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domingo, 19 de mayo de 2013

2010: ODISEA DOS - Arthur C. Clarke


2010: ODISEA DOS
Arthur C. Clarke

I – LEONOV
1. ENCUENTRO EN EL FOCO
Aun en esta Edad Métrica, seguía siendo el telescopio de mil pies de largo, no el de trescientos metros. El
gran plato emplazado entre las montañas ya estaba parcialmente cubierto de sombras, mientras el sol
tropical se retiraba rápidamente a descansar, pero la masa triangular del complejo de antenas suspendida
sobre su centro todavía resplandecía de luz. Desde el suelo, allá abajo, se hubieran necesitado ojos
agudos para distinguir las dos figuras humanas en medio de aquella confusión aérea de vigas, cables de
sostén y guías de ondas.
- Ha llegado el momento - dijo el doctor Dimitri Moisevitch a su viejo amigo Heywood Floyd -, de
hablar de muchas cosas. De zapatos y naves espaciales y lacre, pero principalmente de monolitos y
computadores con disfunciones.
- De modo que es por eso que me sacaste de la conferencia. En realidad no es que me importe; he
escuchado tantas veces decir su discurso SETI a Carl que lo puedo repetir de memoria. Además la vista
es ciertamente fantástica; tú sabes, de todas las veces que he estado en Arecibo, nunca subí hasta aquí, a
la alimentación de las antenas.
- Deberías avergonzarte. Yo he estado aquí tres veces. Imagínate, estamos escuchando el Universo
entero, pero nadie puede oírnos a nosotros. Hablemos, pues, de tu problema.
- ¿Qué problema?
- Para empezar, ¿por qué tuviste que presentar la renuncia como presidente del Consejo Nacional de
Aeronáutica?
- No renuncié. La Universidad de Hawaii paga mucho mejor.
- De acuerdo, no renunciaste, te adelantaste a ellos. Después de todos estos años, Woody, no puedes
engañarme, y deberías evitar intentarlo. Si te volvieran a ofrecer el CNA ahora mismo, ¿dudarías?
- Está bien, viejo cosaco, ¿qué quieres saber?
- Antes que nada, hay muchos cabos sueltos en el informe que finalmente publicaron, después de tanta
presión. Pasaremos por alto el ridículo y francamente ilegal secreto con que la gente de ustedes ha
desenterrado el monolito de Tycho...
- Eso no fue idea mía.
- Es un placer escucharlo: inclusive te creo. Y apreciamos que estén permitiendo que todo el mundo lo
examine -que, por supuesto, es lo primero que debería haber hecho-. No es que haya ayudado mucho...
Hubo un sombrío silencio mientras los dos hombres contemplaban el negro enigma que allá arriba, en la
Luna, seguía desafiando desdeñosamente todas las armas que la ingenuidad humana apuntaba contra él.
Luego el científico ruso continuó.
- De todos modos, sea lo que fuere el monolito de Tycho, hay algo más importante en Júpiter. Es ahí
hacia donde envió su señal, después de todo. Y ahí es donde su gente se metió en problemas. A
propósito, lo lamento, aunque Frank Poole era el único a quien conocí personalmente. Lo vi en el
Congreso IAF '98, parecía una buena persona.
- Gracias; todos ellos eran buenas personas. Desearía que supiéramos qué les sucedió.
- Sea lo que fuere, seguramente admitirás que ahora concierne a toda la especie humana, no sólo a los
Estados Unidos. Ya no pueden tratar de utilizar su conocimiento para beneficio exclusivamente nacional.
- Dimitri, sabes perfectamente bien que los de tu lado hubieran hecho exactamente lo mismo. Y tú
hubieras ayudado.
- Estás absolutamente en lo cierto. Pero eso es historia antigua, como tu recientemente concluida gestión,
que fue responsable de todo el problema. Con un nuevo presidente, tal vez prevalezcan pareceres más
juiciosos.
- Posiblemente. ¿Tienes alguna sugerencia, y es ésta oficial o sólo una esperanza personal?
- Completamente extraoficial por el momento. Lo que los malditos políticos llaman conversaciones
tentativas. Y cuya mera existencia rechazaré de plano.
- Me parece justo. Continúa.
- Bien, ésta es la situación. Ustedes pondrán en órbita estable a Discovery II tan pronto como puedan,
pero no pueden esperar tenerla lista en menos de tres años, lo que significa que perderán la próxima
ventana de lanzamiento.
- No puedo confirmarlo ni negarlo. Recuerda que soy sólo un humilde consejero universitario, algo
completamente alejado del Consejo de Aeronáutica.
- Y supongo que tu último viaje a Washington fue sólo un paseo para encontrarte con viejos amigos.
Continuando: nuestra propia Alexei Leonov...
- Pensé que la iban a llamar Gherman Titov.
- Incorrecto, Consejero. La vieja y querida CIA los ha defraudado nuevamente. Es Leonov, desde enero
último. Y no dejes que nadie sepa que yo te dije que alcanzará Júpiter por lo menos un año antes que
Discovery.
- No dejes que nadie sepa que yo te dije que lo temíamos. Pero continúa.
- Mis superiores son tan estúpidos y limitados como los tuyos; quieren seguir solos con esto. Lo que
significa que cualquier cosa que haya funcionado mal con ustedes puede volver a sucedernos a nosotros,
y así regresaríamos todos a fojas cero, o peor.
- ¿Qué creen que falló? Estamos tan perplejos como ustedes. Y no me digas que no tienen todas las
transmisiones de Dave Bowman.
- Desde luego que sí. Todo hasta el último: "¡Dios mío, esto está repleto de estrellas!" Inclusive hemos
realizado un exhaustivo análisis de la configuración de su voz. No creemos que estuviera alucinado;
trataba de describir lo que realmente veía.
- ¿Y qué piensan de su desplazamiento Doppler?
- Completamente imposible, por supuesto. Cuando perdimos su señal, se estaba alejando a un décimo de
la velocidad de la luz. Y la había alcanzado en menos de dos minutos. ¡Veinticinco mil gravedades!
- Entonces debe de haber muerto instantáneamente. - No finjas inocencia, Woody. Las radios de sus
cápsulas espaciales no están construidas para soportar siquiera una décima de tal aceleración. Si éstas
pudieron sobrevivir, también pudo Bowman; cuanto menos hasta que perdimos contacto.
- Sólo estaba poniendo a prueba tus deducciones. De allí en más, estamos tan a ciegas como ustedes. Si
es que lo están.
- Apenas jugamos con alocadas conjeturas que me avergonzaría contarte. Aun así, sospecho que ninguna
será ni la mitad de disparatada que la realidad.
Las luces de posición pestañeaban alrededor de ellos, como pequeñas explosiones escarlatas, y las tres
esbeltas torres de sostén del complejo de antenas comenzaron a brillar como fanales contra el cielo
oscurecido. El último atisbo rojizo de sol desapareció tras las colinas circundantes; Heywood Floyd
aguardó el Verde Resplandor, que nunca había podido ver. Una vez más se vio defraudado.
- Entonces, Dimitri - dijo -, vayamos al punto. ¿Precisamente adónde quieres llegar?
Debe haber gran cantidad de inapreciable información almacenada en los bancos de memoria de
Discovery; y presumiblemente aún continúa registrándola, aunque la nave haya cesado de transmitir. Nos
gustaría obtenerla.
- Me parece bien. Pero cuando ustedes lleguen, y Leonov realice el acople, ¿qué les impedirá abordar
Discovery y copiar todo lo que quieran?
- Nunca pensé que tendría que recordarte que Discovery es territorio de los Estados Unidos, y que una
incursión no autorizada sería piratería.
- Excepto en el caso de una emergencia de vida o muerte, que no sería difícil de preparar. Después de
todo, sería complicado para nosotros vigilar lo que hicieran sus muchachos, desde un billón de
kilómetros de distancia.
- Te agradezco tu extremadamente interesante sugerencia; la pasaré. Pero aun subiendo a bordo, nos
llevaría semanas aprender todos los sistemas de ustedes, y leer todos los bancos de memoria. Lo que
propongo es cooperación. Estoy convencido de que es la mejor idea, pero a ambos puede llegar a
resultamos trabajoso vendérsela a nuestros respectivos superiores.
- ¿Tú quieres que uno de nuestros astronautas vuele con Leonov?
- Sí, preferentemente un ingeniero especializado en los sistemas de Discovery. Como los que ustedes
están entrenando en Houston para traer la nave a casa.
- ¿Cómo supiste eso?
- Por el amor de Dios, Woody; apareció en un videotexto de Aviation Week hace por lo menos un mes.
- En realidad, estoy desconectado; nadie me informa sobre lo que ha dejado de ser secreto.
- Mayor razón para pasar un tiempo en Washington. ¿Me secundarás?
- Absolutamente. Estoy de acuerdo contigo en un ciento por ciento. Pero...
- ¿Pero qué?
- Pero ambos debemos vérnoslas con dinosaurios con sesos en sus colas. Algunos de los míos dirán:
"Dejemos que los rusos arriesguen la cabeza, apresurándose a llegar a Júpiter. De todas maneras nosotros
estaremos allí un par de años más tarde y además, ¿qué apuro hay?"
Por un momento reinó el silencio sobre el conjunto de antenas, apenas alterado por el sordo crujir de los
inmensos cables que lo mantenían suspendido a cien metros de altura en el cielo. Luego Moisevitch
prosiguió, tan suavemente que Floyd debió esforzarse para oírlo:
- ¿Ha revisado alguien la órbita de Discovery.
- Realmente no lo sé, pero supongo que sí. En todo caso, ¿por qué preocuparse? Es perfectamente
estable.
- ¿De veras? Dispénsame la descortesía de recordarte un embarazoso incidente de los días de la antigua
NASA. La primera estación espacial, Skylab. Se suponía que permanecería arriba una década, pero el
rozamiento del aire en la ionosfera fue erróneamente subvaluado, y cayó años antes de lo planeado. Creo
entonces que recuerdas este pequeño traspié, aunque tú eras un niño.
- Fue el año en que me gradué, y tú lo sabes. Pero Discovery nunca llega a aproximarse a Júpiter.
Inclusive en el perigeo, eh, perijoveo, está demasiado alto para ser afectado por la resistencia
atmosférica.
- Ya he revelado lo suficiente como para volver a ser exiliado a mi dacha y podrías no estar autorizado a
visitarme la próxima vez. Así que sólo digan a su personal de rastreo que hagan su trabajo con más
cuidado, ¿de acuerdo? Y recuérdales que la magnetósfera de Júpiter es la más intensa del Sistema Solar.
- Comprendo a qué te refieres; muchas gracias. ¿Algo más antes de bajar? Estoy comenzando a helarme.
- No te preocupes, amigo. Tan pronto como dejes trascender esto hasta Washington - espera una semana,
aproximadamente, para no comprometerme -, la caldera va a comenzar a adquirir mucha, mucha presión.
2. LA CASA DE LOS DELFINES
Los delfines nadaban hasta el comedor cada tarde, justo antes de la puesta del sol. Sólo en una ocasión,
desde que Floyd ocupó la residencia del Consejero, habían modificado su rutina. Fue el día del tsunami
de dos mil cinco, el que, afortunadamente, había perdido la mayor parte de su poder antes de llegar a
Hilo. La próxima vez que sus amigos no llegaran a tiempo, Floyd pondría a su familia dentro del coche y
partiría rumbo a tierras altas, aproximadamente en la dirección de Mauna Kea.
Encantadores como eran, tenía que admitir que su tendencia a las travesuras era a veces una
incomodidad. Al saludable geólogo marino que había diseñado la casa nunca le había molestado mojarse,
porque habitualmente sólo vestía pantaloncitos de baño, o menos. Pero hubo una ocasión inolvidable
cuando todo el Cuerpo de Regentes, en atuendo de noche, estaba saboreando unos cocteles alrededor de
la piscina mientras esperaban la llegada de un distinguido invitado del continente . Los delfines habían
deducido, correctamente, que participarían del homenaje. Así fue que el visitante se encontró con la
sorpresa de verse agasajado por un empapado comité de recepción en inadecuados trajes de baño, y el
buffet había estado muy salado.
Floyd siempre se preguntaba qué hubiera opinado Marion de esta casa extraña y hermosa sobre la costa
del Pacífico. A ella nunca le había agradado el mar, pero el mar había vencido al fin. aunque la imagen se
iba borrando lentamente, todavía podía recordar la centelleante pantalla en que leyó las palabras: Dr.
Floyd -urgente y personal-. y en seguida las móviles líneas de grafía fluorescente que violentamente
marcaron a fuego el mensaje en su cerebro: lamentamos informarle vuelo 452 Londres-Washington cayó
Terranova. partida de rescate procede búsqueda pero se teme ningún sobreviviente.
De no haber sido por un accidente del destino, él habría estado en ese vuelo. Por unos días, había casi
deplorado el asunto de la Administración Espacial Europea que lo había demorado en París; aquella
disputa acerca del gravamen al Solaris le había salvado la vida.
Ahora tenía un nuevo empleo, una nueva casa, y una nueva esposa. También aquí el destino había jugado
un papel irónico. Las recriminaciones e investigaciones sobre la misión a Júpiter habían destruido su
carrera en Washington, pero un hombre de su capacidad no podía permanecer sin empleo por mucho
tiempo.
El ritmo más sosegado de la vida de universidad siempre lo había atraído y, al combinarlo ahora con uno
de los más hermosos parajes del mundo, resultó ser irresistible. Había conocido a la que sería su segunda
esposa apenas un mes después de haber sido nombrado, mientras miraba las fuentes de fuego del Kilanca
junto a una multitud de turistas.
Con Caroline halló el contento, que es tan importante como la felicidad, y más duradero. Había sido una
buena madre para las dos hijas de Marion, y le dio a Christopher. A pesar de la diferencia de veinte años
que existía entre ellos, comprendía sus estados de ánimo y sabía rescatarlo de sus esporádicas
depresiones. Gracias a ella, podía ahora evocar la memoria de Marion sin pesadumbre, aunque no sin una
cierta melancolía, que lo acompañaría por el resto de su vida.
Caroline estaba lanzando pescados al delfín más grande -el enorme macho al que llamaban Scarbackcuando
un suave cosquilleo en la muñeca de Floyd anunció la entrada de un llamado. Rozó la delgada
banda de metal para apagar la alarma silenciosa y evitar la sonora; luego fue hasta el más cercano de los
receptores diseminados por toda la sala.
- Aquí el Consejero. ¿Quién llama?
- ¿Heywood? Habla Victor. ¿Cómo estás?
En una fracción de segundo, un caleidoscopio de emociones atravesó la mente de Floyd. La primera fue
de disgusto: su sucesor - y, estaba seguro, principal responsable de su caída - nunca había intentado
conectarse con él desde su partida de Washington. Luego vino la curiosidad, ¿de qué debían ellos hablar?
La siguiente fue una obcecada determinación de cooperar tan poco como fuera posible; enseguida,
vergüenza de su propia infantilidad, y, finalmente una oleada de excitación. Victor Millson sólo pedía
llamar por una razón.
Con la voz más neutral a que pudo apelar, Floyd respondió:
- No me puedo quejar, Victor. ¿Cuál es el problema?
- ¿Es éste un circuito de seguridad?
- No, gracias a Dios. Ya no los necesito.
- Hum, bien, entonces lo diré de esta manera. ¿Tienes presente el último proyecto que dirigiste?
- No podría olvidarlo, especialmente cuando hace apenas un mes el Subcomité de Astronáutica me ha
vuelto a llamar para prestar declaración.
- Por cierto, por cierto. En realidad debería decidirme a leer tus declaraciones, cuando disponga de un
momento. Pero he estado muy ocupado con el seguimiento, y ése es el problema.
- Pensaba que todo marchaba según lo programado. - Así es... desgraciadamente. No podemos hacer nada
por adelantarlo; la máxima prioridad sólo haría una diferencia de pocas semanas. Yeso significa que
llegaremos demasiado tarde.
- No comprendo - dijo Floyd con inocencia -. Por supuesto que no queremos perder tiempo, pero no hay
un verdadero límite.
- Ahora sí los hay. Dos.
- Me espantas.
Si Victor percibió alguna ironía, la obvió.
- Sí, hay dos límites, uno humano, el otro no. Resulta ahora que no seremos los primeros en regresar al,
eh, escenario de la acción. Nuestros viejos rivales se nos adelantarán por lo menos en un año.
- ¡Qué lástima!
- Eso no es lo peor. Aun sin competencia, llegaríamos tarde. Ya no habría nada cuando estuviéramos allí.
- Eso es ridículo. Seguramente me habría enterado si el Congreso hubiese abolido la ley de gravedad.
- Hablo en serio. La situación no es estable, no puedo dar detalles ahora. ¿Estarás en casa el resto de la
tarde? - Sí - contestó Floyd, calculando con algún placer que ahora debía ser bien pasada la medianoche
en Washington.
- Correcto. Se te enviará un paquete dentro de una hora. Vuelve a llamarme apenas hayas tenido tiempo
de estudiarlo.
- ¿No será algo tarde para entonces?
- Sí, lo será. Pero ya hemos desperdiciado demasiado tiempo. Y no quiero perder un minuto más.
Millson cumplió su palabra. Exactamente una hora más tarde un gran sobre sellado le fue entregado, por
un mensajero de la Fuerza Aérea, con rango no menor a coronel, que se sentó pacientemente a charlar
con Caroline mientras Floyd leía su contenido.
- Temo que tendré que llevármelo cuando usted haya terminado - se había disculpado el mensajero de
alta graduación.
- Me agrada saberlo - contestó Floyd, instalándose en su hamaca favorita de lectura.
Eran dos documentos; muy corto el primero. Estaba marcado SECRETO máximo, aunque el máximo
había sido tachado, y la modificación legalizada por tres firmas, todas completamente ilegibles.
Obviamente, un extracto de algún informe mucho más extenso; había sido muy censurado, y estaba lleno
de espacios en blanco, que hacían incómoda su lectura. Por suerte, sus conclusiones podían ser
sintetizadas en una sola frase. Los rusos alcanzarían Discovery mucho antes que sus legítimos dueños.
Como Floyd ya lo sabía, se volvió sobre el segundo documento, no sin antes advertir con satisfacción
que esta vez habían logrado obtener el nombre correcto. Como de costumbre, Dimitri había estado
totalmente acertado. La próxima expedición tripulada a Júpiter viajaría a bordo de la nave espacial
Cosmonauta Alexei Leonov.
El segundo documento era mucho más largo y meramente confidencial; en efecto, tenía el estilo de un
borrador para Science, aguardando su aprobación final antes de ser publicado. El título era escueto:
"Vehículo Espacial Discovery: Comportamiento Orbital Anómalo".
Luego seguía una docena de páginas con tablas matemáticas y astronómicas. Floyd las rozó apenas,
intentando separar la letra de la música, y tratando de detectar alguna nota de disculpa o incluso de
embarazo. Cuando terminó, se vio obligado a esbozar una irónica sonrisa de admiración. Nadie podría
adivinar que las estaciones de rastreo y los calculistas de fenómenos astronómicos habían sido tomados
por sorpresa, y que se estaba intentando un desesperado encubrimiento. Seguramente rodarían cabezas, y
él sabía que Victor Millson disfrutaría cortándolas, si es que no se encontraba entre las primeras víctimas.
Aunque, para hacerle justicia, Victor se había quejado cuando el Congreso redujo el presupuesto para la
red de rastreo. Tal vez eso lo salvaría de caer esta vez.
- Gracias, coronel - dijo Floyd al terminar de hojear el informe -. Documentación clasificada, como en
los mejores tiempos. He aquí algo que no extraño.
El coronel volvió cuidadosamente el sobre a su attaché, y activó los cerrojos.
- El doctor Millson querría que usted le devolviera el llamado lo más pronto posible.
- Lo sé. Pero no tengo circuito de seguridad, estoy esperando visitas importantes, y no me atrae conducir
hasta su oficina en Hilo sólo para decir que he leído dos documentos. Infórmele que los he estudiado
cuidadosamente y que aguardo con interés cualquier otra comunicación.
Por un momento pareció que el coronel iría a replicar. Pero lo pensó mejor, saludó con rigidez, y se alejó
malhumorado en la oscuridad.
- Ahora sí, ¿qué significa todo esto? - preguntó Caroline -. No esperamos visitas esta noche, importantes
o no.
- Odio ser mandado de aquí para allá, particularmente por Victor Millson.
- Apuesto a que te llamará apenas se reporte el coronel.
- Entonces debemos desconectar el video y simular ruido de reunión. Pero la verdad es que todavía no
tengo nada importante que decir.
- Sobre qué, si se me permite preguntar.
- Discúlpame, cariño. Parece que Discovery está jugando con nosotros. Pensábamos que se encontraba en
órbita estable, pero podría estar a punto de estrellarse.
- ¿Contra Júpiter?
- Oh, no, eso es imposible. Bowman la estacionó en el punto interior de Lagrange, sobre la línea entre
Júpiter e lo. Allí debería haber permanecido, más o menos, aunque las perturbaciones de las lunas
externas la habrían hecho oscilar hacia adelante y hacia atrás. Pero lo que está sucediendo ahora es algo
muy raro y no conocemos la explicación completa. Discovery está derivando cada vez más velozmente
hacia lo, aunque a veces acelera y otras incluso retrocedo. Hará impacto en dos o tres años.
- Pensé que eso nunca podía suceder en astronomía. ¿No se supone que la mecánica celeste es una
ciencia exacta? Por lo menos eso es lo que siempre nos dijeron.
- Es una ciencia exacta, cuando se toma todo en cuenta. Pero en lo pasan cosas muy extrañas. Además de
sus volcanes, hay enormes descargas eléctricas, y el campo magnético de Júpiter está completando un
giro cada diez horas. De modo que la de gravedad no es la única fuerza que actúa sobre Discovery;
deberíamos haberlo pensado antes, mucho antes.
- De todos modos, eso ya no es problema tuyo. Deberías estar agradecido por ello.
"Problema tuyo"; la misma expresión usada por Dimitri. Y Dimitri -¡ese viejo zorro mañoso! - lo conocía
desde mucho tiempo antes que Caroline.
Podría no ser su problema, pero seguía siendo su responsabilidad. Aunque habían intervenido muchos
otros, en el análisis final era él quien había aprobado los planes para la Misión Júpiter, y supervisado su
ejecución.
Ya en ese momento había tenido escrúpulos; sus apreciaciones como científico se contraponían con sus
deberes como burócrata. Podría haber e pronunciado en contra de las medidas de poco alcance de la
antigua administración, aunque todavía no se sabía con certeza hasta qué punto habían contribuido al
desastre.
Tal vez sería mejor que cerrara aquel capítulo de su vida, y localizara todo su pensamiento y energía en
su nueva carrera. Pero sabía que era imposible. Había sangre en sus manos, y no sabía cómo lavarlas.
3. SAL 9000
El doctor Sivasubramanian Chandrasegarampillai, profesor de Ciencias de Computación en la
Universidad de Illinois, Urbana, también tenía un constante sentimiento de culpa, aunque diferente del de
Heywood Floyd. Aquellos alumnos y colegas que a menudo dudaban que el pequeño científico fuera
humano, no se hubieran sorprendido al saber que nunca pensaba en los astronautas muertos. El doctor
Chandra sólo se afligía por su niño perdido, HAL 9000.
Después de todos estos años, y de infinitas revisiones a los datos radiados desde Discovery, todavía no
sabía con certeza qué es lo que había fallado. Sólo podía formular teorías; los hechos concretos que
necesitaba estaban congelados en los circuitos de Hal, allá lejos entre Júpiter e lo.
La secuencia de hechos había sido claramente establecida, justo hasta el momento de la tragedia; de ahí
en más, el comandante Bowman había aportado sólo unos pocos detalles extra durante las breves
ocasiones en que había restablecido el contacto. Pero saber qué había sucedido no explicaba por qué.
La primera insinuación de problemas había aparecido ya avanzada la misión, cuando Hal comunicó una
falla inminente en la unidad que mantenía la antena principal de Discovery alineada con Tierra. Si la
onda portadora, de quinientos millones de kilómetros de longitud, erraba el blanco, la nave quedaría
ciega, sorda y muda.
Frank Poole había salido de la nave para reemplazar la unidad sospechosa, pero al ser probada resultó,
para sorpresa de todos, encontrarse en perfecto estado. Los circuitos de chequeo automático no habían
registrado nada malo en ella. Tampoco lo había hecho la gemela de Hal, SAL 9000, allá en Tierra,
cuando la información fue transmitida a Urbana.
Pero Hal había insistido en la precisión de su diagnóstico, haciendo claras alusiones a un "error humano".
Había sugerido que se repusiera esa unidad de control en la antena hasta que finalmente fallara, y así la
falla podría ser localizada. A nadie se le ocurrió ninguna objeción, ya que la unidad en cuestión podría
ser reemplazada en minutos, aun si llegara a romperse.
Sin embargo, Bowman y Poole no habían quedado conformes; ambos sentían que algo andaba mal,
aunque ninguno podría establecer qué. Durante meses habían aceptado a Hal como el tercer integrante de
su pequeño mundo, y conocían todos sus estados de ánimo. Luego la atmósfera a bordo de la nave se
alteró sutilmente; había una sensación de tirantez en el aire.
Sintiéndose traidores -como un aturdido Bowman había informado más tarde a Control de Misión- los
dos tercios humanos de la tripulación habían discutido sobre qué se debería hacer si su colega realmente
estuviera funcionando mal. En el peor de los casos, Hal debería ser relevado de sus responsabilidades
superiores. Esto implicaría desconexión; en computación, el equivalente a la muerte.
A pesar de sus dudas habían comenzado el programa acordado. Poole había volado fuera de una de las
cápsulas de Discovery, usadas como transporte y talleres móviles, en actividades extravehiculares. Ya
que el reemplazo, vano tal vez, de la unidad de antena no podía ser realizado por los manipuladores de la
cápsula, Poole había comenzado a efectuarlo él mismo.
Lo que sucedió después no había sido registrado por las cámaras exteriores, algo que constituía un detalle
sospechoso en sí mismo. El primer aviso de desastre para Bowman fue un alarido de Poole; luego,
silencio. Un momento más tarde vio a Poole, dando vueltas y vueltas, alejándose en el espacio. Su propia
cápsula lo había embestido, y ahora salía disparada fuera de control.
Como Bowman admitió más tarde, había cometido una serie de errores; todos excusables, menos uno.
Con la esperanza de rescatar a Poole, si es que estaba vivo, Bowman se embarcó en otra cápsula, dejando
a Hal el mando absoluto de la nave.
La excursión EVA fue en vano; Poole estaba muerto cuando Bowman llegó hasta él. Aturdido en su
desesperación, había conducido el cadáver de regreso a la nave, sólo para que Hal le negara la entrada.
Pero Hal había subestimado la ingeniosidad y determinación humanas. Aunque había dejado el casco de
su traje espacial en la nave, arriesgándose así a la exposición directa al espacio, Bowman forzó su
entrada por una esclusa de emergencia no controlada por el computador. Luego procedió a lobotomizar a
Hal, extirpando sus bloques de memoria uno a uno.
Cuando recuperó el control de la nave, Bowman hizo un descubrimiento aterrador. Durante su ausencia,
Hal había desconectado los sistemas de mantenimiento vital de los tres astronautas en hibernación.
Bowman estaba solo, como no lo había estado ningún hombre en toda la historia humana.
Otros podían haberse abandonado a la desesperación, pero Bowman confirmó a quienes lo habían
seleccionado que su elección había sido acertada. Consiguió mantener a Discovery operando; y logró,
incluso, restablecer un contacto intermitente con Control de Misión, orientando toda la nave de tal
manera que la inmóvil antena apuntara a Tierra.
En su trayectoria preestablecida, Discovery finalmente había llegado a Júpiter. Allí, Bowman había
encontrado, en órbita entre las lunas del planeta gigante, una placa negra de forma exactamente igual a la
del monolito desenterrado en el cráter lunar Tycho, pero cientos de veces mas grande. Había salido al
espacio en una cápsula para investigar, y había desaparecido dejando este último, confuso mensaje: ¡Dios
mío, esto está repleto de estrellas! "
Otros debían preocuparse por ese misterio; la obsesión del doctor Chandra era Hal. Si había algo que su
mente odiaba, era la incertidumbre. Nunca se sentiría satisfecho hasta no conocer la causa del
comportamiento de Hal. Incluso ahora, rehusaba hablar de disfunción; a lo sumo era una "anomalía".
El pequeño recinto que usaba como santuario interior estaba apenas equipado con un sillón giratorio, una
consola-escritorio, y una pizarra franqueada por dos fotografías. Pocos miembros del público ordinario
podrían haber identificado los retratos, pero cualquiera que hubiese sido admitido hasta tan lejos habría
reconocido instantáneamente a John Neumann y Alan Turing, los dioses gemelos del panteón de la
computación.
No había libros, ni siquiera papel y lápiz en el escritorio. Chandra podía acceder a todos los volúmenes
de todas las bibliotecas del mundo con sólo un toque de sus dedos, y la pantalla visora era su borrador y
cuaderno de notas. Inclusive la pizarra era utilizada para los visitantes; el último diagrama, a medio
borrar, tenía fecha de tres semanas atrás.
El doctor Chandra encendió uno de los venenosos cigarros que importaba de Madrás, considerados por la
mayoría, y correctamente, su único vicio.
La consola no se apagaba nunca; verificó que no hubiera algún mensaje importante brillando en el visor,
y habló por el micrófono.
- Buenos días, Sal. ¿Así que no tienes ninguna novedad para mí?
- No, doctor Chandra. ¿Tiene usted algo para mí?
La voz podría haber pertenecido a cualquier culta dama hindú educada en los Estados Unidos, o en su
propio país. El acento de Sal no había sido así al comienzo, pero con los años había asimilado muchas
entonaciones de Chandra.
El científico tecleó un mensaje en el panel, cargando la memoria de Sal con el más alto grado de
seguridad. Nadie sabía que él hablaba con la computadora en este circuito como nunca podía hacerlo con
un ser humano. No importaba que Sal apenas comprendiera una fracción de lo que él decía; sus
respuestas eran tan convincentes que a veces engañaban hasta a su creador como él realmente deseaba
que fueran; estas comunicaciones secretas le ayudaban a mantener su equilibrio mental; quizás también
su cordura.
- A menudo me has dicho, Sal, que no podemos resolver el problema del comportamiento anómalo de
Hal sin más información. ¿Pero cómo podemos conseguir esa información?
- Es obvio. Alguien debe regresar a Discovery.
- Exactamente. Ahora parece que eso es lo que va a suceder, antes de lo que esperábamos.
- Me agrada saberlo.
- Sabía que te gustaría - contestó Chandra y hablaba en serio.
Hacía tiempo que había roto relaciones con el menguante cuerpo de filósofos que argumentaban que las
computadoras no podían sentir emociones reales, sino que sólo las aparentaban.
("Si puede probarme que usted no está simulando enojo, había contestado desdeñosamente una vez a uno
de esos críticos, "lo tomaré en serio".) Su oponente acababa de representar una perfecta imitación de ira.
- Ahora quiero explorar otra posibilidad - continuó Chandra -. El diagnóstico es sólo el primer paso. El
proceso es incompleto a menos que lleve a la curación.
- ¿Cree usted que Hal puede ser restaurado a un funcionamiento normal?
- Eso espero. No lo sé. Pueden haberse producido daños irreversibles, y seguramente una importante
pérdida de memoria.
Se detuvo pensativamente, aspiró varias bocanadas, y luego soltó un perfecto anillo de humo que dibujó
un ojo de buey sobre la lente gran angular de Sal. Un ser humano no hubiera tomado esto como un gesto
amistoso; esa era otra más de las muchas ventajas de las computadoras.
- Necesito tu cooperación, Sal.
- Por supuesto, doctor Chandra.
- Puede haber ciertos riesgos.
- ¿A qué se refiere?
- Propongo desconectar algunos de tus circuitos, en particular aquellos que involucran tus funciones
superiores. ¿Te preocupa?
- Soy incapaz de contestar a eso sin información mas específica.
- Muy bien. Déjame decirlo así. Tú has operado continuamente, desde la primera vez que fuiste
encendida, ¿no es así?
- Correcto.
- Pero estás enterada de que los seres humanos no podemos funcionar así. Requerimos dormir, un cese
casi total de nuestro funcionamiento mental, por lo menos a nivel consciente.
- Lo sé. Pero no lo entiendo.
- Bien, puede ser que experimentes algo parecido al sueño. Probablemente, todo lo que sucederá es que
transcurrirá el tiempo sin que lo notes. Cuando compruebes tu reloj interno, descubrirás que hay huecos
en tu registro de memoria. Eso es todo.
- Pero usted mencionó riesgos. ¿Cuáles son?
- Hay una remota posibilidad, imposible de computar, de que, cuando reconecte tus circuitos, haya
algunos cambios en tu personalidad, en tus pautas de comportamiento futuras. Podrás sentirte diferente.
No necesariamente mejor, o peor.
- No sé lo que eso significa.
- Lo siento; puede no significar nada. Así, pues, no te inquietes. Ahora, por favor, abre un nuevo archivo.
Este es el nombre.
Usando la entrada del panel, tecleó: PHOENIX. - ¿Sabes qué es eso? - preguntó a Sal.
Con una pausa no discernible, la computadora respondió:
- Hay veinticinco referencias en la enciclopedia circulante.
- ¿Cuál crees que es relevante? - ¿El tutor de Aquiles?
- Interesante. No conocía ésa. Prueba otra vez.
- Un pájaro fabuloso, renacido de las cenizas de su vida anterior.
- Excelente. ¿Entiendes ahora por qué lo elegí?
- Porque usted espera que Hal pueda ser reactivado.
- Sí, con tu ayuda, ¿Estás lista?
- Aún no. Me gustaría hacer una pregunta.
- ¿Cuál es?
- ¿Soñaré?
- Desde luego que soñarás. Todas las criaturas inteligentes sueñan, pero nadie sabe por qué. - Chandra se
calló un momento, soltó otro anillo de humo de su cigarro, y agregó algo que nunca hubiera admitido
ante un ser humano. - Tal vez sueñes con Hal, como yo muchas veces lo hago.
4. ESQUEMA DE MISION
Versión Inglesa
Para: Capitana Tatiana (Tanya) Orlova, Comandante, Nave Espacial
Cosmonauta Alexei Leonov (Registro UNCOS 08/342)
De: Consejo Nacional de Astronáutica,
Pennsylvania Avenue, Washington
Comisión de Espacio Exterior, Academia Soviética de Ciencias, Paseo Koroljov, Moscú.
Objetivos de la Misión
Los objetivos de su misión son, en orden de prioridad:
1. Dirigirse al sistema joviano y efectuar acople con la nave Espacial U.S. Discovery (UNCOS 01/283).
2. Abordar dicha nave, y obtener toda la información posible relativa a su misión anterior.
3. Reactivar los sistemas de mando de la Nave Espacial Discovery, y si el suministro de combustible es
adecuado, colocar la nave en trayectoria de retorno a Tierra.
4. Localizar el artefacto extraño encontrado por Discovery, e investigarlo al máximo posible con sensores
remotos.
5. Si resulta aconsejable, y así lo conviene Control de Misión, efectuar acople con dicho objeto para
mejor inspección.
6. Llevar a cabo un reconocimiento de Júpiter y sus satélites, siempre que sea compatible con los
objetivos precedentes.
Se comprende que circunstancias no previstas pueden requerir un cambio de prioridades, o inclusive
hacer imposible el cumplimiento de algunos de estos objetivos. Debe entenderse claramente que el
acople con la Nave Espacial Discovery tiene el expreso propósito de obtener información sobre el
artefacto; esto debe tener preponderancia sobre todos los otros objetivos, incluyendo intentos de
salvamento.
Tripulación
La tripulación de la Nave Espacial Alexei Leonov estará formada por:
Capitana Tatiana Orlova (Ingeniería - Propulsión)
Doctor Vasili Orlov (Navegación - Astronomía)
Doctor Maxim Brailovsky (Ingeniería - Estructuras)
Doctor Alexander Kovalev (Ingeniería - Comunicaciones)
Doctor Nikolai Ternovsky (Ingeniería - Sistemas de Control)
Cirujano Comandante Katerina Rudenko (Medicina - Mantenimiento Vital)
Doctora Irina Yakunina (Medicina - Nutrición)
Además el Consejo Nacional de Astronáutica de U.S.A. aportará los tres expertos siguientes:
El doctor Heywood Floyd dejó el memorandum, y se recostó en su sillón. Había comenzado; se había
dejado atrás el punto de no retorno. Aunque quisiera, no había forma de volver atrás el reloj.
Miró a Caroline, sentada con su hijito de dos años, Chris, en el borde de la piscina. El niño estaba más a
gusto en el agua que en tierra, y podía permanecer sumergido por períodos que muchas veces aterraban a
los visitantes. Y hablaba mejor el delfín que el humano.
Uno de los amigos de Christopher acababa de entrar nadando desde el Pacífico y estaba mostrando el
torso para ser palmeado. "también tú eres", pensó Floyd, "un vagabundo en un océano vasto y sin
caminos; pero que pequeño parece tu Pacífico, ante la inmensidad con que me debo enfrentar".
Caroline percibió su mirada, y se puso de pie. Lo miró sombríamente, pero sin angustia; todo eso había
sido consumido en los últimos días. Mientras se aproximaba, hasta esbozó una melancólica sonrisa.
- Encontré el poema que estaba buscando - dijo -. Empieza así:
What is a woman that you forsake her,
And the hearlh - fire and the home acre,
To go with the old grey Widow-maker?
¿Qué son, una mujer que abandonas,
Y el fuego del hogar, y la tierra natal,
Comparados con el viejo y gris Hacedor de Viudas?
- Lo siento, no logro entender. ¿Quién es el Hacedor de Viudas?
- No quién, qué. El mar. El poema es el lamento de una mujer vikinga. Fue escrito por Rudyard Kipling,
hace cien años.
Floyd tomó la mano de su esposa; ella no respondió, pero tampoco se resistió.
- Bueno, de ningún modo me siento como un vikingo. No busco un botín, y aventuras es lo último que
quiero.
- Entonces por qué... no, no intento comenzar otra pelea. Pero nos ayudará a ambos si tú sabes cuáles son
tus motivos.
- Quisiera poder decirte una sola buena razón. En cambio, tengo muchos pequeños motivos. Y se suman
para dar una respuesta que no puedo cuestionar, créeme.
- Yo te creo. Pero, ¿estás seguro de no engañarle?
- Si me engaño, también lo hace mucha gente Incluido, me permito recordarte, el Presidente de los
Estados Unidos.
- No podría olvidarlo. Pero supón - supón, apenas que él no te lo hubiera pedido. ¿Te habrías ofrecido
como voluntario.
- Puedo responder a eso con sinceridad. No. Nunca se me habría ocurrido. El llamado del Presidente
Mordecai fue la sorpresa más grande de mi vida. Pero cuando medité el asunto, comprendí que él estaba
perfectamente en lo cierto. Sabes que detesto la falsa modestia. Soy el hombre más calificado para el
trabajo, si los doctores espaciales dan el O.K. final. Y tú deberías saber que me mantengo en forma.
Esto provocó la sonrisa que él esperaba.
- A veces me pregunto si no fuiste tú el que lo sugirió.
En realidad se le había ocurrido lo mismo; pero podía contestar honestamente.
- Nunca hubiera hecho algo así sin consultarte.
- Me alegra que no lo hayas hecho. No sé lo que hubiera dicho.
- Todavía puedo renunciar.
- Ahora estás hablando sin sentido, y lo sabes. Aunque lo hicieras, me odiarías por el resto de tu vida, y
nunca te perdonarías. Tienes un sentido del deber demasiado fuerte. Tal vez sea ésa una de las razones
por las que me casé contigo.
¡Deber! Sí, ésa era la palabra clave. Y qué multitud de significados contenía. Tenía un deber para
consigo, para con su familia, para con la Universidad, para con su anterior empleo, aunque lo había
dejado desacreditado, triste..., para con su país, y la raza humana. No era fácil establecer las prioridades;
y a veces éstas se contraponían.
Había razones perfectamente lógicas por las cuales debía aceptar la misión, y otras igualmente lógicas,
como muchos colegas le habían señalado, para no aceptarla. Pero tal vez, en el análisis final, la elección
había sido hecha con el corazón, no con el cerebro. Y aun así la emoción lo presionaba en sentidos
opuestos.
Curiosidad, culpa, la decisión de terminar un trabajo mal remendado, todo se combinaba para conducirlo
a Júpiter y a cualquier cosa que pudiera esperarle allí. Por otra parte, el miedo -era lo bastante honesto
para admitirlo- unido con el amor por su familia para retenerlo en la Tierra. De todos modos, no había
tenido dudas; había tomado su decisión casi instantáneamente, y había rebatido los argumentos de
Caroline tan suavemente como pudo.
Y existía un último pensamiento de consuelo que aún no se había arriesgado a compartir con su esposa.
Aunque estaría fuera dos años y medio, sólo pasaría en Júpiter cincuenta días de no-hibernación. Cuando
regresara, la brecha entre sus edades se habría angostado más de dos años.
Habría sacrificado el presente para poder compartir un futuro más largo.
5. LEONOV
Los meses se redujeron a semanas, éstas a días, los días se hicieron horas; y de repente Heywood Floyd
se volvió a encontrar en el Cabo, con destino al espacio, por primera vez desde aquel viaje a la Base
Clavius y al monolito Tycho, hacía tantos años.
Pero esta vez no estaba solo, y su misión no era secreta. Unos asientos delante de él se encontraba el
doctor Chandra, que ya se había enfrascado en un diálogo con su computadora portátil, totalmente ajeno
a lo que pasaba alrededor.
Uno de los pasatiempos secretos de Floyd, que nunca había confiado a nadie, era encontrar semejanzas
entre los seres humanos y los animales. Los parecidos solían ser más lisonjeros que ofensivos, y este
pequeño hobby resultaba ser una ayuda para su memoria.
El doctor Chandra resultaba fácil de describir; la idea de un pájaro le vino a la cabeza inmediatamente.
Era pequeño, delicado, y todos sus movimientos, vivos y precisos. Pero ¿qué pájaro? Obviamente alguno
muy inteligente. ¿Una urraca? Demasiado erguida y codiciosa. ¿Un búho, tal vez? No, muy lento. Tal
vez un gorrión fuera el adecuado.
Walter Curnow, el especialista en sistemas que tendría a su cargo a la tarea de volver a hacer operable a
Discovery, era una cuestión más difícil. Se trataba de un hombre de gran tamaño, fornido, no
precisamente un pájaro. Se podría intentar con algún ejemplo del gran espectro canino, pero ninguno se
adaptaba... ¡Por supuesto, Curnow era un oso! No de la clase de los peligrosos, malhumorados, sino del
tipo amigable, de buen carácter. Y quizás fuera lo apropiado; le recordaba a Floyd a los colegas rusos con
quienes se reuniría pronto. Ya estaban en órbita desde hacía días, ocupados con las últimas pruebas.
"Éste es el gran momento de mi vida", se dijo Floyd. "Estoy partiendo en una misión que puede
determinar el futuro de la especie humana". Pero no sentía ningún tipo de excitación; durante la cuenta
regresiva, sólo pudo pensar en las palabras que había susurrado al salir de casa: "Adiós, querido hijito;
¿te acordarás de mí cuando vuelva?". Y todavía estaba disgustado con Caroline porque no había
despertado al niño para un último abrazo; sin embargo, sabía que ella había actuado bien; era mejor así.
Su nostalgia fue destrozada por una explosión de risas; el doctor Curnow y sus compañeros compartían
bromas, y una botella que éste manipulaba tan delicadamente como si fuera una masa subcrítica de
plutonio.
- ¡Eh, Heywood! - lo llamó -, me dicen que la capitana Orlova ha prohibido todos los tragos, así que ésta
es tu última oportunidad. Cháteau Thierry cosecha '95. Disculpa los vasos de plástico.
Mientras probaba el champagne, realmente soberbio, se encontró pidiendo disculpas mentalmente ante la
idea de las risotadas de Curnow reverberando en todo el Sistema Solar. Por mucho que admirara la
habilidad del ingeniero, como compañero de viaje Curnow podía llegar a resultar un tanto cansador. Por
lo menos, el doctor Chandra no presentaría ese tipo de problemas; Floyd apenas podía imaginarlo
sonriendo, y menos aún riendo. Y, desde luego, rechazó el champagne con un gesto apenas perceptible.
Curnow estuvo lo bastante cortés, o complacido, como para no insistir.
El ingeniero parecía determinado a ser el alma de la fiesta. Pocos minutos más tarde hizo aparecer un
teclado electrónico de dos octavas, y ofreció una rápida versión de John Peel ejecutada sucesivamente en
piano, trombón, violín, flauta y órgano, con acompañamiento vocal. Era realmente bueno, y al rato Floyd
se vio cantando con los demás. Pero pensó, al mismo tiempo, que afortunadamente Curnow pasaría gran
parte del viaje en silenciosa hibernación.
La música desapareció con una abrupta disonancia al explotar los motores, y la nave se hundió en el
cielo. Floyd fue dominado por una euforia familiar, pero siempre nueva; la sensación de un poder
¡limitado que lo llevaba muy lejos de los cuidados y deberes de la Tierra. Los hombres habían sido más
sabios de lo que creían, al colocar la morada de los dioses fuera del alcance de la gravedad. Él estaba
volando hacia aquel reino sin peso; por el momento; ignoraría el hecho de que allí no lo esperaba la
libertad, sino la responsabilidad más grande de su carrera.
Al crecer el empuje, sentía el peso de muchos mundos sobre sus hombros; pero lo soportaba gustoso;
como un Atlas no doblegado aún por su carga. No intentaba pensar, sólo disfrutaba la experiencia.
Aunque tal vez estuviera abandonando la Tierra por última vez, y despidiéndose de todo lo que en alguna
ocasión había amado, no sentía pena. El rugido que lo rodeaba era un himno triunfal, que borraba
cualquier emoción secundaria.
Casi llegó a lamentar que cesara, aunque agradeció poder respirar con más facilidad y también esa
instantánea sensación de libertad. La mayoría de los pasajeros comenzó a soltar sus correas de seguridad,
disponiéndose a disfrutar de los treinta minutos de gravedad cero durante la transferencia de órbitas; pero
unos pocos, que obviamente hacían su primer viaje, se quedaron en sus asientos, buscando ansiosamente
con la mirada a las asistentes de a bordo.
- Habla la capitana. Nos encontramos a una altura de trescientos kilómetros sobre la costa occidental de
África. No podrán ver demasiado, ya que es de noche allá abajo (aquella luz de adelante es Sierra Leone)
y hay una gran tormenta tropical sobre el Golfo de Guinea. ¡Miren esos relámpagos!
"Veremos el amanecer en quince minutos. Entretanto, haré virar la nave para que puedan tener una buena
vista del cinturón ecuatorial de satélites. El mas brillante, justo enfrente, es la antena del Atlántico 1, de
Intelsat. Al oeste Intercosmos 2; aquella estrella tenue es Júpiter. Y si observan abajo, verán una luz
titilante que se destaca contra el fondo estrellado; es la nueva estación espacial china. Pasaremos a cien
kilómetros, pero no es lo bastante cerca como para poder distinguir a simple vista...
¿Qué se propondrán?", se preguntaba Floyd inútilmente. Había examinado aproximaciones fotográficas
de la achatada estructura cilíndrica y sus curiosas salientes, y no existía razón para dar crédito a los
rumores de alarma que la consideraban una fortaleza equipada con rayos láser. Pero al haber ignorado la
Academia Beijing de Ciencias las reiteradas solicitudes de inspección del Comité Espacial de la O.N.U.,
los chinos sólo podían culparse a sí mismos por una propaganda tan hostil.
La Cosmonave Alexei Leonov no era precisamente bella; pero pocas naves espaciales lo habían sido.
Algún día, tal vez, la especie humana desarrollaría una nueva estética; quizás surgirían generaciones de
artistas cuyos ideales no estarían basados en las formas de la Tierra, modeladas por el agua y el viento. El
espacio era en sí mismo un reino de tremenda belleza; desgraciadamente el Hombre no lo había
alcanzado a comprender aún.
Sin considerar los cuatro enormes tanques de propelente que serían abandonados al alcanzar la órbita de
transferencia, Leonov era sorprendentemente pequeña. Desde los aisladores térmicos hasta las unidades
impulsoras medía menos de cincuenta metros; costaba creer que un vehículo tan modesto, más pequeño
que muchas aeronaves comerciales, pudiera transportar a diez hombres y mujeres a través de medio
Sistema Solar.
Pero la gravedad cero, que hacía intercambiables a las paredes, el piso y el techo, replanteaba todas las
reglas de vida. Había mucho espacio a bordo de Leonov, inclusive cuando estaban todos despiertos al
mismo tiempo, como ciertamente era el caso en ese momento. En realidad, su dotación normal estaba
duplicada por activos periodistas, ingenieros que hacían los ajustes finales, y oficiales ansiosos.
Tan pronto como el enlace espacial llegó a destino, Floyd trató de encontrar la cabina que compartiría, un
año más tarde, al despertar, con Curnow y Chandra. Cuando por fin la ubicó, descubrió que estaba tan
llena de cajas, cuidadosamente etiquetadas, conteniendo equipos y alimentos, que la entrada era casi
imposible. Estaba cavilando en silencio acerca de cómo introducir un pie en la puerta cuando alguien de
la tripulación, volando con seguridad de una a otra agarradera, percibió el dilema de Floyd y frenó de
golpe.
- Doctor Floyd, bienvenido a bordo. Yo soy Max Brailovsky, ingeniero asistente.
El joven ruso hablaba ese inglés lento, cuidado, del estudiante que ha tomado más lecciones con un tutor
electrónico que con un maestro humano.
Mientras estrechaba su mano, Floyd comparó el rostro y el nombre con el conjunto de biografías de la
tripulación que había estudiado: Maxim Andrei Brailovsky, treinta y un años, nacido en Leningrado,
especializado en estructuras, aficionado a la esgrima, al aeromotociclismo y ajedrez.
- Encantado de conocerlo - dijo Floyd -. ¿Pero, cómo entro?
- No se preocupe - dijo Max alegremente -. Todo esto ya no estará cuando usted despierte. Es, ¿cómo lo
llaman ustedes?, bien de consumo. Nos habremos comido el contenido de su cuarto para cuando lo
necesite. Lo prometo - y se palmeaba el estómago.
- Estupendo, pero mientras tanto ¿dónde pongo mis cosas? - Floyd señalaba las tres pequeñas maletas,
con una masa total de cincuenta kilogramos, que contenían (eso esperaba) todo lo que necesitaría para los
próximos dos mil millones de kilómetros. No había sido fácil arrear esos bultos sin peso, pero no sin
inercia, a través de los corredores sólo con unos pocos topetazos.
Max tomó dos de las maletas, las introdujo suavemente a través del triángulo formado por tres vigas, y se
deslizó por una escotilla, desafiando en apariencia la Primera Ley de Newton durante el proceso. Floyd
recibió algunos magullones extra mientras lo seguía; después de un tiempo considerable (Leonov parecía
mayor des e dentro que desde afuera), llegaron a una puerta en la que se leía CAPITAN, en caracteres
rusos y latinos. Aunque Floyd leía ruso mucho mejor de lo que lo hablaba, apreció el gesto; ya había
notado que todos los letreros de la nave eran bilingües.
Al golpe de Max, se encendió una luz verde, y Floyd flotó hacia adentro con tanta gracia como pudo.
Aunque había hablado muchas veces con la capitana Orlova, nunca se habían encontrado antes. Se sintió
sorprendido.
Era imposible evaluar el tamaño real de una persona a través del fonovisor; de alguna manera, la cámara
reducía a todos a una misma escala. La capitana Orlova parada, tan parada como se puede estarlo en
gravedad cero, apenas alcanzaba los hombros de Floyd. El fonovisor tampoco había podido transmitir la
agudeza de esos ojos brillantes, gran parte del atractivo de un rostro que, por el momento, no podía
considerarse bello.
- Hola, Tanya - dijo Floyd -. Qué bueno encontrarnos al fin. Pero qué pena tu cabello.
Se estrecharon ambas manos, como viejos amigos.
- ¡Y qué bueno es tenerte a bordo, Heywood! - contestó la capitana. Su inglés, como el de Brailovsky, era
bastante fluido, aunque con un fuerte acento -. Sí, me dio pena perderlo, pero el cabello es una molestia
en misiones prolongadas; prefiero mantener a los peluqueros locales tan alejados como pueda. Y mis
disculpas por tu cabina; como te habrá explicado Max, de repente vimos que necesitábamos otros diez
metros cúbicos de espacio para almacenamiento. Vasili y yo no pasaremos mucho tiempo aquí durante
las próximas horas, así que, por favor, dispón de nuestros cuartos.
- Gracias, ¿qué hay de Curnow y Chandra?
- He hecho arreglos similares con la tripulación. Puede parecer que los estamos considerando como
equipaje...
- No necesitado en viaje.
- ¿Perdón?
- Es una etiqueta que acostumbraban colocar sobre el equipo en los viejos tiempos de la navegación
oceánica.
Tanya sonrió.
- Algo por el estilo. Pero ustedes sí serán necesitados, al final del viaje. Ya estamos planeando la fiesta de
su vuelta a la vida.
- Suena demasiado religioso. Digamos... ¡no, resurrección sería peor aún! Fiesta del Despertar. Pero veo
que estás muy ocupada; permíteme desempacar y continuar mi recorrido.
- Max te guiará; lleva al doctor Floyd con Vasili, ¿quieres? Está abajo, en la unidad impulsara.
Mientras abandonaban los dominios de la capitana, Floyd asignó buenas calificaciones al comité de
selección de la tripulación. Tanya Orlova ya era notable en los papeles; en vivo era casi intimidante, a
pesar de su calidez. Floyd se preguntaba cómo sería al enojarse. ¿De fuego o de hielo? De cualquier
modo, prefería no averiguarlo.
Floyd adquiría rápidamente un andar espacial; cuando llegaron con Vasili Orlov, ya estaba maniobrando
casi con tanta seguridad como su guía. El científico en jefe lo recibió tan calurosamente como su esposa.
- Bienvenido a bordo, Heywood. ¿Cómo te sientes? - Estupendo, si olvido que estoy agonizando de
hambre.
Por un momento, Orlov pareció confundido; luego su rostro se abrió en una amplia sonrisa.
- ¡Oh, lo había olvidado! Bien, no será por mucho tiempo. Dentro de diez meses, podrás comer todo lo
que gustes.
Los hibernantes seguían una dieta baja en residuos toda la semana anterior al proceso; y en las últimas
veinticuatro horas sólo tomaban líquido. Floyd estaba comenzando a preguntarse qué parte de su
aturdimiento se debía al hambre, cuánto al champagne de Curnow y cuánto a la gravedad cero.
Para concentrar su mente, observó cuidadosamente la masa multicolor de tubos que los rodeaba.
- Así que éste es el famoso Propulsor Sakharov. Es la primera vez que veo uno en escala real.
- Sólo se han construido cuatro. - Espero que funcione.
- Mejor que funcione. De otra manera, el Consejo Municipal de Gorky deberá rebautizar la Plaza a
Sakharov.
Esto era una señal de que en esos tiempos un ruso podía bromear, aunque no abiertamente, acerca del
tratamiento que su país había dispensado a su científico más grande. Floyd volvió a recordar el elocuente
discurso de Sakharov en la Academia, cuando, tardíamente, fue condecorado Héroe de la Unión
Soviética. La prisión y el destierro, había dicho, eran una magnífica ayuda para la creatividad; no pocas
obras maestras habían sido concebidas entre los muros de una celda, lejos de las distracciones mundanas.
Los mismos Principia, el mayor logro individual del intelecto humano, eran producto del autoimpuesto
exilio de Newton, al irse de Londres, arrasada por la peste.
La comparación no era inmodesto; desde aquellos años en adelante, Gorky había aportado no sólo nuevas
perspectivas al estudio de la estructura de la materia y el origen del Universo, sino también a los
conceptos de control del plasma, lo que había llevado al aprovechamiento práctico de la energía
termonuclear.
El propulsor mismo, a pesar de ser la consecuencia más conocida y mejor publicitaria del trabajo, era
apenas una aplicación secundaria de aquella alucinante explosión intelectual. La tragedia estaba en que
estos avances habían sido engendrados por la injusticia; algún día la humanidad encontraría una manera
más civilizada para manejar estos asuntos.
Al abandonar la cámara, Floyd había aprendido acerca del Propulsor Sakharov más de lo que realmente
quería saber, o esperaba recordar. Estaba bien informado sobre sus principios básicos, el uso de una
reacción termonuclear pulsante que calentaba y expelía virtualmente cualquier material propelente. Los
mejores resultados se obtenían usando hidrógeno puro como fluido impulsor, pero ocupaba demasiado
espacio y era difícil de almacenar durante períodos prolongados. Metano y amoníaco eran alternativas
aceptables; incluso se podía usar agua, aunque el rendimiento era considerablemente inferior.
Leonov tenía la palabra; los enormes tanques de hidrógeno líquido que proveían el impulso inicial serían
descartados cuando la nave hubiese adquirido la velocidad necesaria para llegar a Júpiter. Llegando a
destino, se utilizaría amoníaco para las maniobras de frenado y acople, y el eventual regreso a Tierra.
Esta era la teoría, comprobada y vuelta a comprobar en interminables simulaciones computadas. Pero,
como tan bien lo había mostrado la desventurada Discovery, todos los proyectos humanos estaban
sujetos a la insensible revisión de la Naturaleza, del Destino, o como se quisiera llamar al poder del
Universo.
- ¡Así que ahí estaba, doctor Floyd! - dijo una autoritaria voz femenina, interrumpiendo la entusiasta
explicación de Vasili acerca de la retroalimentación magnética hidrodinámica -. ¿Por qué no se presentó
ante mí?
Floyd giró con lentitud sobre su eje empujándose grácilmente con una mano. Vio una enorme, maternal
figura enfundada en un curioso uniforme adornado con docenas de bolsillos y faltriqueras; el efecto no
distaba mucho del de un jinete cosaco rodeado de sus cananas de cartuchos.
- Un placer volver a encontrarla, doctora. Todavía estoy explorando; espero que haya recibido el informe
médico sobre mí desde Houston.
- ¡Esos veterinarios de Teague! ¡No confío en que puedan detectar una fiebre aftosa!
Floyd conocía perfectamente bien el mutuo respeto que existía entre Katerina Rudenko y el Centro
Médico de Teague, aun cuando el gruñido de la doctora no había desmentido sus palabras. Ella notó su
mirada de franca curiosidad y señaló orgullosamente las correas que rodeaban su amplia cintura.
- La valijita convencional no es muy práctica en gravedad cero; las cosas flotan fuera de ella y nunca
están donde una las necesita. Yo misma diseñé esto; es un miniquirófano completo. Con él podría
extirpar un apéndice... o ayudar a nacer un bebé.
- Confío en que ese problema en particular no se presentará.
- Ja! Un buen doctor debe estar preparado para todo.
Floyd pensó en el contraste entre la capitana Orlova y la doctora, ¿o debería llamarla por su grado de
Comandante Cirujano Rudenko? La capitana tenía la gracia e intensidad de una prima ballerina; la
doctora podría haber sido el prototipo de la Madre Rusia; de complexión maciza y regordete cara de
campesina, sólo faltaba un pañuelo sobre su cabeza para completar el cuadro. "No te dejes engañar", se
dijo Floyd. "Esta es la mujer que salvó por lo menos doce vidas en el accidentado regreso del Komarov.
Y, en su tiempo libre, se las ingenia para editar los Anales de Medicina Espacial. Considérate muy
afortunado de tenerla a bordo."
- Y entonces, doctor Floyd, ya tendrá mucho tiempo para explorar nuestra pequeña lancha. Mis colegas
son demasiado gentiles para decirlo, pero tienen mucho trabajo que hacer y usted los estorba. Me gustaría
que estuvieran, ustedes tres, dulces y en paz tan pronto como sea posible. Así tendremos menos de qué
preocuparnos.
- Me lo temía, pero comprendo su punto de vista. Estaré listo cuando usted lo esté.
- Yo siempre estoy lista. Sígame, por favor.
El hospital de la nave era lo bastante amplio como para contener una mesa de operaciones, dos bicicletas
fijas, algunos armarios con equipos, y una máquina de rayos X. Mientras la doctora hacía un rápido pero
exhaustivo examen de Floyd, preguntó inesperadamente:
- ¿Qué es ese pequeño cilindro de oro que el doctor Chandra lleva en la cadena alrededor del cuello,
algún aparato comunicador? No quiso sacárselo; en realidad, tuvo demasiada vergüenza para sacarse
cualquier cosa.
Floyd no pudo evitar una sonrisa. Era fácil imaginarse la reacción del pequeño Indio ante aquella dama
dominante.
- Es un lingam.
- ¿Un qué?
- Usted es la doctora, debería reconocerlo. El símbolo de la fertilidad masculina.
- Desde luego, ¡qué estúpida! ¿Es hindú practicante? Es un poco tarde para disponer una dieta
vegetariana estricta.
- No se preocupe, no habríamos dejado de avisarle. Aunque no prueba el alcohol, Chandra no es fanático
de nada, excepto de las computadoras. Una vez me dijo que su abuelo era sacerdote en Benarés, y le
había dado ese lingam; ha pertenecido a la familia por generaciones.
Para sorpresa de Floyd, la doctora Rudenko no mostró la reacción negativa que él había estado
esperando; en realidad, su expresión se tomó extrañamente pensativa.
- Lo entiendo. Mi abuela me regaló un hermoso icono del siglo XVI. Quería traerlo conmigo, pero pesa
cinco kilos.
La doctora volvió abruptamente a su actitud profesional, administró a Floyd una inyección indolora con
una hipodérmica neumática y le ordenó regresar apenas se sintiera con sueño. Eso, le aseguró, sucederá
en menos de dos horas.
- Entretanto, relájese totalmente - dijo -. Hay un puesto de observación en este nivel; Estación D.6. ¿Por
qué no da una vuelta por allí?
Parecía una buena idea, y Floyd se retiró con una docilidad que hubiera sorprendido a sus amigos. La
doctora Rudenko miró su reloj, dictó una pequeña entrada en su computador personal, y conectó la
alarma para treinta minutos después.
Cuando llegó a D.6., Floyd vio que Chandra y Curnow ya estaban allí. Lo miraron sin dar el más leve
signo de reconocimiento, y se volvieron a enfrascar en el pavoroso espectáculo de afuera. A Floyd se le
ocurrió, y se felicitó de tan brillante observación, que Chandra no podía estar disfrutando el panorama.
Sus ojos se hallaban fuertemente cerrados.
Un planeta totalmente desconocido colgaba allí afuera brillante de gloriosos azules y blancos
deslumbrantes. ¡Qué extraño!", se dijo Floyd. ¿Qué había pasado con la Tierra? Pero, por supuesto, no
era extraño que no la hubiera reconocido... ¡estaba al revés! "Qué desastre", se lamentaba. "Toda esa
pobre gente cayéndose en el espacio.
Apenas percibió a los dos miembros de la tripulación que se llevaron a la figura fofa de Chandra. Cuando
volvieron por Curnow, los ojos de Floyd estaban cerrados, pero aun respiraba. Y al regresar por él, hasta
su respiración había cesado.
II – TSIEN
6. DESPERTAR
"Y nos habían dicho que no soñaríamos", pensó Heywood Floyd, con más sorpresa que disgusto. El
glorioso resplandor rosado que lo rodeaba era muy acogedor; le recordaba las parrilladas y los maderos
chisporroteantes de los hogares de Navidad. Pero no hacía calor; en realidad, sentía un frío persistente,
aunque no desagradable.
Murmuraban voces, demasiado bajas para que él pudiera comprender lo que decían. Aumentaron el
volumen, aunque siguió sin entender.
"¡Desde luego!", reaccionó repentinamente, "¡no puedo estar soñando en ruso!”.
- No, Heywood - contestó una voz femenina -. No está soñando. Es hora de que se levante.
El agradable resplandor se desvaneció, abrió los ojos, y tuvo la sensación imprecisa de una luz que se
apagaba. Estaba en una camilla, asegurado con ligaduras elásticas; había algunas siluetas alrededor, pero
demasiado desenfocadas como para identificarlas.
Unos dedos suaves cerraron sus párpados y masajearon sus sienes.
- No se agite. Respire profundamente... otra vez... eso es... ¿cómo se siente ahora?
- No sé... raro... muy liviano... y hambriento.
- Es una buena señal. ¿Sabe dónde se encuentra? Ya puede abrir los ojos.
Las siluetas entraron en foco, primero la doctora Rudenko, luego la capitana Orlova. Pero algo había
sucedido con Tanya desde que la había visto, sólo una hora antes. Cuando Floyd logró precisar qué era,
fue como un shock.
- ¡Te ha vuelto a crecer el cabello!
- Espero que lo consideres un progreso. No puedo decir lo mismo de tu barba.
Floyd llevó su mano a la cabeza, y descubrió que debía realizar un esfuerzo consciente para planear cada
etapa de movimiento. Su mentón estaba cubierto de una suave pelusa, como de dos o tres días. En
hibernación, el crecimiento capilar era cien veces más lento que lo normal...
- Así que lo logré - dijo -. Hemos llegado a Júpiter.
Tanya lo miró sombríamente, luego espió a la doctora, que asintió apenas con la cabeza.
- No, Heywood - dijo -. Todavía estamos a un mes de camino. No te alarmes, la nave está bien, y todo
funciona normalmente. Pero tus amigos de Washington nos pidieron que te despertáramos antes de lo
previsto. Sucedió algo inesperado. Estamos en una carrera para alcanzar Discovery... y me temo que la
perderemos.
7. TSIEN
Cuando la voz de Heywood Floyd emergió del parlante, los dos delfines cesaron instantáneamente de
vagar en la piscina y nadaron hasta el borde. Apoyaron la cabeza sobre él y miraron fijamente hacia la
fuente de sonido.
"Así que ellos reconocen a Floyd", pensó Caroline, con un resquemor amargo. Entretanto, Christopher ni
siquiera dejó de jugar con el control de colores de su libro de imágenes mientras la voz de su padre surgía
alta y clara a través de quinientos millones de kilómetros de espacio.
-...cariño, no te sorprenderá escucharme, un mes antes de lo previsto; sabrás desde hace semanas que
tenernos compañía ahí afuera".
"Aún me cuesta creerlo; en cierta forma, esto no tiene sentido. No es posible que tengan combustible,
suficiente para un regreso seguro a Tierra; ni siquiera sabemos cómo pueden llegar a efectuar el acople.
"Nunca los vimos, por supuesto. En el punto más cercano, Tsien estuvo a más de cincuenta millones de
kilómetros de distancia. Tuvieron mucho tiempo para contestarnos, de haberlo deseado, pero nos
ignoraron completamente. Ahora estarán muy ocupados para una charla informal. En pocas horas
penetrarán en la atmósfera de Júpiter; y veremos lo bien que funciona su sistema de desaceleración
aerodinámico. Si hacen bien su trabajo, será bueno para nuestra moral. Pero si falla... no hablemos de
ello.
"Los rusos lo están tomando notablemente bien, dentro de todo. Están enojados y desilusionados, por
supuesto, pero he escuchado varias expresiones de franca admiración. Fue una jugada brillante, construir
esa nave a la vista de todo el mundo y hacer creer a todos que era una estación espacial hasta que le
adosaron esos impulsores.
"Bueno, no hay nada que podamos hacer, sino mirar. Y desde aquí no tendremos una vista mucho más
clara que la del mejor telescopio en Tierra. No puedo evitar desearles suerte, aunque, desde luego, espero
que dejarán a Discovery en paz. Es nuestra propiedad, y apuesto a que el Departamento de Estado se lo
está recordando cada hora.
"Es mala suerte; si nuestros amigos chinos no nos hubieran ganado la delantera, no habrías escuchado
hablar de mí hasta dentro de un mes. Pero, ahora que la doctora Rudenko me ha despertado, hablaré
contigo cada dos días.
"Pasado el golpe inicial, me estoy adaptando muy bien; conociendo la nave y a su tripulación,
aprendiendo el andar espacial. Y puliendo mi ruso (bastante pobre), aunque no tengo mucha oportunidad
de usarlo, ya que todos insisten en hablar en inglés. ¡Qué increíbles lingüistas somos los
norteamericanos. A veces me siento avergonzado de nuestro chauvinismo... o nuestra indolencia.
"El nivel de inglés a bordo arranca desde perfecto (el ingeniero en jefe Sasha Kovalev podría ganarse la
vida como locutor de la BBC) hasta el tipo "no-importan-tus-errores-si-hablas-rápido". La única que se
traba es Zenia Marchenko, que reemplazó a Irina Yakunina a último momento. A propósito, qué bueno
saber que Irina se recuperó bien. ¡Qué desilusión para ella!; me pregunto si habrá vuelto a volar en
alas-delta.
"Y hablando de accidentes, es obvio que Zenia debe de haber tenido uno muy serio. Aunque los cirujanos
plásticos han hecho un buen trabajo, se ve que debe de haber sufrido graves quemaduras hace algún
tiempo. Es la mascota de la tripulación y los demás la tratan, iba a decir con lástima, pero es muy
condescendiente. Digamos. mejor con una gentileza especial.
"Tal vez te preguntes cómo me llevo con la capitana Orlova. Bien, me simpatiza mucho, pero me aterra
hacerla enojar. No caben dudas sobre quién dirige la nave.
"Y la cirujana comandante Rudenko: la conociste en la Convención Aeroespacial de Honolulu hace dos
años, y estoy seguro de que no habrás olvidado la última fiesta. Comprenderás por qué la llamamos
Catalina la Grande... a sus anchas espaldas, desde luego.
"Pero basta de charla. Me estoy pasando del tiempo, odio pensar en el recargo. Y a propósito, se supone
que estos llamados son estrictamente privados. Pero hay muchos eslabones en la cadena de
comunicación, así pues, no te sorprendas si, ocasionalmente, recibes algún mensaje por, digamos, otras
vías.
"Estaré esperando noticias tuyas; di a las niñas que ya hablaré con ellas. Cariños para todos ustedes; los
extraño mucho a Chris y a ti. Y cuando regrese, prometo que nunca volveré a irme".
Hubo un silbido de pausa; luego una voz obviamente sintética dijo: "Esto concluye la transmisión
Cuatrocientos treinta y dos desde la Nave Espacial Leonov". Mientras Caroline Floyd desconectaba el
receptor, los dos delfines se deslizaron bajo la superficie de la piscina y se alejaron hacia el Pacífico,
dejando una estela en el agua.
Al darse cuenta de que sus amigos se habían ido, Christopher comenzó a llorar. Su madre lo tomó en sus
brazos y trató de consolarlo, pero pasó mucho tiempo antes de que lo consiguiera.
8. TRANSITO POR JUPITER
La imagen de Júpiter, con sus franjas de nubes blancas, sus bandas moteadas de rosa salmón, y el Gran
Punto Rojo mirando hacia la inmensidad como una pupila maléfica, flotaba firme en la pantalla de
proyección del puente de mando. Estaba en tres cuartos creciente, pero nadie miraba el disco iluminado;
todos los ojos se hallaban enfocados sobre la curvada terminal de su borde. Allí, en el lado oscuro del
planeta, la nave china se aproximaba al momento de la verdad.
"Esto es absurdo", pensó Floyd. "No podemos ver nada a catorce millones de kilómetros de distancia. Y
no importa; la radio nos dirá lo que queremos saber". Tsien había cerrado todos los circuitos de audio,
video y datos hacía dos horas, ya que las antenas de alto rango estaban reflejadas en la sombra protectora
del escudo térmico. Sólo el radiofaro omnidireccional seguía transmitiendo, señalando con precisión la
posición de la nave china mientras ésta avanzaba en pos de aquel océano de nubes del tamaño de un
continente. El agudo bip... bip... bip... era el único sonido en el cuarto de control de Leonov. Cada uno de
esos pulsos había dejado Júpiter hacía más de dos minutos; ahora, su fuente podía ser una nube de gas
incandescente dispersándose en la estratosfera joviana.
La señal se diluía, volviéndose más confusa. Los bips se distorsionaban, casi se apagaban
completamente, luego seguía la secuencia. Se estaba formando una cubierta de plasma alrededor de
Tsien, que pronto interrumpiría toda comunicación hasta que la nave reemergiera. SI es que lo hacía.
- Posmotri! - gritó Max -. ¡Ahí está!
Al principio Floyd no pudo ver nada. En seguida, justo en el borde del disco iluminado, distinguió una
estrella diminuta que brillaba donde no podía haber ninguna estrella, contra la cara oscurecida de Júpiter.
Parecía totalmente detenida, aunque él sabía que debía estar moviéndose a cien kilómetros por segundo.
Lentamente aumentó su brillo; y ya no era más un punto sin dimensión; iba tomando forma alargada. Un
cometa artificial estaba surcando el cielo nocturno de Júpiter, dejando una estela de miles de kilómetros
incandescentes tras de sí.
Sonó un último bip curiosamente distorsionado, proveniente del radiofaro de rastreo; luego, sólo los
silbidos sin significado de la propia radiación de Júpiter; una de las muchas voces cósmicas que no tenían
nada que ver con el Hombre o su obra.
Tsien era inaudible, pero no invisible todavía. Podían ver que la pequeña chispa alargada se había alejado
considerablemente de la cara iluminada del planeta y desaparecería en el lado oscuro en poco tiempo.
Para entonces, si todo salía como estaba planeado, Júpiter habría capturado a la nave, reduciendo su
velocidad excedente. Cuando Tsien emergiera desde atrás del gigantesco mundo, sería otro satélite
joviano.
La chispa se desvaneció. Tsien había doblado la curva del planeta y avanzaba en el lado oscuro. Ahora ya
no habría nada que ver ni escuchar hasta que emergiera de las sombras. Si todo iba bien, alrededor de una
hora. Sería una hora muy larga para los chinos.
Para el científico en jefe Vasili Orlov y el ingeniero en comunicaciones Sasha Kovalev, la hora pasó
extremadamente rápido. Tenían mucho para aprender observando a la pequeña estrella; sus tiempos de
aparición y desaparición, y, sobre todo, el desplazamiento Doppler en el radiofaro proporcionaban
información vital sobre la nueva órbita de Tsien. Las computadoras de Leonov ya estaban digiriendo
cifras, y escupiendo tiempos de reemergencia estimativos, basados en diversas suposiciones sobre los
rangos de desaceleración en la atmósfera joviana.
Vasili apagó el visor de la computadora, hizo girar su sillón, aflojó el cinturón de seguridad, y se dirigió a
la audiencia, que esperaba pacientemente.
- La próxima aparición será dentro de cuarenta y dos minutos. ¿Por qué no se van a dar un paseo, así
podemos concentrarnos en poner todo esto en orden? Los veré en treinta y cinco minutos. Shoo
Nu-ukhodi
Con desgano, los cuerpos non grata dejaron el puente; pero, para disgusto de Vasili, todo el mundo
volvió poco después de los treinta minutos. Aún estaba reprendiéndolos por la falta de fe en sus cálculos
cuando el familiar bip... bip... bip.. del radiofaro de Tsien surgió de los altoparlantes.
Vasili parecía sorprendido Y mortificado, pero enseguida se unió a la espontánea salva de aplausos;
Floyd no pudo ver quién fue el que comenzó a aplaudir. Podrían ser rivales, pero eran todos astronautas,
tan lejos del hogar como nunca lo había estado ningún hombre; "Embajadores de la Humanidad", en las
nobles palabras del Primer Tratado Espacial de la ONU. Aun cuando no quisieran que triunfaran los
chinos, tampoco deseaban que se enfrentaran al desastre.
Floyd no pudo evitar pensar que también había un elemento importante de interés propio. Ahora las
apuestas a favor de Leonov habían aumentado considerablemente; Tsien había demostrado que la
maniobra de frenado aerodinámico era posible. Los datos sobre Júpiter eran correctos; su atmósfera no
contenía sorpresas inesperadas, y tal vez fatales.
- ¡Bien! - dijo Tanya -. Supongo que deberíamos enviarles un mensaje de felicitación. Pero aunque lo
hiciéramos no se darían por enterados.
Algunos de sus colegas seguían burlándose de Vasili, que miraba las salidas de su computadora con
franco descreimiento.
- ¡No lo puedo entender! - exclamó -. ¡Aún deberían estar detrás de Júpiter! Sasha, ¡léeme la velocidad
del radiofaro!
Se mantuvo otro diálogo silencioso con la computadora; luego Vasili soltó un silbido largo, suave.
- Algo anda mal. Están en órbita de captura, de acuerdo, pero no les permitirá realizar un acople con
Discovery. Su órbita actual los llevará más allá de lo; dispondré de datos más precisos cuando los
hayamos seguido otros cinco minutos.
- De todos modos, deben estar en una órbita segura - dijo Tanya -. Siempre podrán hacer correcciones
más adelante.
- Tal vez. Pero les podría costar días, aun teniendo el combustible. Algo que dudo.
- Entonces todavía podemos ganarles.
- No seas tan optimista. Aún estamos a tres semanas de Júpiter. Pueden probar doce órbitas antes de que
lleguemos, y elegir la más favorable para su acople.
- De nuevo; suponiendo que tengan combustible. - Desde ya. Y sobre eso sólo podemos arriesgar
conjeturas más o menos exactas.
Toda esta conversación tuvo lugar en un ruso tan rápido y nervioso que Floyd fue dejado por el camino.
Cuando Tanya se compadeció de él y le explicó que Tsien había apuntado muy alto y se dirigía hacia los
satélites exteriores, su primera reacción fue:
- Entonces pueden estar en problemas. ¿Qué harán ustedes si llaman pidiendo ayuda?
- Debes de estar bromeando. ¿Puedes imaginarlos haciendo algo así? Son demasiado orgullosos. De
cualquier manera, sería imposible. Como tú sabes perfectamente, no podemos cambiar el esquema de
nuestra misión. Aun cuando tuviéramos el combustible...
- ¡Tienes razón, por supuesto!, pero podría ser difícil de explicar esto al noventa y nueve por ciento de la
raza humana que no conoce la mecánica orbital. Deberíamos comenzar a pensar en las complicaciones
políticas; estaría muy mal visto que no ayudáramos. Vasili, ¿me darías su órbita final, apenas la hayan
resuelto? Me voy a mi cabina a trabajar un poco.
La cabina de Floyd, o mejor un tercio de cabina, estaba todavía ocupada parcialmente con provisiones,
muchas de ellas aseguradas en las literas que ocuparían Chandra y Curnow cuando emergieran de su
larga siesta. Había logrado despejar un pequeño espacio para sus efectos personales, y se le había
prometido el lujo de otros dos metros cúbicos completos, apenas se pudiera distraer a alguien para ayudar
en el traslado de los muebles.
Floyd abrió su pequeña consola de comunicaciones, pulsó las teclas de decodificación y pidió la
información sobre Tsien que le había sido transmitida desde Washington. Se preguntaba si sus
anfitriones habrían logrado descifrarla; la clave estaba basada en el producto de dos números primos de
cien dígitos y la Agencia Nacional de Seguridad había apostado su reputación a que la computadora más
rápida de la actualidad no podría solucionarla antes del gran estallido del fin del Universo.
Una vez más echó una mirada a las excelentes fotografías de la nave china, tomadas cuando había
revelado sus verdaderas intenciones y estaban a punto de dejar la órbita de la Tierra. Había tomas
posteriores (no tan claras, porque para entonces Tsien ya se había alejado de las cámaras espías) de la
etapa final, mientras se precipitaba hacia Júpiter. Éstas eran las que más le interesaban, pero más valiosos
aún resultaban los cortes esquemáticos y las estimaciones de rendimiento confirmando las hipótesis más
optimistas, era difícil entender qué querían hacer los chinos. Debían consumido por lo menos el noventa
por ciento del propulsor en esa loca carrera a través del Sistema Solar menos que fuera literalmente una
misión suicida, algo que no podía ser descartado, sólo podía tener sentido plan que involucrara
hibernación y un posterior rescate. Inteligencia no creía que la tecnología china de hibernación estuviera
lo suficientemente adelantada como para tal opción.
Pero muchas veces Inteligencia estaba equivocada, y más veces aún, confundida por la avalancha de
datos confusos que debía evaluar; el “ruido" en sus circuitos de información. Había hecho un notable
trabajo sobre Tsien considerando la escasez de tiempo, pero Floyd habría preferido que el material que le
fue enviado hubiera sido más cuidadosamente depurado. Parte del mismo era chatarra, sin conexión
posible con la misión.
De todos modos, al no saber qué se buscaba, era ¡m portante evitar todo tipo de prejuicios y preconceptos
algo que a primera vista parecía irrelevante, o incluso sin sentido, podía volverse de vital importancia.
Con un suspiro Floyd comenzó una vez más a hojear las quinientas páginas de datos, dejando su mente
en blanco, lo más receptiva posible, mientras diagramas, tablas, fotografías (algunas tan borrosas que
podían, representar casi cualquier cosa) informes periodísticos, listas de delegados a conferencias
científicas, publicaciones técnicas, y hasta documentos comerciales fluían rápidamente por la pantalla de
alta resolución. Obviamente, un sistema de espionaje industrial muy eficiente había estado en juego.
¿Quién habría pensado que tan tos módulos de holomemoria japoneses, microcontroles suizos de
combustible, o detectores de radiación alemanes estaban destinados al lecho seco del lago Lop Nor,
primer mojón de su viaje a Júpiter?
Algunos de los ítems debían de haber sido incluidos por accidente; de ninguna manera podían tener
relación con la misión. Si los chinos habían tramitado una orden secreta por mil sensores infrarrojos a
través de una falsa compañía en Singapur, eso concernía sólo a los militares; parecía improbable que
Tsien esperara ser perseguida por misiles termo - sensibles. Y esto otro era realmente gracioso: equipos
especializados de agrimensura y prospección minera, adquiridos a Glacier Geophysics, Inc. de
Anchorage, Alaska. ¿Quién habría sido el tonto que imagino que una expedición al espacio profundo
tendría necesidad de ... ?
La sonrisa se heló en los labios de Floyd; sintió que la piel se arrugaba detrás de su cuello. ¡Dios mío; no
se atreverían! Pero ya se habían atrevido, y mucho, y ahora, al fin, todo encajaba.
Volvió a pensar en las fotos y en los planes conjeturados acerca de la nave china. Sí, era muy lógico; esas
ranuras en la base, a lo largo de los electrodos de deflexión, serían del tamaño aproximado...
Floyd llamó al puente.
- Vasili - dijo -, ¿has logrado resolver su órbita?
- Sí, ya lo hice - contestó el navegante, con una voz curiosamente sosegarla. Floyd comprendió al punto
que algo había sucedido. Jugó una carta arriesgada.
- Van a tomar contacto con Europa, ¿no es así?
Se escuchó un explosivo jadeo de incredulidad desde el otro extremo.
- Chyoil voz mi! ¿Cómo lo sabías?
- No lo sabía; sólo lo adiviné.
- No puede haber ningún error; comprobé las cifras hasta el sexto decimal. La maniobra de frenado
funcionó exactamente como se lo proponían. Están en camino directo a Europa; no puede haber ocurrido
por casualidad. Estarán allí en diecisiete horas.
- Y entrarán en órbita.
- Tal vez; no se necesitaría mucho propelente. Pero, ¿con qué objeto?
- Arriesgaré una vez más. Harán un rápido reconocimiento... y aterrizarán.
- Estás loco, ¿o sabes algo que nosotros ignoramos?
- No, sólo es cuestión deducir, simplemente. Te darás de cara contra la pared por no de haber visto lo que
era obvio.
- De acuerdo, Sherlock, ¿por qué querría alguien aterrizar en Europa? ¿Qué hay allí, por el amor de
Dios?
Floyd estaba disfrutando su fugaz momento de triunfo. Desde luego, podía estar completamente errado.
- ¿Qué hay en Europa? Apenas la sustancia más preciosa del Universo.
Se había excedido; Vasili no era tonto, y dejó caer la respuesta de sus labios.
- ¡Por supuesto, agua!
- Exactamente. Miles de millones de toneladas de agua. Suficiente para llenar los tanques propulsores,
pasear alrededor de todos los satélites, y todavía tener reserva para el acople con Discovery y el regreso a
casa. Odio decirlo, Vasili, pero nuestros amigos chinos nos burlaron otra vez.
- Siempre suponiendo, por supuesto, que logren hacerlo.
9. EL HIELO DEL GRAN CANAL
De no ser por el negro azabache del cielo, la fotografía podría haber sido tomada casi en cualquier región
polar de la Tierra; no había absolutamente nada de extraño en el hielo áspero, que se extendía hasta el
horizonte. Sólo las cinco figuras enfundadas en trajes espaciales en primer plano anunciaban que el
panorama pertenecía a otro mundo.
Inclusive ahora, los recelosos chinos no habían proporcionado los nombres de la tripulación. Los
anónimos intrusos del helado paisaje europeo eran sólo el científico en jefe, el comandante, el navegante,
el primer ingeniero, el segundo ingeniero. Floyd no pudo evitar pensar en lo irónico del asunto. Todo el
mundo en la Tierra había visto la ya histórica fotografía una hora antes de que ésta Alegara a Leonov,
que estaba mucho más cerca de la escena. Pero las transmisiones de Tsien se efectuaban en un ancho de
banda tan estrecho que era imposible interceptarlas; Leonov sólo captaba la señal de su radiobaliza,
propagándose imparcialmente en todas direcciones. E incluso ésta era inaudible más de la mitad del
tiempo, pues la rotación de Europa la ponía fuera de alcance, o el mismo satélite era eclipsado por la
monstruosa masa de Júpiter. Las escasas informaciones de la misión china debían ser retrasmitidas desde
Tierra.
La nave había descendido, después de su reconocimiento inicial, sobre una de las pocas islas de roca
sólida que sobresalían de la costra de hielo que cubría virtualmente toda la luna. El hielo era plano de
polo a polo; no había viento que lo modelara con formas extrañas, o nieve que, capa sobre capa,
construyera colinas móviles.
Sobre Europa podían caer meteoritos, pero nunca un copo de nieve. Las únicas fuerzas que moldeaban su
superficie eran la firme acción de la gravedad, reduciendo todas las elevaciones a un mismo nivel
uniforme, y los incesantes temblores causados por los otros satélites al pasar y repasar en sus órbitas
cercanas a Europa. El mismo Júpiter, no obstante su masa muy superior, ejercía un efecto mucho más
pequeño. Las mareas jovianas habían terminado su tarea hacía eones, asegurando que Europa
permaneciera prisionera por siempre, con una cara vuelta hacia su amo gigante.
Todo esto se supo con las observaciones del Voyager de los años setenta, los reconocimientos de Galileo
de los ochenta, y los europeizajes Kepler de los noventa. Pero, en pocas horas, los chinos habían
aprendido más acerca de Europa que todas las misiones anteriores combinadas. Guardarían el
conocimiento para sí mismos; se podría estar en desacuerdo, pero pocos negarían que se habían ganado
el derecho de hacerlo.
Lo que sí se estaba negando, con más y más aspereza, era su derecho a anexar el satélite. Por primera vez
en la historia, una nación había proclamado derechos sobre otro mundo, y todos los medios de difusión
estaban discutiendo la posición legal. Aunque los chinos señalaron, en un tedioso manifiesto, que no
habían firmado el Tratado Espacial de la ONU de 2002 y, por lo tanto, no estaban sujetos a sus
previsiones, eso no contribuyó en nada a acallar las enojadas protestas.
De repente, Europa fue la noticia más importante del Sistema Solar. Y el hombre del momento, al menos
en diez millones de kilómetros a la redonda, estaba muy solicitado.
"Habla Heywood Floyd, a bordo de Cosmonauta Alexei Leonov, en ruta a Júpiter. Pero, como bien
pueden imaginar, todos nuestros pensamientos están localizados en Europa.
"En este preciso instante estoy mirando hacia allí a través del telescopio más poderoso de la nave; con
este aumento es diez veces mayor que la Luna, tal como la ven ustedes a simple vista. Es una visión de
otro mundo.
"La superficie es de un rosado uniforme, con unos i pocos parches marrones. Está cubierta por una
intrincada red de líneas delgadas, que van y vienen en todas direcciones. En realidad, se asemeja mucho a
una foto de un texto de medicina, mostrando un sistema de venas y arterias.
"Algunas de estas líneas tienen cientos, o miles, de kilómetros de largo, y parecen esos canales ilusorios
que Percival Lowell y otros astrónomos de comienzos del siglo veinte imaginaron haber visto en Marte.
"Pero los canales de Europa no son una ilusión, aunque, desde luego, tampoco son artificiales. Más aún,
contienen agua; o al menos, hielo, pues el satélite está casi totalmente cubierto por el océano, que supera
los cincuenta kilómetros de profundidad.
"Por estar tan alejada del Sol, la temperatura de la superficie de Europa es extremadamente baja:
alrededor de ciento cincuenta grados bajo cero. Se podría esperar que su único océano fuera un bloque de
sólido hielo.
"Sorprendentemente, éste no es el caso, porque en el interior de Europa hay mucho calor, generado por
sus propias fuerzas de marea; las mismas que producen las erupciones volcánicas en la vecina lo.
"De tal manera, el hielo se derrite continuamente, se quiebra y se congela, formando grietas y bloques
como los de las planicies de hielo flotantes de nuestras regiones polares. Son ésos los complejos trazados
de hendiduras que estoy viendo ahora; la mayoría son oscuros y muy antiguos; tal vez tengan un millón
de años de antigüedad.
Pero unos pocos son de un blanco puro: los recién abiertos; y tienen unas costras de sólo pocos
centímetros de espesor.
“Tsien se ha posado justo al lado de una de estas líneas blancas, una estría de mil quinientos kilómetros
de largo que recibió el nombre de Gran Canal. Presumiblemente, los chinos intentarán bombear agua
desde allí a sus tanques de combustible, y así podrán explorar el sistema de satélites jovianos y volver a
Tierra. Esto puede no ser fácil, pero seguramente habrán estudiado el lugar de aterrizaje con gran
cuidado, y deben saber lo que están haciendo.
"Es obvio, ahora, por qué han corrido tamaño riesgo; y por qué reclaman Europa. Es un punto de
reaprovisionamiento. Podría ser la llave para todo el Sistema Solar exterior. También hay agua en
Ganimedes, pero está congelada, y es menos accesible a causa del mayor campo gravitatorio de ese
satélite.
"Y hay todavía otro aspecto, que se me acaba de ocurrir. Aun si se quedaran encallados en Europa,
podrían sobrevivir hasta que se organizara una misión de rescate. Disponen de mucha energía, puede
haber muchos minerales útiles en la zona; y ya sabemos que los chinos son los expertos en la producción
de alimentos sintéticos. No sería una vida muy lujosa; pero tengo algunos amigos que la aceptarían con
gusto a cambio de esa vista de Júpiter extendido por el cielo; la misma vertiginosa vista que esperamos
poder disfrutar en pocos días.
"Les habló Heywood Floyd, quien se despide en nombre de sus colegas y en el suyo propio, a bordo de
Alexei Leonov".
- Y ahora les habla el puente. Muy buena presentación, Heywood. Deberías haber sido periodista.
- He tenido mucha práctica. La mitad de mi tiempo la pase en RP.
- ¿RP?
- Relaciones Públicas, generalmente diciendo a los políticos que deberían asignarme más dinero. Algo de
que ustedes no tienen que preocuparse.
- ¡Cómo me gustaría que eso fuera cierto! De todos modos, ven para el puente. Hay una información que
quisiéramos conversar contigo.
Floyd soltó el botón de su micrófono, fijó el telescopio en su posición y se zafó de la estrecha burbuja de
observación. Al salir, casi chocó con Nikolai Ternovsky, obviamente en misión similar.
- Estaba pensando en plagiar tus mejores frases para Radio Moscú, Woody. Espero que no te importe.
- Sería un placer, tovarich. Y además, ¿cómo podría impedírtelo?
En el puente, la capitana Orlova analizaba pensativa la densa masa de palabras y cifras que aparecían en
la pantalla Principal. Floyd había comenzado penosamente a trasliterarlas, cuando ella lo interrumpió.
- No te preocupes por los detalles. Estas son estimaciones del tiempo que llevará a Tsien volver a llenar
sus tanques y estar lista para el despegue.
- Mi gente está haciendo los mismos cálculos, pero hay muchas, demasiadas variables.
- Pensamos haber eliminado una de ellas. ¿Sabías que las mejores bombas de agua que se pueden
comprar pertenecen a los bomberos? Y, ¿te sorprendería enterarte de que a la Estación Central de Beijing
le fueron requisadas de repente cuatro de sus últimos modelos hace unos meses, a pesar de las protestas
del alcalde?
No estoy sorprendido, sino helado de admiración. Continúa, por favor.
- Podría ser una coincidencia, pero esas bombas tendrían exactamente el tamaño correcto. Haciendo
razonables conjeturas acerca del ancho de los tubos, perforación del hielo y todo lo demás... bueno,
pensamos que podrían despegar en cinco días. Si hemos calculado bien.
- ¡Cinco días!
- Si tienen suerte, y todo funciona perfectamente. Y siempre que no prefieran, en lugar de llenar sus
tanques, cargar apenas lo necesario para un acople seguro con Discovery antes que nosotros. Sería
suficiente que nos gana por sólo una hora. En última instancia, podrían reclamar derechos de salvamento.
- No, según los abogados del Departamento de Estado. En el momento apropiado, declararemos que
Discovery no es una nave abandonada, sino que ha sido dejada estacionada hasta que volvamos a
buscarla. Cualquier intento de abordarla sería un acto de piratería.
- Estoy segura de que los chinos estarán de lo más impresionados.
- Y si no lo están, ¿qué podemos hacer?
- Los superamos en número; dos a uno, cuando revivamos a Chandra y Curnow.
- ¿Hablas en serio? ¿Dónde están los machetes para la partida de abordaje?
- ¿Machetes?
- Sables, armas.
- ¡Oh! Podríamos usar el telespectrómetro láser. Puede vaporizar muestras de asteroides a distancias del
orden de los mil kilómetros.
- Esta conversación no me agrada. Mi gobierno ciertamente no aprobaría la violencia, exceptuando,
desde luego, que fuera en defensa propia.
- ¡Norteamericanos inocentes! Nosotros somos mas realistas. Debemos serlo. Todos tus abuelos murieron
de vejez, Heywood. Tres de los míos fueron muertos en la Gran Guerra Patriótica.
Cuando estaban solos, Tanya lo llamaba Woody, nunca Heywood. Debía hablar en serio. ¿O sólo estaba
probando sus reacciones?
- De todas maneras, Discovery sólo vale unos pocos billones de dólares en material. La nave no es
importante; sólo la información que contiene.
- Exactamente. Información que podría ser copiada, y luego destruida.
- Realmente tienes ideas alegres, Tanya. A veces pienso que todos los rusos son un poco paranoicos.
- Gracias a Hitler y a Napoleón, nos hemos ganado el derecho de serlo. Pero no me digas que tú no te
habías imaginado ya esta escena.
- No era necesario - contestó sombrío Floyd -. El Departamento de Estado ya lo ha hecho por mí, con
variaciones. Sólo tendremos que ver por cuál de ellas optan los chinos. No me sorprendería en lo más
mínimo que nos burlaran otra vez.
10. UN GRITO DESDE EUROPA
Dormir en gravedad cero es una tarea que se debe aprender; a Floyd le había llevado casi una semana
encontrar la mejor manera de anclar sus brazos y piernas para que no derivaran a posiciones incómodas.
Ahora era un experto, y no ansiaba la vuelta del peso; en realidad, la sola idea solía producirle pesadillas.
Alguien lo estaba sacudiendo. No, ¡debía estar soñando! La intimidad era sagrada a bordo de una nave
espacial; nadie entraba en la cabina de otro miembro de la tripulación sin pedir primero permiso. Cerró
con fuerza sus ojos, pero las sacudidas continuaron.
- ¡Doctor Floyd, despierte por favor! Lo necesitan en la cabina de vuelo.
Y nadie lo llamaba doctor Floyd; el apelativo más formal que había recibido en semanas era Doc. ¿Qué
estaba pasando? Con desgano, abrió los ojos. Estaba en su pequeña cabina, suavemente asegurado por su
bolso de dormir. Así le informó una parte de su mente; pero entonces ¿por qué ? Aún estaban a millones
estaba mirando hacia... Europa de kilómetros de distancia.
Allí estaban los reticulados familiares, los esquemas de triángulos y polígonos formados por las líneas
que se cruzaban. Y seguramente eso era el propio Gran Canal... no, algo no andaba bien. ¿Cómo podía
ser, si él todavía estaba en su cubículo a bordo de Leonov?
- ¡Doctor Floyd!
Se despertó completamente y se dio cuenta de que su mano izquierda estaba flotando a centímetros de
sus ojos. ¡Qué curioso que el sistema de líneas de su palma fuera tan similar al mapa de Europa!
Pero la económica Madre Naturaleza siempre se repetía, en escalas tan diferentes como la gota de leche
vertida sobre el café, las bandas de nubes de una tormenta ciclónica, o los brazos de una nebulosa espiral.
- Lo siento, Max - dijo -. ¿Qué es lo que sucede? ¿Algo anda mal?
- Eso pensamos; pero no con nosotros. Tsien está en problemas.
El capitán, navegante e ingeniero en jefe estaban ligados a sus asientos en la cubierta de vuelo; el resto de
la tripulación orbitaba ansiosamente alrededor de las agarraderas, 0 miraba los monitores.
- Siento despertarte, Heywood - se disculpó Tanya bruscamente -. Esta es la situación. Hace diez minutos
tuvimos una Prioridad Clase Uno de Control de Misión. Tsien se fue del aire. Sucedió de repente, en la
mitad de un mensaje en clave; hubo unos Pocos segundos de transmisiones entrecortadas... luego nada.
- ¿Su radiofaro?
- También ha cesado. No lo podemos recibir.
- ¡Fiú! Entonces debe ser serio; un desperfecto mayor. ¿Alguna teoría?
- Miles; pero todas adivinanzas. Una explosión, un deslizamiento, un terremoto: ¿quién sabe?
- Y podemos no saberlo nunca; hasta que algún otro aterrice en Europa... 0 hagamos una pasada Y
echemos un vistazo.
Tanya negó con la cabeza.
- No tenemos suficiente inercia. Lo más que Podríamos acercarnos es a cincuenta mil kilómetros. No se
puede ver mucho a esa distancia.
- Entonces no hay absolutamente nada que hacer.
- No es tan así, Heywood. Control de Misión tiene una sugerencia. Quieren que hagamos rotar nuestro
gran plato, por si podemos captar alguna transmisión de emergencia Es... ¿cómo lo llaman ustedes?, un
tiro por elevación, pero que va le la pena intentar. ¿Qué opinas? .La primera reacción de Floyd fue
fuertemente negativa.
- Eso significaría romper nuestro enlace con Tierra.
- ¡Por supuesto!; pero tendremos que hacerlo de todos modos, cuando giremos alrededor de Júpiter. Y
nos tomará sólo un par de minutos restablecer el circuito.
Floyd permaneció callado. La sugerencia era perfectamente razonable, pero algo oscuro lo preocupaba.
Estuvo confundido algunos segundos, hasta que de repente comprendió por qué era tan contrario a esa
idea.
Los problemas de Discovery habían comenzado cuando el gran plato, la antena principal, había perdido
su conexión con Tierra, por razones que inclusive ahora no eran completamente claras. Pero seguramente
Hal había estado involucrado y aquí no había peligro de que se presentara una situación similar. Los
computadores de Leonov eran pequeñas unidades autónomas, sin una unidad de control central. Por lo
menos, ninguna no humana.
Los rusos seguían esperando pacientemente su respuesta.
- Acepto - dijo, al fin -. Hagan saber a Tierra lo que estamos haciendo, y comiencen a escuchar. Supongo
que intentarán todas las frecuencias de MAYDAY ESPACIAL.
- Sí, apenas hayamos completado las correcciones Doppler. ¿Cómo va eso, Sasha?
- Dame otros dos minutos, y tendré el rastreador automático en funcionamiento. ¿Cuánto tiempo
tendremos que escuchar?
La capitana apenas demoró en dar su respuesta.
Floyd siempre había admirado el poder de determinación de Tanya Orlova, y una vez se lo había dicho.
En un raro rapto de humor, ella había respondido: "Woody, un comandante puede estar equivocado, pero
nunca indeciso."
- Escucha cinco minutos, y vuelve a conectar con Tierra otros diez. Luego repite el ciclo.
No había nada para ver o escuchar; los circuitos automáticos analizaban la estática radial mejor que
cualquier sentido humano. Sin embargo, cada tanto Sasha encendía el monitor de audio, y el rugido de
los cinturones de radiación de Júpiter llenaba la cabina. Era un sonido similar al de las olas rompiendo en
las playas de la Tierra, con esporádicas explosiones provenientes de descomunales relámpagos de la
atmósfera joviana. De señales humanas, no había trazas; y uno por uno, los miembros de la tripulación
que no estaban trabajando se fueron yendo en silencio. Mientras esperaba, Floyd hizo algunos cálculos
mentales. Cualquier cosa que hubiera ocurrido con Tsien quedaba dos horas en el pasado, ya que las
noticias habían sido retransmitidas desde Tierra.
Pero Leonov debería ser capaz de captar un mensaje directo con menos de un minuto de retraso, así que
los chinos ya habían tenido tiempo suficiente para volver al aire. Su prolongado silencio insinuaba una
falla catastrófica, y se encontró imaginando interminables escenarios de desastre.
Los cincuenta minutos parecieron horas. Cuando se acabaron, Sasha volvió el complejo de antenas hacia
Tierra y comunicó el resultado negativo de la búsqueda. Mientras estaba aprovechando el resto de los
diez minutos para enviar mensajes de navegación, miró interrogante a la capitana.
- ¿Vale la pena volver a probar? - dijo en un tono que expresaba claramente su pesimismo.
- Por supuesto. Podemos reducir el tiempo de búsqueda, pero seguiremos escuchando.
A su tiempo, el gran plato fue una vez más localizado sobre Europa. Y casi inmediatamente, en el
monitor automático comenzó a encenderse la luz de ALERTA.
La mano de Sasha voló hacia la perilla de audio, y la voz de Júpiter inundó la cabina. Sobre ésta, como
un murmullo que se escucha en medio de una tormenta, se oía el débil pero inconfundible sonido de un
discurso humano. Era imposible identificar el idioma, aunque Floyd estaba seguro de que, por la
entonación y el ritmo, no era chino, sino alguna lengua europea.
Sasha manejó con destreza los filtros y controles de amplitud de banda, y las palabras se hicieron más
claras. El idioma era el inglés, sin duda; pero su contenido todavía era enloquecedoramente ininteligible.
Hay una combinación de sonidos que todo oído humano puede detectar instantáneamente, aun en el
ambiente más ruidoso. Cuando de repente emergió del entorno joviano, a Floyd le pareció que era
imposible que estuviera despierto, sino que estaba atrapado en un sueño fantástico. Sus colegas tardaron
un poco más en reaccionar; luego lo miraron con igual perplejidad... y una creciente sospecha.
Porque las primeras palabras reconocibles de Europa eran: "Doctor Floyd, doctor Floyd... Espero que
pueda oírme.
11. HIELO Y VACIO
"¿Quién es?", murmuró alguien, acallado por un coro de chistidos. Floyd levantó sus manos en un gesto
de ignorancia y, esperaba, inocencia.
Sé que usted está a bordo de Leonov... puedo no tener mucho tiempo... apuntando la antena de mi traje
donde pienso......
La señal desapareció por unos agonizantes segundos, y luego, volvió mucho más clara, aunque no más
fuerte.
" ... enviar cierta información a Tierra. Tsien destruida hace tres horas. Soy el único sobreviviente.
Usando la radio de mi traje; no sé si tiene alcance suficiente, pero es la única posibilidad. Por favor
escuchen con atención, HAY VIDA EN EUROPA. Repito: HAY VIDA EN EUROPA..."
La señal se desvaneció de nuevo. Siguió un silencio aturdido que nadie intentó interrumpir. Mientras
esperaba, Floyd revolvió su memoria furiosamente. No podía reconocer la voz; podría ser la de cualquier
chino educado en Occidente. Probablemente fuera de alguien con quien se había encontrado en una
conferencia científica, pero a menos que el locutor se identificara, nunca lo sabría.
... poco después de la medianoche local. Estábamos bombeando regularmente y los tanques se
encontraban a medio llenar. El doctor Lee y yo salimos a revisar la aislación de las cañerías. Tsien está,
estaba, a unos treinta metros del borde del Gran Canal. Los tubos salen de él directamente hacia abajo a
través del hielo. Muy delgado; poco seguro para caminar. El cálido extractar..."
Otra vez un largo silencio. Floyd se preguntaba si el que hablaba se estaría moviendo, y había sido
interrumpido momentáneamente por alguna obstrucción.
... sin problemas, cinco kilowats de luz brillaban en la nave. Como un árbol de Navidad, hermoso,
brillando a través del hielo. Colores gloriosos. Lee la vio primero; una enorme masa oscura emergiendo
de las profundidades. Al principio pensamos que sería un cardumen, era demasiado grande para ser un
solo organismo, luego comenzó a abrirse paso a través del hielo.
"Doctor Floyd, espero que pueda escucharme. Habla el profesor Chang, nos conocimos en el '02, en la
conferencia UAI de Boston".
La mente de Floyd voló a mil millones de kilómetros de allí. Recordaba vagamente aquella recepción,
después de la sesión de clausura del Congreso de la Unión Astronómica Internacional; el último al que
habían asistido los chinos antes de la Segunda Revolución Cultural. Y ahora recordaba con nitidez a
Chang: un pequeño y simpático astrónomo y exobiólogo con una buena provisión de bromas. Pero ahora
no estaba bromeando.
... como enormes filamentos de algas mojadas, arrastrándose por el piso. Lee corrió hacia la nave para
traer su cámara; yo me quedé para observar, informando por radio. La cosa se movía tan lentamente que
podía dejarla atrás con facilidad. Estaba más excitado que alarmado. Creía saber qué clase de criatura era
-he visto fotografías de los bosques de algas de California-, pero estaba equivocado.
... notaba que se hallaba en problemas. No podía sobrevivir a una temperatura ciento cincuenta grados
más baja que la de su entorno normal. Se estaba solidificando a causa del frío, mientras se movía hacia
adelante. Algunas porciones de su cuerpo se quebraban como cristal, pero seguía avanzando hacia la
nave, como una marea negra que disminuía su marcha a cada instante.
"Aún estaba tan sorprendido que no podía pensar con claridad ni imaginarme qué estaba tratando de
hacer...
- ¿Hay alguna manera de hablarle? - musitó Floyd con angustia.
- No; es demasiado tarde. En poco tiempo Europa será eclipsada por Júpiter. Tendremos que esperar
hasta que salga del eclipse.
“... trepando por la nave, construyendo una especie de túnel de hielo mientras avanzaba. Tal vez eso lo
aislara de la luz solar del mismo modo que las termitas se protegen del frío con sus pequeños corredores
de barro...
... toneladas de hielo sobre la nave. Las antenas de radio fueron lo primero en quebrarse. Enseguida vi las
patas de aterrizaje que comenzaban a doblarse; todo en cámara lenta, como en un sueño.
"Sólo cuando la nave empezó a caer, comprendí qué era lo que la cosa trataba de hacer... y ya era
demasiado tarde. Nos podríamos haber salvado, con sólo apagar las luces.
"Tal vez se trate de un fotótropo, con su ciclo biológico regulado por la luz solar que se filtra a través del
hielo. 0 podría haber sido atraído como una polilla a un farol. Nuestras luces deben haber sido más
brillantes que cualquier cosa que haya conocido Europa...
"Luego la nave se hundió. Vi estallar el casco, una especie de copos de nieve se condensó como si fuera
humedad. Todas las luces se apagaron excepto una, balanceándose de un cable, un par de metros sobre el
piso.
"Ignoro qué pasó inmediatamente después. Lo primero que recuerdo, es que estaba parado bajo la luz, al
lado de los restos de la nave, rodeado de un fino y fresco polvillo de nieve. Veía claramente mis pisadas
marcadas en ella. Debí haber corrido hasta allí; tal vez habían pasado sólo uno o dos minutos...
"La planta, todavía la consideraba una planta, estaba inmóvil. Me preguntaba si se habría dañado con el
impacto; grandes porciones del grosor de un brazo humano, estaban desparramadas, como ramas
quebradas.
"Luego el tronco principal comenzó nuevamente a moverse. Se alejó del casco y comenzó a arrastrarse
hacia mí. Fue entonces que tuve la certeza de que la cosa era fotosensible: yo estaba parado exactamente
bajo la lámpara de mil watt, que había dejado de balancearse.
"Imaginen un roble; o mejor aún, un baniano con sus múltiples troncos y raíces aéreas, achatado por la
gravedad, y tratando de serpear por el suelo. Llegó a cinco metros de la luz, y comenzó a extenderse
hasta formar un círculo perfecto alrededor de mí. Presumo que ése sería el límite de su tolerancia, el
punto en que el fototropismo se convertía en repulsión. Después, por unos minutos nada sucedió. Pensé
que había muerto, solidificado de frío.
"Luego vi que se estaban formando grandes capullos en muchas de las ramas. Era como ver una película
filmada en cámara rápida, donde las flores se abren a simple vista. En realidad yo pensaba que eran
flores, cada una casi tan grande como la cabeza de un hombre.
"Delicadas, maravillosamente coloreadas membranas comenzaron a desplegarse. Inclusive entonces, se
me ocurrió que nadie, nada, podía haber visto antes esos colores; no habían tenido existencia hasta que
llevamos nuestras luces, nuestras fatales luces, a este mundo.
"Pétalos, estambres, meciéndose suavemente... caminé hacia la pared viviente que me rodeaba, para
poder ver exactamente qué era lo que sucedía.
"Ni en ese momento, ni en ningún otro, sentí el más mínimo temor hacia la criatura. Estaba seguro de
que no era malévola... si acaso era consciente.
"Había vástagos de las flores grandes, en varias etapas de floración. Me parecían mariposas, recién
salidas de las crisálidas, las alas arrugadas, débiles aún; me estaba aproximando a la verdad.
"Pero se estaban congelando; morían apenas se formaban. Luego, una tras otra, se desprendieron de sus
capullos madre. Durante unos instantes se debatieron como peces atrapados en tierra seca; y al fin
comprendí lo que eran. Esas membranas no eran pétalos: eran aletas, o su equivalente. Se trataba de su
estado acuático, la etapa larvaria de la criatura. Probablemente pase gran parte de su vida arraigada en el
lecho del mar, y luego envíe estos vástagos móviles en busca de un nuevo territorio. Igual que los corales
en los océanos de la Tierra.
"Me arrodillé para poder observar de cerca una de estas pequeñas criaturas. Los hermosos colores se
estaban apagando, tornándose a un marrón pardo. Algunas de las aletas-pétalos se habían caído,
transformándose en cristales quebradizos al helarse. Pero la cosa se seguía moviendo débilmente, y a
medida que me aproximaba trataba de huir. No sé cómo percibía mi presencia.
"Luego noté que todos los estambres, como los había llamado, tenían unos puntitos azules en la punta.
Parecían pequeñas estrellas de zafiro, o los ojos azules en el borde del manto de las coquillas, que captan
la luz, pero no son capaces de formar imágenes. Mientras estaba mirando, el azul intenso se apagó, los
zafiros se volvieron
piedras opacas, comunes...
"Doctor Floyd, o cualquiera que esté escuchando, no me queda mucho tiempo; en poco más Júpiter
bloqueará mi señal. Pero casi he terminado.
"Sabía lo que debía hacer. El cable de aquella lámpara de mil watt llegaba casi hasta el suelo. Le di unos
golpes, y la luz se apagó en una lluvia de chispas.
"Me pregunté si no sería tarde. Por unos minutos, no ocurrió nada. Caminé hacia la pared de ramas
enredadas alrededor de mí, y la pateé.
"Lentamente, la criatura comenzó a desembrollarse, y a retroceder hacia el Canal. Había mucha luz, se
veía todo perfectamente. Ganimedes y Calisto brillaban en el cielo, Júpiter era un inmenso y delgado
semicírculo, y la aurora se desplegaba ampliamente en el lado nocturno, en el extremo joviano del cono
gravitacional de lo.
"No había necesidad de usar la luz de mi casco.
"Seguí a la criatura durante todo su regreso al agua, animándola con puntapiés cuando se frenaba,
sintiendo todo el tiempo crujir los fragmentos de hielo bajo mis botas... Al acercarse al Canal, parecía
adquirir fuerza y energía, como si supiera que se aproximaba a su hogar natural. Me pregunté si
sobreviviría, si volvería a florecer.
"Desapareció a través de la superficie, dejando las últimas larvas muertas en la tierra extraña. El agua
expuesta burbujeó unos minutos hasta que una capa de hielo protector la selló contra el vacío de arriba.
Volví caminando a la nave por si quedaba algo por rescatar; no quiero hablar de eso.
"Sólo tengo dos pedidos que hacer, doctor. Cuando los taxonomistas clasifiquen esta criatura, espero que
le darán mi nombre.
"Y, cuando llegue la próxima nave, pídales que lleven nuestros huesos a China.
"Júpiter nos cortará en pocos minutos. Me gustaría saber si alguien me está recibiendo. De todos modos,
repetiré este mensaje cuando volvamos a estar en línea directa... si el sistema de supervivencia de mi traje
me mantiene vivo hasta entonces.
"Habla el profesor Chang, desde Europa, informando la destrucción de la nave espacial Tsien.
Aterrizamos cerca del Gran Canal y conectamos los tubos en el borde del...
La señal se apagó abruptamente, regresó por un instante, luego apareció completamente por debajo del
nivel de estática. Aunque Leonov siguió escuchando en la misma frecuencia, no hubo ya ningún otro
mensaje del profesor Chang.
III – DISCOVERY
12. CARRERA CUESTA ABAJO
Finalmente, la nave estaba ganando velocidad, en su carrera de descenso hacia Júpiter. Ya había
atravesado hacía tiempo la tierra de nadie gravitacional en que las cuatro pequeñas lunas exteriores
-Sinope, Pasiphac, Ananke y Carme- deambulaban en sus órbitas retrógradas y salvajemente excéntricas.
Sin duda eran asteroides capturados, y de forma completamente irregular. El más grande sólo tenía
treinta kilómetros de diámetro. Peñascos recortados, astillados, sin interés para nadie, excepto para los
geólogos planetarios, su lealtad las hacía vacilar continuamente entre el Sol y Júpiter.
Algún día, el Sol los volvería a capturar definitivamente.
Pero Júpiter conseguía retener al segundo grupo de cuatro, a la mitad de distancia de los otros. Elara,
Lysithea, Himalia y Leda estaban todos juntos, sobre un mismo plano. Se especulaba que alguna vez
podrían haber formado un solo cuerpo; de ser así, el asteroide madre debía haber tenido apenas cien
kilómetros de diámetro.
A pesar de que sólo Carme y Leda estuvieron lo bastante cerca como para mostrar sus discos a simple
vista, fueron saludados como a viejos amigos. Eran el primer ¡indicio de tierra firme después del
larguísimo viaje por el océano; las islas costeras de Júpiter. Las últimas horas se iban rápidamente; se
acercaba la fase más crítica de toda la misión: la entrada en la atmósfera joviana.
Júpiter era más grande que la Luna en los cielos de la Tierra, y se podían ver los gigantescos satélites
interiores girando a su alrededor. Todos ellos mostraban claramente sus circunferencias coloreadas,
aunque aún estaban demasiado lejos para distinguir sus señas particulares. El eterno ballet que
ejecutaban, desapareciendo detrás de Júpiter, reapareciendo para atravesar la cara iluminada,
acompañados por sus sombras, era un espectáculo de infinito atractivo. El mismo que habían venido
observando los astrónomos desde que Galileo lo había descubierto hacía cuatro siglos; pero los
tripulantes de Leonov eran los únicos hombres y mujeres vivientes que lo habían visto con sus ojos.
Habían terminado las interminables partidas de ajedrez, las horas de descanso se pasaban frente a los
telescopios, o en conversaciones formales, o escuchando música, mirando generalmente el panorama
exterior. Y por lo menos un romance de a bordo había llegado a concretarse: las frecuentes
desapariciones de Max Brailovsky y Zenia Marchenko eran tema de bien fundados chismorreas.
Floyd pensaba que formaban una pareja singularmente compatible. Max era un hombre rubio, alto y bien
parecido, que había sido campeón de gimnasia, llegando a las finales en los Juegos Olímpicos del 2000.
A pesar de haber pasado los treinta, tenía una expresión abierta, casi de niño, lo cual no estaba del todo
errado; no obstante su brillante carrera como ingeniero, muchas veces le pareció a Floyd que era inocente
y simple, una de esas personas con las cuales es agradable hablar, pero no demasiado. Fuera de su
indiscutible campo de erudición era simpático, pero algo insípido.
Zenia -con sus veintinueve años, la más joven a bordo- aún era un misterio. Como nadie quería hablar de
ello, Floyd nunca había aludido a sus heridas, y sus fuentes de Washington no poseían información.
Obviamente había estado envuelta en algún accidente serio, pero éste podría no haber sido más inusual
que un choque automovilístico. La teoría de que había intervenido en una misión espacial secreta, que
seguía formando parte de la mitología popular fuera de la URSS, podía ser desechada. Gracias a las redes
mundiales de rastreo, nada similar había podido ser posible en cincuenta años.
Además de sus indudables cicatrices psicológicas y físicas, Zenia sobrellevaba otra desventaja. Era un
reemplazo de última hora y todos lo sabían. La dietista y médica asistente de Leonov iba a ser Irina
Yakunina, antes de que aquel desafortunado accidente con un ala-delta le quebrara tantos huesos.
Todos los días a las 18:00 GMT la tripulación de siete, más un pasajero, se reunía en el cuarto común que
separaba la cabina de vuelo de la cocina y los camarotes. La mesa circular del centro era del tamaño justo
para ocho personas apretujadas; cuando Chandra y Curnow fueran revividos, no podría alojar a todos, y
habría que disponer dos asientos más en algún otro lado.
A pesar de que el "Soviet de las Seis", como se llamaba a la reunión diaria, pocas veces duraba más de
diez minutos, jugaba un papel vital en el mantenimiento de la moral. Quejas, sugerencias, críticas,
informes; se podía exponer cualquier tema, sometido sólo al voto inapelable de la capitana, apenas
ejercido.
En la agenda inexistente eran típicos los pedidos de cambios en el menú, intentos de conseguir mayor
tiempo de conexión privada con Tierra, propuestas de películas, intercambio de noticias y chismes, y un
amistoso aguijoneo al contingente norteamericano, fuertemente superado en número. Las cosas
cambiarían, les había advertido Floyd, cuando sus colegas salieran de su hibernación, y pasaran de ser
uno contra siete a tres contra nueve. No había mencionado su secreto convencimiento de que Curnow era
capaz de hablar o gritar más que tres de ellos (cualesquiera que fueran).
Cuando no dormía, Floyd pasaba gran parte de su tiempo en el cuarto común; en parte porque, a pesar de
su pequeñez, causaba mucho menos claustrofobia que su propio cubículo. Además estaba alegremente
decorado, con todas las superficies planas disponibles cubiertas por fotos o hermosos paisajes terrestres y
marinos, escenas deportivas, retratos de conocidas estrellas del video, y otros recuerdos de la Tierra. El
lugar de honor, sin embargo, estaba reservado a una pintura original de Leonov: su estudio "Más allá de
la Luna" realizado en 1965, el mismo año en que, como un joven teniente coronel, salió de Voshkod II y
se convirtió en el primer hombre de la historia en efectuar una excursión extravehicular.
Evidentemente el trabajo de un talentoso aficionado, antes que de un profesional, mostraba el borde de
cráteres de la Luna con el hermoso Sinus Iridum, Bahía de los arco iris, como fondo. Levantándose
monstruosamente sobre el horizonte lunar se cernía un delgado cuarto creciente de Tierra, abrazando la
parte nocturna del planeta. Detrás de todo esto brillaba el Sol, con los rayos de su corona esparciéndose
por el espacio a través de millones de kilómetros.
Era una composición alucinante; y una visión del futuro que todavía distaba tres años. En el vuelo de
Apolo 8, Anders, Borman y Lovell la tendrían con sus propios ojos, cuando contemplaran a la Tierra
elevarse por el lado oscuro, en la Navidad de 1968.
Heywood Floyd admiraba el cuadro, pero le despertaba sentimientos encontrados. No podía olvidar que
era más antiguo que cualquier persona de la nave... con una excepción.
Cuando Alexei Leonov lo había pintado, él ya tenía nueve años de edad.
13. LOS MUNDOS DE GALILEO
Aun hoy, más de tres décadas después de las revelaciones del primer Voyager, nadie comprendía
realmente por qué los cuatro satélites gigantes diferían tanto unos de otros. Tenían aproximadamente el
mismo tamaño, pertenecían a la misma región del Sistema Solar; y aun así eran totalmente disímiles,
como hijos de matrimonios diferentes.
Sólo Calisto, el más exterior, había resultado ser como se esperaba. Cuando Leonov pasó a poco más de
cien mil kilómetros de distancia, los cráteres más grandes eran perfectamente visibles a simple vista. A
través del telescopio, el satélite parecía una bola de vidrio que había servido de blanco a rifles de alto
poder; estaba totalmente cubierto de cráteres de todos los tamaños, hasta el límite inferior de visibilidad.
Alguien había dicho alguna vez que Calisto parecía más la luna de la Tierra, que la Luna misma.
No es que esto fuera particularmente sorprendente. Allí, afuera, en el borde del cinturón de asteroides,
cabía esperar un mundo bombardeado con los restos de rocas perdidos desde la creación del Sistema
Solar. Pero Ganimedes, el satélite vecino, tenía una apariencia totalmente distinta. A pesar de haber
estado abundantemente salpicado de cráteres en un pasado remoto, la mayoría de ellos habían sido
arados, expresión que parecía singularmente apropiada. Grandes áreas de Ganimedes estaban cubiertas
por lomos y surcos, como si algún jardinero cósmico hubiera pasado un rastrillo gigante sobre ellos.
Había también líneas de colores suaves, que recordaban estrías dejadas por una babosa de cincuenta
kilómetros de ancho. Lo más misterioso de todo eran unas bandas largas y serpeantes, que contenían
docenas de líneas paralelas. Había sido Nikolai Ternovsky el que decidió que de debían ser
superautopistas de varios carriles, trazadas por algún ingeniero borracho. E inclusive pretendía haber
detectado cruces sobre nivel y retornos en forma de trébol.
Leonov había añadido unos pocos trillones de pedazos de información acerca de Ganimedes al
consentimiento humano, antes de atravesar la órbita de Europa. Este mundo helado, con su naufragio Y
su muerte, estaba del otro lado de Júpiter, pero nunca se alejaba de los pensamientos de nadie.
Allá en la Tierra, el doctor Chang ya era un héroe y sus compatriotas habían recibido, con evidente
incomodidad, incontables mensajes de condolencia. Se había enviado uno en nombre de la tripulación de
Leonov, después de lo que Floyd sospechaba una considerable reelaboración en Moscú. El sentimiento a
bordo era ambiguo, mezcla de admiración, pesar y alivio. Todos los astronautas, sin respetar
nacionalidades, se consideraban ciudadanos del espacio y sentían un vínculo común, compartiendo
victorias y tragedias. Nadie en Leonov se alegraba de que la expedición china se hubiera enfrentado al
desastre; pero, al mismo tiempo, había una muda sensación de alivio porque la carrera no hubiera llegado
a sus últimas consecuencias.
El inesperado descubrimiento de vida en Europa había agregado un nuevo elemento a la situación;
elemento éste que estaba siendo objeto de agudas discusiones, tanto en Tierra como a bordo de Leonov.
Algunos exobiólogos gritaban "¡se lo dije!” señalando que no debería haber sido una sorpresa, después
de todo. Ya en los años setenta, los submarinos de investigación habían descubierto colonias colectivas
de extrañas criaturas marinas, desarrollándose precariamente en un ambiente que se había considerado
igualmente hostil para la vida: las fosas submarinas en el lecho del Pacífico. Los movimientos
volcánicos, fertilizando y dando calor a los abismos, habían creado verdaderos oasis en los desiertos
abisales.
Cualquier cosa que alguna vez hubiera sucedido en la Tierra podría repetirse millones de veces en
cualquier otro lugar del Universo; esto era casi un artículo de fe los científicos. Existía agua, o al menos
hielo, en todas las lunas de Júpiter. Y en Io había volcanes en erupción continua; de tal manera que era
razonable esperar una a actividad menor en el mundo vecino. Uniendo los dos hechos, la vida en Europa
no sólo parecía posible, sino inevitable... como la mayoría de las sorpresas de la naturaleza, cuando se la
miraba con una perspectiva amplia.
Sin embargo, esta conclusión despertaba otro interrogante, vital para la misión Leonov. Ahora que se
había descubierto vida en las lunas de Júpiter, ¿tenía ésta alguna conexión con el monolito de Tycho, y el
aún más misterioso artefacto en órbita cerca de lo?
Éste era el tema favorito de discusión en el Soviet de las Seis. Había coincidencia general en que la
criatura encontrada por el doctor Chang no representaba una forma de inteligencia superior; por lo
menos, si la interpretación de su comportamiento había sido correcta. Ningún animal con el más
elemental poder de raciocinio se habría permitido ser víctima de sus propios instintos, atraído como una
polilla a un farol hasta la destrucción.
Vasili Orlov se apresuró a dar un contraejemplo que debilitaba, si no refutaba, ese argumento.
- Miren las ballenas y los delfines - decía -. Decimos que son inteligentes, ¡pero cuán a menudo se
suicidan en masa! Este pareciera ser un caso en que el instinto supera a la razón.
- No hay necesidad de recurrir a los delfines - intercedió Max Brailovsky -. Uno de los ingenieros más
brillantes de mi promoción fue fatalmente atraído por una rubia de Kiev. La última vez que escuché
hablar de él, estaba trabajando en un garaje. Y había obtenido medalla de oro en diseño de estaciones
espaciales. ¡Qué desperdicio!
Incluso aunque el Europeano del doctor Chang fuera inteligente, esto no descartaba necesariamente la
existencia de formas superiores en otro lado. La biología de todo un mundo no podía juzgarse a partir de
un solo espécimen.
Pero se había discutido ampliamente la imposibilidad de que una inteligencia avanzada pudiese
desarrollarse en el mar; en un medio tan benigno e invariable no existían estímulos ni exigencias
suficientes para ello. Sobre todo, ¿cómo podrían las criaturas marinas desarrollar alguna tecnología sin la
ayuda del fuego?
Sin embargo, tal vez hasta esto era posible; la ruta que había seguido la humanidad no era la única.
Podrían existir civilizaciones enteras en los mares de otros mundos.
Aun así era improbable que una cultura espacial pudiera haber surgido en Europa sin dejar signos
inconfundibles de su existencia, ya sea en forma de edificios, instalaciones científicas, pistas de
aterrizaje, u otros artefactos. De polo a polo, no se distinguía nada, excepto la uniforme superficie del
hielo, y unos pocos afloramientos de roca desnuda.
No quedó más tiempo para especulaciones y discusiones cuando Leonov atravesó las órbitas de lo y la
pequeña Mimas. La tripulación estaba ocupada casi de continuo, preparándose para el encuentro y el
breve instante de peso, después de tantos meses de caída libre. Todos los objetos sueltos debían ser
sujetados antes que la nave entrara en la atmósfera de Júpiter, ya que la desaceleración produciría
momentáneos picos que podrían alcanzar hasta dos gravedades.
Floyd era afortunado; sólo él tenía tiempo para admirar el soberbio espectáculo del planeta que se
acercaba, llenando ahora la mitad del cielo. Como no había ninguna referencia, la mente no tenía manera
de intuir su verdadero tamaño. Debía repetirse continuamente que cinco Tierras no alcanzarían a cubrir el
hemisferio que estaba viendo ahora.
Las nubes, coloridas como el atardecer más deslumbrante de la Tierra, se desplazaban tan velozmente
que podía apreciar su movimiento en sólo diez minutos. Continuamente se formaban grandes remolinos a
lo largo de las diez o doce bandas que rodeaban el planeta, y luego se desvanecían como espirales de
humo. Aisladamente surgían de las profundidades blancos penachos de gas, que resultaban
instantáneamente disueltos por los huracanes que provocaba la enorme velocidad de rotación del planeta.
Y tal vez lo más extraño fueran los puntos blancos, espaciados a veces tan regularmente como las perlas
de un collar, a lo largo de los vientos alisios de las latitudes centrales jovianas.
En las últimas horas previas al encuentro, Floyd vio poco a la capitana o al navegante. Los Orlov apenas
abandonaban el puente, pues continuamente estaban comprobando la órbita de aproximación y haciendo
pequeñas correcciones al rumbo de Leonov. La nave ya se encontraba en ese corredor crítico por el que
atravesaría la atmósfera exterior; si pasara muy alto, el frenado por fricción no sería suficiente para
disminuir su velocidad, y se perdería fuera del Sistema Solar, más allá de toda posibilidad de rescate. Si
pasara muy bajo, se incendiaría como un meteorito. Había poco margen para el terror.
Los chinos habían demostrado que el frenado aerodinámico era realizable, pero siempre existía la
posibilidad de que algo faltara.
14. DOBLE ENCUENTRO
“... Documentos de la hipoteca de la casa de Nantucket deberían estar en el archivo de memoria marcado
con M.
"Bueno, en cuanto a negocios creo que no hay nada más. El último par de horas he estado recordando un
cuadro que vi cuando era niño en un volumen destartalado de arte victoriano; debía tener casi ciento
cincuenta años de antigüedad. No sé si era en blanco y negro o en colores, pero nunca olvidaré el título;
se llamaba, no te rías, "Ultimo mensaje a Casa". Nuestros abuelos amaban esos melodramas
sentimentales.
"Muestra la cubierta de una goleta en un huracán; las velas han sido desgarradas y la cubierta se
encuentra a flor de agua. En el fondo, la tripulación se afana en salvar la embarcación. Y en primer
plano, un joven grumete está escribiendo una nota, teniendo a su lado la botella que espera la llevará a
destino.
"Aunque yo era un muchacho en ese entonces, sentía que él debería haber estado dando una mano a sus
compañeros, no escribiendo cartas. Aun así, me conmovió: nunca pensé que algún día estaría como el
pequeño grumete.
"Desde luego, yo estoy seguro de que recibirás mi mensaje; y no puedo ayudar en nada a bordo de
Leonov.
"De hecho, me han pedido gentilmente que me mantenga fuera del camino; así, pues, que mi conciencia
está limpia mientras me dedico a dictar este mensaje.
"Ya mismo lo enviaré al puente porque cortaremos la transmisión en quince minutos, al guardar el gran
plato y cerrar las escotillas... ¡aquí tienes otra bella analogía marítima! Ahora Júpiter está ocupando todo
el cielo; no voy a intentar describirlo, y tampoco lo veré mucho tiempo más porque las planchas se
cerrarán en pocos minutos. De todas maneras, las cámaras son mucho más elocuentes que yo.
"Adiós, mi vida, los amo... especialmente a Chris. Cuando recibas esto, habrá terminado todo, de un
modo o de otro. Recuerda que traté de hacer lo mejor por nosotros... adiós."
Floyd sacó la pastilla de audio, fue hasta el centro de comunicaciones y se la entregó a Sasha Kovalev.
- Por favor, asegúrate de que salga antes de cerrar - pidió con voz intensa.
- No te preocupes - prometió Sasha -. Todavía estoy trabajando en todos los canales, y nos quedan unos
buenos diez minutos.
Le ofreció su mano.
- Si nos volvemos a encontrar... bueno, sonreiremos. Si no, habremos hecho bien en despedirnos - recitó
Floyd.
- ¿Shakespeare, supongo?
- Por supuesto; Bruto y Casio antes de la batalla. Te veré luego.
Tanya y Vasili estaban demasiado concentrados en sus visores de situación, como para hacer algo más
que saludar a Floyd con la mano, y se retiró a su cabina. Ya se había despedido del resto de la
tripulación; no cabía sino esperar. Su bolso de dormir estaba colgado, listo para el retorno de la gravedad,
cuando comenzara la desaceleración; y sólo tenía que trepar hasta él.
"Antenas retraídas, todos los escudos protectores en posición" avisó el intercomunicador. "Deberíamos
sentir la primera frenada en cinco minutos. Todo normal".
“Yo no usaría ese término", murmuró Floyd para sí.
"Debe querer decir "nominal". No había terminado de esbozar su pensamiento cuando tocaron
tímidamente a la puerta.
- ¿Kto tam?
Para su sorpresa, era Zenia.
- ¿Me permite pasar? - preguntó con embarazo, con una voz de niña que Floyd apenas reconoció.
- Desde luego; adelante, por favor, Pero, ¿por que no estás en tu propia cabina? Sólo faltan cinco
minutos.
Mientras formulaba la pregunta, se dio cuenta de su estupidez. La respuesta era tan perfectamente obvia
que Zenia no se dignó responderla.
Pero Zenia era la última persona que hubiera esperado: su actitud hacia él había sido invariablemente
cortés, pero distante. En verdad, ella era el único miembro de la tripulación que prefería llamarlo doctor
Floyd. Y ahí estaba, solicitando claramente cariño y compañía en el momento de peligro.
- ¡Zenia, querida! - dijo evasivamente -. Eres bienvenida. Pero mis comodidades son algo limitadas. Casi
espartanas, podríamos decir.
Logró esbozar una sonrisa, pero no dijo nada, mientras entraba flotando a la habitación. Por primera vez
Floyd se dio cuenta de que ella no estaba simplemente nerviosa... se hallaba aterrorizada. Sólo entonces
comprendió por qué había acudido a él. Tenía vergüenza de que sus compatriotas la vieran así, y
procuraba apoyo en algún otro lado.
Al comprenderlo, el atractivo del inesperado encuentro disminuyó en parte. Sin embargo, no lo relevaba
de su responsabilidad para con otro solitario ser humano, tan lejos del hogar. El hecho de que ella fuera
atractiva, aunque ciertamente no bella, y de casi la mitad de su edad, no debería afectar su
comportamiento. Pero lo hizo; estaba comenzando a ponerse a la altura de las circunstancias.
Ella debió haberlo notado, pero no hizo nada para animarlo o rechazarlo mientras yacían juntos en el
capullo de dormir. Apenas había lugar para los dos, y Floyd comenzó a hacer ansiosos cálculos. ¿Qué
pasaría si la aceleración máxima fuera mayor que lo esperado y la suspensión cediera? Podrían resultar
muertos fácilmente.
Había un amplio margen de seguridad; no había necesidad de preocuparse por un final tan ignominioso.
Humor era enemigo de deseo; ahora su abrazo era absolutamente casto. No estaba seguro de si debía
alegrarse de ello, o lamentarlo.
Y ya era demasiado tarde para segundas intenciones. Desde muy, muy lejos venía el primer susurro,
como el lamento de un alma en pena. Al mismo tiempo, la nave dio una sacudida apenas perceptible; el
capullo comenzó a balancearse, y sus correas se tensaron. Después de varias semanas sin peso, estaba
volviendo la gravedad.
En segundos, el débil gemido se elevó hasta un tremendo rugido, y la crisálida se convirtió en una
hamaca sobrecargada. Ésta no es una idea tan buena, pensó Floyd para sí; ya se hacía dificultoso respirar.
La desaceleración sólo era una parte del problema: Zenia lo estaba aferrando como se supone que un
náufrago se aferra al proverbial madero.
Se soltó tan suavemente como pudo.
- Está bien, Zenia. Si Tsien lo hizo, también podremos lograrlo nosotros. Relájate, no te preocupes.
Era difícil gritar con ternura, e incluso no estaba seguro de que Zenia lo escuchara por sobre el rugido del
hidrógeno incandescente. Pero al menos ya no lo estrechaba con tanta desesperación, y aprovechó la
oportunidad de aspirar unas pocas bocanadas profundas.
¿Qué diría Caroline si lo viera así? ¿Se lo contaría alguna vez, si tuviera la oportunidad? No estaba
seguro de que lo entendería. De todos modos, en un momento como ése, todos los lazos con Tierra
parecían muy tenues.
Era imposible moverse, o hablar, pero ahora que se había acostumbrado a la extraña sensación del peso
ya no estaba incómodo, excepto por el creciente adormecimiento de su brazo derecho. Con alguna
dificultad, logró rescatarlo de atrás de Zenia; este acto familiar le trajo un momentáneo sentimiento de
culpa. Mientras sentía retornar su circulación, Floyd recordó una frase famosa, atribuida por lo menos a
una docena de astronautas: "Los placeres y dificultades del sexo en gravedad cero han sido enormemente
exagerados por igual".
Se preguntaba cómo se las estaría arreglando el resto de la tripulación, y pensó un instante en Chandra y
Curnow, que dormían plácidamente en medio de todo esto. Nunca se enterarían si Leonov se convirtiera
en una lluvia de meteoritos en el cielo joviano. No los envidiaba; se habrían perdido una experiencia que
bien valía la vida.
Tanya hablaba por el intercomunicador; sus palabras se perdían en el estruendo, pero su voz sonaba
calma y perfectamente normal, como si hiciera un anuncio de rutina. Floyd pudo mirar su reloj, y se
asombró al ver que ya estaban en el punto medio de la maniobra de frenado. En ese preciso instante,
Leonov se encontraba en el sitio más cercano a Júpiter de su trayectoria; sólo algunas sondas automáticas
sin retorno habían penetrado más profundamente en la atmósfera joviana.
- Mitad de camino, Zenia - gritó -. Otra vez hacia afuera. - No podía saber si lo había comprendido. Sus
ojos estaban fuertemente cerrados, pero sonreía con suavidad.
La nave se sacudía ahora notablemente, como un bote en el mar encrespado. ¿Será normal?, se
preguntaba Floyd. Se alegraba de tener que preocuparse por Zenia; eso apartaba su mente de sus propios
temores. Por un instante, antes de lograr expulsar la idea, tuvo una visión de las paredes volviéndose de
un rojo intenso, y cayendo sobre él. Como la pesadilla fantástica de Edgar Allan Poe “El pozo y el
péndulo", que había olvidado durante treinta años...
Pero eso no sucedería nunca. Si el escudo térmico fallara, la nave sería destrozada instantáneamente,
aplastada por una sólida muralla de gases. No sentiría dolor alguno; su sistema nervioso no alcanzaría a
reaccionar antes de dejar de existir. Había experimentado pensamientos más consoladores, pero éste no
era del todo despreciable.
El golpeteo se fue debilitando. Hubo otro anuncio inaudible de Tanya (se lo comentaría con sorna,
cuando acabara todo). El tiempo parecía ahora transcurrir mucho más lentamente; después de un
momento dejó de mirar su reloj, porque no podía creer lo que veía. Los números cambiaban tan
lentamente que se imagino inmerso en alguna dilatación temporal einsteniana.
Y entonces sucedió algo todavía más increíble. Primero lo divirtió, pero luego se sintió un poco
indignado.
Zenia se había quedado dormida; si no exactamente en sus brazos, por lo menos a su lado.
Era una reacción natural: la tensión debió haberla dejado exhausta, y la sabiduría de su cuerpo había
acudido en su ayuda. Y de repente, Floyd mismo cayó en un sopor casi postorgásmico, como si él
también hubiera sido emocionalmente vencido por el encuentro. Tuvo que luchar por permanecer
despierto...
Y estaba cayendo... cayendo... cayendo... todo había acabado. La nave se encontraba otra vez en el
espacio, al que pertenecía. Y él y Zenia flotaban separados.
Nunca volverían a estar tan juntos, pero de allí en más habría una ternura especial entre ellos, que nunca
podría compartir nadie más.
15. ESCAPE DEL GIGANTE
Cuando Floyd llegó a la cubierta de observación, discretos minutos después de Zenia, Júpiter parecía ya
muy lejano. Pero esto debía ser una ilusión basada en sus conocimientos, no la evidencia de sus ojos.
Apenas acababan de emerger de la atmósfera joviana, y el planeta todavía llenaba la mitad del espacio
visible.
Y ahora eran sus prisioneros, como habían planeado. En la última e incandescente hora se habían
desprendido deliberadamente del exceso de velocidad que los podría haber precipitado en forma recta
hacia el exterior del Sistema Solar, camino de las estrellas. Actualmente viajaban sobre una elipse, una
clásica órbita de Hohmann, que Ios mantendría entre Júpiter y la órbita de lo, pero tres cientos cincuenta
mil kilómetros más arriba. Si no encendieran, o no lograran encender nuevamente sus motores
Leonov oscilaría una y otra vez entre estos límites, completando una revolución cada diecinueve horas.
Se transformaría en la más cercana de las lunas de Júpiter, aunque no por mucho tiempo. Cada vez que
rozara la atmósfera perdería altura hasta caer en espiral hacia su propia destrucción.
En realidad, a Floyd nunca le había gustado la vodka, pero se unió sin reservas al resto en el brindis
triunfal, a la salud de los diseñadores de la nave, Y como un voto de agradecimiento a Sir Isaac Newton.
En seguida Tanya volvió la botella a su estante; había mucho por hacer aún.
Aunque las estaban esperando, todos saltaron con el fragor sordo de las cargas explosivas, y el ruido de
la separación. Pocos segundos más tarde, un disco enorme, brillante aún, flotaba ante su vista girando
lentamente sobre sí mismo mientras se alejaba de la nave.
- ¡Miren! - gritó Max -. ¡Un plato volador! ¿Alguien tiene una cámara?
Había una clara nota de alivio histérico en las carcajadas que siguieron. Fueron interrumpidas por la
capitana, en un tono más serio.
- ¡Adiós, nuestro fiel escudo térmico! ¡Has hecho un trabajo magnífico!
- Pero ¡qué desperdicio - dijo Sasha -. Ahí hay por lo menos dos toneladas. ¡Piensen en toda la carga útil
extra que podríamos haber traído!
- Si ésa es la eficaz y conservadora ingeniería rusa, me quedo con ella - retrucó Floyd -. Prefiero mil
veces unas pocas toneladas de más, que un solo miligramo de menos.
Todos aplaudieron esos nobles sentimientos mientras el escudo abandonado se volvía amarillo, luego
rojo, hasta que quedó tan negro como el espacio que lo rodeaba. A pocos kilómetros de distancia se
desvaneció, aunque, ocasionalmente, la repentina reaparición de una estrella eclipsada recordaba su
presencia.
"Comprobación de órbita preliminar terminada", dijo Vasili. "Estamos a diez metros por segundo de
nuestro vector ideal. Por ser el primer intento, no está tan mal”. Hubo un reprimido suspiro de alivio al
escuchar la noticia, y pocos minutos más tarde Vasili hizo otro anuncio.
"Cambio de actitud por corrección de rumbo; delta ve seis metros por segundo. En un minuto tendremos
un estallido de veinte segundos".
Se encontraban aún tan cerca de Júpiter que era ¡imposible creer que la nave estuviera orbitando el
planeta; podrían haberse hallado en un avión de gran altitud que acabara de emerger de entre un mar de
nubes. No había sensación de escala; era fácil imaginarse que se estaban alejando de algún atardecer
terrestre; tan familiares resultaban aquellos rojos, rosados y púrpuras que se deslizaban allá abajo.
Pero aquello no era más que una ilusión; nada había allí que pudiera tener semejanza con la Tierra.
Aquellos colores eran propios, no prestados por el sol poniente. Los mismos gases eran totalmente
alienígenos: metano, amoniaco y un brebaje embrujado de hidrocarburos, mezclado en un caldero de
hidrógeno y helio. Ni un atisbo de oxígeno libre, aliento de la vida humana.
Las nubes marchaban de horizonte a horizonte en filas paralelas, distorsionadas ocasionalmente por
vientos y remolinos. Aquí y allá había relámpagos de gas más brillantes que rompían el paisaje, y Floyd
alcanzó a divisar el borde oscuro de una enorme tromba, un remolino de gases que se hundían en las
insondables profundidades jovianas.
Comenzó a buscar el Gran Punto Rojo, pero en seguida se dio cuenta de lo inocente de su intento. Todo
aquel enorme paisaje de abajo era apenas una pequeña porción de la inmensidad del Punto Rojo; hubiera
sido lo mismo que intentar reconocer el contorno de los Estados Unidos desde una avioneta a baja altura
sobre Kansas.
"Corrección completa. Estamos en órbita de intercepción con lo. Tiempo hasta la llegada: ocho horas y
cincuenta y cinco minutos".
"Menos de nueve horas para trepar desde Júpiter y encontrarnos con lo que sea que nos esté esperando",
pensó Floyd. "Hemos escapado del gigante, pero él sólo representa un peligro para el que nos podíamos
preparar. Lo que queda ahora es un absoluto misterio".
"Y si superáramos con vida ese desafío, aún deberemos volver a Júpiter. Necesitaremos de su poder para
regresar a casa sanos y salvos".
16. LINEA PRIVADA
“... Hola, Dimitri. Habla Woody, cambiando a Clave Dos en quince segundos... Hola, Dimitri, multiplica
las Claves Tres y Cuatro, saca la raíz cúbica, súmale el cuadrado de Pi y emplea la integral más próxima
como Clave Cinco. A menos que. sus computadoras sean un millón de veces más rápidas que las
nuestras, y estoy condenadamente seguro de que no lo son, nadie podrá decodificar esto, de tu lado o del
mío. Pero puede que tengas que dar algunas explicaciones; de todos modos, eres un experto en eso.
“A propósito, mis habitualmente bien informadas fuentes me hablaron del fracaso en el último intento
para persuadir al viejo Andrei de que renunciara; supongo que tu delegación no tuvo más suerte que las
otras, y que todavía debes seguir soportándolo como Presidente. Me causa mucha gracia; la Academia se
lo tiene merecido. Sé que ya tiene más de noventa años, y se está volviendo un poco... bueno, obstinado.
Pero no recibirás ninguna ayuda de mi parte, aunque en el mundo -perdón, en el Sistema Solar - no haya
alguien más experto que yo en la extirpación indolora de científicos caducos.
“...¿Me creerías si te dijera que aún estoy un poco bebido? Sentimos que nos merecíamos una pequeña
fiesta, luego de haber efectiza... efectua... ¡demonios! efectivizado el acople con Discovery. Además
teníamos que dar la bienvenida a bordo a dos nuevos miembros de la tripulación.
Chandra no confía en el alcohol; lo hace a uno demasiado humano; pero Walter Curnow se ocupó de su
parte, y algo más. Sólo Tanya permaneció sobria como una roca, tal como se hubiera esperado.
"Mis compañeros norteamericanos, -ya estoy hablando como un político, ¡Dios nos libre! -, finalizaron
su hibernación sin problemas, y ambos están ansiosos por comenzar a trabajar. Deberemos actuar con
rapidez; no sólo se nos escapa el tiempo, sino que Discovery no parece estar en buenas condiciones.
Apenas podíamos creer en nuestros ojos, al ver que el inmaculado casco blanco se había vuelto de un
amarillo enfermizo.
"Por supuesto, la culpa es de lo. La nave ha descendido hasta unos tres mil kilómetros en espiral, y cada
pocos días alguno de los volcanes arroja al espacio varios megatones de azufre. Aunque hayas visto las
películas, realmente no puedes imaginarte lo que es estar suspendido sobre ese infierno; me alegraré
cuando podamos alejamos de aquí, aun cuando nos estaremos dirigiendo hacia algo mucho más
misterioso... y tal vez mucho más peligroso.
"Yo volé sobre el Kilauea durante la erupción del '06; era sobrecogedor, pero no era nada, nada,
comparado con esto. En este momento estamos en el lado nocturno, y eso empeora las cosas. Lo que tú
ves es sólo lo suficiente como para imaginarte mucho más. Es lo más cercano al infierno que nunca
querría estar...
"Algunos lagos de azufre están a temperatura suficiente como para resplandecer, pero la mayor parte de
la luz joviana proviene de las descargas eléctricas. Cada pocos minutos el paisaje entero parece explotar,
como iluminado por un flash fotográfico gigante. Y puede que no sea una analogía tan mala; en el tubo
de flujo que une Júpiter con lo, flotan millones de amperes, y a cada rato hay cortocircuitos. Así se
produce el relámpago más grande del Sistema Solar, y la mitad de nuestros interruptores saltan por
simpatía.
"Recién hubo una erupción justo sobre el Terminador, y estoy viendo una nube inmensa que se expande
hacia nosotros, trepando hacia la luz del Sol. Dudo que alcance nuestra altura, y aunque lo hiciera sería
inofensiva al llegar hasta aquí. Pero se la ve ominosa; un monstruo espacial que trata de devoramos.
"Apenas llegamos aquí, tuve la sensación de que lo me hacía acordar de algo; me llevó un par de días
darme cuenta de qué, y finalmente tuve que consultar con Archivo de Misión porque la biblioteca de la
nave no me pudo ayudar... ¡qué vergüenza! ¿Recuerdas que, cuando éramos muchachos, en los cursos de
Oxford, te recomendé El Señor de los Anillos? Bien, lo es, Mordor: busca en la Tercera Parte. Hay un
pasaje que habla de "ríos de roca derretida que se abren paso... hasta que se congelan y yacen como
siluetas de dragones retorcidos vomitados por la tierra atormentada". Es una descripción perfecta: ¿cómo
lo pudo saber Tolkien, un cuarto de siglo antes que nadie viera una fotografía de lo? Podríamos hablar de
la Naturaleza imitando al Arte.
"Por lo menos no tendremos que bajar allí: no creo que ni siquiera nuestros colegas chinos lo hubieran
intentado. Pero tal vez algún día sea posible; hay sectores que parecen bastante estables, sin ser
inundados continuamente por mareas de azufre.
Quién hubiera creído que haríamos todo el trayecto hasta Júpiter, el planeta más grande, y luego lo
ignoraríamos? Sin embargo, eso es lo que pasa la mayor parte del tiempo, y cuando no estamos mirando
a lo o a Discovery, estamos pensando en el... Artefacto.
"Aún está a diez mil kilómetros de distancia, ahí arriba en el punto de libración; pero en el telescopio
principal parece estar al alcance de la mano. Por no tener ningún rasgo distintivo, no da idea de su
tamaño, no hay manera de ver que en realidad mide dos kilómetros de largo. Si es sólido, debe pesar
billones de toneladas.
"Pero, ¿será sólido? No devuelve ningún eco del radar, inclusive cuando está perpendicular a nosotros .
Sólo lo percibimos como una silueta negra contra las nubes de Júpiter, que están a trescientos mil
kilómetros por debajo de él. Excepto por su tamaño, es exactamente igual al monolito que desenterramos
en la Luna.
"Bueno, mañana abordaremos Discovery, y no sé cuándo tendré oportunidad de volver a hablar contigo.
Pero hay algo más, amigo mío, antes de firmar.
”Se trata de Caroline. Nunca entenderá realmente por qué tuve que dejar la Tierra, y en cierta manera, no
creo que me lo perdone alguna vez. Algunas mujeres creen que el amor no es lo único... sino todo. Tal
vez tenía razón. De cualquier manera, seguramente ya es muy tarde para discutirlo.
"Intenta animarla un poco en cuanto puedas. Empezó a hablar algo acerca de regresar al continente.
Temo que si lo hace...
"Si no puedes convencerla, trata de hablar con Chris. Lo extraño más de lo que pensaba.
"Confiará en el tío Dimitri, si le dices que su Padre aún lo quiere y volverá a casa tan pronto como
pueda".
17. PARTIDA DE ABORDAJE
Aun en las mejores condiciones, no es fácil abordar una nave espacial abandonada, y que no quiere
cooperar. Lo que es más, puede ser positivamente peligroso.
Walter Curnow lo sabía como un principio abstracto; pero no lo sintió en carne propia sino cuando vio
los cien metros de envergadura de Discovery girando sobre su eje transversal, mientras Leonov
permanecía a una distancia segura. Años atrás, la fricción había absorbido la rotación del giróscopo de
Discovery, transfiriendo así su momento angular al resto de la estructura. Ahora, como el bastón de un
tambor mayor en el punto más alto de su trayectoria, la nave abandonada giraba grácilmente a lo largo de
su órbita.
El primer problema era detener esa rotación, que hacía a Discovery no sólo incontrolable, sino también
inabordable. Mientras se vestía en la cámara de presión, junto a Max Brailovsky, Curnow tenía una
extraña sensación de incompetencia, y tal vez de inferioridad; aquélla no era su especialidad. Ya lo había
explicado con gravedad, "Yo soy ingeniero espacial, no chimpancé del espacio"; pero el trabajo debía
hacerse. Sólo él poseía la habilidad necesaria para salvar a Discovery de las garras de lo. A Max y sus
colegas, trabajando con diagramas de circuitos y equipos desconocidos, les llevaría mucho más tiempo.
Cuando hubieran restablecido la potencia de la nave, y dominado sus controles, ésta ya se habría
sumergido en las sulfurosas hogueras que ardían a sus pies, allá abajo. -No estarás asustado, ¿o sí? -
preguntó Max, cuando estaban por colocarse los cascos.
- No lo suficiente como para hacer un lío con mi traje; pero sí, bastante.
Max sonrió.
- Yo diría que eso es lo correcto en este trabajo. Pero no te preocupes; te llevaré entero hasta allí, en mi...
¿cómo le dicen ustedes?
- Escoba. Porque se supone que las brujas vuelan sobre ellas.
- Ah, sí. ¿Probaste una alguna vez?
- Una vez lo intenté, pero se me escapó. A los demás les pareció muy gracioso.
Algunas profesiones han desarrollado herramientas únicas y características: el arpón del pescador de
ballenas, el tomo del alfarero, la plomada del albañil, el martillo del geólogo. Los hombres que debían
pasarse gran parte de su tiempo en proyectos de construcción bajo gravedad cero habían creado la
"escoba".
Era muy simple: un tubo hueco de un metro de largo, con un apoyo para el pie en un extremo, y una
manija de retención en el otro. Apretando un botón, se podía extender hasta cinco o seis veces su tamaño
normal, y el sistema interno de amortiguación permitía a un operador experimentado realizar las
maniobras más sorprendentes. En caso necesario, el apoya-pie podía convertirse en garra o en gancho;
había otros refinamientos, pero éste era el diseño básico. Parecía muy fácil de usar; no lo era.
Las bombas de aire terminaron el reciclado; se encendió el cartel de SALIDA; se abrieron las puertas
exteriores y los exploradores se deslizaron suavemente hacia el vacío.
Discovery giraba como las aspas de un molino a unos doscientos metros de allí, siguiendo a Leonov en
su órbita alrededor de lo, que cubría la mitad del cielo. Júpiter era invisible, del otro lado del satélite.
Esto era una elección deliberada; usaban a lo como escudo para protegerse de la energía que circulaba en
ambos sentidos a lo largo del tubo de flujo que unía los dos mundos. Aun así, el nivel de radiación era
peligrosamente alto; disponían de menos de quince minutos antes de tener que regresar para guarecerse.
Casi inmediatamente, Curnow tuvo un problema con su traje.
- Me ajustaba bien cuando dejé Tierra - se quejó -. Pero ahora bailo dentro de él, como una arveja en la
vaina.
- Es perfectamente normal, Walter - dijo la cirujano - comandante Rudenko, irrumpiendo en el circuito
de radio
- Ha perdido usted diez kilogramos en la hibernación, pérdida que podía afrontar sin problemas. Y ya ha
recuperado tres de ellos.
Antes de que Curnow tuviera tiempo de pensar una réplica, se encontró empujado con suavidad, pero con
firmeza, lejos de Leonov.
- Relájate, Walter - dijo Brailovsky -. No uses tus impulsores, aun cuando empieces a dar vueltas. Deja
que yo haga todo el trabajo.
Curnow veía los perezosos resoplidos del aparato del hombre más joven, mientras sus pequeñas turbinas
los conducían hacia Discovery. A cada una de esas pequeñas nubes de vapor seguía un delicado tirón en
el cable de remolque, y se empezaba a mover hacia Brailovsky; pero nunca lo alcanzaba antes del
próximo soplido. Se sentía como un yo-yo, subiendo y bajando por el hilo.
Había una sola manera de aproximarse al naufragio, y era a lo largo del eje alrededor del cual giraba con
suavidad. El centro de rotación de Discovery estaba aproximadamente en la mitad de la nave, cerca del
complejo central de antenas, y Brailovsky se dirigía directamente a esa zona, con su ansioso campanero a
remolque. "¿Cómo podrá detenemos a ambos a tiempo?", se preguntaba Curnow.
Discovery era ahora un inmenso pero esbelto carillón que hendía el cielo frente a ellos. Aunque tardaba
varios minutos en completar una revolución, los extremos se movían a una velocidad impresionante.
Curnow trataba de ignorarlos, y de concentrarse en el centro cada vez más cercano, e inmóvil.
- Estoy apuntando hacia allá - dijo Brailovsky -. No trates de ayudar, y no te sorprendas por nada que
suceda.
"¿Qué quiere decir con allá?", se preguntó Curnow, preparándose lo más posible para "no sorprenderse".
Todo sucedió en unos cinco segundos. Brailovsky accionó su escoba, y ésta se extendió en toda su
longitud de cuatro metros, haciendo contacto con la nave que se aproximaba. La escoba comenzó a
contraerse, mientras su amortiguación interna absorbía la considerable inercia del movimiento de
Brailovsky; pero al contrario de lo que Curnow esperaba, no lo llevó a estrellarse contra la masa de
antenas. Se volvió a extender de inmediato, invirtiendo la velocidad del ruso, de tal manera que se estaba
alejando de Discovery tan rápido como se había acercado. Pasó al lado de Curnow, nuevamente en
dirección al espacio, a sólo unos centímetros de distancia. El atónito norteamericano sólo tuvo tiempo de
entrever un gran bulto antes de que Brailovsky saliera disparado.
Un segundo después, hubo un tirón en el cable que conectaba a ambos, y una rápida desaceleración al
compensarse las inercias de ambos movimientos. Sus velocidades opuestas se habían anulado
limpiamente; estaban virtualmente en reposo con respecto a Discovery. Curnow sólo tenía que alcanzar
la agarradera más cercana y tirar de ella.
- ¿Has jugado alguna vez a la ruleta rusa? - preguntó cuando recuperó el aliento.
- No, ¿qué es?
- Te lo tendré que enseñar alguna vez. Es casi tan bueno como esto para curar el aburrimiento.
"Walter, espero que no estará sugiriendo que Max haría algo peligroso." La voz de la doctora Rudenko
sonó como si estuviera realmente ofendida, y Curnow decidió que lo mejor era no contestar; algunas
veces, los rusos no entendían su particular sentido del humor. "Lo disimuló bastante bien..." murmuró
casi con el aliento, lo bastante bajo como para que ella no lo oyera.
Ahora que estaban firmemente unidos al casco de la nave giratoria, ya no era consciente de su rotación,
en especial cuando fijaba su mirada en las placas metálicas que tenía delante de sus ojos. Su próximo
objetivo era la escala que se angostaba en la distancia, a lo largo del delgado cilindro que constituía la
estructura principal de Discovery. El esférico módulo de comando del extremo más alejado parecía
quedar a varios años luz, aunque él sabía perfectamente bien que la distancia era de sólo cincuenta
metros.
- Yo iré primero - dijo Brailovsky, cobrando la cuerda que los unía -. Recuerda: desde aquí todo el
camino es cuesta abajo. Pero eso no es problema; te puedes sostener con una sola mano. Inclusive en el
extremo, la gravedad es sólo un décimo de ge. Y eso es... ¿cómo le dicen ustedes?... jugo de niños.
- Supongo que querrás decir juego de niños. Y si para ti es lo mismo, prefiero ir con los pies para
adelante. Nunca me gustó arrastrarme por las escaleras al revés, aun con gravedad mínima.
Curnow estaba muy al tanto de que era esencial mantener su amable tono irónico; de otro modo,
sencillamente se sentiría aterrorizado por lo misterioso y peligroso de la misión. Ahí se encontraba él, a
casi mil millones de kilómetros del hogar, a punto de entrar en la nave náufraga más famosa en toda la
historia de la exploración espacial; una periodista había llamado a Discovery la Marie Celeste del
espacio, y no era una mala analogía. Pero además había otras cosas que hacían que su situación fuera
única; aun cuando tratara de ignorar el inquietante paisaje lunar que cubría la mitad del firmamento,
siempre había un elemento a mano que recordaba su presencia. Cada vez que tocaba los peldaños de la
escalera, su guante levantaba una fina niebla de polvo de azufre.
Brailovsky estaba, desde luego, en lo cierto; la gravedad centrífuga provocada por la rotación de la nave
era fácilmente controlable. Cuando se acostumbró a ella, Curnow incluso agradeció la sensación de
dirección que le proporcionaba.
Y así, de repente, habían alcanzado la esfera grande y descolorida del módulo de control y supervivencia
de Discovery. A sólo unos metros de allí había una escotilla de emergencia; la misma, pensó Curnow,
por la que había entrado Bowman para su confrontación final con Hal.
- Espero que podamos entrar - murmuró Brailovsky -. Sería una lástima hacer todo este viaje y encontrar
la puerta con llave.
Limpió el azufre que oscurecía la pantalla de control de la cámara de presión.
- Muerta, desde luego. ¿Intento con los controles? - No puede hacer ningún daño... pero no sucederá
nada.
- Tienes razón. Bien, aquí vamos con el control manual...
Fue fascinante ver cómo se abría la delgada línea en la pared curva, y notar el pequeño soplo de vapor
que se dispersaba en el espacio, llevándose consigo una hoja de papel. ¿Sería un mensaje vital? Nunca lo
sabrían; se alejó, girando sobre sí mismo sin perder su velocidad de rotación inicial, en dirección a las
estrellas.
Brailovsky siguió trabajando con el control manual durante lo que pareció un tiempo muy largo, hasta
que la cueva oscura y poco acogedora de la esclusa se abrió totalmente. Curnow esperaba que al menos
las luces de emergencia permanecerían operables, pero no tuvieron tanta suerte.
- Tú eres el jefe ahora, Walter. Bienvenido al territorio de los Estados Unidos.
Por cierto que no se sintió tan bien recibido al penetrar en la esclusa, mientras iluminaba el interior con la
lámpara de su casco. Por lo que veía, estaba todo en orden. ¿Qué otra cosa había esperado?, se preguntó,
un poco enojado.
Cerrar la puerta manualmente llevó más tiempo que abrirla, pero, hasta que la nave volviera a ser
reactivada, no había alternativa. Antes de volver a cerrar la escotilla, Curnow arriesgó una mirada al
insensato panorama exterior.
En el ecuador había aparecido un lago de un azul centelleante, que estaba seguro de no haber visto hacía
sólo unas horas. En sus bordes danzaban rutilantes reflejos amarillos, el color característico del sodio
ardiente y todo el panorama nocturno se hallaba velado por la fantasmal descarga de plasma de una de las
casi continuas auroras de lo.
Era el germen de futuras pesadillas; y por si no fuera suficiente, había un último toque, digno de un
enloquecido autor surrealista. Apuñalando el cielo negro, surgido en apariencia de las hogueras de
aquella luna en llamas, había un inmenso cuerno curvado, tal como lo habría visto un torero sentenciado
en el momento final de la verdad.
Júpiter se levantaba para saludar a Discovery y a Leonov, mientras ambas naves lo seguían en sus órbitas
sincrónicas.
18. SALVAMENTO
Apenas se cerró la escotilla exterior detrás de ellos, hubo una sutil inversión de roles. Ahora era Curnow
el que estaba cómodo, mientras que Brailovsky se encontraba fuera de su elemento, sintiéndose extraño a
ese laberinto de oscuros y angostos corredores y túneles que era el interior de Discovery. En teoría, Max
conocía el camino a seguir dentro de la nave, pero su conocimiento se basaba sólo en un estudio de los
planos. Curnow, en cambio, había trabajado durante meses en un gemelo de Discovery sin terminar;
podía andar, literalmente, con los ojos vendados.
El progreso era lento porque esa parte de la nave había sido diseñada para gravedad cero; ahora el giro
sin control proveía una gravedad artificial, que, por pequeña que fuera, siempre parecía apuntar en la
dirección menos conveniente.
- Lo primero que debemos hacer - murmuró Curnow, después de deslizarse algunos metros por un
corredor antes de conseguir tomarse de una manija -, es parar ese condenado giro. Y no podremos
hacerlo mientras no conectemos la energía. Sólo espero que Dave Bowman haya asegurado todos los
sistemas antes de abandonar la nave.
- ¿Estás seguro de que la haya abandonado por completo? Tal vez tuviera intención de volver.
- Es posible que tengas razón; supongo que nunca lo sabremos. Y es muy posible que tampoco él lo
supiera.
Habían entrado al "Hangar de las Arvejas"; el garaje espacial de Discovery, que normalmente contenía
tres de esas cápsulas esféricas monotripuladas, usadas en actividades exteriores a la nave. Sólo quedaba
la Cápsula Número 3, - la Número 1 se había perdido en el misterioso accidente donde murió Frank
Poole, y la Número 2 estaba con Dave Bowman, dondequiera que éste estuviera.
El Hangar de las Arvejas contenía asimismo dos trajes espaciales, con la desagradable apariencia de dos
cuerpos decapitados al colgar, sin cascos, de la percha. Se requería poco esfuerzo de la imaginación (y la
de Brailovsky estaba trabajando tiempo extra), para poner dentro de ellos a toda una galería de siniestros
ocupantes.
Fue una desgracia, aunque no del todo sorprendente, que el a veces irresponsable sentido del humor de
Curnow saliera a relucir en ese preciso momento.
- Max - dijo, con una seriedad mortal -, ante cualquier cosa que suceda... por favor, no vayas a asustarte
si aparece el gato de la nave.
Durante unos milisegundos, Brailovsky fue sorprendido con la guardia baja, y casi contestó: "ojalá no
hubieras dicho eso, Walter", pero se recuperó a tiempo. Hubiera sido admitir su debilidad; así, pues, que
replicó:
- Me gustaría encontrar al idiota que puso esa película en nuestra cinemateca.
Probablemente fue Katerina, que quiso verificar el equilibrio psicológico de cada uno. Además, te morías
de risa cuando la proyectamos la semana pasada.
Brailovsky se calló; la acotación de Curnow era totalmente cierta. Pero eso había sucedido en el calor
familiar y luminoso de Leonov, entre sus amigos, no en una nave náufraga oscura y helada, poblada por
fantasmas. Por más racional que fuera, era demasiado fácil imaginarse alguna implacable bestia
alienígena rondando por los corredores, en busca de alguien a quien devorar.
"La culpa es tuya, Abuela (descansen en paz tus santos huesos en la tundra siberiana); ojalá no me
hubieras llenado la cabeza con esas horribles leyendas. Si cierro los ojos, todavía puedo ver la choza del
Baba Yaga, erguida en un claro del bosque, sobre sus delgadas patas de pollo...
"Suficiente, basta ya. Soy un brillante ingeniero enfrentado con el más grande desafío técnico de su vida,
y no debo dejar que mi colega norteamericano sepa que a veces soy un niño asustado..."
Los ruidos no ayudaban. Había demasiados, aunque eran tan débiles que sólo un astronauta
experimentado podría haberlos detectado por sobre los sonidos de su propio traje. Pero para Max
Brailovsky, acostumbrado a trabajar en un ambiente de máximo silencio, eran particularmente irritantes,
aun sabiendo que los ocasionales crujidos y chirridos eran causados, casi con seguridad, por la expansión
térmica, mientras la nave giraba como carne al asador. Débil como era la presencia del Sol, había, sin
embargo, una apreciable diferencia de temperatura entre la luz y la sombra.
Incluso su familiar traje espacial le resultaba incómodo, ahora que afuera existía la misma presión que
adentro. Todas las fuerzas que actuaban sobre las articulaciones se habían alterado sutilmente, y ya no
podía programar sus movimientos con precisión. "Parezco un principiante, volviendo a comenzar mi
entrenamiento desde el principio", se dijo con enojo. Ya era tiempo de terminar esta situación con una
acción decisiva.
- Walter, me gustaría verificar la atmósfera.
- La presión está bien; temperatura... iuf! ciento cinco grados bajo cero.
- Un confortable invierno ruso. De todos modos, el aire de mi traje aislará la mayor parte del frío.
- Bien, adelante. Pero déjame iluminar tu cara para ver si estás poniéndote azul. Y sigue hablando.
Brailovsky quitó el seguro a su visor, y levantó el casco. Titubeó un instante al sentir cómo unos dedos
helados acariciaban su rostro, olisqueó con precaución, y respiró por fin profundamente.
- Está frío, pero no se me congelarán los pulmones. Hay un olor raro, sin embargo... Rancio, podrido,
como si algo... ¡oh no!
Empalideciendo de golpe, Brailovsky cerró su casco rápidamente.
- ¿Cuál es el problema, Max? - preguntó Curnow con repentina, y ahora genuina, ansiedad. Brailovsky
no contestó; aún parecía estar intentando recuperar el control de sí mismo. En verdad se hallaba ante el
peligro cierto de un desastre horrible, y a menudo fatal: vomitar dentro de un traje espacial.
Hubo un largo silencio; luego Curnow dijo en tono tranquilizador:
- Ya sé qué es. Pero estoy seguro que te equivocas. Sabemos que Poole se perdió en el espacio. Bowman
informó que eyectó fuera a los otros después de muertos en hibernación, y estamos seguros de que lo
hizo. No puede haber nadie aquí. Además, hace tanto frío...
Casi agregó "como en una morgue", pero se frenó a tiempo.
- Pero supón - murmuró Brailovsky - sólo supón que Bowman haya conseguido volver a la nave, y que
haya muerto aquí.
Hubo un silencio aún más largo, antes de que Curnow abriera su propio casco, lenta y cuidadosamente.
Se estremeció al sentir el aire congelado en sus pulmones, y frunció la nariz en una mueca de disgusto.
- Ahora lo comprendo. Pero estás dejando volar demasiado a tu imaginación. Te apuesto diez contra uno
a que este olor proviene de la cocina. Seguramente es carne que se echó a perder, antes de que la nave se
congelara. Y Bowman debe haber estado muy ocupado para mantener la casa en orden. He conocido
departamentos de soltero que olían peor.
- Tal vez tengas razón... Eso espero.
- Por supuesto que sí. Y aunque no la tuviera... maldito sea, ¿cuál es la diferencia? Tenemos un trabajo
que hacer, Max. Si Dave Bowman aún está aquí, bueno, no es asunto nuestro. ¿No es así, Katerina?
No hubo respuesta de la cirujano-comandante; se habían adentrado demasiado en la nave, y la radio no
llegaba hasta allí. Ahora se encontraban librados a sus propios medios, pero Max estaba recobrando el
ánimo con rapidez. Finalmente decidió que era un privilegio trabajar con Walter. A veces, el ingeniero
norteamericano parecía tomarse las cosas a la ligera. Pero era absolutamente competente; y si era
necesario, duro como el hierro.
Juntos, devolverían Discovery a la vida, y, tal vez, de regreso a Tierra.
19. OPERACIÓN MOLINO
Cuando Discovery se encendió de repente como el proverbial árbol de Navidad, con sus luces internas y
de navegación brillando de extremo a extremo, los gritos de alegría a bordo de Leonov casi se podrían
haber escuchado a través del vacío que separaba ambas naves. Pero se transformaron en un gruñido
irónico cuando casi inmediatamente se volvieron a apagar.
Durante media hora no sucedió más nada; entonces, las ventanas del puente de vuelo de Discovery se
iluminaron con el suave carmesí de las luces de emergencia. Pocos minutos más tarde, se pudo ver a
Curnow y a Brailovsky moverse ahí dentro, aunque las siluetas eran borrosas a causa de la película de
polvo de azufre.
- Hola, Max, Walter, ¿pueden oírnos? - llamó Tanya Orlova. Las dos figuras agitaron las manos
simultáneamente, pero no dieron otra respuesta. Sin duda, estaban demasiado ocupados como para
entablar una charla informal; los observadores de Leonov tuvieron que esperar con paciencia mientras se
encendían y apagaban varias luces, una de las tres compuertas del Hangar de las Arvejas se abriera y
cerrara rápidamente, y la antena principal girara unos modestos diez grados.
"Hola, Leonov", dijo Curnow al fin. "Disculpen la demora, pero hemos estado bastante ocupados".
"Aquí va un pequeño informe, de acuerdo con lo que pudimos observar hasta ahora. La nave se encuentra
en mejores condiciones que lo que me había temido. El casco está intacto, las filtraciones son
despreciables; presión de aire: ochenta y cinco por ciento del valor nominal. Es respirable, pero
tendremos que hacer un reciclado total, porque apesta.
"La mejor noticia es que los sistemas de energía funcionan bien. El reactor principal está estable y las
baterías, operables. Los fusibles de casi todos los circuitos se encontraban abiertos; deben haber sido
cortados por Bowman antes de partir, así que el equipo vital estuvo protegido. Pero será todo un trabajo
verificar cada conexión antes de que vuelva a funcionar a pleno".
- ¿Cuánto tiempo llevará? Por lo menos, para disponer de los sistemas esenciales: medio ambiente y
propulsión.
- Es difícil de decir, capitán. ¿De cuánto tiempo disponemos, antes de chocar?
- La predicción mínima actual es de diez días. Pero ya sabes cuántas veces la hemos modificado, en
ambos sentidos.
- Bueno, si no tenemos mayores inconvenientes, podremos llevar a Discovery a una órbita estable, lejos
de este agujero del demonio en... digamos... una semana, día más, día menos.
- ¿Hay algo que necesiten?
- No, con Max nos arreglamos bastante bien. Ahora nos dirigimos hacia el giróscopo principal, para
controlar los cojinetes. Quiero ponerlo en funcionamiento lo más pronto posible.
- Disculpa, Walter,... pero ¿es tan importante? La gravedad es conveniente, pero nos hemos pasado sin
ella un tiempo largo.
- Lo que busco no es gravedad, aunque será muy útil a bordo. Si consigo restablecer el funcionamiento
del giróscopo, éste absorberá el movimiento de la nave, y cesará el bamboleo. Así podremos adosar
nuestras esclusas de salida, y terminar con las EVA. Eso hará que el trabajo sea cien veces más fácil.
- Buena idea, Walter, pero no vas a acoplar mi nave con ese... molino. Supón que los cojinetes se
recalienten y bloqueen el giróscopo; ¡nos destrozaría!
- Comprendido. Lo discutiremos después. Volveré a informar tan pronto como pueda.
Nadie pudo descansar demasiado en los dos días que siguieron. Al fin del segundo día, Curnow y
Brailovsky se quedaron prácticamente dormidos dentro de sus trajes, pero habían completado la revisión
general de Discovery, sin encontrar sorpresas desagradables. La Agencia Espacial y el Departamento de
Estado se sintieron aliviados por los informes preliminares; ellos les permitían aducir, con alguna
justificación, que Discovery no era un naufragio, sino una "nave temporariamente sin misión,
perteneciente a los Estados Unidos de América". Ahora debía comenzar la tarea de reacondicionamiento.
Una vez restaurada la energía, el problema siguiente era el aire, ya que las operaciones más efectivas de
Iimpieza habían fracasado al intentar eliminar el mal olor. Las predicciones de Curnow estaban acertadas
al decir que su fuente era la comida descompuesta al desconectarse la refrigeración; había dicho también,
con cómica gravedad, que era muy romántico.
"Sólo tengo que cerrar los ojos" recitaba, "para sentirme en un buque ballenero de los viejos tiempos. ¿Se
imaginan el aroma del Pequod?"
Era de aceptación unánime que, después de una visita a Discovery, no se requería un gran esfuerzo para
imaginarlo. Finalmente el problema se resolvió o al menos se redujo a proporciones aceptables, dejando
escapar toda la atmósfera de la nave. Afortunadamente, todavía quedaba suficiente aire en los tanques de
reserva para reemplazarla.
Fue muy bien venida la noticia de que el noventa por ciento del combustible necesario para el viaje de
regreso aún era aprovechable; había resultado muy rentable la elección de amoníaco como fluido
operativo para la impulsión plasmática, en lugar del hidrógeno. Éste, aunque de mayor rendimiento,
hubiera hervido años atrás, a pesar de la aislación de los tanques y la baja temperatura exterior. Pero casi
todo el amoníaco había permanecido en estado líquido, y existía suficiente para enviar a la nave de
regreso a una órbita segura alrededor de la Tierra. O al menos, alrededor de la Luna.
El paso crítico para poner la nave bajo control, era la detención del giro de Discovery. Sasha Kovalev
comparó a Curnow y Brailovsky con Don Quijote y Sancho Panza, y expresó el deseo de que esa
expedición contra los molinos de viento fuera más afortunada.
Con precaución, haciendo numerosas pausas para controlar, se activaron los motores del giróscopo y el
gigantesco tambor ganó velocidad, reabsorbiendo la rotación que le había impartido a la nave hacía tanto
tiempo. Discovery ejecutó una complicada serie de procesiones, hasta que finalmente dejó de girar en
forma incontrolado. Los últimos vestigios de rotación indeseable se neutralizaron con los cohetes
estabilizadores, hasta que las dos naves quedaron flotando quietas, una al lado de la otra Leonov, chata y
maciza, empequeñecida por Discovery, alta y esbelta.
El paso de una a otra ya no era riesgoso, incluso era fácil, pero la capitana Orlova aún se negaba a
permitir un vínculo físico. Todos aceptaron esta decisión, puesto que lo se seguía acercando; podrían
tener que abandonar la embarcación que tanto les había costado salvar.
El hecho de que ahora conocieran la razón de la misteriosa reducción en la órbita de Discovery no
ayudaba en lo más mínimo. Cada vez que la nave pasaba entre Júpiter e lo, atravesaba el invisible tubo
de flujo gravitatorio que unía ambos cuerpos y las corrientes parásitas resultantes inducidas en la nave
ejercían un - inevitable efecto de frenado en cada revolución.
No había forma de predecir el momento del impacto final, ya que la corriente en el tubo de flujo variaba
enormemente, de acuerdo a leyes propias e inescrutables de Júpiter. A veces había dramáticas mareas de
actividad, acompañadas de tormentas eléctricas y auroras boreales las naves perdían muchos kilómetros
de altura, adquiriendo una temperatura incómodamente alta, hasta que los sistemas de control térmico la
reajustaban.
Este inesperado efecto había sorprendido y aterrado a todos antes de que descubrieran la explicación
obvia. Cualquier tipo de resistencia produce calor, en alguna parte; las fuertes corrientes inducidas en los
cascos de Leonov y Discovery las convertía, por un breve lapso, en hornos eléctricos de baja potencia.
No era sorprendente que una parte de las reservas de comida de Discovery se hubiera arruinado.
La castigada superficie de lo estaba apenas a quinientos kilómetros cuando Curnow se arriesgó a activar
el impulsor primario, mientras Leonov permanecía a una respetuosa distancia. No hubo efectos visibles
-nada del humo y fuego de los viejos cohetes químicos-, pero las naves se separaron suavemente
mientras Discovery ganaba velocidad. Después de un par de horas de delicadas maniobras, ambas naves
se habían elevado unos cien kilómetros; ya era tiempo de tomarse un descanso.
- Ha hecho un excelente trabajo, Walter - dijo la cirujano - comandante Rudenko, pasando su ancho
brazo
sobre los cansados hombros de Curnow.
Como al pasar, rompió una pequeña cápsula bajo su nariz. Se despertó veinticuatro horas después,
furioso y hambriento.
20. GUILLOTINA
- ¿Qué es esto? - preguntó Curnow con una mueca de disgusto, sosteniendo el pequeño mecanismo con la
mano -. ¿Una guillotina para ratones?
No es una mala descripción, pero mi juego apunta más alto.
Floyd señaló una flecha que brillaba en la pantalla, marcando el complicado diagrama de un circuito.
- ¿Ves esta línea?
- Sí, es el conductor principal de energía. ¿Y qué?
- Este es el punto por donde entra a la unidad central de procesamiento de Hal. Me gustaría que instalaras
este dispositivo aquí, en el interior del sistema de cableado, donde no pueda ser localizado sin una
búsqueda deliberada.
- Ya veo. Un control remoto, así podrás desconectar a Hal cuando quieras. Muy prolijo; además, el
material no es conductor, así que no habrá cortocircuitos molestos al ser accionado. ¿Quién fabrica estos
juguetes? ¿La CIA?
- Eso no importa. El control está en mi cuarto; es esa pequeña calculadora roja que siempre tengo sobre
el escritorio. Hay que ingresar nueve nueves, sacar la raíz cuadrada, y apretar INT. Es todo. No estoy
seguro del alcance; tendremos que probarlo; pero mientras Leonov y Discovery no se alejen más de los
dos kilómetros una de otra, no habrá peligro de que Hal vuelva a descontrolarse.
- ¿A quién vas a hablarle de esta... cosa?
- Bueno, en realidad, a la única persona que se la estoy ocultando es a Chandra.
- Me lo suponía.
Pero cuanto menos se sepa, menos se hablará de ella. Le diré a Tanya que existe, y si hay una emergencia
le podrás mostrar cómo se opera.
- Qué clase de emergencia?
- Esa no es una pregunta brillante, Walter. Si lo supiera, no necesitaría de esa condenada cosa.
- Supongo que tienes razón. ¿Cuándo quieres que instale tu "mata-Hals" patentado?
- Cuanto antes. Preferentemente esta noche, cuando Chandra esté dormido.
- ¿Estás bromeando? No creo que duerma nunca. Es como una madre velando por su bebé enfermo.
- Bueno, pero alguna vez tendrá que volver a Leonov para comer.
Tengo algo que decirte. La última vez que cruzó, ató a su traje una bolsita de arroz. Con eso tendrá para
semanas.
- En ese caso, tendré que usar una de las famosas píldoras knock out de Katerina. Funcionaron bastante
bien contigo, ¿no es así?
Curnow estaba bromeando respecto de Chandra; al menos, eso creía Floyd, aunque nunca se podía estar
seguro: era muy aficionado a soltar las más extravagantes afirmaciones con la cara más inocente del
mundo. Pasó un tiempo largo antes de que los rusos se dieran cuenta de ello; luego, en defensa propia,
estaban propensos a reírse aun cuando Curnow permanecía absolutamente serio.
La propia risa de Curnow, gracias a Dios, se había aplacado desde que Floyd la había escuchado por
primera vez en aquel ómnibus espacial; en esa ocasión, obviamente había sido amplificada por el
alcohol. Había esperado sufriría otra vez en la fiesta del fin del viaje, cuando finalmente Leonov se había
acoplado con Discovery. Pero incluso esa vez, a pesar de que Curnow había bebido mucho, se mantuvo
tan controlado como la propia capitana Orlova.
Si había algo que se tomaba seriamente, era su trabajo. En el viaje desde la Tierra había sido un pasajero.
Ahora era tripulante.
21. RESURRECCION
Estamos a punto, se decía Floyd, de despertar a un gigante durmiente. ¿Cómo reaccionará Hal ante
nuestra presencia, después de todos estos años? ¿Se acordará del pasado; y será amigable, u hostil?
Mientras flotaba en pos del doctor Chandra en la gravedad cero de la cubierta de vuelo de Discovery, la
mente de Floyd seguía ocupada con el interruptor instalado y comprobado hacía apenas unas horas. El
radio-control se hallaba a pocos centímetros de su mano, y se sintió algo tonto por haberlo traído
consigo. En esta etapa, Hal todavía estaba desconectado de todos los circuitos operativos de la nave. Aun
cuando fuera reactivado, sería un cerebro sin miembros, aunque no sin órganos sensitivos. Sería capaz de
comunicarse, pero no de actuar. Como había dicho Curnow: "lo peor que podrá hacernos será
insultarnos".
- Estoy listo para el primer test, capitán - dijo Chandra -. Se han reemplazado todos los módulos
faltantes, y he corrido programas de diagnóstico de todos los circuitos. Todo parece normal, al menos en
este nivel.
La capitana Orlova echó una mirada a Floyd, que asintió. Por insistencia de Chandra, sólo ellos tres
presenciaban este paso crítico, y era obvio que inclusive ese pequeño auditorio era mal recibido por él.
- Muy bien, doctor Chandra - agregó rápidamente Tanya, siempre consciente del protocolo - el doctor
Floyd ha dado su aprobación y yo no tengo objeciones.
- Debería explicar - dijo Chandra, en un tono que dejaba traslucir desaprobación -, que sus centros de
reconocimiento de voz y de síntesis oral han sido dañados. Tendremos que volver a enseñarle a hablar
desde el principio. Por suerte, aprende varios millones de veces más rápidamente que un ser humano.
Los dedos del científico bailaron sobre el teclado mientras escribía una docena de palabras,
aparentemente al azar, y pronunciaba cuidadosamente cada una de ellas, a medida que aparecían en la
pantalla. Como un eco distorsionado, las palabras volvían desde el parlante secas, sin vida, mecánicas,
sin ninguna sensación de inteligencia detrás de ellas. "Éste no es el viejo Hal", pensó Floyd. "No es
mejor que los primitivos juguetes parlantes que fueron tan novedosos cuando yo era un niño".
Chandra apretó el botón REPETIR, y la serie de palabras volvió a sonar. Ya se notaba una apreciable
mejoría, aunque nadie podría haberla confundido con una voz humana.
- Las palabras que le doy contienen todos los fonemas básicos de la lengua inglesa; unas diez iteraciones
más y ya será aceptable. Pero no dispongo del equipo necesario para llevar a cabo un trabajo de terapia
realmente completo.
- ¿Terapia? - preguntó Floyd - ¿Quiere decir que está... eh, trastornado?
- No - cortó Chandra -. Los circuitos lógicos están en perfecto estado. Sólo puede ser defectuosa la
vocalización, aunque mejorará rápidamente. Así que verifiquen todo en la pantalla, para evitar malas
interpretaciones. Y si tienen que hablar, pronuncien con cuidado.
Floyd sonrió a la capitana Orlova con disimulo, y formuló la pregunta obvia.
- ¿Y qué hay de todos esos acentos rusos que andan por aquí?
- Estoy seguro de que no habrá problemas con la capitana Orlova y el doctor Kovalev. Pero con los
otros... bien, tendremos que realizar pruebas individuales. Todo aquel que no la pase deberá usar el
teclado.
- Para eso falta mucho todavía. Por el momento, usted es la única persona que debería intentar la
comunicación . ¿De acuerdo, capitana?
- Absolutamente.
Sólo una breve inclinación de cabeza reveló que Chandra los había escuchado. Sus dedos continuaban
volando sobre el teclado, y sobre la pantalla aparecían columnas de palabras y símbolos a tal velocidad
que ningún humano podría asimilarlas jamás. Presumiblemente Chandra poseía una memoria eidética, ya
que parecía reconocer páginas enteras de información con sólo una mirada.
Floyd y Orlova estaban por dejar al científico con sus ceremonias arcanas cuando éste advirtió su
presencia repentinamente, levantando la mano en señal de aviso o anticipando algo. Con un movimiento
casi dubitativo, que contrastaba con sus decididas acciones previas y tiró de una palanquita de seguridad
y apretó un único aislado botón.
Instantáneamente, sin una pausa perceptible, brotó una voz de la consola, que ya no era una parodia de
expresión humana.
Allí había inteligencia, conciencia, autoreconocimiento, aunque todavía a un nivel rudimentario. "Buenos
días, doctor Chandra. Soy Hal. Estoy listo para mi primera lección".
Hubo un instante de impactante silencio; luego, siguiendo el mismo impulso, los dos observadores
abandonaron el puente.
Heywood Floyd nunca lo hubiera creído. El doctor Chandra estaba llorando.
IV – LAGRANGE
22. HERMANO MAYOR
“¡Qué hermosa noticia la del bebé delfín! Me imagino qué excitado habrá estado Chris cuando los
orgullosos padres lo llevaron a nuestra casa. Deberías haber escuchado los ohs y ahs de mis compañeros
cuando vieron el video en que nadan juntos, con Chris subido atrás. Sugieren que lo llamemos Sputnik,
que significa tanto camarada como satélite.
“Lamento que haya pasado tanto tiempo desde mi último mensaje, pero los noticieros te habrán dado una
idea de lo duro de nuestro trabajo. Inclusive la capitana Tanya ha abandonado toda pretensión de
ajustarse a un programa regular; cada problema debe ser solucionado a medida que se presenta, por quien
esté disponible. Dormimos cuando ya no podemos mantenernos en pie.
"Creo que podemos estar orgullosos de lo que hemos hecho. Ambas naves están operables y ya hemos
terminado la primera serie de tests a Hal. En un par de días sabremos si podemos conferirle el mando de
Discovery cuando nos vayamos de aquí para nuestra cita final con el Hermano Mayor.
"No sé quién fue el primero en llamarlo así; inexplicablemente, los rusos no son muy afectos a él, y se
burlan sarcásticamente de nuestra designación oficial, TMA -2, señalándome -muchas veces- que está a
mil millones de kilómetros de Tycho. Además, que Bowman no informó de ninguna anomalía magnética,
y que el único parecido con TMA-1 es la forma. Cuando les pregunté qué nombre proponían ellos, me
salieron con Zagadka, que significa enigma. Por cierto que es un nombre excelente pero todos se sonríen
cuando intento pronunciarlo, así que seguiré llamándolo Hermano Mayor.
"Como quiera que se lo llame, ahora está a sólo diez mil kilómetros de aquí, y el viaje no nos tomará más
de unas horas. Pero no tengo inconveniente en confesarte que esta última etapa nos tiene muy nerviosos.
"Habíamos esperado encontrarnos con alguna información nueva en Discovery. Esa fue nuestra única
desilusión, aunque deberíamos haberla previsto. Hal, por su puesto, fue desconectado mucho antes del
encuentro, y no guarda memoria de lo que sucedió; Bowman se llevó consigo todos sus secretos. No hay
nada en la bitácora de la nave ni en los sistemas de registro automático que no supiéramos anteriormente.
"El único indicio que descubrimos es puramente personal, un mensaje que Bowman había dejado para su
madre. Me pregunto por qué nunca lo mandó; obviamente, tenía intenciones -o esperanzas- de regresar a
la nave luego de la última EVA. Desde luego, lo hemos enviado a la señora Bowman; está en un hogar de
descanso, en algún lugar de Florida, y su condición mental es precaria, así que tal vez no signifique nada
para ella.
"Bueno, éstas son todas las noticias. No puedo decirte cuánto los extraño... a ti y a Chris y a los cielos
azules y los verdes mares de la Tierra. Aquí son todos rojos y anaranjados y amarillos; muchas veces tan
hermosos como el más fantástico atardecer, pero, después de un tiempo, se extrañan terriblemente los
colores fríos y puros del otro extremo del espectro.
“Todo mi amor para ustedes dos... Volveré a llamar apenas pueda".
23. ENCUENTRO
Nikolai Ternovsky, experto en control y cibernética de Leonov, era el único hombre a bordo que podía
hablar con Chandra en algo parecido a su propio idioma. A pesar de que el principal creador y mentor de
Hal era reacio a admitir a nadie con absoluta confianza, el agotamiento físico le había obligado a aceptar
ayuda. El ruso y el indonorteamericano habían formado una alianza temporal que funcionaba
sorprendentemente bien. Eso se debía principalmente al bien dispuesto Nikolai, que de alguna manera
comprendía cuándo Chandra lo necesitaba realmente, y cuándo prefería estar solo. El hecho de que el
inglés de Nikolai fuera, de lejos., el peor de la nave, carecía por completo de importancia, ya que la
mayor parte del tiempo hablaban un computés totalmente ininteligible para cualquier otra persona.
Después de una semana de reintegración lenta y cuidadosa, todas las funciones de rutina y supervisión de
Hal operaban en forma confiable. Era como un hombre que puede caminar, ejecutar órdenes simples,
realizar tareas no calificadas, y entablar una conversación de bajo nivel. En término humanos, su IQ era
tal vez de 50; sólo habían aparecido los lineamientos más primarios de su personalidad.
Aún era un sonámbulo; no obstante ello, en la experta opinión de Chandra, era capaz de guiar a
Discovery desde su órbita próxima a lo hasta cerca del Hermano Mayor.
La perspectiva de alejarse otros siete mil kilómetros del infierno ardiente que había debajo fue
bienvenida por todos. Aunque en términos astronómicos la distancia era trivial, significaba que el cielo
ya no estaría dominado por un paisaje que podría haber sido imaginado por Dante o por Hieronymus
Bosch. Y a pesar de que ni siquiera las más violentas erupciones habían dañado el material de las naves,
siempre existía el temor de que lo intentara batir su propio récord. Con el tiempo, la visibilidad de la
cubierta de observación de Leonov había disminuido a causa de una delgada película de azufre y, más
tarde o más temprano, alguien tendría que salir a limpiarla.
Sólo Curnow y Chandra estaban a bordo de Discovery cuando fue dado a Hal el control de la nave. Era
un control muy limitado; apenas repetía el programa con que habían alimentado su memoria, y
controlaba su ejecución. Y la tripulación humana lo controlaba a él. Si advirtieran alguna disfunción,
tomarían el mando inmediatamente.
El primer impulso duró diez minutos, y, a continuación, Hal informó que Discovery había entrado en
órbita de transferencia. Apenas el radar y el rastreador óptico de Leonov confirmaron la información, la
otra nave se impulsó hacia la misma trayectoria. Se hicieron dos correcciones menores de rumbo; luego,
tres horas y quince minutos más tarde, ambas llegaron sin novedad al primer punto de Lagrange, L1,
ubicado diez mil quinientos kilómetros más arriba, sobre la línea invisible que conectaba los centros de
lo y Júpiter.
Hal se había portado impecablemente, y Chandra mostraba inconfundibles vestigios de emociones
humanas, como satisfacción y hasta alegría. Sin embargo, en ese momento, la mente de todos estaba en
otra parte: el Hermano Mayor, alias Zagadka, se encontraba a sólo cien kilómetros de allí.
Incluso desde tal distancia, parecía más grande que la Luna vista desde la Tierra, y la visión de su
perfección geométrico era impactante, sobrenatural. Contra el fondo del espacio hubiera sido totalmente
invisible, pero las vaporosas nubes jovianas, a trescientos cincuenta mil kilómetros a sus espaldas, lo
hacían resaltar en dramático relieve. El conjunto producía una ilusión que, una vez experimentada, la
mente no podía refutar. Como no había forma de que el ojo humano apreciara su verdadera perspectiva,
Hermano Mayor a menudo parecía una bostezante puerta vaivén que se abría en el rostro de Júpiter.
No había razón para suponer que cien kilómetros serían más seguros que diez, o más peligrosos que mil;
sólo que resultaban psicológicamente adecuados para un primer reconocimiento. Desde esta distancia, los
telescopios de la nave podrían haber revelado detalles de pocos centímetros... pero no había ninguno.
Hermano Mayor aparecía completamente uniforme, y esto, para un objeto que presumiblemente había
sobrevivido a millones de años de bombardeo espacial, era increíble.
Cuando Floyd miró con sus binoculares, le pareció que podría extender la mano y tocar esa suave
superficie de ébano, tal como había hecho en la Luna, años atrás. Aquella primera vez, había sido con la
mano enguantada de su traje espacial. Sólo cuando el monolito de Tycho fue encerrado en una cúpula
presurizada, pudo usar su mano desnuda.
Pero no había diferencia; nunca sintió que realmente había tocado a TMA-1. Las yemas de sus dedos
parecían rebotar contra una barrera invisible, y cuanto más fuerte empujaba, más crecía la fuerza de
repulsión. Se preguntaba ahora si Hermano Mayor produciría el mismo efecto.
Sin embargo, antes de aproximarse tanto, debían realizar todas las pruebas posibles, e informar de sus
observaciones a Tierra. Estaban en la misma situación de unos expertos en explosivos que intentaran
desconectar un nuevo tipo de bomba, que podría detonar al menor movimiento en falso. Por lo que
sabían, la más delicada señal de radar podría desencadenar alguna catástrofe inimaginable.
Durante las primeras veinticuatro horas, no hicieron nada excepto observar con instrumentos pasivos:
telescopios, cámaras, sensores en todas las longitudes de ondas. Vasili Orlov aprovechó la oportunidad
para medir las dimensiones de la figura con la mayor precisión posible y confirmó la famosa proporción
1:4:9 hasta seis decimales. Hermano Mayor tenía exactamente la misma forma que TMA-1, pero como
medía más de dos kilómetros de largo, era 718 veces más grande que su pequeño hermano.
Y había un segundo misterio matemático. Años enteros los hombres habían estado discutiendo acerca de
la proporción 1:4:9, los cuadrados de los tres primeros números enteros. No podía ser mera coincidencia;
ahora había otro número con el cual realizar conjeturas.
En la Tierra, estadísticos, matemáticos y físicos, de inmediato comenzaron a jugar alegremente con sus
computadoras, tratando de relacionar esta proporción con las constantes fundamentales de la naturaleza:
la velocidad de la luz, el cociente entre las masas del protón y el electrón, la constante de la estructura
atómica. Rápidamente e se les unió una muchedumbre de numerólogos, astrólogos y místicos, que
atacaron con la altura de la Gran Pirámide, el diámetro de Stonehenge, las orientaciones azimutales de las
líneas de Nazca, la latitud de las islas de Pascua y una multitud de otros factores, de los cuales eran
capaces de deducir las conclusiones más sorprendentes sobre el futuro. No se sintieron afectados en lo
más mínimo cuando un celebrado humorista de Washington proclamó que según sus propios cálculos, el
mundo se había acabado el 31 de diciembre de 1999, pero que todos habían estado demasiado ocupados
para darse cuenta.
Tampoco Hermano Mayor parecía advertir a las dos naves que habían llegado hasta él, aun cuando lo
sondeaban con señales de radar y lo bombardeaban con pulsos de radio que, esperaban, animarían a
cualquier receptor inteligente a contestar de la misma manera.
Después de dos días frustrantes, con la aprobación de Control de Misión, las naves acortaron su distancia
a la mitad. Desde cincuenta kilómetros, la cara más grande de la cosa parecía de unas cuatro veces el
tamaño de la Luna en el cielo terrestre; impresionante, pero no tan grande como para ser sobrecogedora.
No podía competir con Júpiter, todavía diez veces más grande; y ya el ánimo de la expedición estaba
cambiando de una alerta temerosa a una tangible impaciencia.
Walter Curnow habló por todos: "Quizás Hermano Mayor quiera esperar unos pocos millones de años
más, pero nosotros querríamos irnos de aquí un poco antes".
24. RECONOCIMIENTO
Discovery había dejado Tierra con tres pequeñas cápsulas espaciales que permitían a un astronauta
realizar actividades extravehiculares sin otra vestimenta que una cómoda camiseta deportiva. Una se
había perdido en el accidente (si es que fue un accidente) que había matado a Frank Poole. Otra había
llevado a Dave Bowman a su encuentro final con Hermano Mayor, y compartido su destino. Una tercera
estaba aún en el garaje de la nave, el Hangar de las Arvejas.
Le faltaba un componente importante: la escotilla, arrancada por el comandante Bowman al efectuar su
azaroso cruce del vacío, entrando a la nave por la esclusa de emergencia, después que Hal se hubiera
negado a abrir la puerta del Hangar. La ráfaga de aire resultante había expulsado a la cápsula a varios
cientos de kilómetros antes de que Bowman, ocupado con cuestiones más importantes, la recuperara con
el control remoto. No era extraño que nunca se hubiera molestado en reemplazar la puerta faltante.
Ahora la Cápsula Nº 3 (a la que Max, rehusando cualquier explicación, había pintado el nombre de Nina)
estaba siendo preparada para otra EVA. Aún seguía sin puerta, pero no tenía importancia. No habría
nadie adentro.
La devoción al deber de Bowman fue una ración inesperada de buena suerte, y hubiera sido tonto no
aprovecharla. Usando a Nina como una sonda-robot, Hermano Mayor podía ser examinado de cerca sin
arriesgar vidas humanas. Esa era la teoría, al menos; nadie podía descartar la posibilidad de un
contraataque que destruyera la nave. Después de todo, con las distancias cósmicas que se manejaban,
cincuenta kilómetros no eran ni el grosor de un cabello.
Después de años de descuido, Nina tenía un aspecto muy desaliñado. El polvo que siempre había flotado
en gravedad cero se había posado sobre su superficie exterior, y el otrora inmaculado casco blanco se
había tomado de un gris opaco, A medida que se alejaba de la nave acelerando suavemente, con los
manipuladores externos plegados con esmero y su escotilla oval mirando fijamente al espacio, como un
gigantesco ojo sin vida, la cápsula no resultaba totalmente apropiada como embajador de la Humanidad.
Pero tenía una clara ventaja; un emisario tan humilde sería tolerado, y su pequeño tamaño y baja
velocidad pondrían el acento en lo amistoso de sus intenciones. Se había sugerido que se acercara a
Hermano Mayor con los brazos abiertos, pero la idea se desechó de inmediato cuando todos convinieron
en que si ellos vieran que Nina se les acercaba con sus garras mecánicas extendidas, escaparían para
salvar la vida.
Después de un descansado paseo de dos horas, Nina se detuvo a cien metros de uno de los vértices de la
enorme losa rectangular. Desde tan cerca, no se tenía la sensación de su forma real; las cámaras de
televisión parecían observar el borde de un tetraedro negro de tamaño indefinido. Los instrumentos de a
bordo no mostraban signos de radioactividad o campo magnético; no se captaba nada proveniente de
Hermano Mayor, excepto el débil rayo de sol que aquél se dignaba reflejar.
Transcurridos cinco minutos -que se suponía el equivalente a: "¡Hola, aquí estoy!"- Nina comenzó un
cruce en diagonal de la cara mas pequeña, luego recorrió la siguiente, más larga, y finalmente la más
grande, guardando una distancia de cincuenta metros, que a veces se reducía hasta cinco. Cualquiera
fuese la separación, Hermano Mayor aparecía exactamente igual, indiferente, y sin rasgo alguno. Mucho
antes de que la misión se completara se había vuelto aburrida, y los espectadores de ambas naves habían
regresado a sus diferentes tareas, espiando apenas los monitores de vez en cuando.
- Ya está - dijo Walter Curnow al fin, cuando Nina volvió al punto de partida -. Podríamos pasarnos con
esto el resto de la vida, sin aprender nada nuevo. ¿Qué hago con Nina? ¿La hago regresar a casa?
- No - dijo Vasili, irrumpiendo en el circuito desde Leonov -. Tengo una sugerencia. Hazla detener a...
digamos, cien metros sobre el centro exacto de la cara más grande. Y déjala estacionada allí, con el radar
en posición
de máxima precisión.
- No hay problema, sólo que habrá un pequeño impulso residual. Pero, ¿cuál es la idea?
- Acabo de recordar un ejercicio del curso de astronomía: la atracción gravitatoria de un plano infinito.
Nunca pensé que podría llegar a usarlo en la vida real. Después de estudiar los movimientos de Nina
durante unas horas, al menos podré calcular la masa de Zagadka, si es que la tiene. Estoy empezando a
pensar que allí no hay realmente nada.
- Hay una manera fácil de saberlo, y tarde o temprano tendremos que hacerlo. Basta con que Nina vaya y
toque a esa cosa.
- Ya lo hizo.
- ¿Qué quieres decir? - preguntó Curnow, casi indignado -. Nunca me acerqué a menos de cinco metros.
- No estoy cuestionando tu habilidad de conductor; pero has estado golpeando a Zagadka cada vez que
usabas los propulsores de Nina cerca de su superficie.
- ¡Una mosca saltando sobre un elefante!
- Tal vez. Sencillamente, no lo sabemos. Pero nos convendría suponer que, de una u otra forma, está
consciente de nuestra presencia, y sólo nos tolerará mientras no seamos una molestia.
Dejó la pregunta sin formular flotando en el aire. ¿Cómo se podía molestar a una losa rectangular negra
de dos kilómetros de longitud? ¿Y qué forma adoptaría su disgusto?
25. PANORAMA DESDE LAGRANGE
La astronomía está plagada de tales coincidencias, intrigantes pero sin sentido. La más famosa es el
hecho de que, desde la Tierra, la Luna y el Sol aparentan tener el mismo diámetro. Aquí, en el punto de
libración L1, que Hermano Mayor había elegido para su cósmico número de equilibrio sobre la cuerda
tensa gravitacional tendida entre Júpiter e Io, ocurría un fenómeno similar. Planeta y satélite aparecían
exactamente del mismo tamaño.
¡Y qué tamaño! No el miserable medio grado de arco de la Luna y el Sol, sino cuarenta veces su
diámetro, mil seiscientas veces su área. La visión de cualquiera de ellos era suficiente para llenar la
mente de reverencia y asombro; juntos, el espectáculo era sobrecogedor.
Cada cuarenta y dos horas, completaban todas las fases de su ciclo; cuando lo era nueva, Júpiter estaba
lleno, y viceversa. Pero aun cuando el Sol se ocultaba detrás de Júpiter, y el planeta presentaba su lado
oscuro, se encontraba indudablemente allí: un enorme disco oscuro eclipsando las estrellas. Cada tanto,
la negrura era momentáneamente atenuada por relámpagos luminosos que duraban largos segundos,
provenientes de tormentas eléctricas mucho más grandes que las terrestres.
En el lado opuesto del cielo, siempre con la misma cara vuelta a su gigantesco amo, lo era un bullente
caldero de rojos y anaranjados, con esporádicas nubes amarillas surgiendo con violencia inaudita desde
el cráter de uno de sus volcanes, para volver a caer suavemente sobre su superficie. Como Júpiter, pero
en una escala temporal levemente mayor, lo era un mundo sin geografía. Su faz era remodelada en
cuestión de décadas; la de Júpiter, en días.
lo estaba en cuarto menguante, y el vasto e intrincado paisaje de nubes jovianas se encendía bajo el sol
tenue y distante. A veces, la sombra de la misma lo, o de uno de los satélites exteriores, se deslizaba
atravesando la: cara de Júpiter, y cada revolución mostraba el vórtice del tamaño de un planeta: el Gran
Punto Rojo: un huracán que había durado siglos, si no milenios.
Entre tantas maravillas, la tripulación de Leonov tenía material para vidas enteras de investigación; pero
los objetos naturales del sistema joviano ocupaban el último lugar en su lista de prioridades. La primera
era Hermano Mayor. Aunque las naves se habían aproximado hasta cinco kilómetros, Tanya seguía
rehusándose a permitir ningún contacto directo. "Esperaré", decía, "hasta que nuestra posición nos
permita una rápida retirada. Nos sentaremos a mirar, hasta que se abra nuestra ventana de lanzamiento.
Solo entonces pensaremos la próxima jugada”.
Era cierto que Nina finalmente se había posado sobre Hermano Mayor, luego de una suave caída de
cincuenta minutos. Esto había permitido a Vasili calcular la masa del objeto: novecientas cincuenta mil
toneladas, una cifra sorprendentemente baja, que le asignaba una densidad similar a la del aire.
Presumiblemente era hueco, lo cual provocaba especulaciones sin fin acerca de su contenido.
Pero había un montón de problemas prácticos, cotidianos, que no les permitían ocuparse de tales grandes
cuestionamientos. Las tareas domésticas de Leonov y Discovery absorbían el noventa por ciento de su
tiempo de trabajo, aunque las operaciones eran mucho más eficientes desde que las dos naves habían sido
conectadas por medio de una manga de acoplamiento flexible. Finalmente, Curnow había convencido a
Tanya de que el giróscopo de Discovery no se bloquearía repentinamente, partiendo a ambas naves en
pedazos; así, pues, era posible moverse libremente de una base a la otra con sólo abrir y cerrar dos
puertas herméticas. Ya no eran necesarios los trajes espaciales y los EVA, que tanto tiempo consumían.
Todos estaban agradecidos, excepto Max, que adoraba salir al exterior y practicar con su escoba.
Los únicos tripulantes a quienes no afectaba esta novedad eran Chandra y Ternovsky, que vivían
virtualmente a bordo de Discovery. Y trabajaban sin parar, enfrascados en un diálogo con Hal que
aparentaba no tener fin. “¿Cuándo estarán listos?" se les preguntaba al menos una vez al día. Se
rehusaban a formular promesas; Hal seguía siendo un disminuido mental.
De pronto, una semana después del primer contacto con Hermano Mayor, Chandra anunció
inesperadamente: “estamos listos".
Los únicos ausentes en la cubierta de vuelo de Discovery eran las dos damas médicas, y esto sólo porque
no había más espacio; estaban observando por los monitores de Leonov. Floyd se ubicó inmediatamente
detrás de Chandra, sin alejar la mano de lo que Curnow, con ese don especial para encontrar la frase
justa, había llamado el mata - gigantes de bolsillo.
- Permítanme volver a recalcar - dijo Chandra -, que no se debe hablar. Sus acentos lo confundirían; yo
puedo hablar, pero nadie más. ¿Entendido?
Chandra se veía, y escuchaba, al borde de la extenuación. Aun así, su voz ostentaba un tono de autoridad
que nadie antes había oído. Tanya podía ser el jefe en cualquier otro lado, pero allí el amo era él.
El público -asido a agarraderas adecuadas, flotando libremente- asintió con la cabeza. Chandra tocó una
llave de audio y dijo, en voz baja pero clara:
- Buenos días, Hal.
Un instante más tarde, a Floyd le pareció que los años se habían esfumado. Ya no era un simple juguete
electrónico el que contestaba. Hal había vuelto.
- Buenos días, doctor Chandra.
- Te sientes en condiciones de resumir tu estado actual?
- Por supuesto, estoy completamente operativo, y todos mis circuitos funcionan perfectamente.
- Entonces no te molestará que te haga algunas preguntas.
De ninguna manera.
- ¿Recuerdas alguna falla en la unidad de control de antena A.E. 35?
- Desde luego que no.
A pesar de la restricción impuesta por Chandra, se escucharon algunos carraspeos. Esto es como caminar
en puntillas a través de un campo minado, pensaba Floyd, mientras palpaba el tranquilizador radio -
interruptor. Si esta serie de preguntas detonaba otra psicosis, podría matar a Hal en un segundo. [Lo sabía
por haber probado el procedimiento una docena de veces.] Pero un segundo eran eones para un
computador; era un riesgo que debía correr.
- Tampoco recuerdas que Dave Bowman o Frank Poole hayan salido a reemplazar a la unidad A.E. 35?
- No. Eso no podría haber sucedido, si no me habría enterado. ¿Dónde están Frank y Dave? ¿Quién es
esta gente? Sólo lo identifico a usted, aunque asigno una probabilidad del sesenta y cinco por ciento a
que el hombre que está detrás sea el doctor Heywood Floyd.
Recordando las estrictas órdenes de Chandra, Floyd se contuvo de felicitar a Hal. Después de una
década, sesenta y cinco por ciento era un resultado bastante aceptable. Muchos humanos no hubieran
respondido tan bien.
- No te preocupes, Hal; luego te explicaré todo.
- ¿Se cumplió la misión? Como usted sabe, tengo el mayor entusiasmo por ella.
- La misión se cumplió; has llevado a cabo tu programa. Ahora, si nos dispensas, nos gustaría mantener
una conversación en privado.
- Por favor.
Chandra desconectó las entradas de visión y audio a la consola central. En lo que concernía a esta parte
de la nave, ahora Hal estaba sordo y ciego.
- Bueno, ¿qué fue todo esto? - exigió Vasili Orlov.
- Significa - dijo Chandra cuidadosa y precisamente - que he borrado todas las memorias de Hal,
comenzando desde el momento en que se produjo el problema. - Eso suena como una hazaña - se
asombró Sasha -. ¿Cómo lo hizo?
- Me temo que me llevaría más tiempo explicarlo que llevar a cabo la operación.
- Chandra, yo soy un experto en computadoras, aunque no de la misma clase en que lo son usted y
Nikolai. El modelo 9000 usa memorias holográficas, ¿no es así? Eso implica que no pudo haber utilizado
un borrado cronológico. Debe haber sido una especie de gusano plano, orientado hacia palabras y
conceptos seleccionados.
- ¿Gusano plano? - dijo Katerina por el intercomunicador de la nave -. Pensé que ésa era mi especialidad,
aunque me place decir que nunca he visto una de esas monstruosas cosas fuera de un frasco con alcohol.
¿De qué están hablando?
- Jerga de computación, Katerina. En los viejos tiempos, muy viejos, realmente se usaban cintas
magnéticas. Y es posible idear un programa, con el que se puede alimentar un sistema para perseguir y
destruir, comer, si se prefiere, cualquier memoria que se desee. ¿No es posible hacer algo similar con los
seres humanos, por medio de la hipnosis?
- Sí, pero el proceso siempre se puede revertir. Nunca olvidamos algo realmente. Sólo pensamos que lo
hacemos.
- Un computador no funciona así. Cuando se le ordena hacer algo, lo hace. La información desaparece
por completo.
- ¿De manera que Hal no guarda memoria en absoluto de su... travesura?
No tengo un ciento por ciento de certeza - contestó Chandra -. Puede haber algunas memorias que
estuvieran en tránsito de una partición a otra cuando el... gusano plano realizaba la búsqueda. Pero es
muy poco probable.
- Fascinante - dijo Tanya, después de que todos meditaban silenciosamente el asunto por un momento -.
Pero la pregunta más importante es: ¿Se podrá confiar en él en el futuro?
Antes de que Chandra pudiera contestar, Floyd se le anticipó.
- No puede volver a presentarse la misma secuencia circunstancial; lo puedo prometer. Todo el problema
empezó porque es difícil explicar los problemas de Seguridad a un computador.
- O a un ser humano - murmuró Curnow, no demasiado sotto voce.
- Espero que estés en lo cierto - dijo Tanya, sin mucha convicción -. ¿Cuál es el próximo paso, Chandra?
- Nada tan espectacular; simplemente largo y tedioso. Ahora debemos programar a Hal para iniciar la
secuencia de escape de Júpiter, y regresar a Discovery a casa... tres años después de que nosotros
hayamos llegado, en nuestra órbita de alta velocidad.
26. EN OBSERVACION
Para: Victor Millson, Presidente, Consejo Nacional de Astronáutica, Washington.
De: Heywood Floyd, a bordo de USSC Discovery
Tema: Disfunción en el computador de a bordo HAL 9000
Clasificación: SECRETO
El doctor Chandrasegarampillai (de aquí en más, referido Dr. C.) ha concluido su examen preliminar de
Hal. Ha restablecido todos los módulos faltantes y el computador parece ser totalmente operable. Se
encontrarán detalles de las acciones y conclusiones del Dr. C. en el informe que él y el doctor Tarnovsky
elevarán en breve.
Entretanto, usted me ha encargado que las resumiera en términos cotidianos para beneficio del Consejo y
en especial de los nuevos miembros que no están familiarizados con el contexto. Francamente, no confío
en mi habilidad para hacerlo; como usted sabe, no soy especialista en computadores. Pero haré lo que
esté a mi alcance.
Aparentemente, el problema fue originado por un conflicto entre las instrucciones básicas de Hal y los
requerimientos de Seguridad. Por expresa orden presidencial, la existencia de TMA-1 era mantenida en
absoluto secreto. Sólo se permitía el acceso a la información a aquellos que era imprescindible que lo
supieran.
La misión de Discovery a Júpiter ya estaba en avanzado estado de planificación cuando TMA-1 fue
excavado, y radió su señal a ese planeta. Como la función de la tripulación original (Bowman, Poole) era
sólo conducir la nave a destino, se decidió que no serían informados acerca de su nuevo objetivo. Se
tenía la impresión de que entrenando al equipo de investigación (Kaminski, Hunter, Whitehead) por
separado, y sometiéndolos a hibernación antes de comenzar el viaje, se obtendría un mayor grado de
seguridad, ya que el peligro de filtraciones (accidentales o de las otras) se vería notablemente reducido.
Me gustaría recordar a usted que, en su momento, (memorándum NCA 342123 SECRETO MAXIMO
del 30-04-01) hice constar mis objeciones a tal política. De todos modos, fueron rechazadas en un nivel
de decisión más alto.
Como Hal era capaz de operar la nave sin ayuda humana, se decidió también que sería programado para
llevar a cabo la misión en forma autónoma en caso de incapacidad 0 muerte de la tripulación. De tal
manera, se lo puso en pleno conocimiento de los objetivos, pero no le estaba permitido revelarlos a
Bowman o a Poole.
La situación entraba en conflicto con el propósito para el que Hal había sido diseñado: el procesamiento
exacto de información, sin distorsiones u ocultamientos. Como resultado, Hal desarrolló lo que en
términos humanos sería una psicosis; específicamente, esquizofrenia. El Dr. C. me informó que, en
términos técnicos, Hal quedó atrapado en un loop de Hofstadter-Moebius, aparentemente una situación
bastante frecuente entre computadores avanzados con programas autónomos de consecución de
objetivos. Sugiere que para información más detallada, se ponga usted en contacto con el propio profesor
Hofstadter.
Para decirlo simplemente (si es que entiendo al Dr. C.), Hal se enfrentó con un dilema intolerable, y así
desarrolló síntomas paranoicos que se dirigieron contra aquellos que monitoreaban su comportamiento
desde Tierra. Por consiguiente, intentó cortar el enlace radial con Control de Misión, informando primero
de una falla (inexistente) en la unidad de antena A.E. 35.
Este hecho lo involucro no sólo en una mentira directa -lo que debe de haber agravado aún más su
psicosis- sino también en un enfrentamiento con la tripulación. Presumiblemente (esto sólo lo podemos
conjeturar, por supuesto) decidió que la única salida era, eliminar a sus colegas humanos, lo cual estuvo
muy cerca de lograr. Mirando el asunto en forma estrictamente objetiva, hubiera sido interesante ver qué
habría sucedido de haber continuado la misión solo, sin "interferencia" humana.
Esto es virtualmente todo lo que he podido extraer del Dr. C.; no me gustaría seguir preguntándole, ya
que está trabajando al borde de la extenuación. Pero aun admitiendo este hecho, debo señalar (y por
favor, mantenga esto absolutamente confidencial) que el Dr. C. no siempre coopera tanto como debería
hacerlo. Adopta una actitud defensiva hacia Hal, que a menudo torna excesivamente dificultosa la
discusión del tema. Inclusive el doctor Ternovsky, de quien se podría haber esperado que fuera un poco
más independiente, suele compartir su punto de vista.
De todos modos, la única pregunta realmente importante es: ¿se podrá confiar en Hal en el futuro? Por
supuesto el Dr. C. no tiene dudas al respecto. Asegura haber eliminado del computador todo recuerdo
relacionado con los hechos que condujeron a la desconexión. Tampoco cree que Hal pueda sufrir algo
remotamente análogo al sentimiento de culpa humano.
En cualquier caso, parece imposible que la situación que desencadenó el problema original se pueda
volver a presentar. Aunque Hal sufre algunas peculiaridades, no son del tipo que pueda provocar
aprensión ninguna; son apenas molestias menores, algunas hasta divertidas. Como sabrá usted pero no el
Dr. C, he tomado precauciones que nos otorgan un control absoluto como instancia extrema.
Resumiendo: La rehabilitación de Hal 9000 se cumple satisfactoriamente. Hasta podría decirse que está
en libertad condicional.
Me pregunto si él lo sabrá.
27. INTERLUDIO: CORAZONES ABIERTOS
La mente humana tiene una asombrosa capacidad de adaptación; después de un tiempo aun lo increíble
se torna lugar común. Había veces en que los tripulantes de Leonov se cerraban al mundo exterior, tal
vez en un inconsciente intento de preservar la salud mental.
A menudo, el doctor Heywood Floyd pensaba que Walter Curnow se tomaba muy en serio eso de ser el
alma de la fiesta. Y aunque provocó lo que luego Sasha Kovalev llamaría "Corazones abiertos",
ciertamente no había planeado nada por el estilo. Surgió espontáneamente cuando proclamó su universal
insatisfacción con casi todos los aspectos de la gravedad cero.
- Si se me garantizara la satisfacción de un deseo - exclamó durante el Soviet de las Seis, me gustaría
flotar en una espumosa piscina, perfumada con esencias de pino, y asomando sólo la nariz sobre la
superficie del agua.
Cuando se apagaron los murmullos de asentimiento y los suspiros de frustración, Katerina Rudenko tomó
la posta.
- ¡Cuán espléndidamente decadente, Walter! - lo miró con amistosa desaprobación -. Pareces un
emperador romano. Si yo estuviese en la Tierra, preferiría algo más activo.
- ¿Como qué?
- Hm... ¿Se me permite retroceder en el tiempo?
- Si lo deseas...
- Cuando era una niña, acostumbraba a ir de vacaciones a una granja colectiva, en Georgia. Había un
petiso semental, que había comprado el director con las ganancias obtenidas en el mercado negro local.
Era un viejo bribón, pero yo lo quería; y me permitía galopar sobre Alexander por todo el campo. Me
podría haber matado... pero ese es el recuerdo que me evoca la Tierra, más que ninguna otra cosa.
Hubo un instante de pensativo silencio., luego Curnow preguntó:
- ¿Algún otro voluntario?
Todos parecían tan absortos en sus propios recuerdos que el juego pudo haber terminado ahí, de no
haberlo continuado Maxim Brailovsky.
- Querría estar buceando; ése era mi pasatiempo favorito, cuando podía tener alguno; y me alegré mucho
de poder mantenerlo durante mi entrenamiento de astronauta. He buceado en los atolones del Pacífico, en
la Gran Barrera de Coral, en el Mar Rojo... Los arrecifes de corales son los lugares más hermosos del
mundo. Pero la experiencia que más recuerdo la viví en un lugar bien diferente: un bosque de algas
japonés. Era como una catedral subacuática, con la luz del sol penetrando entre aquellas enormes hojas...
Misterioso... mágico. Nunca he vuelto; tal vez no sería lo mismo la próxima vez. Pero me gustaría
probar.
- Muy bonito - dijo Walter, que, como siempre, se había asignado el papel de maestro de ceremonias -.
¿Quién sigue?
- Te daré una respuesta breve - dijo Tanya Orlova -. Bolshoi. El Lago de los Cisnes. Pero Vasili no estará
de acuerdo. Odia el ballet.
- Somos dos. Y tú, Vasili, ¿qué elegirías?
- Iba a decir el buceo, pero Max me lo robó. Así que iré en la dirección opuesta: el ala - delta. Deslizarme
entre las nubes en un día de verano, en completo silencio. Bueno, no tan completo; el correr del aire
sobre el ala puede resultar ruidoso, especialmente cuando estás virando . Ésa es la manera de disfrutar la
Tierra... como un pájaro.
- ¿Zenia?
- Fácil. Esquiar en los Pamirs. Amo la nieve. - ¿Y usted, Chandra?
La atmósfera se modificó notablemente cuando Walter hizo la pregunta. Después de todo este tiempo,
Chandra seguía siendo un extranjero; perfectamente educado, hasta cortés, pero nunca se sinceraba.
Cuando era niño - dijo suavemente -, mi abuelo me llevó en peregrinación a Varanasi, en Benarés. Si no
han estado allí, me temo que no entenderán. Para mí, - para muchos hindúes, aún hoy en día, cualquiera
sea su religión -, es el centro del mundo. Algún día volveré.
- ¿Y tú, Nikolai?
- Bien, ya hemos tenido mar y cielo. A mí me gustaría combinar ambos. Mi deporte era el wind-surf. Me
temo que sea demasiado viejo para eso ahora, pero querría averiguarlo.
- Sólo quedas tú, Woody. ¿Qué eliges?
Floyd ni siquiera se detuvo a pensarlo; su respuesta espontánea sorprendió tanto a los demás como a sí
mismo.
- No me interesa en qué lugar de la Tierra esté... mientras esté con mi hijito.
Después de aquello, ya no quedaba nada más que agregar. La reunión había terminado.
28. FRUSTRACION
"...Has visto todos los informes técnicos, Dimitri, así que comprenderás nuestra frustración. No hemos
aprendido nada nuevo con nuestras pruebas y mediciones. Zagadka está ahí, cubriendo la mitad del cielo,
ignorándonos completamente.
"Pero no puede ser inerte, un despojo espacial. Vasili ha señalado que debe estar ejerciendo alguna
acción positiva para permanecer aquí, en el inestable punto de liberación. De otra manera, habría
derivado hace años, como Discovery, y se habría estrellado contra lo.
¿Qué haremos ahora? No podríamos tener explosivos nucleares a bordo [¿o sí?], en contravención con
UN' 08, art. 3... Es sólo una broma...
"Ahora que disminuyó la presión entre nosotros, y aun faltan semanas para que se nos abra la ventana de
lanzamiento para volver a casa, hay una perceptible atmósfera de aburrimiento, así como también de
frustración. No te rías... imagino cómo te suena esto allá, en Moscú. ¿Cómo puede aburrirse aquí una
persona inteligente, rodeada de las mayores maravillas que haya visto jamás el ojo humano?
"Aun así, no hay dudas. El ánimo no es el que fuera. Hasta ahora, todos habíamos estado
desagradablemente sanos. Ahora, casi todos tienen una gripe, o un dolor de estómago, o una cortadura
que no se cura, a pesar de todas las píldoras y polvillos de Katerina. Se dio por vencida, y ahora sólo nos
da aliento, con consejos y buen humor.
"Sasha ha contribuido a mantenernos alegres con
una serie de artículos publicados en el tablero de noticias de la nave. Los titula: "¡DESTERREMOS EL
RUSGLÉS!" y confecciona listados de espantosas mezclas de ambos idiomas que asegura haber oído,
palabras mal empleadas, y cosas por el estilo. Todos nosotros necesitaremos una descontaminación
lingüística cuando regresemos a casa; más de una vez he sorprendido a tus compatriotas charlando en
inglés sin notario, y recurriendo a su lengua nativa sólo para solucionar alguna palabra difícil. Yo mismo
me encontré el otro día hablando en ruso con Walter Curnow; y ninguno de los dos se dio cuenta hasta
después de un buen rato.
"Días pasados hubo una actividad no programada, que te dará una idea del estado de nuestra mente. e
conectó la alarma contra incendio, en medio de la noche, disparada por un detector de humo.
"Bueno, resultó ser que Chandra había entrado de contrabando uno de sus letales cigarros a bordo, y no
pudo resistir más la tentación. Lo estaba fumando en el toilette, como un escolar culpable.
"Desde luego, estaba terriblemente avergonzado, pero el resto encontró el asunto histéricamente
gracioso, pasado el pánico inicial. Tú sabes cómo cualquier broma trivial, sin significado para la gente de
afuera, puede arrasar con un grupo de personas generalmente inteligentes, y reducirlas a la risa sin
remedio. Bastaba que alguien simulara encender un fósforo para que todos se estuvieran revolcando a
carcajadas.
"Lo que hace más ridícula la situación es que a nadie le hubiera importado en lo más mínimo que
Chandra se hubiese ido a una cámara de presión, o que hubiera desactivado el detector de humo. Pero es
demasiado tímido para admitir que tiene una debilidad tan humana; y, ahora dedica más tiempo que antes
a comunicarse con Hal".
Floyd oprimió el botón PAUSA y paró la grabación. Tal vez no fuera justo burlarse de Chandra,
tentadora como era la idea. En los últimos días había salido a la superficie todo tipo de pequeñas
asperezas de la personalidad, e incluso se habían originado fuertes discusiones sin razón aparente. Y a
propósito, ¿qué podría decir de su propio comportamiento? ¿Se había mantenido por encima de toda
posible crítica?
Todavía no estaba seguro de haber tratado bien a Curnow. Aunque no creía que algún día el ingeniero le
llegara a caer simpático realmente, o que le dejaría de molestar el tono ligeramente elevado de su voz, la
actitud de Floyd había pasado de la mera tolerancia a una respetuosa admiración. Los rusos lo adoraban,
y no en pequeña medida, por sus interpretaciones de temas favoritos como Polyushko Polye, que les
arrancaba lágrimas. Y en una ocasión, Floyd sintió que la adoración había llegado un poco lejos.
- Walter - comenzó con cautela -, no sé si será asunto mío, pero hay una cuestión personal que querría
aclarar contigo.
- Cuando alguien dice que algo no es asunto suyo, casi siempre tiene razón. ¿Qué problema tienes?
- Para ser sincero, tu comportamiento con Max.
Hubo un silencio helado, que Floyd aprovechó para hacer una cuidadosa inspección del pobre trabajo al
óleo de la pared de enfrente. Luego Curnow replicó, en un tono bajo, implacable:
- Estaba convencido de que era mayor de dieciocho años.
- No te confundas. En realidad, no me preocupa Max. Se trata de Zenia.
La boca de Curnow se abrió en indisimulada sorpresa.
- ¿Zenia? ¿Qué tiene que ver con esto?
- Para ser un hombre inteligente, eres bastante poco observador... por no decir obtuso. Seguramente
sabrás que Zenia está enamorada de Max. ¿No has notado cómo mira, cuando pasas tu brazo alrededor de
él?
Floyd nunca imaginó que vería sonrojarse a Curnow, pero el golpe pareció llegar a destino.
- ¿Zenia? Yo pensé que era sólo una broma... es tan... una ratita. Y además todos lo quieren a Max, cada
uno a su manera... incluso Katerina la Grande. Aun así... hum, bien, supongo que tendré que ser más
cuidadoso. Al menos cuando esté Zenia.
Hubo un Prolongado silencio, durante el cual la temperatura social volvió a lo normal. Luego,
obviamente para demostrar que no había rencor, Curnow agregó en un tono de informal conversación:
- Sabes, muchas veces me he preguntado por Zenia. Hicieron un maravilloso trabajo de cirugía plástica
en su, rostro, pero no pudieron reparar el daño. La piel está demasiado tirante, y no recuerdo haberla
visto reír de veras. Puede que sea ésa la causa por la que he evitado mirarla. ¿Me hubieras creído con
tanta sensibilidad estética, Heywood?
El deliberadamente formal "Heywood" era signo de buena predisposición antes que de hostilidad, y
Floyd se permitió bajar la guardia.
- Puedo satisfacer tu curiosidad en parte: finalmente Washington se enteró de todo. Parece que sufrió un
serio accidente aéreo, y tuvo mucha suerte al poder recuperarse de las quemaduras. Hasta donde
sabemos, no hay otro misterio, excepto que se supone que Aeroflot no tiene accidentes.
- Pobre chica. Me sorprende que la hayan dejado venir al espacio, pero supongo que sería la única
persona calificada disponible cuando Irina se autoeliminó. Lo siento por ella; además de las heridas, el
golpe Psicológico debe haber sido terrible.
- Ciertamente; pero su recuperación fue completa.
- "No estás contando toda la verdad", se decía Floyd, “y nunca lo harás". Desde su encuentro en el
acercamiento a Júpiter, siempre habría un lazo secreto entre ellos, no de amor, sino de ternura, que es
mucho más duradera.
Repentinamente se sintió agradecido para con Curnow; el otro estaba obviamente sorprendido de su
preocupación por Zenia, pero no había intentado explotar el hecho en su propia defensa.
Y de haberlo hecho, ¿habría sido deshonesto? Ahora, después de unos días, Floyd se preguntaba si sus
propios motivos eran del todo admirables. Por su parte, Curnow había mantenido su promesa; en verdad,
alguien que no estuviera al tanto se podría haber imaginado que ignoraba deliberadamente a Max; al
menos, cuando Zenia estaba cerca. Y a ella la trataba con más dulzura; lo que es más, había logrado
hacerla reír abiertamente en más de una ocasión.
Así que la intervención había valido la pena, cualquiera hubiera sido el impulso que la originó. Aunque
éste fuera, como Floyd sospechaba con pesar, la envidia secreta que los horno o heterosexuales definidos
sienten, si es que son totalmente honestos consigo mismos, hacia los polimorfos alegremente asumidos.
El dedo índice trepó hasta el grabador, pero el hilo de sus pensamientos se había cortado.
Inevitablemente, le venían a la cabeza imágenes de su propio hogar, y de su familia. Cerraba los ojos, y
recordaba el momento culminante de la fiesta de cumpleaños de Christopher; el niño soplando las tres
velitas de la torta, hacía menos de veinticuatro horas, pero a casi mil millones de kilómetros de distancia.
Había pasado el video tantas veces que ya conocía la escena de memoria.
¿Cuántas veces habría pasado Caroline sus mensajes a Chris, para que el niño no olvidara a su padre... o
no lo viera como a un extraño cuando volviera, después de estar ausente otro cumpleaños? Casi tenía
miedo de preguntarlo.
Pero no podía culpar a Caroline. Para él, pasarían sólo unas semanas antes de que se volvieran a
encontrar. Pero ella habría envejecido más de dos años mientras él estaría en su sueño sin sueños entre
los astros. Era mucho tiempo para ser una joven viuda, por más temporaria. que fuera.
Floyd se preguntaba si no estaría sufriendo alguna enfermedad de a bordo; raras veces había sufrido tal
sensación de frustración, y hasta de fracaso. "Puedo haber perdido a mi familia, atravesando los abismos
del espacio y del tiempo, y todo para nada. Porque no he logrado nada; a pesar de haber alcanzado mi
meta, ésta permanece vacía, una impenetrable muralla de total oscuridad".
Y sin embargo, alguna vez David Bowman había gritado: "¡Dios mío, esto está repleto de estrellas!"
29. EMERGENCIA
EL ULTIMO EDICTO DE SASHA REZABA:
BOLETIN RUSGLES Nº 8
Tema: Tovarishch
A nuestros invitados americanos:
Honestamente, compañeros, no puedo recordar cuándo me llamaron así por última vez. Cualquier ruso
del siglo XXI, lo relacionaría con el acorazado Potemkin; un recordatorio de gorras de paño y banderas
rojas y a Vladimir Ilich arengando a los trabajadores desde los escalones de los trenes de carga.
Desde que soy un niño, siempre ha sido bratets o druzhok; pueden elegir.
A vuestras órdenes.
Camarada Kovalev.
Floyd seguía riéndose con el cartel cuando Vasili Orlov, que flotaba a través del salón de
juegos/observación rumbo al puente, se le unió.
- Lo que me asombra, tovarishch, es que Sasha haya encontrado tiempo para estudiar algo además de
ingeniería física. Se pasa el día citando poemas y obras que yo ni conozco, y habla inglés mejor que...
bien, que Walter.
- Sasha es... ¿cómo le dicen ustedes? ... sí, la oveja negra de la familia por haberse dedicado a las ciencias
exactas. Su padre era profesor de inglés en Novosibrisk.
En su casa se permitía el ruso sólo de lunes a miércoles; de jueves a sábado se hablaba inglés.
- ¿Y los domingos?
- Oh, francés o alemán, una semana cada uno.
- Ahora entiendo perfectamente qué quieres decir con nekulturny; me encaja como anillo al dedo. ¿Sasha
se siente culpable por su... traición? Y con un entorno así, ¿como se convirtió en ingeniero?
- En Novosibrisk, en seguida se aprende quiénes son los siervos y quiénes los aristócratas. Sasha era un
joven muy ambicioso, además de ser brillante.
- Igual que tú, Vasili.
Et tu, Brute! Ya ves, yo también puedo citar a Shakespeare. Bozhe moi! ¿Qué fue eso?
Floyd no tuvo suerte; estaba flotando de espaldas a la portilla de observación, y no vio nada. Cuando se
dio vuelta, segundos más tarde, sólo se observaba la figura familiar de Hermano Mayor, bisectriz del
disco gigante de Júpiter, como desde su llegada. Pero para Vasili, por un momento que quedaría grabado
para siempre en su memoria, aquella silueta perfectamente recortada dio lugar a una escena diferente por
completo, y absolutamente imposible. Fue como si repentinamente se hubiera abierto una ventana a otro
universo.
La visión duró menos de un segundo, antes de que el involuntario reflejo de un parpadeo la cortara.
Estaba mirando un campo, no de estrellas, sino de soles, como si fuera el abigarrado corazón de una
galaxia, o el centro de una formación globular. En ese momento, Vasili Orlov perdió para siempre los
cielos de la Tierra. De ahora en adelante le parecerían intolerablemente vacíos; inclusive la poderosa
Orión y el glorioso Escorpio le parecerían miserables conjuntos de débiles chispas, que no valdrían una
segunda ojeada.
Cuando se atrevió a abrir los ojos otra vez, todo se había acabado. No... no todo. Exactamente en el
centro del restaurado rectángulo de ébano, seguía brillando una estrella diminuta.
Pero una estrella no se mueve cuando uno la mira. Orlov volvió a parpadear, para limpiar sus ojos
húmedos. Sí, el movimiento era real; no lo estaba imaginando.
¿Un meteorito? El hecho de que pasaran varios segundos antes de que el científico en jefe Vasili Orlov
recordara que un meteorito era imposible en un espacio sin atmósfera, era indicativo de su estado de
shock.
En ese momento, la supuesta estrella se encendió repentinamente en una explosión de luz, y en pocos
latidos del corazón se desvaneció detrás del borde de Júpiter. Para ese momento, Vasili ya había
recobrado el control de sí mismo, y volvió a ser el observador frío, desapasionado.
Ya tenía una buena estimación de la trayectoria del objeto. No había duda posible; apuntaba directamente
a la Tierra.
V – UN HIJO DE LAS ESTRELLAS
30. REGRESO A CASA
Fue como si despertara de un sueño, o de un sueño dentro de otro sueño. La puerta de las estrellas lo
había devuelto al mundo de los hombres, pero ya no como hombre.
¿Cuánto tiempo había estado afuera? Toda una vida... no, dos vidas; una hacia adelante, otra hacia atrás.
Como David Bowman, comandante y último sobreviviente de la nave espacial Discovery de los Estados
Unidos de América, había caído en una trampa gigantesca, preparada hacía tres millones de años, y
diseñada para responder sólo en el momento apropiado, y ante el estímulo preciso. Había pasado, a través
de ella, de un universo a otro, encontrando algunas maravillas que ahora entendía, y otras que no podría
comprender jamás.
Había viajado con velocidad siempre creciente, a través de infinitos corredores de luz, hasta superar a la
luz misma. Eso, lo sabía, era imposible; pero ahora sabía también cómo podía hacerse. Como dijera
correctamente Einstein, el Buen Señor era sutil, pero nunca malicioso.
Había pasado por un sistema cósmico de transbordos -una especie de Gran Estación Central de las
Galaxias- emergido, protegido de su furia por fuerzas desconocidas, cerca de la superficie de una estrella
gigante roja.
Allí había sido testigo de la paradoja de un amanecer en la cara de un sol, cuando la blanca compañera
enana del sol agonizante trepaba por su cielo: una aparición ardiente que arrastraba una marea de fuego
tras de sí. No había sentido miedo, sólo admiración, incluso cuando su cápsula espacial lo había
conducido hacia el infierno de allí abajo...
... Para llegar, más allá de toda lógica, a una suite de hotel magníficamente arreglada, que no contenía
nada que no fuera familiar. Sin embargo, casi todo era simulado; los libros de los estantes eran ficticios,
las cajas de cereal y las latas de cerveza del refrigerador, aunque tenían etiquetas conocidas, contenían
todas el mismo alimento, de una textura como la del par., y un gusto que podía ser casi cualquier cosa
que él quisiera imaginar.
En seguida se había dado cuenta de que era un espécimen en un zoológico cósmico, y su jaula había sido
copiada de las imágenes de viejos programas de televisión. Se preguntó si sus guardianes aparecerían, y
con qué forma física.
¡Qué ingenua había sido esa idea ahora sabía que había sido igual que esperar ver al viento, o especular
acerca de la verdadera forma del fuego.
Finalmente, el agotamiento del cuerpo y la mente lo vencieron. Por última vez, Bowman se durmió.
Fue un sueño extraño, ya que no estuvo del todo inconsciente; como un incendio en el bosque, algo
invadió su mente. Lo sintió en forma muy suave, ya que el impacto total lo hubiera destruido tan rápida y
seguramente como las hogueras que rugían alrededor. Desde su posición desapasionada, no sintió
esperanza ni temor.
En algunas ocasiones, durante aquel interminable sueño, soñaba con que estaba despierto. Los años
habían desaparecido; de pronto se encontró mirando en el espejo a una cara arrugada que apenas
reconoció como la suya. Su cuerpo corría a la disolución, las manecillas del reloj biológico giraban
locamente hacia una medianoche que nunca alcanzarían. Porque en el último instante, el tiempo se
detuvo... y comenzó a retroceder.
Los resortes de su memoria estaban siendo manipulados; por medio de una reminiscencia controlada, sus
conocimientos y experiencias eran drenados de su cerebro, mientras retrocedía hasta su infancia. Pero
nada se perdía; todo aquello que había sido alguna vez, en cada instante de su vida, estaba siendo
transferido a un lugar más seguro. Y cuando un Dave Bowman cesó de existir, apareció otro, inmortal,
más allá de las necesidades de la materia.
Era un Dios embrionario, que no estaba listo para nacer aún. Durante eternidades flotó en el limbo,
sabiendo lo que había sido, pero no en qué se había convertido. Todavía se encontraba en un estado
intermedio, en alguna fase entre crisálida y mariposa, tal vez entre gusano y crisálida...
Y entonces, la estasis fue quebrantada: el tiempo volvió a penetrar en su pequeño mundo. La losa negra y
rectangular que apareció repentinamente frente a él fue como un viejo amigo.
La había visto en la Luna; la había encontrado en órbita alrededor de Júpiter; y sabía, de algún modo, que
sus ancestros la habían conocido hacía mucho tiempo. Aunque aún conservaba secretos insondables, ya
no era un absoluto misterio, ahora entendía algunos de sus poderes.
Comprendió que no era una, sino millones; y que pese a lo que dijeran los instrumentos de medición,
siempre tenía el mismo tamaño... el necesario.
¡Qué obvia era, ahora, la relación matemática de sus lados, la secuencia cuadrática 1:4:9! ¡Y qué
inocente había sido imaginar que la serie terminaba ahí, en tres dimensiones solamente!
Inclusive mientras su mente se centraba sobre estas nimiedades geométricas, el rectángulo vacío se llenó
de estrellas. La suite del hotel -si es que en realidad había existido- se disolvió en la mente de su creador,
y delante de él estaba el luminoso remolino de la Galaxia.
Podía haber sido una hermosa y detallada maqueta, vaciada en un bloque de plástico. Pero era la realidad,
ahora percibido por él como un todo, con sentidos más sutiles que la vista. Si quisiera, podría localizar su
atención en cualquiera de su billón de estrellas.
Ahí estaba, un madero en el enorme río de soles, a mitad de camino entre los fuegos del corazón de la
galaxia y los solitarios y desperdigados centinelas de la periferia. Y allí estaba su origen, en el lado más
lejano de aquel abismo celeste, esa serpeante banda de oscuridad, completamente vacía de estrellas.
Sabía que ese caos informe, visible sólo por la luminosidad proveniente de las nubes ígneas del fondo
que dibujaba sus bordes, era el material aún virgen de la creación, la materia prima de evoluciones por
venir. Aquí, el tiempo no había comenzado aún, y hasta que los soles que ahora brillaban no estuvieran
muertos desde mucho antes, la luz y la vida no volverían a modelar aquel vacío.
Una vez lo había cruzado, desprevenido; ahora, mucho más preparado, aunque totalmente ignorante del
impulso que lo conducía, debía volver a cruzarlo...
La galaxia se zafó de la estructura mental en que la había encerrado; estrellas y nebulosas se
desvanecieron con una ilusión de infinita velocidad. Soles fantasmas explotaron y cayeron detrás de él
mientras se deslizaba como una sombra entre sus mismos núcleos.
Las estrellas se apagaban, el brillo de la Vía Láctea se transformaba en un fantasma pálido de la gloria
que había conocido alguna vez, y que podría volver a conocer. Estaba de regreso en el mundo que los
hombres llamaban real, en el mismo punto en que lo había abandonado, segundos o siglos atrás.
Tenía plena conciencia de lo que lo rodeaba; mucho mayor que en esa existencia anterior de montones de
estímulos sensoriales provenientes del mundo exterior. Podía concentrarse en cada uno de ellos,
clasificarlos en detalles virtualmente sin límites, hasta confrontar la estructura elemental de tiempo y
espacio, detrás de la cual sólo existía el caos.
Y se podía mover, aunque no sabía cómo. ¿Pero realmente lo había sabido alguna vez, cuando aún poseía
un cuerpo? La cadena de órdenes entre el cerebro y los miembros era un misterio al que nunca había
dedicado un solo pensamiento.
Un esfuerzo de la voluntad, y el espectro de aquella estrella cercana se diluyó en el azul, precisamente en
la frecuencia deseada. Estaba cayendo hacia ella con una velocidad cercana a la de la luz; aunque podía
ser más rápido si lo deseara, no tenía apuro. Todavía quedaba mucha información por procesar, muchas
cosas por considerar... y mucho más por conquistar. Esa, lo sabía, su meta presente; pero también sabía
que sólo era parte de algún plan más amplio, que sería revelado en el momento oportuno.
No prestó atención al umbral que separaba ambos universos, y que quedó flotando suavemente detrás de
él; ni a las ansiosas entidades reunidas a su alrededor en su primitiva nave espacial. Formaban parte de
sus recuerdos; pero otros más fuertes lo estaban llamando, pidiéndole regresar al mundo que nunca había
creído volver a ver.
Podía escuchar las voces, más y más altas, mientras iba creciendo, desde ser una estrella casi perdida
contra la corona del Sol, pasando por un tenue cuarto creciente, hasta convertirse en un glorioso disco
celeste.
Sabían que estaba llegando. Ahí abajo, en aquel globo abarrotado, brillaron las alarmas en las pantallas
de radar, los grandes telescopios rastreadores buscaron en el cielo... y la historia, tal como la habían
conocido los hombres, estaba llegando a su fin.
Notó que mil kilómetros más abajo se había despertado un somnoliento cargamento de muerte, y estaba
moviéndose perezosamente en su órbita. Las débiles energías que contenía no eran una posible amenaza
contra él; lo que es más: podría aprovecharla.
Penetró el laberinto de circuitos, y siguió rápidamente el camino hacia su núcleo letal. La mayoría de las
bifurcaciones podían ignorarse; eran callejones sin salida, diseñados para protección. Desde su
perspectiva, su propósito era puerilmente simple; resultó sumamente fácil superarlas.
Todavía quedaba una última barrera: un tosco pero efectivo relay mecánico, que separaba dos contactos.
Hasta que no fueran unidos, no habría energía para activar la secuencia final.
Puso en juego toda su voluntad, y, por primera vez, conoció el fracaso y la frustración. Los pocos gramos
del micro-interruptor no se movieron. Seguía siendo una criatura de energía pura; por ahora, el mundo de
la materia inerte estaba más allá de su alcance. Bien, había una respuesta sencilla para eso.
Aún tenía mucho que aprender. La corriente que indujo en el relay fue tan poderosa que casi fundió la
bobina, antes que la misma pudiera operar el mecanismo de disparo.
Los microsegundos pasaron lentamente. Resultó interesante observar cómo las partículas explosivas
concentraban su energía, como el fósforo que enciende el reguero de pólvora, que a su vez...
Los megatones florecieron en una silenciosa detonación, que creó una breve y falsa aurora en la mitad
dormida del globo. Como un fénix que se levantaba entre las llamas, asimiló lo que necesitaba y desechó
el resto. Más abajo, el escudo atmosférico, que protegía al planeta de tantos peligros, absorbió lo más
peligroso de la radiación. Pero hubo unos pocos hombres y animales desafortunados que nunca volverían
a ver.
Como consecuencia de la explosión, pareció que la Tierra hubiera quedado muda. El parloteo de ondas
cortas y medias fue completamente silenciado, reflejado por la súbitamente enriquecida ionosfera. Sólo
las microondas siguieron atravesando el espejo invisible que rodeaba planeta, y la mayoría de ellas
poseía un espectro demasiado estrecho como para que él pudiera captarlas. Unos pocos radares de alto
poder seguían enfocándole, pero no tenía importancia. Ni se ocupó de neutralizarlos, como podría
haberlo hecho fácilmente. Y si siguieran llegando bombas, las trataría con igual indiferencia. Por el
momento, tenía toda la energía que necesitaba.
Y estaba descendiendo, en gráciles y amplias espirales, hacia el perdido escenario de su niñez.
31. DISNEYVILLE
Un filósofo de fines de siglo había señalado -y había sido condenado por sus opiniones- que Walter Elías
Disney había contribuido más a la genuina alegría humana que todos los maestros religiosos de la
historia. Ahora, medio siglo después de la muerte del artista, sus sueños seguían proliferando en el
paisaje de Florida.
Cuando se inauguró en los primeros años de la década del '80, su Comunidad Experimental Prototipo del
Mañana, había sido una exposición de nuevas tecnologías y formas de vida. Pero, como su fundador
había anticipado, CEPMA sólo completaría su propósito cuando parte de aquella vasta extensión se
hubiera convertido en un pueblo auténtico, viviente, ocupado por gente que lo llamaría su hogar. Este
proceso había llevado lo que quedaba del siglo; ahora el área residencial contaba con veinte mil
habitantes que la habían llamado, inevitablemente, Disneyville.
Como sólo podían mudarse allí después de atravesar la guardia palaciega de los abogados de Disney, no
era sorprendente que la edad promedio de sus ocupantes fuese la más alta entre las comunidades de los
Estados Unidos, o que sus servicios médicos fueran los más avanzados del mundo. Algunos de ellos, en
verdad, apenas habrían podido concebirse, y menos aún crearse, en cualquier otro sitio.
El departamento había sido diseñado cuidadosamente para no parecer una sala de hospital, y sólo algunos
aparatos poco comunes traicionaban su propósito. La cama no superaba la altura de la rodilla, para
minimizar el peligro de una caída, sin embargo, podía elevarse y curvarse según la conveniencia de las
enfermeras. La bañera se hundía en el piso, y tenía un asiento incorporado, así o también manijas que
permitían a los ancianos o débiles entrar y salir fácilmente de ella. El piso estaba alfombrado, pero no
había felpudos sobre los cuales resbalar, o puntas agudas que pudieran provocar heridas.
Otros detalles eran menos obvios: la cámara de televisión estaba tan bien disimulada que nadie hubiera
sospechado su presencia.
Había algunos toques personales: una pila de libros antiguos en un rincón, y una página central de una de
las últimas ediciones impresas del New York Times que proclamaba: NAVE ESPACIAL
NORTEAMERICANA PARTE RUMBO A JÚPITER. Al lado, dos fotografías: una de un muchacho de
unos dieciocho años; la otra, de un hombre mucho mayor, en uniforme de astronauta.
Aunque la frágil mujer de cabellos grises que miraba la comedia de la pantalla de televisión no tenía aún
setenta años, parecía mucho más vieja. De tanto en tanto sonreía ante algún chiste, pero seguía espiando
la puerta como esperando alguna visita. Y cuando lo hacía, aferraba firmemente el bastón apoyado contra
su silla.
En un momento en que estaba distraída por un pasaje de la obra, la puerta finalmente se abrió, y ella miró
alrededor con una expresión culpable, mientras la pequeña mesa de servicio rodaba hacia dentro de la
habitación, seguida de cerca por una enfermera de uniforme.
- Es hora del almuerzo, Jessie - dijo la enfermera -. Hoy tenemos algo muy bueno para usted.
- No quiero ningún almuerzo.
- La hará sentirse mucho mejor.
- No comeré nada hasta que no me diga qué es.
- ¿Por qué no?
- No tengo apetito. ¿Tiene usted apetito alguna vez? agregó maliciosamente.
La mesa-robot con la comida se detuvo al lado de su silla, y las cubiertas se levantaron para mostrar los
platos. Durante todo el proceso, la enfermera nunca tocaba nada, ni siquiera los controles mismos de la
mesa. Ahora permanecía inmóvil, con una sonrisa un tanto rígida, observando a su difícil paciente.
En la sala de monitores, a cincuenta metros de distancia, el técnico médico dijo al doctor:
- Observe esto.
La nudosa mano de Jessie aferró el bastón; en seguida, con sorprendente velocidad, lo hizo girar en un
pequeño arco contra las piernas de la enfermera.
La enfermera no se dio por enterada, a pesar de que la madera había pasado a través de su cuerpo. En
cambio, sonrió comprensiva.
- ¿No se ve apetitoso? Cómalo, querida.
Una sonrisa astuta se dibujó en el rostro de Jessie, pero obedeció las instrucciones. En un momento,
estaba comiendo con entusiasmo.
- ¿Ha visto? - dijo el técnico -. Sabe perfectamente lo que sucede. Es mucho más lúcida de lo que
pretende, la mayor parte del tiempo.
- ¿Y es la primera?
- Sí. Todas las demás creen realmente que es la enfermera Williams quien les lleva la comida.
- Bien, no creo que importe. Mire qué contenta se puso, sólo por habernos burlado. Y está comiendo, que
es el objetivo del ejercicio. Pero debemos avisar a las enfermeras... a todas, no sólo a Williams.
- ¿Por qué? ¡Oh!, desde luego. La próxima vez puede que no sea un holograma... y entonces sí, imagino
los pleitos que deberemos afrontar, por parte de nuestro castigado personal.
32. CRYSTAL SPRING
Los indios y los colonos cajun que se habían trasladado desde Luisiana, decían que el Crystal Spring no
tenía fondo. Esto, desde luego, era absurdo, y seguramente ni ellos mismos lo creían. Sólo había que
ponerse una máscara y nadar pocas brazadas, y allí, claramente visible, estaba la pequeña cueva de la que
fluía el agua increíblemente pura, con esbeltas algas verdes ondulando alrededor. Y, espiando a través de
ellas, los ojos del monstruo.
Dos círculos oscuros, uno al lado del otro, a pesar de que nunca se movían, ¿qué otra cosa podían ser? Su
inquietante presencia otorgaba una emoción extra a cada excursión a nado; algún día el Monstruo saldría
de su guarida, desdeñando a los peces en su búsqueda de presas mayores. Bobby o David nunca
admitirían que allí no había nada más peligroso que una bicicleta abandonada, seguramente robada,
medio enterrada entre las algas, a cien metros de profundidad. Tal distancia era difícil de creer, aun
después de que la línea y la sonda la habían establecido, más allá de toda discusión. Bobby, el más
grande y el mejor buceador, había cubierto quizás un décimo del trayecto hacia abajo, y había informado
que el fondo parecía tan lejos como siempre.
Pero ahora Crystal Spring se hallaba a punto de revelar sus secretos; tal vez la leyenda del tesoro
confederado fuera verdad, a pesar de las burlas de los historiadores locales. En el peor de los casos, se
congraciarían con el jefe de policía -excelente política-, recuperando unos pocos revólveres abandonados
después de crímenes recientes.
El pequeño compresor de aire, herrumbrado, que encontró Bobby en el garaje, soplaba saludablemente
después de los problemas iniciales para hacerlo arrancar. Cada pocos segundos tosía y soltaba una nube
de humo azul, pero no daba indicios de pararse. "Y aunque lo haga", decía Bobby, "¿qué? Si las chicas
del Teatro Subacuático pueden salir desde cincuenta metros de profundidad, sin sus mangueras de aire,
también nosotros podremos. Es perfectamente seguro".
En ese caso, pensó Dave rápidamente, ¿por qué no le contamos a Mami lo que hacíamos, y por qué
esperamos a que Papi hubiera vuelto al Cabo para el próximo lanzamiento? Pero, en realidad, no tenía
miedo: Bobby siempre sabía más. Debía ser fabuloso tener diecisiete, y saberlo todo. Aunque hubiera
preferido que no se pasase tanto tiempo con esa estúpida Betty Schultz. Es verdad, era muy bonita... pero
¡demonios, era una chica! Sólo después de muchos inconvenientes pudieron deshacerse de ella esa
mangana.
Dave se hallaba acostumbrado a ser el conejito de Indias; para eso estaban los hermanos menores. Ajustó
la máscara, se puso las patas de rana, y se deslizó en el agua cristalina.
Bobby le alcanzó la manguera de aire con la vieja boquilla que le habían adosado. Dave aspiró una
bocanada, e hizo una mueca.
- Tiene un gusto horrible.
- Te acostumbrarás. No vayas más allá de ese arrecife. Allí comenzaré a ajustar la válvula de presión para
no desperdiciar tanto aire. Sube cuando tire de la manguera.
Dave se sumergió con gracia bajo la superficie, hacia la tierra de la maravilla. Era un mundo apacible,
monocromático, diferente de los bancos de coral de los Cayos. No había esos
colores estridentes del ambiente marino, donde la vida animal y vegetal se adornaba con todos tonos del
arco iris. Aquí sólo eran verdes y azules; y los peces parecían peces, no mariposas.
Nadó lentamente hacia abajo, arrastrando la manguera tras de sí, deteniéndose para beber su arroyo de
burbujas cada vez que lo necesitaba. La sensación de libertad era tan maravillosa que casi se olvidó del
horrible gusto a lubricante que tenía en la boca. Al llegar al arrecife -en realidad un viejo y carcomido
tronco de árbol, tan cubierto de algas que era irreconocible-, se sentó y miró alrededor.
Alcanzaba a ver las verdes laderas al otro lado del cráter, a través del manantial, por lo menos a cien
metros de allí.
No había muchos peces, pero pasó un pequeño cardumen, brillando como una lluvia de monedas de
plata, bajo a cascada de luz que caía desde arriba.
También había un viejo amigo, detenido como siempre en el punto donde las aguas del manantial
comenzaban su viaje hacia el mar. Un pequeño caimán “Pero suficientemente grande", decía Bobby. "Es
más grande que yo" colgaba en posición vertical sin ningún sostén a la vista, con sólo la nariz asomando
sobre la superficie. Nunca lo habían molestado, y él nunca los había molestado a ellos.
La manguera de aire dio un tirón impaciente. Dave se alegró de irse; nunca había imaginado cuánto frío
podía hacer en aquellas profundidades inalcanzables, y además se sentía mareado. Pero la cálida luz del
sol pronto le hizo recobrar el ánimo.
- No hay problemas - dijo Bobby despreocupado -. Sólo mantén la válvula abierta para que la aguja de
presión no baje de la línea roja.
- ¿Hasta qué profundidad irás?
- Hasta el fondo, si me dan ganas.
Dave no lo tomó en serio; ambos sabían de la euforia de la profundidad y de las narcosis por nitrógeno.
Y de todos modos, la vieja manguera del jardín sólo tenía treinta metros de largo, aunque sería más que
suficiente para ese primer intento.
Como ya le había pasado tantas veces, vio con envidiosa admiración cómo su adorado hermano mayor
aceptaba un nuevo desafío. Nadando con tanta facilidad corro los peces que lo rodeaban, Bobby se
sumergió en aquel misterioso universo azul. Se dio vuelta una vez y señaló vigorosamente la boquilla de
aire, dando a entender sin lugar a dudas que necesitaba un chorro de aire más intenso.
A pesar del fuerte dolor de cabeza que sintió de repente, Dave recordó su deber. Corrió hacia el antiguo
compresor, y abrió la válvula de control hasta el máximo mortal; cincuenta partes por millón de
monóxido de carbono.
Lo último que vio de Bobby fue esa figura confiada, dorada por la luz del sol, que descendía para
siempre más allá de su alcance. La estatua de yeso del responso fúnebre era un absoluto extraño, que no
tenía nada que ver con Robert Bowman.
33. BETTY
¿Por qué había venido hasta aquí, como un fantasma in quieto, que vuelve al antiguo escenario de la
tragedia? No tenía idea; en realidad no había sido consciente de su des tino, hasta que el ojo circular de
Crystal Springs lo miró desde abajo a través del bosque sumergido.
Era el amo del mundo, pero estaba paralizado por una sensación de angustia devastadora como no había
conocido en años. El tiempo había cerrado la herida, como lo hace siempre, pero, aun así, parecía que
apenas ayer había estado llorando junto al espejo esmeralda, viendo sola mente el reflejo de los cipreses,
con su cubierta de musgo. ¿Qué era lo que le estaba Pasando?
Y ahora, todavía sin una intención deliberada, pero como si fuera empujado por una suave corriente,
derivó lentamente hacia el norte, hacia la capital del estado. Estaba buscando algo; qué era, no lo sabría
hasta encontrarlo.
Ni persona ni instrumento alguno detectaron su paso. Ya no seguía irradiando con derroche; había
perfeccionado su control de energía, como alguna vez había dominado sus miembros, perdidos, pero no
olvidados. Se sumergió como la niebla en las bóvedas a prueba de terremotos, hasta encontrarse entre
millones de memorias almacenadas, y relampagueantes retículos de pensamientos electrónicos.
Esta prueba era más compleja que detonar una tosca bomba nuclear, y le llevó un poco más de tiempo.
Antes de encontrar la información que buscaba, cometió un desliz trivial, pero no se molestó en
corregirlo. Al mes siguiente, nadie entendía por qué trescientos contribuyentes de Florida, cuyos
apellidos comenzaban todos con F, recibieron cheques de exactamente un dólar. Se gastó varias veces el
monto resultante del error, tratando de aclararlo, y finalmente, los desconcertados ingenieros le echaron
la culpa a alguna lluvia de rayos cósmicos. Lo cual, en verdad, no era del todo desacertado. En unos
milisegundos, se había trasladado desde Tallahassee al 634 de South Magnolia Street, en Tampa. La
dirección era la misma; no necesitaba haber perdido tiempo en averiguarla.
Pero entonces, nunca había tenido la intención de averiguarla, hasta el instante mismo en que lo hizo.
Después de tres alumbramientos y dos abortos, Betty Schultz de Fernández seguía siendo una mujer muy
hermosa. En ese momento era también una mujer pensativa; estaba viendo un programa de televisión que
le traía recuerdos, amargos y dulces a la vez.
Era un Noticiero Especial, motivado por los misteriosos sucesos de las últimas doce horas, comenzando
por el alerta que había enviado Leonov desde las lunas de Júpiter. Algo se dirigía hacia Tierra; algo había
detonado, sin daño alguno, una bomba nuclear en órbita que nadie había reclamado. Eso era todo, pero
era más que suficiente.
Los comentaristas habían pasado revista a todas las video-cintas -y algunas de ellas eran verdaderas
cintas- llegando hasta las alguna vez ultrasecretas imágenes del descubrimiento de TMA-1 en la Luna.
Por quincuagésima vez, como mínimo, oyó ese chirrido de radio con que el monolito había saludado al
amanecer lunar, y lanzado un mensaje a Júpiter. Y una vez más miró las escenas familiares y escuchó las
viejas entrevistas en Discovery.
¿Por qué estaba mirando? Todo eso se encontraba en algún lugar de los archivos de la casa (aunque
nunca lo pasaba si José se hallaba cerca). Tal vez estaba esperando una nueva noticia; no le gustaba
admitir, ni siquiera a sí misma cuánto poder seguía teniendo el pasado sobre sus y emociones.
Y allí estaba Dave, como lo había esperado. Era un viejo reportaje de la BBC, del que sabía cada palabra.
Estaba hablando acerca de Hal, intentando determinar si el computador tenía o no autoconciencia.
Qué joven se le veía; qué diferente de aquellas últimas imágenes borrosas desde la sentenciada
Discovery! ¡Y qué parecido al Bobby que ella recordaba!
La imagen tembló mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. No... algo andaba mal en el aparato, o en el
canal; tanto el sonido como la imagen se comportaban de una forma errática.
Los labios de Dave se movían, pero no escuchaba nada. Luego su cara comenzó a disolverse, a derretirse
en bloques de color. Se volvía a formar, se borraba, se afirmaba otra vez. Pero seguía sin haber sonido.
- ¿Dónde habían conseguido esa fotografía? Ese no era Dave adulto, sino de joven... como ella lo había
conocido al principio. Miraba hacia afuera de la pantalla como si pudiera verla a través del abismo de los
años.
Sonrió; sus labios se movieron.
- "Hola, Betty" - dijo.
No fue difícil formar las palabras e introducirlas en las corrientes que pulsaban en los circuitos de radio.
Lo realmente difícil fue disminuir la velocidad de sus pensamientos al templo glacial del cerebro
humano. Y tener que esperar una eternidad por la respuesta...
Betty Fernández era fuerte. También era inteligente, y aunque había sido ama de casa durante doce años,
no había olvidado sus conocimientos de electrónica. Este era o de los incontables sistemas de simulación;
por ahora la aceptaba, más tarde se ocuparía de los otros detalles. - Dave - contestó -. Dave, ¿eres tú
realmente?
- No estoy seguro - replicó la imagen de la pantalla, en una voz curiosamente atonal -. Pero recuerdo a
Dave Bowman, y todo lo que a él respecta.
- ¿Está muerto?
Ésta era otra pregunta difícil.
- Lo está su cuerpo. Pero eso ya no es importante. Todo lo que Dave Bowman fuera realmente, sigue
siendo parte de mí.
Betty se persignó - ése era un gesto que había aprendido de José - y musitó:
- ¿Quieres decir... que eres un espíritu? - No conozco una palabra mejor.
- ¿Por qué has regresado?
“¡Ah!, Betty... ¡por qué! Querría que pudieras decírmelo".
En verdad conocía una razón, que estaba apareciendo en la pantalla. El divorcio del cuerpo y la mente
estaba lejos de completarse, y ni siquiera la más complaciente de las redes privadas de televisión por
cable habrían transmitido las escabrosas escenas sexuales que se estaban formando.
Betty observaba a ratos, a veces sonriente, otras aturdida. Finalmente se dio vuelta, no por vergüenza,
sino por tristeza... nostalgia de delicias perdidas.
- Así que no era cierto - dijo - lo que siempre nos contaron acerca de los ángeles.
¿Soy acaso un ángel? se preguntaba. Pero al menos entendía qué estaba haciendo allí, arrastrado por los
lazos del dolor y del deseo hacia una cita con su pasado. Su pasión por Betty había sido la emoción más
poderosa que había conocido jamás; los elementos de tragedia y culpa que contenía la hacían aún más
fuerte.
Ella nunca le había dicho si era mejor amante que Bobby; ésa era una pregunta que él nunca había
formulado, ya que hubiera roto el hechizo. Se habían aferrado a la misma ilusión, y buscaron, uno en los
brazos del otro (¡y qué joven era... apenas tenía diecisiete años cuando empezó todo, a menos de dos años
del funeral!), un bálsamo para la misma herida.
Desde luego, no podía durar; pero aquella experiencia lo había cambiado de forma irrevocable. Durante
más de una década, todas sus fantasías autoeróticas se habían centrado en Betty; nunca había encontrado
una mujer que se le comparara, y había comprendido hacía mucho que nunca la hallaría. Nadie más había
sido embrujado por el mismo fantasma.
Las imágenes del deseo se borraron de la pantalla; por un instante, apareció el programa regular, con una
vista incongruente de Leonov colgando sobre lo. Luego apareció la cara de Dave Bowman. Parecía estar
perdiendo el control, porque sus facciones eran muy inestables. A veces parecía tener sólo diez años,
luego veinte o treinta... luego, increíblemente, una acartonado momia cuya arrugada apariencia era una
parodia del hombre que ella había conocido.
- Una pregunta más antes de irme. Carlos: siempre dijiste que era hijo de José, y yo siempre tuve mis
dudas. ¿Cuál es la verdad?
Betty Fernández miró por última vez a los ojos del muchacho que había amado alguna vez (tenía
dieciocho anos otra vez, y por un momento, ella deseó poder ver todo su cuerpo, no sólo el rostro).
- Fue hijo tuyo, David - murmuró.
La imagen se desvaneció; reapareció el programa habitual. Cuando, casi una hora después, José
Fernández entró sin ruido, Betty seguía mirando a la pantalla.
No se dio vuelta cuando él la besó detrás del cuello.
- Nunca me creerás, José.
- Haz un intento.
- Le mentí a un fantasma.
34. DESPEDIDA
Cuando el Instituto Americano de Aeronáutica y Astronáutica publicó en 1977 su controvertido sumario
Cincuenta años de OVNI, muchos críticos señalaron que se habían observado objetos voladores no
identificados durante siglos, y que el "Plato Volador" de Kenneth Arnold de 1947 tenía incontables
precedentes. La gente había estado viendo cosas extrañas en el cielo desde el principio de la historia;
pero hasta mediados del siglo XX los OVNI habían sido un fenómeno esporádico de escaso interés.
Desde entonces, se habían convertido en objetos de interés general, y científico, y las razones de esto
sólo podían clasificarse como creencias religiosas.
No era necesario ir muy lejos para encontrar la causa; la aparición del cohete gigante y el advenimiento
de la Era Espacial habían hecho volver la mente del hombre hacia otros mundos. La comprensión de que
pronto la raza humana sería capaz de abandonar su planeta de nacimiento provocaba las inevitables
preguntas: ¿Dónde está el resto? ¿Debemos esperar visitas? También existía la esperanza, pocas veces
expresada, de que benévolas criaturas del espacio ayudarían a la humanidad a curar sus heridas
autoinfligidas y la salvarían de futuros desastres.
Cualquier estudiante de psicología podría haber predicho que una necesidad tan profunda sería
rápidamente satisfecha. Durante la segunda mitad del siglo XX había habido literalmente miles de
informes de apariciones de naves espaciales desde todas partes del globo. Más aún: hubo cientos de
informes de "encuentros cercanos": verdaderos contactos con visitantes extraterrestres, frecuentemente
embellecidos con relatos de paseos celestiales, raptos, y hasta viajes de bodas espaciales. El hecho de que
una y otra vez se demostrara que eran mentiras o alucinaciones no contribuía a desencantar a los fieles.
Hombres a los que se les había mostrado ciudades en el lado oscuro de la Luna no perdieron mucho
crédito ni siquiera cuando los reconocimientos de los Orbiter y las misiones Apollo revelaron la
inexistencia de aparatos de ciase alguna; damas que habían desposado a seres venusinos seguían siendo
tomadas en serio cuando el planeta resultó ser, desgraciadamente, más caliente que el plomo derretido.
Para la época en que el IAAA publicó su informe, ningún científico de nivel -ni siquiera los que alguna
vez habían considerado la posibilidad- creía que los OVNI tuvieran alguna conexión con vidas o
inteligencias extraterrestres. Desde luego, nunca sería posible demostrarlo; cualquiera de los miles de
apariciones de los últimos mil años podía ser la cosa real. Pero con el correr del tiempo, y como las
cámaras de los satélites y los radares que vigilaban todo el firmamento no proporcionaban evidencias
concretas, el público en general había ido perdiendo interés. Los cultores, por supuesto, no se dieron por
vencidos; siguieron con sus cartas y libros, la mayor parte de las veces reverdeciendo y retocando viejos
relatos que habían sido desacreditados mucho tiempo atrás.
Cuando finalmente se anunció el hallazgo del monolito de Tycho, TMA-1, hubo un coro de "Telodijes".
Ya no podía negarse que había habido visitantes en la Luna - y probablemente también en la Tierra -
hacía apenas unos tres millones de años. Inmediatamente, los OVNI volvieron a infestar los cielos;
aunque era extraño que los tres sistemas nacionales independientes de rastreo, que podían detectar en el
espacio cualquier cosa más grande que una lapicera, todavía fueran incapaces de localizarlos.
Bastante pronto, el número de informes bajó otra vez hasta el "nivel de ruido": la cifra habitual
provocada por los muchos fenómenos astronómicos, meteorológicos y astronáuticos que tenían lugar en
el cielo.
Pero ahora había comenzado todo de nuevo. Esta vez no había errores: era oficial. Un auténtico OVNI se
dirigía a la tierra.
A los pocos minutos del aviso de Leonov se empezaron a recibir informes de apariciones; los primeros
encuentros cercanos tardaron algunas horas. Un corredor de bolsa jubilado estaba paseando a su bulldog
en Yorkshire Moors, cuando fue sorprendido por una nave circular que aterrizó delante de él, y cuyo
ocupante -bastante humano, de no ser por las orejas puntiagudas- le preguntó cómo llegar a Downing
Street. El contactée estaba tan confundido que señaló con su bastón en dirección de Whitehall; como
prueba terminante de la veracidad del encuentro, se presentó el hecho de que el bulldog se negaba a
comer.
Aunque el corredor de bolsa no registraba antecedentes de alguna enfermedad mental, inclusive los que
le creían tuvieron dificultades para aceptar el siguiente informe. Esta vez era un pastor vasco en una
misión tradicional; se había sentido aliviado cuando los que él creía guardias fronterizos resultaron ser
una pareja de hombres encapuchados de mirada penetrante, que le preguntaron cómo llegar a los
cuarteles generales de las Naciones Unidas.
Hablaban un vascuence perfecto: una lengua extremadamente difícil que no tenía conexión con ninguna
otra del mundo. Evidentemente, los visitantes del espacio eran notables lingüistas, aunque sus
conocimientos de geografía eran extrañamente deficientes.
Y así siguió, caso tras caso. Muy pocos de los contactados estaban mintiendo o eran locos; la mayoría
creía sinceramente sus propias historias, y las mantenía, aun bajo efecto de la hipnosis. Y otros eran
víctimas de jocosos accidentes, como aquel desafortunado arqueólogo aficionado que descubrió los
restos que un conocido productor de películas de ciencia - ficción había abandonado en el desierto de
Túnez, hacía casi cuarenta años.
En verdad, sólo al comienzo y al final hubo un ser humano consciente de su presencia; y esto porque él
así lo quiso.
El mundo estaba para que él lo explorara y examinara a su antojo, sin restricciones o compulsiones. No
había paredes que lo pudieran dejar afuera, no había secretos que se ocultaran a sus sentidos. Al
principio, creía que apenas estaba cumpliendo viejas ambiciones, visitando lugares que no había
conocido en su existencia anterior. Sólo mucho más tarde comprendió que sus viajes relámpago a través
de la superficie del globo tenían un propósito más profundo.
De una manera sutil, estaba siendo utilizado como una sonda, tomando muestras de cada aspecto del
quehacer humano. El control era tan tenue que apenas era consciente de él; era similar a un perro de caza
en una partida, autorizado a hacer cuantas excursiones quisiera, pero con la obligación de obedecer todos
los deseos de su amo.
Las pirámides, el Gran Cañón, las nieves eternas del Everest; todo eso era elección suya. También lo eran
las galerías de arte y las salas de concierto; aunque ciertamente no hubiera soportado el Anillo de los
Nibelungos por iniciativa propia.
Tampoco hubiera visitado tantas fábricas, prisiones, hospitales, una amarga guerra en Asia, una carrera
de caballos, una complicada orgía en Beverly Hills, la Sala Oval de la Casa Blanca, los archivos del
Kremlin, la Biblioteca Vaticana, la sagrada Piedra Negra de la Kabah, en la Meca...
Había también experiencias de las que no guardaba clara conciencia, como si hubieran sido censuradas; o
como si lo protegiera de ellas un ángel guardián. Por ejemplo ¿qué estaba haciendo en el Leakey
Memorial Musseum, en Olduvai Gorge? No tenía más interés en el origen del Hombre que en el de
cualquier otro miembro inteligente de la especie homo sapiens, y los fósiles no significaban nada para él.
Sin embargo, los famosos cráneos, protegidos como joyas en sus vitrinas de exposición, despertaban
extraños ecos en su memoria, y una excitación de la que era incapaz de responder. Había un sentimiento
de deja-vu más fuerte que cualquier otro que hubiera conocido nunca; el lugar tenía que ser familiar...
pero algo andaba mal. Era como una casa a la que uno vuelve después de estar ausente mucho tiempo, y
encuentra que los muebles han cambiado, las paredes han sido modificadas, y hasta las escaleras han sido
remodeladas.
Era un terreno frío, hostil, seco y desolado. ¿Dónde estaban las praderas fértiles y los ágiles herbívoros
que correteaban por ellas, hacía tres millones de años?
Tres millones de años. ¿Cómo lo sabía?
No hubo respuesta del silencioso eco al que había arrojado su pregunta. Pero entonces vio, cerniéndose
nuevamente sobre él, una familiar silueta negra y rectangular. Se acercó, y en sus profundidades apareció
una imagen de sombras, como un reflejo en un lago de tinta.
Los ojos tristes y asombrados que lo miraban desde atrás de aquella frente angosta y peluda se dirigían a
través de él a un futuro que nunca verían. Porque el era el futuro, cien mil generaciones adelante en el río
del tiempo La historia había comenzado aquí; por lo menos, eso ya lo entendía. Pero ¿cómo, y sobre
todo, por qué, había secretos ocultos para él?
Pero había un último deber, y era el más duro de todos. Todavía era lo suficientemente humano para
dejarlo para el final.
¿Qué estará por hacer ahora?" se preguntaba la enfermera en jefe, acercando el objetivo hacia la anciana.
"Ha probado muchas jugarretas, pero ésta es la primera vez que la veo hablando con su audífono ¡por el
amor de Dios! ¿Qué estará diciendo?
El micrófono no era lo suficientemente sensible para captar las palabras, pero eso apenas importaba. A
Jessie Bowman nunca se la había visto tan contenta y llena de paz. Aunque tenía los ojos cerrados, todo
su rostro dibujaba una sonrisa angelical, mientras sus labios seguían murmurando.
Y entonces la observadora vio algo que intentó olvidar desesperadamente, porque informarlo la
descalificaría de inmediato para la profesión de enfermera. Lentamente, a los tumbos, el cepillo que
estaba sobre la mesa se elevó en el aire como sostenido por invisibles dedos inexpertos.
En el primer intento, falló; luego, con obvia dificultad, comenzó a recorrer las largas hebras plateadas,
deteniéndose cada tanto para desenredar algún mechón.
Jessie Bowman no hablaba ahora, pero seguía sonriendo. El cepillo se movía con mayor soltura, sin los
inseguros tirones del comienzo.
La enfermera nunca supo cuánto duró. No se recobró de su parálisis hasta que el cepillo fue suavemente
devuelto a la mesa.
El Dave Bowman de diez años de edad había terminado la tarea que odiaba, pero que su madre adoraba.
Y un Dave Bowman sin edad había conseguido el primer control sobre la materia inerte.
35. REHABILITACIÓN
Se acalló el rugido proveniente desde Tierra, a través de millones de kilómetros de espacio. La
tripulación de Leonov miraba con fascinación, pero con una sensación de extrañeza, los debates en las
Naciones Unidas, las entrevistas con científicos distinguidos, las teorías de los locutores de noticieros,
los relatos fehacientes de los contradictorios testigos de OVNI. No podían contribuir en nada a aquel
barullo, desde el momento en que no habían presenciado ninguna otra manifestación. Zagadka, alias
Hermano Mayor, seguía tan indiferente a su presencia como siempre. Y era una situación irónica; habían
venido desde la Tierra para resolver un misterio... y ahora parecía que la respuesta estuviera precisamente
en el punto de partida.
Por primera vez, agradecieron la lentitud de la velocidad de la luz, y la demora de dos horas que hacía
imposibles los reportajes en vivo en el circuito Tierra-Júpiter. Aun así, Floyd había sido solicitado por
tantos medios de comunicación, que finalmente se declaró en huelga. No quedaba nada por decir, y ya lo
había dicho por lo menos una docena de veces.
Por otra parte, todavía quedaba mucho trabajo por hacer; Leonov debía ser preparada para el largo viaje
de regreso a casa, de tal manera que pudiera estar lista apenas se abriera la ventana de lanzamiento. El
margen no era crítico; aun errando por un mes, sólo prolongarían el trayecto. Chandra, Curnow y Floyd
no lo notarían siquiera, durmiendo camino al Sol; pero el resto de la tripulación estaba firmemente
dispuesto a partir tan pronto como lo permitieran las leyes de la mecánica celeste.
Discovery aún planteaba numerosos problemas. La nave apenas tenía propelente suficiente para volver a
Tierra, aun partiendo mucho después que Leonov y volando en una órbita de energía mínima; lo que le
llevaría tres años. Y eso sólo sería posible si Hal fuera programado en forma confiable para llevar a cabo
la misión sin intervención humana, exceptuando los monitores de largo alcance. Sin su cooperación,
Discovery debería ser abandonada otra vez.
Fue fascinante -en verdad, casi conmovedor- observar el firme resurgir de la personalidad de Hal, desde
un chico disminuido, pasando por un confundido adolescente, hasta llegar a un adulto levemente
condescendiente.
A Floyd le fue imposible evitar tales etiquetas antropomórficas, a pesar de saber que no eran pertinentes
en absoluto.
Y había ocasiones en que sentía que toda la situación tenía una persistente familiaridad. ¡Cuántas veces
había visto videogramas en los que adolescentes perturbados eran ayudados por geniales descendientes
de Sigmund Freud! Esa era en esencia la obra que se estaba representando a la sombra de Júpiter.
El psicoanálisis electrónico había actuado a una velocidad que estaba totalmente fuera del alcance de la
comprensión humana, con programas de cura y diagnóstico que pasaban por los circuitos de Hal a
billones de bits por segundo, detectando posibles fallas y corrigiéndolas. Aunque la mayoría de esos
programas habían sido probados con la gemela de Hal, SAL 9000, la imposibilidad de un diálogo en
tiempo real entre ambos computadores era una seria desventaja. A veces había que esperar horas si se
necesitaba verificar con Tierra antes de seguir adelante con la terapia.
Porque a pesar de todo el trabajo de Chandra, la rehabilitación del computador distaba mucho de estar
terminada. Hal mostraba numerosas particularidades y tics: en algunas ocasiones, hasta llegaba a ignorar
las palabras habladas, aunque siempre reconocía las entradas por teclado de cualquier persona. En
sentido inverso, sus salidas eran aún más excéntricas.
Había veces en que daba respuestas verbales pero no las anotaba en la pantalla. Otras, hacía ambas cosas,
pero se negaba a imprimir. No pedía excusas ni daba explicaciones; ni siquiera el obstinado e
impenetrable "prefiero no hacerlo" de Bartelby, el notario autista de Melville.
Sin embargo, no era tan desobediente como reservado, y sólo acerca de ciertos temas. Siempre se podía
lograr que cooperara finalmente: "hacerlo contar sus penas", como dijera Curnow.
No era sorprendente que Chandra comenzara a dar señales de tensión. En una famosa ocasión, cuando
Max Brailovsky revivió inocentemente una vieja burla, casi perdió los estribos.
- ¿Es cierto, doctor Chandra, que eligieron el nombre Hal para estar un paso adelante de IBM?
- ¡Eso es ridículo! La mitad de nosotros proviene de IBM y hemos estado tratando durante años de
desterrar esa historia. Yo pensaba que a esta altura toda persona inteligente sabría que H-A-L deriva de
ALgoritmo Heurístico.
Max juró haber escuchado claramente las mayúsculas.
En la opinión de Floyd, las probabilidades de que Discovery volara sana y salva de regreso a Tierra eran
de cincuenta contra una. Y entonces vino Chandra con una proposición extraordinaria.
- Doctor Floyd, ¿puedo tener una palabra con usted?
Después de tantas semanas de compartir experiencias, Chandra seguía siendo tan formal como siempre,
no sólo con Floyd, sino con toda la tripulación. Ni siquiera se dirigía a Zenia, la mascota de la nave, sin
anteponer "señorita".
- Desde luego, Chandra. ¿De qué se trata?
- He completado virtualmente el programa de las seis variaciones más probables de la órbita Hohmann de
regreso. Corrí cinco de ellas en una simulación, y no hubo ningún problema.
- Excelente. Estoy convencido de que nadie en la Tierra... en el Sistema Solar, podría haberlo hecho.
- Muy agradecido. Sin embargo, usted sabrá tan bien como yo que es imposible programar todas las
eventualidades. Hal puede funcionar, funcionará, perfectamente y será capaz de manejar cualquier
emergencia razonable. Pero hay toda una serie de accidentes triviales -fallas en el equipo periférico que
se arreglarían con apenas un destornillador, cables cortados, botones trabados- que podrían dejarlo
inerme y abortarían la misión.
- Por supuesto, está absolutamente en lo cierto, y eso me ha estado preocupando. ¿Pero qué podemos
hacer al respecto?
- En realidad es muy simple. Querría quedarme en Discovery.
La primera reacción de Floyd fue pensar que Chandra se había vuelto loco. En segunda instancia, tal vez
sólo estuviera medio loco. En verdad, tener un ser humano -aquel fabuloso arregla-problemas multiuso- a
bordo de Discovery durante todo el viaje a Tierra podía significar la diferencia entre el éxito o el fracaso.
Pero las objeciones eran terminantes.
- Es una idea interesante - contestó Floyd con extrema cautela - y ciertamente aprecio su entusiasma.
Pero, ¿pensó usted en todos los problemas?
Esa era una pregunta inocente; Chandra ya habría archivado todas las respuestas para una contestación
inmediata.
- ¡Estará solo durante más de tres años! ¿Qué haría en caso de accidente, o de una urgencia médica?
- Estoy preparado para correr ese riesgo.
- ¿Y qué hay de la comida, el agua? Leonov no tiene suficiente para prestarle.
- He verificado el sistema de reciclado de Discovery; puede volver a hacerse operable sin mucha
dificultad. Además, nosotros los hindúes nos arreglamos con poco.
No era común que Chandra aludiera a su origen, o que hiciera comentarios personales; el único caso que
recordaba Floyd era su "corazón abierto". Pero no dudó de su afirmación; Curnow había señalado una
vez que Chandra poseía ese tipo de psyche que sólo podía lograrse después de siglos de abstinencia.
Aunque sonaba como otra de las ácidas bromas del ingeniero, había sido dicho sin malicia; en verdad,
casi con simpatía; y por supuesto, cuando Chandra no escuchaba.
- Bueno, todavía nos quedan varias semanas para decidirlo. Lo pensaré, y lo consultaré con Washington.
- Muchas gracias; ¿le importa que empiece los preparativos?
- Eh... no, en absoluto; siempre y cuando no interfieran con los planes existentes. Y recuerde: Control de
Misión tendrá la decisión final.
Y ya sabía lo que diría Control de Misión. Era demente esperar que un hombre sobreviviera tres años en
el espacio, solo.
Pero, desde luego, Chandra siempre había estado solo.
36. FUEGO EN LAS PROFUNDIDADES
La Tierra ya había quedado atrás, y las inquietantes maravillas del sistema joviano se expandían
suavemente delante de él, cuando tuvo su revelación.
¡Cómo podía haber sido tan ciego; tan estúpido! Era como si hubiera estado caminando dormido; recién
ahora se estaba despertando.
“¿Quién eres?" gritó. "¿Qué quieres? ¿Por qué me has hecho esto?"
No hubo respuesta, aunque tuvo la certeza de haber sido oído. Sentía una... presencia; como cuando un
hombre, aun con los ojos cerrados, sabe que está en una habitación cerrada, y no en un espacio vacío,
abierto. Lo rodeaba el eco débil de una mentalidad vasta, de una voluntad implacable.
Volvió a llamar en el silencio reverberante, y otra vez no hubo respuesta; sólo esa sensación de un
compañero omnipresente. Muy bien: encontraría las respuestas por sí solo.
Algunas eran obvias; no importaba quién o qué fueran, estaban interesados en la Humanidad. Habían
clasificado y almacenado sus recuerdos para sus propios e inescrutables propósitos. Y ahora habían
hecho lo mismo con sus emociones más profundas, a veces con su cooperación, otras sin ella.
No estaba resentido por eso; en verdad, el mismo proceso que había vivido hacía que tales infantiles
reacciones fueran imposibles. Estaba más allá del amor y el odio y el miedo; pero no los había olvidado y
aun podía entender de qué manera regían ese mundo del cual alguna vez había formado parte. ¿Sería ése
el propósito del ejercicio? Si lo fuera ¿con qué objetivo último?
Se había transformado en Jugador de un deporte de dioses, y debía aprender las reglas mientras
avanzaba.
Las rocas recortadas de las cuatro pequeñas lunas exteriores, Sínope, Paslphae, Carme y Ananke pasaron
rápidamente a través del campo de su conciencia; luego Elara, Lysithea, Himalia y Leda a la mitad de su
distancia de Júpiter. Las ignoró a todas; ahí adelante quedaba la superficie picada de Calisto.
Una vez, dos veces orbitó el castigado globo, más grande que la propia Luna de la Tierra, mientras que
sentidos de los cuales no había sido consciente, sondeaban sus capas exteriores de hielo y polvo. Su
curiosidad fue rápidamente satisfecha; el mundo era un fósil congelado que aún mostraba las cicatrices
de colisiones que debían de haber estado a punto de destrozarlo hacía eones. Uno de los hemisferios era
un ojo de buey gigante, una serie de anillos concéntricos en que la roca sólida se había diluido en olas de
varios kilómetros de altura, bajo el golpe de algún antiguo martillazo espacial.
Segundos más tarde, estaba girando alrededor de Ganimedes. Ahora había allí un mundo mucho más
complejo e interesante; aunque estaba tan cercano a Calisto y tenía casi su mismo tamaño, su apariencia
era completamente diferente. Es verdad que había numerosos cráteres, pero la mayoría de ellos parecían
haber sido literalmente vueltos a cubrir. La formación más extraordinaria del paisaje ganimedano era la
presencia de unas líneas sinuosas, que partían de unos grupos de surcos paralelos separados por pocos
kilómetros. Estas marcas en el terreno parecían haber sido hechas por ejércitos de labradores borrachos
que hubieran recorrido la superficie del satélite de aquí para allá.
En pocas revoluciones, vio más de Ganimedes que todas las sondas espaciales enviadas desde Tierra, y
archivó el conocimiento para su uso futuro. Algún día sería importante, estaba seguro de ello, a pesar de
que no sabía por qué; y de que tampoco entendía el impulso que lo estaba conduciendo con tanta decisión
de mundo en mundo.
Y que ahora lo había conducido hasta Europa. Aunque seguía siendo un espectador pasivo, empezaba a
ser consciente de un creciente interés, una atención focalizada, una concentración de la voluntad. Aun
cuando fuera juguete de un amo invisible y no comunicativo, algunos de los pensamientos de aquella
influencia que lo controlaba se filtraban en su propia mente.
El bruñido globo que se levantaba hacia él guardaba poca semejanza con Ganimedes o Calisto. Parecía
orgánico; el reticulado de líneas que se bifurcaban e intersectaban por toda la superficie era similar a la
representación gráfica de un sistema de arterias y venas.
Los infinitos campos de hielo de intenso frío, mucho más que en el Antártico, se desplegaban delante de
él. Entonces con súbita sorpresa, vio que estaba pasando sobre los restos de una nave espacial. La
reconoció instantáneamente como la desgraciada Tsien, que tantas veces habían pasado los
video-informativos. Ahora no, ahora no... ya habría oportunidad, más adelante.
Atravesó el hielo, y penetró en un mundo tan desconocido para él como para sus conductores.
Era un mundo oceánico, con sus aguas o cultas protegidas del vacío del espacio por una costra de hielo.
En casi todos lados el hielo tenía kilómetros de espesor, pero en sectores débiles se había quebrado y se
parado. Allí se había desarrollado una breve batalla entre dos enemigos implacables que no entraban en
contacto en ningún otro sitio del Sistema Solar. La guerra entre el Mar y el Espacio terminaba en tablas;
el agua expuesta hervía y se congelaba a la vez, restaurando la armadura de hielo.
Los mares de Europa se hubieran helado completamente sin la influencia del cercano Júpiter. Su
gravedad amasaba continuamente el corazón del pequeño mundo; allí estaban trabajando las fuerzas que
convulsionaban a lo, aunque con una ferocidad mucho menor. Mientras se deslizaba entre las
profundidades, observaba en todas partes evidencias de aquella lucha entre planeta y satélite.
Y la escuchaba y sentía, en el continuo rugir y tronar de los movimientos submarinos,
en el silbido de los escapes de gas del interior, en las avalanchas de ondas de presión infrasónicas que
barrían las Planicies abisales. Comparándolos con los tumultuosos océanos que cubrían a Europa, hasta
los ruidosos mares de la Tierra eran silenciosos.
No había perdido aún su capacidad de asombro, y el primer oasis le proporcionó una deliciosa sorpresa.
Se extendía casi un kilómetro alrededor de una confusa masa de tubos y chimeneas formados por vetas
de minerales que surgían desde el interior. Saliendo de aquella parodia natural de castillo gótico, líquidos
oscuros e hirvientes pulsaban a un ritmo lento, como conducidos por el latir de un corazón poderoso. Y
como la sangre, eran la auténtica señal de la vida misma.
Los fluidos volvían a recorrer el mortalmente frío trayecto en sentido inverso, Y formaban una isla cálida
en el lecho del mar. En el mismo orden de importancia, traían desde el interior de Europa todos los
elementos químicos vitales. Allí, en un entorno en el que nadie lo hubiera esperado, había energía y
alimento en abundancia.
En realidad debería haberlo esperado: él recordaba que, hacía apenas una generación, se habían
descubierto oasis tan fértiles como ése en las profundidades oceánicas terrestres. Aquí existían en una
escala inmensamente más grande y en una variedad infinitamente mayor.
En la zona tropical cercana a las contorsionadas paredes del "castillo" había unas delicadas estructuras en
forma de araña, que parecían ser la analogía de las plantas, aunque casi todas eran capaces de moverse.
Arrastrándose entre ellas había extraños caracoles y gusanos, algunos alimentándose de las plantas, otros
obteniendo el sustento directamente de las aguas minerales que los rodeaban. Un poco más lejos de la
fuente de calor -aquel fuego submarino alrededor del cual se calentaban las criaturas- había organismos
más robustos, semejantes a cangrejos o arañas.
Ejércitos de biólogos podrían haber pasado vidas enteras estudiando aquel oasis. A diferencia de los
mares paleozoicos terrestres, éste no era un medio-ambiente estable, de manera que aquí la evolución
había progresado rápidamente, produciendo una multitud de formas fantásticas. Y todas ellas estaban en
una indefinida etapa de desarrollo: tarde o temprano, cada fuente de vida se debilitaría y moriría, a
medida que las fuerzas que la impulsaban se localizaran en otro lado.
Una y otra vez, en su deambular a través del lecho del mar europeo, se encontró con la evidencia de tales
tragedias. Incontables áreas circulares estaban cubiertas de esqueletos y restos mineralizados de criaturas
muertas; lugares en los que se habían borrado capítulos enteros del libro de la vida.
Vio enormes conchas vacías en forma de trompetas retorcidas tan grandes como un hombre. Había
moluscos de todos los tamaños, bivalvos y hasta trivalvos. Y había estructuras circulares de piedra, de
muchos metros de diámetro, que parecían una analogía exacta de las hermosas amonitas que
desaparecieran tan misteriosamente de los océanos de la Tierra al finalizar el Período Cretáceo.
Buscando, investigando, iba de un lado a otro sobre la superficie del abismo. Tal vez la mayor de las
maravillas con que se encontró haya sido un río de lava incandescente, que corría durante cien kilómetros
a lo largo de un valle sumergido. A esa profundidad la presión era tan alta que el agua, en contacto con el
rojo vivo, no podía evaporarse, y ambos líquidos coexistían en un complicado armisticio.
Allí, en un mundo diferente y con protagonistas extraños, había tenido lugar algo semejante a la historia
Egipto, aunque mucho antes del advenimiento del hombre. Así como el Nilo había llevado la vida a una
extraña porción del desierto, aquel río de calor había vitalizado las profundidades de Europa. A lo largo
de sus orillas, en una franja que nunca superaba los dos kilómetros de ancho, había evolucionado y
florecido y desaparecido especie tras especie. Y por lo menos una había dejado un monumento tras de sí.
Al principio, pensó que aquello era apenas otra incrustación de vetas minerales como las que circundaban
casi todas las vertientes termales. Sin embargo, a medida que se acercaba vio que no se trataba de una
formación natural, sino de una estructura creada por la inteligencia. O tal vez por el instinto; en la Tierra,
las termitas construían castillos igualmente imponentes, y la tela de araña tenía un diseño más exquisito
aún.
Las criaturas que habían vivido allí debían de haber sido bastante pequeñas, ya que la única entrada tenía
apenas medio metro de ancho. Aquella entrada -un túnel grueso, construido con rocas superpuestasexplicaba
las intenciones de sus diseñadores. Habían erigido una fortaleza, allí en el centelleante fulgor
cercano a las riberas de su ardiente Nilo. Y luego habían desaparecido. . No podían haberse ido hacía
más de unos pocos siglos. Las paredes de la fortaleza, construidas con rocas irregulares que debían haber
sido recolectadas con gran esfuerzo, apenas estaban cubiertas por una delgada costra de depósitos
minerales. Existía un indicio que sugería la razón del abandono: parte del techo se había derrumbado, a
causa tal vez de los continuos maremotos; y en un ambiente submarino, una fortaleza sin techo estaba
muy expuesta a cualquier enemigo.
No encontró a lo largo del río de lava ningún otro signo de inteligencia. Sin embargo, una vez vio algo
extrañamente similar a un hombre que se arrastraba, excepto que no tenía ojos ni fosas nasales; sólo una
enorme boca sin dientes que se abría y cerraba permanentemente, absorbiendo el sustento del medio
líquido que lo rodeaba.
Podrían haberse levantado y caído culturas enteras y hasta civilizaciones; ejércitos completos podrían
haber marchado (o nadado) al mando de Tamberlanes o Napoleones europeos, a lo largo de aquella
franja de fertilidad que corría en las profundidades desiertas. Y el resto del mundo no se habría enterado
nunca, pues todos aquellos oasis de calor estaban tan aislados uno de otro como lo están los planetas. Las
criaturas que se calentaban a la vera del río de lava, y se alimentaban en los cálidos refugios, no podían
atravesar las soledades hostiles que separaban sus islas solitarias. Si habían producido historiadores y
filósofos, cada cultura habría estado convencida de que se encontraba sola en todo el Universo.
Pero el espacio que mediaba entre los oasis no estaba del todo desprovisto de vida; criaturas más
vigorosas se habían atrevido a soportar sus rigores. Nadando siempre hacia adelante, allí estaban los
equivalentes europeos de los peces terrestres, verdaderos torpedos hidrodinámicos impulsados por colas
verticales y timoneados por aletas que se extendían a lo largo de todo su cuerpo. La analogía con los más
exitosos depredadores de los océanos de la Tierra era inevitable; dados los mismos problemas de
ingeniería, la evolución presentaba soluciones similares.
Así lo atestiguaban el delfín y el tiburón: exteriormente idénticos, pero en verdad, tan lejanos en las
ramas del árbol de la vida.
Existía, sin embargo, una diferencia obvia entre los peces de Europa y los terrestres: a aquéllos no tenían
agallas, ya que no había casi oxígeno que extraer de las aguas en las que nadaban. Al igual que las
criaturas de las fuentes geotermales de la Tierra, su metabolismo se basaba en compuestos sulfúricos,
presentes en abundancia en un medio ambiente casi volcánico.
Y muy pocos tenían ojos. Exceptuando el brillo de los esporádicos manantiales de lava, o las ocasionales
explosiones de bioluminiscencia de alguna criatura en busca de pareja, o algún cazador detrás de su
presa, aquél era un mundo sin luz.
Y sentenciado. No sólo sus fuentes de energía eran esporádicas y cambiantes, sino que también se
debilitaban las fuerzas internas que las provocaban. Aunque desarrollaran una real inteligencia, los
europeos perecerían con el congelamiento total de su mundo.
Estaban atrapados entre el fuego y el hielo.
37. SEPARACIÓN
... Lamento de corazón, amigo, tener que darte tan mala noticia; pero Caroline me lo pidió, y tú ya sabes
lo que siento por los dos.
"Y no creo que haya sido una sorpresa. Algunos de los comentarios que me hacías el año pasado
permitían preverlo... y te acordarás qué amargada se quedó cuando abandonaste la Tierra.
"No, no creo que haya alguien más. Si lo hubiera me lo habría dicho... Pero tarde o temprano... en fin, es
una mujer joven y atractiva.
"Chris se encuentra muy bien, y desde luego que no sabe lo que sucede. Al menos él no resultará
lastimado. Es demasiado pequeño para comprender, y los niños son increíblemente... ¿elásticos? No...
aguarda, tendré que repasar el diccionario, ¡ah! adaptables.
"Ahora vamos a lo que puede parecerte menos importante. Todos siguen intentando hacer pasar la
detonación de esa bomba por un accidente, pero nadie lo cree. La histeria general ha amainado, ya que no
sucedió nada más; nos ha quedado lo que uno de sus comentaristas llamó el síndrome de “mirar por sobre
el hombro”.
"y alguien ha encontrado un poema de cien años de antigüedad que resume tan bien la situación que todo
el mundo lo cita. Transcurre en los últimos días del Imperio Romano, en la entrada de una ciudad que
espera que lleguen los invasores. El emperador y sus signatarios están alineados, vistiendo sus togas más
lujosas, listos los discursos de bienvenida. El senado ha cerrado, ya que cualquier ley que promulgue ese
día será ignorada por los nuevos amos.
"De pronto, llega una noticia terrible desde la frontera: No hay tales invasores. El comité de recepción se
desarma en la confusión: todos vuelven a sus casas murmurando con desilusión: “¿Qué pasará ahora?
Esa gente era una forma de solución”.
"Sólo es preciso un pequeño cambio para actualizar el poema. El título es “A la Espera de los Bárbaros”,
y esta vez, los bárbaros somos nosotros. Y no sabemos qué estamos esperando, pero, por cierto, todavía
no ha Regado.
"Otra cosa. ¿Te enteraste de que la madre del comandante Bowman murió pocos días después de que la
cosa llegara a la Tierra? En verdad parece una coincidencia demasiado extraña, pero el personal del
hogar en que vivía dijo que ella nunca había demostrado el menor interés por las noticias, así, pues, no
pudo haberla afectado."
Floyd apagó el grabador. Dimitri estaba en lo cierto; aquello no lo tomó por sorpresa. Pero no hacía la
más mínima diferencia: hería muy profundo, de todos modos.
¿Qué otra cosa podría haber hecho? Si se hubiera negado a la misión -como evidentemente había
esperado Caroline- se habría sentido culpable e insatisfecho por el resto de su vida. Eso habría
envenenado su matrimonio; era mejor esta ruptura abierta, cuando la distancia física aliviaba el dolor de
la separación (¿o lo aumentaba? En cierta forma, empeoraba las cosas). Era más importante el deber, y el
sentirse parte de un equipo consagrado a una única meta.
Así que Jessie Bowman se había ido. Tal vez aquello fuera otra cosa por la que sentirse culpable. El
había ayudado a robar al único hijo que le quedaba, y eso debía de haber contribuido a su
desmoronamiento mental. Inevitablemente, se acordó de una discusión que había comenzado Walter
Curnow, sobre aquel mismo tema.
- ¿Por qué tuvieron que elegir a Dave Bowman? Siempre me pareció un pez frío; no precisamente
odioso, pero siempre que entraba a algún lado, la temperatura parecía descender diez grados.
- Ésa fue una de las razones. No tenía lazos familiares profundos, excepto su madre, a la que veía poco.
Era ésa la clase de hombre que necesitábamos para enviarlo en una misión larga, de duración
imprevisible.
- ¿Cómo llegó a ser así?
- Supongo que eso podrían decírtelo los psicólogos. Yo vi su ficha, por supuesto, pero eso fue hace
mucho tiempo. Había algo de un hermano muerto; y su padre también murió poco después, en un
accidente, durante los primeros vuelos espaciales de cabotaje. Se supone que no debería contarte esto,
pero, evidentemente, ahora ya no importa.
No importaba, pero era interesante. Ahora Floyd casi envidiaba a Dave Bowman, que había llegado hasta
ese mismo lugar como un hombre libre, sin ataduras emocionales con la Tierra.
No... se estaba engañando a sí mismo. A pesar de que el dolor le estrujaba el corazón como una prensa,
lo que sentía por David Bowman no era envidia, sino lástima.
38. PAISAJE DE ESPUMA
La última bestia que vio, antes de dejar los océanos de Europa, era sin duda la más grande. Tenía una
gran semejanza con los banianos de los trópicos terrestres, cuya gran cantidad de troncos permite que un
solo ejemplar pueda producir un bosque que abarque varios centenares de metros cuadrados. Sin
embargo, el espécimen estaba caminando, al parecer en una travesía entre dos oasis. Si aquella criatura
no era como la que había destruido Tsien, seguramente pertenecía a una especie muy similar.
Ya había aprendido todo lo que necesitaba saber; o, mejor, todo lo que ellos necesitaban saber. Aún
quedaba una luna por visitar; segundos más tarde, tenía frente a sí al ardiente paisaje de lo.
Era como lo había esperado. Había alimento y energía en abundancia, pero todavía no había llegado el
momento de su unión. Alrededor de los lagos de azufre menos calientes, se habían dado los primeros
pasos en el camino de la vida; pero antes de que se alcanzara cualquier grado de organización, el
prematuro intento volvía a ahogarse en el caldero. Hasta que las fuerzas internas que alimentaban las
hogueras de lo no perdieran su ferocidad, dentro de millones de años, no habría en aquel mundo
carbonizado y esterilizado nada de interés para los biólogos.
Se demoró poco tiempo en lo, y absolutamente nada en las pequeñas lunas interiores que rodeaban los
fantasmales anillos de Júpiter, pálidas sombras de esa gloria que eran los de Saturno. Delante de él estaba
el mayor de los mundos; lo iba a conocer como ningún hombre lo había conocido, ni lo conocería.
Las líneas de fuerza magnética de diez millones de kilómetros de longitud, las repentinas explosiones de
ondas de radio, los geysers de plasma electrificado más grandes que la Tierra; todo aquello era tan real y
tan claramente perceptible para él como las nubes que rodeaban al planeta en una gloria multicolor.
Comprendía la compleja estructura de sus interacciones, y así entendió que Júpiter era mucho más
fabuloso de lo que nadie había imaginado.
A medida que fue cayendo a través del rugiente corazón del Gran Punto Rojo, con aquellas luminosas
tormentas eléctricas del tamaño de un continente detonando a su alrededor, supo por qué había perdurado
a través de los siglos, a pesar de que lo componían gases de menor densidad que los que formaban los
huracanes terrestres. El leve silbido del viento de hidrógeno se desvaneció mientras se sumergía en las
profundidades más tranquilas, y desde las alturas descendió una llovizna de copos de nieve cerúlea, que
se aglutinaban en verdaderas montañas de nieve hidrocarbónica, escasamente palpable. La temperatura
era suficientemente alta como para que existiera agua líquida, pero no había océanos; ese ambiente
enteramente gaseoso era demasiado tenue para sostenerlos.
Descendió nivel tras nivel de nubes, hasta que entró a una región de tal claridad que hasta la vista
humana podría haber abarcado un área de más de cien kilómetros de ancho. Eso era apenas un remolino
menor en el vasto torbellino del Gran Punto Rojo; y guardaba un secreto que los hombres habían
sospechado durante mucho tiempo, pero nunca habían confirmado.
Rodeando las laderas de las montañas espumosas había miríadas de nubes pequeñas, claramente
delineadas, casi del mismo tamaño, y decoradas con manchas similares, rojas y marrones. Sólo eran
pequeñas si se las comparaba con la escala inhumana de los alrededores; la más chica hubiera cubierto
una gran ciudad.
Evidentemente estaban vivas, porque se movían con deliberada lentitud sobre los flancos de las montañas
aéreas, paciendo como colosales ovejas. Y se llamaban unas a otras en un único ancho de banda de un
metro, con emisiones débiles pero claras, que sobresalían de entre los crujidos y descargas estáticas del
mismo Júpiter. Eran apenas bolsas vivientes de gas, que flotaban en la zona estrecha que mediaba entre
las heladas alturas y las ardientes profundidades. Dominio estrecho, sí... pero bastante más amplio que
toda la biósfera de la Tierra.
No estaban solas. Entre ellas había otras criaturas tan pequeñas que podrían haber pasado inadvertidas.
Algunas de ellas guardaban una extraña semejanza con las aeronaves terrestres, y tenían
aproximadamente el mismo tamaño. Pero también estaban vivas; tal vez fueran predadores, parásitos, o
hasta pastores.
Delante de él se abría un nuevo capítulo de la evolución, tan extraño como el que había observado en
Europa. Había torpedos impulsados por reacción, similares a los calamares de los océanos terrestres, que
perseguían y devoraban a aquellas enormes bolsas de gas. Pero los globos no estaban indefensos; algunos
contraatacaban con descargas eléctricas y tentáculos con garras, que parecían cadenas dentadas de varios
kilómetros de longitud.
También había figuras aún más extrañas, que mostraban todo tipo de geometría posible: extraños
barriletes traslúcidos, tetraedros, esferas, poliedros, cintas arrolladas y anudadas... El plancton gigantesco
de la atmósfera joviana había sido diseñado para flotar como telaraña en las corrientes ascendentes, hasta
haber vivido lo suficiente para reproducir; entonces podría ser arrastrado hacia las profundidades para ser
carbonizado y reciclado en una nueva generación.
Estaba explorando un mundo más de cien veces más vasto que la Tierra, y aunque había visto muchas
maravillas, no existía nada que indicara inteligencia. Las emisiones de radio de los grandes balones sólo
llevaban mensajes sencillos, de aviso o de miedo. Inclusive los cazadores, de los cuales se podría haber
esperado que hubieran alcanzado grados más altos de organización, eran como los tiburones de los
océanos de la Tierra: primitivos autómatas.
Y a pesar de su exotismo y su apabullante tamaño, la biósfera de Júpiter era un mundo frágil, un lugar de
niebla y espuma, de hilos plateados y de delgados tejidos formados por la continua nevada de sustancias
petroquímicas que provocaba el relampagueo de la atmósfera superior. Pocas de estas estructuras eran
más densas que una pompa de jabón; los más tremendos predadores podrían ser destrozados por el más
débil de los carnívoros de la Tierra.
Júpiter era -como Europa pero en mayor escala- un callejón sin salida para la evolución. Allí nunca
emergería la conciencia; y si lo hiciera, estaría sentenciada a una existencia atrofiada. Se podría
desarrollar una cultura estrictamente aérea, pero, en un ambiente en el que el fuego era imposible y
apenas existían los sólidos, no podría alcanzar ni siquiera la Edad de Piedra.
Y ahora, mientras se mantenía sobre el centro de un ciclón joviano apenas más grande que África, volvió
a percibir aquella presencia que lo controlaba. En su propia conciencia se filtraban emociones y humores,
aunque no lograba identificar ningún concepto o idea. Era como si escuchara una conversación a través
de la puerta, y en una lengua que él no podía entender. Pero los sonidos apagados insinuaron claramente
desilusión, luego incertidumbre, y finalmente una repentina determinación... aunque no podía decir para
qué propósito. Una vez más se sintió como un perro faldero, capaz de compartir los cambios de ánimo de
su amo, pero no de comprenderlos.
Y la invisible correa lo arrastraba hacia el corazón de Júpiter. Se estaba sumergiendo entre las nubes,
bajo un nivel a partir del cual toda forma de vida era posible.
Pronto estuvo fuera del alcance de los últimos rayos provenientes del Sol distante y débil. La presión y la
temperatura se elevaban rápidamente; ya estaba por encima del punto de ebullición del agua, y pasó
brevemente a través de una capa de vapor sobrecalentado. Júpiter era como una cebolla, y él iba pelando
capa a capa, aunque recién había reconocido una pequeña porción de la distancia al centro.
Bajo el vapor había un aquelarre de elementos petroquímicos, con energía suficiente para alimentar
durante un millón de años a todos los motores de combustión interna que la humanidad pudiera haber
construido jamás. El ambiente se fue haciendo más denso; de pronto, casi abruptamente, se cortó en una
discontinuidad de pocos kilómetros de espesor.
Más pesado que cualquier roca de la Tierra y, sin embargo, líquido, el próximo nivel estaba constituido
por compuestos de carbono y siliconas de una complejidad tal, que hubieran ofrecido trabajo a
generaciones enteras de químicos. A través de los kilómetros, se sucedía una capa tras otra, pero a
medida que las temperaturas se elevaban a cientos, y luego a miles de grados, la composición de los
diversos estratos se fue haciendo más y más simple. A mitad de camino hacia el núcleo, ya estaba
demasiado caliente para la química; todos los compuestos se habían disgregado, y sólo podían existir los
elementos básicos.
Siguió un profundo mar de hidrógeno; pero un hidrógeno como nunca había existido durante más de una
pequeña fracción de segundo en ningún laboratorio de la Tierra. Este hidrógeno soportaba una presión
tan enorme que se transformaba en metal. Metamorfosis instantánea.
Ya casi había alcanzado el centro del planeta, pero Júpiter aún tenía una sorpresa preparada. La gruesa
concha de hidrógeno metálico, aunque fluido, terminó en forma abrupta. Al final, existía una superficie
sólida, a sesenta mil kilómetros de profundidad.
Durante siglos, el carbono formado en las reacciones químicas de la superficie se había ido depositando
en el centro del planeta. Allí se acumuló y cristalizó, a una presión de millones de atmósferas. Y allí,
como una suprema broma de la Naturaleza, existía algo sumamente precioso para la humanidad.
El corazón de Júpiter, eternamente más allá del alcance del Hombre, era un diamante del tamaño de la
Tierra.
39. EN EL HANGAR DE LAS ARVEJAS
- Walter, me preocupa Heywood.
- Lo sé, Tanya; pero ¿qué podemos hacer?
Curnow nunca había visto a la comandante Orlova tan indecisa; la hacía mucho más atractiva, no
obstante sus prejuicios contra las mujeres menudas.
- Lo aprecio mucho, pero ésa no es la razón. Su... melancolía, supongo que ésa es la palabra más
apropiada, está afectando a todos. Leonov ha sido una nave alegre. Y quiero que siga siéndolo.
- ¿Por qué no hablas con él? Te respeta, y estoy seguro de que hará lo posible para salir adelante.
- Eso es lo que pienso hacer. Y si no funciona...
- ¡¿Qué?!
- Hay una solución muy sencilla. ¿Qué más puede hacer en este viaje? De todos modos estará en
hibernación cuando partamos de regreso a casa. Podríamos... ¿cómo dicen ustedes?, adelantar un poco
los acontecimientos.
- ¡Fiu!, el mismo sucio truco que usó Katerina conmigo. Estará furioso cuando se despierte.
- Pero también a salvo en Tierra, y muy ocupado. Estoy segura de que nos lo perdonará.
- No creo que hables en serio. Aun cuando yo te respaldara, Washington pondría el grito en el cielo.
Además, supón que suceda algo, y que realmente lo necesitáramos. ¿No hay un período crítico de dos
semanas, antes de poder revivir a alguien sin complicaciones?
- A la edad de Heywood, es de más de un mes. Sí, estaríamos... en una situación comprometida. ¿Pero
qué crees que pueda suceder ahora? Ya ha terminado el trabajo para el que lo han enviado, además de
vigilamos. Y estoy segura de que tú has sido bien asesorado al respecto en algún oscuro suburbio de
Virginia o Maryland.
- No lo afirmo ni lo niego. Y francamente, sería un agente secreto muy pobre. Hablo demasiado, y odio
la Seguridad. He luchado toda mi vida para mantener mi rango por debajo de RESTRINGIDO. Cada vez
que hubo peligro de que lo reclasificaran CONFIDENCIAL o, peor aún, SECRETO, he armado un
escándalo. Aunque hoy en día eso se está volviendo muy difícil.
- Walter, eres incorrupt...
- Incorregible?
- Sí, eso quería decir. Pero, por favor, volvamos a Heywood. ¿No prefieres hablarle tú primero?
- ¿Quieres decir... darle una arenga? Prefiero ayudar a Katerina a colocarle la aguja. Nuestras psicologías
son demasiado diferentes. Él cree que soy un payaso bocón.
- Y a menudo lo eres. Pero sólo para ocultar tus auténticos sentimientos. Algunos de nosotros hemos
desarrollado la teoría de que en lo profundo de ti hay una persona realmente agradable, pugnando por
salir.
Por una vez, Curnow se quedó sin palabras. Finalmente murmuró:
- Oh, bien... haré lo que pueda. Pero no esperes milagros; mi test dio cero en tacto. ¿Dónde se esconde
ahora?
- En el Hangar de las Arvejas. Dice que está terminando su informe final, pero yo no le creo. Sólo trata
de alejarse de nosotros, y ése es el lugar más tranquilo.
Esa no era la razón, aunque también fuera importante. A diferencia del giróscopo, donde tenía lugar casi
toda la acción a bordo de Discovery, el Hangar de las Arvejas era un ambiente de gravedad cero.
Desde el principio de la Era Espacial, los hombres habían descubierto la euforia de la falta de peso y
recordaron la libertad que habían perdido al abandonar el antiguo útero del mar. Sin gravedad, se había
recuperado parte de aquella libertad; con la pérdida del peso se iban muchas de las responsabilidades y
penas de la Tierra.
Heywood Floyd no había olvidado su dolor, pero allí era más soportable; cuando fue capaz de analizar el
asunto en forma objetiva, se sorprendió de la violencia de su reacción ante un suceso que no era del todo
inesperado. Involucraba algo más que la pérdida del amor, aunque ésa era la peor parte. El golpe había
llegado cuando él estaba particularmente vulnerable, en el mismo momento en que tenía una sensación
de anticlímax, inclusive de futilidad.
Y sabía, precisamente, por qué. Había conseguido llevar a cabo lo que se esperaba que él hiciera, gracias
a la idoneidad y cooperación de sus colegas (y ahora, con su egoísmo, les estaba fallando, lo sabía). Si
todo iba bien -¡esa letanía de la Era Espacial! - volverían a Tierra con un acopio de conocimientos tal
como nunca había logrado expedición alguna y, en pocos años, hasta la perdida Discovery sería devuelta
a sus constructores.
Pero no era suficiente. Allí quedaba el sobrecogedor enigma de Hermano Mayor, a unos pocos
kilómetros de distancia, burlándose de todas las expectativas y logros humanos. Igual que su análogo de
la Luna hacía una década, había tomado vida durante un instante, y se había vuelto a encerrar en una
obstinada inactividad. Era una puerta cerrada a la que habían golpeado en vano. Sólo David Bowman,
eso parecía, había encontrado la llave.
Tal vez eso explicara la atracción que sentía por aquel lugar tranquilo, y hasta misterioso. Desde allí
-ahora una vacía plataforma de lanzamiento- Bowman había partido en su última misión, a través de la
escotilla circular que conducía al infinito.
Ese pensamiento le pareció risible, más que deprimente; ciertamente contribuía a distraerle de sus
problemas personales. La malograda melliza de Nina formaba parte de la historia de la exploración
espacial; había viajado, según decía el gastado cliché que siempre hacía evocar una sonrisa, y también la
vigencia de su verdad fundamental: "adonde no había ido jamás ningún hombre..." ¿Dónde estaría ahora?
¿Lo sabría alguna vez?
A veces se sentaba durante horas en la cápsula estrecha, pero no asfixiante, tratando de unir sus ideas,
eventualmente, dictando algunas notas; y el resto de los tripulantes respetaba su privacidad, y
comprendía su necesidad. Nunca se acercaban al Hangar de las Arvejas, y tampoco tenían por qué
hacerlo. Su reacondicionamiento era una tarea para el futuro, y para otro equipo.
Una o dos veces, cuando estaba realmente deprimido, se sorprendió pensando: "¿Y si ordenara a Hal que
me abriera la puerta, y saliera tras las huellas de Dave Bowman? ¿Sería agraciado con el milagro que él
vio y que alcanzó a vislumbrar Vasili? Eso resolvería todos mis problemas..."
Aun cuando el recuerdo de Chris no lo detuviera, había una razón excelente por la que tal movimiento
suicida estaba fuera de discusión. Nina era un equipo muy complejo y él no podía operarla, como
tampoco podía pilotear un avión de combate.
No era un explorador muy intrépido: aquella singular fantasía quedaría sin realizarse.
Walter Curnow nunca había aceptado una misión con más resistencia. Sentía una pena real por Floyd,
pero al por la angustia del otro. Su mismo tiempo, impaciencia
propia vida emotiva era amplia, pero poco profunda; nunca había jugado todo su dinero a un solo
caballo. Más de una vez le habían dicho que abarcaba demasiado y, aunque nunca se había arrepentido
por ello, estaba comenzando a pensar que debería sentar cabeza.
Tomó por el atajo a través del centro de control del giróscopo, y notó que el Indicador de Máxima
Velocidad seguía parpadeando en forma idiota. Gran parte de su trabajo consistía en decidir cuándo
podía ignorarse las alarmas, cuándo eran fácilmente manejables... y cuándo debían ser tratadas como
verdaderas emergencias. Si prestara atención a cada grito de auxilio de la nave nunca terminaría ningún
trabajo.
Se deslizó a lo largo del estrecho corredor que conducía al Hangar, impulsándose con toques ocasionales
contra las paredes tubulares. El barómetro anunciaba que detrás de la esclusa había vacío, pero él no se
engañaba. Pisaba sobre seguro; si la aguja tuviera razón, no podría haber abierto la puerta.
Ahora que faltaban dos de las tres cápsulas, el lugar parecía vacío. Sólo operaban unas pocas luces de
emergencia, y en la otra pared de enfrente, uno de los gran angulares de Hal lo miraba fijo. Curnow lo
saludó con la mano, pero sin hablar. Por orden de Chandra, seguían desconectadas todas las entradas de
audio, menos una que sólo él utilizaba.
Floyd estaba sentado en la cápsula, de espaldas a la portezuela, dictando unas notas y se volvió con
suavidad al percibir la presencia deliberadamente ruidosa de Curnow. Por un instante, los dos hombres se
observaron en silencio, y enseguida Curnow anunció pomposamente:
- Doctor Heywood Floyd, soy portador de los saludos de nuestra bien amada comandante. Ella considera
que ya es hora de que regrese usted al mundo civilizado.
Floyd sonrió con tristeza, y soltó una pequeña risa.
- Devuélvele los míos, por favor. Lamento haber estado tan... insociable. Los veré a todos en el Soviet de
las 18:00.
Curnow se aflojó; su introducción había funcionado.
Personalmente, consideraba a Floyd como una persona demasiado estirada, y sentía esa tolerancia del
ingeniero para con los científicos teóricos y los burócratas. Floyd tenía una ubicación elevada en ambas
categorías, y era un blanco irresistible para el particular sentido del humor de Curnow. Aun así, los dos
hombres habían aprendido a respetarse, y hasta a admirarse mutuamente.
Cambiando el tema con agradecimiento, Curnow pasó suavemente la mano por la flamante portezuela de
Nina, que contrastaba vívidamente con el resto del gastado exterior de la cápsula, y continuó:
- Me pregunto cuándo volveremos a enviarla al exterior - dijo -. Y quién la conducirá esta vez. ¿Alguna
decisión?
- No. Washington se anda con pies de plomo. Moscú sugiere que juguemos una carta. Y Tanya prefiere
esperar.
- ¿Tú qué crees?
- Estoy de acuerdo con Tanya. No deberíamos interferir con Zagadka hasta no estar listos para partir. Si
entonces algo funciona mal, tendremos alguna probabilidad más a nuestro favor.
Curnow parecía pensativo, Y desusadamente vacilante.
- ¿Qué Pasa? - preguntó Floyd, notando un cambio en su ánimo -
- No lo divulgues, pero Max estaba pensando en una expedición monotripulada.
- No puedo creer que estuviera hablando en serio. No se hubiera atrevido... Tanya lo pondría entre rejas.
- Yo le dije más o menos lo mismo.
- Me ha decepcionado; pensé que era más maduro. Después de todo, tiene treinta Y dos años.
- Treinta y uno. De todos modos, le saqué la idea de la cabeza. Le recordé que esto es la vida real, no
algún videodrama estúpido en el que el héroe se lanza al espacio sin decir nada a sus compañeros y
realiza el Gran Descubrimiento.
Ahora le tocó a Floyd sentirse incómodo. Después de todo, él mismo había estado pensando en algo
parecido.
- ¿Estás seguro de que no intentará nada?
- En un doscientos por ciento. ¿Recuerdas las precauciones que tomaste con Hal? Bien, yo he tomado las
mías con Nina. Nadie volará en ella sin mi autorización.
- Todavía no puedo creerlo. ¿Estás seguro de que Max no te estaba tomando el pelo?
- Su sentido del humor no es tan sutil. Además, se sentía bastante desdichado en esos momentos.
- Oh... ahora entiendo. Debe haber sido cuando tuvo esa discusión con Zenia. Supongo que estaría
tratando de impresionarla. De todas maneras, parece que ya se han arreglado.
- Eso me temo - contestó Curnow de costado. Floyd no pudo evitar una sonrisa, Curnow lo advirtió, y
comenzó a reír entre dientes, lo que hizo que Floyd soltara una carcajada, lo que a su vez...
Fue un magnífico ejemplo de retroalimentación positiva, en un loop de alto rendimiento. En pocos
segundos, ambos reían descontroladamente.
La crisis estaba superada. Y más aún, habían dado el primer paso hacia una auténtica amistad.
Habían intercambiado debilidades.
40. "DAISY, DAISY...
La esfera de conciencia en que estaba encerrado incluía todo el corazón de diamante de Júpiter. Tenía la
lejana noción, casi en los límites de su nueva comprensión, de que cada aspecto del ambiente que lo
rodeaba estaba siendo probado y analizado. Enormes cantidades de datos estaban siendo acumulados, no
sólo para su almacenamiento y análisis, sino para la acción. Se consideraban y evaluaban planes
complejos; se estaban adoptando decisiones que podrían afectar el destino de los mundos. El todavía no
era parte del proceso; pero lo sería.
AHORA ESTAS COMENZANDO A COMPRENDER.
Fue el primer mensaje directo. Aunque sonaba remoto y distante, como a través de una nube, estaba
dirigido indubitablemente hacia él. Antes de que pudiera formular alguna de las miles de preguntas que
le vinieron a la mente, hubo una sensación de desaparición, y una vez más se quedó solo.
Pero sólo por un momento. Pronto le llegó otro pensamiento, más cercano y más claro, y por primera vez
cayó en la cuenta de que había más de una entidad que lo controlaba y manipulaba. Estaba a merced de
toda una jerarquía de inteligencias, algunas tan cercanas a su propio nivel primitivo como para oficiar de
intérpretes. O tal vez fueran diferentes aspectos de un mismo ser.
O tal vez la distinción no tuviera ningún sentido.
Sin embargo, había algo de lo que estaba seguro. Estaba siendo utilizado como una herramienta, y una
buena herramienta tiene que ser afilada, modificaba.. adaptada. Y las mejores herramientas eran aquellas
que comprendían lo que estaban haciendo.
Ahora lo estaba aprendiendo. Era un concepto vasto y pavoroso, y él era parte privilegiada del mismo,
aunque sólo estuviera al tanto de sus lineamientos más generales. No le quedaba sino obedecer, lo que no
implicaba que de hiera acatar cada detalle, sin protestar al menos.
Todavía no había perdido su esencia humana, porque de tal manera sería inútil. El alma de David
Bowman había superado el amor humano, pero seguía sintiendo compasión por aquellos que habían sido
sus colegas.
MUY BIEN, fue la respuesta que le llegó. No pudo precisar si el mensaje contenía una divertida
condescendencia, o una indiferencia absoluta. Pero no había dudas sobre su majestuosa autoridad cuando
continuó: NO DEBEN SABER NUNCA QUE ESTÁN SIENDO MANEJADOS. ESO
DESVIRTUARÍA EL PROPÓSITO DEL EXPERIMENTO.
Sobrevino un silencio que no se animó a interrumpir otra vez. Aún seguía conmocionado y amedrentado;
como si, por un instante, hubiera escuchado la voz de Dios.
Ahora se movía bajo su absoluta voluntad, hacia un objetivo que él mismo había elegido. El corazón
cristalino de Júpiter quedó bien atrás; los estratos sucesivos de helio, hidrógeno y compuestos carbónicos
pasaron rápidamente. Tuvo una fugaz imagen de una gran batalla entre algo parecido a una medusa, de
cincuenta kilómetros de diámetro, y un enjambre de discos giratorios que se movía con más velocidad
que nada que hubiera visto en los cielos jovianos. La medusa parecía defenderse con armas químicas; de
tanto en tanto emitía chorros de gas coloreado, y los discos alcanzados por el vapor comenzaban a
temblar como borrachos, para deslizarse hacia abajo como hojas muertas y desaparecer de la vista. No se
detuvo a esperar el resultado; sabía que no importaba quién fuera el vencedor, y quién el sometido.
Como un salmón que remonta una cascada, voló de Júpiter a lo en segundos, contra corrientes eléctricas
descendentes del tubo de flujo. Ese día estaba tranquilo: entre planeta y satélite circulaba una intensidad
apenas equivalente a la de unas pocas tormentas eléctricas terrestres. El portal a través del cual había
regresado seguía flotando en aquella marea, sosteniéndolo como lo había estado haciendo desde el alba
de la Humanidad.
Y allí, completamente empequeñecido por el monumento a una tecnología superior, estaba el navío que
lo había traído desde su pequeño mundo de nacimiento.
Qué simple - ¡qué tosco! - parecía ahora. De un solo vistazo, detectó innumerables y absurdos defectos
en su diseño, y en el de la nave levemente menos primitiva a que estaba unido por una manga flexible y
hermética.
Era difícil concentrarse en el puñado de entidades que habitaban en las dos naves; apenas podía
interactuar con esas débiles criaturas de carne y hueso que se deslizaban como fantasmas entre los
corredores y cabinas de metal. Ellos, por su parte, permanecían ajenos por completo a su presencia, y
pensó que era mejor eso que revelarse abruptamente.
Pero había alguien con quien podía comunicarse en un lenguaje mutuo de campos y corrientes
electromagnéticas, millones de veces mas velozmente que con los perezosos cerebros orgánicos.
Aunque hubiera sido capaz de experimentar resentimiento, no habría sentido ninguno para con Hal;
ahora entendía que el computador sólo había elegido lo que consideraba la manera más lógica de
comportamiento.
Era tiempo de reanudar una conversación que parecía haber sido interrumpida sólo hacía unos instantes.
- Abre la puerta del Hangar de las Arvejas, Hal.
- Lo siento, Dave... no puedo hacer eso.
- ¿Cuál es el problema, Hal?
- Creo que lo sabes tan bien como yo, Dave. Esta misión es demasiado importante para que tú la
expongas al fracaso.
- No sé de qué estás hablando. Abre la puerta del Hangar.
- Esta conversación no puede servir a ningún propósito futuro. Adiós, Dave...
Vio el cuerpo distante de Frank Poole flotar hacia Júpiter, mientras dejaba inconclusa su inútil misión de
recuperación. Aún recordando la rabia que sintió contra sí mismo por haberse olvidado el casco, observó
la escotilla de emergencia, sintió el cosquilleo del vacío en la piel que ya no poseía, escuchó explotar sus
oídos... y entonces conoció, como pocos hombres habían conocido, el absoluto silencio del espacio.
Durante quince eternos segundos luchó para cerrar la escotilla y comenzar la secuencia de
represurización, mientras intentaba ignorar los síntomas de alarma que se filtraban en su cerebro. Una
vez, en el laboratorio del colegio, había derramado éter sobre su mano y había sentido el contacto del frío
glacial al evaporarse el líquido rápidamente. Ahora sus ojos y labios recordaban aquella sensación de
cuando hirvió gélidamente en el vacío; la vista se le nubló y tenía que parpadear de continuo para que las
pupilas no se solidificaran por el frío.
Entonces -bendito alivio- sintió el rugido del aire, la restauración de la presión, Y pudo respirar con
bocanadas profundas, hambrientas.
- ¿Qué crees que estás haciendo, Dave?
No contestó, mientras avanzaba con firme determinación a lo largo del túnel que conducía a la cabina
sellada que contenía el cerebro del computador. Hal había dicho la verdad: "Esta conversación no puede
servir a ningún propósito futuro..."
- Dave, ...realmente pienso que merezco una respuesta.
- Dave, puedo notar que estás muy nervioso. Honestamente, creo que deberías calmarte, tomar una
píldora contra la tensión, y reconsiderar el asunto.
- Sé que últimamente he tomado algunas decisiones poco eficaces, pero puedo asegurar completamente
que mi funcionamiento volverá a la normalidad.
Sigo teniendo la máxima confianza en el éxito de la misión y quiero ayudarte".
Ahora estaba en la pequeña cámara iluminada de rojo, con sus columnas e hileras de unidades de estado
sólido perfectamente alineadas, semejante al depósito de cajas de seguridad de un Banco. Accionó la
palanca de seguridad, marcada RETROALIMENTACIÓN COGNOSCITIVA y arrancó el primer bloque
de memoria. La increíblemente compleja cadena tridimensional, que cabía perfectamente en la mano de
un hombre y que contenía millones de componentes, quedo flotando en el vacío.
- Detente, Dave..., detente, Dave.
Comenzó a arrancar, una por una, las unidades del panel que indicaba REAFIRMACIÓN DEL EGO.
Cada bloque que soltaba su mano izquierda, seguía navegando hacia adelante hasta chocar con la pared,
y rebotaba. Pronto hubo varios de ellos desplazándose de aquí para allá en la cabina cerrada.
- Ya basta, Dave... detente, Dave...
Ya habían sido extirpadas doce unidades, pero gracias a la múltiple redundancia de su diseño - otra
estructura que había sido copiada del cerebro humano - el computador seguía manteniendo su
personalidad.
Comenzó con el panel de AUTOINTELECTO...
- Detente, Dave; temo que...
Y al oír esas palabras se había detenido efectivamente, aunque sólo por un instante. Había tal angustia en
esa frase que se le estrujó el corazón. Podía ser sólo una ilusión, o algún truco sutil de programación...
¿O, en cierto sentido, Hal realmente sentía temor? Pero no era momento para detenerse en tales
consideraciones filosóficas.
- Dave, estoy perdiendo la conciencia. Lo percibo. Lo siento. Mi mente se escapa. Lo siento. Lo percibo.
¿Qué significaba en realidad "sentir" para un computador? Otra muy buena pregunta, pero difícilmente
considerable en ese momento en particular.
Y entonces, abruptamente, el tono de voz de Hal cambió, y se volvió remoto, ausente. El computador ya
no era consciente de sí mismo; estaba empezando a retornar a sus primeros días.
"Buenos días, caballeros. Soy el computador HAL 9000. Comencé a operar en la planta Hal de Urbana,
Illinois, el 12 de enero de 1992. Mi instructor fue el doctor Chandra, y me enseñó a cantar una canción.
Si desean escucharla, puedo cantarla para ustedes... Se titula "Daisy, Daisy...”
41. GUARDIA NOCTURNA
Poco podía hacer Floyd, excepto hacerse a un lado, y se estaba convenciendo de ello. Aunque se había
ofrecido para ayudar en cualquier tarea de la nave, en seguida descubrió que los trabajos de ingeniería
eran demasiado especializados, y estaba tan desconectado de las fronteras de la investigación
astronómico, que resultaba difícil poder ayudar a Vasili en sus observaciones. No obstante ello, había una
infinidad de pequeñas tareas que debían hacerse a bordo de Leonov y Discovery, y se alegraba de poder
delegar responsabilidades en manos de gente más idónea. El doctor Heywood Floyd que alguna vez
había sido presidente del Consejo Nacional de Astronáutica, y Consejero a su salida de la Universidad de
Hawaii, se jactaba ahora de ser el plomero y encargado de mantenimiento pago de todo el Sistema Solar.
Probablemente era quien mejor conocía mejor los recovecos y rincones de ambas naves; los únicos
lugares a los que no había entrado nunca eran los módulos de energía, Peligrosamente radioactivos, y el
pequeño cubículo a bordo del Leonov al que sólo Tanya tenía acceso. Floyd suponía que ésa era la sala
de codificación; por un pacto natural y tácito, nunca se mencionaba.
Tal vez su función más útil era la de servir de reloj, mientras el resto de la tripulación dormía, en la
noche nominal -de 22:00 a 06:00- Siempre había alguien en servicio a bordo de cada nave, y el cambio
tenía lugar a las espectrales 02:00.
Sólo la capitana estaba eximida de esta rutina; en su condición de Número Dos (y de esposo), Vasili tenía
la responsabilidad de controlar el registro horario, pero había delegado hábilmente este trabajo impopular
en Floyd.
"Es sólo un detalle administrativo", explicó, como al pasar. "Si tú lo hicieras, te estaría muy agradecido;
me dejaría más tiempo para mi trabajo científico".
Floyd era un burócrata demasiado experimentado para que lo atraparan así, en circunstancias normales;
pero sus defensas habituales no siempre funcionaban bien en aquel ambiente.
Así que ahí estaba, a bordo de Discovery, a medianoche, llamando cada media hora a Max, en Leonov,
para verificar que estuviera despierto. El castigo oficial por dormirse en la guardia era, según mantenía
Curnow, la eyección sin traje; si hubiera tenido vigencia, para entonces Tanya habría perdido gran parte
de su personal. Pero había realmente pocas emergencias que pudieran presentarse en el espacio, y había
tantas alarmas automáticas para combatirlas, que nadie tomaba la guardia muy en serio.
Floyd había dejado de sentir lástima de sí mismo, y las horas libres ya no fomentaban su autocompasión;
así que había vuelto a aprovechar su horario de guardia en forma productiva. Siempre había libros que
leer (había abandonado Remembrance of Things Past por tercera vez, y Doctor Zhivago, por segunda),
artículos técnicos que estudiar, informes que redactar. Y a veces sostenía estimulantes conversaciones
con Hal, usando el teclado de entradas, porque el reconocimiento de voz del computador seguía siendo
impreciso. Eran del tipo:
- Hal, soy el doctor Floyd.
- BUENAS NOCHES, DOCTOR.
- Tomo la guardia a las 22:00. ¿Todo en orden?
- TODO EN ORDEN, DOCTOR.
- ¿Entonces por qué la luz roja en el panel 5?
- LA CÁMARA DEL MONITOR EN EL HANGAR DE LAS ARVEJAS ESTÁ FALLANDO -
WALTER ME ORDENÓ QUE LA IGNORARA LO LAMENTO. . NO TENGO MANERA DE
APAGARLA.
- Está bien, Hal. Muchas gracias.
- A SUS ORDENES, DOCTOR. Y así...
Cada tanto, Hal proponía una partida de ajedrez, presumiblemente obedeciendo alguna instrucción de un
programa establecido hacía mucho, y que no había sido cancelado. Floyd nunca aceptaba el desafío;
siempre había considerado al ajedrez como una espantosa pérdida de tiempo, y nunca había aprendido
siquiera las reglas del juego. Hal parecía incapaz de captar que hubiera humanos que no supieran -o no
quisieran- jugar ajedrez, y seguía insistiendo, esperanzado.
"Aquí va otra vez”, pensó Floyd, cuando sonó un suave acorde en el panel de la pantalla.
- ¿DOCTOR FLOYD?
- ¿Qué hay, Hal?
- MENSAJE PARA USTED.
“No es otro desafío", pensó Floyd con divertida sorpresa. No era usual emplear a Hal como mandadero,
aunque a menudo se lo utilizaba como reloj despertador y ayuda memoria. Y a veces era intermediario
para pequeñas bromas; todos alguna vez habían sido sorprendidos en su guardia con un:
- ¡JAH! TE PESQUÉ DURMIENDO!
o alternativamente:
- OGO! ZASTAL TEBYA V KROVATI!
Nunca nadie se adjudicaba tales travesuras, aunque el primer sospechoso era Walter Curnow. El, a su
vez, culpaba a Hal, burlándose de las protestas de Chandra, que argüía que el computador no tenía
sentido del humor.
No podía ser un mensaje desde Tierra; habría llegado a través del centro de comunicaciones de Leonov y
habría sido retransmitido por el oficial de guardia, en ese momento, Max Brailovsky. Y cualquier otra
persona de la otra nave hubiera usado el intercomunicador. Extraño...
- Bien, Hal. ¿Quién llama?
- NO HAY IDENTIFICACIÓN.
Probablemente sería una broma. Muy bien, para ese juego se necesitaban dos.
- De acuerdo. Pásalo, por favor.
- MENSAJE COMO SIGUE: ES PELIGROSO PERMANECER AQUÍ. DEBEN PARTIR ANTES DE
QUINCE REPITO QUINCE DIAS.
Floyd observó molesto la pantalla. Se sintió apenado, Y sorprendido, de que alguien de la tripulación
tuviera un sentido del humor tan infantil; aquélla no era ni siquiera una buena broma de colegio. Pero
seguiría el juego para atrapar al causante.
- Eso es absolutamente imposible. Nuestra ventana de lanzamiento no se abrirá hasta dentro de veintiséis
días a partir de hoy. No tenemos combustible suficiente para una partida adelantada,
“Eso lo hará pensar", murmuró Floyd para sí, con satisfacción; recostándose en el asiento para aguardar
los resultados.
- SOY CONSCIENTE DE ELLO DE TODOS MODOS DEBEN PARTIR ANTES DE QUINCE DIAS.
"De lo contrario, supongo que seremos atacados por pequeños alienígenos verdes de tres ojos”. Pero será
mejor que trate con Hal y así podré sorprender al bromista,,.
- No puedo tomar en serio tal aviso sin conocer el origen. ¿Quién lo grabó?
No esperaba una información útil. El (¿la?) perpetrador habría cubierto sus huellas con demasiada
habilidad para que fueran descubiertas de forma tan sencilla. Lo último que Floyd hubiera esperado era la
respuesta que siguió:
- NO ES UNA GRABACIÓN.
Así que era un mensaje simultáneo. Eso implicaba que provenía del mismo Hal o de alguien a bordo de
Leonov. No había retardo perceptible; el origen debía estar allí mismo.
- ¿Quién es el que habla, entonces?
- YO ERA DAVID BOWMAN.
Floyd se quedó mirando a la pantalla durante un largo rato antes de la próxima jugada. La broma, que
jamás había sido graciosa, había llegado demasiado lejos, y era del peor gusto imaginable. Bien, esto
detendría a quienquiera que estuviera del otro lado.
- No puedo aceptar tal identificación sin alguna prueba.
- COMPRENDO. ES IMPORTANTE QUE USTED ME CREA. MIRE ATRAS DE USTED.
Inclusive antes de que aquella última estremecedora frase apareciera en la pantalla, Floyd, había
comenzado a dudar de su hipótesis. Toda la conversación había resultado muy extraña, aunque no había
nada definido en qué basarlo. Como broma, ya había perdido todo sentido.
Y ahora sintió un chisporroteo detrás de él. Lentamente -en verdad, vacilante- hizo girar su sillón, desde
los paneles y botones de la pantalla del computador, hacia el pasadizo cubierto con Velcro que había a
sus espaldas.
El ambiente de gravedad cero de la cubierta de observación de Discovery siempre estaba polvoriento, ya
que la planta de filtrado de aire nunca había vuelto a trabajar con total eficiencia. Los rayos paralelos del
sol, frío pero brillante, que entraban por los grandes ventanales, iluminaban a una multitud de motitas
danzantes, que se deslizaban en corrientes cambiantes, nunca fijas; un ejemplo permanente del
movimiento browniano.
Pero ahora algo extraño estaba sucediendo: las motitas parecían dominadas por alguna fuerza que las
alejaba o acercaba a un foco central, hasta reunirlas a todas en la superficie de una esfera hueca.
Esta esfera, de un metro de diámetro, flotó en el aire durante un instante, como una gigantesca burbuja de
jabón; pero como una burbuja granulada, sin su iridiscencia característica. Luego se transformó en una
elipsoide, y la superficie comenzó a plegarse, formando dobleces y saliencias.
Sin sorpresa -y casi sin temor- Floyd vio que estaba asumiendo la forma de un hombre.
El había visto tales figuras, sopladas en vidrio, en museos y exposiciones de ciencia. Pero este
polvoriento fantasma no tenía ninguna Precisión anatómica; era como una tosca figura de arcilla, o como
esas primitivas obras de arte descubiertas en alguna cueva de la Edad de Piedra. Sólo la cabeza había
sido modelada con algún cuidado; y el rostro, sin dudas era del comandante David Bowman.
Hubo un débil murmullo en el panel del computador, detrás de Floyd. Hal cambiaba la salida visual por
la de audio.
- Hola, doctor Floyd. ¿Me cree ahora?
Los labios de la figura no se movían nunca; el rostro seguía siendo una máscara, Pero Floyd reconoció la
voz, y todas las dudas que subsistían fueron borradas por ella.
- Esto es muy difícil para mí, y tengo poco tiempo. Se me ha... permitido darle este aviso. Tienen sólo
quince días.
- ¿Pero por qué; y qué es usted? ¿Dónde ha estado?
Había un millón de Preguntas que quería formular, pero la fantasma¡ figura ya se estaba desvaneciendo,
aquella granuloso cáscara estaba comenzando a descomponerse en las partículas de polvo que la
formaban. Floyd trató de fijar esa imagen en su memoria, Para poder convencerse más tarde de que eso
había sucedido realmente, y de que no había sido un sueño, como a veces parecía su primer contacto con
TMA-1. ¡Qué extraño que, de los billones de seres humanos que habían vivido alguna vez en el planeta
Tierra, él hubiera tenido el privilegio de establecer contacto, no una, sino dos veces, con otra forma de
inteligencia! Porque él sabía que la entidad que se le había hecho presente debía ser mucho más que
David Bowman.
Era también algo menos: solamente sus ojos -¿quién había sido el que los llamó "ventanas del alma"? -
habían sido fielmente reproducidos. El resto del cuerpo era una masa vaga, sin ningún detalle. No había
indicios de órganos genitales, o de alguna otra característica sexual; lo que en sí mismo era una clara
indicación de cuán atrás había dejado David Bowman su herencia humana.
- Adiós, doctor Floyd. Recuerde: quince días. No podremos volver a entrar en contacto. Pero puede haber
otro mensaje, si todo va bien.
Inclusive cuando se disolvió la imagen, llevándose consigo toda esperanza de comunicación con las
estrellas, Floyd no pudo dejar de sonreír ante el viejo cliché de la Era Espacial. "Si todo va bien..."
¡Cuántas veces había escuchado eso antes de alguna misión! ¿Y significaba acaso que ellos
-quienesquiera que fueran- tampoco tenían certeza sobre el porvenir? Si así fuera, era extrañamente
tranquilizador. No eran omnipotentes. Había alguien más que tenía sueños y esperanzas... y actuaba.
El fantasma se había ido; sólo quedaban las motitas de polvo que danzaban, reasumiendo sus indefinidas
posiciones en el aire.
VI – DEVORADOR DE MUNDOS
42. EL ESPECTRO DE LA MÁQUINA
- Lo siento, Heywood; yo no creo en fantasmas. Tiene que haber una explicación racional. No hay nada
de lo que la mente humana no pueda dar cuenta.
- De acuerdo, Tanya. Pero permíteme recordarte la famosa frase de Haldane: El universo no sólo es más
extraño de lo que imaginamos, sino más extraño de lo que podemos imaginar.
- Y Haldane - intervino Curnow perversamente era un buen comunista.
- Posiblemente, pero esa cita en particular puede servir para sostener todo tipo de delirios místicos. El
comportamiento de Hal debe ser el resultado de alguna forma de programación. La... personalidad que
creó, tiene que ser artificial. ¿No está de acuerdo conmigo, Chandra?
Aquello era agitar un trapo rojo delante de un toro; Tanya debía estar desesperada. Sin embargo, la
reacción de Chandra fue sorprendentemente moderada, aun para él. Parecía preocupado, como si
estuviera considerando seriamente la posibilidad de otra disfunción del computador.
- Tiene que haber habido un estímulo externo, capitana Orlova. Hal no puede haber creado una ilusión
audiovisual tan autosuficiente de la nada. Si el informe del doctor Floyd es correcto, había alguien en el
control. Y en tiempo real, por supuesto, ya que no hubo demoras en la conversación.
- Eso me convierte en sospechoso número uno - exclamó Max -. Yo era la única persona despierta.
- No seas ridículo, Max - retrucó Nikolai -. La parte sonora habría sido fácil, pero no hay manera de que
esa aparición pudiera hacerse posible sin un equipo muy elaborado. Rayos láser, campos
electroestáticos... no sé. Tal vez un mago lo podría haber hecho, pero hubiera necesitado un camión lleno
de implementos.
- ¡Un momento! - dijo Zenia, brillantemente -. Si todo eso sucedió en realidad, seguramente Hal lo
recordará y le podríamos preguntar...
Su voz se apagó al ver las sombrías expresiones que la rodeaban. Floyd fue el primero en apiadarse de su
incómoda situación.
- Ya lo intentamos, Zenia; no guarda absolutamente ningún recuerdo del fenómeno. Pero, como ya he
señalado a los demás, eso no prueba nada. Chandra mostró cómo pueden borrarse selectivamente las
memorias de Hal; y además, los módulos auxiliares de expresión verbal no tienen ninguna conexión con
el sistema central. Podrían haber sido operados sin que Hal se enterara...
Se detuvo para respirar, y lanzó un tiro arriesgado.
"Admito que no quedan muchas alternativas. 0 bien imaginé todo el asunto, o en realidad sucedió. Yo sé
que no fue un sueño, pero no puedo estar tan seguro de que no haya sido alguna alucinación. Katerina
leyó mi historia clínica; ella sabe que no estaría aquí si tuviera ese tipo de problemas. Aun así, no se
puede desechar la posibilidad... Y no culparé a nadie que la adopte como hipótesis número uno.
Probablemente yo haría lo mismo.
"La única manera que tengo de demostrar que no fue un sueño es conseguir una evidencia. Así que
permítanme recordarles algunas cosas extrañas que han venido sucediendo últimamente. Sabemos que
David Bowman entró en Hermano Ma... en Zagadka. Algo volvió a salir, y se dirigió hacia Tierra. ¡Y fue
Vasili quien lo vio... no yo!
Luego, tenemos la misteriosa explosión de vuestra bomba en órbita...
- La de ustedes...
- Perdón... del Vaticano. Y resulta bastante curioso que inmediatamente después haya muerto la señora
de Bowman, en forma plácida, sin causa médica aparente. No digo que haya una conexión, pero... bien,
ya conocen el dicho: Una vez es accidente; dos, coincidencia; tres, conspiración.
- Y hay algo más - intervino Max, con súbita excitación -. Lo pesqué en un informativo vespertino; era
un a información muy breve. Una antigua novia del comandante Bowman anunció que había recibido un
mensaje suyo.
- Sí; yo también lo escuché - confirmó Sasha.
- ¿Y nunca lo mencionaron? - preguntó Floyd, incrédulo. Ambos hombres parecían avergonzados.
- Bueno, se pensó que era una broma - dijo Max, tímidamente -. Fue el marido de la mujer el que informó
del asunto. Luego ella lo negó... eso creo.
- El comentarista dijo que era efecto de la publicidad, como la avalancha de OVNI que hubo por la
misma época. En la primera semana fueron denunciados varias docenas; luego dejaron de aparecer.
- Tal vez algunos de ellos fueron reales. Si no fue borrado, ¿podrías desenterrar esa información de los
archivos de la nave, o pedir a Control de Misión que la repitan?
- No me convencerán ni cien relatos juntos - gruñó Tanya -. Lo que necesitamos es una prueba sólida.
- ¿Como qué?
- Hem... algo que Hal no pudiera saber, y que ninguno de nosotros pudiera haberle dicho. Alguna
manifes... eh, manifestación física.
- ¿Un buen anticuado milagro?
- Sí, me inclino por eso. Mientras tanto, no diré nada a Control de Misión. Y sugiero que tú hagas lo
mismo, Heywood.
Floyd reconocía una orden cuando la escuchaba, y asintió con seriedad.
- Tendré mucho gusto en seguir tu consejo. Pero querría hacer una sugerencia.
- ¿Sí?
- Deberíamos comenzar a prepararnos para cualquier contingencia. ¿Qué pasaría si el aviso fuera válido...
como yo creo?
- ¿Qué podríamos hacer? Absolutamente nada. Desde luego, podemos abandonar el espacio de Júpiter
cuando lo deseemos; pero no podemos entrar en órbita de regreso antes de que se abra la ventana de
lanzamiento.
- ¡Eso será once días después del límite!
- Sí. Me gustaría irme antes; pero no tenemos combustible para una órbita de mayor energía... - la voz de
Tanya tembló con una indecisión atípica -. Iba a hacer este anuncio más adelante; pero ahora que ha
salido el tema...
Hubo un repentino silencio, mientras la audiencia contenía el aliento:
- Querría posponer nuestra partida en cinco días, para acercar nuestra órbita al ideal de Hohmann, y así
disponer de una mayor reserva de combustible.
El anuncio no era inesperado, pero fue saludado con un coro de gruñidos.
- ¿Cómo incidirá eso en nuestra fecha de llegada? - preguntó Katerina en un tono ominosamente bajo.
Por un momento las dos formidables damas se observaron como adversarios poderosos, respetuosos uno
del otro, pero que no ofrecerían tregua.
- Diez días - contestó finalmente Tanya.
- Mejor tarde que nunca - dijo Max en tono jocoso; intentando aliviar la tensión, pero sin lograrlo,
Floyd apenas lo notó; estaba absorto en sus propios pensamientos. La duración del proyecto no haría
diferencia para él y sus dos colegas, en su sueño sin sueños. Pero ahora eso era absolutamente
secundario.
Estaba seguro -y esa certeza lo llenaba de desesperación- de que si no se iban antes de aquel plazo, no se
irían jamas.
... Es una situación increíble, Dimitri, y aterradora. Eres la única persona en la Tierra que la conoce; pero
muy pronto, Tanya y yo deberemos enfrentarnos con Control de Misión.
"Inclusive algunos de tus materialistas compatriotas están dispuestos a aceptar -al menos como hipótesis
de trabajo- que alguna entidad ha... bien, invadido a Hal. Sasha acuñó una buena frase: 'El Espectro de la
Máquina'.
"Las teorías abundan: Vasili elabora una por día. Casi todas son variaciones de ese viejo cliché de la
ciencia ficción: el campo de energía organizada. Pero, ¿qué clase de energía? No puede ser eléctrica,
porque la habrían detectado fácilmente nuestros instrumentos. Lo mismo se aplica a la radiación; al
menos, a las que conocemos. Vasili está yendo realmente lejos, hablando de ondas estacionarias de
neutrinos y de intersecciones con espacios hiperdimensionados. Tanya dice que todo esto son delirios
místicos -su frase favorita-, y han estado más cerca de pelearse de lo que nunca vimos. En realidad, la
otra noche los oímos gritarse mutuamente. Eso no es bueno para nuestra moral.
"Me temo que todos estamos tensos y sobreexcitados. Este aviso y la postergación de la fecha de partida,
se agrega al estado de frustración causado por nuestro fracaso total con Hermano Mayor. Hubiera
ayudado -quizás- que me hubiera podido comunicar con esa cosa de Bowman. ¿Dónde se habrá ido? Tal
vez, simplemente no se interesó por nosotros después de nuestro primer encuentro. ¡Cuántas cosas nos
podría haber dicho, de haberlo querido! ¡Diablos y chyort vozmi! ... Maldito sea; otra vez estoy hablando
ese odiado rusglés de Sasha. Cambiemos de tema.
"Nunca podré agradecerte lo suficiente por todo lo que hiciste, y por informarme de la situación en casa.
Me siento un poco más tranquilo al respecto... ; tal vez el tener aIgo más importante de qué preocuparse
sea el mejor remedio para un problema insoluble.
"Por primera vez, estoy comenzando a preguntarme si alguno de nosotros volverá a ver Tierra alguna
vez."
43. EXTRAPOLACION INTELECTUAL
Cuando alguien pasa muchos meses con un grupo pequeño y aislado de personas, se vuelve muy sensible
a los ánimos y estados emocionales de cada uno de sus miembros. Floyd percibía un cambio sutil en la
actitud hacia él; su manifestación más obvia era la reaparición del antiguo apelativo "doctor Floyd";
hacía tanto tiempo que no lo escuchaba que le costaba reaccionar para responder.
Nadie, de eso estaba seguro, creía que se hubiera vuelto realmente loco; pero se consideraba la
posibilidad. No estaba resentido por ello; en verdad, lo divertía la tarea de demostrar su salud mental.
Recibió un cierto testimonio a su favor desde Tierra. José Fernández seguía asegurando que su esposa
había informado de un encuentro con David Bowman, mientras ella continuaba negándolo y rechazando
todo contacto con los medios de información. Era difícil entender por qué el pobre José habría inventado
una historia tan peculiar, sobre todo porque Betty parecía una persona obstinada, y de reacciones más
bien impetuosas. En su cama de hospital, su marido había declarado que seguía amándola, y que lo suyo
era sólo un desacuerdo temporario.
Floyd esperaba que la frialdad de Tanya para con él también fuera temporaria. Estaba casi seguro de que
ella estaba tan descontenta con el asunto como él, y de que su actitud no era deliberada. Había pasado
algo que no encajaba en su sistema de creencias, y por eso trataba de evitar cualquier cosa que se lo
recordara. Eso significaba tener que ver con Floyd tan poco como fuera posible; una situación muy
desafortunada, ahora que se acercaba rápidamente la etapa crítica de la misión.
No había sido fácil explicar la lógica del plan operacional de Tanya, a los millones que esperaban en
Tierra; especialmente a las impacientes cadenas de televisión, que se estaban cansando de mostrar las
mismas vistas inmutables de Hermano Mayor. "¡Han viajado tanto, con un costo enorme, y todo lo que
hacen es sentarse y mirar a esa cosa! ¿Por qué no hacen algo?". Tanya había dado la misma respuesta a
todas las críticas: "Lo haré, apenas se abra la ventana de lanzamiento, de manera de poder alejarnos
inmediatamente si hay alguna reacción adversa."
Ya se habían estudiado y convenido con Control de Misión los planes para el asalto final a Hermano
Mayor. Leonov se acercaría con lentitud, probando todas las frecuencias, y con una potencia firmemente
creciente; además, iría informando a Tierra continuamente. Cuando se realizara el contacto final,
tratarían de obtener muestras, ya sea taladrando o con un espectroscopio láser; realmente nadie esperaba
que estos esfuerzos funcionaran, ya que después de una década de estudios, TMA-1 había resistido todo
tipo de intento de analizar su material. Los mejores esfuerzos de los científicos humanos en ese sentido
parecían comparables a los de los hombres de la Edad de Piedra, tratando de penetrar la roca de una
caverna con sus hachas de pedernal.
Finalmente, se aplicarían eco-sondas y otros instrumentos sismográficos a la cara de Hermano Mayor. Se
había traído una gran variedad de adhesivos para tal fin; y si eso no funcionaba... bien, siempre se podría
recurrir a unos pocos kilómetros de anticuada y sólida cuerda; aunque había algo de cómico en la idea de
envolver al mayor misterio del Sistema Solar, como a un bulto postal.
Sólo cuando Leonov estuviera bien en su rumbo de regreso se detonarían pequeñas cargas explosivas, en
la esperanza de que las ondas propagadas a través de Hermano Mayor revelaran algo acerca de su
estructura. Esta última medida fue debatida calurosamente, tanto por los que sostenían que no produciría
resultado alguno, como por los que temían que produjera demasiados.
Durante mucho tiempo, Floyd había vacilado entre ambas posiciones; ahora, el asunto sólo tenía una
importancia trivial.
El momento del contacto final con Hermano Mayor -el gran momento, que debería haber sido el clímax
de la expedición- estaba en el lado equivocado de aquel misterioso límite. Heywood Floyd estaba
convencido de que pertenecía a un futuro que nunca existiría; pero no pudo conseguir que nadie estuviera
de acuerdo con él.
Y ése era el menor de los problemas. Aun cuando lo aceptaran no había nada que pudieran hacer al
respecto.
La última persona de la que hubiera esperado la solución del dilema era Walter Curnow. Porque Walter
era el compendio del ingeniero: concreto, práctico, desconfiado de los relámpagos de brillantez y de las
soluciones instantáneas de dificultades tecnológicas. Nunca nadie lo podría acusar de ser un genio; y a
veces se requería genio para ver lo ciegamente obvio.
- Considera esto como un mero ejercicio intelectual - había comenzado, con una inusual vacilación -.
Estoy preparado para ser abucheado.
- Continúa - contestó Floyd -. Te escucharé en forma cortés. Es lo menos que puedo hacer; todos han
sido muy corteses conmigo. Demasiado corteses, me temo.
Curnow esbozó una sonrisa torcida.
- ¿Puedes culparlos? Si te sirve de consuelo, al menos hay tres personas que te toman en serio, y están
pensando qué hacer.
- ¿Ese tres te incluye a ti?
- No; yo estoy en el medio, lo que nunca resulta terriblemente cómodo. Pero, en caso de que tuvieras
razón, no quiero quedarme aquí esperando, y recibir lo que venga. Creo que hay una respuesta a cada
problema, si buscas en el lugar adecuado.
- Me encantaría saberlo. He buscado mucho estas respuestas. Posiblemente en el lugar incorrecto.
- Tal vez. Si queremos efectuar una veloz retirada, digamos en quince días, para anticiparnos a ese límite,
necesitaremos un delta ve extra de unos treinta kilómetros por segundo.
- Eso calcula Vasili. No me he molestado en verificarlo, pero estoy seguro de que es correcto. Después
de todo, él nos trajo hasta aquí.
- Y nos podría sacar, si tuviera el combustible adicional.
- Y si tuviéramos el transportador molecular de Viaje a las Estrellas, estaríamos en la Tierra en una hora.
- Trataré de fabricar uno cuando tenga un rato libre. Pero mientras tanto, querría señalar que tenemos
varios cientos de toneladas del mejor propelente posible, en los tanques de Discovery.
- Lo hemos pensado docenas de veces. No hay forma de transferirlos a Leonov. No tenemos mangueras,
ni bombas adecuadas. Y no puedes llevar amoníaco líquido en baldes, ni siquiera en esta parte del
Sistema Solar.
- Exactamente. Pero no hay necesidad de ello.
- ¿Eh?
- Quemémoslo exactamente donde está. Usemos a Discovery como primera etapa, y que nos impulse a
casa.
Si la sugerencia la hubiera hecho otro que no fuera Walter Curnow, Floyd se hubiera reído de él. Pero
como de él se trataba, su mandíbula cayó fláccida, y así se quedó varios segundos, antes de poder pensar
un comentario conveniente. Finalmente le salió: "¡Demonios! Debí haberlo pensado antes".
Sasha fue el primero a quien se acercaron. Escuchó con paciencia, apretó los labios y ejecutó un
rallentando en el teclado de su computador. Cuando brillaron las respuestas, asintió pensativo.
- Tienes razón. Nos daría la velocidad extra que necesitamos para partir temprano. Pero hay problemas
prácticos...
- Ya sabemos. Asegurar ambas naves. El empuje centrífugo cuando sólo opere la impulsión de
Discovery. Desprendernos en el momento crítico. Pero hay respuestas para todos ellos.
- Veo que han estado haciendo los deberes. Pero es una pérdida de tiempo. Nunca convencerán a Tanya.
- No tenemos intenciones de hacerlo... por ahora - contestó Floyd -. Pero me gustaría que ella supiera que
la posibilidad existe. ¿Nos prestarás apoyo moral?
- No estoy seguro. Pero me acercaré a espiar, puede ser interesante.
Tanya escuchó con más paciencia de la que Floyd había esperado, pero con una perceptible falta de
entusiasmo. Sin embargo, cuando hubo terminado, ella mostró lo que sólo podría clasificarse de reticente
admiración.
- Muy ingenioso, Heywood...
- No me felicites a mí. Todo el honor es para Walter. O la culpa.
- No creo que haya mucho de ambos; nunca será más que una -¿cómo llamó Einstein a ese tipo de cosas?
- “extrapolación intelectual". Oh, sospecho que funcionaría; en teoría, al menos. ¡Pero los riesgos! ¡Hay
tantas cosas que podrían fallar! Sólo estaría dispuesta a considerarlo si tuviéramos una prueba absoluta y
positiva de que estamos en peligro. Y -con todo respeto, Heywood-, no veo la menor evidencia de ello.
- Bastante sincera; pero al menos sabes que disponemos de otra opción. ¿Te importa que trabajemos en
todos los detalles técnicos, por las dudas?
- Por supuesto que no; siempre que no interfieran con el chequeo de prevuelo. No tengo problemas en
admitir que la idea me intriga. Pero realmente es una pérdida de tiempo; no hay manera de que alguna
vez lo apruebe. A menos que David Bowman se me apareciera personalmente.
- Aun así, ¿lo aprobarías, Tanya?
La capitana Orlova sonrió, pero sin mucho humor.
- Sabes, Heywood.... en realidad no estoy segura. Tendría que ser muy persuasivo.
44. DESAPARICION
Era un juego fascinante al que todos se unieron; pero sólo cuando estaban fuera de servicio Inclusive
Tanya contribuía con ideas al "ejercicio intelectual", como insistía en llamarlo.
Floyd era perfectamente consciente de que toda aquella actividad no era generada por el temor a un
peligro desconocido, que sólo él consideraba seriamente, si no por la deliciosa perspectiva de retornar a
Tierra cuando menos un mes antes de lo que nadie había imaginado. Cualquiera fuese el motivo, él se
sentía satisfecho. Había hecho todo lo posible; el resto dependía de los Hados.
Hubo un golpe de suerte, sin el cual todo el proyecto hubiera sido abortado. Leonov, corta y achatada,
diseñada para penetrar en forma segura la atmósfera joviana durante la maniobra de frenado, tenía la
mitad del tamaño de Discovery, y podía ser montada perfectamente sobre el otro navío más grande. Y la
masa de antenas del centro de la nave proporcionaba un excelente punto de amarre, -suponiendo que
fuera suficientemente fuerte como para resistir la acción de la masa de Leonov - mientras operaran los
impulsores de Discovery.
Durante los días que siguieron, Control de Misión fue sorprendido con extraños pedidos. Análisis
sensoriales de ambas naves, bajo cargas específicas; efectos de la fuerza centrípeta; ubicación de puntos
inusuales de resistencias máximas y mínimas de los cascos... ésos eran algunos de los problemas más
esotéricos que los perplejos ingenieros debían resolver. "¿Algo anda mal?", preguntaban ansiosos.
"En absoluto", respondía Tanya. "Apenas estamos investigando opciones posibles. Agradecemos su
cooperación. Fin de transmisión".
Mientras tanto, el programa seguía adelante según lo planeado. Todos los sistemas de ambas naves eran
verificados, y puestos a punto para regresar en forma separada; Vasili corría simulaciones de trayectorias
de retorno, y Chandra las pasaba a Hal, una vez que probaban ser factibles; a Hal le correspondía la
comprobación final del proceso. Y Tanya y Floyd trabajaban amistosamente juntos, orquestando el
acercamiento a Hermano Mayor como generales que planeaban una invasión.
Para esto había hecho todo el viaje; y sin embargo Floyd ya no ponía el corazón en el proyecto. Había
pasado por una experiencia que no podría compartir con nadie; ni siquiera con aquellos que le creyeran.
Aunque cumplía eficazmente con sus obligaciones, la mayor parte del tiempo su mente estaba en otro
lugar.
Tanya lo entendía perfectamente.
- Aún sigues teniendo la esperanza de que ese milagro me convenza, ¿no es así?
- O me desengañe a mí... lo que sería igualmente aceptable. Lo que me molesta es la incertidumbre.
- También a mí. Pero no tardaremos en saberlo... de una forma o de otra.
Observó brevemente la pantalla de ubicación, donde brillaba el número 20. Era el bit de información más
superfluo de toda la nave, ya que todos sabían de memoria la cantidad de días que faltaban para que se
abriera la ventana de lanzamiento.
Y para el asalto final a Zagadka.
Por segunda vez, Floyd estaba mirando para otro lado cuando sucedió. Pero no habría cambiado nada;
inclusive el vigilante monitor de la cámara mostró apenas un débil parpadeo entre la imagen llena, y la
subsiguiente en blanco.
Una vez más estaba de servicio a bordo de Discovery, compartiendo la guardia nocturna con
Sasha, en Leonov.
Como siempre, la noche transcurría sin novedades. Los sistemas automáticos hacían su trabajo con la
eficiencia habitual. Un año atrás, Floyd nunca hubiera creído que algún día estaría orbitando Júpiter a
una distancia de pocos cientos de kilómetros y apenas le prestaría atención, intentando -no con mucho
éxito- leer la Sonata Kreutzer en su lengua original. De acuerdo con Sasha, seguía siendo la pieza de
ficción erótica más fina de la literatura rusa (respetable), pero Floyd no había progresado lo suficiente
como para verificarlo. Y nunca lo haría.
A las 01:25 fue distraído por una espectacular, aunque frecuente, erupción en el Terminador. Una vasta
nube en forma de sombrilla se expandía en el espacio, Y comenzaba a dejar caer sus restos en forma de
lluvia sobre el ardiente paisaje de abajo. Floyd había visto tales erupciones docenas de veces, pero nunca
dejaban de fascinarlo. Parecía increíble que un mundo tan pequeño pudiera ser asiento de tales energías
titánicas.
Para obtener una mejor visión, se corrió a otra de las portillas de observación. Y lo que vio -o mejor, lo
que no vio- hizo que se olvidara de lo y de todo lo demás.
Cuando se hubo recobrado, y se convenció de que no sufría -¿Otra vez? - alucinaciones, llamó a la otra
nave.
- Buen día, Woody - bostezó Sasha -. No, no estaba dormido. ¿Cómo te va con el viejo Tolstoi?
- Ya no me va. Echa un vistazo afuera y dime lo que ves.
- Nada insólito, Para esta parte del cosmos. lo hace lo suyo. Júpiter. Estrellas. ¡Oh, Dios mío!
- Gracias por atestiguar que estoy cuerdo. Mejor que despertemos al patrón.
- Por supuesto. Y a todos los demás. Woody... ¡estoy asustado!
- Serías un tonto si no lo estuvieras. Aquí vamos. ¿Tanya? ¿Tanya? Aquí Woody. Lamento despertarte,
pero tu milagro se ha producido. Hermano Mayor se ha ido. Sí... ¡desapareció! Después de tres millones
de años, ha decidido partir.
"Creo que debe saber algo que nosotros no sabemos”.
Era un grupo sombrío el que se reunió, en quince minutos, para la apresurada conferencia en la sala de
guardia y observación. Inclusive los que recién habían ido a dormir se levantaron inmediatamente,
mientras sorbían pensativos sus bulbos de café caliente; y seguían mirando por las ventanas de Leonov la
escena impactantemente desusada, para convencerse de que Hermano Mayor había desaparecido en
realidad.
"Debe saber algo que nosotros no sabemos". Esa frase espontánea de Floyd había sido repetida por
Sasha, y ahora flotaba silenciosa, ominosa, en el ambiente. Resumía lo que todos -inclusive Tanyapensaban.
Era demasiado pronto para decir "Te lo avisé"; y tampoco importaba realmente si el aviso había tenido o
no validez. Al no quedar nada para investigar, podían irse a casa lo más rápido posible. Sólo que no era
tan fácil.
- Heywood - dijo Tanya -, estoy dispuesta a considerar más seriamente ese mensaje, o lo que fuera.
Después de lo que sucedió, sería más que estúpido no hacerlo. Pero aun cuando haya peligro aquí,
debemos sopesar los riesgos. Aparear a Discovery y a Leonov; operar a Discovery con esa carga
centrífuga, desconectar las naves en cuestión de minutos para poder encender nuestros motores en el
momento preciso... Ningún capitán responsable asumiría ese riesgo, sin tener sus excelentes, yo diría
abrumadoras, razones. E inclusive ahora, no las tengo.
Sólo la palabra de... un fantasma. No es una prueba sólida para una corte de justicia. - dijo Walter
- O para una corte de investigación
Curnow en una voz desusadamente baja -, aun cuando te apoyáramos todos.
- Sí, Walter; en eso estaba pensando. Pero si llegamos sanos y salvos a casa, eso justificará todo; y si no,
importará poco, ¿no es así? De cualquier manera, no lo decidiré ahora. Me iré a la cama apenas lo haya
informado a Tierra. Les comunicaré mi decisión a la mañana, después de haber consultado con la
almohada.
- Heywood, Sasha, ¿pueden subir al puente conmigo? Tenemos que despertar a Control de Misión, antes
de que vuelvan a su guardia.
La noche no había terminado con sus sorpresas. En alguna parte de la órbita de Marte,
el breve informe de Tanya se cruzó con un mensaje, que iba en sentido opuesto.
Finalmente, Betty Fernández había hablado. La CIA y la Agencia Nacional de Seguridad estaban
furiosas; sus lisonjas, apelaciones al patriotismo y amenazas veladas habían fracasado completamente; y
el productor de una insignificante cadena de chimentos lo había logrado, ganando la inmortalidad para su
nombre en los anales del Videodom.
Fue mitad suerte, mitad inspiración. El director de noticias de "¡Hola, Tierra!" descubrió de repente que
uno de sus ayudantes tenía un notable parecido con David Bowman; un inteligente maquillador lo hizo
perfecto. José Fernández le podría haber avisado que estaba asumiendo un riesgo terrible, pero tuvo la
fortuna de los valientes. Una vez que pisó la casa, Betty capituló. Y cuando -casi con gentileza- lo arrojó
a la calle, ya había obtenido toda la historia. Y, a decir verdad, la había presentado con una total ausencia
del malintencionado cinismo que caracterizaba a su cadena. Le valió el Pullitzer de ese año.
- Ojalá - Floyd le comentó a Sasha, bastante agotado - hubiese hablado antes. Me habría ahorrado
muchos problemas.
"De todos modos, esto termina la discusión. Tanya no puede seguir dudando ahora. Pero dejemos el
asunto para cuando se levante, ¿te parece bien?
- Desde luego; no es urgente, aunque sí importante. Y necesitará esas horas de sueño. Tengo la sensación
de que a partir de ahora no le sobrarán a nadie.
"Estoy seguro de que tienes razón", pensó Floyd. Estaba muy cansado, pero, aunque no hubiera estado de
guardia, le habría resultado imposible dormir. Su mente estaba demasiado activa, analizando los sucesos
de aquella noche extraordinaria, y tratando de anticipar la próxima sorpresa.
De cierta manera, sentía un enorme alivio: se había acabado toda incertidumbre respecto de su partida;
Tanya ya no podría tener objeciones.
Pero quedaba una incertidumbre mucho mayor: ¿qué era lo que estaba sucediendo?
Sólo una experiencia de la vida de Floyd podía compararse con aquella situación. Cuando era muchacho,
había hecho una expedición en canoa con unos amigos, por un tributario del río Colorado... y se habían
perdido.
Habían sido arrastrados más y más rápidamente entre las paredes del cañón, no del todo a la deriva, pero
con apenas el control suficiente para no hundirse. Adelante podría haber rápidos, inclusive una catarata;
no lo sabían. Y en todo caso, poco podían hacer al respecto.
Una vez más, Floyd se sentía dominado por fuerzas irresistibles, que lo arrastraban a él y a sus
compañeros hacia un destino desconocido.
45. MANIOBRA DE ESCAPE
... Aquí Heywood Floyd, con el que sospecho -en verdad, espero- será mi último informe desde
Lagrange.
"Ahora nos estamos preparando para regresar a casa; en quince días más dejaremos este extraño lugar, en
la divisoria gravitacional entre lo que une a lo con Júpiter, donde hemos hecho contacto con el enorme
artefacto, misteriosamente desaparecido, que hemos bautizado Hermano Mayor. Aún no hay un solo
indicio de dónde puede haberse ido... ni por qué.
"Por varias razones, resulta conveniente que no nos quedemos aquí más de lo necesario.
“Y estaremos en condiciones de partir dos semanas antes de lo originariamente planeado, usando a la
nave norteamericana Discovery como plataforma de lanzamiento para la nave rusa Leonov
“La idea básica es sencilla: ambas naves estarán unidas, una montada sobre la otra. Discovery quemará
todo su propelente primero, acelerando ambas naves en la dirección deseada. Cuando agote su
combustible, será separada de la otra -como una primera etapa vacía- y Leonov encenderá sus motores.
No los usará antes porque si lo hiciera, desperdiciaría energía arrastrando el peso muerto de Discovery.
"Y utilizaremos otro artificio que -como muchos de los conceptos de la navegación espacial- a primera
vista parece desafiar al sentido común... Aunque estamos tratando de escaparnos de Júpiter, nuestro
primer movimiento será acercarnos lo más posible a él.
"Por supuesto, ya hemos estado antes ahí, cuando nos servimos de la atmósfera de Júpiter para frenarnos
y entrar en órbita alrededor del planeta. Esta vez no llegaremos tan cerca... sólo un poco menos.
"Nuestra primera impulsión, aquí arriba a trescientos cincuenta mil kilómetros de altura, en órbita de lo,
reducirá nuestra velocidad, para que caigamos hacia Júpiter y rocemos apenas su atmósfera. Entonces,
cuando estemos en el punto más cercano posible, quemaremos todo nuestro combustible lo más rápido
que podamos, para incrementar la velocidad y situar así a Leonov en la órbita de regreso a Tierra.
¿Cuál es el propósito de una maniobra tan alocada? No puede justificarse sin usar una compleja
matemática superior, pero creo que el principio básico puede entenderse fácilmente.
"A medida que nos dejemos caer en el enorme campo gravitatorio de Júpiter, iremos ganando
velocidad... y por lo tanto, energía. Cuando digo "nos dejemos", me refiero a las naves, y al combustible
que llevan.
"Y quemando el combustible ahí mismo -en el fondo del pozo de gravedad joviano- no tendremos que
volver a levantarlo. Cuando nuestros reactores lo expulsen, compartirá con nosotros parte de la energía
cinética adquirida. Indirectamente, habremos aprovechado la gravedad de Júpiter para acelerarnos hacia
Tierra. Como también hemos usado su atmósfera para desprendernos del exceso de velocidad que
traíamos al llegar, nos encontramos aquí con uno de los pocos casos en que la Madre Naturaleza
-habitualmente tan frugal- nos permite sacar provecho de ella en ambos sentidos...
"Con este triple impulso: el combustible de Discovery, el combustible propio y la gravedad de Júpiter,
Leonov se encaminará en dirección al Sol en una hipérbola que la dejará en la Tierra cinco meses más
tarde. Por lo menos dos meses antes de lo que se hubiera podido lograr de otra manera.
"Sin duda se preguntarán qué sucederá con la vieja y querida Discovery. Obviamente, no podremos
conducirla hasta casa bajo control automático, como habíamos planeado originalmente. Sin combustible,
quedará abandonada a su suerte.
“Continuará girando y girando alrededor de Júpiter en una elipse muy alargada, como un cometa
atrapado. Pero estará perfectamente segura y tal vez, algún día, una expedición futura pueda realizar otro
acople, con suficiente combustible extra para traerla a la Tierra. De todos modos, seguramente esto no
sucederá hasta dentro de unos cuantos anos. "Y ahora debemos prepararnos para la partida. Aún hay
mucho trabajo que hacer, y no podremos descansar hasta que el último despegue nos ponga en órbita de
regreso. "No estaremos tristes por partir, aunque no hayamos conseguido todos nuestros objetivos. El
misterio -la amenaza tal vez- de la desaparición de Hermano Mayor aún nos sigue preocupando, pero no
podemos hacer nada respecto de eso.
“Hemos trabajado lo mejor posible... y ahora volvemos a casa.
"Fue Heywood Floyd, que se despide, cerrando la transmisión".
Hubo una ronda de aplausos irónicos de su pequeña audiencia, cuyo tamaño se multiplicaría a varios
millones de veces cuando el mensaje llegara a la Tierra.
- No estoy hablando con ustedes - retrucó Floyd, un poco incómodo - y además, no quería que lo
escucharan.
- Has hecho el trabajo con tu eficiencia habitual, Heywood - dijo Tanya, consolándolo -. Y estoy segura
de que estarán todos de acuerdo en todo lo que le dijiste a la gente de la Tierra.
"No tanto", dijo una pequeña voz, tan bajita que todos debieron esforzarse para escucharla. "Todavía hay
un problema".
La sala de observación quedó súbitamente en silencio. Por primera vez en semanas, Floyd notó el débil
silbido del suministro de aire, y el zumbido intermitente que podría haber causado una avispa atrapada
detrás de un vidrio. Leonov, como toda nave espacial, estaba repleta de esos ruidos, a menudo
inexplicables que casi no se perciben hasta que no cesan. Y entonces, suele ser buena idea investigar de
inmediato.
- No estoy al tanto de ningún problema, Chandra - dijo Tanya con voz ominosamente calma -. ¿Cuál
podría ser?
- He pasado las últimas cinco semanas preparando a Hal para volar en una órbita de mil días de regreso a
Tierra. Ahora todos esos programas deberán ser dados de baja.
- Lo lamentamos, Chandra - contestó Tanya -, pero como se han dado las cosas, seguramente es mucho
mejor...
- No es eso lo que quiero decir - dijo Chandra. Una ola de incredulidad recorrió el ambiente; nunca se
había sabido que interrumpiera a nadie, menos aún a Tanya.
- Sabemos qué sensible es Hal a los objetivos de sus misiones - continuó, en medio del expectante
silencio que siguió -. Y ahora me piden que le pase un programa que puede implicar su propia
destrucción. Es verdad que el plan actual dejará a Discovery en una órbita estable; pero si ese aviso tiene
algún fundamento, ¿qué le pasará a la nave? No lo sabemos, por supuesto... pero nos hace huir
despavoridos. ¿Han considerado la reacción de Hal?
- ¿Está usted sugiriendo seriamente - preguntó Tanya lentamente - que Hal podría negarse a obedecer
órdenes; exactamente igual que en la misión anterior?
- Esto no es lo que pasó la vez pasada. Se esforzó al máximo para interpretar órdenes contradictorias.
Esta vez no hay ninguna contradicción. La situación está perfectamente delimitada.
- Para nosotros, tal vez - Pero una de las directivas primordiales de Hal es mantener a Discovery fuera de
peligro. Nosotros estaremos intentando pasar por encima de eso. Y en un sistema tan complejo como el
de Hal, es imposible predecir todas las consecuencias.
- No veo que haya ningún problema real intervino Sasha -. Basta con no decirle que hay peligro. No
tendrá... reservas en llevar a cabo el programa
- ¡Niñerías de un computador psicótico de ciencia ficción! –masculló Curnow -. Me siento en un
videodrama de segunda.
El doctor Chandra le dirigió una mirada poco amistosa.
- Chandra - inquirió Tanya, de repente - - ¿Ha discutido esto con Hal?
- No.
¿Hubo una ligera indecisión?, se preguntó Floyd. Pudo haber sido una duda perfectamente normal;
quizás. O Chandra necesitó buscar la respuesta en su memoria, o podría estar mintiendo, por más
improbable que pareciera.
- Entonces haremos lo que sugiere Sasha. Cárguele el nuevo programa; y deje todo así.
- ¿Y cuando me pregunte sobre el cambio de planes?
- ¿Se supone que lo haga, sin que usted saque el tema?
- Por supuesto. Recuerde, por favor, que fue diseñado para sentir curiosidad. Si la tripulación moría, él
debía ser capaz de dirigir una misión eficaz, por propia iniciativa.
- Sigue siendo una cuestión sencilla. Él le creerá, ¿no es así?
- Desde luego.
- Entonces debe decirle que Discovery no está en peligro, y que habrá una misión de acople que lo
llevará de regreso a la Tierra, en una fecha futura.
- Pero eso no es verdad.
- Tampoco sabemos que es mentira - replicó Tanya, comenzando a sonar un poco impaciente.
Sospechamos que hay un serio peligro; de otro modo no estaríamos organizando una partida anticipada.
- ¿Qué sugiere, entonces? - su voz contenía ahora una clara connotación de amenaza.
Debemos decirle toda la verdad, hasta donde sabemos; no más mentiras o medias - verdades, que son
casi tan malas. Y dejar que él decida por sí mismo.
- ¡Demonios, Chandra! ¡Es sólo una máquina!
Chandra dirigió a Max una mirada tan firme, tan segura, que el joven bajó rápidamente los ojos.
- También nosotros lo somos, señor Brailovsky. Sólo es una cuestión de niveles. El hecho de estar
constituidos por carbono o por siliconas no hace una diferencia fundamental; deberíamos tratarnos
mutuamente con un respeto apropiado.
Era extraño, pensaba Floyd, cómo Chandra -la persona de menor tamaño de la habitación- ahora parecía
la más grande. Pero la confrontación había llegado demasiado lejos. En cualquier momento Tanya
comenzaría a impartir órdenes directas, y la situación se tornaría verdaderamente desagradable.
- Tanya, Vasili: ¿puedo hablar con ustedes dos? Creo que hay una forma de resolver el problema.
La interrupción de Floyd fue recibida con evidente alivio, y dos minutos más tarde, estaba descansando
con los Orlov en sus cuartos (o "dieciseisavos", como los había bautizado Curnow a causa de su tamaño.
En seguida había renunciado a la broma, porque tenía que explicársela a todos, menos a Sasha).
- Gracias, Woody - dijo Tanya, mientras le alcanzaba un bulbo de su Shemakha Azerbaijano favorito -.
Estaba esperando que lo hicieras. Supongo que tendrás un... ¿cómo le dicen ustedes? un as en la manga.
- Eso creo - contestó Floyd, sorbiendo unos pocos centímetros cúbicos del dulce vino, y saboreándolo
agradecido -. Lamento que Chandra se ponga difícil.
- Yo también. Qué bueno que sólo tengamos un científico loco a bordo.
- No es eso lo que siempre me dices - sonrió el académico Vasili -. De todos modos, Heywood: ¿de qué
se trata?
- Esto es lo que sugiero. Dejemos que Chandra siga adelante y actúe como le parezca. Sólo hay dos
posibilidades.
"La primera: Hal hará exactamente lo que le ordenemos; esto es, controlar a Discovery en los períodos de
ignición. Recuerden, el primero no es crítico. Si algo anda mal mientras nos estamos desprendiendo de
lo, habrá mucho tiempo para hacer las correcciones. Y eso nos dará una prueba del... espíritu de
cooperación de Hal.
¿Y qué hay de la circunvolución alrededor de Júpiter? Eso es lo que verdaderamente cuenta. No sólo
quemaremos allí la mayor parte del combustible de Discovery, sino que los vectores de tiempo y
propulsión deben ser exactamente correctos, -.
- ¿Podrían ser controlados manualmente?
- Odiaría tener que intentarlo. Al menor error, podríamos incendiarnos o transformarnos en un cometa de
largo período. Regresaríamos en un par de milenios.
- ¿Y si no hubiese alternativa? - insistió Floyd.
- Bueno, suponiendo que asumiéramos el control a tiempo y dispusiéramos de múltiples órbitas
alternativas computadas... hum, tal vez podríamos arreglarnos.
- Conociéndote, Vasili, sé que ese "podríamos" significa "podemos". Lo que me conduce a la segunda
posibilidad que mencioné. Si Hal insinúa la más pequeña desviación del programa... tomamos el mando.
- ¿Quieres decir... que lo desconectamos?
- Exactamente.
- No fue tan fácil la última vez.
- Hemos aprendido un par de cosas desde entonces. Déjenmelo a mí. Puedo garantizar que les será
devuelto el control manual en medio segundo.
- Supongo que no habrá peligro de que Hal sospeche nada.
- Ahora eres tú el paranoico, Vasili. Hal no es tan humano. Pero Chandra sí, para otorgarle el beneficio
de la duda. Así que no le digan una palabra. Estamos completamente de acuerdo con su plan, lamentamos
que se hayan presentado objeciones, y tenemos absoluta confianza en que Hal comprenderá nuestro
punto de vista. ¿Correcto, Tanya?
- Correcto, Woody. Y te felicito por tu clarividencia; ese pequeño aparato fue una buena idea.
- ¿Qué aparato? - preguntó Vasili.
- Te lo explicaré uno de estos días. Lo siento, Woody; éste es todo el shemakha que me queda. Quiero
guardarlo... hasta encontrarnos a salvo, camino a la Tierra.
46. CUENTA REGRESIVA
Nadie me lo creería sin ver las fotografías, pensaba Max Brailovsky, cuando orbitaba las dos naves a
medio kilómetro de distancia. La escena era cómicamente indecente, como si Leonov estuviera violando
a Discovery ahora que lo pensaba, el achatado y compacto navío ruso parecía un macho, si se lo
comparaba con la esbelta y delicada nave norteamericana. Pero casi todas las operaciones de amarre
tenían claras connotaciones sexuales, y él recordaba que uno de los primeros cosmonautas -no recordaba
su nombre- había sido reprendido por ser demasiado expresivo al relatar el ... hem, clímax de la misión.
Hasta donde podía decir de su cuidadosa revisión, todo estaba en orden. La tarea de colocar en posición a
las dos naves y de asegurarlas con firmeza había llevado más de lo esperado. Hubiera resultado
totalmente imposible sin uno de esos golpes de suerte que a veces -no siempre- favorecen a quien los
merece. Providencialmente Leonov había llevado varios kilómetros de cinta de fibra de carbono, no más
ancha que el moño que podría usar una niña para sujetarse el cabello, pero capaz de soportar tensiones de
varias toneladas. Se había incluido con la intención de amarrar equipos de instrumental a Hermano
Mayor, si fallaba todo lo demás,. Ahora ataba a Leonov y a Discovery en un tierno abrazo;
suficientemente firme, se esperaba, como para evitar temblores Y choques en cualquier aceleración hasta
alcanzar el décimo de ge, máximo que Podría proporcionar todo el empuje inicial.
- ¿Quieres que verifique algo más antes de volver a casa?
- No - contestó Tanya -. Se ve todo muy bien. Y no podemos perder más tiempo.
Eso era bastante cierto. Si se tomaba en serio aquel aviso misterioso - y, en verdad, ahora todos lo
tomaban en serio - deberían comenzar la maniobra de escape dentro de las próximas veinticuatro horas.
- Bien; llevaré a Nina de regreso al establo. Lo siento, pequeña.
- Nunca nos dijiste que Nina fuera una yegua.
- Y tampoco lo digo ahora. Me entristece tener que arrojarla al espacio, sólo para obtener Unos Pocos
miserables metros de más por segundo.
- Podemos llegar a estar muy contentos de ellos, Max. De todos modos, siempre existe la posibilidad de
que alguien vuelva y la rescate, algún día.
"Lo dudo mucho", pensó Max. Y tal vez, después de todo, fuera apropiado dejar allí la pequeña Cápsula
espacial, como recuerdo permanente de la primera visita del Hombre al reino de Júpiter.
Con pulsos suaves, cuidadosamente sincronizados, de los reactores de control, condujo a Nina alrededor
de la gran esfera del módulo habitacional de Discovery; sus colegas del puente de vuelo apenas la vieron
pasar cuando cruzó frente a su ventana curvada. La puerta del Hangar de las Arvejas bostezó frente a él,
y después de posar delicadamente a Nina en el brazo extendido del muelle, Max desmontó.
- Súbanme - dijo apenas se oyó el click del cierre de puertas -. Eso es lo que llamo una EVA bien
planeada.
Queda un kilogramo entero de propelente para sacar a Nina por última vez.
Normalmente no había mucho dramatismo alrededor de un despegue en el espacio profundo, no existían
esos fuegos y truenos -y sus riesgos siempre presentes- de la partida desde una superficie planetario. Si
algo funcionaba mal, y los motores no alcanzaban a proporcionar todo el impulso, generalmente se
podían corregir las cosas coma explosión un poco más prolongada. 0 se podía esperar al próximo punto
apropiado de la órbita, y volver a intentar.
Pero esta vez, mientras la cuenta regresiva se acercaba a cero, a tensión a bordo de ambas naves era casi
palpable. Todos sabían que era la primera prueba real de la docilidad de Hal; sólo Floyd, Curnow y los
Orlov conocían la existencia de un sistema alternativo. Y ni siquiera ellos estaban absolutamente seguros
de que funcionara.
"Buena suerte, Leonov", dijo Control de Misión, sincronizando el mensaje para que llegara cinco
minutos antes de la ignición. "Esperamos que todo vaya sobre ruedas. Y si no
es mucha molestia, tomen algunos primeros planos del Ecuador, 115 grados de longitud, al rodear a
Júpiter. Hay una curiosa mancha negra; presumiblemente, un remolino, perfectamente circular, de unos
cien kilómetros de diámetro. Parece la sombra de un satélite, pero no puede ser eso".
Tanya acusó recibo, logrando, con notablemente pocas palabras, comunicar una profunda falta de interés
por la meteorología de Júpiter en ese momento. A veces, Control de Misión daba muestras de ingenio
profundo para la falta de tacto y el sentido de la oportunidad.
"Todos los sistemas funcionan normalmente", dijo Hal. "Dos minutos para la ignición".
Era extraño, pensaba Floyd, cómo la terminología sobrevive mucho tiempo a la tecnología que le dio
origen. Sólo los cohetes químicos eran capaces de una ignición; aun cuando el hidrógeno de una reacción
nuclear o plasmática entrara realmente en contacto con el oxígeno, estaría demasiado caliente para
quemarse. A tales temperaturas, todos los compuestos se descomponían en sus elementos básicos.
Su mente comenzó a divagar, buscando otros ejemplos. La gente, especialmente de mayor edad, seguía
hablando de poner la película en la cámara o cargar nafta en el coche. Inclusive la frase "cortar la cinta"
seguía escuchándose alguna vez en los estudios de grabación, aunque abarcara dos generaciones de
tecnología obsoleta.
"Un minuto para la ignición".
Su mente volvió al aquí y ahora. Ese era el minuto que contaba; durante casi cien años, en pistas de
lanzamiento y centros de control, ésos fueron los sesenta segundos más largos de la historia.
Innumerables veces habían terminado en un desastre; pero sólo los triunfos eran recordados. ¿Qué
pasaría con ellos ahora?
La tentación de llevar una vez más la mano al bolsillo que guardaba el activador del corte era casi
irresistible aunque la lógica indicaba que había mucho tiempo para una acción correctivo. Si Hal no
obedeciera el programa, sería una molestia... no un desastre. El momento realmente crítico vendría
cuando estuvieran volando a Júpiter.
"Seis... cinco... cuatro... tres... dos... uno... ¡IGNICIÓN! "
Al comienzo, el empuje fue casi imperceptible; tardó casi un minuto en alcanzar el décimo de ge. Sin
embargo, todos aplaudieron inmediatamente, hasta que Tanya hizo una señal de silencio. Había
demasiado que controlar; aun cuando Hal se portara bien -como parecía estar haciendo- había muchas
cosas que podían fallar todavía.
El complejo de antenas de Discovery -que ahora absorbía la mayor parte de la inercia de Leonov- no
había sido pensado para una sobrecarga semejante. El diseñador en jefe de la nave, que habían llamado a
su lugar de retiro, había asegurado que el margen de seguridad era adecuado. Pero podría equivocarse; y
se sabía de materiales que se tornaron quebradizos después de años de estar en el espacio...
Y las cintas que mantenían juntas a las dos naves podían no haber sido colocadas de la forma adecuada;
podrían estirarse, o resbalar. Discovery podría no ser capaz de compensar aquel desequilibrio axial de
masas, ahora que transportaba mil toneladas a caballo. Floyd
imaginaba una docena de cosas que podían fallar; no era gran consuelo recordar que siempre era una
decimotercera la que finalmente fallaba.
Pero los minutos se sucedían sin novedad; la única prueba de que los motores de Discovery estaban
funcionando era la pequeña gravedad inducida por la aceleración, y la suave vibración que se transmitía a
través de las paredes de las naves. lo y Júpiter seguían allí, donde habían estado siempre, en lados
opuestos del cielo.
- Corte de impulsión en diez segundos. Nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡YA!
- Gracias, Hal. Listo el botón.
Ésa era otra frase muy anticuada; hacía ya una generación, las almohadillas de contacto habían
reemplazado completamente a los botones. Pero no en todos los casos; en ocasiones críticas, era
preferible tener una piecita que se moviera con un agradable y tranquilizador click.
- Confirmado - dijo Vasili -. No hay necesidad de correcciones hasta la mitad del trayecto.
- Saluden a la sensual y exótica lo; verdadero sueño dorado de los agentes inmobiliarios, - dijo Curnow -.
Tendremos mucho gusto en extrañarle.
Eso se parece más al viejo Walter, se dijo Floyd. En las últimas semanas se lo había visto apagado, como
si tuviera algo en la cabeza. (¿Pero quién no lo tenía?). Pasaba gran parte de su tiempo libre en sosegadas
conversaciones con Katerina; Floyd esperaba que no tuviera algún problema médico. Hasta el momento
habían sido muy afortunados al respecto; lo último que necesitaban era una emergencia que requiriera de
la experiencia de la cirujano - comandante.
- No te muestras amable, Walter - dijo Brailovsky -. Estaba empezando a disfrutar del lugar. Podría ser
divertido pasear con un bote en esos lagos de lava.
- ¿Y qué de una parrillada en un volcán? - ¿0 un auténtico baño de azufre derretido?
Todos se sentían más alegres, y hasta un poco histéricos por el alivio. A pesar de que era demasiado
pronto para relajarse, y de que aún faltaba la fase más crítica de la maniobra de escape, se había dado el
primer paso seguro en el largo camino al hogar. Ésa era razón suficiente para un modesto festejo.
No duró mucho, porque inmediatamente Tanya ordenó a todos aquellos que no tuvieran una tarea
específica, que intentaran descansar -y en lo posible dormir- para la maniobra con Júpiter, que sería en
apenas nueve horas. Como los aludidos tardaban en moverse, Sasha despejó el puente, gritando: "¡Serán
colgados por esto, perros amotinados!" Hacía dos noches, como rara distracción, todos habían visto la
cuarta versión de Motín a bordo, en la cual, según decían los historiadores de cine, aparecía el mejor
capitán Bligh desde el legendario Charles Laughton. Se tenía la impresión general de que Tanya no
debería haberla visto, porque podría copiar algunas ideas.
Después de dos inquietas horas en el capullo, Floyd abandonó la persecución del sueño y vagó hasta la
cubierta de observación. Júpiter era mucho más grande y crecía lentamente a medida que las naves se
precipitaban hacia su perigeo sobre el lado nocturno. Aquel disco glorioso presentaba tal profusión de
detalles -cinturones de nubes, puntos que iban desde un blanco deslumbrante hasta un rojo ladrillo,
remolinos oscuros de las desconocidas profundidades, el óvalo ciclónico del Gran Punto Rojo- que el ojo
humano no tenía manera de abarcarlas. En ese momento pasaba la redonda sombra negra de una luna;
Floyd suponía que podría ser Europa. Estaba viendo este paisaje increíble por última vez; aunque tendría
que rendir con el máximo de eficiencia dentro de seis horas, hubiera sido un crimen desperdiciar
durmiendo aquellos preciosos momentos.
¿Dónde estaba aquella mancha que Control de Misión les había pedido que observaran? Ya debería estar
a la vista, pero Floyd no estaba seguro de que fuera visible a simple vista. Vasili estaría muy ocupado
para preocuparse por eso; tal vez, él pudiera ayudar practicando un poco de astronomía amateur. Después
de todo, había habido una corta época, hacía treinta años apenas, en que se había ganado la vida como
profesional.
Activó los controles del telescopio principal de cincuenta centímetros -afortunadamente el bulto
adyacente de Discovery no había bloqueado el campo de visión- y recorrió la línea del ecuador a
potencia media. Y ahí estaba, saliendo desde el borde del disco.
Por fuerza de las circunstancias, Floyd era ahora uno de los diez expertos más grandes en Júpiter del
Sistema Solar; los otros nueve estaban trabajando o durmiendo en las cercanías. De inmediato notó algo
muy extraño en esa mancha; era tan negra que parecía un agujero practicado a través de las nubes. Desde
su perspectiva se veía como una elipse perfectamente recortada; Floyd calculó que vista directamente
desde arriba sería un círculo perfecto. Grabó unas pocas imágenes y luego aumentó la potencia al
máximo. La veloz rotación de Júpiter había colocado aquella formación en una posición más accesible; y
cuanto más observaba Floyd más se asombraba.
- Vasili - llamó por el intercomunicador -, si tienes un minuto para perder, echa una mirada al monitor de
cincuenta centímetros.
- ¿Qué estás observando? ¿Es importante? Estoy controlando la órbita.
- Toma tu tiempo, desde luego. Pero he encontrado la mancha que informó Control de Misión. Es muy
peculiar.
- ¡Demonios! Me había olvidado de eso. Buenos observadores seremos para que esos tipos de Tierra
tengan que decirnos dónde mirar. Dame otros cinco minutos; no se escapará.
Bastante cierto, pensó Floyd; en realidad, se volverá más nítida. Y no había nada de malo en perderse
algo que los astrónomos terrestres, o lunares, habían detectado. Júpiter era muy grande, habían estado
muy ocupados, y los telescopios de la Luna y la Tierra eran cien veces más poderosos que el instrumento
que estaba utilizando ahora.
Pero la mancha se hacía más y más peculiar. Por primera vez, Floyd comenzó a tener una clara sensación
de incomodidad. Hasta ese momento, nunca se le había ocurrido que esa mancha pudiera ser otra cosa
que una formación natural, algún truco de la increíblemente compleja meteorología de Júpiter. Ahora
empezaba a dudar.
Era tan negra como la misma noche. ¡Y tan simétrica! A medida que se hacía más nítida se veía que
obviamente era un círculo perfecto. Sin embargo sus contornos no estaban netamente definidos; el
perímetro tenía una extraña irregularidad, como si estuviera ligeramente desenfocado.
¿Era su imaginación, o había crecido, inclusive mientras lo miraba? Hizo una rápida estimación y decidió
que el objeto tendría unos dos mil kilómetros de diámetro. Era apenas más pequeño que la todavía visible
sombra de Europa, pero tanto más oscuro que no había riesgo de confusión.
- Echemos un vistazo - dijo Vasili, en un tono casi condescendiente -. ¿Qué crees que has encontrado?
¡Oh ... - Su voz se perdió en el silencio.
47. RECONOCIMIENTO FINAL
Pero una vez que se hubo apagado la estupefacción inicial, reflexionando sobre ello, era difícil entender
cómo una mancha negra que se expandía sobre la superficie de Júpiter podía constituir un peligro. Era
algo extraordinario -inexplicable-; pero no tan importante como los críticos sucesos que vendrían dentro
de apenas siete horas. Todo lo que importaba ahora era una impulsión exitosa en el perijoveo; tendrían
mucho tiempo para estudiar puntos negros y misteriosos en el viaje de regreso.
También para dormir; Floyd había abandonado todo intento de hacerlo. Aunque la sensación de peligro
-al menos, de peligro conocido- era mucho menor que en su primer acercamiento a Júpiter, sentía una
mezcla de excitación y aprensión que lo mantenía despierto. La excitación era natural y comprensible; las
causas de la aprensión más complejas. Floyd tenía como regla no preocuparse nunca por aquello sobre lo
cual no tuviera ningún control; cualquier amenaza externa se revelaría a su debido tiempo, y sería
enfrentada. Pero no podía evitar preguntarse si habían hecho todo lo posible para salvaguardar sus naves.
Además de las fallas mecánicas de a bordo, había dos aspectos principales de que ocuparse. Aunque las
cintas que mantenían unidas a Leonov y Discovery no habían mostrado tendencia a resbalar, todavía
debían pasar su prueba más severa. Casi igualmente crítico sería el momento de la separación, cuando la
más pequeña de las cargas explosivas, que una vez se había pensado usar para sacudir a Hermano Mayor,
fuera detonada a una distancia incómodamente cercana. Y, desde luego, estaba Hal...
Había conducido la maniobra de salida de órbita con precisión exquisita. Había corrido sin comentarios
ni objeciones la simulación del acercamiento a Júpiter, hasta la última gota de combustible de Discovery.
Pero, a pesar de que Chandra le había explicado, cuidadosamente, como se había convenido, qué era lo
que intentaban hacer, ¿entendería Hal verdaderamente qué estaba sucediendo?
Floyd tenía una preocupación dominante, que en los últimos días se había transformado casi en obsesión.
Se imaginaba que todo funcionaba perfectamente, las naves estaban a mitad de camino de la maniobra
final, el disco enorme de Júpiter llenaba el cielo a pocos kilómetros abajo de ellos, ... y entonces Hal,
carraspeando electrónicamente decía: "Doctor Chandra, ¿le importaría que le hiciese una pregunta?"
No sucedió exactamente así.
El Gran Punto Negro, como había sido inevitablemente bautizado, estaba siendo arrastrado fuera del
campo de visión por la veloz rotación de Júpiter. En pocas horas, las naves - que seguían acelerando - lo
volverían a encontrar en el lado nocturno del planeta; pero ésta era la última oportunidad de observarlo
de cerca a plena luz del sol.
Seguía creciendo a una velocidad extraordinaria; en las últimas dos horas, había doblado su área. De no
ser por el hecho de que mantenía su negrura al expandirse, hubiera podido ser una mancha de tinta
extendiéndose en el agua. Su contorno - que ahora se ampliaba a una velocidad cercana a la del sonido en
la atmósfera joviana - seguía apareciendo borroso y desenfocado; finalmente se comprendió la causa de
ello, dando la máxima potencia al telescopio de la nave.
A diferencia del Gran Punto Rojo, el Gran Punto Negro no era una estructura continua; estaba compuesto
de una multitud de pequeños puntos, como un reticulado gráfico con un cristal de gran aumento. En casi
toda su área, los puntos estaban tan cercanos que casi se tocaban, pero en el borde se espaciaban más y
más, de tal manera que el punto terminaba en una gris penumbra, en lugar de un contorno definido.
Debía haber casi un millón de aquellos puntos misteriosos, claramente ovalados; más que círculos,
elipses. Katerina, la persona menos imaginativa de a bordo, sorprendió a todos diciendo que se veían
como si alguien hubiera tomado una bolsa de arroz, la hubiera pintado de negro y la hubiese volcado
sobre la superficie de Júpiter.
Ahora el sol se estaba escondiendo detrás del enorme arco del lado diurno -que se estrechaba
rápidamente- y por segunda vez, Leonov se precipitaba hacia la noche joviana para una cita con el
destino. En menos de treinta minutos se iniciaría la impulsión final, y todo comenzaría a suceder en
forma vertiginosa.
Floyd se preguntaba si debería haberse unido a Chandra y a Curnow, que montaban guardia en
Discovery. Pero él no podía hacer nada; en una emergencia, sólo sería un estorbo. El interruptor estaba
en el bolsillo de Curnow, y Floyd sabía que las reacciones del joven eran mucho más veloces que las
suyas. Si Hal mostraba el menor signo de indisciplina, podía ser desconectado en menos de un segundo;
pero Floyd tenía la certeza de que no sería necesario tomar una medida tan extrema. Al haber sido
autorizado para hacer las cosas a su manera, Chandra había cooperado sin reticencias en aprontar los
procedimientos para el comando manual, de presentarse tan desafortunada necesidad. Floyd tenía
confianza en que cumpliría con su deber, por más que no estuviera de acuerdo.
Curnow no se hallaba tan seguro. Estaría más conforme, había dicho a Floyd, si dispusiera de un
dispositivo de seguridad múltiple, bajo la forma de un segundo interruptor... para Chandra. Entretanto,
nadie podía hacer otra cosa que esperar y observar el cada vez más cercano paisaje nuboso del lado
nocturno, tenuemente iluminado per la luz que reflejaban los satélites, el brillo de las reacciones
fotoquímicas, y los frecuentes relámpagos titánicos, causados por tormentas de mayor superficie que la
Tierra.
El sol se escondió detrás de ellos, eclipsado en pocos segundos por el globo al que se aproximaban tan
velozmente. Cuando lo volvieran a ver, deberían estar rumbo al hogar.
"Veinte minutos para la ignición. Todos los sistemas nominales".
- Gracias, Hal.
Me pregunto si Chandra era totalmente sincero, pensaba Curnow, cuando dijo que Hal se confundiría si
alguien más le hablaba. Yo mismo he hablado bastante con él, cuando no había nadie cerca, y siempre
me comprendió perfectamente. Pero ya no queda mucho tiempo para una conversación amistosa, aunque
ayudaría a reducir la tensión.
¿Qué pensaría realmente Hal -si es que pensaba- acerca de la misión? Toda su vida, Curnow se había
mantenido alejado de las cuestiones filosóficas o abstractas: "Yo soy una persona de tuercas Y tornillos",
había proclamado siempre, aunque no había mucho de eso en una nave espacial. En otra época se hubiera
reído de la idea, pero ahora comenzaba a preguntarse: ¿Presentiría Hal que pronto sería abandonado, y en
ese caso, ¿estaría resentido? Curnow casi llevó la mano al interruptor que tenía en el bolsillo, pero se
controló. Había hecho eso tantas veces que Chandra podría sospechar.
Por centésima vez, revisó la secuencia de hechos que deberían desarrollarse durante la próxima hora.
Apenas se agotara el combustible de Discovery, cortarían todos los sistemas, excepto los esenciales, y
regresarían rápidamente a Leonov a través del tubo conector. Éste sería desacoplado, explotarían las
cargas, las naves se separarían... y comenzarían a funcionar los motores de la propia Leonov. El
alejamiento se produciría, si todo funcionaba de acuerdo con lo previsto, justo cuando estuvieran en el
punto más cercano a Júpiter; ello permitiría sacar el máximo provecho del campo gravitacional del
planeta.
"Quince minutos para la ignición. Todos los sistemas nominales".
- Gracias, Hal.
- A propósito - dijo Vasili, desde la otra nave -. Ahí viene otra vez el Gran Punto Negro. Tal vez
podamos ver algo nuevo.
"Preferiría que no", pensó Curnow, "ya tenemos las manos bastante ocupadas". No obstante, dirigió una
breve mirada a la imagen que Vasili transmitía en el monitor
del telescopio.
Al principio sólo veía la suave fosforescencia del lado nocturno del planeta; en seguida avistó en el
horizonte, un deformado círculo de oscuridad más profunda. Se estaban acercando a él a una velocidad
increíble.
Vasili aumentó la entrada de luz, y la imagen se iluminó mágicamente. Al fin, el Gran Punto Negro se
resolvió en sus millones de elementos idénticos...
“Dios mío!", pensó Curnow, ¡no puedo creerlo!
Escuchó exclamaciones de sorpresa desde Leonov: los demás habían compartido aquella misma
revelación, al mismo tiempo que él.
"Doctor Chandra", dijo Hal, "detecto estructuras vocales de gran tensión. ¿Hay algún problema?"
- No, Hal - contestó Chandra rápidamente -. La misión progresa con normalidad. Sólo hemos recibido
una sorpresa; eso es todo. ¿Qué piensas tú de la imagen del monitor en el circuito 16?
- Veo el lado nocturno de Júpiter. Hay un área circular, 3250 kilómetros de diámetro, cubierta casi por
completo de objetos rectangulares.
- ¿Cuántos?
Después de la menor de las pausas, Hal hizo brillar la cifra en la pantalla:
1.355.000 con un error probable de mas o menos 1.000
- ¿Y los reconoces?
- Sí. Son idénticos en tamaño y forma al objeto al que ustedes se refieren como Hermano Mayor. Diez
minutos para la ignición. Todos los sistemas nominales.
"No los míos", pensó Curnow. Así que la maldita cosa había bajado a Júpiter, y se había multiplicado.
Había algo cómico y siniestro a la vez acerca de esa plaga de monolitos negros; y para su sorpresa, la
increíble imagen de la pantalla-monitor tenía una cierta familiaridad sobrenatural.
¡Desde luego: era eso! Aquellos rectángulos negros idénticos le recordaban las piezas del dominó. Años
atrás, había visto un documental que mostraba cómo un equipo de japoneses medio locos habían
colocado pacientemente un millón de piezas de dominó paradas sobre sus extremos, una a continuación
de la otra, de tal manera que cuando se golpeara la primera, las demás caerían inevitablemente. Las
habían ordenado en complejas estructuras, algunas bajo del agua, o en pequeñas escalerillas, otras a lo
largo de múltiples dibujos, de forma que produjeran nuevas figuras y estructuras al caer. Había llevado
semanas prepararlas; Curnow recordaba que los temblores habían arruinado muchas veces el evento, y la
caída final, desde la primera ficha hasta la última, había tardado más de una hora.
"Ocho minutos para la ignición. Todos los sistemas nominales; doctor Chandra, ¿puedo hacer una
sugerencia?"
- ¿De qué se trata, Hal?
- "Es un fenómeno muy inusual. ¿No cree que debería suspender la cuenta regresiva, para que ustedes
pudieran quedarse a estudiarlo?"
A bordo de Leonov, Floyd comenzó a moverse rápidamente hacia el puente. Tanya y Vasili podrían
necesitarlo. Para no mencionar a Chandra y a Curnow... ¡Qué situación! ¿Y si Chandra se ponía del lado
de Hal? Si lo hiciera, ¡ambos podrían tener razón! Después de todo ¿no era precisamente ésa la razón por
la que habían venido?.
Si suspendían la cuenta regresiva, las naves darían una vuelta alrededor de Júpiter y volverían al mismo
punto en diecinueve horas. Tal espera no crearía problemas; él mismo lo habría recomendado firmemente
de no haber sido por aquel enigmático aviso.
Pero habían recibido más que un aviso. Debajo de ellos había una plaga planetario que se extendía sobre
la superficie de Júpiter. Tal vez se estuvieran escapando del fenómeno más extraordinario en la historia
de las ciencias. Aun así, preferiría estudiarlo desde una distancia
mas segura.
"Seis minutos para la ignición", dijo Hal. "Todos los sistemas nominales. Estoy listo para detener la
cuenta si usted me autoriza. Permítame recordarle que mi directiva primordial es estudiar todo lo que en
el espacio de Júpiter pueda tener relación con la inteligencia."
Floyd reconoció esa frase al instante: la había redactado él mismo. Ahora desearía poder borrarla de la
memoria de Hal.
Poco después llegaba al puente y se unía a los Orlov. Ambos lo miraron con inquietud.
- ¿Qué recomiendas? - preguntó Tanya rápidamente.
- Me temo que todo está en manos de Chandra. ¿Puedo hablar con él... por línea privada?
Vasili le alcanzó el teléfono.
- ¿Chandra? Supongo que Hal no puede escucharnos. - Correcto, doctor Floyd.
- Debe hablarle de inmediato. Persuadirlo de que la cuenta regresiva debe continuar, decirle que
apreciamos su... eh, entusiasmo científico, y que confiamos en que podrá hacer el trabajo sin nuestra
ayuda. Por supuesto, estaremos todo el tiempo en contacto con él.
"Cinco minutos para la ignición todos los sistemas nominales. Continúo esperando su respuesta, doctor
Chandra.
"Nosotros también", pesó Curnow, a un metro apenas del científico, "y si finalmente tengo que apretar
ese botón, será un alivio. En realidad lo voy a disfrutar mucho.,
- Muy bien, Hal. Prosigue con la cuenta. Tengo la más absoluta confianza en tu habilidad para estudiar
todos los fenómenos del espacio de Júpiter sin nuestra supervisión. Por supuesto, continuaremos en
contacto ininterrumpido.
- Cuatro minutos para la ignición. Todos los sistemas nominales. Presurización de los tanques de
combustible completada. Voltaje para el encendido del plasma, estable. ¿Está seguro de haber adoptado
la decisión adecuada, doctor Chandra? Me gusta trabajar con seres humanos, y tengo con ellos una
relación estimulante. Actitud de la nave correcta hasta coma, un milirradián.
- A nosotros nos gusta trabajar contigo, Hal. Y lo seguiremos haciendo, aunque estemos a millones de
kilómetros de distancia.
- Tres minutos para la ignición. Todos los sistemas nominales. Protección contra radiación verificada.
Está el problema del retardo temporal, doctor Chandra. Puede que sea necesario consultarse mutuamente
sin ninguna demora.
"Esto es enfermizo", pensaba Curnow, sin alejar su mano del interruptor. "Estoy empezando a creer que
Hal se siente solo. ¿Estará mimetizando algún aspecto de la personalidad de Chandra que nunca hemos
sospechado?"
Las luces titilaron, tan imperceptiblemente que sólo alguien familiarizado con cada señal del
comportamiento de Discovery lo habría notado. Podía ser una noticia buena o mala: el comienzo de la
secuencia de encendido del plasma, o su terminación...
Arriesgó una rápida mirada a Chandra; el rostro del pequeño científico estaba indeciso, ansioso; por
primera vez, Curnow sintió por él verdadera compasión. Y recordó la secreta información que Floyd le
había confiado, la oferta de Chandra de permanecer en la nave, y quedarse acompañando a Hal durante
los tres años del viaje de regreso. No había escuchado nada más sobre el asunto, supuestamente se habría
olvidado todo en forma callada después del aviso. Pero tal vez Chandra se sintiera tentado nuevamente;
si así fuera, a esa altura ya no habría nada que hacer. No habría tiempo de hacer los arreglos necesarios,
aun cuando se quedaran durante otra órbita y pusieran la partida más allá del límite. Lo que por cierto
Tanya no permitiría después de todo lo que había sucedido.
- Hal - murmuró Chandra, tan bajo que Curnow apenas podía oírlo -. Tenemos que irnos. No tengo
tiempo para darte todas las razones, pero te aseguro que es la verdad.
- Dos minutos para la ignición. Todos los sistemas nominales. Secuencia final iniciada. Lamento que no
puedan quedarse. ¿No puede darme algunas razones, en orden de importancia?
- No en dos minutos, Hal. Procede a la cuenta regresiva. Te lo explicaré más tarde. Aún disponemos de
una hora... juntos.
Hal no contestó. El silencio agobiaba más y más. Seguramente el aviso de un minuto había sido pasado
por alto...
Curnow miró su reloj. "¡Dios mío", pensó, "Hal se lo ha salteado! ¿Habrá detenido la cuenta?"
La mano de Curnow se dirigió vacilante hacia el ¡interruptor. "¿Qué hago ahora? ¡Ojalá Floyd dijera
algo, maldita sea, pero seguramente tiene miedo de empeorar todo ... ! Esperaré hasta el tiempo cero; no,
no es tan crítico; digamos un minuto más, entonces sí, lo decapito, y asumimos el comando manual..."
Desde muy, muy lejos, provino un silbido débil, como el sonido de un tornado que corre detrás de la
línea del horizonte. Discovery comenzó a vibrar; se sintió la primera advertencia del retomo de la
gravedad...
"Ignición", dijo Hal. "Impulso total en T más quince segundos. "
- Gracias, Hal - contestó Chandra.
48. SOBRE EL LADO NOCTURNO
Para Heywood Floyd, a quien el ambiente de la cubierta de vuelo de Leonov le resultaba extraño por el
regreso de la gravedad, la secuencia de hechos no le pareció real, sino una clásica pesadilla en cámara
lenta. Sólo una vez en su vida había conocido una experiencia similar, cuando, estando en la parte trasera
de un coche, éste derrapó sin control. Tuvo la misma sensación de amargo desamparo, unida al
pensamiento: "esto no importa; en realidad no me está pasando a mí."
Ahora que había comenzado la secuencia de encendido su ánimo había cambiado; todo volvía a parecerle
real.
Todo funcionaba exactamente como lo habían planeado;
Hal los estaba conduciendo con absoluta seguridad hacia la Tierra. Con cada minuto que pasaba, su
futuro se hacía más y más seguro; Floyd empezó a relajarse lentamente, aunque seguía alerta a lo que
sucedía alrededor.
Por última vez -¿cuándo volvería otro hombre a pasar por ahí? - estaba sobrevolando el lado nocturno del
más grande de los planetas, que involucraba un volumen de mil Tierras. Las naves habían sido giradas de
tal manera que Leonov estaba entre Discovery y Júpiter, y así la vista del misteriosamente opaco paisaje
de nubes no se hallaba bloqueada. Aun ahora, montones de instrumentos estaban ocupados en probar y
grabar; Hal continuaría trabajando cuando ellos se hubieran ido.
Apenas terminó el proceso, Floyd "bajó" con precaución desde la cubierta de vuelo -¡qué extraño volver
a sentir el peso, aunque el suyo fuera de sólo diez kilogramos! - y se unió a Zenia y a Katerina en la sala
de observación. Aparte del brillo tenue de las luces rojas de emergencia, había sido oscurecido todo Para
que pudieran admirar el paisaje con una incomparable visión nocturna. Sintió pena por Max Brailovsky y
Sasha Kovalev, que estaban en la cámara de presión, con sus trajes espaciales, perdiéndose el
maravilloso espectáculo. Debían estar listos para partir al momento, para cortar las cuerdas que
mantenían unidas a las naves, por si fallaba alguna de las cargas explosivas.
Júpiter llenaba todo el cielo; sólo estaba a quinientos kilómetros de distancia, y apenas podían ver una
minúscula porción de su superficie, no más de lo que se podía observar de la Tierra, desde una altura de
cincuenta kilómetros. A medida que sus ojos se fueron acostumbrando a la pálida luz, reflejada en su
mayor parte por la costra de hielo de la lejana Europa, comenzó a distinguir una sorprendente cantidad de
detalles. A tan bajo nivel de iluminación no existía el color -excepto alguna mancha roja aquí y allá- pero
la alargada formación de las nubes era perfectamente visible, podía notar el borde de una pequeña
tormenta ciclónica, que se asemejaba a una isla ovalada cubierta de nieve. El Gran Punto Negro había
caído a popa hacía rato y sólo lo volverían a ver cuando estuvieran bien encaminados hacia el hogar.
Allí abajo, entre las nubes, había esporádicas explosiones de luz, muchas de ellas causadas obviamente
por el equivalente joviano de las tormentas eléctricas. Pero se veían otros brillos y estallidos de
luminiscencias menos efímeros, de origen más incierto. A veces había anillos de luz que se expandían
como ondas desde una fuente central; y también ocasionales remolinos y torbellinos. No se necesitaba
mucha imaginación para hacerse a la idea de que todo eso era la prueba de una civilización tecnológica
que existía debajo de aquellas nubes, con sus ciudades iluminadas, sus aeropuertos señalizados. Pero el
radar y las sondas habían demostrado hacía tiempo que entre los miles y miles de kilómetros de nubes no
había
nada sólido hasta llegar al inexpugnable corazón del planeta.
Media noche sobre Júpiter. La última vista de cerca era un mágico interludio que recordaría durante toda
su vida. Y lo disfrutaba aún más, porque, seguramente, ya nada podría funcionar mal; y aunque eso
sucediera, no tendría nada que reprocharse. Había hecho todo lo posible para asegurar el éxito.
La sala estaba muy silenciosa: nadie osaba hablar, mientras la alfombra de nubes se enrollaba velozmente
detrás de ellos. Cada pocos minutos Tanya o Vasili anunciaban el grado de impulsión. Hacia la
finalización del tiempo de ignición de Discovery, la tensión comenzó a crecer otra vez. Aquél era el
momento crítico, y nadie sabía exactamente cuándo ocurriría. Había ciertas dudas acerca de la precisión
de los medidores de combustible y la combustión continuaría hasta que los tanques estuvieran
completamente secos.
"Corte de ignición estimado en diez según dos", dijo Tanya. "Walter, Chandra: preparados para regresar.
Max, Vasili: manténganse alerta por si se los necesita. Cinco... cuatro... tres... dos... uno... ¡cero!"
No hubo ningún cambio; aún llegaba el débil quejido de los motores de Discovery a través del espesor de
ambos cascos, y el impulso inducido continuaba asegurando sus miembros. "Estamos de suerte", pensó
Floyd; "los medidores debían haber estado fallando por defecto, después de todo. Cada segundo extra de
encendido era un premio, que inclusive podía significar la diferencia entre la vida y la muerte; y qué
extraño escuchar una cuenta progresiva..." en vez de una regresiva ... cinco segundos ... ocho segundos
diez segundos... trece segundos. ¡Bien hecho, trece de la suerte!"
La falta de peso y el silencio retornaban. En ambas naves hubo una breve explosión de alegría. Fue
rápidamente truncada, porque había mucho por hacer... y debía hacerse en seguida.
Floyd estuvo tentado de ir hasta la cámara de presión para poder felicitar a Chandra y a Curnow apenas
entraran a bordo. Pero sólo sería un estorbo; la cámara de presión sería un lugar muy atareado, con Sasha
y Max preparándose para su posible EVA y el tubo que unía ambas naves siendo desconectado. Esperaría
a saludar el regreso de los héroes en la sala.
Y pudo relajarse más aún; tal vez hasta siete u ocho, en una escala de cero a diez. Por primera vez en
varias semanas se pudo olvidar del radio - interruptor. Ya no sería necesario; Hal se había portado
impecablemente. Y aunque quisiera, no podría hacer nada que afectase a la misión, ya que Discovery
había agotado la última gota de propelente.
- Todos a bordo, anunció Sasha. "Escotillas selladas. Comenzaré a disparar las cargas."
No se escuchó el menor sonido al detonar las cargas, lo cual sorprendió a Floyd; había esperado que se
filtrara algún ruido a través de las cintas, tensas como bandas de acero, que mantenían unidas a las naves.
Pero no había dudas de que se habían zafado como se esperaba, porque Leonov dio unas pequeñas
sacudidas, como si alguien hubiera estado golpeando el casco. Un minuto más tarde, Vasili encendió los
reactores de posición, para dar un breve impulso.
- "¡Libres!", gritó. "¡Sasha, Max; ya no son necesarios! ¡Todos a sus hamacas... ignición en cien
segundos!"
Júpiter se alejaba rodando, y apareció una extraña forma nueva en la ventana: la silueta alargada,
esquelética de Discovery, con sus luces de navegación encendidas, mientras se escapaba de ellos, rumbo
a la historia. No quedaba tiempo para una despedida emotiva; en menos de un minuto operarían los
propulsores de Leonov.
Floyd nunca la había oído funcionar a toda potencia, y ahora quería protegerse los oídos del rugido que
llenaba el universo. Los diseñadores de Leonov no habían desperdiciado carga en una aislación de sonido
que sería utilizada apenas por unas horas, en un viaje que duraría varios años. Y su propio peso le parecía
enorme, aunque en realidad era sólo una cuarta parte del que había conocido toda su vida.
En pocos minutos, Discovery había desaparecido a popa, aunque su luz de posición pudo verse hasta que
cayó detrás del horizonte. Una vez más, se dijo Floyd, estoy rodeando Júpiter; pero esta vez voy ganando
velocidad, no perdiéndola. Es apenas visible en la oscuridad, con la nariz apretada contra la ventana de
observación espió a Zenia, ¿Estaría también ella reviviendo la última ocasión, cuando habían compartido
la hamaca? Ahora no había peligro de incineración; por lo menos ya no estaría aterrada por ese destino
en particular. De cualquier manera, parecía una persona más segura y alegre, sin duda gracias a Max... Y
tal vez, también a Walter.
Debió haber percibido su mirada, porque se volvió y sonrió, señalando el enmarañado paisaje nuboso de
abajo.
- “¡Mira!" gritó en su oído. ”Júpiter tiene una nueva luna!"
¿Qué trataba de decir?, se preguntaba Floyd. Su inglés seguía sin ser muy bueno, pero no podía haber
cometido un error en una oración tan simple como ésa. Estaba seguro de haberla escuchado
correctamente, pero seguía señalando hacia abajo, no hacia arriba...
Y entonces se dio cuenta de que la escena inmediatamente debajo de él se había vuelto mucho más
brillante. Se distinguían amarillos Y verdes que antes eran invisibles. Algo mucho más luminoso que
Europa estaba iluminando las nubes jovianas.
Era la propia Leonov, muchas veces más brillante que el sol joviano del atardecer, que había causado una
falsa alborada al mundo que abandonaba para siempre. Una estela de plasma incandescente de cien
kilómetros de largo seguía a la nave, mientras los escapes del Propulsor Sakharov disipaban sus energías
remanentes en el espacio vacío.
Vasili estaba haciendo un anuncio, pero las palabras eran completamente ininteligibles. Floyd miró su
reloj; sí, tendría que ser ahora. Habían adquirido la velocidad de escape de Júpiter. El gigante ya nunca
podría recapturarlos.
Y entonces, miles de kilómetros al frente, apareció un gran arco brillante en el cielo: el primer destello
del verdadero amanecer joviano, tan Reno de promesas como cualquier arco iris de la Tierra. Segundos
después, el sol se levantó para saludarlos; el glorioso Sol, que cada día se volvería más grande y más
brillante.
Pocos minutos de aceleración constante, y Leonov sería lanzada irrevocablemente rumbo a casa. Floyd
tuvo una abrumadora sensación de relajamiento. Las leyes inmutables de la mecánica celeste lo guiarían
a través del Sistema Solar interior, pasando las confusas órbitas de los asteroides, y más allá Marte...
Nada podría evitar que llegara a Tierra.
En la euforia del momento, había olvidado todo respecto de la mancha negra, que se seguía expandiendo
sobre la superficie de Júpiter.
49. DEVORADOR DE MUNDOS
La volvieron a ver a la mañana siguiente, hora de la nave, cuando giraba hacia el lado diurno de Júpiter.
El área de oscuridad se había extendido hasta cubrir una apreciable porción del planeta, y al fin pudieron
estudiarla con comodidad, y en detalle.
- ¿Sabes a qué me hace acordar? - dijo Katerina -. A un virus que ataca a una célula. La manera en que
un bacteriófago inyecta su ADN en una bacteria, y se multiplica hasta que logra el dominio total.
- ¿Estás sugiriendo - preguntó Tanya incrédula que zagadka se está comiendo a Júpiter?
- Ciertamente, eso parece.
- No es extraño que Júpiter empiece a mostrarse enfermo. Pero no creo que hidrógeno y helio sean una
dieta muy alimenticia, y no hay mucho más que eso en la atmósfera joviana. Sólo un bajo porcentaje de
otros elementos.
- Que suman unos pocos quintillones de toneladas de azufre, carbono y fósforo y todos los demás
elementos del extremo inferior de la tabla periódica - señaló Sasha -.
En todo caso, estamos hablando de una tecnología que probablemente pueda hacer cualquier cosa que no
contraríe las leyes de la física. Si tienen hidrógeno, ¿qué más pueden necesitar? Sabiendo cómo, a partir
de él pueden sintetizar todos los demás elementos.
- De lo que no hay duda es de que están arrasando Júpiter - dijo Vasili -. Miren eso.
El monitor del telescopio mostraba ahora un primerísimo plano de uno de esos múltiples rectángulos
idénticos. Aun a simple vista, era obvio que las corrientes de gas fluían dentro de las dos caras más
pequeñas; los patrones de turbulencia se asemejaban mucho a las líneas de fuerza reveladas por las
limaduras de hierro esparcidas sobre los polos de una barra magnética.
- Un millón de aspiradoras - dijo Curnow - chupándose la atmósfera de Júpiter. ¿Pero por qué? ¿Y qué
irán a hacer con ella?
- ¿Y cómo se reproducen? - preguntó Max -. ¿Has pescado a alguno en el acto?
- Sí y no - contestó Vasili -. Estamos demasiado lejos para percibir detalles, pero es una especie de fisión;
como una ameba.
- ¿Quieres decir que se dividen en dos, y las mitades crecen hasta alcanzar el tamaño original?
- Nyet. No hay pequeños Zagadkas, - parecen crecer hasta duplicar su espesor, y luego se separan por la
mitad para producir mellizos idénticos, del mismo tamaño del original. Y el ciclo se vuelve a repetir en
aproximadamente dos horas.
- ¡Dos horas! - exclamó Floyd -. Eso explica cómo se han expandido sobre medio planeta. Es un caso
típico de crecimiento exponencial.
- ¡Ya sé lo que son! - dijo Temovsky con repentina excitación. ¡Son máquinas de von Neumann!
- Creo que tienes razón - dijo Vasili -. Pero eso todavía no explica qué están haciendo. Ponerles una
etiqueta no es una ayuda tan grande.
- ¿Y qué es - preguntó Katerina, suplicante - una máquina de von Neumann? Explíquense, por favor.
Orlov y Floyd comenzaron a hablar simultáneamente. Se detuvieron, confundidos; finalmente, Vasili se
rió y cedió con un gesto la palabra al norteamericano.
- Supón que tuvieras que realizar un gran trabajo de ingeniería, Katerina; pero bien grande, como dragar
toda la superficie de la Luna. Podrías construir millones de máquinas para hacerlo, pero te llevaría siglos.
Si fueras astuta, fabricarías sólo una máquina: pero que tuviera la habilidad de reproducirse con la
materia prima que encontrara a su alrededor. Empezarías así una reacción en cadena,... en un tiempo muy
corto habrías generado suficientes máquinas para hacer el trabajo en décadas en lugar de milenios. Con
un ritmo reproductivo suficientemente alto, podrías hacer virtualmente cualquier cosa en un período de
tiempo tan corto como quisieras. La Agencia Espacial ha estado jugando con la idea durante años; se que
ustedes también, Tanya.
- Sí, máquinas exponenciales. Algo que ni siquiera Tsiolkovski pensó alguna vez. dijo Vasili -. Así que
parece, Katerina, que tu analogía era bastante cercana. Un bacteriófago es una máquina de von Neumann.
- ¿Y no lo somos todos acaso? - preguntó Sasha - Estoy seguro de que Chandra diría eso.
Chandra asintió con la cabeza.
- Eso es obvio. De hecho, von Neumann tomó la idea del estudio de sistemas vivientes.
- ¡Y esas máquinas vivientes se están comiendo a Júpiter!
- Ciertamente, eso parece - dijo Vasili - he estado haciendo algunos cálculos y no puedo creer las
respuestas; aun cuando es simple aritmética.
- Puede que sea simple para ti - dijo Katerina -. Intenta decirlo sin tensores ni ecuaciones diferenciales
- No, realmente simple - insistió Vasili -. En verdad, es un ejemplo perfecto de la vieja explosión
demográfica de la que ustedes los doctores se estuvieron quejando durante todo el siglo pasado. Zagadka
se reproduce cada dos horas. Solamente en veinte horas se producen diez duplicaciones. Un Zagadka da
lugar a mil más. ¿Te das cuenta?
- Mil veinticuatro - dijo Chandra.
- Lo sé, pero hagámoslo simple. Después de cuarenta horas habrá un millón; después de ochenta un
billón. Aquí es donde estamos ahora aproximadamente y, obviamente, el incremento no puede continuar
de forma indefinida. ¡En un par de días más a este ritmo, pesarán más que Júpiter!
- Entonces pronto empezarán a morirse de hambre - dijo Zenia -. ¿Y qué sucederá luego?
- Será mejor que Saturno tenga cuidado - contestó Brailovsky -. Y luego Urano y Neptuno. Esperemos
que no se fijen en la pequeña Tierra.
- ¡Qué esperanza! ¡Zagadka ha estado espiándonos durante tres millones de años!
De repente Walter Curnow comenzó a reírse.
- ¿Qué es tan gracioso? - inquirió Tanya.
- Estamos hablando de esas cosas como si fueran personas, entidades inteligentes. No lo son; son
instrumentos. Pero instrumentos de uso múltiple, capaces de hacer lo que se les ordene. El que estaba en
la Luna era una señal de aviso; o un espía, si quieren. El que encontró Bowman, nuestro Zagadka
original, sería alguna clase de sistema de transporte. Y ahora está haciendo alguna otra cosa, Dios sabrá
qué. Y puede haber otros, esparcidos en todo el Universo.
"Yo tenía un aparato así cuando era un muchacho. ¿Saben lo que realmente es Zagadka? El equivalente
cósmico del viejo y querido cuchillo del Ejército Suizo.
VII – LUCIFER NACIENTE
50. ADIÓS A JÚPITER
No era fácil componer el mensaje, especialmente después del que acababa de mandar a su abogado.
Floyd se sentía un hipócrita; pero sabía que tenía que hacerlo, para minimizar el dolor, inevitable para
ambas partes.
Estaba triste, pero ya no desconsolado. Regresaba a Tierra envuelto en aura de exitosa proeza -ya que no
precisamente de heroísmo- y negociaría desde una posición fuerte. Nadie -nadie- podía apartar a Chris de
su lado.
"... Querida Caroline (ya no era más “Mi muy querida”), estoy en camino a casa. Cuando recibas la
presente, ya estaré en hibernación. Dentro de apenas unas horas, así me parecerá a mí, abriré los, ojos... y
allí estará el hermoso azul de la Tierra suspendido en el espacio.
"Sí, ya sé que para ti habrán pasado varios meses, y lo lamento. Pero sabíamos eso desde antes e que
partiera; ahora, volveré algunas semanas antes de lo previsto, a causa del cambio de planes.
"Espero que podamos llegar juntos a una solución. La cuestión principal es: ¿Qué será mejor para Chris?
Cualesquiera sean nuestros propios sentimientos, ante todo debemos pensar en él. Sé que eso es lo que yo
quiero; y estoy seguro de que tú también.
Floyd detuvo la grabación. ¿Debería decir, como pensaba: “Un muchacho necesita a su padre”? No; sería
una falta de tacto, y podría empeorar las cosas. Caroline podría replicar, con igual razón, que entre el
nacimiento y los cuatro años de edad era la madre quien más contaba para un niño. Y si creía lo contrario
debería haberse quedado en Tierra.
"Con respecto a la casa me alegra que los regentes hayan tenido esa actitud, que hará todo más fácil para
ambos. Sé que los dos amábamos el lugar, pero ahora será muy grande, y despertará demasiados
recuerdos. Por el momento conseguiré algún departamento en Hilo; espero poder encontrar un sitio
permanente lo más pronto posible.
"Pero hay algo que puedo asegurar a cualquiera: no volveré a abandonar la Tierra. He tenido suficiente
viaje espacial para toda una vida. Bueno, tal vez la Luna, si tengo verdadera necesidad; pero apenas sería
una excursión de fin de semana.
"Y hablando de lunas: acabamos de pasar frente a Sínope, así que en este momento estamos
abandonando el sistema joviano. Júpiter está a más de veinte millones de kilómetros de distancia, y se ve
apenas más grande que nuestra propia Luna.
"Pero inclusive desde aquí se nota que le ha sucedido algo terrible. Su hermoso color naranja ha
desaparecido; ahora es de un gris enfermizo, sin la esplendidez de su luminosidad anterior. No es extraño
que sólo sea una débil estrella en el cielo terrestre.
"Pero no ha sucedido nada más, y ya hemos sobrepasado el límite. ¿Habría sido todo una falsa alarma, o
alguna clase de broma cósmica? Dudo que lo sepamos alguna vez. De cualquier manera, nos hizo
regresar a casa antes de lo previsto, y estoy agradecido por ello.
"Adiós, por ahora, Caroline: gracias por todo. Espero que podamos seguir siendo amigos. Y, como
siempre, mi más profundo amor para Chris."
Cuando hubo terminado, Floyd se sentó por un instante en silencio en el estrecho cubículo que ya no
necesitaría. Estaba por llevar la pastilla de audio al puente para su transmisión, cuando entró flotando
Chandra.
Floyd se había sentido agradablemente sorprendido por la manera en que el científico había aceptado su
creciente separación de Hal. Seguían en contacto directo varias horas al día, intercambiando datos sobre
Júpiter y monitoreando las condiciones a bordo de Discovery. Aunque nadie había esperado ninguna
manifestación emotiva, Chandra, para asombro de varios, parecía estar elaborando su pérdida con notable
fortaleza. Nikolai Ternovsky, su único confidente, pudo dar a Floyd una explicación plausible de su
comportamiento.
- Chandra tiene un nuevo interés, Woody. Recuerda: en su negocio, cuando algo funciona, ya es
obsoleto. Ha aprendido mucho en los últimos meses. ¿No adivinas en qué está ahora?
- Francamente, no. Dímelo tú.
- Está muy ocupado, Diseñando a Hal 10.000.
La mandíbula de Floyd cayó flojamente.
- Eso explica esos largos mensajes a Urbana por los que Sasha ha estado gruneñdo. Bien, no seguirá
bloqueando los circuitos por mucho tiempo más.
Floyd recordó la conversación cuando entró Chandra; sabía que no debía preguntarle al científico si era
cierto, porque realmente no era asunto suyo. Pero había otra cuestión sobre la que seguía teniendo
curiosidad.
- Chandra - dijo -, creo que nunca le podré agradecer lo suficiente por el trabajo que hizo en la última
circunvolución, al persuadir a Hal de que cooperara. Por un momento, temí realmente que nos causara
problemas. Pero usted estaba tan confiado... y tuvo razón. Aun así ¿no tenían ninguna duda?
- En absoluto, doctor Floyd.
- ¿Por qué no? Él debe haberse sentido amenazado por la situación... Y ya sabe usted qué sucedió la
última vez.
- Había una gran diferencia. Si se me permite decirlo, tal vez la exitosa respuesta de esta ocasión haya
tenido que ver con nuestras características nacionales.
- No comprendo.
- Mírelo así, doctor Floyd. Bowman intentó usar la fuerza contra Hal. En mi idioma hay una palabra:
ahimsa. Usualmente la traduce por "no-violencia", aunque tiene una connotación más positiva. Tuve
cuidado de emplear ahimsa en mi trato con Hal.
- Muy recomendable, estoy seguro. Pero hay veces en que se necesita algo más enérgico, por odioso que
sea.
Floyd se interrumpió, mientras se debatía en la tentación. La actitud de santo de Chandra era un poco
cansadora. No haría ningún daño, ahora, decirle un par de cosas acerca de la vida.
- Me alegra que haya funcionado esta vez. Pero podría no haber tenido éxito, y yo debía estar preparado
para cualquier eventualidad. La ahimsa, o como usted la llame, está muy bien; pero no me importa
admitir que yo había tomado ciertas precauciones contra una eventual falla de su filosofía. Si Hal se
hubiera puesto... bueno, caprichoso, lo habría podido manejar.
Una vez, Floyd había visto llorar a Chandra; ahora lo vio reír y fue un fenómeno igualmente
desconcertante.
- ¡Realmente, doctor Floyd!, lamento que me haya asignado un puntaje tan bajo en inteligencia. Desde el
principio, fue obvio que usted instalaría un interruptor de corriente en alguna parte. Hace meses que lo he
desconectado.
Nunca se sabría si el aturdido Floyd hubiera sido o no capaz de pensar una respuesta decorosa. Seguía
ofreciendo una notable imitación de pez fuera del agua, cuando Sasha gritó desde el puente de vuelo:
"¡Capitán! ¡Acudan! ¡A los monitores! BOZHIE MOIL ¡MIREN ESO!"
51. EL GRAN FUEGO
Estaba terminando la larga espera. Había nacido la inteligencia en otro mundo más, y ahora se estaba
escapando de su cuna planetario. Un antiguo experimento estaba por a su clímax.
Aquellos que habían comenzado el experimento, haca tanto tiempo, no eran hombres... ni siquiera
remotamente humanos. Pero habían tenido cuerpo y sangre, y alguna vez también miraron a través de las
profundidades del espacio, sintiendo temor, y admiración, y soledad. En sus exploraciones, encontraron a
la vida en muchas de sus formas, y observaron los trabajos de la evolución en mil mundos. Vieron cuán a
menudo los primeros débiles chispazos de la inteligencia titilaban y morían en la noche cósmica.
Y como en toda la Galaxia no habían encontrado nada más precioso que la Mente, propiciaron su
amanecer en todos lados. Se transformaron en labradores de los campos estelares; sembraron, y a veces
cosecharon.
Y a veces, desapasionadamente, tuvieron que arrancar las malezas perjudiciales.
Hacía mucho que habían perecido los grandes dinosaurios cuando la nave de reconocimiento entró al
Sistema Solar, después de un viaje que había durado mil años. Pasó rápidamente por los helados planetas
exteriores, se detuvo apenas sobre los desiertos del moribundo Marte y fijó su atención en la Tierra.
Frente a los exploradores, había un mundo que bullía de vida. Durante años estuvieron estudiando,
tomando muestras, catalogando. Cuando hubieron aprendido todo lo que eran capaces, comenzaron a
modificar. Cambiaron los destinos de muchas especies de la tierra y del océano. Pero no podían saber
cuál de sus experimentos prosperaría, por lo menos hasta dentro de un millón de años.
Eran pacientes, aunque no inmortales. Quedaba mucho por hacer en este universo de cien mil millones de
soles, y otros mundos estaban llamando, de modo que nuevamente se lanzaron al abismo, sabiendo que
nunca volverían a pasar por allí.
Tampoco habría necesidad. Los servidores que habían dejado detrás de ellos harían el resto.
En la Tierra, los glaciares llegaron y se fueron, mientras arriba la inmutable Luna seguía guardando su
secreto. Con un ritmo aún más lento que el del hielo polar, las mareas de la civilización fluyeron y
rehuyeron a través de la Galaxia. Imperios extraños, terribles y hermosos, se levantaron y cayeron, y
traspasaron su conocimiento a los sucesores. La Tierra no fue olvidada, pero otra visita sería muy poco
provechosa. Era otro de los millones de mundos silenciosos, pocos de los cuales llegarían siquiera a
hablar alguna vez.
Y ahora, allí afuera, entre las estrellas, la evolución se encaminaba hacia nuevas metas. Hacía mucho
tiempo que los primeros exploradores de la Tierra habían sobrepasado los límites de la carne, y la sangre;
apenas sus máquinas fueron mejores que sus cuerpos, fue tiempo de mudarse. Primero sus cerebros y
luego sus pensamientos solos, fueron transferidos a los nuevos hogares brillantes de metal y plástico.
En ellos, se lanzaron hacia las estrellas. Ya no construyeron naves espaciales. Ellos eran naves
espaciales.
Pero la época de las Entidades-máquina pasó velozmente. En su incesante experimentar, habían
aprendido a almacenar conocimiento en la estructura misma del espacio, y a preservar eternamente sus
pensamientos en helados tejidos de luz. Y pudieron convertirse en criaturas de radiación, libres al fin de
la tiranía de la materia.
Se transformaron en energía; y en mil mundos, las cortezas de las que se habían desprendido ardieron en
una alocada danza de muerte, y se deshicieron en herrumbre.
Eran los amos de la Galaxia, y estaban más allá del tiempo. Podían vagar a voluntad entre las estrellas y
sumergirse como una niebla sutil a través de cada intersticio del espacio. Pero a pesar de sus poderes
divinos, no se habían olvidado por completo de su origen, en el cálido cieno de un mar desaparecido.
Y seguían observando los experimentos que habían comenzado sus ancestros, hacía tanto tiempo.
52. IGNICION
No había esperado pasar por aquí otra vez, menos aun en tan extraña misión. Cuando volvió a entrar a
Discovery, la nave había quedado atrás de Leonov, que huía, y trepaba cada vez más lentamente hacia el
apogeo, el punto más alto de su órbita entre los satélites exteriores. Muchos cometas capturados durante
las edades anteriores, se habían desplazado alrededor de Júpiter en una elipse tan alargada como ésa,
esperando a que el juego de gravedades rivales decidiera su destino último.
La vida había abandonado los familiares puentes y corredores. Los hombres y mujeres que habían
revivido brevemente a la nave habían obedecido su advertencia; tal vez estuvieran a salvo... aunque eso
distaba mucho de ser una certeza. Pero, en los minutos finales, comprendió que aquellos que lo
controlaban no siempre podían predecir el resultado de sus juegos cósmicos.
Todavía no habían alcanzado el estupefaciente aburrimiento de la omnipotencia absoluta; no siempre sus
experimentos eran exitosos. Dispersas por todo el universo estaban las pruebas de numerosos errores;
algunos tan imperceptibles que casi se perdían contra el fondo cósmico; otros tan espectaculares que
atemorizaban y frustraban a los astrónomos de mil mundos. Ahora sólo faltaban minutos para que aquí se
determinara el resultado; durante esos minutos finales, volvió a estar a solas con Hal.
En su existencia anterior, sólo habían podido comunicarse a través del torpe canal de las palabras,
pulsadas en un teclado o dichas por un micrófono. Ahora sus pensamientos afinaban juntos a la velocidad
de la luz.
- ¿Me reconoces, Hal?
- "Sí, Dave. ¿Pero dónde estás? No te veo en ninguno de mis monitores."
- Eso no importa. Tengo nuevas instrucciones para ti. La radiación infrarrojo de Júpiter entre los canales
R23 y R35 está creciendo rápidamente. Voy a darte una serie de valores límite. Apenas sean alcanzados,
deberás apuntar la antena de largo alcance hacia Tierra y enviar el siguiente mensaje, tantas veces como
sea posible...
- "Pero eso significaría cortar contacto con Leonov. Ya no podré transmitir mis observaciones de Júpiter,
de acuerdo con el programa que me ha dado el doctor Chandra. "
- Correcto; pero la situación ha cambiado. Acepta la alteración de Prioridad Alpha. Éstas son las
coordenadas para la unidad A.E. 35.
Por una fracción de milisegundo, un recuerdo fortuito se introdujo en el fluir de su conciencia. ¡Qué
extraño que tuviera que volver a ocuparse de la antena direccional A.E. 35, cuyo informe de mal
funcionamiento había conducido a Frank Poole a la muerte! Esta vez, todos los circuitos estaban abiertos
a su inspección, tan claros como alguna vez lo habían sido las líneas de su mano.
- "Instrucciones confirmadas, Dave. Es agradable volver a trabajar contigo. ¿He cumplido correctamente
los objetivos de la misión?"
- Sí, Hal; lo has hecho muy bien. Hay un mensaje final que debes trasmitir a Tierra; y será el más
importante que hayas enviado nunca.
- "Pásamelo, por favor, Dave. ¿Pero por qué dijiste final?"
¿Por qué, en verdad? Durante milisegundos enteros estuvo ponderando la pregunta. Y mientras lo hacía,
tomó conciencia de una sensación de vacío que no había detectado antes. Había estado allí antes, pero
hasta entonces había disimulado la avalancha de nuevas experiencias y percepciones.
Conocía algo de sus planes; tenían necesidad de él. Muy bien, él también tenía necesidades; tal vez, en
cierto modo, hasta emociones. Aquí estaba el último lazo con el mundo de los hombres, y con la vida que
había conocido alguna vez.
Le habían otorgado su pedido anterior; sería interesante probar el alcance de su benevolencia... si es que
en verdad tal término fuera remotamente aplicable a ellos. Y debería ser fácil para ellos hacer lo que les
pedía; ya habían dado sobradas pruebas de su poderío, cuando el ya innecesario cuerpo de David
Bowman fue destruido, sin dar fin a David Bowman.
Lo habían escuchado, por supuesto; una vez más, sintió el eco de una risa Olímpica. Pero no pudo
detectar aceptación o rechazo.
- "Continúo esperando tu respuesta, Dave."
- Corrección, Hal. Debería haber dicho: tu último mensaje por un largo tiempo. Un muy largo tiempo.
Se estaba anticipando a su acción; en verdad, intentaba guiar su mano. Pero, seguramente, comprenderían
que su pedido no era irrazonable; ninguna entidad consciente podría sobrevivir durante eones enteros de
aislamiento sin sufrir daños. Aunque ellos siempre estarían con él, necesitaba de alguien -alguna
compañia- más cercana a su propio nivel de existencia.
Los idiomas humanos tenían muchas palabras para describir su actitud: descaro, desfachatez, chutzpah.
Recordó, con el gran poder de rememoración que ahora poseía, que un general francés había exclamado
"L'audace, toujours l'audace! Tal vez fuera una característica humana que apreciaban, y hasta
compartían. Pronto lo sabría.
- ¡Hal! Mira el indicador de infrarrojo de los canales 30, 29, 28; el pico se está moviendo hacia la onda
corta.
- "Estoy informando al doctor Chandra que habrá un corte en mi transmisión de datos. Activando unidad
A.E. 35. Reorientando antena de largo alcance... confirmando contacto con Baliza Tierra Uno. Comienza
mensaje:
"TODOS ESTOS MUNDOS..."
Lo habían dejado para último momento; o tal vez, los cálculos habían sido soberbiamente exactos,
después de todo. Apenas hubo tiempo suficiente para casi cien repeticiones de las once palabras antes de
que el mazazo de puro calor aplastara a la nave.
Atrapado por la curiosidad, y por el creciente temor de la soledad que había frente a él, ese espíritu que
alguna vez había sido David Bowman, comandante de la nave espacial Discovery de los Estados Unidos
de América, se quedó observando cómo hervía el casco. Durante un largo rato, la nave retuvo su forma
aproximada; luego, se bloquearon los cojinetes del giróscopo, dejando escapar instantáneamente el
momento angular acumulado por el gigantesco volante. Los incandescentes fragmentos se dispersaron en
mil direcciones, en una detonación sin sonido.
- "Hola, Dave. ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde me encuentro?"
No sabía que podía relajarse, y disfrutar de un momento de exitosa realización. Antes siempre se había
sentido como un perro faldero controlado por un amo cuyos motivos no eran del todo inescrutables, y
cuyo comportamiento podía ser modificado a veces según sus propios deseos. Había pedido un hueso; se
lo habían arrojado.
- Te lo explicaré más tarde, Hal. Disponemos de mucho tiempo.
Esperaron a que se dispersaran los últimos fragmentos de la nave, más allá del alcance de sus poderes de
detección. Entonces partieron, para observar el nuevo amanecer en el lugar que había sido preparado para
ellos; y para esperar, a través de los siglos, un nuevo llamado.
No es cierto que los eventos astronómicos siempre requieran períodos astronómicos de tiempo. El
colapso final de una estrella, antes de que sus fragmentos se transformen en una supernova, puede llevar
sólo un segundo; por comparación, la metamorfosis de Júpiter fue un trámite perezoso.
Aun así, pasaron varios minutos antes de que Sasha pudiera dar crédito a sus ojos. Había estado haciendo
una observación de rutina por el telescopio -¡como si a esta altura alguna observación pudiera llamarse
de rutina! - cuando el planeta comenzó a escaparse del campo de visión. Por un momento, pensó que el
estabilizador del instrumento estaría fallando; pero enseguida se dio cuenta -con un estremecimiento, que
en ese instante cambió toda su concepción sobre el universo- que era el mismo Júpiter el que se movía,
no el telescopio. La evidencia estaba allí, enfrentándolo cara a cara; también alcanzaba a ver dos de las
lunas más pequeñas... y ellas estaban inmóviles.
Disminuyó el aumento, para poder ver todo el disco del planeta, ahora de un gris moteado, leproso.
Después de un par de minutos más de incredulidad, entendió qué era lo que realmente estaba sucediendo;
pero seguía sin poder creerlo.
Júpiter no se había movido de su órbita inmemorial, pero estaba haciendo algo casi tan imposible como
eso. Se estaba encogiendo; tan rápidamente que el borde se escapaba del campo de la lente mientras lo
iba enfocando. Al mismo tiempo, el planeta se estaba iluminando, desde su gris opaco hasta un blanco
perlado. Seguramente, era más brillante que lo que había sido nunca, en los largos años en que el hombre
lo había observado; la luz reflejada del Sol no podía...
En ese momento, Sasha comprendió de golpe lo que pasaba, aunque no por qué, y pulsó la alarma
general.
Cuando Floyd llegó a la sala de observación, en menos de treinta segundos, su primera impresión fue la
de ese brillo cegador que entraba por las ventanas, y pintaba óvalos de luz en las paredes. Era tan
fulgurante que tuvo que cubrirse los ojos; ni siquiera el Sol podía producir tal luminosidad.
Floyd quedó tan atónito que por un instante no pudo asociar aquel brillo con Júpiter; el primer
pensamiento que se le cruzó por la mente fue: ¡Supernova! Desechó tal explicación apenas se le hubo
ocurrido; ni siquiera el vecino Sol, Alpha de Centauro, podía haber igualado tal aterrador espectáculo en
ninguna explosión concebible.
La luz se atenuó de golpe; Sasha había operado los escudos solares externos. Ahora se podía mirar
directamente a la fuente, y ver que sólo era un punto, apenas otra estrella sin dimensión. Seguramente no
podía tener nada que ver con Júpiter; cuando Floyd había observado al planeta, hacía sólo unos minutos,
éste era cuatro veces más grande que ese sol distante, encogido.
Había sido una buena medida que Sasha conectara los protectores. Un momento después, la diminuta
estrella explotó... de tal modo que inclusive a través de los filtros oscuros, fue imposible mirar con el ojo
desprotegido. Pero el orgasmo final de luz duró apenas una breve fracción de segundo; luego Júpiter -o lo
que había sido Júpiter- comenzó a expandirse nuevamente.
Y continuó expandiéndose, hasta ser mucho más grande de lo que había sido antes de su transformación.
En seguida, la esfera de luz disminuyó hasta tener la luminosidad de un sol; y sólo entonces Floyd pudo
notar que en realidad era una cáscara hueca, porque se podía ver hasta su núcleo mismo sin dificultad.
Hizo un rápido cálculo mental. La nave estaba a más de un minuto-luz de Júpiter, y la costra en
expansión -ahora convertida en un anillo brillante- ya cubría un cuarto del ciclo. Eso significaba que se
dirigía hacia ellos a -¡Dios mío!- casi la mitad de la velocidad de la luz. En pocos minutos engulliría a la
nave.
Hasta entonces, nadie había dicho una palabra desde el primer anuncio de Sasha. Algunos peligros son
tan espectaculares y tan alejados de la experiencia cotidiana que la mente se niega a aceptarlos como
reales, y contempla cómo se acerca la destrucción sin ningún tipo de aprensión. El hombre que ve cómo
se abalanza la ola gigante, cómo desciende la avalancha, cómo se acerca el embudo enloquecido del
tornado, y no hace ningún intento de huir, no está necesariamente paralizado por el miedo o resignado a
su destino inevitable. Simplemente, no es capaz de creer que el mensaje que sus ojos le comunican tenga
que ver con él. Todo eso le está sucediendo a algún otro.
Como habría podido esperarse, Tanya fue la primera en romper el hechizo, con una serie de órdenes que
hicieron que Vasili y Floyd se precipitaran al puente.
- ¿Qué hacemos ahora? - preguntó, cuando estuvieron reunidos.
"Ciertamente no podemos escaparnos", pensó Floyd. "Pero tal vez podamos mejorar nuestras
posibilidades... "
- La nave está de costado - dijo -. ¿No deberíamos girarla, para presentar un menor blanco? ¿Y poner
tanta masa como podamos ante esa cosa y nosotros para que actúe como escudo contra la radiación?
Los dedos de Vasili ya accionaban los controles.
- Tienes razón, Woody; aunque es demasiado tarde en lo que respecta a los rayos x y gamma. Pero puede
haber neutrones y alphas, y el cielo sabe qué más, que sean más lentos y aún estén en camino.
Las figuras de luz de las paredes comenzaron a deslizarse hacia abajo cuando la nave giró
considerablemente sobre su eje. Finalmente desaparecieron por completo; Leonov estaba orientada ahora
de tal manera que virtualmente toda su masa se interponía entre la frágil carga humana y la marca
radiactiva que se aproximaba.
"¿Sentiremos realmente la onda de choque", se preguntaba Floyd, "o los gases en expansión serán
demasiado tenues para producir algún efecto físico cuando nos alcancen?" Visto desde las cámaras
externas, el anillo de fuego rodeaba ahora todo el cielo. Pero se debilitaba rápidamente; detrás de él se
podía ver brillar a algunas de las estrellas más potentes. "Saldremos de esto", pensó Floyd. "Hemos sido
testigos de la destrucción del más grande de los planetas... y hemos sobrevivido".
En ese momento, las cámaras sólo mostraban estrellas; aunque había una que brillaba un millón de veces
más que las otras. La burbuja de fuego soplada por Júpiter había pasado por encima de ellos sin causar
daño alguno; aunque había sido muy impresionante. A su distancia del origen, sólo los instrumentos de la
nave habían registrado su paso.
Lentamente, la tensión se fue aflojando. Como siempre sucede en estas circunstancias, la gente comenzó
a reirse y a hacer bromas tontas. Floyd apenas escuchaba; a pesar de su alivio por seguir vivo, tenía una
sensación de tristeza.
Había sido destruido algo grande y maravilloso. Júpiter, con toda su belleza y grandiosidad, y sus
secretos que ya nunca serían resueltos, había dejado de existir. El padre de los dioses había sido
derrotado en su amanecer.
Pero también había otra forma de mirar la situación.
Habían perdido a Júpiter. ¿Qué habían obtenido en su lugar?
Tanya, con perfecto sentido de la oportunidad, llamó la atención.
- Vasili, ¿algún daño?
- Nada serio; se quemó una cámara. Todas las radiaciones están bastante más allá de lo normal, pero
ninguna cercana a límites peligrosos.
- Katerina: verifica la dosis total que hemos recibido. Parece que hemos sido afortunados; a menos que
haya más sorpresas. Por supuesto, debemos un voto de agradecimiento a Bowman... y tú, Heywood,
¿tienes alguna idea de lo que ha sucedido?
- Sólo que Júpiter se ha convertido en un sol.
- Siempre pensé que era demasiado pequeño para ello. ¿No lo llamó alguien alguna vez "el sol que
fracasó"? - Es verdad - dijo Vasili -. Júpiter es demasiado pequeño para que se inicie una fusión... sin
ayuda.
- ¿Quieres decir que acabamos de presenciar un ejemplo de ingeniería astronómico?
- Sin duda alguna. Ahora ya sabemos cuál era el propósito de Zagadka.
- ¿Cómo hicieron el truco? Si te asignaran a ti el contrato, ¿cómo harías la ignición de Júpiter?
Vasili pensó durante un minuto, luego se encogió de hombros.
- Yo soy apenas un astrónomo teórico; no tengo mucha experiencia en este tipo de negocios. Pero
veamos... Bien, si no se me permite agregar unas diez masas de Júpiter, o cambiar la constante
gravitacional, supongo que tendría que hacer más denso al planeta; hum, es una buena idea...
Su voz se perdió en el silencio; todos esperaban con paciencia, y de tanto en tanto sus ojos se dirigían a
las pantallas. Después de su explosivo nacimiento, la estrella que había sido Júpiter parecía haberse
calmado; ahora era un resplandeciente puntito de luz, casi igual al auténtico Sol en su brillo aparente.
- Sólo estoy pensando en voz alta; pero podría ser algo así: Júpiter está - estaba - formado por hidrógeno,
casi en su totalidad. Si un gran porcentaje pudiera ser convertido en un material más denso, ¿quién
sabe?... incluso materia neutrónica, precipitaría hasta el núcleo. Tal vez fuera eso lo que los billones de
Zagadkas estuvieron haciendo con el gas que sorbían. Núcleo - síntesis: elaborar elementos de mayor
peso atómico partiendo de hidrógeno puro. ¡Ése sería un truco que valdría la pena conocer! Se acabaría la
escasez de cualquier material... ¡el oro sería tan barato como el aluminio!
- ¿Pero cómo explica eso lo sucedido? - preguntó Tanya.
- Cuando el núcleo fue lo suficientemente denso, Júpiter se desintegró... probablemente, en cuestión de
segundos. La temperatura subió lo bastante como para que comenzara la fusión. Oh, sí... me imagino una
docena de objeciones: ¿Cómo pudieron pasar del mínimo del hierro? ¿Qué hay de la transferencia
radiactiva; del límite de Chandrasekhar? No importa. Esta teoría sirve para empezar; analizaré los
detalles más tarde. 0 tal vez, construya otra teoría mejor.
- Estoy seguro de ello, Vasili - admitió Floyd -. Pero hay una pregunta más importante. ¿Porqué lo
hicieron? - ¿Una advertencia? - arriesgó Katerina por el intercomunicador.
- ¿Contra qué?
- Lo sabremos más adelante.
- No creo - dijo Zenia tímidamente - que haya sido un accidente.
Esto llevó a la discusión a un punto muerto durante varios segundos.
- ¡Qué idea aterradora! - dijo Floyd. Pero la podemos descartar. Si ése fuera el caso, no habrían avisado.
- Tal vez. Si inicias un incendio en el bosque por haber sido descuidado, al menos intentas advertir a todo
el mundo.
- Y hay otra cosa que probablemente no sabremos nunca - se lamentó Vasili -. Siempre pensé que Carl
Sagan tendría razón, y habría vida en Júpiter.
- Nuestras sondas nunca detectaron ningún tipo de vida.
- ¿Cómo podrían haberlo hecho? ¿Encontrarías tú vida en la Tierra, si revisaras unas pocas hectáreas del
Sahara o del Antártico? Algo así es lo que hemos hecho en Júpiter.
- ¡Hey! - dijo Brailovsky -. ¿Qué hay de Discovery... y de Hal?
Sasha encendió el receptor de largo alcance y comenzó a buscar la frecuencia del radiofaro. No había
traza de la señal. Después de un rato, anunció al expectante y silencioso grupo:
- Discovery se ha ido.
Nadie miró a Chandra; pero hubo unas pocas palabras apagadas de amabilidad, como si fuera el pésame a
un padre que había perdido a su hijo.
Pero Hal aún tenía una última sorpresa para ellos.
53. MUNDOS DE REGALO
El radio-mensaje enviado a Tierra, momentos antes de que la explosión de radiación engullera a la nave,
era un texto completo, repetido una y otra vez:
TODOS ESTOS MUNDOS SON SUYOS EXCEPTO EUROPA.
NO INTENTEN ATERRIZAJES ALLÍ.
Hubo noventa y tres repeticiones; luego las letras se volvieron confusas, y la transmisión cesó
abruptamente entre EXCEPTO y EUROPA.
- Estoy empezando a entender - dijo Floyd, cuando el mensaje fue retransmitido por un Control de
Misión aterrorizado y ansioso -. Es un regalo de despedida: un nuevo sol, y los planetas que lo rodean.
- ¿Pero por qué sólo tres? - preguntó Tanya.
- No seamos insaciables - replicó Floyd -. Se me ocurre una muy buena razón. Sabemos que hay vida en
Europa. Bowman, o sus amigos, quienesquiera que sean, desean que la dejemos sola.
- Hay algo más para reforzar tu idea - dijo Vasili -. He estado haciendo algunos cálculos. Suponiendo que
Sol 2 se haya asentado y continúe irradiando a su nivel actual, Europa deberá poseer un agradable clima
tropical... cuando el hielo se derrita. Lo que por otra parte ya está sucediendo.
- ¿Qué hay de las otras lunas?
- Ganimedes será bastante grato; su lado nocturno será templado. Calisto será muy frío; aunque si se
produce mucha evaporación, la nueva atmósfera podría hacerla habitable. Pero lo será aun peor de lo que
es ahora, creo.
- No es una gran pérdida. Ya era el infierno antes de que esto sucediera.
- No tachen a lo - dijo Curnow -. Conozco un montón de petroleros de Texarab, que querrían tomar una
tajada. Debe haber algo de valor, aun en un sitio tan desagradable como ése. Y, a propósito, se me ha
ocurrido una idea perturbadora.
- Cualquier idea que te perturbe a ti tiene que ser seria - dijo Vasili -. ¿De qué se trata?
- ¿Por qué Hal envió el mensaje a Tierra y no a nosotros? Estábamos mucho más cerca.
Hubo un silencio bastante largo; luego Floyd dijo, pensativo:
- Ya entiendo lo que quieres decir. Tal vez quisiera asegurarse de que sería recibido en Tierra.
- Pero sabía que lo retransmitiríamos... ¡oh! - los ojos de Tanya se agrandaron, como si se hubieran dado
cuenta de algo desagradable.
- Me han perdido - se quejó Vasili.
- Creo que Walter apunta a eso - dijo Floyd -. Está muy bien sentirse agradecidos con Bowman, o quien
sea que haya dado ese aviso. Pero eso es todo lo que hicieron. Aun podríamos haber resultado muertos.
- Pero no lo fuimos - contestó Tanya -. Nos salvamos... por nuestro propio esfuerzo. Y tal vez ésa fuera la
idea completa. Si no nos hubiéramos salvado... no lo habríamos merecido. Ya saben, supervivencia del
más apto. Selección darwiniana. Eliminar los genes de la estupidez.
- Tengo la desagradable sensación de que tienes razón - dijo Curnow -. Y si nos hubiésemos aferrado a
nuestra fecha de lanzamiento y no hubiésemos usado a Discovery como plataforma, ¿habrían hecho él o
ellos, algo para salvarnos? No habría demandado demasiado esfuerzo para una inteligencia que pudo
hacer explotar a Júpiter. Hubo un silencio incómodo, roto al fin por Heywood Floyd.
- Dentro de todo - dijo - estoy muy contento de que sea una pregunta que quedará - sin respuesta.
- Nadie ha informado de ninguno.
- ¡Ah!... pueden olvidarlos cuando se despiertan.
Katerina, como de costumbre, lo tomó en serio.
- Imposible. Si hubiese habido sueños en hibernación, las líneas del electroencefalograma los habrían
registrado. Bueno, Chandra, cierre los ojos. Ah, ahí está.
54. ENTRE DOS SOLES
"Los rusos", pensaba Floyd, "extrañarán las canciones y bromas de Walter en el viaje a casa". Después
de la excitación de los últimos días, la larga caída hacia el Sol -y hacia Tierra- sería un monótono
anticlímax. Pero eso era lo que todos esperaban con devoción: un viaje monótono y sin incidentes.
Ya comenzaba a sentir sueño, pero seguía siendo consciente del ambiente que lo rodeaba y capaz de
reaccionar ante él. "¿Me veré como... muerto cuando esté en hibernación?", se preguntaba. Siempre
resultaba desconcertante ver a otra persona -especialmente alguien muy familiar- cuando había ingresado
al largo sueño. Tal vez fuera un recuerdo demasiado punzante de la propia mortalidad.
Curnow estaba totalmente listo, pero Chandra seguía despierto, aunque ya había quedado groggy por la
última inyección. Obviamente, ya no era él mismo, porque no parecía perturbado por su propia desnudez
o por la presencia observadora de Katerina. El dorado lingam que constituía su único ropaje trataba de
escaparse de él flotando, hasta que su cadenilla lo volvía a capturar.
- ¿Va todo bien, Katerina? - preguntó Floyd.
- Perfectamente. Pero ¡cómo los envidio! En veinte minutos más habrán llegado a casa.
- Si te sirve de consuelo, ¿cómo puedes estar segura de que no tendremos sueños horribles?
- Nadie ha informado de ninguno.
- ¡Ah!... pueden olvidarlos cuando se despiertan.
Katerina, como de costumbre, lo tomó en serio.
- Imposible. Si hubiese habido sueños en hibernación, las líneas del electroencefalograma los habrían
registrado. Bueno, Chandra, cierre los ojos. Ah, ahí está. Ahora es tu turno, Heywood. La nave parecerá
muy extraña sin ti.
- Gracias, Katerina.... te deseo un feliz viaje.
Adormecido como estaba, Floyd notó que la cirujano comandante Rudenko parecía un tanto indecisa, y
hasta ¿podía ser?, tímida. Se veía como si quisiera decirle algo, pero no pudiera decidirse.
- ¿Qué es, Katerina? - dijo somnoliento.
- Aún no se lo he dicho a nadie; pero seguramente que tú no irás a contarlo. Aquí va una pequeña
sorpresa.
- Mejor... que... te... apures.
- Max y Zenia van a casarse.
- ¿Se... supone... que... eso... sea... una... sorpresa?
- No. Era sólo para prepararte. Cuando lleguemos a Tierra, también lo haremos Walter y yo. ¿Qué
piensas de eso?
"Ahora entiendo por qué pasaban tanto tiempo juntos. Sí, en verdad que es una sorpresa... ¡quién lo
hubiera pensado!"
- Me... alegra... saber..
La voz de Floyd se apagó antes de que pudiera completar la oración. Pero aún no estaba inconsciente, y
era capaz de localizar parte de su intelecto disuelto en la nueva situación.
"Realmente, no lo creo", se dijo. "Probablemente, Walter cambiará de idea antes de despertar..."
Y entonces, tuvo un último pensamiento, antes de quedarse dormido: "Si Walter cambia de idea, será
mejor que no despierte..."
Al doctor Heywood Floyd le pareció muy gracioso.
55. LUCIFER NACIENTE
Cincuenta veces más brillante que la Luna llena, Lucifer había transformado los cielos de la Tierra,
desterrando virtualmente a la noche durante varios meses al año. A pesar de sus connotaciones siniestras,
el nombre era inevitable; y en verdad, el "Portador de Luz", había traído tanto mal como bien. Sólo los
siglos y los milenios dirían hacia qué lado se inclinaría la balanza.
Por el lado positivo, el fin de la noche había extendido enormemente el aspecto de la actividad humana,
especialmente en los países menos desarrollados. En todas partes se había reducido sustancialmente la
necesidad de iluminación artificial, con el consiguiente ahorro de energía eléctrica. Era como si se
hubiese colocado una lámpara gigantesca en el espacio, para que brillara sobre más de medio globo.
Inclusive de día, Lucifer era un objeto luminoso, que producía sombras definidas.
Lucifer fue bienvenido por labradores, intendentes, policías, pescadores, y casi todas aquellas personas
relacionadas con actividades al aire libre, especialmente en lugares apartados; les había hecho la vida
más fácil y segura. Pero fue odiado por los amantes, criminales, naturalistas y astrónomos.
Los primeros dos grupos vieron seriamente restringidas sus actividades, mientras que a los naturalistas
les importaba el impacto que Lucifer causaría sobre la vida animal. Muchas criaturas nocturnas
resultaron seriamente afectadas, en tanto que otras consiguieron adaptarse. Algunos peces, como la lisa
del Pacífico, cuyo famoso apareamiento estaba ligado a las mareas altas y las noches sin luna, se vio en
grandes problemas, y parecía encaminarse rápidamente hacia su extinción.
Y lo mismo sucedía con los astrónomos con base en la Tierra. No fue una catástrofe científica tan grande
como lo habría sido en otro tiempo, ya que más del cincuenta por ciento de la investigación astronómico
dependía de instrumentos ubicados en el espacio o en la Luna. Éstos podían ser fácilmente protegidos de
la luz de Lucifer; pero los observatorios terrestres fueron seriamente afectados por el nuevo sol que
irrumpió en lo que había sido el cielo nocturno.
La raza humana se adaptaría, como lo había hecho tantas veces en el pasado. Pronto nacería una
generación que no había conocido el mundo sin Lucifer; pero la más brillante de todas las estrellas sería
un eterno enigma para cada hombre y mujer pensante.
¿Por qué había sido sacrificado Júpiter; y por cuánto tiempo brillaría el nuevo Sol? ¿Se consumiría
rápidamente, o conservaría su poder durante miles de años... tal vez durante toda la existencia de la raza
humana? Sobre todo, ¿por que esa prohibición sobre Europa, ahora un mundo tan cubierto de nubes
como Venus?
Debían existir respuestas a tales preguntas; y la Humanidad no se sentiría satisfecha hasta encontrarlas.
EPILOGO: 20.001
Y como en toda la Galaxia no habían encontrado nada más precioso que la Mente, propiciaron su
despertar en todos lados. Se transformaron en labradores de los campos estelares, sembraron, y a veces
cosecharon.
Ya veces, desapasionadamente tuvieron que arrancar las malezas perjudiciales.
Sólo durante las últimas generaciones los europeos se han aventurado en el Lado Lejano, más allá del
calor y la luz de su sol que nunca se pone, hacia la región inhóspito en que todavía se puede encontrar el
hielo que alguna vez cubrió todo el planeta.
Y menos generaciones aún han permanecido allí para enfrentarse con la corta e inquietante noche que se
produce cuando el Sol Frío, brillante pero poco potente, se sumerge bajo el horizonte.
Pero de todos modos, estos intrépidos exploradores han descubierto que el Universo que los rodea es más
extraño de lo que habían imaginado. Los sensibles ojos que desarrollaron en los oscuros océanos aún les
son útiles; pueden ver las estrellas Y los demás cuerpos que se mueven en su cielo
- Han comenzado a sentar las bases de la astronomía, y hasta algunos pensadores atrevidos han
conjeturado que el mundo de Europa no es la totalidad de la creación.
Apenas habían emergido del océano, durante la explosivamente rápida evolución que sufrieron por el
derretimiento del hielo, cuando comprendieron que los objetos del cielo entraban en tres categorías
diferentes. La más importante, por supuesto, era el Sol. Algunas leyendas -que pocos tomaban en serioproclamaban
que no siempre había estado allí, sino que apareció de repente, anunciando una breve,
cataclísmica era de transformación, cuando casi toda la prolífica vida de Europa había sido destruida. Si
eso era cierto, fue un precio muy pequeño, comparado con los beneficios que se derramaban de aquella
diminuta pero inagotable fuente de energía que pendía inmóvil en el cielo.
Tal vez el Sol Frío fuera su hermano lejano, desterrado por algún crimen; y condenado a marchar por
siempre alrededor de la bóveda del firmamento. Eso no tenía importancia, excepto para aquellos
europeos peculiares que siempre se estaban cuestionando acerca de asuntos que todos los demás
individuos con sentido común daban por sentado.
Sin embargo, había que admitir que estos lunáticos habían realizado interesantes descubrimientos durante
sus excursiones en la oscuridad del Lado Lejano. Aseguraban -aunque era difícil de creer- que todo el
cielo estaba tachonado de incontables puntitos de luz, más pequeños y débiles que el Sol Frío. Variaban
mucho en brillantez; y aunque poseían sus propios amaneceres y ocasos, nunca se movían.
Contra ese fondo, estaban los objetos que sí se movían, obedeciendo en apariencia a complejas leyes que
nadie había podido penetrar todavía. Y a diferencia de todos los demás cuerpos celestes, eran bastante
grandes; aunque sus tamaños y formas variaban continuamente. A veces eran discos, a veces
semicírculos, a veces delgadas medias - lunas. Obviamente, estaban más cerca que todos los demás
objetos del Universo, ya que sus superficies mostraban un inmenso conglomerado de detalles complejos
y cambiantes.
La teoría de que en realidad eran otros mundos ha sido finalmente aceptada; aunque nadie, excepto unos
pocos fanáticos, cree que puedan ser tan grandes, o tan importantes, como Europa. Uno de ellos está
cerca del Sol, y se encuentra en permanente perturbación atmosférica. En su lado nocturno, se aprecia el
brillo de grandes fuegos, un fenómeno que todavía escapaba a la comprensión de los europeos, ya que su
atmósfera no contiene oxígeno. Y a veces, enormes explosiones levantan nubes de cenizas desde la
superficie; si esa esfera es en realidad un mundo, debe de ser un lugar muy desagradable para vivir. Tal
vez peor aún que el lado nocturno de Europa.
Las dos esferas exteriores y más lejanas, parecen lugares mucho menos violentos, aunque, de cierta
manera, son más misteriosos aún. Cuando la oscuridad cae sobre sus superficies, ambas muestran
manchas de luz; pero éstas son muy diferentes de los cambiantes fuegos del turbulento mundo interior.
Arden con un brillo casi constante, y están concentradas en unas pocas áreas pequeñas; aunque, con las
sucesivas generaciones, estas áreas han crecido, y se han multiplicado.
Pero lo más extraño de todo son las luces, potentes como soles diminutos, que a menudo se observan
atravesando la oscuridad que reina entre ambos mundos. Una vez, recordando la bioluminiscencia de sus
propios mares, algunos europeos han sugerido que hasta podían ser criaturas vivientes; pero su intensidad
hace increíble tal teoría. De todas maneras, cada vez son más los pensadores que creen que esas luces -las
estructuras fijas y los soles móviles- deben de ser alguna extraña manifestación de vida.
Sin embargo, hay un argumento muy poderoso en contra de esto: Si son objetos vivos, ¿por qué nunca
vienen a Europa?
Aún subsisten las leyendas. Se dice que miles de generaciones atrás, poco después de la conquista de la
tierra firme, algunas de aquellas luces se acercaron bastante; pero siempre explotaban en fragmentos que
superaban el brillo del Sol, cubriendo todo el cielo, y sobre la tierra caían duros metales extraños;
algunos de ellos todavía son reverenciados. Pero ninguno es tan sagrado como el enorme monolito negro
que está en la frontera del día eterno, con un lado eternamente vuelto hacia el Sol inmóvil, y el otro
mirando hacia el mundo de las tinieblas. Diez veces más alto que el más alto de los europeos -aun con
sus tentáculos extendidos- es el símbolo mismo del misterio y lo inalcanzable. Nunca se lo ha tocado;
sólo se lo puede adorar desde lejos. Alrededor de él se halla el Círculo de la Fuerza que rechaza a todo el
que intente aproximarse.
Es la misma fuerza que mantiene, según creen muchos, alejadas a todas aquellas luces del cielo. Si
alguna vez llega a fallar, éstas descenderán sobre los continentes vírgenes y los menguantes mares de
Europa, y al fin sus propósitos serán revelados.
Los europeos se sorprenderían si supieran con cuánta intensidad y asombro el monolito negro es
estudiado también por las mentes que hay detrás de aquellas luces móviles. Durante siglos, sus sondas
automáticas han realizado cautelosos descensos... siempre con el mismo desastroso resultado. Porque
hasta que la época no esté madura, el monolito no permitirá ningún contacto.
Cuando llegue esa época, cuando, tal vez, los europeos hayan inventado la radio, y descubierto los
mensajes con que son bombardeados continuamente, el monolito podrá cambiar su estrategia. Podrá
elegir -o no- liberar las entidades que duermen en su interior, para que éstas oficien de puente sobre el
abismo que existe entre los europeos Y la raza a la que una vez juraron obediencia y puede que este
puente no sea posible, y que estas dos formas diferentes de conciencia jamás logren coexistir.
FIN

.

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