque maravillado, se obligó a concentrarse en su misión: debía comenzar una búsqueda imposible. Sus posibilidades de victoria eran pocas, pero estaba dispuesto a esforzarse y no someterse jamás a la desesperación.
    Se desplazó, flotando ligeramente en aquel mar de blancura. Moverse en él era como atravesar un suave fluido. A medida que se alejaba del gran muro éste fue curvándose hasta formar una esfera más y más pequeña.
    Por fin, quedó solo en la blancura sin fin. Avanzaba hacia ninguna parte, buscando aquella gran Grieta de la que le hablara el Guardián.
    Descubrió una confusa mancha que iba cobrando tamaño paulatinamente.
    Aquéllo que se le acercaba a gran velocidad era un grupo de criaturas monstruosas, parecidas a las que combatiera junto a la valkiria.
    Contó al menos cinco de estos horrendos y rojizos seres, mas su número a veces se reducía o aumentaba al unirse y separarse sus cuerpos de manera caprichosa.
    Koll sintió miedo. Estaba desnudo y desarmado y ellos eran mayoría, parecían poderosos y ágiles y poseían garras y colmillos afilados. Sintió la necesidad de huír, pero, comprendiendo que no tendría escapatoria al ser sus rivales más rápidos, decidió pelear hasta perecer, fuera cual fuese la forma de morir en este extraño mundo.
    Cerró contra la jauría. Un latido antes del choque su carne azulada y translúcida devino cota de mallas, yelmo y botas. Una sección de su antebrazo izquierdo se expandió hasta conformar un bello y sólido escudo circular y de la palma de su diestra surgió una recta espada de brillante acero.
    El guerrero, con un brutal rugido, los encontró lleno de una energía sobrehumana, la fuerza nacida del puro y ciego valor. Peleó como un enloquecido, repartiendo espantosos tajos que destrozaban las inmateriales criaturas, empujándolas con el escudo, resistiendo sus latigazos, arañazos y
    dentelladas, descargando el vigor de unos músculos imposibles, notando tronar la inmaterial sangre en sus sienes. Las criaturas chillaron y se deshicieron bajo el brillante zumbar de la espada.
    Pronto, sólo quedó uno de ellos con vida, un ser globoso con más de tres ojos en su orondo rostro y brazos tentaculares. Koll lo aferró del cuello cuando el demonio ya huía. Su carne resultaba húmeda y algodonosa, dotada de cierta solidez. El vikingo apoyó la punta de la espada en la barriga del ser, conteniéndose para no atravesarlo. Experimentaba un odio inexpugnable hacia aquella raza de abominaciones. Sus ojos despedían chispas y su rostro bajo el yelmo estaba contraído por la ira.
    ¡Condúceme hasta la Grieta, demonio!” El pánico del monstruo cedió y rompió a reír, agudo y burlón.
    Como desees, estúpido. En la Grieta esperan mis hermanos, las huestes de Surtur. No podrás escapar de ellos y tu destino será tan horrible que suplicarás mil veces por que te demos un rápido final, y además renegarás otras tantas del Valhalla y sus moradores.
    Koll sintió que su cólera crecía, pero contuvo el brazo.
    ¡Vamos hacia ese lugar!” “Antes, has de jurarme que, una vez allí, respetarás mi vida y me dejarás huír en paz” “Y tú jurarás no descubrir mi presencia a tus amos una vez te libere”
    El demonio se carcajeó.
    ¡Claro que lo juro! ¡Por supuesto! ¡Puedes confiar en mí!” Aquel mezquino y grotesco ente no respetaría su parte del trato y Koll lo sabía.
    Aún así, él sí mantendría su palabra.
    Yo juro soltarte al llegar a la Grieta, sin causarte antes daño alguno” El demonio rió de nuevo, pero la mirada de su captor le ordenó callar. La punta de la espada lo obligó a avanzar y se pusieron en movimiento.
    Flotaron en la Nada durante algún tiempo, siempre guiando el monstruo, echando mano de un espectral sentido de la orientación.
    Pronto descubrieron en la lejanía las huestes de Surtur.
    Eran gárgolas, grifos, dragones, krakens, demonios, trolls y mil y una especies más de criaturas horrendas, que avanzaban como mares rojizos o enjambres de insectos compulsivos. Observándolos desde la distancia, Koll experimentó una profunda repugnancia: había algo ciertamente obsceno, cruel y malicioso en tales seres. El vikingo los imaginó como legiones de gusanos dispuestos a penetrar una manzana fresca y brillante e incubar en ella sus huevos hasta pudrirla por completo.
    Pronto divisaron la Gran Grieta. Al principio, sólo fue una línea lejana. Después, Koll quedó asombrado de aquella gigantesca cuchillada en el tejido de la Realidad. Era la Grieta un amplio y sucio desgarro, una puerta abierta a los predios de Surtur. Por ella surgían, como mareas hambrientas,
    mareas demoníacas. La locura correteó en la mente de Koll. Debió emplear toda su fuerza de voluntad para no huír despavorido ante aquel espectáculo.
    El demonio que le había guiado se buró de sus temores.
    Es un hermoso panorama, ¿verdad, hombrecillo?” Koll no contestó, absorto en su tarea. Había de entrar en la Grieta y buscar un objeto de gran valor que él mismo desconocía. Pero estaba aún lejos de ella e intuía que, si se acercaba más, las huestes infernales terminarían por descubrirlo. Debía encontrar la manera de pasar desapercibido entre ellos.
    Cuando ya comenzaba a flaquear su resolución, miró fijamente al gordo demonio que lo había acompañado hasta el momento y se le ocurrió una idea.
    Me llevarás en tu interior. Tu carne es algodonosa y puede albergarme, como si fueses un gran saco. Así, tus congéneres no repararán en mí cuando pase a su lado” “No... ¡No puedes!”
    Koll le pinchó ligeramente la rojiza y arcillosa garganta con la punta de la espada.
    Sí puedo. Y lo haré. Si tratas expulsarme o descubrir mi presencia te juro que desenvainaré mi espada y te rajaré de dentro a afuera. Mas, si obedeces mis órdenes te liberare una vez haya encontrado lo que vine a buscar, como antes prometí” Sin esperar respuesta, Koll guardó su espada en la vaina y atravesó
    la piel del monstruo. Experimentó asco por hallarse dentro del demonio, tal que si se hubiera zambullido en una roja gelatina. El cuerpo del espectro resultaba ligeramente translúcido y, aunque le escondería de las miradas ajenas, Koll lograba contemplar lo que ocurría en el exterior.
    El vikingo refirió sus secas órdenes.
    ¡Muévete en la dirección que yo te diga! ¡Y no hagas nada sospechoso o por Odín Sagrado que te atravesaré con mi espada y de ti no quedará más que oscura inmundicia!” Así, avanzando uno dentro del otro, pasaron entre las hordas infernales. Los horrendos soldados casi no se fijaron en el pequeño demonio, aunque varios capitanes, terribles guerreros enfundados en pavorosas armaduras,
    arengaban al espectro para que se uniera a sus compañeros de armas.
    Lograron escabullirse hasta llegar al borde de la Grieta. Al mirar hacia el abismo, Koll experimentó vértigo y horror, pues en la profundidad brillaban los enloquecedores fuegos del Averno. Mas, conteniendo el pánico a duras penas, comen­zaron a descender por las empinadas laderas de aquel terreno seco y ocre.
    Al poco, su asco creció al comprender que aquellas imposibles paredes eran sangre solidificada.
    Evitaron una y otra vez a los ejércitos interminables que surgían del Otro Mundo. Koll buscaba con desesperación, más no hallaba ningún objeto que interpretara de gran valor.
    Súbitamente, y al parecer sin una razón concreta, el demonio que le escondía echó a correr, chillando de manera histérica.
    ¡Está aquí! ¡Dentro de mí! ¡Un enemigo de los nuestros! ¡Un rival de Surtur! ¡Un Defensor del Valhalla!” Koll quedó al descubierto y ni siquiera pudo atrapar al traicionero ser antes de que éste huyera definitivamente. Alzó su espada, dispuesto a luchar hasta el final.
    El que fuera hasta entonces su guía continuaba burlándose de él, a prudencial distancia, mientras comenzaban a llegar decenas y decenas de otras criaturas infernales, movidas por la alarma y la curiosidad.
    ¡Prepárate para el tormento, pobre necio! ¿Acaso pensaste que yo mantendría mi palabra?” Una pesadilla de escamosa piel, animada por gruesos músculos, agarró el cuello del pequeño demonio.
    ¡Tú lo has traído hasta aquí, estúpido!” El pequeño diablo se retorcía bajo él, aterrorizado y servil.
    ¡Mi señor, él me obligó! ¡No pude hacer otra cosa!” Desdeñosamente, la imponente criatura golpeó y su lanza atravesó el rechoncho cuerpo, que pronto se deshizo en espesa humareda.
    El guerrero vesánico, al menos el doble de alto que Koll, se acercó al vikingo con la lanza en una mano y un hacha de doble filo en la otra. Sonreía rabiosamente.
    Un Defensor del Valhalla... Estás muy lejos de tu Reino, guerrero. Demasiado lejos” Koll no respondió y, cuando su enemigo cerró con un rugido, aguantó a duras penas el hendiente protegiéndose con el escudo. Su espada desgarró el costado del rival. Por todo lamento, el monstruo lanzó una carcajada. La lanza traspasó la pierna izquierda del vikingo. Koll aulló con su imposible voz y, loco de furia y dolor, clavó su espada en la garganta del monstruo, que, entre gritos de sufrimiento y pánico, se deshizo como líquido verdoso y fétido.
    Koll extrajo la lanza de su miembro herido, que sangraba un humor brillante.
    Cojeando, trató de escapar.
    Pero, descubierta su posición, numerosos grupos de enemigos continuaban aproximándosele, mugiendo y silbando de satisfacción por haber descubierto tan valiosa presa.
    Koll seguía retrocediendo, mas se le aparecía claramente que en poco tiempo sus antagonistas lo rodearían por completo y le destrozarían rápidamente, en el mejor de los casos. En aquellos ámbitos infernales ya no lograba desplazarse al vuelo, así que caminaba sobre estrechas cornisas y empinadas laderas, no resbalando de puro milagro. Si ello ocurriera se precipitaría al fondo del abismo, donde le esperaban aquellas horribles llamas que chisporroteaban con vida propia.
    Una criatura de aspecto casi humano se le acercaba por su diestra, hollando la misma cornisa en que él estaba. El ser vestía co­ta de mallas, casco adornado con cuernos, botas de algo parecido al cuero y una túnica corta cuya forma y dibujos recordó a Koll los del pueblo vikingo. Enarbolaba en su cadavérica mano una espada lar­ga y recta. Su rostro mostraba el tono de la ceniza y se
    estiraba, tan delgado que el reseco pellejo contorneaba los huesos. Del mentón y la coronilla colgaban varios mechones de pelo en resecas hilachas. Los ojos de la criatura eran totalmente opacos y había en ellos cierta y sucia maldad.
    Su voz ronca y profunda raspó la mente del vikingo.
    ¿No me recuerdas, Koll?” El aludido le observó con mayor atención. El horror subió por su garganta como una gorda araña que pugnara por escapar a través de su boca y le impidió contestar. El hombre cadavérico retomó la iniciativa.
    Soy Grimmur, aquél con quien com­partieras juegos de infancia, en nuestra Escandinavia natal.
    Grimmur había dejado el mundo terrenal dos años antes que Koll, en una incursión contra los irlandeses. Fueron buenos amigos desde niños, casi hermanos, y Koll no pudo reprimir las lágrimas durante su entierro.
    Al fin, Koll salió del estupor.
    ¡No es posible! ¡Tú deberías luchar con los Defensores del Valhalla, no del lado de sus enemigos! ¡Mereces un destino mejor!” “Llevas razón, antiguo amigo, pero en una batalla los ser­vidores de Surtur y Loki me atraparon y esclavizaron mi espíri­tu. Ahora, me veo obligado a pelear contra alguien a quien amé como a mi propio hermano. Mas no puedo evitarlo...
    ¡Defiéndete!” Soltó una aguda y amarga carcajada y, demostrando una fuerza y una agilidad sorprendentes, lanzó un revés a dos manos que su contrincante paró con el escu­do.
    Koll no deseaba pelear contra Grimmur, o contra el recuerdo de Grimmur, pero al fin, entendiendo que no le quedaría otra salida, endureció su corazón y atacó.
    Los muchos demonios y monstruos congregados alrededor del combate les arengaban, burlándose de ellos con voces odiosas. Koll, aunque debilitado a causa de su herida en la pierna, peleó con rabia, resistiendo la furia enemiga en principio, hasta volver las tornas a fuerza de enérgicos y rabiosos tajos y obligando a Grimmur a retroceder. Al fin, ensartó su espada en el pecho del antiguo amigo.
    Grimmur soltó un leve quejido y se precipitó al abismo, donde fue engullido por las llamas y el magma. Koll, empuñando aún la espada ensangrentada, le contempló desaparecer entre el fuego. Airado y entristecido, se encaró con las pesadillas que le rodeaban, dispuesto a sostener su última y absolutamente desesperada batalla.
    ¡Demonios! ¡Venid por mí! ¡Nadie cantará mi final, pero, aquí, a las Puertas del Infierno, probaréis el acero del Valhalla!” La muchedumbre se le acercaba, descolgándose o deslizándose por la cuesta, y tan bravo parecía aquel guerrero que nin­guno osaba comenzar el combate.
    Koll se fijó en que algo brillaba en el vacío bajo él. Era un destello metálico que había aparecido de la nada durante los latidos anteriores. Lo reconoció como la espada del da­nés, aquélla que perdió en el fondo del mar un instante antes de morir. Muy lentamente, el arma bajaba girando y girando sin cesar, directa hacia los abismos de Surtur y su compañero Loki, Príncipe de las Mentiras.
    Quiso de nuevo apoderarse de ella. Si se lanzaba tras el arma caería directamente al Averno, donde le espera­ban tormentos mil, no el menor de entre ellos la devastación del alma, como sufriera el desgraciado Grimmur. Mas, si elegía resistir allí, luchando contra los monstruos, tal vez encontrara un rápido y glorioso final.
    Luchó contra el miedo y las corrosivas dudas. Y, gritando el nombre de Odín, se lanzó al precipicio.
    Bajaba hacia la espada velozmente y a medida que se acercaba al codiciado arma
    el abismo iba transformándose en otro tipo de profundidad, esmeraldina y confusa. El fondo del mar tormentoso...
    ...Se sumergía para agarrar el acero, pataleando furiosamente en las aguas heladas. La sangre escapaba por su mano destrozada, las costillas se le hincaban en la carne, los pulmones buscaban un aire que no llegaba. Ante él, la espada continuaba bajando lenta, lenta, lentamente, siempre lejana. Sus dedos casi rozaban el puño del arma. La vista se le nubló, mientras sentía el pecho como atravesado por afiladas cuchillas. De nuevo se le escaparía el arma. Sacando fuerzas de no supo dónde, se impulsó en un último golpe de sus piernas y estiró su cuerpo y su brazo. Abrió la boca en un grito rabioso y el agua inundó su garganta, su estómago. La mano se cerró en torno a la empuñadura, aferrándola con fuerza en el momento en que sus pulmones, al fin, reventaron.
    El vikingo había atrapado la espada.
    El agua oscureció y tomó cuerpo, hasta convertirse en paredes de terrosa sangre seca. Koll, Defensor del Valhalla, se sintió lleno de energía. El arma, corno si poseyera vida propia, tiró de él, hacia arriba, hasta sacarle de la Grieta.
    Pronto ésta se encontraba muy lejos y Koll continuaba viajando, impul­sado por la espada.
    Las hordas y ejércitos demoníacos le perseguían, ardiendo en furia. Enjambres de horrores sin nombre iban tras de él, alzándose sobre su cabeza como la gigantesca ola que está a punto de engullir el frágil barco.
    Koll deseó ganar rapidez, así que la sangre blancuzca de su pierna se transformó en un pardo y fuerte caballo del cual tomó las riendas con firme pulso. El corcel relinchó salvajemente y sus potentes patas redoblaron la velocidad de la huída.
    Sin embargo, las garras de la vanguardia enemiga ya rozaban la cola del corcel y Koll podía sentir su fétido aliento en la espalda. Se volvió y vio que la muchedumbre se unía hasta formar un gigantesco gusano oscuro que abría sus fauces para atraparle. Espoleó a su caballo, pues ya divisaba, lejano, el mítico Valhalla. También descubrió una legión de sus guerreros aproximándosele.
    La serpiente a su espalda chilló de rabia y miedo y se desintegró en mil cuerpos más pequeños que enarbolaban frías y negras espadas.
    Los ejércitos chocaron en medio de la Nada como dos olas fu­riosas, conformando
    un mar de metal, furia y sangre. El vacío se llenó con el sonido del acero y los gritos de los combatientes.
    Koll continuó cabalgando, pues aún debía entregar el objeto buscado y encontrado al Guardián del Valhalla.
    Pronto se halló frente a él. Bajó del caballo, que se difu­minó en una blanca nube, y, arrodillándose con dificultad, le en­tregó la espada.
    Aquí está, mi señor, lo que me ordenaste hallar. Te lo entrego con todo mi orgullo y toda mi humildad” El Guardián recogió el arma y la guardó en una vaina de oro, asintiendo, complacido.
    Ahora has venido armado hasta las Puertas del Valhalla, tras llevar a cabo además una gesta que vivirá por siempre en los sueños de los valientes. Entra en el Valhalla. Disfruta de él y hónralo. Tuyo es el privilegio, tuyo el deber” Las Puertas se abrieron y la Luz cayó sobre Koll, quien contemplaba el Umbral con el semblante severo y los ojos llenos de gloria.
    Atravesando nubes de sangre, heridos, exhaustos y victoriosos, llegaron las huestes que asistieran a Koll, pues una vez que al guerrero se le aceptaba como un igual, resultaba intolerable abandonarlo en medio del peligro.
    Penetraron en el Valhalla, envueltos en un poderoso aura.
    Después, las Puertas se cerraron, una vez mas.
    Y lejos, muy, muy, muy lejos, en el fondo de un verde océano, el cadáver de un vikingo reposa sobre el cieno. Su cuerpo se deshace con extrema lentitud mientras los peces mordisquean caprichosos su azulada carne. La pesada cota de mallas y las bandas de metal en sus muñecas le impiden flotar hacia la superficie. Las suaves corrientes submarinas mecen su cabellera amarillenta. Las algas abrazan sus anchas espaldas, sus recias piernas y sus gruesos brazos. Poco a poco, la piel se escama y abre, las vísceras se hinchan y los pequeños carroñeros hacen su trabajo. Pero aquel guerrero muerto del fondo del mar aún conserva, empuñándola en la diestra, una recta espada nórdica.
    Y ni los peces, ni los pequeños carroñeros, ni las algas, ni las mareas ni el azote del Tiempo lograrán arrebatarle aquel pequeño y débil pedazo de herrumbre metálica, porque sus dedos la aferran con una tozudez inaudita, una rígida voluntad, una persistencia que se diría ultraterrena, sobrenatural.


EL MESMERISMO





EL MESMERISMO
(Mesmerism, Lucifer, mayo 1892)
William Q. Judger


Este es el nombre dado a un arte o a la exhibición de un poder que afecta a los
demás, tiene la capacidad de influenciar y antecede por mucho tiempo el período de
Anton Mesmer. A algunos de sus fenómenos se les llaman Hipnotismo y Magnetismo.
Este último deriva del hecho de que la persona sobre la cual se opera, algunas veces
sigue la mano del operador, como un imán atrae la limadura de hierro. Varios
operadores hoy usan estos nombres, sin embargo, dicho arte se ha conocido bajo
diferentes denominaciones como fascinación, psicologizar [...], y dado que es un
número muy extenso, es inútil considerar la lista.
Anton Mesmer, fue quien divulgó el tema en el mundo más que ningún otro, y
cuyo nombre está aún atado al asunto. Nació en 1734, y en 1775, obtuvo gran
prominencia en Europa en conexión con sus experimentos y curaciones, sin embargo,
como H. P. Blavatsky escribe en su "Glosario Teosófico," él fue simplemente un
redescubridor. En realidad, este tema se había examinado mucho antes de su tiempo,
numerosas centurias anteriores el ascenso de la civilización Europea, y además, todas
las grandes fraternidades orientales, siempre poseyeron los secretos completos
referentes a su práctica, la cual aún hoy permanece desconocida. Mesmer, quizá sin
revelar a los que estaban detrás de él, resultó ser, con sus descubrimientos, un agente de
ciertas fraternidades a las cuales pertenecía. Sus promulgaciones tuvieron lugar en el
último cuarto de siglo, como aconteció con aquellas de la Sociedad Teosófica, las cuales
se iniciaron en 1875, lo que Mesmer hizo, fue todo lo que era posible efectuar en aquel
tiempo.
En 1639, una centuria antes de Mesmer, en Europa se publicó un libro acerca del
uso del mesmerismo en la curación de heridas, cuyo título era: "El Polvo Simpático de
Edricius Mohynus de Eburo." Estas sanaciones, según se lee, se pueden efectuar a
distancia de la herida gracias a la virtud o a la facultad directiva entre ésta y la herida.
Lo que antecede es exactamente una de las fases del hipnotismo y del mesmerismo.
Además, los escritos del monje Uldericus Balk, procedían a lo largo de la misma línea,
como se lee en un libro de 1611 referente a la lámpara de la vida, en el cual era posible
curar las enfermedades de manera semejante. Obviamente, estos libros contienen mucha
superstición, pero detrás de todas las necedades, tratan el mesmerismo.
Después de que la comisión de la Academia Francesa, que incluía a Benjamín
Franklin, pasó la sentencia sobre el asunto, condenándolo, el mesmerismo se
desprestigió, pero muchas personas en América lo resucitaron adoptando diferentes
epítetos por su trabajo y escribiendo muchos libros al respecto. Uno de ellos, cuyo
nombre era Dods, obtuvo mucha celebridad y en el período de Daniel Webster, fue
invitado a dar una conferencia sobre el tema frente a un número de senadores
americanos. El llamó a su sistema "psicología," pero en realidad era mesmerismo, hasta
en los detalles concernientes a los nervios y otras cosas semejantes. También en
Inglaterra, una cantidad de personas que no eran científicos, prestaron mucha atención
al asunto. No le dieron una reputación mejor que la precedente, y en general, la prensa y
el público, los consideraron charlatanes y al mesmerismo un engaño. Esta era la
situación hasta que los análisis, en lo que conocemos como hipnotismo, presentaron
nuevamente esa fase del tema, y después de 1875, la mente común prestó más y más
atención a las posibilidades en los campos de la clarividencia, clariaudiencia, trance,
apariciones y cosas parecidas. Aún los doctores y otras personas, que anteriormente
desdeñaban estas investigaciones, principiaron a examinarlas continuando en el intento
hasta hoy. Parece cierto que el mesmerismo, cualquiera que sea el nombre que se le
atribuya, seguramente atraerá una atención siempre más creciente, ya que es imposible
adelantar mucho en los experimentos hipnóticos, sin considerar los fenómenos
mesméricos, obligándonos a investigar también en éstos.
Sin razón alguna, los hipnotistas exigen el mérito de los descubrimientos. En
cuanto que hasta los llamados incultos charlatanes de los períodos mencionados
anteriormente, afirmaron el hecho de que los hipnotistas se apropiaron; es decir, según
ellos, muchas personas, conforme al particular sistema empleado, se encontraban
normalmente en un estado de hipnosis o, como lo llamaban, en una condición
psicologizada o negativa y así sucesivamente.
En Francia, el Barón Du Potet, sorprendió a todos con sus fenómenos
mesméricos, causando en los sujetos tantos cambios como los que inducen los
hipnotizadores. Después de un cierto lapso, y la lectura de antiguos libros, adoptó un
número de símbolos raros que según él ejercían un efecto extraordinario sobre el sujeto
y se rehusó a divulgarlos con excepción de las personas vinculadas a un juramento. Esta
regla fue violada, y desde hace algunos años, sus instrucciones y símbolos fueron
publicados, pretendiendo que su secreto consistiera en una clave del libro. Yo los he
leído, dándome cuenta de que no tienen ninguna importancia, pues su fuerza deriva de
la persona que los usa. El barón era un hombre dotado de una poderosa fuerza
mesmérica natural e inducía a sus sujetos a hacer cosas que sólo pocos podían efectuar.
El murió sin suscitar la atención del mundo científico en el asunto.
La gran interrogante sometida a discusión, consiste en si el mesmerizador emite o
no algún fluido efectivo. Muchos lo niegan, y casi todos los hipnotizadores rehúsan
admitirlo. H. P. Blavatsky declara la existencia de tal fluido y los que pueden ver en el
plano al cual pertenece, aseveran que existe como una forma sutil de materia. Yo creo
que es verdadero y no contradice en absoluto los experimentos hipnóticos ya que el
fluido puede existir al mismo tiempo que las personas pueden autohipnotizarse
simplemente invirtiendo sus ojos mientras miran hacia un resplandeciente objeto. Este
fluido está parcialmente constituido por la substancia astral alrededor de cada persona y
por los átomos físicos en un estado sutilmente dividido. Algunos llaman aura a esta
substancia astral. Sin embargo, este término es indefinido, pues existen muchas clases
de auras y muchos grados de su expresión. Esto permanecerá desconocido aún para los
teósofos dotados de una mente muy voluntariosa, hasta que la raza en general se haya
desarrollado hasta tal punto. Así, por el momento, se continuará usando dicha palabra.
Ahora bien, el mesmerizador emite esta aura sobre el sujeto, el cual la recibe en
un área de su constitución interna que ningún experimentador occidental jamás
describió, ya que todos la ignoran por completo. Despierta ciertas divisiones internas y
no físicas de la persona sobre la cual se opera, causando un cambio de relación entre las
varias y numerosas vestiduras que rodean al ser interno, haciendo posible diferentes
grados de inteligencia, clarividencia y así sucesivamente. No influye, ni mínimamente,
sobre el Ser Superior, (Atma, en su vehículo, Buddhi), que es inalcanzable por estos
medios. Muchas personas se engañan suponiendo que es el Ser Superior el que
responde, o algún espíritu o lo que no está presente, sino que es simplemente una de las
numerosas personas internas, por decirlo así, la que habla, o mejor dicho: induce a los
órganos de la palabra a realizar su función. Este es el punto en el cual el teósofo y el no
teósofo se equivocan, ya que las palabras expresadas, a veces trascienden la inteligencia
común o el poder del sujeto en estado de vigilia. Por lo tanto, propongo someter
parcialmente la teoría de lo que en realidad acontece, como lo saben desde hace muchas
edades, los individuos capaces de ver con el ojo interno, y como la ciencia un día
descubrirá y admitirá.
Cuando el estado hipnótico o mesmérico está completo, y a menudo cuando es
parcial, acontece una parálisis inmediata del poder corpóreo de emitir sus impresiones,
modificando entonces los conceptos del ser interno. En el estado de vigilia del diario
vivir, cada individuo, siendo incapaz de liberarse, está sujeto a las impresiones de todo
el organismo, es decir, toda célula del cuerpo, aún la más diminuta, tiene su propia serie
de impresiones y recuerdos que continúan interfiriendo sobre el gran registro, el
cerebro, hasta que la impresión que permanece en la célula, se haya agotado
completamente. Tal agotamiento, necesita un largo lapso de tiempo. Además, como
estamos continuamente agregándoles a ellas, se pospone de manera indefinida el
período de desaparición de la impresión. Así, la persona interna, no puede hacerse
sentir. Sin embargo, en el sujeto apropiado, el mesmerismo neutraliza
momentáneamente estas impresiones corporales y, de repente, sigue otro efecto, que
equivale a aislar al general de su ejercito, obligándolo a la búsqueda de otros medios de
expresión.
En los casos en los cuales el sujeto habla, se ha dejado el cerebro suficientemente
libre, permitiéndole entonces obedecer a las órdenes del mesmerizador, e induciendo a
responder a los órganos de la palabra. Todo esto, es desde el punto de vista general.
Hemos llegado a otra parte de la naturaleza del ser humano que el mundo
occidental y sus científicos desconocen. Por medio del mesmerismo se activan otros
órganos desconectados del cuerpo, mediante el cual funcionan en el estado normal. El
mundo no los acepta, sin embargo existen y son tan reales como el cuerpo, y los que
saben, dicen que son más reales y menos sujetos al decaimiento, ya que permanecen
casi inalterados desde el nacimiento hasta la muerte. Estos órganos poseen sus propias
corrientes, circulación si preferís, y métodos para recibir y acumular las impresiones.
Son aquellos que en un segundo aferran y mantienen el más mínimo indicio de algún
objeto o palabra que se le presenta al ser en vigilia. Tales órganos, no sólo lo conservan,
sino que a menudo lo emiten y cuando una persona está mesmerizada, el cuerpo no
obstaculiza la salida de tal indicio.
Dichos órganos, están divididos en numerosas clases y grados, y cada uno de ellos
tiene una serie completa de ideas y hechos suyos particulares y centros en el cuerpo
etéreo al cual están relacionados. Ahora bien, en lugar de ser el cerebro el que trata con
las sensaciones corporales, éste se ocupa de algo totalmente diferente, reportando lo que
tales órganos internos ven en cada parte del espacio al cual se dirigen. Así, en lugar de
haber despertado al Ser Superior, se ha descubierto simplemente una de las numerosas
series de impresiones y experiencias que componen al ser interno, el cual está muy
distante del Ser Superior. Normalmente, el gran ruido de la vida física, que es la suma
total de la posible expresión de un ser normal en el plano físico en el cual se mueve,
domina estas diferentes imágenes captadas de todos los extremos. Por lo usual, ellas
vislumbran sólo cuando tenemos ideas repentinas o recuerdos, o en los sueños, cuando
las fantasías para las cuales no se encuentra una base en el diario vivir, llenan nuestro
sueño. Todavía, tal base existe y es siempre una u otra de millares de impresiones
diarias que el cerebro no capta, sino que los otros sentidos de nuestro doble astral las
percibe infaliblemente, pues el cuerpo astral o doble, compenetra al cuerpo físico, así
como el color lo hace con una taza de agua. Aunque, según los actuales conceptos
materialistas, no se reconoce que tal nebulosa sombra tenga partes, poderes, y órganos,
en realidad los tiene todos, además, con un sorprendente poder y control. Aún cuando
tal vez sea una niebla, bajo las condiciones apropiadas, puede ejercer una fuerza
equivalente al viento, que es invisible, cuando derrumba las orgullosas construcciones
del pequeño hombre.
Por lo tanto, el cuerpo astral, es el lugar donde buscar la explicación del
mesmerismo y el hipnotismo. El Ser Superior explicará los vuelos que raramente
emprendemos en el campo del espíritu y es el Dios, el Padre interno, que guía a sus
niños a lo largo del escarpado camino hacia la perfección. Que esta idea no se degrade,
encadenándola a la planta baja de los fenómenos mesméricos que cualquier ser humano
saludable puede efectuar si sólo lo intenta. Cuanto más craso es el operador, mejor, ya
que hay más fuerza mesmérica. En caso que sea el Ser Superior el afectado, significaría
que la burda materia puede fácilmente influenciar y desviar al espíritu elevada, pero esto
se opone al testimonio de las edades.
Un Paramahansa de los Hymalayas, escribió las siguientes palabras: "La Teosofía
es aquella rama de la Masonería que muestra al Universo en la forma de un huevo."
Poniendo momentáneamente de lado el punto germinal en el huevo, tenemos aún cinco
divisiones principales: el fluido, la yema, la piel de la yema, la piel interna del cascarón
y el cascarón sólido. El cascarón y la piel interna, pueden considerarse como uno. Esto
nos deja cuatro, que corresponden a las antiguas divisiones de fuego, aire, tierra y agua.
Aproximativamente hablando, el ser humano está dividido de la misma manera y de
estas divisiones principales emergen todas sus múltiples experiencias en los planos
externos e introspectivos. La estructura humana tiene su piel, su sangre, su materia
terrena que llamaremos huesos por el momento, su carne y finalmente el gran germen
que, estando revestido de materia grasa, se encuentra aislado en algún sitio en el
cerebro.
La piel incluye la mucosa, a todas las membranas en el cuerpo, a los
revestimientos arteriales y así sucesivamente. La carne comprende los nervios, las
llamadas células animales y los músculos. Los huesos están por su cuenta. La sangre
tiene sus células, corpúsculos y el fluido en que flotan. Los órganos como el hígado, el
bazo y los pulmones, incluyen a la piel, la sangre y la mucosa. Cada una de estas
divisiones y relativas subdivisiones, posee sus particulares impresiones y recuerdos, y
todas, juntas con el cerebro que sirve de coordinador, constituyen al ser humano como
lo vemos en el plano visible.
Dichas divisiones y subdivisiones, están íntimamente relacionadas con los
fenómenos mesméricos, aunque existen personas según las cuales es imposible que la
membrana mucosa o la piel, puedan brindar algún conocimiento. A pesar de todo, es un
hecho, ya que las sensaciones de cada parte del cuerpo afectan a la cognición, y cuando
las experiencias de las células cutáneas o algunas otras, son las que prevalecen delante
del cerebro del sujeto, él traerá de aquellas, sin que ambos lo realicen, todas sus
informaciones para el operador, expresándolas en un idioma que el cerebro puede usar,
siempre que no se alcance la condición sucesiva. Esta es la Doctrina Esotérica, y al final
se descubrirá que es verdadera. En realidad, millones de vidas constituyen al ser
humano, las cuales, siendo incapaces de actuar de por sí de manera racional o
independiente, el individuo extrae de ellas las ideas que, siendo maestro de todas ellas,
las expresa, junto a las ideas de planos superiores, en pensamiento, palabra y acción.
Por lo tanto, en el primer paso del mesmerismo, se debe tener presente este factor, pero
actualmente las personas lo ignoran y no pueden reconocer su presencia, sino que el
interés se concentra totalmente en la rareza del fenómeno.
Los mejores sujetos, emiten relatos confusos porque las numerosas experiencias
de las partes de su naturaleza que he mencionado, las cuales ansían constantemente ser
oídas, distorsionan las variadas cosas que ven. Cada operador está seguro que éstas
pueden desviarlo, si él no es un experto vidente.
El siguiente paso, nos conduce a la región del hombre interno, no me refiero al ser
espiritual, sino al astral, que es el modelo a lo largo del cual se construye la forma
visible externa. La persona interna es la intermediaria entre la mente y la materia, y al
captar las órdenes de la mente, induce a los nervios físicos a la acción y por
consiguiente al cuerpo entero. Todos los sentidos tienen un lugar correspondiente en
esta persona, y cada uno de ellos tiene un radio de acción mil veces superior al de sus
representantes externos, ya que la vista, el oído, el sentido del tacto, del gusto y del
olfato externos, son simplemente órganos crasos que aquellos internos usan, en cuanto
de por sí mismos no podrían hacer nada.
Esto es evidente cuando, por ejemplo, cortamos la conexión con el nervio óptico,
pues el ojo interno no puede conectarse con la naturaleza física y está incapacitado para
ver un objeto colocado antes de la retina, aunque el sentir o el oír, si no están
interrumpidos, pueden aprender que clase de objeto es.
Bajo ciertas condiciones, estos sentidos internos pueden percibir hasta cualquier
distancia, prescindiendo de la posición o del obstáculo. Sin embargo, no pueden ver
todo, ni están siempre capacitados para comprender correctamente la naturaleza de cada
cosa que ven, ya que a veces, se les presenta algo con lo cual no están familiarizados.
Además, a menudo relatan haber visto lo que el operador desea que vean, dando en
realidad informaciones no confiables. En verdad, siendo los sentidos astrales de
cualquier persona, su herencia directa de encarnaciones anteriores, y no el producto de
la herencia familiar, no pueden trascender su propia experiencia, la cual limita entonces
su capacidad de conocer, no importando cuan maravillosa aparezca la acción de dichos
sentidos a el que está usando sólo los órganos sensorios físicos. En la persona ordinaria
sana, dichos sentidos astrales están inextricablemente relacionados con el cuerpo, y
limitados por el aparato que este suministra durante el estado de vigilia. Pueden actuar
de manera un poco independiente sólo cuando el individuo está durmiendo o se
encuentra en un estado mesmerizado, de trance, o bajo la disciplina más severa. Tales
sentidos, hacen esto durante el sueño, cuando viven otra vida además de aquella que
están obligados a vivir, por medio de la fuerza de las necesidades del organismo en un
estado de vigilia. Pueden actuar cuando el fluido mesmérico paraliza al cuerpo, ya que
las impresiones e las células físicas están inhibidas.
El fluido mesmérico causa este parálisis fluyendo del operador y penetrando
constantemente en todo el cuerpo del sujeto, alterando la polaridad de las células en
cada parte, desconectando al ser externo de aquel interno. Como todo el sistema de
nervios físicos es simpático en cualquiera de sus ramificaciones, al afectar un grupo
importante de nervios, el resto, mediante simpatía, cae en la misma condición. Por lo
tanto, a menudo acontece que los brazos o las piernas de individuos mesmerizados, se
paralizan repentinamente sin que se opere sobre ellos de manera directa. O con
frecuencia, sucede que la sensación debida al fluido, se sienta primero en el antebrazo,
aún cuando el único lugar tocado haya sido la cabeza.
Esta parte del proceso, contiene muchos secretos que no divulgaremos pues, con
la correcta intención, se puede mesmerizar a un sujeto siguiendo lo que ya conocemos
públicamente. Por medio de ciertos puntos ubicados cerca de la piel, es posible alterar
en un instante todo el sistema nervioso, aún mediante un sutil aliento de la boca a una
distancia de algunos metros del sujeto. Lo libros modernos no presentan ésto.
Al completarse la paralización y la alteración de la polaridad celular, el ser astral
se halla casi desconectado del cuerpo. ¿Tiene alguna estructura? ¿Cuál mesmerizador lo
sabe? ¿Cuántos, probablemente, negarán que tenga alguna estructura? ¿Es él
simplemente algo nebuloso, una idea? Sin embargo ¿cuántos sujetos tienen un
entrenamiento adecuado para poder analizar su propia anatomía astral?
Todavía, la estructura del ser astral interno, es definida y coherente. No es posible
tratarla de manera satisfactoria en un articulo, pero podemos delinearlo
aproximativamente, dejando que los lectores llenen los detalles.
Como el cuerpo físico tiene una espina dorsal que es la culumna sobre la cual él se
sostiene, con el cerebro encima, así el cuerpo astral tiene su espina y cerebro. Es
material, ya que lo constituye la materia, aunque sutilmente dividida y no son de la
naturaleza del espíritu.
Antes del nacimiento, después de que el niño ha alcanzado su madurez en la
matriz, esta forma está establecida, coherente y duradera, y, desde aquel día hasta la
muerte, experimenta solo una pequeña alteración. Lo mismo acontece con el cerebro
astral, el cual permanece inalterado hasta la muerte física y, a diferencia de aquello
externo, no emite células que cada hora son remplazadas por otras. Por lo tanto, estas
partes internas son más permanentes que aquellas externas correspondientes a ellas.
Nuestros órganos, huesos y tejidos materiales, experimentan cambios a cada instante.
Pasan siempre por aquello que en la antigüedad llamaban: "la disolución constante y
momentánea de unidades de materia menores," por lo tanto, en cada mes, acontece un
cambio perceptible mediante la disminución y el incremento. Esto no sucede con la
forma interna, la cual se altera sólo de vida en vida, ya que está construida en el
momento de la reencarnación para durar todo el lapso de la existencia. Es el modelo que
las actuales proporciones evolutivas establecen para el cuerpo externo. Es el colector de
los átomos visibles que constituyen nuestro aspecto externo. Por lo tanto, al nacimiento,
es potencialmente de un cierto tamaño y al alcanzar este límite, detiene la ulterior
extensión del cuerpo, haciendo posible lo que hoy conocemos como un peso o una
estatura común. Al mismo tiempo, el cuerpo interno mantiene en forma aquel externo,
hasta el período de decaimiento, el cual, seguido por la muerte, no depende meramente
de la desintegración corporal, sino que se ha alcanzado el término del cuerpo astral,
cuando no puede más mantener la forma externa intacta. Al agotarse su poder para
resistir el impacto y la guerra de las moléculas materiales, sobreviene el sueño de la
muerte.
Ahora bien, como en nuestra forma física el cerebro y la espina son el centro de
los nervios, en el astral, se hallan los nervios que se ramifican del cerebro y de la espina
dorsal internos a lo largo de toda la estructura. Estos están relacionados con cada órgano
en el cuerpo visible externo. Tienen una naturaleza más parecida a las corrientes que a
los nervios, según entendemos la palabra, y podemos llamarlos astro-nervios. Se
mueven en relación con los siguientes grandes centros del cuerpo externo: el corazón, la
concavidad de la garganta, el centro umbilical, el bazo y el plexo sacral. En este caso, de
pasada, podríamos preguntar acerca de los mesmerizadores occidentales ¿qué saben
ellos del uso y del poder, si alguno, del centro umbilical? Probablemente, contestarán
que no tiene ningún uso, en particular después del nacimiento. Sin embargo, según la
verdadera ciencia del mesmerismo, se debe aprender aún mucho en lo concerniente a tal
punto y en los lugares apropiados hay una gran cantidad de testimonios referentes a los
experimentos y usos de dicho centro.
La columna astro-espinal, tiene tres grandes nervios de la misma clase de materia.
Podemos llamarlos senderos o canales a lo largo de los cuales las fuerzas se mueven y
fluyen, permitiendo al ser interno y externo mantenerse erecto, moverse, sentir y actuar.
Al describirlos, corresponden exactamente a los fluidos magnéticos, es decir, son
respectivamente positivos, negativos y neutros, su equilibrio regular es esencial para
mantener el juicio. Cuando la espina astral alcanza el cerebro interno, los nervios se
alteran y se hacen más complejos con un gran orificio en el cráneo. Por lo tanto,
mediante estas dos grandes partes de la persona interna, los otros múltiples grupos de
nervios parecidos, se relacionan con varios planos de la sensación en los mundos
visibles e invisibles. Entonces, todos estos constituyen el actor personal interno y
representan el lugar para buscar la solución de los problemas expuestos por el
mesmerismo y el hipnotismo.
Al separar a este ser del cuerpo externo al cual está atado, lo privaremos
temporáneamente de la libertad, convirtiéndolo en el esclavo del operador. Sin
embargo, los mesmerizadores, saben muy bien que el sujeto puede sustraerse, y a
menudo se sustrae, al control, sorprendiéndolos y asustándolos. Todos los mejores
escritores occidentales lo atestiguan.
Ahora bien, dicho hombre interno no es absolutamente omnisciente y, como
dijimos anteriormente, su experiencia limita su comprensión, por lo tanto, si durante el
trance mesmérico, confiamos en sus relatos en lo referente a lo que necesita un
conocimiento filosófico, el error podría insinuarse furtivamente con excepción de casos
raros, los cuales son tan poco frecuentes que no necesitamos considerarlos ahora. Por lo
general, los operadores, y especialmente los que no aceptan la antigua división de la
naturaleza interna humana, ignoran el límite del poder de conocer del sujeto, y el efecto
del operador sobre los sensorios internos descritos anteriormente. El efecto del
operador, consiste casi siempre en influir en los relatos del sujeto.
Tomemos un ejemplo: A era un mesmerizador de C, que es una mujer muy
sensitiva la cual nunca estudió la filosofía. A había decidido en lo concerniente un cierto
procedimiento relativo a los demás y a las argumentaciones necesarias. A poseía una
carta de X, un pensador muy definido y positivo, mientras que A no tenía las ideas muy
determinadas, sin embargo era un buen mesmerizador y antes de actuar consultó a la
sensitiva. Por lo tanto ella, después de haber entrado en trance, y haberle hecho las
preguntas consideradas, presento las ideas de X, que ignoraba, de manera tan fuerte que
A alteró su plano pero no su convicción, desconociendo que era la influencia de las
ideas de X, en su mente en aquel momento, que habían desviado la comprensión de la
sensitiva. Los pensamientos de X., siendo elaborados de manera muy marcada, eran
suficiente para cambiar las ideas que el sujeto tenía anteriormente. ¿Qué confianza
podemos colocar en los videntes inexpertos? Además, todos los sujetos mesméricos que
tenemos son totalmente inexpertos, en el sentido que la palabra tiene en la escuela del
antiguo mesmerismo acerca de la cual estoy hablando.
En este caso, no es necesario entrar en los procesos del experimento mesmérico.
Existen muchos libros que los tratan, sin embargo, después de haber estudiado el asunto
durante 25 años, me di cuenta que ellos se limitan simplemente a copiarse
recíprocamente y que todas las direcciones, con fines prácticos, pueden escribirse sobre
una sola hoja de papel. Pero existen muchos otros métodos aún más eficientes que se
enseñaron en la antigüedad y que dejaremos para otra ocasión.


William Q. Judge
Lucifer, Mayo 1892

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