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jueves, 9 de mayo de 2013

LOS LIMITES DE LA FUNDACION - IV



Isaac Asimov





A Betty Prashker, que insistió, y a Lester del Rey, que me azuzó.


Prólogo

El Primer Imperio Galáctico se derrumbaba. Hacía siglos que declinaba y se debilitaba, y sólo un hombre se dio plena cuenta de ello.
Ese hombre fue Hari Seldon, el último gran científico del Primer Imperio; y fue él quien perfeccionó la psicohistoria, la ciencia del comportamiento humano reducido a ecuaciones matemáticas.
El ser humano individual es imprevisible, pero Seldon descubrió que las reacciones de la masa humana podían ser tratadas estadísticamente. Cuanto mayor es la masa, mayor es la exactitud de la predicción. Y el volumen de las masas humanas con las que Seldon trabajó fue nada menos que el de la población de los millones de mundos habitados de la Galaxia.
Las ecuaciones de Seldon le revelaron que, de ser abandonado a su suerte, el Imperio caería y transcurrirían treinta mil años de desdicha y agonía humanas antes de que un Segundo Imperio emergiera de las ruinas. No obstante, si fuera posible modificar algunas de las condiciones existentes, ese interregno podría reducirse a un solo milenio, únicamente un millar de años.
Con objeto de lograrlo, Seldon estableció dos colonias de científicos a las que llamó «Fundaciones». Con toda intención, las colocó «en extremos opuestos de la Galaxia». La Primera Fundación, centrada en las ciencias físicas, fue instituida con un gran despliegue de publicidad. La existencia de la otra, la Segunda Fundación, un mundo de científicos psicohistóricos y «mentales», fue sumida en el silencio.
En la Trilogía de las Fundaciones se relata la historia de los cuatro primeros siglos del interregno. La Primera Fundación (conocida simplemente como «la Fundación», ya que la existencia de otra era desconocida para casi todos) empezó como una pequeña comunidad perdida en el vacío de la Periferia Exterior de la Galaxia. Periódicamente se enfrentaba a una crisis derivada de las relaciones humanas y las corrientes sociales y económicas de la época. Su libertad de movimientos se limitaba a una línea determinada, y cuando se movía en esa dirección, un nuevo horizonte de desarrollo se abría ante ella. Todo había sido planeado por Hari Seldon, fallecido hacía ya mucho tiempo.
La Primera Fundación, con su ciencia superior, se apoderó de los planetas bárbaros que la rodeaban. Se enfrentó a los anárquicos guerreros que se habían separado del Imperio moribundo y los derrotó. Se enfrentó a los restos del propio Imperio, bajo su último emperador poderoso y su último general poderoso, y los derrotó.
Parecía que el «Plan Seldon» seguía su curso normal y nada podía evitar que el Segundo Imperio fuese establecido a tiempo, y con un mínimo de devastación intermedia.
Pero la psicohistoria es una ciencia estadística. Siempre existe una pequeña posibilidad de que algo falle, y algo falló, algo que Hari Seldon no pudo prever. Un hombre, llamado el Mulo, apareció repentinamente. Tenía poderes mentales en una Galaxia que carecía de ellos. Moldeaba las emociones de los hombres y formaba sus mentes de modo que sus más acérrimos adversarios se convertían en sus leales servidores. Los ejércitos no podían, no querían, luchar contra él. La Primera Fundación cayó y el Plan Seldon pareció haber fracasado.
Quedaba la misteriosa Segunda Fundación, a la que la súbita aparición del Mulo había cogido desprevenida, pero que ahora elaboraba lentamente un contraataque. Su gran defensa era el hecho de su emplazamiento desconocido. El Mulo la buscó con el propósito de conquistar la Galaxia completa. Los fieles que sobrevivieron a la Primera Fundación la buscaron para obtener ayuda.
Ninguno la encontró. El Mulo fue detenido por la acción de una mujer, Bayta Darell, y eso proporcionó tiempo suficiente a la Segunda Fundación para organizar la acción adecuada y, con ella, detener al Mulo para siempre. Lentamente se prepararon para restablecer el Plan Seldon.
Pero, en cierto modo, la seguridad de la Segunda Fundación había desaparecido. La Primera Fundación conocía la existencia de la Segunda, y la Primera no deseaba un futuro en el que estuvieran fiscalizados por los mentalistas. La Primera Fundación era superior en fuerza física, mientras que la Segunda Fundación no sólo estaba en desventaja por ese hecho, sino por tener que realizar una doble labor: tenía que detener a la Primera Fundación, a la vez que recobrar su anonimato.
La Segunda Fundación, bajo su gran «primer orador», Preem Palver, consiguió hacerlo. La Primera Fundación fue inducida a creer que había vencido, que había derrotado a la Segunda Fundación, y fue adquiriendo cada vez más poder en la Galaxia, totalmente ignorante de que la Segunda Fundación seguía existiendo.
Ya han pasado cuatrocientos noventa y ocho años desde que la Primera Fundación apareció en escena. Se encuentra en el apogeo de su poder, pero hay un hombre que no acepta las apariencias...

1 CONSEJERO


1


- Naturalmente no lo creo - dijo Golan Trevize, deteniéndose en los anchos escalones de Seldon Hall y contemplando la ciudad bañada por el sol.
Términus era un planeta templado, con un elevado porcentaje de agua/tierra. Como Trevize pensaba a menudo, la introducción del control climático lo había hecho mucho más cómodo y considerablemente menos interesante.
- No creo nada en absoluto - repitió, sonriendo.
Sus dientes blancos y uniformes brillaron en su rostro juvenil.
Su compañero y colega, Munn Li Compor, que había adoptado un segundo nombre a despecho de la tradición de Términus, meneó la cabeza con desasosiego.
- ¿Qué es lo que no crees? ¿Que hemos salvado la ciudad?
- Oh, eso sí que lo creo. Lo hemos hecho, ¿no?
Y Seldon dijo que lo haríamos, y que actuaríamos correctamente haciéndolo así, y que él lo sabía todo hace quinientos años.
Compor bajó la voz y dijo casi en un susurro: - Mira, no me importa que me hables de este modo, porque sé que hablas por hablar, pero si vas gritándolo por ahí otros te oirán y, francamente, no quiero estar cerca de ti cuando caiga el rayo. No sé lo preciso que será.
La sonrisa de Trevize permaneció inalterable y dijo:
- ¿Hay algo malo en decir que la ciudad está salvada? ¿Y que lo hemos hecho sin guerra?
- No había nadie a quien combatir - repuso Compor. Tenía el cabello de un amarillo mantecoso y los ojos de un azul celeste, y siempre resistía el impulso de alterar esos tonos pasados de moda.
- ¿No has oído hablar nunca de la guerra civil, Compor? - preguntó Trevize. Este era alto, tenía el cabello negro, ligeramente ondulado, y la costumbre de andar con los pulgares metidos en el cinturón de suave fibra que siempre llevaba.
- ¿Una guerra civil por el emplazamiento de la capital?
- La cuestión fue suficiente para provocar una Crisis Seldon. Destruyó la carrera política de Hanni. Nos introdujo a ti y a mí en el Consejo a raíz de las últimas elecciones, y el problema persistió... - Movió lentamente una mano, de delante atrás, como una balanza al nivelarse.
Se detuvo en los escalones, sin hacer caso de los otros miembros del gobierno y medios informativos, así como de las personas influyentes que habían conseguido invitación para presenciar el regreso de Seldon (o, en todo caso, el regreso de su imagen).
Todos bajaban las escaleras, hablando, riendo, enorgulleciéndose de la perfección de todo, y complaciéndose en la aprobación de Seldon.
Trevize permaneció inmóvil y dejó pasar a la multitud. Compor, que estaba dos escalones más abajo, se detuvo; una invisible cuerda se extendía entre ellos.
- ¿No vienes? - preguntó.
- No hay prisa. La reunión del Consejo no empezará hasta que la alcaldesa Branno haya repasado la situación con su estilo firme y escueto. No tengo prisa por soportar otro aburrido discurso. ¡Mira la ciudad!
- Ya la veo. También la vi ayer.
- Sí. Pero ¿la viste hace quinientos años, cuando fue fundada?
- Cuatrocientos noventa y ocho - le corrigió automáticamente Compor -. Dentro de dos años celebrarán el quinto centenario y la alcaldesa Branno aún seguirá en su cargo, salvo imprevistos que todos esperamos no se produzcan.
- Esperémoslo - dijo secamente Trevize -. Pero ¿cómo era hace quinientos años, cuando fue fundada? ¡Una ciudad! ¡Una pequeña ciudad, ocupada por un grupo de hombres que preparaban una Enciclopedia que nunca se terminó!
- Claro que se terminó.
- ¿Te refieres a la Enciclopedia Galáctica que tenemos ahora? Lo que tenemos no es aquello en lo que ellos trabajaban. Lo que tenemos está en una computadora y es revisado diariamente. ¿Has visto alguna vez el original incompleto?
- ¿El que está en el Museo Hardin?
- El Museo de los Orígenes Salvador Hardin. Llamémosle por un nombre completo, por favor, ya que eres tan puntilloso respecto a las fechas exactas. ¿Lo has visto?
- No. ¿Debería haberlo hecho?
- No, no vale la pena. Pero, en todo caso, ahí estaban... un grupo de enciclopedistas, formando el núcleo de una ciudad, una pequeña ciudad en un mundo virtualmente desprovisto de metales, girando alrededor de un sol aislado del resto de la Galaxia, en el límite, el mismo límite. Y ahora, quinientos años más tarde, somos un mundo suburbano. Esto es un gran parque, con todo el metal que queremos. ¡Ahora estamos en el centro de todo!
- No exactamente - replicó Compor -. Aún giramos en torno a un sol aislado del resto de la Galaxia. Aún estamos en el mismo límite de la Galaxia.
- Ah, no, eso lo dices sin pensar. Esa fue la causa de esta pequeña Crisis Seldon. Somos algo más que el aislado mundo de Términus. Somos la Fundación, que extiende sus tentáculos por toda la Galaxia y gobierna esa Galaxia desde su emplazamiento en el mismo límite. Podemos hacerlo porque no estamos aislados, excepto en la situación, y eso no cuenta.
- De acuerdo. Lo acepto. - Evidentemente a Compor le era indiferente y bajó otro escalón. La cuerda invisible que había entre ellos se estiró aún más. Trevize alargó una mano como para tirar de su amigo escalones arriba.
- ¿No ves lo que eso significa, Compor? Ha habido un cambio enorme, pero nosotros no lo aceptamos. En el fondo del corazón queremos la pequeña Fundación, la sencilla organización de un solo mundo que teníamos en los viejos tiempos, en aquellos tiempos de férreos héroes y nobles santos que se han ido para siempre.
- ¡Oh, vamos!
- Hablo en serio. Mira Seldon Hall. Para empezar, durante las primeras crisis de la época de Salvor Hardin, sólo era la Bóveda del Tiempo, un pequeño auditorio donde aparecía la imagen olográfica de Seldon. Eso era todo. Ahora es un mausoleo colosal, pero ¿tiene una rampa con campo de fuerza? ¿Una cinta transportadora? ¿Un ascensor gravítico? No, sólo estos escalones, y nosotros los bajamos y subimos como Hardin habría tenido que hacerlo. En una época extraña e imprevisible, nos aferramos con miedo al pasado.
Alargó apasionadamente el brazo.
- ¿Hay algún componente estructural visible que sea metálico? Ninguno. No sería conveniente, ya que en tiempos de Salvor Hardin no había metales nativos y casi ninguno importado. Incluso instalamos plástico antiguo, rosado por los años, cuando construimos este enorme conglomerado, a fin de que los visitantes de otros mundos puedan detenerse y exclamar: «¡Galaxia! ¡Qué hermoso plástico antiguo!» Te lo digo, Compor, es una farsa.
- Así pues, ¿es esto en lo que no crees? ¿En Seldon Hall?
- Y en todo su contenido - dijo Trevize en un furioso susurro -. No creo que tenga sentido esconderse aquí, en el límite del Universo, sólo porque nuestros antepasados lo hicieron. Creo que deberíamos estar ahí fuera, en medio de todo.
- Pero Seldon dice que te equivocas. El Plan Seldon está desarrollándose tal como debe.
- Lo sé. Lo sé. Y todos los niños de Términus son educados para creer que Hari Seldon formuló un Plan, que lo previo todo hace cinco siglos, que instituyó la Fundación de modo que anticipó ciertas crisis, y dispuso que su imagen apareciera olográficamente durante esas crisis, y nos dijera lo mínimo que deberíamos saber para continuar hasta la siguiente crisis, y así nos conduciría a través de mil años de historia hasta que pudiéramos edificar un Segundo y Mayor Imperio Galáctico sobre las ruinas de la vieja y decrépita estructura que estaba derrumbándose hace cinco siglos y se desintegró completamente hace dos siglos.
- ¿Por qué me dices todo esto, Golan?
- Porque te digo que es una farsa. Todo es una farsa, Y aun en el caso de que en un principio fuese real, ¡ahora es una farsa! No somos dueños de nosotros mismos. No somos nosotros quienes seguimos el Plan.
Compor miró escrutadoramente al otro.
- Ya me habías dicho cosas así antes de ahora, Golan, pero siempre había pensado que sólo decías ridiculeces para excitarme. Por la Galaxia, ahora creo que hablas en serio.
- ¡Claro que hablo en serio!
- No puede ser. O bien es una broma pesada a mis expensas o bien has perdido la razón.
- Ni lo uno ni lo otro - dijo Trevize, ya calmado, metiendo los pulgares en el cinturón como si ya no necesitara los gestos de las manos para acentuar la pasión -. Admito haber especulado otras veces sobre ello, pero solo fue por intuición. Sin embargo, la farsa que esta mañana se ha desarrollado ahí adentro me ha abierto los ojos y pretendo, a mi vez, abrir los ojos al Consejo.
Compor exclamó:
- ¡Estás loco!
- De acuerdo. Ven conmigo y escucha.
Los dos bajaron las escaleras. Eran los únicos que quedaban, los últimos en completar el descenso. Y mientras Trevize se adelantaba ligeramente, los labios de Compor se movieron en silencio, lanzando una muda palabra en dirección a la espalda del otro:
«¡Tonto!»

2


La alcaldesa Harla Branno declaró abierta la sesión del Consejo Ejecutivo. Sus ojos habían mirado a los reunidos sin muestras visibles de interés; no obstante, ninguno dudó de que había advertido quiénes estaban presentes y quiénes no habían llegado todavía.
Su cabello gris estaba peinado en un estilo que no era marcadamente femenino ni imitación del masculino. Era el modo en que ella lo llevaba, nada más. Su rostro desapasionado no destacaba por su belleza, pero no era precisamente belleza lo que uno esperaba ver en él.
Era el administrador más capaz del planeta. Nadie podía acusarla de poseer la brillantez de los Salvor Hardin y los Hober Mallow, cuyas historias animaron los primeros dos siglos de existencia de la Fundación, pero tampoco nadie podía asociarla con las locuras de los hereditarios Indbur que habían gobernado la Fundación antes de la aparición del Mulo.
Sus discursos no excitaban la mente de los hombres, ni tenía el don del dramatismo, pero poseía la capacidad de tomar decisiones sensatas y defenderlas mientras estuviese convencida de que eran acertadas. Sin un carisma evidente, tenía la habilidad de persuadir a los votantes de que esas decisiones serían acertadas.
Puesto que, según la doctrina de Seldon, el cambio histórico es muy difícil de alterar (siempre salvando lo imprevisible, cosa que la mayoría de seldonistas suele olvidar, pese al incidente del Mulo), la Fundación podía haber mantenido su capital en Términus bajo cualquier circunstancia. Pero esto es un imponderable. Seldon, en su reciente aparición como un simulacro de quinientos años de edad, había fijado tranquilamente la probabilidad de continuar en Términus en un 87,2 por 100.
No obstante, incluso para los seldonistas, ello significaba que había un 12,8 por 100 de posibilidades de que se hubiese realizado el traslado a algún punto más cercano al centro de la Confederación de la Fundación, con todas las fatales consecuencias que Seldon había esbozado. El hecho de que esta posibilidad de uno entre ocho no hubiese tenido lugar se debía a la alcaldesa Branno.
Era indudable que ella no lo hubiese permitido.
Incluso en períodos de considerable impopularidad, se había aferrado a la decisión de que Términus era la sede tradicional de la Fundación y continuaría siéndolo. Sus enemigos políticos habían caricaturizado su pronunciada mandíbula (con cierta efectividad, había que admitirlo) como un bloque colgante de granito.
Y ahora Seldon había respaldado su punto de vista y, al menos por el momento, eso le proporcionaba una considerable ventaja política Al parecer había dicho un año antes que si Seldon la respaldaba en su próxima aparición, consideraría su labor felizmente concluida. Entonces se retiraría y asumiría el papel de ex estadista, en lugar de exponerse a los dudosos resultados de otras guerras políticas.
Nadie la había creído realmente. Estaba familiarizada con las guerras políticas hasta un extremo que pocos habían alcanzado, y ahora que la imagen de Seldon había aparecido y desaparecido no daba muestras de querer retirarse.
Habló con una voz perfectamente clara y un marcado acento de la Fundación (en otros tiempos había sido embajadora en Mandress, pero no había adoptado el estilo dialéctico imperial que ahora estaba en, boga, y formó parte de lo que había sido una incursión casi imperial en las Provincias Interiores).
Dijo:
- La Crisis Seldon ha terminado y es tradición, muy prudente a mi juicio, que no se tomen represalias de ninguna clase, ni de hecho ni de palabra, contra los que han respaldado al bando equivocado. Muchas personas honestas creían tener buenas razones para querer lo que Seldon no quería. No tiene objeto humillarlas hasta el punto en que sólo puedan recobrar su dignidad censurando el Plan Seldon. A su vez, existe la arraigada y deseable costumbre de que quienes hayan apoyado al bando perdedor acepten alegremente la derrota, sin más discusión. El tema ha quedado relegado al olvido, por ambos lados, para siempre.
Hizo una pausa, escrutó las caras reunidas durante un momento, y después prosiguió:
- La mitad del tiempo ha pasado, miembros del Consejo; la mitad del período de mil años entre imperios. Ha sido una época llena de dificultades, pero hemos recorrido un largo camino. En efecto, ya somos casi un Imperio Galáctico y no quedan enemigos externos de importancia.
»El interregno habría durado treinta mil años, a no ser por el Plan Seldon. Después de treinta mil años de desintegración, quizá no habría quedado fuerza suficiente para volver a formar un imperio. Quizá sólo habrían quedado mundos aislados y probablemente moribundos.
»Lo que hoy tenemos se lo debemos a Hari Seldon, y en él hemos de confiar siempre. El peligro de aquí en adelante, consejeros, somos nosotros mismos, y a partir de ahora no debe haber dudas oficiales sobre el valor del Plan. Convengamos ahora, sosegada y firmemente, en que no deben haber dudas, críticas o condenas oficiales del Plan. Tenemos que apoyarlo incondicionalmente. Ha demostrado su efectividad a lo largo de cinco siglos. Constituye la seguridad de la humanidad y no debe ser alterado. ¿Convenido?
Hubo un sordo murmullo. La alcaldesa apenas levantó la mirada para obtener pruebas visuales de conformidad. Conocía a todos los miembros del Consejo y sabía cómo reaccionaria cada uno. Después de la victoria, no habría objeciones. El año siguiente, tal vez. Ahora, no. Abordaría los problemas del año siguiente el año siguiente.
Siempre que no...
- ¿Control mental, alcaldesa Branno? – preguntó Golan Trevize, enfilando el pasillo a grandes zancadas y hablando a gritos, como para compensar el silencio del resto. No se molestó en ocupar su asiento que, en su calidad de nuevo miembro, estaba en la última fila.
Branno siguió sin levantar la mirada.
- ¿Sus opiniones, consejero Trevize? - dijo.
- Que el gobierno no puede prohibir la libertad de expresión; que todos los individuos, y con más motivo los consejeros y consejeras, que han sido elegidos con este fin, tienen el derecho a discutir los temas políticos del día; y que ningún tema político puede ser disociado del Plan Seldon.
Branno enlazó las manos y levantó la mirada. Su rostro era inexpresivo.
- Consejero Trevize, ha entrado irregularmente en este debate y ha interrumpido la sesión al hacerlo así. No obstante, le he pedido su opinión y voy a contestarle – replicó -. No hay límite para la libertad de expresión dentro del contexto del Plan Seldon. Es sólo el Plan en si lo que nos limita por su misma naturaleza. Hay muchas maneras de interpretar los acontecimientos antes de que la imagen tome la decisión final, pero una vez la toma, esta decisión no puede seguir siendo cuestionada en el Consejo. Tampoco puede ser cuestionada de antemano, como diciendo: «Si Hari Seldon declarara esto y aquello, estaría equivocado.»
- ¿Y si uno lo pensara de verdad, señora alcaldesa?
- Entonces podría decirlo, en el caso de que esa persona fuese un particular y discutiera el asunto en un contexto particular.
- Así pues, ¿quiere decir que las limitaciones a la libertad de expresión que usted propone afectan exclusiva y específicamente a los funcionarios gubernamentales?
- Exactamente. Esta no es una norma nueva de la ley de la Fundación. Ha sido aplicada con anterioridad por alcaldes de todas las facciones. Un punto de vista particular no significa nada; la expresión oficial de una opinión tiene peso y puede ser peligrosa. No hemos llegado hasta tan lejos para exponernos ahora al peligro.
- Permítame indicarle, señora alcaldesa, que esa norma suya ha sido aplicada, escasa e irregularmente, a ciertos decretos del Consejo. Nunca se ha aplicado a algo tan vasto e indefinible como el Plan Seldon.
- El Plan Seldon necesita más protección, porque es precisamente ahí donde las dudas pueden ser más fatales.
- ¿No consideraría usted, alcaldesa Branno...?
- Trevize se volvió, dirigiéndose ahora a los miembros del Consejo, que parecían haber contenido unánimemente la respiración, como esperando el resultado del duelo -. ¿No considerarían ustedes, miembros del Consejo, que hay motivos para pensar que no existe ningún Plan Seldon?
- Todos hemos sido testigos de su funcionamiento hoy mismo - dijo la alcaldesa Branno, más sosegada cuanto mayor era el apasionamiento y la elocuencia de Trevize.
- Precisamente porque hoy hemos visto su funcionamiento, consejeros y consejeras, podemos darnos cuenta de que el Plan Seldon, tal como nos han enseñado a creer, no puede existir.
- Consejero Trevize, éste no es su turno de intervención y no debe continuar en esta línea.
- Tengo los privilegios de mi cargo, alcaldesa.
- Esos privilegios han sido revocados, consejero.
- Usted no puede revocarlos. Su declaración limitando la libertad de expresión no puede tener, en sí misma, la fuerza de ley. El Consejo no ha votado formalmente, alcaldesa, y aunque lo hubiera hecho, yo tendría derecho a cuestionar su legalidad.
- La revocación, consejero, no tiene nada que ver con mi declaración protegiendo el Plan Seldon.
- Entonces, ¿en qué se basa?
- Se le acusa de traición, consejero. Haré el favor al Consejo de no arrestarle dentro de la Cámara, pero en la puerta le esperan miembros de Seguridad que le tomarán bajo su custodia cuando salga. Ahora le pido que salga sin oponer resistencia. En el caso de que haga algún movimiento imprudente, lo consideraremos un peligro inmediato y Seguridad entrará en la Cámara. Confío en que no sea necesario.
Trevize frunció el ceño. En la sala reinaba un silencio absoluto. (¿Acaso todos lo esperaban, todos menos él y Compor?) Dirigió la mirada hacia la salida. No vio nada, pero estaba seguro de que la alcaldesa Branno no fanfarroneaba.
Balbuceó con rabia:
- Repre.., represento a un importante grupo de votantes, alcaldesa Branno...
- Sin duda se sentirán decepcionados.
- ¿En qué pruebas basa esta absurda acusación?
- Lo sabrá en su momento, pero puede estar seguro de que tenemos todo lo que necesitamos. Es usted un joven muy indiscreto y debería haber comprendido que alguien podía ser amigo suyo y, sin embargo, no estar dispuesto a ayudarle en su traición.
Trevize se volvió en redondo para fijar la mirada en los ojos azules de Compor, que no se inmutó.
La alcaldesa Branno dijo tranquilamente:
- Recuerden todos los testigos que cuando he hecho mi última declaración, el consejero Trevize se ha vuelto a mirar al consejero Compor. ¿Quiere salir ahora, consejero, o me obligará a incurrir en el deshonor de un arresto dentro de la Cámara?
Golan Trevize se volvió, subió nuevamente los escalones y, en la puerta, dos hombres uniformados y armados lo flanquearon.
Harla Branno, mirándolo impasiblemente, murmuró a través de sus labios apenas entreabiertos:
- ¡Tonto!

3


Liono Kodell había sido director de Seguridad durante todo el período de administración de la alcaldesa Branno. Como le gusta decir, no era un trabajo agotador, aunque naturalmente nadie sabía si mentía o no. No parecía mentiroso, pero eso no significaba nada.
Tenía un aspecto agradable y cordial, y muy posiblemente eso fuera adecuado para el cargo. Estaba bastante por debajo de la estatura media, y bastante por encima del peso medio; llevaba un tupido bigote (algo insólito para un ciudadano de Términus) que ya era más blanco que gris; tenía unos brillantes ojos marrones, y un parche característico de un color básico marcaba el bolsillo superior de su mono pardusco.
- Siéntese, Trevize. Me gustaría que habláramos amistosamente, si es posible - dijo.
- ¿Amistosamente? ¿Con un traidor? – Trevize introdujo ambos pulgares en el cinturón y permaneció en pie.
- Con un acusado de traición. Aún no hemos llegado al punto en que una acusación, aunque sea hecha por la propia alcaldesa, equivalga a una condena. Confío en que nunca lleguemos. Mi misión es absolverle, si puedo. Preferiría hacerlo ahora, cuando todavía no se ha causado ningún daño, excepto, quizá, a su orgullo, que verme forzado a exponer el caso en juicio público. Espero que opine igual que yo.
Trevize no se ablandó.
- No se moleste en congraciarse conmigo. Su misión es tratarme como si fuese un traidor. No lo soy, y me desagrada tener que demostrar este punto a su satisfacción. ¿Por qué no demuestra usted su lealtad a mi satisfacción?
- En principio, no hay inconveniente. Sin embargo, lo triste del caso es que yo tengo el poder de mi lado, y usted no. Por este motivo el privilegio de interrogar es mío, no suyo. Si alguna sospecha de deslealtad o traición recayera sobre mí, supongo que me reemplazarían, y entonces sería interrogado por algún otro que, espero seriamente, no me trataría peor de lo que yo pretendo tratarle a usted.
- ¿Y cómo pretende tratarme?
- Confío en que como a un amigo, y a un igual, si usted está dispuesto a hacer lo mismo.
- ¿Puedo pedirle una copa? - preguntó Trevize con amargura.
- Más tarde, quizá, pero ahora le ruego que se siente. Se lo pido como amigo.
Trevize titubeó y luego se sentó. De repente le pareció absurdo mantener su actitud desafiante.
- Y ahora, ¿qué? - preguntó Trevize con amargura.
- Ahora, ¿puedo pedirle que conteste a mis preguntas sinceramente y sin evasivas?
- ¿Y si no lo hago? ¿Cuál es la amenaza? ¿Una sonda psíquica?
- Espero que no.
- Yo también lo espero. No es sistema para un consejero. No revelaría una traición, y cuando me absolvieran, pediría su cabeza y quizá también la de la alcaldesa. Tal vez valdría la pena someterme a una sonda psíquica.
Kodell frunció el ceño y meneó ligeramente la cabeza.
- Oh, no. Oh, no: Hay demasiado peligro de lesión cerebral. A veces resulta difícil de curar, y no le compensaría. Seguro. Verá, algunas veces, cuando no hay más remedio que utilizar la sonda psíquica...
- ¿Una amenaza, Kodell?
- Una declaración de hecho, Trevize. No me interprete mal, consejero. Si debo recurrir a ese sistema lo haré, y aunque sea usted inocente no le servirá de nada.
- ¿Qué quiere decir?
Kodell accionó un interruptor que había en la mesa frente a él y dijo:
- Todo lo que yo le pregunte y usted me conteste será grabado, tanto en imagen como en sonido. No quiero ninguna declaración gratuita o fuera de tono. Por lo menos, esta vez. Estoy seguro de que lo comprende.
- Comprendo que sólo grabará lo que le plazca - dijo Trevize con desprecio.
- Es cierto, pero le repito que no me interprete mal. No falsearé nada de lo que usted diga. Lo utilizaré o no, eso es todo. Pero usted sabrá que no lo utilizaré y no nos hará perder el tiempo ni a usted ni a mí.
- Ya lo veremos.
- Tenemos razones para pensar, consejero Trevize - y el toque de formalidad que imprimió a su voz fue prueba suficiente de que estaba grabando -, que ha declarado abiertamente y en numerosas ocasiones que no cree en la existencia del Plan Seldon.
Trevize contestó con lentitud:
- Si lo he dicho tan abiertamente, y en numerosas ocasiones, ¿qué más necesitan?
- No perdamos el tiempo en subterfugios, consejero. Usted sabe que lo que deseo es un reconocimiento explícito en su propia voz, caracterizada por sus propias huellas sonoras, bajo condiciones en las que tiene pleno dominio de sí mismo.
- ¿Porque, supongo, el empleo de algún producto hipnótico, químico o no, alterada las huellas sonoras?
- Muy notablemente.
- ¿Y usted está ansioso por demostrar que no ha utilizado ningún método ilegal para interrogar a un consejero? No le culpo.
- Me alegro de que no me culpe, consejero. Así pues, continuemos. Usted ha declarado abiertamente, y en numerosas ocasiones, que no cree en la existencia del Plan Seldon. ¿Lo admite?
Trevize dijo lentamente, escogiendo las palabras:
- No crea que lo que llamamos Plan de Seldon tenga el significado que solemos darle.
- Una declaración muy imprecisa. ¿Le importaría explicarse con más detalle?
- Opino que la creencia general de que Hari Seldon, hace quinientos años, utilizando la ciencia matemática de la psicohistoria, trazó el curso de los acontecimientos humanos hasta el último detalle y que nosotros seguimos un curso destinado a llevarnos desde el Primer Imperio Galáctico hasta el Segundo Imperio Galáctico por la línea de máxima probabilidad, es ingenua. No puede ser así.
- ¿Quiere usted decir que, en su opinión, Hari Seldon nunca existió?
- De ningún modo. Claro que existió.
- ¿Que no desarrolló la ciencia de la psicohistoria?
- No, claro que no quiero decir tal cosa. Escuche, director, se lo habría explicado al Consejo si me lo hubieran permitido, y voy a explicárselo a usted. La verdad de lo que le diré es tan terminante...
El director de Seguridad había desconectado silenciosamente, y sin ningún disimulo, el aparato grabador.
Trevize hizo una pausa y frunció el ceño.
- ¿Por qué ha hecho eso?
- Me está haciendo perder el tiempo, consejero.
No le he pedido un discurso.
- Me ha pedido que explique mi punto de vista, ¿no?
- De ningún modo. Le he pedido que conteste mis preguntas; sencilla, directa y francamente. Conteste sólo las preguntas y no añada nada más. Hágalo y no tardaremos demasiado.
Trevize dijo:
- Quiere decir que me arrancará declaraciones que reforzarán la versión oficial de lo que supuestamente he hecho.
- Sólo le pedimos que diga la verdad, y le aseguro que no falsearemos sus declaraciones. Intentémoslo de nuevo, por favor. Estábamos hablando de Hari Seldon. - Volvió a poner la grabadora en marcha y repitió con calma -: ¿Que no desarrolló la Ciencia de la psicohistoria?
- Claro que desarrolló la ciencia que llamamos psicohistoria - dijo Trevize, sin poder disimular su impaciencia y gesticulando con exasperada pasión.
- Que usted definiría... ¿cómo?
- ¡Galaxia! Suele definirse como la rama de las matemáticas que estudia las reacciones generales de amplios grupos de seres humanos ante determinados estímulos y bajo determinadas circunstancias. En otras palabras, se cree que predice los cambios sociales e históricos.
- Ha dicho «se cree». ¿Lo duda usted bajo el punto de vista de la experiencia matemática?
- No - contestó Trevize -. Yo no soy psicohistodador. Tampoco lo es ningún miembro del gobierno de la Fundación, ni ningún ciudadano de Términus, ni ningún... .
Kodell alzó la mano y dijo suavemente:
- ¡Consejero, por favor! - Y Trevize se calló.
- ¿Tiene usted algún motivo para suponer que Hari Seldon no hizo los análisis necesarios que combinarían, con la mayor eficacia posible, los factores de máxima probabilidad y menor duración en el camino que conduce del Primer al Segundo Imperio por medio de la Fundación? - continuó Kodell.
- Yo no estaba allí - dijo sardónicamente Trevize -. ¿Cómo quiere que lo sepa?
- ¿Puede saber que no lo hizo?
- No.
- ¿Niega usted, quizá, que la imagen olográfica de Hari Seldon que ha aparecido durante cada una de las crisis históricas acaecidas durante los últimos quinientos años es, en realidad, una reproducción del mismo Hari Seldon, hecha en el último año de su vida, poco antes de la constitución de la Fundación?
- Supongo que no puedo negarlo.
- Lo «supone». ¿Pretende usted decir que es un fraude, un engaño urdido por alguien en el pasado con algún propósito?
Trevize suspiró.
- No. No afirmo tal cosa.
- ¿Está dispuesto a afirmar que los mensajes transmitidos por Hari Seldon han sido manipulados de algún modo por alguien determinado?
- No. No tengo motivos para creer que dicha manipulación sea posible o provechosa.
- Comprendo. Usted ha presenciado la más reciente aparición de la imagen de Seldon. ¿Le ha parecido que su análisis, preparado hace quinientos años, no se ajusta a las circunstancias actuales con suficiente exactitud?
- Al contrario - dijo Trevize con súbito regocijo -. Se ajusta con toda exactitud.
Kodell pareció indiferente a la emoción del otro.
- Y no obstante, consejero, tras la aparición de Seldon, usted sigue manteniendo que el Plan Seldon no existe.
- Claro que sí. Mantengo que no existe precisamente porque el análisis se ajusta con tal exactitud...
Kodell había desconectado la grabadora.
- Consejero - dijo, meneando la cabeza -, me obliga a borrar. Le pregunto si sigue manteniendo esa extraña creencia suya y empieza a darme razones. Déjeme repetirle la pregunta: Y no obstante, consejero, tras la aparición de Seldon, usted sigue manteniendo que el Plan Seldon ni existe.
- ¿Cómo lo sabe? Nadie ha tenido la oportunidad de hablar con el amigo que me delató, Compor, después de la aparición.
- Digamos que lo hemos supuesto, consejero. Y digamos que usted ya ha contestado, «claro que si». Si quiere volver ó decirlo, sin añadir nada más, podremos continuar.
- Claro que sí - dijo Trevize con ironía.
- Bueno – dijo Kodell -, escogeré el «claro que Si» que suene más natural. Gracias, consejero.
- Y desconectó nuevamente la grabadora.
Trevize preguntó:
- ¿Eso es todo?
- Para lo que yo necesito, si.
- Al parecer, lo que usted necesita es una serie de preguntas y respuestas que pueda presentar a Términus y a toda la Confederación de la Fundación a la cual gobierna, para demostrar que acepto totalmente la leyenda del Plan Seldon. Esto hará parecer quijotesca o demente cualquier desmentida que yo haga después.
- O incluso una traición a los ojos de una excitada multitud que ve el Plan como esencial para la seguridad de la Fundación. Quizá no sea necesario divulgar esto, consejero Trevize, si podemos llegar a algún acuerdo, pero si fuera necesario nos encargaríamos de que la Confederación lo oyera.
- ¿Es usted suficientemente tonto, señor – dijo Trevize, con el ceño fruncido -, para no querer saber lo que realmente tengo que decir?
- Como ser humano estoy muy interesado en saberlo, y si llega el momento apropiado le escucharé con interés y un cierto grado de escepticismo. Sin embargo, como director de Seguridad, tengo, en este momento, exactamente lo que necesito.
- Espero que sepa que no les servirá de nada, ni a usted ni a la alcaldesa.
- Aunque le parezca extraño, no opino lo mismo. Ahora ya puede marcharse. Custodiado, naturalmente.
- ¿Adónde me van a llevar?
Kodell tan sólo sonrió.
- Adiós, consejero. No ha cooperado demasiado, pero habría sido poco realista esperar que lo hiciera.
Alargó la mano.
Trevize, levantándose, simuló no verla. Se alisó las arrugas del cinturón y dijo:
- No hace más que retrasar lo inevitable. Debe de haber otros que piensan como yo, o los habrá más tarde. Encarcelarme o matarme causará extrañeza y, a la larga, acelerará la generalización de esa manera de pensar. Al final la verdad y yo ganaremos.
Kodell retiró la mano y sacudió lentamente la cabeza.
- De verdad, Trevize – dijo -, usted es tonto.

4


Era medianoche cuando dos guardias fueron a sacar a Trevize de lo que era, tenía que admitirlo, una lujosa habitación en la Dirección General de Seguridad. Lujosa, pero cerrada con llave. La celda de una prisión, en todo caso.
Trevize dispuso de más de cuatro horas para intentar justificarse amargamente, paseando con nerviosismo de un lado a otro durante todo el rato.
¿Por qué había confiado en Compor?
¿Por qué no? Parecía tan claramente convencido.
No, eso no. Parecía tan dispuesto a dejarse convencer. No, eso tampoco. Parecía tan estúpido, tan fácilmente dominado, tan ciertamente desprovisto de cerebro y opiniones propias que Trevize aprovechó la ocasión de utilizarlo como una cómoda caja armónica. Compor había ayudado a Trevize a mejorar y pulir sus opiniones. Había resultado útil, y Trevize había confiado en él por la sencilla razón de que le había convenido hacerlo así.
Pero ahora era inútil intentar decidir si debía haber descubierto el juego de Compor. Debía haber seguido la regla: no confiar en nadie.
Sin embargo, ¿puede uno vivir sin confiar en nadie?
Evidentemente había que hacerlo.
Y, ¿quién habría pensado que Branno tendría la audacia de arrestar a un miembro del Consejo, y que ni uno solo de los demás consejeros movería un dedo para proteger a uno de los suyos? Aunque hubieran discrepado totalmente con Trevize, aunque hubieran estado dispuestos a apostar su sangre, hasta la última gota, por la rectitud de Branno; de todos modos, deberían haberse rebelado, por principio, contra esa violación de sus prerrogativas. A veces llamaban a Branno «la mujer de bronce», y ciertamente actuaba con rigor metálico...
A menos que ella misma ya estuviera en las garras de...
¡No! ¡Este camino desembocaba en la paranoia!
Y sin embargo...
Su mente andaba de puntillas y en círculos, y no había podido librarse de los pensamientos inútiles repetitivos cuando llegaron los guardias.
- Tendrá que venir con nosotros, consejero – dijo el mayor de los dos con gravedad desprovista de emoción. Su insignia revelaba su graduación de teniente. Tenía una pequeña cicatriz en la mejilla derecha, y parecía cansado, como si hubiera estado en su puesto demasiado tiempo y hubiera hecho demasiado poco, como podía esperarse de un soldado cuyo pueblo había vivido en paz durante más de un siglo.
Trevize no se movió.
- Su nombre, teniente.
- Soy el teniente Evander Sopellor, consejero.
- Se dará cuenta de que está quebrantando la ley, teniente Sopellor. No puede arrestar a un consejero.
El teniente dijo:
- Tenemos órdenes directas, señor.
- Eso no importa. No pueden ordenarle que arreste a un consejero. Debe comprender que se expone a un consejo de guerra.
El teniente dijo:
- No le estoy arrestando, consejero.
- Entonces no tengo que ir con usted, ¿verdad?
- Nos han ordenado que le escoltemos hasta su casa.
- Conozco el camino.
- Y que le protejamos hasta llegar a ella.
- ¿De qué? ¿O de quién?
- De cualquier multitud que pueda reunirse.
- ¿A medianoche?
- Por eso hemos esperado hasta medianoche, señor. Y ahora, señor, por su propia seguridad, debo pedirle que venga con nosotros. Puedo decirle, no como amenaza, sino como información, que estamos autorizados a emplear la fuerza si es necesario.
Trevize reparó en los látigos neurónicos con que iban armados. Se levantó con lo que esperaba fuese dignidad.
- A mi casa, pues. ¿O descubriré que van a llevarme a la cárcel?
- No hemos recibido instrucciones de mentirle, señor - dijo el teniente con un orgullo propio.
Trevize comprendió que estaba en presencia de un profesional, que exigiría una orden directa antes de mentir, y que incluso entonces su expresión y tono de voz le delatarían.
Trevize dijo:
- Le pido perdón, teniente. No quería dar a entender que dudaba de su palabra.
Un vehículo de superficie les aguardaba en el exterior. La calle estaba vacía y no había indicios de hombre alguno, mucho menos de una multitud, pero el teniente no había faltado a la verdad. No había dicho que en el exterior hubiese una multitud o que fuera a congregarse. Se había referido a «cualquier multitud que pueda reunirse». Sólo había dicho «pueda».
El teniente mantuvo cuidadosamente a Trevize entre sí mismo y el vehículo. Trevize no habría podido escabullirse y huir. El teniente entró después de él y se sentó a su lado en la parte trasera.
El coche arrancó.
Trevize dijo:
- Una vez esté en casa, supongo que podré hacer lo que quiera..., que podré marcharme, por ejemplo, si así lo deseo.
- No tenemos órdenes de obstaculizar sus movimientos, consejero, en ningún sentido, excepto en el caso de que supongan un peligro para usted.
- ¿Un peligro? ¿Le importaría concretar un poco más?
- Tengo instrucciones de comunicarle que una vez esté en su casa, no podrá salir de ella. Las calles no son seguras para usted y yo soy responsable de su seguridad.
- Quiere decir que estoy bajo arresto domiciliario.
- No soy abogado, consejero. No sé lo que eso significa.
Desvió la mirada hacia el frente, pero su codo tocó el costado de Trevize. Trevize no habría podido moverse, ni siquiera un poco, sin que el teniente lo notara.
El coche se detuvo ante la pequeña casa de Trevize en el suburbio de Flexner. En ese momento no vivía con nadie, Flavella se había cansado de la vida irregular que su cargo de consejero le obligaba a llevar, y no esperaba que nadie estuviera aguardándole.
- ¿Puedo bajar? - preguntó Trevize.
- Yo bajaré primero, consejero. Le escoltaremos hasta dentro.
- ¿Por mi seguridad?
- Sí, señor.
Dos guardias esperaban en el vestíbulo. Había una lamparilla encendida, pero las ventanas habían sido opacadas y no se veía ninguna luz desde el exterior.
Durante un momento se sintió indignado por la invasión y después se encogió de hombros. Si el Consejo no podía protegerle en la misma Cámara del Consejo, era evidente que su casa no podía servirle de fortaleza.
Trevize dijo:
- ¿A cuántos de ustedes tengo aquí? ¿A un regimiento?
- No, consejero - dijo una voz, recia y firme -. Sólo hay una persona aparte de las que ve, y hace mucho rato que le espero.
Harla Branno, alcaldesa de Términus, apareció en el umbral de la puerta que conducía al salón.
- ¿No le parece que ya es hora de que hablemos?
Trevize la miró con asombro.
- Todo este jaleo para...
Pero Branno le interrumpió con voz baja y enérgica:
- Silencio, consejero. Y ustedes cuatro, fuera. ¡Fuera! Aquí todo irá bien.
Los cuatro guardias saludaron y giraron sobre sus talones. Trevize y Branno se quedaron solos.

2 ALCALDESA


5


Branno había esperado una hora, reflexionando fatigosamente. Hablando con propiedad, era culpable de allanamiento de morada. Lo que es más, había violado, de forma totalmente inconstitucional, los derechos de un consejero. Según las estrictas leyes que establecían las prerrogativas de los alcaldes, desde la época de Indbur III y el Mulo, hacía casi dos siglos, podía ser inculpada.
Sin embargo, ese preciso día y durante veinticuatro horas no podía cometer ninguna equivocación.
Pero pasaría. Se agitó con nerviosismo.
Los primeros dos siglos habían sido la Edad de Oro de la Fundación, la Era Heroica; al menos retrospectivamente, si no para los desdichados que vivieron en una época tan insegura. Salvor Hardin y Hober Mallow fueron los dos grandes héroes, semidivinizados hasta el punto de rivalizar con el incomparable Hari Seldon en persona. Los tres constituían un trípode sobre el que descansaba toda la leyenda de la Fundación (e incluso la historia de la Fundación).
No obstante, en aquellos días la Fundación sólo era un mundo insignificante, con un tenue dominio sobre los Cuatro Reinos y únicamente una idea aproximada del grado de protección que el Plan Seldon ejercía sobre ella, defendiéndola incluso contra los restos del potente Imperio Galáctico.
Y a medida que aumentaba el poder de la Fundación como entidad política y comercial, disminuía la importancia de sus gobernantes y combatientes.
Lathan Devers había sido casi olvidado. Si por algo se le recordaba, era por su trágica muerte en las minas de esclavos más que por su innecesaria pero triunfal lucha contra Bel Riose.
En cuanto a Bel Riose, el adversario más noble de la Fundación, también había sido casi olvidado, eclipsado por el Mulo, el único de todos sus enemigos capaz de truncar el Plan Seldon y vencer y dominar a la Fundación. Sólo él era el Gran Enemigo; en realidad, el último de los Grandes.
Pocos recordaban que el Mulo había sido derrotado, en esencia, por una sola persona, una mujer, Bayta Darell, y que había logrado la victoria sin ayuda de nadie, sin siquiera el apoyo del Plan Seldon.
También se había casi llegado a olvidar que su hijo y su nieta, Toran y Arkady Darell, derrotaron a la Segunda Fundación, consiguiendo que la Fundación, la Primera Fundación, recuperase la supremacía.
Estos triunfadores de tiempos recientes ya no eran figuras heroicas. Los tiempos se habían vuelto demasiado expansivos para hacer otra cosa que reducir a los héroes a ordinarios mortales. Además, la biografía de Arkady sobre su abuela la había convertido de heroína en personaje de novela.
Y desde entonces no había habido héroes; ni siquiera personajes de novela. La guerra kalganiana fue el último momento de violencia que afectó a la Fundación, y ése fue un conflicto de poca relevancia.
¡Casi dos siglos de virtual paz! Ciento veinte años sin el más leve arañazo en una sola nave. Había sido una paz buena, Branno lo reconocía, una paz beneficiosa. La Fundación no había constituido un Segundo Imperio Galáctico, según el Plan Seldon, sólo estaba a medio camino de hacerlo, pero, como la Confederación de la Fundación, ejercía un fuerte control económico sobre un tercio de las diseminadas unidades políticas de la Galaxia, e influía en lo que no dominaba. Había pocos lugares donde «Soy de la Fundación» no causara respeto. Nadie tenía más alto rango en todos los millones de mundos habitados que el alcalde de Términus.
Este seguía siendo el título. Había sido heredado del caudillo de una ciudad pequeña, aislada y casi olvidada en el límite de la civilización, casi cinco siglos antes, pero a nadie se le ocurriría cambiarlo o darle un átomo de sonido más glorioso. Sólo el casi olvidado título de Majestad Imperial podía rivalizar con él.
Excepto en la propia Términus, donde los poderes del alcalde estaban cuidadosamente limitados, el recuerdo de los Indbur aún perduraba. No era su tiranía lo que el pueblo no podía olvidar, sino el hecho de que habían perdido frente al Mulo.
Y allí estaba ella, Harla Branno, la más fuerte desde la muerte del Mulo (ella lo sabía) y únicamente la quinta mujer en ocupar el cargo. Sólo ese día había podido utilizar abiertamente su poder.
Había luchado por su interpretación de lo que era correcto y lo que debía serlo, contra la tenaz oposición de quienes aspiraban al prestigioso Interior de la Galaxia y al aura del poder Imperial, y había vencido.
Aún no, había dicho. ¡Aún no! Lanzaos demasiado pronto hacia el Interior y perderéis por esta razón y aquélla. Y Seldon había aparecido y la había respaldado con un lenguaje casi idéntico al suyo.
Esto la había hecho, por una vez y a juicio de toda la Fundación, tan sabia como el propio Seldon. Sin embargo, no ignoraba que podían olvidarlo en cualquier momento.
Y este joven se atrevía a desafiarla en un día tan señalado.
¡Y se atrevía a tener razón!
Este era el peligro. ¡Tenía razón! ¡Y como tenía razón, podía destruir la Fundación!
Y ahora se encontraba frente a él y estaban solos.
- ¿No podía venir a verme en privado? ¿Tenía que gritarlo en la Cámara del Consejo por un deseo estúpido de ponerme en ridículo? ¿Qué es lo que ha hecho, muchacho insensato? - dijo tristemente.

6


Trevize se sintió enrojecer y luchó por controlar su ira. La alcaldesa era una mujer a punto de cumplir los sesenta y tres años. Dudó en lanzarse a una violenta discusión con alguien que casi le doblaba la edad.
Además, ella tenía experiencia en guerras políticas y sabía que si lograba irritar a su oponente desde un principio casi habría ganado la batalla. Pero para que dicha táctica resultara efectiva se necesitaba público y allí no había público ante el que uno pudiera ser humillado. Sólo estaban ellos dos.
Por lo tanto hizo caso omiso de sus palabras y se esforzó en examinarla desapasionadamente. Era una anciana vestida a la moda unisex que prevalecía desde hacía dos generaciones. No le sentaba bien. La alcaldesa, líder de la Galaxia, si es que había algún líder, era una simple anciana que podría haber sido confundida fácilmente con un anciano si, en vez de llevar su cabello gris oscuro recogido en un tirante moño, lo hubiese llevado suelto al estilo tradicional masculino.
Trevize sonrió con simpatía. Por más que una anciana oponente se esforzara en que el epíteto «muchacho» sonara como un insulto, este «muchacho» en particular tenía la ventaja de la juventud y la apostura, así como la plena conciencia de ambas.
- Es cierto. Tengo treinta y dos años y, por lo tanto, soy un muchacho, por así decirlo. También soy un consejero y, por lo tanto, ex officio, insensato. Lo primero es inevitable. En cuanto a lo segundo, sólo puedo decir que lo siento - dijo.
- ¿Sabe lo que ha hecho? No se quede ahí, intentando mostrarse ingenioso. Siéntese. Ponga el cerebro en funcionamiento, si es que puede, y contésteme racionalmente.
- Sé lo que he hecho. He dicho la verdad tal como la veo.
- ¿Y en un día como hoy trata de desafiarme con ella? ¿En un día como hoy, cuando mi prestigio es tal que he podido expulsarle de la Cámara del Consejo y arrestarle, sin que nadie se atreviese a protestar?
- El Consejo recobrará el aliento y protestará. Quizá estén protestando ahora mismo. Y me escucharán todavía más gracias a la persecución de que usted me hace objeto.
- Nadie le escuchará porque si le creyera capaz de continuar lo que ha estado haciendo, seguiría tratándole como a un traidor sin reparar en medios.
- En ese caso, debería someterme a juicio. Tendría una oportunidad ante el tribunal.
- No cuente con eso. Los poderes del alcalde en caso de emergencia son enormes, aunque raramente se utilicen.
- ¿Sobre qué base declararía una emergencia?
- Inventaría cualquier motivo. Sigo siendo muy ingenua y no temo los riesgos políticos. No me presione, joven. Llegaremos a. un acuerdo ahora o jamás recuperará su libertad. Pasará el resto de su vida en prisión. Se lo garantizo.
Sus ojos se encontraron; grises los de Branno, marrones los de Trevize.
Trevize dijo:
- ¿Qué clase de acuerdo?
- Ah. Siente curiosidad. Eso está mejor. Ahora podremos dejar de atacarnos y empezar a hablar. ¿Cuál es su punto de vista?
- Lo sabe muy bien. Ha estado chismorreando con Compor, ¿no es así?
- Quiero que usted me lo explique... a la luz de la Crisis Seldon recién ocurrida.
- ¡Muy bien, si eso es lo que quiere... señora alcaldesa! -(Había estado a punto de decir «anciana») -. La imagen de Seldon ha sido demasiado precisa, excesivamente precisa después de quinientos años. Según creo, es .la octava vez que aparece. En algunas ocasiones, no hubo nadie para oírle. Al menos en una ocasión, en tiempos de Indbur III, lo que dijo no se ajustaba en absoluto a la realidad..., pero eso fue en tiempo del Mulo, ¿verdad? Sin embargo, ¿cuándo, en cualquiera de esas ocasiones, ha sido tan preciso como hoy? - Trevize se permitió una ligera sonrisa -. Nunca, señora alcaldesa, ateniéndonos a nuestras grabaciones, ha conseguido Seldon describir la situación tan perfectamente, hasta el más pequeño detalle.
Branno dijo:
- ¿Esta sugiriendo que la aparición de Seldon, la imagen olográfica, ha sido falsificada; que las grabaciones de Seldon han sido preparadas por un contemporáneo como, por ejemplo, yo misma; que un actor desempeñaba el papel de Seldon?
- No sería imposible, señora alcaldesa, pero lo que quiero decir no es eso. La verdad es mucho peor. Creo que lo que vemos es la imagen de Seldon, y que su descripción del momento actual es la descripción que preparó hace quinientos años. Es lo que le he dicho a su colaborador, Kodell, quien me ha guiado cuidadosamente a través de una charada en la que yo parecía respaldar las supersticiones de cualquier miembro poco reflexivo de la Fundación.
- Sí. En caso necesario, utilizaremos la grabación para demostrar a la Fundación que usted nunca ha estado realmente en la oposición.
Trevize extendió los brazos.
- Pero lo estoy. El Plan Seldon, tal como nosotros creemos que es, no existe; no ha existido desde hace quizá dos siglos. Lo sospecho desde hace años. Y lo que hemos visto en la Bóveda del Tiempo hace doce horas lo demuestra.
- ¿Porque Seldon ha sido demasiado preciso?
- Eso es. No sonría. Es la prueba concluyente.
- Como ve, no sonrío. Prosiga.
- ¿Cómo puede haber sido tan preciso? Hace dos siglos, el análisis de Seldon sobre lo que entonces era el presente fue completamente erróneo. Habían pasado trescientos años desde el establecimiento de la Fundación y volvió a equivocarse. ¡Completamente!
- Eso, consejero, lo ha explicado usted mismo hace unos momentos. La causa fue el Mulo. El Mulo era un mutante con intenso poder mental y no había habido manera de tenerle en cuenta en el Plan.
- Pero, de todos modos, surgió. El Plan Seldon fue interrumpido. El Mulo no gobernó durante mucho tiempo y no tuvo sucesores. La Fundación recuperó su independencia y su dominio, pero ¿cómo pudo el Plan Seldon reanudar su curso después de un descalabro tan enorme?
Branno frunció el ceño y enlazó fuertemente las manos.
- Ya sabe la respuesta. Somos una de dos Fundaciones. Ha leído los libros de historia.
- He leído la biografía de Arkady sobre su abuela, después de todo es una lectura obligatoria en la escuela, y también he leído sus novelas. He leído la versión oficial de la historia del Mulo y los que gobernaron a continuación. ¿Me permite que dude de ellas?
- ¿En qué sentido?
- Oficialmente nosotros, la Primera Fundación, debíamos preservar los conocimientos de las ciencias físicas y ampliarlos. Debíamos actuar abiertamente, de modo que nuestro desarrollo histórico siguiera el Plan Seldon, lo supiéramos o no. Sin embargo también estaba la Segunda Fundación, que debía conservar y desarrollar las ciencias psicológicas, incluida la psicohistoria, y su existencia debía ser un secreto incluso para nosotros. La Segunda Fundación era el órgano sintonizador del Plan, y actuaba ajustando las corrientes de la historia galáctica, cuando se desviaban del camino trazado por el Plan.
- Se está contestando a sí mismo - dijo la alcaldesa -. Bayta Darell derrotó al Mulo, quizá bajo la inspiración de la Segunda Fundación, aunque su nieta asegure que no fue así. Sin embargo, no cabe duda de que fue la Segunda Fundación la que luchó por encarrilar la historia galáctica hacia el plan tras la muerte del Mulo, y es evidente que lo logró.
Así pues, ¿se puede saber de qué está hablando, consejero?
- Señora alcaldesa, si nos guiamos por el relato de Arkady Darell, está claro que la Segunda Fundación, al intentar corregir la historia galáctica, desbarató todo el proyecto de Seldon, ya que al intentar corregir destruyó su propio carácter secreto. Nosotros, la Primera Fundación, descubrimos que nuestro homónimo, la Segunda Fundación, existía, y no podíamos vivir sabiendo que nos estaban manipulando. Por lo tanto, emprendimos la búsqueda de la Segunda Fundación para destruirla.
Branno asintió.
- Y, según el relato de Arkady Darell, lo conseguimos, aunque como es evidente, después de que la Segunda Fundación volviera a encauzar firmemente la historia galáctica tras la interrupción causada por el Mulo. Y sigue encauzada.
- ¿Cómo puede usted creer eso? La Segunda Fundación, según el relato, fue localizada y sus diversos miembros eliminados. Esto sucedió en el año 378 E.F., hace ciento veinte años. Durante cinco generaciones hemos actuado, aparentemente, sin la Segunda Fundación, y sin embargo hemos seguido el curso del Plan hasta tal punto que usted y la imagen de Seldon han hablado de un modo casi idéntico.
- La interpretación más lógica es que yo he discernido el modo en que se desarrolla la historia con gran perspicacia.
- Perdóneme. No dudo de su gran perspicacia, pero creo que la explicación más lógica es que la Segunda Fundación no fue destruida. Sigue dirigiéndonos. Sigue manipulándonos. Y éste es el motivo por el que hemos reanudado el curso del Plan Seldon.

7


Si la alcaldesa se sintió escandalizada por tal declaración, no lo demostró.
Era más de la una de la madrugada y deseaba ansiosamente zanjar la cuestión, pero no podía precipitarse. Aquel joven tenía cualidades dignas de ser aprovechadas y ella no quería impulsarle a romper la cuerda. No queda tener que librarse de él, si antes podía sacarle partido.
- ¿De verdad? ¿Afirma, entonces, que el relato de Arkady sobre la guerra kalganiana y la destrucción de la Segunda Fundación es falso? ¿Inventado? ¿Una estratagema? ¿Una mentira? - preguntó.
Trevize se encogió de hombros.
- No tiene por qué serlo. Ese es otro asunto. Supongamos que el relato de Arkady fuese totalmente cierto, a su entender. Supongamos que todo ocurrió exactamente como Arkady dijo: que el emplazamiento de la Segunda Fundación fue descubierto, y que sus miembros fueron eliminados. Sin embargo, ¿Cómo podemos asegurar que los exterminamos a todos? La Segunda Fundación tenía bajo su dominio a toda la Galaxia. No sólo manipulaban la historia de Términus o de la Fundación. Sus responsabilidades abarcaban algo más que nuestra capital o toda Nuestra Confederación. Seguro que había algún miembro de la Segunda Fundación a mil pársecs de distancia o más. ¿Es posible que los extermináramos a todos?
»Y si no lo hicimos, ¿Podíamos decir que habíamos Vencido? ¿Pudo el Mulo haberlo dicho en su época? Conquistó Términus y, junto con él todos los mundos que controlaba directamente, pero los mundos comerciantes independientes se mantuvieron firmes. Conquistó los Mundos Comerciantes, pero quedaron tres fugitivos: Ebling Mis, Bayta Darell y su marido. Consiguió dominar a ambos hombres y dejó a Bayta en libertad. Lo hizo, según el relato de Arkady, a causa de un sentimiento. Y eso fue suficiente. A juzgar por la versión de Arkady, había una sola persona, Bayta, que podía actuar a su antojo, y debido a ello el Mulo no consiguió localizar la Segunda Fundación y, por lo tanto, fue derrotado.
»¡Una sola persona sin controlar, y todo se perdió! Aquí se demuestra la importancia de una persona, pese a todas las leyendas que rodean al Plan Seldon en el sentido de que el individuo no es nada y la masa lo es todo.
»Y si nosotros no sólo dejamos con vida a un miembro de la Segunda Fundación, sino a varias docenas, como parece probable, ¿qué pudo ocurrir? ¿No es posible que se agruparan, reconstruyeran sus fortunas, volvieran a desempeñar su profesión, multiplicaran su número por medio del reclutamiento y la instrucción, y nos convirtieran una vez más en peones?
Branno dijo con gravedad:
- ¿Lo cree así?
- Estoy seguro de ello.
- Pero, dígame, consejero. ¿Por qué iban a molestarse? ¿Por qué un grupo tan exiguo iba a aferrarse desesperadamente a un deber que nadie acoge con satisfacción? ¿Qué les impulsa a encauzar a la Galaxia hacia el Segundo Imperio Galáctico? Y si ese grupo tan pequeño insiste en cumplir su misión, ¿por qué vamos a preocuparnos? ¿Por qué no aceptamos el curso del Plan y nos alegramos de que ellos se encarguen de que no nos desviemos o perdamos?
Trevize se llevó la mano a los ojos y se los restregó. A pesar de su juventud, parecía el más cansado de los dos. Miró fijamente a la alcaldesa y dijo:
- No puedo creerla. ¿Acaso tiene la impresión de que la Segunda Fundación hace esto por nosotros? ¿Que son una especie de idealistas? ¿No le bastan sus conocimientos de política, de las consecuencias prácticas del poder y la manipulación, para darse cuenta de que lo hacen por ellos mismos?
»Nosotros somos el filo cortante. Somos el motor, la fuerza. Trabajamos y sudamos, sangramos y lloramos. Ellos se limitan a controlar, ajustando un amplificador aquí, cerrando un contacto allí, y haciéndolo con tranquilidad y sin riesgo para sí mismas. Después, cuando todo esté hecho y cuando, tras mil años de esfuerzos y luchas, hayamos establecido el Segundo Imperio Galáctico, los miembros de la Segunda Fundación se introducirán en él como la elite gobernante.
Branno dijo:
- Entonces, ¿quiere eliminar la Segunda Fundación? Estando a mitad de camino del Segundo Imperio, ¿quiere correr el riesgo de completar la labor nosotros solos y actuar como nuestra propia elite? ¿Eso es?
- ¡Exactamente! ¡Exactamente! ¿Acaso usted no lo desea? Usted y yo no viviremos para verlo, pero usted tiene nietos y yo puedo llegar a tenerlos, y ellos tendrán nietos, y así sucesivamente. Quiero que ellos vean el fruto de nuestros esfuerzos y quiero que nos recuerden como el origen, y nos ensalcen por lo que hemos realizado. No quiero que toda la gloria corresponda a una conspiración tramada por Seldon, que no es un héroe de mi gusto. Le aseguro que es una amenaza mayor que el Mulo... si permitimos que su Plan siga adelante. Por la Galaxia, ojalá el Mulo hubiese desviado el Plan enteramente, y para siempre. Le habríamos sobrevivido. El era único en su clase y muy mortal. La Segunda Fundación parece ser inmortal.
- Pero a usted le gustaría destruir la Segunda Fundación, ¿no es así?
- ¡Si supiera cómo!
- Ya que no lo sabe, ¿no cree que probablemente ellos lo destruirían a usted?
Trevize adoptó una actitud despectiva.
- He llegado a pensar que incluso usted podría estar bajo control. Su acertada suposición de lo que diría la imagen de Seldon y su modo de tratarme podrían ser obra de la Segunda Fundación. Usted podría ser una cáscara hueca con un contenido de la Segunda Fundación.
- Entonces, ¿por qué me habla como lo está haciendo?
- Porque si usted esta controlada por la Segunda Fundación, yo estoy perdido de todos modos y bien puedo dar rienda suelta a mi ira; y porque, en realidad, no creo que esté bajo su control, sino que no se da cuenta de lo que hace.
Branno dijo:
- Así es. No estoy bajo el control de nadie más que el mío. Sin embargo, ¿puede estar seguro de que digo la verdad? Si estuviese controlada por la Segunda Fundación, ¿lo admitiría? ¿Sabría yo misma que estaba bajo su control?
»Pero no tiene objeto hacerse tales preguntas. Yo creo que no estoy controlada y usted debe creerlo también. Sin embargo, piense en esto. Si la Segunda Fundación existe, no cabe duda de que su mayor empeño es asegurarse de que ningún habitante de la Galaxia conozca su existencia. El Plan Seldon sólo funciona bien si los peones, nosotros, ignoramos cómo funciona el Plan y cómo somos manipulados.
La Segunda Fundación fue destruida en tiempos de Arkady porque el Mulo centró la atención de la Fundación en la Segunda Fundación. ¿O debería decir casi destruida, consejero?
»De esto podemos deducir dos corolarios. Primero, podemos suponer razonablemente, que interfieren lo menos posible. Podemos suponer que les resultaría imposible apoderarse de todos nosotros. Incluso la Segunda Fundación, si existe, debe de tener un poder limitado. Apoderarse de algunos y permitir que otros lo adivinaran distorsionaría el Plan.
Por lo tanto, llegamos a la conclusión de que su interferencia es tan discreta, indirecta y escasa como es posible... y, en consecuencia, yo no estoy controlada. Y usted tampoco.
Trevize dijo:
- Este es un corolario y yo tiendo a aceptarlo porque deseo hacerlo, quizá. ¿Cuál es el otro?
- Uno más simple e inevitable. Si la Segunda Fundación existe y quiere guardar el secreto de esa existencia, una cosa es segura. Cualquiera que piense que aún existe, y hable de ello, y lo anuncie, y lo grite a toda la Galaxia debe ser eliminado, acallado, aniquilado inmediatamente. ¿No llegaría usted también a esta conclusión?
Trevize dijo:
- ¿Por eso me ha arrestado, señora alcaldesa? ¿para protegerme de la Segunda Fundación?
- En cierto modo. Hasta cierto punto. La cuidadosa grabación que Liono Kodell ha hecho de sus creencias será publicada no sólo para evitar que el pueblo de Términus y la Fundación se altere indebidamente, sino también para evitar que la Segunda Fundación lo haga. Si existe, no quiero que se fije en usted.
- ¿En serio? - dijo Trevize con marcada ironía -. ¿Por mi bien? ¿Por mis hermosos ojos marrones?
Branno se agitó y después, sin previo aviso, se rió quedamente y dijo:
- No soy tan vieja, consejero, para no ver que tiene unos hermosos ojos marrones y, hace treinta años, ése podría haber sido motivo suficiente. Sin embargo, ahora no movería un dedo para salvarlos, como tampoco a todo el resto de su cuerpo si sólo sus ojos corrieran peligro. Pero si la Segunda Fundación existe, y si atraemos su atención hacia usted quizá no se detenga ahí. Debo tener en cuenta mi propia vida, y la de muchos otros más inteligentes y valiosos que usted, así como todos los planes que hemos hecho.
- ¡NO me diga! ¿Así que cree en la existencia de la Segunda. Fundación, ya que reacciona tan cautelosamente ante la posibilidad de su respuesta?
Branno descargó un puñetazo sobre la mesa que tenía delante.
- ¡Claro que creo en ella, grandísimo tonto! Si no supiera que la Segunda Fundación existe, y si no estuviera combatiéndoles tan firme y efectivamente como es posible, ¿me importaría lo que usted dijera sobre este tema? Si la Segunda Fundación no existiera, ¿importaría que usted declarase lo contrario? Hace meses que deseaba silenciarle, para que sus afirmaciones no trascendieran pero carecía del poder político para tratar severamente a un concejal. La  aparición de Seldon me ha hecho ganar fuerza y me ha dado el poder, aunque sólo sea temporal, y en este preciso momento, sus afirmaciones han trascendido. He actuado con rapidez, y ahora le haré matar sin un solo remordimiento o un microsegundo de vacilación... si no hace exactamente lo que le diga.
»Toda nuestra conversación, a una hora en la que preferiría estar durmiendo en la cama, ha tenido como objeto lograr que me crea cuando le digo esto. Quiero que sepa que el problema de la Segunda Fundación, que usted mismo ha esbozado, me da razón suficiente para hacerle un lavado de cerebro sin juicio.
Trevize casi se levantó del asiento.
- Oh, no haga ningún movimiento. Yo sólo soy una anciana, como seguramente debe estar diciéndose a sí mismo, pero antes de que pudiera ponerme una mano encima, estaría muerto. Mis hombres, muchacho insensato, nos observan de cerca – dijo Branno.
Trevize se sentó y, con voz un poco trémula, replicó:
- No la comprendo. Si creyera que la Segunda Fundación existe, no hablaría tan libremente de ella. No se expondría a los peligros a los que, según usted, me estoy exponiendo yo.
- Entonces, reconoce que tengo más sentido común que usted. En otras palabras, usted cree que la Segunda Fundación existe, pero habla libremente de ella, porque es un necio. Yo creo que existe, y también hablo libremente..., pero sólo porque he tomado precauciones. Ya que parece haber leído con detenimiento la historia de Arkady, quizá recuerde que habla de un invento hecho por su padre llamado «Dispositivo Estático Mental». Sirve de escudo frente a la clase de poder mental que posee la Segunda Fundación. Aún existe y, además, ha sido mejorado bajo el mayor de los secretos. Por el momento, esta casa se halla razonablemente a salvo de sus fisgoneos. Una vez explicado esto, déjeme decirle lo que va a hacer.
-¿Qué?
- Deberá averiguar si lo que usted y yo creemos es realmente así. Deberá averiguar si la Segunda Fundación todavía existe y, en ese caso, dónde. Esto significa que tendrá que abandonar Términus e ir adonde sea, aunque al final tal vez resulte, como en tiempos de Arkady, que la Segunda Fundación está entre nosotros. Significa que no regresará hasta que tenga algo que comunicarnos; y si no tiene nada que comunicarnos, no regresará nunca, y la población de Términus contará con un tonto menos.
Trevize se sorprendió tartamudeando:
- Por Términus, ¿se puede saber cómo lograré buscarlos sin que se enteren? Se limitarán a darme muerte, y usted no sabrá más que antes.
- Entonces no les busque, muchachito ingenuo. Busque alguna otra cosa. Busque alguna otra cosa con todo su empeño y todas sus fuerzas, y si, mientras tanto, se tropieza con ellos porque no se han molestado en prestarle atención alguna, ¡buena suerte! En ese caso, puede enviarnos información por hiperondas blindadas y codificadas, y le dejaremos regresar como recompensa.
- Supongo que ya ha pensado en lo que debo buscar.
- Claro que lo he pensado. ¿Conoce a Janov Pelorat?
- Jamás he oído hablar de él.
- Lo conocerá mañana. El le dirá lo que debe buscar y se marchará con usted en una de nuestras naves más perfeccionadas. Sólo serán ustedes dos, pues sería absurdo arriesgar más vidas. Y si intenta volver sin tener los datos que necesitamos, le arrojaremos fuera del espacio antes de que llegue a un pársec de Términus. Eso es todo. La conversación terminado.
Se levantó, miró sus manos desnudas, y luego se puso lentamente los guantes. Se dirigió hacia la puerta, que abrieron dos guardias, armas en mano. Estos se apartaron para dejarla pasar. Al llegar al umbral se volvió.
- Fuera hay otros guardias. No haga nada sospechoso o nos evitará la molestia de su existencia.
- Entonces usted también perdería las ventajas que puedo proporcionarle - dijo Trevize y, con un esfuerzo, consiguió decirlo despreocupadamente.
- Correremos ese riesgo - dijo Branno con una sonrisa desprovista de regocijo.

8


- He oído toda la conversación. Ha hecho gala de una paciencia extraordinaria - dijo Liono Kodell, que la esperaba en el exterior.
- Pero estoy extraordinariamente cansada. Creo que el día ha tenido setenta y dos horas. Ahora debe ocuparse usted.
- Lo haré, pero dígame... ¿Había realmente un Dispositivo Estático Mental dentro de la casa?
- Oh, Kodell - dijo Branno con cansancio -. Usted lo sabe mejor que yo. ¿Qué probabilidades había de que estuvieran vigilándonos? ¿Se imagina que la Segunda Fundación lo vigila todo, en todas partes, siempre? Yo no soy tan romántica como Trevize; él puede pensarlo, pero yo no. Y aunque así fuera, si la Segunda Fundación tuviese ojos y oídos en todas partes, ¿no nos habría delatado inmediatamente la presencia de un DEM? Y ¿no habría su uso demostrado a la Segunda Fundación que existía un escudo contra sus poderes, una vez detectaran una región mentalmente opaca? ¿Acaso el secreto de la existencia de dicho escudo, hasta que estemos preparados para utilizarlo al máximo, no vale más, no sólo que Trevize, sino que usted y yo juntos? Y sin embargo...
Estaban en el vehículo de superficie, y Kodell conducía.
- Y sin embargo... - dijo éste.
- Y sin embargo, ¿qué? - preguntó Branno -. Oh, sí. Y sin embargo, ese joven es inteligente. Le he llamado tonto media docena de veces de distintas maneras con objeto de mantenerle en su lugar, pero no lo es. Es joven y ha leído demasiadas novelas de Arkady Darell, y ellas le han hecho creer que la Galaxia es así, pero posee una gran perspicacia y será una lástima perderlo.
- Entonces, ¿está segura de que se perderá?
- Completamente segura - dijo Branno con tristeza -. De todos modos, es mejor así. No necesitamos jóvenes románticos que ataquen a ciegas y destrocen, quizás en un instante, lo que nos ha costado años construir. Además, nos será de utilidad. No cabe duda de que atraerá la atención de la Segunda Fundación, suponiendo que en realidad exista y se interese por nosotros. Y mientras se ocupan de él, posiblemente nos dejen en paz. Quizá consigamos algo más que eso. Es posible que, en su preocupación por Trevize, lleguen a delatarse a sí mismos, dándonos la oportunidad y el tiempo para tomar medidas preventivas.
- Así pues, Trevize atraerá el rayo.
Los labios de Branno se crisparon.
- Ah, la metáfora que he estado buscando. El es nuestro pararrayos, absorberá la descarga y nos protegerá del mal.
- ¿Y ese Pelorat que también estará en el radio de acción del rayo?
- Quizá también sufra, Eso no puede evitarse.
Kodell asintió.
- Bueno, ya sabe lo que Salvor Hardin solía decir:,«Nunca dejes que tu sentido de la moralidad te impida hacer lo que está bien,»
En este momento no tengo ningún sentido de la moralidad – murmuró Branno – Tengo el sentido del cansancio óseo. Y sin embargo..., podría nombrar a muchas personas cuya pérdida no me importaría tanto como la de Golan Trevize. Es un joven muy guapo. Y naturalmente, él lo sabe. - Sus últimas palabras fueron un susurro casi inaudible; cerró los ojos y se sumió en un sueño ligero.


3 HISTORIADOR


9


Janov Pelorat tenía el cabello blanco y su cara, en reposo, era bastante inexpresiva. Pocas veces dejaba de serlo. De estatura y peso medios, tendía a moverse sin prisa y a hablar con ponderación. Aparentaba mucha más edad de los cincuenta y dos años que tenía.
Nunca había salido de Términus, algo de lo más insólito, en especial para una persona de su profesión. El mismo no estaba seguro de si había ido adoptando sus sedentarias costumbres a causa de, o a pesar de, su obsesión por la historia.
La obsesión le había sobrevenido repentinamente a la edad de quince años cuando, a raíz de una indisposición, le regalaron un libro de leyendas antiguas. En él encontró la reiterada alusión a un mundo que estaba solo y aislado, un mundo que ni siquiera era consciente de su aislamiento, ya que nunca había conocido otra cosa.
Su indisposición empezó a remitir inmediatamente. Al cabo de dos días había leído el libro tres veces y ya no tenía que guardar cama. Al día siguiente estaba frente a la terminal de la computadora, averiguando todo lo que la Biblioteca de la Universidad de Términus pudiera tener sobre leyendas similares.
Eran precisamente estas leyendas lo que le había ocupado desde entonces. La Biblioteca de la Universidad de Términus no había sido un gran recurso en este aspecto, pero, con el paso de los años, descubrió el placer de los préstamos interbibliotecarios.
Tenía impresiones en su poder que había recibido por señales de hiperradiación desde lugares tan lejanos como Ifnia.
Se convirtió en profesor de historia antigua y ahora, treinta y siete años más tarde, estaba empezando su primer año sabático, que había solicitado con la idea de realizar un viaje por el espacio (el primero) hasta el mismo Trántor.
Pelorat era plenamente consciente de lo insólito que resultaba para una persona de Términus no haber estado nunca en el espacio. Nunca había tenido la intención de ser notable en ese sentido en particular. Sin embargo, siempre que se le había presentado la oportunidad de ir al espacio, un nuevo libro, un nuevo estudio o un nuevo análisis se lo había impedido. Entonces retrasaba su proyectado viaje hasta haber estudiado a fondo el nuevo tema y haber añadido, si ello era posible, otro dato de hecho, especulación o imaginación a la montaña que había reunido. Después de todo, lo único que lamentaba era no haber hecho nunca aquel viaje a Trántor.
Trántor había sido la capital del Primer Imperio galáctico. Había sido la sede de los emperadores durante doce mil años y, antes de eso, la capital de uno de los reinos preimperiales más importantes que, poco a poco, había capturado o absorbido de algún otro modo a los otros reinos para constituir el imperio.
Trántor había sido una ciudad rodeada de mundos, una ciudad revestida de metal. Pelorat había leído sobre ella, en las obras de Gaal Dornick, que la había visitado en tiempos del propio Hari Seldon. El volumen de Dornick ya no circulaba, y el que pertenecía a Pelorat habría podido venderse por la mitad del salario anual del historiador. La sugerencia de que pudiera separarse de él lo habría horrorizado.
Naturalmente, lo que le interesaba a Pelorat de Trántor era la Biblioteca Galáctica, que en tiempos imperiales (cuando era la Biblioteca Imperial) había sido la mayor de la Galaxia. Trántor fue la capital del Imperio más extenso y populoso que la humanidad había visto jamás. Había sido una ciudad mundial con una población superior a los cuarenta mil millones, y su biblioteca había sido el archivo de todas las obras creativas (y no tan creadas) de la humanidad, el compendio completo de sus conocimientos. Y todo estaba computarizado de un modo tan complejo que se necesitaba ser un experto para manejar los ordenadores.
Y lo que era más, la biblioteca había subsistido.
Para Pelorat, esto resultaba asombroso en grado sumo. Cuando Trántor cayó y fue saqueada, hacía casi dos siglos y medio, sufrió una terrible destrucción, y los relatos de sufrimientos y muerte eran escalofriantes. A pesar de ello, la biblioteca subsistió, protegida (según se decía) por los estudiantes universitarios, que emplearon armas sumamente ingeniosas. (Algunos creían que la defensa llevada a cabo por los estudiantes había sido excesivamente mitificada.)
En cualquier caso, la biblioteca había resistido a través del período de devastación. Ebling Mis había hecho su trabajo en una biblioteca intacta en un mundo destruido, cuando casi había localizado la Segunda Fundación (según la historia que el pueblo de la Fundación aún creía, pero que los historiadores siempre han tratado con reservas). Las tres generaciones de Darell (Bayta, Toran y Arkady) habían estado en Trántor en una u otra época. Sin embargo, Arkady no había visitado la biblioteca, y desde entonces la biblioteca no había figurado en la historia galáctica.
Ningún miembro de la Fundación había estado en Trántor desde hacía ciento veinte años, pero no existían motivos para creer que la biblioteca no siguiera todavía allí. El mero hecho de no saber nada de ella era la prueba más segura de que aún subsistía, Su destrucción habría sido sonada.
La biblioteca era anticuada y arcaica, lo había sido incluso en tiempos de Ebling Mis, pero eso formaba parte de su atractivo. Pelorat siempre se frotaba las manos con excitación cuando pensaba en una biblioteca vieja y anticuada. Cuanto más vieja y más anticuada fuese, más probabilidades había de que tuviese lo que él necesitaba. En sus sueños, entraba en la biblioteca y preguntaba con jadeante alarma; «¿Ha sido modernizada la biblioteca? ¿Han retirado las viejas grabaciones?» Y siempre se imaginaba la respuesta de polvorientos y ancianos bibliotecarios: «Sigue tal como estaba, profesor.»
Y ahora su sueño se convertiría en realidad. La propia alcaldesa se lo había asegurado. Ignoraba cómo se había enterado de su trabajo. No había conseguido publicar muchos documentos. Poco de lo que había hecho era suficientemente sólido para ser publicado y lo que había aparecido no dejó huella. Sin embargo, se decía que Branno, «la mujer de bronce», sabía todo lo que pasaba en Términus y tenía ojos en el extremo de cada dedo. Pelorat casi se inclinaba a creerlo, pero si ella conocía su trabajo, ¿por qué no había visto su importancia y le había prestado un poco de apoyo financiero mucho antes?
Por alguna razón, pensó, con toda la amargura que podía generar, la Fundación tenía los ojos firmemente clavados en el futuro. Era el Segundo Imperio y su destino lo que les absorbía. No tenían tiempo, ni deseos de ahondar en el pasado, y les irritaba que otros lo hicieran.
Eran unos necios, naturalmente; pero él solo no podía erradicar tanta necedad. Y quizá. fuese mejor así. Podría emprender la búsqueda por su cuenta y llegaría el día en que seria recordado como el gran pionero de lo importante.
Por supuesto, ello significaba (y era demasiado honesto intelectualmente para negarse a verlo) que también él estaba absorto en el futuro, un futuro en el que se le reconocería y sería un héroe de la magnitud de Hari Seldon. De hecho, incluso más importante, pues, ¿cómo podía compararse la investigación sobre un futuro de un milenio de duración, claramente visualizado, con la investigación sobre un pasado perdido de al menos veinticinco milenios de antigüedad?
Y éste era el día; éste era el día.
La alcaldesa había dicho que sería el día siguiente a la aparición de la imagen de Seldon. Esa era la única razón por la que Pelorat había estado interesado en la Crisis Seldon, que durante meses había preocupado a todos los habitantes de Términus e incluso a casi todos los habitantes de la Confederación.
A él le había parecido totalmente irrelevante la cuestión de si la capital de la Fundación permanecía en Términus o era trasladada a algún otro lugar. Y ahora que la crisis había sido resuelta, continuaba sin saber con certeza cuál era la alternativa apoyada por Hari Seldon, o si la cuestión en debate había sido mencionada.
Bastaba con que Seldon hubiese aparecido y que ahora éste fuera el día.
Eran poco más de las dos de la tarde cuando un vehículo de superficie se detuvo frente a su casa, algo aislada en las afueras de la ciudad de Términus.
Una de las puertas traseras se abrió. Un guardia con el uniforme del Cuerpo de Seguridad de la Alcaldía se apeó, seguido por un hombre joven y otros dos guardias.
Pelorat se sintió impresionado a pesar suyo. La alcaldesa no sólo conocía su trabajo sino que también lo consideraba de la mayor importancia. La persona que debería acompañarle iba escoltada por una guardia de honor, y le habían prometido una nave de primera clase que su compañero pilotaría.
¡De lo más halagador! ¡De lo más...!
El ama de llaves de Pelorat abrió la puerta. El hombre joven entró y los dos guardias se colocaron a ambos lados de la entrada. Por la ventana, Pelorat vio que el tercer guardia permanecía fuera y que un segundo vehículo de superficie acababa de llegar.
¡Guardias adicionales!
¡Desconcertante!
Se volvió al oír entrar al joven en la habitación y se sorprendió al reconocerle. Le había visto en holoemisiones.
- Usted es ese consejero. ¡Usted es Trevize! - exclamó.
- Golan Trevize. Así es. ¿Y usted es el profesor Janov Pelorat?
- Si, sí - dijo Pelorat -. ¿Es usted el que...?
- Vamos a ser compañeros de viaje - dijo Trevize con voz átona -. O eso es lo que me han comunicado.
- Pero usted no es historiador.
- No, no lo soy. Como usted mismo ha dicho, soy consejero, un político.
Si... Si... Pero ¿en qué estoy pensando? Yo soy historiador; por lo tanto, ¿para qué necesitamos otro? Usted sabe pilotar una nave espacial.
- Si, lo hago bastante bien.
- Bueno, pues eso es lo que necesitamos. ¡Excelente!. Temo no ser uno de sus prácticos pensadores, joven, de modo que si usted lo es, formaremos un buen equipo.
- En este momento, no me siento abrumado por la excelencia de mis propios pensamientos, pero al parecer no tenemos más alternativa que intentar formar un buen equipo - replicó Trevize.
- Entonces esperemos que yo pueda superar mi incertidumbre acerca del espacio, ¿sabe? Soy un ratón de biblioteca, por decirlo de alguna manera. Por cierto, ¿le apetece una taza de té? Voy a decirle a Kloda que nos prepare algo. Después de todo, creo que tardaremos varias horas en irnos. Sin embargo, yo estoy preparado. Tengo lo necesario para los dos, La alcaldesa ha cooperado mucho. Sorprendente... su interés por el proyecto.
- Así pues, ¿estaba al corriente de esto? ¿Desde cuando?- pregunto Trevize.
- La alcaldesa me lo propuso - aquí Pelorat frunció ligeramente el ceño y dio la impresión de estar haciendo ciertos cálculos - hace dos, o quizá tres semanas. Yo estuve encantado. Y ahora que tengo clara la idea de que necesito un piloto y no un segundo historiador, también estoy encantado de que mi compañero sea usted, mi querido amigo.
- Hace dos, o quizá tres semanas - repitió Trevize, un poco aturdido -. Entonces ha estado preparada todo ese tiempo. Y yo... - Su voz se desvaneció.
- ¿Perdón?
- Nada, profesor. Tengo la mala costumbre de murmurar. Tendrá que acostumbrarse a ello, si nuestro viaje se alarga.
- Se alargará. Se alargará - dijo Pelorat, empujando al otro hacia la mesa del comedor, donde el ama de llaves estaba preparando un esmerado té -. No tiene limite de tiempo. La alcaldesa dijo que podíamos estar fuera todo lo que quisiéramos y que toda la Galaxia se extendía ante nosotros y que adonde fuéramos contaríamos con los fondos de la Fundación. Naturalmente, añadió que deberíamos ser razonables. Yo se lo prometí. - Se rió entre dientes y se frotó las manos -. Siéntese, mi buen amigo, siéntese. Esta puede ser nuestra última comida en Términus en mucho tiempo.
Trevize se sentó y dijo:
- ¿Tiene familia, profesor?
- Tengo un hijo. Forma parte del cuerpo docente de la Universidad de Santanni. Es químico, creo, o algo así. Salió a su madre. Ella no está conmigo desde hace mucho tiempo, de modo que como verá no tengo responsabilidades, ni rehenes activos a quienes favorecer. Confío en que usted tampoco los tenga... Coja un bocadillo, muchacho. .
- Ningún rehén por el momento. Alguna que otra mujer. Vienen y se van.
- Sí. Sí. Delicioso cuando funciona. Incluso más delicioso cuando descubres que no es necesario tomárselo en serio. Ningún hijo, supongo.
- Ninguno.
- ¡Bien! Verá, estoy de un humor excelente. Me ha cogido desprevenido al llegar. Lo admito. Pero ahora le encuentro muy estimulante. Lo que necesito es juventud y entusiasmo, y alguien que sepa moverse por la Galaxia. Vamos a emprender una búsqueda, ¿sabe? Una búsqueda extraordinaria. – El tranquilo rostro y la tranquila voz de Pelorat alcanzaron una animación insólita sin cambio preciso alguno de expresión o entonación -. Me pregunto si se lo habrán contado.
Los ojos de Trevize se empequeñecieron.
- Una búsqueda extraordinaria?
- Si, desde luego. Una perla de gran precio está escondida entre las decenas de millones de mundos habitados en la Galaxia, y no tenemos más que pistas insignificantes para guiarnos. De todos modos, el premio sería increíble si la encontráramos. Si usted y yo tenemos éxito, muchacho, Trevize debería decir, ya que no es mi intención tratarle con condescendencia, nuestros nombres sonarán a lo largo de los siglos hasta el fin de los tiempos.
- El premio del que habla..., esa perla de gran precio...
- Parezco Arkady Derell, la escritora, ya sabe, hablando de la Segunda Fundación, ¿verdad? No me extraña que esté sorprendido. - Pelorat inclinó la cabeza hacia atrás como si fuera a estallar en carcajadas, pero se limitó a sonreír -. Nada tan tonto y carente dé importancia, se lo aseguro.
- Si no está hablando de la Segunda Fundación, profesor, ¿ de qué está hablando? - preguntó Trevize.
Pelorat se mostró súbitamente grave, casi arrepentido.
- Ah, ¿entonces la alcaldesa no se lo explicado? Es muy raro, ¿sabe? He pasado décadas resentido con el gobierno y su incapacidad para comprender lo que estoy haciendo, y ahora la alcaldesa Branno se muestra notablemente generosa.
- Si – dijo Trevize, sin tratar de ocultar un tono de ironía -, es una mujer de notable filantropía, pero no me ha explicado de qué se trata todo esto.
- ¿Entonces no está al tanto de mi investigación?
- No. Lo siento.
- No necesita disculparse. Es normal. No he causado exactamente un revuelo. Déjeme explicárselo.
Usted y yo vamos a buscar, y encontrar, pues se me ha ocurrido una excelente posibilidad, la Tierra.

10


Trevize no durmió bien aquella noche.
Una y otra vez, examinó la prisión que la anciana había edificado a su alrededor. No pudo encontrar ninguna salida.
Le estaban conduciendo al exilio y él no podía hacer nada para evitarlo. La alcaldesa había sido inexorable y ni siquiera se había tomado la molestia de disfrazar la inconstitucionalidad de todo ello. El había confiado en sus derechos de consejero y ciudadano de la Confederación, y ella no les había otorgado ningún valor.
Y ahora ese Pelorat, ese extraño académico que parecía estar ubicado en el mundo sin formar parte de él, le decía que la temible anciana llevaba semanas haciendo preparativos para aquello.
Se sentía como el «muchacho» que ella le había llamado.
Iban a exiliarle con un historiador que se empeñaba en dirigirse a él como «mi querido amigo» y parecía estar sufriendo un mudo ataque de alegría causado por el inicio de la búsqueda galáctica de... ¿la Tierra?
En nombre de la abuela del Mulo, ¿qué era la Tierra?
Lo había preguntado. ¡Naturalmente! Lo había preguntado en cuanto se hizo mención de ella.
Había dicho:
- Perdóneme, profesor. Soy un total ignorante de su especialidad y confío en que no se molestará si le pido una explicación en términos sencillos. ¿Qué es la Tierra?
Pelorat lo miró con gravedad mientras veinte segundos transcurrían lentamente. Luego, dijo:
- Es un planeta. El planeta original. Aquel donde primero aparecieron seres humanos, mi querido amigo.
Trevize se asombró.
- No entiendo lo que eso significa.
- ¿Dónde primero aparecieron? ¿Procedentes de que lugar.
- De ningún lugar. Es el planeta donde la humanidad se desarrolló a través de procesos evolutivos desde animales inferiores.
Trevize reflexionó, y luego meneó la cabeza. Una expresión de fastidio pasó brevemente por el rostro de Pelorat. Se aclaró la garganta y dijo:
- Hubo un tiempo en que Términus no estaba habitado por seres humanos. Fue colonizado por seres humanos procedentes de otros mundos. Supongo que lo sabia, ¿verdad?
- Si, naturalmente - dijo Trevize con impaciencia. Se sintió irritado por la súbita actitud pedagógica del otro.
- Muy bien. Esto también reza para todos los demás mundos. Anacreonte, Santanni, Kalgan..., todos ellos. Todos, en algún momento del pasado, fue, ron fundados. Llegaron personas de otros mundos. Reza incluso para Trántor. Puede haber sido una gran Metrópoli durante veinte mil años, pero antes no lo era.
- Pues, ¿qué era antes?
- Un planeta vacío. Por lo menos, de seres humanos.
- Es difícil de creer.
- Es verdad. Los viejos documentos lo demuestran.
- ¿De dónde procedían las personas que colonizaron Trántor? .
- Nadie lo sabe con certeza. Hay cientos de planetas que aseguran haber estado poblados en la oscura neblina de la antigüedad y cuyos habitantes explican cuentos fantásticos sobre la naturaleza del primer advenimiento de la humanidad. Los historiadores tendemos a descartar tales cosas y a meditar sobre la «Cuestión del Origen».
- ¿Qué es eso? Nunca he oído hablar de ello.
- No me sorprende. Ahora no es un problema histórico popular, lo admito, pero hubo una época durante la decadencia del Imperio en que gozó de cierto interés entre los intelectuales. Salvor Hardin lo menciona brevemente en sus memorias. Es la cuestión de la identidad y emplazamiento del planeta donde todo empezó. Si miramos hacia atrás, la humanidad fluye hacia el centro desde los mundos establecidos más recientemente hacia otros más antiguos, y hacia otros incluso más antiguos, hasta que todos se concentran en uno: el original.
Trevize se percató enseguida del fallo evidente del argumento.
- ¿No es posible que hubiera un gran número de mundos originales?
- Claro que no. Todos los seres humanos de toda la Galaxia pertenece a una sola especie. Una sola especie no puede originarse en más de un planeta.
Completamente imposible.
- ¿Cómo lo sabe?
- En primer lugar... - Pelorat dio un golpecito en el dedo índice de su mano izquierda con el dedo índice de la derecha, y luego pareció cambiar de opinión respecto a lo que indudablemente habría sido una larga y complicada exposición. Dejó caer ambas manos a lo largo del cuerpo y dijo con gran seriedad -: Mi querido amigo, le doy mi palabra de honor.
Trevize se inclinó ceremoniosamente y replicó:
- Jamás se me ocurriría dudar de ella, profesor Pelorat. Así pues, digamos que hay un solo planeta de origen, pero ¿no podría haber cientos que reclaman ese honor? .
- No sólo podría haberlos, sino que los hay. Sin embargo, ninguno de ellos presenta una evidencia terminante. Ni uno solo de los centenares que aspiran al mérito de la prioridad revela indicio alguno de una sociedad prehiperespacial, y mucho menos indicios de evolución humana a partir de organismos prehumanos.
- Así pues, ¿está diciendo que hay un planeta de origen, pero que, por alguna razón, no reclama ese mérito?
- Ha dado en el clavo.
- ¿Y usted va a buscarlo?
- Nosotros, Esta es nuestra misión. La alcaldesa Branno lo ha dispuesto todo. Usted pilotará nuestra nave hasta Trántor.
- ¿Hasta Trántor? No es el planeta de origen usted mismo acaba de decirlo.
- Claro que no es Trántor; es la Tierra.
- En ese caso, ¿por qué no me está diciendo que pilote la nave hasta la Tierra?
- Veo que no me explico con claridad. La Tierra es un nombre legendario. Está encerrado en antiguas leyendas. No tiene un significado del que podamos estar seguros, pero es conveniente emplear la palabra como un corto sinónimo de «el planeta de origen de la especie humana». Sin embargo, nadie sabe qué planeta del espacio es el que nosotros definimos como «la Tierra».
- ¿Lo sabrán en Trántor?
- Ciertamente espero encontrar información allí. Trántor es la sede de la Biblioteca Galáctica, la más grande del sistema.
- Seguramente esa biblioteca ha sido revisada por esas personas que, según usted, estaban interesadas en la «Cuestión del Origen» en tiempos del Primer Imperio.
Pelorat asintió con aire pensativo.
- Sí, pero quizá no suficientemente a fondo. Yo sé muchas cosas sobre la «Cuestión del Origen» que quizá los imperiales de hace cinco siglos no sabían. Quizá yo revise los viejos documentos con mayor discernimiento, ¿sabe? Hace mucho tiempo que pienso en esto y se me ha ocurrido una excelente posibilidad.
- Me imagino que le ha explicado todo esto a la alcaldesa Branno, y ella lo aprueba.
- ¿Aprobarlo? Mi querido amigo, estaba extasiada. Me dijo que seguramente Trántor era el sitio idóneo para encontrar todo lo que necesitaba saber.
- No lo dudo - murmuró Trevize.
Esto fue parte de lo que le ocupó aquella noche. La alcaldesa Branno le enviaba fuera para averiguar lo que pudiese sobre la Segunda Fundación. Le enviaba con Pelorat para que pudiese disfrazar su verdadero propósito con la pretendida búsqueda de la Tierra, una búsqueda que podía conducirle a cualquier lugar de la Galaxia. De hecho, era una tapadera perfecta, y admiró la ingenuidad de la alcaldesa.
Pero ¿y Trántor? ¿Qué sentido tenía aquello? Una vez estuvieran en Trántor, Pelorat encontrada el camino de la Biblioteca Galáctica y no volvería a salir. Con interminables montones de libros, películas y grabaciones, con innumerables datos procesados y representaciones simbólicas, seguramente no querría marcharse jamás.
Aparte de esto. . .
Ebling Mis había ido una vez a Trántor, en tiempos del Mulo. La historia contaba que allí había encontrado la ubicación de la Segunda Fundación y había muerto antes de poder revelarla. Pero también éste fue el caso de Arkady Darell, y ella había conseguido localizar la Segunda Fundación. Pero la ubicación que encontró estaba en el propio Términus, y allí el nido de sus miembros fue arrasado. El emplazamiento actual de la Segunda Fundación debía de ser distinto, de modo que, ¿qué otra cosa tenía Trántor que decir? Si estaba buscando la Segunda Fundación, era mejor ir a cualquier lugar menos a Trántor.
Aparte de esto. . .
Ignoraba qué otros planes tenía Branno, pero no estaba dispuesto a seguirle la corriente. ¿Así que Branno se había mostrado extasiada acerca de un viaje a Trántor? ¡Muy bien, si Branno quería Trántor, no irían a Trántor! A cualquier otro sitio. ¡Pero no a Trántor!
Y agotado, ya cerca del amanecer, Trevize se sumió en un ligero sueño intermitente.

11


El día que siguió al arresto de Trevize fue bueno para la alcaldesa Branno Recibió más alabanzas de las que en realidad merecía y el incidente ni siquiera se mencionó.
No obstante, ella sabía que el Consejo no tardaría en recobrarse de su parálisis y que haría preguntas. Tendría que actuar con rapidez. Así pues, dejando a un lado gran cantidad de asuntos, se dedicó al caso de Trevize.
Cuando Trevize y Pelorat estaban hablando de la Tierra, Branno estaba frente al consejero Munn Li Compor en su despacho de la alcaldía. Mientras él tomaba asiento al otro lado de la mesa, claramente seguro de sí mismo, lo estudió una vez más.
Era más bajo y delgado que Trevize y solo dos años mayor. Ambos eran consejeros novatos, jóvenes e impetuosos, y eso debía de ser lo único que tenían en común, pues eran diferentes en todos los demás aspectos.
Mientras Trevize parecía irradiar una ceñuda intensidad, Compor brillaba con una confianza en sí mismo casi serena. Quizá fuesen su cabello rubio y sus ojos azules, nada comunes entre los habitantes de la Fundación. Estos le conferían una delicadeza casi femenina que (a juicio de Branno) le hacían menos atractivo para las mujeres de lo que era Trevize. Sin embargo, él estaba claramente orgulloso de su aspecto, y le sacaba el máximo partido dejándose el cabello largo y asegurándose de que estuviera cuidadamente ondulado. Llevaba una tenue sombra azul debajo de las cejas para acentuar el color de los ojos. (Las sombras de diversos tonos sé habían generalizado entre los hombres a lo largo de los últimos diez años).
No era un tenorio. Vivía reposadamente con su Esposa, pero aun no había revelado intenciones paternales y no se le conocía una segunda compañera clandestina. En eso también era diferente de Trevize, que cambiaba de amante con la misma frecuencia que alternaba los chillones cinturones por los que se caracterizaba.
Había pocas cosas acerca de ambos consejeros que el departamento de Kodell no hubiera descubierto, y el propio Kodell se hallaba sentado silenciosamente en un rincón de la habitación, rezumando su acostumbrado buen humor.
Branno dijo:
- Consejero Compor, ha prestado un gran servicio a la Fundación, pero desgraciadamente para usted, no es de los que pueden ensalzarse en público o recompensarse del modo habitual.
Compor sonrió. Tenía unos dientes blancos y uniformes, y Branno se preguntó ociosamente durante un fugaz momento si todos los habitantes del Sector de Sirio tenían el mismo aspecto. Compor declaraba proceder de esa región, bastante periférica, basándose en las afirmaciones de su abuela materna, quien también había sido rubia y de ojos azules y quien había mantenido que su madre era del Sector de Sirio. Sin embargo, según Kodell, no existía ninguna evidencia concluyente a favor de ello.
Siendo las mujeres como eran, había dicho Kodell, bien podía haber alegado una ascendencia lejana y exótica para incrementar su encanto y ya formidable atractivo.
- ¿Es así cómo somos las mujeres? - había preguntado Branno con sequedad, y Kodell había sonreído y murmurado que se refería a mujeres corrientes, naturalmente.
- No es necesario que los habitantes de la Fundación estén al corriente de mi servicio... sólo que usted lo esté - dijo Compor.
- Lo estoy y no lo olvidaré. Lo que tampoco haré es dejarle creer que sus obligaciones ya han concluido. Se ha lanzado a una empresa complicada y debe continuar. Queremos más sobre Trevize.
- Le he contado todo lo que sé respecto a él.
- Eso es lo que quiere hacerme creer. Quizá lo crea usted mismo. No obstante, conteste mis preguntas. ¿Conoce a un caballero llamado Janov Pelorat?
La frente de Compor se arrugó por espacio de  Un momento, pero se alisó casi enseguida y dijo con lentitud:
- Quizá lo recordaría si lo viera, pero el nombre no me suena.
- Es un erudito.
La boca de Compor se abrió en un despectivo aunque mudo «¡Oh!», como si le sorprendiera que la alcaldesa esperase que él conociera a eruditos.
- Pelorat es una persona interesante que, por razones particulares, tiene la ambición de visitar Trántor. El consejero Trevize le acompañará. Ahora bien, ya que usted ha sido un buen amigo de Trevize y quizá conoce su sistema de pensar, dígame... ¿Cree que Trevize consentirá en ir a Trántor? – preguntó Branno.
Compor repuso:
- Si usted se encarga de que Trevize embarque en la nave, y si la nave es pilotada hasta Trántor, ¿qué puede hacer más que ir allí? ¿Acaso le cree capaz de amotinarse y adueñarse de la nave?
- No me ha entendido. El y Pelorat estarán solos en la nave y será Trevize quien la pilote.
- ¿Está preguntando si iría voluntariamente a Trántor?
- Sí, eso es lo que estoy preguntando.
- Señora alcaldesa, ¿cómo voy a saber yo lo que él hará?
- Consejero Compor, usted ha estado cerca de Trevize. Sabe que cree en la existencia de la Segunda Fundación. ¿No le había hablado nunca de sus teorías sobre dónde podría estar, dónde podría encontrarse?
- Nunca, señora alcaldesa.
- ¿Cree que la encontrará?
Compor se rió entre dientes.
- Creo que la Segunda Fundación, fuera lo que fuese y por muy importante que hubiera llegado a ser, fue arrasada en tiempos de Arkady Darell. Creo su historia.
- ¿De veras? En este caso, ¿por qué traicionó a su amigo? Si estaba buscando algo que no existe, ¿qué mal podía haber hecho planteando sus originales teorías?
- No sólo la verdad puede perjudicar. Es posible que sus teorías fueran simplemente originales, pero podrían haber inquietado al pueblo de Términus e, introduciendo dudas y temores respecto al papel de la Fundación en el gran drama de la historia galáctica, podrían haber debilitado su liderazgo de la Federación y sus sueños sobre un Segundo Imperio Galáctico. Está claro que usted también lo creyó así, o no le habría arrestado en la misma Cámara del Consejo, y ahora no se vería obligada a exiliarle sin un juicio. ¿Por qué lo ha hecho, si es que puedo preguntarlo, alcaldesa? - contestó Compor.
- Digamos que fui suficientemente cauta para considerar si había alguna pequeña posibilidad de que tuviese razón, y si la expresión de sus opiniones podía ser activa y directamente peligrosa.
Compor no dijo nada.
Branno añadió:
- Estoy de acuerdo con usted, pero las responsabilidades de mi cargo me obligan a tener en cuenta esa posibilidad. Déjeme volver a preguntarle si le dio alguna indicación acerca de dónde cree que está la Segunda Fundación, y adónde puede ir.
- No me dio ninguna.
- ¿Nunca le insinuó nada en ese sentido?
- No, claro que no.
- ¿Nunca? No se apresuré a contestar. ¡Piense!
¿Nunca?
- Nunca - dijo Compor con firmeza.
- ¿Ninguna alusión? ¿Ningún comentario en broma? ¿Ningún garabato? ¿Ningún ensimismamiento en momentos que adquieran significado al recordarlos?
- Nada. Se lo digo, señora alcaldesa, sus sueños sobre la Segunda Fundación son de lo más inconsistente. Usted lo sabe, y es una pérdida de tiempo preocuparse por ello.
- ¿No estará por casualidad cambiando súbitamente de bando y protegiendo al amigo que puso en mis manos?
- No - dijo Compor -. Se lo entregué por lo que me parecieron razones buenas y patrióticas. No tengo ningún motivo para lamentar mi decisión, o cambiar de actitud.
- Entonces, ¿no puede darme ninguna pista sobre el lugar a donde irá cuando tenga una nave a su disposición?
- Como ya le he dicho...
- Y no obstante, consejero - y en este punto las arrugas del rostro de la alcaldesa se acentuaron hasta darle una expresión nostálgica -, me gustaría saber. a dónde va.
- En ese caso, creo que debería colocar un hiperrelé en su nave.
- Ya había pensado en ello, consejero. Sin embargo, Trevize es un hombre receloso y creo que lo encontraría..., por muy astutamente que lo colocáramos. Naturalmente, podríamos colocarlo de tal modo que fuera imposible retirarlo sin dañar la nave, y se viera obligado a dejarlo en su lugar...
- Una idea excelente.
- Pero entonces - dijo Branno - estaría inhibido. Quizá no fuese a donde ira si se sintiera libre. Los datos que obtendría me resultarían inútiles.
- En ese caso, parece ser que no puede averiguar a dónde irá.
- Tal vez si, porque tengo la intención de ser muy primitiva. Una persona que espera algo sofisticado y toma precauciones contra ello no suele pensar en lo primitivo. Me propongo hacer seguir a Trevize.
- ¿Hacerle seguir?
- Exactamente. Por otro piloto en otra astronave. ¿Ve como se sorprende? El se sorprenderá del mismo  modo. Quizá no se le ocurra examinar el espacio en busca de una masa de escolta y, de todos modos, nos aseguraremos de que su nave no esté equipada con nuestros últimos aparatos de detección de masa.
- Señora alcaldesa, hablo con todo el respeto posible, pero debo señalar que usted carece de experiencia en el vuelo espacial. Hacer seguir a una nave por otra es algo que no se hace nunca... porque no
daría resultado. Trevize escapará en el primer salto hiperespacial. Aunque no sepa que le siguen, ese primer salto será su camino hacia la libertad. Si no tiene un hiperrelé a bordo de la nave, no puede ser rastreado - dijo Compor.
- Admito mi falta de experiencia. A diferencia de usted y Trevize, no he recibido instrucción naval. Sin embargo, mis asesores, que si han recibido esa instrucción, me dicen que si una nave, es observada inmediatamente antes de un salto, su dirección, velocidad y aceleración hacen posible Adivinar cuál puede ser el salto..., en líneas generales. Con una buena computadora y un buen criterio, un perseguidor podría duplicar el salto con exactitud suficiente para volver a encontrar el rastro en el otro extremo, especialmente si el perseguidor tiene un buen detector de masa.
- Esto podría ocurrir una vez - dijo Compor con energía -, incluso dos veces si el perseguidor es muy afortunado, pero nada más. No se puede confiar en estas cosas.
- Quizá, nosotros podamos. Consejero Compor, usted compitió en hipercarreras en su juventud. Como ve, lo sé casi todo sobre usted. Es un piloto excelente y ha hecho cosas asombrosas en lo referente a seguir a un competidor a través de un salto.
Los ojos de Compor se agrandaron. Casi se retorció en su silla.
- En aquella época estaba en la universidad. Ahora soy más viejo.
- No demasiado viejo. Aún no ha cumplido los treinta y cinco. Por lo tanto, usted seguirá a Trevize, consejero. Adondequiera que vaya, usted lo seguirá, y me informará de ello. Saldrá poco después de que Trevize lo haga, y lo hará dentro de unas cuantas horas. Si rehusa la misión, consejero, será encarcelado por traición. Si embarca en la nave que le proporcionaremos y fracasa, no se moleste en regresar. Será arrojado fuera del espacio si lo intenta.
Compor se puso bruscamente en pie.
- Tengo una vida que vivir. Tengo un trabajo que hacer. Tengo una esposa. No puedo abandonarlo Tendrá que hacerlo. Aquellos de nosotros que elegimos servir a la Fundación debemos estar preparados en todo momento para servirla de un modo prolongado e incómodo, si eso fuese necesario.
- Mi esposa debe ir conmigo, naturalmente.
- ¿Me toma por una idiota? Ella se queda aquí, naturalmente.
- ¿Cómo rehén?
 - Si le gusta la palabra. Yo prefiero decir que usted va a ponerse en peligro y mi bondadoso corazón quiere que ella se quede aquí, donde no estará en peligro. No hay nada que discutir. Usted se halla bajo arresto igual que Trevize, y estoy segura de que comprende que debo actuar con rapidez... antes de que la euforia que envuelve Términus se desvanezca. Me temo que mi estrella pronto palidecerá.

12


- No ha tenido clemencia con él, señora alcaldesa - dijo Kodell.
La alcaldesa replicó con un bufido:
- ¿Por qué iba a tenerla? Traicionó a un amigo.
- Eso nos fue muy útil.
- Sí, dio esa casualidad. Sin embargo, su próxima traición podría no serlo.
- ¿Por qué iba a haber otra?
- Vamos, Liono - dijo Branno con impaciencia -, no se haga el tonto conmigo. Cualquiera que hace gala de una aptitud para la traición debe ser considerado capaz de volver a utilizarla.
- Puede utilizar esa aptitud para cooperar una vez más con Trevize. Juntos, pueden...
- Usted no cree tal cosa. Con toda su insensatez e ingenuidad, Trevize avanza en línea recta hacia su objetivo. No comprende la traición y nunca, bajo ninguna circunstancia, confiará en Compor por segunda vez.
- Perdóneme, alcaldesa, pero permítame asegurarme de que la entiendo. ¿Hasta dónde, entonces, puede usted confiar en Compor? ¿Cómo sabe que seguirá a Trevize e informará sinceramente? ¿Cuenta con sus temores por el bienestar de su esposa como un freno? ¿Su deseo de regresar a ella? – preguntó Kodell.
- Esos son dos factores, pero no depende enteramente de ellos. En la nave de Compor habrá un hiperrelé. Trevize tendría sospechas de una persecución y abriría bien los ojos. Sin embargo, Compor, siendo el perseguidor, no creo que sospeche de una persecución, y no abrirá bien los ojos. Naturalmente, si lo hace, y lo descubre, tendremos que depender de los atractivos de su esposa.
Kodell se echó a reír.
- ¡Pensar que en otros tiempos tuve que darle lecciones! ¿Y el fin de la persecución?
- Una capa doble de protección. Si Trevize es capturado, tal vez Compor siga adelante y nos dé la información que Trevize no podrá damos.
- Una pregunta más. ¿Y si, por casualidad, Trevize encuentra la Segunda Fundación, y nos enteramos a través de él, o a través de Compor, o si hallamos motivos para sospechar su existencia..., pese a la muerte de ambos?
- Yo espero que la Segunda Fundación exista, Liono - dijo ella -. De todos modos, el Plan Seldon no va a servimos mucho tiempo más. El gran Hari Seldon lo trazó en los últimos días del Imperio, cuando el adelanto tecnológico casi se había detenido.
Seldon también fue un producto de su tiempo, y por muy brillante que fuese su semimítica ciencia de la psicohistoria, no pudo crecer sin raíces. Seguramente no permitiría un rápido avance tecnológico.
La Fundación está lográndolo, en especial durante este último siglo. Tenemos aparatos de detección de masa tan perfeccionados como nadie ha soñado, computadoras que responden al pensamiento, y, por encima de todo, protección mental. La Segunda Fundación no puede seguir controlándonos mucho tiempo más, si es que ahora lo hacen. Yo quiero, en mis últimos años de poder, encauzar a Términus por un nuevo camino.
- ¿Y si, en realidad, no hay una Segunda Fundación?
- Entonces iniciaremos ese nuevo camino inmediatamente.

13


El inquieto sueño que finalmente venció a Trevize no duró mucho. Alguien le tocó en el hombro por segunda vez.
Trevize se despertó sobresaltado, confuso e incapaz de entender por qué estaba en una cama desconocida.
- ¿Qué. .. ? ¿Qué... ?
Pelorat le dijo en un tono lleno de excusas:
- Lo siento, consejero Trevize. Usted es mi invitado y tendría que dejarle descansar, pero la alcaldesa está aquí. - Se hallaba en pie junto a la cama, vestido con un pijama de franela y temblando ligeramente.
Los sentidos de Trevize se despertaron y recordó.
La alcaldesa estaba en el salón de Pelorat, tan serena como siempre. Kodell se encontraba con ella, frotándose el bigote.
Trevize se ajustó debidamente el cinturón y se preguntó si los dos, Branno y Kodell, habrían estado separados alguna vez.
Trevize dijo burlonamente:
- ¿Es que el Consejo ya se ha recuperado? ¿Están sus miembros preocupados por la ausencia de uno de ellos?
La alcaldesa contestó:
- Hay señales de vida, si, pero no tantas como para que le sirvan de algo. Lo único importante es que aún tengo poder para obligarle a marcharse. Será conducido al puerto espacial de Ultimate...
- ¿Por qué no al puerto espacial de Términus, señora alcaldesa? ¿Me privarán de la despedida de mis numerosos partidarios?
- Veo que ha recobrado su afición por las simplezas de la adolescencia, consejero, y me alegro.
Acalla lo que de otro modo podría ser un creciente remordimiento de conciencia. En el puerto espacial de Ultimate, usted y el profesor Pelorat se marcharán tranquilamente.
- ¿Y nunca regresaremos?
- Y quizá nunca regresarán. Naturalmente - y en este punto esbozó una fugaz sonrisa -, si descubren algo de tanta importancia y utilidad que incluso yo pueda alegrarme de tenerles aquí con su información, regresarán. Quizá incluso sean recibidos con honores.
Trevize asintió con indiferencia.
- Eso puede ocurrir.
- Casi todo puede ocurrir. En cualquier caso, estarán cómodos. Se les ha asignado un crucero de bolsillo recién terminado, el Estrella Lejana, bautizado como el crucero de Hober Mallow. Una sola persona puede manejarlo, aunque albergará un máximo de tres personas con razonable comodidad.
Trevize se sorprendió hasta el punto de olvidar su fingida actitud de festiva ironía.
- ¿Completamente armado?
- Desarmado, pero completamente equipado en lo demás. Adondequiera que vayan serán ciudadanos de la Fundación y siempre habrá un cónsul hacia el que puedan volverse, dé modo que no requerirán armas. Dispondrán de todos los fondos que necesiten. Aunque quizá deba añadir que no son fondos ilimitados.
- Es usted muy generosa.
- Lo sé, consejero. Pero, consejero, entiéndame. Usted ayudará al profesor Pelorat a buscar la Tierra. A pesar de lo que usted piense que está buscando, está buscando la Tierra. Todos aquellos a los que conozca deben entenderlo así. Y recuerde siempre que el Estrella Lejana no está armado.
- Estoy buscando la Tierra - dijo Trevize -. Lo entiendo perfectamente.
- Entonces ya puede marcharse.
- Perdóneme, pero seguramente hay muchos detalles de los que no hemos hablado. Piloté naves en mi juventud, pero no tengo experiencia en cruceros de bolsillo último modelo. ¿Y si no sé pilotarlo?
- Me han dicho que el Estrella Lejana está totalmente computadorizado. Y antes de que me lo pregunte, usted no tiene que saber manejar la computadora de una nave último modelo. Ella misma le dirá lo que necesite saber. ¿Desea alguna otra cosa?
Trevize se miró tristemente.
- Cambiarme de ropa.
- La encontrará a bordo de la nave, incluyendo esas fajas que lleva, o cinturones, o como se llamen. El profesor también dispondrá de lo que necesite. Todo lo razonable ya se halla a bordo, aunque me apresuro a añadir que eso no incluye la compañía femenina.
- Lástima - dijo Trevize -. Sería agradable, pero, en fin, da la casualidad de que en este momento no tengo una candidata adecuada. Sin embargo, me imagino que la Galaxia es populosa y que una vez lejos de aquí podré hacer lo que me plazca.
- ¿Respecto a su compañía? Desde luego.
Se levantó pesadamente.
- Yo no le acompañaré al espaciopuerto – dijo -, pero hay quienes lo harán, y le aconsejo que no se esfuerce en hacer nada que no le digan. Creo que le matarían si intentara escapar. El hecho de que yo no esté con ellos impedirá cualquier inhibición.
- No haré ningún esfuerzo que no esté autorizado, señora alcaldesa, pero una cosa... - dijo Trevize.
- ¿Si?
Trevize pensó con rapidez y finalmente, con una sonrisa que deseó no pareciera forzada, dijo:
- Quizá llegue el día, señora alcaldesa, en que usted me pida un esfuerzo. Entonces haré lo que me parezca mejor, pero recordaré estos dos últimos días.
La alcaldesa Branno suspiró.
- Ahórreme el melodrama. Si ese día llega, llegará, pero por ahora... no le pido nada.


4 ESPACIO


14


La nave resultaba incluso más impresionante de lo que Trevize, a tenor de sus recuerdos de la época en que el nuevo tipo de crucero fue ampliamente divulgado, había esperado.
No era el tamaño lo que impresionaba, pues era bastante pequeña. Estaba diseñada para alcanzar la máxima maniobrabilidad y velocidad, para motores totalmente gravíticos, y por encima de todo para una computadorización avanzada. No necesitaba envergadura; ésta habría frustrado su propósito.
Era un aparato individual que podía reemplazar, ventajosamente, a las naves antiguas que requerían una tripulación de doce miembros o más. Con una segunda o incluso una tercera persona para establecer turnos de guardia, una nave así podía derrotar a una flotilla de naves mayores no pertenecientes a la Fundación. Además, podía superar la velocidad de cualquier otra nave existente y escapar.
Había cierta elegancia en su diseño; ni una línea inútil, ni una curva superflua dentro o fuera. Hasta el último metro cúbico de volumen estaba aprovechado al máximo, como para crear una paradójica sensación de amplitud en su interior. Nada de lo que la alcaldesa pudiera haber dicho sobre la importancia de su misión habría impresionado a Trevize más que la nave con que debería realizarla.
Branno «la mujer de bronce», pensó con disgusto, lo había empujado hacia una peligrosa misión de la mayor importancia. Quizás él no habría aceptado con tal determinación si ella no hubiera dispuesto las cosas de modo que él quisiera demostrarle lo que era capaz de hacer.
En cuanto a Pelorat, estaba maravillado.
- ¿Creería usted - dijo, colocando un suave dedo sobre el casco antes de trepar al interior - que nunca me he acercado a una astronave?
- Si usted lo dice, naturalmente, le creeré, profesor, pero, ¿cómo lo ha conseguido?
- Si he de serle sincero, no lo sé, mi querido ami..., quiero decir, mi querido Trevize. Supongo que estaba demasiado ocupado con mi investigación. Cuando se tiene una excelente computadora capaz de llegar a otras computadoras en cualquier lugar de la Galaxia, uno apenas necesita moverse de casa, ¿sabe? Por alguna razón, pensaba que las astronaves eran más grandes que ésta.
- Este es un modeló pequeño, sin embargo por dentro es mucho más grande que cualquier otra nave de su tamaño.
- ¿Cómo es posible? Se está usted burlando de mi ignorancia.
- No, no. Hablo en serio. Esta es una de las primeras naves que ha sido completamente gravitizada.
- ¿Qué significa eso? Pero, por favor, no lo explique si se trata de algo muy técnico. Aceptaré su palabra, tal como usted aceptó ayer la mía en lo referente a la única especie de la humanidad y el único mundo de origen.
- Intentémoslo, profesor Pelorat. Durante los miles de años de vuelo espacial, hemos tenido motores químicos, motores iónicos y motores hiperatómicos, y todos ellos han sido voluminosos. La vieja Flota imperial tenía naves de quinientos metros de longitud y no más espacio vital que el de un pequeño departamento. Felizmente la Fundación se ha especializado en la miniaturización durante todos los siglos de su existencia, gracias a su falta de recursos materiales. Esta nave es la culminación. Utiliza la antigravedad y el aparato que lo hace posible ocupa muy poco espacio y está incluido en el casco. Si no fuese porque aún necesitamos el...
Un guardia de Seguridad se acercó.
- ¡Tendrán que darse prisa, caballeros!
El cielo empezaba a clarear, aunque todavía faltaba media hora para que amaneciese.
Trevize miró a su alrededor.
- ¿Está mi equipaje a bordo?
- Sí, consejero, encontrará la nave totalmente equipada.
- Con ropa, supongo, que no será de mi talla ni de mi gusto.
El guardia sonrió, de improviso y casi con infantilismo.
- Creo que lo será – dijo -. La alcaldesa nos ha hecho trabajar de lo lindo durante estas últimas treinta o cuarenta horas y hemos conseguido un duplicado de todo lo que tenía. Con dinero no hay problemas. Escuche - miró a su alrededor, como para asegurarse de que nadie observaba su súbita fraternización -, son ustedes muy afortunados. Es la mejor nave del mundo, totalmente equipada, a excepción del armamento. Vivirán a cuerpo de rey.
- Pero de rey destronado - dijo Trevize -. Bueno, profesor, ¿está listo?
- Con esto lo estoy - dijo Pelorat, y levantó una oblea cuadrada de unos veinte centímetros de lado, guardada en un estuche de plástico plateado. Trevize cayó repentinamente en la cuenta de que Pelorat no la había soltado desde que salieron de su casa, cambiándosela de una mano a otra pero sin dejarla un momento, ni siquiera cuando se detuvieron a desayunar.
- ¿Qué es eso, profesor?
- Mi biblioteca. Está clasificada por temas y orígenes, y la he condensado toda en una oblea. Si piensa que esta nave es una maravilla, ¿qué hay de esta oblea? ¡Una biblioteca completa! ¡Todo lo que he reunido! ¡Maravilloso! ¡Maravilloso!
- Bueno - dijo Trevize -, vivimos a cuerpo de rey.

15


Trevize se maravilló al ver el interior de la nave.
La utilización del espacio era ingeniosa. Había una habitación con comida, ropa, películas y juegos. Había un gimnasio, un salón y dos dormitorios casi idénticos.
- Este - dijo Trevize - debe ser el suyo, profesor. Al menos, contiene un Lector FX.
- Bien - dijo Pelota con satisfacción -. He sido un tonto evitando los viajes espaciales durante tanto tiempo. Podría vivir aquí, mi querido Trevize, con absoluta satisfacción.
- Más espacioso de lo que esperaba - dijo Trevize complacido.
- ¿Y los motores están realmente en el casco, como usted ha dicho?
- Los aparatos de control lo están, en todo caso. No tenemos que almacenar combustible o utilizarlo. Utilizaremos las existencias de energía fundamental del Universo; así pues, el combustible y los motores están... ahí fuera. - Hizo un gesto impreciso.
- Bueno, ahora que lo pienso... ¿qué ocurrirá si algo falla?
Trevize se encogió de hombros.
- He sido adiestrado en navegación espacial, pero no en estas naves. Si hay algún fallo en los controles gravíticos me temo que no podré hacer nada.
- Pero ¿sabe conducir esta nave? ¿Pilotarla?
- Ni yo mismo lo sé.
 Pelorat dijo:
- ¿Supone que es una nave automatizada? ¿Es posible que seamos simples pasajeros? Tal vez no tengamos que hacer absolutamente nada.
- Eso ocurre en el caso de transbordadores entre planetas y estaciones espaciales dentro del sistema estelar, pero nunca he oído hablar de un viaje hiperespacial automatizado. Al menos, hasta ahora.
Miró de nuevo a su alrededor y sintió una cierta aprensión. ¿Se las habría ingeniado la bruja de la alcaldesa para maniobrar hasta tal punto a espaldas suyas? ¿Había la Fundación automatizado también los viajes interestelares, y se proponían depositarle en Trántor contra su voluntad, y sin consultarle más que al resto de los enseres de la nave?
- Profesor, usted siéntese. La alcaldesa dijo que esta nave estaba totalmente computadorizada. Si en su habitación hay un Lector FX, en la mía debe haber una computadora. Póngase cómodo y déjeme echar una ojeada por mi cuenta - dijo, con una optimista animación que no sentía.
Pelorat se mostró instantáneamente ansioso.
- Trevize, mi querido compañero... No irá a desembarcar, ¿verdad?
- No tengo la menor intención de hacerlo, profesor. Y si lo intentara, puede estar seguro de que me lo impedirían. La alcaldesa ya habrá dado órdenes en ese sentido. Lo único que me propongo hacer es averiguar qué pone en funcionamiento al Estrella Lejana. – Sonrió -. No le abandonaré, profesor.
Aún sonreía cuando entró en lo que parecía ser su dormitorio, pero su cara recobró la seriedad mientras cerraba suavemente la puerta tras de si.
Tenía que haber algún medio de comunicarse con un planeta situado en las cercanías de la nave. Era imposible imaginarse una nave deliberadamente aislada de sus alrededores y, por lo tanto, en algún lugar, quizás en un nicho de la pared, habría un comunicador. Lo utilizaría para llamar al despacho de la alcaldesa y preguntarle por los controles.
Inspeccionó minuciosamente las paredes, la cabecera de la cama, y los funcionales muebles. Si aquí no encontraba nada, revisada el resto de la nave.
Estaba a punto de abandonar la búsqueda cuando percibió un destello luminoso sobre la lisa superficie marrón de la mesa. Un círculo luminoso, con nítidas letras que rezaban: INSTRUCCIONES DE LA COMPUTADORA.
¡Ah!
Sin embargo, su corazón latió con rapidez. Había computadoras y computadoras, y había programas que no resultaban sencillos de descifrar. Trevize nunca había cometido el error de subestimar su propia  inteligencia, pero, por otra parte, él no era un Gran Maestro. Había quienes tenían habilidad para usar una computadora, y quienes no la tenían.... y Trevize sabía muy bien a qué grupo pertenecía.
Durante la época que pasó en la Armada de la Fundación, había alcanzado el rango de teniente, y de vez en cuando había sido oficial de servicio y había tenido la oportunidad de usar la computadora de la nave. Sin embargo, nunca había estado a cargo exclusivo de ella, y nunca se le había exigido que supiera nada más que las maniobras rutinarias encomendadas al oficial de servicio.
Recordó, con una sensación de aprensión, los volúmenes ocupados por un programa enteramente descrito en impresión, y recordó la conducta del sargento técnico Krasnet ante el tablero de mandos de computadora de la nave. Lo manejaba como si fuese el instrumento musical más complejo de la Galaxia, y lo hacía con aire de indiferencia, como si su simplicidad le aburriera; y aun así había tenido que consultar los volúmenes algunas veces, maldiciéndose a sí mismo con desconcierto.
Trevize colocó un vacilante dedo sobre el círculo luminoso y la luz se extendió inmediatamente hasta cubrir la superficie de la mesa. Sobre ella apareció el contorno de dos manos: una derecha y una izquierda. Con un movimiento suave y repentino, la superficie de la mesa se inclinó hasta un ángulo de cuarenta y cinco grados.
Trevize tomó asiento frente a la mesa. Las palabras no eran necesarias. Lo que se esperaba de él estaba claro.
Colocó las manos sobre los contornos, situados de modo que pudiera hacerlo sin esfuerzo. La superficie de la mesa le pareció suave, casi aterciopelada, cuando la tocó; y sus manos se hundieron.
Miró sus manos con asombro, pues no se habían
hundido en absoluto. A juzgar por lo que le revelaron sus ojos, estaban sobre la superficie. Sin embargo, para su sentido del tacto era como si la superficie de la mesa hubiese cedido, y como si algo estuviera sujetando sus manos con suavidad.
¿Eso era todo?
Y ahora, ¿qué?
Miró a su alrededor y luego cerró los ojos en respuesta a una sugerencia.
No había oído nada. ¡No había oído nada!
Pero dentro de su cerebro, como si fuese un impreciso pensamiento propio, estaba la frase: «Por favor, cierra los ojos. Relájate. Haremos la conexión.»
¿A través de las manos?
Por alguna razón Trevize siempre había supuesto que si uno iba a comunicarse mentalmente con una computadora, lo hada a través de un capuchón colocado sobre la cabeza y con electrodos encima de los ojos y el cráneo.
¿Las manos?
Pero ¿por qué no las manos? Trevize se sintió como si flotara, casi amodorrado, pero sin pérdida de agudeza mental. ¿Por qué no las manos?
Los ojos no eran más que órganos sensoriales. El cerebro no era más que un tablero de distribución central, encajado en hueso y aislado de la superficie activa del cuerpo. Las manos eran la superficie activa, las manos eran las que tocaban y manipulaban el Universo.
Los seres humanos pensaban con las manos. Las manos eran la respuesta de la curiosidad, eran las que palpaban y pellizcaban, giraban, levantaban y sopesaban. Había animales que tenían un cerebro de respetable tamaño, pero no tenían manos y eso constituía la gran diferencia.
Y mientras él y la computadora estaban cogidos de las manos, sus pensamientos se fusionaron y ya no importó que tuviera los ojos abiertos o cerrados.
Abrirlos no mejoraba su visión y cerrarlos no la empañaba.
De ambos modos, veía la habitación con total claridad; no sólo en la dirección en que miraba, sino todo su alrededor, por encima y por debajo.
Vio todas las habitaciones de la astronave y también vio el exterior. Había salido el sol y su fulgor estaba empañado por la neblina matinal, pero pudo mirarlo directamente sin deslumbrarse, pues la computadora filtraba automáticamente las ondas luminosas.
Notó el suave viento y su temperatura, y percibió los sonidos del mundo que lo rodeaba. Detectó el campo magnético del planeta y las minúsculas cargas eléctricas de la pared de la nave.
Adquirió conciencia de los mandos del vehículo, sin saber siquiera lo que eran con exactitud. Sólo supo que si quería levantar la nave, o hacerla girar, o acelerarla, o utilizar cualquiera de sus recursos, el proceso sería el mismo que para realizar el proceso análogo con su cuerpo. Sólo tenía que utilizar su voluntad.
Sin embargo, su voluntad no estaba libre de impurezas. La propia computadora podía anularla. En el momento presente, había una frase formada en la cabeza y él supo exactamente cuándo y cómo despegaría la nave. No había flexibilidad en lo que a eso se refería. Asimismo supo con igual seguridad que después podría decidir él solo.
 Al extender hacia fuera la red de su conciencia aumentada por la computadora, descubrió que percibía el estado de la atmósfera superior; que veía las configuraciones climáticas; que detectaba las demás naves que avanzaban hacia arriba y las que circulaban hacia abajo. Todo esto tenía que tomarse en cuenta y la computadora estaba tomándolo en cuenta. Si la computadora no lo hubiera hecho, comprendió Trevize, habría bastado con que él deseara que lo hiciera.
Y en cuanto a los volúmenes de programación, no había ninguno. Trevize pensó en el sargento técnico Krasnet y sonrió. Había leído mucho sobre la inmensa revolución que la gravítica causaría en el mundo, pero la fusión de computadora y mente aún era un secreto de Estado. Sin lugar a dudas causaría una revolución todavía mayor.
Era consciente de que el tiempo pasaba. Sabía exactamente qué hora era por el patrón local de Términus y el patrón galáctico.
¿Cómo puso fin a la conexión?
En el momento que el pensamiento se introdujo en su mente, sus manos se alzaron y la superficie de la mesa regresó a su posición original; Trevize quedó abandonado a sus propios sentidos.
Se sintió ciego y desvalido como si, durante un rato, hubiese estado abrazado y protegido por un ser supremo y ahora estuviese abandonado. De no haber sabido que podía volver a establecer contacto en cualquier momento, la sensación le habría hecho llorar.
Por el contrario, se limitó a hacer un esfuerzo para volver a orientarse, para ajustarse a los límites, y luego se levantó con inseguridad y salió de la habitación.
Pelorat levantó los ojos. Evidentemente, había puesto a punto su lector y dijo:
- Funciona muy bien. Tiene un excelente programa de investigación... ¿Ha encontrado los mandos, muchacho?
- Sí, profesor. Todo va bien.
- En ese caso, ¿no deberíamos hacer algo respecto al despegue? Quiero decir, para autoprotegernos. ¿No debemos atarnos o algo así? He buscado algún tipo de instrucciones, pero no he encontrado nada y eso me ha puesto nervioso. He tenido que recurrir a mi biblioteca. Por alguna razón cuando trabajo en mi...
Trevize había alzado las manos como para detener el torrente de palabras. Ahora tuvo que levantar la voz para hacerse oír.
- Nada de eso es necesario, profesor. La antigravedad es el equivalente de la no inercia. No hay sensación de aceleración cuando cambia la velocidad, ya que toda la nave experimenta el cambio simultáneamente.
- ¿Quiere decir que no sabremos cuándo despegamos del planeta y nos internamos en el espacio?
- Eso es exactamente lo que quiero decir, porque mientras le he estado hablando, hemos despegado.
Atravesaremos la atmósfera superior dentro de muy pocos minutos, y en media hora estaremos en el espacio exterior.

16


Pelorat pareció encogerse un poco mientras miraba fijamente a Trevize. Su alargada cara rectangular palideció tanto que, sin demostrar ninguna otra emoción, irradió una gran ansiedad.
Luego desvió los ojos hacia la derecha y hacia la izquierda.
Trevize recordó cómo se sintió en su primer viaje más allá de la atmósfera y dijo del modo más desapasionado que pudo:
- Janov - era la primera vez que se dirigía tan familiarmente al profesor, pero en este caso la experiencia se dirigía a la inexperiencia y era necesario parecer el más viejo de los dos -, aquí estamos totalmente seguros. Nos hallamos en el seno metálico de una nave de guerra de la Flota de la Fundación. No estamos enteramente armados, pero no hay lugar en la Galaxia donde el nombre de la Fundación no nos proteja. Incluso si alguna nave enloqueciera y nos atacara, podríamos ponernos fuera de su alcance en un momento. Y le aseguro que he descubierto que puedo manejar la nave a la perfección.
Pelorat dijo:
- Es el pensamiento, Go... Golan, de la nada...
Términus. Solo hay una fina capa de aire muy tenue entre nosotros en la superficie y la nada está justo encima. Lo único que estamos haciendo es atravesar esa insignificante capa.
- Puede ser insignificante, pero la respiramos.
- Aquí también respiramos. El aire de esta nave es más limpio y más puro, y se mantendrá indefinidamente más limpio y más puro que la atmósfera natural de Términus.
- ¿Y los meteoritos?
- ¿Los meteoritos? .
- La atmósfera nos protege de los meteoritos.
Y de la radiación.
Trevize dijo:
- La humanidad ha viajado por el espacio durante veinte milenios, creo...
- Veintidós. Si nos guiamos por la cronología hallblockiana, es indudable que, contando los...
- ¡Basta! ¿Sabe usted de algún accidente por meteoritos o de alguna muerte por radiación? Es decir, algo reciente. Es decir, ¿casos de naves de la Fundación?
- La verdad es que no estoy al tanto de las noticias sobre estas cuestiones, pero yo soy historiador, muchacho, y...
- Históricamente, si, ha habido tales cosas, pero la tecnología progresa. No hay un meteorito del tamaño necesario para dañarnos que pueda acercarse a nosotros antes de que tomemos las medidas evasivas necesarias. Cuatro meteoritos que vinieran simultáneamente hacia nosotros desde las cuatro direcciones trazadas desde los vértices de un tetraedro tal vez podrían destruirnos, pero calcule las posibilidades de que eso ocurra y comprobará que morirá de vejez un trillón de trillón de veces antes de tener la mitad de posibilidades de observar un fenómeno tan interesante.
- ¿Quiere decir, si usted estuviera ante la computadora?
- No - dijo Trevize con desprecio -. Si yo manejara la computadora sobre la base de mis propios sentidos y reacciones, seríamos alcanzados incluso antes de que yo supiera lo que estaba pasando. Es la propia computadora la que trabaja, y reacciona millones de veces más rápidamente que usted o yo.
- Alargó la mano de repente -. Janov, déjame mostrarle lo que la computadora puede hacer, y cómo es el espacio.
Pelorat lo miró fijamente, con los ojos muy abiertos. Luego, se rió.
- No estoy seguro de querer saberlo, Golan.
- Claro que no está seguro, Janov, porque no sabe qué es lo que le espera. ¡Corra el riesgo! ¡Venga! ¡A mi habitación!
Trevize cogió al otro de la mano, en parte guiándolo, en parte arrastrándolo. Mientras se sentaba ante la computadora, dijo:
- ¿Ha visto la Galaxia alguna vez, Janov? ¿La ha mirado alguna vez?
Pelorat contestó:
- ¿Quiere decir en el cielo?
- Sí, por supuesto. ¿Dónde, si no?
- La he visto. Todo el mundo la ha visto. Si uno levanta los ojos, la ve.
- ¿La ha contemplado alguna vez en una noche oscura y clara, cuando los Diamantes están debajo del horizonte?
Los «Diamantes» constituían las pocas estrellas que tenían la suficiente luminosidad y estaban suficientemente cerca para brillar con moderada intensidad en el cielo nocturno de Términus. Era un pequeño grupo que ocupaba una anchura de no más de veinte grados, y durante gran parte de la noche estaban debajo del horizonte. Aparte del grupo, había un puñado de estrellas mortecinas, apenas discernibles a simple vista. No había nada más que la consistencia lechosa de la Galaxia; éste era el panorama a que uno podía aspirar viviendo en un mundo como Términus, que estaba en el borde extremo de la espiral más exterior de la Galaxia.
- Supongo que sí, pero ¿por qué contemplarla? Es un panorama corriente.
- Claro que es un panorama corriente - dijo Trevize -. Por eso nadie lo ve. ¿Para qué mirarlo, si puedes verlo siempre? Pero ahora usted lo verá, y no desde Términus, donde la neblina y las nubes se interponen continuamente. Lo verá como nunca lo vería desde Términus... por mucho que mirara, y por muy oscura y clara que fuese la noche. ¡Ojalá yo no hubiera estado nunca en el espacio, para que, como usted, pudiese ver la Galaxia en toda su belleza por primera vez!
Empujó una silla hacia Pelorat.
- Siéntese aquí, Janov. Esto puede requerir cierto tiempo. Tengo que continuar habituándome a la computadora. Por lo que ya he experimentado, sé que la visión es olográfica, de modo que no necesitaremos pantalla de ninguna clase. Entra en contacto directo con mi cerebro, pero creo que puedo lograr que produzca una imagen objetiva para que usted también la vea... Apague la luz, ¿quiere? No... ¡qué tontería! La computadora lo hará. Quédese donde está.
Trevize estableció contacto con la computadora, asiéndole las manos afectuosa e íntimamente.
La luz se amortiguó, y luego se apagó del todo; Pelorat se agitó en la oscuridad.
- No se ponga nervioso, Janov. Quizá tarde un poco en controlar la computadora, o sea que deberá tener paciencia conmigo. ¿Lo ve? ¿El creciente? - dijo Trevize.
Estaba suspendido frente a ellos en la oscuridad.
Algo empañado y fluctuante en un principio, pero adquiriendo mayor nitidez y luminosidad.
La voz de Pelorat reflejaba cierto temor.
- ¿Es eso Términus? ¿Tan lejos estamos de él?
- Sí, la nave va muy de prisa.
El vehículo estaba entrando en la sombra nocturna de Términus, que se veía bajo la forma de un grueso creciente de brillante luz. Trevize tuvo el impulso momentáneo de dirigir la nave en un amplio arco que les llevara hasta el lado diurno del planeta para demostrarlo en toda su belleza, pero se contuvo.
Tal vez esto fuese una novedad para Pelorat, pero la belleza resultaría insustancial. Había demasiadas fotografías, demasiados mapas, demasiados globos.
Todos los niños sabían cómo era Términus. Un planeta hídrico (más que la mayoría), rico en agua y pobre en minerales, rico en agricultura y pobre en industria pesada, pero el mejor de la Galaxia en alta tecnología y en miniaturización.
Si lograra que la computadora utilizase microondas y lo trasladara a un modelo visible, verían cada una de las diez mil islas habitadas de Términus, junto con la única de ellas de extensión suficiente para ser considerada continente, la que albergaba la ciudad de Términus y...
¡Cambia!
Sólo fue un pensamiento, un ejercicio de la voluntad, pero el panorama cambió inmediatamente. El creciente iluminado se desplazó hacia los limites de visión y desapareció tras el borde. La oscuridad del espacio sin estrellas llenó sus ojos.
Pelorat se aclaró la garganta.
- Me gustaría que volviera a enfocar Términus, muchacho. Me siento como si me hubiesen cegado.
- Había cierta tensión en su voz.
- No está ciego. ¡Mire!
En el campo de visión apareció una tenue neblina de pálida translucidez. Se extendió y fue abrillantándose, hasta que toda la habitación pareció resplandecer.
¡Cóntraela!
Otro ejercicio de voluntad y la Galaxia se retiró, como vista a través de un telescopio decreciente que iba haciéndose más potente en su capacidad para decrecer. La Galaxia se contrajo y al fin se convirtió en una estructura de luminosidad variable.
¡Ilumínala!
Se hizo más luminosa sin cambiar de tamaño, y como el sistema estelar al que Términus pertenecía estaba encima del plano galáctico, no se veía exactamente en el borde. Era una espiral doble sumamente condensada, con curvilíneas fisuras de oscuras nebulosas que veteaban el borde resplandeciente del lado de Terminus. La cremosa neblina del núcleo, lejano y menguado por la distancia, parecía insignificante.
Pelorat dijo en un susurro atemorizado:
- Tiene razón. Nunca la había visto así. Nunca había soñado que tenia tanto detalle.
- ¿Cómo iba a hacerlo? No se puede ver la mitad exterior cuando la atmósfera de Términus se interpone. Apenas se ve el núcleo desde la superficie de Términus.
- Es una lástima que la veamos tan de frente.
- No tenemos por qué. La computadora puede mostrarla en cualquier orientación. Sólo he de expresar el deseo... y ni siquiera en voz alta.
¡Cambia las coordenadas!
Este ejercicio de voluntad no fue en modo alguno una orden precisa. Sin embargo, a medida que la imagen de la Galaxia empezaba a sufrir un lento cambio, su mente guió a la computadora y le hizo hacer lo que deseaba.
La Galaxia estaba girando lentamente para que pudiera verse en ángulo recto con el plano galáctico. Se desplegó como un gigantesco y brillante remolino, con curvas de oscuridad, nudos de fulgor, y una llamarada central casi sin rasgos característicos.
Pelorat preguntó:
- ¿Cómo puede la computadora verla desde una posición en el espacio que debe estar a más de cincuenta mil pársecs de este lugar? - Luego, añadió, en un susurro ahogado -: Le ruego que me perdone por preguntar. No sé nada de todo esto.
Trevize dijo:
- Yo sé tan poco como usted sobre esta computadora. Sin embargo, incluso una computadora sencilla puede ajustar las coordenadas y mostrar la Galaxia en cualquier posición, partiendo de lo que percibe en la posición natural, es decir, la que aparecería desde la posición local de la computadora en el espacio. Naturalmente, sólo utiliza la información que percibe en un principio, de modo que cuando cambia a la vista de costado encontramos vacíos y borrones en lo que muestra. No obstante, en este caso...
- ¿Sí?
- Tenemos una vista excelente. Sospecho que la computadora está equipada con un mapa completo de la Galaxia y por eso puede mostrarla desde cualquier ángulo con igual facilidad.
- ¿A qué se refiere al hablar de un mapa completo?
- Las coordenadas espaciales de todas las estrellas deben estar en el banco de datos de la computadora.
- ¿De todas las estrellas? - Pelorat parecía sobrecogido.
- Bueno, quizá no de los trescientos mil millones. Incluiría, sin lugar a dudas, las estrellas que brillan sobre planetas habitados, y probablemente todas las estrellas de la clase espectral K y más brillantes. Eso significa unos setenta y cinco mil millones, por lo menos.
- ¿Todas las estrellas de un sistema habitado?
- No puedo asegurarlo; quizá no todas. Al fin y al cabo, había veinticinco millones de sistemas habitados en tiempos de Hari Seldon; parecen muchos, pero sólo es una estrella de cada doce mil. Y después, en los cinco siglos posteriores a Seldon, la desintegración general del Imperio no truncó la colonización. Yo diría que la impulsó. Aún hay muchos planetas habitables donde establecerse, de modo que ahora debe de haber treinta millones. Es posible que no todos los planetas nuevos estén en los archivos de la Fundación.
- Pero ¿y los viejos? Seguramente constan todos sin excepción.
- Supongo que sí. Naturalmente, no puedo garantizarlo, pero me sorprendería que algún sistema habitado y colonizado desde hace tiempo no se hallara en los archivos. Déjeme enseñarle algo... si mi habilidad para controlar la computadora llega hasta tan lejos.
Las manos de Trevize se pusieron un poco rígidas con el esfuerzo y parecieron hundirse más en el apretón de la computadora. Quizá eso no hubiera sido necesario; quizá sólo hubiera tenido que pensar silenciosa y relajadamente: ¡Términus!
Eso fue lo que pensó y, en respuesta, surgió un fulgurante diamante rojo en el mismo borde del remolino.
- Ahí está nuestro sol - dijo con excitación -.
Esa es la estrella alrededor de la cual gira Términus.
- Ah - dijo Pelorat con un leve y trémulo suspiro.
Un brillante punto de luz amarilla adquirió vida en un gran racimo de estrellas hundidas en el corazón de la Galaxia, pero situadas muy a un lado de la llamarada central. Estaba bastante más cerca del borde de la Galaxia correspondiente a Términus que del otro lado.
- Y eso - dijo Trevize - es el sol de Trántor.
Otro suspiro, y después Pelorat dijo:
- ¿Está seguro? Siempre se ha afirmado que Trántor está situado en el centro de la Galaxia.
- Así es, en cierto modo. Está todo lo cerca del centro que puede estar un planeta sin dejar de ser habitable. Está más cerca que cualquier otro sistema habitado importante. El verdadero centro de la Galaxia consiste en un agujero negro con una masa de casi un millón de estrellas, de modo que el centro es un lugar violento. Que sepamos nosotros, no hay vida en él y quizás es que no puede haberla.
Trántor está en el subanillo más interior de los brazos espirales y, créame, si pudiera ver su cielo nocturno, pensaría que estaba en el centro de la Galaxia.
Está rodeado por un racimo de estrellas sumamente denso.
- ¿Ha estado en Trántor, Golan? - preguntó Pelorat con clara envidia.
- En realidad no, pero he visto representaciones olográficas de su cielo.
Trevize contempló la Galaxia con expresión sombría. A raíz de la gran búsqueda de la Segunda Fundación durante la época del Mulo, ¡cómo habían jugado todos con mapas galácticos, y cuántos volúmenes se habían escrito y filmado sobre el tema!
Y todo porque Hari Seldon había dicho, al principio, que la Segunda Fundación se establecería «en el otro extremo de la Galaxia», llamando al lugar «Extremo de las Estrellas».
¡En el otro extremo de la Galaxia! Mientras Trevize lo pensaba, una fina línea azul adquirió vida, extendiéndose desde Términus, a través del agujero negro central de la Galaxia, hasta el otro extremo.
Trevize casi dio un salto. No había ordenado directamente la línea, pero había pensado en ella con mucha claridad y eso había bastado para la computadora.
Pero, naturalmente, la ruta de la línea recta hasta el lado opuesto de la Galaxia no era necesariamente una indicación del «otro extremo» sobre el que Seldon había hablado. Fue Arkady Darell (si uno daba crédito a su biografía) quien utilizó la frase «un círculo no tiene fin» para indicar lo que ahora todos aceptaban como verdad...
Y aunque Trevize intentó repentinamente suprimir el pensamiento, la computadora era demasiado rápida para él. La línea azul se desvaneció y fue reemplazada por un círculo que bordeaba nítidamente la Galaxia en color azul y pasaba a través del punto rojo intentos del sol de Términus.
Un círculo no tiene fin, y si el círculo empezaba en Términus, en el caso de buscar el otro extremo, simplemente volvería a Términus, y allí era donde se había encontrado a la Segunda Fundación, habitando el mismo mundo que la Primera.
Pero ¿y si en realidad no había sido hallada, si el supuesto descubrimiento de la Segunda Fundación había sido una ilusión? Aparte de una línea recta y un círculo, ¿qué podía tener sentido en la conexión?
Pelorat dijo:
- Está creando ilusiones? ¿Por qué hay un círculo azul?
- Sólo estaba comprobando los mandos. ¿Le gustaría localizar la Tierra?
Durante unos momentos reinó el silencio, y luego Pelorat dijo:
- ¿Bromea?
- No. Lo voy a intentar.
Lo hizo. No sucedió nada.
- Lo siento - dijo Trevize.
- ¿No está? ¿La Tierra no está?
- Supongo que podría haber pensado erróneamente la orden, pero eso no parece probable. Es más probable que la Tierra no figure en los datos de la computadora.
Pelorat dijo:
- Puede figurar bajo otro nombre.
Trevize se aferró rápidamente a eso.
- ¿Qué otro nombre, Janov?
Pelorat no dijo nada y Trevize sonrió en la oscuridad. Se le ocurrió pensar que las cosas podrían estar empezando a encajar. Dejémoslo por un rato. Que maduren. Cambió deliberadamente de tema y dijo:
- Me pregunto si podemos manipular el tiempo.
- ¿El tiempo? ¿Cómo podemos hacerlo?
- La Galaxia da vueltas. Términus tarda casi quinientos millones de años en recorrer la gran circunferencia de la Galaxia una sola vez. Como es natural, las estrellas que están más cerca del centro completan la vuelta mucho más rápidamente. El movimiento de cada estrella, en relación al agujero negro central, puede ser registrado en la computadora y, en ese caso, es posible lograr que la computadora multiplique cada movimiento millones de veces y el efecto giratorio resulte visible. Puedo intentar que lo haga.
Lo intentó y no pudo evitar que sus músculos se tensaran con el esfuerzo de voluntad que estaba realizando, como si estuviera apoderándose de la Galaxia, acelerándola, retorciéndola, obligándola a girar contra una terrible resistencia.
La Galaxia estaba moviéndose. Lentamente, poderosamente, se retorcía en la dirección que debía estar siguiendo para estrechar los brazos espirales.
El tiempo pasaba con increíble rapidez mientras observaban, un tiempo falso y artificial, y entretanto las estrellas se convirtieron en objetos evanescentes.
Algunas de las más grandes, aquí y allí, enrojecieron y se hicieron más brillantes antes de dilatarse y convertirse en gigantes de color rojo. Luego, una estrella de los racimos centrales estalló silenciosamente en una llamarada cegadora que, durante una minúscula fracción de segundo, oscureció la Galaxia y desapareció. Luego, otra, en uno de los brazos espirales hizo lo mismo, y luego otra, no muy lejos de ellos.
- Supernovas - dijo Trevize con voz un poco temblorosa.
¿Era posible que la computadora predijera exactamente qué estrellas explotarían y cuándo? ¿O sólo utilizaba una maqueta simplificada que servía para mostrar el futuro estelar en términos generales, más que precisos?
Pelorat dijo en un ronco susurro:
- La Galaxia parece un ser vivo arrastrándose por el espacio.
- Así es - dijo Trevize -, pero empiezo a cansarme. A menos que aprenda a hacerlo de un modo más distendido, no seré capaz de jugar a esto durante mucho rato.
Se relajó. La Galaxia disminuyó la velocidad, luego se detuvo, y luego se inclinó hasta colocarse en a perspectiva lateral desde la que la habían visto al principio.
Trevize cerró los ojos y respiró profundamente.
Era consciente de que Términus iba quedando atrás, y de que los últimos jirones perceptibles de la atmósfera habían desaparecido de sus alrededores. Era consciente de todas las naves que llenaban el espacio próximo a Términus.
No se le ocurrió comprobar si había algo especial en alguna de esas naves. ¿Había alguna que fuese gravítica como la suya y que siguiera su trayectoria de un modo demasiado preciso para ser casual?


5 ORADOR


17


¡Trántor!
Durante ocho mil años fue la capital de una extensa y poderosa entidad política que abarcaba una agrupación de sistemas planetarios en constante crecimiento. Durante los doce mil años siguientes fue la capital de una entidad política que abarcaba toda la Galaxia. Fue el centro, el corazón, el epítome del Imperio Galáctico.
Era imposible pensar en el Imperio sin pensar en Trántor.
Trántor no alcanzó su culminación física hasta que el Imperio se halló en plena decadencia. De hecho, nadie se percató de que el Imperio había perdido su poderío y su empuje porque Trántor conservaba el fulgor de su brillante metal.
Su desarrollo llegó al punto máximo cuando se convirtió en una ciudad extendida por todo el planeta. Su población se estabilizó (por decreto) en los cuarenta y cinco mil millones, y las únicas zonas verdes se hallaban en el Palacio Imperial y el complejo de la Universidad/Biblioteca Galáctica.
La superficie de Trántor fue revestida de metal.
Tanto sus desiertos como sus zonas fértiles fueron recubiertas y se convirtieron en hormigueros humanos, junglas administrativas, elaboraciones computadorizadas, grandes almacenes de alimentos y piezas de repuesto. Sus cordilleras fueron abatidas, y sus abismos rellenados. Los interminables pasillos de la ciudad discurrían bajo las plataformas continentales, y los océanos se transformaron en enormes cisternas acuaculturales subterráneas, la única (e insuficiente) fuente nativa de alimentos y minerales.
Las relaciones con los mundos exteriores, de los que Trántor obtenía los recursos que necesitaba, dependían de sus mil espaciopuertos, sus diez mil naves de guerra, sus cien mil naves comerciales, y su millón de cargueros espaciales.
Ninguna ciudad tan extensa fue nunca reconvertida tan rigurosamente. Ningún planeta de la Galaxia había hecho nunca tanto uso de la energía solar o llegado a tales extremos para librarse del calor residual. Brillantes radiadores se alzaban hasta la tenue atmósfera superior en el lado nocturno y se retiraban al interior de la ciudad metálica en el lado diurno. Mientras el planeta giraba, los radiadores iban elevándose a medida que la noche caía progresivamente sobre el mundo, e iban descendiendo a medida que el día rompía. De este modo Trántor siempre tenía una asimetría artificial que casi era su símbolo.
En su apogeo, ¡Trántor gobernó el Imperio!
Lo hizo mal, pero nada habría podido hacerlo bien. El Imperio era demasiado grande para ser gobernado por un solo mundo, incluso bajo los emperadores más dinámicos. ¿Qué otra cosa pudo hacer Trántor más que gobernarlo mal cuando, en los siglos de decadencia, la corona imperial estuvo a merced de taimados políticos y necios incompetentes. Y la burocracia se convirtió en una subcultura de corruptibles?
Pero incluso en sus peores épocas hubo innumerables factores positivos. El imperio galáctico no habría podido ser gobernado sin Trántor.
El Imperio fue derrumbándose ininterrumpidamente, pero, mientras Trántor siguió siendo Trántor, continuó habiendo un núcleo del Imperio y éste re tuvo un aire de orgullo, de prosperidad, de tradición, poder y... exaltación.
Sólo cuando sucedió lo inimaginable; cuando Trántor finalmente cayó y fue saqueado; cuando sus ciudadanos fueron asesinados por millones y condenados a la inanición por millones; cuando su resistente capa metálica fue abollada, perforada y fundida por el ataque de la flota «bárbara», sólo entonces se consideró que el Imperio había caído. Los supervivientes de aquel mundo tan glorioso destrozaron lo que había quedado y, en una generación, Trántor pasó de ser el planeta más grande que la raza humana había visto jamás a convertirse en un inconcebible laberinto de ruinas.
Esto había sucedido casi dos siglos y medio antes. En el resto de la Galaxia aún se recordaba Trántor tal como había sido. Viviría eternamente como el escenario preferido de las novelas históricas, el símbolo y el recuerdo preferido del pasado, la palabra preferida para adagios como «Todas las naves estelares aterrizan en Trántor», «Como buscar a una persona en Trántor» y «Se parece como esto y Trántor».
En todo el resto de la Galaxia...
¡Pero no sucedía lo mismo en el propio Trántor! Allí el antiguo Trántor estaba olvidado. El metal de la superficie había desaparecido casi en todas partes. Trántor era ahora un mundo de campesinos autosuficientes casi despoblado, un lugar al que las naves comerciales raramente acudían y no eran particularmente bien recibidas cuando lo hacían. La misma palabra «Trántor», aunque todavía en uso oficial, había desaparecido del lenguaje popular. Los trantorianos lo llamaban «Hame», que en su dialecto era el equivalente de «Hogar», en el idioma galáctico.
Quindor Shandess pensaba en todo esto y mucho más mientras permanecía sumido en un grato estado de somnolencia, en el cual podía dejar que su mente discurriera a lo largo de una línea de pensamiento automotriz y no organizada.
Había sido primer orador de la Segunda Fundación durante dieciocho años, y bien podría seguir siéndolo durante otros diez o doce si su mente se mantenía razonablemente vigorosa y era capaz de continuar librando guerras políticas.
Era el cargo análogo, el fiel reflejo del de alcalde de Términus, que gobernaba la Primera Fundación, pero ¡qué diferentes en todos los aspectos! El alcalde de Términus era conocido en toda la Galaxia y, por lo tanto, la Primera Fundación era simplemente «la Fundación» para todos los mundos. El primer orador de la Segunda Fundación sólo era conocido por sus compañeros.
Y, sin embargo, era la Segunda Fundación, bajo él mismo y sus predecesores, la que detentaba el verdadero poder. La Primera Fundación era superior en el reino del poder físico, de la tecnología, de las armas bélicas. La Segunda Fundación era superior en el reino del poder mental, del intelecto, de la capacidad para controlar. En un conflicto entre las dos, ¿acaso importaría de cuántas naves y armas dispusiera la Primera Fundación, si la Segunda Fundación podía controlar las mentes de aquellos que controlaban las naves y las armas?
Pero ¿durante cuánto tiempo podía él recrearse en esta certeza de su poder secreto?
Era el vigésimo quinto primer orador y ya llevaba en el cargo más tiempo del habitual. ¿Debería, tal vez, no seguir aferrándose a él y ceder el paso a los aspirantes más jóvenes? Estaba el orador Gendibal, el más perspicaz de la Mesa y el que se había incorporado más recientemente a ella. Esa noche pasarían un rato juntos y Shandess lo esperaba con interés. ¿Debería esperar también el posible acceso al poder de Gendibal algún día?
La respuesta a la pregunta era que Shandess no pensaba realmente dejar su puesto. Lo disfrutaba demasiado.
Permanecía allí, en su vejez, aún perfectamente capaz de cumplir con sus obligaciones. Su cabello era gris, pero siempre había sido de un color claro y lo llevaba muy corto, de modo que el color apenas importaba. Tenía los ojos de un azul pálido y su ropa se ajustaba al sobrio estilo de los campesinos trantorianos.
El primer orador podía pasar entre los habitantes de Hame como uno de ellos, si así lo deseaba, pero su oculto poder seguía existiendo. Podía optar por concentrar sus ojos y su mente en cualquier momento; entonces ellos actuarían según su voluntad y después no recordarían nada.
Rara vez ocurría. Casi nunca. La Regla de Oro de la Segunda Fundación era: «No hagas nada a menos que sea preciso, y cuando sea preciso actuar... vacila.» .
El primer orador suspiró quedamente. Vivir en la vieja universidad, con la melancólica grandeza de las minas del Palacio Imperial no demasiado lejos, impulsaba a preguntarse de vez en cuando si la Regla de Oro era realmente de oro.
En los días del Gran Saqueo, la Regla de Oro había sido extremada hasta el límite. No había modo de salvar Trántor sin sacrificar el Plan Seldon de establecer un Segundo Imperio. Habría sido humano salvar a los cuarenta y cinco mil millones de víctimas, pero no habrían podido ser salvadas sin retención del núcleo del Primer Imperio y eso sólo habría retrasado el cumplimiento de las previsiones. Habría llevado a una destrucción mayor unos siglos más tarde, y quizá el Segundo Imperio nunca...
Los primeros oradores anteriores habían trabajado en el previsto saqueo durante décadas, pero no habían encontrado ninguna solución, ningún medio para asegurar tanto la salvación de Trántor como el posible establecimiento del Segundo Imperio. ¡Hubo que escoger el mal menor, y Trántor había muerto!
Los miembros de la Segunda Fundación de aquella época consiguieron salvar, por un estrechísimo margen, el complejo de la universidad/biblioteca, y esto también había generado un sentimiento de culpabilidad. Aunque nadie había demostrado jamás que la salvación del complejo condujera al meteórico ascenso del Mulo, siempre persistió la intuición de que existía una relación.
¡Qué cerca habían estado de destruirlo todo!
Sin embargo, tras las décadas del saqueo y el Mulo, llegó la Edad de Oro de la Segunda Fundación.
Antes de eso, durante más de dos siglos y medio después de la muerte de Seldon, los miembros de la Segunda Fundación se habían escondido como topos en la biblioteca, con el único fin de no cruzarse en el camino de los imperiales. Ejercieron de bibliotecarios en una sociedad decadente cada vez menos interesada por la ahora mal llamada Biblioteca Galáctica, que cayó en el desuso que tanto convenía a la Segunda Fundación.
Fue una vida innoble. Se limitaron a conservar el Plan, mientras en el extremo de la Galaxia, la Primera Fundación luchaba por sobrevivir contra enemigos cada vez más poderosos sin la ayuda de la Segunda Fundación ni la seguridad de que existiera realmente.
Fue el Gran Saqueo lo que liberó a la Segunda Fundación, otro motivo (el joven Gendibal, que tenía valor, había dicho recientemente que fue el motivo principal) por el que se permitió que el saqueo tuviera lugar.
Después del Gran Saqueo, el Imperio desapareció y, durante los últimos tiempos, los supervivientes trantorianos nunca habían entrado en el territorio de la Segunda Fundación sin ser invitados. Los miembros de la Segunda Fundación se encargaron de que el complejo universidad/biblioteca, que había sobrevivido al saqueo, también sobreviviera a la Gran Renovación. Las ruinas del palacio fueron asimismo preservadas. El metal había desaparecido de casi todo el resto del mundo. Los amplios e interminables corredores estaban cubiertos, rellenados, destruidos, abandonados; todo bajo piedra y tierra; todo excepto en ese lugar, donde el metal aún circundaba los antiguos espacios abiertos.
Podía ser considerado un gran monumento a la
grandeza, el sepulcro del Imperio pero para los trantorianos, los hamenianos, esos eran lugares embrujados, llenos de fantasmas a los que no se debía molestar. Sólo los miembros de la Segunda Fundación penetraban en los antiguos corredores o tocaban el brillante titanio.
Y aun así, todo había estado a punto de perderse a causa del Mulo.
El Mulo había estado en Trántor. ¿Y si hubiera descubierto la naturaleza del mundo donde se encontraba? Sus armas físicas eran mucho más poderosas que aquellas de las que la Segunda Fundación disponía, y sus armas mentales casi igualmente poderosas. La Segunda Fundación siempre se vería obstaculizada por la necesidad de no hacer nada más que lo preciso, y por la certeza de que casi cualquier esperanza de ganar la lucha inmediata podría comportar una pérdida aún mayor.
De no haber sido por Bayta Darell y su rápida decisión... ¡Y eso también se produjo sin la ayuda de la Segunda Fundación!
Y después.., la Edad de Oro, durante la cual los primeros oradores de la época hallaron de algún modo los medios para pasar a la acción, deteniendo al Mulo en su carrera de conquistas, controlando al fin su mente; y deteniendo luego a la propia Primera Fundación cuando reveló una suspicacia y una curiosidad excesivas sobre la naturaleza y la identidad de la Segunda Fundación. Fue Preem Palver, decimonoveno primer orador y el más grande de todos, quien consiguió poner fin a todo peligro, no sin terribles sacrificios, y restauró el Plan Seldon.
Ahora, desde hacía ciento veinte años, la Segunda Fundación volvía a estar donde había estado, escondida en una zona embrujada de Trántor. Ya no se escondían de los imperiales, sino todavía de la Primera Fundación, una Primera Fundación casi tan extensa como el antiguo Imperio Galáctico, é incluso más poderosa en tecnología.
El primer orador cerró los ojos bajo el cálido sol y se sumió en ese estado irreal de relajantes experiencias alucinatorias que no eran sueños ni pensamientos conscientes.
Tenía que desterrar la melancolía. Todo iría bien. Trántor aún era la capital de la Galaxia, pues la Segunda Fundación estaba aquí y detentaba más poder y capacidad de control de los que el emperador había tenido jamás.
La Primera Fundación sería contenida y guiada, y se movería correctamente. Por muy formidables que fuesen sus naves y sus armas, no podrían hacer nada mientras los líderes clave pudieran ser, en caso de necesidad, mentalmente controlados.
Y el Segundo Imperio llegaría, pero no sería como el primero. Sería un imperio federado, en el que cada una de sus partes tendría un considerable autogobierno, a fin de que no se diese la fuerza aparente y la debilidad real de un gobierno unitario y centralizado. El nuevo imperio sería más liberal, más manejable, más flexible, más capaz de resistir la tensión, y siempre, siempre, sería guiado por los ocultos hombres y mujeres de la Segunda Fundación. Trántor seguiría siendo entonces la capital más poderosa con sus cuarenta mil psicohistoriadores de lo que lo había sido jamás con sus cuarenta y cinco mil millones...
El primer orador se despertó con un sobresalto.
El sol estaba bajo en el cielo. ¿Habría murmurado?
¿Habría dicho algo en voz alta?
Si la Segunda Fundación tenía que saber mucho y decir poco, los oradores tenían que saber más y decir menos, y el primer orador tenía que ser el que más supiera y el que menas dijera.
Sonrió irónicamente. Siempre resultaba tan tentador convertirse en un patriota trantoriano, creer que la finalidad del Segundo Imperio era conseguir la hegemonía trantoriana... Seldon ya lo había advertido; había previsto incluso esto, cinco siglos antes de que pudiera pasar.
Sin embargo, el primer orador no había dormido demasiado. Aún no era la hora de la audiencia de Gendibal.
Shandess esperaba con interés esa reunión privada. Gendibal era suficientemente joven para mirar el Plan con ojos nuevos, y suficientemente sagaz para ver lo que otros quizá no ludiesen. Y no era imposible que Shandess aprendiera algo oyendo lo que el joven tenía que decir.
Nadie sabría jamás con certeza lo mucho que Preem Palver, el gran Palver en persona, había aprendido el día en que el joven Kol Benjoam, que aún no tenía treinta años, fue a verle para hablar sobre los posibles modos de controlar la Primera Fundación. Benjoam, que más tarde sería reconocido como el mayor teórico desde Seldon, nunca habló de esa audiencia en años posteriores, pero al fin se convirtió en el vigésimo primer orador. Hubo algunos que atribuyeron a Benjoam, más que a Palver, los grandes logros de la administración de Palver.
Shandess se distrajo pensando en lo que Gendibal podría decir. Era tradicional que los jóvenes entusiastas, al hallarse por primera vez a solas con el primer orador, condensaran toda su tesis en la primera frase. E indudablemente no solicitaban esa importante primera audiencia por algo trivial, ya que toda su carrera subsiguiente se derrumbaría si el primer orador les consideraba personas de pocas luces.
Cuatro horas más tarde, Gendibal se presentó ante él. El joven no daba muestras de nerviosismo. Esperó tranquilamente a que Shandess hablara primero.
- Ha solicitado una audiencia privada, orador, para tratar de un asunto importante. ¿Quiere hacer el favor de resumirme este asunto? - dijo Shandess.
Y Gendibal, hablando serenamente, casi como si estuviera describiendo lo que acababa de cenar, exclamó:
- ¡Primer orador, el Plan Seldon no tiene sentido!

18


Stor Gendibal no necesitaba la evidencia de que otros reconocieran su valía. No recordaba una época durante la que no se hubiera sentido diferente.
Fue reclutado para la Segunda Fundación, cuando sólo era un niño de diez años, por un agente que reconoció el potencial de su mente.
Después cursó sus estudios con asombrosa facilidad y se aficionó a la psicohistoria como una astronave responde a un campo de gravedad. La psicohistoria tiró de él y él se curvó hacia ella, leyendo el texto de Seldon sobre las leyes fundamentales cuando otros muchachos de su edad simplemente intentaban resolver ecuaciones diferenciales.
A los quince años ingresó en la Universidad Galáctica de Trántor (como había sido rebautizada oficialmente la Universidad de Trántor), tras una entrevista durante la cual, al ser preguntado sobre sus ambiciones, contestó resueltamente: «Ser primer orador antes de los cuarenta.»
No se había molestado en aspirar al sillón del primer orador sin merecimientos. Alcanzarlo, de un modo u otro, parecía ser una certidumbre para él.
Era hacerlo en la juventud lo que parecía ser su objetivo. Incluso Preem Palver contaba cuarenta y dos años cuando accedió al cargo.
La expresión del entrevistador cambió cuando Gendibal le reveló su propósito, pero el joven ya dominaba el psicolenguaje y supo interpretar ese cambio. Supo, con tanta certeza como si el entrevistador lo hubiera anunciado, que éste haría una pequeña anotación en su expediente en el sentido de que sería difícil de manejar.
¡Naturalmente!
Gendibal se proponía ser difícil de manejar.
Ahora tenía treinta años. Cumpliría treinta y uno al cabo de dos meses, y ya era miembro del Consejo de Oradores. Disponía de nueve años, como máximo para convertirse en primer orador y sabia que lo lograría. La audiencia con el actual primer orador era crucial para sus planes y, mientras la preparaba con el fin de causar la impresión deseada, no había regateado esfuerzos para pulir su dominio del psicolenguaje.
Cuando dos oradores de la Segunda Fundación se comunican entre sí, el lenguaje no se parece a ningún otro de la Galaxia. Es tanto un lenguaje de gestos fugaces como de palabras; consiste tanto en detectar cambios mentales como en cualquier otra cosa.
Un extraño oiría poco o nada, pero en un corto espacio de tiempo, se habrían intercambiado muchas ideas en forma de pensamientos, y la comunicación sería imposible de transmitir en su forma literal a alguien que no fuera otro orador.
El lenguaje de los oradores tenía sus ventajas en velocidad e infinita discreción, pero tenía el inconveniente de impedir el ocultamiento de la verdadera opinión.
Gendibal conocía su propia opinión del primer orador. Pensaba que el primer orador era un hombre que ya no estaba en su plenitud mental. El primer orador, a juicio de Gendibal, no esperaba ninguna crisis, no se hallaba preparado para enfrentarse a una crisis, y carecía de astucia para resolverla si aparecía. Pese a toda la buena voluntad y amabilidad de Shandess, con él el desastre era inminente.
Gendibal tenía que borrar todo esto no sólo de las palabras, gestos y expresiones faciales, sino incluso de sus pensamientos. No conocía ningún modo de hacerla con tal eficacia que el primer orador no percibiera el más leve indicio de todo ello.
Gendibal tampoco podía ignorar algunos de los sentimientos del primer orador hacia él. A través de la afabilidad y benevolencia, completamente aparentes y razonablemente sinceras, Gendibal percibía el distante matiz de condescendencia y diversión, y reforzó el dominio de su propia mente para no revelar ningún resentimiento, o el mínimo posible.
El primer orador sonrió y se recostó en su butaca. No llegó a apoyar los pies en la superficie de la mesa, pero reflejó la mezcla correcta de confiada naturalidad e informal amistad, lo suficiente de cada una para mantener la incertidumbre de Gendibal respecto al efecto causado por su declaración.
Ya que Gendibal no había sido invitado a sentarse, las acciones y actitudes de que disponía para minimizar la incertidumbre eran limitadas. El primer orador no lo ignoraba.
- ¿El Plan Seldon no tiene sentido? ¡Qué afirmación tan notable! ¿Ha mirado el Primer Radiante últimamente, orador Gendibal? - dijo Shandess.
- Lo estudio con frecuencia, primer orador. Es mi deber hacerlo así y también un placer.
- ¿Por casualidad no estudiará sólo las partes
que le incumben de un modo directo? ¿Lo observa microscópicamente; un sistema de ecuaciones aquí, una línea de ajuste allí? Es muy importante, desde luego, pero yo siempre lo he considerado un excelente ejercicio para observar el curso completo. El estudio del Primer Radiante, acre por acre, tiene su utilidad, pero observarlo como un continente es inspirativo. Si he de decirle la verdad, orador, yo mismo no lo he hecho desde hace tiempo. ¿Le gustaría unirse a mí?
Gendibal no se atrevió a guardar un silencio demasiado prolongado. Tenía que hacerse, y debía hacerse fácil y agradablemente, o más valdría no hacerlo.
- Sería un honor y un placer, primer orador.
El primer orador bajó una palanca acoplada al lado de su mesa. Había una igual en el despacho de cada orador, y la del despacho de Gendibal no era en modo alguno inferior a la del primer orador La Segunda Fundación era una sociedad igualitaria en todas sus manifestaciones superficiales, las poco importantes. De hecho, la única prerrogativa oficial del primer Orador era la que su título llevaba explícita:
Siempre hablaba primero.
La habitación se oscureció al ser accionada la palanca, pero casi enseguida, la oscuridad dio paso a una penumbra nacarada. Las dos paredes largas adquirieron una tonalidad cremosa que después se hizo más brillante y blanca, y finalmente aparecieron unas ecuaciones impresas con nitidez, aunque tan pequeñas que no podían leerse fácilmente.
- Si no tiene objeciones - dijo el primer orador, dejando muy claro que no permitiría ninguna - reduciremos la ampliación para ver todas las que podamos a la vez.
La nítida tipografía se redujo a finísimos trazos, borrosos meandros negros sobre el fundo nacarado.
 El primer orador pulsó las teclas de un pequeño tablero de mandos empotrado en el brazo de su sillón.
- Retrocederemos hasta el principio, hasta la época de Hari Seldon, y lo ajustaremos a un pequeño movimiento hacia delante. Pondremos el obturador para que sólo veamos una década de desarrollo cada vez. Eso proporciona una maravillosa sensación del flujo de la historia, sin que los detalles distraigan. Me pregunto si ha hecho esto en alguna ocasión.
- Nunca exactamente así, primer orador.
- Debería hacerlo. Es una sensación maravillosa.
Observe la escasez de trazos negros que hay al principio. No hubo muchas alternativas en las primeras décadas. Sin embargo, las ramificaciones aumentan exponencialmente con el tiempo. De no ser porque, tan pronto como se toma una ramificación determinada, hay una extinción de un vasto conjunto de las restantes en su futuro, pronto serían difíciles de manejar. Naturalmente, al tratar con el futuro, debemos tener cuidado con las extinciones en que confiamos.
- Lo sé, primer orador. - Hubo un toque de sequedad en la contestación que Gendibal no pudo erradicar del todo.
El primer orador no respondió a ella.
- Observe las sinuosas líneas de símbolos en rojo.
No se ajustan a ninguna norma. A todas luces, deberían existir fortuitamente, ya que cada orador obtiene su cargo introduciendo mejoras en el plan original de Seldon. Parece que, después de todo, no hay modo de predecir dónde puede introducirse fácilmente una mejora o adónde podría un orador orientar sus intereses o su capacidad; pese a todo ello yo sospecho desde hace tiempo que la mezcla de Negro Seldon y Rojo Orador sigue una estricta ley que depende en gran medida del tiempo y poca cosa más.
Gendibal siguió observando cómo pasaban los años y cómo los finos trazos negros y rojos formaban un dibujo entrelazado casi hipnótico. Naturalmente, el dibujo en sí no significaba nada, lo que contaba eran los símbolos de que estaba compuesto.
Aquí y allí aparecía una línea de color azul intenso, curvándose, ramificándose, y destacándose, para caer finalmente sobre sí misma y desvanecerse en el negro o el rojo.
El primer orador dijo:
- Desviación Azul - y la sensación de repugnancia originada en ambos llenó el espacio que los separaba -. Se repite una y otra vez, de modo que pronto llegaremos al Siglo de las Desviaciones.
Así fue. Vieron claramente cuándo el nefasto fenómeno del Mulo llenó momentáneamente la Galaxia, ya que el Primer Radiante se espesó de pronto de numerosas líneas azules, que se multiplicaban más rápidamente de lo que desaparecían, hasta que la misma habitación pareció volverse azul a medida que las líneas se hacían más gruesas y marcaban la pared con una contaminación cada vez más brillante. (Esta era la única palabra)
Alcanzó su punto culminante y luego palideció, se hizo menos densa, y continuó así durante un largo siglo antes de disolverse definitivamente. Cuando hubo desaparecido, y cuando el Plan hubo vuelto al negro y el rojo, se vio claramente que la mano de Preem Palver había estado allí.
Adelante, adelante.. .
- Este es el presente - dijo el primer orador.
Adelante, adelante...
De pronto tuvo lugar una concentración de líneas en un compacto nudo negro con muy poco rojo.
- Este es el establecimiento del Segundo Imperio - dijo el primer orador.
Desconectó el Primer Radiante y la habitación quedó bañada por la luz ordinaria.
Gendibal dijo:
- Ha sido una experiencia emocionante.
- Si - sonrió el primer orador -, y usted procura no identificar la emoción, ya que no le conviene hacerlo. No importa. Déjeme poner en claro algunas cosas.
»Observará, en primer lugar, la casi total ausencia de desviación azul tras la época de Preem Palver, durante las últimas doce décadas, en otras palabras. Observará que no hay probabilidades razonables de desviaciones por encima de la quinta clase durante los cinco siglos siguientes. Observará, asimismo, que hemos empezado a extender las mejoras de la psicohistoria más allá del establecimiento del Segundo Imperio. Como ya debe saber, Hari Seldon, a pesar de ser un genio extraordinario, no es, y no podía ser, omnisciente. Nosotros le hemos superado. Sabe, mas más sobre psicohistoria de lo que él pudo llegar a saber.
»Seldon terminó sus cálculos con el Segundo Imperio y nosotros hemos continuado más allá. En realidad, y lo digo sin ánimo de ofender, el nuevo Hiper-Plan que va más allá del establecimiento del Segundo Imperio es, en gran parte, obra mía y me ha servido para obtener el cargo que ocupo.
»Se lo digo para que me ahorre charlas innecesarias. Con todo esto, ¿cómo puede llegar a la conclusión de que el Plan Seldon no tiene sentido? Carece de defectos. El mero hecho de que sobreviviera al Siglo de las Desviaciones, con todo el respeto debido al genio de Palver, es la mejor prueba de que no tiene ningún defecto. ¿Dónde está su debilidad, joven, para que usted califique el Plan de algo sin sentido?
Gendibal se enderezó con rigidez.
- Tiene usted razón, primer orador. El Plan Seldon carece de defectos.
- Así pues, ¿retira su afirmación?
- No, primer orador. Su falta de defectos es un defecto. ¡Su perfección es fatal!

19


El primer orador miró a Gendibal con ecuanimidad. Había aprendido a controlar sus expresiones y le divertía observar la ineptitud de Gendibal en ese aspecto, En cada intercambio, el joven hacía lo posible para ocultar sus sentimientos, pero cada vez los exhibía completamente.
Shandess lo examinó con imparcialidad. Era un joven delgado, que apenas sobrepasaba la mediana estatura, de labios finos e inquietas manos huesudas. Tenía unos ojos oscuros y desprovistos de humor que tendían a encenderse.
El primer orador comprendió que no le resultaría fácil disuadirle de sus convicciones.
- Habla usted en paradojas, orador - dijo.
- Parece una paradoja, primer orador, porque hay demasiados factores en el Plan de Seldon que damos por sentados y aceptamos de modo demasiado incondicional.
- ¿Qué es, entonces, lo que usted cuestiona?
- La misma base del Plan. Todos sabemos que el Plan no funcionará si su naturaleza, o incluso su existencia, es conocida por demasiados de aquellos cuya conducta está destinado a predecir.
- Creo que Hari Seldon lo comprendió así. Incluso creo que hizo de ello uno de los dos axiomas fundamentales de la psicohistoria.
- No previo la aparición del Mulo, primer orador, y por lo tanto no pudo prever hasta qué punto se convertiría la Segunda Fundación en una obsesión para los habitantes de la Primera Fundación, una vez que el Mulo les hubo revelado su importancia.
- Hari Seldon... - y por espacio de un momento, el Primer orador se estremeció y guardó silencio.
El aspecto físico de Hari Seldon era conocido por todos los miembros de la Segunda Fundación.
Sus reproducciones en dos y en tres dimensiones, fotográficas y olográficas, en bajorrelieve y en bulto redondo, sentado y de pie, eran muy numerosas. Todas lo representaban en los últimos años de su vida. Todas reproducían a un hombre viejo y afable, con el rostro arrugado por la sabiduría de la edad, simbolizando la quintaesencia del genio bien maduro.
Pero ahora el primer orador recordó haber visto una fotografía de Seldon cuando era joven. La fotografía fue desechada, ya que la idea de un Seldon joven constituía prácticamente una contradicción inmediata. Sin embargo, Shandess la había visto, y de repente se le ocurrió pensar que Stor Gendibal tenía un parecido muy notable con el joven Seldon.
¡Ridículo! Era la clase de superstición que afligía a todo el mundo, de vez en cuando, por muy racional que uno pudiera ser. Se había dejado engañar por una similitud fugitiva. Si tuviese la fotografía ante sí, enseguida vería que la similitud era una ilusión. No obstante, ¿por qué se le había ocurrido esa tonta idea precisamente ahora?
Se recobró. Había sido un estremecimiento momentáneo, una efímera desviación mental, demasiado breve para ser observada por nadie más que un orador. Gendibal podía interpretarla como quisiera.
- Hari Seldon - dijo firmemente la segunda vez sabía muy bien que había un número infinito de posibilidades que no podía prever, y por eso estableció la Segunda Fundación. Nosotros tampoco previmos al Mulo, pero lo reconocimos cuando emprendió nuestra búsqueda, y lo detuvimos. No previmos la obsesión subsiguiente de la Primera Fundación por nosotros, pero la reconocimos cuando se produjo y la detuvimos. ¿Qué es lo que usted desaprueba en todo esto?
- En primer lugar - dijo Gendibal -, la obsesión de la Primera Fundación por nosotros aún no ha terminado.
Hubo una merma sustancial en la deferencia con que Gendibal había estado hablando. Había percibido el estremecimiento en la voz del primer orador (decidió Shandess) y lo había interpretado como inseguridad. Eso tenía que combatirse.
El primer orador dijo enérgicamente:
- Permítame anticipar los acontecimientos. Habrá personas en la Primera Fundación que, comparando las grandes dificultades de los casi cuatro primeros siglos de existencia con la placidez de las últimas doce décadas, llegarán a la conclusión de que esto no puede ser a menos que la Segunda Fundación esté velando por el Plan, y, naturalmente, acertarán en su conclusión. Deducirán que la Segunda Fundación puede no haber sido destruida después de todo, y, naturalmente, acertarán en su deducción. De hecho, hemos sido informados de que hay un joven en el mundo-capital de la Primera Fundación, un miembro de su gobierno, que está plenamente convencido de todo esto. He olvidado cómo se llama ...
- Golan Trevize - dijo Gendibal con suavidad -. Fui yo quien consignó el asunto en los informes en primer lugar, y fui yo quien envió el asunto a su despacho.
- ¿Ah, sí? - dijo el primer orador con exagerada cortesía -. Y ¿cómo se fijó en él?
- Uno de nuestros agentes en Términus envió un tedioso informe sobre los miembros del Consejo que acababan de ser elegidos, algo totalmente rutinario que suele enviarse a todos los oradores y a lo cual todos los oradores suelen hacer caso omiso. Este me llamó la atención por la naturaleza de la descripción de un nuevo consejero, Golan Trevize. Según la descripción, está muy seguro de sí mismo y es extraordinariamente combativo.
- Reconoció a un espíritu afín, ¿verdad?
- De ningún modo - dijo Gendibal con rigidez -.
Parece una persona imprudente que disfruta haciendo cosas ridículas, una descripción que no puede aplicarse a mí. En cualquier caso, ordené un estudio en profundidad. No tardé mucho en deducir que habría sido un buen material para nosotros si lo hubieran reclutado a una edad temprana.
- Tal vez - dijo el primer orador - pero ya sabe que no reclutamos en Términus.
- Lo sé muy bien. En cualquier caso, incluso sin nuestra instrucción, posee una intuición extraordinaria. Naturalmente, es muy indisciplinada. Así pues, no me sorprendió que hubiese deducido el hecho de que la Segunda Fundación aun existe. Sin embargo, me pareció suficientemente importante para enviar un informe sobre el asunto a su despacho.
- ¿Debo entender que eso no es todo?
- Habiendo deducido el hecho de que aún existimos, gracias a sus facultades intuitivas altamente desarrolladas, lo utilizó de un modo indisciplinado y, como resultado, ha sido exilado de Términus.
El primer orador enarcó las cejas.
- Se calla de repente. Quiere que yo interprete el significado. Sin emplear la computadora, déjeme aplicar mentalmente una burda aproximación de las ecuaciones de Seldon y adivinar que una astuta alcaldesa, capaz de sospechar que la Segunda Fundación existe, prefiere no tener a un individuo indisciplinado que lo grite a la Galaxia y alerte del peligro a la susodicha Segunda Fundación. Deduzco que Branno, la mujer de bronce, pensó que Términus estará más seguro con Trevize lejos del planeta.
- Podría haber encarcelado a Trevize o haberle hecho asesinar secretamente.
- Las ecuaciones no son fiables cuando se aplican a las personas aisladas, como usted bien sabe. Sólo tratan con la humanidad en masa. La conducta individual es, por lo tanto, imprevisible, y podemos deducir que la alcaldesa es una persona aislada convencida de que el encarcelamiento, y mucho más el asesinato, es una crueldad.
Gendibal no dijo nada durante un rato. Fue un silencio elocuente, y lo mantuvo lo suficiente para que el primer orador empezara a sentirse inseguro de sí mismo, pero no tanto como para producir una ira defensiva.
La cronometró hasta el segundo y luego dijo:
- Yo no lo interpreto así. Creo que Trevize, en este momento, representa el filo cortante de la mayor amenaza para la Fundación en toda su historia, ¡un peligro incluso mayor que el Mulo!

20


Gendibal estaba satisfecho. La fuerza de la aseveración había dado resultado. El primer orador no la esperaba y se hallaba desprevenido. A partir de ese momento, Gendibal dominaba la situación. Si tenía alguna duda al respecto, se desvaneció con el siguiente comentario de Shandess.
- ¿Tiene esto algo que ver con su argumento de que el Plan Seldon carece de sentido?
Gendibal apostó por una certeza absoluta; atacando con una pedantería que no permitiría recobrarse al primer orador, dijo:
- Primer orador, es un artículo de fe que fue Preem Palver quien encauzó de nuevo el Plan tras la aberración del Siglo de las Desviaciones. Observe el Primer Radiante y verá que las desviaciones no desaparecieron hasta dos décadas después de la muerte de Palver, y que desde entonces no ha aparecido ni una sola desviación. El mérito podría atribuirse a los primeros oradores que sucedieron a Palver, pero es improbable.
- ¿Improbable? Admito que ninguno de nosotros hemos sido un Palver, pero... ¿por qué es improbable?
- Permítame demostrárselo, primer orador. Utilizando las matemáticas de la psicohistoria, puedo probar claramente qué las posibilidades de total desaparición de las desviaciones son demasiado pequeñas para haberse producido gracias a algo que la Segunda Fundación sea capaz de hacer. No es necesario que me dé permiso si carece de tiempo o el deseo de ver la demostración, que requerirá media hora de gran atención. Como alternativa, puedo solicitar la reunión plenaria de la Mesa de Oradores y demostrarlo allí. Pero ello significaría una pérdida de tiempo para mí y controversias innecesarias.
- Si, y una posible perdida de prestigio para mi... Demuéstreme la cuestión ahora. Pero una advertencia – el primer orador estaba haciendo un esfuerzo heroico por recobrarse -: Si lo que me demuestra es inútil, no lo olvidaré.
- Si se revela inútil - dijo Gendibal con un orgullo fácil que pisoteó al otro -, tendrá mi dimisión en el acto.
En realidad, tardaron mucho más de media hora, pues el primer orador puso en duda las matemáticas con intensidad casi salvaje.
Gendibal redujo el tiempo cuanto pudo utilizando su Micro-Radiante. El aparato, que localizaba olográficamente cualquier porción del vasto Plan y no requería paredes ni tableros de mando, había sido puesto en uso hacía sólo una década y el primer orador no había aprendido a manejarlo. Gendibal lo sabía. El primer orador era consciente de ello.
Gendibal lo sujetó con el pulgar derecho y manipuló los mandos con los cuatro dedos restantes, utilizando deliberadamente la mano como si fuera un instrumento musical. (En realidad, había escrito un pequeño artículo sobre las analogías.)
Las ecuaciones que Gendibal mostró (y encontró con certera facilidad) se movieron sinuosamente de delante atrás para acompañar sus comentarios. Podía obtener definiciones, si era necesario, establecer axiomas, y mostrar gráficos, tanto bidimensionales como tridimensionales, así como proyectar relaciones multidimensionales.
Los comentarios de Gendibal fueron claros e incisivos, y el primer orador abandonó la partida. Estaba derrotado y dijo:
- No recuerdo haber visto ningún análisis de esta naturaleza. ¿De quién es obra?
- Es obra mía, primer orador. He publicado las matemáticas básicas utilizadas aquí.
- Muy ingenioso, orador Gendibal. Algo como esto le hará llegar a ser candidato al puesto de primer orador, si yo muero... o me retiro.
- No he pensado en eso, primer orador.., pero como no hay posibilidad de que usted me crea, retiro el comentario, He pensado en ello y confío en que seré primer orador, ya que quien acceda al cargo deberá seguir un procedimiento que sólo yo veo con claridad.
- Sí - dijo el primer orador -, la falsa modestia puede ser muy peligrosa. ¿Qué procedimiento? Quizás el primer orador actual también pueda seguirlo.
Si soy demasiado viejo para haber dado el mismo salto creativo que usted, no lo soy tanto que no pueda seguir su dirección.
Era una elegante rendición, y el corazón dé Gendibal empezó a simpatizar, bastante inesperadamente, con el anciano, aun sabiendo que ésa era la intención del primer orador.
- Gracias, primer orador, porque necesitaré toda su ayuda. No puedo esperar convencer a la Mesa sin su esclarecido liderazgo. - Cumplido por cumplido -. Así pues, deduzco que mi demostración le ha convencido de que es imposible que el Siglo de las Desviaciones haya sido corregido por nuestra política o que todas las desviaciones hayan cesado desde entonces.
- Eso es evidente para mi - dijo el primer orador -. Si sus matemáticas son correctas, para que el Plan se recuperase como lo hizo y para que funcione tan perfectamente como parece estar funcionando, sería necesario que nosotros pudiéramos predecir las reacciones de pequeños grupos de personas, incluso de una persona, con cierto grado de seguridad.
- Así es. Ya que las matemáticas de la psicohistoria no permiten tal cosa, las desviaciones no deberían haber desaparecido y, lo que es más, no deberían haber permanecido ausentes. A esto me refería al decir que el defecto del Plan Seldon era su perfección.
- Entonces, o el Plan Seldon posee desviaciones, o hay algún error en sus matemáticas. Puesto que debo admitir que el Plan Seldon no ha revelado desviaciones en un siglo o más, se deduce que hay algún error en sus matemáticas... aunque yo no haya detectado ninguna equivocación o desliz - afirmó el primer orador.
- Hace usted mal - dijo Gendibal – excluyendo una tercera alternativa. Es muy posible que el Plan Seldon no tenga ninguna desviación y que no haya ningún error en mis matemáticas cuando predicen que eso es imposible.
- No veo la tercera alternativa.
- Supongamos que el Plan Seldon esté siendo controlado por medio de un método psicohistórico tan avanzado que las reacciones de pequeños grupos de personas, incluso de una sola persona, puedan ser previstas, un método que la Segunda Fundación no posee. ¡Entonces, y sólo entonces, mis matemáticas predecirían que el Plan Seldon no "debería sufrir ninguna desviación! .
Durante un rato (según los patrones de la Segunda Fundación) el primer orador no contestó. Al fin dijo:
- Yo no sé de ningún método psicohistórico tan avanzado y, por lo que deduzco de sus palabras, usted tampoco. Si usted y yo no lo conocemos, la posibilidad de que algún otro orador, o algún grupo de oradores, haya desarrollado tal micropsicohistoria, si puedo llamarla así, y la haya ocultado al resto de la Mesa es infinitamente pequeña. ¿No está de acuerdo?
- Lo estoy.
- Entonces, o bien su análisis es erróneo o bien la micropsicohistoria está en manos de algún grupo ajeno a la Segunda Fundación.
- Exactamente, primer orador; la última alternativa debe ser exacta.
- ¿Puede demostrar la verdad de tal aseveración?
- No puedo, de un modo formal; pero consideremos... ¿ No ha habido ya una persona que podía afectar al Plan Seldon tratando con seres individuales?
- Supongo que está refiriéndose al Mulo.
- Sí, desde luego.
- El Mulo sólo pudo interrumpir el Plan. Ahora el problema es que el Plan Seldon está funcionando demasiado bien, considerablemente más cerca de la perfección de lo que permitirían sus matemáticas.
Usted necesitaría un Anti-Mulo, alguien que sea tan capaz de pisotear el Plan como lo fue el Mulo, pero que actúe por el motivo opuesto, no para interrumpirlo sino para perfeccionarlo. .
- Exactamente, primer orador. Ojalá se me hubiera ocurrido esa expresión. ¿Qué era el Mulo? Un mutante. Pero ¿de dónde venía? ¿Cómo llegó a existir? Nadie lo sabe con certeza. ¿No podría haber más?
- Aparentemente no. Lo único que se sabe con seguridad sobre el Mulo es que era estéril. De ahí su nombre. ¿0 cree usted que eso es un mito?
- No me refiero a los descendientes del Mulo. ¿No podría ser que el Mulo fuera un miembro aberrante de lo que es, o ahora está llegando a ser, un considerable grupo de personas con los mismos poderes que él, que, por alguna razón que sólo ellos conocen, no están interrumpiendo el Plan Seldon sino respaldándolo?
- ¿Por qué, en nombre de la Galaxia, iban a respaldarlo?
- ¿Por qué lo respaldamos nosotros? Planeamos un Segundo Imperio en el que nosotros, o más bien nuestros descendientes intelectuales, seremos quienes tomemos las decisiones. Si algún otro grupo está respaldando el Plan, incluso más eficientemente que nosotros, no puede tener la intención de dejarnos tomar las decisiones en su lugar. Ellos lo harán, pero ¿con qué fin? ¿No deberíamos tratar de averiguar hacia qué clase de Segundo Imperio nos están arrastrando?
- ¿Y cómo se propone averiguarlo?
- Bueno, ¿por qué ha exilado la alcaldesa de Términus a Golan Trevize? Al hacerlo, deja que una persona posiblemente peligrosa circule con libertad por toda la Galaxia. No puedo creer que lo haga por motivos humanitarios. Históricamente los gobernantes de la Primera Fundación siempre han actuado de un modo realista, lo cual significa, normalmente, sin miramientos por la «moralidad». Uno de sus héroes, Salvor Hardin, les aconsejó en contra de la moralidad, sin ir más lejos. No, creo que la alcaldesa actuó bajo coacción de agentes de los Anti-Mulos, para usar su frase. Creo que han reclutado a Trevize y creo que él es la punta de lanza del peligro para nosotros. Un peligro mortal.
Y el primer orador dijo:
- Por Seldon, es posible que tenga razón. Pero, ¿cómo nos las arreglaremos para convencer a la Mesa?
- Primer orador, usted subestima su eminencia.

6 LA TIERRA


21


Trevize se sentía acalorado y molesto. El y Pelorat estaban sentados en la pequeña zona dedicada a comedor, donde acababan de almorzar.
Pelorat dijo:
- Sólo hace dos días que estamos en el espacio y ya me encuentro muy cómodo, aunque añoro el aire fresco, la naturaleza, y todo eso. ¡Es extraño! Nunca sé me ocurrió fijarme en esas cosas cuando las tenía a mi alrededor. De todos modos, entre mi oblea y esa notable computadora suya, llevo toda mi biblioteca conmigo... o todo lo que me importa, cuando menos. Y ya no me siento nada asustado de estar en el espacio. ¡Asombroso!
Trevize hizo un sonido ambiguo. Tenía los ojos fijos en el infinito.
Pelorat dijo con amabilidad:
- No pretendo molestarle, Golan, pero creo que no me está escuchando. No es que yo sea una persona muy interesante..., siempre he sido un poco aburrido, ¿sabe? Sin embargo, usted parece preocupado por alguna otra cosa. ¿Tenemos problemas? No debe ocultármelo, ¿sabe? Supongo que yo no podría hacer demasiado, pero tampoco me dejaría llevar por el pánico, querido muchacho.
- ¿Problemas? - Trevize pareció volver a sus cabales, y frunció ligeramente el ceño.
- Me refiero a la nave. Es un modelo nuevo, y supongo que algo podría fallar. - Pelorat se permitió una leve y atemorizada sonrisa.
Trevize meneó la cabeza enérgicamente.
- He sido un estúpido dejándole en tal incertidumbre, Janov. A la nave no le pasa nada. Funciona a la perfección. Es sólo que he estado buscando un hiperrelé.
- Ah, comprendo..., aunque no demasiado. ¿Qué es un hiperrelé?
- Bueno, se lo explicaré, Janov. Yo estoy en comunicación con Términus. Al menos, puedo estarlo siempre que lo desee, y Términus puede, a su vez, comunicarse con nosotros. Conocen la situación de la nave, pues han observado su trayectoria. Aunque no lo hubieran hecho, podrían localizarnos registrando el espacio cercano en busca de una masa, lo que les advertiría sobre la presencia de una nave o, posiblemente, un meteorito. Pero también podrían detectar un patrón energético, que no sólo diferenciaría una nave de un meteorito sino que identificaría a una nave determinada, pues no hay dos naves que utilicen la energía del mismo modo. En ciertos aspectos, nuestro patrón resulta característico, por mucho que conectemos o desconectemos aparatos o instrumentos. La nave puede ser desconocida, naturalmente, pero si es una nave cuyo patrón energético esté registrado en Términus, como el nuestro, puede ser identificada en cuanto se la detecta.
Pelorat dijo:
- Me parece, Golan, que el avance de la civilización no es más que un ejercicio en la limitación de la intimidad.
- Quizá tenga razón. Sin embargo, antes o después tenemos que movernos por el hiperespacio o estaremos condenados a permanecer dentro de un radio de uno o dos pársecs de Términus durante el resto de nuestras vidas. Entonces seremos incapaces de emprender viajes interestelares. Además, al pasar por el hiperespacio sufrimos una discontinuidad en el espacio ordinario. Pasamos de aquí allí, y me refiero a un vacío de cientos de pársecs, algunas veces, en un instante de tiempo experimentado. De repente estamos enormemente lejos en una dirección que es muy difícil predecir y, en un sentido práctico, ya no podemos ser detectados.
- Lo comprendo. Sí.
- A menos, naturalmente, que hayan colocado un hiperrelé a bordo. El hiperrelé envía una señal a través del hiperespacio, una señal característica de esta nave, y las autoridades de Términus saben dónde estamos en todo momento. Esto responde a su pregunta, ¿verdad? No habría ningún lugar en la Galaxia donde pudiéramos escondernos y ninguna combinación de saltos por el hiperespacio nos permitiría eludir sus instrumentos.
- Pero, Golan - dijo Pelorat con suavidad -, ¿acaso no necesitamos la protección de la Fundación?
- Sí, Janov, pero no siempre. Usted ha dicho que el avance de la civilización significaba la continua restricción de la intimidad. Bueno, yo no quiero estar tan avanzado. Quiero libertad para moverme a mi antojo sin ser detectado, a menos que quiera protección. De modo que me sentiría mejor, mucho mejor, si no hubiera un hiperrelé a bordo.
- ¿Lo ha encontrado, Golan?
- No, aún no. En todo caso, podría volverlo inoperante de alguna manera.
- ¿Reconocería uno si lo viera?
- Esta es una de las dificultades. Quizá no lo reconociera. Sé cómo suele ser un hiperrelé y sé cómo examinar un objeto sospechoso..., pero ésta es una nave último modelo, diseñada para misiones especiales. El hiperrelé puede haber sido incorporado a su diseño de forma que no de ninguna muestra de su presencia.
- Por otra parte, quizá no haya ningún hiperrelé en la nave y éste sea el motivo por el que no lo ha encontrado.
- No me atrevo a confiar en ello y no me gusta la idea de dar un salto hasta que lo sepa.
El rostro de Pelorat se iluminó.
- Por eso hemos estado dando vueltas en el espacio. Me preguntaba por qué no habíamos saltado.
He oído hablar de los saltos, ¿sabe? La verdad es que estaba un poco nervioso pensando en ello, preguntándome cuándo me ordenaría que me atara o tomase una pastilla o algo así.
Trevize esbozó una sonrisa.
- No debe tener miedo. Las cosas ya no son como antes. En una nave como ésta, la computadora lo hace todo. Tú le das las instrucciones y ella se encarga del resto. No nos daremos cuenta de nada, excepto de que el panorama ha cambiado de repente.
Si ha estado alguna vez en una sesión de diapositivas, sabrá lo que ocurre cuando se proyecta una diapositiva en lugar de otra. Pues bien, el salto será algo parecido.
- ¡Caramba! ¿No se nota nada? ¡Qué curioso! Lo encuentro un poco decepcionante.
- Yo nunca he notado nada y las naves en que he viajado no eran tan sofisticadas como ésta. Pero no es por el hiperrelé por lo que no hemos saltado. Tenemos que alejarnos un poco más de Términus, y del sol. Cuanto más lejos estemos de cualquier objeto macizo, más fácil nos resultará controlar el salto, y salir de nuevo al espacio en las coordenadas deseadas. En una emergencia, puedes arriesgarte a dar un salto cuando sólo estás a doscientos kilómetros de la superficie de un planeta y confiar en que tendrás la suerte de terminarlo a salvo. Como en la Galaxia hay mucho más volumen seguro que inseguro, puedes confiar en lograrlo. Sin embargo, siempre hay la posibilidad de que factores accidentales te hagan reaparecer a unos pocos millones de kilómetros de una estrella grande o en el núcleo galáctico, y entonces te fríes antes de poder pestañear.
Cuanto más lejos estés de una masa, más remotos serán estos factores y menos probable que se produzca un contratiempo.
- En ese caso, alabo su prudencia. No tenemos ninguna prisa.
- Exactamente. Además, me encantaría encontrar el hiperrelé antes de hacer nada. O encontrar un modo de convencerme a mí mismo de que no hay ningún hiperrelé.
Trevize pareció sumirse nuevamente en su concentración privada y Pelorat dijo, alzando un poco la voz para superar la barrera de preocupación:
- ¿De cuánto tiempo disponemos?
- ¿Qué?
- Quiero decir, ¿cuándo efectuaría el salto si no estuviese inquieto por el hiperrelé, mi querido amigo?
- Teniendo en cuenta nuestra velocidad y trayectoria, yo diría que cuatro días después del despegue.
Lo calcularé exactamente con ayuda de la computadora.
- Bueno, entonces, aún dispone de dos días para seguir buscando. ¿Puedo hacerle una sugerencia?
- Adelante.
- Sé por mi propio trabajo, muy distinto del suyo, naturalmente, pero quizá podamos generalizar, que concentrarse demasiado en un problema determinado es contraproducente. ¿Por qué no se relaja y habla de alguna cosa? Quizá su subconsciente, liberado del peso de la concentración, resuelva el problema por usted.
Trevize pareció momentáneamente molesto y luego se echó a reír.
- Bueno, ¿por qué no? Dígame, profesor, ¿qué le hizo interesarse por la Tierra? ¿Qué le inspiró esa extraña teoría sobre un planeta concreto del que procedemos todos?
- ¡Ah! - Pelorat inclinó la cabeza en actitud meditativa -. Eso es retroceder mucho. Más de treinta años. Yo pensaba ser biólogo cuando iba a la escuela. Estaba particularmente interesado por la variación de las especies en los distintos mundos.
La variación, como usted sabe, bueno, quizá no lo sepa, de modo que no le importará que se lo explique, es muy pequeña. Todas las formas de vida existentes en la Galaxia, al menos todas las que hemos descubierto hasta ahora, tienen en común una composición de agua, proteínas y ácido nucleico.
Trevize dijo:
- Yo fui a la escuela militar, donde hacían hincapié en la tecnología nuclear y gravitica, pero no soy exactamente un especialista. Sé algunas cosas sobre la base química de la vida. Nos enseñaron que el agua, las proteínas y los ácidos nucleicos son la única base posible para la vida.
- En mi opinión, ésa es una conclusión injustificada. Es mejor decir que aún no ha sido encontrada ninguna otra forma de vida, o, en todo caso, reconocida, y nada más. Lo más sorprendente es que las especies indígenas, es decir, las especies encontradas en un solo planeta y ningún otro, son escasas en número. La mayoría de las especies que existen, incluido el Homo sapiens en particular, están repartidas por todos o casi todos los mundos habitados de la Galaxia y son muy parecidas bioquímica, fisiológica y morfológicamente. Por otra parte, las especies indígenas se diferencian enormemente de las formas diseminadas y unas de otras.
- ¿Y bien?
- La conclusión es que un mundo de la Galaxia, un solo mundo, es distinto del resto. Decenas de millones de mundos de la Galaxia, nadie sabe exactamente cuántos, han desarrollado vida. Era una vida simple, una vida escasa, una vida débil; no muy diversificada, difícilmente mantenida y difícilmente extendida. Un mundo, sólo un mundo, desarrolló vida en millones de especies, muchos millones, algunas muy especializadas, altamente desarrolladas, muy propensas a multiplicarse y extenderse, y entre ellas nos encontramos nosotros. Nosotros fuimos suficientemente inteligentes para formar una civilización, para desarrollar los vuelos hiperespaciales, y para colonizar la Galaxia, y, al extendemos por la Galaxia, tomamos muchas otras formas de vida, formas relacionadas entre sí y con nosotros.
- Si uno se detiene a pensarlo - dijo Trevize con bastante indiferencia -, supongo que es lógico. Es decir, aquí estamos en una Galaxia humana. Si suponemos que todo empezó en un solo mundo, ese mundo tendría que ser distinto. Pero ¿por qué no? Las posibilidades de desarrollar vida de un modo tan tumultuoso deben ser muy pocas, quizás una en cien millones de modo que es posible que sucediera en un mundo entre cien millones. Tuvo que ser uno.
- Pero ¿que es lo que hizo a ese mundo concreto tan distinto de los demás? - inquirió Pelorat con excitación -. ¿Cuáles fueron las condiciones que lo hicieron único?
- Simple casualidad, tal vez. Después de todo, los seres humanos y las formas de vida que trajeron consigo ya existen en decenas de millones de planetas, todos los cuales pueden sustentar vida, de modo que todos esos mundos deben reunir las condiciones necesarias.
- ¡No! Una vez la especie humana hubo evolucionado, una vez hubo desarrollado una tecnología, una vez se hubo endurecido en la ardua lucha por la supervivencia, fue capaz de adaptarse a la vida en cualquier mundo, por muy inhóspito que éste fuera; en Términus, por ejemplo. Pero ¿puede usted imaginar que la vida inteligente se haya desarrollado en Términus? Cuando Términus fue ocupada por seres humanos en tiempos de los enciclopedistas, la forma de vida vegetal más avanzada que producía era una planta musgosa que crecía sobre las piedras; las formas de vida animal más avanzadas eran pequeñas formaciones coralinas en el mar y organismos voladores similares a insectos en la tierra.
Nosotros los aniquilamos y surtimos el mar y la tierra de peces, conejos, cabras, yerba, cereales, árboles y así sucesivamente. No nos queda nada de la vida indígena, excepto lo que existe en los zoológicos y acuarios.
- Hmm - dijo Trevize.
Pelorat lo miró durante un minuto, y después suspiró y dijo:
- No le importa demasiado, ¿verdad? ¡Notable! Por alguna razón, nunca encuentro a nadie que le importe. Supongo que es culpa mía. No puedo hacerlo interesante, aunque a mi me interese tanto.
Trevize dijo:
- Es interesante. Lo es. Pero... pero... ¿y qué?
- ¿No le parece que podría ser científicamente interesante estudiar un mundo que dio origen al único equilibrio ecológico indígena realmente floreciente que la Galaxia ha visto jamás?
- Tal vez, sí eres biólogo. Yo no lo soy. Tendrá que perdonarme.
- Naturalmente, querido amigo. Lo malo es que tampoco he encontrado nunca a un biólogo que es, tuviera interesado. Ya le he dicho que quería especializarme en biología. Planteé el tema a mi profesor y ni siquiera él se mostró interesado. Me recomendó que dedicara mis esfuerzos a algún problema práctico. Esto me decepcionó tanto que cambié la biología por la historia, que, en todo caso, había sido una de mis aficiones desde la adolescencia, y abordé la «Cuestión del Origen» desde ese ángulo.
Trevize dijo:
- Pero al menos le ha proporcionado un trabajo para toda la vida, de modo que debe alegrarse de que su profesor fuera tan ignorante.
- Sí, supongo que podría mirarse de ese modo. Y es un trabajo interesante, del que nunca me canso... Pero desearía que a usted le interesara. Odio esta sensación de hablar siempre conmigo mismo.
Trevize inclinó la cabeza hacia atrás y se echó a reír de buena gana.
El sereno rostro de Pelorat adquirió una expresión ofendida.
- ¿Por qué se ríe de mí?
- De usted no, Janov - dijo Trevize -. Me reía
de mi propia estupidez. A usted le estoy muy agradecido. Tenía toda la razón, ¿sabe?
- ¿Al reconocer la importancia de los orígenes humanos?
- No, no.. . Bueno, sí, en eso también.. . Pero me refería a que ha tenido razón aconsejándome que dejara de pensar conscientemente en mi problema y volviera mi mente hacia otro lado. Ha dado resultado. Cuando usted hablaba del modo en que evolucionó la vida, al fin se me ha ocurrido que sabía cómo encontrar ese hiperrelé si existía.
- ¡Oh, eso!
- ¡Si, eso! Es mi monomanía en este momento.
He buscado ese hiperrelé como si estuviera en mi viejo lanchón de una nave escuela, examinando cada parte de la nave con la vista, buscando algo que destacara del resto. Había olvidado que esta nave es un elaborado producto de miles de años de evolución tecnológica. ¿No lo entiende?
- No, Golan.
- Tenemos una computadora a bordo. ¿Cómo puedo haberlo olvidado?
Agitó la mano y fue hacia su propia habitación, arrastrando a Pelorat consigo.
- Sólo he de intentar comunicarme - dijo, colocando las manos en el contacto de la computadora.
Era cuestión de intentar comunicar con Términus, que ahora estaba a varios miles de kilómetros.
¡Llama! ¡Habla! Fue como si las terminaciones nerviosas brotaran y crecieran, extendiéndose con asombrosa velocidad, la velocidad de la luz, naturalmente, para establecer contacto.
Trevize se sorprendió tocando..., bueno, no exactamente tocando, sino percibiendo..., bueno, no exactamente percibiendo, sino..., no importaba, pues no había una palabra para ello.
Fue consciente de que Términus estaba a su alcance y, aunque la distancia entre él y el planeta se incrementaba a razón de unos veinte kilómetros por segundo, el contacto persistió como si el planeta y la nave estuvieran inmóviles y separados por unos pocos metros.
No dijo nada. No pensó nada. Unicamente estaba comprobando el principio de comunicación; no estaba comunicándose activamente.
Más allá, a ocho pársecs de distancia, estaba Anacreonte, el planeta grande más cercano, a la vuelta de la esquina, según los patrones galácticos. Enviar un mensaje por el mismo sistema, de velocidad equivalente a la de la luz, que acababa de funcionar con Terminus, y recibir una respuesta, requeriría cincuenta y dos años.
¡Comunícate con Anacreonte! ¡Piensa en Anacreonte! Piensa en él tan intensamente como puedas.
Conoces su situación en relación a Términus y el núcleo galáctico; has estudiado su planetografía e historia; has resuelto problemas militares para recuperar Anacreonte (en el caso imposible, actualmente, de que fuera tomado por un enemigo).
¡Espacio! Has estado en Anacreonte.
¡Imagínatelo! ¡Imagínatelo! Sentirás que estás sobre él vía hiperrelé.
¡Nada! Sus terminaciones nerviosas vibraron y finalmente no se detuvieron en ningún sitio.
Trevize se liberó.
- No hay ningún hiperrelé a bordo del Estrella Lejana, Janov. Estoy seguro. Y si no hubiera seguido su sugerencia, me pregunto cuánto hubiese tardado en llegar a esta conclusión.
Pelorat, sin mover un solo músculo facial, resplandeció de alegría.
- Me satisface haberle servido de ayuda. ¿Significa esto que saltamos?
- No, esperaremos dos días más, para estar seguros. Tenemos que alejarnos de la masa, ¿recuerda? Normalmente, considerando que tengo una nave nueva y desconocida sobre la que no sé casi nada, tardaría dos días en calcular el procedimiento exacto, la hiperpropulsión correcta para el primer salto, en particular. No obstante, tengo la corazonada de que la computadora lo hará todo.
- ¡Caramba! Eso significa que tenemos por delante un aburrido espacio de tiempo, creo yo.
- ¿Aburrido? - Trevize sonrió ampliamente -. ¡Nada de eso! Usted y yo, Janov, vamos a hablar de la Tierra.
Pelorat dijo:
- ¿En serio? ¿Acaso intenta complacer a un viejo? Es usted muy amable. De verdad.
- ¡Tonterías! Lo que intento es complacerme a mí mismo. Janov, ha hecho de mí un converso. A resultas de lo que me ha explicado, creo que la Tierra es el objeto más importante y más interesante del universo.

22


Trevize debió comprenderlo en el momento en que Pelorat le expuso su punto de vista sobre la Tierra. No reaccionó inmediatamente porque estaba obsesionado por el problema del hiperrelé. Y en cuanto el problema desapareció, reaccionó.
Tal vez la aseveración que Hari Seldon repetía con más frecuencia era el comentario de que la Segunda Fundación estaba «en el otro extremo de la Galaxia» con relación a Términus. Seldon incluso había bautizado el lugar. Estaría «en el Extremo de las Estrellas».
Esto fue incluido por Gaal Dornick en su informe sobre el día del juicio ante el tribunal imperial.
«El otro extremo de la Galaxia»; éstas eran las palabras que Seldon había dicho a Dornick, y a partir de aquel día su significado había sido objeto de debate.
¿Qué era lo que conectaba un extremo de la Galaxia con «el otro extremo»? ¿Era una línea recta, una espiral, un círculo, o qué?
Y ahora, luminosamente, Trevize comprendió que no era una línea, ni una curva, lo que debía, o podría, dibujarse sobre el mapa de la Galaxia. Era algo más sutil que esto.
Estaba completamente claro que uno de los extremos de la Galaxia era Términus. Se hallaba en el limite de la Galaxia, sí, nuestro límite de la Fundación, que daba a la palabra «extremo» un sentido literal. Sin embargo, también era el mundo más nuevo de la Galaxia en época de Seldon, un mundo que estaba a punto de fundarse, que aún no había contado para nada.
¿Qué sería el otro extremo de la Galaxia, desde este punto de vista? ¿El límite de la otra Fundación? ¿El mundo más viejo de la Galaxia? Y según el argumento expuesto por Pelorat, sin saber qué estaba exponiendo, sólo podía ser la Tierra. La Segunda Fundación bien podía estar en la Tierra.
Sin embargo, Seldon había dicho que el otro extremo de la Galaxia estaba «en el Extremo de las Estrellas». ¿Quién podía decir que no hablaba metafóricamente? Rastreando la historia de la humanidad como Pelorat había hecho, la línea iría desde cada sistema planetario, cada estrella que brillaba sobre un planeta habitado, hasta algún otro sistema planetario, alguna otra estrella de la que habrían venido los primeros inmigrantes, y después hasta una estrella anterior a ésa, y finalmente, todas las líneas terminarían en el planeta donde se había originado la humanidad. La estrella que brillaba sobre la Tierra era el «Extremo de las Estrellas».
Trevize sonrió y dijo casi afectuosamente:
- Cuénteme algo sobre la Tierra, Janov.
Pelorat meneó la cabeza.
- En realidad, le he contado todo lo que hay.
Averiguaremos más en Trántor.
Trevize dijo:
- No, no lo haremos, Janov. Allí no averiguaremos nada. ¿Por qué? Porque no iremos a Trántor. Yo dirijo esta nave y le aseguro que no iremos.
Pelorat se quedó con la boca abierta. Luchó por recobrar el aliento durante unos momentos y luego exclamó con desconsuelo:
- ¡Oh, mi querido amigo!
- Vamos, Janov. No se ponga así. Encontraremos la Tierra - dijo Trevize.
- Pero sólo en Trántor podíamos...
- No, no es así. Trántor sólo es un lugar donde uno puede estudiar películas quebradizas y documentos polvorientos, y volverse igualmente quebradizo y polvoriento.
- Durante décadas, he soñado...
- Ha soñado con encontrar la Tierra.
- Pero sólo en...
Trevize se levantó, se inclinó hacia delante, agarró a Pelorat por el escote de la túnica, y dijo:
- No repita eso, profesor. No lo repita. La primera vez que me dijo que íbamos a buscar la Tierra, incluso antes de que llegáramos a esta nave, me aseguró que la encontraríamos porque, y cito sus propias palabras, «se me ha ocurrido una excelente posibilidad». Ahora no quiero volver a oírle decir Trántor nunca más. Sólo quiero que me hable de esta excelente posibilidad.
- Pero tiene que confirmarse. Hasta ahora sólo es una idea, una esperanza, una vaga posibilidad.
- ¡Bien! ¡Hábleme de ella!
- Usted no lo entiende. No entiende nada. No es un campo en el que nadie más que yo haya hecho investigaciones. No hay nada histórico, nada firme, nada real. La gente habla de la Tierra como si fuera un hecho, y también como si fuera una leyenda. Hay millones de relatos contradictorios...
- Bueno, entonces, ¿en qué ha consistido su investigación?
- Me he visto obligado a reunir todos los relatos, todos los detalles de supuesta historia, todas las leyendas, todas las fábulas. Incluso novelas. Cualquier cosa que incluya el nombre de la Tierra o la idea de un planeta de origen. Durante más de treinta años, he reunido todo lo que he podido encontrar en todos los planetas de la Galaxia. Si ahora pudiese encontrar algo más fiable en la Biblioteca Galáctica de... Pero usted no me deja pronunciar esa palabra.
- Así es. No la pronuncie. En cambio, dígame que uno de esos documentos le ha llamado la atención, y dígame sus razones para pensar que ése, entre todos ellos, debería legitimarse.
Pelorat meneó la cabeza.
- Vamos, Golan, si me disculpa por decírselo, habla como un soldado o un político. No es así cómo funciona la historia.
Trevize inspiró profundamente y se contuvo.
- Explíqueme cómo funciona, Janov. Tenemos dos días! Edúqueme.
- No se puede confiar en una sola leyenda, ni siquiera en un solo grupo. He tenido que reunirlas todas, analizarlas, organizarlas, establecer símbolos para representar distintos aspectos de su contenido; relatos de climas imposibles, detalles astronómicos de sistemas planetarios en desacuerdo con lo que realmente existe, lugar de origen de héroes específicamente declarados como no nativos, y centenares de documentos más. No le enumeraré la lista completa. Dos días no serían suficientes. Como le he dicho, yo he tardado más de treinta años.
»Después elaboré un programa para que la computadora examinara todas esas fábulas en busca de componentes comunes, y busqué una transformación que eliminara las verdaderas imposibilidades. Fui haciendo un modelo de cómo debió de ser la Tierra. Al fin y al cabo, si todos los seres humanos se originaron en un solo planeta, ese planeta debe representar el único hecho que todas las fábulas sobre los orígenes, todos los relatos sobre los héroes, tienen en común. Bueno, ¿quiere que entre en detalles matemáticos?
Trevize respondió:
- Ahora no, gracias, pero ¿cómo sabe que sus matemáticas no le engañarán? Sabemos con certeza que Términus fue fundado hace sólo cinco siglos y que los primeros seres humanos llegaron como una colonia desde Trántor, pero habían sido seleccionados por docenas, si no por centenares, en otros mundos. Sin embargo, alguien que no lo supiera podría suponer que Hari Seldon y Salvor Hardin, ninguno de los cuales nació en Términus, procedían de la Tierra, y que Trántor era el nombre que designaba a la Tierra. Indudablemente, si se emprendiera la búsqueda del Trántor descrito en tiempos de Seldon, un mundo revestido de metal, no se encontraría y podría ser considerado una fábula imposible.
Pelorat parecía complacido.
- Retiro mi observación anterior sobre soldados y políticos, mi querido amigo. Tiene usted una gran intuición. Naturalmente, tuve que establecer controles. Inventé un centenar de falsedades basadas en deformaciones de la historia real e imitaciones de fábulas del tipo que yo había reunido. Después traté de incorporar mis invenciones al modelo. Una de ellas incluso estaba basada en la historia reciente de Términus. La computadora las rechazó todas. Absolutamente todas. Sin duda, eso también podría significar que carezco de inventiva para idear algo razonable, pero hice lo que pude.
- Estoy seguro de ello, Janov. ¿Qué le dijo su modelo respecto a la Tierra?
- Una serie de cosas con diversos grados de verosimilitud. Una especie de perfil. Por ejemplo, aproximadamente un noventa por ciento de los planetas habitados de la Galaxia tienen períodos rotativos de veintidós a veintiséis Horas de Tiempo Galáctico.
Pues bien...
Trevize le interrumpió.
- Confío en que no prestara atención a eso, Janov. Ahí no hay misterio. Para que un planeta sea habitable, no debe girar con tal rapidez que la circulación de aire produzca condiciones tormentosas imposibles, ni con tal lentitud que la variación de temperatura sea extrema. Es una propiedad autoselectiva.
Los seres humanos prefieren vivir en planetas con características adecuadas y después, cuando todos los planetas habitables tienen características parecidas, algunos dicen: « ¡Qué asombrosa coincidencia!», cuando no es nada asombroso y ni siquiera una coincidencia.
- De hecho - dijo Pelorat con tranquilidad -, éste es un fenómeno muy conocido en la ciencia social. En física también, me parece..., pero yo no soy físico y no estoy seguro de ello. En todo caso, se llama «principio antrópico». El observador influye sobre los sucesos que observa por el simple hecho de observarlos o estar allí para observarlos. Pero la pregunta es: ¿Dónde está el planeta que sirvió de modelo? ¿Qué planeta gira precisamente en un Día de Tiempo Galáctico o Veinticuatro Horas de Tiempo Galáctico?
Trevize pareció pensativo y echó hacia fuera el labio inferior.
- ¿Cree que podría ser la Tierra? El tiempo galáctico pudo basarse en las características locales de cualquier mundo, ¿no es verdad?
- No es probable. No se ajustaría a la forma de ser del hombre. Trántor fue el mundo-capital de la Galaxia durante doce mil años, el mundo más populoso durante veinte mil años, pero no impuso su período rotativo de 1,08 Días de Tiempo Galáctico en toda la Galaxia. Y el período rotativo de Términus es 0,91 DTG, a pesar de lo cual no lo hacemos valer en los planetas dominados por nosotros. Cada planeta utiliza sus propios cálculos particulares en su propio sistema de Días Planetarios Locales, y para cuestiones de importancia interplanetaria se establecen valores, con la ayuda de computadoras, entre los DPL y los DTG. ¡El Día de Tiempo Galáctico debe proceder de la Tierra!
- ¿Por qué debe?
- En primer lugar, la Tierra fue una vez el único mundo habitado, de modo que su día y año debían ser las normas por las que se regían, y muy probablemente continuaron siéndolo, por inercia social, a medida que se poblaban otros mundos. Además, el modelo que yo hice era el de una Tierra que giraba sobre su eje en sólo veinticuatro Horas de Tiempo Galáctico y que giraba en torno a su sol en sólo un Año de Tiempo Galáctico.
- ¿No podría ser una coincidencia?
Pelorat se echó a reír.
- Ahora es usted quien habla de coincidencias. ¿ Se atrevería a apostar que una cosa así es una coincidencia?
- De acuerdo, de acuerdo - murmuró Trevize.
- De hecho, esto no es todo. Hay una arcaica medida de tiempo llamada mes...
- He oído hablar de ella.
- Al parecer, corresponde al período de revolución del satélite de la Tierra alrededor de la Tierra. Sin embargo...
- ¿Sí?
- Bueno, uno de los factores más asombrosos del modelo es que el satélite que acabo de mencionar es enorme; mide más de una cuarta parte del diámetro de la misma Tierra.
- Jamás he oído nada igual, Janov. No hay un solo planeta habitado en toda la Galaxia con un satélite así.
- Pero eso es bueno - dijo Pelorat con animación -. Si la Tierra es un mundo único en su producción de especies diferenciadas y en la evolución de la inteligencia, necesitamos alguna singularidad física.
- Pero ¿qué relación podría tener un satélite grande con las especies diferenciadas, la inteligencia, y todo eso?
- Bueno, ha puesto el dedo en la llaga. No lo sé con exactitud. Pero vale la pena estudiarlo, ¿no cree?
Trevize se puso en pie y cruzó los brazos sobre el pecho.
- ¿Dónde está el problema, entonces? Consulte las estadísticas sobre planetas habitados y encuentre uno que tenga un período de rotación. y de revolución de un Día de Tiempo Galáctico y un Año de Tiempo Galáctico respectivamente. Y si también, posee un satélite gigantesco, habrá encontrado lo que busca. Deduzco, por eso de que «se me ha ocurrido una excelente posibilidad», que ya ha hecho todo esto, y que ha encontrado su mundo.
Pelorat pareció desconcertada.
- Pues, verá, esto no es exactamente lo que sucedió. Es cierto que repasé las estadísticas, o al menos se lo encargué al departamento de astronomía y..., bueno, para decirlo sin rodeos, ese mundo no existe.
Trevize volvió a sentarse bruscamente.
- Pero eso echa por tierra todo su argumento.
- No del todo, creo yo.
- ¿Cómo que no del todo? Hace un modelo con toda clase de descripciones detalladas y no logra encontrar nada que concuerde. Entonces, su modelo no sirve para nada. Tiene que empezar desde el principio.
- No. Esto sólo significa que las estadísticas sobre los planetas habitados son incompletas. Al fin y al cabo, hay decenas de millones de ellos, y algunos son mundos muy oscuros. Por ejemplo, no hay datos exactos sobre la población de casi la mitad.
Y respecto a seiscientos cuarenta mil mundos habitados casi no hay más información que sus nombres, y a veces su localización. Algunos galactógrafos han estimado que puede haber hasta diez mil planetas habitados que ni siquiera figuran en la lista. Presumiblemente, los mundos lo prefieren así. Durante la Era Imperial, esto pudo ayudarles a evitar los impuestos.
- Y en los siglos que siguieron - dijo Trevize con cinismo -, pudo ayudarles a constituirse en una base para los piratas, lo cual seguramente se reveló más productivo que el comercio ordinario.
- Yo no sé nada de eso - dijo Pelorat en tono de duda.
Trevize prosiguió:
- De todos modos, creo que la Tierra tendría que estar en la lista de planetas habitados, cualesquiera que fuesen sus propios deseos. Por definición, sería el más viejo de todos ellos, y no pudo ser pasado por alto en los primeros siglos de civilización galáctica. Y una vez en la lista, permanecería en ella. No hay duda de que también ahora podemos contar con la inercia social.
Pelorat titubeó y pareció angustiado.
- En realidad, hay... hay un planeta llamado Tierra en la lista de planetas habitados.
Trevize lo miró con asombro.
- Tengo la impresión de que, hace un rato, me ha dicho que la Tierra no figuraba en la lista.
- Como la Tierra, así es. Sin embargo, hay un planeta llamado Gaia.
- ¿Qué tiene eso que ver? ¿Gahyah?
- Se deletrea G-A-I-A. Significa «Tierra».
- ¿Por qué significaría Tierra, Janov, en vez de cualquier otra cosa? Ese nombre no tiene sentido para mí.
El rostro normalmente inexpresivo de Pelorat se distendió en algo semejante a una mueca.
- No sé si creerá lo que voy a decirle... Si me guío por mi análisis de las leyendas, en la Tierra había varios idiomas distintos, mutuamente ininteligibles.
- ¿Qué?
- Si. Al fin y al cabo, nosotros tenemos mil modos de hablar distintos en toda la Galaxia...
- Es cierto que en toda la Galaxia hay variaciones dialécticas, pero no son mutuamente ininteligibles. Y aunque comprender algunas, de ellas sea un poco difícil, todos compartimos el idioma galáctico.
- Desde luego, pero hay constantes viajes interestelares. ¿Y si algún mundo estuviera aislado durante un largo período?
- Pero usted habla de la Tierra. Un solo planeta. ¿Dónde está el aislamiento?
- No olvide que la Tierra es el planeta de origen, donde en una época la humanidad debió ser más primitiva de lo imaginable. Sin viajes interestelares, sin computadoras, sin tecnología de ninguna clase, evolucionando a partir de antepasados no humanos.
- Es tan ridículo...
Pelorat bajó la cabeza con evidente turbación.
- Quizá sea mejor no hablar de ello, querido muchacho. Nunca he conseguido que resultara convincente para nadie. Es culpa mía, estoy seguro.
Trevize se mostró instantáneamente contrito.
- Janov, le pido perdón. He hablado sin pensar. Después de todo, éstos son puntos de vista a los que no estoy acostumbrado. Usted ha estado desarrollando sus teorías durante más de treinta años, mientras que yo es la primera vez que las oigo. Tiene que ser indulgente. Escuche, me imaginaré que la Tierra está habitada por unos seres primitivos que hablan dos lenguas completamente distintas y mutuamente ininteligibles...
- Media docena, tal vez - dijo Pelorat con timidez -. Es posible que la Tierra estuviera dividida en varias áreas de tierra, y es posible que, al principio, no hubiera comunicaciones entre ellas. Los habitantes de cada área de tierra debieron desarrollar una lengua individual.
Trevize aventuró con cautelosa gravedad:
- Y es posible que en cada una de estas áreas de tierra, una vez se tuvo conocimiento de las demás, debatieran la «Cuestión del Origen» y se preguntaran en cuál de ellas los seres humanos habían surgido de otros animales por primera vez.
- Es muy posible, Golan. Sería una actitud muy natural por su parte.
- Y en una de estas lenguas, Gaia significa Tierra. Y la misma palabra «Tierra» se deriva de otra de esas lenguas.
- Sí, sí.
- Y mientras que el idioma galáctico se derivó de la lengua en que «Tierra» significa «Tierra», los habitantes .de la Tierra llaman «Gaia» a su planeta porque así se le designaba en otra de sus lenguas.
- ¡Exactamente! Es usted muy rápido, Golan.
- Pero a mí me parece que no es necesario hacer un misterio de todo esto. Si Gaia es realmente la Tierra, a pesar de la diferencia de nombres, Gaia, según su argumento anterior, debe tener un periodo de rotación de un Día Galáctico, un período de revolución de un Año Galáctico, y un satélite gigantesco que gira a su alrededor en un mes.
- Si, tendría que ser así.
- Pero, ¿reúne o no reúne estos requisitos?
- No lo sé. La información no consta en las tablas.
- ¿En serio? Entonces, Janov, ¿qué le parece si vamos a Gaia y cronometramos sus períodos y observamos su satélite?
- Me gustaría, Golan - titubeó Pelorat -. Lo malo es que su localización tampoco consta en ningún sitio.
- ¿Quiere decir que todo lo que tiene es el nombre y nada más, y que ésta es su excelente posibilidad?
- ¡Precisamente por este motivo quiero ir a la Biblioteca Galáctica!
- Bueno, espere. Dice que las tablas no dan la situación exacta. ¿Dan algún tipo de información?
- Lo sitúan en el sector. de Sayshell... y añaden un interrogante.
- Entonces... Janov, no se desanime. ¡Iremos al sector de Sayshell y nos las arreglaremos para encontrar Gaia!.




7 CAMPESINO


23


Stor Gendibal corría a ritmo moderado por el camino rural cercano a la universidad. No era habitual que los miembros de la Segunda Fundación se internaran en el mundo campesino de Trántor. Indudablemente, podían hacerlo, pero cuando lo hacían, no llegaban muy lejos ni estaban demasiado rato.
Gendibal era una excepción y, en tiempos pasados, se había preguntado por qué. Formularse toda clase de preguntas significaba explorar la propia mente, algo que los oradores, en particular, eran alentados a hacer. Sus mentes eran simultáneamente sus armas y sus blancos, y tenían que estar bien entrenados tanto en el ataque como en la defensa.
Gendibal había llegado a la conclusión, muy satisfactoria para él, de que era diferente porque procedía de un planeta más frío y más macizo que la media de los planetas habitados. Cuando le llevaron a Trántor siendo un muchacho (a través de la red tendida secretamente sobre la Galaxia por agentes de la Segunda Fundación en busca de talento), se encontró, por lo tanto, en un campo de gravedad más ligero y un clima deliciosamente suave. Naturalmente disfrutaba más que otros estando al aire libre.
Durante sus primeros años en Trántor adquirió conciencia de su constitución menuda y enclenque, y temió que el asentamiento en la comodidad de un mundo benigno le volviera realmente fofo. Por lo tanto, empezó a realizar una serie de ejercicios físicos que, a pesar de no haber transformado su apariencia, lo mantenían fuerte y ágil. Parte de su régimen eran estos largos paseos, sobre los que murmuraban algunos miembros de la Mesa de Oradores. Gendibal hacía caso omiso de sus habladurías.
Mantenía sus propias costumbres, pese al hecho de pertenecer a una primera generación. Todos los demás miembros de la Mesa pertenecían a una segunda o tercera generación, y tenían padres y abuelos que habían sido integrantes de la Segunda Fundación. Además, eran mayores que él. Así pues, ¿qué podía esperarse más que murmuraciones?
Según una vieja costumbre, todas las mentes de la Mesa de Oradores estaban abiertas (supuestamente en su totalidad, aunque era raro el orador que no mantuviera un rincón de intimidad en alguna parte, a la larga inútilmente, claro) y Gendibal sabía que lo que sentían era envidia. Ellos también lo sabían, del mismo modo que Gendibal sabía que su propia actitud era defensiva, para compensar su ambición.
Y ellos tampoco lo ignoraban.
Además (la mente de Gendibal volvió a las razones de sus paseos por el campo), había pasado su infancia en un mundo completo, extenso y hermoso, con paisajes grandiosos y variados, y en un fértil valle de ese mundo, rodeado por lo que él consideraba la cordillera más bella de la Galaxia, que resultaba increíblemente espectacular en el riguroso invierno de ese mundo. Recordó su antiguo mundo y las glorias de una infancia ya lejana. Soñaba a menudo con ello. ¿Cómo podía resignarse a permanecer confinado en unas pocas docenas de kilómetros cuadrados de arquitectura antigua?
Miró despectivamente a su alrededor mientras corría. Trántor era un mundo benigno y agradable, pero no escarpado y hermoso. A pesar de ser un mundo agrícola, no era un planeta fértil.
Nunca lo había sido. Quizás esto, junto con otros factores, fue la razón de que se convirtiera en el centro administrativo de, primero, una extensa unión de planetas, y después un Imperio Galáctico. No tenía ninguna cualidad especial para ser otra cosa. No era extraordinariamente bueno en ningún sentido.
Tras el Gran Saqueo, lo único que mantuvo a Trántor en pie fue sus enormes reservas de metal. Era una gran mina que abastecía a medio centenar de mundos de acero de aleación, aluminio, titanio, cobre, magnesio... De este modo devolvía lo que había acumulado durante miles de años, y sus existencias se reducían a una velocidad cientos de veces superior a la velocidad original de acumulación.
Aún había enormes reservas de metal, pero estaban bajo tierra y era difícil llegar a ellas. Los campesinos hamenianos (que nunca se llamaban a sí mismos «trantoríanos», término que ellos consideraban de mal agüero y, por lo tanto, los miembros de la Segunda Fundación se reservaban para sí) se mostraban reacios a seguir tratando con el metal. Superstición, indudablemente.
Una insensatez por su parte. El metal que permanecía bajo tierra bien podía estar envenenando el suelo y mermando aún más su fertilidad. Y sin embargo, por otro lado, la población estaba muy extendida y vivían de la tierra. Y siempre había alguna venta de metal.
Los ojos de Gendibal recorrieron el llano horizonte. Trántor estaba geológicamente vivo, como casi todos los planetas habitados, pero habían transcurrido cien millones de años, por lo menos, desde que tuvo lugar el último período geológico importante de formación montañosa. Todas las altiplanicies existentes habían sido erosionadas hasta convertirse en colinas suaves. En realidad, muchas de ellas habían sido allanadas durante el gran período de revestimiento metálico de la historia de Trántor.
Al sur, más allá del alcance de la vista, estaba la Costa de capital Bay, y aun más allá, el océano Oriental; ambos se habían vuelto a formar tras la rotura de las cisternas subterráneas.
Hacia el norte estaban las torres de la universidad galáctica, oscureciendo la biblioteca (que era comparativamente más achatada y ancha, y subterránea en su mayor parte), y los restos del Palacio Imperial, todavía más al norte.
A su alrededor había granjas en las cuales se veía algún edificio de vez el cuando. Pasó junto a grupos de vacas, cabras y gallinas, la amplia variedad de animales domésticos que se encontraba en cualquier granja trantoriana. Ninguno de ellos le prestó atención.
Gendibal pensó que en cualquier lugar de la Galaxia, en cualquiera de los muchos mundos habitados, vería esos mismos animales, y que en ninguno de ellos serían exactamente iguales. Recordó las cabras de su hogar y su dócil cabrita particular a la que en otros tiempos había ordeñado. Eran mucho más grandes y resueltas que los pequeños y filosóficos ejemplares traídos a Trántor y criados allí desde el Gran Saqueo. En todos los mundos habitados de la Galaxia había variedades de cada uno de estos animales en número imposible de calcular, y no había hombre alguno en ningún mundo que no jurara por su variedad favorita, ya fuera por su carne, su leche, sus huevos, su lata, o lo que pudiera producir.
Como de costumbre, no había ningún hameniano a la vista. Gendibal tenía el presentimiento de que los campesinos procuraban no dejarse ver por los que ellos llamaban «serios» (una degeneración, quizá deliberada, de la palabra «sabios» en su dialecto). Otra superstición.
Gendibal alzó los ojos hacia el sol de Trántor. Estaba bastante alto, pero su calor no era opresivo. En ese lugar, en esa latitud, el calor nunca agobiaba y el frío nunca helaba. (Gendibal incluso añoraba el frío intenso algunas veces, o eso se imaginaba. Nunca había vuelto a su mundo de origen. Quizá, se confesaba a sí mismo, porque no quería desilusionarse.)
Tuvo la agradable sensación de unos músculos flexibles y ejercitados al máximo, y decidió que ya había corrido bastante. Redujo la velocidad a un paso normal, respirando profundamente.
Ya estaba dispuesto para la próxima reunión de la Mesa y para un último empujón que provocara un cambio de política, una nueva actitud que reconociera el creciente peligro de la Primera Fundación y otros lugares, y que pusiera fin a la fatal confianza en el «perfecto» funcionamiento del Plan. ¿Cuándo comprenderían que la misma perfección era la señal dé peligro más clara?
De haberlo propuesto cualquier otro, habría sido aceptado sin problemas, y él lo sabia. Tal como estaban las cosas, habría problemas, pero lo aceptarían de todos modos, pues el viejo Shandess le respaldaba e indudablemente continuaría haciéndolo.
No desearía figurar en los libros de historia como el único primer orador bajo el cual la Segunda Fundación se había marchitado.
¡Hameniano!
Gendibal se sobresaltó. Fue consciente del lejano zarcillo mental mucho antes de ver a la persona. Era una mente hameniana, de campesino, burda y nada sutil. Gendibal se retiró cautelosamente, dejando una huella tan ligera que resultara imposible de descubrir. La política de la Segunda Fundación era muy firme en este aspecto. Los campesinos eran los inconscientes protectores de la Segunda Fundación. Había que interferir lo menos posible.
Cualquiera que visitara Trántor por negocios o turismo nunca veía nada más que campesinos, y quizás algunos sabios insignificantes que vivían en el pasado. Si los campesinos desaparecían o su inocencia era alterada, los sabios serían más conspicuos y eso tendría resultados catastróficos. (Esta era una de las demostraciones clásicas que los universitarios novatos debían realizar por sí solos. Las tremendas desviaciones exhibidas en el Primer Radiante, cuando las mentes de los campesinos sufrían la más ligera alteración, eran asombrosas.)
Gendibal lo vio. Indudablemente era un campesino, hameniano hasta la médula. Casi parecía una caricatura de lo que debía ser un campesino trantoriano: alto y corpulento, de piel morena, toscamente vestido, con los brazos desnudos, el cabello oscuro, los ojos oscuros, y una torpe manera de andar. Gendibal incluso creyó percibir su olor a establo. (No debía despreciarlos tanto, pensó. A Preem Palver no le había importado desempeñar el papel de campesino cuando fue necesario para sus planes. Vaya un granjero debió de ser; bajo, rollizo y apacible. Fue su mente lo que engañó a la joven Arkady, no su cuerpo.)
El campesino se iba acercando a él, caminando torpemente, mirándolo sin disimulo, cosa que hizo fruncir el ceño a Gendibal. Ningún hameniano, fuera hombre o mujer, lo había mirado jamás de ese modo. Incluso los niños echaban a correr y escudriñaban desde lejos.
Gendibal no aflojó su propio paso. Había espacio suficiente para cruzarse con el otro sin un comentario o una mirada, y eso sería lo mejor. Decidió mantenerse alejado de la mente del campesino.
Gendibal se hizo a un lado, pero el campesino no siguió adelante. Se detuvo, separó las piernas, extendió sus fornidos brazos como para cerrarle el paso y dijo:
- ¡Hey! ¿Ser tú serio?
Aunque lo intentó, Gendibal no pudo dejar de percibir la oleada de belicosidad que surgió de aquella mente. Se detuvo. Sería imposible intentar pasar de largo sin conversación, y eso resultaría, en sí mismo, una labor fatigosa. Habituado como estaba a la veloz y sutil interacción de sonido, expresión, pensamiento y mentalidad que se combinaban para formar la comunicación entre los miembros de la Segunda Fundación, era muy fastidioso recurrir únicamente a la combinación de palabras. Era como levantar una piedra con el brazo y el hombro, teniendo una palanca al lado.
Gendibal contestó, tranquilamente y con cautelosa falta de emoción:
- Soy un sabio. Sí.
- ¡Hey! Tú soy un serio. ¿No hablas tú como uno? ¿Y no puedo yo ver que tú ser uno o soy uno?
- Inclinó burlonamente la cabeza -. Siendo, como tú ser, pequeño y débil y pálido y orgulloso.
- ¿Qué quieres de mí, hameniano? – preguntó Gendibal, impasible.
- Yo ser llamado Rufirant. Y Karoll ser mi primero. - Su acento se tornó perceptiblemente más hameniano. Arrastraba las erres con un sonido gutural.
Gendibal dijo:
- ¿Qué quieres de mi, Karoll Rufirant?
  -¿Y cómo ser tú llamado, serio?
- ¿Acaso importa? Puedes continuar llamándome «sabio».
- Si yo pregunto, importa que tú contestes, pequeño serio orgulloso.
- Bueno, en ese caso, me llamo Stor Gendibal y ahora debo atender a mis asuntos.
- ¿Cuáles ser tus asuntos? .
Gendibal notó que se le erizaba el vello de la nuca. Había otras mentes presentes. No necesitó volverse para saber que había otros tres hamenianos detrás de él. Algo más lejos había otros. El olor a campesino era fuerte.
- Mis asuntos, Karoll Rufirant, no son de vuestra incumbencia.
- ¿Verdad? - Rufirant alzó la voz -. Compañeros, dice que sus asuntos no ser nuestros.
Hubo una carcajada a su espalda y se oyó una voz.
- Dice verdad, porque sus asuntos ser los libros y las computadoras, y eso ser malo para los verdaderos hombres.
- Cualesquiera que sean mis asuntos - dijo Gendibal con firmeza -, ahora debo marcharme.
- ¿Y cómo harás eso, serio? - preguntó Rufirant.
- Pasando junto a ti.
- ¿Tú lo intentarías? ¿Tú no temerías ser detenido?
- ¿Por ti y todos tus compañeros? ¿O por ti solo?
- Gendibal adoptó súbitamente el dialecto hameniano -. ¿Tener miedo de luchar solo?
Estrictamente hablando, no era correcto pincharle de esa manera, pero impediría un ataque en masa y había que impedirlo, con objeto de que no provocara una indiscreción aún mayor por su parte.
Dio resultado. La expresión. de Rufirant se tornó amenazadora.
- Si hay miedo, librero, tú ser el que lo tienes.
Compañeros, atrás. Hacer sitio y dejarle pasar para que él vea si tengo miedo.
Rufirant levantó sus fornidos brazos y los agitó en el aire. Gendibal no temía la ciencia pugilistica del campesino; pero siempre había la posibilidad de que un golpe bien dirigido diera en el blanco.
Gendibal se acercó cautelosamente, trabajando con delicada velocidad en la mente de Rufirant. No mucho, sólo un toque imposible de detectar, pero sí lo suficiente para adormecer sus reflejos. Después se retiró, y fue introduciéndose en las de todos los demás, que ahora ya eran bastantes. La mente del orador Gendibal siguió trabajando con virtuosismo, sin quedarse en una mente el tiempo suficiente para dejar marca, pero si el necesario para detectar algo que pudiera resultarle útil.
Se acercó al campesino con prudencia, alerta, consciente y aliviado de que nadie hiciera ademán de intervenir.
Rufirant atacó de repente, pero Gendibal lo leyó en su mente, antes de que uno solo de sus músculos empezara a tensarse, y se hizo a un lado. El golpe se perdió en el vacío, aunque casi le rozó. Pero Gendibal se mantuvo firme. Los otros exhalaron un suspiro colectivo.
Gendibal no intentó parar o devolver ningún golpe. Lo primero habría sido difícil sin paralizar su propio brazo y lo segundo habría sido inútil, pues el campesino lo resistiría sin dificultad.
Sólo podía manejar al hombre como si fuera un toro, obligándole a fallar. Eso serviría para desmoralizarle de un modo que una oposición directa no podría hacer.
Como un toro furioso, Rufirant cargó. Gendibal estaba preparado y se apartó lo suficiente para que el campesino fallara el golpe. Una nueva carga un nuevo fallo.
Gendibal notó que su propia respiración empezaba a silbar a través de su nariz. El esfuerzo físico era pequeño, pero el esfuerzo mental de intentar controlar sin excederse era enormemente difícil. No lo resistiría mucho más.
Oprimió ligeramente el mecanismo disparador del miedo de Rufirant, intentando despertar de un modo minimalista lo que sin duda era el supersticioso temor del campesino hacia los sabios, y dijo con la máxima tranquilidad posible:
- Ahora me marcho.
La cara de Rufirant enrojeció de ira, pero durante un momento no se movió. Gendibal percibió sus pensamientos. El pequeño sabio se había desvanecido como por arte de magia. Gendibal notó que el temor del otro aumentaba, y durante un momento...
Pero después la ira hameniana surgió con más fuerza y ahogó el miedo.
Rufirant gritó:
- ¡Compañeros! El serio ser bailarín. Salta sobre mis pies ágiles y desprecia las reglas del honesto golpe por golpe hameniano. Agarradlo. Sujetadlo.
Ahora cambiaremos golpe por golpe. El puede ser el primero en golpear, ventaja que le doy, y yo... yo seré el último.
Gendibal observó los huecos que quedaban entre aquellos que ahora lo rodeaban. Su única oportunidad era mantener una abertura el tiempo suficiente para pasar, y después echar a correr, confiando en su propia agilidad y en su capacidad para embotar la voluntad de los campesinos.
Hizo un regate tras otro, con la mente dolorida por el esfuerzo.
No daría resultado. Había demasiados y la necesidad de ajustarse a las reglas de la conducta trantoriana era demasiado constrictiva.
Notó unas manos sobre sus brazos. Lo sujetaron.
Tendría que introducirse al menos en unas cuantas de aquellas mentes. Sería inaceptable y su carrera quedaría destruida. Pero su vida, su propia vida estaba en peligro.
¿Cómo había sucedido una cosa así?

24


La reunión de la Mesa no estaba completa. No era costumbre esperar si algún orador llegaba tarde. Además, pensó Shandess, la Mesa tampoco estaba en disposición de esperar. Stor Gendibal era el más joven y no parecía consciente de este hecho. Actuaba como si la juventud fuese una virtud en si misma y la edad una cuestión de negligencia por parte de aquellos que deberían ser más sabios. Gendibal no gozaba del aprecio de los demás oradores. Pero éste no era el asunto que ahora se debatía.
Delora Delarmi interrumpió su ensoñación. Estaba mirándolo con sus grandes ojos azules, y su redonda cara, con su acostumbrado aire de inocencia y cordialidad, encubría una mente aguda (para todos excepto para los miembros de la Segunda Fundación de su propio rango) y ferocidad de concentración. Con una sonrisa, dijo:
- Primer orador, ¿seguimos esperando? - la reunión aún no había sido declarada oficialmente abierta de modo que, estrictamente hablando, podía iniciar la conversación, aunque otro habría esperado que Shandess hablara primero por respeto a su título.
Shandess la miró con benevolencia, a pesar de la leve falta de cortesía.
- Normalmente no lo haríamos, oradora Delarmi, pero ya que la Mesa se reúne precisamente para oír al orador Gendibal, es aconsejable quebrantar la costumbre.
- ¿Dónde está, primer orador?
- Eso, oradora Delarmi, no lo sé.
Delarmi miró en torno al rectángulo de caras.
Estaba el primer orador y lo que debería haber sido otros once oradores. Sólo doce. A lo largo de cinco siglos, la Segunda Fundación había aumentado sus atribuciones y sus deberes, pero todos los intentos para aumentar el número de miembros de la Mesa más allá de doce habían fracasado.
Habían sido doce tras la muerte de Seldon, cuando el segundo primer orador (el propio Seldon siempre había sido considerado como el primero de ellos) lo decidió así, y seguían siendo doce.
¿Por qué doce? Este número podía dividirse fácilmente en grupos de idéntico tamaño. Era suficientemente pequeño para consultarse como un todo y suficientemente grande para trabajar en subgrupos. Mayor, habría sido difícil de manejar; menor, demasiado inflexible.
Eso decían las explicaciones. De hecho, nadie sabía por qué había sido elegido ese número, o por qué debía ser inmutable. Pero, bueno, incluso la Segunda Fundación podía ser esclava de la tradición.
Delarmi sólo requirió un fugaz momento para que su mente pasara revista a la cuestión, mientras miraba una cara tras otra, y una mente tras otra, y después, sardónicamente, el asiento vacío, el asiento del orador más nuevo.
Le satisfacía que nadie simpatizara con Gendibal. En su opinión, el joven tenía todo el encanto de un ciempiés y había que tratarlo como tal. Hasta entonces, sólo su incuestionable capacidad y talento habían impedido que alguien propusiera abiertamente un juicio de expulsión. (Sólo dos oradores habían sido residenciados, aunque no condenados, durante los cinco siglos de historia de la Segunda Fundación.)
Sin embargo, el evidente desprecio que implicaba
faltar a una reunión de la Mesa era peor que muchas ofensas, y a Delarmi le satisfizo observar que la predisposición a un juicio había aumentado considerablemente.
- Primer orador, si usted ignora el paradero del Orador Gendibal, yo tendré sumo gusto en decírselo - manifestó.
- ¿Sí, oradora?
- ¿Quién de nosotros no sabe que ese joven no utilizó ningún tratamiento honorífico para designarle y, naturalmente, todos lo notaron - encuentra continuos pretextos para estar entre los hamenianos? No se cuales pueden ser esos pretextos, pero en este momento está con ellos y su interés por ellos es suficientemente importante para tener prioridad sobre esta Mesa.
- Creo - dijo otro de los oradores - que únicamente anda o corre como una forma de ejercicio físico.
Delarmi volvió a sonreír. Le gustaba sonreír, No le costaba nada.
- La universidad, la biblioteca, el palacio y todos los terrenos que los rodean son nuestros. Es pequeño en comparación con el planeta entero, pero hay espacio suficiente, creo yo, para el ejercicio físico.., Primer orador, ¿no deberíamos empezar?
El primer orador suspiró interiormente. Tenía plenos poderes para seguir haciendo esperar a la Mesa, o incluso para aplazar la reunión hasta un momento en que Gendibal estuviera presente. Sin embargo, ningún primer orador podía desenvolverse satisfactoriamente durante mucho tiempo sin el apoyo, al menos pasivo, de los demás oradores, y nunca era aconsejable irritarles, Incluso Preem Palver había tenido que recurrir alguna vez a los halagos para salirse con la suya. Además, la ausencia de Gendibal era irritante, aun para el primer orador. El joven orador necesitaba saber que no era tan importante como suponía.
Y ahora, como primer orador, fue el primero en hablar, diciendo:
- Empezaremos. El orador Gendibal ha expuesto algunas deducciones sorprendentes basadas en los datos del Primer Radiante. Cree que hay una organización que trabaja para mantener el Plan Seldon más eficientemente que nosotros mismos, y que lo hace en su propio beneficio. Por lo tanto, él opina que debemos averiguar algo más al respecto para poder defendernos. Todos ustedes, ya han sido informados sobre el tema, y esta reunión es para darles la oportunidad de interrogar al orador Gendibal, a fin de poder llegar a alguna conclusión sobre la política futura.
De hecho, era incluso innecesario decir tanto. Shandess mantuvo su mente abierta de modo que todos lo sabían, Hablar era una cuestión de cortesía.
Delarmi miró rápidamente a su alrededor. Los otros diez parecían dispuestos a dejarle asumir el papel de portavoz anti-Gendibal.
Sin embargo, Gendibal - volvió a omitir el tratamiento honorífico - no sabe y no puede decir qué o quién es esa otra organización. Lo formuló inequívocamente como una afirmación que rozaba la descortesía. Fue tanto como decir: Puedo analizar su mente; no necesita molestarse en explicar nada.
El primer orador percibió la descortesía y tomó una rápida decisión de hacer caso omiso de ella.
- El hecho de que el orador Gendibal – evito puntillosamente la omisión del tratamiento honorífico y ni siquiera recalcó el hecho subrayándolo- no sepa y no pueda decir qué es la otra organización, no significa que no exista. Los habitantes de la Primera Fundación, a lo largo de casi toda su historia, no sabían virtualmente nada de nosotros y, de hecho, ahora apenas saben algo más. ¿.Dudan ustedes de nuestra existencia?
- Esto no significa - dijo Delarmi - que, porque nosotros seamos desconocidos y no obstante existamos, cualquier cosa, a fin de existir, sólo necesite ser desconocida. - Y se rió alegremente.
- Muy. cierto. Este es el motivo por el que la aseveración del orador Gendibal debe ser examinada cuidadosamente. Se basa en una rigurosa deducción matemática, que yo mismo he revisado y que todos ustedes deberían estudiar. No es - buscó el matiz mental que mejor expresara su opinión - antilógico.
- ¿Y ese miembro de la Primera Fundación, Golan Trevize, que ronda por su mente pero que usted no menciona? - Otra descortesía y esta vez el primer orador enrojeció un poco.
- El orador Gendibal cree que ese hombre, Trevize, es el instrumento, quizás inconsciente, de esa Organización y que no debemos hacer caso omiso de él - respondió el primer orador.
- Si - dijo Delarmi, reclinándose en su asiento y echando hacia atrás su cabello gris - esa organización, sea lo que sea, existe, y si es peligrosamente poderosa por sus aptitudes mentales y tan secreta, ¿puede estar maniobrando tan abiertamente por medio de alguien tan conspicuo como un consejero exilado de la Primera Fundación?
El primer orador dijo gravemente:
- Podría pensarse que no. Sin embargo, yo he observado algo de lo más alarmante. No lo comprendo.
- De un modo casi involuntario, sepultó el pensamiento en su mente, avergonzado de que los otros pudieran verlo.
Todos los oradores advirtieron la acción mental, y, tal como estaba rigurosamente prescrito, respetaron la vergüenza. Delarmi también lo hizo, pero lo hizo con impaciencia.
- ¿Podemos suplicar que nos permita conocer sus pensamientos, ya que comprendemos y perdonamos la vergüenza que usted pueda sentir? - preguntó utilizando la fórmula adecuada.
El primer orador dijo:
- Como ustedes, yo no veo por qué deberíamos suponer que el consejero Trevize es un instrumento de la otra organización, o a qué fin podría servir si lo fuera. Sin embargo, el orador Gendibal parece seguro de ello, y nadie puede desestimar el posible valor intuitivo de quien ha llegado a ser orador. Por lo tanto, intenté aplicar el Plan a Trevize.
- ¿A una sola persona? - dijo uno de los oradores con sorpresa, y luego indicó su contrición por haber acompañado la pregunta con un pensamiento que equivalía claramente a: ¡Qué tonto!
- A una sola persona - dijo el primer orador -, y tiene usted razón. ¡Qué tonto soy! Sé muy bien que el Plan no puede aplicarse a una sola persona, ni siquiera a pequeños grupos de personas. No obstante, tenía curiosidad. Extrapolé las intersecciones interpersonales más allá de los límites razonables, pero lo hice de dieciséis modos distintos y escogí una región más que un punto. Después utilicé todos los detalles que sabemos acerca de Trevize, un consejero de la Primera Fundación nunca pasa completamente desapercibido, y de la alcaldesa de la Fundación. Entones lo mezclé todo, sin orden ni concierto, me temo. - Hizo Una pausa.
- ¿Y bien? - dijo Delarmi -. Deduzco que... ¿Fueron sorprendentes los resultados? .
- Como todos ustedes ya habrán supuesto, no hubo resultados de ninguna clase - dijo el primer orador -. No se puede hacer nada con una sola persona, y sin embargo..., y sin embargo...
- ¿Y sin embargo?
- He pasado cuarenta años analizando resultados y estoy acostumbrado a tener una clara sensación de cuáles serán los resultados antes de analizarlos; y me he equivocado pocas veces. En este caso, a pesar de que no hubo resultados, tuve la firme sensación de que Gendibal estaba en lo cierto y Trevize debía ser vigilado.
- ¿Por qué, primer orador? - preguntó Delarmi, claramente desconcertada por la firme sensación en la mente del primer orador.
- Me siento avergonzado - dijo el primer orador - por haber cedido a la tentación de usar el Plan para un fin que no le corresponde. Me siento mucho más avergonzado ahora por dejarme influir por algo que es puramente intuitivo. Sin embargo, debo hacerlo, pues la sensación es muy fuerte. Si el orador Gendibal está en lo cierto, si nos amenaza un peligro desconocido, tengo la sensación de que cuando llegue el momento de la crisis, será Trevize quien tenga y juegue la carta decisiva.
- ¿En qué se basa para sentir así? - dijo Delarmi, escandalizada.
El primer orador Shandess miró en torno a, la mesa con expresión desconsolada.
- No tengo ninguna base. Las matemáticas psicohistóricas no revelan nada, pero cuando observé la interacción de relaciones, me pareció que Trevize era la clave de todo. Hay que prestar atención a ese joven.

25


Gendibal comprendió que no regresaría a tiempo para incorporarse a la reunión de la Mesa. Incluso era posible que no regresara nunca.
Lo sujetaban con firmeza y sondeó desesperadamente a su alrededor para descubrir cómo podía obligarles a soltarlo.
Rufirant se encontraba ahora frente a él exultante.
- ¿Estar preparado ahora, serio? Golpe por golpe, porrazo por porrazo, al estilo hameniano. Vamos, tú ser el más pequeño; golpea el primero.
- Entonces, ¿te sujetará alguien a ti, igual que a mí? - preguntó Gendibal.
Rufirant dijo:
- Soltadle. Nah, nah. Sólo los brazos. Dejad libre los brazos, pero sujetad fuerte las piernas. No queremos bailes.
Gendibal se sintió clavado al suelo. Sus brazos estaban libres.
- Golpea, serio - dijo Rufirant -. Danos un golpe.
Y entonces la inquisidora mente de Gendibal encontró algo que respondió: indignación, un sentimiento de injusticia y pena. No tenía alternativa; debería correr el riesgo de un fortalecimiento total y después improvisar sobre la base de...
¡No hubo necesidad! No había tocado esta nueva mente, pero reaccionó como él habría deseado Exactamente.
De pronto se dio cuenta de que una pequeña figura, robusta, con el cabello negro, largo y enmarañado, y los brazos extendidos entró rápidamente en su campo de visión y empujó con brusquedad al campesino hameniano.
La figura pertenecía a una mujer. Gendibal pensó con severidad que era una consecuencia de su gran tensión y preocupación no haber reparado en ello hasta que sus ojos así se lo dijeron.
- ¡Karoll Rufirant! - chilló al campesino -. ¡Tú  ser bruto y cobarde! ¿Golpe por golpe, al estilo hameniano? Tú ser dos veces el tamaño del serio. Estarás en más peligro atacándome a mí. ¿Hay fama en empellar a un pobre escuálido? Hay vergüenza, estoy pensando. Serán un buen montón de dedos señalando y todos dirán: «Ese ser Rufirant, famoso pega-bebés.» Será risa, estoy pensando, y ningún hameniano decente beberá contigo... y ninguna hameniana decente andará contigo.
Rufirant intentaba contener el torrente, parando los golpes que ella le dirigía, respondiendo débilmente con un apaciguador: «Vamos, Sura. Vamos, Sura.»
Gendibal fue consciente de que las manos ya no lo sujetaban, de que Rufirant ya no lo miraba, de que las mentes de todos ellos ya no le prestaban atención.
Sura tampoco se la prestaba; su furia estaba concentrada únicamente en Rufirant. Gendibal, ya recobrado, tomó medidas para mantener esa furia y consolidar la inquietante vergüenza que llenaba la mente de Rufirant, y para hacer ambas cosas tan ligera y hábilmente que no dejaran marca. Tampoco ahora hubo necesidad.
La mujer dijo:
- Todos vosotros un paso atrás. Escuchad bien. Si no ser suficiente que este Karoll, basura ser como gigante para este famélico, tiene que haber cinco o seis más de vosotros aliados, amigos para compartir su vergüenza y volver a la granja con gloriosa historia de arrojo en pegar bebés. «Yo sujeté el brazo del escuálido», dirás tú, «y gigantesco Rufirant-tarugo le dio en la cara cuando él no estaba para devolver golpe.» Y tú dirás: «Pero yo sujeté su pie, así que dadme también gloria.» Y Rufirant-zoquete dirá: «Yo no podía tenerle en su sitio, así que mis compañeros de arado lo cogieron y, con la ayuda de los seis, le gané.»
- Pero, Sura - objetó Rufirant, casi gimoteando -, dije a serio que podía dar primer golpe.
- Y temeroso estabas de los fuertes golpes de sus delgados brazos, ¿no ser así, Rufirant-cabeza dura? Vamos. Déjale ir adonde va, y el resto de vosotros a vuestras casas derechos, si ser que estas casas aún quieren hacer un recibimiento para vosotros. Todos teníais grandes esperanzas de que las hazañas de este día ser olvidadas. Y no lo serán, por, que yo las esparciré por todas partes si me hacéis rabiar más furiosamente de lo que rabio ¿hora.
Se alejaron en silencio, con la cabeza gacha, sin volver la vista atrás.
Gendibal les siguió con la mirada, y después miró de nuevo a la mujer. Iba vestida con blusa y pantalones, y unos toscos zapatos cubrían sus pies.
Tenía la cara mojada de sudor y respiraba fuerte, mente. Su nariz era bastante grande; su pecho, voluminoso (por lo que Gendibal pudo ver a través de la holgura de la blusa); sus desnudos brazos, musculosos. Pero es que las hamenianas trabajaban en los campos junto a sus hombres.
Estaba mirándole severamente, con los brazos en jarras.
- Bueno, serio, ¿por qué estar remoloneando? Ir al Lugar de Serios. ¿Tienes miedo? ¿Te acompaño?
Gendibal olió el sudor en ropas que evidentemente no estaban recién lavadas, pero en vista de las circunstancias habría sido muy descortés mostrar repulsión.
- Le doy las gracias, señorita Sura...
- El apellido ser Novi - dijo ella con aspereza -. Sura Novi. Tú puedes decir Novi. No ser necesario decir más.
- Te doy las gracias, Novi. Has sido una gran ayuda para mí. Estaré encantado de que me acompañes, no porque tenga miedo sino por el placer de tu compañía. - Y se inclinó elegantemente, como habría podido hacerlo ante una de las jóvenes de la universidad.
Novi se ruborizó, pareció indecisa, y después trató de imitar su gesto.
- Placer.., ser mío - dijo, como buscando las palabras que expresaran adecuadamente su placer y tuvieran un cierto aire de cultura.
Echaron a andar juntos. Gendibal sabía muy bien que cada uno de sus lentos pasos le haría llegar aún más tarde a la reunión de la Mesa, pero ahora ya había tenido la oportunidad de pensar en el significado de lo ocurrido y se alegraba de prolongar el retraso.
Los edificios de la universidad se levantaban ante ellos cuando Sura Novi se detuvo y dijo vacilante:
- ¿Maestro Serio?
Al parecer, pensó Gendibal, a medida que se acercaba a lo que ella llamaba el «Lugar de los Serios», se volvía más educada. Sintió el momentáneo impulso de decir: «¿Ya no me llamas pobre escuálido?» Pero eso la habría avergonzado demasiado.
- ¿Sí, Novi?
- ¿Ser muy bonito y rico el Lugar de los Serios?
- Es bonito - dijo Gendibal.
- Una vez soñé que estar en el Lugar. Y.., y ser seria.
- Algún día - dijo Gendibal cortésmente -, te lo mostraré.
La mirada que ella le dirigió revelaba bien a las claras que no lo interpretaba como una simple muestra de cortesía.
- Sé escribir. Maestro de escuela me enseña. Si te escribo carta - procuró decirlo con indiferencia -, ¿qué pongo para que venga a ti?
- Sólo pon «Casa de Oradores, Apartamento 27», y vendrá a mí. Pero ahora debo irme, Novi.
Volvió a inclinarse, y ella volvió a tratar de imitar el movimiento. Se alejaron en direcciones opuestas y Gendibal la apartó enseguida de su mente.
En cambio pensó en la reunión de la Mesa y, especialmente, en la oradora Delora Delarmi. Sus pensamientos no eran benévolos.

8 CAMPESINA


26


Los oradores permanecían sentados alrededor de la mesa, amparados tras su escudo mental. Era como si todos, de común acuerdo, hubiesen ocultado sus pensamientos para no insultar irrevocablemente al primer orador después de su declaración sobre Trevize. Miraron con disimulo a Delarmi e incluso esto fue muy significativo. De todos los oradores, ella era la más conocida por su irreverencia; incluso Gendibal se mostraba más respetuoso de los convencionalismos.
Delarmi fue consciente de las miradas y comprendió que no tenía más alternativa que afrontar la difícil situación. En realidad no quería eludir el problema. En toda la historia de la Segunda Fundación, ningún primer orador había sido acusado jamás de análisis erróneo (y detrás del término, que ella había inventado como encubrimiento, estaba la no reconocida incompetencia). Ahora dicha acusación era posible. No desaprovechara la oportunidad.
- ¡Primer orador! - dijo suavemente, con sus finos labios descoloridos más invisibles que de costumbre en la blancura general de su cara -. Usted mismo declara que no tiene ninguna base sobre la que fundar su opinión, que las matemáticas psicohistoricas no revelan nada. ¿Nos pide que basemos una decisión crucial en una sensación mística?
El primer orador levantó la mirada con la frente  arrugada. Era consciente de la generalización del escudo mental. Sabía lo que ello significaba y respondió con frialdad.
- No oculto la falta de evidencia. No intento engañarles. Lo que ofrezco es la desarrollada capacidad intuitiva de un primer orador que tiene décadas de experiencia y ha pasado casi toda su vida analizando el Plan Seldon. - Miró a su alrededor con una orgullosa severidad que raramente mostraba, y uno por uno los escudos mentales se debilitaron y cayeron. El de Delarmi (cuando se volvió a mirarla) fue el último.
La oradora, con una cautivadora franqueza que llenó su mente como si nada hubiese pasado, dijo:
- Naturalmente, acepto su declaración, primer orador. No obstante, tal vez desee reconsiderarla. En vista de sus opiniones actuales al respecto, habiendo expresado su vergüenza por tener que recurrir a la intuición, quizá desee que sus palabras no consten en acta; si opina que deben...
La voz de Gendibal la interrumpió.
- ¿Cuáles son esas palabras que no deben constar en acta?
Todos los ojos se volvieron al unísono. Si no hubieran tenido los escudos levantados durante los cruciales momentos anteriores, se habrían dado cuenta de su presencia mucho antes de que llegara a la puerta.
- ¿Todos los escudos levantados hace un momento? ¿Todos inconscientes de mi entrada? - dijo Gendibal sardónicamente -. ¡Qué reunión tan vulgar de la Mesa tenemos aquí! ¿Nadie estaba al acecho de mi llegada? ¿O es que todos pensaban que no llegaría?
Esta explosión era una flagrante violación de todas las normas. Ya era bastante perjudicial para Gendibal haber llegado tarde, pero entrar sin anunciarse era peor. Y hablar antes de que el primer orador certificara su presencia era lo peor de todo.
El primer orador se volvió hacia él. Todo lo demás quedó relegado a segundo término. La cuestión de la disciplina gozaba de prioridad.
- Orador Gendibal – dijo -, llega tarde. Llega sin anunciarse. Habla. ¿Hay alguna razón por la que no deba ser suspendido de sus funciones durante treinta días?
- Naturalmente. La moción de suspensión no debería ser considerada hasta que hayamos considerado quién ha sido el que se ha asegurado de que llegaría tarde y por qué. - Las palabras de Gendibal fueron frías y mesuradas, pero su mente revistió sus pensamientos de ira y a él no le importó quién lo percibiera.
Sin duda Delarmi lo percibió, y dijo enérgicamente:
- Este hombre está loco.
- ¿Loco? Esta mujer está loca por decir tal cosa. O es consciente de su culpabilidad. Primer orador, recurro a usted y solicito debatir una cuestión de índole personal - dijo Gendibal.
- ¿De qué se trata, orador?
- Primer orador, acuso a uno de los presentes de intento de asesinato.
La habitación estalló cuando todos los oradores se pusieron en pie y prorrumpieron en una cháchara simultánea de palabras, expresión y mentalidad.
El primer orador alzó los brazos y gritó:
- El orador debe tener la oportunidad de exponer su cuestión de índole personal. - Se vio obligado a intensificar su autoridad, mentalmente, de un modo muy inadecuado para el lugar, pero no había alternativa.
La cháchara cesó.
Gendibal esperó, impasible, hasta que el silencio fue audible y mentalmente profundo. Entonces dijo:
- Cuando venía hacia aquí, yendo por un camino hameniano a una distancia y una velocidad que habrían asegurado fácilmente mi llegada a tiempo para la reunión, he sido detenido por varios campesinos, y sólo gracias a un milagro he podido librarme de ser golpeado y quizá asesinado. Por suerte, sólo me he retrasado y acabo de llegar. Permítanme señalar, primer lugar, que no sé de ningún caso desde el Gran Saqueo en que un miembro de la Segunda Fundación haya recibido un trato irrespetuoso, y mucho menos bruta por parte de un hameniano.
- Yo tampoco - dijo el primer orador
Delarmi exclamó.
- ¡Los miembros de la Segunda Fundación no suelen andar solos por territorio hameniano! ¡Usted provoca estos incidentes haciéndolo así!
Es cierto - dijo Gendibal - que suelo andar solo por territorio hameniano. He andado por allí cientos de veces y en todas direcciones. Sin embargo, nunca he sido abordado antes de hoy. Los demás no pasean con la misma libertad que yo, pero nadie se exilia a sí mismo del mundo o se recluye en la universidad, y nadie ha sido abordado jamás.
Recuerdo varias ocasiones en que Delarmi... - y entonces, como acordándose demasiado tarde del tratamiento honorífico, lo convirtió deliberadamente en un mortífero insulto -. Quiero decir que recuerdo haber visto a la oradora Delarmi en territorio hameniano, más de una vez, y sin embargo ella nunca ha sido abordada.
- Quizá - dijo Delarmi con unos ojos que echaban chispas - porque no les hablé primero y mantuve las distancias. Porque me comporté como si mereciera respeto, me lo otorgaron.
- Es extraño - dijo Gendibal -, y estaba a punto de añadir que era porque usted tenía un aspecto más formidable que yo. Al fin y al cabo, pocos se atreven a abordarla incluso aquí. Pero, dígame, ¿por qué razón, con todas las oportunidades que han tenido, escogerían los hamenianos este día para agredirme, precisamente cuando tenía que asistir a una importante reunión de la Mesa?
- Si no es a causa de su conducta, debe haber sido casualidad - dijo Delarmi -. Que yo sepa, ni siquiera las matemáticas de Seldon han borrado el factor casualidad de la Galaxia, por lo menos, en el caso de sucesos individuales. ¿O es que usted también habla por inspiración intuitiva? - Hubo un leve suspiro mental por parte de uno o dos oradores ante este ataque lateral contra el primer orador.
- No ha sido mi conducta. No ha sido casualidad. Ha sido una interferencia deliberada - dijo Gendibal.
- ¿Cómo podemos saberlo? - preguntó el primer orador con amabilidad. No pudo evitar ablandarse frente a Gendibal tras el último comentario de Delarmi.
- Mi mente está abierta para usted, primer orador. Le ofrezco, a usted y a toda la Mesa, mi recuerdo de los acontecimientos.
La transferencia sólo duró unos momentos. El primer orador exclamó:
- ¡Espantoso! Ha actuado muy bien, orador, en circunstancias de considerable presión. Estoy de acuerdo en que la conducta hameniana es anómala y justifica una investigación. Mientras tanto, sea tan amable de unirse a nuestra reunión...
- ¡Un momento! - interrumpió Delarmi -. ¿Cómo podemos estar seguros de que el relato del orador es exacto?
Gendibal enrojeció al oír el insulto, pero mantuvo la compostura.
- Mi mente está abierta.
- He visto mentes abiertas que no estaban abiertas.
- No lo dudo, oradora - dijo Gendibal -, ya que usted, como el resto de nosotros, debe mantener su propia mente bajo inspección en todo momento. Sin embargo, mi mente, cuando está abierta, está abierta.
El primer orador dijo:
- No sigamos: ..
- Una cuestión de índole personal, primer orador, con disculpas por la interrupción - dijo Delarmi.
- ¿De qué se trata, oradora?
- El orador Gendibal ha acusado a uno de nosotros de intento de asesinato, probablemente instigando al campesino a atacarle. Mientras la acusación no sea retirada, debo ser considerada posible asesina, igual que todas las personas reunidas en esta habitación, incluido usted, primer orador.
- ¿Quiere retirar la acusación, orador Gendibal - preguntó el primer orador
Gendibal ocupó su asiento y apoyó las manos sobre los brazos, agarrándolos fuertemente como si tomara posesión de él, y dijo:
- Así lo haré, en cuanto alguien explique por qué un campesino hameniano, apoyado por varios más, se empeñaría en retrasarme cuando venía a esta reunión.
- Puede haber mil razones - dijo el primer orador -. Repito que este suceso será investigado. ¿Querrá ahora, orador Gendibal, y a fin de continuar la presente discusión, retirar su acusación?
- No puedo, primer orador. He pasado largos minutos intentando sondear su mente, con la mayor delicadeza posible, en busca del modo de alterar su conducta sin daños y he fracasado. Su mente carecía de la flexibilidad que debería haber tenido. Sus emociones estaban arraigadas, como por una mente ajena.
Delarmi dijo con una súbita sonrisa:
- ¿Y cree que uno de nosotros era la mente ajena? ¿No podría haber sido esa misteriosa organización que está compitiendo con nosotros y es más poderosa que la Segunda Fundación?
- Tal vez - dijo Gendibal.
- En este caso, nosotros, que no somos miembros de esa organización que sólo usted conoce, no somos culpables y usted debe retirar su acusación. ¿O quizás está acusando a alguno de los presentes de hallarse bajo el control de esa extraña organización? Quizá uno de los aquí presentes no sea lo que parece?
- Quizá - dijo Gendibal con impasibilidad, consciente de que Delarmi estaba proporcionándole una cuerda con un lazo corredizo en el extremo.
- Podría parecer - dijo Delarmi, cogiendo el lazo y preparándose para apretarlo - que su sueño de una organización secreta, desconocida, oculta y misteriosa, es una pesadilla de paranoia. Concordaría con su fantasía paranoica de que los campesinos hamenianos están siendo influidos, y de que los oradores están bajo un control oculto. Sin embargo, estoy dispuesta a seguir su peculiar línea de pensamiento durante un rato más. ¿Quién de los aquí presentes, orador, cree que está bajo control? ¿Podría ser yo?
- No lo creo, oradora. Si intentara librarse de mí de un modo tan indirecto, no mostraría tan abiertamente su desagrado hacia mí - replicó Gendibal.
- ¿Una traición doble, quizá? - dijo Delarmi. Estaba virtualmente ronroneando -. Esta sería una conclusión común en una fantasía paranoica.
- Podría serlo. Usted tiene más experiencia que yo en estas cuestiones.
El orador Lestim Gianni interrumpió acaloradamente.
- Escuche, orador Gendibal, si está exonerando a la oradora Delarmi, está dirigiendo sus acusaciones contra el resto de nosotros. ¿Qué motivos tendría cualquiera de nosotros para retrasar su presencia en esta reunión, y mucho menos para desear su muerte?
Gendibal contestó con rapidez, como si estuviera aguardando la pregunta.
- Cuando he entrado, estaban hablando de retirar ciertas palabras del acta, palabras pronunciadas por el primer orador Yo soy el único orador que no ha podido oír esas palabras. Díganme cuáles eran y yo les diré el motivo para querer retrasarme.
El primer orador explicó:
- He declarado, y es algo a lo que la oradora Delarmi y otros se han opuesto seriamente, que, basándome en la intuición y el uso indebido de las matemáticas psicohistóricas, podía afirmar que todo el futuro del Plan dependía del exilio del miembro de la Primera Fundación Golan Trevize.
- Lo que piensen los demás oradores es cosa suya. Par mi parte, estoy de acuerdo con esa hipótesis. Trevize es la clave. Encuentro su súbita expulsión de la Primera Fundación demasiado curiosa para ser inocente - manifestó Gendibal.
Delarmi replicó:
- ¿Quiere decir, orador Gendibal, que Trevize está en las garras de esa misteriosa organización o que lo están las personas que le han exilado? ¿Cree quizá, que lo controlan todo y a todos excepto a usted y al primer orador y a mí, puesto que usted mismo ha declarado que no lo estoy?
Gendibal dijo:
- Estos desvaríos no requieren contestación. En cambio, permítame preguntar si hay algún orador que quiera expresar su conformidad con las tesis del primer orador y mías. Supongo que habrían leído el resumen matemático que, con la aprobación del primer orador, he distribuido entre ustedes.
Silencio.
- Repito la pregunta - dijo Gendibal -. ¿Hay alguien?
Silencio.
- Primer orador, ya tiene el motivo para retrasarme - Gendibal declaró.
- Formúlelo explícitamente - respondió el primer orador.
- Usted ha expresado la necesidad de tratar con Trevize, el miembro de la Primera Fundación. Esto representa una importante iniciativa en política y si los oradores hubieran leído mi resumen, sabrían lo que sucedía en líneas generales. Si, no obstante, hubieran discrepado unánimemente con usted, unánimemente, la autolimitación tradicional le habría impedido seguir adelante. Si un solo orador le respaldara, usted podría llevar a cabo esta nueva política.
Yo era el orador que le respaldaría, como sabría cualquiera que hubiese leído mi resumen, y era necesario evitar que compareciese ante la Mesa. El plan casi ha tenido éxito, pero ahora estoy y apoyo al Primer orador. Estoy de acuerdo con él y, según la tradición, él puede pasar por alto la disconformidad de los otros diez oradores.
Delarmi descargó un puñetazo sobre la mesa.
- De lo cual se deriva que alguien sabía de antemano qué aconsejaría el primer orador, sabía de antemano que el orador Gendibal le respaldada y que todo el resto no lo haría; ese alguien sabía cosas que no podía saber. La segunda consecuencia es que esta iniciativa no es del agrado de la paranoica organización del orador Gendibal y que están luchando para impedir que se lleve a cabo y que, por lo tanto, uno o más de nosotros se halla controlado por esa organización.
- Estas son sus deducciones - convino Gendibal -. Su análisis es magistral.
- ¿A quién acusa? - preguntó Delarmi.
- A nadie. Recurro al primer orador para que solucione el problema. Está claro que en nuestra organización hay alguien que trabaja contra nosotros.
Sugiero que todos los que trabajen para la Segunda Fundación se sometan a un análisis mental. Todos, incluidos los mismos oradores. Incluido también yo mismo, y el primer orador.
La reunión de la Mesa se levantó en un ambiente de mayor confusión y mayor excitación que cualquiera de las celebradas hasta entonces.
Y cuando el primer orador finalmente la suspendió, Gendibal, sin hablar con nadie, se dirigió a su habitación. Sabía muy bien que no tenía ni un solo amigo entre los oradores, y que incluso el respaldo que el primer orador pudiese darle sería con reservas en el mejor de los casos.
No sabía con exactitud si temía por sí mismo o por toda la Segunda Fundación. El sabor de la fatalidad era muy amargo.

27


Gendibal no durmió bien. Tanto sus pensamientos conscientes como sus sueños inconscientes se centraron en Delora Delarmi. En un pasaje del sueño, incluso hubo una confusión entre ella y el campesino hameniano, Rufirant, de modo que Gendibal se encontró ante una desproporcionada Delarmi que se abalanzaba sobre él con enormes puños y una dulce sonrisa que revelaba unos dientes como agujas.
Al fin se despertó, más tarde de lo habitual, con la sensación de no haber descansado y con el timbre del intercomunicador resonando en sus oídos. Se volvió hacia la mesilla de noche y pulsó el interruptor.
- ¿Si? ¿Qué hay?
- ¡Orador! - La voz pertenecía al superintendente de la planta, y no era demasiado respetuosa -. Un visitante desea hablar con usted.
- ¿Un visitante? - Gendibal accionó su programa de citas y la pantalla no mostró ninguna antes del mediodía. Apretó el botón de la hora; eran las 8.32 de la mañana: Preguntó con mal humor -: ¿Quién espacio es?
- No ha querido dar su nombre, orador. - Después, con clara desaprobación -: Uno de esos hamenianos, orador. Dice que usted le invitó. - La última. frase fue pronunciada con una desaprobación aún más clara.
- Que espere en el recibidor hasta que yo vaya.
Tardaré un poco.
Gendibal no se apresuró, Mientras hacía sus abluciones matinales, no dejó de pensar. Que alguien utilizara a los hamenianos para entorpecer sus movimientos tenía sentido, pero le habría gustado saber quién era ese alguien. ¿Y qué significaba esta nueva intrusión de los hamenianos en su propia vivienda? ¿Una complicada trampa de alguna clase? ¿Cómo, en el nombre de Seldon, podía un campesino hameniano entrar en la universidad? ¿Qué razón podía dar? ¿Qué razón podía tener realmente?
Por espacio de un fugaz momento, Gendibal se preguntó si debería armarse. Resolvió no hacerlo casi enseguida, pues estaba desdeñosamente seguro de poder controlar a cualquier campesino en el recinto de la universidad sin peligro para sí mismo, y sin marcar la mente del hameniano de un modo inaceptable.
Gendibal llegó a la conclusión de que estaba demasiado afectado por el incidente del día anterior
Con Karoll Rufirant. Por cierto, ¿sería el propio campesino? Quizá ya no se hallara bajo la influencia de lo que fuera o quién fuera y quería ver a Gendibal para disculparse por lo que había hecho, temeroso de las represalias. Pero ¿cómo habría sabido Rufirant adónde ir o a quién dirigirse?
Gendibal enfiló resueltamente el pasillo y entró en la sala de espera. Se detuvo con asombro, y después se volvió hacia el superintendente, que simulaba estar ocupado en su cubículo de cristal.
- Superintendente, no me ha dicho que el visitante era una mujer.
El superintendente contestó con aplomo:
- Orador, le he dicho que era un hameniano, en general. Usted no me ha preguntado nada más.
- ¿Información mínima, superintendente? Debo recordar que ésta es una de sus características.
- También debería comprobar si el superintendente era alguien designado por Delarmi. Y, a partir de ahora, debería fijarse en los funcionarios que le rodeaban, «subalternos» en los que era fácil no reparar desde las alturas de su nuevo cargo de orador -. ¿Está libre alguna sala de conferencias?
El superintendente dijo:
- La número 4 es la única libre, orador. Lo estará durante tres horas. - Echó una ojeada a la hameniana, y luego a Gendibal, con inexpresiva inocencia.
- Utilizaremos la número 4, superintendente, y le aconsejo que preste atención a sus pensamientos.
- Gendibal atacó, sin benevolencia, y el escudo del superintendente se cerró con demasiada lentitud.
Gendibal sabía muy bien que era impropio de su dignidad maltratar una mente inferior, pero una persona incapaz de ocultar una conjetura desagradable contra un superior debía aprender a no hacerlas. El superintendente tendría un ligero dolor de cabeza durante varias horas. Se lo había merecido.

28


El nombre de la mujer no le vino enseguida a la mente y Gendibal no estaba de humor para ahondar más. De todos modos, ella no podía esperar que lo recordara.
- Tú eres... - dijo con malhumor.
- Yo ser Novi, maestro serio - contestó ella, casi sin aliento -. Mi primero ser Sura, pero ser llamada sólo Novi.
- Sí, Novi. Nos conocimos ayer; ahora lo recuerdo. No he olvidado que saliste en mi defensa. – No se decidió a emplear el acento hameniano en el mismo recinto de la universidad -. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
- Maestro, tú dijiste que yo podía escribir carta.
Tú dijiste que tenía que decir «Casa de Oradores, Apartamento 27» Mí misma la traigo y enseño la escritura; mi propia escritura, maestro. - Lo dijo con una especie de tímido orgullo -. Ellos preguntan, «¿Para quién ser este escrito?» Yo oí el nombre de ti cuando se lo dijiste a ese bruto de Rufirant. Yo digo que ser para Stor Gendibal, maestro serio.
- ¿Y te han dejado pasar, Novi? ¿No te han pedido que les dieras la carta?
- Yo estar muy asustada. Creo que quizás ellos sienten pena. Yo digo: «Orador Gendibal prometió enseñarme Lugar de Serios», y ellos sonríen. Uno de ellos en la puerta de entrada dice al otro: «Y esto no ser todo lo que él enseñará a ella.» Y me enseñan dónde ir, y dicen que no ir a otro sitio o me sacan fuera en el momento.
Gendibal enrojeció ligeramente. Por Seldon, si sintiera la necesidad de una diversión hameniana, no sería de un modo tan manifiesto y haría la elección de forma más selectiva. Miró a la mujer trantoriana sacudiendo la cabeza para sus adentros.
Debía de ser muy joven, quizá más joven de lo que el duro trabajo le hacía aparentar. No podía tener más de veinticinco años, edad a la que las hamenianas ya solían estar casadas. Llevaba el oscuro cabello recogido en trenzas que la identificaban como una mujer soltera, virginal, de hecho, y a él no le extrañó. Su actuación del día anterior había revelado su carácter indomable, y Gendibal dudaba que hubiera algún hameniano dispuesto a emparejarse con su afilada lengua y su rápido puño. Su aspecto tampoco era muy atrayente. Aunque se había esforzado en estar presentable, su cara era angular y ordinaria, y sus manos rojas y nudosas. Lo que podía verse de su figura parecía hecho para la resistencia más que para la hermosura.
Su labio inferior empezó a temblar bajo el escrutinio. El percibió claramente su turbación y miedo, y se compadeció. Le había sido de gran utilidad el día anterior y eso era lo que contaba.
En un intento por mostrarse jovial y amable, dijo:
- ¿Así que has venido a ver.., uh... el Lugar de los Sabios?
Ella abrió desmesuradamente sus ojos oscuros (eran bastante bonitos) y dijo:
- Maestro, no te enfades con mí, pero vengo para ser seria mí misma.
- ¿Quieres ser «sabia»? - Gendibal estaba atónito -. Mi buena mujer...
Hizo una pausa. Por Trántor, ¿cómo podía uno explicar a una ignorante campesina el nivel de inteligencia, instrucción y vigor mental requeridos para ser lo que los trantorianos llamaban un «serio»?
Pero Sura Novi prosiguió impetuosamente:
- Yo ser escritora y lectora. He leído libros enteros hasta final y desde principio, también. Y tengo deseo de ser seria. No deseo ser esposa de campesino. Yo no ser persona para granja. No me casaré con granjero ni tendré hijos granjeros. - Levantó la cabeza y añadió con orgullo -: Yo ser preguntada. Muchas veces. Siempre digo «Nanay». Con educación, pero «Nanay».
Gendibal vio claramente que estaba mintiendo.
Nadie la había pedido en matrimonio, pero no lo dejó traslucir.
- ¿Qué harás con tu vida si no te casas? - preguntó.
Novi dejó caer la mano sobre la mesa, con la palma hacia abajo.
- Yo seré seria. No seré campesina.
- ¿Y si no puedo conseguir que seas sabia?
- Entonces no ser nada y espero morir. Yo ser nada en vida si yo no ser una sería.
Por espacio de un. momento Gendibal tuvo el impulso de sondear su mente y averiguar el alcance de sus motivaciones. Pero no sería correcto. Un orador no podía divertirse registrando las mentes indefensas de los demás. Había un código de la ciencia y la técnica del control mental, la mentálica, igual que en las otras profesiones. O debería haberlo. (De pronto se arrepintió de haber atacado al superintendente.)
- ¿Por qué no ser una campesina, Novi? – Con un poco de manipulación podía lograr que se contentara con eso y manipular a algún patán hameniáno para que quisiera casarse con ella, y ella con él.
No causaría ningún daño. Sería un favor... Pero iba contra la ley y, por lo tanto, era inimaginable.
La muchacha contestó:
- Yo no ser. Un campesino es un zoquete. Trabaja con terrones de tierra, y él se convierte en terrón de tierra. Si yo ser campesina, también ser terrón de tierra. No tendré tiempo para leer y escribir, y olvidaré. Mi cabeza - se llevó la mano a la sien – se volverá agria y rancia. ¡No! Un serio ser diferente. ¡Pensativo!
Gendibal dedujo que con esa palabra se refería a «inteligente» más que a «melancólico».
- Un serio - continuó ella - vive con libros y con.., con.., yo olvido el nombre de esas cosas.
- Hizo un gesto, como si estuviera realizando una especie de vagas manipulaciones, que no habría significado nada para Gendibal.., si no hubiera tenido las radiaciones mentales de la joven para guiarle.
- Microfilms – dijo -. ¿Cómo sabes que existen los microfilms?
- En libros, leo muchas cosas - contestó ella con orgullo.
Gendibal no pudo seguir resistiendo el deseo de saber más. Esta hameniana era de lo más extraordinario; nunca había oído nada igual. Nunca se reclutaba a los hamenianos, pero si Novi fuese joven, menor de diez años... .
¡Qué tontería! No la molestaría; no la molestaría en absoluto, pero ¿de qué servía ser orador si no podía observar mentes inusuales y aprender de ellas?
- Novi, quiero que te quedes donde estás. No te muevas. No digas nada. No pienses en decir nada, sólo piensa en quedarte dormida. ¿Lo entiendes?
El temor volvió a adueñarse de ella.
- ¿Por qué debo haces esto, maestro?
- Porque deseo reflexionar sobre cómo podrías llegar a ser sabia.
Al fin y al cabo, por mucho que hubiese leído, no podía saber qué significaba realmente ser un «sabio». Por lo tanto resultaba imprescindible averiguar qué pensaba ella que era un sabio.
Con mucho cuidado e infinita delicadeza sondeó su mente; percibiendo sin llegar a tocar, como colocando una mano sobre una reluciente superficie metálica sin dejar huellas. Para ella un sabio era alguien que siempre leía libros. No tenía la más ligera idea de por qué uno leía libros. Para ella, y según la imagen que había en su mente, ser una sabia era hacer el trabajo que conocía, llevar y traer cosas, cocinar, limpiar, obedecer órdenes, pero en el recinto de la universidad, donde había muchos libros y donde tendría tiempo para leerlos y, de un modo muy impreciso, «para ser enseñada». Todo lo cual significaba que quería ser una sirvienta... su sirvienta.
Gendibal frunció el ceño. Una sirvienta hameniana... y, además, vulgar, desgarbada, ignorante, casi iletrada. Inimaginable.
No le quedaba más remedio que manipularla. Tenía que haber algún modo de ajustar sus deseos para que se conformara con ser una campesina, algún modo que no dejara marca, algún modo por el que ni siquiera Delarmi pudiese denunciarle.
¿O quizás había sido enviada por la propia Delarmi? ¿Sería todo esto un complicado plan para inducirle a alterar una mente hameniana, con objeto de poder acusarle?
Ridículo. Estaba a punto de volverse paranoico. En algún lugar de la sencilla mente de la muchacha, una pequeña corriente mental debía ser desviada. Solo requería un ligero empujón.
Iba en contra de la ley, pero no causaría daño y nadie se daría cuenta.
Hizo una pausa.
Atrás. Atrás. Atrás.
¡Espacio! ¡Había estado a punto de pasarlo por alto!.
¿Era víctima de una ilusión?
¡No! Ahora que se había fijado en ello, lo discernió claramente. Había un minúsculo zarcillo desordenado; un desorden anormal. Sin embargo era muy delicado y estaba libre de ramificaciones.
Gendibal emergió de su mente y dijo con amabilidad:
- Novi.
Los ojos de la muchacha se enfocaron.
- ¿Sí, maestro?
- Puedes trabajar conmigo. Te convertiré en sabia... - dijo Gendibal.
Alegremente, con ojos centelleantes, la muchacha exclamó:
- Maestro...
Lo detectó enseguida. La joven iba a echarse a sus pies. Le puso las manos sobre los hombros y la sujetó fuertemente.
- No te muevas, Novi. Quédate donde estás... ¡Quieta!
Fue como si se dirigiera a un animal semiadiestrado. Cuando vio que la orden había penetrado en su mente, la soltó. Se percató de los recios músculos que recorrían la parte superior de sus brazos.
- Si vas a ser una sabia, tienes que comportarte como ellas. Esto significa que siempre deberás estar tranquila, hablar en voz baja, y hacer lo que yo te diga. Y tienes que intentar aprender a hablar como yo. También tendrás que conocer a otros sabios. ¿No te asustarás?
- No me asus... asustaré, maestro, si tú estar con mí.
- Estaré contigo. Pero ahora, primeramente... tengo que buscarte una habitación, hacer que te asignen un lavabo, un sitio en el comedor, y también ropas. Tendrás que llevar ropas más adecuadas para una sabia, Novi.
- Esto ser todo lo que yo.., - empezó ella con desconsuelo.
- Te proporcionaremos otras.
Indudablemente tendría que encontrar a una mujer que se encargara de vestir a Novi. También necesitaría a alguien que enseñara los rudimentos de la higiene personal a la hameniana. Después de todo, aunque la ropa que llevaba debía ser la mejor que tenía, y aunque era obvio que se había emperifollado con esmero, aún despedía un olor que resultaba ligeramente desagradable.
Y tendría que asegurarse de que la relación entre ellos quedaba bien entendida. Era un secreto a voces que los hombres (y también las mujeres) de la Segunda Fundación hacían ocasionales incursiones entre los hamenianos en busca de placer. Si ello no era motivo de interferencias en las mentes hamenianas, nadie tenía nada que objetar. Gendibal nunca lo había hecho, y le gustaba pensar que era porque no tenía necesidad de unas relaciones sexuales que tal vez fuesen más burdas y más picantes que las existentes en la universidad. Las mujeres de la Segunda Fundación tal vez fuesen descoloridas en comparación con las hamenianas, pero estaban limpias y tenían la piel suave.
Pero incluso si la situación era mal comprendida y había murmuraciones sobre un orador que no sólo prefería a las hamenianas sino que traía una a su vivienda, tendría que soportar la vergüenza. Según parecía, esta campesina, Sura Novi, era la clave de su victoria en el inevitable duelo que le enfrentaría a la oradora Delarmi y al resto de la Mesa.

29


Gendíbal no volvió a ver a Novi hasta después de la cena, hora en que fue llevada a su presencia por la mujer a quien había explicado detalladamente la situación; por lo menos, el carácter no sexual de la situación. La mujer lo había comprendido; o, por lo menos, no se atrevió a demostrar que no lo comprendía, lo que era casi igual de válido.
Ahora Noví se encontraba frente a él, tímida, orgullosa, avergonzada, triunfante; todo a la vez, en una mezcla incongruente.
- Estás muy guapa, Novi.
La ropa que le habían dado le sentaba asombrosamente bien y no había duda de que no parecía en absoluto ridícula. ¿Le habrían comprimido la cintura? ¿O levantado el pecho? ¿O tal vez nada de esto era visible con su ropa de campesina?
Tenía las nalgas prominentes, pero no llegaba a resultar antiestético. Su cara, por supuesto, continuaba siendo vulgar, pero cuando el bronceado de la vida al aire libre desapareciese y ella aprendiera a cuidarse el cutis, no resultaría fea del todo.
Por el Viejo Imperio, aquella mujer sí pensaba que Novi iba a convenirse en su amante. Había intentado embellecerla para él.
Y entonces pensó: «Bueno, ¿por qué no?» Novi tendría que comparecer ante la Mesa de Oradores, y cuanto más atractiva estuviera, más fácilmente lograría convencerles.
Con este pensamiento en la mente recibió el mensaje del primer orador. Llegó con la oportunidad que era habitual en una sociedad mentálica. Esto se llamaba, más o menos informalmente, el «efecto de coincidencia». Si piensas vagamente en alguien cuando alguien está pensando vagamente en ti, hay un estímulo mutuo y creciente que en cuestión de segundos hace los dos pensamientos nítidos, terminantes y, a todas luces, simultáneos.
Puede ser asombroso incluso para quienes lo comprenden intelectualmente, en especial si los vagos pensamientos preliminares eran tan débiles, por un lado o el otro (o ambos), que habían pasado desapercibidos.
- No puedo quedarme contigo esta noche, Novi - dijo Gendibal -. Tengo trabajo que hacer. Te llevaré a tu habitación. Allí habrá algunos libros y puedes hacer prácticas de lectura. Te enseñaré a usar la señal por si necesitas ayuda de alguna clase.... y te veré mañana.

30


Gendibal saludó cortésmente:
 - ¿Primer orador?
Shandess se limitó a inclinar la cabeza. Parecía malhumorado y realmente viejo. Parecía un hombre que no bebiera, pero al que no le sentaría mal un trago. Al fin dijo:
- Le he «llamado»...
- Sin intermediados. Por la naturaleza de la «llamada» he supuesto que era importante.
- Lo es. Su presa..., el miembro de la Primera Fundación..., Trevize...
- ¿Sí?
- No viene a Trántor.
Gendibal no se mostró sorprendido.
- ¿Por qué iba a venir? La información que recibimos fue que se marchaba con un profesor de historia antigua que estaba buscando la Tierra.
- Sí, el legendario Planeta Original. Y por eso debería venir a Trántor. Al fin y al cabo, ¿sabe el profesor dónde está la Tierra? ¿Lo sabe usted? ¿Lo sé yo? ¿Podemos estar seguros de que verdaderamente existe, o existió alguna vez? - Sin duda tendrían que venir a esta biblioteca para obtener la información necesaria, si es que puede obtenerse en algún lugar. Hasta este momento no he creído que la situación hubiera llegado a un punto crítico; pensaba que el miembro de la Primera Fundación vendría aquí y, a través de él, nos enteraríamos de lo que necesitamos saber.
- Este debe ser el motivo por el que no le permiten venir.
- Pero, entonces, ¿adónde va?
- Aún no lo hemos averiguado.
El primer orador dijo con irritación:
- Parece tomárselo con mucha calma.
- Me pregunto si no es mejor así. Usted quiere que venga a Trántor para tenerle a buen recaudo y utilizarle como fuente de información. Sin embargo, ¿no resultará una fuente de información más valiosa, ya que implicará a otros aún más importantes que él mismo, si va a donde quiere ir y hace lo que quiere hacer; con tal de que no lo perdamos de vista? - replicó Gendibal.
- ¡No es suficiente! - exclamó el primer orador -. Usted me ha persuadido de la existencia de un nuevo enemigo y ahora no puedo estar tranquilo. Peor aún, me he convencido a mí mismo de que debemos atraer a Trevize o lo habremos perdido todo, No puedo librarme de la corazonada de que él, sólo él, es la clave.
Gendibal dijo con vehemencia:
- Suceda lo que suceda, no perderemos, primer orador. Eso sólo habría sido posible si esos Anti-Mulos, citando otra, vez su frase, hubieran seguido actuando sin que nosotros lo supiéramos. Pero ahora sabemos que están ahí. Ya no trabajamos a ciegas. En la próxima reunión de la Mesa, sí podemos trabajar juntos, empezaremos el contraataque.
El primer orador añadió:
- No ha sido la cuestión de Trevize lo que me ha impulsado a llamarle. El tema ha surgido primero sólo porque me parecía una derrota personal. Yo había analizado erróneamente ese aspecto de la situación. He hecho mal anteponiendo él pique personal a la política general y pido disculpas. Hay algo más.
- ¿Más serio, primer orador?
- Más serio, orador Gendibal. - El primer orador suspiró y tabaleó con los dedos sobre la mesa mientras Gendibal esperaba pacientemente, y al fin dijo con dulzura como si así suavizara el golpe -: En una reunión de emergencia de la Mesa, convocada por la oradora Delarmi...
- ¿Sin su consentimiento, primer orador?
- Para lo que ella quería, sólo necesitaba el consentimiento de los otros tres oradores, sin incluirme a mí. En la reunión de emergencia que después fue convocada, ha sido usted residenciado, orador Gendibal. Se le acusa de ser indigno del cargo de orador y deberá ser juzgado. Esta es la primera vez en más de tres siglos que se presenta una demanda de residencia contra un orador...
Gendibal, procurando reprimir cualquier muestra de ira, dijo:
- Supongo que usted no votó a favor de la propuesta.
- No lo hice, pero estaba solo. El resto de la Mesa ha sido unánime, y el resultado fue de diez a uno a favor de la residencia. Como usted ya sabe, el requisito para dar curso a una residencia es de ocho votos, incluido el primer orador..., o de diez sin él.
- Pero yo no estaba presente.
- No habría podido votar.
- Habría podido hablar en mi defensa.
- En esta etapa aún no. Los precedentes son pocos, pero claros. Podrá defenderse en el juicio que, naturalmente, se celebrará lo antes posible.
Gendibal inclinó la cabeza en actitud meditativa. Luego, dijo:
- Eso no me preocupa demasiado, primer orador.
Creo que su impulso inicial era acertado. La cuestión de Trevize tiene prioridad. ¿Puedo sugerirle que retrase el juicio por este motivo?
El primer orador alzó la mano.
- No le culpo por no entender la situación, orador. La residencia es algo tan excepcional que incluso yo he tenido que consultar los procedimientos legales que implica. No hay nada que sea prioritario. Tenemos que celebrar inmediatamente el juicio, posponiendo todo lo demás.
Gendibal colocó los puños sobre la mesa y se inclinó hacia el primer orador.
- ¿No lo dirá en serio?
- Es la ley. . .
- La ley no debe ser un obstáculo frente a un peligro claro e inmediato.
- Para la Mesa, orador Gendibal, usted es el peligro claro e inmediato. ¡No, escúcheme! La ley que corresponde se basa en la convicción de que nada puede ser más importante que la posibilidad de corrupción o abuso del poder por parte de un orador.
- Pero yo no soy culpable de ninguna de las dos cosas, primer orador, y usted lo sabía. Esto es una venganza personal de la oradora Delarmi. Si hay abuso de poder, es por su parte. Mi delito es que nunca me he esforzado por hacerme popular, esto sí que lo admito, y no he prestado bastante atención a necios que son suficientemente viejos para ser seniles pero suficientemente jóvenes para tener poder.
- ¿Como yo, orador?
Gendibal suspiró.
- Ya lo ve, he vuelto a hacerlo. No me refiero a usted, primer orador. De acuerdo, entonces; celebremos un juicio urgente. Celebrémoslo mañana. Aún mejor, esta noche. Terminemos con esto y después pasemos a la cuestión de Trevize. No podemos esperar.
El primer orador dijo:
- Orador Gendibal. No creo que entienda la situación. Hemos tenido residencias con anterioridad; no muchas, sólo dos. Ninguna de ellas dio por resultado una condena. Sin embargo, ¡usted será condenado! Entonces dejará de ser miembro de la Mesa y no tendrá voz en la política pública. De hecho, ni siquiera tendrá voto en la reunión anual de la Asamblea.
- ¿Y usted no hará nada para impedirlo?
- No puedo. Me derrotarían unánimemente. Entonces me vería obligado a dimitir, que es lo que los oradores parecen desear en realidad.
- ¿Y Delarmi se convertiría en primera oradora?
- Es muy posible.
- ¡Pero eso hay que impedirlo!
- ¡Exactamente! Por esa razón tendré que votar a favor de su condena.
Gendibal tomó aliento.
- Sigo reclamando un juicio urgente.
- Tiene que disponer de tiempo para preparar su defensa.
- ¿Qué defensa? No escucharán ninguna defensa. ¡Juicio urgente!
- La Mesa tiene que disponer de tiempo para preparar su caso.
- No tienen ningún caso y no quieren tenerlo. Me han acusado en su mente y no necesitan nada más. De hecho, preferirían condenarme mañana que pasado... y esta noche mejor que mañana. Comuníqueselo.
El primer orador se puso en pie. Ambos se miraron fijamente a través de la mesa. El primer orador dijo:
- ¿Por qué tiene tanta prisa?
- La cuestión de Trevize no esperará.
- Una vez usted haya sido condenado y mi posición se haya debilitado frente a una Mesa unida contra mí, ¿qué habremos conseguido?
Gendibal dijo en. un vehemente susurro:
- ¡No tema! A pesar de todo, no me condenarán.






9 HIPERESPACIO


31


- ¿Está preparado, Janov? - preguntó Trevize.
Pelorat alzó los ojos del libro que estaba leyendo y contestó:
- ¿Quiere decir, para el salto, viejo amigo?
- Para el salto hiperespacial. Sí.
Pelorat tragó saliva.
- Bueno... ¿Está seguro de que no resultará desagradable en ningún sentido? Sé que es una tontería tener miedo, pero la idea de quedar reducido a incorpóreos taquiones, que nadie ha visto o detectado jamás...
- Vamos, Janov, es algo muy perfeccionado. ¡Palabra de honor! Como usted mismo ha explicado, el salto lleva realizándose cerca de veintidós mil años, y nunca he tenido noticia de una sola calamidad en el hiperespacio. Quizá salgamos del hiperespacio en un lugar incómodo, pero entonces el accidente ocurriría en el espacio, no mientras estamos compuestos de taquiones.
- Un consuelo muy pobre, en mi opinión.
- Tampoco emergeremos en un lugar equivocado. A decir verdad, pensaba llevarlo a cabo sin avisarle, para que ni siquiera se enterase de lo que habíamos realizado. Sin embargo, pensándolo mejor, he creído preferible que lo experimente conscientemente, vea que no hay problemas de ninguna clase, y lo olvide por completo de ahora en adelante.
- Bueno... - dijo Pelorat con aire de duda -, supongo que tiene razón pero, sinceramente, yo no tengo ninguna prisa.
- Le aseguro que...
- No, no, viejo amigo, acepto sus afirmaciones sin reservas. Es sólo que... ¿Ha leído Santerestil Matt?
- Por supuesto. No soy un inculto.
- Indudablemente. Indudablemente. No debería habérselo preguntado. ¿Lo recuerda?
- Tampoco soy amnésico.
- Al parecer tengo un gran talento ofensivo. Lo que quiero decir es que no dejo de pensar en las escenas donde Santerestil y su amigo, Ban, se han escapado del Planeta 17 y están perdidos en el espacio. Pienso en aquellas escenas perfectamente hipnóticas en medio de las estrellas, avanzando con lentitud y en profundo silencio, de un modo inmutable, de un modo... Nunca lo creí, ¿sabe? Me encantó y me emocionó, pero no lo creí realmente. Pero ahora, cuando apenas me he acostumbrado a la idea de estar en el espacio, estoy experimentándolo y.., es una tontería, lo sé..., pero no quiero olvidarlo. Es como si yo fuera Santerestil...
- Y yo, Ban - dijo Trevize con algo de impaciencia.
- En cierto modo. Las mortecinas y escasas estrellas de ahí fuera están inmóviles, excepto nuestro sol, naturalmente, que debe estar disminuyendo de tamaño pero que no vemos. La Galaxia conserva su mortecina majestad, inalterable. El espacio está sumido en el silencio y yo no tengo distracciones...
- Excepto yo.
- Excepto usted... Pero es que, Golan, querido compañero, hablar con usted sobre la Tierra e intentar enseñarle un poco de prehistoria también tiene sus satisfacciones. Tampoco quiero que esto se acabe.
- No se acabará. Inmediatamente, en todo caso. No supondrá que daremos el salto y nos encontraremos en la superficie de un planeta, ¿verdad? Seguiremos estando en el espacio y el salto no habrá requerido un tiempo mensurable. Puede pasar una semana antes de que alcancemos una superficie cualquiera, de modo que tranquilícese.
- Al decir superficie, seguramente no se refiere a Gaia. Puede que estemos muy lejos de Gaia cuando emerjamos del salto.
- Lo sé, Janov, pero estaremos en el sector preciso, si su información es correcta. Si no lo es..., bueno...
Pelorat meneó la cabeza con tristeza.
- ¿De qué nos servirá estar en el sector preciso si no sabernos las coordenadas de Gaia?
- Janov, suponga que estuviera en Términus, dirigiéndose hacia la ciudad de Argyropol, y no supiera dónde estaba esa ciudad excepto que se encontraba en algún lugar del istmo. Una vez llegara al istmo, ¿qué haría? - dijo Trevize.
Pelorat guardó un prudente silencio, como si creyera que una respuesta terriblemente sofisticada era lo que se esperaba de él. Al fin, contestó:
- Supongo que se lo preguntada a alguien.
- ¡Exactamente! ¿Qué otra cosa se puede hacer? Y ahora... ¿está preparado?
- ¿Quiere decir, ahora? - Pelorat se puso rápidamente en pie, y su inexpresiva cara reflejó algo muy parecido ala preocupación -. ¿Qué debo hacer? ¿Sentarme? ¿Quedarme en pie? ¿Qué?
- Por el Tiempo y el Espacio, Pelorat, no haga nada. Sólo venga conmigo a mi habitación para que yo pueda utilizar la computadora, y entonces siéntese o quédese en pie o de saltos mortales..., lo que le ayude a sentirse mejor. Mi sugerencia es que se siente delante de la pantalla y observe. Será muy interesante. ¡vamos!
Recorrieron el corto pasillo hasta la habitación de Trevize, y éste se sentó frente a la computadora.
- ¿Le gustaría hacerlo, Janov? - preguntó de repente -. Yo le daré las cifras y lo único que usted tendrá que hacer es pensar en ellas. La computadora se encargará del resto.
Pelorat contestó:
- No, gracias. Por alguna razón, la computadora no funciona bien conmigo. Usted dice que sólo necesito práctica, pero no lo creo. Su mente tiene algo especial, Golan...
- No sea tonto.
- No, no. Esa computadora sólo parece adaptarse bien a usted. Los dos parecen ser un solo organismo cuando están en contacto. Cuando lo estoy yo, hay dos objetos separados: Janov Pelorat y una computadora. No es lo mismo.
- Ridículo - dijo Trevize, pero se sintió vagamente complacido por esta opinión y acarició afectuosamente los soportes para manos de la computadora.
- Prefiero observar - dijo Pelorat -. En realidad, preferiría que no sucediera nada, pero como eso no es posible, observaré. - Fijó ansiosamente los ojos en la pantalla y en la brumosa Galaxia con el fino polvillo de estrellas mortecinas que se veía en primer término -. Avíseme cuando esté a punto de suceder.
- Retrocedió lentamente hacia la pared y se apuntaló.
Trevize sonrió, Colocó las manos encima de los soportes y sintió la unión mental. Esta se producía más fácilmente cada día, así como con mayor intimidad, y aunque se hubiera burlado de lo que Pelorat había dicho, realmente la sentía. Le pareció que apenas necesitaba pensar en las coordenadas de un modo consciente. Casi parecía que la computadora sabía lo que él quería, sin el proceso consciente de «decírselo». Extraía la información de su cerebro por sí misma.
Pero Trevize se la «dijo» y luego pidió un intervalo de dos minutos antes del salto.
- Vamos a ver, Janov. Tenemos dos minutos: 120.., 115.., 110. Usted limítese a mirar la pantalla.
Pelorat lo hizo así, con una ligera tirantez en las comisuras de la boca y conteniendo la respiración.
Trevize dijo suavemente:
- 15 10 . 5.. 4 . 3.., 2.,. 1... 0.
Sin movimiento perceptible, sin sensación perceptible, el paisaje reflejado en la pantalla cambió. Hubo un claro espesamiento del campo estelar y la Galaxia se desvaneció.
Pelorat dio un brinco y preguntó:
- ¿Ya está?
- ¿Qué es lo que está? Ha tenido miedo. Pero eso ha sido culpa suya. No ha sentido nada. Admítalo.
- Lo admito.
- Pues sí, ya está. Tiempo atrás, cuando los viajes hiperespaciales eran relativamente nuevos, según los libros, en todo caso, se experimentaba una rara sensación interna y algunas personas tenían vahídos o náuseas. Quizá fuera psicógeno, quizá no. De todas maneras, con más y más experiencia en hiperespacialidad y con mejor equipo, esa sensación disminuyó. Con una computadora como la que hay a bordo de esta nave, cualquier efecto está muy por debajo del umbral de la sensación. Por lo menos, para mí es así.
- Y para mí también, debo admitirlo. ¿Dónde estamos, Golan?
- Sólo un poco más adelante. En la región kalganiana. Todavía hay un largo camino que recorrer, y antes de nada tenemos que verificar la precisión del salto.
- Lo que me preocupa es... ¿dónde está la Galaxia?
- A nuestro alrededor, Janov. Ahora estamos muy adentrados en ella. Si enfocamos adecuadamente la pantalla, veremos las partes más lejanas como una franja luminosa a través del cielo.
- ¡La Vía Láctea! - exclamó alegremente Pelorat -. Casi todos los mundos la describen en su cielo, pero es algo que no vemos en Términus.. ¡Enséñemela, viejo amigo!
La pantalla se inclinó, causando el efecto de un desvanecimiento del campo estelar que la atravesaba, y luego se produjo una densa y nacarada luminosidad que llenó casi todo el campo. La pantalla la fue siguiendo, a medida que se diluía y después volvía a intensificarse.
- Es más densa hacia el centro de la Galaxia. Sin embargo, no todo lo densa o brillante que podría ser, debido a las oscuras nubes de los brazos espirales. Se ve algo parecido a esto desde casi todos los mundos habitados - dijo Trevize.
- Y desde la Tierra, también.
- Esto no constituye ninguna diferencia. No sería un signo de identificación.
- Claro que no. Pero, ¿sabe...? Usted no ha estudiado la historia de la ciencia, ¿verdad?
- No exactamente, aunque tengo algunas nociones, claro. De todos modos, si quiere hacerme alguna pregunta, no espere que yo sea un experto.
- Es que dar este salto me ha recordado algo que siempre me ha desconcertado. Es posible efectuar una descripción del Universo en el que los viajes hiperespaciales son imposibles y en el que la velocidad de la luz a través de un vacío es el máximo absoluto en lo referente a velocidad.
- Indudablemente.
- En estas circunstancias, la geometría del Universo es tal que resulta imposible hacer el viaje que acabamos de emprender en menos tiempo del que emplearía un rayo de luz. Y si lo hiciéramos a la velocidad de la luz, nuestra experiencia de duración no coincidiría con la del Universo en general. Si este lugar está, digamos, a cuarenta pársecs de Términus, y si hubiéramos llegado hasta aquí a la velocidad de la luz, no habríamos sentido ningún lapso de tiempo, pero en Términus y en toda la Galaxia habrían pasado ciento treinta años. Ahora hemos hecho un viaje, no a la velocidad de la luz sino a miles de veces la velocidad de la luz, y no ha habido adelanto de tiempo en ningún sitio. Por lo menos, así lo espero.
- No confíe en que le explique la Teoría Hiperespacial Olanjen. Lo único que puedo decirle es que si usted hubiera viajado a la velocidad de la luz dentro del espacio normal, el tiempo habría avanzado en la proporción de 3,26 años por pársec, como usted mismo ha descrito: El llamado Universo relativista, que la humanidad ha comprendido desde los comienzos de la prehistoria, aunque ésta es su especialidad, me parece, aún sigue existiendo, y sus leyes no han sido revocadas. Sin embargo, en nuestros saltos hiperespaciales hacemos algo fuera de las circunstancias en que opera la relatividad y las reglas son diferentes. Hiperespacialmente la Galaxia es un objeto minúsculo, idealmente un punto no dimensional, ¿ no hay ningún efecto relativista.
»De hecho, en las formulaciones matemáticas de la cosmología, hay dos símbolos para la Galaxia: Gk para la "Galaxia relativista", donde la velocidad de la luz es un máximo, y Gh para la "Galaxia hiperespacial", donde la velocidad no tiene realmente significado. Hiperespacialmente el valor de toda velocidad es cero y no nos movemos; con respecto al mismo espacio, la velocidad es infinita. No sé explicarlo mejor.
»Oh, excepto que una de las mejores trampas en física teórica es colocar un símbolo o un valor que tenga significado en Gr en una ecuación relacionada con Gh, o viceversa, y dejarlo ahí para que un estudiante intente solucionarlo. Hay muchísimas probabilidades de que el estudiante caiga en la trampa, y generalmente se queda allí, sudando y jadeando, sin que nada dé resultado, hasta que alguien le ayuda.
A mí me ocurrió una vez.
Pelorat reflexionó durante unos minutos, y luego dijo con perplejidad:
- Pero ¿cuál es la Galaxia verdadera?
- Las dos, según lo que uno esté haciendo. Si estuviéramos en Términus, podríamos utilizar un coche para cubrir una distancia por tierra y un barco para cubrir una distancia por mar. Las circunstancias son muy diferentes, de modo que, ¿cuál es el Términus verdadero, la tierra o el mar?
Pelorat asintió.
- Las analogías siempre son arriesgadas – dijo -, pero prefiero aceptar ésta que arriesgar mi cordura pensando en el hiperespacio. Me concentraré en lo que hacemos ahora.
- Considere lo que acabamos de hacer – dijo Trevize - como la primera etapa del viaje hacia la Tierra.
«Y ¿hacia dónde más?, se preguntó a sí mismo.

32


- Bueno - dijo Trevize -, he desperdiciado un día.
- ¿Ah, si? - Pelorat levantó los ojos de su esmerado índice -. ¿En qué sentido?
Trevize abrió los brazos.
- No he confiado en la computadora. No me he atrevido a hacerlo, de modo que he comparado nuestra situación actual con la situación que queríamos alcanzar después del salto. La diferencia no es mensurable. No hay ningún error perceptible.
- Eso es bueno, ¿no?
- Es más que bueno. Es increíble. Jamás había oído tal cosa. He realizado saltos y los he dirigido, de mil modos distintos y con toda clase de aparatos. En la escuela tuve que efectuar uno con una computadora manual y después envié un hiperrelé para comprobar los resultados. Naturalmente no podía enviar una nave real, ya que, aparte del gasto, podría muy bien haberla situado en el centro de una estrella que se hallara en el otro extremo.
»Por supuesto, nunca me equivoqué hasta ese punto - continuó Trevize -, pero siempre había un error considerable. Siempre hay algún error, aunque se sea un experto. Tiene que haberlo, ya que existen tantas variables. Se lo explicaré de otro modo; la geometría del espacio es demasiado complicada y el hiperespacio combina todas estas complicaciones con una complejidad propia que no podemos aspirar a comprender. Por eso tenemos que viajar por etapas, en vez de hacer un solo salto de aquí a Sayshell. Los errores empeorarían con la distancia.
- Pero usted ha dicho que esta computadora no ha cometido ningún error - comento Pelorat.
- Ella ha dicho que no lo había cometido. Le he hecho comparar nuestra situación actual con nuestra situación precalculada; «lo que es» con «lo que se pedía». Ella ha dicho que las dos eran idénticas dentro de sus propios límites de medición, y yo he pensado: «¿Y si está mintiendo?» . .
Hasta aquel momento, Pelorat había conservado su instrumento copiador en la mano. Ahora lo dejó y pareció trastornado.
- ¿Bromea? Una computadora no puede mentir. A menos que quiera decir que ha pensado que podía estar estropeada.
- No, no es esto lo que he pensado. ¡Espacio! He pensado que estaba mintiendo. Esta computadora está tan perfeccionada que no puedo pensar en ella más que como algo humano; sobrehumano, quizá. Suficientemente humano para tener orgullo... y para mentir, quizá. Le he dado algunos datos, a fin de que trazara una ruta por el hiperespacio hasta un punto cercano al planeta Sayshell, la capital de la Unión de Sayshell. Ha trazado una ruta en veintinueve etapas, lo cual es arrogancia de la peor clase.
- ¿Por qué arrogancia?
- El error en el primer salto hace el segundo salto tanto menos seguro, y el error añadido hace el tercer salto bastante incierto e indigno de confianza, y así sucesivamente. ¿Cómo puedes calcular veintinueve etapas a la vez? La vigésimo novena podría terminar en cualquier sitio de la Galaxia, cualquier sitio. Así que le he ordenado hacer únicamente la primera etapa. Después podríamos comprobarlo antes de continuar.
- Es lo más prudente - dijo Pelorat con entusiasmo -. ¡Lo apruebo!
- Sí, pero habiendo hecho la primera etapa, ¿no puede la computadora sentirse ofendida por mi falta de confianza en ella? ¿No se vería forzada a salvar su orgullo diciéndome que no había ningún error, cuando yo se lo preguntara? ¿No le resultaría imposible admitir una equivocación, confesar una imperfección? Si es así, la computadora no nos sirve de nada.
El alargado y apacible rostro de Pelorat se entristeció.
- ¿Qué podemos hacer en ese caso, Golan?
- Lo que yo he hecho; desperdiciar un día. He comprobado la situación de varias de las estrellas circundantes por los métodos más primitivos posibles: observación telescópica, fotografía y medición manual. He comparado cada situación real con la situación esperada si no había habido error. He trabajado todo el día y ha sido inútil.
- Si, pero ¿qué ha sucedido?
- He encontrado dos errores colosales y, después de verificarlos, los he localizado en mis cálculos. Era yo quien me había equivocado. He corregido los cálculos, y después los he procesado desde el principio, para ver si la computadora llegaba a los mismos resultados independientemente. A excepción de que ella ha sacado varios decimales más, ha quedado claro que mis cifras eran correctas y demostraban que la computadora no había cometido ningún error. La computadora puede ser una arrogante hija del Mulo, pero tiene razón para ser arrogante.
Pelorat exhaló un profundo suspiro.
- En fin, es una buena noticia.
- ¡Desde luego! Así pues, voy a dejarle hacer las otras veintiocho etapas.
- ¿A la vez? Pero...
- A la vez no. No se preocupe. Aún no soy tan temerario. Las hará una tras otra, pero después de cada una comprobará los alrededores y, si están donde deben estar dentro de unos límites tolerables, hará la siguiente. Cada vez que encuentre un error demasiado grande, y, créame, los límites que he fijado no son nada generosos, tendrá que detenerse y volver a calcular las etapas restantes.
- ¿Cuándo va a hacerlo?
- ¿Cuándo? Ahora mismo. Escuche, usted está haciendo un índice de su biblioteca...
- Oh, pero ésta es la oportunidad para hacerlo, Golan. He querido hacerlo durante años, pero siempre había algo que me lo impedía.
- Me parece muy bien. Usted siga trabajando y  yo lo haré, y no se preocupe. Concéntrese en el índice, Yo me ocuparé de todo lo demás.
Pelorat meneó la cabeza.
- No sea tonto. No podré estar tranquilo hasta que esto se haya solucionado. Estoy muerto de miedo.
- Entonces, no debería habérselo dicho... Pero tenía que decírselo a alguien y aquí no hay nadie más que usted. Déjeme explicárselo francamente. Siempre existe la posibilidad de que emerjamos en el lugar exacto del espacio interestelar y que dé la casualidad de que éste sea precisamente el lugar ocupado por un veloz meteorito o un pequeño agujero negro, en cuyo caso la nave quedará destrozada y nosotros también. En teoría, estas cosas pueden ocurrir.
»Sin embargo, las posibilidades son muy escasas. Al fin y al cabo, usted podría estar en su casa, Janov, revisando películas en su estudio o durmiendo en su cama, y un meteorito podría atravesar la atmósfera de Términus y darle justamente en la cabeza, matándole. Pero las probabilidades son escasas.
»De hecho, la probabilidad de cruzarse en el camino de algo fatal, pero demasiado pequeño para que la computadora lo detecte, en el curso de un salto hiperespacial, es mucho más pequeña que la de ser alcanzado por un meteorito en su casa. No sé de ninguna nave que se haya perdido de este modo en toda la historia de los viajes hiperespaciales.
Cualquier otra clase de riesgo, como emerger en el centro de una estrella, es aún menor.
Pelorat preguntó:
- Entonces, ¿por qué me cuenta todo esto, Golan?
Trevize hizo una pausa, después inclinó la cabeza en actitud meditativa, y finalmente contestó:
- No lo sé... Sí, lo sé. Lo que yo supongo es que, por muy pequeña que pueda ser la probabilidad de una catástrofe, si el número suficiente de personas corre el número suficiente de riesgos, la catástrofe terminará produciéndose. Por muy seguro que esté de que no sucederá nada malo, una insistente vocecilla en mi interior me dice: «Quizá suceda esta vez.» Y eso me hace sentir culpable. Supongo que es esto. Janov, si algo sale mal, ¡perdóneme!
- Pero, Golan, mi querido amigo, si algo sale mal, ambos moriremos instantáneamente. Yo no podré perdonarle, ni usted recibir mi perdón.
- Lo sé, de modo que perdóneme ahora, por favor.
Pelorat sonrió.
- No sé por qué, pero esto me anima. Hay algo gratamente humorístico en todo ello. Por supuesto, Golan, le perdonaré. Hay muchos mitos sobre alguna forma de vida posterior en la literatura mundial y si por casualidad existiera tal lugar, hay más o menos las mismas probabilidades que de aterrizar en un pequeño agujero negro, supongo, o no tantas, y ambos termináramos en el mismo, yo atestiguaría que usted hizo lo que pudo y que mi muerte no fue culpa suya.
- ¡Gracias! Ya me siento más aliviado. Yo estoy dispuesto a correr el riesgo, pero no me gustaba la idea de que usted también lo hiciera sólo por mi.
Pelorat estrechó la mano del otro.
- Verá, Golan, hace menos de una semana que le conozco y supongo que no debería hacer juicios precipitados en estas cuestiones, pero creo que es usted un muchacho excelente... Y ahora, manos a la obra y terminemos de una vez.
- ¡De acuerdo! Lo único que debo hacer es tocar ese pequeño contacto. La computadora tiene las instrucciones y sólo espera que yo le diga: «¡Empieza!» ¿ Le gustaría. .. ?
- ¡Ni hablar! ¡Es toda suya! Es su computadora.
- Muy bien. También es mi responsabilidad. Como ve, aún estoy tratando de evadirla. ¡No aparte los ojos de la pantalla!
Con una mano extraordinariamente firme y una sonrisa que parecía sincera, Trevize estableció el contacto.
Hubo una pausa momentánea y después el campo estelar cambió... y volvió a cambiar... y volvió a cambiar. Las estrellas fueron haciéndose más densas y más brillantes en la pantalla.
Pelorat contaba en voz baja. En el «15» se produjo una interrupción, como si alguna pieza del mecanismo se hubiera atascado.
Pelorat susurró, claramente temeroso de que cualquier ruido pudiera sacudir fatalmente el aparato:
- ¿Dónde está el fallo? ¿Qué ha sucedido?
Trevize se encogió de hombros.
- Supongo que está volviendo a calcular. Algún objeto en el espacio está añadiendo una protuberancia perceptible a la configuración general del campo de gravedad total, algún objeto que no se ha tenido en cuenta, una estrella minúscula o un planeta desconocido.
- ¿Es peligroso?
- Puesto que aún estamos vivos, no creo que lo sea. El planeta podría estar a cien millones de kilómetros y, no obstante, producir una modificación de la gravedad suficientemente grande para requerir un nuevo cómputo. La estrella podría estar a diez billones de kilómetros y...
La pantalla cambió de nuevo y Trevize se calló.
Cambió de nuevo. y de nuevo. Finalmente, cuando Pelorat dijo «28», no hubo más movimientos.
Trevize consultó la computadora.
- Estamos aquí - dijo.
- He contado el primer salto como «1» y en esta serie he empezado en el «2». Son veintiocho saltos en total. Usted dijo veintinueve.
- El nuevo cómputo en el salto 15 probablemente nos ha ahorrado un salto. Puedo verificarlo en la computadora si lo desea, pero en realidad no es necesario. Estamos en las cercanías del planeta Sayshell. La computadora lo afirma así y yo no lo dudo.
Si orientáramos debidamente la pantalla, veríamos un hermoso y fulgurante sol, pero no tiene objeto colocar una tensión innecesaria sobre su capacidad de proyección. El planeta Sayshell es el cuarto hacia el exterior y está a unos 3,2 millones de kilómetros de nuestra situación actual, que es la distancia a la que queríamos estar después del salto. Podemos llegar allí en tres días..., dos, si nos damos prisa.
Trevize respiró profundamente y dejó que la tensión se disipara.
- ¿Se da cuenta de lo que esto significa, Janov? - preguntó -. Todas las naves donde he estado, o de las que me han hablado, habrían realizado esos saltos con un intervalo mínimo de un día entre ellos, para hacer complicados cálculos y verificaciones, incluso con una computadora. El viaje habría durado casi un mes. O quizá dos o tres semanas, si estaban dispuestos a ser imprudentes. Nosotros lo hemos hecho en media hora. Cuando todas las naves estén equipadas con una computadora como ésta...
Pelorat dijo:
- Me pregunto por qué la alcaldesa nos ha asignado una nave tan perfeccionada. Debe ser increíblemente costosa.
- Es experimental - dijo Trevize con sequedad -. Quizá la buena mujer estaba perfectamente dispuesta a dejárnosla probar y ver qué deficiencias podía revelar.
- ¿Habla en serio?
- No se ponga nervioso. Después de todo, no hay ningún motivo de preocupación. No hemos descubierto ninguna deficiencia. Sin embargo, yo la creo muy capaz de haberlo hecho. Eso no afectaría en absoluto a su sentido de la humanidad. Además, no nos ha dado armas ofensivas y eso reduce considerablemente los gastos.
Pelorat comentó con aire pensativo:
- Estoy pensando en la computadora. Parece adaptarse tan bien a usted..., y no se adapta tan bien a todo el mundo. Apenas funciona conmigo.
- Tanto mejor para nosotros, que funcione bien con uno de los dos.
- Sí, pero ¿es esto simple casualidad?
- ¿Qué otra cosa, Janov?
- No cabe duda de que la alcaldesa le conoce muy bien.
- Creo que sí, la vieja bruja.
- ¿No podría haber hecho diseñar una computadora especialmente para usted?
- ¿Por qué?
- Sólo me pregunto si no estamos yendo hacia donde la computadora quiere llevarnos.
Trevize lo miró con asombro.
- ¿Quiere decir que mientras estoy conectado a la computadora, es la computadora, y no yo, quien se halla realmente al mando?
- Eso me pregunto.
- Es ridículo. Paranoico. Vamos, Janov.
Trevize se volvió de nuevo hacia la computadora para enfocar el planeta Sayshell en la pantalla y para trazar una ruta hacia él por el espacio normal.
¡Ridículo!
Pero ¿por qué había puesto Pelorat la idea en su cabeza?

10 MESA


33


Habían pasado dos días y Gendibal se sentía más encolerizado que abatido. No existía ningún motivo por el que no pudiera celebrarse el juicio inmediatamente. De no haber estado preparado, de haber necesitado tiempo, le habrían impuesto un juicio urgente, estaba seguro de ello.
Pero como nada más que la mayor crisis desde el Mulo amenazaba a la Segunda Fundación, perdían el tiempo; y sin más propósito que el de irritarlo.
Lo habían irritado y, por Seldon, esto haría su contragolpe aun más fuerte. No tenía ninguna duda al respecto.
Miró a su alrededor. La antesala estaba vacía. Ya hacía dos días que lo estaba. Era un hombre marcado, un orador que, por causa de una acción sin precedentes en los cinco siglos de historia de la Segunda Fundación, pronto perdería su cargo. Sería degradado a simple ciudadano, degradado al nivel de un miembro de la Segunda Fundación, normal y corriente.
Sin embargo, una cosa, y una cosa muy honrosa, era ser un miembro llano de la Segunda Fundación, especialmente si uno ostentaba un título respetable, como Gendibal podría hacer incluso después de la residencia, y algo muy distinto haber llegado a orador y ser degradado.
No obstante, eso no sucedería, pensó Gendibal con fiereza, aunque todos le hubieran rehuido durante dos días. Sólo Sura Novi lo trataba como antes; pero ella era demasiado ingenua para comprender la situación. Para ella, Gendibal seguía siendo el «maestro».
A Gendibal le irritaba encontrar un cierto consuelo en ello. Se sintió avergonzado cuando empezó a notar que su estado de ánimo mejoraba cuando la sorprendía mirándolo con veneración. ¿Es que ya empezaba a agradecer regalos tan pequeños?
Un secretario salió de la cámara para decirle que la Mesa estaba preparada para recibirlo, y Gendibal entró majestuosamente. Gendibal conocía bien al secretario; era un hombre que sabía, hasta la fracción más diminuta, el grado exacto de cortesía que merecía cada orador. En aquel momento, el otorgado a Gendibal fue asombrosamente pequeño. Incluso el secretario lo consideraba casi convicto.
Todos estaban sentados alrededor de la mesa, vestidos con las negras togas. El primer orador, Shandess, parecía un poco incómodo, pero no permitió que su rostro expresara el menor indicio de cordialidad. Delarmi, una de las tres únicas oradoras, ni siquiera lo miró.
El primer orador dijo:
- Orador Stor Gendibal, ha sido usted residenciado por comportarse de un modo indigno para un orador. Ante todos nosotros ha acusado a la Mesa vagamente y sin pruebas, de traición e intento de asesinato. Ha dado a entender que todos los miembros de la Segunda Fundación, incluidos los oradores y el primer orador, debían ser sometidos a un profundo análisis mental para descubrir cuál de ellos ya no era digno de confianza. Tal conducta rompe la cohesión social, sin la que la Segunda Fundación no puede controlar una Galaxia intrincada y potencialmente hostil, y sin la que no puede construir, con seguridad, un Segundo Imperio viable.
»Ya que todos hemos sido testigos de estas ofensas, renunciaremos a la exposición formal de cargos por la parte acusadora. Por lo tanto, pasaremos directamente a la fase siguiente. Orador Stor Gendibal, ¿tiene usted una defensa?
Ahora Delarmi, todavía sin mirarlo, se permitió una ligera sonrisa.
Gendibal dijo:
- Si la verdad se considera una defensa, la tengo. Hay fundamentos para sospechar de una brecha en nuestra seguridad. Esa brecha puede implicar el control mental de uno o más miembros de la Segunda Fundación, sin excluir a los aquí presentes, y esto supone un gran peligro para la Segunda Fundación. Si, en realidad, aceleran este juicio porque no pueden perder tiempo, es posible que todos reconozcan débilmente la seriedad de la crisis, pero en ese caso, ¿por qué han perdido dos días después de que yo reclamara formalmente un juicio inmediato? Declaro que ha sido esta grave crisis lo que me ha obligado a decir lo que he dicho. Me habría comportado de un modo indigno para un orador si no lo hubiera hecho así.
- Se empeña en repetir la ofensa, primer orador - dijo Delarmi con suavidad.
El asiento de Gendibal estaba más separado de la Mesa que el de los demás, lo cual era ya una clara degradación. El lo alejó aún más, como si eso no le importara nada, y se levantó.
- ¿Me condenarán ahora, de antemano y a despecho de la ley, o puedo exponer mi defensa con detalle? - preguntó.
El primer orador contestó:
- Esto no es una asamblea ilegal orador Sin muchos precedentes para guiarnos, le daremos un voto de confianza, reconociendo que si nuestras capacidades «demasiado humanas» nos hicieran desviar de la absoluta justicia, es mejor dejar en libertad al culpable que condenar al inocente. Por lo tanto, aunque el presente caso es tan grave que no podemos dejar alegremente en libertad al culpable, le permitiremos exponer su caso del modo que usted quiera y durante el tiempo que quiera, hasta que decidamos, por votación unánime, incluido mi voto - y alzó la voz en esta frase -, que hemos oído bastante.
- Entonces, permítanme empezar declarando que Golan Trevize, el miembro de la Primera Fundación que ha sido exilado de Términus y al que el primer orador y yo consideramos el filo de la crisis, ha tomado una dirección inesperada - dijo Gendibal.
- Cuestión de información - aclaró Delarmi con suavidad -. ¿Cómo es que el orador - la entonación indicó claramente que la palabra era usada despectivamente - sabe tal cosa?
- Fui informado por el primer orador – contestó Gendibal -, pero yo lo confirmo basándome en mis propios datos. Sin embargo, en estas circunstancias, y teniendo en cuenta mis sospechas sobre el nivel de seguridad de la cámara, deben permitirme que mantenga en secreto mis fuentes de información.
- Yo no tengo nada que oponer. Prosigamos sin aclarar este punto, pero si, a juicio de la Mesa, la información debe conocerse, el orador Gendibal deberá proporcionarla - dijo el primer orador.
Delarmi replicó:
- Si el orador no proporciona la información ahora, debo decir que supongo que tiene un agente a su servicio, un agente empleado particularmente por él y que no trabaja para la Mesa en general. No podemos estar seguros de que tal agente obedezca las reglas de conducta por las que se rige el personal de la Segunda Fundación.
El primer orador añadió con cierta desaprobación:
- Veo todas las implicaciones, oradora Delarmi. No es necesario que me las enumere.
- Unicamente lo menciono para que conste en acta, primer orador, ya que esto agrava la ofensa y no es un dato mencionado en la demanda de residencia, la cual, me gustaría señalar, no ha sido leída en su totalidad y en la que solicito sea añadido este nuevo dato.
- El secretario deberá añadir el dato - dijo el primer orador -, y el texto definitivo será redactado en el momento adecuado. Orador Gendibal - él, cuando menos, no lo dijo en tono despectivo -, su defensa es realmente un paso hacia atrás. Continúe.
Gendibal continuó:
- No sólo ese Trevize ha tomado una dirección inesperada, sino que lo ha hecho a una velocidad sin precedentes. Mi información, que el primer orador aún no conoce, es que ha recorrido casi diez mil pársecs en mucho menos de una hora.
- ¿En un solo salto? - preguntó uno de los oradores con incredulidad.
- En más de dos docenas de saltos, uno tras otro, sin que virtualmente transcurriera tiempo alguno - dijo Gendibal -, algo que resulta incluso más difícil de imaginar que un solo salto. Aunque ahora esté localizado, necesitaremos tiempo para seguirle y, si él nos detecta y realmente quiere huir de nosotros, no podremos alcanzarlo... Y ustedes pierden el tiempo en juegos de residencias y dejan pasar dos días para saborearlos más.
El primer orador consiguió ocultar su angustia.
- Haga el favor de decimos, orador Gendibal, cuál cree usted que es el significado de todo esto.
- Es una indicación, primer orador, de los. adelantos tecnológicos hechos por la Primera Fundación, que es ahora mucho más poderosa que en tiempos de Preem Palver. No podríamos hacerles frente si nos encontraran y fueran libres de actuar.
La oradora Delarmi se puso en pie y dijo:
- Primer orador, estamos perdiendo el tiempo con asuntos que no vienen al caso. No somos niños a los que se pueda asustar con cuentos de la Abuela Espacial. No importa lo impresionante que sea la maquinaria de la Primera Fundación si, en cualquier crisis, sus mentes están bajo nuestro control.
- ¿Qué tiene que decir a esto, orador Gendibal? - preguntó el primer orador.
- Unicamente que llegaremos a la cuestión de las mentes a su debido tiempo. Por el momento, sólo quiero recalcar el poderío tecnológico superior, y creciente, de la Primera Fundación.
- Pase al siguiente punto, orador Gendibal. Debo manifestar que el primero no me parece estar relacionado con el asunto contenido en la demanda de residencia - dijo el primer orador.
Hubo un claro gesto de conformidad por parte de la Mesa en general.
- Prosigo. Trevize tiene un compañero en su presente viaje - Gendibal hizo una momentánea pausa para considerar la pronunciación, un tal Janov Pelorat, erudito bastante ineficaz que ha dedicado su vida a reunir mitos y leyendas referentes a la Tierra.
- ¿Sabe todo esto acerca de él? ¿Su fuente secreta, supongo? - dijo Delarmi, que se había arrogado el papel de fiscal con evidente satisfacción.
- Si, sé todo esto acerca de él - replicó Gendibal, impasible -. Hace unos cuantos meses, la alcaldesa de Términus, una mujer enérgica y capaz, se interesó por ese erudito sin una razón clara y, como es natural, yo también me interesé. No lo he guardado en secreto. Toda la información obtenida ha sido puesta a disposición del primer orador.
- Confirmo lo manifestado - dijo el primer orador en voz baja.
Un anciano orador preguntó:
- ¿Qué es esa Tierra? ¿Es el mundo de origen que se menciona en todas las fábulas? ¿El que fue objeto de tanta agitación en los viejas tiempos imperiales?
Gendibal asintió.
- En los cuentos de la Abuela Espacial, como diría la oradora Delarmi. Sospecho que el sueño de Pelorat era venir a Trántor para consultar la Biblioteca Galáctica, a fin de encontrar información sobre la Tierra que no pudo obtener en el servicio bibliotecario interestelar del que disponía en Términus.
»Cuando salió de Términus, con Trevize, debía de tener la impresión de que su sueño iba a realizarse. Nosotros los esperábamos a los dos y contábamos con tener la oportunidad de examinarlos, en nuestro propio beneficio. Al parecer, como todos ustedes ya saben, no vendrán aquí. Se han desviado hacia un destino que aún no está claro y por una razón que aún no se conoce.
La redonda cara de Delarmi reflejó una expresión querúbica al decir:
- ¿Y a qué se debe tanto ruido? Aquí no los necesitamos para nada. En realidad, si nos descartan tan fácilmente, podemos deducir que la Primera Fundación no conoce la verdadera naturaleza de Trántor, y podemos aplaudir la obra de Preem Palver.
Gendibal contestó:
- Si no profundizáramos más, realmente podríamos llegar a esta conclusión tan tranquilizadora. Sin embargo, ¿podría ser que el desvío no se debiera a la incapacidad de ver la importancia de Trántor?
¿Podría ser que el desvío se debiera al miedo de que Trántor, examinando a estos dos hombres, viese la importancia de la Tierra?
Hubo una verdadera conmoción en torno a la Mesa.
- Cualquiera - dijo Delarmi con frialdad - puede inventar tesis absurdas y disfrazarlas con frases mesuradas. Pero ¿acaso esto hace que tengan sentido? ¿Por qué iba alguien a inquietarse por lo que la Segunda Fundación pensara de la Tierra? Tanto si es el verdadero planeta de origen, como si es un mito, como si no hay ningún planeta de origen, es algo que sólo interesa a los historiadores, antropólogos y coleccionistas de leyendas populares, como ese tal Pelorat. ¿Por qué a nosotros?
- Sí, ¿por qué? - dijo Gendibal -. ¿A qué se debe, entonces, que no haya referencias de la Tierra en la biblioteca?
Por primera vez, algo que no era hostilidad se dejó sentir en el ambiente alrededor de la Mesa.
Delarmi inquirió:
- ¿No las hay?
Gendibal contestó con calma:
- Cuando me enteré de que Trevize y Pelorat podrían venir aquí en busca de información sobre la Tierra, yo, como es natural, hice que la computadora de nuestra biblioteca confeccionara una lista de los documentos que contenían dicha información.
Me sentí ligeramente interesado al descubrir que no había nada. Ni una cantidad pequeña. Ni muy poco. ¡Nada!
»Pero después ustedes insistieron en que yo esperara dos días antes de que este juicio tuviera lugar, y al mismo tiempo, mi curiosidad se acrecentó con la noticia de que los miembros de la Primera Fundación no vendrían después de todo. Tenía que distraerme de algún modo. Mientras el resto de ustedes estaba, como dice el refrán, bebiendo vino mientras la casa se derrumbaba, revisé algunos libros de historia que tenía yo. Encontré párrafos que mencionaban específicamente algunas de las investigaciones sobre la "'Cuestión del Origen" en los últimos tiempos imperiales. Había referencias y citas de determinados documentos, tanto impresos como filmados. Volví a la biblioteca y busqué personalmente esos documentos. Les aseguro que no había nada.
- Aunque sea así, no tiene por qué sorprendernos. Si la Tierra es realmente un mito... - dijo Delarmi.
- Entonces, la encontraría en las referencias mitológicas. Si fuera una historia de la Abuela Espacial, la encontraría en las obras completas de la Abuela Espacial. Si fuera una invención de la mente enferma, la encontraría en psicopatología. El hecho es que existe algo sobre la Tierra o todos ustedes no habrían oído hablar de ella y tampoco la habrían reconocido inmediatamente como el nombre del supuesto planeta de origen de la especie humana. Así pues, ¿por qué no hay ninguna referencia a ella en la biblioteca, ni en ningún sitio?
Delarmi guardó silencio durante unos momentos y otro orador tomó la palabra. Era Leonis Cheng, un hombrecillo con unos conocimientos enciclopédicos sobre las minucias del Plan Seldon y una actitud bastante miope hacia la Galaxia. Sus ojos tendían a parpadear rápidamente cuando hablaba.
- Es bien sabido que el Imperio intentó crear en sus últimos días una mística imperial prohibiendo todo interés por los tiempos preimperiales - dijo.
Gendibal asintió.
- Prohibición es el término exacto, orador Cheng.
Esto no equivale a destrucción de pruebas. Como usted debería saber mejor que nadie, otra característica de la decadencia imperial fue el repentino interés por tiempos pasados, presuntamente mejores. Yo acabo de referirme al interés por la «Cuestión del Origen» en tiempos de Hari Seldon.
Cheng interrumpió con un formidable carraspeo.
- Lo sé muy bien, joven, y sé mucho más de lo que usted parece creer sobre estos problemas sociales de la decadencia imperial. El proceso de «imperialización» atajó estos juegos de aficionado acerca de la Tierra. Bajo Cleón II, durante el último resurgimiento del Imperio, dos siglos después de Seldon, la imperialización alcanzó su punto culminante y toda especulación sobre la cuestión de la Tierra llegó a su fin. Incluso hubo un mandato referente a esto en tiempos de Cleón, calificando el interés por esos temas de (y creo que lo cito textualmente) «especulación caduca e improductiva que tiende a minar el amor del pueblo por el trono imperial».
Gendibal sonrió.
- Entonces, ¿cree usted que fue en tiempos de Cleón II, orador Cheng, cuando se destruyó toda referencia a la Tierra?
- No saco ninguna conclusión. Sólo he declarado lo que he declarado.
- Es muy astuto por su parte no sacar ninguna conclusión. En la época de Cleón es posible que el Imperio viviera un resurgimiento, pero la universidad y la biblioteca, por lo menos, estaban en nuestras manos o, en todo caso, en las de nuestros predecesores. Había sido imposible sacar material de la biblioteca sin que los oradores de la Segunda Fundación se enterasen. De hecho, la labor habría tenido que ser encomendada a los oradores, aunque el Imperio moribundo no lo habría sabido.
Gendibal hizo una pausa, pero Cheng, sin decir nada, miró por encima de la cabeza del otro.
Gendibal prosiguió:
- De esto se deduce que la biblioteca no pudo ser vaciada del material sobre la Tierra durante la época de Seldon, ya que entonces la «Cuestión del Origen» era una preocupación activa, y no pudo ser vaciada después porque la Segunda Fundación estaba a cargo de ella. Sin embargo, ahora la biblioteca está vacía. ¿Cómo es posible?
Delarmi intervino con impaciencia:
- Puede dejar de insistir en el dilema., Gendibal.
Lo entendemos. ¿Qué sugiere usted como solución? ¿Que ha sacado los documentos usted mismo?
- Como de costumbre, Delarmi, no se anda por las ramas. - Y Gendibal le dedicó una inclinación de cabeza con sardónico respeto (ante la que ella reaccionó alzando ligeramente el labio) -. Una solución es que la depuración haya sido hecha por un orador de la Segunda Fundación, alguien que sepa utilizar a los encargados sin dejar ningún recuerdo tras de sí, y las computadoras sin dejar registro tras de sí.
El primer orador, Shandess, enrojeció, - Ridículo, orador Gendibal. No creo que un orador hiciera eso. ¿Cuál sería el motivo? Aunque por alguna razón, el material sobre la Tierra hubiera sido retirado, ¿por qué ocultarlo al resto de la Mesa? ¿Por qué arriesgarse a destruir la propia carrera expoliando la biblioteca cuando hay tantas probabilidades de que se descubra? Además, creo que ni el más hábil de los oradores podría realizar esa tarea sin dejar ninguna huella.
- Entonces debe de ser, primer orador, que discrepa de la oradora Delarmi en la sugerencia de que lo he hecho yo.
- Por supuesto - dijo el primer orador -. A veces dudo de su buen juicio, pero aún no lo considero totalmente loco.
- Entonces debe de ser que nunca ha sucedido primer orador. El material sobre la Tierra aún debe de estar en la biblioteca, pues parece que ya hemos eliminado todas las formas posibles en que puede haber sido retirado; y, sin embargo, el material no está allí.
Delarmi dijo con afectado cansancio:
- Bueno, bueno, terminemos de una vez. Vuelvo a preguntarle, ¿qué solución sugiere usted? Estoy segura de que cree tener una.
- Si usted está segura, oradora, es posible que también lo estemos todos. Mi sugerencia es que la biblioteca ha sido expurgada por alguien de la Segunda Fundación que está bajo el control de una sutil fuerza ajena a la Segunda Fundación. La expurgación ha pasado desapercibida porque esa misma fuerza se ha encargado de que fuera así.
Delarmi se echó a reír.
- Hasta que usted lo ha descubierto. Usted, el incontrolado e incontrolable. Si esa misteriosa fuerza existiera, ¿cómo ha descubierto usted la ausencia de material de la biblioteca? ¿Por qué no lo han controlado?
Gendibal contestó con gravedad:
- No es cuestión de risa, oradora. Ellos pueden creer, igual que nosotros, que toda manipulación debe ser reducida al mínimo. Cuando mi vida estuvo en peligro hace unos cuantos días, me preocupé más por abstenerme de intervenir en una mente hameniana que por protegerme a mí mismo. Podría ocurrirles lo mismo a ellos; en cuanto se creyeron a salvo, dejaron de intervenir. Este es el peligro, el temible peligro. El hecho de que yo haya descubierto lo ocurrido puede significar que a ellos ya no les importa. El hecho de que ya no les importe puede significar que ya creen haber vencido. ¡Y aquí nosotros continuamos jugando!
- Pero ¿qué se proponen con todo esto? ¿Qué finalidad persiguen? - preguntó Delarmi, moviendo los pies y mordiéndose los labios. Notaba que su poder disminuía a medida que la Mesa se sentía más interesada, más preocupada.
Gendibal repuso:
- Resumamos... La Primera Fundación, con su enorme arsenal de poder físico, está buscando la Tierra. Simulan librarse de dos exiliados, confiando en que nosotros los tomaremos por tales, pero ¿les equiparían con naves de increíble poder, naves que pueden recorrer diez mil pársecs en menos de una hora, si no fueran más que eso?
»En cuanto a la Segunda Fundación, no hemos buscado la Tierra, y es evidente que se han tomado medidas sin nuestro conocimiento para despojarnos de toda información respecto a ese planeta. La Primera Fundación está ahora tan cerca de encontrar la Tierra, y nosotros estamos tan lejos de hacerlo, que Gendibal hizo una pausa y Delarmi dijo:
- Que, ¿qué? Termine su infantil relato. ¿Sabe algo o no?
- No lo sé todo, oradora. No he llegado hasta el fondo de la red que nos está envolviendo, pero sé que la red está ahí. No sé qué importancia puede tener el descubrimiento de la Tierra, pero estoy seguro de que la Segunda Fundación se enfrenta a un enorme peligro y, con ella, el Plan Seldon y el futuro de toda la humanidad.
Delarmi se puso en pie. No sonreía y habló con voz tensa pero rigurosamente controlada.
- ¡Tonterías! ¡Primer orador, ponga fin a esto. Lo que se debate es el comportamiento del acusado. Lo que él nos dice no sólo es infantil sino irrelevante. No puede excusar su conducta inventando una serie de teorías que sólo tienen sentido para él.
Solicito la votación inmediata, la votación unánime en favor de su culpabilidad.
- Esperen - dijo vivamente Gendibal -. Me han asegurada que tendría una oportunidad para defenderme y queda una prueba más una más. Déjenme presentarla y luego podrán pasar a la votación sin más objeciones por m parte.
El primer orador se restregó los ojos con cansancio.
- Puede continuar, orador Gendibal. Desearía hacer notar a la Mesa que la condena de un orador residenciado es una acción tan grave y, en realidad sin precedentes, que no debemos dar la impresión de obstaculizar la defensa. Recuerden, asimismo, que incluso si el veredicto nos satisface, puede no satisfacer a aquellos que vendrán después de nosotros, y no creo que un miembro de la Segunda Fundación de cualquier nivel, para no hablar de los oradores de la Mesa, no aprecie plenamente la importancia de la perspectiva histórica. Actuemos de modo que podamos aseguramos la aprobación de los oradores que nos sucederán en los siglos venideros.
Delarmi replicó con mordacidad:
- Corremos el riesgo, primer orador, de que la posteridad se ría de nosotros sin dudar de lo evidente. Continuar la defensa es decisión de usted.
Gendibal tomó aliento.
- Entonces, de acuerdo con su decisión, primer orador, deseo llamar a un testigo una joven a la que conocí hace tres días y sin la cual quizá no habría llegado nunca a la reunión de la Mesa, en vez de haberlo hecho sólo con retraso.
- ¿Conoce la Mesa a la mujer de la que habla? - preguntó el primer orador.
- No, primer orador. Es una nativa de este planeta.
Delarmi abrió desmesuradamente los ojos.
- ¿Una hameniana?
- ¡En efecto! ¡Así es!
- ¿Qué tenemos que ver con uno de ésos? Nada de lo que dicen puede ser importante. ¡No existen! - dijo Delarmi.
Los labios de Gendibal se fruncieron en una mueca que no habría podido confundirse con una sonrisa y declaró mordazmente:
- Físicamente todos los hamenianos existen. Son seres humanos y desempeñan su papel en el Plan de Seldon. En la protección indirecta de la Segunda Fundación desempeñan un papel crucial. Quiero disociarme de la crueldad de la oradora Delarmi y espero que su afirmación conste en acta y sea considerada como evidencia de su posible ineptitud para el cargo de oradora. ¿Estará de acuerdo el resto de la Mesa con la increíble afirmación de la oradora y me privará de mi testigo?
El primer orador dijo:
- Llame a su testigo, orador.
Los labios de Gendibal se relajaron en los inexpresivos rasgos normales de un orador bajo presión.
Su mente estaba protegida, y cercada, pero tras esa barrera protectora, notó que el momento de peligro había pasado y que él había vencido.

34


Sura Novi parecía nerviosa. Tenía los ojos muy abiertos y el labio inferior le temblaba ligeramente. Sus manos se cerraban y abrían con lentitud y su respiración era acelerada. Su cabello había sido peinado hacia atrás y trenzado en un moño; su cara tostada por el sol se crispaba de vez en cuando. Sus manos estrujaban los pliegues de su falda larga. Miró apresuradamente en torno a la Mesa, de un orador a otro, con grandes ojos llenos de temor.
Ellos le devolvieron la mirada con diversos grados de desprecio e inquietud. Delarmi mantuvo la mirada muy por encima de la coronilla de Novi, haciendo caso omiso de su presencia.
Gendibal tocó cuidadosamente la capa exterior de su mente, sosegándola y relajándola. Podría haber hecho lo mismo acariciándole la mano o la mejilla, pero aquí, en estas circunstancias, eso era imposible, naturalmente.
- Primer orador, estoy entumeciendo el conocimiento consciente de esta mujer para que su testimonio no esté deformado por el miedo. ¿Hará el favor de observar..., observarán todos ustedes, si lo desean, que no modificaré su mente en modo alguno?
Novi había vuelto a sobresaltarse de terror al oír la voz de Gendibal, y Gendibal no se sorprendió al notarlo. Sabía que nunca había oído hablar entre ellos a los miembros de la Segunda Fundación de alto rango. Nunca había experimentado esa extraña y veloz combinación de sonido, tono, expresión y pensamiento. Sin embargo, el temor se desvaneció tan rápidamente como la había invadido, cuando él apaciguó su mente.
Una expresión de placidez se adueñó de su rostro.
- Hay una silla detrás de ti, Novi - dijo Gendibal -. Haz el favor de sentarte.
Novi hizo una pequeña y torpe reverencia y se sentó, manteniéndose erguida.
Habló con gran claridad, pero Gendibal le pidió que repitiera algunas cosas cuando su acento hameníano era demasiado marcado. Y como él mantuvo la formalidad de su propio lenguaje por deferencia a la Mesa, también tuvo que repetir algunas de sus preguntas.
El relato de la lucha entre él y Rufirant fue descrito sosegada y perfectamente.
Gendibal preguntó:
- ¿Viste todo esto tú misma, Novi?
- Nanay, maestro, o lo habría antes detenido. Rufirant ser buen tipo, pero no rápido en la cabeza.
- Pero tú lo has descrito todo. ¿Cómo es posible, si no lo viste todo?
- Rufirant lo contó a mí después, al preguntarle. Estar avergonzado.
- ¿Avergonzado? ¿Sabes si se había comportado de esta manera con anterioridad?
- ¿Rufirant? Nanay, maestro. El ser amable, aunque ser grande. El no ser luchador y tener miedo de los serios. El dice a menudo que ellos tienen mucha fuerza y poder.
- ¿Por qué no pensaba así cuando me encontró?
- Ser extraño. Ser no comprensible. - Meneó la cabeza -. El no ser sí mismo. Yo le dije: «Tú, cabeza hueca. ¿Te parece bien asaltar a serio?». Y él dijo: «No sé cómo ha pasado. Ser como si yo estoy a un lado, quieto y mirando a no-yo.»
El orador Cheng interrumpió:
- Primer orador, ¿por qué razón se hace declarar a esta mujer lo que le ha dicho un hombre? ¿Es que el hombre no puede ser interrogado?
Gendíbal contestó:
- Puede serlo. Si, después del testimonio de esta mujer, la Mesa desea oír más testimonios, estaré dispuesto a llamar a Karoll Rufirant, mi reciente antagonista, al estrado. Si no, la Mesa podrá emitir su veredicto cuando haya terminado con esta testigo.
- Muy bien - accedió el primer orador -. Prosiga.
Gendibal preguntó:
- ¿Y tú, Novi? ¿Fue propio de ti intervenir de este modo en la pelea?
Novi no dijo nada durante unos momentos. Un pequeño ceño apareció entre sus tupidas cejas y luego desapareció.
- Yo no sé. Yo no deseo mal a serios. Yo sentirme empujada, y me mezclé sin pensamiento. – Una pausa, y después -: Yo lo haré otra vez si ser necesario.
- Novi, ahora ir dormirás. No pensarás en nada. Descansarás y ni siquiera soñarás - dijo Gendibal.
Novi balbuceó durante un momento. Sus ojos se cerraron y su cabeza cayó hacia atrás contra el respaldo de la silla.
Gendibal esperó un momento y luego dijo:
- Primer orador, con todo respeto, sígame al interior de la mente de esta mujer. La encontrará notablemente simple y simétrica, lo cual es una suerte, pues lo que verá podría no haber sido visible en otras circunstancias. ¡Aquí..., aquí! ¿Lo observa? Si el resto de ustedes quieren entrar..., será más fácil si lo hacen uno por uno.
Hubo un creciente zumbido en torno a la mesa.
- ¿Alguno de ustedes duda todavía? – preguntó Gendibal.
Delarmi dijo:
- Yo dudo, porque... - Hizo una pausa al borde de lo que era, incluso para ella, difícil de decir.
Gendibal lo dijo en su lugar.
- ¿Cree que he manipulado deliberadamente esta mente a fin de que presentara una falsa evidencia? ¿Cree, por lo tanto, que soy capaz de realizar un ajuste tan delicado; una sola fibra mental claramente deformada sin nada a su alrededor o en las proximidades que esté alterado en lo más mínimo? Si pudiera hacerlo, ¿qué necesidad tendría de tratar con cualquiera de ustedes de esta manera? ¿Por qué someterme a la deshonra de un juicio? ¿Por qué esforzarme en convencerles? Si yo pudiera hacer lo que se ve en la mente de esta mujer, todos ustedes estarían indefensos frente a mi, a menos que se hallaran bien preparados. El hecho contundente es que ninguno de ustedes podría manipular una mente como ha sido manipulada la de esta mujer. Yo tampoco. Sin embargo, alguien lo ha hecho.
Hizo una pausa, mirando a todos los oradores por orden, y, fijando después sus ojos en Delarmi, habló con lentitud.
- Ahora, si no disponen nada más, haré entrar al campesino hameniano, Karoll Rufirant, al que he examinado y cuya mente también ha sido manipulada de esta manera.
- No será necesario - dijo el primer orador, que tenía una expresión consternada -. Lo que hemos visto es más que suficiente.
- En ese caso - dijo Gendibal -, ¿puedo despertar a esta hameniana y dejarla ir? He dispuesto que fuera haya alguien para encargarse de su recuperación.
Cuando Novi hubo salido, llevada del brazo por Gendibal, éste dijo:
- Permítanme hacer un breve resumen. Las mentes pueden ser, y han sido, alteradas de un modo que está más allá de nuestro poder. Así pues, los propios encargados de la biblioteca pueden haber sido influidos para sacar de allí el material sobre la Tierra, sin nuestro conocimiento o el de ellos. Hemos visto cómo se dispuso que mi llegada a la reunión de la Mesa fuese retrasada. Me amenazaron; me rescataron. La consecuencia es que fui residenciado. La consecuencia de esta sucesión de hechos aparentemente naturales es que puedo ser destituido de una posición de poder; y la línea de acción que yo defiendo y que amenaza a esas personas, quienesquiera que sean, puede ser anulada.
- Delarmi se inclinó hacia delante. Estaba claramente trastornada.
- Si esa organización secreta es tan ingeniosa, ¿cómo pudo usted descubrir todo esto?
Ahora, Gendibal no tuvo inconveniente en sonreír.
- El mérito no es mío – dijo -. No me considero más hábil que los demás oradores y, por supuesto, no más que el primer orador. Sin embargo, tampoco estos Anti-Mulos, como el primer orador los ha bautizado ingeniosamente, son infinitamente sabios o infinitamente inmunes a las circunstancias. Quizá eligieron a esta hameniana determinada como instrumento precisamente porque necesitaba muy. Pocos ajustes. Ella era, por su propio carácter, simpatizante de los que llama "sabios", y los admiraba intensamente.
»Pero después, cuando esto hubo terminado, su momentáneo contacto conmigo reforzó su fantasía de convertirse ella misma en "sabia". Al día siguiente acudió a mí con esa idea en mente. Curioso por tan peculiar ambición, examiné su mente, lo que ciertamente no habría hecho en otras circunstancias, y más por accidente que otra cosa, descubrí el ajuste y percibí su significado. De haber sido elegida cualquier otra mujer, una menos predispuesta a favor de los sabios, los Anti-Mulos habrían tenido que hacer más de un ajuste, pero quizá entonces no habría habido consecuencias y yo no me habría enterado de nada. Los Anti-Mulos calcularon mal, o bien no previeron esta posibilidad. El hecho de que puedan tropezar de este modo es alentador.
- El primer orador y usted llaman a esta... organización... los Anti-Mulos, supongo que porque parecen trabajar para mantener a la Galaxia en la trayectoria del Plan Seldon, en vez de desviarla como hizo el propio Mulo. Si los Anti-Mulos hacen eso, ¿por qué son peligrosos? - dijo Delarmi.
- ¿ Por, qué iban a esforzarse, si no fuera con algún propósito? Nosotros no sabemos cuál es ese propósito. Un cínico podría decir que quieren intervenir en alguna época futura e impulsar la corriente en otra dirección, alguna que posiblemente les agradaría más a ellos que a nosotros. Esta es mi propia opinión, a pesar de que no estoy especializado en cinismo. ¿Acaso la oradora Delarmi se atrevería a afirmar, debido al amor y confianza que conforman tan gran parte de su carácter, que son altruistas cósmicos, que hacen nuestro trabajo en lugar de nosotros, sin aspirar a una recompensa?
Hubo unas carcajadas ahogadas en torno a la mesa y Gendibal comprendió que había vencido.
Y Delarmi comprendió que había perdido; y una oleada de ira apareció a través de su férreo control mentálico como un momentáneo rayo de sol a través de una espesa bóveda de hojas.
- A raíz del incidente con el campesino hameniano, llegué a la conclusión de que había un orador tras él. Cuando observé el ajuste en la mente de la hameniana, supe que estaba en lo cierto respecto a la conspiración, pero equivocado respecto al conspirador. Ruego me disculpen por la mala interpretación y alego las circunstancias como atenuante - prosiguió Gendibal.
El primer orador dijo:
- Creo que esto puede ser interpretado como una disculpa...
Delarmi interrumpió. Había recobrado la serenidad; su rostro era afable y su voz, pura sacarina.
- Con todo respeto, primer orador, si se me permite interrumpir... Olvidemos este asunto de la residencia. En este momento yo no votaría por la condena y supongo que nadie lo haría. Incluso sugiero que la residencia no conste en el intachable historial del orador. El orador Gendibal se ha exonerado hábilmente a sí mismo. Le felicito por ello... y por denunciar una crisis que el resto de nosotros bien habríamos podido ignorar indefinidamente, con resultados incalculables. Ofrezco al orador mis sinceras disculpas por mi anterior hostilidad.
Dirigió una resplandeciente sonrisa a Gendibal, que la admiró a pesar suyo por la manera en que había cambiado inmediatamente de táctica a fin de reducir sus pérdidas. También intuyó que esto sólo eran los preliminares a un ataque desde otra dirección.

35


Cuando se esforzaba en mostrarse encantadora, la oradora Delora Delarmi conseguía dominar a la Mesa de Oradores. Su voz se tornó suave, su sonrisa indulgente, sus ojos brillantes, y toda ella irradió dulzura. Nadie pensó en interrumpirla y todos esperaron que asestara el golpe de gracia.
- Gracias al orador Gendibal, creo que ahora todos sabemos lo que debemos hacer. No vemos a los Anti-Mulos; no tenemos ningún dato acerca de ellos, excepto sus fugitivos toques en las mentes de personas que viven en la sede de la misma Segunda Fundación. No sabemos qué está planeando el centro de poder de la Primera Fundación. Quizá nos encontremos ante una alianza de los Anti-Mulos y la Primera Fundación. No lo sabemos.
»Sí sabemos que este Golan Trevize y su compañero, cuyo nombre se me escapa en este momento, se dirigen hacia algún lugar que no sabemos cuál es, y que el primer orador y Gendibal creen que Trevize es la clave de esta grave crisis. Así pues, ¿qué debemos hacer? Está claro que debemos averiguar todo lo que podamos sobre Trevize; adónde va, qué piensa, cuál puede ser su propósito; o bien si tiene algún punto de destino, algún pensamiento, algún propósito; si no podría ser, en realidad, un mero instrumento de una fuerza mayor que él.
- Está sometido a observación - dijo Gendibal.
Delarmi frunció los labios en una indulgente sonrisa.
- ¿De quién? ¿De uno de sus agentes extranjeros? ¿Podemos esperar que esos agentes se resistan a aquellos que tienen las facultades demostradas aquí? Indudablemente no. En tiempos del Mulo, y también más tarde, la Segunda Fundación no vaciló en enviar fuera, e incluso sacrificar, a voluntarios de los mejores que teníamos, ya que ninguna otra cosa podía servir. Cuando fue necesario restaurar el Plan Seldon, el mismo Preem Palver registró la Galaxia como un comerciante trantoriano a fin de traer a esa muchacha, Arkady. No podemos cruzarnos de brazos, ahora, cuando la crisis puede ser más grave que en ningún caso previo. No podemos confiar en funcionarios menores, vigilantes y mensajeros.
- ¿No estará sugiriendo que el primer orador abandone Trántor en este momento? - preguntó Gendibal.
Y Delarmi contestó:
- Por supuesto que no. Lo necesitamos aquí. Por otra parte, está usted, orador Gendibal. Es usted quien ha intuido y sopesado correctamente la crisis. Es usted quien detectó la sutil interferencia exterior en la biblioteca y las mentes hamenianas. Es usted quien ha mantenido sus opiniones contra la cerrada oposición de la Mesa... y ha vencido. Aquí no hay nadie que haya visto la situación tan claramente como usted, y nadie más que usted podrá seguir viéndola con claridad. En mi opinión, es usted quien debe salir al espacio para enfrentarse al enemigo. ¿Puedo saber el parecer de la Mesa?
No necesitó una votación formal para conocer ese parecer. Cada orador tocó las mentes de los otros y quedó claro para un Gendibal súbitamente consternado que, en el momento de su victoria y de la derrota de Delarmi, esta formidable mujer había maniobrado para enviarle irrevocablemente al exilio con una misión que le ocuparía durante un período indefinido, mientras ella permanecía allí para controlar la Mesa y, por lo tanto, la Segunda Fundación y, consecuentemente, la Galaxia, enviando a todos por igual, tal vez, hacia su total destrucción.
Y si, de alguna manera, el exiliado Gendibal conseguía obtener la información que permitiría a la Segunda Fundación eludir la inminente crisis, sería Delarmi quien merecería el reconocimiento por haberlo organizado, y el éxito de él sólo confirmaría el poder de ella. Cuanto más rápido fuese Gendibal, cuanto más éxito tuviera, más sólidamente confirmaría el poder de la oradora Delarmi.
Era una maniobra muy hermosa, una recuperación increíble.
Y dominaba claramente a la Mesa, incluso ahora que estaba usurpando virtualmente las atribuciones del primer orador. El pensamiento de Gendibal en este sentido fue atajado por la ira que emanaba del primer orador.
Se volvió. El primer orador no hacía ningún esfuerzo para ocultar su cólera, y pronto quedó claro que una nueva crisis interna no tardaría en suceder a la que había sido resuelta.

36


Quindor Shandess, el vigésimo quinto primer orador, no se hacía demasiadas ilusiones respecto a sí mismo.
Sabía que no era uno de los pocos primeros oradores dinámicos que habían iluminado los cinco siglos de historia de la Segunda Fundación; pero, en realidad, no tenía que serlo. Presidía la Mesa durante un tranquilo período de prosperidad galáctica y no había necesidad de dinamismo. Había parecido que se trataba de una época idónea para jugar a la defensiva y él había sido el hombre adecuado para este papel. Su predecesor lo había escogido por este motivo.
- Usted no es un aventurero; usted es un sabio - había dicho el vigésimo cuarto primer orador -. Usted preservará el Plan, mientras que un aventurero podría echarlo a perder. ¡Preservar! Que ésta sea la palabra clave para su Mesa.
Lo había intentado, pero eso significó un mandato pasivo y, en muchas ocasiones, se había interpretado como debilidad. Había rumores periódicos en el sentido de que se proponía dimitir y también manifestar intrigas para asegurar la sucesión en una u otra dirección.
Shandess no tenía la menor duda de que Delarmi había sido la instigadora de la lucha. Tenía la personalidad más fuerte de la Mesa, e incluso Gendibal, con, todo el fuego y la locura de la juventud, retrocedía ante ella, como estaba haciendo ahora mismo.
Pero, por Seldon, quizá fuese pasivo, o incluso débil, pero había una prerrogativa del primer orador a la que ni uno solo había renunciado, y él tampoco lo haría.
Se levantó para hablar e inmediatamente se produjo un siseo en torno a la mesa. Cuando el primer orador se levantaba para hablar, no podía haber interrupciones. Ni siquiera Delarmi o Gendibal se atreverían a interrumpir.
- ¡Oradores! Convengo en que nos enfrentamos a una crisis peligrosa y en que debemos tomar medidas drásticas. Soy yo quien tendría que ir al encuentro del enemigo. La oradora Delarmi, con la amabilidad que la caracteriza, me dispensa de la labor declarando que soy necesario aquí. Sin embargo, la verdad es que no soy necesario aquí ni allí. Me hago viejo; me siento cansado. Desde hace tiempo se espera que dimita algún día y quizá debería hacerlo.
Cuando esta crisis haya sido resuelta, dimitiré.
»Pero, naturalmente, es privilegio del primer orador escoger a su sucesor. Voy a hacerlo ahora. Hay un orador que domina desde hace tiempo las sesiones de la Mesa; un orador que, por la fuerza de su personalidad, ha suplido el liderazgo que yo no ejercía. Todos ustedes saben que estoy hablando de la oradora Delarmi.
Hizo una pausa, y después añadió:
- Sólo usted, orador Gendibal, denota desaprobación. ¿Puedo preguntar por qué? - Se sentó, para que Gendibal tuviera derecho a contestar.
- No lo desapruebo, primer orador - dijo Gendibal en voz baja -. A usted le corresponde elegir a su sucesor.
- Y así lo haré. Cuando usted regrese, habiendo conseguido iniciar el proceso que pondrá fin a esta crisis, será el momento adecuado para mi dimisión. Mi sucesor será entonces el encargado de dirigir la política necesaria para continuar y completar ese proceso. ¿Tiene algo que decir, orador Gendibal?
Gendibal contestó sosegadamente:
- Ya que ha asignado a la oradora Delarmi como su sucesora, primer orador, confío en que tendrá a bien aconsejarla que...
El primer orador lo interrumpió con brusquedad.
- He hablado de la oradora Delarmi, pero no la he nombrado mi sucesora. Y ahora, ¿qué tiene que decir?
- Le pido perdón, primer orador. Debería haber dicho, suponiendo que designe a la oradora Delarmi como su sucesora tras mi regreso de esta misión, ¿tendrá a bien aconsejarle que...?
- Tampoco la nombraré mi sucesora en el futuro, de ninguna manera. Y ahora, ¿qué tiene que decir? - El primer orador fue incapaz de hacer este anuncio sin mostrar su satisfacción por el golpe que le estaba asestando a Delarmi. No habría podido hacerlo de un modo más brillante.
- Bueno, orador Gendibal – repitió -, ¿qué tiene que decir?
- Que estoy desconcertado.
El primer orador volvió a levantarse y dijo:
- La oradora Delarmi ha dominado y acaudillado, pero esto no es todo lo que se necesita para el cargo de primer orador. El orador Gendibal ha visto lo que nosotros no hemos visto. Ha hecho frente a la hostilidad de toda la Mesa, y la ha obligado a reconsiderar la cuestión, y la ha forzado a aceptar sus teorías. Yo tengo mis sospechas sobre los motivos de la oradora Delarmi para echar la responsabilidad de la persecución de Golan Trevize sobre los hombros del orador Gendibal, pero a él le corresponde llevar esa carga. Sé que triunfará, confío en mi intuición para saberlo, y cuando regrese, el orador Gendibal se convertirá en el vigésimo sexto primer orador.
Se sentó bruscamente y cada uno de los oradores empezaron a manifestar su opinión en una batahola de sonido, tono, pensamiento y expresión. El primer orador no prestó atención alguna a la cháchara, sino que miró indiferente hacia delante. Ahora que ya estaba hecho, se dio cuenta, con cierta sorpresa, del gran alivio que suponía despojarse del manto de la responsabilidad. Debería haberlo hecho antes, pero no habría podido.
Hasta ahora no había encontrado a su sucesor idóneo.
Y entonces, por alguna razón, su mente tropezó con la de Delarmi y levantó los ojos hacia ella. ¡Por Seldon! Estaba tranquila y sonriente. Su profunda decepción no se traslucía; no había renunciado. Se preguntó si en realidad sólo habría conseguido hacerle el juego. ¿Qué otra baza podía quedarle por jugar?

37


Delora Delarmi habría mostrado abiertamente su desesperación y decepción si eso hubiera podido serle útil de alguna manera.
Habría sentido una gran satisfacción atacando a aquel necio senil que controlaba la Mesa o aquel idiota juvenil con quien había conspirado la Fortuna, pero satisfacción no era lo que quería. Quería algo más.
Quería ser primera oradora.
Y mientras quedara una sola carta por jugar, la jugaría.
Sonrió afablemente, y consiguió levantar la mano como si se dispusiera a hablar; luego la mantuvo en alto el tiempo suficiente para asegurarse de que, cuando hablara, el ambiente no seria sólo normal, sino expectante.
- Primer orador, como antes ha declarado el orador Gendibal, no desapruebo su decisión. A usted le corresponde elegir a su sucesor. Si ahora hablo, es porque puedo contribuir, espero, al éxito de lo que ahora constituye la misión del orador Gendibal. ¿Puedo explicar mis pensamientos, primer orador?
- Hágalo - contestó lacónicamente el primer orador. Le pareció que se mostraba demasiado suave, demasiado dócil.
Delarmi inclinó la cabeza con gravedad. Había dejado de sonreír y dijo:
- Tenemos naves. No son, tecnológicamente, tan espléndidas como las de la Primera Fundación, pero llevarán al orador Gendibal. Creo que él sabe pilotarlas, como todos nosotros. Tenemos representantes en todos los planetas importantes de la Galaxia, y será bien recibido en todas partes. Además, él puede defenderse incluso de esos Anti-Mulos, ahora que es consciente del peligro. Aunque ninguno de nosotros lo fuera, sospecho que prefieren trabajar con las clases inferiores e incluso con los campesinos hamenianos. Como es natural, inspeccionaremos minuciosamente las mentes de todos los miembros de la Segunda Fundación, incluidos los oradores, pero estoy segura de que han permanecido invioladas. Los Anti-Mulos no se atreven a interferir en nosotros.
»Sin embargo, no hay razón para que el orador Gendibal se exponga más de lo necesario. La temeridad nunca es aconsejable y creo que sería conveniente disfrazar su misión de algún modo... si es que ellos no tienen conocimiento de nada. Podría asumir el papel de un comerciante hameniano. Todos sabemos que Preem Palver se internó en la Galaxia como un supuesto comerciante.
- Preem Palver tenía un motivo específico para hacerlo así; el orador Gendibal no lo tiene. Si hay que adoptar algún disfraz, estoy seguro de que él se las ingeniara para adoptarlo - dijo el primer orador.
- Con todo respeto, primer orador, deseo sugerir un disfraz muy sutil. Como recordarán, Preem Palver llevó consigo a su esposa y compañera de muchos años. Ninguna otra cosa estableció tan claramente la tosca naturaleza de su personaje como el hecho de viajar con su esposa y así alejó toda sospecha.
- Yo no tengo esposa. He tenido compañeras, pero ninguna se prestaría ahora a asumir el papel marital - objetó Gendibal.
- Eso es bien sabido, orador Gendibal – replicó Delarmi -, pero la gente dará ese papel por sentado si cualquier mujer va con usted. No cabe duda de que aparecerá alguna voluntaria. Y si cree que puede ser necesaria una prueba documental, se la proporcionaremos. Opino que debería acompañarle una mujer.
Por espacio de un momento, Gendibal se quedó sin aliento. Delarmi no podía estar pensando en... ¿Podía ser una maniobra para asegurarse una parte del triunfo? ¿Podía estar preparando el terreno para un ocupación conjunta, o rotatoria, del cargo de primer orador?
- Me halaga que la oradora Delarmi haya pensado en sí misma para... - dijo Gendibal sombríamente.
Y Delarmi prorrumpió en carcajadas y miró a Gendibal casi con verdadero afecto. Había caído en la trampa y se había puesto en ridículo. La Mesa no lo olvidaría.
- Orador Gendibal, yo no cometería la impertinencia de querer participar en esta misión. Es suya y sólo suya, igual que el cargo de primer orador será suyo y sólo suyo. Nunca habría podido imaginarme que desearía llevarme con usted. La verdad, orador, a mi edad, ya no me considero una mujer fascinante...
Hubo sonrisas en torno a la mesa e incluso el primer orador intentó disimular una.
Gendibal acusó el golpe y procuró no agravar la pérdida reaccionando con violencia. No lo consiguió y dijo, lo menos ferozmente que pudo:
- Entonces, ¿qué es lo que sugiere? Le aseguro que no he creído, por un solo momento, que deseara acompañarme. Sé que aquí está en su elemento y, en cambio, no sabría desenvolverse en la confusión de los asuntos galácticos.
- Así es, orador Gendibal, así es - dijo Delarmi -. Sin embargo, mi sugerencia se refiere a su papel como comerciante hameniano. Para darle verdadera autenticidad, ¿qué mejor compañera que una hameniana?
- ¿Una hameniana? - Por segunda vez en poco rato, Gendibal fue tomado por sorpresa y la Mesa se regocijó.
- La hameniana - prosiguió Delarmi -. La que le salvó de la paliza. La que lo mira con adoración. Aquella cuya mente sondeó usted y que después, de modo totalmente inconsciente, le salvó una segunda vez de algo mucho más grave que una paliza. Sugiero que se la lleve.
El primer impulso de Gendibal fue negarse, pero comprendió que eso era lo que ella esperaba. Significaría más diversión para la Mesa. Ahora resultaba evidente que el primer orador, ansioso por atacar a Delarmi, había cometido un error nombrando su sucesor a Gendibal, o, por lo menos, Delarmi lo había convertido rápidamente en uno.
Gendibal era el más joven de los oradores. Había encolerizado a la Mesa y después se había librado de ser condenado por ellos. En realidad, les había humillado. Ninguno podía verle como el heredero aparente sin resentimiento.
Esto habría sido bastante difícil de superar, pero ahora recordarían la facilidad con que Delarmi le había hecho caer en el ridículo y lo mucho que ellos habían disfrutado. Ella lo utilizada para convencerles, con toda facilidad, de que carecía de la edad y la experiencia necesarias para el papel de primer Orador. Su presión conjunta obligaría al primer orador a cambiar la decisión mientras Gendibal estaba lejos. O, si el primer orador se mantenía firme, Gendibal terminaría encontrándose con un cargo que no le serviría de nada frente a una oposición tan cerrada.
Lo vio todo en un instante y fue capaz de contestar sin aparente vacilación.
- Oradora Delarmi, admiro su perspicacia. Yo había pensado sorprenderles a todos. Realmente tenía la intención de llevarme a la hameniana, aunque no por la misma razón que usted ha sugerido. Deseaba llevármela por su mente. Todos ustedes han examinado su mente. La han visto tal como es: asombrosamente inteligente pero, más que eso, clara, simple, desprovista de toda astucia. Como ya deben haber supuesto, ni el más leve toque efectuado en esa mente pasaría desapercibido.
»Así pues, me pregunto si se le habrá ocurrido, oradora Delarmi, que esa joven actuaría como un excelente sistema de alarma. Yo detectaría la primera presencia sintomática del mentalismo por medio de su mente, antes, creo, que por medio de la mía.
Hubo un silencio atónito, y Gendibal añadió, con desenfado:
- Ah, ninguno de ustedes había pensado en ello. ¡Bueno, bueno, no tiene importancia! Y ahora les dejo. No hay tiempo que perder.
- Espere - dijo Delarmi, habiendo perdido la iniciativa por tercera vez -. ¿Qué se propone hacer?
Con un ligero encogimiento de hombros, Gendibal contestó:
- ¿Por qué entrar en detalles? Cuanto menos sepa la Mesa, menos probable será que los Anti-Mulos intenten molestarla.
Lo dijo como si la seguridad de la Mesa fuera su mayor preocupación. Llenó su mente con ello, y dejó que se notara.
Les halagada. Más que eso, la satisfacción que ocasionaría tal vez les impediría preguntarse si, en realidad, Gendibal sabía exactamente qué se proponía hacer.

38


El primer orador habló con Gendibal a solas aquella noche.
- Tenía usted razón – dijo -. No he podido dejar de penetrar bajo la superficie de su mente. He visto que consideraba el anuncio un error y lo ha sido. Debemos achacarlo a mi ansiedad por borrar esa eterna sonrisa de la mente de la oradora y vengarme de la indiferencia con que tan a menudo usurpa mi papel.
Gendibal dijo con amabilidad:
- Quizá habría sido mejor comunicármelo en privado y esperar hasta mi regreso para anunciarlo públicamente.
- Eso no me habría permitido atajarla... No es un motivo muy válido para un primer orador, lo sé.
- Ello no la detendrá, primer orador. Seguirá intrigando para obtener el cargo y quizá con buenas razones. Estoy seguro de que muchos opinan que yo debería haber rechazado la propuesta. Seguramente opinan que la oradora Delarmi es el mejor cerebro que hay en la Mesa y que sería el mejor primer orador.
- El mejor cerebro que hay en la Mesa, no fuera de ella - gruñó Shandess -. No reconoce a ningún enemigo real, excepto a los demás oradores. Ni siquiera debería haber sido elegida oradora... Vamos a ver, ¿debo prohibirle que se lleve a la hameniana?
Ella ha maniobrado para obligarle, lo sé.
- No, no, el motivo que he dado para llevármela es cierto. Será un sistema de alarma y agradezco a la oradora Delarmi que me haya ayudado a darme cuenta. La muchacha resultará muy útil, estoy convencido.
- De acuerdo, entonces. Por cierto, yo tampoco estaba mintiendo. Tengo el pleno convencimiento de que usted hará todo lo necesario para poner fin a esta crisis..., si es que confía en mi intuición.
- Creo que puedo confiar en ella, pues opino como usted. Le prometo que, suceda lo que suceda, no trataré a los demás como me han tratado a mí. Regresaré para ser primer orador, pese a todo lo que los Anti-Mulos, o la oradora Delarmi, puedan hacer.
Gendibal se percató de su propia satisfacción incluso mientras hablaba. ¿Por qué se sentía tan complacido, y se aferraba de tal modo a esta solitaria aventura por el espacio? Ambición, sin duda. Preem Palver había hecho exactamente lo mismo, y él demostraría que Stor Gendibal también podía hacerlo.
Nadie se atrevería a arrebatarle el cargo de primer orador después de esto. Y no obstante, ¿había algo más que ambición? ¿El aliciente del combate? ¿El deseo generalizado de agitación en alguien que había estado confinado en un escondido rincón de un planeta subdesarrollado durante toda su vida adulta?
No lo sabía con exactitud, pero sabía que estaba completamente resuelto a marcharse.



11 SAYSHELL


39


Janov Pelorat observó, por primera vez en su vida, cómo la brillante estrella iba convirtiéndose en un globo después de lo que Trevize llamó un «microsalto». Luego el cuarto planeta, el habitable y su destino inmediato, Sayshell, aumentó de tamaño y distinción más lentamente, a lo largo de varios días.
La computadora había hecho un mapa del planeta, ahora reflejado en una pantalla portátil que Pelorat tenía encima de las piernas.
Trevize, con el aplomo de quien, en sus tiempos, había aterrizado en varias docenas de mundos, dijo:
- No empiece a observar tan atentamente demasiado pronto, Janov. Primero tenemos que pasar por la estación de entrada y eso puede resultar tedioso.
Pelorat levantó los ojos.
- Seguramente sólo es una formalidad.
- Lo es. Pero, aun así, puede resultar tedioso.
- Pero es tiempo de paz.
- Naturalmente. Esto significa que nos dejarán pasar. No obstante, primero está la cuestión del equilibrio ecológico. Cada planeta tiene el suyo y no quieren que sea alterado. De modo que tienen la costumbre de registrar la nave en busca de organismos indeseables, o infecciones. Es una precaución razonable.
- Me parece que nosotros no tenemos esas cosas.
- No, no las tenemos y ya lo comprobarán. Además, recuerde que Sayshell no es miembro de la Confederación, de modo que seguramente exagerarán un poco para demostrar su independencia.
Una pequeña nave se acercó para registrarles y un inspector de la aduana sayshelliana subió a bordo. Trevize, que no había olvidado su instrucción militar, se mostró enérgico.
- El Estrella Lejana, procedente de Términus - dijo -. Los documentos de la nave. Sin armamento. Embarcación particular. Mi pasaporte. Hay un pasajero. Su pasaporte. Somos turistas.
El inspector lucía un llamativo uniforme en el que el carmesí era el color dominante. Sus mejillas y labio superior estaban afeitados, pero llevaba una corta barba partida de tal modo que los mechones sobresalían hacia ambos lados de su barbilla.
- ¿Nave de la Fundación? - dijo.
Lo pronunció «neve de la Fundesión», pero Trevize tuvo cuidado de no corregirle ni sonreír. Había tantas variedades de dialectos como planetas, y cada uno hablaba el suyo. Mientras fuera posible comprenderse, no importaba.
- Sí, señor - dijo Trevize -. Nave de la Fundación. De propiedad privada.
- Muy bonita. Su flite, si hace el favor.
- Mi ¿qué?
- Su flite. ¿Qué llevan?
- Ah, mi carga. Aquí tiene la lista. Unicamente objetos personales. No estamos aquí para comerciar. Como le he dicho, somos simples turistas.
El inspector de aduanas miró a su alrededor con curiosidad.
- Es una embarcación muy compleja para unos turistas.
- No tanto, para la Fundación - repuso Trevize con un despliegue de buen humor -. Disfruto de una posición acomodada y puedo permitirme estos lujos.
- ¿Está insinuando que yo podría ser opulentado?
- El inspector le dirigió una breve mirada, y luego desvió los ojos.
Trevize vaciló un momento con objeto de interpretar el significado de la palabra, y después otro momento para decidir su línea de acción.
- No, no tengo la intención de sobornarle. No tengo ningún motivo para sobornarle.., y usted no parece el tipo de persona que se dejaría sobornar, si ésta fuera mi intención. Puede registrar la nave, si lo desea - contestó.
- No es necesario - dijo el inspector, guardando su grabadora de bolsillo -. Ya han sido examinados en busca de una infección específica ilegal y han pasado. Se les ha asignado una longitud de onda radioeléctrica que servirá de luz de aproximación.
Se marchó. Todo el procedimiento había durado quince minutos.
Pelorat preguntó en voz baja:
- ¿Habría podido causamos problemas? ¿Esperaba realmente un soborno?
Trevize se encogió de hombros.
- Dar propina a los aduaneros es algo tan viejo como la Galaxia y lo habría hecho gustosamente si él lo hubiera intentado por segunda vez. Tal como están las cosas..., bueno, supongo que prefiere no correr ningún riesgo con una nave de la Fundación, y muy perfeccionada, además. La vieja alcaldesa, bendita sea su estampa, dijo que el nombre de la Fundación nos protegería dondequiera que fuéramos y no se equivocó. Habríamos podido tardar mucho más.
- ¿Por qué? Ha averiguado lo que quería saber.
- Sí, pero ha sido suficientemente considerado para inspeccionarnos por radioexploración remota. Si hubiera querido, habría podido registrar la nave con una máquina manual, y habría tardado horas. Habría podido internarnos en un hospital de campaña y retenernos días.
- ¿Qué? ¡Mi querido amigo!
- No se excite. No lo ha hecho. Yo he pensado que tal vez lo haría, pero no ha sido así. Esto significa que somos libres de aterrizar. A mí me gusta ría descender gravíticamente, lo podríamos hacer en quince minutos, pero no sé dónde están los lugares de aterrizaje permitidos y no quiero causar problemas. Esto significa que tendremos que seguir el haz radioeléctrico, y tardaremos horas, mientras descendemos en espiral a través de la atmósfera.
Pelorat pareció alegrarse.
- Pero eso es excelente, Golan. ¿Iremos suficientemente despacio para observar el terreno? - Levantó su pantalla portátil con el mapa reflejado sobre ella con poco aumento.
- Hasta cierto punto. Tendremos que atravesar el banco de nubes, y nos moveremos a unos cuantos kilómetros por segundo, No será como ir en globo por la atmósfera, pero verá la planetografía.
- ¡Excelente! ¡Excelente!
Trevize dijo con actitud pensativa:
- Sin embargo, me pregunto si estaremos en el planeta Sayshell el tiempo suficiente para que valga la pena ajustar el reloj de la nave a la hora local.
- Depende de lo que pensemos hacer, supongo. ¿Qué cree usted que haremos, Golan?
- Nuestro objetivo es encontrar Gaia y no sé cuánto tardaremos en lograrlo.
- Podemos ajustar nuestras tiras de pulsera y dejar el reloj de la nave como está - sugirió Pelorat.
- Me parece muy bien - dijo Trevize. Dirigió la mirada hacia el planeta que se extendía debajo de ellos -. No hay por qué seguir esperando. Ajustaré la computadora al haz radioeléctrico que nos han asignado y puede utilizar la gravítica para imitar el vuelo convencional. ¡De acuerdo! Descendamos, Janov, y veamos qué encontramos.
Contempló el planeta con aire pensativo mientras la nave empezaba a moverse siguiendo su curva potencial de gravedad suavemente ajustada.
Trevize nunca había estado en la Unión de Sayshell, pero sabía que durante el último siglo se había mostrado resueltamente hostil hacia la Fundación. Estaba sorprendido, y un poco decepcionado, de que hubieran pasado la aduana tan rápidamente.
No parecía razonable.




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