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jueves, 9 de mayo de 2013

FUNDACION Y TIERRA - V


 

Fundación y Tierra-V


Isaac Asimov
capitulos: I-X



A la memoria de Judy-Lynn del Rey – 1943-1986 -, un gigante en mente y espíritu.

Prólogo


ANTECEDENTES DE LA FUNDACIÓN


El 1 de agosto de 1941, a mis veintiún años, era estudiante graduado en Química en la Universidad de Columbia y hacía tres que estaba escribiendo ciencia ficción como profesional. Quería ver a John Campbell, director de Astounding, a quien había vendido cinco cuentos ya. Estaba ansioso de contarle una nueva idea que había concebido para un relato de ciencia ficción.
Pretendía escribir una novela histórica del futuro; relatar la caída del Imperio Galáctico. Mi entusiasmo debía ser contagioso, pues Campbell se mostró tan excitado como yo. No quería que escribiese un solo cuento. Deseaba una serie que bosquejase la historia de los mil años turbulentos entre la caída del Primer Imperio Galáctico y el auge del Segundo Imperio Galáctico. Todo ello iluminado por la ciencia de la «Psicohistoria» que Campbell y yo discutimos a fondo entre nosotros.
El primer cuento apareció en el número de mayo de 1942 de Astounding y el segundo en el de junio de ese mismo año. En seguida se hicieron populares y Campbell quiso que escribiese otros seis más antes de que la década finalizase. Los cuentos se fueron alargando. El primero tenía doce mil palabras. Dos de los tres últimos, cincuenta mil cada uno.
Cuando el decenio terminó, yo me había cansado de la serie, la abandoné y pasé a otras cosas. Pero entonces, varias empresas editoriales estaban empezando a publicar libros de ciencia ficción encuadernados en tapa dura. Una de esas editoriales era una pequeña empresa semiprofesional llamada «Gnome Press». Publicó la serie de mi Fundación en tres volúmenes: Fundación (1951); Fundación e Imperio (1952) y Segunda Fundación (1953). El conjunto de los tres libros fue conocido como la Trilogía de la Fundación
Los libros no se vendieron muy bien, pues «Gnome Press» no disponía de capital para anunciarlos y promocionarlos. No percibí derechos de autor por ellos.
A comienzos de 1961, mi entonces editor en Doubleday, Timothy Seldes, me dijo que había recibido una solicitud de un editor extranjero para reimprimir los libros de la Fundación. Como no eran libros de Doubleday, me transmitió la petición. Yo me encogí de hombros.
- No me interesa, Tim. No cobro derechos de autor por estos libros. Seldes se horrorizó e inmediatamente inició gestiones para obtener los derechos sobre aquellos libros de «Gnome Press» (que a la sazón estaba moribunda). En agosto de aquel mismo año, pasaron (junto con Yo, Robot) a ser propiedad de Doubleday.
Desde aquel momento, la serie de la Fundación marchó por buen camino y empezó a devengar derechos crecientes. Doubleday publicó la Trilogía en un solo volumen y lo distribuyó a través del «Science Fiction Book Club». Gracias a eso, la serie de la Fundación alcanzó cotas de popularidad insospechadas.
En 1966, la «World Science Fiction Convention», celebrada en Cleveland, pidió a los aficionados que votasen en la categoría de «Las Mejores Series de Todos los Tiempos. Fue la primera vez (y hasta ahora, la última) que aquella categoría se incluyó en las nominaciones para el «Premio Hugo». La Trilogía de la Fundación ganó el premio, aumentando así la popularidad de la serie.
Con creciente insistencia, los aficionados al género me pidieron que continuase la serie. Les di las gracias, pero seguí negándome. Sin embargo, me fascinaba que hubiese personas más jóvenes que la serie, que se sintiesen tan atraídas por ella.
Pero Doubleday se tomó aquellas peticiones con mucha más seriedad que yo. Me habían seguido la corriente durante veinte años, pero como las demandas seguían creciendo en número e intensidad, los editores acabaron por perder la paciencia. En 1981, me dijeron simplemente que tenía que escribir otra novela de la Fundación y, para dorarme la píldora, me ofrecieron un contrato a base de un anticipo diez veces mayor que el acostumbrado.
Accedí con excitación. Hacía treinta y dos años que yo había escrito un relato de la Fundación, y ahora me pedían que elaborase una novela de 140.000 palabras, el doble de cualquiera de los volúmenes anteriores, y casi el triple de cualquier relato individual que yo hubiese escrito. Releí la Trilogía de la Fundación y, respirando hondo, puse manos a la obra.
El cuarto libro de la serie, Los límites de la Fundación, fue publicado en octubre de 1982, y entonces ocurrió algo verdaderamente extraño. Casi de inmediato, apareció en la lista de éxitos del Times de Nueva York. En realidad, continuó en ella durante veinticinco semanas, con gran asombro por mi parte. Nunca me había sucedido nada igual.
En seguida, Doubleday me encargó unas novelas adicionales y escribí dos que formaron parte de otra serie: Las Novelas del Robot. Y entonces llegó el momento de volver a la Fundación.
Por consiguiente, escribí Fundación y Tierra, la cual comienza en el momento en que Los límites de la Fundación termina y es el libro que ahora tienen ustedes en la mano. Quizá les sería de utilidad el echar un vistazo a Los límites de la Fundación para refrescarse la memoria, pero no es preciso que lo hagan. Fundación y Tierra se basta por sí sola. Espero que disfruten con ella.
ISAAC ASIMOV Nueva York, 1986

Primera parte

GAIA


1. EMPIEZA LA BÚSQUEDA


- ¿Por qué lo hice? - preguntó Golan Trevize.
La pregunta no era nueva. Desde que había llegado a Gaia, se la había hecho a menudo. Cuando despertaba de un sueño profundo, en la agradable frescura de la noche, advertía que aquella pregunta resonaba sordamente en su cerebro, como un débil redoble de tambor: ¿Por qué lo hice? ¿Por qué lo hice?
Pero ahora, por primera vez, había decidido formulársela a Dom, el anciano de Gaia.
Éste conocía la tensión de Trevize a la perfección, pues podía percibir el tejido de la mente del consejero. Pero no respondió. Gaia jamas debía tocar, en modo alguno, la mente de Trevize, y la mejor manera de inmunizarse contra la tentación era esforzándose en ignorar lo que percibía.
- ¿A qué te refieres, Trev? - preguntó a su vez. Le resultaba difícil emplear más de una sílaba al dirigirse a una persona, mas eso carecía de importancia. De algún modo, Trevize se había acostumbrado a ello.
- A la decisión que tomé - respondió Trevize -. Elegir Gaia como el futuro.
- Hiciste bien - asintió Dom, sentado, mirando gravemente con sus viejos y profundos ojos al hombre de la Fundación, que estaba en pie.
- Tú dices que hago bien - repuso Trevize, con impaciencia.
- «Yo-nosotros-Gaia» sabemos que sí. Por eso te apreciamos. Tienes capacidad para tomar la decisión adecuada partiendo de datos incompletos, y la tomaste. ¡Elegiste Gaia! Rechazaste la anarquía de un Imperio Galáctico construido sobre la tecnología de la Primera Fundación, así como la anarquía de un Imperio Galáctico construido sobre la mentalidad de la Segunda Fundación. Decidiste que ninguno de los dos podía ser estable durante mucho tiempo. Por consiguiente, escogiste Gaia.
- ¡Sí! - exclamó Trevize -. ¡Exacto! Escogí Gaia, un superorganismo; todo un planeta con una mente y una personalidad comunes, de manera que hay que decir «yo-nosotros-Gaia» como un pronombre inventado para expresar lo inexpresable. - Empezó a pasear con nerviosismo de un lado a otro -. Y, en definitiva, se convertirá en Galaxia, un super-superorganismo que abarcará todo el enjambre de la Vía Láctea.
Se interrumpió y se volvió hacia Dom casi con furia.
- Siento que hago bien – continuó -, como lo sientes tú, pero tú quieres el advenimiento de Galaxia, por eso te satisface mi decisión. Sin embargo, hay algo dentro de mí que no lo desea, y por esa razón no acepto con tanta facilidad que voy por buen camino. Quiero saber por qué tomé la decisión, sopesar y juzgar su acierto y sentirme satisfecho. El mero sentimiento de tener razón no es suficiente. ¿Cómo puedo saber que estoy en lo cierto? ¿Qué es lo que hace que yo tenga razón?
- «Yo-nosotros-Gaia» no sabemos cómo has llegado a la decisión adecuada. ¿Es importante saberlo, siendo así que aquélla ha sido tomada Ya?
- Hablas por todo el planeta, ¿verdad? Por la conciencia común de cada gota de rocío, de cada grano de arena, incluso del núcleo liquido central del planeta, ¿no?
- Sí, y lo propio puede hacer cada porción del planeta donde la intensidad de la conciencia común sea lo bastante grande.
- ¿Y se contenta toda esa conciencia común con emplearme como una caja negra? Mientras la caja negra funcione, ¿no importa lo que haya dentro de ella? Eso no me convence. No quiero ser una caja negra. Deseo saber qué hay dentro. Necesito saber cómo y por qué escogí Gaia y Galaxia como el futuro, para que pueda descansar y estar tranquilo.
- Pero, ¿por qué no te gusta o desconfías de tu decisión? Trevize respiró hondo y dijo lentamente, en voz grave y forzada:
- Porque no quiero formar parte de un superorganismo. No deseo ser una parte prescindible que pueda ser arrojada por la borda cuando el superorganismo considere que eso puede redundar en beneficio del todo.
Dom miró a Trevize reflexivamente.
- Entonces, ¿quieres cambiar tu decisión, Trev? Sabes que puedes hacerlo.
- Me gustaría cambiarla, pero no puedo hacer eso por el mero hecho de que no me guste. Para hacer algo ahora, tengo que saber si la decisión es equivocada o correcta. No basta con sentir que es correcta.
- Si sientes que tienes razón, es que la tienes.
Aquella voz lenta y amable hacía que Trevize se excitara más, por el contraste con su propio torbellino interior.
Entonces, Trevize dijo, en voz baja y rompiendo la insoluble oscilación entre el sentimiento y el conocimiento:
- Debo encontrar la Tierra.
- ¿Porque tiene algo que ver con tu apasionada necesidad de saber?
- Porque hay otro problema que me inquieta de un modo insoportable y siento que hay una relación entre los dos. ¿No soy una caja negra? Siento que hay una relación. ¿No basta esto para ser aceptado como un hecho?
- Tal vez - dijo Dom, con ecuanimidad.
- Dando por sentado que ahora hace miles de años, tal vez veinte mil, que la gente de la Galaxia dejó de preocuparse de la Tierra, ¿cómo es posible que todos hayamos olvidado nuestro planeta de origen?
- Veinte mil años supone mucho más tiempo del que te imaginas.
Hay muchos aspectos del Imperio primitivo de los que sabemos muy poco; muchas leyendas que son falsas casi con seguridad, pero que seguimos repitiendo, e incluso creyendo, por falta de algo que las sustituya. Y la Tierra es más vieja que el Imperio.
- Pero seguramente tiene que haber algunos documentos. Mi buen amigo Pelorat recoge mitos y leyendas de la primitiva Tierra; todo lo que puede extraer de cualquier fuente. Es su profesión y, más importante aún, su hobby. Conoce todos los mitos y leyendas. Pero no tiene testimonios escritos, documentos.
- ¿Documentos de veinte mil años atrás? Estas cosas se estropean, perecen, son destruidas por la falta de cuidado o por la guerra.
- Pero tendría que haber alguna referencia al respecto; copias, copias de copias, copias de copias de copias; materiales útiles que tengan mucha menos de veinte mil años. Sin embargo, han desaparecido. «La Biblioteca Galáctica» de Trantor tuvo que poseer documentos concernientes a la Tierra. Se hace referencia a ellos en relatos históricos bien conocidos, pero los documentos ya no están allí. Las referencias sobre ellos existen, mas no hay ninguna cita tomada de aquéllos.
- Debes recordar que Trantor fue saqueada hace unos cuantos siglos.
- Pero la Biblioteca se conservó intacta. El personal de la Segunda Fundación la protegió. Y fue aquel mismo personal el que descubrió recientemente que el material relativo a la Tierra no existía. Había sido sacado de allí deliberadamente en tiempos recientes. ¿Por qué? - Trevize dejó de pasear y miró fijamente a Dom -. Si encuentro la Tierra, descubriré lo que se esta ocultando...
- ¿Ocultando?
- Ocultando o siendo ocultado. En cuanto descubra eso, tengo la impresión de que sabré por qué he preferido Gaia y la Galaxia a nuestra individualidad. Entonces, supongo, sabré, no sentiré, que tengo razón - añadió, encogiéndose de hombros -, no habrá más que hablar.
- Si eso es lo que sientes - dijo Dom -, si sientes que debes buscar la Tierra, desde luego te ayudaremos en todo lo que podamos. Sin embargo, esa ayuda será limitada. Por ejemplo, «yo-nosotros-Gaia» no sabemos dónde puede ser localizada la Tierra entre el inmenso enjambre de mundos que constituyen la Galaxia.
- Aun así - dijo Trevize -, debo buscarla. «Aunque el número infinito de estrellas de la galaxia haga que la empresa parezca desesperada, y deba realizarla yo solo.»
Trevize se hallaba rodeado por el tranquilo ambiente de Gaia. La temperatura, como siempre, era suave y el aire soplaba agradablemente, fresco pero no frío. Algunas nubes surcaban el cielo, interrumpiendo los rayos del sol de vez en cuando, y era seguro que, si el grado de humedad descendía por debajo de lo normal en algún lugar, habría lluvia suficiente para restablecer el nivel normal.
Los árboles crecían regularmente espaciados, como en un huerto, y lo propio debían hacer en todas partes. La tierra y el mar estaban poblados de animales y plantas vivos en número adecuado y de las variedades más convenientes para producir un correcto equilibrio ecológico, y todos ellos aumentaban o decrecían numéricamente, en una lenta oscilación alrededor del nivel óptimo. Lo mismo ocurría con el número de seres humanos.
De todos los objetos que Trevize podía abarcar con la mirada, lo único chocante era su nave, la Far Star.
Algunos de los habitantes humanos de Gaia habían limpiado y restaurado la nave con eficacia; abasteciéndola de comida y bebida; renovando o sustituyendo sus accesorios, y comprobando sus aparatos mecánicos debidamente. El propio Trevize había examinado el ordenador de la nave con sumo cuidado.
Ésta no necesitaba repostar por ser una de las pocas naves graviticas de la Fundación funcionando con la energía del campo gravitatorío general de la galaxia, el cual era suficiente para abastecer todas las flotas posibles de la humanidad durante todas las eras de su probable existencia, sin perder sensiblemente intensidad.
Tres meses atrás, Trevize había sido nombrado consejero de Terminus. En otras palabras, era miembro de la Legislatura de la Fundación y, de derecho, uno de los hombres importantes de la galaxia. ¿Hacía sólo tres meses? Tenía la sensación de que había pasado en ese puesto la mitad de los treinta y dos años de su vida, y su única preocupación había sido saber si el gran «Plan Seldon» había sido válido o no; si el auge de la Fundación, que de aldea planetaria había pasado a la grandeza galáctica, había sido o no debidamente proyectado de antemano.
Sin embargo, en ciertos sentidos, no había existido ningún cambio. Él continuaba siendo consejero. Su posición y sus privilegios seguían inalterados, aunque no esperaba volver a Terminus para reclamarlos. No se adaptaría al enorme caos de la Fundación, más de lo que se adaptaba al orden tranquilo de Gaia. Se hallaba incómodo en todas partes, como un huérfano en cualquier lugar.
Apretó las mandíbulas y pasó los dedos con irritación por sus negros cabellos. Antes de perder el tiempo lamentando su destino, debía encontrar la Tierra. Si sobrevivía a la búsqueda, tendría tiempo más que suficiente para sentarse y llorar. Tal vez encontrase entonces mejores razones para hacerlo.
Con resuelta impasibilidad, recordó...
Hacía tres meses que él y Janov Pelorat, el capacitado e ingenuo erudito, habían abandonado Terminus. Pelorat se había sentido impulsado por su entusiasmo por lo antiguo a descubrir la situación de la Tierra perdida, y Trevize le había seguido, empleando la meta de Pelorat como pretexto para lo que él creía que era su verdadero y propio objetivo. No encontraron la Tierra, pero sí Gaia, y entonces Trevize se había visto obligado a tomar su decisión crucial.
Ahora, era él, Trevize, quien había dado media vuelta y estaba buscando la Tierra.
En cuanto a Pelorat, él, también, había encontrado algo que no esperaba: a la joven Bliss, de ojos y cabellos negros, que era Gaia, lo mismo que lo era Dom y que lo eran todos los granos de arena o briznas de hierba. Pelorat, con ese ardor peculiar de la edad madura, se había enamorado de una mujer a la que sobrepasaba el doble de años, y el joven, aunque resultase extraño, parecía corresponderle.
Era extraño..., pero Pelorat se sentía feliz sin duda, y Trevize pensó con resignación que cada persona debía encontrar la felicidad a su manera. Ésa era la característica de la individualidad, una individualidad que Trevize, por su propia elección, aboliría (si tenía tiempo) en toda la galaxia.
El dolor retornó. La decisión que había tomado, que había tenido que tomar, seguía lastimándole en todo momento, y estaba...
- ¡Golan!
La voz interrumpió los pensamientos de Trevize, el cual miró de cara al sol y pestañeó.
- Ah, Janov - dijo afectuosamente, tanto más cuanto que no quería que Pelorat adivinase la amargura de sus pensamientos. Incluso consiguió mostrarse jovial -. Veo que has conseguido despegarte de Bliss.
Pelorat movió la cabeza. La suave brisa agitó sus sedosos cabellos blancos, y la cara larga y solemne conservó toda su solemnidad.
- En realidad, viejo amigo, fue ella quien sugirió que te buscase, para hablarte sobre..., sobre algo que quiero discutir. Desde luego, la idea no fue mía, pero ella parece pensar con más rapidez que yo.
Trevize sonrió.
- Está bien, Janov. Supongo que has venido o despedirte.
- Bueno, no exactamente. En realidad, más bien es lo contrario. Golan, cuando tú y yo salimos de Terminus, yo estaba empeñado en encontrar la Tierra. He pasado casi toda mi vida adulta dedicado a esa tarea.
- Y yo la continuaré, Janov. Ahora, la tarea es mía.
- Si, pero mía también; todavía lo es.
- Entonces... - Trevize levantó un brazo en un vago ademán que parecía abarcar el mundo que los rodeaba.
- Quiero ir contigo - dijo Pelorat, en un súbito tono de apremio. Trevize se quedó estupefacto.
- No puedes hablar en serio, Janov. Ahora tienes a Gaia.
- Volveré a Gaia algún día, pero no puedo dejar que vayas solo.
- Claro que puedes. Sé cuidar de mi mismo.
- No lo tomes como una ofensa, Golan, pero no sabes lo bastante, soy yo quien conoce los mitos y las leyendas. Puedo guiarte.
- ¿Y dejarás a Bliss? ¡Vamos, hombre!
Pelorat se sonrojó ligeramente.
- No quiero hacer exactamente eso, viejo amigo; pero ella dijo. :
Trevize frunció el ceño.
- Entonces, ¿es ella la que trata de librarse de ti, Janov? Me prometió... .
- No, no lo comprendes. Escúchame, Golan, por favor. Siempre tienes la costumbre de sacar conclusiones antes de oír de qué se trata. Es tu especialidad, ya lo sé, y creo que a mí me resulta difícil expresarme con concisión, pero...
- Bueno - dijo Trevize en tono amable -, dime exactamente qué es lo que Bliss tiene entré ceja y ceja, explícamelo de la forma que te parezca mejor, y te prometo que tendré paciencia.
- Gracias, y ya que me has prometido tener paciencia, creo que puedo decírtelo sin andarme con rodeos. Bliss desea venir también.
- ¿Que Bliss desea venir? - preguntó Trevize -. Creo que voy a estallar de nuevo. Pero no, no estallaré. ¿Por qué querría Bliss venir con nosotros? Dímelo, Janov. Te lo pregunto con toda calma.
- No me lo ha dicho. Quiere hablar contigo.
- Entonces, ¿por qué no ha venido ella?
- Creo..., digo creo... - tartamudeó Pelorat -, que tiene la impresión de que tú no la aprecias, Golan, y no se atreve a dirigirse a ti directamente. Yo he hecho todo lo posible para convencerla de que no tienes nada en contra suya. Creo que nadie puede pensar mal de ella. Sin embargo, quiso que yo te plantease el tema, por decirlo así. ¿Puedo contestarle que estás dispuesto a verla, Golan?
- Por supuesto. La veré ahora mismo.
- ¿Y serás razonable? Mira, viejo, está muy interesada en ello. Me dijo que era una cuestión vital y que ella debía ir contigo.
- ¿No te explicó la razón?
- No, pero si cree que debe ir, Gaia debe ir.
- Lo cual significa que no puedo negarme. ¿No es así, Janov?
- Sí, creo que no puedes, Golan.
Por primera vez durante su breve estancia en Gaia, Trevize entró en la casa de Bliss, que ahora daba cobijo a Pelorat también.
Miró a su alrededor brevemente. En Gaia, las casas tendían a ser sencillas. Con la casi total ausencia de tiempo tempestuoso, con la temperatura siempre suave en esa latitud particular, incluso con las placas tectónicas deslizándose suavemente cuando debían hacerlo, no hacía falta construir casas extremadamente sólidas para la protección de sus moradores, ni para mantener un ambiente confortable dentro de otro incómodo. Todo el planeta era una casa, por así decirlo, diseñada para albergar a sus habitantes.
La casa de Bliss, dentro de aquel hogar planetario, era pequeña; las ventanas tenían cortinas en vez de cristales, y los muebles escasos y bellamente utilitarios. Había imágenes ológrafas en las paredes; una de ellas  de Pelorat, con un aire bastante asombrado y cohibido. Trevize frunció los labios, pero trató de disimular sus ganas de reír, ajustándose el cinto con meticulosidad.
Bliss lo observaba. No sonreía a su manera acostumbrada. Más bien parecía seria, muy abiertos los bellos ojos negros y caídos los cabellos en suaves ondas negras sobre los hombros. Sólo sus gordezuelos labios, pintados de rojo, daban un poco de color a su semblante.
- Gracias por venir a verme, Trev.
- Janov me lo ha pedido con singular empeño, Bliisenobiarella.
Bliss sonrió brevemente.
- Bien contestado. Si quieres llamarme Bliss, que es un discreto monosílabo, yo trataré de llamarte por tu nombre completo, Trevize - dijo, tropezando, de forma inapreciable, en la segunda sílaba. Trevize levantó la mano derecha.
- Sería un buen arreglo. Conozco la costumbre gaiana de emplear partes monosílabas del nombre en el común intercambio de ideas; por consiguiente, si me llamas Trev, de vez en cuando, no me ofenderé. Sin embargo, sería preferible que tratases de llamarme Trevize siempre que pudieses, y yo te llamaría Bliss.
Trevize la observó, como hacía siempre que se encontraba con ella. Como individuo, era una joven de poco más de veinte años. En cambio, como parte de Gaia, tenía un milenio. Eso no influía en su aspecto, pero si en la manera como hablaba a veces y en la atmósfera que la rodeaba inevitablemente. ¿Deseaba él que fuese así en todos los seres existentes?
¡No! Claro que no, y sin embargo...
- Iré al grano - dijo Bliss -. Tú manifestaste tu deseo de encontrar la Tierra.. .
- Hablé de ello a Dom - repuso Trevize, resuelto a no confiar a Gaia sus puntos de vista sin una insistencia tenaz.
- Si, pero al hablar a Dom, hablaste a Gaia y a todo lo que forma parte de ella; a mí, por ejemplo.
- ¿Oíste lo que decía?
- No, pues no estaba escuchando; pero si prestase atención en lo sucesivo, podría recordar lo que dijeses. Por favor, acepta esto y sigamos adelante. Recalcaste tu deseo de encontrar la Tierra e insististe en su importancia. Yo no la veo, pero tú tienes el aplomo de los que están en lo cierto, y, por esto, «yo-nosotros-Gaia» debemos aceptar lo que dices. Si la misión es crucial para ti en lo concerniente a Gaia, es de crucial importancia para Gaia; por consiguiente, Gaia debe ir contigo, aunque sólo sea para tratar de protegerte.
- Cuando dices que Gaia debe venir conmigo, quieres decir que tú debes venir conmigo. ¿No es así? .
- Yo soy Gaia - repuso Bliss simplemente.
- Pero también lo es todo lo demás de este planeta. ¿Por qué tienes que ser tú? ¿Por qué no cualquier otra porción de Gaia?
- Porque Pel desea acompañarte, y si él va contigo, no se sentiría dichoso con cualquier porción de Gaia que no fuese yo misma.
Pelorat, que estaba sentado en una silla discretamente en otro rincón (vuelto de espalda, observó Trevize, a su propia imagen), dijo suavemente:
- Es verdad, Golan. Bliss es mi porción de Gaia.
Bliss sonrió de pronto.
- Parece bastante emocionante que la consideren a una de esta manera. Bastante exótico, desde luego.
- Bueno, veamos - dijo Trevize, cruzando las manos detrás de la cabeza y echándose atrás en su silla. Las dos finas patas crujieron, por lo que decidió que la silla no era lo bastante sólida para aquel juego y dejó que volviese a descansar en su posición normal -. ¿Seguirías siendo parte de Gaia si saliese de aquí?
- No necesariamente. Por ejemplo, podría aislarme si creyese estar en peligro de recibir algún daño grave, para que éste no alcanzase a Gaia, o si tuviese alguna otra razón importante para ello. Pero eso es válido sólo para casos de emergencia. En general, seguiré siendo parte de Gaia.
- ¿Incluso si saltamos a través del hiperespacio?
- Incluso entonces, aunque eso complicaría un poco las cosas.
- No me parece muy tranquilizador.
- ¿Por qué?
Trevize frunció la nariz, como la usual respuesta a un mal olor.
- Significa que todo lo que se dijese e hiciese en mi nave, y que tú oyeses y vieses, sería oído y visto en toda Gaia.
- Yo soy Gaia, de modo que lo que vea, oiga y sienta, será visto, oído y sentido en Gaia.
- Exacto. Incluso esa pared lo oirá y verá y sentirá.
Bliss miró la pared que él señalaba y se encogió de hombros.
- Sí, también esa pared. Sólo tiene una conciencia infinitesimal, de modo que sólo siente y comprende de un modo infinitesimal, pero presumo que se producen algunos cambios subatómicos en respuesta, por ejemplo,  a lo que estamos diciendo ahora mismo, que permiten que Gaia lo aproveche deliberadamente para el bien de la totalidad.
- Pero, ¿y si yo quiero que no se divulgue? Puedo querer que la pared no se entere de lo que digo o hago.
Bliss pareció desalentada.
- Mira, Golan - terció Pelorat de pronto -, no quisiera entrometerme, pues no es mucho lo que sé acerca de Gaia. Pero he estado con Bliss y, de algún modo, he captado algo de lo que sucede. Si caminas sobre una multitud en Terminus, ves y oyes muchas cosas, y puedes recordar algunas de ellas. Incluso puedes ser capaz de recordarlas todas bajo un adecuado estímulo cerebral, pero la mayoría de ellas no te importan. Las dejas correr. Aunque observes alguna escena emocional entre desconocidos y pienses que es interesante, si no te interesa demasiado, la dejas correr, la olvidas. Eso puede pasar también aquí. Aunque toda Gaia conozca lo que te propones a la perfección, ello no significa que le intereses necesariamente. ¿No es así, querida Bliss?
- Nunca me había parado a pensarlo, Pel, pero hay algo de verdad en lo que dices. En todo caso, esa reserva de la que Trev habla, quiero decir Trevize, no tiene el menor valor para nosotros. En realidad, «yo-nosotros-Gaia» lo encontramos incomprensible. Querer no formar parte, que tu voz no se oiga, que tus acciones no tengan testigos, que tus pensamientos no sean sentidos... - Bliss movió la cabeza con energía -. He dicho que podemos bloquearnos en casos de emergencia, pero, ¿quién querría vivir de esa manera, siquiera por una hora?
- Yo - dijo Trevize -. Por eso debo encontrar la Tierra, descubrir la razón suprema, si es que existe, que me llevó a elegir este espantoso destino para la humanidad.
- No es un destino espantoso, pero no discutamos esta cuestión. Yo iré contigo, no como espía, sino como amiga y ayudante. Gaia estará contigo, no como espía, sino como amiga y ayudante.
- Gaia me ayudaría más si me guiase hacia la Tierra - dijo Trevize tristemente.
Bliss sacudió la cabeza despacio.
- Gaia no sabe dónde está la Tierra. Dom te lo ha dicho ya.
- No acabo de creerlo. A fin de cuentas, debéis tener documentos.
¿Por qué no he podido verlos nunca durante mi estancia aquí? Aunque Gaia no sepa dónde puede estar situada la Tierra en realidad, los documentos podrían darme alguna información. Conozco la Galaxia detalladamente, sin duda mucho más de lo que Gaia la conoce. Podría descubrir y seguir pistas en vuestros documentos que tal vez Gaia no acabe de captar.
- Pero, ¿a qué documentos te refieres, Trevize?
- A cualesquiera. Libros, películas, grabaciones, manuscritos, artefactos, cualquier cosa que tengáis. En todo el tiempo que llevo aquí no he visto nada que pueda considerar como un documento. ¿Lo has visto tú, Janov? .
- No - dijo Pelorat, en tono vacilante -, pero, en realidad, no lo he buscado.
- Pues yo si, a mi manera, sin atajar ruido - dijo Trevize -, y no he visto nada. ¡Nada! Sólo puedo presumir que me han sido ocultados. Y me pregunto por qué. ¿Podrías decírmelo?
Bliss frunció la tersa y joven frente, en un gesto de perplejidad.
- ¿ Por qué no lo preguntaste antes? «Yo-nosotros-Gaia» no ocultamos nada, ni mentimos. El ser aislado, el individuo aislado, puede mentir. Es limitado, y tiene miedo porque es limitado. En cambio, Gaia es un organismo planetario de gran capacidad mental y no tiene miedo. Para Gaia, mentir o inventar descripciones que no estén de acuerdo con la realidad, resulta totalmente innecesario.
- Entonces - gruñó Trevize -, ¿por qué se me ha impedido ver algún documento? Dame una razón que tenga sentido.
- Desde luego - repuso Bliss alzando ambas manos, con las palmas vueltas hacia arriba -. Porque no tenemos ningún documento.
Pelorat fue el primero en recobrarse, pareciendo el menos asombrado de los dos.
- Querida - dijo con amabilidad -, eso es de todo punto imposible. No podéis tener una civilización razonable sin algún tipo de documento de la clase que sea.
Bliss arqueó las cejas.
- Lo comprendo. Sólo quise decir que no tenemos documentos de la clase a que Trev..., Trevize se refiere. «Yo-nosotros-Gaia» no poseemos manuscritos, ni obras impresas, ni películas, ni bancos de datos de computadoras. Ni inscripciones sobre piedras, dicho sea de pasada. Eso es todo. Naturalmente, como no tenemos nada, Trevize no ha podido encontrarlo.
- Entonces - dijo Trevize -, si no existe nada que merezca el nombre de documento, ¿qué hay?
- «Yo-nosotros-Gaia» - respondió Bliss, articulando las palabras con sumo cuidado, como si hablase con un niño - tenemos memoria. Lo recuerdo.
- ¿Qué recuerdas? - preguntó Trevize.
- Todo.
- ¿Recuerdas todas las fuentes de información?
- Desde luego.
- ¿De cuánto tiempo? ¿Desde cuántos años atrás?
- Un período de tiempo indefinido.
- ¿Podrías darme datos históricos, biográficos, geográficos, científicos? ¿Referirme incluso chismes locales?
- Sí. .
- ¿Y todo está en esa cabecita? - preguntó Trevize con ironía, señalando la sien derecha de Bliss,
- No - dijo ella -. Los recuerdos de Gaia no se limitan al contenido de mi cráneo en particular. Mira - y de momento se puso seria e incluso un poco severa, al dejar de ser únicamente Bliss y asumir una amalgama de otras unidades -, tuvo que haber un tiempo, al principio de la Historia, en que los seres humanos eran tan primitivos que, si bien podían recordar los sucesos, no sabían hablar. Después, se inventó el lenguaje y sirvió para expresar recuerdos y transmitirlos de unas personas a otras. Por fin, vino la escritura, inventada en orden de  registrar los recuerdos y transferirlos de generación en generación a lo largo del tiempo. Desde entonces, todos los avances tecnológicos han servido para ampliar la transferencia y el almacenamiento de recuerdos y facilitar el conocimiento de los datos deseados. Pero cuando los individuos se unieron para formar Gaia, todo eso quedó obsoleto. Podemos volver a la memoria, al sistema básico de conservación del recuerdo sobre el que ha sido construido todo lo demás. ¿Lo comprendes?
- ¿Me estás diciendo que la suma total de todos los cerebros de Gaia pueden recordar muchos más datos que un cerebro solo? – preguntó Trevize.
- Desde luego.
- Pero si Gaia tiene todos los recuerdos grabados en la memoria planetaria, ¿de qué te sirve a ti como porción individual de Gaia?
- De muchísimo. Lo que yo pueda querer saber está en alguna mente individual, tal vez en muchas de ellas. Si es algo fundamental, como el significado de la palabra «silla», se encuentra en todas las mentes. Pero incluso si se trata de algo esotérico que solamente se halle en una pequeña porción de la mente de Gaia, puedo recurrir a ésta si lo necesito, aunque eso requiera más tiempo que si el recuerdo estuviese más extendido. Escucha, Trevize, si tú quieres saber algo que no se encuentra en tu mente, miras en el microfilme correspondiente o acudes a un banco de datos. Yo busco en la mente total de Gaia.
- ¿Y cómo impides que toda esa información entre en tu mente y te haga estallar el cráneo?
- ¿Quieres dártelas de sarcástico, Trevize?
- Vamos, Golan - dijo Pelorat -, no seas antipático.
Trevize les miró a los dos y, con un visible esfuerzo, hizo que la tensión de su semblante se aflojase.
- Perdonad. Me siento abrumado por el peso de una responsabilidad que no quisiera tener y de la que no sé cómo librarme. Eso puede hacer que me muestre desagradable cuando no quisiera serlo. Bliss, dime una cosa, ¿cómo puedes extraer la información de las mentes de otros sin irla almacenando en tu propio cerebro y sobrecargar rápidamente su capacidad?
- Desconozco la respuesta, Trevize - dijo Bliss -, como tampoco tú sabes el funcionamiento detallado de tu cerebro único. Supongo que en tu mente está el recuerdo de la distancia que hay desde tu sol hasta una estrella vecina, pero no siempre tienes conciencia de ello. Lo almacenas en alguna parte y puedes recordar la cifra si te lo preguntan. Caso de que no te lo pregunten, quizá la olvides con el tiempo, pero siempre podrás obtenerla en un banco de datos. Si consideras el cerebro de Gaia como un enorme banco de datos, comprenderás que puedo acudir a él, pero no hace falta que recuerde conscientemente un dato particular que haya utilizado alguna vez. Cuando me he servido de él, o de un recuerdo, dejo que salga de mi memoria. Es más, puedo enviarlo deliberadamente, por así decirlo, al lugar donde lo obtuve.
- ¿Cuántas personas hay en Gaia, Bliss? ¿Cuántos seres humanos? - Mil millones aproximadamente. ¿Quieres saber la cifra exacta? Trevize sonrió, como disculpándose.
- Sé que podrías dármela si te la pidiese, pero me conformaré con la aproximación.
- En realidad - dijo Bliss -, la población es estable y oscila alrededor de un número ligeramente superior a los mil millones. Puedo decir en exceso o en defecto esa oscilación, extendiendo mi conciencia y..., bueno, palpando los límites. No sé explicarlo mejor a alguien que nunca ha compartido la experiencia.
- Sin embargo, yo diría que mil millones de mentes humanas, muchas de las cuales deben ser de niños, no son suficientes para guardar en la memoria todos los datos que una sociedad compleja necesita.
- Pero los seres humanos no son los únicos que viven en Gaia, Trev.
- ¿Quieres decir que también recuerdan los animales?
- Los seres no humanos son incapaces de almacenar recuerdos con la misma intensidad que los humanos, y una gran parte de cada uno de los cerebros, humanos y no humanos, está dedicada a recuerdos personales que raras veces resultan inútiles, salvo para el elemento particular de la conciencia planetaria que los alberga. Sin embargo, cantidades importantes de datos avanzados pueden estar, y de hecho lo están, almacenadas en cerebros animales, y en el tejido vegetal, y en la estructura mineral del planeta.
- ¿En la estructura mineral? ¿Quieres decir en las rocas y en las montañas? .
- Y, para cierta clase de datos, en el mar y en la atmósfera. Todo esto es Gaia también.
- Pero, ¿qué pueden retener unos sistemas sin vida?
- Una información inmensa. La intensidad es baja, pero el volumen es tan vasto que la mayor parte de la memoria total de Gaia está en sus piedras. Se necesita un poco más de tiempo para captar y restituir los recuerdos de las piedras, y por eso son las preferidas para almacenar datos muertos particulares, por decirlo así, que, normalmente, raras veces serán necesitados.
- ¿Y qué ocurre cuando muere alguien cuyo cerebro contiene datos de valor considerable?
- No se pierden. Salen poco a poco al descomponerse el cerebro después de la muerte, pero hay tiempo sobrado para distribuir los recuerdos entre otras partes de Gaia. Y al aparecer nuevos cerebros con los recién nacidos y organizarse más con el crecimiento, no sólo almacenan los recuerdos y las ideas personales, sino que también adquieren conocimientos convenientes de otras fuentes. Lo que vosotros llamáis educación es enteramente automático en «mi-nosotros-Gaia».
- Francamente, Golan - dijo Pelorat -, me parece que pueden decirme muchas cosas a favor de esta noción de un mundo viviente.
Trevize dirigió una breve mirada de soslayo a su compañero de la Fundación. .
- No me cabe duda de ello, Janov, pero no estoy impresionado. El planeta, por muy grande y diverso que sea, representa un cerebro. ¡Uno! Cada nuevo cerebro que nace se confunde en el todo. ¿Dónde está la oportunidad para la oposición, para la discrepancia? Si consideras la Historia humana, verás que hay seres humanos ocasionales cuyas opiniones pueden ser condenadas por la sociedad, pero que triunfan al final y cambian el mundo. ¿Qué posibilidad tienen en Gaia los grandes rebeldes de la Historia?
- Existe un conflicto interno - dijo Bliss -. No todos los aspectos de Gaia aceptan la opinión común necesariamente.
- Tiene que ser limitado - rebatió Trevize -. No puede haber demasiada agitación dentro de un organismo único, o éste no funcionaría como es debido. Si el progreso y el desarrollo no son interrumpidos del todo, deben ser frenados. ¿Podemos arriesgarnos a infligir esto a toda la Galaxia? ¿A toda la humanidad?
- ¿Vas a discutir ahora tu propia decisión? - dijo Bliss sin emoción manifiesta -. ¿Vas a cambiar de idea y decir ahora que Gaia es un futuro indeseable para la humanidad?
Trev apretó los labios y vaciló.
- Me gustaría hacerlo, pero..., todavía no. Tomé mi decisión basándome en algo inconsciente, y hasta que descubra cuál era esa base, no puedo decidir realmente si voy a mantener mi decisión o a cambiarla.
Por consiguiente, volvemos al asunto de la Tierra.
- Donde tienes la impresión de que averiguarás la naturaleza de la base en que apoyaste tu decisión. ¿No es así, Trevize?
- Ésa es la impresión que tengo. Pero Dom dice que Gaia ignora el lugar donde la Tierra se encuentra. Y supongo que tú estás de acuerdo con él.
- Desde luego. Yo no soy menos Gaia que él.
- ¿Y me ocultáis lo que sabéis? Quiero decir conscientemente.
- Claro que no. Aunque fuese posible que Gaia mintiese, no te mentiría a ti. Por encima de todo, dependemos de tus conclusiones, necesitamos que sean exactas, y eso requiere que estén basadas en la realidad.
- En ese caso - dijo Trevize -, hagamos uso de vuestra memoria mundial. Sondea el pasado y dime cuál es el tiempo más remoto que puedes recordar.
Hubo una pequeña vacilación. Bliss dirigió una inexpresiva mirada a Trevize, como si hubiese entrado en trance.
- Quince mil años - dijo.
- ¿Por qué has vacilado?
- Necesitaba tiempo. Los antiguos recuerdos, los realmente antiguos,
se hallan casi todos en el corazón de la montaña, y se requiere tiempo
para extraerlos de allí.
- Has dicho quince mil años. ¿Fue entonces cuando Gaia fue colonizado?
- No, nosotros presumimos que eso ocurrió unos tres mil años antes.
- ¿Por qué no estás segura? ¿Es que tú, o Gaia, no lo recordáis?
- Ocurrió antes de que Gaia evolucionase hasta el punto en que la memoria se convirtió en un fenómeno global.
- Sin embargo, antes de que pudieseis confiar en vuestra memoria colectiva, Gaia tuvo que conservar documentos, Bliss. Documentos en el sentido corriente de la palabra: grabados, escritos, películas, o algo similar.
- Supongo que sí, pero difícilmente hubiesen podido conservarse durante tanto tiempo.
- Quizá se copiaron o, mejor aún, se transmitieron a la memoria global, una vez desarrollada ésta.
Bliss frunció el entrecejo. Hubo otra vacilación, ahora más prolongada.
- No encuentro señales de esos antiguos documentos de que hablas.
- ¿Cómo puede ser?
- No lo sé, Trevize. Presumo que no tendrían gran importancia. Me imagino que, cuando se comprendió que los primitivos documentos no memorizados se estaban estropeando, se decidió que habían pasado de actualidad y no eran necesarios.
- Pero no lo sabes; presumes y te imaginas, pero no lo sabes. Gaia no lo sabe.
Bliss bajó los ojos.
- Debe ser así.
- ¿Debe ser? Yo no soy parte de Gaia y, por consiguiente, no necesito presumir lo que presume Gaia, lo cual te da un ejemplo de la importancia del aislamiento. Yo, como un Aislado, presumo algo más.
- ;Qué?
- En primer lugar, hay algo de lo que estoy seguro. Una civilización viva no es probable que destruya sus documentos antiguos. Lejos de .juzgarlos arcaicos e innecesarios, es lógico que los trate con exagerada reverencia y se esfuerce en conservarlos. Si los documentos preglobales de Gaia fueron destruidos, Bliss, esta destrucción es muy improbable que fuese voluntaria.
- Entonces, ¿cómo lo explicarías tú?
- Todas las referencias a la Tierra que existían en la Biblioteca de Trantor fueron sacadas de allí por alguien o por alguna fuerza distintos de los Propios Segundos Fundadores Trantorianos; No es posible que, también en Gaia, fuesen hechas desaparecer todas las referencias a la Tierra por algo distinto de la propia Gaia?
- ¿Cómo sabes que los documentos antiguos se referían a la Tierra?
- Según acabas de decir, Gaia fue fundada hace al menos dieciocho mil años. Eso nos lleva a un período anterior al establecimiento del Imperio Galáctico, al período en que la Galaxia fue colonizada, y la primera fuente de colonos provino de la Tierra. Pelorat te lo confirmará.
Pelorat, pillado un poco por sorpresa, carraspeó antes de responder.
- Así lo cuentan las leyendas, querida. Yo me las tomo muy en serio y creo, lo mismo que Golan Trevize, que la especie humana estuvo, al principio, confinada en un solo planeta y que dicho planeta era la Tierra. Los primeros colonizadores vinieron de allí.
- Entonces - dijo Trevize -, si Gaia fue fundada en los primeros  tiempos de los viajes hiperespaciales, es muy probable que la colonización la llevasen a cabo hombres de la Tierra o, quizá, nativos de un mundo no muy viejo y que había sido colonizado recientemente por hombres de la Tierra. Por esa razón, los documentos sobre la fundación de Gaia y los primeros milenios siguientes debieron referirse a la Tierra y a su gente, y han desaparecido. Parece que algo procura que la Tierra no aparezca mencionada en los archivos de la Galaxia. Y si es así, tiene que haber alguna razón para ello.
- Esto es pura conjetura, Trevize - repuso Bliss con indignación - No tienes pruebas de ello.
- Pero es Gaia quien insiste en que tengo un don especial para sacar conclusiones correctas basándome en pruebas insuficientes. Por tanto, si llego a una conclusión firme, no me digas que carezco de pruebas.
Bliss guardó silencio.
- Tanta mayor razón para encontrar la Tierra - prosiguió Trevize -.
Pienso partir en cuanto la Far Star esté preparada. ¿Todavía queréis venir los dos?
- Sí - respondió Bliss al instante.
- Sí - dijo Pelorat.

2. HACIA COMPORELLON


Llovía ligeramente. Trevize contempló el cielo, liso y de un color blanco grisáceo.
Llevaba un sombrero impermeable que repelía las gotas de lluvia y las enviaba lejos de su cuerpo en todas direcciones. Pelorat, plantado fuera del alcance de las gotas rebotadas, no tenía aquella protección.
- No comprendo por qué te empeñas en mojarte, Janov.
- La humedad no me preocupa, amigo – dijo Pelorat, con su aire solemne de siempre -. La lluvia es ligera y tibia. Prácticamente, no hay viento. Y además, por citar un viejo dicho, «En Anacreon, haz como los anacreonitas». - Señaló a unos pocos gaianos que se encontraban cerca de la Far Star, observando en silencio. Estaban desparramados, como los árboles de un bosquecillo gaiano, y ninguno de ellos llevaba sombrero contra la lluvia.
- Supongo - dijo Trevize - que no les importa empaparse, porque todo el resto de Gaia se está mojando. Los árboles, la hierba, el suelo, todo está mojado, y todo forma parte de Gaia, lo mismo que los gaianos.
- Creo que es lógico - dijo Pelorat -. El sol no tardará en salir y todo se secará rápidamente. La ropa no se arrugará ni encogerá, la sensación de frío no existe y, al no haber microorganismos patógenos nocivos, nadie pillará un catarro, o una gripe, o una pulmonía. Entonces, ¿por qué preocuparse por un poco de humedad?
Trevize comprendió la lógica del razonamiento con facilidad, pero continuó sintiéndose agraviado.
- En todo caso – dijo -, no hace falta que llueva cuando vamos a marcharnos. A fin de cuentas, la lluvia es voluntaria. Si Gaia no lo quisiera, no llovería. Casi se diría que desea mostrarnos su desprecio.
- Tal vez - repuso Pelorat, frunciendo los labios un poco -. Gaia está llorando nuestra partida.
- Es posible - dijo Trevize -, pero a mi no me ocurre lo mismo.
- En realidad - prosiguió Pelorat -, presumo que el suelo de esta región necesita humedad, y que esta necesidad es más importante que tu deseo de ver brillar el sol.
Trevize sonrió.
- Sospecho que este mundo te gusta realmente, ¿verdad? Quiero decir, aun prescindiendo de Bliss.
- Sí, me gusta - dijo Pelorat en tono defensivo -. Siempre he llevado una vida tranquila y ordenada, y creo que me sentiría bien aquí, con todo un mundo trabajando para mantenerse tranquilo y ordenado. Después de todo, Golan, cuando construimos una casa, o esa nave, tratamos de crear un refugio perfecto. Lo equipamos con todo lo que necesitamos; disponemos las cosas de manera que la temperatura, la calidad del aire, la iluminación y todo lo importante, sea controlado y manipulado por nosotros a fin de que el conjunto resulte lo más cómodo posible. Gaia no es más que la realización del deseo de comodidad y seguridad extendido a todo un planeta. ¿Qué hay de malo en ello?
- Lo que hay de malo - respondió Trevize - es que mi casa, o mi nave, ha sido concebida para satisfacerme a mí. Yo no he sido concebido para satisfacerla a ella. Si yo formase parte de Gaia, por muy bien que el planeta hubiese sido ideado para adaptarse a mí, me sentiría sumamente molesto por el hecho de que yo hubiese sido ideado también para adaptarme a él.
Pelorat frunció los labios otra vez.
- Se podría argüir que toda sociedad moldea su población para que se adapte a ella. Se desarrollan costumbres que convienen a la sociedad, y eso encadena firmemente a los individuos a las necesidades de aquélla.
- En las sociedades que conozco, uno puede rebelarse. Hay excéntricos, incluso delincuentes.
- ¿Quieres excéntricos y delincuentes?
- ¿por qué no? Tú y yo somos excéntricos. En verdad, no somos ejemplares típicos de los habitantes de Terminus. En cuanto a los delincuentes, se trata de una cuestión de terminología. Y si los delincuentes son el precio que debemos pagar por los rebeldes, los herejes y los genios, estoy dispuesto a pagarlo. Exijo que se pague.
- ¿Son los delincuentes el único precio posible? ¿No se pueden tener genios sin delincuentes?
- No se pueden tener genios y santos sin que haya personas que se alejen mucho de la línea establecida, y no creo que ese alejamiento se pueda producir sólo en un sentido de dicha línea. Debe existir cierta simetría. En todo caso, para mi decisión de hacer de Gaia el modelo para el futuro de la humanidad, deseo contar con una razón mejor que ésta de que se trate de una versión planetaria de una casa confortable.
- ¡Oh, mi querido amigo! Yo no trataba de empezar una discusión contigo sobre tu decisión. Sólo estaba haciendo una observa...
Se interrumpió. Bliss caminaba en dirección a ellos, mojados los negros cabellos y pegada su ropa al cuerpo, de manera que hacía resaltar sus anchas caderas. Ella movió la cabeza arriba y abajo al acercarse.
- Siento haberme retrasado - se disculpó, jadeando un poco -. Mi entrevista con Dom ha sido más larga de lo que yo había previsto.
- Supongo - dijo Trevize - que ya te has enterado de todo lo que él sabe.
- A veces se producen diferencias de interpretación. A fin de cuentas, no somos idénticos y por eso discutimos. Mira - dijo con un cierto tono de aspereza -, tú tienes dos manos. Ambas son parte de ti y parecen idénticas, salvo que cada una es como la imagen reflejada en un espejo de la otra. Sin embargo, no las empleas de la misma manera, ¿verdad? Hay algunas cosas que haces con la derecha la mayor parte de las veces, y otras que las realizas con la izquierda. Diferencias de interpretación, por decirlo así.
- Te ha pillado - exclamó Pelorat, con visible satisfacción.
Trevize asintió con la cabeza.
- Es una analogía seductora si fuese pertinente, y no estoy muy seguro de que lo sea. En todo caso, ¿significa que podemos embarcar ahora? Está lloviendo.
- Sí, sí. Nuestra gente ha salido de la nave, y ésta se encuentra dispuesta. - Después, miró a Trevize con curiosidad -. Estás seco. Las gotas de lluvia no te alcanzan.
- Es cierto - dijo Trevize -. Quiero evitar la humedad.
- ¿ No te gusta mojarte de vez en cuando?
- En efecto; pero cuando yo lo deseo, no cuando la lluvia quiere.
Bliss se encogió de hombros.
- Bueno, haz lo que te parezca. Todo nuestro equipaje ha sido cargado ya; podemos subir a bordo.
Los tres se dirigieron a la Far Star. La lluvia se había vuelto más fina todavía, pero la hierba seguía completamente mojada, Trevize caminaba de puntillas, a diferencia de Bliss que se había quitado las zapatillas, llevándolas en la mano, y andaba descalza sobre la hierba.
- Es una sensación deliciosa - dijo, en respuesta a la mirada de Trevize a sus pies.
- Bueno - repuso él con aire distraído. Y después, algo irritado, añadió -: Pero, ¿por qué están esos otros gaianos plantados ahí?
- Están registrando este acontecimiento - respondió Bliss -, que Gaia considera trascendental. Tú eres importante para nosotros, Trevize. Piensa que si cambiases de idea como resultado de este viaje y decidieses contra nosotros, nunca nos integraríamos en la Galaxia, ni siquiera perduraríamos como Gaia.
- Entonces, yo represento la vida o la muerte para Gaia; para todo el mundo.
- Nosotros lo creemos así.
Trevize se detuvo de pronto y se quitó el sombrero que le protegía de la lluvia. Estaban apareciendo manchas azules en el cielo.
- Pero ahora tenéis mi voto a favor vuestro – dijo -. Si me mataseis, nunca podría cambiarlo.
- Golan - murmuró, impresionado, Pelorat -, es terrible que digas eso.
- Es típico de un Aislado - repuso Bliss tranquilamente -. Debes comprender, Trevize, que no nos interesas como persona, ni siquiera tu voto nos interesa, sólo la verdad cuenta, los hechos reales. Tú nos importas porque eres la persona que nos guía hacia la verdad, y tu voto es una indicación de esa verdad. Esto es lo que queremos de ti, y si te matásemos para impedir que cambiases tu voto, lo único que haríamos sería ocultamos la verdad a nosotros mismos.
- Si os dijese que la verdad es no-Gaia, ¿aceptaríais todos la muerte alegremente?
- Tal vez no con alegría, pero ése sería, en definitiva, el resultado.
Trevize sacudió la cabeza.
- Si algo pudiese convencerme de que Gaia es un horror y debería morir, sería la declaración que acabas de hacer - dijo. Después, volvió la mirada hacia los gaianos que observaban (y presumiblemente escuchaban) pacientemente -. ¿Por qué se han desplegado de ese modo? ¿Y para qué necesitabais tantos? Si uno de ellos observa este acontecimiento y lo almacena en su memoria, ¿no estará al alcance de todo el resto del planeta? ¿No podrá ser almacenado en un millón de sitios diferentes, si así lo deseáis?
- Cada cual lo está observando desde diferente ángulo – explicó Bliss - y lo almacena en un cerebro ligeramente distinto. Cuando todas las observaciones sean estudiadas, se comprobará que lo sucedido ahora será comprendido mucho mejor si se parte de todas las observaciones juntas que de cualquiera de ellas en particular.
- En otras palabras, el total es mayor que la suma de las partes.
- Exactamente. Has captado la justificación fundamental de la existencia de Gaia. Tú, como ser humano individual, estás compuesto de quizá cincuenta billones de células, pero, como individuo multicelular, eres mucho más importante que esos cincuenta billones como la suma de su importancia individual. Supongo que estarás de acuerdo con esto.
- Sí - admitió Trevize -. Lo estoy.
Subió a la nave y se volvió un momento para echar otro vistazo a Gaia. La breve lluvia había dado una nueva frescura a la atmósfera. Vio un mundo verde, exuberante, tranquilo, pacífico; un jardín de serenidad plantado en medio de la turbulencia de la cansada galaxia.
Y Trevize esperó ardientemente no volver a verlo jamás.
Cuando la puerta neumática se cerró tras ellos, Trevize tuvo la impresión de haber salido, no exactamente de una pesadilla, sino de algo anormal tan grave que le había estado impidiendo respirar con libertad. Era consciente de que un elemento de aquella anormalidad permanecía todavía con él en la persona de Bliss. Mientras ella estuviese ahí, Gaia seguiría ahí, y, sin embargo, también estaba convencido de que la presencia de la joven era esencial. La caja negra trabajaba de .nuevo, y anheló no tener que empezar a creer demasiado en ella.
Miró a su alrededor y la nave le pareció hermosa. Había sido suya desde que la alcaldesa Harla Branno de la Fundación le había obligado a entrar en ella, o enviándolo entre las estrellas, como un pararrayos viviente destinado a atraer el fuego de los que ella consideraba enemigos de la Fundación. La misión había sido cumplida, pero la nave seguía perteneciéndole, y no pensaba devolverla.
Había sido suya sólo unos pocos meses, pero le parecía como su casa y sólo conservaba una vaga idea del que había sido su hogar en Terminus.
¡Terminus! El eje descentrado de la Fundación, destinado por el «Plan de Seldon» a formar un segundo y más grande Imperio en el decurso de los siguientes cinco siglos. Aunque ahora él, Trevize, le había dado un nuevo rumbo. Por decisión propia, estaba convirtiendo la Fundación en nada, y haciendo posible, en su lugar, una nueva sociedad, un nuevo esquema de vida, una revolución espantosa que sería la más grande desde la aparición de la vida multicelular.
Emprendía un viaje encaminado a demostrarse (o a rechazar) que lo que había hecho era lo justo.
Se encontró perdido en sus pensamientos e inmóvil, y se sacudió con irritación. Se dirigió apresuradamente a la cabina-piloto y vio que su ordenador permanecía todavía allí.
Resplandecía; todo resplandecía. La limpieza no había podido ser más minuciosa. Los contactos, cerrados por él casi al azar, funcionaban a la perfección y, al parecer, con más facilidad que nunca. El sistema de ventilación era tan silencioso que tuvo que poner la mano sobre las rejillas para asegurarse de que el aire circulaba.
El círculo de luz sobre el ordenador brillaba agradablemente. Trevize lo tocó y la luz se derramó por toda la mesa, en la que apareció el perfil de una mano derecha y una mano izquierda. Inhaló a fondo y se dio cuenta que había estado sin respirar durante un rato. Los gaianos desconocían la tecnología de la Fundación y hubiesen podido averiar el ordenador con facilidad sin la menor malicia. Hasta ahora, no había sido así: las manos permanecían en su sitio.
La prueba definitiva la tendría al poner sus propias manos sobre aquéllas, y, por un momento, vaciló. Casi de inmediato sabría si algo andaba mal, y, de ser así, ¿qué podría hacer? Para repararlo, tendría que regresar a Terminus, y, si volvía, estaba seguro de que la alcaldesa Branno no dejaría que se marchase de nuevo. Y en tal caso...
Sintió que su corazón palpitaba con fuerza; era inútil prolongar aquella incertidumbre deliberadamente.
Extendió ambas manos, la derecha, la izquierda, y las apoyó sobre las siluetas; en ese instante, tuvo la sensación de que otro par de manos asían las suyas. Sus sentidos se expandieron, y pudo ver Gaia en todas las direcciones, verde y húmeda, y los gaianos que seguían allí. Cuando quiso mirar hacia arriba, vio un cielo nublado en su mayor parte. Después, también por su voluntad, las nubes se desvanecieron y contempló un cielo azul inmaculado que filtraba la luz del sol de Gaia.
De nuevo puso su voluntad a prueba, y el azul desapareció ocupando su lugar las estrellas. .
Las borró y quiso contemplar la galaxia, y lo consiguió, viéndola como una rueda de fuegos artificiales a tamaño reducido. Examinó la imagen del ordenador, ajustando su orientación, alterando la marcha aparente del tiempo, haciéndola girar primero en una dirección y después en otra. Localizó el sol de Savshell, la estrella importante más próxima a Gaia; después, el sol de Terminus; luego, el de Trantor; uno tras otro. Viajó de una estrella a otra en el mapa galáctico contenido en las entrañas del ordenador.
Entonces, retiró las manos y dejó que de nuevo el mundo real lo rodease, y se dio cuenta de que había permanecido todo el tiempo en pie, inclinado a medias sobre el ordenador para establecer el contacto manual. Sintió que estaba entumecido y tuvo que estirar los músculos de su espalda antes de sentarse.
Miró el ordenador con fijeza, agradecido y aliviado. Su funcionamiento había resultado perfecto. Le había respondido mejor que nunca, y sintió por él lo que sólo podía describirse como amor. A fin de cuentas, mientras apoyaba sus manos en él (se negaba resueltamente a confesarse que pensaba que eran las manos de ella), formaban parte el uno del otro, y su voluntad dirigía, controlaba, experimentaba y pertenecía a un yo superior. El y aquello debían sentir, de una manera reducida, pensó de pronto, con inquietud, lo mismo que Gaia sentía en un campo muchísimo más amplio.
Sacudió la cabeza. ¡No, en el caso de él y el ordenador! Era él, Trevize, quien poseía el control absoluto. El ordenador se hallaba totalmente sometido a su mandato.
Se levantó y pasó a la bien abastecida cocina y al comedor. Había abundancia de comida de todas clases y aparatos adecuados de refrigeración y de calor. Ya había observado que las películas que guardaba en su habitación estaban en regla, y tenía el convencimiento..., no, la absoluta seguridad, de que Pelorat había comprobado que su filmoteca personal lo estaba también. De no haber sido así, seguro que ya se lo habría comunicado.
¡Pelorat! Eso le recordó una cosa. Entró en la habitación de Pelorat.
- ¿ Hay sitio aquí para Bliss, Janov?
- ¡Oh, sí! De. sobra.
- Podría convertir la sala común en su dormitorio.
Bliss lo miró, abriendo mucho los ojos.
- No deseo tener una habitación individual. Me encuentro muy bien aquí con Pel. Aunque supongo que podré usar las otras habitaciones cuando las necesite. Por ejemplo, el gimnasio.
- Por supuesto. Todas, excepto la mía.
- Muy bien. Eso es lo que yo habría sugerido, si hubiese tenido ocasión de hacerlo. Por lógica, tú tampoco entrarás en la nuestra.
- Desde luego - dijo Trevize, que miró hacia abajo y se dio cuenta de que sus zapatos pisaban el umbral. Dio un paso atrás -. Pero esto no es una suite nupcial, Bliss.
- Así parece, en vista de su estrechez, y tampoco lo sería si Gaia la ampliase la mitad de lo que es.
Trevize reprimió una sonrisa.
- Tendréis que comportaros como buenos amigos.
- Lo somos - dijo Pelorat, claramente molesto por el rumbo que había tomado la conversación -, pero creo, viejo amigo, que debes dejar que nos arreglemos nosotros solos.
- En realidad, no puedo - repuso Trevize pausadamente -. Quiero que quede bien claro que éste no es lugar adecuado para una luna de miel, No me opondré a nada de lo que hagáis por mutuo consentimiento, pero debéis daros cuenta de que aquí no gozaréis de intimidad.
Espero que lo comprendas, Bliss.
- Hay una puerta - dijo Bliss -, y me imagino que no nos molestarás cuando esté cerrada..., es decir, salvo en caso de verdadera emergencia.
- Claro que no. Sin embargo, las paredes no están insonorizadas.
- ¿Estás tratando de decir, Trevize - dijo Bliss -, que oirás con claridad cualquier conversación que sostengamos y el ruido que podamos hacer cuando mantengamos relaciones sexuales?
- Sí, eso es lo que quería decir. Y teniéndolo en cuenta, espero que comprendáis que deberéis limitar vuestras actividades aquí. Eso puede incomodaros, y lo siento, pero la situación está así.
- La verdad es, Golan - dijo Pelorat amablemente después de un carraspeo -, que ya he tenido que enfrentarme con el mismo problema.
Como sabes muy bien, cualquier sensación que Bliss experimenta mientras está conmigo es experimentada por toda Gaia.
- Ya he pensado en esto, Janov - dijo Trevize, y pareció que reprimía una mueca -. No quería mencionarlo; sólo lo he hecho por si no habías pensado en ello.
- Por desgracia, lo pensé - dijo Pelorat.
- No des demasiada importancia a esto, Trevize - intervino Bliss -.
En un momento dado, puede haber miles de seres humanos en Gaia que estén haciendo el amor; millones que estén comiendo, bebiendo, o entregados a otras actividades placenteras. Esto origina un ambiente general de felicidad que Gaia siente, y cada una de sus partes. Los animales inferiores, las plantas y los minerales gozan de placeres progresivamente reducidos, pero que también contribuyen a una alegría generalizada y consciente que Gaia experimenta en todas sus partes siempre, y que no se siente en ninguno de los otros mundos.
- Nosotros tenemos nuestros propios goces particulares - dijo Trevize - que podemos compartir con otros, si lo deseamos, o disfrutarlos en privado, si queremos.
- Si pudieses sentir los nuestros, sabrías lo atrasados que vosotros, los aislados, estáis a este respecto.
- ¿Cómo puedes saber lo que nosotros sentimos?
- Aunque no lo sepamos, es lógico suponer que un mundo de placeres comunes tiene que ser más intenso que un solo individuo aislado.
- Es posible, pero aunque mis placeres sean mínimos, guardaré para mi mis alegrías y mis penas y me contentaré con ellas, por pequeñas que parezcan, y seré yo y no un hermano carnal de la roca más cercana.
- No te burles - pidió Bliss -. Tú valoras todos los cristales minerales de tus huesos y tus dientes, y quisieras que no se estropease ninguno, aunque no tengan más conciencia que un cristal corriente de roca, del mismo tamaño.
- Eso es bastante cierto - aceptó Trevize, de mala gana -, pero nos hemos apartado del tema. A mí no me importa que toda Gaia comparta tu alegría, Bliss, pero yo no quiero compartirla. Aquí vivimos muy estrechos y no deseo verme obligado a participar en vuestras actividades, aunque sea indirectamente.
- Esta discusión no tiene objeto, mi querido amigo - dijo Pelorat.
Mientras la nave se hallaba dentro de la atmósfera, no se necesitaba, por supuesto, acelerar, de modo que el zumbido y la vibración del aire al pasar rápidamente no se percibían. Y cuando la atmósfera quedaba atrás y la aceleración se producía, a grandes velocidades, no afectaba a los pasajeros.
Era lo más moderno en comodidad, y Trevize no creía que pudiese mejorarse hasta que llegase el día en que los seres humanos descubriesen la manera de volar a través del hiperespacio sin necesidad de naves y sin preocuparse de que los campos de gravitación cercanos pudiesen ser demasiado intensos. Precisamente ahora, la Far Star tendría que alejarse a toda velocidad del sol de Gaia durante varios días hasta que la intensidad de la gravedad fuese lo bastante débil para intentar el Salto.
- Golan, querido amigo, ¿puedo hablar un momento contigo? ¿No estás demasiado ocupado?
- En absoluto. El ordenador se encarga de todo en cuanto le he dado las instrucciones pertinentes. Y a veces parece que adivina cuáles serán éstas y las cumple casi antes de que yo haya acabado de formularlas - dijo Trevize, acariciando el tablero.
- Tú y yo nos hemos hecho muy amigos, Golan - comenzó Pelorat -, en el poco tiempo que llevamos conociéndonos, a pesar de que debo admitir que me parece mucho más largo. ¡Han ocurrido tantas cosas...! Cuando me detengo a pensar en mi relativamente larga vida, me parece curioso que la mitad de los sucesos que he experimentado se hayan concentrado en estos pocos últimos meses. O así parece. Casi podría suponer...
Trevize levantó una mano.
- Janov, te estás saliendo de la cuestión, estoy seguro. Has empezado diciendo que nos hemos hecho muy amigos en poco tiempo. Si, es cierto, y seguimos siéndolo. A propósito, todavía hace menos tiempo que conoces a Bliss y te has hecho aún más amigo de ella.
- Desde luego, eso es diferente - repuso Pelorat carraspeando, un poco confuso.
- Claro - dijo Trevize -, pero, ¿por qué me hablas de nuestra breve pero duradera amistad?
- Mi querido compañero, si seguimos siendo amigos, como acabas de admitir, quiero que también lo seas de Bliss que, como también acabas de decir, me es particularmente querida.
- Lo comprendo. ¿Y bien?
- Sé, Golan, que Bliss no te gusta, pero quisiera que por mi...
Trevize levantó una mano.
- Un momento, Janov. No es que Bliss me entusiasme, pero tampoco le tengo antipatía. En realidad, no siento ninguna animosidad contra ella. Es una joven atractiva y, aunque no lo fuese, estaría dispuesto por ti, a considerarla como tal. Es Gaia lo que no me gusta.
- Pero Bliss es Gaia.
- Lo sé, Janov. Y eso complica las cosas. Mientras pienso en Bliss como persona, no hay problema. Pero si pienso en ella como Gaia, la cosa cambia.
- Pero no le has dado ninguna oportunidad, Golan. Mira, viejo amigo, déjame confesarte algo. Cuando Bliss y yo estamos en la intimidad, hay veces en que me deja compartir su mente durante un minuto, más o menos. No más tiempo, porque dice que soy demasiado viejo para adaptarme a ello... ¡Oh, no sonrías, Golan! También tú serías demasiado viejo para hacerlo. Si un ser aislado, como tú o como yo, fuese parte de Gaia durante más de un minuto o dos, podría sufrir alguna lesión cerebral, y si el tiempo fuese de cinco o diez minutos, esa lesión sería irreversible. Si pudieses experimentarlo, Golan...
- ¿Qué? ¿Una lesión cerebral irreversible? No, gracias.
- Me malinterpretas deliberadamente, Golan. Me refiero sólo al momento de la unión. No sabes lo que te pierdes. Me resulta imposible describirlo. Bliss dice que se trata de una sensación de alegría. Es como decir que se siente alegría cuando se bebe un poco de agua después de haber estado a punto de morir de sed. Soy incapaz de poder darte una ligera idea de lo que es. Compartes todo el placer que mil millones de personas experimentan por separado. No es un goce continuo; si lo fuese, pronto dejarías de sentirlo. Vibra..., centellea..., tiene un extraño ritmo pulsátil que se apodera de ti. Es más alegre..., no, no es más alegre, sino una alegría mejor que la que nunca podrías experimentar separadamente. Cuando ella me cierra la puerta, me echaría a llorar.
Trevize sacudió la cabeza.
- Tu elocuencia es sorprendente, buen amigo, pero parece que estás describiendo la adicción a la seudendorfina o a alguna otra droga de esas que te hacen gozar a corto plazo, al precio de dejarte sumido para siempre en el horror. ¡No me interesa! Me niego a vender mi individualidad por un breve sentimiento de euforia.
- Yo no he perdido mi individualidad, Golan.
- Pero, ¿cuánto tiempo la conservarás si sigues con eso, Janov? Suplicarás más y más de tu droga hasta que, en definitiva, tu cerebro quede lesionado. Janov, no debes permitir que Bliss haga eso contigo. Quizá fuese mejor que yo hablase con ella.
- ¡No! ¡No lo hagas! Tú no te distingues por tu tacto, ¿sabes?, y no quiero ofenderla. Te aseguro que ella cuida mejor de mí, a este respecto que todo lo que puedas imaginarte. La posibilidad de una lesión cerebral le preocupa más que a mi. Puedes estar seguro de ello.
- Entonces, hablaré contigo, Janov, no vuelvas a hacerlo nunca más. Has vivido cincuenta y dos años disfrutando de tus propios placeres y alegrías, y tu cerebro está adaptado a esto. No te dejes llevar por un nuevo y desacostumbrado vicio. Eso acaba pagándose; si no inmediatamente, sí en definitiva.
- Sí, Golan - admitió Pelorat en voz baja, mirando las puntas de sus zapatos -. Pero míralo de esta manera. ¿Qué pasaría si tú fueses una criatura unicelular...?
- Sé lo que vas a decir, Janov. Olvídalo. Bliss y yo hemos comentado ya esa analogía.
- Si, pero piensa un momento. Imaginemos unos organismos unicelulares con un nivel de conciencia humano y con la facultad de pensar, y consideremos que se encuentran ante la posibilidad de convertirse en un organismo multicelular. ¿No llorarían los organismos unicelulares la pérdida de su individualidad y no lamentaran amargamente su forzada integración en la personalidad de un organismo total? ¿Y no estarían equivocados? ¿Podría una célula individual imaginar siquiera el poder del cerebro humano?
Trevize sacudió la cabeza con un gesto enérgico.
- No, Janov; ésa es una analogía falsa. Los organismos unicelulares no tienen conciencia ni facultad de pensar, o, si la tienen, es tan infinitesimal que podemos considerarla cero. Para esos objetos, combinarse y perder su individualidad equivale a perder algo que nunca tuvieron en realidad. Sin embargo, el ser humano es consciente y tiene la facultad de pensar. Posee una conciencia y una inteligencia independiente reales que puede perder; por esto, la analogía falla aquí.
Entre los dos se produjo un momentáneo silencio, casi opresivo, y por último, Pelorat, tratando de dar un nuevo rumbo a la conversación, dijo:
- ¿Por qué contemplas la pantalla con tanta atención?
- Por costumbre - respondió Trevize, sonriendo irónicamente -. El ordenador me dice que no hay ninguna nave gaiana que me siga y que ninguna flota saysheliana viene a mi encuentro. Pero sigo mirando con atención, tranquilizado al no ver aquellas naves, cuando los sensores del ordenador son cientos de veces más agudos que mis ojos. Más aún, el ordenador es capaz de percibir, con gran detalle, algunas propiedades del espacio que mis sentidos no pueden captar bajo ninguna condición. Y sabiendo esto, todavía sigo mirando.
- Golan - dijo Pelorat -, si somos realmente amigos...
- Te prometo que no haré nada que pueda ofender a Bliss; al menos, nada que yo pueda evitar.
- Pero hay otra cuestión. Sigues ocultándome nuestro destino, como si no confiases en mí. ¿Adónde vamos? ¿Crees saber dónde está la Tierra?
Trevize levantó la mirada.
- Perdona. He estado guardando celosamente mi secreto, ¿verdad?
- Sí, pero, ¿por qué?
- ¿Por qué? - repitió Trevize -. Me pregunto, amigo mío, si no tiene - algo que ver con Bliss.
- ¿Con Bliss? ¿Es que no quieres que ella lo sepa? Te aseguro, viejo, que es digna de toda confianza.
- No es eso. ¿De qué me serviría no confiar en ella? Sospecho que puede arrancar cualquier secreto de mi mente, si desea hacerlo. Creo que tengo una razón más infantil. Me da la sensación de que sólo le prestas atención a ella y que yo he dejado de existir realmente para ti.
Pelorat pareció horrorizado.
- Te equivocas, Golan.
- Lo sé, pero estoy tratando de analizar mis propios sentimientos.
Tú acabas de darme a entender que temes por nuestra amistad, y, pensándolo bien, creo que yo he sufrido idénticos temores. No me lo he confesado abiertamente, pero pienso que hemos sido separados por Bliss. Tal vez estoy tratando de «desquitarme» ocultándote cosas. Una niñería, supongo.
- ¡Golan! .
- He dicho que era algo infantil, ¿no? Pero, ¿hay alguien que no lo sea de vez en cuando? Sin embargo, nuestra amistad perdura. Sentado este punto, no volveré a jugar contigo. Vamos a Comporellon.
- ¿Comporellon? - preguntó Pelorat, sin recordar de momento.
- Seguramente recordarás a mi amigo, el traidor Munn Li Compor.
Los tres nos encontramos en Sayshell.
El rostro de Pelorat reflejó una visible expresión de comprensión.
- Claro que lo recuerdo. Comporellon era el mundo de sus antepasados.
- Si lo era: No me creo todo lo que Compor dijo. Pero Comporellon es un mundo conocido, y Compor me contó que sus habitantes sabían algo de la Tierra. Por consiguiente, iremos allí y lo averiguaremos. Puede que no conduzca a nada, pero es el único punto de partida de que disponemos.
Pelorat carraspeó y pareció dudar.
- Oh, mi querido amigo, ¿estás seguro?
- No hay nada que podamos afirmar. Pero ese punto de partida existe, y, por muy débil que pueda ser, no tenemos más remedio que seguirlo.
- Si, pero si lo hacemos en base a lo que Compor nos dijo, tal vez deberíamos considerar todo lo que nos comentó. Creo recordar que declaro, con gran énfasis, que la Tierra no existe como planeta vivo, pues su superficie es radiactiva y que no hay ni rastro de vida en ella. Si eso resulta ser cierto, de nada servirá que vayamos a Comporellon.

Los tres estaban almorzando en el comedor, llenándolo virtualmente al hacerlo.
- Está muy bueno - dijo Pelorat, con visible satisfacción -. ¿Es parte de las provisiones que embarcamos en Terminus?
- No, en absoluto - respondió Trevize -. Aquéllas se acabaron hace tiempo. Esto corresponde a las que compramos en Sayshell antes de dirigirnos a Gaia. Muy desacostumbradas, ¿no? Una especie de mariscos, pero bastante crujientes. En cuanto a lo que comemos ahora, me dio la impresión de que eran coles cuando lo compré, pero tiene un sabor muy diferente.
Bliss escuchaba mas no decía nada. Picaba la comida de su plato con delicadeza.
- Tienes que comer, querida - aconsejó Pelorat amable.
- Lo sé, Pel, y así lo hago.
- Tenemos comida gaiana, Bliss - dijo Trevize, con un deje de impaciencia que no pudo reprimir.
- Sí - repuso Bliss -, pero creo que debemos conservarla. No sabemos cuánto tiempo permaneceremos en el espacio y, en todo caso, debo aprender a comer los alimentos de los aislados.
- ¿Tan malos son? ¿O debe Gaia comer sólo Gaia?
Bliss suspiró.
- Nosotros tenemos una máxima que dice: «Cuando Gaia come Gaia, nada se pierde ni se gana.» No es más que una transferencia de conciencia arriba y abajo de la escala. Todo lo que yo como de Gaia es Gaia, y cuando se metaboliza y se integra en mi, sigue siendo Gaia. En realidad, por el hecho de comer yo, algo de lo que tomo tiene una posibilidad de participar en un nivel de intensidad más alto de conciencia, mientras que, por supuesto, otras porciones de ello se convierten en desperdicios de alguna clase y descienden por ello en la escala de conciencia.
Tomó un buen bocado de su comida, masticó durante un momento con energía y lo tragó.
- Representa una vasta circulación – continuó -. Las plantas crecen y son comidas por los animales. Éstos comen y son comidos. Todo organismo que muere es incorporado a las células de hongos, de bacterias de putrefacción..., y sigue siendo Gaia. Incluso la materia inorgánica participa en esa vasta circulación de conciencia, y todo lo que circula tiene posibilidad de participar periódicamente en una intensidad más elevada de conciencia.
- Todo esto - dijo Trevize - puede aplicarse a cualquier mundo.
Cada átomo que hay en mí tiene una larga historia durante la cual puede haber formado parte de muchos seres vivos, incluidos los humanos, y también puede haber pasado largos períodos formando parte del mar o de un pedazo de carbón o de una roca o del viento que sopla sobre nosotros.
- Pero en Gaia - dijo Bliss -, todos los átomos forman parte siempre de una conciencia planetaria superior de la que vosotros nada sabéis.
- Entonces - dijo Trevize -, ¿qué les ocurre a las verduras de Sayshell que comes en este momento? ¿Se convierten en parte de Gaia?
- Sí, aunque con bastante lentitud. La misma lentitud con que mis excrementos dejan de ser parte de Gaia. A fin de cuentas, lo que sale de mi pierde todo contacto con Gaia. Incluso carece del contacto hiperespacial indirecto que yo puedo mantener gracias a mi alto nivel de intensidad de conciencia. Este contacto hiperespacial es el que hace que la comida no gaiana se convierta, poco a poco, en parte de Gaia cuando yo la consumo.
- ¿Y qué me dices de la comida gaiana que tenemos almacenada? ¿También se convertirá lentamente en no galana? Si eso ocurre, será mejor que la comas mientras puedas.
- No debemos preocuparnos - dijo Bliss -. Nuestras provisiones gaianas han sido tratadas de manera que seguirán siendo parte de Gaia durante un largo período.
- Pero, ¿qué sucederá cuando nosotros comamos los alimentos galanos? - preguntó Pelorat de pronto -. Y a propósito de este tema, ¿qué nos pasó a nosotros cuando comimos alimentos gaianos en la propia Gaia? ¿ Nos estamos convirtiendo en Gaia poco a poco?
Bliss sacudió la cabeza y una expresión de peculiar turbación se reflejo en su semblante.
- No, lo que vosotros comisteis se perdió para nosotros. O al menos las porciones que fueron metabolizadas en vuestros tejidos. Lo que excretasteis siguió siendo Gaia o se convirtió lentamente en Gaia, de manera que, en definitiva, el equilibrio se mantuvo; pero numerosos átomos de Gaia se convirtieron en no-Gaia como resultado de vuestra visita.
- ¿ Por qué? - preguntó Trevize con curiosidad.
- Porque vosotros no habríais podido soportar la conversión, aunque ésta hubiese sido parcial. Erais nuestros invitados, traídos a nuestro mundo por la fuerza, por decirlo de alguna manera, y teníamos que protegeros del peligro, aun a costa de perder algunos diminutos fragmentos de Gaia. Fue un precio que hubimos de pagar, aunque no de buen grado.
- Lo lamentamos - dijo Trevize -, pero, ¿estás segura de que la comida no gaiana, o alguna clase de ella, no puede, a su vez perjudicarte a ti?
- No - respondió Bliss -. Lo que es comestible para vosotros también lo es para mí. Sólo tengo el problema adicional de metabolizar esa comida en Gaia además de en mis propios tejidos. Representa una barrera psicológica que hace que pueda disfrutar menos de los alimentos y que tenga que masticarlos despacio; pero lo superaré con el tiempo.
- ¿Y las infecciones? - preguntó Pelorat, muy alarmado -: No comprendo cómo no pensé antes en ello. Bliss, lo más probable es que cualquier mundo en el que aterricemos tenga microorganismos contra los que careces de defensas, y la más leve dolencia infecciosa resultaría mortal para ti. Trevize, debemos volver atrás.
- No te espantes, querido Pel - dijo Bliss sonriendo -. También los microorganismos son asimilados en Gaia cuando están en mi comida o cuando entran en mi cuerpo por cualquier otro medio. Si parecen capaces de causar daño, serán asimilados con mayor rapidez, y en cuanto sean Gaia, no podrán hacerme ningún mal.
El almuerzo tocaba a su fin y Pelorat sorbió su sazonada mezcla de zumos de fruta caliente.
- ¡Caramba! - dijo, lamiéndose los labios -. Creo que es hora de que volvamos a cambiar de tema. Se diría que mi única ocupación a bordo de esta nave es cambiar de temas. ¿Por qué será?
- Porque Bliss y yo nos aferramos hasta el máximo a todos los temas que discutimos - repuso Trevize con aire solemne -. Dependemos de ti, Janov, para conservar nuestra cordura. ¿De qué quieres hablar ahora, viejo amigo?
- He repasado mi material de información sobre Comporellon, y todo el sector del que forma parte es rico en antiguas leyendas. Su colonización se remonta muy atrás en el tiempo, al primer milenio de los viajes hiperespaciales. Incluso se habla de un fundador legendario llamado Benbally, aunque no explican de dónde llegó. Dicen que el nombre primitivo de su planeta fue Mundo de Benbally.
- Y en tu opinión, Janov, ¿qué hay de verdad en ello?
- Algo, tal vez, pero, ¿quién puede adivinar lo que es ese algo?
- Yo nunca he oído mencionar a Benbally en la historia real. ¿Y tú?
- Tampoco, mas ya sabes que en la última era Imperial hubo una deliberada supresión de la Historia preimperial. Los emperadores, en los postreros y turbulentos siglos del Imperio, se mostraron ansiosos por reducir el patriotismo local, puesto que consideraron, no sin motivo, que era una influencia desintegradora. Por consiguiente, en casi todos los sectores de la galaxia, la verdadera Historia, con relatos completos y esmerada cronología, comienza en los días en que la influencia de Trantor se dejó sentir y el sector en cuestión se hubo aliado al Imperio o fue anexionado por él.
- Yo nunca había pensado que la Historia pudiese ser borrada con tanta facilidad - exclamó Trevize.
- Y en cierto modo, no se puede - dijo Pelorat -; aunque un gobierno resuelto y poderoso es capaz de conseguir debilitarla en gran manera. Si se debilita lo bastante, la Historia primitiva llega a depender de material esparcido y tiende a degenerar en cuentos populares. Estos caen, de manera invariable, en exageraciones que quieren mostrar al sector como más antiguo y más poderoso de lo que probablemente fue en realidad. Y por muy tonta que sea una leyenda particular, o por muy imposible que pueda resultar, se convierte en un tema patriótico que ha de ser creído por la gente del sector. Puedo citarte cuentos de todos los rincones de la galaxia, según los cuales los primitivos colonizadores vinieron de la Tierra, aunque no siempre llaman así al planeta padre.
- ¿Qué otro nombre le dan?
- Muchísimos. A veces, el único, otras, el Más Viejo, o le llaman el Mundo de la Luna, que, según algunas autoridades, es una referencia a su gigantesco satélite. Otros sostienen que significa «Mundo Perdido» y que «Mooned» (de la Luna) es una versión de «Marooned», palabra pregaláctica que significa «perdido» o «abandonado».
- ¡Basta, Janov! - dijo Trevize con acento amable -. No acabarías nunca con tus citas y contracitas. Pero dices que esas leyendas están en todas partes, ¿no?
- Oh, sí, mi querido amigo. En todas partes. Sólo tienes que repasarlas para hacerte cargo de la costumbre humana de empezar con una semilla de verdad y recubrirla con capas sucesivas de bellas falsedades, de la misma manera que las ostras de Rhampora fabrican perlas partiendo de un grano de arena. Se me ocurrió esta metáfora una vez, cuando...
- ¡Janov! ¡Basta otra vez! Dime, ¿hay algo en las leyendas de Comporellon que las diferencie de las otras?
- ¡Oh! - Pelorat miró un momento a Trevize, fijamente -. ¿Alguna diferencia? Bueno, dicen que la Tierra está relativamente cerca, y esto resulta poco corriente. En la mayoría de los mundos que hablan de la Tierra, sea cual fuere el nombre que le den, existe la tendencia de referirse vagamente a su localización, situándola en una lejanía indefinida o en algún lugar al que nunca se puede llegar.
- Sí - dijo Trevize -, de la misma manera que nos dijeron en Sayshell que Gaia estaba situada en el hiperespacio.
Bliss se echó a reír.
Trevize le dirigió una rápida mirada.
- Es verdad. Eso fue lo que nos dijeron.
- No lo niego. Pero resulta divertido. Desde luego, es lo que nosotros deseamos que crean. Lo único que pedimos es que nos dejen en paz, ¿y dónde podemos hallarnos más tranquilos y más seguros que en el hiperespacio? Si no nos encontramos allí, es como si lo estuviésemos, mientras la gente lo crea.
- Sí - repuso secamente Trevize -, y de la misma manera, existe algo que obliga a la gente a creer que la Tierra no existe, o que está muy lejos, o que tiene una corteza radiactiva.
- Salvo que los comporellianos creen que se encuentra relativamente cerca de ellos - añadió Pelorat.
- Pero, en todo caso, le dan una corteza radiactiva. Por una u otra razón, todos los pueblos que tienen una leyenda sobre la Tierra consideran que no se puede llegar a ella.
- Así es, más o menos - dijo Pelorat.
- En Sayshell - prosiguió Trevize -, muchos creían que Gaia estaba cerca; incluso algunos identificaban su estrella correctamente, y, sin embargo, la consideraban inaccesible. Quizás haya comporellianos que insistan en que la Tierra es radiactiva y está muerta, pero que puedan identificar su estrella. En tal caso, nosotros nos dirigiremos hacia ella, por muy inaccesible que la consideren. Esto fue exactamente lo que hicimos en el caso de Gaia.
- Gaia estaba dispuesta a recibiros, Trevize - dijo Bliss -. Estabais impotentes en nuestras manos, mas nosotros no quisimos haceros daño. Y si también la Tierra es poderosa, pero no benévola como nosotros, ¿qué pasará entonces?
- En todo caso, debo intentar llegar a ella y aceptar las consecuencias. Pero ésta es mi tarea. En cuanto localice la Tierra y me dirija hacia ella, será el momento en que vosotros podréis marcharos. Os dejaré en el mundo más próximo de la Fundación u os llevaré a Gaia de nuevo, si insistís en ello, y continuaré mi viaje solo.
- Mi querido amigo - dijo Pelorat, con evidente disgusto -. ¿Cómo puedes decir eso? Yo no soñaría siquiera en abandonarte.
- Ni yo en abandonar a Pel - añadió Bliss, alargando una mano para rozar la mejilla de Pelorat.
- Está bien, entonces. No tardaremos mucho en estar en condiciones de dar el Salto a Comporellon y después esperemos que el siguiente sea... a la Tierra.

Segunda parte

Comporellon



III. EN LA ESTACIÓN DE ENTRADA


Bliss penetró en su cámara.
- ¿Te ha dicho Trevize que vamos a dar el Salto hacia el hiperespacio en cualquier momento? - preguntó.
Pelorat, que estaba inclinado sobre su disco visual, levantó la cabeza.
- En realidad – respondió -, sólo se asomó y me dijo:. «dentro de media hora».
- No me gusta pensar en ello, Pel. Nunca me ha gustado el Salto.
Me causa una sensación extraña que me revuelve por dentro.
Pelorat pareció un poco sorprendido.
- No había pensado en ti como viajera espacial, Bliss, querida.
- Y no lo soy, y con ello no quiero significar que esto sólo me afecte como componente. La propia Gaia no tiene ocasión de realizar viajes espaciales regulares. Por «mi-nuestra-de Gaia» naturaleza, «yo-nosotros-Gaia» no exploramos, ni comerciamos, ni hacemos excursiones en el espacio. Sin embargo, es necesario enviar a alguien a las estaciones de entrada...
- Como cuando tuvimos la suerte de conocerte.
- Sí, Pel - le dijo con una afectuosa sonrisa -. O incluso tenemos que visitar Sayshell y otras regiones estelares por diversas razones..., clandestinas por lo general. Pero, clandestinamente o no, siempre significa el Salto y, desde luego, cuando cualquier parte de Gaia salta, toda Gaia lo siente.
- Mal asunto - dijo Pel.
- Podría ser peor. La gran masa de Gaia no efectúa el Salto, por lo que su efecto resulta sumamente diluido. Pero yo parezco sentirlo con mucha más intensidad que la mayoría de Gaia. Como muchas veces he dicho a Trevize, aunque todo lo de Gaia es Gaia, los componentes individuales no son idénticos. Tenemos nuestras diferencias, y mi constitución es, por alguna razón, particularmente sensible al Salto.
- ¡Espera! - dijo Pelorat, recordando de pronto -. Trevize me lo explicó una vez. Es en las naves corrientes donde se sufre la peor sensación. En esas naves, uno abandona el campo de gravitación galáctico al entrar en el hiperespacio, y vuelve a él al regresar al espacio ordinario. La salida y el regreso son los que producen la sensación. Pero la Far Star pertenece a una serie de naves gravíticas. Es independiente del campo de gravitación y no se mueve realmente de él. Por esa razón, no sentimos nada. Puedo asegurártelo, querida, por experiencia personal.
- Eso es estupendo. Ojalá hubiese pensado en hablar contigo de este asunto. Me habría ahorrado muchos temores.
- También tiene otra ventaja - añadió Pelorat, satisfecho de su desacostumbrado papel como comentarista de materias astronáuticas -. Las naves ordinarias tienen que apartarse a gran distancia de las grandes masas, como las estrellas, para dar el Salto. La razón es, en parte, que cuanto más cerca se hallen de una estrella, el campo de gravitación será más intenso, y más pronunciada la sensación del Salto. Además, cuanto más intenso sea el campo gravitatorio, tanto más complicadas resultarán las ecuaciones que deberán resolver para realizar el Salto con seguridad y terminar en el punto del espacio ordinario al que se quiere llegar.
»En cambio, en una nave gravítica, no hay sensación de Salto digna de mención. Además, el ordenador de esta nave es mucho más avanzado que los ordinarios y puede resolver cualquier ecuación, por muy complicada que sea, con habilidad y rapidez inusitadas. Como resultado de todo ello, en vez de tener que alejarse de una gran masa durante un par de semanas a fin de alcanzar una distancia segura y cómoda para el Salto, la Far Star sólo necesita viajar dos o tres días. Esto ocurre, sobre todo, porque no estamos sujetos a un campo gravitatorio y, por consiguiente, a los efectos de la inercia y podemos acelerar con mucha más rapidez que lo haríamos en una nave ordinaria. Confieso que no lo entiendo, pero es lo que Trevize me dice.
- Es algo magnifico - se entusiasmó Bliss - y hay que reconocer que Trev tiene mucho mérito por saber manejar una nave tan extraordinaria como ésta.
Pelorat frunció ligeramente el ceño.
- Por favor, Bliss, di «Trevize».
- Ya lo hago, ya lo hago. Aunque, en su ausencia, me relajo un poco.
- No lo hagas. No debes ceder a tu costumbre en absoluto, querida. Él es muy susceptible a este respecto.
- No sobre eso, lo es en lo que respecta a mí. No le gusto.
- Eso no es cierto - dijo Pelorat ansioso -. Le he hablado sobre ello. No, no me frunzas el ceño. Mostré un tacto extraordinario, niña querida. Y él me aseguró que no le disgustas. Recela de Gaia, y lamenta el hecho de tener que hacerlo por el futuro de la Humanidad. En eso no podemos hacer concesiones. Pero lo superará poco a poco cuando vaya comprendiendo las ventajas de Gaia.
- Espero que sea así, pero no sólo se trata de Gaia. A pesar de cuanto él te diga, Pel, y recuerda que te quiere mucho y no desea herir tus sentimientos, mi persona le disgusta.
- No, Bliss. Él no es así.
- No todo el mundo está obligado a quererme porque tú me ames, Pel. Deja que me explique. Trev..., está bien, Trevize..., piensa que soy un robot.
Una expresión de estupefacción se pintó en el semblante ordinariamente impávido de Pelorat.
- Es imposible – dijo -. Él no puede pensar que eres un ser humano artificial.
- ¿Por qué te resulta tan sorprendente? Gaia fue colonizada con la ayuda de robots. Es un hecho sabido.
- Los robots pueden ayudar, como las máquinas pueden hacerlo, pero fueron personas quienes colonizaron Gaia, personas de la Tierra.
Esto es lo que Trevize piensa. Sé que lo piensa.
- No hay nada acerca de la Tierra en la memoria de Gaia, como os dije a Trevize y a ti. En cambio, en nuestras más viejas memorias, incluso después de tres mil años, permanecen algunos robots dedicados a terminar la tarea de convenir a Gaia en un mundo habitable. En aquella época, también estábamos formando a Gaia como una conciencia planetaria; eso costó mucho tiempo, mi querido Pel, y ésta es otra de las razones de que nuestros más antiguos recuerdos aparezcan confusos, y quizá no fueron borrados por causa de la Tierra, como Trevize piensa...
- Sí, Bliss - dijo ansiosamente Pelorat -, pero, ¿qué me dices de los robots?
- Bueno, cuando Gaia fue formada, los robots se marcharon. No queríamos una Gaia en la que hubiese robots, porque estábamos, y estamos, convencidos de que un componente robótico resulta, a la larga, perjudicial para una sociedad humana, tanto si ésta es de naturaleza aislada como si es planetaria. No sé cómo llegamos a una conclusión así, pero puede que estuviese basada en sucesos que se remontan a una época particularmente primitiva de la Historia de la Galaxia, de modo que la memoria de Gaia no puede recordarlos.
- Si los robots se marcharon...
- Sí, pero, ¿y si quedó alguno? ¿Y si yo fuese uno de ellos, tal vez de quince mil años de edad? Trevize sospecha esto.
Pelorat sacudió la cabeza lentamente.
- Pero no lo eres - dijo.
- ¿Estás seguro de ello?
- Por supuesto que sí. Tú no eres un robot.
- ¿Cómo lo sabes?
- Lo sé, Bliss. No existe nada artificial en ti. Lo sé mejor de lo que nadie puede saberlo.
- ¿No es posible que sea tan perfectamente artificial, en todos los aspectos, que nada pueda distinguirme de un ser natural? Si fuese así, ¿cómo podrías saber lo que me diferencia de un ser humano verdadero?
- No creo posible que sea tan perfectamente artificial - dijo Pelorat.
- ¿Y si fuese posible, a pesar de lo que piensas?
- Sencillamente, no lo creo.
- Entonces, considerémoslo como un caso hipotético. Si yo fuese un robot indistinguible, ¿qué impresión te produciría? .
- Bueno, yo. .. yo. ..
- Concretemos. ¿Qué sentirías al hacer el amor a un robot?
Pelorat chascó de pronto los dedos medio y pulgar de la mano derecha.
- Mira, hay leyendas de mujeres que se enamoraron de hombres artificiales, y viceversa. Siempre pensé que había una significación alegórica en ello y nunca me imaginé que los cuentos pudiesen representar la verdad. Desde luego, Golan y yo nunca habíamos oído la palabra «robot» hasta que aterrizamos en Sayshell, pero, ahora que pienso en ello, aquellos hombres y mujeres artificiales tuvieron que ser robots. Por lo visto, tales robots existieron en los primitivos tiempos históricos. Y eso significa que las leyendas deberían ser reconsideradas.
Se sumió en un silencio reflexivo. Bliss, después de esperar un momento, dio unas súbitas y fuertes palmadas. Pelorat se sobresaltó.
- Querido Pel - dijo Bliss -, te estás valiendo de la mitografía para soslayar el tema. La cuestión es: ¿Qué sentirías al hacer el amor a un robot?
Él la miró, inquieto.
- ¿Un robot realmente indistinguible? ¿Un robot que no se pudiese diferenciar de un ser humano?
- Sí.
- Me parece que un robot, indistinguible de un ser humano, es un ser humano. Si tú fueses un robot de esa clase, sólo serías un ser humano para mí.
- Es lo que deseaba oírte decir, Pel.
Pelorat esperó y después dijo:
- Entonces, ya que lo he dicho, querida, ¿no vas tú a decirme que eres un ser humano natural y que no necesito considerar situaciones hipotéticas?
- No haré tal cosa. Tú has definido el ser humano como un objeto que tiene todas las propiedades de un ser humano. Si estás convencido de que yo tengo todas esas propiedades, entonces, la discusión acabó. Tenemos la definición operacional y huelga todo lo demás. A fin de cuentas, ¿cómo puedo yo saber que tú no eres más que un robot indistinguible de un ser humano?
- Porque yo te digo que no lo soy.
- ¡Ah! Pero si fueses un robot indistinguible de un ser humano, podrías haber sido diseñado para decirme que eres un ser humano, o incluso haber sido programado para que tú mismo lo creyeses. La definición operacional es lo único que tenemos, y todo lo que podemos tener.
Rodeó el cuello de Pelorat con los brazos y lo besó. La caricia se hizo más apasionada y se prolongó hasta que Pelorat consiguió decir, con voz un poco ahogada:
- Le prometimos a Trevize que no íbamos a molestarle convirtiendo esta nave en refugio para nuestra luna de miel.
- Dejémonos llevar y no perdamos el tiempo pensando en promesas - repuso Bliss, zalamera.
- Pero yo no puedo hacer esto, querida - dijo Pelorat, bastante confuso -. Sé que te molestará, Bliss, pero, por naturaleza, soy contrario a dejarme llevar por la emoción. Es un hábito de toda la vida, quizá muy fastidioso para los demás. Nunca viví con una mujer que no lo desaprobase, más pronto o más tarde. Mi primera esposa... Pero supongo que sería inadecuado comentar estas cosas...
- Bastante inadecuado, sí, pero no fatalmente inapropiado. Tú tampoco eres mi primer amante.
- ¡Oh! - dijo Pelorat, un poco desconcertado; pero al ver la sonrisa de Bliss, prosiguió -: Quiero significar que es natural. Yo no puedo decir que haya sido... Bueno, el caso es que a mi mujer no le gustaba eso.
- Pues a mí sí. Encuentro que tu reflexión constante resulta muy atractiva.
- No puedo creer eso, pero ahora pienso otra cosa. Robot o ser humano, importa poco. Hemos convenido en ello. Sin embargo, yo soy un Aislado, y tú lo sabes. No formo parte de Gaia y, cuando intimamos, tú estás compartiendo emociones fuera de Gaia, incluso cuando me dejas participar en Gaia por un breve período, y, entonces, la emoción no puede ser tan intensa como la que experimentarías si fuese Gaia amando a Gaia.
- Amarte, Pel - dijo Bliss -, tiene su propio encanto. No aspiro a nada más.
- Pero no sólo se trata de que tú me ames. Tú no eres únicamente tú. ¿Y si Gaia lo considera una perversión?
- Si lo considerase así, yo lo sabría, pues yo soy Gaia. Y cuando gozo contigo, Gaia también. Al hacer el amor, toda Gaia comparte la sensación en diferentes grados. Si digo que te amo, significa que Gaia te ama, aunque sólo la parte que yo soy representa el papel inmediato. Pareces confuso.
- Como soy un Aislado, Bliss, no acabo de captar esto.
- Siempre se puede formar una analogía con el cuerpo de un Aislado. Cuando tú silbas una tonada, todo tu cuerpo, el organismo que eres tú, desea silbarla, pero la inmediata tarea de hacerlo está encomendada a tus labios, a tu lengua y a tus pulmones. El dedo gordo de tu pie derecho no hace nada.
- Puede marcar el compás.
- Pero es un acto innecesario al silbar. Golpear el suelo con el dedo gordo del pie no es la acción en sí, sino una respuesta a tal acción, y, sin duda, todas las partes de Gaia responderán a mi emoción, de alguna manera, tal y como yo respondo a las suyas.
- Supongo que no debo sentirme aturrullado por esto - dijo Pelorat.
- En absoluto.
- Pero me da una extraña sensación de responsabilidad. Cuando trato de hacerte feliz, resulta que estoy tratando de hacer feliz hasta el último organismo de Gaia.
- Hasta el último átomo; pero lo haces. Añades algo al sentimiento de gozo comunal que yo te dejo compartir brevemente. Supongo que tu contribución es demasiado pequeña para que pueda ser medida con facilidad, mas está allí, y el hecho de saberlo debería aumentar tu alegría.
- Ojalá pudiese estar seguro - dijo Pelorat - de que Golan se encuentra lo bastante atareado con sus maniobras a través del hiperespacio para permanecer en la cabina-piloto durante un buen rato.
- Deseas una luna de miel, ¿verdad?
- Sí.
- Entonces, coge una hoja de papel, escribe «Refugio de Luna de Miel», fíjalo en la parte exterior de la puerta y si él desea entrar, el problema será suyo.
Pelorat hizo lo que ella le decía, y fue en el transcurso de las agradables operaciones que siguieron cuando la Far Star dio el Salto. Ni Pelorat ni Bliss detectaron la acción. No la habrían notado aunque hubiesen prestado atención.
Sólo habían pasado unos pocos meses desde que Pelorat había conocido a Trevize y salido de Terminus por primera vez. Hasta entonces, durante el más de medio siglo de su vida (en términos galácticos), había permanecido completamente atado al planeta.
Pero en aquellos meses se había convertido, según él creía, en un viejo lobo del espacio. Había visto tres planetas: el propio Terminus, Sayshell y Gaia. Y en la pantalla tenía el cuarto, aunque a través de un aparato telescópico controlado por el ordenador, Comporellon.
Y una vez más, la cuarta, se sintió vagamente desilusionado. De alguna manera, seguía teniendo la impresión de que, al mirar un mundo habitable desde el espacio, tendría que ver el perfil de sus continentes dentro del mar circundante; o, si era un mundo seco, el perfil de sus lagos dentro de la circundante masa de tierra.
Nunca ocurría así.
Si un mundo era habitable, tenía una atmósfera además de una hidrosfera. Y si había aire y agua, también nubes; y con éstas, la vista quedaba oscurecida. Una vez más, se encontró mirando unos torbellinos blancos, con ocasionales atisbos de un azul pálido o de un pardo herrumbroso.
Se preguntó con tristeza si alguien sería capaz de identificar un mundo a partir de la imagen proyectada sobre una pantalla, desde una distancia de trescientos mil kilómetros. ¿Cómo distinguir un remolino de nubes de otro?
Bliss miró a Pelorat con cierta preocupación.
- ¿Qué te pasa, Pel? Pareces triste.
- Encuentro que todos los planetas parecen iguales vistos desde el espacio.
- ¿Y qué, Janov? - dijo Trevize -. También lo parecen todas las costas de Terminus, cuando están en el horizonte, a menos que - sepas lo que estás buscando: un picacho en particular, o un islote con una forma característica.. .
- Supongo que sí - admitió Pelorat, visiblemente contrariado -; pero, ¿qué se puede buscar en una masa móvil de nubes? Y aunque lo intentase, quizá pasara al lado oscuro antes de que pudiera decidirlo.
- Observa con un poco más de atención, Janov. Si te fijas en la forma de las nubes, verás que tienden a seguir un rumbo que circunda el planeta y que giran alrededor de un centro. Ese centro se halla, más o menos, en uno de los polos.
- ¿Cuál? - preguntó Bliss interesada.
- Ya que, en relación con nosotros, el planeta está girando en la dirección de las agujas del reloj, nos encontramos mirando, por definición, hacia el polo sur. Y como el centro parece estar a unos quince grados del terminador, la línea de sombra del planeta, y el eje planetario se halla inclinado veintiún grados en relación a la perpendicular de su plano de rotación, estamos a mediados de la primavera o a mediados del verano, dependiendo de que el polo se aleje o se acerque al terminador. El ordenador puede calcular su órbita y comunicármela a no tardar si se lo pregunto. La capital se halla en el lado norte del ecuador, por lo que allí deben estar a mediados de otoño o a mediados de invierno.
Pelorat frunció el ceño.
- ¿Puedes saber todo esto? - Miró la capa de nubes, como si ésta pudiese y debiese hablarle; pero, por supuesto, no lo hizo.
- No sólo esto - respondió Trevize -. Si miras hacia las regiones polares, no observarás desgarrones en la capa de nubes como puedes verlos en las zonas apartadas de los polos. En realidad, sí que los hay, pero ves hielo a través de ellos, de modo que todo aparece blanco.
- Ya - dijo Pelorat -. Supongo que esto es normal en los polos.
- En los de los planetas habitables, sí. Los planetas sin vida pueden carecer de aire o de agua, o pueden tener ciertas señales demostrativas de que las nubes no son de agua o que el hielo no es de agua. Como este planeta carece de tales señales, podemos saber que nos encontramos ante nubes de agua y hielo de agua.
»Lo siguiente que advertimos es el tamaño de la zona blanca compacta del lado iluminado del terminador, y el ojo experimentado observa en seguida que resulta más grande de lo normal. Además, se puede detectar cierto resplandor anaranjado, aunque muy débil, en la luz reflejada, y eso significa que el sol de Comporellon es bastante más frío que el de Terminus. Aunque Comporellon se halla más próximo de su sol que Terminus del suyo, no lo está lo bastante cerca para compensar la baja temperatura del planeta. Por consiguiente, Comporellon es un mundo frío en relación con los otros mundos habitables.
- Lo lees como en un libro abierto, viejo - exclamó Pelorat con admiración.
- No te impresiones demasiado - dijo Trevize, sonriendo afectuosamente -. El ordenador me ha dado las estadísticas útiles del planeta, incluida su temperatura, ligeramente inferior a la normal. Resulta fácil deducir de ello algo que ya sabemos. En realidad, Comporellon se encuentra casi entrando en una edad del hielo, y ya estaría en ella si la configuración de sus continentes fuese más adecuada para tal condición.
Bliss se mordió el labio inferior.
- No me gusta un mundo frío.
- Tenemos ropas de abrigo - dijo Trevize.
- Da lo mismo. Los seres humanos no estamos adaptados al tiempo frío. No tenemos espesas capas de pelos o de plumas, ni una gruesa capa subcutánea de grasa. El hecho de que un mundo tenga el clima frío parece indicar cierta indiferencia por el bienestar de sus componentes.
- ¿ Es Gaia un mundo uniformemente templado? - preguntó Trevize.
- En su mayor parte, sí. Hay algunas zonas frías para plantas y animales adaptados a ese medio, y algunas zonas cálidas para las plantas y los animales adaptados al calor, pero casi todas sus partes son siempre templadas, nunca demasiado calientes o frías para los seres intermedios, entre los que, naturalmente, se encuentran los humanos.
- Los seres humanos, desde luego. Todas las partes de Gaia viven y son iguales a este respecto, pero algunos, como los seres humanos, son, eso resulta evidente, más iguales que otros.
- No seas tan fatuamente sarcástico - dijo Bliss, con una pizca de irritación -. El nivel y la intensidad de la conciencia son importantes. El ser humano es una porción de Gaia más útil que una roca del mismo peso, y las propiedades y funciones de Gaia, como conjunto, tienden, necesariamente, a favorecer al ser humano, aunque no tanto como en vuestros mundos aislados. Más aún, hay veces en que favorece a otros sectores, cuando resulta necesario para Gaia en su totalidad. Incluso puede, a largos intervalos, favorecer al interior rocoso. También esto requiere atención, para que todas las partes de Gaia no sufran. No deseamos erupciones volcánicas innecesarias, ¿verdad?
- No - dijo Trevize -. No, si son innecesarias.
- No te sientes impresionado, ¿verdad?
- Mira - dijo Trevize -. Nosotros tenemos mundos que son más fríos de lo normal y otros más cálidos: mundos que son bosques tropicales en gran parte, y mundos cubiertos por vastas sabanas. No hay dos mundos iguales, y cada uno de ellos es bueno para los que están habituados a él. Yo estoy acostumbrado a la relativa suavidad del clima de Terminus el cual hemos moderado hasta hacerlo parecido al de Gaia, pero me siento contento de poder salir de allí, al menos de forma temporal, para ver algo diferente. Tenemos algo que Gaia no tiene, y es la variedad. Si Gaia se expande por la Galaxia, ¿supondrá eso que todos los mundos que la configuran tendrán que convertirse en templados? La igualdad resultará insoportable.
- Si es así - dijo Bliss -, y si la variedad parece deseable, ésta será mantenida.
- Digamos como una merced del comité central, ¿no? – preguntó Trevize con sequedad -. Y sólo en la medida en que éste pueda soportarlo. Yo preferiría dejárselo a la Naturaleza.
- Pero vosotros no lo habéis dejado a la Naturaleza. Todos los mundos habitables de la galaxia han sido modificados. Cada uno de ellos fue considerado incómodo para la Humanidad en su estado natural, y fue modificado hasta que su clima se suavizó todo lo posible. Si ese mundo al que nos dirigimos es frío, estoy seguro de que ello se debe
a que sus moradores no han podido calentarlo más sin incurrir en inaceptables dispendios. Y aun así, los lugares que habitan actualmente podemos estar seguros de que son calentados de manera artificial. Por consiguiente, no te jactes tanto de dejarlo todo en manos de la Naturaleza.
- Supongo que lo dices por Gaia - dijo Trevize.
- Yo hablo siempre por Gaia. Yo soy Gaia.
- Entonces, si Gaia está tan segura de su propia superioridad, ¿qué falta os hacía contar con mi decisión? ¿ Por qué no habéis seguido adelante sin mi?
Bliss guardó silencio, como para ordenar sus pensamientos.
- Porque no es prudente confiar demasiado en uno mismo – dijo después -. Como es lógico, vemos nuestras virtudes con más claridad que nuestros defectos. Estamos ansiosos por hacer lo que es bueno; no necesariamente lo que nos lo parece, sino lo que objetivamente lo es, si es que la bondad objetiva existe. Tú pareces estar más cerca de ella que nosotros, y por eso nos dejamos guiar por ti.
- Tan objetiva es - replicó Trevize con tristeza - que ni siquiera soy capaz de comprender mi propia decisión y tengo que buscar su justificación.
- La encontrarás - dijo Bliss.
- Así lo espero.
- En realidad, viejo amigo - intervino Pelorat -, me parece que Bliss ha triunfado con bastante facilidad en esta discusión. ¿Por qué no reconoces el hecho de que sus argumentos justifican tu decisión de que Gaia es la ola del futuro para la Humanidad?
- Porque yo desconocía estos argumentos cuando tomé mi decisión - respondió Trevize -. Ignoraba todos esos detalles acerca de Gaia. Además, otra cosa influyó en mi, al menos de forma inconsciente; algo que no depende de los detalles de Gaia, sino que tiene que ser más fundamental. Es lo que debo descubrir.
Pelorat levantó una mano apaciguadora.
- No te enfades, Golan.
- No me enfado. Sólo me encuentro bajo una tensión bastante insoportable. No quiero ser el foco de la galaxia.
- No te censuro por ello, Trevize - dijo Bliss -, y lamento de veras que tu propio carácter te haya obligado a esto en cierto modo. ¿Cuándo aterrizaremos en Comporellon?
- Dentro de tres días - respondió Trevize - y sólo después de detenernos en una de las estaciones de entrada situadas en órbita a su alrededor.
- No debería haber ningún problema ahí, ¿verdad? - dijo Pelorat.
Trevize se encogió de hombros.
- Esto dependerá de la cantidad de naves que se acerquen al planeta, del número de estaciones de entrada que existan y, sobre todo, de las normas particulares que permitan o rechacen la admisión. Estas normas cambian de vez en cuando.
- ¿Qué significa eso de rechazar la admisión? - preguntó Pelorat indignado -. ¿Cómo pueden negarse a recibir a unos ciudadanos de la Fundación? ¿No forma parte Comporellon de los dominios de la Fundación?
- Pues sí..., y no. Existe una delicada cuestión legal a ese respecto, y no estoy seguro de cómo la interpreta Comporellon. Supongo que existe la posibilidad de que nos nieguen la entrada, pero creo que esta posibilidad es bastante remota.
- ¿Qué haremos si nos rechazan?
- No lo sé - dijo Trevize -. Esperemos a ver lo que ocurre antes de hacer planes para tal contingencia.
Ya se encontraban lo bastante cerca de Comporellon para que éste apareciese ante ellos como un globo de gran tamaño sin necesidad de ampliación telescópica. Cuando la ampliación fue hecha, pudieron ver las estaciones de entrada. Estaban mucho más lejos del planeta que la mayoría de las otras estructuras que había en órbita a su alrededor, y se hallaban bien iluminadas.
Como la Far Star llegaba de la dirección del polo sur del planeta, la mitad de la esfera de éste aparecía constantemente iluminada por el sol. Las estaciones de entrada en la mitad donde era de noche se veían con más claridad, como chispas de luz. Aparecían espaciadas con regularidad formando un arco alrededor del planeta. Seis de ellas eran visibles (debía haber otras seis en el lado iluminado) y todas giraban alrededor del planeta a idéntica velocidad regular.
- Hay otras luces más cercanas al planeta. ¿Qué son? - dijo Pelorat, un poco asombrado ante aquella visión.
- No lo conozco con detalle - respondió Trevize - y por eso no puedo aclarártelo. Podrían ser fábricas o laboratorios u observatorios puestos en órbita, o incluso ciudades-naves pobladas. En algunos planetas, prefieren mantener oscurecidos todos los objetos en órbita, a excepción de las estaciones de entrada. Tal es el caso, por ejemplo, de Terminus. Por lo visto, Comporellon se rige por un principio más liberal.
- ¿A qué estación de entrada nos dirigiremos, Golan?
- Eso dependerá de ellos. Yo he enviado la solicitud de aterrizaje en Comporellon, y tienen que contestarnos diciéndonos a qué estación de entrada debemos ir, y cuándo. Supongo que estará en función de la cantidad de naves que estén tratando de entrar en este momento. Si hay una docena de ellas haciendo cola en cada estación, no tendremos más remedio que armarnos de paciencia.
- Sólo he estado dos veces a distancias hiperespaciales de Gaia antes de ahora, y ambas fueron cuando me encontraba en Sayshell, o cerca de allí. Nunca había estado a esta distancia - dijo Bliss.
Trevize la miró vivamente.
- ¿Qué importa eso? Sigues siendo Gaia, ¿no?
Ella pareció irritarse durante un momento, pero su enojo se disolvió en una risita casi avergonzada.
- Debo confesar que esta vez me has pillado, Trevize. La palabra «Gaia» tiene un doble significado. Puede emplearse para designar el planeta físico como un sólido objeto esférico en el espacio. Y también para designar el objeto vivo que incluye aquella esfera. Si tuviésemos que hablar con propiedad, tendríamos que emplear dos palabras diferentes para ambos conceptos desiguales, pero los gaianos sabemos siempre por el contexto el significado que hay que darle. Reconozco que un Aislado puede ser inducido a veces a error.
- Entonces - dijo Trevize -, sabiendo que estás a muchos miles de pársecs de Gaia como globo, ¿todavía eres parte de Gaia como organismo?
- En lo que respecta al organismo, lo sigo siendo.
- ¿Sin atenuación?
- No en esencia. Creo que ya te he dicho que es un poco más complejo continuar siendo Gaia a través del hiperespacio, pero lo soy.
- ¿Se te ha ocurrido pensar - dijo Trevize - que Gaia puede ser considerada como un kraken (Fabuloso monstruo marino escandinavo. [N. del T.] ) galáctico, el monstruo de las leyendas cuyos tentáculos llegan a todas partes? Sólo tenéis que poner unos pocos gaianos en cada uno de los mundos habitados y tendréis virtualmente la Galaxia allí. En realidad, es quizá lo que habéis hecho exactamente. ¿Dónde están localizados vuestros gaianos? Supongo que uno o más estarán en Terminus y otros tantos en Trantor. ¿Hasta dónde se extiende esto?
Bliss pareció claramente incómoda.
- Dije que no te mentiría, Trevize, pero eso no significa que me crea obligada a contarte toda la verdad. Hay algunas cosas que no necesitas conocer, y la situación y la identidad de fragmentos individuales de Gaia son algunas de ellas.
- ¿y no puedo saber la razón de la existencia de estos tentáculos, Bliss, aunque no sepa dónde están?
- En opinión de Gaia, no.
- Pero supongo que puedo tratar de adivinarlo. Os creéis los guardianes de la galaxia.
- Deseamos tener una galaxia estable y segura; que sea pacifica y próspera. El «Plan Seldon», al menos tal como fue concebido por Hari Seldon en principio, está encaminado a desarrollar un Segundo Imperio galáctico que sea más estable y más viable que el Primero. El «Plan», que ha sido continuamente modificado y mejorado por la Segunda Fundación, ha funcionado bien hasta ahora.
- Pero Gaia no quiere un Segundo Imperio galáctico en el sentido clásico, ¿verdad? Queréis Galaxia, una Galaxia viva.
- Ya que tú lo permites, esperamos, con el tiempo, tener Galaxia.
Si no lo hubieses permitido, habríamos trabajado para el Segundo Imperio de Seldon, haciéndolo lo más seguro posible.
- Pero, ¿qué hay de malo en...? Su oído captó la suave y zumbadora señal -. El ordenador me llama. Supongo que está recibiendo instrucciones concernientes a la estación de entrada. Volveré enseguida.
Pasó a la cabina-piloto y colocó las manos sobre las marcadas en el tablero, y supo que había instrucciones sobre la estación de entrada específica a la que debía dirigirse: sus coordenadas con referencia a la línea desde el centro de Comporellon hasta su polo norte; también le daban la ruta que la nave tendría que seguir para acercarse a ella.
Trevize hizo constar su aceptación y se retrepó un momento en su silla.
¡El «Plan Seldon»! Hacia mucho tiempo que no pensaba en él. El Primer Imperio Galáctico se había derrumbado y, durante quinientos años, la Fundación había crecido, primero en competencia con ese Imperio, y después sobre sus ruinas..., todo ello de acuerdo con el «Plan». Había habido la interrupción del Mulo, que durante un tiempo estuvo amenazando con destrozar el «Plan», pero la Fundación había seguido adelante, quizá con la ayuda de la siempre oculta Segunda Fundación y posiblemente con la de la todavía más oculta Gaia.
Ahora el «Plan» estaba amenazado por algo más grave que el Mulo. Iba a ser desviado de una renovación del Imperio hacia algo completamente distinto de todo lo registrado en la Historia: Galaxia. Y él había convenido en esto.
Pero, ¿por qué? ¿Tenía el «Plan» algún defecto? ¿Un defecto básico?
Por un fugaz instante, Trevize tuvo la impresión de que tal defecto existía en realidad y de que él sabia de qué se trataba, lo había sabido cuando tomó su decisión; pero el conocimiento..., si es que era tal..., se desvaneció tan rápido como había llegado, y le dejó sin nada.
Tal vez se tratase de una ilusión, tanto cuando había tomado su decisión, como ahora. A fin de cuentas, nada sabía acerca del «Plan», más allá de las presunciones básicas justificadas por la psicohistoria.
Aparte de eso, no conocía ningún detalle, ni, ciertamente, nada de sus matemáticas.
Cerró los ojos y pensó...
No había nada.
Tal vez el poder añadido que le dona el ordenador... Colocó las manos sobre el tablero y sintió el calor de las del ordenador en las suyas. Cerró los ojos de nuevo y pensó una vez más...
Todavía no había nada.
El comporelliano que abordó la nave llevaba una tarjeta hológrafa de identidad. Ésta reproducía su mofletuda y ligeramente barbuda cara con notable fidelidad, y al pie figuraba su nombre: A. Kendray.
Era bastante bajo y tenía el cuerpo casi tan redondo como la cara. De aspecto y modales campechanos, contempló la nave con visible asombro.
- ¿Cómo han podido bajar tan deprisa? – preguntó -. No les esperábamos hasta dentro de dos horas.
- Es un nuevo modelo de nave - dijo Trevize, con reservada cortesía.
Pero Kendray no era el joven ignorante que parecía. Entró en la cabina-piloto y dijo inmediatamente:
- ¿Gravitica?
- Sí - repuso Trevize, que no vio ninguna razón para negar algo tan evidente.
- Muy interesante. Había oído hablar de ellas, pero nunca había visto ninguna. ¿Lleva los motores en el casco?
- Así es.
Kendray miró el ordenador.
- ¿Tiene también circuitos de ordenador?
- Sí. Al menos, así me lo dijeron. Nunca lo he comprobado.
- Está bien. Lo único que necesito es la documentación de la nave: número de motor, lugar de fabricación, clave de identificación, etcétera. Estoy seguro de que el ordenador tiene toda la información y que podrá decirme lo que necesito en medio segundo.
Tardó muy poco más. Kendray volvió a mirar a su alrededor.
- ¿Sólo van tres a bordo?
- Sí - dijo Trevize.
- ¿Algún animal vivo? ¿Plantas? ¿Estado de salud?
- No, No. y la salud es buena - repuso Trevize con sequedad.
- ¡Hum! - dijo Kendray, tomando notas -. ¿Quiere usted meter la mano aquí? Simple rutina. La mano derecha, por favor.
Trevize miró el aparato sin ningún entusiasmo. Su uso era más común cada día, y el aparato se hacia cada vez más complicado. Casi se podía juzgar lo atrasado de un mundo por la antigüedad de su microdetector. Existían pocos mundos, por muy atrasados que estuviesen, que careciesen de él. Su invención había acompañado al definitivo desmembramiento del Imperio, cuando cada fragmento del total sintió crecer su afán de protegerse de las enfermedades y de los microorganismos de todos los demás.
- ¿Qué es eso? - preguntó Bliss, en voz baja e interesada, estirando el cuello para mirarlo primero por un lado y después por el otro.
- Creo que lo llaman microdetector - dijo Pelorat.
- No es nada misterioso - añadió Trevize -. Se trata de un aparato que comprueba, de forma automática, una parte de tu cuerpo, por dentro y por fuera, por si hubiese algún microorganismo capaz de transmitir una enfermedad.
- También identificaría los microorganismos - explicó Kendray, con marcado orgullo -. Ha sido fabricado aquí, en Comporellon. Y si no le importa, señor, debo insistir en que introduzca su mano derecha en él.
Trevize lo hizo así y esperó, mientras una serie de pequeñas señales rojas bailaban a lo largo de unas líneas horizontales. Kendray pulsó un botón e inmediatamente apareció una copia en color.
- ¿Quiere usted firmar aquí, señor? - dijo.
Trevize obedeció.
- ¿Cómo estoy? – preguntó -. No corro ningún peligro grave, ¿verdad?
- Yo no soy médico - repuso Kendray -; por consiguiente, no puedo darle detalles, pero aquí no aparece ninguna de las señales que nos obligaría a impedirle la entrada o a ponerle en cuarentena. Esto es lo único que me interesa.
- Una suerte para mí - dijo secamente Trevize, sacudiendo la mano para librarse del ligero cosquilleo que sentía.
- Ahora usted, señor - indicó Kendray.
Pelorat introdujo la mano con cierta vacilación y, después, tiró la copia.
- ¿Y usted, señora? .
Unos momentos más tarde, Kendray miró fijamente el resultado.
- Nunca había visto algo parecido - dijo observando a Bliss, con expresión de asombro -. Es usted negativa. Por completo.
- Estupendo - repuso ella sonriendo con simpatía.
- Sí, señora. La envidio. - Volvió a mirar la primera copia -. Su identificación, Mr. Trevize.
Trevize la exhibió. Kendray la miró y de nuevo levantó la cabeza sorprendido.
- ¿Consejero de la Legislatura de Terminus?
- Así es.
- ¿Alto funcionario de la Fundación?
- Exacto - dijo fríamente Trevize -. Por consiguiente, podemos abreviar los trámites, ¿no?
- ¿Es usted capitán de la nave?
- Si, lo soy.
- ¿Objeto de su visita?
- Seguridad de la Fundación, y esto es todo cuanto voy a darle como respuesta. ¿Lo comprende?
- Sí, señor. ¿Cuánto tiempo piensa permanecer aquí?
- No lo sé. Una semana tal vez.
- Muy bien, señor. ¿Y este otro caballero?
- Es el doctor Janov Pelorat - dijo Trevize -. Tiene usted su firma y yo respondo de él. Es profesor de Terminus y ayudante mío para el objeto de mi visita.
- Lo comprendo, señor, pero debo ver su documento de identidad. ordenes son órdenes. Estoy desolado. Espero que usted lo comprenda, señor.
Pelorat mostró sus papeles.
Kendray asintió con la cabeza.
- ¿Y usted, señorita?
- No hace falta que moleste a la dama - dijo pausadamente Trevize -. También respondo de ella.
- Si, señor. Pero necesito su identificación.
- Lo siento, pero no tengo mis documentos aquí, señor.
- ¿Cómo dice? - preguntó Kendray, frunciendo el entrecejo.
- La joven no trae ningún documento. Un olvido. Pero eso no importa. Yo asumo toda la responsabilidad.
- Ojalá pudiese aceptarlo, señor - dijo Kendray -, pero es imposible. El responsable soy yo. Dadas las circunstancias, la cosa no es importante. No será difícil conseguir duplicados. Supongo que la joven es de Terminus.
- No.
- Entonces, de algún otro lugar del territorio de la Fundación.
- En realidad, no lo es.
Kendray miró fijamente a Bliss y, después, a Trevize.
- Esto complica el asunto, consejero. Obtener un duplicado de los documentos de una persona extraña a la Fundación requerirá más tiempo. Como usted no es ciudadana de la Fundación, Miss Bliss, debe darme los nombres de sus mundos de nacimiento y de residencia. Y deberá esperar a que los duplicados lleguen.
- Mire usted, Mr. Kendray - dijo Trevize -, no hay ningún motivo para que tengamos que perder el tiempo. Yo soy un alto funcionario del Gobierno de la Fundación y estoy aquí para una misión de gran importancia. No puedo entretenerme por una cuestión de simple papeleo.
- Yo no puedo decidir, señor consejero. Si dependiese de mi, ahora mismo les dejaba bajar a Comporellon, pero hay unas órdenes estrictas a las que debo someter todas mis acciones. Tengo que atenerme al reglamento o cargar con las consecuencias. Desde luego, supongo que habrá algún personaje del Gobierno comporelliano que le esté esperando a usted. Si me dice de quién se trata, me pondré en contacto con él y, si me ordena que les deje pasar, todo estará solucionado.
Trevize vaciló un momento.
- Esto no sería prudente, Mr. Kendray. ¿Podría yo hablar con su superior inmediato?
- Claro que sí, pero no puede verle de improviso.
- Estoy seguro de que vendrá, enseguida, en cuanto sepa que está hablando con un alto funcionario de la Fundación.
- La verdad es - dijo Kendray - que esto empeoraría las cosas, dicho sea entre nosotros. Ya sabe usted que no formamos parte del territorio metropolitano de la Fundación. Tenemos la condición de Potencia Asociada, y nos lo tomamos muy en serio. El pueblo no quiere aparecer como marionetas de la Fundación, por emplear la expresión popular, compréndalo, y aprovecha cualquier oportunidad para demostrar su independencia. Mi superior esperaría conseguir unos puntos extra por resistirse a hacer un favor especial a un funcionario de la Fundación.
La expresión de Trevize se volvió más hosca.
- ¿También usted?
Kendray sacudió la cabeza.
- Yo me encuentro por debajo de la política, señor. Nadie me recompensará por lo que haga. Me considero afortunado si me pagan mi salario. Y aunque no pueda esperar recompensas, sí que estoy expuesto a ser degradado, y con mucha facilidad. Ojalá no ocurriese así.
- Considerando mi posición, yo cuidaría de usted, ¿no?
- No, señor. Lamento que esto le parezca una impertinencia, pero no creo que pudiese hacerlo. Y por favor, señor, no lo tome como una ofensa, le ruego que no me haga ningún ofrecimiento valioso. Castigan a los funcionarios que los aceptan, y hoy en día les resulta muy fácil averiguarlo.
- No pretendía sobornarle. Sólo pensaba en lo que el alcalde de Terminus puede hacerle si usted entorpece mi misión.
- Nada me ocurrirá, consejero, mientras pueda ampararme en el Reglamento. Si los miembros del Presidium comporelliano reciben alguna clase de sanción por parte de la Fundación, eso será problema de ellos, no mío. Aunque, si le interesa, señor, puedo autorizar que usted y el doctor Pelorat pasen con su nave, y dejen a Miss Bliss en la estación de entrada. A ella la retendremos durante un cierto tiempo y la enviaremos a la superficie en cuanto nos envíen los duplicados de sus documentos. Y si éstos no llegan, por la razón que sea, la embarcaremos con destino a su mundo de origen en una nave comercial. Aunque me temo que, en ese caso, alguien tendrá que pagar su pasaje.
- Kendray - dijo Trevize al captar la expresión de Pelorat -, ¿podría hablar con usted en privado, en la cabina-piloto?
- Está bien, pero me es imposible permanecer mucho más tiempo a bordo, o me interrogarían al respecto.
- Seremos breves.
En la cabina-piloto, Trevize cerró la puerta herméticamente.
- He estado en muchos lugares, Mr. Kendray - explicó en voz baja -, pero en ninguno de ellos he visto que las normas de inmigración fuesen aplicadas con tanto rigor, en particular tratándose de personas y de funcionarios de la Fundación.
- Pero la joven no es de la Fundación.
- Aun así.
- Estas situaciones se presentan a veces. Hemos tenido algunos escándalos y ahora, precisamente, somos mucho más rigurosos. Si hubiesen venido ustedes el año próximo, no habrían tenido ninguna dificultad para entrar; sin embargo, en este momento, nada puedo hacer.
- Escuche, Mr. Kendray - dijo Trevize, suavizando el tono de su voz -. Voy a ponerme en sus manos y a serle franco, hablándole de hombre a hombre. Pelorat y yo estamos juntos en esta misión desde hace tiempo. Él y yo. Sólo él y yo. Somos muy buenos amigos, pero nos sentimos solos, usted ya me entiende. Hace poco tiempo, Pelorat conoció a esa damita. No tengo que decirle lo que ocurrió, pero decidimos traerla con nosotros. Hacer uso de ella de vez en cuando es bueno para nuestra salud.
»Pero el caso es que Pelorat está comprometido en Terminus. Yo no tengo problemas, compréndalo, pero él es un hombre mayor y ha llegado a esa edad en que... uno empieza a desesperarse. Necesita recobrar la juventud..., o algo que se le parezca. Se siente incapaz de abandonar a esa joven. Pero si esto llegase a saberse de manera oficial, el viejo Pelorat se vería en un mar de tribulaciones cuando volviese a Terminus.
»No hay nada malo en esto, compréndalo. Miss Bliss, como se hace llamar (y es un buen nombre habida cuenta de su profesión) (Bliss = deleite, felicidad. [N, del T. ]), no goza de gran inteligencia, ésa es la verdad, y nosotros no la queremos para eso precisamente. ¿Por qué hay que mencionarla? ¿No puede usted consignar mi nombre y el de Pelorat como únicos viajeros en la nave? Cuando salimos de Terminus, sólo figuramos los dos en la lista. No hace falta que aparezca oficialmente el de la mujer. A fin de cuentas, está muy sana. Usted mismo acaba de comprobarlo.
Kendray hizo una mueca.
- De verdad que quisiera complacerle, señor. Me hago cargo de su situación y simpatizo con ustedes. Escuche, si se imagina que hacer un turno de varios meses seguidos en esta estación es divertido, desengáñese. Ni siquiera resulta instructivo; no en Comporellon. - Sacudió la cabeza -. También yo tengo una esposa, y por eso comprendo su caso. Pero, mire usted, aunque yo les dejase pasar, en cuanto se descubriese que la..., esa señora no tiene documentación, la encerrarían en la cárcel usted y Mr. Pelorat se verían comprometidos en un escándalo que acabaría sabiéndose en Terminus, y yo perdería mi empleo, con toda seguridad.
- Mr. Kendray - dijo Trevize -, puede confiar en mi. En cuanto esté en Comporellon, me hallaré completamente a salvo. Hablaré de mi misión a las personas adecuadas y los problemas se habrán acabado. Asumiré toda la responsabilidad de lo sucedido aquí, si es que llega a saberse..., lo cual me parece muy improbable. Más aún, le recomendaré a usted para un ascenso, y lo obtendrá, porque yo cuidaré de que Terminus influya sobre aquellos que vacilen. Y podremos dar una oportunidad a Pelorat.
- Está bien - repuso Kendray tras algo de vacilación -. Les dejaré pasar, pero le advierto una cosa. Desde este momento buscaré la manera de salvarme de la quema si el asunto es descubierto. No haré nada para salvarles a ustedes. Yo sé cómo funciona todo en Comporellon, y ustedes lo desconocen, y Comporellon no es un mundo fácil para aquellos que se pasan de la raya.
- Gracias, Mr. Kendray - dijo Trevize -. No habrá ningún contratiempo. Se lo aseguro.


IV. EN COMPORELLON



Habían pasado. La estación de entrada se había reducido a una estrella que menguaba rápidamente detrás, y al cabo de un par de horas se encontrarían cruzando la capa de nubes.
Una nave gravítica no tenía que frenar para descender en espiral, pero tampoco podía hacerlo con demasiada rapidez. El hecho de no hallarse sujeta a la gravedad no la libraba de la resistencia del aire.
Podía realizar el descenso en línea recta, aunque con precaución; no debía bajar demasiado aprisa.
- ¿Adónde vamos? - preguntó Pelorat, con aire confuso -. No puedo distinguir nada entre esas nubes, viejo amigo.
- Tampoco yo - dijo Trevize -, pero tenemos un mapa hológrafo oficial de Comporellon, que reproduce la forma de las masas de tierra y un relieve exagerado, tanto para las alturas como para las profundidades oceánicas..., y también las subdivisiones políticas. El mapa está en el ordenador y éste hará el trabajo. Igualará el dibujo tierra-mar con el mapa y, de ese modo, orientará la nave como es debido, y ésta nos llevará a la capital por una ruta cicloidal.
- Si vamos a la capital - dijo Pelorat -, nos sumiremos inmediatamente en el vórtice político. Y si ese mundo es contrario a la Fundación, como ese tipo de la estación de entrada dio a entender, nos veremos en apuros.
- Pero, por otra parte, tiene que ser el centro intelectual del planeta, y es precisamente allí donde encontraremos la información que buscamos. En cuanto a ser contrarios a la Fundación, dudo que puedan manifestarlo abiertamente. Quizá la alcaldesa no simpatice conmigo, pero tampoco puede permitir que se maltrate a un consejero. No querrá establecer tal precedente.
Bliss había salido del lavabo, las manos húmedas todavía después de haberse lavado la ropa, y ajustándose las prendas interiores sin el menor signo de preocupación.
- A propósito, supongo que los excrementos serán debidamente reciclados.
- A la fuerza - dijo Trevize -. ¿Cuánto tiempo piensas que duraría nuestra provisión de agua si no se reciclasen los excrementos? ¿Con qué crees que se elaboran esos sabrosos pastelitos esponjosos que comemos para alegrar nuestros alimentos congelados? Espero que esto no te quite el apetito, mi eficiente Bliss.
- ¿Por qué habría de hacerlo? ¿De dónde crees que proceden la comida y el agua en Gaia, o en este planeta, o en Terminus?
- En Gaia - dijo Trevize -, los excrementos son, por supuesto, tan vivos como tú.
- Vivos, no. Conscientes. Ahí estriba la diferencia. Desde luego, su nivel de conciencia es muy bajo.
Trevize resopló con aire desdeñoso, pero se abstuvo de replicar.
- Iré a la cabina-piloto – dijo - para hacerle compañía al ordenador. Y no es que me necesite.
- ¿Podemos entrar y ayudarte a hacerle compañía? - pidió Pelorat -. No puedo acostumbrarme al hecho de que pueda bajarnos por sí solo; o de que perciba otras naves, o tormentas o... lo que sea.
Trevize sonrió ampliamente.
- Pues vete acostumbrando, por favor. La nave está mucho más segura bajo el control del ordenador que lo estaría bajo el mío. Pero entrad. Os gustará ver lo que ocurre.
Ahora se encontraban sobre la mitad soleada del planeta, pues, según Trevize explicó, el mapa del ordenador podía adaptarse mejor a la realidad con luz de sol que en la oscuridad.
- Esto resulta evidente - dijo Pelorat.
- Pues no lo es tanto. El ordenador puede juzgar con la misma rapidez con la luz infrarroja que irradia la superficie incluso en la oscuridad. Sin embargo, las ondas infrarrojas, que son más largas, no permiten que el ordenador actúe con la misma resolución que lo haría con la luz visible. Dicho de otra manera, el ordenador no ve con tanta claridad y exactitud con los rayos infrarrojos, y yo, siempre que la necesidad no me lo impide, prefiero facilitarle las cosas al máximo.
- ¿Y si la capital se encuentra en el lado oscuro?
- Hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que sea así – dijo Trevize -, pero si está en ese lado, una vez haya sido comprobado el mapa a la luz del día, podremos bajar a la capital con la misma seguridad, aunque allí sea de noche. Y mucho antes de que nos acerquemos a ella, interceptaremos rayos de microondas y recibiremos mensajes que nos dirigirán al puerto espacial más conveniente. No existe ningún motivo de preocupación.
- ¿Estás seguro? - preguntó Bliss -. Me estás llevando allá abajo indocumentada, sin que nadie de aquí conozca mi mundo natal, y, en cualquier caso, no puedo ni quiero mencionarles Gaia. ¿Qué haremos, si me piden la documentación cuando estemos en la superficie?
- No es probable que esto ocurra - dijo Trevize -. Todos presumirán que se han cuidado de eso en la estación de entrada.
- Pero, ¿y si me la piden?
- Entonces, cuando llegue el momento, trataremos de solventar el problema. Mientras tanto, no creemos problemas en el aire.
- Pero si surge alguno, quizá sea demasiado tarde para resolverlo.
- Confiaré en mi ingenio para hacer que eso no ocurra.
- A propósito de ingenio, ¿cómo te las arreglaste para que nos dejasen pasar en la estación de entrada?
Trevize miró a Bliss y sus labios se dilataron en una sonrisa que le dio todo el aspecto de un pícaro adolescente.
- Sólo ejercitando el cerebro un poco.
- ¿Qué hiciste, viejo? - se interesó Pelorat.
- Apelar a él de la manera más correcta - dijo Trevize -. Había probado la amenaza y el soborno sutil. Había apelado a su lógica y a su fidelidad a la Fundación. Nada de esto me dio resultado, y eché mano del último recurso. Le dije que estabas engañando a tu esposa, Pelorat.
- ¿A mi esposa? Pero, querido amigo, yo no tengo esposa en este momento.
- Eso lo sé yo, pero él no.
- Supongo - dijo Bliss - que por «esposa» entendéis una mujer que es compañera regular de un hombre en particular.
- Un poco más que esto, Bliss - dijo Trevize -. Nos referimos a una compañera legal, que tiene ciertos derechos como consecuencia de esa relación.
- Bliss, yo no tengo esposa - intervino Pelorat nervioso -. Tuve una, en el pasado, pero hace mucho tiempo que no tengo ninguna. Si quieres someterte al ritual legal.
- ¡oh, Pel! - dijo Bliss, haciendo un ademán de rechazo con la mano derecha -, ¿qué me importa eso a mí? Tengo numerosos compañeros cuya relación conmigo es comparable a la de uno de tus brazos con el otro. Sólo los Aislados se sienten tan alienados que deben valerse de convencionalismos artificiales para conseguir algo que logre sustituir, en parte, al verdadero compañerismo.
- Es que yo soy un Aislado, querida Bliss.
- Lo serás menos con el tiempo, Pel. Tal vez nunca seas Gaia realmente, pero sí menos aislado y tendrás muchas compañeras.
- Sólo te quiero a ti - dijo Pel.
- Porque no sabes nada de este asunto. Ya aprenderás.
Mientras duraba la conversación, Trevize observaba atentamente la pantalla y una expresión de forzada tolerancia aparecía en su semblante. La capa de nubes se había acercado y, durante un momento, todo fue una niebla gris.
«Necesito la visión de microondas», pensó. El ordenador pasó, de pronto, a la detección de ecos de radar. las nubes desaparecieron y apareció la superficie de Comporellon en colores falsos, un poco borrosos y oscilantes los limites entre sectores de diferente composición.
- ¿Parecerá siempre así de ahora en adelante? - preguntó Bliss, un poco asombrada.
- Sólo hasta que pasemos debajo de las nubes. Entonces, volveremos a ver la luz del sol.
Casi no había acabado de decirlo, cuando la visibilidad volvió a la normalidad.
- Comprendo - dijo Bliss. Después, volviéndose hacia él, prosiguió -: Lo que no entiendo es por qué le importaba tanto al oficial de la estación de entrada que Pel engañase o dejase de engañar a su esposa.
- Le dije que si te retenía, la noticia podía llegar a Terminus y, por consiguiente, a oídos de la esposa de Pelorat, y que entonces, éste se hallaría en dificultades. No concreté qué clase de dificultades, pero procuré dar la impresión de que serían graves. Entre los varones existe una especie de masonería - aclaró Trevize, sonriendo -, y un hombre no traiciona nunca a otro; incluso le ayuda en caso necesario. Supongo que todo obedece a que los papeles pueden invertirse en otra ocasión. Presumo - añadió, más seriamente - que existe una masonería parecida entre las mujeres, aunque, como no soy mujer, nunca he tenido ocasión de observarlo de cerca.
- ¿Hablas en broma? - preguntó Bliss, nublándose de - pronto su semblante.
- No, lo digo en serio - respondió Trevize -. Con ello no quiero decir que el tal Kendray nos haya dejado pasar sólo para ayudar a Janov a no indisponernos con su esposa. Puede que la masonería masculina haya servido para reforzar mis otros argumentos.
- Pero eso es horrible. Son las normas las que mantienen unida una sociedad en un todo. ¿Se pueden violar sin más, por razones triviales?
- Bueno - dijo Trevize, pasando a la defensiva -, algunas normas son triviales en sí mismas. Pocos mundos se muestran muy rigurosos en lo tocante a los viajeros que entran y salen de su espacio en tiempo de paz y de prosperidad comercial, como el que tenemos ahora gracias a la Fundación. Pero, por alguna razón, no ocurre así en Comporellon; tal vez debido a alguna cuestión oscura de política interior. ¿Por qué tendríamos que sufrir nosotros las consecuencias?
- Eso no viene al caso. Si sólo cumplimos las reglas que suponemos justas y razonables, ninguna de ellas podrá sostenerse, pues siempre habrá alguien que la considerará injusta e ilógica. Y si queremos favorecer nuestros intereses individuales, tal como los vemos, encontraremos alguna razón para creer que la norma que nos molesta no es justa ni razonable. Así, lo que empieza como una jugarreta astuta conduce a la anarquía y al caos, incluso para el autor de aquélla, ya que tampoco él podrá sobrevivir al derrumbamiento de la sociedad.
- Eso no ocurrirá tan fácilmente - dijo Trevize -. Tú hablas como Gaia, y Gaia no puede comprender la asociación de individuos libres. Las normas, establecidas con razón y con justicia, pueden dejar de ser útiles al cambiar las circunstancias, pero al permitir que continúen vigentes por la fuerza de la inercia, entonces, no sólo es justo, sino también útil, quebrantar aquellas que nos anuncian el hecho de que son inútiles, o incluso realmente perjudiciales.
- En ese caso, cualquier ladrón o asesino podría afirmar que está sirviendo a la Humanidad.
- Exageras. En el superorganismo de Gaia, existe un consenso automático sobre las normas de la sociedad, y a nadie se le ocurre quebrantarlas. En este sentido, podríamos decir que Gaia vegeta y se fosiliza.
En una asociación libre, sabido es que siempre hay un elemento de desorden, pero ése es el precio que se debe pagar por la capacidad de fomentar la novedad y el cambio. En general, es un precio razonable.
- Te equivocas de medio a medio si piensas que Gaia vegeta y se fosiliza - dijo Bliss, elevando el tono de la voz -. Nuestras acciones, nuestras costumbres, nuestras opiniones, son revisadas constantemente.
No persisten por inercia, de un modo irracional. Gaia aprende de la experiencia y la reflexión, y, por consiguiente, cambia cuando lo considera necesario.
- Aunque sea verdad lo que dices, la reflexión y el aprendizaje tienen que ser lentos, pues sólo Gaia existe en Gaia. En los mundos libres, incluso cuando casi todos están de acuerdo, hay unos pocos que discrepan y, en algunos casos, esos pocos pueden tener razón, y si son lo bastante inteligentes, entusiastas y justos, acabarán triunfando y pasarán a ser considerados héroes en las edades futuras, como ocurrió con Hari Seldon, que perfeccionó la psicohistoria, defendió sus propias ideas contra todo el Imperio Galáctico, y triunfó.
- Triunfó hasta ahora, Trevize. Pero el Segundo Imperio que proyectó tendrá que ceder el sitio a Galaxia.
- ¿Ocurrirá así? - preguntó Trevize, frunciendo el ceño.
- La decisión fue tuya, y por mucho que discutas en pro de los Aislados y de su libertad para ser insensatos o criminales, hay algo en el fondo oculto de tu mente que te obligó a estar de acuerdo «conmigo-nosotros-Gaia» cuando hiciste tu elección.
- Precisamente estoy buscando lo que hay en el fondo oculto de mi mente - dijo Trevize, frunciendo más el entrecejo -, y empezaré a buscarlo allí. - Señaló el lugar de la pantalla donde aparecía una gran ciudad en el horizonte, un racimo de estructuras bajas que trepaban a ocasionales alturas, rodeadas de campos pardos bajo una ligera capa de escarcha.
Pelorat sacudió la cabeza.
- ¡Lástima! Quería observar el acercamiento, pero me distraje escuchando vuestra discusión.
- No te preocupes, Janov - dijo Trevize -. Podrás hacerlo cuando salgamos de aquí. Te prometo que entonces mantendré la boca cerrada, si puedes persuadir a Bliss de que controle la suya.
La Far Star descendió siguiendo un rayo de microondas hasta una pista de aterrizaje del puerto espacial.
Kendray tenía una expresión grave cuando volvió a la estación de entrada y observó el paso de la Far Star. Y todavía seguía claramente deprimido al terminar su turno.
Estaba sentado a la mesa para la última comida del día, cuando uno de sus compañeros, un hombre larguirucho, de ojos separados, finos cabellos y unas cejas tan rubias que casi resultaban invisibles, se acomodó a su lado.
- ¿Algo va mal, Ken? - preguntó el otro.
Kendray torció los labios.
- Se trata de esa nave gravítica que acaba de entrar, Gatis.
- ¿ La de extraño aspecto y radiactividad cero?
- Por eso no era radiactiva. No utiliza carburante. Es gravítica.
- Es la que nos dijeron que vigilásemos, ¿verdad? - preguntó Gatis, asintiendo con la cabeza.
- Sí.
- Y te tocó a ti. Siempre tienes suerte.
- No lo creas. Una mujer, sin documentos de identidad, va en ella; Y no la he denunciado.
- ¿Qué? No me lo digas. No quiero saber nada al respecto. Ni una palabra más. Puedes ser mi amigo, pero no voy a convertirme en cómplice de ese hecho.
- Esto no me preocupa. No demasiado. Yo tenía que enviar la nave.
Ellos quieren apoderarse de esa gravitica, o de otra cualquiera de su clase. Lo sabes muy bien.
- Seguro, pero hubieses tenido que denunciar a la mujer al menos.
- No me agradaba hacerlo. No está casada. Sólo fue recogida para..., para ser utilizada.
- ¿Cuántos hombres van a bordo?
- Dos.
- ¿Y la recogieron sólo para... para eso? Deben venir de Terminus.
- Así es.
- Los de Terminus son muy despreocupados.
- Cierto.
- Un asco. Y se salen con la suya.
- Uno de ellos está casado, y no quería que su esposa se enterase.
Si yo hubiese denunciado a la joven, aquélla se enteraría.
- ¿No está en Terminus?
- Desde luego, pero lo sabría de todos modos.
- A ese tipo le estaría bien empleado que su mujer se enterase.
- De acuerdo, pero yo no puedo hacerme responsable de ello.
- Te machacarán por no haberle denunciado. Querer salvar a un hombre de un apuro no es excusa.
- ¿Lo habrías denunciado tú?
- Supongo que no hubiese tenido más remedio que hacerlo.
- No, no lo habrías hecho. El Gobierno quiere esa nave. Si yo hubiera insistido en denunciar a la mujer, los hombres de la nave hubiesen cambiado de idea con respecto a aterrizar aquí y se hubieran marchado a otro planeta. Eso no le habría gustado al Gobierno.
- Pero, ¿te creerán?
- Creo que sí. Es una mujer muy linda. Imagínate a una joven como esa dispuesta a embarcarse con dos hombres, dos hombres casados y dispuestos a todo... Es tentador, ¿no crees?
- Supongo que no querrás que tu mujer se entere de lo que acabas de decir..., o de que lo has pensado siquiera.
- ¿Quién va a decírselo? ¿Tú? - dijo Kendray, con aire desafiante.
- Vamos, me conoces mejor que todo eso - repuso Gatis, mientras su mirada de indignación se extinguía con rapidez -. No les hará ningún bien a esos hombres que les hayas dejado pasar.
- Lo sé.
- La gente de allá abajo lo descubrirán muy pronto, y aunque tú salgas bien de ésta, ellos no podrán librarse.
- También lo sé - dijo Kendray -, y lo siento por esos hombres. Los apuros en que la mujer pueda ponerles no serán nada en comparación con los que la nave les ocasionará. El capitán hizo unas cuantas observaciones... - Kendray se interrumpió.
- ¿Cuáles? - preguntó Gatis, vivamente interesado.
- Olvídalo - dijo Kendray -. Si la cosa se descubre, será mi fin.
- No voy a repetírselo a nadie.
- Yo tampoco. Esos dos hombres de Terminus me dan lástima.
Para cualquiera que haya estado en el espacio y experimentado su uniformidad, la verdadera emoción del vuelo espacial se produce cuando llega el momento de tomar tierra en un nuevo planeta. El suelo se desliza con rapidez debajo de ti, mientras tú captas imágenes de tierra y de agua, de zonas geométricas y líneas que deben ser campos y carreteras. Adviertes el verdor vegetal, el gris del hormigón, el pardo del suelo árido, el blanco de la nieve. Pero lo más emocionante son los conglomerados habitados; ciudades que, en cada mundo, tienen su geometría característica y sus peculiaridades arquitectónicas.
En una nave ordinaria, los tripulantes habrían sentido la excitación de tocar el suelo y deslizarse por la pista. La Far Star era distinta, la cosa cambiaba mucho. Flotó a través del aire, frenó equilibrando hábilmente la resistencia del aire y la gravedad, para acabar inmovilizándose sobre la pista del puerto espacial. El viento soplaba a ráfagas y eso significaba otra complicación. La Far Star, al ajustarse para responder a la atracción de la gravedad, no sólo era anormalmente ligera de peso, sino también de masa. Si ésta se acercaba demasiado a cero, el viento arrastraría a la nave de allí. De ahí que fuese preciso elevar la reacción a la gravedad y emplear los reactores con sumo cuidado, no sólo contra la atracción del planeta, sino también contra la fuerza del viento, de manera que se adaptasen exactamente a los cambios de intensidad de aquél. Sin un ordenador adecuado, la operación no habría podido llevarse a cabo.
La nave siguió bajando, con pequeños e inevitables cambios en su dirección, hasta que al fin descendió para posarse en la zona marcada a ese fin en el puerto.
El cielo estaba de un pálido azul, mezclado con blanco, cuando la Far Star aterrizó. El viento seguía soplando a nivel del suelo y, aunque ya no resultaba peligroso para la navegación, producía un frío que hizo estremecerse a Trevize. En ese momento se dio cuenta de que la ropa que llevaban era totalmente inadecuada para el clima de Comporellon.
En cambio, Pelorat miró satisfecho a su alrededor y respiró a pleno pulmón por la nariz, disfrutando, al menos de momento, con aquella sensación de frío. Incluso se desabrochó el abrigo para sentir el viento contra su pecho. Sabía que dentro de poco tendría que abrochárselo de nuevo y ponerse su bufanda, pero ahora quería sentir la existencia de una atmósfera, cosa que nunca ocurría a bordo.
Bliss se arrebujó en su abrigo y, con las manos enguantadas, se bajó el gorro hasta cubrirse las orejas. Tenía afligido el semblante y parecía a punto de llorar.
- Este mundo es malo – murmuró -. Nos odia y nos maltrata.
- En absoluto, querida Bliss - dijo Pelorat muy serio -. Estoy seguro de que este mundo gusta a sus moradores y de que..., bueno..., ellos le gustan a él, si quieres decirlo así. Pronto estaremos a cubierto, y allí hará más calor.
Casi como reparando un olvido, envolvió a Bliss en su propio abrigo, mientras ella se acurrucaba contra la pechera de su camisa.
Trevize se esforzó en no hacer caso de la temperatura. Recibió una tarjeta magnetizada de una de las autoridades del puerto, comprobándola con su ordenador de bolsillo para asegurarse de que contenía los detalles necesarios: su zona y número de aparcamiento, el nombre y número de motor de su nave, y otros datos más. Hizo una nueva comprobación para asegurarse de que la nave estaba firmemente sujeta y después suscribió una póliza de seguros por el máximo valor permitido, contra el riesgo de daños en la Far Star, aunque era una precaución inútil en realidad, ya que su nave sería invulnerable al probable nivel de la tecnología comporelliana, y si no lo era, resultaría totalmente irremplazable a cualquier precio.
Trevize encontró la parada de taxis en el lugar donde debía estar. (Muchos servicios de los puertos espaciales eran iguales en todas partes, tanto en situación como aspecto y modo de empleo. Tenían que serlo, dada la naturaleza multimundial de la clientela.)
Llamó a un taxi, indicando el punto de destino como «Ciudad» simplemente.
El vehículo se deslizó hacia ellos sobre unos esquíes diamagnéticos, desviándose ligeramente bajo el impulso del viento y temblando por la vibración de un motor no del todo silencioso. Era de color gris oscuro y lucía la insignia blanca de taxi en las portezuelas de atrás. El conductor llevaba un abrigo oscuro y un gorro de piel blanco.
- La decoración del planeta parece ser en blanco y negro - dijo en voz baja Pelorat advirtiendo esos detalles.
- Tal vez todo sea más alegre en la ciudad propiamente dicha – dijo Trevize.
- ¿Van a la ciudad, amigos? - El conductor había hablado por un pequeño micrófono, tal vez para no tener que abrir la ventanilla.
El dialecto galáctico tenía un cierto sonsonete que le hacía bastante atractivo, además de que no resultaba difícil de comprender, lo cual siempre significa un alivio en un mundo desconocido.
- Sí - dijo Trevize.
Y la portezuela de atrás se abrió. Bliss subió, seguida de Pelorat y de Trevize, La portezuela se cerró, y enseguida notaron el aire caliente, Bliss se frotó las manos y lanzó un largo suspiro de alivio.
El taxi arrancó lentamente.
- La nave en que han venido ustedes es gravítica, ¿verdad? - preguntó el conductor.
- Considerando la manera en que bajó, ¿podría usted dudarlo? - repuso Trevize con seguridad.
- Entonces, ¿es de Terminus? - se interesó el taxista.
- ¿Conoce usted algún otro mundo capaz de construirla? - dijo Trevize.
El conductor pareció considerar la semirrespuesta mientras el taxi adquiría velocidad.
- ¿Siempre contesta usted las preguntas con otra pregunta? - dijo.
- ¿Por qué no? - no pudo resistirse Trevize a replicar.
- En ese caso, ¿cómo me respondería a la pregunta de si es usted Golan Trevize?
- Le respondería: ¿Por qué me lo pregunta?
El taxi se detuvo en las afueras del puerto espacial.
- ¡Por curiosidad! Repito: ¿Es usted Golan Trevize? - dijo el conductor.
La voz de Trevize adquirió un tono rígido y hostil.
- ¿Qué le importa a usted?
- Amigo mío - dijo el conductor -, no nos moveremos de aquí hasta que usted haya contestado a mi pregunta. Y si no lo hace con claridad en uno u otro sentido en un par de segundos, cerraré la calefacción del compartimento de pasajeros y seguiremos esperando. ¿Es usted Golan Trevize, consejero de Terminus? Si su respuesta es negativa, tendrá que mostrarme sus documentos de identidad.
- Sí, soy Golan Trevize y, como consejero de la Fundación, espero ser tratado con toda la cortesía debida a mi rango. Si usted no lo hace así, le pondré en un aprieto, amigo. Y ahora, ¿qué?
- Ahora podemos continuar con más tranquilidad - repuso haciendo arrancar el coche de nuevo -. Yo elijo cuidadosamente mis pasajeros, y esperaba recoger a dos hombres. La mujer ha sido una sorpresa para mí, y ya que se trata de usted, puedo dejar que explique lo de la mujer cuando llegue a su destino.
- Usted desconoce mi destino.
- En realidad, lo sé. Va usted al Departamento de Transportes.
- No es allí donde yo quiero ir.
- Eso carece de importancia, consejero. Si yo fuese conductor de taxi, lo llevaría donde usted quisiera ir. Como no lo soy, le conduciré al lugar donde yo quiero que vaya.
- Perdón - dijo Pelorat, inclinándose hacia delante -, pero usted parece un taxista. Está conduciendo un coche de alquiler.
- Cualquiera puede conducir un taxi. No sólo quienes tienen licencia para ello. Y no todos los coches que parecen taxis lo son.
- Dejémonos de juegos - dijo Trevize -. ¿Quién es usted y qué pretende? Recuerde que tendrá que responder de esto ante la Fundación.
- Yo no - repuso el conductor -. Mis superiores, tal vez. Yo soy un agente de la Fuerza de Seguridad de Comporellon. Se me ha ordenado que le trate con todo el respeto debido a su rango, pero usted debe ir adonde yo lo lleve. Y tenga mucho cuidado con lo que hace, pues este vehículo está armado, y mis órdenes son de defenderme si soy atacado.
El vehículo, habiendo alcanzado su velocidad normal, se deslizaba suavemente, en completo silencio.
Trevize permanecía sentado en él como si estuviese petrificado. Se daba cuenta, sin necesidad de verlo, de que Pelorat lo miraba de vez en cuando como diciéndole: «¿Qué vamos a hacer ahora? Dímelo, por favor.
Una rápida mirada le informó de que Bliss iba tranquila, mostrando una visible despreocupación. Desde luego, ella sola era todo un mundo. Toda Gaia, aunque estuviese a una distancia galáctica, se hallaba envuelta en su piel. Tenía recursos a los que se podría apelar en caso de verdadera emergencia.
Pero, ¿ qué había ocurrido?
Estaba claro que el funcionario de la estación de entrada, siguiendo la rutina, había enviado su informe (omitiendo a Bliss) despertando el interés de los cuerpos de Seguridad y, de todos ellos, nada menos que del Departamento de Transportes. ¿Por qué?
Gozaban de un tiempo de paz y no sabía que existiese ninguna tensión concreta entre Comporellon y la Fundación. Él era un funcionario importante de la Fundación...
¡Alto! Le había dicho al hombre de la estación de entrada, Kendray, que debía tratar de un asunto importante con el Gobierno comporelliano. Había hecho hincapié en ello para que les dejase pasar. Kendray debió de consignarlo en su informe, y quizá fuese eso lo que había despertado tanto interés.
No lo había previsto, y hubiese debido tenerlo en cuenta. Entonces, ¿dónde quedaban sus presuntos dotes de hacer siempre lo debido? ¿Estaba empezando a creer que era la caja negra que suponía Gaia... o que Gaia decía que suponía? ¿Estaba siendo conducido a un tremedal por culpa de un exceso de confianza fundado en la superstición?
¿Cómo podía haberse dejado atrapar ni por un momento en aquella locura? ¿Acaso no se había equivocado nunca en su vida? ¿Podía saber el tiempo que haría al día siguiente? ¿Había ganado grandes cantidades en juegos de azar? Las respuestas eran no, no y no.
Entonces, ¿sólo acertaba en las cosas rudimentarias? ¿Cómo podía saberlo?
¡Olvídate de esto! A fin de cuentas, el que hubiese declarado que tenía importantes asuntos de Estado... No, se había referido a la «seguridad de la Fundación»...
Bueno, el mero hecho de que estuviese allí por un asunto que afectaba a la seguridad de la Fundación, y de que hubiese llegado en secreto y sin previo aviso, tenía que haber llamado la atención... Sí, pero hasta que supiese de qué se trataba, actuarían, seguramente, con la máxima circunspección. Se mostrarían ceremoniosos y lo tratarían como a un alto dignatario. No se atreverían a secuestrarle ni a amenazarle.
Sin embargo, exactamente eso era lo que habían hecho. ¿Por qué? ¿Qué hacia que se sintiesen lo bastante fuertes y poderosos para tratar de aquella manera a un consejero de Terminus?
¿Podía ser la Tierra? ¿Se trataría de la misma fuerza que ocultaba el mundo de origen con tanta eficacia, incluso contra las grandes mentalidades de la Segunda Fundación, y que ahora trataba de hacer fracasar su búsqueda de la Tierra en la primera fase de su pesquisa? ¿Era la Tierra omnisciente? ¿Omnipotente?
Trevize movió la cabeza. Ese camino le llevaba a la paranoia. ¿Iba a culpar a la Tierra de todo? Cualquier comportamiento extraño, toda torcedura en el camino, todo cambio en las circunstancias, ¿eran resultado de las secretas maquinaciones de la Tierra? Si empezaba a pensar así, estaba perdido.
En ese momento, Sintió que el vehículo reducía la velocidad, y volvió a la realidad de golpe.
Se dio cuenta de que, ni siquiera por un instante, se había fijado en la ciudad que estaba» cruzando. Y ahora miró a su alrededor, un poco desconcertado. Los edificios eran bajos, pero se hallaba en un planeta frío donde la mayoría de las estructuras serían, probablemente, subterráneas.
No vio muestra alguna de color, y eso le pareció contrario a la naturaleza humana.
Sólo de forma esporádica vio pasar a alguien, siempre bien abrigado. Pero quizá la mayoría de las personas, al igual que los edificios, se encontrasen bajo tierra.
El taxi se detuvo delante de un edificio bajo y ancho, emplazado en una depresión cuyo fondo él no alcanzaba a ver. Transcurrieron unos minutos y el vehículo continuó parado allí, con su conductor también inmóvil. El gorro alto y blanco casi tocaba el techo del coche.
Trevize se preguntó vagamente cómo se las apañaba el conductor para entrar y salir del vehículo sin que se le cayese el gorro, y después dijo, con la controlada irritación que cabría esperar de un altivo y maltratado funcionario:
- Bueno, conductor, ¿qué pasa ahora?
La versión comporelliana del cristal de separación entre conductor y pasajeros no era, en modo alguno, primitiva. Las ondas sonoras podían pasar a través de él, aunque Trevize no estaba seguro de que no pudiesen hacerlo objetos materiales impulsados por una determinada fuerza.
- Alguien vendrá a recogerles - contestó el taxista -. Continúen sentados y no se preocupen.
Mientras decía esto, aparecieron tres cabezas, subiendo lentamente de la depresión en la que el edificio se asentaba. Después, el resto de los cuerpos apareció. Estaba claro que los recién llegados ascendían en el equivalente de una escalera mecánica, pero Trevize no pudo ver, desde su asiento, los detalles de aquel aparato.
Al acercarse los tres, la portezuela del taxi se abrió y una ráfaga de aire frío entró en el vehículo.
Trevize se apeó, abrochándose el abrigo hasta el cuello. Los otros dos le siguieron; Bliss, de mala gana.
Los tres comporellianos parecían amorfos, envueltos en prendas hinchadas y probablemente calentadas eléctricamente. Trevize los despreció por ello. Aquellas ropas no resultaban útiles en Terminus, y la única vez que había pedido prestado un abrigo calorífico durante el invierno, en el cercano planeta Anacreon, había descubierto que tendía a calentarse poco a poco, de manera que cuando quería darse cuenta de que el calor era excesivo, ya estaba sudando incómodamente.
Al acercarse los comporellianos, Trevize advirtió, con profunda indignación, que iban armados. Y no trataban de disimularlo, sino todo lo contrario. Cada uno de ellos tenía un arma en su funda, colgando de la prenda de vestir exterior.
Uno de los comporellianos se adelantó para colocarse frente a Trevize.
- Disculpe, consejero - dijo con voz ronca.
Y le abrió el gabán con un rudo movimiento. Con extrema rapidez pasó las manos sobre los costados, la espalda, el pecho y los muslos de Trevize. Sacudió y palpó el abrigo. Trevize se hallaba tan abrumado, confuso y asombrado que sólo cuando el hombre hubo terminado se dio cuenta de que había sido rápida y eficazmente cacheado.
Pelorat, con la cabeza baja y la boca retorcida en una mueca, sufría una ofensa similar de manos del segundo comporelliano.
El tercero se acercó a Bliss, pero ésta no esperó a que la rozase. Al menos ella sabía, de algún modo, lo que debía esperar de él, pues, se despojó del abrigo y se quedó plantada allí un momento, con sólo su ligero vestido, expuesta al viento sibilante.
- Puede usted ver que no llevo armas - dijo con una frialdad acorde con la temperatura.
Y ciertamente, cualquiera podía darse cuenta. El comporelliano sopesó el abrigo, como si así pudiese saber si contenía alguna arma (y tal vez sí que podía), y se retiró.
Bliss se puso la prenda de nuevo, arrebujándose en ella y, durante un instante, Trevize admiró su actitud. Sabía lo mucho que la joven sentía el frío, pero no había permitido que el menor temblor lo revelase, a pesar de llevar el pantalón y una blusa fina como único abrigo.
Entonces, Trevize se preguntó si, en casos de urgencia, no extraería calor del resto de Gaia.
Uno de los comporellianos hizo un gesto y los tres forasteros lo siguieron. Los otros dos comporellianos cerraron la marcha. Dos o tres transeúntes que pasaban por la calle no se detuvieron a observar lo que sucedía. O estaban demasiado acostumbrados a escenas semejantes o, y era lo más probable, sólo pensaban en llegar a su abrigado destino lo antes posible.
Trevize pudo ver que los comporellianos habían subido por una rampa móvil. Ahora, bajaron los seis por ella y cruzaron una puerta casi tan complicada como la de una nave espacial, sin duda destinada a conservar el calor interior, más que a renovar el aire.
Y, de pronto, se hallaron dentro de un gran edificio.


V. LUCHA POR LA NAVE

 

La primera impresión de Trevize fue que se hallaba en el escenario de un hiperdrama, concretamente, el de un romance histórico de los tiempos imperiales. Era un escenario muy particular, con pocas variaciones (tal vez sólo existiese uno y era usado por todos los productores de hiperdramas), que representaban la gran ciudad-planeta de Trantor en su apogeo.
Vio los grandes espacios, las carreras de los atareados peatones, los pequeños vehículos rodando a gran velocidad por los carriles que les estaban reservados.
Trevize miró hacia arriba, casi esperando ver aerotaxis elevándose e introduciéndose en oscuros refugios abovedados, pero éstos, al menos, brillaban por su ausencia. En realidad, al cesar su asombro inicial, observó con claridad que se trataba de un edificio mucho más pequeño de lo que hubiese cabido esperar en Trantor. Sólo era un edificio y no parte de un complejo que se extendiese sin interrupción miles de kilómetros en todas direcciones.
También los colores eran diferentes. En los hiperdramas, a Trantor la presentaban siempre con colores de un chillón espantoso, y con un vestuario literalmente incómodo y nada práctico. Sin embargo, todos aquellos colorines y ringorrangos tenían un fin simbólico: indicaban la decadencia del Imperio (concepto obligatorio en aquellos días) y de Trantor en particular.
Pero, si esto era así, Comporellon parecía todo lo contrario de decadente, pues la combinación de colores que había observado Pelorat en el puerto espacial prevalecía también allí.
Las paredes estaban pintadas en tonos grises; los techos eran blancos, y las vestiduras de la población, negras, grises y blancas. De vez en cuando, se veía un traje negro por completo o, todavía más ocasionalmente, completamente gris, pero nunca todo blanco, como Trevize pudo comprobar. En cambio, los modelos eran diferentes siempre, como si las personas, al no poder usar los colores, buscasen y lograsen encontrar maneras de afirmar su individualidad.
Las caras tendían a ser inexpresivas o, si no eso, hoscas. Las mujeres llevaban los cabellos cortos; los hombres, más largos, recogidos hacia atrás en cortas coletas. Nadie miraba a los demás al cruzarse con ellos. Todos parecían llevar algo entre ceja y ceja, como si una sola idea ocupase la mente de cada cual y no dejase sitio para nada más. Hombres y mujeres vestían de manera parecida, y sólo la longitud de los cabellos, el ligero abultamiento de los senos y la anchura de las caderas marcaban la diferencia.
Los tres fueron conducidos hasta un ascensor que descendió cinco plantas. Cuando salieron de él, les acompañaron a una puerta en la que, en pequeñas y sencillas letras blancas sobre fondo gris, se leía: «Mitza Lizalor, MinTrans.»
El comporelliano que iba en cabeza tocó el rótulo, el cual se iluminó al cabo de un momento. La puerta se abrió y todos entraron.
Se encontraron en una grande y bastante vacía habitación y su desnudez servía, quizá, para indicar, con aquel derroche de espacio, el poder de su ocupante.
Dos guardias se hallaban de pie junto a la pared del fondo, inexpresivos los rostros y las miradas fijas en los que entraban. Una gran mesa ocupaba el centro de la estancia o, quizás, un poco más atrás del centro. Detrás de la mesa, hallábase la persona que debía ser Mitza Lizalor, robusta, de cara suave y ojos negros. Dos manos vigorosas y eficientes, de largos dedos de punta roma, se apoyaban sobre la mesa.
La «MinTrans» (Trevize presumió que significaba ministro de Transportes) vestía un traje gris oscuro con solapas de un blanco deslumbrante. Un doble galón blanco bajaba en diagonal desde debajo de las Solapas, cruzándose sobre el centro del pecho. Trevize pudo ver que, si bien el traje estaba cortado de manera que simulaba el abultamiento de los senos femeninos, la X blanca del galón hacía que éstos atrajesen la atención.
El ministro era indudablemente una mujer. Aunque se prescindiese de los senos, los cabellos cortos lo demostraban, y, a pesar de no ir maquillada, sus facciones lo indicaban así. Su voz también era inconfundiblemente femenina; uva voz de contralto.
- Buenas tardes – dijo -. No es frecuente que hombres de Terminus nos honren con su visita. Y tampoco una mujer desconocida. - Sus ojos pasaron de uno a otro y se fijaron después en Trevize, que permanecía rígidamente en pie y con el ceño fruncido -. Además, uno de los hombres es miembro del Consejo.
- Consejero de la Fundación - dijo Trevize dando a su voz un tono vibrante -. Consejero Golan Trevize, en una misión de la Fundación.
- ¿Una misión? - preguntó la ministra, arqueando las cejas.
- Una misión - repitió Trevize -. Entonces, ¿por qué se nos trata como a delincuentes? ¿Por qué hemos sido custodiados por guardias armados y traídos aquí como prisioneros? Espero que comprenda que el Consejo de la Fundación no se mostrará muy satisfecho cuando se entere de esto.
- Y en todo caso - dijo Bliss, con una voz que parecía un poco estridente en comparación con la de la otra mujer -, ¿vamos a permanecer en pie indefinidamente?
La ministra miró a Bliss con frialdad durante un largo momento; después, levantó un brazo.
- ¡Tres sillas! ¡Ahora! - ordenó.
Una puerta se abrió y tres hombres, vistiendo los oscuros trajes comporellianos de rigor, llegaron, casi corriendo, con tres sillas. Las tres personas que se encontraban de pie delante de la mesa se sentaron.
- Bueno - dijo la ministra, con una sonrisa glacial -, ¿están cómodos?
Trevize pensó que no era así. Las sillas no tenían cojines, resultaban frías al tacto, de asiento y respaldo planos, completamente inadaptadas a la forma del cuerpo.
- ¿Por qué estamos aquí? - preguntó.
La ministra consultó unos papeles que tenía sobre la mesa - se lo explicaré en cuanto esté segura de los hechos. Su nave es la Far Star, de Terminus. ¿Es cierto, consejero?
- Sí.
La ministra lo miró.
- Yo le he dado su tratamiento, consejero. ¿Quiere usted, por cortesía, darme el mío?
- ¿Será suficiente con señora ministra? ¿O tiene usted algún título honorífico?
- Ningún título honorífico, señor, y no necesita emplear dos palabras. «Ministra» es suficiente, o «señora», si la repetición le cansa.
- Entonces, mi respuesta a su pregunta es: Sí, ministra.
- El capitán de la nave es Golan Trevize, ciudadano de la Fundación y miembro del Consejo de Terminus, consejero de reciente nombramiento, dicho sea de pasada. Y usted es Trevize. ¿Estoy en lo cierto, consejero?
- Así es, ministra. Y ya que soy ciudadano de la Fundación...
- Todavía no he terminado, consejero. Guarde sus objeciones para más tarde. Su acompañante es Janov Pelorat, erudito, historiador y ciudadano de la Fundación. Usted es el doctor Pelorat, ¿verdad?
Pelorat no pudo reprimir un ligero sobresalto al volver la Ministra su aguda mirada hacia él.
- Sí, mi... - Se interrumpió y empezó de nuevo -: Sí, ministra.
Ésta cruzó las manos con fuerza.
- En el informe que me ha sido enviado, no se menciona a ninguna mujer. ¿Es ésta miembro de la dotación de la nave?
- Sí, ministra - respondió Trevize.
- Entonces, me dirigiré a la mujer. ¿ Su nombre?
- Me llaman Bliss - dijo ésta, irguiéndose en su asiento y hablando con tranquila claridad -, aunque mi nombre es más largo, señora. ¿Desea que se lo diga entero?
- De momento, me contentaré con Bliss. ¿ Es usted ciudadana de la Fundación, Bliss?
- No, señora.
- ¿De qué mundo es usted ciudadana, Bliss?
- No tengo documentos que acrediten mi ciudadanía de cualquier mundo, señora.
- ¿No tiene documentos, Bliss? - preguntó mientras hacía una pequeña señal en los papeles que tenía delante -. Tomo nota de ello. ¿Qué trabajo desarrollaba usted a bordo de la nave?
- Soy una pasajera, señora.
- ¿Le pidieron sus documentos el consejero Trevize o el doctor Pelorat antes de que subiese usted a bordo, Bliss?
- No, señora.
- ¿Les informó usted de que no tenía documentos, Bliss?
- No, señora.
- ¿Cuál es su función a bordo de la nave, Bliss? ¿Responde su nombre a su función?
Bliss dijo con orgullo:
- Repito que soy pasajera de la nave y no tengo otra función - respondió Bliss con orgullo.
- ¿Por qué acosa usted a esta mujer, ministra? - terció Trevize -. ¿Qué ley ha quebrantado?
La ministra Lizalor fijó su mirada en Trevize.
- Usted no es de nuestro mundo, consejero – dijo -, y no conoce nuestras leyes. Sin embargo, se halla sujeto a ellas si desea Visitarnos.
No trae sus previas leyes consigo; ésta es una norma general del Derecho galáctico, según tengo entendido.
- Estoy de acuerdo, ministra, pero con ello no me dice qué leyes de ustedes ha quebrantado Bliss.
- Es norma general en la Galaxia, consejero, que un visitante de un mundo que se halle fuera de los dominios del que usted está visitando traiga consigo sus documentos de identidad. Muchos mundos transigen a este respecto, por mor del turismo o por indiferencia. Pero Comporellon no hace lo mismo. Nuestro mundo es amante de la ley y la aplica con severidad. Ella, por el hecho de ser indocumentada, vulnera nuestra ley.
- No podía hacer otra cosa - dijo Trevize -. Yo pilotaba la nave y descendí en Comporellon. Ella tenía que acompañarnos, ministra, ¿o cree usted que podía pedirnos que la arrojásemos al espacio?
- Eso significa que también usted ha quebrantado nuestra ley, consejero.
- No, usted está equivocada, ministra. Yo no soy un forastero. Soy ciudadano de la Fundación; y Comporellon, junto con los mundos que le están sometidos, es una Potencia Asociada de la Fundación. Como ciudadano de la Fundación, puedo viajar a este mundo con plena libertad.
- Cierto, consejero, si posee documentos que demuestren que es ciudadano de la Fundación.
- Los tengo, ministra.
- Sin embargo, el que usted sea ciudadano de la Fundación no le da derecho a quebrantar nuestra ley haciéndose acompañar de una persona indocumentada.
Trevize vaciló. Estaba claro que el guardia fronterizo, Kendray, no había cumplido su palabra: por consiguiente, él no estaba obligado a protegerle.
- No nos detuvieron en la estación de inmigración, ministra, y consideré que eso llevaba implícito el permiso de traer a esta mujer conmigo.
- Es cierto que no les detuvieron, consejero, y que la mujer no fue denunciada por las autoridades de inmigración, las cuales le dejaron pasar. Presumo, sin embargo, que los funcionarios de la estación de entrada decidieron, con razón, que era más importante el hecho de que su nave aterrizase en la superficie del planeta que impedir el paso a una persona indocumentada. Con ello, estrictamente hablando, infringieron las normas, y el asunto deberá ser juzgado, pero puedo asegurar que el fallo declarará que la infracción estuvo justificada. Somos un mundo rígido en la aplicación de la ley, consejero, pero no tanto como para desatender los dictados de la razón.
- Entonces - dijo Trevize rápidamente -, apelo a la razón para mitigar su rigor ahora, ministra. Si la estación de inmigración no la había informado de que una persona indocumentada estaba a bordo de la nave cuando aterrizamos, usted no sabía que habíamos vulnerado alguna ley.
Sin embargo, salta a la vista que estaba resuelta a detenemos en el momento en que aterrizásemos, y eso fue lo que hizo. ¿Por qué, si no tenía motivos para pensar que se violaba la ley?
La ministra sonrió.
- Comprendo su extrañeza, consejero - repuso la ministra sonriendo -. Por favor, permítame asegurarle que el hecho de que supiésemos o ignorásemos la condición de su pasajera no tuvo nada que ver con su detención. Estamos actuando en nombre de la Fundación, de la cual, como usted mismo ha observado, somos una Potencia Asociada.
Trevize la miró fijamente.
- Pero eso es imposible, ministra. Peor aún: resulta ridículo.
Ella emitió una risita que quería ser melosa.
- Resulta curiosa su consideración de que lo ridículo le parezca peor que lo imposible, consejero. Y en eso estoy de acuerdo. Sin embargo, por desgracia para usted, no se trata de ninguna de ambas cosas. ¿Por qué habría de serlo?
- Porque yo soy un alto funcionario del Gobierno de la Fundación y desempeño una misión por encargo de éste, y es absolutamente inconcebible que quiera detenerme, o incluso que tenga poder para hacerlo, ya que gozo de inmunidad legislativa.
- Veo que ha omitido mi tratamiento, pero está profundamente conmovido y se le puede perdonar. Sin embargo, no me han pedido directamente que lo detenga. Sólo lo he hecho para poder realizar lo que me han pedido que haga, consejero.
- ¿Y es, ministra? - preguntó Trevize, tratando de dominar su emoción delante de aquella mujer formidable.
- Que, como piloto de la nave, consejero, la devuelva a la Fundación.
- ¿Qué?
- De nuevo ha omitido el tratamiento, consejero, lo cual es un grave descuido por su parte, y no le ayuda en nada. Supongo que la nave no es suya. ¿Fue diseñada por usted, o construida por usted, o pagada por usted?
- Claro que no, ministra. Me fue confiada por el Gobierno de la Fundación.
- Entonces, presumiblemente, el Gobierno de la Fundación, tiene derecho a revocar su propia decisión, consejero. Me imagino que es una nave muy valiosa.
Trevize no respondió.
- Se trata de una nave gravítica, consejero - prosiguió la ministra -. No puede haber muchas como esa, e incluso la Fundación debe disponer de muy pocas. Y ahora parecen lamentar el haberle confiado una de ellas. Tal vez usted pueda persuadirles de que le confíen otra que sea menos valiosa, pero que le baste para llevar á cabo su misión. En todo caso, nosotros debemos hacemos cargo de la nave en que llegó.
- No, ministra, no puedo entregarle la nave. Ni puedo creer que la Fundación le pida eso.
- No sólo a mí, consejero - sonrió ella -. Ni a Comporellon concretamente. Tenemos buenas razones para creer que la orden fue enviada a todos y cada uno de los mundos y regiones que se hallan bajo la jurisdicción de la Fundación o asociados con ella. De todo ello deduzco que la Fundación desconoce su itinerario y le está buscando con irritado empeño. Y de ello deduzco, además, que usted no tiene ninguna misión que realizar en Comporellon en nombre de la Fundación, ya que, en ese caso, ellos sabrían dónde se encuentra usted y sólo se habrían dirigido a nosotros. Dicho en pocas palabras, consejero, usted me ha mentido.
- Me gustaría ver una copia de la orden del Gobierno de la Fundación que han recibido ustedes, ministra - pidió Trevize con cierta dificultad -. Creo que tengo derecho a ello.
- Por supuesto, si todo esto termina en una acción legal. Aquí, nos tomamos muy en serio los formulismos legales, consejero, y sus derechos estarán totalmente protegidos, puedo asegurárselo. Sin embargo, todo resultada más fácil si llegásemos a un acuerdo sin la publicidad y las demoras que los procesos legales suponen. Preferiríamos algo así y, estoy segura, la Fundación lo preferida también, ya que no deseará que toda la Galaxia se entere de la fuga de un legislador. Eso cubriría de ridículo a la Fundación y, según su propio criterio y el mío, sería peor que lo imposible.
Trevize guardó silencio de nuevo. La ministra esperó un momento y después prosiguió, imperturbable como siempre.
- Bueno, consejero, en ambos casos, por acuerdo privado o por acción legal, estamos resueltos a tener la nave. La pena por traer un pasajero indocumentado dependerá del camino que sigamos. Exija el procedimiento judicial y ella representará un punto más en contra de usted; además, todos ustedes habrán de cumplir la pena por ese delito, pena que puedo asegurarle no será leve. Lleguemos a un acuerdo, y su pasajera será enviada en un vuelo comercial al destino que ella elija y, ya que hablamos de esto, ustedes dos podrán acompañarla si lo desean.
O bien, si la Fundación está dispuesta a ello, podemos ofrecerle a usted una de nuestras naves, perfectamente equipada; siempre, como es natural, que la Fundación la sustituya con una nave equivalente de las suyas. Y, si por alguna razón usted no desea volver a territorio controlado por la Fundación, estaríamos dispuestos a ofrecerle refugio aquí y, tal vez, la ciudadanía comporelliana. Como puede ver, tiene mucho que ganar en caso de que lleguemos a un acuerdo amistoso, y nada en absoluto si insiste en sus derechos legales.
- Ministra, se precipita usted - dijo Trevize -. Promete lo que no puede cumplir. No puede ofrecerme refugio en el momento que la Fundación le ha ordenado que me entregue a ella.
- Consejero - respondió la ministra -, yo nunca prometo lo que no puedo cumplir. La orden de la Fundación se refiere sólo a la nave. No me han ordeñado nada con referencia a usted como individuo, ni con respecto a sus acompañantes. Repito que la orden se refiere únicamente a la nave.
Trevize miró a Bliss rápidamente.
- ¿Me da usted su permiso, ministra - preguntó él -, para consultar un momento con el doctor Pelorat y Miss Bliss?
- Desde luego, consejero. Le concedo quince minutos.
- En Privado, ministra.
- Les conducirán a una habitación y, quince minutos después, serán traídos aquí de nuevo, consejero. No les molestarán mientras se encuentren allí, ni trataremos de escuchar su conversación. Le doy mi palabra de ello. Y siempre cumplo lo que prometo. Sin embargo, les custodiarán adecuadamente para que no cometan la locura de intentar escapar.
- Lo comprendemos, ministra.
- Y cuando regresen, confío en que usted se avendrá a entregar la nave. De no ser así, la justicia continuará su curso, y será mucho peor para todos ustedes, consejero. ¿Comprendido?
- Comprendido, ministra - respondió Trevize, ahogando su furor a duras penas porque la manifestación de éste no iba a hacerle ningún bien.
Entraron en una habitación pequeña, pero bien iluminada. En ella había un sofá y dos sillones, y se oía el suave zumbido de un ventilador. En conjunto era mucho más cómoda que el grande y aséptico despacho de la ministra.
Un guardia grave y alto les había conducido hasta allí, sin apartar la mano de la culata de su arma. Al entrar ellos se quedó fuera.
- Tiene quince minutos - avisó con voz dura.
No bien hubo dicho esas palabras, la puerta se cerró suavemente, con un chasquido.
- Espero que no puedan escucharnos - dijo Trevize.
- Nos ha dado su palabra, Golan - le recordó Pelorat.
- Juzgas a los demás por ti mismo, Janov. Lo que ella llama su palabra no me basta. La romperá sin vacilar un momento si así conviene.
- No podría - dijo Bliss -. Puedo escudar este lugar.
- ¿Tienes un aparato protector? - preguntó Pelorat.
Bliss sonrió,  mostrando súbitamente sus blancos dientes.
- La mente de Gaia es un escudo protector, Pel. Es una mente enorme.
- Estamos aquí - dijo Trevize con ira - gracias a las limitaciones de esa enorme mente.
- ¿Qué quieres decir? - preguntó Bliss.
- Cuando la triple confrontación se rompió, tú me apartaste de las mentes de la alcaldesa y del segundo fundador, Gendibal. Ninguno de los dos volvió a pensar en mí, salvo con distanciamiento e indiferencia. Tenía que quedarme solo.
- Tuvimos que hacerlo - dijo Bliss -. Tú eres nuestro recurso más importante.
- Sí. Golan Trevize, el que nunca se equivoca. Pero no retiraste mi nave de sus mentes, ¿verdad? La alcaldesa Branno no me pidió a mí; yo no le interesaba, pero pidió la nave. No había olvidado la nave.
Bliss frunció el entrecejo.
- Piénsalo - continuó Trevize -. Gaia pensó que yo incluía mi nave en mí, que formábamos una unidad. Sí Branno no pensaba en mí, no pensaría en la nave. Lo malo es que Gaia no comprende la individualidad. Creyó que la nave y yo éramos un solo organismo, y en esto se equivocó.
- Es posible - repuso Bliss con suavidad.
- Entonces - dijo Trevize llanamente -, tú tienes que rectificar ese error. Debo tener mi nave gravítica y mí ordenador. Todo lo demás carece de importancia. Por consiguiente, Bliss, haz que conserve la nave. Tú puedes controlar las mentes.
- Sí, Trevize, pero yo no ejerzo ese control a la ligera. Lo hicimos en relación con la triple confrontación, pero, ¿sabes cuánto tiempo se tardó en preparar, en calcular, en sopesar aquella confrontación? Se necesitaron, literalmente, muchos años. Yo no puedo acercarme a una mujer por las buenas y ajustar su mente de la manera que más convenga a alguien.
- Pero esta vez...
- Si iniciase ese curso de acción - prosiguió Bliss con gran energía -, ¿adónde iríamos a parar? Habría podido influir en la mente del agente de la estación de entrada y no hubiésemos tenido problemas para pasar inmediatamente. Habría podido influir en la mente del conductor del vehículo, y nos habría soltado.
- Bueno, ya que tú lo dices, ¿por qué no lo hiciste?
- Porque no sabemos adónde nos habría conducido esto. No conocemos los efectos secundarios, que podrían empeorar la situación. Si ahora arreglase la mente de la ministra a mi manera, esto afectaría a sus tratos con las personas con quienes se pusiese en contacto y, como ella desempeña un alto cargo en su Gobierno, podría afectar a las relaciones interestelares. Hasta que el asunto esté completamente aclarado, no me atrevo a tocar su mente.
- Entonces, ¿por qué estás con nosotros?
- Porque puede llegar un momento en que tu vida corra peligro, y yo debo protegerla a toda costa, incluso a costa de la de Pel o de la mía. Tu vida no estuvo en peligro en la estación de entrada. Tampoco ahora. Tú debes resolver esta situación, al menos hasta que Gaia calcule las consecuencias de alguna clase de acción y decida tomarla.
- Si es así - dijo Trevize después de un momento de reflexión -, tendré que intentar algo. Y puede que no funcione.
La puerta se abrió tan silenciosamente como se había cerrado.
- Salgan - dijo el guardia.
- ¿Qué vas a hacer, Golan? - murmuró Pelorat mientras salían.
Trevize sacudió la cabeza.
- No lo sé. Tendré que improvisar.
La ministra Lizalor seguía ante su mesa cuando ellos volvieron al despacho. Al verles entrar, una fría sonrisa se pintó en su semblante.
- Espero, consejero Trevize, que haya vuelto para comunicarme que entregará esa nave de la Fundación.
- He vuelto, ministra - respondió Trevize serenamente - para discutir las condiciones.
- No hay condiciones a discutir, consejero. Si usted insiste en un juicio, éste puede prepararse rápidamente y celebrarse con más rapidez aún. Aunque se trate de un juicio justo, puedo asegurarle que serán condenados, ya que el delito de introducir aquí una persona indocumentada es evidente e indiscutible. Después, tendremos perfecto derecho a secuestrar la nave y ustedes tres deberán cumplir graves penas. No nos obligue a infligírselas, sólo por demorar nuestra acción un día.
- Sin embargo, hay términos que discutir, porque, por muy rápido que se nos juzgue y condene, ministra, ustedes no podrán apoderarse de la nave sin mi consentimiento. Cualquier intento que hagan para entrar en ella por la fuerza, significará su destrucción, así como la del puerto espacial y la de todas las personas que se encuentren en él. Lo cual enfurecería a la Fundación, por lo que usted no se atreverá a hacerlo. Amenazarnos o maltratarnos para obligarme a abrir la nave es, sin duda alguna, contrario a su ley, y si quebrantan ésta y nos someten a torturas, o incluso a un período de cruel y desacostumbrado encarcelamiento, la Fundación se enterará de ello y se enfurecerá todavía más, Por mucho que ellos quieran tener la nave, no tolerarán que se siente un precedente que permitiría maltratar a cualquier ciudadano de la Fundación. ¿Hablamos de condiciones?
- Todo eso son tonterías - repuso, burlona, la ministra -. Si es necesario, llamaremos a la Fundación. Ellos sabrán cómo se abre su propia nave o le obligarán a usted a abrirla.
- No me ha dado mi tratamiento, ministra - dijo Trevize -, pero sufre un trastorno emocional y puedo perdonárselo. Sabe que lo último que usted haría sería llamar a la Fundación, ya que no tiene intención de entregarles la nave.
La sonrisa se desvaneció del semblante de la ministra.
- ¿Qué insensatez está diciendo, consejero?
- Una insensatez, ministra, que tal vez sería mejor que otros no oyesen. Deje que mi amigo y la joven vayan a una cómoda habitación de hotel y tengan el descanso que tanto necesitan, y diga también a sus guardias que salgan. Pueden esperar detrás de la puerta y dejarle una de sus armas. Usted es toda una mujer y, con un arma en la mano, nada tiene que temer de mí. Yo no llevo ninguna.
La ministra se inclinó sobre la mesa.
- Nada tengo que temer de usted, en ningún caso.
Sin mirar atrás, hizo una seña a uno de los guardias, el cual se acercó al momento y se detuvo a su lado, haciendo entrechocar los tacones.
- Guardia, lleve a ese y a esa a la Suite 5. Tienen que permanecer allí, cómodamente y bien vigilados. Le hago responsable de cualquier mal trato que reciban, así como de cualquier fallo en las medidas de seguridad.
Se puso en pie y, a pesar de su determinación de no dejarse intimidar, Trevize vaciló un poco. Era alta, al menos tan alta como él mismo, con un metro ochenta y cinco, y quizás uno o dos centímetros más. Tenía estrecha la cintura, y los galones blancos que cruzaban su pecho continuaban alrededor del talle, haciendo que éste pareciese más estrecho aún. Había una gracia imponente en toda ella, y Trevize pensó con tristeza que su declaración de que nada tenía que temer de él era muy correcta. En un combate de lucha libre, pensó, le costaría poco ponerle de espaldas sobre la lona.
- Venga conmigo, consejero - pidió ella -. Si va a decir tonterías, cuantos menos las oigan, será mejor para su seguridad.
Echó a andar a paso vivo y Trevize la siguió, sintiéndose como sumido en su gran sombra, sensación que nunca había experimentado con ninguna otra mujer.
Entraron en un ascensor y mientras la puerta se cerraba tras ellos, la ministra dijo:
- Ahora estamos solos, consejero, y si se ha hecho la ilusión de que puede obligarme por la fuerza a realizar algo que lleva entre ceja y ceja, por favor, olvídelo. - El sonsonete de su voz se hizo más pronunciado al añadir, en tono claramente divertido -: Parece usted un ejemplar bastante vigoroso, pero le aseguro que nada me costaría romperle un brazo..., o la espalda, si fuese preciso. Llevo un arma, pero no tendría necesidad de utilizarla.
Trevize se rascó una mejilla y resiguió con la mirada el cuerpo de la mujer, de abajo a arriba.
- Ministra, puedo luchar con cualquier hombre de mi peso, pero ya he decidido eludir todo combate contra usted. Cuando alguien me supera, sé reconocerlo.
- Bien - dijo ella, y pareció complacida.
- ¿Adónde vamos, ministra? - preguntó Trevize.
- ¡Abajo! Muy abajo. Pero no se alarme. Supongo que en los hiperdramas esto sería un acto preliminar de su encierro en una mazmorra; pero en Comporellon no tenemos mazmorras, sólo prisiones normales. Vamos a mi apartamento particular; no es tan romántico como una mazmorra de los malos y viejos tiempos del Imperio, pero sí mucho más cómodo.
Cuando el ascensor se detuvo y salieron de él, Trevize calculó que debían encontrarse a cincuenta metros al menos por debajo de la superficie del planeta.
Trevize contempló el apartamento con visible sorpresa.
- ¿Le desagrada mi vivienda, consejero? - preguntó la ministra fríamente.
- No, no hay motivo para ello, ministra. Sólo estoy sorprendido. Resulta algo inesperado para mí. La impresión que tenía de su mundo, por lo poco que había visto desde mi llegada, era de severidad, evitando todo lujo superfluo.
- Y está en lo cierto, consejero. Nuestros recursos son limitados y nuestra vida tiene que ser tan dura como nuestro clima.
- Pero esto, ministra - y Trevize extendió ambas manos como para abarcar la habitación donde, por primera vez en aquel mundo, veía color; los divanes tenían almohadones; la luz de las paredes iluminadas era suave, y el suelo aparecía alfombrado de manera que no se oían las pisadas -, esto es, sin duda alguna, lujoso.
- Como usted ha dicho, consejero, nosotros rechazamos el lujo inútil, ostentoso, excesivamente costoso. Éste, sin embargo, es un lujo peculiar, que resulta útil. Yo trabajo de firme y tengo muchas responsabilidades. Necesito un lugar donde pueda olvidar, de manera temporal, las dificultades de mi cargo.
- ¿Y todos los comporellianos viven así cuando los otros no los ven, ministra?
- Depende del grado de trabajo y de responsabilidad. Son pocos los que pueden permitírselo, o se lo merecen, o lo desean, al aplicarse nuestro código moral.
- Usted, ministra, puede permitírselo..., se lo merece..., y..., ¿lo desea?
- El rango comporta privilegios, además de deberes - dijo la ministra -. Y ahora, siéntese, consejero, y hábleme de sus locuras.
Se arrellanó en el diván, que cedió bajo su peso, e indicó a Trevize un sillón, igualmente blando, delante de ella y a poca distancia.
Trevize se sentó.
- ¿Locuras, ministra?
Ella se relajó visiblemente, apoyando el codo derecho sobre un cojín.
- En una conversación privada no hace falta observar las normas estrictas de la cortesía. Puede usted llamarme Lizalor. Yo le llamaré Trevize. Dígame lo que piensa, Trevize, y lo estudiaremos.
Él cruzó las piernas y se retrepó en su sillón.
- Usted, Lizalor, me dio a elegir entre entregarle voluntariamente la nave o someterme a un juicio formal. En ambos casos, usted terminaría haciéndose con la nave. Sin embargo, se ha desviado de su camino para persuadirme de que elija la primera alternativa. Está dispuesta a proporcionarme otra nave en sustitución de la mía, para que mis amigos y yo podamos ir adonde queramos. Incluso podríamos quedarnos en Comporellon y solicitar la ciudadanía, si lo prefiriésemos. Además, y aunque esto es de menor importancia, me concedió quince minutos para consultar con mis amigos, y me ha traído a su apartamento privado, mientras ellos disfrutan, según presumo, de cómodas habitaciones. En una palabra, usted está intentando sobornarme, Lizalor, para que le entregue la nave sin necesidad de celebrar un juicio.
- Vamos, Trevize, ¿me cree incapaz de tener impulsos humanos?
- Si.
- ¿O de pensar que una entrega voluntaria sería más rápida y conveniente que un juicio?
- ¡Si! Supongo que se trata de otra cosa.
- ¿Y es?
- El juicio tiene un grave inconveniente: es público. Usted se ha referido varias veces al riguroso sistema legal de este planeta, y sospecho que seria difícil celebrar un inicio sin la debida constancia. Si es así, la Fundación se enteraría de ello y usted tendría que entregar la nave en cuanto terminasen de juzgarnos.
- Desde luego - admitió Lizalor, con semblante inexpresivo -, la Fundación es dueña de la nave.
- En cambio - dijo Trevize -, un acuerdo privado conmigo no necesitaría constar de manera oficial. Usted tendría la nave y, dado que la Fundación no se enteraría, pues ni siquiera sabe que nosotros nos encontramos aquí, Comporellon podría quedársela. Estoy seguro de que eso es lo que usted pretende.
- ¿Por qué habríamos de hacerlo? - preguntó mientras su rostro permanecía inexpresivo -. ¿Acaso no formamos parte de la Confederación de la Fundación?
- No del todo. Su condición es la de Potencia Asociada. En todos los mapas galácticos en que los mundos que son miembros de la Federación aparecen en rojo, Comporellon y sus mundos dependientes están representados en rosa pálido.
- Aun así, como Potencia Asociada, es indudable que cooperaríamos con la Fundación.
- ¿Lo harían? ¿No estará soñando Comporellon en la independencia total o incluso en el liderazgo? Ustedes son un mundo viejo. Casi todos los mundos pretenden tener más años de los verdaderos, pero Comporellon los tiene realmente.
La ministra Lizalor se permitió ahora esbozar una fría sonrisa.
- Es el más viejo de todos, si hemos de creer a algunos de nuestros entusiastas.
- ¿No pudo haber un tiempo en que Comporellon fue ciertamente el líder de un pequeño grupo de mundos? ¿Y no podría ocurrir que soñase con recuperar la perdida posición de poder?
- ¿Cree usted que nuestros sueños los llena un objetivo tan imposible? Antes de conocer sus pensamientos, dije que eran una locura, y, ahora que los conozco, veo que no me equivocaba.
- Puede haber sueños imposibles y, sin embargo, seguir soñando con ellos. Terminus, que está situado en el borde de la Galaxia y cuya Historia de cinco siglos es más corta que la de cualquier otro mundo, gobierna virtualmente toda la Galaxia. ¿Por qué no habría de hacerlo Comporellon? - dijo Trevize, sonriendo.
Lizalor permaneció grave.
- Según tenemos entendido, Terminus alcanzó aquella posición gracias al «Plan» de Hari Seldon.
- Esa es la palanca psicológica de su superioridad, y tal vez se mantenga sólo mientras la gente lo crea. Es posible que el Gobierno comporelliano no sea lo mismo. Aun así, Terminus goza también de una fuerza tecnológica. La hegemonía de Terminus sobre la Galaxia se apoya en su avanzada tecnología, de la cual es ejemplo la nave gravítica que ustedes están tan ansiosos de poseer. Ningún mundo, salvo Terminus, dispone de naves gravíticas. Si Comporellon pudiese tener una y aprender su funcionamiento con detalle, daría un gigantesco paso tecnológico hacia delante. Yo no creo que eso bastase para quitarle el liderazgo a Terminus; pero es posible Que su gobierno si lo crea.
- ¿No puede usted hablar en serio? - preguntó Lizalor -. Cualquier gobierno que retuviese la nave contra la voluntad de la Fundación se expondría sin duda, a las iras de ésta, y la Historia demuestra que la cólera de la Fundación puede ser terrible.
- Pero la Fundación - dijo Trevize - sólo se encolerizaría si hubiese algo capaz de despertar su ira.
- En ese caso, Trevize, suponiendo que su análisis de la situación no fuese una locura, ¿no le convendría entregarnos la nave y hacer un buen negocio? Le pagaríamos bien si pudiésemos conseguirla reservadamente, siempre que su argumentación se ajustase a la verdad.
- ¿Confiarían ustedes en que no informaría a la Fundación?
- Desde luego. Ya que debería informar de su participación en el negocio también.
- Podría alegar que había actuado bajo coacción.
- Sí. A menos que su sentido común le dijese que su alcaldesa nunca lo creería. Vamos, hagamos un trato.
Trevize sacudió la cabeza.
- No lo haré, Mrs. Lizalor. La nave es mía y debe seguir siéndolo. Como ya le he dicho, estallará con extraordinaria potencia si intentan forzar la entrada. Le aseguro que le digo la verdad. No piense que se trata de un farol.
- Usted podría abrirla y dar nuevas instrucciones al ordenador.
- Sin duda alguna, pero no lo haré.
Lizalor lanzó un profundo suspiro.
- Sabe que podríamos obligarle a cambiar de idea, no por lo que le hiciésemos a usted, sino a su amigo, el doctor Pelorat o a aquella joven.
- ¿Torturas, ministra? ¿Es ésta su ley?
- No, consejero. No tendríamos que recurrir a semejante brutalidad. Siempre existe la Sonda Psíquica.
Por primera vez desde que había entrado en el apartamento de la ministra, Trevize sintió un escalofrío.
- Tampoco pueden hacer eso. El empleo de la Sonda Psíquica está prohibido, salvo para fines médicos, en toda la Galaxia.
- Pero es un caso desesperado...
- Estoy dispuesto a arriesgarme a ello - respondió serenamente Trevize -, porque no les serviría de nada. Mi resolución de retener mi nave es tan profunda que la Sonda Psíquica destruiría mi mente antes de que yo se la entregase.
«Esto sí que es un farol», pensó, y el escalofrío se hizo más fuerte.
- Y aunque fuesen capaces de persuadirme sin destruir mi mente y yo abriese la nave, la desarmase y se la entregara, tampoco les serviría de nada. El ordenador que lleva es más avanzado aún que la propia nave y no sé cómo está concebido que sólo funciona bien conmigo. Es lo que podríamos llamar un ordenador para una sola persona.
- Entonces, supongamos que usted conservase su nave y siguiese pilotándola. ¿Querría hacerlo para nosotros, como digno ciudadano comporealliano? El salario sería muy elevado. Podría vivir lujosamente. Y también sus amigos.
- No.
- ¿Y qué sugiere? ¿Que dejemos, por las buenas, que usted y sus amigos embarquen en su nave y se adentren con ella en la Galaxia?
Le advierto que antes de permitirle hacer eso, informaríamos a la Fundación de que usted se encuentra aquí con su nave, y dejaríamos el asunto en sus manos. .
- ¿Y perderían la nave?
- Si ha de ocurrir así, quizá prefiriésemos entregarla a la Fundación antes que a un descarado forastero.
- Entonces, permita que le proponga un acuerdo.
- ¿Un acuerdo? Bueno, le escucho. Prosiga.
- Estoy desempeñando una misión importante - dijo Trevize, midiendo sus palabras -. Ésta empezó con el apoyo de la Fundación. Al parecer, ese apoyo ha sido suspendido, pero la misión sigue teniendo gran importancia. Que sea Comporellon quien me apoye ahora y, si termino la misión con éxito, Comporellon saldrá beneficiada.
Lizalor lo miró, con expresión de duda.
- ¿Y no devolverá la nave a la Fundación?
- Nunca planeé hacerlo. La Fundación no buscaría la nave tan desesperadamente si creyese que yo tenía intención de devolvérsela.
- Eso no significa que nos la entregará a nosotros.
- En cuanto yo haya terminado la misión, la nave puede dejar de serme útil. En ese caso, no tendría inconveniente en que pasase a poder de Comporellon.
Los dos se miraron en silencio durante unos momentos.
- Emplea usted el condicional - dijo Lizalor -. La nave «puede dejar...». Eso carece de valor para nosotros.
- Podría hacer promesas formidables, pero, ¿qué valor tendrían para ustedes? El hecho de que mis promesas sean prudentes y limitadas debería demostrarle que al menos son sinceras.
- Inteligente - dijo Lizalor, asintiendo con la cabeza -. Me gusta. Bueno, ¿cuál es su misión y cómo puede beneficiar a Comporellon?
- No, no - dijo Trevize -, ahora le toca a usted responder. ¿Me apoyará si le demuestro que la misión es importante para Comporellon?
La ministra Lizalor se levantó del sofá, alta e imponente.
- Tengo hambre, consejero Trevize, y no hablaré más con el estómago vacío. Le ofreceré algo de comer y de beber..., con moderación. Después, terminaremos la conversación.
Y a Trevize le dio la sensación de que la expresión de la mujer en aquel momento era bastante parecida a la de un animal carnívoro, lo cual le hizo apretar los labios con cierta inquietud.
Quizá la comida fuese nutritiva, pero no resultaba muy agradable al paladar. El plato fuerte consistía en carne de buey servida en una salsa de mostaza, con una guarnición de una verdura que Trevize no reconoció, ni le gustó, pues tenía un desagradable sabor amargo y salado. Más tarde se enteró de que era una clase de alga.
Después, comieron un pedazo de fruta que sabía a manzana aunque también un poco a melocotón (en realidad, no era mala) y tomaron un brebaje caliente y oscuro, lo bastante amargo para que Trevize dejase la mitad y se preguntara si podía beber un poco de agua fresca. Las raciones eran muy pequeñas, pero, dadas las circunstancias, a Trevize no le importó.
La comida se desarrolló en privado, sin ningún criado a la vista. La ministra, personalmente, calentó y sirvió los alimentos y, después, se llevó los platos y los cubiertos.
- Espero que le haya gustado la comida - dijo ella, mientras salían del comedor.
- Mucho - respondió Trevize, sin entusiasmo.
- Volvamos - dijo Lizalor, sentándose de nuevo en el sofá - a lo que estábamos discutiendo. Dijo usted que Comporellon podía estar resentido por el liderazgo tecnológico de la Fundación y su dominio sobre la Galaxia. En cierto modo, no está equivocado, pero ese aspecto de la situación sólo interesaría a los que se encuentran metidos en política interestelar, que son relativamente pocos. Mucho más importante resulta el hecho de que el comporelliano medio está horrorizado ante la inmoralidad que impera en la Fundación. Esta inmoralidad reina en la mayoría de los mundos, pero parece más exagerada en Terminus. Yo diría que el sentimiento que existe en este mundo contra Terminus se debe más a ese asunto que a cuestiones abstractas.
- ¿Inmoralidad? - preguntó Trevize, confuso -. Sean cuales fueren los defectos de la Fundación, tiene usted que reconocer que gobierna esta parte de la galaxia con eficacia y honradez fiscal. Los derechos civiles son respetados y...
- Consejero Trevize, me refiero a la moralidad sexual.
- En tal caso, de verdad que no la comprendo. Somos una sociedad moral por completo, sexualmente hablando. Las mujeres se hallan bien representadas en cada faceta de la vida social. Nuestro alcalde es una mujer y casi la mitad del Consejo está compuesta por...
La ministra se permitió una expresión de impaciencia.
- ¿Se burla usted de mí, consejero? Sin duda conoce el significado de moralidad sexual. ¿Es o no es el matrimonio un sacramento en Terminus?
- ¿Qué quiere decir con lo de sacramento?
- ¿Hay alguna ceremonia formal para unir a una pareja en matrimonio?
- Sí, para los que lo desean. Esa ceremonia simplifica los problemas fiscales y de herencia.
- Pero se pueden celebrar divorcios.
- Desde luego. Sería sexualmente inmoral mantener unidas a dos personas así. . .
- ¿No existen las restricciones religiosas? .
- ¿Religiosas? Hay personas que hacen filosofía partiendo de antiguos cultos; pero, ¿qué tiene esto que ver con el matrimonio?
- En Comporellon, consejero, cada aspecto del sexo está muy controlado. El acto sexual no se realiza fuera del matrimonio. E incluso dentro de éste, hay limitaciones. Nos producen una triste impresión esos mundos, y Terminus en particular, donde el sexo parece considerarse un mero placer social, sin que importe gran cosa el cómo, cuándo y con quién ni los valores de la religión.
Trevize se encogió de hombros.
- Lo siento, pero yo no puedo encargarme de reformar la Galaxia ni siquiera Terminus..., ¿y qué tiene eso que ver con el asunto de mi nave?
- Estoy hablando de la opinión pública en el asunto de su nave y de cómo limita aquélla mi capacidad de llegar a un compromiso. El pueblo de Comporellon se horrorizaría si descubriese que ha llevado una mujer joven y atractiva a bordo, para satisfacer su lúdico afán y el de su compañero. Si le aconsejé que aceptase una rendición pacífica en vez de un juicio público, fue en consideración a la seguridad de ustedes tres.
- Veo - dijo Trevize - que ha aprovechado usted la comida para pensar un nuevo tipo de persuasión por la amenaza. ¿Debo temer ahora un linchamiento?
- Sólo le advierto del peligro. ¿Puede usted negar que la mujer que iba con ustedes a bordo de la nave es algo más que una conveniencia sexual?
- Claro que puedo negarlo. Bliss es la compañera de mi amigo el doctor Pelorat, la única que tiene. Tal vez usted no defina su relación como matrimonial, pero creo que en la mente de Pelorat, y también en la de la mujer, existe un matrimonio entre ellos.
- ¿Me está diciendo que usted no se encuentra involucrado a nivel personal?
- Claro que no - respondió Trevize -. ¿Por quién me ha tomado?
- No puedo decirlo. Desconozco su concepto de la moralidad.
- Entonces, permítame que le explique que ese concepto me impide jugar con los bienes..., o las compañías, de mi amigo.
- ¿No se siente siquiera tentado?
- No puedo controlar el hecho de la tentación, pero nunca caeré en ella.
- ¿Nunca? Tal vez las mujeres no le interesan.
- No piense tal cosa. Me interesan.
- ¿Cuánto tiempo hace que no ha tenido relación sexual con una mujer?
- Meses. Ninguna en absoluto desde que salí de Terminus.
- No debe resultarle agradable.
- Cierto que no - dijo Trevize, con sinceridad -, pero la situación es tal que no tengo elección.
- Supongo que su amigo, Pelorat, al advertir su sufrimiento, estaría dispuesto a compartir su mujer con usted.
- Yo no doy señales de sufrir, pero aun en el caso de que la diese, él no estaría dispuesto a compartir Bliss. Y creo que tampoco ella lo consentiría. No se siente atraída por mí.
- ¿Lo dice porque ya ha tanteado el terreno?
- Nada de eso. He sacado esta conclusión, sin pensar que fuese necesario comprobarla. En todo caso, no le tengo mucha simpatía.
- ¡Asombroso! Cualquier hombre la consideraría atractiva.
- Físicamente, es atractiva. Sin embargo, a mí no me interesa. Entre otras cosas, porque es demasiado joven, demasiado infantil en algunos aspectos.
- Entonces, ¿prefiere usted las mujeres maduras?
Trevize no contestó enseguida. ¿Sería una trampa?
- Soy lo bastante viejo para que me gusten algunas mujeres maduras - dijo después, precavidamente -. Pero, ¿qué tiene que ver esto con mi nave?
- De momento, olvídese de ella - contestó Lizalor -. Yo tengo cuarenta y seis años y soy soltera. He estado demasiado ocupada con mi trabajo para casarme.
- En tal caso, según las normas de su sociedad, usted tiene que haber observado continencia durante toda su vida. ¿Ha sido por eso que me ha preguntado cuánto tiempo hace que no he tenido relaciones sexuales? ¿Acaso pide mi consejo sobre esta cuestión? Le diré que esto no es como la comida y la bebida. La continencia resulta incómoda, pero no imposible.
La ministra sonrió y aquella expresión carnívora apareció de nuevo en sus ojos.
- No me interprete mal, Trevize. El rango tiene sus privilegios y permite la discreción. Mi continencia no es total. Sin embargo, encuentro a los hombres de Comporellon poco satisfactorios. Yo reconozco que la moralidad es un bien absoluto, pero tiende a infundir un sentimiento de culpabilidad a los varones de este mundo, de manera que se vuelven recatados, tímidos, lentos en empezar, rápidos en terminar y, en general, torpes.
- Tampoco puedo hacer nada a este respecto - adujo Trevize con prudencia.
- ¿Quiere usted decir que la culpa puede ser mía? ¿Que no soy incitante?
Trevize levantó una mano.
- No he dicho eso, en absoluto.
- En tal caso, ¿cómo reaccionaría usted, si se presentase la ocasión? Usted, un hombre de un mundo inmoral, que debe de haber tenido muchas y variadas experiencias sexuales, que se halla bajo la presión de varios meses de abstinencia forzosa y con la presencia constante de una mujer joven y atractiva. ¿Cómo reaccionaría usted en presencia de alguien como yo, del tipo maduro que declara que le gusta?
- Me comportaría con el respeto y la corrección debidos a su rango y a su importancia.
- ¡No sea tonto! - dijo la ministra.
Se llevó la mano al lado derecho de su cintura. La tira blanca que la ceñía se aflojó, soltándose del pecho y del cuello. El cuerpo del vestido negro quedó más holgado a simple vista.
Trevize permaneció como petrificado. ¿Era eso lo que había pretendido ella desde..., desde cuándo? ¿O se trataba de un soborno para conseguir lo que no había logrado con sus amenazas?
El cuerpo del vestido se deslizó hacia abajo y, con él, lo que sujetaba firmemente los senos. Ella siguió sentada allí, con una expresión de orgulloso desdén en su semblante, desnuda de cintura para arriba. Sus pechos eran una versión reducida de su femineidad: macizos, firmes, imponentes.
- ¿Y bien? - dijo.
- ¡Magnífico! - exclamó Trevize con sinceridad.
- ¿Y qué piensa usted hacer?
- ¿Qué ordena la moral en Comporellon, señora Lizalor?
- ¿Qué le importa eso a un hombre de Terminus? ¿Qué ordena su moral? Vamos, empiece. Mi pecho está frío y necesita calor.
Trevize se levantó y empezó a desnudarse.


VI. LA NATURALEZA DE LA TIERRA


Trevize se sentía casi como drogado, y se preguntaba cuánto tiempo había transcurrido.
Junto a él, Mitza Lizalor, ministra de Transportes, yacía tumbada de bruces, vuelta la cabeza a un lado, abierta la boca y roncando a pierna suelta. Trevize se alegró de ello. Confió en que, cuando se despertase, observara que había estado durmiendo.
Él se moría de ganas de descansar, pero sabía que era importante no hacerlo. Ella no debía despertarse y verle dormido. Tenía que darse cuenta de que, mientras había estado sumida en la inconsciencia, él había aguantado. Ella esperaría esa resistencia de un hombre inmoral, criado en la Fundación y, en aquel momento, era mejor no defraudarla.
En cierto modo, se encontraba satisfecho de su actuación. Había previsto, correctamente, que Lizalor, dados su vigor y su corpulencia, su poder político, su desdén por los comporellianos con quienes se había acostado, su mezcla de horror y fascinación por las historias (¿qué historias habría oído?, se preguntó Trevize) sobré las hazañas sexuales de los decadentes de Terminus, querría que alguien la dominase. Y tal vez había esperado incluso que él lo hiciera, sin ser capaz de expresar su deseos y sin esperanzas.
Él había actuado en esta creencia y, por fortuna, no se había equivocado. Trevize, el hombre que estaba siempre en lo cierto, rió para sus adentros) Había complacido a la mujer, y dirigiendo, al mismo tiempo las acciones de manera que tendiesen a agotarla a ella, dejándole a él relativamente descansado.
No había sido fácil. Mitza tenía un cuerpo maravilloso (cuarenta y seis años según ella, pero una atleta de veinticinco no se habría avergonzado de tener un cuerpo como el suyo) y una energía enorme, superada solo por el imprudente brío con que la había derrochado.
Ciertamente, si fuese capaz de amansarla y enseñarle moderación; si la práctica (¿sobreviviría él mismo a esa práctica?) mejorase el sentido de la mujer de sus propias capacidades y, sobre todo, de las de él, podría ser agradable que...
Los ronquidos cesaron de pronto y ella se movió. Trevize apoyó una mano sobre el hombro femenino que tenía más cerca y le dio unas ligeras palmaditas. Ella abrió los ojos. Trevize estaba apoyado sobre un codo y se esforzó en parecer descansado y lleno de vida.
- Me alegro de que hayas descansado – dijo -. Lo necesitabas.
Ella sonrió, todavía soñolienta, y Trevize temió por un momento que sugiriese una repetición de sus actividades; pero sólo se dio la vuelta para ponerse boca arriba.
- Te juzgué correctamente desde el principio - murmuró, con voz satisfecha -. Sexualmente, eres un rey.
- Hubiese tenido que ser más moderado - repuso Trevize, y trató de parecer modesto.
- Tonterías. Lo hiciste muy bien. Temía que hubieses agotado tus fuerzas con esa joven, aunque me aseguraste que nada habías tenido nada que ver con ella. Es verdad, ¿eh?
- ¡A ti qué te parece? ¿He actuado como un varón saciado, siquiera a medias?
- No, claro que no. - Y rió estrepitosamente.
- ¿Piensas todavía en las Sondas Psíquicas?
- ¿Estás loco? - rió ella de nuevo -. ¿Cómo querría perderte ahora?
- Sin embargo, sería mejor que me perdieses por un tiempo...
 - ¿Qué? - dijo ella, frunciendo el ceño.
- Si me quedase aquí de un modo permanente, mi. .., querida mía cuánto tiempo tardaría la gente en empezar a observamos y a murmurar? En cambio, si siguiese adelante con mi misión, tendría que regresar periódicamente para informarte, y, entonces, sería natural que permaneciésemos juntos durante un tiempo... Y mi misión es importante.
Ella reflexionó rascándose distraídamente la cadera derecha.
- Creo que tienes razón - dijo después -. Me fastidia esta idea..., Creo que estás en lo cierto.
- Y no debes pensar que no volveré - añadió Trevize -. No soy tan insensato como para olvidar lo que estará esperándome aquí.
Ella sonrió, le acarició la mejilla y dijo, mirándole a los ojos:
- ¿Te ha resultado agradable, amor mío?
- Mucho más que agradable, querida.
- Sin embargo, tú eres de la Fundación. Un hombre de Terminus en la flor de la juventud. Debes estar acostumbrado a toda clase de mujeres, llenas de habilidad...
- Nunca conocí a ninguna, a ninguna, que pudiese compararse contigo ni remotamente - dijo Trevize, con una energía que nada le costó, pues, a fin de cuentas, decía la verdad.
- Bueno, si tú lo dices... - murmuró amablemente Lizalor -. Sin
embargo, genio y figura hasta la sepultura, ¿sabes?, y no puedo confiar
en la palabra de un hombre sin que me dé alguna garantía. Tú y tu amigo Pelorat podréis salir para desempeñar vuestra misión, en cuanto me digas cuál es y yo la haya aprobado, pero la joven se quedará aquí.
Será bien tratada, no temas, pero supongo que el doctor Pelorat estaría ansioso de verla y cuidará de que regreséis a menudo a Comporellon, suponiendo que tu entusiasmo por esta misión te tiente a prolongar demasiado tus ausencias.
- Pero eso es imposible, Lizalor.
- ¿De veras? - dijo mientras el recelo se pintaba al punto en sus ojos -. ¿Por qué es imposible? ¿Para qué necesitas a esa mujer?
- No para acostarme con ella. Te lo he dicho, y es la pura verdad. Pertenece a Pelorat y no me interesa sexualmente. Además, estoy seguro de que se le partiría el espinazo si intentase lo que tú has realizado con tanta facilidad.
Lizalor iba a sonreír, pero se contuvo y dijo severamente:
- Entonces, ¿por qué te importa si se queda o no en Comporellon?
- Porque es esencial para nuestra misión. Debe venir con nosotros.
- Bueno, ¿y de qué misión se trata? Ya va siendo hora de que me lo digas.
Trevize vaciló sólo un instante. Tendría que decirle la verdad. No se le ocurría ninguna mentira que pudiese resultar convincente.
- Escucha – dijo -. Comporellon puede ser un mundo viejo, incluso estar incluido entre los más viejos, pero no es el más viejo. La vida humana no tuvo su origen aquí. Los primeros seres humanos vinieron desde otro mundo, y tal vez la vida humana tampoco nació en aquél, sino que llegó de otro distinto, y de otro. Dicho en pocas palabras, estos sondeos en los tiempos pasados tienen que acabar: debemos encontrar el primer mundo, el mundo de origen de la especie humana. Estoy buscando la Tierra.
Se sobresaltó al ver el súbito cambio que se produjo en Mitza Lizalor.
Ésta abrió mucho los ojos, su respiración se volvió agitada y todos los músculos de su cuerpo parecieron ponerse rígidos sobre la cama.
Levantó los brazos con rigidez, los dedos índice y medio de cada mano, clavados.
- Lo has nombrado - susurró ella, con voz ronca.
No dijo nada más; ni lo miró. Bajó los brazos lentamente, sacó las piernas de la cama y se sentó, dándole la espalda. Trevize permaneció inmóvil donde se encontraba.
Recordó las palabras de Munn Li Compor, cuando estaban los dos en el desierto centro turístico de Sayshell. Le parecía estar oyendo lo que dijo de su propio planeta ancestral, el mismo en el que Trevize se encontraba ahora: «Son muy supersticiosos acerca de esto. Cada vez que mencionan la palabra, levantan las dos manos y cruzan los dedos para evitar el maleficio.
- Pero era inútil recordarlo a posteriori.
- ¿Cómo hubiese debido decirlo, Mitza? - murmuró.
Ella sacudió la cabeza ligeramente. Después se levantó y se dirigió a una puerta. La cerró a su espalda y, al cabo de un momento, se oyó ruido de agua.
Trevize no tuvo más remedio que esperar, preguntándose si debería unirse con ella en la ducha, pero decidiendo que no sería conveniente hacerlo. Y, en cierto modo, merced a la impresión de que la ducha le era negada, al instante, experimentó la necesidad de tomar una. Ella salió al fin, en silencio, y empezó a coger su ropa.
- ¿Te importaría si...? - comenzó Trevize.
Ella no le respondió y él interpretó su silencio como señal de aquiescencia. Al dirigirse al cuarto de baño, procuró adoptar un aire desenvuelto y varonil, aun cuando se sentía extraño, como en los días en que su madre, ofendida por alguna travesura de él, lo castigaba con su silencio, haciendo que se estremeciese debido a la inquietud.
Ya en el pequeño recinto de lisas paredes, miró a su alrededor. Allí no había nada.
Abrió la puerta de nuevo y sacó la cabeza.
- Escucha – dijo -, ¿qué debo hacer para abrir la ducha?
Ella dejó el desodorante (al menos Trevize pensó que ésa era su función), se dirigió al cuarto de la ducha y señaló hacia la pared. Trevize siguió la dirección del dedo y observó una mancha redonda y débilmente rosada, como si el diseñador no hubiese querido estropear la lisa blancura sólo por darle un toque funcional.
Trevize se encogió de hombros, se acercó a la pared y tocó la mancha.
Sin duda eso era lo que se debía hacer, pues, al cabo de un momento, sintió una rociada de agua procedente de todas las direcciones. Con la respiración entrecortada, tocó de nuevo aquel punto y la ducha cesó.
Abrió la puerta, sabiendo que su prestigio había descendido varios grados, porque temblaba tan fuerte que le costaba articular las palabras.
- ¿Qué hay que hacer para que salga agua caliente? - gimió.
Ahora ella lo miró y, por lo visto, su aspecto pudo más que su irritación (o su miedo, o cualquier otra emoción penosa), pues rió entre dientes y después soltó una carcajada.
- ¿Qué agua caliente? – preguntó -. ¿Crees que vamos a malgastar la energía para calentar el agua con que nos lavamos? Esa agua está templada, ha perdido su frialdad. ¿Qué más quieres? ¡Qué blanduchos sois los terminianos! ¡Vuelve ahí dentro y dúchate!
Trevize vaciló, pero no por mucho tiempo, ya que estaba claro que no tenía alternativa.
De muy mala gana tocó de nuevo aquel punto rosado y esta vez tensó su cuerpo para recibir la helada rociada. ¿Agua tibia? Vio que se formaba espuma sobre su cuerpo y lo frotó con rapidez, pensando que era el ciclo de lavado y presumiendo que no duraría mucho.
Entonces empezó el ciclo de aclarado. ¡Oh, el agua estaba templada!
Bueno, tal vez no templada, pero menos fría, dándole esa impresión a su cuerpo completamente helado. Entonces, cuando se disponía a tocar la mancha rosada para cerrar la ducha y se preguntaba cómo había podido secarse Lizalor si allí no había ninguna toalla o cosa que se le pareciese, el agua dejó de manar. Fue seguida de una corriente de aire tan fuerte que sin duda le habría derribado de no haberlo recibido de varias direcciones al mismo tiempo.
El aire era caliente, casi demasiado. Trevize sabía que para calentar el aire se requería menos energía que para hacerlo con el agua. El aire caliente hizo que su piel quedase seca y, a los pocos minutos, Trevize salió de la ducha como si nunca se hubiese mojado en su vida.
Lizalor parecía haberse recobrado completamente.
- ;Te sientes bien? - preguntó.
- Muy bien - respondió Trevize. En realidad, se encontraba asombrosamente relajado -. Lo único que tenía que hacer era prepararme para esa temperatura. Tú no me advertiste...
- Gallina - dijo Lizalor, con ligero desdén.
Trevize empleó el desodorante y después empezó a vestirse, advirtiendo que ella se había cambiado de ropa interior, cosa que él no podía hacer.
- ;Cómo hubiese debido llamar a..., a aquel mundo? - preguntó.
- Nosotros le llamamos el Más Viejo.
- ¿Cómo iba yo a saber que el nombre que le di estaba prohibido? ¿Acaso me lo habías dicho?
- ¿Me lo habías preguntado?
- ¿Cómo iba yo a saberlo?
- Bien, ahora ya lo sabes.
- Puedo olvidarlo.
- Será mejor que eso no ocurra.
- ¿Qué importancia tiene? - preguntó Trevize, sintiendo que empezaba a irritarse -. No es más que una palabra, un sonido.
- Hay palabras que no deben pronunciarse - dijo Lizalor severamente -. ¿Empleas tú todas las que conoces en cualquier circunstancia?
- Algunas palabras son vulgares; otras, inadecuadas; y algunas pueden resultar ofensivas en determinados casos. ¿A qué grupo pertenece la palabra que empleé?
- Es una palabra triste - dijo Lizalor -, solemne. Representa un mundo que fue antepasado de todos nosotros y que ya no existe. Esto es trágico, y lo sentimos porque aquel mundo se hallaba cerca de nosotros. Preferimos no hablar de él o, si debemos hacerlo, no pronunciar su nombre.
- ¿Y por qué cruzaste los dedos? ¿Cómo mitiga eso la ofensa o la tristeza?
Lizalor se ruborizó.
- Fue una reacción automática, y no te doy las gracias por haberla provocado. Hay personas que creen que esa palabra, e incluso su idea, trae mala suerte..., y así tratan de protegerse de ella.
- ¿Crees tú también que ese gesto evita la mala suerte?
- No... Bueno, sí, en cierto modo. Si no lo hago, me siento inquieta.
- No lo miró. Después, como ansiosa de cambiar de tema, dijo rápidamente -: ¿Y qué tiene que ver esa mujer de negros cabellos con tu misión de alcanzar... el mundo que mencionaste?
- Di el Mas Viejo. ¿O prefieres no decir siquiera esto?
- Prefiero no hablar de él en absoluto. Pero te he hecho una pregunta.
- Creo que su pueblo llegó a su mundo actual como emigrante del Más Viejo.
- Lo mismo que nosotros - dijo Lizalor, con orgullo.
- Además, su pueblo tiene ciertas tradiciones que, según ella, son la clave para comprender el Más Viejo, pero sólo si llegamos a él y podemos estudiar sus anales.
- Mientes.
- Tal vez, mas debemos comprobarlo.
- Si tienes a esa mujer, con su conocimiento problemático, y quieres llegar al Mas Viejo con ella, ¿por qué has venido a Comporellon?
- Para descubrir la situación de ese mundo. Una vez tuve un amigo que, como yo mismo, era de la Fundación. Sin embargo, sus antepasados eran comporellianos y me aseguró que una parte importante de la Historia del Más Viejo se conservaba en Comporellon.
- ¿Ah, sí? ¿Y te contó algo de esa Historia?
- Sí - dijo Trevize, apelando de nuevo a la verdad -. Dijo que el Más Viejo era un mundo muerto, completamente radiactivo. No sabía por qué, pero pensaba que podía ser como resultado de varias explosiones nucleares. Tal vez en una guerra.
- ¡No! - exclamó Lizalor con energía.
- ¿Quieres decir que no hubo guerra, o que el Más Viejo no es radiactivo? .
- Lo es, pero no hubo guerra.
- Entonces, ¿cómo se volvió radiactivo? Al principio no era posible, ya que la vida humana empezó allí. De haberlo sido, no habría habido nunca vida en él.
Lizalor pareció vacilar. Estaba rígida y respiraba profundamente, casi jadeando.
- Fue un castigo – dijo -. Era un mundo que usaba robots. ¿Sabes lo que son robots?
- Sí.
- Tenían robots y fueron castigados por eso. Todos los mundos que los han empleado han sido castigados y han dejado de existir.
- ¿Quién los castigó, Lizalor?
- El Que Castiga... Las fuerzas de la Historia... No lo sé. - Desvió la mirada, intranquila, y después dijo en voz más baja -: Pregúntalo a otros.
- Me gustaría hacerlo, pero, ¿a quién voy a preguntar? ¿Hay personas en Comporellon que hayan estudiado Historia primitiva?
- Por supuesto. No son muy populares entre nosotros, los comporellianos corrientes, pero la Fundación, tu Fundación, insiste en la libertad intelectual, según la llaman.
- Una insistencia justa, en mi opinión - dijo Trevize.
- Todo lo que se impone desde fuera es malo - repuso Lizalor.
Trevize se encogió de hombros. De nada serviría discutir la cuestión.
- Mi amigo, el doctor Pelorat – dijo -, es historiador y estudia los tiempos primitivos. Estoy seguro de que le gustaría conocer a sus colegas de Comporellon. ¿Podrías tú facilitarle los nombres, Lizalor?
Ella asintió con la cabeza.
- Hay un historiador llamado Vasil Deniador, que reside en la Universidad de la ciudad. No da clases, pero puede deciros lo que vosotros queréis saber.
- ¿Por qué no da clases?
- No lo tiene prohibido; sólo ocurre que los estudiantes no eligen su curso.
- Supongo - dijo Trevize, tratando de evitar un tono sarcástico - que se recomienda a los estudiantes que no lo elijan.
- ¿Por qué tendrían que hacerlo? Ese hombre es un escéptico. También aquí los tenemos, ¿sabes? Son individuos que oponen sus mentes a los sistemas generales del conocimiento y que son lo bastante engreídos para pensar que sólo a ellos les asiste la razón y que la mayoría está equivocada.
- ¿Y no podría ser así en algunos casos?
- ¡Nunca! - gritó Lizalor, con una firmeza que dejó bien claro que toda ulterior discusión en aquel sentido sería inútil -. Y a pesar de todo su escepticismo, se verá obligado a deciros exactamente lo mismo que cualquier comporelliano os diría.
- ¿Y es?
- Que si buscáis el Más Vieja no lo encontraréis.
En las habitaciones privadas que les habían sido asignadas, Pelorat escuchó a Trevize con atención, inexpresivo el largo y solemne semblante.
- ¿Vasil Deniador? - dijo después -. No recuerdo haber oído hablar de él, pero es posible que encuentre escritos suyos en mi biblioteca de la nave.
- ¿Estás seguro de que su nombre te resulta desconocido? ¡Piensa! - pidió Trevize.
- De momento no lo recuerdo - dijo Pelorat prudentemente -, pero, a fin de cuentas, mi querido amigo, puede haber cientos de estimables eruditos a los que yo no conozca..., o no recuerde.
- En todo caso, no puede ser muy eminente, o habrías oído hablar de él.
- El estudio de la Tierra...
- Acostúmbrate a decir el Más Viejo, Janov. De otra manera, complicarías las cosas. .
- El estudio del Más Viejo - repitió Pelorat - no es una especialidad remuneradora en el mundo del conocimiento; por consiguiente, los eruditos de primera, incluso en el campo de la Historia primitiva, no tienden a dedicarse a ella. O, dicho de otra manera, los que lo han hecho no adquieren la suficiente celebridad, en un mundo falto de interés, para que les consideren eminentes, aunque lo sean. Yo estoy seguro de no serlo en la estimación de nadie.
- En la mía, Pel - dijo Bliss, con gran afecto.
- Sí, en la tuya sí, querida - repuso Pelorat, sonriendo ligeramente - pero no estás juzgando mi capacidad de erudito.
Era casi de noche, según el reloj, y Trevize se sintió un poco impaciente, como siempre que Bliss y Pelorat intercambiaban palabras de afecto.
- Trataré de concertar una entrevista con Deniador para mañana - dijo -, pero si sabe tan poco del asunto como la ministra, no ganaremos gran cosa.
- Puede que nos conduzca a alguien que nos sea más útil – adujo Pelorat.
- Lo dudo. La actitud de este mundo en lo tocante a la Tierra..., pero será mejor que también yo practique el eufemismo. La actitud de este mundo en lo tocante al Más Viejo es tonta y supersticiosa...
Bien, el día ha sido muy duro y deberíamos pensar en cenar, si es que podemos resistir su sosa cocina, y después en dormir un poco. ¿Habéis aprendido el funcionamiento de la ducha?
- Mi querido compañero - dijo Pelorat -, hemos sido tratados con suma amabilidad. Nos han dado toda clase de instrucciones, aunque la mayoría de ellas no las necesitábamos.
- Escucha, Trevize - dijo Bliss -, ¿qué hay de la nave?
- ¿Qué quieres saber?
- ¿Va a confiscarla el Gobierno comporelliano?
- No. Creo que no.
- ¡Oh! Muy satisfactorio. ¿Por qué?
- Porque he persuadido a la ministra de que no lo hiciese y ha cambiado de idea.
- ¡Asombroso! - exclamó Pelorat -. No parece una mujer fácil de persuadir.
- No sé - dijo Bliss -. Dada su mentalidad, estaba claro que se sentía atraída por Trevize.
Este miró a Bliss con súbita irritación.
- ¿Hiciste eso, Bliss?
- ¿A qué te refieres, Trevize?
- Quiero decir forzar su...
- En absoluto. Sin embargo, cuando advertí que se sentía atraída por ti, no pude resistir la tentación de provocar un par de inhibiciones en ella. No tuvo importancia, podrían haberse producido de todas maneras, y me pareció interesante asegurarme de su buena voluntad para contigo.
- ¿Buena voluntad? ¡Fue más que eso! Se ablandó, sí, pero después del coito.
- No querrás decir, viejo... - dijo Pelorat.
- ¿Por qué no? - le interrumpió Trevize, malhumorado -. Puede haber dejado atrás su primera juventud, pero conocía bien el arte. No es una principiante, te lo aseguro. Ni voy a dármelas de caballero y mentir a ese respecto. La idea fue suya, gracias al juego de Bliss con sus inhibiciones, y yo no me hallaba en condiciones de rehusar, aunque ésa hubiese sido mi intención, que no lo era. Vamos, Janov, no me vengas con puritanismos. Hacía meses que yo no había tenido uva oportunidad. En cambio, tú... - E hizo un vago ademán en dirección a Bliss.
- Créeme, Golan - dijo Pelorat, confuso -. Si has interpretado mi expresión como puritana, te equivocas. No he puesto ninguna objeción.
- Pero ella sí es una puritana - dijo Bliss -. Yo quería predisponerla a tu favor, pero no conté con un paroxismo sexual.
- Pues eso fue exactamente lo que provocaste, pequeña y entrometida Bliss. Puede que la ministra considere necesario representar el papel de puritana en público, pero, si es así, parece que le sirve para atizar sus ardores.
- Y así, en el caso de que tú los mitigues, traicionará a la Fundación...
- Lo habría hecho de todos modos - dijo Trevize -. Quería la nave...
- Se interrumpió y preguntó en voz baja -: ¿Nos estarán escuchando?
- No - dijo Bliss.
- ¿Estás segura?
- Por completo. Es imposible penetrar en la mente de Gaia sin su autorización, sin que Gaia se de cuenta.
- En tal caso, Comporellon quiere la nave para él, como elemento valioso de su flota.
- La Fundación no lo permitiría.
- Comporellon no pretende que la Fundación se entere.
- ¡Así sois los Aislados! La ministra trata de traicionar a la Fundación en favor de Comporellon y, en pago de una satisfacción sexual, muy pronto traicionará a Comporellon también. Y en cuanto a Trevize, venderá los servicios de su cuerpo alegremente, como manera de inducir a la traición. ¡Qué anarquía la de vuestra Galaxia! ¡Qué caos!
- Te equivocas, jovencita... - dijo fríamente Trevize.
- Respecto de lo que acabo de decir, no hablaba como jovencita, sino como Gaia. Soy toda Gaia.
- Entonces, te equivocas, Gaia. Yo no he vendido los servicios de mi cuerpo. Los he prestado de buen grado. Me ha gustado y no le he hecho daño a nadie. En cuanto a las consecuencias, creo que han sido buenas, desde mi punto de vista, y las acepto. Y si Comporellon quiere la nave para sus propios fines, ¿quién puede decir que no le asiste la razón? Es una nave de la Fundación, pero me fue entregada para buscar la Tierra. Es mía hasta que la búsqueda termine, y creo que la Fundación no tiene derecho a revocar su acuerdo. En cuanto a Comporellon, no le gusta el dominio de la Fundación y por eso sueña con la independencia. Según su manera de ver las cosas, encuentra correcto engañar a la Fundación, pues, para ellos, no es un acto de traición, sino de patriotismo. ¿Quién sabe?
- Exacto. ¿Quién sabe? Es una Galaxia anárquica, ¿cómo es posible distinguir las acciones razonables de las que no lo son? ¿Cómo decidir entre lo justo y lo injusto, el bien y el mal, la justicia y el delito, lo útil y lo inútil? ¿Y cómo explicas tú la traición de la ministra a su propio Gobierno, al dejar que conserves la nave? ¿Ansía su independencia personal en un mundo opresor? ¿Es una traidora o una patriota unipersonal?
- Si he de ser sincero - dijo Trevize -, no sé si se mostró dispuesta a dejarme conservar la nave sólo por agradecimiento al placer que yo le había dado. Creo más bien que tomó esa decisión cuando le dije que estaba buscando al Más Viejo. Para ella, es un mundo lleno de malos augurios, y nosotros, junto con la nave que empleamos en nuestra búsqueda, también lo somos. Me parece que siente que ha atraído la mala suerte sobre ella y sobre su mundo al intentar apoderarse de una nave que ahora mira con horror. Tal vez crea que, al dejarnos marchar a continuar nuestra empresa en nuestra nave, evita una desgracia a Comporellon y, de esta manera, realiza un acto patriótico.
- Si estuvieses en lo cierto, algo que dudo, Trevize, la superstición sería el resorte de la acción. ¿Admiras eso?
- No lo admiro, pero tampoco lo condeno. La superstición dirige la acción a falta de conocimiento. La Fundación cree en el «Plan Seldon», aunque, en nuestro reino, nadie puede comprenderlo, interpretar sus detalles o valerse de él para predecir el  futuro. Lo seguimos a ciegas, por fe y por ignorancia, ¿no es eso superstición?
- Sí, tal vez.
- Y lo propio ocurre en Gaia. Vosotros creéis que yo he tomado la decisión correcta al considerar que Gaia debería absorber la Galaxia en un gran organismo, pero no sabéis por qué he de tener razón, ni si podéis acatar esa decisión sin correr peligro. Estáis dispuestos a seguir adelante, basándonos, únicamente, en vuestra ignorancia y vuestra fe, e incluso os molesta que yo trate de encontrar pruebas que eliminen esa ignorancia y hagan innecesaria la fe. ¿No es eso superstición?
- Me parece que te ha pescado, Bliss - intervino Pelorat.
- No lo creas - repuso ella -. O no encontrará nada en su búsqueda, o encontrará algo que confirma su decisión.
- Y para apoyar esta creencia - dijo Trevize -, sólo tienes ignorancia y fe. En otras palabras, ¡superstición!
Vasil Deniador era un hombre bajo, de facciones pequeñas, que miraba hacia arriba levantando los ojos sin mover la cabeza. Esto, combinado con las breves sonrisas que iluminaban su semblante periódicamente, le daba el aspecto de una persona que se burlaba en silencio del mundo.
Su despacho era largo y Estrecho y aparecía lleno de cintas magnetofónicas, terriblemente desordenadas al parecer, no porque hubiese alguna prueba concreta de ello, sino por el hecho de que no estaban colocadas al mismo nivel en sus compartimentos, de manera que los estantes tenían la apariencia de bocas con dientes desiguales. Los tres sillones que ofreció a sus visitantes, de modelos diferentes, no daban muestra de haber sido limpiados recientemente.
- Janov Pelorat, Golan Trevize y Bliss – dijo -. No tengo su apellido, señora.
- Generalmente, sólo me llaman Bliss - repuso ella, sentándose a continuación.
- A fin de cuentas, eso es suficiente - dijo Deniador, haciéndole un guiño -, Es usted lo bastante atractiva para que se le perdone carecer de apellido.
Una vez todos se hubieron sentado, Deniador dijo:
- He oído hablar de usted, doctor Pelorat, aunque no hayamos mantenido correspondencia. Usted es de la Fundación, ¿verdad? ¿De Terminus?
- Sí, doctor Deniador.
- Y usted, consejero Trevize, creo que fue expulsado del Consejo y desterrado recientemente. Nunca he comprendido la razón.
- No he sido expulsado, señor. Sigo formando parte del Consejo aunque no sé cuándo volveré a desempeñar mis funciones. Tampoco me han desterrado en realidad. Tengo asignada una misión, sobre la cual deseamos consultarle.
- Con mucho gusto trataré de ayudarles - repuso Deniador -. Y la encantadora dama, ¿es también de Terminus?
- Ella es de otra parte, doctor - dijo Trevize rápidamente.
- ¡Ah! otra Parte..., un mundo muy curioso. Hay una gran cantidad de seres humanos oriunda de él. Pero, si ustedes dos son de la capital de la Fundación y el tercer miembro de su grupo es una joven atractiva, y teniendo en cuenta que Mitza Lazilor no se distingue por su simpatía hacia ninguna de ambas categorías, ¿a qué se debe que me los haya recomendado con tanto interés?
- Creo - contestó Trevize - que lo ha hecho para librarse de nosotros. Cuanto antes nos ayude usted, antes abandonaremos Comporellon.
Deniador miró a Trevize con interés (de nuevo aquella burlona Sonrisa) y dijo:
- Desde luego, un joven vigoroso como usted tenía que atraerla. Venga de donde viniere. Representa bien el papel de fría vestal, pero no a la perfección.
- No sé de qué me está hablando - repuso secamente Trevize.
- Y es mejor que no lo sepa. Al menos, en público. Pero yo soy un escéptico y, en mi condición de tal, no debo creer en las apariencias. Conque veamos, consejero, ¿cuál es su misión? Cuando me lo diga, sabré si puedo ayudarle.
- En eso - respondió Trevize -, el doctor Pelorat es nuestro portavoz. No tengo nada que oponer - dijo Deniador -. ¿Doctor Pelorat?
- Por emplear los términos más simples, mi querido doctor – dijo Pelorat -, he dedicado toda mi vida madura a tratar de conocer lo fundamental del mundo en que la especie humana tuvo su origen, y fui enviado con mi buen amigo Golan Trevize, aunque éste lo ignoraba entonces, a descubrir, si podíamos, el..., bueno, el Más Viejo, creo que lo llaman ustedes.
- ¿El Más Viejo? - preguntó Deniador -. Supongo que se está refiriendo a la Tierra.
Pelorat se quedó boquiabierto. Después, dijo, balbuceando ligeramente -: Tenía la impresión..., es decir, me habían dado a entender..., pensé que no se debía... - Miró a Trevize, bastante desconcertado.
- La ministra Lizalor me dijo que esta palabra no se usaba en Comporellon - aclaró Trevize.
- ¿Quiere usted decir que hizo algo como esto?
Deniador torció la boca hacia abajo, frunció la nariz hacia arriba, extendió los brazos hacia delante y cruzó los dedos índice y medio de cada mano.
- Sí - dijo Trevize -, esto fue, exactamente.
Deniador se tranquilizó y se echó a reír.
- Tonterías, caballeros. Lo hacemos por costumbre, aunque es muy posible que en las regiones atrasadas lo hagan en serio; pero, en todo caso, carece de importancia. No conozco a ningún comporelliano que no diga «Tierra» cuando está enfadado o sorprendido. Es el vulgarismo más corriente que usamos al hablar.
- ¿Vulgarismo? - exclamó débilmente Pelorat.
- O palabrota, si lo prefiere.
- Sin embargo - dijo Trevize -, la ministra pareció muy indignada cuando pronuncié esta palabra.
- Bueno, ella es una mujer de la montaña.
- ¿Qué significa eso señor?
- Lo que dice. Mitzá Lizalor es de la Cordillera Central. Allí educan a los niños según la que llaman buena y antigua crianza, lo cual quiere decir que, por mucha instrucción que adquieran después, nunca se les podrá quitar la costumbre de cruzar los dedos.
- Entonces, la palabra «Tierra» no le inquieta a usted en absoluto, verdad doctor? - dijo Bliss.
- En absoluto, querida señora. Yo soy un Escéptico.
- Sé lo que significa la palabra «escéptico» en galáctico - dijo Trevize -, pero, ¿en qué sentido la emplea usted?
- En el mismo que usted, consejero. Sólo acepto aquello que las pruebas lógicas me obligan a aceitar y aún mantengo en suspenso dicha aceptación hasta que otras pruebas me lo confirmen. Lo cual hace que no seamos muy populares.
- ¿ Por qué ? - preguntó Trevize.
- No lo seríamos en ningún caso. ¿Cuál es el mundo cuyos moradores no prefieren una cómoda, agradable y antigua creencia, por ilógica que parezca, al viento helado de la incertidumbre? Piense en cómo creen ustedes en el «Plan Seldon», sin ninguna prueba.
- Sí - admitió Trevize, mirándose las puntas de los dedos -. Precisamente puse ese ejemplo la noche pasada.
- ¿Puedo volver a nuestro tima, querido amigo? - dijo Pelorat -. ¿Qué se sabe de la Tierra que sea aceptable para un Escéptico?
- Muy poco - respondió Deniador -. Podemos presumir que la especie humana evolucionó en un solo planeta, ya que es de todo punto improbable que las mismas especies, idénticas hasta el punto de poder fructificar las unas con las otras se desarrollasen en numerosos mundos, o incluso en sólo dos de ellos, independientemente. Podemos elegir llamar Tierra a este mundo de origen, Aquí existe la creencia general de que la Tierra se encuentra situada en este rincón de la Galaxia, pues aquí los mundos son muy viejos y es probable que los primeros en ser colonizados estuviesen cerca, y no lejos, de la Tierra.
- ¿Y tiene la Tierra alguna característica única, además de ser el planeta de origen? - preguntó ansiosamente Pelorat.
- ¿En qué está pensando? - dijo Deniador, con una de sus fáciles sonrisas.
- En su satélite, al que algunos llaman Luna. Sería extraordinario, ¿verdad?
- Ésta es una cuestión importante, doctor Pelorat. Puede .darme mucho que pensar.
- No he dicho en qué sería extraordinaria la Luna.
- En su tamaño, por supuesto, ¿He acertado? Si, ya veo que si.
Todas las leyendas sobre la Tierra hablan de su gran variedad de especies vivas y de su enorme satélite, con tres mil o tres mil quinientos kilómetros de diámetro. La variedad de seres vivos se puede aceptar con facilidad, ya que se habría producido a través de la evolución biológica, si es exacto lo que sabemos de ese proceso. Pero un satélite gigante resulta más difícil de aceptar. Ningún otro mundo habitado de la Galaxia tiene uno semejante. Los grandes satélites aparecen asociados invariablemente con los gigantes gaseosos deshabitados e inhabitados.
Por consiguiente, como Escéptico que soy, prefiero no aceptar la existencia de la Luna.
- Si la Tierra es única en la posesión de millones de especies – dijo Pelorat -, ¿no podría serlo también en lo que respecta a un satélite gigante? Lo primero podría implicar lo segundo.
Deniador sonrió.
- No veo por qué la existencia de millones de especies en la Tierra tendría que crear un satélite gigante de la nada.
- Bien, mirémoslo al revés. Tal vez un satélite gigante podría haber contribuido a crear esos millones de especies.
- Tampoco lo veo claro.
- ¿Y qué opina usted de la radiactividad de la Tierra? – preguntó Trevize.
- Eso se comenta en todas partes; todo el mundo lo cree.
- Pero - dijo Trevize - la Tierra no pudo ser tan radiactiva que impidiese la vida en ella durante los miles de millones de años en que hubo seres vivos allí. ¿Cómo adquirió la radiactividad? ¿Una guerra nuclear?
- Ésta es la opinión más corriente, consejero Trevize.
- Por su manera de decirlo, sospecho que usted no lo cree.
- No hay pruebas de que tal guerra se produjese. La creencia común, aunque sea universal, no representa una prueba por sí sola.
- ¿Qué más pudo ocurrir?
- No existen pruebas de que ocurriese nada. La radiactividad podría ser una leyenda inventada, como la del gran satélite.
- ¿Cuál es la versión más aceptada de la Historia de la Tierra? - dijo Pelorat -. Durante mi carrera profesional, he recogido numerosas leyendas antiguas, muchas de las cuales se refieren a un mundo llamado Tierra o algo parecido. No tengo ninguna de Comporellon, salvo la vaga mención de un tal Benbally que vino de ninguna parte, según las leyendas comporellianas.
- No debe extrañarse por ellas. Nosotros no solemos exportar nuestras leyendas, y me extraña que haya encontrado referencias a Benbally. Otra superstición.
- Pero usted no es supersticioso y no vacilaría en hablar sobre ello, ¿verdad?
- Verdad - reconoció el pequeño historiador, mirando a Pelorat -. Cierto que esto contribuiría mucho, quizá peligrosamente, a mi impopularidad, pero ustedes tres se marcharán pronto de Comporellon y supongo que no me citarán como fuente de información.
- Tiene usted nuestra palabra de honor - dijo Pelorat.
- Entonces, oigan un resumen de lo que se supone que ocurrió, despojado de elementos sobrenaturales o moralistas. La Tierra existió como único mundo de seres humanos durante un período de tiempo inconmensurable, y, entonces, hace unos veinte o veinticinco mil años, la especie humana inició los viajes interestelares por medio del Salto hiperespacial y colonizó un grupo de planetas.
Los colonizadores de esos planetas se valieron de robots, que habían sido inventados en la Tierra antes de los tiempos del viaje hiperespacial y... A propósito, ¿saben ustedes lo que son los robots?
- Sí - dijo Trevize -. Nos lo han preguntado más de una vez. sabemos lo que son.
- Los colonizadores con una sociedad robotizada por completo, desarrollaron una alta tecnología y alcanzaron una longevidad extraordinaria. Y despreciaron su mando ancestral. Según las versiones más dramáticas de la historia, dominaron y oprimieron a ese mundo.
Más tarde, la Tierra envió un nuevo grupo de colonizadores, en el que los robots estaban prohibidos. De los nuevos mundos, Comporellon fue uno de los Primeros. Nuestros patriotas insisten en que fue el primero. Pero no existen pruebas que un Escéptico pueda aceptar. El primer grupo de colonizadores se extinguió y...
- ¿Por qué se extinguió ese primer grupo, doctor Deniador? – le interrumpió Trevize.
- ¿Por qué? Nuestros románticos en general se imaginan que fueron castigados a causa de sus crímenes por «El Que Castiga», aunque nadie se toma el trabajo de decir por qué esperó tanto tiempo. Pero no hay que recurrir a cuentos de hadas. Es fácil deducir que una sociedad que depende por completo de los robots se vuelve muelle y decadente, debilitándose Y muriendo de puro aburrimiento o, más sutilmente, por perder la voluntad de vivir
La Segunda ola de colonizadores, sin robots, vivió y se adueñó de toda la galaxia. Pero la Tierra se volvió radiactiva y se fue perdiendo de vista poco a poco. Generalmente, esto es atribuido a que también había robots en la Tierra, ya que los primeros colonizadores eran partidarios de ellos.
Bliss, que había escuchado el relato con visible impaciencia, dijo:
- Bueno, doctor Deniador, con radiactividad o sin ella, y cualesquiera que fuesen las olas de colonizadores, la cuestión crucial es bien sencilla. ¿Dónde se encuentra la Tierra exactamente? ¿Cuáles son sus coordenadas?
- La respuesta a esta pregunta es: No lo sé - dijo Deniador -. Pero se ha hecho la hora de almorzar. Puedo pedir que nos traigan el almuerzo. Y así continuar discutiendo sobre la Tierra todo el tiempo que ustedes quieran.
- ¿No lo Sabe? - preguntó Trevize, alzando el tono y la intensidad de su voz.
- En realidad, que yo sepa, nadie les dará la respuesta, pues se desconoce.
- Pero eso es imposible.
- Consejero - dijo Deniador, suspirando con suavidad -, si usted quiere decir que la verdad es imposible está en su derecho; pero no le llevará a ninguna parte.


VII. SALIDA DE COMPORELLON


El almuerzo consistió en un montón de bolas blandas, crujientes por fuera, de colores diferentes y rellenos variados.
Deniador tomó un pequeño objeto que se desplegó en un par de finos y transparentes guantes, y se los puso. Sus invitados lo imitaron.
- ¿Qué hay dentro de esas cosas? - preguntó Bliss.
- Las de color de rosa - dijo Deniador - están rellenas de pescado picado y con especias, y son un plato comporelliano muy delicado. Las amarillas contienen un queso muy suave. Las verdes, una mezcla de verduras. Cómanlas mientras están calientes. Después tendremos pastel de almendras caliente, acompañado de las bebidas acostumbradas. Les recomiendo la sidra muy caliente. Como el clima es frío, solemos calentar nuestra comida, incluido el postre.
- Se cuida usted bien - dijo Pelorat.
- No tanto - repuso Deniador -. Trato de ser un buen anfitrión para mis invitados. En cuanto a mí, como muy poco. No tengo que alimentar un cuerpo voluminoso, algo que, sin duda, ustedes han advertido.
Trevize mordió una de las bolas de color de rosa y descubrió que tenia una capa de especias que la hacía muy agradable al paladar además de un fuerte sabor a pescado; pero pensó que ambos sabores permanecerían en su boca durante el resto del día, y tal vez parte de la noche.
Cuando apartó aquella bola de su boca después de morderla, vio que la corteza se había cerrado de nuevo sobre el contenido. No apareció grieta alguna en ella, ni la menor filtración, por lo que se preguntó, de momento, para que servirían los guantes. Daba la sensación de que, decidió que sería por una cuestión de higiene. Los guantes sustituían al lavado de manos si esto resultaba incomodo, y probablemente la costumbre habría hecho que se utilizasen aunque aquellas se hubiesen lavado. (Lizador no había utilizado guantes cuando Trevize había comido con  ella el día anterior. Tal vez era debido a que provenía de las montañas.)
- ¿Sería impertinente hablar de negocios mientras almorzamos? - pregunto.
- Según las normas de Comporellon, sí, consejero, pero ustedes son mis invitados y nos regiremos por las suyas. Si desean hablar de cosas serias y  no creen, o no les importa que ese detalle pueda hacer que disfruten menos de la comida, háganlo que yo los imitare.
- Gracias – dijo Trevize -. La ministra Lizalor dio a entender..., no,  en realidad lo dijo con toda claridad, que los escépticos eran impopulares en este planeta. ¿Eso se ajusta a la verdad?
El buen humor de Deniador pareció ir en aumento.
- Por supuesto que sí. Y nos sabría muy mal que fuese de otra forma.  Miren ustedes, Comporellon es un mundo frustrado, sin el menor conocimiento de los detalles,  existe la creencia mítica general de que hubo un tiempo, muchos milenios atrás, cuando la galaxia habitada no se había extendido, en que Comporellon era un mundo dominante. Nunca olvidamos esto, y el hecho de que no hallamos mantenido el liderazgo en la historia conocida nos fastidia, nos produce, a la población en general, quiero decir, un sentimiento de injusticia.
Sin embargo, ¿qué podemos hacer? Antaño el gobierno se vio obligado a rendir fiel vasallaje al emperador y ahora es leal asociado de la fundación. Y cuanto mas vemos nuestra posición subordinada,  mas fuerte es la creencia en lo grandes y misteriosos días del pasado.
Entonces, ¿qué postura adopta Comporellon? No pudo desafiar al imperio en los viejos tiempos y no puede desafiar abiertamente a la fundación ahora. Por consiguiente, la gente se desahoga atacándonos y odiándonos, porque no creemos en las leyendas y nos reímos de las supersticiones.
Sin embargo, estamos a salvo de los peores efectos de la persecución. Controlamos la tecnología y ocupamos las cátedras en las Universidades. Algunos de nosotros, particularmente descarados,  tenemos dificultades para dar nuestras clases con libertad. Yo, por ejemplo, tropiezo con ese problema, aunque tengo mi grupo de alumnos, con los que celebro discretas reuniones fuera del campus. Pero si fuésemos realmente expulsados de la vida pública, la tecnología fracasaría y las Universidades perderían su prestigio dentro de la galaxia. Cabe presumir, dada la estupidez de los seres humanos, que la perspectiva de un suicidio intelectual no les privaría de manifestar su odio, pero la Fundación nos apoya. Por consiguiente, constantemente somos objeto de censuras, mofa y denuncias..., pero nunca nos tocan.
- ¿Es la oposición popular la que le impide decirnos dónde está la
Tierra? - preguntó Trevize -. ¿Teme que, a pesar de todo, el sentimiento antiescéptico pueda volverse peligroso si va usted demasiado lejos?
Deniador sacudió la cabeza.
- No. La situación de la Tierra es desconocida. No les oculto nada por miedo, ni por ninguna otra razón.
- Pero - dijo Trevize en tono apremiante -, en este sector de la galaxia, hay un número limitado de planetas que poseen las características físicas necesarias para la habitabilidad; aunque la mayor parte son inhabitables y están deshabitados, y, sin embargo, ustedes los conocen. ¿Resultaría tan difícil explorar el sector en busca de un planeta que sería habitable si no fuese radiactivo? Además, dicho planeta se hallaría circundado por un gran satélite. Con su radiactividad y un gran satélite, la Tierra sería inconfundible y no podría pasar inadvertida a quien la buscase. La cosa podría requerir algún tiempo, pero esto representaría la única dificultad.
- La opinión de los Escépticos es - dijo Deniador -, naturalmente, que la radiactividad de la Tierra y su gran satélite no constituyen más que dos simples leyendas. Creemos que buscar la Tierra es pedir peras al olmo.
- Tal vez, pero eso no debería impedir a Comporellon intentar la búsqueda, al menos. Si encontrasen un mundo radiactivo del tamaño adecuado para la habitabilidad, y con un gran satélite, esto prestarla una enorme credibilidad a las leyendas comporellianas en general.
Deniador se echó a reír. , ,
- Es posible que Comporellon no lo busque por esa misma razón. Si fracasase, encontrándose una Tierra visiblemente distinta de la que la leyenda cuenta, ocurriría todo lo contrario: las leyendas comporellianas, en general, quedarían desacreditadas y serían objeto de las burlas de todos. Comporellon no puede arriesgarse a esto.
Trevize no respondió enseguida, pero después insistió.
- Además, aunque prescindamos de estas dos peculiaridades, si, es que existe esta palabra en galáctico, la radiactividad y un gran Satélite, hay una tercera que debe existir, con independencia de las leyendas. En la Tierra tiene que haber una vida floreciente de diversidad increíble, o los restos de ésta, o, al menos, testimonios fósiles de que alguna ha existido allí.
- Consejero - dijo Deniador -, aunque Comporellon no haya realizado ninguna expedición organizada en busca de la Tierra, no tenemos ocasión de viajar por el espacio y, ocasionalmente, recibimos noticias de naves que, por alguna razón, se han desviado de la ruta prevista. Como ustedes sabrán, los Saltos no siempre son perfectos. Sin embargo, nunca se nos ha informado de la existencia de algún planeta de propiedades parecidas a las de la legendaria Tierra, o que esté rebosante de vida. Tampoco es probable que alguna nave aterrice en lo que parece un planeta deshabitado, para que su tripulación pueda ir en busca de fósiles. Por consiguiente, si en miles de años no se ha recibido información de nada parecido, debo entender que la localización de la Tierra es imposible, ya que no existe tal Tierra a localizar.
- Pero la Tierra tiene que estar en alguna parte - repuso Trevize contrariado -. En algún lugar debe haber un planeta en el que la humanidad y todas las formas conocidas de vida asociadas a ella evolucionaron. Si la Tierra no se encuentra en este sector de la galaxia, tiene que estar en otro lugar.
- Tal vez sí - dijo Deniador fríamente -, pero, en todo ese tiempo no ha aparecido en parte alguna.
- En realidad, nadie la ha buscado.
- Bueno, ustedes lo están haciendo, por lo visto. Les deseo suerte, pero no apostaría por su éxito.
- ¿Se ha realizado algún intento de determinar la posible posición de la Tierra por medios indirectos, por algún otro que no fuese el de la búsqueda directa?
- Sí - respondieron dos voces al mismo tiempo.
Deniador, que era uno de los que había contestado, preguntó a Pelorat:
- ¿Está usted pensando en el proyecto de Yariff?
- En efecto - dijo Pelorat.
- Entonces, ¿quiere explicárselo al consejero? Creo que estará mas predispuesto a creerle a usted que a mí.
- Mira, Golan - comenzó Pelorat -, en los últimos días del Imperio hubo un tiempo en que la «Busca de los Orígenes», como lo llamaban entonces, era un pasatiempo popular, tal vez para eludir las calamidades de la realidad del momento. Como sabes, el Imperio estaba en vías de desintegración.
»Un historiador de Livia - continuó Pelorat -, Humbal Yariff, pensó que cualquiera que sea el planeta de origen, los mundos mas cercanos habrían sido colonizados antes que los planetas mas lejanos. En general, cuanto mas alejado se encontrase un mundo del punto de origen, mas tarde habría sido colonizado.
Supongamos, pues, que se registrase la fecha de colonización de cada uno de los planetas habitables de la galaxia, y se uniesen con líneas todos aquellos que tuviesen, aproximadamente, los mismos milenios de  antigüedad. Entonces, se tendría una red que enlazaría todos los planetas de diez milenios de antigüedad; otra para los de doce mil años, y otra para los de quince mil. En teoría, cada red sería más o menos esférica, y todas ellas más o menos concéntricas. Las redes más antiguas formarían esferas de un radio menor que el de las más jóvenes, y si se determinaban todos los centros, éstos quedarían dentro de un volumen de espacio relativamente pequeño en el que se hallaría el planeta de origen: la Tierra.
Pelorat dijo esto con gran seriedad, mientras trazaba superficies esféricas con las manos dobladas.
- ¿Entiendes lo que quiero decir, Golan?
Trevize asintió con la cabeza.
- Sí. Pero entiendo que no dio resultado.
- Teóricamente, hubiese debido darlo, viejo amigo. Lo malo fue que los tiempos de origen eran totalmente inexactos. Cada mundo exageró su propia antigüedad, y no resultó fácil determinarlo con independencia de la leyenda.
- Se pudo emplear el carbono 14 en la madera antigua – indicó Bliss.
- Cierto, querida - dijo Pelorat -, pero se habría necesitado la cooperación de todos los mundos en cuestión, y éstos jamás la prestaron. Ningún mundo quería ver desmentida su exagerada antigüedad, y el Imperio no estaba entonces en condiciones de rechazar las objeciones locales en un asunto de tan poca importancia. Tenía otras cosas en las que pensar.
»Lo único que Yariff podía hacer era basarse en mundos que sólo tenían dos mil años de antigüedad como máximo y cuya Fundación había sido meticulosamente registrada en circunstancias dignas de confianza. Éstos eran pocos, y aunque se encontraban distribuidos en una simetría casi esférica, el centro estaba relativamente cerca de Trantor, la capital imperial, porque de allí habían partido las expediciones colonizadoras de aquellos pocos mundos.
»Naturalmente, eso constituía otro problema. La Tierra no era el único punto de origen de la colonización de otros mundos. Con el paso del tiempo, los planetas más viejos enviaron sus propias expediciones colonizadoras, y en la época de auge del Imperio, Trantor se convirtió en una fuente bastante copiosa de las mismas. De manera injusta, Yariff fue escarnecido y ridiculizado, y su reputación profesional quedó destruida.
- Comprendo, Janov - dijo Trevize -. Entonces, doctor Deniador, ¿no puede usted decirme algo que represente la posibilidad de una débil esperanza? ¿No hay algún otro mundo donde sea concebible que puedan tener alguna información concerniente a la Tierra?
Deniador, con expresión de duda, pensó durante un rato.
- Bue-e-eno - dijo al fin, arrastrando vacilante la palabra -, como Escéptico que soy, debo decirle que no estoy seguro de que la Tierra exista o haya existido jamás. Sin embargo... - guardó silencio de nuevo.
- Creo que ha pensado usted en algo que podría ser importante, doctor - intervino Bliss.
- ¿Importante? Lo dudo - dijo Deniador con acento poco seguro -. ¿Divertido? La Tierra no es el único planeta cuya situación resulte un misterio. Están los mundos del primer grupo de colonizadores, los Espaciales, como se les llama en nuestras leyendas. Algunos hablan de «Mundos Espaciales» cuando se refieren a los planetas que aquéllos habitaron; otros les llaman «Mundos Prohibidos». Este último nombre es el que suele usarse ahora.
»Según la leyenda, los Espaciales tenían una longevidad que, alcanzaba varios siglos y, llevados de su soberbia, negaron el derecho a aterrizar en sus mundos a nuestros antepasados de vida efímera. Cuando nosotros les derrotamos, la situación se invirtió. Nos negamos a tener tratos con ellos y dejamos que se apañasen solos, prohibiendo a nuestras naves y a nuestros comerciantes sostener con ellos el menor contacto. De ahí que aquellos planetas se convirtiesen en los Mundos Prohibidos. Estábamos convencidos, siempre según la leyenda, de que «El Que castiga» los destruiría sin nuestra intervención, y parece ser que Él lo hizo así. Al menos que nosotros sepamos, ningún Espacial ha aparecido en la Galaxia en muchos milenios.
- ¿Cree usted que los Espaciales sabrían algo acerca de la Tierra? - dijo Trevize.
- Puede ser; al fin y al cabo, sus mundos tenían muchos más años que cualquiera de los nuestros. Es decir, si existen Espaciales, algo improbable en extremo.
- Aun en el caso de que ya no existan, sus mundos sí, y pueden contener datos:
- Si puede usted encontrar los mundos.
Trevize pareció desesperado.
- ¿Quiere usted decir que la clave de la Tierra, cuya situación es desconocida, puede ser encontrada en mundos Espaciales, el emplazamiento de los cuales es desconocido también?
- No hemos tenido tratos con ellos en veinte mil años - dijo Deniador encogiéndose de hombros, ni siquiera hemos pensado en ello. También los Espaciales, como la Tierra, se han desvanecido entre la niebla.
- ¿En cuántos mundos vivieron los Espaciales?
- Las leyendas hablan de cincuenta, un número sospechosamente redondo. Quizá fueron menos.
- ¿Y no sabe usted la situación de uno solo de ellos?
- Bueno, me pregunto...
- ¿Qué se pregunta?
- Como la Historia primitiva es mi especialidad, al igual que la del doctor Pelorat - dijo Deniador -, he estudiado ocasionalmente antiguos documentos en busca de algo que pudiera referirse a los primeros tiempos, algún dato que fuese más que leyenda. El año pasado, en documentos casi indescifrables, encontré referencias a una antigua nave.
Se remontaban a los viejos tiempos en que nuestro mundo no era conocido como Comporellon todavía. Se le daba el nombre de «Baleyworld», que, según parece, puede ser una forma todavía más primitiva del «Mundo de Benbally» de nuestras leyendas.
- ¿Lo ha publicado usted? - preguntó Pelorat, muy excitado.
- No - respondió Deniador -. No quiero lanzarme a la piscina hasta que esté seguro de que hay agua en ella, según dice un viejo adagio. Allí se cuenta que el capitán de la nave había visitado un mundo Espacial y se había llevado una mujer de él.
- Pero usted acaba de decimos que los Espaciales no permitían que aterrizasen visitantes.
- Exacto, y ésta es la razón de que no me decidiese a publicar el material. Parece increíble. Hay vagos relatos que se podría pensar se refieren a los Espaciales y a su conflicto con los Colonizadores, nuestros antepasados. Tales historias se cuentan no sólo en Comporellon, sino también en muchos mundos y con diversas variaciones, pero todas están absolutamente de acuerdo en una cosa: los dos grupos, Espaciales y Colonizadores, no se mezclaron. No hubo contacto social, por lo que menos debió haberlo sexual; sin embargo, un capitán colonizador y una mujer espacial estuvieron unidos por lazos amorosos. Esto resulta tan increíble que no veo la menor posibilidad de que el relato sea aceptado, salvo, en el mejor de los casos, como una narración romántica de ficción histórica.
- ¿Es eso todo? - preguntó Trevize, que pareció desilusionado.
- No, consejero, hay otra cuestión. Encontré unas cifras en lo que quedaba del diario de vuelo de la nave que podían, o no podían, representar coordenadas espaciales. Si lo fuesen (y repito, pues mi honor de escéptico me obliga a ello, que pueden no serlo), entonces, los indicios me llevarían a la conclusión de que eran las coordenadas espaciales de tres de los mundos Espaciales. Uno de ellos pudo ser aquel en que aterrizó el capitán y del que se llevó a su amada.
- ¿No podría ocurrir que, aun siendo ficticio el relato, las coordenadas fuesen reales?
- ¿Por qué no? - dijo Deniador -. Le daré los números, y puede usted utilizarlos, pero es posible que no le lleven a ninguna parte. Sin embargo, tengo una idea curiosa - añadió, y de nuevo apareció aquella fugaz sonrisa en su rostro.
- ¿Cuál es? - preguntó Trevize.
- ¿Y si una de aquellas series de coordenadas representase la Tierra?
El sol de Comporellon, de color fuertemente anaranjado, era aparentemente mayor que el de Terminus, pero se hallaba bajo en el cielo y daba poco calor. El viento, afortunadamente flojo, tocó la mejilla de Trevize con dedos helados.
Él se estremeció dentro del abrigo electrificado que Mitza Lizalor le había dado. Ella estaba de pie, a su lado.
- Tiene que calentar alguna vez, Mitza - dijo él.
Ella miró el sol unos instantes y permaneció plantada en el puerto espacial vacío, sin dar muestras de incomodidad: alta, robusta, envuelta en un abrigo más ligero que el que Trevize llevaba y, si no insensible al frío, desdeñándolo al menos.
- Tenemos un verano magnífico – dijo -. No dura mucho, pero nuestras cosechas están adaptadas a él. Las especies son elegidas con gran cuidado, de manera que crecen rápidamente bajo el sol y no se hielan con facilidad. Nuestros animales domésticos tienen mucho pelo y la lana de Comporellon es la mejor de la Galaxia, según la opinión general. Además, hay explotaciones agrícolas nuestras en órbita que cultivan frutas tropicales. En realidad, exportamos piña en conserva de la mejor calidad. Muchos de los que nos consideran como un mundo frío ignoran esta circunstancia.
- Te doy las gracias por venir a despedirnos, Mitza - dijo Trevize - y por estar dispuesta a colaborar con nosotros en nuestra misión. Sin embargo, para mi tranquilidad, quiero preguntarte si no te verás en serias dificultades a causa de esto.
- ¡No! - Sacudió orgullosamente la cabeza -. Ninguna dificultad. En primer lugar, nadie me interrogará. Yo controlo los transportes, lo cual significa que dicto las normas por las que deben regirse todos los puertos espaciales, las estaciones de entrada y las naves que llegan y se van.
El propio Primer Ministro depende de mí en estas cuestiones y está encantado de no tener que preocuparse él de los detalles. E incluso en el caso de que me preguntasen, sólo tendría que decir la verdad. El Gobierno me aplaudiría por no haber entregado la nave a la Fundación. Y lo propio haría el pueblo si se enterase. En cuanto a la Fundación, no sabrá nada de esto.
- Es posible que el Gobierno se alegre de que no entregues la nave a la Fundación - dijo Trevize -, pero, ¿aprobará que permitas que nos la llevemos nosotros?
Lizalor sonrió.
- Eres un ser humano muy honrado, Trevize. Has luchado tenazmente por conservar tu nave y, ahora que la tienes, te preocupas de mi seguridad.
Alargó una mano como para hacerle una caricia de afecto y, entonces, recuperándose con un visible esfuerzo, dominó su impulso.
- Incluso si discutiesen mi decisión - prosiguió, con renovada brusquedad -, sólo tendría que contarles que has estado, y todavía estás, buscando el Más Viejo, y dirían que hice bien en librarme de ti, de la nave y de todo los demás, lo antes posible. Y celebrarían ritos de expiación por haberte dejado aterrizar aquí, aunque nadie podía adivinar lo que estabas haciendo.
- ¿Temes realmente que mi presencia puede traeros mala suerte, a ti y a tu mundo?
- Sí - respondió Lizalor con dureza. Y después, con más suavidad -: A mí me la ha traído ya, porque ahora que te he conocido, los hombres de Comporellon me parecerán más insulsos todavía. Me quedaré con mi afán insaciable. «El Que Castiga» me ha infligido ya mi penitencia.
Trevize vaciló y después dijo:
- No quiero hacerte cambiar de opinión sobre esta cuestión, pero tampoco me agrada que sufras aprensiones innecesarias. Debes saber que esta idea que yo te traigo mala suerte no es más que una superstición.
- Supongo que eso te lo diría el Escéptico.
- Lo sé sin necesidad de que él me lo diga.
Lizalor se enjugó la cara, pues una fina escarcha empezaba a cuajarse sobre sus salientes cejas.
- Sé que algunos creen que es superstición – dijo -. Sin embargo, el Más Viejo trae mala suerte. Se ha demostrado en muchas ocasiones y todos los ingeniosos argumentos de los Escépticos nada pueden contra la verdad.
Súbitamente, tendió una mano.
- Adiós, Golan. Sube a la nave y reúnete con tus compañeros antes de que nuestro frío pero amable viento congele tu blando cuerpo terminiano.
- Adiós, Mitza, y espero verte a mi regreso.
- Sí, me has prometido que volverás y he tratado de convencerme que lo harás. Incluso me he dicho que saldría a recibirte en el espacio, para que el maleficio caiga sólo sobre mí y no sobre mi mundo. : Pero no volverás.
- ¡Sí! ¡Volveré! Después de haber gozado tanto contigo, no renuncio a ti con tanta facilidad.
Y en aquel momento, Trevize estaba firmemente convencido de que era sincero.
- No pongo en duda tus románticos impulsos, mi dulce Fundador, pero los que se aventuren en el espacio en busca del Más Viejo jamás volverán... Me lo dice el corazón.
Trevize se esforzó en reprimir el castañeteo de sus dientes. Lo causaba el frío, pero no quería que ella pensase que era el miedo.
- También esto forma parte de la superstición - dijo.
- Sin embargo, también es verdad - repuso ella.
Resultaba estupendo hallarse de nuevo en la cabina-piloto de la Far Star. Podía ser angosta, casi como una burbuja hermética en medio del espacio infinito. Pero era familiar, amistosa, y estaba caliente en ella.
- Me alegro de que por fin hayas subido a bordo - dijo Bliss -. Me preguntaba cuánto tiempo permanecerías ahí fuera con la ministra.
- Ha sido poco - repuso Trevize -. Hacia frío.
- Me pareció - dijo Bliss - que estabas considerando la posibilidad de quedarte con ella y demorar tu búsqueda de la Tierra. No me gusta sondear tu menté, ni siquiera por encima, pero me sentía preocupada por ti y por tu lucha contra la tentación.
- Tienes razón - admitió Trevize -. Al menos momentáneamente, me sentí tentado. La ministra es una mujer extraordinaria y nunca había conocido a nadie así. ¿Fortaleciste tú mi resistencia, Bliss?
- Ya te he dicho muchas veces que no forzaré tu mente en modo alguno, Trevize - repuso ella -. Supongo que venciste la tentación gracias a tu firme sentido del deber.
- No, creo que no - dijo él con una irónica sonrisa -. No ocurrió nada tan dramático y tan noble. Mi resistencia fue fortalecida, en primer lugar, por el hecho de que hacía fijo, y, además, por la espantosa idea de que unas pocas sesiones con ella bastarían para matarme. No hubiese podido aguantar su ritmo.
- Bueno - dijo Pelorat -, lo importante es que estás a salvo a bordo. ¿Qué vamos a hacer ahora?
- En un futuro inmediato, viajaremos rápidamente a través del sistema planetario hacia el exterior, hasta que estemos lo bastante lejos del sol de Comporellon para dar el salto.
- ¿Crees que nos detendrán o nos seguirán?
- No; con sinceridad, pienso que la ministra está ansiosa de que nos alejemos lo más rápidamente posible y no volvamos, a fin de que la venganza de «El Que Castiga» no la reciba su planeta. En realidad...
- ¿Qué?
- Ella cree que la venganza caerá sobre nosotros. Está firmemente convencida de que nunca volveremos. Esto, me apresuro a añadir, no responde a un cálculo suyo de mi probable grado de infidelidad. Ella quiso significar que la Tierra es una portadora de desdichas tan terrible que cualquiera que la busque tiene que morir en la empresa.
- ¿Cuántos salieron de Comporellon en busca de la Tierra, para que pueda hacer esa afirmación? - preguntó Bliss.
- Dudo de que algún comporelliano haya intentado jamás esta búsqueda. Yo le dije que sus temores eran pura superstición.
- ¿Seguro que tu lo crees? ¿No te has dejado sugestionar por ella?
- Sé que sus temores son mera superstición, en la forma como ella los expresa; pero, por otra parte, pueden tener un cierto fundamento.
- ¿Quieres decir que la radiactividad nos matará, si tratamos de aterrizar en la Tierra?
- No creo que el planeta sea radiactivo. Más bien imagino que se protege. Recordad que toda referencia a ella fue eliminada de la Biblioteca de Trantor; y que la maravillosa memoria de Gaia, en la que participa todo el planeta, incluidos los estratos rocosos de la superficie y el núcleo de metal fundido, no ha podido remontarse lo bastante en el pasado para decimos algo con referencia a la Tierra.
»Está claro que, si es lo bastante poderosa para hacer todo esto, también puede ser capaz de influir en las mentes para que creamos en su radiactividad, evitando de este modo que la busquemos. Y tal vez porque Comporellon se encuentra tan cerca que representa un peligro particular para la Tierra, se ha intensificado en él la forzada ignorancia. Deniador, que es un escéptico y un científico, está completamente convencido de que es inútil buscar la Tierra. Dice que no puede ser encontrarla. Y es en este sentido que puede estar bien fundada la superstición de la ministra. Si la Tierra está tan resuelta a ocultarse, ¿no podría matarnos o desviarnos, antes que permitirnos encontrarla?
Bliss frunció el entrecejo y dijo:
- Gaia.
- No digas que Gaia nos protegerá - la interrumpió Trevize -. Si la Tierra fue capaz de conseguir borrar los antiguos recuerdos de Gaia, está claro que también conseguiría vencer en un conflicto entre ambas.
- ¿Cómo sabes que los recuerdos fueron borrados? - preguntó Bliss fríamente -. Es posible que Gaia necesitase tiempo para desarrollar una memoria planetaria y que ahora sólo pueda recordar hasta la época en que aquel desarrollo terminó. Y si el recuerdo fue borrado, ¿cómo puedes estar seguro de que lo hiciese la propia Tierra?
- No lo sé - dijo Trevize -. Sólo expongo mis especulaciones.
Pelorat terció, con cierta timidez:
- Si la Tierra es tan poderosa y está tan resuelta a preservar, por decirlo así, su intimidad, ¿de qué servirá nuestra búsqueda? Pareces pensar que la Tierra no permitirá que triunfemos y nos matará, si es necesario, para impedir nuestro triunfo. En este caso, ¿no sería mejor que abandonásemos la empresa?
- Confieso que puede parecer así, pero tengo la firme convicción de que la Tierra existe y quiero y debo encontrarla. Además, Gaia me dice que cuando tengo convicciones firmes, como esta nunca me equivoco.
- Bien, ¿cómo podremos sobrevivir al descubrimiento, viejo?
- Es posible -  dijo Trevize esforsándose por dar un tono ligero a sus palabras – que la Tierra también reconozca mi extraordinario acierto y me deje campar por mis respectos. Pero, y a esto es a lo que yo iba, no puedo estar seguro de que ustedes dos sobreviváis, y me preocupa mucho. Siempre ha sido así, pero ahora mas que nunca, y me parece que debería llevarlos a los dos de vuelta a Gaia y continuar después yo solo. Fue de mi, no de vosotros de quien partió la idea de buscar la Tierra. Soy yo, no vosotros, quien ve valor en ello, soy yo, no vosotros quien esta empeñado en esto, por consiguiente, dejad que sea yo, y no vosotros quien corra el riesgo. Dejadme que vaya solo ¿Janov?
La cara larga de Pelorat pareció alargarse mas al apoyar la barbilla en el pecho.
- No te negare que me siento nervioso Golan, pero me avergonzar
a si te abandonase, renegaría de mi mismo si lo hiciese.
- ¿Bliss?
- Gaia no te abandonara, Trevize hagas lo que hagas, si la Tierra resulta peligrosa Gaia te protegerá en la medida de sus fuerzas. Y en todo caso en mi papel de Bliss, no abandonare a Pel, y si él se aferra a ti, yo me aferrare a él.
- Esta bien – dijo Trevize gravemente – Os he dado una oportunidad, seguiremos juntos.
- Juntos – dijo Bliss.
Pelorat sonrió levemente y apoyo una mano en el hombro de Trevize.
- Juntos siempre.
- Mira aquello – dijo Bliss.
Había estado usando el telescopio de la nave, casi como distracción, para cambiar de ocupación, después de haber estar enfrascada en los libros de Pelorat sobre las leyendas de la Tierra.
Pelorat se acerco, le rodeo los hombros con un brazo y miro la pantalla. Veíase en ella uno de los gigantes gaseosos del sistema planetario comporelliano, ampliado hasta dar una impresión real de su tamaño.
Era de color anaranjado claro, con franjas mas pálidas todavía. Visto desde el plano planetario, y hallándose mas alejado del sol que la propia nave, aparecía como un círculo de luz casi perfecto.
- Hermoso - dijo Pelorat.
- La franja central se extiende más allá del planeta, Pel.
- Creo que tienes razón, Bliss - dijo Pelorat, frunciendo el ceño.
- ¿Piensas que puede ser una ilusión óptica? - preguntó ella.
- No estoy seguro, Bliss. Soy tan novato como tú en esto del espacio. ¡Golan!
Trevize respondió a la llamada con un «¿Qué?» bastante débil y entró en la cabina-piloto. Llevaba el traje muy arrugado, como si hubiese estado dormitando vestido sobre la cama, que era exactamente lo que había hecho.
- ¡Por favor! - pidió en tono malhumorado -. No toquéis los instrumentos.
- Sólo es el telescopio - dijo Pelorat -. Mira eso.
Trevize miró.
- Es un gigante gaseoso, al que llaman Gallia, según las informaciones que me dieron.
- ¿Cómo puedes saber que es éste, con sólo mirarlo?
- En primer lugar - respondió Trevize -, porque a la distancia que nos hallamos del sol, y debido a las dimensiones planetarias y a las posiciones orbitales que estuve estudiando al fijar nuestra ruta, es el único que podremos ampliar hasta tal punto en este momento. En segundo lugar, ahí está el anillo.
- ¿El anillo? - dijo Bliss, sin comprender.
- Lo único que podéis ver es una fina línea pálida, porque lo observamos casi desde un plano horizontal. Podemos elevarnos y lo veréis mejor. ¿Os gustaría?
- No quiero que tengas que volver a calcular las posiciones y la ruta - dijo Pelorat.
- Bueno, el ordenador se encargará de eso con poco trabajo por mi parte.
Se sentó ante el ordenador mientras hablaba y colocó las manos sobre las marcas del tablero. El ordenador, perfectamente adaptado a su mente, hizo lo demás.
La Far Star, libre de problemas de carburante y de los efectos de  la inercia, aceleró rápidamente, y, una vez más, Trevize sintió amor por el ordenador y la nave que respondían de tal manera a sus mandatos. Era como si su pensamiento les diese fuerza y los dirigiese, como si ambos fuesen una poderosa y obediente prolongación de su voluntad.
No resultaba extraño que la Fundación quisiera recuperar aquella nave; ni que Comporellon hubiese intentado adueñarse de ella. Lo único sorprendente era que la fuerza de la superstición fuese tan grande como para obligar a Comporellon a renunciar a ella.
Debidamente armada, podría dejar atrás o fuera de combate a cualquier nave o flota de la Galaxia, con tal de que no tropezase con otra de iguales características que ella.
Desde luego, no iba debidamente armada. La alcaldesa Branno, al confiarle la nave, había tenido la precaución de entregársela desarmada.
Pelorat y Bliss observaron con atención cómo el planeta Gallia se acercaba lentamente, muy lentamente, a ellos. El polo superior (fuese cual fuere) Se hizo visible con una turbulencia en una gran región circular a su alrededor, mientras que el polo inferior quedó oculto tras el bulto de la esfera.
En la Parte de arriba, el lado oscuro del planeta invadió la esfera de luz anaranjada> Y el bello círculo apareció cada vez más inclinado. Lo más interesante fue que la pálida franja central ya no se veía Recta, sino curva, lo mismo que las otras franjas al Norte y al Sur, pero de un modo más visible.
Ahora, la franja central se iba extendiendo claramente más allá de los bordes del Planeta. Y lo hacía describiendo una estrecha curva a cada lado. Ya no podía hablarse de ilusión; su naturaleza resultaba evidente. Era un anillo de materia que circundaba el planeta y estaba oculto en el otro lado.
- Creo que esto es bastante para daros una idea - dijo Trevize -. Si pasásemos por encima del planeta, veríais el anillo en su forma circular, rodeando el planeta y sin tocarlo en parte alguna. Probablemente observaríais que no se trata de un anillo, sino de varios anillos concéntricos.
- Nunca lo hubiese creído posible - dijo Pelorat asombrado -. ¿Qué lo mantiene en el espacio?
- Lo mismo que sostiene a un satélite - respondió Trevize -. Los anillos se componen de pequeñas partículas, cada una de las cuales gira en órbita alrededor del planeta. Los anillos están tan cerca del planeta que el influjo de éste evita que se fundan en un solo cuerpo.
- Me espanto cuando pienso en esto, viejo - dijo Pelorat moviendo la cabeza -. ¿Cómo es posible que me haya pasado la vida estudiando y desconozca casi todo lo referente a la astronomía?
- Y yo no sé nada sobre los mitos de la Humanidad. Nadie puede abarcar todos los conocimientos. Lo cierto es que esos anillos planetarios no son raros. Casi todos los gigantes gaseosos los poseen, aunque, a veces, no son más que una fina circunferencia de polvo. Pero el sol de Terminus no tiene ningún verdadero gigante gaseoso en su familia planetaria, y así no resulta extraño que un terminiano no sepa nada de los anillos planetarios, a menos que haya viajado por el espacio o seguido cursos universitarios de Astronomía. Lo raro es que un anillo tenga la suficiente anchura para brillar y ser visible con facilidad, como ése. Es muy hermoso. Debe tener doscientos kilómetros de anchura por lo menos.
En ese momento, Pelorat chascó los dedos.
- Esto es lo que queda decir.
- ¿A qué te refieres, Pel? - preguntó Bliss intrigada.
- Una vez - dijo Pelorat -, leí unos versos muy antiguos, en una versión de galáctico arcaica difícil de descifrar pero que demostraba su enorme antigüedad. Aunque yo no debería quejarme de ello. Mi trabajo ha hecho que sea experto en diversas formas de galáctico antiguo, lo cual resulta muy satisfactorio en lo personal aunque me sirva de poco fuera de mi especialidad. Pero..., ¿de qué estaba hablando?
- De unos viejos versos, querido Pel - dijo Bliss.
- Gracias, Bliss. - Y dirigiéndose a Trevize -: Ella sigue siempre lo que digo para encarrilarme de nuevo cuando pierdo el hilo del discurso, que es lo que me ocurre casi siempre.
- Eso forma parte de tu encanto, Pel - dijo Bliss sonriendo.
- Bueno, aquel trozo de poema pretendía describir el sistema planetario del que la Tierra formaba parte. No sé por qué fue hecho, pues no se conservó en su totalidad; al menos, yo fui incapaz de encontrarlo. Sólo sobrevivió aquel fragmento, tal vez debido a su contenido astronómico. En todo caso, hablaba del triple anillo brillante del sexto planeta, tan amplio y grande que el mundo parecía pequeño en comparación con él. Como veis, aún lo recuerdo. Entonces, no comprendí lo que podía ser el anillo de un planeta. Recuerdo que pensé en tres círculos en hilera a uno de los lados del planeta. Me pareció tan absurdo que no quise incluirlo en mi biblioteca. Ahora, lamento no haberme informado mejor. - Sacudió la cabeza -. La mitología en la Galaxia de hoy en día es una labor tan exclusiva que uno se olvida de preguntar.
- Probablemente hiciste bien en no preocuparte por ello, Janov - dijo Trevize, para consolarle -. Es un error tomar el lenguaje poético al pie de la letra.
- Pero esto es lo que significaba - exclamó Pelorat, señalando la pantalla -. El poema hablaba de esto. Tres anillos anchos y concéntricos, más anchos que el propio planeta.
- Nunca había oído hablar de una cosa así - dijo Trevize -. No creo que los anillos puedan ser tan anchos. Comparados con el planeta que circundan, son muy estrechos.
- Tampoco habíamos oído hablar de un planeta habitable con un satélite gigante. O de uno que tuviese la corteza radiactiva. Ésta es la singularidad número tres. Si encontramos un planeta radiactivo que de no ocurrirle eso seria habitable, que además tenga un satélite gigante, y en cuyo sistema hay otro planeta con un gran anillo, podremos estar seguros de que hemos encontrado la Tierra.
Trevize sonrió.
- Estoy de acuerdo contigo, Janov. Si encontramos las tres cosas juntas, tendremos, sin duda, la Tierra delante.
- ¡Sí...! - dijo Bliss, lanzando un suspiro.

30


Se encontraban más allá de los mundos principales del sistema planetario, dirigiéndose hacia fuera, entre las posiciones de los dos planetas exteriores, de manera que no había ninguna masa significativa a menos de mil quinientos millones de kilómetros. Adelante de ellos, sólo estaba la vasta nube de cometas que, desde el punto de vista de la gravedad, era insignificante.
La Far Star había acelerado hasta una velocidad de 0,1 c, un décimo de la velocidad de la luz. Trevize sabía muy bien que, en teoría, la nave podía acelerar hasta casi la velocidad de la luz, pero que, en la práctica, 0,1 c era el limite razonable.
A esa velocidad, podía evitarse cualquier objeto de masa apreciable, pero no había manera de esquivar las innumerables partículas de polvo del espacio y, en cantidad todavía mayor, los átomos y moléculas individuales. A grandes velocidades, incluso unos objetos tan pequeños podían causar daños, frotando y arañando el casco de la nave. A una velocidad próxima a la de la luz, cada átomo que chocase contra el casco tendría las propiedades de una partícula de rayo cósmico. Y bajo esa radiación cósmica penetrante, nadie que viajase a bordo de la nave sobreviviría mucho tiempo.
Las estrellas lejanas no mostraban movimiento perceptible en la pantalla, y aunque la nave se movía a treinta mil kilómetros por segundo, daba la impresión de que permanecía inmóvil.
El ordenador registraba el espacio alcanzando grandes distancias, por si algún objeto de pequeño pero significativo tamaño se acercaba, y la nave se desviaba ligeramente para evitar la colisión, en el caso improbable de que ésta se pudiese producir. Dados el pequeño tamaño del posible objeto que se acercaba, la velocidad a la que la nave se cruzaba con él y la ausencia de efectos de inercia como resultado del cambio de rumbo, no había manera de saber si se producía algo que pudiese llamarse una «aproximación».
Por consiguiente, Trevize no se preocupaba por esas cosas, y ni siquiera pensaba en ellas. Toda su atención permanecía alerta a las tres series de coordenadas que Deniador le había dado y, en particular, a la que indicaba el objeto más cercano a ellos.
- ¿Hay algún error en las cifras? - preguntó, ansioso, Pelorat.
- Todavía no lo sé - respondió Trevize -. Las coordenadas no son útiles por sí solas, a menos que conozcas el punto cero y las convenciones empleadas para establecerlas como, por ejemplo, la dirección en que hay que marcar la distancia, por decirlo así; cuál es el equivalente de un primer meridiano, y otros datos por el estilo.
- ¿Cómo averiguarás todo esto? - preguntó Pelorat palideciendo.
- En relación con Comporellon, he obtenido las coordenadas de Terminus y otros puntos conocidos. Si las pongo en el ordenador, éste calculará cuáles deben ser las convenciones para tales coordenadas si Terminus y los otros puntos tienen que estar situados correctamente.
Sólo estoy tratando de organizar las cosas en mi mente para poder programar debidamente el ordenador a ese respecto, En cuanto hayamos terminado las convenciones, las cifras de que disponemos para los Mundos Prohibidos adquirirán, posiblemente, un significado.
- ¿Sólo posiblemente? - preguntó Bliss.
- Temo que sí - dijo Trevize -. A fin de cuentas, esas cifras son viejas..., opino que comporellianas, pero no estoy muy seguro. ¿Y si se basasen en otras convenciones?
- ¿Qué pasaría?
- Que sólo tendríamos unas cifras sin significado alguno. Pero..., eso es lo que debemos descubrir.
Sus dedos danzaron sobre las teclas suavemente iluminadas del ordenador para darle la información necesaria. Después, colocó las manos sobre las huellas del tablero. Esperó mientras el ordenador trabajaba según las convenciones de las coordenadas conocidas, se detenía un momento y después interpretaba las coordenadas del Mundo Prohibido más próximo según las mismas convenciones, y, por último, localizaba esas coordenadas en el mapa galáctico que tenía grabado en su memoria.
Un campo de estrellas apareció en la pantalla y se movió rápidamente mientras se ajustaba. Cuando la imagen quedó congelada, se expandió y empezaron a desprenderse estrellas de los bordes en todas direcciones, hasta que hubieron desaparecido casi todas. Los ojos no podían seguir aquel rápido cambio; todo era como una mancha moteada. Hasta que, al fin, quedó un espacio de un décimo de pársec en cada lado (según las cifras indicadoras al pie de la pantalla). No hubo más cambios y sólo media docena de puntos débilmente brillantes salpicaron la negra pantalla.
- ¿Cuál es el Mundo Prohibido? - preguntó Pelorat a media voz.
- Ninguna de ellas - dijo Trevize -. Cuatro son enanas rojas; una, enana casi roja; la última, una enana blanca. Ninguna de ellas puede tener un mundo habitable en órbita a su alrededor.
- ¿Cómo sabes que son enanas rojas con sólo mirarlas?
- No estamos viendo estrellas reales, sino un sector del mapa galáctico almacenado en la memoria del ordenador. Cada una de ellas está rotulada. Vosotros no podéis verlo y a mí me ocurriría igual de ordinario; pero mientras mis manos mantengan contacto con el ordenador, como ahora, percibiré una considerable cantidad de datos de cualquier estrella en la que concentre la mirada.
- Entonces, las coordenadas son inútiles - dijo Pelorat, en tono de desconsuelo.
Trevize le miró.
- No Janov,  no he terminado. Está la cuestión del tiempo. Las coordenadas del Mundo Prohibido son las de hace veinte mil años. Por aquel entonces, tanto él como Comporellon giraban alrededor del Centro Galáctico. Y es posible que ahora se trasladen a velocidades diferentes y en órbitas de distintas inclinaciones y excentricidades. Con el paso del tiempo los mundos pueden acercarse o separarse, y, en veinte mil años, el Mundo Prohibido puede haberse apartado de medio a cinco pársec de la posición marcada aquí. En tal caso, no estaría incluido en este cuadrado de una décima de pársec.
- Entonces, ¿qué haremos?
- Bueno...,  pues que el ordenador haga retroceder veinte mil años la Galaxia en tiempo relativo a Comporellon.
- ¿Puede conseguir eso? - preguntó Bliss, bastante pasmada.
- Bien..., no puede hacer retroceder la Galaxia en el tiempo pero sí el mapa en su banco de memoria.
- ¿Veremos algo? - dijo Bliss
- Observad.
Muy lentamente, las seis estrellas se movieron en la pantalla. Y una
nueva estrella, ausente hasta entonces, entró en aquélla desde el borde
izquierdo. Y Pelorat la señaló, excitado.
- ¡Allí! ¡Allí!
- Lo siento - dilo Trevize -. Es otra enana roja. Son muy comunes.
Al menos tres cuartas partes de todas las estrellas de la Galaxia son de esa clase.
La imagen se inmovilizó en la pantalla.
- ¿Y bien? - Preguntó Bliss.
- Ya está - dijo Trevize -. Es la representación de aquella parte de la Galaxia tal como debió de ser hace veinte mil años. El Mundo Prohibido tendría que hallarse en el centro de la pantalla si se hubiese movido a la velocidad normal.
- Tendría que estar, pero no es así - dijo Bliss vivamente.
- Es cierto - convino Trevize, con bastante indiferencia.
Pelorat suspiró profundamente.
- Es una mala cosa, Golan.
- No te desesperes - dijo Trevize -. Yo no esperaba ver ahí la estrella.
- ¿No lo esperabas? - preguntó, asombrado, Pelorat.
- No. Ya os dije que esto no es la Galaxia, Sino el mapa que el ordenador tiene de ella. Si una estrella real no ha sido incluida en el mapa, no la veremos. Y si el planeta lleva el nombre de «Prohibido» y ha sido llamado así durante veinte mil años lo más probable es que no lo incluyesen. Y no lo hicieron para que no lo viésemos.
- Quizá no podamos verlo porque no existe - dijo Bíiss  -. Las leyendas de Comporellon pueden ser falsas, o tal vez las coordenadas estén equivocadas.
- Eso es verdad. Pero el ordenador puede hacer un cálculo de cuáles serían las coordenadas en aquella época, ahora que ha situado el lugar donde el planeta debía estar hace veinte mil años. Empleando las coordenadas corregidas por el tiempo, corrección que yo sólo podía hacer empleando el mapa estelar, podemos pasar al campo estelar real de la propia Galaxia.
- Pero tú has atribuido una velocidad normal al Mundo Prohibido - dijo Bliss -. ¿Y si su velocidad no hubiese sido la normal? Ahora no tendrías las coordenadas válidas.
- Cierto, pero una corrección a base de la velocidad normal es casi seguro que nos acercará más a la posición real que si no hubiésemos hecho corrección alguna.
- ¡Lo esperas! - exclamó Bliss, poco convencida.
- Eso es exactamente lo que hago - dijo Trevize -. Espero. Y ahora, veamos la Galaxia real.
Los dos mirones observaron atentamente, mientras Trevize (tal vez para mitigar su propia tensión y retrasar el momento cero) hablaba pausadamente, como si estuviese dando una conferencia.
- Observar la galaxia real resulta más difícil – dijo -. El mapa del ordenador es una construcción artificial, con irrelevancias susceptibles de ser eliminadas. Si una nebulosa oscurece la visión, puede borrarla. Si el ángulo visual es inadecuado para lo que pretendo, me permite cambiarlo y cosas como éstas. En cambio, debo aceptar la galaxia real tal como la encuentro, y si quiero un cambio, tengo que moverme físicamente a través del espacio, para lo cual necesitada mucho más tiempo que para ajustar un mapa.
Y mientras Trevize hablaba, la pantalla mostró una nube de astros tan rica en estrellas individuales que parecía una ráfaga de polvo irregular.
- Ésa - dijo Trevize - es una vista de una parte de la Vía Láctea tomada desde un ángulo muy amplio y, naturalmente, yo quiero un primer plano. Si amplío el primer plano, el fondo tenderá a desvanecerse en comparación con aquél. El lugar coordenado está lo bastante cerca de Comporellon como para que yo pueda ampliarlo aproximadamente a la situación que tenía en la vista del mapa. Daré las instrucciones necesarias, si es que no me vuelvo loco antes. Ahora.
El campo de estrellas se amplió a tal velocidad que miles de ellas avanzaron desde todos los lados, dando a quienes las observaban la impresión de que se movían hacia la pantalla, de modo que los tres se echaron hacia atrás automáticamente, como respondiendo a un alud.
Y volvió la antigua imagen, no tan oscura como había estado en el mapa, pero con las seis estrellas en la misma posición que en la vista original. Y allí, cerca del centro, vieron otra estrella, que brillaba más que las otras.
- Ahí está - indicó Pelorat, en un murmullo de asombro.
- Es posible. Haré que el ordenador tome su espectro y lo analice.
- Hubo una pausa moderadamente larga, y Trevize añadió -: Clase espectral, G-4, lo cual hace que sea un poco más opaca y más pequeña que el sol de Terminus, pero bastante más brillante que el de Comporellon. Y ninguna estrella de la clase G hubiese debido omitirse en el mapa galáctico del ordenador. Como ésta sí lo fue, tenemos un sólido indicio de que puede tratarse del sol alrededor del cual gira el Mundo Prohibido.
- ¿Hay alguna posibilidad de que exista un mundo habitable girando alrededor de esa estrella? - preguntó Bliss.
- Espero que sí. Y en ese caso, trataremos de encontrar los otros dos Mundos Prohibidos.
- ¿Y si los otros dos fuesen falsas alarmas? - insistió Bliss.
- Entonces, probaríamos en otra dirección.
- ¿Cuál?
- ¡Ojalá lo supiese! - exclamó Trevize, frunciendo el ceño.


Tercera parte

Aurora


VIII. EL MUNDO PROHIBIDO


- Golan - dijo Pelorat -. ¿Te importa que mire?
- En absoluto, Janov - respondió Trevize.
- ¿Y que te haga preguntas?
- Adelante.
- ¿Qué estás haciendo?
Trevize apartó su mirada de la pantalla.
- Tengo que medir la distancia de cada astro que parece estar cerca del Mundo Prohibido en la pantalla, a fin de poder determinar lo cerca que se halla en realidad. Debemos conocer sus campos de gravitación, y para esto necesito saber masa y distancia. Sin este conocimiento, no se puede estar seguro de un Salto limpio.
- ¿Cómo lo haces?
- Cada astro que veo tiene sus coordenadas en los bancos de datos del ordenador, y éstas pueden ser reconvertidas en coordenadas en el sistema comporelliano. Esto puede ser ligeramente corregido, a su vez, por la actual situación de la Far Star en el espacio en relación con el Sol de Comporellon y así me da la distancia de cada cual. Todas aquellas enanas rojas parecen encontrarse muy cerca del Mundo Prohibido en la pantalla, pero algunas pueden estar mucho más cerca y otras mucho más lejos. Necesitamos su posición tridimensional, ¿comprendes?
Pelorat asintió con la cabeza.
- ¿Y ya tienes las coordenadas del Mundo Prohibido? - preguntó.
- Sí, pero con esto no basta. Necesito saber las distancias de los otros astros con el menor margen de error posible. La intensidad gravitativa en las cercanías del Mundo Prohibido es tan pequeña que un ligero error no tiene consecuencias perceptibles. El sol alrededor del cual gira, o puede girar, el Mundo Prohibido posee un campo de gravitación enormemente intenso en las proximidades del planeta y debo conocer su distancia con una exactitud tal vez mil veces mayor que en las otras estrellas. Para conseguirla, las coordenadas no bastan.
- ¿Y qué haces entonces?
- Mido la separación aparente del Mundo Prohibido, o mejor dicho de su estrella, de tres estrellas próximas tan opacas que se requiere una ampliación considerable para que puedan distinguirse. Presumiblemente, estas tres están muy lejos. Entonces, mantenemos una de esas tres estrellas centrada en la pantalla y saltamos una décima de parsec en una dirección que forme ángulo recto con la línea de visión del Mundo Prohibido. Podemos hacerlo con bastante seguridad aunque desconozcamos las distancias de estrellas relativamente lejanas.
La estrella de referencia, que está centrada, seguirá estándolo después del Salto. Las otras dos estrellas oscuras no cambian sensiblemente sus posiciones, si las tres son realmente muy lejanas. En cambio, el Mundo Prohibido se halla lo bastante cerca como para cambiar su posición aparente en una desviación paraláctica. Partiendo de la importancia de esta desviación, podemos determinar su distancia. Si quiero estar más seguro, elijo otras tres estrellas y pruebo otra vez.
- ¿Cuánto tiempo se necesita para todo esto? - preguntó Pelorat.
- No mucho. El ordenador realiza el trabajo difícil. Yo sólo le digo lo que debe hacer. Lo que sí requiere tiempo es que tengo que estudiar los resultados para asegurarme de que parecen ser los correctos y de que en mis instrucciones no ha habido ningún fallo. Si yo fuese uno de esos hombres temerarios que confían plenamente en ellos mismos y en el ordenador, todo podría llevarse a cabo en pocos minutos.
- Es realmente asombroso - dijo Pelorat -. ¡Pensar en lo mucho que el ordenador hace por nosotros!
- Yo lo pienso continuamente.
- ¿Qué podrías hacer sin él?
- ¿Y qué podría hacer sin una nave gravítica? ¿ Qué podría hacer sin mi adiestramiento astronáutico? ¿Qué podría hacer sin veinte mil años de tecnología hiperespacial detrás de mí ? El hecho es que yo soy yo, aquí, ahora. Imaginemos que podremos proyectamos otros veinte mil años en el futuro. ¿Qué maravillas tecnológicas nos esperaran? ¿O no podría ser que, dentro de veinte mil años, la Humanidad no existiera ya?
- No lo creo - dijo Pelorat -. No creo que hubiese dejado de existir.
Aunque no nos convirtiésemos en parte de Galaxia, tendríamos la psicohistoria para guiamos.
Trevize se volvió en su sillón, retirando las manos del tablero.
- Calculemos las distancias – dijo - y comprobemos los resultados varias veces. No tenemos prisa. - Después, miró a Pelorat con curiosidad y dijo -: ¡La psicohistoria! Mira, Janov, este tema salió a relucir dos veces en Comporellon, y, en ambos, fue calificado de superstición.
Yo lo dije la primera vez, y, después, Deniador lo repitió también. A fin de cuentas, ¿cómo puedes definir la psicohistoria sino como una superstición de la Fundación? ¿No es una creencia sin pruebas o evidencia? ¿Qué opinas tú, Janov? Esto corresponde más a tu campo que al mío.
- ¿Por qué dices que no hay pruebas, Golan? - preguntó Pelorat -. El simulacro de Hari Seldon ha aparecido muchas veces en la Bóveda del Tiempo y presentó hechos que se cumplieron después. Él no podía saber, en su tiempo, que esos acontecimientos iban a transcurrir si no hubiese podido predecirlo por medio de la psicohistoria.
Trevize asintió con la cabeza.
- Eso suena imponente. Se equivocó en lo del Mulo, pero aun así, resulta imponente. Sin embargo, huele desagradablemente a magia. Cualquier prestidigitador puede hacer trucos.
- Ningún prestidigitador es capaz de predecir cosas que sucederán al cabo de varios siglos, en el futuro.
- Ningún prestidigitador podría realizar, de verdad, lo que simula.
- Vamos, Golan. Soy incapaz de imaginar algún truco que me permita predecir lo que sucederá dentro de cinco siglos.
- Ni se te ocurre ninguno que le sirva a un prestidigitador para leer el contenido de un mensaje oculto en un satélite no tripulado en órbita. Y, sin embargo, yo he visto hacerlo a un prestidigitador. ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que la Cápsula del Tiempo, junto con el simulacro de Hari Seldon, puede haber sido montada por el Gobierno?
Pelorat pareció indignarse ante tal idea.
- Nunca harían una cosa así.
Trevize lanzó un gruñido burlón.
- Y serían descubiertos si lo intentasen - dijo Pelorat.
- No estoy tan seguro de esto. Pero la cuestión es que no sabemos en absoluto cómo funciona la psicohistoria.
- Yo desconozco cómo funciona este ordenador, pero sí sé que funciona.
- Porque otros saben cómo funciona. ¿Qué pasaría si nadie lo supiese? Pues que si, por algún motivo, dejase de funcionar, nada podríamos hacer para repararlo. Y si a la psicohistoria le ocurriese eso...
- Los de la Segunda Fundación conocen el funcionamiento de la psicohistoria.
- ¿Cómo lo sabes, Janov?
- Es lo que se dice.
- Se puede decir cualquier cosa... ¡Ah! Ya tenemos la distancia de la estrella del Mundo Prohibido y, espero, con mucha exactitud. Estudiemos las cifras.
Las contempló fijamente durante un buen rato, moviendo los labios de vez en cuando, como si estuviese haciendo algún cálculo mental.
- ¿Qué está haciendo Bliss? - preguntó por último sin levantar la vista.
- Está durmiendo, viejo amigo - respondió Pelorat. Y después, como defendiéndola -: Necesita dormir, Golan. Para mantenerse como parte de Gaia en el hiperespacio tiene que consumir energía.
- Supongo que sí - dijo Trevize, y volvió a su ordenador. Colocó las manos sobre el tablero -. Daremos varios Saltos y comprobaremos las cifras cada vez. - Entonces, murmuró, retiró las manos de nuevo -: Hablo en serio, Janov. ¿Qué sabes tú acerca de la psicohistoria?
Pelorat pareció sorprendido.
- Nada. Ser historiador, como yo lo soy, en cierta manera, es muy diferente de ser psicohistoriador. Desde luego, conozco las dos premisas fundamentales de la psicohistoria, pero eso lo sabe todo el mundo.
- Incluso yo. La primera es que el número de seres humanos involucrados debe ser lo bastante grande para dar validez al tratamiento estadístico. Pero, ¿qué es «lo bastante grande»?
- El último cálculo de la población galáctica - dijo Pelorat – está cifrada en diez mil billones aproximadamente, y es probable que peque por defecto. Desde luego, se trata de una cifra bastante grande.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque la psicohistoria funciona, Golan. Por mucho que apeles a la lógica, funciona.
- Y la segunda - continuó enumerando Trevize - es que los seres humanos ignoren la psicohistoria, para que el conocimiento de la misma no altere sus reacciones. Pero ellos están enterados de la psicohistoria.
- De su mera existencia nada más, viejo. Y eso no es lo que cuenta. La segunda premisa indica que los seres humanos no deben conocer las predicciones de la psicohistoria, y así es..., salvo que los de la Segunda Fundación las conociesen; pero éstos son casos especiales.
- ¿Y se ha desarrollado la ciencia de la psicohistoria sólo a base de estas dos exigencias? Resulta difícil de creer.
- No sólo a base de ellas - dijo Pelorat -. Hay que contar también con las matemáticas avanzadas y los métodos estadísticos perfeccionados. Se dice, sí quieres conocer la tradición, que Hari Seldon inventó la psicohistoria tomando como modelo la teoría cinética de los gases.
Cada átomo o molécula de un gas se mueve al azar, de manera que no podemos saber la posición ni la velocidad de ninguno de ellos. Sin embargo, empleando la estadística, podemos deducir, con gran precisión, las reglas que rigen su comportamiento conjunto. De la misma manera, Seldon pretendió deducir el comportamiento conjunto de las sociedades humanas, aunque sus deducciones no podrían aplicarse al comportamiento de los seres humanos individuales.
- Quizá, pero los seres humanos no son átomos.
- Cierto - dijo Pelorat -. El ser humano tiene conciencia y su comportamiento es lo bastante complicado como para hacer que parezca dotado de libre albedrío. En cuanto a la forma en que Seldon desarrolló todo esto, no tengo la menor idea, y estoy seguro de que no lo comprendería si alguien que lo supiese tratase de explicármelo... Pero lo hizo.
- Así, todo depende de tratar con personas que sean tan numerosas como ignorantes - dijo Trevize -. ¿No te parecen unos cimientos muy poco seguros para edificar una enorme estructura matemática sobre ellos? Si aquellas exigencias no se cumplen en realidad, todo se derrumba.
- Pero si el Plan no se ha derrumbado...
- O si las exigencias no son exactamente falsas o inadecuadas, sino simplemente más flojas de lo que debieran ser, la psicohistoria podría funcionar bien durante siglos, y, entonces, al producirse alguna crisis particular, se derrumbaría, como le ocurrió temporalmente en los tiempos del Mulo. ¿Y si hubiese una tercera premisa?
- ¿Cuál? - preguntó Pelorat, frunciendo ligeramente el ceño.
- No lo sé - dijo Trevize -. Un argumento puede parecer completamente lógico y elegante y contener, sin embargo, suposiciones no expresadas. Tal vez la tercera premisa es una suposición tan dada por sabida que a nadie se le ha ocurrido mencionarla nunca.
- Una suposición tan dada por sabida resulta, por lo general, bastante válida, o no seria considerada como tal.
- Si conocieses la Historia científica tan bien como la tradicional, Janov - gruñó Trevize -, sabrías lo equivocado que estás en esto. Pero veo que ahora nos hallamos en las cercanías del sol del Mundo Prohibido.
Y era cierto. Centrado en la pantalla, se veía una estrella brillante, tan brillante que su luz inundó la pantalla de tal forma que todas las demás estrellas desaparecieron.
Los artículos para el aseo y la higiene personales eran sólidos a bordo de la Far Star, y el empleo del agua se reducía siempre al mínimo razonable para no recargar las operaciones de reciclaje. Trevize se lo había recordado seriamente a Pelorat y a Bliss.
Aun así, Bliss presentaba un aspecto pulcro en todo instante, con sus negros y largos cabellos siempre lustrosos, y sus uñas, brillantes.
- ¡conque estáis aquí! - dijo cuando entraba en la cabina-piloto.
Trevize levantó la cabeza.
- No debes sorprenderte – dijo -. Difícilmente habríamos podido abandonar la nave, y con treinta segundos de búsqueda habrías tenido bastante para descubrirnos dentro, aunque no pudieses detectar nuestra presencia con tu mente.
- La frase fue una forma de saludo como otra cualquiera – dijo Bliss - que, como sabéis, no debía tomarse al pie de la letra. ¿Dónde estamos? Y no me digáis «En la cabina-piloto»,
- Querida Bliss - repuso Pelorat extendiendo un brazo -, nos encontramos en las regiones exteriores del sistema planetario del más próximo de los tres Mundos Prohibidos.
Ella se colocó a su lado y apoyó ligeramente una mano en su hombro, mientras él le rodeaba la cintura con un brazo. Bliss dijo:
- No puede ser muy Prohibido. Nada nos ha detenido.
- Sólo es Prohibido porque Comporellon y los otros mundos de la segunda ola de colonización rompieron, de forma voluntaria, todo lazo con los mundos de la primera ola, los Espaciales - dijo Trevize -. Si nosotros no nos sentimos ligados por aquel acuerdo voluntario, ¿qué puede detenernos?
- Los Espaciales, si es que queda alguno, pudieron romper, también voluntariamente, los lazos que los unían con los mundos de la segunda ola. El hecho de que a nosotros no nos importe introducirnos entre ellos no significa que a ellos tampoco les importe.
- Cierto - dijo Trevize -, si es que existen. Pero, hasta ahora, no sabemos si hay algún planeta en el que puedan vivir. Lo único que vemos son los acostumbrados gigantes gaseosos. Dos de ellos, y no particularmente grandes.
- Esto no quiere decir que no exista el mundo Espacial. Cualquier planeta habitable estaría mucho más cerca del sol y sería mucho más pequeño y difícil de detectar a esta distancia entre el resplandor solar. Tendremos que hacer un Microsalto hacia el interior para detectar ese planeta.
Parecía bastante satisfecho de hablar como un curtido viajero del espacio.
- Si es así - dijo Bliss -, ¿por qué no nos acercamos más?
- Todavía no - repuso Trevize -. Estoy haciendo que el ordenador compruebe a la mayor distancia posible si hay alguna señal de estructura artificial. Avanzaremos por etapas, una docena si es necesario, y haremos una comprobación en cada una de ellas. No quiero ser atrapado esta vez como lo fuimos la primera que nos acercamos a Gaia. ¿Te acuerdas, Janov?
- No seria malo para nosotros caer en trampas como aquélla todos los días. La de Gaia me trajo a Bliss - dijo Pelorat, mirándola con cariño.
- ¿Esperas, Janov, que te tratan cada día una nueva Bliss? – rió Trevize.
Pelorat pareció dolido.
- Mi buen amigo, o como quiera que Pel te llame - dijo Bliss, con un deje de irritación -, podrías avanzar con más rapidez. Mientras yo esté contigo, no te atraparán.
- ¿El poder de Gaia?
- Por supuesto, para detectar la presencia de otras mentes.
- ¿Estás segura de que eres lo bastante fuerte, Bliss? Tengo entendido que debes dormir bastante para recobrar la energía que gastas manteniendo el contacto con el cuerpo principal de Gaia. ¿Hasta dónde puedo confiar en tu capacidad acaso limitada, a esta distancia de la fuente de origen?
Bliss enrojeció.
- La fuerza de la conexión es grande.
- No te ofendas - pidió Trevize -. Sólo te he preguntado. ¿No consideras un inconveniente el ser Gaia? Yo no soy Gaia. Soy un individuo cabal e independiente. Esto significa que puedo alejarme cuanto quiera de mi mundo y de mi gente, y seguir siendo Golan Trevize. Sigo teniendo mis poderes, tal como son, y seguiré con ellos dondequiera que vaya.
Aunque me encontrase solo tú el espacio, a pársecs de distancia de cualquier ser humano, y, por no importa qué razón, fuese incapaz de comunicar con alguien de alguna forma, o incluso de ver el brillo de una sola estrella en el cielo, sería y seguiría siendo Golan Trevize. Tal vez no pudiese sobrevivir, tal vez tuviese que morir, pero moriría siendo Golan Trevize.
- Solo en el espacio y lejos de todos - dijo Bliss -, no podrías pedir ayuda a tus compañeros, ni ampararte en su talento y sus diversos conocimientos. Solo, como individuo aislado, serías mucho más incapaz que formando parte de una sociedad integrada. Lo sabes muy bien.
- Sin embargo - repuso Trevize -, mi incapacidad sería distinta de la tuya Entre tú y Gaia existe un lazo mucho más fuerte que el que hay entre mi sociedad y yo, y ese lazo tuyo se estira a través del hiperespacio y requiere energía para su mantenimiento, de manera que puedes jadear mentalmente con el esfuerzo y sentir más que yo la disminución de tu entidad.
El semblante de Bliss se endureció y, por un momento, no pareció joven o, mejor, pareció no tener edad, ser más Gaia que Bliss, como para refutar el argumento de Trevize.
- Aunque todo fuese como tú dices, Golan Trevize (que es, fue y será, que tal vez no puede ser menos, pero que, ciertamente, no puede ser más), aunque todo fuese como tú dices, repito, ¿crees que no hay que pagar un precio por lo que has ganado? ¿No es mejor ser una criatura de sangre caliente, como tú, que una criatura de sangre fría, como un pez o algo por el estilo?
- Las tortugas son de sangre fría - dijo Pelorat -. En Terminus no las hay, pero en otros mundos, sí. Son unas criaturas acorazadas, de movimientos muy lentos pero de gran longevidad.
- Entonces, ¿no es mejor ser una persona que una tortuga; moverse más deprisa, sea cual fuere la temperatura? ¿No es mejor tener actividades altamente energéticas, músculos rápidamente contráctiles, activas fibras nerviosas, mentalidad intensa y persistente, que tener que arrastrarse con lentitud, percibir poco a poco y poseer una conciencia confusa del medio circundante inmediato? ¿No lo es?
- De acuerdo - dijo Trevize -. Lo es. ¿Y qué?
- Bueno, ¿no sabes que hay que pagar por tener sangre caliente?
Para mantener tu temperatura por encima de la del ambiente, tienes que gastar mucha más energía que una tortuga. Debes comer casi constantemente para que puedas reponer la energía en tu cuerpo con la misma rapidez con que la gastas. Te morirías de hambre mucho antes que una tortuga. Entonces, ¿preferirías ser una tortuga y vivir más tiempo y más despacio? ¿O prefieres pagar el precio y moverte más rápido, sentir más rápido, ser un organismo pensante?
- ¿Es ésta una verdadera analogía, Bliss?
- No, Trevize, pues la situación es más favorable con Gaia. Nosotros no gastamos grandes cantidades de energía cuando estamos juntos. Sólo cuando una parte de Gaia se encuentra a distancias hiperespaciales del resto, el gasto de energía se eleva. Y recuerda que no has votado simplemente por una Gaia más grande, o por un mundo individual más grande. Votaste por Galaxia, por un vasto complejo de mundos. En cualquier parte de ella, serás parte suya y estarás rodeado de cerca por partes de algo que se extiende como cada átomo interestelar hasta el agujero negro central. Entonces, se requerirán pequeñas cantidades de energía para permanecer en el conjunto. Ninguna parte se hallará a gran distancia de las otras. Tú has decidido todo esto, Trevize. ¿Cómo puedes dudar del acierto de tu elección?
Él había agachado la cabeza, en honda reflexión. Por último, la levantó.
- Puede que haya elegido bien – dijo -, pero debo convencerme de ello. La decisión que he tomado es la más importante de la historia de la Humanidad, y no es suficiente con que sea buena. Yo debo saber que lo es.
- Después de lo que te he dicho, ¿qué más necesitas?
- No lo sé, pero lo encontraré en la Tierra. - dijo esto con absoluta convicción.
- Golan - dijo Pelorat -, la estrella muestra un disco.
Era verdad. El ordenador, realizando su trabajo, y sin preocuparse en absoluto de lo que pudiese discutirse a su alrededor, se había ido acercando por etapas a la estrella hasta alcanzar la distancia que Trevize le había fijado.
Todavía estaba bastante alejada del plano planetario, y el ordenador dividió la pantalla para mostrar cada uno de los tres pequeños planetas que formaban aquél
El más interior tenía la temperatura adecuada en su superficie para que el agua se mantuviese en estado líquido, y una atmósfera de oxígeno. Trevize esperó a que su órbita fuese calculada, y la primera estimación aproximada le pareció razonable. Dejó que el ordenador prosiguiese su tarea, pues cuanto más tiempo se observase el movimiento planetario, más exacto sería el cálculo de sus elementos orbitales.
Después dijo pausadamente:
- Tenemos a la vista un planeta habitable. Es probable que sea habitable.
- ¡Oh! - exclamó Pelorat, con todo el entusiasmo que su solemne expresión le permitía.
- Sin embargo - dijo Trevize -, temo que no hay ningún satélite gigante. En realidad, no ha sido detectado ningún satélite de clase alguna hasta ahora. Por consiguiente, no es la Tierra. Al menos, si nos fundamos en la tradición.
- No te inquietes por eso, Golan - dijo Pelorat -. Sospeché que no íbamos a encontrar la Tierra aquí cuando vi que ningún gigante gaseoso tenía un sistema de anillos desacostumbrado.
- Está bien - dijo Trevize -. El primer paso que hemos de dar es averiguar qué clase de vida puede haber en él. Dado que tiene una atmósfera de oxígeno, podemos estar completamente seguros de que hay vida vegetal, pero,..
- Y también animal - le interrumpió Bliss bruscamente -. Y en cantidad.
- ¿Qué? - dijo Trevize, volviéndose a ella.
- Puedo sentirlo. Como algo muy débil debido a esta distancia. Pero resulta indiscutible el hecho de que ese planeta no sólo es habitable, sino que está habitado.
La Far Star se hallaba en órbita polar alrededor del Mundo Prohibido, a una distancia lo bastante grande para que el período orbital durase poco más de seis días. Al parecer, Trevize no tenía prisa en abandonar aquella órbita.
- Ya que en el planeta hay seres vivos – explicó - y ya que, según Deniador, antaño estuvo habitado por humanos tecnológicamente avanzados y que representan una primera ola de colonizadores, los llamados Espaciales, pueden seguir siendo tecnológicamente avanzados y sentir muy poca simpatía por nosotros, los de la segunda ola que les sustituyó.
Me gustaría que se mostrasen, para saber un poco más de ellos antes de arriesgarnos a un aterrizaje.
- Puede que no hayan advertido nuestra presencia aquí - dijo Pelorat.
- Nosotros lo sabríamos, si estuviésemos en su lugar. Presumo pues que, si existen, es probable que traten de establecer contacto con nosotros. Incluso que quieran venir a apresarnos.
- Pero si nos dan caza y son tecnológicamente avanzados, podemos ser incapaces de...
- No lo creo - dijo Trevize -. El progreso tecnológico no lo comprende necesariamente todo. Puede ser que se encuentren mucho más adelantados que nosotros en algunos aspectos, pero resulta claro que no llevan a cabo viajes interestelares. Somos nosotros, no ellos, quienes hemos colonizado la galaxia, y no he visto, en toda la historia del Imperio, algo que indique que hayan salido de sus mundos manifestándose. Si no han viajado por el espacio, ¿cómo podemos suponer que han conseguido serios progresos en astronáutica? Y si no los han hecho, es imposible que tengan algo parecido a una nave gravítica. Podemos ir prácticamente desarmados, pero aunque nos persiguiesen con un acorazado, no podrían alcanzarnos. No, no estamos indefensos.
- Pueden haber progresado mentalmente. Podría ser que el Mulo fuese un Espacial...
Trevize se encogió de hombros, con clara irritación.
- El Mulo puede ser cualquier cosa. Los gaianos lo describieron como un gaiano aberrante. También es considerado como un mutante ocasional.
- También se ha especulado - dijo Pelorat -, aunque desde luego no debe tomarse en serio, con que era un artefacto mecánico. Dicho en otras palabras, un robot, mas no se empleaba este término.
- Si hay algo que parezca mentalmente peligroso, tendremos que confiar en que Bliss lo neutralice. Puede hacerlo... A propósito, ¿está durmiendo?
- Antes, un rato - dijo Pelorat -, pero se estaba levantando cuando vine aquí.
- Levantándose, ¿eh? Bueno, tendrá que estar completamente despierta si empieza a ocurrir algo. Cuida tú de esto, Janov.
- Sí, Golan - dijo Pelorat sencillamente.
Trevize volvió su atención al ordenador.
- Hay algo que me preocupa mucho: las estaciones de entrada. Generalmente, son señal segura de que un planeta está habitado por seres humanos poseedores de una elevada tecnología. Pero éstas...
- ¿Qué tienen de extraño?
- Varias cosas. En primer lugar, son muy antiguas. Pueden tener miles de años. En segundo lugar, no hay radiaciones, salvo termales.
- ¿Qué son termales?
La radiación termal es emitida por cualquier objeto más caliente que lo que le rodea. Es una sintonía conocida y consiste en una ancha franja de radiación que sigue una pauta fija dependiente de la temperatura. Eso es lo que están radiando las estaciones de entrada. Si hay aparatos fabricados por humanos en funcionamiento a bordo de las estaciones, tiene que filtrarse alguna radiación no termal, no casual. Como sólo existen radiaciones termales, podemos presumir que las estaciones están vacías, tal vez desde hace miles de años, o bien que, si están ocupadas, será por gente con una tecnología tan avanzada en este sentido que no hay filtraciones de radiación.
- Tal vez - dijo Pelorat - el planeta tenga una civilización muy alta, pero las estaciones de entrada se hallan vacías porque los colonizadores hemos dejado al planeta en paz durante tanto tiempo que ya no temen que los visitemos.
- Quizá sí. O tal vez se trate de una trampa.
Bliss entró en ese momento, y Trevize, que la vio por el rabillo del ojo, dijo bruscamente:
- Sí, aquí estamos.
- Ya lo veo - repuso ella -, y sin cambiar de órbita. Me he dado cuenta.
- Golan toma precauciones, querida - se apresuró a explicar Pelorat -. Las estaciones de entrada parecen abandonadas y no estamos seguros de lo que eso puede significar.
- No tenéis de qué preocuparos - dijo Bliss, con indiferencia -. No hay señales detectables de vida inteligente en el planeta que estamos sobrevolando.
Trevize le dirigió una mirada de asombro.
- ¿Qué estás diciendo? Antes...
- Antes dije que había vida animal en el planeta, y la hay, pero, ¿en qué lugar de la galaxia te enseñaron que la vida animal implica necesariamente vida humana?
- ¿Por qué no dijiste eso cuando detectamos vida animal por primera vez?
- Porque a aquella distancia, me resultaba imposible saberlo. Apenas podía detectar el rumor inconfundible de la actividad animal, pero su intensidad era tan débil que no habría podido distinguir una mariposa de un ser humano.
- ¿Y ahora?
- Ahora estamos mucho más cerca, y aunque quizás imaginasteis que dormía, no era así..., o al menos, dormí muy poco. Estuve escuchando, a pesar de que esta palabra no sea la apropiada, con toda la atención posible, por si podía captar alguna señal de actividad mental lo bastante compleja para indicar la presencia de seres inteligentes.
- ¿Y no captaste ninguna?
- Supongo - repuso Bliss, con súbita prudencia - que, si no detecto nada a esta distancia, es imposible que haya más de unos pocos cientos de seres humanos en el planeta. Si nos acercamos un poco, podré juzgarlo con más exactitud.
- Bueno, esto cambia las cosas - dijo Trevize, un poco confuso.
- Creo que sí - admitió Bliss, que parecía claramente soñolienta y, por ende, irritable -. Puedes olvidarte de analizar la radiación, y de inferir, y deducir, y de todo lo demás que has estado haciendo. Mis sentidos gaianos funcionan con mucha más eficacia y seguridad. Tal vez ahora comprendas lo que quiero decir cuando afirmo que es mejor ser gaiano que Aislado.
Trevize esperó antes de responder, esforzándose visiblemente en dominar su mal humor. Cuando habló, lo hizo en un tono cortés y casi formal:
- Te agradezco la información. Sin embargo, debes comprender, para usar una analogía, que la idea de mejorar mi sentido del olfato sería motivo insuficiente para que me decidiese a abandonar mi condición humana y convertirme en un sabueso.
Ahora, pudieron ver el Mundo Prohibido, cuando pasaron por debajo de la capa de nubes y comenzaron a navegar en la atmósfera. Parecía curiosamente apolillado.
Las regiones polares estaban heladas, como cabría esperar, pero no eran extensas. Las partes montañosas aparecían áridas, con ocasionales glaciares, pero tampoco de gran extensión. Eran pequeñas zonas desiertas muy desparramadas.
Aparte de eso, el planeta se veía, en potencia, hermoso. Sus zonas continentales eran muy grandes, pero sinuosas, de manera que había largas playas y ricas llanuras costeras muy extensas; frondosos bosques tropicales y también los propios de los climas templados, todos ellos bordeados de prados, y, sin embargo, el aspecto apolillado de su naturaleza resultaba evidente.
Desperdigados entre los bosques había sectores casi áridos, y partes de los prados eran poco herbosas.
- ¿Alguna plaga vegetal? - se preguntó, extrañado, Pelorat.
- No - respondió Bliss pausadamente -. Algo peor que eso, y más permanente.
- Yo he visto muchos planetas - comento Trevize -, pero ninguno como éste.
- Yo, sin embargo, muy pocos - dijo Bliss -, pero comparto los pensamientos de Gaia y sé que esto es lo que cabe esperar de un mundo en el que la Humanidad ha desaparecido.
- ¿Por qué? - preguntó Trevize.
- Piénsalo - respondió Bliss con aspereza -. Ningún mundo habitado disfruta un verdadero equilibrio ecológico. La Tierra tiene que haberlo tenido en su origen, pues si fue el mundo en que la Humanidad evolucionó, tuvo que haber largos períodos en los que ésta no existió ni tampoco especie alguna capaz de desarrollar una tecnología avanzada y de modificar el medio ambiente. En tal caso, debió imperar un equilibrio natural y, desde luego, cambiante. Sin embargo, en todos los otros mundos habitados, los seres humanos han transformado cuidadosamente sus nuevos medios y establecido vida vegetal y animal, pero el sistema ecológico que introducen está expuesto al desequilibrio, ya que sólo posee un número limitado de especies, únicamente aquellas que los seres humanos desean, o que no pueden dejar de...
- ¿Sabes lo que me recuerda esto? - dijo Pelorat -. Perdona la interrupción, Bliss, pero esto viene tan al caso que no puedo resistir la tentación de comentártelo antes de que se me olvide. Existe un antiguo mito sobre la creación, un mito según el cual la vida fue creada en un planeta y sólo la tuvieron un número limitado de especies, las útiles o agradables para la Humanidad. Entonces, los primeros seres humanos hicieron alguna tontería (no importa lo que fuese, viejo amigo, porque los antiguos mitos suelen ser simbólicos e inducen a confusión si se interpretan literalmente) y el suelo del planeta fue maldito. «También te dará cardos y espinas» fue la maldición, aunque el pasaje suena mejor en el galáctico arcaico en que fue escrito. Pero la cuestión estriba en si se trató realmente de una maldición. Plantas que no les gustan a los seres humanos y son rechazadas por éstos, como las espinas y los cardos, pueden convertirse en necesarias para el equilibrio ecológico.
Bliss sonrió.
- Es sorprendente, Pel, que todo te recuerde alguna leyenda, y lo instructivas que éstas resultan a veces. Los seres humanos, al reformar un mundo, eliminan las espinas y los cardos, sean éstos lo que fueren, y entonces tienen que trabajar para que el mundo funcione. No se trata de un organismo que se mantiene por sí mismo, como Gaia. Más bien, es una agrupación heterogénea de Aislados, pero no lo bastante heterogénea para que el equilibrio ecológico se mantenga por tiempo indefinido. Si la Humanidad desaparece, el sistema ecológico del mundo, al carecer de unas manos que lo guíen, empieza inevitablemente a desintegrarse de forma inevitable. El planeta se autorreforma.
- Si ocurre algo así, no sucede rápidamente - dijo Trevize, escéptico -. Este planeta puede haber estado libre de seres humanos desde hace veinte mil años, pero, sin embargo, la mayor parte de él parece estar todavía en plena actividad.
- Eso depende, en primer lugar, de cómo fue establecido en su día el equilibrio ecológico - repuso Bliss -. Si empezó bien, puede durar mucho tiempo aunque no haya seres humanos. A fin de cuentas, veinte mil años, a pesar de ser un período muy largo desde el punto de vista humano, es breve comparado con el tiempo de vida de un planeta.
- Supongo que, si el planeta ha degenerado, podemos estar seguros de que no hay seres humanos - dijo Pelorat mientras observaba la vista planetaria con suma atención.
- Sigo sin detectar actividad mental a ese nivel - repuso Bliss -, por lo que también presumo que no los hay. En cambio, existe el continuo zumbido de grados más bajos de conciencia, pero lo bastante altos para corresponder a aves y mamíferos. A pesar de todo, no estoy segura de que estos indicios basten para demostrar que los seres humanos han desaparecido por completo. Un planeta puede deteriorarse, aunque existan seres humanos en él, si la sociedad es anormal y no comprende la importancia de preservar el medio ambiente.
- Semejante sociedad sería destruida rápidamente - adujo Pelorat -. Me parece imposible que los seres humanos no comprendan la importancia de conservar los factores que los mantienen vivos.
- Yo no tengo tanta fe en la razón humana, Pel - dijo Bliss -. Creo perfectamente concebible que, cuando una sociedad planetaria está compuesta por Aislados nada más, las preocupaciones locales, e incluso individuales, pueden prevalecer fácilmente sobre los intereses planetarios.
- A mí me parece tan inconcebible como a Pelorat - intervino Trevize -. En realidad, dado que existen millones de planetas habitados por el hombre y ninguno de ellos se ha deteriorado por completo, el miedo que te produce el aislacionismo puede ser exagerado, Bliss.
La nave pasó del hemisferio iluminado al oscuro. El efecto fue el correspondiente a un rápido crepúsculo seguido de una oscuridad total, salvo por la luz de las estrellas cuando el cielo está despejado. La nave mantuvo su altitud teniendo minuciosamente en cuenta la presión atmosférica y la intensidad de la gravitación. Aquella altura era demasiado grande para tropezar con algún macizo montañoso elevado, pues el planeta pasaba por una fase en que no se habían producido surgimientos de montañas recientemente. Sin embargo, el ordenador tanteaba la ruta con sus dedos de microondas, por si acaso.
Trevize contempló la aterciopelada noche y dijo reflexivamente:
- Me parece que la prueba más convincente de que el planeta está deshabitado es la ausencia de toda luz visible en el lado oscuro. Ninguna sociedad tecnológica soportaría esa oscuridad. En cuanto volvamos al hemisferio iluminado, descenderemos más.
- ¿Qué ganaremos con eso? - preguntó Pelorat -. Ahí abajo no hay nada.
- ¿Quién ha dicho que no hay nada?
- Bliss. Y tú también.
- No, Janov. Yo he dicho que no hay radiación de origen tecnológico y Bliss nos ha informado de que no hay señales de actividad mental humana; pero eso no significa que no haya nada. Aunque no haya seres humanos en el planeta, seguro que habrá vestigios de alguna clase.
Busco información, Janov, y los restos de una tecnología pueden serme útiles.
- ¿Después de veinte mil años? - Pelorat elevó el tono de su voz -. ¿Qué crees que puede conservarse después de veinte mil años? No habrá películas, ni documentos, ni papeles impresos; el metal se habrá oxidado, la madera podrido y el plástico granulado. Incluso las piedras se habrán erosionado y deshecho.
- Tal vez no sean veinte mil años - dijo pacientemente Trevize -. Mencioné ese tiempo como el periodo más largo en que puede haber estado deshabitado el planeta, pues, según la leyenda comporelliana, este mundo floreció en aquel tiempo. Pero supongamos que los últimos seres humanos murieron o desaparecieron o huyeron de aquí hace mil años.
Llegaron al otro extremo del hemisferio oscuro y amaneció y brilló el sol casi de forma instantánea.
La Far Star descendió y redujo su marcha hasta que los detalles de la superficie del planeta resultaron claramente visibles. Ahora aparecieron con toda claridad las pequeñas islas que salpicaban las costas continentales. La mayor parte de ellas estaban cubiertas de verde vegetación.
- Me parece que tendríamos que estudiar las zonas deterioradas en particular. Yo diría que los lugares en que hubo más concentración de seres humanos tuvieron que ser aquellos de peor equilibrio ecológico. Esas zonas podrían ser el núcleo del creciente deterioro. ¿Qué dices tú, Bliss?
- Es posible. En todo caso, a falta de un conocimiento definido, podemos muy bien observar los lugares donde la visibilidad es más fácil. Los herbazales y los bosques habrán hecho desaparecer casi todos los vestigios de habitación humana; por consiguiente, buscar en ellos podría convertirse en una pérdida de tiempo.
- Pienso que un mundo podría establecer un equilibrio eventual con lo que tiene - dijo Pelorat -, haciendo que nuevas especies evolucionaran. Y las zonas malas podrían colonizarse de nuevo sobre otra base.
- Es posible, Pel - dijo Bliss -. Esto dependería, en primer lugar, de lo desequilibrado que el mundo estuviese; y para que un planeta cicatrice de sus heridas y consiga un nuevo equilibrio a través de la evolución, serían necesarios más de veinte mil años. Se necesitarían millones.
La Far Star no giraba ya alrededor del planeta. Volaba lentamente sobre una franja de quinientos kilómetros de anchura de brezos y aulagas, con ocasionales arboledas.
- ¿Qué os parece eso? - preguntó Trevize de pronto, señalando con el dedo.
La nave se detuvo y quedó flotando, inmóvil, en el aire. Se oyó un grave pero continuo zumbido al acelerarse los motores gravíticos para neutralizar el campo de gravitación del planeta casi por entero.
No había mucho que ver en el lugar que Trevize señalaba. Unos montículos de tierra y hierba dispersa era cuanto había.
- Yo no veo nada de particular - observó Pelorat.
- Allí hay algo ordenado en líneas rectas. Unas líneas paralelas, y pueden distinguirse otras más débiles que forman ángulo recto con aquéllas. ¿Lo veis? ¿Lo veis? Eso no puede darse en ninguna formación natural. Es arquitectura humana, restos de cimientos y paredes tan claros como si éstas se encontrasen todavía en pie.
- Supongamos que sea así - dijo Pelorat -. No son más que ruinas. Si queremos llevar a cabo una investigación arqueológica, tendremos que cavar y excavar. Los profesionales tardarían años en hacerlo como es debido.
- Sí, pero nosotros no tenemos tiempo de hacerlo como es debido. Eso puede ser el débil perfil de una antigua ciudad, y tal vez quede algo de ella en pie. Sigamos aquellas líneas y veamos a dónde nos conducen.
Cerca de uno de los bordes de la zona, en un lugar donde los árboles eran un poco más espesos, vieron unas paredes que aún se sostenían en pie..., al menos en parte.
- No está mal para empezar - dijo Trevize -. Aterrizaremos aquí.

IX. ENFRENTAMIENTO CON LA MANADA


La Far Star aterrizó al pie de una pequeña elevación, una colina en el terreno, generalmente llano. Casi sin pensarlo, Trevize había dado por supuesto que era mejor que la nave no resultase visible desde varios kilómetros a la redonda.
- La temperatura exterior es de 24 grados centígrados - dijo -; la velocidad del viento, de unos once kilómetros por hora, y soplando desde el Oeste; y el cielo está nublado en parte. El ordenador no sabe lo suficiente sobre la circulación del aire para poder predecir el tiempo. Sin embargo, como la humedad es de un cuarenta por ciento aproximadamente, parece que no va a llover. En conjunto, creo que hemos elegido una latitud o una estación del año muy agradable, lo cual es una satisfacción después del frío que pasamos en Comporellon.
- Supongo - dijo Pelorat -, que a medida que el planeta se vaya reformando, el tiempo se hará más crudo.
- Estoy segura de ello - ratificó Bliss.
- Podéis estar tan seguros como queráis - exclamó Trevize -. Se necesitarán miles de años para eso. Ahora todavía es un planeta agradable y seguirá así mientras nosotros vivamos y mucho tiempo después.
Se estaba ciñendo un ancho cinturón mientras hablaban, y Bliss dijo vivamente:
- ¿Qué es eso, Trevize?
- Algo que me enseñaron en la Rota - dijo Trevize -. No voy a entrar desarmado en un mundo desconocido.
- ¿De verdad piensas llevar armas?
- Desde luego. A mi derecha - y dio una palmada en una funda que contenía una pesada arma de grueso cañón - llevo mi blaster, y a mi izquierda, mi látigo neurónico.
Este último era un arma más pequeña, de cañón delgado y sin abertura.
- Dos variedades de asesinato - dijo Bliss con disgusto.
- Sólo una. El blaster mata. El látigo neurónico, no, Sólo estimula los nervios y duele tanto que, según me han dicho, uno preferiría estar muerto. Por fortuna, nunca he sufrido sus efectos.
- ¿Por qué los llevas?
- Ya te lo he dicho. Éste es un mundo hostil.
- Es un mundo vacío, Trevize.
- ¿Seguro? Al parecer, no hay sociedad tecnológica, pero, ¿y si hubiese primitivos postecnológicos? Lo peor que pueden poseer son cachiporras o piedras, pero también éstas pueden matar.
Bliss estaba furiosa, pero bajó la voz para mostrarse razonable.
- No detecto ninguna actividad neurónica humana, Trevize. Eso elimina a los primitivos de cualquier tipo, postecnológicos o lo que sean.
- Entonces, no necesitaré hacer uso de mis armas - dijo Trevize -. Sin embargo, ¿qué hay de malo en llevarlas? Sólo aumentarán mi peso un poco, pero como la fuerza de la gravedad en la superficie es un noventa y uno por ciento de la de Terminus, no lo notaré. Escucha, la nave está desarmada como tal, pero tiene una cantidad razonable de armas cortas. Sugiero que también vosotros dos...
- No - dijo Bliss inmediatamente -. No haré nada que pueda inducir a matar,.., o incluso a infligir dolor.
- No es cuestión de matar, sino de evitar que nos maten, Si es que entiendes lo que quiero decir. ..
- Yo puedo protegerme a mi manera.
- ¿Janov? .,
- En Comporellon no llevamos armas - dijo Pelorat.
- Vamos, Janov, aquél era un factor conocido, un mundo asociado a la Fundación. Además, nos detuvieron nada más llegar. Si hubiésemos llevado armas, nos las habrían quitado. ¿Quieres un blaster?
Pelorat sacudió la cabeza.
- Nunca he estado en la Flota, viejo amigo. No sabría cómo emplear esas armas y, en caso de emergencia, no reaccionaria a tiempo. Sólo echaría a correr..., y me matarían,
- No te matarán, Pel - dijo Bliss con energía -. Gaia te tiene bajo «mi-nuestra-su» protección, y también a ese engreído héroe naval.
- Bien - repuso Trevize -. No me opongo a que me protejan, pero no soy engreído. Sólo estoy tomando precauciones, y si nunca tengo que valerme de estas cosas, te prometo que me sentiré doblemente satisfecho. Sin embargo, debo llevarlas. - Acarició las dos armas y añadió -: Ahora, salgamos a ese mundo que tal vez no ha sentido el peso de seres humanos sobre su superficie desde hace miles de años.
- Tengo la impresión de que debe ser bastante tarde - dijo Pelorat -, pero la altura del sol indica que falta poco para el mediodía.
- Supongo que tu impresión se debe al color anaranjado del sol, que parece propio del ocaso - observó Trevize, contemplando el tranquilo panorama -. Si estamos todavía aquí cuando se ponga, y si las formaciones nubosas son las adecuadas, veremos un rojo más fuerte de lo acostumbrado. No sé si lo encontraréis hermoso o deprimente. A propósito, tal vez era aún más fuerte en Comporellon, pero allí casi siempre estuvimos dentro de casa.
Se volvió despacio, observando los alrededores en todas direcciones.
Además de la rareza casi fantástica de la luz, el olor característico de aquel mundo..., o de aquella parte de él, flotaba en el aire. Parecía moho, pero no resultaba desagradable en modo alguno.
Los árboles próximos eran de mediana altura y parecían viejos, de corteza nudosa y con los troncos un poco oblicuos, aunque él no habría sabido decir si aquello se debía al viento dominante o a alguna anomalía del suelo. ¿Eran los árboles los que daban un ambiente amenazador a aquel mundo, o era otra cosa..., algo más inmaterial?
- ¿En qué piensas, Trevize? - preguntó Bliss -. Supongo que no habrás realizado un viaje tan largo para gozar de esta vista.
- En realidad, tal vez debiera hacer eso ahora - dijo Trevize -. Convendría que Janov explorase este lugar. He visto unas minas en aquella dirección y él es el único capacitado para juzgar el valor de los vestigios que pueda haber. Supongo que entenderá los escritos o los filmes en galáctico antiguo, cosa de la que yo soy incapaz. Y también supongo, Bliss, que querrás ir con él para protegerle. En cuanto a mí, me quedaré aquí, haciendo guardia.
- ¿Para defendernos de qué? ¿De indígenas primitivos, armados con piedras y garrotes?
- Tal vez - dijo, y la sonrisa que tenía en los labios se desvaneció -. Aunque parezca extraño, Bliss me siento un poco intranquilo en este lugar. No sé por qué.
- Vamos, Bliss - llamó Pelorat -. He sido coleccionista de cuentos antiguos durante toda mi vida, pero nunca he tenido en las manos documentos de esas épocas. Imagínate si encontrásemos...
Trevize les observó mientras se alejaban e iba disminuyendo el sonido de la voz de Pelorat al caminar éste en dirección a las ruinas. Bliss se contoneaba a su lado.
Trevize escuchó con aire distraído y después se volvió para continuar su estudio del lugar. ¿Qué podía haber allí que le hiciese sentir aquella aprensión?
En realidad, nunca había pisado un mundo sin población humana, pero había visto muchos desde el espacio. Por lo general eran mundos pequeños, demasiado pequeños para contener agua o aire, pero habían sido útiles para señalar los lugares de reunión durante las maniobras de las naves espaciales o como ejercicio de reparaciones urgentes simuladas (no había habido guerra en los años que llevaban vividos ni durante un siglo antes de su nacimiento, pero seguían realizándose maniobras y simulacros). Entonces, había naves en órbita alrededor de aquellos planetas, o incluso alguna se había posado en ellos, pero él nunca tuvo ocasión de desembarcar.
¿Se debía aquella impresión a que ahora se hallaba en un mundo vacío? ¿Habría sentido lo mismo si hubiese estado en uno de los muchos mundos pequeños y sin aire que había visto en sus días de estudiante e incluso después?
Sacudió la cabeza. Estaba seguro de que eso no le preocuparía. Habría llevado un traje espacial, como en las innumerables veces en las que salía de su nave en el espacio. Era una situación normal para él y el contacto con unas simples piedras no hubiese alterado aquella normalidad. ¡Seguro!
Desde luego, ahora no llevaba su traje espacial.
Se encontraba allí, de pie, en un mundo habitable, tan cómodo como  se habría sentido en Terminus y mucho más de lo que estaba en Comporellon. Notaba la caricia del viento en las mejillas, el calor del sol en su espalda, y oía el murmullo de la vegetación. Todo le resultaba familiar, salvo que ahí no había seres humanos..., o había dejado de haberlos. ¿seria eso? ¿Sería eso lo que hacía que aquel mundo pareciese fantástico? ¿Sería porque se trataba de un mundo no sólo deshabitado, sino abandonado? Jamás había pisado un mundo abandonado; ni oído hablar de alguno que hubiese sido abandonado; nunca había pensado que un mundo pudiera abandonarse. Todos los que él había conocido hasta entonces, y que habían sido poblados por seres humanos, seguían habitados.
Miró al cielo. Otros seres no habían abandonado aquel mundo. Un pájaro ocasional volaba cruzando su campo visual, pareciéndole más natural que el cielo de color de pizarra entre las tranquilas nubes anaranjadas. (Trevize estaba seguro de que, si permanecía unos pocos días en aquel planeta, se acostumbraría a sus colores y el cielo y las nubes acabarían por hacérsele familiares.
Oía gorjeos de pájaros en los árboles y el ruido más apagado de los insectos. Bliss había hablado de mariposas, y allí estaban, en cantidades sorprendentes y de los más variados colores.
También oía, de vez en cuando, susurros entre las matas de hierba que crecían al pie de los árboles, pero no podía saber con exactitud qué los causaba.
En todo caso, la evidente presencia de vida a su alrededor no era la causante de sus temores. Como Bliss había dicho, jamás hubo animales peligrosos en los mundos primitivos. Los cuentos de hadas de su infancia y las fantasías heroicas de su adolescencia transcurrían, invariablemente, en un mundo legendario que debía proceder de los vagos mitos de la Tierra. Los hiperdramas estaban llenos de monstruos: leones, unicornios, dragones, ballenas, brontosaurios, osos. Aparecían docenas de ellos cuyos nombres no podía recordar; algunos seguramente míticos, suponiendo que no lo fuesen todos ellos. Había animales más pequeños que mordían y picaban, e incluso plantas dolorosas al tacto, pero todo eso era pura ficción. Una vez le contaron que las primitivas abejas podían picar, pero, en verdad, las abejas que él conocía no eran dañinas en modo alguno.
Caminó lentamente hacia la derecha, siguiendo el borde de la colina.
La hierba, alta y exuberante, crecía en matorrales aislados. Pasó entre los árboles, que también crecían en grupitos.
Entonces, bostezó. Desde luego, no ocurría nada interesante, y se preguntó si no sería mejor que regresara a la nave y echase una siesta.
No, eso era inconcebible. Tenía que permanecer de guardia.
Tal vez debería hacerlo como los centinelas, marcando el paso, dando media vuelta y realizando complicadas maniobras con una vara eléctrica de desfile: un arma que ningún guerrero había utilizado desde hacía tres siglos, pero que todavía resultaba imprescindible en los ejercicios, por razones que nadie podía explicar.
Sonrió al pensar en ello y después se preguntó si no debería reunirse con Pelorat y Bliss en las minas. ¿Por qué? ¿Qué ganarían con ello? ¿Y si él viese algo que hubiese pasado inadvertido a Pelorat? Bueno, habría tiempo sobrado para hacerlo después de que aquél regresase. Si había algo que pudiese encontrarse con facilidad, tenía que dejar que Pelorat hiciese el descubrimiento.
- ¿Podrían hallarse los dos en dificultades? ¡Tonterías! ¿Qué clase de dificultades podían encontrar?
Y si las tuviesen, gritarían.
Se detuvo a escuchar. No oyó nada.
Y, entonces, volvió a sentir el irresistible impulso de hacer de centinela y anduvo arriba y abajo, con fuertes pisadas, imaginándose con la vara eléctrica sobre el hombro, dando media vuelta y levantando aquélla verticalmente delante de él para pasársela al otro hombro. Y fue al dar aquella media vuelta cuando se encontró de nuevo de cara a la nave (ahora bastante alejada).
Y entonces sí que se quedó realmente inmóvil, y no en una imitación de las posturas de un centinela.
No se hallaba solo.
Hasta entonces, no había visto criatura viviente alguna, aparte de las plantas, los insectos y algún pájaro ocasional. No había visto ni oído nada que se acercase; pero, ahora, un animal se interponía entre él y la nave.
La sorpresa producida por aquel inesperado suceso le impidió, de momento, interpretar lo que veía. Únicamente después de un buen intervalo supo qué era lo que tenía delante.
Un perro.
Trevize no era amante de los perros. Nunca los había tenido, ni tampoco se había mostrado cariñoso con ellos cuando se encontraba con alguno. Tampoco esa vez sintió simpatía por aquél. Pensó, con bastante impaciencia, que no existía ningún planeta en el que esos animales no hubiesen acompañado a los hombres. Había innumerables variedades y a Trevize siempre le había dado la impresión de que cada mundo poseía, al menos, una raza característica. Sin embargo, todas las razas de perros tenían una peculiaridad común: tanto si eran empleados como animales de compañía, en los espectáculos o en alguna forma de trabajo útil, se les enseñaba a querer y confiar en los seres humanos.
Un amor y una confianza que Trevize nunca había apreciado. En una época pasada, vivió con una mujer que tenía un perro. Aquel animal, que Trevize toleraba por mor de la mujer, concibió por él una profunda adoración, siguiéndole a todas partes, apoyándose contra él cuando descansaba (pesaba veinte kilos), cubriéndole de saliva y de pelos en los momentos más inesperados, y sentándose delante de la puerta y aullando siempre que él y la mujer trataban de hacer el amor.
Trevize había sacado de aquella experiencia la firme convicción de que, por alguna razón sólo inteligible para la mente canina y su capacidad de analizar los olores, estaba predestinado para la devoción perruna.
Por consiguiente, una vez superada la sorpresa inicial, observó al perro sin gran preocupación. Era grande, flaco, ágil, y con las patas muy largas. Lo estaba mirando sin dar señal alguna de adoración. Tenía la boca entreabierta en lo que se habría podido interpretar como una sonrisa de bienvenida, pero los dientes que mostraba eran grandes y amenazadores. Trevize decidió que se hallaría más tranquilo sin la presencia de aquel perro.
Entonces, pensó que aquel can no había visto nunca un ser humano y que lo mismo les había ocurrido a las incontables generaciones caninas que lo habían precedido. Quizá la súbita aparición de un ser humano le hubiese sorprendido y asombrado tanto como su propia presencia había sorprendido y asombrado a Trevize. Éste había reconocido rápidamente al perro como el animal que era, pero el can no tenía esta ventaja. Todavía estaría intrigado y, tal vez, alarmado.
Desde luego, no convenía dejar que un animal tan grande y con aquellos dientes continuase en estado de alarma. Era necesario establecer de inmediato una relación amistosa con él.
Se acercó al perro muy despacio (sin movimientos bruscos, desde luego). Alargó una mano, dispuesto a permitir que el animal la oliese, y le dirigió palabras apaciguadoras, como «perrito guapo», algo que encontró sumamente fastidioso.
El perro, con la mirada fija en Trevize, retrocedió un par de pasos, como desconfiando, y después, arrugando el labio superior, lanzó un áspero gruñido. Aunque Trevize nunca había visto a un perro comportarse de ese modo, sólo pudo interpretar la acción como amenazadora.
Por consiguiente, se detuvo y permaneció inmóvil. Por el rabillo del ojo advirtió movimiento en uno de los lados, y volvió la cabeza lentamente. Otros dos perros avanzaban hacia él desde aquella dirección. Parecían tan mortalmente amenazadores como el primero.
¿Mortalmente? Ese adverbio se le acababa de ocurrir, y era indiscutible que resultaba el acertado.
De pronto, su corazón latió con más fuerza. Tenía cerrado el camino hasta la nave. No podía comenzar a correr sin rumbo fijo, pues los perros, con sus largas patas, lo alcanzarían a los pocos metros. Si permanecía donde estaba y usaba su blaster, mataría a uno de los animales, pero los otros dos se lanzarían sobre él. A lo lejos, en la distancia, pudo ver que se aproximaban más. ¿Se comunicarían entre ellos de algún modo? ¿Cazarían en manadas?
Poco a poco, se fue desviando hacia la izquierda, en la dirección en que no había animales..., aún. Poco a poco. Muy poco a poco.
Los perros lo siguieron. Tuvo la seguridad de que lo único que le salvaba de un ataque instantáneo era el hecho de que los perros nunca habían visto ni olido algo como él. No tenían establecida una pauta de comportamiento que pudiesen seguir en esa ocasión.
Desde luego, si echaba a correr, esa acción representaría algo familiar para los perros. Sabrían lo que tenían que hacer si un ser del tamaño de Trevize mostraba miedo y corría. Ellos lo imitarían. Y a más velocidad.
Trevize se fue acercando a un árbol. Sentía el curioso deseo de trepar a un lugar donde los perros no pudiesen seguirle. Éstos gruñían sordamente y cada vez se le acercaban más. Los tres tenían la mirada clavada en él, sin siquiera pestañear. Dos más se unieron a ellos y Trevize pudo ver que a lo lejos, otros se acercaban. En algún momento, cuando estuviese bastante cerca del árbol, tendría que decidirse. No debía esperar demasiado, ni echar a correr antes de tiempo. Ambas cosas podrían resultarle fatales.
¡Ahora!
Probablemente estableció una plusmarca de aceleración personal, aunque la meta se hallase muy cerca. Sintió el chasquido de unas mandíbulas al cerrarse sobre uno de sus talones y, por un instante, aquellas le sujetaron con fuerza antes de que los dientes resbalasen sobre el duro ceramoide.
No era ducho en trepar a árboles. No lo había hecho desde que tenía diez años y recordó que, entonces, ya le costaba un gran esfuerzo. Pero, en este caso, el tronco no era vertical por completo y la corteza, nudosa, ofrecía asideros. Más aún, la necesidad lo impulsaba, y es notable lo que uno puede hacer cuando la necesidad es tan grande.
Trevize se encontró sentado en una horqueta, a unos diez metros del suelo. De momento, no era ajeno por completo al hecho de que se había arañado una mano y que manaba sangre de ella. Cinco perros se sentaron al pie del árbol, mirando hacia arriba, con la lengua colgando, todos ellos esperando con paciencia.
Y ahora, ¿qué?
Trevize no estaba en condiciones de pensar sobre la situación con lógica. Más bien experimentaba destellos de ideas en extraña y desordenada secuencia, las cuales, si las hubiese ordenado, habría podido expresar de esta manera:
Bliss había sostenido que cuando un planeta era colonizado, los seres humanos establecían una economía desequilibrada, que sólo con un continuo esfuerzo podían impedir que se desintegrase. Por ejemplo, ningún colonizador había llevado consigo grandes predadores, pero sí algunos pequeños: insectos, parásitos, incluso pequeños halcones, musarañas, y otros por el estilo.
¿Y qué decir de los temibles animales legendarios y de los mencionados vagamente en relatos literarios: tigres, osos pardos, orcas, cocodrilos? ¿Quién los trasladaría de un mundo a otro, si eso tuviese alguna utilidad? ¿Y en qué podía residir tal utilidad?
Lo cual significaba que los seres humanos eran los únicos grandes predadores y a ellos correspondía expurgar aquellas plantas y animales que, por sí solos, proliferarían excesivamente.
Y si los seres humanos desaparecían de algún modo, otros predadores debían ocupar su sitio. Pero, ¿cuáles? Los de mayor tamaño que los humanos toleraban eran los perros y los gatos, domesticados y viviendo de la largueza humana.
¿Y si no quedaban seres humanos para darles de comer? Tenían que buscar su alimento para sobrevivir y, en verdad, para la supervivencia de las especies por ellos atacadas, cuyo número había que regular para que la superpoblación no causase daños cien veces superiores a los ocasionados por los predadores.
Así se multiplicarían los perros, en todas sus variedades, con los más fuertes atacando a los grandes herbívoros indefensos y los pequeños a los pájaros y a los roedores. Los gatos cazarían de noche, mientras los perros lo harían de día; los primeros en solitario y los segundos en manadas.
Y tal vez la evolución produjese más variedades, a fin de rellenar los huecos adicionales del medio ambiente. ¿Acabarían algunos perros por adquirir características natatorias que les permitiesen alimentarse de peces, y algunos gatos, la capacidad de volar para poder cazar los pájaros más torpes lo mismo en el aire que en el suelo?
Todo eso acudió a ráfagas a la mente de Trevize, mientras hacía un esfuerzo más sistemático para pensar lo que debía hacer.
El número de perros iba en constante aumento. Contó veintitrés alrededor del árbol, y había más acercándose. ¿Cuántos serían en total?
Pero, ¿qué importaba eso? La manada era bastante numerosa ya. Sacó su blaster de la funda, pero el roce de la culata en la palma de su mano no le dio la sensación de seguridad que hubiese deseado. ¿Cuándo había insertado una unidad de energía en él por última vez? ¿Cuántas cargas podía disparar? Seguramente, menos de veintitrés.
- ¿Y qué sería de Pelorat y Bliss? Si aparecían, ¿se volverían los perros contra ellos? ¿ Estaban a salvo si no acudían? Si los perros olían la presencia de dos seres humanos en las minas, ¿qué les impediría atacarles allí? Seguro que no había puertas ni barreras que los detuviera.
¿Podría hacerlo Bliss, o incluso ponerlos en fuga? ¿Tendría fuerza suficiente para concentrar sus poderes a través del hiperespacio hasta conseguir el grado necesario de intensidad? ¿Por cuánto tiempo sería capaz de mantenerlos a raya?
- ¿Debía él gritar para pedir ayuda? ¿Acudirían ellos corriendo si le oían gritar, y huirían los perros bajo la mirada de Bliss? (¿Sería una mirada o bastaría una acción mental invisible para los que no tuviesen la misma facultad?) O bien, si ellos aparecían, ¿serían despedazados ante los ojos de Trevize, que no tendría más remedio que observarlo, impotente, desde la relativa seguridad de su refugio en el árbol?
No, tenía que emplear su blaster. si podía matar un perro y asustar a los demás momentáneamente, bajaría del árbol, gritaría llamando a Pelorat y a Bliss, mataría un segundo perro si éstos daban señales de volver a la carga, y los tres podrían meterse a toda prisa en la nave. Fijó la intensidad del rayo de microonda en la marca de tres cuartos.
Eso debería bastar para matar un perro y producir un fuerte estampido.
El ruido serviría para espantar a los perros, y, de esa forma, él ahorraría un poco de energía.
Con sumo cuidado, apunté a un perro que había en medio de la manada, un perro que (al menos en su imaginación) parecía más maligno que los otros, tal vez porque permanecía quieto y, por tanto, daba la sensación de estar dispuesto a lanzarse fríamente sobre su presa. Ahora, el perro miraba el arma con fijeza, como si se burlara de lo que Trevize podía hacer.
Éste pensó que nunca había disparado un blaster contra un ser humano, ni había visto hacerlo a nadie. Sólo lo había hecho durante la instrucción, contra muñecos de cuero y plástico llenos de agua, la cual se calentaba casi de inmediato hasta llegar al grado de ebullición y rasgando la cubierta al estallar.
Pero, ¿quién, fuera del caso de una guerra, dispararía contra un ser humano? ¿Y qué ser humano sería capaz de disparar un blaster? Sólo allí, en un mundo convertido en patológico por la desaparición de los seres humanos.
Con esa rara capacidad del cerebro de advertir situaciones que no vienen al caso, Trevize se dio cuenta de que el sol se había ocultado detrás de una nube..., y entonces disparó.
Hubo un tenue resplandor en la atmósfera, a lo largo de una línea recta que iba desde el cañón del blaster hasta el perro; un vago destello que habría pasado inadvertido si el sol hubiese seguido brillando.
El perro debió sentir la primera oleada de calor, pues hizo un ligero movimiento como si fuese a saltar. Y, entonces, estalló cuando una parte de su sangre y del contenido celular se evaporaron.
La explosión hizo un ruido decepcionante por lo débil, pues la piel  del perro no era tan resistente como la de los muñecos con los que él había practicado. Carne, piel, sangre y pedazos de hueso salieron despedidos en todas direcciones, y Trevize sintió que el estómago se le revolvía.
Los perros se echaron atrás, bombardeados algunos de ellos con desagradables fragmentos cálidos. Pero aquella vacilación fue momentánea. De repente, se apretujaron de nuevo, para devorar lo que les era dado de balde. Trevize sintió que sus náuseas aumentaban. No los había espantado; los estaba alimentando. En todo caso, jamás se irían de allí.
Antes al contrario, el olor a sangre y a carne caliente atraería a más perros, y, tal vez, también a otros predadores más pequeños.
- Trevize, ¿qué...? - gritó una voz.
Él volvió la cabeza. Bliss y Pelorat habían salido de las minas. Ella se había detenido en seco, «tendiendo un brazo para que Pelorat no continuase andando. Miró a los perros con fijeza. La situación resultaba  evidente. No hacía falta preguntar.
- Traté de alejarlos de aquí - grito Trevize -, sin comprometeros a Janov y a ti. ¿Puedes detenerlos?
- A duras penas - dijo Bliss, sin gritar, de modo que a Trevize le costó trabajo oírle aunque los gruñidos de los perros habían cesado, como sí alguien hubiese echado sobre ellos una manta que absorbiese el sonido. Después, prosiguió -: Son demasiados, y no estoy familiarizada con su actividad neurótica. En Gaia no tenemos esas bestias salvajes.
- En Terminus tampoco. Ni en ningún planeta civilizado - gritó Trevize -. Mataré a todos los que pueda y tú intenta contener a los demás.
Si elimino a algunos, tendrás menos trabajo.
- No, Trevize. Mantándoles, atraerías a otros. Quédate detrás de mí, Pel. No puedes protegerme. Tu otra arma, Trevize.
- ¿El látigo neurónico?
- Sí. Eso produce dolor. Baja su potencia. ¡Baja su potencia!
- ¿Tienes miedo de hacerles daño? - gritó Trevize, con irritación -. ¿Es momento de considerar el derecho sagrado a la vida?
- Es por Pel. Y por mí. Haz lo que te digo. Poca potencia, y dispara contra uno de ellos. No puedo seguir conteniéndolos mucho más tiempo.
Los perros se habían alejado del árbol, rodeando a Bliss y a Pelorat, que se hallaban de espaldas contra una pared en ruinas. Los animales que se encontraban más cerca hacían vacilantes intentos para acercarse, aullando un poco, como si quisiesen resolver el enigma de estar sujetos cuando no había nada que los retuviese. Algunos trataron inútilmente de encaramarse a la pared para atacarles por detrás.
La mano de Trevize temblaba al ajustar el látigo neurótico a baja potencia. Este gastaba mucha menos energía que el blaster y un solo cartucho podía producir centenares de latigazos, pero ni siquiera recordaba cuándo había cargado el arma por última vez.
Apuntar con ella era lo de menos. Como disponía de energía suficiente, podía barrer la masa de perros con el látigo. Era el método tradicional que solía emplearse para contener a las turbas que daban signos de volverse peligrosas.
Sin embargo, siguió la indicación de Bliss. Apuntó a uno de los perros y disparó. El perro cayó, agitando las patas, y lanzó fuertes y estridentes gemidos.
Los otros se apartaron de él, con las orejas gachas. Después, gimiendo a su vez, dieron media vuelta y comenzaron a alejarse; primero, despacio; - después, más rápidamente; y, por último, a toda velocidad. El perro que había sido alcanzado de lleno se levantó trabajosamente y se alejó cojeando y gimiendo, a gran distancia de los demás.
Los aullidos se extinguieron a lo lejos.
- Será mejor que subamos a la nave - dijo Bliss -. Volverán. Y si no, vendrán otros.
Trevize pensó que nunca había abierto tan deprisa la puerta de entrada de la nave. Y era posible que nunca volviese a hacerlo.
La noche había caído antes de que Trevize sintiese algo que se pareciera a la normalidad. El pequeño parche de piel sintética aplicado sobre el arañazo de su mano había mitigado el dolor físico, pero tenía un arañazo en su psique que no resultaba tan fácil de curar.
No era la simple exposición al peligro. Podía reaccionar a éste tan bien como cualquier persona valerosa. Era la dirección totalmente imprevista de la que le había llegado el peligro; de su sentimiento del ridículo. ¿Cómo quedaría él si la gente se enteraba de que había sido obligado a refugiarse en un árbol por unos perros gruñidores? Casi sonaría como si hubiese sido puesto en fuga por el aleteo de unos canarios irritados.
Permaneció escuchando durante horas, esperando un nuevo ataque
de los perros, sus aullidos, sus patas arañando el casco de la nave.
En comparación con él, Pelorat aparecía muy tranquilo.
- Yo no dudé un instante, viejo amigo, de que Bliss resolvería la situación, pero debo decir que disparaste el arma muy bien.
Trevize se encogió de hombros. No estaba de humor para discutir sobre ese asunto.
Pelorat llevaba en la mano su biblioteca (el disco macizo donde había almacenado todo lo que había aprendido durante su vida sobre mitos y leyendas), y con ella se retiró a su dormitorio, donde disponía de un pequeño aparato lector.
Parecía satisfecho de sí mismo. Trevize lo advirtió, pero no quiso preguntarle nada. Ya habría tiempo para ello, cuando su mente no estuviese tan absorta en los perros.
- Supongo que te pillaron por sorpresa - dijo Bliss con cierta indecisión cuando estuvieron solos.
- Completamente - repuso Trevize, malhumorado -. ¿Quién me iba a decir a mí que al ver un perro, un perro, correría para salvar la vida?
- Después de veinte mil años sin contacto con el hombre, los perros han dejado de serlo. Esos animales deben ser los grandes predadores dominantes.
Trevize asintió con la cabeza.
- Así lo pensé cuando me encontraba sentado en la rama de aquel árbol como presunta presa. En verdad, tenías razón cuando hablaste de una ecología desequilibrada.
- Desequilibrada, sí, desde el punto de vista humano. pero, considerando la eficacia con que los perros parecen llevar tus asuntos, me pregunto si Pel estaría en lo cierto al decir que la ecología podía equilibrarse por sí sola, al ser llenados diversos huecos del medio ambiente por variaciones en evolución de las relativamente pocas especies que fueron transportadas antaño a un mundo determinado.
- Es extraño - dijo Trevize -, pero a mí se me ocurrió la misma idea.
- Siempre, por supuesto, que el desequilibrio no sea tan grande que el proceso de solución requiera demasiado tiempo, En tal caso, el planeta podría hacerse imposible antes de que consiguiese aquello.
Trevize gruñó, y Bliss lo miró, reflexiva.
- ¿Cómo se te ocurrió armarte?
- De poco me sirvió - dijo Trevize -. Fueron tus facultades las que...
- No del todo. Necesitaba tu arma. En tan poco tiempo, con sólo un contacto hiperespacial con el resto de Gaia, con tantas mentes individuales de naturaleza desconocida, nada habría podido hacer sin tu látigo neurónico.
- El blaster resultó inútil. Lo probé.
- Con un blaster, sólo desaparece un perro. Los otros pueden sorprenderse, pero no espantarse.
- Peor aún - dijo Trevize -. Se comieron los restos. Fue como un cebo para inducirles a quedarse.
- Sí, ya veo que éste pudo ser el efecto. El látigo neurótico es diferente. Inflige dolor, y el perro alcanzado se lamenta, de manera que los otros lo entienden, y entonces, por reflejo condicionado, si no por otras razones, se espantan a su vez. Como los perros estaban predispuestos a la huida, sólo tuve que influir un poco en sus mentes para que se marchasen.
- Sí, pero tú comprendiste que el látigo era el arma más eficaz en este caso, algo en lo que yo no pensé.
- Yo estoy acostumbrada a explorar las mentes, y tú no. Por eso insistí en la baja potencia y en que apuntases a un solo perro. No quería un dolor tan agudo que matase al perro y le hiciese callar. Ni quería que el dolor se dispersase tanto que produjese unos simples gemidos. Quería un dolor fuerte, concentrado en un solo punto.
- Y lo conseguiste, Bliss - reconoció Trevize -. La cosa funcionó a la perfección. Te estoy muy agradecido.
- Sientes amargura porque te parece que representaste un papel ridículo. Sin embargo, repito, nada habría podido hacer yo sin tu arma.
Lo que me intriga es el hecho de que pensaras en armarte cuando yo te había asegurado la no presencia de seres humanos en este planeta, algo de lo que sigo estando convencida. ¿Previste los perros?
- No, En absoluto - reconoció Trevize -. Al menos, no de un modo consciente. Y no suelo ir armado. Ni siquiera se me ocurrió llevar un arma en Comporellon. Pero tampoco quiero caer en la trampa de imaginarme que fue por arte de magia. Supongo que, cuando empezamos a hablar antes de ecologías desequilibradas, tuve la impresión inconsciente de animales que se habían vuelto peligrosos debido a la ausencia de seres humanos. Esto parece claro, visto retrospectivamente, pero es posible que tuviese una ligera inspiración. Sólo eso.
- No lo tomes a broma - pidió Bliss -. Yo participé en la misma conversación sobre ecologías desequilibradas y no tuve esa previsión tuya. Y es esta previsión especial que tú posees lo que se valora en Gaia. Pero también comprendo que debe resultar irritante para ti tener unas dotes de previsión cuya naturaleza desconoces; actuar con decisión, pero sin un motivo aparente.
- En Terminus suelen llamarlo «corazonada».
- En Gaia decimos «saber sin pensar». Y a ti no te gusta saber sin pensar, ¿verdad?
- Me preocupa, sí. No me agrada dejarme llevar por las corazonadas.
Presumo que detrás de éstas hay una razón, pero el hecho de no saber qué es me produce la sensación de que no controlo mi mente: una especie de locura leve.
- Y cuando te decidiste en favor de Gaia y Galaxia, también fue debido a una corazonada, y ahora buscas la razón.
- He dicho eso doce veces al menos.
- Yo me he negado a aceptar tu declaración como verdad absoluta.
Te pido disculpas. No volveré a contradecirte en esto. Espero, sin embargo, que podré seguir alegando cosas en favor de Gaia.
- Siempre que reconozcas, a tu vez, que yo puedo no aceptarlas – dijo Trevize.
- Entonces, ¿has pensado que este Mundo Desconocido está volviendo a una especie de estado salvaje, y tal vez a una desolación e inhabitabilidad definitivas, debido a la desaparición de la única especie capaz de actuar como inteligencia directora? Si este mundo fuese Gaia o, mejor aún, parte de Galaxia, esto no habría ocurrido. La inteligencia directora seguiría existiendo en forma de Galaxia como conjunto, y la ecología, por desequilibrada que estuviese debido no importa a qué causa, tendería a equilibrarse de nuevo.
- ¿Quieres decir que los perros dejarían de comer?
- Claro que comerían, igual que lo hacen los seres humanos. Sin embargo, lo harían con un propósito, en orden a equilibrar la ecología bajo una dirección deliberada, y no como resultado de circunstancias casuales.
- La pérdida de la libertad individual puede carecer de importancia para los perros - dijo Trevize -, pero no para los seres humanos. ¿Y qué pasaría si todos los seres humanos dejasen de existir en todas partes y no solamente en uno o varios planetas? ¿Qué ocurriría si Galaxia se quedase sin un solo ser humano? ¿Seguiría siendo una inteligencia directora? ¿Serían capaces todas las otras formas de vida y la materia inanimada de forjar una inteligencia común adecuada?
- Semejante situación - dijo Bliss tras una leve vacilación - no se ha dado nunca. Y no parece probable que vaya a ocurrir en el futuro.
- ¿Pero no te resulta evidente que la mente humana es cualitativamente diferente de todo lo demás, y que, si desapareciese, la suma de todas las otras conciencias nunca podría sustituirla? Luego, ¿no es cierto que los seres humanos son un caso especial y como tal deben ser tratados? No pueden confundirse entre ellos y, mucho menos, con objetos no humanos.
- Sin embargo, tú decidiste en favor de Galaxia.
- Por una razón esencial que no soy capaz de descubrir.
- ¿No podría ser esta razón esencial un atisbo de los efectos de las ecologías desequilibradas? ¿Que pensaras que todos los mundos de la galaxia se hallan sobre el filo de una navaja, con inestabilidad en ambos lados, y que sólo Galaxia puede evitar desastres como los que se producen en este planeta, por no hablar de los continuos desastres interhumanos de la guerra y los fracasos administrativos?
- No. Yo pensaba en las ecologías desequilibradas cuando tomé mi decisión.
- ¿Cómo puedes estar seguro?
- Puedo no saber qué es lo que preveo, pero si después me es sugerido algo, reconoceré si es o no es en realidad lo que había previsto.
Según parece, pude prever animales peligrosos en este mundo.
- Bueno - dijo llanamente Bliss -, esos peligrosos animales habrían podido matarnos de no haber sido por una combinación de nuestras facultades: tu previsión y mi fuerza mental. Seamos, pues, amigos.
Trevize asintió con la cabeza.
- Como quieras.
Había en su voz una frialdad que hizo que Bliss arquease las cejas, pero Pelorat entró en aquel momento, moviendo la cabeza como si fuese a arrancársela de cuajo.
- Creo que lo hemos conseguido - dijo.
En general, Trevize no confiaba en las victorias fáciles; sin embargo era humano creer contra el propio criterio. Sintió que los músculos del pecho y de la garganta se le agarrotaban, pero consiguió hablar.
- ¿La ubicación de la Tierra? – preguntó -. ¿La has descubierto Janov?
Pelorat miró a Trevize con atención durante un momento.
- Bueno, no - respondió con visible confusión -. No es exactamente esto. En realidad, Golan, no lo es en absoluto. Me había olvidado de ello. Ha sido otra cosa lo que he descubierto en las ruinas. Aunque, tal vez no sea realmente importante.
Trevize lanzó un profundo suspiro.
- No importa, Janov – dijo -. Todo hallazgo es importante. ¿Qué es lo que ibas a decirnos?
- Bien - se animó Pelorat -, la cuestión es que casi nada sobrevivió, ¿comprendes? Veinte mil años de tormentas y de vientos no pueden dejar gran cosa. Por si esto fuera poco, la vida vegetal es gradualmente destructora, y la vida animal... Pero dejemos esto. El caso es que «casi nada» no significa lo mismo que «nada».
»Parte de esas minas debe corresponder a un edificio público, pues había algunas piedras, o bloques de hormigón, que tenían letras esculpidas. Eran casi invisibles, ¿sabes?, pero tomé varias fotografías con una de las cámaras que tenemos a bordo de la nave, una de esas que permiten hacer ampliaciones por medio del ordenador... No te pedí permiso para tomarla, Golan, pero me pareció importante y...
Trevize agitó una mano con impaciencia.
- ¡Continúa!
- Pude descifrar parte de la inscripción, que era muy arcaica. Incluso con la ampliación y con mi habilidad para leer la lengua arcaica, sólo he podido entender una breve frase. Esas letras eran más grandes y algo más claras que las demás. Debieron de esculpirlas más profundamente porque identificaban este mundo. Decían así: Planeta Aurora, por lo que supongo que el mundo en el que nos hallamos se llama, o se llamaba, Aurora.
- De alguna forma tenía que llamarse - dijo Trevize.
- Sí, pero raras veces se eligen los nombres al azar. Acabo de buscar minuciosamente en mi biblioteca y he encontrado dos antiguas leyendas, procedentes de dos planetas muy separados entre sí, de modo que hay que suponer, lógicamente, que tienen un origen independiente. Pero eso no importa. En ambas leyendas, Aurora es un nombre con el que se designa el amanecer. Podemos suponer que Aurora pudo haber significado realmente el amanecer en algún lenguaje pregaláctico.
»Se da el caso de que las palabras que designan el amanecer o despertar del día son empleadas a menudo como nombre de estaciones espaciales o de otras estructuras que resultan ser las primeras en su clase.
Si este mundo es llamado Amanecer en cualquier lenguaje, también puede ser el primero de su clase.
- ¿Estás sugiriendo que este planeta es la Tierra y que Aurora es un nombre alternativo para él porque representa el amanecer de la vida y del hombre? - preguntó Trevize.
- No puedo ir tan lejos, Golan - reconoció Pelorat.
- A fin de cuentas - dijo Trevize, con un poco de amargura -, aquí no hay superficie radiactiva, ni satélite gigante, ni gigante gaseoso con grandes anillos.
- Exacto, Pero Deniador, el de Comporellon, parecía pensar que éste era uno de los mundos que antaño fue habitado por la primera ola de colonizadores, los Espaciales. Si fuese así, el nombre de Aurora podría indicar que había sido el primero de los mundos colonizados por ellos. Y quizás ahora nos encontrásemos en el mundo humano más antiguo de la Galaxia, después de la propia Tierra. ¿No te parece emocionante?
- Al menos es interesante, Janov; pero, ¿no crees que esto es deducir muchas cosas de un simple nombre, Aurora?
- Hay más - dijo Pelorat con entusiasmo -. Por lo que he podido ver en mi archivo, no hay, en la actualidad, un mundo en la Galaxia que se llame «Aurora», y estoy convencido de que tu ordenador lo confirmará.
Como he dicho, hay muchos planetas y otros objetos denominados «Amanecer» en diversos lugares, pero ninguno lleva el nombre de «Aurora».
- ¿Por qué habrían de llevarlo? Es una palabra pregaláctica; difícilmente podría ser popular.
- Pero los nombres permanecen, aunque pierdan su sentido. Si éste fue el primer mundo colonizado, debió de ser famoso, e, incluso, durante un tiempo, el planeta dominante de la Galaxia. Entonces, habría tenido que haber otros mundos que se hiciesen llamar «Nueva Aurora», o «Aurora Menor», o algo parecido. Y otros...
- Quizá no fue el primer mundo colonizado - le interrumpió Trevize -. Tal vez nunca tuvo importancia.
- En mi opinión, hay otra razón mejor, querido amigo.
- ¿Cuál es, Janov?
- Si la primera ola de colonizadores fue alcanzada por una segunda ola a la que ahora pertenecen todos los mundos de la Galaxia, como Deniador dijo, es muy posible que hubiese un período de hostilidades entre ambas. La segunda ola, al constituirse los mundos que ahora existen, no emplearía los nombres dados a ninguno de ellos por la primera ola. Del hecho de que el nombre de «Aurora» no haya sido nunca repetido podemos deducir que hubo dos olas de colonizadores, y que éste es un mundo de la primera ola.
Trevize sonrió.
- Me estoy haciendo una idea de cómo trabajáis los mitólogos, Janov.
Construís una bella superestructura, que puede ser como un castillo en el aire. Las leyendas nos dicen que los colonizadores de la primera ola iban acompañados de numerosos robots, y que se suponían que éstos habían de ser su perdición. Por consiguiente, si encontrásemos un robot en este mundo, estaría dispuesto a aceptar toda esta teoría de la primera ola; pero no podemos esperar que después de veinte mil...
Pelorat, que había estado como boqueando, consiguió recobrar la voz.
- Pero, Golan, ¿no te he dicho...? No, claro que no; no..., no te lo he dicho. Estoy tan excitado que no puedo ordenar mis ideas como es debido. Había un robot.
Trevize se frotó la frente, casi como si le doliese la cabeza.
- ¿Un robot? – preguntó -. ¿Había un robot?
- Sí - dijo Pelorat, asintiendo enérgicamente con la cabeza.
- ¿Cómo lo sabes?
- Bueno..., era un robot. ¿Cómo podía dejar de reconocerlo con sólo verlo?
- ¿Habías visto alguno antes de ahora?
- No, pero es un objeto metálico que parece un ser humano. Tiene cabeza, brazos, piernas, tronco. Desde luego, casi todo el metal está oxidado y, cuando avancé en su dirección, supongo que las vibraciones producidas por mis pasos lo estropearon todavía más, de modo que cuando alargué un brazo para tocarlo...
- ¿ Por qué tenías que tocarlo?
- Bueno, supongo que por el hecho de no poder dar crédito a mis ojos. Fue una reacción automática. En cuanto lo toqué, se derrumbó. Pero...
- ¿Qué?
- Antes de acabar de caer del todo, sus ojos parecieron brillar muy débilmente, e hizo un ruido como si tratase de decir algo.
- ¿Quieres decir que todavía funcionaba?
- Apenas podría llamarlo así, Golan. Entonces, se desplomó.
Trevize se volvió a Bliss.
- ¿Confirmas todo esto, Bliss?
- Era un robot, y lo vimos - afirmó ella.
- ¿Y todavía funcionaba?
- Mientras se derrumbaba, capté una débil actividad neurónica – dijo Bliss con voz apagada.
- ¿Cómo pudo haber una actividad neurótica? Un robot no posee un cerebro orgánico compuesto de células.
- Me imagino que tiene su equivalente mecánico - dijo Bliss - y eso fue lo que debí detectar.
- ¿Detectaste una mentalidad robótica y no humana?
Bliss frunció los labios.
- Era demasiado débil para saber nada de ella con exactitud, salvo que estaba allí.
Trevize miró a Bliss y después a Pelorat.
- Esto lo cambia todo - dijo con acento exasperado.

Cuarta parte

Solaria



X. ROBOTS


Trevize parecía perdido en sus pensamientos durante la cena, y Bliss, concentrada en el alimento.
Pelorat, que era el único que daba muestras de tener ganas de hablar, observó que, si el mundo en que se hallaban era «Aurora» y éste era el primer planeta que había sido colonizado, tenía que hallarse bastante cerca de la Tierra.
- Tal vez sería conveniente registrar el vecindario estelar inmediato - dijo -. Sólo supondría pasar entre unos pocos cientos de estrellas como máximo.
Trevize murmuró que semejante búsqueda al azar debía ser el último recurso y que quería tener la mayor información posible acerca de la Tierra antes de intentar acercarse a ella aunque la encontrase. No dijo más, y Pelorat, claramente desilusionado, se sumió también en el silencio.
Después de la cena, y como Trevize continuase sin decir nada, Pelorat insinuó:
- ¿Vamos a quedarnos aquí, Golan?
- Al menos esta noche - respondió Trevize -. Necesito pensar un poco más.
- ¿Nos hallamos a salvo?
- A menos que haya algo peor que aquellos perros en el lugar – dijo Trevize -, estaremos completamente seguros en la nave.
- ¿Cuánto tardaríamos en elevarnos, si hubiese algo peor que los perros? - preguntó Pelorat.
- El ordenador está en alerta de lanzamiento. Creo que podríamos levantar el vuelo en dos o tres minutos. Y si ocurriese algo inesperado, nos avisaría con toda seguridad. Por consiguiente, sugiero que durmamos un poco. Mañana por la mañana tomaré una decisión sobre nuestra próxima maniobra.
Esto era fácil de decir, pensó Trevize, contemplando la oscuridad.
Estaba acurrucado, a medio vestir, en el suelo del cuarto del ordenador.
Era incómodo, pero sabía que tampoco podría conciliar el sueño en su cama, y en aquel lugar podría actuar inmediatamente si el ordenador daba la señal de alarma. Entonces oyó pasos y se incorporó automáticamente, dando de cabeza contra el borde de la mesa; no lo bastante fuerte para lesionarse, pero sí para tener que frotarse el cuero cabelludo y hacer una mueca.
- ¿Janov? - preguntó, con voz apagada.
- No. Soy Bliss.
Trevize alargó una mano sobre el borde de la mesa para establecer un contacto relativo con el ordenador, y una luz suave mostró a Bliss envuelta en una ligera bata de color de rosa.
- ¿Qué pasa? - preguntó Trevize.
- Miré en tu habitación y no estabas allí. Tu actividad neurónica era, empero, inconfundible, y la seguí. Como estabas despierto, he entrado.
- Sí, pero, ¿ qué quieres?
Ella se sentó, apoyándose contra la pared, y dobló las rodillas para apoyar la barbilla en ellas.
- No tengas miedo - dijo ella -. No pienso atentar contra lo que queda de tu virginidad.
- Lo suponía - repuso Trevize sarcástico -. ¿Por qué no estás durmiendo? Lo necesitas más que nosotros.
- El episodio con los perros ha sido agotador, puedes creerlo – dijo ella, con voz baja y sincera.
- Lo creo.
- Pero tenía que hablar contigo a solas.
- ¿Acerca de qué?
- Cuando Pel te habló del robot, dijiste que eso lo cambiaba todo. ¿Qué significa eso?
- ¿No lo ves? - replicó Trevize -. Tenemos tres series de coordenadas; tres Mundos Prohibidos. Quiero visitar los tres para así entender lo máximo posible acerca de la Tierra antes de tratar de llegar a ella.
Se acercó un poco más a Bliss para poder hablar en voz más baja, pero después se apartó vivamente.
- Mira, no quiero que Janov venga y nos encuentre aquí. No sé lo que podría pensar - dijo.
- No es probable. Está durmiendo y he fomentado un poco su sueño.
Si se despierta, lo sabré. Prosigue. Has dicho que querías visitar los tres mundos. ¿Qué ha cambiado?
- No pensaba gastar tiempo innecesariamente en cualquier mundo.
Si éste, Aurora, no ha sido habitado por seres humanos en veinte mil años, es muy dudoso que se haya conservado alguna información valiosa. No quiero perder, semanas, o meses, escarbando inútilmente la superficie del planeta, luchando contra perros y gatos y toros y otros animales que se hayan vuelto salvajes y peligrosos, con la única esperanza de encontrar alguna pequeña referencia entre el polvo, la herrumbre y las minas. Podría ser que en uno o en los otros dos Mundos Prohibidos hubiese seres humanos y bibliotecas intactas. Por eso, mi intención era salir de este mundo enseguida. Ahora estaríamos en el espacio, durmiendo y a salvo.
- ¿Pero...?
- Pero si en este planeta hay robots que todavía funcionan, pueden tener información importante que podamos utilizar. Serían más fáciles de manejar que los hombres, ya que, según he oído decir, tienen que acatar las órdenes que se les dan y no pueden dañar a los seres humanos.
- Por consiguiente, has cambiado de idea y ahora emplearás algún tiempo en este mundo buscando robots.
- No deseo hacerlo, Bliss. Me parece que los robots no pueden durar veinte mil años sin mantenimiento. Sin embargo, como vosotros visteis uno que conservaba un ápice de actividad, está claro que no puedo confiar en mis sensatas previsiones sobre los robots. No debo dejarme llevar por mi ignorancia. Los robots pueden ser más resistentes de lo que me imagino, o poseer cierta capacidad de autoconservación.
- Escúchame, Trevize, y considera, por favor, que esto es confidencial.
- ¿Confidencial? - preguntó él, levantando sorprendido la voz -. ¿A quién hemos de ocultarlo?
- A Pel, por supuesto. Mira, no tienes que cambiar tus planes. Tenías razón. En este mundo no hay robots que funcionen aún. No detecto nada.
- Detectaste aquél, y uno vale por...
- No lo detecté. Estaba estropeado; no funcionaba desde hacía mucho tiempo.
- Pero tú dijiste...
- Sé lo que dije. Pel se imaginó que veía un movimiento y oía un sonido. Es un romántico. Se ha pasado toda su vida recogiendo datos, pero ésa es una manera muy difícil de destacar en el mundo de los eruditos. Le encantaría hacer un descubrimiento importante. El haber encontrado la palabra «Aurora» le produjo más satisfacción de lo que puedes imaginar. Quería encontrar algo más.
- ¿Me estás diciendo que su afán de hacer un descubrimiento era tan fuerte que llegó a autoconvencerse de que había encontrado un robot que funcionaba, cuando no era así?
- Lo que encontró fue un montón de chatarra tan inconsciente como la piedra en que se apoyaba.
- Pero tú confirmaste su relato.
- No podía desilusionarle. Significa demasiado para mí.
Trevize la miró fijamente durante un minuto.
- ¿Te importaría explicarme por qué significa tanto para ti? Quiero saberlo. De verdad, quiero saberlo. A ti debe parecerte un hombre viejo, sin nada romántico en su persona. Es un Aislado, y tú los desprecias. Eres joven y hermosa, y tiene que haber otras partes de Gaia que posean cuerpos de jóvenes vigorosos y bellos. Podrías mantener relaciones físicas con ellos que resonarían en toda Gaia y producirían arrebatos de éxtasis. ¿Qué ves en Janov?
Ella lo miró con aire solemne.
- ¿Acaso tú no lo quieres?
Trevize se encogió de hombros.
- Le tengo aprecio. Supongo que podría decir que lo quiero, en un sentido no sexual, por supuesto.
- No hace mucho tiempo que lo conoces, Trevize. ¿Por qué sientes cariño por él, en ese sentido no sexual que dices?
Trevize sonrió sin darse cuenta.
- ¡Es un tipo tan extraño! Creo, sinceramente, que no ha pensado en sí mismo en toda su vida. Le ordenaron que me acompañase, y lo hizo sin protestar. Quería que yo fuese a Trantor, pero cuando dije que quería ir a Gaia, no se opuso. Y ahora ha venido conmigo en esta búsqueda de la Tierra, aunque debe saber que es peligroso. Estoy absolutamente convencido de que, si tuviese que sacrificar su vida por mí...., o por cualquiera, lo haría de buen grado.
- ¿Darías tú la vida por él, Trevize?
- Tal vez lo hiciese, si no tuviese tiempo de pensarlo. De lo contrario, vacilaría y quizá me rajaría. No soy tan bueno como él. Y precisamente por eso, tengo este terrible afán de protegerle y de cuidar que siga siendo bueno. No quiero que Galaxia le enseña a no ser bueno. ¿Lo comprendes? Y tengo que protegerle de ti en especial. No puedo soportar la idea de que le des de lado cuando las tonterías que ahora pueden servirle de diversión dejen de interesarte.
- Sí, ya me imaginaba que pensabas algo así. ¿No crees que puedo ver en Pel lo mismo que tú ves en él, e incluso más, ya que puedo establecer contacto directo con su mente? ¿Acaso actúo como si quisiera perjudicarle? ¿Habría confirmado su fantasía de ver un robot en funcionamiento si no pudiera soportar hacerle daño? Trevize estoy acostumbrada a lo que tu llamarías bondad, porque cualquier parte de Gaia esta dispuesta a sacrificarse por el todo. Nosotros no conocemos ni comprendemos otra forma de actuar. Pero no damos nada al hacerlo así, porque cada parte es el todo, aunque no espero que lo comprendas. Pel es algo diferente.
Bliss ya no miraba a Trevize era como si estuviese hablando consigo misma.
- El es un Aislado. No es desinteresado por formar parte de un conjunto mas grande, sino porque él es así ¿Me comprendes? Tiene todo que perder y nada que ganar, y, Sin embargo, es como es. Hace que me avergüence de mi forma de ser porque no tengo nada que perder mientras que él es como es, sin tener nada que ganar.
Se volvió a mirar a Trevize, solemnemente.
- Sabes que le comprendo mucho más de lo que tú podrías comprenderle. ¿Y crees que moriría hacerle el menor daño?
- Bliss, hoy me has dicho: «Seamos amigos», y yo te he dicho: «Como quieras.» Fue una descortesía de mi parte, pues estaba pensando en lo que podrías hacerle a Janov. Ahora, soy yo quien te dice: seamos amigos, Bliss. Podrás seguir pregonando las excelencias de Galaxia y yo podré seguir negándome a aceptar tus argumentos. Pero, aun así, y a pesar de todo, seamos amigos.
Y le tendió la mano. .
- Desde luego, Trevize - dijo ella, y sellaron su acuerdo con un fuerte apretón de manos.
Trevize sonrió para sus adentros. Para sus adentros, pues sus labios permanecieron inmóviles.
Cuando había trabajado con el ordenador para encontrar el astro (Si existía) de la Primera serie de coordenadas, tanto Pelorat como Bliss habían observado con atención y le habían hecho preguntas. Ahora, permanecían en su habitación, durmiendo, o al menos descansando, y dejando todo el trabajo en manos de Trevize.
En cierto modo, resultaba halagador para él, pues parecía que habían aceptado el hecho de que Trevize sabía lo que estaba haciendo y no necesitaba que nadie supervisase o lo animase en su labor. Lo cierto era que Trevize había adquirido, con el primer episodio, experiencia suficiente para confiar más en el ordenador y pensar que éste no necesitaba supervisión alguna o, al menos, que le supervisasen tanto.
Entonces, apareció otra estrella luminosa y que no figuraba en el mapa galáctico. Esta segunda estrella era más brillante que aquélla alrededor de la cual giraba «Aurora», y lo más significativo era que aparecía registrada en el ordenador.
Trevize se asombró de las peculiaridades de la antigua tradición.
Siglos enteros podían ser expulsados o borrados por completo del pensamiento consciente; civilizaciones enteras ser relegadas al olvido. Sin embargo, de aquellos siglos, de todas aquellas civilizaciones podían quedar uno o dos hechos reales y que no habían sido deformados..., como esas coordenadas.
Había observado esto a Pelorat hacía algún tiempo, y éste le había dicho que eso era, precisamente, lo que hacía tan remunerador el estudio de los mitos y de las leyendas. «La cuestión está - había dicho Pelorat - en deducir o decidir qué elementos particulares de una leyenda representan una verdad plena subyacente. Esto no resulta fácil, y es probable que diferentes mitólogos escojan elementos diferentes, según, por lo general, lo que convenga a sus interpretaciones particulares.»
En todo caso, la estrella estaba donde las coordenadas de Deniador habían indicado. En ese momento, Trevize se habría jugado una considerable suma de dinero a que la tercera estrella se encontraría también en su sitio. Y de ser así, se hallaba dispuesto a presumir que la leyenda no se equivocaba cuando decía que había cincuenta Mundos Prohibidos (a pesar de que el número redondo resultara sospechoso) y se preguntaba dónde estarían los otros cuarenta y siete.
Un planeta habitable, un Mundo Prohibido, giraba alrededor de la estrella, y, esa vez, su presencia no sorprendió a Trevize en absoluto. Había estado completamente seguro de que se encontraría allí. Puso la Far Star en órbita lenta a su alrededor.
La capa de nubes era tan poco densa que permitía una vista bastante buena de la superficie desde el espacio. Era un planeta en el que el agua abundaba, como en casi todos los mundos habitables. Había un océano continuo tropical, y dos océanos polares. En la latitud media de un hemisferio, podía verse un continente más o menos sinuoso que circundaba el mundo, con bahías en ambos lados que producían ocasionales istmos estrechos. En el otro hemisferio, la superficie sólida estaba dividida en tres grandes partes, todas ellas más anchas de Norte a Sur que el otro continente.
Trevize hubiese querido saber algo más de climatología para poder predecir, por lo que veía, cuáles serían las temperaturas y las estaciones allí. Por un momento, acarició la idea de plantear el problema al ordenador. Pero no era el clima lo que interesaba ahora.
Importaba mucho más que el ordenador no detectara radiaciones
que pudiesen ser de origen tecnológico. Su telescopio le decía que el planeta no estaba en decadencia y no vio señales de desiertos en él. El suelo mostraba diversos tonos de verde, pero no había indicios de zonas urbanas a la luz del día, ni luces en la mitad oscura.
¿Estaría ese planeta lleno de vida, pero no de vida humana?
Llamó a la puerta del otro dormitorio.
- ¿Bliss? - dijo a media voz, y llamó de nuevo.
Oyó un ruido y la voz de Bliss que decía:
- ¿Qué?
- ¿Puedes venir? Necesito tu ayuda.
- Espera un momento; tengo que ponerme un poco presentable.
Cuando al fin apareció, se mostró tan presentable como Trevize la había visto en otras ocasiones. Sin embargo, él estaba un poco molesto por la espera, ya que su apariencia le importaba poco. Pero ahora eran amigos, y disimuló su irritación.
- ¿En qué puedo servirte, Trevize? - preguntó ella, sonriendo, con expresión amable.
Trevize señaló la pantalla.
- Como puedes ver, estamos volando sobre la superficie de lo que parece un mundo perfectamente saludable, con una sólida capa de vegetación en las zonas terrestres. Pero no hay luces por la noche, ni radiación tecnológica. Por favor, escucha y dime si existe vida animal. Hubo un momento en que creí ver manadas de animales pastando, pero no estoy seguro. Tal vez sólo vi lo que tanto ansiaba ver.
Bliss «escuchó». Al cabo de un rato, su semblante se iluminó.
- ¡Oh, sí! – exclamó -. Una rica vida animal.
- ¿Mamíferos?
- Tienen que serlo.
- ¿Humanos?
Ella pareció concentrarse más. Transcurrió un minuto; después, otro, y por fin se relajó.
- No puedo decirlo con certeza. De vez en cuando, me ha parecido detectar un soplo de inteligencia lo bastante intenso para ser considerado humano. Pero era tan débil y tan ocasional que tal vez también yo percibía únicamente lo que ansiaba percibir. Mira...
Se interrumpió, reflexionando, y Trevize la apremió:
- ¿Qué?
- El caso es que me parece detectar algo más - dijo ella -. No es algo con lo que esté familiarizada, pero creo que sólo pueden ser...
Su semblante se puso tenso al empezar ella a «escuchar» de nuevo, todavía con mayor intensidad.
- ¿Qué? - insistió Trevize.
Bliss se relajó.
- Creo que sólo pueden ser robots.
- ¡Robots!
- Sí, y si los detecto, tendría que detectar también seres humanos. Pero no es así.
- ¡Robots! - repitió Trevize, frunciendo el ceño.
- Sí - dijo Bliss -, y yo diría que son muy numerosos.
Pelorat dijo también «¡Robots!», casi en el mismo tono que Trevize, cuando se lo comunicaron. Después, sonrió ligeramente.
- Tenías razón, Golan, e hice mal en dudar de ti.
- No recuerdo que hayas dudado de mí, Janov.
-.Bueno, viejo amigo, pensé que no tenía que expresarlo. Pero, en el fondo de mi corazón, creí que era un error abandonar «Aurora» mientras hubiese una posibilidad de interrogar a un robot superviviente. Pero está claro que tú sabías que aquí habría una reserva más rica de Robots.
- .No lo creas, Janov. Yo no lo sabía. Ha sido una casualidad. Bliss me dice que los campos mentales de los robots parecen implicar que están en pleno funcionamiento, y a mí me parece que eso no podría ocurrir sin seres humanos que cuidasen de su mantenimiento. Sin embargo, ella no detecta ningún ser humano; por eso seguimos observando. Pelorat estudió, pensativo, la pantalla.
- Parece que todo son bosques, ¿verdad?
- Casi todo. Pero hay manchas más claras que bien podrían ser prados. La cuestión es que no veo ciudades, ni luces por la noche, ni se percibe ninguna radiación que no sea térmica.
- Por consiguiente, no hay seres humanos, ¿eh?
- Es lo que yo me pregunto. Bliss está en la cocina, tratando de concentrarse. Yo he montado un primer meridiano arbitrario para el planeta, lo cual significa que ahora está dividido en longitud y latitud en el ordenador. Bliss tiene un pequeño aparato en el que pulsa un botón cuando descubre lo que parece una concentración desacostumbrada de actividad mental robótica (supongo que no se puede decir «actividad neurónica» en relación con los robots) o cualquier vibración de pensamiento humano. El aparato está conectado con el ordenador, y éste registra entonces todas las latitudes y longitudes, y nosotros dejaremos que elija entre ellas y nos señale un buen lugar para aterrizar.
Pélorat pareció inquieto.
- ¿ Es prudente dejar la elección al ordenador?
- ¿Por qué no, Janov? Es un ordenador muy competente. Además, cuando no se tiene ninguna base para considerar la propia elección, ¿qué hay de malo en que la haga el ordenador?
El semblante de Pelorat se iluminó.
- Hay algo especial en lo que acabas de decir, Golan. Algunas de las leyendas más antiguas hablan de gente que para hacer una elección echaba unos pequeños cubos al suelo.
- ¿Sí? ¿Y cómo lo hacían?
- Cada cara del cubo tenía escrita una palabra: sí, no, tal vez, espera, etcétera. La cara que quedaba arriba al ser arrojado el cubo daba el consejo que se debía seguir. Otras veces, hacían rodar una bola alrededor de un disco dividido en compartimentos en los que constaba las diferentes opciones. Había que tomar la decisión escrita en el compartimento donde la bola caía. Algunos mitólogos creen que estas actividades representaban juegos de azar más que loterías, pero, en mi opinión, ambas cosas son casi iguales.
- En cierto modo - dijo Trevize -, nosotros estamos jugando a un juego de azar para elegir nuestro lugar de aterrizaje.
Bliss salió de la cocina a tiempo para oír el último comentario.
- No se trata de ningún juego de azar. Yo he presionado varios «tal vez» y después un «sí» seguro, y aterrizaremos en el «sí».
- ¿Qué te hizo decir «sí»? - preguntó Trevize.
- Capté una ráfaga de pensamiento humano. Definitivo. Inconfundible.
Había estado lloviendo, pues la hierba aparecía mojada. En el cielo, las nubes se desplazaban y daban muestras de abrir claros.
La Far Star había aterrizado con suavidad cerca de una pequeña arboleda (para el caso de que hubiese perros salvajes, pensó Trevize, medio en serio). Todos los alrededores parecían tierras de pastos, y cuando habían descendido a un nivel donde la panorámica era mejor, Trevize pudo observar lo que parecían huertos y campos de cereales y, esta vez, un inconfundible rebaño de animales, que pastaban.
En cambio, no había edificios. Nada artificial, salvo que la regularidad de los árboles del huerto y los rectos linderos que separaban los campos eran por sí solos tan artificiales como lo habría sido una estación receptora de microondas.
Pero, ¿podían todas estas cosas artificiales haber sido producidas por robots, sin ayuda de seres humanos? .
Trevize se estaba sujetando las fundas de sus armas. En esta ocasión sabía que ambas funcionaban y que estaban cargadas. Por un momento, captó la mirada de Bliss y se detuvo.
- Adelante - dijo ella -. No creo que necesites usarlas, pero lo mismo pensé la otra vez, ¿verdad?
- ¿No preferirías ir armado, Janov? - preguntó Trevize.
Pelorat se estremeció.
- No, gracias. Con tus defensas físicas y las defensas psíquicas de Bliss, me siento completamente a salvo. Supongo que es cobardía por mi parte esconderme en vuestras sombras protectoras, pero no puedo sentirme realmente avergonzado cuando mi sentimiento dominante es el de gratitud por no hallarme en una situación que pueda obligarme a emplear la fuerza.
- Lo comprendo - dijo Trevize -. Pero no te alejes de nosotros. Si Bliss y yo nos separamos, quédate con uno de los dos y no te separes espoleado por tu curiosidad.
- No te preocupes, Trevize - indicó Bliss -. Yo cuidaré de esto.
Trevize fue el primero en salir de la nave. El viento era fuerte y un poco frío después de la lluvia, pero se alegró de ello. Probablemente había sido incómodamente cálido y húmedo antes de llover.
Aspiró el aire, sorprendido. El olor del planeta era delicioso. Sabía que cada mundo tenía su olor característico, un olor siempre extraño y, por lo general, desagradable, tal vez debido a que era extraño. ¿Podía lo extraño resultar agradable también? ¿O sólo se debía a la casualidad de haber llegado al planeta precisamente después de la lluvia y en una estación particular del año? De cualquier forma...
- Vamos – gritó -. Esto es muy agradable.
Pelorat salió.
- Agradable es realmente la palabra adecuada. ¿Crees que siempre olerá así?
- Eso no importa. Dentro de una hora, nos habremos acostumbrado al aroma, y nuestros receptores nasales estarán ya tan saturados que no oleremos nada.
- ¡Una lástima! - exclamó Pelorat.
- La hierba está mojada - dijo Bliss, en tono de ligera desaprobación.
- ¿Por qué no? A fin de cuentas, ¡también llueve en Gaia! – dijo Trevize.
Y mientras hablaba un rayo de sol amarillo cayó momentáneamente sobre ellos a través de una pequeña abertura de las nubes. Pronto recibirían más.
- Si - reconoció Bliss -, pero nosotros sabemos cuándo va a llover y nos preparamos para ello.
- Una lástima - dijo Trevize -, pues así os perdéis la emoción de lo inesperado.
- Tienes razón, Trataré de no comportarme como una provinciana.
Pelorat miró a su alrededor.
- Parece que aquí no hay nada - murmuró, contrariado.
- Sólo lo parece - dijo Bliss -. Se están acercando desde detrás de aquella elevación. - Miró a Trevize -. ¿Crees que deberíamos salir a su encuentro? .
Él hizo un gesto negativo con la cabeza.
- No. Hemos recorrido muchos pársecs para encontramos con ellos.
Deja que hagan el resto del camino. Los esperaremos aquí.
Sólo Bliss pudo percibir aquel acercamiento hasta que una figura apareció en lo alto del montículo. Después, una segunda y una tercera hicieron su aparición.
- Creo que esto es todo, de momento - dijo Bliss.
Trevize observó con curiosidad. Aunque nunca había visto robots, no dudó un instante de que lo eran. Tenían la forma esquemática e impresionista de seres humanos, pero no un aspecto metálico visible. La superficie robótica era opaca y daba la impresión de blandura, como si estuviese cubierta de felpa.
Pero, ¿cómo podía saber si aquella suavidad era ilusoria? Trevize sintió el súbito deseo de tocar aquellas figuras que se acercaban, impasibles. Si ése era realmente un Mundo Prohibido y las naves espaciales nunca se acercaban a él (lo cual debía, ser el caso, ya que su sol no figuraba en el mapa galáctico), entonces, la Far Star y sus tripulantes debían representar algo que los robots no habían experimentado jamás.
Sin embargo, reaccionaban con firme decisión, como si realizasen un ejercicio rutinario.
- Aquí podemos obtener una información que no conseguiríamos en ningún otro lugar de la Galaxia - dijo Trevize en voz baja -. Les preguntaremos sobre la situación de la Tierra en relación con este planeta y, si la conocen, nos lo dirán. ¡Quién sabe cuánto tiempo llevan funcionando esos ingenios mecánicos! Es posible que nos contesten a base de sus recuerdos personales.
- También es posible que su fabricación sea reciente y no sepan nada - indicó Bliss.
- O bien que lo sepan, pero no quieran comunicárnosla - dijo Pelorat.
- Supongo que no pueden negarse, a menos que hayan recibido órdenes de que no nos lo digan - observó Trevize -, ¿y por qué habían de darles esta orden, si nadie de este planeta podía esperar nuestra llegada?
Los robots se detuvieron a una distancia de unos tres metros. No dijeron nada y permanecieron inmóviles.
Trevize, con la mano en su blaster, dijo a Bliss, sin apartar los ojos de los robots:
- ¿Puedes saber si son hostiles?
- Tienes que darte cuenta, Trevize, que no tengo la menor experiencia de sus procesos mentales; pero no detecto nada que parezca reflejar hostilidad.
Trevize soltó la culata de su arma, pero mantuvo la mano cerca de ella. Después, levantó la otra mano, con la palma vuelta hacia los robots, en lo que esperaba que fuese reconocido como un ademán de paz.
- Os saludo - dijo, hablando muy despacio -. Venimos a este mundo como amigos.
El robot del centro inclinó la cabeza en una especie de saludo incompleto que también podía ser tomado como signo de paz por un optimista, y replicó.
Trevize se quedó boquiabierto por el asombro. En un mundo de comunicación galáctica, no se pensaba que algo pudiese fallar en una necesidad tan fundamental. Pero se daba el caso de que el robot no hablaba el idioma galáctico ni nada que se le pareciese. De hecho, Trevize no comprendió una sola palabra.
La sorpresa de Pelorat fue tan grande como la de Trevize, pero en ella había un evidente matiz de satisfacción.
- ¿No es extraño? - preguntó.
Trevize se volvió hacia él.
- No es extraño, es un galimatías - replicó con cierta aspereza.
- No se trata de ningún galimatías - dijo Pelorat -. Está hablando en galáctico, pero muy antiguo. He captado unas pocas palabras. Probablemente lo comprendería con más facilidad si lo viese escrito. Es la pronunciación la que lo enreda todo.
- Bueno, ¿qué ha dicho?
- Me parece que ha dicho que no te había comprendido.
- Yo no sé lo que ha dicho - dijo Bliss -, pero percibo una perplejidad en él que concuerda con lo que dice Pel. Eso, si puedo confiar en mi análisis de la emoción robótica, si es que ésta existe.
Hablando muy despacio y con dificultad, Pelorat dijo algo, y los tres robots agacharon la cabeza al unísono.
- ¿Qué significa esto? - dijo Trevize.
- Les he dicho que no sabía hablar bien, pero que lo intentaría - respondió Pelorat -. Les he pedido un poco de tiempo. Viejo amigo, esto es terriblemente interesante.
- Terriblemente fastidioso - murmuró Trevize.
- Mira - dijo Pelorat -, todos los planetas habitables de la Galaxia elaboran su propia variedad de galáctico, de manera que hay millones de dialectos que a veces resultan casi incomprensibles, pero todos consiguen entenderse gracias al conocimiento del galáctico común. Presumiendo que este mundo ha estado aislado durante veinte mil años, es natural que la lengua se haya ido diferenciando de las del resto de la Galaxia hasta llegar a convertirse en un idioma completamente distinto.
Esto puede ser debido a que el planeta tiene un sistema social que depende de robots que sólo pueden comprender el lenguaje para el que fueron programados. En vez de reprogramarse, el lenguaje ha permanecido inmutable, y ahora nos encontramos con lo que no es más que una forma arcaica de galáctico.
- Ésta es una muestra de cómo una sociedad robotizada puede permanecer estática e ir degenerando después - dijo Trevize.
- Pero, mi querido amigo - protestó Pelorat -, el hecho de conservar un lenguaje casi sin cambios no implica degeneración. Tiene sus ventajas. Documentos conservados durante siglos y milenios retienen su significado y dan mayor longevidad y autoridad a los datos históricos. En el resto de la galaxia, el lenguaje empleado en los edictos imperiales del tiempo de Hari Seldon empieza a parecer extraño.
- ¿Y conoces tú este galáctico arcaico?
- No digas si lo conozco, Golan. El caso es que, al estudiar los mitos y leyendas antiguos, he comprendido el truco. El vocabulario no es del todo diferente, pero se declina y conjuga de un modo distinto, y hay expresiones idiomáticas que nosotros no usamos ya. Además, como ya he dicho, la pronunciación ha cambiado totalmente. Puedo actuar como intérprete, aunque no como intérprete excelente.
Trevize lanzó un trémulo suspiro.
- Un poco de suerte es mejor que ninguna. Adelante, Janov Pelorat se volvió a los robots, esperó un momento y después miró de nuevo a Trevize.
- ¿Qué quieres que les diga?
- Vayamos al grano. Pregúntales dónde está la Tierra.
Pelorat pronunció las palabras muy despacio, acompañadas de exagerados ademanes.
Los robots se miraron y emitieron algunos sonidos. Después, el de en medio habló a Pelorat, el cual replicó y separó las manos como si estuviese estirando una cinta de goma. El robot respondió separando sus palabras con el mismo cuidado con que Pelorat lo había hecho.
- Me parece que no consigo hacerles comprender lo que quiero decir con la palabra «Tierra». Sospecho que piensan que me refiero a alguna región de su planeta y dicen que no saben que tal región exista.
- ¿Han dicho el nombre de este planeta, Janov?
- Por lo que he creído entender, el nombre que le dan es «Solaría».
- ¿Lo habías encontrado alguna vez en tus leyendas?
- No; como tampoco el de «Aurora».
- Bueno, pregúntales si hay algún lugar llamado Tierra en el cielo, entre las estrellas. Señala hacia arriba.
Hubo otro intercambio de palabras y, por último, Pelorat se volvió y dijo:
- Lo único que puedo sacarles, Golan, es que no hay lugares en el cielo.
- Pregunta a esos robots la edad que tienen; o mejor, cuánto tiempo llevan funcionando - dijo Bliss.
- No sé cómo decir «funcionando» - se apenó Pelorat, meneando la cabeza -. En realidad, no sé si sabré decir «qué edad». No soy un buen intérprete.
- Haz todo lo que puedas, querido Pel - dijo Bliss.
- Llevan veintiséis años funcionando - dijo Pelorat, después de intercambiar algunas frases.
- Veintiséis años - murmuró Trevize, contrariado -. Apenas son más viejos que tú, Bliss.
Bliss replicó, con súbito orgullo:
- Se da el caso de que... ,
- Ya lo sé. Tú eres Gaia, que tiene miles de años. Sea como fuere, estos robots no pueden hablar de la Tierra por experiencia personal, y es natural que en sus bancos de memoria no haya nada que no necesiten para su funcionamiento. Por consiguiente, no saben nada de astronomía.
- Tal vez puede haber robots más antiguos en otros lugares del planeta - dijo Pelorat.
- Lo dudo - repuso Trevize -, pero pregúntaselo, si es que puedes encontrar palabras para ello, Janov.
Esta vez, la conversación fue más extensa, y Pelorat la interrumpió al fin, con el rostro enrojecido y un claro aire de frustración.
- Golan – dijo -, no comprendo parte de lo que tratan de comunicarme, pero deduzco que los robots más viejos son empleados en labores manuales y tampoco saben nada. Si este robot fuese humano, diría que ha hablado de los más viejos con desprecio. Estos tres, según dicen, pertenecen al grupo de robots domésticos, y no se les permite envejecer antes de ser sustituidos. Son los únicos que realmente saben cosas... Esto lo dicen ellos, no yo.
- No sabe mucho - gruñó Trevize -. Al menos de las cosas que nos interesan.
- Ahora lamento que nos marchásemos tan deprisa de «Aurora» - dijo Pelorat -. Si hubiésemos encontrado allí un robot superviviente, lo cual es casi seguro, pues el primero que hallé tenía una chispa de vida todavía, habría sabido de la Tierra por recuerdo personal.
- Siempre que su memoria estuviese intacta, Janov - dijo Trevize -. Pero podemos volver allí cuando queramos y, si hemos de hacerlo, lo haremos, con perros o sin ellos. Ahora bien, si estos robots tienen veinte y pico de años nada más, deben existir quienes los fabrican, y supongo que éstos tienen que ser humanos. - se volvió a Bliss -. ¿Estás Segura de haber percibido...?
Pero ella levantó una mano para interrumpirle, y una expresión tensa y concentrada se pintó en su semblante.
- Ahora viene - dijo, en voz baja.
Trevize volvió la cabeza hacia el montículo y vio, saliendo de detrás de él y avanzando después en dirección a ellos, la inconfundible figura de un ser humano. Su tez era pálida, y los cabellos rubios y largos estaban ligeramente erizados en los lados de la cabeza. Su rostro, aunque grave, parecía pertenecer a alguien muy joven en apariencia. Los brazos y las piernas desnudos no se veían particularmente musculosos.
Los robots se apartaron para permitirle el paso y él avanzó hasta colocarse en medio de ellos.
Después, habló con voz clara y agradable, y sus palabras, aunque pronunciadas en tono arcaico, correspondían al galáctico común y fueron de fácil comprensión.
- Os saludo, viajeros del espacio – dijo -, ¿qué queréis de mis robots?
Trevize no se cubrió de gloria.
- ¿Hablas galáctico? - preguntó tontamente.
- ¿ Por qué no había de hacerlo, si no soy mudo? - dijo el solariano, con una agria sonrisa.
- Pero ésos... - Y Trevize señaló a los robots.
- Éstos son robots. Hablan nuestra lengua, lo mismo que yo. Pero yo soy de «Solaria» y oigo las comunicaciones hiperespaciales de los mundos lejanos; por eso he aprendido vuestra manera de hablar, como la aprendieron mis antepasados. Ellos dejaron descripciones del lenguaje, pero yo escucho constantemente palabras nuevas y expresiones que cambian con los años, como si vosotros, los colonizadores, pudieseis estabilizar los mundos pero no las palabras. ¿Por qué te ha sorprendido que comprendiese tu lenguaje?
- No hubiese debido ocurrir así - repuso Trevize -. Te pido disculpas. Pero, después de hablar con los robots, no pensé que oiría galáctico en este planeta.
Estudió al solariano. Vestía una fina bata blanca recogida holgadamente sobre el hombro, con grandes aberturas para los brazos. Iba abierta por delante, dejando al descubierto el pecho desnudo y un taparrabos. Salvo por un par de ligeras sandalias, no llevaba nada más.
Trevize pensó que no podía estar seguro de si el solariano era varón o hembra. El pecho parecía varonil pero carecía en absoluto de vello, y el fino taparrabo no mostraba ninguna protuberancia.
- Podría ser otro robot, pero muy parecido a un ser humano... – dijo en voz baja, volviéndose a Bliss.
- Su mente es la de un ser humano, no la de un robot – respondió Bliss, sin mover apenas los labios.
- Todavía no has respondido a mi pregunta - dijo el solariano -. Disculpo tu impertinencia y la atribuyo a tu sorpresa. Ahora, te preguntaré de nuevo, y procura no fallar por segunda vez. ¿Qué queréis de mis robots?
- Somos viajeros y buscamos información para llegar a nuestro destino - explicó Trevize -. Pedimos información que nos fuese de utilidad a tus robots, pero ellos no sabían nada.
- ¿Cuál es la información que buscáis? Tal vez yo pueda ayudaros.
- Queremos saber la situación de la Tierra. ¿Podrías decirnos cuál es? El solariano arqueó las cejas.
- Yo había pensado que el primer objeto de vuestra curiosidad habría sido yo mismo. Os informaré de esto aunque no me lo hayáis pedido. Soy Sarton Bander, y os halláis en la finca de Bander que se extiende en todas direcciones hasta donde podéis alcanzar con la mirada y mucho más allá. No puedo decir que seáis bien venidos aquí, pues, al entrar, habéis cometido un abuso de confianza. Sois los primeros colonizadores que aterrizan en «Solaria» en muchos miles de años, y ahora resulta que sólo lo habéis hecho para preguntar cuál es el mejor camino para llegar a otro planeta. En los viejos tiempos, vosotros y vuestra nave habríais sido destruidos sin previo aviso.
- Seria un tratamiento bárbaro hacia una gente que no trae malas intenciones y no ofrece el menor peligro - dijo prudentemente Trevize.
- De acuerdo, pero cuando unos miembros de una sociedad en expansión llegan a otra que es inofensiva y estática, el mero contacto supone un peligro en potencia. Mientras temíamos que nos causasen daño, estábamos dispuesto a destruir inmediatamente a los que llegasen. Como ya no tenemos motivos para temer a nadie, nos hallamos, como podéis ver, dispuestos a hablar.
- Agradezco la información que nos has ofrecido con tanta liberalidad; sin embargo, no has contestado la pregunta que te hice. La repetiré. ¿Puedes decirnos la situación del planeta Tierra?
- Supongo que con la palabra Tierra quieres designar el mundo en que tuvieron su origen la especie humana y las diferentes especies de plantas y animales. - E hizo un gracioso ademán, como abarcando todo lo que les rodeaba.
- Sí, así es, señor.
Una rara expresión de contrariedad apareció en el semblante del solariano.
- Por favor, llámame Bander si quieres usar una forma de tratamiento. No me designes con ninguna palabra que tenga un sentido de género. Yo no soy varón ni hembra. Soy un todo.
Trevize asintió con la cabeza (él había acertado).
- Como quieras, Bander. Entonces, ¿cuál es la situación de la Tierra, del planeta de origen de todos nosotros?
- No lo sé - dijo Bander -. Ni me interesa tampoco. Si lo supiese, o si pudiese averiguarlo, no os serviría de nada, pues la Tierra ya no existe como mundo. ¡Ah...! - prosiguió, estirando los brazos -. Se está bien al sol. Subo muy pocas veces a la superficie, y nunca cuando el sol no brilla. Envié a mis robots a recibiros cuando el sol se ocultaba todavía detrás de las nubes. Sólo los seguí cuando el cielo se despejó.
- ¿Por qué dejó la Tierra de existir como mundo? - insistió Trevize, apercibiéndose para escuchar una vez más el cuento de la radiactividad.
Sin embargo, Bander hizo caso omiso de la pregunta o, más bien, la desdeñó tranquilamente.
- La historia es demasiado larga – dijo -. Me habéis dicho que no veníais con malas intenciones.
- Es cierto.
- Entonces, ¿por qué llevas armas?
- Por simple precaución. No sabía lo que podríamos encontrar aquí.
- No importa. Tus pequeñas armas no representan ningún peligro para mí. Sin embargo, siento curiosidad. Desde luego, he oído hablar mucho de vuestras armas, y vuestra Historia bárbara parece haber dependido de ellas por entero. Aun así, nunca he visto ninguna. ¿Puedo ver las tuyas?
Trevize dio un paso atrás.
- Siento decirte que no, Bander.
Bander pareció divertido.
- Sólo te lo he preguntado por cortesía. No tenía necesidad de hacerlo.
Alargó una mano y el blaster emergió de la funda derecha, mientras el látigo neurónico lo hacía de la izquierda. Trevize fue a agarrar sus armas, pero sintió que sus brazos eran retenidos hacia atrás como por fuertes lazos elásticos. Tanto Pelorat como Bliss se dispusieron a avanzar, pero fueron retenidos de manera parecida.
- No tratéis de intervenir - dijo Bander -. No podéis hacerlo. – Las armas volaron hacia sus manos y él las observó con atención -. Ésta - dijo, refiriéndose al blaster - parece ser una emisora de rayos de microondas que producen calor, haciendo estallar cualquier cuerpo que contenga fluidos. La otra es más sutil, y debo confesar que, a primera vista, no veo para qué puede servir. Sin embargo, como no traéis malas intenciones, no necesitáis las armas. Puedo descargar, y es lo que haré, el contenido energético de las unidades de ambas armas. Así, se volverán inofensivas, a menos que se usen como cachiporras, y servirían de poco usadas con ese fin.
El solariano soltó las armas que, volando de nuevo por el aire, volvieron hacia Trevize y se introdujeron en sus respectivas fundas.
Trevize, dueño ya de sus movimientos, sacó el blaster, pero vio que sería inútil emplearlo. El contacto se había aflojado y estaba claro que la unidad energética había sido descargada. Lo propio podía decirse del látigo neurónico.
Miró a Bander, el cual dijo, sonriendo:
- Nada puedes hacer, forastero. Si quisiera, podría destruir vuestra nave y, desde luego, a vosotros.

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