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domingo, 12 de mayo de 2013

Antología de Ciencia Ficción - Autores Varios - IV



IV



Arthur C. Clarke - NO HABRÁ OTRO MAÑANA




- ¡Esto es terrible! - exclamó el Científico Supremo -. ¡Seguramente podremos hacer algo!
- Sí, Su Conocimiento, pero será sumamente difícil. El planeta se halla a más de quinientos años luz, y es difícil mantener el contacto. Sin embargo, creemos poder establecer una cabeza de puente. Por desgracia, no es éste el único problema. Hasta ahora no hemos logrado comunicarnos con seres. Sus poderes telepáticos son sumamente rudimentarios... tal vez inexistentes. Y si no podemos hablar con ellos, no podremos ayudarles.
Hubo un largo silencio mental mientras el Científico Supremo analizaba la situación y llegaba, como siempre, a la respuesta correcta.
- Una raza inteligente ha de poseer algunos individuos telepáticos - murmuró -. Tendremos que enviar a cientos de observadores, sintonizados para captar el primer atisbo de pensamiento, Cuando hallen una sola mente sintonizada, que concentren en ella todos sus esfuerzos. Hemos de transmitirles nuestro mensaje.
- Muy bien, Su Conocimiento. Así se hará.
Al otro lado del abismo, al otro lado del golfo que la misma luz tardaba quinientos años en cruzar, los intelectos inquisitivos del planeta Taar extendieron sus tentáculos del pensamiento, buscando desesperadamente a un solo ser humano cuya mente pudiera percibir su presencia. Y, afortunadamente, encontraron a William Cross.
Al menos, en el primer momento lo consideraron una suerte, aunque después ya no estuvieron tan seguros. De todos modos, no les quedaba otra elección. La combinación de circunstancias que abrieron la mente de Bill a ellos sólo duró unos segundos, y no es fácil que vuelvan a ocurrir en este lado de la eternidad.
El milagro constó de tres ingredientes, y es difícil decir si uno fue más importante que el otro. El primero fue el accidente de posición. Un frasco lleno de agua, al incidir encima la luz del sol, puede convertirse en una lente tosca, concentrando la luz en una pequeña zona. A escala muchísimo mayor, el núcleo denso de la Tierra hacía converger las oleadas procedentes de Taar. En la forma ordinaria, la radiación del pensamiento no queda afectada por la materia, ya que aquella pasa a su través con la misma facilidad con que la luz atraviesa el cristal. Pero en un planeta hay mucha materia, y toda la Tierra actuó como una lente gigantesca. Al parecer, esto situó a Bill en su foco, allí donde los débiles impulsos mentales de Taar se concentraban a centenares.
No obstante, otros millones de hombres estaban igualmente bien situados, pero no recibieron ningún mensaje. Claro que no eran ingenieros de cohetes ni habían pasado años pensando y soñando con el espacio, hasta formar esta idea parte de su propio ser.
Ni estaban, como Bill, totalmente borrachos, vacilando ya en el último borde de la conciencia, tratando de escapar de la realidad a un mundo de ensueños donde no existiesen desalientos ni fracasos.
Naturalmente, comprendía la opinión del Ejército. - A usted le pagan, doctor Cross - había señalado el general Potter con un énfasis inútil -, para planear cohetes, no... ah... naves espaciales. Haga lo que quiera en sus horas libres, pero he de rogarle que no utilice los instrumentos de nuestro establecimiento para sus caprichos. A partir de ahora, yo mismo comprobaré todos los proyectos de la sección de cálculo. Nada más.
Naturalmente, no podían despedirle; era demasiado importante. Pero él no estaba seguro de querer quedarse. En realidad, no estaba seguro de nada, salvo del trabajo que le habían asignado y de que Brenda se había largado definitivamente con Johnny Gardner... para poner los sucesos en su orden de importancia.
Tambaleándose ligeramente, Bill apoyó la barbilla entre sus manos y miró la pared de ladrillos encalados al otro lado de la mesa. El único intento de adorno era un calendario de la Lockheed, y una foto seis por ocho de un aerojet mostrando el «Li'l Abner Mark I» efectuando un atrevido despegue. Bill miraba tristemente el espacio comprendido entre ambos adornos y vació su mente de todo pensamiento. Las barreras cayeron...
En aquel momento, los intelectos de Taar lanzaron un inaudible grito de triunfo, y el muro que Bill tenía delante se disolvió lentamente en una arremolinada niebla. A Bill le pareció estar mirando dentro de un túnel que se alargaba hasta el infinito. Y esto es lo que hacía en realidad.
Bill estudió el fenómeno con escaso interés. Era una novedad, aunque no llegaba a la altura de alucinaciones anteriores. Y cuando la voz empezó a hablar en su mente, resonó algún tiempo antes de que entendiera algo. Incluso bebido, Bill poseía un prejuicio anticuado respecto a conversar consigo mismo.
- Bill - murmuró la voz -, oye atentamente. Tenemos grandes dificultades para contactar con vosotros y esto es extremadamente importante.
Bill dudaba de esta declaración sobre principios generales. No hay nada tremendamente importante.
- Te hablamos desde un planeta muy distante - prosiguió la voz en tono amistoso -. Tú eres el único ser humano con el que hemos logrado entrar en contacto, de modo que has de comprender lo que decimos.
Bill se sintió algo inquieto, aunque de manera impersonal, puesto que ahora la resultaba más difícil concentrarse en sus propios problemas. A veces uno está muy grave si empieza a oír voces. Bueno, era mejor no excitarse. «Doctor Cross, se dijo, puedes tomarlo o dejarlo. Lo tomaré hasta que resulte molesto.»
- De acuerdo - repuso con indiferencia -. Adelante, háblame. Aunque sea largo, siempre que resulte interesante.
Hubo una pausa. Luego, la voz continuó en forma algo preocupada.
- No entendemos. Nuestro mensaje no es sólo interesante. Es vital para toda vuestra raza y debes notificarlo inmediatamente a tu gobierno.
- Estoy esperando - asintió Bill -. Esto me ayuda a pasar el tiempo.
A quinientos años luz de distancia, los taars conferenciaron apresuradamente entre sí. Parecía pasar algo intempestivo, pero ignoraban exactamente qué era. No había duda de que habían establecido contacto, más no era ésta la reacción que esperaban. Bien no tenían más remedio que proseguir y esperar mejor.
- Escucha, Bill. Nuestros científicos han descubierto que vuestro sol está a punto de estallar. Esto sucederá dentro de tres días a partir de hoy... dentro de setenta y cuatro horas, para ser exactos. Nada puede impedirlo. Pero no tenéis que alarmaros. Nosotros podemos salvaros, si hacéis lo que diremos.
- Adelante - repitió Bill.
La alucinación era ingeniosa.
- Podemos crear lo que se llama un puente... una especie de túnel a través del espacio, como éste por el que ahora miras. Es difícil explicar una teoría tan complicada, incluso para uno de tus matemáticos.
- ¡Un momento! - protestó Bill -. Yo soy matemático, terriblemente bueno, incluso cuando estoy sereno. Y he leído todas estas cosas en las revistas de ciencia ficción. Supongo que te refieres a cierta clase de atajo a través de una dimensión más elevada del espacio. Esto ya era viejo, en la época anterior a Einstein.
En la mente de Bill se introdujo una sensación de enorme sorpresa.
- No sabíamos que estuvierais tan avanzados científicamente - respondieron los taars -. Pero ahora no hay tiempo para discutir esa teoría. Sólo esto importa: si te introdujeses por la abertura que hay delante de ti, instantáneamente te hallarías en otro planeta. Como dijiste, es un atajo, en este caso, a través de la dimensión treinta y siete.
- ¿Y esto conduce a vuestro mundo?
- Oh, no, no podrías vivir aquí. Pero en el universo hay muchos planetas como la Tierra, y hemos hallado el que os conviene. Estableceremos cabezas de puente como ésta en toda la Tierra, de modo que la gente sólo tendrá que entrar en ellas para salvarte. Claro está, tendrán que volver a forjar una civilización en su nueva patria, pero ésta es su única esperanza. Tienes que transmitir este mensaje y decirles qué han de hacer.
- Ya les veo escuchándome - rezongó Bill -. ¿Por qué no habláis vosotros con el Presidente?
- Porque sólo hemos podido entrar en contacto con tu mente. Las otras están cerradas para nosotros; aunque no entendemos por qué.
- Yo podría contároslo - repuso Bill mirando la botella vacía que tenía delante.
Ciertamente, valía lo que costaba. ¡Qué notable era la mente humana! Naturalmente el diálogo no era original, y era fácil ver de dónde procedía la idea. La semana anterior había leído un relato sobre el fin del mundo, y todos estos pensamientos respecto a puentes y túneles a través del espacio era sólo una compensación para todo aquel que llevaba cinco años luchando con los recalcitrantes cohetes.
- Si el sol estalla - preguntó Bill bruscamente, tratando de pillar por sorpresa a su alucinación -, ¿qué sucederá?
- Vuestro planeta se fundirá instantáneamente. En realidad, todos los planetas hasta Júpiter.
Bill tuvo que admitir que ésta era una concepción grandiosa. Dejó que su cerebro jugara con la idea y cuanto más la consideraba, más le gustaba.
- Mi querida alucinación - observó piadosamente -, si te creyese, ¿sabes qué diría?
- Tienes que creernos - fue el grito desesperado a través de quinientos años luz.
Bill ignoró el grito. Estaba gozando con el tema.
- Te diré una cosa. Sería lo mejor que podría ocurrir. Sí, ahorraría muchos pesares. Nadie tendría que preocuparse por los rusos, la bomba atómica o el elevado índice de la vida. ¡Oh, sería maravilloso! Es justamente lo que todos anhelan. Gracias por habérnoslo dicho, y ahora vuélvete a casita y llévate ese puente.
En Taar reinó la consternación. El cerebro del Científico Supremo, flotando como una gran masa en su tanque de solución nutritiva, amarilleó ligeramente por los bordes... cosa que no había ocurrido desde la invasión Xantil, cinco mil años atrás. Al menos quince psicólogos sufrieron desquiciamientos nerviosos, y jamás se recuperaron. La principal computadora de la Facultad de Cosmofísica empezó a dividir cada número de sus circuitos de memoria por cero, y no tardó en estropear todos sus fusibles.
Y en la Tierra, Bill Cross exponía sus puntos de vista.
- Mírame - decía apuntando su pecho con un dedo vacilante -. He pasado muchos años intentando construir cohetes que fuesen útiles para algo, y ahora me dicen que sólo puedo diseñar proyectiles dirigidos, a fin de poder destruimos unos a otros. El Sol podrá, entonces, hacerlo mejor y más de prisa, y si nos entregaras otro planeta, volveríamos a empezar con el mismo afán destructor.
Hizo una triste pausa, acariciando sus morbosos pensamientos.
- Y Brenda se ha marchado de la ciudad sin dejarme ni una nota. De modo que has de perdonar mi falta de entusiasma por tu amable oferta.
Bill comprendió que no podía pronunciar la palabra «entusiasmo» en voz alta. Pero aún podía pensarla, lo cual era un interesante descubrimiento científico. A medida que se emborrachara tal vez sólo acertase a pensar palabras monosílabos.
En un intento final, los taars enviaron sus pensamientos por el túnel formado entre las estrellas.
- ¡No puedes hablar en serio, Bill! ¿Todos los seres humanos son como tú?
Vaya, una pregunta filosófica muy interesante Bill la consideró atentamente... o al menos con la atención de que era capaz en vista del cálido y rosado resplandor que empezaba a envolverle. Al fin y al cabo, las cosas podrían ser peores. Podía hallar un nuevo empleo, aunque sólo fuese por el placer de decirle al general Potter lo que podía hacer con sus tres estrellas. Y en cuanto a Brenda... bueno, las mujeres eran como los tranvías: cada minuto pasa uno.
Pero lo mejor era que había una segunda botella de whisky en el cajón de MÁXIMO SECRETO. ¡Oh, maravilloso día! Se puso en pie con dificultad y se tambaleó por la habitación.
Por última vez, los intelectos de Taar se comunicaron con la Tierra.
- ¡Bill! ¡Todos los seres humanos no pueden ser como tú!
Bill se volvió hacia el túnel del tiempo. Era extraño... parecía iluminado por puntos estrellados... era realmente magnífico. Se sintió orgulloso de sí mismo; pocas persona podían imaginar tal cosa.
- ¿Como yo? - repitió -. No, no lo son.
Sonrió a través de los años luz, al tiempo que la marea creciente de euforia apagaba su desaliento.
- Pensándolo bien - añadió -, hay muchos individuos mucho peores que yo. Sí, creo que, a pesar de todo, yo aún soy uno de los felices.
Parpadeó levemente sorprendido, ya que el túnel acababa de replegarse sobre sí mismo y allí estaba de nuevo la pared encalada, exactamente igual que siempre. Los taars sabían que estaban derrotados. - Adiós, alucinación - musitó Bill -. Veamos cómo será la próxima.
En realidad, no hubo ninguna más porque cinco segundos más tarde perdió el conocimiento, mientras estaba marcando la combinación del cajón del archivo.
Los dos días siguientes resultaron vagos e inyectados en sangre, y Bill olvidó todo lo referente a la alucinación.
Al tercer día algo empezó a atosigarse la mente, y hubiera recordado la advertencia de los taars de no haber vuelto Brenda, pidiéndole perdón.
Naturalmente, no hubo un cuarto día.

FIN

Dean R. Koontz - NOSOTROS TRES




Jonathan, Jessica y yo empujamos a nuestro padre, haciéndole rodar por el comedor y a través de la coquetona cocina estilo inglés antiguo. Nos costó bastante trabajo pasarle por la puerta trasera, porque se había puesto muy rígido. Y no me refiero a su carácter, aunque siempre que le venía en gana había actuado como un tirano. Ahora estaba rígido, sencillamente, porque el rigor mortis había endurecido sus músculos. Pero no nos arredramos por ello. Le dimos unas cuantas patadas hasta que se dobló por el medio y pudimos hacerle pasar por el marco de la puerta. Luego, lo arrastramos por el porche y los seis escalones de la entrada hasta dejarlo sobre el césped.
- ¡Pesa una tonelada! - exclamó Jonathan, resoplando y jadeando mientras se secaba el sudor que resbalaba por su frente.
- Nada de una tonelada - dijo Jessica -. En realidad, menos de ochenta kilos.
Somos trillizos y nos parecemos en un montón de cosas, pero también nos diferenciamos en muchos pequeños detalles. Jessica, por ejemplo, es la más pragmática de los tres, mientras que Jonathan tiende siempre a la exageración, a la fantasía... y a soñar despierto. Yo estoy, en cierto modo, entre los dos extremos. ¿Una especie de soñador pragmático, tal vez?
- Y ahora, ¿qué vamos a hacer? - preguntó Jonathan, arrugando la nariz con disgusto y mirando hacia el cadáver que yacía sobre la hierba.
- Qemarlo - contestó Jessica. Sus labios finos marcaban una línea roja en la parte inferior de su rostro. Sus cabellos rubios resplandecían bajo el sol de la mañana. Era un día maravilloso, realmente, y Jessica lo más bello de aquel día -. Quemarlo completamente.
- ¿No sería mejor traer aquí a madre también, y quemarlos a los dos juntos? - preguntó Jonathan -. Nos ahorraría un montón de tiempo.
- Si hacemos una pira demasiado grande las llamas van a subir muy alto - objetó Jessica -. Y alguna chispa perdida podría prender fuego a la casa.
- Podemos elegir entre todas las casas que hay en el mundo - dijo Jonathan extendiendo los brazos y abarcando con el gesto todo el contorno veraniego y más allá Massachussets, y detrás de Massachussets, la nación entera... y todo el resto.
Jessica le miró fijamente, con una mirada penetrante.
- ¿No tengo razón, Jerry? - preguntó Jonathan volviéndose hacia mí -. ¿No tenemos el mundo entero para nosotros? Me parece que es una solemne tontería preocuparse de esta vieja casa.
- Tienes razón - dije yo.
- A mí me gusta esta casa - replicó Jessica.
Y porque a ella le gustaba esta casa precisamente, nos apartamos unos cinco o seis metros del cadáver, que yacía allí, espatarrado, nos quedamos mirándolo, invocamos el fuego con el pensamiento y padre comenzó a arder en el mismo instante. Las llamas brotaron solas y envolvieron su cuerpo en un sudario rojo-anaranjado. Siguió ardiendo bien, se ennegreció, reventó, sus gases se escaparon en siseos y por fin quedó reducido a cenizas.
- Pienso que tendría que sentir tristeza - dijo Jonathan.
Jessica hizo una mueca.
- Bueno, al fin y al cabo, era nuestro padre - insistió él.
- Estamos por encima de los sentimentalismos fáciles - replicó Jessica, volviendo sus ojos hacia nosotros dos, primero Jonathan y luego yo, para asegurarse de que lo comprendíamos así -. Somos una raza nueva, con nuevas emociones y nuevas actitudes.
- Supongo que tienes razón - dijo Jonathan, pero no parecía muy convencido.
- Vamos ahora en busca de madre - dijo Jessica.
Aunque sólo tiene diez años - seis minutos más joven que Jonathan y tres minutos más joven que yo -, es la que posee más fuerza de carácter. Generalmente se sale con la suya.
Volvimos a entrar en la casa y arrastramos a madre.

2

El Gobierno había asignado a nuestra casa un contingente de nueve hombres de la infantería de marina y ocho agentes vestidos de paisano.
En teoría, la misión de estos hombres era la de protegernos y evitar que nos ocurriese nada malo. Pero la realidad era que estaban allí para vigilamos y evitar que nos escapásemos. Cuando hubimos acabado con madre, fuimos sacando todos los otros cuerpos al césped y quemándolos uno tras otro.
Jonathan estaba exhausto. Se sentó entre dos esqueletos que todavía humeaban y se limpió el sudor y las cenizas del rostro.
- Tal vez hayamos cometido una gran equivocación - dijo.
- ¿Equivocación? - exclamó Jessica. Inmediatamente se puso a la defensiva.
- Tal vez no deberíamos haberlos matado a todos - insistió Jonathan.
Jessica dio una patada en el suelo. Los bucles rubios de su pelo ondearon al aire.
- ¡Eres un verdadero idiota, Jonathan! Sabes perfectamente lo que iban a hacernos. Cuando se dieron cuenta de lo lejos que podía llegar nuestro poder y de lo rápidamente que íbamos desarrollando nuevas capacidades, comprendieron muy bien el peligro que suponíamos para ellos. Estaban dispuestos a matarnos.
- Podíamos haber matado sólo a unos cuantos, como demostración - dijo Jonathan -. ¿Era necesario acabar con todos?
Jessica dejó escapar un suspiro.
- Escucha, eran como hombres del Neanderthal, comparados con nosotros. Somos una nueva raza con nuevos poderes, nuevas emociones, nuevas actitudes. Somos los niños más precoces de todos los tiempos; pero ellos disponían de una cierta fuerza bruta, no lo olvides. No nos quedaba más remedio que actuar rápidamente y sin previo aviso. Hicimos lo que teníamos que hacer.
Jonathan miró en tomo, pasando la vista por las manchas negras de hierba quemada.
- Va a ser un trabajo enorme. Nos ha llevado toda la mañana acabar con estos pocos. No terminaremos nunca de limpiar el mundo entero.
- Muy pronto habremos aprendido a levitar los cuerpos - dijo Jessica -. Ya siento un presagio de este nuevo poder. Quizá incluso aprendamos a teletransportalos de un sitio a otro. Todo será más fácil entonces. Además no vamos a limpiar el mundo entero, sino tan sólo aquellas partes del mundo que queramos usar durante los próximos años. Para entonces, el tiempo y las ratas habrán completado la tarea.
- Seguramente tienes razón - admitió Jonathan.
Pero yo estaba convencido de que tenía muchas dudas al respecto, y compartía con él algunas de ellas. Era indudable que estábamos más alto en la escala de la evolución de lo que nadie había estado antes de nosotros. Podemos ver la mente y el porvenir bastante bien, y somos capaces de multitud de experiencias extracorporales. También dominamos ese truco del fuego, el poder de transformar la energía del pensamiento en un verdadero holocausto. Jonathan es capaz de controlar el curso de los arroyos y pequeños regueros de agua, un truco con el que suele divertirse mucho cada vez que trato de orinar. Aunque pertenece a la nueva raza, todavía le gusta jugar como un niño. Jessica puede predecir el tiempo con gran exactitud. Y yo tengo un poder especial sobre los animales. Los perros vienen a mí, y lo mismo ocurre con los gatos, los pájaros y con toda clase de vertebrados. Aparte de esto somos capaces de poner punto final a la vida de cualquier animal o planta con sólo pensar en su muerte.
Como pensamos en la muerte de todo el resto de la humanidad.
Quizá, teniendo en cuenta las teorías de Darwin, estábamos destinados a destruir a todos esos nuevos neanderthales, una vez que desarrollásemos suficientemente esta habilidad. Pero no puedo librarme de la duda. Presiento que, de una forma u otra, nosotros también sufriremos con la destrucción de la vieja raza.
- Eso es un pensamiento retrógrado - dijo Jessica. Había leído mi mente. Sus talentos telepáticos son más fuertes y están mejor desarrollados que los de Jonathan y los míos -. La muerte de estas gentes no significa nada. No podemos sentir remordimiento. Nosotros somos la raza nueva, con nuevas esperanzas, nuevas emociones, nuevos sueños y nuevas reglas de conducta.
- Desde luego - dije yo -. Tienes razón.

3

El miércoles bajamos a la playa y quemamos los cadáveres de los bañistas muertos. A todos nosotros nos gusta el mar, y no queremos quedarnos sin un buen espacio abierto de arena no contaminada. Los cuerpos putrefactos ensucian mucho la playa.
Cuando hubimos terminado nuestra tarea, Jonathan y yo estábamos muy cansados. Pero ella quería hacer el amor.
- Los niños de nuestra edad no somos capaces de hacer eso - objetó Jonathan.
- Pues claro que somos capaces - contestó Jessica -. Perfectamente capaces. Y yo tengo ganas. Ahora.
De modo que hicimos el amor. Primero Jonathan. Luego yo. Ella quería más, pero ninguno de nosotros dos podíamos con un segundo round.
Jessica se tumbó sobre la arena, desnuda, y su cuerpo, aún sin formas definidas, resplandecía blanco sobre la arena.
- Esperaremos un poco - dijo.
- ¿Esperar a qué? - preguntó Jonathan.
- A que los dos estéis listos de nuevo.

4

Cuatro semanas después del fin del mundo, Jonathan y yo estábamos solos en la playa, tostándonos al sol. Jonathan permaneció en silencio durante un buen rato, como si tuviese miedo de hablar. Por fin dijo:
- ¿Crees que es normal que una chica de diez años sea tan insaciable?
- No es insaciable - repliqué yo.
- Pues no nos deja en paz ni a ti ni a mí.
- Lo que pasa es que tiene un gran apetito.
- Es más que eso.
Jonathan tenía razón. Yo sentía lo mismo que él. Jessica tenía la misma obsesión por el coito que un alcohólico tiene por la botella, aunque rara vez parecía gozar con ello...

5

Dos meses después del fin del mundo y la quema de nuestros padres, cuando tanto Jonathan como yo empezábamos a hartarnos de la casa Y queríamos escapar lejos, en busca de lugares más exóticos, Jessica nos dio la gran noticia:
- No podemos irnos aún - dijo. Su voz denotaba una gran excitación -. No podremos irnos en varios meses. Estoy embarazada.

6

Nos dimos cuenta de aquella cuarta conciencia entre nosotros cuando Jessica estaba en el quinto mes de su embarazo. Nos despertamos todos en mitad de la noche, bañados en sudor y sintiendo náuseas, al percibir claramente la presencia de aquel nuevo ser.
- Es el bebé - dijo Jonathan -. Un niño.
- Sí - respondí yo, parpadeando ante el impacto de la novedad -. Y aunque está todavía dentro de ti, Jessica, tiene conciencia. Aún no ha nacido, pero es ya totalmente consciente.
Jessica se retorció de dolor y gimió desconsoladamente.

7

- El bebé será nuestro igual, no nuestro superior - insistía Jessica -. Y no quiero oír más esas tonterías que dices, Jonathan.
Era todavía una niña y sin embargo estaba hinchada con nuestro hijo. Cada día que pasaba su aspecto era más grotesco.
- ¿Cómo puedes saber que no es superior a nosotros? - le preguntó Jonathan -. Ninguno de nosotros puede leer su mente. Ninguno de nosotros puede...
- Las nuevas especies no evolucionan tan de prisa - dijo ella.
- ¿Y qué dices de nosotros?
- El viene de nosotros - contestó Jessica. Por lo visto pensaba que esta verdad denegaba la hipótesis de Jonathan.
- Nosotros vinimos de nuestros padres. Y ¿dónde están ellos ahora? - replicó Jonathan -. Escucha, imagina que nosotros no somos la nueva raza. Imagina que somos sólo un paso intermedio, muy breve, como el estado de crisálida entre el gusano y la mariposa. Quizá el bebé será...
- No tenemos nada que temer del bebé - insistió ella, acariciándose el vientre con las dos manos -. Aunque sea cierto lo que tú dices, nos necesitará. Para la reproducción.
- Te necesitará a ti - dijo Jonathan -. Pero no a nosotros.
Yo permanecía allí sentado, escuchando la discusión y sin saber qué pensar. Realmente me resultaba un tanto divertido, pero al mismo tiempo me asustaba un poco. Traté de hacerles ver el lado cómico del asunto:
- Tal vez no lo hemos entendido bien. Quizá el bebé representa el Segundo Advenimiento.
Ninguno de ellos lo encontró gracioso.
- Nosotros estamos por encima de todas esas supersticiones - dijo Jessica -. Somos la nueva raza, con nuevas emociones, nuevos sueños, nuevas esperanzas y nuevas normas de conducta.
- Se trata de una verdadera amenaza, Jerry - dijo Jonathan -. No es para tomarlo a broma.
Y de nuevo se pusieron a discutir, gritándose el uno al otro. Lo mismo que solían hacer madre y padre cuando se presentaban problemas en el presupuesto de la casa. Hay cosas que no cambian nunca.
El bebé nos despertaba muchas veces durante la noche, como si gozara en interrumpir nuestro sueño y tenernos inquietos. Durante el séptimo mes del embarazo y cerca ya del alba, nos despertamos todos sobresaltados ante el trueno de energía de pensamiento que brotó del nuevo ser, todavía enclaustrado en el vientre de Jessica.
- Creo que estaba equivocado - dijo Jonathan.
- ¿En qué? - le pregunté yo. Apenas si podía distinguir su rostro en la oscuridad de la habitación.
- Es una niña, no un niño.
Forcé mi mente intentando conseguir una imagen de la criatura. No pude, porque se me resistía con fuerza, lo mismo que se resistía a las tentativas psíquicas de Jonathan y de Jessica. Pero, a pesar de todo, estaba seguro de que se trataba de un macho, no de una hembra. Así lo dije.
Jessica se incorporó en la cama y se quedó con la espalda apoyada en la cabecera, con las dos manos sobre su vientre, que palpitaba.
- Os equivocáis los dos. Creo que se trata de un niño y una niña. O tal vez no sea ni una cosa ni otra.
Jonathan encendió la lamparita de noche, en aquella casa junto al mar, y se quedó mirando a Jessica.
- ¿Qué quieres decir con eso?
Jessica contrajo el rostro al sentir los fuertes golpes que la criatura daba contra sus paredes abdominales.
- Yo estoy más en contacto con él que ninguno de vosotros dos. Yo puedo sentirlo. No es como nosotros.
- Entonces tenía yo razón - dijo Jonathan.
Jessica no dijo nada.
- Si es bisexual, o asexuado, no necesita de ninguno de nosotros - murmuró al cabo de un momento Jonathan, y apagó de nuevo la luz.
No había nada que hacer.
- Quizá podríamos matarlo - dije yo.
- No, no podemos - dijo Jessica.
- ¡Jesús! - exclamó Jonathan -. ¡No podemos siquiera leer su mente! Si es capaz de mantenernos a los tres a raya de esta manera, seguro que es capaz de protegerse a sí mismo. ¡Dios mío!
En la oscuridad, mientras la invocación resonaba aún en el aire, se oyó la voz de Jessica:
- No uses esa palabra, Jonathan. Está por debajo de nuestro nivel. Nosotros estamos ya por encima de todas esas viejas supersticiones. Somos la nueva raza. Tenemos emociones nuevas, creencias nuevas, reglas nuevas.
- Durante un mes más, o cosa así - dije yo.


FIN

William F. Temple - UN NICHO EN EL TIEMPO




Este vez tenía que ser un pintor. Mi clase de pintor.
Tengo inclinación a lo universal, pero con una especial preferencia: música, literatura. poesía, teatro, arquitectura y escultura. Todo son escaleras para mi espíritu, sendas por las que remontar y pendientes del Parnaso.
Sin embargo, para mí, la máxima ambición significa sólo esto: una cierta magistral disposición de los colores, de luz y sombras, que suscita una fulgurante exaltación.
Tenía que ser Van Gogh.
En lo que concernía a otros, existía, por lo común, la duda respecto al exacto Momento a elegir. Para mí, personalmente, el Momento de Vincent fue cuando pintó «La casa amarilla», su obra maestra. Para la empresa que me proporciona el trabajo, la Universidad, Departamento de Historia, Sección E.A. (Estímulo Activo), el Momento se hallaba en el Borinage, durante el período de mayor desaliento de Van Gogh. El Sínodo había declarado que era un predicador de lo más insatisfactorio y lo había expulsado.
Van Gogh no sabia qué hacer. Por este motivo, lo visité.
Poco después escribió a su hermano Theo: «Decidí volver a tornar el lápiz y empezar a dibujar de nuevo. A partir de este momento, todo me pareció diferente».
Yo fui el hombre de ese «momentos» y esta es mi tarea, puesto que soy un visitador.
Este es un trabajo de responsabilidad y la tensión de tener que decir lo adecuado en la ocasión oportuna, puede atacar los nervios de cualquiera. Así, la Universidad, aunque a veces es incomprensible, pero a menudo no, me permite, de vez en cuando, un viaje de puro placer, unas pequeñas vacaciones.
En una de estas ocasiones deseé ver a un pintor. Mi clase de pintor. Decidí visitar de nuevo a Vincent, ocho después del Borinage... Ocho años de su época, desde luego. Un día en que la pintura del lienzo «La casa amarilla» está fresca todavía...
En mi excitación calculé mal y, en vez de aparecer en el parque arbolado, estacioné la cronocabina en el centro del prado de la plaza Lamartine. Sin embargo, no había nadie por los alrededores que fuese testigo de mi salida de la nada. Como siempre, yo iba disfrazado. Esta vez de labriego francés, con la cara y brazos de color nogal.
No se debe llamar nunca la atención del populacho.
Allí me encontraba yo, en la esquina. Y allí estaba la misma casa amarilla, con su puerta verde. El sol la bañaba. Pero el amarillo era intenso, falto del meloso empaste cálido del pincel de Vincent. El cielo, arriba, era puro cobalto, exento también del mágico ingrediente negro que Vincent ponía en su cielo. Se precisaba ser un maestro para mejorar la Naturaleza.
Más allá, a la derecha, el fascinante Café de Nuit, polvoriento, destartalado y prosaico a la plena luz del día y también veíanse los dos puentes del ferrocarril. Y atravesando precisamente el más próximo ¡un oportuno regalo del Tiempo!, un lento tren, tiznado y humeante.
Ya más consciente a, cada precioso matiz, anduve lentamente sobra el pardo césped.
Esta vez no tenía necesidad de explicar que yo era un Visitador. Nunca resulta fácil hacerlo y era agradable descansar. Vincent Van Gogh tenía todavía dos años mas, dos años terribles, de vida y no había nada que yo pudiera realizar en lo que a el concernía. Su dolencia estaba profundamente arraigada ya en su cerebro.
Mi francés era mucho mejor que el suyo y éste fue el motivo de que me tomase por un súbdito galo.
Aunque, desde luego, por un tipo singular: un labriego que conocía algo de la técnica de la pintura. Pero Vincent vivía ya en un mundo de fantasía y me convertí para él, simplemente, en una porte de aquel mundo.
En mi primera visita, la cosa había sido más difícil. Vincent acababa de ser humillado de un modo muy grave y temía que yo fuera algún agente de la Comisión Evangelizadora. También era yo, a la sazón, un excelente lingüista, pero el holandés no constituía mi punto fuerte. El había enseñando, y predicando, en Inglaterra, por lo que hablamos en Inglés en aquella ocasión.
Y entonces lo hice volver a Inglaterra... en la cronocabina.
Londres. Pleno invierno de 1948. Un oscuro día gris sobre el oscuro Támesis. Una incesante llovizna caía de un brumoso cielo. Llegamos por detrás de una cabina telefónica, cuyo color rojo era la única salpicadura de color visible, a una calle apartada.
Le indiqué que doblásemos una esquina y allá en la acera, pacientes bajo la lluvia, había una hilera de más de mil personas que iban entrando, con lentitud, en la Tate Gallery. Y, mientras el gran edificio iba tragándose las primeras gentes de la fila otras personas es unían el final de la cola, manteniéndola en una longitud continua.
- Así ocurre cada día - le manifesté -. De esta manera pasó ayer, sucederá mañana, pasado y el otro. Mil personas a todas horas, cada hora. Las marcas de asistencia a una exposición de arte han sido superadas por ésta. Esas gentes, hastiadas, abatidas por una prolongada guerra, anhelan sol y calor. Afluyen en masa para saciar sus espíritus con el festín de la obra de un gran artista.
- ¿Acaso Rembrandt? - aventuró Vincent inocentemente, contemplando el tráfico de la calle con mirada asombrada pero cauta.
El tránsito no era excesivo aquel día, pero yo ya lo había previsto.
- No. Es por usted... por Vincent Van Gogh.
Se quedó pasmado. Incapaz de pronunciar una palabra. Sus ojos azul pálido de exaltado mirar giraron alocados en sus órbitas. Temí que pudiera acometerlo uno de sus ataques, pero el temblor de su cuerpo se debía sólo a la excitación que le había causado aquella evidencia de su increíble éxito.
Nos pusimos en la fila, para que él pudiese contemplar por sí mismo las fulgurantes flores y los huertos anegados en el sol de su futuro estilo...
Y ahora, en ese futuro suyo, en Arlés, en mi segunda visita, me hallaba de nuevo contemplando alguna de aquellas obras; no colgadas, despreciadas e invendibles.
El espeso empaste de «La casa amarilla» estaba todavía húmeda como la crema dental; él acababa de entrarla de la calle. En teoría, yo pudiera haber impreso mi pulgar en la pintura para la posteridad.
Me extasié ante este momento histórico.
Me imaginé aquella casita cuando el mistral aullaba en torno a ella, haciendo entrechocar las ventanas, batiendo las puertos y crispando los hipersensibles nervios de Van Gogh.
Contemplé el amasijo de pintura caída en el suelo y las salpicaduras que decoraban las paredes. Vincent no tardaría en limpiarlo todo enjalbegando de nuevo los muros, ya que su héroe, Gauguin, iba a llegar para quedarse algún tiempo en su compañía.
Pero un día durante la estancia de Gauguin, el suelo de tilo rojo enrojecería aún más con la sangre de Vincent, y las salpicaduras de las paredes se tornarían de un tono carmesí.
Eché una ojeada a su oreja derecha y volví a experimentar el antiguo terror de Némesis. En efecto, la cronocabina era como una mosca que zumbara a través de la ruta de un camión sin frenos.
Acaso el universo estuviera loco. En este caso, lo más que uno puede hacer es dar ánimos a la gente para que pueda afrontarlo.
Y si alguien necesitaba aliento, ese alguien era Vincent. Tomad al azar un instante de su vida y podréis, razonablemente, considerarlo como el Momento. Por ejemplo, aquí y ahora, en Arlés. Seguía sin vender un solo cuadro. En toda su vida vendería uno únicamente y por menos de cuatrocientos francos. ¿Valdría la pena que le dijese que en París, en 1957, uno de sus cuadros seria vendido por el equivalente de doscientos cincuenta mil de aquellos mismos francos? ¿Y que, en aquel período, su producción total iba a ser evaluada en treinta millones de francos? Vincent necesitaba dinero y alimentos ahora. Con toda probabilidad lo amargaría el saber que los marchantes de arte (de la misma ignorante casta que los que le habían menospreciado durante toda su vida) amasarían fortunas a su costa una vez él muerto.
En consecuencia, no se lo dije.
De todas formas en esta ocasión yo no tenía autoridad alguna con la que respaldar tal afirmación. La primera vez, revelé mi identidad y la demostré. Luego, acabada mi misión, borré las huellas electrónicamente, basándome en el procedimiento normal. Este vez, yo era tan sólo Francois, un campesino que sabía valorar el arte, que deseaba aprender la técnica de un indiscutible maestro.
Como esperaba, el solitario Vincent -Privado de toda comunicación sobre el tema, excepto en sus cartas a Theo- se mostró ávido de desahogarse.
Al cabo, se instaló en la cama fumando y hablando sin cesar, en tanto que yo ocupaba la silla de anea que él habría de hacer famosa, embriagado en sus palabras, en la conversación del héroe, del genio el que me había sido dado el privilegio de ayudar, mientras él se explicaba a él mismo y me describía su trabajo a mí personalmente en un caluroso atardecer en Arlés. Muy lejos en el tiempo y en el espacio...
Fue algo inolvidable. No obstante, tuve la precaución de transcribirlo, gracias a la cinta magnetofónica, inmediatamente después de mi regreso. Fue, en realidad. un monólogo de dos horas.

¿Desean conocer lo que me explicó Vincent Van Gogh? No tienen más que seguir leyendo.

- Mi mente es puramente la de un artista - dijo -. Tantea su camino a través de una especie de bruma coloreada. Razona con pobreza; no ve nada preciso y claro en blanco y negro. Las matemáticas siempre me confundieron. No puedo captar los tecnicismos científicos. Simplemente aprendo la forma, la tonalidad, las sombras...
¿Cómo pudieron nombrar Visitador a una persona como yo? Bueno. Estoy restringido al campo de las artes, del mismo modo en que mi colega Blum se halla limitado al de las ciencias. A veces envidio su mente aguda y exacta. Su tarea consiste en alentar a los genios científicos durante las épocas en que la superstición, la incredulidad o los prejuicios emboten su creatividad.
Por lo menos puede ofrecer una explicación lógica de cómo pasado, presente y futuro no son meramente interdependientes, sino un todo inmutable. Y cómo un hombre no nacido todavía, puede contribuir en algún punto de la corriente humana y añadir su granito de arena al platillo de la balanza, cuando un desesperado creador está vacilando entre reanudar la lucha o renunciar para siempre a su empresa.
Cuando mis particulares bebés de la inmortalidad me piden que explique la aparente paradoja del tiempo, comienzo a titubear. Y me repliego en mí mismo. Insistiendo: «Bien, así es, porque aquí estoy. Si queréis mayores pruebas, os llevaré a través de tiempo hasta mi mundo, que también es el vuestro, pues vosotros lo habéis conquistado.»
Y desde luego, una vez que han paladeado la futura forma -a menudo póstuma-, nunca reinciden en su pregunta. Esta podría echar a perder el sueño. Cuando han visto sus cuadros o esculturas en el Louvre, oído auditorios que vitorean sus óperas o piezas teatrales o han contemplado, en las bibliotecas, muchas y manoseadas ediciones de sus libros, entonces se han sentido renacer.
El hosco Beethoven, por ejemplo, amargado por el general abandono y angustiado por su creciente sordera, tras su visita a la sala de conciertos Carnegie Hall se tornó tan afable y alegre como su propia Sinfonía Pastoral. Era la alegría de la fe vindicada.
Otra paradoja. El hombre nunca deja de tener fe. Cree siempre. Aunque un hombre diga que ha perdido la fe, tiene todavía fe... en su misma creencia de que la ha perdido. A pesar de todo, esa pérdida de fe puede causar un colapso espiritual. Es como la trampa remolineante de un torbellino, en la que el alma de un hombre puede seguir girando inútilmente hasta la muerto.
Expliqué a Ludwig von Beethoven, que la misión de un Visitador era la de echar un cabo a tales almas atrapadas, a lo que contestó de su modo característico:
- No soy el único. Sé de amigos...
- No puedo ayudar a sus amigos - respondí -. Aun cuando lo intentase, no podría darles lo que el destino les ha negado. Tienen talento, pero no genio. La experiencia ha demostrado que el genio se impone y el talento no. No puedo hacer nada por ellos.
Esto condujo a una discusión sobre la naturaleza del genio.
La opinión de Beethoven venía a ser...

Podéis conocer el punto de vista de Beethoven acerca del genio y no os costará nada, seguid leyendo.

Analizad los versos más excelsos de la poesía y hallaréis que son evocaciones del inexorable paso del tiempo.
Pero siempre, tras de mí,
Aproximarse, raudo, el carro del tiempo.
O bien:
Mana del aire el resplandor
Las reinas han muerto jóvenes y bellas.
El polvo ha cerrado los ojos de Helena.
Y también:
Ninfas y pastores, ya no dancéis más.
(Este verso hacía siempre llorar a Housman).
Shakespeare, desde luego, fue, de todos modos, el que tuvo mayor sentido del Tiempo y a éste se refiere de diversas maneras, como «El relojero, el calvo sepulturero... Ese viejo árbitro común... Un tiovivo... Un huésped de buen tono... El rey de los hombres... Devorador de la juventud... Un enorme monstruo de ingratitudes... Envidioso y calumniador Tiempo».
Y nos propone:
Ved los minutos como corren...
Y nos pregunta:
¿Qué mano puede detener sus rápidos pies?
¿Quién puede evitar su deterioro de la belleza?
Y aduce:
Pero ¿por qué no tienes un medio más poderoso para luchar contra ese sangriento tirano del tiempo?
Y manifiesta:
El tiempo, que inspecciona a todo el mundo, debe tener un límite.
Sus sonetos son un largo desafío al Tiempo devorador. Constantemente repite que, aunque el Tiempo lo devorará a él, sus poemas se impondrán el Tiempo.
Ni el mármol, ni los dorados monumentos de los príncipes sobrevivirán a esta poderosa rima.
Esto nos conduce a un misterio. Tras su retirada a Stratford no intentó publicar ninguna de sus obras teatrales, que se habrían perdido para siempre a raíz de su muerte de no haber guardado sus amigos algunos viejos ejemplares.
¿Se había resignado, por fin, Shakespeare a la inevitable victoria del Tiempo o, simplemente, le sacaba la lengua con desdén?
Me agradaría visitarlo en su retiro y resolver este misterio. Algún día lo haré.
Tengo que oír de nuevo aquella voz hermosa y dulce, recitando sus estrofas con aquel fascinante acento del condado de Warwick que nunca perdió. Los hombres se extrañan de que, cosa rara, nunca tachó un verso en sus manuscritos. Claro que no. Era un actor. Tenía, por ello, la costumbre de recitar sus versos en voz alta muchas veces, hasta lograr que sonaran debidamente. Luego, el transcribirlos, era una simple tarea de amanuense y tan natural que como observaron Heminge y Condell: Su mente y su mano iban al unísono.
Yo habría pensado que su Momento, para el tratamiento E.A., resultaba demasiado tardío en su vida, es decir, cuando en su amarga desesperación ante la ingratitud humana, escribió el cáustico «Timón de Atenas». Pero los jefes del Departamento sostenían que esta obra pertenecía a alguna época del período de los sonetos, cuando se hallaba afligido por el caprichoso desaire de la Dama Oscura.
Tal vez tenían razón. De todos modos, entonces le visité oficialmente.
La misteriosa Dama Oscura, era sin duda una femme fatal. Como ejemplo tenemos al pobre Fortesque que, por su causa, se arrojó desde el antiguo Puente de Londres.
Ella era...

Quizá ya sabéis quién era. También puede ser que, como quienes se han afanado por espacio de cuatro siglos en descubrir su identidad, estáis asimismo «in albis», como vulgarmente se dice. Pero no es preciso que permanezcáis en la ignorancia. En la última página de este folleto encontraréis la clave que os permita abrir la puerta, no sólo de este misterio, sino además, a otros muchos de esta historia.

Era la noche del 3 de marzo de 1875, la del estreno de «Carmen» en la Opera Cómica de Paris.
El auditorio se mostró frío como un témpano de hielo. No supo comprender aquella obra por cuya razón se aburrió como una ostra. Cayó el telón en medio de un coro de silbidos y siseos, como si el teatro entero fuera un nido de serpientes.
Según una noticia muy difundida, repetida por Bruneau, Bizet estuvo vagando por las calles de Paris hasta el alba del día siguiente, histérico a causa de la afronte y la desesperación. Posteriormente, Halévy pudo dar testimonio de que no era tal el caso, ya que, tras la representación, Bizet regresó con él a su alojamiento. Y eso es verdad; yo lo sé porque me fui tras ellos.
En ciertos aspectos, ésta fue la más singular de todas mis misiones. Aunque condenada al fracaso, estaba escrito que había de intentarlo.
Lo esencial de la vida consiste en que todos tenemos que intentar las cosas.
Lo que nunca comprenderé es cómo el aliento dado «después» de que un trabajo está creado, puede ayudar a su creación. Blum me dice que debo dejar de pensar en el tiempo uni-dimensionalmente, como una línea ininterrumpida. Deberé representármelo tri-dimensionalmente; como un cubo, pongamos por caso.
La mente consciente del hombre se mueve de un punto a otro sobre las superficies del cubo. Pero su mente subconsciente se mueve bajo esas superficies, con relampagueante rapidez, surcando el interior del cubo. Puede alcanzar puntos de tiempo en cualquier parte del cubo, mucho antes de que lo haga la atención consciente.
No es que éste sea ningún descubrimiento nuevo, puesto que ya a finales del siglo XIX y comienzo, del XX, los experimentadores confirmaron, con claridad meridiana, el fenómeno de la precognición.
De todos modos, subsiste el hecho de que el subconsciente se percata del Momento del Estímulo Activo y es esta sería la causa de que en ese momento permanezca en el futuro o pasado consciente, pues su creación es del subconsciente de donde procede.
Bizet estaba solo en su habitación cuando lo visité de madrugada. Todavía vestido de etiqueta, se hallaba sentado a la mesa con una botella de champaña y una copa a medio llenar. Había bebido poco y aún estaba completamente sereno.
Su rostro permanecía impasible... y, recordándolo, todavía me obsesiona. Acababa de recibir un brevísimo golpe moral. Pero su autodominio era casi sobrehumano. Lo respeté como hombre más que a cualquier otro que haya conocido en el pasado o en el presente. He pintado su retrato de memoria. Representa simplemente a un hombro de hermoso cabello y barba, que aparece pensativo... y gentil. (Esta es una definición poco satisfactoria, pero es la única algo aproximada a lo que observé.)
En mi imagen, me fue imposible captar la verdadera esencia de Georges Bizet. Debo intentarlo de nuevo.
Me presenté y lo manifesté la razón de mi presencia. Pareció creerme sin más explicaciones, casi como si hubiera estado esperándome.
Le dije:
- En 1880, Tchaikowsky profetizará públicamente, que en el plazo de una década, «Carmen» se convertirá en la ópera más popular del mundo. Y me alegra asegurarle que su predicción será exacta.
Sonrió y sirviéndome una copa de champaña me dijo.
- Bebamos entonces a la salud de Tchaikowsky.
- No - repuse yo, alzando mi copa -. A la salud de Bizet.
- Gracias. Es usted el único que brinda por mí este noche. En estos momentos, todos los críticos están afanados en destrozar mi ópera «Carmen» con las puntas de sus plumas.
- ¡Críticos! En las pocas ocasiones en que sus opiniones coinciden por unanimidad, las razones que exponen son totalmente diferentes. Ignórelos. Usted escribió «Carmen» para el público; no para ellos.
Bizet tomó un sorbo de su copa.
- Así es, en efecto. Y el público la ha rechazado.
- Venga conmigo - dije mientras me ponía en pie -. Vamos a ir al teatro de la ópera. Nos trasladaremos al año 1905, a la noche de la 1000 representación de «Carmen»

Naturalmente, esperamos que estos breves extractos del famoso «Diario de Jon Everard», estimularán su interés hacia toda esta maravillosa historia. Podéis pedir Podéis pedir ejemplares de los dos magníficos volúmenes encuadernados en lujosa tela. Para ello, sólo tenéis que llenar el boletín al pie de página. NO REMITÁIS DINERO hasta que hayáis examinado esta formidable adquisición para toda la vida, a vuestro gusto y en vuestro propio domicilio.
Huid de las largas veladas invernales, en luminosos viajes a través del tiempo, con Jon Everard, para encontrarse, frente a frente, con muchos de los más grandes hombres que jamás existieron.

Cuando acabó de leer el brillante folleto, Jon Everard frunció los labios y lo puso sobre su escritorio.
Miró al visitante, el cual esperaba con impaciencia un tanto nerviosa, su comentario.
- Una selección deficiente - dijo -. Lo siento, Mr. Bernstein. No son, en verdad. los mejores de mis pasajes. El equilibrio es pobre. Y ese cursi oropel que tiene por objeto atraer al posible cliente, es francamente deplorable.
Bernstein pareció abatido y con la cabeza gacha respondió:
- Desde luego. Algunos de mis escritores de propaganda tienden a la falta de gusto, Mr. Everard. Pero su misión es procurar vender el libro al mayor público posible. Tienen que andar con la vista puesta hacia abajo... Y, al parecer, en esta ocasión no anduvieron con mucho tacto, ¿no es así? Estoy echándolo todo a perder. Creí que sería una buena idea lanzar este folleto. En una sola ojeada soy capaz de demostrarle que usted podría convertirse en el diarista más famoso y popular que ha existido desde Pepys. Tal vez debiera haberle traído una de las ediciones en piel.
- No. Está bien - interrumpió Everard -. Usted lo hizo bien. Dispense mi modo quisquilloso de censurar. Últimamente he tenido una excesiva excitación nerviosa.
- Sí, ya lo sé. Creo que yo soy su mayor admirador, Mr. Everard. Conozco su diario casi de memoria. Por el tono, puedo decirle que hacia este período tenía usted una gran depresión nerviosa, aún cuando no lo registrara con tantos palabras.
- Se notaba, ¿eh?
- A mí me pareció que usted estaba obstinado en medirse con todos estos grandes hombres en su propio perjuicio. Estaba perdiendo el sentido de su propia valía. Por ello elegí ese período para demostrarle que, probablemente y de manera por completo inconsciente, estaba usted escribiendo una obra maestra. Ninguno de sus sucesores ha logrado realizar una cosa semejante. Yo sé que, en lo que a mí concierne, no podré jamás alcanzarle, aun cuando también yo lleve un diario. Estoy poco preparado todavía en esta tarea. Con franqueza: esperaba obtener algunas confidencias suyas, tal como lo hizo usted con Van Gogh.
Jon Everard asintió.
- ¿Es esta visita una de sus elecciones de vacación?
- Sí. La primera. La Universidad desconfiaba de que necesitara usted del estímulo y rehusó sancionar un viaje oficial. Ya sabe lo que cuestan estas cosas. Siempre hay discusiones sobre los gastos.
- Entonces, no debo aumentar su cuenta insistiendo en que vaya a inmiscuirse en su mundo. De todos modos, parece ser el mismo y viejo mundo. Gracias por su visita, Mr. Bernstein.
Bernstein comprendió, con desconsuelo, que se le estaba despidiendo. Vaciló...
Everard adivinó sus pensamientos y lo dirigió una amable sonrisa.
- Me gustaría poder ayudarle, pero nada de cuanto pudiera decirle le sería de utilidad. Esta es una tarea muy personal, en la que el adentrarse en ella, el abordar a cada personaje, ha de ser diferente, según la propia naturaleza de cada uno. La experiencia es la única maestra. Así que, concéntrese en la evolución del primer Bernstein, mejor que en la del segundo Everard. Esto acrecentará su confianza en sí mismo. Le diré una cosa: en ninguno de mis viajes he sido recibido con frialdad... ¿Qué marca su cronómetro?
Bernstein se sobresaltó primero: luego examinó la esfera.
- Veintiún minutos, treinta y cinco segundos.
- Bórrelo y después haga una vuelta de veinticinco en el borrador - aconsejó Everard.
Bernstein rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y luego se sonrojó.
- Verdaderamente debo ser tonto. He olvidado traerlo. Estaba tan ansioso por conocerle que salí a toda prisa... Ahora habré de volver para recogerlo.
- ¿Y añadir otros quince mil a la cuenta?
- Cerca de los cuarenta mil, en estos tiempos... Quiero decir en mi tiempo - dijo con tono melancólico Bernstein -. Los administradores se van a enojar conmigo por haber hecho una majadería como ésta, sobre todo en un viaje de favor. Sin embargo, de cualquiera de las maneras, jamás lamentaré el haberlo efectuado.
- No necesitan enterarse - sonrió Everard -. Puede emplear usted mi borrador.
Fue a su cronocabina que, estacionada en la esquina, más parecía una cabina telefónica, pues presentaba adrede este aspecto para evitar el llamar la atención o despertar la curiosidad. Jon Everard era el primer Visitador oficial y, por entonces, sus informes se hallaban en la Lista Restringida.
Abrió la puerta de la cabina y dio una palmada a una funda de cuero sujeta en la parte interior.
- De todos modos aquí hay un repuesto. Tenga siempre su borrador guardado en su cronocabina. De esta forma, no lo podrá abandonar en cualquier descuido.
- Gracias. Así lo haré, Mr. Everard.
Everard sacó de su funda la especie de pistola que era el borrador. La esfera de su extremo despidió un destello al captar la luz. Everard giró un botón de rosca para poder fijar la manecilla.
- Veinticinco minutos - dijo, tendiendo a continuación el instrumento a Bernstein.
- Bien - asintió éste, una vez lo hubo comprobado,
Everard regresó a su escritorio y tomó asiento de nuevo en su cómoda butaca.
- Debe ser un alivio para usted el poder evitar esta vez la explicación  - dijo -. Yo la considero siempre una dura prueba. En ocasiones están tan asustados, que cualquiera diría que fuera uno a matarlos. Asegúrese de reemplazar ese borrador en mi cronocabina... No se lo meta en el bolsillo, llevándoselo con usted. Bien, ya estoy relajado. Dispare en cuanto esté preparado.
Cerró los ojos como con un fin deliberado.
Bernstein pensó:
«No desea verme por más tiempo. Acaso él no haya soportado nunca una fría acogida, pero yo he tenido recibimientos mucho más calurosos que éste. Ni siquiera un apretón de manos como despedida. Y eso que le dije que era mi ídolo... Pero no le ha importado nada... Es, en verdad, bastante honesto. Pero yo había supuesto que tendríamos una amplia conversación sobre el particular, aunque hubiera tenido que permanecer aquí todo el día. Pero... ¡veinticinco minutos!»
Se colocó detrás de la butaca de Everard, apretó la punta del cañón del borrador contra su nuca y, con el pulgar, apretó el gatillo en forma de botón.
La potencia energética de un borrador constituye un bloque en el área prefrontal del cerebro, eliminando las huellas impresas en las neuronas, registradas conscientemente en cada período de encajamiento. El subconsciente conserva los recuerdos adecuados, los cuales, sin embargo, no pueden nunca resurgir a la conciencia, teniendo en cuenta que los puentes están destruidos.
No hubo reacción visible por parte de Everard, pero era lo acostumbrado. El embotamiento mental persiste, por lo común, tres o cuatro minutos después del golpe psíquico. Un artista, pongamos por caso, despertaría en el diván de su estudio e imaginaría haberse quedado dormido. Lo mismo daba que hubiese sido privado de unas horas de trabajo por el sueño natural, que por el originado por el borrador. Su vida en el sueño habría sido enriquecida de todas formas y su labor, su obra, sería el sueño hecho realidad, encarnado.
Bernstein se metió en el bolsillo el folleto y echó una ojeada a través de la ventana, hacia el mar bañado por el sol. Mentalmente, se había imaginado paseando a lo largo de la playa en compañía de su antiguo héroe, discutiendo sobre la vida y sobre qué es lo que hace a un hombre superior a otros y hablando hasta el momento en que aquellas aguas occidentales quedaran teñidas de sangrienta tonalidad por el ocaso del sol. Pero esta puesta de sol estaba aún lejana y ya tenla que abandonar a Everard y su mundo, para volverlos a encontrar tan sólo en las páginas impresas de un libro.
Suspiró, mientras dirigía una última mirada de despedida el rostro sereno e inmóvil. Luego avanzó hacia un rincón, que se hallaba junto a la elevada estantería llena de libros y... desapareció. Fue como al hubiera atravesado una puerta invisible y penetrado en otra dimensión. En realidad, esto era lo que había sucedido. Una invisible proyección de su cronocabina estaba situada allí.
Reapareció cinco segundos más tarde, abochornado y en extremo disgustado. Se precipitó a la bien visible cronocabina de Everard, metiendo en su funda el borrador.
«Esto es una majadería sentimental, pues destruyendo mi concentración puedo malograr ahora este tarea», se increpó a sí mismo.
Una leve sonrisa se dibujó fugazmente en los labios de Everard, para desaparecer apenas esbozada.
Bernstein otra vez en su cronocabina se fue también. Everard, que lo esperaba así, oyó el cómo el suave zumbido aumentaba en intensidad hasta culminar, de modo brusco, con un restallido semejante al de una cuerda de violín que se rompe.
Abrió los ojos. En ellos, empero, no se reflejaba ni el agrado ni el recreo. Pasó la mano por sus cabellos y, acodado en la mesa, permaneció cavilando.
Había hecho trampa también con el Borrador. Su batería estaba descargada. Antes tuvo la idea de renovarla en su próximo viaje. Sin embargo, no se acordó hasta el momento en que Bernstein quiso utilizarlo.
¿Por qué, pues, fingió desvergonzadamente estar inconsciente? ¿Por qué no se había excusado simplemente, reemplazando la batería?
¿Era el orgullo, el encubridor de que el gran Jon Everard, el afamado perfeccionista. pudiera incurrir en errores tan elementales como cualquier novato de la clase de Bernstein?
¿Era consideración... a fin de librar al joven de las dificultades subsiguientes?
¿Era oportunismo... para hacer uso de su presciencia?
¿Era egotismo... con el objeto de poder regocijarse sobre tu venidera elevación al Olimpo de la fama?
No, no se trataba de ninguna de estas razones. Todas resultaban absurdas. El se hubiese sentido mucho más satisfecho y feliz sin el recuerdo de los veinticinco minutos pasados. Deseaba la fama. Sí, y la alcanzaría... sería suya... Pero por una razón bien distinta, equivocada. La ambición de toda su vida era la de llegar a ser un gran pintor. Su alma entera estaba volcada en la pintura.
Bernstein no había hecho mención alguna de Everard como pintor. Tampoco decía nade el folleto. Por este motivo, su obra no produjo impresión. Había fracasado. Estaba condenado el fracaso.
Y él carecía de la energía moral de Georges Bizet.
Mientras cavilaba, empezó a comprender, poco a poco, el porqué de haber resuelto permanecer consciente. La visita de Bernstein sólo habla logrado imbuirle una sensación de malogramiento e insuficiencia. De haber funcionado el Borrador, hubiese dejado su mente inconsciente lleno de desaliento, lo contrario a lo que Bernstein pretendió conseguir. Y jamás hubiese sabido el porqué de sentirse de aquella manera.
El instinto de conservación lo había inducido a fingirse dormido.
La conciencia de el mismo le demostraba que no estaba encadenado a la servidumbre de la subconciencia. Aún poseía la facultad de elegir. Tenía que intentar alcanzar un valor semejante a Bizet y aceptar la situación tan filosóficamente como lo hiciera el francés.
Y esa conciencia de el mismo le daba a entender que existía una gran diferencia: nada había fallado en su interior.
Tenla que ajustarse, amoldarse simplemente. Debía saber cambiar el pincel por la pluma y convertirse en otra clase de artista.
Tomando su pluma, abrió su Diario. Todavía no estaba concluido el relato de su encuentro con Georges Bizet.
Entonces escribió: El quid de la vida consiste en que todos hemos de intentar el éxito.
Hizo una pausa recordando las palabras. Aquel folleto, a fin de cuentos, lo estaba ayudando. Sin embargo... estaba marcado por el destino también. El futuro sustenta al pesado el tiempo que el pasado sustenta el futuro. Causa y efecto eran como los dos lados equilibrados de un arco gótico. Resultaba una tontería pretender que uno iba primero».
Aún disfrutaba de la facultad de elección. Pero, no obstante, no tenía dónde elegir, puesto que el destino de su futuro mismo ya lo había trazado.
El tiempo es algo así como un edificio de una sola pieza; algo semejante a una vasta catedral, arquitectónicamente perfecta. Arco tras arco, numerosos arcos intercalados, encajados, trabados, entrelazados...
«Pronto - se dijo - he de ir a visitar a un arquitecto.» Por ejemplo a Christopher Wren, cuando los comisionados para la reconstrucción de Londres, tras el gran incendio, estaban realizando todo lo que les era posible para desbaratar los planes del trazado final de la catedral de San Pablo...

FIN

Gerard F. Conway - NAVE MENTAL




Hacía tres semanas que habíamos salido de Centauro cuando saltó nuestro Fusible.
Era un hombre delgado, casi escuálido; las arrugas y las huellas de la edad le surcaban la piel, tan fina como un papel, pero era un hombre joven, como podía verse por la forma en que se movía, con soltura, deslizándose con ese impulso irrefrenable de los que son todavía nuevos en el espacio, ese tipo de voltereta desequilibrada que lo hace a uno tragarse las paredes, golpearse la cabeza contra las compuertas bajas y quedar lleno de moretones y tajos después del primer viaje. Se agitaba como una mosca en el agua, girando en todas direcciones, batiendo sus alas transparentes. De vez en cuando sonreía y, cuando la sonrisa llegaba, se quedaba un solo instante en los labios, tímida, como esperando que la soplaran. Si tuviera que elegir una palabra, una sola, para describirlo, diría «joven».
Como todos los Fusibles, era un Sensitivo. Se notaba por el modo en que sus manos aleteaban sobre su regazo cuando se sentaba en el salón de descanso, por el modo en que tocaban y se posaban sobre los brazos del sillón, descansaban sobre sus rodillas, seguían viaje para quedar atrapadas debajo de los codos. Los dedos eran largas velas cetrinas, ahusadas e iluminadas por una fuente de luz interior, siempre pálidos y secos, rosados en las puntas, donde solían estar las uñas. Cuando hablaba, las manos saltaban y se zambullían, tejiendo tapices en el aire impregnado de café del salón donde nos desperezábamos, charlando y escuchando cuentos deliberadamente archisabidos. Cuando hablaba, la voz era calma, discreta, amable; bajaba la vista y se miraba las manos. A veces las miraba fijo, como si fueran algo ajeno a él, pájaros color carne que hacían nido en su regazo. Conozco esa mirada.
Tres semanas después, en nuestra tercera vuelta, saltó. Tuvimos suerte en poder volver al puerto; quiero decir: nosotros tuvimos suerte. La suya se acabó cuando subió a bordo del Charter.
No se puede pensar objetivamente en uno mismo; al menos eso es lo que me pasa a mí. No puedo juzgar: es demasiado fácil acallar los aspectos más sobrios de la personalidad y sacar a relucir el demonio que uno lleva adentro; demasiado fácil. Todos tendemos a considerarnos mártires.

Yo era capitán del charter cuando descendimos en Endrim. La mitad de la tripulación había salido despedida después de la última sacudida al doblar hacia la Región Posterior. El anterior Capitán había sido uno de los primeros en caer, naturalmente, y después de convertirme en el Primero, me hice cargo de todos, completé la travesía, hice que descendiéramos y mantuve a todo el mundo Afuera. Los mejores recursos, los más ingeniosos. Y con todo perdimos la mitad de la tripulación.
Para cuando llegamos a Endrim éramos un montón de lisiados de una nave mental mutilada. Hasta el Maquinista estaba a punto de saltar. En algún momento de la segunda incursión, nuestro Fusible (un anciano que ya había pasado la tercera juventud, una cáscara arrugada, gris y rosa, que se las había arreglado para mantener las cosas en su lugar durante seis vueltas, con algunos ajustes menores, muy pero muy distinto del Fusible que nos colocamos en Endrim) sufrió un colapso y empezó a manipular los controles de las cápsulas en la enfermería de la nave; no sé como golpeó un eyector de módulos salvavidas y se precipitó desnudo a la Gran Nada. Jamás lo encontramos, aunque en ese momento estábamos demasiado ocupados para ponernos a buscar a un Sensitivo casi senil. Tal vez debimos enviar una cápsula en su busca. Después que él saltó, todo pareció desmoronarse en los bordes, que empezaron a carcomerse hacia el centro, como la herrumbre en una lámina de zinc de mala calidad. Fue entonces cuando el Maquinista empezó a quejarse de tensiones en los ejes laterales, y fue entonces cuando la mitad de la tripulación saltó en pedazos y cayó, gritando, en la locura líquida.
Un Fusible es algo muy útil en una nave mental: sin él, la tripulación tiende a disolverse en su propia locura.
Cuando llegamos a Endrim fijé como Prioridad Uno encontrar un nuevo Fusible.
En un puerto, en cualquier puerto, ya sea que está del lado de la luz o en la zona oscura de la espiral principal, se pueden encontrar tres tipos de distritos: los de placer, donde se reúnen los menos distinguidos, los «exclusivos para residentes locales», y las comunidades. Es en este último lugar donde hay que buscar cuando se quiere encontrar a un Sensitivo, y fue allí donde encontré al nuevo Fusible.

Yo estaba con el Cocinero. Él iba adelante; empujó la puerta y se inclinó para mantener separados los batientes y dejarme pasar; pasé agachado por debajo de la cortina y entré en un ambiente de humo dulce mezclado con un olor, menos perceptible, a polvo y el sabor seco, a veces sofocante, de la tierra envasada. Estaba oscuro, aunque clareaba un poco en los rincones, donde velas y lámparas de aceite hacían esfuerzos inútiles y desganados por disminuir la oscuridad. Pestañeé para defenderme del aguijón que hería los ojos y miré hacia las formas inmóviles que se recortaban en ese resplandor opaco.
- ¿Aquí?
- Claro que sí. Le juego cualquier cosa.
- Usted es mano.
Enderezándome, miré a mi alrededor, esperando que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad; a mi lado el Cocinero barajaba posibilidades, buscando obviamente una cara familiar. Con tal que pudiera ver alguna cara... Endrim era su puerto natural; no había nacido allí, pero cuando pensaba en un lugar como hogar pensaba en Endrim. Había sido algo así como mi guía, aunque tenía la impresión de que algunas zonas del puerto le eran tan desconocidas como a mí. Una de las siluetas se movió, y se desplegó en la forma de una araña que recordaba vagamente a un hombre. El Cocinero se adelantó, levantó un brazo y le hizo señas de que se acercara al dueño de casa. Hablaron en voz baja mientras yo me recostaba contra una pared llena de grietas, para dar la impresión de que estaba tranquilo; pero estaba tenso. Era un capitán novel; éste era mi primer viaje y ésta mi primera selección de personal. No cabía duda, estaba tenso.
Se me acercaron; el dueño de casa se movía despacio, con un andar encorvado y deslizante: un Espacial. Lo miré y lo vi, en la oscuridad, el perfil izquierdo, arrugado, retorcido, surcado por un río subcutáneo color escarlata en el lugar donde se le había roto una red de capilares: un Fusible que había saltado..., uno que había estallado a tanta distancia que sus fragmentos se habían esparcido como arena en polvo. Sus ojos me encontraron, vio mi mirada y sonrió: una curva de los labios que apenas se desviaba de la línea general del rostro.
- No soy yo su hombre, Capitán. Tenemos un muchacho tranquilo, volvió como nuevo, fresquito, sin cicatrices, ya va a ver.
Su voz sonaba confusa, borroneada por la presión de los músculos destrozados en el cuello,
- Vamos a verlo.
- Ya vuelvo. Espere. Tenga paciencia.
Se volvió y se deslizó hacia las sombras. Miré al Cocinero; no parecía verme.
¡Dios mío!
Después el ex Fusible volvió, y detrás de él venía otro hombre. Perdón, un muchacho. Y así nomás, con un hombre que venía hacia mí desde la oscuridad, exploté, no en la superficie sino adentro, tan profundo, tan adentro que entonces no lo sentí, ni tal vez tampoco más tarde, cuando todo se precipitó afuera. Pero fue entonces, precisamente entonces, cuando exploté. Allí tomé mi primera decisión equivocada, cometí mi primer asesinato - el mío, el de ese Fusible -, intangible, no palpable, pero real e indeleble en mi mente en cuanto cobrara conciencia de su verdadero significado.
Sus manos se movían nerviosas a los costados del cuerpo y finalmente se detuvieron en los ojales del gabán, jugueteando con los alamares de cuero. No me hablaba a mí, hablaba hacia donde yo estaba y respondía suavemente a mis preguntas. Traté de comportarme como un profesional avezado.
- ¿Nombre?
Me lo dijo.
- ¿Es de Endrim?
Sacudió la cabeza y mencionó un lugar justo en el Centro.
- ¿Cómo llegó hasta aquí?
Con pasaje. Eso me alarmó: el pasaje del Centro a la periferia difícilmente resultaba barato, y había muchos antiguos Espaciales capturados en la periferia que habían nacido abajo, hacia el espacio terrestre y que no podían volver para morir. Ni siquiera un comerciante habría tomado a un ex espacial después de su cuarta juventud, y esos ancianos estaban prácticamente desacreditados; a veces un charter otorga un pasaje gratis, pero no sucede a menudo, porque, cuando uno lo hace, el anciano se convierte en un esclavo de galeras de mala muerte y por lo general trabaja todavía más de lo que trabajó durante toda su vida espacial. Para colmo, el viaje espacial a la periferia es sólo de ida, es el último viaje, el salto final antes de la muerte... y aquí había un hombre que era casi un muchacho con un pasaje para el vaciadero de almas de la galaxia. Era raro, rarísimo.
Eso fue lo que le dije, y él se encogió de hombros mientras sus manos retorcían los alamares del gabán.
- ¿Tiene experiencia?
Había estado en una vuelta y lo habían despedido cuando la nave perdió la licencia; era una nave trasbordadora, que hacía el servicio entre mundos del sistema de Endrim: poco más que un juego de niños. No tenía experiencia; habría sido una variante masoquista y suicida de mi parte tomarlo.
- Contrátelo - le dije al Cocinero.
Me volví, me abrí camino hasta la puerta de la comunidad y salí al frío aire nocturno de Endrim.
Cuando nos cortamos usamos cuchillos pequeños.

(No quiero mirar en el interior de mi alma: allí las preguntas son más oscuras que las respuestas; no quiero tener que saber, tener que verme, entender. Así que espero. Me muevo, rebano y recorto los pedazos de carne que tienen más importancia para mí, y al rebanar, corto a otros. ¿O es al revés? No se. No quiero saber.)

Era bastante buen Fusible. Con el tiempo y una experiencia que solventase su instinto, habría llegado a ser realmente bueno. Tenía un sentido natural de la calma, una manera de ser tranquila que hacía que uno se sintiese bien, relajaba los músculos tensos y aliviaba las ansiedades hasta dejarlas reducidas a un nudo en la garganta en lugar de un dolor lacerante. Era un Sensitivo: el sólo hecho de hablar con él tranquilizaba el espíritu.
Cuando estábamos en Marcha, se lo encontraba en todas partes, hablando, apaciguando, tranquilizando, ayudándonos a relajarnos: una mente entre nuestras mentes, una válvula de escape de nuestras tensiones combinadas, un alivio, un Fusible.
Durante esas semanas de nuestra primera vuelta como charter completo bajo mi mando, lo observé a medias; parecía estar siempre sólo a unos pocos metros de distancia, un factor constante de estabilidad por simple familiaridad. Cuando yo programaba una ruta o revisaba los planos y las líneas de la estructura mental que dirigía la nave, él estaba siempre allí: una presencia suave como la de un cordero, una actitud que no había manifestado ninguno de los anteriores Fusibles que habíamos tenido con el otro Capitán. Mientras los otros eran enormes, poderosos, absorbentes, él era pequeño, un desagüe subterráneo para nuestras frustraciones, y, sin embargo, presente en forma abrumadora; canalizaba la suciedad y la locura de nuestras mentes, manteniéndonos a todos en esa cuerda floja, en esa línea fronteriza entre el equilibrio y la alienación.
He oído describir a los Fusibles como imágenes maternales, como regazos psíquicos hacia donde se arrastran las mentes rectoras de la nave en los estados de tensión para que las acunen y las amen (para que las desagoten). Los venenos de las mentes enfermas que dirigen el vehículo mental tienen que ser eliminadas por absorción: el Fusible era la válvula que nos desagotaba.
Digo «nos»; eso incluye al Capitán. Sobre todo al Capitán. No hay ninguna mente realmente sana a bordo de una nave mental, sería una contradicción flagrante: las mentes sanas no proveen la cantidad de energía necesaria para retorcer el espacio o enviar un charter a la región Posterior. Las mentes sanas son las que compran pasaje, no la tripulación; las mentes sanas son inútiles cuando de espacio se trata.
Pero si hay alguien que tiene que ser sano en algún grado, dentro de un vehículo mental, esa persona es el Fusible; si él salta, todos saltan.
Y ese sí que es un verdadero pasaje de ida.
No lo volví a ver desde aquel día en la comunidad hasta cuando ya estábamos a dos semanas de Endrim, rumbo al Centro. Por supuesto que había sido consiente de su presencia, pero hay una diferencia entre ese tipo de conciencia y un encuentro frontal: la primera es nebulosa, algo que tiene una vaga repercusión; el segundo es total, real, tangible. La diferencia es importante y lo fue para mí.
Había fijado las coordenadas y dispuesto los grados del descenso por el pozo hacia el Centro; en la Región Posterior, en la zona ubicada a un lado del espacio real, el pozo de gravedad actúa sobre la nave mental como una bomba de succión: provee todo el impulso necesario para llegar hasta el Centro, de modo que todo lo que se necesita es un sistema de vectores y una cuadrilla de vigilancia que observe las burbujas en los continua. Subir desde el Centro es algo totalmente distinto: ahí sí que hay que luchar todo el tiempo, poner en funcionamiento corrientes luminosas mientras se abre uno el camino inverso por ese pozo negro, nadando hacia estrellas transparentes diseminadas en la niebla espectral del hiperespacio. Todo es lucha en el viaje hacia afuera, y es allí donde el Fusible soporta la peor carga. Eso explica por qué lo encontré en el salón de descanso, tomando algo y escuchando a los tranquilos componentes de la tripulación intercambiar cuentos sobre otros viajes, en otros tiempos. Los observaba y, al mismo tiempo, sus ojos tenían esa mirada extrañamente lejana que revela al Fusible como Sensitivo. En el viaje hacia adentro podía permitirse abandonar su puesto; en el viaje hacia afuera no habría tenido tiempo para mostrarse sociable. De modo que estaba allí sentado, bebiendo y escuchando con una mirada distante y pasiva.
Me acerqué a él.
Charlamos un poco: una charla insustancial y tranquila, entre un Capitán y uno de sus oficiales. Mostraba cierta reticencia al hablar sobre los momentos de su vida anteriores a su llegada a Endrim; cuando le pregunté, al pasar, por su primera época, antes de que abandonara el Centro, se volvió más taciturno. Parecía encerrarse en sí mismo, con una leve tensión en los tendones del cuello... nada definido, nada demasiado evidente, sólo un retraimiento repentino. Sus respuestas seguían siendo suaves, no había rastros de tensión en la voz, pero evadió el tema de plano con una sola frase, haciendo recaer la conversación en mi persona y en mi pasado. Cosa extraña, ese cambio no me pareció abrupto entonces; tal vez yo quería hablar de mí mismo y sólo había estado haciendo tiempo a la espera de las inevitables preguntas de su parte. Era algo amable, superficial, o al menos eso parecía.
Hablé entonces de mi vida en mi mundo natal, un planeta desértico. El Fusible escuchaba y su atención parecía actuar como una válvula, haciendo salir de mi pasado cosas que había dejado sedimentar durante años y otras de las que había sido consiente pero que había mantenido sepultadas y no había vuelto a examinar desde aquel tiempo.
Estar solo durante una tormenta de arena, agachado en un oscuro rincón de acero frío mientras el viento azotaba las paredes exteriores con una lluvia de arena seca; ver morir a un amigo y ser demasiado chico, demasiado joven para ayudarlo; estar solo años después, pero deseoso de no estarlo nunca más, y dejar el mundo rumbo al espacio, donde las paredes seguían siendo de acero helado, donde otros vientos azotaban los exteriores con arena seca, pero donde uno no estaba solo, donde había otros que conjugaban sus mentes con la de uno; hablar de la necesidad visceral de estar adentro, lejos de la desnuda extensión de vacío y polvo, de ocultarse dentro de una estructura de acero reconfortante, recorriendo los espacios. Le hablé de una caja que había visto una vez, que tenía dentro otra caja, que llevaba otra adentro, capa tras capa, hasta desembocar en un cubo final que no se podía abrir. Le hablé de todo esto con tonos lánguidos, y pensaba entonces que no era más que una charla ociosa entre el Capitán y uno de sus oficiales.
Él prestaba atención, con las manos bailoteando en las extremidades de sus brazos: independientes, animadas con una vida propia. O tal vez no tan ajenas al resto de la persona.
No volví a hacerle preguntas sobre su vida; ese tema parecía lejano, sin importancia.
Después de un rato me fui.
Hicimos el trayecto hacia el Centro por debajo de la línea. Habíamos trazado la carta de la mayor parte del espacio coordinado que se nos había asignado en momentos en que el Charter zarpó, cuatro vueltas atrás, bajo el mando de otro Capitán y de una tripulación en parte diferente. Dos vueltas más y abandonaríamos. La vuelta siguiente nos llevó a través del plano central de la espiral; cinco semanas sin ningún incidente fuera de la nave y con un único incidente adentro.
Fue el Cocinero el que me lo advirtió. Acababa de abandonar el control cuando se me acercó y me tiró del saco.
- Hay que hacer algo, rápido, rápido. El Fusible. Se va, tal vez salte ¿eh?
- ¿Qué?
- Está sentado. No le habla a nadie. Algo malo pasa. Me juego que algo pasa.
Sacudió la cabeza y un mechón de pelo renegrido le descubrió los ojos por un instante y volvió a cubrírselos después. Lo miré fijo, tratando de entender lo que me había dicho. El Fusible.
- ¿Dónde está?
- En el comedor. Está sentado y nada más, no habla, está sentado ahí, bebiendo.
Malo, malo. Bajé por el vestíbulo, dándome cuenta de que iba al trote, llegué a la barra y bajé tres niveles hasta el comedor donde la tripulación compartía el rancho.
Estaba sentado solo, acababa de volver del mostrador donde se servía el café y bebía sorbos de una taza humeante, mirándose con insistencia las manos.
- ¿Qué le pasa?
- Nada.
Se encogió de hombros y ensayó una sonrisa tibia. Me deslicé a un lugar frente al que él ocupaba, manipulé nerviosamente el control remoto que había en mi mesa y esperé que me preparasen café caliente. Los músculos de mis tobillos palpitaban con espasmos rápidos (un tic que tengo). Miré al Fusible.
Tenía los ojos clavados en sus manos y de tanto en tanto tomaba un sorbo de café.
- El Cocinero dice que algo pasa.
Dijo que no, que no pasaba nada.
Me sentí incómodo allí sentado con él. Todo lo que emanaba de él era tranquilo, amable, y sin embargo yo me sentía incómodo. Me di cuenta de que prácticamente lo había evitado con toda deliberación desde aquel día en el salón de descanso. Estar cerca de él me hacía sentir incómodo, no sabría explicarlo.
- ¡Carajo! Diga algo.
Lo hizo. Empezó a hablar, suavemente, sobre nada en particular, comentando primero la serenidad de la marcha, las actitudes de la tripulación, quién tenía relaciones con quién, cuánto le gustaba la nave, lo contento que estaba de tenerme por Capitán, cómo admiraba mi calma y mi sensatez, cómo le gustaba el Maquinista, cuánto se alegraba de gustarle a todos los demás, divagando, hablando sin decir nada. Las manos se deslizaban sobre la superficie de la mesa, acariciándola suavemente, como quien alisa las arrugas de una sábana, deteniéndose a tomar la taza, sosteniéndola, volviendo a colocarla sobre la mesa. Él seguía hablando y yo dejé de prestar atención. No quería prestar atención, en realidad no quería ni siquiera oírlo. Finalmente me levanté de la mesa. Dejó de hablar y levantó la mirada hacia mí.
- ¿Pasaba algo?
- No - contesté con cansancio -. No. Está todo muy bien. Todo perfecto, Lo veo después.
Salí, sintiéndome débil. Había algo que me machacaba en lo más profundo de la conciencia, pero lo hice a un lado, como hice a un lado el recuerdo del Fusible allí sentado, mirándome salir, con los ojos vacíos e inexpresivos. Aparentemente.

(¿Qué era lo que había esperado de él? ¿Por qué me sentía herido e impulsado a herirlo al ver frustradas mis expectativas? ¿Qué pretendía de él, además de que fuera un buen Fusible? ¿Por qué lo había elegido entre tantos? ¿Por qué a él?)

Lo vi vagar por los pasillos de la nave; se movía lentamente por los salones, cabizbajo cuando seguía un rumbo errante por el borde de la nave mental, donde actuaba la gravedad. Moviéndose como un pobre fantasma, parecía siempre absorto en sus pensamientos, aunque sabíamos que esa mirada triste era característica de un Sensitivo que está en contacto. Suscitó comentarios diversos entre la tripulación. Algunos pensaron que estaba un poquito loco, otros que era el más cuerdo de todos nosotros y estaba perdido en nuestra locura. A mi modo de ver tanto unos como otros se equivocaban. Era diferente, estaba solo, separado del resto. Podría haberse dicho que era un desapasionado, pero no es verdad. Lo vi a veces cuando creía estar solo y se sacudía hacia atrás y hacia adelante, murmurando algo en una voz muy baja y rítmica entre jadeos. Me habría parecido una conducta extraña en cualquiera que no fuera un Fusible, pero los métodos que utilizan los Fusibles para mantener su salud mental suelen ser más extraños que la locura misma.
Eso fue lo que pensé en ese momento. Ahora comprendo que en realidad yo no quería entenderlo, no quería ver cómo se estaba desmoronando por dentro. No quería verlo. Él era simplemente el Fusible.
Así siguió la cosa. Él prestaba atención, hablaba algo, muy poco, de sí mismo (nada de importancia, nada esencial) y, cuando estaba en su puesto, se hacía cargo de nuestras locuras.
Y en nuestra tercera vuelta, a tres semanas de distancia de Centauro, nuestro Fusible saltó.

Control mental:
Estaba lejos de la nave, lejos del globo de luz formado por redes de potencia y de energía, cien globos de mente que ruedan sobre sí mismos como las olas sobre una playa fangosa, revolviendo hollín y suciedad y regresando luego a la negrura gris verdosa, formando espumosas serpentinas de potencia. En el centro mismo de la silenciosa tempestad de locura brillaba como una gema el prisma de luz del campo mental del Fusible, que parecía absorber como en un remolino la oscuridad de la locura apenas comenzada a generarse, enviando lejos del vehículo esa riqueza de ébano con un impulso de vibrante zafiro, que empujaba al Charter hacia la Región Posterior, dejando una estela blanca y azul, una hélice de fuerza.
Más allá de la nave estaban los astros: opacos, algo fuera de foco, como vistos a través de un velo de lino; al frente, la oquedad abovedada del espacio sombrío se veía salpicada con manchitas de oro y carmesí: la corriente hiperespacial.
Estaba fuera de la nave y lo guiaba con cautelosas cargas de potencia a lo largo de los ejes laterales, a lo largo de los planos, a lo largo de los vértices estrechos. Estaba fuera de la nave, dentro de mi mente, vigilando la conducción.
Cien almas enfermas derramando la suciedad de su locura, que el Maquinista retorcería, curvaría y haría pasar por un embudo; cien almas enfermas filtradas a través de una única alma cuerda, la válvula de seguridad: el Fusible.
La corriente de energía era un flujo vibrante e incesante.
Podía sentir cómo el Centro me atraía con su pesa, me tironeaba de los bordes de mi perspectiva, la misma sensación que se tiene cuando uno se trepa a una torre muy alta con un fardo pesado atado a la espalda: uno se siente en posición oblicua. Compensé el tirón, la nave se desvió y nos movimos lentamente a través de la corriente.
Imágenes:
Torsión...
Agachado al sol, sudando por los poros abiertos, el líquido corre por el interior de mis brazos, baja por los costados, por la cintura... sofocándose, muriendo, esperando que alguien venga y no viene nadie. Se fue; es mi culpa. Se fue. Mundo desértico. (Pensamientos agradables de la joya: frescor, alivio, desagote de la memoria.)
Torsión...
Una habitación oscura y fría me rodea por completo, sonidos palpitantes en mis venas, en mi cráneo estoy solo, muerto de miedo, de pánico...
(Sus manos llegaron hasta mi mente y arrancaron la locura, dedos de seda de la gema que barre mis pensamientos... frío)
Torsión...
Caos en la sala de control: incendios, consolas y pantallas que se destruyen, la respiración afanosa de un loco en el tablero de control del Capitán, le sale sangre negra de la nariz y traza un río escarlata hasta el mentón. Gritando, lo saqué de un empujón de la silla, vi el cuerpo plegándose sobre sí mismo como un papel arrojado al fuego, indefenso, minúsculo, una muñeca de trapo tirada. Me encaramé el equipo del Capitán y encontré los alambres...
(Y el Fusible hizo drenar los venenos de mi mente y quedé limpio, purificado... )
La nave continuó su marcha.

Estaba en la sala de control y me caí hacia adelante cuando algo sorprendió al charter y lo sacudió.
Las paredes se ladearon a mi alrededor. Caí deslizándome desde el equipo y agarrándome el brazo antes de que los alambres me desgarraran la piel. A lo lejos sonaron las alarmas.
De algún modo volví a instalarme junto al tablero, me coloqué los cinturones de seguridad alrededor del pecho y los aseguré alrededor de mis pies. Un nuevo sacudón arrojó la nave hacia adelante. Golpeé contra las correas y reboté.
- Maquinista... informe acerca de la situación.
Calma. Brotes de calma jugueteaban con las sombras de pánico que seguían germinando en mi conciencia. Me aferré al brazo del sillón, forzándome a relajarme.
Forzándome...
Interrumpí el discado de la sala de máquinas.
- ¿Dónde está el Fusible? Quiero que venga a la sala de control de inmediato.
- Sí, señor.
Pulsé una tecla que había a la izquierda del tablero y estudié el aspecto exterior de la nave. Se veía una oquedad gris que se curvaba a cada lado, sin otra marca en la pantalla que la masa congelada del centro muerto de un negro vibrante.
- No está en su puesto, señor.
- Búsquelo, entonces.
No estaba en su puesto. La nave iba rumbo a casa y se precipitó.
Clavé los ojos en la pantalla, sin ver la imagen. No estaba en su puesto.
- ¿Señor?
- ¿Qué pasa?
- Lo encontramos, señor.
- ¿Dónde?
- En el... en el comedor, señor. Tomando café. ¡La puta que lo parió!
- Mándelo arriba.
- Sí, señor.
El vehículo volvió a tambalearse hacia adelante y la imagen de la pantalla titiló, se redujo, volvió a crecer. Emití impulsos para contrarrestar el golpe.
Un silbido neumático a mis espaldas indicó que el Fusible había entrado en la habitación.
- ¿Dónde mierda estaba?
Empezó a darme explicaciones pero lo interrumpí.
- No importa. A partir de este momento su puesto está aquí; quiero que esté cerca cuando intentemos abrirnos camino por ese agujero.
No respondió. Yo volví a mi trabajo, corrigiendo, alimentando las computadoras que había a lo largo de las paredes de la sala de control, transmitiendo las decisiones y los ajustes a lo largo de los circuitos mentales que comunicaban las distintas partes de la nave.
Hice una pausa y le eché una ojeada.
Se hallaba a punto de saltar.
Estaba en la posición adecuada, sentado con desgano, desmoronado sobre la mesa de máquinas que conducía hacia el tablero de control del Capitán, con los hombros echados hacia atrás, un haz de músculos temblorosos. Las manos se estremecían sobre los botones de su gabán, tratando de apresar el broche de un cierre relámpago, más nerviosas de lo que las había visto nunca. Tenía los ojos ensombrecidos y no pude encontrarle la mirada, No era nada nuevo... pero sólo entonces parecía cobrar un significado. Antes...
- ¡Dios mío!
No pareció oírme.
Si me hubiese ocupado un poco lo habría visto venir. Tal vez con un poco más de atención...
Es inútil.
Manoteé la ranura que había debajo del brazo izquierdo del sillón y encontré la jeringa cargada que se guardaba allí para uso exclusivo del Capitán. Lo agarré de un brazo y se la clavé. No pareció sentir nada.
No respondió. Ni siquiera pareció oírme.
Lo dejé solo, hice las conexiones para comunicarme con el timón mental y apagué las luces.
Negro:
Gritos:
Retorciéndome y vivo:
Luz.
Una gran llaga ulcerosa, color ébano, se encrespó desde afuera, parecía venir de todas partes y nos envolvió.
Impulsé el vehículo hacia adelante, apartando y rasgando las capas del hiperespacio...
...cajas que tienen dentro otras cajas y (una forma fantasmal vino hasta mí y me sacó el miedo absorbiéndolo en su interior)...
...golpeando contra el pozo de gravedad que nos tragaba, chocando contra las olas de un mar de fuerzas, mientras el sol candente brillaba alrededor, la Región Posterior consumida por el calor, la estructura de hiperespacio arrugándose en una tormenta de energía al rojo vivo, y la fibra que se inclinaba, se retorcía y se nos caía...
Torsión...
El sol candente, la locura de bronce dorado que salta cada vez más lejos, en círculos más y más amplios...
(Llegaron manos de sombra y se llevaron nuestra locura)
(Manos débiles, suaves, frágiles... como un tejido) (Un tejido en una maelstrom) (Rompiéndose)
Cien almas enfermas derramaron su locura, y el desagüe tragaba el licor que supuraba, y nos impulsaba hacia adelante, encauzando la potencia como por un embudo, guiándonos.
La mancha negra hizo erupción delante de donde estábamos.
Hice que la nave diera un rodeo, alejándose... la enderecé nuevamente y después la hice andar a toda marcha.
Estábamos perdidos, atrapados en una corriente lateral, atascados en el espacio lateral, fluctuando entre lo real y lo irreal, entre adentro y afuera... perdidos.
Donde hablamos estado floreció la mancha negra, creciendo y derramándose como tinta... y después se secó
La nave se deslizó a través de un pliegue del espacio, y emergió a la medianoche rojinegra de afuera. Avanzamos por una calma repentina. Las estrellas eran tizas brillantes sobre un cielo de terciopelo pintado.
Silencio.
Silencio en todas partes...
...no.
Desde algún oscuro rincón de nuestra conciencia colectiva llegó un quejido apenas perceptible, no el grito descarnado que provoca el sufrimiento físico... sino un gemido mental plañidero.
El Fusible.
Volví a la sala de controles, me arranqué las correas de seguridad, me quité el equipo de Capitán... y encontré al Fusible tirado sobre el piso a pocos centímetros de mis pies, con los brazos extendidos como tratando de atrapar algo que todavía estaba fuera de su alcance.

Su mente se había extraviado, se había perdido en algún momento de la tormenta de locura que yo le había obligado a drenar. Yacía hecho un ovillo a los pies del tablero, enroscado en posición fetal, con su cabello claro cayendo en desorden sobre sus ojos clavados en el aire, sin pupilas. En algún momento del vuelo se había mordido la lengua y un surco de sangre rojinegra goteaba de los labios hasta el piso, donde se había empezado a coagular. Tenía las ropas hechas jirones y le sangraban los brazos. Gemía cuando me acerqué a él, un gemido gorgoteante que escupía coágulos de sangre. Me incliné sobre él de inmediato, quité los alambre retorcidos que tenía en la frente, lo ayudé a incorporarse. Era un cuerpo inerte que se me desplomaba entre las manos; los huesos parecían estar saliéndose de la piel como palos secos. Lo miré con atención y después de un momento lo dejé nuevamente en el suelo para que gimiese solo, en silencio.

Nos cortamos con cuchillos pequeños. Un viejo no importa tanto, pero con un muchacho es distinto: el viejo es algo que vamos a llegar a ser... el muchacho es algo que fuimos.
¿Por qué contraté a un Fusible novato? No fue sólo porque también yo era un novato; claro que no fue sólo por eso: algo oscuro en mi interior me impulsó a lastimarme a mí mismo, a lastimar al Fusible... a golpear un montón de odios y frustraciones que no habría podido tocar antes de liberarme de ellos... Algo relacionado con un planeta de arena... Pero sigo sin poder tocar. Nunca podré hacerlo.
A veces pienso en ese Fusible, en lo que le hice. A veces tengo pesadillas en las que estoy atado a una mesa y la gente me clava cuchillos y alfileres, y me agujerea con asuntos privados, y yo grito, no por mí, sino por ellos. A veces son el desagüe de otro hombre y me doy cuenta de que todos somos sanguijuelas.
A veces estoy un poco loco.
Pero no dura mucho tiempo.
Enseguida vienen los dedos de seda y se llevan el dolor...


FIN

Sergio Gaut Vel Hartman - NAUFRAGO DE SI MISMO




Había vivido en ese cuerpo durante más de sesenta años, por lo que me resultaba muy difícil aceptar el nuevo estado, el de un envase vacío, inútil, que se descarta después de usado.
- ¿Qué van a hacer con... él? - no sabía cómo nombrarlo; habíamos sido uno tanto tiempo... El biotécnico se encogió de hombros; seguramente contestaba a la misma pregunta varias veces por día.
- Los metemos en el depósito de usados. Eventualmente se utiliza algún órgano, aunque no creo que éste sea el caso. ¿Cómo andaba del hígado? ¿Fumaba?
- ¿Quiere decir que los congelan? - no sólo no contesté a las preguntas directas (de hecho me resultaban ofensivas): mi ignorancia acerca del tema encendía una luz roja. Temía saber. Las imágenes de frizers con forma de ataúd, apilados en naves sin luz, me acribillaban sin piedad desde el día posterior a la transferencia.
- ¿Congelarlos? - El hombre me miró, desconcertado. ¿Para qué nos tomaríamos ese trabajo? Los conectamos a los tubos y los dejamos ahí hasta que se les termina la cuerda.
¡Se les termina la cuerda!, una metáfora bella y despiadada.
- Siguen viviendo - suspiré.
La idea de que mi viejo cuerpo se pudría en un depósito maloliente mientras yo iniciaba una nueva vida tenía algo de insano. ¿En qué clase de monstruo me estoy convirtiendo?, pensé.
- Viviendo, lo que se dice viviendo... Es aventurado. En principio no, pero las funciones vegetativas no se extinguen con la transferencia; quedan chispazos de memoria y los recuerdos juveniles no terminan de borrarse. Están bastante vivos, supongo, aunque como usted sabe ya no son personas, oficialmente.
- Bastante vivos - repetí - Como "un poco embarazada". ¿Lo suficiente como para merecer respeto, apoyo, consuelo y cariño?
- ¡Usted está completamente loco! - exclamó el biotécnico -. En vez de disfrutar el nuevo cuerpo se dedica a lamentar la suerte del viejo. ¿Se apega así a cada botella de Coca cola que vacía? Le aclaro que por ese camino se va al carajo.
Inspiré profundamente y apreté los puños:
- Eso mismo pensaba yo hasta hace un momento, antes de enterarme de que mi viejo cuerpo sigue viviendo.
- ¿Hubiera preferido que lo matáramos? Porque hasta donde yo sé, los cuerpos no mueren sin la ayuda de un cáncer, o un paro cardíaco, o un edema, o un...
Dejé al tipo hablando solo y me perdí en el dédalo de pasillos de Korps. Caminé así durante horas, reflexionando acerca de la segunda transformación crucial de mi vida.
Había necesitado varios días para aceptar mi nuevo cuerpo y de repente, cuando empezaba a parecerme natural tener treinta años, alguien que podría ser mi abuelo emergía de la nada para reclamar el pago de una factura. ¿Factura en pago de qué? ¿Qué había roto? No tiene derecho a exigir nada, reflexioné, vivió lo que se suele vivir. Y yo viviré hasta que tenga ganas de morir.
Entré al depósito inadvertidamente y no descubrí la magnitud de mi error hasta que fue tarde para corregirlo. Lo que en un primer momento tomé por una habitación para guardar instrumental en desuso y muebles estropeados resultó ser el lugar de los cuerpos descartados. Todos ellos, la mayoría pertenecientes a viejos decrépitos, carcomidos por enfermedades visibles, yacían en reposaras de lona, de cara a la puerta. Había cien, mil reposaras apenas distinguibles en la penumbra del depósito, dispuestas con displicencia, preparadas para un infinitamente demorado salto al vacío. Los rostros, agostados por la espera infructuosa, apenas agitados por temblores, delataban el fluir de la sangre. Había caído en medio de una pesadilla ajena.
Contemplé con repugnancia los tubos de plástico conectados a las tráqueas y las cánulas hundidas en las venas de los antebrazos. Esos despojos parecían estar haciendo fuerza para liberarse de sus ataduras, aunque no debía existir una buena razón para hacerlo. Aun en aquellos en los que las razones de la transferencia no se dibujaban en manchas y arrugas, se advertía la resignación, una apática mansedumbre ante el mundo perdido.
Vencido el primer impulso de fuga, y dispuesto a aceptar mi rol en el proceso de cambio de cuerpo al que me había sometido, busqué con la mirada al que había sido yo. Me resultaba imposible pensar en él como otro, alguien separado, diferente, ajeno. Tal ver por esa misma razón demoré una eternidad en identificarlo; mis ojos habían pasado de largo, ciegos a la silueta inerte, indistinguible de las otras que poblaban el depósito.
Me acerqué lentamente, temiendo que un movimiento brusco pudiera desencadenar una marea de protestas, pero lo cierto fue que los cuerpos me ignoraron y sólo unos pocos expresaron un sordo fastidio ante la intrusión moviendo las manos con torpeza y enredándolas en las sondas. Por fin, cuando logré sortear todos los obstáculos que me separaban del cuerpo y pude mirarlo cara a cara, mi mente quedó en blanco.
Intenté sin éxito decirle que lo sentía, elaborar unas frases de disculpa. La rigidez del cuerpo, su impasible serenidad me inhibían de tal modo que, para mi desconcierto, tuvo que ser él quien quebrara el silencio.
- Te esperaba - dijo mi ex cuerpo con voz débil.
- ¿A mí? - No lograba imaginarme esperando sin fe ni sueños, en el ocaso, al responsable del sufrimiento gratuito al que se me estaba sometiendo. También me sentí culpable porque mi presencia allí era pura casualidad.
- No viniste por casualidad - dijo él, como si fuera capaz de leer mis pensamientos - y no leo tus pensamientos; de alguna manera seguimos siendo la misma persona.
Las palabras quedaron colgadas, tintineando. Estaba claro que se sentía más yo que yo mismo; era memoria, pero también, cuerpo, el cuerpo original que me había contenido, condenado al descarte por efectos de un gambito siniestro, de una jugada que él, y no yo, había urdido. Pero cuando traté de objetar ese razonamiento las palabras se negaron obstinadamente a ser pronunciadas. Sabía lo que él estaba pensando; había esperado, paciente, imperturbable para demostrar que controlaba mi destino, que lo seguía controlando. La escena se parecía peligrosamente a otra, vivida años antes, cuando mis padres decidieron que debía despedirme de un abuelo moribundo y desconocido. En aquella oportunidad el viejo me hizo sentir que yo era responsable de su muerte, que mi ofensiva juventud operaba, de algún modo, como disparador de su partida.
El grito lúgubre de otro cuerpo, reptando a ras de suelo, vino providencialmente en mi auxilio. Es así como se van, pensé, con un gemido que se estira y adelgaza mientras descubren que esa vez no serán rescatados.
- Me iré con un sonido así - dijo mi primer cuerpo -. Todos lo hacemos. Es como la sirena de un barco que parte.
Tampoco esta vez fui capaz de replicar. ¿Quién es el náufrago? ¿Acaso el barco pasó frente a la isla sin advertir las señales?
Contemplé los tubos de alimentación que unían el cuerpo con los tanques y reprimí el deseo de arrancárselos. Es preferible ahogarse que aguardar el rescate sin esperanzas. Mi ex cuerpo, una vez más, desnudó mis pensamientos.
- Tal vez el náufrago no sea yo - dijo.
- Tengo toda la vida por delante - alegué -. Empiezo de nuevo, ¿no? - la endeble convicción de mis palabras se reflejó en un gesto torpe e incompleto de mi mano, como una caricia que aborta en un ramalazo de bronca.
Él, indiferente, se encogió de hombros y abarcó con la mirada a los otros cuerpos que morían a nuestro alrededor.
- Empezar de nuevo - dijo - pero no desde cero. Los que vienen a despedirse de su cuerpo descartado cargan para siempre con las imágenes que pueblan este depósito.
- ¿Es un reproche? - me invadió un repentino asco por la actitud de mi viejo cuerpo. ¿En qué trataba de enredarme? Estaba condenado: es cuestión de días, semanas a lo sumo, dijeron los médicos. No había otra salida que la transferencia, me había puesto a la defensiva; una red invisible entorpecía mis razonamientos, me inmovilizaba.
- No estabas obligado a venir - dijo el cuerpo -. ¿Por qué no disfrutar directamente de la libertad, del cuerpo sano por primera vez en mucho tiempo? Hubiera sido lo más lógico. Pero no. Sentiste el impulso de pagar la deuda para no tener que recriminarte en el futuro. Me parece bien. Yo hubiera hecho lo mismo. - Las últimas palabras pusieron al descubierto una mordacidad de la que siempre me enorgullecí. ¿Sería capaz de conservarla en mi relación con los amigos de toda la vida? Como en un juego: comenzaban a plantearse demasiadas opciones y no estaba nada claro el sistema que utilizaría para manejarlas. Dejar mis ámbitos, conocer gente nueva, abandonar el planeta...
- Vine por casualidad - repetí desanimadamente.
- Sí - consintió mi cuerpo. Había perdido el interés en la conversación. O el dolor que soportaba sin gestos había reaparecido. Yo sabía mucho acerca de ese dolor. Sonó otro quejido. La agonía circulaba como corriente eléctrica entre los cuerpos. Esta vez el sonido fue gris, chato, y se esfumó sin fuerzas en la atmósfera pesada del depósito.
No había nada más. Nada más que decir. Nada más que hacer. Nada más que pensar. Nada más que sentir. Era hora de salir de ese lugar.
Pero no lo hice. El cuerpo había aceptado mi irresponsabilidad con una palabra hueca, adecuada para desarticular cualquier argumentación futura. Fue tal la tensión creada por ese sí de compromiso que sólo pude romper el equilibrio cuando extendí la mano y toqué la mejilla seca con la punta de los dedos. Mi antiguo cuerpo se estremeció, como si una descarga hubiera emanado de las yemas.
- ¿Qué hiciste? - dijo apartando el rostro, aprensivo.
- Nada. Trataba de ser amable, creo.
- Tenés miedo, mucho miedo.
La acusación era severa, trascendía el mero diagnóstico. Pero se oyeron dos lamentos: uno bajo, siniestro, el otro agudo como el trino de un ave. Hay muchas formas de morir.
- ¿Miedo? ¿De qué?
- Hay infinitas formas de morir - replicó mi ex cuerpo usando las mismas palabras de un modo oblicuo. Pasé por alto la observación. De todos modos yo ya no sabía a qué aludíamos en nuestro diálogo; había perdido el hilo, y tal vez hasta el interés. Me descubrí hipnotizado por los colores de los tubos de plástico: rojo, azul, verde.
- No soy yo el que está conectado a los tubos - dije.
- Son falsos - dijo el cuerpo - una ficción para impresionar a los visitantes. Sin una adecuada puesta en escena el efecto sobre la psique del transferido sería débil, pobre.
- ¿Falsos? Pensé que los alimentaban a través de los tubos.
- Eso hacen - replicó -. Son falsos porque da lo mismo que nos alimenten o nos dejen morir de hambre. No volveremos a salir de aquí; han dejado de suministrarnos la medicación y sólo entran al depósito a recoger los cadáveres tres veces por día.
Era una crueldad, pero no había otra forma de hacerlo. Se lo dije.
- No es posible esperar la muerte del primer cuerpo; en ese caso la transferencia no podría llevarse a cabo.
- Claro, claro. - dijo el cuerpo con un tono que no distinguía entre la pena y la rabia.
- Ahora somos como especies diferentes. - Buscaba febrilmente una excusa para seguir hablando, y cada palabra provocaba el efecto contrario al propuesto.
- Es el precio del progreso. Antes la gente se moría y listo. Ahora se violan las leyes de la naturaleza, se juega con fuego.
- Nunca fui creyente - exclamé - ¿La vecindad de la muerte te hace desear la vida eterna?
- La inminencia de la muerte me forzó a transferirme, nada más - replicó con actitud. O te forzó... o nos forzó. Como ves, eso ya no importa.
Un coro de ayes se desplazó por el contorno de las últimas palabras de mi ex cuerpo y terminó por ahogarlas. Las puertas del depósito se abrieron, los auxiliares entraron, desconectaron los tubos de una docena de cadáveres, los cargaron en un ridículo carro eléctrico con economices movimientos, y salieron dejando el lugar impregnado con su desinterés, una dramática falta de emociones. Minutos después regresaron con una docena de cuerpos descartados en transferencias recientes y repitieron sus movimientos sin sentido inverso. Por docenas, como huevos.
- No me vieron - atiné a decir.
- No les interesas.
- Podría ser un ladrón, un maníaco.
- Nuestros órganos no les sirven ni a los perros. Los experimentos biológicos se hacen con carne fresca, cultivada en tanques; los cuerpos enfermos no sirven para nada. - Se agitó en la reposera, incómodo. Tuve miedo de que se muriera en ese mismo momento. Él lo advirtió - Quédate tranquilo - dijo, anticipándose una vez más -. Todavía falta.
- ¿Cuánto? - la pregunta, inesperada hasta para mí, lo conmovió.
- ¿Cuánto? No sé. Horas, dos días, una semana, seis meses. ¿Quién puede predecir con cuánta ferocidad se aferra un cuerpo a la vida, aun un cuerpo despojado de su alma?
Yo no me sentía el alma de nadie, menos de ese cuerpo obstinado, aunque debía reconocer que hablaba con buen criterio. Los médicos habían sido terminantes en todo lo que se refería mi sobrevida en el cuerpo viejo. Pero los médicos no tienen un compromiso fatal con los pronósticos. ¿Alguien conoce a un médico castigado por errarle a una predicción? La puerta del depósito, cerrada tras la partida de los auxiliares con su macabro cargamento, me devolvió al mundo real. Mi primer cuerpo observaba sin demasiado interés, el marco de luz y las partículas de polvo en suspensión. El depósito se sumía en las tinieblas. Me resultaba imposible determinar cuánto tiempo hacía que estaba en este lugar.
- Debo irme - dije.
- Es cierto - dijo él.
- Antes de que sea demasiado tarde. - La puerta no está cerrada con llave. - Puedo regresar.
- Depende de vos. Si te interesa hacerlo...
- Quiero decir: tiene sentido si vas a estar aquí cuando vuelva.
Se encogió de hombros, casi despectivo - Sí o no. ¿Quién, sabe? ¿Soy Dios para conocer el instante exacto? Si bien mis razones para seguir vivo se han extinguido no tengo coraje para terminar por mi mano lo que empecé con la cabeza, cuando decidí transferirme. Tal vez me aferro a la vida porque los cuerpos son entidades independientes, que obran por su cuenta.
- Los cuerpos obran por su cuenta - repetí tontamente -. Podrías aprovechar tus últimas horas escribiendo un tratado: Teoría de la Razón Vegetativa.
- Los cuerpos obran por su cuenta - repitió una vez más -. Tu cuerpo lo está haciendo en este mismo momento. ¿Por qué no te vas de una buena vez? Escupió las palabras con irritación, desafiándome.
- No soy una bestia; puedo esperar hasta que te calmes.
- Excusas, pretextos - dijo él -. Tus razones para permanecer en este lugar, junto a mí, esperando mi muerte, no tienen ningún valor. Te transferiste para liberarse de mí, no para cargar conmigo. No soy tu padre inválido. ¿Ves a otros haciendo eso? Los cuerpos mueren solos; está bien que sea así - la voz de mi ex cuerpo se había ido haciendo más y más aguda a medida que la pasión del discurso lo embargaba. Eso hizo que el contraste con el último suspiro de uno que se iba a pocos pasos de donde estábamos fuera muy marcado.
- No conozco otra forma de proceder - dije sin convicción -. Puedo esperar unos minutos. He comprendido que somos parte de un todo indivisible, y que mi deber será llorarte, sentir dolor.
- ¡Qué cursi! Pero aprecio tu gesto, aunque los dos sabemos que no sirve para nada.
Bajé la cabeza. El suelo del depósito estaba sucio de polvo y excrementos por todas partes, excepto donde los cuerpos descartados movían impacientes los pies. Allí el piso estaba lustroso y la oscuridad luchaba tratando de ganar la batalla contra los brillos furtivos que se descolgaban desde fuentes invisibles. Empecé a esperar, ansioso, la siguiente ronda de los auxiliares. Hice un cálculo mental de los muertos y traté de establecer reglas de frecuencias basándome en los gemidos, pero abandoné enseguida desanimado, pesimista. Cada vez me era más difícil determinar los motivos de mi permanencia en el lugar, de mi incapacidad para salir, simplemente salir. Estaba en una trampa que yo mismo había construido y cebado. El cuerpo captó mi estado de ánimo y trató de ser constructivo.
- Creo que no voy a morir hoy.
- Podría volver mañana - dije estúpidamente.
- Es una buena idea. Pero tampoco sé si mañana...
El marco de luz se extinguía, por lo que el depósito ya estaba sumido en un mar de oscuridad. Los puntos de referencia habían desaparecido y lo mismo podía hallarme en el depósito de cuerpos descartados que en el corazón de una pesadilla. Me alenté, con la idea de que es posible despertar de la peor pesadilla, pero la voz quebrada de mi primer cuerpo me devolvió a la realidad.
- ...caminando hacia donde apunta ahora tu nariz...
Era ahora o nunca. Me puse en marcha y antes de dar el tercer paso la ira de su cuerpo demostró que no sería una tarea sencilla.
- Que imbécil, fíjese por dónde camina y respete a los que se están muriendo.
- Perdón. Quiero salir de este lugar.
- ¿Salir? - dijo, el cuerpo se rió ofensivamente -. De aquí sólo se sale muerto.
Era la confirmación de lo que había empezado a sospechar: la trampa, funcionando con eficacia, me dejaba del lado incorrecto.
- Soy un recién transferido - dije -. Vine a despedirme. - Busqué aferrar con las manos al moribundo, pero éste me eludió, burlón. Cuando volvió a hablar supe que no era el mismo, que otro ocupaba su lugar. El juego empezaba a despertar el interés de los condenados.
- Mi transferido no vino a despedirse. Desgraciado. Me deja solo en estas circunstancias tan dolorosas...
- El mío firmó una autorización para que me inyectaran algo para acelerar el asunto - dijo otro. Un grito destemplado cortó una nueva protesta. Los quejidos y lamentos brotaban ahora de todos los rincones del depósito; los viejos cuerpos morían a mi alrededor, o simulaban hacerlo para mortificarme.
- ¿De qué sirve? - aulló una voz femenina - ¿nos hace diferentes, nos mejora en algún sentido? si la muy puta viniera a despedirme.
- ¡Se arrepentiría! - completó un coro destemplado. Los cuerpos descartados se mecían en sus reposaras de lona produciendo sonidos de textura rugosa, mínimos estertores de madera y polvo; el silencio roto se había esparcido por todo el volumen del depósito reflejando imágenes ciegas de la muerte, la muerte verdadera, la muerte cierta y absoluta, la que no podemos eludir con artificiosos saltimbanquis cambiando la cáscara.
- ¿Por dónde? - rogué - No veo la salida.
- Hacia adelante, con energía - insistió mi primer cuerpo - atropellando sin asco; vamos a morir de todos modos.
Arremetí con furia, ciegamente, pero la reacción de los cuerpos no se hizo esperar. Probablemente en un ilógico arrebato, se habían levantado de las reposaras y me rodeaban, cerrándome el paso. Llegué a sentir la presión de algo duro, metálico que buscaba mi carne y la ferocidad de una dentadura incompleta mordiéndose el brazo mientras, perdida toda moderación, yo golpeaba con los puños apretados en todas direcciones. Era inútil: la ruta hacia la salida, en la oscuridad y cercado por cuerpos sin futuro, se había clausurado para mí.
Sigue un lapso de recuerdos confusos. Tal vez caí, fui pisoteado por los cuerpos enfurecidos, recibí un golpe en la cabeza. Quizá no. Es imposible reconstruir los hechos que conducen a mi situación actual. Sólo tengo la certeza de un despertar en la oscuridad y el silencio del depósito, de los tubos de plástico que me conectan a sustancias nutritivas, de los centenares de cuerpos descartados que me rodean.
- Era la única salida - dijo una voz familiar desde muy cerca, en un repliegue de las sombras -. Estaba en garantía. Si bien ninguna herida fue mortal...
- No quiero que me compadezcas - lo interrumpió - y andate antes de que sea tarde.
- Necesito que aclaremos algunas cosas - dijo.
- No hay nada que aclarar - repliqué -. Es peligroso - pude verlo por primera vez: éramos idénticos, por supuesto, el mismo modelo de cuerpo -. Sólo una pregunta: ¿el primer cuerpo... murió?
- Estoy aquí - respondió el primer cuerpo con la voz llena de grietas, desde algún lugar próximo, a la derecha de donde yo estaba.
- La casa está en orden, entonces.
- Me incorporé para que el nuevo cuerpo supiera que me dirigía a él -. Ahora voy a contar hasta diez, y cuando termine estaré afuera de este lugar de mierda, viviendo.
Movió la cabeza con obstinación. Comprendí que la trampa volvía a estar cebada y quién sabe cuántos caeríamos en ella antes de aprender el truco que permitía burlarla.
- Parece - dijo el cuerpo original alzando la voz en la atmósfera cargada de podredumbre - que el que escribió nuestro final se resiste a modificar una sola línea.
- Quizá sea un Griego - repliqué, con ironía -, un aficionado a imaginar el Destino con mayúscula.
- ¿De qué están hablando? - dijo el cuerpo nuevo, desconcertado -, ¿Se burlan de mí? ¿Así pagan mi simpatía? De cualquiera manera voy a quedarme hasta obtener algunas respuestas. No tengo necesidad de explicarles...
Dejé de escuchar sus palabras, aunque las oía mezcladas con el zumbido de las máquinas y el latir de los corazones de los cuerpos. Me costaba imaginar qué heridas habían obligado a realizar una segunda transferencia en tan poco tiempo, por lo que empecé a inspeccionar el cuerpo con cuidado, minuciosamente. Una fea costura me cruzaba el pecho y, al presionar, descubrí un dolor agudo en el costado izquierdo. ¿Tanto me habían dañado los casi muertos? Korps, en defensa de su reputación, había actuado de oficio y el nuevo cuerpo avaló el procedimiento al despertar. Cerraba perfectamente.
Se abrió la puerta y entraron los auxiliares. Curiosamente no había cuerpos sin vida, por lo que permanecieron perplejos unos segundos, vacilando entre dos mundos, pero no tardaron en retomar sus rutinas, trayendo cuerpos recién descartados a los que ubicaron en reposaras de lona, conectando los tubos de plástico a las venas de los pobres desgraciados.
- ¡Llévenselo! - grité a voz en cuello -. No tiene nada que hacer aquí. - el dolor se intensificó, perdí fuerzas; mis gritos sonaban apagados, incapaces de alcanzar su objetivo.
- No registran a los descartados - dijo mi primer cuerpo.
- Ahorren fuerzas - dijo el cuerpo nuevo -. Los voy a sacar de esta pocilga. Mis cuerpos no son basura.
- Somos basura - dijo el primer cuerpo.
- Te suplico: andate de este lugar antes de que sea tarde. - sonó melodramático, pero no se me ocurría otra forma de hacerlo reaccionar -. Vas a quedar atrapado, prisionero, como nosotros...
El cuerpo nuevo se sobresaltó. Los auxiliares habían cerrado la puerta y el depósito quedó en penumbras una vez más. En la oscuridad creciente los gemidos de todos nosotros, los cuerpos descartados, y las protestas del recién transferido se mezclaron hasta hacerse indistinguibles.

FIN

Cordwainer Smith - NANCY




Dos hombres observaron la entrada de Gordon Greene a la oficina. El joven ayudante no era importante. El general, en cambio, sí lo era.
El imponente general se sentó donde correspondía, en su escritorio, que estaba ubicado de frente. La infinita cortesía del general se reflejaba en el hecho de que las persianas estaban bajas, impidiendo que la luz diera directamente en los ojos del entrevistado.
En ese momento el General era Wenzel Wallenstein, el primer hombre en aventurarse en lo más profundo del espacio. No había alcanzado ninguna estrella, hasta ese momento nadie lo había logrado, pero él había ido más lejos que cualquier otro.
Wallenstein era un hombre mayor, aunque no tanto. Tenía algo menos de 90 años en la época en que la mayoría de los hombres vivía hasta los 150. Lo que hacía que Wallenstein aparentara más edad era el sufrimiento proveniente del agotamiento mental, no el proveniente de la ansiedad y la competencia ni el proveniente de alguna enfermedad.
Era algo más sutil, una sensibilidad causante de su propio dolor.
Sin embargo era real.
Wallenstein era tan estable como podía serlo cualquier otro hombre, y el joven teniente se sorprendió al descubrir, en su primer encuentro con el comandante en jefe, que su reacción emocional era un sentimiento de compasión hacia aquel hombre que comandaba toda la organización.
- ¿Su nombre?
- Gordon Greene - contestó el teniente.
- ¿Es un seudónimo?
- Sí, señor.
- ¿Cuál es su nombre verdadero?
- Giordano Verdi.
- ¿Por qué lo cambió?, Verdi también es un gran nombre.
- Es difícil de pronunciar señor. Lo cambié por el mejor que pude encontrar.
- Yo conservé mi nombre - agregó el viejo general -, supongo que es cuestión de gusto.
El joven teniente levantó su mano izquierda con la palma hacia afuera, el nuevo saludo inventado por los psicólogos. El general sabía que este saludo significaba que debía dejarse de lado por el momento la cortesía militar y que el oficial subordinado estaba requiriendo permiso para hablar de igual a igual. Conocía este saludo. Sin embargo, en estas circunstancias, no le inspiraba confianza.
La respuesta del general no se hizo esperar. Repitió el gesto, mano izquierda, palma hacia afuera.
La sombría, cansada, sabia, agotada vieja cara del general no había cambiado de expresión. Estaba alerta. Amigable de un modo mecánico, examinaba al teniente. El teniente estaba seguro de que no existía nada detrás de esos ojos, excepto un sinnúmero de problemas internos.
El teniente volvió a hablar, pero esta vez en actitud confidente.
- General, ¿es esta una entrevista especial? ¿Tiene algo en mente para mí? De ser así, señor, permítame prevenirlo de que me declararon psicológicamente inestable. El Departamento de Personal no comete errores, pero debieron mandarme aquí por error.
El general sonrió. La sonrisa fue mecánica. Fue un manejo de los músculos, no una revelación de emoción humana.
- Teniente, en cuanto hablemos usted sabrá lo que tengo en mente. Vendrá otro hombre que le dará alguna idea de lo que le deparará la vida. Como sabemos, usted solicitó ir al espacio profundo, y hasta donde yo sé ha conseguido que lo enviemos. Ahora la pregunta es: ¿De veras lo desea? ¿Quiere aceptar? ¿Eso era todo lo que quería aclarar?
- Sí, señor - contestó el teniente.
- No tenía por qué solicitar la señal de cortesía. Me podría haber preguntado aún dentro de los límites del servicio. No seamos tan psicológicos.
De nuevo, el general le sonrió al teniente en forma inexpresiva.
Wallenstein hizo un ademán al ayudante, quien se inclinó en señal de atención, y le dijo:
- Hágalo pasar.
El ayudante contestó:
- Sí, señor.
Los dos hombres esperaron. Entró un extraño teniente con paso firme, vivo y rápido.
Gordon Greene nunca había visto a alguien como él. El teniente era mayor, casi tan mayor como el general. Su expresión era jovial y sin arrugas. Los músculos de sus mejillas y frente revelaban felicidad, relajación y una visión segura de la vida. El teniente lucía las tres condecoraciones más altas de su rango. No existían otras más altas, y sin embargo ahí estaba él, un hombre viejo y todavía teniente.
El teniente Greene no lo podía entender. No conocía a este hombre. Era común que un hombre joven fuera teniente, pero no un septuagenario u octogenario; a esa edad ya eran coroneles, o se habían retirado, o abandonado, o habían vuelto a la vida civil.
El espacio era un juego para hombres jóvenes.
El general se levantó de su asiento en señal de cortesía. El teniente Greene se asombró. Esto también resultaba extraño. El general no debía violar las normas de cortesía.
- Siéntese, señor - dijo el extraño viejo teniente.
El general se sentó.
- ¿Qué quiere de mí ahora? ¿Quiere hablar una vez más de la rutina Nancy? - dijo el recién llegado.
- ¿La rutina Nancy? - preguntó el general, molesto.
- Sí, señor. La misma historia que le conté antes a esos otros jóvenes. Usted la escuchó, yo la escuché, no tiene sentido fingir.
Dirigiéndose al otro, el extraño teniente dijo:
- Mi nombre es Karl Vonderleyen. ¿Escuchó alguna vez hablar de mí?
- No, señor - contestó el joven teniente.
- Ya oirá.
- No lo haga difícil, Karl - dijo el general -. Muchos otros tuvieron problemas además de usted. Yo fui e hice las mismas cosas que usted y soy general. Me debe, por lo menos, la cortesía de envidiarme.
- No lo envidio, general. Usted tiene su vida y yo la mía. Usted sabe lo que perdió o cree que lo sabe, y yo sé lo que tuve, y estoy seguro de saberlo.
El viejo teniente no le prestó más atención al comandante en jefe. Se dirigió al joven y le dijo:
- Irá al espacio y nosotros representaremos un vaudeville para usted. El general no encontró ninguna Nancy. No la requirió. No requirió ayuda. El salió hacia Arriba-y-Afuera durante tres años. Tres años que se asemejan a tres millones de años, supongo. Fue al infierno y volvió. Obsérvelo, es un éxito. Un maldito éxito, sentado allí, agotado, cansado y al parecer hasta herido. Míreme. Míreme con cuidado, teniente. Soy un fracaso. Soy teniente, y el Servicio del Espacio no hace nada para cambiar mi situación.
El comandante en jefe no dijo nada, así que Vonderleyen siguió hablando.
- Supongo que cuando llegue el momento me retirarán como general. No estoy listo para retirarme ahora. Podría seguir en el Servicio del Espacio o podría hacer cualquier otra cosa. No hay mucho más que deba hacer en este mundo. Yo logré todo.
- ¿Lograr qué, señor? - se atrevió a preguntar el teniente Greene.
- Encontré a Nancy, algo que él no pudo. Tan simple como eso.
El general intervino en la conversación.
- No es tan malo, pero tampoco es tan simple, teniente Greene. Parece que algo no anda bien hoy en el teniente Vonderleyen. Tenemos que contarle una historia y usted debe decidir. No hay otra manera de hacerlo.
El general miró incisivamente al teniente Greene.
- ¿Sabe lo que hicimos con su mente?
- No, señor.
- ¿Oyó hablar del virus Sokta?
- ¿Qué cosa, señor?
- El virus Sokta. Sokta es una palabra antigua que proviene del Chosen-mal, el idioma de la Vieja Corea, que era un país occidental ubicado cerca de Japón. Significa «tal vez», y es lo que introdujimos en su cabeza. Es un cristal pequeñito, más que microscópico. Está allí. En la nave hay una máquina no muy grande, porque no podemos ocupar más espacio, que resuena para detonar el virus. Si usted detona a Sokta, será igual a él. Si no lo hace, será como yo. Suponiendo que usted viva. Usted puede no vivir y entonces no regresar, en cuyo caso estamos hablando en forma teórica.
El joven se animó a preguntar:
- ¿Qué es lo que me hace eso? ¿Por qué hacen eso?
- No podemos contarle mucho más. Una de las razones es que no tiene demasiado sentido hacerlo.
- ¿Quiere decir, señor, que usted realmente no puede?
El general meneó su cabeza con tristeza.
- No, yo la perdí, y él la encontró, sin embargo esto traspasa los límites de lo narrable.
Mientras mi primo me contaba la historia, muchos años después, a esta altura de la narración le pregunté:
- Bueno, Gordon, si te dijeron que no puedes hablar de eso, ¿cómo puedes hacerlo ahora?
- Ebrio, hombre, ebrio - dijo mi primo -. ¿Cuánto tiempo te piensas que me llevó llegar a este momento? Nunca lo volveré a contar. Eres mi primo, aunque de todas formas no tiene importancia que lo sepas. Además, le prometí a Nancy que no se lo diría a nadie.
- ¿Quién es Nancy? - le pregunté.
- Nancy lo es todo, es la historia en sí misma. Eso era lo que ellos trataban de decirme en la oficina, aunque no lo sabían. Uno de ellos la había encontrado, el otro no.
- ¿Nancy es real?
En ese momento me contó el resto de la historia. La entrevista fue áspera pero clara, estricta, sencilla, directa. Las alternativas, simples. Estaba bien claro que Wallenstein quería que Greene regresara vivo. La política actual del comando espacial era que era preferible traer al hombre como un fracaso vivo que dejarlo como un héroe muerto. Los pilotos no eran fáciles de encontrar. Aún más, el ánimo sería peor si se les decía a los hombres que intervenían en operaciones suicidas.
Todo era psicológico, y después de que Greene salió de la oficina estaba más confundido que antes.
Ellos siguieron contándole, aunque de diferente manera - el general feliz, el teniente no - que todo esto era serio. El viejo general sombrío estaba alegre, el feliz teniente siguió siendo compasivo.
Greene se preguntaba por qué sentía tanta compasión hacia el comandante general y se sentía despreocupado ante el viejo teniente fracasado. Sus sentimientos debían ser al revés.
Mil quinientos millones de millas después, o cuatro meses más tarde, hablando en tiempo normal, o cuatro vidas después para el tiempo que él había sufrido, Greene descubrió de qué estaban hablando. Era una vieja enseñanza de la psicología. Los hombres morían si se los dejaba completamente solos. Las naves se diseñaban para proteger a los hombres de la soledad. Había dos hombres por nave. Cada nave estaba provista de muchas cintas, de algunos animales innecesarios. En ese caso se había incluido en la nave una pareja de hámsters. Por supuesto que habían sido esterilizados para evitar el problema de tener que alimentar a las crías, pero aún así constituían una pequeña familia, una representación en miniatura de la felicidad de la vida en la Tierra.
La Tierra estaba muy lejos.
El copiloto había muerto.
Todo lo que había amenazado a Greene se volvió real de repente.
Se dio cuenta de qué era de lo que habían estado hablando.
Los hámster eran su única esperanza. Acercaba su cara a la jaula y conversaba con ellos. Trataba de compartir su vida con la de ellos como si se tratara de seres humanos, como si él fuera parte del mundo de los vivos y no estuviera allí con un estridente silencio más allá de la delgada pared de metal. No había nada por hacer, excepto corretear como un animal encerrado en una maquinaria que nunca comprendería.
El tiempo borró sus perspectivas. Sabía que estaba loco, pero entrenándose podía sobrevivir con esa locura parcial. Incluso se dio cuenta de que la inestabilidad de su personalidad, que le había hecho pensar que no serviría para el Servicio Espacial, probablemente contribuyó a la confianza que lo hizo unirse al servicio.
No dejaba de pensar en Nancy y en el virus Sokta.
¿Qué era lo que habían dicho?
Ellos le habían contado que podría despertar a Nancy, quienquiera fuera Nancy. Nancy no era un apodo. De una manera u otra el virus no descansaba. Sólo necesitaba girar su cabeza hasta cierto punto, presionar el botón de resonancia en la pared y su misión fallaría, pero sería feliz y volvería sano y salvo a casa.
No podía entender qué lo llevaba a tomar esa decisión. Parecía que habían pasado tres mil millones de años desde que había dictado su último mensaje al Servicio del Espacio. No sabía qué sucedería. Obviamente el viejo teniente, Vonderleyen o como se llamara, seguía vivo. Igual de obvio era el hecho de que el general también seguía vivo. El general pudo superarlo. El teniente no.
Y ahora, el teniente Greene, a mil quinientos millones de millas en el espacio exterior, debía tomar una decisión. Su decisión fue fallar.
Pero deseaba, como cuestión de disciplina, hablar a favor del hombre que estaba fallando, y dictó un mensaje simple que concluía con una apelación de justicia. Estaría en la grabadora de la nave al llegar a la Tierra.
- «...y así, caballeros, decidí activar el botón. No sé lo que significa Nancy, o lo que el virus Sokta hará además de hacerme fallar. Por esta razón estoy muy avergonzado. Lamento que la debilidad humana me lleve a esto. Pero ella, y ustedes, caballeros, lo han permitido. No soy yo quien está fallando, sino el Servicio del Espacio por autorizarme a fallar. Caballeros, olviden la amargura con la que les digo adiós ahora, pero debo decirlo.»
Paró de dictar, parpadeó, miró por última vez a los hámster - ¿qué sería de ellos después de que el virus Sokta comenzara a trabajar? - y presionó el botón y se reclinó.
No pasó nada. Presionó el botón nuevamente.
La nave se inundó de un olor extraño que no podía identificar, no sabía qué era.
De repente le pareció que era pasto recién cortado, con un suave dejo de geranios y hasta rosas tal vez. Era un aroma igual al de la granja a la que había ido un verano, años atrás. Era el aroma de su madre parada en el porche, llamándolo a comer, y el de él mismo, el aroma que le basta a un hombre para reconocer a la mujer que hay en su propia madre, que le basta a un niño para contestar feliz a una voz familiar.
- Si esto es todo lo que el virus significa - se dijo -, no tengo por qué dejar todo, puedo seguir trabajando con eficacia. Mil quinientos millones de millas de distancia, acompañado por dos hámster, durante años de soledad. Algunas alucinaciones no me harán daño.
La puerta se abrió.
No podía abrirse, sin embargo se abrió.
En este momento conoció el miedo más terrible que alguna persona haya sentido alguna vez. Repitió «Estoy loco, estoy loco» y miró hacia la puerta abierta.
 Entró una muchacha.
- Hola - dijo - ¿me conoces?
- No, señorita, no, ¿quién es usted?
La muchacha no contestó, sólo le sonrió.
Ella tenía una pollera azul de sarga con anchas rayas verticales, una linda cinturita, un cinturón del mismo material de la pollera y una blusa sencilla. No le resultaba extraña y tampoco parecía una criatura del espacio.
Era alguien que conocía y muy bien. Tal vez alguien amado, sólo que no la podía ubicar, no en ese momento y en ese lugar.
Ella seguía mirándolo.
De repente se dio cuenta. Por supuesto, era Nancy. No la mujer de la que ellos hablaron, sino su Nancy, la Nancy que había conocido desde siempre y nunca había visto.
Trató de recomponerse y le dijo:
- ¿Cómo es que te conozco si no te conozco? Eres Nancy, te conozco de toda la vida y siempre quise casarme contigo. Eres la mujer de la que siempre estuve enamorado y nunca te había visto. Es ridículo, Nancy, muy ridículo. No lo entiendo, ¿y tú?
Nancy se acercó y le acarició la frente con su mano. La pequeña mano era real y su presencia querida y muy grata.
- No es fácil de entender, toma su tiempo - dijo -. No soy real para nadie, sólo para ti. Y aún así soy más real para ti que cualquier otra cosa. Esto es lo que hace el virus Sokta. Soy yo, soy tú.
La miró sorprendido.
Debía sentirse desdichado, pero no, estaba feliz por tenerla allí.
- ¿Qué quieres decir? ¿El virus Sokta te hizo? ¿Estoy loco? ¿Es una alucinación?
Nancy meneó su cabeza y sus lindos rulos bailaron.
- No, no lo es. Soy la muchacha que siempre quisiste. Soy la ilusión que siempre quisiste, pero yo soy tú porque estoy en lo más profundo de tu ser. Soy todo lo que tu mente jamás encontró. Todo lo que podrías tener miedo de desenterrar. Estoy aquí y voy a quedarme. Todo el tiempo que estemos en la nave con la resonancia, nos llevaremos bien.
Mi primo comenzó a llorar. Tomó una botella de vino y sirvió una copa llena de Dago Rojo. Lloró por un rato. Apoyando su cabeza en la mesa, me miró y dijo:
- Pasó mucho, mucho tiempo, y aún recuerdo cómo me hablaba. Y ahora veo por qué dicen que no se puede hablar de ello. Un hombre tiene que estar muy borracho para contar su propia vida, sobre la hermosa vida que tuvo, y permitir que se haya acabado, ¿no es cierto?
- Sí, así es - dije para darle ánimo.
Nancy transformó la nave, cambió de lugar los hámster, varió la decoración, revisó los archivos. El trabajo se realizó mejor que antes.
El hogar que ella había preparado para ellos era diferente. Tenía aroma a comidas, olor a viento, y hasta algunas veces él sentía llover aunque la lluvia más cercana se hallaba a 2.400 millones de kilómetros y no existía nada más que el irritante silencio frío del metal frío en el exterior de la nave.
Vivieron juntos. No les llevó mucho tiempo llevarse bien.
El era Giordano Verdi y tenía limitaciones.
Llegó el momento de estar muy unidos, más que amantes. El dijo:
- No puedo tenerte, querida. No es la forma en que podemos hacerlo, aunque estemos en el espacio, aunque no seas real. Eres lo suficientemente real para mí. ¿Te casarías conmigo por medio del libro de plegarias?
Sus ojos brillaron y una centelleante sonrisa se dibujó en sus incomparables labios.
- Por supuesto - contestó ella.
Lo abrazó. El acarició los huesos de sus hombros, sintió sus costillas, sintió los mechones de su pelo acariciando sus mejillas. Eso era real. Era más real que la vida misma aunque un tonto le había dicho que era un virus, que Nancy no existía. Si esto no era Nancy, ¿qué era?
La apartó y, lleno de amor y alegría, leyó el libro de plegarias. Le pidió que respondiera.
- Supongo que soy el capitán y nos hemos casado.
El matrimonio anduvo bien. La nave recorrió una órbita igual a la de un cometa. Fue muy lejos, tan lejos que el sol se convirtió en un punto lejano. La interferencia del sistema solar no causó efectos en los instrumentos.
Nancy un día le dijo:
- Supongo que ahora sabes por qué eres un fracaso.
- No - respondió él.
Lo miró con seriedad.
- Pienso con tu mente. Vivo en tu cuerpo. Si mueres en esta nave, yo muero también. Viviré el tiempo que vivas. ¿No es curioso?
- Curioso - dijo él, y un nuevo viejo dolor se apoderó de su corazón.
- Puedo decirte algo que conozco con la parte de tu mente que uso. Sé que sin ti existo. Supongo que reconozco tu entrenamiento técnico y lo percibo de alguna manera; aunque no siento su falta. Tuve la educación que pensaste que tendría y que querías que tuviera. Pero ¿te das cuenta de lo que está pasando? Estamos trabajando con nuestra mente casi a la mitad de su poder en lugar de un décimo de poder. Toda tu imaginación se utiliza para crearme. Todos tus pensamientos están en mí. Los quiero como quiero que me ames pero no hay lugar para pensar en alguna emergencia, y no queda nada para el Servicio del Espacio. Estás haciendo lo mínimo. Eso es todo. ¿Lo valgo?
- Por supuesto que sí, querida. Eres todo lo que un hombre puede pedir de su enamorada y de su amor, de una esposa y de una verdadera compañera.
- Pero, ¿no te das cuenta? Estoy sacando lo mejor de ti. Cuando la nave regrese a casa ya no existiré.
De un modo extraño él se dio cuenta de que la droga estaba funcionando. Pudo ver lo que le estaba sucediendo y miró a su bienamada Nancy con su cabellera brillante y notó que su cabello no necesitaba peinarse. Miró sus ropas y comprendió que ella usaba ropas para las cuales no había espacio en la nave. Y ella se cambiaba de ropa de un modo delicioso, alegre, atractivo, día tras día. Comía cosas que sabía no podían estar en la nave. Nada lo inquietaba. Ahora ni siquiera podía preocuparlo el pensar que perdería a Nancy. Cualquier otro pensamiento podía haberlo borrado de su subconsciente y podía haberse entregado a la idea de que no era una alucinación después de todo.
Esto era demasiado. Acarició su cabello.
- Sé que estoy loco, querida, sé que no existes.
- Pero existo. Soy tú. Soy parte de Gordon Greene con tanta seguridad como que me casé contigo. No moriré hasta que tú mueras, porque cuando llegues a casa, querido, me retiraré a lo más profundo de tu mente, pero viviré allí tanto tiempo como tú vivas. No me puedes perder, no puedo dejarte y no puedes olvidarme. Nadie me conocerá excepto por lo que digan tus labios. Por esto es tan raro.
- Ahí es donde sé que estoy equivocado - insistió Gordon tozudamente -. Te amo y sé que eres un fantasma, que te irás, sé que estamos llegando a un final pero no me preocupa. Seré feliz estando a tu lado. No necesito beber. No tomaría ninguna droga. Aún así la felicidad está aquí.
Continuaron con las tareas domésticas. Revisaron gráficos, guardaron las cintas, grabaron algunas tonterías en la grabación permanente de la nave. Luego asaron malvaviscos delante de un gran fuego. El fuego era, en realidad, un hogar que no existía. Las llamas no podían arder pero ardían. No había malvaviscos en la nave, sin embargo ellos los asaron y se divirtieron haciéndolo.
Así continuaron sus vidas, llenas de magia, pero esta magia no poseía espinas o durezas, no poseía enojos, o desesperanza ni desesperación.
Eran una pareja muy feliz.
Los hámster así lo sentían, permanecían limpios y rechonchos, comían de buena gana. Se sobrepusieron a la náusea espacial. Lo espiaban. Permitió que uno de ellos, el de nariz marrón, correteara por la habitación. Dijo:
- Eres un personaje real del ejército. Pobrecito. Naciste para el espacio y estás sirviendo aquí.
Sólo una vez más Nancy retomó la cuestión del futuro.
- Sabes que no podemos tener niños. La droga Sokta no lo permite. Tú puedes tenerlos pero será gracioso que te cases, permaneciendo yo siempre en el trasfondo. Porque ahí estaré.
Regresaron a la Tierra.
Al salir de la nave, un coronel médico severo y tedioso lo miró y dijo:
- Creemos que sucedió.
- ¿Qué cosa, señor? - dijo el teniente Greene obeso y radiante.
- Encontró a Nancy.
- Sí, señor. La traje conmigo.
- Vaya a buscarla - dijo el coronel.
Greene volvió al cohete. No había señales de Nancy.
Volvió sorprendido, aunque no molesto.
- Coronel, no la veo, pero estoy seguro de que está por ahí.
El coronel le brindó una sonrisa singular, compasiva y fatigada.
- Ella siempre estará merodeando, teniente. Ha realizado el trabajo mínimo. No creo que debamos desanimar a personas como usted. Se dará cuenta de que quedará fijo en su grado actual. Será condecorado, Misión Cumplida. La misión fue un éxito, fue más lejos que otros. Vonderleyen dice que lo conoce. Está esperándolo por allí. Tendremos que hospitalizarlo para asegurarnos de que no sufrirá un shock.
- En el hospital - dijo mi primo - no hubo ningún shock.
No extrañó a Nancy. ¿Como podía extrañarla si no se había ido? Ella siempre estaba a la vuelta de la esquina, atrás de la puerta, unos minutos adelantada. Durante el desayuno sabía que la vería en el almuerzo. En el almuerzo, sabía que ella vendría a la tarde. Al atardecer, sabía que cenaría con ella.
Sabía que estaba loco.
Sabía muy bien que no existía ninguna Nancy y que nunca la había habido. Pensaba que debía odiar al virus Sokta por haberle hecho esto, pero en cambio lo aliviaba.
El efecto de Nancy fue una inmolación a la esperanza perpetua, la promesa de algo que nunca se perdería, y una promesa de algo que no puede perderse es mejor que una realidad que puede ser perdida.
Eso era todo lo que había. Le pidieron que testificara en contra del virus Sokta.
- ¿Yo? ¿Traicionar a Nancy? No sean ridículos.
- Usted no la tiene - dijo alguien.
- Eso es lo que usted cree - contestó mi primo, el teniente Greene.


FIN

Alice E. Jones - MISS FOUR




Elsa Hornos dijo en el teléfono:
- Miriam, siento tanto que no puedas ir... Sí, será divertido. Y no te preocupes por Julia. Miss Four la cuidará.
Espió hacia donde la sirvienta estaba sentada, cosiendo con su cabeza doblada sobre el vestido de la niña.
- ¿Qué?... ¡Oh, es maravillosa! Maravillosa con Julia, sí. Ha estado con nosotros casi un mes. Justo después de que te fuiste al bungalow... ¡Sí, por supuesto, un nuevo vestido! Azul... - Le habló amistosamente a la sirvienta: - La luz no es buena, miss Four. Se arruinará los ojos.
- La luz es completamente adecuada, señora - dijo con precisión la señorita Four, mirando a Elsa. Era una mujer pequeña, delgada y pálida, muy gentil, de ojos y cabello incoloros. Llevaba un vestido negro con cuello blanco, un broche blanco lechoso como un ojo ciego, y medias y zapatos negros -. Puedo ir a la otra habitación, si lo prefiere - dijo cortésmente, con una voz algo fría.
Elsa enrojeció.
- Oh, no, miss Four, no quise decir eso... Sí, todavía estoy aquí, Miriam. Quédese donde está, miss Four.
- Sí, señora. - La cabeza de la señorita Four volvió a inclinarse; sus finos dedos remendaban el vestido con habilidad.
- ¿Te veo el viernes, Miriam, en lo de Elena?... Bien. Y pienso que es una pena que la señora Gómez no haya podido.
- Si me perdona, señora - dijo la señorita Four -, no pude evitar oír. ¿La señora Gal tiene dificultades para hallar alguien que se encargue de sus chicos?
Sorprendida, Elsa se dio vuelta, dejando el teléfono.
- Un minuto, Miriam... ¿Qué dijo, miss Four?
- Perdóneme, señora - dijo la sirvienta, inclinando la cabeza en una breve imitación de reverencia -, si le parezco entrometida. Estaba por sugerir que, si la señora Gal trae sus chicos esta tarde, me daría mucho gusto cuidarlos. Podrían inclusive quedarse toda la noche, señora.
Elsa sonrió con deleite.
- ¡Miss Four, qué amabilidad de su parte! La señora Gal le estará muy agradecida. ¿Pero no será demasiado para usted?
- No, señora, en absoluto.
- Se lo diré, entonces... Miriam, la miss Four se ofrece a cuidar de los chicos... sí, aquí. Podrían quedarse hasta mañana... ¿sí, no es cierto? ¿No te lo dije?... la señora Gal quiere hablar con usted, miss Four.
La sirvienta dejó la costura y caminó hacia el teléfono. Tenía un andar extrañamente silencioso y rígido, sus piernas la cargaban como si fuera un paquete. La conversación fue breve, consistente mayormente en «sí, señora», «perfecto, señora» y «gracias, señora».
- ¿Cuelgo, señora? - preguntó la señorita Four, girando hacia Elsa.
- Sí, por favor... Miss Four, es realmente una gentileza.
- No es nada, señora.
- Sí, lo es. Gracias. Muchas gracias... ¿Podrá tener lista la cena más temprano esta noche? ¿Alrededor de las ocho? Tengo que vestirme.
- Como quiera, señora. A las ocho.

Durante el primer intervalo en el baile del country, los Hornos y los Gal se sentaron juntos en el porche, tomando tragos y charlando.
- ¡Elsi, esto es precioso! - dijo Miriam Gal, reclinando hacia atrás su cabeza oscura y mirándola con suavidad -. Tu miss Four es muy fina. Pero también es... - dudó, frunciendo el ceño - No piensas que hay algo... No, voy a parecer desagradecida, olvídate.
- Es algo rara - coincidió Elsa, y sonrió. Se veía excepcionalmente bonita en su vestido azul oscuro, que destacaba su pelo rubio -. Es muy eficiente, no obstante, y muy buena con Julia.
- Es realmente delicado de su parte hacerse cargo de tres chicos desconocidos en tan poco tiempo - dijo Raúl Gal.
- Oh, los conoce - dijo Miriam -. Volvieron ayer de lo de Julia colmados de la maravillosa miss Four.
- Le gustan los chicos - dijo Jorge Hornos con su sólida y confortable voz -. Otra vuelta, mozo.
- Tenemos suerte en tenerla - le dijo Elsa a Miriam, gravemente -. Y ella me gusta.
- No querrás decir que tú, en realidad... - Miriam se detuvo y comenzó de nuevo -. Los chicos dicen que les cuenta cuentos.
- ¿Cuentos, querida?
- No cuentos, el cuento - dijo Jorge -. Los chicos lo dejaron bien en claro. Les cuenta el cuento. ¿Seguro que no estás cansada, Elsi?
Ella sonrió con afecto. - No, Jorge. Ya no estoy inválida.
- ¿Qué tipo de cuento? - preguntó Raúl ociosamente; era morocho y delgado como su mujer, los Hornos eran rubios.
Elsa rió. - Nunca lo oí - dijo -. Es un secreto entre ella y los chicos. La música vuelve a empezar. Baila conmigo, Raúl.

Los cuatro chicos estaban sentados en sus camas, en el dormitorio de Julia. La cama de Julia era doble y la compartía con Carla Gal. Ambas tenían siete años, una era rubia y la otra morocha, ojos grandes, el pelo acomodado en trenzas.
Lucas y Marcos Gal, los mellizos de cinco años, tenían catres traídos del desván. Sus cabezas se movían arriba y abajo. No podían soportar estar quietos, sobre todo en el momento de acostarse.
Cuatro pares de ojos estaban fijos en la señorita Four, que estaba cerrando ventanas y persianas. Se movía con suavidad alrededor del dormitorio, con su raro caminar, su cara pálida y sosegada, sus manos expertas. Cuando terminó, se sentó a los pies de la cama de Julia.
- Ahora cuéntenos el cuento, miss Four - pidió Julia.
- Sí, miss Four, cuéntenoslo ahora - gritó Carla.
- Cuéntelo, cuéntelo - cantaron los mellizos, saltando en sus catres.
- Muy bien, chicos - dijo la señorita Four quedamente -. Ahora les contaré el cuento. Marcos, Lucas, vengan aquí, así pueden ver.
- Está cansada - le dijo Elsa gentilmente a la señorita Four, que estaba sentada a la mesa de la cocina, puliendo la platería -. No haga eso ahora.
- Ya casi termino, señora - dijo la señorita Four, atareada con la crema pulidora -. No estoy cansada.
Elsa le sacó la crema de las manos.
- Sí, lo está - le dijo -. Se la ve exhausta. La platería no importa. Vaya y descanse.
La señorita Four la miró. Sorpresivamente, un pálido color apareció en sus mejillas.
- Muy bien, señora, si lo desea.
Abandonó la cocina casi corriendo.
- Y todo lo que escuché de mis dos chicos - dijo Elena Taglio hacia el final de una tarde de scrabel - fue «miss Four». ¿Qué tienes en tu casa, Elsi... un flautista mágico?
Miriam dijo:
- ...y uno son dieciocho - empujando dos fichas -. Elena, por cierto, ha captado algo. - El scrabel es un juego muy exacto, y Miriam deseaba a medias haber sugerido que jugaran canasta.
- Ha conseguido la perfecta doméstica y la perfecta niñera - dijo Celia Harris, un poco envidiosa -. ¡Nuestra aristocrática amiga!
- Tenía que hacerlo - dijo Elena en tono de disculpa. La gente siempre se disculpaba con la pelirroja Celia, de afilados ojos y afilada lengua -. Treinta, Elena... Tenía que hacerlo, después de que... después de que perdí el chico.
- Cállate, Celia - dijo Elena con calma, mientras escribía «30» en la columna de Elsa. Firme, brusca Elena... nunca se disculpaba con nadie -. Elsa puede tener sirvienta si quiere y puede pagarla. ¿«Baca», Elsi? No creo que exista.
Elsa sonrió.
- Es la parte de atrás de un carruaje, Elena. ¿Quieres apostar?
- No, te conozco demasiado, déjalo. Te digo, Elsi, es un espécimen raro esta miss Four tuya.
Miriam tuvo un escalofrío.
- Me da frío. Lo siento, pero me pasa eso.
Celia dijo:
- Me sacaste la palabra de la boca. Oí que trabajaba por la avenida Libertador. ¿Qué está haciendo aquí?
- No en la avenida Libertador - dijo Elsa tímidamente; Celia siempre la ponía nerviosa -. Tenía un trabajo en la Capital, con una tal señora Bergés. Era demasiado para ella. Necesitaba un lugar más chico. Los Bergés dieron referencias excelentes.
- Supongo que las verificaste - dijo Elena.
- Lo iba a hacer, pero el resto de las que respondieron al aviso eran tan horribles y ella parecía tan... tan respetable, y yo me sentía... Bueno, en cuanto estuvo dos días con nosotros me di cuenta de que no podríamos estar sin ella. - Miró alrededor de la mesa, casi desafiante. - Y de verdad no podemos.
- Bueno, es tu casa, y son tus asuntos - dijo Miriam -. ¿Piensas jugar, Celia?
- No me apuren, no me apuren.

- Estoy haciendo su cheque, miss Four - dijo Jorge Hornos, levantando la vista de los papeles sobre el escritorio -, y tengo que llenar estos formularios. ¿Tiene su número de jubilación? ¿Puedo ver el carnet?
- Lo lamento, señor, pero perdí el carnet y no recuerdo el número - dijo la señorita Four.
- Está bien, miss Four. Cuando tramite el nuevo me lo trae. - Le sonrió -. No creo que le hayamos dicho cuánto nos gusta tenerla con nosotros.
Elsa dijo: - Cuánto apreciamos lo que usted hace. - Añadió impulsivamente: - ¡Cuánto nos agrada usted!
La señorita Four los miró con una extraña expresión en sus ojos sin color, pero dijo solamente: - Gracias, señor. Gracias, señora. Y ahora, si me disculpan...
- Y la manera en que habla - dijo Miriam, mientras la llevaba a su casa desde la reunión con las maestras -. ¡No pierde una s, no dice una palabra fuera de lugar! ¿Será extranjera? Four... suena inglés, o norteamericano.
- No lo sé, realmente no lo sé, Miriam - dijo Elsa lentamente.
Miriam sacó los ojos del camino el tiempo suficiente como para mirarla con intensidad. - Elsi, está viviendo en tu casa. Cuida de tu hija. Yo me ocuparía de saber algo acerca de ella.
Elsa dijo con calma:
- Yo no. Sabes, Miriam, algunas veces actúa como si tuviera miedo de nosotros.
Miriam alzó las cejas.
- ¿Pero por qué?
- No lo sé - dijo Elsa pensativamente -. Trabaja demasiado duro. Hace cosas innecesarias. Mi casa está tan limpia que es ridículo. Pero cuando tratamos de agradecerle, o decirle que no se lo tome tan en serio, ella... huye de nosotros, se autohumilla, sale de la habitación. ¿Por qué, Miriam?
- Porque es falsa - dijo la otra con convicción.
- Sabes - siguió Elsa, frunciendo ligeramente el ceño -, una vez hizo algo, no me acuerdo bien qué... Oh, ya sé, la mesa para el cumpleaños de Julia estaba preciosa. Recuerdo que le dije «puede estar orgullosa», y me miró de una manera... Te juro que no quise hacerlo, pero quizá le parecí condescendiente... Realmente no la entiendo, Miriam.
Miriam frenó bruscamente para evitar un gato que cruzó el camino.
- ¡Maldito gato estúpido!... Te lo repito, Elsi, si fuera tú me preocuparía por saber más acerca de ella. Vas de compras a la Capital la semana próxima, ¿no? ¿Por qué no pasas a ver a esa señora Bergés y le preguntas?
Elsa dijo rápidamente:
- Miriam, no podría hacerlo.
- Llámala, entonces. O escríbele.
- Bueno, quizá lo haga. Tan solo para probarte que estás errada. - Rió súbitamente -. Miss Four... señorita Cuatro.

El sábado en que Elsa iba a la Capital, la señorita Four llevó a los chicos a un picnic. A todos los chicos del barrio... una buena cantidad. Caminaron a través de los árboles hasta la Pradera de Palmer, una enorme pastura que había formado parte de la chacra de Palmer, abandonada desde hacía mucho tiempo. La Pradera era usada frecuentemente para picnics. Sobre el final del verano era un lugar placentero, adormecido por el sol, silencioso y fragante. La señorita Four era una flautista formal y remilgada en su vestido negro, con los chicos retozando tras ella.

Jorge se encontró con Elsa en la estación, al atardecer. Se la veía perturbada, y su rostro estaba más pálido de lo que debería.
- Jorge - le dijo mientras entraba al auto -, no hay ninguna señora Lucía Bergés Masur en la Capital.
Jorge estaba teniendo dificultades para subir la barranca con el Peugeot. Dijo distraídamente: - Me temo que está acabado, Elsi. Vamos a entregarlo como parte de pago y retiramos otro.
- ¡Jorge, escúchame! - la voz de Elsa era tensa -. Te dije que no hay ninguna señora Lucía Bergés Masur. No está en la guía. Pregunté a Informaciones por ese número de teléfono y no existe.
Jorge consiguió llegar hasta la cima de la barranca.
- Elsi, lo que dices no tiene sentido.
- ¡Escúchame, Jorge! No podía creerlo, así que tomé un taxi, le dije al chofer que me llevara allí, y el lugar no existe.
Jorge la miró y frenó. - Elsi, empieza desde el principio.
- Bueno, dame un cigarrillo. - Fumó nerviosamente -. Estaba comprobando lo de miss Four; más que nada para taparle la boca a Miriam... Bueno, de cualquier manera pensé en verificar las referencias. ¡Y son falsificadas, Jorge... Totalmente falsificadas!
La cara de Jorge estaba seria.
- ¿Estás diciendo que no existe ninguna señora Bergés? ¿Y que no existe tampoco la dirección de la carta?
- No, Jorge. En toda la Capital.
Jorge dijo lentamente:
- No nos apresuremos, Elsi.
- Y el carnet de jubilación - dijo Elsa súbitamente -. Nunca nos lo mostró. ¡Jorge, tengo miedo! - Empezó a llorar.
El la rodeó con el brazo.
- De cualquier manera, lo del carnet no probaría nada - dijo sensatamente -. Cualquiera puede sacar uno, y cualquiera puede perderlo.
- Debería haber comprobado - sollozó Elsa -. ¡Si sólo hubiera comprobado!
- No te pongas nerviosa, Elsi - dijo Jorge, palmeándole el hombro -. La señorita Four es una buena sirvienta, ¿no es cierto? Y no te olvides de que Julia la quiere... todos los chicos la quieren. Eso es lo principal. No puede ser demasiado malo alguien a quien los chicos quieren tanto. Probablemente hay una explicación simple para todo el asunto. No llores, Elsi. Le vamos a preguntar cuando vuelva del picnic.

Los chicos estaban sentados en un estrecho semicírculo alrededor de la señorita Four, en la Pradera de Palmer... tres filas, arrodillados, acuclillados, agachados, con sus caritas espectantes.
- Cuéntenos el cuento, miss Four... cuéntenos.
- Muy bien, chicos - dijo la señorita Four calurosamente -. Les contaré el cuento.
Miró alrededor del círculo. Los chicos estaban silenciosos, con sus caritas impacientes y alborotadas. La señorita Four se sacó el broche que parecía un ojo ciego y lo sostuvo en sus manos.
- Miren, chicos - dijo suavemente -, miren.
Comenzó a hablar y su voz cambió. Tenía color ahora, todos los colores del mundo. Sus ojos cambiaron, y ellos también tenían todos los colores del mundo.
- Hay un lugar, chicos - dijo -, distinto a cualquiera que hayan visto. Es una ciudad, una ciudad de joyas, una ciudad de luz... miren, chicos, miren la ciudad.
Movió el broche lentamente en semicírculo, una vez por abajo y otra más alto, de manera que hasta los de la última fila pudieran ver.
- Cuéntenos de las torres, miss Four - dijo soñadoramente Julia Hornos, y su voz se repitió como un eco alrededor del círculo -. ¡Cuéntenos de las torres!
- Las torres son altas y esplendentes - dijo la señorita Four -. Los esclavos las levantaron durante mil años, y muchos perdieron sus vidas en la construcción. Las torres están hechas de ónix y ámbar y calcedonia. De amatista y ópalo y pórfido y jade. - Su voz cantaba las palabras que ellos no entendían -. Y las paredes de la ciudad son de rubí, rojas como el fuego; y las puertas son de zafiro y marfil y oro.
Hizo una pausa y movió nuevamente el broche.
- Vean, chicos... ¿lo ven?
Su voz los dominaba. No eran las imágenes, no eran las palabras, era la voz. Sentados en el soñoliento prado, la voz los encantaba, como lo había hecho tantas veces antes.
- ¡Lo vemos, lo vemos, miss Four!
- Parte de las paredes está cubierta por bajorrelieves tallados en la piedra - dijo la señorita Four -. Muchos esclavos quedaron ciegos tallándolos. - Sonrió ligeramente -. Nadie le dice a un esclavo: ¡Se arruinará los ojos!
Los chicos aguardaron, pacientes, espectantes.
- El cielo es de un color que nunca han visto - dijo la señorita Four -, y las calles están llenas de música. Las flores son de cristal, y brillan como el arcoiris. Los esclavos las atienden.
- Cuéntenos de la gente, miss Four. ¡Cuéntenos de la gente!
El broche relampagueó de nuevo.
- La gente es bella - dijo la señorita Four -, con los ojos como diamantes y cabellos como oro. Se mueven al compás de la música de un millar de flautas, de un millar de cuerdas. Los esclavos tocan música durante toda la noche.
- ¿Toda la noche, miss Four? ¿No se cansan?
- Sí, se cansan. Nadie le dice a un esclavo vaya y descanse.
- ¿Pero no duermen?
- Sí, duermen. Duermen para reponer su cuerpo y poder hacer el trabajo que se les ordena. Así es la ley. Ya se los conté, chicos.
- A la gente no le gustan los esclavos - dijo Julia, dudando.
La señorita Four dijo lentamente:
- Nadie le dice a un esclavo Cuánto nos agrada usted. La ciudad pertenece a la gente, chicos, y los esclavos pertenecen a la gente.
Estaban nuevamente impacientes; olvidaron a los esclavos.
- ¡Cuéntenos qué feliz es la gente, miss Four! Cuéntenos qué hace. Cuéntenos.
La señorita Four hizo una larga pausa, y cubrió el broche con sus manos. Un suspiro de decepción surgió del círculo.
- ¡Muéstrenos, miss Four... Muéstrenos!
- Pronto, chicos... Chicos, el cuento cambia. Esta parte nunca la han oído. Escuchen, escuchen con atención.
Los chicos se quedaron como piedras, el calor del sol sobre sus cuerpitos, sus caritas en trance, anhelantes.
- La gente está triste - dijo la señorita Four, y su voz plañía como el doblar de una campana -. La gente llora en las torres, la gente llora en las calles.
Un lamento de pena desesperanzada recorrió el círculo.
- ¿Por qué, miss Four?
- Porque - su voz tembló y se lamentó -... porque no hay comida. Porque... no... ha... quedado... comida.
- ¿No hay comida?
- Es tan poco lo que hace falta... tan poco, y sin embargo tanto. Y casi no hay tiempo. No hay comida en la ciudad, chicos. Tampoco fuera de ella. Y la gente muere de hambre. La... gente se... muere... de... hambre.
Los chicos gimieron.
- Pero hay esperanza. - En la voz había esperanza, y la hubo en los chicos. Levantaron sus caritas al sol, las lágrimas se secaron.
- Los esclavos están rastreando en otros lugares, lejos de la ciudad... ¡Lejos, chicos, lejos! Buscando el alimento, buscando la vida, como se les impuso. Se les impuso con... hay algo que se les hace a los esclavos.
Se detuvo. Los ojos de los chicos se clavaban en ella, cegados por el amor, la maravilla, el temor.
- Ellos buscan comida en todos y cada uno de los lugares - dijo la señorita Four por último -. Y uno de ellos la ha hallado. Sólo uno.
Los chicos gritaron:
- ¡Muéstrenos, miss Four, muéstrenos!
- Pronto, chicos... El esclavo ha hallado el alimento que no se compra en los negocios, que no se toma con las manos, que no se sirve en el plato, que no se come con la boca. Sólo queda llevarlo a la ciudad. Rápido, porque el tiempo se ha acabado. Humildemente y con temor, pues nadie le dice Gracias a un esclavo... ¡Miren chicos!
La señorita Four descubrió el broche y lo mantuvo en alto. Los chicos miraron. Era un resplandor, era un fuego, eran todos los colores del mundo, colores nunca vistos. Eran súbitamente los ojos de la señorita Four, era una puerta.
La señorita Four sostuvo el broche y miró brevemente a los chicos. El sol los bañaba gentilmente, el pasto se sacudía bajo la brisa, no había ningún ruido.
La señorita Four dijo súbitamente:
- ¡No regresaré! ¡Que la ciudad perezca! - Y a los chicos: - ¡Cubran sus caras!
Giró y arrojó el broche. Hubo un sonido agudo, como el quebrarse de un cristal, y un relámpago. La señorita Four cayó y quedó inmóvil en el piso.
Por un minuto los chicos quedaron conmocionados e inmóviles. Luego empezaron a moverse, a pararse, y algunos de los más pequeños a llorar. La señorita Four no se movió.
- Miren... oh miren - dijo Carla, y corrió hacia ella.
Los chicos se apelotonaron a su alrededor, sollozando.
- Miss Four... Miss Four...
Sus voces agudas se quebraron, mientras tironeaban de su manga.
La señorita Four abrió brevemente sus ojos sin color, y los volvió a cerrar. Dijo con suavidad, con voz también incolora:
- Vayan a casa, chicos. Serán bondadosos con ustedes, como lo fueron conmigo. No fui esclava aquí. Un esclavo no tiene orgullo, y yo estoy muy orgullosa ahora.
La señorita Four agregó quedamente, mientras la vida la abandonaba:
- Chicos... vayan a su hogar.

FIN

Angélica Gorodischer - SENSATEZ DEL CIRCULO




Encore n' y, a il cliemin qui n'aye son issue.
Montaigne

¿Han visto esas casas del boulevard Otoño, sobre todo las que miran al este, esas casas secas, frías, serias, pesadas con rejas pero sin jardines, con a lo sumo un patio embaldosado como la vereda? En una de esas casas vive Ciro Vázquez Leiva, Cirito. Excelente tipo, un poco cansino, pasablemente rico, casado con una mujer abrumadora y exasperante, Fina Ereñú. Cada vez que Fina se va a Salta a ver a la hija y a los nietos, y por suerte se va lo suficiente a menudo como para que él no enmudezca del todo, Cirito deja de ir a la noche al jockey y ahí es cuando algunos amigos de esos que interpretan correctamente las señales, van a la casa fría y seca y juegan al póker en el comedor, Reuniones exclusivamente masculinas y hasta un poco solemnes en las que se toma whisky con moderación y uno que otro café o litros de café si está Trafalgar Medrano como el jueves pasado.
No es que yo haya estado allí porque como les digo las mujeres sobran, pero Goro suele encontrarse en lo de Raúl con el Payo Gamen que sí estaba. Cirito tiene una suerte infernal. Por lo menos eso es lo que dicen los amigos que no quieren reconocer que lo que pasa es que obligado por las circunstancias ha desarrollado un infinito sentido de la oportunidad y una habilidad infinita para distorsionar la verdad lo necesario, apenas lo necesario. Y esa noche a pesar de que juegan con tanta moderación como toman whisky, ganó montones de plata. Sobre todo a costa de Payo y del doctor Flynn, el médico, no el abogado. Trafalgar Medrano que es más circunspecto, salió mano a mano. Después de una revancha catastrófica el Payo dijo basta y Flynn dijo sos un animal Cirito, y Trafalgar Medrano dijo ¿no hay más café? Había. Los otros se sirvieron whisky y Cirito acomodaba las cartas. El Payo dijo que al día siguiente él iba a llevar un naipe nuevo y alguien propuso que fuera español a ver si al truco Cirito seguía arrasando con todo.
- Traé el naipe que quieras - dijo Cirito que estaba contento -, español o chino o lo que sea.
- Los naipes son chinos - dijo el Payo.
- Puede ser - dijo Flynn que es culto -, pero fueron los árabes los que los trajeron a occidente. Viterbo dice que a fines del siglo XIV los árabes los llevaron a España y que se llamaban naib.
- Y ese Viterbo quién es - preguntó el Payo.
- Y que - siguió Flynn - los oros son la burguesía, las copas el clero, las espadas el ejército y los bastos el pueblo.
- Como siempre y como en todas partes - dijo Cirito.
- Conocí a unos tipos que eran todos todo eso y nada al mismo tiempo - dijo Trafalgar.
- Sé - dijo el Payo -, ¿y entonces quién hacía las revoluciones, eh?
- No había - dijo Trafalgar -. Ni revoluciones ni nada.
- Contá - dijo Cirito.
Observación retórica porque a Trafalgar, cuando empieza a contar algo así despacito y como quien no quiere la cosa, no hay quien lo pare.
- ¿Alguno de ustedes estuvo en Anandaha-A?
Nunca nadie como era de esperar. No es fácil andar por los lugares por los que anda él.
- Es horrible - dijo -. El mundo más horrible que se puedan imaginar. Cuando es de día parece que es de noche y cuando es de noche uno prende la luz más potente que tiene y apenas si alcanza a verse las manos porque la oscuridad se lo traga todo. No hay árboles, no hay plantas, no hay animales, no hay ciudades, no hay nada. El terreno es ondulado, con montañitas chatas. El aire es pegajoso; hay algunos ríos finitos y haraganes y la poca gente que vive allí, y a primera vista uno duda de que se le pueda llamar gente, saca unas hojas grises o unos gusanos, no sé, del fondo de los ríos, los machaca entre los dedos, los mezcla con agua y se los come. Un asco. El suelo es frío y húmedo, como de barro apisonado. Nunca hay viento, nunca llueve, nunca hace frío, nunca hace calor. Un sol color borravino hace siempre el mismo recorrido en el mismo cielo sucio sin que a nadie le importe, y no hay lunas.
- Te habrás divertido una barbaridad - dijo el Pavo Gamen.
- Bastante - confesó Trafalgar -. Hace un par de años yo había ganado un vagón de guita vendiendo bombitas de luz en Prattolva donde acaban de descubrir la electricidad y como algo sabía del sol inútil de Anandaha-A, se me ocurrió que podría ganar otro vagón vendiéndoles lámparas, linternas, esas cosas que se comieran la oscuridad. Pero claro que lo que yo no sabía era que los tipos ésos no tenían intención de comprar nada pero nada. Fui a Prattolva con otra carga y al volver bajé en Anandaha-A cerca de lo que parecía una ciudad chica y que no era una ciudad ni chica ni grande sino un campamento pero algo es algo. El recibimiento no pudo ser más efusivo, los del campamento habían empezado a aburrirse como pingüinos y yo era la gran novedad. No sé por qué a la gente se le da por estudiar cosas tan desagradables. A menos que sea lo de siempre: la esperanza de ganar algo, actitud a la que adhiero y que me parece muy loable. Y así era como había en el campamento doce o quince personas todas con títulos rimbombantes y que por suerte también se daban maña para cocinar, arreglar una canilla, tocar la armónica o contar cuentos verdes. Y simpáticos y corteses todos. Estaba este geólogo sueco, Lundgren, que se desilusionó mucho cuando supo que yo no jugaba al ajedrez pero que se le pasó cuando le dije que le iba a enseñar las tres variedades del sintu, la combativo, la contemplativa y la fraternal que se juegan en el sistema de Ldora, una en cada uno de los tres mundos. Al lado de eso el ajedrez parece tatetí. Y se las enseñé y me ganó un solo partido, a la combativo. Yo prefiero la fraternal. Estaba el doctor Simónides, un griego chiquito y calvo que hacía de todo, hasta psicoanálisis, y que se divertía con todo. Había un químico, no sé muy bien para qué, el doctor Carlos Fineschi, especialista en aguas fluviales, decime vos. Un ingeniero, Pablo María Dalmas. Una antropóloga, Marina Solim. Un sociólogo, un astrofísico, ingenieros mecánicos, todo eso. La Liga de las Naciones, tanto como para tratar de convencerlo a Dios Padre que somos buenos y nos queremos. Y estaba Veri Halabi que no sé de qué nacionalidad era pero qué cosa tan linda, por favor. Casi tan linda como las matriarcas de Veroboar pero con el pelo negro. Experta en lingüística comparada, no hay derecho. A los cinco minutos uno se daba cuenta que todos estaban metejoneados con ella y Fineschi más que todos porque lo que es Marina Solim que es eficiente y maternal y simpática como ella sola, no tiene para nada un físico que invite a los ensueños eróticos. Pero entre que la Halabi era macanuda pero no te las mandaba decir y que el doctor Simónides los arrinconaba y los convencía de cualquier cosa, la gente se llevaba bien y estaba tranquila. Y si habían empezado a aburrirse era porque habían terminado lo que tenían que hacer o lo que faltaba podía hacerse acá en los gabinetes de la universidad o sobre la mesa de la cocina de casa. Menos Veri Halabi que seguía descubriendo cosas pero que no sabía lo que significaban, pobre chica.
Y Trafalgar enchufó la cafetera eléctrica otra vez y se quedó esperando. El es así: cuando le contó a Páez el asunto de las máquinas para hacer el amor casi lo vuelve loco y eso que el Gordo es más bien pachorriento. Después volvió a la mesa y se tomó el café y los otros ni chistaban esperando el próximo capítulo.
- El primer día nomás me quisieron sacar del mate la idea de vender algo. No les hice caso porque los doctores sabrán mucho de ciencia, no digo que no, pero de vender y comprar nada, viejo, nada. Marina Solim me agarró y me contó que los habitantes de Anandaha-A eran prácticamente una especie extinguida, desgraciadamente según ella, aunque con franqueza era difícil entender qué les veía pero si es por eso también fue difícil entender lo que pasó después. Me dijo Marina que eran de un primitivismo lindante con la bestialidad. No construían herramientas, vivían a la intemperie, se habían olvidado del fuego si es que alguna vez habían sabido prender fuego, ni siquiera hablaban. Se vestían, hombres y mujeres iguales, con unas fundas astrosas abiertas a los costados que las sacaban, eso creía Marina, a los muertos, porque tejerlas no las tejían ellos. Comían, dormían tirados en cualquier parte, hacían sus cosas y hasta se acoplaban a la vista de todos, casi no habían chicos ni mujeres preñadas, y se pasaban el día echados sin hacer nada. Y bailaban.
Flynn se sorprendió con eso del baile y dice el Payo que intentó una conferencia sobre el baile como expresión refinada, así mismo dijo, refinada, de un sistema de civilización etcétera, pero que Trafalgar no lo dejó hablar mucho.
- Si querés - le dijo - te doy la dirección y el teléfono de Marina Solim. Es chilena pero vive en París y trabaja en el Museo del Hombre. Vas y le preguntas y te vas a caer de espaldas con lo que te cuente.
- Yo lo único que digo es - empezó Flynn.
- Eran cono animales, yo los vi - dijo Trafalgar -. Los del campamento, que no se llamaba campamento sino Unidad Interdisciplinaria de Evaluación, decían que eran feos, pero a mí me parecieron muy bellos. Claro que yo he visto muchas más cosas que los doctorcitos y las doctorcitas y sé qué es lo feo y qué es lo lindo. No hay casi nada que sea feo, en eso Marina y yo estamos de acuerdo. Muy altos y muy, flacos, de piel blanca y pelo negro, caras afiladas y ojos muy grandes, muy abiertos. Ojos de sapo decía Veri Halabi que los odiaba. Los otros no los odiaban; peor, les eran indiferentes, menos a Marina Solim. Al principio, me contó el doctor Simónides, habían tratado de hablar con ellos, pero ellos como si no los vieran ni los oyeran. Después se habían dado cuenta que o no tenían o habían perdido la capacidad de comunicarse y empezaron a tratarlos como animalitos: les llevaban comida y les hacían chasquidos con la lengua y los dedos. Pero los tipos nada: ni miraban, ni olfateaban, ni daban vuelta la cabeza cuando ellos se acercaban, ni comían y eso que Dalmas hacía unos chupines de locura. Entonces decretaron que eran bestias y se desentendieron de ellos. Hasta Marina Solim se descorazonó un poco porque lo único que podía hacer era sentarse cerca de ellos y pasarse las horas mirando lo que hacían que no hacían nada.
Vivir nada más, si vivir es respirar y comer y cagar y acoplarse y dormir.
- Y bailar - dijo Flynn.
- Y bailar. Hasta que en una de ésas Lundgren y Dalmas que a veces trabajaban juntos encontraron algo. ¿Saben lo que encontraron? Un libro, eso encontraron.
- Ya sé - dijo el Payo -, las Memorias de una Princesa Rusa.
- Qué imaginación tenés, ché. No. Algo muy distinto aunque claro que tampoco era un libro.
- En qué quedamos - dijo Flynn que ya les dije que es culto pero que también es impaciente.
- Algo como un libro. Unas hojas muy delgadas, casi transparentes, de un metal que parecía aluminio brillante, perforadas en uno de los lados más largos, el izquierdo y sujetas allí con aros del mismo material pero grueso, filiforme y soldado no se sabía cómo o tal vez cortados de una sola pieza. Y cubiertas de algo que cualquiera podía darse cuenta que era escritura. Lo encontraron cavando al pie de una colina. Revolvieron alrededor buscando algo más pero no había nada. Y ahí a Lundgren que él sí tiene imaginación porque si no no hubiera podido aprenderse las tres versiones del sintu y hasta ganarse un partido a la combativo el muy cretino que todavía me pregunto cómo hizo porque en el sintu no hay casualidades, se le ocurrió cavar directamente en la colina. Casi se mueren todos: no eran colinas, eran ruinas. Cubiertas desde hacía miles y miles de años por el barro duro de Anandaha-A. Ni tiempo de festejar tuvieron, ocupados en sacar cosas. Cada colina era una casa o mejor un complejo de varias casas que se comunicaban. Había no sólo utensilios sino aparatos, máquinas, muebles, más libros, vajilla, vehículos, adornos. Bastante fané estaba todo pero reconocible aunque no identificable. Se dieron la gran panzada sobre todo Marina Solim y la preciosidad de la Halabi. Dalmas y los ingenieros mecánicos se rompieron las cabezas estudiando las máquinas y los artefactos pero no sacaron nada en limpio. Clasificaron todo y lo acondicionaron para traerlo y Marina empezó a reconstruir una civilización como decía ella, prodigiosa, y la única que seguía en banda era Veri Halabi que por muy experta que fuera en lingüística comparada no entendía nada. Trabajaba mañana tarde y noche y se ponía de mal humor y Simónides le daba palmaditas en el hombro, literales y figuradas. Solamente pudo descifrar el alfabeto, los alfabetos porque había cinco aunque todos los libros según Fineschi que les hacía la reacción de noséquién, eran de la misma época. Les aviso que eso de la misma época para ellos significaba cuatro o cinco siglos. En fin, dejaron de revolver en las colinas salvo para sacar los libros que Veri Halabi decía que necesitaba, porque las cosas se repetían más o menos en todas y ellos ya no podían abarcar más. La chica seguía trabajando, los demás hacían lo que podían o lo que les daba la gana y ahí llegué yo.
Parece que se acordó del café y ofreció a los demás pero el único que aceptó fue el Payo porque Flynn tenía un vaso con whisky y Cirito es poco lo que toma.
- A todo esto Marina dividía su atención entre la civilización prodigiosa y los monos flacos que bailaban. El día que oyeron por primera vez la música casi se infartan porque no se la esperaban y fueron a ver qué pasaba. Armados, por si acaso. Todos menos Veri Halabi que de entrada les había tomado repugnancia y que dijo que esa música era irritante. Y cada vez que la oía cerraba todo y se quedaba adentro y si le parecía que oía algo se tapaba los oídos. Eso me lo contó Simónides después. Para cuando yo llegué estaban acostumbrados a la música y al baile y les gustaba. Me contó Marina que de repente, no todos los días sino de vez en cuando y a intervalos irregulares, sin que hubiera ninguna señal ni pasara nada, sacaban palos, cuerdas, unos instrumentos muy simples que ella describió y que yo vi pero ni me acuerdo, y algunos tocaban música y todos los demás bailaban. Bailaban horas y horas sin cansarse y era increíble la resistencia que tenían, tan flacos y arruinados, alimentados a gusanos molidos y agua. Pero bailaban a veces todo el día, a veces toda la noche. ¿Ustedes han probado bailar una noche entera sin parar? Bueno, ellos podían. Bailaban en la oscuridad más completa, sin verse, sin empujarse, sin caerse. O bailaban de día, eso que era día bajo el sol púrpura. O bailaban parte del día y parte de la noche. Y de pronto, porque sí, la música se terminaba y se tiraban por ahí mirando vaya a saber qué y se quedaban sin hacer nada horas o días. Impresionante. Les juro que era Impresionante.
A esa altura de la noche y del cuento a nadie le parecía necesario seguir tomando nada pero Trafalgar no abandonaba la cafetera eléctrica. Hacía frío y Cirito se levantó a prender la calefacción mientras Flynn y el Payo esperaban y Trafalgar pensaba a lo mejor en los días oscuros de Anandaha-A.
- El baile también me gustó, como me gustaban ellos aunque no les haya podido vender nada - siguió cuando lo vio entrar a Cirito -. Y a los del campamento también les gustaba. No digo a Marina Solim que es una tipa dispuesta a que todo le guste, ni a Lundgren que aprendió el sintu y eso ya habla en favor de la buena disposición de cualquier individuo, ni al sociólogo que acepta lo que venga y, compone un cuadro sinóptico en segundos y que no me acuerdo cómo se llama pero sí que se pasa las horas fumando Craven A y escribiendo a máquina. A todos les gustaba y cada vez que oían la música se iban a mirar. Todos menos Halabi.
La música era aguda, áspera, casi hiriente y con un ritmo que si la oyen los rockeros se suicidan de la envidia. Era... la pucha, no es fácil describir una música. No era inhumana. Miren, creo que si alguien la tocara en una de esas confitería bailables los mocosos se pondrían a bailar encantados de la vida. Eso. Era una música que transformaba todo en música, aunque Lundgren decía que era trágica y sí, era trágica. Parecía que era la primera vez que te dabas cuenta que estabas vivo y que habías estado vivo mucho antes y que quizás ibas a volver a estarlo pero te ibas a morir en cualquier momento y tenías que bailar para que las piernas y los brazos y las caderas y los hombros no se te confundieran en un solo cuerpo rígido, inmóvil. Pensé que era por eso que ellos bailaban. En vez de fabricar cosas, bulones o ciudades o sistemas filosóficos, bailaban para darse cuenta y decir que estaban vivos. Se lo pregunté a Simónides y me dijo que ésa era justamente una de sus teorías sobre el baile. Las otras eran que el baile era un lenguaje, que era un rito de adoración, que era la memoria de algo perdido. A raíz de eso último, como el sociólogo y como Marina Solim, él se había preguntado si estos habitantes de ese mundo oscuro y casi muerto no se reían de los descendientes de los que habían construido y habitado eso que ahora estaba en ruinas. Pero Veri Halabi se había puesto furiosa. Violenta, inexplicable y desproporcionadamente furiosa, me dijo Simónides, y había dicho que pensar que esas bestias pertenecían a la misma raza que los dueños de los alfabetos era casi sacrílego. La dejaron en paz porque sabían que la tensión de un trabajo que no podía resolver la tenía a mal traer. Pero no Simónides. El doctorcito calvo no se engañó nunca. En ese momento no sabía lo que pasaba, no podía saberlo, pero sí sabía que ahí se cocinaba algo más que el amor propio de una experta en lingüística comparada, linda y quisquillosa.
A lo mejor e gustaban los tipos que bailaban y no lo quería confesar - dijo el Payo Gamen.
- Payo, sos un genio - dijo Trafalgar.
- ¿Le gustaban? - preguntó Cirito alarmadísimo.
- Gustarle - dijo Trafalgar -. Ahora les cuento cómo pasaron las cosas. Lo primero que le había llamado la atención a Simónides fue que la Halabi dijo que la música era irritante y que no quisiera ir a ver que era ya aquella primera vez. Y se había quedado sola en el campamento zurciendo medias me imagino o memorizando el capítulo cuarto de algún tratado de lingüística comparada porque todavía no habían encontrado los libros. El doctor almacenó el dato en su cerebrito chismoso porque ese era su oficio: fijarse en lo que hacían y decían los demás, juntarlo todo, sacar conclusiones y mantener una charla con su víctima para explicarle que tenía que elaborar sus frustraciones o cualquiera de esas cosas que dicen estos tipos. No digo que no sea útil, al contrario, y la prueba está en que todo andaba como la seda, hasta el pobre Fineschi que aparte de babearse cuando la miraba a la morochita, estaba razonablemente contento. Y fuera del trabajo que tenía que hacer cada uno, el baile era la atracción principal. El único inconveniente era que había función muy de vez en cuando. Y cuando había la Halabi se ponía nerviosa así que empezó a encerrarse apenas se oía la música y los otros se iban a ver. En eso encontraron las ruinas y todos se pusieron a laburar como enanos y ella más que todos. Las cosas se fueron resolviendo, menos lo de la escritura, y para cuando yo llegué los tipos de Anandaha-A habían empezado a bailar cada vez más seguido. Cuando vi el espectáculo me quedé embobado y creo que hasta soñé y de ahí en adelante no me perdí uno. Simónides me contó sus teorías, Marina también, jugué al sintu con Lundgren que para mi que hizo trampa aunque en el sintu no se puede hacer trampa, me tiré discretos lancecitos verbales, como todos, con la Halabi que si uno la sacaba de la lingüística y de su odio por los nativos era muy sociable y sonriente, y me resigné a no vender nada pero me quedé.
El comedor estaba tibio y lleno de humo y el Payo se sacó el saco. Cirito tenía puesto un suéter viejo roto en los codos, que si Fina lo ve se nos muere. En la sala que da a la calle el reloj dio las tres pero ellos no lo oyeron.
- Una vez - dijo Trafalgar - nos pasamos casi todo el día viéndolos bailar. Había solamente dos músicos, uno que soplaba y otro que raspaba y golpeaba. Todos los demás bailaban. Era una obsesión: no nos podíamos mover de donde estábamos. Fuimos a almorzar muy tarde y Marina que fue a verla nos dijo que la Halabi dormía encerrada en su cuarto. Me pareció raro y a Simónides también porque últimamente la chica dormía muy poco. enloquecida como estaba por descifrar los libros. Volvimos a seguir mirando el baile y cuando no dimos más nos fuimos a dormir y ellos seguían bailando y el cuarto de Veri Halabi seguía cerrado y tenía la luz apagada. Simónides se asomó y me dijo que sí, que dormía pero que estaba muy inquieta. Me contaba algunas cosas el doctor, no sé por qué; será porque ellos también necesitan alguien que los oiga. Al día siguiente, a pesar de haber dormido tanto, la mina tenía unas ojeras hasta acá y estaba pálida y demacrada. No digo que estaba fea porque para eso hacía falta mucho, pero estaba menos linda. Ese día no hubo baile. Al otro no pudo más y le contó a Simónides que había soñado horas y horas con los textos y Simónides le dijo que claro y que no tenía nada de raro. Que no le entendía, dijo ella, con los textos descifrados y traducidos. Pero que no, que no podía ser, que todo era un disparate y se empezó a poner histérica. Simónides se la llevó a la cama, no con intenciones libidinosas sino terapéuticas, lo que es la ética profesional, mi Dios. La estuvo charlando un rato y la tranquiliza y entonces ella le dijo que encerrada y todo seguía oyendo la música y que tapándose los oídos seguía oyendo la música y que casi se había puesto a bailar. Y que para no bailar se había acostado y, se había dormido enseguida y había soñado adivinen con qué, acertaron, con la música y los tipos bailando. Y que como pasa en los sueños los tipos bailando se habían convertido en las letras desconocidas de los cinco alfabetos solamente que el sueño ella las conocía y las podía leer. Simónides le dijo lo que le hubiera dicho cualquiera: que a veces, pocas veces pero sucede, soñando uno encuentra la solución a un problema en el que ha pensado tanto que ya ni siquiera lo puede ver claramente mientras está despierto. Pero ella le dijo, ella a él fijensé, que estaba loco y que abriera el cajón de su escritorio, el de ella. El doctor lo abrió y se encontró con un montón de papeles escritos por la Halabi: era la traducción que ella había soñado y que al despertarse había ido corriendo a anotar no sabía por qué si total estaba convencida que no era más que una pesadilla. Simónides no alcanzó a leer todo, una lástima. Se acordaba de algunas cosas nomás. Había por ejemplo la descripción de un círculo.
- ¿La descripción de qué? - saltó Flynn.
- De un círculo.
Flynn le quiso tomar el pelo:
- Figura geométrica formada por los puntos interiores de una circunferencia si no me equivoco.
- Lamento comunicarte que te equivocas. Te voy a decir lo que es un círculo según el protocolo de la sensatez de Anandaha-A.
Aquí interrumpieron todos porque nadie entendía eso del protocolo de la sensatez. Pero Trafalgar Medrano no sabía lo que quería decir. Simónides tampoco y en ese momento Veri Halabi tampoco. Estaba en los textos y eso era todo.
- Un círculo - dijo Trafalgar - se forma en el reino cuando el candil se apaga en el juego sensible.
- Momento, momento - dijo Flynn -. Si en un mundo oscuro como ése vos prendés una luz, en cierto, modo se forma un círculo, pero no se forma cuando apagás la luz, ¿estamos?
- ¿Me dejás terminar? Yo no te estoy explicando nada. Te cuento lo que decían los textos que leyó Simónides y que eran la traducción que hizo en sueños Veri Halabi en base a un alfabeto quíntuple que ella no conocía.
- Qué tío - dijo el Payo.
- Un círculo - empezó de nuevo Trafalgar - se forma en el reino cuando el candil se apaga en el juego sensible de cada recinto lejano. Como el cuarzo ignora el aullido del animal salvaje y si llueve sobre el páramo es improbable que las raíces lo sepan, todos los recintos vienen a tocarse por las aristas hasta que el conocimiento borra lo construido. Su medida depende no de las rocas sino del torrente.
- Y eso qué quiere decir - preguntó Cirito.
Flynn se sirvió más whisky.
- No sé - dijo Trafalgar -. Simónides tenía una teoría, él siempre tenía teorías para todo y creo que, a veces, no se equivocaba. Casi triunfante me dijo que Anandaha-A era un mundo de símbolos. Yo me permití sugerirle que todos los mundos funcionan a símbolos así como todos los triciclos funcionan a pedal pero él me dijo que hay mucha diferencia entre de símbolos y a símbolos. Me parece que tiene razón. Y decía que apagar el candil es dejar la mente en blanco, no pensar en nada, y que eso es algo que se dice muy fácilmente pero que es difícil de hacer como que es nada menos que eliminar lo consciente y dejar paso a lo inconsciente, qué tal. Que el reino es la calidad, la esencia de ser hombre, y el juego sensible es la conciencia y cada recinto lejano es cada individuo. Cuando el candil está prendido los recintos están lejos unos de otros, cada uno está solo. Lo del cuarzo y el animal salvaje y la lluvia y el páramo y las raíces significa, según Simónides, que aunque el universo funciona aparentemente dividido en partes infinitas o no tan infinitas según se mire, es todo único y uno, indivisible y el mismo en todos sus puntos. ¿Entienden?
- No.
- Yo tampoco. Sigo. Entonces, como el universo es uno y único en todos sus puntos si cada individuo deja en suspenso la conciencia y apaga el candil, todos se encuentran, no están solos, se unen y lo saben todo sin necesidad y a pesar de las grandes creaciones intelectuales. Y el saber es tanto más profundo cuanto más total sea el esfuerzo de cada individuo y no cuantos más individuos haya. Eso vendría a ser lo de la medida.
- Ingenioso - dijo Flynn.
- Mierda - dijo el Payo -, no entiendo un pito.
Cirito no dijo nada.
- Y así por el estilo - siguió Trafalgar -. Había un texto sobre cómo proyectar estatuas pero Simónides no sabía si era proyectar en el sentido de dibujo previo a la tarea de esculpir o proyectar a través del espacio. También un diálogo entre Dios y el hombre en el cual por supuesto el único que hablaba era el hombre. Una lista de las voluntades nocivas: no me pregunten, Simónides tampoco sabía lo que era y si tenía una teoría se olvidó de contármela. Teoremas, un montón de teoremas. Un diario de viaje. Un método para doblar pero no sé doblar qué. Y pilas de cosas más. Pero todo eso se perdió. Simónides anotó lo poco que recordaba y por ahí debo tener una copia que me regaló. Por que mientras él leía a Veri Halabi le dio el gran ataque, se levantó y empezó a romper papeles y hasta le quitó a Simónides los que él tenía en la mano y los hizo trizas.
- Qué loca - dijo el Payo.
- Ajá - dijo Trafalgar -, eso es lo que uno piensa cada vez que alguien hace algo que uno no entiende. Pero esperate un poco y decime después si estaba loca. El doctorcito largó todo y se ocupó de ella y le dio algo para dormir. Me comentó que no había habido tal ataque, que simple y desdichadamente en ese momento el juego sensible había terminado de invadirla y ella había abandonado el reino. Preferí no pedir explicaciones pero le pregunté si no era posible reconstruir los textos y me dijo que no, que eran papel picado y que de todos modos no eran textos que corrieran el peligro de perderse. También le pregunté si él creía que eran la traducción correcta de los libros de metal y me miró como si yo le hubiera preguntado si él creía que dos más dos son cuatro y me dijo que claro que sí. Y que les cuento que al día siguiente la Halabi se levanta fresca como una lechuga y se dedica a seguir trabajando en la traducción.
- ¡Pero cómo! - dijo el Payo -. ¿No la había hecho ya y la había roto? ¿Otra vez la hacía?
- No. Era la misma vez. Ella no quería creer que lo que había roto fuera la traducción, y despierta, trabajaba haciendo funcionar la lógica, el razonamiento, la información, es decir fuera del reino, en el juego sensible, sin saber ya y sin tratar de formar un círculo. Entonces la vida sigue como siempre y aquí no ha pasado nada y durante dos días no hay bailes. Al tercero a Romeo Fineschi Montesco se le ocurre proponernos a todos que demos un paseo. Un paseo en ese mundo de porquería, imaginensé. Pero claro que si va y la invita a Julieta
Halabi Capuleto sola, se queda de araca porque ella le dice que no. Fuimos. Dalmas, Lundgren, Marina, Simónides, yo, Fineschi, la Halabi, otros dos ingenieros y hasta el sociólogo. Muy divertido no fue porque ya les dije que las atracciones naturales de Anandaha-A son lamentables. Hablábamos pavadas y Simónides describía monumentos y parques imaginarios con voz de guía de turismo hasta que se cansó porque mucho apunte no le llevábamos. El único que la pasaba posta era Fineschi que charlaba hasta por los codos con la Halabi supongo que de temas tan románticos como el grado de saturación salina del agua del Danubio inferior. íbamos volviendo cuando empezó la música y Veri Halabi gritó. Fue un grito como para poner los pelos de punta, de bestia acorralada como dicen los escritores de ciencia ficción.
- Y otros que no escriben ciencia ficción - acotó Flynn.
- No lo dudo. Yo aparte de ciencia ficción y policiales no leo más que Balzac, Cervantes y el Corto Maltés.
- Muy lejos vas a llegar con esa mescolanza absurda.
- ¿Dónde absurda, dónde? Son de los pocos que tienen todo lo que se le puede pedir a la literatura: belleza, realismo, diversión, qué más querés.
- Acabenlá, ché - dijo el Payo -. ¿Por qué gritó la mina?
- Se grita por dolor o miedo o sorpresa - dijo Flynn -. Con menos frecuencia por alegría. Aunque creo que no era éste el caso.
- No era. Gritó. Un grito largo que parecía que le venía de los talones y que le raspaba la garganta. Se quedó un momentito parada ahí como una estaca con la mandíbula que le llegaba a las rodillas y los ojos como el dos de oros y después salió corriendo para el lado del campamento. La música sonaba muy aguda, urgente, pero nosotros en vez de ir a ver la seguimos, Fineschi al trote y los demás caminando apurados. Simónides fue a verla y la encontró sentada en la cama como idiotizada. Esta vez no se había encerrado ni se tapaba los oídos. El doctorcito lo echó a patadas a Fineschi, que no hacía más que joder tratando de hablar con ella, la miró un rato, le tomó el pulso, hizo esas cosas que hacen los matasanos y la dejó sola. Ella, como si nada. Todos estábamos un poco apabullados y la música seguía y algunos se fueron a ver. Los otros nos quedamos y comimos. Fineschi se paseaba y fumaba una pipa que se apagaba cada dos por tres. Los demás volvieron, comieron y todos nos sentamos en una especie de sobremesa tétrica.
De vez en cuando Simónides iba a verla y al volver no decía nada. En eso, cuando estábamos por ir a acostarnos, apareció ella en la puerta. La música seguía y la chica se puso a hablar. La macana fue que no entendimos nada. Hablaba y hablaba en un idioma desconocido en el que había muchas más vocales que las que parece que tiene que haber. La escuchábamos sin movemos y cuando Fineschi quiso acercársela, el doctorcito no lo dejó, habló durante toda la noche.
- No puede ser - dijo Flynn.
- Vos qué sabés. Habló durante toda la noche y nosotros la escuchamos durante toda la noche. Fineschi lloraba de a ratos. Marina Solim estaba sentada al lado mío y me agarraba del brazo y no me soltó hasta que no se le acalambró la mano. Cuando amaneció, que eso sí es una figura literaria como para meterla en este cuarto porque ahí no amanece, se levanta el solcito violeta y está menos oscuro y eso es todo, cuando amaneció la música seguía sonando y ella seguía hablando. Y de repente dejó de hablar pero la música no paró. Yo estaba entumecido y hasta tenía frío y seguro que los demás también, pero cuando Veri Halabi salió nos levantamos y nos fuimos detrás de ella. Caminaba como si tuviera que ir a depositar guita al banco y fueran las cuatro menos un minuto y nosotros atrás, para donde estaba la música. Allá al pie de una de las colinas cavadas, junto al río negruzco, los tipos de Anandaha-A bailaban con tantas ganas que parecía que acababan de empezar. Y Veri Halabi corrió y se metió entre ellos y bailó y mientras bailaba se arrancaba la ropa y sacudía la cabeza hasta que el pelo negro le tapó la cara como a todos y ya no la podíamos distinguir. Pasó una hora más y locos de sueño y de cansancio y con la sensación de que había pasado algo más inevitable que la muerte, retrocedimos hasta el campamento. Simónides y Dalmas tuvieron que arrastrar lo a Fineschi que no quería irse. Nos acostamos y nos dormimos todos, Simónides el último porque anduvo repartiendo pastillas y te dio una inyección al Montesco. Yo dormí diez horas y fui uno de los primeros en despertarme. Marina Solim se puso a hacer café y el sociólogo fumaba pero no escribía a máquina. Después apareció Simónides y de a poco todos los demás. Tomamos café y comimos sandwiches de salchichas. Y la música que había seguido sonando y no se por qué porque dormí como un tronco, yo sabía que había sonado todo el día, la música se apagó con la última miga de la comida. Fineschi anunció que iba a buscarla a la chica y allá fuimos de nuevo todos en procesión pero fue inútil.
- ¿No estaba? - preguntó el Payo.
- Sí que estaba. Al principio no la vimos. Los nativos se habían sentado o tirado por ahí como siempre mirando fijo a alguna parte. Era difícil distinguirla. Ahora estaba vestida con una funda abierta a los costados y sentada en el barro con las piernas cruzadas, entre dos mujeres y un hombre, tan parecida a ellos, con los ojos muy abiertos, sin pestañear, muda y más bella que antes porque se había vuelto bella como los señores de Anandaha-A, miraba frente a ella pero no nos veía. La llamamos y yo estuve seguro de que nos estábamos portando como unos estúpidos. No nos oía. Simónides agarró al sociólogo y a Lundgren y fue a buscarla. Yo lo sujeté a Fineschi. En cuanto le pusieron las manos encima empezó otra vez la música y todos se levantaron y bailaron, ella también, y bailando rechazaron a los tres hombres que salieron a reculones del torbellino y ya la perdimos de vista. En tres días hicimos cinco intentos más. No hubo caso. Finalmente fue Fineschi, y eso me sorprendió, el que dijo que teníamos que darnos por vencidos.
El Payo dijo no ves que estaba loca y Cirito dijo quién sabe y Trafalgar tomó más café.
- No estaba loca - dijo -. Había vuelto a su casa, al círculo. Vean, si lo pienso mucho no tengo más remedio que decir que sí, que se volvió loca. Pero si me acuerdo de ella bailando, diciéndonos bailando que la dejáramos en paz porque había dejado de buscar, de resistirse, de estudiar, pensar, escribir, razonar, acumular y hacer, reconozco con algo de satisfacción, una satisfacción triste porque yo no llevo el prodigio en mi sangre, que ella había atravesado el reino de punta a punta y nadaba fresca y linda en el torrente. Simónides lo explicó de otra manera y Marina Solim lo apoyó con datos muy concretos. Los tipos que bailaban eran de veras los descendientes de los que habían dejado las ruinas. Anandaha-A conoció quizás una estrella amarilla y caliente y un cielo limpio y una tierra fértil y allí se fabricaron cosas y se escribieron poemas mucho antes que nosotros nos diéramos el lujo del estegosaurio y el escafites. Tal vez tuvieron joyas, conciertos, tractores, guerras, universidades, caramelos, deportes y material plástico. Deben haber viajado a otros mundos. Y llegaron tan alto y tan hondo que cuando la estrella murió ya no les importaba nada. Después de visitar mundos muertos, vivos o por nacer, después de dejar su simiente en algunos de ellos, después de curiosearle todo y saberlo todo, no sólo dejaron de interesarse por la muerte de la estrella sino por el resto del universo y les bastó con la sensatez del círculo. No conservaron más que la música que bailaban y que era todo lo que Simónides había supuesto y mucho más. No sabemos qué más pero si alguien nos lo dijera no lo entenderíamos. Y Veri Halabi reconoció a los suyos pero la luz del juego sensible le impedía verlos y entrar en el reino donde hay posibilidad de apagar el candil, y tironeada entre la luz y la urgencia nostálgica de algunas de sus células que tenían el sello de los argonautas de Anandaha-A, los odiaba. Cuando la luz se apagó a fuerza de música y ella habló todas las palabras de su raza, las que había aprendido en sueños, ya no los odió ni los amó ni nada. Le bastó con volver.
Dice el Payo que se quedaron callados todos. Incluso Flynn que es discutidor y le gusta llevar la contra, no encontraba nada que decir. Cuando Cirito comentó que Fina había llamado por teléfono para avisarle que se quedaba en Salta una semana más y hablaron de otras cosas y tomaron más whisky y Trafalgar más café, Flynn admitió que Trafalgar podía tener razón, que el asunto, si se lo pensaba bien, parecía descabellado, pero que él tenía la impresión de que no era tan extraño. Cirito dijo:
- Me gustaría ir a Anandaha-A.
- Te lo regalo - dijo el Payo.
- ¿Era tan linda Veri Halabi? - preguntó Flynn.
- Ahora es más linda - dijo Trafalgar.

FIN

Robert Sheckley - LA SÉPTIMA VICTIMA




Sentado ante su escritorio, Stanton Frelaine se esforzaba en aparentar el aire atareado que se espera de un director de empresa a las nueve y media de la mañana. Pero era algo que estaba más allá de sus fuerzas. Ni siquiera conseguía concentrarse en el texto del anuncio que había redactado el día anterior; no lograba dedicarse a su trabajo. Esperaba la llegada del correo... y era incapaz de hacer nada más.
Hacía ya dos semanas que tendría que haberle llegado la notificación. ¿Por qué la Administración no se apresuraba un poco?
La puerta de cristal con el rótulo: Morger & Frelaine, Confección se abrió, y E. J. Morger entró cojeando, un recuerdo de su vieja herida. Era un hombre cargado de espaldas, pero eso, a la edad de setenta y tres años, suele tener poca importancia.
- Hola, Stan - dijo -. ¿Dónde está esa publicidad?
Hacía dieciséis años que Frelaine se había asociado con Morger. Tenía por aquel entonces veintisiete años. Juntos habían convertido la sociedad «El Traje Protector» en una empresa cuyo capital alcanzaba el millón de dólares.
- Echa una ojeada al proyecto - dijo Frelaine, tendiéndole la hoja de papel. Si tan sólo el correo llegara un poco antes, pensó.
Morger acercó el papel a sus ojos y leyó en voz alta:
- «¿Tiene usted un Traje Protector? El Traje Protector Morger y Frelaine, de corte insuperable en el mundo entero, es el atuendo del hombre elegante - Morger carraspeo, echó una ojeada a Frelaine, sonrió y prosiguió -: Es a la vez el traje más seguro y más chic. Se presenta con un bolsillo para revólver especial extraplano. Ningún bulto aparente. Sólo usted sabrá que va armado. El bolsillo para revólver, fácilmente accesible, le permitirá aventajar fácilmente a su contrincante sin la menor incomodidad.»
Levantó de nuevo los ojos.
- Excelente - comentó -. Sí, muchacho: excelente.
Frelaine inclinó la cabeza sin excesiva convicción.
- «El Traje Protector Especial - continuó leyendo Morger - posee un bolsillo para revólver eyector, la última palabra en defensa individual. Una simple presión sobre un botón disimulado, y el arma salta a la mano de su propietario, con el seguro fuera, lista para hacer fuego. ¿Qué espera usted para informarse en nuestro concesionario más próximo? ¿Qué espera usted para afianzar su propia seguridad?»
Dejó el papel sobre la mesa.
- Excelente - repitió -. Muy bueno, muy conciso. - Reflexionó por unos instantes, tironeándose su canoso bigote -. ¿Pero por qué no precisar que el Traje Protector se fabrica en varios modelos, recto o cruzado, con uno o dos botones, entallado o no?
- Sí, es cierto. Lo había olvidado - Frelaine tomó el borrador e hizo una anotación al margen. Se levantó, tironeando de su chaqueta para disimular su incipiente barriga. Tenía cuarenta y dos años, un poco más de peso del requerido, y un pelo que empezaba a clarear. Era un hombre de apariencia agradable, pero su mirada era gélida.
- Relájate - dijo Morger -. Llegará con el correo de hoy.
Frelaine hizo un esfuerzo por sonreír. Sentía deseos de echar a andar de un lado a otro, pero se contuvo y se sentó en una esquina de su escritorio.
- Cualquiera diría que es mi primer homicidio - dijo con forzada ironía.
- Sé lo que es eso - le tranquilizó Morger -. Cuando yo aún no había renunciado, pasaba a menudo más de un mes sin poder pegar ojo por la noche mientras esperaba mi notificación. Comprendo en qué estado te sientes.
Los dos hombres callaron. El silencio llegó a hacerse insoportable, hasta que la puerta se abrió y un empleado depositó el correo sobre la mesa.
Frelaine se arrojó sobre las cartas y las fue pasando febrilmente. Por fin halló la que tanto deseaba... el largo sobre blanco de la O.C.P., lacrado con el cuño oficial.
- ¡Por fin! - exclamó, con un suspiro de alivio -. Aquí está.
- Felicidades - dijo Morger. Y su tono era sincero.

Morger estudió el sobre con ojos ávidos, pero no le pidió a su socio que lo abriera. Hubiera sido una falta de educación, y además estaba prohibido por la ley. Nadie podía conocer el nombre de la Víctima, a excepción del Cazador.
- Te deseo buena caza - dijo Morger.
- Eso espero - respondió Frelaine, con convicción.
La oficina estaba al corriente y en orden. Lo estaba desde hacía una semana. Frelaine tomó su cartera portadocumentos.
- Un buen homicidio te hará un gran bien - dijo Morger, palmeando su enguatado hombro -. Has estado tan febril últimamente.
Frelaine sonrió y estrechó la mano de Morger.
- Pagaría lo que fuera por tener cuarenta años menos - dijo Morger, mirando divertido su pierna impedida -. Verte así me hace sentir deseos de descolgar mi revólver.
Frelaine agitó la cabeza. Morger había sido un famoso Cazador en su juventud. Diez homicidios superados con éxito le habían abierto las puertas del muy exclusivo Club de los Diez. Y puesto que, naturalmente, tras cada uno de ellos había tenido que jugar diez veces el papel de Víctima, su palmarés era de veinte asesinatos en total.
- Espero que mi Víctima no sea alguien que tenga tu temple - hizo notar Frelaine, medio en serio, medio en broma.
- ¡Ni pienses en ello! ¿Por cuál vas ahora?
- Por la séptima.
- Es una buena cifra. ¡Vamos, anda! Muy pronto te abriremos los brazos en el Club de los Diez.
Frelaine hizo un gesto con la mano y se dirigió hacia la puerta.
- Pero ándate con cuidado - advirtió Morger -. Un solo error, y me veré obligado a buscar un nuevo socio. Si no tienes ningún inconveniente, preferiría conservar el que tengo ahora.
- Iré con cuidado - prometió Frelaine.

En vez de tomar el autobús, regresó a su casa a pie. Necesitaba tiempo para calmarse. ¡Era ridículo comportarse como un chiquillo que va a cometer su primer homicidio!
Se obligó a mantener los ojos fijos ante él. Mirar a alguien equivalía prácticamente a una tentativa de suicidio. Cualquier persona a la que mirara podía ser una Víctima, y había Víctimas que disparaban sin pensárselo contra cualquiera que posara sus ojos en ellas. Había tipos muy nerviosos... Prudentemente, Frelaine mantuvo su mirada por encima de las cabezas de los transeúntes.
Observó un gigantesco anuncio. Era una oferta de servicios de J.F.Donovan. «¡Víctimas!», proclamaba con enormes letras, «¿por qué correr riesgos? Utilicen los servicios de nuestros Rastreadores acreditados. Nosotros nos encargaremos de localizar al homicida que le ha sido asignado. ¡Usted no pagará nada hasta después de haber dado cuenta del Cazador!»
Por cierto, pensó Frelaine, tengo que llamar a Ed Morrow apenas llegue.
Apresuró el paso. Se sentía terriblemente nervioso. Ardía en deseos de estar ya en su casa para abrir el sobre y conocer el nombre de su Víctima. ¿Sería alguien diabólicamente astuto o un simple estúpido? ¿Alguien rico como su cuarta presa, o pobre como la primera y la segunda? ¿Estaría rodeado de un equipo de rastreo organizado, o se las arreglaría por sus propios medios?
La excitación de la caza era algo maravilloso, que hacía hervir la sangre en las venas y aceleraba los latidos del corazón. De repente oyó el resonar de unas lejanas detonaciones. Dos disparos rápidos y luego, tras una pausa, el tercero. El último.
- Ese ha terminado con el suyo - se dijo a sí mismo Frelaine, en voz alta -. ¡Felicidades!
¡Era tan maravilloso sentirse vivir de nuevo!
Lo primero que hizo al entrar en su casa fue llamar a Ed Morrow, su rastreador. Morrow trabajaba en un garaje en sus horas libres.
- ¿Ed? Aquí Frelaine.
- Oh, buenos días, señor Frelaine.
Frelaine observó en la pantalla el rostro de su interlocutor: un rostro obtuso, manchado de grasa, de protuberantes labios casi pegados al aparato.
- Me voy de caza, Ed.
- Buena suerte, señor Frelaine. Supongo que desea usted que esté preparado.
- Exacto, Ed. No creo estar fuera más de una o dos semanas. Probablemente recibiré mi designación como Víctima dentro de los tres meses siguientes a mi regreso.
- Puede usted contar conmigo, señor Frelaine. Le deseo buena caza.
- Gracias, Ed. Hasta pronto.
Colgó. Garantizarse los servicios de un rastreador de primera clase era una buena medida. Cuando hubiera cometido su homicidio, Frelaine pasaría a ser a su vez Víctima... y entonces, una vez más, Ed Morrow sería su seguro de vida.
Era un magnífico rastreador. De acuerdo: de hecho, Morrow era un ignorante, un idiota; pero tenía ojo clínico. Descubría a los extraños al primer golpe de vista. Tenía una habilidad diabólica para preparar una emboscada. Era un hombre indispensable.
Echándose a reír ante el recuerdo de algunos de los retorcidos trucos que Morrow había inventado para sus clientes, Frelaine sacó el sobre de su bolsillo, hizo saltar el sello, lo abrió, y examinó los documentos que contenía.
Janet-Marie Patzig.
Su Víctima era una mujer.

Se levantó, y paseó arriba y abajo por la habitación. Volvió a tomar la carta. Leyó: Janet-Marie Patzig. No había ningún error: se trataba de una mujer. Los documentos anexos contenían tres fotografías, el domicilio del sujeto y los informes habituales que permitían identificarlo.
Frelaine frunció el ceño. Nunca había matado a una mujer.
Tras vacilar unos instantes, tomó el teléfono y marcó el número de la O.C.P.
- Aquí la Oficina de Catarsis Pasional - dijo una voz masculina -. ¿Dígame?
- Acabo de recibir mi notificación - dijo Frelaine -. Me ha correspondido una mujer. ¿Es eso normal? - Dio al empleado el nombre de la Víctima.
El hombre verificó sus archivos microfilmados.
- Todo está en regla - dijo tras unos instantes -. Esta persona nos presentó una solicitud, actuando con pleno conocimiento de causa. En términos legales, goza de los mismos derechos y los mismos privilegios que un hombre.
- ¿Puede decirme cuántas muertes tiene en su activo?
- Lo lamento, señor, pero las únicas informaciones que está usted autorizado a obtener son la situación legal de la Víctima y la información descriptiva que le han sido remitidas.
- Comprendo. - Frelaine reflexionó unos instantes, y luego preguntó -: ¿Puedo solicitar me sea adjudicada otra Víctima?
- Naturalmente, dispone usted de la posibilidad legal de rechazar la caza que le ha sido propuesta, pero no le será adjudicada otra Víctima hasta después de que lo haya sido designado usted mismo. ¿Desea declinar la oferta que se le ha hecho?
- Oh, no, por supuesto - se apresuró a responder Frelaine -. Le he preguntado esto tan sólo por pura curiosidad. Muchas gracias.
Colgó, se hundió en el más mullido de sus sillones, y se soltó el cinturón. Aquello precisaba un poco de reflexión.
- ¿Qué buscan esas malditas mujeres queriendo inmiscuirse siempre en los asuntos de los hombres? - rezongó para sí mismo -. ¿Por qué diablos no pueden quedarse tranquilamente en sus casas?
Pero eran también ciudadanos libres. Aunque Frelaine encontrara aquello demasiado poco... femenino.

De hecho, la Oficina de Catarsis Personal había sido creada originalmente para los hombres, y exclusivamente para ellos. Había nacido al término de la Cuarta Guerra Mundial... o de la Sexta, según la cuenta de un cierto número de historiadores.
Por aquella época, se hacía sentir imperiosamente la necesidad de una paz duradera, de una paz permanente. Por una razón práctica. Una razón tan práctica como la inspiración de los hombres que crearon las bases de la prolongada paz.
Una razón muy sencilla: el mundo estaba al borde de la aniquilación.
En el transcurso de las guerras anteriores, la amplitud, la eficacia y la potencia destructivo de las armas empleadas habían ido en aumento. Los soldados, que se habían acostumbrado a ellas, vacilaban cada vez menos en utilizarlas.
Hasta alcanzar el punto de saturación.
Un nuevo conflicto bélico pondría definitivamente fin a todas las guerras, y esta vez de una forma absoluta: no quedaría nadie para poder iniciar la siguiente.
Era preciso pues que aquella paz fuera una paz eterna. Pero los hombres que la organizaron no eran soñadores. Eran conscientes de que siempre existen tensiones, desequilibrios, que son el caldero donde bullen las guerras futuras. Y se preguntaron por qué hasta entonces nunca había existido una paz duradera.
- Porque a los hombres les gusta luchar - fue la respuesta.
- ¡Oh, no! - exclamaron los idealistas.
Pero aquellos que establecieron la paz se vieron obligados, muy a pesar suyo, a tener en cuenta el postulado según el cual una fracción importante de la humanidad es movida por la violencia.
Los hombres no son seres celestiales. Tampoco son monstruos infernales. Sencillamente, son seres humanos que manifiestan un elevado grado de agresividad, de combatividad.
Con los conocimientos científicos y los medios de que disponían en aquellos momentos, los hombres con mentalidad práctica hubieran podido eliminar esta característica de la raza humana. De hecho, ahí es donde muchos pensaban que residía la solución.
Pero los hombres con mentalidad práctica no eran de esta opinión. Consideraban que la competencia, el amor a la lucha, el valor frente al adversario, eran valores positivos. Creían incluso que representaban virtudes admirables y la garantía de la perpetuación de la especie. Sin ellos, la raza terminaría fatalmente degenerando.
El gusto por la violencia, descubrieron, estaba inextricablemente unido a la ingeniosidad, a la adaptabilidad, al dinamismo humanos.
Los datos del problema, pues, eran los siguientes:
a)    organizar la paz, una paz que les sobreviviera, y
b)    impedir a la raza humana que se destruyera a sí misma, sin amputar por ello las características que hacían de los hombres unos seres responsables.
Para ello, se decidió que era necesario canalizar la violencia, proporcionarle una válvula de escape, una posibilidad de exteriorizarse.
El primer paso fue la autorización legal de los combates de gladiadores, combates reales, donde la sangre era derramada. Pero aún era insuficiente. La sublimación es válida sólo hasta cierto punto. La gente quería otra cosa más que derivativos.
No existe ningún derivativo para el homicidio.
Así pues, el homicidio fue institucionalizado, sobre una base estrictamente individual, y únicamente para aquellos que realmente desearan matar. Los gobiernos fueron invitados a crear sus respectivas Oficinas de Catarsis Pasional.
Tras un período de ensayo, se instauró una reglamentación única:
Cualquier ciudadano deseoso de cometer un homicidio tenía la posibilidad de inscribirse en su O.C.P. Tras aceptar y firmar un dossier que comportaba un cierto número de advertencias y compromisos, se le garantizaba una Víctima.
La persona que presentaba legalmente una solicitud de asesinato debía a su vez aceptar el papel de Víctima unos meses más tarde... si sobrevivía.
Este era el principio fundamental. Un individuo dado podía cometer tantos homicidios como quisiera, pero, entre cada uno de sus homicidios, era designado a su vez obligatoriamente como Víctima. Si la Víctima conseguía matar a su Cazador, podía o retirarse de la competición, o proponer su candidatura para un nuevo homicidio.
Al cabo de diez años, se calculaba que un tercio de la población civilizada del mundo había solicitado cometer al menos un homicidio. Más tarde, la proporción se estabilizó en un veinticinco por ciento.
Los filósofos clamaban al cielo, pero los hombres con mentalidad práctica estaban satisfechos. La guerra había dejado de ser un problema colectivo: ahora era un asunto individual, tal como convenía.
Por supuesto, la institucionalización del homicidio se ramificó y se complicó. Una vez autorizado, como sucede con todas las cosas, el homicidio se convirtió en un negocio y una fuente de beneficios. Inmediatamente se crearon organizaciones, tanto para ofrecer sus servicios a las Víctimas como a los Cazadores.
La Oficina de Catarsis Pasional elegía el nombre de las Víctimas al azar. El Cazador disponía de dos semanas para cometer su homicidio, y debía actuar solo y sin ayuda. Se le proporcionaban el nombre, el domicilio y la descripción de su Víctima; tenía derecho a utilizar una pistola de calibre standard; le estaba prohibido llevar ningún tipo de protección corporal.
La Víctima era avisada una semana antes que el Cazador. Simplemente, se le comunicaba su designación. Ignoraba el nombre de su Cazador. Estaba autorizada a utilizar cualquier tipo de protección corporal, así como los servicios de los rastreadores que creyera necesarios. Un rastreador no podía matar, ya que el homicidio era privilegio de la Víctima y del Cazador. Pero un rastreador podía detectar la presencia de un extraño en el círculo de la Víctima, o descubrir a un tirador nervioso.
La Víctima podía planear todas las emboscadas que deseara con el fin de abatir a su Cazador.
Matar o herir a alguien por error - cualquier otro tipo de muerte estaba prohibido - era sancionado con una gravosa indemnización; el homicidio pasional estaba castigado con la pena de muerte, al igual que el homicidio por interés.
Lo más admirable de aquel sistema era que la gente que sentía deseos de matar podía hacerlo, y aquellos que no sentían el menor deseo - de hecho representaban la mayor parte de la población - no se veían obligados a convertirse en homicidas. Por fin ya no había ninguna guerra, ni siquiera la amenaza de una guerra. Tan sólo pequeñas, muy pequeñas guerras... centenares de miles de guerras individuales.

La idea de matar a una mujer no cautivaba en absoluto a Frelaine. Pero había firmado. No podía hacer nada. Y no sentía el menor deseo de renunciar a su séptima caza.
Consagró el resto de la mañana a aprenderse de memoria los datos que le había proporcionado la O.C.P. acerca de su Víctima, y luego archivó la carta. Janet Patzig vivía en Nueva York. Frelaine se sentía feliz por ello: le gustaba cazar en una gran ciudad, y siempre había sentido deseos de visitar Nueva York. No le precisaban la edad de su Víctima, pero, a juzgar por las fotos, no debía tener mucho más de veinte años.
Reservó por teléfono una plaza en el avión, se duchó, se vistió su Protector Especial cortado especialmente para aquella ocasión, eligió una pistola de su arsenal, la limpió escrupulosamente, la engrasó, la deslizó en el bolsillo especial del traje, y luego preparó su equipaje.
Se sentía tan excitado que parecía que su corazón quisiera saltársela del pecho. Es extraño, pensó: cada nuevo homicidio me produce un estremecimiento distinto. Es algo de lo que uno no se cansa nunca: como la repostería francesa, las mujeres, las buenas bebidas... Es algo siempre nuevo y siempre distinto.
Cuando estuvo listo, examinó su biblioteca para elegir los libros que se llevaría consigo. Poseía todas las mejores obras que trataban del tema. No iba a necesitar aquellas destinadas a las Víctimas, como La táctica de la Víctima de Fred Tracy, que insistía en la necesidad de un medio ambiente rigurosamente controlado, o ¡No piense usted como Víctima!, del doctor Frish. Aquellos manuales le interesarían dentro de unos meses, cuando le llegara su turno de ser, una vez más, la presa. Por ahora necesitaba libros de Cazador.
La obra clásica y definitiva era Estrategia de la Caza del Hombre, pero se la sabía ya casi de memoria. El Acecho y la Emboscada no era muy adecuado para las actuales circunstancias.
Escogió La Caza en las grandes ciudades de Mitwell y Clark, Rastrear al Rastreador de Algreen, y La Táctica de Grupo de la Víctima del mismo autor.
Todo estaba a punto. Dejó unas líneas al lechero, cerró su apartamento y tomó un taxi hacia el aeropuerto.

En Nueva York, escogió un hotel céntrico no muy lejos del barrio donde vivía su víctima. El trato sonriente y lleno de atenciones del personal del hotel le puso nervioso: le intranquilizaba ser reconocido tan fácilmente como un homicida recién llegado a la ciudad.
Lo primero que vio al penetrar en su habitación fue, cuidadosamente colocado en su mesilla de noche, junto con la bienvenida de la dirección, un folleto titulado: Cómo sacarle el máximo partido a la Catarsis Pasional. Frelaine sonrió mientras lo hojeaba.
Puesto que se trataba de la primera vez que venía a Nueva York, ocupó el resto de la tarde en pasear por el barrio de su Víctima y en contemplar escaparates.
Martinson & Black le fascinó.
Visitó el Salón de la Caza, donde se exhibían chalecos antibalas ultraligeros y sombreros blindados para uso de las Víctimas. Se interesó en la vitrina donde se presentaban los últimos modelos calibre 38. Un cartel publicitario proclamaba: «¡Empleen el Malvern de tiro directo, aprobado por la O.C.P.! Cargador de doce balas. Desviación garantizada inferior a 0,02 milímetros en un blanco situado a trescientos metros. ¡Acierte a su Víctima! ¡No arriesgue su vida teniendo a su alcance la mejor arma! ¡Malvern es seguridad!»
Frelaine sonrió. Era una buena publicidad, y el pequeño revólver pavonado daba una impresión de eficacia total. Pero el Cazador estaba contento con su propia pistola.
Existían también en el mercado falsos bastones que albergaban cuatro balas listas para ser disparadas. La publicidad los anunciaba como algo disimulado, práctico y seguro. Cuando era joven, Frelaine se había sentido apasionado por todas aquellas novedades que se sucedían de año en año, pero ahora estimaba que los viejos métodos tradicionales eran generalmente los que prestaban un mejor servicio.
Cuando salió del Salón, cuatro empleados del servicio de limpieza se alejaban con un cadáver aún caliente. Suspirando, Frelaine lamentó no haber estado allí para contemplar el espectáculo.

Cenó en un buen restaurante, y se acostó temprano.
A la mañana siguiente se paseó por los alrededores del domicilio de su Víctima, cuyos rasgos estaban profundamente grabados en su memoria. No miraba a nadie, y avanzaba a paso rápido, como si se dirigiera a un lugar muy concreto. Era así como actuaban los Cazadores experimentados.
Entró en un bar a beber algo, y reanudó su camino en dirección a Lexington Avenue.
La vio al pasar ante la terraza de un café. Era imposible equivocarse: se trataba de Janet. Sentada ante una mesa, con los ojos perdidos en el vacío, ni siquiera levantó la cabeza cuando él pasó cerca de ella.
Frelaine continuó hasta la esquina, sin detenerse. Allí, se detuvo y dio media vuelta. Sus manos temblaban. Exponerse así, sin ninguna protección... ¡Aquella chica estaba loca! ¿Acaso creía que gozaba de una protección sobrenatural?
Detuvo un taxi, y ordenó al conductor que diera la vuelta a la manzana. Cuando volvió a pasar por delante ella seguía en el mismo lugar. Frelaine la examinó atentamente. Parecía más joven que en las fotografías, pero era difícil hacerse una idea precisa de su edad. De todos modos, no tendría mucho más de veinte años. Su negro cabello, peinado con raya en medio y enrollado a cada lado formando como una concha sobre sus orejas, le daban el aspecto de una monja. Frelaine se estremeció al darse cuenta de que su expresión era de tristeza y resignación. Se preguntó si estaba dispuesta a hacer algún gesto para defender su vida.
Frelaine pagó al conductor y se metió en un drugstore. Había una cabina telefónica libre. Entró y llamó a la O.C.P.
- Están seguros de que una Víctima llamada Janet-Marie Patzig ha recibido su notificación? - preguntó.
- Un momento, por favor.
Frelaine tamborileó nerviosamente el cristal de la puerta mientras el funcionario buscaba la microficha correspondiente.
- Sí, señor. Tenemos su acuse de recibo. ¿Alguna impugnación?
- Oh, no. Tan sólo quería verificar.
Después de todo, se dijo, si aquella chica no quería defenderse, allá ella. Eso no era asunto suyo. El tan sólo estaba autorizado a matarla. Era su turno de caza.
De todos modos, decidió aplazarlo todo hasta el día siguiente e irse al cine. Cenó, regresó a su habitación, leyó el folleto de la O.C.P., y se acostó. Todo lo que tenía que hacer, pensó, con los ojos fijos en el techo, era meterle una bala en el cuerpo. Tomar un taxi, y disparar a través de la ventanilla.
- Pero así no es muy emocionante - se dijo tristemente antes de dormirse.

Al día siguiente, por la tarde, Frelaine regresó al mismo lugar. Llamó a un taxi y le dijo al conductor:
- Dé la vuelta a la manzana, pero muy lentamente.
- De acuerdo - respondió el hombre, con una sonrisa tan sardónica como perspicaz.
Desde su asiento, Frelaine se esforzó en descubrir algún rastreador. Aparentemente, no había ninguno. La joven tenía las manos ostensiblemente apoyadas sobre la mesa.
Un blanco fácil, inmóvil.
Frelaine rozó uno de los botones de su chaqueta cruzada. Una raja se abrió en la tela, y no tuvo que hacer más que cerrar su mano sobre la culata del revólver. La hizo bascular, comprobó el cargador, deslizó una bala en la recámara.
- Despacio - dijo al conductor.
El taxi pasó a velocidad de paseo ante el café. Frelaine apuntó cuidadosamente. Su dedo se crispó en el gatillo. Lanzó una maldición.
Un camarero acababa de interponerse entre la joven y el cañón del arma, y Frelaine no sentía el menor deseo de herir a nadie.
- Dé otra vuelta a la manzana - ordenó.
El conductor sonrió de nuevo y se retrepó en su asiento. ¿Se sentiría tan alegre si supiera que me dispongo a matar a una mujer?, se dijo Frelaine.
Esta vez no había ningún camarero en su campo de tiro. La chica estaba encendiendo un cigarrillo, con sus apagados ojos clavados en el encendedor. Frelaine apuntó a la frente de su víctima, exactamente entre los dos ojos, y retuvo el aliento.
Pero agitó la cabeza, bajó el arma y la metió de nuevo en su bolsillo para revólver.
¡Aquella idiota estaba impidiendo que extrajera todo el provecho de su catarsis!
Pagó al conductor, bajó del taxi y echó a andar.
Es demasiado fácil, se dijo a sí mismo. Estaba acostumbrado a cazas auténticas. Sus seis homicidios anteriores habían sido complicados. Las Víctimas habían intentado todos los trucos posibles. Una de ellas había contratado al menos una docena de rastreadores. Pero Frelaine había ido modificando su táctica de acuerdo con las circunstancias, y los había descubierto a todos. Una vez se había disfrazado de lechero, otra de cobrador. Se había visto obligado a seguir a su sexta Víctima hasta Sierra Nevada. Había sudado con ella, pero al fin la había conseguido.
¿Qué satisfacción podía extraer de una Víctima que se le ofrecía? ¿Qué pensaría de ello el Club de los Diez?
Encajó los dientes ante la idea del Club de los Diez. Quería formar parte de él. Incluso si renunciaba a matar a aquella chica, debería enfrentarse obligatoriamente a un cazador. Y, si sobrevivía, necesitaría añadir aún cuatro Víctimas más a su palmarés. ¡A aquel ritmo, jamás podría presentar su candidatura al Club!
Se dio cuenta de que estaba pasando ante el café. Obedeciendo a un súbito impulso, se detuvo.
- Buenos días - dijo.
Janet Patzig lo miró con unos ojos desbordantes de tristeza, pero no respondió.
Frelaine se sentó.
- Escuche - dijo -. Si la molesto, no tiene más que decirlo, y me iré. No soy de aquí. He venido a Nueva York para asistir a un Congreso. Y siento la necesidad de una presencia femenina junto a mí. Ahora bien, si la aburro, yo...
- No importa - dijo Janet Patzig con voz neutra.
Frelaine pidió un coñac. El vaso de su compañera estaba aún medio lleno.
La observó con el rabillo del ojo, y su corazón empezó a latir fuertemente. Tomar unas copas con su propia Víctima... ¡eso al menos era algo emocionante!
- Me llamo Stanton Frelaine - dijo, sabiendo que revelar su identidad no significaba nada.
- Yo, Janet.
- ¿Janet qué?
- Janet Patzig.
- Encantado de conocerla - dijo él, con un tono perfectamente natural -. ¿Tiene algo especial que hacer esta noche?
- Seguramente esta noche estaré muerta - dijo ella con voz suave.
Frelaine la contempló atentamente. ¿Acaso no comprendía quién era él? Como menos, debería estarle apuntando con un revólver por debajo de la mesa. Apoyó un dedo en el botón que accionaba la extracción de su arma.
- ¿Es usted una Víctima?
- Esa es la palabra exacta - dijo ella irónicamente -. En su lugar, yo no me quedaría aquí ni un segundo más. ¿De qué sirve recibir una bala perdida?
Frelaine no podía comprender cómo estaba tan tranquila. ¿Acaso pretendía suicidarse? Quizá se estaba burlando de todo. Quizás estaba deseando morir.
- ¿No tiene usted rastreadores? - preguntó, con el tono justo de sorpresa en su voz.
- No - ella le miró directamente a los ojos, y Frelaine se dio cuenta de algo en lo que hasta entonces no se había fijado: era muy hermosa. Hubo una pausa.
- Soy una estúpida - dijo finalmente ella, en tono intrascendente -. Un día me dije que me gustaría cometer un homicidio, y me inscribí en la O.C.P. Y luego... luego no pude hacerlo.
Frelaine asintió con simpatía.
- Sin embargo, el contrato es inflexible - continuó ella -. No he matado a nadie, pero pese a todo debo jugar mi papel de Víctima.
- ¿Por qué no ha contratado usted a ningún rastreador?
- Soy incapaz de matar a nadie. Absolutamente incapaz. Ni siquiera tengo revólver.
- ¡Y sin embargo, para salir así, como lo hace usted, se necesita una condenada dosis de valor! - en su fuero interno, Frelaine se sentía asombrado ante tanta estupidez.
- ¿Y qué quiere usted que haga? - dijo ella con indiferencia -. Una no puede ocultarse cuando es perseguida por un Cazador... un auténtico Cazador. Y no soy lo suficientemente rica como para desaparecer.
- Yo, en su lugar... - comenzó Frelaine.
- No - le interrumpió ella -. He reflexionado mucho sobre ello. Todo esto es absurdo. El sistema entero es absurdo. Cuando tuve a mi Víctima ante mi punto de mira, cuando vi que podía tan fácilmente... que podía... - se interrumpió y sonrió -. ¡Bah! No hablemos más de ello.
Frelaine se sintió impresionado por su deslumbrante sonrisa.

Hablaron de muchas cosas. El le habló de su trabajo, y ella le habló de Nueva York. Tenía veintidós años. Era actriz. Una actriz que nunca se había visto favorecida por la suerte.
Cenaron juntos, y cuando ella aceptó su invitación a un combate de gladiadores, Frelaine se sintió inundado de absurda alegría.
Llamó a un taxi - tenía la impresión de que pasaba todo su tiempo en taxi desde que había llegado a aquella ciudad -, y le abrió la puerta. Tuvo un instante de vacilación mientras ella se sentaba. Le hubiera podido disparar una bala en el corazón. Hubiera sido tan fácil.
Pero no lo hizo. Esperemos, pensó.
Los combates eran los mismos que podían verse en cualquier parte, y los gladiadores no exhibían un mayor talento que en cualquier otro lugar. Las reconstruciones históricas eran las habituales: el tridente contra la red, el sable contra la espada. Por supuesto, la mayor parte de los duelos eran a última sangre. Hubo combates de hombres contra toros, de hombres contra leones, de hombres contra rinocerontes, seguidos de escenas más modernas: barricadas defendidas por arqueros, encuentros de esgrima sobre la cuerda floja.
Fue una agradable velada. Frelaine llevó a la joven a su casa. Las palmas de sus manos estaban húmedas por el sudor. Nunca había experimentado una tal atracción hacia una mujer. ¡Y debía matarla!
No sabía qué actitud tomar.
Ella le propuso que subiera a tomar una copa. Se sentaron en el diván. Ella encendió un cigarrillo con un enorme encendedor y se recostó en el mullido respaldo.
- ¿Se quedará aún mucho tiempo en Nueva York? - preguntó ella.
- No lo creo - dijo él -. mi Congreso termina mañana.
Hubo un largo silencio. Finalmente, Janet dijo:
- Lamento que tenga que irse.
Callaron de nuevo. Luego, la joven se levantó para preparar las bebidas. Frelaine la siguió con la mirada mientras se alejaba hacia la cocina. Este era el momento. Se irguió, apoyó la mano en el botón... Pero no, el momento había pasado... irrevocablemente. Sabía que no iba a matarla. Uno no puede matar a quien ama. Y él la amaba.
Fue una revelación tan brusca como conmovedora. Había venido a Nueva York para matar, y en cambio...
Ella regresó con la bandeja y se sentó, con ojos ausentes.
- Te quiero, Janet - dijo él.
Ella se volvió a mirarle. Había lágrimas en las comisuras de sus ojos.
- No es posible - musitó -. Soy una Víctima. No voy a vivir mucho.
- Vivirás. Yo soy tu Cazador.
Ella le estudió unos instantes en silencio, luego se echó a reír nerviosamente.
- ¿Vas a matarme?
- No digas tonterías. Quiero casarme contigo.
Repentinamente, ella se refugió en sus brazos.
- ¡Oh, Dios mío! - Sollozó -. Esta espera... Tenía tanto miedo...
- Todo ha terminado. Date cuenta de lo irónico de la situación: ¡Vengo para asesinarle, y regreso casado contigo! Es algo que habremos de contar a nuestros hijos.
Ella le besó. Luego se echó hacia atrás en el diván y encendió otro cigarrillo.
- Apresúrate a hacer tus maletas - dijo Frelaine -. Quiero...
- Un momento - interrumpió ella -. No me has preguntado si yo te amo a ti.
- ¿Qué?
Ella seguía sonriendo, con el encendedor apuntando hacia él. Un encendedor en cuya base había un negro orificio... un orificio cuyo diámetro correspondía exactamente al calibre 38.
- No te burles de mí - dijo él -, levantándose.
- Estoy hablando en serio, querido.
Por una fracción de segundo, Frelaine se sorprendió de haberle calculado veinte años a Janet. Ahora que la veía bien - ahora que podía verla realmente -, se daba cuenta de que estaba rozando la treintena. Su rostro reflejaba una existencia febril, tensa.
- Yo no te amo, Stanton - dijo ella en voz muy baja, con el encendedor apuntando todavía hacia él.
Frelaine tragó saliva. Una parte de sí mismo permanecía aún fríamente objetiva y se maravillaba de las extraordinarias dotes de actriz de Janet Patzig. Ella lo había sabido desde un principio.
Apretó compulsivamente el botón, y el revólver saltó en su mano, listo para disparar.
El impacto le alcanzó en pleno pecho. Con aire de intenso asombro, se derrumbó sobre la mesa. El arma escapó de sus manos. Jadeando espasmódicamente, semiinconsciente, la vio apuntar cuidadosamente para el golpe de gracia.
- ¡Por fin voy a poder entrar en el Club de los Diez! - dijo ella. Su voz reflejaba todo el éxtasis del mundo.

FIN

Fausto Cunha - ULTIMO VUELO A MARTE




Marz, benamed planid,
Ker di Terra i Galax,
Marz, halt mi plás an tid.
Vol somrevirn' an pax.

(De «Canción de los Proxores de Campo Vhur», milenio 69. Citada por Shorne Gheorg.)

- Están viendo y oyendo a Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. La evacuación está tocando a su fin. Algunos marcianos van a quedarse. Ya no queda ningún terrestre en el planeta. Tras casi un millón de años, la historia se repite. No había hombres en Marte. Ya no hay más hombres en Marte.
«Este es Marte, el planeta amado. Marte, sus montañas, sus mares congelados, sus volcanes extintos, su viento infatigable. Vamos a realizar nuestro último reportaje en esta segunda patria del hombre.
«Visitemos primero a algunos de los viejos marcianos que han preferido quedarse. Según los científicos, dentro de muy poco tiempo Marte ya no podrá albergar ninguna forma de vida, excepto algún liquen, algún anaerobio. La permanencia de formas superiores será cada vez más costosa, y finalmente imposible. Podemos incluso decir que en los últimos siglos, en los últimos milenios, contando a partir de los grandes dislocamientos de glaciares, Marte llevaba una existencia artificial. Hablando con mayor exactitud, los terrestres nunca pudieron vivir aquí fuera de las ciudades-cúpulas. Para los propios marcianos, la llegada del hombre fue la redención de una raza que iba fatalmente a desaparecer. Vamos a descender un poco y a hablar con ese viejo habitante. ¿Cómo se llama, por favor?
- Ghoz.
- Perfectamente, Ghoz. ¿Por qué decidió quedarse? Usted ya sabe que esas cúpulas no resistirán muchos años. Ni siquiera los subterráneos resistirán mucho tiempo la presión del hielo.
- Siempre extraños esos marcianos. Milenios de contacto con nosotros, y continúan siendo casi iguales que en el período del Desembarco. Ghoz está diciendo que un viejo sueño de sus antepasados era ver Marte como era antes de la llegada de los hombres. El no tiene nada contra nosotros, y supone que nuestras equivocaciones fueron cometidas por el ansia de mostrarnos buenos con ellos. Ahora que se presenta una oportunidad de quedarse nuevamente solos, aún con la certeza de una muerte próxima, quieren aprovecharla. Dice que millones y millones de marcianos murieron y fueron sepultados aquí. Cuando el lienzo de hielo cubra el planeta y ninguna forma de vida perturbe ya la Paz Superior, entonces los Zenghiis - los Altos Espíritus - bajarán para explicarles a los que duermen bajo tierra su destino. Ghoz estará entre ellos. Muchas gracias, Ghoz. Y Paz Superior a nuestros hermanos dormidos.

- Están viendo y oyendo a Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. Vamos a telementalizar hacia Arcturus IV, donde se encuentra el profesor Shorne, de la Universidad Galáctica. ¿Profesor Shorne? Profesor Shorne, ¿quiere explicarnos el origen de la expresión «Marte, planeta amado»? Están viendo y oyendo, a través de Hiox, A-11, al profesor Shorne Gheorg, de la Universidad Galáctica, en Arcturus IV. Es uno de los mayores aerógrafos actuales.
- Hiox, el origen de esa expresión es controvertido y, para emplear un antiguo lugar común (lo cual queda bien, en un paleólogo), puede decirse que se pierde en la noche de los tiempos. En un documento del año 68.275, que tuve oportunidad de reproducir en mi trabajo Marte como Constante Cultural Galáctica, ya encontramos este geosintagma. Como se sabe, Marte fue el primer planeta visitado por el hombre. Pese a las dificultades materiales, los colonos se adaptaron tan bien que no quisieron regresar a la Tierra. Luego, Marte se convirtió en una especie de eje de los viajes interplanetarios, principalmente en el campo de las transmisiones. De esa época quedó una canción infantil, hoy naturalmente olvidada, que decía más o menos esto:

Hasta Marte voy riendo, amada mía.
Después, reza por mí...

«Realmente, lanzarse al espacio más allá de Marte era una aventura imprevisible, de esas de cerrar los ojos y rezar...
- ¿Rezar? ¿Qué palabra es esa?
- Es una palabra muy antigua, Hiox. Significa dirigirse a Dios.
- ¡Esos arqueólogos! Siempre descubriendo novedades. Prosiga, profesor Shorne, por favor.
- Bueno, Hiox. ¿Dónde estábamos? Ah, sí... Cuando nos establecimos en otros sistemas, Calixto y Titán hicieron que disminuyera un poco la importancia estratégica de Marte, pero esto no ocurrió hasta un milenio más tarde. Mientras tanto, el planeta Marte había sido ocupado por una élite, porque desde un principio se comprobó que allí no había nada que pudiera tentar la codicia humana. Hubo también, al parecer, un movimiento religioso o místico-filosófico...
- Profesor, tal vez nuestro público no entienda esa terminología tan especializada.
- ...llamado juwainismo, que hizo de Marte una especie de patria espiritual. Sus oyentes no se sentirán decepcionados si les digo también que mucha gente fue a Marte para curarse de ciertas dolencias. Existía la leyenda de que el clima de este planeta curaba el llamado «cáncer del espacio», aquella terrible... Hiox, me temo que va a tener usted que desmentalizar. Cuando empiezo a hablar me olvido del tiempo... ¡y usted sabe muy bien lo que es el tiempo en Arcturus IV!
- Puede hablar tranquilamente, profesor Shorne. Quiere decir usted que, habiendo sido Marte el primer peldaño del hombre en la conquista del Universo...
- El primer peldaño fue la Luna. Y yo no diría conquista, sino conocimiento.
- ...en el conocimiento del Universo, el hombre siguió viendo en Marte un símbolo, ¿no es así?
- No exactamente, Hiox. Yo diría que en Marte el hombre halló su verdadera naturaleza. Marte le dio una filosofía. El hombre comenzó a comprender la vida como un don sagrado, incorruptible.
- Muchas gracias, profesor Shorne Gheorg. Les habló el profesor Shorne, de la Universidad Galáctica, en Arcturus IV. Regresemos a Campo Vhur, en Marte. No creo que ninguno de nosotros pueda ni siquiera imaginarse los rudimentarios medios de que se servían los primeros astronautas para llegar aquí. Eran naves lentas que no ofrecían la menor seguridad... cohetes les llamaban en aquellos tiempos. Hoy, cualquier niño construiría por diversión una nave centenares de veces más segura y más rápida que aquellas. Pero fueron gente valerosa, para quienes no existía el peligro, en esas imperfectas máquinas, quienes sembraron la huella del hombre por el espacio. Arriesgaron su vida para legarnos un rudo pero precioso camino al Universo. Abrieron la Gran Senda, y todo eso que para nosotros es hoy simple rutina era para ellos un sueño cósmico, un sueño en el que soñaban casi sin esperanza...
- Vamos ahora a telementalizar con el doctor Monti-Hauser, en Ganímedes... ¿Doctor Monti-Hauser? Muchas gracias. Están viendo y oyendo al doctor Charlx Monti-Hauser, primer proxor-sness de las Oficinas Generales en Ganímedes. Doctor Monti-Hauser... no, por supuesto, puede entrar en su propia banda, a fin de cuentas yo soy A-11... Si pudiera apartarse un poco más de ese transmisor borgatrónico la recepción llegaría mejor... Doctor Monti-Hauser, ¿cómo describiría usted las primeras naves interplanetarias?
- El estudio de la prehistoria de la navegación interestelar fue mi especialidad. Todo lo que sé es que el hombre se aventuró a una travesía espacial en condiciones tan precarias que hoy no conseguimos reproducirlas en laboratorio, porque no disponemos de elementos suficientemente primitivos. Debieron realizar miles de experiencias, seguidas de miles de fracasos, y seguramente de igual número de muertes. Sabemos, por ejemplo, que en épocas remotas los hombres utilizaban para el transporte interno un rudimentario vehículo de locomoción aérea, un avión o algo así, que caía o estallaba con frecuencia. Las primeras naves parece que eran propulsadas por combustible, debían tener forma cilíndrica, terminada en un cono, aunque sabemos que las hubo también circulares o esféricas. Aceptaban la inercia y la caída libre, y preconcebían un espacio lineal, estando subordinadas a una noción de tiempo material externo. Debían contener un verdadero bosque de engranajes y de pequeños instrumentos de vuelo. Ese atraso en el diseño astronáutico fue tanto más espantoso cuando se sabe que data de esas remotas épocas el descubrimiento de las ondas sness y de la ley del espacio-energía de Appel-Muliro. No consigo imaginar cómo no les fue posible interpretar la constante AM como nuestra constante bútica y no previeron la hipomagnetización de los cuerpos que se dislocan en segmentos de espacio sometidos a la ley de Ruick, que no es más que una reversión buto-enantiomórfica progresiva. Si tomamos, por ejemplo...
- Les habla Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. Vamos a sobrevolar por última vez el querido planeta, contemplar por última vez los puntos donde edificamos nuestras ciudades, donde durante milenios convivimos con nuestros hermanos los marcianos. Muchos de ellos partirán también de su patria condenada... están, como nosotros, dispersos por toda la Galaxia, pero parece que nuestro sufrimiento es mayor. Irse de Marte es para ellos una aventura, una fatalidad. Para nosotros es una renuncia. Ahí está la cordillera donde, según la tradición, se posó el primer cohete terrestre. Esa sábana de hielo cubre lo que un día se llamó Nueva Moscú. Eso es lo que queda del río Nilo, que los marcianos llamaban de Rogh-Ezrat, o sea de «la Canción Errante». Muchos creen que Pharr es una palabra marciana; pero Pharr fue fundada por un astronauta que le dio el nombre de su pequeña ciudad en la Tierra. Brasil, nombre que recuerda uno de los países que dominaron la Tierra... ¡cuando aún estaba dividida en países! Nueva Roma, Nueva Tokio, Nueva Londres... la eterna vanidad humana. Esa enorme cúpula, la mayor de la Galaxia, alberga la vanidosa Nueva París, un día incendiada por los juwainistas, «el más hermoso monumento a la flaqueza humana», según la famosa definición de Rondiwar. París culta, París maldita, París abandonada. La tumultuoso Nueva París se viste ahora con el luto de la soledad. Las luces continuarán encendidas, los jardines seguirán floreciendo, por muchos años persistirá la ilusión de que París está viva. Duerme, ciudad ardiente, ahora que cesó tu fragor. Despídete de tus luces y de tus flores, de tus pecados y de tus glorias... fantasma luminoso, a la espera del último glaciar.

- ¿Hipnessor Levin? Les presentamos al Hipnessor Levin Wilk, de la Universidad Solar, en Australia. Hipnessor Levin, estamos telementalizando la evacuación del planeta Marte, aquí desde Campo Vhur. Habla Hiox, A-11, banda ilimitada. Entre libremente... Mientras sobrevolamos los restos de toda una civilización construida por dos mundos hermanos, desearíamos que nos hablase de la filosofía de los Descubridores.
- Yo no hablaría, Hiox, de los restos de una civilización. Diría más bien la primera etapa de una civilización que, en realidad, no sabemos hasta dónde nos conducirá. Tal vez seamos nosotros quienes llevemos la antorcha hasta el inicio del verdadero camino.
- Puede permanecer en la banda, Hipnessor. Disponemos de algunos minutos.
- Creo que me ha invitado porque la modestia del doctor Shorne... sí, estaba presenciando su telementalización... no le permitió hablar de lo que llamó «una nueva filosofía».
«Hoy la filosofía es nuestra ciencia básica, con muy pocos puntos en común con lo que tenía ese nombre en los primeros albores de nuestra civilización. En un remotísimo pasado hubo de hecho algunos filósofos, que podríamos llamar geniales, dado el material de que disponían. Algunos nombres fueron conservados por la tradición: Platón, Occam, Spinoza, Kant... Todos ellos vivieron más o menos en la misma época, y aunque sus escritos se han perdido, podemos deducir que eran simples especulaciones. Hubo también una figura llamada Cristo, que ejerció una prolongada influencia. Fueron esas figuras, y tal vez algunas otras, las que modelaron la conciencia del hombre e hicieron que con él llegasen hasta nosotros dos principios básicos: EL HOMBRE NO ES EL SEÑOR DEL UNIVERSO, y LA VIDA ES SAGRADA. Debe causarnos admiración el hecho de que estos postulados hayan sido formulados por seres que no podían construir sin primero destruir, ya fuera un animal o un simple átomo. Me gustaría darle un ejemplo aterrador: ¿sabe? destruían los árboles para hacer fuego o para construir casas, objetos.
- ¿Destruir un árbol para hacer fuego? ¿Para qué querían el fuego, si hay tantos otros medios de producir calor?
- Desgraciadamente, ese era su modo de pensar: hacer las cosas más sencillas por los métodos más complicados. Su concepto de la vida no comprendía más que la vida humana. Mataban a los animales, mataban a las plantas, sabemos incluso que mataban a otros hombres.
- Hipnessor, no espere mucha credulidad por parte de sus oyentes.
- Podría ir aún más lejos, Hiox. Tengo pruebas de que mataban a otros hombres. Había guerras. Una guerra es como si usted destruyera su casa y la casa de su vecino para que después alguien le pudiera vender un cepillo. Pero los primeros hombres en Marte comprendieron que no podían lanzarse a una campaña de exterminio contra los marcianos, aunque al inicio se produjeron muertes, provocadas más por el miedo que por la maldad. Comprendieron que debían depender de los marcianos en Marte, de las plantámbulas en Venus, que los hombres no podían ir matando por el Universo entero, y que la única manera de establecer un contacto armonioso con los demás seres era que todos los hombres poseyeran una única filosofía, adoptaran una única actitud - de comprensión, de respeto -, hacia todas las formas de vida. La Filosofía liberó al hombre de su primario instinto de defensa y de su terror ante lo desconocido. Debe adaptarse o retirarse, jamás destruir. Quien está en su propio suelo no puede ser nunca un enemigo.
- Recuerdo que tuvimos en SG-1909 un planeta cubierto del llamado «hongo de la lepra», y riquísimo en monóxido. Pienso principalmente en Cisne 61 y en Rigel. Pienso también en Venus en el tiempo de los primeros desembarcas, con sus plantámbulas pirofóricas que nos costaron tantas vidas, y que hoy nos son tan útiles.
- Creo que la filosofía contribuyó también a desarrollar los poderes mentales del hombre, quiero decir su capacidad de percepción y proyección extrasensoriales.
- Es posible. Antiguamente, el hombre se paraba delante de un ser desconocido sin saber lo que este iba a hacer ni cómo entrar en contacto con él. Entonces, simplemente, mataba.
- ¡Pero los árboles! ¿Qué necesidad había de matar los árboles?
- La ignorancia, Hiox, es como una locura...

- Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. Aquí cerramos nuestra telementalización de la última etapa de la evacuación de Marte. Mientras proyectábamos las operaciones, pudimos traer a nuestra banda algunos nombres conocidos y admirados como el profesor Shorne de Arcturus IV, el doctor Hauser, la historiadora Bluma Yomandar de la Universidad Galáctica, el marcianólogo Jonq Kardouzu...
«Marte. ¿Es un planeta que muere? ¿O es un planeta que nace para la verdadera vida de los planetas, la soledad y el silencio? La respuesta es poesía. Nunca más se posarán aquí nuestras astronaves. Marte será para nosotros una advertencia de que el hombre no puede permanecer quieto en el Universo. Marte, el planeta amado, el planeta muerto. Desde la Tierra podremos ver, a través de nuestros telescopios, la lenta agonía de esa querida tierra. Sí, tierra, como la nuestra. Los marcianos tienen una palabra para designar su suelo, pero para nosotros siempre fue tierra, la tierra.
«Vamos a regresar a bordo. ¡Ah, una sorpresa! Son los muchachos de Rogh-Isrohro, la vieja asociación de música marciana. Van a ser los últimos en embarcar. Ellos, con sus tradicionales instrumentos marcianos: el gólgar, el rintzuhl, el volvenine, el tólbar y la vieja gaita marciana, el rohro. Están ejecutando una vieja canción conocida de todos, una canción de despedida que ahora será para siempre. Aquí se despide Hiox, A-11, y lo que están oyendo es algo que sé que resonará en nuestros corazones a través de los siglos. Una canción que nuestros hijos también cantarán, con los ojos llenos de lágrimas:

Adiós, Marte, planeta amado.
Adiós tierra querida,
Tierra de arena azul y rojas montañas.

FIN

J. G. Ballard - TRECE A CENTAURO




Abel sabía
Tres meses antes, justo antes de cumplir dieciséis años, lo había adivinado, pero se había sentido demasiado inseguro de sí mismo, demasiado abrumado por la lógica de su descubrimiento, para mencionárselo a sus padres. En ocasiones, cuando yacía semidormido en su litera, mientras su madre canturreaba para sí alguna de las viejas canciones, reprimía deliberadamente la idea; pero siempre volvía, fastidiándolo con su insistencia, forzándolo a echar por la borda todo lo que durante largo tiempo había considerado corno el mundo real.
Ninguno de los otros jóvenes de la Estación podía ayudarlo. Estaban inmersos en los entretenimientos del Cuarto de Juego, o mordiendo lápices mientras hacían sus pruebas y deberes
- Abel, ¿qué te pasa? - lo llamó Zenna Peters, desde atrás, mientras él se dirigía distraídamente hacia el depósito vacío de la Cubierta D. - Pareces triste otra vez.
Abel vaciló al contemplar la sonrisa cálida y perpleja de Zenna, luego deslizó las manos en los bolsillos y se escabulló, saltando la escalera de metal para asegurarse de que ella no lo siguiera. Una vez Zenna se había escurrido subrepticiamente en el depósito sin invitación y él había arrancado la bombita del enchufe, haciendo añicos casi tres semanas de condicionamiento. El doctor Francis se había puesto furioso.
Mientras se apresuraba por el corredor de la Cubierta D, escuchó con atención buscando trazas de la presencia del doctor, que últimamente no le quitaba los ojos de encima, vigilándolo con astucia por entre los modelos plásticos del Cuarto de Juego. Tal vez la madre de Abel le hubiera contado de su pesadilla, de cuando él se despertaba empapado de sudor y de terror, con la imagen de un opaco disco ardiente fija ante sus ojos.
Si al menos el doctor Francis pudiera curarlo de ese sueño.
A intervalos de seis metros, mientras avanzaba por el corredor, debía trasponer una compuerta hermética, y sus manos tocaban vanamente las pesadas cajas de control ubicadas a ambos lados de la puerta. Desenfocando con deliberación la mente, Abel identificó algunas de las letras que aparecían encima de los interruptores
M-T-R        SC-N
pero se confundieron en un borrón tan pronto como trató de leer la frase completa. El condicionamiento era demasiado poderoso. Después de que él había atrapado a Zenna en el depósito, ella pudo leer algunos de los rótulos, pero el doctor Francis se la había llevado con tanta presteza que ni siquiera tuvo tiempo de repetirlos. Horas más tarde, cuando Zenna volvió, no recordaba nada.

Como siempre que entraba al depósito, esperó algunos segundos antes de encender la luz, mientras veía frente a él el pequeño disco de luz ardiente, que en sus sueños se expandía hasta llenar su cerebro como mil luces de arco. Parecía interminablemente distante, aunque de algún modo misterioso, potente y magnético, y despertaba adormecidas zonas de su mente, muy próximas a las que respondían a la presencia de su madre.
 Cuando el disco comenzó a expandirse, oprimió el interruptor.
Ante su sorpresa, el cuarto siguió sumido en la oscuridad. Manipuló torpemente el interruptor, y un leve gritó surgió de sus labios contra su voluntad.
De pronto se encendió la luz.
- Hola, Abel - dijo el doctor Francis con soltura, mientras su mano derecha colocaba la lamparita en su lugar - Ha sido todo un shock.
Se apoyó contra una canasta de metal
- Pensé que podríamos tener una charla sobre tu trabajo de composición.
Extrajo una carpeta de su traje de plástico blanco, en tanto que Abel se sentaba con rigidez. A pesar de su sonrisa insulsa y de sus ojos amistosos, había algo en el doctor Francis que hacía que Abel se pusiera en guardia.
¿Tal vez el doctor Francis también lo sabía?
- La Comunidad Cerrada - leyó el doctor Francis en voz alta -. Es un extraño tema para una composición, Abel.
Abel se encogió de hombros.
- El tema era a elección. ¿Acaso no se espera que elijamos algo inusual?
El doctor Francis hizo una mueca.
- Es una buena respuesta. Pero en serio, Abel, ¿por qué elegiste un tema como ése?
Abel deslizó los dedos sobre los cierres del traje. No tenían ninguna utilidad, pero soplando a través de ellos era posible inflar el traje.
- Bien, es una especie de estudio de la vida en la Estación, de cómo son las relaciones entre nosotros. ¿Sobre qué otra cosa se puede escribir?... No me parece que sea un tema tan extraño.
- Tal vez no lo sea. No hay motivo para que no escribas acerca de la Estación. Los otros cuatro también lo hicieron. Pero titulaste tu trabajo «La Comunidad Cerrada». La Estación no es cerrada Abel... ¿O sí?
- Es cerrada en el sentido de que no podemos ir afuera - explicó Abel con lentitud -. Eso es todo lo que quise decir.
- Afuera - repitió el doctor Francis -. Es un concepto interesante. Debes haber meditado mucho sobre el tema. ¿Cuándo empezaste a pensar de este modo?
- Después del sueño - dijo Abel. El doctor Francis había malentendido deliberadamente su uso de la palabra «afuera», y Abel buscó algún medio de ir al grano. Palpó en su bolsillo la pequeña plomada que siempre llevaba con él.
- Doctor Francis, tal vez pueda explicarme algo. ¿Por qué gira la Estación?
- ¿Gira? - el doctor Francis lo miró, interesado -. ¿Cómo lo sabes?
Abel se estiró y ató la plomada al puntal del techo.
- El espacio entre la bola y la pared es aproximadamente un octavo de pulgada mayor en la base que en la cúspide. La fuerza centrífuga la desvía hacia afuera. He calculado que la Estación gira a alrededor de sesenta centímetros por segundo.
El doctor Francis asintió pensativamente.
- Es casi correcto - dijo con naturalidad. Se puso de pie. Acompáñame a mi oficina. Parece que ha llegado el momento en que tú y yo debemos tener una seria conversación.
La Estación tenía cuatro niveles. Los dos inferiores contenían los alojamientos de la tripulación, dos cubiertas circulares de cabinas que albergaban a las catorce personas a bordo de la Estación. El clan de mayor categoría era el de los Peters, encabezado por el capitán Theodore, un hombre grande y severo, de carácter taciturno, que salía de Control en contadas ocasiones. A Abel jamás se le había permitido entrar allí, pero Matthew, el hijo del capitán, le había descripto a menudo la silenciosa cabina en forma de cúpula llena de diales luminosos y luces centelleantes, el extraño zumbido musical.
Todos los miembros masculinos del clan Peters trabajaban en Control: el Abuelo Peters, un viejo de cabello blanco y ojos jocosos, había sido capitán antes de que Abel naciera, y junto con la esposa del capitán y Zenna, constituía la élite de la Estación.
 Los Granger, sin embargo, el clan al que pertenecía Abel, eran en muchos aspectos más importantes, tal como Abel había empezado a advertir. El funcionamiento cotidiano de la Estación, la minuciosa programación de ejercicios de emergencia, órdenes del día y menús para la proveeduría eran responsabilidad de su padre, Matthias, y sin su mano firme pero flexible los Bakers, que limpiaban las cabinas y estaban a cargo de la proveeduría, no hubieran sabido qué hacer. Y solo gracias a la deliberada confusión de horarios de Recreación que su padre había planeado se reunían los Peters y los Baker, pues de otro modo ambas familias hubieran permanecido indefinidamente en sus cabinas.
Por fin, estaba el doctor. Francis. No pertenecía a ninguno de los tres clanes. A veces Abel se preguntaba de dónde había venido el doctor Francis, pero su mente siempre se obnubilaba ante esta clase de preguntas, pues los bloques de condicionamiento aislaban como muros de contención las etapas de sus ideas (la lógica era una herramienta peligrosa en la Estación). La energía y la vitalidad del doctor Francis, su permanente buen humor -en cierto sentido, era la única persona de la Estación que hacía bromas alguna vez- no condecían con el temperamento de los demás. A pesar de lo mucho que le disgustaba el doctor Francis algunas veces por su costumbre de andar husmeando y por ser un sabelotodo, Abel se daba cuenta de que la vida en la Estación sería espantosa sin él.
El doctor Francis cerró la puerta de su cabina e indicó una silla a Abel. Todos los muebles de la Estación estaban asegurados al piso, pero Abel advirtió que el doctor Francis había desatornillado su silla para poder inclinarla hacia atrás. El enorme cilindro a prueba de vacío del tanque en el que dormía el doctor Francis sobresalía de la pared, con su masiva estructura de metal que podía soportar cualquier accidente que sufriera la Estación. Abel aborrecía la idea de dormir en el cilindro -afortunadamente, todos los alojamientos de la tripulación eran a prueba de accidentes- y se preguntaba por qué motivo el doctor Francis habría elegido dormir solo en la Cubierta A.
- Dime, Abel - comenzó el doctor Francis - ¿se te ha ocurrido preguntarte alguna vez por qué está aquí la Estación?
Abel se encogió de hombros.
- Bien - dijo - está proyectada para mantenernos con vida, es nuestro hogar.
- Sí, es verdad; pero obviamente tiene algún otro propósito además de nuestra supervivencia. En primer lugar, ¿quién crees que la construyó?
- Supongo que nuestros padres, o nuestros abuelos. O sus abuelos.
- Bastante correcto. ¿Y adónde estaban antes de construirla?
Abel luchó con esta reductio ad absurdum.
- No sé - dijo - ¡deben haber estado flotando en el aire!
El doctor Francis unió su risa a la de él.
- Una idea maravillosa. En realidad no está muy lejos de la verdad. Pero no podemos aceptarla así como así.
La serena actitud del doctor Francis le dio una idea.
- ¿Tal vez vinieron de otra Estación? - dijo Abel -. ¿De una Estación aún mayor?
El doctor Francis asintió estimulándolo.
- Brillante, Abel. Una deducción magnífica. Muy bien, supongamos eso: en alguna parte, muy lejos de nosotros, existe una enorme Estación, quizá cien veces más grande que ésta, tal vez mil veces mayor. ¿Por qué no?
- Es posible - admitió Abel, aceptando la idea con sorprendente facilidad.
- Bien. Ahora recuerda tu curso de mecánica avanzada... el imaginario sistema planetario, con cuerpos en órbita, que se mantienen unidos por medio de su mutua atracción gravitacional... ¿lo recuerdas? Bien, supongamos aún más, que ese sistema existe en realidad... ¿está bien?
- ¿Aquí? - dijo Abel con rapidez -. ¿En su cabina? ¿En su cilindro para dormir?
El doctor Francis se recostó en su silla.
- Abel, se te ocurren cosas sorprendentes. Interesante asociación de ideas. No, el sistema es demasiado grande para estar aquí. Trata de imaginarte un sistema planetario girando en una órbita alrededor de un cuerpo central de tamaño absolutamente enorme, cada planeta un millón de veces más grande que la Estación.
Cuando Abel asintió, el doctor prosiguió.
- E imagina que la gran Estación, la que es mil veces más grande que ésta, estuviera unida a uno de esos planetas, y que sus tripulantes decidieron ir a otro planeta. De modo que construyen una Estación más pequeña, del tamaño de la nuestra, y la lanzan a través del espacio. ¿Tiene sentido?
De algún modo muy extraño, los conceptos completamente abstractos le parecían menos irreales que lo que había esperado. En las profundidades de su mente se agitaban desvaídos recuerdos, relacionados con lo que ya había adivinado acerca de la Estación. Miró con fijeza al doctor Francis.
- ¿Está insinuando que eso es lo que está haciendo la Estación? - preguntó -. ¿Qué el sistema planetario existe?
El doctor Francis asintió.
- Casi lo habías adivinado antes de que te lo dijera. Inconscientemente, lo has sabido desde hace años. Dentro de unos minutos voy a quitarte algunos bloques de condicionamiento, y cuando te despiertes, dentro de un par de horas, comprenderás todo. Entonces sabrás que la Estación es en realidad una nave espacial, que vuela desde nuestro hogar, el planeta Tierra, donde nacieron nuestros padres, hacia otro planeta a millones de millas de distancia, en otro sistema orbital. Nuestros abuelos siempre vivieron en la Tierra, y nosotros somos las primeras personas que emprenden un viaje así. Puedes sentirte orgulloso de estar aquí. Tu abuelo, que se ofreció voluntariamente para el viaje, era un gran hombre, y nosotros tenemos que hacer todo lo que podamos para que la Estación siga en marcha.
Abel asintió con rapidez.
- ¿Cuándo llegaremos allí... al planeta hacia el que nos dirigimos?
El doctor Francis se miró las manos y su rostro se ensombreció.
- Jamás llegaremos, Abel. El viaje es demasiado largo. Este es un vehículo espacial multigeneracional: solo nuestros hijos llegarán allí, y para entonces, ya serán viejos. Pero no te preocupes, seguirás pensando en la Estación como en tu único hogar, y es deliberado, para que tú y tus hijos sean felices aquí.
Se dirigió hacia la pantalla del monitor de TV por medio del cual se mantenía en contacto con el Capitán Peters, y sus dedos juguetearon con los botones de los controles. Repentinamente, la pantalla se iluminó y un relámpago de intensos puntos de luz estalló en la cabina, arrojando una brillante fosforescencia sobre las paredes y salpicando las manos y el traje de Abel. Atónito, Abel contempló los enormes globos de fuego, aparentemente petrificados en medio de una gigantesca explosión, suspendidos en el aire y formando vastos dibujos.
- Esta es la esfera celeste - explicó el doctor Francis - el campo estelar donde se mueve la Estación.
Señaló una brillante mancha de luz en la mitad inferior de la pantalla.
- Esto es Alfa del Centauro, la estrella alrededor de la cual gira el planeta en el que la Estación se apoyará algún día.
Se volvió hacia Abel.
- Recuerdas todos estos términos que estoy empleando, ¿no es cierto, Abel? Ninguno te parece extraño.
Abel asintió, y las fuentes de su memoria inconsciente inundaban su mente a medida que el doctor Francis hablaba. La pantalla de TV quedó en blanco para luego revelar otra escena. Aparentemente, contemplaban desde arriba una enorme estructura en forma de trompo, desde cuyo centro sobresalían los flancos de una torre metálica. En el fondo, el campo estelar rotaba lentamente en la misma dirección que las agujas del reloj.
- Esta es la Estación - explicó el doctor Francis - vista desde una cámara montada en el cabezal de proa. Todos los controles visuales deben hacerse en forma indirecta, ya que de otro modo la radiación estelar nos cegaría. Justo debajo de la nave verás una estrella sola, el Sol, de donde partirnos cincuenta años atrás. Ahora es apenas visible a causa de la distancia, pero el disco ardiente que ves en tus sueños es un profundo recuerdo heredado de él. Hemos hecho lo posible para borrarlo, pero todos lo vemos a nivel inconsciente.
Accionó el interruptor del aparato y el brillante diseño de luces vaciló y se esfumó.
- La estructura social de la nave es mucho más compleja que la mecánica, Abel. Hace ya tres generaciones que la Estación partió, y los nacimientos, matrimonios y otra vez nacimientos se han sucedido exactamente de acuerdo con lo programado. Como heredero de tu padre, se te demandará mucha paciencia y comprensión. Cualquier desunión provocaría un desastre. Los programas de condicionamiento solo están equipados para darte un esbozo general del curso a seguir. Lo más importante quedará a tu cargo.
- ¿Usted estará siempre aquí?
El doctor Francis se puso de pie.
- No, Abel. Ninguno de nosotros vivirá para siempre. Tu padre morirá, y también el capitán Peters, y yo mismo.
Se dirigió hacia la puerta.
- Ahora iremos a Condicionamiento. Dentro de tres horas, cuando despiertes, descubrirás que eres un hombre nuevo.
De regreso a su cabina, el doctor Francis se reclinó cansadamente contra la mampara, palpando con los dedos los pesados remaches, un poco descascarados en los lugares donde el metal se había oxidado. Fatigado y desalentado, encendió el aparato de TV y contempló con mirada ausente la última escena que le había mostrado a Abel, la vista frontal de la nave. Estaba a punto de seleccionar otro cuadro cuando advirtió una sombra oscura que oscilaba sobre la superficie del casco.
Se inclinó hacia adelante, para examinarla, frunciendo el ceño con fastidio cuando la sombra se alejó
lentamente hasta perderse entre las estrellas. Oprimió otro botón y la pantalla se dividió en un gran tablero de ajedrez, de cinco cuadros de longitud por cinco de ancho. Control aparecía en la hilera superior, la cubierta principal de navegación y pilotaje iluminada por el atenuado resplandor de los paneles de instrumentos; el capitán Peters, impasible, estaba sentado ante la pantalla de navegación.
A continuación, contempló cómo Matthias Granger comenzaba su inspección vespertina de la nave. La mayoría de los tripulantes parecían razonablemente felices, pero sus rostros carecían de vitalidad. Todos pasaban al menos dos o tres horas diaria bajo la luz ultravioleta que inundaba la sala de recreación, pero la palidez persistía, tal vez como manifestación de la convicción inconsciente de que habían nacido, y estaban viviendo, en el lugar que también sería su tumba. Sin las continuas sesiones de condicionamiento y la reanimación hipnótico de las voces subsónicas, ya se habrían convertido en autómatas despojados de voluntad.
Apagando el receptor, el doctor Francis se aprestó a introducirse en su cilindro de dormir, la toma de aire tenía un metro de diámetro, a la altura de la cintura. El obturador temporal estaba en cero, y lo movió hasta que marcó doce horas, ubicándolo de tal modo que solo pudiera abrirse desde adentro. Cerró la toma de aire y gateó sobre el mullido colchón; cerró la puerta de golpe.
Tendido bajo la débil luz amarilla, deslizó los dedos por el enrejado de ventilación dé la pared trasera, conectó el enchufe, y lo giró con fuerza. En algún lado, un motor eléctrico zumbó brevemente, la pared terminal del cilindro se abrió con lentitud como la puerta de una cripta, y la brillante luz del día entró a raudales.
Rápidamente, el doctor Francis salió a una pequeña plataforma de metal que sobresalía de la parte superior de una enorme cúpula blanca recubierta de amianto. A quince metros por encima de ella se alzaba el techo de un gran hangar. Un laberinto de caños y cables atravesaba la superficie de la cúpula, entrelazándose como los vasos sanguíneos de un gigantesco ojo congestionado, y una angosta escalera permitía el descenso al piso. La cúpula completa, de unos cuarenta y cinco metros de diámetro, giraba lentamente. Al otro extremo del hangar había cinco camiones detenidos junto a los depósitos, y un hombre de uniforme marrón lo saludó con la mano desde una de las oficinas de paredes de vidrio.
Cuando llegó al pie de la escalera, saltó al piso del hangar, ignorando las miradas curiosas de los soldados que descargaban los camiones. A mitad de camino estiró el cuello para mirar la masa giratoria de la cúpula. Un lienzo negro, perforado, de quince metros cuadrados, que semejaba un fragmento de planetario, colgaba del techo por encima de la cúspide de la cúpula, con una cámara de TV directamente por debajo de él, y una gran esfera de metal a un metro y medio de las lentes. Una de las sogas de sostén se había cortado, y el lienzo estaba ligeramente caído hacia un lado, revelando un pasadizo que corría por el medio del techo.
Le señaló el problema a un sargento de mantenimiento, mientras se entibiaba las manos en una de las salidas de ventilación de la cúpula.
- Tendrá que volver a atar esa cuerda. Algún tonto andaba por el pasadizo, proyectando su sombra directamente sobre el modelo. Lo pude ver con claridad en la pantalla de TV. Afortunadamente, nadie más lo vio.
- Muy bien, doctor, me ocuparé de eso - rió entre dientes, con amargura -. Sin embargo, hubiera sido gracioso. Les hubiéramos dado algo para preocuparse de verdad.
El tono del hombre fastidió a Francis.
- Ya tienen mucho de qué preocuparse, tal como están.
- No lo sé, doctor. Alguna gente de aquí piensa que lo tienen todo servido. Tranquilos y calentitos allí adentro, sin otra cosa que hacer más que sentarse y escuchar los ejercicios hipnóticos -. El hombre paseó una mirada desolada por el aeropuerto abandonado que se extendía hasta la fría tundra que rodeaba el perímetro, y se levantó el cuello.
- Nosotros - dijo - los muchachos de la Madre Tierra somos los que hacemos todo el trabajo. Sí necesita algún otro cadete para el espacio, doctor, no se olvide de mí.
Francis se las arregló para sonreír, y entró en la oficina de control, esquivando a los empleados sentados ante las mesas de caballete, frente a las gráficas de evolución. Cada una de éstas ostentaba el nombre de uno de los pasajeros de la cúpula y un análisis tabulado de su evolución en los tests psicométricos y en los programas de condicionamiento. Otras gráficas consignaban las órdenes del día, que eran copia de las que Matthias Granger había despachado esa mañana.
En la oficina del coronel Chalmers, Francis se sentó con gratitud en el tibio ambiente, describiendo los rasgos sobresalientes de sus observaciones diarias.
- Querría que pudiera entrar ahí y moverse entre ellos, Paul - concluyó -. No es lo mismo que espiarlos a través de las cámaras de TV. Tiene que hablarles, enfrentarse con gente como Granger y Peters.
- Tiene razón, son hombres muy interesantes, como todos los demás. Lástima que estén desperdiciados allí.
- No están desperdiciados - insistió Francis -. Cada dato será inmensamente valioso cuando parta la primera nave.
Ignoró el murmullo de Chalmers: «Si es que parte», y continuó:
- Zenna y Abel me preocupan un poco. Creo que será necesario adelantar la fecha de su matrimonio. Sé que muchos lo desaprobarán, pero la joven está tan madura ahora, a los quince años, como lo estará dentro de cuatro años. Además ejercerá una influencia beneficiosa sobre Abel, le impedirá que piense demasiado.
Chalmers sacudió la cabeza, dudando.
- Parece una buena idea... ¿pero una chica de quince con un muchacho de dieciséis? Provocará una explosión, Roger. Técnicamente, son menores bajo tutela, todas las ligas de la decencia se alzarán en armas.
Francis, fastidiado, hizo una mueca.
- ¿Tienen necesidad de enterarse? Tenemos un verdadero problema con Abel, el muchacho es demasiado inteligente. Casi había deducido por sí solo que la Estación es una nave espacial, simplemente que carecía del vocabulario para describirlo. Ahora que comenzamos a levantar los bloques de condicionamiento, querrá saberlo todo. Será arduo impedir que sospeche que hay gato encerrado, especialmente por la negligencia con que funciona este lugar. ¿Vio la sombra en la pantalla de TV? Fue una condenada suerte que Peters no sufriera un ataque cardíaco.
Chalmers asintió.
- Ya he solucionado eso. Es lógico que se cometan algunos errores, Roger. La tripulación de control que trabaja alrededor de la cúpula tolera este condenado frío. Trate de recordar que la gente de afuera es tan importante como la que está adentro.
- Por supuesto. El verdadero problema es que el presupuesto está absurdamente descatolizado. Solo lo revisaron una vez en cincuenta años. Tal vez el general Short pueda despertar el interés oficial, conseguirnos un nuevo presupuesto. Parece un tipo muy activo.
Chalmers frunció la boca, como si dudara, pero Francis prosiguió:
- No sé si las cintas se habrán desgastado, pero el condicionamiento negativo no funciona tan bien como antes. Probablemente tengamos que corregir los programas. He comenzado por aumentar la graduación para Abel.
- Sí, lo vi en la pantalla de aquí. Los muchachos de control de aquí al lado se fastidiaron bastante. Uno o dos de ellos son tan entusiastas como usted, Roger, han estado programando con tres meses de anticipación. Lo que usted hizo significa para ellos que han malgastado su tiempo. Creo que debería consultar conmigo antes de tomar decisiones como ésta. La cúpula no es su laboratorio privado.
Francis aceptó la reprimenda.
- Lo siento - dijo sin convicción - fue una de esos decisiones de emergencia. No podía hacer otra cosa.
Con suavidad, Chalmers reprobó el argumento.
- No estoy tan seguro - dijo -. Creo que exageró bastante el aspecto de la duración del viaje. ¿Por qué se salió de lo programado para decirle que jamás llegará a otro planeta? Eso solo sirve para aumentar su sentimiento de aislamiento, haciéndonos más difíciles las cosas en caso de que decidamos acortar el viaje.
Francis lo miró con sorpresa.
- ¿Pero no hay probabilidades de que eso suceda, verdad?
Chalmers hizo una pausa y quedó pensativo.
- Roger, de verdad le recomiendo que no se comprometa demasiado con el proyecto. Repítase a sí mismo que ellos no viajan a Alfa del Centauro. Están aquí, en la Tierra, y si el gobierno lo dispusiera, los dejarían salir mañana mismo. Sé que la corte tendría que sancionarlo, pero esa es solo una formalidad. Hace cincuenta años que se inició este proyecto y un gran número de personas influyentes sienten que ha seguido adelante durante demasiado tiempo. Más aún desde que los fracasados programas espaciales de las colonias de Marte y de la Luna fueron interrumpidos. Creen que el dinero se malgasta aquí, para que se entretengan algunos psicólogos sádicos.
- Usted sabe que no es cierto - dijo Francis - Puedo haber actuado apresuradamente, pero en general este proyecto ha sido escrupulosamente conducido. Sin exagerar, en caso de que se enviara una nave multigeneracional a Alfa del Centauro, no habría otra cosa que hacer más que duplicar lo que ha ocurrido aquí, hasta el último estornudo. ¡Si la información que hemos obtenido hubiera estado disponible, las colonias de Marte y de la Luna no habrían fracasado jamás!
- Cierto. Pero irrelevante. Usted no comprende: cuando todo el mundo se hallaba ansioso por ir al espacio, estaban preparados para aceptar la idea de que se encerrara a un pequeño grupo en un tanque durante cien años en especial porque la tripulación original se ofreció voluntariamente. Ahora que el interés se ha evaporado, la gente ha comenzado a sentir que hay algo obsceno en este zoológico humano; lo que comenzó como una gran aventura con el espíritu de Colón, se ha trasformado en una espeluznante broma. De algún modo hemos aprendido demasiado: la estratificación social de las tres familias es una clase de información no muy bien recibida, que no favorece en absoluto al proyecto. Tampoco lo favorece la absoluta tranquilidad con que los hemos manipulado, haciéndoles creer todo lo que hemos querido.
Chalmers se inclinó sobre el escritorio.
- Confidencialmente, Roger, el general Short ha tomado el mando solo por una razón: para clausurar este lugar. Puede llevar años, pero le advierto que se hará. Ahora el trabajo será sacar a esa gente de allí, no mantenerlos encerrados.
Francis miró a Chalmers con fijeza, desolado.
- ¿De verdad lo cree?
- Francamente, Roger, sí. Este proyecto no debería haberse puesto en práctica jamás. No se puede manipular a la gente como lo hacemos: los interminables ejercicios hipnóticos, los forzados casamientos entre niños; fíjese en usted: hace cinco minutos pensaba seriamente en casar a dos adolescentes con el solo objeto de impedir que siguieran usando sus cerebros. Todo eso degrada la dignidad humana, todos los tabúes, el creciente grado de introspección, hay veces en que Peters y Granger no hablan con nadie durante dos o tres semanas, el modo en que la vida en la cúpula se ha hecho tolerable, aceptando una situación descabellada como si fuera normal. Creo que la reacción contra el proyecto es saludable.
Francis miró en dirección a la cúpula. Un grupo de hombres cargaba la llamada «comida comprimida» (en realidad, alimentos congelados a los que se le había quitado la etiqueta) en la escotilla de la proveeduría. La mañana siguiente, cuando Baker y su esposa digitaran el menú prestablecido, las provisiones se enviarían con rapidez, aparentemente desde la bodega de carga. Francis sabía que, para alguna gente, el proyecto podía parecer un completo fraude.
- La gente que se ofreció voluntariamente aceptó el sacrificio - dijo suavemente -. ¿Cómo se las va a arreglar Short para que salgan? ¿Abriendo la puerta y silbándoles?
Chalmers sonrió con cansancio.
- Short no es tonto, Roger. Está tan sinceramente preocupado por el bienestar de esa gente como usted mismo. La mitad de la tripulación, en especial los más viejos, se volverían locos en cinco minutos. Pero no se sienta decepcionado, el proyecto ya ha probado su valor.
- No, no hasta que «aterricen». Si el proyecto se interrumpe, el fracaso será nuestro, no de ellos. No podernos racionalizado diciendo que es cruel o desagradable. Se lo debemos a las catorce personas de la cúpula, les debemos que el proyecto siga funcionando.
Chalmers lo miró astutamente.
- ¿Catorce? ¿Usted quiere decir trece, no es verdad, doctor? ¿O usted también está en el interior de la cúpula?

La nave había dejado de rotar. Sentado en Comando ante su escritorio, planeando los ejercicios de simulacro de incendio del día siguiente, Abel advirtió la súbita ausencia de movimiento. Durante toda la mañana, mientras caminaba por la nave - ya no usaba más el término Estación - había advertido una fuerza que lo atraía hacia adentro, como sí tuviera una pierna más corta que la otra.
Cuando se lo mencionó a su padre, éste solo le respondió:
- El capitán Peters está a cargo de Control. Deja que él se preocupe de lo concerniente a la navegación.
Esta clase de consejo no significaba nada para Abel. Durante los dos meses anteriores, su mente había atacado vorazmente todo lo que había a su alrededor, explorando y analizando examinando cada faceta de la vida en la Estación. Un enorme vocabulario - antes suprimido - de términos y relaciones abstractas subyacía en latencia debajo de la superficie de su mente, y nada le impediría aplicarlo.
Durante la comida, interrogó sin pausa a Matthew Peters acerca de la ruta de vuelo de la nave, la gran parábola que los llevaría a Alfa del Centauro.
- ¿Qué sucede con las corrientes que se originan dentro de la nave? - preguntó -. La rotación estaba destinada a eliminar los polos magnéticos producidos con la construcción original de la nave, ¿Cómo va a compensar eso?
Matthew, parecía perplejo.
- En realidad, no estoy seguro. Probablemente los instrumentos se compensen en forma automática.
Se encogió de hombros ante la sonrisa escéptica de Abel.
- De todos modos - agregó el capitán - mi padre lo sabrá mejor que yo. No hay duda de que estamos en el curso correcto.
- Eso espero - murmuró Abel para sí. Mientras más interrogaba Abel a Matthew acerca de los procedimientos de navegación que él y su padre llevaban a cabo en Control, más obvio aparecía que su función era realizar verificaciones ordinarias de instrumentos, y que su papel se limitaba a remplazar las luces quemadas de los pilotos. La mayor parte de los instrumentos funcionaban automáticamente, así que el capitán y su padre bien podrían haber estado observando consolas repletas de lana de colchón.
¡Qué gran burla si era cierto!
Sonriendo para sí, Abel advirtió que lo que había pronunciado no era, probablemente, más que la verdad. Era poco probable que la navegación se confiara a la tripulación, ya que el más ínfimo error humano podía hacer que la nave se descontrolara irremisiblemente, lanzándose contra alguna estrella fugaz. Los que planearon la nave habían sellado los pilotos, poniéndolos fuera del alcance de la tripulación, a la que habían confiado algunas tareas livianas de supervisión que creaban una ilusión de control.
Esa era la verdadera clave de la vida a bordo de la nave. Ninguna de las funciones de los pasajeros tenía la jerarquía que aparentaba tener. La programación de cada día, de cada minuto, que él y su padre llevaban a cabo era meramente una serie de variaciones de un esquema prestablecido; las permutaciones posibles eran infinitas, pero el hecho de que pudiera enviar a Matthew Peters a la comisaría a las 12 en vez de a las 12:30, no le confería ningún poder real sobre la vida de Matthew. Los programas maestros impresos por las computadoras seleccionaban los menús del día, los ejercicios de seguridad y los períodos de recreación, y una lista de nombres para elegir, pero el pequeño margen de elección permitido, los dos o tres nombres extra, eran solo en caso de enfermedad, no para ofrecer a Abel ningún tipo de libertad de elección.
Algún día, se había prometido Abel, se programaría a sí mismo para revertir las sesiones de condicionamiento. Astutamente, adivinó que el condicionamiento aún bloqueaba mucho material interesante, que la mitad de su mente seguía sumergida. Algo de lo que sucedía en la nave le sugería que...
- Hola, Abel, pareces estar muy abstraído - el doctor Francis se sentó a su lado -. ¿Qué te preocupa?
- Solo estaba calculando algo - explicó Abel con rapidez -. Dígame, suponiendo que cada miembro de la tripulación consuma alrededor de un kilo y medio de alimentos diarios, es decir aproximadamente media tonelada por año, el peso total de la carga debería ser de unas 800 toneladas, sin contar los suministros para después del aterrizaje. Debería haber alrededor de 1.500 toneladas a bordo. Un peso considerable.
- No en términos absolutos, Abel. La Estación es solo una pequeña fracción de la nave. Los reactores principales, los depósitos de combustible y las bodegas pesan en conjunto más de 30.000 toneladas. Ellos producen la atracción gravitacional que te sujeta al suelo.
Abel sacudió lentamente la cabeza.
- Difícilmente, doctor. La atracción debe provenir de los campos gravitacionales estelares, o el peso de la nave debería ser de alrededor de 6 x 1020 toneladas.
El doctor Francis miró pensativamente a Abel, consciente de que el joven le había tendido una trampa muy simple. La cifra que había citado era casi la masa de la Tierra.
- Son problemas muy complejos, Abel. Yo no me preocuparía demasiado por la mecánica estelar. Es responsabilidad del capitán Peters.
- No intento usurpársela - le aseguró Abel - sino simplemente extender mis conocimientos. ¿No cree que valdría la pena apartarse un poco de las reglas? Por ejemplo, sería interesante comprobar los efectos del aislamiento continuo. Podríamos seleccionar un grupo pequeño, someterlo a estímulos artificiales, incluso encerrarlos aparte del resto de la tripulación y condicionarlos para que crean que están de regreso en la Tierra. Podría ser un experimento realmente valioso, doctor.

Mientras esperaba en la sala de conferencias que el general Short concluyera su discurso de apertura, Francis se repitió la última oración, preguntándose ociosamente qué hubiera pensado Abel, con su ilimitado entusiasmo, del círculo de rostros derrotados que rodeaba la mesa.
«...lamento tanto como ustedes, caballeros, la necesidad de interrumpir el proyecto. Sin embargo, ahora que la decisión proviene del Departamento Espacial, es nuestro deber implementarla. Por supuesto, la tarea no será fácil. Lo que necesitamos es un lento repliegue, una readaptación gradual de la tripulación que los hará descender a la Tierra con tanta suavidad como un paracaídas»
El general era un hombre brusco, de rostro agudo, de alrededor de cincuenta años, con una espalda poderosa pero ojos sensibles. Se volvió hacia el doctor Kersh, responsable de los controles dietéticos y biétricos a bordo de la cúpula.
- Por lo que me dice, doctor, es probable que no tengamos tanto tiempo como desearíamos. El joven Abel parece ser un problema serio.
Kersh sonrió.
- Estaba observando la comisaría cuando oí sin querer que Abel le decía al doctor Francis que le agradaría hacer un experimento con un pequeño grupo de tripulantes. Un ejercicio de aislamiento, créase o no. Ha calculado que los dos tripulantes de proa podrían estar aislados durante dos años o más antes de que sea necesario reabastecerlos.
El capitán Sanger, a cargo del control técnico, añadió:
- También ha estado tratando de evitar sus sesiones de condicionamiento. Ha usado unos tapones de algodón debajo de los audífonos, perdiendo así el noventa por ciento de la voz subsónica. Lo advertimos cuando registrarnos la cinta de su electrocardiograma, y vimos que no había ondas alfa. Primero pensamos que el cable se habría cortado, pero cuando hicimos una verificación visual en la pantalla, vimos que tenía los ojos abiertos. No estaba escuchando.
Francis tamborilleó sobre la mesa.
- No tiene importancia - dijo -. Era una secuencia de instrucción matemática, el sistema antilogarítmico de cuatro cifras.
- Me alegra que lo haya perdido - dijo Kersh con una carcajada -. Tarde o temprano averiguará que la cúpula viaja en una órbita elíptica a 93 millones de millas de una estrella enana de la clase espectral G.
- ¿Qué hace usted ante este intento de evadir el condicionamiento, doctor Francis? - preguntó Short.
Cuando Francis se encogió de hombros vagamente, Short agregó:
- Creo que debernos considerar el asunto con mayor seriedad. De ahora en adelante, nos atendremos a lo programado.
- Abel retomará el condicionamiento - dijo Francis sin entusiasmo -. No hay necesidad de hacer nada. Sin un contacto diario y regular, pronto se sentirá perdido. La voz subsónica está compuesta por los tonos vocales de su madre; cuando no la escuche más, se sentirá desorientado, completamente abandonado.
Short asintió con lentitud.
- Bien, esperemos que así sea.
Se dirigió al doctor Kersh.
- En términos generales, doctor, ¿en cuánto tiempo calcula que podremos traerlos de regreso? Considerando que deberá darles completa libertad, y que todas las cadenas periodísticas y televisivas los entrevistarán cien veces.
Kersh eligió con cuidado sus palabras.
- Obviamente, será una cuestión de años, general. Todos los ejercicios de condicionamiento deberán revertirse en forma gradual, tal vez tengamos que introducir una colisión con un meteoro para suplir alguna deficiencia... yo diría que de tres a cinco años. Tal vez más.
- Muy bien. ¿Y cuál es su cálculo, doctor Francis?
Francis jugó nerviosamente con su secante, tratando de considerar la pregunta con seriedad.
- No tengo idea. Traerlos de regreso. ¿Qué quiere decir, general? ¿Traer de regreso qué? Irritado, espetó:
- Cien años.
Las risas invadieron la mesa, y Short le sonrió amistosamente.
- Eso sería el doble del proyecto original, doctor. Su trabajo allí no debe haber sido muy bueno.
Francis sacudió negativamente la cabeza.
- Está equivocado, general. El proyecto original era que llegaran a Alfa del Centauro. No se dijo nada de traerlos de regreso.
Cuando las risas se disiparon, Francis se maldijo por su torpeza: fastidiando al general no ayudaría a la tripulación de la cúpula.
Pero Short parecía impasible.
- Muy bien - dijo - es obvio que llevará algún tiempo.
Y echando una mirada a Francis, añadió mordazmente.
- Debemos pensar en los hombres y mujeres de la nave, no en nosotros; si necesitamos cien años, esperaremos cien años, ni uno menos. Tal vez les interese saber que el Departamento Espacial cree que serán necesarios quince años. Como mínimo.
Hubo un revuelo de interés alrededor de la mesa. Francis miró a Short con sorpresa. Muchas cosas podían suceder en quince años, incluso la opinión pública podía volver a favorecer los viajes espaciales.
- El Departamento recomienda que continuemos con el proyecto como antes, con cualquier disminución presupuestaria que podamos hacer, detener la cúpula es solo el comienzo y que condicionemos a la tripulación para que crean que han comenzado el regreso, que su misión ha sido meramente de reconocimiento, y que traen información vital de regreso a la Tierra. Cuando desciendan de la nave, se los tratará como héroes, y aceptarán la extrañeza del mundo que los rodea.
Short paseó se mirada alrededor de la mesa, esperando que alguien respondiera. Kersh se miraba las manos con expresión dudosa, y Sanger y Chalmers jugaban mecánicamente con sus secantes.
Cuando Short estaba a punto de proseguir, Francis se rehizo, advirtiendo que se enfrentaba con su última oportunidad de salvar el proyecto. Aunque los demás no estaban de acuerdo con Short, nadie intentaría discutir con él.
- Mucho me temo que eso no servirá, general - dijo Francis - aunque de todos modos aprecio la previsión del Departamento y su comprensivo punto de vista. El plan que usted ha delineado parece plausible, pero no funcionará.
Francis se inclinó hacia adelante, y prosiguió, con voz precisa y controlada.
- General, esta gente ha sido entrenada desde la infancia para aceptar la idea de que formaban un grupo cerrado, y que jamás tendrían contacto con ninguna otra persona. A nivel inconsciente, a nivel de sus sistemas nerviosos funcionales, no existe nadie más en el mundo; para ellos, la base sistémica de la realidad es el aislamiento. Jamás conseguirá entrenarlos para que inviertan todo su universo, tal como jamás conseguirá enseñarle a volar a un pez. Si usted trata de interferir con los esquemas de sus psiquis, producirá la misma clase de bloqueo mental absoluto que se aprecia al tratar de enseñarle a un zurdo a usar su mano derecha.
Francis echó una mirada al doctor Kersh, que asentía.
- Créame, general, contrariamente a lo que usted y el Departamento Espacial suponen, la gente de la cúpula no quiere salir. Si les dieran a elegir, preferirían quedarse allí, del mismo modo que un pececito prefiere quedarse en la pecera.
Short hizo una pausa antes de replicar, evidentemente para evaluar a Francis.
- Tal vez esté en lo cierto, doctor - admitió -. ¿Pero a qué nos conduce eso? Tenemos solo quince años, tal vez veinticinco.
- Hay una única posibilidad - explicó Francis deje que el proyecto continúe, exactamente como antes, pero con una diferencia: impídales que se casen y tengan hijos. Dentro de veinticinco años, solo quedará con vida la actual generación joven, y en cinco años más todos estarán muertos. El promedio de vida en la cúpula es apenas superior a los 45 años. A los 30, Abel será probablemente un viejo. Cuando comiencen a morir, nadie se preocupará ya por ellos.
Hubo más de medio minuto de silencio, y luego Kersh habló.
- Es la mejor sugerencia, general - dijo -. Es humanitaria, y al mismo tiempo satisface el proyecto original y las órdenes del Departamento. La ausencia de niños sería solo una ligera desviación del condicionamiento. El aislamiento básico del grupo se intensificaría, en vez de disminuir, así como la conciencia de que ellos jamás llegarán a ver el descenso en otro planeta. Si eliminamos los ejercicios pedagógicos y le restarnos importancia al vuelo espacial, pronto se trasformarán en una pequeña comunidad cerrada, no muy diferente de cualquier otro grupo aislado en vías de extinguirse.
- Otra cosa, general - interrumpió Chalmers -. Sería mucho más sencillo, y también más barato, si pudiéramos ir clausurando progresivamente la nave a medida que murieran los tripulantes, hasta que finalmente, no quedara más que una cubierta habilitada, incluso unas pocas cabinas.
Short se puso de pie y caminó hasta la ventana, mirando a través de los vidrios cargados de escarcha, en dirección a la gran cúpula en el interior del hangar.
- Suena como una perspectiva terrible - comentó - Completamente descabellada. Aunque como dicen, puede ser la única salida.

Moviéndose sigilosamente entre los caminos estacionados en el hangar en sombras, Francis se detuvo un momento para mirar las ventanas iluminadas de las oficinas de control, donde dos o tres miembros del personal nocturno vigilaban la hilera de pantallas de TV, ellos también semidormidos mientras observaban a los dormidos ocupantes de la cúpula.
Francis salió de las sombras y corrió hacia la cúpula, subiendo la escalera que conducía al punto de acceso, nueve metros más arriba. Abriendo la escotilla exterior, entró gateando y la cerró a sus espaldas, luego destrabó la cerradura del acceso interno y salió del cilindro de dormir para emerger en su cabina silenciosa.
Una sola luz amortiguada brilló en la pantalla del monitor de TV cuando reveló a los tres empleados de la oficina de control, reclinados en medio de una bruma de humo de cigarrillos a dos metros de la cámara.
Francis aumentó el volumen del intercomunicador, luego lo golpeó fuertemente con los nudillos.
Con la chaqueta desabotonada, los ojos aún nublados por el sueño, el coronel Chalmers se inclinó hacia adelante en la pantalla, con sus asistentes detrás de él.
- Créame, Roger, no está probando nada. El general Short y el Departamento no reconsiderarán su decisión, en especial ahora que se ha sancionado una ley especial de autorización.
Como Francis lo miró escépticamente, añadió:
- Lo único que conseguirá será ponerlos en peligro.
- Me arriesgaré - dijo Francis -. Demasiados convenios se han roto en el pasado. Aquí podré vigilar las cosas de cerca.
Trató que su voz sonara fría y desapasionada; las cámaras estarían registrando la escena y era importante producir una impresión adecuada. El general Short sería el más interesado en evitar el escándalo. Si decidía que no era probable que Francis saboteara el proyecto, tal vez lo dejara permanecer en la cúpula.
Chalmers buscó una silla; y en su rostro había una expresión grave.
- Roger, tómese un poco de tiempo para reconsiderarlo todo. Tal vez usted sea un elemento más discordante de lo que se imagina. Recuerde, nada sería más fácil que sacarlo de allí: un niño podría abrirse paso a través del casco oxidado con un abrelatas romo.
- No lo intente - le advirtió Francis con tranquilidad -. Voy a trasladarme a la Cubierta C, así que si vienen a buscarme, todos lo sabrán. Créame, no trataré de interferir con los planes de clausura. Y no programaré ningún matrimonio entre adolescentes. Pero creo que la gente de aquí me necesitará por más de ocho horas diarias.
- ¡Francis! - dijo Chalmers -. ¡Una vez que entre no volverá a salir jamás! ¿No se da cuenta de que se está enterrando en una situación totalmente irreal? Se está encerrando deliberadamente en una pesadilla, lanzándose en un viaje sin retorno a ninguna parte.
Secamente, antes de apagar por última vez el aparato, Francis replicó:
- A ninguna parte no, coronel: a Alfa del Centauro.

Sentándose en la estrecha litera de su cabina con un sentimiento de agradecimiento, Francis descansó un momento antes de encaminarse a la comisaría. Durante todo el día había estado cifrando las cintas perforadas de la computadora para Abel, y los ojos le ardían por el esfuerzo que significaba haber estampado manualmente cada una de las miles de perforaciones. Durante ocho horas había estado sentado sin interrupción en la pequeña celda de aislamiento, con electrodos sujetos a su pecho, codos y rodillas, mientras Abel medía sus ritmos respiratorio y cardíaco.
Los tests no guardaban ninguna relación con los programas diarios que ahora Abel hacía para su padre, y a Francis le estaba resultando difícil conservar la paciencia. Inicialmente, Abel había comprobado su habilidad para seguir un conjunto de instrucciones prescritas, produciendo una función exponencial infinita, luego una representación digital de pi elevado a miles de potencias, por fin, Abel lo había persuadido de que cooperara en un test más difícil: la tarea de producir una secuencia totalmente arbitraria. Cada vez que repetía en forma inconsciente una progresión simple, como sucedía cuando estaba fatigado o aburrido, o un posible fragmento de una progresión mayor, la computadora que controlaba sus progresos hacía sonar una alarma en el escritorio y él debía recomenzar. Después de unas pocas horas, el zumbador roncaba cada diez segundos, mordiéndolo como un insecto malhumorado. Finalmente, Francis había tropezado hasta la puerta, enredándose con los cables de los electrodos, para descubrir con fastidio que la puerta estaba cerrada con llave (ostensiblemente, para prevenir una interrupción de las patrullas contra incendios). Luego, a través de la pequeña tronera, vio que la computadora del cubículo exterior funcionaba sin que nadie la controlara.
Pero cuando los violentos golpes de Francis alertaron a Abel, que se hallaba en el otro extremo del laboratorio continuo, el muchacho se había mostrado irritable con el doctor por querer interrumpir el experimento.

- Maldición, Abel, hace ya tres semanas que estoy perforando estas cosas.
Hizo un gesto de dolor cuando Abel lo desconectó, arrancando bruscamente las cintas adhesivas.
- Tratar de producir secuencias arbitrarias no es nada sencillo; mi sentido de la realidad comienza a evaporarse. (A veces se preguntaba si Abel no esperaría secretamente que esto sucediera). Creo que me merezco tu agradecimiento.
- Pero, doctor, habíamos convenido que la prueba duraría tres días - señaló Abel -. Sólo después de ese plazo empiezan a aparecer los resultados valiosos. Lo más interesante son los errores que usted comete. El experimento ya no tiene sentido.
- Bien, probablemente jamás lo haya tenido. Algunos matemáticos sostenían que es imposible definir una secuencia arbitraria.
- Pero podemos suponer que sí es posible - insistió Abel -. Solo estaba permitiéndosela que practicara antes de que empezáramos con los números trasfinitos.
En este punto Francis se rebeló.
- Lo siento, Abel. Tal vez ya no esté en las mismas condiciones que antes. Y de todos modos, tengo otros deberes que cumplir.
- Pero no le llevan mucho tiempo, doctor. Realmente, ahora no tiene nada que hacer.
Tenía razón, y Francis se vio forzado a admitirlo. En el año que había pasado en la cúpula, Abel había simplificado notablemente la rutina diaria, suministrando a Francis y a sí mismo un exceso de tiempo libre, en particular porque el doctor jamás iba a condicionamiento. (Francis temía a las voces subsónicas. Chalmers y Short intentarían sacarlo sutilmente, tal vez demasiado sutilmente).
La vida a bordo había sido para él una carga mayor que lo que había previsto. Encadenado a las rutinas de la nave, limitado en sus recreaciones y con escasos pasatiempos -no había libros a bordo- le resultaba cada vez más difícil conservar su antiguo buen humor, comenzaba a hundirse en el mortífero letargo que había invadido a la mayor parte de los miembros de la tripulación. Matthias Granger se había retirado a su cabina, satisfecho de dejar la programación en manos de Abel, y pasaba el tiempo jugando con un reloj descompuesto, en tanto que los dos Peters apenas si salían de Control. Las tres esposas eran completamente inertes, y se sentían satisfechas de tejer y murmurar acerca de las otras. Los días pasaban imperceptiblemente. A veces, Francis se decía a sí mismo con ironía que casi creía estar en camino hacia Alfa del Centauro. ¡Esa sí que hubiera sido una broma para el general Short!
A las 6:30, cuando fue a la comisaría para su comida vespertina, descubrió que había llegado con quince minutos de retraso.
- Esta tarde cambió el horario de su comida - le dijo Baker, cerrando la escotilla -. No tengo nada preparado para usted.
Francis comenzó a protestar, pero el hombre no cedió.
- No puedo alterar los horarios de la nave solo porque usted no miré las Ordenes de Rutina, ¿no es cierto, doctor?
Cuando salía, Francis se encontró con Abel, y trató de convencerlo de que diera una contraorden.
- Podrías haberme avisado, Abel. Maldición, he estado toda la tarde metido en tu equipo de experimentos.
- Pero usted volvió a su cabina, doctor - señaló suavemente Abel -. Para llegar allí desde el laboratorio, tiene que haber pasado frente a tres avisos de OER. Recuerde que debe mirarlos siempre. En cualquier instante se pueden producir cambios de último momento. Mucho me temo que ahora deberá esperar hasta las 10:30.
Francis regresó a su cabina, sospechando que el súbito cambio no había sido más que una venganza de Abel por haber interrumpido el experimento. Tendría que mostrarse más conciliador con Abel, el joven podría convertir su vida en un infierno, matarlo literalmente de hambre. Ahora era imposible escapar de la cúpula: había una sentencia de 20 años de prisión para todo el que entrara sin autorización en la nave simulada.
Después de descansar alrededor de una hora, salió a las 8 de su cabina para cumplir con sus verificaciones habituales de los obturadores de presión ubicados junto a la Pantalla de Meteoros de la Cubierta B. Siempre fingía leerlos, disfrutando de la sensación de participar en un viaje espacial que este ejercicio le producía, aceptando deliberadamente la ilusión.
Los obturadores estaban montados en el punto de control situado a un intervalo de diez metros del comienzo del corredor perimetral, un angosto pasadizo que rodeaba al corredor principal. Solo allí, escuchando el sonido breve y zumbante de los servomecanismos, se sintió en paz dentro del vehículo espacial. «La Tierra misma está en órbita alrededor del Sol», meditó mientras verificaba los obturadores, «y todo el Sistema Solar se mueve a 40 millas por segundo en dirección a la constelación de Lyra. El grado de ilusión existente es una compleja cuestión.»
Algo interrumpió su ensoñación.
El indicador de presión oscilaba ligeramente. La aguja se movía entre 0,001 y 0,0015 psi. La presión interior de la bóveda era ligeramente superior a la atmosférica, con el objeto de que el polvo pudiera ser expelido a través de grietas refractarias (aunque el objeto principal de los obturadores de presión era poner a la tripulación a buen recaudo en los cilindros de emergencia a prueba de vacío en caso que la cúpula fuera dañada y se necesitara realizar reparaciones desde el interior).
Por un momento Francis sintió pánico, y se pregunta si finalmente Short habría decidido venir a buscarlo: la lectura que había hecho indicaba que, por insignificante que fuera, se había abierto un brecha en el casco. Luego el indicador volvió a cero, y se oyeron pasos que resonaban en el corredor radial, acercándose en ángulo recto más allá de la siguiente mampara.
Rápidamente, Francis se ocultó en las sombras. Antes de morir, el viejo Peters había pasado mucho tiempo vagando misteriosamente por ese corredor, tal vez ocultando algunos víveres detrás de los paneles oxidados.
Se inclinó hacia adelante cuando los pasos cruzaron el corredor.
¿Abel?
Miró cómo el joven desaparecía al bajar una escalera, luego se internó en el corredor radial, palpando el revestimiento gris, en busca de algún panel retráctil. Inmediatamente contigua a la pared terminal del corredor, contra la pared exterior de la cúpula, había una pequeña cabina de control de incendios.
Había un mechón de fibras blanco-pizarra en el piso de la cabina.
¡Fibras de amianto!
Francis entró a la cabina, y en unos pocos segundos localizó un panel flojo que había perdido sus oxidados remaches. Era un rectángulo de veinticinco centímetros por quince, y se deslizó con facilidad. Más allá estaba la pared exterior de la cúpula, al alcance de la mano. Allí también había una plancha floja, mantenida en posición por un tosco gancho.
Francis vaciló, luego levantó el gancho y retiró el panel.
¡Estaba mirando directamente hacia el hangar!
Abajo, una hilera de camiones estaba descargando suministros sobre el piso de cemento a la luz de un par de reflectores, un sargento gritaba órdenes al escuadrón de trabajo. A la derecha estaban las oficinas de control, Chalmers cumplía en su oficina el turno de la noche.
El agujero estaba directamente por debajo de la escalera, y los sobresalientes peldaños metálicos lo ocultaban de los hombres del hangar. Las fibras de amianto habían sido deshilachadas cuidadosamente para que ocultaran el panel retráctil. El gancho de alambre estaba tan oxidado como el resto del casco, por lo que Francis calculó que la ventana habría estado en uso durante más de treinta o cuarenta años.
De modo que era prácticamente seguro que el viejo Peters había mirado regularmente a través de la ventana, y sabía a la perfección que la nave espacial era un mito. No obstante, había permanecido a bordo, advirtiendo tal vez que la verdad destruiría a los demás, o había preferido ser capitán de una nave artificial antes que exponerse como una curiosidad en el mundo exterior.
Presumiblemente, había trasmitido el secreto. No a su taciturno y desolado hijo, sino a la única otra mente ágil, a la que guardaría el secreto y lo aprovecharía al máximo. Por sus propios motivos, él también había decidido permanecer en la cúpula, advirtiendo que pronto sería el único capitán real, y que estaría libre para proseguir sus experimentos de psicología aplicada. Incluso era probable que no hubiera percibido que Francis no era un verdadero miembro de la tripulación. Su confiado manejo de los programas, su pérdida de interés por los procedimientos de control, su despreocupación acerca de los dispositivos de seguridad, todo señalaba algo...
¡Abel sabía!

FIN


José María Aroca - TRAIDOR




Le cogieron en París.
Los seres misteriosos habían desaparecido. Pero unas cuantas chozas de brillante metal en la tundra siberiana daban mudo testimonio de que no había sido una pesadilla.
En realidad, podía haber sido una pesadilla. Una pesadilla durante la cual la Tierra había permanecido indefensa, incapaz de resistir o de huir, mientras las extrañas formas aleteaban sobre sus verdes campos y sus hermosas ciudades. Y el despertar no había aportado la convicción de que todo había sido un mal sueño. No, había sido una espantosa realidad. Y los terrestres no habían sido capaces de resistir a los seres misteriosos, del mismo modo que un chiquillo no es capaz de matar al ogro de su cuento favorito.
Un curioso parangón, porque lo que finalmente había salvado a la Tierra había sido un cuento infantil. Una fábula.
La antigua fábula del león y el ratón. Cuando el león hubo agotado su orgullosa ciencia contra los invencibles e inmortales invasores de la Tierra, el ratón atacó y los venció.
El ratón, en este caso, fueron los microbios, una de las formas de vida más diminutas: como en el cuento de Wells, los seres misteriosos no estaban inmunizados contra las infecciones bacterianas. Sus monstruosos cuerpos fueron fácil presa de las enfermedades que sus poderosas inteligencias desconocían, y los pocos que sobrevivieron emprendieron una precipitada fuga en su ingenio espacial y desaparecieron definitivamente.
Si el traidor hubiera sabido el efecto que las bacterias iban a tener sobre ellos, les hubiera advertido, desde luego. Les habría informado de todo lo demás, cuando le recogieron en una calle de una gran ciudad como ejemplar de ser humano destinado a la experimentación. Una medida imprescindible antes de efectuar la gran invasión.
Habían escogido bien. A cambio de la recompensa que le ofrecieron, el traidor estaba dispuesto a vender a toda la raza humana. No era un hombre culto, pero era inteligente. Y les dijo todo lo que querían saber acerca de la probable reacción de la humanidad ante una situación con la cual no se había enfrentado nunca. Les dijo todo lo que sabía, sin que tuvieran que presionarle lo más mínimo. Por la recompensa que le habían ofrecido, hubiera sido capaz de cualquier traición.
Le cogieron en París. La multitud lo arrancó de manos de la policía, que no puso demasiado entusiasmo en impedirlo: su traición era del dominio público.
Cuando la multitud hubo saciado un poco su furor y el traidor había perdido la mayor parte de sus vestidos y el dedo pulgar de la mano derecha, le arrojaron al Sena y le mantuvieron debajo de las aguas grises con unas largas pértigas, como si fuera un venenoso reptil.
El traidor se tumbó tranquilamente sobre el lecho del río y sonrió con malignidad mientras un centenar de miles de personas se retorcían en la agonía de la muerte. Luego, el traidor ascendió a la superficie y echó a andar por las desiertas calles de París hasta que llegó al edificio de las Naciones Unidas. Allí se dio a conocer a un teniente de los servicios de vigilancia, diciéndole que había ido a entregarse voluntariamente y que estaba dispuesto a someterse a juicio en cualquier lugar del mundo que desearan.
Sonreía, convencido de su superioridad, de la eficacia de los poderes ultraterrenos que le habían conferido los seres misteriosos. El aparato de seguridad de las Naciones Unidas se hizo cargo de él.
El juicio fue una farsa legal. El acusado se reconoció culpable de haber traicionado al género humano, pero no permitió que le interrogaran. Cuando un abogado insistió, ante sus amables negativas, cayó repentinamente al suelo como herido por un rayo, muerto.
A continuación, el traidor se dirigió al Presidente del Tribunal y le dijo que estaba dispuesto a aceptar cualquier condena que le impusieran, excepto la de muerte. No podían matarle, explicó. Aquello era una parte de la recompensa que los seres misteriosos le habían concedido. La otra parte era él quien podía matar o inmovilizar a cualquier persona desde cualquier distancia.
Cuando terminó de hablar y volvió a sentarse, era evidente que el traidor se sentía muy satisfecho de sí mismo.
Uno de los abogados se puso en pie y se encaró con él.
Si lo que acababa de decir era cierto, preguntó, ¿por qué no habían utilizado aquel poder los seres misteriosos? ¿Por qué no habían matado a todos los habitantes de la Tierra para ocupar después el planeta vacío?
El traidor contempló sus dedos y se encogió de hombros. El dedo pulgar que le había sido arrancado por la furiosa multitud unos días antes empezaba a crecer de nuevo.
- Necesitaban esclavos - respondió.
- ¿Y al final, cuando algunos de ellos estaban todavía sanos?
El traidor miró fijamente al abogado, el cual se sentó bruscamente, dando por terminado su interrogatorio. Pero el hombre que había traicionado a su propia raza sonrió y le permitió seguir viviendo.
Incluso terminó la pregunta por él, y la contestó.
- ¿Por qué no mataron entonces? Tenían otra cosa en el cerebro: ¡bacterias!
Y el traidor rió estruendosamente su macabro chiste.
Los azules ojos del abogado se clavaron en su rostro y el traidor dejó de reír. Casi afablemente, dijo:
- Es una verdadera lástima que yo no sea uno de aquellos seres misteriosos. ¡Las bacterias me hubieran destruido!
Y se echó a reír de nuevo, hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas.
El Presidente del Tribunal aplazó entonces la sesión, y el traidor fue conducido de nuevo a su confortable prisión, por un grupo de aterrorizados policías.
Aquella noche, el abogado no durmió. Permaneció horas enteras sentado en una butaca, contemplando las blancas paredes de su despacho. Se alegraba de que los seres misteriosos no le hubieran concedido también al traidor el don de la telepatía.
Había descubierto su talón de Aquiles.
Las parálisis, las muertes a distancia, eran actos de una voluntad consciente. El mismo había admitido que si su cerebro era destruido, sus poderes quedarían también destruidos. Los seres misteriosos no habían pensado en vengarse, porque sus mentes estaban enteramente ocupadas en la tarea de salvarse a si mismos.
Pero el abogado se daba cuenta de lo inútil de su descubrimiento. No había medio de atacar el cerebro del traidor sin que él lo supiera.
Posiblemente podían anular su conciencia drogándole, o propinándole un fuerte golpe en la cabeza, pero el intentarlo equivaldría a un suicidio colectivo. Al traidor le bastaría una fracción de segundo para matar a todos los seres humanos. No iba a permitir que le operasen el cerebro, convirtiéndole en un idiota para el resto de su vida. Para siempre, rectificó inmediatamente. Pero luego pensó en aquel pulgar que volvía a crecer después de haber sido arrancado... No, extirparle el cerebro no serviría de nada, puesto que volvería a crecerle.
Era inútil seguir pensando en el asunto. No podían hacer absolutamente nada contra su invencibilidad. Aunque...
El abogado consultó su reloj. Eran las cuatro de la mañana. Se puso en pie y se dirigió a la cocina; salió casi inmediatamente, y a continuación se encaminó, a través de las calles silenciosas, hacia el hotel donde se hospedaba el traidor en calidad de prisionero. Al llegar allí, tomó el ascensor hasta el sexto piso.
Dos soñolientos policías se pusieron en pie de un salto al verle llegar. El abogado se llevó un dedo a los labios, recomendándoles silencio, y empujó la puerta de la habitación, que no estaba cerrada. Entró de puntillas, y se acercó a la cama donde reposaba el hombre que era invencible e inmortal... y humano. Humano, y sujeto a la involuntario inconsciencia que la naturaleza exige a todos los hombres.
El traidor estaba durmiendo.
El abogado sacó de su bolsillo una larga aguja de acero, que utilizaba normalmente para pinchar la carne en la cocina de su casa. Sin que le temblara el pulso, la hundió en uno de los cerrados ojos del traidor y la hizo girar una y otra vez, hasta que el cerebro del durmiente quedó convertido en una informe pulpa.

El juicio continuó celebrándose normalmente. El acusado había perdido su aire insolente. Ahora miraba enfrente de él con una expresión vacua, y todos sus movimientos tenían que ser dirigidos. Pero estaba vivo, y su dedo pulgar había vuelto a adquirir su tamaño normal.
El abogado tuvo en cuenta el detalle y no dejó de señalarlo al Tribunal. El dedo pulgar se había regenerado por completo en el período de seis semanas: tenían que partir de la base de que su cerebro se regeneraría en un plazo de seis semanas.
Los jueces deliberaron por espacio de cuatro días. El problema era muy peliagudo, ya que la inmortalidad al servicio del mal estaba más allá de toda posible solución humana. No se trataba de imponer una pena justa a un delincuente: se trataba de proteger a la raza humana de un aniquilamiento repentino. Un problema insoluble... pero que tenía que ser resuelto. El hecho de que el juicio se celebrara en Francia facilitó la solución.
El traidor fue condenado a prisión perpetua - nunca mejor aplicado el término -, pero la sentencia contenía una cláusula especial.
Mientras viviera, el condenado sería guillotinado una vez al mes.


FIN

Angélica Gorodischer - TRAFALGAR Y JOSEFINA




a la memoria de mis tías Paula, Rosario, Elisa y Carmencita.
a mis tías Laura, Manena, Virginia y Pilar.

Vino mi tía josefina a visitarme. El que no conoce a mi tía josefina no sabe lo que se pierde, como dice Trafalgar Medrano. Trafalgar dice también que es una de las mujeres más bellas y encantadoras que ha conocido y que sí él hubiera nacido en 1893 no se hubiera casado con ella por nada del mundo. Entró, mi tía, recorrió la casa y preguntó por los chicos, quiso saber si alguna vez me iba a decidir a mudarme a un departamento en el centro, y cuando le dije que no, que nunca, dudó entre dejar o no el saco por allí y decidió llevarlo porque quizás en el jardín más tarde corriera un poco de viento. Ochenta y cuatro años tiene; el pelo ondulado color acero, unos ojos castaños incansables y brillantes como dicen que fueron los de mi bisabuela criolla, y una figura envidiable: si quisiera, si llegara a admitir que esas cosas burdas y desagradables merecen usarse como prendas de vestir, podría ponerse los jeans de Cecilia. Dijo que el jardín estaba precioso y que iba a quedar mucho mejor cuando hiciéramos podar los fresnos y que el té estaba riquísimo y que le encantaban los scons pero que quedaban mejor con un solo huevo.
- Tomé un té muy bueno el otro día. Sí, voy a tomar un poco más pero media taza, está bien, no te entusiasmes. ¿No estará demasiado cargado? Una gotita apenas, de leche. Eso es. Y me sirvieron unas tostadas muy bien hechas, con manteca y no esa margarina rancia que te dan ahora en todas partes, yo no sé cómo te puede gustar. En el Burgundy. Y estuve con un amigo tuyo.
- Ya sé - dije -. Trafalgar.
- Sí, el hijo de Juan José Medrano y la pobre Merceditas. Que no me explicó cómo permitió que le pusieran ese nombre estrafalario a su único hijo. Bueno, siempre sospeché que Medrano era masón.
- Pero Josefina, qué tiene que ver la masonería con la batalla de Trafalgar.
- Ah, no sé, m'hijita, pero no me vas a negar que los masones les ponían a propósito a sus hijos nombres que no figuraban en el santoral.
- A lo mejor el doctor Medrano era admirador de Nelson - dije poniendo todas mis esperanzas en la inclinación del viejo de Trafalgar por los grandes hechos de la historia.
- Lo que te puedo asegurar - dijo mi tía josefina - es que Merceditas Herrera era una santa, y tan fina y discreta.
- Y el doctor Medrano, ¿qué tal era?
- Un gran médico - abrió otro scons y le puso mermelada de naranjas -. Buen mozo y simpático además. Y muy culto.
Hubo un silencio de un cuarto de segundo antes de la última afirmación: en mi tía josefina la palabra culto es resbalosa y hay que andarse con cuidado.
- Trafalgar también es un buen mozo y simpático - dije -, pero no sé si es culto. Sabe un montón de cosas raras.
- Eso sí, es simpático, muy simpático y amable. Y muy considerado con una vieja como yo. Ahora, eso de buen mozo me parece una exageración. Tiene la nariz demasiado larga como la de la pobre Merceditas. Y esos bigotes no me digas que no son un poco ridículos. Un hombre queda mucho más pulcro completamente afeitado, menos mal que a tus hijos se les pasó eso de la barba y los bigotes. Pero tengo que reconocer que es elegante este muchacho: tenía un traje gris oscuro muy bien cortado y camisa blanca y una corbata seria, no como algunos de esos amigos extravagantes que tienen ustedes que parecen. Ni sé lo que parecen.
- ¿Querés un poco más de té?
- No, no, por favor, si ya me has hecho tomar demasiado, pero estaba tan rico que me he excedido. Eso fue el jueves o el viernes, no estoy segura. Entré en el Burgundy porque estaba desfalleciente: venía de una reunión de comisión directiva de la Sociedad Amigos del Museo, así que era el jueves, claro, porque el viernes fue el compromiso de la chica de María Luisa, y vos sabes que los jueves a la tarde Amelia tiene salida y francamente no tenía ganas de ir a casa y ponerme a hacer el té. Había poca gente y me senté lejos de la puerta donde no hubiera corrientes de aire, y cuando me servían el té entró este muchacho Medrano. Se acercó a saludarme, tan amable. Al principio no lo ubiqué y estaba por preguntarle quién era cuando me di cuenta que era el hijo de Merceditas Herrera. Me daba no sé qué verlo ahí parado junto a la mesa, pero aunque yo tengo edad suficiente como para hacer ciertas cosas, vos comprendes que una señora no invita a un señor, aunque sea tantísimo más joven que ella, a sentarse a su mesa.
- ¿Ah, no? - se me escapó.
Mi tía Josefina suspiró, casi diría que resopló, y los ojos de la bisabuela me pararon en seco.
- Yo ya sé que las costumbres han evolucionado - dijo -, en algunos pocos casos para bien, y en otros muchos desgraciadamente para mal, pero hay cosas que no cambian y vos deberías saberlo.
Me sonreí porque la quiero mucho y porque espero saber llegar a los ochenta y cuatro años con la misma confianza que ella y aprender a manejar los ojos como ella aunque los míos no sean ni la décima parte de lindos:
- ¿Y lo dejaste ir al pobre Trafalgar?
- Pero no. Estuvo muy correcto y me pidió permiso para hacerme compañía si yo no estaba esperando a nadie. Le dije que se sentara y llamó para pedir café. Qué espanto cómo toma café este muchacho. No sé cómo no se enferma del estómago. Yo hace años que no pruebo el café.
Tampoco fuma, claro. Y toma un cuarto de copa de vino clarete con cada comida y otro cuarto de copa pero de champagne extra seco, en navidad y año nuevo.
- ¿No te dijo si iba a andar por acá?
- No, no me dijo, pero me parece difícil. Se iba, creo que al día siguiente no sé muy bien adónde, será al Japón me imagino, porque dijo que iba a comprar sedas. Lástima que se dedique al comercio y no haya seguido la carrera del padre: fue una desilusión para la pobre Merceditas. Pero le va muy bien, ¿no?
- Le va regio. Tiene vagones de guita.
- Espero sinceramente que no uses ese lenguaje fuera de tu casa. No queda bien. Claro que lo mejor sería que no lo usaras nunca pero por lo visto es inútil. Sos tan cabeza dura como tu padre.
- Sí, mi viejo, quiero decir mi padre, era cabeza dura, pero era un caballero.
- Cierto. No sé cómo hablaría cuando estaba entre hombres, eso no importa, pero jamás dijo una inconveniencia en público.
- Si lo oís hablar a Trafalgar te da un ataque.
- No veo por qué. Conmigo estuvo de lo más agradable. Ni amanerado ni relamido, no hay necesidad, pero muy cuidadoso.
- Es un cretino hipócrita - eso no lo dije, lo pensé.
- Y tiene. - dijo mi tía josefina - un encanto especial para contar las cosas más disparatadas. Qué imaginación.
- ¿Qué te contó?
- Claro que tal vez no todo sea imaginación. Impresiona como si estuviera diciendo la verdad pero tan adornada que a primera vista podés pensar que es una gran mentira. Te diré que pasé un rato entretenidísimo. Cómo será que cuando llegué a casa Amelia ya había vuelto y estaba preocupada por mi tardanza. La pobre había hablado a lo de Cuca, a lo de Mimí y a lo de Virginia a ver si yo estaba allí. Tuve que empezar a los telefonazos para tranquilizarlas.
Me puse seria: estaba muerta de envidia como cuando Trafalgar va y les cuenta cosas al Gordo Páez o a Raúl o a Jorge. Pero lo comprendí porque Mi tía josefina sabe hacer bien muchas cosas; por ejemplo, escuchar.
- ¿Qué te contó?
- Pero nada, disparates sobre sus viajes. Claro que habla tan bien que es un gusto, un verdadero gusto.
- ¿Qué te contó?
- M'hijita, qué insistencia. Además no me acuerdo muy bien.
- Sé, contame que no te acordás.
- Se dice «sí» y no «sé». Parecés un carrero y no una señora.
No le hice caso:
- Cómo no te vas a acordar. Vos te resfriás con asiduidad digna de mejor causa y tenés el estómago un poco frágil, pero arterioesclerosis no me contés que no te creo.
- Dios me libre. ¿La has visto a Raquel últimamente? Un espanto. Estaba en lo de las Peña, yo no sé para qué la llevan, y no me reconoció.
- Josefina, mirá que me voy a volver loca de curiosidad. Sé buena y contame lo que te contó Trafalgar.
- A ver, esperate, no sé muy bien.
- Seguro que te dijo que acababa de llegar de alguna parte.
- Eso es. Debe ser uno de esos países nuevos de África o Asia, con un nombre rarísimo que no he oído nunca y tampoco he leído en los diarios. Lo que me extrañó fue que estuvieran tan adelantados, con tanto progreso y tan bien organizados, porque siempre se vuelven salvajes: mirá lo que pasó en la India cuando se fueron los ingleses y en el Congo cuando se fueron los belgas, ¿no? Tu amigo Medrano me dijo que era un mundo, un mundo, así decía él, muy atractivo cuando se lo ve por primera vez. Serprabel, ahora me acuerdo, Serprabel. Me parece que debe quedar cerca de la India.
- Lo dudo pero en fin, seguí.
- Sin embargo casi seguro que si, que debe ser por la india, no solamente por el nombre sino por lo de las castas.
- ¿Qué castas?
- ¿No hay castas en la India?
- Sí, sí hay, pero qué tiene que ver.
- Si me dejás que te cuente ya te vas a enterar, ¿no era que estabas tan apurada? Y sentate bien, cómo se ve que están acostumbradas a usar pantalones ustedes. Ya no hay mujeres elegantes.
- Decime, y en Serprabel, ¿hay mujeres elegantes?
- Sí, según este muchacho Medrano, hay mujeres espléndidas, muy bien vestidas y muy educadas.
- No me extraña, aunque no haya más que una, él se la encuentra.
- Lástima que no se haya casado.
- ¿Quién? ¿Trafalgar? - me reí un rato.
- No veo qué tiene de gracioso. No digo con una extranjera y de tan lejos, que puede ser muy buena persona, pero tener otras costumbres, sino con alguien de su círculo. No te olvides que es de una familia muy bien relacionada.
- Ese va a morir solterón: le gustan demasiado las mujeres.
- Hmmmmm - hizo mi tía josefina.
- ¡No me digás que a Medrano padre también! - salté.
- Sé discreta, m'hijita, no hables tan fuerte. En realidad yo no te puedo asegurar nada. Se dijeron algunas cosas en su momento.
- Me imagino - dije -, y Merceditas era una santa. Y en Serprabel Trafalgar anduvo de romance, lo mismo que hubiera hecho su papá.
- Pero cómo se te ocurre. No anduvo de romance, como decís vos. Y si hubiera andado no me lo hubiera contado. Se ve que es un muchacho muy correcto. Lo que hizo, o lo que él dice que hizo porque a lo mejor todo no fue más que un cuento para hacerme pasar un rato entretenido, lo que hizo fue tratar de ayudar a una pobre mujer, muy desdichada por muchos motivos.
- Ay - dije y volví a pensar que Trafalgar era un cretino hipócrita.
- Y ahora qué te pasa.
- Nada, nada, seguí.
- Fijate que parece que allí se mantiene, según esas religiones orientales, ¿no?, el sistema de castas. Y hay nueve. A ver, dejame que piense: señores, prestes, guerreros, estudiosos, comerciantes, artesanos, sirvientes y vagabundos. Ah, no, ocho. Son ocho.
- Y todo el mundo tiene que estar dentro de una casta.
- Claro. No me digas que no es una ventaja.
- Ah, no sé. ¿Qué hace uno si es artesano y tiene vocación de comerciante como Trafalgar ¿Rinde un examen?
- Por supuesto que no. Cada uno vive dentro de la casta que le corresponde y se casa con personas de su misma casta.
- No me lo digás: y sus hijos nacen dentro de esa casta y se mueren dentro de esa casta y los hijos de esos hijos y así para siempre.
- Sí. Así que nadie tiene pretensiones y todos se mantienen en su lugar y se evitan desórdenes y revoluciones y huelgas. Le comenté a Medrano que me parecía, paganismo aparte, un sistema extraordinario, y él estuvo de acuerdo conmigo.
- Ah estuvo de acuerdo.
- Claro, si hasta me dijo que en miles de años no había habido ningún desorden Y habían vivido en paz.
- Qué bien.
- Ya sé que a vos te debe sonar un poco anticuado, pero dice Medrano que es impresionante el progreso en todo, televisión en colores y líneas aéreas y teléfonos con pantalla visora y centros de computación, me extraña que no hagan más propaganda para atraer turismo. Yo misma, si estuviera dispuesta a viajar a mi edad, iría de visita con mucho gusto. Fijate que dice que los hoteles son extraordinarios y la atención es perfecta, la comida exquisita, y que hay museos, y teatros y lugares de visita y paisajes espléndidos, pero espléndidos.
- A mí eso de las castas no me gusta. Yo no voy ni a cañones.
- Yo tampoco, no creas, no me entusiasma un viaje tan largo en avión. Y lo de las castas no es para tanto, si cualquiera puede gobernar.
- ¿Qué dijiste?
- Que cualquiera puede gobernar. Por encima de todos está una especie de rey que vive en el centro de la capital, porque la ciudad es un círculo y en el medio está el Palacio que es todo de mármol y oro y cristal, En fin, eso dice tu amigo. Será, no lo dudo, algo muy lujoso, pero no tanto.
- ¿Y cualquiera puede llegar a ser rey? Quiero decir, ¿todo lo demás es hereditario y eso precisamente no?
- Así me dijo Medrano. Ya ves que si la autoridad máxima puede ser elegida, todo es muy democrático. El rey se llama el Señor de Señores y gobierna por períodos de cinco años y cuando termina no puede ser reelegido, se vuelve a su casa y entonces los Señores eligen a otro.
- Momento, momento. ¿Cómo los Señores? ¿Entonces los demás no votan?
- Nadie vota, m'hijlta. Los Señores se reúnen cada cinco años y eligen a un Señor de Señores y fijate vos qué bien, casi siempre, o siempre, lo eligen entre las castas inferiores, ¿te das cuenta?
- La flauta si me doy cuenta. ¿Y el Señor de Señores los gobierna a todos?
- Supongo, porque para eso lo eligen. Aunque tu amigo Medrano dice que no, que no gobierna.
- Me parecía.
- Ah, claro, si lo dice él ha de ser palabra santa.
- Bueno, pero qué es lo que dice.
Otra de las virtudes de mi tía josefina es que no puede mentir:
- Dice que es una marioneta de los Señores que son los que en realidad gobiernan, para tener contento a todo el mundo con la ilusión de llegar ellos o alguien de su casta a ser rey, pero que el Señor de Señores es el último de los esclavos, un esclavo que vive como un rey, come como un rey, se viste como un rey, pero sigue siendo esclavo.
Y uno de sus defectos consiste en creer mas que lo que le gusta creer:
- Vos te das cuenta que no puede ser. Seguramente los Señores forman una especie de Concejo o Cámara o algo así y tu amigo tomó una cosa por otra. O a lo mejor los inventó para hacer más sabroso el cuento.
- Y, a lo mejor nomás. Te aviso que Trafalgar es capaz de cualquier cosa.
- También me dijo, eso ya me parece más razonable, que las castas inferiores son las más numerosas. Señor de Señores hay uno solo. Señores hay poquísimos, creo que me dijo que hay cien. Prestes un poco más, bastantes más, creo que como trescientos. Guerreros muchos más y Estudiosos más todavía, no me dijo cuántos. Comerciantes, Artesanos y Sirvientes muchísimos, sobre todo Sirvientes. Y parece que hay millones de Vagabundos. Debe ser un país muy poblado. Y cualquiera de cualquier casta, menos el Señor de Señores, claro, puede ser Dueño o Desposeído.
- ¿Que tiene plata y que no tiene plata? Ricos y pobres digamos.
- Más o menos: el que tiene tierras es Dueño; el que no tiene es Desposeído. Y dentro de cada casta el que es Dueño es superior al Desposeído.
- ¿Y uno puede pasar de Desposeído a Dueño?
- Sí, así que ya ves que no es tan espantoso como te parecía. Sí uno junta plata suficiente, compra tierras, que son muy caras, como en todas partes. Parece un país muy rico.
- ¿Los Vagabundos también pueden comprar tierras?
- No, no. Los Vagabundos son vagabundos. Ni casa tienen, yo no sé cómo la gente puede vivir así.
- No me explico. Ahora contame qué le pasó a Trafalgar en Serprabel.
- Hace un poco de fresco, ¿no te parece?
- ¿Querés que vayamos adentro?
- No. Pero ayudame a ponerme el saco sobre los hombros - no es que mi tía josefina necesite ayuda para ponerse el saco -. Así, gracias. Según él le pasó de todo. Fue allí a vender alhajas y perfumes. Dice que con los perfumes no le fue muy bien porque tienen una buena industria química y flores, vieras las flores que me describió, muy perfumadas con las que hacen extractos. Pero que como no hay yacimientos de piedras preciosas, vendió muy bien las que llevaba. Cierto que tuvo algunos inconvenientes, no vayas a creer, porque todo el que llega a Serprabel tiene que entrar a formar parte de una casta. A él lo consideraron Comerciante y tuvo que usar vehículos para Comerciantes e ir a un hotel para Comerciantes. Pero cuando se enteró que había castas superiores con mejores hoteles y más privilegios, protestó y dijo que también era Estudioso y Guerrero. Hizo bien, ¿no es cierto? Claro que como allí no se puede pertenecer a más de una casta, hubo que hacer una especie de audiencia presidida por uno de los Señores que tenía un nombre de lo más raro, de eso sí que no me voy a poder acordar, y allí él explicó su caso. Ay, me hizo reír tanto contándome cómo los había desconcertado y comentando que sentía mucho no haber podido decir que era Señor, y que también le hubiera gustado decir que era Preste que es la segunda casta. Lo malo era que no conocía nada de la religión y no tiene inclinaciones místicas. Aunque creo que se educó en un colegio religioso.
- Eso de que no tiene inclinaciones místicas está por verse. ¿Y en qué quedó?
- En que aceptaron que en otros lugares había otras costumbres y llegaron a un acuerdo. Sería un Guerrero pero de los más bajos, de los de Tierra, aunque Dueño, y con permiso para actuar como Comerciante.
- ¿Qué es eso de los de Tierra?
- Es que cada una de las cuatro castas superiores tiene categorías. Por ejemplo, a ver, cómo era, los Señores pueden ser de Luz, de Fuego y de Sombra, creo que ése era el orden. Los Prestes pueden dedicarse a la Comunicación, a la Intermediación o al Consuelo. Los Guerreros actúan en el Aire, el Agua o la Tierra. Y los Estudiosos se dedican al Conocimiento, a la Acumulación o a la Enseñanza. Los otros son inferiores y no tienen categorías.
- Qué lío. ¿Y cada uno además puede ser Dueño o Desposeído y eso influye en su posición?
- Sí. Es un poco complicado. Me decía Medrano que un Señor de Luz y Dueño es el rango más alto. Y que un Guerrero de Aire pero Desposeído es casi igual a un Preste dedicado al Consuelo pero Dueño, ¿entendés?
- No mucho. La cosa es que a Trafalgar le dieron un rango bastante pasable.
- El estaba muy satisfecho. Lo llevaron a un hotel muy superior y eso que dice que el de los Comerciantes era muy bueno, y le pusieron cuatro personas para atenderlo exclusivamente a él, aparte de los empleados del hotel. También debe haber influido eso de que llevara alhajas para vender, porque son un verdadero lujo. Dice que fue una delegación de Comerciantes a verlo y que aunque no pudieron entrar al hotel que era solamente para Guerreros, hablaron en el parque y le ofrecieron un local muy bien ubicado para que pusiera en venta lo que llevaba. Algunos querían comprar una que otra alhaja para venderla ellos pero eran muy caras y los Comerciantes aunque no son precisamente pobres, tampoco son ricos. Solamente uno de ellos, que era Dueño y de muchas tierras, podía haberle comprado algo, pero Medrano no quiso venderle ninguna; hizo bien porque para qué hacer un viaje tan largo y terminar repartiendo con otro las ganancias. De todos modos tuvieron que darle el local aunque muy amigos no quedaron, porque cada casta tiene sus leyes, y entre los Comerciantes uno no puede echarse atrás una vez que ha ofrecido algo de palabra o como fuera, y sobre todo de palabra. Otra ley para todas las castas que francamente no sé qué resultado dará porque me parece bastante tonta, dice que nadie puede repetir ni los de su casta ni a los de otras castas algo que ha oído decir a alguien de otra casta, aunque si pede repetir lo que han dicho los de la suya. Claro que eso es difícil de controlar, y nadie habla con gusto con alguien de otra casta sino por obligación, pero de vez en cuando pescan a un infractor y los castigos son terribles; en fin, no sé si de veras será para tanto.
- Pero escuchame, eso más que tonto es peligroso porque es muy vago, no tiene límites. Si se toma al pie de la letra nadie puede hablar con personas de otras castas.
- Algo de eso hay, como te digo. Pero como los Señores, que son muy inteligentes y muy justos, ofician de jueces, no hay abusos. Lo que está sucediendo es que de casta a casta el idioma va siendo cada vez más diferente. Me olvidé de preguntarle a Medrano qué idioma hablan y si él lo entendía. ¿Será algún dialecto hindú? De todas maneras, con un poco de inglés uno se hace entender en cualquier parte del mundo.
- Trafalgar habla un inglés estupendo. Supongo que vendió las alhajas.
- A los Señores, claro. Los locales de venta, las tiendas, ésos son lugares públicos a los que todos pueden ir, menos los Vagabundos que no pueden ir a ningún lado, pero cuando entraba un Señor o varios Señores, los demás tenían que salir. Los que no son Señores, porque los que son pueden quedarse. De todas maneras desfiló un mundo de gente para ver lo que Medrano había llevado.
- Me juego los sueldos de un año a que vendió todo.
- No sé de qué ibas a vivir porque no vendió todo. Le quedó un collar de perlas.
- No te creo. No. Imposible. jamás.
- En serio. Claro que fue por todo eso que pasó y de todos modos fue él el que decidió dejarlo, pero no lo vendió.
- No entiendo nada, pero me parece muy raro en Trafalgar.
- Es que el Señor de Señores que gobernaba en ese momento, y que hacía menos de un año que había sido elegido por los Señores, era un hombre muy poco apropiado para el cargo. Fijate que había sido Vagabundo, qué horror.
- ¿Y por qué? ¿No es que eligen a los de las castas inferiores para rey?
- Sí, claro, pero pocas veces Vagabundos que son analfabetos y no saben comer ni comportarse. Pero dice Medrano que lo habían elegido porque tenía cara y prestancia de rey.
- Flor de chantas estos Señores.
- M'hijita, qué grosería,
- No me digás que no son unos chantas y algo peor también.
- No creo, porque por lo que me contó Medrano es gente intachable. Y me parece muy democrático elegir un Vagabundo como rey. Incluso un poco novelesco.
- Cuentos chinos.
- La cuestión es que los pobres Señores se equivocaron. Claro, una persona inculta, sin educación, qué podés esperar.
- Los dejó como la mona.
- Se enamoró, decime vos, de una mujer casada.
- ¿Una Vagabunda?
- No, creo que los Vagabundos ni siquiera se casan. Peor, se enamoró de la mujer de un Estudioso de los mejores, de los dedicados al Conocimiento y que por eso frecuentaba mucho la corte. Y eso Medrano lo supo porque oyó hablar a los Señores que discutían lo que había que hacer, en la joyería que había instalado. Pero como él no sabía que no se puede decir lo que han dicho los de una casta que no sea la de uno, y él era, por lo menos mientras estaba allí un Guerrero, lo comentó con un Estudioso con el que estuvo conversando. No me acuerdo de qué categoría era, pero dice Medrano que había estado mirando las alhajas y que era un hombre muy interesante, que sabía muchísimo de filosofía, de matemáticas, de música, y que valía la pena oírlo hablar. El no podía comprar nada: solamente los Señores se habían llevado muchas cosas, porque los precios eran muy altos para los de las otras castas, pero se quedó hasta tarde, y como estaban los dos solos y habían hablado del tallado de las piedras y de orfebrería y de música, empezaron a hablar de otras cosas también y Medrano ponderó el país y la ciudad y el otro le preguntó si conocía los jardines del Palacio y hablaron del Señor de Señores y allí tu amigo cometió una indiscreción.
- Dijo lo del lío del Señor de Señores con la mujer.
- Dijo que había oído a los Señores comentar eso y no se dio cuenta que había hecho algo que no debía: solamente se extrañó cuando el Estudioso se puso muy serio y dejó de conversar y se despidió muy fríamente y se fue.
- Trafalgar se las da de canchero pero no aprende nunca. Siempre mete la pata.
- Mirá qué manera de hablar.
- Prometo ponerme fina o por lo menos tratar, pero decime qué le pasó.
- Cuando querés podés hablar correctamente. La cuestión sería que quisieras siempre. Ese día no le pasó nada. Al siguiente vendió lo que le quedaba, siempre a los Señores, menos un collar de perlas que tiene que haber sido una belleza, una verdadera belleza: un hilo muy largo de perlas rosadas todas del mismo tamaño. Perlas naturales, como te imaginarás. Debe haber costado una fortuna.
- ¿Ese fue el que dejó?
- Sí, pero esperate. Cuando no le quedaba más que ese collar y estaba a punto de vendérselo a un Señor, entró la policía y se lo llevó preso.
- Por lo visto hay policías en Serprabel.
- ¿Por qué no? Son de la casta de los Sirvientes. Y lo llevaron directamente al Palacio del Señor de Señores. Allí tuvo que esperar, siempre custodiado, con el collar en el bolsillo, hasta que lo hicieron entrar, dice que a los empujones, qué desagradable, a un tribunal. Como repetir cosas dichas por alguien de otra casta es un delito grave, el juez no era un Señor cualquiera sino el Señor de Señores. Claro que asistido por dos Señores. El que hacía de fiscal era otro Señor, que expuso la acusación.
- ¿Y defensor? ¿Tenía defensor?
- No, tenía que defenderse solo. Te diré que no me parece justo.
- Nada justo. Una chanchada, disculpá el término.
- Será un poco fuerte, pero tenés razón. Lo acusaron y él se defendió como pudo. Pero fijate que había que decir de qué se trataba, qué era lo que había repetido Medrano. Y se trataba nada menos que de los amores non sanctos del mismo rey que presidía el tribunal.
- Pobre tipo, mi Dios.
- Realmente este muchacho las pasó muy mal.
- No, yo digo el Señor de Señores.
- Se lo tenía merecido, y no creas que no lo compadezco. Pero una persona de calidad no cae en esas cosas.
- Ah, no, claro, por qué no los leés a Shakespeare y a Sófocles.
- Para el teatro eso estará muy bien pero en la vida real es inconveniente. Y las cosas se pusieron peor cuando después de la acusación y la defensa, el fiscal detalló el delito de Medrano, y el Señor de Señores que hasta entonces había estado muy en su papel, muy serio y digno y quieto en su trono, se paró y empezó a hablar. No era la conducta que se espera de un rey porque todo el mundo y sobre todo los Señores, me explicó Medrano, todo el mundo se escandalizó tanto que nadie atinó a nada. Se quedaron helados y con la boca abierta mirándolo.
- ¿Y qué dijo?
- Un discurso.
- ¿Un discurso?
- Una parodia de discurso. Dice Medrano que ni hablar sabía, que balbuceaba y pronunciaba mal las palabras y repetía frases.
- ¿Y qué esperaban ésos? ¿El Demóstenes de los bajos fondos -, Pero algo se le entendería, supongo.
- Dijo ahí delante de todo el mundo porque los juicios son públicos, dijo que todo eso era verdad, mirá vos qué mal gusto ponerse a hablar de esas cosas no sólo privadas sino ilícitas. Dijo que él estaba enamorado de esa muchacha y ella también de él y que no veía por qué no se iban a querer y que él iba a dejar de ser rey y se iba a ir con ella a andar sin ropa y descalzos por el campo y a comer frutas y tomar el agua de los ríos, qué cosa tan disparatada. Qué disgusto debe haber sido para los Señores ver al mismo rey que ellos habían elegido lloriqueando y babeando como una criatura caprichosa delante de la gente a la que se supone que tenía que gobernar. Como será que nadie se movió ni dijo nada cuando el Señor de Señores se bajó del trono y se sacó los zapatos que eran de un cuero finísimo con hebillas de oro y se sacó el manto todo bordado y la corona y quedó solamente con una túnica de hilo blanco y se fue caminando hasta la salida.
- ¿Y nadie hizo nada?
- Los Señores sí que hicieron algo. Los Señores reaccionaron y dieron orden a la policía para que lo agarraran y lo llevaran de vuelta al trono. Pero qué cosa tan rara, nadie obedeció y el Señor de Señores siguió caminando y salió del tribunal y llegó a los jardines.
- Pero ¿y Trafalgar? ¿Qué hacía Trafalgar que no aprovechaba para escaparse?
- ¿Qué no? M'hijlta como si no lo conocieras bien. En cuanto el Señor de Señores empezó a hablar y todos a mirarlo, él retrocedió y se puso fuera del alcance de los guardias y cuando el rey salió y algunos Guerreros y los Señores gritaron y salieron corriendo, él también corrió.
- Bien hecho, me gusta.
- Pero no fue muy lejos.
- ¿Lo agarraron de nuevo?
- No, por suerte no. En los jardines de Palacio, en donde siempre había mucha gente, se armó un revuelo cuando lo vieron aparecer descalzo y en ropa interior. Y en eso, Medrano alcanzó a verlo bien todo, en eso una mujer muy joven y muy bonita se le abrazó llorando: era la mujer del Estudioso, la de los amores Culpables.
- Ay josefina, qué frase de novela por entregas.
- ¿Es así o no? Una mujer casada que tiene amores con un hombre que no es su marido, es culpable, y no me digas que no porque eso no te lo admito.
- No nos vamos a pelear, sobre todo ahora que me dejás colgada con todo el mundo en un momento tan fiero. ¿Hizo algo Trafalgar además de mirar?
- Bastante, pobre muchacho, estuvo muy generoso. Equivocado pero generoso. Los Señores y los Guerreros y los Estudiosos, los Prestes no porque no había ninguno allí, llevan una vida más retirada, como corresponde; trataron de llegar hasta el Señor de Señores y esa mujer, pero todas las personas de las otras castas que había en el jardín y los que entraban de afuera o salían del Palacio a ver, sin saber muy bien por qué, porque muchos no habían estado en el tribunal, por rebeldía y resentimiento nomás me imagino, se pusieron a defenderlos. Claro, eso se convirtió en un campo de Agramante y hubo una pelea terrible. Los Guerreros y los Señores tenían armas, pero los de las castas inferiores destrozaron los jardines, qué pena, sacando piedras, hierros de los bancos, pedazos de mármol y de cristal de las fuentes, ramas, enrejados de glorieta, cualquier cosa, para atacar y darles tiempo a escapar al Señor de Señores y la mujer.
- ¿Y se escaparon?
- Se escaparon. Y tu amigo Medrano detrás de ellos. El dice que su avión particular, no le dice avión particular, ¿cómo le dice?
- Cacharro.
- Eso es. Dice que su avión particular no estaba muy lejos y él quería llegar hasta allí, muy prudente me parece, y levantar vuelo en seguida. Pero en eso los Señores y los Guerreros se organizaron, llamaron soldados, que creo que son de la casta de los Guerreros también pero que están haciendo el aprendizaje, y persiguieron al Señor de los Señores y a la mujer. Fue entonces cuando Medrano los alcanzó y los arrastró con él hasta el avión.
- Menos mal. Ya me estaba asustando.
- Asustate nomás, que ahora viene lo peor.
- Ay, no, no me contés más.
- Bueno, no te cuento más.
- No, sí, contame.
- En qué quedamos.
- Josefina no, te aseguro que no fue en serio.
- Ya sé, y de todos modos ahora no puedo dejar de contarte. Casi llegaban al avión, con los Señores y los Guerreros y los Estudiosos y los soldados persiguiéndolos y detrás todos los de las castas inferiores que tiraban piedras pero ya no se animaban a acercarse porque los Guerreros habían matado a varios, casi llegaban cuando los Señores se dieron cuenta adónde iban y que estaban a punto de escapar y dieron orden a los soldados para que tiraran. Tiraron, y lo mataron al Señor de Señores.
No dije nada. Josefina comentó que estaba oscureciendo y fui adentro y prendí las luces en el jardín.
- Medrano - dijo mi tía josefina - vio que le habían atravesado la cabeza de un balazo y agarró a la mujer y la subió al avión. Pero ella no quería irse, ahora que el Señor de Señores estaba muerto y peleó tanto que consiguió soltarse y se tiró del avión. Medrano quiso seguirla y volver a llevársela arriba, pero los Guerreros y los Señores ya estaban encima y seguían tirando, y tuvo que cerrar la puerta. La mataron a ella también. De una muerte horrible dijo Medrano pero no explicó cómo y yo no le pregunté nada. El siguió encerrado, en tierra pero listo para levantar vuelo, y vio que ya no le hacían caso. Finalmente, para ellos no era más que un extranjero al que le habían comprado alhajas, que posiblemente no entendía nada de las costumbres del país y por eso había hecho cosas que no estaban bien. Se fueron y dejaron ahí los dos cadáveres. A los de las castas inferiores hubo que obligarlos a retroceder a punta de bayoneta porque a toda costa querían acercarse aunque ya no tiraban piedras ni nada. Y entonces fue cuando Medrano dejó el collar de perlas. Cuando vio que estaba solo baló del avión, con mucho riesgo me parece a mí pero estuvo muy valiente y muy conmovedor, bajó del avión y le puso a la mujer, a lo que quedaba de ella me dijo, el hilo de perlas. Después volvió a subir, se encerró, se lavó las manos, prendió un cigarrillo y despegó.
- Qué horror.
- Sí. Siempre que sea cierto - dijo mí tía josefina. No sé qué pensar. ¿No será nada más que un cuento de hadas para una vieja que esta sola tomando el té?
- Trafalgar no cuenta cuentos de hadas. Y vos no sos vieja, Josefina, qué vas a ser.


FIN

Italo Calvino - TIEMPO CERO




Tengo la impresión de que no es la primera vez que me encuentro en esta situación: con el arco apenas flojo en la mano izquierda tendida hacia adelante, la mano derecha contraída atrás, la flecha F suspendida en el aire a casi un tercio de su trayectoria y, un poco más allá, suspendido también en el aire y también a casi un tercio de su trayectoria, el león L en el acto de saltar sobre mí con las fauces abiertas y las garras extendidas. Dentro de un segundo sabré si la trayectoria de la flecha y la del león vendrán o no a coincidir en un punto X atravesado tanto por L como por F en el mismo segundo tx, es decir, si el león se desplomará en el aire con un rugido sofocado por el borbotón de sangre que le inundará la negra garganta atravesada por la flecha, o si caerá incólume sobre mí derribándome con un doble zarpazo que me desgarrará el tejido muscular de los hombros y del tórax, mientras su boca, cerrándose con un simple golpe de mandíbulas, me separará la cabeza del cuello a la altura de la primera vértebra.
Tan numerosos y complejos son los factores que condicionan el movimiento parabólico tanto de las flechas como de los felinos, que no me permiten por el momento juzgar cuál de sus eventualidades es más probable. Me encuentro pues en una de esas situaciones de incertidumbre y espera en las que no se sabe realmente qué pensar. Y el pensamiento que se me presenta es éste: me parece que no es la primera vez.
No quiero referirme aquí a otras experiencias mías de caza: el arquero, apenas cree que ha adquirido experiencia, está perdido; cada león que encontramos en nuestra breve vida es diferente de cualquier otro león; guay si nos detenemos a hacer confrontaciones, a deducir nuestros movimientos de normas y presuposiciones. Hablo de este león L y de esta flecha F que han llegado ahora a casi un tercio de sus respectivas trayectorias.
Y tampoco puedo ser incluido entre los que creen en la existencia de un león primero y absoluto, del cual todos los diversos leones particulares y aproximativos que nos saltan encima son sólo sombras o apariencias. En nuestra dura vida no hay lugar para nada que no sea concreto y captable por los sentidos.
Igualmente extraña me es la opinión del que dice que cada uno lleva en sí desde su nacimiento un recuerdo de león que amenaza en sus sueños, heredado de padre a hijo, y así cuando ve un león se dice en seguida: ¡vaya, el león! Podría explicar por qué y cómo he llegado a excluirlo, pero no me parece que sea éste el momento oportuno.
Básteme decir que por «león» entiendo sólo esta mancha amarilla que emerge de un matorral de la sabana, este bufido ronco que exhala olor de carne sanguinolento, y el pelo blanco del vientre y el rosa bajo las zarpas, y el ángulo agudo de las uñas retráctiles como las veo ahora cerniéndose sobre mí en una mezcla de sensaciones que llamo «león» por darle un nombre, aunque está claro que no tiene nada que ver con la palabra león ni tampoco con la idea de león que uno podría hacerse en otras circunstancias.
Si digo que este instante que estoy viviendo no es la primera vez que lo vivo, es porque la sensación que tengo es como de un ligero desdoblarse de imágenes, como si al mismo tiempo viera no un león o una flecha sino dos o más leones y dos o más flechas superpuestos con un corrimiento apenas perceptible, de modo que los contornos sinuosos de la figura del león y el segmento de la flecha resultan subrayados o mejor aureolados por líneas más sutiles y de color más esfumado. El desdoblamiento sin embargo podría ser solamente una ilusión con la cual me represento una sensación de espesor de otro modo indefinible, por la cual león flecha matorral son algo más que este león esta flecha este matorral, es decir, la repetición interminable de león flecha matorral dispuestos en esa precisa relación con una interminable repetición de mí mismo en el momento en que apenas he aflojado la cuerda de mi arco.
No quisiera sin embargo que esta sensación como la he descrito se asemejase demasiado al reconocimiento de algo ya visto, flecha en esa posición y león en aquella otra y recíproca relación entre las posiciones de la flecha y del león y de mí plantado aquí con el arco en la mano; preferiría decir que lo que he reconocido es solamente el espacio, el punto del espacio en que se encuentra la flecha y que estaría vacío si la flecha no estuviera, el espacio vacío que ahora contiene al león y el que me contiene ahora a mí, como si en el vacío del espacio que ocupamos, o mejor atravesamos - es decir, que el mundo ocupa o, mejor, atraviesa -, algunos puntos me hubieran resultado reconocibles en medio de todos los otros puntos igualmente vacíos e igualmente atravesados del mundo. Y que quede bien claro: no es que este reconocimiento suceda en relación, por ejemplo, con la configuración del terreno, con la distancia del río o de la selva; el espacio que nos circunda es un espacio siempre diverso, lo sé, sé que la Tierra es un cuerpo celeste que se mueve en medio de otros cuerpos celestes que se mueven, sé que ninguna señal, ni en la Tierra ni en el cielo, puede servirme de punto de referencia absoluto, tengo siempre presente que las estrellas giran en la rueda de la galaxia y las galaxias se alejan una de la otra con velocidad proporcional a la distancia. Pero la sospecha que me ha asaltado es justamente ésta: haber llegado a encontrarme en un espacio que no me es nuevo, haber vuelto a un punto por el cual ya habíamos pasado. Y como no se trata sólo de mí sino también de una flecha y de un león, no es el caso de pensar que sea un azar: aquí se trata del tiempo, que continúa recorriendo una huella que ya ha recorrido. Podría pues definir como tiempo y no como espacio ese vacío que me ha parecido reconocer al atravesarlo.
La pregunta que ahora me hago es si un punto del recorrido del tiempo puede superponerse a puntos de recorridos precedentes. En este caso, la impresión de espesor de las imágenes se explicaría como la palpitación repetida del tiempo en un instante idéntico. Podría también darse, en ciertos puntos, un pequeño corrimiento entre un recorrido y el otro: imágenes ligeramente desdobladas o desenfocadas serían el indicio de que el trazado del tiempo está un poco desgastado por el uso y deja un sutil margen de juego en torno a sus pasajes obligados. Pero aunque no se tratase de un momentáneo efecto óptico, queda el acento como de una cadencia que me parece oír palpitar en el instante que estoy viviendo. No quisiera sin embargo que lo que he dicho hiciese pensar que este instante está como dotado de una especial consistencia temporal en la serie de instantes que lo preceden y lo siguen: desde el punto de vista del tiempo es exactamente un instante que dura como los otros, indiferente a su contenido, suspendido en su carrera entre el pasado y el futuro; lo que me parece haber descubierto es su recorrer puntual en una serie que se repite cada vez idéntica a sí misma.
En una palabra, todo el problema, ahora que la flecha traspasa el aire con un silbido y el león se arquea en su salto y no se puede prever todavía si la punta embebida en el veneno de serpiente traspasará el pelo leonado entre los ojos desorbitados o si errará el blanco abandonando mis vísceras inermes al desgarrón que las separará de la urdimbre de huesos donde están ahora ancladas y las arrastrará dispersas por el suelo ensangrentado y polvoriento hasta que antes de la noche los cuervos y los chacales hayan borrado la última huella; todo el problema para mí es saber si la serie de que forma parte este segundo está abierta o cerrada. Porque si, como me parece haber oído sostener alguna vez, es una serie finita, si el tiempo del universo ha comenzado en cierto momento y continúa en una explosión de estrellas y nebulosas cada vez más enrarecidas hasta el momento en que la dispersión alcance el límite extremo y estrellas y nebulosas vuelvan a concentrarse, la consecuencia que debo sacar es que el tiempo volverá sobre sus pasos, que la cadena de los minutos se desenrollará en sentido inverso, hasta que se llegue de nuevo al principio, para recomenzar después, todo esto infinitas veces - y no está dicho, entonces, que haya tenido un comienzo: el universo no hace sino pulsar entre dos momentos extremos, obligado a repetirse desde siempre -, así como infinitas veces se ha repetido y se repite este segundo en que ahora me encuentro.
Tratemos pues de ver claro: yo me encuentro en un punto espaciotemporal intermedio cualquiera de una fase del universo; al cabo de centenares de millares de billones de segundos he aquí que la flecha y el león y yo y el matorral nos hemos encontrado como nos encontramos ahora, y este segundo será de inmediato tragado y sepultado en la serie de los centenares de millares de billones de segundos que continúa, independientemente del resultado que tenga de aquí a un segundo el vuelo convergente o corrido del león y de la flecha; después en cierto momento la carrera invertirá su sentido, el universo repetirá su curso a la inversa, de los efectos resurgirán puntuales las causas, e incluso de estos efectos que me esperan y que no conozco, de una flecha que se clava en el suelo levantando una nube amarilla de polvo y menudas astillas de sílex o que traspasa el paladar de la fiera como un nuevo diente monstruoso, se regresará al momento que ahora estoy viviendo, la flecha volviendo a empulgarse como chupada en el arco tenso, el león cayendo detrás del matorral sobre las zarpas posteriores contraídas a resorte, y todo el después será poco a poco borrado segundo por segundo por el retorno del antes, será olvidado en el descomponerse de los miles de millones de combinaciones de neuronas dentro de los lóbulos de los cerebros, de modo que nadie sabrá que vive en el reverso del tiempo como ni siquiera yo ahora estoy seguro de cuál es el sentido en que se mueve el tiempo en que me muevo, y si el después que espero no ha sucedido ya en realidad hace un segundo, llevando consigo mi salvación o mi muerte.
Lo que me pregunto es si, considerando que a este punto de todos modos se ha de volver, no es cosa de que yo me detenga, que me detenga en el espacio y en el tiempo, mientras la cuerda del arco apenas aflojada se curva en la dirección opuesta a aquella hacia la cual había estado anteriormente tendida, y mientras el pie derecho apenas aliviado del peso del cuerpo se levanta en una torsión de noventa grados, y de que esté así inmóvil esperando que de la oscuridad del espaciotiempo vuelva a salir el león y a disponerse contra mí con las cuatro zarpas altas en el aire, y la flecha vuelva a insertarse en su trayectoria en el punto exacto en que está ahora. ¿Para qué sirve en realidad seguir si antes o después tendremos que encontrarnos en esta situación? Da lo mismo que yo me conceda un descanso de unas decenas de miles de millones de años, y deje que el resto del universo continúe su carrera espacial y temporal hasta el fin, y espere el viaje de retorno para saltar de nuevo dentro, y después volver atrás en la historia mía y del universo hasta los orígenes, y después recomenzar otra vez para encontrarme aquí de nuevo - o que deje que el tiempo vuelva atrás por su cuenta y después vuelva a acercárseme mientras yo estoy siempre quieto esperando -, y ver entonces si la vez es buena para decidirme a dar el otro paso, para ir a dar una ojeada a lo que me sucederá dentro de un segundo, o si no me conviene detenerme definitivamente aquí. Para eso no es necesario que mis partículas materiales sean sustraídas a su curso espaciotemporal, a la sanguinaria efímera victoria del cazador o del león: estoy seguro de que una parte de nosotros queda de todos modos enviscada en cada intersección del tiempo y, del espacio, y por lo tanto bastaría no separarse de esa parte, identificarse con ella, dejando que el resto gire como debe girar hasta el final.
Se me presenta, en suma, esta posibilidad: constituir un punto fijo en las fases oscilantes del universo. ¿Debo aprovechar la ocasión o mejor dejarla pasar? Detenerme, quizá me detendría no yo solo, cosa que, me doy cuenta, tendría poco sentido, sino yo junto con lo que sirve para definir este instante para mí, flecha león arquero suspendidos así como estamos para siempre. Me parece en realidad que si el león supiera claramente cómo están las cosas, de seguro también él estaría de acuerdo en permanecer como se encuentra ahora, a casi un tercio de la trayectoria de su salto furioso, y en separarse de aquella proyección de sí mismo que dentro de un segundo irá al encuentro de los rígidos espasmos de la agonía o de la masticación rabiosa de un cráneo humano todavía caliente. Puedo hablar, pues, no sólo por mí, sino también en nombre del león. Y en nombre de la flecha, porque una flecha no puede querer sino ser flecha como lo es en este rápido momento, y aplazar el destino de desperdicio romo que le espera, cualquiera que sea el blanco en que dé.
Establecido, pues, que la situación en que nos encontramos ahora yo y león y flecha en este instante t0 se verificará dos veces para cada vaivén del tiempo, idéntica las tres veces, y así ya se había repetido tantas veces cuantas el universo ha repetido su diástole y su sístole en el pasado - si es que tiene sentido hablar de pasado y de futuro para la sucesión de estas fases, cuando sabemos que no tiene ninguno en el interior de las fases -, queda siempre la incertidumbre sobre las situaciones en los sucesivos segundos t1, t2, t3, etcétera, así como parecía incierta en los precedentes t-1, t-2, t-3, etcétera.
Las alternativas, mirándolo bien, son éstas:
o las líneas espaciotemporales que el universo sigue en las fases de su pulsación coinciden en todos sus puntos;
o bien coinciden sólo en algunos puntos excepcionales, como el segundo que estoy viviendo, para diverger después en los otros.
Si esta última alternativa es la justa, desde el punto espaciotemporal en que me encuentro parte un haz de posibilidades que cuanto más avanzan en el tiempo más divergen en cono hacia futuros completamente diferentes entre sí, y a cada vez que me encuentre aquí con la flecha y el león en el aire corresponderá un diferente punto X de intersección de sus trayectorias, cada vez el león será herido de manera diferente, tendrá una agonía diferente o encontrará en medida diferente nuevas fuerzas para reaccionar, o no será herido y se arrojará sobre mí cada vez de una manera diferente dejándome o no dejándome posibilidad de defensa, y mis victorias y mis derrotas en la lucha con el león se revelan potencialmente infinitas, y cuantas más veces sea yo despedazado tantas más probabilidades tendré de dar en el blanco la próxima vez que me encuentre aquí de nuevo dentro de miles de millones de años, y sobre esta situación mía de ahora no puedo emitir ningún juicio porque en caso de que yo esté viviendo la fracción de tiempo inmediatamente anterior a la garra de la fiera, éste sería el último momento de una época feliz, mientras que si lo que me espera es el triunfo con que la tribu acoge al cazador de leones victorioso, esto que estoy viviendo es el colmo de la angustia, el punto más negro del descenso a los infiernos que debo cumplir para merecer la apoteosis. De esta situación, pues, me conviene huir sea como fuere lo que me aguarda, porque si hay un intervalo de tiempo que no cuenta nada es justamente éste, definible sólo en relación con el que le sigue, es decir, en sí mismo este segundo no existe, y no hay ninguna posibilidad no sólo de detenerse en él sino de atravesarlo lo que dura un segundo, en suma, es un salto del tiempo entre el momento en que el león y la flecha han emprendido su vuelo y el momento en que un chorro de sangre irrumpirá de las venas del león o de las mías.
Añádase que si de este segundo parten en cono infinitas líneas de posibles futuros, las mismas líneas provienen oblicuas de un pasado que es también un cono de posibilidades infinitas, por lo tanto el yo mismo que se encuentra ahora aquí con el león que se le desploma desde lo alto y con la flecha que abre su camino en el aire, y un yo mismo cada vez diferente porque el pasado la edad la madre el padre la tribu la lengua la experiencia son diferentes cada vez, el león es siempre otro león aunque sea exactamente así como lo veo cada vez, con la cola que en el salto se ha replegado acercando el mechón al flanco derecho en un movimiento que podría ser tanto un latigazo como una caricia, con las crines tan abiertas que tapan a mi vista gran parte del pecho y del torso y sólo dejan surgir lateralmente las zarpas anteriores levantadas como preparándose para un abrazo jubiloso pero en realidad prontas a hundirme las uñas en los hombros con todas sus fuerzas, y la flecha está hecha de una materia siempre diferente, aguzada con diferentes instrumentos, envenenada con disímiles serpientes, pero siempre atravesando el aire con la misma parábola y el mismo silbido. Lo que no cambia es la relación entre yo flecha león en ese instante de incertidumbre que se repite igual, incertidumbre cuya apuesta es la muerte, pero es preciso reconocer que si esta muerte inminente es la muerte de un yo con diferente pasado, de un yo que ayer por la mañana no ha estado recogiendo raíces con mi prima, es decir, mirándolo bien, otro yo, de un extraño, quizá de un extraño que ayer por la mañana estuvo recogiendo raíces con mi prima, por lo tanto de un enemigo, aunque aquí en mi lugar las otras veces en cambio de estar yo había otro, no es que me importe ya mucho saber si la vez antes o la vez después la flecha dio o no en el león.
En este caso entonces queda excluido que el detenerme en t0 por todo el curso del espacio y del tiempo tenga para mí interés. Se mantiene siempre sin embargo la otra hipótesis: así como en la vieja geometría bastaba que las líneas coincidieran en dos puntos para que coincidieran en todos, así puede darse que las líneas espaciotemporales trazadas por el universo en sus fases alternas coincidan en todos sus puntos y entonces no sólo t0 sino también t1 y t2 y todo lo que vendrá después coincidirán con los respectivos t1, t2, t3 de las otras fases, y así todos los segundos precedentes y siguientes, y yo estaré reducido a tener un solo pasado y un solo futuro repetidos infinitas veces antes y después de este momento. Cabe sin embargo preguntarse si tiene sentido hablar de repetición cuando el tiempo consiste en una serie única de puntos tales que no permiten variaciones ni en su naturaleza ni en su sucesión: bastaría entonces decir que el tiempo es finito y siempre igual a sí mismo, y por lo tanto puede considerarse como dado contemporáneamente en toda su extensión formando una pila de estratos de presente; es decir, se trata de un tiempo absolutamente lleno, en cuanto cada uno de los átomos en que es descomponible constituye como un estrato que está continuamente presente, inserto entre otros estratos también continuamente presentes. En resumen, el segundo t0 en el que están la flecha F0 y un poco más allá el león L0 y aquí el yo mismo Q0 es un estrato espaciotemporal que permanece detenido e idéntico para siempre, y junto a ese se dispone t, con la flecha F, y el león L, y el yo mismo Q, que han cambiado ligeramente sus posiciones, y, allí al lado está t2 que contiene F2, L2 y Q2 y así sucesivamente. En uno de esos segundos puestos en fila resulta claro quién vive y quién muere entre el león Ln y el yo mismo Qn, y en los segundos siguientes seguramente se están desenvolviendo: o los festejos de la tribu al cazador que vuelve con los despojos del león, o los funerales del cazador mientras a través de la sabana se difunde el terror al paso del león asesino. Cada segundo es definitivo, cerrado, sin interferencias con los otros, y yo Q0. aquí en mi territorio t0, puedo estar absolutamente tranquilo y desinteresarme de lo que contemporáneamente está sucediendo a Q1, Q2, Q3, Qn. en los respectivos segundos vecinos míos, porque en realidad los leones L1, L2, L3, Ln no podrán jamás ocupar el lugar del notorio y todavía inofensivo aunque amenazante L0, mantenido a raya por una flecha en vuelo F0 portadora aún en sí de esa potencia mortífera que podría revelarse desperdiciada por F1, F2, F3, Fn, en su disponerse en segmentos de trayectoria cada vez más distantes del blanco, ridiculizándome como el arquero más chambón de la tribu, o mejor ridiculizando como chambón a aquel Q0, que en t-1 apunta con su arco.
Sé que la comparación con los fotogramas de una película, se impone espontáneamente, pero si he evitado hasta ahora hacerla he tenido mis razones. Es cierto que cada segundo está encerrado en sí mismo y es incomunicable con los otros exactamente corno un fotograma, pero para definir su contenido no bastan los puntos Q0 L0, F0, con los cuales lo limitaremos a una escenita de caza del león, todo lo dramática que se quiera pero desde luego no muy vasta de horizontes; lo que ha de tenerse en cuenta contemporáneamente es la totalidad de los puntos contenidos en el universo en ese segundo t0, no uno exclusivamente, y entonces el fotograma es mejor quitárselo de la cabeza porque no hace más que confundir las ideas.
De modo que yo ahora que he decidido habitar para siempre este segundo t0 - y si no lo hubiera decidido sería lo mismo porque en cuanto Q0 no puedo habitar ningún otro - tengo toda la comodidad para mirar a mi alrededor y contemplar segundo en toda su extensión. Aquel abarca a mi derecha un río negreante de hipopótamos, a mi izquierda la sabana blanconegreante de cebras y esparcidos en varios puntos del horizonte algunos baobabs amarillonegreantes de tucanes, cada uno de estos elementos contramarcado por las posiciones que ocupan respectivamente los hipopótamos H(a)0, H(b)0, H(c)0, etcétera, las cebras C(a)0, C(b)0, C(c)0, etcétera, los tucanes T(a)0, T(b)0, T(c)0, etcétera. Aquel comprende además aldeas de caballas y almacenes de importaciones y exportaciones, plantaciones que ocultan bajo tierra millares de semillas en momentos diversos de su proceso de germinación, desiertos interminables con la posición de cada granito de arena G(a)0, G(b)0... G(n)0 transportado por el viento, ciudades de noche con ventanas iluminadas y ventanas apagadas, ciudades de día con semáforos rojos y amarillos y verdes, curvas de la productividad, índices de precios, cotizaciones de bolsa, propagaciones de enfermedades infecciosas con la posición de cada uno de los virus, guerras locales con ráfagas de balas B(a)0, B(b,)0, B(n)0, suspendidas en su trayectoria que quién sabe si herirán a los enemigos E(a)0, E(b)0, E(n)0 escondidos entre las hojas, aeroplanos con racimos de bombas que han de, ser soltadas, guerra total implícita en la situación internacional IS0 que no se sabe en qué momento se convertirá en guerra total explícita, explosiones de estrellas supernovas que podrían cambiar radicalmente la configuración de nuestra galaxia...
Cada segundo es un universo, el segundo que vivo es el segundo en que habito, the second I live is the second I live in, tengo que habituarme a pensar mi razonamiento contemporáneamente en todas las lenguas posibles si quiero vivir extensivamente mi instante-universo. A través de las combinaciones de todos los datos contemporáneos podré alcanzar un conocimiento objetivo del instante-universo t0 en toda su extensión espacial yo incluido, dado que en el interior de t0 yo Q0 no estoy determinado por mi pasado Q-1 Q-2 Q-3 etcétera sino por el sistema constituido por todos los tucanes T0, balas B0, virus V0, sin los cuales no podría establecerse que yo soy Q0. Más aún, dado que ya no me preocupa qué le ocurrirá a Q1, Q2 Q3 etcétera, no es cosa de que siga adoptando el punto de vista subjetivo que me ha guiado hasta aquí, puedo identificarme tanto conmigo como con el león o con el granito de arena o con el índice del costo de la vida o con el enemigo o con el enemigo del enemigo.
Para hacer esto basta establecer con exactitud las coordenadas de todos esos puntos y calcular algunas constantes. Podría por ejemplo poner de relieve todas las componentes de suspensión e incertidumbre que valen tanto para mí como para el león la flecha las bombas el enemigo y el enemigo del enemigo, y definir t0 como un momento de suspensión e incertidumbre universal. Pero esto no me dice todavía nada de sustancial sobre t0 porque admitiendo que se trata de un momento de todos modos terrible como me parece ya probado, podría ser tanto un momento terrible en una serie de momentos de terribilidad creciente como un momento terrible en una serie de terribilidad decreciente y por lo tanto ilusoria. En otras palabras, esta firme pero relativa terribilidad de t0 puede asumir valores completamente diferentes, por cuanto t1, t2, t3 pueden transformar la sustancia de t. de manera radical, o mejor dicho son los varios t, de Q1, L1, E(a), N(a) los que tienen el poder de determinar las cualidades fundamentales de t0.
Aquí me parece que las cosas comienzan a complicarse: mi línea de conducta es encerrarme en t0, y no saber nada de lo que sucede fuera de este segundo, renunciando a un punto de vista limitadamente personal para vivir t0 en su global configuración objetiva, pero esta configuración objetiva se puede captar no desde el interior de t0 sino sólo observándola desde otro instante-universo, por ejemplo desde t0, o desde t2, y no desde toda su extensión contemporáneamente sino adoptando decididamente un punto de vista, el del enemigo o el del enemigo del enemigo, el del león o el de mí mismo.
Recapitulando: para detenerme en t0 debo establecer una configuración objetiva de t0; para establecer una configuración objetiva de t0 debo desplazarme a t1; para desplazarme a t1, debo adoptar una perspectiva subjetiva cualquiera, por lo tanto da lo mismo que tenga la mía. Recapitulando una vez más: para detenerme en el tiempo debo moverme con el tiempo, para llegar a ser objetivo debo mantenerme subjetivo.
Veamos ahora cómo comportarme en la práctica: quedando establecido que yo como Q0 conservo mi residencia fija en t0, podré entre tanto hacer una escapada lo más rápida posible a t1, y si no basta, continuar hasta t2 y t3 identificándome provisionalmente con Q1, Q2 y Q3, todo esto naturalmente en la esperanza de que la serie Q continúe y no sea prematuramente truncada por las uñas combadas de L1, L2, L3, porque sólo así podré darme cuenta de cómo se configura mi posición de Q0 en t0, que es la única cosa que debe importarme.
Pero el peligro que corro es que el contenido de t1, del instante-universo t1, sea tanto más interesante, tanto más rico que t0 en emociones y sorpresas no sé si triunfales o ruinosas, que yo esté tentado de dedicarme todo a t1, dando la espalda a t0, olvidándome de que he pasado a t1, sólo para informarme mejor sobre t0. Y en esta curiosidad por t1, en este ilegítimo deseo de conocimiento por un instante-universo que no es el mío, al querer darme cuenta de si hago realmente un buen negocio permutando mi estable y segura ciudadanía en t0 por esa porción de novedad que es t1, puede ofrecerme, podré dar un paso hasta t2, cosa de tener una idea más objetiva de t1; y ese paso a t2, a su vez...
Si las cosas son así, ahora me doy cuenta de que mi situación no cambiaría en nada ni siquiera abandonando las hipótesis de las cuales he partido, esto es, suponiendo que el tiempo no conozca repeticiones y consista en una serie irreversible de segundos uno diferente del otro, y cada segundo suceda de una vez para siempre, y que habitarlo en su duración exacta de un segundo quiera decir habitarlo para siempre, y que t0 me interesa solamente en función de los t1, t2, t3 que le siguen, con su contenido de vida o de muerte como consecuencia del movimiento que ha cumplido disparando la flecha, y del movimiento que ha cumplido el león dando su salto, e incluso de los otros movimientos que el león y yo haremos en los próximos segundos, y del miedo que por toda la duración de un interminable segundo me tiene petrificado, tiene petrificado en vuelo al león y a la flecha a mi vista, y el segundo, t0 fulmíneo como ha llegado fulmíneamente ahora se dispare en el segundo sucesivo, y trace sin más dudas la trayectoria del león y de la flecha.

FIN

Elvio E. Gandolfo - EL TERRON DISOLVENTE




Yo casi me había olvidado de Fiambretta. Pobre tipo, con un apellido así. Pero Rodríguez estaba hablando de los viajes que hace por el interior, cuando en medio de los datos sobre restaurantes de la ruta, sobre aventuras totalmente inverosímiles con mujeres "casadas" (como solía agregar, con un dejo reverenciar inútil a esta altura del partido), de los pueblos y pequeñas ciudades que recorría, a lo largo de la ruta 9, mencionó a Fiambretta. Lo corté en seco:
- ¿Fiambretta, dijiste?
- Sí, él. ¿Te acordás? Ahora vive en las afueras de Cañada de Gómez.
Cómo no me iba a acordar. Siempre consideré que cargar con el apellido había impedido que él, Fiambretta, llegara a la fama, a la consagración que tanto se merecía. Habíamos hecho Biología juntos, y aun después de que yo abandoné para dedicarme al curro de los rulemanes, nos seguíamos viendo. Uno de nuestros entretenimientos favoritos era ir a ver una película a un cine de Corrientes (detestábamos Lavalle) y después quedarnos charlando hasta la madrugada en un boliche de Callao, lleno de mesas de billar, hasta que salían los diarios.
De lo que más hablábamos era del cosmos, de la vida aquí y en otros mundos, de los misterios de la célula. O sea que el que hablaba era Fiambretta, no yo. Para darles una idea del talento del hombre: una noche (y recuerdo como si fuera hoy que era en 1952), Fiambretta, en medio de un delirio sobre el efecto de las enzimas, me dice, como al pasar:
-... porque en el código está todo, ¿entendés?, todo, en una doble hélice. Fijate - y me la dibujó en una servilleta.
Años después dos giles (o tres, nunca recuerdo bien) iban a sacarse el Nobel con lo que él había descubierto de taquito, desinteresado, con el pucho colgando de la boca como cortada a cuchillo, y las manos caídas entre las piernas, en el pequeño laboratorio que había instalado en el altillo de la casa de la tía, en Caballito. Eso para que tengan una idea de lo que valía Fiambretta. Un crack, realmente un crack.
Así que cuando el gordo Rodríguez lo nombró, lo corté en seco. Me contó que el flaco estaba muy gastado, viviendo en una especie de casa solariega abandonada, en la que había ocupado dos piezas.
- Después de todo creo que el flaco está mejor que nosotros - dijo Rodríguez, quejumbroso -. Se asoma a las ventanas ¿y qué ve? Un maizal (o un trigal, no me acuerdo bien) que se pierde en el horizonte. ¿Te das cuenta, viejo? ¿Acá qué ves si te asomás a la ventana? Caños de escape, pibes que te manguean, y una que otra mina bastante bien, no te lo voy a negar.
En medio del aburrimiento de la mesa, donde temas como las mujeres, la política, el último aumento de transporte o de las tarifas se sucedían con la regularidad de las fases lunares, oír hablar de Fiambretta me hizo recordar con nostalgia las interminables charlas de Callao, donde palabras como "big-bang", "esteroides" o "remolino cuántico" nos mantenían con los ojos abiertos como platos hasta que salía el sol. Le dije a Rodríguez que cuando fuera por Cañada de Gómez (que para mí era como decir Venus) le mandara un abrazo a Fiambretta.
Tres semanas después Rodríguez entra al boliche, mete la mano en el portafolios lustradito que siempre lleva, y me da un sobre.
- De parte de Fiambretta - me dice -. Le dio un alegrón al flaco que te acordaras de él. Antes de Cañada de Gómez, pasé por Roldán: voy a ver a un cliente y en vez de él, me abre la mujer. Estaba sola...
Mientras Rodríguez me acunaba con los cuentos eternos, abrí el sobre, usando la parte de atrás de la cucharita del café. La carta del flaco era breve:

"Querido Pancho:
Tenés que venir. Sos el único que puede entenderlo. A mí no me dan las ganas ni la plata para ir a Baires. Vení. Estoy siempre. Un abrazo.
Fiambretta"

Me conmovió, les juro, me conmovió. "Sos el único que puede entenderlo", decía. Tenía razón el flaco. ¿Quién iba a entender, en un lugar como Cañada de Gómez, viejo? ¿Alguien podía haber oído hablar alguna vez de aceleradores taquiónicos? A lo más que llegarían era a leer La Chacra, los que tuvieran guita.
Pensé en largarme a Cañada de Gómez esa misma noche. Total, era viernes. Pero preferí demorar un poco, saboreando el recuerdo de Fiambretta. El sábado de noche me fui a ver una película solo, después me metí en el bar de Callao. Antes de entrar me compré la última Muy Interesante. La hojeé pensando qué habría dicho Fiambretta sobre cada uno de los artículos. Cuando llegaron los diarios, compré Clarín y me fui a casa. Al salir el sol me dormí como un bendito.
Durante la semana se me dieron bien las ventas. Así que el viernes me tomé un ómnibus en Retiro y me fui para Cañada de Gómez, contento realmente. Por las dudas le llevaba el Muy Interesante a Fiambretta. El viaje me puso eufórico. Cada cosa que veía me dejaba sin respiración. Cuando ya estábamos llegando a Cañada, ¿qué veo por la ventanilla? Un chancho, un chancho enorme, negro, vivo, lo juro. En mi puta vida había visto un chancho fuera de las ilustraciones de Billiken. Cuando me bajé en Cañada, me sentía al borde del éxtasis.
No me costó casi nada encontrar la casa de Fiambretta. Todos sabían dónde vivía "el flaco raro". Cuando llegué estaba regando las lechugas de un canterito. Soltó la regadera por el aire (no sé si aluciné, pero el chorro al saltar hizo un pequeño arcoiris), caminó hacia mí, y me abrazó, un poco parco, un poco reticente. Era el mismo Fiambretta de siempre, un poco más calvo, y con el pelo que le quedaba blanco del todo, pero con el mismo pucho colgando de los labios, con el humo haciéndole cerrar un ojo.
Cuando entramos le di la revista. Como si yo no existiera, la hojeó página por página, por arriba, mientras murmuraba:
- Superconductores... Biochips... Boludos... No aprenden más.
Después me agradeció. A su modo, me agasajó: trajo queso picante y un salame grueso de la cocina, y una botella de vino suelto. Comimos, bebimos, charlamos. Hacia la noche, mientras me limpiaba las muelas con un piolín, empecé a sentirme cansado. No sabía bien si irme o quedarme, Fiambretta no había hablado del asunto. A esa altura tenía los ojos como platos, como en el bar de Callao, pero en la noche silenciosa de Cañada de Gómez, o más bien de los suburbios de Cañada de Gómez, con apenas un par de grillos haciendo barullo afuera, el flaco me daba un poco de miedo.
Entró a la cocina a hacer un poco de café. Cuando volvió, me animé:
- Oíme, Fiambretta - le dije -. ¿De qué hablabas en la carta?
- ¿Qué carta?
- La que le diste a...
- Ya sé, a Rodríguez, a Rodríguez. Sí... - se quedó petrificado, con un ojo cerrado y el otro dirigido al techo - ¡Ah, ya sé! Lo que sólo vos podés entender... je-je, je-je, ya vas a ver, mañana.
Después del café me dijo que tenía un catre ("limpito, nuevo, no lo usó nadie", aclaró delicadamente) y me invitó a dormir en su casa. Acepté: total podía irme el sábado a mediodía y estar de regreso antes de la última vuelta de los cines.
- Mañana te despierto bien temprano - dijo Fiambretta mientras me tendía un par de sábanas y una frazada gruesa -. Es la mejor hora.
Confieso que dormí poco. El catre era estrecho, los dos grillos seguían compitiendo afuera y yo me preguntaba qué me esperaba al amanecer. ¡Cantaron gallos, al amanecer cantaron gallos, como en las películas! Casi lloro, viejo, eso me mató. Y al ratito nomás entró Fiambretta.
Traía unos panes con grasa recién hechos y un mate listo. Desayunamos, mientras el sol despuntaba. Después Fiambretta limpió las migas, guardó el mate en la cocina y me miró, serio:
- Pancho, ahora vamos a ir al laboratorio - me dijo, como si hablara de ir a la iglesia. Hizo una pausa, después movió la mano - Seguime - dijo.
La casa era amplia, chata, llena de cuartos, la mayoría estaban abandonados. Pero hacia el fondo de un largo y ancho corredor se veía una puerta pintada al aceite, destacándose en la luz lechosa que dejaba entrar el techo de vidrio. Fiambretta sacó una llave, empujó, y me hizo espacio para que entrara. No era nada del otro mundo. Más grande que el altillo de la tía, pero con muchos objetos idénticos: el microscopio y el telescopio, los tubos de ensayo, los diales indicadores de tres o cuatro aparatos. Todo estaba limpio y ordenado.
Fiambretta no tocó nada. Se dirigió a un escritorio de madera en el que se veían libretas de notas y varios tipos de marcadores y bolígrafos.
Se sentó, y me indicó una silla.
- Pancho, lo que te voy a decir te va a sonar a locura, pero no me cortes hasta que termine - dijo -. Y después te hago una prueba para demostrarte lo que te digo.
Lo que me dijo Fiambretta era totalmente demencial. Que nosotros, Cañada de Gómez, Buenos Aires, el bar de Callao y hasta las películas, no existían. Que vivíamos engañados, drogados. "Mirá, Pancho", dijo Fiambretta, "no sé si estará en el agua o en el aire, pero todos aquí nacemos con una especie de LSD que se nos asienta en los receptores de serotonina en el momento mismo de nacer, ¿entendés?". Yo no entendía un carajo. Por suerte Fiambretta hablaba tranquilo, sin alterarse, así que prestarle atención no me costaba nada. Me dijo que no se atrevía a afirmar que ocurriera lo mismo en Estados Unidos, o en Java, "eso es asunto de ellos y yo no te puedo afirmar lo que no investigué". Y siguió enumerando todo lo que era falso, inexistente según él: la Bombonera y el Monumental, radichetas y peronistas, Gardel y Monzón. A esa altura yo pensaba: "Este parece Borges", y medio me estaba durmiendo.
Pero Fiambretta hizo un gesto dramático, terminando la enumeración: "¿La central atómica de Atucha? Tampoco existe, viejo". Al parecer, para él eso era definitivo. Dio dos pasos, corrió una cortina, y la luz del sol, ahora bastante fuerte, inundó el laboratorio. Parpadeé. Era como había dicho Rodríguez: un maizal maduro que se extendía hasta el horizonte. Me quedé con la boca abierta: era hermoso, en mi vida había visto tantos choclos juntos. Pero Fiambretta seguía con su rollo. Me di cuenta de que sostenía un frasquito en la mano, y terminaba una frase:
... inhibe la acción del LSD genético, o lo que sea. Ves la realidad como es, y no como te la pintan tus sentidos, Pancho.
En la otra mano tenía un terrón de azúcar. Dejó caer dos gotas sobre él, me lo tendió.
- El efecto dura apenas treinta segundos, hasta ahora no pude lograr más - se avivó de que yo tenía miedo de que me envenenara -. Tomá, tomá, no seas cagón.
Apoyé el terrón sobre la lengua, sentí cómo se disolvía: al mismo tiempo, afuera, se fue disolviendo el maizal. Lo que se perdía hasta el horizonte, un instante después, era un mar de pequeños tallos metálicos, articulados, que cliqueteaban, cliqueteaban como una fábrica de rulemanes. El cielo era bajo, como un techo, y creaba una perspectiva extraña, sofocante. Con el rabillo del ojo capté el marco de la ventana, y era de algo vivo, pardo, que latía. "La puta que lo parió", pensé, aterrado. Hubo algo que no quise hacer: mirarme las manos, o mirar a Fiambretta. Seguí con los ojos fijos en el ex-maizal: por lo menos el cliqueteo me sonaba familiar. Siempre he tenido una conciencia muy nítida del tiempo: "nueve... ocho...". Cuando se terminó de disolver el terrón, en un pase que no podría describir, reapareció el maizal, sentí el sol calentándome la mano, el cielo sin fondo. Solté el aire. Fiambretta se reía:
- Te cagaste, Pancho, ¿eh? je-je, je-je. Viste la realidad, Pancho, qué le vas a hacer.
No tenía ganas de ponerme a discutir con Fiambretta. Le aguanté la charla un rato más. No le planteé que el líquido podría ser el LSD, que a lo mejor lo que vi en los treinta segundos era una alucinación segunda. Tenía ganas de borrarme, cuanto antes. Lo que más me jorobaba era que le creía al flaco. Seguimos charlando hasta el mediodía, Fiambretta siempre con el pucho colgando, sin darle importancia a nada, contándome los otros experimentos en que estaba metido. "El de la alucinación quería que lo vieras vos nomás, porque los demás pueden rayarse fiero, ¿entendés?, y no quería terminar en cana. Pero lo viste, ¿eh?, lo viste je-je." Le dije que sí con un movimiento de cabeza.
Me acompañó hasta la ruta, a parar el ómnibus que me llevaba a Rosario. Ahí podía hacer combinación. Ya cuando lo veíamos a lo lejos, sobre la plateada cinta del camino, como en las películas de Chaplin, le hice a Fiambretta una pregunta que me seguía jodiendo desde la mañana:
- Oime, Fiambretta - le dije -. Suponete que es como vos decís, que lo que vimos es la realidad, que ahí somos distintos, y todo es distinto.
- Sí, te sigo - dijo Fiambretta.
- Ahí, el maizal, el sol, lo que se mueve, ¿sigue siendo Argentina? ¿Ahí seguimos siendo argentinos, Fiambretta?
Fiambretta me miró como sin entender. Apartó el ojo abierto hacia la ruta, calculando la distancia a la que había llegado el ómnibus.
- Yo que sé, Pancho - me dijo, con voz neutra. Y alzó la mano para parar el ómnibus, mientras me daba una palmada en la espalda.
Cuando estuve acomodado en el asiento, viendo desfilar los árboles y los campos, después las casas y el puente de Cañada de Gómez, me dije que ése era el problema de esta época, el desinterés, el desánimo, la falta de emociones, viejo.


FIN

Norman Spinrad - LO QUE TE COME




Esta es la ciudad. Los Angeles California. Siete millones de personas. Algunas de ellas todavía eligen jugar con los naipes que les tocaron. Demasiadas de ellas no. Tarde o temprano, algún meme se enloquece y se esparce como hongo de vestuario en el sudoroso cuerpo político. Cuando eso sucede, es mi trabajo.
Me llamo Friday.
Soy polizonte.
Joe Friday es el meme ideal para las tareas policiales. Nunca esboza una sonrisa, nunca mete las manos en la mercadería, José Ley en persona, jamás soñaría con nacionalizarse.
No es que no se hayan intentado personificaciones más drásticas, entienda.
Mike Hammer, por ejemplo, parecía el meme ideal para tratar con el Simio Heavy Metal cuando éste andaba por las calles, pero las cosas se fueron un poquito de las manos cuando La Flor y Nata de Los Angeles se puso a reventar a los ciudadanos decentes por cruzar la calle a mitad de cuadra. Después de lo cual pusieron por escrito a Roy Rogers y su fiel ladero Doc Holliday, pero se vieron forzados a reconsiderarlo cuando esos memes comenzaron a actuar como un Lagartocuero birifle y un Nietzsche con Espuelas y comenzaron a circular por el carnecarril de Selma.
- Eres lo que comes - asegura el teniente en el escuadrón -. Esta mercadería viene directamente de los tanques de cultivo del Departamento de Policía de Los Angeles, y les garantizamos que el antídoto los devolverá a su propia y querida integridad.
Pero la calle es más sabia, y tú también, seas quien seas en ese momento, una vez mezclados tus propios naipes.
- Eres lo que te come - admite libremente el traficante del callejón, mientras agita su alfiletero Baskin-Robbins, para deleite de las masas de mala entraña.
El asunto es que a Mike Hammer, que no se queda atrás de Mack el Cuchillo, le gusta mucho estar fuera del armario, y debe ser arrastrado, pateando y aullando, hasta la estación de policía para recibir su higienización diaria.
Porque, a pesar de lo que puedan decirte el teniente y el traficante, diseñar estos virus de confección es un arte, no una ciencia.
¿Cuál es el ángel que baila en la punta del alfiler que tienes en la mano? Para verlo tienes que pagar, y cuando lo haces ya hay algún otro mirando. Algún meme cuyos anzuelos moleculares se dirigen a tus centros de placer, con garantía, por lo tanto y aunque más no sea, de que te agradará mucho su nido de tordos cerebral.
Esa es la tecnología básica. Así es el núcleo más o menos estándar. Migra por el torrente sanguíneo hasta el cerebro, penetra en las células, maximiza las endorfinas, y se multiplica.
El Sr. Natural, como decían los traficantes, eras "tú, pero más". Supercargaba tu química cerebral, aceleraba tus reflejos, turbocargaba tu equipo sensorial, bombeaba esas endorfinas, y lo único que necesitabas comprar era un solo alfiler. ¿No lo harías?
Por supuesto que lo hacías.
No es que el Jefe Parker Porker adoptara lo que se llamaría una actitud reservada en aquel momento. Como era tradicional, el Jefe del Departamento de Policía de Los Angeles estaba planeando candidatearse para un cargo en el gobierno estatal según la plataforma usual Atila el Huno, y el Sr. Natural era el perfecto envoltorio paranoide. Willy Horton en un alfiler.
No digamos que no hubiera motivos para estar paranoico. "Si entra basura, sale basura", solían decir los viejos hackers, en tiempos en que el software era el filo del cuchillo de los forajidos. Pero el software funciona dentro del hardware, y cuando se bombea un virus no-personificado a través del viejo carneware cerebral lo que se obtiene a la salida es, sin duda, lo que promete el traficante: "tú, pero más".
Y si el "tú" es un artista robabolsos, un asaltante, un Sangriento, un Deforme, o simplemente un villano callejero normal, el "pero más" no encajará precisamente dentro del perfil ideal del ciudadano decente.
Así que lo que el Departamento de Policía de Los Angeles se encontró enfrentando fue una epidemia de Rambos bajo los efectos de la metedrina, Supermanes dirigiéndose al lado oscuro de la Fuerza, maniáticos sexuales turbocargados e infractores de tránsito con los reflejos y los modales de Ayrton Senna en la pista, que convirtieron las calles y carreteras en el Gran Premio Guerra Mundial.
Para no mencionar el cálido sentido de seguridad que esta situación infundió en el electorado. Pero mejor mencionarlo en voz alta y a menudo, como lo hacía nuestro futuro Senador Porker, tan seguro como los déficits y los impuestos.
Hace muchos jefes de policía con botas hasta el muslo atrás, el Departamento de Policía de Los Angeles estaba siendo castigado, como de costumbre, por recurrir excesivamente a las pistolas, obligando al patán en jefe de aquel momento a defender su presupuesto para municiones ante el Concejo Deliberante. "¿Dicen que mis muchachos disparan demasiadas balas?", les dijo. "Ningún problema. Entréguennos balas dum-dum. Con un solo disparo volaremos a los malandrines y los convertiremos en carne de perro. Podremos liquidar dos veces más delincuentes con la mitad de cartuchos. Si no cumplimos, no apoyen mi campaña para Vice-Gobernador".
"Sí", replicó el Concejo luego de una ardua deliberación, "eso tiene sentido", y así lo hicieron.
 Los memes, como todos sabemos ahora, son patrones de personalidad en software, moviéndose por el hardware cerebral, pero tendemos a olvidar que ya existía una pléyade de personalidades de la variedad demente en el charco genético de la psiquis, mucho antes que los tipos de sombrero negro y chaqueta blanca se las ingeniaran para adosar sus propias versiones artificiales a nuestros virus cerebrales básicos.
El meme Parker ya había habitado en varias generaciones de jefes de policía, y el meme Concejal no había mutado mucho desde que Sam Yorty escribiera la personificación, así que cuando el Jefe Porker exigió al Sr. Natural para las Fuerzas de la Ley y el Orden, también se lo dieron.
Por cierto, las cosas se estabilizaron a un nivel más alto de frenesí, es decir que mientras crecía el conteo de cadáveres, el Departamento de Policía de Los Angeles al menos pudo llevar la proporción toma y daca hasta la cifra que había mantenido por mucho tiempo, más-menos tres por ciento.
Entonces, algún avispado empezó a escribir personificaciones en los virus. Hay cierta disputa en cuanto a qué fue lo que entró primero al mercado - Mambo, el Hombre Macho, el Simio Heavy Metal -, pero no hay disputa en cuanto a que la mercadería salió de los laboratorios clandestinos de los grandes traficantes, y no del Pentágono o de la CIA, como dicen algunos mentecatos.
Desde el punto de vista del bajo fondo, el Sr. Natural era un producto espantoso. Vendían uno y perdían permanentemente al cliente. ¿Esa es forma de llevar adelante el Negocio de los Narcóticos?
Por supuesto que no. Lo que se necesitaba era una mercadería que obligara al cliente felizmente infectado a comprar otro alfiler. Y otro, y otro. Puesto que la necesidad es la madre del ingenio, tarde o temprano alguien debía desarrollar la técnica para darle un patrón de personalidad al virus de los alfileres.
"¿Tú, pero más?", podían ahora deslizar los traficantes. "¿Por qué conformarse con eso? ¿Por qué no ser exactamente lo que quieres ser? Y si eres demasiado estúpido o descerebrado para darte cuenta de lo que quieres, eh, no hay problema, cómprate uno de estos alfileres y diviértete con tu nueva cabeza. ¿Qué tienes que perder? Si no te gustas, bueno, te vendemos otro, y otro, y otro, hasta que encuentres tu propio ideal personal".
Una vez que la merca llegó a Hollywood, donde hay varios miles de guionistas de TV sin trabajo en cualquier momento dado, fue inevitable que el negocio de los virus se transformara en negocio del espectáculo, con los adulteradores de patrones haciendo batidos de personalidades imaginarias y rusticoides más rápido de lo que los técnicos podían fijarlas en los núcleos. Siendo la TV lo que es, esos memes no eran lo que se dice sutiles, puesto que Proust no es precisamente un favorito del hombre de la calle y que los guionistas de personificaciones eran de los que creían que Moby Dick era una enfermedad venérea.
El resto es lo que queda de la historia, o sea cuando el Centro Parker presentó la inevitable solicitud de personificaciones policíacas a medida, y el Concejo Deliberante respondió con el inevitable jawohl.
Hay policías que todavía recuerdan los días en que entraban al escuadrón sin saber quiénes serían la próxima vez que salieran a la calle. En aquellos días probaban de todo. Mike, Roy, el Doc, el Duque, Kojak, Wyatt, Sonny, el Sargento Preston y quién se acuerda qué más.
¿Quién, por cierto?
Seguramente no Joe Friday. Así son las cosas, señora. Mi nombre es Polizonte y soy un viernes, ¡qué alivio! Mi fría sangre azul se entibia cuando pienso en lo que mi corpus actual llevó a cabo cuando por mis sinapsis pululaban esos conceptos de Hollywood. Cuando alguno de esos viejos engramas policíacos reaparece para contaminar los fluidos vitales de la memoria, me siento urgentemente tentado a ahogar mi vergüenza en malteadas de chocolate.
El concepto que tenía Doc Holliday del control de las multitudes era disparar contra el Corral. OK. Mike Hammer era gravemente remiso a leerles a los perpetradores sus derechos antes de romperles las rótulas, y el viejo y noble Duque no veía nada anti-norteamericano en el hecho reventar en pedazos cualquier cosa que perturbara su paz momentánea.
Fue un proceso de eliminación, de los cuales hubo muchos en esa época, pero ahora me llamo Friday, soy el polizonte, igual que cualquier Flor y Nata de Los Angeles que usted encuentre por las calles. Si Joe Friday se enoja realmente, puede hacerlo objeto de una honesta reprimenda moral y tres minutos de falta de aire, pero eso es mejor que Mike Hammer rompiéndole la cabeza con una botella, ¿no es cierto, señora?
Estábamos trabajando en el turno noche de la División Bionarcóticos. El jefe es el habitual futuro Vice-Gobernador con anteojos espejados. Mi compañero es Joe Friday, ¿quién otro?
En alguna parte de la tierra de nadie entre Hollywood y el este de Los Angeles parecía estar operando un taller minorista, y la ciudad tenía una buena razón para estar nerviosa.
Mientras que el productor ilegal de alfileres de nivel profesional posee fábricas con importante respaldo bancario, equipos de primera línea y una dotación rebosante de técnicos y escritores de personificaciones, el taller minorista es una operación estrictamente rusticoide y de escaso capital manejada por los descerebrados restos de la clientela.
Sus equipos son los que se las ingeniaron en robar de ciertas fuerzas que gozosamente los vaporizarían en el acto de reexpropiación, instalados en sótanos que habían disfrutado por última vez de la cohabitación de seres no-roedores durante la administración del Gobernador Moonbeam.
Despojados de equipamiento financiero y mental para la producción coherente de software molecular, estos zombis piratean memes preexistentes, por el método de clavar alfileres al azar en las nalgas de muestras humanas de las calles, y luego recombinándolas con una batidora de huevos y vendiendo como producto el cieno resultante.

La primera pista sutil de que estaba operando un taller minorista apareció cuando un hombre que vestía cuero negro y cota de malla de cromo, y lucía una hilera de antiguas hojas de afeitar de filo simple cementadas a lo largo de la línea media de su cráneo afeitado, entró en el supermercado de Ralph, en el Boulevard Sunset, armado con una Uzi y una enorme espada de samurai. Después de decapitar al guardia de seguridad, al gerente y a tres cajeros, y de reventar un número aleatorio de clientes, convenció a los sobrevivientes de donar el contenido de las cajas registradoras a la causa.
Para entonces, sin embargo, el disturbio ya había atraído la atención oficial, y cuando el perpetrador emergió en el estacionamiento se encontró con un equipo SWAT que había sido transportado por aire al lugar de la escena, con órdenes de capturar vivo al espécimen. Lo cual consiguieron inmediatamente, destrozándole las rótulas con balas dum-dum.
Ya en la central, bajo la influencia de la escopolamina, de los dispositivos de bio-realimentación y de los típicos manguerazos, el sospechoso se identificó como Satán, pero no pudo ser inducido a suministrar mayores informaciones de utilidad.
Dieciocho horas más tarde, en la esquina de Hollywood y Vine, arrestaron a una sospechosa que estaba arrancándoles las cabezas a un hato de gatitos a mordiscones y escupiéndolas a los carromatos que pasaban. Estaba completamente desnuda, manchada con manteca de maní y sangre, y se necesitaron doce oficiales para someterla.
Poco después, una pandilla de Hare Krishnas armados con motosierras y bates de béisbol, liderados por un bestial muchacho empapado de pintura de paredes color azul que declaraba ser Shiva, invadió el Centro de Cientología del Boulevard Hollywood. Recién se pudo restablecer el orden cuando aterrizó en la azotea un minicóptero del Escuadrón Táctico y bañó el edificio con gas vomitógeno.
Cuando los tipos del laboratorio estudiaron la materia gris de estos perpetradores bajo los ciberscopios, su informe resultó un tanto perturbador.
Las personificaciones eran el habitual guiso de material pirateado de los talleres minoristas, incapaz de cohesionar en algún meme plausible de sustentar un control consistente del organismo, resultando en una criatura que exudaba algo parecido a la estática sináptica, como el Abraham Lincoln de Disneylandia con algún surco reescrito por William Burroughs.
Sin embargo, el núcleo viral que estaban usando habría sido materia para el FBI o para agencias federales más drásticas, si Parker hubiese estado dispuesto a compartir la cancha con los encapuchados de Washington. ¿Cómo era posible que un rusticoide taller minorista hubiese puesto sus grasientos tentáculos en este trozo de sesoware militar?
Pregunta estúpida.
Habían clavado alguno de sus alfileres, por casualidad, en el culo de algún portador. Habían pinchado a algún espía en misión en la escalera mecánica del Beverly Center. Sin siquiera saberlo, habían muestreado a algún agente del Servicio Secreto desempeñándose en control de multitudes. Algún comando Marine había salido de licencia, para un fin de semana de borrachera y putas, y ellos lo habían capturado en el excusado.
Por el medio que fuera, el núcleo viral birlado que este taller minorista estaba revistiendo con su pútrido pegote molecular era un virus militar ultrapesado, diseñado para emplearse a corto plazo en situaciones de combate. Desconectaba los centros del dolor, y enloquecía el metabolismo, los reflejos y las neuronas sensoriales hasta el límite, pasando la línea roja, para producir una unidad militar pasada de revoluciones, capaz de atravesar las paredes durante aproximadamente doscientas horas antes de agotar sus reservas protoplásmicas.
En la aplicación militar aprobada, este núcleo era personificado con algún meme militar adecuado, dependiendo del rango y la misión. Hornblower, Flynn y Lee para inspirar al personal de mando; G.I.Joe y el Oficial Auxiliar para los leales lanceros rumiabalas. El meme de mando seguiría la directiva primordial de la misión, y las tropas se autoconsiderarían hijos heroicos de futuras madres condecoradas.
Sin personificación militar que lo civilizara, este núcleo producía algo así como un feroz guerrero vikingo después de aspirar cocaína, un organismo sobrehumano que funcionaba en un software cerebral fortuito decididamente subhumano.
Peor todavía, los rusticoides del taller minorista estaban personificando este núcleo con un emplasto base compuesto por los memes recombinados de muestras selectas, generalmente obtenidas de alfileteros humanos.
Los acontecimientos subsiguientes no fueron tranquilizadores. Un tipo vestido como el Hombre Araña pero de cuero negro se escabulló hasta la terraza del edificio de la Compañía Discográfica Capitol, para estupor de los mirones, y luego se lanzó en clavado sobre éstos, dejando un cráter de impacto bastante ensangrentado. Un travesti que semejaba una Mujer Maravilla prehistórica secuestró a mano armada un camión de gasolina, y lo condujo hasta salir volando de la rampa del cruce de carreteras de Santa Mónica, en dirección al sur por la autopista a San Diego.
Hasta ahora, eran los únicos hechos que encajaban con el modus operandi.
Esa era la buena noticia. Al menos por el momento, parecía que estos aficionados no sabían lo que tenían en su poder, o si lo sabían, ningún traficante pesado les había expropiado sus bienes aún. Es decir que todavía teníamos tiempo de desbaratar la operación, antes de que sucediera lo inevitable.
La mala noticia era lo que pasaría si no lo lográbamos. Desde el punto de vista policíaco-profesional, este alfiler podía ser un callejón de pesadilla, pero desde el punto de vista de los traficantes adinerados, sería la época de las vacas gordas. Lo único que tenían que hacer era despojar al núcleo militar de todo el pegote, personificarlo con memes como el Simio Heavy Metal, el Sedicioso del Ejército Muerto y Mike Rompehuelgas, y obtendrían un alfiler que todos los pendencieros mala entraña de los bares y todos los perpetradores profesionales cabeza de chorlito clamarían por clavarse. Que la clientela acabara cerebralmente muerta unos días después era una advertencia que, muy probablemente, no aparecería escrita en algún lugar muy visible del envoltorio.
Hay gente mala allá afuera, señor. Por eso Dios inventó a los polizontes. Piénselo.
Alguien de la central de seguro lo pensó, después de lo cual el Centro Parker comunicó al escuadrón que a menos que la operación fuese exterminada antes de tener que incluir en la fiesta a los agentes federales, el Jefe Porker accedería a los deseos de la ciudadanía y aplicaría un meme más drástico en reemplazo del Sargento Friday. Por ejemplo Heinrich Himmler, Bull Corner o el Angel Guardián.
El quid de la cuestión era: "Si para el domingo que viene no has desbaratado ese taller minorista, Friday, te encontrarás no encontrándote en absoluto".
Bueno, Joe Friday no es más que un meme humano, señora, no desprovisto de un software que le da sentido de auto - conservación, además de verse atormentado, de cuando en cuando, por pantallazos de sus desabridos habitantes previos que lo dejan sin deseos de ser reemplazado por todavía más actualizaciones gatillofáciles de la misma calaña.
De modo que los Fridays de la fuerza hicimos lo que mejor sabíamos.
Iniciamos la pesquisa.
Vigilamos. Entrevistamos soplones. Seguimos a los chicos malos. Tarde o temprano encontraríamos un cabo suelto que nos conduciría hacia algún sitio. O arrestaríamos al tipo correcto. O nos encontraríamos con otro demonio de taller minorista que capturar.
Créame, hasta a Joe Friday lo tenía sin cuidado contemplar ese detalle. Siendo un buen polizonte que sabe trabajar en equipo, no tenía deseos de obtener la gloria de ese arresto en particular. Que un colega tenga el honor, preferiblemente alguno que esté bien seguro dentro de un transporte blindado de personal.
Resultó no ser así.
A los hechos, señora.
Estábamos circulando por el Boulevard Hollywood, varios coches atrás de un conocido traficante cuya Excalibur de armazón de neón no precisamente obstaculizaba nuestra vigilancia. Siendo jueves por la noche, el tráfico se movía libremente y las aceras estaban bastante tranquilas, es decir que, aparte de los habituales contingentes de Cleopatras con Tapado de Piel, Lagartocueros y Surfistas Nazis Adolescentes Mutantes, no estaba ocurriendo nada de interés profesional.
Esto es, hasta que mi compañero me llamó la atención sobre los acontecimientos que tenían lugar en las sombras de un puesto de tacos cerrado, en la esquina de Las Palmas. Un surfista de rubia melena con pantalones jeans recortados arrojó a una prostituta contra las persianas y estaba a punto de hundirle los dientes en el hombro.
- ¿Qué piensas, Joe?
- A mí me parece sospechoso.
- Mejor revisemos - decidí, extrayendo la General Dynamics arribabajo, que en aquellos tiempos había reemplazado a la tradicional de repetición calibre doce. El arma tenía la opción de un lanzacable capaz de dejar a un gorila neurológicamente discapacitado, o la de municiones dum-dum disparadas semiautomáticamente que podían convertir a un elefante en hamburguesas. Polizonte bueno, polizonte malo, todo en una sola empaquetadura de plástico y titanio.
- Departamento de Policía de Los Angeles, señor - anuncié claramente, disparando un dardo lanzacable en la nalga izquierda del sospechoso. El voltaje del cable habría derribado al Increíble Hulk, pero el sospechoso ni siquiera pareció notarlo hasta que llevé el reóstato al nivel donde la garantía del fabricante no cubre la mortandad.
En este punto, dejó caer a la víctima y se me vino encima escupiendo sangre. Mi compañero lo cableó en el cuello y nuestras corrientes combinadas fueron suficientes para inmovilizar al perpetrador, lo que es decir que éste se quedó donde estaba, petrificado y vibrando, pero que no cayó al piso.
- Queda usted arrestado, tiene el derecho a permanecer callado... - Procedí con la lectura de los derechos mientras mi compañero llamaba una ambulancia para la prostituta.
El sospechoso era un hombre rubio caucásico. Vestía un par de Lee Wranglers recortados. Sus señas particulares incluían un tatuaje de Elvis en el pecho, un arete nasal hecho con una anilla de lata de cerveza y una boca llena de dientes limados.
- Encaja con el modus operandi, Joe. Mejor llevémoslo a la central.
Transportar al sospechoso hasta el auto resultó ser algo así como un problema logístico. Nuestros lanzacables tenían, entre los dos, suficiente jugo como para mantenerlo inmóvil, pero ninguno de nosotros estaba dispuesto a arriesgarse al contacto físico que implicaría el hacerlo caminar manualmente.
- Mejor pidamos refuerzos, Joe. Tal vez el helicóptero grúa.
- Tengo una idea mejor, Joe - le dije, mientras hacía bajar lentamente el flujo de corriente de mi lanzacable -. Si tenemos cuidado, quizás podamos hacer caminar a este zombi.
Los ojos inyectados en sangre del sospechoso parecieron enfocar un poco. Sus músculos faciales se crisparon y retorcieron y luego avanzó un paso, tambaleándose. Disminuí el voltaje un poquitín más.
- ¿Qué pasa, amigo? - lo animé -. Todo sería mucho más fácil para usted si cooperara.
- ¡Sangre humana me como tu corazón con dientes animales!
- Pésima actitud, señor - le dije, aumentando la corriente.
- Un verdadero avispado, ¿no es cierto, Joe?
- Dénos alguna identificación - dije, aflojando de nuevo.
Tal vez fue una serie de secuencias al azar, o tal vez todavía existía en él algún tipo de sustrato capaz de responder de manera cruda a la pregunta.
- ¡DRÁCULA! ¡REY VAMPIRO DEL SUPERMERCADO PANTANO DEL HEAVY METAL! ¡ESTA NOCHE HAY SURF EN TRANSILVANIA TRANSEXUAL!
- ¿Drácula, eh? Bueno, pórtese bien, Conde, y le permitiremos que nos lleve hasta su ataúd. De lo contrario, flambearé unos ajos bajo sus uñas a la luz del amanecer.
Las palomas no tienen un cerebro anterior mucho más funcional que el que tenía el sospechoso en cuestión, pero se las puede motivar con sistemas sencillos de premio y castigo. Por lo tanto, con nuestros dardos lanzacable firmemente implantados en su carne, y con una larga serie de refuerzos negativos, logramos establecer un cierto control limitado del sujeto.
Cumpliendo con nuestra obligación, señor. ¿O es que usted prefiere a los detectives de mala muerte y sus mangueras de goma?
- ¿Dónde consiguió el alfiler, amigo? - inquirí, disminuyendo el voltajugo.
- ¡Pequeñas vidas, amo, zarigüeyas, gorgojos, camareras patinadoras altamente perturbadas, carne para el monstruo, id y multiplicáos con el primer mordisco de mi amanecer!
Zap.
- ¡Los maricones de las hojas de afeitar me obligaron a hacerlo!
Zap.
Aunque tal vez no había nada de coherencia significativa en el asiento del conductor, los datos parecían persistir. Y, con los fragmentos de memes revueltos en una conectividad aleatoria, cada descarga de corriente era suficiente para liberar una nueva explosión en algún sitio.
Como lanzarse a través de sesenta y cinco canales de TV con el control remoto en busca del informe meteorológico, señora. A veces el trabajo de la policía es como caminar en la niebla, señor.
- ¡Las Chicas del Gulag se Vuelven Locas! ¡Esclavas Sexuales del Ayatollah! ¡Cerdozombis Vampiros del Espacio Exterior!
- ¡Joe, no cambies de canal!
- ¿Tienes algo?
- Es la función triple de esta semana en el Cine Sexray de la calle Western, Joe. Lo vi cuando iba a la cervecería.
Puede que no fuera mucho para empezar, pero era la única pista que teníamos. Con el lanzacable, condujimos al Conde Drácula hasta el interior del patrullero, y nos dirigimos a la calle Western, una lonja de la frontera hollywoodiana no-yuppificada, invadida por los puestos de tacos turcos, los garitos coreanos, el tráfico nocturno para drogadictos comebasura, cervecerías con exposiciones ginecológicas y casas de películas porno.
Si la-la-landia hubiese tenido vías de ferrocarril, este sector habría estado indiscutiblemente del otro lado de ellas.
Observamos que el sospechoso, sin embargo, respondía con entusiasmo a lo que parecían ser sus guaridas familiares. "Doble porción de queso, sin anchoas y poca salsa de pescado", gritó por la ventanilla cuando pasamos por una pizzería camboyana.
Se puso maniáticamente agitado cuando estacionamos en Western, frente al Cine Sexray. Se le dieron vuelta los ojos, babeó espuma y comenzó a azotarse contra el asiento al punto de que fue necesario un incremento de corriente para someterlo.
- ¡Hogar es horror para la tierra de los libres y el conducto de la tumba! ¡La cucarachita vive deslizándose entre los tulipanes! ¡Por favor, señor, quiero otro!
El Cine Sexray, abierto toda la noche, tres películas XXX y un cortometraje clásico del Superman Cubano en continuado, tenía una desgastada marquesina en donde el neón púrpura latía en una frecuencia de pánico, y en el siglo anterior había sido pintado de un pálido rosa pastel. Sus húmedas paredes de estuco en vías de desmoronarse tenían una costra de graffitti que ofrecía un salpiporno mutado y observaciones obscenas en catorce idiomas diferentes, ninguno de los cuales será identificado jamás.
- ¿Y ahora qué, Joe, vigilancia?
Miré el reloj.
- Sólo faltan dos horas para el final del turno. Sabes cómo se han puesto los contadores de la central en lo que respecta a las horas extras no autorizadas. Ni siquiera nos pagarán el gasto de las rosquillas.
- Entonces creo que mejor entramos a revisar. ¿Qué hacemos con el Conde?
Entrar en las instalaciones con el estorbo del sospechoso parecía ser un procedimiento policial cuestionable. Nos veríamos impedidos de usar los lanzacables, ya que cualquier disminución adicional del circuito, que por ahora evitaba que el tipo se pusiera a devorar el protoplasma más cercano a su disposición, resultaría sin duda en su desafortunada liberación.
Resolvimos el dilema conectando al Conde con el encendedor de cigarrillos. En la batería tenía que haber suficiente voltajugo para mantenerlo quieto hasta que terminara el turno.
Como no teníamos orden judicial o causa probable, nos vimos forzados a pagar la entrada y a obtener, con considerable dificultad, un recibo para que los miserables de contaduría nos reconocieran el viático, que nos fue entregado por el empleado de la boletería blindada, un individuo afro-norteamericano del tamaño y el comportamiento aproximados de un rinoceronte lobotomizado, quien nos arrojó el cambio sobre el mostrador al ritmo selvático de su propio y distante tamborilero.
El vestíbulo estaba iluminado por un solo reflector de luz negra reciclado de un burdel hippie. Lo único que quedaba en el abandonado puesto de comida era una máquina de palomitas de maíz tostado, llena de cucarachas intostadas y ahogadas en aceite rancio. Desde la oscura escalera que descendía hasta los excusados llegaba un aroma ácido a orina muerta y a luchadores vivos.
Se oían vagamente unos gruñidos embozados y unos baboseos indescriptibles que partían de la banda sonora de la película que estaban dando adentro, pero parecía preferible exponerse a cualquier cosa antes que ir a investigar a las criaturas de la verde letrina.
Subimos por un tramo de escalera oscura, atravesando un revoltijo de vida animal, y entramos en el sector del palco. En la pantalla deshilachada y veteada de gris los órganos latían en primer plano, y media docena de agentes de viaje, desparramados en las butacas, hacían lo propio bajo sus chaquetones.
Logramos llegar a la primera fila, tomamos asiento y echamos un vistazo abajo, a la platea. El público de allí consistía en alrededor de treinta individuos similares, quizás la mitad de ellos conscientes. Se escuchaban ocasionales murmullos sudorosos y gruñidos malsanos, pero los sujetos parecían pacíficos y no involucrados en actividad ilegal alguna.
- ¿Y ahora qué, Joe?
- Esperemos el espectáculo en vivo.
Nos quedamos sentados hasta que finalizó "Las Chicas del Gulag se Vuelven Locas". Después de diez minutos de comenzada "Cerdozombis Vampiros del Espacio Exterior", media docena de figuras oscuras se introdujeron en la platea desde atrás y comenzaron a alfiletear al público.
- ¡Están entrando!
- ¡Vamos a agarrarlos!
Corrimos a la salida y bajamos por la escalera, donde para entonces las ratas y las cucarachas lanzaban aullidos ultrasónicos en contrapunto con los horrendos sonidos que brotaban de la platea, ahogados por la mampostería divisoria hasta quedar convertidos en algo no más feroz que una festichola en un criadero de martas.
Llegamos al vestíbulo justo cuando el último escuadrón minorista desaparecía en la oscuridad de la escalera que bajaba al excusado. La idea de descender por el orificio anal de Calcuta tras ellos era algo que no hacía mucho por incentivar nuestra devoción al cumplimiento del deber.
Miré el reloj. Cincuenta y un minutos para el final del turno. ¿Que tal vez serían mejor aprovechados entregando multas por mal estacionamiento en Wilshire?
- ¡OJOS ANIMALES HERVIDOS EN SANGRE!
- ¡YO SOY EL CAPRICHOSO!
- ¡EL PUEBLO AL PODER DE LA SEXOMAQUINA DE HIERRO!
- ¡CHUPEN TRIPAS DE POLLO!
El contenido recombinado del Cine Sexray hizo erupción en el vestíbulo, aullando, farfullando y desgarrándose unos a otros, pálidos holgazanes de pornoteatro transformados en una manada de Godzillas sedientos de sangre. Hicieron añicos el vidrio del puesto de comida, despedazaron a golpes la máquina de palomitas de maíz y comenzaron a introducirse su contenido en las babeantes bocotas, lloriqueando y bufando de la manera más impúdica, mientras el movimiento browniano los arrastraba más o menos en dirección a las tiernas calles de la - la - landia.
De inmediato, la discreción se transformó en la madre del valor, ya que nuestro movimiento, decididamente más concentrado en un punto, nos llevó velozmente a descender por las escaleras del excusado hasta perdernos de vista. Hay veces en que resulta muy lógico trocar una jaqueca terminal por un estómago revuelto.
El pasillo estaba iluminado con una bombita de 40 watts, apenas suficiente para revelar los teléfonos públicos destrozados y el gato momificado que estaba crucificado con jeringas hipodérmicas contra la puerta del baño de hombres. Bajo la puerta del baño de damas había una trémula línea de luz pálida y amarillenta que denotaba la posible presencia de los perpetradores.
Cautelosamente, tanteé la puerta con el hombro.
- Está cerrada con llave.
- ¿Procedemos según el manual, Joe?
- ¿Qué otra cosa nos queda?
Apuntamos nuestras General Dynamics hacia la ofensiva puerta.
- ¡Departamento de Policía de Los Angeles - anuncié, rapeando elegantemente -, abran en nombre de la ley!
Cuando esto no provocó nada más que unos gruñidos poco cooperativos del lado de adentro, retrocedimos unos pasos y disparamos dos descargas dum - dum más o menos a quemarropa.
La puerta explotó hacia adentro en una nube de astillas voladoras y humo de cordita, bajo cuya protección nos introdujimos en el local.
- ¡Quietos!
- ¡Quedan arrestados!
- Tienen derecho a permanecer callados...
- Tienen derecho a consultar...
Las puertas de los retretes individuales habían sido arrancadas de sus goznes. Los inodoros aparecían ubicados en hilera, y el emplasto amarillento y grumoso que se apreciaba en su interior nos proveyó de la evidencia circunstancial de que los mismos estaban siendo utilizados como tanques de cultivo del virus.
Por cierto, un individuo de raza blanca ataviado únicamente con pantaloncitos de jockey y una gorra de los Dodgers con la visera hacia atrás, en posición de catcher, estaba dedicándose a sumergir un carnoso puñado de alfileres dentro de uno de los inodoros.
Había otros seis sospechosos presentes. Un sujeto afro-norteamericano vestido con botas hasta los muslos y una ensangrentada túnica de Hare Krishna. Un Lagartocuero con un destornillador Philips atravesado desprolijamente en el lóbulo de la oreja izquierda. Un Cowboy del Boulevard Hollywood succionando ávidamente del pescuezo de una paloma decapitada. Un individuo que no tenía puesto más que la mugrienta parte superior de un disfraz de gorila. Algo enorme y cubierto de pelo, barba y bolsas plásticas de lavandería, que tenía aferrado un bate de béisbol tachonado de hojas de afeitar.
Sentada sobre las baldosas blancas manchadas de orina y rodeada de harapientas planchas de embalaje de espuma, en posición de medio loto y bien erizada de alfileres, había una criatura esquelética con ojos como platillos voladores y trenzas grises que hacía mucho tiempo habían sido entrelazadas con rabos de ratas en descomposición. Lucía una manchada remera de Bart Simpson sobre cuya impronta se habían garrapateado con sangre, crudamente, las palabras "¡Charlie Vive!". Sus piernas huesudas y fibrosos brazos estaban repletos de lo que parecían ser alfileres del producto.
- ¡Bienvenidos a la Jaula Darwiniana de los Monos del Aullido de Hierro! - nos farfulló en jerigonza, enterrándose otro alfiler en el glúteo.
- ¿Qué piensas, Joe?
- A mí me parece que es la Gran Enchilada.
- ¡Soy los Hijos de la Noche!
- Seguro, amigo - dije, sacando prontamente las esposas.
- ¡Hombre de la puerta trasera! ¡La gente come lo que las ratas no entienden!
- Puede contárnoslo todo en la central, señor.
- ¡A troche y moche, mis corazoncitos! ¡Chupen sangre de cerdo! - chilló, agarrando un puñado de alfileres y clavándoselos en la parte superior de la cabeza.
Se nos vinieron encima, desenvainando oxidados cuchillos de monte, ganchos de estibador, barretas de hierro, botellas rotas de Perrier, media tonelada de carne cruda y más, bamboleándose, tambaleándose, tropezándose y brincando hacia nosotros con indudables intenciones ilegales.
No disparamos balas innecesarias. Teníamos causa probable de presunción de resistencia al arresto, Teniente, está todo en el informe.
Sin implicar un aval a productos ilegales, señora, hay que reconocer la eficiencia de la General Dynamics en esta situación táctica.
El Lagartocuero explotó en una nube voladora de mercadería selecta de McDonald's. El disfrazado de gorila, después de que le volamos la cabeza contra la pared del retrete, se balanceó hacia adelante varios pasos para luego caer al piso contorsionándose, sacudiéndose y manando coágulos. El Hare Krishna alcanzó el sushi satori en la mitad de un mantra. El Cowboy de Hollywood llegó al Paraíso de las Hamburguesas. Le di al fanático de los Dodgers cuando salía del retrete y envié la mitad de su cuerpo de vuelta al interior del inodoro.
El monstruo de las bolsas de lavandería, no obstante, había retirado la parte superior del cráneo de mi compañero con su bate de béisbol tachonado de hojas de afeitar, y se encontraba escarbándolo con la lengua y los dedos.
A nadie le gusta un mata-polizontes, señor, y la ineptitud de los jueces a la hora de emplear la cámara de gas en casos semejantes, como Dios manda, no ayuda a fomentar un excesivo autocontrol en tales circunstancias, señora. Está todo en el informe, Teniente. Le inserté el caño de mi arma entre las nalgas y le volé el culo.
El excusado estaba ahogado en humo químico. Unos glóbulos de sangre primorosamente divididos aún estaban atravesando el proceso de precipitación desde la atmósfera en Primera Etapa de Alerta de Smog. El cuarto reverberaba como el interior de un tambor jamaicano. Toda clase de partes de cuerpos, depositadas en icorosas charcas rojas, despedían sangre a chorros y sufrían espasmos. Sesos e intestinos se escurrían por las paredes.
El supuesto cabecilla todavía estaba sentado en su lugar, enterrando puñados de alfileres en su anatomía y farfullando incoherencias, aparentemente indiferente a los restos de sus colegas que le chorreaban por el corpus como cerveza Heinz extra-espesa.
Un panorama repugnante, Teniente, pero era el único arresto de la ciudad, y no había otro que lo hiciera.
Las esposas quedaban definitivamente contraindicadas, viendo cómo los puños del sospechoso agitaban varias docenas de muestras gratis surtidas de los mismos alfileres que habían precipitado esta intervención policial. En consecuencia, mantuve una distancia adecuada y le disparé un lanzacable en el plexo solar.
Elevé el voltajugo hasta el nivel hacha, a fin de dejar al sospechoso en coma mientras regresaba al patrullero para asegurarme la presencia de un camión frigorífico y refuerzos, pero él no perdió el conocimiento. En cambio, sus ojos empezaron a dar vueltas asincrónicamente al tiempo que algunos músculos temblequeaban y se sacudían al azar, mientras continuaba desvariando.
- ¡Alfileres a las pústulas del lagartoware del cementerio! ¡Convoco a los monos mueleorgones recombinados de la máquina de agujeros negros para que lo consideren como la evolución en acción!
Cada pocos fonemas, la voz del sospechoso variaba de timbre, tono, volumen, ritmo y cadencia, produciendo el efecto de una cotorreante multitud de maniáticos babosos inyectados con púas de tocadiscos al azar.
No había duda de que esta era precisamente la naturaleza de la bestia, con el carneware completamente infectado de memes fragmentados y recombinados al punto de que el único sistema operativo del tablero de control era la voz del remolino neurológico que hacía chasquear las sinapsis sin ton ni son en la gama de los bajos.
Aun así, se me ocurrió que sería posible obtener del sospechoso alguna frase coherente, empleando el método utilizado para interrogar al Conde. Puesto que ya le habíamos leído sus derechos, el testimonio adquirido resultaría admisible en la corte.
- Muy bien, amigo, ¿quiere hablarme de eso? - dije, aplicándole una carga de corriente que le hizo despedir humo por las orejas -. No puedo prometerle un jardín de rosas, pero será mejor considerado en la corte si el informe dice que usted cooperó.
- ¡El caos es el enemigo del orden! ¡Haz lo que yo! ¡Deja que tus memes caminen al ritmo de la música de las esferas colectivas de Belcebú! ¡Inclínate ante Elvis!
- ¿Está usted tratando de decirme que este es sólo otro culto loco de la-la-landia, señor?
- ¡Obligamos al Diablo a hacerlo! ¡La Fuerza está con nosotros! ¡Considérenlo como la fabricadora de salchichas de la evolución en acción!
- No me venga con toda esa farsa prigogenética, amigo - le dije, poniéndole otra descarga -. No me venga con esa cháchara sobre el estado superior de conciencia que emerge al remezclar el equipo neurológico de Mandelbrot. Soy un oficial de policía profesional, señor, y todo eso ya lo escuché antes.
Por supuesto que lo había escuchado. De boca de todos los clavalfileres de los bajos fondos que alegaban ser los agentes secretos de la evolución. Sólo cumplo con mi deber, oficial. ¡No se puede hacer una evolución sin romper algunos huevos milenarios!
Incluso he oído que tales villanos callejeros presumen de sugerir que el mismísimo Joe Friday no es más que un meme con placa y cachiporra que mantiene un orden inestable en las cazuelas de sesos de la fuerza policial, cuyo carneware ya está absolutamente saturado de restos de programas de personalidad anteriores.
"Mike Hammer, Wyatt the Kid, Bull Tracy, y toda la dotación sobrehumana del Palacio Porker son los fantasmas de tu máquina, Friday", tuvo la temeridad de mofárseme uno de estos malandrines antes de ser silenciado con un tiro breve y certero. "La policía encuentra sus propias aplicaciones".
Aun así, había algo acerca de su modus operandi que parecía requerir mayores investigaciones. Los sospechosos habían alfileteado al público de la platea sin que existiera transferencia de papel moneda. ¿Esa era forma de llevar adelante una operación de alfileteado? Que sus genes patrióticos no se sientan ultrajados, señor, pero esto tenía visos de... bueno, comunista.
- ¿No será usted alguna clase de agente secreto bolchevique, contaminando nuestros fluidos vitales cerebrales, para convertir al cuerpo político en una diluida sopa lumpenproletaria y servírsela a sus amos secretos del Instituto Pavlov, verdad, amigo? - inquirí, dándole una sacudida que dejó a su cuerpo con el mal de San Vito y aceleró hasta un chillón y sincopado 78 el giradiscos de su balbuceo.
- ¡Eres lo que te come tú pero más soldados vampiros del primer terror del amanecer canto el Batiubermensch con sabroso baño de azúcar cerebral! ¡Toda tu vida has esperado la llegada de este momento!
Ciertamente, no de ese momento, señor, cuando algo me agarró por detrás y, gruñendo y babeando, me hundió los colmillos en la nuca.
- Te dolerá solamente por mil años de garras al rojo vivo - prometió el cabecilla -, y después... ¡Cuchilla Eterna!
Giré a la derecha, arrancando el cuello de las pinzas ofensivas, no sin perder un suculento bocado de mi propio protoplasma personal, empuñando la General Dynamics para hacer efectivo el procedimiento policíaco terminal.
- ¡EL PEQUEÑO ASESINA AL AMO! ¡UN MORDISCO ME AGRANDA UN MORDISCO TE DEJA POR EL SUELO! ¡PERO LOS SESOS QUE MAMA TE DIO QUEDAN CONTRA LA PARED!
Indudablemente, algún mono engrasado del depósito de patrullas había vuelto a instalar en mi auto una batería espuria reacondicionada, en lugar de la batería ultrapesada multiclima que requerían claramente las especificaciones. El desafortunado resultado ahora se encontraba ante mí, con ira en los ojos y mi sangre en los labios, amén de que ahora yo también iba a tener que empujar el auto. Escatiman en gastos insignificantes y después derrochan a lo grande, Teniente.
Tratando de agarrarme de nuevo estaba el Conde, liberado de su conexión electrónica con el encendedor debido a la defunción de la batería, babeando mazacotes rojizos de mi propia flor y nata, y evidenciando claramente y a todo pulmón su deseo de mayores intenciones dañinas.
Al mismo tiempo que jalaba el gatillo, me di cuenta de que mis movimientos habían desprendido del cuerpo del cabecilla el lanzacable de mi arma, pero para entonces Joe Friday parecía haber desaparecido, gracias a los ponzoñosos alfileres que el Conde había incrustado en mis tiernas carnes.
A los hechos, señora. El contenido recombinado de los inodoros que chorreaba de los colmillos del Conde había mutado hasta convertirse en algo vampíricamente infeccioso.
Mientras el Conde explotaba en gazpacho, sentí múltiples picaduras de insectos en la espalda. Estiré los brazos y me arranqué un puñado de alfileres.
Al tiempo que lo hacía, sentí otra descarga, y al darme vuelta recibí un beso de alfileres en la boca, todos provenientes de los puñados que me estaba arrojando con ambas manos el único cuerpo caliente que quedaba.
- ¡AHORA ES LA HORA DEL TODO O NADA! ¡ESTE CHANCHITO SE VA A COMPRAR LOS DROGAVINCULOS DE LOS MUERTOS VIVOS! ¡CONSIDÉRALO COMO SESOMURCIELAGOS VAMPIROS EN ACCIÓN!
No sé quién se apoderó de mí, señora. Quienquiera que haya sido, parecía bastante malhumorado, señor, no sin causa probable, entienda, Teniente.
- Gracias, señor, pero acabo de terminar mis labores - le dije -, aunque ahora que lo menciona, me vendría bien una comida caliente.
Así diciendo, pateé al perpetrador en la entrepierna, al tiempo que le disparaba una balacera derecho a la quijada, la cual hizo volar dientes ensangrentados, con la reconfortante sensación de haber lanzado una bola rápida a lo Nolan Ryan, con un fuerte golpe, a la esquina izquierda del campo de juego.
Me arrastré y coloqué mis rodillas sobre su pecho con un encantador sonido a costillas rotas y lo agarré de la garganta con mis garfios de carne, provocando en el sujeto resuellos y gorgoteos mientras le aplastaba la cabeza contra los ensangrentados mosaicos del piso. Estos gargarismos indecorosos, para no mencionar lo que le chorreaba de la nariz y la boca, poco hicieron por sofocar mi ira, señor, y continué quebrándole el coco contra el piso del excusado hasta que despidió su carne y su leche, las cuales comencé entonces a devorar ávidamente.
Es un trabajo sucio, señora, pero alguien tiene que hacerlo. Tuvimos que comernos los corazones y las mentes de la aldea global para salvarla, ¿no es cierto, Teniente? No se puede enseñar a una cotorra los procedimientos policíacos apropiados sin chupar unos huevos.
¿Quién se apoderó de mí? ¿Mike Hammer? ¿Jack el Cuchillo? ¿Mil años de series policiales levantadas de programación? ¿Mensajes espiritistas del Tío Charlie y sus Comandos de la Muerte en Autitos Playeros? Todos somos fortachones sin seso en este ómnibus, señor, hay ocho millones de historias en la ciudad desnuda, y esta fue una de ellas.
¿Usted no?
Sin embargo, cuando la alarma de mi reloj señaló el final del turno, y yo me encontraba engullendo materia cerebral que recogía del piso del baño, Joe Friday consideró necesario enviar a los muchachos de vuelta al cuarto trasero y tomar el control. Hasta La Flor y Nata de Los Angeles tiene sus avispados, y podía imaginarme las chanzas de las que sería objeto en el escuadrón si me presentaba con esta facha.
Desde luego que los chicos del escuadrón podían llegar a adoptar actitudes diferentes del procedimiento policíaco apropiado si se les otorgaba el beneficio del virus vampiro que ahora latía alegremente en mis venas. Todos vivimos en tu Submarino Blanco y Negro, me dijo un fragmento de personificación, y a los Despreciables Azules también les iba a venir bien brincar un poco entre los tulipanes.
Considérelo como que yo estaba cumpliendo con mi obligación ante lo más granado de la evolución en acción, Teniente. Piense en las madres condecoradas cuya patriótica ensalada cerebral pereció para llenar mis colmillos con las personalidades policíacas más selectas de Los Angeles, un Seleccionado Estrella de legendarios esbirros de la ley.
¿Quedará Mike Hammer fuera de programación para siempre? ¿Jamás volverán Doc y Wyatt a ver otro Corral OK? ¿Sucumbirá el ángel vengador de Bronson bajo el hacha de Nielsen? ¿Acaso Bernie Goetz no asesinó por nuestros blancopálidos pecados liberales?
No tema, señor, contengo multitudes sindicalizadas, y muy pronto las reposiciones de programación encontrarán su fe en mí. La Flor y Nata de Los Angeles, pero más, mucho más, entienda, defendiendo la ley y el orden como Dios manda, suministrándole exactamente lo que usted necesita para dormir plácidamente en su ventajoso condominio cuando el sol rojo sangre se va escurriendo por el banco de smog.
Considérelo un procedimiento policíaco apropiado en acción, señora. Piense en el Sargento Joe Friday, allá afuera, con los muchachos azules de la Noche del Centro Parker.
Es un trabajo sabroso, señora, pero alguien consigue hacerlo.
Esta historia es verdadera.
Su cerebro ha sido alterado para proteger mi inocencia.


FIN

James Tiptree Jr. - Y ASI SUCESIVAMENTE




En un rincón del salón de pasajeros el niño había logrado activar una pantalla de video.
- ¡Rovy! Te han dicho que no juegues con la pantalla durante el Salto. Ya sabes que allí no hay nada, son sólo lucecitas, querido... Ahora, vuelve a jugar.
Mientras la joven matrona-de-clan lo conducía de vuelta a los capullos algo ocurrió. Fue un sacudón muy leve, apenas lo suficiente para llamar la atención de los pasajeros somnolientos. Inmediatamente habló una voz serena, acompañada por el murmullo de la traducción múltiple.
- Habla el capitán. La discontinuidad momentánea que acabamos de experimentar es totalmente normal en esta modalidad del paraespacio. Tendremos una o dos más antes de llegar al complejo de Orión, donde estaremos en un par de unidades de tiempo de a bordo.
Ese episodio menudo estimuló la charla.
- Realmente compadezco a los jóvenes de hoy - la enorme criatura con ropas de mercader tamborileó en su pantalla de Noticias Galácticas, infló confortablemente las bolsas auditivas -. Ya pasaron los buenos tiempos. Diantre, cuando salí por primera vez, todo esto era una región fronteriza. Hacía falta valor para ir más allá de la Cruz del Norte. Uno redactaba el testamento antes del viaje. Aún recuerdo el primer Salto Transgaláctico.
- ¡Qué rápido ha cambiado todo! - se admiró su locuaz pequeño, que añadió, audaz -: Los jóvenes son tan apáticos. Aceptan todas estas maravillas como naturales, la idea del heroísmo les hace gracia.
- ¡Héroes! - refunfuñó el mercader -. ¡No ellos! - paseó una mirada desafiante por la lujosa cabina, lo que provocó gestos de asentimiento; de golpe un capullo giró para enfrentarlo y descubrir a un terráqueo con el uniforme gris de los Caminantes.
- El heroísmo es esencialmente un concepto espacial - dio suavemente el Caminante -. Los héroes se acaban al mismo tiempo que el espacio libre por explorar - se volvió como arrepentido de haber hablado, como un hombre que trata de sobrellevar una aflicción personal.
- Oh, ¿y qué opináis de ser Orfiano? - preguntó un brillante y joven reproductor -. ¡Eso sí que es heroísmo! Atravesó solo el Brazo en una pequeña cápsula - rió, coqueto.
- No es para tanto - murmuró una cultivada voz de Galfad; el lutroide que había estado usando el puesto de referencias se quitó los cables de recepción y le sonrió al reproductor con aire distante -. Tales proezas son apenas un canto de cisne, las sobras de la cosecha, si queréis. ¿Acaso Orfiano se lanzó a lo desconocido? De ningún modo. Simplemente ponía a prueba su capacidad personal. Jugaba al héroe. No - la voz del lutroide adquirió la claridad de un Cronista experto -. La fase primitiva ha concluido. La verdadera frontera ahora está dentro: el espacio interior - se ajustó la forrajera académica.
El mercader había vuelto a su pantalla.
- Pues aquí hay una bonita oferta - gruñó -. Un anillo solar en venta, en el sector Eridani. Hace tiempo que ese sector necesita desarrollo, y las posibilidades son buenas. ¡Si alguno de esos jóvenes iracundos se decidiera a inflar las branquias y hacer algo... - golpeó al vástago en el hocico y le arrancó un maullido lastimero.
- Pero eso se parece demasiado al trabajo - agregó su interlocutor con un ánimo conciliador.
El Caminante había estado observando con callada hosquedad. Se inclinó hacia el lutroide.
- Habla usted del espacio interior. ¿Se refiere a las investigaciones psíquicas? ¿Exploraciones puramente subjetivas?
- De ninguna manera - dijo satisfecho el lutroide -. Los cultos psíquicos me parecen mero sensacionalismo. Me refiero a la realidad, a esa realidad más simple y profunda que yace más allá del alcance de las metodologías triviales de la ciencia, la realidad que sólo podemos abordar mediante lo que se llama experiencia estética o religiosa, la inmanencia divina, si prefiere...
- El arte o la religión no lo llevarían a Orión - objetó - un perro espacial gris del capullo contiguo -. Si no fuera por la ciencia no estaría usted brincando parsecs en una nave aleph.
- Quizá brincamos demasiado - sonrió el lutroide -. Quizá nuestra capacidad técnica nos hace brincar, como usted dice, sobre...
- ¿Y las guerras del Brazo? - gritó el joven reproductor -. Oh, la ciencia es horrible. Lloro cada vez que pienso en esa pobre gente - los grandes ojos humearon y la criatura se abrazó el cuerpo de manera sugestiva.
- Bien, no se puede culpar a la ciencia por lo que hacen con ella unos sabuesos con poder - masculló el perro espacial volviendo el capullo hacia el reproductor.
- Correcto - dijo otra voz, y el grupo se dispersó.
Los ojos soñadores del Caminante seguían fijos en el lutroide.
- Si usted está tan seguro de esa realidad más profunda de ese espacio interior - dijo serenamente -, ¿por qué casi no tiene uñas en la mano izquierda?
La mano izquierda del lutroide se arqueó y luego se estiró lentamente para revelar las uñas carcomidas. No carecía de disciplina.
- Reconozco el derecho de la orden a que usted pertenece, a hacer comentarios personales impertinentes - dijo con rigidez; luego suspiró Y sonrió -. Ah, desde luego. Admito que soy inmune al angst universal, la falta de nervio. El acechante temor al estancamiento y la decadencia, ahora que la vida ha llegado a los límites de la galaxia. Pero considero esto un desafío a la trascendencia que todos debemos lograr, y lograremos, mediante nuestros recursos interiores. Descubriremos nuestra frontera verdadera - cabeceó -. La vida nunca ha sorteado el desafío último.
- La vida nunca se ha topado con el desafío último - replicó el Caminante, sombrío -. Siempre que una raza, sociedad, planeta o sistema o federación o enjambre se hubo expandido hasta sus límites espaciales, luego empezó a decaer. Primero la paralización, luego una creciente entropía, degradación estructural, desorganización, muerte. En todos los casos, el proceso sólo fue detenido mediante la irrupción interna de nuevos pueblos. Tosco y simple espacio exterior. ¿Espacio interior? Considere a los veganos...
- ¡Exacto! - interrumpió el lutroide -. Eso lo refuta a usted. Los veganos estaban alcanzando los más fructíferos conceptos de realidad transfísica, conceptos que ciertamente debemos reconsiderar. Si la invasión mirmidia no hubiera causado tanta destrucción...
- Generalmente se ignora que cuando los mirmidios aterrizaron - dijo el Caminante en voz baja -, los veganos estaban devorando sus propias larvas y utilizaban los tejidos de sueño sagrados como adorno. Muy pocos podían cantar, siquiera.
- ¡No!
- Por el Camino.
Las membranas nictitantes del lutroide le enturbiaron los ojos. Al cabo de un momento dijo formalmente:
- Lleva usted consigo la dádiva de la desesperación.
El Caminante susurraba como para sí mismo.
- ¿Quién vendrá a abrir nuestros cielos? Por primera vez la vida toda está cerrada en un espacio finito. ¿Quién puede rescatar una galaxia? Las Nubes son yermos y las zonas más allá no pueden ser cruzadas siquiera por la materia, mucho menos por la vida. Por primera vez hemos alcanzado el límite de veras.
- Pero los jóvenes - dijo el lutroide con serena angustia. - Los jóvenes lo perciben. Procuran inventar pseudofronteras, huidas subjetivas. Tal vez ese espacio interior pueda fascinarles un tiempo. Pero la desesperación cundirá. A la vida no se la engaña. Hemos llegado al fin de la infinitud, al fin de la esperanza.
El lutroide miró los ojos entornados del Caminante, alzando involuntariamente la sobrepelliz académica como un escudo.
- ¿Cree que no hay nada? ¿Ninguna salida?
- Sólo nos aguarda la prolongada e irreversible decadencia. Por primera vez sabemos que no hay nada más allá de nosotros mismos.
Al cabo de un momento el lutroide agachó la cabeza y los dos seres se dejaron amortajar por el silencio. La Galaxia se deslizaba fuera, invisible, vastísima, centelleante: una prisión finita. Sin salida.
En el corredor algo se movió a sus espaldas.
El niño Rovy se deslizaba sigilosamente hacia las pantallas que daban al no-espacio, los ojos intensos y brillantes.

FIN

Damon Knight - SERVIR AL HOMBRE




Los kanamitas no eran muy atractivos, es cierto. Parecían un poco cerdos y un poco hombres, y ésta no es una combinación agradable. Verlos por vez primera era un auténtico shock; éste era su handicap. Cuando una cosa con el aspecto de una fiera viene de las estrellas y te ofrece un regarlo, te sientes inclinado a no aceptarlo.
No sé cómo esperábamos que fueran los visitantes interestelares..., es decir, los que habíamos pensado alguna vez en ello. Quizá ángeles, o bien algo demasiado extraño para ser realmente espantoso. Posiblemente fue por eso que nos horrorizamos tanto y experimentamos tal repugnancia cuando aterrizaron en sus grandes naves y vimos cómo eran en realidad.
Los kanamitas eran bajos y muy peludos..., con pelos gruesos y erizados de un color grismarrón en todo su cuerpo abominablemente rechoncho. Su nariz parecía una trompa y tenían ojos pequeños, y manos muy gruesas de tres dedos cada una. Llevaban tirantes de cuero verde y pantalones cortos, pero creo que los pantalones eran una concesión a nuestras ideas sobre decencia pública. La ropa estaba cortada a la última moda, con bolsillos verticales y medio cinturón en la parte posterior. Sea como fuere, los kanamitas tenían sentido del humor.
Había tres de ellos en aquella sesión de las N.U., y puedo asegurarles que su presencia en una solemne Sesión Plenaria resultaba muy extraña..., tres rechonchas criaturas con aspecto de cerdos, vestidas con tirantes verdes y pantalones cortos, sentadas a la larga mesa de debajo de la tarima, rodeadas por los bancos atestados de delegados procedentes de todas las naciones. Estaban correctamente erguidos, y miraban cortésmente a todos los oradores. Sus orejas planas caían por encima de los audífonos. Creo que más tarde aprendieron todos los idiomas humanos, pero en aquella época sólo sabían francés e inglés.
Parecían completamente a sus anchas... y esto, junto con su sentido del humor, fue algo que me impulsó a experimentar cierta simpatía hacia ellos. Yo formaba parte de la minoría; no creía que fueran a atacar el mundo. Habían explicado que lo único que querían era ayudarnos y yo les creí. Como traductor de las N.U., mi opinión no importaba, pero me pareció que su venida era lo mejor que había ocurrido jamás a la Tierra.
El delegado de Argentina se puso en pie y dijo que su Gobierno estaba interesado en la demostración de una nueva y barata fuente de energía, que los kanamitas habían realizado en la sesión precedente, pero que el Gobierno argentino no podía comprometerse en cuanto a su política futura sin un examen mucho más concienzudo.
Era lo que decían todos los delegados, pero yo tuve que prestar particular atención al señor Valdés, porque tenía cierta tendencia a tartamudear y su dicción era mala. No tropecé con demasiadas dificultades en la traducción, y sólo tuve una o dos vacilaciones, tras lo cual conecté la línea polaco-inglés para oír cómo se las arreglaba Gregori con Janciewicz. Janciewicz era la cruz que Gregori tenía que soportar, igual que Valdés era la mía.
Janciewicz repitió las observaciones anteriores con unas cuantas variaciones ideológicas, y entonces el secretario general cedió la palabra al delegado de Francia, que presentó al doctor Denis Lévéque, el criminalista, y se procedió a introducir una gran cantidad de complicados aparatos.
El doctor Lévéque hizo hincapié en que la cuestión que preocupaba a mucha gente había sido expresada por el delegado de la URSS en la sesión precedente, al inquirir: «¿Cuál es el móvil de los kanamitas? ¿Qué se proponen al ofrecernos estos regalos sin precedentes sin pedir nada a cambio?» A continuación, el doctor dijo:
- A petición de varios delegados y con el pleno consentimiento de nuestros huéspedes, los kanamitas, mis compañeros y yo hemos elaborado una serie de pruebas con los aparatos que ven ustedes aquí. Ahora las repetiremos.
Un murmullo agitó la cámara. Hubo una descarga de flashes, y una de las cámaras de televisión pasó a enfocar el cuadro de instrumentos del equipo del doctor. Al mismo tiempo, la enorme pantalla de televisión que había detrás del podio se encendió, y vimos las esferas de dos cuadrantes, con sus respectivas manecillas en el cero, y una tira de papel con una aguja inmovilizada sobre ella, los ayudantes del doctor estaban fijando unos alambres a las sienes de uno de los kanamitas, anudando un tubo de goma envuelto en lona alrededor de su antebrazo, y pegando algo a la palma de su mano derecha.
En la pantalla, vimos que la tira de papel empezaba a moverse y la aguja trazaba un lento zigzag a lo largo de ella. Una de las manecillas empezó a saltar rítmicamente; la otra dio una sacudida y se detuvo, oscilando ligeramente.
- Estos son los instrumentos habituales para comprobar la verdad de una afirmación - dijo el doctor Lévéque -. Nuestro primer objetivo, puesto que la fisiología de los kanamitas es desconocida para nosotros, fue determinar si reaccionaban o no a estas pruebas del mismo modo que los humanos. Ahora repetiremos uno de los muchos experimentos que fueron realizados con el fin de averiguarlo.
Señaló hacia la primera esfera.
- Este instrumento registra el latido cardíaco del sujeto. Muestra la conductividad eléctrica de la piel en la palma de su mano, una medida de transpiración, que aumenta con el esfuerzo. Y éste - señalando hacia la tira de papel y la aguja - muestra el tipo de intensidad de las ondas eléctricas que emanan de su cerebro. Se ha demostrado, con sujetos humanos, que todas estas lecturas varían sensiblemente si el sujeto dice la verdad o no.
Cogió dos cartulinas, una roja y una negra. La roja era un cuadrado de un metro de lado aproximadamente; la negra era un rectángulo de un metro y medio de largo. Se volvió hacia el kanamita.
- ¿Cuál de los dos es el más largo?
- El rojo - dijo el kanamita.
Las dos agujas saltaron violentamente, al igual que la línea trazada sobre el papel.
- Repetiré la pregunta - dijo el doctor -. ¿Cuál de los dos es el más largo?
- El negro - contestó la criatura.
Esta vez los instrumentos continuaron su ritmo normal.
- ¿Cómo llegaron a este planeta? - preguntó el doctor.
- Andando - repuso el kanamita.
Los instrumentos volvieron a reaccionar, y un coro de risas ahogadas invadió la cámara.
- Una vez más - dijo el doctor -, ¿cómo llegaron a este planeta?
- En una nave espacial - contestó el kanamita, y los instrumentos no saltaron.
El doctor se enfrentó de nuevo con los delegados.
- Se realizaron muchos de estos experimentos - dijo -, y mis colegas y yo mismo estamos convencidos de que los mecanismos son efectivos. Ahora - se volvió hacia el kanamita - pediré a nuestro distinguido huésped que conteste a la pregunta formulada en la última sesión por el delegado de la URSS, es decir, ¿cuál es el motivo de que los kanamitas ofrezcan estos regalos a los habitantes de la Tierra?
El kanamita se levantó. En inglés, dijo:
- En mi planeta hay un proverbio: «Hay más misterios en una piedra que en la cabeza de un científico.» Los fines de los seres inteligentes, aunque a veces parezcan oscuros, son muy sencillos si se comparan con las complejidades del universo natural. Por lo tanto, espero que los habitantes de la Tierra me comprendan y me crean si les digo que nuestra misión en su planeta es simplemente ésta: traerles la paz y muchas cosas que nosotros mismos disfrutamos, y que en el pasado hemos llevado a otras razas esparcidas por toda la galaxia. Cuando su mundo deje de tener hambre, cuando deje de haber guerras y sufrimientos innecesarios, nos consideraremos recompensados.
Y las agujas no saltaron ni una sola vez.
El delegado de Ucrania se puso en pie de un salto, solicitando que se le cediera la palabra, pero el tiempo había finalizado y el secretario general cerró la sesión.
Encontré a Gregori cuando salíamos de la cámara de las N.U. Su rostro estaba encarnado de excitación.
- ¿Quién ha promovido este circo? - preguntó.
- Las pruebas me han parecido veraces - le dije.
- ¡Un circo! - exclamó con vehemencia - ¡Una farsa de segundo orden! Si eran veraces, Peter, ¿por qué se ha suprimido el debate?
- Seguramente mañana habrá tiempo para el debate.
- Mañana el doctor y sus instrumentos estarán de vuelta en París. Pueden ocurrir muchas cosas antes de mañana. En nombre del cielo, ¿cómo es posible que alguien confíe en unos seres que parecen alimentarse de niños?
Me sentí un poco molesto. Repuse:
- ¿Estás seguro de que no te preocupa más su política que su aspecto?
El repuso, «Bah», y se alejó.
Al día siguiente empezaron a llegar informes de todos los laboratorios gubernamentales del mundo donde la fuente energética de los kanamitas estaba siendo verificada. Eran tremendamente entusiásticos. Yo no entiendo de estas cuestiones, pero parecía que aquellas pequeñas cajas de metal proporcionarían más energía eléctrica que una pila atómica, por casi nada y para casi siempre. Y se decía que eran tan baratas de fabricar que todo el mundo podría tener una. A primeras horas de la tarde se sabía que diecisiete países ya habían empezado a edificar fábricas para elaborarlas.
Al día siguiente, los kanamitas mostraron los planos y muestras de un aparato que incrementaría la fertilidad de cualquier terreno cultivable de un sesenta a un ciento por ciento. Aceleraba la formación de nitratos en el subsuelo, o algo parecido. Ya no se hablaba de otra cosa más que de los kanamitas. Al día siguiente de esto, lanzaron su bomba.
- Ahora ya disponen de energía potencialmente ilimitada y mayor suministro alimenticio - dijo uno de ellos. Señaló con su mano de tres dedos hacia un instrumento que se encontraba sobre la mesa que había junto a él. Era una caja colocada encima de un trípode, con un reflector parabólico en la parte anterior -. Hoy les ofrecemos un tercer regalo que, por lo menos, es tan importante como los dos primeros.
Hizo señas a los cámaras de la televisión para que tomaran un primer plano del aparato en cuestión. Entonces cogió una gran cartulina cubierta de dibujos y rótulos en inglés. Nosotros lo vimos en la pantalla de encima del podio; todo era claramente legible.
- Nos han informado de que esta emisión se transmite a todo su mundo - dijo el kanamita -. Deseo que todos los que tengan equipo apropiado para tomar fotografías de la pantalla de televisión, lo utilicen.
El secretario general se inclinó hacia delante y formuló vivamente una pregunta, que el kanamita ignoró.
- Este aparato - dijo - proyecta un campo en el cual ningún explosivo, sea de la naturaleza que fuere, puede estallar.
Reinó un silencio expectante.
El kanamita dijo:
- Ya no puede ser suprimido. Si una nación lo tiene, todas deben tenerlo.
Como nadie pareciera comprender, explicó bruscamente:
- No habrá más guerras.

Esta fue la mayor novedad del milenio, y resultó perfectamente cierta. Sucedió que los explosivos a los que se refiriera el kanamita incluían las explosiones de gasolina y diesel. Hicieron simplemente imposible que se armara o equipara un ejército moderno.
Naturalmente, hubiéramos podido volver a los arcos y flechas, pero esto no habría satisfecho a los militares. Y mucho menos después de tener bombas atómicas y todo el resto. Además, no habría ninguna razón para hacer la guerra. Todas las naciones tendrían pronto de todo.
Nadie volvió a dedicar otro pensamiento a los experimentos con el detector de mentiras, ni preguntó a los kanamitas cuál era su política. Gregori se sintió desconcertado; no tenía nada con qué probar sus sospechas.
Abandoné mi empleo en las N.U. unos meses después, porque preví que de todos modos tendría que acabar haciéndolo. En aquel momento, las N.U. estaban en auge, pero al cabo de uno o dos años no tendría nada que hacer. Todas las naciones de la Tierra estaban en camino de bastarse a sí mismas; no iban a necesitar mucho arbitraje.
Acepté un puesto de traductor en la Embajada kanamita, y fue allí donde volví a tropezarme con Gregori. Me alegré de verle, pero no pude imaginarme lo que estaba haciendo allí.
- Pensaba que estabas en la oposición - le dije -. No irás a decirme que te has convencido de la bondad de los kanamitas.
Me pareció avergonzado.
- Sea como fuere, no eran lo que yo creía - dijo.
Viniendo de él, esto era una verdadera concesión, y le invité a bajar al bar de la embajada para tomar una copa. Era un lugar muy íntimo, y él se puso confidencial al segundo daiquiri.
- Me fascinan - dijo -. Aún detesto instintivamente su aspecto..., esto no ha cambiado, pero me sobrepongo. Evidentemente, tú tenías razón; no querían hacernos más que bien. Pero ¿sabes? - se inclinó por encima de la mesa -, la pregunta del delegado soviético no fue contestada.
Me temo que solté una carcajada.
- No, hablo en serio - prosiguió -. Nos contaron lo que querían hacer... «traerles la paz y muchas cosas que nosotros mismos disfrutamos». Pero no dijeron por qué.
- ¿Por qué los misioneros...?
- ¡Tonterías! - exclamó airadamente -. Los misioneros tienen un motivo religioso. Si estas criaturas tienen una religión, nunca han hablado de ella. Te diré aún más, no enviaron a un grupo de misioneros, sino a una delegación diplomática... a un grupo que representaba la voluntad y política de todo su pueblo. Ahora bien, ¿qué tienen que ganar los kanamitas, como pueblo o como nación, con nuestro bienestar?
Yo dije:
- Cultura...
- ¡Qué cultura ni qué bobadas! No, es algo menos evidente, algo oscuro que pertenece a su psicología y no a la nuestra. Pero confía en mí, Peter, no existe una cosa tal como el altruismo completamente desinteresado. De una forma u otra, tienen algo que ganar...
- Y ésa es la razón de que estés aquí - dije -, intentar averiguarlo, ¿verdad?
- Exacto. Quería formar parte de uno de sus grupos de intercambio con destino a su planeta natal, pero no pude; el cupo estaba lleno una semana después de que hicieran el anuncio. En lugar de eso, estoy estudiando su idioma, y ya sabes que el idioma refleja las características básicas de las personas que lo utilizan. Ya domino bastante bien su jerga lingüística. No es muy difícil, la verdad, y me está proporcionando algunos indicios. Algunas expresiones son muy parecidas a las nuestras. Estoy seguro de que no tardaré en encontrar la solución.
- Todo es cuestión de estudio - dije, y volvimos a trabajar.
A partir de entonces vi a Gregori con frecuencia, y me mantuvo informado de sus progresos. Un mes después de aquella primera entrevista lo encontré enormemente excitado; dijo que había conseguido obtener un libro de los kanamitas y que estaba intentando descifrarlo. Escribían en ideogramas, peores que los chinos, pero estaba decidido a desentrañarlo aunque le costara años. Quería que yo le ayudara.
Bueno, me interesó a pesar mío, pues sabía que sería una larga tarea. Pasamos algunas tardes juntos, trabajando con material extraído de los tablones de anuncios kanamitas y sitios por el estilo, así como del diccionario inglés-kanamita extremadamente limitado que proporcionaban al personal. Al principio me remordía la conciencia acerca del libro robado, pero gradualmente fui sintiéndome absorbido por el problema. Al fin y al cabo, los idiomas son mi fuerte. No pude evitar sentirme fascinado.
Desciframos el título a las pocas semanas. Era Cómo servir al hombre, evidentemente un manual que distribuían entre los nuevos miembros kanamitas del personal de la embajada. Ahora llegaban continuamente, un cargamento una vez al mes; estaban abriendo toda clase de laboratorios de investigación, clínicas y así sucesivamente. Si en la Tierra había alguien que desconfiaba de ellos aparte de Gregori, debía encontrarse en el Tíbet.
Era asombroso ver los cambios que se habían forjado en menos de un año. Ya no había ejércitos permanentes, ni escasez, ni desempleo. Cuando cogías un periódico no veías las palabras «BOMBA H» o «V-2»; las noticias siempre eran buenas. resultaba difícil acostumbrarse a ello. Los kanamitas estaban trabajando en bioquímica humana, y en nuestra embajada corría la voz de que estaban a punto de anunciar métodos para hacer nuestra raza más alta, más fuerte y más sana -prácticamente una raza de superhombres- y ya tenían una cura potencial para las enfermedades cardíacas y el cáncer.
Estuve quince días sin ver a Gregori después de haber descifrado el título del libro; me fui de vacaciones a Canadá. Al volver, me quedé impresionado al observar el cambio que había experimentado.
- ¿Qué ha pasado, Gregori? - le pregunté -. Pareces el demonio en persona.
- Bajemos al bar.
Fui con él, y se tomó un escocés de un solo trago como si lo necesitara.
- Vamos, hombre, ¿qué es lo que pasa? - apremié.
- Los kanamitas me han incluido en la lista de pasajeros de la próxima nave de intercambio - dijo -. A ti también, de lo contrario no estaría hablando contigo.
- Bueno - dije -, pero...
- No son altruistas.
Intenté razonar con él. Le hice notar que habían convertido la Tierra en un paraíso comparándola con lo que era antes. El se limitó a menear la cabeza.
Entonces le pregunté:
- Bueno, ¿qué hay de las pruebas realizadas con el detector de mentiras?
- Una farsa - replicó, sin calor -. Ya te lo dije en su momento. Sin embargo, en aquella ocasión dijeron la verdad.
- ¿Y el libro? - pregunté, molesto -. ¿Qué hay de ese... Cómo servir al hombre? Eso no te lo dieron para que lo leyeras. Está escrito en serio. ¿Cómo puedes explicarlo?
- He leído el primer párrafo de ese libro - dijo -. ¿Por qué crees que llevo una semana sin dormir?
- ¿Por qué? - inquirí yo, y él esbozó una extraña sonrisa.
- Es un libro de cocina - repuso.

FIN

Robert Silverberg - BUENAS NOTICIAS DEL VATICANO




Esta es la mañana que todos estuvimos esperando: por fin el cardenal robot va a ser elegido Papa. Ya no caben más dudas acerca del resultado. Hace varios días que el cónclave está estancado debido a la puja entre los obstinados partidarios del cardenal Asciuga de Milán y los del cardenal Carciofo de Génova, y se está difundiendo el rumor de que se busca un candidato de transición. En este momento todas las facciones coinciden en propiciar la candidatura del robot. Esta mañana leí en el Osservatore Romano que la mismísima computadora del Vaticano intervino en las deliberaciones, apoyando en todo momento y fervorosamente la candidatura del robot. Supongo que no es de sorprender esta lealtad entre máquinas. Tampoco es un motivo para que nos desmoralicemos. Decididamente, no debemos desmoralizarnos.
- Cada época tiene el Papa que se merece - observó un poco sombríamente el obispo FitzPatrick durante el desayuno -. ¿Quién puede dudar de que el Papa más adecuado para nuestros tiempos es un robot? En algún futuro no muy lejano puede llegar a ser deseable que el Papa sea una ballena, un automóvil, un gato o una montaña.
El obispo FitzPatrick tiene una estatura que sobrepasa holgadamente los dos metros y la expresión habitual de su rostro es mórbida y apesadumbrada. De modo que resulta imposible determinar si ciertas cosas que dice reflejan angustia existencial o plácida aceptación. Muchos años atrás fue la estrella entre los jugadores del equipo de básquet de la cofradía de la Santa Cruz. Ahora está en Roma para investigar la biografía de San Marcelo el Justo.
Estuvimos observando el desarrollo del drama de la elección papal desde la terraza de un café a varias cuadras de la Plaza de San Pedro. Ninguno de nosotros esperaba que las vacaciones nos redituaran un espectáculo como éste: el Papa anterior tenía fama de gozar de buena salud y no había razón para sospechar que hubiera que elegirle un sucesor en el curso del verano.
Todas las mañanas llegamos en taxi desde nuestro hotel en Vía Véneto y nos instalamos en nuestros lugares habituales alrededor de «nuestra» mesa. Desde donde estamos ubicados vemos con claridad la chimenea del Vaticano, por donde sale el humo que echan las papeletas al arder: humo negro si no se eligió Papa, blanco si el cónclave tuvo éxito. Luigi, propietario y maitre del local, nos trae automáticamente nuestras bebidas preferidas: Fernet Branca para el obispo FitzPatrick, Campari con soda para el rabino Mueller, café a la turca para la señorita Harshaw, jugo de limón para Kenneth y Beverly y pernod con hielo para mí. Nos turnamos para pagar la adición, aunque hay que decir que Kenneth no pagó ni una sola vez desde que empezó nuestra vigilia. Ayer le tocó a la señorita Harshaw, y en el momento de pagar vació el monedero y se encontró con que le faltaban 350 liras; no tenía ni un peso más, sólo un cheque de viajero. Los demás miramos a Kenneth intencionadamente pero él siguió bebiendo con toda tranquilidad su jugo de limón. Después de un instante de tensión el rabino Mueller sacó una moneda de 500 liras y con un gesto bastante violento arrojó la pesada pieza de plata sobre la mesa. El rabino es famoso por sus pocas pulgas y su vehemencia. Tiene veintiocho años, suele andar vestido con una elegante casaca escocesa y anteojos de sol plateados, y a menudo se jacta de no haber celebrado ninguna bar mitzvah para su congregación, que está en el condado de Wicomico, en Maryland. Considera que es un rito vulgar y obsoleto, e indefectiblemente contrata para todas sus bar mitzvahs a una organización de clérigos ambulantes que tienen la concesión y se ocupan de esos asuntos a cambio de una comisión. El rabino Mueller es una autoridad en ángeles.
Nuestro grupo tiene opiniones divididas en cuanto a las bondades de la elección de un robot como nuevo Papa. El obispo FitzPatrick, el rabino Mueller y yo apoyamos la idea. La señorita Harshaw, Kenneth y Beverly se oponen. Es interesante puntualizar que nuestros dos caballeros con hábito religioso, uno ya mayor y el otro muy joven, dan su aprobación a este desvío de la tradición, en tanto que nuestros tres contestatarios se oponen.
No estoy seguro de por qué me alineo junto a los progresistas. Soy un hombre de edad madura y de conducta bastante moderada. Y jamás me preocupó por los asuntos de la Iglesia Romana. No estoy familiarizado con el dogma católico ni estoy al tanto de las nuevas corrientes del pensamiento eclesiástico. Sin embargo, estoy deseando que elijan al robot desde que comenzó el cónclave.
Me pregunto por qué. ¿Acaso porque la imagen de una criatura de metal en el trono de San Pedro estimula mi imaginación y gratifica mi gusto por lo incongruente? En otras palabras ¿es una cuestión puramente estética mi apoyo al robot? ¿O es más bien el resultado de mi cobardía moral? ¿Acaso tengo la secreta esperanza de que este gesto nos libre de los robots? ¿Acaso me digo para mis adentros: «Dénles el Papado y tal vez no pidan otras cosas por algún tiempo»? No. No puedo creer algo tan indigno de mí mismo. Es posible que esté en favor del robot porque soy una persona de una sensibilidad poco común frente a las necesidades de los demás.
- De ser elegido - dice el rabino Mueller - ya tiene planeado un acuerdo inmediato con el Dalai Lama, y una conexión recíproca con la programadora principal de la Iglesia Ortodoxa Griega. Y eso es sólo el comienzo. Según dicen, también habrá una apertura ecuménica hacia el rabinato, algo realmente deseable para todos.
- No me cabe duda que habrá muchos cambios en las costumbres y las prácticas de la jerarquía eclesiásticas - declara el obispo FitzPatrick -. Se supone que se introducirán mejoras en las técnicas para recoger información, dado que la computadora del Vaticano va a desempeñar un papel fundamental en las operaciones de la Curia. Fíjense, por ejemplo, lo que sucede con...
- La sola idea me resulta repugnante - dice Kenneth. Es un hombre joven, llamativo, de cabello blanco y ojos rosados. Beverly es su hermana o su esposa, rara vez habla. Kenneth hace la señal de la cruz con una brusquedad grosera y murmura:
- En el nombre del Padre, del Hijo y del Autómata Santo.
La señorita Harshaw se ríe pero se detiene cuando ve mi cara de desaprobación.
Abatido pero haciendo caso omiso de la interrupción, el obispo FitzPatrick continúa.
- Fíjense, por ejemplo, en lo que sucede con estas cifras que obtuve ayer por la tarde. Leí en el periódico Oggi que, de acuerdo con un vocero de las Missiones Catholicae, el número de los miembros yugoslavos de la Iglesia habían pasado de 19.381.403 a 23.501.062 en los últimos cinco años. Pero resulta que el último censo oficial, el del año pasado, arroja un total de población de 23.575.194 habitantes para toda Yugoslavia. Eso dejaría un resto de sólo 74.132 para yugoslavos pertenecientes a otras religiones o a ninguna. Como estoy al tanto de que hay una importante población musulmana en Yugoslavia, sospeché que había algún error en las estadísticas publicadas y consulté con la computadora de San Pedro, que me informó... - el obispo hace una pausa y saca una larga hoja impresa que despliega sobre la mesa, cubriéndola casi por entero -.. que el último censo de fieles yugoslavos realizado un año y medio atrás, arroja un total de 14.206.198 católicos. Es decir que se incurrió en una exageración de 9.294.864. Lo cual es absurdo. Y además se difundió el error, lo que ya es condenable.
- ¿Cómo es él? - pregunta la señorita Harshaw -. ¿Alguien tiene idea?
- Es como todos los demás - dice Kenneth -. Una reluciente caja metálica con ruedas abajo y ojos arriba.
- Usted no lo ha visto, - interrumpió el obispo FitzPatrick - y no creo que tenga derecho a suponer que...
- Son todos iguales - dice Kenneth -. Una vez que se vio uno se los vio todos. Cajas relucientes, Ruedas. Ojos. Y voces que salen de sus estómagos como eructos mecánicos. Por dentro son puras ruedas dentadas y engranajes. - Kenneth se estremece suavemente. - Es demasiado para que yo pueda aceptarlo. ¿Qué les parece si pedimos otra vuelta?
- En cambio da la casualidad que yo lo vi con mis propios ojos - dice el rabino Mueller.
- ¿Usted lo vio realmente? - salta Beverly.
Kenneth hace una mueca de disgusto. Luigi se aproxima trayendo una bandeja con más tragos para todos. Le alcanzo un billete de cinco mil liras. El rabino Mueller se saca los anteojos de sol y empaña con el aliento las pulidas superficies espejadas. Tiene ojos pequeños, de un gris acuoso, y un marcado estrabismo.
- El cardenal fue el orador principal en el Congreso Mundial del Judaísmo que se celebró el otoño pasado en Beirut. Su tema fue «Ecumenismo cibernético para el hombre contemporáneo». Yo estuve allí. Puedo asegurarles que Su Eminencia es alto y distinguido, que tiene una hermosa voz y una sonrisa amable. Hay una melancolía natural en su expresión, que me recuerda mucho a nuestro amigo el obispo, aquí presente. Sus movimientos son armoniosos y su ingenio agudo.
- Pero está montado sobre ruedas ¿no es cierto? - insiste Kenneth.
- Sobre cadenas - corrige el rabino, echándole a Kenneth una mirada fulminante y terrible y concentrándose nuevamente en sus anteojos de sol -. Cadenas, como las de un tractor. Pero no creo que, desde un punto de vista espiritual, las cadenas sean Inferiores a los pies o a las ruedas, que para el caso da lo mismo. Si yo fuera católico me enorgullecería de tener a semejante hombre como Papa.
- No es un hombre - interviene la señorita Harshaw. Su voz tiene un dejo de frivolidad siempre que se dirige al rabino Mueller. - Es un robot, no un hombre ¿recuerda?
- Semejante robot como Papa, entonces - dice el rabino Mueller, encogiéndose de hombros ante la corrección. Levanta su vaso. - ¡Por el nuevo Papa! ¡Por el nuevo Papa! - exclama el obispo FitzPatrick.
Luigi sale corriendo del local. Kenneth le indica con la mano que no hace falta que venga.
- Un momento - dice Kenneth -. La elección todavía no terminó. ¿Cómo pueden estar tan seguros del resultado?
- El Osservatore Romano - le digo - señala en la edición de esta mañana que ya está todo resuelto. El Cardenal Carciofo consintió en retirar su candidatura y darle su apoyo al robot a cambio de una mayor asignación de tiempo real cuando se sancionen las nuevas horas de computación en el consistorio del año próximo.
- En otras palabras, ya está todo cocinado - dice Kenneth.
El obispo FitzPatrick sacude tristemente la cabeza:
- Planteas las cosas en forma demasiado áspera, hijo mío. Hace tres semanas que estamos huérfanos de un Santo Padre. Es la Voluntad de Dios que tengamos un Papa; el cónclave, incapaz de elegir entre las candidaturas del cardenal Carciofo y el cardenal Asciuga, pone obstáculos a esa Voluntad; es necesario, pues, hacer ciertas concesiones a las realidades de los tiempos para que no siga frustrándose Su Voluntad. Prolongar la politiquería del cónclave se convierte en algo pecaminoso en estos momentos. El cardenal Carciofo sacrifica sus ambiciones personales, pero no en un acto egoísta como pareces sugerir.
Kenneth sigue atacando los móviles del pobre Carciofo para retirar su candidatura. Beverly aplaude de vez en cuando sus crueles humoradas. La señorita Harshaw reitera una y otra vez su decisión de no seguir siendo miembro activo de una Iglesia cuyo jefe sea una máquina. Yo encuentro la discusión desagradable y aparto mi silla de la mesa para poder ver mejor el Vaticano. En este momento los cardenales están reunidos en la Capilla Sixtina. ¡Cómo me gustaría estar allí! ¡Qué espléndidos misterios estarán celebrándose en esa sala magnífica y sombría! En este momento los príncipes de la Iglesia están sentados, cada uno en un pequeño trono cubierto por un dosel color violeta. Sobre los escritorios que hay frente a los tronos brillan gruesos cirios, Los maestros de ceremonias se desplazan solemnemente a través de la vasta habitación, llevando las vasijas de plata en las que reposan las papeletas vacías y que depositarán sobre la mesa que hay frente al altar. Uno a uno, los cardenales avanzan hacia la mesa, recogen la papeleta y vuelven a sus escritorios. Luego levantan sus lapiceras de pluma y comienzan a escribir: «Yo, el cardenal... elijo para Supremo Pontificado al Muy Reverendo Señor mi Señor el Cardenal...» ¿Qué nombre colocan? ¿El de Carciofo? ¿El de Asciuga? ¿El de algún oscuro y marchito prelado de Madrid o de Heidelberg, la desesperada alternativa de último momento para la facción contraria a los robots? ¿O acaso están escribiendo el nombre de él? El sonido de las plumas que rasgan el papel resuena profundamente en la capilla. Los cardenales están completando sus votos, sellando las papeletas en los bordes, doblándolas, volviéndolas a doblar una y otra vez, llevándolas al altar, dejándolas caer en el gran cáliz de oro. Eso es lo que han venido haciendo todas las mañanas y todas las tardes, día tras día, mientras estuvo estancado el cónclave.
- Leí en el Herald Tribune hace un par de días - dice la señorita Harshaw - que una delegación de 250 jóvenes robots católicos de lowa está esperando en el aeropuerto de Des Moines las noticias de la elección. Tienen un charter listo para salir y, si llega a ganar su candidato, piensan viajar a Roma para pedir que el Santo Padre les acuerde la primer audiencia pública.
- No cabe la menor duda - asiente el obispo FitzPatrick - que esta elección atraerá a gran cantidad de gente de origen sintético al seno de la iglesia.
- Y alejará a mucha gente de carne y hueso - dice con acritud la señorita Harshaw.
- Lo dudo - dice el obispo -. Claro que algunos de nosotros nos sentiremos perturbados, deprimidos, ofendidos, despojados, en un primer momento. Pero todo eso pasará. La natural bondad del nuevo Papa, a la que hizo alusión el rabino Mueller, terminará por imponerse. También creo que esta elección estimularía a los jóvenes de todo el mundo interesados en la tecnología a unirse a la Iglesia. En todas partes se despertarán impulsos religiosos irresistibles.
- ¿Pueden ustedes imaginarse a 250 robots haciendo sonar sus pasos metálicos en el interior de San Pedro? - preguntó la señorita Harshaw.
Contemplo el Vaticano a lo lejos. La luz matinal es brillante y enceguecedora, pero los cardenales reunidos en asamblea, separados del mundo por un muro, no pueden disfrutar de su alegre resplandor. Ya todos han votado. Los tres cardenales elegidos por sorteo como encargados del escrutinio de esta mañana están de pie. Uno de ellos levanta el cáliz y lo sacude, mezclando las papeletas. Luego lo ubica sobre la mesa que está frente al altar; otro saca las papeletas y las cuenta. Se asegura de que el número de votos sea igual al número de cardenales presentes. Las papeletas son transferidas a un ciborio, que es un copón usado de ordinario para guardar las hostias consagradas de la misa. El primero de los tres saca una papeleta, la despliega, lee lo que está escrito; la pasa al segundo, que también la lee; luego le es entregada al tercero que lee el nombre en voz alta. ¿Asciuga? ¿Carciofo? ¿Algún otro? ¿Él?
El rabino Mueller está discutiendo sobre ángeles:
- Y después tenemos los ángeles del Trono, conocidos en hebreo como orelim u ophanim. Hay setenta en total, y su virtud principal es la constancia.
»Entre ellos están los ángeles Orifiel, Oiphaniel, Zabkiel, Jophiel, Ambriel, Tychagar, Barael, Qelamia, Paschar, Boel y Raum. Algunos de éstos ya no están en el cielo y se encuentran entre los ángeles caídos en el Infierno.
- Supongo que debido a su constancia - se burla Kenneth.
- Luego, también están los Angeles de la Presencia - prosigue el rabino -, que aparentemente fueron circuncidados en el momento de su creación. Son Miguel, Metatron, Suriel, Sandalphon, Uriel, Saraqael, Astanphaeus, Phanuel, Jehoel, Zagzagael, Yefefiah y Akatriel. Pero creo que mi favorito de todo el grupo es el Angel del Deseo, que es mencionado en el Talmud, Bereshit Rabba 85, del siguiente modo: que cuando Judá estaba por pasar...
Ya habrán terminado de contar los votos, con toda seguridad. Una inmensa multitud está reunida en la Plaza de San Pedro. El sol brilla sobre cientos, tal vez miles, de cráneos forrados de acero. Este debe ser un día maravilloso para la población robot de Roma. Pero la mayoría de los que están en la plaza son criaturas de carne y hueso: viejas vestidas de negro, carteristas jóvenes y delgados, chicos con cachorros, rubicundos vendedores de salchicha y un conglomerado de poetas, filósofos, generales, legisladores, turistas y pescadores. ¿Cuál será el resultado del recuento? Dentro de poco lo sabremos. Si ningún candidato obtuvo la mayoría, mezclarán las papeletas con paja húmeda antes de arrojarlas en la estufa de la capilla, y de la chimenea saldrán volutas de humo negro. Pero si se ha elegido Papa, la paja estará seca y el humo será blanco.
El sistema tiene cálidas resonancias. Me gusta.
Me produce la satisfacción que suelen producir las obras de arte impecables: el acorde del Tristán, digamos, o los dientes de la rana en la Tentación de San Antonio del Busco. Espero el final con vehemente interés. Estoy seguro del resultado; ya empiezo a sentir que se despiertan en mí irresistibles impulsos religiosos, Aunque también experimento una extraña nostalgia por los días en que los papas eran de carne y hueso. Los periódicos de mañana no traerán entrevistas con la anciana madre del Santo Padre, que vive en Sicilia, ni con su orgulloso hermano menor, que vive en San Francisco. Y además, ¿volverá a celebrarse alguna vez más esta magnífica ceremonia de elección? ¿Necesitaremos alguna vez otro Papa considerando que éste que tendremos dentro de poco puede ser reparado tan fácilmente?
¡Ah, humo blanco! ¡Llegó el momento de la verdad!
En el balcón central de la fachada de San Pedro emerge una figura, despliega un manto tramado en oro y desaparece. El resplandor de la luz contra el tejido ciega la vista. Me hace recordar acaso la luz de la luna que roza con su frío beso el mar de Castellamare o tal vez, más aún, el resplandor de mediodía que reverbero desde el seno del Caribe sobre la costa de San Juan.
Aparece en el balcón una segunda figura, vestida de armiño y púrpura.
- El cardenal archidiácono - susurra el obispo FitzPatrick.
La gente ya empezó a desmayarse. Luigi está de pie, junto a mí, siguiendo el desarrollo de los hechos en una radio portátil.
- Ya está todo cocinado - dice Kenneth.
El rabino Mueller le chista, ordenándole silencio.
La señorita Harshaw empieza a sollozar. Beverly recita quedamente el Padre Nuestro y se persigna. Es un momento maravilloso para mí. Tal vez el momento más auténticamente contemporáneo que me haya tocado vivir.
La voz amplificada del cardenal archidiácono grita:
- Les traigo el anuncio de una dicha infinita. Tenemos Papa.
¡El clamor nace y crece en intensidad a medida que el cardenal archidiácono le comunica al mundo que el Pontífice recién elegido es, efectivamente, ese renombrado cardenal, esa noble y distinguida persona, ese individuo melancólico y austero, cuya elevación al Trono Sagrado deseamos todos con tanta intensidad y desde hace tanto tiempo.
- Ha adoptado - dice el cardenal archidiácono - el nombre de...
El nombre se pierde en medio de los vítores. Me vuelvo hacia Luigi:
- ¿Cómo? ¿Qué nombre?
- Sisto Settimo - me dice.
Así es, y ahí está él, el Papa Sixto Séptimo, como debemos llamarlo de ahora en adelante. Una figura diminuta, envuelta en las vestiduras papales de oro y plata, que extiende sus brazos a la multitud, y ¡sí! la luz del sol relumbra sobre sus mejillas y en su encumbrada frente hay un fulgor de acero bruñido. Luigi ya está de rodillas. Yo me arrodillo a su lado. La señorita Harshaw, Beverly, Kenneth, el mismo rabino, todos se arrodillan. Porque éste es indiscutiblemente un acontecimiento milagroso. El Papa se asoma al balcón. Está por impartir la tradicional bendición apostólica a la ciudad y al mundo.
- Nuestra esperanza radica en el Nombre del Señor - declara solemnemente.
Acciona los reactores de levitación que hay debajo de sus brazos; aún desde aquí puedo ver las dos columnitas de humo. Humo blanco otra vez. Empieza a elevarse en el aire.
- El que creó el Cielo y la Tierra - dice -. Que Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo os bendiga.
Su voz nos llega majestuosa y arrolladora. Su sombra se extiende por encima de toda la plaza. Sube más y más hasta perderse de vista. Kenneth palmea a Luigi:
- Sírvenos otra vuelta - dice, y pone en la mano del dueño del café un billete de los grandes.
El obispo FitzPatrick llora. El rabino Mueller se abraza con la señorita Harshaw. El nuevo Pontífice empezó su reinado bajo signos auspiciosos, según creo.


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