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jueves, 9 de mayo de 2013

SEGUNDA FUNDACION - III - capitulos finales



Isaac Asimov

capitulos finales





11. EL POLIZON

Faltaba poco más de un mes para que comenzase el verano. Lo había hecho, eso sí, para Homir Munn, que ya había escrito su informe financiero del año fiscal, cuidado de que el bibliotecario enviado por el Gobierno, que iba a sustituirle, se enterase bien de las sutilezas del correo —el del año anterior había dejado mucho que desear— y dado orden de que se limpiase a fondo el polvo invernal acumulado en su pequeño crucero Unimara, bautizado así tras un tierno y misterioso episodio ocurrido hacía veinte años,
Abandonó Términus de muy mal humor. Nadie fue a despedirle al cosmódromo. Esto no hubiera sido natural ya que ningún año ocurría. Sabía muy bien que era importante hacer este viaje exactamente igual que los anteriores, y, pese a ello, sentía un fuerte resentimiento. El, Homir Munn, iba a arriesgar el pellejo en la más disparatada de las aventuras, y, además, le dejaban completamente solo.
O al menos eso creía, pero se equivocaba. El día siguiente fue tremendamente confuso, tanto en el Unimara como en la casa suburbana del doctor Darell.
La confusión llegó primero al hogar del doctor Darell, muy de mañana y por mediación de Poli, la sirvienta, cuyo mes de vacaciones pertenecía ya al pasado. Corrió escaleras abajo con una precipitación insólita en ella.
El médico se cruzó en su camino, y Poli, incapaz de expresar su emoción con palabras, le alargó una hoja de papel y un objeto en forma de cubo. Darell aceptó ambas cosas porque no tenía otro remedio, y preguntó:
—¿Ocurre algo, Poli?
—Se ha ido, doctor.
—¿Quién se ha ido?
—¡Arcadia!
—¿Qué significa eso de que se ha ido? ¿Adónde? ¿De qué estás hablando?
Poli pataleó contra el suelo.
—No lo sé. Se ha ido, y falta una maleta y algunos vestidos. Ha dejado esta carta. ¿Por qué no la lee, en vez de quedarse ahí como una estatua? ¡Oh, los hombres!
El doctor Darell se encogió de hombros y rasgó el sobre. La carta no era larga, y a excepción de la firma angular, «Arkady», estaba escrita con la elegante y ornamentada caligrafía del transcriptos de Arcadia.

«Querido papá
»Hubiera sido demasiado desconsolador decirte adiós personalmente. Quizá hubiese llorado como una niña pequeña y tú te habrías avergonzado de mí. Por eso te escribo para decirte que te echaré mucho de menos, incluso aunque esté pasando unas maravillosas vacaciones estivales con el tío Homir. Me cuidaré mucho y no tardaré en volver a casa. Mientras tanto, te dejo una cosa que es de mi propiedad privada. Ahora ya puedes quedártelo.
»Tu hija que te quiere,
»Arkady.»

La leyó varias veces con expresión de creciente desconcierto. Preguntó con severidad
—¿La has leído, Poli?
Poli se puso instantáneamente a la defensiva.
—No me puede culpar por ello, doctor. En el sobre está escrito «Poli», y yo no podía saber que contenía una carta para usted. No soy una entrometida, doctor, y en los años que llevo con usted...
Darell alzó una mano conciliadora.
—Está bien, Poli. No es importante. Sólo quería
estar seguro de que habías comprendido lo ocurrido. Estaba pensando rápidamente. Era inútil decirle que olvidase el asunto. Con respecto al enemigo, «olvidar» era una palabra sin significado, y un consejo daría más importancia a la cuestión y produciría el efecto contrario. Optó por decir:
—Es una niña extraña, ya lo sabes. Muy romántica. Desde que decidí dejarle hacer un viaje al espacio este verano, ha estado muy excitada.
—¿Y por qué nadie me ha dicho nada de ese viaje espacial?
—Lo hablamos cuando estabas fuera, y nos olvidamos de informarte. No hay otra razón.
Las emociones anteriores de Poli se concentraron ahora en una profunda indignación.
—Sencillo, ¿verdad? La pobre chiquilla se ha ido con una sola maleta, sin un solo vestido decente, y, además, sola. ¿Cuánto tiempo estará fuera?
—No quiero que te preocupes por esto, Poli. En la nave habrá muchos vestidos para ella; todo ha sido previsto. ¿Quieres decir al señor Anthor que deseo verle? ¡Ah!, pero antes, dime..., ¿es éste el objeto que Arcadia ha dejado para mí?
Se lo pasó de una mano a otra. Poli meneó la cabeza.
—No tengo la menor idea. La carta estaba encima, y eso es todo lo que sé. Vaya, de modo que se olvidaron de decírmelo. Si su madre estuviera viva...
Darell la despidió con un gesto.
—Por favor, llama al señor Anthor.

El punto de vista de Anthor acerca del asunto difería radicalmente del criterio del padre de Arcadia. Pronunció sus primeras observaciones en tono airado y con los puños cerrados, y de ahí pasó a hacer amargos comentarios.
—Por el Gran Espacio, ¿a qué está esperando? ¿A qué estamos esperando los dos? Conecte el visor con el cosmódromo y diga que nos pongan en contacto con el Unimara.
—Tranquilo, Pelleas, se trata de mi hija.
—Pero no de su Galaxia.
—Espera un poco. Es una chica inteligente, Pelleas, y habrá pensado todo esto muy a fondo. Será
mejor que sigamos sus pensamientos, ahora que la cosa está fresca. ¿Sabe qué es esto?
—No. ¿Qué importa lo que sea?
—Es un receptor de sonido.
—¿Eso?
—Es de manufactura casera, pero funciona. Lo he comprobado. Es su manera de decirnos que oyó nuestra conversación. Sabe adónde se dirige Homir Munn y por qué. Y ha decidido que sería emocionante acompañarle.
—¡Oh, por el Gran Espacio! —gimió el joven—. Otra mente que será captada por la Segunda Fundación.
—Pero no hay razón para que la Segunda Fundación sospeche, a priori, algún peligro en una niña de catorce años... a menos que hagamos algo que atraiga la atención hacia ella, como hacer volver del espacio a una nave sin otro motivo que recuperar a la niña. ¿Acaso ha olvidado con quién tratamos? ¿Lo estrecho que es el margen que nos separa del descubrimiento? ¿Lo indefensos que estamos?
—Pero no podemos permitir que todo dependa de una criatura caprichosa.
—No es caprichosa, y no podemos elegir. No necesitaba escribir la carta, pero lo ha hecho para impedir que vayamos a la policía a denunciar la desaparición de una niña. Su carta sugiere que expliquemos el asunto como una amistosa oferta por parte de Munn de llevar de vacaciones a la hija de un antiguo amigo. ¿Y por qué no? Es amigo mío desde hace casi veinte años. La conoce desde que tenía tres, cuando la traje desde Trántor. Es algo perfectamente natural y, de hecho, es posible que contribuya a ahuyentar toda sospecha. Un espía no lleva consigo a una sobrina de catorce años.
—Es cierto. ¿Y qué hará Munn cuando la encuentre?
El doctor Darell enarcó las cejas.
—No sé..., pero me imagino que ella sabrá convencerle.
La casa parecía muy solitaria por la noche, y el doctor Darell pensó que el destino de la Galaxia le importaba muy poco mientras la preciosa vida de su hija estuviera en peligro.

La excitación en el Unimara, aunque implicó a menos personas, fue considerablemente más intensa.
En el compartimiento de equipajes, Arcadia encontró que tenía la ventaja de la experiencia en algunas cosas, y el inconveniente de la inexperiencia en otras.
Resistió la aceleración inicial con ecuanimidad, y la náusea más sutil que acompañaba el salto al hiperespacio, con estoicismo. Ya había sentido ambas cosas en otros saltos espaciales, y estaba preparada para ello. Sabía también que los compartimientos del equipaje estaban incluidos en el sistema de ventilación de la nave, y que incluso poseían iluminación mural, pero renunció a esta última porque era flagrantemente poco romántica. Permaneció en la oscuridad, como convenía a una conspiradora, respirando muy suavemente y escuchando los diversos ruidos que rodeaban a Homir Munn.
Eran los ruidos bien distinguibles hechos por un hombre que se halla solo. El roce de los zapatos con el suelo, el crujido de la tela contra el metal, el chasquido de una silla tapizada bajo el peso de un cuerpo, el clic agudo de una unidad de control o la suave presión de una palma sobre una célula fotoeléctrica.
Eventualmente, sin embargo, la inexperiencia empezó a pesar a Arcadia. En los libros—película y en los vídeos, el polizón parecía dotado de infinitos recursos en la oscuridad. Naturalmente, siempre existía el peligro de chocar con algo que hiciera ruido al caer, o de estornudar (en los vídeos siempre acababan estornudando; era hecho aceptado). Sabía todo y tenía mucho cuidado. Comprendía también que llegaría a sentir hambre y sed. Para esta eventualidad se había preparado, llevándose unas latas de la despensa. Pero había otras cosas que las películas nunca mencionaban, y Arcadia se dio cuenta con alarma de que, a pesar de que echaría mano a toda su fuerza de voluntad, sólo podría permanecer oculta por un tiempo limitado.
En un crucero deportivo de una sola plaza, como el Unimara, el espacio habitable consistía esencialmente en una sola habitación, de manera que no había siquiera la arriesgada posibilidad de abandonar de puntillas el compartimiento mientras Munn se hallara ocupado en otra parte.
Esperó frenéticamente los sonidos que anunciaran el sueño de Homir. ¡Ojalá supiera si roncaba! Por lo menos sabía dónde estaba la litera, y podría reconocer el chirrido del colchón cuando lo oyera. Escuchó una larga aspiración y después un bostezo. Esperó en el profundo silencio, interrumpido de vez en cuando por un ligero crujido de la litera al cambiar su ocupante de posición.
La puerta del compartimiento de equipajes se abrió fácilmente bajo la presión de su dedo. Asomó la cabeza...
Un claro sonido humano se interrumpió bruscamente.
Arcadia se inmovilizó. ¡Silencio! ¡Aún más silencio!
Intentó mirar por la rendija de la puerta sin sacar la cabeza, pero no lo consiguió. Volvió a asomar la cabeza...
Homir Munn estaba despierto, naturalmente, leyendo en la cama, bañado por la suave luz de la cabecera, con una mano debajo de la almohada.
La cabeza de Arcadia se ocultó de nuevo. Entonces, la luz se apagó, y la voz de Munn dijo con temblorosa decisión:
—Tengo una pistola, y por la Ga...Galaxia que voy a disparar...
Y Arcadia gimió:
—Sólo soy yo. No dispare.
Es notable lo frágil que resulta ser el romanticismo. Una pistola en la mano de un hombre nervioso puede estropearlo todo.
La luz volvió a encenderse —en toda la nave—, y Munn se sentó en la cama. Los cabellos grises de su delgado pecho y la barba de un día en su rostro le prestaban un aspecto, enteramente falso, de persona poco respetable.
Arcadia entró, tratando de quitarse su chaqueta de metaleno, que se suponía era a prueba de arrugas. Tras un momento de susto en el que estuvo a punto de saltar de la cama, Munn se tapó hasta los hombros con la sábana y tartamudeó:
—¡Qu...u...é, qué...!
Era incapaz de hacerse entender. Arcadia dijo con timidez
—¿Me perdona un momento? He de lavarme las manos.
Conocía la distribución de la nave, y se alejó rápidamente. Cuando volvió casi había recuperado su valor, y Homir Munn estaba en pie ante ella, cubierto con una bata desteñida y rebosando furia en su interior.

—Por los negros agujeros del espacio, ¿qué estás haciendo a bor...bordo? ¿Có...cómo has entrado? ¿Qué voy a hacer a ... ahora con ... contigo? ¿Qué de ...emonios significa esto?
Hubiera seguido preguntando indefinidamente, pero Arcadia le interrumpió con dulzura
—Tenía grandes deseos de acompañarle, tío Homir.
—¿Por qué? No voy a ninguna parte.
—Va a Kalgan para informarse sobre la Segunda Fundación.
Munn emitió un salvaje alarido y se derrumbó por completo. Por un instante, Arcadia pensó que tendría un ataque de histerismo y se golpearía la cabeza contra la pared. Seguía empuñando la pistola, y, mirándole, sintió que se le helaba la sangre en las venas.
—Cuidado... Tómeselo con calma... —fue todo cuanto se le ocurrió decir.
Pero Munn hizo un esfuerzo y recuperó una relativa normalidad; tiró la pistola sobre la litera con tanta fuerza que faltó poco para que se disparara y agujerease el casco de la nave.
—¿Cómo subiste a bordo? —preguntó lentamente, como si agarrase cada palabra con los dientes para evitar que temblara antes de dejarla salir.
—Fue muy fácil. Entré en el hangar con mi maleta y dije: «El equipaje del señor Munn», y el vigilante levantó el puyar sin mirarme siquiera.
—¿Sabes que tendré que volver para dejarte? —dijo Homir, sintiendo una repentina alegría en su interior. Por la Galaxia que aquello no era culpa suya.
—No puede hacerlo —replicó Arcadia con calma—. Llamaría la atención.
—¿Qué dices?
—Lo sabe muy bien. Toda la razón de su viaje, a Kalgan reside en el hecho de que es natural que vaya y pida permiso para examinar los archivos del Mulo. Y tiene que ser todo tan natural que no puede llamar la atención en forma alguna. Si regresa con una chica que iba de polizón en su nave, la noticia puede llegar hasta los noticieros de la televisión.
—¿De dón...dónde has sacado es ... estas ideas sobre Kalgan? Es ... estas ideas tan infan...fantiles... —Su tono no podía engañar a nadie, y menos a una persona como Arcadia que sabía tanto sobre la cuestión.
—Lo oí todo —explicó ella, incapaz de ocultar completamente su orgullo— con un receptor de sonido. Y puesto que lo sé todo, tiene que dejarme ir.
—¿Qué hay de tu padre? —Munn echó mano de aquel triunfo—. Debe imaginarse que has sido raptada..., o que estás muerta.
—He dejado una nota —replicó Arcadia triunfalmente—, y él también sabe que no conviene dar publicidad al asunto. Es probable que nos envíe un espaciograma.
Munn estuvo a punto de creer en la brujería cuando la señal receptora sonó con estridencia instantes después de que ella terminase de hablar. Arcadia dijo:
—Apuesto :. que es de mi padre.
Y así era. El mensaje contenía pocas palabras e iba dirigido a Arcadia. Decía: «Gracias por tu bonito regalo; estoy seguro de que hiciste buen uso de él. Diviértete.»
—Ya ha visto —comentó—. Estas son las órdenes.
Homir se acostumbró a la muchacha. Al cabo de poco tiempo se alegró de tenerla a su lado, y al final acabó preguntándose qué hubiera hecho sin ella. ¡Charlaba! ¡Estaba tan excitada! Y, sobre todo, no sentía la menor preocupación. Sabía que la Segunda Fundación era el enemigo, pero no le importaba. Sabía que en Kalgan él tendría que tratar con funcionarios hostiles, y, sin embargo, ansiaba llegar.
Tal vez era consecuencia de tener catorce años.
En cualquier caso, las semanas de viaje ahora significaban conversación, en vez de soledad. Claro que la conversación no era muy aleccionadora, pues consistía, casi enteramente, en las ideas de la muchacha sobre el tema de cómo tratar al Señor de Kalgan. Ideas divertidas e insensatas, pero expresadas con ponderada deliberación.
Homir se sorprendió a sí mismo sonriendo mientras escuchaba; y preguntándose de qué novela histórica habría sacado Arcadia su complicada noción del gran universo.
Era la tarde anterior al último salto. Kalgan se veía como una brillante estrella en el vacío escasamente iluminado de los bordes exteriores de la Galaxia. El telescopio de la nave lo mostraba como una burbuja chispeante de diámetro apenas perceptible.
Arcadia estaba sentada, con las piernas cruzadas, en la única silla cómoda. Llevaba pantalones y la camisa más pequeña que poseía Homir. Había lavado y planchado su propio vestuario, más femenino, para ponérselo cuando aterrizasen.
—¿Sabe? Voy a escribir novelas históricas —anunció.
Era feliz por completo con el viaje. A Homir le gustaba escucharla, y la conversación era mucho más agradable cuando se podía hablar a una persona verdaderamente inteligente que se tomaba en serio lo que una decía. Continuó:
—He leído montones de libros sobre los grandes hombres de la historia de la Fundación, como Seldon, Hardin, Mallow, Devers, y todos los demás. Incluso he leído gran parte de lo que usted ha escrito acerca del Mulo, pero no es muy divertido leer los capítulos en que la Fundación pierde. ¿No le gustaría más escribir una historia que no tuviera esos pasajes tontos y trágicos?
—Ya lo creo —le aseguró gravemente Munn—. Pero no sería una hi...historia real, Arkady. Nunca conseguirías el respeto aca...académico, o...o...omitiendo algunos hechos históricos.
—¡Bah! ¿Y a quién le importa el respeto académico? —Le encontraba encantador. Hacía días que no se olvidaba de llamarla Arkady—. Mis novelas serán interesantes, se venderán mucho y se harán famosas. ¿Para qué escribir libros, si no se venden ni son conocidos? No me interesa que me conozcan sólo unos cuantos profesores viejos. Quiero que me conozca todo el mundo.
Sus ojos brillaron al pensarlo, y adoptó una posición aún más cómoda.
—De hecho, en cuanto consiga la autorización de mi padre, visitaré Trántor a fin de encontrar material sobre el Primer Imperio. Yo nací en Trántor, ¿lo sabía usted?
El lo sabía, pero preguntó, con asombro en la voz: —¿De verdad?
Fue recompensado con una mezcla de gemido y alegre exclamación.
—Pues sí. Mi abuela..., ya sabe, Bayta Darell, habrá oído hablar de ella..., estuvo una vez en Trántor, con mi abuelo. De hecho, fue allí donde detuvieron al Mulo, cuando toda la Galaxia estaba a sus pies; y mis padres también fueron a Trántor después de casarse. Y yo nací allí, e incluso viví una temporada, hasta que mi madre murió. Pero sólo tenía tres años, y no recuerdo gran cosa. ¿Ha estado alguna vez en Trántor, tío Homir?
—No, nunca.
Munn se apoyó contra el frío mamparo y siguió escuchando ausentemente. Kalgan estaba muy cerca, y su nerviosismo del principio empezaba a acecharle de nuevo.
—Es el más romántico de los mundos. Mi padre dice que durante el reinado de Stannel V estaba poblado por más gente de la que hay ahora en diez planetas. Dice también que era un gran mundo de metal, una sola gran ciudad, y capital de toda la Galaxia. Me La enseñado fotografías que tomó en Trántor. Ahora está reducido a ruinas, pero sigue siendo magnífico. Me entusiasmaría verlo de nuevo. De hecho... ;Homir!
—¿Sí?
—¿Por qué no vamos allí cuando hayamos terminado lo de Kalgan?
El miedo volvió a apoderarse de él, y se reflejó en su rostro.
—¿Qué... qué dices? No lo pi ... pi ...enses siquiera. Esto es un viaje de negocios, no de placer. Recuérdalo, jovencita.
—Pero también sería de negocios —insistió ella—. Podríamos encontrar increíbles cantidades de información en Trántor. ¿No lo cree así?
—No, no lo creo. —Munn se puso en pie—. Ahora, apártate del com...computador. Hemos de dar el último sa...salto, y después te acostarás.
Al menos, aterrizar tenía un aliciente; estaba harto de intentar dormir sobre un abrigo en el suelo metálico de la nave.
Los cálculos no eran difíciles. El Manual de las Rutas Espaciales era muy explícito sobre la ruta Fundación—Kalgan. Se produjo el tirón momentáneo del paso sin tiempo a través del hiperespacio, y quedó atrás el último año—luz.
Ahora, el sol de Kalgan ya era un verdadero sol: grande, brillante, de un blanco amarillento; invisible tras las portillas que se habían cerrado automáticamente en el lado iluminado por el astro.
Kalgan se hallaba sólo a una noche de distancia.


12. EL SEÑOR

De todos ¡os mundos de la Galaxia, Kalgan era el que tenía, indudablemente, la historia más excepcional. La del planeta Términus, por ejemplo, era la de un ascenso casi ininterrumpido. La de Trántor, en un tiempo capital de la Galaxia, era la de una casi continua decadencia. Pero Kalgan...
Kalgan empezó a adquirir fama como el mundo de recreo de la Galaxia, dos siglos antes del nacimiento de Hari Seldon. Era un mundo de recreo en el sentido de que convirtió la diversión en una industria provechosa; inmensamente provechosa, para ser más exactos.
Además, era una industria estable, la más estable de la Galaxia. Cuando toda la Galaxia se extinguió como civilización, apenas unas salpicaduras de la catástrofe alcanzaron a Kalgan. Por mucho que cambiase la economía y la sociología de los sectores circundantes de la Galaxia, siempre quedaba una clase privilegiada; y la característica de una clase privilegiada es siempre la misma: la posesión del ocio, como única gran recompensa de su condición.
Por consiguiente, Kalgan estuvo siempre al servicio —y siempre con éxito— de los perfumados y elegantes caballeros de la corte imperial y de sus resplandecientes y lascivas damas; de los toscos y bulliciosos señores guerreros que gobernaban con mano férrea los mundos que habían conquistado a fuerza de sangre, y de sus desenfrenadas amantes; de los obesos y extravagantes hombres de negocios de la Fundación, y de sus viciosas amigas.
No había la menor discriminación, ya que todos ellos tenían dinero. Y como Kalgan atendía a todos y no rechazaba a nadie, como sus diversiones colmaban cualquier capricho, como tenía la habilidad de no inmiscuirse en la política de ningún mundo y de no poner en tela de juicio los derechos de nadie, prosperaba cuando todos se hundían, y se enriquecía cuan—
do todos conocían la amargura de la pobreza... hasta que llegó el Mulo. Entonces también cayó, ante un conquistador indiferente a la diversión, interesado sólo en la conquista. Para él, todos los planetas eran iguales, incluso Kalgan.
De este modo, durante una década, Kalgan representó el extraño papel de metrópoli galáctica: dueña y señora del más grande Imperio desde el fin del propio Imperio Galáctico.
Y entonces, tras la muerte del Mulo, tan repentina como inesperada, llegó la caída. La Fundación se desmoronó, y con ella el resto de los dominios del Mulo. Cincuenta años después sólo permanecía el desconcertante recuerdo de aquel fugaz período de poder, como un sueño de opio. Kalgan no se recuperó nunca por completo. Nunca podría volver a ser el despreocupado mundo de recreo que fuera en un tiempo, porque el hechizo del poder nunca suelta del todo a su presa. Sobrevivió bajo el mando de una serie de hombres a quienes la Fundación llamaba Señores de Kalgan, pero que se daban a sí mismos el título de Primer Ciudadano de la Galaxia, imitando el único título del Mulo, y que mantenían la ficción de ser también ellos conquistadores.

El actual Señor de Kalgan ocupaba su cargo desde hacía cinco meses. Lo había ganado originalmente en virtud de su posición como jefe de la Flota kalganiana, y por una lamentable falta de precaución por parte del Señor precedente. Sin embargo, nadie en Kalgan era tan estúpido como para estudiar demasiado a fondo la cuestión de legitimidad. Esas cosas ocurrían, y lo mejor era aceptarlas.
Con todo, esa especie de supervivencia de los más fuertes, además de significar sangre y maldad, permitía de vez en cuando que algún hombre competente saliera a la superficie. El Señor Stettin era uno de ésos, y nada fácil de manejar, por cierto.
Nada fácil para Su Excelencia el primer ministro, que con admirable imparcialidad había servido al último Señor y ahora servía al actual, y que, si vivía lo suficiente, serviría al siguiente. Nada fácil para la Señora Callia, la cual era más que amiga de Stettin, pero menos que esposa.
Los tres se encontraban solos aquella tarde en los apartamentos privados del Señor Stettin. El Primer Ciudadano, corpulento y deslumbrante con el uniforme de almirante que más le favorecía, jadeaba en un sillón sin tapizar, rígido como el plástico de que estaba hecho este último. Su primer ministro, Lev Meirus, se hallaba frente a él en actitud indiferente, acariciando con sus largos dedos la curva que iba" desde su nariz ganchuda hasta la parte hundida de su mejilla que casi se ocultaba bajo su barba gris. La Señora Callia descansaba graciosamente sobre el diván de espuma cubierto de espesas pieles, con un mohín tembloroso en sus gruesos labios.
—Señor —dijo Meirus, dándole el único título apropiado para quien sólo se hacía llamar Primer Ciudadano—, usted carece de cierta perspectiva de la continuidad de la historia. Su propia vida, con sus tremendas revoluciones, le hace pensar que el curso de la civilización es algo igualmente susceptible de cambios repentinos. Y no es así.
—El Mulo demostró lo contrario.
—Pero nadie puede imitarle. Recuerde que era más que un hombre. Y ni siquiera él tuvo un éxito completo.
—Puchi ——susurró la señora Callia de improviso, y en seguida calló, obedeciendo un furioso gesto del Primer Ciudadano.
Stettin dijo con dureza:
—No interrumpas, Callia. Meirus, estoy cansado de esta inactividad. Mi predecesor dedicó su vida a convertir la Flota en un magnífico instrumento que no tiene igual en toda la Galaxia. Y murió sin haberlo hecho servir. ¿Tengo que hacer yo lo mismo? ¿Yo, un almirante de la Flota? ¿Cuánto tardará en oxidarse? Actualmente representa una sangría para el Tesoro, y no proporciona dividendos. Sus oficiales ansían dominios, sus dotaciones, un botín. Todo Kalgan desea el regreso del Imperio y la gloria. ¿Es usted capaz de comprender esto?
—No son más que palabras, pero capto su significado. Dominios, botín, gloria..., muy agradables cuan—
do se obtienen, pero el proceso para obtenerlos es a menudo arriesgado, v siempre desagradable. las primeras victorias pueden ser efímeras. Y en toda la historia, jamás ha sido inteligente atacar la Fundación. Incluso el Mulo hubiera obrado con mayor sabiduría si se hubiera abstenido de hacerlo...
Había lágrimas en los ojos azules y vacíos de Callia. Últimamente, Puchi apenas la veía, y ahora, después de prometerle que pasaría la tarde con ella, aquel hombre horrible, flaco y canoso, que siempre la miraba como si ella fuera transparente, les había impuesto su presencia. Y Puchi se lo permitía. No osaba una palabra; incluso le asustó un leve sollozo que no pudo contener.
Pero Stettin estaba hablando con la voz que Callia odiaba: dura e impaciente. Decía:
—Es usted un esclavo del remoto pasado. La Fundación ha crecido en volumen y población, pero está desunida y caerá al primer ataque. Lo que estos días la mantiene en pie es simplemente la inercia; una inercia que yo soy capaz de detener. Usted está cegado por los tiempos antiguos, cuando sólo la Fundación poseía energía atómica, Así pudo resistir los últimos estertores del Imperio moribundo, para enfrentarse después a la insensata anarquía de los señores guerreros que sólo podían defenderse de las naves atómicas de la Fundación con cacharros y reliquias. Pero el Mulo, mi querido Meirus, cambió todo aquello. Difundió por media Galaxia los conocimientos que la Fundación había guardado celosamente para sí, y ahora va no existe el monopolio de la ciencia. Nosotros somos sus iguales.
—¿Y la Segunda Fundación? —interrogó fríamente Meirus.
—¿Y la Segunda Fundación? —repitió Stettin con idéntica frialdad—. ¿Conoce usted sus intenciones? Tardó diez años en detener al Mulo, si es que éste fue el factor verdadero de lo cual hay muchos que dudan. ¿Ignora usted que muchos psicólogos y sociólogos de la Fundación son de la opinión de que el Plan Seldon está totalmente descoyuntado a partir de los días del Mulo? Si el Plan ya no puede continuar existe un vacío que yo soy capaz de llenar igual que cualquier otro.
—Nuestro conocimiento de estas cuestiones no es lo bastante profundo como para justificar el riesgo.
—Nuestro conocimiento tal vez no lo sea, pero tenemos un visitante de la Fundación en el planeta. ¿Sabía usted eso? Un tal Homir Munn, quien, según tengo entendido, escribe artículos sobre el Mulo y ha expresado exactamente la opinión de que el Plan Seldon ya no existe.
El primer ministro asintió.
—He oído hablar de él, o al menos de sus escritos. ¿Qué desea?
—Pide autorización para entrar en el palacio del Mulo.
—¿De verdad? Sería inteligente negársela. Nunca es aconsejable ir contra las supersticiones que sostienen a un planeta.
—Reflexionaré sobre ello y volveremos a hablar del asunto.
Meirus hizo una reverencia y salió.
Callia preguntó, llorosa
—¿Estás enfadado conmigo, Puchi?
Stettin se volvió hacia ella encolerizado.
—¿No te he repetido mil veces que no me llames por ese ridículo nombre en presencia de los demás?
—Solía gustarte.
—¡Pues ya no me gusta! Y procura que no vuelva a suceder.
La miró con expresión sombría. Era un misterio para él el hecho de que continuase soportándola. Era como un objeto blando, con :a cabeza suave al tacto y dócilmente afectuosa, lo cual era una faceta conveniente cuando se llevaba una vida dura. Sin embargo, incluso aquel afecto se estaba convirtiendo en fastidioso. Ella soñaba con el matrimonio, con ser Primera Dama.
¡Ridículo!
Estaba muy bien cuando él era sólo un almirante, pero ahora, como Primer Ciudadano y futuro conquistador, necesitaba algo más. Necesitaba herederos que pudieran unificar sus futuros dominios, algo que el Mulo nuca había tenido y que fue la causa de que
Su Imperio no sobreviviera a su extraña e inhumana vida. El, Stettin, necesitaba a alguien de las grandes familias históricas con quien fundar una dinastía.
Se preguntó tercamente por qué no se deshacía de Callia en aquel mismo instante. No sería nada difícil. Ella gimotearía un poco... Pero abandonó la idea. De vez en cuando tenía su lado bueno.
Ahora Callia se estaba animando. La influencia de Barbagrís se había esfumado, y la cara de granito de Puchi tenía una expresión más suave. Se puso en pie con un gracioso movimiento y se acercó a él, balanceándose.
—No vas a regañarme, ¿verdad?
—No. —La acarició distraídamente—. Ahora estate quieta un ratito, ¿quieres? Tengo que pensar.
—¿En el hombre de la Fundación?
—Sí.
—Puchi... —Hubo una pausa.
—¿Qué?
—Puchi, dijiste que el hombre va con una niña, ¿lo recuerdas? ¿Podría verla cuando venga? Yo nunca...
—¿Por qué crees que he de hacerle venir en compañía de esa mocosa? ¿Acaso mi sala de audiencias ha de convertirse en una escuela elemental? Basta de tonterías, Callia.
—Pero yo puedo ocuparme de ella, Puchi. Así no tendrás que verla siquiera. Es que yo casi nunca veo niños, y ya sabes cuánto me gustan.
La miró con sarcasmo. Ella no se cansaba nunca de aquel tema. Le gustaban los niños, es decir, los niños de él, sus hijos legítimos, y, por lo tanto, el matrimonio. Se rió.
—Esta niña en particular —dijo— es una muchacha de catorce o quince años. Probablemente es tan alta como tú.
Callia pareció desanimada.
—Bueno, ¿puedo verla de todos modos? Podría contarme cosas de la Fundación. Ya sabes que siempre he deseado ir allí. Mi abuelo era de la Fundación. ¿Me llevarás allí algún día, Puchi?
Stettin sonrió al pensarlo. Tal vez lo haría, como conquistador. La idea le puso de buen humor, y contestó
—Sí, sí. Y puedes ver a la niña y hablar de la Fundación con ella todo lo que quieras. Pero sin mí, ¿eh?
—No te molestaré, te lo prometo. La recibiré en mis habitaciones.
Volvía a ser feliz. Últimamente no se salía con la suya muy a menudo. Le puso los brazos alrededor del cuello, y en seguida notó que él se relajaba y apoyaba la cabeza en su hombro.


13. LA SEÑORA

Arcadia se sentía triunfal. ¡Cuánto había cambiado su vida desde que Pelleas Anthor asomara su cara de tonto a su ventana! Y todo porque ella había tenido la visión y el valor de hacer lo que se debía hacer.
Ahora estaba en Kalgan. Había ido al Gran Teatro Central —el mayor de la Galaxia— y visto en persona algunas de las estrellas de la canción que eran famosas incluso en la lejana Fundación. Había ido de compras por todo el Sendero Florido, centro de la moda del mundo :más alegre del espacio. Y había elegido ella todas las prendas, porque Homir no entendía absolutamente nada de la moda. Las vendedoras no pusieron ningún inconveniente a los largos y brillantes vestidos con cortes verticales que le hacían parecer tan alta, y el dinero de la Fundación cundía muchísimo. Homir le había dado un billete de diez créditos, y cuando lo cambió a «kalgánidos» kalganianos le dieron un enorme montón.
Incluso cambió de peinado: un poco corto en la nuca y con dos relucientes bucles en cada sien. Y le pusieron una loción que realzaba el tono dorado de sus cabellos; ahora brillaban realmente.
Pero aquello..., aquello era lo mejor de todo. Desde luego, el palacio del Señor Stettin no era tan grande ni lujoso como los teatros, ni tan misterioso e histórico como el antiguo palacio del Mulo —del cual, hasta ahora, sólo habían visto las solitarias torres
cuando sobrevolaban el planeta—, pero lo habitaba un verdadero Señor. Se sentía entusiasmada
Y no sólo eso; se encontraba cara a cara con la Señora, la amante del Señor. Arcadia daba mucha importancia a esta palabra, porque conocía el papel que tales mujeres habían representado :n la historia; conocía su atractivo y su poder. De hecho, había pensado a menudo en ser ella misma una criatura poderosa y deslumbrante, pero, por alguna razón, las amantes no estaban actualmente de moda en la Fundación, y además, era muy probable que su padre no le permitiese ser una de ellas.
Por supuesto que la Señora Callia no se ajustaba del todo a la idea que tenía Arcadia de las amantes. Por un lado, era demasiado rechoncha, y no parecía malvada ni peligrosa, sino algo marchita y un poco miope. Tenía la voz estridente, en lugar de profunda, y...
Callia preguntó:
—¿Quieres otra taza de té, niña?
—Sí, tomaré otra taza, gracias, Su Gracia —¿o debería llamarla Alteza?
Arcadia continuó con la condescendencia de un experto:
—Lleva usted unas perlas muy hermosas, Mi Señora. —(«Mi Señora» parecía más indicado.)
—¡Oh! ¿Te gustan? —Callia parecía vagamente satisfecha. Se quitó el collar y lo balanceó entre sus dedos—. ¿Las quieres? Te las regalo.
—¡Oh...!, ¿de verdad...? —Se las encontró en la mano, pero las devolvió con tristeza, diciendo—: A mi padre no le gustaría.
—¿No le gustarían las perlas? Pero si son muy bonitas.
—Quiero decir que no le gustaría que las aceptase. Dice que no se deben aceptar regalos caros.
—¿De verdad? Pero... esto es un regalo que me hizo Pu... el Primer Ciudadano. ¿Crees que obré mal aceptándolo?
Arcadia se ruborizó.
—No he querido decir...
Pero Callia ya se había cansado del tema. Dejó resbalar las perlas hasta el suelo y dijo:
—Ibas a hablarme de la Fundación. Hazlo, por favor.
Arcadia no sabía cómo empezar. ¿Qué podía decir de un mundo tan aburrido? Para ella, la Fundación era un barrio suburbano, una casa confortable, las fastidiosas necesidades de la educación, la prosaica monotonía de una vida tranquila. Contestó, titubeando:
—Supongo que es tal como se ve en los libros película.
—Oh, ¿tú ves libros—película? A mí me dan dolor de cabeza. ¿Sabes que me gustan las historias de vídeo sobre vuestros Comerciantes? Son hombres tan fornidos y salvajes... Sus historias son apasionantes. ¿Es tu amigo, el señor Munn, uno de ellos? No me parece lo bastante salvaje. Muchos Comerciantes llevaban barba y tenían voz de bajo, y eran muy dominantes con las mujeres, ¿verdad?
Arcadia sonrió.
—Eso es parte de la historia, Mi Señora. Quiero decir que, cuando la Fundación era joven, los Comerciantes fueron los pioneros que ensancharon las fronteras y llevaron la civilización al resto de la Galaxia. Aprendemos todo eso en la escuela. Pero aquel tiempo ya pasó. Ahora no tenemos Comerciantes; sólo corporaciones y cosas por el estilo.
—¿De veras? ¡Qué lástima! Entonces, ¿a qué se dedica el señor Munn, si no es un Comerciante?
—Tío Homir es bibliotecario.
Callia se llevó una mano a los labios y gorjeó:
—¿Quieres decir que se ocupa de los libros—película? ¡Oh! Parece una ocupación muy tonta para un hombre hecho y derecho.
—Es un buen bibliotecario, Mi Señora. Su trabajo está muy bien considerado en la Fundación.
Dejó la pequeña taza iridiscente sobre la superficie metálica de la mesa. Su anfitriona comentó:
—Claro, querida niña. Te aseguro que no he querido ofenderte. Debe ser un hombre muy inteligente, lo vi en sus ojos en cuanto le miré. Eran ojos muy... inteligentes. Y además debe ser valiente, ya que desea ver el palacio del Mulo.
—¿Valiente? —Arcadia aguzó los oídos. Esto era lo que había estado esperando. ¡Intriga! ¡Intriga! Preguntó con gran indiferencia, contemplándose el pulgar—: ¿Por qué hay que ser valiente para querer visitar el palacio del Mulo?
—¿No lo sabías? —Abrió mucho los ojos y bajó el tono de la voz—. Pesa una maldición sobre él. Cuando murió, el Mulo dio instrucciones de que nadie entrase en el palacio hasta que estuviese establecido el Imperio de la Galaxia. Nadie en Kalgan se atrevería a pisar siquiera los jardines.
Arcadia tomó buena nota de aquella información. —Pero eso es superstición...
—No digas eso. —Callia estaba intranquila—. Puchi siempre lo dice. Dice que es útil decirlo para mantener su poder sobre el pueblo. Pero yo sé que tampoco él ha entrado nunca. Y tampoco entró Thallos, que fue Primer Ciudadano antes que Puchi. —Se le ocurrió una idea, y la curiosidad volvió a dominarla—: Pero ¿por qué desea ver el palacio el señor Munn?
Esta pregunta permitía a Arcadia poner en ejecución su bien elaborado plan. Sabía por los libros que había leído que la amante de un gobernante ejercía el verdadero poder detrás del trono; en otras palabras: que tenía la máxima influencia. Por consiguiente, si tío Homir fracasaba con el Señor Stettin —y estaba segura de que fracasaría—, ella lo lograría por medio de la Señora Callia. En realidad, aquella mujer era un enigma. No parecía nada inteligente. Pero, en fin, la historia probaba...
—Hay una razón, Mi Señora —repuso—, pero... ¿guardará el secreto de esta confidencia?
—Lo juro —dijo Callia, llevándose una mano a su abundante y blanco pecho.
Los pensamientos de Arcadia volaban por delante de sus palabras.
—Tío Homir es una gran autoridad sobre el Mulo. Ha escrito muchos libros acerca de él, y cree que toda la historia galáctica ha cambiado desde que el Mulo conquistó la Fundación.
—Vaya, vaya.
—Cree que el Plan Seldon...
Callia juntó las manos.
—Conozco el Plan Seldon. Los vídeos sobre los Comerciantes sólo hablaban del Plan Seldon. Se decía que gracias a él, la Fundación siempre vencería. La ciencia tenía algo que ver con el Plan, aunque yo nunca lo entendí. Me pongo siempre tan nerviosa cuando tengo que escuchar explicaciones... Pero continúa, querida. Es diferente si tú lo explicas; sabes hacerlo con tanta claridad...
Arcadia continuó:
—Bueno, ¿no comprende usted que cuando la Fundación fue derrotada por el Mulo, el Plan Seldon no funcionó y no ha vuelto a funcionar desde entonces? Así pues, ¿quién formará el Segundo Imperio?
—¿El Segundo Imperio?
—Sí, se ha de formar algún día, pero ¿cómo? Este es el gran problema. Y además está la Segunda Fundación.
—¿La Segunda Fundación? —No entendía nada.
—Sí, son los que planean la historia, los sucesores de Seldon. Detuvieron al Mulo porque era un hecho prematuro, pero ahora es posible que ayuden a Kalgan.
—¿Por qué?
. —Porque ahora Kalgan puede ofrecer la posibilidad de ser el núcleo de un nuevo Imperio.
La Señora Callia pareció comprender vagamente esta frase.
—¿Quieres decir que Puchi va a construir un nuevo Imperio?
—No podemos decirlo con seguridad. Tío Homir así lo cree, pero tendrá que ver los archivos del Mulo para averiguarlo.
—Es todo muy complicado —dijo la Señora Callia, llena de dudas.
Arcadia aflojó. Había hecho todo lo que estaba en su mano.
Stettin estaba de un humor que más o menos podríamos calificar de salvaje. La sesión con aquel estúpido de la Fundación había sido muy poco provechosa. Peor aún: había sido molesta. Ser dueño absoluto de veintisiete mundos, poseer la maquinaria militar más poderosa de la Galaxia y la ambición más arrolladora del universo... y tener que discutir tonterías con un anticuario.
¡Maldición!
¿Acaso iba a violar las costumbres de Kalgan? ¿Permitir que el palacio del Mulo fuese mancillado para que un idiota pudiera escribir otro libro? ¡La causa de la ciencia! ¡El espíritu sagrado del saber! ¡Por la Gran Galaxia! ¿Acaso podían lanzarle a la cara con toda seriedad aquellas paparruchas? Además —y se le puso la carne de gallina—, estaba la cuestión de la maldición. No creía en ella; un hombre inteligente no podía prestarle crédito. Pero si tenía que desafiarla, sería por una razón de más peso que la aducida por aquel insensato.
—¿Qué quieres ahora? —chilló cuando vio aparecer a Callia en el umbral.
—¿Estás ocupado?
—Sí, estoy ocupado.
—Pero aquí no hay nadie, Puchi. ¿No puedo hablarte un solo minuto?
—¡Oh, por la Galaxia! ¿Qué quieres? Dilo de prisa. Ella habló con precipitación
—La niña me ha dicho que van a entrar en el palacio del Mulo. He pensado que podríamos ir con ellos. Debe de ser magnífico por dentro.
—Conque te ha dicho eso, ¿eh? Pues no entrarán, y nosotros tampoco. Ahora vete y dedícate a tus cosas. Ya me has estorbado bastante.
—Pero, Puchi, ¿por qué no? ¿No vas a permitírselo? ¡La niña ha dicho que fundarás un Imperio!
—No me importa lo que haya dicho... ¿Qué? —Se acercó a Callia y la cogió firmemente por el codo, hundiendo los dedos en la suavidad de su carne—. ¿Qué fue lo que te dijo?
—Me haces daño. No puedo recordar lo que dijo si me miras de este modo.
El la soltó, y Callia se frotó en vano las marcas rojas de su brazo. Murmuró:
—La niña me ha hecho prometer que no lo diría. —Vaya, vaya. Dímelo, ¡y ahora mismo!
—Pues dijo que el Plan Seldon había sido cambiado y que hay otra Fundación en alguna parte que está organizando las cosas para que tú fundes un Imperio. Eso es todo. Dijo que el señor Munn es un científico muy importante y que el palacio del Mulo contenía pruebas de todo esto. No dijo nada más. ¿Estás enfadado?
Pero Stettin no contestó. Abandonó precipitadamente la habitación, mientras los ojos bovinos de Callia le seguían con expresión desconsolada. Antes de una hora fueron enviadas dos órdenes con el sello oficial del Primer Ciudadano. Una tenía por objeto mandar quinientas naves al lugar del espacio donde
se realizaban lo que oficialmente se llamaba «maniobras de guerra». La otra tuvo el efecto de sumir a un solo hombre en la más completa confusión.

Homir Munn abandonó sus preparativos para la marcha cuando llegó a sus manos aquella segunda orden. Se trataba, naturalmente, de la autorización oficial para visitar el palacio del Mulo. La leyó una y otra vez, con sentimientos que no eran precisamente de alegría. Pero Arcadia estaba encantada. Sabía lo que había ocurrido. O al menos, pensaba que lo sabía.


14. LA ANSIEDAD

Poli puso el desayuno sobre la mesa, mirando de reojo el televisor, que emitía los boletines informativos. Este trabajo podía hacerse con facilidad sin merma de eficiencia. Como todos los alimentos estaban envueltos en recipientes esterilizados que servían de platos desechables, sus deberes en lo tocante al desayuno consistían únicamente en elegir el menú, colocar los recipientes en la mesa y llevarse después los residuos.
Chasqueó con la lengua al ver las imágenes y gimió suavemente.
—¡Oh! La gente es tan malvada —observó, y Darell se limitó a asentir con la cabeza.
La voz de Poli subió de tono, lo cual hacía de forma automática cuando se lamentaba de la maldad del mundo.
—Veamos, ¿por qué esos terribles kalganeses se portan así? —Acentuó la segunda sílaba, alargando mucho la «a»—. Podrían dejar a la gente tranquila. Pero no, quieren jaleo, siempre jaleo. Lea ese titular: «Las turbas ante el Consulado de la Fundación.» ¡Ah!, me gustaría poder decirles lo que pienso. Eso es lo malo de la gente: que no recuerdan nada. No recuerdan nada, doctor Darell; no tienen memoria. Por ejemplo, la última guerra después de la muerte del Mulo..., claro que yo era una niña entonces. Mi propio tío resultó muerto, y aún no tenía treinta años y sólo hacía dos que se había casado. Habían tenido una niña hacía poco. Aún la recuerdo: tenía los cabellos rubios y un hoyuelo en la barbilla. Tengo un cubo tridimensional de él en alguna parte... Y ahora la niña tiene un hijo que sirve en la Flota, y si algo sucede... Tuvimos patrullas de bombardeo, y todos los viejos tomaron parte en la defensa de la estratosfera..., no quiero imaginarme lo que hubieran hecho si los kalganeses hubiesen llegado tan lejos. Mi madre solía hablarnos, cuando éramos niños, del racionamiento de alimentos y de precios e impuestos. Era muy difícil soportar tantos gastos... Si la gente tuviera sentido común no querría volver a pasar todo aquello. Aunque supongo que la culpa no es de la gente, y que incluso los kalganeses preferirían quedarse en casa con sus familias antes que ir de aquí para allá con sus naves, matándose unos a otros. La culpa es de ese hombre horrible, Stettin; no me explico cómo dejan vivir a personas como él. Mató a aquel anciano, ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Thallos, y ahora pretende ser dueño de todo. No comprendo por qué quiere atacarnos. Seguramente perderá..., siempre pierden. Quizá todo esté en el Plan; pero a veces pienso que debe ser un plan muy malvado para permitir tantas guerras y matanzas, aunque esto no quiere decir que critique a Hari Seldon, que debía saber muchas más cosas que yo, y quizá sea una insensatez dudar de él. Y esa otra Fundación también tiene la culpa. Podría detener a Kalgan ahora y hacer que todo fuese bien. Lo hará de todos modos al final, así que sería más lógico que lo hiciese ahora, antes de que ocurra una catástrofe.
El doctor Darell levantó la vista.
—¿Decías algo, Poli?
Poli abrió mucho los ojos, y luego contestó, despechada:
—Nada, doctor, absolutamente nada. No tengo nada que decir. Una preferiría morirse antes que decir una palabra en esta casa. Ir todo el día de un lado para otro, y cuando intentas decir algo... —y continuó rezongando.

El silencio de Poli impresionó tan poco a Darell como su discurso.
¡Kalgan! ¡Tonterías! ¡Un enemigo meramente físico! ¡Esos siempre eran derrotados!
No obstante, le resultaba imposible mantenerse al margen de la actual y estúpida crisis. Siete días antes, .el alcalde le había propuesto ser Administrador de la Investigación y el Desarrollo. Darell había prometido darle una respuesta aquel mismo día.
Bien...
Se removió, intranquilo. ¿Por qué precisamente él? Y, sin embargo, ¿podía rehusar? Parecería extraño, y no se atrevía a hacer nada que pareciese raro. Después de todo, ¿qué le importaba Kalgan? Para él sólo existía un enemigo, y siempre había sido el mismo.
Mientras su esposa vivía, no le importó rehuir la tarea, ocultarse. ¡Aquellos largos y tranquilos días en Trántor, rodeados de las ruinas del pasado! ¡El silencio de un mundo destrozado y la serenidad de su vida!
Pero ella había muerto. Su matrimonio sólo duró
cinco años; y después comprendió que sólo podría vivir luchando contra aquel vago y temible enemigo' que le privaba de su dignidad de hombre al controlar su destino, que convertía la vida en una triste lucha contra un fin predestinado, que hacía de todo el universo un juego de ajedrez odioso y mortal.
Podía llamarse sublimación —de hecho, él as¡ lo llamaba—, pero la lucha daba algún significado a su vida.
Primero fue a la Universidad de Santanni, donde se asoció con el doctor Kleise. Habían sido cinco años bien aprovechados.
Y, no obstante, Kleise era solamente un coleccionista de datos. No podía tener éxito en la verdadera tarea; y cuando Darell lo comprendió con seguridad, supo que había llegado el momento de irse.
Kleise podía haber trabajado en secreto, pero necesitaba hombres con quienes trabajar. Disponía de alumnos cuyos cerebros sondeó. Tenía una Universidad que le respaldaba. Todo esto eran debilidades.
Kleise no podía comprender aquello; y él, Darell, no podía explicárselo. Se separaron como enemigos. Así tuvo que ser; era preciso que le abandonase como quien. renuncia, por si se daba el caso de que alguien le estuviera vigilando.
Mientras Kleise trabajaba con gráficos, Darell trabajaba con conceptos matemáticos en las profundidades de su mente. Kleise trabajaba con mucha gente; Darell, con nadie. Kleise en la Universidad; Darell, en la paz de una casa de los suburbios.
Y ya estaba llegando.
Un hombre de la Segunda Fundación no es humano en lo que respecta a su cerebro. El fisiólogo más inteligente, el neuroquímico más sutil, podía no detectar nada... y, sin embargo, la diferencia existía. Y como esta diferencia se encontraba en la mente, era allí donde debía ser detectable.
Un hombre como el Mulo, por ejemplo —y no cabía duda de que los miembros de la Segunda Fundación poseían las facultades del Mulo, ya fueran congénitas o adquiridas—, con el poder de detectar y controlar las emociones humanas; podía deducirse el circuito electrónico requerido, y de el lograr los últimos detalles del encefalograma, en el cual se traicionaría sin remedio.
Y ahora Kleise había vuelto a su vida en la persona de su impulsivo y joven discípulo, Anthor.
¡Qué locura! Con sus gráficos y registros de personas que habían sido manipuladas. El había aprendido a detectar aquello hacía años, pero ¿de qué servía? Necesitaba el brazo, no la herramienta. Sin embargo, había tenido que unirse a Anthor, ya que era el plan de acción más discreto; del mismo modo que ahora se convertiría en Administrador de la Investigación y el Desarrollo. ¡Era el plan de acción más discreto! Y de esta forma seguiría siendo una conspiración dentro de una conspiración.
El recuerdo de Arcadia le preocupó por un momento, y tuvo que obligarse a desecharlo. Si de él hubiera dependido, nunca hubiese ocurrido aquello. Si todo dependiera sólo de él, nadie correría peligro más que él mismo. Si dependiera de él...
Sintió que le dominaba la ira... contra el difunto Kleise, contra Anthor, contra todos los estúpidos bien intencionados...
Bueno, ella sabía cuidar de sí misma. Era una niña muy inteligente.
¡Sabía cuidar de sí misma!
Fue como un susurro en su mente...

¿Sabía hacerlo realmente?
En el mismo momento en que el doctor Darell se decía a sí mismo que sí, Arcadia se encontraba esperando en la fría y austera antesala de las Oficinas Ejecutivas del Primer Ciudadano de la Galaxia. Hacía media hora que estaba allí, dejando resbalar lentamente la mirada por las paredes. Cuando había entrado con Homir Munn, dos hombres armados montaban guardia en la puerta. No solían hacerlo en otras ocasiones.
Ahora estaba sola, e incluso el mobiliario de la habitación respiraba hostilidad. Era la primera vez que la sentía.
¿Cuál podía ser la causa?
Homir estaba con el Señor Stettin. ¿Qué habría ocurrido?
La situación la enfurecía. En casos similares de los libros—película o los vídeos, el héroe preveía la conclusión y estaba preparado cuando se producía. En cambio, ella... ella sólo podía esperar. Podía ocurrir cualquier cosa. ¡Cualquier cosa! Y no sabía qué hacer.
Bueno, lo pensaría todo otra vez, lo repasaría de nuevo. Quizá se le había olvidado algo.
Durante dos semanas, Homir había vivido prácticamente en el interior del palacio del Mulo. Una vez la llevó consigo, previa autorización de Stettin. Era grande y tenebroso, alejado del pulso de la vida, adormecido entre los recuerdos; contestaba a los pasos con un sonido hueco o un rumor lejano. No le había gustado en absoluto.
Eran mejores las grandes y alegres avenidas de la capital; los teatros y espectáculos de un mundo esencialmente más pobre que la Fundación, pero que exhibía su derroche.
Homir volvía al atardecer, abrumado.
—Es un mundo de ensueño para mí —murmuraba—. Si pudiera desmontar el palacio piedra por piedra, capa por capa de esponja de aluminio... Si lo pudiera transportar a Términus... ¡Qué museo haría de él!
Parecía haber perdido sus anteriores temores. Ahora estaba ansioso, entusiasmado. Arcadia lo observó por una señal muy significativa: no volvió a tartamudear durante todo aquel período.
Una vez dijo:
—Hay extractos de los archivos del general Pritcher...
—Le conozco. Era el renegado de la Primera Fundación que recorrió toda la Galaxia en busca de la Segunda, ¿verdad?
—No fue exactamente un renegado, Arkady. El Mulo le había convertido.
—¡Bah! Es lo mismo.
—¡Por la Galaxia! Ese recorrido que has mencionado fue una tarea imposible. Los archivos originales de la Convención Seldon, que estableció ambas Fundaciones hace quinientos años, sólo hacen una referencia a la Segunda Fundación. Dicen que está situada «al otro extremo de la Galaxia, en el Extremo Estelar». Eso es todo cuanto sabían el Mulo y Pritcher. No tenían medio de reconocer a la Segunda Fundación aun en el caso de que la encontraran. ¡Qué locura! Tienen archivos —hablaba para sí mismo, pero Arcadia escuchaba con atención— que deben abarcar casi mil mundos, pero el número de mundos susceptibles de estudio debía acercarse al millón. Y nosotros no sabemos gran cosa más...
Arcadia le interrumpió ansiosamente con un «shhh—h». Homir calló de pronto, y se recobró con lentitud.
—No hablemos de ello —murmuró.
Y ahora Homir estaba con Stettin, y Arcadia esperaba sola en la antesala, sintiendo que la sangre se helaba en sus venas sin saber por qué. Aquello era lo más temible: no parecía haber una razón.

Al otro lado de la puerta, Homir también se consumía interiormente. Estaba luchando con furiosa intensidad contra su tartamudez, pero, a pesar de ello, no podía hablar dos palabras seguidas sin balbucear.
El Señor Stettin vestía uniforme de gala, lo cual acentuaba sus dos metros de estatura, las grandes mandíbulas y los labios crueles. Sus arrogantes puños acompañaban rítmicamente sus frases.
—Bien. Le he dado dos semanas y usted me sale con el cuento de que no ha encontrado nada. Vamos, señor, dígame lo que sea. ¿Va a ser destrozada mi Flota? ¿Tendré que luchar contra los fantasmas de la Segunda Fundación además de hacerlo contra los hombres de la Primera?
—Re...repito, señor, que no soy un pro ...profeta No sé abso...lutamente nada.
—¿Acaso quiere volver para advertir a sus compatriotas? ¡Al fondo del espacio con su maldita comedia! Quiero la verdad o se la arrancaré junto con sus intestinos.
—Estoy di ... diciendo la verdad, y le re ...recuerdo, señor, que soy un ciudadano de la Fu...Fundación. No puede to...tocarme sin arriesgarme a re... represalias.
El Señor de Kalgan soltó una gran carcajada.
—Una amenaza que sólo asustaría a un niño o amilanaría a un idiota. Vamos, señor Munn, he sido paciente con usted. Le he escuchado durante veinte minutos, mientras usted me contaba aburridos detalles cuya invención debe de haberle costado noches enteras de insomnio. El esfuerzo ha sido inútil; sé que está usted aquí para algo más que para husmear entre los archivos del Mulo y remover sus cenizas. Vino aquí por algo que no quiere admitir, ¿verdad? Homir Munn era incapaz de hablar, del mismo modo que era incapaz de ocultar el terror que expresaban sus ojos. Stettin lo advirtió, y se inclinó hacia delante para dar una palmadita en el hombro al ciudadano de la Fundación.
—Bien. Ahora, seamos francos. Usted está investigando el Plan Seldon; sabe que ya no tiene consistencia. Tal vez sabe también que ahora soy yo el inevitable vencedor; yo y mis herederos. Vamos, hombre, ¿qué importa quién establezca el Segundo Imperio, mientras sea establecido? La historia no tiene favoritos, ¿verdad que no? ¿Tiene usted miedo de decírmelo? Ya ve que estoy enterado de su misión.
—¿Qué quie...quiere u...usted? —preguntó Munn con la boca seca.
—Su presencia. No me gustaría que el Plan se estropeara por culpa de un exceso de confianza. Usted sabe más de estas cosas que yo; puede detectar pequeños fallos que tal vez a mí me pasarían desapercibidos. No se preocupe, al final será recompensado; recibirá una parte justa del botín. ¿Qué puede usted esperar en la Fundación? ¿Que no tenga lugar una derrota inevitable? ¿Que se alargue la guerra? ¿O acaso siente el patriótico deseo de morir por su país?
—Yo..., yo... —No pudo continuar; no lograba componer una sola palabra.
—Se quedará aquí —declaró el Señor de Kalgan—. No tiene otra alternativa. Espere —añadió, como si acabara de ocurrírsele—, tengo cierta información sobre el hecho de que su sobrina pertenece a la familia de Bayta Darell.
Homir pronunció un sorprendido sí». En aquel momento era incapaz de pensar algo que no fuese la verdad absoluta.
—¿Es una familia de prestigio en la Fundación?
Homir asintió con la cabeza.
—Sí, y no le tole ...rarían que se le cau...causara el menor daño.
—¡Daño! No sea estúpido, hombre; estoy pensando precisamente en lo contrario. ¿Qué edad tiene?
—Catorce años.
—¡Vaya! Bueno, ni la Segunda Fundación ni el propio Hari Seldon podrían impedir que el tiempo pasara o que las niñas se convirtieran en mujeres.
Entonces dio medir: vuelta y se dirigió hacia la puerta cubierta por un cortinaje, el cual descorrió con gesto violento. Exclamó con voz estentórea
—¿Por qué diablos has arrastrado hasta aquí tu estúpida persona?
La Señora Callia le miró parpadeando, y contestó con voz débil:
—No sabía que tenías visita.
—Pues la tengo. Más tarde te hablaré de esto, pero ahora ¡lárgate! ¡Y de prisa!
Sus pasos se alejaron apresuradamente por el pasillo. Stettin volvió.
—Es el vestigio de un interludio que ya ha durado demasiado. Pronto tocará a su fin. ¿Catorce años, ha dicho usted?
Homir le contempló con un nuevo terror en los ojos.

Arcadia se sobresaltó al advertir que una puerta se abría sin ruido... y por el rabillo del ojo vio que algo se movía. Era un dedo que se agitaba frenéticamente, y durante unos segundos la muchacha no reaccionó; después, como si aquella figura blanca y temblorosa le hubiese contagiado su misterio, se levantó y cruzó de puntillas la habitación.
Los pasos de las dos mujeres eran apenas audibles por el pasillo. Se trataba de la Señora Callia, la cual
le sujetaba la mano con tal fuera que casi le hacía daño; pero, por alguna razón, a Arcadia no le importaba seguirla. Al menos, de la Señora Callia no sentía ningún miedo.
¿Qué ocurriría ahora?
Llegaron al vestidor, todo de color de rosa y muy femenino. La Señora Callia se detuvo de espaldas a la puerta.
—Por aquí venía a verme en secreto... desde su despacho —murmuró, señalando con el pulgar, como si incluso la mención del nombre de su amante le inspirara pánico.
—Es una suerte..., es una suerte... —Sus pupilas eran tan grandes que casi ocupaban todo el ojo.
—¿Puede decirme.:.? —empezó tímidamente Arcadia.
Callia se movía ahora con repentina y febril actividad.
—No, niña, no. No hay tiempo. Quítate esas ropas, de prisa, te lo ruego. Te daré otras para que no puedan reconocerte.
Estaba ante el armario, tirando al suelo montones de prendas transparentes, buscando desesperadamente algo que una niña pudiese llevar sin llamar la atención.
—Toma, esto servirá. Tendrá que servir. ¿Llevas dinero? Toma todos estos billetes... y esto también. —Se quitó anillos y pendientes—. Vete a tu casa, vete a la Fundación
—Pero Homir... mi tío.
Arcadia protestó en vano mientras Callia la cubría a toda prisa con una lujosa prenda de metal tejido, que olía a perfume.
—No se irá de aquí; Puchi le retendrá para siempre, pero tú no debes quedarte. ¡Oh, querida! ¿No lo comprendes?
—No —Arcadia se inmovilizó—, no lo comprendo. La Señora Callia se retorció las manos.
—Tienes que volver y advertir a tu pueblo que se declarará una guerra. ¿Está claro? —El más absoluto terror parecía prestar lucidez a sus pensamientos y hacerle pronunciar palabras que no eran propias de ella—. Ahora, ¡sígueme!
Salieron por otra puerta. Pasaron ante funcionarios que las miraron con fijeza, pero que no vieron motivo para detener a una persona a la que sólo el Señor de Kalgan podía hacerlo impunemente. Los guardas presentaron armas cuando cruzaron el umbral.
Arcadia apenas pudo respirar durante el camino, que se le antojó interminable, y que, sin embargo, sólo duró veinticinco minutos desde que viera el dedo blanco haciendo señas hasta que alcanzaron la puerta principal, cerca ya del bullicio de la gente y el ruido del tráfico.
Miró hacia atrás con repentina y tímida piedad.
—Yo... yo ... ignoro por qué hace esto, Mi Señora, pero gracias... ¿Qué le sucederá a tío Homir?
—No lo sé —gimió Callia—. ¿Quieres irte ya? Ve directamente al espaciopuerto. No te demores. Quizá en este mismo instante ya se te está buscando.
Pero Arcadia aún vacilaba. Dejaba solo a Homir, y de pronto, ahora que se encontraba al aire libre, le asaltó la sospecha.
—Pero ¿a usted qué le importa si se me busca?
La Señora Callia se mordió el labio inferior y murmuró
—No puedo explicárselo a una niña como tú. No sería delicado. Bueno, cuando seas mayor... Yo conocí a Puchi cuando tenía dieciséis años. No puedo consentir que estés a su alcance, ¿sabes?
En su voz había una hostilidad un poco avergonzada. Las implicaciones dejaron helada a Arcadia. Susurró:
—¿Qué le hará a usted cuando lo descubra?
—No lo sé —replicó Callia, y se llevó la mano a la cabeza mientras se alejaba corriendo por la gran avenida, hacia la mansión del Señor de Kalgan:
Durante un segundo eterno, Arcadia continuó inmóvil, porque en el último momento, antes de que la Señora Callia se alejara, Arcadia había visto algo. Aquellos ojos asustados y nerviosos se habían iluminado —momentánea, fugazmente— con una fría burla.
Una vasta e inhumana burla.
Era algo difícil de constatar en el rápido destello
de un par de ojos, pero Arcadia no abrigaba la menor duda sobre lo que había visto.
Empezó a correr, a correr desatinadamente, buscando con desesperación una cabina telefónica libre para pedir un vehículo público.
No estaba huyendo del Señor Stettin, no huía de él ni de ningún sabueso que pudiera lanzar en su búsqueda... ni siquiera de los veintisiete mundos que le pertenecían y que ahora podían correr tras ella como una gigantesca avalancha.
Huía de una mujer frágil que la había ayudado a escapar, de una criatura que la había cargado de dinero y joyas, que había arriesgado su vida para salvarla. Huía de una persona de la cual sabía, con absoluta certeza, que era una mujer de la Segunda Fundación.

Un aerotaxi se posó suavemente en el pavimento. El viento que provocó azotó el rostro de Arcadia y despeinó sus cabellos, medio cubiertos por la capucha orlada de piel que Callia le había puesto.
—¿Adónde va, señorita?
Luchó desesperadamente para que su voz no sonara como la de una niña.
—¿Cuántos espaciopuertos hay en la ciudad?
—Dos. ¿A cuál quiere ir?
—¿Cuál está más cerca?
El hombre la miró fijamente.
—Kalgan Central, señorita.
—Pues al otro, por favor. Puedo pagarle.
Tenía en la mano un billete de veinte kalgánidos. El precio del billete no significaba nada para ella, pero el taxista sonrió apreciativamente.
—Lo que usted diga, señorita. Los taxis Skyline la llevan a cualquier parte.
Arcadia apoyó la cabeza contra la tapicería ligeramente húmeda. Las luces de la ciudad brillaban debajo de ella.
¿Qué debía hacer? ¿Qué debía hacer?
Fue en aquel momento cuando comprendió que era una niña estúpida, muy estúpida, separada de su padre y muy asustada. Tenía los ojos llenos de lágrimas, y en el fondo de su garganta se movía un grito pequeño e inaudible que le producía dolor.
No temía que el Señor Stettin la capturase. La Señora Callia se encargaría de que no lo consiguiera. ¡La Señora Callia! Vieja, gorda, estúpida, pero con dominio sobre el dirigente, a pesar de todo. ¡Oh, qué claro estaba todo ahora! Todo estaba claro.
El té que tomó con Callia, cuando se creyó tan lista. ¡La lista pequeña Arcadia! Algo en su interior le produjo náuseas. El té había sido una maniobra, y probablemente Stettin había sido persuadido para que permitiese a Homir inspeccionar el palacio. Ella, la necia Callia, lo había querido así, y maniobrado para que la lista y pequeña Arcadia le suministrase una excusa válida, una excusa que no despertase sospechas en las mente:: de las víctimas e implicase un mínimo de interferencia por parte de ella.
Entonces, ¿por qué Arcadia estaba libre? Homir era un prisionero, por supuesto...
A menos que...
A menos que la enviaran a la Fundación como un cebo..., un cebo para conducir a otros a manos de... ellos.
Así pues, no podía volver a la Fundación...

—El espaciopuerto, señorita.
El aerotaxi había aterrizado. ¡Qué extraño! Ni siquiera lo había advertido.
Se movía como en un sueño.
—Gracias.
Le entregó el billete sin ver nada, bajó del vehículo y echó a correr por la pista elástica.
Luces. Hombres y mujeres indiferentes. Grandes y brillantes tableros de información, con los números móviles que indicaban todas las llegadas y salidas de las astronaves.
¿Adónde iba? No le importaba. ¡Lo único que sabía era que no iba a la Fundación! Cualquier otro lugar le serviría.
¡Oh, gracias, Seldon, por aquel momento de olvido! Gracias por el efímero segundo en que Callia
había olvidado su comedia y expresado su burla porque sólo trataba con una niña.
Y entonces se le ocurrió otra cosa, algo que se había estado gestando en la base de su cerebro desde que comenzara a huir, algo que mató para siempre la inocencia de sus catorce años.
Y comprendió que debía escapar.
Aquello sobre todo. Aunque localizaran a todos los conspiradores de la Fundación, aunque cogieran a su propio padre, no podía, no se atrevía a dar el menor aviso. No podía arriesgar su propia vida —ni en lo más mínimo— aunque fuera por todo el Reino de Términus. Ella era la persona más importante de la Galaxia. Era la única persona importante de la Galaxia.
Lo comprendió mientras se detenía ante la máquina de los billetes y se preguntaba adónde iría. Porque en toda la Galaxia, ella, y sólo ella, a excepción de ellos mismos, conocía la localización de la Segunda Fundación.


15. A TRAVES DE LA REJA

TRANTOR.—A mediados del Interregno, Trántor era una sombra. En medio de las colosales ruinas vivía una pequeña comunidad de granjeros...
Enciclopedia Galáctica

No hay nada ni nunca ha habido nada parecido a un bullicioso espaciopuerto de la capital de un populoso planeta. Están los enormes aparatos, descansando majestuosamente sobre sus emplazamientos. Si se elige bien el momento, puede contemplarse la impresionante vista del gigante perdiendo altura y posándose en su lugar, o todavía más escalofriante, la salida a ritmo creciente de una burbuja de acero. Todos los procesos implicados en la maniobra son casi silenciosos. La fuente de energía es el inaudible brotar de las partículas atómicas y su combinación en formaciones más compactas...
En términos de área, sólo nos hemos referido al noventa y cinco por ciento del cosmódromo. Kilómetros cuadrados están reservados a los aparatos y a los hombres que los atienden, y a los calculadores que atienden a ambos.
Sólo el cinco por ciento del espaciopuerto está destinado a la multitud de hombres para quienes es el punto de partida hacia cualquier estrella de la Galaxia. Seguro que muy pocos de los anónimos viajeros se detienen a pensar en la red tecnológica que une los caminos del espacio. Tal vez algunos de ellos tiemblen ocasionalmente al pensar en los miles de toneladas representadas por el bólido de acero que parece tan pequeño a cierta distancia. Cabría dentro de lo posible que uno de estos ciclópeos cilindros se desviara del rayo conductor y se estrellara a un kilómetro del punto de aterrizaje —tal vez destrozando el techo de glasita de la inmensa sala de espera—, dejando sólo un tenue vapor orgánico y algo de fosfato pulverizado como señal del paso de mil hombres.
Nunca podía ocurrir, sin embargo, con las medidas de seguridad vigentes, y solamente un neurótico podía considerar dicha posibilidad durante más de un segundo.
Entonces, ¿qué piensan las multitudes? Porque no son simplemente multitudes. Son gentes que tienen un propósito, y ese propósito se cierne sobre el campo y enrarece la atmósfera. Hay muchas colas; padres que llevan a sus niños de la mano; largas hileras de equipaje... La gente va a alguna parte.
Considérese, pues, el completo aislamiento psíquico de un solo individuo de esta ingente masa que no sabe adónde va, y, sin embargo, siente con más intensidad que cualquier otro la necesidad de ir a alguna parte, ¡casi a cualquier parte!
Incluso sin telepatía o sin cualquiera de los diferentes métodos que existen para poner en contacto a las mentes, hay en la atmósfera la carga suficiente como para inducir a la desesperación.
¿Para inducir? ¡Para invadir, y empapar, y sofocar!
Arcadia Darell, vestida con ropas extrañas, sola en un planeta extraño y en una situación extraña de una vida que también se le antojaba extraña a sí misma, necesitaba urgentemente la seguridad del hogar. Pero ella no sabía que era precisamente aquello lo que necesitaba. Sólo sabía que la misma inmensidad de aquel enorme mundo era un gran peligro. Quería encontrar un lugar cerrado, un lugar lejano, un rincón en un punto inexplorado del universo, donde nadie pudiera encontrarla.
Y allí estaba, a sus catorce años y algunos días, cansada como si tuviera ochenta y asustada como si tuviera tres.
¿Cuál de los extraños que pasaban a cientos por su lado, que incluso la empujaban, haciéndole sentir su contacto, sería de la Segunda Fundación? ¿Cuál de aquellos individuos tendría que destruirla instantáneamente por su conocimiento culpable —por su conocimiento único— de dónde se encontraba la Segunda Fundación?
La voz que la penetró como una descarga ahogó el grito que se formó en su garganta de modo simultáneo.
—Oiga, señorita —dijo con irritación—, ¿va a usar la máquina de billetes o a quedarse aquí eternamente?
Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba ante la máquina de los billetes. Había que introducir un billete en la ranura, pulsar el botón que había bajo el punto de destino, y el billete para el viaje salía junto con el dinero sobrante, gracias a un dispositivo electrónico que jamás cometía error. Era algo muy sencillo, que no requería aquellos cinco minutos de vacilación.
Introdujo en la ranura un billete de doscientos créditos, y se fijó de improviso en el botón que indicaba «Trántor». Trántor, la capital muerta del Imperio muerto, el planeta donde había nacido. Lo pulsó como en sueños. No ocurrió nada; sólo que las letras rojas se encendieron con intermitencias: 172,8172,8—172,8.
Era el dinero que faltaba. Otro billete de doscientos créditos, y el billete del viaje asomó por otra ranura. Lo estiró, y a continuación salió el dinero del cambio.
Cogió las monedas y echó a correr. Había notado que el hombre que estaba tras ella la empujaba, ansioso por coger su billete, y ella se alejó y no miró hacia atrás.
Pero no sabía hacia dónde correr. Todos eran sus enemigos. Sin darse cuenta, empezó a mirar los gigantescos nombres luminosos que flotaban en el aire: Steffani, Anacreonte, Fermus... También flotaba otro: Términus, y lo miró con nostalgia. Pero no se atrevía...
Por una suma insignificante podría haber alquilado un avisador que, dispuesto para cualquier destino y una vez colocado dentro de su bolso, sonaría exclusivamente para ella quince minutos antes de la hora de salida. Pero semejantes dispositivos son sólo para personas que están razonablemente seguras; ella no podía usarlos.
Y entonces, al tratar de mirar en dos direcciones simultáneamente, fue a darse de cabeza contra un blando abdomen. Oyó una exclamación de asombro y un gruñido, y una mano se cerró en torno a su brazo. Se retorció desesperadamente, pero le faltó aliento para emitir más que un grito ahogado.

Su captor la retenía con firmeza y esperaba. Arcadia fue apercibiéndose lentamente de su aspecto. Era bastante rechoncho y más bien bajo. Su cabello, blanco y abundante, estaba peinado hacia atrás, y formaba como una coronilla que resultaba incongruente sobre su rostro redondo y rubicundo de campesino.
—¿Qué pasa? —preguntó finalmente, con franca curiosidad—. Pareces asustada.
—Lo siento —murmuró Arcadia con desesperación—. Tengo que irme. Perdóneme.
Pero él no hizo ningún caso a su respuesta y dijo:
—Cuidado, jovencita, vas a perder el billete —y después de quitárselo de entre los dedos, sin que ella
ofreciera resistencia, lo miró con evidente satisfacción.
—Ya me lo imaginaba —observó el hombre, y entonces gritó como si mugiera un toro—: ¡Mamáaaal Una mujer apareció instantáneamente a su lado, un poco más baja, redonda y rubicunda que él. Se apartó con un dedo un bucle de cabellos grises y lo metió debajo de su anticuado sombrero.
—Papá —exclamó con reprobación—, ¿por qué gritas en medio de tanta gente? Todos te miran como si estuvieras loco. ¿Acaso crees que estás en la granja? —Entonces sonrió a la asombrada Arcadia y añadió—: Tiene los modales de un oso. —Y después, con voz aguda—: Papá, suelta a la niña. ¿Qué demonios haces?
Pero papá se limitó a enseñarle el billete.
—Mira —dijo—, va a Trántor.
La cara de mamá resplandeció de pronto.
—¿Eres de Trántor? Te he dicho que le. sueltes el brazo, papá. —Colocó en el suelo la abultada maleta que sostenía y obligó a Arcadia a sentarse sobre ella, con una presión suave, pero firme—. Siéntate —dijo— y descansa un poco, pequeña. Falta una hora para que despegue la nave, y los bancos están llenos de vagabundos dormidos. ¿Eres de Trántor?
Arcadia respiró profundamente y se resignó. Repuso con voz ronca:
—Nací allí.
Mamá aplaudió, llena de alegría.
—Hace un mes que estamos aquí y aún no hemos visto a ningún paisano. Esto es muy agradable. Tus padres... —y miró vagamente a su alrededor.
—No estoy con mis padres —dijo Arcadia con cautela.
—¿Estás sola? ¿Una niña como tú? —Mamá se convirtió inmediatamente en una mezcla de indignación y simpatía—. ¿Y cómo es eso?
—Mamá —interrumpió el hombre, tirándole de la manga—, deja que te explique. Le pasa algo; creo que está asustada. —Su voz, aunque quería ser un susurro, era completamente audible para Arcadia—. Corría, yo la estaba mirando, sin saber adónde iba. Antes de que pudiera apartarme chocó contra mí. ¿Sabes qué pienso? Que tiene problemas.
—Cierra la boca, papá. Contra ti chocaría cualquiera. —Se sentó junto a Arcadia, sobre la maleta, que crujió bajo su peso, y rodeó con su brazo los hombros temblorosos de la muchacha—. ¿Estás huyendo de alguien, preciosa? No temas decírmelo. Yo te ayudaré.
Arcadia contempló los ojos grises y bondadosos de la mujer y sintió que sus propios labios temblaban. Una parte de su cerebro le decía que aquellas personas eran de Trántor, y que si iba con ellas podían ayudarla en aquel planeta hasta que decidiera adónde podía ir y qué podía hacer. Pero otra parte le gritaba incoherentemente que no recordaba a su madre, que estaba muy cansada de luchar contra el universo, que lo único que deseaba era acurrucarse en los fuertes y suaves brazos que la rodeaban, que si su madre viviera, tal vez, tal vez...
Y por primera vez en aquella noche se echó a llorar; lloró como una niña muy pequeña, y a gusto, agarrándose con fuerza al anticuado vestido de la mujer y humedeciéndolo con sus lágrimas, mientras unos brazos suaves la sostenían y una mano cariñosa le acariciaba los cabellos.
Papá contemplaba desconcertado a las dos mujeres, buscando en vano un pañuelo que, cuando por fin lo encontró, le fue arrancado de la mano. Mamá le indicó con una furiosa mirada que guardara silencio. El gentío pasaba junto al pequeño grupo con la indiferencia que muestran las muchedumbres en cualquier parte del universo. Estaban realmente solos.
Las lágrimas cesaron por fin, y Arcadia sonrió débilmente mientras se secaba los ojos enrojecidos con el pañuelo.
—Bueno —murmuró—, yo...
—Shh—h—h, no hables —le dijo mamá—. Quédate aquí y descansa un ratito. Primero recobra el aliento, y luego cuéntanos qué te pasa y nosotros procuraremos arreglarlo todo.
Arcadia hizo un esfuerzo para recobrar la serenidad. No podía decirles todo lo ocurrido. No podía
decírselo a nadie..., pero estaba demasiado cansada para inventar una mentira válida. Murmuró:
—Ya estoy mejor.
—Bien —dijo mamá—. Ahora, cuéntanos por qué huyes. ¿Has hecho algo malo? Por supuesto que te ayudaremos, sea lo que sea, pero dinos la verdad.
—Cualquier cosa por una amiga de Trántor, ¿eh, mamá? —añadió papá en tono festivo.
—Cierra la boca —fue la respuesta, aunque sin irritación.

Arcadia rebuscaba en su bolso. Al menos conservaba aquello, pese al rápido cambio de vestido en los aposentos de la Señora Callia. Encontró lo que buscaba y lo alargó a mamá.
—Estos son mis documentos —dijo con timidez. Era un brillante pergamino sintético que le había entregado el embajador de la Fundación el día de su llegada, provisto de la firma del funcionario kalganiano competente. Era grande, pomposo e impresionante. Mamá lo miró sin comprender, y lo pasó a papá, el cual absorbió su contenido frunciendo los labios.
—¿Eres de la Fundación? —preguntó.
—Sí. Pero nací en Trántor. Aquí lo dice...
—¡Ah, sí, sí! Te llamas Arcadia, ¿eh? Es un buen nombre trantoriano. Pero ¿dónde está tu tío? Aquí dice que viniste en compañía de Homir Munn, tío.
—Ha sido arrestado —contestó Arcadia con desaliento.
—¡Arrestado! —exclamaron ambos al unísono—. ¿Por qué? —preguntó mamá—. ¿Hizo algo malo?
Arcadia negó con la cabeza.
—No lo sé. Sólo estábamos de visita. Tío Homir hablaba de negocios con el Señor Stettin, pero.., —no necesitó un esfuerzo para estremecerse.
Papá estaba impresionado.
—Con el Señor Stettin... Vaya, tu tío debe ser un hombre importante.
—Ignoro qué sucedió, pero el Señor Stettin quería que yo me quedara... —Estaba recordando las últimas palabras de la Señora Callia, pronunciadas para engañarla
Hizo una pausa, y mamá preguntó, interesada:
—¿Y por qué precisamente tú?
—No estoy segura. El..., él quería cenar conmigo a solas, pero yo dije que no, porque quería que tío Homir estuviera presente. Me miraba de un modo raro y me cogía por los hombros.
Papá abrió un poco la boca, pero mamá enrojeció de pronto y se puso muy furiosa.
—¿Cuántos años tienes, Arcadia?
—Catorce y medio, casi.
Mamá respiró profundamente y exclamó:
—¡Que se permita vivir a semejantes personas! Los perros callejeros son mejores. Estás huyendo de él, ¿verdad, querida?
Arcadia asintió. Mamá dijo:
—Papá, dirígete a Información y averigua a qué hora exactamente sale la nave de Trántor. ¡Apresúrate!
Pero papá dio un paso y se detuvo. Fuertes palabras metálicas resonaban encima de sus cabezas, y cinco mil pares de ojos miraron hacia arriba.
—«Hombres y mujeres —se oyó retumbar—, el espaciopuerto está siendo registrado y acordonado porque se busca a una peligrosa fugitiva. Nadie puede entrar ni salir. Sin embargo, la búsqueda se llevará a cabo con gran rapidez, y ninguna nave aterrizará ni despegará hasta que termine, por lo que nadie perderá su vuelo. Se bajarán las rejas. Nadie se moverá de su sitio hasta que las rejas vuelvan a levantarse, pues de lo contrario nos veremos obligados a usar los látigos neurónicos.»
Durante el minuto, o algo menos, en que la voz dominó la vasta bóveda de la sala de espera del espaciopuerto, Arcadia no hubiera podido moverse aunque toda la maldad de la Galaxia se hubiese concentrado en una bola y arremetido contra ella.
Sólo podía tratarse de ella. No era siquiera necesario formular la idea como un pensamiento específico. Pero ¿por qué...?
Callia había montado su fuga, y Callia era de la Segunda Fundación. ¿Por qué, pues, buscarla ahora?
¿Habría fracasado Callia? ¿Podía fracasar? ¿O sería esto parte del plan, cuyas complicaciones se le escapaban?
Durante un momento de vértigo, sintió deseos de saltar y gritar que se entregaba, que se iría con ellos, que, que...
Pero la mano de mamá la asió por la muñeca. —¡De prisa, de prisa! Iremos al lavabo antes de que empiecen.
Arcadia no la comprendió; se limitó a seguirla ciegamente. Se abrieron paso entre el gentío, inmovilizado en grupos, mientras aún perduraba el eco de la voz.
Ahora descendía la verja, y papá la contemplaba con la boca abierta. Había oído hablar de ella y leído sobre su funcionamiento, pero nunca la había visto. Resplandecía en el aire, y era simplemente una serie de apretados rayos cruzados que encendían el aire como una inofensiva red de luz deslumbradora.
Siempre se hacía descender lentamente desde arriba, a fin de que representara una red, con todas sus terribles implicaciones psicológicas de internamiento.
Ahora se hallaba a la altura del centro; tres metros y medio de líneas resplandecientes en cada dirección. Papá se encontró solo en medio de unos doce metros cuadrados de superficie, mientras a su alrededor, cada doce metros, se encontraban atestados de gente. Se sintió conspicuamente aislado, pero sabía que moverse hacia el anonimato de otro grupo significaba cruzar una de aquellas líneas resplandecientes, disparar una alarma y descargar sobre sí el látigo neurónico.
Esperó.
Por encima de las cabezas de la muchedumbre, siniestramente inmóvil, distinguió el cordón de policías que rodeaba la vasta área, dividida en cuadrados de luz.
Pasó mucho tiempo antes de que un hombre uniformado entrase en su cuadrado y anotase cuidadosamente sus coordenadas en un cuaderno oficial.
—¡Documentos!
Papá se los alargó, y el policía los examinó con ojos expertos.
—Usted es Preem Palver, nativo de Trántor, en visita a Kalgan durante un mes, de regreso a Trántor. Conteste sí o no.
—Sí, sí.
—¿Qué le ha traído a Trántor?
—Soy representante comercial de nuestra cooperativa agrícola. He estado negociando con el Departamento de Agricultura de Kalgan.
—Humm. ¿Su mujer va con usted? ¿Dónde está? Sus documentos la mencionan.
—Sí, señor. Mi esposa está en el... —señaló.
—llanto —vociferó el policía. Un compañero acudió—. Hay otra dama en la jaula, por la Galaxia. Debe de estar atestada. Anota su nombre. —El segundo policía obedeció— ¿Va alguien más con usted?
—Mi sobrina.
—No figura en los documentos.
—Vino por separado.
—¿Dónde está? No importa, ya sé. Hanto, anota también el nombre de la sobrina. ¿Cómo se llama? Escribe: Arcadia Palver. Usted quédese aquí, Palver. Nos ocuparemos de las mujeres antes de irnos.
Papá esperó interminablemente. Y al fin, transcurrido un larguísimo rato, mamá se acercó a él, llevando a Arcadia de la mano y seguida por los dos policías.
Entraron en el cuadrado en el que se hallaba papá, y uno de ellos preguntó:
—¿Es su esposa esta vieja gritona?
—Sí, señor —contestó papá en tono conciliador.
—En tal caso, será mejor que le diga que va a meterse en un lío si habla de ese modo a la policía del Primer Ciudadano. —Se enderezó con un gesto de ira—. ¿Es ésta su sobrina?
—Sí, señor.
—Quiero ver sus documentos.
Mamá, mirando fijamente a su marido, meneó la cabeza. Tras una breve pausa, papá dijo con una débil sonrisa:
—Creo que no puedo complacerle.
—¿Qué significa esto? —El policía alargó la mano—. Entréguemelos.
—Inmunidad diplomática —dijo papá en voz baja.
—¿Qué quiere decir?
—Ya le he dicho que soy representante comercial de mi cooperativa agrícola. Estoy acreditado ante el Gobierno kalganiano como representante extranjero oficial, y mis documentos lo prueban. Ya se los he enseñado, y ahora dejen de molestarme.
Durante un momento, el policía pareció desconcertado.
—Tengo que ver sus documentos. Son las órdenes.
—Usted lárguese —interrumpió mamá de improviso—. Cuando le necesitemos le llamaremos..., atontado.
El policía apretó los labios.
—No los pierdas de vista, Hanto. Voy a buscar al teniente.
—¡Rómpase una pierna! —le gritó mamá. Alguien se rió, pero en seguida reprimió su impulso.
La búsqueda tocaba a su fin. El gentío estaba peligrosamente nervioso. Habían pasado cuarenta y cinco minutos desde que la verja empezara a descender, y aquello era demasiado tiempo para mantener el efecto inicial. El teniente Dirige abría paso apresuradamente entre la muchedumbre.
—¿Es ésta la chica? —preguntó con desgana. La miró para convencerse de que se ajustaba a la descripción—. Todo este trabajo por una niña. ¿Me enseña sus documentos, por favor? —añadió.
—Ya he explicado... —empezó papá.
—Ya sé lo que ha explicado, y lo siento —replicó el teniente—, pero tengo mis órdenes y he de obedecerlas. Si quiere elevar más tarde una protesta, puede hacerlo. Mientras tanto, si es necesario, habré de usar la fuerza.
Hubo una pausa, durante la cual el teniente esperó pacientemente.
Entonces papá dijo con voz ronca:
—Dame tus documentos, Arcadia.
Arcadia meneó la cabeza, llena de pánico, pero papá insistió con suavidad:
—No tengas miedo. Dámelos.
Impotente, Arcadia se los alargó. Papá los desdobló torpemente, los examinó con cuidado y entonces los entregó. El teniente los examinó a su vez. Durante un rato posó la vista en Arcadia, y por fin cerró el pliego de un golpe seco.
—Todo en orden —dijo—. Ya está, muchachos.
Se alejó, y apenas transcurridos dos minutos la verja desapareció, y la voz que resonaba en el techo anunció el fin de la búsqueda. El clamor de la multitud, liberada de improviso, fue ensordecedor.
Arcadia preguntó:
—¿Cómo..., cómo...?
—Shhh... —dijo papá—. No digas una sola palabra. Será mejor que nos dirijamos hacia la nave. Pronto despegará.

Ya estaban en la nave. Tenían una cabina privada y una mesa para ellos solos en el comedor. Les separaban ya dos años—luz del planeta Kalgan, y Arcadia se atrevió finalmente a mencionar de nuevo el tema, diciendo
—Pero me perseguían a mí, señor Palver, y debían de tener mi descripción y todos los detalles. ¿Por qué me dejaron marchar?
Papá sonrió mientras masticaba su filete.
—Verás, Arcadia, hija mía, fue muy fácil. Cuando uno ha tratado a agentes, compradores y cooperativas de la competencia, aprende algunos trucos. Yo he dispuesto de veinte años o más para aprenderlos. Verás, niña; cuando el teniente hojeó tus documentos, encontró entre ellos un billete de quinientos créditos, muy bien dobladito. Sencillo, ¿no?
—Se los pagaré... De verdad, tengo mucho dinero.
—Vaya —observó papá con una sonrisa de desconcierto y un vago ademán—, para ser una campesina...
Arcadia desistió.
—Pero ¿y si hubiera tomado el dinero y me hubiese arrestado de todos modos, acusándome además de intento de soborno?
—¿Y renunciar a quinientos créditos? Conozco a esa gente mejor que tú, muchacha.
Pero Arcadia estaba segura de que él no conocía mejor a la gente. No a esa clase de gente. En la
cama, aquella noche, reflexionó cuidadosamente, y comprendió que ningún soborno hubiera impedido a un teniente de la policía capturarla, a menos que se tratara de algo planeado. No querían capturarla, y, sin embargo, habían fingido que lo intentaban.
¿Por qué? ¿Para asegurarse de que se iba? ¿Y en dirección a Trántor? ¿Acaso la obtusa y bondadosa pareja con la que estaba ahora era solamente un instrumento en manos de la Segunda Fundación, tan impotente como ella misma?
¡Tenía que serlo!
¿Lo sería, en realidad?
Todo era inútil. No podía luchar contra ellos. Hiciera lo que hiciese, siempre sería lo que aquellos terribles y omnipotentes seres planeaban para ella. No obstante, era preciso engañarles. ¡Era preciso!


16. COMIENZA LA GUERRA

Por razones desconocidas para los miembros de la Galaxia, el Tiempo Medio Intergaláctico define su unidad fundamental, el segundo, como el tiempo que la luz emplea en recorrer 299.776 kilómetros. Por otro lado, 86.400 segundos son arbitrariamente igualados a un Día Medio Intergaláctico; y 365 de esos días, a un Año Medio Intergaláctico.
¿Por qué 299.776, 86.400 ó 365?
La tradición, decía el historiador sancionando la cuestión. A causa de ciertas misteriosas relaciones numéricas, indicaban los místicos, cultistas, numerólogos y metafísicos. Debido a que el planeta nativo original de la humanidad tenía ciertos períodos naturales de rotación y traslación de los que podían derivarse esas relaciones, señalaban unos cuantos. Nadie lo sabía con certeza.
Pese a ello, la fecha en que el crucero de la Fundación, el Hober Mallow, se encontró con el escuadrón kalganiano, capitaneado por el Fearless, y tras su negativa de permitir la entrada a bordo de un destacamento de registro, fue atacado y reducido a cenizas, fue 185; 11692 E.G. Es decir, fue el día 185 del año 11692 de la Era Galáctica, que había comenzado con la subida al trono del primer Emperador de la tradicional dinastía Kamble. Fue también 185; 419 D.S., que databa del nacimiento de Seldon, o 185; 348 D.F., en base al establecimiento de la Fundación. En Kalgan fue 185; 56 P.C., relativo al establecimiento por el Mulo de la Primera Ciudadanía. Naturalmente, por conveniencia, el año se distribuía en cada caso de manera que la fecha recayese en el mismo día, cualquiera que fuese el día en que comenzara la nueva era.
Además, en todos los millones de mundos de la Galaxia había millones de tiempos locales, basados en los movimientos de sus particulares vecinos celestes.
Pero cualquiera que sea la era que se elija: 185; 11692, 419; 348 ó 56, fue este día el señalado más tarde por los historiadores como el de la iniciación de la guerra de Stettin.
Sin embargo, para el doctor Darell no servía ninguna de estas fechas. Hacía exactamente treinta y dos días que Arcadia había abandonado Términus.
Lo que costó a Darell conservar la ecuanimidad durante aquellos días no fue evidente para todo el mundo.
Pero Elvett Semic creía poder adivinarlo. Era un anciano y le gustaba decir que sus conductos neurónicos se habían calcificado hasta el extremo de que sus procesos mentales eran rígidos e invariables. Invitaba y casi deseaba la subestimación universal de sus decadentes facultades, siendo el primero en reírse de ellas. Pero sus ojos no veían menos porque estaban gastados, y su mente no era menos experimentada y sabia porque ya no era ágil.

Se limitó a torcer los labios y preguntó:
—¿Por qué no hace usted algo?
Las palabras fueron como una sacudida física para Darell, que se estremeció. Replicó bruscamente.
—¿Dónde estábamos?
Semic le observó con expresión grave.
—Debería usted hacer algo con respecto a la chica.
Abrió mucho la boca al hablar, enseñando sus dientes escasos y amarillentos.
Pero Darell contestó con frialdad:
—La cuestión es: ¿se puede obtener el alcance necesario con un Resonador Symes-Molff?
—Ya le he dicho que sí, pero usted no escuchaba...
—Lo siento, Elvett. Lo que ocurre es que esto que hacemos ahora puede ser más importante para toda la Galaxia que la cuestión de si Arcadia está sana y salva. Al menos, para todo el mundo menos para Arcadia y para mí mismo, y estoy dispuesto a sacrificarme por la mayoría. ¿Qué tamaño tendría el Resonador?
Semic pareció dudar.
—No lo sé. Podemos encontrarlo en los catálogos.
—Pero ¿cómo de grande, más o menos? ¿Como una manzana de casas? ¿Pesaría una tonelada, o un kilo?
—¡Ah! Creía que quería una respuesta exacta. Es muy pequeño. —Señaló la primera falange de su pulgar—. Una cosa así.
—Muy bien. ¿Podría usted hacer algo parecido a esto?
Dibujó rápidamente en un bloc que tenía sobre las piernas, y después lo enseñó al anciano físico, que lo miro con aire dudoso y al final rió entre dientes.
—Realmente, el cerebro se calcifica cuando se es viejo como yo. ¿Qué intenta usted hacer?
Darell titubeó. Deseó urgentemente, durante unos momentos, poseer la ciencia física encerrada en, el cerebro de su interlocutor, a fin de no tener que expresar su idea con palabras. Pero aquel deseo era inútil, y se explicó.
Semic meneaba la cabeza.
—Necesitaría usted hiperrelés, lo único que funcionaría con la rapidez suficiente. Gran cantidad de ellos.
—Pero ¿se puede construir?
—Sí, claro.
—¿Puede obtener todos los elementos? Quiero decir, sin provocar comentarios. Como si fuesen para su trabajo normal.
Semic levantó el labio superior.
—¿Sí puedo obtener cincuenta hiperrelés? No podría usarlos en toda mi vida.
—Ahora trabajamos en un proyecto defensivo. ¿No se le ocurre algo que los necesitara para funcionar? Tenemos dinero suficiente.
—Humm. Tal vez se me ocurra algo.
—¿Cuál es el tamaño mínimo de todo el aparato?
—Hay hiperrelés de tamaño microscópico... cables, tubos... Tendrá unos centenares de circuitos.
—Lo sé. ¿Qué tamaño?
Semic lo indicó con las manos.
—Demasiado grande —dijo Darell—. Me lo he de colgar del cinturón.
Empezó a arrugar su boceto con la mano. Después lo tiró al cenicero, donde desapareció con la diminuta llama blanca de la descomposición molecular. Preguntó:
—¿Quién está en la puerta?
Semic se inclinó sobre la mesa y miró la pequeña pantalla colocada sobre el umbral.
—El joven Anthor. Alguien le acompaña.
Darell apartó su silla.
—Ni una palabra de esto a los demás, Semic. Saberlo representa un peligro mortal, y ya es suficiente arriesgar dos vidas.

Pelleas Anthor era un torbellino de agitación en el despacho de Semic, que de algún modo parecía compartir la edad de su ocupante. En la placidez de la habitación, las mangas anchas y veraniegas de la túnica de Anthor parecían ondear todavía a la brisa del exterior. Dijo:
—Doctor Darell, doctor Semic, les presento a Orum Dirige.
El otro hombre era alto, y su nariz larga y recta daba a su rostro delgado un aspecto sombrío. El doctor Darell le alargó la mano. Anthor sonrió ligeramente.
—Teniente de policía Dirige —precisó, y luego, en tono significativo—: De Kalgan.
Darell se volvió para mirar fijamente al joven Anthor.
—Teniente de policía Dirige, de Kalgan —repitió, recalcando las sílabas—. Y lo trae usted aquí. ¿Por qué?
—Porque fue el último hombre de Kalgan que vio a su hija. Tranquilícese, hombre.
La mirada triunfal de Anthor se convirtió en agitada, y se interpuso entre los dos, luchando violentamente con Darell. Con lentitud y firmeza obligó a este último a sentarse.
—¿Qué intenta hacer? —Anthor se apartó de la frente un mechón de cabellos castaños, se apoyó en la mesa y balanceó una pierna—. Yo creía que le traía buenas noticias.
Darell se dirigió directamente al policía:
—¿Qué significa eso de que fue el último hombre que vio a mi hija? ¿Acaso ha muerto? Le ruego que me lo diga sin rodeos.
Su rostro estaba lívido. El teniente Dirige contestó con expresión impasible:
—La frase exacta ha sido: «El último hombre de Kalgan.» Su hija no está en Kalgan ahora. Ignoro lo ocurrido después.
—Veamos —interrumpió Anthor—, intentaré explicarme. Siento haber exagerado el tono, doctor. A veces es tan inhumano, que olvido que tiene sentimientos. En primer lugar, el teniente Dirige es uno de los nuestros. Nació en Kalgan, pero su padre era de la Fundación, y fue enviado a aquel planeta al servicio del Mulo. Respondo de la lealtad del teniente hacia la Fundación. Me puse en contacto con él al día siguiente que dejamos de recibir el informe diario de Munn...
—¿Por qué? —interrumpió Darell con fiereza—. Creía que habíamos decidido no dar un solo paso en este asunto. Con ello ha arriesgado usted sus vidas y las nuestras.
—Lo hice —fue la respuesta igualmente fiera— porque yo intervine en este juego antes que usted. Conozco ciertos contactos en Kalgan de los que usted no sabe nada. Actúo con conocimientos más profundos en la materia, ¿me comprende?
—Creo que está completamente loco.
—¿Quiere escucharme?
Tras una pausa, Darell bajó los ojos. Anthor esbozó una sonrisa.
—Muy bien, doctor. Déme unos minutos. Cuéntemelo, Dirige.
Dirige habló con soltura:
—Por lo que yo sé, doctor Darell, su hija está en Trántor. Al menos tenía un billete para Trántor en el espaciopuerto Oriental. Estaba con un representante comercial de aquel planeta, el cual aseguraba que ella era su sobrina. Su hija parece tener una extraña colección de parientes, doctor. Aquél era el segundo tío que ha tenido en el breve período de dos semanas, ¿no es eso? El trantoriano trató incluso de sobornarme; probablemente piensa que tal es la razón por la que les dejamos marchar —terminó con una sonrisa irónica.
—¿Cómo estaba ella?
—Muy bien, por lo que pude comprobar. Asusta da, y no la culpo por eso. Todo el Departamento iba tras ella. Todavía ignoro por qué.
Darell respiró profundamente por primera vez en varios minutos. Era consciente del temblor de sus manos, y lo controló con un esfuerzo.
—Entonces, está bien. ¿Quién era ese representante comercial? Hábleme de él. ¿Qué papel juega en esto?
—Lo ignoro. ¿Sabe usted algo sobre Trántor?
—En un tiempo viví allí.
—Ahora es un mundo agrícola. Exporta piensos y cereales casi exclusivamente. De primera calidad. Los venden a toda la Galaxia. Hay una o dos docenas de cooperativas agrícolas en el planeta, y cada una de ellas tiene sus representantes en el extranjero. Son unos tipos muy vivos..., precisamente conozco el historial de éste en particular. Ha estado en Kalgan otras veces, generalmente con su esposa. Una gente muy honrada, y totalmente inofensiva.
—Humm —murmuró Anthor—. Arcadia nació en Trántor, ¿verdad, doctor?
Darell asintió.
—Es lógico, ¿no cree? Ella quería huir, marcharse lejos y rápidamente, y se le ocurrió Trántor.
—¿Por qué no regresar aquí? —preguntó Darell.
—Tal vez la perseguían y pensó que era mejor des pistarles yendo en otra dirección, ¿no le parece?
Al doctor Darell le faltó valor para seguir preguntando. Arcadia estaba sana y salva en Trántor, o por lo menos tan a salvo como se podía estar en aquella oscura y horrible Galaxia. Se dirigió hacia la puerta, casi a tientas, y al sentir la mano de Anthor sobre su brazo, se detuvo sin volverse.
—¿Le importa que le acompañe a su casa, doctor?
—Como quiera —fue la automática respuesta.

Al llegar la noche, las capas exteriores de la personalidad del doctor Darell, las que estaban en contacto directo con los demás, ya se habían solidificado. Se negó a comer, y con febril insistencia volvió a sumergirse en las intrincadas matemáticas del análisis encefalográfico.
Era casi medianoche cuando entró de nuevo en la sala de estar. Pelleas Anthor seguía allí, manipulando los controles del vídeo. Al oír pasos, miró por encima del hombro.
—¡Hola! ¿Aún no se ha acostado? He pasado las horas ante el vídeo, tratando de encontrar algo que no fuera boletines. Al parecer, la nave de la Fundación Hober Mallow lleva retraso en su ruta y no se han recibido noticias de ella.
—¿Ah, no? ¿Y qué sospecha usted?
—¿Y usted, qué cree? Alguna granujada kalganiana. Se ha informado que fueron vistas naves kalganianas en el sector del espacio desde donde se recibieron las últimas noticias de la Hober Mallow.
Darell se encogió de hombros, y Anthor, pensativo, se frotó la frente.
—Escuche, doctor —dijo—, ¿por qué no se marcha a Trántor?
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque aquí no nos es útil. Ha cambiado, y es lógico. Y yendo a Trántor podría cumplir un objetivo. La antigua Biblioteca Imperial, con los archivos completos de las Actas de la Comisión Seldon, está allí..
—¡No! La Biblioteca ha sido registrada, y el asunto no ha ayudado a nadie.
—Una vez ayudó a Ebling Mis.
—¿Cómo lo sabe usted? En efecto, él dijo que había encontrado la Segunda Fundación, y mi madre le mató cinco segundos más tarde para que no revelase involuntariamente su situación al Mulo. Pero comprenda que con este acto ella hizo imposible que supiéramos si Mis conocía realmente su localización. Después de todo, nadie más ha sido capaz de deducir la verdad de esos archivos.
—No sé si usted recuerda que Ebling Mis traba jaba bajo el impulso de la mente del Mulo.
—Ya lo sé, pero, precisamente por eso, la mente de Mis se hallaba en un estado anormal. ¿Sabemos algo usted y yo acerca de las propiedades de una mente bajo el control emocional de otra? ¿Acerca de sus facultades y defectos? En cualquier caso, no pienso ir a Trántor.
Anthor frunció el ceño.
—Está bien. ¿Por qué tanta vehemencia? Yo me he limitado a sugerirlo... Por el Espacio, que no le comprendo a usted. Parece haber envejecido diez años. Es evidente que está muy preocupado, y aquí no hace nada de utilidad. Si yo estuviera en su lugar, iría y rescataría a la chica.
—¡Exactamente! Eso es lo que querría hacer yo. Y por esa razón no lo haré. Escuche, Anthor, y trate de comprenderme. Estamos jugando, usted y yo, con algo contra lo cual somos incapaces de luchar. A sangre fría, si es que la tiene, usted lo sabe tan bien como yo, sean cuales fueran sus ideas en sus momentos de euforia.
»Durante cincuenta años hemos sabido que la Segunda Fundación es el verdadero heredero y discípulo de las matemáticas seldonianas. Eso significa, y usted lo sabe, que nada de lo que ocurre en la Galaxia está fuera de sus cálculos. Para nosotros, la vida es una serie de accidentes que hemos de afrontar con improvisaciones. Para ellos, toda la vida tiene un objetivo y tiene que ser precalculada.
»Pero tienen sus debilidades. Su trabajo es estadístico, y sólo la acción conjunta de la humanidad es verdaderamente inevitable. Ahora bien, ignoro el papel que represento yo como individuo en el curso previsto de la historia. Tal vez no tenga un papel definido, puesto que el Plan da libre albedrío a los individuos. Pero soy importante, y ellos, ellos, ¿me comprende?, pueden al menos haber calculado mi reacción probable. Por eso desconfío de mis impulsos, mis deseos y mis probables reacciones.
»Preferiría ofrecerles una reacción improbable. Me quedaré aquí, pese al hecho de que ansío desesperadamente marcharme. ¡No, no es eso! Porque ansío desesperadamente marcharme.
El joven sonrió con amargura.
—Usted no conoce su propia mente tan bien como pueden hacerlo ellos. Suponga que, conociéndole, calculan que lo que usted piensa, simplemente piensa, es esa reacción improbable, sabiendo por anticipado cuál será la tónica de su razonamiento.
—En este caso, no hay escapatoria. Porque si sigo el razonamiento que acaba usted de mencionar, y me voy a Trántor, también pueden haber previsto eso. Es un círculo vicioso de dobles intenciones. Por mucho que siga este ciclo, sólo puedo marcharme o permanecer aquí. El intrincado plan de hacer recorrer media Galaxia a mi hija no puede tener como fin que yo me quede donde estoy, puesto que igualmente me hubiera quedado si ellos no hubiesen hecho nada. El único motivo ha de ser que yo me vaya y, por consiguiente, me quedaré.
»Además, Anthor, no todo es obra de la Segunda Fundación, ni todos los acontecimientos son resultado de sus intrigas. Tal vez no han tenido nada que ver con la marcha de Arcadia, y es posible que ella esté a salvo en Trántor mientras aquí morimos todos.
—No —replicó Anthor con brusquedad—, ahora ha perdido usted la pista.
—¿Tiene algo más que sugerir?
—En efecto, si quiere escucharme.
—¡Oh, pues adelante! No me falta paciencia.
—Muy bien. ¿Hasta qué punto conoce usted a su propia hija?
—¿Hasta qué punto pueden conocerse las personas? Es evidente que no la conozco demasiado bien.
—Yo tampoco, seguramente menos que usted, pero al menos la he visto con otros ojos. Primero: se trata de una romántica incorregible, hija única de un académico que vive en su torre de marfil, aficionada al mundo irreal del vídeo, y los libros de aventuras. Está viviendo una extraña fantasía propia de intrigas y espionaje. Segundo: la vive con inteligencia, con la inteligencia suficiente como para despistarnos. Planeó cuidadosamente escuchar nuestra primera conferencia, y lo logró. Planeó cuidadosamente ir a Kalgan con Munn, y lo logró. Tercero: adora el recuerdo de su abuela, la madre de usted, que derrotó al Mulo.
»Hasta aquí no me equivoco, ¿verdad? Muy bien. A diferencia de usted, yo he recibido un informe completo del teniente Dirige, y, además, mis fuentes de información en Kalgan son bastante fidedignas y todas concuerdan. Sabemos, por ejemplo, que el Señor de Kalgan negó a Homir Munn la autorización para entrar en el palacio del Mulo, y que esta negativa fue repentinamente cancelada después de que Arcadia hablase con la Señora Callia, que es muy buena amiga del Primer Ciudadano.
—¿Cómo sabe usted todo esto? —interrumpió Darell.
—Porque Munn fue entrevistado por Dirige como parte de la campaña policial para localizar a Arcadia. Naturalmente, tenemos una trascripción completa de las preguntas y respuestas. Considere, además, a la propia Callia. Se rumorea que Stettin ya no siente interés por ella, pero los hechos no corroboran este rumor. No sólo Calha continúa en su puesto, no sólo es capaz de convertir la negativa de Stettin a Munn en una afirmación, sino que incluso puede organizar abiertamente la fuga de Arcadia. Imagínese: una docena de soldados que estaban de guardia en la mansión de Stettin testificaron que las vieron juntas la última noche. Y, sin embargo, no ha
sido castigada, y eso a pesar del hecho de que buscaron a Arcadia con toda diligencia.
—¿Y cuál es su conclusión de todo este torrente de incongruencias?
—Que la fuga de Arcadia fue organizada.
—Como yo he dicho.
—Pero con esta adición: Arcadia debió de darse cuenta de que estaba organizada. Arcadia, la lista chiquilla que veía cábalas por todas partes, adivinó ésta y siguió su propio tipo de razonamiento. Ellos querían que volviese a la Fundación, y por eso se dirigió a Trántor. Pero ¿por qué a Trántor?
—Exacto, ¿por qué?
—Porque allí fue donde Bayta, su idolatrada abuela, escapó cuando huía. Consciente o inconscientemente, Arcadia la imitó. Así pues, me pregunto si Arcadia huía del mismo enemigo.
—¿El Mulo? —preguntó Darell con cortés ironía. —Claro que no. Por enemigo me refiero a una mentalidad contra la que no podía luchar. Huía de la Segunda Fundación, o de la influencia que ésta pueda tener en Kalgan.
——¿De qué influencia habla?
—¿Cree que Kalgan estará inmune de esa amenaza omnipresente? Ambos hemos llegado de algún modo a la conclusión de que la huida de Arcadia fue organizada. ¿De acuerdo? La buscaron y la encontraron, y Dirige permitió deliberadamente que se escapara. Dirige, ¿lo comprende usted? Pero ¿por qué? Porque era de los nuestros. Pero ¿cómo lo sabían ellos? ¿Contaban con que fuese un traidor? ¿Qué opina usted?
—Ahora está diciendo que tenían intención de atraparla. Francamente, me está cansando un poco, Anthor. Termine de decir lo que sea; quiero irme a la cama.
—Terminaré muy pronto. —Anthor extrajo unas fotografías de un bolsillo interior. Eran las familiares curvas del encefalograma—. Las ondas cerebrales de Dirige —explicó Anthor en tono casual—, tomadas a su regreso.
Era algo claramente visible para Darell, y su rostro estaba lívido cuando miró a su interlocutor.
—Está controlado.
—Exactamente. Dejó huir z Arcadia, no porque fuera de los nuestros, sino porque pertenecía a la Segunda Fundación.
—Incluso después de saber que ella iba a Trántor, y no a Términus.
Anthor se encogió de hombros.
—Le habían programado para dejarla escapar; no podía modificar aquello. Era sólo un instrumento. La suerte ha sido que Arcadia eligió el camino menos probable, y posiblemente está a salvo. O, por lo menos, estará a salvo hasta que la Segunda Fundación pueda modificar los planes para afrontar este nuevo estado de cosas...
Hizo una pausa. La pequeña luz de aviso del vídeo estaba relampagueando, en un circuito independiente. Aquello significaba la presencia de noticias urgentes. Darell también la vio, y con el gesto mecánico de una larga costumbre puso en marcha el vídeo. Sólo pudieron oír el final de una frase, pero antes de que se terminara ya sabían que se habían encontrado los restos de la Haber Mallow y que, por primera vez en casi medio siglo, la Fundación volvía a estar en guerra.
Anthor apretó las mandíbulas.
—Muy bien, doctor, ya lo ha oído. Kalgan ha atacado, y Kalgan está bajo el control de la Segunda Fundación. ¿Seguirá usted el ejemplo de su hija y se trasladará a Trántor?
—No. Correré el riesgo. Me quedaré aquí.
—Doctor Darell, no es usted tan inteligente como su hija. Me pregunto hasta qué punto se puede confiar en usted.
Su mirada serena se clavó en Darell durante unos momentos, y luego, sin una palabra, se fue.
Y Darell se quedó lleno de dudas, y casi de desesperación.
Sin que nadie le prestara atención, el vídeo continuó emitiendo excitados sonidos e imágenes, mientras describía con nervioso detalle la primera hora de la guerra entre Kalgan y la Fundación.


17. LA GUERRA

El alcalde de la Fundación intentó peinar, sin resultado, los mechones de cabellos que orlaban su cráneo. Suspiró
—¡Cuántos años malgastados y cuántas oportunidades perdidas! No quiero hacer recriminaciones, doctor Darell, pero nos merecemos la derrota.
Darell observó tranquilamente:
—No veo razón para desconfiar de los acontecimientos, señor.
—¡Desconfiar, desconfiar! Por la Galaxia, doctor Darell, ¿en qué basaría usted cualquier otra actitud? Venga aquí...
Condujo a Darell casi a la fuerza hacia el límpido ovoide, colocado graciosamente sobre su diminuto so» porte, dotado de un campo de fuerza. Al contacto de la mano del alcalde se iluminó por dentro; era un modelo exacto, tridimensional, de la doble espiral galáctica.
—Marcada en amarillo —explicó el alcalde con excitación— tenemos la región del espacio que se halla bajo el control de la Fundación; en rojo, la que está bajo el control de Kalgan.
Darell vio una esfera roja rodeada por un casco amarillo que la envolvía casi completamente, excepto en una franja que se dirigía hacia el centro de la Galaxia.
—La galactografía —dijo el alcalde— es nuestro mayor enemigo. Nuestros almirantes no ocultan nuestra desesperada posición estratégica. Observe: el enemigo tiene líneas internas de comunicación. Está concentrado; puede enfrentarse a nosotros en cualquier flanco con igual facilidad. Puede. defenderse con un mínimo de fuerza. Nosotros estamos desperdigados. La distancia media entre los sistemas habitados dentro de la Fundación es casi tres veces la que hay en Kalgan. Por ejemplo, ir de Santanni a Locris es un viaje de dos mil quinientos pársecs para nosotros y sólo de ochocientos para ellos, si permanecemos en nuestros territorios respectivos...
—Comprendo todo esto, señor —dijo Darell.
—Pero no comprende que puede significar la derrota.
—En la guerra cuentan otras cosas además de la distancia. Yo afirmo que no podemos perder; es totalmente imposible.
—¿Y por qué lo afirma?
—A causa de mi propia interpretación del Plan Seldon.
—¡Oh! —exclamó el alcalde torciendo los labios y juntando las manos a su espalda—. De modo que usted también confía en la mística ayuda de la Segunda Fundación.
—No. Simplemente en la ayuda de la inevitabilidad, y del valor y la persistencia.
Y, no obstante, a pesar de su confianza, dudaba...
¿Y si...?
¿Y si Anthor tenia razón y Kalgan era un instrumento directo de aquellos monstruos mentales? ¿Y si su propósito era derrotar y destruir a la Fundación? ¡No! ¡No tenía sentido!
Y sin embargo...
Sonrió con amargura. Siempre ocurría lo mismo. Siempre atisbaban una y otra vez aquel granito opaco que, para el enemigo, era de una total transparencia.

Stettin tampoco olvidaba las verdades galactográficas de la situación.
El Señor de Kalgan se hallaba ante un modelo galáctico exactamente igual que el que inspeccionaban —1 alcalde y Darell, sólo que, mientras el alcalde fruncía el ceño, Stettin sonreía.
Su uniforme de almirante resplandecía sobre su corpulenta figura. La banda carmesí de la Orden del Mulo, que le fuera impuesta por el anterior Primer
Ciudadano —al que reemplazara seis meses después utilizando métodos algo violentos—, cruzaba su pecho en diagonal, desde el hombro derecho a la cintura. La Estrella de Plata con Cometas y Espadas Dobles brillaba sobre su hombro izquierdo.
Se dirigió a los seis hombres de su Estado Mayor, cuyos uniformes eran menos fastuosos que el suyo, y a su primer ministro, delgado y canoso, parecido a una telaraña perdida entre el resplandor:
Creo que las decisiones tomadas están bien claras. Podemos permitirnos el lujo de esperar. Para ellos, cada día de retraso será un golpe a su moral. Si intentan defender todas las regiones de su reino, quedarán demasiado dispersos, y nosotros podremos introducirnos con dos ataques simultáneos aquí y aquí. —Indicó las direcciones sobre el modelo galáctico, dos líneas blancas que atravesaban el casco amarillo desde la bola roja que contenía, cortando Términus por ambos lados con un apretado arco—. De este modo dividimos su Flota en tres partes que pueden ser derrotadas por separado. Si se concentran, abandonan voluntariamente dos tercios de sus dominios y tal vez se arriesgan a una rebelión.
La voz delgada del primer ministro se dejó oír en el silencio que siguió a estas palabras.
—Dentro de seis meses —dijo— la Fundación será seis veces más fuerte. Sus recursos son mayores, como todos sabemos: su Flota es numéricamente superior, sus recursos humanos son prácticamente inextinguibles. Quizá un ataque rápido sería más seguro.
Su voz era la que gozaba de menos influencia en la habitación. El Señor Stettin sonrió e hizo un gesto de menosprecio con la mano.
—Seis meses, o un año, si es necesario, no nos costarán nada. Los hombres de la Fundación no pueden prepararse; son ideológicamente incapaces de ello. Forma parte de su misma filosofía creer que la Segunda Fundación les salvará. Pero esta vez no será así.
Los hombres congregados en la habitación se removieron, intranquilos.
—Me parece que su confianza no es excesiva —observó Stettin en tono glacial—. ¿Es necesario que les repita una vez más los informes de nuestros agentes en territorio de la Fundación, o los descubrimientos del señor Homir Munn, el agente de la Fundación actualmente a nuestro... hum... servicio? Bien, la sesión queda aplazada, caballeros.
Stettin volvió a sus aposentos privados con una sonrisa estereotipada en el rostro. A veces dudaba del tal Homir Munn, un tipo extraño que no resultaba tan  útil como pareció al principio. Y, no obstante, de vez en cuando facilitaba información interesante y convincente, en especial en presencia de Callia.
Su sonrisa se ensanchó. Aquella gorda estúpida servía para algo, después de todo. Por lo menos sabia sonsacar mejor a Munn con sus zalamerías que él mismo, y con menos esfuerzo. ¿Por qué no entregarla a Munn? Frunció el ceño. Callia y sus cargantes celos. ¡Por el Espacio! Si hubiera conservado a aquella chica, Darell... ¿Por qué no había aplastado el cráneo de Callia por lo que hizo?
Le era imposible comprender la razón.
Tal vez porque sabía tratar a Munn, y él necesitaba a aquel hombre. Por ejemplo, había sido Munn quien demostró que, al menos según el convencimiento del Mulo, la Segunda Fundación no existía. Sus almirantes necesitaban este convencimiento.
Le hubiera gustado hacer públicas las pruebas, pero era preferible dejar que la Fundación creyera en aquella ayuda inexistente. ¿No había sido Callia quien señalara aquel punto? Sí, en efecto. Había dicho...
¡Oh, tonterías! Ella no podía haber dicho nada.
Y sin embargo...
Agitó la cabeza para desechar aquella idea y pensó en otra cosa.


18. EL MUNDO FANTASMA

Trántor era un mundo de cenizas... y resurgimiento. Situado como una joya opaca entre la abrumadora cantidad de soles del centro de la Galaxia, entre montones de estrellas apiñadas con inútil prodigalidad, soñaba alternativamente con el pasado y con el futuro.
Hubo un tiempo en que los insustanciales lazos de su control partían de su corteza metálica y se extendían hasta las más lejanas estrellas. Había sido una única ciudad, que albergara a cuatrocientos mil millones de administradores; la capital más poderosa que existiera jamás.
Hasta que eventualmente llegó hasta ella la decadencia del Imperio, y en el Gran Saqueo del siglo anterior todos sus poderes y prerrogativas quedaron destruidos para siempre. Bajo la ruina demoledora de la muerte, el casco de metal que circundaba el planeta se arrugó y resquebrajó en una dolorosa burla de su propia grandeza.
Los supervivientes arrancaron la capa dé metal y la vendieron a otros planetas para conseguir semillas y ganado. El suelo estaba una vez más al descubierto, y el planeta retornó a sus comienzos. En las extensas áreas de primitiva agricultura olvidó su intrincado y colosal pasado.
O lo hubiera olvidado de no ser por los restos todavía poderosos que elevaban hacia el cielo sus enormes ruinas en un digno y trágico silencio.

Arcadia contemplaba el borde metálico del horizonte con el corazón oprimido. El pueblo en que vivían los Palver no era para ella más que un montón de casas, pequeño y primitivo. Los campos que lo rodeaban eran de un amarillo dorado, sembrados de trigo.
Pero allí, en aquel punto lejano del horizonte, estaba el recuerdo del pasado, que aún ardía con esplendor intacto y alumbraba como el fuego cuando el sol de Trántor le arrancaba mil reflejos deslumbrantes. Arcadia había estado allí una vez durante los meses transcurridos desde su llegada a Trántor. Había trepado a la suave y lisa avenida, aventurándose en el interior de las silenciosas estructuras, cubiertas de polvo, donde la luz se filtraba por los agujeros de las paredes.
Sintió un dolor agudo. Era como una blasfemia. Se alejó, oyendo el eco estridente de sus propios pasos, y corrió hasta que sus pies pisaron de nuevo la tierra blanda.
Después se volvió a mirar con honda nostalgia, y no se atrevió en lo sucesivo a perturbar aquel imponente silencio.
Sabía que había nacido en alguna parte de aquel mundo, cerca de la antigua Biblioteca Imperial, que era el corazón de Trántor. ¡El lugar sagrado, el lugar sacrosanto! Era el único en todo el planeta que había sobrevivido al Gran Saqueo, y durante un siglo permaneció completo e intacto, desafiando al universo.
Allí Hari Seldon y su grupo habían tejido su inimaginable obra. Allí Ebling Mis había penetrado el secreto y enmudecido en su inmenso asombro, hasta que le dieron muerte para que tal secreto no pudiera divulgarse.
Allí, en la Biblioteca Imperial, su propio padre había regresado con su esposa para encontrar de nuevo la Segunda Fundación, pero fracasaron. Allí había nacido ella y allí murió su madre.
Le hubiera gustado visitar la Biblioteca, pero Preem Palver movió su redonda cabeza.
—Son miles de kilómetros, Arkady, y aquí tenernos mucho trabajo. Además, no es bueno deambular por allí. Ya sabes que es un santuario...
Pero Arcadia sabía que él no deseaba visitar la Biblioteca; que era el mismo caso que el palacio del Mulo. Los pigmeos del presente sentían un temor supersticioso de los gigantes del pasado.
Pero hubiera sido horrible guardar rencor por ello _, aquel hombre menudo y extraño. Hacía ya casi tres :meses que se encontraba en Trántor, y, durante todo
aquel tiempo, tanto papá como mamá habían sido maravillosos con ella...
¿Y qué había significado su regreso? Pues implicarles a ellos en la ruina común. ¿No hubiera debido advertirles que estaba marcada para la destrucción? No lo hizo; les dejó asumir el mortal papel de protectores.
Le remordía insoportablemente la conciencia... pero ¿acaso había podido elegir?
Abatida, bajó de su cuarto para desayunar, y entonces oyó sus voces.

Preem Palver se había introducido la servilleta en el cuello de la camisa y se disponía con evidente satisfacción a saborear unos huevos pasados por agua.
—Ayer bajé a la ciudad, mamá —dijo, clavando el tenedor y casi ahogando luego sus palabras con un considerable bocado.
—¿Y qué pasa en la ciudad, papá? —preguntó la mujer con indiferencia, sentándose, inspeccionando la mesa y volviéndose a levantar para buscar la sal.
—Nada bueno. Ha llegado una nave de Kalgan y ha traído periódicos de allí. Están en guerra.
—¿En guerra? ¡Vaya! Pues que se rompan la cabeza, ya que no tienen sentido común. ¿Aún no ha llegado el cheque de tu paga? Papá, te lo digo una vez más: has de advertir a ese viejo Cosker que la suya no es la única cooperativa del mundo. Ya es malo que te paguen tan poco que me avergüenza decirlo a mis amigas, pero ¡que encima no te paguen a su tiempo ...!
—Bueno, bueno, ya está bien —replicó papá, irritado—. Mira, no quiero oír tonterías durante el desayuno; me va a sentar mal. —Y se le cayó la tostada untada de mantequilla. Luego agregó, algo más calmado—: La lucha es entre Kalgan y la Fundación, y ya hace dos meses que dura.
Hizo un ademán con las dos manos, pretendiendo imitar una guerra en el espacio.
—Humm. Y, ¿cómo se desarrolla?
—Mal para la Fundación. Ya lo viste en Kalgan: todo eran soldados. Estaban dispuestos, y la Fundación, no.
De improviso, mamá dejó el tenedor y silabeó:
—¡Idiota!
—¿Qué?
—Eres un idiota; harías bien en cerrar tu gran pico.
Hizo una rápida seña, y cuando papá miró por encima de su hombro vio que allí estaba Arcadia, como paralizada, en el umbral.
—¿La Fundación está en guerra? —preguntó.
Papá miró con desaliento a mamá, y luego asintió.
—¿Y pierde?
De nuevo una señal afirmativa.
Arcadia sintió un terrible nudo en la garganta, y se acercó a la mesa con lentitud.
—¿Así que todo ha terminado? —musitó.
—¿Terminado? —repitió papá con falsa animación—. ¿Quién ha dicho que todo ha terminado? En la guerra pueden ocurrir muchas cosas. Además..., además...
—Siéntate, querida —dijo mamá con voz suave—. Nadie debería hablar antes del desayuno. No se está en buenas condiciones con el estómago vacío.
Pero Arcadia no le hizo caso.
—¿Están en Términus los kalganianos?
—No —repuso gravemente papá—. Las noticias son de la semana pasada, y Términus continúa luchando. Es cierto, te estoy diciendo la verdad. Y la Fundación es todavía fuerte. ¿Quieres que te traiga los periódicos?
—¡Si!
Los leyó mientras intentaba comer algo, y sus ojos se humedecieron mientras leía. Santanni y Korell se habían rendido... sin luchar. Una escuadra de la Flota de la Fundación había sido atrapada en el escasamente poblado Sector de Ifni, y casi todas sus naves fueron aniquiladas.
Y ahora la Fundación había retrocedido hasta el núcleo de los Cuatro Reinos, el reino original construido bajo el mandato de Salvor Hardin, el primer alcalde. Pero seguía luchando, y aún quedaba una posibilidad; y ocurriera lo que ocurriese, ella tenía que
informar a su padre. Tenía que ponerse en contacto con él como fuera. ¡Era preciso!
Pero ¿cómo? Había una guerra entre ellos.
Después del desayuno preguntó a papá:
—¿Saldrá usted pronto en una nueva misión, señor Palver?
Papá estaba sentado en el gran sillón del prado, tomando el sol. Un grueso cigarro se consumía entre sus dedos rechonchos, y su aspecto era el de un beatífico cachorro.
—¿Una misión? —repitió perezosamente—. ¿Quién sabe? Estas vacaciones son muy agradables, y mi permiso aún no ha terminado. ¿Por qué hablar de nuevas misiones? ¿Estás inquieta, Arkady?
—¿Yo? No, me encuentro muy bien aquí. Son los dos muy buenos conmigo, usted y la señora Palver. El hizo un gesto despreciativo, como rechazando la frase cortés de Arcadia. Esta dijo:
—Estaba pensando en la guerra.
—No pienses en ella. ¿Qué puedes hacer tú? Si es algo que no puedes evitar, ¿por qué romperte la cabeza?
—Pero estaba pensando que la Fundación ha perdido la mayoría de sus mundos agrícolas. Probablemente han tenido que racionar los alimentos.
Papá pareció confuso.
—No te preocupes; todo irá bien.
Ella apenas le escuchó.
—Me gustaría poder llevarles alimentos, eso es todo. Verá, cuando el Mulo murió y la Fundación se rebeló, Términus estuvo prácticamente aislado durante un tiempo, y el general Han Pritcher, que sucedió al Mulo, le puso sitio. La comida empezó a escasear, y mi padre dice que oyó contar al suyo que sólo tenían concentrados de aminoácidos de un sabor repugnante. Imagínese, un huevo costaba doscientos créditos. Entonces consiguieron romper el cerco justo a tiempo, y empezaron a llegar naves con alimentos desde Santanni. Debió de ser un tiempo terrible, y tal vez ahora esté ocurriendo lo mismo.
Hubo una pausa, tras la cual Arcadia continuó:
—Apostaría algo a que la Fundación pagaría ahora precios muy altos por cualquier artículo alimenticio, El doble, el triple, o más sobre su precio normal. Si, por ejemplo, una cooperativa de Trántor decidiera venderles comida, tal vez perdiera algunas naves, pero se haría millonaria antes de que terminase la guerra. Los Comerciantes de la Fundación, en los tiempos antiguos, se dedicaban siempre a este trabajo. Cuando había una guerra, vendían los artículos más necesarios y hacían frente a las dificultades. ¡Imagínese!, en un solo viaje solían ganar hasta dos millones de créditos, de beneficio. Y sólo con lo que podían llevar en una sola nave.
Papá se estremeció ligeramente. Sin que él lo advirtiera, se le había apagado el cigarro.
—Un negocio con los alimentos, ¿eh? Humm. Pero la Fundación está muy lejos.
—¡Oh, ya lo sé! Supongo que no se podría hacer desde aquí. Con una nave de línea regular no llegaría más allá de Massena o Smushyk, y allí tendría que alquilar una pequeña nave de reconocimiento o algo parecido para cruzar las líneas.
Papá se alisó los cabellos mientras calculaba.
Dos semanas después, los preparativos para la misión habían concluido. Mamá había estado despotricando casi todo el tiempo. Primero, por la incurable obstinación con que quería suicidarse, y segundo, por la increíble obstinación con que le prohibía acompañarle. Papá dijo al fin:
—Mamá, ¿por qué actúas como una vieja caprichosa? No puedo llevarte conmigo; es un trabajo de hombres. ¿Qué te imaginas que es la guerra? ¿Una diversión? ¿Un juego de niños?
Entonces, ¿por qué vas tú? Eres un hombre, viejo idiota, con un pie y un brazo en la tumba. Deja que vayan los jóvenes, y no un viejo gordo y calvo como tú.
—No soy calvo —replicó papá con dignidad—. Aún tengo muchos cabellos. ¿Y por qué no he de ser yo quien se lleve la comisión? ¿Por qué ha de ser un joven? Escucha, ¡esto puede significar millones!
Ella lo sabía, y guardó silencio.
Arcadia le vio una vez antes de que se marchara.
—¿Irá usted a Términus? —le preguntó.
—¿Por qué no? Tú misma has dicho que necesitan
pan, arroz y patatas. Haré un trato con ellos y se lo venderé.
—Entonces... quiero pedirle una cosa. Sí va a Términus, ¿podría..., podría ver a mi padre?
El rostro de papá se arrugó, lleno de comprensión. —¡Oh! ¿Y crees que hacía falta que me lo dijeras? Claro que iré a verle. Le diré que estás muy bien y que todo va sobre ruedas, y que cuando la guerra termine te llevaré a casa.
—Gracias. Le diré cómo puede encontrarle. Su nombre es doctor Toran Darell, y vive en Stanmark, un suburbio de Términus; puede tomar un avión de enlace que va hasta allí. La dirección es 55 Channel Drive.
—Espera, que voy a anotarlo.
—No, no. —Arcadia le cogió del brazo—. No debe llevar nada anotado. Tendrá que recordarlo... y encontrarle sin pedir ayuda a nadie.
Papá parecía perplejo. Luego se encogió de hombros.
—Muy bien. Es el 55 de Channel Drive, en Stanmark, un suburbio de Términus, y se va en avión. ¿Correcto?
—Hay otra cosa.
—¿Cuál?
—¿Quiere decirle algo de mi parte?
—Pues claro.
—Quiero decírselo en voz muy baja.
El inclinó la cabeza hacia ella, y Arcadia le susurró unas palabras.
Papá abrió mucho los ojos.
—¿Eso es lo que quieres que diga? ¡Pero si no tiene ningún sentido!
—El sabrá de qué se trata. Diga solamente que es un mensaje de mi parte y que yo he dicho que él sabrá de qué se trata. Lo ha de decir exactamente como se lo he dicho yo. No cambie nada. ¿No lo olvidará?
—¿Cómo puedo olvidarlo? Son sólo cinco palabras. Escucha...
—No, no. —Arcadia dio varios saltitos, impulsada por la intensidad de sus sentimientos—. No lo repita. No lo repita a nadie. Olvídese de ello excepto cuando vea a mi padre. prométamelo.
Papá volvió a encogerse de hombros.
—Está bien. ¡Lo prometo!
—De acuerdo —repuso ella con expresión triste.
Cuando le vio bajar por el camino hacia el lugar donde le esperaba el aerotaxi para llevarle al espacios puerto, Arcadia se preguntó si iría hacia la muerte por culpa de ella. Se preguntó si volvería a verle alguna vez.
Casi no se atrevía a entrar de nuevo en la casa y enfrentarse a la bondadosa mamá. Tal vez, cuando todo hubiera terminado, tendría que suicidarse por el mal que les había hecho.


19. FIN DE LA GUERRA

QUORISTON, Batalla de.—Librada en 9-17-377 D.F. entre las fuerzas de la Fundación y las del Señor Stettin de Kaigan, fue la última batalla de importancia durante el Interregno...
Enciclopedia Galáctica

Jole Turbor, en su nuevo papel de corresponsal de guerra, llevaba su macizo cuerpo enfundado en un uniforme militar, y sentía una relativa satisfacción. Disfrutaba encontrándose de nuevo en el aire, y perdió algo de la fiera impotencia de verse envuelto en una lucha trivial contra la Segunda Fundación, en la excitación de otra clase de lucha con naves reales y hombres corrientes.
Era cierto que la Fundación no había cosechado victorias, pero aún era posible enfocar la cuestión con filosofía. Al cabo de seis meses, el núcleo de la Fundación continuaba intacto, y el grueso de la Flota seguía en pie de guerra. Contando los nuevos refuerzos desde el principio de la guerra, era casi tan fuerte
numérica y técnicamente como antes de la derrota de Ifni.
Y, mientras tanto, se reforzaban las defensas planetarias, las fuerzas armadas recibían un mejor adiestramiento, la eficiencia administrativa se incrementaba y gran parte de la Flota kalganiana se dispersaba debido a la necesidad de ocupar el territorio «conquistado».
Por el momento, Turbor se encontraba con la Tercera Flota, en los bordes exteriores del sector de Anacreonte. De acuerdo con su política de hacer de aquello una «guerra del hombre de la calle», se hallaba entrevistando a Fennel Leemor, ingeniero de tercera clase, voluntario.
—Díganos algo acerca de usted mismo —propuso Turbor.
—No hay mucho que contar. —Leemor movió los pies, y una sonrisa tímida apareció en su rostro, como si estuviera viendo a todos los millones que indudablemente le estaban mirando en aquel momento—. Soy de Locris. Trabajo en una fábrica de coches aéreos, soy jefe de sección y tengo un buen salario. Estoy casado y tengo dos hijas. Oiga, ¿no podría saludarlas, por si me están escuchando?
—Adelante, amigo. El vídeo está a su disposición.
—¡Oh, gracias! —murmuró—. Hola, Milla. Por si me estás escuchando, estoy bien. ¿Cómo se encuentra Sunni? ¿Y Tomma? No dejo de pensar en vosotras, y tal vez obtenga un permiso cuando volvamos a puerto. Recibí el paquete de comida, pero te lo he devuelto porque aquí tenemos nuestra ración y dicen que los civiles están un poco faltos de alimentos. Creo que esto es todo.
—La visitaré la próxima vez que vaya a Locris, amigo, y me aseguraré de que no le falte comida. ¿De acuerdo?
El joven sonrió, agradecido, asintiendo.
—Gracias, señor Turbor. Se lo agradezco mucho.
—De nada. Díganos ahora... Usted es un voluntario, ¿verdad?
—Claro que lo soy. Si alguien me provoca, no tengo que esperar a que me obliguen a luchar. Me alisté el día en que me enteré de lo de la Hober Mallow.
Este es el espíritu, sí, señor. ¿Ha visto mucha acción? Observo que lleva dos estrellas.
—¡Bah! —El hombre escupió—. Aquello no fueron batallas, fueron simples cacerías. Los kalganianos no luchan, a menos que sean cinco contra uno o más. Incluso entonces se escabullen y tratan de atacar a las naves una por una. Un primo mío estuvo en Ifni, en una de las naves que escaparon, la vieja Ebling Mis. Dice que allí ocurrió lo mismo. Ellos atacaban con toda su Flota y nosotros sólo teníamos una división, y hasta que sólo nos quedaron cinco naves se escabulleron en vez de luchar. En aquella batalla dejamos fuera de combate al doble de naves suyas de las que perdimos nosotros.
—Entonces, ¿usted cree que ganaremos la guerra? —Con toda seguridad, ahora que no estamos retro cediendo. Incluso aunque las cosas fueran muy mal, estoy convencido de que la Segunda Fundación intervendría. Contamos con el Plan Seldon, y ellos también lo saben.
Los labios de Turbor se curvaron un poco.
—¿De modo que usted cuenta con la Segunda Fundación?
La respuesta tuvo un tono de auténtica sorpresa.
—¡Cómo! ¿Acaso no cuentan todos con ella?

El joven oficial Tippellum entró en la habitación de Turbor después de la emisión de vídeo. Alargó un cigarrillo al corresponsal y se empujó la gorra hasta la nuca.
—Hemos hecho un prisionero —anunció.
—¿Ah, sí?
—Es un tipo estrambótico. Pretende ser neutral; inmunidad diplomática, nada menos. Creo que no saben qué hacer con él. Su nombre es Palbro, o Palver, o algo por el estilo, y dice que es de Trántor. Ignoro qué demonios hace en una zona de guerra.
Pero Turbor se había incorporado en su litera, y olvidado por completo su interrumpida siesta. Recordaba muy bien su última entrevista con Darell, al día siguiente de la declaración de la guerra.
—Preem Palver —dijo. Era una afirmación.
Tippellum dejó que el humo saliera por las comisuras de sus labios.
—Sí —murmuró—. ¿Cómo diablos lo sabe?
—No importa. ¿Puedo verle?
—¡Por el Espacio¡ No lo sé. El viejo lo tiene en su despacho para interrogarle. Todo el mundo cree que es un espía.
—Diga al viejo que yo le conozco, si es quien pretende ser. Cargaré con la responsabilidad.

El capitán Dixyl contemplaba incesantemente el detector desde la nave insignia de la Tercera Flota. Ninguna nave podía evitar ser la fuente de una radiación subatómica —ni siquiera si permanecía como una masa inerte—, y cada punto focal de aquella radiación era un pequeño destello en el campo tridimensional.
Todas las naves de la Fundación habían sido registradas, y ya no quedaba ningún destello, ahora que habían hecho prisionero a aquel pequeño espía que pretendía ser neutral. La nave extranjera había causado un momentáneo revuelo en la cabina del capitán. Podía ser necesario un rápido cambio de táctica. Pero, por lo visto...
—¿Está seguro de que lo tiene? —preguntó.
El comandante Cenn asintió
—Conduciré mi escuadrón a través del hiperespacio: radio, 10.00 pársecs; theta, 268,52 grados; phi, 84,15 grados. Retorno al punto de origen en 1330. Ausencia total, 11,83 horas.
—Está bien. Ahora comenzaremos a contar con exactitud el espacio y el tiempo. ¿Comprendido?
—Sí, capitán. —Miró su reloj de pulsera—. Mis naves estarán dispuestas a las 0140.
—Bien —dijo el capitán Dixyl.
El escuadrón kalganiano no se hallaba todavía dentro del alcance del detector, pero no tardaría en estarlo. Había información independiente a este respecto. Sin el escuadrón de Cenn, las fuerzas de la Fundación serían numéricamente muy inferiores, pero el capitán tenía confianza. Plena confianza.

Preem Palver miraba tristemente a su alrededor. Primero miró al alto y huesudo almirante, y luego a los otros, todos de uniforme; y ahora miraba a aquel hombre grueso y macizo que llevaba el cuello abierto e iba sin corbata —a diferencia del resto—, que, había dicho que quería hablar con él.
Jole Turbor estaba diciendo:
—Soy perfectamente consciente, almirante, de las graves posibilidades que este asunto implica, pero le aseguro que, si me permite hablar con él unos minutos, tal vez pueda aclarar las dudas existentes al respecto.
—¿Hay alguna razón para que no le interrogue en mi presencia?
Turbor frunció los labios con expresión obstinada. —Almirante —dijo—, mientras yo he estado en sus naves, la Tercera Flota ha disfrutado de una prensa excelente. Ponga centinelas ante la puerta, si lo desea, y regrese dentro de cinco minutos. Pero ahora, déjeme hacer las cosas a mi modo y sus relaciones públicas seguirán siendo perfectas. ¿Me comprende? El almirante le comprendió.
Cuando Turbor se encontró a solas con Palver, se dirigió a él rápidamente:
—De prisa, dígame el nombre de la chica que raptó.
Palver le miró con los ojos muy abiertos y meneó la cabeza.
—Nada de tonterías —amenazó Turbor—. Si no me contesta, le acusarán de ser un espía, y los espías son liquidados sin juicio previo en tiempo de guerra.
—¡Arcadia Darell! —jadeó Palver.
—;Bien! ¿Está sana y salva?
Palver asintió.
—Será mejor que me lo asegure, o lo pasará usted muy mal.
—Goza de buena salud, y está totalmente a salvo —afirmó Palver.
El almirante regresó.
—¿Y bien?
—Este hombre no es un espía, señor. Puede usted creer lo que le dice. Yo respondo de él.
—¿Ah, sí? —El almirante frunció el ceño—. En tal caso, representa a una cooperativa agrícola de Trántor que desea llegar a un acuerdo comercial con Términus para la venta de cereales y patatas. Está bien, le creo, pero no podrá irse en seguida.
—¿Por qué no? —preguntó Palver con rapidez.
—Porque estamos a mitad de una batalla. Cuando termine, y suponiendo que aún estemos vivos, le llevaremos a Términus.

La Flota kalganiana diseminada por el espacio localizó las naves de la Fundación desde una distancia increíble, y fue a su vez localizada. Como pequeñas luciérnagas en los grandes detectores del enemigo, se fueron aproximando a través del vacío.
El almirante de la Fundación frunció. el ceño y dijo:
—Este debe de ser su ataque principal: contemple la cantidad de naves. Pero no podrán con nosotros, sobre todo si contamos con el destacamento de Cenn.
El comandante Cenn se había despegado de ellos horas antes, a la primera detección del enemigo. Ahora era imposible alterar el plan. Tal vez funcionara, tal vez no, pero el almirante estaba muy confiado, al igual que sus oficiales, al igual que sus hombres.
De nuevo contempló las luciérnagas, que lanzaban destellos y volaban en formación impecable, como en un ballet de la muerte.
La Flota de la Fundación se retiraba lentamente. A medida que transcurrían las horas iba virando con lentitud, obligando al enemigo a cambiar ligeramente su rumbo.
En las mentes de los estrategas había un determinado volumen de espacio que debía ser ocupado por las naves kalganianas. Las de la Fundación iban abandonando aquel volumen, atrayendo hacia él al enemigo. Las que volvían a salir de él eran atacadas, repentina y furiosamente. Las que se quedaban dentro, no sufrían ningún ataque.

Todo dependía de la indecisión de las naves del Señor Stettin de tomar la iniciativa, o de su decisión de permanecer donde no eran atacadas.
El capitán Dixyl tenía su mirada glacial fija en su reloj de pulsera. Eran las 1310.
—Tenemos veinte minutos —dijo.
El teniente que se encontraba a su lado asintió. —Hasta ahora todo parece ir bien. Tenemos atrapado a más del noventa por ciento de sus naves. Si podemos mantenerlas allí...
—!Sí! Si podemos...
Las naves de la Fundación volvían a avanzar... muy lentamente, no lo bastante de prisa como para obligar a los kalganianos a cesar en su persecución, pero sí con la rapidez suficiente como para desalentar su avance. Preferían esperar.
Y los minutos fueron transcurriendo.
A las 1325, el aviso del almirante sonó simultáneamente en setenta y cinco naves de la Fundación, que se acercaron con la máxima aceleración al grueso de la Flota kalganiana, que constaba de trescientas naves. Los escudos kalganianos entraron en acción, y se dispararon los inmensos rayos de energía. Cada una de las trescientas naves se concentraron en la misma dirección, hacia sus insensatos atacantes, que avanzaban inexorable y osadamente...
A las 1330, cincuenta naves bajo el mando del comandante Cenn aparecieron de la nada, en un único salto a través del hiperespacio hasta un punto calculado en determinado momento... y atacaron con furia arrolladora por la retaguardia kalganiana.
La trampa funcionó a la perfección.
Los kalganianos poseían todavía gran número de naves, pero ya no estaban de humor para contarlas. Su primer esfuerzo fue para escapar, y la formación, una vez rota, se hizo aún más vulnerable frente al ataque de las naves enemigas.
Al cabo de poco tiempo, la lucha tomó las proporciones de una caza de ratas.
De las trescientas naves kalganianas, el grueso y el orgullo de su Flota, sólo unas sesenta, muchas de ellas en un estado casi irreparable, pudieron regresar a Kalgan. La Fundación había perdido ocho naves de un total de ciento veinticinco.

Preem Palver aterrizó en Términus en el momento álgido de las celebraciones. Le abrumó el jolgorio, pero antes de abandonar el planeta habría cumplido dos objetivos y recibido un encargo.
Los dos objetivos eran: 1) la conclusión de un acuerdo por el que la cooperativa de Palver entregaría veinte cargamentos de diversos artículos alimenticios por mes, durante un año, a precios de guerra y, gracias a la reciente batalla, sin los correspondientes riesgos, y 2) la transmisión al doctor Darell de las cinco breves palabras de Arcadia.
Durante un momento de asombro, Darell le había mirado con los ojos muy abiertos, y entonces le había hecho un encargo. Este consistía en dar una respuesta a Arcadia. A Palver le gustó; era una respuesta sencilla y tenía sentido. Rezaba: «Ahora puedes volver. Ya no hay ningún peligro.»

El Señor Stettin se hallaba invadido de una tremenda frustración. Contemplar cómo todas sus armas se rompían en sus manos, y sentir cómo el firme tejido de su poderío militar se deshacía en podridos jirones de la manera más imprevista, convirtió su actitud flemática en un torrente de cólera. Y, sin embargo, no podía hacer nada, y lo sabía.
En realidad, hacía semanas que no dormía bien, y no se había afeitado en tres días. Había cancelado todas las audiencias y abandonado a su suerte a sus generales. Nadie sabía mejor que el Señor de Kalgan que no eran necesarias más derrotas para que dentro de muy poco tiempo se enfrentase con una rebelión interna.
Lev Meirus, el primer ministro, no le servía de nada. Estaba ante él, tranquilo e indecentemente viejo, acariciándose como siempre con un dedo nervioso la nariz y la mejilla.
—¡Vamos —le gritó Stettin—, contribuya con algol Estamos vencidos, ¿lo comprende? ¡Vencidos! ¿Y por qué? Lo ignoro. Ya ve usted, lo ignoro. ¿Acaso lo sabe usted?
—Creo que sí —repuso Meirus, con calma.
—¡Traición! —fue la réplica, pronunciada en voz baja como las palabras que siguieron—. Usted estaba enterado de una traición y ha guardado silencio. Sirvió al imbécil a quien arrebaté la Primera Ciudadanía y está convencido de que podrá servir a la rata que venga a reemplazarme. Por su actuación le haré arrancar las entrañas y quemarlas ante sus propios ojos.
Meirus permaneció impasible.
—He intentado mostrarle mis propias dudas, no una vez, sino muchas. Se las he gritado al oído y usted ha preferido seguir el consejo de los demás porque halagaba más su vanidad. Las cosas han ido aún peor de lo que me temía. Si ahora tampoco quiere escucharme, dígamelo, señor, y me marcharé, y a su debido tiempo serviré a su sucesor, cuyo primer acto será sin duda alguna la firma de un tratado de paz.
Stettin le contempló con fijeza, mientras sus enormes manos se abrían y cerraban lentamente.
—Hable, estúpido anciano, ¡hable!
—Le he dicho a menudo, señor, que usted no es el Mulo. Puede controlar naves y cañones, pero no puede controlar las mentes de sus súbditos. ¿Es usted consciente, señor, de la identidad de su enemigo? Se trata de la Fundación, que nunca sufre derrotas, la Fundación, que está protegida por el Plan Seldon, la Fundación, que está destinada a formar un nuevo Imperio.
—Ya no existe ningún Plan. Munn lo ha dicho.
—Entonces, Munn se equivoca. Y aunque tuviera razón, ¿qué importaría? Usted y yo, señor, no somos el pueblo. Los hombres y mujeres de Kalgan y de sus mundos satélites creen ciega y profundamente en el Plan Seldon, al igual que todos los habitantes de este
extremo de la Galaxia. Casi cuatrocientos años de historia nos enseñan el hecho de que la Fundación no puede ser derrotada. No lo consiguieron los Reinos, ni los señores guerreros, ni el antiguo Imperio Galáctico.
—El Mulo lo consiguió.
—Exactamente, pero él estaba más allá de todo cálculo, y usted no. Y lo que es peor, la gente lo sabe. Por esta razón sus naves participan en la batalla temiendo la derrota. La conciencia del Plan se cierne sobre ellos, inspirándoles cautela, temor al ataque y demasiadas dudas. En cambio, esta misma conciencia infunde confianza al enemigo, suprime el temor y mantiene su moral pese a las antiguas derrotas. ¿Y por qué no? La Fundación siempre ha sido derrotada al principio, pero siempre ha vencido al final. ¿Y qué hay de su propia moral, señor? Por doquier se halla usted en territorio enemigo. Sus propios dominios no han sido invadidos, todavía no corren peligro de invasión, y, no obstante, ha sido vencido. Ni siquiera cree en la posibilidad de la victoria, porque sabe que no existe. Por consiguiente, ceda, ceda antes de la derrota definitiva. Ceda voluntariamente y podrá salvar lo que le queda. Siempre ha dependido del metal y el poder, y le han sostenido en la medida de lo posible. Usted ha ignorado la mente y la moral, y entonces le han fallado. Así pues, siga mi consejo. Tiene prisionero a un hombre de la Fundación: Homir Munn. Déjele en libertad. Envíele a Términus con su oferta de paz.
Stettin apretó los dientes tras sus labios delgados y pálidos. Pero ¿qué alternativa tenía?

El primer día del año nuevo, Homir Munn abandonó Kalgan. Más de seis meses habían transcurrido desde que saliera de Términus, y en el intervalo una guerra había sido librada y perdida.
Llegó acompañado, pero se marchó solo. Había venido como un simple ciudadano con motivos particulares, y se marchó como un efectivo embajador de paz.
Lo que más había cambiado en él era su antigua preocupación por la Segunda Fundación. Se rió al recordarla, y se imaginó con todo lujo de detalles su revelación final al doctor Darell, al enérgico y competente Anthor, a todos ellos...
El lo sabía todo. El, Homir Munn, conocía finalmente la verdad.


20. «YO SE...»

Los dos últimos meses de la guerra stettiniana no dejaron mucho tiempo libre a Homir. En su insólito papel de Mediador Extraordinario se encontró en el centro de los asuntos interestelares, lo cual no dejaba de satisfacerle.
No hubo más batallas importantes, sino sólo unas cuantas escaramuzas accidentales de escasa consideración, y la Fundación no tuvo necesidad de hacer concesiones al redactar el tratado. Stettin conservaría su puesto, pero muy pocas cosas más. Su Flota fue desmantelada, sus posesiones fuera del sistema central recibieron la autonomía y la autorización de votar por el retorno a su posición primitiva: independencia total o confederación dentro de la Fundación.
La guerra terminó oficialmente en un asteroide del sistema estelar de Términus, lugar de la base naval más antigua de la Fundación. Lev Meirus firmó por Kalgan, y Homir Munn fue un interesado espectador.
Durante todo aquel período no vio al doctor Darell ni a ninguno de los otros. Pero no importaba mucho. Su noticia podía esperar, y, como siempre, pensar en ella distendía su rostro con una sonrisa.

El doctor Darell regresó a Términus unas semanas después del Día de la Victoria, y aquella misma noche su casa sirvió de lugar de reunión para los cinco hombres que, diez meses atrás, habían trazado sus primeros planes.
Prolongaron la cena y se demoraron con el café
y los licores, como si estuviesen indecisos antes de abordar el viejo tema.
Fue Jole Turbor quien, contemplando el fondo oscuro de su copa de licor, murmuró, más que dijo:
—Bien, Homir, tengo entendido que ahora es un hombre de negocios. Ha llevado bien los asuntos.
—¿Yo? —Muna soltó una alegre carcajada. Por alguna razón, no había tartamudeado durante meses—. No he tenido nada que ver con todo ello. Fue Arcadia. A propósito, Darell, ¿cómo está? Me han dicho que vuelve de Trántor.
—Es cierto —repuso Darell con voz tranquila—. Su nave llegará esta misma semana.
Miró a los otros con ojos observadores, pero sólo hubo confusas exclamaciones de alegría. Nada más, Turbor dijo:
—Entonces, todo se ha acabado. ¿Quién hubiera adivinado todo esto hace diez meses? Munn fue a Kalgan y ha regresado. Arcadia ha estado en Kalgan y Trántor y no tardará en volver. Ha habido una guerra y la hemos ganado. Nos dicen que se puede pro• decir los grandes giros de la historia, pero parece inconcebible que todo lo ocurrido recientemente, con su gran confusión para los que lo hemos vivido, haya sido predicho.
—Tonterías —intervino agriamente Anthor—. ¿Y por qué este acento triunfal, si se puede saber? Habla usted como si realmente hubiéramos ganado una guerra, cuando de hecho sólo hemos ganado una simple reyerta que ha distraído nuestras mentes del verdadero enemigo.
Hubo un incómodo silencio, en el que la sonrisa de Homir Munn fue la única nota discordante.
Anthor descargó un puñetazo sobre el brazo de su sillón.
—Sí, me refiero a la Segunda Fundación. Nadie la menciona, y si mi juicio es correcto, todos se esfuerzan para no pensar en ella. ¿Acaso esta falsa atmósfera de victoria que reina en este mundo de idiotas es tan atractiva que se sienten obligados a participar en ella? Entonces, den saltos mortales, hagan proezas atléticas, golpéense unos a otros en el hombro y arrojen confeti por la ventana. Hagan lo que quieran, hasta que lo hayan celebrado, y cuando ya no puedan más y vuelvan a ser ustedes mismos, vengan y discutiremos el problema, que sigue existiendo exactamente igual que hace diez meses, cuando vinieron aquí mirando por encima del hombro, temiendo no sabían qué. ¿Creen realmente que las supermentes de la Segunda Fundación son menos temibles porque han derrotado a un insensato dictador?
Hizo una pausa, con el rostro enrojecido, jadeando.
Munn preguntó con voz serena:
—¿Quiere escucharme ahora, Anthor, o prefiere seguir con su papel de airado conspirador?
—Di lo que quieras, Homir —intervino Darell—, pero procuremos todos abstenernos de utilizar un lenguaje excesivamente florido. Es muy bonito cuando viene a cuento, pero en estos momentos me fastidia.
Homir Munn se apoyó en el respaldo de su asiento y llenó de nuevo su copa con movimientos lentos.
—Fui enviado a Kalgan —dijo— para descubrir lo que pudiera en los archivos del palacio del Mulo. Pasé varios meses dedicado a esta tarea, y no pretendo ningún mérito por ello. Como ya he indicado, fue Arcadia, con su ingeniosa intervención, quien logró que me permitieran entrar en el palacio. Sin embargo, es un hecho que a mis conocimientos anteriores sobre la vida y la época del Mulo, los cuales, lo reconozco, no eran escasos, he añadido los frutos de un minucioso trabajo entre evidencias de primera mano que no han estado al alcance de ninguna otra persona. Me encuentro, por lo tanto, en una posición única para valorar el verdadero peligro de la Segunda Fundación; lo cual no se puede decir de nuestro joven y excitable amigo.
—¿Y cómo valora usted ese peligro? —rugió Anthor.
—Pues, naturalmente, en cero.
Una breve pausa, tras la cual Elvett Semic preguntó con aire de sorprendida incredulidad:
—¿Quiere decir que el peligro es nulo?
—Exactamente Amigos míos, ¡la Segunda Fundación no existe!
Anthor cerró los ojos lentamente, y permaneció silencioso, con el rostro lívido y sin expresión.
Munn continuó, sabiéndose el centro de la atención y satisfecho de serio:
—Y lo que es más, no ha existido nunca.
—¿En qué basas esta sorprendente conclusión?
—interrogó Darell.
—Niego que sea sorprendente —declaró Munn—, Todos ustedes conocen la historia de la búsqueda de la Segunda Fundación por parte del Mulo. Pero nada sabemos de la intensidad de dicha búsqueda, del propósito firme que la guiaba. El Mulo tenía a su disposición inmensos recursos, y los utilizó todos. Tenía un único objetivo... y, sin embargo, falló. No encontró la Segunda Fundación.
—Era difícil que la encontrase —señaló Turbor, inquieto—. Disponía de medios para protegerse contra las mentes inquisitivas.
—¿Incluso cuando la mente inquisitiva es la mentalidad mutante del Mulo? No lo creo. Pero no pretenderán ustedes que les facilite cincuenta volúmenes de informes en cinco minutos. Todo ello será eventualmente, según los términos del tratado de paz, parte del Museo Histórico de Seldon, y entonces tendrán oportunidad de analizarlo con la misma calma con que lo he hecho yo. Hallarán su conclusión claramente formulada, y es la misma que ya he expresado yo: no existe, ni ha existido jamás, una Segunda Fundación.
Semic interrumpió
Entonces, ¿qué fue lo que detuvo al Mulo?
—Por la Gran Galaxia, ¿qué se imagina usted que pudo detenerle? La muerte, como nos detendrá a todos nosotros. La mayor superstición de la época es que el Mulo fue detenido en su arrolladora carrera por unas entidades misteriosas que eran superiores a él. Es el resultado de enfocarlo todo desde un punto erróneo. Es evidente que nadie en la Galaxia puede ignorar que el Mulo era un monstruo, tanto física como mentalmente. Murió antes de los cuarenta años porque su cuerpo enfermizo no pudo luchar por más tiempo contra su constante desequilibrio. Fue un inválido durante los últimos años de su vida, y su salud nunca superó el estado débil de un hombre corriente. Eso es todo. Conquistó la Galaxia y, siguiendo el curso normal de la naturaleza, llegó un día en que le sobrevino la muerte. Es un milagro que viviera tanto y tan plenamente. Amigos míos, la cuestión se encuentra escrita en la más clara de las letras impresas. Lo único que han de tener es paciencia para volver a enfocar todos los hechos desde un nuevo punto de vista.
—Bien, lo intentaremos, Munn —dijo Darell en tono pensativo—. Será una tentativa interesante, aun en el caso de que sólo sirva para refrescar nuestras ideas. Pero ¿qué me dices de esos hombres manipulados de quienes hablan los archivos que Anthor nos enseñó hace casi un año? Ayúdanos a enfocarlos también a ellos.
—Es fácil. ¿Qué antigüedad tiene la ciencia del análisis encefalográfico? Q, en otras palabras, ¿cuál es el desarrollo del estudio de los problemas neurónicos?
—Concedido; a este respecto estamos en los comienzos —admitió Darell.
—Muy bien. Entonces, ¿hasta qué punto podemos estar seguros de la interpretación de lo que Anthor y tú llamáis «la planicie manipulada»? Tenéis vuestras teorías, pero ¿acaso estáis seguros? ¿Se puede considerar una base firme para la existencia de una fuerza poderosa para la que todas las demás pruebas son negativas? Siempre resulta fácil explicar lo desconocido por medio de una voluntad sobrehumana y arbitraria. Se trata de un fenómeno muy humano. En toda la historia galáctica ha habido casos de sistemas planetarios aislados que han retornado a la barbarie, y, ¿qué hemos aprendido de ellos? En cada uno de esos casos, los salvajes atribuyen las fuerzas de la naturaleza, incomprensibles para ellos, como tormentas, pestes o sequías, a seres sensibles más poderosos y arbitrarios que los hombres. Creo que eso se llama antropomorfismo, y a este respecto nosotros somos salvajes y nos recreamos en ello. Como sabemos poco de la ciencia mental, atribuimos todo
lo que desconocemos a superhombres, en este caso a los de la Segunda Fundación, basándonos en la indicación de Seldon.
—¡Oh! —interrumpió Anthor—. Veo que se acuerda de Seldon. Creía que se había olvidado de él. Seldon dijo, efectivamente, que había una Segunda Fundación. Enfoque bien esa afirmación.
—¿Y usted cree conocer todos los propósitos de Seldon? ¿Conoce todas las necesidades encerradas en sus cálculos? Es posible que la Segunda Fundación fuera una falsedad muy necesaria, con un propósito muy específico. ¿Cómo derrotamos a Kalgan, por ejemplo? ¿Qué decía usted en su última serie de artículos, Turbor?
Turbor removió su corpachón.
—Sí, ya veo adónde quiere ir a parar. Yo estuve en Kalgan hacia el final, Darell, y era evidente que la moral estaba por los suelos en el planeta. Eché un vistazo a sus periódicos y... bueno, daban la derrota como cosa hecha. De hecho, estaban convencidos de que la Segunda Fundación acabaría interviniendo, a favor de la Primera, naturalmente.
—Eso es —convino Munn—. Yo estuve allí durante toda la guerra. Dije a Stettin que la Segunda Fundación no existía, y él me creyó. Se sentía seguro. Pero no había modo de hacer que el pueblo dejase de creer en lo que había creído toda su vida, por lo que el mito acabó siendo muy útil para un propósito del juego de ajedrez cósmico de Seldon.
Anthor abrió los ojos repentinamente y los fijó con ironía en el rostro de Munn.
—Yo digo que usted miente.
Homir palideció.
—No creo que deba aceptar, y mucho menos responder, a una acusación de esta índole.
—Lo digo sin ninguna intención de ofensa personal. Usted no puede evitar mentir; ni siquiera sabe que está mintiendo. Pero lo cierto es que miente.
Semic posó su mano marchita sobre el brazo del joven.
—Cálmese, muchacho.
Anthor se desasió con brusquedad y dijo:
—Mi paciencia ha llegado ya al límite con todos ustedes. No he visto a este hombre más de media docena de veces en mi —¡da, pero encuentro increíble el cambio operado en él. Todos ustedes le conocen desde hace años, y, sin embargo, no lo advierten. Es suficiente como para volverle a uno loco. ¿Llaman Homir Munn a este hombre que acaban de escuchar? Pues no es el Homir Munn que yo conocía.
Se produjo un clamor, y la voz de Munn tronó:
—¿Me está acusando de ser un impostor?
—Tal vez no en el sentido corriente —gritó Anthor para hacerse oír entre el ruido—, pero sí un impostor, al fin y al cabo. ¡Silencio todo el mundo! Exijo ser escuchado.
Frunció el ceño con expresión feroz, y todos le obedecieron.
—¿Recuerda alguno de ustedes al Homir Munn de antes, al bibliotecario introvertido que nunca hablaba sin una timidez evidente; al hombre de voz tensa y nerviosa, que tartamudeaba sus frases indecisas? ¿Se parece a él este hombre? Habla con fluidez, está lleno de confianza y de teorías, y, ¡por el Espacio!, no tartamudea. ¿Es la misma persona?
Incluso Munn pareció confuso, y Pelleas Anthor continuó
—¿Y bien? ¿Le sometemos a una prueba?
—¿A cuál? —preguntó Darell.
—¿Usted pregunta a cuál? Existe una prueba evidente. Usted tiene su registro encefalográfico de hace diez meses, ¿verdad? Hágale otro y compárelos.
Señaló al bibliotecario, que tenía el ceño fruncido, y añadió con violencia:
—Le desafío a que se niegue a someterse al análisis.
—No me negaré —dijo Munn con voz firme—. Soy el mismo hombre de siempre.
—¿Cómo puedo saberlo? —preguntó Anthor con desdén—. Iré aún más lejos. No me fío de ninguno de los presentes; quiero que todos se sometan a un análisis. Ha habido una guerra, Munn ha estado en Kalgan, y Turbor a bordo de una nave que ha recorrido todas las áreas de guerra. Darell y Semic también han estado ausentes..., ignoro adónde fueron. Sólo yo he permanecido aquí, recluido y a salvo, y ya
no puedo fiarme del resto de ustedes. Pero, para jugar limpio, yo también me someteré a la prueba. ¿Estamos de acuerdo, o quieren que me vaya y siga solo mi camino?
Turbor se encogió de hombros y declaró:
—Yo no me opongo.
—Yo ya he dicho que no me negaré —dijo Munn.
Semic movió una mano en señal de asentimiento, y Anthor esperó la respuesta de Darell. Finalmente, Darell aceptó con la cabeza.
—Empiece conmigo —dijo Anthor.

Las agujas trazaron su delicado dibujo en la banda registradora mientras el joven neurólogo yacía inmóvil sobre el sillón reclinado, con los párpados cerrados y temblorosos. Darell extrajo del archivador la carpeta que contenía el antiguo registro encefalográfico de Anthor, y se lo alargó a éste.
—Esta es su firma, ¿verdad?
—Sí, sí. Es mi registro. Haga la comparación.
La pantalla mostró el antiguo y el nuevo. Aparecieron en ambos las seis curvas, y en la oscuridad sonó la voz de Munn con insólita claridad
—Bien, miren allí. Hay un cambio.
—Se trata de las ondas primarias del lóbulo frontal. No significa nada, Homir. Las alteraciones que estás señalando sólo indican cólera. Son las otras las que cuentan.
Pulsó un botón de control y los seis pares de curvas se superpusieron; coincidían todas. Sólo se veía el cambio de una amplitud más profunda en las primarias.
—¿Satisfecho? —preguntó Anthor.
Darell asintió brevemente y ocupó a su vez el sillón. Le siguieron Semic y Turbor. Las curvas fueron comparadas en silencio.
Munn fue el último en sentarse. Por un momento vaciló, y luego dijo, con un matiz de desesperación en la voz
—Escuchen, mi turno es el último y estoy bajo tensión. Espero que lo tendrán en cuenta.
—Lo tendremos en cuenta —le aseguró Darell—. Ninguna emoción consciente será más importante que la primaria.
El silencio completo que siguió podría haber durado horas...
Y entonces, en la oscuridad de la comparación, Anthor dijo roncamente:
—Claro, claro, es sólo el inicio de un complejo. No es lo que él nos dijo? Nada de manipulación; simplemente una estúpida noción antropomórfica... pero, ¡véanlo! Supongo que será una coincidencia.
—¿Qué sucede? —gritó Munn.
Darell apretó con firmeza el hombro del bibliotecario.
—Calma, Munn..., has sido manipulado, ajustado por ellos.
Entonces se encendió la luz, y Munn miró a su alrededor con los ojos velados y una mueca que pretendía ser una sonrisa.
—No es posible que hables en serio. Aquí hay un propósito oculto. Me estáis poniendo a prueba.
Pero Darell negó con la cabeza.
—No, no, Homir. Es verdad.
Los ojos del bibliotecario se llenaron de lágrimas.
—No me siento diferente en absoluto. No puedo creerlo. —Y con repentina convicción—: Todos están de acuerdo en esto. Es una conspiración.
Darell intentó un gesto conciliador, pero Munn le apartó la mano y exclamó
—Están planeando matarme. ¡Por el Espacio, están planeando matarme!
De un salto, Anthor se abalanzó sobre él. Se oyó el sonido agudo de hueso contra hueso, y Homir quedó inconsciente, con el temor reflejado en el rostro.
Anthor se irguió, tambaleándose, y dijo:
—Será mejor que le atemos y amordacemos. Más tarde decidiremos qué debemos hacer.
Tiró hacia atrás sus largos cabellos. Turbor preguntó:
—¿Cómo ha adivinado que le ocurría algo anormal?
Anthor se volvió hacia él con expresión sarcástica:
—No ha sido difícil. Verán, da la casualidad de que yo sé dónde está la Segunda Fundación.
Las sacudidas sucesivas tienen un efecto decreciente...
Semic preguntó con tono tranquilo:
—¿Está seguro? Quiero decir que ya hemos habla do de todo esto con Munn, y...
—No es exactamente lo mismo —replicó Anthor—.. Darell, el día en que empezó la guerra le hablé a usted con mucha seriedad. Traté de hacerle abandonar Términus. Entonces le hubiera dicho lo que voy a decirle ahora, si hubiese podido confiar en usted.
—¿Quiere decir que ha conocido la respuesta durante estos seis meses? —sonrió Darell.
—La conozco desde que supe que Arcadia se había ido a Trántor.
Darell se puso en pie con repentina consternación.,`' —¿Qué tiene que ver Arcadia con esto? ¿De qué está hablando?
—De nada que no sea evidente por los sucesos que  tan bien. Arcadia se va a Kalgan y huye, aterrorizada, hacia el mismo centro de la Galaxia, en vez de regresar a casa. El teniente Dirige, nuestro mejor agente en Kalgan, es manipulado. Homir Munn 1 va a Kalgan y es manipulado a su vez. El Mulo con quistó la Galaxia, pero, cosa extraña, instaló su cuartel general en Kalgan, y se me ocurre preguntarme si fue un conquistador, o, tal vez, un instrumento. A cada momento nos encontramos con Kalgan, siempre Kalgan, el mundo que por alguna razón permaneció intacto durante más de un siglo, a través de las luchas de los señores guerreros.
—Sus conclusiones, entonces...
—Es obvio. —La mirada de Anthor era intensa—. La Segunda Fundación está en Kalgan.
Turbor interrumpió.
—Yo he estado en Kalgan, Anthor; la semana pasada. Si allí está la Segunda Fundación, yo estoy loco. Personalmente, creo que quien está loco es usted.
El joven se volvió salvajemente hacia él.
—Entonces es usted doblemente loco. ¿Qué espera que sea la Segunda Fundación? ¿Una escuela elemental? ¿Se imagina qué Campos Radiantes escriben «Segunda Fundación» en verde y violeta a lo largo de las rutas espaciales? Escúcheme, Turbor. Dondequiera que estén forman una oligarquía cerrada. Deben de estar tan ocultos en el mundo donde existen como :l propio mundo debe de estarlo en el conjunto de la Galaxia.
Turbor apretó las mandíbulas.
—No me gusta su actitud, Anthor.
—Esto sí que me preocupa —fue la sarcástica respuesta—. Eche un vistazo a su alrededor, aquí, en Términus. Estamos en el centro, en el núcleo, en el origen de la Primera Fundación, con todos sus conocimientos de las ciencias físicas. Pues bien, ¿cuántos científicos físicos hay entre la población? ¿Sabe usted hacer funcionar una Estación Transmisora de Energía? ¿Qué sabe usted sobre el funcionamiento de un motor hiperatómico? El número de verdaderos científicos en Términus, incluso en Términus, puede calcularse en menos del uno por ciento de la población. ¿Qué ocurrirá, pues, en la Segunda Fundación, cuyo secreto debe ser preservado? Habrá aún menos científicos, y seguramente se ocultan incluso de su propio mundo.
—Oiga —interrumpió Semic con cautela—, acabamos de vencer a Kalgan...
—Sí, sí, es cierto —dijo Anthor en tono irónico ¡Y cómo celebramos esa victoria! Las ciudades aún están iluminadas; siguen encendiendo fuegos de artificio; continúan gritando en los televisores. Pero ahora, ahora que se inicia de nuevo la búsqueda de la Segunda Fundación, ¿cuál es el último lugar donde buscaremos, cuál es el último lugar donde se le ocurrirá buscar a cualquiera? ¡Exacto! ¡Kalgan! No les hemos hecho mucho daño, en realidad. Hemos destruido algunas naves, matado a unos cuantos miles, disgregado su Imperio, tomando algo de su poderío económico y comercial..., pero todo eso no significa nada. Apostaría algo a que ni un solo miembro de la clase dirigente de Kalgan siente la menor preocupación. Por el contrario, ahora están a salvo de la curiosidad ajena. Pero no de mi curiosidad. ¿Qué dice usted, Darell?
Darell se encogió de hombros.
—Es interesante. Estoy tratando de aplicarlo a un mensaje que recibí de Arcadia hace unos meses.
—¡Oh, un mensaje! —exclamó Anthor—. ¿Y qué decía?
—Bueno, no estoy seguro; eran sólo cinco breves palabras. Pero es interesante.
—Escuche —interrumpió Semic con interés y preocupación—, hay algo que no comprendo.
—¿Qué es?
Semic eligió cuidadosamente sus palabras, levantando el labio superior al pronunciarlas, como si le costara un esfuerzo expresar lo que iba a decir:
—Pues verá: Homir Munn ha dicho hace un rato que Hari Seldon mentía cuando anunció que había establecido una Segunda Fundación. Ahora usted dice que no es cierto; que Seldon no mentía, ¿no es así?
—Así es, no mentía. Seldon dijo que había establecido una Segunda Fundación, y era cierto.
—Está bien, pero además dijo otra cosa. Dijo que estableció las dos Fundaciones en «extremos opuestos de la Galaxia». Esto, jovencito, sí que fue una mentira, porque Kalgan no está en el extremo opuesto de la Galaxia.
Anthor pareció irritado.
—Eso es un detalle sin importancia. Tal vez lo dijo para protegerles. Pero, después de todo, reflexione..., ¿de qué serviría tener a las supermentes en el extremo opuesto de la Galaxia? ¿Cuál es su función? Ayudar a preservar el Plan. ¿Quiénes son los principales ejecutores del Plan? Nosotros, la Primera Fundación. ¿Desde dónde pueden observarnos mejor y cumplir sus objetivos? ¿Desde el extremo opuesto de la Galaxia? ¡Ridículo! En realidad están a cincuenta pársecs de distancia, lo cual es mucho más lógico.
—Me gusta este argumento —observó Darell—; tiene sentido. Escuchen, hace rato que Munn ha recuperado el conocimiento, y propongo que le desatemos. No puede hacer ningún daño, creo yo.
Anthor parecía disconforme, pero Homir meneó vigorosamente la cabeza. Cinco segundos después se frotaba las muñecas con idéntico vigor.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Darell.
—Horriblemente —gruñó Munn—, pero no importa. Hay algo que quiero preguntar a este niño prodigio. He oído lo que ha dicho y me gustaría tener permiso para preguntar qué hacemos ahora.
Se produjo un extraño e incongruente silencio. Munn sonrió con amargura.
—Bien, supongamos que Kalgan es la Segunda Fundación. ¿Quiénes son ellos entre los habitantes de Kalgan? ¿Cómo van a encontrarles? Cómo van a luchar contra ellos si les encuentran, ¿eh?
—¡Ah! —exclamó Darell—. Por extraño que parezca, yo puedo contestar a eso. ¿Quieren saber lo que Semic y yo hemos estado haciendo durante estos seis meses? Puede proporcionarle otro motivo, Anthor, de mi insistencia en permanecer todo el tiempo en Términus.

—En primer lugar —continuó—, he trabajado en el análisis encefalográfico con más intensidad de la que cualquiera de ustedes puede sospechar. Detectar las mentes de la Segunda Fundación es un poco más sutil que encontrar solamente una planicie manipulada..., y en realidad no lo he logrado. Pero me he acercado mucho, ¿Sabe alguno de ustedes cómo funciona el control emocional? Ha sido un tema popular entre los escritos de ficción desde la época del Mulo, y se han escrito, dicho y registrado muchas tonterías al. respecto. En general ha sido tratado como algo misterioso y oculto, lo cual no es cierto, por supuesto. Todo el mundo sabe que el cerebro es la fuente de multitud de diminutos campos electromagnéticos. Cada emoción fugaz varía esos campos de manera más o menos intrincada, y todo el mundo debe saber también esto. Pues bien, es posible concebir una mente que pueda sentir estos campos cambiantes e incluso resonar con ellos. Es decir, puede existir un órgano especial del cerebro que capte cualquiera de esos campos. No tengo idea de cómo podría hacerlo, pero eso no importa. Por ejemplo, si yo fuera ciego me sería igualmente posible aprender la importancia de los fotones y «quanta» de energía, y podría ser razonable para mí que la absorción de un fotón de dicha energía pudiera crear cambios químicos en algún órgano del cuerpo, de forma que su presencia fuese
detectable. Pero, naturalmente, no sería capaz de comprender el color. ¿Me siguen todos ustedes?
Anthor asintió con firmeza, los otros, con vacilación.
—Este hipotético «órgano resonador de la mente», ajustándose a los campos emitidos por otras mentes, podría realizar lo que se conoce popularmente como «leer las emociones» o incluso «leer las mentes», que, en realidad, es algo aún más sutil. Partiendo de ahí, es fácil imaginar un órgano similar que fuera capaz de forzar un reajuste en otra mente. Con su campo más potente podría orientar al más débil de otra mente, de modo parecido a como un potente imán orienta los polos de una barra de acero y la deja magnetizada. Resolví las matemáticas de la Segunda Fundación en el sentido de que desarrollé una función que predeciría la necesaria combinación de sendas neurónicas que formarían un órgano como el que acabo de describir, pero, desgraciadamente, la función es demasiado complicada para ser resuelta con cualquiera de los instrumentos matemáticos conocidos en la actualidad. Esto es una lástima, porque significa que nunca podré detectar a uno de esos operadores mentales disponiendo sólo de su pauta encefalográfica. Pero podría hacer otra cosa. Con ayuda de Semic podría construir lo que describiré como un dispositivo estático mental. La ciencia moderna es capaz de crear una fuente de energía que duplique una pauta encefalográfica de campo electromagnético. Además, puede construirse de modo que se desvíe totalmente al azar, creando, en lo que respecta a este particular sentido mental, una especie de «ruido» o «estática» que tape a otras mentes con las que puede estar en contacto. ¿Me han seguido hasta aquí?
Semic rió entre dientes. Le había ayudado a crear aquello a ciegas, pero había acertado.
—Creo que sí —repuso Anthor.
—El dispositivo —prosiguió Darell— es bastante fácil de construir, y yo tenía bajo mi control todos los recursos de la Fundación, ya que formaba parte de la investigación de guerra. Y ahora, las oficinas del alcalde y las asambleas legislativas están rodeadas de estática mental, así como nuestras principales fábricas y esta misma casa. Eventualmente, cualquier lugar que nos interese se puede poner completamente a salvo de la Segunda Fundación o de un futuro Mulo. Eso es todo.
Concluyó con sencillez, haciendo un simple ademán con la mano. Turbor parecía abrumado.
—Entonces, todo ha terminado. ¡Por el Gran Seldon, todo ha terminado!
—Bueno —dijo Darell—, no exactamente.
—¿Cómo que no exactamente? ¿Hay algo más?
—Sí. ¡Aún no hemos localizado la Segunda Fundación!
—¡Cómo! —rugió Anthor—. ¿Está intentando decir...?
—En efecto. Kalgan no es la Segunda Fundación.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Es fácil —gruñó Darell—. Verá, da la casualidad que yo sé dónde está realmente la Segunda Fundación.


21. LA RESPUESTA SATISFACTORIA

Turbor se echó a reír de repente, con sonoras carcajadas que resonaron ruidosamente contra las paredes y se apagaron en gemidos. Agitó la cabeza sin fuerza y exclamó:
—Por la Gran Galaxia, esto ya dura toda la noche. Uno tras otro vamos colocando nuestros hombres de paja para después derribarlos. Nos divertimos, pero no vamos a ninguna parte. ¡Por el Espacio! Quizá todos los planetas son la Segunda Fundación. Quizá no tienen ningún planeta, sólo hombres clave esparcidos por todos los planetas. ¿Qué importa, a fin de cuentas, si Darell dice que tenemos la defensa perfecta?
Darell sonrió sin humor.
—La defensa perfecta no es suficiente, Turbor. Incluso mi dispositivo de estática mental no es más que algo que nos mantiene en el mismo lugar. No podemos permanecer para siempre con los puños cerrados, buscando frenéticamente en todas direcciones
al enemigo desconocido. No sólo tenemos que saber cómo ganar, sino también a quién derrotar. Y hay un mundo específico en el cual el enemigo existe.
—Vayamos al grano —intervino Anthor con tono cansado—. ¿Cuál es su información?
—Arcadia me envió un mensaje —repuso Darell—, y hasta que lo recibí no comprendí lo evidente. Es probable que jamás lo hubiera comprendido. Y, no obstante, era un mensaje sencillo, que decía así: «Un círculo no tiene fin.» ¿Lo comprende ahora?
—No —dijo tercamente Anthor, y resultaba obvio que también hablaba por los demás.
—Un círculo no tiene fin —repitió Munn, pensativo, arrugando la frente.
—Pues a mí me resultó evidente... —dijo Darell con impaciencia—. ¿Cuál es el único hecho absoluto que conocemos sobre la Segunda Fundación? ¡Se lo diré! Sabemos que Hari Seldon la situó en el extremo opuesto de la Galaxia. Homir Munn teorizó que Seldon mintió sobre la existencia de la Fundación. Pelleas Anthor teorizó que Seldon dijo la verdad a este respecto, pero que mintió sobre la situación de la Fundación. Yo digo que Hari Seldon no mintió en ningún detalle; que dijo la verdad absoluta. Pero ¿cuál es el otro extremo? La Galaxia es un objeto achatado que tiene forma de lente. Su borde exterior es un círculo, y un círculo no tiene extremos, como comprendió Arcadia. Nosotros, nosotros, la Primera Fundación, estamos situados en Términus, en el borde de ese círculo. Estamos, por definición, en el extremo de la Galaxia. Ahora sigan el borde del círculo y busquen el otro extremo. Síganlo, síganlo, síganlo y no encontrarán el otro extremo, sino que volverán simplemente al punto de partida... Y allí encontrarán la Segunda Fundación.
—¿Allí? —repitió Anthor—. ¿Quiere decir aquí?
—¡Sí! ¡Quiero decir aquí! —gritó Darell con energía—. ¿En qué otro lugar podría estar? Usted mismo dijo que si los de la Segunda Fundación eran los guardianes del Plan Seldon, era improbable que estuviesen situados en el llamado extremo opuesto de la Galaxia, donde se encontrarían totalmente aislados. Observó que le parecía más lógica una distancia de cincuenta pársecs. Y yo le digo que esa distancia es también demasiado larga. Que una distancia cero es la más lógica. ¿Y dónde estarían más seguros? ¿Quién les buscaría aquí? Se trata del viejo principio de que el lugar más obvio es el menos sospechoso.
«¿Por qué el pobre Ebling Mis se sorprendió tanto cuando descubrió la localización de la Segunda Fundación? Estuvo buscándola desesperadamente para advertirla de la llegada del Mulo, y lo que descubrió fue que el Mulo ya había conquistado ambas Fundaciones de un solo golpe. ¿Y por qué el propio Mulo fracasó en su búsqueda? ¿Cómo no había de fracasar? Si uno busca una amenaza inconquistable, no se pone a buscar entre los enemigos ya conquistados. Y por eso las supermentes dispusieron de tiempo más que suficiente para trazar sus planes contra el Mulo y detenerle.
»Es fantásticamente simple. Aquí estamos nosotros, con nuestros complots y nuestros planes, pensando que lo hacemos todo en secreto, y resulta que nos hallamos en el mismo centro de la fortaleza enemiga. Es algo cómico.
El rostro de Anthor seguía expresando escepticismo.
—¿Cree usted honradamente en esta teoría, doctor Darell?
—Sí, la creo honradamente.
—Entonces, cualquiera de nuestros vecinos, cualquier hombre que vemos por la calle puede ser un individuo de la Segunda Fundación, que observa nuestras mentes con la suya y capta el pulso de nuestros pensamientos.
—Exactamente.
—¿Y se nos ha permitido actuar durante todo este tiempo sin ser molestados?
—¿Sin ser molestados? ¿Quién le ha dicho que no hemos sido molestados? Usted mismo demostró que Munn había sido manipulado. ¿Qué le hace pensar que le enviamos a Kalgan enteramente por nuestra propia voluntad, o que Arcadia nos escuchó y le siguió por la suya propia? Probablemente hemos sido molestados sin pausa. Y, después de todo, ¿por qué tenían que hacer más de lo que han hecho? Les con
viene mucho más desorientarnos que simplemente detenernos.
Anthor se sumió en una larga meditación, y cuando volvió a hablar su expresión mostraba lo poco satisfecho que estaba:
—Pues no me gusta nada el asunto. Su estática mental es inútil. No podemos permanecer siempre dentro de casa, y en cuanto salgamos estaremos perdidos, sabiendo lo que ahora creemos saber. A menos que pueda usted construir un pequeño dispositivo para cada habitante de la Galaxia...
—Cierto, pero no somos del todo impotentes, Anthor. Estos hombres de la Segunda Fundación tienen un sentido del que nosotros carecemos. Es su fuerza, pero también su debilidad. Por ejemplo, ¿existe algún arma ofensiva que surta efecto contra un hombre normal, dotado del sentido de la vista, y que sea inútil contra un ciego?
—Claro —repuso en seguida Munn—: una luz en los ojos.
—Exacto —dijo Darell—. Una fuerte luz cegadora.
—Bueno, ¿y qué si la hay? —preguntó Turbor.
—La analogía es bien clara. Yo tengo un dispositivo de estática mental. Produce una pauta electromagnética artificial que para la mente de un hombre de la Segunda Fundación sería lo que un rayo de luz para nosotros. Pero el dispositivo de estática mental es caleidoscópico. Se mueve rápida y continuamente, más de prisa que la mente receptora. Así pues, consideremos una luz intermitente; la clase de luz que provocaría un dolor de cabeza si continuara durante el tiempo suficiente. Ahora intensifiquemos esa luz, o ese campo electromagnético, hasta que sea cegador..., y el dolor se convertirá en insoportable. Pero sólo para los que estén dotados de ese sentido, no para los demás.
—¿De verdad? —preguntó Anthor, empezando a entusiasmarse—. ¿Lo ha probado ya?
—¿En quién? Claro que no lo he probado. Pero funcionará.
—Oiga, ¿dónde tiene los controles del campo que rodea la casa? Me gustaría verlo
—Aquí. —Darell metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. Era un objeto pequeño que apenas abultaba; un cilindro negro, lleno de botones, que alargó a Anthor.
Anthor lo inspeccionó atentamente y se encogió de hombros.
—Mirarlo r o me dice nada. Oiga, Darell, ¿qué es lo que no debo tocar? No quiero anular la defensa de la casa inadvertidamente.
—No puede hacerlo —dijo Darell con indiferencia—. Ese control está fijo.
Y tocó un interruptor que no se movió.
—Y ese botón, ¿qué es?
—Es el que varía la frecuencia de la pauta. Y este otro varía la intensidad; es al que me refería antes.
—¿Puedo...? —preguntó Anthor, con el dedo sobre el botón de intensidad. Los otros se apiñaron a su alrededor.
—¿Por qué no? —dijo Darell, encogiéndose de hombros—. A nosotros no nos afectará.
Lentamente, casi con vacilación, Anthor hizo girar el botón, primero en una dirección y después en la otra. Turbor hacía rechinar los dientes, mientras Munn parpadeaba con rapidez. Era como si agudizaran su deficiente equipo sensorial para localizar ese impulso que no podía afectarles.
Finalmente, Anthor se encogió de hombros y puso la caja de control sobre las piernas de Darell.
—Bueno, supongo que debemos creer en su palabra. Pero es difícil imaginar que haya ocurrido algo cuando hice girar el botón.
—Claro, Pelleas Anthor —dijo Darell con una tensa sonrisa—. El que le he dado era una imitación. Como ve, tengo otro. —Se apartó la chaqueta y enseñó una caja de control que llevaba colgada del cinturón y que era exactamente igual que . la que Anthor había estado investigando—. Se lo demostraré.
Darell hizo girar el botón de intensidad hasta el punto máximo.
Y con un alarido inhumano, Pelleas Anthor se desplomó en el suelo. Lívido, retorcido por el dolor, se agarraba fútilmente los cabellos con dedos temblorosos.
Munn levantó rápidamente los pies para evitar el
contacto con el cuerpo convulso; sus ojos eran dos pozos de terror. Semic y Turbor eran dos estatuas de yeso, rígidas y blancas.
Darell, con expresión sombría, giró de nuevo el botón, y Anthor se estremeció débilmente una o dos veces y se quedó quieto. Estaba vivo; su agitada respiración sacudía su cuerpo.
—Llevémosle al sofá —dijo Darell, cogiendo la cabeza del joven—. Ayúdenme.
Turbor lo cogió por los pies. Era como si llevasen un saco de harina. Después, a los pocos minutos, la respiración se fue normalizando, y Anthor movió los párpados. Una terrible palidez cubría su rostro, tenía los cabellos y el cuerpo bañados en sudor, y su voz, cuando habló, era quebrada e irreconocible.
—No lo haga —murmuró—, ¡no lo haga otra vez! Usted no sabe..., usted no sabe... ¡Oh—h—h! —Fue un largo y trémulo gemido.
—No lo haré otra vez —dijo Darell— si nos dice la verdad. ¿Es usted miembro de la Segunda Fundación? —Déme un poco de agua —suplicó Anthor.
—Tráigasela, Turbor —dijo Darell—, y también la botella de whisky.
Repitió la pregunta cuando Anthor hubo bebido un trago de whisky y dos vasos de agua. El joven pareció relajarse...
—Sí —contestó—, soy miembro de la Segunda Fundación.
—Que está situada aquí, en Términus, ¿verdad? —continuó Darell.
—Sí, sí. Tenía usted razón en todos los detalles, doctor Darell.
—¡Bien! Ahora explique qué ha sucedido durante los últimos seis meses. ¡Díganoslo!
—Querría dormir —murmuró Anthor.
—¡Después! ¡Ahora hable!
Un trémulo suspiro; entonces las palabras, tenues y rápidas. Todos se inclinaron sobre él para escucharlas.
—La situación se estaba haciendo peligrosa. Sabíamos que Términus y sus científicos físicos estaban interesados en las pautas de ondas cerebrales y que ya habían madurado para desarrollar algo como el dispositivo de estática mental. Y que era creciente el odio contra la Segunda Fundación. Teníamos que detenerlo sin perjudicar el Plan Seldon. Intentamos... controlar el movimiento. Intentamos unirnos a él. Eso apartaría de nosotros los esfuerzos y las sospechas. Hicimos que Kalgan declarase la guerra como una distracción adicional. Por eso envié a Munn a Kalgan. La supuesta amante de Stettin era una de los nuestros. Ella se encargó de que Munn actuase convenientemente...
—Callia es... —exclamó Munn, pero Darell le hizo una seña para que guardase silencio.
Anthor continuó, ignorante de la interrupción:
—Arcadia le siguió. No habíamos contado con eso —no podemos preverlo todo—, así que Callia procuró que se fuese a Trántor para evitar su intromisión. Eso es todo. Excepto que hemos perdido.
—Usted intentó que yo también fuera a Trántor, ¿verdad? —preguntó Darell.
Anthor asintió.
—Tenía que alejarle de aquí. El triunfo creciente de su mente estaba muy claro. Iba a solucionar los problemas del dispositivo de estática mental.
—¿Por qué no me puso bajo control?
—No podía..., no podía. Tenía órdenes. Trabajábamos de acuerdo con un plan. Si yo hubiera improvisado lo habría estropeado todo. El plan sólo predice las probabilidades..., usted ya lo sabe... como el Plan Seldon. —Hablaba jadeando, y casi incoherentemente. Movía la cabeza de un lado a otro, inquieto y febril—. Trabajábamos con individuos..., no grupos..., eso implicaba probabilidades muy bajas... Además..., si le controlaba... otro inventaría el dispositivo..., era inútil..., tenía que controlar los tiempos... más sutil... El plan del propio Primer Orador... no conozco todos los detalles..., excepto que... no funcionó...
Se quedó silencioso. Darell le sacudió con violencia.
—No puede dormir aún. ¿Cuántos de ustedes hay?
—¿Qué? ¿Qué dice...? ¡Oh ... !, no muchos..., se sorprendería..., cincuenta..., no hacen falta más.
—¿Todos están aquí en Términus?
—Cinco..., seis en el espacio..., como Callia..., tengo que dormir.
Se movió de repente, con un esfuerzo gigantesco, y su expresión adquirió más claridad. Era el último intento de auto justificación, de moderar su derrota.
—Casi le atrapé al final. Hubiese anulado las defensas y controlado su mente. Entonces habríamos visto quién era el amo. Pero usted me dio controles falsos..., sospechó de mí todo el tiempo...
Y finalmente se quedó dormido.

—¿Desde cuándo sospechaba de él, Darell? —preguntó Turbor con voz velada.
—Desde el primer momento en que llegó aquí —fue la tranquila respuesta—. Dijo que venía de parte de Kleise, pero yo conocía a Kleise y sabía en qué términos nos habíamos separado. El era un fanático del tema de la Segunda Fundación, y yo le había abandonado. Mis propios motivos eran razonables, ya que consideraba mejor y más seguro perseguir solo mis ideas. Pero no podía decirle eso a Kleise, y tampoco me hubiera escuchado de habérselo dicho. Para él, yo era un cobarde y un traidor; tal vez incluso un agente de la Segunda Fundación. Se trataba de un hombre inflexible, y desde entonces y hasta casi el día de su muerte, no tuvo más tratos conmigo. Entonces, de repente, en sus últimas semanas de vida, me escribió, como un viejo amigo, recomendándome que aceptase como colaborador a su mejor y más prometedor discípulo, y que reanudase la antigua investigación.
»Esto no encajaba en su carácter. No podía haber hecho algo así sin hallarse bajo una influencia extraña, y empecé a preguntarme si el único propósito no sería que yo entregase mi confianza a un verdadero agente de la Segunda Fundación. Y así fue en realidad...
Suspiró y cerró un momento los ojos. Semic inquirió con vacilación
—¿Qué haremos con todos ellos..., con esos tipos de la Segunda Fundación?
—Lo ignoro —contestó Darell tristemente—. Supongo que podríamos desterrarlos. A Zoranel, por ejemplo. Podemos enviarlos allí y saturar el planeta de estática mental. Habría que separar los sexos, o mejor aún, esterilizarlos... y dentro de cincuenta años la Segunda Fundación sería cosa del pasado. O tal vez sería más misericordiosa una muerte tranquila para todos ellos.
—¿Cree usted que podríamos aprender el uso de ese sentido que poseen? —preguntó Turbor—. ¿O nacen con él, como el Mulo?
—No lo sé. Creo que se desarrolla mediante un largo entrenamiento, ya que existen indicios en la encefalografía de que sus potencialidades están latentes en la mente humana. Pero ¿para qué necesitamos ese sentido? A ellos no les ha ayudado.
Frunció el ceño. Aunque no dijo nada, sus pensamientos eran como gritos en su interior.
Había sido fácil..., demasiado fácil. Aquellos seres invencibles habían caído como los malvados de los cuentos, y eso no le gustaba.
¡Por la Galaxia! ¿Cuándo puede saber un hombre que no es un títere? ¿Cómo puede saber un hombre que no es un títere?
Arcadia volvía al hogar, y sus pensamientos querían desechar lo que tendría que afrontar al final.

Pasó una semana, y luego dos, desde su regreso, y Darell no conseguía apartar de sí aquellos pensamientos. ¿Cómo podía hacerlo? Durante su ausencia, Arcadia se había transformado de niña en mujer por una extraña alquimia. Ella constituía su vínculo con la vida; su vínculo con un matrimonio agridulce que apenas había pasado de su luna de miel.
Y entonces, una noche, ya tarde, preguntó tan casualmente como pudo
—Arcadia, ¿qué te hizo llegar a la conclusión de que Términus contenía a ambas Fundaciones?
Habían estado en el teatro, en las mejores butacas, con visores tridimensionales para cada uno; Arcadia llevaba un vestido nuevo y era feliz.
La muchacha le miró fijamente durante un momento, y después contestó sin darle importancia:
—¡Oh, no lo sé! Se me ocurrió, simplemente.
Una capa de hielo aplastaba el corazón del doctor Darell.
—Piensa —dijo intensamente—. Esto es importante. ¿Qué te hizo pensar que ambas Fundaciones estaban en Términus?
Ella frunció ligeramente el ceño.
—Bueno, estaba la Señora Callia, de quien yo sabía que era de la Segunda Fundación. Anthor también lo dijo.
—Pero ella estaba en Kalgan —insistió Darell—. ¿Qué te hizo decidir por Términus?
Y entonces Arcadia esperó varios minutos antes de contestar. ¿Qué le había hecho decidirlo? ¿Qué podía ser? Tuvo la horrible sensación de que algo se escapaba a su comprensión.
—La Señora Callia sabia ciertas cosas, y su información tenía que proceder de Términus. ¿No crees que será eso, papá?
Pero él negó con la cabeza.
—Papá —gritó ella—, yo lo sabía. Cuanto más lo pensaba, más segura estaba. Simplemente, tenía sentido.
En los ojos de su padre había una expresión extraña.
—Es inútil, Arcadia, es inútil. La intuición es sospechosa en algo relativo a la Segunda Fundación. Lo comprendes, ¿verdad? Pudo ser intuición, ¡y pudo ser control!
—¡Control! ¿Te refieres a que me cambiaron? ¡Oh, no! No, imposible. —Empezó a alejarse de él—. ¿No dijo Anthor que yo tenía razón? Lo admitió, lo admitió todo. Y has encontrado a todo ese grupo aquí en Términus, ¿no es verdad? ¿No es verdad? —terminó, respirando con fuerza.
—Ya lo sé, pero..., Arcadia, ¿me dejarás hacer un análisis encefalográfico de tu cerebro?
Ella agitó violentamente la cabeza.
—¡No, no! Me da demasiado miedo.
—¿Tienes miedo de mí, Arcadia? No hay nada que temer. Tenemos que saberlo. Lo comprendes, ¿verdad?

Después le interrumpió sólo una vez. Se agarró a su brazo antes de colocarle el último electrodo.
—¿Y si resulta que soy diferente, papá? ¿Qué tendrás que hacer entonces?
—No tendré que hacer nada, Arcadia. Si eres diferente, nos marcharemos. Volveremos a Trántor, tú y yo, y... y nos tendrá sin cuidado el resto de la Galaxia.
Jamás en la vida de Darell había sido tan lento un análisis ni le había costado tanto. Cuando estuvo terminado, Arcadia se quedó acurrucada, sin atreverse a mirar. Entonces oyó reír a su padre, y aquello fue información suficiente. De un salto se echó a los brazos abiertos de su padre.
Darell hablaba con entusiasmo mientras se apretaban el uno al otro.
—La casa está bajo la máxima estática mental, y tus ondas cerebrales son normales. Los hemos atrapado realmente, Arcadia, y ahora podemos volver a vivir.
—Papá —jadeó ella—, ¿ahora les permitiremos que nos den medallas?
—¿Cómo sabías que las había rechazado? —La contempló con fijeza unos instantes, y después volvió a reír—. No importa; tú lo sabes todo. Está bien, recibirás tu medalla sobre un podio, con discursos.
—Y... papá...
—¿Qué?
—¿Me llamarás Arkady en lo sucesivo?
—Pero... Está bien, Arkady.
Lentamente, la magnitud de la victoria le fue invadiendo, saturándole. La Fundación, la Primera Fundación, ahora la única Fundación, era dueña absoluta de la Galaxia. Ya no existía ninguna barrera entre ellos y el Segundo Imperio, el cumplimiento final del Plan Seldon.
Sólo tenían que alargar la mano para que fuese suyo...
Gracias a...


22. LA RESPUESTA VERDADERA

¡Una habitación no localizada en un mundo no localizado!
Y un hombre cuyo plan había tenido éxito.
El Primer Orador miró al estudiante.
—Cincuenta hombres y mujeres —dijo—. ¡Cincuenta mártires! Sabían que significaba la muerte o una prisión perpetua, y ni siquiera podían ser orientados para impedir el debilitamiento... ya que la orientación hubiera podido ser detectada. Y, pese a ello, no se debilitaron. Llevaron a término el plan, porque amaban el Plan más importante: el de Seldon.
—¿No podrían haber sido menos? —preguntó el estudiante, dudando.
El Primer Orador movió lentamente la cabeza.
—Era el límite más bajo. Menos no hubieran podido aportar la convicción necesaria. De hecho, el objetivismo puro hubiese exigido setenta y cinco, para dejar margen al error. No importa. ¿Ha estudiado el plan de acción elaborado por el Consejo de Oradores hace quince años?
—Sí, Orador.
—¿Y lo ha comparado con los acontecimientos actuales?
—Sí, Orador. —Entonces, tras una pausa—: Sentí un gran asombro, Orador.
—Lo sé; siempre inspira asombro. Si supiera cuántos hombres trabajaron en él durante meses, años, en realidad, para darle un acabado perfecto, estaría menos asombrado. Ahora, cuénteme lo ocurrido... con palabras. Quiero su traducción de las matemáticas.
—Sí, Orador. —El joven ordenó sus pensamientos—. Esencialmente, era necesario que los hombres de la Primera Fundación estuvieran plenamente convencidos de haber localizado y destruido a la Segunda Fundación. De este modo se volvería a la situación original programada. Para todos los efectos, Términus lo ignoraría todo otra vez acerca de nosotros y no nos incluiría en ninguno de sus cálculos. Una vez más estamos ocultos y a salvo..., a costa de cincuenta hombres.
—¿Y el propósito de la guerra kalganiana?
—Demostrar a la Fundación que puede vencer a un enemigo físico, y borrar el daño causado a su amor propio y su seguridad en sí misma por el Mulo. —En esto su análisis es insuficiente. Recuerde que la población de Términus nos miraba con una clara ambivalencia. Odiaban y envidiaban nuestra supuesta superioridad, y, sin embargo, confiaban implícitamente en nosotros para su protección. Si hubiéramos sido «destruidos» antes de la guerra kalganiana, el pánico se hubiera extendido por toda la Fundación. Nunca habría tenido el valor de enfrentarse a Stettin cuando éste hubiese atacado; y lo habría hecho. La «destrucción» sólo podía tener lugar con un mínimo de efectos perjudiciales durante la euforia del triunfo. Incluso esperar un año más hubiera significado un gran enfriamiento del espíritu necesario para lograr el éxito.
El estudiante asintió.
—Lo comprendo. Ahora el curso de la historia continuará sin desviarse de la dirección indicada por el Plan.
—A menos —señaló el Primer Orador— que ocurran ulteriores accidentes, imprevistos e individuales.
—Y en tal caso —dijo el estudiante—, nosotros existimos todavía. Sólo que..., sólo que... Me preocupa una faceta del actual estado de cosas, Orador. La Primera Fundación posee el dispositivo de la estática mental..., un arma poderosa contra nosotros. Al menos eso es diferente de antes.
—Un buen argumento. Pero no tienen a nadie contra quien usarlo. Se ha convertido en un dispositivo inútil, del mismo modo que sin el estímulo de nuestra amenaza, el análisis encefalográfico se convertirá en una ciencia estéril. Otras clases de conocimientos darán, una vez más, importantes e inmediatos resultados. Así pues, esta primera generación de científicos mentales en la Primera Fundación será también la última... y, dentro de un siglo, la estática mental será un artículo casi olvidado del pasado.
—Bien... —El estudiante estaba calculando mentalmente—. Supongo que tiene razón.
—Pero lo que más me interesa que comprenda, amigo mío, en bien de su futuro en el Consejo, es la consideración prestada a los pequeños sucesos introducidos por la fuerza en nuestro plan de los últimos quince años, simplemente porque tratábamos con individuos. Por ejemplo, el modo en que Anthor tuvo que inspirar sospechas contra sí mismo de forma que madurasen en el momento apropiado, aunque eso fue relativamente sencillo.
»Hubo también la forma en que manipulamos el ambiente para que a nadie de Términus se le ocurriera, prematuramente, que el propio Términus podía ser el centro de lo que estaban buscando. Ese conocimiento tuvo que ser inspirado a esa joven, Arcadia, a la que nadie prestaría atención excepto su padre. Tuvo que ser enviada a Trántor para asegurarnos de que no tendría un contacto prematuro con su padre. Ambos eran los dos polos de un motor hiperatómico; cada uno de ellos permanecía inactivo sin el otro. Y tuvo que apretarse el botón y establecerse el contacto en el momento preciso. ¡Yo me encargué de ello!
»Y la batalla final tenía que librarse de manera adecuada. La Flota de la Fundación tenía que rebosar confianza en sí misma, mientras la Flota de Kalgan se aprestaba a huir. ¡También de eso me encargué yo!
El estudiante dijo:
—Me parece, Orador, que usted... quiero decir, todos nosotros... contábamos con que el doctor Darell no sospechara que Arcadia era nuestro instrumento. Según mi cálculo, había un treinta por ciento de probabilidades de que lo sospechara. ¿Qué hubiera ocurrido entonces?
—Ya lo habíamos previsto. ¿Qué le han enseñado sobre planicies manipuladas? ¿Qué son? Ciertamente no son evidencia de la introducción de una tendencia emocional. Eso se puede hacer sin posibilidad de que sea detectado por el más refinado análisis encefalográfico. Es una consecuencia del Teorema de Leffert, como ya sabrá. Solamente la extracción de la tendencia emocional previa se puede notar. Tiene que notarse. Y, naturalmente, Anthor se aseguró de que Darell lo supiera todo sobre las planicies manipuladas. Pero... ¿cómo puede ponerse a un individuo bajo control sin que se note? Cuando no hay una tendencia emocional previa que se pueda borrar. En otras palabras, cuando el individuo es un recién nacido con la mente como una tabula rasa. Arcadia Darell nació aquí, en Trántor, hace quince años, cuando se trazó la primera línea de la estructura del plan. Ella jamás sabrá que ha sido controlada, y el hecho supondrá una ventaja para ella, ya que su control implicó el desarrollo de una personalidad precoz e inteligente.
El Primer Orador rió brevemente.
—En cierto sentido, lo más asombroso es la ironía de la cuestión. Durante cuatrocientos años, los hombres estaban cegados por las palabras de Seldon «al otro extremo de la Galaxia». Han dedicado al problema su peculiar reflexión de científicos físicos, midiendo el otro extremo con escuadras y reglas, y acabando eventualmente o bien en un punto de la periferia, a ciento ochenta grados alrededor del borde de la Galaxia, o en el punto de partida.
»Sin embargo, nuestro mayor peligro residía en el hecho de que había una solución posible basada en los cauces físicos del pensamiento. La Galaxia, como usted ya sabe, no es simplemente un ovoide achatado, como tampoco la periferia es una curva cerrada. En realidad, es una espiral doble, con al menos el ochenta por ciento de los planetas habitados en el brazo principal. Términus es el extremo exterior del brazo de la espiral, y nosotros somos el otro, ya que, ¿cuál es el extremo opuesto al punto exterior de inicio de una espiral? Pues claro, el centro.
»Pero esto es trivial. Se trata de una solución accidental y que carece de relevancia. La solución se
habría alcanzado inmediatamente si los investigadores hubiesen recordado que Hari Seldon era un científico social, y no un científico físico, y hubiesen ajustado sus procesos mentales a este hecho. ¿Qué podía significar «extremos opuestos» para un científico social? ¿Extremos opuestos en un mapa? Claro que no. Esta es sólo la interpretación mecánica.
»La Primera Fundación estaba en la periferia, donde el Imperio original era más débil, donde su influencia civilizadora era mínima, donde su riqueza y cultura estaban casi ausentes. ¿Y cuál es el extremo opuesto social de la Galaxia? Pues el lugar donde el Imperio original era más fuerte, donde su influencia civilizadora alcanzaba su punto máximo, donde su riqueza y cultura estaban presentes con más fuerza. ¡Aquí! ¡En el centro! En Trántor, capital del Imperio en la época de Seldon.
»Además, ¡es tan inevitable! Hari Seldon dejó tras él a la Segunda Fundación para que mantuviera, mejorara y extendiera su obra. Esto se ha sabido, o adivinado, durante cincuenta años. Pero ¿dónde se podía hacer mejor? En Trántor, donde había trabajado el grupo de Seldon y donde estaban acumulados los datos de muchas décadas. El propósito de la Segunda Fundación era proteger el Plan contra los enemigos. ¡Eso también se sabía! ¿Y dónde estaba la fuente de mayor peligro para Términus y el Plan?
»¡Aquí! Aquí, en Trántor, donde el Imperio moribundo aún podía, durante tres siglos, destruir a la Fundación si se hubiera decidido a hacerlo.
»Entonces, cuando Trántor cayó y fue saqueado y totalmente destruido, hace sólo un siglo, nosotros pudimos, naturalmente, proteger nuestro cuartel general, y, de todo el planeta, sólo la Biblioteca Imperial y los terrenos circundantes permanecieron intactos. Esto era un hecho conocido en toda la Galaxia, pero incluso una indicación aparentemente tan clara les pasó por alto.
»Fue aquí, en Trántor, donde Ebling Mis nos descubrió; y también aquí donde nos encargamos de que no sobreviviera al descubrimiento. Para hacerlo fue necesario organizar las cosas de modo que una chica normal de la Fundación venciera los tremendos poderes mutantes del Mulo. Ciertamente, tal fenómeno debería haber atraído las sospechas hacia el planeta donde ocurrió... Fue aquí donde empezamos a estudiar al Mulo y planeamos su derrota final. Fue aquí donde nació Arcadia y se inició el curso de los acontecimientos que condujeron al gran retorno del Plan Seldon.
»Y todos estos fallos en nuestro secreto, estos grandes fallos, pasaron inadvertidos porque Seldon había hablado "del otro extremo" a su manera, y ellos lo habían interpretado a la suya.
Hacía mucho rato que el Primer Orador había dejado de hablar al estudiante. En realidad, se trataba de una exposición de los hechos para sí mismo, mientras permanecía en pie ante la ventana, contemplando el increíble fulgor del firmamento y la enorme Galaxia, que ahora estaba salvada para siempre.
—Hari Seldon llamó a Trántor «Extremo Estelar» —murmuró—, ¿y por qué no esa pequeña imagen poética? Todo el universo fue en un tiempo guiado desde esta roca; todos los caminos de las estrellas conducían aquí. «Todos los caminos llevan a Trántor —reza el viejo proverbio—, y aquí es donde terminan todas ¡as estrellas.»
Diez meses antes, el Primer Orador había contemplado aquellas mismas estrellas, que en ninguna otra parte eran tan numerosas como en el centro de ese enorme núcleo de materia que el hombre llama la Galaxia, con un sentimiento de duda; pero ahora se reflejaba una sombría satisfacción en el rostro redondo y rubicundo de Preem Palver, Primer Orador.


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